argentina: balance de las primarias del 14 de agosto

Continúa la desagregación

porLBenCR

 

Introducción

Con movimientos espasmódicos y señales contradictorias, el arco político argentino dio un largo paso más por el camino de decadencia y desagregación. En las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (Paso) del 14 de agosto la precandidatura de Cristina Fernández se impuso con 50,07%, relegando a un nivel ignominioso a la Unión Cívica Radical (UCR) y a dos fracciones del Partido Justicialista (PJ). Si bien la elección efectiva tendrá lugar el 23 de octubre, es improbable que lo esencial de este resultado se revierta, aunque en modo alguno es descartable que cambien las proporciones y puede esperarse resultados diferentes a nivel de legisladores e intendencias. De esta manera el éxito circunstancial de la Presidente coloca una lápida a los dos partidos tradicionales del capital pero no los reemplaza, ni podrá hacerlo, con una fuerza política definida, capaz no ya de trazar y conducir una estrategia nacional, sino siquiera de sostener la gobernabilidad en el próximo período.

Muy lejos de la consolidación de un Ejecutivo fuerte, tanto menos de un bonapartismo efectivo, este saldo aún provisional ratifica que la crisis detonada en 2001 continúa abierta y, sin perspectiva de resolución a la vista, augura un estado de desequilibrio permanente y creciente, alimentado además por la ya reiniciada recesión mundial y la insustentable base económica de la Argentina actual(1).
Resultado en cifras

Aun cuando para analizar el curso social una elección es apenas un factor, a menudo equívoco y sin fundamentos de largo plazo, es preciso comenzar por los resultados de estos comicios según datos oficiales(2): sobre un padrón total de 28.853.153 electores, acudieron a votar 21.757.053, equivalentes al 75,41%. Incluso con voto obligatorio (y la amenaza explícita de no poder votar en octubre si no se cumplía en esta oportunidad), es un porcentaje elevado, demostrativo de interés mayor al esperado. De ese total fueron contados como positivos 20.699.663. Como se sabe, los porcentajes de cada contendiente se calculan desconociendo el padrón total, pero también los votos en Blanco, nulos e impugnados, es decir, se hace como que no existen 7.096.100 ciudadanos que no concurrieron a las urnas y se desconoce la opinión de 1.057.390 que sí acudieron, pero con la decisión de mostrar que ninguna de las fórmulas los representaba.

El frente en torno al Partido Justicialista, con Cristina Fernández como candidata, alcanzó el 50,07%. La Unión Popular, una fracción del PJ encabezada por Eduardo Duhalde el 12,16. Compromiso Federal, otra fracción peronista con Alberto Rodríguez Sáa como candidato, el 8,17. La UCR encabezada por Ricardo Alfonsín pero con la inclusión de dos reconocidos peronistas (Javier González Fraga como candidato a vicepresidente y Francisco De Narváez como aspirante a gobernador de Buenos Aires), fue condenada con el 12,17%. y la Coalición Cívica de Elisa Carrió el 3,24%. El Frente Amplio Progresista de Hermes Binner logró el 10,26%. Hubo 776.880 en Blanco, 258.002 anulados y 22.508 recurridos e impugnados, que sumados y según el modo oficial de calcular equivalen al 5,1% de franco rechazo. El denominado Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT) alcanzó el 2,48% y Proyecto Sur el 0,9%. Si bien este último no tuvo una definición anticapitalista (pese a que dos partidos definidos como revolucionarios integran ese frente, MST y PCR), podría considerárselos como conjunto contestatario, la suma de cuyos votos implica el 3,38% del electorado que concurrió a las urnas.. Aunque resulta imposible confirmarlo, puede estimarse que de esa forzada suma que resulta en un 8,39% (unos 700 mil votos de PSur y FIT, más el millón largo de votos Blancos y anulados), al menos la mitad está integrada por el activo obrero y juvenil. Está a la vista que la abrumadora mayoría de la clase trabajadora y el grueso de la juventud prestó su apoyo al peronismo en general y al FpV en particular, coincidiendo en esa opción con las clases medias urbanas y rurales.
Un segmento numéricamente mayoritario -en más de un caso atravesando líneas partidarias- rechazaba ambas caracterizaciones. Pero carecía de cohesión teórica y de estrategia común. Y salvo excepciones, estaba compuesto por organizaciones de porte menor.

 

 Espanto y sorpresa

A la reacción de espantada perplejidad en la oposición burguesa por semejantes resultados le hizo espejo la sorpresa del propio oficialismo: si bien era unánime la previsión de que Fernández sería ganadora, fueron inesperados los porcentajes de unos y otros. Luego, entre los balbuceos de aquélla y el triunfalismo de éste, el análisis objetivo del proceso en curso ha quedado al margen. Mención aparte merecen las consultoras y ciertos analistas al uso, a quienes les volvió el alma al cuerpo y se apresuraron a confirmar sus previsiones de meses atrás, pese a que evitaron hacer públicas sus encuestas u opiniones previas al 14 de agosto, apabullados como estaban por los resultados de tres elecciones sucesivas en puntos clave del país: Capital Federal, Santa Fe y Córdoba, donde el oficialismo fue arrasado.

Así las cosas, ha quedado en el limbo la explicación objetiva de la lógica interna entre la conducta social en esos tres casos insoslayables y el resultado de las Paso. Comentaristas ajenos al rigor y la seriedad elementales eligen entre cargar la responsabilidad a los impresentables candidatos de la oposición burguesa o celebrar la supuesta solidez del enraizamiento social del elenco gobernante, atribuido a no menos supuestos avances en pos de la igualdad y la justicia. Los hechos distan de estas socorridas interpretaciones como está lejos el gusano de la mariposa.

Como primera evidencia salta a la vista el irremediable descalabro de la UCR, la imposibilidad de recomponer este aparato principal del dominio de clase, así como el fiasco de quienes intentaron recomponer el PJ a través de un discurso peronista ortodoxo. Estos son dos factores cruciales para comprender la realidad argentina y su dinámica: los de arriba han perdido, y para siempre, sus dos partidos con enraizamiento y control de masas. Pero esto significa nada sin la contraparte, que es todavía más transparente a poco que se quiera mirar de frente la realidad: el oficialismo está apoyado sobre un PJ todavía más fragmentado que aquellos que asumieron la oposición, y la sigla bajo la que se cobija el gobierno, Frente para la Victoria (FpV), es un enorme tambor de hojalata vacío, capaz de eventualmente hacer mucho ruido pero sin nada dentro.

Desde luego, las causas son múltiples y residen en un imbricado entretejido de fuerzas objetivas y subjetivas, imposibles de percibir a simple vista. Entre las primeras están el crecimiento económico (superará el 7% este año) y el auge consumista (con base en el endeudamiento individual) de los últimos años, combinado una semana antes de los comicios con la eclosión de un nuevo y gravísimo episodio de la crisis económica capitalista en los países metropolitanos, anunciador del retorno de la recesión mundial. Aquí aparece el factor subjetivo atravesando el conjunto social, cuando cada ciudadano, en primer lugar las clases medias, se preguntó acerca de los efectos posible en Argentina y, con prescindencia de color político, vio y oyó a candidatos de la oposición en una catarata de vaciedades repetidas hasta el hartazgo por radio y televisión.

La extraordinaria volatilidad de la opinión general es el punto en que más crudamente plasma el cataclismo político argentino, que ha desmoronado a los partidos tradicionales de las clases dominantes, pero también a las izquierdas.

A lo largo de la historia el marxismo ha estudiado exhaustivamente el comportamiento político de las clases medias. En una de sus elocuentes metáforas, Trotsky las comparó con un enfermo afiebrado, que se revuelve en su lecho volcándose ora a derecha, ora a izquierda. Lo nuevo, en Argentina, es que no hay en el arco partidario estructuras realmente existentes a derecha o izquierda para que esas masas oscilantes puedan recostarse en ellas. No puede asombrar, por tanto, que en un momento de zozobra internacional hayan optado a último momento por el statu quo(3).

A propósito, un ejemplo muestra la irracionalidad del pensamiento adosado al oficialismo: los intelectuales del poder, desesperados por el supuesto «giro al fascismo» de la ciudad de Buenos Aires cuando el 31 de julio Mauricio Macri obtuvo en segunda vuelta el 63% de los votos, dos semanas después atribuyen a la «sabiduría popular» y a las virtudes oficialistas la victoria en las Paso. En vano se buscará siquiera un intento por vincular con criterio científico ambos fenómenos. Es una renuncia al pensamiento y a la seriedad individual.

Pues bien, el nuevo barquinazo mundial, combinado con el perfil de incapacidad y corrupción de los dos principales candidatos opositores hizo virar en redondo a las clases medias urbanas y rurales respecto de su comportamiento apenas horas antes, arrojándolas a los brazos trémulos de un asustado oficialismo.

En cuanto a la clase obrera y los sectores populares, que en las tres elecciones aludidas se volcaron mayoritariamente a la oposición, la explicación de su giro, también condicionada por la reaparición de la crisis mundial, tiene sin embargo otro factor determinante. Un análisis de las elecciones en Santa Fe elaborado por el periódico El Espejo(http://deargentinaelespejo.blogspot.com/), concluía el 26 de julio con la siguiente afirmación, en referencia a la toma de distancia del gobierno frente a la CGT y el aparato del PJ para armar las listas de candidaturas y los resultados obtenidos en tres distritos fundamentales:

«El elenco gobernante ensayó un intento desesperado para eludir el cepo en el que lo tienen la CGT y el PJ. De aquí al 14 de agosto al gobierno le quedan dos posibilidades: cede a las exigencias de esos aparatos (negocios contantes y sonantes), o se arriesga a no tenerlos como aparato efectivo para la crucial tarea de movilizar electores para las Paso. En cualquier hipótesis, los intereses de la nación, de la clase trabajadora y el conjunto del pueblo, están fuera de los planes de las camarillas burguesas y aparatos corruptos hoy enfrentadas a cuchillo por el poder y el reparto de la renta nacional».

A la luz del resultado del 14 de agosto, queda claro que, tras los sopapos recibidos en Capital Federal, Santa Fe y Córdoba, el gobierno cedió a exigencias de ambos aparatos. Así, la amenaza de estos de volcarse en favor de Duhalde o Rodríguez Sáa, se transformó en un frente único circunstancial de los llamados «barones del conurbano» (la mafia y la ultraderecha enquistada en el PJ), y la CGT, en este caso acompañada por la fracción oficialista de la CTA(4). Entre muchas informaciones imposibles de ser probados relativas a esa negociación (por ejemplo el freno al juicio que amenaza con llevar a la cárcel a Hugo Moyano), hay uno públicamente constatable: Moyano -acompañado por Hebe de Bonafini, antes de que estallara el escándalo- fue el principal apoyo en el acto de lanzamiento de Amado Boudou como candidato al gobierno de Buenos Aires, mientras simultáneamente el titular de la CGT y sus hombres más allegados defendían la necesidad de que el vicepresidente de Cristina Fernández fuera un hombre de la central sindical. Obligada por encuestas que mostraban la irremediable flaqueza electoral de Boudou, la Presidente eligió a última hora a Daniel Filmus el 20 de mayo. Cinco semanas después, a despecho de sus sólidos antecedentes neoliberales, Boudou fue designado por Fernández como su segundo en la fórmula presidencial.

Es verdad, también, que los aparatos del PJ y la CGT actúan con un doble movimiento, inverso en su expresión pero coherente en su objetivo: garantizar que el poder quede en manos del peronismo, a la vez que se realizan todas las maniobras necesarias para quitarle espacios al gobierno y tener capacidad para condicionarlo. En ese sentido, la nueva ley electoral acordada por el PJ y la UCR dos años atrás y el absurdo de más de 20 elecciones en ocho meses, calza como un guante en aquellas necesidades de manipulación electoral y sobrevivencia política.

Otro factor de relativo peso fue la abrumadora cantidad de recursos financieros destinados por la campaña oficialista en general y en particular la apuntada a la juventud, que tuvo éxito en franjas electoralmente significativas de jóvenes de la pequeño-burguesía. En este terreno fue particularmente efectiva la táctica en relación con los derechos humanos, tanto más despreciable cuanto la pareja presidencial jamás estuvo involucrada en esa noble tarea. La cooptación de organismos como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo tuvo, no obstante, un significativo impacto en la captación de sectores juveniles. El cinismo de esta política es una prueba más de la degradación de las clases dominantes cuando de manipular la conciencia social se trata. En ese mismo sentido, el doble discurso relativo al alineamiento con el proceso revolucionario en América Latina -mientras se encolumna efectivamente con el G20- es una palanca de enorme efectividad para atraer el respaldo in extremis de gran parte del activo militante disperso.

En un marco de prolongada parálisis del movimiento obrero y férreo control de las estructuras por parte de la burocracia sindical, cuenta también la conducta circunstancialmente conservadora de la clase obrera industrial con empleo formal, beneficiada por aumentos salariales que neutralizaron -o poco menos- los efectos de la altísima inflación. Y sobresale el papel del aparato corrupto de los denominados «punteros», que mediante los planes trabajar y el subsidio para los menores manipulan a grandes sectores sociales sumergidos.

Por último, aunque de primera importancia, es preciso afirmar sin rodeos que el desplazamiento de votos que dio una neta victoria al gobierno tiene como palanca principal la inexistencia de una fuerza revolucionaria con raigambre en las masas, factor que, desde luego, es causa y a la vez efecto del estado de confusión y parálisis de la clase obrera y el conjunto del pueblo.

 

Sociedad, política y elecciones

Quien suponga exagerada la afirmación de que el gobierno temía los resultados del 14 de agosto simplemente debe recordar la retahíla de acontecimientos que precedió a las Paso. Además del clima creado por las derrotas oficialistas en Capital Federal, Santa Fe y Córdoba, en incompleta síntesis sobresalen la revelación de la estafa en torno a la construcción de viviendas para sectores desposeídos, que involucró a la Fundación Madres de Plaza de Mayo y derrumbó un preciado ícono para las vanguardias de las últimas tres décadas, el escándalo de latrocinio y mentira expuesto en el Instituto Nacional contra la Discriminación (Inadi), el resultado negativo en el caso de los hijos adoptivos de Ernestina Herrera de Noble (propietaria del grupo Clarín) acusada por la Presidente de ser «apropiadora» y desmentida por la Justicia en vísperas de la elección, la admisión por parte del juez de la Suprema Corte Eugenio Zaffaroni (cuyo nombre había sonado como eventual vicepresidente de Fernández) de que cinco de sus quince departamentos alquilados eran utilizados como prostíbulos(5) y, como colofón, la toma de tierras para vivienda en Jujuy, con el saldo de cuatro personas muertas, sumadas a otros diez asesinatos en luchas sociales en poco más de un año, sin que la Presidente, a escasos días de las elecciones, dijera una sola palabra al respecto. Eran hechos con peso suficiente para incinerar una candidatura. Como se sabe, ocurrió lo contrario.

Visto desde el punto de vista social, ese apoyo de la mitad de la ciudadanía al gobierno implica un frente de clases coyuntural tras la figura abstracta del «kirchnerismo» y un jamás definido «modelo», ambos encarnados en Cristina Fernández, con un programa de gobierno burgués, formulaciones equívocas respecto de la unión latinoamericana, la justicia social y la rendición de cuentas de la última dictadura, todo regido por un hecho probado de fe capitalista y subordinación al imperialismo (póngase de lado el pago de la deuda externa y la entrega a mineras, petroleras, pesqueras y telefónicas): el ingreso al G-20 en medio del cataclismo capitalista de 2008.

Desde el punto de vista político ese resultado se expresa en que los candidatos peronistas obtuvieron en las Paso el 70,4% de los votos válidos; el liberalismo conservador (Alfonsín más Carrió) el 15,41%; el liberalismo progresista del Partido Socialista más pequeños aliados en el FAP, el 10,26%. En suma, las diferentes caras de la burguesía conquistaron el 85,81% de los votos válidos; la propuesta socialdemócrata-socialcristiana el 10, 5%; Proyecto Sur y el FIT un 3,3%, bastante menos que la suma de votos en Blanco y anulados: 5,1%.

La mostrada volatilidad política, por tanto, se apoya en un consistente alineamiento social de sujeción del proletariado y el pueblo a las expresiones partidarias del capitalismo. Para una estrategia de unión latinoamericana, frente antimperialista y revolución socialista, el verdadero problema es este último y no su resultante política: a este respecto el balance no sería diferente si las urnas hubiesen dejado la posibilidad de que el 23 de octubre, en la elección real para el ejecutivo nacional, la oposición burguesa hubiese obtenido un resultado más equilibrado, la posibilidad de pasar a segunda vuelta y, como lo tenía planeado, hacer un bloque para desplazar del gobierno al actual elenco. En todo caso, la gran diferencia consiste en que los abanderados del mal menor se han salvado de tener que llamar en una segunda vuelta a votar por Fernández y su vice, funambulesco producto residual del liberalismo de los 1990, argumentando según la lógica de la continuidad capitalista con rostro, según su gusto, menos fiero.

 

Agotamiento de la democracia burguesa

Tras la rodada de Duhalde y Alfonsín en las Paso, no hay comentarista que no destaque la inviabilidad de un PJ reconstituido por fuera del oficialismo y reconozca que la aparente recuperación de la UCR era sólo el soplo de energía que suele preceder a la muerte. No habría que descartar que se equivoquen ahora como lo hicieron semanas atrás, al poner expectativas en aquellas formaciones no ya para ganar una elección, sino para garantizar la gobernabilidad. Es que este episodio es uno más de la larga serie demostrativa del agotamiento tendencialmente irreversible de la UCR y el PJ que, además de reflejar la crisis estructural del capitalismo, anuncia el inexorable ocaso institucional del poder burgués(6). En este decurso, los últimos treinta años han quedado bajo el predominio de quienes se empeñaron en buscar la menos mala de las innumerables ramas de aquellos dos troncos podridos. Junto con el inicio de la escalada electoral este año, una cantidad de cuadros fueron arrastrados y otros tantos paralizados por la gravitación objetiva de la eventual victoria oficialista, señalada en el desierto político actual como «lo menos malo».


Esa funesta idea del mal menor, intrínsecamente reformista, aunque pretenda lo contrario suma impulso a la dinámica de disgregación y descontrol, con el agravante de que contribuye a impedir la creación de una alternativa real de masas, de carácter anticapitalista. Ensambla así a la perfección con las formaciones infantoizquierdistas y con el accionar irracional de las clases dominantes.

Potenciándose mutuamente, la degradación de los partidos y sus candidatos, el vaciamiento de las campañas electorales, el clientelismo descarado, la corrupción rampante en los tres poderes, todo en el marco del agravamiento de la situación social para vastas mayorías y el aumento palpable de la marginalización de millones de argentinos, están clausurando en términos estratégicos la vía democrática para mantener el control burgués sobre la sociedad mediante mecanismos institucionales.

Entiéndase bien: esta perspectiva estratégica no se verificará linealmente y, mucho menos, en el corto plazo. Como sea, es incontrastable que las masas y sus vanguardias están empujadas a buscar nuevos caminos. Yerra quien suponga que los ejemplos a la vista en el Norte de África, en España y Gran Bretaña, en Chile, no impactarán en el estudiantado y las juventudes marginalizadas de Argentina.

De seguir la política nacional con el rumbo actual y, en la certeza de que la situación económica se agravará y descargará calamidades sobre las mayorías, las clases explotadas y oprimidas, sus vanguardias, las juventudes, renegarán del sistema democrático-burgués que desde la restauración institucional, 30 años atrás, ha entregado y empobrecido hasta niveles impensables a la otrora orgullosa Argentina. Pero el hecho es que las clases dominantes no tienen opción. No pueden regenerar un sistema republicano genuino. Tampoco pueden apelar, como tantas veces en el siglo XX, a un golpe militar. Desde 1983 han avanzado en zigzag pero con una resultante inequívoca, hasta que todo explotó en diciembre de 2001. Luego vino la pausa reconstructiva del equilibrio burgués, timoneada por Raúl Alfonsín y Duhalde. Y, tras el fracaso de recomposición partidaria de esa operación, el gobierno le fue entregado a Néstor Kirchner, quien luego de un fugaz intento «transversalista» regresó al vientre del monstruo: el PJ. El panorama post-Paso muestra que no hay reconstrucción posible de los partidos burgueses y replantea la vigencia de la crisis expuesta en 2001.

 

El FpV no tiene existencia real ni futuro posible

En el marasmo, no son pocos los que visten a Cristina Fernández con ropas de salvadora. Así como en 1995, cuando fue reelegido con el 49,6% de los votos, Carlos Menem era «alto, rubio y de ojos celestes», ahora la señora es «una estadista, maestra en el arte de interpretar los sentimientos de las masas». Ella misma se definió con elegancia estilo Chateaubriand (o Churchill, si se prefiere): «no soy gila», explicó en un discurso oficial transmitido por cadena nacional. Además de las huestes oficialistas, estas interpretaciones provienen de una izquierda residual frepasista y ex comunista, pero también de sectores del capital.
Más que ilusión, es un dislate. El peso de 10.363.319 votos es obviamente muy grande y, en determinadas circunstancias y dependiendo de las medidas que la Presidente tome en materia económica y social en el próximo año, puede dar un margen de maniobra igualmente importante. Pero la volatilidad señalada, también en dependencia de las medidas a adoptar, puede disolver ese poder en cuestión de días. Con base en lo ocurrido a lo largo de ocho años (y sin contar el cumplido por Kirchner como gobernador de Santa Cruz), es posible excluir una afirmación antimperialista y popular que revierta la constantemente regresiva distribución de la riqueza. Más aún, esto permite asegurar que no se construirá un partido de ninguna naturaleza. Ocurrirá lo contrario: más pobres y marginalizados, más fuerzas centrífugas, más disgregación. El así llamado «kirchnerismo» es la fase superior de una decadencia de clase planteada desde fines de los 1960, cuando una oleada de sublevaciones obreras, estudiantiles y populares, rompió para siempre la fantasía de una Argentina capitalista en crecimiento bajo la égida del capital. Recurso desesperado de la burguesía tras el ensayo insurreccional de 2001 y las Asambleas de 2002, el actual elenco gobernante cumplió su tarea de destruir lo que quedaba del movimiento popular, revolucionario y democrático, cooptando cuadros, corrompiendo organizaciones insospechables y desmoralizando a miles de activistas. Pero el verdadero objetivo por el cual el capital local e imperialista dieron lugar a esta instancia, recomponer los instrumentos sociales y políticos de dominación de clase, no pudo llevarlo a cabo. Por el contrario, al comportarse como una camarilla de advenedizos dispuestos a enriquecerse en poco tiempo y a cualquier costo, sin plan de acción y mucho menos estrategia nacional, el «kirchnerismo» aceleró hasta el paroxismo la corrupción, la disgregación de partidos, el desprestigio de dirigencias en todos los planos, el descreimiento de las masas en las instituciones de una república burguesa. Eso fue evidenciado y bien medido con las derrotas señaladas en los tres centros vitales del país.
La naturaleza y condición de esta corriente aparece en un hecho si se quiere anecdótico: en 1973 buena parte de quienes hoy integran el oficialismo levantaron la consigna «Cámpora al gobierno, Perón al poder». No hace falta recordar cómo se desenvolvió aquella estrategia. Como lacerante farsa de esta repetición histórica, cuatro décadas después la consigna es «Cristina al gobierno, La Cámpora al poder». El sólo hecho de apelar al nombre de un personaje autodefinido como «obsecuente», conservador, invertebrado, carente de toda idea propia y ajeno a cualquier expresión de lucha de masas, califica por sí mismo el contenido ideológico, político y estratégico de esta agrupación prefabricada. Pero, sobre todo, habla de la impotencia y segura intrascendencia histórica del kirchnerismo. Fuera de duda, en sus filas militan cuadros valiosos. Pero lo mismo podría decirse de otras formaciones cuya estrategia es mejorar el capitalismo argentino y bregar por su sustentabilidad. Con todos ellos el debate es respecto de la posibilidad de avanzar en materia de soberanía, justicia social y desarrollo económico autónomo sin adoptar, como punto de partida, medidas anticapitalistas que, naturalmente, presuponen una ruptura franca con el imperialismo. El papel jugado por el gobierno argentino al ingresar al G-20 en medio del colapso económico mundial exime de toda argumentación ulterior: sumarse a la operación imperialista para salvar el capitalismo no es una manera congruente de iniciar una larga transición al socialismo. La lucha ideológica con esta militancia, así como con agrupamientos reformistas adosados al poder con argumentaciones pseudo revolucionarias, no puede pedir ni ofrecer tregua.

 

Dos caras de la misma medalla: sectarismo y oportunismo

Tras muchos años de sistemático debilitamiento y como efecto directo de la nueva ley electoral, la izquierda sectaria se movió abruptamente a contramano de su historia. Izquierda Socialista, Partido Obrero y Partido de los Trabajadores Socialistas, conformaron el denominado Frente de Izquierda y los Trabajadores. El MST se incorporó a Proyecto Sur. Posteriormente el PCR -un partido diferente a los cuatro restantes- tomó la misma línea y se sumó a la sigla encabezada por Fernando Solanas.

Explícitamente en el primer caso, encubierto en el segundo, el motor de decisiones que contradicen la totalidad de la práctica de estas organizaciones durante años no fue otro que el temor a perder el registro electoral, la personería legal trabajosamente obtenida y puesta en riesgo por una ley restrictiva y proscriptiva. Sólo desde una perspectiva sectaria, como la que las mencionadas organizaciones esgrimen en cualquier momento y lugar, se podría condenar desde un principismo abstracto la decisión de asumir una maniobra política para preservar un espacio de lucha en el ordenamiento obligado por el Estado patronal. Otra cosa es evaluar y debatir la manera en la que se concreta esa maniobra, su contenido político concreto y su dinámica futura.

El FIT centró su campaña en pedir el voto contra «la proscripción»; algo así como «vótenos para… poder seguir votándonos». La consigna de las últimas semanas, la más difundida, es sorprendente en un partido político, tanto más si se proclama revolucionario: «400.000 votos para hacer oír tu reclamo». El FIT tomó como punto de partida la certeza de que no alcanzaría el 1,5% exigido por la ley. Y el cálculo no era errado, a estar los registros sucesivos alcanzados por las tres siglas sumadas. Tal contenido, con tono plañidero, tuvo el grueso de las intervenciones radiales y televisivas de los candidatos. Al punto que un redactor del diario Clarín lo denominó «voto lástima». En esa cuerda, un periodista del área de espectáculos, conocido por los chismes del corazón, ajeno y contrario a las ideas de estos partidos, tuvo la ocurrencia de hacer una campaña mediante twitter para pedir «un milagro». El tono y contenido de semejante idea fue una verdadera ofensa al militante revolucionario: sólo un milagro podía hacer que tres partidos sumados alcanzaran el 1,5%. Y la permanencia de una organización revolucionaria quedaba en manos de personas no ya contrarias al socialismo, sino cuestionables por su labor pública. Como sea, el hecho es que la campaña cobró inusitado vuelo (el periodista de marras tiene, según se asegura, 600 mil seguidores en Twitter). Lo peor de la prensa burguesa, empeñada en restarle votos al oficialismo, difundió la boutade y dio inusual espacio a los candidatos del FIT. Una oportunidad magnífica, en cualquier caso. El hecho es que sólo marginalmente esa oportunidad fue utilizada para educar a obreros y jóvenes respecto de la sociedad de clases, el papel del capitalismo, el significado del consumismo, la crisis galopante del imperialismo. Por supuesto no hubo un segundo dedicado a la defensa de Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Ecuador, puesto que para el FIT los gobiernos de esos países son «agentes del imperialismo». Mucho menos denunciar la guerra contra Libia o la provocación belicista contra Siria.

El resultado, positivo en este caso, fue otra abrumadora prueba de la confusión ideológica y orfandad política de la sociedad argentina: en la convicción de que estaban adoptando una posición de defensa democrática del derecho de un partido a participar de elecciones, individuos y agrupamientos, sobre todo jóvenes, anunciaron que votarían al FIT, subrayando que no comparten sus posiciones y que ese voto no se repetirá el 23 de octubre. Así, el FIT superó por nueve décimas la prueba y su fórmula presidencial podrá participar en los comicios presidenciales. Es de esperar que ahora, sin la presión del registro electoral, utilicen el espacio mediático al que accedan para difundir las ideas de la revolución y defender explícitamente el «derecho democrático» de Raúl Castro en Cuba, Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Daniel Ortega en Nicaragua y Rafael Correa en Ecuador a continuar con sus gobiernos revolucionarios sin amenazas y boicots de Estados Unidos, sin campañas calumniosas por parte de los medios del capital donde son invitados a exponer. El verdadero milagro sería ése y que los tres agrupamientos continúen aunados después del 10 de diciembre, cuando asumirá el próximo gobierno y comenzará un vigoroso período de luchas sociales y políticas.

Otro fue el resultado del intento ensayado por el MST. Pergeñado al calor de una elección en la que Solanas obtuvo casi el 25% de los votos en la Capital Federal, en 2009, el ingreso del MST a Psur apuntó al mismo objetivo del FIT, mantener el registro electoral, aunque subordinándose al arbitrio de una dirección inorgánica y personalista. Ocurre que en algún punto del camino, por razones que resultan políticamente inexplicables, Solanas torció el rumbo conceptual y acentuó el unicato dirigencial. No sólo fue abandonado el antimperialismo -ni hablar de socialismo- sino que también el proceso revolucionario latinoamericano desapareció de las profusas intervenciones de Solanas en radio y televisión(7), que monopolizó en grado absoluto la representación de ese espacio en los medios de comunicación. De modo que el MST desapareció de la agitación revolucionaria en campaña electoral. Precio demasiado elevado, tanto más aún si al cabo Psur no llegó ni al 1% de los votos y perdió la posibilidad de presentarse a la elección presidencial. Como saldo de este viraje, este agrupamiento contabiliza a su favor una victoria estratégica: un legislador en la Capital Federal, como parte de la lista de Proyecto Sur el 10 de julio.

Detalles y anécdotas al margen (la celebración de su dudosa victoria por parte de la dirigencia del FIT quedará en los anales del contorsionismo oportunista), importa subrayar que la izquierda sectaria mostró la otra cara de la medalla, se hundió en el electoralismo y ratificó su incapacidad táctica y estratégica para dar respuesta al proletariado y las grandes masas en un momento de convulsiva crisis capitalista.

 

FAP: siglas nuevas, resonancias antiguas

En el tramo final del camino al abismo emprendido por Solanas, Psur pareció consumar un bloque con el Partido Socialista (PS), el Frente Cívico dirigido por Luis Juez, Libres del Sur y varias siglas surgidas de la fracción no oficialista de la CTA. Tres días después de un acto público en el cual esa coalición quedó públicamente sellada, Binner anunció el nacimiento del Frente Amplio Progresista, al tiempo que Solanas denunciaba una traición, rompía con la nueva formación y espejando el primer paso del FAP designaba, sin la menor participación de sus adherentes, la fórmula presidencial y demás candidaturas principales.

Esta abrupta fractura, en el tramo final de la campaña electoral, pareció programada para aumentar la confusión del ciudadano y la desmoralización de la militancia. Pero fue en realidad la consumación de proyectos en un caso centrado en torno a un individuo y en otro en un programa de cuidadosas reformas al capitalismo local, defensa del sistema capitalista mundial y choque estratégico con la revolución latinoamericana.

Así se explica el, en apariencias, insólito lanzamiento del FAP sin la presencia de Psur y la designación de candidatos de uno y otro bloque que la militancia conoció por la prensa burguesa. No es que Psur mantuviera banderas antimperialistas. Pero el programa de los cinco puntos originales de ese bloque es redondamente incompatible con el programa del FAP. Por cierto a esto hay que sumar una enfermiza disputa por cargos y candidaturas, que marcó el nacimiento del FAP y la declinación de Psur con los peores rasgos de la política burguesa.

Tras la disgregación y colapso electoral de Psur (25% Solanas en 2009; 12% él mismo como candidato a jefe de gobierno en Buenos Aires; 0,9% su fórmula presidencial en las Paso), el cineasta la emprendió contra Binner y contra los dirigentes de la fracción no oficialista de la CTA que, habiendo estado con él en Psur, cambiaron de caballo a mitad del río. No ahorró calificativos ni revelaciones (ciertas, sin duda) para explicar la conducta de sus aliados en los dos últimos años. También acusó a Libres del Sur: estuvieron, dijo «en 2008 con Kirchner; en 2009 con Sabbatella; en 2010 con Proyecto Sur y en 2011 con los socialistas. ¿Dónde estarán en 2012? Son fuerzas que se posicionan de acuerdo a lo que pueden conseguir en los armados electorales; nosotros abrimos la fuerza para conformar algo serio». Verdad. Sólo que en 2010 Libres del Sur fue un punto de apoyo clave de Solanas para timonear al Psur desde un solitario puente de mando. Y los brazos políticos de la fracción de la CTA proveyeron la única ilusión de proyección de bases del Psur. Ocurre que estos desgajes son ahora parte del FAP, hegemonizado en todo sentido por el PS.

Desde mucho tiempo atrás(8), a partir de la derrota de Néstor Kirchner en las legislativas del 28 de junio de 2009 y la abrupta caída en la aceptación social del gobierno (luego revertida con la recuperación económica de 2010 y, singularmente, con la muerte del ex presidente), la burguesía se planteó el recambio y, ante el páramo que tenía enfrente, comenzó a considerar y promover la figura de Binner(9).

En un escenario muy diferente -fracaso rotundo de la burguesía para revivir la UCR y el PJ, recuperación de la imagen de Cristina Fernández- con el 10% obtenido por el FAP Binner vuelve a ser una carta capaz de mover el fiel de la balanza. No por acaso el Pro de Mauricio Macri, a través de su diputado Federico Pinedo propuso formalmente que Alfonsín y Duhalde renunciaran a sus candidaturas y apoyaran a Binner.

En pos de la unidad social y política de los trabajadores y el conjunto del pueblo, en función del valor estratégico que tendría sepultar al bipartidismo y romper ese recurso de equilibrio del poder burgués, un bloque electoral con «Binner como candidato a presidente, con Luis Juez en Córdoba, Fernando Solanas en Capital Federal, Miguel Lifschitz en Santa Fe y una figura a definir en Buenos Aires -que puede provenir del grupo de Margarita Stolbizer o de los restos desperdigados de la CTA», como propuso la UMS en enero de 2010 en el periódico citado, era una línea de acción reivindicable y posible. A condición, claro está, de que afirmara un programa en torno de los cinco puntos poco después olvidados por Psur, que garantizara un funcionamiento interno participativo y democrático y diera lugar a identidades diferentes aunadas por un programa. Decía el texto citado: «No hay aquí una cuestión de principios. Es preciso diferenciar entre bloque electoral y herramienta política de masas. El dilema estriba en medir con objetividad y precisión si (…) en una situación de extrema volatilidad, la militancia revolucionaria puede encontrar un punto de cohesión y alcanzar la capacidad para actuar eficientemente tras la perspectiva de la unidad latinoamericana, la confrontación sin concesiones con los imperialismos y la afirmación de cimientos para el socialismo del siglo XXI. El punto en debate es si se puede o no lograr un paso adelante efectivo en la conciencia y la organización de las masas, en pos de superar cualitativamente la noción de frente popular según la fórmula stalinista para dar paso a un frente antimperialista encabezado por fuerzas revolucionarias y con base en las clases explotadas y oprimidas».

Y agregaba a continuación «Una eventual alianza electoral con Binner no podría retroceder de aquella plataforma que incluye la recuperación de las riquezas nacionales, la negativa a pagar la deuda externa ilegítima y el compromiso con la unión latinoamericana, además de las demandas obvias relativas al salario, el empleo, la salud, educación y vivienda».

Es en este punto donde importa el anecdotario de la pelea entre las tres principales figuras de Psur, el fraccionamiento de éste, el salto de varios de sus componentes principales hacia la formación del FAP y el choque de ambos bloques. Para comprender el significado de fondo de ese desenlace basta recorrer el Manifiesto Fundacional y la Plataforma Programática del Frente Amplio Progresista.

Si bien Solanas había relegado al arcón de los recuerdos las bases antimperialistas y latinoamericanistas de Psur, éstas estaban como referencia insoslayable de esa formación. El FAP, en cambio, además de tomar explícitamente como punto de referencia «los gobiernos progresistas de la ciudad de Rosario, durante los últimos veinte años, y de la provincia de Santa Fe desde 2007», (ambos integrados por la UCR, la Coalición Cívica y hasta la Democracia Cristiana), transforma «la recuperación de los recursos naturales, la soberanía y la defensa del patrimonio y el medio ambiente» de las cinco causas de Psur en una «defensa firme y responsable de nuestros recursos naturales y la recuperación de la capacidad de decisión sobre los mismos».

No hace falta explicar que «responsable» significa oposición a cualquier propuesta de nacionalización de petróleo, minas, territorio marítimo, telecomunicaciones y transporte (para más abundamiento, el párrafo sigue a la reivindicación de la política aplicada en Santa Fe), en tanto «capacidad de decisión sobre los mismos» no es sino resultado de la pugna interna en la redacción del documento.

Mientras que el horizonte estratégico queda definido por la fórmula «mejorar nuestra democracia», la ya lavada definición de Psur en sus cinco puntos, «integración autónoma de América Latina», queda convertida por la FAP en «una perspectiva estratégica de inserción internacional basada en una efectiva cooperación mutua con Brasil en el contexto del Mercosur, en la profundización de la regionalización y en una amplia multilateralidad económica, política e institucional».

En vano se buscará en esos documentos fundacionales improperios tales como Alba, Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua o Ecuador. La «responsabilidad» y pulcritud del FAP los excluye por definición.

De modo que el FAP no sólo nace signado por una metodología en todo y por todo ajena a la participación de sus bases y partes componentes, sino que asume un programa contrario a cualquier perspectiva de confrontación con el imperialismo, voluntad de concientizar y organizar a las masas tras una estrategia anticapitalista y, en cambio, ratificando el orden burgués al que se embellece con la supuesta posibilidad de imponerle cambios significativos en materia de distribución de riqueza y se reafirma como non plus ultra del accionar político.

Sería excesivo afirmar que las ramas de la CTA incorporadas al FAP y Libres del Sur han renegado de definiciones defendidas durante mucho tiempo. Pero es legítimo sostener que con su ingreso al FAP emprenden un camino exactamente inverso en el caso de algunos agrupamientos y de tardía definición explícita en el caso de otros.

El FAP es el hijo prematuro de la alianza internacional entre socialdemocracia y socialcristianismo, destinada a impedir la revolución. Réplica del FpV, con menos votos e impronta liberal. Los desaguisados al interior de la UCR impidieron que el vástago naciera según lo planeado por sus gestores. Pero estos volverán a la carga. En todo caso, aquello que en el plano sindical es la Confederación Sindical Internacional, creada en noviembre de 2006 para afrontar la radicalización de las masas sobre todo en América Latina, es hoy el FAP en el plano político argentino.

La posibilidad de que el PS y Binner fueran hegemonizado por un amplísimo bloque con enraizamiento de masas y carácter nacional, democrático y antimperialista, no superó el estadio de hipótesis jamás asumida por fuerzas revolucionarias, y tras un sinuoso recorrido quedó trastocada en la conformación de una estructura vertical, sin proyección de masas, burocrática y de naturaleza reformista burguesa.

En el próximo período es esperable una evolución que deje sin alternativa a los sectores comprometidos con posiciones antimperialistas, latinoamericanistas. El matrimonio socialdemocracia-socialcristianismo habrá logrado una vez más (como lo hizo con el Frente Grande, el Frepaso y la Alianza), bloquear el camino de la unidad social y política de las masas. Las cabezas responsables de esta deriva no podrán eludir el juicio de la historia ni cabalgar sobre la próxima ola social que la crisis necesariamente pondrá en movimiento.

 

Nuevo cuadro de situación

En el transcurso de la última década y algo más, Argentina se ha transformado. No sólo por la caída a pique del ingreso en tres cuartas partes de la población, el aumento en flecha de la pobreza y la indigencia, la desarticulación y prostitución de las instituciones. Las clases mismas han sufrido un sensible proceso de cambio cualitativo. Tras la experiencia de los 1990, la burguesía se parapetó frente a la conducta descontroladamente voraz del imperialismo y, en todas sus fracciones locales -e incluso en sectores transnacionales de la industria y el comercio- viró hacia una política de toma de distancia respecto de Washington y aun Bruselas, respaldando con mayor o menor vigor la noción de mercado latinoamericano y alineándose para ello con Brasil.

Las clases medias se polarizaron notoriamente entre una minoría rica y una mayoría empobrecida, perdiendo la homogeneidad que caracterizó al país durante el siglo XX. El impacto de la crisis permanente con paréntesis de prosperidad, combinado con los cambios culturales traídos por la postmodernidad y la revolución en las telecomunicaciones demolió el precario sustento ideológico con el que estas capas sociales sostuvieron durante más de un siglo su hipócrita moral, lanzándolas al vacío de una amoralidad que, en el actual contexto mundial, no podía sino agravarse afirmando la inmoralidad como definición ideológica y práctica social.

La clase obrera, a la vez que aumentó cuantitativamente con la proletarización de las profesiones antaño liberales y de una masa creciente de ingenieros y técnicos, perdió en grado absoluto la condición de «clase para sí». Al compás de la ola mundial de dilución ideológica del proletariado, destrucción de los partidos de clase y corrupción extrema de los sindicatos, en Argentina las organizaciones gremiales llegaron al punto de transformar su naturaleza y función: la antigua burocracia sindical se transmutó en expresiones directas de la patronal y el Estado, cuando no en patrones ella misma. La parálisis del movimiento obrero como tal, experimentada a partir de las últimas dos grandes huelgas de clase como lo fueron la de metalúrgicos y ferroviarios en 1992, al influjo además de la deriva de las izquierdas hacia el ultrismo vacío y el reformismo burgués, acabó transformando también a las direcciones sindicales que dos décadas atrás se plantaban, desde la honestidad y la combatividad, contra los antiguos aparatos corruptos, para terminar sumándose a ellos o copiándolos en instancias originalmente comprometidas en dar paso a lo nuevo. Disgregada y sin brújula la clase obrera fue permeable a la corrupción de las clases dominantes y las capas medias.

La degradación y vaciamiento de los partidos tradicionales arrolló en la práctica política principios colectivos y conductas individuales, no ya en las cimas del poder, sino en toda la escala social, sin excluir a buena parte de lo que fuera militancia revolucionaria. Al no encontrar un cauce anticapitalista la crisis corrompió poco menos que todo. El caso de Hebe de Bonafini es ejemplo sobresaliente de esta caída al abismo. Con la tortura y la desaparición masiva de personas, la última dictadura dio una muestra adelantada de degradación extrema de la clase dominante. Aquel mal hizo metástasis en todas las instituciones, en el conjunto social y en una cantidad sorprendente de hombres y mujeres antes comprometidos con una revolución.

La estrategia burguesa-imperialista, sean cuales sean sus conflictos internos, campea en este terreno sin oposición de clase consciente y organizada. El así llamado «kirchnerismo», ahora devenido «cristinismo» (mutación demostrativa de la consistencia del fenómeno), es resultante y a la vez efectivo promotor de esta tarea de demolición.

En este nuevo cuadro la idea de edificación de una herramienta política de masas, tal como interpretada y defendida por incontables militantes entre los cuales nos contamos, ya no es realizable.

Las transformaciones sociales y los cambios políticos de signo negativo eran previsibles. Y fueron previstos. Cabe citar caracterizaciones de 1997, cuando el gobierno que dos años antes había arrasado en las urnas estaba liquidado y el reemplazo había tomado la forma del Frepaso, integrado, sugestivamente, por quienes hoy componen el FAP y el sector subordinado del elenco gobernante:

«en tanto el proletariado -entendido aquí estrictamente como proletariado industrial– no asuma la lucha política en función de sus intereses de clase, la creciente oposición, el malestar y el descontrol, incluso en la hipótesis altamente probable de grandes explosiones sociales (ocurridas efectivamente en 2001/02), estos no sólo no revertirían los resultados de la política aplicada consistentemente por las clases dominantes desde 1974, sino que servirán para asestar nuevas derrotas a las masas, descomprimir la situación social y hallar un nuevo punto de equilibrio para continuar con la misma política, aunque utilizando diferentes métodos, partidos y dirigentes (…)
 «las organizaciones responsables (de la subordinación a nuevas expresiones burguesas) demostraron con ello su incapacidad para la gran tarea de educar, organizar y conducir a las masas en la lucha contra el poder burgués. Por lo tanto no son ni pueden ser aliados permanentes y sólo cuentan como fuerzas allí donde puntualmente podemos converger en luchas concretas, a condición de jamás aparecer ante las masas y/o las vanguardias como integrantes de un frente, bloque o cualquier otro tipo de alianza partidaria (…) Esta situación no remite a circunstanciales movimientos tácticos, sino a su concepción política global hacia el movimiento de masas (…)

«Es por responsabilidad directa del espontaneísmo, el sectarismo y el reformismo de estas organizaciones que el Frepaso captó el descontento de masas, la búsqueda de una nueva expresión política por parte de decenas de miles de activistas del movimiento obrero, la juventud, los profesionales y los sectores más sanos de la sociedad. Y es por la existencia del Frepaso que se clausuró por un período la creación de un partido de masas, antimperialista y anticapitalista, de los trabajadores y el pueblo. Por responsabilidad de quienes se autoproclaman revolucionarios y marxistas, el Frepaso ocupó el escenario político, en favor de una política de defensa del sistema de explotación y opresión, ahondando la división, la confusión, la desmoralización y desmovilización del proletariado.

 «La única fuerza actual de las clases dominantes es la ausencia política del proletariado. Esa ausencia no era inevitable. Todo lo contrario (…)

 «Si no hay convulsiones sociales o crisis económica de envergadura, este proceso culminará en las elecciones presidenciales del 99. Pero desde ya se ha abierto una nueva fase en la lucha por la unidad social y política de los trabajadores; significativamente diferente de la recorrida hasta ahora.

 «El aspecto central de esa diferencia es que como elemento dominante de la unidad social y política no están las organizaciones sindicales ni los dirigentes honestos y combativos de éstas en cuanto tales (…)

 «La primera consecuencia de esta nueva situación es un grado mayor de dispersión y confusión del activismo sindical comprometido con las bases, los cuadros sindicales no subordinados a expresiones políticas burguesas y la militancia revolucionaria en general. La segunda consecuencia, inseparable de la anterior, es un desplazamiento del punto de unidad hacia la izquierda. Esto debe entenderse en términos programáticos, políticos y organizativos (…)

 «No cejaremos ni por un instante de defender la necesidad de una instancia de las características de la Propuesta Agustín Tosco, como puente hacia un Partido de los Trabajadores. Y estaremos en alerta máximo para detectar cualquier signo que desde el movimiento obrero indique que este paréntesis se ha cerrado.

 «Mientras tanto, no intentaremos sustituir con nuestro esfuerzo lo que la clase no sustenta por sí misma. No incurriremos en el error simétrico de quienes pretenden reemplazar a la clase obrera por un partido autoproclamado como vanguardia. Pero aun en esta coyuntura nuestras tácticas estarán constante e invariablemente dictadas por la necesidad de contribuir al desarrollo y consolidación de cualquier movimiento propio de los trabajadores, la juventud y sus aliados, que se encamine o tenga la posibilidad de hacerlo, hacia la organización de un Partido de los Trabajadores, plural, de masas, democrático, antimperialista y anticapitalista (…)

 «el cambio de acento sobre uno de los términos (herramienta política de masas y partido revolucionario, nota de esta edición) es sólo el reconocimiento de una circunstancia que tendrá tanta vigencia como el curso de los acontecimientos determine. El cuadro vigente al momento (…) indica una táctica que puede cambiar bruscamente, en la misma medida en que puede cambiar el estado de ánimo y el accionar del movimiento obrero. Mientras tanto, la concepción estratégica respecto del concepto de Frente Único en las condiciones concretas de este país será el reaseguro para no caer en la construcción de una organización sectaria y la educación de militantes ajenos a la práctica cotidiana de las masas»(10).

En esta nueva repetición circular de la historia (la cuarta, si se cuentan el desvío sectario al inicio de la etapa institucional en 1982/83, la incorporación de la CTA al Frepaso en 1994, la omisión y el ultrismo en 2001 y el afianzamiento del actual gobierno en 2003), las dirigencias sindicales que dieron un nuevo aliento a la lucha sindical y política a comienzos de los 1990, ya no existen como tales. Para resumir un fenómeno abarcador y complejo, se puede observar lo ocurrido con la CTA. Primero torció el rumbo original y se transfiguró, sin debate ni participación, de Congreso a «Central»; después ingresó al Frente Grande y acompañó el camino posterior por el Frepaso y la Alianza; más tarde, ya una sombra de lo que fuera, se dividió; y finalmente la fracción contraria al gobierno nacional ingresó al FAP en la figura de su principal dirigente. Otras direcciones sindicales de entonces o el período inmediatamente posterior (Fraternidad, UOM Villa Constitución, Telefónicos, Luz y Fuerza de Córdoba, etc), abandonaron con diferentes recursos y justificaciones la construcción de un partido de masas independiente y contrario a cualquier expresión del capital, sea para sumarse al gobierno de Kirchner, sea para incorporarse al reciente frente de la socialdemocracia y el socialcristianismo. Por todo un período estos alineamientos no cambiarán. Y cuando lo hagan, es impensable que en su actual composición dirigente contribuyan a la creación de una herramienta de masas antimperialista y anticapitalista.

Meritorias expresiones diferentes, como Fasimpat y una cantidad innumerable de empresas recuperadas, cooperativas de autogestión y otras experiencias del mismo género, así como agrupaciones sindicales, estudiantiles, indígenas, de mujeres, son excepciones de esta ley general que como tales la convalidan, pero que en condiciones diferentes podrán ser la base para la afirmación de una poderosa fuerza política con enraizamiento de masas.

Al momento, sin embargo, tampoco hay movimientos sociales genuinos dispuestos a pasar a la acción política desde una perspectiva antimperialista y anticapitalista. El caso del movimiento de mujeres es particularmente elocuente en cuanto a la esterilidad resultante de la manipulación socialdemócrata y la vocinglería ultrista, con el accionar eficiente de incontables ONGs en el centro operativo.

Desde luego hay reservas en todos los sentidos, en todos los ámbitos, en todas las organizaciones sociales y políticas. La traba consiste en que así como la continuidad de la lucha se dio en este prolongado período de manera fragmentaria, puntual, aislada, también aquellos yacimientos de fuerza futura están ocultos, separados, impotentes. Bastaría que existiese el punto de nexo para esa conjunción y todo el panorama político argentino cambiaría de signo. Pero ese punto, al menos en el cuadro actual, sólo podría existir en torno de un proletariado en lucha, con dinámica de aglutinación social. Una nueva clase obrera, aunada en todos sus estratos, constituida en «clase para sí», es decir en colectivo consciente de su lugar en la sociedad, a partir de esta realidad, permitiría la eclosión de las múltiples fuerzas existentes bajo la superficie, su unificación y potenciación. Pero no hay atajos para recomponer el tejido social, aunar al proletariado con las juventudes estudiantil y trabajadora y plantear una salida revolucionaria a la crisis del capitalismo.

 

Nuestras tareas

Mirar la realidad de frente y exponerla sin rodeos puede resultar amargo. Pero es condición necesaria para poner los pies en la tierra y echar a andar. Allá quienes se dejaron arrastrar por el elenco gobernante. Allá quienes persisten en el infantoizquierdismo, ahora devenido extremo oportunismo electoralista. Allá quienes buscan un lugar en el mundo en el rinconcito hoy soleado del FAP. El punto es dónde se ubicarán los centenares de miles de luchadores sociales que rechazan o toman distancia de estos desvíos. Dónde los revolucionarios en general y los marxistas en particular.

No hay mucho para descubrir, aunque todo lo porvenir será diferente en forma y contenido. Como fue señalado en 1997 y como, en otro cuadro, reconfirmamos en los meses posteriores al Encuentro Huerta Grande-Cordobazo en mayo de 2009, «La primera consecuencia de esta nueva situación es un grado mayor de dispersión y confusión del activismo sindical comprometido con las bases, los cuadros sindicales no subordinados a expresiones políticas burguesas y la militancia revolucionaria en general. La segunda consecuencia, inseparable de la anterior, es un desplazamiento del punto de unidad hacia la izquierda».

Esto significa que está coyunturalmente clausurada la posibilidad de una confluencia plural y masiva en torno de un programa antimperialista y con metodología de plena participación democrática. Permítasenos volver al documento de 1997:

«En el cuadro descripto de crisis capitalista, cuanto más demore la realización de la unidad social y política de los trabajadores, más aguda será la polarización de fuerzas y, por lo mismo, más a la izquierda se desplazará el punto capaz de obrar como centro de gravitación para la unificación de las masas explotadas y oprimidas con un programa de acción común»(11).

Ahora bien, en comparación con el panorama que afrontaban los revolucionarios en 1997 tras la victoria del Frepaso en la lucha por el corazón y las conciencias de las masas, hoy el cuadro es radicalmente diferente por la existencia de un proceso ya adelantado de revolución latinoamericana, con eje político en Venezuela. La polarización en 1997 e incluso en 2001/2002 remitía a definiciones teóricas e ideológicas a contramano de la conciencia social en Argentina, América Latina y el mundo, lo cual empujaba hacia el aislamiento, el infantoizquierdismo o desesperados recursos oportunistas, sin excluir la deserción y la corrupción. Resistir aquello supuso, en el mejor de los casos, el freno a toda posibilidad de crecimiento organizativo. Hoy, la Revolución Bolivariana produjo un renacimiento del socialismo y puso como eje viviente de unidad social y política para las amplias masas el programa del Alba(12) y el socialismo del siglo XXI.

Ese cambio hace cierta la posibilidad de que la inmensa fuerza desperdigada en todos los ámbitos, tenga un punto de encuentro que potenciaría extraordinariamente su capacidad y, a no dudarlo, en poco tiempo revertiría el cuadro hoy predominante. De manera que ya no se trata sólo de actuar a la defensiva hasta que el movimiento espontáneo -o una nueva eclosión de la crisis, por lo demás inexorable- dé por concluida esta fase de predominio del reformismo burgués sobre la clase obrera, las juventudes y el pueblo. Tal coyuntura puede durar años o meses. Pero ahora es posible promover formas organizativas transitorias y transicionales de unión plural en torno de definiciones mucho más amplias y abarcadoras: el Partido Socialista Unido de Venezuela y el Alba constituyen una plataforma material de enorme potencia para eso. 

En ese marco, a la vez circunscripto pero amplio, es posible pasar a la ofensiva desde una perspectiva revolucionaria. En todo caso, es más urgente que nunca poner como insoslayable tarea la recomposición del pensamiento y la organización revolucionarios. Eso supone redoblar esfuerzos en torno a centros de estudio y elaboración teórica y política, multiplicando escuelas de cuadros en todo el país, pero con eje y punto de partida en un proyecto político-organizativo muy preciso, que en plazos perentorios dé lugar a la confluencia orgánica de cuadros y equipos revolucionarios marxistas dispuestos a presentarse en el gran escenario político nacional y latinoamericano.

 

1.- El texto a continuación omite toda referencia a ambas cuestiones. Remitimos a Respuestas del Sur frente a la crisis económica mundial, Crítica, N° 38, octubre 2008 (http://www.revistacritica.com.ar); y, en el plano local, a Economía de la manipulación, Eslabón N° 93, febrero de 2011 (http://uniondemilitantes.com.ar/).

2.- Página del ministerio de Interior, al 15 de agosto, con el 96% de las mesas escrutadas. Posteriormente aparecieron denuncias de irregularidades, al momento de cierre de esta nota sin fundamentos suficientes para ser consignadas. En todo caso, la negativa al voto electrónico e incluso a la papeleta única, indican la persistencia de trampas en todos los órdenes, comenzando por el llamado «voto clientelar».
3.- Ya redactado este texto, un ajustado análisis de la consultora Poliarquía expresa esta realidad de la siguiente manera: «Fue infructuoso preguntar a los votantes acerca de su conducta el día de las primarias. Apenas tres semanas antes, el 75% afirmaba tener poca o ninguna información sobre lo que se elegía. Luego de iniciada la publicidad electoral -por otro lado bien distribuida y copiosa- aumentó el nivel de información, lo que permitió las primeras estimaciones, siempre inciertas, sobre lo que sucedería», Eduardo Fidanza, Un triunfo que sigue asombrando, La Nación, 18/8/11.
4.- Al respecto, puede leerse en Eslabón N° 94, de abril de 2011, bajo el título Realidad y mentiras de la coyuntura política argentina: «En pocos días más, el 29 de abril, la CGT hará una concentración por el Día del Trabajador en el centro de la Capital Federal. La realidad política argentina quedará allí resumida: la CGT será la única expresión numéricamente significativa en la celebración de esta fecha obrera. Su dirigencia, sostendrá en el acto la candidatura de Cristina Fernández, de la misma manera que la soga sostiene al ahorcado. Intentará ganar espacio en un futuro gobierno e imponer condiciones para que ese sea continuidad del actual. La clase obrera está a remolque de un proyecto lumpenburgués y mafiosoburocrático. Y los revolucionarios no lo evitamos, pese a que bastaría voluntad y coraje para sentar una alternativa diferente. Esta edición resume la coyuntura e insiste en la línea de acción para superarla».
5.- Es éste un caso elocuente de la degradación que acosa al país. El juez admite aquello que antes quedó a la luz pública: en 5 (hay quienes afirman que son 6) de sus propiedades se ejerce la prostitución organizada, pero niega conocimiento y responsabilidad en el asunto. Zaffaroni afirma que no renunciará a su cargo y contraataca denunciando una «maniobra de la oposición». Entre otros, a su defensa acude Hebe de Bonafini, quien en 1985, junto a Madres de Plaza de Mayo, presentó una denuncia contra 437 magistrados a los que el escrito calificaba como «jueces de la dictadura». En esa lista figuraba Zaffaroni. En 2003, el entonces senador Rodolfo Terragano, radical liberal, negó su voto para el nombramiento de Zaffaroni. Argumentó que «fue nombrado juez nacional por Rafael Videla y al asumir el cargo juró por el Estatuto del Proceso que confirió el poder político a la Junta Militar, declaró caducos todos los mandatos populares y removió a los miembros de la Corte Suprema Justicia»; informó además Terragno que «en 1980 Zaffaroni publicó un libro sobre derecho penal militar, supervisado por Laureano Álvarez Estrada –el primer Subsecretario de Justicia de Videla- y Ramón León Francisco Morel, ambos auditores del Ejército» y «defendió circunstancias indefendibles como: derecho penal militar de excepción, circunstancias especiales, necesidad terribilísima, legislación por bandos, excepcional necesidad de dar muerte al delincuente y usurpar justificadamente la función pública». En dos de los prostíbulos descubiertos eran explotadas jóvenes dominicanas y paraguayas, de modo que el caso también envuelve la trata de personas. Varios organismos de derechos humanos salieron en defensa del juez.
6.- La situación política de las clases dominantes queda perfectamente reflejada en el balance publicado por La Nación al día siguiente de la segunda vuelta en la Ciudad de Buenos Aires: «no hay que engañarse: la algarabía de anoche fue también la espléndida fachada de sus limitaciones para construir un proyecto de poder nacional. En otras palabras, Macri atraviesa un momento estelar de una carrera que parece detenida (…) La peripecia del macrismo es una desmentida al optimismo de quienes suponen que las miserias de la política pueden ser redimidas renunciando a la política (…) No es seguro que logre superar el cómodo umbral en el que se haya detenido. Para hacerlo, tendría que explicitar una concepción del país y diseñar una estrategia para su realización colectiva. Una meta inalcanzable si no edifica un partido; para eso no alcanza con volver más numeroso el cardumen que lo sigue. Construir un partido significa democratizar la toma de decisiones». La oligarquía clama al cielo por construir un partido… y no lo consigue.
7.- Ver Crisis de Proyecto Sur y elecciones, en Eslabón N° 94, abril de 2011, entre otros textos de ese periódico relativos a PSur.
8.- El tema fue tratado en el Comité Central de la UMS de diciembre 2009 (Ver Eslabón N° 86, Análisis de la coyuntura, balance político, líneas de acción) y reiterado en las ediciones sucesivas del periódico Específicamente fue considerado el eventual papel de Hermes Binner en Eslabón N°87, Qué hacer frente a la carrera electoralista: «Desde hace más de un año hemos señalado que las clases dominantes dan sucesivas señales de apuntar a Hermes Binner como próximo presidente. En los últimos días, también según lo adelantado en varios de nuestros documentos del año pasado, la dirigencia de Proyecto Sur por un lado y la del Frente Cívico por el otro, propusieron la concreción de un bloque con el PS, obviamente con Binner como candidato presidencial para 2011».
9.- La misma edición de Eslabón subrayaba «una disputa entre el Acuerdo Cívico y Social (donde todavía está el PS con UCR más Carrió, más centristas varios) y un conjunto a la izquierda, en el que se destaca Proyecto Sur, por ver quién se queda con Binner».
10.- Resoluciones del Primer Congreso de la UMS, octubre de 1997, http://uniondemilitantes.com.ar/congreso1_resolucion.html. Ver también Informe del Secretario General saliente, http://uniondemilitantes.com.ar/congreso1_saliente.html
11.- Ibid.
12.- Ver Alba – TCP, Selección de acuerdos y declaraciones. Casa del Alba Buenos Aires.

foro de são pablo y v internacional

Reforma y revolución en el siglo XXI

porLBenCR

 

«Ellos, los creadores, se han rendido ante sus criaturas».
Carlos Marx y Federico Engels
La Ideología Alemana

Introducción

Desde el 17 al 20 de agosto próximo se realizará en Buenos Aires el XVI° Encuentro del Foro de São Paulo. La consigna convocante propone «Consolidar la unidad de los partidos populares, progresistas y de izquierda en América Latina y Caribe, para profundizar los cambios, consolidar la integración y derrotar la contraofensiva de la derecha».

El FSP inició su recorrido en julio de 1990, en una reunión convocada por el Partido dos Trabalhadores (PT) de Brasil como Encuentro de Partidos y Organizaciones de Izquierda de América Latina y el Caribe. Representantes de 48 organizaciones protagonizamos un vivo debate de ideas (1). En ese entonces comenzaba el derrumbe de la Unión Soviética. Y el PT acababa de perder la elección presidencial por escaso margen.

Conviene recordar un aspecto relevante de aquella coyuntura: el resultado de la primera elección presidencial después de 25 años de dictadura dejó como vencedores en la primera vuelta a dos partidos hasta entonces inexistentes. Uno, compuesto por la masa trabajadora y encabezado por un obrero metalúrgico que proclamaba el socialismo. El otro, un apresurado conglomerado de fracciones burguesas que escogieron un personaje sin escrúpulos para representarlas. En esa oportunidad, el 15 de noviembre de 1989, los dos aparatos políticos tradicionales de Brasil, el Partido del Frente Liberal (PFL) y el Partido del Movimiento Democrático de Brasil (PMDB), obtuvieron el 0,69 y el 4% respectivamente. Habían desaparecido. La segunda vuelta le dio la victoria a Fernando Collor de Mello (quien a poco andar sería destituido por ladrón) con el 52,95% contra el 47,05% alcanzados por Lula (ó 42,76 contra 37,99% respectivamente, si como corresponde se toma en cuenta los votos en blanco y anulados).

Era la primera comprobación del fenómeno que vendría a revelarse de manera generalizada en las décadas siguientes: el agotamiento de los aparatos con los cuales las clases dominantes de la región mantuvieron el control durante el siglo XX. Aquel resultado ponía sobre la mesa la tarea de quienes adoptaban entonces definiciones anticapitalistas: poner en pie fuerzas políticas de masas unificadoras del conjunto de la población explotada y oprimida y ocupar con un programa antimperialista y anticapitalista el espacio dejado por los partidos del capital. El cónclave de partidos y organizaciones de izquierda tan oportunamente reunido en San Pablo debía tomar en sus manos la coyuntura histórica y pasar a la acción. Se trataba de caracterizar la etapa, definir objetivos y organizar las conmocionadas fuerzas de la izquierda continental para afrontar la inédita situación.

Partidos y cuadros reformistas de origen socialista y comunista, codo a codo con otros de neta definición revolucionaria, compartimos en aquel encuentro la necesidad de abroquelarnos frente a las obvias consecuencias del derrumbe de la URSS y los efectos letales de la ofensiva capitalista en todos los terrenos: económico, político, militar, religioso y cultural. Tras un arduo debate, a último momento la declaración final caracterizó la situación, por consenso, como «crisis del capitalismo». Pero no había convicción y acuerdo reales sobre ese punto. Una porción significativa de los presentes -acaso mayoritaria- estaba ya ganada por la certeza de que el capitalismo había vencido una batalla definitiva, que de allí en más sería en su terreno que se darían el crecimiento y el desarrollo. Sólo se trataba entonces de encontrar el modo de insertarse en ese nuevo cuadro de situación mundial (2).

Del otro lado, una franja también significativa, aunque no mayoritaria, entendía la crisis del capitalismo no como un fenómeno estructural, en el marco condicionante de una coyuntura en la cual el inexorable derrumbe de la URSS abría el espacio objetivo y subjetivo para una fase de furiosa ofensiva capitalista, sino como la inminencia de grandes luchas de masas con voluntad revolucionaria.

Un segmento numéricamente mayoritario -en más de un caso atravesando líneas partidarias- rechazaba ambas caracterizaciones. Pero carecía de cohesión teórica y de estrategia común. Y salvo excepciones, estaba compuesto por organizaciones de porte menor.

En el período siguiente cambiaron drásticamente las relaciones de fuerza en ese cuadro interno de las fuerzas reunidas en San Pablo. La concreción del derrumbe soviético demolió moral y organizativamente a la casi totalidad de los partidos comunistas y, según todas las apariencias, le dio la razón a la tradición socialdemócrata, que ganó explícita o implícitamente a cuadros históricos de diferentes partidos. Por el contrario, las organizaciones de definición revolucionaria confundidas respecto del significado concreto de la crisis capitalista se autodestruyeron. Desde uno y otro flanco la potencialidad revolucionaria militante recibió durísimos golpes.

La marea reaccionaria se expandió. Cuba, la brújula de la revolución, quedó atrapada en el Período especial. El Fsln perdió el poder en Nicaragua. Fracasó la ofensiva final del Fmln en El Salvador…
Incluso las columnas de la teoría marxista quedaron a merced de ataques provenientes de las más endebles y a menudo ridículas posturas, que no obstante ganaron espacios, no por inconsistentes y fugaces menos dañinos. Innumerables cuadros cayeron arrastrados por esa fuerza disolvente. Algunos llegaron incluso a la abyección de completar la deserción con la inconducta llevada a extremos. Todo estuvo permitido en ese lapso que pudo parecer eterno.

Crítica nació un año después de aquella reunión en San Pablo. En los 40 volúmenes publicados regularmente desde entonces están registradas las polémicas de este período.

 

Viraje

En el segundo encuentro, realizado en México, tras sortear la inminencia de la fractura y la disolución, se asumió el nombre de Foro de São Paulo. Pero la preservación de la instancia referencial de la izquierda latinoamericana se logró al costo de un cambio en la hegemonía y la orientación, que se acentuaría en los años siguientes. Las relaciones de fuerzas se habían desplazado bruscamente hacia el reformismo. Y todavía faltaba el remate: la disolución de la Unión Soviética.

Roto ese dique objetivo y subjetivo, la oleada contrarrevolucionaria inundó al planeta. Y ahogó al FSP. Progresivamente esta inédita y valiosa experiencia de convergencia anticapitalista continental, indudable hito en la historia del hemisferio, fue adecuándose a la coyuntura histórica de acelerado retroceso. En el cuadro descripto, la endeble convicción respecto de la verdadera situación del capitalismo se prolongó con la inexistencia de una estrategia común y redujo los criterios organizativos a un mínimo indispensable para realizar encuentros más o menos regulares.

Aún así, en las dos décadas siguientes el FSP fue una instancia de intercambio; de elaboración por la negativa; de resistencia en un doble sentido: hacia fuera, contra los aspectos más brutales de la ofensiva capitalista; hacia dentro, contra el auge reformista que, por sensibilidades preexistentes, tomó distancia verbal de la socialdemocracia con el mismo énfasis con que adoptaba su corpus conceptual y programático.

Veinte años después, cuando por primera vez el FSP se reúne en Buenos Aires, las condiciones objetivas y subjetivas que dieron lugar a esa deriva han quedado atrás como factores determinantes, lo cual no significa que no continúen gravitando. Se cumple una ley fatídica: las organizaciones de vanguardia en un período histórico, cuando no logran sostener esa posición en la adversidad de un ciclo declinante posterior, al reiniciarse una nueva fase de auge quedan a la retaguardia en el mejor de los casos y, a menudo, como abanderadas de aquellos mismos vectores que frustraron sus objetivos iniciales.

Esto explica que el FSP, como tal, no previera el renacimiento de la lucha socialista en América Latina y, cuando éste ocurrió, lejos de acompañarlo comenzó a obrar de manera dual: como reticente defensor ante los ataques más reaccionarios del imperialismo, y como lastre en la difícil marcha hacia la recomposición teórico-política-organizativa en un momento histórico en el que todo ha cambiado de signo por el estallido de la crisis del sistema mundial capitalista.

Frente a este acontecimiento mayor, el FSP no cumplió papel alguno, sea para definir conceptualmente el fenómeno, sea para actuar aunadamente frente a él. Dos años después de aquel estallido, el documento base presentado por el Grupo de Trabajo para el XVI Encuentro soslaya la necesidad de caracterizar y definir líneas de acción estratégicas e inmediatas (3).

Dice ese texto provisional: «El cataclismo financiero que arrancó en Estados Unidos y se propagó rápidamente al resto del mundo, no es una mera crisis financiera, sino una crisis del sistema capitalista. Es una crisis que se pronostica de larga duración, que se articula con la finalización del mundo unipolar y el surgimiento de uno multipolar (…) La falta de oportunidades de trabajo seguirá siendo elevada en el mundo por varios años (…) Hasta ahora, la crisis no ha producido un nuevo orden económico mundial. Se han roto las recetas de las políticas neoliberales pero ello no se ha traducido en lineamientos claros de un nuevo modelo de desarrollo capitalista. Dada la incertidumbre y la inestabilidad imperante, los gobiernos están tratando de sacar a flote sus propios países (…) Un nuevo orden mundial y un modelo de desarrollo pos neoliberal requeriría una gran reforma financiera, mayor supervisión y regulación del sistema bancario y financiero mundial y también su recapitalización y reestructuración. Se necesita avanzar en la eliminación de los paraísos fiscales y en la supresión de instrumentos altamente especulativos (como los CDS, credit default swaps, y otros de los llamados derivados como los hedge funds). Hasta el FMI ha propuesto un impuesto especial a los bancos para crear un fondo de reserva que sirva para futuros rescates de las entidades financieras. Sin embargo, esta reforma está detenida. No se ven signos de avance. En Estados Unidos una muy tibia propuesta de regulación está entrampada. Habría que recordar que el capital financiero fue durante las últimas décadas el mayor beneficiario de la globalización neoliberal. Su poder ha llegado a ser inmenso. La crisis golpeó al sistema pero los planes de rescate sobre todo en Estados Unidos, se dirigieron a reforzar esa estructura de poder. Por ello, la reforma financiera se ve lejana y es posible que sólo se adopten medidas cosméticas. Mientras esta reforma no avance, la reestructuración del capitalismo permanecerá atorada y el mundo seguirá preso de los especuladores».

Tal la sustancia conceptual del documento base provisional al analizar el colapso mundial del capitalismo, que pocas líneas más adelante relativiza y aun contradice lo afirmado en este párrafo: «No está puesto, en el horizonte visible, un colapso, una revolución por lo menos un cambio estructural fundamental en Estados Unidos, entonces ¿cómo convivir con esa nación tan agresiva?».

Se entiende que es un texto de compromiso. Dada la composición del FSP no cabe exigir un análisis científico de la economía mundial, sus perspectivas y los efectos sobre la lucha de clases. Menos aún el trazado de una estrategia revolucionaria que, en las condiciones que la realidad plantea, fije un objetivo revolucionario en lugar de la perspectiva de «convivir con esa nación tan agresiva». Pero si, además, el FSP excluye, como lo dice taxativamente el documento base, «la posibilidad de tener una política única» o «centralizar nuestra actuación» y se plantea como único objetivo entablar «un debate necesario a todos nosotros», debería cuanto menos hacer un diagnóstico profundo y consistente de la realidad mundial. No es así y el anteproyecto está por definición inhabilitado para armar conceptualmente a las organizaciones integrantes del FSP y, desde ellas, proyectarse a las masas latinoamericanas (4).

En cuanto a la orientación estratégica, a la vez que subraya que «no se trata de tener una política única», este documento provisional sí la deja establecida al señalar como guía la fórmula «modelo de desarrollo pos neoliberal», acuñada en el reciente Congreso del PT. Se traslada así al FSP una definición que en Brasil traduce el programa destinado a restañar la crisis capitalista y su consecuencia política más ostensible: la alianza del PT con el PMDB (aquel partido que, encabezado por su figura más legendaria, Ulysses Guimaraes, enfrentó al PT como alternativa burguesa en 1989 y obtuvo el 4% de los votos, pero ahora se presenta como única posibilidad de que el PT, en una fórmula presidencial conjunta con el PMDB, mantenga el gobierno en las elecciones de octubre próximo).

Con esta plataforma, en el terreno organizativo el documento propone abocarse a «la Red de escuelas, Fundaciones y Centros de Estudios del Foro de São Paulo». Una de las tareas principales para el próximo período es, según este texto, «colaborar para que se amplíe la eficacia electoral de sus partidos miembros. En ese sentido, proponemos que la Red de Escuelas y Fundaciones, a la par de las tareas estratégicas ya mencionadas, empiece de inmediato un ciclo de reflexiones sobre las experiencias electorales pasadas y futuras, que avance además hacia medidas concretas que se puedan hacer en términos de encuestas y comunicación, siempre respetando la legislación electoral vigente en cada país».

No es nuestro propósito confrontar aquí estas ideas. Basta afirmar que una mayoría de las bases en las organizaciones que integran el FSP no está contenida en la estrategia de «un modelo de desarrollo pos neoliberal», que conviva con el imperialismo (coexistencia pacífica lo llamaba el stalinismo soviético) y dedique sus esfuerzos a crear Fundaciones para hacer encuestas y difundir la experiencia de quienes saben ganar elecciones. Esta definición no sólo niega la estrategia socialista: propone volcar la militancia colectiva del FSP como parte integrada del capitalismo; en el momento de crisis extrema del sistema capitalista, consuma la estrategia reformista como bandera del FSP.

Porque los pueblos han perforado la losa ideológica con la que los propagandistas del capital cubrieron al planeta después de la caída de la URSS; porque del auge ficticio de los 1990 hemos pasado a la crisis convulsiva; porque esta crisis estructural se prolongará y profundizará sistemáticamente y sólo deja como opciones el socialismo o la barbarie; porque la barbarie ya está acechando en el empobrecimiento vertiginoso de millones de seres humanos sumados en los últimos años a otros tantos millones reducidos a la marginalidad y la degradación extremas; porque esa acechanza tiene ya carnadura en la dinámica de guerra que el capital ha instaurado en todo el mundo con tres puntos candentes (la península de Corea, Irán y el norte de Suramérica), la estrategia anticapitalista no es únicamente una certeza teórica y un compromiso de voluntad de millones de revolucionarios en todo el mundo; es sobre todo una exigencia inaplazable para impedir que la irracionalidad del sistema destruya el planeta y acabe con la humanidad.

No es el caso de convencer a los compañeros del FSP que comparten el contenido del texto provisional elaborado a nombre del Grupo de Trabajo. Se trata de continuar buscando con ellos todos los puntos posibles de encuentro y actividad comunes, a la vez que se encara resueltamente la edificación de una organización internacional con definición revolucionaria, antimperialista y socialista. Una estrategia revolucionaria no desecha -todo lo contrario- el frente único contra la guerra y el fascismo, dos calamidades que ya se perfilan en numerosos puntos del orbe, muy ostensiblemente en Estados Unidos. Aunque el documento citado no alude al problema (y esta es la mejor demostración del desfasaje de sus autores respecto de la realidad en la que se realizará el XVI Encuentro), un frente antiguerra es más urgente que impulsar Fundaciones para realizar encuestas. Pero es también más efectivo para hallar puntos comunes en la extrema diversidad de los componentes del FSP y proyectarlos mediante la acción conjunta hacia un escenario político válido para todos.

La Unión de Militantes por el Socialismo sostiene resueltamente la bandera de un frente único antiguerra y antifascista, propone que sea una definición principal del encuentro del FSP en Buenos Aires y se compromete a actuar como siempre con espíritu unitario y antisectario en este sentido. Simultáneamente, la UMS adhiere sin rodeos al objetivo de fundar una nueva internacional revolucionaria y convoca a todos los componentes del FSP dispuestos a emprender esta tarea a dar los pasos necesarios en cada país, regional e internacionalmente, en pos de un Congreso Fundacional de la V Internacional.

 

Antecedentes

Al proclamar la necesidad de fundar una V Internacional Hugo Chávez llevó el renacimiento del socialismo a su consecuencia lógica. Lo hizo en medio del despliegue de bases militares estadounidense en territorio colombiano, el golpe de Estado en Honduras, la amenaza de la IVª Flota y la sibilina acción diplomática encubierta tras la figura todavía en esa fecha equívoca de Barack Obama. Como resultante necesaria de la lucha revolucionaria y la reacción imperialista, renació la idea de la Internacional. Hoy aquellas amenazas se han acentuado hasta poner a la región al borde de una guerra que es preciso evitar.

Antes de considerar el plan de acción y las dificultades que afronta hoy la construcción efectiva de una organización internacional, reproducimos el texto titulado Hora de definiciones, publicado inmediatamente en la revista América XXI, que a su vez incluye un texto publicado un año antes en Crítica. La extensa cita es obligada para aventar toda idea de oportunismo o improvisación:

«El primer paso está dado. Tiene un alcance estratégico fuera de lo común. Sacudirá derechas e izquierdas, a Oriente y Occidente. Entrará como tromba en cada organización política, sindical o social, en cada lugar del planeta. Una sensación de vértigo atrapó a decenas de miles de hombres y mujeres que por televisión o internet escuchaban a Hugo Chávez en la noche del 20 de noviembre, víspera de la inauguración del Primer Congreso extraordinario del Psuv, cuando ante delegados de partidos de una treintena de países, presentó una propuesta tan esperada como imprevista: poner manos a la obra para edificar la Vª Internacional. Lo dijo el Presidente de una revolución en marcha. Y lo apoyaron de inmediato los representantes de otros tantos que afrontan la misma responsabilidad en Bolivia, Ecuador, Honduras, Nicaragua. Los que están en el crudelísimo inicio de la transición y los que aspiran, con tierra bajo los pies, a comenzar el recorrido. Es explicable el vértigo. En un año quedó completado un ciclo que transformó al mundo, a tal punto que pocos tienen conciencia plena de la nueva realidad y continúan actuando con los parámetros del pasado. Primero fue el derrumbe de la arquitectura financiera mundial, colocando a la vista de todos la realidad insoslayable de una crisis agónica del capitalismo. Luego la aceleración estadounidense por el camino de la guerra. Ahora la respuesta estratégica: una nueva Internacional. Ha llegado la hora de las definiciones. Nada sorprende más que lo esperado durante mucho tiempo. El grueso de quienes escuchaban a Chávez en el hotel Humboldt alzado en la cima del cerro Waraira Repano (por caso, nacionalizado y refaccionado por el gobierno revolucionario) saltó como resorte oprimido al que libera de pronto la palabra mágica: una ovación espontánea, cargada de asombro y complacencia, manifestó del modo más elocuente un respaldo que antes de todo responde a una necesidad siempre sentida, casi nunca expresada.

 

Salir del paréntesis histórico

Si el primer paso requería fuerza real, lucidez y osadía, los siguientes plantean exigencias aún mayores. Aunque la creación de cada Internacional ocurrió en el pasado en medio de grandes debates y confrontaciones ideológicas, el abigarrado conjunto de fracciones que a escala mundial se define como izquierda muestra hoy un grado de confusión ideológica y diversidad política sin precedentes. Será tarea difícil aunarla, darle organicidad y dirección de marcha. Desde que la derrota de la Comuna de París destruyó la Iª Internacional, en cada paso, a la par de victorias y derrotas, grandes contingentes concluyeron asimilándose al sistema al cual originalmente combatieron. Además, al otro lado de la barricada, el capital acumuló infinita experiencia y poderosos tentáculos listos para la acción. El reformismo es una constante. Pero hay más: aparte las excusas reformistas, las incógnitas a resolver son inmensas y a prueba de oráculos:

1. ¿Qué definiciones ideológicas y programáticas trazarán el contorno de la Vª Internacional?
2. ¿Qué organizaciones concurrirán a su formación? ¿Qué relación habrá entre las grandes formaciones con responsabilidades gubernamentales y los demás partidos o agrupamientos revolucionarios?
3. ¿Qué estructura adoptará la organización internacional, cómo se seleccionarán sus dirigentes y cómo se expresará en el plano nacional?
4. ¿Cómo se integrará a este conjunto multifacético la clase obrera mundial, que hoy no cuenta en lugar alguno con el vigor y la conciencia imprescindibles? Hemos defendido posiciones netas respecto de estos temas. Rompiendo una tradición de esta columna, vamos a citar un texto propio, publicado en la revista Crítica en octubre de 2007: ‘En la historia ha habido, conceptual y realmente, cuatro organizaciones internacionales anticapitalistas. La Iª, en cuya fundación fueron figuras clave Marx y Engels, agregaba diferentes corrientes revolucionarias anticapitalistas. Surgió directamente del impulso de los propios obreros en lucha contra el sistema en Europa; las dos corrientes principales eran las que a poco andar se denominarían marxista y anarquista. La IIª, definida como socialdemócrata (con el sentido que tenía por entonces esa palabra, inverso al actual), se apoyaba en grandes partidos socialistas obreros de masas que para ese entonces se habían conformado en toda Europa, en Estados Unidos y en varios países latinoamericanos. La IIIª, fundada por Lenin y Trotsky, se definió como comunista, contraponiéndose al nombre de socialdemócrata, ya para entonces identificado con posiciones de sujeción a los intereses de las burguesías de cada país; su base de sustentación fueron los propios partidos socialdemócratas de masas, todos los cuales se fraccionaron dando lugar a Partidos Comunistas, que fundarían la Internacional con ese nombre. La IVª, en realidad no llegó a ser una verdadera organización internacional con arraigo en la clase trabajadora. Nació como resultado de la degeneración stalinista en la Unión Soviética y la extensión de esa caída a la organización, el programa y la política de la IIIª Internacional a partir de su 5° Congreso. Su base de sustentación fue la Oposición de Izquierda en la Unión Soviética y su proyección en Ppcc de todo el mundo. Luego tomaría el nombre de su principal promotor, León Trotsky. Asesinado éste en 1940, la organización degeneró a su vez, dando lugar a innumerables organizaciones casi invariablemente sectarias y minúsculas. En la actualidad, por razones objetivas y subjetivas una organización internacional no puede pretender la homogeneidad ideológica que originalmente tuvieron la IIª, IIIª y IVª. Por el contrario, en lo que hace a su heterogeneidad superaría largamente a la Iª, aparte de que no resultaría del impulso consciente y organizado de una vanguardia obrera con aval de masas (subrayado ahora). El punto de apoyo de tal organización heterogénea sería la explícita decisión de lucha contra el imperialismo y por el socialismo del siglo XXI, asumiendo como punto de partida las incógnitas y ambigüedades que esa definición supone. A la heterogeneidad ideológica, le correspondería un criterio organizativo que, obligando en términos de estrategia general a cada partido u organización integrante, permitiría la participación de diferentes organizaciones en un mismo país y no daría lugar a criterios unánimes de accionar político. No obstante, la internacional no podría asimilarse al concepto de Frente. Más próxima al criterio de partido de masas, con heterogeneidad ideológica y homogeneidad política en cuestiones centrales que hagan a una estrategia hemisférica, y con toda la flexibilidad que requieran las diferencias de participación en cada país. Esa contradicción se resolvería a favor de la cohesión, la homogeneidad política y la coherencia internacional a través del órgano de dirección internacional, que sólo podrá estar integrado por representantes de partidos de aquellos países donde no exista más de una organización reconocida. La organización de una internacional revolucionaria con estas características, lejos de ser una perspectiva lejana, es una necesidad inmediata. Defender los procesos revolucionarios en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador, es tan impostergable como esforzarse por la recomposición de las fuerzas sociales y revolucionarias en los restantes países de la región´.

Parece innecesario insistir: no hay manera de procurar identidad ideológica y a la vez actuar como centro de unidad social y política en ningún país, tanto menos a escala mundial. De modo que la Vª Internacional será obligadamente diferente a las tres anteriores y, semejante en punto a diversidad interna con la Iª, irá todavía más allá de aquélla e integrará numerosos agrupamientos diferenciados dentro de cada corriente misma. Las múltiples definiciones marxistas, cristianas, nacionalistas, tendrán su punto de comunión en la determinación revolucionaria y la voluntad consecuente de confrontación con el imperialismo y las burguesías nacionales. Va de suyo que esto dejará mucho por fuera; pero a la vez incluirá una inmensa diversidad. Una fuerza desde el inicio poderosísima, en condiciones de crecer en progresión geométrica.


Inercia y fuerzas centrífugas

Aunque causara sorpresa, esta decisión de Chávez no fue un impulso de último momento. En 2007, al inicio mismo de la construcción del Psuv, en su intervención del 25 de agosto ante los propulsores que darían nacimiento al partido de masas de la Revolución Bolivariana, el presidente venezolano dijo que 2008 sería el momento para «convocar a una reunión de partidos de izquierda de América Latina y organizar una especie de Internacional, una organización de partidos y movimientos de izquierda de América Latina y del Caribe». Y abundó: «Hay un resurgimiento de la conciencia de los pueblos; deben seguir creciendo los movimientos, líderes y liderazgos de una izquierda nueva, de un proyecto nuevo». La paradoja es que mientras ese resurgimiento ocurre en los cimientos de la sociedad, sus expresiones políticas raramente lo expresan y en ningún caso lo alientan y conducen. En cierta medida eso quedó plásticamente plasmado en el salón del hotel en la cima del Waraira Repano, cuando Chávez lanzó su proclama: al lado de quienes dieron un salto de liberadora alegría, pudo verse rostros consternados. Y hasta hubo quienes, advertidos a tiempo, se ausentaron antes de verse obligados a exteriorizar su postura. Más sagaces aún, hubo partidos que directamente estuvieron ausentes del encuentro. Y ni qué decir del otro flanco, el infantoizquierdista, ausente en el recinto, atónito ante el desafío. La inercia de estructuras y cuadros adheridos a diferentes instancias del Estado capitalista, se combina con la fuerza centrífuga transmitida a importantes franjas de vanguardia espontánea en el movimiento de masas, por parte de agrupamientos que, ajenos a una teoría consistente, esgrimen el nombre de Marx, Lenin o Trotsky para tomar posición con la sencilla técnica de repetir generalidades obvias y ubicarse 45 grados a la izquierda de cualquier fenómeno político que aparezca. Protegerse de y a la vez incluir a las partes sanas de estos fenómenos objetivos será una tarea no menor en la agenda de la Vª Internacional. Demandará un enorme esfuerzo teórico y organizativo. E impar habilidad para la conducción política. Aprisionado por la tenaza de reformismo e infantoizquierdismo, el renacimiento de la asunción de banderas estratégicas por parte de millones ocurre en medio de otra estridente paradoja: la acción no sólo precede a la teoría, sino que va tan por delante que en los hechos resulta impracticable su entrelazamiento efectivo. El pragmatismo aparece así como una tercera amenaza encastrada en las propias filas. Desde este complejo punto de partida se despliega ya la idea de una Vª Internacional. El plan apunta a la realización del Congreso Fundacional en abril próximo, en coincidencia con la culminación del largo proceso congresal extraordinario del Psuv. Por si faltase algo para darle más entidad a este momento histórico, Chávez invitó al Congreso del Psuv a Fidel Castro. Horas después de ese acto hizo un viaje no anunciado a Cuba, donde se reunió por siete horas con Fidel y otras cinco con Raúl, del que informaría posteriormente. Lo dicho: aceleración de tiempos; hora de definiciones.



Lo que vendrá

Pero… ¿qué poder es ése que acorta plazos y pone exigencias perentorias? La pregunta sólo cabe a quienes no han asimilado la magnitud y el sentido de los cambios vertiginosos ocurridos en el último año. El sistema capitalista ha ingresado en la crisis más abarcadora y profunda de su historia. Lejos de remontarse en los últimos meses, los costos de una pseudo recuperación la agravaron aún más. Es sólo cuestión de tiempo (en ningún caso prolongado) el reinicio de derrumbes mayores a los ocurridos en 2008, que además, porque sucederán en el ámbito de la producción y el comercio, no podrán ser paliados siquiera temporalmente con nuevas montañas de dinero ficticio, como se hizo un año atrás. Eso es sólo una parte de lo nuevo. La otra, visible para todo quien no decida taparse los ojos, es que Estados Unidos se ha lanzado a la guerra. La noción de que Washington está empantanado en Oriente y por ello no podrá emprender nuevas aventuras bélicas no sólo peca de simplista: desconoce que en situación de amenaza mortal un animal salvaje no mide riesgos. Atribuir racionalidad al desempeño histórico del capital es resultado del idealismo filosófico; o de la negativa por el temor cerval a lo que se tiene enfrente. Pero no hay modo de ocultarlo: un Presidente del partido Demócrata, culto, sagaz, con antecedentes progresistas y para mayor abundamiento afroamericano, es el vehículo de la maquinaria imperial y lleva la guerra a todo el mundo. Ahora mismo envía otros 35 mil soldados a Afganistán, mientras su secretaria de Estado teje la trama previa a ataques militares contra Irán y Suramérica. Barack Obama, flamante premio Nobel de la paz, monta bases militares en Colombia, Centroamérica y el Caribe, donde señorea ya la IVª Flota. Realiza y sostiene el golpe en Honduras. Entiéndase bien: el envío de 35 mil soldados más a Afganistán tiene como objeto acabar rápidamente con esa guerra que ya se ha extendido a Paquistán y deja al imperio en una ciénaga. Acabar rápidamente significa masacrar con mayor eficiencia a cientos de miles de seres humanos. Pero eso no es lo más grave: prueba con la contundencia de los hechos que Washington y su premio Nobel están acosados por la urgencia. En Afganistán u otro lugar, donde no esté planteado alcanzar los objetivos militares mandando más soldados, quedará sobre el tapete la utilización de armas atómicas, tácticas o de las otras. Por lo demás, hay que ser voluntariamente ciego y sordo para no admitir que en el terreno de las comunicaciones la confrontación ya ha comenzado con carácter de guerra mundial: de manera alevosa, unificada como nunca antes en la historia, la prensa comercial, en todo el planeta y con apenas alguna excepción, se hunde en una campaña de mentiras, tergiversaciones y manipulación que no tiene precedentes en su ignominiosa trayectoria. ¿Para qué vino el presidente israelí Shimon Peres a América del Sur, sino para anunciar, desde Buenos Aires y con el mayor descaro, que «Chávez y Ahmadinejad desaparecerán en los próximos meses»? ¿Qué efecto tendría sobre América Latina el asesinato de Chávez? ¿Qué seguiría en el Medio y Extremo Oriente si Ahmadinejad fuese ultimado? ¿Y por qué el sionismo, con toda su parafernalia comunicacional, se ha puesto al servicio de tamaña provocación comprometiendo incluso a las comunidades judías de nuestros países? Es preciso analizar con cuidado los textos publicados en esta edición: la reflexión de Fidel Castro, los fragmentos del discurso de Chávez, el Compromiso de Caracas. No hay modo de eludir la respuesta: acosado por la crisis agónica que demuele sus columnas, el imperialismo se ha lanzado por el camino de la guerra. Pero esa conclusión obvia no es ahora el dato más relevante de la realidad mundial. No hay punto de exageración al afirmar que el núcleo de mayor proyección es ya la decisión de fundar una nueva Internacional. Porque la locura guerrerista del imperialismo sólo puede ser detenida por cientos, acaso miles de millones de personas que en todo el planeta abracen la tarea, conscientes y organizados. Hasta ahora siquiera estaba planteada como estrategia la edificación de una instancia unificadora a esa escala. Infinidad de iniciativas con aristas humanitarias y positivas, se empeñaron y continúan empeñándose en eludir la única respuesta posible a la crisis del capitalismo.

Que lo piensen bien los cuadros de grandes formaciones reformistas, políticas o sindicales; que lo piensen bien agrupamientos aguerridos pero encerrados en círculos de pequeñez y marginalidad; que lo piensen bien los intelectuales proclives a la comodidad del poder; que los piensen bien todos, antes de negarse a ser parte de esa tarea clave para la humanidad: ponerle freno a la locura capitalista. Ese objetivo resume hoy en una consigna: construir la Vª Internacional» (5).

 

Definiciones

Ocho meses después las respuestas al llamado de Chávez están sobre la mesa y pueden agruparse en tres líneas principales: – acuerdo y disposición inmediata para poner manos a la obra;

– oposición frontal a la creación de una V Internacional o cualquier otra organización mundial con objetivos comunes y estructuración acorde con luchar por ellos;

 – acuerdo parcial, condicionado por dudas u oposición respecto de:

 a) viabilidad en la coyuntura para la existencia y desarrollo de una nueva internacional
 b) reticencia u oposición a la denominación «V Internacional»
 c) dudas en relación con programa, formas orgánicas y criterios de funcionamiento
 No pocas organizaciones -entre ellas la mayoría de los Partidos Comunistas- han omitido en todo el mundo una definición y se mantienen a la espera de la evolución del proyecto. Aquí confluyen quienes tienen dudas de diferente orden y quienes, con firme decisión contraria, consideran tácticamente oneroso oponerse abiertamente.

En las conductas vacilantes, reticentes o solapadamente opuestas se expresan dos fuerzas principales, objetiva una, subjetiva la otra: completa omisión del proletariado en el escenario político internacional y progresivo deterioro de la teoría marxista, hibridada con cuerpos conceptuales (o modas pasajeras) propios de las clases medias, que a su vez se traducen en accionar político pragmático.

Como base y fundamento de este arco de posiciones diferentes está la opción sobre la que ha cabalgado siempre la izquierda mundial, que después de la caída de la URSS se agudizó y mezcló al punto de resultar en muchos casos indiscernible: reforma o revolución. Es verdad que puede entenderse el adjetivo reformista como descalificación o insulto. A menudo lo es. Aquí pretendemos cargarlo exclusivamente con el contenido de caracterización teórica y política, respecto de la conducta adoptada frente a la resolución de los problemas sociales, individuales y ecológicos provocados por el sistema capitalista. Es muy larga -y muy rica- la polémica contra los teóricos de la evolución gradual del capitalismo al socialismo, mediante reformas. Es también abundantísima la acumulación de experiencias políticas mediante las cuales poderosas organizaciones obreras reformistas se transformaron en puntales decisivos para la sobrevivencia del capitalismo y la concreción de los peores crímenes imaginables, aparte del crimen cotidiano -y para muchos invisible- de la explotación del trabajo y la enajenación del ser humano. Por lo demás, nadie con seriedad podría acusar a un revolucionario de negar las reformas como parte inseparable de la estrategia para abolir el capitalismo. No se trata aquí de reiterar ese debate teórico y político, que en todo caso continuará en todos los terrenos y que será sin omisión plasmado en estas páginas. Se trata sí de trazar una línea divisoria entre estrategias reformistas y revolucionarias, para acometer con éstas la tarea de fundar la V Internacional y sostener con aquéllas la perspectiva inalterable de frente único contra la guerra, el fascismo y sus múltiples desdoblamientos en la actualidad. Se trata también de trazar una línea tangente para mantener un punto de contacto con todas aquellas organizaciones y cuadros vacilantes que, en condiciones diferentes, puedan sumarse al combate de una internacional revolucionaria.

 

Plan de trabajo inmediato

Hay dos planos diferenciados para poner en marcha un mecanismo enderezado hacia la fundación de la V Internacional. Por un lado, el que deberán realizar las principales organizaciones originariamente involucradas. Por el otro, el que urgentemente debe concretarse en cada país.

De aquéllas, debemos esperar una enérgica labor que, desde una Junta Promotora formal, se aboque a elaborar borradores de Declaración de Principios, Programa y Estatutos, que en su primera fase de definición sean girados a todas las organizaciones dispuestas en todo el mundo a involucrarse. Por mucho que la miríada de estructuras y cuadros que en todo el planeta puedan colaborar con la redacción de esos puntales para la construcción efectiva, su concreción inicial es responsabilidad de los promotores y, en primer lugar, del Psuv.

Desde cada país donde no hay organizaciones con arraigo masivo y más de una formación se propone integrar la V Internacional, la integración a ese esfuerzo global tiene un primer paso insoslayable: la reunión de los agrupamientos a priori resueltos, para resolver lo siguiente:

 1. una agenda de encuentros inmediatos a fin de sentar bases comunes de pertenencia nacional a la estructura internacional
2. un reglamento consensuado para la participación de todos los involucrados;

 3. un texto de acuerdos básicos para confluir en el proceso de debate y organización fundacional;

 4. un criterio de funcionamiento regular y, si acaso fuera posible, de representación rotativa para establecer el nexo directo con la dirección provisional que preparará el Congreso Fundacional de la V Internacional.

En el caso del Cono Sur latinoamericano, este criterio debe extenderse a la subregión, de modo de abarcar a todas las fuerzas posibles en la tarea de elaboración y organización primaria.

La UMS aprovecha la oportunidad del XVI Encuentro del FSP para hacer desde aquí un llamamiento a todas las organizaciones, agrupamientos y cuadros que en Argentina comparten la decisión de fundar la V Internacional, para fijar sin dilaciones una primera fecha de reunión. Proponemos el sábado 28 de agosto, en la ciudad de Buenos Aires y en lugar a fijar, la realización de ese primer encuentro. Paralelamente, proponemos que organizaciones y cuadros de Uruguay, Paraguay y Chile, a fin de replicar este funcionamiento y programar, también en plazos perentorios, una reunión  de organizaciones de los cuatro países.

Con todo esto, la UMS propone que en cada país y en todo el mundo se realicen, a más tardar durante el mes de noviembre próximo, encuentros nacionales para la fundación de la V Internacional; y que la Junta Promotora convoque a sucesivas reuniones preparatorias del Congreso Fundacional, que deberá realizarse a más tardar en diciembre de este mismo año.

El pensamiento reformista recreó en el último cuarto de siglo una pseudoteoría según la cual la revolución es imposible y sólo cabe integrarse al sistema capitalista para combatir las expresiones más inhumanas de la explotación, la marginalización y el saqueo. Luego, como dirían Marx y Engels, se sometieron a su criatura. Desde infinidad de trincheras de ideas, el pensamiento revolucionario resistió ese embate temporalmente victorioso. Ha llegado la hora de pasar de la resistencia a la ofensiva. Ha llegado la hora de recomponer la teoría, la organización y el programa de acción para la revolución. Ha llegado la hora de la V Internacional.

 

Buenos Aires, 25 de julio de 2010.

 

1.- El autor representó a una de las 48 organizaciones fundadoras. Como delegado de la Unión de Militantes por el Socialismo (UMS), continúa formando parte del  Foro de São Paulo. Inmediatamente después del primer encuentro, a fines de 1990, publicó un pequeño libro titulado «La izquierda latinoamericana frente a la crisis mundial (Ensayo de interpretación marxista de la realidad contemporánea, a partir del Encuentro de Partidos y Organizaciones de Izquierda de América Latina y el Caribe)». En los años siguientes la UMS presentó a las reuniones del FSP ponencias alternativas, publicadas en estas páginas y en varias ocasiones difundidas mediante separatas. Todo ese material puede hallarse en la colección de Crítica y en su sitio internet: www.revistacritica.com.ar
2.- En ese período apareció un latiguillo: «dejar de ser opositores para pasar a ser propositivos»; para mayor originalidad, se apeló también a la palabra «proactivos». La proposición, desde luego, no sería abolir el capitalismo, sino adecentarlo. Aunque ya marginalmente, aún perduran antifaces de este género.
3.- Un texto provisional propuesto por el Grupo de Trabajo estuvo a consideración de las organizaciones integrantes del FSP. El 25 de julio debía aparecer el último borrador con enmiendas. Recién el 8 de agosto, una semana antes del encuentro en Buenos Aires, se conocerá la versión final. Esta metodología, aplicada desde hace tiempo por el Grupo de Trabajo, tiene el mérito de facilitar el debate oral durante los días de sesión. Pero en la medida que se fueron haciendo más agudas las diferencias internas, el mecanismo desvirtúa el carácter de la elaboración y confrontación de ideas. Sin juzgar intenciones, el hecho es que el Grupo de Trabajo asume que el documento base es, precisamente, un punto de partida común para poner en discusión y eventualmente enmendar cuestiones particulares. Pero no es el caso. Más marcadamente que en ocasiones anteriores -aunque esto viene de lejos- es la sustancia del posicionamiento lo que está en discusión. Y a esto se suma el hecho de que el material enmendado aparece a última hora. De manera que el mecanismo de enmendar una propuesta de declaración común se hace redondamente inviable, con el agravante de que imposibilita analizar en profundidad un posicionamiento que, eventualmente, aparecerá de manera diferente en la versión final. Así las cosas, esta ponencia a nombre de la Unión de Militantes por el Socialismo parte de la segunda versión del documento, no desarrolla una crítica sistemática de ese material y sólo toma un párrafo para mostrar un grado de incompatibilidad que no se resuelve con enmiendas. En todo caso, la UMS propone al GT la incorporación de un análisis a fondo de la crisis económica mundial y de la consecuencia más inmediata y amenazante de esa crisis: el ajuste brutal en las economías centrales en detrimento de la clase trabajadora y la amenaza de guerra en Corea, Irán y América Latina, todo lo cual está ausente en la segunda versión.
4.- Nuestra posición ante el estallido de la economía central capitalista está publicada en Crítica N° 38, Octubre de 2008: «Respuesta del Sur frente a la crisis económica mundial» (www.revistacritica.com.ar); puede verse también en el video con el mismo nombre, adquiriéndolo a través de asistente@americaxxiweb.com, o bajándolo gratuitamente de www.americaxxi.com.ve.
5.- Luis Bilbao, Hora de definiciones; América XXI, N° 56, diciembre de 2007. www.americaxxi.com.ve

 

venezuela

Respuestas del Sur frente a la crisis económica mundial

porLBenCR

 

En coincidencia con el colapso financiero internacional, del 8 al 11 de octubre se llevó a cabo en Caracas el primer Congreso Internacional de Economía Política. 31 participantes provenientes de Venezuela, Uruguay, Perú, México, Inglaterra, Francia, Estados Unidos, España, Ecuador, Cuba, Corea del Sur, China, Chile, Canadá, Bélgica, Australia y Argentina, concurrieron al llamado del Ministerio del Poder Popular para la Planificación del Ejecutivo venezolano y el Centro Internacional Miranda. La inusitada violencia del desplome bursátil y las cabriolas de los principales jefes políticos para buscar respuesta dieron un tono particular a los debates. La propuestas plasmadas en la Declaración final del encuentro se publican en las páginas 8 y 9 de esta edición.

No podría comenzar sin agradecer a los organizadores de este encuentro por su invitación, pero sobre todo felicitarlos por haber comprendido la importancia trascendental de la discusión de este tema en estos momentos.
Puede haber casualidad en la realización de este Congreso y el estallido de la crisis; pero la casualidad siempre tiene, en última instancia, una razón profunda de causalidad. Creo que éste es el caso, y de allí una felicitación que quiero hacer extensiva a los compañeros y compañeras que han trabajado en la organización de este encuentro, notablemente eficiente.

Hay que comenzar por decir que este cataclismo financiero internacional ocurre al cabo de un período que, no tengo dudas, es el de mayor desmovilización, confusión ideológica, y desorganización del proletariado mundial. Desde luego esto no niega las grandes luchas puntuales que ha habido en uno u otro lugar y sobre todo las grandes luchas sociales que ha habido en América Latina en la última década. Pero llevamos prácticamente tres décadas de desmovilización, poco menos que total, del proletariado mundial. Y al cabo de esas casi tres décadas lo que tenemos es un literal derrumbe del sistema capitalista, expresado hoy en el derrumbe del sistema financiero.

En mi opinión aquí hay una cuestión teórica de la mayor trascendencia que alude a la objetividad de la crisis, a la lógica interna del sistema capitalista, al carácter necesario del colapso del sistema capitalista; y excluye además la idea de que el capitalismo se derrumba si hay una fuerza proletaria y política que lo desafía con una propuesta de futuro. Este no es un problema menor, aunque no es el tema a discutir hoy día. En los últimos años se confundieron cuestiones elementales. Como resultado de la desagregación ideológica que nos acosó, muchos pensadores y dirigentes políticos de la izquierda mundial creyeron que afirmar que el capitalismo cae por sí solo era adoptar una posición fatalista, mecanicista. El hecho es que el problema de los revolucionarios no consiste principalmente en ver cómo hacemos para derrumbar el sistema, sino en garantizar que cuando se entra en un momento de crisis haya una propuesta alternativa capaz de garantizar que ese derrumbe no termine con los escombros en nuestras cabezas, como ya ocurrió tantas veces en la historia.

De manera que antes de entrar a la caracterización misma de la crisis es importante situarnos en esta visión del problema. Existe un carácter necesario, intrínseco, en la crisis del capitalismo. La crisis no se produce –parece bastante claro– por la amenaza soviética; no se produce por la movilización o por la propuesta revolucionaria de grandes partidos revolucionarios a lo largo del mundo, con arraigo de masas y con el proletariado organizado; y no se produce por la demanda, siquiera economicista, de masas proletarias. Sin embargo ocurre. Yo creo que esta es una lección muy importante antes de entrar a caracterizar la crisis misma.

Ahora bien, un compañero preguntaba, en una de las rondas de debate, por qué llamábamos crisis a lo que había antes. A la vista de lo que está ocurriendo ahora, decía, tal vez debiéramos pensar que la crisis es esto y no aquello que había desde años atrás. Desde luego es una opción y tiene fundamentos; pero hay un problema: si cambiamos la certeza teórica y práctica de que antes de ahora había crisis porque ahora vemos la magnitud de esta palabra, en nuestro próximo encuentro –que espero que no sea después de un lapso demasiado largo– tendríamos que volver a hacer lo mismo, tendríamos que volver a decir que esto que hoy llamamos crisis no lo era; porque esto es sólo el comienzo; es la manifestación más primaria, más elemental del derrumbe del sistema capitalista.

Creo que fue el mismo compañero quien preguntó –estoy seguro de que tiene la respuesta, pero lo dejó como una cuestión a discutir– si esta crisis comenzaba ahora o cuándo había comenzado; y hablaba de los años 1970. Yo soy un convencido de que este es el comienzo de la culminación de la crisis que se inició en los años 1970. Cuando se inició la crisis del capitalismo, no hubo una respuesta suficientemente fuerte desde la perspectiva del socialismo, desde la perspectiva de la revolución. Entonces el capital tuvo la posibilidad de avanzar sobre el conjunto social planetario y postergar la eclosión de sus crisis. Hemos denominado a eso la contraofensiva global estratégica, en el sentido de que se trataba de una contraofensiva en los terrenos militar, político, económico, ideológico, cultural y religioso, para afrontar la llegada de la crisis estructural y el avance de la revolución verificado en los años 1970. El imperialismo lanzó esa contraofensiva global a fines de los años 1970 y comienzos de los años 1980. Y nos derrotó en todos los terrenos. Yo llego al punto de sostener que la caída de la Unión Soviética –que tenía sus propias y suficientes razones para derrumbarse sin que nadie la ayudara– por el momento y la forma en que se produjo, fue resultante de la crisis del capitalismo. Porque los mismos problemas que produjeron, desde el punto de vista interno, esa desagregación deshonrosa de la Unión Soviética, existían 10, 20, 40 y 60 años antes en la Unión Soviética y sin embargo no habían redundado en su derrumbe. Ocurrió cuando la circunstancia mundial puso a la humanidad en tensión entre capitalismo y socialismo y obviamente aquello que no era socialismo sino una situación de transición completamente degenerada, no podía tener sino el destino que tuvo.

Lo único que quedó de pie con los principios, con la teoría y con la práctica –en la pequeña escala de sus posibilidades– fue la Revolución Cubana, el Partido Comunista de Cuba y su principal figura: el comandante Fidel Castro. Es el gran reivindicado de hoy. Porque en el medio del cataclismo, de lo que se suponía el fin del socialismo, supo sostener la perspectiva estratégica, convencido por razones profundamente teóricas y por una visión política concreta de que llegaría la nueva fase. Esa nueva fase ha llegado.

Toda esa cháchara sobre el neoliberalismo es lo que se derrumba hoy. Porque el neoliberalismo no era neo y no era liberalismo. En Argentina, que se supone el prototipo de la experiencia neoliberal, ese proyecto comenzó con una decisión del Congreso que le puso precio a la moneda. ¿Desde cuándo y con qué criterio se puede llamar a eso liberalismo? Era sencillamente una política anticrisis del capital, que en algunos sentidos necesitaba recurrir a los extremos del liberalismo y en otros necesitaba recurrir a los extremos del estatismo.

La exposición del compañero ecuatoriano sobre la deuda externa me exime de hablar al respecto; ha sido contundente, letal, en la demostración del significado político que tuvo la deuda externa. Con la riqueza que nos sacó, el imperialismo palió y postergó su crisis. Y cuando eso comenzó a producir los efectos políticos que están ahora en plena vigencia en América Latina, cuando ya no le fue suficiente lo que estaba absorbiendo mediante el endeudamiento forzado de nuestros países, viró el eje de su práctica y comenzó a endeudar a sus propios ciudadanos. Esa es la significación de esas famosas hipotecas subprime. Hay algunos que llegan al extremo de cargarle la responsabilidad de este colapso a la impericia del señor Alan Greenspan; sin embargo son muchos más los que con gesto de seriedad le echan la culpa a la falta de controles del Estado frente a la política crediticia de estas grandes empresas financieras. Resulta que esa falta de controles era una necesidad imperativa del capital para poder enfrentar, en la realidad y a través de la valorización del dinero en el circuito financiero, lo que yo considero que es la causa esencial de esta crisis que comenzó en los años 1970: la caída de la tasa de ganancia. Ellos contrarrestaron la caída de la tasa de ganancia con medidas extraordinarias: el endeudamiento de nuestros países, la baja en los precios de las materias primas, la prolongación de la jornada laboral, los cambios en las formas de la producción, el aumento en el ritmo de la producción y la reducción del salario real. Ellos leyeron bien El Capital, estudiaron bien el Tercer Tomo y dijeron: a esto que nos está matando, este cáncer que es genético, lo podemos contrarrestar con estas medidas. Dieron vuelta El Capital, lo pusieron en un espejo, aplicaron esa teoría a la inversa y ganaron estos años de ventaja.

 

Fin de una era

Eso es lo que está terminando ahora. Lo que esta cayendo es, nada más y nada menos que la política anticrisis del capitalismo. Aunque habrá circunstancias y momentos diferentes, termina la era del dólar. Sin embargo estoy seguro de que hay otra cosa mucho más importante que termina. Me refiero al factor que mencionaba inicialmente: la parálisis de los trabajadores, del proletariado industrial del mundo, porque esa pausa que obtuvo el capital internacional en la eclosión de su crisis significó una forma bastarda y esencialmente falsa –aunque con efectos reales– del crecimiento económico, que dio trabajo y garantizó en distintos niveles, una vida llevadera a aquellos que tenían trabajo y sobre todo a los que tenían trabajo en la industria.

Si ustedes observan, no ya el Norte, sino el propio Sur, verificarán que los obreros industriales de nuestros países en los últimos 25 años han sido una especie de élite, una suerte de aristocracia, como pudimos denominar a esta clase social –explotada por excelencia– en los Estados imperialistas durante tantos años. Era una aristocracia porque con lo que nos robaban a los pueblos del Sur, las patronales imperialistas chantajeaban a la clase trabajadora del Norte, la paralizaban o por lo menos la limitaban a una función estrictamente reformista.

Algo análogo, aunque con una sustancia diferente, ocurrió en nuestros países. La confusión ideológica de la clase obrera llegó al pináculo con el derrumbe organizativo, el desvío, la degeneración cuando no la disolución formal de los partidos comunistas y socialistas en todo el mundo. Todo eso redundó en confusión y desmovilización total en la clase trabajadora. Pero además de esos factores había otra razón, de carácter material: aquel que tenía trabajo era un aristócrata. Y digo era, porque eso se terminó. Se terminó la condición material para la sustentación de la parálisis política del proletariado de nuestros países –y también del Norte desde luego–.

La crisis financiera es solamente la expresión visible de la crisis estructural y arranca ahora la recesión. Es probable que esta desesperada cantidad de reuniones y medidas espasmódicas que en estos momentos están tomando los grandes jefes del capital financiero internacional consiga detener el colapso bancario y bursátil y pueda impedir que la recesión se transforme, en el corto plazo, en una franca depresión. Pero es solamente una cuestión de tiempo. Si consiguen hacer eso, ganarán tiempo –y diría hasta que no nos viene mal que ganen un poco de tiempo– pero no resuelven el verdadero problema.

Lo que quiero subrayar sobre todo es que estamos ante el fin de un sistema financiero, el fin de la moneda del principal imperialismo como instrumento esencial de la dominación de ese imperio. A partir de ahora comienza una nueva etapa histórica en la realidad social y en la organización social y política de los trabajadores de todo el mundo. En esta coyuntura, América Latina está en el punto de avanzada. Pero atención: quien va a sufrir primero –y, en un sentido, mucho más– los efectos de este colapso, es el pueblo estadounidense, la clase trabajadora y el pueblo del principal imperialismo.

Hay que recordar entonces que el proletariado estadounidense tiene reservas históricas de organización y lucha muy grandes. Podemos suponer que van a reaparecer en la próxima etapa; y no tengo la menor duda de que una de las expresiones de esta crisis será, a corto plazo, la crisis política de Estados Unidos. El próximo presidente de Estados Unidos –no importa quién sea– va a asumir después de una prueba de fuerza que todo el planeta pudo ver al trasluz: el presidente George Bush, los dos candidatos a presidente del próximo período, el presidente y el vicepresidente de la Cámara Baja, el presidente y el vicepresidente del Senado, todos juntos pidiendo que se apruebe una ley… y la ley no se aprueba. ¿Qué es eso? Es el anuncio de lo que viene: no van a poder gobernar.

Se abre un espacio extraordinario para la creación de una fuerza política de masas; un tercer partido en Estados Unidos. Que tiene antecedentes, porque en situaciones críticas se generó un movimiento sindical que incluso buscó pasar al plano político aunque no lo consiguió. Ya gravitaba en la política mundial el deterioro resultante de la degeneración de la Unión Soviética. Junto a una multitud de otros factores eso influyó para que la AFL-CIO (Federación Americana del Trabajo-Congreso de Organizaciones Industriales) no pudiera transformarse en partido. Pero ahora es una exigencia de la realidad que haya una nueva instancia política y en esa instancia van a pesar los trabajadores y las propuestas anticapitalistas.

Quiero hacerles una pregunta a todos ustedes: cuando esto comience –y ya ven que no tengo dudas de que va a comenzar– (uno se puede equivocar, pero en este caso yo no me equivocaría por poco: me equivocaría totalmente). El punto es: cuando comience a formarse una fuerza política anticapitalista en Estados Unidos ¿adónde va a mirar? Cuba ha sido siempre un faro, y lo seguirá siendo; en este último período es un faro ideológico. Pero acá hacen falta respuestas políticas de cortísimo plazo porque la magnitud, insisto, de la crisis social en Estados Unidos no tiene precedentes, salvo en El talón de hierro, la novela de Jack London cuya lectura o relectura hoy sería muy productiva. Estoy seguro de que el faro para esa lucha política será la Revolución Bolivariana, será Venezuela y será, naturalmente, el comandante Chávez. Y aquí no hay ningún tipo de culto a la personalidad. Hay un esfuerzo por interpretar la realidad y por prever cómo va a desarrollarse.

La responsabilidad de la Revolución Bolivariana hoy no tiene límites, porque precisamente del curso que adopte la constitución o no constitución de una fuerza política anticapitalista en Estados Unidos depende el mundo; y eso depende, en gran medida, de Venezuela. Lo venimos diciendo respecto de otras situaciones en el mundo porque no estaba planteada la posibilidad de que esto ocurriera en Estados Unidos. Hoy, con esta crisis, se afirma el punto de partida. Seguramente demandará mucho esfuerzo y probablemente mucho tiempo toda esta gran tarea. Pero ésa es la tarea que tenemos delante. Porque esto no es la crisis de un modelo: es la crisis del sistema, es una crisis estructural irreversible que el capitalismo sólo podría resolver sobre la base de un profundo saneamiento, de una tarea sistemática y a escala sideral de destrucción de lo que sobra. Y sobra todo en el mundo capitalista. Esta es una crisis clásica de sobreproducción y habría que destruir ese sobrante para que el sistema pudiera reiniciarse. Estoy diciendo con esto que tengo la más profunda convicción de que, de aquí en más, la lógica del imperialismo estadounidense es la lógica de la guerra. Estoy convencido además de que esa guerra no es simplemente contra los pueblos del Sur, contra los países dependientes, subdesarrollados o coloniales, como se los quiera llamar. Hay en la esencia de la situación de los últimos años, sobretodo visible por el reflujo del proletariado, una clara confrontación interimperialista; una lucha interimperialista por el control de los mercados. Una disputa por el mercado mundial que con la crisis y la recesión se agravará a extremos todavía no vistos y con un nuevo actor, que es ese gran productor de mercancías a bajo precio: China.

Esto garantiza una lógica de guerra, en un escenario de crisis política en Estados Unidos. Ni hablar de Europa. No me queda tiempo para tratar eso en detalle, pero está a la vista: no pudieron ponerse de acuerdo en medidas básicas y cada uno actuó por su cuenta. Imagínense el panorama frente a la magnitud del desafío que plantea el desplome de un sistema financiero internacional y la necesidad de reconstituirlo.

 

Fuerzas contradictorias

Para no abusar del tiempo y cumplir con el cometido del título de mi exposición, veamos qué pasa con Unasur en este cuadro. La crisis interimperialista y la crisis estructural del capitalismo –que llevó al imperialismo a hacer desmanes nunca antes hechos en nuestros países– produjo una reacción colectiva, una reacción multiclasista, donde incluso, en muchos sentidos, la vanguardia la tuvo la propia burguesía, no el proletariado, ausente como organización y como programa. La vanguardia fue tomada por movimientos sociales, básicamente campesinos, desocupados, subocupados, movimientos indígenas y burguesías. En este contexto es que aparece la Revolución Bolivariana y le imprime un ritmo y un carácter diferente a esa dinámica de convergencia regional. Una de las características de esta aparición inesperada es que precisamente la lógica necesaria de las burguesías subordinadas del continente encuentra un motor que va en el sentido de esa convergencia para defenderse de la voracidad desmedida del imperialismo, pero que además, al cabo de cuatro o cinco años a partir de 2000 que es cuando comienza este proceso de convergencia impulsado por Brasil –es decir por la burguesía brasileña: Lula no estaba en ese momento en la presidencia; ni siquiera se puede decir que fue el Partido de los Trabajadores–. Fue precisamente alguien a quien se condenaba como neoliberal, Fernando Henrique Cardoso, quien citó a la primera reunión de presidentes suramericanos en 2000, que es el punto de partida de lo que ahora, por la fuerza de voluntad y la lucidez estratégica de la Revolución Bolivariana, se transformó en Unasur.

Con la crisis del sistema central vamos a tener un doble juego de fuerzas sobre Unasur. Entendida por un lado como instrumento de autodefensa de burguesías regionales y, por otro, como instrumento de unidad suramericana contra el imperialismo.

La crisis va a introducir dos fuerzas de carácter y signo exactamente inverso. Por un lado la mayor voracidad del imperialismo va a agudizar la necesidad de las burguesías de avanzar hacia la unión suramericana. La otra fuerza es de signo contrario: va a aumentar la competencia y la confrontación interna de las propias burguesías latinoamericanas. Allí vamos a empezar a ver algo que hasta ahora quedó desdibujado en este proceso de convergencia suramericana: las uñas de las burguesías locales, más o menos afiladas, y las garras feroces de la burguesía brasileña. Las demás burguesías tienen uñas, cuando tienen; pero Brasil tiene garras poderosísimas.

La crisis mundial, la crisis estructural, va a golpear de manera diferente a América Latina. Grosso modo podemos señalar tres grandes bloques donde impactará de manera diferenciada la crisis. El primero de ellos está constituido por los países directamente asociados a la estrategia y a la práctica cotidiana de la economía y de la política estadounidense. No hablo de México, estoy hablando de Suramérica. Por supuesto que el golpe sobre México será superior; México funciona hoy económicamente como una provincia estadounidense y sufrirá la consecuente crisis. Ni hablar de América Central. Pero refiriéndonos estrictamente a América del Sur, señalamos tres bloques. Colombia, Perú y, hasta cierto punto, Chile van a sentir el impacto directo, automático sin mediación alguna, de la crisis. No es ninguna casualidad lo que está ocurriendo en estas horas. Así como en México hay enormes movilizaciones de maestros y el gobierno responde con la movilización del ejército, en Colombia se produce una huelga y la respuesta del gobierno es la declaración del estado de sitio, o de emergencia. Es la traducción política de la lógica que señalé anteriormente: la lógica de la guerra. En este caso en el plano interno y en un sentido nítidamente clasista. En Perú ocurre lo mismo. Chile, que ha tratado de que latieran dos corazones en su pecho, como diría Fausto, va a tener que optar por uno u otro en un cortísimo plazo; y en ese sentido definirá la magnitud del impacto.

El otro bloque, aunque está constituido por más países, tiene dos centrales: Brasil y Argentina. Este bloque tiene, como resultante de la decisión de la burguesía propia de disputar el mercado latinoamericano a Estados Unidos, una barrera limitada pero barrera al fin; tiene un conjunto de mecanismos que le puede permitir aminorar y amortiguar el impacto de la crisis. En este punto entra la lucha interburguesa. Las burguesías de Argentina y de Brasil tienen puntos en común para defenderse frente a Estados Unidos en la disputa por el mercado latinoamericano, y a la vez tienen la necesidad de pelearse entre sí. Eso está ocurriendo en estas horas con visos dramáticos entre Brasil y Argentina. Brasil respondió devaluando su moneda inmediatamente y eso produjo –en fracciones de segundo– una invasión de mercancía brasileña a Argentina. De inmediato llegó la respuesta de la burguesía argentina.

Lula ha tomado la iniciativa de convocar a una reunión del Mercosur –ahí va a estar seguramente el presidente Chávez– para el fin de semana próximo (nota del editor: finalmente no se realizó en esa fecha).

Tenemos entonces delante el choque entre estas dos fuerzas. Dos fuerzas objetivas, no subjetivas: la necesidad material de unirse frente a la ofensiva estadounidense y la necesidad de las burguesías de disputarse sus propios mercados. ¿Cómo funcionarán las decisiones políticas, es decir, las fuerzas subjetivas, en este choque de fuerzas objetivas?

Esta es la gran pregunta. Creo que va a ser diferente la reacción de los gobiernos de Argentina y de Brasil, pero no confío en ninguno de los dos como salida real. Está claro que tienen bases sociales diferentes. Llega la hora, como en tantos otros terrenos y circunstancias, de la verdad. El presidente Lula ¿va a ser el portavoz de la burguesía industrial paulista, cuyas necesidades objetivas de unión lo ponían en coincidencia con este movimiento más general de América Latina, pero que ahora la ubica exactamente en la vereda inversa? ¿o va a ser el portavoz de la clase obrera y de su Partido, el Partido de los Trabajadores? Es una batalla política que no depende de Lula, pero que tiene en su centro a Lula.

El caso de Argentina no es así. No hay ningún partido, ninguna organización de carácter social detrás del gobierno. Es un gobierno que carece precisamente de sustentación social, sea ésta cual sea, incluso de la burguesía. Este gobierno no resulta de un plan de la burguesía, sino de un colapso sin precedentes del sistema social y político en Argentina. Allí apareció un equipo desconocido e inesperado, con ciertas habilidades de carácter práctico, que se hizo del poder y se ha mantenido ahí, pero con una debilidad que pudo verse transparentemente en la situación que tuvimos hace muy poco con un gran conflicto agrario. La Presidenta que ganó con el 46% de los votos en octubre de 2007, en el mes de marzo de este año detona un conflicto que hace caer su aceptación social al 19%.

El tercer bloque al interior de Unasur es el Alba, que en Suramérica integran Venezuela y Bolivia, con cercanía de Ecuador y Paraguay. Como ustedes saben, allí los criterios rectores son contrarios a la lógica del mercado capitalista, opuestos a la competencia y la búsqueda del lucro. Pese a la magnitud relativa de sus componentes, el Alba constituye un verdadero escudo para protegerse del vendaval de la crisis que vendrá.

Aquí se ha planteado la necesidad de tener un núcleo duro de gobiernos antimperialistas, como lo es el Alba, en lugar de permanecer en ese galimatías que es Unasur. En mi opinión, bajo ninguna circunstancia nosotros podemos ceder un milímetro en la trinchera de la unidad suramericana. A plena conciencia de la contradicción que existe entre sus componentes, total e irresoluble en el largo plazo, debemos abogar por sostener una voz clara y potente dentro de Unasur. Sin embargo ese núcleo duro es una necesidad imperiosa; pero no debe pasar por los gobiernos, sino por los partidos, sindicatos y movimientos sociales dispuestos a alinearse sin cortapisas con el Alba. Permítanme entonces subrayar, en respuesta al compañero, que no deberíamos vernos diferentes frente a los revolucionarios que están en cargos de gobierno, adoptando posiciones que serían buenas en los principios pero incorrectas para los gobernantes. Debemos asumir en todo y por todo que cada uno de nosotros somos presidentes de nuestros países. No podemos dividir la respuesta entre la necesidad teórica y la necesidad práctica; tenemos que encontrar el punto exacto de unión entre la teoría y la práctica y asumir cualquier medida en todas sus consecuencias.

Programa para la acción

Paso entonces a leer las medidas que propongo. No hay nada original y han sido señaladas por los compañeros a lo largo de este valiosísimo seminario. Necesitamos un programa de acción que tenga las características de buscar lo máximo partiendo de lo real, de aquello que podamos asir.

El primer punto de este programa de acción debería ser la recuperación por parte del Estado de todas las riquezas naturales, en todos nuestros países. No se podrán afrontar, en ningún caso, los rigores extraordinarios de la crisis que viene –y que desde luego nosotros vamos a sufrir aunque de manera diferenciada– sin el control de nuestras materias primas, pero no solamente eso: tenemos que tener el control del comercio exterior. Tenemos que plantear como un punto de nuestro programa de acción el control de cambios y la estatización del comercio exterior. Fíjense lo que ha pasado en Argentina por no apelar a esos recursos. Se produce una tijera mortal entre los precios externos e internos. Esto debe terminar y sólo puede hacerse sobre la base de asumir plenamente, cada Estado, el control directo y total de su comercio exterior.

Tal vez la idea de la demanda de una condonación de la deuda sea la forma tácticamente más correcta de presentarlo, pero como seguramente debe haber algún mal pensado en esta sala, que suponga que el capital financiero no nos va a condonar la deuda, entonces tengamos también la firme decisión, como programa de acción, de llamar al no pago de la deuda externa. Estamos en situación de emergencia.

Hay que plantearse la estatización sin pago de todos los bancos que sufran los efectos de esta crisis. Pero en caso de Bancos que han jugado a la especulación internacional, no se trata sólo de la expropiación sin pago, sino de perseguir a los accionistas y hacerlos responsables con su capital por los efectos de su manejo del capital.

En este sentido debemos plantear desde aquí un llamado a todos los gobiernos de la región, a asumir un escudo de defensa frente a la crisis. Un escudo ya existente: el Alba. Por lo tanto debemos convocar a todos los gobiernos de nuestra región a incorporarse al Alba y a disolver el Mercosur y la CAN y garantizar como instancias alternativas el Alba y Unasur.

El Mercosur desde hace mucho tiempo está paralizado por las disputas internas. Esas disputas se daban antes de la eclosión de la crisis. No nos preguntemos lo que van a ser después. La CAN ha ido desgranándose. Habría una próxima reunión –que no sé si se hará– en Guayaquil. Fue Uribe el encargado de ponerle la daga en el pecho a la CAN diciendo que no asistiría a esa reunión porque Correa no le garantizaba seguridad. Esto muestra la agonía irreversible de estas dos instancias, de manera que nosotros debiéramos hacer un estridente llamado a todos los gobiernos de América del Sur a incorporase al Alba, a los conceptos teóricos, a los criterios de intercambio y a la estrategia del Alba.

Además de promover el Banco del Sur, también promover la asunción de una moneda de cuenta en brevísimo plazo en América del Sur. Unasur puede crear una moneda de cuenta con respaldo en la producción de materias primas, de producción de mercancías y servicios reales, no figuras ficticias. Técnicamente es factible y a corto plazo. Se ha derrumbado la ficción que ha vivido el mundo desde 1971. No podemos crear una ficción alternativa. Podemos crear una moneda real y sin embargo inexistente. Porque puede ser una moneda de cuenta y pongámosle el nombre de Sucre que alguien ha propuesto ya.

En el plano financiero debemos promover todas las instancias posibles de compensación en el comercio Sur-Sur para excluir al dólar y también al euro de nuestros intercambios.

Por último, quiero referirme a un punto que me parece de la mayor importancia. Está muy en consonancia con mi convicción de que Estados Unidos nos quiere arrastrar a la guerra. Ayer se planteó que debíamos alentar a los países que estuvieran en condiciones a que tuvieran armas atómicas y alguien presentó su oposición. Mi opinión no es ecléctica: creo en aquel viejo refrán si vis pacem, para bellum, «si quieres la paz prepárate para la guerra». Bajo ningún punto de vista nosotros podemos condenar a un gobierno, a un país o a un Estado que disponga tener armamento atómico. Mientras Estados Unidos tenga armas atómicas, mientras las tenga Israel, nosotros no podemos condenar a un país porque tenga armas atómicas.

Al mismo tiempo no sería estratégicamente correcto llamar a la incentivación de la creación de armas atómicas, ése no es un plan estratégico. No podemos ganarle una guerra al imperialismo con armas atómicas. Pero tenemos el arma con la cual podemos ganarle: la organización política revolucionaria de las masas en todo el mundo, incluido Estados Unidos. A ejemplo de lo que está haciendo Venezuela.

La creación del Psuv no es un dato local. Es una respuesta estratégica a la crisis del capitalismo, es la organización de las masas con su pluralidad obvia, no puede haber masa con identidad ideológica. Es la organización de las masas en toda su diversidad pero con un claro sentido antimperialista y anticapitalista. Esa bandera es más potente que cualquier arma atómica. Y la podemos construir incluso en Estados Unidos.

Si la propuesta de contribuir a la organización de los trabajadores, los explotados y oprimidos en Estados Unidos es parte de nuestra estrategia, nuestra táctica es la constitución de esas fuerzas políticas de masas revolucionarias en América Latina, en América del Sur. Es con esa base, con esas fuerzas políticas revolucionarias de toda América del Sur, donde nosotros deberíamos edificar el núcleo duro para la unión latinoamericana.
Ese núcleo duro que nunca podremos tener en Unasur pero cuya trinchera no debemos abandonar.

Tenemos tareas diferentes pero concomitantes y complementarias.

En referencia al sentido esencial de esta conferencia, otra cosa que muere es la concepción sobre la Economía. Entre otras estafas intelectuales de las que hemos sido víctimas, está la transformación de la Economía Política en Economía. Este encuentro ha rescatado, hasta donde yo sé, por primera vez de manera plural e internacional, la noción de Economía Política.

Un programa de acción económico debe terminar con una conclusión política que es la organización de un Partido revolucionario de masas en toda América Latina.

Gracias compañeros.

 

Caracas, 11 de octubre de 2008

 

 

Ponencia del autor en la Conferencia

presentación

Nuevos tiempos, nuevas tareas

porLBenCR

 

Con la irrupción de un partido que provisionalmente, hasta su plena constitución en diciembre próximo, se denomina Socialista Unido de Venezuela, puede darse por clausurada una fase de reacción sin precedentes en la historia e inaugurada la que le sigue, en la que se retoma la marcha, pletórica de promesas y, por supuesto, también de riesgos.

No es en absoluto casual que en las tres últimas décadas América Latina haya albergado los dos ensayos más potentes de recomposición ideológica, política y organizativa de las mayorías sociales: el PT en Brasil, desde 1978, y el Psuv en Venezuela, a partir de ahora mismo. Imposible soslayar el hecho de que esta pujante prueba de una fuerza subterránea, casi siempre invisible, se manifiesta en el mismo período histórico en que por vía de la desagregación y corrupción, o por el camino de un anacrónico renacimiento de fundamentalismo religioso, se impone el fenómeno inverso en el resto del mundo. Es tan incontrastable el significado de estos ejemplos, que a la hora en que se redactan estas líneas, el titular del mayor partido político del mundo, Benedicto XVI, asume una consigna que estas páginas reivindican desde hace mucho tiempo –excluyendo, dicho sea de paso, cualquier atisbo de chovinismo regional: «América Latina es la esperanza del mundo», dice el supremo inquisidor, Joseph Ratzinger, adecuando a su léxico una evidencia que, sin embargo, apunta como un torpedo contra el núcleo mismo de su milenario poder.
Esta revista inició su labor cuando arreciaban los vientos helados de la contrarrevolución en todo el mundo. Y con la misma crudeza con que afirmábamos en octubre de 1991 que era preciso aprontarse para una resistencia extremadamente difícil, queremos decirle a usted lectora, a usted lector, que aquella fase ha terminado. Y que es preciso alistarse para el contraataque.
Decíamos entonces, al presentarnos en la edición Nº 1, que este instrumento «Nace de la decisión de marxistas de todo el continente de pulir y aceitar el arma de la crítica; de interpretar la realidad con criterio científico; de afirmar los principios forjados en el duro yunque de la lucha de clases internacional, en el mismo momento en que por diferentes vías, acometen la tarea de alcanzar la unidad social y política de los trabajadores latinoamericanos y organizar a los pueblos del continente para la lucha antimperialista y socialista. Se pone en movimiento para ser vehículo de búsqueda y afirmación, de investigación y debate, tras el objetivo de recomponer en un nivel superior, las fuerzas humanas, teóricas y organizativas de los revolucionarios marxistas en América Latina y el Caribe y de allí a todo el mundo. Está en sus manos para resistir la ofensiva del enemigo y preparar la contraofensiva de nuestra clase y nuestros pueblos». Decimos ahora, después de quince años de brega: el momento del contraataque ha llegado.

 

Dos vertientes

Hay mucho en común, y mucho diferente, entre el PT y el Psuv. Ambos son expresión abrupta, casi espontánea, de una necesidad quemante que no sigue lineamientos previsibles en su concreción específica para la teoría y el accionar conciente de las vanguardias, por lo que uno y otro nacen más como prolongación lineal de la lucha cotidiana, cargados del vigor espontáneo proveniente de los entresijos más remotos del cuerpo social y llevando consigo, inseparable de ese poderoso motor, los riesgos del pragmatismo y las formas que éste adopta en materia de organización y acción política.
El PT es fruto de inéditas luchas obreras en Brasil (1). El Psuv surge de una revolución apoyada en las masas populares desposeídas. Aquél tuvo un líder obrero. Éste uno de origen militar. Aquél definido por el socialismo en su Congreso Fundacional y llegado al gobierno muchos años después. Éste fruto de una insurrección de masas en 1989, de una sublevación militar en 1992, de una victoria electoral en 1998 y de ocho años de gobierno bajo el acoso constante de la contrarrevolución. Aquél prohijado por lo más avanzado, lúcido y resuelto de la vanguardia revolucionaria brasileña. Éste abandonado por intelectuales y partidos de izquierda, salvo excepciones que confirman la regla. Aquél nacido en el período inmediato anterior a la gran debacle mundial y la entronización de la reacción a escala planetaria. Éste promovido luego de que, sus propios gestores, fueran actores principales del cambio de época tras la marcha del desierto. Ambos nacidos como resultado de la crisis estructural del capitalismo mundial, pero aquél en el momento en que esa crisis se manifestaba, de manera paradojal, mediante el derrumbe de la Urss, y éste luego de que ese tremendo trauma histórico ha sido a medias asimilado por las masas y cuando el sistema capitalista ya no puede en modo alguno disimular su agonía en sus metrópolis. Ambos con el punto de partida de una victoria previa a cualquier plan estratégico: el logro de la unidad social y política de los trabajadores, las juventudes y el conjunto del pueblo. Uno, ganado a poco andar por franjas de la intelectualidad y dirigencias obreras que con fundamentos diferentes, declinaron sus banderas ante los ronroneos de la socialdemocracia internacional y el chantaje multicolor del Vaticano. El otro, acaso porque tuvo en esas dos fuerzas a sus peores enemigos inmediatos antes y después de su llegada al gobierno, vacunado en primera instancia contra esas dolencias de la contemporaneidad.
El hecho es que esas dos vertientes claves de la realidad hemisférica encarnan hoy, desde su condición de centros de unidad social y política indiscutible, dos estrategias con caminos circunstancialmente paralelos y destinos contrarios: reforma y revolución.

 

Dialéctica

Innecesario decirlo: no todo en el PT es reformista; no todo en el Psuv es revolucionario. Cabe sí subrayar un dato clave: la propuesta y la dinámica del naciente Psuv encarnan la estrategia de la revolución latinoamericana. La propuesta y la dinámica del PT encarnan la estrategia del reformismo. Esto en la hora misma en que en términos concretos, muy a menudo la propuesta reformista coincide con la que propugnan, desesperadamente, los jefes de la reacción local e internacional. Por eso, a la vez que son dos fuerzas claves para toda estrategia antimperialista y anticapitalista, se contraponen mientras marchan a la par, y en más de una oportunidad esos choques son y serán frontales, ubicando a uno y otro en posiciones irreconciliables.
Que en esta circunstancia Hugo Chávez haya resuelto convocar a la fundación del Psuv es indicativo de una asunción cabal de las exigencias de la coyuntura: la transición al socialismo es impensable sin una herramienta política poderosa, aceitada y disciplinada. Mucho menos es imaginable la réplica de la revolución a la inexorable acometida imperialista, ya a la vista, sin las masas conscientes, organizadas, capaces de presentar batalla en el terreno que sea.
El Psuv está estructurándose con los mayores esfuerzos de su núcleo promotor principal para que se edifique desde las bases, con métodos democráticos, con la participación de millones y con definiciones sin remilgos revolucionarias (2). A no dudarlo, habrá sinuosidades en el camino. Pero la línea de marcha está trazada.
Ahora bien: como en cada momento crucial de una revolución, su suerte no se juega sólo, ni principalmente, fronteras adentro. La Revolución Socialista Bolivariana de Venezuela está acompañada en grados diferentes por otros países. Tiene en primer lugar, como inapreciable punto de referencia ideológico-político y base de apoyo concreto a la Revolución Cubana. Los procesos en Bolivia y Ecuador tienden a converger en un mismo haz antimperialista y anticapitalista. Los gobiernos de Brasil, Argentina y Uruguay se pliegan a la orientación de Caracas porque saben que el choque frontal con la estrategia de la revolución daría inicio a la cuenta regresiva acelerada de sus propios pueblos, pero responden a intereses de burguesías incapaces de un mínimo de consecuencia en la lucha antimperialista. Están entre la pared imperial y la espada de Bolívar, símbolo hoy de millones de latinoamericanos y caribeños en su afán por la emancipación. Los gobiernos de Colombia, Perú y, desde otro ángulo, Chile, están francamente alineados con Estados Unidos.
Todos acordaron, no obstante, integrar Unasur (Unión de Naciones Suramericanas), hecho relevante de la coyuntura hemisférica y elocuente respecto de las fuerzas que surcan bajo la superficie.
Pero este conjunto de fuerzas en pugna, en todos los países involucrados -con excepción de Cuba- ocurre sin la participación consciente y organizada de la clase obrera (remitimos a nuestras reiteradas afirmaciones respecto de qué significa esta categoría hoy). Dicho de otro modo: la enorme potencia del fenómeno político en curso en América Latina y el Caribe, la riqueza y vigor sin precedentes de un cuadro regional que avanza hacia una situación revolucionaria generalizada, adolece de una extrema timidez de las fuerzas obreras para la acción. Y a esto se suma la ausencia de organizaciones políticas que en cada país establezcan la dialéctica entre clase, partido y dirección, capaz de concluir en una fuerza continental capaz de enfrentar la batalla (final, medida en términos históricos), contra el imperialismo y el capitalismo.

 

Qué hacer

Por eso se hace impostergable la intervención urgente, audaz, generosa y con mirada de largo alcance, de todo/a quien se sienta a sí mismo/a comprometido con la lucha antimperialista y anticapitalista, con el objetivo de edificar en cada país instrumentos políticos capaces de avanzar tras la unidad social y política de las grandes masas con un programa a la vez unificador y de neta definición revolucionaria.
Como hasta ahora, Crítica seguirá siendo «un vehículo de búsqueda y afirmación, de investigación y debate, tras el objetivo de recomponer en un nivel superior, las fuerzas humanas, teóricas y organizativas de los revolucionarios marxistas en América Latina y el Caribe». Pero a partir de ahora, sus cuadros estarán ante todo involucrados en la tarea concreta de organizar las fuerzas no ya de los revolucionarios marxistas, sino de todos quienes desde la ideología que sea estén resueltos a «cambiar de raíz la cultura y la política», y a organizarse en partidos revolucionarios de masas, democráticos, antiimperialistas y anticapitalistas (ver Teoría y Práctica del Partido RevolucionarioCrítica Nº 34).
En la actual coyuntura mundial y regional, tales partidos no pueden sino tener, desde su nacimiento mismo, una definición latinoamericanista. Por eso convocamos a edificar en cada país, a la escala y con las formas que cada situación permita, capítulos de un único partido revolucionario latinoamericano-caribeño, que adopte un programa de acción antimperialista y anticapitalista y asuma, simbólica y efectivamente, como dirigencia de esa fuerza regional en gestación, a Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales.

(1).- PT Brasil. Una respuesta latinoamericana al desafío imperialista. Luis Bilbao; Búsqueda Editora, Buenos Aires, septiembre de 1990.
(2).- «El gran debate»; América XXI Nº 24, marzo de 2007; «Tomar partido», América XXI Nº 25, abril de 2007; «Movilización nacional para la construcción de un nuevo partido»; América XXI Nº 26, mayo de 2007.

2006: nueva oportunidad para objetivos de siempre

porLBenCR

 

A comienzos de 2006 bulle bajo la superficie una Argentina diferente a la mostrada por los medios de difusión masiva y asumida como verdadera por dirigencias de todo género. Lejos de la consolidación de una perspectiva de estabilidad política, sostenido crecimiento económico y gradual mejoría de la situación social, es todo lo contrario lo que el país tiene por delante en un horizonte no tan lejano como suponen quienes centran su accionar en preparar candidaturas para 2007 y 2011.

Esta afirmación no parte de lo ocurrido en Las Heras, Santa Cruz, en la segunda semana de febrero. Aquella potente sublevación con base en una huelga obrera y derivaciones aún en curso, es un signo por demás elocuente; pero volverán a equivocarse quienes pretendan hacer de esa lucha el centro para interpretar la coyuntura y afirmar una estrategia.

A la vista de conductas recurrentes respecto de luchas importantes de los trabajadores, pero excepcionales y aisladas respecto del estado y el curso de la totalidad de la clase obrera y la sociedad argentinas, es obligado subrayar que el fenómeno al que aludimos es más amplio, más profundo y complejo que el mostrado por la huelga y movilización de Las Heras. Se trata del fin de un período histórico en toda América Latina, en un marco de crisis estructural capitalista a escala mundial que una vez más ingresa a una fase de agudización. En Argentina esa fuerza gravita con trazos propios, marcadamente contradictorios, al punto de desdibujar y confundir los rasgos determinantes de la coyuntura.

No hay manera de delinear y aplicar una política correcta en Argentina sin partir de aquella realidad mundial y regional. La vacuidad de discursos elaborados a partir de conceptos que apelan a supuestos principios, y eluden el análisis de la situación sobre la que se debe actuar, deriva de la inexistencia no ya de una organización internacional de los trabajadores, sino de la añeja deformación del pensamiento revolucionario que induce a relacionarse con la realidad a partir de supuestos «principios», en lugar de partir de ella observada con una metodología científica, es decir, materialista y dialéctica.

Un siglo y medio atrás Engels denunciaba con mordaz precisión esta deformación:

«el pensamiento no puede jamás obtener e inferir esas formas de sí mismo, sino sólo del mundo externo. Con lo que se invierte enteramente la situación: los principios no son el punto de partida de la investigación, sino su resultado final, y no se aplican a la naturaleza y a la historia humana, sino que se abstraen de ellas; no son la naturaleza ni el reino del hombre los que se rigen según los principios, sino que éstos son correctos en la medida en que concuerdan con la naturaleza y con la historia. Esta es la única concepción materialista del asunto, y la opuesta concepción del señor Dühring es idealista, invierte completamente la situación y construye artificialmente el mundo real partiendo del pensamiento, de ciertos esquematismos, esquemas o categorías que existen en algún lugar antes que en el mundo y desde la eternidad»(1).

El idealismo como concepción inconsciente domina el pensamiento y la acción no sólo de cuadros sindicales y sociales, sino y de manera sobresaliente, el de la militancia revolucionaria.

Argentina es el modelo perfecto de los resultados que semejante conducta por parte de cuadros y organizaciones revolucionarias produjo sobre la coyuntura nacional: en medio de una profunda crisis económica, con masas en la calle (aunque sin presencia del movimiento obrero como tal) en espontánea rebelión interclasista contra los fundamentos mismos del sistema, licuado el poder político burgués y con las clases dominantes carentes de aparatos políticos y sindicales con capacidad de tomar control de la situación, la coyuntura fue entregada sin disputa al capital, que logró recuperar la iniciativa, recomponer un aparato político e imponer un liderazgo a partir del PJ (con el apoyo silente de la UCR), en detrimento de cualquier variante que reivindique una revolución aun en el más amplio e indefinido de los sentidos de este concepto. Tal inesperado desenlace provocó una mezcla de desaliento en la militancia y confusión en los cuadros medios, y dio lugar a crisis y rupturas en los partidos y organizaciones sin excepción. Esta vez no se trata sin embargo de una crisis más en la inexorable dialéctica de una organización revolucionaria, que se renueva y depura al compás de la lucha de clases. Se trata de la prolongación aumentada de la crisis detonada con el derrumbe de la Unión Soviética dos décadas atrás y que ahora ha llegado a su punto terminal.

En Argentina la militancia revolucionaria organizada o semiorganizada en estructuras de tipo partidario suma decenas de millares de militantes formados y abnegados. Es una fuerza potencialmente decisiva frente a la eventual ruptura del equilibrio político entre las clases dominantes y la entrada del país en un estado de descontrol que pudiera derivar rápidamente en situación revolucionaria. Como veremos más abajo, esa perspectiva no es impensable y ni siquiera es lejana. Pensar y actuar la Revolución en Argentina es hoy, ante todo, pensar y actuar para articular de manera efectiva una respuesta política que permita recomponer esa masa militante, esa inmensa fuerza desperdigada y desnortada que, pese a ser una clave en cualquier desenvolvimiento de la vida social, carece de protagonismo político efectivo (y esto es así incluso para aquellas organizaciones y cuadros que se han sumado al gobierno), sencillamente porque carece de estrategia de lucha por el poder.

De modo que la búsqueda de una respuesta inmediata pero con largo alcance que resuelva el juego de fuerzas centrífugas, instalado en todas y cada una de las organizaciones que se definen a sí mismas como revolucionarias, constituye una tarea de primer orden de importancia.

 

Militante, partido y sociedad

Ninguna de las organizaciones y dirigencias revolucionarias, que en 2001 confundieron la operación estratégica de un sector burgués con una ofensiva revolucionaria del proletariado y sus aliados, ha hecho una revisión crítica de sus posiciones. El pasaje de aquella supuesta ofensiva revolucionaria a la victoria del PJ en 2003 y la desaparición electoral de las izquierdas, completada hasta la reducción de éstas a la nada en 2005, no ha merecido una línea de reflexión que busque la causa de estos errores inverosímiles. Tal conducta equivale a admitir que el predominio político de las clases dominantes es fatal; que una alternativa revolucionaria no puede disputar la ideología y la expresión electoral de las masas y que la revolución vendrá por arte de magia. Es el espontaneísmo economicista llevado a su máxima expresión de incapacidad e irresponsabilidad; es la base sobre la cual se crea en el militante un mecanismo de enajenación permanente, que le impide comprender el estado de la conciencia de la clase en un momento determinado y, por lo mismo, le cierra el paso a la elaboración y aplicación de tácticas capaces de ensamblar en el proceso vivo, contribuir efectivamente a la evolución positiva del conjunto y su vanguardia natural. En cambio, se produce el fenómeno contrario: militantes y dirigentes se distancian de los sentimientos y la comprensión del obrero, el estudiante o el vecino de un barrio en conflicto; al no comprenderlos es imposible educar, persuadir y organizar, tareas fundamentales de todo militante revolucionario. Así, para relacionarse con el movimiento vivo sólo queda hacerlo a través de imposición, sea por manipulación, maniobra de aparato o autoritarismo. Fatalmente esa conducta hacia el exterior se traslada hacia las relaciones internas de la organización, que en un proceso inconsciente para la mayoría de sus componentes se transforma en un aparato burocrático, ajeno a la noción de partido revolucionario leninista.

No importa cuánto se reivindique el nombre de Trotsky y se condene al stalinismo: eso es precisamente la reiteración, mutatis mutandi, del proceso de degeneración que sufrió en los años 1920 el Partido Comunista de la Unión Soviética.

Esta dinámica de inocultable degeneración, sin embargo, no admite una respuesta lineal, de contragolpe mecánico, a saber, la negación del papel de vanguardia y del concepto leninista de partido. Existe y debe existir una distancia subjetiva y objetiva del militante revolucionario respecto no sólo del ciudadano corriente, sino incluso de quienes se involucran circunstancialmente en un proceso de lucha. Las diferencias entre un revolucionario socialista y un hombre o una mujer resueltos o empujados a la lucha social, son muchas y muy hondas. La exterioridad del militante en relación con un movimiento de lucha social tiene una base objetiva y reivindicable: al asumir la perspectiva anticapitalista y dedicar su vida a la revolución, una persona cambia valores y conductas y se distancia del ciudadano común. Negar esa diferencia es propio de quienes encubren con retórica la cobardía o la falta de determinación para romper con el modo de vida burgués. Asumir una existencia de lucha afecta el lugar del individuo en la sociedad, sus relaciones familiares, su cotidianeidad en todos los sentidos, e inexorablemente lo diferencia de su entorno, excepto cuando está entre compañeros, ámbito por definición minúsculo en relación con el conjunto social. Un hombre o una mujer dispuestos a sumarse a una organización revolucionaria, a asumir las reglas que esto implica, a consagrar su vida a la lucha contra el sistema, no es -no puede ni debe ser- igual a quien, con mayor o menor conciencia de ello, trata de lograr un lugar en la sociedad capitalista; no es igual a quien incluso con conciencia de la explotación y la injusticia, en su vida personal está dispuesto a someterse al yugo diario del capital pero rechaza el concepto y la práctica de disciplina revolucionaria. Trazarse objetivos individuales es lo opuesto de asumir una perspectiva de vida revolucionaria. Determina conductas y forja caracteres diferentes. Un revolucionario, decía Rosa Luxemburgo palabra más o menos, vive con un pie en el presente y otro en el futuro. Es decir, vive en un desgarramiento constante.

El reformismo resolvió la contradicción integrando organizaciones y militantes al sistema. Ser socialista, desde esa perspectiva, es como no gustar del fútbol o negarse a pasar horas frente a un televisor: una extravagancia sin mayores consecuencias; uno es diferente del compañero de trabajo o del vecino, pero eso no se traduce en una práctica de vida diferente en lo sustancial a la de los demás.

Lejos de negar esa diferencia, una genuina dirección revolucionaria debe asumirla como virtud que a la vez es un riesgo constante para la relación del militante con la sociedad en su conjunto y con la clase obrera en particular. «El revolucionario es el escalón más alto en la especie humana», decía el Che. ¿Es incorrecta, o acaso arrogante, esta definición? Filisteos de diferentes congregaciones se apresurarán a decir que sí. Allá ellos, felices con sus pantuflas. Nosotros reivindicamos la superioridad de quien esté dispuesto a la generosidad, la entrega, el sacrificio de vida y muerte que supone esforzarse por comprender las causas de la explotación y la degradación y dedicar la vida a luchar contra ellas. No cejaremos en la tarea de convocar a la juventud a atreverse a ocupar un lugar en ese sitio, que lejos de todo privilegio, por el contrario sólo garantiza la satisfacción del combate colectivo y de una victoria que no es individual ni inmediata.

Esta reivindicación intransigente no supone ensalzar la diferencia, sino justamente lo contrario: exige entablar un combate sin tregua por igualar a las masas en la comprensión de las lacras del capitalismo, en la voluntad de luchar contra él, en la integración a instancias organizativas que permitan el desarrollo de la conciencia y la militancia de la clase obrera, las juventudes y el conjunto de la sociedad explotada y oprimida.

Una dirección revolucionaria debe saber que las virtudes que hacen excepcional a un militante, no lo eximen de los vicios y debilidades propios de cualquier ser humano; que la generosidad no excluye la mezquindad; que la humildad es lo contrario de la altanería pero que ésta anida en aquella. Y, sobre todo, que el indispensable conocimiento teórico de la realidad no supone la posesión de respuestas adecuadas en cualquier momento y lugar. A la vez, la respuesta espontánea de un movimiento vivo en situación de lucha puede ser el máximo punto de apoyo para interpretar la realidad y transformarla. La incomprensión de la naturaleza y dinámica de un conflicto determinado puede desatar una cascada de consecuencias aberrantes, en medio de la cual las condiciones distintivas de un militante se transformen en lo opuesto al valor positivo que implica asumir una posición de vanguardia. Eso ocurrió, por ejemplo, durante la erupción de Asambleas como consecuencia del estallido de la convertibilidad y la caída del gobierno de la Alianza, en 2001/2002. En aquella oportunidad el error garrafal de caracterización respecto de la coyuntura en curso -error en cuya base está la inconsistencia teórica y la irresponsabilidad política de direcciones autoproclamadas- puso literalmente a la militancia contra el pueblo. (Empleamos deliberadamente esta categoría equívoca para subrayar que en aquella formidable movilización no participó la clase obrera en tanto que tal).

Es inseparable la capacidad de la burguesía y el imperialismo de retomar el control de una situación escapada de sus manos, de la conducta de las dirigencias de organizaciones que se consideran revolucionarias. Hoy estructuras tales como Patria Libre (integrado al gobierno), Movimiento Socialista de los Trabajadores (fracturado y sin rumbo), Partido Comunista (reducido a su minimísima expresión luego del cataclismo electoral del cual fue voluntario artífice en las elecciones parlamentarias de octubre último), o Partido Obrero (capaz de celebrar un resultado del 0,4% de los votos como una victoria, porque en dos poblados obtuvo concejales con elevada votación, poco antes de que esos mismos concejales rompan con la organización lanzándole las peores pullas), están cada uno en un sitio por completo diferente del cuadro político actual. Pero todos estuvieron juntos en la realidad invertida del pensamiento idealista, que transformó las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 en el prólogo del asalto al poder y, en lógica consecuencia de la concepción respecto del papel de la vanguardia en una revolución, los lanzó a copar la conducción de las Asambleas para barrer a alegados reformistas y traidores y alistar a las masas para ocupar la Casa Rosada.

Al menos las direcciones de Patria Libre y del recientemente autodisuelto Partido Comunista Congreso Extraordinario fueron consecuentes y ahora, bajo el comando victorioso del cavallista jefe de gabinete Alberto Fernández y la mirada escrutadora del duhaldista ministro de Interior Aníbal Fernández, entraron por fin a la Rosada y están llevando a cabo su revolución. El resto de aquel espectro se debate en la disgregación de sus filas mientras repite que Néstor Kirchner es idéntico a De la Rúa y toma cada expresión de lucha reivindicativa como prueba contundente de la voluntad de las masas por acabar «con todos» para declarar de inmediato la revolución socialista. En el paroxismo de la incongruencia, este conjunto se fractura a su vez en tres grandes corrientes: una pretende reeditar en Argentina el (hasta hace algunos meses) victorioso modelo frenteamplista uruguayo; otro definió con precisión teórica su objetivo y lanzó la consigna «frente de izquierda 100%»; y un tercero, más consciente de la magnitud de la debacle, trata de tomar distancia del ultraizquierdismo desenfrenado y oscila entre la reiteración morigerada de sus desvíos anteriores y la asunción de una estrategia revolucionaria marxista.

Este último sector ha abierto una posibilidad de debate, autocrítica y recomposición, al dar lugar a una «Autoconvocatoria por el reagrupamiento y confluencia política de los luchadores, las fuerzas populares y la izquierda». Aunque en la oscura noche ultraizquierdista todos los gatos son pardos, ésta es sin duda una oportunidad de debate serio en pos de la recomposición del pensamiento y la militancia marxistas. La participación leal en esa instancia tiene sin embargo como condición el rechazo, intransigente e igualmente franco, a la idea de que es posible alcanzar el objetivo clave de recomposición de fuerzas y fundación de un genuino partido revolucionario apelando a la suma aritmética de las concepciones pseudoteóricas y las conductas políticas con las cuales los equipos dirigentes se hicieron responsables del desastre actual. No hay nombres en el índex; pero hay conceptos, conductas, metodologías, que no tienen ni jamás tendrán lugar en un partido capaz de asumir y llevar a cabo las tareas de la revolución socialista en Argentina.

Esto es tanto más evidente, cuando aquellos mismos ejemplos se repiten en cada conflicto puntual, en los que el accionar de una línea de vanguardia transforma al militante en lo contrario de lo que debe ser. Allí está, como uno más entre innumerables ejemplos, lo ocurrido en Las Heras. Un conflicto reivindicativo de singular potencialidad, desembocó en lo que la militancia debe tomar como signo de alerta rojo: una vez más en la historia argentina las camarillas internas del peronismo utilizaron la lucha social para dirimir por la violencia sus conflictos internos por el reparto del poder. Una vez más, la mayoría de las fuerzas revolucionarias confundieron el significado táctico y estratégico de una batalla puntual. El resultado ha sido por enésima vez que el gobierno, en cuyas filas están los responsables del asesinato del policía, monopolizó la defensa de los derechos humanos y, a través de la burocracia sindical, transformó en victoria propia el resultado victorioso de la lucha reivindicativa.

Los capitanes de pacotilla que llevan una y otra vez a la derrota a sus soldados, no pueden ser comandantes. Tanto menos, si los combatientes son representantes de las nuevas generaciones de obreros que buscan un camino para sus anhelos de reivindicación social, no hay el menor espacio para la transacción con ellos. Una línea política de tal manera errada en medio de cualquier lucha social transforma al activista en irresponsable actor de una frustración con efectos letales para la clase obrera en su conjunto: divide a las bases, desmoraliza a quienes se embarcaron en la lucha, aísla a la vanguardia, fortalece a los aparatos burocráticos y sus dirigentes. La vanguardia se niega a sí misma en tales condiciones.

Si no asume y resuelve este conjunto de contradicciones, una dirección que se pretende revolucionaria no es lo contrario de aquellas que se asumen reformistas, sino la contracara gritona de la asimilación al sistema. En consecuencia, si esta contradicción no es resuelta correctamente desde una comprensión teórica ajustada y con una mano política férrea, el militante es arrastrado a la falsa opción de transformarse en un energúmeno que vocifera y condena mientras a su alrededor crece el vacío, o desistir de edificar una organización de vanguardia.

Las vacuidades con las que se condena el concepto y la práctica de vanguardia, haciendo el elogio mentiroso del democratismo y la horizontalidad, calaron en franjas demasiado anchas del activismo en todas partes, no sólo porque suenan como música de ángeles a los oídos de la pequeña burguesía conflictuada, impulsada a enfrentar las aristas más descarnadas del capitalismo pero renuente al combate frontal contra el sistema. La penetración de nociones tan primarias, es inseparable de la degeneración de la noción de partido revolucionario de vanguardia.

El resultado en la coyuntura actual es que la militancia se divide en dos grandes conjuntos: el que apartado de la realidad concreta de las masas se encapsula en un mundo virtual sostenido a fuerza de dogmatismo e irracionalidad, y el consustanciado con el movimiento vivo pero atrapado por él, negado a la organización y a la responsabilidad histórica de la vanguardia, incapaz de dirigir la fuerza espontánea hacia la lucha política de masas y la confrontación efectiva con el poder real. Aquél entrega por omisión la resistencia social a las garras político-ideológicas del capital; éste, reiterando el giro clásico del oportunismo y el centrismo, se subordina a las corrientes que, invariablemente, impulsan la burguesía y el imperialismo para afrontar situaciones de crisis extrema con medidas radicales por definición destinadas a impedir la ruptura con los límites del sistema.

De manera que la incomprensión del momento histórico, la corrupción organizativa, la degradación del papel del partido revolucionario ante la sociedad y la impotencia que deriva de esto, son aspectos inseparables de un mismo fenómeno. Se comprende así la negativa de ciertas dirigencias de izquierdas a observar la propia conducta a la luz de resultados calamitosos: corregir un milímetro en caracterizaciones y tácticas exige cambiar de cuajo todo el discurso táctico y estratégico, todas y cada una de las columnas sobre las cuales estas organizaciones y dirigentes se han sostenido durante décadas.

No parece probable esperar que esas dirigencias fallidas se suiciden. Pero es menos probable -y, desde luego, inaceptable- que innumerables cuadros revolucionarios sinceramente entregados a la causa del socialismo se inmolen por persistir en una actitud ya no acientífica, ajena al pensamiento marxista, sino directamente irracional.

Está planteada entonces una revisión profunda y franca de las caracterizaciones que derivaron en tácticas y resultados hoy a la vista de todos. La UMS propone a toda la militancia revolucionaria empeñarse en esta tarea. No para proclamar vencedores, sino para hallar explicaciones y respuestas. Para avanzar en la comprensión teórica de nuestro tiempo, del mundo y el país sobre el cual debemos actuar. No es posible que Kirchner y el PJ avancen en la recomposición del poder político de las clases dominantes, que un espejismo burgués conquiste la conciencia de los trabajadores y el pueblo, sin que la militancia (incluidos sectores revolucionarios hoy alineados con el gobierno) se disponga a articular una respuesta eficaz en función de una genuina revolución social.

 

Valor táctico de una estrategia basada en la clase obrera

Decíamos antes que pensar y actuar la Revolución en Argentina es hoy, ante todo, pensar y actuar para recomponer la inmensa masa militante revolucionaria neutralizada por su fragmentación y falta de conducción estratégica. Pero este propósito carece de cualquier perspectiva de éxito si se apoya en sí mismo. El llamado «frentismo de izquierda» (forma bastarda del sectarismo reducido a los límites de una estructura partidaria única), no resuelve una perspectiva para la militancia revolucionaria por la sencilla razón de que no es una solución para la perspectiva de la clase obrera.

No es posible organizar, galvanizar y conducir hacia la victoria revolucionaria una vanguardia, al margen de lo que ocurra con aquello que da sentido a ocupar un lugar en la primera línea: la fuerza social de la que se destaca. Aquí hay dos temas: en primer lugar, cuál es la fuerza social a la que se refiere una organización política; en segundo lugar, cómo se relaciona con ella.

En los últimos años en Argentina las organizaciones que se denominan marxistas no podrían haber estado más distantes del pensamiento y de la práctica que en su momento asumieron Marx y sus genuinos continuadores: tomaron como base social de la revolución a los desocupados; y con cuadros recién salidos de la Universidad, vestidos de pobres y con pretensiones de protagonismo, se plantaron ante ellos como jefes, para pedir «subsidios» (traducción apenas disimulada de limosna). Por añadidura, no pocas de las organizaciones que en fila pasaron a bautizar organizaciones «piqueteras» (otro dislate conceptual) con siglas idénticas a las de sus partidos y en más de un caso adoptaron el modus operandi propio de lo más corrupto de la partidocracia burguesa, cobrando un porcentaje de aquella limosna. Caricatura de una caricatura, los «movimientos piqueteros» en realidad arrastraron a los partidos que los habían creado.

Nadie podría minimizar o relegar la importancia táctica y estratégica de la masa de excluidos por la crisis del sistema. Una organización que incurriera en ese error, quedaría irremediablemente por fuera de una perspectiva cierta de lucha revolucionaria y toma del poder político. Con la aparición de organizaciones de desocupados se vieron expresiones de abnegada solidaridad, búsqueda sincera de formas alternativas para la sobrevivencia, y de formas organizativas que prefiguran una línea de trabajo fructífero para la concientización y organización de grandes contingentes humanos arrojados a la miseria extrema, la ignorancia y la degradación. Sin embargo, incluso esas expresiones nuevas e innovadoras de la lucha contra el sistema, fueron en más de un caso desviadas, manipuladas y esterilizadas por una combinación de desvío teórico y oportunismo político propiciado no sólo por individuos y pequeños grupos a la caza de notoriedad, sino principalmente por organizaciones que hallaron en esa base social la posibilidad de crecer como partidos revolucionarios y lograr un lugar en la vida política nacional. El camino recorrido en pocos años fue de la aparición genuina y espontánea de obreros desocupados y sus familias (principalmente como resultado de la privatización de YPF) que apelaron al corte de rutas para hacerse oír, al copamiento de los remanentes de esas luchas y la movilización de desocupados en torno de la demanda de subsidios. Contingentes de familias desesperadas por el hambre eran cotidianamente cargadas en ómnibus para ser trasladadas al centro de Buenos Aires a «hacer piquetes». Se teorizó la práctica de cobrar un porcentaje de los subsidios para sostener «la organización» y se legitimó la idea de que sólo quienes asistían regularmente a las actividades «piqueteros» tenían derecho a las bolsas de alimentos y las remesas concedidas por diferentes estamentos del gobierno.

Como cada partido creó su propio «movimiento piquetero» y la práctica contagió a pequeños agrupamientos militantes en el conurbano bonaerense, los cortes de calles y rutas se multiplicaron. Hubo un período en que literalmente todos los días se producían numerosos cortes de calles y accesos a la Capital Federal. Los trabajadores con ocupación no podían llegar a sus lugares de trabajo. En una ciudad donde diariamente se desplazan de 8 a 10 millones de personas son presumibles los conflictos creados por tal metodología de protesta. Una derivación de extraordinario valor potencial, como es la adopción de una identidad por parte del luchador social, se transformó en su contrario: la «identidad piquetera» tomó la forma de hombres y mujeres (la mayoría de ellos jóvenes, con indudable decisión de lucha) encapuchados y esgrimiendo palos que en no pocas ocasiones eran usados contra quienes reclamaban por el derecho a desplazarse y en cualquier caso amedrentaban a buena parte de la sociedad.

El hecho extraordinariamente positivo de que un excluido pueda afirmarse como individuo en una lucha colectiva, se transformó en rechazo individual a la sociedad excluyente mediante una conducta marginal. Lejos de condenarla, los partidos la enaltecieron como expresión de combatividad y desdeñaron cualquier esfuerzo por impedir la fractura social y política que este accionar aceleró.

El poder político burgués actuó con habilidad ante el fenómeno: para «mantener el orden», ordenó a la policía acordonar un área de varias cuadras alrededor de los «piqueteros», con lo cual a menudo una marcha de 50 ó 100 personas producía la paralización de sectores enteros de la ciudad, por regla general los centros de actividad comercial, administrativa y bancaria. El corte de los puentes de acceso a la Capital impedía o dificultaba el transporte de los trabajadores, que debían disponer de dos, tres o más horas adicionales para llegar a sus trabajos o regresar a sus hogares. Por supuesto y por razones obvias esto nunca ocurría en las zonas ricas de la ciudad, donde viven la burguesía y las clases medias altas. Con el tiempo, los servicios de inteligencia del Estado pasaron de la observación a la acción, armando sus propios grupos «piqueteros», que agredían a ciudadanos no ya como el resultado presumible de la situación, sino como método para ahondar y ampliar la fractura que el caos cotidiano producía en la sociedad en general y, marcadamente, en la propia clase trabajadora. Ajenas a los efectos ideológicos y políticos de mediano y largo plazo que esta deriva social generaría, las dirigencias supuestamente marxistas se aferraron al accionar irracional que promovía un «piquete» por hora y anunciaba un «argentinazo» por mes, mientras la clase obrera como tal, distante en todos los sentidos de los desocupados y cada día más enfrentada objetiva y subjetivamente con los «piqueteros», se mantuvo desmovilizada y por fuera de proceso político en marcha. Los medios de incomunicación social, en su salsa, condenaban a los «activistas» y clamaba por el «orden», echando nafta al fuego del malestar generalizado de una sociedad en la que se hizo patente la fragmentación extrema, al punto de que cada individuo asumió como y propia y normal una actitud de enfrentamiento constante con quienquiera tenga en su proximidad.

Ahora bien: esto no resultaba de la sublevación de los condenados de la tierra, sino de la práctica cotidiana de lo que dio en llamarse «movimiento piquetero», que en los hechos involucraba a una franja minúscula, proporcionalmente insignificante, de la masa de desocupados. Esta, mientras tanto, comenzó a invadir silenciosamente la ciudad en cada atardecer, para revolver la basura en busca de comida y restos vendibles. Ese ejército taciturno de seres humanos arrojados a un estado de indigencia y degradación sin mesura también recibió un nombre, que lo identificaría como nuevo actor del colapso argentino: los «cartoneros». Cuando al caer el día la ciudad salía del caos provocado por algunos cientos, a veces miles, de «piqueteros», surgían en las sombras decenas, probablemente cientos de miles de «cartoneros».

Inicialmente estos nuevos protagonistas de la cotidianeidad porteña provocaron el espanto del ciudadano común que en la puerta de su casa, en el país de las vacas y los trigales, veía personas comiendo de las bolsas de basura. Del horror a la compasión, y luego al rechazo por los efectos devastadores sobre la higiene urbana, los trabajadores ocupados y las clases medias pasaron finalmente a la indiferencia. El gobierno de la ciudad, progresista, como se sabe, tuvo la iniciativa de proponer que se separara la basura utilizable de la demás, para facilitar la labor de los «cartoneros», a los que además se les daría un uniforme y una credencial. Esta osada línea de intervención no prosperaría. Pero tuvo la virtud de mostrar la capacidad de respuesta social del capitalismo de nuestro tiempo, además de corroborar que, cuando irrumpe la crisis, los reformistas son tan ridículos e inocuos como quienes arrojan brújula y bandera y caen bajo los efectos de la enfermedad infantil del comunismo.

Mientras tanto, las usinas ideológicas y políticas del capital local e imperialista avanzaron sistemáticamente en sus planes. Al cabo de un período la propia práctica en las estructuras «piqueteras» hizo una selección a la inversa y los aparatos fueron ganados por el clientelismo. Quienes resistieron esa dinámica, quedaron aislados. Y la sesuda teoría del «partido piquetero» se reveló en toda su condición visionaria: las estructuras más significativas (y en más de un caso genuinas) de esa base social, se incorporaron al gobierno, donde son ahora el ala combativa de un partido que desesperadamente trata de construir la burguesía para salir del cementerio de sus aparatos políticos del pasado. Las que nacieron y existieron como apéndices de aparatos partidarios se disgregaron. Otros agrupamientos, inervados por militantes abnegados y honestos, buscan un camino de salida.

Al margen incluso de un juicio de valor, es innegable que el sector numérica y políticamente más significativo de lo que dio en llamarse «movimiento piquetero» fue cooptado por el gobierno y asimilado al sistema. Sus dirigentes son funcionarios; y sus bases clientes del aparato político que intenta formar el sector del capital que se hizo del poder con el golpe de mano de diciembre de 2001. En el otro extremo, los «cartoneros» -es decir, la masa de desocupados y excluidos- sin cesar creciente, es ya parte del paisaje natural de Buenos Aires, con apenas un dato diferenciador, provocado por la reactivación económica: en ese ejército inerme de miserables hay menos hombres adultos, más mujeres y, sobre todo, más niños.

Es el rostro espantoso, intolerable, insostenible, de la crisis capitalista. Sólo que, aunque golpea a los ojos de cada habitante, se oculta a la mirada por un fenómeno de negación colectiva y aparece como exactamente lo inverso y domina la percepción social en Argentina y más allá de las fronteras: la supuesta solución de la crisis, atribuida al gobierno Kirchner, sin considerar o comprender hechos tan obvios que subleva tener que repetirlos: el colapso político lo revirtió la burguesía durante el gobierno de Eduardo Duhalde; la crisis económica no resolvió ninguna de las causas estructurales que provocaron la explosión y… todo el cuadro político actual es inexplicable sin un factor decisivo: el papel de las dirigencias autoproclamadas revolucionarias.

Este desenlace, que pone en cuestión el curso de Argentina durante todo un período por delante, tiene responsables. No hablamos de individuos sino de concepciones encarnadas en organizaciones. Y no es posible achacar esa responsabilidad a aquellas que están descartadas por definición, es decir, las que no propugnan la revolución social. Por tanto, hay que buscarlos entre las que, desde los 80 hasta el último período reseñado más arriba, en lugar de procurar a todo precio y por todos los medios la unidad social y política de los trabajadores y sus aliados, por sobre las diferencias ideológicas, culturales y partidarias que naturalmente existen en los millones de explotados y oprimidos, propiciaron una respuesta revolucionaria mediante la incorporación de esa masa diversa en todos los sentidos a supuestos «partidos» o «frentes» de izquierda, que no son partidos porque no son parte real de la clase obrera; y por no ser partidos, no pueden tampoco ser un frente real aun cuando se presenten bajo una misma sigla.

Simultánea y paralelamente, aquellas líneas de acción chocaron con la tarea primera en medio de la crisis expresada en última instancia en el desmoronamiento de la URSS y sus derivaciones posteriores en todo el planeta: la recomposición de las fuerzas revolucionarias marxistas a escala nacional e internacional.

A cambio, la militancia ha asistido al espectáculo de «direcciones» que, tras interpretar que el proletariado mundial estaba a la ofensiva en 1990, en pos de la revolución y el socialismo, por sí y ante sí alumbraron aparatos insignificantes a los que denominaron Internacional. Con la misma técnica que luego se utilizaría en relación con el «movimiento piquetero», cada pseudo partido creó su propia internacional; envió cuadros a «influenciar» a revolucionarios subdotados de otros países, necesitados de la conducción incluso táctica de aquellas direcciones, cuya primera tarea consistió en mostrar que todas las demás eran, en realidad, contrarrevolucionarias al servicio del imperialismo. Cuadros talentosos, con acervo teórico de inmenso valor, resolvieron financiar un militante aquí, otro allá, para que su internacional orientara la revolución en cada país. Y de paso, que denunciara a Fidel y el PC de Cuba por su papel contrarrevolucionario dentro y fuera de Cuba. Cuando apareció Chávez en el escenario, se apresuraron a explicar que era un bonapartista al servicio del imperialismo…

Parece una mala comedia; pero es el entramado real en el que se formaron y actuaron millares de hombres y mujeres que, justamente, trataban de acceder al «escalón más alto de la especie humana». Las leyes inexorables de la dialéctica producen a menudo resultados crueles: cuanto más abnegado y esforzado el militante, más enajenado su accionar; cuanto más prolongada su vida de luchador y más intensa su participación en los combates de estos años, más consolidadas las deformaciones conceptuales y metodológicas.

No hay margen para la ilusión de que este resultado pueda revertirse con revistas de teoría, debates y reuniones. Aunque todo ello sea necesario, sólo la irrupción del movimiento obrero real en la lucha social y política podrá rescatar esa masa militante malograda por la encerrona histórica que tocó en suerte.

 

Rasgos de la nueva etapa histórica

El derrumbe de la URSS dio lugar a un fenómeno múltiple, incomprendido o no asumido en toda su magnitud hasta hoy. En apretada síntesis se puede resumir en dos aspectos determinantes:

  1. ruptura de todas las barreras objetivas y subjetivas que condicionaban y limitaban a los países centrales (imperialistas) en la economía mundial capitalista; imposición arrolladora de las expresiones más brutales de la ley del valor en todas las economías nacionales y en todos lo planos de cada sociedad; explosión del desarrollo de las fuerzas productivas mediante la revolución científico-técnica y, en consecuencia, crecimiento absoluto y relativo del proletariado industrial en la sociedad.
  2. dilución hasta la desaparición de la noción de socialismo como alternativa al capitalismo; proceso masivo y acelerado a escala mundial de pérdida de la conciencia de los trabajadores; consecuente debilitamiento y/o extinción de partidos obreros en todo el mundo; adaptación de los restantes (con apenas excepciones), a la idea y la práctica de que el capitalismo es invencible y sólo se puede intentar obtener mejoras dentro de él; desarme ideológico, organizativo y moral, de cientos de millones de trabajadores y decenas de millones de revolucionarios en todo el mundo; condena a la confusión, el individualismo y la enajenación a cientos de millones de jóvenes, precisamente en el momento de su incorporación al ejército proletario internacional numéricamente más poderoso de todos los tiempos y en una coyuntura de crisis sin precedentes del sistema. Más rápido aún que la proletarización masiva de profesionales antes independientes y la incorporación aluvional de nuevos proletarios en áreas extremadamente sensibles para el funcionamiento del sistema (como por ejemplo los técnicos y programadores en computación), se produjo el fenómeno de desideologización y alienación completa de más de la mitad de la población mundial, es decir, miles de millones de seres humanos. Mientras crecía a ritmo desconocido el proletariado en sí, menguaba hasta extinguirse el proletariado para sí.

La negativa a asumir ese momento histórico mundial y, a partir de allí, la coyuntura regional y nacional, redundó en la imposibilidad de comprender el papel objetivo del gobierno de Eduardo Duhalde primero y Néstor Kirchner después: la lucha interimperialista y el ahogo de las sub-burguesías locales asociadas, sobre la base de la completa ausencia de una opción teórica encarnada en la voluntad y la conciencia de millones de ciudadanos, le daba al capital una excepcional vía de escape.

El saldo inmediato está a la vista, como señala el reciente Congreso extraordinario de la UMS, publicado en Eslabón Nº 65: «la burguesía no sólo retomó el control social y la iniciativa política, sino que ganó a buena parte de las organizaciones sociales y políticas identificadas sinceramente con la revolución. A otro contingente, no menos sincero y no menos revolucionario, al menos en las formulaciones e intenciones subjetivas, la burguesía lo arrinconó en el aislamiento sectario».

Dejemos de lado en esta oportunidad lo ocurrido a las corrientes e individuos que se dejaron convencer por falacias tales como «el fin del proletariado», la «invencibilidad del capitalismo», la «crisis irreversible del socialismo», entre otras vaciedades dominantes durante los últimos años. Al otro extremo del derrumbe militante, las víctimas de la enfermedad infantil del comunismo, impedidas de comprender la extraordinaria complejidad del mundo real reprodujeron deformaciones históricas del pensamiento revolucionario: espontaneísmo (como vimos se llegó a proponer un ‘partido piquetero’); localismo llevado a límites absurdos (ahora Las Heras), idealismo mecanicista como base para el razonamiento (interpretación antojadiza de la realidad mundial, imprevisión primero y ceguera después ante un fenómeno de las dimensiones de la Revolución Bolivariana).

En suma, la transmutación del análisis de la realidad por el recurso sistemático al petitio principii, es decir afirmar aquello que se debe demostrar, apelar a formulaciones abstractas válidas para todo tiempo y lugar, impidieron comprender la extraordinaria complejidad de la coyuntura histórica, tanto a escala mundial como nacional. Pero, atención: ninguna complejidad debe oscurecer lo obvio y relegar o confundir el dilema que tienen ante sí las clases dominantes en Argentina.

Eduardo Duhalde y luego, en otras condiciones, Néstor Kirchner, llevaron a cabo una exitosa operación política que, en una paradoja sin precedentes, recuperó credibilidad por parte de una sociedad hastiada y en desesperada sublevación, mientras daba una nueva vuelta de tuerca en la traslación de ingresos a favor del capital. Sin embargo, contra la opinión predominante, hay que afirmar que esta operación exitosa carece de base material para prolongarse en el tiempo sin saldar de manera neta la confrontación esbozada en 2001/02. Las causas objetivas y subjetivas que produjeron aquel choque social espontáneo, abortado y transformado en su contrario por la inexistencia de organizaciones capaces de asumir las necesidades de las masas y la complejidad de la lucha revolucionaria, lejos de haberse resuelto, han agravado en todos los sentidos.

Por mucho que la realidad esté distorsionada y disfrazada, la tensión de fuerzas entre burguesía e imperialismo de un lado, trabajadores y conjunto de la población del otro, late en los cimientos de la sociedad; explota aquí y allá de los modos más diversos e inesperados; busca expresión y dirección política de clase; y no encontrándolas corre el riesgo estratégico de invertir su sentido y transformarse en fuerza contraria a la revolución social. Pero permanece bajo la superficie de las relaciones sociales y no deja por un instante de agravarse.

Para decirlo todo de una vez: enmarcada en la lucha interimperialista por el reparto de mercados mundiales, Argentina -indiferenciada en ese punto del resto de América Latina- está de lleno en una transición convulsiva dominada por una de las condiciones clave de una situación revolucionaria: los de abajo ya no quieren y los de arriba ya no pueden vivir como hasta ahora.

En su célebre clasificación, Lenin describió cuatro condiciones para reconocer una situación revolucionaria:

«Estamos seguros de no equivocarnos cuando señalamos los siguientes tres síntomas principales (de una situación revolucionaria): 1) cuando es imposible para las clases gobernantes mantener su dominación sin ningún cambio, cuando una crisis, en una u otra forma, en las ‘clases altas’, una crisis en la política de las clases dominantes, abre una hendidura por la que irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle una revolución no basta, por lo general, que ‘los de abajo no quieran’ vivir como antes, sino que también es necesario que ‘los de arriba no puedan’ vivir como hasta entonces; 2) cuando los sufrimientos y las necesidades de las clases oprimidas se han hecho más agudas que habitualmente; 3) cuando, como consecuencia de las causas mencionadas, hay una considerable intensificación de la actividad de las masas, las cuales en tiempos ‘pacíficos’ se dejan expoliar sin quejas, pero que en tiempos agitados son compelidas, tanto por todas las circunstancias de la crisis como por las mismas ‘clases altas’ a la acción histórica independiente. Sin estos cambios objetivos, que son independientes de la voluntad, no sólo de determinados grupos y partidos sino también de la voluntad de determinadas clases, una revolución es, por regla general, imposible (…) la revolución no se produce en cualquier situación revolucionaria; se produce sólo en una situación en la que los cambios objetivos citados son acompañados por un cambio subjetivo, como es la habilidad de la clase revolucionaria para realizar acciones revolucionarias de masas suficientemente fuertes como para destruir (o dislocar) el viejo gobierno, que jamás, ni siquiera en las épocas de crisis, ‘caerá’ si no se lo ‘hace caer’»(2).

Toda clasificación -más si trata de relaciones sociales- tiene rigideces y limitaciones que la inhabilitan cuando en lugar de ser tomada como síntesis teórico-políticas se la adopta como fórmula matemática. Excluida esa actitud, estas reflexiones de Lenin no sólo constituyen una formidable guía para la acción, sino que, en los dos primeros puntos señalados, calzan con inusual justeza con la realidad argentina actual. Nadie podrá dudar que los de abajo no quieren vivir como lo hacen, y los de arriba no pueden sostenerse como hasta ahora (¡por eso Kirchner es Presidente y el diario La Nación se limita a repetir columnas insultantes, la más de las veces traducidas del inglés!). Sólo algunos propietarios de empresas periodísticas, algunos titulares de organismos encargados de estadísticas públicas y ciertos políticos enajenados, dudan que la segunda condición planteada por Lenin se verifica –en este caso sí- con precisión milimétrica en el país: «los sufrimientos y las necesidades de las clases oprimidas se han hecho más agudas que habitualmente».

Pero falta, y de manera absoluta, la tercera condición: no hay «una considerable intensificación de la actividad de las masas». Mucho menos está presente «la habilidad de la clase revolucionaria para realizar acciones revolucionarias de masas suficientemente fuertes como para destruir (o dislocar) el viejo gobierno».

 

Partido y dirección

La contradicción entre la aguda vigencia de las dos primeras condiciones y la no menos estridente ausencia de la tercera ha confundido una y otra vez a la militancia. En los años 70, con una lectura arbitraria y mecanicista de Trotsky, se concluyó que sólo faltaba «el factor subjetivo», entendido éste como el partido, el cual a su vez era entendido exclusivamente como la existencia de un equipo que se atribuía las capacidades de una conducción revolucionaria.

Ahora, cuando el dilema vuelve a plantearse y con mayor agudeza aun que cuatro décadas atrás, es literalmente de vida o muerte que la militancia revolucionaria no vuelva a incurrir en el mismo error de simplificación (para nada exento de interés individual y corporativo).

Es preciso asumir en toda su dimensión y múltiple proyección la afirmación de que «los cambios objetivos son independientes de la voluntad, no sólo de determinados grupos y partidos sino también de la voluntad de determinadas clases», y la certeza de que el «factor subjetivo» no puede ser reducido a un equipo de dirección autoproclamada, porque una dirección es inseparable de la masa a la que en teoría debe encabezar, y mientras ésta tenga una subjetividad ajena a la idea de revolución estará faltando un factor objetivo determinante, que cerrará el paso a una dirección revolucionaria real, es decir, real en el devenir diario de la sociedad, del movimiento de masas.

Los cambios objetivos son independientes de la voluntad de partidos y clases, pero no de la labor acumulada de los revolucionarios. Ésta, sedimentada en conciencia y organización, va sumando cantidades que en un momento (ése sí independiente de toda voluntad y difícilmente previsible) se transforma en calidad y produce el estallido revolucionario.

Hay que subrayar que ese momento teórico difiere en todo y por todo de las cacerolas que atronaron Buenos Aires el 19 de diciembre de 2001 y supuestamente voltearon al gobierno de la Alianza. El subrayado es una advertencia para nada irónica: la confusión de cualquier explosión con una situación revolucionaria acaba con la derrota del movimiento popular sublevado y el aniquilamiento de las organizaciones revolucionarias.

En algunos casos, como en los años 70 del siglo pasado, esto puede significar el aniquilamiento físico de la militancia. En otros, como el período vivido entre 1983 y 2003, significa el aniquilamiento organizativo de formaciones de definición revolucionaria, lo cual significa por extensión la destrucción, desmoralización o neutralización de una fuerza militante clave en la lucha social y política.

No es antojadiza la comparación de 1976 con 2003, aun cuando en más de un sentido se trata del desenlace inverso de un período de conmoción social. El 25 de mayo de 2003, con la asunción de Kirchner y la presencia en sendos actos masivos de Fidel Castro y Hugo Chávez, plasmaba un cambio volcánico en sentido positivo de lucha antimperialista y de emancipación social mientras simultáneamente ocurría un reacomodamiento ideológico-político que ubicaba al borde del abismo a las organizaciones asumidas como revolucionarias. A partir de ese momento, éstas se desplazarían para ingresar al gobierno u oponersele frontalmente y en todos los planos.

No es habitual asumir que un mismo fenómeno pueda concentrar trascendentales factores positivos en el mismo nido en el que ocupan lugares de prevalencia los huevos de la serpiente. Menos lo es afirmar que, o se comprende esa ambivalencia brutal, o se clausura el camino para toda comprensión. Sin embargo ése es el mensaje que necesitamos transmitirle a las y los revolucionarios que en Argentina han luchado y siguen luchando contra el capitalismo:

  • el gobierno de Kirchner con los fascistas Gustavo Beliz y José Bordón (para mencionar sólo a los más connotados del Opus Dei entre otros tantos innumerables) y una cantidad igualmente significativa de mujeres y hombres imbuidos de intenciones revolucionarias, abría el 25 de mayo de 2003 un paréntesis dentro del cual se dirimiría nada menos que el curso histórico del país;
  • Marx sostenía, en un texto citado una y otra vez en estas páginas, que si bien las sectas tienen justificación histórica en períodos de retroceso de las luchas proletarias, cuando éstas reaparecen, aquéllas son «reaccionarias en esencia»(3). La descripción que hemos resumido aquí no deja lugar a dudas respecto del papel reaccionario de las sectas en este período. Una conclusión lineal, por tanto, afirmaría que el colapso de las organizaciones de la izquierda revolucionaria en Argentina, entendido como destrucción de las sectas de izquierda y resultante de la irrupción del kirchnerismo, es un factor históricamente positivo.

El hecho es que la ambivalencia del oficialismo actual no niega su carácter de clase, de la misma manera que la relatividad del tiempo no impide que un hombre envejezca y muera. El principio de la indeterminación, fruto y motor del pensamiento idealista, traducido en formulaciones corrientes tales como «éste es un gobierno en disputa», empuja a franjas importantes de militantes revolucionarios a una trampa mortal.

No sólo por su origen y composición, sino ante todo por las relaciones sociales de producción de las cuales es heredero y constantemente reproduce en todos los planos y sentidos, el gobierno encabezado por Néstor Kirchner es un engranaje del mecanismo del sistema capitalista. Esto no supone una opinión respecto de las intenciones del Presidente y es tan obvio como el hecho de que el funcionamiento del sistema requería en medio de la crisis un engranaje con particularidades excepcionales. Esa misma excepcionalidad le será demandada al elenco gobernante por la reaparición, bajo la forma que fuere, de la crisis. Sólo que en la próxima vuelta, este equipo catapultado al poder por la crisis será puesto en cuestión por ésta.

Ni en conceptos teóricos o formulaciones programáticas, ni en los hechos puros y duros, durante tres años el gobierno no dio un solo paso destinado a cambiar las relaciones de clase. De manera sistemática ha ocurrido lo inverso; y está a la vista: desde la distribución del producto excedente hasta los alineamientos con la burocracia sindical, desde el destino de los resultados de la recuperación económica (fácilmente mensurable con el nivel del salario real y la salida de 10 mil millones bajo la forma de pago al FMI) hasta el curso de recomposición política que terminó subordinando cuadros combativos a los restos en descomposición del aparato mafioso del PJ, desde la relación con antiguos y nuevos grupos económicos hasta la que se verifica respecto de la población en los actos públicos del Presidente, no podrá hallarse un solo hecho que permita fortalecer ideológica, política, social o económicamente a los de abajo en relación con las clases dominantes. La idea de «dar poder a los pobres para acabar con la pobreza» no sólo no está en el léxico oficial: tampoco está en sus líneas de acción de corto, mediano o largo plazos.

Por eso crece la economía y la pobreza a la vez; aumenta la producción de riqueza y la marginalidad; se recompone el sistema institucional al compás de una degradación vertiginosa de la política: porque el curso del movimiento no va en el sentido de la participación consciente y organizada, en el mejoramiento económico y social, en la educación y el protagonismo de las mayorías, es decir, en el sentido del cambio de relaciones de fuerza y lugar entre las masas, sino en favor del statu quo ante.

Estas afirmaciones no encarnan problemas mayores para quienes por convicción, conveniencia o simple ignorancia, creen que la crisis del sistema ha sido superada y sólo resta mejorar los términos de la distribución y la calidad de las instituciones. Quienes tenemos la certeza de lo contrario, sin embargo, debemos poner manos a la obra para afrontar lo que inexorablemente viene.

Y aquí reaparece el dilema de qué hacer respecto de la legión dispersa de militantes revolucionarios. Pero falta reconocer que tanto la crisis como la respuesta y eventual solución tienen raíz y alcance internacional. Y por lo tanto no es posible dar un solo paso si no se analiza qué lugar ocupa el actual gobierno argentino en ese plano.

La contradicción que polariza a la militancia y la conduce a un callejón sin salida estriba en la imposibilidad de asumir que un dato esencial de la crisis que envuelve al planeta es la lucha interimperialista e interburguesa, que se desenvuelve en el marco de la desorganización y desideologización de la clase obrera mundial. Sin negar ninguno de los factores que hacen de este gobierno un defensor del statu quo ante, es preciso entender que surge como fruto de la lucha interburguesa en el plano interno y de la lucha interimperialista en el plano internacional. Ese origen es tan determinante de su condición como lo es su naturaleza de clase.

Para el pensamiento mágico, para pseudodirecciones irresponsables que no preparan la batalla contra el poder real, esas contradicciones carecen de relevancia. Pero quienes se propongan de verdad desafiar y vencer a la burguesía y el capitalismo no pueden desestimar las contradicciones del enemigo. La distancia entre la victoria y la derrota, entre la vida y la muerte no de una persona, sino de millones y sobre todo de una perspectiva histórica de emancipación y redención social estriba precisamente en la capacidad para intervenir con estrategia y fuerza propias en la múltiple confrontación que ocurre ahora mismo a escala planetaria.

De la misma manera que no es posible avanzar un milímetro en la recomposición de la vanguardia sin partir del estado y la evolución de la clase a la que ésta pertenece y se refiere, es igualmente imprescindible partir de la realidad internacional y regional de la clase obrera y sus aliados. Dar indicaciones para cada país desde un escritorio y enviar portavoces para «influir» en la revolución mundial, es algo más que una caricatura grotesca del internacionalismo: es una concepción y una práctica provinciana de la política. Eso y nada menos es lo que han practicado y siguen practicando los charlatanes irresponsables que desconocen realidades como la Revolución Cubana, encogen los hombros frente a la Revolución Bolivariana, se solazan con la deriva reformista de Lula, recuerdan que ya sabían cómo es Tabaré Vázquez, explican con suficiencia despectiva el vuelco de la situación en Bolivia y para interpretar lo que ocurre en Perú corren a buscar el ADN de un ex militar.

El provincianismo, en el mal sentido de la palabra, llega al punto de que preclaros dirigentes de la revolución mundial acaban postulándose como concejales… y salen chamuscados!

Basta con eso. El internacionalismo es en primer lugar pensar, comprender y actuar desde y para una realidad internacional. La acción revolucionaria internacional implica en primer lugar pensar, comprender y actuar para enfrentar y vencer al centro vital del sistema: el imperialismo estadounidense. En términos históricos, no hay ni podrá jamás haber una revolución victoriosa en un país sin la derrota del imperialismo. No hay ni podrá jamás haber recomposición de la vanguardia revolucionaria marxista sin la afirmación en el tiempo del desarrollo consciente y organizado de la clase obrera, lo cual supone al límite la derrota del imperialismo.

La dinámica de convergencia de gobiernos actuales no sólo en América Latina y el Caribe sino en el hemisferio Sur del planeta, es una clave para enfrentar a tamaño enemigo. Se trata de gobiernos de muy diferente naturaleza y condición, pero esa convergencia, aun en su contradictorio desenvolvimiento, va en detrimento del control, la base de sustentación y la capacidad de acción del imperialismo. La revolución necesita ese espacio para abrirse paso y defenderse, en momentos en que la crisis estructural lanza al gendarme mundial contra el mundo, con todo su poder destructivo: tras las invasiones a Afganistán e Irak, el Pentágono prepara una agresión atómica contra Irán (probablemente se habrá consumada cuando estas páginas estén impresas) y tiende líneas de inequívoca confrontación bélica hacia Suramérica y el Caribe. No es un problema que otro debe resolver. Es el principal problema de los revolucionarios resueltos a la revolución.

Ahora bien: no hay modo de adoptar una posición sólida frente al gobierno argentino sin asumir este cuadro internacional. Así como resulta transparente que la política oficial no cambió un ápice las relaciones de fuerza entre las masas y las clases dominantes, es igualmente evidente que sí hubo cambios en las relaciones internas de la burguesía y, por lo mismo, del país respecto del imperialismo estadounidense. El proletariado, las juventudes, la militancia, de uno u otro modo comprenden bien el papel del imperialismo, cuyos estrategas están dispuestos a arrojar una bomba atómica sobre Irán con el objetivo de golpear la conciencia de todo el mundo, para sostener su predominio mediante el único medio que le resta: el terror. La militancia revolucionaria en Argentina no podrá relacionarse con las masas sin ofrecerle una respuesta creíble a esta conducta del máximo enemigo de la revolución.

En un contexto análogo -aunque incomparablemente menos grave- se impuso entre la primera y la segunda guerra mundiales la noción teórica de Frente Antimperialista y el accionar político en función de ella; no es un descubrimiento reciente; es una elaboración de la Internacional Comunista en el momento de mayor vigor de la Revolución Rusa y con la participación dirigente de Lenin. Abandonar la política de Frente Antimperialista, sea para reemplazarla con los Frentes Populares o por el sectarismo, es ni más ni menos que abandonar la estrategia de los revolucionarios marxistas.

¿Alguien recuerda la Plaza del No, el 1º de mayo de 1990? Entonces existía Izquierda Unida, que con todas sus insalvables debilidades (4) era cualitativamente diferente de la caricatura patética que compusieron años después el PC y el MST y expiró por fin el año pasado. En aquella oportunidad, IU llevó unas 80 mil personas a la Plaza de Mayo. El país enfrentaba una embestida imperialista brutal, que mediante la figura de Menem devastaría la nación durante la década siguiente.

Pese a nuestra resistencia fueron designados como oradores quienes habían sido candidatos a presidente y vice meses antes. Habíamos planteado que ese punto era para nosotros condición de permanencia en la IU; y determinó nuestra ruptura con ella (5). En representación del MAS, Luis Zamora utilizó la tribuna para… condenar a Fidel Castro!! El otro orador expuso -acaso sin saberlo- la propuesta de lo que desde los años 30, con base en nociones defendidas por Dimitrov ante la ya devaluada Internacional Comunista, el stalinismo denominó Frente Popular (6).

No faltan quienes dos décadas más tarde, y a la luz del derrotero recorrido por Zamora desde entonces, sospechan que su discurso fue obra de un agente contrarrevolucionario infiltrado: ¿a quién si no se le ocurre, desde el interior de IU y como diputado de ese frente, ante una multitud inequívocamente identificada con la Revolución Cubana y su dirección, condenar a Fidel Castro y exigir «socialismo mas democracia» en Cuba? Es difícil enfrentar tal interpretación, pero nuestra respuesta es inequívoca: a un sectario. No hace falta ser agente de la CIA. Recuérdese la frase de Marx: «las sectas son reaccionarias en esencia».

Tampoco el orador impuesto en aquella oportunidad por el PC se libra de interpretaciones capciosas. Su trayectoria posterior contribuye igualmente a abonar la teoría conspirativa. Pero la respuesta es la misma: eso es el frentepopulismo.

No hace falta ser agente secreto del enemigo. El sectarismo y el reformismo desaguan inconscientemente en el territorio de la burguesía y el imperialismo (por eso, dicho sea entre paréntesis, pueden convivir contra toda lógica durante largos períodos en circunstancias determinadas). El hecho es que resulta inseparable lo ocurrido en el período posterior -la anomia de la sociedad, la parálisis de la clase obrera, la desorientación de la militancia ante lo que el mal periodismo denominaría «neoliberalismo menemista»- de lo ocurrido aquel 1º de mayo de 1990. Imposible comprender el vuelco masivo de militancia y grandes sectores del movimiento obrero y la juventud hacia lo que sería el Frente Grande, luego Frepaso y Alianza, sin el impacto divisionista, desmoralizador y confusionista que tuvo aquella Plaza del No.

Pero esto no es sólo pasado remoto e irreversible (perdimos la batalla y el imperialismo se alzó con la riqueza material y moral del país). Se repitió en Mar del Plata, con motivo de la contracumbre y el acto en el que habló Hugo Chávez; sólo que en esa oportunidad, y ante la imposibilidad de tener un protagonismo rupturista, un conjunto de organizaciones optó por hacer su propio acto (7). Y acaba de reiterarse, esta vez como un calco, semanas atrás, el 24 de marzo, en un escenario por completo diferente: en lugar de moverse tácticamente según la estrategia del Frente Antimperialista, las izquierdas súper revolucionarias provocaron un escándalo absolutamente innecesario y rompieron una concentración de mucha gente -tanta como en aquella nefanda Plaza del No- pero ante todo volvieron a actuar contra las bases existentes para un frente antimperialista de enorme y decisiva potencialidad.

Es sencillo cargar las culpas sobre columnas identificadas con el gobierno que montaron una provocación adelantándose a ocupar lugares privilegiados en la Plaza. Pero quejarse porque entren en la escena grupos provocadores, equivale a descubrir que existe un enemigo. ¡Resulta que no podemos estar tranquilos en la Plaza! El nudo de la cuestión, sin embargo, está en otro lado: la lectura de un documento -conocido o no por todos los participantes- que obviamente no representaba el común denominador, es una provocación, aun con el signo contrario, equivalente a la del ala oficialista que participó en el acto.

Hay que advertir de algo a los dirigentes que reivindican la conducta asumida el pasado 24 de marzo en la Plaza de Mayo: sin necesidad de aliados, y sin enemigos, tampoco es necesaria dirección alguna; sencillamente no hay batalla y mucho menos guerra. Una dirección y una vanguardia organizada son necesarios precisamente porque la revolución social, para ser exitosa, debe vencer poderosísimos enemigos, debe enfrentar innumerables batallas y ganar una guerra. Esto sí requiere la capacidad de sostener alianzas y lograr que, si de un lado éstas suman fuerzas en términos materiales, de otro no las resten en sentido estratégico. Es la ciencia y el arte de la política. «A una fuerza material sólo puede vencerla otra fuerza material», decía Marx. Pero este lenguaje es incomprensible para sectarios y reformistas, cada uno empeñado en su propio juego: enfrentar al enemigo con discursos y a los gritos.

 

El imperialismo a la carga

Lo ocurrido en la Plaza de Mayo el pasado 24 de marzo, así como la sublevación de Las Heras y la más reciente explosión en Subterráneos (que no hemos tocado en estas páginas) prefiguran el escenario nacional de corto y mediano plazos. Todo está envuelto en la ilusión sin fundamentos de que el país ha salido de la crisis económica y tiene un prolongado período de desarrollo y estabilidad por delante.

El único fundamento para esa ilusión es que las clases dominantes han recuperado la iniciativa en todos los terrenos y, paralelamente, la perspectiva revolucionaria y socialista se ha desprestigiado aún más al compás de los desvíos sectarios y sus efectos de fragmentación y debilitamiento tanto de las organizaciones revolucionarias como del movimiento sindical.

Incluso si el elenco gobernante se depurara de sus elementos corruptos, ultraderechistas, mafiosos y proimperialistas y la política oficial se afirmara en dirección a la unidad suramericana y la soberanía nacional, como creen muchos de sus componentes, no habría espacio para la estabilización de ese proyecto. Menos que nunca, en la fase agónica del imperialismo ninguna variante de toma de distancia y asunción de una línea de acción independiente tiene posibilidad de sostenerse sin transponer los límites del capitalismo.

Una corriente no articulada de pensamiento político sostiene que la magnitud de la crisis y la cantidad de frentes de combate que se le abren a Estados Unidos en todas las latitudes impedirá que Washington extienda sus garras para detener el proceso en curso en Suramérica, lo cual daría espacio a franjas del capital no monopolista, entrelazadas con otros centros imperiales y economías de gran porte en el mundo para afirmar un programa no subordinado al imperialismo yanqui. Nuestra opinión es la contraria: Estados Unidos se lanza a la guerra. En todo el mundo. Sea el que sea el costo interno y mundial que deba pagar.

Procesos históricos de este tipo no se desarrollan y resuelven de un día para otro. Y, puesto que su concreción sería extraordinariamente gravoso para el propio imperialismo, éste mismo intenta evitarlos. Pero no retrocediendo, sino tomando caminos que realicen la tarea de destrucción violenta sin su participación directa masiva. A través de los omnipresentes servicios de espionaje; volcando cifras fabulosas para comprar funcionarios, dirigencias políticas, intelectuales, periodistas; introduciendo cuñas en grietas reales del campo que se le opone (como ocurre ahora mismo con la parálisis del Mercosur a partir del choque entre Argentina y Uruguay y las disputas económicas entre Brasil y Argentina, o con el proceso de aceptación uno a uno de Tratados de Libre Comercio, o, peor aún, alentando situaciones internas tales como las que ocurren con el Estado Zulia en Venezuela o el Departamento de Santa Cruz en Bolivia, para dividir países y eventualmente provocar guerras civiles).

En Argentina este accionar tiene otro terreno donde apoyarse y ya están operando agentes visibles y encubiertos para explorarlos y detonarlos: se trata de la fractura social, no entre burgueses y proletarios, sino entre proletarios y proletarios, a partir de la cual es pensable una derivación de enfrentamientos irreparables por todo un período. Dicho en otros términos: el imperialismo y sus agentes internos promueve el fascismo; en el sentido preciso del término y no en la interpretación predominante que le atribuye sólo el rasgo de la violencia o la represión. Fascismo es el recurso del capital para enfrentar la sublevación del movimiento social con sectores de la propia masa oprimida y explotada. Como en la Alemania de los años 30, un sector de la izquierda contribuye inconscientemente con esa dinámica. Hay también en el gobierno franjas que, en este caso con plena conciencia, marchan en ese sentido.

No es la invasión de marines lo que amenaza a Argentina. Es la afirmación de una dinámica ya muy avanzada de disgregación social e impotencia política. Las y los revolucionarios marxistas podemos y debemos detener esa dinámica; enfrentar y vencer no sólo al enemigo de clase, sino a las deformaciones que contribuyen con él.

 

Plan de acción inmediato

A partir del panorama descripto, Crítica hace una propuesta a la militancia revolucionaria marxista que comprende las urgencias de la hora y está dispuesta a romper con los dos desvíos predominantes en las filas de izquierdas: frentepopulismo e izquierdismo.

Existe un arco muy amplio dentro de las fuerzas revolucionarias en el que hay acuerdo en términos programáticos. Esto es necesario, imprescindible, pero no suficiente. Un Programa no garantiza nada si no existen los acuerdos relativos a caracterización general de la etapa y demarcación de las tareas a realizar.

Las resumimos de la siguiente manera:

  1. unidad social y política de los trabajadores y el conjunto de sus aliados
  2. frente antimperialista (de manera diferenciada a escala nacional, latinoamericana y mundial)
  3. comando unificado de quienes reivindican ambos objetivos desde la perspectiva de la revolución socialista
  4. convocatoria en todo el país para, sobre la base del involucramiento en la realización de estas tareas, abrir de manera orgánica a partir del comando unificado un período de elaboración, debate y organización, apuntado a la realización de un Congreso Fundacional de un partido revolucionario marxista de los trabajadores.

Tanto la unidad social y política de las masas explotadas y oprimidas como el frente antimperialista son ante todo una política y no necesariamente una instancia organizativa. Determinan una línea de acción que propugna en toda y cualquier circunstancia la dinámica de convergencia como clase y expresión política unitaria. El eje inamovible en cada circunstancia es la no subordinación de la clase obrera y sus aliados potenciales a programas y/u organizaciones burguesas de cualquier tipo; tomando como punto de partida explícito la advertencia de que no es subordinarse a la burguesía asumir las tareas democráticas y antimperialistas que eventualmente encaren direcciones políticas, sindicales o sociales que respondan directa o indirectamente a intereses de la burguesía (y esto incluye en determinadas circunstancias al propio gobierno).

Por ejemplo: la invasión a Irak, la agresión en curso contra Irán y las amenazas crecientes contra Cuba y Venezuela (que se hacen ahora extensivas a Bolivia), exigen la realización de acciones conjuntas con todas las fuerzas dispuestas a oponerse a la guerra. Ese sólo punto basta para promover en el país acciones y, eventualmente, organizaciones coyunturales o regulares, en función de la noción frente antimperialista. Esa instancia, desde una perspectiva democrática, asumirá asimismo la lucha contra la Escuela de las Américas, las bases militares estadounidenses, las maniobras militares con Estados Unidos, etc, al tiempo que promoverá la investigación y la justicia en torno a operaciones represivas como el Plan Cóndor, el Plan Colombia, los programas de pseudo combate al narcotráfico. Asumirá asimismo campañas de información, debate y combate contra el Alca y los TLCs y contra el saqueo permanente de la deuda externa.

A escala hemisférica, con eje y base en Cuba y Venezuela y sus respectivas conducciones, promover un bloque antimperialista continental (que busque incluir a grandes sectores dentro de Estados Unidos, al calor de las movilizaciones de los inmigrantes latinos y la resistencia interna a la guerra), con eje en la Paz, la soberanía y la convergencia político-económica en torno de planes concretos como los que resume programa del Alba. Llamado explícito a los gobiernos de Cuba, Venezuela, Bolivia, Brasil, Uruguay y Argentina (probablemente en el corto plazo se puedan sumar Perú y Ecuador), a la convergencia efectiva para constituir la Unión de Naciones Suramericanas y emprender como punto de partida planes de alfabetización, de atención sanitaria a los excluidos, obras de infraestructura tendientes a la integración, instancias financieras propias e independientes de los organismos internacionales del imperialismo, instancias políticas comunes que con base en la elección directa avancen en la edificación de un andamiaje político unitario para Suramérica.

En el plano mundial, promover e integrar una fuerza plural y multifacética que a partir de un punto mínimo: Paz, explore constantemente la posibilidad de incluir además objetivos tales como Fondo Humanitario Internacional, Banco del Sur, etc.

En relación con los trabajadores y las juventudes en Argentina, el objetivo de unidad social y política se apoyará en la recuperación de la historia de lucha, organización y desarrollo político de la clase obrera y el movimiento estudiantil. Los programas de La Falda y Huerta Grande constituyen un punto de partida unificador desde el cual se promoverá la realización de encuentros locales, regionales y nacionales a fin de discutir la necesidad de superar la fragmentación paralizante del movimiento obrero, recomponer las estructuras sindicales de la clase, las instancias gremiales de los estudiantes y la expresión política unitaria de las mayorías.

En el fragor de la realización de estas tareas, el comando unificado impulsará un enérgico proceso de recomposición desde las bases. Un boletín de circulación interna llevará información y orientación al conjunto de los involucrados, y promoverá la creación de organismos de base que a partir del debate de las ideas que comiencen a circular, realice por si mismo la selección de delegados a encuentros locales, regionales y nacionales que deberán desembocar, en fecha a fijar por el propio comando unificado, en un Congreso Fundacional que apruebe un Programa, un Plan de Acción y un Estatuto y dé nacimiento al partido revolucionario marxista de los trabajadores, los estudiantes y el pueblo.

 

Notas

1.- Friedrich Engels; Anti Dühring. OME 35/Obras de Marx y Engels; Grijalbo, Barcelona 1977; pág. 36.

2.- Lenin, Obras Completas, T XXII, pág. 310; Ed. Cartago. Las bastardillas son nuestras.

3.- Marx a, carta a Bolte, Correspondencia Marx/Engels. Editorial Cartago; Buenos Aires 1987; pág. 260.

4.- No decimos esto ahora: como parte integrante de señalamos desde el primer momento su inviabilidad en la medida en que no cambiase conceptos y métodos elementales. Ver «El abismo y el horizonte»; Búsqueda, Buenos Aires 1994.

5.- Ibid. En ese libro se hallará un documentado relato completo del debate interno en la IU y el Fral.

6.- Véase entre otros «Discurso de resumen ante el VII Congreso de la IC, 13 de agosto de 1935. Jorge Dimitrov, Selección de trabajos. Ediciones Estudio, Buenos Aires 1972, con prólogo elocuentísimo de Victorio Codovilla (téngase en cuenta que este texto fue publicado mientras el PC afrontaba las elecciones del año siguiente con la fórmula Alende-Sueldo.

7.- «Teoría y práctica del frente único antimperialista». Crítica Nº 32; Buenos Aires, octubre 2005-marzo 2006.

15 años | 8 de octubre 1991 – 8 de octubre 2006

El Arma de la Crítica

porLBenCR

 

Presentación publicada en la primera edición de Crítica de Nuestro Tiempo, octubre – diciembre de 1991

 

Desde hace por lo menos cinco mil años la sociedad dividida en clases recibe sin cesar la crítica de los oprimidos y explotados por la vía de los hechos. En esa dimensión, en ese terreno, se ubica este intento de penetrar la realidad de nuestro tiempo.
La fusión de las luchas sociales del naciente movimiento obrero industrial con el pensamiento más avanzado de su época dio lugar al socialismo científico. Y plasmó un siglo y medio atrás en un cuerpo teórico denominado marxismo.
Por estos días, los sucesos que conmueven a la región del mundo donde por primera vez la humanidad intentó dejar atrás su prehistoria, son manipulados como argumento contra los principios forjados por aquella conjunción de lucha y reflexión.
No es la primera operación en gran escala contra la herramienta teórica del ansia ancestral del hombre por vivir sin cadenas. Y no será la última. Pero como las anteriores y las futuras, ésta mostrará a poco andar su irremediable impotencia. Porque no es teórica la base de la confrontación.
El argumento de los defensores del statu quo no puede ser explícito porque no reside en la razón, sino en la fuerza; no busca la perfección del ser humano sino que expresa la alineación del individuo enfrentado por definición con sus semejantes. Para ellos, por tanto, la teoría no existe y no debe existir. A cambio de razón teórica tienen recursos para expropiar antiguos sueños del hombre cristalizados en palabras hermosas: democracia, libertad, justicia, que en sus manos son árboles secos, espectros nocturnos, estériles, mentira.
En cambio la razón asiste a quienes sufren la naturaleza inhumana del capitalismo, a quienes se rebelan contra él. La interpretación racional de la realidad es por sí misma un himno contra la propiedad privada de los medios de producción, contra la economía de mercado, contra la doctrina y la práctica del capitalismo, contra el espectáculo horrendo del mundo contemporáneo.
Por eso los que sufren y los que se rebelan, deben adueñarse, aprender a emplear y empuñar con decisión el arma de la crítica. “Todo lo real es racional; y todo lo que es racional en la mente de los hombres será realidad”, decían los fundadores del socialismo científico. Los instrumentos teóricos legados por el pensamiento humano a través de miles de años y corporizados en el marxismo permiten que la razón desmenuce la realidad para interpretarla y hacen posible contraponerle una respuesta que no tiene nada de utópico, de sueño irrealizable, sino que es precisamente lo único real, aunque circunstancialmente parezca lejano e imposible.
Que lo digan si no aquellos que a la razón que analizó y condenó la realidad monstruosa del stalinismo –esa negación práctica y teórica del marxismo- le opusieron la fortaleza aparentemente inconmovible del PCUS y la Unión Soviética, la realidad.
Esa realidad de hierro y de granito, inapelable e invencible, se esfumó ante los ojos azorados de quienes le cantaban loas burlándose de los argumentos que anunciaban la inexorabilidad de su caída. Pues bien: ¡que se burlen ahora de los argumentos que prueban la inexorabilidad de la catástrofe a la que lleva el capitalismo!
No; la única verdad no es la realidad, como pretende el más ramplón de los postulados pseudoteóricos del pensamiento capitalista. La realidad se mueve, cambia sin cesar, se transforma constantemente. La única verdad es la que descubre las leyes de ese movimiento, interpreta la direccionalidad del cambio y, así, puede ser actor, protagonista de la transformación que, desde luego, la afectará a ella misma. Y esa es, también, la única libertad, fusionada con la verdad en un todo indisoluble de pensamiento y acción.
Claro que no es fácil descubrir las leyes que rigen el movimiento del mundo de hoy, interpretar el curso vertiginoso de los acontecimientos y actuar efectivamente sobre ellos. Tanto menos porque lo que fuera el marxismo oficial durante décadas, desvirtuó a tal punto la herramienta que a menudo parece inservible. La tarea exige esfuerzo, rigor, seriedad. No se parece en nada al papel de los pontífices que visten los oropeles del ritual y leen las sagradas escrituras. Y excede las fuerzas no ya de un individuo, sino de cualquiera de los equipos conocidos. La necesaria coincidencia entre quienes desde la defensa del capitalismo o la apología del marxismo oficial se opusieron, asistidos por siderales presupuestos y poderosos medios de difusión, al ejercicio de la crítica marxista, se combina con los reveses de la lucha revolucionaria concreta para dificultar al máximo la empresa.
Con esas limitaciones insalvables, ponemos esta arma en sus manos. O, más precisamente, esta parte incompleta y sin pulimento del arma que está en proceso de producción en América Latina.
En el marasmo contemporáneo se destacan factores que no caben en él, que no pierden la serenidad y no recurren a tirar convicciones por la borda con la vana esperanza de sortear la tempestad refugiándose en un rinconcito de la bodega en la nave pestilente del capitalismo.
Precisamente cuando el oleaje recién anunciaba su enfurecida embestida, los marxistas que tienen el mérito y la fortuna de encabezar un pueblo en la resistencia victoriosa contra el capitalismo, comenzaron a arrojar lastre y reforzar convicciones, afinar conceptos teóricos y a afirmar en el arma de la crítica –como proponían Marx y Engels- la crítica de las armas que en sus manos hoy ponen una barrera temible al imperialismo.
La reivindicación del pensamiento económico de Ernesto Guevara por parte del Partido Comunista de Cuba fue el prólogo de un consistente e ininterrumpido desarrollo de un marxismo vital, arraigado con impar firmeza en las masas y envarado en una decisión revolucionaria con pocos precedentes en la historia. Como hace tres décadas y media, cuando reorganizó a los sobrevivientes del Granma, Fidel Castro sigue siendo el alma mater –ahora de todo un pueblo- en ese salto al futuro de extraordinaria osadía y coraje. Y de extraordinario realismo.
Pero las islas, ya se sabe, son apenas la parte visible de montañas sumergidas. Hay decenas de marxistas, centenares de miles de revolucionarios y decenas de millones de obreros y campesinos en América Latina que, expresamente o no, van en la misma dirección que trazan los comunistas cubanos. Y que forjan organizaciones y obtienen victorias, como ejemplifica en el más alto nivel el partido de los Trabajadores de Brasil.
Esta Crítica de Nuestro Tiempo es fruto directo de ese fenómeno abarcador, bullente de incógnitas y contradicciones, de él depende y a él se remite. Nace justamente de la decisión de marxistas de todo el continente de pulir y aceitar el arma de la crítica; de interpretar la realidad con criterio científico; de afirmar los principios forjados en el duro yunke de la lucha de clases internacional, en el mismo momento en que por diferentes vías acometen la tarea de alcanzar la unidad social política de los trabajadores latinoamericanos y organizar a los pueblos del continente para la lucha antiimperialista y socialista. Se pone en movimiento para ser vehículo de búsqueda y afirmación, de investigación y debate, tras el objetivo de recomponer en un nivel superior las fuerzas humanas, teóricas y organizativas de los revolucionarios marxistas en América Latina y el Caribe y de allí a todo el mundo. Está en sus manos para resistir la ofensiva del enemigo y preparar la contraofensiva de nuestra clase y nuestros pueblos.

partido socialista unido de venezuela

Puntal para la revolución latinoamericana

porLBenCR

 

 

 «El Psuv no nace para enfrentar una coyuntura.
Nace para hacer una revolución.
Y no cualquier revolución:
la revolución socialista».
Hugo Chávez
(19/4/08)

 

Con la elección de una dirección nacional compuesta por 15 miembros y otros tantos suplentes, culminó el 9 de marzo el Congreso Fundacional del Partido Socialista Unido de Venezuela. Durante seis sesiones del Congreso a lo largo de 8 fines de semana, 1681 delegados fueron responsables de debatir y aprobar una Declaración de Principios, Programa y Estatutos. La elección se realizó por el voto de todos los voceros (titulares de los Batallones Socialistas, de hasta 300 miembros), los suplentes de voceros y los siete comisionados de cada BS; un total superior a 92 mil personas, en representación de alrededor de 1 millón 200 mil miembros activos, sobre 5 millones 770 mil inscriptos como aspirantes a militantes. Antes, en sesión plenaria, el Congreso había proclamado a Hugo Chávez como presidente del Partido.

El proceso de organización del Psuv, iniciado en enero de 2007, había sido interrumpido en dos oportunidades: por un mes durante el desarrollo de la Copa América de fútbol y durante otros dos meses, antes del referéndum realizado el pasado 3 de diciembre para reformar la Constitución, la primera consulta popular perdida por Chávez en 8 años, por la abstención de cuatro millones de quienes lo habían reelegido Presidente un año antes, en diciembre de 2006.

Pocos días después de aquella reelección, Chávez convocó a la formación de un partido que uniera a todas las organizaciones y corrientes que apoyaban a la Revolución Bolivariana. Como explicaron estas páginas en su momento, las tres principales formaciones Partido Comunista, Patria para Todos y Podemos- se negaron al llamado. Las tres sufrieron una fuga de militantes y dirigentes hacia el partido en formación, que los dejó reducidos a su mínima expresión. En cuestión de días, Podemos confirmó con acciones explícitas el secreto a voces de que, en realidad, estaba contra la Revolución. Su principal dirigente pasó a integrar con fruición el bloque de enemigos golpistas teledirigido desde el Departamento de Estado y la embajada estadounidense en Caracas. Los otros dos partidos mantuvieron sus posiciones anteriores, pero recrudecieron las críticas a Chávez centrando sus dardos en cuestiones metodológicas, desdibujando así (con mayor o menor intencionalidad consciente) la verdadera naturaleza de sus diferencias, pero sobre todo, en el momento de la gran partición de aguas, embarcándose en un rumbo equívoco que un año después no han corregido completamente y de manera sostenida (1).

Crítica estuvo presente en el desarrollo del Congreso, así como durante los pasos previos de inscripción, constitución de los BS y elección de voceros y comisionados en estos organismos. Con base en los hechos, puede afirmar que el proceso en su conjunto es el acontecimiento de mayor y más democrática participación de masas en la constitución de una herramienta política definida en su llamamiento como antimperialista y anticapitalista. Se trata de un hecho sin precedentes de educación político-ideológica llevado a cabo con la participación libérrima de cientos de miles de hombres y mujeres de toda edad y condición, en cada rincón del país.

Cabe reafirmar ahora, con hechos a la mano, lo que sostuvimos un año atrás en estas mismas páginas:

«Con la irrupción de un partido que provisionalmente se denomina Socialista Unido de Venezuela, puede darse por clausurada una fase de reacción sin precedentes en la historia e inaugurada la que le sigue, en la que se retoma la marcha, pletórica de promesas y, por supuesto, también de riesgos» (2).

 

Historia y coyuntura

Dos factores coinciden con el comienzo formal de la vida política del Psuv, al fin del primer cuarto de 2008: el recrudecimiento de la crisis general del capitalismo altamente desarrollado y el arribo a un punto crítico en procesos políticos latinoamericanos encabezados por conducciones u organizaciones de carácter centrista, con matices de izquierda o derecha según los casos.

No nos extenderemos aquí respecto del primero. Explicada la crisis estructural desde la primera edición de Crítica, son ahora los teóricos y los órganos de prensa del capital quienes se ocupan de confirmar la inutilidad final de los paliativos aplicados durante años para postergar la caída. Baste decir que una eventual retomada circunstancial del ritmo económico en los tres centros del imperialismo no resolvería en absoluto las causas de fondo que hoy hacen temblar los mercados y levantan voces insospechadas advirtiendo sobre los riesgos de un colapso más grave que el de 1929. Baste decir que, con prescindencia de un desmoronamiento o no del sistema financiero internacional a corto plazo, la crisis continuará ahondándose, golpeará inexorablemente a las economías subordinadas, y acabará con el ensueño de esa tramoya semántica que hace a muchos autodenominarse «países emergentes».

El segundo factor, sin embargo, requiere algunas líneas, aunque su estudio demanda igualmente un trabajo específico.

Sin excepción, América Latina está sacudida por las turbulencias de un nuevo punto en la crisis de arrastre de las grandes formaciones políticas que han gobernado durante el siglo XX como instrumentos de las clases dominantes. Aunque en diferentes puntos de desarrollo en cada caso, desde México a Argentina se despliega un panorama con rasgos comunes: asunción por los liderazgos tradicionales del programa anticrisis del capitalismo (denominado neoliberalismo); distanciamiento de las masas respecto de los partidos y de la política en general; transmutación de la política en marketing y de los partidos en estructuras rentadas (y rentables), en todo y por todo prescindentes de las necesidades y la participación de las masas, consideradas sólo como clientes en los momentos previos a una elección. Luego, ante el colapso general de aquel supuesto «neoliberalismo», la adopción pragmática y en estado de desesperación de un pastiche salvador denominado ahora «neo-keynesianismo».

El espectro muestra casos muy diferentes. En México, el PRD, nueva formación creada en respuesta a la degeneración del PRI, formó una suerte de gobierno paralelo luego de que el poder constituido le escamoteara la victoria electoral en 2006. Acaba de estallar. En Argentina, mediante un gambito para muchos inesperado, el matrimonio Kirchner decidió refugiarse en el corrompido y desprestigiado Partido Justicialista. (No cabe sorprenderse, sin embargo; cinco años atrás desde estas páginas se sostuvo que el Frente para la Victoria era «un aguantadero temporario»). En Brasil, desde una organización originalmente obrera y socialista el gobierno asumió el programa de la burguesía industrial paulista. Sin embargo tanto en estos casos como en Chile, Uruguay o Perú (y más allá, siempre guardando las diferencias, en Costa Rica, Honduras y Guatemala), con el trasfondo siempre agravado de las necesidades económicas irresueltas para las mayorías, la progresión del deterioro en las relaciones políticas entre gobiernos y masas anuncia una tormenta en el horizonte cercano. La eventual imposibilidad de contrarrestar la recesión estadounidense antes de fin de año -para no hablar del riesgo de un colapso financiero internacional, en modo alguno descartable- aceleraría y magnificaría esa tormenta política en ciernes. Pero además plantearía el problema en otra dimensión al agregar un elemento clave: la simultaneidad.

Más tarde o más temprano, simultánea o sucesivamente, el destino de todas estas estructuras políticas y sus respectivos gobiernos es de impotencia frente a la tenaza formada por la crisis del capital y las demandas de las masas. A la impotencia le seguirá la disgregación y la ingobernabilidad.

Mientras tanto, en Bolivia y Ecuador el problema de la organización política de las masas se presenta con características muy diferentes, pero no menos perentoria. Otro tanto ocurrirá en Paraguay a partir de la victoria electoral de la Alianza Patriótica.

De manera que hoy América Latina está compelida por una necesidad inaplazable: la edificación de herramientas adecuadas para unir social y políticamente a las grandes masas, en función de apremiantes exigencias que no reclaman identidades ideológicas, pero sí cohesión y determinación para llevar a cabo transformaciones que chocan de frente con el imperialismo y el capitalismo.

Ése es el significado trascendental de la irrupción del Psuv en el panorama latinoamericano: desde que a fines de los años 1960 se hizo evidente el agotamiento de los aparatos partidarios de las clases dominantes latinoamericanas, es la primera vez que surge una formación política no sólo con definiciones generales de carácter socialista, sino con fuerza de masas, con participación multitudinaria, con netas definiciones estratégicas y, ante todo, con la decisión de llevar a cabo una revolución (el PT, máximo exponente previo de una formación de masas con definición socialista, no tuvo nunca el vigor revolucionario que le imprime al Psuv el liderazgo de Hugo Chávez, ostensiblemente identificado hacia dentro y fuera del país con Fidel Castro).

Su sola existencia modifica el panorama hemisférico: el ejemplo de un movimiento de masas que asume una estrategia y un programa de acción para la revolución socialista acorrala sin posibilidad de fuga a los dos flancos que, invariablemente, en momentos de auge de las luchas revolucionarias, levantan una barrera contra la revolución: el reformismo oportunista y el infantoizquierdismo. Si nunca hubo argumentos teóricos para sostener que es preciso marchar a remolque de fracciones burguesas porque la asunción por las masas de una línea de acción anticapitalista es inviable, ahora tampoco hay argumentos prácticos para defenderlos; tampoco hay modo de sostener en la teoría o en la práctica que una línea de acción anticapitalista presupone la identificación y subordinación orgánica de las masas a algunas de las sectas que pretenden ser la encarnación del socialismo científico.

Frente a la inminencia de grandes cataclismos económicos, frente al estallido de los aparatos políticos de las clases dominantes y la volatilización de organizaciones revolucionarias que durante las últimas décadas no hallaron el camino de las masas, ahora existe un ejemplo de organización de masas para luchar por el socialismo. Ese ejemplo necesariamente impactará en la conciencia de las grandes mayorías y, sobre todo, de las juventudes. Por una compleja suma de causas, desde el Río Bravo a la Patagonia el activismo político se desperdigó y tendió a negarse a sí mismo por la vía del conciliacionismo reformista y el infantoizquierdismo. Ante el espectáculo de direcciones corrompidas, doblegadas por el sistema y entregadas a él, o, enfrente, propuestas ajenas a toda racionalidad, atrapadas por un momento histórico en el que la supuesta muerte del socialismo se combinó con atractivos de extraordinaria potencia histórica, como son las manifestaciones en la vida cotidiana de la revolución científico-técnica, las juventudes tomaron distancia de la política. Los más capaces buscaron refugios individuales, cuando no se desbarrancaron por las numerosas ofertas hacia la enajenación ofrecidas por una sociedad en la cual la irreversible decadencia se oculta tras espejismos de progreso. Pero la causa determinante de esta deriva social contribución decisiva para la sobrevida del sistema durante las últimas décadas- fue la ausencia de alternativas que aunaran la racionalidad y la osadía, la rebeldía y la inteligencia, la imposibilidad de conquistar la conciencia y el corazón de millones para luchar por un futuro deseable y creíble. Esa impotencia terminó con el Psuv.

 

 Hora de actuar

En suma, ha llegado la hora de emprender la marcha hacia la recomposición de la unidad social y política de nuestros pueblos en todos y cada uno de los países de América Latina. Es decir, ha llegado la hora de edificar partidos antimperialistas y anticapitalistas, de masas, con el máximo de participación democrática en todos los niveles. Ya no es sólo necesario; también es posible.

Esta deberá ser una empresa coordinada, que parta de la visión de América Latina como un todo, inserto además en un mundo en crisis. Como ya ha reiterado Crítica, Chávez ha sido explícito respecto de la necesidad de construir una internacional en América Latina. En un discurso ante los propulsores del Psuv, el 25 de agosto de 2007, Chávez sostuvo que 2008 será el momento de «convocar a una reunión de partidos de izquierda en America Latina y organizar una especie de Internacional, una organización de partidos y movimientos de izquierda de América Latina y el Caribe (…) Hay un resurgimiento de la conciencia de los pueblos; deben seguir creciendo los movimientos, líderes y liderazgos de una izquierda nueva, de un proyecto nuevo».

El severo traspié con el referéndum por la reforma constitucional y el hecho de que éste es en Venezuela un año electoral, donde se disputará con directa participación de Estados Unidos la victoria para gobernaciones y alcaldías, limita la disponibilidad del Psuv para impulsar ya mismo esa tarea, de acuerdo con los planes de Chávez. Pero no hay razón alguna para que esto se demore en la región y, sobre todo, en cinco países donde la realidad urge respuestas de fondo: Bolivia, Ecuador, México, Argentina y Paraguay.

Sin esta condición estarían en riesgo mortal los procesos revolucionarios en marcha en Bolivia y Ecuador, podría debilitarse y extinguirse la potente movilización en México, Argentina pasaría a la ingobernabilidad primero y a una restauración del predominio del capital financiero después (ver Documentos para la Militancia, pág. 184) y la expectativa en Paraguay se vería frustrada.
Partido y conciencia

Aunque difuminado en una zona entre los sentimientos y la razón, el rechazo a «los yanquis» es generalizado. Resulta muy difícil medir hasta qué punto ese sentimiento -muy profundo y extendido en nuestras sociedades- supone ideas políticas claras y definidas. En Argentina, la dificultad estriba en la extraordinaria degradación de las organizaciones políticas y las estructuras sindicales. Tanto aquellas sumadas al gobierno como las recluidas en el mundo fantasioso del sectarismo, desprecian la capacidad del movimiento de masas y distorsionan su verdadero estado. No obstante, contando el ánimo y la conciencia colectiva como factores objetivos necesarios para la edificación de grandes partidos antimperialistas y anticapitalistas, es seguro que ambos están dados en toda la región y, pese a la distorsión apuntada, también en Argentina.

Pero la conciencia no es un valor homogéneo y constante. Todo lo contrario. En una misma lucha sindical, por ejemplo, se aúna toda una gama de niveles de comprensión y asunción del significado inmediato y mediato de ese combate, pero además ese conjunto se transforma en uno u otro sentido según una cantidad de factores, entre los que predominan el resultado mismo de esa lucha y el papel de dirigentes y organismos que ésta genere. En el caso específico argentino, desde hace muchos años el papel de las dirigencias y organizaciones ha sido todo lo contrario al necesario para elevar y consolidar la conciencia, pero además ha llevado sistemáticamente a duras derrotas que necesariamente contribuyeron a la retracción de trabajadores y jóvenes.

Desde la fuga del Congreso de los Trabajadores Argentinos hacia una ficción de central sindical en 1996, que daría como resultado el direccionamiento de toda la fuerza obrera y juvenil hacia el Frepaso-Alianza y el vaciamiento patético de la actual CTA, hasta los desvíos cometidos en diciembre de 2001 y los meses siguientes, todo sumó para provocar derrotas sucesivas, desmoralizar, confundir y paralizar a la clase obrera y el conjunto del pueblo. Pero si esta deriva sepultó cuadros y organizaciones que pretendieron erigirse como dirigentes de la voluntad de masas, en la misma medida en que las clases dominantes no lograron resolver uno solo de los problemas que aquejan a la sociedad argentina, no acaba con la necesidad de las mayorías de buscar un nuevo rumbo político y la actitud expectante, aunque pasiva, de decenas de miles de activistas sociales y políticos.

Para una clase, tanto más para el conjunto heterogéneo que supone un pueblo, no hay conciencia sostenida en el tiempo sin una organización que la exprese y, a la vez, revierta sobre ella, motorizada por el choque cotidiano en la lucha de clases, para afirmarla y sin cesar modificarla en una constante negación dialéctica.

Simétricamente, no hay organización revolucionaria sostenida en el tiempo sin un sustento de masas que, sin pausa, le insufle a los conceptos generales de una teoría revolucionaria el oxígeno de lo particular, su concreción.

La tragedia de la revolución socialista en el siglo XX fue la ruptura en la Unión Soviética, a partir de la segunda mitad de la década del ’20, de esa interrelación virtuosa entre las masas explotadas y oprimidas y el Partido con y por el cual ellas habían accedido a la conciencia, la organización y el poder en 1917.

Durante sesenta años aquella ruptura se propagó por diferentes caminos al proletariado mundial y a través de éste a todas las organizaciones obreras y revolucionarias, incluyendo a las que intentaron resistir aquella fuerza destructiva, simplificada en el término stalinismo.

Esta última afirmación tiene una excepción, relativa pero crucial: el Partido Comunista de Cuba. Tal excepcionalidad es la que explica en última instancia la sobrevivencia más aún, el fortalecimiento- de la Revolución Cubana tras el derrumbe ignominioso de la Urss y la capitulación aún más vergonzosa de su Partido Comunista. En Cuba, por el contrario, se avanzó en la identificación de la clase obrera y el conjunto del pueblo con el Partido Comunista de Cuba, galvanizando conciencia y organización en mutuo fortalecimiento.

A la vuelta de este período histórico, el nacimiento del Psuv viene a aparejar el hecho saliente de la política mundial contemporánea, asumido ya por las voces más diversas, a saber: la vanguardia de la política mundial está en América Latina. Con todas sus falencias y no obstante las inmensas amenazas que penden sobre el Psuv, su importancia histórica radica en que comienza a traducir la estrategia de la revolución socialista mundial al lenguaje latinoamericano, en el sentido de representar con mayor aproximación y genuinidad la realidad social, la formación económica y el acervo histórico de la región.

Lejos de las habituales tilinguerías que rechazan lo pasado por viejo y se limitan a pontificar sobre novedades para las que nada aportan, en América Latina está planteada hoy la insoslayable necesidad de elaborar y aplicar una teoría del partido revolucionario adecuada al tiempo y las circunstancias. En esta tarea, es tan nociva la propensión al calco como la fanfarronería de quien cree que todo comienza con él. No podrá darse un paso adelante si no se incorpora el acervo histórico de 200 años de luchas de clases del mundo contemporáneo. La construcción del socialismo requiere de voluntad colectiva organizada, pero sobre bases científicas. Esas bases fueron sentadas por la labor teórica de Marx y Engels, y desarrolladas por innumerables luchadores desde entonces.

Sin embargo, los partidos para esta época de transición deben tener también un carácter transicional. En sentido estricto, no pueden definirse como marxistas. Porque deben incluir en todos los sentidos a decenas y cientos de millones de personas que en abrumadora mayoría son portadoras de la contradicción entre la exigencia objetiva de la lucha anticapitalista y la ideología (la falsa conciencia) del capitalismo, incluida -y en lugar relevante- la religión, que bajo la forma ya no sólo de la iglesia católica sino de infinidad de iglesias evangélicas, se ha constituido en las últimas décadas en el reemplazo político-organizativo de los derruidos partidos del capital.

Eso no se resuelve con desplantes, ni con grititos enronquecidos de tribunos de utilería. Requiere una labor sistemática de alcance histórico, que comienza por la alfabetización de decenas de millones de analfabetos totales y funcionales, sigue por la politización en el sentido más general y culmina en la formación ideológico política de las masas, lo cual supone la rigurosa educación de los cuadros de vanguardia.

La revolución no viene después de este proceso. Éste es parte de aquélla. El auge en las luchas antimperialistas y anticapitalistas predomina ya en América Latina. Esto configura una situación revolucionaria en términos generales, complementada con grados de desarrollo menor en países de gravitación mayor, especialmente Brasil y Argentina. Por eso mismo, por su desigualdad, se trata de un proceso en pleno desarrollo, de manera alguna definido en términos históricos, que da lugar a una batalla feroz en todos los terrenos, y cuyo desenlace no es fatal: depende de la capacidad de la vanguardia revolucionaria para comprenderla y afrontarla.

Aparecen aquí dos problemas principales: cómo sostener el actual punto de desarrollo de la comprensión colectiva de las luchas sociales en curso y cómo hacerla avanzar a la conciencia revolucionaria anticapitalista o, lo que es lo mismo, cómo impedir que el imperialismo y las burguesías regionales consigan desviar, dividir y derrotar a las masas.

Desembocamos por este camino otra vez en la relación entre conciencia y organización: si en plazos perentorios no se constituyen organizaciones de masas que comprendan, estimulen y desarrollen la conciencia actual, el enemigo logrará su objetivo, comenzando por el primer escalón: la división de las masas. No es preciso abundar en ejemplos; están al alcance de la mano en cada país.

Como lo fuera el PT en su momento, con un grado de radicalidad incomparablemente mayor y desde el ejercicio del poder del Estado, el Psuv es hoy el punto más alto en la plasmación de un determinado desarrollo de la conciencia y la lucha de clases en organización política.

 

Atraso y conciencia

A la par de esta afirmación, que supone defender las definiciones de principios, programáticas y estatutarias del Psuv como prototipo válido para toda América Latina tras el objetivo de alcanzar la unidad social y política de las masas, es preciso subrayar un punto nodal para el futuro de este partido.

Ya a comienzos de la década de 1920, al calor de la victoria de la revolución en Rusia y del fracaso de la revolución en Alemania, apareció la tentación teórica de ensalzar el atraso. En un libro tan citado como desconocido, Historia y conciencia de clase (1923), George Lukacs confirió ciudadanía intelectual a este desvío: «el carácter de indesarrollo de Rusia (…) le dio al proletariado ruso la oportunidad de resolver la crisis ideológica con mayor prontitud». Según esta interpretación «la influencia más débil ejercida por los modos capitalistas de pensamiento y sentimiento sobre el proletariado en Rusia» habría permitido la formación del partido revolucionario y la toma del poder, a diferencia de lo ocurrido en los vecinos de mayor desarrollo capitalista (3).

Mucho después, en 1967, Lukacs diría de su propia obra que había sido el resultado de un pensamiento idealista: «más hegeliano que Hegel». Pero también eso es discutible. Porque en aquella interpretación no sólo había idealismo, sino mecanicismo. La glorificación del subdesarrollo lo llevaba al «optimismo romántico», como acertadamente dice Métzáros. La autocrítica, en cambio, conduce a desconocer el hecho real: ocurrió la Revolución Rusa, se constituyó el partido revolucionario, en el país más atrasado de Europa; mientras que ambas cosas fueron imposibles en Alemania, el más desarrollado de entonces.

Conviene retener esta experiencia histórica para comprender desde una perspectiva más amplia el momento que atraviesan la Revolución Bolivariana y el estado de efervescencia en América Latina. En comparación con Brasil, México y Argentina, Venezuela es el subdesarrollo en el subdesarrollo. No fue ésta la condición determinante que dio lugar a que la retomada de la revolución ocurriera en aquel país (4). Pero fuera de duda, a menos que se piense en términos idealistas, ese atraso gravitará necesariamente sobre forma y contenido del Psuv. En contraste, el desarrollo capitalista brasileño fue capaz de engullirse al PT y el de Argentina llevó a este país, en medio de una crisis convulsiva del capitalismo, al punto de mayor atraso, confusión y parálisis política de los explotados en toda su historia.

Un refrán asegura que hay que tener cuidado con los errores de las personas inteligentes. En efecto, hay que tener cuidado con aquel garrafal desvío de Lukacs. Porque no comprender que reflejaba una contradicción real, conduce a dejarse arrastrar al «pesimismo romántico», una vez confirmado que el atraso da lugar a fenómenos aberrantes como el stalinismo. La ley marxista del desarrollo desigual y combinado permite aprehender esa dialéctica de una manera más próxima al desenvolvimiento histórico.

Dicho de otro modo: hoy el eje de la revolución mundial se ha desplazado a América Latina, una de las áreas atrasadas del mundo, subdesarrollada en términos industriales, dependiente de los centros imperiales. Y dentro de ese fenómeno, como centro y motor que lo explica, está Venezuela. ¿Qué harán los revolucionarios? ¿Fugar al ‘optimismo romántico’ o guarecerse en el ‘pesimismo romántico’? El hecho es que los cambios objetivos que dan lugar a este momento histórico son «independientes de la voluntad, no sólo de determinados grupos y partidos, sino también de la voluntad de determinadas clases» (5). Ahora y aquí, como en cualquier momento y lugar, ser revolucionario significa comprometerse con una acción que dé respuesta a las necesidades de los explotados y oprimidos, en toda circunstancia y muy particularmente en una situación revolucionaria.

El primer punto es comprender la desigualdad y bregar por una combinación positiva. Asumir el papel decisivo del Psuv y la necesidad de que los proletariados más avanzados de la región (por mayor desarrollo industrial y experiencia política), concurran en el menor tiempo posible a ensamblar, mediante herramientas políticas propias hoy inexistentes, con esa vanguardia política continental que es el Psuv. Esto vale sobre todo para Brasil, México y Argentina por su peso objetivo y, por razones diferentes, para Cuba y Bolivia, respectivamente vanguardias ideológica y social de la revolución hemisférica.

Chávez, receptor del poder delegado voluntaria y fervorosamente por millones de hombres y mujeres, ha querido y ha logrado transferir ese inmenso poder a la única instancia capaz de gestionarlo sana y sostenidamente: un Partido. Sin embargo no es por acaso que éste haya debido ser el camino. Es un hecho a todas luces evidente que la clase obrera venezolana no es la vanguardia efectiva de la Revolución Bolivariana y, en consecuencia, tampoco el centro de gravitación del Psuv. A esto se suma el hecho de que las organizaciones de mayor peso que apoyan a Chávez y su MVR, no ingresaron al Psuv.

Es un dato elocuente que, en el momento en que se juramentaba a la Dirección Nacional del Psuv en Caracas y Chávez iniciaba su discurso reivindicando a Marx como «el más grande de los pensadores en la lucha por la emancipación humana», en el Oriente del país, la mayor concentración proletaria en Venezuela mantenía una vigorosa lucha contra la empresa Sidor con un programa estrictamente sindical. Sólo pequeños sectores de vanguardia defendían la reestatización de la empresa. No obstante, esa resistencia sostenida y creciente fue reprimida por la Guardia Nacional del Estado Bolívar. Esta circunstancia, la intransigencia de la empresa y la persistencia de la movilización obrera aunque siempre con carácter estrictamente reivindicativo, e incluso en buena medida manipulada por un sector burocrático con el objetivo de desgastar al gobierno con vistas a las elecciones- dio oportunidad a Chávez para decidir la expropiación de Sidor.

Pocos casos reflejan tan claramente como éste el cuadro estructural de la Revolución Bolivariana.

Más que en otros países suramericanos, para utilizar la expresión de Marx, en Venezuela existe una importante «clase obrera en sí», pero no una «clase obrera para sí», es decir, con conciencia del lugar que ocupa en la sociedad y la historia. La omisión de las dirigencias sindicales en la construcción del Psuv, fruto del economicismo y la confusión ideológica, se manifestaba así en una contradicción práctica entre la estrategia socialista y los conflictos propios de una sociedad en el umbral de la transición al socialismo. En perspectiva, sólo un proletariado consciente y organizado puede resolver esa contradicción. La labor de constitución de una «clase obrera para sí» es por tanto uno de los principales desafíos para el Psuv. Pero una vanguardia consciente en el resto de América Latina debería tomar esa tarea como suya propia. El lugar que finalmente decida ocupar el activo sindical venezolano gravitará sobre el curso de los acontecimientos. Pero ese lugar depende en buena medida del papel que decida asumir la vanguardia latinoamericana respecto del Psuv y de la Revolución Bolivariana. Esta es una tercera razón y en modo alguno menos importante que las anteriores- para no perder un día en la tarea de construir herramientas políticas de masas, antimperialistas y anticapitalistas: confluir desde proletariados con mayor desarrollo objetivo y, en algunos casos, con mayor acervo político, en una organización internacional que combine positivamente las desigualdades. De tal manera, contribuir a un desarrollo positivo del Psuv, es una tarea inseparable de aquellas obligadas para garantizar la continuidad del desarrollo revolucionario en países como Bolivia y Ecuador, impedir que el inexorable colapso de las fuerzas centristas dominantes en Argentina, Chile, Brasil, Uruguay y Paraguay conduzca a la disgregación social y a seguras derrotas a manos del capital, y afirmar el actual nivel de conciencia para avanzar hacia una conciencia socialista a escala hemisférica.

Permítasenos en este punto una digresión necesaria: al hablar de organización y conciencia es insoslayable un tema altamente controversial, a saber: ¿de dónde viene la conciencia? La primera piedra del escándalo la puso Lenin:

«Hemos dicho que los obreros no podían tener conciencia (socialista). Ésta sólo podía ser traída desde fuera. La historia de todos países demuestra que con sus propias fuerzas la clase obrera está en condiciones de elaborar exclusivamente sólo una conciencia tradeunionista, es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patrones, reclamar al gobierno la promulgación de tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etc. En cambio, la doctrina del socialismo ha surgido de teorías filosóficas, históricas y económicas elaboradas por intelectuales, por hombres instruidos de las clases poseedoras. Por su posición social, los propios fundadores del socialismo científico moderno, Marx y Engels, pertenecían a la intelectualidad burguesa» (6).

Los abusos de que ha sido objeto el pensamiento de Lenin, sobre todo en relación con la teoría del partido, exigen volver sobre este concepto en momentos en que se replantea, con bases objetivas como nunca antes, la posibilidad de edificar partidos revolucionarios de masas.
El caso venezolano es una comprobación de la actualidad de aquella aseveración de Lenin. La espontaneidad de las masas en rebeldía contra las iniquidades del capitalismo dio lugar en 1989 al Caracazo e inauguró una nueva etapa en la historia venezolana. Pero una de las consecuencias de aquella rebelión, la formación del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200), un grupo de militares encabezados por Chávez, sería el punto de partida para que la fuerza de aquellas masas insurrectas no se perdiera en el vacío o, peor aún, fuera recuperada por alguna fracción capitalista.

Convertido Chávez en un ídolo y llevado por elecciones al gobierno, un dato para muchos folklórico, el programa dominical Aló Presidente, se convirtió en la llave para educar a las masas. Luego vino el programa de alfabetización completado con misiones destinadas a que toda Venezuela se pusiera a estudiar, cada uno desde el nivel de instrucción en que estuviera. A medida que el enemigo mostraba las garras, Chávez sumó al Aló interminables discursos dados en las circunstancias más diversas y no menos prolongadas cadenas de radio y televisión donde con la mayor naturalidad, y con la pasión y las condiciones didácticas que les son propias, incursionaba en los aspectos más complejos de la política nacional e internacional. El salto en nivel político y conciencia que experimentó en pocos años la sociedad venezolana (incluida la oposición), difícilmente tenga parangón en otro proceso revolucionario. Como sea, nadie podrá discutir que esa conciencia que hoy es patrimonio social, que ha dado vuelta como un guante la realidad venezolana e internacional (y a la cual le falta todavía mucho camino por recorrer), «vino de fuera», para decirlo con la fórmula de Lenin. 

Sólo personas ganadas por la ignorancia y la pedantería podrían deducir de aquí una actitud altanera, de fatua superioridad ante las masas (de hecho eso ocurre en no pocas sectas de infantoizquierdistas). El conjunto del pueblo, la clase obrera en particular, es una fuente inagotable de saber. Nadie que no quiera o no sepa beber en ella podrá ser un verdadero dirigente. Nadie que desconozca la necesidad de establecer una relación continua entre aquella sabiduría y el socialismo científico podrá sostener por mucho tiempo el carácter científico de una propuesta revolucionaria. Del mismo modo, la negativa a reconocer la justeza de la teoría de Lenin condena al economicismo, al espontaneísmo, en definitiva a la derrota de las masas y sus vanguardias.

Nada más elocuente que el hecho de que un hombre con el lugar alcanzado por Chávez ante las masas, que podría haber perpetuado un liderazgo personalista, con rasgos autoritarios (e incluso se hubiera ahorrado enormes dificultades, entre ellas, muy probablemente, la derrota en el referéndum), se dispusiera a transferir el poder a través de los consejos comunales y el Psuv.

Ese paso puede medirse desde una perspectiva subjetiva. Efectivamente, no hay prueba mayor de la intencionalidad de Chávez. Pero también puede hacérselo desde la teoría de la relación vanguardia-masa y, tanto más, individuo-historia: cientos de miles de personas introducidas en el desconocido y fascinante universo del debate político, donde toda voz debe ser escuchada, donde cada paso ha de basarse en el razonamiento y la decisión en la voluntad mayoritaria, la democratización efectiva del poder; millones de personas ingresando en ese mundo después de haber sido develada su conciencia por las ideas de la revolución y la explicación incansable de lo que produce el capitalismo y la necesidad del socialismo, constituyen una superación, si bien no teorizada, de las malinterpretaciones y manipulaciones del célebre Qué hacer. El Psuv es, en ese sentido, expresión de esa superación.

 

Valores y antivalores

Tal afirmación no debe llevar a una interpretación apologética. Sin esfuerzo se podrán encontrar en el Psuv fallas y transgresiones a una estricta metodología democrática, así como conductas individuales o grupales apuntadas precisamente a lo contrario del libre protagonismo de las bases. Fraccionalismo, maniobras e intrigas no son patrimonio exclusivo de la izquierda en Argentina. Pero, en primer lugar, esos lunares se pueden hallar con toda facilidad precisamente porque el proceso mismo de construcción partidaria se ha llevado a cabo a la luz pública.

Más aún: ciertas conductas burocráticas a menudo no exentas de autoritarismo, el desinterés funcionaril, la falta de empeño en la pulcritud metodológica, la conducta camarillista, entre otros rasgos negativos que sería posible apuntar en este proceso, no son sino la paradojal comprobación de que no pocos de los y las protagonistas de este fenómeno, cargando con una cultura política de arrastre, han sido envueltos e inconscientemente involucrados en un proceso de construcción que los incluye como parte inseparable de la Revolución Bolivariana, destila y utiliza sus capacidades y las pone al servicio de un fin mayor que niega y supera aquellas miserias. El conjunto, movido y guiado desde un centro vital por una clara estrategia de revolución socialista, ha puesto el signo y sobredeterminado el papel de las partes, dando lugar a un círculo virtuoso. Tal vez con el tiempo más de un cuadro activo de este mecanismo descubrirá hasta qué punto ha sido valiosa su participación, cuando ahora la considera simplemente una obligación laboral.

El rescate de los valores de cada individuo, la superación de sus debilidades y deformaciones individualistas alimentadas por una sociedad de competencia que entroniza antivalores y mediocridades, es un resultado no menor y prueba irrefutable del carácter genuino de un proceso revolucionario. Se trata de la dinámica exactamente opuesta al proceso que sufren las formaciones partidarias de la burguesía, también experimentado por las sectas sedicentemente revolucionarias, donde las capacidades individuales en lugar de conjugarse se contraponen, en lugar de potenciarse se dividen, en lugar de honrar envilecen.

Desde luego, como en todo organismo vivo, el desenlace siempre estará en disputa. En la misma medida en que la historia reaparece constantemente y se reconstituyen conceptos, metodologías y conciencias propios de la sociedad capitalista, el destino de un partido revolucionario es inseparable del destino de la revolución misma. Al cabo prevalecerá lo peor o lo mejor de los seres humanos que componen el Psuv según prevalezca, no en Venezuela sino en América Latina y el mundo, la barbarie o el socialismo. Pero temer esa ambivalencia es como temblar ante la vida, es decir, escabullirle a la historia.

En este momento histórico de Venezuela, en pleno empeño por llevar adelante la transición del capitalismo al socialismo, el Psuv espeja esa realidad y se constituye en herramienta igualmente transitiva, incorporando los rasgos positivos y negativos de la mayoría social y las vanguardias que ensayan este asalto al cielo.

 

Rescate histórico

Otro rasgo positivo sobresaliente del Psuv y su dialéctica virtuosa, es el rescate de cuadros militantes provenientes de los más diversos intentos de reivindicación social. Los 30 miembros de la Dirección Nacional, en sí misma síntesis de edades, condición social, formación etnocultural y proveniencia política, son apenas una muestra mínima de los miles de cuadros con voluntad y capacidad para asumir posiciones dirigentes a todos los niveles.
Instancia de unidad social y política de una mayoría abrumadora compuesta por trabajadores de todos los sectores, campesinos, juventudes, profesionales y pequeños productores del campo y la ciudad, en el marco de un proceso revolucionario, el Psuv ha obrado como fuerza centrípeta conjugando experiencias e individuos de disímiles trayectorias. Aquí también se verifica una dinámica inversa a la que puede constatarse en las filas revolucionarias en otros países, donde fuerzas centrífugas, impulsadas por el retroceso de las ideas revolucionarias en las últimas décadas, causan la constante destrucción de capacidades encarnadas en militantes dispersos.

Guerrilleros y militares, jóvenes y veteranos, comunistas y cristianos, revolucionarios y reformistas, entre otras tantas dicotomías que lo son y de manera taxativa en otro cuadro sociopolítico, convergen en Venezuela sobre el único eje que puede dar lugar a semejante agregación en cualquier parte del mundo: la revolución socialista.

Se verifica así en los hechos la más osada novedad política en mucho tiempo, realizada por Cuba, esgrimida por el Che, asumida y propulsada por Chávez, en choque frontal con tirios y troyanos y a contracorriente de la opinión predominante en partidos y academias: la vigencia de un programa anticapitalista y de la noción de Partido revolucionario como ejes para la agregación social y la recomposición de fuerzas políticas. Esta comprobación, que será más nítida y abarcadora en la etapa histórica que ella misma inaugura, golpeará sobre la conciencia y el accionar de decenas de miles de luchadores en todo el continente. El espectro político regional habrá cambiado. En ese sentido, el Psuv es un nuevo y poderosísimo eje gravitacional en América Latina.

 

(1).- Información pormenorizada y paso a paso de estos acontecimientos puede hallarse en «El gran debate», América XXI Nº 24, marzo de 2007; «Tomar partido», América XXI Nº 25, abril de 2007; «Movilización nacional para la construcción de un nuevo partido», América XXI Nº 26, mayo de 2007; «Un partido construido por las masas», América XXI Nº 31, octubre de 2007; «Un paso atrás», América XXI Nº 33, diciembre 2007-enero 2008;»Retroceder, detenerse o avanzar en pos del socialismo», América XXI Nº 35, febrero de 2008 «Para la transición al socialismo, un Partido de transición», América XXI Nº 36, marzo de 2008; «Un faro para América Latina», América XXI Nº 37, abril de 2008.
(2).- «Nuevos tiempos, nuevas tareas», Crítica de Nuestro Tiempo Nº 35, mayo octubre de 2007.
(3).- El respetado autor István Métzáros focaliza este error en su libro «Más allá del Capital».
(4).- Trato este tema en un libro de próxima aparición, por lo que aquí sólo queda enunciado.
(5).- V.I. Lenin; Obras completas, T XXII, pág. 310; Ed. Cartago.
(6).- V.I. Lenin; Qué Hacer? Obras escogidas. Editorial Progreso; T II; pág. 28

Intervención de Luis Bilbao

porLBenCR

 

Buenas noches. Vamos a darle la clausura de esta introducción al seminario al compañero Eduardo Fuentes, que hablará en representación de lo que es, ha sido y seguirá siendo el gran faro en nuestro continente respecto de la cuestión central de este seminario: la construcción del socialismo o si lo queremos poner de otra manera, la abolición del capitalismo.

Realmente fue muy oportuno hacer este esfuerzo de organizar un seminario que se propone continental para pensar, debatir y elaborar el socialismo del siglo XXI. Cuando, como contaba el compañero, discutimos esto el 2 de marzo, pusimos como fecha mediados de junio (17, 18 y 19), lo realizamos en Montevideo; y entre la decisión de hacerlo y el momento en que lo hicimos se habían caído dos presidentes en América del Sur y estaba tambaleando un tercero, que todavía sigue tambaleando. Esperemos que no caiga; pese a todo tenemos que trabajar para que no caiga.

Luego, entre Montevideo y Buenos Aires los acontecimientos se han sucedido con una velocidad y una profundidad, que verdaderamente se entiende que a muchas personas les produzca vértigo. Me pregunto si hemos sacado todas las conclusiones respecto de lo que ocurrió en Mar del Plata. De manera que yo voy a centrar mi intervención en esto para que el día de mañana podamos extraer hasta lo último respecto de qué hacer después de lo ocurrido en Mar del Plata. Porque no se trata de un acontecimiento cualquiera; y no se puede dar cuenta de semejante acontecimiento sin apelar a todo el bagaje teórico y a toda la decisión militante que se supone reunimos en este conjunto.

Se fracturó el continente el 4 de noviembre. Se partió en dos. Si ustedes ven la última edición (número 11) de América XXI, mi nota editorial tiene como título “Acorralado, Bush embiste en el Cono Sur”. En esa editorial lo que hacía era detallar cómo Estados Unidos, después de 6 años de retroceder sistemáticamente en todo el hemisferio, de haber perdido la iniciativa política y de mostrar incapacidad para recuperar el control estratégico del hemisferio, había lanzado una campaña feroz que implicaba una cantidad de factores, pero que estaba centrada en torno de uno: la violencia. Cundo yo decía esto, tomaba como primer hecho de esa contraofensiva bélica, aunque tenía todos los demás elementos, un acontecimiento del cual hoy se cumple un año. Hoy en Venezuela están conmemorado un año del asesinato de un fiscal revolucionario, a quién le pusieron una bomba, lo hicieron volar por los aires, en la certeza de que era la gota que derramaba el vaso de la paciencia revolucionaria y lanzaba a la revolución bolivariana una cantidad de medidas que podrían haber sido tomadas precisamente como la provocación para continuar con el proyecto intervencionista-militar de Estados Unidos sobre Venezuela. Les falló. Era el 18 de noviembre de 2004.

Un mes y medio después hicieron otra provocación de dimensiones extraordinarias: secuestraron a un dirigente diplomático de la FARC en el centro de Caracas. Lo hicieron con un grupo de militares y paramilitares colombianos, y con un grupo de militares venezolanos. Era el intento de provocar una situación bélica ya no simplemente interna, sino con Colombia. Volvieron a fracasar y este fracaso fue todavía más grave (aunque no me referiré a eso esta noche).

Pero donde sí empezó Estados Unidos a hacer pié en su contraofensiva fue precisamente aquí, en el Cono Sur. ¿Cuáles fueron los instrumentos utilizados?

El militar, tal vez el más conocido, tuvo eje en Paraguay, con la decisión de hacer pública una base que tenían hace 20 años. Además comprometieron ostensiblemente al gobierno con la inmunidad para las tropas estadounidenses que están actuando y seguirán actuando durante todo el año en Paraguay, a 200 kilómetros de la frontera con Bolivia, y a muy poca distancia de la Triple Frontera.

Pero, hubo factores de otro orden, que constituían esa contraofensiva generalizada de Estado Unidos y que fueron menos visibles. Ustedes habrán leído con estupefacción el 2 de mayo pasado, cuando Clarín publicó un artículo firmado por el canciller argentino defendiendo el Alca, sabiendo además que ese artículo fue enviado desde Washington, dónde el canciller había hecho una reunión de embajadores para definir la política internacional de Argentina. Y mientras tanto se aceleraba lo que ya estaba resuelto pero de todas maneras debía replantearse en Uruguay, que era el Tratado Bilateral de Inversión, firmado por el presidente saliente en acuerdo con el presidente entrante, pero que sin embargo debía aprobar el parlamento. Esto formaba parte, entre otra gran cantidad de hechos que no voy a sumar para no agobiarlos, de una contraofensiva que tenía como objetivo restar a estos países del bloque objetivo que estaba conformándose en América del Sur, en contra de las decisiones centrales del imperialismo estadounidense.

Bueno compañeros, esa embestida en el Cono Sur fracasó el 4 de noviembre. Fracasó completamente después de tener éxito en sus pasos preparatorios. Nosotros tenemos que reflexionar sobre este punto; mucho y muy cuidadosamente. Propongo que éste sea uno de los temas de discusión en la cuestión estratégica de la transición.

Para quien vive en Argentina, en Paraguay, en Brasil o en Uruguay, esta descripción dramática que hace el compañero uruguayo de la situación en su país, no tiene dudas respecto de cuál es la naturaleza de los gobiernos que le dieron tamaño golpe al imperialismo. No tiene ninguna duda.

Ahora: fracasó la embestida. ¿Y qué quiere decir esto? Quiere decir que nosotros tenemos que recuperar el instrumental revolucionario, sobre todo en aquello que es su nudo, que es el método de pensar. El marxismo, si es algo, es la recuperación de lo más puro del pensamiento en la historia humana, que nació materialista y nació dialéctico, pero que en el siglo XIX con esas dos grandes cabezas revolucionarias, no solamente pensantes, que fueron Marx y Engels, toma la capacidad de reconocer la realidad en toda su cambiante contradicción.

El desenlace en Mar del Plata muestra a protagonistas que habían cedido frente a la embestida estadounidense, enfrentando al imperialismo en el momento en que pretendía consumar la contraofensiva. ¿Qué pasó para que, habiéndose entregado, en la reunión de presidentes tomaran la decisión de resistir?

Los estrategas de Estados Unidos no son tontos; son personas que, con todos los recursos del mundo, están en capacidad de medir milimétricamente cuál es la situación. Y ellos dijeron: en Mar del Plata, lanzamos el golpe, imponemos el Alca, aislamos a Venezuela, se terminó.

Luego estaremos en condiciones de invadir Venezuela, de invadir Cuba. Esto estaba en juego en Mar del Plata compañeros. No nos confundamos. Y la forma de hacer eso era la imposición del Alca. La preparación llevó tres años, particularmente los últimos dos. Recuerden que esta reunión en Argentina debía hacerse en 2004, pero se hizo un encuentro especial, fuera de agenda, en Monterrey, en febrero de 2004 para preparar este encuentro, ir minando el terreno y dar el remate. Fue una línea de acción estratégica, milimétricamente medida, y exitosa. Excepto en el norte del Sur, exitosa. Sin embargo, cuando vienen a dar el paso decisivo, se encuentran con algo completamente fuera de lo planeado.

El presidente Néstor Kirchner hace un discurso diciendo: “al Alca, no”. Kirchner; no Lenin. No sé si perciben la diferencia…

(Risas)

Kirchner hace un discurso diciendo “no al Alca” y el Mercosur se pliega: no al Alca. Quedaron tan desconcertados los estrategas y los empleados del imperialismo que se produjo una situación inmanejable en la propia Cumbre. Perdiendo todo sentido de la realidad inmediata el presidente Vicente Fox -el presidente de Coca Cola, entiéndanme-

(Risas)

…dice nada más y nada menos que ellos son 29 contra 5. Se acabó. Era precisamente lo que no debía decir. En primer lugar por el sentido del número; porque de esos 29 hay tres, son ellos, Canadá, Estados Unidos y México que obviamente quieren el ALCA. De los otros 26 hay más de 22 que no quieren saber absolutamente nada con el Alca, pero son países sin gravitación desde el punto de vista geográfico, el número de habitantes y el peso económico. Y por lo tanto en una circunstancia de tanta presión, de tanta violencia, como la que se dio en la cumbre (al punto que Kirchner, -otra vez, no fue Trotsky, sino Kirchner!- tuvo que decir que no le gustaba que lo patotearan, porque eso es lo que estaban haciendo); en tal situación estos 22, 24 países no pueden sencillamente votar en contra.

De hecho no votaron en contra ni a favor. Pero Fox los puso a todos como propios. Frente a eso el presidente Hugo Chávez les dijo: si somos democráticos, entonces hagamos un referéndum, país por país, a ver quién quiere el ALCA, desde Canadá hasta Argentina, quién quiere el Alca.

Se fue el señor Bush, se levantó y se fue. Después Chávez bromeaba en una conferencia de prensa, diciendo que se había ido con la derrota pintada en la frente. Y no hay duda. El papelón que han hecho no tiene nombre. Y tenían ganada la batalla…

Ahora, precisamente por eso es importante comprender la contradicción. Porque no son los gobernantes, no son los gobiernos, no son los partidos; es una fuerza que los maneja a ellos, que no les deja escapatoria, entre otras cosa porque ya han probada una conclusión muy clara, que nosotros decíamos y veíamos en el Seminario de Montevideo, cuando consideramos la caída de Mesa en Bolivia y la caída de Lucio Gutiérrez de Ecuador. ¿Por qué se cayó Lucio Gutiérrez? Porque se entregó a la voluntad imperialista. Y una vez que lo tienen… como señala un antiguo refrán: “Roma no paga a traidores”. Una vez que lo tienen, lo tiran. Y esto lo saben ahora todos los presidentes tentados a subordinarse: están entre la espada y la pared.

Creo que acá, en este punto, está el gran desafío para que una verdadera fuerza revolucionaria pueda pasar de la idea y los cuadros a la acción y a las masas. Porque esto se acelera. En este momento debía estar aquí para hablar después de mí y dar un panorama milimétrico de Venezuela, el embajador de Venezuela. ¿Por qué no está el embajador de Venezuela? Porque de pronto, después de la Cumbre en Mar del Plata, y en medio de una pelea de Kirchner con Fox que se prolongaría multiplicada por mil entre Chávez y Fox, el gobierno argentino le pidió de emergencia una audiencia al gobierno venezolano. Y allá se va Kirchner. Naturalmente el embajador venezolano tuvo que viajar también. ¿Qué irá a hacer Kirchner a Venezuela? Lean el diario la Nación, la desesperación de esta gente es para divertirse. Nosotros también tenemos derecho a la diversión. Lean La Nación, eso es diversión pura.

(Risas)

Yo creo que entonces el gran desafío del pensamiento revolucionario es ser capaz de recuperar una noción clásica, forjada en lo que fuera el laboratorio de ideas revolucionarias más poderoso en la historia de la humanidad, la III Internacional en sus cuatro primeros congresos. Son textos completamente desconocidos, desestimados por la mayoría de los cuadros. Pero ha llegado la hora de recuperarlos.

Crítica de Nuestro Tiempo publicó hace ya tres años los cuatro primeros congresos de la Internacional, para ponerlos en manos militantes precisamente como un instrumento, como parte de un instrumental imprescindible de los revolucionarios; para poder pensar la realidad no copiando aquello, sino tomando el ejemplo. Porque ¿qué era lo que resolvían los revolucionarios de comienzos del siglo XX reunidos en la III Internacional? La transición; los problemas de la transición. Estaba claro que el mundo se hundía en una crisis capitalista gravísima; la que llevaría a la II Guerra Mundial; y que estaba planteado el propósito y la posibilidad concreta, alcanzable, visible, de la revolución socialista; el derrocamiento del capitalismo en todo el mundo. Estaba planteado. Sería motivo de otro seminario discutir por qué eso no fue.

Pero lo cierto es que en esos cuatro congresos, los revolucionarios de todo el mundo, conducidos por los revolucionarios que habían obtenido una victoria y que estaban haciendo la primera revolución anticapitalista del mundo, forjaron consignas, criterios y metodologías que hoy serán muy valiosas para nosotros si podemos entenderlas y asimilarlas. Y una de las cosas que se cambió en aquella oportunidad, no me canso de repetirlo, fue una consigna histórica. La III Internacional Comunista cambió la consigna clásica del Manifiesto Comunista: “proletarios del mundo, unios”. Ante la eclosión de la crisis a escala planetaria, con la revolución rusa ya vigente, en una situación de tener que liderar la transición, la III Internacional forja la consigna “proletarios y pueblos oprimidos del mundo, unios”.

Vean esto: a un marxista serio nadie puede darle lecciones respecto de la búsqueda de la más amplia forma de unidad para enfrentar al imperialismo y al capitalismo. ¡Nadie! Pero claro, son pocos los marxistas serios, quiero decir teóricamente sólidos… si es que acaso hay alguno que esté fuera de Cuba.

Por eso hay muchísimo espacio para otras recetas. Por ejemplo, hagamos un frente muy amplio. Claro porque entre la locura sectaria del llamado frente de izquierdas, que es una locura sectaria porque deja al país, sobre todo en la Argentina -también en Uruguay, pero en Argentina ni hablar- fuera de ese frente. Discutimos esto con los compañeros que defendían la noción teórica de izquierda unida: si nosotros consiguiéramos unir a todas las izquierdas, cosa absolutamente imposible (y no deseable, además, ya vamos a ver por qué), si lo lográramos, el país entero queda fuera de ese frente. Cuando de una manera u otra esto se comprueba, naturalmente viene el contragolpe: ¿por qué no podrían participar la UCR y sus dirigentes en el frente que necesitamos? Esta es una discusión de hoy y es una discusión para nosotros también.

Pues bien: los revolucionarios del mundo, en el tercer y cuarto congresos de la Internacional Comunista, forjaron una noción programática y un concepto organizativo para dar respuesta a este dilema. Y no una respuesta polar: unidad de las izquierdas o todos, no importa de qué partido, somos hermanos y vamos para adelante. Eso se llamó Frente Único Antimperialista. El programa era lo que la III Internacional, entiéndanme bien, por favor, denominó “programa de transición”. Luego, una corriente que tras el asesinato de su líder degeneraría de manera escandalosa en prácticamente todas sus versiones y fracciones, haría de esto una especie de oración religiosa. La fetichización de un programa para la revolución.

En esas manos el programa de transición no respondía al hecho de que el mundo vive un período de revolución y contrarrevolución, de capitalismo en agonía y socialismo que no nace, por lo tenemos que tener formas programáticas y formas organizativas ad doc, sino que era una receta. El que no estaba de acuerdo con eso era un contrarrevolucionario.

Un chiste de mal gusto; resultante de cosas que no tenemos por qué considerar ahora, pero que sin embargo quiero enunciar: una derrota muy profunda de los trabajadores en todo el mundo, un retroceso político, teórico y, naturalmente, organizativo.

Es éste el punto de partida para nosotros. Debemos arrancar desde una realidad en la cual aquella consigna, “proletarios y pueblos del mundo, unios”, no tiene donde apoyarse, no tiene la instancia desde la cual nosotros podamos decir unámonos. ¿Cómo se unen los proletarios si no hay sindicatos, si no hay partidos proletarios en el sentido lato de la palabra? ¿Y cómo se unen los pueblos cuando sus dirigentes, resultantes de esa tremenda derrota, sus representaciones políticas, son hoy todas instancias completamente entregadas al capital, y en la mayoría de los casos al imperialismo? Todos los movimientos nacionalistas burgueses, en su estructura central se han entregado, traicionando la voluntad de sus propias bases que no necesitan ser marxistas para enfrentarse al imperialismo y al capitalismo: Y que lo hicieron en todo el mundo bajo banderas nacionalistas. Nosotros tenemos que encontrar esta respuesta ahora, sin partidos de masa, sin sindicatos de masa, sin movimientos nacionalistas articulados de masas; sin nada de eso, debemos sin embargo dar respuestas.

A mí no me extraña que los jóvenes no vengan en grandes contingentes a este Seminario. Aparte de que llevamos un período muy largo de frustraciones ideológicas, nosotros acabamos de tener elecciones hace menos de un mes. ¿Qué pasó en las elecciones? Bueno, Alicia lo decía, 7 diputados de distintas formas de izquierda no pudieron renovar sus mandatos. Y Moria Casán sacó más votos que todas las izquierdas sumadas en la Capital. Por algo ocurrió eso; y si no reconocemos ese algo; si no reconocemos que las cosas son así, pues no avanzaremos.

Este es el punto de partida y no me asusta. ¿Por qué? Porque yo mismo recibí una dura lección en Mar del Plata. Yo veía los dos fenómenos, inclusive alguno de ustedes me habrá escuchado o acaso me habrá leído, explicando que la fuerza objetiva era mucho mayor, etc. Pero yo no preví que Kirchner iba dar el discurso que dio.

Y me parece que una persona seria -no digo un revolucionario, un marxista, digo una persona seria- cuando se equivoca o no acierta totalmente, tiene que decirlo. A mí me golpea que haya personas que han empapelado Buenos Aires con su cara para pedir un voto y, después de no obtenerlo, hablan de otra cosa como si no hubiera pasado absolutamente nada. ¿Cuál de los candidatos ha llamado a un gran debate para asumir que los trabajadores, las juventudes, la sociedad en todas sus clases y sectores, les dio la espalda? Ninguno de ustedes me iba a pedir cuenta de esto, porque la mayoría de ustedes no sabe qué pensaba yo de esa Cumbre.

Pero el hecho es que yo decía “Acorralado, Bush embiste en el Cono Sur”. Y la frase con la que terminaba ese artículo es la siguiente: “resta saber cuál será la respuesta desde Buenos Aires, Montevideo y Brasilia”. Lo dejé en la duda.

Pues bien: alguien no tenía dudas de cuál sería el desenlace de la cumbre de las Américas, porque tiene más información en primer lugar; porque tiene más formación; y porque tiene un partido. No estuvo presente en ese lugar, porque está prohibido para él; pero yo creo que de verdad fue la persona más presente, junto con Hugo Chávez: saben que estoy hablando de Fidel Castro.

La victoria en Mar del Palta tuvo una conducción estratégica. Y esta capacidad para medir y para actuar sobre los acontecimientos reales debe ser lo que nosotros midamos y pongamos a punto en nuestra discusión de mañana y pasado. Espero que lo hagamos así. Gracias a todos.

(Aplausos)

 

 

argentina como clave regional

Dilemas de la transcición en Suramérica a comienzos del siglo XXI

porLBenCR

 

Transcurridos apenas cinco años del siglo XXI, Suramérica como totalidad ha ingresado a una fase histórica cualitativamente diferente de la que determinó su curso durante el largo ciclo precedente. En rigor, esa fase se inscribe en otra mayor, determinada por la crisis general del capitalismo y su principal consecuencia política en el hemisferio: la autonegación y desarticulación de los grandes movimientos nacional-burgueses que dominaron el escenario político de la región durante prácticamente todo el siglo XX. Se trata por tanto, si se permite la imagen, de una transición dentro de la transición.

Tomando prestada una expresión de la ciencia económica, podría decirse que la “onda larga” del devenir político iniciada en los ’70 tuvo su primera fase con el debilitamiento y fragmentación de las grandes fuerzas políticas de masas nacional-burguesas en América Latina. Luego los aparatos dirigentes de aquellas fuerzas de masas se autonegaron para servir como ariete imperialista en la aplicación de medidas anticrisis (superexplotación del trabajo asalariado, traslación de la plusvalía de las burguesías locales a los centros metropolitanos mediante argucias financieras, saqueo descarado de las materias primas). La tercera fase está en curso: el movimiento de autodefensa de las burguesías suramericanas es acompañado por un intento de recomposición de formas híbridas de nacionalismo burgués y reformismo clásico. Hay que decirlo para comenzar y sin rodeos: si este proceso desembocara en la reconstitución de movimientos nacional-burgueses o popular-reformistas con respaldo de masas, todo el ciclo de medio siglo de luchas revertiría y los obreros y campesinos latinoamericano-caribeños sufrirían una derrota histórica, que a su vez repercutiría con efectos devastadores a escala mundial. Simultáneamente, sin embargo, estas formas híbridas hoy dominantes significan un límite que Estados Unidos no puede admitir en ningún sentido. El papel que en ese conjunto juega la Revolución Bolivariana de Venezuela agrega un factor revulsivo, que a la vez empuja y frena a los gobiernos de la región obligados a tomar distancia de Washington: si no siguen el ejemplo de las medidas radicales que aplica Hugo Chávez en favor de las masas y en defensa de la soberanía y el crecimiento, estarán amenazados por obreros, campesinos y juventudes embanderados con un proceso que ya ha proclamado la necesidad de transponer el capitalismo y edificar un nuevo socialismo; si intentan emularlo mientras frenan el ímpetu de aquella revolución, día a día más identificada con la Revolución Cubana, corren el riesgo de chocar con sus socios-enemigos y ser derrocados por ellos. En el centro de este dilema, el Departamento de Estado estadounidense no disimula su estrategia: el empleo de la violencia a escala hemisférica, con punto de partida en Venezuela y Cuba y apoyo en su dispositivo militar continental.

No hay modo de eludir esta evidencia: Suramérica está ante la revolución, la guerra y la contrarrevolución. La batalla está por delante; advertirlo no implica pesimismo y mucho menos duda, sino todo lo contrario: la certeza de que están dadas las condiciones para afrontarla y ganarla. Para ello es preciso ante todo despejar las incógnitas principales, los dilemas teóricos, políticos y estratégicos, a partir de cuya respuesta se podrá orientar la tarea revolucionaria. Se trata de plantear, debatir y resolver, en el fragor de la lucha política diaria, el carácter del momento histórico que vive el mundo; el estado real material, de conciencia, organización y disposición del proletariado internacional; la necesidad/posibilidad de un Frente Antimperialista a escala nacional, regional y mundial; la teoría del partido requerido por una revolución social; la relación Frente Antimperialista-Partido Revolucionario.
Coyuntura histórica

La base para interpretar la situación y la dinámica del cuadro político continental está en la crisis del capitalismo a escala mundial, con centro en las metrópolis imperialistas, reaparecida como factor determinante en el último cuarto del siglo XX (1). La profundidad y magnitud de esa crisis clásica del sistema (sobreproducción de bienes y servicios), se enmarca en un momento histórico sin precedentes, en el cual el capital tiene la iniciativa estratégica a escala mundial y la lucha interimperialista por el control de los mercados se manifiesta de manera constantemente agudizada, gravitando sobre el conjunto de contradicciones que atraviesan el planeta.

Lejos de ser una novedad, esta situación se ha repetido cíclicamente desde que el capitalismo se impuso a escala global. Factores nuevos se presentan sin embargo en dos terrenos:

  •  la aceleración de una revolución permanente en la ciencia y la tecnología, que potencia el desarrollo de las fuerzas productivas y transforma sin pausa las formas de producción y las relaciones individuales y sociales;
  • la inexistencia en la conciencia de las masas proletarias del mundo (geométricamente acrecidas precisamente por el avance vertiginoso en la universalización de la ley del valor), de su propia condición de tales y de que la respuesta a los innumerables, crecientes e insoportables sufrimientos materiales y espirituales de la vida contemporánea está en la abolición del capitalismo y la creación de un sistema socialista mundial.

La subjetividad de las masas es un factor objetivo para la revolución. La caída de la URSS y la identificación de este cataclismo histórico con el definitivo fracaso del socialismo produjo un efecto letal en la conciencia de cientos de millones de obreros en todo el mundo, clausurando para la inmensa mayoría todo horizonte más allá del sistema capitalista. Como no podía ser de otra manera, esto redundaría en el debilitamiento de las organizaciones sociales y políticas de la clase trabajadora. Entrelazadas, estas causas y consecuencias permearían a toda la sociedad, ganando masivamente a las juventudes y la intelectualidad y estableciendo una dialéctica negativa que diezmó organizaciones, personalidades y proyectos socialistas de la más amplia gama. La asunción plena y formal de los programas anticrisis del capitalismo (denominados ‘neoliberalismo’) por parte de los principales partidos socialdemócratas europeos y los movimientos nacional-populistas en América Latina, traduce la magnitud del cimbronazo histórico.

El desconocimiento del impacto profundo que en las masas del mundo produjo la consumación del fracaso de la primera revolución socialista (un fracaso que, en rigor, había ocurrido medio siglo antes), es una de las causas principales de los desvíos de equipos y cuadros revolucionarios que sufrieron un vertiginoso distanciamiento de la realidad hasta llegar a la irracionalidad autoalimentada como fuente de todo su accionar. Si una autocrítica debe hacer el equipo responsable de Crítica de Nuestro Tiempo es que, habiendo señalado este factor desde el primer momento, y pese a haber corregido una y otra vez la magnitud de su alcance, no lo hizo sin embargo en el momento y grado suficientes como para no errar en la previsión de la conducta de las masas obreras tanto en los países imperialistas como en el mundo semicolonial, lo que naturalmente llevaría a errores en cuanto a la capacidad de los estrategas imperialistas para manejar la coyuntura(2).

Si antes de la Primera Guerra Mundial las masas obreras tenían un horizonte socialista y antes de la Segunda Guerra Mundial aquella esperanza colectiva se bifurcaba en dos líneas (la de quienes la veían realizada en la Unión Soviética y la de quienes, enfrentados con aquélla, proponían la superación del capitalismo por vía evolutiva), pero ambas con el objetivo socialista como definición, en la reiteración actual del cuadro económico planetario que precedió a las dos guerras mundiales no existe como noción enraizada en las masas la idea de alternativa anticapitalista. Se combinan entonces la proletarización creciente en un marco de ininterrumpida actualización del modo de producción, crisis capitalista, ausencia de conciencia de clase y ausencia de voluntad socialista en las masas trabajadoras, todo lo cual redunda en un ensanchamiento sin precedentes de la capacidad de acción de las burguesías internacionales y nacionales.

A esto se suma la asimilación de las lecciones de la Historia por parte de las clases dominantes, que se traduce en líneas de acción destinadas a mantener y ahondar las divisiones y los factores paralizantes en las filas obreras. La cada vez más marcada estratificación salarial -con beneficios a menudo muy elevados para sectores clave del proletariado industrial en detrimento de todo el espectro asalariado, sin excluir a las capas profesionales proletarizadas- gravita tanto más sobre el acontecer político inmediato cuanto más dramático es el número y la situación de los desocupados. Además, como nunca antes, las clases dominantes penetran y actúan en las organizaciones sociales y políticas de las masas, comprando y manipulando cuadros en función de los intereses estratégicos del capital. Siguiendo la expresión de Marx y Engels para referirse a la realidad objetiva del proletariado y su conciencia de sí mismo, puede decirse que la universalización de las relaciones capitalistas y los propios paliativos hallados por las clases dominantes para contrarrestar los efectos de la crisis estructural han resultado en un crecimiento numérico explosivo de la clase obrera en sí; pero al mismo tiempo, como resultado de ese mismo aumento arrollador -que proletarizó profesionales, técnicos, científicos y capas medias- combinado con las sucesivas derrotas y frustraciones de la perspectiva socialista, prácticamente ha hecho desaparecer la clase obrera para sí.

Éste es a grandes pinceladas el boceto de la coyuntura histórica. Ahora bien, en este ciclo prolongado, los factores que inhiben la respuesta obrera no han impedido el agravamiento sistemático de la crisis del capital. El resultado es que los efectos del recrudecimiento acelerado de la crisis se dirimen hoy exclusivamente en el terreno de las clases dominantes, que disputan entre sí la captación y distribución de porciones cada vez mayores de la plusvalía mundial sin apenas resistencia por parte de las clases explotadas, que a escala internacional no cuentan con programa, organización, liderazgo ni banderas para ocupar el lugar que la crisis exige.

No es posible trazar una estrategia y elaborar un programa eficientes si no se parte de esta comprobación. La estridente paradoja de que esto ocurra precisamente cuando la necesidad y la posibilidad objetivas de la realización del socialismo son mayores que nunca en la Historia, no hace menos real la falta de conciencia y la desorganización de la clase obrera mundial. A cambio, asegura que hay fundamentos objetivos más que suficientes para una tarea estratégica de recomposición en todos los planos. Pero hay dos jugadores ante el tablero del ajedrez mundial: frente a las fuerzas de la revolución, están las fuerzas de la contrarrevolución (cosa que desconocen como norma los hablistas atacados por la enfermedad infantil del comunismo). El desenlace de la convulsiva crisis que amenaza al mundo no es fatal. La derrota no ya de las fuerzas revolucionarias, y siquiera de las clases explotadas, sino de la propia humanidad, es una posibilidad cierta. La victoria requiera ciencia, lucidez, energía y audacia sin cortapisas para la acción. La victoria requiere quitarle la iniciativa al imperialismo y las burguesías locales, cambiar la relación de fuerzas, recrear una conciencia de pertenencia clasista y una voluntad revolucionaria en las masas, articular en cada país el accionar de millones y organizar la capacidad de intervención centralizada de cientos de miles de cuadros; requiere crear y enarbolar una bandera común para las víctimas de la crisis en todo el planeta. Considerarse vanguardia en esta fase de la coyuntura histórica exige acometer estas tareas estratégicas y ser capaz de dotarse del conjunto de tácticas para alcanzar tales objetivos(3).
Suramérica como vanguardia internacional

Decíamos más arriba que Suramérica ha ingresado en una fase histórica cualitativamente diferente a la que rigió su movimiento durante el cuarto de siglo precedente. Falta subrayar que ese paso no se verifica en el resto del mundo y precisar (o, más apropiadamente, comenzar la ardua tarea de precisar, con el máximo de detalle y extensión), las características de la nueva fase.

La transformación cualitativa se muestra hoy a la vista de todos con el rugido de la Revolución Bolivariana de Venezuela y el realineamiento sistemático y creciente de los países del área en un bloque objetivamente contrapuesto a la voluntad estadounidense para la región.

Así como en todo el ciclo anterior predominó el fenómeno de transformación de las grandes fuerzas políticas de masas de naturaleza populista nacional-burguesas en dóciles, eficientísimos y últimos instrumentos del capital financiero para afrontar la crisis del sistema mediante partidos con respaldo de masas (el PRI en México, el peronismo en Argentina fueron los principales exponentes de un fenómeno que se puede rastrear en cada país), ahora se asiste a una rearticulación de aquéllas y otras fuerzas sociales y políticas en torno a un factor determinante: la necesidad de resistir a la descontrolada voracidad imperialista, obligada a su vez por la aceleración de la crisis del capitalismo mundial.

Antes de que fuera perceptible, este vuelco potencialmente decisivo era previsible para una teoría que no se limitara a la mera repetición de recetarios y en cambio se abocase a estudiar las corrientes profundas que trazan el curso de la historia. Ahora, en los primeros tramos de la nueva etapa, todos quienes nos proponemos situarnos y actuar en función de una resolución anticapitalista para la gran confrontación en marcha, estamos obligados a un esfuerzo teórico para adentrarnos en el conjunto de contradicciones que determinan la coyuntura histórica e impulsan a las fuerzas en pugna.

Conviene empezar por decir que, frente a esta tarea, nada es más letal que adoptar alguna forma de continuidad de las líneas de análisis y acción que, durante las dos últimas décadas, mostraron una total incapacidad para interpretar el curso de los grandes acontecimientos que dieron vuelta como un guante la realidad política internacional y nacional. A riesgo de ser malentendidos, es preciso asumir que para recomponer la teoría y la organización de las fuerzas revolucionarias marxistas, se impone trazar un corte más tajante aún que cuando fue necesario enfrentar a quienes, en medio del derrumbe de la Unión Soviética, quedaron alelados y paralizados o, en el otro extremo, vieron un formidable avance del proletariado en pos de la revolución socialista mundial, para aunarse unos y otros, una década después, ya en el terreno nacional, confundiendo en 2001 la contraofensiva de un sector del capital en Argentina con una victoria revolucionaria.

A la vez, es imperativo tomar distancia de toda simulación charlatanesca de la teoría revolucionaria marxista: en momentos de extraordinaria aceleración histórica, la incapacidad para la acción inhabilita y transforma en su contrario a todo cuadro o equipo militante, por muy loables que sean sus intenciones. Sin arrogancia de ningún género, Crítica sigue inconmovible sobre las bases teóricas y analíticas que desde su fundación le permitieron marcar una posición en la teoría y en la militancia durante este período extraordinario de la lucha revolucionaria mundial.

El punto de partida de “la transición dentro de la transición” en Suramérica está definido ante todo por lo que no es: y no es la respuesta socialista del proletariado y su vanguardia revolucionaria marxista a la crisis sin precedentes del sistema capitalista. Más aún: no es el resultado de la movilización de la clase trabajadora como tal. Los cambios que han determinado el viraje del curso político general en la región, resumibles en el freno y empantanamiento del Alca y la creación de una balbuciente Comunidad Suramericana de Naciones, resultan sobre todo del choque de intereses entre las burguesías regionales y el imperialismo estadounidense (con algo más que el visto bueno de la Unión Europea), en un contexto de prolongada desmovilización de la clase obrera industrial en toda el área(4).

Fue por tanto en el marco de la desmovilización de la clase obrera regional como comenzó a tomar cuerpo una de las posibles resultantes del complejísimo choque de fuerzas a escala internacional y, naturalmente, hizo saltar en pedazos los esquemas teóricos que no partían de esa complejidad. Este es sólo uno de los muchos costos que ahora deben pagar las fuerzas revolucionarias. Porque el giro regional ocurre con la iniciativa política en manos de la burguesía. Y allí donde se instaura una dinámica revolucionaria, como es el caso de Venezuela, ésta no proviene del empuje proletario, sino a la inversa: por todo un período y aun en estos momentos, los trabajadores no han tomado la iniciativa sino en casos puntuales y efímeros. Es esta realidad inobjetable la que impidió a la mayoría de las fuerzas revolucionarias del continente y el mundo comprender el carácter y la dinámica del gobierno de Hugo Chávez. Corregir con cinco años de retraso la caracterización respecto de la Revolución Bolivariana es, al margen de toda consideración, un paso meritorio y extraordinariamente positivo. Pero en tanto no se corrijan las causas que impidieron no sólo comprenderla cuando apareció, sino y sobre todo adelantar que, dada la particular conformación ya señalada del cuadro de situación mundial, el fenómeno como tal adquiría carácter de necesidad, se continuará desconociendo factores determinantes de la realidad política y sosteniendo desviaciones oportunistas o izquierdistas que dificultan la resolución revolucionaria de la crisis. Esto es verdad para el análisis de la situación de conjunto en Suramérica, pero lo será también para la ubicación respecto de los pasos que en el futuro inmediato dé el gobierno venezolano.

No es por falta de inteligencia o perspicacia que el grueso de organizaciones y cuadros de definición revolucionaria desconoció el brusco cambio de orientación manifestado a escala regional con la realización de un encuentro de presidentes suramericanos, instancia geopolítica jamás recurrida desde las guerras de emancipación del siglo XIX. Hubo una demora de años hasta comenzar a registrarlo (en la mayoría de los casos para denostarlo). El convocante de aquella reunión, que tendría lugar en Brasilia, el 31 de agosto de 2000, fue Fernando Henrique Cardoso; el principal impulsor de esa nueva instancia fue Hugo Chávez. Como quienes toman las decisiones en el Departamento de Estado estadounidense no miran con anteojeras, ante tal convocatoria vieron la magnitud de lo que estaba en juego e hicieron un movimiento de emergencia, destinado a contrarrestarla y recuperar una iniciativa que se le escapaba de las manos: un día antes de la reunión de 12 presidentes suramericanos en Brasilia, el 30 de agosto, William Clinton desembarcaría con inusitado despliegue de fuerzas en Cartagena, para lanzar el Plan Colombia. Allí el jefe imperialista exigió que todos los países del área se comprometieran con el dispositivo militar de control regional proyectado por Washington. Apenas horas después, 12 presidentes, lejos de acatar la orden, la desafiaban no ya negándose a integrarse al dispositivo militar, sino denunciándolo como serio riesgo de extensión del accionar bélico a toda la región.

Algo fundamental había ocurrido: la crisis capitalista adoptaba la forma de choque entre las burguesías suramericanas encabezadas por Brasil y el imperialismo estadounidense. En el centro de ese fenómeno nuevo, sin embargo, estaba la Revolución Bolivariana, lo cual le confería un carácter particular. Dijimos en ese momento “Ya no es una presunción: el cuadro geopolítico hemisférico ha consumado un drástico giro, tras el cual Estados Unidos se ve desafiado -como nunca antes en dos siglos de historia- por un conjunto diverso de países suramericanos, a cuya vanguardia marchan, aunque por carriles diferentes, los gobiernos de Brasil y Venezuela”(5).

Washington respondió redoblando presiones y esgrimiendo ya sin ocultamientos la amenaza militar. Al mes siguiente afirmamos: “‘Sudistán’ existe. La república imaginaria diseñada por los estrategas del Departamento de Estado y el Pentágono para ensayar la represión a una sublevación popular, es la inexorable prolongación del Plan Colombia, puesto en movimiento por el presidente William Clinton el pasado 30 de agosto en Cartagena. En la percepción de quienes trazan la política exterior de Estados Unidos, ‘Sudistán’ es América Latina. Y el operativo ‘Cabañas 2000’, llevado a cabo en Córdoba (Argentina) con derroche de dinero, tecnología y armamento, es una muestra de lo que espera Washington en la región y de sus aprontes para responder. Pero acaso el factor más alarmante es que urgido por recuperar la iniciativa a escala continental, reubicar bajo su férula a gobiernos arrastrados por una fuerza centrífuga e impedir la consolidación de un bloque regional que escape a su estricto control, la Casa Blanca está obrando de modo tal que sus decisiones implican una acelerada desestabilización político-institucional en la región, a la que ofrece como alternativa una variante, aún con perfiles borrosos, de regímenes afirmados sobre la militarización de la vida política”(6).

Los hechos admiten siempre diferente interpretación; pero si se los ignora replican cobrando un alto precio: cuatro años y medio después, el fracaso del Alca y la conformación de la Comunidad Suramericana de Naciones dan una idea de la trascendencia de aquel viraje. Desde una perspectiva revolucionaria, obrera y socialista, ¿qué actitud correspondía adoptar en aquel momento frente al obvio rumbo de colisión entre un multiforme y apenas esbozado bloque de gobiernos suramericanos frente a Estados Unidos? ¿Cómo conquistar el corazón y la conciencia de las grandes mayorías sin participar en la primera fila de ese combate?
Frente antimperialista, partido y clase obrera

Para el pensamiento revolucionario marxista aquella pregunta no debería dar lugar a duda. Es en relación con fenómenos análogos que la naciente Revolución Rusa, amenazada por la guerra imperialista a escala mundial, teorizó en el IV° Congreso de la Internacional Comunista el concepto de Frente Antimperialista. Pero aquí y ahora ocurrió lo contrario de lo que debía esperarse de quienes se reclaman de aquella tradición: prácticamente sin fisuras, en Argentina las fuerzas del más amplio arco de izquierda coincidieron en desconocer los hechos. Como parte de ese distanciamiento de la realidad, no se le atribuyó significado alguno a la gira de la secretaria de Estados estadounidense Madeleine Albright por la región algunos meses después ni al efecto de su visita a Buenos Aires. En consecuencia, no se observaron los movimientos producidos en el seno de las clases dominantes en Argentina, que además entraba en ese nuevo cuadro regional en medio de un cataclismo económico. A los fines del balance que intentamos, es obligado repetir una referencia ya citada anteriormente. Un artículo escrito en julio de 2001 para Crítica, bajo el subtítulo ‘Preparativos de recambio patronal’, adelantaba lo siguiente:

“Todo indica que está en vías de consolidación una coalición compuesta por el ala alfonsinista de la UCR, el sector de Duhalde en el PJ, la UIA, las dos CGT y la jerarquía de la iglesia con sus múltiples tentáculos, destinado a consolidar un parapeto ante la inexorable explosión del actual esquema de poder (…) Tal parece que ha llegado la hora del realineamiento formal y acaso de conformación de nuevos partidos burgueses”(7).

El análisis de la situación argentina a partir de la crisis general del capitalismo, la lucha interimperialista y la creciente confrontación de las burguesías regionales con los centros imperiales, permitía adelantar el golpe de Estado que ocurriría seis meses más tarde. Como sucede habitualmente, quienes en diciembre de 2001 vieron una insurrección espontánea y una revolución popular a la que sólo le faltaba llegar a la Casa Rosada, malinterpretaban de tal manera la situación porque tenían una completa incomprensión de la realidad y la dinámica internacionales. Esa incomprensión no ha cambiado; pero sus consecuencias sí, porque son aún más graves en la nueva coyuntura.

Desde antes incluso de la asunción de la Alianza, era posible prever la necesariedad, para la burguesía, de un cambio drástico de rumbo, razón por la cual el sector hegemónico de aquella coalición, con cada éxito político que obtenía en la carrera electoral y la disputa interna, sólo cavaba más honda su propia tumba. De hecho, no sólo se podía adelantar el inexorable cambio de régimen, sino que se podía prever las fuerzas componentes y el programa que levantarían. Puede leerse en Crítica en la edición citada:

“Proponer o esperar la salida del desastre en el que está sumida la nación mediante una inyección keynesiana, incluso si está alentada por las mejores intenciones, es una quimera. Y en términos de accionar político, es una quimera reaccionaria: contribuir a una convergencia de las fuerzas sociales acosadas por la crisis con personajes como Duhalde, Alfonsín, tras un proyecto financiado por Techint y bendecido por la curia, es mucho más que un error: si para los gerentes sindicales (sean de la central que sean) y los partidos de la burguesía es la única posibilidad de aferrarse a un madero en medio del maremoto, para los genuinos dirigentes sindicales (también: sean de la central que sean) y para el activismo sindical o político no comprometido con el capital, es una nueva forma de suicidio, más absurda y dolorosa aún que la de los ‘frentes’ que desembocaron en la Alianza”(8).

Nos referíamos a la arrolladora marcha de un frente policlasista comandado por el capital con un programa keynesiano de reactivación, encabezado por Duhalde y Alfonsín y que aún no tenía como candidato presidencial a quien coronarían más adelante. Resulta tragicómico ver casi cuatro años después cómo están ubicados los protagonistas de las izquierdas que en aquellos momentos gritaban aunados y en desafinado coro “que se vayan todos”: mientras buena parte de ellos integra el gobierno de Néstor Kirchner, el resto denuncia que éste no es sino la continuidad lineal de los de la década anterior. Mientras tanto, en Brasil ganó el PT y en Uruguay el Frente Amplio. Y el mismo fenómeno ocurre en relación con ambos gobiernos dentro y fuera de esos países: subordinación según la noción de “enemigo principal” o acelerada toma de distancia respecto de la realidad. Un ejemplo de esto basta para medir la dimensión de lo que está en juego: no se hallará una sola organización revolucionaria que trepide en denunciar la agresividad yanqui corporizada en la amenaza cierta de intervención militar en el continente, a partir de Cuba y Venezuela. Sin embargo, esto aparece como motivo de denuncia, no de articulación de una respuesta efectiva. Es como si la guerra en ciernes fuese un detalle. Se puede parangonar esta alienación deliberada con lo ocurrido, en un contexto muy diferente, en los años ’70 en Argentina: la ofensiva imperialista con las fuerzas armadas y franjas burguesas como vanguardia era vista y denunciada por todos. Pero se persistía en líneas de acción que en lugar de aunar a las masas y prepararlas para impedir el golpe de Estado diagramado en Washington, apuntaban a lo inverso: el ahondamiento de la fractura entre vanguardia y masas y la disgregación de éstas por confusión y ausencia de un punto de referencia. Esto ocurre ahora con numerosas organizaciones revolucionarias a escala suramericana.

Ahora bien, si la región como tal está a la vanguardia de la situación internacional, si en ese conjunto juegan un papel fundamental los gobiernos de Cuba y Venezuela, el generalizado y prolongado repliegue de la clase obrera, la dilución y confusión de una perspectiva socialista, la inexistencia de organizaciones revolucionarias marxistas con arraigo de masas, facilita lo que está a la vista: la imposición de respuestas de carácter capitalista a la crisis del sistema. Pero como estas respuestas no lo son sino en términos extremadamente parciales y breves, y como el imperialismo redobla sus ataques para recuperar la iniciativa y el control de la región, resulta que Suramérica marcha a la vanguardia en una confrontación con el imperialismo bajo la hegemonía de fuerzas políticas que, sea por pertenencia de clase, por desvío o por franca degeneración, representan el interés y el programa del capital, es decir, en este punto de desarrollo y crisis del sistema, encarnan una perspectiva anacrónica que en hipótesis alguna puede arribar a una victoria frente al imperialismo. He allí la enorme significación política de la actitud de Chávez, quien desde hace varios meses comenzó a plantear que no hay solución en el marco del capitalismo y es necesario recrear el socialismo del siglo XXI. He allí la importancia decisiva del concepto de Frente Antimperialista, es decir, del reconocimiento de una situación en que urge sumar todo lo posible contra la arremetida imperial (y quitarle al enemigo tantos aliados como sea posible), sin deducir de allí que la burguesía local -necesariamente asociada y dependiente del capital financiero internacional cuando se ve obligada a confrontar al proletariado- es un “enemigo secundario”.

Se trata entonces de una situación que pondrá a prueba a cuadros y organizaciones revolucionarias que, flanqueadas por el oportunismo y el ultraizquierdismo, deben ser capaces de afrontar el comando de una encarnizada lucha antimperialista en función de una estrategia de organización obrera y revolución socialista, frente a gobiernos representativos de burguesías regionales en actitud de resistencia al capital financiero internacional.
Sin teoría revolucionaria…

Hasta el momento las fuerzas revolucionarias no han respondido apropiadamente a los dilemas estratégicos planteados por ese fenómeno político que hoy define el panorama continental, a saber, la convergencia de gobiernos de diferente naturaleza y carácter en un bloque de resistencia al imperialismo. A la imprevisión primero y el tardío reconocimiento después del viraje suramericano con alcance mundial, le siguieron posicionamientos polares: alineamiento subordinado o llano desconocimiento del cambio encarnado en Argentina por el gobierno de Néstor Kirchner, en Brasil con Lula, en Uruguay con el Frente Amplio, aparte la presencia singular de Hugo Chávez en Venezuela.

De un lado están entonces quienes comenzaron por no prever la dinámica que provocaría la necesidad de poner límites al desenfrenado avance destructor del imperialismo, siguieron por desconocer acontecimientos de la magnitud estratégica de la llegada de Hugo Chávez al gobierno de Venezuela, luego desconocieron el significado de las políticas regionales adoptadas por el gobierno brasileño de Fernando Henrique Cardoso -con argumentos incuestionables en la aabstracción de un planteo pero relativizados hasta la invalidación en el marco concreto de realineamiento hemisférico-; más tarde desestimaron la proyección de la victoria del PT, mientras en Argentina preparaban el asalto a la Casa Rosada cuando la clase obrera y el conjunto de la ciudadanía les daba ostensiblemente la espalda y abría espacio para la llegada de Kirchner, y ahora deniegan todo valor a la victoria del Frente Amplio en Uruguay.

Del otro lado, se encuadran quienes, con las particularidades de cada país, se subordinan y diluyen en las estructuras y los programas de acción de cada uno de los gobiernos señalados y, en el caso Venezolano, se alinean en el flanco de las fuerzas oficialistas que tratan de sofrenar los pasos de Chávez y proponen “ayudar a la gestación de una burguesía nacional”. Estas dos franjas principales en que se divide el grueso de las organizaciones de izquierda conforman una tenaza capaz de neutralizar a grandes contingentes de luchadores y contribuir de manera decisiva a la derrota de la nueva oleada revolucionaria que se anuncia a escala continental. Frente a esa tenaza del izquierdismo pseudomarxista y los oportunismos de diferente denominación, el pensamiento y la acción revolucionaria marxistas están conminados a realizar un supremo esfuerzo para recomponerse y superarse.

La primera línea de combate con las posiciones del izquierdismo y el oportunismo reside en el bagaje teórico que asume cada corriente. En franca colisión con una grave -aunque muy seductora- simplificación de la teoría marxista consistente en interpretar la realidad y adoptar posiciones políticas a partir de supuestas “contradicciones principales” y “contradicciones secundarias” (un recurso expositivo de Mao Tse Tung, transformado en lección de filosofía), la teoría marxista propone otra visión de la realidad mundial y, en consecuencia, otra manera de plantear nuestra intervención militante.

El mecanicismo implícito en aquella simplificación tiene consecuencias políticas devastadoras. En el ángulo opuesto, la interpretación libresca del marxismo no sólo conduce a iguales resultados, sino que realimenta la idea de entender y actuar según el par “principal-secundario”. Esto último es sanamente lógico puesto que, como resulta fácil comprender, diferenciar lo principal de lo secundario es la primera manifestación de la inteligencia y una función elemental para la sobrevivencia en cualquier circunstancia, tanto más en la lucha política.

Si alguien se empeña en una irremediable disputa con su cónyuge en el mismo momento en que entra un asesino a su casa, además de aparecer como un tonto incurable, probablemente terminará perdiendo la vida. Cualquiera comprenderá que no ha sabido “diferenciar la contradicción principal de la contradicción secundaria”. Aunque resulte curioso, abundan aquellos que, en función de dirigentes, actúan de esta manera. Con sobrada razón las personas sensatas se burlan de ellos; pero si éstas están dispuestas de verdad a divorciarse, deberían cuidarse de que el esquema de la “contradicción principal” los arrastre a quedar para siempre amarrados a quienes dicen detestar.

Ocurre que el carácter de principal o secundario de una contradicción es constantemente cambiante y que la realidad sólo puede ser aprehendida a partir de un abigarrado conjunto de contradicciones en permanente mutación interrelacionada. Ese movimiento, por lo demás, no tiene idéntica significación y resolución en cualquier situación. Cada factor y su permanente cambio determinará funciones, ubicaciones y desenlaces diferentes. Por lo cual, para mayor complicación, tampoco se puede apelar al recurso de creer que es válido moverse según la noción “contradicción principal-contradicción secundaria” en un momento dado -mucho menos en una etapa.

En términos metodológicos, se trata del milenario combate entre la lógica formal y la lógica dialéctica. “La lógica formal es, a la vez, el primer paso de todo conocimiento y el punto de partida de todos los errores”, señaló Trotsky, palabra más o menos, en alguno de sus escritos (aunque sus epígonos insisten en no atender la primera afirmación de la proposición). Pero los problemas teóricos no terminan allí; porque un modo u otro de reflexión se puede apoyar en una concepción materialista u otra idealista. Y aquí, también, aparte las dificultades propias del asunto, en las filas revolucionarias cunde la confusión por otras causas: en medio del cataclismo provocado por la desaparición de la Unión Soviética aparecieron quienes identificaron materialismo dialéctico con stalinismo (??!!) y tiraron todo junto por la borda (con el agravante de que no pocos arrojaron el niño y les quedó el agua sucia). Este es igualmente un combate de siglos y no se resolverá para facilitar la coyuntura. Con todo, asumiendo que “no hay acción revolucionaria sin teoría revolucionaria”, la militancia -y más aún quien se considere dirigente- tiene por delante un arduo camino de estudio, trabajo y elaboración para que su accionar en esta nueva circunstancia histórica contribuya a la derrota del imperialismo y la victoria de la revolución socialista.
Argentina en el nuevo cuadro suramericano

Mientras despliega sus líneas de acción en función de la confrontación estratégica con el bloque regional, el Departamento de Estado hace hincapié en Argentina: si no es pensable a corto y mediano plazos que, aunque por razones diferentes, los gobiernos de Venezuela y Brasil declinen su posición contraria a los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos, esa posibilidad no es descartable en Argentina. Si las clases dominantes, fracturadas y enfrentadas sobre este punto, invirtieran el curso de convergencia con Brasil y Venezuela para constituir realmente una Comunidad Suramericana de Naciones (ya formalmente existente pero no actuante), la ruptura del bloque en gestación y la gravitación sobre países vecinos podría cambiar el sentido actual del movimiento de la región. Ahora bien ¿cuál es la situación de un país al que cabe tan grande responsabilidad?

La debilidad estructural de la burguesía local y el estado de confusión, desorganización y parálisis de la clase obrera, da lugar a una situación que rechaza toda simplificación. Es precisamente la simplificación caricaturesca de la realidad argentina lo que conduce a un encadenamiento de errores y desviaciones que contribuyen a dejar por entero el escenario político en manos de una burguesía en extremo escuálida y fragmentada.

Esta problemática no comienza con el gobierno Kirchner. Recurriremos a un texto de marzo de 1989 (durante la campaña electoral que daría la victoria al PJ conducido por la camarilla asociada con Carlos Menem), para resumir una metodología y una interpretación que permitió prever el curso de los acontecimientos y hace inteligible el cuadro actual. Así describíamos la situación mientras se derrumbaba el gobierno de Raúl Alfonsín:

“Argentina se desliza hacia un colapso histórico. No se derrumba, no cae ruidosamente. Las columnas que sostienen el sistema capitalista se agrietan más y más, los cimientos se resquebrajan, toda la arquitectura social, económica y política se inclina casi imperceptiblemente; pero no se desploma.

No hay energía en ninguna de las dos clases que rigen el destino social. Por eso la crisis toma la forma de una lenta, inexorable, desesperante decadencia.

(…) Estamos habituados a observar la actitud exitista que considera imprescindible ver avances, triunfos y grandezas allí donde no los hay. O aquella que sólo recurre a la realidad para buscar signos negativos que avalen la renuncia a los presupuestos teóricos del marxismo, la confianza en las masas y la certeza de que la acción decidida y correctamente encaminada de la vanguardia pueden contrarrestar la acción del enemigo de clase. Pero entre el optimismo panglossiano y el pesimismo como recurso para ponerse las pantuflas y ocupar un rinconcito en el edificio resquebrajado del capitalismo, está la posibilidad de esforzarse para tener los pies en la tierra y los ojos en el horizonte, fundar la audacia en la voluntad revolucionaria y en la fuerza de la teoría, asumir la militancia como una condición de vida y subordinar las urgencias individuales a las necesidades del movimiento de masas.

(…) La verdad es que en Argentina el deterioro es global. La crisis lo corroe todo: el salario, las condiciones de vida, la educación, la conducta individual, las relaciones humanas. Todo aparece cada mañana peor que el día anterior. La caída económica se manifiesta en la sistemática, creciente e imparable disminución del poder adquisitivo de los asalariados. La declinación política se hace visible en la conducta del gobierno, en la penosa propaganda electoral, la estatura de los candidatos.

El hombre, la mujer, el anciano, el adolescente que sufre este proceso de irresistible caída cotidiana, por regla general no lo comprende. Su conducta se va adecuando inconscientemente a los imperativos de la sobrevivencia. Los valores humanos se ponen de lado; los objetivos se achican; la mezquindad se agiganta en la misma medida en que aumentan la insatisfacción individual y la frustración colectiva.

¿Por qué esta degradación? ¿Qué mecanismo la impulsa? ¿Qué fuerzas la alimentan? ¿Cómo detenerla?

Seis años atrás, cuando el país salía del espanto de la dictadura, el conjunto social reaccionó como activado por una descarga eléctrica: se puso de pie, levantó banderas de justicia, solidaridad, progreso, libertad. Las elecciones llevaron al poder a la más avanzada de las alternativas que la burguesía pudo ofrecer al electorado. El presidente Raúl Alfonsín constituyó el gobierno republicano más genuino de toda la historia argentina, el régimen comparativamente más respetuoso de las libertades públicas en 170 años. Al lado de esa afirmación terminante se puede decir, sin error, que el suyo fue el peor gobierno de nuestra historia: nunca la entrega al imperialismo fue tan descarada y total; nunca decayó a niveles más bajos la condición de trabajo y de vida de las grandes masas; nunca se llegó a tal punto de clausura de cualquier perspectiva de desarrollo y mejoría. El gobierno que concitó el apoyo y la esperanza de la inmensa mayoría de la población termina unánimemente repudidado; el hombre que se presentó como abanderado de la democracia culmina su mandato enviando al Congreso una ley que trata de darle forma jurídica a la doctrina de la seguridad nacional. Y el conjunto social, a la inversa de lo ocurrido seis años atrás, se muestra aletargado, desconcertado, sin confianza ni esperanza. Así concluye, en apenas un lustro, la alternativa más avanzada y progresista que pudo presentar la burguesía frente a la crisis.

Hay que retener esta contradicción porque en ella reside la clave de la situación política nacional. Y en su resolución, reside el futuro del país.

La crisis argentina es la crisis del sistema capitalista. En un país con extraordinarios recursos naturales y en un momento en que las conquistas de la ciencia y la tecnología a nivel mundial ponen al alcance de la mano las realizaciones más fantásticas, la única explicación posible del retroceso económico y la degradación de las condiciones de vida de la población es el agotamiento, la incapacidad, la inviabilidad del sistema que rige las condiciones de producción y distribución de la riqueza.

Pero la crisis del capitalismo no se resuelve en el terreno económico. El rasgo decisivo de la crisis argentina es que pese al agotamiento irreversible del sistema, no hay lucha de clases. La lucha de clases, en el sentido marxista del concepto, presupone lucha política en función de un proyecto propio de la clase obrera. Quienes miden el nivel de la lucha de clases por los innumerables conflictos sindicales, a menudo heroico, mediante los cuales los asalariados resisten la sostenida ofensiva económica del capital, no sólo confunden un concepto. Al ocultar el problema, cierran toda perspectiva de resolución de la crisis. No hay lucha de clases sin conciencia de clases. Y no hay conciencia de clase sin una organización que, dialécticamente, la recepte, la traduzca en términos políticos, y la lleve de vuelta a las masas.

Es precisamente porque no hay lucha de clases que la crisis adopta la forma de decadencia y degradación ininterrumpidas en todos los órdenes, sin excluir a las propias organizaciones sindicales y políticas de los trabajadores. Por esta vía, la crisis capitalista no lleva a la revolución. Con prescindencia del heroísmo de las masas y la voluntad de su vanguardia.

La burguesía no tiene energía porque históricamente es una clase exhausta. Todo lo positivo que el sistema capitalista podía ofrecer a la humanidad ya lo ha dado. Y hace muchas décadas que no sólo no contribuye al desarrollo, sino que es su freno, mientras alimenta la miseria, la enajenación, la violencia, la muerte, y amenaza incluso con el exterminio de la humanidad. Esto que es verdad a escala internacional, referido a las grandes potencias capitalistas, es más evidente y patético en relación con las burguesías de los países dependientes.

La clase obrera no tiene energía porque está en un período de transición y aún no asume su papel histórico. Durante décadas, el movimiento obrero en Argentina se expresó políticamente en el peronismo. La esencia del peronismo como ideología es la conciliación de clases. La captación masiva de los asalariados por el populismo burgués, bajo la apariencia de un salto político adelante de los trabajadores representó una trampa histórica que emasculó por décadas la potencia revolucionaria de la clase obrera. Mientras transcurrió la experiencia y el sistema pudo alimentarla con reformas o maniobras políticas, el movimiento obrero traducía su poderosa fuerza de clase a través de los sindicatos y, de tanto en tanto, a través del Partido Justicialista. Se trataba de una fuerza sin destino; o más bien, inexorablemente destinada a fracasar. Pero se expresaba como tal y esa expresión era suficiente para, por un lado, mantener oxigenado el tejido social, y por otro, limitar la voracidad del capital. La contradicción, entonces, consistía en que la inviabilidad final se manifestaba sin embargo en un vigor concreto, capaz de sostener a la propia clase y al conjunto social.

La experiencia de sistemáticas frustraciones minó paulatinamente al peronismo como dirección reconocida y confiable para la masa trabajadora. Poco a poco, la clase obrera tomó distancia de su dirección peronista. Hubo saltos cualitativos en este proceso, como por ejemplo el Cordobazo, punto simbólico de ruptura social histórica. Como símbolo, el Cordobazo marca el momento en que el peronismo debe afrontar un papel francamente antiobrero y contrarrevolucionario y la clase obrera deja de ser peronista, en el sentido en que lo fue durante las dos décadas y media anteriores.

Pero se trata de un desarrollo desigual y sobre todo incompleto. La clase obrera ya no es peronista, pero todavía no es socialista. Rompe con su dirección burguesa pero no construye una propia; descree de sus líderes pero no talla otros o lo hace a su imagen de ese momento: vacilantes, confusos, en muchos casos dispuestos a gestos heroicos pero sin consistencia; desconfía de la conciliación de clases pero no asume la perspectiva política de la lucha de clases; mira de soslayo a Perón y a los candidatos que éste les impone, pero los vota.

Aun así, presenta combate. Su sola presión de clase movilizada impide la consolidación de los proyectos burgueses; mina el sistema; inviabiliza las instituciones de la pseudodemocracia capitalista y pone en crisis a la clase enemiga. Esta no ya capaz de mantener la estabilidad de sus instituciones; pero es todavía suficientemente fuerte para sostener el sistema de explotación.

La secuencia de batallas y derrotas desde aquel simbólico 29 de mayo de 1969 (elecciones en 1973, victoria y caída de Cámpora –dos derrotas de diferente signo- huelgas y coordinadoras en junio y julio de 1975, golpe militar en 1976, resistencia y demolición sistemática de la dictadura, elecciones de 1983, conquista de grandes espacios democráticos, recomposición del peronismo mediante los ‘renovadores’, recomposición de la burocracia sindical, impotencia frente a la ofensiva económica y política de la burguesía encarnada en el alfonsinismo, victoria de Menem dentro del peronismo, arribo a las elecciones de 1989 sin alternativa) llevó al límite el descreimiento y alejamiento de las bases obreras respecto de sus direcciones sindicales y políticas peronistas.

Pero la contradicción en este caso -visible sobre todo a partir de diciembbre de 2003, cuando asume Alfonsín- consiste, a la inversa del período anterior, en que el objetivo cuestionamiento a la dirección burguesa peronista, y en esa medida la posibilidad de que las luchas abran la perspectiva de una victoria real de los explotados frente a los explotadores, se manifiesta en la ausencia de vigor y protagonismo de la clase obrera. El salto histórico deja a los trabajadores momentáneamente sin aliento. Ya no están encuadrados ni se sienten convocados por la dirección peronista. Pero todavía no cuentan con organización y liderazgo propios. La clase obrera no puede sostenerse a sí misma como fuerza gravitante en la sociedad. El capital financiero internacional no tiene contrapeso alguno. Entra en el escenario nacional como un batallón de piratas en una isla habitada por luchadores sin armas, sin organización y sin voluntad de combate. La burguesía carece de fuerza para cualquier otro proyecto que no sea el sálvese quien pueda. He allí el origen y la mecánica de la decadencia permanente”(9).

Lejos estábamos en aquel momento de sospechar el punto al que llegaría la caída. Aun así, 16 años después es posible comprobar la diferencia entre una posición basada en el análisis de las clases y su dinámica, frente a las metodologías impresionistas -cuando no deliberadamente mentirosas- para interpretar los acontecimientos y el devenir de la vida social. Fueron la ausencia de la clase obrera como tal ante la embestida imperialista, así como la obligada avidez ciega de la burguesía local, los factores que dieron paso al saqueo y la devastación. Y es cuando ese proceso llega por propio agotamiento a su culminación, cuando se replantea el conflicto: en 2001 un sector de aquella burguesía entregada a la ilusión de su asociación con el imperialismo resuelve, in extremis, cambiar de política. La clase obrera seguía ausente. Quienes ignoraron la realidad en los ’80, a falta de luchas sindicales, descubrirían un “nuevo sujeto social”, al que denominarían piqueteros, siguiendo la iniciativa de la prensa comercial (no faltó un híper revolucionario que, sin pudor, llamara a formar un “partido piquetero”). Y en rara unanimidad, ante la maniobra estratégica del capital un arco casi completo de las expresiones consideradas revolucionarias y progresistas propusieron “que se vayan todos”, dejando por completo libre el camino a la operación de recuperación del orden político para la burguesía.

Al día siguiente de las elecciones el resultado de tales posiciones estuvo a la vista: “En la mañana del 28 de abril los cómputos oficiales indican que el peronismo de Carlos Menem obtuvo el 24,1%; el peronismo de Néstor Kirchner el 22,0%; el radicalismo y aliados a derecha de Ricardo López Murphy el 16%; el radicalismo y aliados a izquierda y derecha de Elisa Carrió el 14,2%; el peronismo de Rodríguez Sáa el 14,1%; el radicalismo solitario de Leopoldo Moreau el 2,3%; la alianza PC-MST denominada Izquierda Unida el 1,7%; el PS el 1,2% y el llamado PO un 0,6%. El voto en Blanco fue del 0,86% (el más bajo desde 1946!) y el Voto Protesta de 1,62%, sobre una participación del 80% del padrón: el nivel más bajo de abstención y rechazo activo desde 1995. El signo más relevante de estas elecciones es la ausencia de la clase obrera como tal en la disputa política»(10).

El entonces presidente Eduardo Duhalde pudo, en buena ley, felicitarse al comparar su desempeño con el de equipos dirigentes de partidos que se consideran de vanguardia revolucionaria: sin ningún obstáculo -sin siquiera un intento por parte de quienes dicen representar los intereses de los trabajadores por buscar un desenlace diferente- las clases dominantes habían recuperado el control institucional del poder.

No abundaremos en las citas de sucesivos textos que antes y después de ese período clave entre 2001 y 2003 registran la lucha contra el sectarismo y el reformismo, que en todo caso pueden ser hallados en las colecciones de Crítica y Eslabón o en sus respectivos sitios de internet(11). Importa en cambio insistir en que las clases dominantes recuperaron no sólo el control de la sociedad, sino la expectativa esperanzada de una mayoría abrumadora de la población. La burguesía desplazada del poder en diciembre 2001, así como el imperialismo estadounidense, se cuidaron muy bien de impedir que sus victoriosos rivales llevaran a cabo la faena. Hubo de hecho un frente único de todas las fracciones del capital y el imperialismo para limitarse a colocar piezas propias en las posibles fórmulas vencedoras, sin chocar de frente con el proyecto ni sus timoneles. Sólo cuando una sucesión de acontecimientos aleatorios puso a Kirchner como candidato primero y como presidente electo después, el capital financiero mostró los dientes el mismo día en que Menem desistió de concurrir a la segunda vuelta: “este es un gobierno para dos años”, dijo en primera plana el diario La Nación, refiriéndose al presidente electo Néstor Kirchner. Pero no comenzaron las dentelladas hasta después de un año, en el primer trimestre de 2004, cuando el gobierno ya se había afianzado y el nuevo presidente contaba con el respaldo de un 70% de la ciudadanía. La tarea estaba cumplida y era posible disputar otra vez la hegemonía sin el riesgo del descontrol.

Al influjo de una devaluación inicial del 400% y otras circunstancias coyunturales que no es el caso analizar aquí, desde la asunción de Duhalde la economía dio un brusco giro ascendente y cambió por completo el panorama nacional. Tras un interregno de saneamiento que devoró un ministro de economía, asumió la cartera Roberto Lavagna con un programa de reactivación de corte keynesiano. Ministro y plan fueron transferidos por Duhalde a Kirchner. Eventuales recambios ministeriales sólo acentuarían éste o aquél rasgo de una política basada inequívocamente en la intervención del Estado para regular y promover el giro económico, mientras se reprograma y renegocia la deuda externa. Como parte de la reorientación económica, la política exterior se vuelca al Mercosur, a la Comunidad Suramericana de Naciones, desdeña el Alca, choca con los símbolos estadounidenses y se reclina hacia la Unión Europea. Una suma de gestos positivos respecto de Venezuela, en momentos de extrema tensión del gobierno bolivariano con la Casa Blanca, completa un entramado “progresista” en las relaciones exteriores. Todo esto, incluido el cambio del voto contra Cuba por la abstención en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU -lo repetimos en estas páginas- fueron lineamientos adoptados por el gobierno de Duhalde, quien ahora ostenta el cargo de coordinador general del Mercosur. El envío de tropas a Haití fue en cambio decisión de Kirchner (avalada por el Congreso), aunque fuerza es reconocer que en esta medida contraria a todo discurso de soberanía y antimperialismo la presión del gobierno brasileño tuvo un papel decisivo.

Mientras tanto, el supuesto “movimiento piquetero” -una de las fantasías más insólitas aparecidas en la literatura de filiación marxista- se evaporó y las cúpulas se fragmentaron hasta configurar un espectro más disperso y más impotente que el de los aparatos que usufructuaron del fenómeno (situación que, dicho sea de paso, plantea ahora como una de las tareas principales de los revolucionarios marxistas la respuesta a los remanentes sanos del activismo en ámbito de los desocupados, de modo que las urgencias diarias de este sector no se contrapongan con una estrategia de lucha común entre trabajadores con y sin empleo). Paralelamente, la cúpula de la CGT se unificó en inequívoca coincidencia con el gobierno, en tanto la CTA, sombra de sí misma, lidió sin suerte con la imposible tarea de no ser oficialista ni opositora, sino todo lo contrario, y afronta ahora una más de las crisis internas que la vaciaron de contenido en los últimos años. En el mismo período, expresiones de vanguardia clasista, sin definiciones estratégicas ni orientación política, fueron arrastradas por tendencias sectarias a un aislamiento del que ahora, algunas de ellas, pugnan por salir. Todo esto ocurrió sin un solo caso de movilización del proletariado como clase y sin ninguna lucha de envergadura de los obreros industriales. Luchas salariales dispersas, hasta el momento sin programa a la vista para unificarlas en un gran movimiento reivindicativo nacional, se perfilan pese a todo como una posibilidad de reversión del cuadro resumido en este párrafo.

En este punto de desmovilización y fragmentación extrema de la clase obrera con y sin ocupación, y de contraataque del capital financiero internacional y sus agentes locales, es cuando reaparece la simplificación mortal del “enemigo principal” o el irresponsable desconocimiento de su existencia y gravitación. Porque, naturalmente, tanto el imperialismo estadounidense como sus socios locales embisten ahora sin subterfugios contra Kirchner y amenazan incluso la continuidad institucional, en la certeza de que ya está desactivada la bomba.

El verdadero estado de la clase obrera y el conjunto de la sociedad se intuye al tener en cuenta que tales resultados se obtuvieron mientras la distribución de la renta acentuó vertiginosamente el sentido regresivo que arrastra desde décadas: los asalariados han perdido en tres años, según el sector de pertenencia, entre el 25 y el 50% de su ingreso real; los desocupados reciben subsidios de $150; aumenta el trabajo en negro y con salarios que no superan los $400; se han pagado más de 10 mil millones de dólares por intereses y amortizaciones de la deuda; el petróleo sigue drenando riquezas rumbo al Norte mediante mecanismos descarados en favor de Repsol. Las exigencias de la deuda externa tensionan otra vez las relaciones con el capital financiero internacional; la producción en aumento recupera los niveles previos a la crisis y la capacidad instalada muestra el límite para un crecimiento sostenido; se anuncia una crisis energética y se replantea la necesidad de recuperar YPF o permanecer impotente; caen los precios internacionales de materias primas que permitieron ingresos extraordinarios desde 2002; una combinación de forcejeo por la renta y amagues de ‘golpe de mercado’, en un marco de falta de hegemonía en el elenco gobernante y la consecuente debilidad relativa para responder a las presiones, da lugar a incongruencias dentro del propio plan oficial y parálisis ante resoluciones clave (Enarsa es sólo uno entre muchos ejemplos). En una suerte de irrealidad económica autopropulsada, el peso se revalúa frente al dólar empujado por los ingresos extra por exportaciones y exige maniobras destinadas a contrarrestar el efecto, las cuales concurren a alimentar la inflación, mientras el centro de los esfuerzos oficiales en materia de plan económico, aparte la reprogramación de la deuda, consiste en hallar más mercados para las exportaciones primarias de siempre. Todo esto en medio de la caída del valor del dólar y la multiplicación de signos de alarma en el sistema financiero internacional.

cumbre de las américas: de monterrey a la habana

América Latina y el Caribe resisten a Estados Unidos

porLBenCR

 

Crónica analítica de un acontecimiento histórico

 

En estos encuentros presidenciales que han dado en llamarse “cumbres”aparece a las claras la confrontación interimperialista. La Unión Europea tomó la delantera, en 1990, con la seguidilla anual de Cumbres Iberoamericanas. Cuatro años después Estados Unidos replicó con la Cumbre de las Américas, a un ritmo cuatrianial.

Punto de inicio y frecuencia de estos fastos traducen relaciones de fuerzas políticas en la región entre ambos imperialismos en la coyuntura histórica. Pero indican ante todo la disputa de América Latina como mercado y base de sustentación geoestratégica.

La sobreproducción de mercancías acompañada de disminución relativa de la demanda global reclama sin tregua nuevos mercados. La confrontación por los mercados deriva inexorablemente en lucha franca y requiere control político-militar de territorios.

Tras la caída de la Unión Soviética y la desarticulación del Movimiento de Países No Alineados, durante más de una década y media el escenario internacional fue ocupado casi exclusivamente por aquella disputa interimperialista. Las burguesías locales de los países semicoloniales se redujeron a la condición de mercachifles, obnubilados por espejismos de buenos negocios de cortísimo aliento. Los trabajadores y las masas desposeídas, por su parte, sin voz propia, sin conciencia y organización, quedaron fuera del acontecer político.

La imposición de políticas que favorecerían el flujo de enormes masas de dinero a la búsqueda de altas tasas de interés fue el único fundamento económico de la ilusión de estabilidad. Era una manifestación de la crisis provocada por la caída de la tasa de ganancia en las economías imperialistas, pero fue presentada como lo inverso: expresión de su infinito poderío. Duraría poco: durante el último tramo de 1991 y todo 1992 América Latina recibió 166 mil millones de dólares. Es el dinero que flota en el mundo a la búsqueda desaforada de altas tasas de ganancias y que en ese período se movió de Norte a Sur. Con esos 166 mil millones se contrapesó un déficit global de la cuenta corriente en la región por 98 mil millones de dólares. Los principales receptores de ese flujo de capitales fueron México, 75 mil millones, Argentina, 29.300, Brasil, 19.500 y Chile 7.700. Ya en 1993 hubo una caída abrupta a 70 mil millones en total (México 29.500, Argentina 15.000, con los cuales estos países sostuvieron déficits de cuenta corriente de 23.500 y 7.500 millones respectivamente). En 1994 la tendencia cambió drásticamente: el flujo total se redujo a 47 mil millones de dólares. México recibió 10.500 para un déficit de 36.600 millones y Argentina 10.200 para un déficit de 11.200.

Vendría así el colapso mexicano y la caída vertical de Argentina, mientras se asistiría en el sudeste asiático al fin del espejismo de los supuestos “tigres asiáticos” y como expresión de conjunto, el derrumbe bursátil en Wall Street en 1997.

Con ese cambio avanzó hacia el escenario, como actor de reparto, un conjunto creciente de sectores burgueses de los países al Sur del Río Bravo. Sin embargo, éste no haría su aparición hasta que en 1999 irrumpió la Revolución Boliviariana.

Si en el plano interno el presidente Hugo Chávez asestó un golpe decisivo al sistema político corrompido y moribundo, a escala internacional su ofensiva no fue menos contundente: la reorganización de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y la línea de acción regional que pronto plasmaría en una convergencia de hecho con el entonces presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso.

Consciente de lo que estaba en juego, el Departamento de Estado centró su fuego en el gobierno de Venezuela, apoyándose en una oposición interna debilitada al extremo (“escuálidos” los llamaría Chávez) y en su influencia sobre los medios de difusión de masas en todo el hemisferio.

Todos los intentos fallaron. Por el contrario, a fines de 2002 ganó en Brasil el Partido de los Trabajadores (PT), llevando a la presidencia a Luiz Inácio Lula da Silva, con lo cual se abrió objetivamente el espacio para que el eje Caracas-Brasilia se ampliase y fortaleciese. En este punto Estados Unidos había sufrido una sucesión de derrotas políticas sin precedentes. Había perdido la iniciativa y fallado hasta la humillación en sucesivos esfuerzos por retomarla.

Luego la debacle argentina tendría una deriva para muchos inesperada; algo similar ocurriría con Paraguay; caería el gobierno títere en Bolivia; se fortalecería la perspectiva de una victoria del Frente Amplio en Uruguay y se debilitarían al límite de la sobrevivencia los gobiernos de Perú, Ecuador y Colombia, mientras se perfilan triunfos electorales de fuerzas antimperialistas en El Salvador, Panamá e incluso Nicaragua.

Es con este telón de fondo que el timorato actor de reparto dio un paso, subió al escenario y, arrastrado por fuerzas que no controla y escasamente entiende, quedó en el foco de la atención internacional. Eso ocurrió en Monterrey.

Una investigación concienzuda revelará un dato clave: el papel de Hugo Chávez en este salto al centro del tablado por parte de un número de presidentes que, a estas horas, se pregunta cómo fue llevado allí y en algún caso retrocede a zancadas. Pero no es ése el objetivo de estas páginas. Este es un informe preliminar y crónica inmediata de la Cumbre de Monterrey y del inesperado colofón, en una Sesión Complementaria, cuando Chávez viajó a la Habana y se reunió con Fidel Castro, el único presidente excluído de estos encuentros promovidos por Washington.

El hecho es que ahora ya toma cuerpo un cuadro de situación diferente a escala internacional. Las burguesías succionadas por el imperialismo, de buen o mal grado, entraron a la lid. Y los obreros, los campesinos, los pueblos originarios y las masas marginalizadas por la crisis capitalista terciaron en la confrontación, siquiera de manera indirecta y esquinada a través de Lula y, sobre todo, de Hugo Chávez.

He aquí los episodios que resumen ese cambio cualitativo de la confrontación intercapitalista y la lucha social.

 

Caracas, 18 de enero de 2004