Empantanados

PorLBenAXXI

 

Irak muestra el camino por donde marcha Estados Unidos desde hace años. Y los resultados que obtiene.

Es un error suponer que los estrategas del Departamento de Estados enviaron al Pentágono a ganar una guerra en aquel país. La estrategia no es ganar –conocen la imposibilidad– sino guerrear. Y, apoyados en su abrumadora superioridad bélica, provocar destrucción material y social más allá de lo imaginable.

Para el imperialismo en vertiginosa declinación la victoria consiste en quebrar, desarticular y degradar al extremo la sociedad atacada. Para Washington, gobernar es devastar. Su victoria consiste en llevar al enemigo hacia atrás en la historia, más atrás del medioevo. Degradar al ser humano, además de destruir la base material de cualquier desarrollo económico futuro. Convertir al ciudadano en lobo desesperado.

Irak es el ejemplo más acabado. Pero están allí Afganistán, después Libia, el objetivo a medias logrado en Siria, ahora
Palestina y Ucrania… y las armas constantemente apuntadas contra América Latina, con foco en Venezuela.

De motor poderosísimo del desarrollo en todos los órdenes, Estados Unidos pasó a ser lo contrario: fuerza destructora y retrógrada, que empuja a la humanidad al abismo. La quema y saqueo de la Biblioteca de Bagdad, en 2003, es el símbolo estremecedor del papel actual de Estados Unidos en la historia humana.

De tal modo, cada victoria es un paso más hacia su propio empantanamiento y prólogo de inexorables derrotas. También desde ese ángulo Irak resulta revelador: Obama retorna con tropas y armas sofisticadas al país demolido porque creó un monstruo cuya amenaza va más allá de su área de acción directa. Sin drones, con una simple daga, ante las cámaras de TV de todo el mundo, un salvaje enajenado decapita a un periodista estadounidense y empuja contra el gobierno a millones de sus aterrados conciudadanos. Detalle elocuente: el verdugo es británico. La CIA calcula que 12 mil europeos integran las huestes de islamitas fanáticos actuando en oriente medio. No tienen estimaciones serias sobre la cantidad latente en Europa y Estados Unidos.

 

Ciénaga económica

Luego de un año de ocultar, mentir y tergiversar sistemáticamente respecto del curso de la economía en los tres principales centros imperiales, los organismos financieros internacionales debieron admitir lo obvio: el PIB estadounidense cayó en el primer trimestre y arrastró los ensueños de recuperación durante 2014. Después de haber sostenido todo lo contrario, el Fondo Monetario Internacional (FMI) corrigió a la baja todos sus pronósticos para este año y el próximo. Como puede esperarse, la propia corrección mantiene la tónica que obliga a realizarla: continúa ocultando, tergiversando y mintiendo. No obstante, es harto elocuente: de abril a julio el FMI pasa de una previsión del PIB mundial para 2014 del 3,7% al 3,4%. Nada, se dirá. Pero aún con sus cifras (que volverán a ser corregidas a la baja en diciembre), la dinámica es transparente: aun con la fantasiosa previsión del FMI para Estados Unidos en los tres últimos trimestres, el PIB crecería menos del 3% en 2014 y 3% en 2015.

Paralelamente, la necesidad de equilibrio exige a la Reserva Federal acabar con la “quantitave easing”, que traducido significa urgencia por aumentar la tasa de interés y, con ello, quitar combustible a la economía mundial. De lo contrario, se agrava la perspectiva de acelerar hacia un nuevo colapso financiero internacional.

Como sea, el FMI admite que la eurozona crecerá 1,1% en 2014 y 1,5% en 2015. En compensación, el Fondo corrige en alza el PIB de Japón para 2014: 1,6%. Y lo anuncia en 1,1% para el año próximo. La palabra crecimiento, en estos guarismos, es más que falaz. Con aumento del 3% la economía estadounidense está estancada. El 1% europeo y japonés equivale al rigor mortis. Interrelacionadas las tres, indica recesión en todo el mundo imperialista. La tendencia europea a la deflación anuncia, por lo demás, que la recesión vuelve a apuntar hacia una depresión: el colapso de 2008 no fue resuelto. Y las magras victorias para impedir entonces la reiteración multiplicada de 1929 han agotado ya su potencia.
Es irónico que el propio FMI ponga el contrapeso positivo en lo que llama “países emergentes y en desarrollo”, cuyo crecimiento sería del 4,6% en 2014 y de 5,2% en 2015 (ambos revisados también a la baja). A la cabeza de estos países estarían los Brics. Pero con bemoles: Rusia pasó en la corrección del FMI de 1,3% a 0,2% para este año y de 2,3% a 1% para el próximo. Brasil, se sabe, está en mengua y revisada a la baja cada mes. China, en cambio, dice el FMI, aunque reduce la inversión en vivienda, crecerá alrededor del 7,5%.
En esto reside la deriva guerrerista de Estados Unidos y sus socios. Es la crisis estructural, irreversible, del sistema capitalista.

Significado del realineamiento global

PorLBenAXXI

 

 

Algo debe explicar que en Londres y Santa Cruz de la Sie­rra, simultáneamente, ocurran encuentros de alta signifi­cación en los que oradores diversos se suceden para advertir sobre la gravedad de la crisis económica mundial.

Un sitio web reseñó con sarcasmo –insuficiente para ocultar el temor– una reunión en la capital británica donde se discutió “la amenaza capitalista al capitalismo”. En ese escenario la presidente del FMI (Fondo Monetario Internacional) habló sin rodeos: tras citar la conclusión teórica de Carlos Marx según la cual el capitalismo “acarrea las semillas de su propia des­trucción”, Christine Lagarde advirtió que “el capitalismo está en riesgo de implosionar”.

Al otro lado del mundo, la Declaración de Santa Cruz plas­maba un diagnóstico desde el ángulo opuesto, pero con idén­ticas conclusiones: “Creemos que el mundo se enfrenta a la peor crisis financiera y económica desde la Gran Depresión, y nos alarman los efectos adversos que está teniendo esta crisis sobre todo en los países en desarrollo. Creemos que la crisis ha puesto de relieve puntos débiles y desequilibrios sistémi­cos de larga data de la economía mundial, y ha puesto más de manifiesto la insuficiencia y el carácter antidemocrático de la gobernanza económica mundial”.

La titular del devaluado FMI hablaba ante “inversionistas internacionales que controlan 30 millones de millones de dó­lares de activos –un tercio del total global”, según el sitio Po­liticoMagazine. Con motivo del cincuentenario del G77, en Bolivia se reunían 129 gobiernos del mundo subdesarrollado y dependiente.

Uno de los oradores en Londres, el príncipe Carlos, expresó su preocupación ante el curso de los acontecimientos seña­lando que “el trabajo a largo plazo del capitalismo es servir a la gente, y no al revés”. Un izquierdista postmoderno y coro­nado. Evo Morales probablemente desconocía el dislate real cuando, como anfitrión de la exitosa cubre del G77 y China, puso el centro en la decadencia del capitalismo y subrayó que la solución no podría provenir de ese sistema.

Rodeado de megamillonarios en el salón Guildhall, el go­bernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, explicó con tono de alarma: “Así como toda revolución se come a sus propios hijos, el fundamentalismo de mercado no supervisado puede devorar el capital social esencial para el dinamismo a largo plazo del capitalismo”. Ese capital social con riesgo de ser deglutido es el control ideológico del sistema sobre las masas explotadas.

Los mandatarios reunidos en Bolivia apuntaron en otra di­rección: “Afirmamos la necesidad de reformar la estructura financiera internacional, de manera que tengamos un sistema financiero y monetario que refleje las realidades del siglo XXI, incluido un sector financiero internacional debidamente regla­mentado que reduzca y desestimule las inversiones especula­tivas, a fin de que se puedan movilizar los mercados de capital para alcanzar el desarrollo sostenible, y de que esos mercados desempeñen un papel constructivo en la agenda mundial para el desarrollo”.

El contraste habla por sí mismo: en 2014 los más altos actores del capital toman el libreto declamado durante medio siglo por el antes denominado Tercer Mundo, es decir, la necesidad de que intervenga el Estado en la economía para regular (supervisar, dicen ahora) el mercado y garantizar el futuro. En cambio, el G77 llega a una conclusión escalofriante para los centros imperiales: es necesario crear un nuevo sistema financiero y monetario internacional.

No es una mera formulación: ya lleva seis años de existencia el Sucre, la moneda virtual del Alba. Y ahora vienen en cascada fenómenos semejantes pero de magnitudes incomparables, entre los que destacan los acuerdos de intercambio con prescindencia del dólar entre Rusia y China y el mecanismo común puesto en marcha por Rusia, Bielorusia y Kasajstán que gravita ya sobre otros países del área. Habrá que ver qué discuten los Brics a fines de este mes en Brasil.

La fuerza que empuja esa dinámica está aludida en la Declaración del G77: “Nuestros países, individual y colectivamente, se enfrentan a desafíos emergentes y que continúan, como la desaceleración de la economía mundial y sus efectos en nuestros países”. Señalaron además un punto en especial que, horas después de que las delegaciones de los cinco continentes abandonaran Bolivia estallaría en Argentina: el eterno edeudamiento: “Nos preocupa el hecho de que, con la crisis económica mundial, las economías de un número cada vez mayor de países en desarrollo se están viendo afectadas y de que algunos países se están volviendo más vulnerables a nuevos problemas relacionados con la deuda externa o incluso a crisis. Por consiguiente, resolver los problemas de la deuda externa de los países en desarrollo constituye una parte importante de la cooperación internacional y de la alianza mundial para el desarrollo fortalecida”, dice la Declaración, a la vez que clama por “la necesidad de una enérgica recuperación”.

 

Recuperación y sistema

Sería pueril desconocer las diferencias que atraviesan al G77 y China, mellando su capacidad de acción efectiva conjunta. Igualmente errado sería ocultarse las razones que amalgaman ese conjunto extremadamente heterogéneo. En un larguísimo texto imposible de reseñar aquí, la Declaración las expone: urgencia por cambiar el sentido del movimiento y pasar de la recesión al crecimiento; malestar por “la falta de medidas sistémicas y mecanismos de rendición de cuentas adecuados para abordar las causas y los efectos de las crisis financiera y económica mundial, que plantea el consiguiente riesgo de que se mantenga el patrón de los ciclos de crisis”; urgencia en la “necesidad de que los países desarrollados asuman un nuevo y mayor compromiso con la cooperación internacional a fin de prestar apoyo al cumplimiento de las aspiraciones de desarrollo de los países en desarrollo”.

Sobre todo en la dinámica impuesta por el curso de la economía en los países centrales, esas razones dan margen para lo que la teoría política marxista ha llamado Frente Antimperialista. Dentro de límites obvios, incluso en el seno de las Naciones Unidas ese frente puede actuar –y actúa– como escollo a veces efectivo y siempre insoportable para Washington.

Una estrategia de revolución no puede desconocer el concepto acuñado y afirmado en el tercero y cuarto Congresos de la Interneacional Comunista. El Frente Antimperialista es un instrumento clave hoy para intentar el supremo objetivo de evitar que Estados Unidos avance con su irracional carrera guerrerista y enrumbe a la humanidad hacia un holocausto planetario. Pero es también un puente imprescindible para que fuerzas inmensas, acuciadas en todo el mundo por la crisis capitalista, encuentren un curso positivo al agotamiento de la propuesta keynesiano-desarrollista del sistema (hoy, vale insistir, adoptada por el gran capital amenazado).

En Santa Cruz la presidente Cristina Fernández disintió amigablemente de Evo Morales señalando que “el mundo actual no es capitalista”, en alusión a la preponderancia de la especulación financiera. En esa visión, compartida por muchos –incluso autores y organizaciones de izquierda– la demencial deriva hacia la especulación sería causa de la perversión de sectores dirigentes y no resultante necesaria de la crisis intrínseca del sistema. Desde otra atalaya, Christine Lagarde, cita a Marx y asume que es el propio desarrollo del capitalismo el que lleva a su destrucción. Apelando o no a Marx, el punto de disidencia es si el capitalismo puede ser restaurado. Y si es en este sistema que se pueden alcanzar los objetivos en los que coincide el G77 y China.

Se trata del principal debate teórico político de este momento histórico: ¿puede el sistema capitalista recomponerse y emprender un camino de desarrollo y bienestar para la humanidad? Un debate subordinado es si el sistema llega al punto de colapso únicamente por acción de una fuerza política contraria, o si el capitalismo lleva consigo la semilla de su destrucción.

Pero esta controversia decisiva no se resuelve en artículos o libros, aunque unos y otros sean imprescindibles. Será al calor de conmociones sociales y políticas provocadas por la crisis económica actual –y su inexorable agravamiento– que la batalla de ideas tomará cuerpo en estrategias revolucionarias asumidas por pueblos enteros. O no…

Como sea, en Bolivia se expresaron coincidencias que harán reflexionar a los estrategas del Departamento de Estado. Su conclusión es previsible: a cualquier precio es preciso frenar la perspectiva socialista encarnada en el Alba.

Tanto más si, como instó Evo Morales, Rusia se suma al G77, este bloque alentará la conformación y afirmación de nuevos centros de poder en un mundo pluripolar. A condición de que se asuma la necesidad de dar respuesta e incluir también a los trabajadores y la población oprimida de Estados Unidos y Europa, hoy azotados por una crisis inédita, en este nuevo mundo el imperialismo estadounidense no sólo ya no es la voz inapelable, sino que estará impedido de propagar la violencia y la destrucción masiva, única terapia para el paciente agónico. Ése es el significado del esfuerzo de Bolivia al acoger con su revolución a representantes de todos los vientos.

Fase crucial de la Revolución Bolivariana

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América XXI, Julio 2014.- consumada la victoria frente al plan golpista detonado en febrero, el gobierno de Nicolás Maduro afronta la necesidad de llevar hasta el fin el combate contra la “guerra económica”. En ese punto de extrema tensión, debe lidiar también con no pocos nombres asociados al proceso iniciado y llevado muy lejos por Hugo Chávez, que dan un paso atrás, o al costado, en el punto crucial del combate.

Desde finales de mayo se hizo evidente que la guarimba estaba agotada. Quedó igualmente a la luz el fracaso en el intento de lanzarse a una especie de foquismo terrorista de ultraderecha, sobre la base de comandos mercenarios.

Es la coronación de una cadena de desastres políticos de la oposición. Leopoldo López, opositor de proclamada filiación fascista e iniciador del plan golpista, se entregó para preservar su vida ante amenazas de otros partidos de la coalición burguesa, tras el fracaso del delirante propósito de secesión que independizaría a Mérida de Venezuela. Como bravo combatiente, López subió por propia voluntad a un carro donde el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, lo esperaba para llevarlo sano y salvo a prisión.

La otra cabeza tonante de la asonada, la diputada amiga de George Bush María Corina Machado, fue expulsada de la Asamblea Nacional tras cometer un error insalvable: por indicación de la CIA aceptó un cargo de embajadora de Panamá (!) para acusar a Venezuela ante la OEA(!!). Además, ahora está formalmente procesada por sus públicos llamados al derrocamiento violento del presidente Nicolás Maduro.

Como corolario, la denominada Mesa de Unidad Democrática, el frente único contrarrevolucionario promovido por Washington, detonó una feroz lucha interna y perdió coyunturalmente toda posibilidad de ser y aparecer como dirección de la oposición.

En un desesperado intento por recomponerse, las filas diezmadas de la contrarrevolución fueron instadas a movilizarse nuevamente en guarimbas en la última semana de junio. Al menos en su primer ensayo, el martes 24, sólo lograron mostrar su extrema debilidad.

A la luz de estos acontecimientos pudo afirmar el vicepresidente Jorge Arreaza: “La guarimba ha sido totalmente neutralizada. No pudieron los sectores golpistas de la ultraderecha contra el Gobierno y el Estado venezolano”.

 

Rayo inesperado

Un aspecto de la furiosa ofensiva golpista ordenada por el Departamento de Estado fue exitoso sin embargo: la guerra económica. Carestía y desabastecimiento fueron inducidos desde el momento mismo en que Maduro ganó las elecciones, el 14 de abril de 2013, y no dejó un momento de tregua desde entonces. Paralelamente, no pocos funcionarios integrantes de las partes blandas adosadas a toda Revolución, convencidos de que Maduro no resistiría, acentuaron conductas corruptas en todos los terrenos. Uno de ellos fue la de la asignación de divisas, lo cual dio lugar a una fuga significativa de dólares, que a poco andar agravaría los efectos de la guerra económica.

El Gobierno reaccionó con un plan global para afrontar esa amenaza, gravísima por tres razones fundamentales: contribuyó al aumento de precios y el desabastecimiento; trabó la proyectada aceleración en la transición pacífica y, sobre todo, afectó a la moral y la confianza de importantes franjas de la población que apoya a la Revolución.

En marcha la contraofensiva programada por la dirección revolucionaria político-militar para vencer en la guerra económica, que incluye la realización del III Congreso del Psuv, cayó sobre el tormentoso cuadro político venezolano un rayo imprevisto: unas horas después de ser reemplazado de su cargo, con todos los honores, el ex ministro de Planificación Jorge Giordani hizo pública una carta de elevadísimo tono crítico, en la que condena la política económica –a cuyo timón estaba él mismo- y descalifica de manera injuriosa al presidente Maduro.

Días más tarde otro ex ministro, Héctor Navarro, quien más aún que Giordani acompañó a Hugo Chávez desde el comienzo de la Revolución, se solidarizó con su ex colega de gabinete, aunque lo hizo sin atacar a Maduro, a quien pidió en cambio una revisión de las críticas.

Ni que decir tiene: ésta fue la pólvora para que la oposición interna y el imperialismo cargaran sus armas sin munición. A partir de allí se relanzó con vigor la ahogada campaña de prensa continental contra la Revolución Bolivariana y su Presidente.

Aparte de que en su texto Giordani omite cualquier responsabilidad propia, el ex ministro revela un odio personal por definición ajeno a un dirigente revolucionario. Y, como queda probado, además de demorar 10 años en criticar lo que condena tras perder su cargo, lo hace sin la menor consideración por el efecto político coyuntural de su conducta.

En la catarata de textos acerca de esta actitud (muchos de ellos reproducidos en www.americaxxi.com.ve) destaca la del diputado pesuvista Jesús Faría, quien califica la carta de Giordani como «desconsiderada e infame». Faría agregó: «sus críticas a la política económica del Gobierno es una mezcla de verdades, medias mentiras, medias verdades y muchísimas mentiras».

No es el lugar aquí para poner bajo la lupa las ideas económicas de Giordani. Baste decir que si en algo no tuvo colaboración fundada en sólida teoría marxista y eficiente capacidad práctica el ex presidente Chávez, fue en la planificación económica. Es fácil comprenderlo al leer un libro que el ex ministro publicó el año pasado al respecto, que eventualmente analizaremos en estas páginas. Ahora el tema es otro.

El breve texto de Navarro, un hombre noble y laborioso, no puede ser calificado de la misma manera. No obstante, él también incurre en una suerte de reacción al estilo francotirador, ajena desde luego e incompatible con el accionar en un partido revolucionario que, para colmo, está bajo fuego enemigo.

 

La transición continúa

 

“La igualdad entre los venezolanos tiene un solo concepto y lo trajo Hugo Chávez al siglo XXI: hoy se llama socialismo bolivariano”, dijo Maduro al finalizar el desfile en conmemoración del 193 aniversario de la Batalla de Carabobo. “Estamos unidos firmemente alrededor del Plan de la Patria, que es la obra más completa y acabada para el presente y el futuro del país, hecho por la pluma de Chávez” recalcó, para completar el contenido esencial de su mensaje con la esperanza de que “no se impongan las fuerzas disolventes que se impusieron en el siglo XIX”. Luego remató: “exijo máxima lealtad y disciplina a todos los líderes revolucionarios”.

Es la expresión política, rotunda, de la contraofensiva económica y la preparación del país para la constante amenaza bélica que, si bien tiene asiento en las fronteras de Colombia, proviene inequívocamente de la Casa Blanca.

Tal peligro no parecen asumirlo hasta sus últimas consecuencias cuadros de valía de la Revolución Bolivariana. En casos, porque se ha impuesto la idea de que es posible construir el socialismo sin enfrentar enemigos poderosísimos, en los terrenos que él plantee. En otros, porque ante la durísima y eventualmente cruenta perspectiva de llevar adelante la transición, optan por frenar. Estos últimos, a su vez divididos entre quienes tienen como basamento un pensamiento reformista, y aquellos que, por diferentes razones, retroceden ante la magnitud del desafío.

Sólo para sectas izquierdistas –en el sentido que Lenin le daba al término- este curso del gobierno venezolano puede dar lugar a condenas descalificatorias, aunque sí hay espacios para consideraciones críticas, incluso severas. Al margen los casos individuales, se trata de que también en este terreno el bolivarianismo revolucionario, como conjunto, es víctima de un momento histórico de extraordinaria degradación en la teoría, la organización y la estrategia socialistas. Sin esa perspectiva son incomprensibles las deficiencias, las sinuosidades, los errores a veces torpes en materia económica –particularmente en relación con la planificación- o en otras áreas. Pero lo sorprendente no son estas falencias, sino que, en ese cuadro de retroceso mundial de las luchas y la conciencia del proletariado, Venezuela haya logrado avanzar la revolución social, política y económica hasta el punto donde hoy está. Tanto más que para hacerlo debió combatir milímetro a milímetro contra el pensamiento reformista predominante en el escenario político e intelectual en todo el mundo, infiltrado por mil ranuras en la Revolución. Por si eso fuese poco, se trata de un proceso singular, puesto que no parte de la derrota violenta del Estado burgués, lo cual presenta retos políticos y teóricos en los cuales la dirigencia está obligada a “inventar o errar”, como proponía Simón Rodríguez. Claro que no todos los inventos salen bien. Los sabios profesores que condenan ese esfuerzo desde un escritorio sólo revelan que no sirven para conducir una Revolución viva, real.

No sólo en Venezuela vale recordar que el mundo no se divide entre traidores y traicionados, como parecen creer las sectas y los sectarios, error en el que no debería incurrir la militancia. Pero sí se divide, sobre todo en el vórtice de la lucha de clases, en revolucionarios y reformistas.

Hasta el momento, la conducción político-militar de la Revolución Bolivariana da una y otra vez pruebas de que mantiene en alto el legado de Chávez y avanza, en las circunstancias dadas, por el camino de la transición al socialismo. Mientras eso no pueda ser negado con hechos, la obligación de todo revolucionario es apoyar al gobierno bolivariano. Con el derecho a la crítica, desde luego; pero teniendo en cuenta que criticar una Revolución no es tarea a cumplir con un artículo en la web. Un revolucionario es, por definición, crítico y rebelde. También militante, esforzado y leal, disciplinado, contrario a toda mezquindad e individualismo.

25/6/14

 

 

 

 

 

1° de mayo: amenaza de guerra y esperanza socialista

PorLBenAXXI

 

“Que esta revolución siga siendo pacífica, ya no depende de nosotros”. El mundo debería tomar nota de esta advertencia de Nicolás Maduro en su discurso del 1º de mayo.

Delante del orador había un pueblo de pie. La clase obrera fue el nervio vital de esta inabarcable movilización que desbordó Caracas y replicó en todas las capitales del país. El Partido Socialista Unido de Venezuela actuó como motor y articulador, sumando a todas las organizaciones del Gran Polo Patriótico. Éste es en los hechos un frente antimperialista que completa la unificación del conjunto social tras el proyecto de transición personificado en Maduro. A su vez el presidente obrero expresa la ya probada unidad de la Dirección Político-Militar, que en el último año dio continuidad al proyecto revolucionario de Hugo Chávez y volvió a vencer, en todos los terrenos, los denodados intentos golpistas de la burguesía y el imperialismo.

En suma: el 1º de mayo millones de trabajadores, jóvenes, fuerza armada y pueblo en general, manifestaron su decidido apoyo al gobierno revolucionario y a su presidente, que también dijo en la tribuna: “Hoy es día de lucha contra el capitalismo. Es día de lucha por el socialismo”. Y completó su advertencia inicial: “(si hubiese un golpe) el pueblo decretaría una huelga general y se iría a la insurrección”.

¡Cuánta falta hace un lenguaje claro y resuelto como éste en más de un país latinoamericano! No obstante, tal vez sea necesario traducirlo, puesto que en franjas de la derecha hemisférica, pero también de ciertas izquierdas, no parece ser interpretado: la Revolución Bolivariana ha sido y seguirá siendo democrática, subrayó Maduro. También ha sido hasta ahora una revolución pacífica. Pero que siga siendo pacífica ya no depende de la Dirección Político-Militar, sino del imperialismo y la burguesía. De la venezolana, por cierto, pero también las de América Latina, que hoy acompañan el diálogo de paz desde Unasur: la soberana decisión de construir el socialismo no está en cuestión. Quien quiera torcer la voluntad mayoritaria por fuera de las reglas de la Constitución de 1999 deberá asumir que desata la violencia en Venezuela y da inicio a una conflagración regional.

Una guerra civil como en Siria, como antes en Afganistán, Irak y Libia y ahora en Ucrania: ésa es la meta trazada por el imperio y sus socios. Sólo que en Venezuela y Ucrania, aunque por vías diferentes, han encontrado su límite.
Creyeron ese objetivo al alcance de la mano tras la muerte de Hugo Chávez. A partir del 12 de febrero último, oscuros estrategas del Norte jugaron sus piezas claves en Venezuela, Colombia y Panamá, para poner al gobierno de Maduro ante la opción de renunciar o lanzar a la Fuerza Armada contra un movimiento presentado al mundo como rebelión popular encabezada por estudiantes.

La opción pareció inexorable en Mérida, con zonas “liberadas” por grupos paramilitares, pero también por momentos
en Caracas, donde grupos altamente entrenados, encabezados por mercenarios extranjeros, con tácticas aceitadas de enfrentamiento extremo bajo la forma de guerrilla urbana y con armamento especial, intentaron pasar de las guarimbas con relativa participación civil al terrorismo avalado siquiera pasivamente por un sector de la sociedad. Los hechos, mostrados paso a paso en el informe especial de esta edición, muestran el fracaso de esa escalada.
Quien esto escribe se siente obligado a explicar que él mismo supuso que el choque frontal era impostergable. En esa presunción hubo una evaluación parcialmente errónea de dos componentes: el descontento social provocado por los efectos de la guerra económica y el grado de cohesión y afianzamiento en la Dirección Político-Militar de la Revolución Bolivariana.

Pese a la peligrosa magnitud del primero, la adhesión revolucionaria de las masas no retrocedió más allá del punto crítico: la conciencia pudo más que el cruel látigo de la carestía, el desabastecimiento y la suma de impericia y corrupción en bolsones del aparato del Estado. El segundo no estaba probado antes y ahora pasa a ser factor principal: la destreza táctica de una firme estrategia transicional y la capacidad política para implementarla.
Como sea, el hecho es que la contrarrevolución falló una vez más. Como en abril de 2002, pero en un plano cualitativamente mayor, abril 2014 plasmó una nueva victoria para la Revolución y la consecuente, costosísima, derrota para el imperialismo y sus agentes locales. En el volátil damero del cuadro político regional, este saldo puede computarse como un laurel para América Latina y un sensible desplazamiento de las relaciones de fuerzas a favor de los países del Alba. Aunque la tensión continuará y se agravará sin pausa, planteando desafíos cada vez más elevados, esto se traduce ya en la política regional.

 
Provocación mayor

Clave en este desenlace fue la mesa de diálogo con la oposición. En consecuencia, contra ésta apuntó el núcleo resuelto a llevar a Venezuela a la guerra.

En la noche del 26 de abril un grupo comando, encabezado por un ex jefe de la Policía Metropolitana, emboscó, baleó primero, torturó luego y finalmente completó el crimen con otros tres disparos a Eliécer Otaiza, símbolo del militar comprometido con la Revolución, con la lucha contra la burguesía, el imperialismo y, particularmente, contra la corrupta cohorte de infiltrados en el aparato del Estado. El asesinato de este hombre querido y respetado por los revolucionarios pudo hacer explotar el diálogo de paz. Más aún: conocido el hecho poco antes de la movilización del 1º de mayo, pudo haber transformado la imponente movilización ya en curso en una descontrolada reacción punitiva contra figuras de la burguesía.

También allí fallaron los cálculos contrarrevolucionarios. La disciplinada combatividad radical mostrada por millones el 1º de mayo se combinó con la veloz y eficiente respuesta del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin): al 2 de mayo ya estaba detenido uno de los asesinos (Gregory Javier Torres Castillo, de 20 años), pero el ministro de Interior Miguel Rodríguez Torres y el propio Presidente aclararon que estaban identificados todos los participantes. En un momento particularmente duro de su discurso, Maduro explicó que no callaría la verdad respecto del asesinato de Otaiza. Y subrayó que si fuera Diputado y supiera lo que sabe como Presidente, revelaría mucho más en ese momento. Se limitó a señalar que el atentado había sido programado en Miami y que notorios periodistas locales avalaban la continuidad del crimen con una operación de desinformación y calumnia. Todos comprendieron. Los nombres omitidos sonaron en la conciencia de los manifestantes. Al día siguiente Rodríguez Torres informó en rueda de prensa que en el financiamiento y conducción política de las guarimbas estaban probadamente involucrados el titular de la alcaldía mayor de Caracas, Antonio Ledezma y el ex candidato presidencial y ex gobernador del Estado Carabobo Henrique Salas Römer. Viene allí un choque político de proporciones. También informó de la detención durante este período de 58 mercenarios extranjeros, varios de ellos colombianos, por lo menos uno estadounidense y expuso fotos de algunos de ellos con el ex presidente colombiano Álvaro Uribe.

También informó la detención de Rodolfo Pedro González Martínez, alias el “Aviador”, a quien sindicó como principal articulador de las guarimbas en la Gran Caracas. Y explicó que “el Sebin le incautó gran cantidad de armamento y una computadora portátil de la cual se extrajo información de gran interés para la investigación”. Más choques políticos en perspectiva.

En línea con lo ya adelantado por Maduro el día anterior, Rodríguez Torres acusó a Washington por desarrollar un “plan de conspiración e insurrección” y señaló los dos objetivos de Estados Unidos: “impedir la propagación continental del ideal bolivariano y apropiarse y controlar las reservas petrolíferas más grandes del planeta”.

No es lo que se lee en la prensa mundial. Por eso cabe responder con energía a una demanda de Maduro, quien en su discurso explicó el significado político de la campaña internacional de calumnias y pidió a los trabajadores contrarrestar en su labor diaria esa campaña fronteras adentro. La Revolución Bolivariana, dijo, necesita “que la defendamos ante la mentira”. Lucha ideológica y política asumida por las masas en el día a día.

Después de la portentosa movilización del día del trabajador, el discurso de Maduro y las denuncias con pruebas irrebatibles del ministro de Interior, quienes interpretaron la mesa de diálogo como rendición vergonzante y sometimiento al plan contrarrevolucionario, tal vez cambien de opinión.

 
Ofensiva contra la guerra económica

Desconocer el vigor consciente de las masas y la voluntad transformadora del Gobierno, sería tan pueril como minimizar los efectos a mediano y largo plazos de los problemas económicos que acosan a la Revolución y la ponen en peligro.
Ha tocado a un Presidente obrero afrontar el punto crítico de la transición, en medio de la tempestad económica mundial. La noticia es que lo está haciendo bien. Nicolás Maduro, autobusero, militante socialista desde los años jóvenes, luego parlamentario y más tarde canciller de Hugo Chávez, pasa la prueba allí donde fallan tantos diplomados en universidades de renombre. No es que el estudio sistemático, el saber acumulado por siglos, pueda ser reemplazado por simple voluntad o una inteligencia especial. Es que la teoría social contemporánea, particularmente la Economía Política (reducida a llana Economía), se ha convertido en apología ciega de un sistema condenado. Aquellos templos del saber forman meros engranajes destinados a sostener, emparchar y rectificar un sistema al que no se estudia científicamente y, por lo mismo, no se conoce y mucho menos se cuestiona. He allí la razón por la cual incluso el empirismo revolucionario, sobre todo si tiene base en la clase obrera, supera largamente a la pseudoteoría burguesa.

Rafael Ramírez, ministro de Energía y Petróleo y titular de Pdvsa, desde su responsabilidad como vicepresidente para la Economía ha llevado a cabo los planes táctico-estratégicos que coronan una labor largamente desarrollada por Chávez. Éstos afrontan las deformaciones resultantes de errores y desviaciones, sobre una base de enorme distorsión macroeconómica, típica de un sistema capitalista subdesarrollado, todo potenciado por la renta petrolera. La “ofensiva contra la guerra económica” encara los problemas más graves, amplificados y manipulados por la oposición: ineficiencia, improductividad, corrupción, escasez, desabastecimiento y carestía. Maduro llamó insistentemente el 1º de mayo “a los sindicatos, federaciones, centrales, consejos obreros, a sumarse a la ofensiva contra la guerra económica”. No cabe duda de que tendrá respuesta y ésta contribuirá a la participación y mayor concientización de la clase obrera. Así se acerará la voluntad de lucha de millones. Y se angostará hasta casi hacerlo desaparecer el margen social de maniobra para la burguesía.

No obstante, a término la lógica del sistema se impone. La ley del valor corroe y acaba por derrumbar las mejores intenciones y los mayores esfuerzos revolucionarios si cuenta con el espacio de gravitación que le da la propiedad privada de medios de producción fundamentales, de la banca y los aparatos de distribución comercial. No hay coincidencia en el pensamiento revolucionario mundial sobre este punto. Pese a que Rusia ha cambiado ya el curso estratégico seguido desde la caída de la Unión Soviética, la rémora teórica permanece e incluso se expande. La idea de que se puede combinar el socialismo con las leyes del mercado ha hecho carne en cuadros de toda condición. Por eso es más que bienvenida la punzante frase lanzada por Maduro en su discurso: “Hace falta más beligerancia en la lucha de ideas”, dijo. Y es verdad. Así como la Dirección Político-Militar de la Revolución Bolivariana debe afrontar los inéditos desafíos de una transición sin previa derrota militar de la burguesía, tiene un reto mayor en la tarea de recomposición teórica de las fuerzas revolucionarias en todo el mundo.

 
Transición y crisis global

En el día internacional de los trabajadores quedó explícita la gravedad del cuadro para la burguesía mundial. Si en Francia el gobierno socialdemócrata afrontó el rechazo masivo al anunciado recorte por 50 mil millones de euros y en España las manifestaciones denunciaron la catástrofe social de seis millones de desocupados, en Ucrania el ensueño de los acuerdos firmados horas antes por Estados Unidos, la Unión Europea y Rusia en Ginebra, se transformaba en pesadilla con el ataque militar aéreo de Kiev contra objetivos civiles en Slaviansk. Este crimen de factura nazi siguió a la proclamación de independencia y formación de repúblicas populares en Jarkov, Lugansk y Donetsk, prólogo de un fenómeno de múltiples facetas: dinámica de desmembramiento de Ucrania, extensión a todo el país de la radicalización a izquierda de esta región sureste y cambio del papel de Rusia en este país y en buena parte –los meses próximos dirán cuál y cuánto– del área antes congregada en la Unión Soviética. La envilecida prensa comercial calla la naturaleza y la conducta fascista del gobierno ucraniano de facto, carga las tintas sobre una supuesta intención imperialista de Rusia y oculta por completo el plan de operaciones militares estadounidense, bautizado Tormenta de Primavera: un despliegue de tropas de la Otan en los países bálticos, Polonia y Ucrania, capaz de detonar un conflicto de magnitudes incontrolables.

Como causa última de ese guerrerismo imperial el 1º de mayo también fue signado por un anuncio de resonancia histórica: China sobrepasará este mismo año a Estados Unidos en capacidad económica. Washington pierde su primacía mundial en ese terreno luego de un siglo y medio de hegemonía indisputable.

Pero en medio de este terremoto del sistema capitalista y la reconfiguración en curso de la geopolítica mundial, resalta no sólo la nueva victoria de la Revolución Bolivariana, sino el vigor de la clase trabajadora y las juventudes en los países del Alba y, subrayadamente, en Venezuela, Cuba y Bolivia, donde las masas salieron a la calle enarbolando un programa de acción antimperialista y una estrategia socialista.

Esta columna ha reiterado la idea de que, en medio de la crisis ideológica, política, teórica y organizativa del movimiento obrero internacional, los procesos políticos en aquellos tres países plasmaron en la última década una forma nueva de vanguardia, en cuyo conjunto preponderó Bolivia como avanzada social, Venezuela llevó al frente la bandera política y Cuba mantuvo la primacía ideológica.

No se trata de una división metafísica, desde luego. Y en el último período esos rasgos han cambiado en varios sentidos. Se trata de asumir la desigualdad, la fortaleza y las debilidades de cada proceso; la necesidad imperiosa de hacer consciente y organizada la combinación de esas desigualdades, ya no sólo para estos países, sino para todos los trabajadores y pueblos del mundo que afrontan sin estrategia la crisis del sistema capitalista y la dinámica de guerra que impone su agonía.

“Este es el siglo de la esperanza socialista” dijo Maduro en otra inspirada frase del discurso en el día mundial de los trabajadores. Bajo fuego, la Revolución Bolivariana continúa encarnando esa esperanza.

 

2 de mayo de 2014

 

Tormenta geopolítica

PorLBenAXXI

 

 

Cambios trascendentales se precipitan en el mapa político mundial. La prensa burguesa busca describirlos apelando a conceptos tales como “Tercera guerra mundial”, o “guerra fría”.

Error: no hay en el futuro cercano una tercera conflagración global. Y la noción de “guerra fría” no sirve para interpretar el retorno pleno de Rusia a la arena planetaria como contraparte de Estados Unidos.

“Nombrar es la cosa más importante del mundo” afirmó Confucio. No obstante, es atinado estudiar, reconocer, comprender y describir antes de poner nombres. Tanto más si para hacerlo no se apela a otro recurso que referir al pasado.

En estos mismos momentos está tomando forma algo en todo y por todo diferente a la situación que en 1939 detonó la II Guerra Mundial y después de los acuerdos de Yalta, en 1945, dio lugar a la Guerra Fría. Rige ya un mundo sin eje, sin parámetros fijos de ninguna especie, sin puente de comando, ni timón, ni timonel, pero con poderosa fuerza propulsora: la crisis capitalista.

Pruebas al canto: Washington quiso barrer a Bashar al Assad de Siria como hizo con Gaddafi en Libia: no pudo; quiso someter a Irán como lo hizo con Irak: no pudo; quiso derrocar a Nicolás Maduro como hizo con los presidentes de Honduras y Paraguay: no pudo; quiso arrebatar Ucrania y arrinconar definitivamente a Rusia: logró deponer al presidente Viktor Yanukovich pero catapultó la independización de Crimea, alentó ese camino para otras regiones hasta ayer centralizadas por Kiev (Donetsk, Jarkov y Odessa ya demandan referenda para ser autónomos) y dejó al resto del país bajo un régimen nazi y en una crisis insostenible para la Unión Europea; quiso apoderarse de una llave estratégica ocupando Sebastopol: no pudo.

Como símbolo de esta deriva resalta la muerte del G-8. Al cabo de un breve período de ensueño éste vuelve a denominarse G-7 (Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Italia, Canadá y Gran Bretaña), no pudo deglutir a Rusia y retrograda a un bloque fragmentado, con insalvables disputas internas y con la mayoría de sus miembros en crisis sin salida. Y sobre todo, sin jefe.

Si el derrumbe de la Unión Soviética fue un cataclismo geopolítico, ahora la desaparición de Estados Unidos como inapelable centro ordenador planetario da lugar a un fenómeno análogo, aunque presumiblemente más caótico y violento para el futuro cercano.

Terminó el fugaz período histórico en el que la volatilización de la Unión Soviética pudo interpretarse como victoria definitiva del capitalismo, inalterable hegemonía para Estados Unidos y desaparición del socialismo en el horizonte para la humanidad.

Comienza una etapa de violenta disgregación durante la cual se jugará la posibilidad de que aparezca y se imponga, o no,
una fuerza en condiciones de encauzar la crisis en sentido positivo para la humanidad.

 

Bloques monetarios autónomos

Antes del golpe de mano estadounidense-europeo para apoderarse de Ucrania diversas voces adelantaron la intención del Kremlin de abandonar el dólar como moneda de reserva. Allí se tejen planes para marchar en breve hacia un área económica euroasiática que, además de Ucrania, se proyecta hacia Bielorrusia, Kazajstán y otras repúblicas antes integrantes de la Urss, pero sobre todo apunta estratégicamente a un bloque con una moneda común –del tipo del Sucre en el Alba– que eventualmente involucre a Irán, China e India. Desde comienzos de año trascendieron definiciones en sentido semejante también desde Beijing y se encendieron las alarmas en Washington. El propio Paul Craig Roberts, ex secretario asistente del Tesoro en tiempos de la reaganomics, alertó que eventuales sanciones contra Rusia podrían impulsar a los Brics a crear una moneda común y abandonar definitivamente el dólar como divisa.

Con prescindencia de que ese conjunto acabe integrando a China, lo cierto es que desde el colapso de 2008 esa tendencia objetiva quedó planteada con varios centros de gravedad regionales que atraen a conjuntos de naciones ante la amenaza de un dólar en coma irreversible.

Sólo el Alba tuvo la lucidez y la osadía suficientes para corporizar, ya en 2008, una respuesta práctica. Hugo Chávez y la Revolución Bolivariana jugaron un papel decisivo en ese salto exploratorio; pero también los restantes gobiernos del Alba asumieron el proyecto con vigorosa decisión. Razones materiales, estructurales, pero sobre todo subjetivas, dificultaron la articulación eficiente del Sucre como moneda virtual común para los componentes del Alba. Sin embargo la experiencia quedó planteada como respuesta estratégica de transición ante amenazas sin precedentes de desarticulación económica mundial. Entre otras conocidas causas que determinan su alocada carrera contra el mundo, en Venezuela y Ucrania Estados Unidos avanza preventivamente contra el riesgo estratégico que tal tendencia objetiva encarna. En ambos casos la Casa Blanca ha fallado, como se describe con detalle en esta edición.

Pese al altísimo precio de la prolongada guerra económica y tras cinco semanas de insurgencia mercenaria, la Revolución Bolivariana derrotó una vez más el intento golpista. Sin desdeñar los costos ulteriores de la escalada, todo indica que la estrategia de transición y la Dirección Revolucionaria Político Militar salen fortalecidas del trance y en mejores condiciones subjetivas para afrontar la inexorable continuidad de la agresión. En Ucrania, tras invertir 5 mil millones de dólares en los últimos años, la Otan consiguió deponer a
Yanukovich. Pero se trata de una victoria pírrica en sentido lato: el Departamento de Estado ganó esa guerra, pero perdió su ejército. No sólo Crimea sale total y definitivamente del área de gravitación occidental: toda la población rusa de Ucrania y la mayoría de la población restante rechaza al gobierno fascista impuesto por los demócratas de Berlín, París, Londres y Nueva York; aunque la verdadera fuente de inestabilidad de aquí en más es la penuria económica, que la Unión Europea y Estados Unidos no harán sino agravar: el colapso a corto plazo sólo puede ser evitado con masiva ayuda financiera. Peor aún, como indican alarmados analistas
de la prensa imperialista, Barack Obama ha detonado una multiplicidad de conflictos: la banca inglesa se verá afectada si el flujo de capitales rusos mengua o desaparece por las sanciones de Occidente a Moscú; Francia deberá suspender la venta de armas a Rusia, con el consiguiente agravamiento de su situación interna; Alemania puede sufrir, a término, el fantasma de desabastecimiento de gas y petróleo… No se trata de anuncios de un militante antimperialista: es la advertencia que el ultrarreaccionario y cada vez más degradado The Economist hace a las autoridades en Washington.

¿Y qué ocurrirá con los tan cortejados Brics? Ya hay definiciones: durante el Sexto Foro Académico de este bloque, realizado en Río de Janeiro, hubo un rechazo al golpe de Estado en Ucrania y respaldo sin fisuras a la independencia de Crimea, según informó Viacheslav Níkonov, presidente del Comité de Educación de la Duma de Estado (Cámara baja del Parlamento ruso). Alentados por este posicionamiento, los representantes rusos transmitieron la propuesta de que la próxima reunión se realice en Yalta, es decir, en el punto de Crimea con más resonancias históricas respecto del ordenamiento mundial.

 

Desafíos del nuevo cuadro internacional

Allí, o donde sea, no quedará plasmado como en 1945 un nuevo orden mundial, esta vez con los países imperialistas en un polo y los Brics en el otro. Muy lejos de eso. Como lo grafica la tapa de esta edición, el mapamundi del siglo XX está desarticulado y no se avizora todavía la única fuerza potencialmente capaz de proyectar las líneas estratégicas de un reordenamiento estable: un proletariado recompuesto y reorganizado, rector de una estrategia socialista mundial.

De allí la multiplicación de formas de resistencia y de supercherías ideológico-políticas anunciadas sucesivamente como panaceas, a cuyo influjo brotan “vendedores de pasado en copa nueva”.

La ausencia de una fuerza de clase también se traduce en conceptos organizativos, en negación de la teoría y la experiencia histórica, a favor del pragmatismo y el más ramplón empirismo.

No obstante, la radicalización del combate viene a delimitar conceptos. Imposible soslayar el papel del Psuv en la fortaleza electoral y la capacidad de resistencia social en Venezuela, algo que asimiló con rapidez el presidente Correa cuando, tras el reciente revés electoral, revalidó la noción de partido como factor imprescindible. Impacta esta ratificación pese a que la persistente retracción del movimiento obrero contribuye a cimentar, en la región y más allá, nociones movimientistas, no como complemento de unificación social ampliada sino como sustitución del partido para la revolución.

Otro rasgo subrayado sin demora por Correa a partir de su dura experiencia es la intrusión de fuerzas extranjeras hasta en elecciones municipales. No fue por capricho o doctrinarismo que Chávez se empeñó en la edificación del Psuv y convocó –sin suerte, por ahora– a la creación de una V Internacional: la injerencia de poderosas estructuras políticas internacionales del capital gravita más y más en todos los planos de la vida social. Se agravará en la nueva etapa y obligará a articular respuestas efectivas en la misma escala.

Venezuela será el centro de ese desafío, porque la agresión no cesará. Alimentada desde el exterior con dinero, armas, mercenarios y propaganda masiva, la contrarrevolución pasa de los intentos insurreccionales fallidos al terrorismo liso y llano. En otros países del Alba se repite la estrategia restauradora aunque con tácticas diferentes, menos impactantes pero igualmente amenazantes para los intentos de transición anticapitalista. Tampoco será menor la agresividad imperial en países donde agonizan pujos neodesarrollistas, que en la fase anterior permitieron ilusionarse con transformar a masas ultrapauperizadas en “clase media”. La añeja esperanza de
acabar con la lucha de clases desagua en fracasos capitalizados por las fuerzas más reaccionarias.

La vanguardia latinoamericana ha avanzado en su capacidad de respuesta, sobre todo frente a la manipulación mediática.
También hubo muestras de voluntad para la acción en movilizaciones de apoyo a Venezuela. Esos esfuerzos hacen más evidente la ausencia de partidos revolucionarios y una coordinación internacional efectiva.

Hasta fines de julio, en el fragor de una lucha que recién comienza, el Psuv trabaja en la preparación de su Congreso Nacional Ordinario. La vanguardia latinoamericana afronta la inaplazable exigencia de concurrir organizada y consciente a este combate trascendental.

venezuela y ucrania

Ofensiva fascista de Estados Unidos y Europa

PorLBenAXXI

 

 

Escalada: una misma política tuvo resultados diferentes en Caracas y en Kiev. En ambos casos, las potencias imperialistas apelaron a un arma ya utilizada antes en momentos de extrema crisis: el fascismo. En Ucrania éste adoptó sin tapujos el rostro del antisemitismo, extendido ahora contra la minoría rusa. La Revolución Bolivariana resistió exitosamente el embate. No ocurrió lo mismo con el gobierno ucraniano. En aquellas latitudes crece el riesgo de una guerra de la Otan contra Rusia. Aquí, la repetida derrota de Washington se prolongará con nuevas y cada vez más violentas agresiones, dificultada por el respaldo de 120 países del Noal, buena parte de América Latina, más China y Rusia, al gobierno de Nicolás Maduro. Las tensiones entre la Casa Blanca y las capitales del Sur se agravan al extremo. Por detrás, asoma su feo rostro la crisis capitalista.

 

Otro laurel de gloria para la Revolución Bolivariana. Bien mirado, no cabría mayor homenaje en el primer aniversario de la muerte de Hugo Chávez: pueblo y gobierno de Venezuela en lucha franca y victoriosa contra la ofensiva fascista de los estrategas imperiales.

Otro ‘Cantar de gesta’, esta vez latinoamericano y en honor de Chávez, quien como el Cid campeador sigue ganando batallas después de muerto.

A su modo, en involuntaria ofrenda, también Washington rinde tributo a la memoria del Libertador socialista: tras masticar el polvo de la derrota en dos elecciones posteriores a su muerte, los agentes locales apelan a la violencia de escasos adherentes, movilizados con argucias en base a dificultades reales, pero actuantes sólo por obra de mercenarios locales y extranjeros.

Empujada por la Casa Blanca y un ala de la oposición interna Venezuela se asomó a la tragedia de una guerra civil. Sectores medios y altos de la oposición pudieron ver de cerca el espectro que amenazó al país y los dejaba a ellos al borde de un abismo mortal. Retrocedieron. De acuerdo con un precepto tan antiguo como la guerra (“a enemigo que huye, puente de plata”), el presidente Nicolás Maduro les ofreció una vía de salida para la emergencia: la Conferencia Nacional de Paz. Excepto uno, todos acudieron a la cita. Y farfullaron excusas, ante el rostro severo, elocuente, de las máximas autoridades nacionales. Con 19 muertos a cuesta, la embestida destinada a iniciar una confrontación militar interna quedó aislada.

Resta un foco en retirada en San Cristóbal. La capital del Estado Táchira, territorio fronterizo con Colombia, fue escogida por los hombres de gris del Departamento de Estado para desencadenar acciones armadas. Encabezada por agentes fascistas, Leopoldo López y María Machado, con el respaldo de escuadras paramilitares del país vecino, se logró ocupar la ciudad. El objetivo era declarar a Táchira “territorio liberado”. Allí López pretendía escenificar una parodia de “gobierno provisional”. Washington estaría allí para “defender la democracia”. La llave de la operación fue el alcalde opositor, Daniel Ceballos, cobijado bajo la sigla partidaria de López, Voluntad Popular. El gobierno ordenó la detención de López por haber proclamado el derrocamiento de Maduro. Hay más nombres directamente involucrados y una cantidad a la expectativa, ansiosa tras bambalinas, presta a saltar en una u otra dirección según el curso de los acontecimientos. También hubo, como ya ha comenzado a develarse, miembros infiltrados en organismos de seguridad, que actuaron siguiendo órdenes de fuera y provocaron muertes necesarias para el intento de sublevación y la campaña mundial: seis de ellos están presos.

La base de sustentación del plan tenía dos puntos de apoyo: uno, paramilitares colombianos (los temibles “paracos”) como fuerza vertebradora de la oposición fascista apoyada en grupos estudiantiles, acompañados por infiltrados en órganos de gobierno y seguridad; otro, la más desaforada campaña de prensa mundial que se haya visto en la historia de la guerra, destinada a mostrar lo indemostrable: un pueblo alzado contra un dictador.

Una cosa es ocultar, tergiversar y mentir, tareas en las que está altamente entrenada la gran prensa comercial del planeta y en las que obtiene permanentes victorias. Otra, bien diferente, es fabricar una realidad inexistente y convencer al mundo con ella. No lo lograron. Al menos por ahora.

Amplias franjas de la opinión pública en Europa y Estados Unidos, incluso en buena parte de América Latina, pueden estar convencidas de que Maduro es un tenebroso dictador, quien con respaldo de ávidos militares brutales oprime a las masas, saquea al país en su beneficio, cercena la libertad de prensa y hunde la economía en un desastre con efectos devastadores para las mayorías. Pero por el simple y fácilmente comprobable hecho de que nada esto ocurre en la vida cotidiana del país, el conjunto abrumador de la población –incluido grandes sectores de la oposición– no tienen esa convicción y, por el contrario, asumen una certeza inversa. Así, el periodismo sin apego a los hechos queda expuesto en toda su venal irresponsabilidad, pierde credibilidad y fracasa como herramienta para defender el capitalismo y vehiculizar sus grandes operaciones contrarrevolucionarias.

Eso ocurrió desde el 12 de febrero y hasta las vísperas del aniversario de la muerte de Chávez. Y se combinó con el espanto de una burguesía local que vio de frente y a nada de distancia una sólida conjunción de gobierno, fuerza armada, milicias, partidos revolucionarios y masas organizadas, dispuesta a defender la continuidad de la Revolución en combate franco. Arrastrado el país a una guerra lo más saliente no hubiese sido la arremetida devastadora contra los mercenarios en Táchira, sino la aceleración del paso de la Revolución y la transición al socialismo, a expensas no sólo de los bienes y prebendas de las clases altas.

 

Guerra o paz

Ese espectro ominoso lo palparon también intelectuales, periodistas, profesionales y funcionarios, quienes cambiaron drásticamente de tono y se aferraron a la propuesta de paz como a un clavo ardiente. Estaban convencidos de que la ofensiva derrumbaría sin combate a Maduro y acabaría con la Revolución. Como tantos, dentro y fuera de Venezuela, vivían en la ilusión de que el país podía volver a la supuesta normalidad de la IV República. No comprenden el significado histórico de la Revolución Bolivariana, no tienen conciencia de la gravedad de la crisis capitalista mundial y, en consecuencia, no saben dónde apoyan sus pies. Pero a la conciencia la reemplaza el instinto cuando la situación es extrema: en cuestión de horas vociferantes opositores comprobaron que para hacer retrogradar una revolución es preciso una guerra. Y que esta revolución, pacífica, está armada y resuelta al combate. La primera orden del instinto es la autoprotección. De modo que se lanzaron con fruición al puente tendido por Maduro.

Así, López y su consorte en el fascio caricaturesco, quedaron solos. Con el exclusivo apoyo del gobierno estadounidense, que exigió la liberación de su fantoche y, como respuesta, perdió tres diplomáticos pillados in fraganti en la conspiración. Amenazado de muerte por sus socios más cercanos, el ultramontano ex miembro de Tradición Familia y Propiedad, ahora travestido como socialdemócrata, optó por entregarse mansamente. También él vio de cerca lo que le esperaba. Y prefirió la garantía de sus enemigos a la traición y la muerte en manos de sus amigos: una grabación captada por organismos de inteligencia expuso públicamente a dos jefes opositores programando el asesinato de López. Medios recalcitrantes del hemisferio pasaron por alto este hecho, en sí mismo definitivo, y redoblaron su campaña de calumnias.

A la Conferencia de Paz le siguió una rápida y efectiva ofensiva diplomática el canciller Elías Jaua. Simultáneamente, en los últimos días de febrero, el ministro de Petróleo y Minería, presidente de Pdvsa y vicepresidente para la Economía, Rafael Ramírez, viajó para entrevistarse con los gobiernos de China y Rusia. Con esta panoplia Maduro recuperó la iniciativa en toda la línea y arrinconó a los guerreristas.

Mientras se redactan estas líneas, en el día del primer aniversario de muerte del comandante Chávez, la imponente manifestación popular, coronada con un desfile militar de inequívoca significación, prueban la consistencia de esa iniciativa que tiene dos objetivos de ejecución inmediata, aparte la extinción de los focos paramilitares, en palabras de Maduro: consolidar la victoria de la paz y concretar la revolución económica.

 

Teoría y práctica de la transición

No será fácil para el Presidente y la Dirección político-militar de la Revolución Bolivariana corregir las distorsiones de la economía en transición. Lo saben partidarios y enemigos del gobierno. Maduro ha explicado que, como continuidad obligada de la revolución política y la posterior revolución social desarrollada en Venezuela desde 1999, ahora se abre la fase de la revolución económica. Ese objetivo choca con obstáculos objetivos y subjetivos. Como ha ocurrido una y otra vez desde que en 1917 Rusia ensayó el primer salto más allá del sistema capitalista desde una conformación socioeconómica signada por el atraso en relación con las economías más avanzadas de su época, Venezuela afronta la combinación de ese atraso relativo con la desmesurada riqueza petrolera y las profundas huellas que esa rémora deja en la sociedad y en sus expresiones políticas. Además, debe cargar con décadas de anquilosamiento, tergiversación y degradación del pensamiento económico anticapitalista a escala mundial. No es exagerado afirmar que, salvo alguna excepción que confirma la regla, la teoría económica que se identifica con el marxismo está empantanada a tal punto que en lugar de iluminar, oscurece; en lugar de orientar, extravía. Y, como se sabe, sin teoría revolucionaria, al cabo no hay acción revolucionaria efectiva. De modo que, a la par de verse obligada a cargar con la desigualdad en el desarrollo del accionar anticapitalista en América Latina y en el resto del mundo, Venezuela se ve afectada por la distancia entre el punto alcanzado en la marcha de la transformación social y la media mundial del desarrollo teórico para comprender y conducir la transición. Y eso ocurre en el marco de una furiosa embestida imperialista.

 

 

Tras la escalada guerrerista

Ya es inocultable la falacia según la cual los centros de la economía mundial remontaron la crisis detonada en 2008. Está a la vista que la Unión Europea, Japón y Estados Unidos, muy lejos de retomar la senda del crecimiento continúan en el estancamiento o la recesión, ahora con indicios de deflación ya señalados a tiempo por la presidente del FMI, Christine Lagarde. Pese a ello, bajo la amenaza de un estallido financiero, la Reserva Federal cambió de rumbo y con nueva titular reduce la emisión desenfrenada (única palanca con la que se impidió el pase de la recesión a la depresión) y comienza a aumentar la tasa de interés, un mazazo a plazo fijo para las economías subordinadas. China, por su parte, no regresa a los índices que la convirtieron en el motor de la economía mundial, mientras India, Brasil, Turquía y otros países de rango similar acompañan la caída verificada en los centros metropolitanos. El nuevo año se inicia con signos elocuentes: más de 3 billones (3 millones de  millones) de dólares se evaporaron en el primer mes de 2014 al compás de una caída del índice S&P 500 de casi el 5%, de alrededor del 14% para el Nikkey y del 9% para Msci, que mide el nivel de los absurdamente llamados “mercados emergentes”. Febrero no revirtió esa dinámica. Pero esos sacudones apenas reflejan el desacompasado ritmo de la economía mundial; tanto menos el desbarajuste sin precedentes del sistema financiero.

Es en ese contexto que Estados Unidos despliega una contraofensiva general. Por un lado, en el terreno económico se lanza tras un Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) con 11 países del área, mientras simultáneamente procura una Sociedad Transatlántica de Comercio e Inversión (Ttip) con la Unión Europea. Para que este doble movimiento sea efectivo en el propósito de frenar la caída y reubicar a Washington en el centro del poder económico planetario, es imperativo incorporar a América Latina, lo cual implica doblegar la resistencia de dos fuerzas centrales que por razones diferentes se interponen en ese camino: Venezuela y Brasil. Aquél, aunado con los países del Alba; éste, como fuerza predominante en el Mercosur.

En esta proyección estratégica estadounidense se inscriben el golpe de Estado en Ucrania y el intento de detonar una guerra interna en Venezuela. En Kiev la Casa Blanca pudo considerarse vencedora. Pero al precio de incendiar un país que tiene indestructibles lazos históricos y actuales con la Federación Rusa. En otras palabras: Estados Unidos avanza hacia la guerra en el este europeo. Y se topa allí con la conducta prudente pero resuelta de Moscú. Mutatis mutandi, otro tanto ocurre en Venezuela, donde el gobierno revolucionario tuvo la templanza y la eficacia para no caer en la trampa tendida en Táchira (y, como parodia, en el este de Caracas).

No es pensable que el imperialismo ceje en su empeño por derrocar a Maduro, puesto que es una obligación dictada por la crisis irreversible del sistema. Y esto tiene consecuencias insoslayables para Venezuela, pero también para el resto de América Latina.

La crisis que empuja a Washington produce simultáneamente la agonía de los pujos neodesarrollistas ensayados por varios gobiernos de la región, los cuales ahora se encuentran ante los límites implacables de un keynesianismo de utilería (es decir, de la teoría para salvar el capitalismo en los países centrales, aplicada con arrestos progresistas en países periféricos), a la vez que se desencadena una nueva escalada librecambista desde la Casa Blanca.

Así como al interior de Venezuela la oposición no puede enmascarar su posición contrarrevolucionaria con un antifaz democrático, al sur del Río Bravo es imposible una política soberana disociada de una estrategia revolucionaria y de transición anticapitalista. Las opciones son insoslayables y perentorias.

Como en los últimos 15 años, Venezuela está cumpliendo con su responsabilidad histórica ante el mundo. No podría imaginarse mayor homenaje a la memoria del comandante caído en combate. Resta saber cómo actuarán no ya los gobiernos, sino los pueblos y sus vanguardias en América Latina.

 

luis bilbao en entrevista con el deber

«Bolivia está en un plano más alto de democracia»

ElDeber

 

El periodista y analista político argentino Luis Bilbao defendió la gestión de Evo Morales en estos ocho años de Gobierno en Bolivia. Advirtió que los mayores riesgos para la democracia y la libertad no están en los mandatos de izquierda, sino en Estados Unidos.

 

¿Qué avances y qué retrocesos observa Ud. en estos ocho años del Gobierno de Evo Morales?

No veo retroceso alguno, Bolivia ha dado un histórico salto adelante con la elección de Evo Morales y durante los ocho años transcurridos desde entonces. No corresponde hacer una evaluación economicista de esta transformación, lo cual dista de restar valor al crecimiento del PIB y el consecuente salto en el ingreso por persona (de $us 1.100 a $us 2.450), la triplicación de las exportaciones y la quintuplicación de las reservas. Se trata de subrayar que esas formidables conquistas resultan de la asunción de un Gobierno, un partido, organizaciones de masas y millones de ciudadanos dispuestos a lograr la emancipación y la forja de un destino propio y en franco choque con quienes desde siglos sometieron y saquearon Bolivia. Esa voluntad plasmó una y otra vez, a lo largo de estos años, con dos puntos de inicio simbólico: el discurso de Evo en la asunción del mandato en enero de 2006 y, en mayo, la nacionalización de los hidrocarburos. Postergaciones, diagonales e incluso pasos atrás, carecen de toda relevancia para el análisis histórico de este periodo.

 

¿Cómo ve la democracia en la gestión de Morales?

No existe democracia en abstracto, sin apellidos. Piénsese en la democracia estadounidense: la Constitución original mantenía la esclavitud. Muy lejos de hablar de retroceso de la democracia en Bolivia, con Evo se ha iniciado un camino en un plano diferente, incomparablemente más elevado, de democracia y participación de las mayorías. Todo indica que el país avanzará mucho más todavía en ese rumbo.

 

¿Por qué cree que el país sigue entre los más desiguales de la región?

Hay dos razones: una, el legado histórico de saqueo, discriminación, sumisión, represión, de aquellos que edificaron una sociedad con la injusticia y la desigualdad como bases. La otra, el hecho de llevar adelante esta revolución por vías institucionales limita en diferentes sentidos esas transformaciones. No obstante, el aumento absoluto del ingreso per capita y su redistribución positiva, la caída del desempleo, los planes sociales, educativos y sanitarios no tienen precedentes. En todo caso, la rémora de desigualdad y pobreza no deja espacio para vacilaciones respecto de la necesidad de continuar por el camino emprendido.

 

¿Cambió y cómo la imagen de Evo Morales en el exterior?

Claro que cambió: ocho años atrás los políticos burgueses en todo el mundo miraban con gesto de suficiencia la asunción de un indio a la Presidencia. Tenían la certeza de que todo volvería a la normalidad de ellos, sea por incapacidad de la nueva clase gobernante, sea por la ayuda de grupos económicos y potencias extranjeras para derrocarlo. Y bien: ahí está Evo, dando lecciones de buena administración a sus vecinos, de firmeza revolucionaria a todas las izquierdas, de lucidez estratégica e inteligencia táctica a unos y otros, todos atónitos, desconcertados por el nacimiento y afianzamiento de la nueva Bolivia, de la mano de un equipo gobernante inesperado para las élites de cualquier signo.

 

Diversas personalidades internacionales resaltan los riesgos para la libertad y la democracia en América Latina con estos regímenes de izquierda, ¿Coincide con esta evaluación?

En efecto, en América Latina hay severos riesgos para la libertad y la democracia. Pero no provienen de regímenes de izquierda, sino de Estados Unidos, de varios países europeos y de amanuenses a su servicio, que propagandizan la guerra que el capitalismo necesita. Washington logró, por ejemplo, armar la Alianza del Pacífico para primero aislar y luego enfrentar -sobre todo- a los países del Alba. Este balance no implica desconocer los inmensos desafíos que Bolivia afronta de aquí en más. Todo indica que Morales saldrá victorioso en las próximas elecciones. Allí se plantearán aún con mayor agudeza problemas viejos y nuevos. Los 13 ejes de la Agenda Patriótica son una plataforma sólida. Resta todavía el desafío mayor: la transición que deje atrás en todos los planos el legado de una sociedad capitalista. Pero esto es ya un objetivo solo alcanzable a escala regional. Al Gobierno de Evo cabrá encontrar el estrecho sendero a recorrer mientras se acompasan las desigualdades en el desarrollo político e ideológico que demoran la acción conjunta.

 

Periodismo y revolución

PorLBenAXXI

 

América XXI es hija de las dos fuerzas estratégicamente más poderosas de nuestro tiempo: la Revolución Bolivariana y la contrarrevolución imperialista. Sólo por la deriva socialista de Venezuela y su impacto en el curso de la historia latinoamericana pudo nacer y sobrevivir durante 100 ediciones una revista como ésta. Sin una revolución en marcha, carecería de sentido y base de sustentación; sin la contrarrevolución en constante acecho, también.

Las clases dominantes han elevado a niveles de máxima sofisticación y eficiencia la tarea de confundir, desviar, manipular, la conciencia de explotados y oprimidos. Partidos, sindicatos, iglesias, medios de prensa e infinidad de organismos de diverso tipo, el uso masivo de la drogadicción y el narcotráfico, son los instrumentos. Así sostienen su poder. La violencia cruda es sólo la última instancia, posible precisamente por lo anterior. Por eso es imprescindible una prensa revolucionaria aunque, como se ha repetido desde estas páginas “hay más de una forma de periodismo válido”.

Con esa certeza, Hugo Chávez discutió e impulsó en 2002 este proyecto “Desde Venezuela para todo el continente”, parte de su trabajo en favor de un periodismo radial, televisivo, impreso y digital, a la altura de las necesidades.

Al poner en sus manos la centésima edición, transcurrida más de una década y ya sin la presencia física de Chávez, cabe preguntar: ¿está hoy el periodismo revolucionario en aptitud para contrarrestar la capacidad manipuladora de la burguesía sobre la conciencia, la opinión y la conducta de las masas?

No hay respuesta taxativa para esta pregunta. Los pasos dados, en más de un sentido gigantescos, permitirían afirmarlo. Por el contrario, las ostensibles falencias, mensurables en el éxito del capital para continuar engañando a sus víctimas, indican lo contrario. El resultado está a mitad de camino. Como la Revolución misma, enfrentada por estos días a una contraofensiva furiosa.

Esa embestida requiere una respuesta en tono mayor de la comunicación antisistema. Infinidad de medios contestatarios constituyen un poder potencialmente capaz de convertirse en factor de peso en esta batalla crucial.

A lo largo de 100 ediciones América XXI se ha esforzado por llevar a la práctica la convicción de que un periodismo revolucionario exige, además de un trabajo riguroso y profesional, la adhesión a una estrategia encarnada a su vez en programa y organización. Tales instrumentos emanan del nexo vivo entre masas y vanguardias al calor de la lucha de clases. De modo que la primera condición de un/a periodista revolucionario/a es ser parte del esfuerzo por forjar esos instrumentos.

 

Capitalismo o socialismo 

Nadie duda de que la gran prensa comercial tiene en todo el mundo una estrategia común: sostener el sistema del que es parte y apoyar a quien supone puede garantizarlo. Todo estará subordinado a esos objetivos. Un capitalismo en auge puede ofrecer márgenes incluso muy amplios, hasta incluir a su opuesto. A medida que la crisis avanza, ese margen se estrecha hasta desaparecer. La calidad alcanzada en la fase positiva se corrompe al extremo cuando la curva se invierte. Es lo que ocurre por estos días.

Para ocultar esa degradación se construye un alegado profesionalismo aséptico: ser periodista implica no tomar partido. Construir un pedestal desde donde el profesional y los medios alegadamente independientes miran con supuesta objetividad el devenir de los simples mortales.

Desde la trinchera contraria, donde se ubica América XXI entre tantos otros medios de diversa condición y carácter, es a menudo tentadora la predisposición a enaltecer la profesión explicando todos los males por obra de los medios de comunicación comerciales y todas las deficiencias de la revolución por las flaquezas en materia comunicacional. Semiótica en lugar de relaciones de fuerza entre las clases.

Con toda su relevancia, el periodismo es sólo un arma en la panoplia. Vital, pero dependiente de la estrategia. No hay revolución sin periodismo revolucionario. Pero no puede haber periodismo confrontado con el sistema, en el grado que sea, al margen de la estrategia socialista, lo cual lleva implícito proyectos de largo alcance, de unidad y acción programática. Antes y después de esto, nada reemplaza el estudio, el esfuerzo, el rigor y la pasión. Sin olvidar que hay más de un modo de periodismo válido.

América XXI arriba al número 100 con ediciones regulares en Bolivia, Ecuador, Uruguay, Argentina y Venezuela. Cantidades menores llegan también a Paraguay, Chile y otros países. No es poco, pero hace falta más y mejor: una prensa del Alba, con alcance de masas a escala hemisférica por vía impresa, radial, televisiva y digital.

Se trata de centralizar estrategia y programa de acción, proyectando de manera descentralizada la multiplicación de actuales y nuevos medios de comunicación tales como programas y emisoras radiales, canales de TV locales, periódicos barriales, revistas locales, en un haz ceñido al programa del Alba, a su vez articulado en múltiples instancias internacionales signadas por diferente grado de confrontación con los centros metropolitanos.

Como queda visto en las últimas semanas, hasta cierto punto es posible frenar el belicismo del gran capital internacional y los gobiernos a su servicio. Cada traspié imperial genera sin embargo nuevas agresiones. Los intentos se multiplicarán. Exponerlos ante cientos de millones, explicarlos y enfrentarlos es la tarea de una prensa revolucionaria. No hay márgenes para demorar el gran salto cualitativo que reclama la coyuntura histórica mundial.

participación en el periódico de la CTA

Sin teoría revolucionaria no hay acción revolucionaria

enaxxi

 

“Crear poder popular” es una noción tan atractiva como engañosa. En una sociedad de clases el poder político existe como instrumento de dominación. Hay que conquistarlo. No se trata de acrecer el “poder popular” gradualmente. Sólo en períodos de alza revolucionaria es posible dar carnadura a organismos de doble poder, sobre un neto basamento de clase. Contra éste, habrá otro enfrente, el poder burgués. Uno u otro prevalecerá. Antes, habrá una derrota letal para éste o aquél.

No es una diferencia de detalle. Los soviets (asambleas, en castellano, como las que tuvimos en 2001), los consejos obreros (como los que embrionariamente aparecieron en 1969), son por definición pasajeros: desalojan al poder dominante y ocupan su lugar. O sucumben. Fue después de la restauración constitucional, en los años 1980, que la expresión “crear poder popular” apareció en Argentina. Era, presumiblemente, la reacción a cierta concepción en sectores gravitantes en la etapa anterior, donde se concebía la toma del poder como un golpe de mano, al margen de la organización y sublevación de las masas. En realidad, esa polaridad reproducía un antiguo debate, entre el denominado “blanquismo” (o “putschismo”) y la concepción evolucionista, reformista, en la lucha por el poder político. El dilema había sido saldado teóricamente por el marxismo y llevado a la práctica con la Revolución Rusa. Pero con la degeneración de la Unión Soviética y la posterior degradación de la teoría, incluso en cuadros y organizaciones con voluntad revolucionaria se impuso aquel concepto, equivalente al de ganar espacio institucional hasta llegar al gobierno.

Esto se completa en la práctica con la idea de que “creando poder popular” no hace falta un Partido. En Argentina, con una rica tradición anarquista, ambas raíces se combinaron y llegaron a tener peso dominante en el activo militante. Lo hemos pagado caro. Sin Partido de masas y una vanguardia revolucionaria organizada y con gran capacidad de acción, un alza revolucionaria de masas no puede dar lugar a la consolidación de organismos de doble poder, tanto menos a la lucha franca por una victoria de clase.

Vale reflexionar sobre las causas determinantes de que una sublevación tan potente como la de 2001 terminara como terminó: con “todos de vuelta” y con los peores encaramados en el poder por una década, en medio de la confusión y la parálisis del inmenso activo militante que en nuestro país quiere una revolución.

Al cabo de esta experiencia nefasta –derrota costosa como pocas en nuestra historia nacional- se inicia un nuevo período de realineamientos que desembocará, más temprano que tarde, en una sublevación de nuestro pueblo contra el capital. La vanguardia militante no está hoy preparada para esto. Será clave que, esta vez, las y los innumerables cuadros comprometidos con la lucha por el socialismo asumamos que sin teoría revolucionaria no hay acción revolucionaria. Y que las modas son un poderoso instrumento del enemigo.

 

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ponencia al vii° congreso de filosofía en venezuela

Un paso delante del caos

PorLBenAXXI

 

Debate: entre el 16 y el 23 de septiembre tendrá lugar en Venezuela un Congreso Internacional de Filosofía. Sesionará inicialmente en Maracaibo y se expandirá luego a todo el país.
Un centenar de venezolanos e invitados extranjeros provenientes de distintas culturas y lugares del mundo se empeñarán en un debate abierto. Luego llevarán sus conclusiones al conjunto nacional a través de actos públicos multitudinarios para la exposición y confrontación de ideas.

 

El autor de este texto no es filósofo; se limita a cumplir con el significado etimológico de la palabra: amor por el conocimiento. Invitado al VIIº Congreso, la ponencia que presenta y se reproduce a continuación es una licencia alentada por la célebre Tesis XI de un no menos conocido librillo de Marx y Engels, según la cual “Los filósofos no han hecho sino interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Desentrañar la situación y la dinámica de la economía y la política mundiales es una exigencia que va más allá de una disciplina. Actuar en ella es tarea de revolucionarios, filosofantes o no. Detener la irracionalidad capitalista y trazar un horizonte para la humanidad es empresa colectiva, como bien lo han entendido las autoridades venezolanas, en su esfuerzo por lograr que millones amen el conocimiento y sean filósofos para la revolución.

¿Huyó vencido el fantasma de una depresión mundial? ¿Salió la Unión Europea de la recesión? ¿Superó Estados Unidos la caída con la que arrastró al mundo en 2008? ¿China –y los Brics– continúa siendo y puede al cabo ser el motor salvador de la economía mundial?

Éstas son las preguntas de nuestro tiempo, empeñado en mirar de soslayo el abismo. Tienen respuestas vagarosas de parte de los propagandistas del capital; temerosas de quienes con el bagaje teórico necesario intuyen lo que se gesta en el subsuelo pero no acaban de asumirlo; quiméricas, fruto de un razón que a la hora de la acción fuga hacia formas insólitas de irracionalidad, de parte de aquellos que Lenin denominaría infantoizquierdistas; esquivas en la opinión de conciencias abrumadas por la travesía dolorosa de las últimas décadas. Paradojalmente, suelen recibir réplicas netas en la voz de personas carentes de herramientas teóricas, sufrientes directas de la debacle capitalista y armadas con la voluntad de transformación radical.

Desprovista de voluntad política y objetivos revolucionarios la razón teórica desbarranca. Desprovista de basamento teórico, la voluntad política y los objetivos revolucionarios naufragan. Aún no plasma la conjunción virtuosa de los elementos capaces de provocar el alumbramiento. La ausencia de uno u otro, o su insuficiente despliegue y ensamble, produce adefesios. Es un momento sin parangón en la evolución de la humanidad y del sistema que domina al mundo.

Pero la marcha no se detiene. Si la teoría es insuficiente, la acción se apoya en lo que tiene al alcance y busca avanzar. La historia modela a los hombres que necesita. Fue en Venezuela donde brilló la chispa, cuando Hugo Chávez decidió transportar la llama en lugar de cuidar las cenizas, acaso sin registrar el discurso de Jean Jaurés y más inspirado por la idea nietzscheana de llevar el fuego al valle. Como sea, su accionar detonó un proceso en todo y por todo original. A poco andar el mundo asistiría atónito al renacimiento del socialismo como idea motriz. Tras el rayo vino la luz, aunque también encandilamiento y ceguera; luego el trueno, el temor, pero también la epifanía de ideas recuperadas y renovada voluntad revolucionaria. En apenas un instante, para remitir a la bella novela de Manuel Scorza, seguiría la tumba del relámpago. Y ahora, las grandes preguntas…

***

Cuando estuvo claro que la enfermedad de Hugo Chávez era irreversible, tras el impacto emocional comenzó a tomar forma otra dimensión de la pérdida: ¿volvería el panorama mundial a la desolación previa a la irrupción de la Revolución Bolivariana? ¿Perdería su impulso la transición al socialismo y desaparecería el eje ordenador de las vanguardias anticapitalistas en todo el mundo? Dicho de otro modo: ¿moriría de verdad el Libertador socialista?

Hubo diferentes momentos para el planteamiento crudo de este dilema. En las filas de la Revolución, pero también en las de la oposición burguesa, no se quería pensar –y no se pensó– en la desaparición de Chávez del escenario venezolano e internacional.

La religiosidad popular simplemente excluyó la posibilidad de que Chávez muriera. No puede haber un Dios tan injusto. Incluso los principales cuadros de la Revolución se negaron a reflexionar sobre un futuro cercano sin el comandante y confiaron en que todo volvería a la normalidad. Lo mismo ocurrió en el conjunto de cuadros y funcionarios identificados con la Revolución, que excluyeron la proximidad de un desenlace fatal, aunque no pocos habrán rezado por lo contrario.

El fenómeno de negación colectiva siguió incluso cuando el sábado 8 de diciembre de 2012, tarde en la noche, Chávez dio un discurso de extraordinaria carga dramática aunque formalmente idéntico a tantos otros y dijo –sin decirlo y hasta cerrando el paso a semejante idea– que no sobreviviría. Pidió permiso formal a la Asamblea Nacional para operarse en Cuba, trazó una línea de acción para la hipótesis de su ausencia definitiva y, para el caso de una obligada elección presidencial, designó a Nicolás Maduro como candidato.

El equilibrio político perfecto de esa pieza oratoria, ofrenda de lucidez, abnegación y coraje, aún no ha sido analizado, pese a que después, en la fugaz campaña electoral, fue un instrumento propagandístico clave. Como consta a numerosos cuadros de la Revolución Bolivariana, desde un principio y sobre la base de consultas a quienes podían mirar el tema con ojos científicos, mi expectativa fue mínima. No obstante, la recuperación a mediados de 2012 y la participación de Chávez en la campaña electoral que culminaría con su victoria del 7 de octubre me hicieron replantear el pronóstico negativo, para sumarme sin matices a la convicción general de que todo había vuelto a sus carriles.

Por eso el impacto fue mayor cuando se anunció el viaje a Cuba y luego, al ver aquella fatídica cadena nacional. Mis conclusiones a partir de ese mensaje quedaron expresadas en un conversatorio que realizamos el 14 de diciembre [Chávez y el futuro de la Revolución: http://www.luis-bilbao.com.ar/?p=1154]
Entre las excepciones que sí asumieron la inminencia de la muerte de Chávez cuentan, claro está, los funcionarios del Departamento de Estado. Con la información públicamente conocida y eficientes especialistas analizándola, podían llegar a la presunción cierta de que la enfermedad era irreversible. A partir de esa certeza y, con su interpretación de las fuerzas que mueven la historia, los estrategas del imperialismo concluyeron, bien antes del deceso del líder bolivariano, que la Revolución estaba acabada. Y actuaron en consecuencia: lanzaron una arremetida general que en su osadía incluyó el reemplazo del Papa [Vaticano, revolución y contrarrevolución en América Latina; 20/03/2013: http://www.luis-bilbao.com.ar/?p=178]
Ellos obraron según una interpretación idealista del curso de la historia, atribuyendo a un individuo el fenómeno desatado en Venezuela, extendido en América Latina y proyectado hacia todos los puntos cardinales. Erraron, como ya puede verse a medio año de la desaparición de Chávez. Pero la mecánica contraria, sobre la misma base teórica, llevaría igualmente a error. Y puesto que el accionar imperialista persistirá, intensificado y extendido, un fallo conceptual de los revolucionarios puede significar la muerte de la Revolución. La interpretación idealista del liderazgo de Chávez, sea para defenderlo o atacarlo, lleva fatalmente a error. De allí la necesidad de ahondar en el tema.

***

En tan extraordinaria circunstancia histórica ¿cómo actuaron y actúan las fuerzas de la Revolución? ¿Sobre qué base teórica apoyaron sus definiciones? ¿Cuál era el andamiaje para analizar la Revolución Bolivariana y el papel de su líder? ¿Qué basamento tienen las previsiones sobre lo que vendría en Venezuela y América Latina?
Así como la irrupción de Chávez descolocó a prácticamente todas las organizaciones e individuos involucrados en la lucha por la revolución, su prematura e inesperada partida reprodujo errores de apenas una década y media antes. Pero no se trata aquí de hacer una crítica detallada de las posiciones adoptadas ante la coyuntura sino, por el contrario, de resumir nuestras propias posiciones, puesto que son las que entendemos imperativas para afrontar lo que viene.
En 2008, cuando era impensable la muerte natural de Chávez (aunque siempre estuvo presente la posibilidad de un atentado que lograra su objetivo), publiqué mi quinto libro sobre la Revolución Bolivariana y, como parte de ella, del papel de su líder [Luis Bilbao. Venezuela en revolución, Renacimiento del socialismo. Capital Intelectual, Buenos Aires, octubre de 2008] En el capítulo IV, titulado Masa, individuo y dirección, decía lo siguiente:

“Evaluar el papel de un individuo circunstancialmente prominente no es una cuestión menor y no está en absoluto vinculada con interpretaciones psicológicas. En el caso venezolano, la exigencia es más imperativa que en otros. Acaso por eso mismo, sobresalen tanto más los errores.
En materia de intelección inmediata de grandes acontecimientos la historia registra resbalones grotescos y el listado no perdona derechas ni izquierdas, deslucidas a la hora de distinguir en sus primeros pasos una revolución de una contrarrevolución. O viceversa. Contra lo que puede suponerse, no es sencillo reconocer la naturaleza de una transformación social en medio de las convulsiones que le dan origen. Tanto más difícil es prever la llegada de tales situaciones y, cuando suceden, ocupar en ellas un papel dirigente. Venezuela es ejemplo descollante de confusión teórica y política, a derecha e izquierda, desde el momento en que el statu quo recibió un golpe mortal con el Caracazo, luego con la abrupta aparición de un dirigente militar y finalmente con el recorrido de una revolución que en cinco años atravesó una sucesión de etapas hasta proclamarse socialista.
¿Qué papel le cupo a Hugo Chávez en esa marcha vertiginosa? ¿Es responsable del giro en 180 grados de la Venezuela del Pacto de Punto Fijo, o sólo el emergente de un estado de cosas insostenible?
Con el paso de lo siglos han cambiado las formas de interpretar la gravitación real de quienes conquistan lugares prominentes en el devenir de la historia. Hacia los 1700 el sujeto individual lo era todo. Luego, por el contrario, se atribuyó a causas generales un destino fatal para la sociedad, ante las cuales el individuo no podía sino malearse y someterse. La primera cargaba todo el peso del desarrollo histórico al genio individual, a los “grandes hombres”. La segunda, negaba por completo la capacidad humana individual para pesar sobre los acontecimientos trascendentales.
Más tarde el materialismo histórico vendría a dar basamento científico a una interpretación en la cual la libertad se conjuga con la necesidad y bajo determinadas condiciones el individuo cuenta en grado sumo, acaso de manera decisiva. Cupo a Jorge Plejanov desarrollar esa interpretación dialéctica que combinaba las causas generales con el papel del individuo en la historia:
‘Las relaciones sociales tienen su lógica inherente: en la medida en que las personas viven en un determinado relacionamiento mutuo se comportarán, pensarán y actuarán de una manera dada y no de otra. Los intentos por parte de hombres públicos de combatir esta lógica serán infructuosos; el curso natural de las cosas (por ejemplo, esta lógica de relacionamiento social) reducirá todos sus esfuerzos a la nada. Pero si yo conozco en qué dirección están cambiando las relaciones sociales debido a determinados cambios en el proceso de producción socioeconómico, podré también saber en qué dirección está cambiando la mentalidad social; consecuentemente, estaré en condiciones de influenciarla. Influenciar la mentalidad social significa influenciar los acontecimientos históricos. De allí que, en un cierto sentido, puedo hacer historia, y no será necesario para mí esperar que ésta sea hecha’ (a).
En los idus del siglo XX este andamiaje teórico legado por los dos siglos anteriores se disolvió en un eclecticismo insustancial. Arrastrada por la superficialidad periodística, la interpretación del papel del individuo en la historia dio lugar a una caricatura adaptada a cada necesidad: el sujeto individual reemplazó a las clases sociales y fue investido de todos los poderes, a la vez que se daba por descontada la intangibilidad del sistema capitalista, con lo cual el lugar de los ‘grandes hombres’ en la historia se limitó a la adquisición de aptitudes suficientes para lograr apariciones exitosas en televisión, ganar votos e impulsar, con la fuerza así obtenida, el ‘modelo’ económico dictado por la coyuntura inmediata. Un mismo golpe de publicidad postmoderna desconoció el peso de las causas generales, es decir, de la necesidad, y eliminó toda libertad individual frente al devenir histórico. Los asesores ocuparon el lugar del pensamiento teórico, las consultorías reemplazaron a los partidos y la encuesta sustituyó la defensa de opiniones fundadas y la educación de las masas.
No es sorprendente que en semejante ambiente la aparición de Hugo Chávez fuera desdeñada, atacada o ensalzada, pero casi sin excepción incomprendida. Luego, ya con la dialéctica histórica a toda velocidad, esa misma incomprensión llevaría a la reacción internacional a identificarlo con la causa de todos los males, a la vez que una porción para nada desdeñable de las izquierdas transformaría su figura en poco menos que un ícono viviente, mientras que otra porción igualmente significativa continuó identificándolo con una mera variante de las incontables artimañas del capital para sobrevivirse. El factor común a todos, desde luego, es la incomprensión de la realidad mundial, del papel de América Latina en ese conjunto y del peso objetivo de Hugo Chávez sobre la marcha de la historia en este momento crucial de la humanidad.
En descargo de tanto desacierto hay que decir que errores de pareja magnitud fueron cometidos por no pocos ‘grandes hombres’ a lo largo de la historia”.
Soslayada la crítica de las posiciones de izquierdas frente a la irrupción de Chávez, tras su desaparición importa más aún que antes subrayar la dialéctica entablada entre la agonía del sistema en Venezuela y el líder aparecido en la sublevación militar del 4 de febrero de 1992. Permítasenos por tanto volver al capítulo citado, saltando por sobre una veintena de páginas:

“(…) es la estrategia, no la psicología, la disciplina que explica a Chávez. Desde el juramento del Samán de Guare, no ha cesado de transmitir, todo el tiempo, por todos los medios, ante cualquier auditorio, conocimientos, convicciones y propósitos. Éstos mismos han ido cambiando, desenvolviéndose, hasta transformar en ciertos casos su contenido original en lo contrario (el más notorio es su adhesión inicial a la ‘tercera vía’, formal y públicamente autocriticada años después). Pero la actitud invariable ha sido compartirlos, tal vez en la convicción de que enseñar es aprender, transformando la política en docencia permanente. Ocurre que enseñar es también aprender, transferir ideas a una o millones de personas equivale a recibir de ellas nociones, conceptos, valores. Chávez personifica esa dialéctica. La simbiosis resultante ha dado como saldo la elevación asombrosa en la conciencia de las mayorías venezolanas, así como la clave para explicar la propia línea de marcha del Presidente. Con el mundo entero empujando en sentido contrario a la revolución socialista, es un prodigio que el conservadurismo propio de ese sector especial de las clases medias, la fuerza armada, combinado con la lógica reformista de un movimiento de masas en el que prevalecen las mayorías desocupadas o cuentapropistas y un proletariado sin plena conciencia, sin dirección propia, no haya doblegado la voluntad de quien marcha en primera fila y ocupa el lugar de comandante. La dialéctica negativa que hizo de Lula y el PT, por ejemplo, un líder reformista y una organización capaz de sepultar su propio programa inicial, en Venezuela obró de manera inversa, alumbrando un proceso revolucionario que lejos de llevar a un remanso un torrente embravecido, produjo un salto cualitativo en la evolución política de la sociedad al darle a la mayoría sumergida un contenido programático y organizativo enderezado hacia la transición al socialismo.
Hacia 1902, con el célebre Qué hacer de Lenin se inició en Europa un debate teórico que aún perdura, ¿pueden por sí mismos los trabajadores, las masas desposeídas, transformar sus reclamos sociales en conciencia revolucionaria socialista? Sin teorizar Venezuela salda en los hechos el dilema: Hugo Chávez obra como motor y vehículo de la conciencia de millones. Pero si la buena teoría asegura que ningún partido puede sustraerse a la realidad de la masa cuyos sentimientos encarna, tanto más ha de valer esa certeza cuando se trata de un individuo. Es patente que la realidad social, cultural e ideológica de la masa y las vanguardias que apoyan a Chávez condicionan y hasta cierto punto determinan su accionar y explican buena parte de su conducta. Lo notable del fenómeno no reside en los pasos a menudo cruzados en el andar político de la Revolución Bolivariana, sino la resultante de ese movimiento en sus primeros 10 años de desarrollo: siempre adelante, invariablemente en el sentido de mayor radicalización, amplitud y profundidad.
He allí –para usar la expresión de Plejanov– la ‘significación colosal’ de Hugo Chávez: en él vienen a expresarse la necesidad de un época, las causas generales que dan lugar a una crisis sin precedentes del sistema capitalista, el acervo político histórico de América Latina, el agotamiento de los instrumentos políticos de las clases dominantes para ejercer el poder. Con o sin Chávez, esa fuerza poderosa busca un cauce y al hacerlo descoyunta los regímenes burgueses de toda Suramérica.
No obstante, el desarrollo de la Revolución Bolivariana hasta el punto al que ha llegado, así como su futuro por todo un período que no será breve, reposa sobre los hombros de este individuo, con un grado de dependencia apenas un punto menos que absoluto. Ése debería ser un eje obligado para el análisis y el accionar político. El futuro depende de que la masa asuma conscientemente su condición de clase, el individuo complete su deliberada transmutación en Partido y quede conformada, como culminación de un proceso de rescate y recomposición, una dirección revolucionaria en Venezuela, con proyección y articulación internacionales. Esas tres tareas de dimensiones históricas tienen por tanto un punto de apoyo decisivo en la figura de Hugo Chávez, pero dependen en última instancia de la capacidad de las vanguardias para ensamblar el papel del individuo con el movimiento de las masas, lo cual estriba a su vez en la capacidad para interpretar la realidad internacional y saber actuar a partir de ella en la transición local”.

Definida la extrema dependencia del proceso revolucionario respecto de la figura y el liderazgo efectivo de Hugo Chávez y planteadas tres necesidades y tareas ineludibles, en aquella coyuntura con él al comando del timón, el capítulo terminaba diciendo:

“Sin el concurso de la ciencia como columna maestra para sostener y guiar la voluntad revolucionaria, masas y vanguardias tomarían por senderos que se bifurcan y dejan al individuo ante la fatalidad de las fuerzas ciegas de la historia, en momentos en que la crisis capitalista hace que éstas empujen en sentido inverso a las necesidades humanas”.

 

Subjetividad y fuerzas materiales:

las guerras de nuestro tiempo

A mediados de 2013 no puede afirmarse que en Venezuela la masa trabajadora, juvenil y popular asumió a plenitud conciencia de clase; el Partido resiente la ausencia de su fundador; afirmada como tal, la Dirección Revolucionaria tras sortear el obstáculo jamás inesperado brega con tantos y tan grandes desafíos que resulta excesivo esperar de ella una inmediata acción eficiente en función de la articulación de una fuerza internacional revolucionaria, pese a que allí estriba justamente su posibilidad de consolidación y superación.
Dicho de otro modo: no ha sido transpuesto aún el ‘punto de irreversibilidad’ en la transición al socialismo; no quedó completado antes de la partida de Hugo Chávez el período en el que la marcha de la Revolución reposó de manera determinante sobre sus hombros.
Y esto adquiere su verdadera magnitud a la luz de la respuesta que se dé a las cuestiones planteadas al inicio de este texto, resumibles en la siguiente: ¿está el capitalismo ante un nuevo ciclo de estabilidad y crecimiento?
No somos pocos quienes frente a esta pregunta pronunciamos un rotundo no. Tampoco son escasas las voces que, sin llegar a afirmar la idea de un futuro amasado en la argamasa capitalista, entrevén un muy largo período de recuperación relativa, suficiente para sostener la centralidad del poder imperial y el control político del planeta desde los instrumentos tradicionales que dan continuidad al capital (partidos, sindicatos, universidades, iglesias, aparato de difusión). Y están, desde luego, los propagandistas del sistema, cargados de premios Nobel.
Nos desentenderemos aquí de éstos y de los segundos, para sólo referirnos a quienes tienen la certeza de la actualidad e inexorable aceleración de la crisis estructural del sistema y la objetiva deriva guerrerista del imperialismo.
En cuanto a la fundamentación de esta certeza, remitimos a los textos publicados en América XXI, recopilados en Trinchera de ideas. América Latina y el mundo entre 2003 y 2012 [Luis Bilbao. Trinchera de ideas; Fuenap, marzo de 2012]. Aquí se trata exclusivamente de presentar y debatir la respuesta política revolucionaria a una situación de crisis sistémica imposible de sanear sin destrucción masiva, a escala planetaria, de bienes y personas. Día a día se evidencian las medidas a las que, por diferentes vías y con multiplicidad de actores, apela el capital para promover esa destrucción de valor imprescindible para su sobrevivencia pero, más que nunca antes, incompatible con la existencia humana.
Ante los riesgos de sanear el sistema con métodos tales como la Iª y IIª Guerras Mundiales, el capital se ha lanzado a la sistematización de la barbarie inducida: con la rémora de Vietnam, en una escala mayor y cualitativamente diferente a la experimentada en Afganistán e Irak fueron perfeccionando un modelo que Washington busca amplificar. Sobre la base de hendiduras sociales históricas en un pueblo dado (de origen religioso u otros), se promueve la guerra interna con mínima intervención militar directa de fuerzas imperialistas. El Departamento de Estado y sus secuaces europeos promueven el terrorismo a gran escala, al que alimentan militar y financieramente con apenas disimulo, sobre la base de la utilización de mercenarios a gran escala.
La guerra es, así, aparente resultado de fracturas sociales internas, pese a que proviene de otro origen y es practicada por actores externos, mercenarios en un sentido y con magnitudes hasta ahora no conocidas. La destrucción adquiere formas particularmente inhumanas, pero eficientes a los efectos requeridos por el capital. Aunque el precio inmediato es horroroso, es mayor aún el daño a mediano y largo plazos por la degradación que en todos los órdenes provoca el terrorismo que, una vez puesto en movimiento, es practicado por partes de la comunidad contra otras del mismo entorno.
No en vano el fanatismo religioso es una de las resultantes de esta barbarie inducida por los centros de una civilización agónica. Desde el cristianismo originario hasta la resistencia contra el fascismo y el nazismo, pasando por las dictaduras tradicionales en América Latina, el sufrimiento extremo provocado por el accionar militar de los defensores del statu quo muy lejos de quebrar el espíritu de lucha de los sectores más avanzados de una sociedad, llevó a elevadas expresiones de conciencia y combatividad, honradas hoy por todas las culturas. Por el contrario, el terrorismo inducido, la barbarie sistematizada desde fuera a partir de hendiduras reales en una sociedad, destruye también la moral y la conciencia de masas y vanguardias y abre paso a un nuevo tipo de guerra que, basada en el principio fascista de reprimir al pueblo con las propias fuerzas populares, transfigura el principio mismo de la guerra, en cuanto el enemigo se desdibuja y confunde.
Esa transfiguración de la guerra se explica por una razón de fondo, en apariencia paradojal: no es la confrontación de un pueblo contra otro la que lleva a la acción bélica, no es un gobierno y un régimen contra otros, no es un país contra otros, sino un sistema que se combate a sí mismo, necesitado de amputarse para sobrevivir. Sólo la destrucción en escala masiva de mercancía sobrante (incluidos los seres humanos), puede sanear el sistema. La ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia ya no encuentra oxígeno extendiéndose hacia nuevas fronteras. Ya se cumplió sobradamente la etapa histórica durante la cual los límites insuperables del capital podían resolverse temporariamente ocupando otros espacios, otras economías. De hecho, la caída de la Unión Soviética, al abrir a las leyes crudas y puras del mercado mundial las compuertas de aquellas regiones que estaban siquiera parcialmente protegidas, en términos históricos asestó una puñalada mortal al sistema capitalista como un todo internacional.
Pero, a la par de esa necesidad, los centros imperialistas carecen de la fuerza político-militar para llevar a cabo victoriosamente una guerra tradicional. Los revolucionarios hemos prestado insuficiente atención a los ejemplos de Afganistán primero (incluso desde los pasos que llevaron a la intervención soviética), Irak después, posteriormente Libia, más tarde Siria y ahora Egipto.
En consecuencia, no estamos suficientemente pertrechados para afrontar el accionar imperialista en esta nueva fase de la contrarrevolución mundial. Basta ver los desvíos de fuerzas revolucionarias e intelectuales comprometidos al alinearse, por ejemplo, con los supuestos rebeldes democráticos de Siria.
Estados Unidos ensayó ese método en América Latina. Fue ostensible en los innumerables intentos por provocar un choque bélico entre Colombia y Venezuela. Allí también se vio la insuficiencia en la mirada de no pocos revolucionarios, que no comprendieron –muchos no lo han descubierto todavía– los extremos a los que debió apelar Chávez (Maduro sigue puntualmente esa línea) para cerrar esa vía de entrada al guerrerismo imperialista. En Bolivia los intentos discurrieron por un modelo más conocido para el Departamento de Estado –la división del país a partir de una histórica fractura étnico-cultural-económica– aunque también fracasó redondamente. Allí la capacidad de respuesta correspondió a la vanguardia revolucionaria boliviana encabezada por Evo Morales, pero acompañada con inusual celeridad y eficiencia por los países del Alba –otra vez, el papel de Chávez– de inmediato prolongada por Unasur. Pero si en esas oportunidades falló, la línea de acción de Washington continúa. Sectores particularmente corrompidos de las burguesías regionales lo acompañan. La instalación de bases no convencionales para guerras futuras menos convencionales aún, golpes de Estado quirúrgicos y camuflados, ensayo de alianzas comerciales, son entre tantos otros los recursos utilizados para bucear en los resquicios, en las fallas estructurales, siempre activas o latentes en cualquier sociedad humana. Allí, por diferentes medios según el caso, los agentes del capital buscan introducir cargas explosivas que detonen situaciones de consecuencias previsibles a la luz de lo que ocurre hoy en Siria y Egipto.
Es claro que la destrucción actual –y la que viene en el futuro inmediato– es insuficiente para resolver la aludida necesidad de saneamiento estructural. Al cabo, esa tarea de demolición masiva debe realizarse en las sociedades económicamente más desarrolladas, lo cual impide excluir la detonación de guerras capitalistas clásicas. Pero es improbable que el sistema practique la autofagia en sus centros vitales antes de que le sea absolutamente imprescindible por razones de competencia interimperialista o de sublevación interna incontrolable. Por el contrario, redoblará su accionar en los sitios que le resulten menos lesivos en lo inmediato aunque el objetivo obligado, sin medir consecuencias, reside allí donde pueda afirmarse una respuesta estratégica a esta dinámica de destrucción mundial. Eso es, precisamente, América Latina.

 

Venezuela y el Alba

Descartada cualquier interpretación metafísica del papel del individuo en la historia, medido el daño producido por la desaparición de Chávez, resta evaluar el saldo de la tarea por él cumplida y trazar un plan para completarla. En ella hay tres dimensiones: la venezolana, la latinoamericana y la internacional propiamente dicha.
Al comenzar por el curso político interno inmediatamente posterior a la muerte de Chávez, queda un saldo rotundamente positivo cuyo centro reside en la afirmación de una Dirección Revolucionaria unida, la victoria electoral del 14 de abril y los esfuerzos ciclópeos realizados por los principales cuadros desde entonces para resolver los innumerables puntos flojos del entramado político-económico-ejecutivo resultantes de una década de revolución pacífica y dos años de agonía de Chávez. Quejosos los hay por miles. Críticos sólidos, bastante menos. Pero a la vista está el hecho incuestionable de que un complejísimo cuadro económico, multiplicado por una furiosa embestida burgués-imperialista, fue en principio controlado y encaminado a su resolución en medio de una realidad política signada por el tremendo trauma de la muerte del líder. Lejos de un optimismo panglossiano, la realidad político-social venezolana, a menos de cuatro meses de una nueva confrontación electoral, esta vez para elegir alcaldes, muestra una línea de consolidación que, si bien debe ser todavía medida en términos comiciales, es inequívoca en términos políticos y se traduce en neto respaldo social mayoritario a Nicolás Maduro y al curso impreso por la Dirección Revolucionaria. Sobre esa plataforma, las tareas pendientes –en primer lugar la adecuación y reestructuración del Psuv, obligada por la ausencia de su numen fundador– permite prever con fría objetividad un curso de afirmación positiva. Sin embargo, aquí vale un axioma: la consolidación de la Revolución Bolivariana, la transición al socialismo, la superación del punto de no retorno, se juegan tanto al interior de Venezuela como en el terreno latinoamericano y mundial. Y en última instancia, es en ese plano internacional donde se librará la batalla que al cabo permitirá o no la abolición del capitalismo, la salvación de la humanidad y, por tanto, la marcha victoriosa de la revolución en Venezuela.
De allí la importancia del desempeño en ese plano del equipo gobernante: asunción por Maduro de la presidencia del Mercosur; reinicio de las relaciones con Washington y réplica inmediata, congelando esa vía de normalización diplomática cuando, con clara intención de medir fuerzas y colocar a Caracas en situación de subordinación, la Casa Blanca lanzó un vil ataque contra la Revolución; participación en la reunión de países productores de gas convocada por Rusia y luego, ante la incalificable agresión imperialista a uno de los participantes, Evo Morales, inmediata y durísima réplica mediante Unasur, Mercosur y luego, en tono mayor, desde el Alba.
En todos estos pasos se vio a los gobiernos del Alba (ahora nueve, con la incorporación de Saint Lucia en la cumbre de Guayaquil) en un creciente ensamble de neta confrontación con los centros imperialistas, que además reiteró en cada instancia la necesidad de articular igualmente a Partidos y fuerzas sociales de los países de ese bloque acompañados por los de toda la región.

 

Obstáculos y dilemas teórico-políticos

Este marco auspicioso no puede ocultar amenazas cada vez más visibles que asedian a la revolución latinoamericana, entre las cuales destacan:

Punto crítico en la convergencia latinoamericana. Una sabia y eficiente diplomacia imperialista obtuvo en los últimos años logros tácticos de riesgosas derivaciones estratégicas. Apuntadas a la división dentro de cada país y entre estos con sus vecinos, a la vuelta de un quinquenio han tenido un éxito desigual que, en conjunto, supera lo inicialmente esperado por los gobiernos más comprometidos con la estrategia contraria. La dinámica de convergencia ha sido frenada y en casos vitales revertida. Sin necesidad de detalles, puede afirmarse que todos aquellos gobiernos que vacilaron –o por definición ideológica se negaron– a encarar una franca política de transición anticapitalista, cayeron en mayor o menor medida en la red imperialista. No por previsible es menos ominoso este saldo. Quedan a la vista tres bloques con dinámicas diferenciadas y, a término, contrapuestas: el Alba, la Alianza del Pacífico (más Paraguay y otros países centroamericanos), y en un tercer parámetro Brasil y Uruguay, estratégicamente descoyuntados ambos entre las perspectivas de afianzar una unidad suramericana antimperialista o refugiarse en convergencia desesperada con Estados Unidos y la Unión Europea a expensas de Unasur y Celac.

Inútil esperar una resolución a este dilema por parte de los gobiernos actuales e inmediatos futuros de estos dos países así como de los cuatro resueltos a integrar la Alianza del Pacífico (Chile, Perú, Colombia y México, más los que hacen fila para incorporarse bajo el chasquido del látigo yanqui).

Degeneración de viejos Partidos y freno a la emergencia de los nuevos. Un rasgo de la crisis actual es la disgregación social. Los partidos tradicionales del capital, cuando existen como tales, están corrompidos hasta la médula. Suponen no ya la instrumentación de políticas de naufragio burgués, sino la degradación del pensamiento y la acción política, con devastadores efectos destructivos sobre la masa popular en términos de conciencia social y moral pública. A la par, la emergencia de grandes organizaciones políticas con vigor programático y capacidad para promover la participación plural y democrática está trabada. En Venezuela, después de su formidable salto fundacional, aun afirmado como vehículo de asunción política masiva, movilización colectiva y formidable herramienta electoral, el Psuv no logra afianzarse como nexo vivo entre las masas y el gobierno al punto necesario para obrar como organizador y educador colectivo en condiciones de librar la guerra contra el sistema capitalista en todos los terrenos. Está a la vista el esfuerzo hercúleo de buena parte de la Dirección Revolucionaria que, en medio de las exigencias de la transición, intenta revitalizar y potenciar las fuerzas originarias del Psuv, plasmadas en documentos claves de su historia y en la incansable tarea educativa de Chávez. En Bolivia y Ecuador, donde por diferentes vías aparecieron nuevas fuerzas políticas capaces de encauzar la voluntad mayoritaria en los primeros pasos de la profunda transformación en curso, estas instancias han quedado frenadas en un punto intermedio. Distante de estos casos, en Perú la instrumentación electoral de una masiva voluntad de cambio, muy lejos de transformarse en fuerza partidaria con programa anticapitalista ha derivado en factor de freno y confusión, sin que hasta la fecha se perciban puntos de apoyo para una superación revolucionaria. En México y Argentina, donde el cuadro político-partidario tradicional ha llegado al máximo de degradación, no hay atisbos de conformación de nuevos partidos con voluntad y capacidad revolucionaria. En Chile y Uruguay, con formas diferentes de frentes electorales que han gobernado durante años, la asimilación de sus estructuras y dirigencias al sistema no presenta, como contraparte, estructuras, cuadros y programas para salir de esa regresión. Fuera de análisis queda Colombia, donde la eventual consecución de la paz abre la posibilidad de conformación de una poderosa fuerza revolucionaria de masas, con estrategia antimperialista y anticapitalista. Por último, en Brasil el Partido dos Trabalhadores, pionero en la renovación del panorama político latinoamericano cuando comenzaba a verificarse la completa putrefacción de los antiguos partidos del capital, tras haber recorrido paso a paso el camino de integración al sistema y con 10 años de gobierno, aliado con aquellos partidos a los que enfrentó en su nacimiento y primer desarrollo, no da muestras en la teoría, la política y la organización, del vigor necesario para remontar su vertiginosa caída, no negada por sucesivas victorias electorales.

Elecciones. Como directa expresión de la ausencia de partidos revolucionarios socialistas con arraigo en las masas, con excepción de los miembros del Alba, los procesos electorales en las sociedades latinoamericanas muestran signos de agotamiento como expresión de la democracia. Comicios regulares y eventuales recambios de gobiernos al compás de un constante empeoramiento de las condiciones sociales y el ostensible festival de corrupción de los aparatos gobernantes en función del capital, todo amarrado por instituciones que para la participación electoral exigen cantidades fabulosas de dinero y alimentan el recambio exclusivo entre representantes del gran capital, producen un desencanto general con esta mascarada democrática y obligan a sectores de la vanguardia a preguntarse por nuevos caminos para alcanzar mudanzas verdaderas. Paraguay es un caso clave, pero está lejos de ser el único.

Pluripolaridad. Éste fue un vector fundamental en la estrategia internacional de Chávez. Su enorme potencia reside precisamente en la posibilidad de encauzar las fuerzas centrífugas generadas por la crisis capitalista hacia la conformación de bloques de diferente naturaleza pero aunados en su distanciamiento defensivo de los centros imperiales (es la forma contemporánea del concepto Frente Único Antimperialista elaborado por la Tercera Internacional en tiempos de Lenin y Trotsky). Con intrépida sagacidad y eficiencia, en momentos de eclosión de la crisis el gran capital imperialista respondió rearticulando el G-20, el cual serviría desde 2008 para imponer la política de salvataje global elaborada en Washington y Bruselas. Ese paso desanduvo en buena medida el camino recorrido en la primera década del siglo. La reaparición de la crisis estructural, todavía invisible a la mirada superficial, conflictúa por estos días ese grupo eficiente durante cinco años decisivos para evitar el pasaje de la recesión a la depresión. Pero la nueva dinámica centrífuga no encuentra un centro de atracción antimperialista con suficiente poder. La citada reunión en Moscú de productores de gas, con la participación de Rusia, Venezuela, Irán, Bolivia, Ecuador y otros países (y la comprensible réplica brutal del imperialismo), el zigzagueo irresuelto en la agresión a Siria (Rusia y China mediante), el callejón sin salida de Estados Unidos en su intento de emplazar misiles de largo alcance en los bordes de Rusia, son algunos entre muchos otros signos de que la evolución tendencial hacia un contrabloque del G-20 cuenta con suficientes fuerzas motrices aunque no con estrategia explícita y liderazgo suficiente.

Caminos de la transición. Aun en este cuadro de severas dificultades, la marcha con rumbo antimperialista y anticapitalista de los países del Alba avanza paso a paso. Hay barreras objetivas (PIB conjunto comparado sobre todo con los tres mayores países de la región, insuficiente acumulación primitiva, subdesarrollo industrial y científico-técnico, falta de instrumentos políticos a la altura de las exigencias…) que plantean límites sólo superables mediante dos factores: tiempo y extensión de la estrategia anticapitalista a todas o algunas de las economías mayores (Brasil, México, Argentina). Resistir y ganar terreno mientras esa posibilidad se realiza es la gran tarea a la que todo genuino revolucionario, en América Latina y en cualquier parte del mundo, está compelido a contribuir con el máximo de esfuerzo, lucidez y disciplina. Se trata de la mayor amenaza política actual al sistema capitalista y, por tanto, será atacada por los centros imperialistas desde todos los flancos, sin excluir el de la violencia a gran escala si se les permite.

Disritmia en el corazón del capital. Movimientos de víctimas de la crisis en los países centrales conmovieron Europa e hicieron una aparición fugaz en Estados Unidos. Impensable un mundo futuro sin la participación de los proletariados y las juventudes en los países imperialistas. A la vez, impensable el desarrollo y radicalización efectivos de esos movimientos sin un choque frontal con las fuerzas reformistas pro-capitalistas dominantes en partidos y sindicatos. Desde hace años se estructuró una alianza socialdemócrata-socialcristiana para cerrar el paso a cualquier variante revolucionaria. Las formaciones alternativas están a menudo cribadas por concepciones antipartido o por sectarismo, enfermedades ambas que impiden su transformación en alternativas reales de lucha por el poder y la revolución. También aquí el tiempo es un factor insoslayable; aunque si éste es relativo en cualquier circunstancia, tanto más lo es cuando se desencadena una crisis y las masas quedan ante situaciones extremas.

Un centro internacional para la revolución. A la disgregación capitalista sólo puede contrarrestarla la centralización por el socialismo. Los esfuerzos por la unión antimperialista a gran escala serán frustrados –¿cuántas veces se ha visto esto en el último medio siglo?– si no aparece y se afianza con poder real un centro internacional por el socialismo. Entre las muchas intuiciones geniales de Chávez, ésta fue la más brillante y osada. También la menos meditada y aquilatada por cuadros y partidos anticapitalistas en el mundo. Su llamado a la creación de una Vª Internacional fue respondido con inmediato apoyo en innumerables casos a escala global, pero soslayado o rotundamente enfrentado por fuerzas fundamentales. Era uno de sus objetivos principales cuando lo atacó la enfermedad. Y el proyecto estratégico cayó en saco roto, tanto en la acción como en el pensamiento anticapitalistas. No es función de gobiernos crear una internacional revolucionaria. Pero sí les corresponde a ellos impulsarla, directa e indirectamente, a través de partidos, cuadros y líneas políticas de acción estratégica. Como sostuvimos en 2009, cuando el comandante Chávez lanzó la idea, estamos convencidos de que tal instancia organizativa se asemejará más a la Primera Internacional, fundada por Marx y Engels, que a las que la sucedieron: “En la actualidad, por razones objetivas y subjetivas una organización internacional no puede pretender la homogeneidad ideológica que originalmente tuvieron la IIª, IIIª y IVª. Por el contrario, en lo que hace a su heterogeneidad superaría largamente a la Iª, aparte de que no resultaría del impulso consciente y organizado de una vanguardia obrera con aval de masas” [Ibid. Hora de definiciones. Chávez llama a la Vª Internacional; pág. 356]

Esta certeza no contradice la necesidad de organización partidaria, sino lo contrario, con la capacidad para incorporar a millares de instancias políticas, sindicales, campesinas, estudiantiles y populares de todo tipo. Se verá si la mirada realista de direcciones políticas con aval de masas no se reduce al accionar pragmático.

 

Colofón

No: el fantasma de una depresión mundial, superior en todos los órdenes a la de 1929, lejos de haber huido, planea cada vez a menor altura sobre las grandes economías. No: la Unión Europea no salió de la recesión; Estados Unidos al contrario de haber revertido la caída de 2008 vio el aumento de la desocupación, la disminución del nivel de vida del conjunto social y la distorsión sin precedentes de sus números macroeconómicos arrastrados por una emisión sideral, base de la pausa en la caída. No: China no continúa jugando el papel de dinamizador de la economía mundial al nivel requerido por la crisis occidental. Por el contrario, en dinámica de estancamiento, obrará más y más como feroz competidor, en tanto gran potencia industrial. En cuanto a los restantes Brics, con la excepción relativa de Rusia y con Brasil a la vanguardia, no son ya, ni pueden en ninguna hipótesis ser a mediano y largo plazos, el motor capaz de mantener en vuelo a la aeronave averiada del sistema dominante.

En suma: la pervivencia del capitalismo requiere, como siempre para sanear su estructura y remontar una crisis, control y abaratamiento de fuentes energéticas y materias primas (primera exigencia para contrarrestar la ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia), destrucción de valor por doquier (condición para resolver la sobreproducción) y acción contrarrevolucionaria en cada punto donde pueda aparecer un faro anticapitalista. Todo esto conduce a la guerra, clásica o postmoderna. La tragedia provocada en Siria por Washington y Bruselas es un ominoso adelanto. América Latina, en particular los países del Alba, afrontan esa realidad o sucumben ante la supremacía político-militar del conjunto imperialismo-burguesías locales. Aliados, munidos de poderosísimos recursos, socialdemocracia y socialcristianismo trabajan para sostener el capitalismo, aunque dicen estar contra el autoritarismo y la guerra (muchos pueden incluso creerlo, puesto que, como dice Adriano por la pluma de Marguerite Yourcenar “a la larga la máscara se convierte en rostro”).

Este dilema está planteado en ausencia del Libertador socialista, quien citando al Che insistió siempre en la necesidad de estar “un paso delante del caos”.

Permítasenos repetir, ahora en clave latinoamericana, que el futuro depende de que la masa asuma conscientemente su condición de clase, el individuo complete su deliberada transmutación en Partido y quede conformada, como culminación de un proceso de rescate y recomposición, una dirección revolucionaria en Venezuela, con proyección y articulación internacionales.

Una inmensa labor de difusión y debate, de educación de masas, de enseñar para aprender, de organización política en cada país y a escala internacional, es la contribución que propongo, con carácter impostergable, a las y los participantes en este VIIº Congreso Internacional de Filosofía.

 

Buenos Aires, 24 de agosto de 2013