Un pequeño país desbordado

porLBenLMD

 

A un año del asesinato del vicepresidente Luis Argaña y en el fragor de una ciega lucha por el poder, se ha hecho trizas el acuerdo entre las diferentes facciones stronistas y algunas de las antiguas víctimas de la ex dictadura paraguaya. En el caos político, las perspectivas para salir de la crisis, desde las elecciones de vicepresidente en agosto hasta un nuevo golpe de Estado, son diversas e inciertas.

 

En la madrugada del 23 de marzo de 1999 llegaban a Asunción 35 mil campesinos. La marcha por la reforma agraria, habitual desde hace años, tenía esta vez una demanda inmediata: condonación de las deudas de los pequeños propietarios. A esas horas era asesinado el vicepresidente Luis María Argaña, caudillo de la fracción stronista del Partido Colorado (PC), opuesta al presidente Raúl Cubas Grau. La noticia detonó una rebelión: a la exigencia campesina se sumó la irrupción de las clases medias urbanas con un hasta entonces inédito reclamo democrático, apuntado contra al hombre que ejercía el poder detrás del trono: el general Lino Oviedo.

El saldo de una batalla de tres días es conocido: siete jóvenes asesinados por francotiradores, centenares de heridos, renuncia de Cubas y su exilio en Brasil, fuga de Oviedo hacia Argentina, condonación de las deudas a los campesinos y entrega de la presidencia al titular del Senado, Luis González Macchi.

La opinión dominante en Paraguay -una victoria de la democracia- se trasladó al exterior. Un espejismo: González Macchi es un conspicuo stronista; en el gabinete conviven hombres que enfrentaron a la dictadura incluso desde fuerzas guerrilleras (como el titular de Agricultura, Luis Wagner), con ex ministros y altos funcionarios del octogenario tirano exiliado en Brasil.

«Lucho (González Macchi) comenzó a pagar las deudas políticas mediante los nombramientos a la Familia (de Argaña) o al Clan (entorno de Juan Carlos Galaverna, primero en la sucesión presidencial). Hasta fin de año no hubo un solo nombramiento importante que no fuese para pagar cuentas» explica en una entrevista surrealista Saúl González, padre del Presidente, refiriéndose al papel de su hijo en el reparto de cargos entre dos facciones coloradas(1).

 

De la «unidad nacional» al caos

La disputa por lugares de privilegio a la hora de privatizar empresas públicas -único punto de acuerdo entre los integrantes del gobierno- fue una de las causas que hizo trizas la «unidad nacional». Inicialmente fijada para noviembre, la elección del vicepresidente se postergó. Ante el hecho consumado, el Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA) exigió el 40% de los cargos. Como explica González padre, el presidente no podía acceder a esa demanda. Los liberales se retiraron del gobierno a comienzos de febrero. Sólo una pequeña fracción de ese partido, dirigida por Domingo Laino, apostó a la continuidad de González Macchi. El Encuentro Nacional (EN) se mantuvo formalmente en la coalición gobernante, pero con pocas excepciones sus líderes se apuntan en alguna de las diversas hipótesis que incluyen la destitución de González Macchi.

A despecho de su escaso peso económico y político, Paraguay vuelve a ser una pieza clave en la región, como cuando Gran Bretaña decidió someterlo a una guerra de devastación mediante la Triple Alianza de quienes hoy son sus socios en el Mercosur: Argentina, Brasil y Uruguay. Ironías de la historia: si en el siglo XIX Paraguay gravitó por su vigoroso desarrollo y la tenaz independencia de sus gobernantes, ahora son causas inversas las que lo ponen en el candelero. Más aún que en el pasado, la ubicación geográfica y el estado interno de este pequeño y empobrecido país le asignan un papel que lo excede; esta vez porque es en extremo vulnerable a «la cuña andina» (Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú) de inestabilidad que compromete el equilibrio político del Cono Sur.

Corrupción rampante, creciente efervescencia social, descarnadas denuncias de una prensa belicosa hasta extremos inusitados -todo en medio de la parálisis oficial- son datos indicativos de un cuadro político en extremo volátil. Los poderosos grupos económicos formados al amparo de la dictadura y fortalecidos en la última década, se han fracturado hasta el punto de apelar a las armas entre ellos; ninguno puede ejercer su hegemonía sobre los demás y de ese vacío emerge un nuevo contendiente, todavía de rasgos imprecisos, en el que predomina la clase social mayoritaria en número y creciente en peso político: el campesinado, en pie de guerra por la reforma agraria.

Las facciones que once meses atrás formaron un gobierno de «unidad nacional» y sortearon la crisis provocada por el asesinato del vicepresidente Argaña, están hoy lanzadas en una carrera a ciegas por el poder. En aquella oportunidad fue la embajadora de Washington, Maura Harty, quien logró una alianza de los herederos explícitos del ex dictador Alfredo Stroessner (entre otras la corriente «argañista» y la encabezada por el ex presidente y poderoso hombre de negocios Juan Carlos Wasmosy), con algunas de sus víctimas durante décadas: el PLRA y agrupamientos de centroizquierda coaligados en el EN.

Sólo dos fuerzas quedaron fuera de aquel acuerdo: la Federación Nacional Campesina (FNC) y quienes en ese momento eran expulsados del gobierno que ejercían en nombre del general Lino Oviedo. En otro contexto y desde posiciones diferentes, otra vez se yerguen los actores de la crisis detonada el 23-3-99. La distancia entre aquella situación y la actual está quizá implícita en una noticia: a mediados de febrero pasado arribó a la capital paraguaya, como un bombero en emergencia, el general Philip Kensinger, jefe del Comando Sur del ejército estadounidense.

La economía paraguaya tuvo un crecimiento cero durante el año pasado y previsible signo negativo para el 2000. Hay una desigualdad extrema en el reparto de la riqueza: el 62% de las explotaciones rurales tiene 10 hectáreas o menos y ocupa el 1% de la superficie rural, mientras el 1% de los establecimientos cuenta con más de 1000 hectáreas y cubre el 77% de las tierras cultivables(2). El país tiene una deuda externa de más de 2.000 millones de dólares para un PBI inferior a los 10.000 millones.

Una década de democracia no cambió las cosas: el salario obrero real, con base 100 para 1980, era en junio de 1999 igual a 110,9(3). La desocupación, del 14% según cifras oficiales, se eleva al 34% de acuerdo con datos confiables y supera el 60% si se le suma la subocupación. Una corrección a esta cifras: la «economía informal» (eufemismo para aludir al contrabando y la producción clandestina de todo lo imaginable: desde cigarrillos y whisky hasta armas y pasaportes) duplica, como mínimo, al PBI visible.

País agrario por definición, el Paraguay de las dos últimas décadas sufrió un proceso de acentuada urbanización e industrialización relativa, con un rasgo peculiar: las dos grandes obras hidroeléctricas que aceleraron ese paso -Itaipú y Yacyretá- se levantaron en sociedad con Brasil y Argentina respectivamente, aunando por un lado a los grandes grupos económicos paraguayos con ambos países y, a la vez, conectando a éstos con la realidad interna del socio menor. La jerarquía católica adelantó hace veinte años las perspectivas de esa dinámica: «En este proceso, surge por primera vez en nuestro país una clase obrera que aún no estructurada ni autoconciente, está llamada a desempeñar un creciente protagonismo social y político»(4).

Transcurridas dos décadas, el nuncio papal en Asunción, monseñor Antonio Lucibello, tiene que vérselas con aquellas fuerzas corporizadas y desatadas. Y toma posición: «los paraguayos siempre buscan peleas en vez de la unidad»(5). En uno de los puntos más conflictivos del país, la región de San Pedro, el obispo Fernando Lugo rompió lanzas con la FNC cuando denunció la existencia de armas en el asentamiento «Hachita» y promovió la intervención policial. En esa región, durante la última ocupación de tierras, en la estancia La Esperanza, cuatro campesinos murieron en enfrentamientos con la policía. Pero obtuvieron una victoria resonante: el 12 de enero pasado, un instante antes de la confrontación armada con el ejército y la policía, el gobierno cedió y les entregó 15 mil hectáreas. Ya están asentadas allí 1.300 familias. «Ocupar, producir, resistir», son las consignas de la Federación Nacional Campesina. Lo han hecho en 147 mil hectáreas, obtenidas en 10 años.

 

Una constante ebullición

En la ebullición social que precipitaría el debilitamiento y reemplazo de la dictadura, la Central Paraguaya de Trabajadores (CPT, controlada por el Partido Colorado) fue desbordada y se crearon la Central Unica de Trabajadores (CUT) y la Central Nacional de Trabajadores (CNT). Asociada a la corriente socialdemócrata del sindicalismo internacional la primera y con predominio socialcristiano la segunda, ambas organizaciones albergan corrientes más radicalizadas. En las últimas semanas estas centrales resultaron a su vez rebasadas por una nueva formación, el Frente Sindical y Social (FSS), estructurado en torno a sindicatos de empresas del Estado bajo la amenaza de privatización. El FSS y la Central Nacional Campesina e Indígena (CNCI) realizaron el 12 de febrero pasado un Congreso Popular, del que participaron dos mil delegados. La asamblea aprobó una marcha campesina y una huelga general para el 23 de marzo -aniversario del asesinato de Argaña – y decidió exigir inmediatas elecciones generales (no sólo para reemplazar al vicepresidente) y una Asamblea Nacional Constituyente. Sindicalistas y políticos de otras corrientes señalan a esta flamante organización como instrumento de liberales y oviedistas y le atribuyen escasa representatividad y capacidad de movilización. Como quiera que sea, el FSS tomó la delantera en el terreno político y puso a las restantes organizaciones gremiales ante la exigencia de definir una posición.

En esta tarea se empeña una coalición de organizaciones integrantes de una Mesa Nacional de Reconstrucción de las Fuerzas Populares. Allí buscan un punto de unidad la FNC, la CNT, la Central Sindical Campesina, el Movimiento de Juventud Campesina Cristiana, la Organización Nacional Campesina y la Coordinadora Nacional de Organizaciones Populares (los «sin techo»). Se trata de un amplio bloque social y político en torno de los exponentes más representativos del campo y la ciudad, donde confluyen además un sindicato docente y una federación de médicos de reciente formación.

Una anécdota grafica el clima imperante en Asunción. A las seis de la mañana, en la sala de espera del ministro de Defensa Nelson Argaña, decenas de personas aguardan turno para hablar con el hijo del ex vicepresidente asesinado y hermano del candidato a futuro vicepresidente. Desfilan con aires de conjurados y gestos reveladores de más dudas que determinación.

«No hay inestabilidad» asegura el ministro a este enviado. «Eso es propaganda de ABC, el diario de la mentira, el diario de Oviedo». Según Argaña, en las fuerzas armadas no hay el menor atisbo de indisciplina. Además hay un acuerdo unánime con las reformas estructurales propuestas para todos los ejércitos latinoamericanos por las autoridades estadounidenses. No hay motivos de inquietud. «Hay hambre porque hay corrupción», admite el ministro. «Eso se resuelve con democracia e inversiones. Las elecciones de agosto garantizan esa perspectiva. En cuanto a Oviedo, lo tenemos acorralado», asegura Argaña. «Le queda la alternativa del terrorismo o el suicidio», concluye. A poca distancia del ministerio está el Congreso. En la Cámara de Diputados este enviado es recibido esa misma mañana por miembros de la bancada oviedista. «Entrevistar al general es posible, pero toma algunos días», dice un legislador. Y ofrece a cambio un contacto telefónico. Disca un número en el teléfono de su despacho: «Jefe, aquí un periodista extranjero quiere hablar con usted». A lo largo de 55 minutos, Oviedo explica su posición, luego de recordar que ha estudiado en la Escuela Konrad Adenauer y que no es «un inepto y un ladrón como los actuales gobernantes». Sin prisa, Oviedo se explaya: «el ministro de Justicia es odontólogo y el de Agricultura un químico», dice. «Mis prisioneros de 1989 son los que están gobernando» agrega, con otra alusión incontrovertible: él fue quien con una pistola en una mano y una granada en la otra rompió el cerco que protegía a Stroessner y lo tomó prisionero junto con sus principales colaboradores. «Veo muy malo, muy negro, muy crítico el futuro inmediato de Paraguay», dice el hombre al que el ministro de Defensa considera al borde del suicidio y de quien las autoridades aseguran ignorar el paradero.

 

Danza de hipótesis

Además de la oficial, que prevé elecciones para la vicepresidencia el 13 de agosto y apuesta a la victoria de Félix Argaña, hijo del asesinado vicepresidente, se barajan varias alternativas para resolver la crisis política. El PLRA lanzó una ofensiva destinada a lograr elecciones generales en plazos perentorios. Pretende, con argumentos válidos, que la Suprema Corte de Justicia declare inconstitucional la permanencia del presidente González Macchi hasta el 2003. Con reserva de identidad, algunos de sus dirigentes admitieron ante este enviado que si esa hipótesis fallara, la opción sería alentar a militares para forzar la caída del Presidente.

Aunque resulte paradojal, esta táctica coincide con la del general Lino Oviedo. «Este gobierno se cae; no llega a agosto», dice el diputado Luis Villamayor, representante de esa corriente. Y continúa: «(a González Macchi) le quedan dos posibilidades para no terminar en la cárcel: renunciar y entregar el gobierno al presidente del Congreso, quien debería llamar a elecciones en 60 días, o un golpe de Estado. Aquí hay una competencia entre grupos para ver quién da primero el golpe». Villamayor asegura que las organizaciones sindicales «tienen demasiada fuerza para la salud del país» y fueron y son manipuladas por colorados y liberales contrarios a Oviedo.

Un ex obrero metalúrgico, Eris Cabrera, defiende no sólo el fortalecimiento de las organizaciones sindicales, sino su compromiso directo en la conformación de un futuro gobierno. «No hay salida en este marco; la reforma agraria y las medidas de fondo necesarias para salir de este desastre sólo pueden ser llevadas a cabo mediante la participación democrática y masiva de los campesinos, los obreros, los estudiantes y el conjunto del pueblo». Cabrera es actualmente secretario general del Movimiento Revolucionario Popular Paraguay Pyahurá (Nuevo Paraguay), un partido marxista fundado cinco años atrás.

Entre estos bloques se ubica el Partido Encuentro Nacional, frustrado intento de constituir una poderosa coalición a la vez progresista y confiable para los centros de poder locales y extranjeros, hoy fracturado entre quienes defienden la continuidad de González Macchi y quienes demandan la ruptura con el gobierno. «Sí, es verdad, casi todo el mundo está conspirando», admitió a este enviado el senador Benigno Perrota, un veterano luchador del Partido Febrerista, comprometido con la reforma agraria y las libertades democráticas. Visiblemente incómodo en su actual papel, Perrota toma distancia de las alternativas de resolución inmediata, asegura que el espectro partidario tradicional está perimido y aboga por la creación de una nueva fuerza de masas definida por un programa de «liberación integral de nuestro país».

Hay otra hipótesis, de la cual nadie habla, con excepción del diputado liberal Luis Ferrás, quien el sábado 19 dijo en un acto público que un cambio de gobierno sólo será posible a través de «una revolución armada donde haya ineludiblemente derramamiento de sangre»(6). Por si faltasen ingredientes conflictivos, Stroessner rompió el silencio guardado durante una década y anunció que está programando su retorno a Paraguay.

  1. La Opinión, Asunción, 16-2-00.
  2. Censo Agropecuario Nacional, 1991.
  3. CEPAL, Santiago de Chile, informe actualizado al último trimestre de 1999.
  4. Plan de Pastoral Orgánica, Conferencia Episcopal Paraguaya, 1981.
  5. La Nación, Asunción, 18-2-00.
  6. Noticias, Asunción, 22-2-00.

reseña

Democracia y sistema de mercado

porLBenLMD

 

De Charles E

Editorial: Fondo de Cultura Económica
Cantidad de páginas: 500
Lugar de publicación: México
Fecha de publicación: Enero de 1999

 

Lindblom, profesor de economía y ciencias políticas de Yale, hace un esfuerzo riguroso por hallar fundamentos científicos para el accionar político.

Descartada por definición toda viabilidad práctica para erradicar las iniquidades sociales mediante cualquier forma de revolución, el autor propugna y desarrolla con criterio sistemático el incrementalismo. “¿Necesitamos entonces cambios drásticos? Ciertamente sí. Sin embargo, teniendo en cuenta las estructuras políticas de las supuestas democracias, hay pocas esperanzas de lograrlo, excepto a través de largas secuencias de cambios incrementales”. Los otros dos ejes temáticos son el sustento real del pluralismo político y la integración de las ciencias sociales, específicamente de la economía con la política. En otro orden, el autor retorna a un debate olvidado: originalmente, el estudio científico de los fenómenos económicos era inseparable de la política; la disciplina nació como economía política. Pero a poco andar sobrevendría la fractura. Ya en 1820 uno de los padres de la ciencia económica, David Ricardo, le recriminaba a Thomas Robert Malthus: “Usted supone que la economía política es la investigación de la naturaleza y las causas de la riqueza y yo estimo que debería llamarse investigación de las leyes que determinan el reparto de la industria entre las clases que concurren a su formación”. Venció la óptica del ocasional corresponsal de Ricardo. A fines del siglo XIX el concepto fue alterado y, durante el siglo XX, la ciencia se transformó en “técnica”. Refiriéndose a las inconsecuencias en sus ensayos -que él mismo adelanta- dice el autor: “Las Universidades y disciplinas me presionaron y yo cedí (…) la verdad es que, aunque no se presionó a algunos científicos sociales, sí se impusieron limitaciones a muchos otros, entre los cuales me contaba yo.”; y tras narrar sus primeras experiencias difíciles reconoce: “aprendí la lección y decidí tener más cuidado en lo referente a mis propósitos académicos”.

Culminada su carrera, reconocido como uno de los más sólidos teóricos del capitalismo y tras una devastadora crítica a la ciencia política a la que denomina “predominante”, Lindblom puede afirmar : “dije y ahora repito, que avergüenzan las deficiencias de la teoría convencional, y que (ésta) necesita pedir ayuda al pensamiento radical”.

reseña

Conversaciones con Marx y Engels

porLBenLMD

 

De Hans Magnus Enzensberger

Editorial: Anagrama
Cantidad de páginas: 586
Lugar de publicación: Barcelona. Primera edición, 1973. Primera edición en castellano, 1974. Seguna edición en castellano,1999
Fecha de publicación: Enero de 2000

 

Conversaciones no es un título adecuado a la obra y puede dar una idea errónea respecto de su contenido al lector potencial. No hay asomo del recurso consistente en montar diálogos en los cuales el interlocutor elegido habla a través de sus textos, pero de acuerdo con el criterio del autor. Aquí el montaje es de otro tipo. Es una suma de cartas, apuntes, documentos, declaraciones y memorias -en la que no faltan jugosos informes policiales- que incluyen anécdotas, juicios personales o posiciones sostenidas respecto de los fundadores del socialismo científico.

Organizados por orden cronológico (entre 1823 y 1895) y con la única condición de que sus autores hubieran tratado personalmente a Marx y Engels, estos documentos incluyen por tanto la opinión de amigos y enemigos. Enzensberger ha realizado una laboriosa búsqueda y el resultado es un ensamble en el que, a través de los puntos de vista más diversos y con materiales igualmente heterogéneos -que van desde cartas familiares hasta iracundas diatribas por la organización de la Liga de los Comunistas o la Asociación Obrera Internacional- se van revelando rasgos personales, ambiciones científicas, pasiones y posiciones políticas de ambos amigos.

En medio de los grandes debates teóricos y las luchas sociales que conmovieron a la Europa del siglo XIX, aparecen entremezcladas peleas organizativas -a menudo increíblemente mezquinas- en las cuales los adversarios de Marx y Engels no ahorran calificativos para su condena.

No falta ninguno de los nombres relevantes que intervinieron en el combate filosófico y político. Y al recorrer sus controversias puede sorprender cuán poco han variado en un siglo y medio los temas -y las posiciones adoptadas ante ellos- que entonces debatían Marx y Engels con sus opositores reformistas, anarquistas o ultraizquierdistas.

Al final del libro Enzensberger incluyó un imperdible Indice de injurias y elogios, en el cual por orden alfabético extractó las opiniones de Marx y Engels sobre casi todos los que en las páginas anteriores han opinado sobre ellos.

reseña

La riqueza y la pobreza de las naciones

porLBenLMD

 

De David S. Landes

Editorial: Javier Vergara Editor-Grupo Zeta
Cantidad de páginas: 815
Lugar de publicación: Barcelona
Fecha de publicación: Enero de 1999

 

Profesor de historia y economía en Harvard y otras Universidades, Landes preparó este libro ideológicamente inspirado, como su título lo indica, en la obra fundacional de la economía política, La riqueza de las naciones, de Adam Smith, en los años de apogeo del “neoliberalismo”. Pero su aparición coincide con el precoz y ruidoso desplome de esta funcional postura teórica en el terreno de la economía, que sume en la perplejidad a buena parte de sus cultores. “La meta que me he fijado (…) es hacer una historia del mundo”, adelanta el autor. No hay correspondencia entre tan ambicioso objetivo y el saldo a la vista. Tampoco una respuesta inequívoca a las cuestiones: ¿por qué unas naciones son pobres y otras ricas? ¿por qué China, pionera en los grandes descubrimientos científicos y realizaciones político-económicas, cedió su lugar a Europa y fue relegada al atraso y la dependencia?.

Irrita a menudo, en un profesor de las más afamadas universidades del mundo, la ausencia de criterio y método científicos para respaldar conclusiones sobre temas cruciales; alarma el empleo hoy a la moda de tratar la historia con recursos de cierto periodismo estadounidense (impuestos por su editor en inglés, según aclara el propio autor) y pueden provocar más que rechazo explicaciones respecto de la diferente suerte entre las Américas del Norte y el Sur.

Pero el intento de ofrecer una visión global y unitaria de la historia económica mundial y la indiscutible erudición del autor valorizan estas páginas y las hacen tanto más útiles cuanto más evidente resulta la inconsistencia de sus tesis a la hora de concluir esta “historia del mundo” con respuestas para la acuciosa pregunta: ¿Hacia dónde vamos?

La «revolución pacífica» del comandante Hugo Chávez

porLBenLMD

 

Como un vendaval, el triunfo de Hugo Chávez en las elecciones venezolanas de diciembre de 1998 redujo a escombros el sistema político representado por socialcristianos y socialdemócratas. Anatematizado por su maltrecha oposición y por el establishment internacional como golpista, dictatorial, caudillo populista, Chávez promueve una reforma constitucional respetuosa de los derechos y de formulación avanzada, una alianza petrolera con Brasil y la justicia para su empobrecida población, que lo apoya pero sigue huérfana de organizaciones sociales movilizadoras.

 

Energías contenidas o desviadas durante dos décadas, reaparecen de manera tumultuosa, indefinida, corporizadas en la figura del presidente Hugo Chávez. Con la derrota electoral que su partido, el Polo Patriótico, le infligió el 6-12-98 a una apresurada coalición de todos los partidos que gobernaron Venezuela durante medio siglo, se desplomó un régimen y comenzó una revolución política que avanza «a velocidad endemoniada», como admitió Chávez a este enviado en su despacho del palacio Miraflores, ya entrada la noche de un caluroso domingo, con gesto a la vez revelador de una dura jornada de trabajo y del peso que supone su afirmación.

Basta recordar que los derrotados son Acción Democrática (AD) y Copei, los partidos de Carlos Andrés Pérez, titular durante años de la socialdemocracia en América Latina, y Rafael Caldera, el más exitoso de los socialcristianos en el continente, para concluir que se derrumbó mucho más que el andamiaje de poder venezolano. Primeras consecuencias de esta onda expansiva: el Congreso paralizado y vacío de contenido; 123 jueces procesados y suspendidos por la Asamblea Nacional Constituyente; otros 230 esperando su turno (hay 3.300 denuncias en la Judicatura); la Suprema Corte de Justicia desarticulada; la principal central sindical, controlada por AD, asediada por las corrientes opositoras e incapaz de apelar a las bases para sobrevivir…

Con este proceso en curso, en el país de Simón Bolívar afloran corrientes subterráneas anunciadoras de alteraciones trascendentales a una escala que excede con largueza la geografía venezolana: en diez meses se reconstituyó la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), el barril de crudo aumentó alrededor del 300 por ciento, con el impacto que esto supone para la economía mundial. Al mismo tiempo, un brutal giro de los ejes geopolíticos del hemisferio pone en cuestión el significado estratégico del Mercosur para proyectar una nueva línea, con apoyo en Brasilia y Caracas.

Es curioso: frente a este cúmulo de fenómenos que reclaman información, análisis y debate, el tema excluyente parece ser la vocación democrática o dictatorial de Hugo Chávez. Por cierto, esta figura que irrumpió con inusitado vigor en el escenario latinoamericano está cargada de incógnitas y no carece de rasgos contradictorios que generan dudas. Pero filosofías de la historia al margen, el individuo se eclipsa ante la magnitud del colapso político venezolano, el curso posible de las fuerzas desatadas y el impacto previsible sobre la región.

«Chávez lleva a Venezuela a una dictadura; pero su punto fuerte es que nos ha ganado con nuestras propias reglas» dice un alto dirigente de Acción Democrática, quien admite: «nuestro partido está destruido». Aunque habla con gesto de resignación escudándose en una promesa de anonimato, este hombre parece confiar en que la contraofensiva con base en la denuncia de deslizamiento hacia un régimen totalitario tendrá efecto «desde el exterior hacia adentro; el mundo comprenderá más fácil que este pueblo ganado por el populismo y la demagogia» dice.

Esta suerte de rendición en el frente interno es explicable. De hecho, las imputaciones de totalitarismo y el fantasma de la dictadura fueron consignas centrales ya durante la campaña electoral en 1998: a medida que los sondeos indicaban el crecimiento de la candidatura de Chávez, sus contrincantes acentuaron el rasgo más conocido del naciente líder: su condición de militar alzado en armas contra el régimen institucional.

Táctica sencilla, porque Chávez en ningún momento renegó de su conducta. En 1995, a poco de salir de la cárcel, el teniente coronel retirado, derrotado y aislado, decía: «Creo que todos esos partidos políticos que apoyan a Caldera sólo se están montando en el mismo barco para hundirse, ya que tienen una minoría de apoyo del pueblo, y el país está muy alejado de ellos. Nuestra preocupación es no aislarnos con ese país. No nos importa estar aislados de un país ficticio (…) Es posible que digan: aislamos al Movimiento Bolivariano Revolucionario-200 (MBR-200, transformado ahora en Movimiento V República a los efectos electorales, Ndlr) o a Chávez, pero yo creo que el sistema tiene jaque mate (…) por eso han lanzado una campaña salvaje de difamación contra nosotros, para tratar de sacarnos del tablero de juego, por no aceptar sus reglas, su imposición, y nuestras reglas no escapan de la vía violenta, seguimos creyendo en ella»(1).

No cambió el tono tres años después, cuando a la cabeza de una heterogénea coalición apoyada en el MBR-200 y numerosas fracciones de izquierda, Chávez decidió presentarse como candidato a presidente: apeló a la célebre noción de Clausewitz, según la cual la guerra es la continuación de la política por otros medios, pero invirtió los términos: «también podemos decir que la política es la continuación de la guerra por otros medios»(2). A la luz de los hechos, dos puntos quedan hoy fuera de discusión: su capacidad para saber dónde estaba el país real y la frontal honestidad en la denuncia al sistema, clave sin duda del volcánico desplazamiento en la conducta política de las mayorías.

Con la totalidad de la prensa apoyándose en ésta y otras definiciones aún más crudas, el candidato crecía cuanto más se lo atacaba como «enemigo de la democracia», puesto que a ésta se la identificaba con el régimen vigente. Como prueba de imprevisión y desesperación, AD y Copei retiraron sus candidatos cuatro días antes de las elecciones para apoyar a Salas Romer, un político que había ganado espacio para una nueva formación partidaria denunciando como corruptos e incapaces… a adecos y copeyanos. El 6 de diciembre, Chávez obtuvo el 56,3% de los votos, contra el 39,9% de todos sus enemigos aunados. Intrincadas teorías respecto del papel de los medios de comunicación como barrera insuperable para ejercer una política de oposición radical cedieron ante el efecto arrollador de una realidad más dura que las muy duras expresiones de Chávez: en Venezuela, un país ubérrimo, entre los principales exportadores de petróleo en el mundo, proveedor de la mitad del crudo que importa Estados Unidos, el 80% de la población está en situación de pobreza y el 46% en situación de pobreza estructural y pobreza extrema; la desocupación ronda el 20% y la capacidad instalada ociosa supera el 50%; la deuda externa privada y pública es de aproximadamente 35 mil millones de dólares.

Traccionado por semejantes fuerzas, el torbellino no ha cesado de crecer desde entonces. En la ceremonia de asunción del cargo, el 2 de febrero, el nuevo presidente juró «por esta Constitución moribunda» y acto seguido convocó a un referéndum para rehacerla: el 25 de abril obtuvo el 75% de los votos. En julio, cuando convocó a la ciudadanía a las urnas por tercera vez en seis meses para elegir diputados constituyentes, el 92% de los votantes, sobre la base de un 60% de abstención, se pronunció a favor de los candidatos respaldados por el presidente (127 sobre 132 integrantes de la Asamblea Nacional Constituyente, ANC).

«Cayó la tiranía» tituló el 26 de julio El Correo del Presidente (un diario que había entrado en circulación veinte días antes), devolviendo la moneda a la totalidad de la prensa, estupefacta pero irreductible en su denuncia al «chavismo». Desde una u otra óptica el saldo es indiscutible: un régimen inconmovible durante medio siglo hecho escombros en medio año.

 

Una política de largo alcance

«Comienza la revolución», declaró Chávez refiriéndose a la instalación de la ANC (3). Acusado de fascista «carapintada» tanto en Venezuela como en el exterior por casi toda la prensa, denunciado como «agente cubano» por el coronel Mohamed Seineldín (jefe de aquella corriente del ejército argentino), satirizado e insultado por Mario Vargas Llosa, Carlos Montaner y otras muchas plumas reconocidas de la gran prensa internacional, descrito en Argentina como remedo del presidente Carlos Menem (4), identificado luego con el presidente peruano Alberto Fujimori y anatematizado por la mayoría de las corrientes de izquierda, no resulta sencillo definir el carácter del fenómeno que lidera el ex teniente coronel, incluso si se admite su concepto de «revolución pacífica».

La dificultad se acrecienta porque la explosión de fuerza evidente en las urnas no se corresponde con la movilización social y, en ausencia de un movimiento de masas organizado y militante, el ritmo y curso de los acontecimientos derivan ante todo de las decisiones del presidente y el círculo más íntimo de sus colaboradores, entre los cuales descuellan sus ex compañeros de conspiración en las fuerzas armadas. Chávez, por lo demás, no facilita la labor. Aparte sus pronunciamientos en el terreno ideológico (ver recuadro), su conducta de singular versatilidad deja espacio para que cada quien crea que está ante un pragmático sin contacto alguno con objetivos asimilables a una revolución, o frente a un hábil conductor, sensible a las relaciones de fuerzas contemporáneas. Pero al margen de presunciones e impresiones, el anteproyecto de Constitución presentado con su firma de Presidente, luego de jurar nuevamente su cargo ante la ANC, ofrece elementos indicativos de una política de largo alcance.

«Ideas fundamentales para la Constitución Bolivariana de la V República» es el título del documento, fechado el 5 de agosto (5). El acápite titulado «Desaparición forzada de personas», además de condenar esta práctica en cualquier circunstancia sostiene: «El funcionario que reciba una orden o instrucción para practicarla tiene el derecho y el deber de no obedecerla y denunciarla». Bajo el acápite «Derecho a la igualdad y la no discriminación», puede leerse: «No se permitirán discriminaciones fundadas en la raza, la edad, el color, el sexo, el idioma, la religión, la opinión política o de otra índole, el origen nacional, étnico o social, la orientación sexual, la discapacidad y condición de salud y que tengan por objeto o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio en condiciones de igualdad, de los derechos y libertades de todas las personas».

Aquí, como en todos aquellos artículos que tratan cuestiones altamente conflictivas en el mundo contemporáneo (derecho al trabajo, a la salud, a la educación gratuita, a la vivienda, etc), al artículo descriptivo de los derechos le sigue otro que afirma: «El Estado promoverá las condiciones para que la igualdad sea real y efectiva y adoptará medidas a favor de grupos discriminados o marginados».

«Derecho a la libertad de pensamiento y expresión» es otro acápite, con tres artículos, encabezados por el siguiente: «(…) este derecho comprende la libertad de buscar y refundir información e ideas de toda índole, sin consideración de frontera, ya sea oralmente, por escrito o en forma impresa o artística o por cualquier otro procedimiento de su elección. El ejercicio de este derecho no puede estar sujeto a censura previa».

Nadie puede garantizar la voluntad oficial de aplicación futura de estos preceptos. Pero bastan dos horas de permanencia en cualquier ciudad venezolana para comprobar que una prensa agresivamente opositora ejerce sus derechos, desde ya, hasta límites sorprendentes, tanto en diarios, como radios y canales de televisión. De hecho, el único medio de prensa que resulta dificultoso obtener, incluso en el centro de Caracas, es El Correo del Presidente….

El acápite «Derecho a la alimentación» señala que «Toda persona tiene derecho a acceder a una alimentación suficiente adecuada. El Estado garantiza el derecho fundamental de toda persona a no padecer hambre. El Estado tomará todas las medidas necesarias para alcanzar la seguridad alimentaria de la Nación». Un tema de especial actualidad, el relacionado con el trabajo, es tratado como sigue: «Todas las personas tienen derecho al trabajo. El Estado garantizará la adopción de las medidas necesarias a los fines de que toda persona pueda obtener colocación que le proporcione una existencia digna y decorosa y le garantice la plena efectividad de este derecho. Es fin del Estado eliminar la desocupación y el subempleo (…) Los derechos laborales son irrenunciables. Será nula toda acción, acuerdo o estipulación que implique renuncia, disminución o menoscabo de estos derechos (…) La jornada laboral diurna de trabajo no excederá de ocho horas diarias ni de treinta y cinco semanales. La ley establecerá las excepciones. Ningún empleador podrá obligar al trabajador o trabajadora a laborar horas extras. Se propenderá a la progresiva disminución de la jornada, dentro del interés social y en el ámbito que se determine, y se dispondrá lo conveniente para la mejor utilización del tiempo libre».

 

Hacia la V República

Bajo el título «Eliminación del latifundio», un escueto artículo establece: «El régimen latifundista es contrario al interés social. La ley dispondrá lo conducente a su eliminación». Sobre el sistema económico: (…) «El sistema económico venezolano rechaza los extremismos dogmáticos y su desarrollo autogestionario se ubicará en un punto de equilibrio entre el Estado y el mercado, entre lo público y lo privado, entre lo nacional y lo internacional (…) deberá fortalecer la autonomía del país, mediante la defensa y el racional aprovechamiento de los recursos naturales y materiales, facilitando y promoviendo la participación de nuestros recursos humanos». «El Estado protegerá la iniciativa privada sin perjuicio de la facultad de dictar medidas para planificar, racionalizar y fomentar la economía e impulsar el desarrollo integral del país». «La República Bolivariana de Venezuela es propietaria de las riquezas del subsuelo y tendrá como obligación mantener bajo su control la explotación, transformación y en general la producción de aquellas indispensables para el bienestar y seguridad económica de la nación». «Quedan reservadas al Estado las actividades de exploración, explotación, transporte, manufactura y mercado interno de los hidrocarburos líquidos (…)».

No es posible interpretar el curso de una transformación política -para no hablar de una revolución- sobre la base de un anteproyecto de Constitución; mucho menos por anticipado. Con todo, es imposible desconocer la significación actual y potencial -no sólo en Venezuela- de estas definiciones. Tanto más si toman carnadura cotidiana y se sostienen en el tiempo.

Esa es, por cierto, una de las mayores incógnitas. El tiempo se aceleró. A poco de instalada la ANC desapareció la distancia entre dos épocas, entre las instituciones ya perimidas y las nuevas aún no consolidadas. Mientras tanto, se acentuó la crisis económica y la imagen internacional del gobierno de Chávez cayó como plomo, aunque las encuestas continuaron registrando un apoyo interno de entre el 70 y el 80% al Presidente. Paradoja difícil de asumir, porque el azote de la recesión provoca un malestar generalizado, palpable en la calle. En los planes iniciales la ANC tenía seis meses para redactar la nueva Carta Magna. A mediados de agosto, tras un episodio insignificante pero magnificado y distorsionado ante la opinión pública mundial, en el que diputados del Congreso aparecían reprimidos por un régimen dictatorial, el Polo Patriótico comprendió que no contaba con tal plazo. La ANC puso marcha forzada y el texto final está a punto de ser presentado a la sociedad.

Según lo planificado, se entregará una copia a cada venezolano y se promoverá el debate popular. Tras algo más de un mes de difusión, hacia fines de diciembre habrá un nuevo referéndum destinado a aprobar o rechazar la Constitución de la V República. Luego, en enero, una quinta convocatoria electoral deberá renovar todas las autoridades ejecutivas y legislativas. Incluso la primera magistratura. Chávez tendrá antecedentes golpistas, pero no hay un solo Presidente latinoamericano que pueda exhibir mayor transparencia.

¿Hay riesgo de que la población no responda positivamente? Preguntamos al presidente Chávez. «Siempre hay riesgos. Pero los riesgos se miden, se evalúan y se enfrentan. El pueblo venezolano ha venido elevando muchísimo su nivel de conciencia. Los engañadores de todas las horas, como los llamaba Gaitán, se estrellan de manera permanente contra una conciencia colectiva. Se han estrellado miles de millones de dólares en campañas de difamación, de terror. Esa conciencia se ha fortalecido mucho. Y tenemos pueblo para rato. Yo mismo estoy sorprendido con los resultados de las últimas encuestas, porque el gobierno se desgasta mucho. No es lo mismo estar en la oposición, en la calle, con el pueblo, protestando, que ser gobernante y recibir millones de quejas y no poder solucionarlas todas, en medio de una crisis espantosa. A pesar de eso, el apoyo popular al gobierno ha aumentado. Eso significa que aquella conciencia es roca; no es una espuma que subió en un momento determinado».

Esta confianza no excluye la certeza de la urgencia. Interrogado acerca de las medidas para atacar los efectos sociales de la crisis Chávez responde: «Nosotros tenemos una visión de largo plazo, pero no queremos caer en uno de los grandes defectos del pensamiento estructuralista, que tiene dificultad para mirar el corto plazo. Le ponemos mucha atención al corto plazo. Porque de eso dependerá que llegemos al mediano. Y del mediano al largo. Un puente hacia el camino. Los paliativos tocan lo estructural, pero marchan sobre lo coyuntural. Por ejemplo el Plan Bolívar 2000, un plan de atención inmediata, de emergencia, a los más necesitados, a los que más han sufrido los nefastos resultados de las políticas neoliberales de los últimos 10 o 15 años. Se trata de utilizar todos los recursos del Estado, civiles y militares, científicos, tecnológicos, financieros, para atender a ese 80% de pobreza, de marginalidad, hasta donde podamos. Ya tenemos seis meses con ese plan. Se han incorporado unos cien mil militares y civiles, hombres y mujeres, especialmente jóvenes, voluntarios, profesionales, médicos, que colaboran los fines de semana sin cobrar un centavo; personas que tienen propiedades y están donándolas para construir viviendas, hospitales, ambulatorios, atención a los ancianos, a los marginales, los niños de la calle. Acabamos de inaugurar el Banco del Pueblo para atender el desempleo, impulsar la empresa familiar. En la educación incorporamos un universo de 600 mil niños que no estaban yendo a la escuela, que estaban en la calle, sin atención de ningún tipo, y empiezan este año sus cursos. El programa Bolívar 2000 es en resumen el gran proyecto social en la coyuntura».

 

Otros frentes de tormenta

No hay desmesura en la efectividad de este plan articulado sobre la estructura de las fuerzas armadas en la calle y en función social. Allí estriba la popularidad del Presidente. Pero la operación tiene también otro objetivo: neutralizar la oposición interna militar, dificultar toda capacidad de reacción de aquellos mandos que en 1992 vencieron a Chávez y lo enviaron a la cárcel de Yare, pero también de otras franjas, ya claramente delineadas en la oposición.

Dos nombres sobresalen en este sector. El ex teniente coronel y actual gobernador del Estado de Zulia, Francisco Arias Cárdenas, miembro fundador del MBR, del que se apartó para ser candidato a gobernador por el partido Causa R, es uno de ellos. El otro, Francisco Visconti, encabezó la sublevación de la fuerza aérea en noviembre de 1992 -apoyada desde la prisión por Chávez y Arias- también rápidamente sofocada.

Desde posiciones diferentes -Visconti ocupa la derecha en la ANC- ambos parecen encaminados a ahondar sus diferencias con Chávez. Imposible medir hoy cuánto gravitan sobre las fuerzas armadas y hasta qué punto están dispuestos a reencontrarse con los restos del antiguo régimen para enfrentar al gobierno.

La cúpula sindical es el otro flanco de riesgo para el Polo Patriótico. Su distanciamiento de las bases no niega el poder efectivo de presión y, en otra coyuntura, de movilización. Algunos diputados constituyentes propusieron intervenir sindicatos y centrales y convocar a elecciones. Pero la iniciativa fue rápidamente descartada. El Frente Constituyente de los Trabajadores (un bloque de integrantes de la ANC con representación sindical), impuso el criterio de autonomía y encamina un referéndum en las bases de las cuatro centrales existentes para aprobar o rechazar la propuesta de creación de una organización sindical única, con autoridades surgidas de una elección conjunta.

En este entramado de conflictos internos no faltan lazos con otro frente de tormenta: las relaciones internacionales. No es menor en este orden la cuestión económica. El Programa económico de transición 1999-2000 comienza con esta advertencia: «El servicio de la deuda pública representa alrededor del 30% del gasto del gobierno central. Tal situación, unida a la recesión económica, obligará a nuevos endeudamientos y a una imperiosa necesidad de refinanciar, reestructurar o renegociar los compromisos contraídos fuertemente concentrado entre los años 1999 al 2008» (6). Sin embargo, más inmediato y candente es el choque político con Estados Unidos. El centro visible de ese conflicto reside en Colombia. La postura que Chávez expuso a LMD no deja lugar a dudas: «Rechazamos y rechazaremos de la manera más firme, categórica y enérgica posible la pretensión de una intervención militar en Colombia, que abarcaría a Venezuela también. El conflicto está por debajo, es como el agua: no hay un límite para el agua en el mar. Es un conflicto que desborda a Colombia. Y en eso coincidimos de manera firme con el gobierno del presidente Cardoso y así lo hemos hecho saber».

Cabe la hipótesis de que esta situación, con el dramático desarrollo que supone, tenga origen en otra fuente de conflictos entre el nuevo régimen venezolano y la Casa Blanca: reaparición de la OPEP, (en marzo próximo los presidentes de los países integrantes de esa organización paralizada durante décadas se reunirán en la capital venezolana), con el consiguiente aumento en flecha del precio del petróleo (para contrarrestarlo Estados Unidos decidió vender parte de sus reservas); intento de crear Petroamérica con Brasil por acuerdo o fusión de las estatales Petrobras y PDVSA; irrupción de Caracas como factor revulsivo en un ordenamiento geopolítico regional que parecía consolidado y en pocos meses sufrió cambios imprevistos y trascendentales…

Es incierto el rumbo que adoptará Chávez cuando estos múltiples hilos se anuden y pretendan atarle las manos. En junio de 1998, respondía ante una hipótesis extrema: «Estamos en capacidad de dar respuesta a una declaración de guerra (…) Las fuerzas armadas chilenas no son las venezolanas ni Hugo Chávez es Allende (y no me refiero al hombre -tengo un gran respeto por la figura histórica de Allende- sino a las circunstancias). Allende no tenía ejército» (7).

Chávez tiene también otras definiciones contundentes: «¿Cómo concebir a un Bolívar sin la masa? ¿Cómo concebir a Lenin sin los bolcheviques? ¿Quién va a mover solo un imperio como el español? ¿Sucre, Páez, Bolivar? Sin la masa jamás hubiese sido posible. Simón Rodríguez lo decía: la fuerza material está en la masa, la fuerza moral está en el movimiento» (8).

Ante un porvenir que apresura su llegada se replantean también otros conceptos del Presidente venezolano, confesados cuando recién salía de la cárcel: «Siento la amenaza de las viejas tendencias, en todas partes, en gente que tú pensabas, creías, o creíste que tenían concepciones distintas y resultaron el mismo virus de los partidos tradicionales. Si a algo le tengo terror es a eso, a verme dentro de 20 años convertido en un gobernador, alcalde o presidente, utilizando lo mismo que tú creías combatir o que de verdad en una ocasión combatiste. Lucho conmigo mismo para no dejarme arrastrar por las corrientes» (9).

No son tentaciones las que le faltan para abandonar la identidad de «revolucionario» que esgrime con satisfacción. Hasta la Casa Blanca combina mano dura con gestos de seducción; «las viejas tendencias» no cesan su labor. El año 2000, una vez aprobada la ANC y ratificadas las autoridades, comenzará de verdad el combate (y la cuenta atrás) del presidente venezolano en múltiples frentes, ante adversarios poderosos y simultáneos. Es el escenario más temido por quien conoce las leyes de la guerra.

  1. Agustín Blanco Muñoz, Habla el comandante, Fundación Cátedra Pío Tamayo. Centros de Estudios de Historia Actual. Universidad Central de Venezuela. Este libro registra conversaciones de Chávez con Blanco Muñoz, historiador marxista, entre fines de marzo de 1995 y mediados de 1998.
  2. Ibid. pág. 536.
  3. Correo del Presidente, 2/7/99.
  4. «Chvez, el menemismo tardío» , Clarín 15/7/99.
  5. Publicado como folleto de amplia distribución, como suplemento de El Correo del Presidente el 17-8-99 y disponible en la página web http://www.venezuela.gob.ve.
  6. Programa económico de transición. 1999-2000. Oficina Central de Información. Caracas.
  7. Habla el comandante, pág. 586.
  8. Ibid; pág. 423.
  9. Ibid; pág. 175.

 

reseña

Los usos de Gramsci

porLBenLMD

 

De Juan Carlos Portantiero

Editorial: Grijalbo
Cantidad de páginas: 214
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Enero de 1999

 

Cristo no puede ser responsabilizado por interpretaciones y conductas de ciertos cristianos. Marx no debiera ser juzgado a la luz de determinados marxistas. Lo mismo vale, salvando las distancias, para Antonio Gramsci, un comunista italiano de pensamiento vigoroso y trágica historia individual, injustamente valorado a partir de interpretaciones arbitrarias y carentes de rigor histórico y metodológico. El título de este libro es, por tanto, un acierto mayor.

Los usos de Gramsci está conformado por la suma de cuatro textos redactados en diferentes períodos: “Estado y crisis en el debate de entreguerras” (1981); “Los usos de Gramsci” (1975); “Gramsci y la crisis cultural del Novecientos” (1997); “Gramsci y el análisis de coyuntura” (1971).

En el trabajo que da nombre al volumen el autor expone acerca de lo que señala como “los “temas” de Gramsci”. Estos “aparecerán en el momento de la ofensiva política, en el del reflujo revolucionario y del ascenso del fascismo y se condensarán finalmente en los bosquejos agrupados en los cuadernos de la cárcel”. Para exponer estos “temas de Gramsci” el autor recurre a Lenin como contrafigura. El revolucionario italiano emerge de estas páginas como polo opuesto al corpus teórico del líder de la Revolución Rusa.

En los años ´70 ésta fue una noción difundida y aceptada en amplios círculos intelectuales y políticos. Por diferentes razones, era funcional a quienes con diversas orientaciones se apartaban del stalinismo, a quienes se aproximaban al peronismo montonero, e incluso a un flanco de la Unión Cívica Radical con el cual convergerían, en la década siguiente, intelectuales provenientes de las otras dos vertientes. Un fenómeno análogo se verificaba en buena parte del planeta, especialmente en Europa.

El debate teórico y político está lejos de haberse agotado. Pero en dos décadas ha habido numerosas contribuciones que esta reedición, a pesar de corregida y aumentada, no registra. La más importante -insoslayable para quien se interese en la polémica- es la que en 1977 publicó un marxista inglés, Perry Anderson, tituladaLas antinomias de Gramsci. Con riguroso tratamiento de los hechos y demoledora consistencia argumental, el por entonces director de New Left Review rescató el pensamiento de Gramsci, subrayó su potencia, expuso con respetuosa admiración sus flaquezas y enfrentó aquella noción a la moda.

Un cuarto de siglo después, polemizar acerca del lugar y el papel de Gramsci en la teoría y la práctica continúa siendo estimulante y, sin duda, educativo para quienquiera se preocupe por el rumbo en el que marcha el mundo.

Sem Terra: un movimiento original en América Latina

porLBenLMD

 

Decenas de miles de personas, llegadas desde todo el inmenso territorio, se concentraron a mediados de agosto ante la sede del gobierno, en Brasilia. Los Sem Terra se instalaban frente a la sede del poder. El desenlace inmediato de esta prueba de fuerzas es menos relevante que la lógica puesta en movimiento por esos millones de campesinos desamparados, pero con una idea precisa de sus derechos y lugar en el mundo.

 

Eligieron identificarse por lo que no tienen. Decisión chocante en tiempos de fetichismo consumista. Hallaron un nombre con fuerza de sentencia bíblica: Sem Terra (Sin Tierra). Y acaso sin proponérselo, en representación de cinco millones de familias desamparadas, sacudieron sin excepción a los partidos políticos de Brasil, al punto de ponerlos ante la exigencia de una drástica reformulación.

Hasta allí, bastante más de lo que la teoría política usual asigna como papel histórico a los campesinos. Pero los rasgos distintivos de los Sem Terra van más allá. En la conmovedora gesta de este movimiento que con extraña originalidad combina rasgos del más atrasado tinte feudal con signos de una modernidad ajena a su propio entorno, nada admira más que su capacidad para combinar las tres consignas que rigen su accionar («ocupar, resistir, producir» ), con el propósito de librar y vencer la batalla contra el analfabetismo y la falta de instrucción en sus bases: «Luchar sólo por la Tierra (ellos la escriben así, con mayúscula) no sirve. La lucha por la Reforma Agraria implica la conquista de todos los derechos sociales y la ciudadanía plena. La educación es uno de esos derechos» , afirman en sus proclamas (1).

 

Una historia vertiginosa

El Movimiento de los Sin Tierra (MST) se constituyó formalmente en enero de 1984, aunque la ocupación de fazendas (haciendas) había cobrado impulso ya en 1978, en coincidencia con una gran huelga metalúrgica que en San Pablo hería de muerte a la dictadura, inervaba un multifacético movimiento social y daba nacimiento, a partir del año siguiente, al hoy poderoso Partido de los Trabajadores (PT).

Acorde con rasgos singulares de la idiosincracia brasileña, en la gestación y consolidación del MST participaron diversas corrientes de izquierda. Entre ellas destacaban los sacerdotes integrantes de la Pastoral da Terra, brazo campesino de la radicalizada iglesia católica.

La demanda que aglutinó y movilizó centenas de miles de familias era por demás simple: reforma agraria. Estados Unidos había hecho la suya dos siglos antes. Y no hay quien deje de asociar este dato con la posterior grandeza económica de aquel país. En su programa, el MST propone que no existan propiedades de más de 750 hectáreas, «partiendo del supuesto de que ninguna familia que viva de la agricultura, incluso en forma capitalista, necesita un área mayor para progresar» (2). La ley estadounidense estableció en su momento un máximo de 400 hectáreas. De modo que los Sem Terra no podían ser calificados como subversivos. Por lo demás, la realidad agraria brasileña exime de toda argumentación: 600 millones de hectáreas en manos de grandes propietarios privados; 180 millones oficialmente clasificadas como latifundios; 44 % de las tierras permanecen ociosas. Ni las voces más conservadoras pusieron en duda la justeza del reclamo aunque, claro, los terratenientes agrupados en la Unión Ruralista de Brasil armaron ejércitos privados, que se cobrarían cientos de vidas para impedir ocupaciones o desalojar luego a las familias.

El presidente Fernando Henrique Cardoso explica que «el problema no se reduce a la cuestión cierta de una estructura fundiaria inicua. Refleja hoy igualmente la liberación de mano de obra, resultante de la profunda transformación del sistema productivo en el campo. Lo que ocurrió en Europa en el siglo pasado, se repitió en Brasil en la segunda mitad del siglo XX (…) la cuestión agraria no es únicamente económica. Es sobre todo social y moral» (3).

Pero parece ser que esta angustia ética se relativiza cuando se accede al Palacio del Planalto, sede del gobierno. Sucesivos mandatarios encargaron al INCRA (Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria) la aceleración del reparto de tierras. El primer presidente civil luego de la dictadura, José Sarney, prometió entregar tierras a 1.400.000 familias. Cuando cumplió su mandato eran poco más de 100 mil las que habían recibido una parcela. El funambulesco Fernando Collor de Mello, que lo sucedió, prometió asentar medio millón de familias durante su campaña electoral. Cuando renunció, acosado por denuncias de corrupción, el reparto de tierras era igual a cero. El vicepresidente que lo reemplazó, Itamar Franco, redujo la promesa a 100 mil familias. Pero apenas satisfizo a 20 mil. En cuanto a Cardoso -desde siempre comprometido intelectualmente con la reforma agraria- en 1994, antes de asumir su primer mandato, se comprometió a entregar tierras a 280 mil familias en sus primeros cuatro años de gobierno. Tampoco este menguado objetivo fue alcanzado.

Fue por esa brecha inabarcable entre promesas oficiales y realidad que irrumpieron los Sem Terra.

 

Amplio arco social

Una particularidad sobresaliente del MST es que constituye en sí mismo un frente social de considerable amplitud. En efecto, integran este movimiento desde pequeños propietarios hasta asalariados rurales. Una somera clasificación muestra el espectro. El aparcero (parceiro); trabaja con su familia, alquila tierra y produce con sus propias herramientas; a menudo aporta también semilla, abono, etc. La particularidad es que paga al propietario con el producto de su cosecha. Un porcentaje habitual es el 30%, aunque existen los más variados acuerdos. Cuando el contrato establece la distribución por mitades, el campesino es llamado mediero.

Otra variante es el arrendatario: como el parceiro, trabaja con su familia y sus herramientas, pero paga precio fijo al terrateniente. Existen arrendatarios de grandes extensiones, que no son considerados sem terra. Pero es habitual hallar en la primera categoría a quienes utilizan temporariamente mano de obra asalariada.

El posseiro (ocupante) es aquel que se asienta en un terreno con su familia y lo trabaja como si fuera propio, pero no posee título de propiedad. Esta modalidad se observa sobre todo en el Nordeste, en la región conocida como «frontera agrícola» ; las tierras ocupadas suelen ser del Estado.

«Pequeño agricultor» se denomina a quien, por regla general, posee menos de cinco hectáreas de campo y trabaja con su familia. El producto obtenido es obviamente insuficiente para la subsistencia, por lo cual esta categoría -al igual que las de ocupantes, arrendatarios y aparceros- suele combinarse con aquella que, en cualquier caso es cuantitativamente dominante en este conglomerado social: la de los asalariados rurales.

Completan este universo una inclasificable cantidad de sem terra que expulsados por la miseria emigran a las grandes ciudades y erran a la búsqueda de trabajos temporarios, viven de la limosna, la prostitución o la delincuencia e integran otro movimiento social en ciernes, conocido como los «sin techo» . Esta derivación explica en buena medida las disputas cuando se trata de cuantificar a los sin tierra. No obstante, puede afirmarse que suman alrededor de 5 millones de familias.

Contrasta con esta amplitud la alta homogeneidad del movimiento. Existen sólo dos organizaciones representativas: la Confederación Nacional de los Trabajadores en la Agricultura (CONTAG) y el MST; pero este último es, a gran distancia, la fuerza de mayor vigor y envergadura, con base en 23 Estados, aunque su fuerza se halla preponderantemente en el Sur y el Nordeste (4).

El artículo 184 de la Constitución de Brasil sostiene: «Compete a la Unión expropiar por interés social, con el objetivo de la reforma agraria, el inmueble que no esté cumpliendo su función social» . Con tal respaldo las direcciones del MST tienen argumentos legales poderosos para su accionar. Por eso no pueden sorprender derivaciones como lo ocurrido recientemente en Belem, Estado de Pará, donde un solo contratista tiene siete millones de hectáreas, una extensión mayor que Suiza. Unas 800 familias ocuparon la Hacienda Cabaceira. El gobernador Almir Gabriel ordenó el desalojo, para lo cual dispuso un batallón de 500 hombres abastecidos de armas químicas, perros y equipamiento de guerra.

Un grupo de dirigentes y campesinos se instaló frente a la sede del gobierno estadual y emitió la siguiente declaración: «Nosotros, del MST, venimos en nombre de cualquier conciencia moral, a pedir a la sociedad un repudio a este estado de cosas (…) prometemos que resistiremos. Si se llega a la violencia de los desalojos, juramos por nuestra dignidad de brasileños, herederos de los esclavos y de su lucha por la libertad, que reocuparemos las haciendas. Que haremos marchas, actos públicos. Que seguiremos a Belem, que nos transformaremos en 10, 100, millares, y prometemos un levantamiento de los pobres del campo para poder denunciar la tiranía de aquellos que no respetan a nuestro pueblo» (5).

Existen cientos de casos como éste, en los que se plantean constantemente situaciones límites. Según cifras oficiales, en 1996 ya había en Brasil 145.712 familias trabajando en 1564 «asentamientos» que ocupan 4.870.172 hectáreas (6). Esta realidad, combinada con la composición, contenido programático y modalidades operativas del MST, han planteado la duda acerca de si éste no es, en realidad, un partido político.

De hecho, el distanciamiento del MST con el PT -que hasta ahora lo contuvo en términos políticos- sumado al hecho de que numerosas tendencias internas de este partido rechazan la línea oficial -que califican de conciliacionista o reformista- parece anunciar un realineamiento de fuerzas que, eventualmente, podría redefinir formalmente a los Sem Terra, quienes persisten en reconocerse como «movimiento social» , pero no niegan su carácter político ni ocultan sus propósitos en ese terreno. Las palabras, se sabe, jamás alcanzan a develar la realidad de un fenómeno social. Ya lo decía Goethe: «gris es la teoría, amigo mío; y verde por siempre el árbol de la vida».

 

  1. «O MST e a Educação» ; documento oficial, Brasilia, 1998.
  2. Documentos del Primer Congreso del MST, 1990.
  3. Reforma Agraria, compromiso de todos. Introducción de Fernando Henrique Cardoso; 1997.
  4. F. S. A. Görgen; Esbozo histórico del MST.
  5. Declaración de Dirección Estadual del MST, 22-7-99. Belem/Pará/Brasil.
  6. INCRA, Brasilia, 1996.

 

referencia ineludible para la recomposición de fuerzas

El marxismo cubano

porLBenCR

 

Recomponer las fuerzas marxistas a escala de cada país e internacionalmente supone arribar a un diagnóstico común de la realidad mundial y su dinámica, elaborar un programa de acción, acordar los trazos generales de una estrategia, reafirmar métodos y criterios de organización y de combate. Tras ese propósito, los análisis, las caracterizaciones, las líneas y métodos para la acción asumidos ante el mundo por la dirección del Partido Comunista de Cuba a través de los discursos de Fidel Castro, constituyen documentos programáticos de importancia clave para el debate de la vanguardia

Crítica expuso en la edición anterior su posición respecto de las causas de la guerra contra Yugoslavia y adelantó el significado de la reformulación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Se trata de un aspecto crucial de la coyuntura histórica que atraviesa el mundo, frente al cual han trastabillado organizaciones de todas las tendencias del pensamiento revolucionario (y algunas han caído estrepitosamente). Corresponde entonces publicar una edición extra para dar la palabra a la dirección revolucionaria cubana a través de sucesivos pronunciamientos de Fidel Castro (en el Congreso Internacional de Cultura y Desarrollo, el 11 de junio; ante jefes de Estado y de gobierno en Río de Janeiro, el 28 de junio y frente a una multitud de estudiantes brasileños, en Belo Horizonte, el 1° de julio) respecto de la nueva y complejísima fase de la crisis capitalista mundial inaugurada por estos acontecimientos.

Estudiar y debatir estos materiales es parte inseparable de la tarea de rearme teórico encarada desde diversos ángulos por numerosos luchadores marxistas.

Un año atrás, en su N° 19 Crítica propuso entablar «un debate sin concesiones que interprete y busque el saldo de cuatro décadas de accionar de la dirección encabezada por Fidel Castro».

El propósito no era limitarse a cantar loas o hallar deficiencias en esa dirección, sino encarar un análisis comparado de las posturas adoptadas por las diversas variantes revolucionarias, utilizando el parámetro cubano «como espejo de los errores e injusticias cometidos por las diferentes organizaciones y corrientes que se consideran marxistas».

No hubo debate sin embargo. Su lugar continuaron ocupándolo la apología vacía o el dicterio irresponsable, formas diferentes de una misma conducta, consistente en no asumir la propia historia; en no encarar el análisis marxista de las corrientes que se proclaman marxistas.

Hacia fines del año pasado, ya con la crisis capitalista internacional gravitando con el máximo de fuerza y de manera directa sobre todas las tendencias de izquierda, y en lo que parece ser el non plus ultra en la fragmentación y debilitamiento de las organizaciones revolucionarias marxistas, se multiplicaron las voces críticas y autocríticas en todas las regiones del planeta.

Bien es verdad que en no pocos casos tales intentos emprendieron un camino sin retorno hacia el pensamiento idealista. Pero no lo es menos que, entre los restantes, se observan calificados esfuerzos por reapropiarse del arma de la teoría, sea a través de un accionar envarado en la voluntad revolucionaria, sea a través de ensayos autocríticos. Entre estos últimos, no obstante, casi sin excepción se omite la trayectoria de la Revolución Cubana como punto de referencia para el análisis.

Esto responde a tradiciones de diferente origen. Las corrientes provenientes del stalinismo maoísta -algunas de las cuales han desplegado en los últimos años un enérgico accionar en favor del reagrupamiento de sus fuerzas- no pueden revisar la posición que a fines de los ’60 las llevó a denunciar irresponsablemente a Fidel Castro como agente de lo que caracterizaron como «imperialismo soviético» (algunas llegaron a acusarlo de haber asesinado al Che), sin que se les desplome todo el andamiaje teórico-político sobre el que todavía se apoyan.

Algo análogo ocurre a la casi totalidad de las diversas denominaciones trotskystas. Entre éstas, destacan tendencias caracterizadas por su solidez teórica y seriedad en el posicionamiento político. Pero como regla general la omisión se explica porque las miradas autocríticas parten de una premisa tan arraigada como carente de fundamentos, según la cual desde los años 30 no existieron corrientes revolucionarias marxistas por fuera del así llamado «movimiento trotskysta internacional».

Con el monopolio del pensamiento revolucionario sobre sus espaldas, para tales corrientes la revisión crítica se circunscribe necesariamente a sus maestros y cultores. El precio de semejante concepción metafísica es que así como años atrás frente a un desafío de la realidad se apelaba, como criterio de verdad, a lo que Trotsky había dicho en tal ocasión, en tal lugar, ahora se llenan páginas y más páginas para mostrar que en tal ocasión, en tal lugar, el revolucionario ruso estaba completa e insanablemente errado, y allí se halla la causa de los desaguisados propios.

El panorama se completa con una variedad de organizaciones de carácter centrista, provenientes del stalinismo de cuño soviético, para las cuales el espejo cubano es doblemente gravoso, a menos que se lo utilice exclusivamente de manera superficial y apologética.

Así, el debate continúa postergado. Pero el agravamiento de la situación mundial lo hace más urgente y necesario que nunca. Y la Revolución Cubana, con sus 40 años de gallarda permanencia es, más aún que en cualquier otro momento de su historia, el parámetro insoslayable para llevarlo a cabo.

No faltan, en la militancia marxista internacional, cuadros de sólida formación y rica experiencia. Sería imperdonable negar o desconocer su contribución, incluso si tales virtudes están acompañadas por errores muy graves del pasado en cuanto a diagnósticos y líneas de acción. Igualmente, sería imperdonable desconocer el valor potencial de análisis y opiniones por el hecho de que los autores no hayan logrado formar y mantener en el tiempo una organización revolucionaria de peso. Semejante conducta implicaría desconocer el sinuoso y contradictorio recorrido de la lucha de clases internacional durante el siglo que termina; supondría partir de una interpretación no marxista respecto del desarrollo del pensamiento y la organización marxistas.

¿Qué decir entonces de los pronunciamientos de Fidel Castro? Estos no son documentos elaborados por un individuo o un equipo aislado de las masas y sin gravitación en el terreno político, sino por la dirección revolucionaria de todo un pueblo que, a despecho de su pequeñez geográfica, pesa extraordinariamente en el escenario político mundial. A lo largo de 40 años (es imperativo leer hoy el discurso de Fidel en mayo de 1959, cuando cinco meses después de la victoria revolucionaria anunció el comienzo de la Reforma Agraria), estos documentos trazan con nitidez el esfuerzo de una dirección marxista por extender la revolución, afianzar su poder, contrarrestar el peso mortal del stalinismo y superarse a sí misma en todos los terrenos. El desprecio que a menudo practican valiosos marxistas hacia esta columna fundamental de la revolución mundial contemporánea no logra disimular flaquezas de honda y compleja raigambre en los cuadros que adoptan tal actitud.

 

Cometido pendiente

Aquilatar el significado del marxismo cubano durante la segunda mitad del siglo XX es una tarea pendiente e insoslayable para quienquiera se sienta involucrado en la recomposición de fuerzas. La posición respecto de la Revolución Cubana es una divisoria de aguas no sólo respecto de las expresiones ideológicas y políticas del capital, sino también respecto de las propias organizaciones marxistas.

De hecho, la posición de los revolucionarios frente a una Revolución -desde la Comuna de París hasta nuestros días- ha sido siempre motivo de grandes controversias y son incontables los casos de figuras notorias que no aprobaron la aparentemente sencilla prueba de reconocer si estaban frente a una Revolución o su contrario.

Pues bien: se trata de distinguir una vez más si la dirección cubana encarna o no una Revolución en marcha y qué papel juega frente a la contrarrevolución. Tal conclusión determina alineamientos estratégicos que ningún sofisma puede desdibujar. Por imperiosa que sea la necesidad de sumar fuerzas, no puede haber unidad organizativa en un partido revolucionario marxista sin acuerdo sobre este punto, decisivo para definir la situación y las perspectivas de la crisis mundial.

Por eso, entre otras razones, a la consigna unidad de la izquierda oponemos el concepto de recomposición de fuerzas marxistas. Sólo un pensamiento anquilosado podría confundir esta noción con el seguidismo acrítico o la imposibilidad de señalar diferencias allí donde las hubiere, respecto de una fuerza a la que se caracteriza como revolucionaria en el cuadro político internacional.

Ante la inminencia de un colapso mundial del capitalismo y la necesidad de ofrecer una respuesta efectiva, el pensamiento marxista y su expresión política organizada deberán trabajar conscientemente por una negación de todo aquello que durante décadas negó la teoría científica de la lucha de clases y la organización de los revolucionarios. En esa ardua labor participarán, cada una con su bagaje histórico, las diferentes corrientes en que se fraccionaron los revolucionarios por causas objetivas y subjetivas que transcienden a cada organización. El debate teórico y la práctica como único criterio de verdad producirán, en su momento, un salto cualitativo.

A eso denominamos recomposición de fuerzas. Cuando finalmente plasme, tal síntesis superará necesariamente a las vertientes que la compongan. Lejos de cualquier eclecticismo, las corrientes de pensamiento y acción revolucionario negarán sus componentes enfrentados con las necesidades de la evolución humana y rescatarán en un plano superior los valores de la teoría marxista y la política revolucionaria. Quedarán en el pasado sus antecedentes, algunos contradictorios al punto de representar lo inverso de lo que pretendieron sus postulados.

Sobre ese pasado, no corresponde exigir unanimidad. La Historia no puede ponerse a votación. Por el contrario, es preciso alentar todo impulso hacia la investigación y la crítica, a las que sólo se le opondrá el arma de la dialéctica materialista, aferrada por revolucionarios probados en la lucha cotidiana y en el marco de un partido disciplinado para el combate de clases.

El marxismo cubano -¡¿quién lo duda?!- tendrá un papel preponderante como vertiente histórica y como fuerza palpitante en la recomposición. Sus lagunas teóricas y sus debilidades políticas se han probado menos gravosas que las de la mayoría -si no la totalidad- de las demás corrientes proclamadas marxistas en cualquier parte del mundo. Emerger de esta década contrarrevolucionaria con las mismas banderas de hace 40 años y tener la capacidad de enarbolarlas con todo un pueblo y centenas de miles de militantes en todo el mundo tras ellas, es prueba irrefutable de un vigor y potencialidad que no ha mostrado ninguna otra tendencia marxista. Ese es el significado del arsenal teórico y político disparado en los discursos de Fidel Castro que se reproducen a continuación.

No hay que decir que si alguien piensa lo contrario, o se siente autorizado para hacer un aporte crítico que supere el papel objetivo y subjetivo de esta dirección, tiene no sólo el derecho sino la obligación de tomar estos textos y ponerlos bajo el fuego de la crítica marxista. Lo único inaceptable es la diatriba basada en amalgamas, sofismas, desconocimiento del accionar cotidiano de la dirección encabezada por Fidel Castro y liviandades ajenas por definición a la conducta de un revolucionario serio.

 

Nuestras tareas

Un destacamento marxista responsable no le exigirá jamás a otra organización revolucionaria lo que no puede hacer él mismo. Nuestra línea de acción en pos de la recomposición de fuerzas marxistas, no está basada en lo que pueda realizar el PC de Cuba, aunque lo cuenta como protagonista y principal punto de referencia.

Es un hecho que a la orientación destinada a lograr la unidad de los revolucionarios, o su par unidad de izquierda (a la de una u otra manera se ha sumado prácticamente la totalidad de las tendencias marxistas), le hemos opuesto la estrategia de unidad social y política de las masas explotadas y oprimidas -con prescindencia de su definición ideológica- y la recomposición de fuerzas marxistas.

De ningún modo consideramos que la dirección cubana esté obligada, por la consideración que sea, a encabezar esa tarea de recomposición. Una constante en los discursos de Fidel Castro es la alusión a las limitaciones que afronta cuando habla en público. Son las mismas que ponen obstáculos insalvables durante largos períodos a una dirección revolucionaria con el gobierno de un país bajo su responsabilidad. Basta seguir la secuencia durante 40 años, para observar si estas barreras han sido una excusa para no tomar compromisos y eludir responsabilidades o una realidad impuesta por el marco objetivo en el que actúa siempre una dirección revolucionaria.

Por nuestra parte, vemos allí una rara combinación de firmeza y ductilidad frente a las exigencias de cada coyuntura, que tiende siempre a romper el límite planteado por las relaciones de fuerzas objetivas y a la vez cuida que esa ruptura no se vuelva en contra de lo ya obtenido. Se trata de una escuela de accionar político revolucionario (Lenin fue el pionero y máximo exponente) en la que todo militante debería formarse, para eludir a la vez las trampas del posibilismo y las del maximalismo como norma, la estridencia como método y como constante la ausencia de correspondencia entre palabra y acción.

Como quiera que sea, la inexistencia de organizaciones marxistas con arraigo real en las masas es, además de lo obvio, una barrera para que un partido que conduce el gobierno de un país se relacione públicamente con pequeños agrupamientos que se consideran revolucionarios. Así, se establece una interacción negativa, que tiende a aislar y debilitar en diferentes planos a unos y otros. Para nosotros éste es un dato objetivo que sólo cambiará cuando organizaciones revolucionarias marxistas se muestren capaces en los hechos de encabezar la lucha de las masas.

Mientras tanto, la elaboración propia de posiciones respecto de cuestiones centrales de la realidad mundial y nacional y su permanente cotejo con las posturas oficiales del PCC -así como el estudio y consideración rigurosos de opiniones y análisis de otras corrientes en las que reconocemos voluntad revolucionaria y esfuerzos por reafirmar la teoría marxista- constituyen la metodología para avanzar en la doble e inseparable brega por la unidad social y política de las masas y la recomposición de fuerzas marxistas. Se trata en todo caso de mantener una inalterable independencia de criterio, que no escatimará respaldo a quien sea que cumpla la hoy más difícil que nunca tarea de sostener ante las masas del mundo la bandera roja, la propuesta socialista y la conducta comunista.

Así, mediante la educación, la persuasión y el combate franco de ideas y líneas de acción, se avanzará por el camino de la recomposición de fuerzas. El marxismo cubano será una palanca poderosa para ese movimiento. Y a su vez, todo éxito redundará en una superación del cuerpo teórico y el accionar político de la dirección revolucionaria cubana.

De allí que esta tarea de elaboración crítica es una obligación respecto de la Revolución Cubana misma. Es evidente que ésta ha dado de sí más de lo que pudiera esperar la inteligencia más optimista. Pero su resistencia encuentra como límite el curso de la lucha revolucionaria y socialista a escala mundial. Y ésta tiene como factor decisivo la recomposición de fuerzas marxistas y su capacidad para afrontar exitosamente la batalla por el socialismo. Mientras esta perspectiva no produzca un salto cualitativo, el marxismo cubano estará constantemente acosado por tendencias centristas e incluso francamente contrarrevolucionarias, como lo puso dramáticamente de manifiesto Raúl Castro, a nombre del Buró Político, en su célebre Informe al Comité Central en marzo de 1996 (*). Esto lo ratifican las medidas de depuración interna del PCC que en junio pasado pusieron al margen de sus filas a 1500 integrantes acusados por «maltrato a la población», «desvíos y uso indebido de recursos estatales o presunta malversación», «descontrol económico e irregularidades y falta de exigencia administrativa», «conducta social impropia de militantes», «falta de prestigio» e «inconformidad con medidas disciplinarias y maltrato a trabajadores» (**).

La humanidad asiste a la peor crisis en la historia del sistema capitalista. Sin una recomposición de fuerzas marxistas en todos los planos, el proletariado y los pueblos oprimidos de la tierra no podrán evitar que las potencias imperialistas arrastren al mundo a la barbarie (***). Nada más ajeno al pensamiento marxista que la idea de que éste puede rearmarse y proyectarse como arma decisiva de lucha sobre la experiencia exclusiva de un pueblo o la genialidad -supuesta o real- de algunos dirigentes. Esa es una deformación metafísica que ha causado estragos en las filas revolucionarias.

Y debe ser descartada de antemano al empeñarnos en multiplicar esfuerzos para difundir, estudiar y confrontar con la teoría y la práctica el pensamiento vivo del marxismo cubano, como parte insoslayable del debate mundial contemporáneo. Desde su primer número Crítica ha tratado de cumplir con ese objetivo. Hoy, nuestro llamado es a realizar orgánica y públicamente ese debate a nivel nacional, regional e internacional.

 

Notas 

*.- Ver Informe al CC del PCC, de Raúl Castro, en Crítica N° 14, pág. 12 y la Introducción de la Redacción, ib. pág. 4.

**.- Granma, reproducido en El Espejo N° 67; pág. 4.

***.- Ver Carta abierta a la militancia; Crítica N° 21; pág. 4.

reseña

Rusia bajo los escombros

porLBenLMD

 

De Alexandr Solzhenitsyn

Editorial :Fondo de Cultura Económica
Cantidad de páginas: 200
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Enero de 1999

 

Esta obra es mucho más que una descripción inteligente. Es ante todo el alarido desgarrado -desgarrador- de un gran escritor. Y un ensayo que, en exacta reproducción del medio que lo alimenta, combina genialidad y ceguera, grandeza y miseria, coraje y cobardía, determinación y pusilanimidad, en proporciones que perturban al lector.

No conviene confundirse: Alexandr Solzhenitsyn, premio Nobel de literatura, autor de libros imprescindibles para entender aspectos fundamentales de la ex Unión Soviética, continúa aferrado al misticismo, y lejos de cambiar su postura filosófica ante el pasado reciente de su país, avanza aún más por el camino del anticomunismo y la religiosidad como única respuesta.

El libro no es un ensayo riguroso con valor científico para explicar el colapso y la actualidad rusas. El escritor se impone al pensador; la percepción supera por lejos a la reflexión; y la búsqueda sincera y apasionada de un hombre insobornable produce destellos de genial intelección sobre la realidad rusa que ningún estudioso podrá desconocer.

Tras una gira por todo el país, durante cuatro años, el autor comienza su obra con un recurso tomado del periodismo: reproduce las frases que más lo impactaron durante sus conferencias y encuentros con el pueblo.

Estos registros terminan a fines de 1997; en agosto de 1998 Rusia se declaró insolvente, lo cual si para el mundo exponía la imposibilidad de completar la transición al capitalismo, para sus habitantes decuplicó las penurias. Pero ya en 1995, dice Solzhenitsyn, «viajé por la región del Volga (…) En mis reuniones, cada vez que alguien elogiaba el pasado (comunista), lo aplaudían unos dos tercios del auditorio. Cuando yo objetaba que los presentes, siquiera por su edad, no conocían los horrores del pasado, la sala se llenaba de murmullos de protesta».

Como se ve, a menudo importa más la honestidad intelectual. Esa misma actitud lleva al autor a conclusiones que en los teóricos provocan los más encendidos debates: «saltamos -nos arrojaron- no al Mercado sino a la Ideología de Mercado (sin que éste existiera)», dice Solzhenitsyn desde su defensa de una sociedad medieval.

Imperdible resulta la descripción de los múltiples efectos del stalinismo (Solzhenitsyn lo denomina, sin ingenuidad, comunismo) en la conciencia de las masas rusas.

No faltan propuestas en el texto; y no carece de interés leerlas, para comprobar hasta qué punto de desorientación e incoherencia puede llegar una inteligencia sobresaliente cuando no tiene en qué apoyarse. Pero son estas preguntas, desmesuradas en su patetismo, las que mejor definen a Rusia bajo los escombros.

A la fuerza original del texto, la acompaña una traducción que merece el mayor encomio, porque ha vertido al gran escritor en un castellano a su altura.

Al leer este fruto paradójico de un espíritu genial extraviado en mundos metafísicos y encarnado en posiciones ultra reaccionarias, vienen a la memoria las palabras con que Hegel señaló que el hombre libre no le teme a la grandeza y se congratula de que lo grande exista.

reseña

Cultura e imperialismo

porLBenLMD

 

De Edward W. Said

Editorial: Anagrama
Cantidad de páginas: 542
Lugar de publicación: Barcelona
Fecha de publicación: Enero de 1996

 

No es un mérito desdeñable, en un libro publicado originalmente en 1993, presentarse con una palabra por entonces extinguida en los círculos intelectuales: imperialismo. Menos aún si se propone exponer la vinculación entre éste y la cultura, no como descubrimiento arqueológico de un pasado remoto, sino como actualidad de decisiva gravitación en materia de arte, literatura, periodismo y acción política.

Ese es el cometido de Edward Said, de origen palestino, profesor de literatura comparada en la Universidad de Columbia, políglota, miembro del Consejo Nacional Palestino entre 1997 y 1991.

Buena parte de las más de 500 páginas que componen este abigarrado texto producirán placer a quien espere de un autor erudición, originalidad, penetración y valentía. Said adelanta que su método «consiste en trabajar lo más posible sobre obras individuales, leyéndolas primero como grandiosos productos de la imaginación creadora e interpretativa, y luego mostrándolas dentro de la relación entre cultura e imperio».

Entre las muchas obras sobre las que aplica su escalpelo, sobresale el tratamiento de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, y de la ópera Aída de Giuseppe Verdi. Sin disimular su admiración por éstas y otras expresiones de la cultura occidental, Saíd las ilumina desde un ángulo que habitualmente escapa incluso a miradas calificadas: su condición no sólo de «productos» de una ideología imperialista, sino y sobre todo por su carácter de «instrumento» para que ésta se consolide y perpetúe. El autor llega a sugerir que la novela como género es un fruto histórico de la expansión imperial y puede percibirse la insinuación de que aquélla acabará con ésta. Pero este punto no será retomado a lo largo del extenso ensayo, excepto cuando hacia el final ataca con agudeza y determinación el papel del periodismo en relación con el tratamiento de las culturas no occidentales, y específicamente la guerra contra Irak en 1991.

Said aclara: «Usaré el término imperialismo como definición de la práctica, la teoría y las actitudes de un centro metropolitano dominante que rige un territorio distante». Hay demasiado espacio para la ambigüedad y la imprecisión en esta fórmula. Y por allí se abren grietas que debilitan la ambiciosa arquitectura propuesta por el autor. Aun compartiendo las esperanzas universalistas de Said resulta difícil obviar la enorme distancia existente entre su descripción del conflicto y la fragilidad de su propuesta.

Acaso por la misma causa, el libro adolece en algunos de sus capítulos de lo mismo que condena: atacar la cosmovisión imperialista desde un nacionalismo estrecho.

Desde luego es comprensible que en el momento en que escribió Cultura e imperialismo Saíd haya sido empujado a respaldarse sobre todo en la clásica posición «tercerista». Pero el precio de tal recurso es alto, aunque el autor no escatima compromiso tanto para exponer la condición última de ciertos nacionalismos árabes como la conducta de intelectuales occidentales acomodaticios.

El libro de Saíd no merecía una traducción deficiente hasta la exasperación y una edición que no ahorra innumerables errores tipográficos, palabras perdidas y hasta errores de ortografía que no ennoblecen a la industria editorial española.