zarpazo estadounidense a un año de gobierno de Néstor Kirchner

Coyuntura argentina en el nuevo cuadro internacional

porLBenCR

 

Entre el pasado 24 de marzo y el 2 de abril reapareció, bajo una nueva forma, la crisis profunda que azota a Argentina en las dos últimas décadas. El saldo inmediato, inestable y potencialmente reversible, devolvió la iniciativa política a las fracciones del capital desplazadas por el golpe de mano de diciembre de 2001. Desde entonces en la confrontación interburguesa hubo una tregua política, dictada por la amenaza de una situación económica explosiva y un movimiento social con derivaciones incontrolables para las clases dominantes si no se adoptaban medidas drásticas. Éstas vinieron mediante la alianza política del ex presidente Raúl Alfonsín y su fracción partidaria con el ala peronista encabezada por Eduardo Duhalde, con el respaldo de franjas del capital dependientes del mercado interno y la Unión Europea, todo bendecido por el Vaticano, que ubicó cuadros de la ultraderecha opusdeísta en puestos clave de los tres poderes(1). El grupo Clarín fue el poderoso portavoz y hasta cierto punto articulador de la operación estratégica, a la que se logró darle consenso popular.

Es esta alianza circunstancial la que se desgajó durante los idus de marzo y abrió un paréntesis que el presidente Néstor Kirchner -interrumpido además por una enfermedad quue calzó como un guante en la coyuntura política- no había resuelto hasta mediados de abril, fecha de cierre de esta nota.

En su significación profunda, la contraofensiva equivale a la explosión política del 19 y 20 de diciembre de 2001; el mismo fenómeno aunque a la inversa: un golpe de mano motorizado por las franjas del capital que en aquella oportunidad perdieron el control del Poder Ejecutivo y que ahora no intentaron recuperarlo cambiando nombres sino relaciones de fuerza. Terminó de esta manera el período de tregua. La operación de recooptación institucional ha concluido y el presidente Kirchner tiene ahora tres caminos ante sí: se somete repitiendo los pasos de Alfonsín, Menem y De la Rúa; es depuesto con la excusa y los medios que fueren; apela a la movilización de masas y a un bloque antimperialista continental. Cualquier forma híbrida entre estas tres variantes derivaría en una progresiva cesión de poder al imperialismo y sus socios y el posterior derrocamiento del gobierno (de hecho, este zarpazo teleguiado por el Departamento de Estado resulta de las ofrendas que en el plano económico hizo el gobierno ante el altar del Fondo Monetario Internacional). El desenlace no ocurrirá en tres meses, pero tampoco demorará tres años.

No cabría, por tanto, disimular la gravedad de la situación, pese a que ésta no aparece como expresión de las causas que la determinan. Todo precipitó en el breve lapso entre el 28° aniversario del último golpe de Estado militar y el 22° del desembarco en Malvinas. El 24 de marzo Kirchner produjo un hecho político de proporciones cuando presidió la ceremonia de transformación de la Escuela de Mecánica de la Armada en Museo de la Memoria contra la represión. Los discursos de dos jóvenes nacidos en ese campo de concentración y cuyos padres están desaparecidos, permitieron medir la distancia entre la reacción antidictatorial en los años 80 y la respuesta a la situación creada tras dos décadas de democracia burguesa(2).

En ese punto, la contraofensiva plasmó mediante una campaña de verdadero terrorismo mediático: la inminencia de una “emergencia energética”. Se auguró una catástrofe que cortaría el gas domiciliario, dejaría sin electricidad al país, paralizaría industria y transporte y, en consecuencia, abortaría lo que hasta pocos días antes era presentado como maravillosa recuperación económica de Argentina. La demanda de aumento de tarifas de combustibles y electricidad y el presumible temor a medidas tendientes a cambiar los criterios de liquidación de divisas para las petroleras, así como la intención (indefinida pero no por ello menos onerosa para los dueños de YPF) de crear una empresa petrolera estatal, transformaron la demanda económica en embestida política. Ésta ocurriría montada sobre un hecho de otra naturaleza que sacudió al país: el asesinato de un joven secuestrado, hijo de un empresario y alumno de una escuela de la Armada. En torno del padre de la víctima se formó una coalición amplificada por la prensa comercial. La “emergencia energética” pasó a segundo plano, se ocultó descaradamente el hecho de que el presidente de la empresa estatal petrolera venezolana, PDVSA, había firmado un acuerdo para la provisión inmediata de 700 mil toneladas de fuel oil y gas oil destinadas a reemplazar al gas en la producción de electricidad, y se centró la agitación mediática en la inseguridad. Acaso por primera vez los medios de difusión se lanzaron a ocupar el lugar dejado por partidos e instituciones del capital y convocaron con tonos histéricos a una marcha organizada por el padre del estudiante asesinado.

Un dato por demás elocuente, cargado de sugerencias: en los días siguientes se revelaría que altos jefes de las policías bonaerense y federal, responsables máximos de inteligencia y prevención antisecuestros, estaban directamente involucrados en la operación. Pero no hubo la menor conexión entre este dato y el hecho y el momento en que ocurrió y no cedió la presión de la propaganda enajenada exigiendo mayor represión contra la delincuencia común.

En ese clima el 1° de abril una movilización de más de 100 mil personas colmó la Plaza de los dos Congresos. El crimen catalizó un sentimiento genuino presente en la totalidad de la sociedad aunque en esta oportunidad se expresó especialmente en y a través de las clases medias. La concurrencia no encuadrada en aparatos y la masividad del reclamo, potenciado luego al infinito por los medios de prensa (que minuto a minuto aumentaban el número de concurrentes, hasta llegar a hablar de 300 mil), tomó envergadura política y, mediante el reclamo de mayor seguridad dejó la iniciativa en manos de la fracción del capital opuesta al gobierno de Kirchner. Argentina asistió al primer ensayo general de golpe de Estado conducido por los medios de difusión masiva. Y el dato político mayor fue que el grupo Clarín encabezó la campaña.
La crisis mundial angosta el margen de maniobra

La celeridad y el rumbo de estos acontecimientos parecen absurdos si se parte del inesperado éxito del gobierno Kirchner para reestabilizar la situación política y el extraordinario margen de maniobra con que cuenta hoy el presidente en el plano interno. Pero el aparente absurdo cobra consistencia lógica cuando se parte de la crisis mundial y específicamente de un imperialismo estadounidense jaqueado, buscando una y otra vez en el último año, sin éxito, a escala hemisférica y fronteras adentro de nuestro país, la recuperación de la hegemonía y la iniciativa políticas(3). Recuérdese ante todo que en enero próximo debe ponerse en marcha el ALCA. Y que, si no se produjera un cambio dramático, esto no sucederá.

Mientras presentaba el superávit del 3% sobre el presupuesto pactado con el FMI en septiembre pasado como un gesto de firmeza y de victoria, el pago de 3.100 millones de dólares de intereses el 9 de marzo como otro signo de fortaleza, para después esgrimir la Declaración de Copacabana como un frente Argentina-Brasil con pulso firme frente al FMI (hechos no sólo contrarios a la verdad sino enormemente gravosos para la economía nacional y el nivel de vida de las mayorías), el gobierno del presidente Kirchner resistía el alineamiento automático con Washington en materia diplomática y la adopción de medidas perentoriamente exigidas por el FMI, los monopolios transnacionales y el gran capital financiero internacional, además de actos simbólicos como la transformación de la ESMA en Museo o el retiro de retratos de los ex generales Jorge Videla y Reinaldo Bignone del Colegio Militar.

La economía es en última instancia el factor determinante de toda política. Pero como en tantos otros aspectos, el tramo entre la coyuntura y la última instancia puede ser una verdadera trampa para un análisis inmediatista y estrecho. El economicismo es una tara habitual en análisis supuestamente marxistas, sea para imaginar una situación revolucionaria o para interpretar el curso de un gobierno y comprender su dinámica. No puede haber el menor atenuante en la calificación de la concesión que los gobiernos de Argentina y Brasil hacen al capital financiero internacional, al imperialismo, cuando continúan pagando intereses, reconocen deudas fraudulentas ya pagadas y para colmo argumentan a favor de un superávit fiscal de tal o cual cuantía, que no sólo es una falsedad en sí misma sino que presupone cederle autoridad al FMI para intervenir en la determinación de políticas económicas nacionales.

Sin menguar un milímetro el carácter y sobre todo la dinámica que tales conceptos y decisiones imprimen a los gobiernos de Lula y Kirchner, sería de una ceguera imperdonable desestimar las líneas de resistencia objetiva ante la voluntad política de Estados Unidos, por parte de uno y otro gobierno, aunque los casos distan de ser idénticos. No votar contra Cuba en la comisión de derechos humanos de la ONU, no admitir explícitamente la necesidad de “llevar la democracia a Cuba” (como proclamó Bush en Monterrey), asistir a la cumbre de los 15 y por el contrario suscribir la Declaración de Caracas, no firmar ya mismo compromisos para vender los Bancos Nación y Provincia de Buenos Aires, no aumentar las tarifas en los porcentajes apuntados por las privatizadas, anunciar que tampoco este año se harán maniobras militares en territorio argentino con tropas estadounidenses… es más de lo que en términos políticos y económicos puede soportar el imperialismo. Es por eso que éste se lanza a la carga.

Es comprensible entonces que algunos de los principales exponentes del “capitalismo nacional” que el gobierno quiere revivir o inventar para luego tener dónde apoyarse (lo cual es por sí mismo toda una definición teórica y política), ya cambiaron otra vez de bando y se realinearon con Washington. Después de haber contribuido acaso de modo decisivo para crear un clima social de expectativa esperanzada en el gobierno y específicamente en el presidente, el grupo Clarín giró en redondo. Ni siquiera liberó a Página/12 como tubo de oxígeno para el gobierno. Y falta ver en detalle qué pasa con los capitales industriales propiamente dicho que ya licuaron sus deudas, recuperaron mercados y mejoraron sus términos de competitividad merced a la devaluación del 300% y el congelamiento de salarios.

De pronto, el subsecretario para asuntos hemisféricos de la Casa Blanca Otto Reich desembarcó en Buenos Aires, se reunió con el vicepresidente Daniel Scioli y simultáneamente el conjunto de la prensa comercial descubría que en las próximas semanas habría escasez dramática de gas y electricidad; la Sra. Anne Krueger advertía que sin energía el crecimiento previsto caería en por lo menos 2,5%; en el congreso del Partido Justicialista el peronismo insultaba a la esposa del presidente; y el mismo aparato policial que contribuyó de manera decisiva a los saqueos de diciembre de 2001, la bonaerense, apareció en el centro de una operación monstruosa que serviría, catapultada por los medios de prensa masivos en cadena, como instrumento utilizado para enervar a la sociedad y producir un hecho político mayúsculo: la movilización del 1° de abril.

Al día siguiente, Clarín tituló: “La gente dijo Basta”; dos días después la revista Noticias puso en tapa, trucando una foto de Kirchner: “Fin de la luna de miel”. En un suplemento especial La Nación remató el domingo: “El fin del comienzo”. Y todo el aparato abrumador de una prensa corrupta (radios, televisoras, diarios y revistas degradados a límites indecibles), se abalanzó sobre el cadáver de un adolescente para tener un instrumento de movilización cuya naturaleza y objetivos no pueden ser minimizados: la manipulación de un genuino y muy hondo sentimiento popular para articular un movimiento fascista.

No hay casualidades ni improvisación. El Departamento de Estado y la embajada estadounidense están detrás de esto. Aliados en este punto sin fisuras con la Unión Europea (como hicieron Estados Unidos y Francia para derrocar en febrero al presidente de Haití). Es el imperialismo actuando coyunturalmente al unísono sobre un punto, recuperando el apoyo directo y descarado de grupos de capital supuestamente nacional y de periodistas, políticos e intelectuales a su servicio. Es la totalidad de la gran prensa comercial. Todos reagrupándose nuevamente y otra vez con el único ejército disponible, la bonaerense, como palanca. El polo magnético nuevamente activado tiene tal poder de atracción que es de esperar que otros grandes núcleos empresarios cambien de frente. La Unión Industrial Argentina está una vez más a punto de fracturarse. Pero la ruptura no termina de consumarse: los representantes de Techint y Arcor (exponentes máximos del supuesto capitalismo nacional), están por estas horas ante la opción de presentar una lista que sería perdidosa en las elecciones internas de la UIA, o llamar a la creación de una nueva central empresaria. Y habrá que ver qué sucede con las dirigencias políticas, aunque ésta es una cuestión sólo de tiempo, no de definición final. El tiempo, en todo caso, es un factor decisivo para decidir el desenlace del enfrentamiento ya planteado.
Distorsión de la realidad

Es tal el grado de incapacidad de representación política real de la sociedad (se trate de partidos de cualquier signo o aparatos sindicales de cualquier color) que la realidad subyacente aparece distorsionada al punto de hacerse incomprensible ya no para la población, sino para la propia dirigencia política -sin excluir a las izquierdas- arrastrada como una hoja en el viento de otoño y obligada a debatir el tema de la inseguridad, de pronto impuesto como primer y principal problema del país: ¿habrá que dictar o no leyes más duras? ¿será necesario o no incrementar el número de policías en la calle y la contundencia de su accionar? ¿deben o no participar las fuerzas armadas en la represión a la delincuencia común? Deslegitimado por una sucesión excesiva de errores mayúsculos, el arco de izquierda en su expresión más amplia no podía tener -y no tuvo- respuesta ante la coyuntura.

Así, el ala del capital desplazado en 2001, recapturó el respaldo de instrumentos políticos clave que se habían desplazado en aquel entonces hacia el bando contrario, y recuperó la iniciativa política.

Mientras tanto, Kirchner viajó al extremo Sur del país para conmemorar el aniversario del desembarco en Malvinas, oportunidad en que pronunció un discurso con aristas conflictivas para la continuidad de la política sostenida hasta el momento por su gobierno:

“quería estar como presidente de la Nación aquí el 2 de abril para definir y asumir con claridad la adhesión a la conducta, a la defensa de la Soberanía Nacional, a la dignidad, a la calidad de héroes y mártires nacionales que deben ser honrados sin excusas en todo el ámbito de nuestra Patria (…) Cuando tengamos en cada momento que resolver nuestros problemas y nuestros compromisos externos, tienen que estar en claro los valores nacionales, los valores de argentinidad, los valores de los que viven en esta tierra, de los excluidos, de los que quieren volver a soñar con un país distinto (…) No nos engañemos más argentinos, las cosas que nos pasan también tienen intereses concretos, tienen que ver con la Argentina de la injusticia que quiere seguir persistiendo a costa de cualquier metodología o acción, y cuando hay argentinos que nos animamos a levantar la voz y a marcar otro rumbo esos intereses se vuelven a mover (…) Por eso es muy importante que estemos en claro. Cuando discutimos la crisis energética, somos casi el único país del mundo que no maneja su ecuación energética por aquella teoría iluminada de que el Estado iba a funcionar mejor regalando la producción y el trabajo Nacional (…) Hoy estamos sufriendo no poder manejar aquellos elementos y tenemos que dar una lucha desigual. Esos valores son los que significan también este 2 de abril (…) Por eso a todos los argentinos desde aquí, con el significado que tiene el 2 de abril, quiero decirles que no vamos a hacer otro país si no asumimos la realidad clara y concreta”.

Luego de este discurso el presidente enfermó y quedó recluido en Río Gallegos durante una semana, mientras la histeria por la inseguridad era alimentada por la prensa comercial en cadena permanente y el Congreso se reunía de apuro para votar una nueva legislación penal. El partido oficialista -respaldado por la UCR- asumió la causa, impidió el derecho de palabra a los diputados de oposición y sancionó lo demandado a gritos y bajo amenaza por una nueva coalición, que en torno del padre de un joven asesinado, recuperaba la capacidad de presentarse ante la sociedad.

Con la misma franqueza de siempre en momentos clave, el diario La Nación tomó la delantera en el diseño y preparación de un golpe de Estado que, en las condiciones dadas, no toma la forma tradicional de asonada militar, pero no por ello se contrapone menos al régimen institucional. Sus dos columnistas dominicales (por causas presumibles en constante sintonía con el Departamento de Estado), acusaron al gobierno de ser un reducto Montonero, enajenarse la simpatía de Chile y no tener respuesta para la inseguridad.

Esto no toma a nadie de sorpresa. Tal como se denunciara en estas páginas La Nación puso límite al gobierno de Kirchner, mediante un editorial publicado en primera plana, el mismo día del desistimiento de Carlos Menem a disputar la segunda vuelta. Allí, con significativo descaro, se le decía al presidente electo que aceptaba el plan de cinco puntos resumido en esa nota, o era un gobierno para dos años. Una porción significativa de oficialismo y oposición prefiere olvidar esa advertencia.

Quienes en los acontecimientos del 19 y 20 de diciembre de 2001 vieron la revolución en el umbral y las masas a la ofensiva estratégica y luego, a la luz de los acontecimientos, no revisaron las causas de tamaños dislates, han tomado uno de los dos caminos obligados por la lógica del absurdo: sumarse al gobierno o descubrir que el enemigo a batir en primer lugar es Kirchner puesto que, con su política de dureza discursiva y gestos progresistas es el único freno a la revolución. Estos han descubierto que Kirchner es la nueva derecha. Aquéllos, que Kirchner es la nueva izquierda.
Por nuestra parte definimos la coyuntura actual en línea de continuidad con caracterizaciones e interpretaciones realizadas en aquellos momentos, expuestas en la militancia y en los materiales citados. Nuestro punto de partida son las clases y no los individuos. Y el ámbito de análisis no parte de los avatares locales, sino de la realidad internacional y regional, expresada de modo siempre singular fronteras adentro (hay algo de patético en el viraje violento de ciertos cuadros y organizaciones que hasta hace poco más de un año no habían descubierto la Revolución Bolivariana -y en algunos casos hasta la vituperaban- y hoy trasladan la fórmula como si no hubiese particularidades decisivas entre Caracas y Buenos Aires. Conviene entonces recordar otra fórmula, la de Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar: “inventamos o erramos”, que no podría entenderse como desprecio por la ciencia universal acumulada, pero conmina de modo inapelable al análisis concreto de la realidad concreta).

Pero la confusión respecto de la coyuntura puede resultar más que gravosa si no se aclara a tiempo. Desde el punto de vista del capital, el próximo capítulo de esta historia no contempla el régimen democrático. Si el imperialismo consiguiera la adhesión del gobierno a sus demandas principales e impostergables, la confrontación con las masas podría tomar un curso gradual, que restrinja pero no quiebre los mecanismos de la democracia burguesa. Todo ocurriría tras la fachada del combate a la delincuencia y la seguridad ciudadana, ya montada. En caso contrario, se sucederán situaciones de ingobernabilidad que darán lugar a escenarios hoy impredecibles en sus rasgos precisos, pero inequívocos en su contenido: el reemplazo del consenso por la violencia directa como instrumento de control social y gobierno efectivo.

No se trata de prever qué hará en la coyuntura el gobierno presidido por Kirchner. Se trata de saber, con la certeza de la órbita lunar, que en un enfrentamiento entre el gran capital imperialista y sus socios de un lado, contra el capital local subordinado en Argentina (raquítico como pocos) y las capas medias del campo y la ciudad por el otro, no hay dos alternativas: sólo puede vencer el imperialismo.

Tampoco se trata de explicarle a Kirchner que para salvarse debe hacer la revolución socialista. O de proponer otro nombre para resolver así la encrucijada. Las explicaciones ofrecidas por teóricos de renombre que desde diferentes metrópolis -y también desde Buenos Aires- enseñan que en la última fase del imperialismo no hay solución sin abolición del capital son bienvenidas. Pero incluso si viene con etiqueta de Made in USA o en UE, es un acto de imperdonable irresponsabilidad dar por hecha la tarea ciclópea que la clase obrera y los revolucionarios tienen por delante como requisito para que la victoria sobre el capitalismo no sea simplemente una frase con la cual completar un artículo.

El primera paso es reconocer el cuadro de situación real. Hoy el conflicto social y político está enteramente en el campo del capital. Se ha llegado a este punto, luego de muchos recovecos dramáticos de la historia, por numerosas razones, que no excluyen la torpeza e incapacidad de autores y cuadros que se presentan como fuente de luz y energía para la revolución y en los hechos actúan como algo demasiado semejante a lo inverso. El gobierno es una de esas partes del capital en conflicto consigo mismo e incluso en su propio seno hay como mínimo cuatro fracciones de las clases dominantes y sus tentáculos. (Esta caracterización prescinde de la intencionalidad de no pocos de sus componentes y adherentes notorios). Si acaso se depurase de sus peores elementos (mafia, opus dei, gran capital dependiente en última instancia de uno u otro imperialismo), quedaría un gobierno del supuesto “capital nacional”, más o menos grande, mediano y pequeño, que en conjunto es exactamente nada frente al imperialismo.

Dicho de otro modo: con buenas o malas intenciones este gobierno no se sostendrá si no define el programa de acción capaz de congregar a las grandes mayorías contra el enemigo que ya apunta a su cabeza. Pero la tarea de los revolucionarios no consiste en decirle a los trabajadores con o sin empleo que deben apoyar -mucho menos integrarse- a este gobierno, sino que en primer lugar deben asumir los alcances de la crisis, debatir, resolver y adoptar su propio programa de acción. Es esto lo que definirá la relación con el gobierno de Néstor Kirchner. Si sus discursos son sinceros, en una política independiente de definida naturaleza antimperialista encontrará la única fuerza capaz de que no sean meras palabras. Si no lo son, la farsa quedaría expuesta de inmediato. Una organización -o un cuadro, o grupo de cuadros- revolucionaria no se comportaría con seriedad si adoptara una posición por confiar o no confiar en un individuo o grupo de individuos en la cúspide del poder, por mucho que haya argumentos y pruebas a favor o en contra. Es prueba de gran irresponsabilidad obrar según impulsos o corazonadas, para no hablar de quienes tienen como único argumento la mantención de sus aparatos.

El gran problema a resolver no consiste en juzgar las intenciones de quienes en el gobierno se proclaman defensores del pueblo y la nación, sino en que la clase obrera en Argentina no existe como clase para sí, es decir, consciente de su condición y de la naturaleza de sus enemigos. Los movimientos sociales estructurados (sindicatos, ciertas ONGs), con apenas alguna excepción están voluntaria o forzadamente integradas al aparato del Estado y económicamente dependientes de él. La mayoría de las organizaciones de desocupados o bien han sido directamente cooptadas por diferentes fracciones del gobierno -que tienen en sus manos los subsidios de los cuales éstas dependen en última instancia- o bien han tomado un camino de izquierdismo cuya insanable esterilidad está precisa y contundentemente explicada en el clásico de Lenin, “Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo”.

De modo que, o bien se entiende la naturaleza contradictoria, transicional sin signo definido, de la coyuntura argentina actual, o bien se cae en los dos vicios señalados: el panegirismo pro-Kirchner o la incomprensión del doble papel que juega en esta fase su gobierno, dentro siempre del campo del sistema capitalista.

Cualquiera de estas desviaciones contribuye con la embestida de Washington y sus socios locales: enajenar una estrategia independiente para los trabajadores y el conjunto del pueblo redunda en el debilitamiento del gobierno al impedir que tome cuerpo una fuerza consistentemente comprometida con los derechos civiles y las garantías democráticas y con la defensa de los intereses de la nación frente a la voracidad imperialista. Por otro lado, peor aun que en experiencias anteriores el seguidismo a Kirchner atraerá al seno de las organizaciones que lo practiquen las fuerzas centrífugas que operan sobre el gobierno y alentará la autodisolución, la multiplicación de la confusión y las trabas para la organización de las masas. La enfermedad infantil del comunismo, por su lado, ofrece coartadas al enemigo mientras confunde y desarma a las masas (aunque acaso pudiera tener un costado positivo: mostrar como sectas minúsculas y estériles a grupos que circunstancialmente han podido aparentar otra envergadura).

Prueba de la desviación oportunista es el silencio -y en ciertos casos la defensa explícita- de cuadros y organizaciones autoproclamadas revolucionarias frente a temas tales como el Presupuesto, el pago de intereses al FMI, la continuidad de negociados siderales desde dentro mismo del gobierno, la vía libre para que privatizadas y grupos financieros continúen drenando las riquezas del país y enviándolas al Norte. Prueba del infantilismo izquierdista es el acto propio -«de izquierda»- el 24 de marzo (a su vez dividido), enfrentado al oficial en la ESMA, donde hijos de desaparecidos presentaron un programa de acción que brilló por su ausencia en la Plaza de Mayo horas después.

 

Fundamentos para el optimismo

Señalar los puntos débiles de la militancia revolucionaria frente a la coyuntura no presupone un balance negativo. La batalla no será fácil, pero hay bases reales para el optimismo. La ya aludida y reiterada crisis mundial del capitalismo concretada en pérdida de la iniciativa política por parte de Estados Unidos en América Latina; la estructuración todavía en ciernes, pero no por ello menos gravitante sobre la realidad de cada uno de nuestros países, de un bloque antimperialista donde las fuerzas revolucionarias concientes y consolidadas son menos que minoría, lo cual no obsta para que éste sea una dificultad potencialmente insuperable para Estados Unidos y otras metrópolis; el hecho clave de que el capital no tiene partidos con arraigo de masas capaces de aplicar no ya el programa que el imperialismo requiere hoy para sobrevivir, sino cualquier otro que pretenda mantener el statu quo, son la brecha por la cual una estrategia revolucionaria puede afirmarse, crecer y presentarse como alternativa real.

La movilización del 1° de abril reclamando seguridad mostró las bases objetivas y subjetivas para una salida fascista a la crisis, pero evidenció igualmente la muerte de los aparatos políticos de la burguesía (debieron apelar al padre de una víctima para montar su campaña) y la necesidad del imperialismo de tomar muy en cuenta los sentimientos democráticos de buena parte, acaso la mayoría, de las personas que acudieron al llamado de la “Cruzada Axel” y ahora contribuirán en todo el país con su firma a un proyecto que todavía no tiene ni puede tener conducción definida.

Se trata de comprender la necesidad de luchar por esa conducción. Es decir, de tener una política de masas. Es el fin inocultable de ese absurdo teórico y político denominado “frentismo de izquierda”, en muchos casos transformado ahora en “entrismo”. Asimismo es preciso tomar como punto de partida que, más allá de las vueltas que den, los aparatos del PJ y la UCR serán las columnas para que el caso Blumberg sea la catapulta de la reacción timoneada desde Washington.

La partición de aguas y la definición de cada uno (gobierno y organizaciones y corrientes que se proclaman revolucionarias) estarán dadas por el posicionamiento concreto ante esa avanzada reaccionaria. Sólo una miopía contumaz o deliberada impediría en esta coyuntura ensanchar el radio de acción de una perspectiva revolucionaria, que para lograrlo debe responder a la ofensiva estadounidense en Argentina, enarbolar un programa antimperialista y marchar con quienes lo asuman, a la vez que multiplica su labor educativa de las masas, organiza su fuerza en todos los planos, arma a sus cuadros y proyecta sus propios dirigentes.

 

NOTAS

1.- Esta caracterización está fundada y desarrollada en las tres ediciones anteriores de Crítica de Nuestro Tiempo.

2.- Ver “Esma y deuda externa”; América XXI, Buenos Aires, abril de 2004.

3.- Ver “El Sur busca respuestas propias frente a la crisis mundial”, América XXI, Buenos Aires, abril de 2004; y en esta misma edición, a continuación de esta nota, “Cumbre de las Américas en Monterrey: América Latina y el Caribe resisten a Estados Unidos”.

 

 

américa latina en el final de una etapa histórica

Qué viene después

porLBenCR

 

Sucesivos reveses políticos de Estados Unidos acompañan el agravamiento de una crisis económica estructural compartida con la Unión Europea y Japón, que continúa su marcha inexorable pese a los esfuerzos por negarla o camuflarla. El inesperado fracaso estadounidense en la reunión de la Organización Mundial de Comercio realizada en Cancún en septiembre pasado, dejó como saldo la constitución de un bloque de países (el Grupo de los 20, al que ahora anuncia su adhesión China) capaz de plantarse como límite ante las exigencias de Washington. Como prolongación de la sublevación boliviana y la destitución del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, la denominada Cumbre Iberoamericana produjo a mediados de noviembre una declaración opuesta a los ejes fundamentales de la política estadounidense, bajo la presión de un “Encuentro Social Alternativo”, que simultáneamente y en el mismo escenario de Santa Cruz de la Sierra, reunió organizaciones populares y revolucionarias de 15 países. Esa misma fuerza potenció las contradicciones intercapitalistas que desde hace un lustro traban el desarrollo del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y provocó un fracaso apenas disimulado de Estados Unidos en la reunión de cancilleres del ALCA, realizada en Miami la semana siguiente(1).

Como se verá, el fracaso estadounidense en su intento de imponer el ALCA es paradojal en más de un sentido: Washington no logró la aceptación de los mecanismos mediante los cuales pretende de un lado cerrar el continente a sus competidores de ultramar y de otro absorber de sus socios menores una mayor cuota de la plusvalía hemisférica. Sin embargo, en la medida en que Brasil, a la cabeza de un bloque de países dispuestos a negociar en mejores términos con la Casa Blanca, al no clausurar de modo terminante la posibilidad de que el nuevo tratado en discusión (ALCA ligth, descafeinado o alquita, como se lo ha llamado) avance sobre la soberanía de cada Estado nacional, deja abierta la posibilidad de que las burguesías locales involucradas en aquel bloque pierdan en poco tiempo (2004, el período de discusión antes de la activación, o no, del ALCA) el terreno ganado entre la Cumbre de presidentes suramericanos, en agosto de 2000, y la reciente reunión de Miami. Más importante aún es el hecho de que con ALCA o ALCA descafeinado, los trabajadores y las masas populares cargarán sobre sus hombros la crisis que tratan de contrarrestar con estos recursos los dueños del capital, metropolitano o local.

En todo caso, más visible que estos dos acontecimientos y con mayores consecuencias inmediatas de carácter político es el curso de la invasión a Irak, donde Estados Unidos comienza a sufrir los efectos de una guerra de resistencia que acelera y agudiza los sentimientos antimperialistas ya reinstalados como factor de peso en el escenario político internacional.

Otro factor revelador del curso de la situación mundial es la reversión notable operada en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Crítica subrayó en su momento la peligrosidad extrema del paso dado cuando este dispositivo militar imperialista anunció un drástico cambio de naturaleza y carácter precisamente en el momento en que cumplía medio siglo de existencia. En aquella oportunidad, durante la celebración del aniversario en Washington se anunció que la OTAN pasaba de estructura regional defensiva a mecanismo ofensivo y con jurisdicción internacional. Esto significaba no sólo la creación de un aparato militar imperialista único, sino su legitimación para actuar, obviamente bajo el mando inapelable de Estados Unidos, en cualquier punto del planeta. Alemania y Francia no replicaron. Sin embargo, después de septiembre de 2001, cuando Washington intentó utilizar a la OTAN según su designio, obtuvo resultados exactamente inversos: la OTAN planetaria -es decir, la subordinación directa de las fuerzas armadas europeas a Estados Unidos- se mostró inviable y la Unión Europea aceleró hacia la articulación de una fuerza armada propia, de hecho contrapuesta a la OTAN. La invasión a Irak, realizada por Estados Unidos sin legitimación por parte de las Naciones Unidas, con la oposición explícita de Francia y Alemania y acompañada militarmente sólo por Gran Bretaña y España, subraya esta dinámica.

Frente a esta suma de factores que golpean con dureza la hegemonía ideológica y política de que gozó Estados Unidos durante los últimos veinte años, los estrategas imperialistas tratan ahora de engañar a la opinión pública internacional respecto del curso de la situación económica planetaria. Mediante la exhibición equívoca de cifras de reactivación económica se pretende contrarrestar la conciencia cada día más extendida respecto de la crisis que vive el capitalismo altamente desarrollado.

Esta nueva contraofensiva comunicacional se apoya en la recuperación de los niveles de actividad de la economía estadounidense: 7,2% en el último trimestre de 2003. En Argentina, donde la euforia ha hecho perder todo sentido de las proporciones a los apologistas del nuevo gobierno, se toma el dato como el fin de toda preocupación. Sin embargo, esa reactivación está alimentada por una situación fiscal que pasó de un superávit del 2,4% durante el último año de gobierno de William Clinton, a un déficit del 3,5% en 2003 y un estimado del 4,3% para 2004 (el mismo período para el cual se impuso a Argentina un superávit del 3%) y por los gastos de guerra, a lo cual corresponde sumar la escandalosa manipulación de índices.

Basta un ejemplo: “Si una computadora tiene ahora el doble de capacidad de otra que costaba lo mismo un año atrás, se calcula que el precio ha caído el 50% (…) la inversión en computadoras ha subido en un 54% en términos reales desde 2000. En términos de dólar, el gasto cayó un 8%”(2). No es el objetivo de esta nota analizar en detalle la marcha de la economía mundial. Es preciso decir, sin embargo, que lejos de contradecir el análisis indicativo de una crisis estructural, estos datos lo reafirman en un nivel superior: el párrafo citado, además de revelar la manipulación estadística, indica a las claras cómo evoluciona el verdadero nudo del problema: el aumento de la productividad, la caída del valor de la masa de bienes producidos, provoca el derrumbe de la tasa de ganancia y lleva al paroxismo la competencia interimperialista. Un índice menos manipulable reafirma esta evidencia: el Nasdaq, con 5000 puntos y en alza hacia el año 2000, está hoy en 1200 puntos… y en baja.

Por otra parte, en los últimos cinco años Estados Unidos aumentó el gasto a un promedio del 7,7% anual y el plan de incremento en gastos militares de George W. Bush supone un aumento real del 20% para el 2020. De acuerdo con estos cálculos, incluso tomando como válidas las proyecciones más optimistas de crecimiento, en los próximos diez años “el presupuesto estadounidense es mucho peor de lo que las previsiones oficiales indican. Entre los expertos independientes de Washington, el consenso es que las cifras oficiales no contemplan un déficit acumulativo de alrededor de 5 billones (5.000.000.000.000). Más que un presupuesto que retorna al superávit hacia 2012, Estados Unidos verá probablemente déficits promedios del 3% durante la próxima década”(3).

Para financiar este desbalance fuera de control, Estados Unidos depende más y más del endeudamiento externo. De allí que tenga una particular significación el hecho de que “el ingreso neto de inversiones en bonos y acciones estadounidenses cayó de 50 mil millones en agosto a sólo 4 mil millones en septiembre, el nivel más bajo desde la crisis causada por el colapso de Long Term Capital Management en octubre de 1998”(4). Esta situación está traduciéndose en un sostenido incremento del precio del oro (400 dólares la onza a fines de noviembre), una caída del dólar frente al euro y podría estar augurando un nuevo colapso bursátil. Alemania, Francia y Japón no distan cualitativamente de este panorama.

Habrá que seguir paso a paso el desenvolvimiento económico en los tres centros imperialistas durante el futuro inmediato y extraer de los hechos conclusiones que revaliden o no la afirmación de que, lejos de iniciar su superación, la crisis del capital se agrava a paso acelerado y sin control. De hecho, economistas desarrollistas sostienen la hipótesis contraria a la nuestra(5). Como quiera que sea, tanto las políticas económicas aplicadas en los centros imperialistas como los resultados y las consecuencias de todo orden en curso en América Latina, llevan a una coincidencia sin fisuras: el neoliberalismo está sepultado: en Estados Unidos, Francia, Alemania y Japón, se apela de manera desenfrenada al déficit fiscal para contrapesar la caída en tirabuzón; en el resto del mundo, si no se hace lo mismo -por imposición del FMI- gobernantes y opositores sostienen siquiera retóricamente la necesidad de hacerlo.

 

Desafío histórico

América Latina transita el fin de la etapa denominada neoliberal por caminos marcadamente diferenciados pero con factores comunes que obrarán a favor o en contra del imperialismo según quién conduzca su dinámica: las burguesías locales o genuinos gobiernos de los trabajadores y el pueblo. La batalla por esa preeminencia estratégica está en curso ahora mismo. Entre tantos otros, hechos tales como la realización del Congreso de la Internacional Socialista en San Pablo (ver artículo siguiente), o la designación de un funcionario de la Central de Trabajadores Argentinos como representante oficial del gobierno ante el Vaticano, deben ser interpretados como movimientos de piezas en el ajedrez de la batalla entablada. Mientras tanto, este año no tuvo lugar el encuentro correspondiente del Foro de São Paulo. El Encuentro Social Alternativo, realizado en Santa Cruz de la Sierra del 12 al 15 de noviembre, tampoco llegó a articularse como bloque antimperialista capaz de gravitar en la contienda señalada, con todo el valor que tuvo esta convocatoria, por primera vez planteada como contraparte frente a la Cumbre Iberoamericana, la instancia prohijada por la Unión Europea.

El vacío provocado por esa ausencia está siendo ocupado por propuestas desarrollistas de actualización capitalista. Pero fracasado en los años 1960, cuando todavía estaba en auge la economía mundial de posguerra y Argentina no había enajenado las palancas fundamentales de su aparato productivo, el desarrollismo no tiene hoy siquiera la chance de intentar un despegue sin antes romper los lazos de sujeción al imperialismo y tomar como punto de partida una muy drástica redistribución de ingresos en favor de las clases desposeídas. No sólo la historia, sino la comprobación cotidiana permite aseverar que nada de esto puede llevar a cabo un gobierno del capital, siquiera en su versión más progresista.

La recuperación de la iniciativa política por parte de la burguesía en Argentina (analizada en la edición anterior de Crítica) no podría ser exitosa a mediano plazo sino al precio de un mayor empobrecimiento del país y una sangrienta derrota de las masas. El cuadro actual deberá necesariamente resolverse en favor de la clase obrera y el arco más amplio de sus aliados estratégicos, o en favor del imperialismo y los socios que se le sometan sin condiciones.

Así, se presenta de manera descarnada la urgencia por resolver en los hechos la dialéctica entre clase, organización de masas y dirección revolucionaria, a partir de una realidad determinada por la ausencia de toda instancia de unidad social, ausencia de un genuino partido de los comunistas y sostenida ofensiva local y regional por parte de estructuras y cuadros al servicio de la socialdemocracia y el socialcristianismo.

Por todo un período la contradicción entre una crisis sin precedentes del sistema capitalista y el retroceso también sin precedentes en la conciencia y la organización del proletariado internacional, se levantó como una muralla para la acción política revolucionaria. El reinado ideológico del capital ya no es lo que fue en los años 1990. De hecho, convulsiones de los más diversos géneros muestran a escala mundial un dato nuevo y determinante: el imperialismo ha vuelto a aparecer ante las masas -y específicamente ante las juventudes- como el gran enemigo. Esa contramarcha puede computarse como una recuperación de terreno por parte de las fuerzas revolucionarias; no obstante, la confusión persiste y la distancia ganada está todavía lejos de plasmar en el terreno político. El agotamiento del llamado neoliberalismo y la reasunción de una conciencia de lucha por parte de sectores sociales afectados replantean aquella contradicción, aunque sigue gravitando con fuerza decisiva el hecho de que el proletariado, a escala mundial y en cada país, lejos de ocupar la vanguardia ideológica y política, o bien se mantiene paralizado, o bien marcha tras otros estamentos sociales, cuando no directamente de la burguesía dependiente del imperialismo. Con excepciones que no rompen la regla, la teoría que se reivindica marxista no da cuenta de esta realidad. Y en no pocos casos se niega a sí misma en un proceso de constante degradación.

La propia idea dominante respecto del carácter de la crisis que atravesamos prueba estas afirmaciones. Por convención, la etapa histórica cuyo convulsivo fin se observa a escala mundial y en todos y cada uno de los países de América Latina, se ha dado en llamar neoliberalismo. Ninguna fórmula convencional es inocente. Esta fue impuesta desde los grandes medios de comunicación, pero adoptada con fruición en la mayoría de los ámbitos de izquierdas y, sin reparo de ningún tipo, por la academia y el periodismo. En la imposición de aquella fórmula, había ya una contundente victoria ideológica de las clases dominantes, que a su vez indicaba qué estaba ocurriendo al otro lado de la frontera social, en las clases explotadas y oprimidas.

Se denominó neoliberalismo a un conjunto de medidas apuntadas a contrarrestar la caída de la tasa de ganancia que le carcomía los cimientos y lo acorralaba ideológica y políticamente en todo el mundo. Era el medicamento extremo, de destructivos efectos secundarios, aplicado a un cuerpo agónico. Una nueva y más drástica expresión de lo que Marx denominó autofagia del sistema capitalista. No obstante, fue presentada y aceptada por las masas como expresión de vigor del sistema y prueba de que no era posible rebelarse contra él.

Una respuesta fácil para explicar este resultado aparentemente insólito es atribuírselo a los medios de comunicación, potenciados por el formidable salto tecnológico del último cuarto de siglo. Imputar a la prensa comercial el curso de la política fue uno más de los rasgos culturales que predominarían desde entonces en la intelectualidad: justificación del statu quo, teorización de la impotencia, elaboración minuciosa del “cambio puntual”. En otras palabras: elogio de la irracionalidad y la cobardía(6).

Pero la imposibilidad de los escasos equipos revolucionarios marxistas para explicar lo obvio y lograr que esto se transformara en acción política tuvo otras razones, de carácter histórico y alcance global, que permitieron convencer al mundo, atravesando clases sociales, culturas y posiciones ideológicas, de algo que sí resultaba evidente para miles de millones de personas: la muerte del socialismo y la victoria definitiva del capitalismo. Como la evidencia del Sol girando en torno de la Tierra, aquélla invertía la realidad. Pero llevaría tiempo descubrir el engaño. Y el capitalismo en su conjunto utilizó al máximo ese plazo extra.

Hay una siniestra ironía en el curso de esa inflexión histórica: el “neo” liberalismo no venía a reemplazar al socialismo, sino al keynesianismo. Y éste, se sabe, había sido el antídoto utilizado in extremis en un cuerpo envenenado por el liberalismo(7). ¿Por qué reemplazar al salvador de Occidente precisamente cuando éste se mostraba vencedor y qué tenía de “neo” este sustituto respecto del liberalismo que, a fines del siglo XIX, mostró con crudeza su impotencia hasta desembocar en la Revolución Rusa en 1917? Inútil preguntarlo: los cultores del flamante comodín verbal -defensores y detractores- se negaron siquiera a tratar el punto.

Ahora, menos de dos décadas después, habrá que hacerlo. El neoliberalismo es un perro muerto y a él se le atribuye el cataclismo que sacude al mundo. Ni siquiera altos funcionarios de las finanzas internacionales se privan de denostarlo(8). Pero es precisamente en este punto que recobra fuerza la tramoya lingüística, la victoria ideológica inicial y de gran alcance que permite tergiversar nuevamente el punto de partida para la comprensión de la realidad: el ciclo agotado es… el del neoliberalismo.

El paso siguiente está a la vista: en reemplazo se propone algo que teóricos presurosos y buscadores de frases de impacto denominan ya, oh sorpresa, neokeynesianismo; una fórmula menos inocente aún que la anterior, y de más peligrosas consecuencias.

Por motivos de comunicación directa con las víctimas de este desenlace puede resultar efectivo apelar a la fórmula neoliberalismo para explicar su derrumbe. La dialéctica entre las palabras y las cosas obra en uno u otro sentido; y si antes el vocablo encubrió la realidad ahora, arrastrado por ella, puede muy bien obrar como pseudónimo del sistema mismo, cosa que está ocurriendo en diversos escenarios del mundo. Pero la respuesta es diferente cuando el objetivo consiste en afirmar un programa de acción para afrontar la crisis. Sea que se trate de un equipo de propaganda marxista, una fuerza de oposición con peso real o un gobierno empeñado en resolver la demanda de las masas, el diagnóstico de la situación no puede eludir ni maquillar la realidad a la hora de definir qué respuesta habrá de darle; qué medidas de orden económico habrá de proponer o adoptar.

Precisamente porque el mundo no asiste al fracaso del neoliberalismo, sino al agotamiento de un recurso del imperialismo frente a la crisis; porque ésta no es otra cosa que la reiteración cíclica de la caída de la tasa de ganancia y la sobreproducción capitalista, no hay espacio objetivo para reformas positivas en la relación entre las clases y la organización social. Y es también por las razones que determinaron el profundo retroceso del proletariado mundial en todos los planos, que toda respuesta deberá partir de un dato decisivo: la ausencia de un factor objetivo clave para abolir el capitalismo: la subjetividad de las masas. Sí: la subjetividad de las masas (y su traducción en formas organizativas y conductas políticas) es un factor objetivo a la hora de definir qué hacer ante la crisis del sistema.

En cualquier hipótesis, reforma o revolución no es una opción. No hay espacio real para conquistas duraderas en la actual coyuntura histórica. Lo inverso es verdad: repitiendo en escala ampliada la encerrona de la gran crisis que desembocaría en la II Guerra Mundial, la dinámica del capitalismo actual cierra toda chance de mejoras y replantea la dramática alternativa asumida por los revolucionarios de entonces: socialismo o barbarie. Después del neoliberalismo no viene la simple reiteración de una economía regulada en un cuadro estable de democracia liberal. En Argentina, esa ilusión arrastró a buena parte de la militancia hacia el Frente Grande-Frepaso-Alianza. Cuando tuvieron el gobierno en sus manos, cuadros comprometidos y experimentados no podían comprender el rumbo en que eran arrastrados, resumido en el hecho de que su gobierno convocara como ministro de Economía a Domingo Cavallo, artífice del gran viraje neoliberal. Pero había una lógica consistente detrás de aquella designación, cuya base es la ya señalada: en el actual contexto de crisis mundial la democracia liberal sólo es sostenible para llevar a cabo el plan del gran capital imperialista. Salir de éste implica necesariamente superar aquélla. Por estos días una fantasía semejante a la de la Alianza en Argentina hace estragos en la cúpula del Partido de los Trabajadores de Brasil (en el mismo sector interno que, no por acaso, apoyó públicamente la candidatura de Fernando de la Rúa en Argentina e hizo viajar a Lula a Buenos Aires para comprometerse con semejante posición). Y el fenómeno se repite en Argentina con el gobierno de Néstor Kirchner.

La imposibilidad de reformas progresistas duraderas estaba ya planteada desde comienzos de lo 80, cuando las dos grandes corrientes de la izquierda se alinearon tras la doble falacia que cerraría el camino a la comprensión de la coyuntura histórica que se abría: adaptación “progresista” al capitalismo triunfante, o adhesión a la ofensiva proletaria mundial encabezada por los obreros soviéticos… mientras el capitalismo veía avanzar su crisis estructural y los obreros de los países del ex Pacto de Varsovia, en masa, pedían el retorno al capitalismo.

La interpretación de esta coyuntura excepcional y la consecuente conducta de partidos y cuadros que se reivindican marxistas contribuyó a que las masas fueran ganadas ideológica y políticamente por las clases dominantes. Nada de lo que ocurre hoy puede ser comprendido sin esa victoria del capital. Argentina es también en ese sentido un modelo puro(9).

De tal manera, podría decirse que la crisis del sistema penetró en el propio pensamiento anticapitalista, primer paso de una dinámica que en pocos años pulverizaría partidos y organizaciones sociales y produciría volteretas grotescas en dirigentes e intelectuales. No ha faltado nada en este período: desde la formulación pseudoteórica que propone hacer la revolución sin tomar el poder, la presentación en sociedad de un nuevo pensamiento para tomar el poder y no hacer la revolución, hasta la propuesta de crear un partido piquetero. Cuando esta suma de desvíos culminó en el resultado electoral de abril pasado (véase la reseña e interpretación en la anterior edición de Crítica)y en la fulgurante aparición de Kirchner, organizaciones, dirigentes y comentaristas que contribuyeron a la confusión y la parálisis no se hicieron cargo de su responsabilidad.

 

Lo viejo reaparece travestido en las nuevas condiciones

En semejante panorama, las clases dominantes ocuparon todo el escenario político y aprovecharon al máximo la ausencia de una estrategia alternativa y la progresiva desaparición o marginalización de las estructuras sindicales y políticas de la clase obrera. Puesto que en definitiva no hay muro capaz de detener la lucha social, ésta se expresaría entonces determinada por la espontaneidad, sin conciencia ni objetivos propios, lo cual en términos leninistas supone que los combates dados no constituían, en rigor, lucha de clases. En términos electorales esto se tradujo en monopolio absoluto del voto proletario por parte de los partidos burgueses tradicionales y la nueva corriente travestida que obraría como red para pescar en aguas revueltas y retornar luego al puerto de partida. Helos allí, en torno al Partido Justicialista.

Al otro lado de la barricada, de modo más o menos articulado, más o menos consciente, innumerables tendencias impregnadas por una historia plagada de desvíos, incomprensión y frustraciones, encarnaron la voluntad revolucionaria. La mayoría de éstas comenzaron por tomar distancia de la teoría marxista, identificada (por obra de las mejores y las peores intenciones), con aberrantes experiencias organizativas y políticas. A partir de allí se abriría un abanico de posiciones con la predominancia de dos: la adaptación reformista y la búsqueda revolucionaria por caminos diferentes a los hasta entonces tenidos como tales.

La negación de la negación, esperable y posible, no tuvo lugar sin embargo: prácticamente la totalidad de las nuevas fuerzas sociales y políticas de masas, aparecidas y consolidadas durante este período, convencidas de estar renovando el anquilosado espectro de las izquierdas, en realidad dieron un fantástico salto atrás, para caer en posiciones teóricas, organizativas y políticas que el movimiento revolucionario internacional experimentó, combatió y superó desde comienzos del siglo XIX(10).

Un caso diferente fue el de las corrientes doctrinaristas que invocando a Marx, Lenin o Trotsky (o a los tres), se elevaron al cielo -al mundo metafísico de fórmulas literariamente emparentadas con lo mejor del pensamiento revolucionario, pero enajenadas de la realidad en la misma medida en que se negaron a ver la fase histórica que atravesaba el proletariado mundial- desconocieron las tareas centrales de la época y cayeron en la trampa de sostener que todo estaba dado para la revolución, excepto el Estado Mayor. De allí a considerarse el jefe en torno del cual se aglutinaría ese Estado Mayor, mediaba un paso que más de un cuadro valioso estaría dispuesto a dar, sin comprender la dinámica en la que se vería atrapado(11).

Como quiera que sea, lo cierto es que la aceleración de la crisis del sistema capitalista no se vio acompañada por un desarrollo teórico, político y organizativo, de la voluntad revolucionaria. Ese retraso explica a su vez la incorporación de innumerables cuadros a la variante reformista y plantea problemas tácticos y estratégicos de cuya resolución depende la evolución y eventual desenlace de esta coyuntura histórica.

 

Tareas de la etapa

Por todo lo dicho, la coyuntura histórica en que ocurre el fin del neoliberalismo, excluye a la vez reformas significativas y duraderas y una inmediata victoria socialista. Esto no se resuelve exigiéndole a un líder, un partido o un gobierno que rompe amarras con el sistema capitalista. La norma impuesta en no pocas organizaciones izquierdistas (en el sentido que Lenin da a esta palabra) según la cual la sociedad no se divide en explotadores y explotados, sino en traidores y traicionados, es una caricatura grotesca de posiciones revolucionarias. El cambio de posiciones por poses, ha contribuido en mucho al vaciamiento ideológico del que han sido objeto las vanguardias en los últimos años. Así, la defensa intransigente de una estrategia revolucionaria en coyunturas complejas se ha transformado en actitudes histéricas, de incalculable irresponsabilidad, frente al momento crucial que vive el planeta y específicamente América Latina.

El cuadro coyuntural condiciona tipo, modo, profundidad de las decisiones, plazos y caminos para cumplirlas. A una fuerza política fehacientemente comprometida con los intereses de las masas nadie podría negarle un margen muy amplio de acción. Esto, que es un axioma en cualquier circunstancia, resulta vital en el inédito período histórico que atraviesan las masas explotadas y oprimidas del mundo. El marxismo no es un catálogo de principios(12), del mismo modo que el pragmatismo no es prueba de mayor capacidad para “hacer política”.

De allí se desprende una crucial tarea teórica y militante para el próximo período: impedir que la respuesta al ultraizquierdismo sea el pragmatismo, y que éste ocupe el lugar de la comprensión científica de la sociedad y la historia. Si las relaciones de fuerza aconsejan medidas transitorias de contenido ambivalente o directamente impiden en una determinada coyuntura la adopción de decisiones que resuelvan en términos prácticos aquella oposición entre remendar el sistema o reemplazarlo, ello no deberá ser eludido con frases grandilocuentes y conductas irresponsables, carentes de toda traducción posible en una política de masas con sentido antimperialista y anticapitalista, pero tampoco asumido como plataforma programática y tanto menos como definición ideológica. El pragmatismo es la tumba de todo proyecto revolucionario. La capacidad para responder de manera concreta a situaciones concretas, la flexibilidad política, no es patrimonio del pragmatismo, así como enarbolar principios frente a la demanda quemante de la realidad no tiene punto de contacto con el marxismo. La única estrategia consistente para quienes se comprometan hoy con una respuesta anticapitalista a la eclosión de la crisis consiste en reivindicar y desarrollar la teoría científica de la revolución social (esto es, según la expresión leninista, hacer propaganda; o sea educar a las masas y acerar una vanguardia), y aunar esa labor con los dos corolarios inseparables que de ella se desprenden: formar cuadros y organizarlos en un partido revolucionario que -cuando las masas se muestren dispuestas- quiera, sepa y pueda encabezar el combate por la toma del poder real y el ataque frontal al corazón del sistema. Esta generalidad toma cuerpo en situaciones concretas, diferentes en cada país y aun cada momento. Descubrirlas, intepretarlas y darles respuesta: he allí la tarea de una dirección revolucionaria.

 

Base social y transición política

Todo lo anterior conduce a definir la situación actual como período de transición. Este no tiene ni puede tener plazos ni formas predeterminadas; por el contrario, podrá cubrirse en un lapso brevísimo o en largos períodos según el desarrollo de acontecimientos imprevisibles que serán diferentes en cada país. En sustancia, se trata del recorrido necesario para que el proletariado pase, según la expresión de Marx, de “clase obrera en sí, a clase obrera para sí”. No hay manera de transponer con éxito y de manera duradera la barrera del sistema capitalista sin esta transformación. Quienes creen que la conciencia de clase es un factor dado se equivocan tanto como quienes suponen que sin esa conciencia se puede llevar a cabo una revolución socialista.

Dos cuestiones enmarcan esta afirmación. La primera, alude a las formas y plazos que supone la asunción de una conciencia “para sí”. La segunda, a la definición misma de clase obrera. En debate con los hoy eclipsados creadores de un nuevo pensamiento (es difícil alcanzar una síntesis superadora del saber humano mientras se maniobra por obtener una banca de diputado), en agosto de 2000 citábamos en Crítica la definición que Marx da sobre la condición obrera:

“Dentro del capitalismo, sólo es productivo el obrero que produce plusvalía para el capitalismo o que trabaja para hacer rentable el capital. Si se nos permite poner un ejemplo ajeno a la órbita de la producción material, diremos que un maestro de escuela es obrero productivo si, además de moldear la cabeza de los niños, moldea su propio trabajo para enriquecer al patrono. El hecho de que éste invierta su capital en una fábrica de enseñanza en vez de invertirlo en una fábrica de salchichas, no alterna en lo más mínimo los términos del problema. Por tanto, el concepto de trabajo productivo no entraña simplemente una relación entre la actividad y el efecto útil de ésta, entre el obrero y el producto de su trabajo, sino que lleva además implícita la relación específica social e históricamente dada de producción, que convierte al obrero en instrumento directo de valorización del capital”. (El Capital, T I, pág. 426).

 “(…) el carácter específico del trabajo productivo no se halla vinculado para nada al contenido concreto del trabajo, a su utilidad especial, al valor de uso determinado en que traduzca. Cuando Milton, por ejemplo, escribía El Paraíso perdido, era un obrero improductivo. En cambio, es un obrero productivo el autor que suministra a su editor originales para ser publicados. Milton produjo El Paraíso perdido como el gusano de seda produce la seda: por un impulso de la naturaleza. Después de lo cual, vendió su producto por 5 llibras esterlinas. En cambio, al autor que fabrica libros –manuales de economía política, por ejemplo- bajo la dirección de su editor, es un obrero productivo, pues su producción se halla sometida por definición al capital que ha de hacer fructificar”. (Carlos Marx, Historia Crítica de la Teoría de la Plusvalía, Editorial Cartago, Tomo IV, pág. 220).

Complementaba Marx estas definiciones con lo siguiente:

“El campesino, considerado como propietario de los medios de producción (esto vale para todos los cuentapropistas, LB) es un capitalista; considerado como obrero, es su propio asalariado. Como capitalista, se paga a sí mismo su salario, obtiene una ganancia de su capital, se explota a sí mismo como asalariado y se paga con la plusvalía el tributo que el trabajo adeuda al capital (…) Es, gracias a ello, su propio capitalista y su propio obrero asalariado. La separación de estos dos papeles constituye el estado normal en este tipo de sociedad. Cuando no existe, como en este caso, se da por supuesta su existencia, y con razón; la unión se considera puramente accidental, reputándose el desdoblamiento como normal, aunque ambas funciones aparezcan reunidas en la misma persona. En situaciones como éstas vemos de manera tangible cómo el capitalista no es sino el funcionamiento del capital y el obrero el funcionamiento de la fuerza de trabajo. Por lo demás, la ley del desarrollo económico exige que éste asigne estas funciones a distintas personas”. Así, la reversión de aquel desdoblamiento –el aumento en flecha del cuentapropismo- expone una retrogradación muy aguda del sistema como tal.

Pero falta todavía voltear otro mito:

 “En una fábrica, los peones no intervienen directamente en la elaboración de la materia prima. Los obreros encargados de vigilar a los que trabajan en esa faena son ya de una categoría un poco superior; los ingenieros trabajan principalmente con la cabeza. Pero el resultado es el producto de ese conjunto de obreros, que poseen fuerzas de trabajo de distinto valor. Consideran como fruto simple del proceso de trabajo, este resultado se expresa en mercancías o en productos materiales. Y todos en conjunto, en cuanto obreros, son como máquinas vivas que fabrican estos productos. Del mismo modo, si enfocamos el proceso de producción en su conjunto, vemos que cambian su trabajo por capital y reproducen como capital, es decir, con una plusvalía, el dinero del capitalista. El tipo de producción capitalista se caracteriza, en efecto, por el hecho de separar y encomendar a personas distintas los diversos trabajos, intelectuales y manuales; lo cual no impide que el producto material sea el producto común de todas estas personas ni cada una de estas personas sea, con respecto al capital, un obrero asalariado, un obrero productivo en el sentido más elevado de la palabra” (Ib. Pág. 222 et. pas.).

Marx no deja una idea sin exprimirla hasta el final y agrega:

 “Un actor, incluso un clown, puede ser, por tanto, un obrero productivo si trabaja al servicio de un capitalista, de un patrón, y entrega a éste una cantidad mayor en trabajo de la que recibe de él en forma de salario. En cambio, un sastre que trabaja a domicilio por días, para reparar los pantalones del capitalista, no crea más que un valor de uso y no es, por tanto, más que un obrero improductivo. El trabajo del actor se cambia por capital, el de sastre por renta. El primero crea plusvalía, el segundo no hace más que consumir renta” (Ib. Pág. 137)

Es a partir de estas bases teóricas que hablamos de proletariado. Basta trasladar la definición al entorno inmediato para comprobar datos determinantes de nuestra realidad contemporánea: en primer lugar, la clase obrera ha aumentado numéricamente; en segundo lugar, ha elevado cualitativamente su nivel de instrucción y capacitación técnica, teórica y cultural. El hecho de que un ingeniero, un profesor de literatura, un abogado, un periodista o arquitecto no se sientan obreros no cambia en absoluto el lugar que objetivamente ocupan en el sistema de producción capitalista en su actual estadio de desarrollo. Tampoco es menos cierto que en condiciones de estabilidad socioeconómica, la falsa conciencia de los técnicos en computación, los ingenieros industriales, los físicos atómicos o cualquier otro profesional proletarizado, tiene un peso relevante, eventualmente decisivo a favor del capitalismo, en el devenir político. De hecho, no hay modo de realizar un cambio revolucionario socialista mientras esa situación se mantenga.

Sin embargo es un error grave suponer que esa falsa conciencia requiere un período histórico para transmutarse, alcanzar una conciencia de clase y asumir las consecuencias políticas que esto supone. A la vez, parece obvio que tales estratos, en el camino de asunción de su realidad social y política, pasen por las estaciones del nacionalismo desarrollista, el reformismo socialdemócrata u otras propuestas que camuflan con llamados al cambio la idea de preservar el sistema capitalista.

Desde luego, la degradación teórica de ciertas organizaciones y autores que se reivindican marxistas no contribuye para que estos contingentes numérica y cualitativamente decisivos del proletariado tomen conciencia de su condición y se sumen a una propuesta revolucionaria. La debacle teórica de quienes, en busca de lo que denominan “nuevos actores sociales”, recalan en la invención de la categoría “piquetero”, puede medirse por el hecho de que en una actitud demagógica frente a las víctimas más castigadas del capitalismo están proponiendo como vanguardia estratégica al sector más atrasado y socialmente inconsistente del proletariado, enajenando a las franjas obreras con la verdadera capacidad de cambiar el sistema por el simple hecho de que en sus manos está el funcionamiento del mecanismo de producción y distribución de bienes. Semejante política sólo puede conducir a la profundización de las divisiones en el seno de la clase obrera, prólogo de un dramático fracaso que golpearía en primer lugar a los desocupados y de allí al conjunto social.

La redención de las masas arrojadas a la marginalidad por la crisis del capitalismo es inviable sin la revolución socialista. Esta a su vez es impensable sin el protagonismo dirigente de los estratos más avanzados del proletariado industrial. El hecho cierto de que grandes contingentes de desocupados estructurales y marginalizados tienen ocasionalmente sectores dispuestos a movilizarse -incluso cuando la clase obrera con empleo elude la lucha, como es el caso en Argentina desde hace una década- no puede confundirse con su capacidad para sostener la movilización, para asumir un programa revolucionario y encabezar a una sociedad que busca convulsivamente alternativas ante el flagelo de la crisis. Por el contrario, como se ve por estos días en Argentina, la dependencia directa y extrema de los desocupados respecto de los subsidios manejados por el Estado, incluso cuando alcanzan algún nivel de organización, los hace víctimas de la manipulación destinada a dividirlos, a servir de base de maniobra a aparatos del capital o ser utilizados como instrumento de provocación. El fenómeno inverso está en curso en Venezuela, donde los obreros petroleros -incluyendo técnicos de máxima calificación, ingenieros, científicos, economistas, abogados, etc- recorren rápidamente el camino hacia la conciencia de clase (véase en esta edición “Los trabajadores asumen la Revolución Bolivariana, pág. 35).

Entre ambos extremos puede hallarse toda la gama en los países restantes. El desafío para los revolucionarios marxistas no consiste en ver quien repite más veces que es necesaria la revolución socialista, sino en encontrar los factores comunes que permitan unificar fuerzas sociales y recorrer, tan rápido como sea posible en las condiciones dadas en cada momento y lugar, el camino de la constitución del nuevo proletariado, que resultará de la incorporación de todos sus componentes objetivos. El proletario medio del siglo XXI no es un peón textil o metalúrgico, sino un técnico altamente calificado o profesional con título universitario. Esto, desde luego, reclama organizaciones, métodos y dirigencias necesariamente nuevos, entendiendo por tales una superación efectiva de aquellos a que diera lugar el estadio anterior. La noción de partido leninista no queda abolida, como sostienen quienes abjuran de la revolución social, de la lucha por el poder o de ambos objetivos. Vencer al capitalismo, más centralizado que nunca, requiere instrumentos a la altura del perfeccionamiento alcanzado por el Estado burgués. El nuevo proletariado está en condiciones de forjarlos. Pero es claro que organizar y encabezar este nuevo proletariado requiere algo más que gritos destemplados o buenos afiches electorales con el rostro de quienes se proponen como vanguardia.

El impacto del derrumbe de la Unión Soviética (resultado de una derrota con raíces en la década de 1920, pero realizada plenamente recién a fin de siglo), sobre la conciencia de los trabajadores y las juventudes es un factor mayor para comprender la realidad política mundial, regional y nacional. Recuérdese la frase de Marx, tantas veces citadas aquí: “a una fuerza material sólo puede vencerla otra fuerza material, pero las ideas, cuando penetran en las masas, se transforman en una fuerza material”. Ocurre que en esta fase histórica se materializó como poderosísima fuerza política la idea de que el socialismo era peor que el capitalismo, combinada con el viraje de innumerables cuadros hacia la convicción de que a un capitalismo todopoderoso e invencible sólo se le podía contraponer la lucha por reformas parciales.

El mundo está frente al resultado paradojal de aquella contraofensiva global estratégica, que precisamente por haber sido exitosa en todos los terrenos y por haber llevado a casi punto cero la resistencia económica del proletariado industrial mundial, liberó todas las fuerzas inmanentes, autodestructivas, del sistema capitalista, conduciéndolo a la más profunda y extensa crisis general en toda su historia. La destrucción de partidos y sindicatos obreros en todo el mundo, tiene un doble contenido: plasmó y aceleró la desmoralización y desmovilización de los trabajadores con empleo, y a la vez mostró la necesidad histórica -y abrió la oportunidad- de crear nuevas organizaciones a la medida de los nuevos tiempos.

 

 Transición y programa

En América Latina el agotamiento del neoliberalismo, en los términos que lo hemos definido, da lugar a una nueva configuración política regional, con Brasil encabezando, no sin grandes dificultades, un conjunto de países constituido por Argentina, Paraguay, Bolivia y, desde un ángulo propio, Venezuela. El gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva ha asumido sin rodeos la estrategia del gran capital brasileño relativa a la política económica consistente en negociar con Washington desde posiciones de fuerza, limar las aristas más gravosas del ALCA y lanzarse a la búsqueda y consolidación de un mercado para los productos brasileños y suramericanos que, a los ya existentes en Estados Unidos y la UE, sume países de Asia y Africa. Desde la posición de debilidad determinada por la heterogeneidad de su gobierno y la ausencia de base propia, el presidente Néstor Kirchner acompaña ese rumbo. Esta línea de acción encarna la necesidad y única posibilidad de las burguesías suramericanas para afrontar a la vez la descontrolada voracidad imperialista y la demanda creciente de las masas en todos los terrenos. Cuenta además, dentro de ciertos límites, con el respaldo de la UE frente a Estados Unidos. No sin ingenuidad, un alto ejecutivo de una empresa europea define desde su ángulo de visión la tarea planteada:

«(Con Lula y Kirchner) los relojes de las dos naciones mayores del sur americano parecen sincronizarse en el proyecto de fortalecer y engrandecer el bloque regional del Mercosur (…) Si bien no faltan sectores que imaginan este nuevo lanzamiento del bloque como un proyecto de proteccionismo ampliado, un amurallamiento destinado a desconectar a la región del vasto proceso de integración económica planetaria que se conoce como globalización, todo hace pensar que no será ésa la resultante real de este nuevo intento, sino, más bien, la búsqueda de un globalismo arraigado en las lógicas productivas de las naciones del Mercosur, de un universalismo en el que éstas no resignen la especificidad de sus culturas e intereses y del que puedan sentirse sujetos, no meras piezas de un ajedrez ajeno”(13).

En efecto, el Mercosur es la palanca elegida para negociar desde posiciones de fuerza con Washington y abrir nuevos horizontes a las burguesías locales. Y no cabe duda de que se trata de la única vía posible para huir hacia delante. Conviene en este punto recordar la caracterización y la línea de acción trazadas por la Unión de Militantes por el Socialismo en su IV Congreso, en noviembre de 2002:

 “Si se confirma la victoria del PT en segunda vuelta el continente estará ante una múltiple derrota de Estados Unidos. La segunda de gran envergadura en cuatro meses en Sudamérica. La burguesía brasileña había trazado ya con el gobierno de Fernando Henrique Cardoso una línea roja contra el ALCA. Esa línea se engrosará a partir de ahora, pese a que un sector del PT está, desde hace tiempo, a la derecha del actual gobierno en relación con este dilema estratégico.

“La lucha contra el ALCA debe ser cuidadosamente definida porque allí se presenta el punto en el que la lucha antimperialista en sus términos más amplios es tangencial a la política de conciliación de clases. Para los revolucionarios marxistas la oposición a la unificación continental que plantea el imperialismo estadounidense no tiene el mismo carácter, la misma dinámica ni el mismo contenido puntual que tiene para las burguesías regionales. Además de la fractura que las divide entre socios menores de Washington y defensores de la industria y el mercado propios, éstas se dividirán en el próximo período entre quienes adoptarán un discurso nacionalista y quienes, con la Unión Europea detrás, pretenderán sostener el marco liberal. Esta será una prueba de fuego para los revolucionarios marxistas, que tendremos que defender la nación frente a lo que sin duda será una cada día más acentuada presión imperialista -que antes de no mucho se traducirá abiertamente en el terreno militar- y al mismo tiempo tendremos que levantar el estandarte de la democracia de masas como continuidad dialéctica de la democracia liberal burguesa.

“Para nosotros lo opuesto al ALCA no es el Mercosur. Esa noción, hoy popularizada en filas de izquierda, carece de todo y cualquier fundamento desde el punto de vista de la clase obrera. Lo contrario al ALCA es hoy la defensa de todo aquello que contribuya a instaurar una dinámica en cuyo desenlace histórico aguarda la creación de una Confederación Socialista de las Américas. El Mercosur puede sí ser un ámbito en el que se abroquelen las burguesías regionales para resistir la embestida de un Estados Unidos minuto a minuto más acuciado por su crisis económica. La coincidencia antimperialista, sin embargo, deberá proyectarse en una estrategia y un conjunto de tácticas propias, todas contrapuestas en fundamento y diferenciada en la acción ante las masas a los intereses y políticas burguesas. Es dudoso que el PT pueda resolver eso correctamente en una primera fase. Lo más probable es que se limite a la diplomacia de “un Mercosur ampliado”. Esto deberá ser apoyado por los revolucionarios marxistas, pero entendido como vía de transición hacia formas políticas (Confederación, moneda única) y económicas (planificación de grandes emprendimientos comunes) de asociación sudamericana en la cual la clase obrera deberá constituirse como tal y disputar el poder político a esa escala. De modo que, además de bregar con el máximo de nuestras capacidades por darle forma concreta a un bloque antimperialista continental -es decir, que incluya a los trabajadores y los pueblos de Estados Unidos y Canadá, como también propusimos cuando participamos en la fundación del Foro de São Paulo- debemos asumir esas dos magnas tareas históricas: la constitución de la clase obrera latinoamericana como clase para sí, y la conformación de todos los instrumentos necesarios para la lucha por el poder. Ese camino no vamos a comenzar a recorrerlo ahora. Es el que venimos trazando y andando desde nuestra fundación”(14).

Dos años después es evidente quiénes, cómo y cuánto han andado aquel camino. Y la relación de fuerzas resultante de las líneas de acción asumidas están a la vista: tiene más de un significado que el Mercosur haya resuelto designar un Presidente y que el cargo le haya sido entregado a Eduardo Duhalde(15). Mientras se redacta este artículo llega la noticia de que Lula parte en una larga gira comercial hacia Oriente y lleva como invitado especial al ex presidente argentino. Que Duhalde acompañe al titular del Partido de los Trabajadores de Brasil inmediatamente después de haber expuesto con claridad la necesidad de reprimir las manifestaciones de los desocupados, es un símbolo de la dinámica impresa en esta alianza de clases definida por el PT como única salida a la solución de los problemas de nuestros pueblos.

No es menos significativo, sin embargo, el curso tomado desde entonces por la Revolución Bolivariana y su proyección como fuerza actuante a escala suramericana, pese a la imposibilidad verificada hasta el momento de articular sobre bases genuinas y con dinámica de masas un bloque antimperialista continental.

La resultante es la pérdida de la iniciativa política por parte de Estados Unidos en América del Sur y la conformación de dos grandes corrientes que sin choques públicos pero no por ello con menor crudeza, se disputan la primacía como conducción estratégica efectiva: el gobierno brasileño, acompañado por el gran capital local y respaldado por la socialdemocracia y el socialcristianismo de un lado; y el gobierno del presidente Chávez, sin retorno enfrentado con la clase dominante de su país, respaldado por los movimientos revolucionarios y populares de todo el continente y, naturalmente, por Cuba. En este cuadro de disposición de fuerzas, Washington torpedea con el máximo de brutalidad al gobierno de Chávez y presiona con instrumentos diplomáticos y financieros a Lula, mientras la UE ataca con sordina a la Revolución Bolivariana y saluda con alborozo la “madurez y sensatez” del PT. A su vez, en instancias claves como la reunión de la OMC en Cancún y del ALCA en Miami, opera el eje objetivo Brasilia-Caracas e impide a Washington lograr sus objetivos, obligándolo a un retroceso sistemático en esos terrenos. Mientras tanto, la ausencia de Lula en el Encuentro Social Alternativo en Santa Cruz de la Sierra y el discurso programático de Chávez en esa reunión, proyectan en otro plano la diferencia estratégica entre ambas concepciones.

Dividir estas dos corrientes de proyección histórica es un objetivo del imperialismo, buscado igualmente por la socialdemocracia y socialcristianismo. Impedir esa división, buscar sistemáticamente la unidad social y política a escala continental, dar constantemente la batalla ideólogica, política y organizativa, es una tarea estratégica para los revolucionarios marxistas de todo continente.

Es por estos vericuetos que discurre la transición. Las masas obreras, campesinas, desocupadas y juveniles, no tienen banderas comunes más allá del reclamo de trabajo, tierra, justicia. Hay sí una creciente identificación de un enemigo común: Estados Unidos. No el concepto abstracto de imperialismo, sino la imagen despreciable de Bush. Las masas explotadas y oprimidas no enarbolan como conjunto social una propuesta de sociedad alternativa, ni aun en sus más elevadas formas de lucha, como quedó claro en Ecuador y Bolivia. En Brasil, resulta obvio que los trabajadores y las masas desposeídas que llevaron a Lula al gobierno confíen en él, crean en sus argumentos para pedir paciencia y le den tiempo para obtener los cambios esperados; en Argentina, después de la prueba de fuego que expuso la desubicación e incapacidad de las izquierdas, no puede sorprender que el discurso de Kirchner genere expectativas positivas en una mayoría de la sociedad; en Bolivia, no asombra que las mismas masas que depusieron a Sánchez de Lozada le den tregua a su vicepresidente, Carlos Mesa, y que incluso no rechacen de plano la idea de que éste termine su mandato en 2007, para entonces buscar un gobierno propio; en Ecuador no cabe sorprenderse por el hecho de que el poderoso movimiento de masas que catapultó al poder a Lucio Gutiérrez esté ahora desmovilizado y acaso ceda la iniciativa política a sectores del capital que disparan contra el militar tránsfuga; en Venezuela, aun con las pausas y desvíos de la ofensiva revolucionaria lanzada por Chávez, es el único país donde se constata un avance sistemático de las masas en términos políticos e ideológicos y también el único país de la región donde la clase obrera industrial, desde sus estratos más avanzados, comienza -lenta y contradictoriamente, como podía ser de otra manera- a recorrer un empinado camino de autoorganización y asunción de una conciencia de clase.

Cuba, mientras tanto, al precio altísimo pagado a comienzos de año para frenar una nueva embestida contrarrevolucionaria estadounidense, con la que consciente o inconscientemente contribuyeron todos quienes condenaron el fusilamiento de tres mercenarios, continúa en su papel de vanguardia ideológica en medio de este panorama donde por un lado resalta la reaparición generalizada de la movilización de masas y por otro el atraso y desagregación.

Es a esta transición y en esta coyuntura que los revolucionarios marxistas debemos responder. No se trata de una consigna. Sino de un concepto. Lo elaboraron los máximos dirigentes de la Revolución Rusa -en un cuadro por completo diferente, aunque con muchos puntos en común- en el Cuarto Congreso de la Internacional Comunista, en 1922. La noción de Frente Antimperialista allí afirmada es hoy la única herramienta común a los trabajadores y los pueblos suramericanos capaz de permitir pasos concretos hacia la unidad social frente a Estados Unidos, un enemigo que, sin iniciativa política, sumando derrotas y atenazado por la crisis, tiene no obstante un enorme poder destructivo, ya desplegado y a punto de poner en funcionamiento con toda su fuerza letal.

No se debe dejar el menor espacio a los charlatanes irresponsables que hablan del socialismo inmediato y dificultan la unidad de las masas. No se debe ceder un milímetro en la lucha ideológica y política con las innumerables expresiones de la burguesía y el imperialismo travestidas de progresistas, populares o nacionaldesarrollistas que muestran los dientes a los yanquis, pero no muerden y, sobre todo, impiden que los trabajadores adquieran independencia política, organizativa y programática para dar la batalla. El frente único antimperialista es la única instancia de unificación de grandes masas, a escala nacional y suramericana, de organización y concientización de millones de víctimas de la crisis capitalista. Todas las demandas democráticas y económicas que las masas esbocen, serán consignas reivindicables en el programa de los revolucionarios marxistas. Sólo nos diferenciaremos en la tenacidad e intransigencia con que las defenderemos y en el hecho clave de que, en cada instancia y en todo momento, propugnaremos la organización democrática, plural y antimperialista de las masas como base de sustentación de un gobierno de los trabajadores y el pueblo.

 

1.- Desarrollo y significado de ambas reuniones fueron analizadas en “América Latina esboza su propuesta”, Luis Bilbao, Le Monde diplomatique edición Cono Sur; Buenos Aires, diciembre de 2003.

2.- “Altogether now”; The Economist, London 22 de noviembre de 2003.

3.- “A flood of red ink”; The Economist, London, 8 de noviembre de 2003.

4.- “Boom or gloom?”; The Economist; London, 22 de noviembre de 2003.

5.- En un texto periodístico, el economista brasileño Theotonio dos Santos sostiene que la economía mundial está en “la primera fase de un nuevo ciclo de crecimiento”. Aun sin explicitarlo ni referirse al tema, parecen coincidir con él economistas argentinos como Eduardo Amadeo y Rubén Lo Vuolo, quienes en sendos libros de reciente aparición (La salida del abismo; Planeta, Buenos Aires, noviembre 2003 y Estrategia económica para la Argentina; Siglo XXI, Buenos Aires, noviembre 2003, respectivamente), desconocen la base internacional sobre la cual edifican sus propuestas para la economía local.

6.- Un texto hecho a la medida de esas funciones (y no por acaso recientemente reeditado), fue La sangre derramada –Ensayo sobre la violencia política-, una suerte de justificación pseudofilosófica del espíritu de derrota, claudicación y conversión ideológica que tomaría cuerpo en el Frente Grande-Frepaso-Alianza. Véase por ejemplo este postulado teórico: “Marx, hoy, al no existir el proletariado revolucionario superador, sólo podría enaltecer a la burguesía revolucionaria desde sí misma, como parte de ella”. José Pablo Feinmann, Seix Barral, Buenos Aires 2003.

7.- “Yo las defiendo (las medidas que acentúan la participación del Estado en la economía) porque son el único medio practicable de evitar la destrucción total de las formas económicas existentes” (John M. Keynes; Teoría general del empleo, el interés y el dinero; Planeta-Agostini; Buenos Aires, 1994).

8.- Es el caso de, entre otros, el Sr. Joseph Stiglitz, prototipo de la irracionalidad del pensamiento económico burgués al que se aferran en su naufragio teórico, político y moral demasiados expertos y comentaristas de la materia. “Aunque nadie estaba satisfecho con el sufrimiento que acompañaba a los programas del FMI, dentro del Fondo simplemente se suponía que todo el dolor provocado era parte necesaria de algo que los países debían experimentar para llegar a ser una exitosa economía de mercado, y que las medidas lograrían de hecho mitigar el sufrimiento de los países a largo plazo. Algún dolor era indudablemente necesario, pero a mi juicio el padecido por los países en desarrollo en el proceso de globalización y desarrollo orientado por el FMI y las organizaciones económicas internacionales fue muy superior al necesario”, dice Stiglitz en su best seller mundial El malestar en la globalización, Taurus, Buenos Aires, 2002. El autor de esta nueva versión de Caperucita Roja es Premio Nobel de Economía. Por su parte, en 1998 escribía Paul Krugman en El teórico accidental: “A finales del siglo XX casi nadie cree que haya alguna buena alternativa a una economía de mercado; a lo sumo podemos esperar aliviar a la gente de los aspectos más crueles de la economía” (Ed. Crítica; Barcelona 1999). Un año después el mismo autor diría: “Olvidamos el asombro que sentimos cuando estos modelos ejemplares comenzaron a perderse en el camino, un asombro que de hecho era totalmente apropiado porque no era de ninguna manera obvio, incluso ahora, cómo pudieron salir tan mal las cosas” (De vuelta a la economía de la gran depresión; Norma, Buenos Aires 1999).

9.- Los textos de Crítica donde se encontrará nuestra posición en aquel debate pueden hallarse en www.geocities.com/nuestrotiempo. Está disponible asimismo la colección completa de 29 volúmenes.

10.- Ver “Qué frenó la construcción política de masas”; Cristina Camusso, Crítica N° 28, agosto-octubre 2003; y “La gran prueba”, Crítica N° 25, diciembre 2000.

11.- Una penosa parábola arrastró a este tipo de organizaciones y sus dirigentes, que combinaron desviaciones electoralistas y virajes conceptuales y contribuyeron al vaciamiento teórico y el colpaso político: poner a secretarios generales de partidos que se proclaman revolucionarios e internacionalistas a disputar un cargo de Concejal (y festejar como victoria histórica la obtención de ese puesto); aferrarse a una categoría sin fundamento, a la que se denominaría “piquetero” y se le atribuiría la capacidad de crear un partido; utilizar toda expresión de lucha genuina para producir una victoria propia (manipulación en las Asambleas barriales que irrumpieron en diciembre de 2001, intervención ultrista y divisionista en las escasísimas luchas obreras de resistencia). El desenlace está a la vista: rotundo desastre electoral (expresión patética de esto fue que los dos cargos en la Legislatura de Buenos Aires obtenidos por el PC y el PO en la figura de sus secretarios generales fueron perdidos), multiplicación de las luchas intestinas, fraccionamiento extremo de los aparatos “piqueteros” (con injerencia enorme del Estado mediante el manejo de los fondos con los que se pagan subsidios), degeneración que lleva, como en el caso de la empresa Sasetru, a choques entre obreros donde quienes se suponen vanguardia emplean armas de fuego contra los propios trabajadores.

12.- “Los principios no son el punto de partida de la investigación, sino su resultado final, y no se aplican a la naturaleza y a la historia humana, sino que se abstraen de ellas; no son la naturaleza ni el reino del hombre los que se rigen según los principios, sino que estos son correctos en la medida en que concuerdan con la naturaleza y con la historia”. Federico Engels, Anti-Dühring, Obras de Marx y Engels, T 35; Grijalbo, Barcelona 1977.

13.- “Integrarnos al mundo, arraigarnos en el Mercosur”; Luis Ureta Sáenz Peña, Director general de PSA de Peugeot-Citroen Argentina. Archivos del presente, Buenos Aires, 2003.

14.- IV Congreso de la UMS- Resolución internacional. Eslabón N° 41, Buenos Aires, diciembre de 2001. www.geocities.com/ums_ar

15.- Prueba adicional de nuestra afirmación, en la edición anterior de Crítica, de que el de Kirchner es por su base social y partidaria una continuidad lineal del de Duhalde, respaldado por Raúl Alfonsín.

 

 

Cómo afrontar la depresión económica y la encerrona política

porLBenCR

 

Por un camino tan sinuoso que pareciera llevar siempre al punto de partida, la crisis argentina se desliza hacia el momento de eclosión. La velocidad aumentó en los últimos meses para acelerarse en agosto, cuando el riesgo de la cesación de pagos puso en vilo al país y la solución hallada por el gobierno consistió en rebajar salarios de estatales y jubilaciones. Fracturadas, acosadas por el capital financiero de un lado y del opuesto por signos elocuentes de una movilización de masas con perspectiva creciente, las clases dominantes se ven empujadas a repetir el movimiento de 1989/90, cuando entregaron a Estados Unidos la capacidad de arbitrar entre sus irreconciliables fracciones. Sólo que la experiencia vivida desde entonces y la magnitud sideral de la crisis presente provoca arrestos de oposición en franjas del capital conscientes de estar amenazadas de muerte. Washington está lanzado en su propósito de crear un Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y presenta las cosas de modo tal que no restan dudas respecto de su intención de transformar en provincias a toda América Latina y el Caribe(1).

Así, a fines de agosto, con cuarenta meses de recesión, un abismo de miseria y la imposibilidad de pagar los compromisos de la deuda externa, el gobierno tambalea y las clases explotadas y oprimidas comienzan a despertar del letargo que las mantuvo fuera del escenario político desde la derrota de las grandes huelgas ferroviaria y metalúrgica de 1991.

En la rodada, voces y gestos se entremezclan y confunden: la Unión Industrial Argentina pide aumento general de salarios y seguro de desempleo; autoproclamados dirigentes de desocupados exigen “planes trabajar” por $120 pesos mensuales; conspícuos portavoces de la alta burguesía claman por una reprogramación (de hecho moratoria) de la deuda externa; funcionarios sindicales gimen explicando la necesidad de fortalecer el Estado para que éste pueda aplicar “políticas activas” que permitan a las patronales programar ganancias y así dar lugar a una efectiva reiniciación de la explotación a gran escala; representantes de dios con y sin sotana convergen en la necesidad de conciliar capital y trabajo para salir de la ciénaga; algún concejal con veleidades trueca habituales graznidos de difamación por propuestas de “unidad revolucionaria” en desesperado intento por ascender a diputado en las elecciones de octubre próximo; mientras tanto en las estructuras políticas burguesas el caos es total: los principales candidatos de la UCR hacen campaña en oposición a su propio gobierno; el partido Justicialista lleva en la Capital Federal a un hombre del riñón oficialista; los fragmentos del Frepaso están en todos lados y en ninguno se los ve como aquello que intentaron ser…

Está en curso y a máxima velocidad aquello que reiteradamente estas páginas señalaron como proceso de realineamiento social y político.

En este panorama, el clamor generalizado apunta a dos objetivos centrales: salir de la depresión económica y acabar con una dirigencia a la que acusa de corrupción y atribuye ineptitud y falta de energía.

Se trata por tanto de dar respuesta efectiva -en lo inmediato y con perspectiva estratégica- a estas dos demandas centrales. Y confrontar tanto como la realidad lo exija con las respuestas falsas y engañosas que por interés, ignorancia o desesperación, van a la búsqueda del consenso de las masas y sus vanguardias tras una política de conciliación de clases y cretinismo parlamentario. Se trata asimismo y simultáneamente de redoblar esfuerzos por evitar que el desmoronamiento en curso de la democracia burguesa arrastre las libertades democráticas y los derechos civiles.

 

Una vez más sobre el carácter de la crisis

Aun a riesgo de redundar, es preciso insistir acerca de cuáles son las raíces de la situación que hoy abate al país. En la primera edición de Crítica, hace diez años, el primer artículo comenzaba con la siguiente afirmación: “La crisis del mundo en la última década del siglo XX es la crisis del capitalismo”. En las páginas siguientes aquel artículo mostraba, con datos y cifras tomadas de la mejor prensa comercial internacional, que bajo una superficie de éxitos el capital sufría el mal irremediable descripto por Marx como baja tendencial de la tasa de ganancia, y que su aparente fortalecimiento al calor de lo que entonces denominamos “contraofensiva global estratégica”, no era más que el efecto pasajero de aquella contraofensiva a la cual el proletariado mundial no estaba en condiciones de ponerle límites -por causas que se hacían evidentes con el desmoronamiento de la Unión Soviética- y que era exclusivamente esa razón la que impedía que el muy avanzado grado de deterioro del sistema se manifestara como tal y en cambio tomara la forma de avasallante victoria, la cual era sin embargo el preludio de una muy cercana y extremadamente agravada reaparición de la crisis.

Hela allí. Ha transcurrido una década y quienes frente a estas aseveraciones soltaban con suficiencia adjetivos descalificantes como “apocalíptico”, “catastrofista”, o “dogmático”, tras haber bebido hasta la última gota el veneno de la adopción de fórmulas socorridas por bien promocionados intelectuales orgánicos de la burguesía, siempre a la mano para pergeñar argumentos a favor del escepticismo o la conversión, se muestran consternados ante el vuelco de la situación. A algunos el espanto les ha a agudizado a tal punto la percepción, que intuyen la magnitud de lo que viene, aunque se resisten a nombrarlo. Porque lo que hay por delante es una situación que, no importa cuánto se sostenga y qué caminos tome, desemboca inexorablemente en un colapso general, en una inmensa conmoción social cuyo desenlace tiene sólo dos alternativas: revolución o contrarrevolución. Mientras esta opción no se resuelva -y puede transcurrir mucho tiempo, porque estamos hablando de una etapa histórica, no de una coyuntura inmediata- el sistema sobrevive exclusivamente sobre la base de avanzar día por día en detrimento de las condiciones de vida y de trabajo del conjunto de la población.

Una crisis de sobreproducción, una crisis estructural del sistema como la que vive hoy el capitalismo mundial, precisamente en un momento histórico en el que ninguna fuerza social de envergadura se le opone organizada y conscientemente, puede resolverse mediante la destrucción masiva de bienes y mercancías excedentes (a propósito, cabe recordar que para el capital la fuerza humana de trabajo es una mercancía), o por la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y la edificación planificada de una sociedad socialista. No hay espacio en estos períodos históricos para resolver el desempleo masivo, lograr aumentos de salarios, mejora en las condiciones de trabajo, reformas progresistas en la vida económica, política y cultural de la población. Los progresistas que no asumen esta realidad -que lo es al margen de cualquier juicio de valor sobre ella- se derriten en segundos o se pasan lisa y llanamente al campo enemigo. No es preciso dar ejemplos. Pero sí es preciso remarcar, para quienes durante los ’90 creyeron o quisieron creer que había una tercera vía, una alternativa menos exigente -conducta que dio lugar a la progresión fatídica Frente del Sur, Frente Grande, Frepaso, Alianza, Cavallo- que todo lo que venga, si se repitiera con el mismo molde, sería una caricatura trágica de esta comedia patética.

En lugar de alimentar falsas esperanzas y correr tras quimeras, corresponde hablar de frente a los trabajadores y la juventud. La verdad quema y puede ser repelida por muchos. Pero a esa temperatura se funde el acero necesario para encarar una lucha que no se limita a cambiar el precio de la esclavitud cotidiana ni a demandar limosnas para una sobrevivencia subhumana. No se trata de vituperar a quienes retrocedan ante ella. Se trata de organizar a quienes no la teman. Y seguir fraternalmente la prédica con los demás. La confianza, la esperanza, deben basarse en la verdad. Y es mentira que se pueda salir de la actual depresión y dar respuesta duradera a la desocupación, los salarios miserables, las jornadas de 12 horas de trabajo, la marginalización masiva, la decadencia social y cultural intolerables, con cualquier variante de intervención del Estado en la economía. Una militancia aguerrida sólo puede forjarse con la verdad como primera y principal arma de combate: que otros ganen votos con mentiras; que otros edifiquen aparatos con ilusiones. Los revolucionarios marxistas vamos a recorrer el duro camino que la clase obrera y la juventud tienen por delante con la verdad como estandarte.

 

Depresión, sindicalismo y política

En un marco histórico diferente la depresión empujaría a un fortalecimiento de las organizaciones de clase, tal como ha ocurrido en otros momentos de la lucha del proletariado mundial. Pero el impacto sostenido del derrumbe de la Unión Soviética, la destrucción paralela de los grandes partidos obreros y los sindicatos (comunistas, socialistas y cristianos) a escala mundial, con su correlato local sui generis de degradación extrema y liquidación del movimiento y el sindicalismo peronistas, produce sobre las masas trabajadoras el efecto inverso: desagregación y ensimismamiento. Este curso objetivo de la clase obrera se proyecta al conjunto de la sociedad con resultados devastadores. El aumento de la delincuencia no es sino la expresión de una lucha desesperada por el reparto de la renta nacional, de los arrojados a la marginalidad que no encuentran canales organizativos propios y reconocibles, sindicales o políticos. Al otro extremo de la clase trabajadora, la misma fuerza negativa corporiza en universitarios, profesionales e intelectuales, exacerbando el individualismo y la irracionalidad en todos los planos. Esta combinación degrada hasta límites intolerables las condiciones de convivencia cotidianas y hace extremadamente difícil la afirmación de un accionar político basado en la conciencia, la organización, la asunción racional de una estrategia común.

He allí la base social de conductas insólitas en cuadros políticos e intelectuales, incluso con trayectorias de lucha respetables –y en ciertos casos admirables- y de los propios partidos y organizaciones sociales y políticas que se proponen enfrentar la crisis. La fuga electoralista de prácticamente la totalidad de la izquierda considerada revolucionaria tiene su contraparte en la degradación sin freno de la dirigencia sindical poco tiempo atrás clasificable como honesta y combativa. Y en ambos casos la función determina los métodos y crea, si no los tiene, los órganos necesarios. No se trata por tanto de fenómenos individuales. Es la fuerza ciega de la crisis que arrastra a quienes no entienden su profundidad o, entendiéndola, no se deciden a afrontarla, o decidiéndose, repiten conductas dictadas por la costumbre. Valiosos luchadores sindicales que pocos años atrás resolvieron sumarse al Frente Grande y metamorfosear el Congreso de Trabajadores Argentinos en una central de dirigentes sin bases -es decir, resolvieron cambiar una política de clase que daba sus primeros pasos por una combinación de accionar político policlasista con el sindicalismo de aparatos-se ven hoy reducidos a la nada en el campo político y en sus sindicatos empujados a oficiar como gerentes de la crisis proponiendo rebajas salariales y listas de retiros voluntarios(2). El símbolo trágico de esta caída quedó graficado en uno de los actos más ignominiosos de la historia del movimiento sindical argentino: los dirigentes de Ctera y la CTA levantando la Carpa Blanca tras la victoria electoral de la Alianza, para marchar desde el Congreso al ministerio de Educación y entregarle la ofrenda al ministro Juan Llach (nadie menos que el segundo de Domingo Cavallo durante el gobierno peronista, y verdadero creador y gestor del “plan de convertibilidad”). El gesto era lógico porque Llach era entonces ministro del gobierno que esos mismos dirigentes integraban y por el que habían hecho campaña. Pero las consecuencias son obvias: ¿cómo, con qué propuesta, con qué autoridad, podrían estos mismos dirigentes oponerse ahora de manera efectiva a la gestión de Cavallo?

No obstante la magnitud de las responsabilidades individuales, es claro que la clave está en la incomprensión del momento histórico y la consecuente adopción de un camino político que llevaba inevitablemente al suicidio. En 1997 calificamos el fenómeno entonces en curso como “Segunda campaña de cerco y aniquilamiento”, en referencia al exterminio de cuadros sindicales y políticos llevado a cabo por la dictadura, repetido de manera incruenta bajo los gobiernos de la UCR y el PJ -los partidos que antes habían sido base política de aquel genocidio perpetrado por los militares- mediante la maniobra de José Bordón que dio lugar al Frepaso primero, y la constitución de la Alianza después(3). Basta recordar que la fracción hegemónica de la CTA hizo campaña por Bordón en 1995 y por De la Rúa en 1999 para medir la magnitud destructiva de ese período.

No se debería minimizar el efecto de esta cooptación general de cuadros sindicales y políticos por parte de la clase enemiga; de hecho, aun cuando ella misma se inscribe en y se explica por un momento histórico de extrema confusión ideológica y franco retroceso político del proletariado mundial, es el factor que explica la sobrevivencia de la convertibilidad y, ahora, la del propio gobierno.

Sin embargo, de aquí en adelante el problema no estriba en esa ausencia, así como tampoco en lo que haga o deje de hacer la dirigencia, que sin distinción de ningún género está como nunca alejada de las bases y desprestigiada ante los trabajadores, la juventud, los profesionales y el conjunto de la sociedad. Esto la hace política y sindicalmente débil en términos coyunturales y estratégicos, situación que debilita al movimiento obrero frente a las patronales y el gobierno, pero plantea perspectivas ciertas de superación de toda una etapa histórica. Por detrás del panorama directamente perceptible hay una clase obrera y una juventud que han roto históricamente con el peronismo, con los partidos de la burguesía, y lo expresan tomando distancia -la más de las veces de manera pasiva- rrespecto de los aparatos y sus dirigentes. Ahora la dificultad está en la afirmación de nociones completamente diferentes a las comúnmente aceptadas y sostenidas durante décadas, sobre todo en el trabajo sindical.

El punto de partida y la perspectiva se plantean de modo muy diferente al período 1992/94, cuando tres vertientes históricas del movimiento obrero convergieron en un llamado a edificar una instancia política denominada entonces Congreso de Trabajadores Argentinos y cuyas direcciones serían luego arrastradas por los partidos patronales. Salvo excepciones -que sin duda contarán sobremanera en la práctica- no existe en esta instancia aquella base organizada y con gran disposición de lucha que se manifestó en el congreso fundacional del CTA, cuando unos cinco mil activistas se reunieron fraternal y democráticamente en 1992 para iniciar un camino independiente. El curso adoptado por la mayoría en la dirección de la CTA provocó confusión, retraimiento y dispersión. Esto a su vez abrió resquicios para la aparición de corrientes manipuladas por la iglesia y por sectores del PJ -apoyadas sobre todo en franjas de desocupados- a la vez que dejó espacio para que la burocracia tradicional recuperara espacio sindical y político(4).

El fracaso de la expectativa cifrada en el CTA originario vino a acelerar y completar la pérdida de confiabilidad de los trabajadores en la dirigencia sindical. Siguiendo una tendencia que se verifica en todo el mundo, en Argentina los sindicatos pierden afiliados y los aparatos se sustentan en las Obras Sociales, desvirtuando a la vez una y otra función. Sólo por excepción un sindicato tiene arraigo en las bases. Si en un pasado no tan lejano la relación del activo militante con el aparato se caracterizaba por la dura oposición y las caracterizaciones rotundas, ahora el signo predominante es la indiferencia, la ajenitud.

En el mundo de los aparatos, debe necesariamente imponerse el más poderoso. Esto explica el relativo fortalecimiento de las fracciones de la CGT que además ahora, ante la previsible agudización de la crisis y tras el proyecto de “unión nacional”, apuntan a reunificarse. Como contrapartida ineludible se acentúa la volatilización de la CTA, incapaz de frenar la reducción de salarios y los despidos masivos de lo que constituye su principal base de sustentación, los empleados del Estado, y su involuntario desplazamiento hacia una base social que por definición no puede sustentar un aparato, aunque pueda ser víctima de él: los desocupados.

De aquí en más, por tanto, los trabajadores conscientes además de encarar la búsqueda -más urgente que nunca- de una expresión política que unifique como clase y frente al poder a todos los explotados y sus aliados, afrontarán la igualmente impostergable tarea de analizar y replantearse presupuestos históricamente afirmados como noble conducta sindical, que en realidad encubren una adhesión estructural al sistema capitalista y son en última instancia los que llevaron a transformarse en su opuesto a aquel esperanzado y potente esfuerzo de miles de hombres y mujeres provenientes de las más diversas experiencias que alumbraron el Congreso de Trabajadores Argentinos.

Es preciso preparar y llevar a cabo una embestida estratégica contra la sujeción de los sindicatos al Estado. Esto presupone enfrentar desde el descuento de la cuota sindical a través de las patronales, hasta la metódica subordinación a la maraña de leyes que en cualquier conflicto de envergadura dejan la última palabra al gobierno (es decir a las patronales) a través de las instituciones estatales. Entre otros muchos conceptos que el activo sindical deberá debatir a fondo están por ejemplo los de las Obras Sociales o la remanida “defensa de las fuentes de trabajo”. Bajo apariencia muy noble, maquilladas con palabras malversadas como solidaridad, la atención de la salud por parte de los sindicatos es una completa tergiversación que no sólo contribuyó a destruir el hospital público, una conquista histórica de los trabajadores, sino que dio lugar al fortalecimiento de aparatos en manos de pseudodirigentes que se enriquecen con la enfermedad de los trabajadores y utilizan ese poder para anclarse en las estructuras sindicales.

Del mismo modo, la noción “fuente de trabajo” encubre el hecho fundamental de que ninguna empresa existe para dar trabajo, sino para generar lucro. El absurdo de pretender que una empresa que da pérdida se mantenga para que sus empleados sigan cobrando un salario es insostenible, pero sobre todo es nefasto porque inocula en la conciencia del trabajador la noción de que él y su familia viven al margen de la marcha de la sociedad en su conjunto y, por lo tanto, no debe pensar en ella como tal, sino en su problema individual. Bajo una apariencia combativa, se sostiene en realidad una posición reaccionaria que defiende el atraso y la ineficiencia, colocando a la clase obrera a contramano de la historia y a remolque de burgueses que se presentan como portadores de lo nuevo y del futuro.

Hay una lógica profunda en la aceptación social del Cavallo del primer período y la expectativa, afortunadamente fugaz, que generó con su reaparición de la mano del Frepaso y la UCR: en ausencia de una conciencia propia (para sí, decían Marx y Engels) los trabajadores y con ellos todas las clases y sectores subordinados, expresaron con aquella adhesión su ruptura profunda aún no transformada en conciencia con el peronismo histórico, que inoculó en la ideología obrera estas concepciones de conciliación de clases y paternalismo burgués, según las cuales al trabajador no le cabe más que “ir de casa al trabajo y del trabajo a casa”, mientras de la economía, la sociedad y la política se ocupan otros. El trabajador debe limitarse a luchar por “sus derechos”; y estos serían cobrar como extras las horas excedentes a la jornada de 8, cobrar doble los feriados, ocuparse exclusivamente de su tarea desentendiéndose por completo de la función social y la marcha de la empresa donde deja su vida. Con apariencia combativa y de defensa de los intereses de los trabajadores, todo se pone así cabeza abajo. Estos son sólo algunos ejemplos de cómo bravos luchadores con sentimientos de solidaridad y fraternidad, son utilizados al servicio del sistema. El sindicalismo peronista (asumido inconscientemente por la casi totalidad de los luchadores sociales, aun cuando se consideren de izquierda o marxistas), debe ser combatido no simplemente ni fundamentalmente en la figura de sus dirigentes, sino ante todo y sobre todo en sus concepciones profundas. Y esta lucha hay que asumirla ya mismo y a gran escala, aunque muchos compañeros honestos y combativos que ocupan cargos sindicales se sientan inicialmente atacados cuando se les dice que deben rechazar la idea de tener batallones de funcionarios permanentes pagados por la cuota sindical que descuenta la patronal, que si es necesario deben abandonar los edificios lujosos, que contra la privatización de la salud no deben aferrarse a las obras sociales sindicales sino luchar por el hospital público, que ante el hecho concreto de un cierre de empresa o disminución de la producción y despidos, la incondicional defensa del empleo no puede exigir a la patronal la “defensa de la fuente de trabajo” sino que debe poner en cuestión la propiedad privada de la empresa, la gestión en función del lucro y por ese camino llegar al punto en cuestión: cómo se organiza una sociedad, en función de qué, y quién puede hacerlo en un rumbo contrario al que marcha actualmente.

No basta con “enfrentar el modelo”. No es un modelo lo que está en crisis, sino un sistema. Y no en este país, sino en el mundo. De nada valdrá cortar mil rutas si no se corta de un tajo y definitivamente con la ideología de la conciliación de clases y sus innumerables ramificaciones en todos los órdenes. En 1994, cuando ya el CTA torcía definitivamente su rumbo, un grupo de luchadores marxistas fundó la Universidad de los Trabajadores con una consigna que hoy, ante el avance acelerado de una crisis total, adquiere una actualidad de vida o muerte: “Cambiar desde la raíz la cultura y la política”. Es imperativo y urgente asumir esta exigencia. Porque el enemigo de clase ya tiene montado un muy completo dispositivo destinado a desviar nuevamente a miles de luchadores; para atrapar a unos en diferentes variantes defensivas del sistema capitalista; aislar a otros; y como última instancia, reprimir a todos.

 

Preparativos de recambio patronal

Todo indica que está en vías de consolidación una coalición compuesta por el ala alfonsinista de la UCR, el sector de Duhalde en el PJ, la UIA, las dos CGT y la jerarquía de la iglesia con sus múltiples tentáculos, destinado a consolidar un parapeto ante la inexorable explosión del actual esquema de poder. No tardará en formarse, explícita o solapadamente, una fracción militar que se adose a este bloque. Ya en nuestra Réplica a la Carta a los argentinos señalábamos que los alineamientos programáticos del capital no guardaban relación con las siglas de los partidos patronales y en cambio se entrecruzaban a través de las diferentes fracciones de cada uno de ellos(5). Tal parece que ha llegado la hora del realineamiento formal y acaso de conformación de nuevos partidos burgueses.

Para los que ahora se pronuncian como opositores, la tabla de salvación en el plano económico -aunque está en discusión y previsiblemente no dará jamás lugar a un acuerdo de fondo- consiste en variantes más o menos maquilladas de keynesianismo, es decir, la salvación del capitalismo por el aparato del Estado. A diferencia de lo que les sucedió en años anteriores, los defensores de esta línea de acción tienen a su favor el hecho de que esta tendencia está imponiéndose nuevamente en el mundo tras el estrepitoso fracaso del así llamado “neoliberalismo” y la ausencia de cualquier otra teoría que venga en su reemplazo, como no sea alguna variante de “neokeynesianismo” (la utilización del “neo”, una década atrás como prefijo de un supuesto corpus teórico para condenar al entonces fracasado y vituperado keynesianismo y ahora para sustituir a la panacea tan velozmente malograda, no es otra cosa que el certificado de indigencia teórica del capitalismo de frente a la crisis más grave de su historia).

Pero no será con los recursos teóricos y prácticos que desembocaron en la descomunal crisis planetaria reaparecida desde mediados de los ’70 y postergada por una contraofensiva global estratégica de la cual el “neoliberalismo” es sólo un aspecto, como se resolverá su reaparición decuplicada en apenas una década. Una mera intervención del Estado como agente económico no podría lograr más que una reactivación de cortísimo aliento, sin contar con que incluso esto se haría a expensas de los trabajadores: el programa que llevó la iglesia argentina a este cónclave preparatorio de la “unión nacional” propone, entre otras barbaridades, la extensión de la jornada laboral en dos horas, sin pago (“contibución solidaria” la denominan, con su habitual cinismo sin límites), para sostener la convertibilidad y evitar la cesación de pagos.

Si se lograra respaldo político para semejante “unión nacional”, habría pujos de reactivación económica, que tras 40 meses de recesión aparecerían ante la población como un regalo del cielo (esto mismo, dicho sea de paso, está planteado como posibilidad para el actual equipo gobernante si logra eludir la ofensiva de la oposición señalada). Pero incluso en esa hipótesis, la crisis reaparecerá de inmediato, corregida y aumentada, tanto por la lógica interna como por el impacto creciente y demoledor de la situación en los centros metropolitanos. Proponer o esperar la salida del desastre en el que está sumida la nación mediante una inyección keynesiana, incluso si está alentada por las mejores intenciones, es una quimera. Y en términos de accionar político, es una quimera reaccionaria: contribuir a una convergencia de las fuerzas sociales acosadas por la crisis con personajes como Duhalde y Alfonsín, tras un proyecto financiado por Techint y bendecidos por la curia, es mucho más que un error: si para los gerentes sindicales (de la central que sean) y los partidos de la burguesía es la única posibilidad de aferrarse a un madero en medio del maremoto, para los genuinos dirigentes sindicales (también: sean de la central que sean) y para el activismo sindical o político no comprometido con el capital, es una nueva forma de suicidio, más absurda y dolorosa aún que la de los “frentes” que desembocaron en la Alianza.

 

Reagrupamientos a la izquierda del espectro político

El desconsuelo de quienes por diferentes razones quieren persistir en la búsqueda de una “tercera posición” se manifiesta de las más diversas maneras tras la debacle de la Alianza. En los mejores casos, impulsa a personalidades y personajes de los más variado orígenes y trayectorias a la convergencia con la resistencia de las masas. La denominada Alternativa para una República de Iguales (ARI), pareció ser un eje de recomposición para estos sectores, al menos hasta el momento en que fue impostergable la discusión de candidaturas, que reiteró la historia del Frepaso con incorporación de oportunistas de última hora y la patética reincidencia en la búsqueda de figuras de la farándula, completada con la revelación de que el ex jefe del ex Frepaso está también en esa empresa, pero sobre todo con el ingreso formal del aparato vaticano en la persona de Mario Cafiero.

Como quiera que sea, esta fase de realineamiento general de fuerzas sociales y políticas presenta arduas exigencias tácticas para el activo militante y los nuevos contingentes de jóvenes y trabajadores que se suman a la lucha. Está planteada la necesidad de eludir las trampas del muy difundido pensamiento ultraizquierdista -es decir, el mecanicismo típico de un pensamiento ajeno al marxismo- que en última instancia desconoce la necesidad de vencer al enemigo y se solaza escuchando su propia voz. Vencer a las clases dominantes requiere definir con lucidez y exactitud el centro adonde golpear, y hacerlo minuto a minuto, dado que nada hay más mutable que un bloque sociopolítico en medio de una durísima confrontación de clases, y en función de esta definición cambiante buscar en todo momento y en el plano que corresponda las formas más abarcadoras de frente único, es decir, la unidad social y política de las masas.

Simultáneamente es preciso eludir otra trampa, no menos peligrosa, que consiste en desentenderse de los rasgos distintivos de aquellos nuevos individuos, grupos o sectores de clases que se suman a la resistencia, cuya condición de permanentes o transitorios sólo puede definirse en el curso de los acontecimientos.

Hay situaciones de sencilla resolución; pero otras requieren una caracterización correcta no ya de la situación nacional, sino del extraordinariamente complejo juego de fuerzas en el plano internacional, su dinámica general, el estado de cada uno de sus principales actores y el curso de la coyuntura paso a paso. Parece innecesario señalar qué tipo de organización qué calidad de cuadros podrán -y cuáles no podrán- responder a estas exigencias. Pero el desafío está ya sobre la mesa. En la edición anterior de Crítica publicamos una nota titulada “La gran prueba”. Aparte la comprobación del colapso de la Alianza, ese texto sostenía que

 “es previsible que la próxima fase de la evolución política en Argentina recupere el protagonismo (independiente o subordinado, pero protagonismo) de las masas como factor predominante. Esto puede ocurrir mediante pasos intermedios, como por ejemplo la irrupción del movimiento estudiantil, la juventud y los desocupados, cada uno por su carril en un primer momento. Pero fatalmente culminará con la reaparición del movimiento obrero y específicamente del movimiento obrero industrial en la lucha social y política, por fuera y en contra de las estructuras sindicales hoy extraordinariamente debilitadas. La historia antigua y reciente del la clase obrera de Argentina reaparecerá con todo su vigor y también con sus múltiples vertientes. Esto actualizará un muy duro combate ideológico y político que tendrá lugar ante todo en el seno de la vanguardia. Cualesquiera sean los ritmos de esta marcha inexorable, la burguesía no podrá de ahora en más ejercer su poder como clase limitándose a alquimias electorales. Este es el rasgo fundamental de la fase en que ingresa el país”(6).

Sobre la base de este pronóstico, a fines de noviembre de 2000, el texto afirmaba que la gran prueba planteada por la historia a los revolucionarios marxistas era encaminarse hacia la recomposición de sus fuerzas. Basta observar la conducta durante el último medio año de organizaciones, grupos e individuos que se identifican como tales, para comprobar cuán lejos están de haberla pasado satisfactoriamente: se trataba de dar respuesta práctica, en los hechos y para 30 millones de habitantes, a las exigencias de una aceleración brutal de la crisis. La constitución de bloques electoralistas -opuestos por el vértice no ya a la neceesidad de unidad social y política de los trabajadores y el pueblo, sino al nivel de conciencia y el estado de ánimo de la clase obrera, la juventud y el conjunto de la población- tales como el Polo Social, Izquierda Unida o Polo Obrero (cuyos componentes tienen como único acuerdo la calificación de Fidel Castro como contrarrevolucionario al que hay que derrocar); la apuesta ciega a una forma de lucha y un sector social -los piqueteros- como sucedáneo de organización y conciencia de masas; la fuga de pequeños equipos verbalmente comprometidos con la revolución hacia microespacios propios a los que se pretende reducir la realidad; la renuencia de agrupamientos y cuadros dispersos a dar el paso hacia la recomposición de fuerzas marxistas en un partido de los comunistas, desarma a la militancia y la deja librada al más crudo empirismo.

Aquí parados, se impone recordar que “sin teoría revolucionaria no hay acción revolucionaria”. Quienes han abandonado esta certeza y navegan aguas abajo llevados por la corriente, no están en falta. Pero quienes no desdeñan las enseñanzas de la historia de la lucha de clases ni se orientan con el último librito llegado de París o el próximo espasmo de una sociedad desesperada, debieran sacar conclusiones sin más demora y obrar en consecuencia. Porque los truenos y relámpagos a la vista anuncian que la tormenta se desata. Los que tienen el timón en sus manos reemplazan rápida y efectivamente sus cartas de navegación para afrontarla, mientras la militancia está a la deriva. Es fácil medir la distancia a salvar: ¡basta ver a revolucionarios esforzándose por llevar un cura al Senado o por acceder a cualquier precio a un carguito parlamentario frente a una realidad dominada por una catástrofe social, mientras las burguesías y el imperialismo responden con proyectos de dolarización hemisférica y maniobras militares e instalación de bases estadounidenses del Bravo a Tierra del Fuego!

No será el oportunismo que complementa su electoralismo desaforado con incremento de las horas (24, 48, 72) de la Huelga General que le pide a los gerentes sindicales; o con idéntica lógica promueve 24, 48, 72 horas de piquetes; no será saltando del gobierno a conglomerados de emergencia para salvar la cara como hace la cúpula de la CTA; o soltando la mano de la Señora Fernández para aferrarse a la de la Señora Carrió, como se dará respuesta válida a esta realidad inocultable.

Incluso para tomar las decisiones aparentemente más simples, como posicionarse frente a un paro, una concentración, una acción contra el hambre o la represión, hace falta mucho más que buena voluntad. Ni hablar del punto clave de un accionar de verdad comprometido con la revolución: la lucha por el poder. Pero incluso limitados a lo más simple, el problema es mayúsculo. Como prueba bastan ejemplos cotidianos: desde la cultura política empirista que predomina en las ideas y la práctica habituales, nadie se asombrará si un destacamento revolucionario denuncia determinados nombres de personeros del capital, sea en el espectro partidario o sindical, o converge tácticamente con otros cuya figura, por una u otra razón, es menos odiosa al activo militante. ¿Pero qué hacer si se trata de momentos inversos, cuando se imponen alianzas con fuerzas sin duda ubicadas del otro lado de la barrera de clases, o se hace necesario exponer públicamente a aquellos personajes del medio político o sindical que por convicción o por connivencia con el enemigo de clase, contribuyen a confundir, desviar y desarmar a las masas?

Estos problemas cruciales de una dirección política son por demás simples para la conducta izquierdista -nos referimos al izquierdismo condenado por Lenin como “enfermedad infantil del comunismo” en el famoso folleto así titulado, cuya lectura es siempre recomendable- habitual en los agrupamientos sectarios: de un lado están los revolucionarios y de otro los contrarrevolucionarios y “traidores”. Revolucionarios son, claro, cada uno de los grupos en cuestión. Contrarrevolucionarios y traidores, los demás. El acervo marxista asegura sin embargo que el izquierdismo es una cara de la medalla, cuya faz inversa muestra el rostro del oportunismo. Quien lo dude puede observar a prototipos de esta clase de revolucionarios, vociferantes durante años contra todo y todos, que hace diez años proclamaban que la clase obrera estaba a la ofensiva y la caída del capitalismo a la orden del día y ahora se deshacen en desdorosas contorsiones para obtener votos y acceder a algún cargo institucional, o incluso para poder simplemente participar de las elecciones.

La lucha contra el capital es una cosa seria. El enemigo es muy poderoso. Y así como no se lo puede vencer con grititos y desplantes, tampoco se lo podrá doblegar con votos. Tanto menos con desesperación vanguardista. Sólo la fuerza de las masas, conscientes y organizadas, podrá con él. Y aunque lo parezca, no es sencillo saber qué hacer y cómo, en cada momento histórico, para avanzar tras esta condición imprescindible de una estrategia revolucionaria consistente. Ese saber reclama una organización munida de capacidad teórica, hecha carne y militancia en un número suficientemente elevado de cuadros comprometidos con la abolición del capitalismo. Reclama, sin pérdida de tiempo, una concepción y una práctica internacionalistas -muy específicamente latinoamericana- de la confrontación de clases, la organización revolucionaria y el accionar cotidiano, ajena y contrapuesta del modo más rotundo a la verbosidad vacía de quienes desde hace décadas reemplazaron el internacionalismo con conductas irresponsables. La aparente paradoja de estas tareas urgentísimas estriba en que, para quienes proponemos la lucha por el poder y el socialismo, la condición inseparable para cumplirlas es encontrar y transitar de modo sistemático y sostenido el camino hacia las masas en tanto se realizan los máximos esfuerzos por avanzar en la efectiva recomposición de las fuerzas revolucionarias marxistas.

 

Lucha de clases, elecciones y libertades democráticas 

En suma, la tarea de la hora consiste en transformar las innumerables, crecientes y cada vez más resueltas luchas sociales, en lucha de clases. Una no implica necesariamente la otra: no hay lucha de clases sin conciencia de clase. Si el proletariado no se asume como clase opuesta a la burguesía, su lucha se limita a resistir los aspectos más inhumanos e injustos del capitalismo. Esto no es en ningún caso desestimable; pero, aparte la determinación que se tenga de luchar por la abolición de la explotación o por limitarse a reformarla, ocurre que en medio de una depresión económica a su vez integrada en una crisis mundial del sistema, no hay modo de obtener siquiera pequeñísimas victorias permanentes contra los peores excesos patronales. La participación en todas y cada una de las luchas que provoca la crisis es una exigencia fuera de discusión. Lo que sí está en discusión es la forma de participación. No es preciso hacer un tratado al respecto. La única fórmula necesaria es muy sencilla, aunque de difícil aplicación: propagar en todo momento, y siempre en el modo adecuado a la circunstancia específica, la idea de que no hay solución real y duradera sin un cambio de la clase que ejerce el poder político. Esta es la base, el mínimo común denominador. A partir de allí, se avanzará tanto como la circunstancia y las personas involucradas lo permitan.

En consecuencia, la lucha concreta (sea un corte de ruta para exigir un subsidio, una movilización para impedir despidos o una huelga para evitar rebajas salariales) será encarada como un paso en la gran tarea de armar la fuerza de masas capaz de arrancarle el poder a la burguesía. Todo lo que contribuya a la concientización, la unidad de la clase y sus aliados y la organización, será positivo. En cambio deberá ser rechazada toda conducta o posicionamiento que contribuya a confundir el objetivo y la conciencia que de él se tiene, a debilitar la confianza en la fuerza propia y la capacidad para obtener pequeños triunfos, a romper o postergar la unidad de las masas, a impedir la organización plural y democrática.

Las elecciones y los cortes de rutas que dominan hoy la coyuntura no escapan a estas exigencias. La carrera electoral en que se hallan empeñadas numerosas tendencias que se consideran a sí mismas revolucionarias y marxistas, lejos de contribuir a la unificación social de los trabajadores, la conciencia de clase y la organización de masas, son motor de todo lo contrario. Esta afirmación no presupone que una fuerza anticapitalista no deba participar por definición en una contienda electoral de la burguesía. Y no sufriría mella si, como todo hace prever, candidaturas de izquierda obtienen ventajas en los comicios. Es por demás obvio que en este cuadro general las fórmulas electorales genéricamente de izquierda obtendrán más votos que los habituales. Y esto no es negativo en sí mismo. El punto es que campaña y resultados no unifican, no concientizan y organizan. Tanto menos lo que viene luego de un éxito relativo. Y quien dude al respecto no tiene más que observar lo ocurrido con quienes no hace tanto festejaban lo que suponían un triunfo extraordinario en la elección de concejales por la Ciudad de Buenos Aires.

Pero es posible encarar una línea de acción que permita utilizar estas elecciones como herramienta eficaz para los objetivos señalados. A comienzos de año, antes de que se acelerara la crisis y con la previsión de que la demolición de la Alianza aumentaba las chances electorales de la izquierda, se conformó un Bloque de Rechazo apuntado a levantar sobre la base de una pluralidad de organizaciones, corrientes, agrupamientos y militantes no organizados, un Voto de protesta con un programa capaz de unir a millones y sin presentar candidatos. En el marco dado, ésta es la única táctica de intervención que puede incidir positivamente en los objetivos antes planteados. La propuesta de votar candidatos “revolucionarios”, incluso dejando de lado quiénes y qué son esos candidatos, como propaganda (es decir, como forma de educación de las masas) es exactamente lo inverso de lo que exige la orden del día. El amplísimo rechazo a la experiencia de los últimos 18 años con los partidos y la falsa democracia de la burguesía no puede ser encauzado con una foto diferente en un afiche más, por mucho que vaya acompañado de consignas altisonantes. El espectáculo ofrecido por el Polo Obrero e Izquierda Unida denunciándose mediante solicitadas en los diarios por no aceptar tal o cual lugar en las listas y frustrar la «unidad», es todo lo contrario de lo que una organización revolucionaria debe ofrecerle a las masas.

Mientras tanto, a la vez que multiplica su oferta electoral ocupando todo el espectro político, el capital avanza sistemáticamente en la captación del hastío generalizado respecto de las prácticas políticas vigentes. Expresiones de ultraderecha se apoyan en hechos y conductas por todos conocidos que prueban cuán lejos está el actual régimen de una genuina democracia; pero lo hacen para propugnar formas dictatoriales; y están ganando un enorme espacio en toda la sociedad con discurso que tiene como eje la oposición a la “política” -arteramente reducida a la farsa parlamentaria- y los “políticos”, término que está convirtiéndose en sinónimo de vago, aprovechado y ladrón.

Una política revolucionaria debe tomar cuenta de esta evolución negativa en amplias franjas de todas las clases y sectores. Y debe hallar el modo de contrarrestarla en su accionar cotidiano, pero muy especialmente en los momentos de campaña. El grueso de la clase obrera que mantiene su empleo, la masa de desocupados, la juventud que creció en medio de la mentira y la manipulación al servicio del robo y la explotación, las clases medias desesperadas, no pueden reconocerse en un candidato que pide votos, aunque lo haga con verborrea revolucionaria. La gran tarea es unir a esa masa diversa, en lugar de fragmentarla en supuestas opciones electorales, que además no lo son en ningún sentido. El rechazo palpable en las filas de los trabajadores y más ostensible aún en la juventud no debe quedar en manos de los fascistas. Es preciso mostrar un camino por fuera de estas elecciones amañadas en las que se derrochan fortunas incalculables y que parecen un festival sobre las ruinas de un país; un camino enderezado a forjar una fuerza de masas contra el imperialismo y el capitalismo. Y es posible hacerlo, con una campaña unificada que en lugar de poner a competir candidatos enarbole un programa de reivindicaciones sentidas por las masas; que en lugar de sostener que esos objetivos pueden alcanzarlos uno, diez o veinte diputados, explique hasta el cansancio que requieren la participación directa, consciente y organizada de las víctimas de la crisis. Y que pruebe en los hechos que todo esto lo afirma al margen y en contra de la repugnante disputa por un cargo.

Está claro que las organizaciones lanzadas por el camino del electoralismo no retrocederán. Pero el movimiento vivo está fuera de ellas. Y es posible darle cuerpo en un multifacético bloque de rechazo que levante una voto de protesta y de propuesta, con un programa básico común al que cada agrupamiento u organización puede articular además de acuerdo con sus características(7).

En cuanto a los cortes de rutas y calles, el primer punto es afirmar que los revolucionarios marxistas estarán siempre y en cualquier circunstancia en toda lucha genuina de los trabajadores con o sin empleo. Esto no supone el seguidismo y mucho menos la aceptación de conductas de ostensible manipulación de la desesperación de los desocupados por aparatos de diferente signo, sea la iglesia y el PJ, sea una organización ajena a los principios del movimiento obrero. Pero hay tantas realidades como casos de cortes de rutas y calles. Esa distinción ha de ser el primer paso para tomar posición ante una situación particular. No existe, no puede ni debe existir nada parecido a un “partido piquetero”, como proponen quienes han decidido arrojarse por despeñadero electoralista. El partido que debemos construir es el que aúne a los obreros con y sin trabajo. Un partido independiente de los patrones, el Estado, la burocracia y por supuesto de la iglesia.

Ha habido y seguirán levantándose ejemplos de piquetes que constituyen el punto más elevado hoy de la lucha de clases. Y los hay que expresan maniobras de partidos burgueses infiltrados (una metamorfosis de las “manzaneras” de Duhalde y el episcopado en la Provincia de Buenos Aires), entre otras falsificaciones de menor cuantía. Esto no importa en última instancia porque es claro que el enemigo tratará siempre de desvirtuar toda forma genuina de lucha de clases. Lo que de verdad importa es advertir a los luchadores sociales que formas insurreccionales sin fuerza y extensión para transformarse en tales con perspectivas de éxito se vuelven en contra de los objetivos buscados. Repitámoslo: la revolución es una cosa seria. Rechaza a la vez las fórmulas, los dirigentes prefabricados (por la iglesia o por quien sea), y los sabihondos con aspiraciones electorales. Y no es el método lo que está en discusión. Una organización revolucionaria no descarta ningún método útil para avanzar tras la victoria que busca. Se trata de saber cuándo éste es útil efectivamente, y cuándo opera contra la unidad social y política de las masas explotadas y oprimidas; cuándo empequeñece y encasilla los objetivos de quienes las asumen; cuándo aísla y socaba el respaldo del resto de la sociedad y abre espacio para la represión sin reacción de masas. Es por demás obvio que después de un límite en la lucha social, la burguesía responde invariablemente con la represión. El punto no es si ésta llegará o no, sino qué harán las masas en ese momento, porque de ello depende que los revolucionarios puedan articular la resistencia y buscar la victoria. Es preciso evitar a todo precio la repetición de políticas que extrapolan un método de lucha, lo aplican con prescindencia de los efectos que producen sobre los trabajadores y el pueblo y provocan así el aislamiento de la militancia más activa, dejándola a merced de la represión. Está a la vista el efecto que sobre los trabajadores con ocupación producen los cortes de ruta que les impiden llegar a su trabajo o prolongan sus ya intolerablemente largas jornadas. Hay que tener también en cuenta a las clases medias, empujadas a la desesperación por la guadaña de la crisis y más que proclives a aceptar propuestas de “mano dura” para “poner orden”.

Por otro lado, no hace falta argumentación para concluir que salvo casos muy excepcionales, un piquete de 30, 50 o 100 personas provocando reacciones negativas en decenas de miles que se ven afectadas sin saber siquiera de qué se trata, es un desatino que la militancia y la sociedad toda pagarán muy caro si no lo corrigen a tiempo. Una estrategia seria debe tender a aislar al enemigo. Y debe diseñar políticas cuidadosamente elaboradas para todos los aliados, posibles aliados y sectores que sin llegar a serlo nunca, pueden ser neutralizados. Todo accionar que contribuya a que la burguesía pueda sumar voluntades a favor de sus métodos en el ejercicio del poder está enderezada contra los intereses de las masas, no importa cuánto repita la palabra revolución. Los episodios que recientemente dieron lugar a acusaciones de infiltración policial hablan por sí mismos: carece por completo de importancia que alguien sea o no un agente provocador si realiza acciones que aparecen, o pueden ser presentadas ante los trabajadores y la juventud, como provocaciones.

 

Si además se apela a este método como recurso electoral, entonces el desvío es completo.

La lucha consecuente contra la desocupación, que sin duda debe reclamar subsidios para quienes carecen de todo ingreso, sólo puede cumplir una función históricamente positiva si se une a la de los trabajadores ocupados y exige -con los métodos de lucha que la realidad reclame, una vez que éstos son asumidos por las masas- la disminución de la jornada de trabajo de quienes tienen empleo (y trabajan de 10 a 16 horas diarias), por supuesto sin disminución del salario de bolsillo, y gradualmente encadena las demandas de modo tal que las masas comprendan por qué hay desocupación y cuál es el único camino para resolverla. Esta es la línea de acción que habrá de llevar la militancia consciente; y va de suyo que ella no se limitará a quedar sentada en volantes y periódicos, sino que será conducta y bandera en la lucha codo a codo con los hermanos de clase sin empleo.

 

Frente antimperialista continental 

Fenómenos como la quiebra de Aerolíneas Argentinas, el desfalco del denominado “megacanje” y la exposición ante las masas del papel que juega la deuda externa, han abierto un espacio nuevo a la lucha antimperialista. Las últimas exigencias del Fondo Monetario Internacional, que sin ocultamientos y luego de imponer la disminución de los salarios estatales sostiene la necesidad de reducir aún más los salarios en las empresas privadas y planea otro recorte presupuestario de 3000 millones de dólares para el próximo año, harán más amplio y candente ese espacio. Diez años de sumisión ante el saqueo, diez años de cerebros lavados en universidades y publicaciones supuestamente serias, se desintegran en pocas semanas para dar lugar a un sentimiento inverso, que coloca al imperialismo en general y específicamente al estadounidense, como lo que es: el enemigo público número uno. Si a esto se suma la escasamente difundida realización de maniobras militares con marines yanquis y la proliferación de bases militares en Argentina y la región(8), se concluye que un factor de primordial peso en las luchas por venir será la identificación del imperialismo como enemigo por parte de las masas.

Develar y denunciar el papel del imperialismo, y disponerse con energía a reunir el mayor arco de fuerzas posibles para enfrentarlo sea en su apariencia de gerentes del FMI, infantes de marina o demócratas al uso, es una herramienta clave tanto en la búsqueda del punto de convergencia de las ideas del socialismo científico con los sentimientos más directos de los trabajadores y la juventud, como en la impostergable tarea de frenar y revertir la ofensiva imperialista.

Tras estos objetivos, los revolucionarios marxistas chocarán con un obstáculo difícil de sortear. Ya está articulada la intención de partidos burgueses, burócratas sindicales, obispos reaccionarios y nacionalistas de todo pelaje dispuestos a manipular ese sentimiento. El frente contrarrevolucionario que ocupó el palco en la Plaza de Mayo el 31 de mayo de 2000, la primera vez que en la historia del movimiento obrero de Argentina la ultraderecha explícita encabezó un acto de los trabajadores, es un antecedente que de ningún modo debe ser olvidado, puesto que constituye una prueba insoslayable de la línea adoptada por el enemigo y el punto de desarrollo que ha alcanzado(9).

Aquí también, como respecto de la condena a las instituciones de la democracia burguesa, las fuerzas reaccionarias se montan en un hecho objetivo: el creciente sentimiento antimperialista en el conjunto de la sociedad. La omisión por parte de los revolucionarios frente a ese fenómeno equivaldría a empujar a las masas a la trampa tendida por franjas de la burguesía e incluso por el propio imperialismo a través de aparatos que manipula clandestinamente, haciéndolos aparecer como furiosos nacionalistas. Mientras que la simple adhesión a semejante aquelarre equivaldría a un suicidio.

No se puede desconocer que algunas expresiones del capital, incluso del gran capital, tienen contradicciones reales con Estados Unidos. Ese factor irrebatible será utilizado para intentar la repetición de la maniobra estratégica consistente en llamar a la “unidad nacional”, recomponer una alianza policlasista y colocar a la clase obrera bajo la dirección política de una supuesta “burguesía nacional”. No es algo a futuro: tal línea de acción ya está en marcha y con mucho más camino recorrido del que podría desprenderse de las paupérrimas exposiciones orales de Moyano. Buena parte del Polo Social articulado en torno al cura Luis Farinello forma parte de este proyecto.

Mantener la independencia respecto de estos engendros protofascistas no es sólo cuestión de principios, sino de lisa y llana defensa propia. Pero eso en ninguna hipótesis podría llevar a desconocer la lucha antimperialista y tanto menos a abroquelarse con el frente que previsiblemente se formará, con muy similares propuestas económicas para salir de la depresión, pero desde el flanco liberal conocido como “centroizquierda”, que puede eventualmente ser el ARI o adoptar otra conformación y denominación. De hecho, una política en la práctica revolucionaria deberá converger en un momento con aquéllos y en otro con éstos, porque así lo demandrá la necesidad de enfrentar al imperialismo y defender los derechos civiles y las garantías democráticas. Al margen de estos dos ejes de lucha no hay acción revolucionaria. Pero ni la defensa de la soberanía nacional frente al imperialismo, ni el combate por las libertades democráticas, pueden ser sostenidas con coherencia y continuidad si las masas no comprenden y asumen hasta sus últimas consecuencias la lucha contra el capital y por la victoria de un gobierno de los trabajadores y el pueblo.

El dilema está claro: sólo los revolucionarios marxistas pueden llevar hasta sus últimas consecuencias el combate cuyos primeros escarceos se muestran ahora. Pero ellos no son nada sin las fuerzas objetivas que, por las condiciones históricas dadas, están hoy comprometidas en la lucha contra el imperialismo y por las libertades democráticas.

No hay motivo para asustarse: siempre ha sido así para toda genuina organización revolucionaria. Y va de suyo que no hay recetario a seguir para orientarse día por día en la lucha política que este complejísimo escenario plantea. Sólo un colectivo múltiple, capaz de tener hondas raíces en la clase obrera, la juventud y los movimientos sociales de todo tipo a la vez que tiene ojos y cerebros para reconocer, evaluar y transformar en resoluciones ejecutivas -sobre todo eso: muy ejecutivas, mientras todas las demás corrientes vacilan y trastabillan- los cambios en las relaciones de fuerzas internacionales y locales, los estados de ánimos de la sociedad, los niveles de conciencia y organización del proletariado, podrá resolver satisfactoriamente este tránsito que exige eludir simultáneamente toda expresión de sectarismo y de adaptación al curso espontáneo de la sociedad.

En cualquier caso, para delinear y articular su respuesta a la depresión económica, la opresión imperialista, la defensa de las libertades individuales y las garantías democráticas, los revolucionarios marxistas deben salir necesariamente del marco nacional e instalarse en el contexto internacional y específicamente latinoamericano. No puede haber lucha antimperialista al margen de un programa con eje en la unidad latinoamericana, articulado mediante un programa con consignas tales como defensa incondicional de Cuba, enfrentamiento directo y militante con el Plan Colombia y la militarización del hemisferio, repudio a la deuda externa de la región y recuperación de las riquezas saqueadas a través de ésta en el último cuarto de siglo, lucha contra el anexionismo implícito en el ALCA.

La opción no es, no puede ser, optar por “el imperialismo menos malo”, como ya se dice en ciertos medios. No desconocer las brechas que abre la cada día más grave confrontación entre los tres centros del imperialismo mundial, de ningún modo supone alinearse con uno de ellos. Del mismo modo, los hechos trascendentales en curso en América Latina que muestran a sectores de la gran burguesía resistiendo frente a la voracidad estadounidense, no podrían dar lugar a reproducir en esa escala lo que negamos fronteras adentro: la subordinación al programa y la dirección política del capital nativo.

Esta perspectiva está siendo recorrida en prácticamente todo el continente por una avenida de doble mano: desde la socialdemocracia y un sector del aparato vaticano, a través de una subordinación total al capital asociado con el imperialismo europeo; desde el pseudonacionalismo, penetrado por grandes capitales locales, entre los que también se hallan tentáculos del Vaticano, mediante la búsqueda de coaliciones para una supuesta “salvación nacional”. La conflictiva relación Alfonsín-Duhalde grafica la tangencialidad de ambos proyectos al cabo incompatibles en términos políticos. La definición de la fuerza hegemónica en la conducción del Frente Amplio de Uruguay (véase esta misma edición), indica el curso adoptado ya con nitidez por una fuerza de masas con definición genérica de izquierda. Las turbulencias en el PT brasileño, exponen la lucha frontal entre las líneas de subordinación al capital, hoy hegemónicas, y los esfuerzos por definir una política propia de los trabajadores(10).

No hay modo de superar esta encrucijada sin posicionarse a la vez contra el imperialismo en todas sus expresiones, por la incondicional defensa de las libertades democráticas hoy muy frontalmente amenazadas y sin moverse un ápice de la estrategia apuntada hacia un gobierno de los trabajadores y sus aliados, es decir la más nítida definición en la palabra y en los hechos por la independencia política de los explotados y oprimidos.

 

Recomposición de fuerzas marxistas

Está a la vista la responsabilidad de la militancia marxista ante este desafío histórico. Desde su situación de debilidad y en un marco en el que todavía prevalece la retracción, desarticulación y confusión del proletariado a escala mundial, será necesario impedir que la manipulación de la sociedad acosada por la depresión económica lleve a una encerrona política. En su actual estado, las organizaciones que se reivindican revolucionarias marxistas no podrán afrontar tamaña responsabilidad. Sólo una recomposición de sus fuerzas -concepto distante por igual del sectarismo y el frentismo de izquierda- podrá presentarse ante las masas como una alternativa válida frente a los caminos que proponen las diferentes fracciones del capital.

No será con invocaciones como se recorrerá el camino hasta el punto en que la convergencia de cuadros y agrupamientos llegue a transformar cantidad en calidad y se arribe a una recomposición que pueda constituirse en el punto de partida efectivo en la lucha por el derrocamiento del sistema, la asunción del poder político por los órganos democráticos de las grandes masas y la construcción del socialismo. Por lo demás, está claro que nada de esto ocurrirá en el ámbito exclusivo de un país. Con todo, cabe conminar a los luchadores revolucionarios que habitan este país y no están dispuestos a someterse a la hegemonía del nacionalismo o el liberalismo burgués, a todos quienes -participen o no en campañas electorales- entiendan y asuman cuáles son los caminos reales de la historia, a esforzarse en el máximo de sus capacidades; a recorrer el tramo restante hacia la realización de un congreso fundacional del partido que el proletariado y el pueblo necesitan, para encarar el único camino posible: el de la revolución y el socialismo.

1.- Esta política ha acumulado contradicciones de diverso género y magnitud, al punto de provocar cambios muy significativos en el mapa político hemisférico, los cuales gravitan de manera directa sobre la situación argentina. Crítica adelantó esta perspectiva desde su primera edición. Ver específicamente El Cono Sur y la crisis mundial, ponencia al VII° Encuentro del Foro de São Paulo; N° 17, Agosto 1997. Un punto especial de cambio estuvo dado por la asunción de Hugo Chávez en Venezuela Crítica N° 21, mayo 1999. Los cambios producidos en los últimos dos años y el cuadro de situación actual serán analizados con detalle en la próxima edición.

2.- Un ejemplo es el reciente conflicto en Firestone. Ver cobertura en El Espejo N° 102, 103, 104, con crónicas y análisis de Diego Gutiérrez, Claudio Marín y Jorge Montero.

3.- Luis Bilbao, Segunda campaña de cerco y aniquilamiento, en Periodismo y Militancia, Búsqueda, Buenos Aires, mayo de 2001, pág. 119

4.- Antes de condenar a los activistas o dirigentes sindicales que recorrieron esta parábola, las organizaciones que se consideran marxistas y revolucionarias deberían preguntarse -y responder públicamente- para qué están los partidos, cuál es el cometido histórico que la teoría les asigna y qué estaba haciendo cada uno mientras esa masa de luchadores sindicales que fundó el CTA era arrastrada por la ideología y los aparatos de la burguesía. Luego de cumplido este requisito, por cierto será necesario exponer ante la clase trabajadora y el pueblo el papel que muchos de aquellos sindicalistas están cumpliendo hoy.

5.- Crítica N° 20, pag. 31. Texto reimpreso en Nº 25, pág. 14.

6.- La gran prueba, Crítica N° 25; pág. 6.

7.- El Bloque de Rechazo confeccionará una boleta de distribución masiva para votar con ella el 14 de octubre, con puntos tales como: Con 8 hs. de trabajo hay trabajo para todos; Salario mínimo igual a la canasta familiar; No al pago de la deuda externa; Contra el ALCA y el Plan Colombia; por la reestatización de las empresas privatizadas; defensa de la escuela pública y laica; anticonceptivos para no abortar, aborto libre para no morir; No al arancelamiento universitario; asambleas de trabajadores y jóvenes para discutir qué país queremos; gobierno provisional de los trabajadores y el pueblo, etc.

8.- Ver Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, Buenos Aires, septiembre 2001.

9.- En esa oportunidad a Hugo Moyano, de la CGT 2, lo acompañó como orador el secretario del obispo Primatesta (el compinche en Córdoba del asesino general Menéndez durante la dictadura). En el palco estaban además Franco Caviglia (el segundo de Domingo Cavallo), Aldo Rico y Luis Patti (torturadores, representantes de la dictadura), Lorenzo Miguel (que desde la UOM colaboró con el secuestro de activistas clasistas) y una caterva de ladrones de ladrones y traidores imposible de enumerar. Ver El Espejo N° 84; Buenos Aires, 5 al 8 de junio de 2000; y Periodismo y militancia; op. cit, pág. 238.

10.- En diciembre próximo el Foro de São Paulo será escenario de este histórico combate ideológico y político. Crítica llevará allí, como lo hace con regularidad desde 1989, cuando su equipo participó en la fundación de esta instancia continental, una ponencia articulada frente a este cruce de caminos, en un marco internacional de crisis severa con pronóstico cierto de inexorable agravamiento. Esta ponencia será publicada en una edición extra de la revista.

En el umbral de una nueva fuerza política de masas

porLBenCR

 

Después de incontables desvíos y postergaciones, en los tramos finales de 2002 hay suficientes signos indicativos de que en el disgregado cuadro político argentino comienza a insinuarse, y hasta cierto punto imponerse, una fuerza centrípeta, una exigencia espontánea y creciente del activo social hacia una política propia y unitaria. Queda así planteada objetivamente la posibilidad de una recomposición en el futuro inmediato.

Es una carrera contra el tiempo. La evolución de la crisis (ver Documentos para la Militancia, en página 18) se presenta de manera dramática: mientras en todo el país surgen nucleamientos de diferente naturaleza que se proponen formar una herramienta política de masas, y en una vuelta de campana la Central de Trabajadores Argentinos asume una posición semejante en un documento preparatorio de su IV Congreso(1), el desactivado Movimiento de Trabajadores Argentinos, sumado a varios de los más importantes sindicatos industriales, en una operación política a gran escala converge con asesinos y torturadores bajo el manto de un nuevo títere que convoca a “la primera revolución del siglo XXI”(2)

Por sobre las impresiones inmediatas, que aluden a un vigoros crecimiento de este bloque, sin embargo, privan las caracterizaciones. El intento de revigorización del peronismo encabezado por Adolfo Rodríguez Saá y respaldado por un ala de la burguesía, núcleos militares ultrarreaccionarios, las “62” y la iglesia, sólo puede imponerse como movimiento declaradamente fascista. Y esto, a no dudarlo, tendrá insuperables obstáculos no sólo en la clase obrera y la juventud, sino en amplios sectores de las capas medias. No se trata de desechar ese peligro. Ni mucho menos. Pero ganar esa batalla exige, en otro flanco, un requisito previo y decisivo.

Muertos y sepultados los grandes movimientos populistas que dominaron el panorama político latinoamericano durante todo el siglo XXI, su reemplazo a escala de masas supone un combate histórico que en Argentina afronta hoy una instancia crucial. ¿Quién ganará la conciencia y el corazón de las masas? ¿Las formaciones alimentadas por la socialdemocracia europea, las fuerzas dependientes del aparato vaticano (que no deben confundirse con las organizaciones revolucionarias cristianas)? ¿O la perspectiva revolucionaria socialista

Digámoslo sin rodeos: si en el período histórico abierto con lo que vulgarmente se denomina “fin del neoliberalismo” (que en realidad es la irrupción, a la vista de todos, de la crisis capitalista), no arraiga en el seno de las masas trabajadoras y populares una conciencia clasista y una perspectiva socialista, a mediano plazo el fascismo se impondrá. La reiteración de experiencias como las que llevaron desde el Frente del Sur a la Alianza, pasando por el Frente Grande y el Frepaso, sólo podrían alimentar la desmoralización, la desconfianza y la disgregación social. Pero aun tomando debida cuenta de la gravedad de la situación, es evidente que hay menos espacio para todos ellos que para quienes defendemos una perspectiva de organización de masas con objetivos sociales y políticos correspondientes a las necesidades y demandas de las grandes mayorías. No es evidente, en cambio, que en el ancho y turbulento cauce de las fuerzas dispuestas a luchar contra las clases dominantes y sus cambiantes instrumentos de poder, haya coincidencias respecto del rumbo a tomar en lo inmediato.

 

Coyuntura y estrategia

Entre las variantes posibles que afronta el país colapsado, la de una convergencia de corrientes reales de la sociedad, que sobre la base de intereses comunes en medio del cataclismo elabore un plan de acción política y se encolumne tras él, es la única que podría evitar que la detonación final de la crisis produzca un enfrentamiento violento entre las propias víctimas, una aceleración aún mayor de la penetración y el saqueo imperialistas, e incluso la disgregación territorial del país. Aun en el marco de la confusión y desideologización actuales una herramienta política de masas, concebida como frente único antimperialista, plural en su composición, democrática en su funcionamiento, podría mostrar un objetivo compartible y comprensible para los trabajadores y el conjunto del pueblo. Y obrar como base social para la recomposición de las fuerzas revolucionarias. Es evidente que si hay un punto posible de unidad social y política en la fase de disgregación y decadencia múltiple que viven la clase obrera y el conjunto de la sociedad argentina, ése es el renaciente sentimiento antimperialista, al que se suma la creciente comprensión de que no hay salida sin alguna forma de unidad con América Latina. Entre la situación actual y la asunción de una perspectiva claramente anticapitalista, por tanto, en Argentina el punto de partida en todos los sentidos es la conciencia antimperialista.

No es la primera vez, en el último período histórico, que comienza a tomar fuerza un proyecto de creación de una nueva fuerza política de masas. El ejemplo más reciente fue el conjunto de corrientes que darían lugar al Frepaso, en los años ’90. Aparte la carga obvia de aquella experiencia, en esta oportunidad pesa, acaso de manera decisiva a mediano plazo, un cuadro internacional de acelerado agravamiento de la crisis capitalista, visible ahora en el corazón del sistema y expresado en la irracionalidad desatada del equipo gobernante en Washington. El dramático panorama planteado por la furia intervencionista y guerrerista de los principales gobernantes estadounidenses agudiza al extremo los dilemas económicos y políticos en Argentina y polariza sin atenuantes a sus fuerzas sociales. Ello no obstante -y aquí reside el otro factor decisivo de la coyuntura- la completa disgregación y parálisis de la clase obrera deja a uno de esos polos sin representación consciente y organizada. En esta inédita encrucijada histórica gravita además el derrumbe teórico de las dos grandes corrientes de pensamiento alternativo al de los partidos y teóricos de las clases dominantes: el reformismo y el izquierdismo (entendido éste último en el sentido que Lenin le da: enfermedad infantil del comunismo). Dado que la coyuntura se aproxima a un cambio significativo, es preciso ocuparse de este aspecto, habitualmente denominado factor subjetivo

Reformismo y ultraizquierdismo tienen más rostros de los que a simple vista podría creerse. Y la identificación es menos sencilla cuando, por obvias razones, los actores cambian rápidamente de maquillaje. Pero el punto importa porque en el próximo período la manera en que la vanguardia social y política interprete las posiciones y conductas de quienes encarnaron aquellas dos corrientes tendrá un inmediato efecto en el curso de los acontecimientos. Primero, en la opción entre dos bloques principales, con Adolfo Rodríguez Sáa de un lado y las múltiples fuerzas promotoras de una “herramienta política de masas” por el otro; y segundo en la forma organizativa, programática y política que adopte esta última

Con la aceleración descontrolada de la crisis se han precipitado también los saltos y reacomodamientos de última hora. Resultan grotescos los esfuerzos de intelectuales elevados a la efímera gloria del Frente Grande, el Frepaso y la Alianza (la Sra. Beatriz Sarlo o el Sr. José Nun, por ejemplo), empeñados ahora en salvar su figura ante la magnitud de las tonterías que sostuvieron con gesto de sabios apenas unos años atrás, cuando se convencieron de que la solidez del capitalismo dejaba un ancho margen para perfeccionar el sistema y se lanzaron a ocupar el sitial de teóricos a la izquierda del poder real. Fueron el taparrabos intelectual del Frepaso y la Alianza, no obstante lo cual ahora sonríen desde fotos con otros aliados mientras arrojan pullas contra sus ex mentores. Pero no son más elegantes las contorsiones de quienes a comienzos de los años ’90 vieron al proletariado mundial lanzado en una victoriosa ofensiva final (el diputado Luis Zamora y el concejal Jorge Altamira, entre tantos otros) y apenas una década después oscilan entre el completo abandono de la idea de revolución y la fuga desorbitada hacia la búsqueda de nuevos “actores sociales”. Entre unos y otros, con menos exposición pública pero en más de un caso con mayor responsabilidad directa, hay una cantidad de nombres empeñados ahora en reciclarse con discursos retocados y propuestas a tono con las nuevas y perentorias exigencias de las bases en estos nuevos tiempos

Desde luego no se trata de condenar individuos. Un proceso de aglutinación de fuerzas y recomposición política de la clase obrera y el conjunto de sus aliados necesariamente deberá rescatar e incluir a cuadros arrastrados por -y en ciertos casos responsables de- fuerzas que no supieron interpretar, mucho menos manejar. Se trata de asumir que la deriva catastrófica que culminó en la Alianza o en la destructiva esterilidad de aparatos sectarios no radica en errores o fracasos individuales. Es la quiebra irreversible de concepciones basadas en pseudoteorías y formulaciones librescas y arbitrarias, a partir de las cuales se edificaron interpretaciones y propuestas ajenas a la realidad profunda de la situación mundial y nacional. El reformismo y el izquierdismo no pueden dar cuenta de la crisis; mucho menos proponer una salida. Lo cual no obsta para que unos y otros aceleren hoy nuevamente sobre sus propios pasos: nada más lógico que la perplejidad o el desvarío ante el curso de los acontecimientos

El punto en cuestión es, sin embargo, la gravitación de concepciones y programas ajenos a una perspectiva revolucionaria en una circunstancia clave como la que afronta el país. Desde un punto de vista más general, el hecho es que una nueva fase del desencadenamiento de la crisis capitalista encuentra al proletariado mundial sin haber superado la rémora histórica de la socialdemocracia y el stalinismo. Los pasos dados en esa dirección, que incluyen imponentes huelgas y manifestaciones, están lejos de dar lugar a un cambio cualitativo. Y en consecuencia, la crisis tiende a dirimirse sin la participación independiente del proletariado en el escenario mundial. Por otro lado, cada día resulta más evidente que el plano dominante en el conjunto de contradicciones que cruza al planeta es el dictado por la competencia interimperialista, seguido por el choque día a día más ostensible y violento de los centros mundiales del capital con los países semicoloniales.

No es un curso sorprendente. El análisis riguroso de la realidad de nuestro tiempo permitía prever esta perspectiva desde que, en el marco de una crisis estructural del capitalismo altamente desarrollado, el derrumbe de la Unión Soviética trastocó los parámetros de la política mundial. Mientras reformismo e izquierdismo se embarcaban en sus quimeras, en la primera edición de Crítica podía leerse:

“Se puede afirmar que Estados Unidos se halla en una coyuntura de relaciones de fuerzas internacionales a su favor: a la desaparición del Pacto de Varsovia y el desmembramiento de la URSS se suman los efectos de la brutal derrota de Irak. Como paradójico resultado de su debilidad –el cuadro económico interno- y su fuerza -esa circunstancial correlación favorable- se asiste hoy a una ofensiva global de Washington en procura de oxígeno para su economía, que afecta fudamentamentalmente a los países subdesarrollados pero golpea también a sus aliados del G-7. Por otra parte, no se podría descartar que esta situación de predominio coyuntural animara a la Casa Blanca a emprender alguna aventura militar en un intento por aventar los peligros potenciales hoy delineados en el panorama político mundial u otros que imprevistamente pudieran aparecer

Pero las bases estructurales del sistema mundial impiden de manera absoluta en lo inmediato la consolidación de esa correlación de fuerzas favorable, es decir, el afianzamiento de un Nuevo Orden Mundial presidido por Washington. Por el contrario, el agravamiento sistemático de todos los factores críticos señalados plantea la certeza estratégica de un cambio en la actual correlación de fuerzas, en detrimento de Estados Unidos”(3).

En cuanto a las perspectivas económicas y sus consecuencias, decíamos pocos meses después:

“No podrá haber salida del cuadro descripto sin un saneamiento profundo, muy drástico, de la economía en los países altamente desarrollados. Este cuadro va a abrir cuatro grandes ejes de confrontación, que marcarán el curso político del mundo de aquí en más:

# como resultado de la crisis del capitalismo se va a agravar la competencia interimperialista, la pugna de los grandes centros del capital por el control de los mercados y por la succión de la plusvalía universal. Eventualmente esta pugna puede llevar a situaciones bélicas

# otra área de confrontación es la de las burguesías imperialistas con sus propios pueblos, con sus trabajadores, con sus masas oprimidas, aplastadas, desocupadas, marginalizadas. Esto es muy importante porque afecta el equilibrio de los países del Primer Mundo, quiebra su homogeneidad, limita su capacidad de movimiento y puede, eventualmente, llegar a paralizarlos

  • un tercer ámbito de confrontación es el de las burguesías imperialistas aliadas con las burguesías de los países del Tercer Mundo, contra los pueblos de ese Tercer Mundo y contra sus trabajadores, que reaccionan contra esta crisis multiplicada
  • y un cuarto eje se presenta en el choque de las burguesías imperialistas contra los países del Tercer Mundo como tales, es decir, incluidos sectores significativos de sus clases dominantes

Descartamos de plano, terminantemente, la hipótesis de una recomposición del capitalismo mundial sin este choque múltiple. Pero también rechazamos la idea de que de tal conflagración pudiera salir un capitalismo airoso, democrático, humanista, adecuado a las necesidades del ser humano”(4)

Sobre esta base conceptual, desde el período final del gobierno de Raúl Alfonsín era teóricamente necesario y políticamente imperativo levantar como eje para la acción las banderas de unidad social y política de los trabajadores y el conjunto de sus aliados tras un programa antimperialista. A la vuelta de una larga y oscura década, cuando se replantea la posibilidad de una nueva fuerza política de masas, los hechos están allí para constatar cómo actuó cada quién desde entonces. Pero el tiempo transcurrido no es un espacio neutro, un vacío en el devenir de la historia. Lo ocurrido durante este lapso, la experiencia de las clases y las conductas de sus vanguardias no son inocuas a la hora de definir qué hacer ante la nueva coyuntura. La idea de que se trata de una mera demora de un fenómeno anunciado una década atrás es un cretinismo que conduce a conductas políticas encastradas como engranaje perfecto en el mecanismo de la contrarrevolución.

Así, mientras el discurso reformista, basado en un reclamo del ciudadano común propone “la unidad para salvar al país” y a falta de la Sra. Rosa Castagnola corre tras la Sra. Elisa Carrió, la retórica izquierdista descubre una situación revolucionaria, apela a una dudosa creatividad literaria para embelesarse con un “partido piquetero” o para desechar toda idea de partido y abdicar de la ahora condenada noción de “toma del poder”. Pero tales vaciedades no serán menos estériles y perniciosas que los dislates de los cuales provienen.

 

Tarea política y lucha ideológica

Estas dos corrientes serán obstáculos de peso ante la tarea de edificación de una nueva fuerza política de masas. Contra ellas está planteada, aunque en otro marco y con diferentes perspectivas, la misma lucha ideológica librada durante el período pasado: mostrar al activo militante los fundamentos objetivos de la crisis mundial del capitalismo, de donde se desprende que en el próximo período histórico no sólo no está planteada una perspectiva de reformas económicas, mejoras sociales y profundización de la democracia, sino que se trata, por la vía que sea, de todo lo contrario. Y al mismo tiempo, mostrar teórica y prácticamente el papel histórico crucial del proletariado como única posibilidad de transformar la crisis capitalista en revolución socialista, pero partiendo del reconocimiento objetivo de su situación actual, de la degeneración teórica de quienes se proclaman vanguardia y del hecho crucial para resolver la encrucijada histórica: la recomposición social, política e ideológica de la clase obrera sólo podrá ocurrir en el curso del combate político hoy planteado a escala mundial, al cual las fuerzas proletarias no ingresan -como antes de la primera y la segunda guerras mundiales- con grandes partidos de masas socialistas y comunistas en los que confiaba, con las banderas rojas al viento y con la esperanza del socialismo en el corazón y la inteligencia.

El extraordinario desarrollo de las fuerzas productivas verificado durante el siglo XX y, en consecuencia, la objetiva aproximación de la sociedad mundial a la posibilidad del socialismo, se presenta hoy ante miles de millones de seres humanos bajo el prisma del derrumbe de la URSS. Ya pasó -y su fugacidad es todo un dato- el momento en el cual la propaganda imperialista impuso a escala planetaria la idea de que el capitalismo había triunfado históricamente y sólo cabía limarle las aristas porque era a la vez innecesaria e impensable una sociedad cuyo motor no fuera el lucro, basada en la propiedad colectiva de los medios de producción. En una década toda aquella farsa tomada y reproducida por reformistas y oportunistas -que obró como somnífero sobre las juventudes en todo el mundo- ha sido transformado en su contrario. El cloroformo se transmutó en gas hilarante, lacrimógeno o letal, según se lo mire desde una perspectiva teórica, política o social.

 

Aceleración de la crisis

El mundo -y específicamente Argentina- afronta pues un agravamiento acelerado y generalizado de la crisis estructural del capital. La lucha interimperialista escala cada día hacia formas más crudas de confrontación, en una dinámica que necesariamente lleva a choques bélicos, siquiera indirectos. Sólo la enorme disparidad en términos militares entre los tres grandes centros del imperialismo hace que esa perspectiva ominosa se postergue. Pero basta observar el aumento en los presupuestos militares de Alemania y Japón, así como sus conductas en ese terreno durante los últimos cinco años, para concluir hacia dónde irá el mundo si no se detiene la irracionalidad capitalista.

Mientras tanto la crisis del sistema se manifiesta en la acentuación de la injerencia imperialista en los países subordinados, en la militarización de la política en relación con América Latina y en el guerrerismo desembozado en otras áreas del mundo, bajo la transparente capucha de “lucha contra el terrorismo.

Por el momento, la pugna entre Estados Unidos, Europa y Japón (en la que juegan un nuevo y potencialmente decisivo papel Rusia y China) se dirime principalmente en otro campo de batalla: las semicolonias, nuestros países, disputados como mercados, como fuente de materias primas baratas y como territorio de indiscriminado saqueo financiero. Y es esa descontrolada exacción dictada por la magnitud de la crisis la que se expresa más y más en todo el planeta como lucha antimperialista o, para decirlo según la previsión de 1992, como “choque de las burguesías imperialistas contra los países del Tercer Mundo como tales, es decir, incluidos sectores significativos de sus clases dominantes.

En 2002 y desde hace por lo menos tres años, esto no es ya un análisis prospectivo, sino una realidad dominante. La burguesía brasileña trabando el Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y dando vuelta con ello todo el cuadro geopolítico regional es un hecho insoslayable. Negarse a verlo es como creer que, a la intemperie, es posible evitar la mojadura limitándose a afirmar que no llueve. Pero el diluvio está allí: el presidente brasileño convocó a una instancia geopolítica sin precedentes: los Presidentes Sudamericanos, reunidos en Brasilia en 2000 y en Guayaquil recientemente. Y Estados Unidos responde con la tenaza brutal del ALCA y el Plan Colombia: el propósito de ocupación mercantil y militar de todo el hemisferio.

¿Pueden los genuinos revolucionarios dejar la lucha antimperialista en manos de grandes burgueses locales y agentes del imperialismo europeo con arrestos antiyanquis? ¿Qué clase de estrategia proponen quienes en medio de este complejísimo nudo de la historia latinoamericana se contentan con gestos demagógicos respecto de una “horizontalidad” que en los hechos viola la más elemental participación democrática de la militancia y con vagas alusiones a un poder que no se debería “tomar”, sino “construir”? ¿Ignoran la magnitud de la crisis y la brutalidad sin límites de la respuesta que preparan la burguesía y el imperialismo o la intuyen y esconden la cabeza bajo estas liviandades imperdonables? ¿Qué intereses defienden quienes en en este cuadro son capaces de bombardear a las revoluciones que resisten al imperialismo, acometer contra toda experiencia unitaria de las masas, apelar a los peores métodos para obtener un cargo de concejal, o para pasar de concejal a diputado.

Una y otra vez a lo largo de la historia, cuando irrumpe la crisis violenta del sistema y se presenta la posibilidad cierta de la revolución, aparecen estas voces representativas del reformismo camuflado y el izquierdismo cómplice. Los revolucionarios marxistas sólo pueden sentir desprecio por esta clase de charlatanes.

Es imperativo y urgente afirmar un punto de unidad social y política para las masas. Para las masas en su estado actual: confusas, desmoralizadas, desideologizadas, disgregadas al extremo, acuciadas a cada instante por una crisis económica devastadora en todos los órdenes. Eso es hoy una herramienta política de masas, cuyo mínimo común denominador sólo puede ser la identificación de un enemigo visible por millones: el imperialismo. “Cerrar filas contra los yanquis” es la consigna que puede abroquelar a millones de víctimas, en un marco organizativo capaz de contener no sólo esas magnitudes, sino las diferencias de todo orden que supone el actual cuadro social. Eso es en esta coyuntura un frente antimperialista. Y la articulación de una herramienta política de masas de este tipo no puede hacer concesiones de ningún género: ¡allí están agazapados la burguesía y el imperialismo (que además de disputas tienen intereses y enemigos comunes) para intentar encauzar la desesperación de las masas en un movimiento fascista!

En este punto, la aparición de múltiples expresiones de búsqueda de una nueva fuerza política de masas y el vuelco que esa presión objetiva provocó en la dirección de la CTA, constituyen una plataforma clave para dar un paso decisivo y en plazos perentorios. Ya están en formación juntas promotoras por una herramienta política de masas en innumerables localidades de todo el país. Son también numerosas las Asambleas que discuten el tema y avanzan en esa misma dirección. Seccionales y corrientes internas de la CTA se han pronunciado al respecto, en ciertos casos con notable radicalidad y claridad:

“La clase obrera tiene que gobernar (…) la central debe ponerse a la cabeza de las luchas. Construir un movimiento político y social, encabezar un frente nacional y popular, un frente de liberación nacional o frente único que busque unificar y direccionar, sin hegemonismos ni sectarismos, a todas las expresiones sociales y políticas enfrentadas al neoliberalismo y que se exprese como táctica en las proximas elecciones”(5)

El periódico El Espejo, que desde 1994 defiende consecuentemente esta perspectiva y que es en sí mismo un punto de encuentro de numerosas corrientes de pensamiento y cuadros sindicales, sociales y políticos comprometidos con la edificación de una herramienta política de masas, registra en sus páginas innumerables expresiones en el mismo sentido(6)

Fuera de duda, hay en el movimiento real de la sociedad una tendencia objetiva hacia la convergencia y la búsqueda de una salida política. No extraña, así, que luego de haber suspendido el Congreso programado para septiembre, la CTA volviera sobre sus pasos y, tras un fallido intento por posponerlo hasta abril de 2003 (es decir, luego de las elecciones), se concluyera en un llamado para el 9 y 10 de diciembre próximo. Ésta puede ser una fecha clave. La militancia sindical, barrial, estudiantil y política, debería tomar nota y empeñar sus mejores esfuerzos para que allí converjan todas las fuerzas dispuestas a comenzar a escribir un nuevo capítulo de nuestra historia.

Dicho esto, hay que apresurarse a subrayar la diferencia conceptual, la distancia política y la divergencia estratégica que subyacen en las líneas de convergencia actualmente gravitantes.

En primer lugar, se trata de trazar la línea que separa la noción de frente único antimperialista de la del “frente popular”. El primero fue teorizado en el II° Congreso de la Internacional Comunista. El segundo fue la forma vulgarizada por Gueorgui Dimitrov en los años 30 según el molde stalinista. El frente único antimperialista fue el gigantesco salto estratégico dado por la IC en su primera fase, antes de la gangrena stalinista, para incorporar a la noción de revolución internacional lo que luego sería llamado “tercer mundo”, es decir, los países coloniales y semicoloniales. El frente popular fue el marbete bajo el cual la dirección stalinista impuesta en la URSS escondió el abandono de una estrategia revolucionaria y trazó la línea de subordinación de la clase obrera a conducciones burguesas en todo el mundo. Esas opciones estratégicas se replantean hoy.

En segundo lugar, la señalada dinámica de convergencia se produce cuando el movimiento obrero como tal no participa en la vida política. Cuando los mayores sindicatos industriales se alínean con la última criatura del capital y otros sindicatos (como la CTA, que sólo en su nombre puede ser considerada una genuina central), no sólo están cribados por innumerables diferencias y fracturas internas, sino que además son en muchos casos instrumentos de aparatos internacionales temibles no por la fuerza de sus ideas, sino por su capacidad económica: la socialdemocracia a través de la CIOSL (Comité Internacional de Organizaciones Sindicales Libres) y su filial latinoamericana ORIT (Organización Regional Internacional del Trabajo, históricamente penetrada por la CIA), y el Vaticano a traves de la CMT (Central Mundial del Trabajo) y su brazo regional CLAT (Central Latinoamericana de Trabajadores, a la cual pertenece la dirección hegemónica de ATE y la CTA)

Estos factores contrarios a la creación de una herramienta política de los trabajadores y el conjunto de sus aliados han sido definitorios en los últimos años. Nada de lo ocurrido con la Propuesta Política de los Trabajadores (PPT), el Congreso de Trabajadores Argentinos (CTA) y el Frepaso, se entiende sin esta intrusión permanente.

Pero el cuadro actual, nacional e internacional, es en todo y por todo diferente. Desde que en 1982 estuvo objetivamente planteada la posibilidad de edificar una nueva fuerza política de masas, que fijara un punto de unidad social y política para las grandes mayorías por fuera y en contra de los dos grandes partidos que dominaron el siglo XX -la Unión Cívica Radical y el Partido Justicialista- el país ha cambiado al punto de resultar irreconocible en su superficie. Las cifras estremecedoras que por estos días registran que uno de cada cuatro habitantes sufre hambre y tres de cada cuatro no satisface sus necesidades mínimas, el espectáculo de ejércitos de desharrapados errando por las calles de Buenos Aires al caer la noche, en busca de restos de comida en la basura, adelantan que todo paso positivo hoy en la organización de las masas se dará sobre un terreno cualitativamente diferente al que diera nacimiento a la PPT en 1990 y al CTA en 1992.

En modo alguno podrá obviarse el examen histórico de estos 20 años; del papel de cada corriente política y de la posición adoptada en cada momento crucial por los cuadros partidarios e intelectuales que gravitaron en el decurso de los acontecimientos. Pero serán los imperativos urgentes que martillan hoy sobre la conciencia del activo militante en las filas de los trabajadores, las organizaciones de desocupados, las instancias barriales y las corrientes estudiantiles, acompañados todos por aquellas organizaciones partidarias que comprendan el fenómeno en curso, los que darán vida y moldearán la herramienta política de masas. Sería pueril suponer que el movimiento vivo y tumultuoso de decenas de miles de hombres y mujeres acuciados por la crisis se regirá por el análisis ponderado de las posiciones defendidas y los papeles asumidos por las diferentes instancias dirigentes en los últimos 20 años. Sería doblemente pueril, sin embargo, suponer que las conclusiones de aquel examen, seguramente amargas, resultan innecesarias o caben simplemente a intelectuales ajenos a las urgencias de la acción(7).

Son múltiples los factores que pesan en la conducta de los individuos y las masas en instantes de crisis y cambios profundos. Y aunque en la superficie aparezcan sólo los aspectos emocionales, o la inercia dictada por conductas y relaciones talladas por el tiempo, el resultado de apariencia irracional está determinado en última instancia por una racionalidad fincada en otro plano, cuyas raíces están en la experiencia colectiva, es decir, en causas reales.

Quien no descubra e interprete esas causas, quien por desinterés -o por mezquina conveniencia- relegue ell análisis sistemático del curso político y social histórico, y más específicamente el de las dos últimas décadas, no estará a la altura de la inmensa tarea planteada a la militancia. Nada más letal que refugiarse en verdades generales a la hora de la acción en medio de un cataclismo. Nada menos eficiente que lanzarse a la acción sin la perspectiva que sólo puede dar el acervo teórico afirmado por la lucha de clases, el sacrificio y la inteligencia de los luchadores revolucionarios a lo largo de la historia.

Notas

1.- El texto oficial del documento puede hallarse en nuestra página en internet: www.geocities.com/nuestrotiempo

2.- En un acto de lanzamiento de la candidatura de Adolfo Rodríguez Saá, el 30 de agosto en el Luna Park, en Buenos Aires, junto al represor Aldo Rico y el comisario torturador Luis Patti, estaban el secretario general del sindicato de camioneros Hugo Moyano, el de la Unión de Transporte Automotor Juan Palacios (ambos del MTA), el secuestrador de obreros de la Unión Obrera Metalúrgica Lorenzo Miguel y el informante de los servicios para desaparecer trabajadores del SMATA Jorge Rodríguez.

3.- El mundo después de la guerra del Golfo… y sin la URSS; Crítica N° 1, octubre de 1991, pág. 11.

4.- Luis Bilbao, Curso de Formación Política para los Trabajadores, N° 1, Primera clase, 21/8/92. Ediciones del Centro de Estudios Marxistas Pedro Milesi, Buenos Aires, agosto de 1992. También en “Perspectivas del socialismo a 25 años de la muerte del Che”, Crítica N° 4, noviembre de 1992, pág. 30.

5.- Declaración del segundo plenario de la CTA de La Plata, Berisso y Ensenada; La Plata, 14 de julio de 2002. El texto completo puede también ser hallado en nuestro sitio en internet: www.geocities.com/nuestrotiempo

6.- El Espejo tiene su Redacción en 15 de noviembre 1459, Capital Federal; Tel: (011) 4305-3608; puede consultarse el sitio internet en:

http://ar.geocities.com/elespejo2000

7.- La información sobre este período y nuestra posición ante los diferentes debates planteados pueden hallarse en El abismo y horizonte; Búsqueda, Buenos Aires 1994; y Periodismo y militancia; Búsqueda, Buenos Aires 2001.

La gran prueba

porLBenCR

 

A la memoria de Néstor Galina, que presidió el Primer y Segundo Encuentros de los comunistas consciente de la enfermedad que lo acosaba. Lo recordaremos siempre en su vibrante discurso de apertura y luego, en la clausura, con el puño en alto cantando La Internacional al frente de un aguerrido contingente de cuadros revolucionarios dispuestos a recomponer las fuerzas marxistas.

 

Argentina ingresa de lleno en una fase de realineamiento a gran escala de fuerzas sociales y políticas. Hay instantes de la vida social y la lucha política en los que se juega mucho más de lo que comprenden incluso sus más enérgicos protagonistas. Son esos momentos en los que las fuerzas que trazan el curso de la historia definen un rumbo, sea cual sea su signo, hacia el cual se encaminarán durante todo el tiempo que demande agotar las causas que lo determinaron. Y es en ese punto de definición donde el factor subjetivo (los partidos, eventuales personalidades relevantes con prescindencia incluso de sus cualidades) juega un papel principal y hasta concluyente. Eso es lo que ocurre en Argentina a partir del nuevo año, comienzo además del primer siglo del tercer milenio.

Los fundamentos de esta afirmación están a la vista: al cabo de un año en el gobierno la Alianza ha agotado la expectativa generada en los sectores sociales que antes habían confiado en el Frepaso y que, a través de éste, sacaron a la UCR de la tumba y la reubicaron en el poder. Este factor condiciona de manera decisiva el cuadro actual y las perspectivas futuras, aunque el componente determinante continúa siendo que la burguesía mantiene incólume la iniciativa política. Mientras tanto la clase obrera continúa en estado de disgregación y parálisis, resultante de la imposibilidad de afirmarse como clase consciente tras un objetivo político cuando completó su ruptura histórica con el peronismo.

En esto último pesaron causas de orden histórico e internacional que excedieron largamente las responsabilidades y posibilidades de las organizaciones y cuadros revolucionarios actuantes en el último tercio del siglo XX. Sin embargo, el decurso conocido no era fatal. No tiene sentido sumergirse en debates sobre “lo que hubiera ocurrido si…”, (actitud que ciertos autores, muy a tono con los tiempos, han intentado transformar en nueva disciplina a la que denominan historia contrafactual). Las lamentaciones respecto del pasado -para no hablar de quienes explican el devenir social por la traición de tal o cual dirigente- son una forma de la deserción respecto de las exigencias actuales y futuras. Esto no habilita para negarse a pesar y medir con el máximo rigor la conducta pasada de partidos e individuos y el papel de las concepciones defendidas por cada uno. El panorama actual es también resultante de la conducta de cuadros y organizaciones que desde las filas de la clase obrera actuaron en el escenario de la crisis. Y por lo mismo el futuro depende en buena medida de la superación de tales práctica y de las teorías que las sustentaron.

Nada más revelador de una situación de decadencia que la perpetuación de figuras con mando en aparatos que han sido responsables de políticas con resultados calamitosos para las masas y sus vanguardias. Salir del pantano actual implica un corte con el pasado, que como todo fenómeno histórico, mantendrá necesariamente líneas de continuidad. Ese hondo tajo trazará un antes y un después para organizaciones e individuos. Será el punto de partida de una situación revolucionaria. Hasta entonces, la crisis -que en cualquier hipótesis no puede sino profundizarse- sólo ahondará la decadencia en todos los terrenos. La historia de las revoluciones es inequívoca al respecto. Y aquí también la Revolución Rusa oficia como paradigma: la insurrección victoriosa de 1917 tiene su punto de apoyo en la demolición teórica y política de los populistas a manos de los marxistas, la victoria del socialismo científico contra el empirismo y el eclecticismo. Con su novela Los Poseídos (o Los Demonios, según la traducción) el gran escritor ruso Fedor Dostoievsky pintó de manera magistral y despiadada el fin de los populistas rusos de entonces; el devastador proceso de degradación humana al que se vieron arrastrados los hombres y mujeres que militaron en esa causa antizarista. Dostoievsky no registró la causa que permitió la negación dialéctica de ese momento histórico: la aparición del grupo de marxistas que educaría una nueva generación de revolucionarios y conduciría la revolución victoriosa.

Cabe citar a quien es reconocido como punto de partida de aquella recomposición y por ello llamado “padre del marxismo ruso”, J. V. Plejanov (e invitar a leer su obra filosófica, de la cual se extrae la siguiente frase):

 “El marxismo representa una visión universal completa y rigurosamente materialista y quien pierde de vista su universalidad (…) se arriesga a una deficiente comprensión incluso de aquellos aspectos particulares de sus enseñanzas que por una razón u otra atraigan su atención (…) Una visión universal completa se diferencia de una ecléctica en que cada uno de sus aspectos se relaciona inmediatamente con todos los demás, y, por consiguiente, no se puede eliminar uno de ellos y sustituirlo por otro extraído arbitrariamente de una visión universal distinta”.

El eclecticismo es -desde hace mucho y no sólo en Argentina- el punto de apoyo de individuos y organizaciones que recurren a él por diferentes razones y con diferentes objetivos. Unos -los más nobles- para recubrir con formulaciones generales de tono teórico posiciones que defienden por convicciones ajenas a la interpretación científica de la realidad social y el curso de la revolución. Otros, sobre todo hallables en ámbitos académicos, para situarse en el punto justo que permite ubicarse como crítico radical sin transponer la frontera del sistema. Una tercera categoría apila conceptos con el mismo criterio que el gerente de un supermercado ordena la exposición de sus mercancías: delante lo que vende mejor… (Por esas punzantes ironías de la historia de las que tan brillantemente dio cuenta Isaac Deutscher, a la poderosa figura de Antonio Gramsci le ha tocado ser manipulada para servir a la vez a dirigentes improvisados, profesores asépticos y gerentes sin escrúpulos).

Esto viene a cuento porque, aunque a algunos militantes pueda parecerle una paradoja insoportable, la precipitación de la crisis y el inicio de una coyuntura en la que se resolverán líneas de acción con trascendencia histórica, lejos de exigir la “unidad de izquierda”, plantea justamente lo contrario: unidad de los trabajadores y los sectores más amplios de la población (conjunto social que en Argentina no es de izquierda sino por excepción) dispuestos a movilizarse frente a la crisis; y drástica delimitación frente a las expresiones intelectuales o políticas del eclecticismo con verba revolucionaria.

 

Hacia un período de movilizaciones de masas

En la fase anterior, que va de la conformación del Frente del Sur en 1992 a la consagración de Fernando de la Rúa como presidente el 10 de diciembre de 1999, la clase obrera como tal -y con ella la mayoría de la sociedad- se mantuvo prescindente. Las cúpulas de la burocracia sindical tradicional (cortadas por completo de las bases, pero controlando las organizaciones que éstas reconocen todavía como única instancia a su alcance) continuaron respaldando al Partido Justicialista. Una franja de dirigentes de sindicatos menores se sumó al Frente Grande primero, al Frepaso luego y terminó haciendo campaña por el gobierno que hasta hoy integra. Pero ni una ni otra ganaron adhesión activa y confiada en las filas de los trabajadores. Otro tanto ocurrió durante el mismo período con las denominaciones de izquierda. Por eso la revelación de la verdadera naturaleza de la Alianza y su disgregación, si bien afecta en cuanto a su ubicación y orientación inmediatas a las cúpulas de los aparatos del sindicalismo y los partidos insertos en el sistema, resulta ajena a la masa trabajadora. Son las clases medias y una parte del activo militante -seguramente mayoritaria- los golpeados por la decepción, que suman su descreimiento y pasividad al de la clase obrera.

Este fenómeno de toma de distancia del conjunto social respecto de la vida política tiene doble signo. Positivo en cuanto plasma la renuencia del proletariado a encolumnarse tras propuestas de la pequeña burguesía, las franjas de aspirantes a burócratas y los agrupamientos sectarios, lo cual abre potencialmente un ancho camino para la conformación de una fuerza de masas, plural, que plasme la independencia de los trabajadores frente a las diversas expresiones del capital. Negativo en la medida en que coloca a la clase obrera -y tras ella a la inmensa mayoría de la población- al margen de la participación política, en disposición a servir como eventual masa de maniobra para las operaciones de las diversas fracciones de la burguesía.

Ahora, con la descomposición de la Alianza y la aceleración de la crisis, ambos costados de la conducta social mayoritaria volverán al centro del escenario político. Pero ya no para ser terreno de disputa entre propuestas que cuentan a la clase obrera y los estratos oprimidos de la sociedad como pasiva masa de maniobra para sus operaciones electorales, sino como fuerza social llamada como tal a obrar en uno u otro sentido -es decir, en función de sus intereses históricos o a la rastra de una variante burguesa- ante el arribo de la crisis a su punto de explosión.

En otros términos: es previsible que la próxima fase de la evolución política en Argentina recupere el protagonismo (independiente o subordinado, pero protagonismo) de las masas como factor predominante. Esto puede ocurrir mediante pasos intermedios, como por ejemplo la irrupción del movimiento estudiantil, la juventud y los desocupados, cada uno por su carril, en un primer momento. Pero fatalmente culminará con la reaparición del movimiento obrero y específicamente del movimiento obrero industrial en la lucha social y política, por fuera y en contra de las estructuras sindicales hoy extraordinariamente debilitadas. La historia antigua y reciente de la clase obrera de Argentina reaparecerá con todo su vigor y también con sus múltiples vertientes. Esto actualizará un muy duro combate ideológico y político, que tendrá lugar ante todo en el seno de la vanguardia. Cualesquiera sean los ritmos de esta marcha inexorable, la burguesía no podrá de ahora en más ejercer su poder como clase limitándose a alquimias electorales. Este es el rasgo fundamental de la fase en que ingresa el país. Es una incógnita cómo harán los agentes políticos del capital para afrontarla. Pero es seguro que en el próximo período no se trata para ellos de hallar simplemente una combinación diferente de alianzas electorales. Por mucho que el PJ pudiera usufructuar el espectáculo penoso de la Alianza gobernante, es evidente que la cadencia y la profundidad de la crisis no permiten relegar la recuperación del equilibrio al próximo turno electoral para reemplazar el Ejecutivo. Las clases dominantes, a su vez muy hondamente fracturadas y en estado de beligerancia permanente, buscarán -apelando previsiblemente a diferentes recursos y estrategias, según los intereses de cada una- formas alternativas destinadas no sólo a mantener el control político en la coyuntura de agravamiento extremo de la crisis, sino fundamentalmente a impedir que ésta sea motor para la puesta en movimiento de una fuerza que le dispute el poder en una fase posterior.

Se reproduce así, en una escala diferente y superior en todos los órdenes, la coyuntura de realineamiento social en términos políticos que tuvo un primer ensayo en el período Frente del Sur-Alianza. Desde la simbólica fecha del Cordobazo, treinta años atrás, los errores estratégicos y tácticos de las fuerzas revolucionarias marxistas impidieron una y otra vez la unidad social y política de los trabajadores y por lo mismo bloquearon la posibilidad de consolidar un partido capaz de conducir a las masas en pos de la toma del poder por el proletariado y el pueblo. En esta oportunidad y a causa de la magnitud de la crisis internacional y local del sistema, el desafío es mayor aun a todo lo experimentado desde entonces. Y replantea para la militancia antimperialista y anticapitalista -y muy especialmente para los revolucionarios marxistas- la gran prueba de la historia: abrir cauces para que la inmensa fuerza hoy comprimida bajo los cimientos de la sociedad se encamine hacia la abolición del capitalismo.

 

Unidad social y política de los trabajadores: forma y contenido

Es esta circunstancia en que el capital reina sin desafío pero carece de cualquier perspectiva que no sea retrogradar en todos los planos las relaciones sociales y la propia condición de la nación como entidad soberana, la que subyace en la vertiginosa decadencia del país. La gravedad de la situación no estriba principalmente en los efectos económicos de la crisis capitalista sobre las masas desposeídas, sino en que éstas carecen de todo y cualquier recurso para afrontarlos. Sin organizaciones sociales reconocidas y sin partidos con autoridad ante las masas, la lucha por el reparto de la renta nacional ha dado lugar a la generalización de la delincuencia en todas las formas imaginables.

El aumento en flecha de la violencia individual, así como los marcados cambios en la conducta individual de millones de personas son síntomas de descomposición social y constituyen un estridente aviso sobre la ausencia de perspectivas capaces de transformar la adversidad en voluntad de lucha y la desesperación en búsqueda colectiva del cambio social.

Parece innecesario repetir que un proyecto socialista no puede desentenderse de este cuadro coyuntural y su dinámica. Y que no ha de ser con fórmulas electorales como se dé respuesta al volcán social. Tal como lo prevé la ficción democrática, a comienzos de 2001 el país ingresa nuevamente a un período pre-electoral. Participar o no de una ésta u otra campaña es una cuestión enteramente táctica. Pero articular la estrategia de una organización en función del cronograma de comicios armado por las clases dominantes tiene un nombre conocido en la historia del marxismo: cretinismo parlamentario. Esto es tanto más regresivo en estos momentos, porque las elecciones lejos de constituir una fuerza tendiente a unificar a las masas constituyen justamente una poderosa palanca para lo contrario. Poner el eje político en la obtención de un diputado es nada menos que contribuir a la operación de centrifugación de las masas en la que están interesados la burguesía y el imperialismo ante la evidencia de que ésta y las próximas campañas son apenas instantes tácticos en una fase de realineamiento a gran escala de fuerzas sociales y políticas.

Una y otra vez han vuelto estas páginas sobre el concepto de unidad social y política de los trabajadores y el pueblo. Y es preciso continuar insistiendo en este concepto clave, al que se mantienen ajenas la casi totalidad de las organizaciones que se autodenominan marxistas: la revolución la hacen las masas; la revolución la hacen las masas con conciencia de que frente a ellas tienen un enemigo a batir; la revolución la hacen las masas con ese grado mínimo pero fundamental de conciencia, y con las organizaciones propias e independientes que les permiten desplegar la fuerza de combate con el enemigo de clase.

Sin una herramienta política en torno a la cual las masas explotadas, oprimidas y marginalizadas puedan hallar un objetivo común y un punto de unidad como conjunto social multifacético y aluvional, es imposible la afirmación de un curso revolucionario, y por lo mismo es imposible la consolidación de una organización revolucionaria marxista.

Quienes creen que el PRT-ERP fue destruido porque un agente provocador se infiltró en el primer círculo de su conducción, o que el MAS se volatilizó a causa de un error de evaluación de la coyuntura, no han comprendido la lección principal de la dura experiencia vivida. No han comprendido aquello que supieron resolver todas las revoluciones triunfantes: la relación entre las masas y la conducción, entre la clase y el partido revolucionario. Y poco importa si esa incomprensión los lleva a festejar con grandes aspavientos la elección de un concejal, a revisar los clásicos para descubrir que en realidad eran ignorantes y tontos y que el error de los revolucionarios consistió en no darse cuenta antes de ese detalle, o a emprender acciones vanguardistas del género que sea. El destino común de todas esas expresiones del desmoronamiento teórico y político o del empirismo revolucionario es no sólo el fracaso, sino la militancia en sentido contrario a las exigencias de la hora.

Durante todo un período, estuvo planteada la posibilidad de alcanzar la unidad social y política de las masas en torno a una forma proto-partidaria de características muy particulares y necesariamente transitorias: el Congreso de Trabajadores Argentinos. La autoproclamada “izquierda revolucionaria” le dio la espalda a esa formación original y con esa conducta contribuyó de manera probablemente decisiva a que ésta se encaminara en sentido inverso y desaguara en la Alianza, a través del Frepaso. Crítica siguió paso a paso ese proceso y en sus páginas están plasmadas las posiciones de cada organización y la polémica con ellas. También está allí la conclusión a que dio lugar el resultado de esa experiencia: la burguesía obtuvo una victoria en lo que denominamos “segunda campaña de cerco y aniquilamiento” de luchadores sindicales, combate incruento que sin embargo dejó más bajas que la dictadura, como puede verse al analizar la conducta y el estado de tantos dirigentes y cuadros medios sindicales que a comienzos de la década pasada se presentaban como vanguardia de su clase.

La expresión más penosa de la aniquilación política de tantos activistas fue la participación de la ya artificialmente transformada en Central de Trabajadores Argentinos en la campaña electoral de la Alianza y la presencia de muchos de sus dirigentes en el actual gobierno, como funcionarios, legisladores o beneficiarios de oscuras prebendas.

Como quiera que sea, ese saldo dejó desierto el terreno en el cual podía darse la unidad social y política de las grandes masas en torno de una fuerza con punto de partida en los sindicatos. Y nada logró reemplazar esa base de apoyo en el período posterior. ¿Cómo se manifestará esa necesidad objetiva en el período que ahora comienza? El pensamiento marxista no busca fórmulas a partir de las ideas. Con base en caracterizaciones de orden general y particular, sigue paso a paso el desarrollo de los acontecimientos en la vida social y busca el modo de encauzar las fuerzas en movimiento según una estrategia de abolición del capitalismo. La certeza de que por la vía que sea es preciso impulsar la unidad social y política de las masas alienta la observación minuciosa del desarrollo objetivo y no la invención de nombres o estructuras vacías. La consigna de Herramienta Política de los Trabajadores (y el trabajo sistemático en ese plano) es un eje permanente que, al verificarse inviable por el camino que comenzó a transitar una década atrás, fue articulada a través de la consigna Asamblea de Trabajadores, como forma genérica y no orgánica de referencia para la unidad social y política. Mientras tanto, las expresiones del eclecticismo teórico (y aquí coincidieron desprevenidos, profesores y gerentes) o bien se lanzaron de manera desvergonzada a cazar votos, o bien apelaron a un argumento que los pinta de cuerpo entero: “como no hay posibilidades de formar un gran partido de los trabajadores, mientras tanto buscamos fuerza en las urnas”.

El caso es que no se puede avanzar tras un objetivo tomando el camino en sentido contrario. No es posible avanzar en la construcción de un partido revolucionario cuya divisa sea “la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos” edificando una secta y educando a sus militantes como sectarios, en lugar de educar revolucionarios con pensamiento propio y capacidad de decisión en los momentos supremos de la confrontación de clases. No importa cuan poderosa llegue a ser, en un momento dado, tal estructura estallará o virará para ponerse al servicio del enemigo (hay incontables ejemplos de ambos resultados). En el último período, las organizaciones que en Argentina no tuvieron en cuenta que el eje de toda política hoy más que nunca es la conquista de la unidad social y política de las grandes masas, hayan actuado dentro o fuera de la Alianza, no son capaces ahora de contribuir siquiera en grado mínimo para revertir la dinámica de fragmentación y desmoralización de las masas y sus vanguardias naturales. Esa tarea urgente, para cuyo cumplimiento se abren otra vez posibilidades altamente favorables, se desarrollará al margen de ellas y, muy probablemente, contándolas como fuerzas enemigas de la organización política y la independencia de las masas. Los alineamientos ya perfilados en relación con las próximas elecciones y frente a la embestida política de la iglesia, indican con elocuencia qué se puede esperar de ellas en el próximo período.

 

Recomposición de fuerzas marxistas

En la edición N° 21 de Crítica, en abril de 1999, publicamos una Carta abierta a la militancia, en la que convocábamos a un esfuerzo por “recomponer las fuerzas marxistas”. Remitiendo al Compromiso de Acuerdos Básicos -un documento de principios y programático publicado ya en 1994 como fundamento para la línea de acción consistente en bregar por la recomposición de las fuerzas marxistas a escala nacional e internacional- esta carta daba por cerrado el ciclo de descomposición y disgregación del pensamiento y las organizaciones revolucionarias marxistas y llamaba a asumir las exigencias de la nueva situación, fijando el 11 de diciembre de ese año como fecha para un Primer Encuentro de los Comunistas. El concepto de recomposición -es obvio, pero hay que decirlo- se contrapone al de unidad. Alude a las nociones dialécticas de negación de la negación y cambio de la cantidad en calidad.

Dos años después de redactada aquella Carta abierta y con el saldo de dos Encuentros de los Comunistas -realizados en diciembre de 1999 y abril de 2000-(1) el desarrollo ha dado lugar a conquistas importantes que, sin embargo, no lograron todavía el salto cualitativo procurado. El aspecto positivo y trascendente, que confirma una línea de acción para la construcción del partido de los revolucionarios está en el elevado número, la proveniencia de diferentes orígenes partidarios y la representación de prácticamente todo el país de la militancia participante en ambos Encuentros (decenas de militantes no pudieron viajar desde localidades del interior por razones económicas); en las bases teóricas y programáticas aprobadas por consenso unánime de los participantes y en el impacto posterior que estos Encuentros tuvieron sobre jóvenes y experimentados militantes, aparte de la muy positiva repercusión en el exterior.

El aspecto negativo fue señalado en sus causas y previsto en sus posibles derivaciones ya en el balance del Primer Encuentro(2). Cuando pasó la fuerza inercial del éxito inicial, un sector de los compañeros asistentes (los agrupamientos que componen Refundación Comunista y se expresan en el periódico Orientación) puso de manifiesto que no estaba allí en función de una concepción teóricamente fundada respecto de cómo se recomponen las fuerzas marxistas en la actual etapa histórica, sino de manera empírica y circunstancial. Esto tomó cuerpo en un cambio de línea de acción en cuanto a la preparación del Segundo Encuentro. No obstante, éste se realizó, con el saldo significativo de la aprobación -también por consenso unánime- de un documento ya más elaborado como Anteproyecto de Declaración de Principios y Programa(3).

La desigualdad en el desarrollo respecto de una teoría de la construcción del partido en las actuales condiciones de la clase obrera y la vanguardia internacionales, entre otras razones, dio lugar por parte de estos compañeros a un retorno -en cierta medida no deseado, aunque no por ello menos real y pernicioso- a métodos propios de un equipo que trata de reemplazar una estrategia de construcción por pequeñas maniobras. Tras el Segundo Encuentro, esa línea -que acabó por imponerse entre estos compañeros- apartó al grupo de los acuerdos de acción común votados por unanimidad en el Segundo Encuentro y, en consecuencia, también de la labor conjunta hacia la culminación de esa tarea.

Esta circunstancia dio lugar a que otro de los agrupamientos participantes -proveniente del MAS- así como numerosos/as compañeros/as de otros orígenes o sin experiencia previa, decidieran incorporarse a la UMS como paso transitorio para hacer más eficiente y abarcadora su labor en pos del Tercer Encuentro y el posterior Congreso Fundacional de un partido de los revolucionarios marxistas(4).

El hecho de que la UMS, que específicamente y desde su fundación se autocalifica como “destacamento comunista en la construcción del partido de los revolucionarios marxistas” haya debido ser continente de ese poderoso flujo manifestado en el Primer y Segundo Encuentros fue explícitamente destacado en la primera sesión de su Tercer Congreso (los días 16 y 17 de diciembre de 2000) como un aspecto negativo, en relación con el objetivo planteado. Lejos de los criterios de rapiña que demasiado a menudo ocupan el lugar de una teoría de la revolución y la construcción de la fuerza que la hará posible, la UMS ratificó su determinación de trabajar en pos del Tercer Encuentro de los Comunistas. La realización de la sesión complementaria del Tercer Congreso es, en ese sentido, un recurso destinado igualmente a cimentar esa perspectiva, mediante la extensión y la profundización del debate propio, abriéndolo a agrupamientos y cuadros sobre la base de los dos plenarios precedentes. De esta manera se trata de afirmar las columnas teóricas, los acuerdos políticos y la acumulación de fuerzas que dentro y fuera de la UMS contribuyan a producir un salto cualitativo, de modo que la próxima instancia de encuentro sea capaz de convocar a un Congreso Fundacional del partido de los revolucionarios marxistas.

La reimpresión en esta edición de la Réplica a la Alianza, fechada en agosto de 1998 y publicada en Crítica N° 19, pretende mostrar que ninguna de las afirmaciones reiteradas desde entonces en estas páginas carecía de fundamento o era dictada por un apresuramiento basado en criterios subjetivos. Los hechos están allí.

Un aspecto de particular importancia en ese encadenamiento de tareas lo constituye el propósito de realizar, también hacia mediados de abril, una reunión de organizaciones y cuadros revolucionarios marxistas de América Latina y el Caribe, extensiva a militantes y agrupamientos del resto del mundo empeñados en la recomposición de fuerzas a escala internacional. Con base en la resolución internacional aprobada por la primera sesión del Tercer Congreso de la UMS -y con toda otra contribución que hagan llegar los invitados- el propósito es reunir con agenda abierta a un número limitado de organizaciones y cuadros y poner sobre la mesa de debate los grandes temas de la lucha de clases en el mundo contemporáneo.

No están las condiciones dadas para construir siquiera una referencia internacional de los revolucionarios marxistas. Y no se trata de delegar en organizaciones o cuadros de otros países la responsabilidad que cabe a los revolucionarios marxistas en Argentina. Lejos de tales gestos habituales de autoproclamación o delegación mística, la tarea consiste en recabar el máximo de contribución posible de las fuerzas y capacidades teóricas y políticas dispersas en el mundo; un paso imprescindible para estar en condiciones de afrontar la crucial prueba planteada a quienes en Argentina están dispuestos a preparar la gran batalla por el socialismo, ante la ostensible precipitación de la barbarie.

 

Notas

1.- Ver Eslabón, N° 15, 16 y 17.

2.- Ver Encuentro de los comunistas: significado, perspectivas y tareas, Eslabón N° 15, diciembre de 1999, página 1.

3.- El texto del documento aprobado puede hallarse en la página de la UMS en internet: www.geocities.com/ums_ar

4.- Ver Acuerdo con un equipo marxista, Eslabón N° 18, páginas 1 y 4. Y ver también en esta misma edición de Crítica, entre las resoluciones del Tercer Congreso de la Unión de Militantes por el Socialismo, los fundamentos y la resolución del llamado a una sesión complementaria del Congreso, para los días 13, 14 y 15 de abril.

 

 

Clase obrera y militancia marxista ante una nueva etapa

porLBenCR

 

Con el fin del gobierno peronista culminó un largo ciclo de la lucha social en Argentina, cuya última fase podría tomar como punto de partida el Cordobazo del 29 de mayo de 1969. Cabe a historiadores marxistas la tarea de sistematizar hechos, analizar conductas y líneas políticas, exponer paso a paso el movimiento de las clases y sus representantes durante este período. Aprehender toda la significación de la experiencia vivida en estos años es un factor ineludible en el cometido de recomponer fuerzas y educar a las nuevas generaciones. En tanto ese objetivo no se haya alcanzado, algo esencial faltará en el arsenal necesario para armar a las masas en pos de la victoria; y persistirá la deuda con las incontables víctimas de la lucha de clases en este lapso: sólo el rescate de una experiencia a través de la teoría, y su materialización en una organización que le dé continuidad en un plano superior, puede hacer fértil tanto sacrificio.

Al igual que en la tarea de recuperar y asumir la teoría del socialismo científico, todo intento de arribar a aquellos objetivos desde fuera de la acción política está condenado al desvío y la esterilidad. Tanto más cuando el cambio de gobierno, la eventual eclosión de la crisis económica, las características del nuevo elenco gobernante, el estado de disgregación, confusión y parálisis de la clase obrera, la desaparición de la izquierda revolucionaria del terreno político y, condicionándolo todo, el drástico cambio de la situación internacional, dan lugar a una realidad política que requiere inmediata intervención.

 

Las fases recorridas

Treinta años atrás, las voces más serias del marxismo en Argentina afirmaron que el Cordobazo marcaba el fin del peronismo. No estaban equivocadas. Aunque en más de un caso se midió erróneamente la distancia entre la muerte de un fenómeno social y su extinción como expresión política, sobre todo se desconoció el hecho de que para reemplazar un movimiento de masas es necesario otro igualmente abarcador que lo niegue superándolo.

No sólo para la burguesía argentina se agotaba el recurso de encuadrar y manipular a las masas mediante el populismo. El fenómeno que había dominado medio siglo de vida política en prácticamente todo el continente agonizaba en conjunto, acosado por una fuerza subterránea e invisible: la reaparición de la crisis capitalista en los países imperialistas y su impacto sobre América Latina. Se trata de un fenómeno que excede las fronteras nacionales, aunque esta identidad fundamental no desmiente el hecho de que es la particularidad de cada país la que define el curso concreto de los acontecimientos.

Con la muerte histórica de los grandes movimientos nacional-populistas, se replanteó la disputa ideológica en el seno de las masas obreras y campesinas; y encuadrado en esa confrontación de alcance estratégico, el combate político y organizativo. Tres grandes fuerzas entraron al campo de batalla para disputar el lugar dejado vacante por el nacional-populismo: socialdemocracia, socialcristianismo y marxismo(1). La historia desde entonces es la historia de ese combate.

El saldo a fines de 1999 y a la luz del sentido común no deja lugar para la discusión. Pero lo que está en discusión es el sentido común como recurso válido para comprender los complejos movimientos de la historia.

Como cuando Pirro venció a los romanos, en el período que venimos considerando la burguesía perdió un ejército con cada batalla victoriosa: trajo a Perón y logró que la clase obrera desviara el rumbo esbozado en el Cordobazo. Pero para ello inutilizó aquel extraordinario instrumento ideológico y organizativo que desde fines de los ’40 ponía una barrera insuperable al proletariado. Una palanca clave para alcanzar ese objetivo fue la burocracia sindical cegetista. Pero el costo fue su demolición definitiva (hay que recordar las Coordinadoras de 1975 y desechar la idea de que aquello se esfumó para siempre). Por la pérdida de estas dos herramientas fundamentales la burguesía tuvo que apelar luego a las fuerzas armadas en rol de combate contra las masas. Y su efímera victoria le costó, nada menos, la pérdida de su ultima ratio: en seis años la institución profesional de defensa armada de la propiedad privada quedaría desarticulada, aplastada, irremisiblemente desprestigiada ante la sociedad y para siempre reconocida como enemiga por las masas explotadas y oprimidas. Vino luego la UCR travestida de progresista. Esta captó y canalizó, como se sabe, la explosión democrática de las masas. Y en seis años se vio destruida por la misma fuerza invisible que demolió a sus predecesores. Ocupó el lugar una caricatura grotesca del antiguo peronismo. Pero en este punto la burguesía, asumiendo el hecho de que no contaba con instrumentos propios para ejercer su poder con efectividad y arbitrar entre las diferentes facciones del capital local e imperialista, entregó explícitamente aquella capacidad al capital financiero internacional, más específicamente a Estados Unidos. Mediante este recurso extremo el capital compró tiempo -ocho años- durante el cual impuso todas las medidas necesarias para sostenerse.

Basta observar cada punto de inflexión, cada victoria política de la burguesía, para comprobar que la verdadera línea divisoria del combate la trazó la posición que en los hechos se sostuviera ante la opción conciliación de clases o lucha de clases. Del simple registro de la posición adoptada por cada uno surge la explicación de por qué el capital logró sucesivas victorias.

La anteúltima de ellas ocurrió cuando ya la de 1991 (denominada en términos económicos plan de convertibilidad) acumulaba todas las condiciones para estallar: la socialdemocracia, el stalinismo y el socialcristianismo se aunaron para captar y desviar la búsqueda de una línea de acción independiente de las masas obreras y populares. Así nació el Frente Grande. La continuación del peronismo por otros medios. Es decir, la comprobación de que el peronismo estaba muerto. (Por una circunstancia ajena a estos avatares, la aplicación en Brasil del Plan Real valorizó artificialmente la moneda local, abrió in extremis la posibilidad de redireccionar las exportaciones hacia ese país y contribuyó a la sobrevida del plan Cavallo). No es preciso detallar los acontecimientos desde entonces(2). Importa sólo subrayar que a través del Frente Grande las masas fueron desviadas en 1993, 1994 y 1995 hacia la opción burguesa teledirigida por el imperialismo: la UCR mostró su verdadero estado al ser derrotada una y otra vez y en todas las instancias por el apresurado engendro «frentista», que le hacía morder el polvo en cada elección y canalizaba así la demanda social de oposición al statu quo.

Una criatura contrahecha como el Frente Grande (devenido Frepaso tras su subordinación a José Bordón, delegado de la extrema derecha vaticana) no podía, desde luego, garantizar un gobierno alternativo. Por eso nació la Alianza. No ya la izquierda de la UCR, sino ésta como tal, debía sumarse a la maniobra estratégica. (Es esta operación la que explica el aparente absurdo de que en el último congreso de la así llamada Internacional Socialista, expusiera como orador de lujo el Sr. Fernando de la Rúa, derecha explícita del partido de Alvear).

Estos artilugios dieron como resultado una nueva victoria del capital, el 24 de octubre. ¿Pero cuál ha sido el precio? La respuesta está graficada en la suerte de la señora Rosa Castagnola de Fernández Meijide: la destrucción del Frepaso.

Así, se llega al fin del siglo: la burguesía no tiene a la UCR ni al PJ; no tiene fuerzas armadas; no tiene el vástago progresista tan malquerido como necesario.

 

Clase obrera y sus aliados

¿Qué ocurrió mientras tanto con el proletariado, la juventud, los sectores sociales explotados y oprimidos?

Basta mirar en derredor para tener la respuesta. Pero una mirada que no incluya la dinámica que desembocó en este punto perderá aquello que constituye precisamente su significación principal: la actual situación es resultante de la crisis del capitalismo y de la destrucción sistemática de todas sus instituciones. La burguesía sólo puede mantener la iniciativa y presentarse victoriosa en medio del desastre nacional que ha producido porque la resistencia ha estado hasta ahora determinada históricamente por la reiteración, bajo diferentes formas, de concepciones dominantes a escala internacional y nacional en el movimiento obrero (la socialdemocracia, el stalinismo y el peronismo) que tienen en la médula la noción de conciliación de clases como base para todo su accionar.

Pero aun esta conjunción fatídica no alcanza a explicar la confusión, la parálisis, del movimiento obrero. El factor decisivo para explicar el retroceso sistemático es la desorientación teórica y la incapacidad política de las muy numerosas y considerablemente vigorosas organizaciones -así como la fuerza aún mayor de militantes no encuadrados hoy en organizaciones partidarias- que no comulgan con la conciliación de clases pero no han (no hemos) logrado articular una política capaz de servir como alternativa a la clase obrera y sus aliados.

Por rémoras tan gravosas en la práctica como las del stalinismo -determinadas en última instancia por la victoria de esta corriente contrarrevolucionaria sobre el movimiento obrero a escala mundial- para innúmeras fracciones que se le oponen desde diferentes vertientes ha sido imposible conciliar las nociones de unidad social y política de las masas oprimidas y explotadas con la de partido revolucionario marxista. Aquello que la Internacional Comunista denominó en sus cuatro primeros Congresos Frente Unico Proletario y Frente Antimperialista, son conceptos perdidos o desvirtuados por regla general para la mayor parte de la militancia revolucionaria marxista, la cual, empujada por esta carencia, oscila desde hace décadas entre el ultraizquierdismo y el oportunismo.

Su lugar lo ocuparon políticas de conciliación de clases presentadas bajo rótulos tales como Frente Popular, Bloque de las cuatro clases, Frente de Liberación Nacional, etc, complementadas por abstracciones cuyo punto de partida es que las masas obreras son revolucionarias y si no avanzan en tal dirección es por culpa de dirigentes traidores. Para quienes entienden de esta manera la realidad social, lo único necesario es formar el estado mayor de un ejército conscientemente anticapitalista ansioso de combate y de victoria. Ese estado mayor es, claro está, el que comanda cada uno de los agrupamientos que sostienen tales posiciones. Los restantes son meras expresiones pequeñoburguesas, cuando no agencias contrarrevolucionarias. De semejantes interpretaciones -ajenas por completo al pensamiento marxista- se deriva una línea ante las masas y un criterio de construcción partidaria: la clase obrera como fuerza meramente instrumental y el partido como aparato.

Tales conductas resultaron decisivas en más de una ocasión para que una posibilidad de salto cualitativo en la situación de las masas obreras se transformara en victoria del enemigo de clase. Por eso es falso reducir la situación de la izquierda revolucionaria al estado de disgregación de la clase obrera. Pero aquellas conductas tuvieron un saldo, un resultado político y social concreto que hoy gravita con peso determinante sobre la relación de fuerzas sociales; por lo cual es igualmente falso desconocer que la recomposición de fuerzas consecuentemente anticapitalistas, además de inseparable, es hoy extremadamente dependiente del tránsito del conjunto del proletariado hacia su unidad social tras un proyecto político propio.

No es posible eludir la responsabilidad de las diferentes organizaciones de izquierda -pero sobre todo la de aquellas que continúan reivindicándose revolucionarias- sobre el actual estado de la clase obrera y la sociedad en su conjunto. No será posible salir de la encrucijada sin asumir esa responsabilidad hasta las últimas instancias.

Y esto resulta tanto más perentorio cuanto más se evidencia que el desarrollo objetivo de la crisis del sistema se ha acelerado y se multiplican los indicios de que se aproxima a un estallido.

 

Coyuntura a partir del gobierno de la Alianza

Desde el 10 de octubre de 1999 la burguesía asume la realidad anteriormente descripta y, por primera vez desde la Organización Nacional, gobierna mediante una coalición. La Alianza es sólo una parte de ese frente único de las clases dominantes. Los otros dos aparatos equívocamente denominados partidos (Justicialista y Acción por la Republica) se suman explícitamente al gobierno burgués de emergencia. Pero lo más relevante es que tal coalición lejos de resolver la fractura del capital, la institucionaliza : un gabinete polarizado en dos bloques y, frente a éste, un consejo de asesores conducido por el capital financiero internacional.

La fuerza centrípeta que une a las distintas fracciones tras el rostro de De la Rúa es evidente: la burguesía afronta una coyuntura extremadamente grave, dominada por déficits inmanejables en el fisco y el sector externo, endeudamiento fuera de control y compromisos incumplibles en cualquier hipótesis, situación sin salida tras ocho años de paridad ficticia de la moneda, en la cual es imposible continuar con la convertibilidad y es imposible salir de ella sin provocar un colapso de imprevisibles proporciones. Sean cuales sean las medidas a adoptar en el corto y mediano plazos, ellas significarán descargar sobre las masas penurias incomparablemente mayores a las vividas hasta ahora; lo cual plantea la posibilidad cierta de descontrol político, fractura social irreparable y eventual conformación de una fuerza de masas con un programa antimperialista y anticapitalista.

Por el contrario, la fuerza centrífuga al interior del gobierno está provocada por una multiplicidad de conflictos interburgueses sin solución pacífica posible, que corporizan al interior del Ejecutivo los ejes de confrontación que señalamos a escala mundial y local desde hace años: la lucha interimperialista (nunca como hoy visible en un gobierno la representación directa y en colisión de los imperialismos europeo y estadounidense); la confrontación del gran capital financiero internacional con la gran burguesía local; la alianza del imperialismo y sus socios subordinados contra la clase obrera y el conjunto de la población .

Imposible prever cómo se desarrollará este cúmulo de contradicciones interburguesas, encuadrado además en una nueva y muy inestable situación internacional(3). A cambio es rotunda la certeza en un punto: la imposibilidad de la clase obrera de encabezar una oposición en representación del conjunto de la nación hará que aquellas disputas ocupen el centro del escenario por todo un período, se agraven hasta límites que pueden poner en riesgo la estabilidad institucional y coexistan con una sistemática arremetida contra los intereses económicos de las masas, llegando eventualmente a recurrir a la represión extrema si reacciones espontáneas de los agredidos así lo requieren. Esta certeza no niega sin embargo la posibilidad de que, tanto como expresión de exigencias propias de la gran burguesía local, como por necesidad de paliar la situación social y dar espacio a operaciones políticas policlasistas en continuidad con la que con tanto éxito encarnara el Frente Grande, las medidas incluyan, por ejemplo, planes de construcción de viviendas y determinadas obras públicas que pudieran disfrazar la continuidad de la política económica aplicada con breves intermitencias desde 1976(4).

No habrá por tanto una sustantiva innovación programática en la conducta de las clases dominantes ante la crisis capitalista. El cambio de guardia, no obstante, tanto por la naturaleza de la Alianza como por el agravamiento de la crisis, trazará un límite significativo para el movimiento de masas y, en un plazo relativamente breve, estará planteado el inicio de una etapa nueva en todos los órdenes para la situación política nacional.

 

Otra batalla

Envuelta y desdibujada por los vaivenes de luchas revindicativas, alzas y reflujos de la combatividad social y la nunca ausente ambición de fuerzas electoralistas por alcanzar la codiciada banca de diputado (o al menos un concejal…), hay por delante una nueva batalla en aquella confrontación estratégica -hoy más que nunca de efectivo alcance internacional- por conquistar el corazón y la inteligencia de las masas explotadas y oprimidas.

Aun en medio de sus incongruencias y contradicciones internas, el enemigo ha preparado no obstante sus diferentes Divisiones, cada una emplazada en su lugar (el Opus Dei al comando de la educación; terroristas y fascistas ubicados en los máximos cargos en provincias claves; agentes directos del imperialismo en puntos decisivos del aparato del Estado). La más importante entre ellas mientras la confrontación se desenvuelva en términos institucionales -y decisiva cuando ésta pase a otra fase- es sin embargo la que cumple el papel histórico del caballo de Troya. Para esta división el capital carece de generales y no tiene siquiera capitanes. Confía sin embargo en ávidos aspirantes a sargentos, provenientes de las propias filas del movimiento obrero y popular.

La CGT en vías de reunificación es una de las postulantes. Desde el comando de los grandes aparatos -vacíos pero todavía poderosos- que contienen sindicalmente al movimiento obrero industrial, su papel consiste en dos tareas principales: impedir la resistencia y reorganización del proletariado que realmente pesa en el funcionamiento del sistema; y confrontarlo con el proletariado desocupado y los crecientes contingentes de marginalizados que produce la crisis al arrojar a la desesperación a ex pequeñoburgueses y obreros que jamás tuvieron ni probablemente tendrán ocupación. Subsidiariamente, estas cúpulas mafiosas pueden contribuir también como fuerza de choque selectiva, reiterando lo que hicieron bajo el comando de la burocracia miguelista en los años ’70.

Sin embargo el desprestigio de estas pandillas es tan grande y tan escasa su posibilidad de operar como burocracia sindical en el sentido clásico, que el sistema necesita de otros colaboradores.

Hay oferta abundante. El sector hegemónico de la CTA, que integra el aparato político de la Alianza y se comprometió públicamente con la campaña por De la Rúa (específicamente las conducciones de CTERA y ATE), no obstante las sonoras afrentas que ha sufrido desde antes incluso de la victoria electoral de sus aliados, corre tras cada uno de los nuevos gobernantes -sin excluir, por cierto, los de signo supuestamente opuesto que vencieron en la provincia de Buenos Aires) a la caza de un cargo y de seguridades institucionales para sostenerse con puntos de apoyo que no tiene -ni aparentemente podrá tener, aunque esa posibilidad no está absolutamente cerrada- en las bases del movimiento obrero, la juventud y el pueblo en general.

No obstante la palanca clave para vencer en esta nueva edición de la ya prolongada guerra ideológico-política entre defensores y enemigos del capitalismo es aquella hoy inexistente y, sin embargo, con vida objetiva en la sociedad y el activo militante: una fuerza política de conciliación de clases con postulados reformistas y raíces reales en los trabajadores y el pueblo.

Reedificar tal continuidad de lo que fuera el Frente Grande es hoy la máxima aspiración de aquellos que, habiéndolo gestado o alimentado, fueron por una u otra razón expulsados o empujados a los rincones poco atractivos del aparato del Estado. Se suman a ellos advenedizos de toda laya y, como sorpresa de fin de siglo, ex superizquierdistas que hasta ayer nomás aparecían como la oposición más vociferante y no vacilaban siquiera en denunciar a Fidel Castro como el máximo agente del imperialismo.

No otra cosa que una intentona en esa dirección es el «nuevo pensamiento». El encuentro realizado el 19 de noviembre en la aristocrática aula magna del no menos aristocrático Nacional Buenos Aires, fue el más audaz de los movimientos desde que, durante el período previo a la transformación del Congreso de Trabajadores Argentinos en Central de dirigentes, un bloque interno de ATE trató -sin suerte- de formalizar un aparato político(5).

A juzgar por los resultados de tan enjundioso esfuerzo (no lograron siquiera una declaración común y reconocieron en la clausura la imposibilidad de llevar adelante el proyecto de un periódico, desde hace tiempo anunciado y siempre postergado), el nuevo pensamiento (que era viejo ya en los años 20, cuando Friedrich Ebert lo puso en acción, y que de pensamiento tiene apenas algo más de lo que el ex presidente pudo hallar en las obras completas de Sócrates) no tendrá corporeidad en el corto plazo en un partido que continúe la faena del Frente Grande. Explícitamente sus promotores definieron su tarea inmediata como una especie de contrapeso al Consejo Asesor del flamante presidente(6).

Hay que insistir sin embargo en que palpitan fundamentos subjetivos y objetivos en la Argentina de fin de siglo para la existencia de tal tipo de organización promotora de la conciliación de clases, en un frente único renovado de socialdemócratas, socialcristianos-peronistas y stalinistas. El relevante papel del Partido Comunista de Argentina en las jornadas del nuevo pensamiento (que puso la cuerda con la que otros saltaron) indica no sólo la continuidad de la línea que esta organización impulsó cuando fue el eje para la construcción del Frente Grande, sino también la expresión de todo un sector de clases medias progresistas hoy huérfanas de representación política.

Confrontar y vencer a este conjunto de divisiones estratégicas del ejército enemigo es la tarea del próximo período, ya inaugurado, para los obreros conscientes y los revolucionarios marxistas.

Las leyes de la guerra advierten que se deben realizar los mayores esfuerzos por no presentar combate a varios enemigos a la vez. La historia muestra que, aun teniendo en cuenta ese principio, hay circunstancias en las que no es posible escoger. En tal caso la alternativa es la rendición o el ingreso al campo de batalla. Y para quienes excluyen la primera posibilidad, queda la exigencia de planificar escrupulosamente cada movimiento, diferenciar con precisión milimétrica los objetivos tácticos de aquellos estratégicos, buscar todas las grietas posibles en el campo enemigo y utilizarlas al máximo en función del plan de operaciones, pero, sobre todo, armar la fuerza propia.

Esto último significa, antes de ninguna otra cosa, saber quiénes y por qué forman en nuestras filas (es decir, una definición de principios); saber adónde se pretende llegar (esto es, delimitar con precisión un programa); trazar sin ambigüedades los criterios y caminos mediante los cuales se avanza en esa dirección (esto es, un plan de acción); y acordar sin lugar para dobles interpretaciones los métodos mediante los cuales todos y cada uno de los soldados de este ejército civil y proletario se relacionan entre sí (es decir, un Estatuto).

Estamos diciendo, claro, que la condición primera para afrontar esta nueva edición de la guerra que en su última fase lleva ya 30 años y en la que sistemáticamente hemos sido derrotadas las fuerzas revolucionarias, es la edificación de un genuino Partido de los Comunistas(7).

 

Relacionarse con la vanguardia mediante una política para las masas

Una reiterada inversión de la realidad lleva a militantes marxistas a buscar la vía de solución a la dispersión mediante propuestas enfiladas a la vanguardia. Poniendo por un momento al margen el hecho de que por regla general también está desvirtuada la noción de vanguardia, el hecho es que no se organiza a los hombres y mujeres dispuestos a combatir contra el capital dando respuesta a sus circunstanciales opiniones o predisposiciones, sino acertando con una línea de acción de masas, específicamente en relación con la clase obrera.

Unidad de la izquierda, Unidad de los revolucionarios, Unidad de los que luchan y otras consignas (estrategias) por el estilo, son expresión de aquella doble confusión. Vanguardia es quien está, en los hechos, a la cabeza de una lucha social; nunca quien se autoproclama como tal porque, supuesta o realmente, esgrime la teoría científica de la revolución o la voluntad consciente para llevarla adelante. De allí que, si acaso tienen éxito por un momento aquellas consignas, no se avanzará un paso en el camino de la revolución (recordar el ejemplo de Izquierda Unida a fines de los ’80).

La vaguedad extrema del concepto izquierda y la significación múltiple de la condición de revolucionario se trasladan potenciadas a cualquier instancia que, siquiera por un momento, los aúne. Para los revolucionarios marxistas la unidad buscada tiene dos destinatarios: de un lado las masas explotadas y oprimidas, por sobre definiciones de todo tipo aparte la decisión de luchar contra los de arriba; de otro lado, los comunistas.

Durante los últimos años organizaciones cuya voluntad anticapitalista no podría ponerse en duda, han transitado todos caminos en el intento de sumar fuerzas. Excepto el de trazar, probar y aplicar sistemáticamente, una línea de acción destinada a darle a cientos de miles de luchadores sociales una respuesta efectiva y eficiente para que pueda desenvolverse en su situación de vanguardia real de un movimiento real.

«Seguir el ejemplo del Santiagazo», «hagamos como en Cutral-Có», «exijamos a las burocracias una huelga general» o «un argentinazo ya», entre otras muchas, fueron las consignas de la desorientación y el desarme. En exacta correspondencia con estos lineamientos, la promoción de sucesivas marchas (en las cuales cuenta el manejo o no de dinero y aparatos, y sobre todo de un equipo de tambores y redoblantes), reemplazó y desplazó la intención seria de trazar una línea de unidad social y política de las mayorías, de organización y educación de las vanguardias.

Completado por la fuga al electoralismo de prácticamente todos los agrupamientos que enarbolaron estas posiciones, el costo de tales desvíos está a la vista.

No será posible afrontar con éxito las exigencias de la nueva etapa sin arrancar de cuajo estas concepciones: a la vanguardia real sólo se llega mediante una política que interprete y resuelva las necesidades de las masas, que entienda y atienda su estado de ánimo, su voluntad en un momento dado, la capacidad de movilización o no que tiene en cada circunstancia. Con estridencias y bravuconadas se reúne otro tipo de vanguardia; una que llegado el momento del choque real contra el enemigo no estará disponible o, en el mejor de los casos, no estará en el lugar que corresponde: al frente de las masas.

La diversidad y dificultad de las tareas que supone hallar en cada circunstancia la respuesta apropiada para contribuir a la movilización, la concientización y organización de las masas, sólo puede ser llevado a buen término por una organización armada con la teoría del socialismo científico. El marco extremadamente crítico al que la crisis del capital ha llevado a la sociedad hace perentorio para todos aquellos destacamentos que se consideran revolucionarios marxistas buscar y encontrar el camino de recomposición de fuerzas. En toda América Latina se vive una coyuntura histórica excepcional. Arribar a la fundación de un partido a la altura del desafío planteado, converger con esfuerzos similares en el continente, es un imperativo de la hora.

 

Notas

1.- Una aclaración resulta aquí fundamental: entre las fuerzas que se denominan marxistas, está la corriente que conceptualmente y de manera explícita prolonga al stalinismo. Al interior de esta corriente hay en alta proporción militantes y organizaciones sinceramente comprometidos con la revolución. No obstante, el stalinismo propugnó y propugna la conciliación de clases, a la cual teorizó mediante el recurso de «las etapas de la revolución». Verborragia y métodos aparte, el stalinismo es por eso, en última instancia, idéntico a la socialdemocracia. Otro tanto ocurre con el stalinismo vergonzante de los partidos comunistas adscriptos a Moscú hasta el colapso de 1991. Esto constituye una dificultad adicional para la batalla estratégica señalada, puesto que entre las fuerzas marxistas la confusión ideológica todavía hace estragos.

2.- El paso a las formas violentas de disputa interburguesa no es algo a futuro: deben ser contados como detonantes de recursos extremos los numerosos muertos del último período, entre los cuales el hijo del ex presidente y Alfredo Yabrán. En este conjunto los ampulosos movimientos en torno a denuncias por lavado de dinero y tráfico de drogas deben ser interpretados exclusivamente como parte de la lucha interburguesa: los estupefacientes son sencillamente una mercancía más, diferenciada sólo por su tasa de ganancia incomparablemente más alta en relación con las demás.

3.- Al respecto ver Europa en guerra: causas y perspectivas; en Crítica N° 21; y Ser comunista en el siglo XXI, Luis Bilbao, Editorial Búsqueda, Buenos Aires 1999.

4.- El plan económico presentado formalmente en la Carta a los argentinos fue analizado en Réplica a la Alianza; Crítica N° 20, octubre de 1998.

5.- Ver Eslabón N° 1; septiembre 1995; pág. 5; Crítica N° 14, pág. 129; septiembre 1996.

6.- Ver Un senil nuevo pensamiento; Carlos Antón, El Espejo N° 77; pág. 2.

 

referencia ineludible para la recomposición de fuerzas

El marxismo cubano

porLBenCR

 

Recomponer las fuerzas marxistas a escala de cada país e internacionalmente supone arribar a un diagnóstico común de la realidad mundial y su dinámica, elaborar un programa de acción, acordar los trazos generales de una estrategia, reafirmar métodos y criterios de organización y de combate. Tras ese propósito, los análisis, las caracterizaciones, las líneas y métodos para la acción asumidos ante el mundo por la dirección del Partido Comunista de Cuba a través de los discursos de Fidel Castro, constituyen documentos programáticos de importancia clave para el debate de la vanguardia

Crítica expuso en la edición anterior su posición respecto de las causas de la guerra contra Yugoslavia y adelantó el significado de la reformulación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Se trata de un aspecto crucial de la coyuntura histórica que atraviesa el mundo, frente al cual han trastabillado organizaciones de todas las tendencias del pensamiento revolucionario (y algunas han caído estrepitosamente). Corresponde entonces publicar una edición extra para dar la palabra a la dirección revolucionaria cubana a través de sucesivos pronunciamientos de Fidel Castro (en el Congreso Internacional de Cultura y Desarrollo, el 11 de junio; ante jefes de Estado y de gobierno en Río de Janeiro, el 28 de junio y frente a una multitud de estudiantes brasileños, en Belo Horizonte, el 1° de julio) respecto de la nueva y complejísima fase de la crisis capitalista mundial inaugurada por estos acontecimientos.

Estudiar y debatir estos materiales es parte inseparable de la tarea de rearme teórico encarada desde diversos ángulos por numerosos luchadores marxistas.

Un año atrás, en su N° 19 Crítica propuso entablar «un debate sin concesiones que interprete y busque el saldo de cuatro décadas de accionar de la dirección encabezada por Fidel Castro».

El propósito no era limitarse a cantar loas o hallar deficiencias en esa dirección, sino encarar un análisis comparado de las posturas adoptadas por las diversas variantes revolucionarias, utilizando el parámetro cubano «como espejo de los errores e injusticias cometidos por las diferentes organizaciones y corrientes que se consideran marxistas».

No hubo debate sin embargo. Su lugar continuaron ocupándolo la apología vacía o el dicterio irresponsable, formas diferentes de una misma conducta, consistente en no asumir la propia historia; en no encarar el análisis marxista de las corrientes que se proclaman marxistas.

Hacia fines del año pasado, ya con la crisis capitalista internacional gravitando con el máximo de fuerza y de manera directa sobre todas las tendencias de izquierda, y en lo que parece ser el non plus ultra en la fragmentación y debilitamiento de las organizaciones revolucionarias marxistas, se multiplicaron las voces críticas y autocríticas en todas las regiones del planeta.

Bien es verdad que en no pocos casos tales intentos emprendieron un camino sin retorno hacia el pensamiento idealista. Pero no lo es menos que, entre los restantes, se observan calificados esfuerzos por reapropiarse del arma de la teoría, sea a través de un accionar envarado en la voluntad revolucionaria, sea a través de ensayos autocríticos. Entre estos últimos, no obstante, casi sin excepción se omite la trayectoria de la Revolución Cubana como punto de referencia para el análisis.

Esto responde a tradiciones de diferente origen. Las corrientes provenientes del stalinismo maoísta -algunas de las cuales han desplegado en los últimos años un enérgico accionar en favor del reagrupamiento de sus fuerzas- no pueden revisar la posición que a fines de los ’60 las llevó a denunciar irresponsablemente a Fidel Castro como agente de lo que caracterizaron como «imperialismo soviético» (algunas llegaron a acusarlo de haber asesinado al Che), sin que se les desplome todo el andamiaje teórico-político sobre el que todavía se apoyan.

Algo análogo ocurre a la casi totalidad de las diversas denominaciones trotskystas. Entre éstas, destacan tendencias caracterizadas por su solidez teórica y seriedad en el posicionamiento político. Pero como regla general la omisión se explica porque las miradas autocríticas parten de una premisa tan arraigada como carente de fundamentos, según la cual desde los años 30 no existieron corrientes revolucionarias marxistas por fuera del así llamado «movimiento trotskysta internacional».

Con el monopolio del pensamiento revolucionario sobre sus espaldas, para tales corrientes la revisión crítica se circunscribe necesariamente a sus maestros y cultores. El precio de semejante concepción metafísica es que así como años atrás frente a un desafío de la realidad se apelaba, como criterio de verdad, a lo que Trotsky había dicho en tal ocasión, en tal lugar, ahora se llenan páginas y más páginas para mostrar que en tal ocasión, en tal lugar, el revolucionario ruso estaba completa e insanablemente errado, y allí se halla la causa de los desaguisados propios.

El panorama se completa con una variedad de organizaciones de carácter centrista, provenientes del stalinismo de cuño soviético, para las cuales el espejo cubano es doblemente gravoso, a menos que se lo utilice exclusivamente de manera superficial y apologética.

Así, el debate continúa postergado. Pero el agravamiento de la situación mundial lo hace más urgente y necesario que nunca. Y la Revolución Cubana, con sus 40 años de gallarda permanencia es, más aún que en cualquier otro momento de su historia, el parámetro insoslayable para llevarlo a cabo.

No faltan, en la militancia marxista internacional, cuadros de sólida formación y rica experiencia. Sería imperdonable negar o desconocer su contribución, incluso si tales virtudes están acompañadas por errores muy graves del pasado en cuanto a diagnósticos y líneas de acción. Igualmente, sería imperdonable desconocer el valor potencial de análisis y opiniones por el hecho de que los autores no hayan logrado formar y mantener en el tiempo una organización revolucionaria de peso. Semejante conducta implicaría desconocer el sinuoso y contradictorio recorrido de la lucha de clases internacional durante el siglo que termina; supondría partir de una interpretación no marxista respecto del desarrollo del pensamiento y la organización marxistas.

¿Qué decir entonces de los pronunciamientos de Fidel Castro? Estos no son documentos elaborados por un individuo o un equipo aislado de las masas y sin gravitación en el terreno político, sino por la dirección revolucionaria de todo un pueblo que, a despecho de su pequeñez geográfica, pesa extraordinariamente en el escenario político mundial. A lo largo de 40 años (es imperativo leer hoy el discurso de Fidel en mayo de 1959, cuando cinco meses después de la victoria revolucionaria anunció el comienzo de la Reforma Agraria), estos documentos trazan con nitidez el esfuerzo de una dirección marxista por extender la revolución, afianzar su poder, contrarrestar el peso mortal del stalinismo y superarse a sí misma en todos los terrenos. El desprecio que a menudo practican valiosos marxistas hacia esta columna fundamental de la revolución mundial contemporánea no logra disimular flaquezas de honda y compleja raigambre en los cuadros que adoptan tal actitud.

 

Cometido pendiente

Aquilatar el significado del marxismo cubano durante la segunda mitad del siglo XX es una tarea pendiente e insoslayable para quienquiera se sienta involucrado en la recomposición de fuerzas. La posición respecto de la Revolución Cubana es una divisoria de aguas no sólo respecto de las expresiones ideológicas y políticas del capital, sino también respecto de las propias organizaciones marxistas.

De hecho, la posición de los revolucionarios frente a una Revolución -desde la Comuna de París hasta nuestros días- ha sido siempre motivo de grandes controversias y son incontables los casos de figuras notorias que no aprobaron la aparentemente sencilla prueba de reconocer si estaban frente a una Revolución o su contrario.

Pues bien: se trata de distinguir una vez más si la dirección cubana encarna o no una Revolución en marcha y qué papel juega frente a la contrarrevolución. Tal conclusión determina alineamientos estratégicos que ningún sofisma puede desdibujar. Por imperiosa que sea la necesidad de sumar fuerzas, no puede haber unidad organizativa en un partido revolucionario marxista sin acuerdo sobre este punto, decisivo para definir la situación y las perspectivas de la crisis mundial.

Por eso, entre otras razones, a la consigna unidad de la izquierda oponemos el concepto de recomposición de fuerzas marxistas. Sólo un pensamiento anquilosado podría confundir esta noción con el seguidismo acrítico o la imposibilidad de señalar diferencias allí donde las hubiere, respecto de una fuerza a la que se caracteriza como revolucionaria en el cuadro político internacional.

Ante la inminencia de un colapso mundial del capitalismo y la necesidad de ofrecer una respuesta efectiva, el pensamiento marxista y su expresión política organizada deberán trabajar conscientemente por una negación de todo aquello que durante décadas negó la teoría científica de la lucha de clases y la organización de los revolucionarios. En esa ardua labor participarán, cada una con su bagaje histórico, las diferentes corrientes en que se fraccionaron los revolucionarios por causas objetivas y subjetivas que transcienden a cada organización. El debate teórico y la práctica como único criterio de verdad producirán, en su momento, un salto cualitativo.

A eso denominamos recomposición de fuerzas. Cuando finalmente plasme, tal síntesis superará necesariamente a las vertientes que la compongan. Lejos de cualquier eclecticismo, las corrientes de pensamiento y acción revolucionario negarán sus componentes enfrentados con las necesidades de la evolución humana y rescatarán en un plano superior los valores de la teoría marxista y la política revolucionaria. Quedarán en el pasado sus antecedentes, algunos contradictorios al punto de representar lo inverso de lo que pretendieron sus postulados.

Sobre ese pasado, no corresponde exigir unanimidad. La Historia no puede ponerse a votación. Por el contrario, es preciso alentar todo impulso hacia la investigación y la crítica, a las que sólo se le opondrá el arma de la dialéctica materialista, aferrada por revolucionarios probados en la lucha cotidiana y en el marco de un partido disciplinado para el combate de clases.

El marxismo cubano -¡¿quién lo duda?!- tendrá un papel preponderante como vertiente histórica y como fuerza palpitante en la recomposición. Sus lagunas teóricas y sus debilidades políticas se han probado menos gravosas que las de la mayoría -si no la totalidad- de las demás corrientes proclamadas marxistas en cualquier parte del mundo. Emerger de esta década contrarrevolucionaria con las mismas banderas de hace 40 años y tener la capacidad de enarbolarlas con todo un pueblo y centenas de miles de militantes en todo el mundo tras ellas, es prueba irrefutable de un vigor y potencialidad que no ha mostrado ninguna otra tendencia marxista. Ese es el significado del arsenal teórico y político disparado en los discursos de Fidel Castro que se reproducen a continuación.

No hay que decir que si alguien piensa lo contrario, o se siente autorizado para hacer un aporte crítico que supere el papel objetivo y subjetivo de esta dirección, tiene no sólo el derecho sino la obligación de tomar estos textos y ponerlos bajo el fuego de la crítica marxista. Lo único inaceptable es la diatriba basada en amalgamas, sofismas, desconocimiento del accionar cotidiano de la dirección encabezada por Fidel Castro y liviandades ajenas por definición a la conducta de un revolucionario serio.

 

Nuestras tareas

Un destacamento marxista responsable no le exigirá jamás a otra organización revolucionaria lo que no puede hacer él mismo. Nuestra línea de acción en pos de la recomposición de fuerzas marxistas, no está basada en lo que pueda realizar el PC de Cuba, aunque lo cuenta como protagonista y principal punto de referencia.

Es un hecho que a la orientación destinada a lograr la unidad de los revolucionarios, o su par unidad de izquierda (a la de una u otra manera se ha sumado prácticamente la totalidad de las tendencias marxistas), le hemos opuesto la estrategia de unidad social y política de las masas explotadas y oprimidas -con prescindencia de su definición ideológica- y la recomposición de fuerzas marxistas.

De ningún modo consideramos que la dirección cubana esté obligada, por la consideración que sea, a encabezar esa tarea de recomposición. Una constante en los discursos de Fidel Castro es la alusión a las limitaciones que afronta cuando habla en público. Son las mismas que ponen obstáculos insalvables durante largos períodos a una dirección revolucionaria con el gobierno de un país bajo su responsabilidad. Basta seguir la secuencia durante 40 años, para observar si estas barreras han sido una excusa para no tomar compromisos y eludir responsabilidades o una realidad impuesta por el marco objetivo en el que actúa siempre una dirección revolucionaria.

Por nuestra parte, vemos allí una rara combinación de firmeza y ductilidad frente a las exigencias de cada coyuntura, que tiende siempre a romper el límite planteado por las relaciones de fuerzas objetivas y a la vez cuida que esa ruptura no se vuelva en contra de lo ya obtenido. Se trata de una escuela de accionar político revolucionario (Lenin fue el pionero y máximo exponente) en la que todo militante debería formarse, para eludir a la vez las trampas del posibilismo y las del maximalismo como norma, la estridencia como método y como constante la ausencia de correspondencia entre palabra y acción.

Como quiera que sea, la inexistencia de organizaciones marxistas con arraigo real en las masas es, además de lo obvio, una barrera para que un partido que conduce el gobierno de un país se relacione públicamente con pequeños agrupamientos que se consideran revolucionarios. Así, se establece una interacción negativa, que tiende a aislar y debilitar en diferentes planos a unos y otros. Para nosotros éste es un dato objetivo que sólo cambiará cuando organizaciones revolucionarias marxistas se muestren capaces en los hechos de encabezar la lucha de las masas.

Mientras tanto, la elaboración propia de posiciones respecto de cuestiones centrales de la realidad mundial y nacional y su permanente cotejo con las posturas oficiales del PCC -así como el estudio y consideración rigurosos de opiniones y análisis de otras corrientes en las que reconocemos voluntad revolucionaria y esfuerzos por reafirmar la teoría marxista- constituyen la metodología para avanzar en la doble e inseparable brega por la unidad social y política de las masas y la recomposición de fuerzas marxistas. Se trata en todo caso de mantener una inalterable independencia de criterio, que no escatimará respaldo a quien sea que cumpla la hoy más difícil que nunca tarea de sostener ante las masas del mundo la bandera roja, la propuesta socialista y la conducta comunista.

Así, mediante la educación, la persuasión y el combate franco de ideas y líneas de acción, se avanzará por el camino de la recomposición de fuerzas. El marxismo cubano será una palanca poderosa para ese movimiento. Y a su vez, todo éxito redundará en una superación del cuerpo teórico y el accionar político de la dirección revolucionaria cubana.

De allí que esta tarea de elaboración crítica es una obligación respecto de la Revolución Cubana misma. Es evidente que ésta ha dado de sí más de lo que pudiera esperar la inteligencia más optimista. Pero su resistencia encuentra como límite el curso de la lucha revolucionaria y socialista a escala mundial. Y ésta tiene como factor decisivo la recomposición de fuerzas marxistas y su capacidad para afrontar exitosamente la batalla por el socialismo. Mientras esta perspectiva no produzca un salto cualitativo, el marxismo cubano estará constantemente acosado por tendencias centristas e incluso francamente contrarrevolucionarias, como lo puso dramáticamente de manifiesto Raúl Castro, a nombre del Buró Político, en su célebre Informe al Comité Central en marzo de 1996 (*). Esto lo ratifican las medidas de depuración interna del PCC que en junio pasado pusieron al margen de sus filas a 1500 integrantes acusados por «maltrato a la población», «desvíos y uso indebido de recursos estatales o presunta malversación», «descontrol económico e irregularidades y falta de exigencia administrativa», «conducta social impropia de militantes», «falta de prestigio» e «inconformidad con medidas disciplinarias y maltrato a trabajadores» (**).

La humanidad asiste a la peor crisis en la historia del sistema capitalista. Sin una recomposición de fuerzas marxistas en todos los planos, el proletariado y los pueblos oprimidos de la tierra no podrán evitar que las potencias imperialistas arrastren al mundo a la barbarie (***). Nada más ajeno al pensamiento marxista que la idea de que éste puede rearmarse y proyectarse como arma decisiva de lucha sobre la experiencia exclusiva de un pueblo o la genialidad -supuesta o real- de algunos dirigentes. Esa es una deformación metafísica que ha causado estragos en las filas revolucionarias.

Y debe ser descartada de antemano al empeñarnos en multiplicar esfuerzos para difundir, estudiar y confrontar con la teoría y la práctica el pensamiento vivo del marxismo cubano, como parte insoslayable del debate mundial contemporáneo. Desde su primer número Crítica ha tratado de cumplir con ese objetivo. Hoy, nuestro llamado es a realizar orgánica y públicamente ese debate a nivel nacional, regional e internacional.

 

Notas 

*.- Ver Informe al CC del PCC, de Raúl Castro, en Crítica N° 14, pág. 12 y la Introducción de la Redacción, ib. pág. 4.

**.- Granma, reproducido en El Espejo N° 67; pág. 4.

***.- Ver Carta abierta a la militancia; Crítica N° 21; pág. 4.

Réplica a la «Carta a los argentinos»

porLBenCR

 

«Ciertas gentes no debieran hablar de libertad,

de razón, de Humanidad.

Deberían abstenerse de hacerlo por motivos de decencia»

Thomas Mann

Doktor Faustus

«Pero hombres como yo,

cualquiera sea la hora de sus relojes,

no tienen la malsana costumbre de olvidar a sus enemigos»

Andrés Rivera

La revolución es un sueño eterno

 

En el vórtice de un reacomodamiento histórico de las clases y ante la inminencia de un cambio de política económica -factores ambos que ya desataron la violencia armada interburguesa- la cúpula de la Alianza (Unión Cívica Radical-Frente País Solidario) dio a conocer el pasado 10 de agosto su Carta a los argentinos. «Nuestra visión de la Argentina, sus prioridades y los contenidos centrales de nuestras políticas», dicen los firmantes en la primera de las 35 páginas del folleto.

En la última de ellas, figuran los nombres de los componentes del Instituto Programático de la Alianza (IPA), organismo responsable por la Carta. El coordinador general es el ex presidente Raúl Alfonsín. Los dos coordinadores -Mario Brodersohn y Dante Caputo- son prominentes figuras de la UCR y ocuparon altos cargos en el gobierno de Alfonsín, aunque uno de ellos abandonó amistosamente la organización y recaló poco tiempo atrás en el Partido Socialista Popular, miembro formal de la internacional socialdemócrata en Argentina. En un tercer nivel, calificado como integrantes, sobre 21 miembros (más uno denominado coordinador técnico) no figura ninguno de los economistas que, hasta ahora, eran presentados como portavoces del Frepaso en esa área. Sobresalen en cambio José Luis Machinea -ex presidente del Banco Central durante el gobierno de Alfonsín- y Aldo Ferrer, reconocido autor, ministro de la dictadura militar 1966-1973 durante el fugaz período del general Roberto Levingston y ex presidente del Banco Provincia de Buenos Aires.

La nómina del IPA importa en más de un sentido. Sobresale el hecho de que quien tuvo la última palabra sobre un texto redactado por dos de sus asistentes (Brodersohn y Caputo) fuera Raúl Alfonsín. No obstante, más elocuente es que el equipo no incluya a ninguno de los nombres políticamente representativos del Frepaso.

En cuanto a los economistas, los nombres inicialmente promovidos en el elenco frepasista fueron silenciados hace meses, cuando la Sra. Graciela Fernández señaló como su punto de referencia a Juan Llach, vice del ex ministro Domingo Cavallo(1).

Entre los 22 integrantes no hay ningún dirigente sindical, pese a que para la vertiente peronista del Frepaso fue decisivo el compromiso con esta coalición por parte del sector hegemónico en la conducción de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA). Figura en cambio Julio Godio, representante de la socialdemocracia para cuestiones sindicales, quien junto con Caputo ingresó al PSP tras haber sido, como el ex canciller, parte del espectro de intelectuales plena y públicamente comprometidos con el gobierno de Alfonsín.

CTERA, el sindicato docente, tomó la delantera en lo que luego sería la total subordinación de la CTA a un partido que, antes de firmar esta Carta, en 1995 llevó como candidato presidencial a José Bordón. El peso de quienes indirectamente hayan trasladado la opinión de esa dirección sindical para la elaboración del documento quedó en evidencia cuando, tres horas antes de la presentación pública del documento, Oscar Shuberoff, rector de la Universidad de Buenos Aires y uno de los integrantes, exigió airadamente -y obtuvo de inmediato- que se retirara del texto inicial la afirmación de que un gobierno de la Alianza apelaría a «la consulta permanente a los sindicatos docentes para la elaboración de la política educativa»(2).

¿Hay que aclararlo? No se trata sólo de que la burguesía predomine. Es preciso que incluso dirigentes sindicales de visible plasticidad ideológica y tan magra representatividad como los que se montaron al Frepaso, carezcan siquiera del derecho a ser consultados.

Ese incidente y su resolución exponen de manera inequívoca la relación de fuerzas -políticas y de clase- sobre la que se apoya la Carta a los argentinos. Se trata del desenlace previsible (y previsto; y denunciado), de la secuencia Frente del Sur -> Frente Grande -> Frepaso -> Alianza; eslabonamiento dramático de la captación de las capas medias, la juventud y franjas del proletariado por parte de la burguesía. (Desenlace por el cual, dicho sea de paso, ante la historia y el futuro inmediato deberán rendir cuenta partidos de izquierda y dirigentes sindicales que contribuyeron a ello, cuando era materialmente posible imprimir a esa dinámica social una perspectiva de clase, antimperialista y anticapitalista).

Tal relación de fuerzas es la que en último análisis define forma y contenido del documento. Pero más allá de lo expuesto en los 136 puntos de la Carta, cuyo significado y carácter será analizado a continuación, cabe adelantar una conclusión que, en definitiva, es la verdadera significación de este material programático: en el aludido proceso de realineamiento de clases y fuerzas políticas, la Alianza no constituye más que una instancia transitoria, ideológica y políticamente heterogénea al extremo, aunque hegemonizada hoy por la socialdemocracia internacional. La amalgama plasmada en la Carta carece de toda y cualquier consistencia y, por lo mismo, no constituye un programa para edificar un país. Los cinco firmantes (y mucho más aún los 22 integrantes) representan intereses, programas y estrategias no sólo diferenciados sino históricamente incompatibles. El gran vencedor coyuntural de esta operación es Raúl Alfonsín, quien ratifica así su condición de único político de la burguesía local con visión estratégica y energía y capacidades para realizarla. Pero el hecho de que Alfonsín sea motor, eje y timón de la Alianza, indica que el Frepaso, como tercera fuerza reclamada a comienzo de los 90 por millones de personas, ha desaparecido.

En términos ideológicos, políticos y práctico-organizativos el Frespaso fue absorbido por la UCR. Y cabe recordar que éste es el partido gobernante durante la Semana Trágica y las matanzas de la Patagonia; el partido de la Unión Democrática bajo el mando de la embajada yanqui; el partido de la Revolución Libertadora; el partido cuyo presidente de entonces, Ricardo Balbín, inventó en 1974 la siniestra amalgama de «guerrilla industrial» para justificar la represión militar contra los obreros y el pueblo de Villa Constitución, el mismo que horas antes del 24 de marzo de 1976 declaró: «soluciones hay, pero yo no las tengo»; el partido que durante los años de terror dictatorial mantuvo intendentes en cuatro centenares de municipios…

La deglución del Frepaso tiene como maestro a Alfonsín. Pero en términos electorales y en lo inmediato el beneficiario es el sector más reaccionario de este partido, representado hoy por Fernando de la Rúa, hijo político del malhadado Balbín. (Esto plantea a su vez una pregunta que sólo el tiempo permitirá responder: ¿se detendrá Alfonsín en este punto? Hay más de un indicio de que la respuesta podría ser negativa).

 

Forma y contenido

La evaporación del Frepaso en el sentido indicado no cambiaría un ápice en la eventualidad de que alguno de los integrantes de su cúpula llegara a asumir cargos relevantes -sin excluir la presidencia de la nación. Cualquiera sea la valoración que se haga del Frepaso nadie podría negar que su nacimiento y fulgurante desarrollo tuvo una causa determinante: la voluntad de miles de luchadores sociales y de jóvenes recién iniciados en la vida política de participar, de hacerse escuchar, de ser protagonistas y defender los reclamos y anhelos de su ámbito de pertenencia en el diseño de un país futuro, cuyo punto de partida fue el rechazo visceral a los dos grandes aparatos políticos del capital.

Antes de ninguna otra consideración, hay que subrayar que la Carta a los Argentinos consuma una estafa histórica a ese sentimiento arraigado y extendido.

Aquellas decenas de miles y luego centenares de miles de luchadores, activistas y militantes, fueron reemplazados en la elaboración del programa por 22 integrantes, entre los cuales figuran nombres cuya sola mención hubiese despertado el rechazo contundente de las fuerzas iniciales del Frente del Sur y su vástago el Frente Grande, útero donde a su vez engendraría el hijo bastardo de un tránsfuga del PJ, quien tras alzarse con cinco millones de voluntades volvió al partido de origen.

Pero eso no es todo. Los 22 fueron reemplazados por dos coordinadores, quienes a su turno pusieron un anteproyecto en manos de Alfonsín, para que éste, tomando en consideración el enmadejado juego de presiones y concesiones, diera los retoques finales (lo cual no evitó el conflicto de última hora ya referido).

Si se da crédito al informe oficial, este proceso denominado de elaboración, demandó casi seis meses, con la participación de 31 comisiones y 45 fundaciones. Que esto no es verdad, lo prueba la edición de Página/12 del 27 de mayo. El título de primera plana era El paquete de Machinea y en la página 2 reproducía los diez puntos principales, que se hallarán en el texto presentado 75 días después. Para más datos, en la página siguiente de la misma edición, el diario informa: «Enrique Martínez llevó la voz cantante en los cuestionamientos de los economistas del Frepaso. Ayer, Martínez, Arnaldo Bocco, Ricardo Gerardi, Julio Godio, Alejandro Rofman y Alvaro Orsatti firmaron un documento de circulación interna dentro de la Alianza, que fue distribuido durante el seminario en el Hotel Bauen, en el que critican duramente la posición de Machinea-Gerchunoff, la dupla más escuchada por los cinco dirigentes máximos de la coalición opositora (…) Es una visión igual a la que sostienen los economistas liberales´, dijo Martínez a Página/12»(3).

No obstante, admítase por un momento como hipótesis que la versión oficial es valedera y que durante el procedimiento las bases gestantes de esa fuerza que irrumpió impetuosamente en el panorama político argentino tuvieron alguna posibilidad de filtrar sus demandas. ¿Fueron consultadas luego respecto del resultado final? ¿Hubo reuniones, asambleas, conferencias, congresos, para estudiar, debatir y votar el programa resultante?

En absoluto. La voluntad, la soberanía y el esfuerzo militante de quienes catapultaron al Frepaso y luego a la Alianza fueron, una vez más, expropiados por un puñado de personas, quienes luego de visitar embajadas, recorrer capitales imperiales, escuchar atentamente y a puertas cerradas a los titulares de los grandes grupos económicos que controlan el país y bailar en público con algún sostenedor y beneficiario de los años de represión y la superexplotación y saqueo que siguió luego bajo el régimen constitucional, pusieron la firma al pie del documento.

Es meramente anecdótico que el maestro de ceremonia de la puesta en escena haya sido Alfonsín. No podía ser de otro modo, dadas las virtudes de sus cuatro consortes. Lo sustantivo es este proceso de expropiación de esfuerzos y anhelos, de intenciones malversadas, de esperanzas estafadas.

Pero esa expropiación no es una mera falla de procedimiento: es una necesidad imperativa: con la participación masiva de las bases, el contenido de esa Carta hubiese sido estentóreamente rechazado.

La cúpula que promete a la nación una «democracia moderna», no puede sino comportarse dictatorialmente con sus propias bases, en un adelanto homeopático de lo que hará si accede al gobierno.

La patraña no termina allí. Tras haber firmado un programa conjunto (no importa cuántas trapisondas se hayan hecho entre sí en el camino), los firmantes ponen ahora a votación… el nombre de quien deberá aplicarla.

Es una caricatura grotesca: se amuralla la posibilidad de participación y expresión colectivas, se impide el debate programático y se pone a votación la opción entre dos rostros que sonríen desde millones de carteles y empachan al estómago más resistente desde los medios de incomunicación de masas.

En este sentido, la Carta a los argentinos clausura un ciclo y plantea la posibilidad objetiva de que antes, durante o después de la campaña electoral la Alianza estalle en pedazos (y no necesariamente sobre las actuales líneas de división partidaria). De este modo, se reactualiza la posibilidad y necesidad de edificar una genuina fuerza política de masas en torno de los trabajadores y con un programa que podrá tomar esta Carta como prueba irrefutable de que no hay caminos intermedios. Porque, como se verá, el programa presentado no es de centroizquierda, ni de centro (para usar esas categorías vacías de la prensa comercial), sino que está a la derecha de la política aplicada actualmente.

 

¿Hacia un destino común?

El primer capítulo del programa aliancista invita a marchar «hacia un destino común, solidario y de progreso». Como todo lo que se encontrará en las páginas de la Carta -a menudo repetitivas y redactadas sin una gota del vigor y la pasión que invariablemente traducen los documentos realmente fundacionales- este apartado expone objetivos vagarosos, para cuyo logro no se trazan metodologías, caminos ni medidas precisas.

«Organizar la Nación como una república democrática moderna» propone el primer punto, que concluye con una expresión sorprendente para este tipo de documentos: «La Alianza tiene con qué hacerlo, tiene capacidad y convicción».

Quizá por lo contrario -es decir, por ausencia de puntos de referencia que hagan creíble la afirmación; por falta de la convicción que dicta conceptos elevados y la capacidad para plasmarlos en propuestas convocantes- los autores recurren a alusiones chabacanas habituales por estos tiempos en programas de televisión destinados al consumo masivo.

Contrastadas ambas afirmaciones con la realidad de lo palpable allí donde gobierna la Alianza como tal, es decir la ciudad autónoma de Buenos Aires, se entiende el recurso. Para tomar un único caso, entre centenares: ¿podrían poner como ejemplo para «organizar una república democrática moderna» el patético ejercicio de tramoyas y ocultamientos, viejo ya de más de un año, durante el cual no han podido designar un titular para la Controladuría de la ciudad y han transgredido de modo ilevantable todo y cualquier concepto de democracia genuina?

Una nota discordante en demasía suena en el séptimo y último punto de capítulo, donde la Alianza afirma que cumplirá su cometido «con la fuerza que nos otorgará una ciudadanía hastiada de delitos sin castigo».

¿Se referirá, por caso, a los delitos cuyo castigo impidieron las leyes de punto final y obediencia debida, votada por todos los legisladores de la UCR y a cuya revisión se opusieron con gestos airados los titulares reconocidos del Frepaso? Aquí la liviandad roza a la burla. Y pone de manifiesto la penosa situación de redactores escribiendo con las manos amarradas, lo cual explica por qué el documento no consigue levantar vuelo siquiera en una de sus 136 tesis.

Con todo, el núcleo del capítulo lo constituye el primer párrafo del punto 7, en el cual los firmantes sostienen -con letras en negrita- que «Para construir la sociedad de progreso es necesaria la conformación de una alianza con consenso democrático».

No se encontrará a continuación ningún lineamiento preciso para la conformación de tal «alianza con consenso democrático». Pero los hechos darán la respuesta ausente en el texto: dos días después de presentado el documento en el muy democrático y popular hotel Bauen, los cinco titulares de la Alianza se reunieron con representantes de partidos del interior.

 «… los provinciales reaccionaron favorablemente -registra el diario Clarín– El santafesino Alberto Natale, los sanjuaninos Nancy Avelín y Leopoldo Bravo (hijo), el mendocino Gustavo Gutiérrez, el ex gobernador salteño Roberto Ulloa, la ex intendenta correntina Ana Pando y el jujeño Pedro Figueroa, entre otros, elogiaron el hecho de discutir en torno a `propuestas concretas´, aunque pidieron mayor énfasis en la protección a las provincias (…) Detrás del acercamiento conjunto a los provinciales, radicales y frepasistas esconden una sorda disputa por obtener apoyo a sus candidatos para la interna presidencial de noviembre, de parte de ésas y otras fuerzas orientadas hacia el centroderecha».

Tal vez algunos jóvenes lectores de Crítica desconozcan que Ulloa es un ex militar directamente involucrado en la última dictadura; que Natale hizo otro tanto -con ventaja- como rancio político civil y el bloquismo es una de las tantas expresiones de corrupción cuasifeudal de las burguesías del interior, a las cuales constituye un acto de piedad ubicarlas en el «centroderecha».

El artículo de Clarín concluye con un cuadro preciso y harto elocuente: «Fernández Meijide busca el respaldo del bloquismo, los demócratas mendocinos y un sector de los renovadores salteños [precisamente Ulloa, LB]. De la Rúa tienta al Partido Demócrata Progresista, a los salteños y asegura contar con el apoyo del MID, los ex peronistas de Solidaridad y grupos de origen liberal y conservador que coordina el ex desarrollista Alfredo Vítolo»(4).

Para decirlo en pocas palabras: una república democrática moderna y un destino común.

Sí: la Carta a los argentinos propone un destino común con militares responsables de la última dictadura, dirigentes políticos de ultraderecha liberal como Natale, partidos corrompidos hasta la médula como el bloquismo sanjuanino y el Demócrata de Mendoza… para nombrar sólo a algunos(*).

 

La propuesta económica de la Alianza 

Resulta evidente, a partir de lo señalado, la inutilidad de ocuparse por responder cada uno de los 136 ítems que componen la Carta. En cambio, es necesario observar de cerca la propuesta económica de este programa de gobierno.

Con mayor brutalidad aún que cuando llaman a un consenso democrático y un destino común con asesinos, ladrones y explotadores, los firmantes de la Carta muestran en el capítulo económico hasta qué punto están presos en algunos casos e identificados en otros con la política en curso (la cual, dicho sea de paso, iniciada por Martínez de Hoz durante la dictadura, fue retomada por Juan Sourrouille tras el rotundo fracaso del intento progresista durante la primera fase del gobierno de Alfonsín).

Tras las vacuas expresiones de buenos deseos, en la primera página del apartado se puede leer: «La Alianza está resuelta a mantener la convertibilidad» [punto 11]. Y para aventar desde el inicio toda sospecha remata inmediatamente: «La Alianza (…) respetará las privatizaciones» [punto 14].

Dada la jerarquía de alguno de los integrantes, sorprende la escualidez del capítulo económico. Aunque hay que admitir que los Hados no facilitan su trabajo.

Al día siguiente de la victoria electoral aliancista del pasado 26 de octubre, un terremoto bursátil internacional avisó que no podría ocultarse por más tiempo la honda crisis de la economía mundial con epicentro en Estados Unidos, Europa y Japón. Diez meses después, mientras la cúpula aliancista sonreía a las cámaras de televisión con la Carta en la mano, los diarios vespertinos anunciaban que el índice de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires había caído esa tarde el 3,9%. Al día siguiente, algún periodista sutil del diario se dio el lujo de una ironía lacerante para los redactores de la Carta: al lado de un grueso titular en el cual describía el contenido central de ese documento: «La Alianza insiste: no tocará la convertibilidad», un recuadro dominante informaba: «La Bolsa está cada vez peor» y a continuación explicaba: «En 20 días bajó casi el 20%. Y ayer se agregó otro dato preocupante: comenzaron a caer los títulos de la deuda externa argentina».

Quien tenga el estoicismo necesario para leer línea por línea la totalidad del documento, respecto de la amenazante crisis de la economía mundial sólo encontrará este párrafo: «el contexto internacional se presenta menos favorable que el de comienzos de los noventa. El ritmo de crecimiento de la economía mundial se desacelera y la volatilidad de los capitales aumenta» [punto 8]. A cambio, abruman las promesas a las PyMEs.

Después de haber atosigado a la opinión pública con vaciedades respecto de la globalización, arcano que todo lo explicaba (y que, entre otras cosas, obligaba a privatizar las empresas públicas y los recursos naturales), los autores de la Carta omiten el análisis del cuadro internacional y del impacto inexorable que éste tiene sobre la economía local. Con desprecio olímpico no ya por la ciencia de la economía política, sino por el rigor de una lógica elemental, los autores practican un salto acrobático y llegan en el punto 25 a la siguiente afirmación: «Para la Alianza la conjunción de una política orientada a alcanzar una tasa de inversión del 30% del PBI y un nivel de exportaciones de 50 mil millones de dólares constituyen los ejes centrales de su estrategia para sostener una tasa de crecimiento del 6% anual del PBI, que es a su vez una precondición esencial para reducir la desocupación al 6% al final de su gobierno».

Póngase de lado el hecho de que esta propuesta progresista excluye por definición la idea de pleno empleo y considera una victoria que en el 2004 Argentina tenga más de un millón de desocupados (es decir, unos cinco millones de personas arrojadas a la marginalidad). Y búsquese en la Carta las vías para alcanzar los objetivos resumidos en el punto 25.

Según el texto, el «núcleo central de la estrategia» consiste en «expandir las exportaciones, incorporando cada vez más valor agregado» [punto 15]; sobre esta base y «el ahorro interno», la Alianza «se compromete a que, al cabo de su primer mandato, la tasa de inversión no sea inferior al 30% del PBI».

Los economistas de la Alianza parecen no haberse enterado de que la inversión productiva viene cayendo sistemáticamente desde comienzo de los años 70 a escala mundial; tampoco parecen saber que el factor dominante hoy en el mercado internacional es la feroz guerra comercial, la sobreproducción y la disminución de la capacidad de demanda; no creen necesario señalar que los precios de las materias primas que Argentina exporta y la única base sobre la cual se podría aumentar los volúmenes vendibles, caen de manera sistemática y, en los últimos tiempos, acelerada, de modo tal que incluso un drástico aumento de volúmenes (cosa harto dificultosa, a la luz del agravamiento de la crisis y la perspectiva cierta de una recesión combinada en los centros imperialistas, con tremendos efectos sobre las economías dependientes ya colapsadas), no aumentaría los montos en divisas.

En línea con la omisión respecto del estado y la dinámica de la economía mundial, los autores no necesitan responder qué, cómo y a quién se exportará para poner en vigencia el «núcleo central» de esta original -revolucionaria, podría decirse- estrategia de la oposición progresista.

Con todo, el texto da algunas pistas respecto de los instrumentos mediante los cuales tratarán de llevar las exportaciones a 50 mil millones anuales: «En primer lugar, una política tributaria que reduzca los costos para los exportadores»; y «en tercer lugar, una política de estímulos a las exportaciones».

Más adelante la Carta explica que «El aumento de las exportaciones es la vía apropiada para insertarse positivamente en un mundo globalizado. Es también la manera de aumentar el empleo al superar la restricción que nos impone el creciente desequilibrio de nuestras cuentas externas» [punto 37] y ofrece precisiones en los siguientes ítems del punto 38: g) Devolución en tiempo y forma del IVA a los exportadores; h) Devolución automática del IVA a las inversiones en proyectos de exportación; j) Los reintegros a las exportaciones no deben ser gravados por el impuesto a las ganancias.

Seguramente por casualidad, al día siguiente de la presentación oficial de la Carta, Clarín reprodujo un reportaje a Machinea. (Claro que por causas obvias las declaraciones debieron ser tomadas el día anterior; ¿tal vez durante la ceremonia en el Bauen?). Las vaguedades de la Carta toman aquí cierta carnadura. Ante la pregunta ¿Qué los diferencia de Roque Fernández?, el candidato a futuro ministro de Economía responde: «Las diferencias son muchas pero esencialmente en lo referente al estímulo a las exportaciones». Más adelante la entrevista continúa de esta manera: ¿Con qué esquema impositivo piensa que van a aumentar la recaudación; con el actual? «Sí, ¿por qué no?» Porque implica rechazar el proyecto de reforma impositiva que impulsa el gobierno. «Yo concuerdo con la baja de los aportes previsionales, con el aumento de la tasa de Ganancias y con la generalización del IVA»(5).

En resumen: la diferencia central respecto de la actual política económica será el estímulo a las exportaciones. Ese estímulo tiene como primer punto la eliminación de gravámenes a los exportadores y de aportes previsionales a los empleadores. Todo lo cual se equilibrará con un aumento en la tasa del impuesto a las ganancias (sí: ése del que estarán exentos los reintegros a las exportaciones; el mismo que ninguna empresa de porte paga como corresponde; ése con el cual se acorrala a pequeños comerciantes, productores y profesionales). Y además, claro, con la generalización del IVA.

Si las palabras tienen alguna significación, resulta translúcido que la Alianza critica al actual gobierno porque no otorga suficiente exenciones o beneficios impositivos a los exportadores, no ha completado el desmantelamiento del sistema previsional, no ha eliminado los aportes patronales y no recauda suficientemente porque no generaliza el IVA.

Pero… ¿quiénes son los exportadores? Si el Indec no miente y la memoria de cualquier argentino no falla, este país exporta productos agropecuarios (una pequeña parte de ellos con algún grado de industrialización) en proporción de 8 sobre 10, petróleo en los últimos tiempos (desde que se privatizó YPF), productos lácteos y algunos automóviles (a Brasil) y, novedad reciente, un rubro en el que Argentina va primera en el mundo: limones.

De modo que los exportadores de estos bienes son los poseedores de grandes extensiones de tierras, los flamantes dueños de YPF, las principales fábricas de autos y el gran capital financiero. Porque del mismo modo que un obrero de Peugeot no es exportador cuando el Sr. Franco Macri despacha un lote de autos a Brasil, los pequeños y medianos propietarios de tierra no exportan lo que producen, sino que lo venden -casi siempre con considerable antelación y a precios irrisorios- a acopiadores que sí exportan el sudor agregado al grano de trigo, al trozo de res o, ahora, a la doble acritud del limón.

A ellos se les rebajarán los impuestos, según la Carta de la desvergüenza argentina. ¿Y a quiénes les serán aumentados? He allí, por fin, una propuesta democrática… ¿o acaso el IVA no lo pagan todos?

En efecto. El impuesto al consumo, lo pagan democráticamente todos los que consumen. Se le cobra el 21% sobre lo que consume al jubilado que cobra $150 y ni un punto menos al Sr. Gregorio Pérez Companc, quien según informa la prensa comercial, días atrás compró su enésimo auto, una Ferrari de colección, en 650 mil dólares(6).

Este es, negro sobre blanco, «el núcleo central de la estrategia» presentada por la Alianza: ofrecer aún más facilidades y posibilidades de enriquecimiento desmedido al gran capital, para que éste exporte más. Sobre esa base, sostiene la Carta, crecerá la economía y habrá trabajo para todos (menos un 6%).

 

Paréntesis para la memoria

Como si estuviesen inaugurando una nueva etapa histórica los autores proclaman con énfasis: «Queremos generar una cultura exportadora» [punto 24]. Pero si esa clase de cultura no necesita promotores en algún lugar del planeta, ése es Argentina. Y no sólo porque nadie, en ningún punto del arco ideológico, negaría la importancia de las exportaciones (aunque, claro, desde una concepción ajena al lucro como motor de la economía éstas cambian radicalmente de carácter).

Una fugaz mirada a la historia puede ilustrar al respecto. «Todo lo que estas repúblicas necesitan es intercambio comercial con alguna nación fuerte y poderosa», decía en su época de oro el brigadier general Don Juan Manuel de Rosas. Entonces como ahora, lo obvio era entendido por cada quién según sus intereses. Manuel José García, quien fuera ministro de Hacienda de Rosas, luego de haber cumplido análogas funciones durante el período en el que Rivadavia forjó su gloria (sí: no es de ahora esto de cambiar de barco para seguir navegando en el mismo rumbo), además de ser el gestor del empréstito con la banca Baring Brothers y de haber transmutado la victoria militar de Ituzaingó en derrota política frente al imperio lusitano entendía las exportaciones del modo que describe en sus memorias el brigadier general Pedro Ferré, quien pretendía poner coto a la voracidad de Gran Bretaña y sus socios porteños: «El señor García procuraba eludir mis razones con otras puramente especiosas, pero que les daba alguna importancia la natural persuasiva del que las vertía. Entonces le dije que prometía callarme y no hablar jamás de la materia, si me presentaba, por ejemplo, a alguna nación del mundo, que en infancia o mediocridad, hubiese conseguido su engrandecimiento sin adoptar los medios que yo pretendía se adoptasen en la nuestra (el autor se refiere a medidas proteccionistas). El señor García confesó que no tenía noticia de ninguna, pero que nosotros no estábamos en circunstancias de tomar medidas contra el comercio extranjero, particularmente inglés, porque hallándonos empeñados en grandes deudas con aquella nación, nos exponíamos a un rompimiento que causaría grandes males; que aquel arreglo era obra del tiempo pues en el día tenía también el inconveniente, que con él disminuirían las rentas de Buenos Aires y no podría hacer frente a los inmensos gastos de aquel gobierno»(7)

Para ciertos politólogos y comentaristas contemporáneos puede resultar decepcionante comprobar que las argumentaciones basadas en la globalidad y el posibilismo no son hallazgos propios ni flores de estos tiempos. Incluso puede que les resulte incómodo verse citados avant la lettre por un personaje como García, a quien Lord Ponsonby calificaba como ‘un perfecto caballero inglés´.

En las antípodas de conducta, intencionalidad y nivel intelectual con respecto a García, Juan Bautista Alberdi, en un punto de la evolución de su pensamiento decía lo siguiente: «Con sólo producir materias brutas, la América del Sur es capaz de la misma vida civilizada que lleva Europa, nada más que con cambiar aquellas materias por los artefactos en que las convierte Europa (…) La industria rural vale bien la industria fabril. La producción de una vaca es tan peculiar y propia de la civilización más perfecta y adelantada como la de una máquina a vapor»(8).

Puesto que la verdad es concreta, hay que decir que Alberdi pensaba a mediados del siglo XIX, que sus opiniones avanzaron a medida que asimilaba los acontecimientos que sacudían a Europa y agregar que murió en el exilio y en la pobreza extrema, todo lo cual diferencia cualitativamente aquella posición de quienes la repiten hoy, cuando todavía resuenan los denuestos de Sarmiento contra «la oligarquía con olor a bosta», incapaz de hacer otra cosa que enviar vacas a Europa y derrochar en París el dinero obtenido por las exportaciones. Proponer bajarles los impuestos y darles incentivos a los herederos de aquellos señoritos huele a algo peor.

Pese a haber sido presentada en un ámbito posmoderno, la Carta del Bauen está por detrás del Plan Económico de Esteban Echeverría: «Mi objeto, como veis, es mostrar que para que nuestra industria progrese de un modo normal y seguro es preciso que echando mano de las materias primas, que ofrece nuestra tierra las transforme y beneficie cuanto sea dable, les imprima un valor, y así los expenda al extranjero, y nadie negará que esto es muy realizable en todos y con todos los productos vacunos y lanares»(9).

A mucha distancia de Echeverría, en todos los órdenes, en 1940 Federico Pinedo expuso ante el Senado la siguiente propuesta de país: «La vida económica del país gira alrededor de una gran rueda maestra que es el comercio exterior. Nosotros no estamos en condiciones de reemplazar esa rueda maestra, pero estamos en condiciones de crear, al lado de ese mecanismo, algunas ruedas menores que permitan cierta circulación de la riqueza, cierta actividad económica, la suma de la cual mantenga el nivel de vida del pueblo a cierta altura»(10).

Sería un exceso remover declaraciones de Adalbert Krieger Vasena o Alfredo Martínez de Hoz, ministros de sucesivas dictaduras, para compararlas con el descubrimiento de la Carta. Pero tal vez tenga alguna utilidad citar a autores actuales, como por ejemplo Eduardo Conesa, quien en Los secretos del desarrollo, expone su clave en el capítulo XII, titulado casualmente Las exportaciones como motor del desarrollo. Dice Conesa: «… no tenemos economías de escala porque nuestro mercado interno es pequeño. Y porque no exportamos lo suficiente. Nuestros industriales exportadores no pueden invertir para exportar porque no obtienen ganancias exportando (…) Con el tipo de cambio bajo vigente no hay rentabilidad en la exportación y por lo tanto no habrá inversión para exportar. No se le pueden pedir peras al olmo»(11).

Conesa al menos es consecuente y denuncia la convertibilidad como una farsa que afecta al sector cuyos intereses defiende. Continúa el autor que sitúa al tipo de cambio como ‘el más bajo de todo el período 1913-1993´: «El dólar barato puede ser fatal por varias razones. Las mismísimas cifras de las nuevas cuentas nacionales dadas a conocer por el ministerio de Economía, revelan que nuestro país tiene el récord mundial por sus menores exportaciones en relación al valor de su producción: solamente el 6,6%. De acuerdo al ingreso per cápita de la Argentina de 6900 dólares por año, y al tamaño de su población, lo ‘normal´ sería que la Argentina exporte alrededor del 22% de su producción, es decir, más de 50 mil millones de dólares por año contra los magros 15 mil millones de 1992»(12).

Casualmente, la Alianza propone en 1998, como núcleo central de su estrategia -e incluso con el mismo monto- lo que este autor planteaba como imprescindible en 1994… Pero la casualidad es más sugestiva aún si se tiene en cuenta que Conesa fue un puntal de la UCD. Desde esa mirada progresista, el autor sin embargo es coherente: «el tipo de cambio bajo equivale a una retención sobre las exportaciones agropecuarias e industriales de más de 50% ya que como estudiamos oportunamente, el tipo de cambio histórico de la Argentina de los últimos 30 años es de 2,20 pesos por dólar».

Otras proporciones también reclaman sustento teórico: «creemos en la existencia de un dramático retraso cambiario, que puede superar el 70%» dice el economista peronista Eduardo Curia, en su curioso libro titulado La convertibilidad: ¿el peronismo en crisis? prologado por Antonio Cafiero. Desde esa óptica, se puede leer: «La Argentina debía proyectar una plataforma exportadora sumamente ambiciosa, donde la fuerte colocación de nuestra producción transable en general no inhibiría -sino que traduciría- un modelo de neta vocación industrial (…) esta percepción de un modelo exportador integrado, con vocación industrial, no debía comenzar irritando las propias bases inmediatas del desarrollo exportador posible. Por ejemplo, perturbando -a través del agudo retraso cambiario- la expansión ponderable de nuestros commodities industriales y agrarios. La búsqueda de una proyección exportadora con mayor valor agregado y detentación de cuasirrentas, no se da en desmedro de los commodities…»(13).

Desde el ángulo opuesto a Conesa y Curia, el economista que encandiló a Castagnola sostiene lo siguiente en su libro Otro siglo, otra Argentina: «(según proyecciones) las exportaciones totales de bienes y servicios, partiendo de sólo el 7% del PBI en 1991, llegan al 11 – 12% del PBI en el año 2000 y al 15 – 16% en el año 2010. De cumplirse estos pronósticos, sin embargo, las exportaciones estarían más que duplicando su participación en el PBI en 20 años. Por esta razón, y por la posibilidad de aumentar el contenido de valor agregado a los bienes primarios exportables, ellas serán un motor cada vez más importante del crecimiento de la economía»(14).

Como se ve, entre todos estos autores hay mucho más en común que su conflictiva relación con la lengua castellana. Pero vale un esfuerzo adicional para leer con atención lo siguiente: «Unos objetivos importantes de las reformas comerciales fueron disminuir el prejuicio tradicional contra las exportaciones en los regímenes comerciales latinoamericanos y provocar un alza de las exportaciones. En realidad, partiendo del modelo del Este asiático, un número cada vez mayor de dirigentes latinoamericanos han reclamado la transformación del sector exterior en el motor del crecimiento de la región. Se prevé disminuir el tradicional prejuicio contra las exportaciones a través de tres cauces: un tipo real de cambio más competitivo -es decir, más devaluado-, una reducción en el costo de bienes de capital e intermedios que se importan para producir mercaderías exportables, y un giro completo en los precios relativos para favorecer las exportaciones».

No; no es un párrafo de la Carta. Es «el núcleo central» del libro Crisis y Reforma en América Latina -del desconsuelo a la esperanza- firmado por Sebastián Edwards(15).

Este autor, ex economista jefe del Banco Mundial para América Latina y el Caribe, es miembro de una tradicional familia chilena, reconocida por sus posiciones ultraconservadoras y por haber sido uno de los puntales de la dictadura de Augusto Pinochet. En este libro realiza un concienzudo y documentado balance de lo resumido por el título: las políticas económicas aplicadas en la región en las dos últimas décadas que, según el autor, tuvieron como avanzada al Chile de Pinochet y llevan del desconsuelo a la esperanza.

Si se exceptúa el punto relativo a la devaluación necesaria para contar con un tipo de cambio más competitivo, la fórmula es la de la Carta. (Incluso Edwards ha sido copiado en esta insólita noción de que es preciso forjar una cultura de exportación, por el tradicional prejuicio que la habría bloqueado). Y aunque la identidad de este documento se extiende en lo fundamental a todos los autores citados, es evidente que por la omisión del apoyo a la industria y el énfasis puesto en las exportaciones primarias, el programa de la Alianza se ubica a la derecha de propuestas como las de Curia, Cafiero e incluso Llach. Para decirlo con las palabras ya citadas del economista Martínez, del Frepaso, el programa expuesto en la Carta parte de ‘una visión igual a la que sostienen los economistas liberales´.

Decididamente la originalidad no es el rasgo sobresaliente de la Carta. Pero el problema mayor no es la falta de pensamiento renovador, sino la identidad con la argumentación utilizada históricamente para favorecer a las oligarquías dominantes a costa de la cesión de riquezas y soberanía, es decir, del empobrecimiento del país, la superexplotación de los trabajadores y la opresión de nueve de cada diez habitantes. Basta comparar los conceptos de Manuel García, Federico Pinedo, Eduardo Conesa y la Carta de la Alianza para saber cómo se ha resuelto el sordo debate interno de esa coalición.

Además de lo obvio, este desplazamiento plantea un riesgo mayor: sin duda las masas percibirán el alineamiento de la oposición progresista con el liberalismo de ultraderecha y, dada la ausencia de una alternativa real, previsiblemente se fraccionarán entre el escepticismo y la búsqueda de representación en la derecha. Sea quien sea el candidato del PJ (o de la nueva formación que eventualmente se presente en su reemplazo si el aparato queda en las manos actuales), no desperdiciará esta posibilidad.

 

Estridente silencio

Pero volvamos al texto de la Carta. Pese a la significación irrefutable que en todos los órdenes tiene el hecho de centrar una estrategia en la maximización de beneficios para la oligarquía terrateniente, industrial y financiera, el documento es más elocuente aún en lo que calla que en lo que enuncia.

Entre las innumerables omisiones deliberadas de la Carta, no es posible eludir la consideración de tres de ellas. En las 35 páginas del documento, no figura siquiera una alusión colateral al aumento de salarios, en un país donde el 60% de los trabajadores ocupados gana $600 o menos, es decir, entre la mitad y un cuarto del costo de la canasta familiar; tampoco se dice una palabra respecto de las jubilaciones. Y sobre un tema decisivo para la economía como es la deuda externa hay sólo dos expresiones, que se reproducen textualmente a continuación: «Endeudarse para consumir, despilfarrar y especular es fatal» [punto 113]; y «La pérdida de participación de empresas nacionales en la producción de bienes y servicios y el endeudamiento externo, no tienen precedentes en el país y probablemente en el resto del mundo»(16).

Podría agregarse que la pérdida de seriedad teórica, vigor político y vergüenza individual tampoco tienen precedentes en el país y, probablemente, en el resto del mundo.

En un texto reciente, Aldo Ferrer dice lo siguiente: «La presidencia de Alfonsín (1983-1989) heredó una economía con una gigantesca deuda externa, seriamente dañada y con profundos desequilibrios macroeconómicos (…) América Latina realizó una transferencia de u$s 220 mil millones en el período 1983-1991. Este extraordinario proceso de ajuste y la crisis fiscal generalizada provocaron la contracción económica y el aumento del desempleo, la pobreza y la inflación (…) La vulnerabilidad instalada con la deuda externa introdujo en la Argentina y los otros países deudores de América Latina restricciones sin precedentes en la administración de la política económica»(17).

Ahora bien: Alfonsín asumió el gobierno con una deuda externa de alrededor de 43 mil millones de dólares. Y tras haber pagado una cifra imprecisa estimada entre 15 y 20 mil millones, entregó la banda presidencial, con la premura conocida, junto con una deuda de alrededor de 63 mil millones. Desde entonces, luego de la enajenación de todo el patrimonio nacional para pagar la deuda, ésta es hoy superior a los 125 mil millones(18).

En el último párrafo del texto citado de Ferrer, el autor dice lo siguiente: «(Es indispensable) recuperar capacidad de decisión frente a los acreedores financieros internacionales y disminuir la necesidad de financiamiento externo. De allí la importancia de (…) establecer mecanismos regionales para la negociación coordinada y solidaria con los centros financieros internacionales»(19).

Ferrer, recuérdese, figura como integrante del equipo que elaboró la Carta. Como queda dicho, en ese documento no se habla de la deuda externa. Mucho menos de este propósito, avalado por una lógica elemental (y, subráyese, intentado por Alfonsín durante el primer tramo de su gobierno, mediante el ministro Bernardo Grinspun), de «establecer mecanismos regionales para la negociación coordinada y solidaria con los centros financieros internacionales».

Claro que hay gente insensata(20), empeñada en no entender que éste es un recurso para engañar a los ingenuos gerentes de la banca acreedora.

Para refutar a ese tipo de personas, figura lo siguiente en el punto 114: «La adopción de decisiones nacionales autónomas no es sólo un problema de dignidad, sino una exigencia irrenunciable del sistema republicano y representativo, sin lo cual la consolidación de la democracia, el desarrollo dinámico y sustentable y el ejercicio de una genuina justicia social, son utopías inalcanzables»(21).

En efecto. Todos los firmantes de la Carta tienen claro que la consolidación de la democracia, el desarrollo dinámico y sustentable y el ejercicio de una genuina justicia social, son utopías inalcanzables si el gobierno depende de los centros imperialistas, que utilizan la deuda externa como cepo y rebenque. Pero no lo dicen por una razón táctica: una vez llegado a la Casa Rosada, naturalmente, se hará todo lo contrario, es decir, se enfrentará valientemente al imperialismo para que la consolidación de la democracia, el desarrollo dinámico y sustentable y el ejercicio de una genuina justicia social dejen ser fantasías.

Sin necesidad de recordar que -en un cuadro nacional e internacional incomparablemente menos grave, Grinspun fue cambiado por Juan Sourrouille y Alfonsín no pudo completar su mandato- el significado real del doble discurso queda en evidencia si se entiende que reducir impuestos a los exportadores, mantener los actuales niveles salariales y proponer como núcleo central de la estrategia aliancista llegar a exportaciones por 50 mil millones de dólares, son mecanismos destinados a pagar la deuda externa.

Porque ésa es la intención, es imprescindible el silencio; tanto más indigno cuando se toma cuenta de que los miembros del IPA conocen con exactitud el significado económico, social y político del saqueo sin precedentes que presupone el pago de esa falsa deuda(22).

Se entienden entonces otros guiños, como por ejemplo «Las fuerzas armadas constituyen el eslabón más importante de la defensa nacional y para que cumplan con los objetivos que fija la Constitución Nacional deben contar con misiones establecidas por el poder político, con presupuestos suficientes que garanticen una vida digna a sus integrantes y con niveles de equipamiento eficientes que privilegien las capacidades operativas» [punto 134]; (¿Hace falta decir que no se hallará en la Carta la exigencia de juicio y castigo a todos los culpables por el asesinato masivo que inició con los desaparecidos y continuó sin pausa con las víctimas de la miseria extrema y la represión cotidiana?). O la propuesta de «modernización de las relaciones laborales» léase: flexibilización [punto 75]. O la aviesa propuesta de «autonomía de los actores sociales para elegir aquellos con los que han de negociar» equivalente a la destrucción de los sindicatos obreros [punto 79; ítem a, por el cual viene trabajando desde hace años el centro de estudios de ATE]. O la frase siguiente: «La Alianza se opone a la privatización del Banco de la Nación Argentina», aún más tramposa que las anteriores, porque encubre la falta de un pronunciamiento en oposición a la privatización del Banco de la Provincia de Buenos Aires y del Banco Hipotecario (omisión obvia, porque la Alianza ha estado involucrada en la privatización de bancos de Estados provinciales y del Hipotecario). O la más sutil pero no menos significativa transformación, según la norma de los nuevos propietarios de las empresas de servicios públicos, de usuarios en consumidores… [ punto 27]. O el velado apoyo al arancelamiento de los hospitales públicos [punto 27]. O el alineamiento sin reservas con la propuesta del Banco Mundial para la reforma educativa [puntos 64; 65; 67; 68; 69; 71].

Aunque todavía falte mucho por ver, lo mostrado es suficiente para afirmar que en su propuesta económica la Carta es una ofensa a la inteligencia. Y el programa que promete mayores libertades democráticas, ética en los funcionarios y gradual mejoría para todos es, lisa y llanamente, un fraude. Porque los autores saben que sin un vuelco de campana en el reparto de la renta nacional, sin bases objetivas para el crecimiento económico, no habrá más democracia, más libertad, ni más ética, sino exactamente lo inverso.

 

¿Por qué este viraje anacrónico del progresismo?

La explicación de tan violento giro hacia posiciones retrógradas en el plano económico no reside en la ignorancia o la maldad del coordinador general o los integrantes del IPA. Hay allí personas dotadas y cultivadas y no faltan -aunque tampoco abundan- quienes obran movidos por buenas intenciones.

Todo estriba en el punto de partida que se adopte: responder a las necesidades del conjunto de la población del país; o admitir que toda resistencia es inviable y buscar la salida sobre la base de someterse a las exigencias del gran capital imperialista y local.

Si se opta por la primera alternativa, es necesario hacer que todas las tierras produzcan; que se edifiquen los dos millones de viviendas que faltan para que todos tengan su techo; que no haya un solo habitante -de origen argentino o de cualquier otro- sin la posibilidad de estudiar y tener atención sanitaria adecuada; que no haya un solo trabajador/a o jubilado/a con un ingreso menor al de la canasta familiar. Poner en marcha un plan para resolver tales necesidades (que nadie, ni los autores de la Carta, cuestionan como objetivos válidos) automáticamente daría trabajo a todos. No habría ni el 6 ni el 1% de desocupados. Incluso, se podría convocar a trabajar aquí a tantos hermanos latinoamericanos que sufren la desocupación y la miseria en sus países.

Desde luego, todo esto exige recursos. ¿De dónde obtenerlos? La respuesta a este dilema presupone la adopción de medidas de neta confrontación con las bases mismas del sistema capitalista y, desde luego, con sus beneficiarios. No repetiremos aquí los lineamientos de tal programa, desarrollados en las sucesivas ediciones de Crítica y específicamente en Bases para edificar una alternativa los trabajadores y el pueblo(23).

Si la resistencia es considerada inviable; si de verdad, por invencibles relaciones de fuerza, el punto de partida de todo gobierno lo trazan el imperialismo y los señores del gran capital local (esos que, en Washington, Buenos Aires o Bariloche, bailan con la más fea si es necesario a sus intereses, llámese Videla o como sea); si no hay manera de imponerse a los gestores de la decadencia y la miseria; si cualquier opción de confrontación es más onerosa a los intereses del país y sus habitantes que la de la sumisión y la aquiescencia, entonces, sí, es necesario hacer lo que demandan los imperialistas y sus asociados locales, y adecuar a este principio todas las medidas de orden económico, político y social.

En este caso, no basta con asumir ese punto de partida: es preciso mostrarle a los amos que se es más confiable y eficiente en la tarea de gobernar para ellos, a quienes se les pedirá como limosna, para cederla a las víctimas, una milésima parte del saqueo.

La dramática realidad que prueba el contenido de la Carta es que la crisis mundial del capitalismo no deja el menor espacio para soluciones intermedias: o se corta de un tajo la dependencia respecto del imperialismo y el gran capital local en todas sus expresiones, o se le rinde pleitesía sin condiciones.

Este año Argentina paga sólo por intereses de la deuda externa 6800 millones de dólares. Esa cifra sumada a las amortizaciones de la deuda, las remesas de ganancias de las empresas imperialistas que predominan en todas las áreas de la economía, más los pagos de patentes, más el descomunal déficit comercial, más el igualmente gigantesco déficit presupuestario, hacen que en 1998 Argentina tenga un saldo negativo de 21 mil millones de dólares. O bien se explica que sin detener esa sangría es redondamente inaplicable cualquier plan de desarrollo, aumento de salarios y jubilaciones, eliminación de la desocupación, mejora en la educación y la atención sanitaria para las grandes mayorías… o se omite toda referencia a la deuda externa misma, se elude hablar de salarios, se olvida a los jubilados, se adoptan los planes del Banco Mundial para la educación, se entrega sin chistar la salud pública a empresas privadas de capitales imperialistas y locales que lucran sobre el dolor de millones de personas… se condonan las fraudulentas privatizaciones.

Del mismo modo, se proclama la necesidad de una radical reforma agraria o se propone el crecimiento aumentando aún más las fabulosas ganancias de la burguesía terrateniente.

Estas son las opciones. En un ciclo de gravísima crisis del capitalismo mundial no hay espacio para la comodidad de cambios progresistas sin medidas extremas, como no hay chance de extirpar un cáncer con caricias.

Las reformas progresistas -sea cual sea la posición que se tenga en términos históricos frente a ellas- son posibles en períodos de auge del capitalismo. En su fase agónica, son materialmente imposibles, por mucho que crean en ellas quienes las propugnan. El capitalismo en crisis sólo deja la posibilidad de la revolución… o de la contrarrevolución.

De tal manera, cuando afrontan la realidad, quienes en un pasado muy reciente (y a la vez muy lejano) encarnaron la voluntad de cambio de millones de personas descreídas de los partidos del capital, y puesto que para ellos -por convicción o conveniencia, ése es otro debate- excluyen la noción de revolución, se deslizan sistemáticamente hacia las posiciones de la derecha más conservadora.

¿No es ésa la conducta de quienes desde 1991 ocuparon (podría decirse usurparon) la representación de aquella voluntad de masas?

No caben aquí los juicios morales a individuos. Desde luego que hay allí sinvergüenzas, mentirosos, tránsfugas y pequeños aprovechados. Pero no es ése el factor dominante ni el nudo del problema. Es la opción de hierro que plantea el capitalismo de nuestro tiempo. La Carta plasma una opción. Y exige a su vez la opción de todos respecto de ella, particularmente de quienes directa o indirectamente, desde organizaciones sociales o sindicales hacen de apoyatura electoral a la Alianza(24).

 

Argentina y el mundo 

Plantear una interpretación y un programa de acción para Argentina al margen de lo que ocurre en el mundo es la prueba que evidencia con mayor nitidez la impotencia práctica del equipo redactor del programa de la Alianza.

Ante la inconveniencia de diluir la réplica a la Carta en un informe sobre la marcha de la crisis, se incluye un Apéndice a continuación de este texto. Allí se registran y analizan los hechos más salientes del último período, en línea de continuidad con la cobertura que Crítica realiza sistemáticamente desde su primera edición.

A partir de los datos de esa realidad puede afirmarse que el programa de la Carta, limitado a un juego que se verá a continuación, no sólo es contrario a los intereses de la clase obrera y del conjunto de la nación, sino que es rotundamente inaplicable y, en la eventualidad de que la Alianza llegue al gobierno, sólo podría plasmar sus aspectos más negativos.

 

Coyuntura y perspectivas: ¿todos iguales?

De lo dicho hasta aquí no debería extraerse la conclusión de que la propuesta de la Alianza es idéntica a la política actual.

De ningún modo. En más de un sentido, la Alianza es lo opuesto a lo que hoy es dominante en las decisiones de gobierno. Observar esas diferencias es clave para comprender qué está ocurriendo en Argentina y qué hacer frente a ello.

Desde el punto de vista del capital, se replantea por estos días la misma coyuntura observada cuando fue reemplazado Cavallo. La diferencia estriba en que esta renovada agudización de la disputa interburguesa ocurre sobre una base económica internacional y local completamente diferente a la de 1996: se ha desatado la crisis financiera mundial e, incluso con prescindencia de ella, la economía argentina no sostiene por más tiempo los enormes déficits comercial y de pagos, el endeudamiento descontrolado, el déficit fiscal.

Estas diferencias conllevan consecuencias de magnitud en el corto y largo plazos.

En aquella oportunidad, el resultado fue un gambito de Cavallo por Roque Fernández. Como lo reconocen ahora públicamente todos los actores, desde entonces la fractura en el Ejecutivo resultó en la imposibilidad de continuar con la aplicación sistemática del programa económico aplicado por Cavallo, pero sin cambiarlo por otro. En suma, la inercia.

Durante la misión en marzo de los técnicos del FMI se hizo patente la confrontación entre el partido de gobierno y el equipo de Economía (en representación del FMI). Es un error –en muchos casos una línea deliberada- reducir el choque a los intentos reeleccionistas. Hay aquí un conflicto de naturaleza completamente diferente. Y, de hecho, se puede entender el fenómeno a la inversa: es por la complicación del cuadro internacional y nacional que reapareció la idea –impensable hasta fines del año pasado- de reelegir una vez más al actual elenco.

Aquí se presenta la paradoja de que el gran capital financiero internacional confronta hoy con el partido oficialista respecto de cuestiones claves (ley laboral, reforma impositiva, precio de los combustibles, etc). Pero, al mismo tiempo, es evidente que un hipotético gobierno de la Alianza, más exigido por el movimiento obrero y el pueblo, con mayor dependencia de las masas para sustentar su fuerza política, estaría a la vez con mayores posibilidades de resistir las exigencias imperialistas en general y estadounidenses en particular.

En este intríngulis tan confuso como la situación que lo genera, todo indica que ante la aceleración de la crisis, Washington (corresponde diferenciar aquí al imperialismo USA de los restantes) optó por no cambiar de asno a la hora del descenso abrupto por un camino de cornisas.

La confusión deriva, ante todo, del hecho de que asistimos a los prolegómenos de un reacomodamiento histórico de las clases, en todos los órdenes.

Se trata de un reacomodamiento sin estrategias definidas por parte de ninguna de ellas, y en consecuencia sin planes precisos, organizaciones vigorosas ni liderazgos válidos y creíbles. La Carta es una patética prueba de esta afirmación: toma las indicaciones de funcionarios del FMI y tecnócratas académicos estadounidenses, quienes fueron hasta ayer defensores del libremercadismo a ultranza y hoy, dando un salto en el aire, se muestran empeñados en que el Estado regule y ponga barreras aduaneras para disminuir el déficit de la balanza comercial y poder así servir los intereses de la deuda externa. Lo más significativo, sin embargo, es que la alianza política precedió al programa, de esta manera reducido a objeto de negociación pragmática, lo cual a su vez reduce la noción de estrategia a la condición de estratagema.

Esa carencia, producto de la falta de energía tanto de la burguesía como del proletariado (tema sobre el que hemos abundado en sucesivos materiales), otorga fuerza hegemónica al plan que coincide con los intereses de Estados Unidos, es decir: política anticrisis basada en la acentuación sin límites de la superexplotación; eliminación de barreras aduaneras para el continente (ALCA), para dar libre curso a las mercancías del imperio; remate de las riquezas nacionales a cambio de la autorización para latrocinios varios y del espejismo de la estabilidad; creación en el corto plazo de mecanismos políticos y militares de dominación hemisférica, obligadamente basados en recortes crecientes de las libertades democráticas y los derechos civiles de las masas.

 

Cambios bajo la superficie

En su momento subrayamos como dato esencial para comprender la situación nacional el hecho de que la burguesía local había cedido a Estados Unidos el papel de árbitro entre sus diferentes sectores, a cambio de garantías de gobernabilidad y participación en el saqueo denominado privatizaciones. La burguesía estaba entonces entre dos fuegos, con la ofensiva brutal del capital financiero internacional por un lado y la agudización de la crisis social por el otro.

Al inicio de aquel ciclo no hubo fisuras. En medio de la hiperinflación y ante el riesgo de explosiones sociales de magnitud, con puntos de unidad social para los trabajadores y una izquierda pequeña pero relativamente organizada y en desarrollo, todos los bloques del gran capital local, con explícito y entusiasta apoyo de las capas medias, refrendaron esta política. Tras las grandes huelgas de ferroviarios y metalúrgicos en 1991 y la deserción política de sus dirigentes, y ante la evidencia de la estabilidad de la moneda, incluso la clase obrera y el conjunto de los trabajadores respaldaron esta política dictada por el imperialismo.

Que la aplicara el partido supuestamente representante de los intereses «nacionales y populares» y que esa línea de acción se viera refrendada en sucesivas elecciones, fueron otros tantos indicadores de que el enemigo de clase, a la vez y en aparente contradicción, bajaba un escalón decisivo en el agravamiento de su crisis mientras lograba una victoria ideológica de magnitud, a partir de la cual se aceleraría la descomposición en la conciencia y la organización del proletariado.

Pero aquella fase de consenso burgués ha terminado, como ha terminado el aval de masas a aquella política. La fuerza centrípeta del arbitraje seguro y la estabilidad de precios se ha transformado en su contrario: una poderosísima fuerza centrífuga que pulveriza todo. O para ser más precisos: completa la pulverización de las ya agónicas instituciones del capital, y también de las instancias organizativas en las que hasta ahora estuvieron contenidos la clase obrera y el pueblo.

El fenómeno que ahora ocupa el primer plano –la centrifugación de fuerzas- no comenzó hoy, por supuesto, ni en octubre pasado. Convivió constantemente con la fuerza hegemónica que circunstancialmente lo negaba. Y se manifestó en diferente grado a través de las más diversas formas sindicales y políticas desde 1991.

La secuencia que culminó en la Alianza fue precisamente la plasmación de la contradicción con la política anticrisis del capital. Que esa contradicción tomara cuerpo en organizaciones, dirigentes y programas de la burguesía, es algo a tomar en cuenta cuando se analizan las plataformas, propuestas y capacidades tácticas de los partidos y dirigentes que debían encauzar la alternativa contraria.

El hecho es que a mayor oposición a los efectos económicos y sociales de las políticas oficiales, le correspondió un mayor aglutinamiento de fuerzas en torno de programas sustancialmente idénticos al del oficialismo e incluso de las mismas personas que delinearon y aplicaron aquellas políticas.

Pero hubo un salto de cantidad en calidad: la constitución de la Alianza y las elecciones de octubre pasado.

Los receptores de los votos se constituyeron como Alianza porque ese rechazo incluye a sectores de peso del capital.

Corresponde subrayar, sin embargo, que estos no se expresan sólo en la Alianza, sino también -y acaso con mayor beligerancia en un futuro cercano- en el PJ.

El Frepaso es una fuerza de naturaleza pequeño-burguesa, definiciones vagas y políticas erráticas. Su cerebro motor fue un hombre del Vaticano, Carlos Auyero, el mismo que en los años 60 fundó en Argentina la Democracia Cristiana, como parte del dispositivo ideológico-político montado por la iglesia para contrarrestar la fuerza de la Revolución Cubana. Es esta fuerza la que en lo que va de la década captó el descontento masivo. Pero al converger con la UCR, el rancio partido de la oligarquía liberal argentina, plasma a la vez la conclusión del contenido reaccionario del proyecto encarnado en el Frepaso, consolida la estrategia de la UCR –incluso si ésta se da mediante figuras advenedizas- y configura la muerte del Frepaso como nonato continente real y efectivo de la protesta y el descontento de los trabajadores, el grueso de la juventud e incluso sectores muy amplios de las capas medias.

Esto último es el dato decisivo de la coyuntura política y su evolución a mediano y largo plazos, pero corresponde a un desarrollo futuro, que aún no tiene signo definido.

Por ahora, lo dominante es que el imperialismo ha cobrado excesivamente cara su función de árbitro interno supremo. El saldo económico resultante, exige el reacomodamiento de sus socios sometidos. La situación económico-financiera del país es insostenible. Las clases dominantes locales tienen como alternativa la aplicación lisa y llana de las medidas preventivas exigidas por el FMI, la certeza de un colapso a corto plazo, o un cambio de rumbo para el cual no existe margen sin jugar la riesgosa carta de un realineamiento basado en la lucha interimperialista. Y ésa es la carta en la manga presentada en el Bauen.

El ciclo se agotó cuando el ensueño de un arbitraje signado por la equidad y el equilibrio entre las diferentes fracciones de la burguesía dejó paso a la realidad. Una realidad exigida por la crisis en los países centrales, ellos mismos compelidos a eliminar a los socios sobre los que se sustentan. Aniquilados ya, o amenazados de muerte en el corto plazo, sectores significativos del capital buscan paliativos a la despiadada voracidad del imperialismo.

No hay líneas claras para ello. Lejos de unir a la burguesía local, esta situación ha ahondado sus antiguas fracturas. Entre otros factores –a los que nos hemos referido en documentos anteriores- esto ocurre porque la crisis bursátil y sus demoledores efectos no estaban en los planes de los estrategas de la burguesía local.

La crisis bursátil y su ya indiscutible continuidad y profundización replantean un escenario de corridas financieras, hiperinflación (o su contracara, la hiperdeflación), convulsiones sociales y desestabilización política. Parece innecesario insistir en que un eventual gobierno de la Alianza no puede afrontar semejante perspectiva.

Como quiera que sea, el hecho es que irrumpió el cataclismo financiero y se abrieron las múltiples compuertas de la crisis. Esto significa que se ha acelerado la necesidad de redefiniciones de las clases, sus organizaciones y sus liderazgos, frente a una nueva situación cuyos rasgos distintivos son el empeoramiento de la crisis en todos los órdenes y la probada ineficacia de los instrumentos institucionales actuales para afrontarla.

Sea cual fuere la decisión de los sectores acosados del gran capital local, al definir una opción estratégica frente a la crisis provocarán a su vez con carácter de necesidad el realineamiento de la clase obrera.

Esto presupone un desafío singular para quienes pretendemos edificar un partido de masas del proletariado y el pueblo y abrir paso a una estrategia anticapitalista.

Puesto que ha sido justamente la fuerza desestabilizadora proveniente del exterior la que desató la crisis, conviene comenzar por asimilar esos hechos y tenerlos en cuenta como base para el análisis de la coyuntura en Argentina y su probable evolución.

Desde hace meses la prensa comercial reitera los datos de una situación económica insostenible, que exige cambios de envergadura y sin demora. La brecha ya señalada de la suma de déficits, sólo puede cubrirse con mayor endeudamiento y recepción de capitales especulativos. Pero la crisis financiera internacional hace imposible lo que era extremadamente difícil antes de que ésta se desatara.

Lejos de contar con un flujo creciente de capitales -incluso limitándose a aquellos exclusivamente especulativos- la coyuntura financiera mundial hace prever, en la mejor de la hipótesis, un corte abrupto en ese flujo; y en la hipótesis más probable, una masiva fuga de los capitales que hoy especulan en la bolsa local.

Sin llegar a ese extremo, sin embargo, está claro que el gobierno no contará con recursos para financiar el desbalance externo e interno.

La respuesta del FMI fue inequívoca: aumentar aquellos impuestos de segura cobranza (en primer lugar la generalización del IVA, como quiere Machinea), y el aumento de los combustibles, particularmente el gas oil, vía indirecta además para frenar el giro económico; disminuir las importaciones por los medios que sean necesario (es decir, sin ningún prejuicio neoliberal que impida levantar barreras aduaneras); disminuir directa e indirectamente los salarios; acelerar la venta de lo que queda, principalmente los Bancos Nación y Provincia de Buenos Aires.

Por su contenido recesivo y acelerador de la centralización de capitales -naturalmente en beneficio del capital financiero internacional, en detrimento del local- y por la particular coyuntura política en que se lo plantea, este paquete de medidas ahondó las fracturas interburguesas.

El fin de una fase en la economía mundial y local, prefigurado por la crisis de los tigres asiáticos y el empantanamiento de la convertibilidad, acaba de hecho con el esquema político que descansó sobre el arbitraje estadounidense. Pero, a su vez, éste resultó en su momento de un previo agravamiento de la crisis y la inexistencia de partidos políticos burgueses suficientemente fuertes como para ejercer por sí ese papel.

Replanteado el dilema una década más tarde, el único dato nuevo es la existencia del Frepaso, el cual sumado a la UCR y en busca de «la pata peronista», no es otra cosa que la versión desdibujada del fallido Tercer Movimiento Nacional anhelado inútilmente por Alfonsín antes de que lo devorara la ciénaga.

Conviene detenerse en la observación de ese dato nuevo, por su carácter altamente contradictorio y las consecuencias tácticas y estratégicas que conlleva.

El Frepaso resultó de la cooptación del conjunto opositor integrado por las capas medias, el grueso de la juventud y ciertos sectores de la clase trabajadora (sindicatos de servicios y exiguos contingentes del movimiento obrero industrial), por parte de una variante burguesa apenas maquillada. En ese sentido, la aparición del Frepaso y su crecimiento electoral (basado en una descarada campaña de los medios de difusión masiva del capital), fue una derrota política sin atenuantes de la clase obrera y de la vanguardia comprometida con una perspectiva clasista independiente.

Con todo y pese al desmesurado precio social que obreros y capas medias debieron pagar por esta derrota política, las concesiones formales, funcionales y programáticas que tal empresa exigió a sus beneficiarios redundaron en una fragilidad extrema de la criatura. Si los votos no sirven para garantizar un respaldo de masas a un proyecto estratégico, no sirven para nada, excepto para confundir a la ciudadanía en general y a la clase obrera en particular y en consecuencia demorar los desenlaces posibles. De allí que, a la hora de plantearse la asunción del gobierno, los referentes del nuevo aparato arrojaran por la borda a sus asesores económicos y se aferraran a uno con carnet radical. Pero tampoco un afiliado radical es del todo confiable. Y entonces el Frepaso tendió un puente para que cruce el segundo de Cavallo, es decir, el propio ex ministro como asesor en la sombra.

No se debería suponer que palabras tales como asesor, referente, o, la perla conceptual a la que se apeló para aludir a la intención de ampliar la Alianza: la pata peronista, son una mera degradación del idioma. Muy por el contrario, constituyen la expresión lingüística necesaria de la degradación ideológico-política extrema que encarnan el Frepaso, la UCR y su equívoca Alianza: a cambio de cuadros pensantes con envergadura de conductores políticos, estas estructuras tienen referentes, inútiles para toda función que no sea poner la cara y recitar frases hechas ante los medios de difusión. Allí donde hacen falta ideas, análisis y proyectos, los referentes necesitan asesores supuestamente sabios y asépticos. En consonancia con este envilecimiento de la razón y el accionar político, según los propios referentes, el proyecto opositor para marchar necesita una pata… del cuerpo al que supuestamente se opone.

¿Hace falta una imagen más clara para concluir que la Alianza es un extraño animal (los humanos cargan piernas) que aún no ha desarrollado las extremidades y, en consecuencia, no puede andar por sí mismo?

¡Pero no sólo hay problemas con las extremidades! Más penoso aún, e ilustrativo, es que este extraño engendro al que le faltan patas, debe ocultar la cabeza: de los cinco integrantes de su cúpula, los referentes (De la Rúa y Castagnola) hicieron los máximos esfuerzos por ocultar y mantener callado casualmente al único dirigente político de envergadura en todo el espectro burgués, Raúl Alfonsín, y al único cuadro con ideas propias y capacidad para exponerlas y defenderlas, Rodolfo Terragno.

Tamaña deformidad corresponde sin embargo con exactitud al fenómeno que corporiza: el desplazamiento de facciones burguesas que huyen de la voracidad imperialista, pero lo hacen tratando de disimular ante sus superiores, de aventajar a sus circunstanciales socios, de engañar a aquellos de quienes dependen para tener existencia ante el amo y, para completar el cuadro, sin saber exactamente adónde ir.

Esta es la burguesía argentina. Un cuerpo flácido, sin pies ni cabeza. ¿Puede extrañar que reapareciera la idea de que en la tarea de representar al engendro nadie aventaja al actual titular del Ejecutivo? Basta partir de estas razones para medir la magnitud de la derrota que significó el funambulesco renunciamiento para el sector del capital que había optado por ese recurso. (Y para suponer que ésa no es una historia acabada).

Consumada la metamorfosis del Frepaso, transmutado en UCR mediante la Alianza, como contraparte necesaria de la ausencia de una estrategia de desarrollo (la cual hace ineludible confrontar con el imperialismo) se cierne sobre ésta la imposibilidad de encolumnar de manera estable y sostenida al conglomerado policlasista que la catapultó como primera fuerza electoral. Esto es lo que alimenta la confrontación interna, que la prensa comercial presenta como meras disputas por alcanzar la primera candidatura. Tales escarceos se explican parcialmente por pugnas entre camarillas que defienden a dentelladas futuros cargos electivos. Sobre todo, estas reyertas son necesarias para entretener, confundir y contener a los sectores sociales que ante el fin de las ilusiones cifradas en el plan de convertibilidad volcaron sus expectativas votando a la Alianza y pocos meses después, con mayor o menor claridad y definición, perciben que no obtendrán respuesta a sus reclamos y transmiten su descontento.

Desde este ángulo la continuidad de la Alianza y su arribo como tal a la elección presidencial de 1999 está en dependencia de la capacidad de amplios contingentes de clases medias, el grueso de la juventud y franjas del movimiento obrero para expresar políticamente sus demandas propias.

Es improbable que en tan corto plazo ocurra algo semejante: las clases medias son incapaces por definición de crear algo diferente al Frente del Sur y sus sucesores; los jóvenes, atravesados por diferencias de clase insalvables a partir de ellos mismos, tampoco pueden proponer un programa y una organización alternativos; y la clase obrera, fragmentada y desmovilizada como nunca antes en su historia, no está en condiciones de remontar esta situación en torno a una campaña electoral y en tan breve lapso.

Imposible prever si la ausencia de tal desafío garantiza la unidad de la Alianza. Porque existe una amenaza desde otro flanco: las facciones de la burguesía que desde el PJ -o a través de él- reproducen el mismo movimiento que diera lugar a la Alianza.

En este sentido, la ansiedad por hallar «la pata peronista» podría muy bien estar anunciando una nueva metamorfosis, para la cual no necesariamente están dispuestas todas las fracciones del capital representadas en la UCR.

Por sobre cualquier especulación, sin embargo, se impone la realidad objetiva: estos movimientos bruscos de reacomodamiento y realineamiento no se producen en torno a una propuesta programática, sino a causa de y acelerados por la ausencia de una perspectiva estratégica, un programa de acción, un canal organizativo y dirigentes capaces de poner en pie el Tercer Movimiento Nacional.

En ese sentido, la Carta del Bauen -una mezcla de desarrollismo tímido (Ferrer), con neoliberalismo tardío (Machinea)- es un programa revulsivo… para la propia Alianza. Ese carácter se hace ostensible en el hecho de que sea Alfonsín quien condujo la puesta en escena, ante el más que visible descontento por parte de los precandidatos presidenciales.

No se trata, por cierto, de una disputa personal. Aunque con las contradicciones y debilidades señaladas, la Carta plasma una línea de acción con dos diferencias significativas respecto de la política aplicada en la actualidad: el intento de un sector del capital de aprovechar la aguda confrontación interimperialista, volcar todos los esfuerzos a la consolidación del Mercosur (entendido en este caso como frente único de sectores análogos de las burguesías de la región) y sobre esa base recuperar hasta donde sea posible la capacidad de decisión enajenada absolutamente por el conjunto de la burguesía en 1989/90.

Importa subrayar que en aquella oportunidad fue el conjunto, para percibir que ahora no hay líneas claras en el realineamiento. Así, se hacen inteligibles hechos aparentemente inexplicables como, por ejemplo, que luego de haberle pedido públicamente a Alfonsín que se calle la boca, Castagnola fuerza una sonrisa mientras el ex presidente, con evidente y legítima satisfacción, la mantiene a un costado en la presentación de la Carta; y que pocas horas después, Alfonsín sonría nuevamente con una copa en alto, pero esta vez al lado del titular del ejecutivo… todo esto mientras el gobernador de Buenos Aires Eduardo Duhalde proclama que el modelo está muerto y urge encontrar un reemplazo.

Se equivoca quien piense que el espectáculo estriba simplemente en la plasticidad moral y política de sus protagonistas. La causa de fondo es un reacomodamiento que no encuentra cauce firme por las razones expuestas. Esto abre interrogantes sobre durabilidad y consistencia del bloque burgués plasmado en la Alianza (o de cualquier otro que pudiera sucederlo), pero sobre todo afirma dos certezas: 1) si ocurriera la improbable consolidación de una coalición representativa de un realineamiento burgués, se asentaría exclusivamente en el propósito de disputar con el imperialismo el reparto de la plusvalía total, con el supuesto inconmovible de que ese objetivo exige aumentar la extracción de plusvalía absoluta y relativa; 2) en la hipótesis de que se consolide una coalición política representativa del realineamiento burgués, Alianza o como se llame, con tal o cual referente como candidato, la fuerza aglutinante del Frepaso está agotada. (Eventualmente podrá ganar elecciones, pero incluso esto es incierto, tanto por el combate menor con el candidato de la UCR, como por la posibilidad de promover un poderoso bloque de oposición programática que se exprese electoralmente contra las dos variantes burguesas).

Desde el punto de vista de la posición política de la clase obrera, se vuelve así al comienzo de los 90, cuando el viraje del gobierno peronista recién votado abrió la posibilidad de un realineamiento social y político del proletariado y el conjunto del pueblo trabajador, que significara la ruptura con la noción policlasista impuesta por el peronismo desde mediados de los 40 y la constitución de una fuerza política de masas con un programa independiente y clasista.

Tal analogía, sin embargo, no significa identidad. Y las diferencias son las que definen la coyuntura histórica y las tareas que deberán afrontar los luchadores sociales en general y los revolucionarios marxistas en particular.

 

Mal menor, oportunismo e izquierdismo

Cuadros, militantes y activistas, dirigentes sindicales e intelectuales, afrontan por tanto una instancia crucial.

Frente a ella, gravitan tres tendencias ideológico-políticas que deben ser combatidas y derrotadas: la opción por el mal menor; el pragmatismo dispuesto a sumergirse en supuestas oportunidades coyunturales; y el sectarismo ultraizquierdista, calificado por Marx como «esencialmente reaccionario» y condenado en la teoría y la práctica por los genuinos revolucionarios a lo largo de la historia.

No cabe aquí abundar en este debate. Baste decir que es preciso un extraordinario esfuerzo de voluntad para remontar las dificultades de todo orden que afronta la militancia revolucionaria marxista, para llevar a los luchadores sociales un mensaje preciso e intransigente: no reiterar las opciones por el mal menor que arrastraron a personas de avanzada a plantearse hoy la opción entre Castagnola o De la Rúa; no ceder ante el falso brillo de oportunidades pasajeras que, en todo caso, sólo pueden beneficiar a algún individuo, quien así se colocará ineludiblemente en manos del enemigo de clase; no transar, sea cual sea el costo aparente en lo inmediato, con quienes en lugar de análisis científico y determinación revolucionaria recurren al alarido, las definiciones grandilocuentes sin fundamento, el individualismo propio de pequeños burgueses que han perdido su lugar en la vieja sociedad y quieren recuperarlo en cualquier circunstancia.

A cambio, es preciso afrontar la coyuntura con un programa antimperialista y anticapitalista; con una propuesta de organización de masas; con una conducta de firmeza y sencillez sólo concebible a partir de grandes objetivos, fundamentos científicos y la voluntad templada para luchar por un gobierno de los trabajadores capaz de abolir el capitalismo y dar paso al futuro.

 

Buenos Aires, 19 de agosto de 1998

 

 

Notas

1.- Para defenderse de una acusación del presidente, según la cual Graciela Fernández Meijide habría cobrado salarios como docente con identidades diferentes, ésta se vio obligada a aclarar ante las cámaras de televisión que, en realidad, su nombre es Rosa Graciela Castagnola de Fernández Meijide. Al comienzo de su carrera política, pocos años atrás, sus asesores de imagen encontraron que presentarla como Doña Rosa Castagnola no ayudaría a ganar adeptos en el electorado de alta clase media porteña ni respetabilidad en los centros de poder, razón por la cual, pese a su marcado carácter autoritario, adoptó los apellidos de su esposo. El hecho carecería de toda importancia si no fuese porque, incidentalmente, indica hasta qué punto esta nueva dirigencia gestada de la noche a la mañana para reemplazar a los exhaustos partidos de la burguesía está dispuesta a conceder, en todos los planos, para ser aceptada por los poderosos y caer simpática al electorado al que se dirige. Ése es, en definitiva, el significado de la elección de Llach como economista de cabecera. Ver al respecto Alianza a la caza de empresarios, artículo de Martín Latorraca en El Espejo Nº 48.

2.- El episodio fue expuesto por el periodista José Natanson en Página/12 del 12 de agosto. El mismo artículo reproduce declaraciones de Enrique Martínez -presentado allí como economista del Frepaso- en las cuales refiriéndose a la Carta señala: «Cuando se dice que la Argentina crecerá a un 6% anual, se está poniendo una variable macroeconómica, como el crecimiento, por encima del resto de las cuestiones. Yo creo que se debería haber comenzado por analizar la manera de reintegrar el tejido social y la situación de los sectores marginados. Esta es la condición necesaria para avanzar con el resto de los problemas. Hay que comenzar por la economía real para luego pasar a la macro. No al revés». Sea lo que sea que se piense sobre esto de «comenzar por la economía real para luego pasar a la macro», lo importante es la rotunda condena de Martínez a lo que constituye el corazón de la propuesta económica de la Carta: crecer a un 6% anual durante un eventual gobierno de la Alianza. Esto no tendría la menor relevancia, excepto por un detalle: Martínez es uno de los 21 integrantes que elaboraron la Carta.

3.- Página/12, miércoles 27 de mayo de 1998; nota firmada por el periodista Maximiliano Montenegro.

4.- Clarín, jueves 13 de agosto, nota firmada por el periodista Marcelo Helfgot. Los párrafos en negrita están en el texto original.

(*).- Ya redactadas estas páginas, en un show televisivo presentado como debate entre Castagnola y De la Rúa, la Sra. dijo: «en la búsqueda de consenso si le toca gobernar `la Alianza no será un límite para mí´». Clarín, 17 de agosto, columna firmada por Tabaré Areas. De modo que hay algo a la derecha de Ulloa, Natale o Leopoldo Bravo que escapa todavía a las expectativas de la candidata.

5.- Clarín, 11 de agosto de 1998, entrevista realizada por Daniel Fernández Canedo.

6.- Permítasenos una digresión: algo raro debe estar pasando en el país. Hasta poco tiempo atrás, el Sr. Pérez era un recoleto ultracatólico, de cuya vida personal nadie sabía o, por lo menos, escribía nada. O casi nadie: porque periodistas malévolos lo han acusado reiteradamente de ser un mero testaferro del Vaticano. Otros, con datos más palpables, le endilgan pertenencia al Opus Dei, haber introducido en Argentina al grupo Comunión y Liberación (una rama eclesial de la CIA), para el cual incurrió en el único negocio que, hasta donde se sabe, le ha salido mal: la compra del semanario Esquiú. La imponente reproducción de la virgen que domina el ingreso a la torre de sus oficinas en Maipú y Avenida de Mayo, contribuyó sin duda a esta imagen de hombre pío y recatado, víctima de la habitual malevolencia. Entre los ataques recibidos, sin embargo, jamás fue acusado de ser esa clase de personas frívolas que se esfuerzan por mostrarse y mueren por una Ferrari, aunque no sea de colección. Sin incurrir en suspicacias, cabe preguntarse el por qué de tan abrupto cambio de conducta en este individuo al cual otros malévolos periodistas han acusado de financiar a los carapintadas y darle apoyo moral, material y celestial al detenido ex coronel místico Mohamed Seineldin (quien pese a las resonancias de su nombre es devoto de la virgen del Rosario, patrona de la operación Malvinas) y recientemente presidió en ausencia un Congreso nazi, realizado en el muy tradicional colegio católico La Salle, ubicado frente al que fuera el edificio de la AMIA.

7.- Memoria del Brigadier General Pedro Ferré. Coni; 1921; pág. 55.

8.- JB Alberdi, Escritos Póstumos; T. VI.

9.- Esteban Echeverría; Dogma Socialista; Editorial Claridad.

10.- Cita tomada de Industria y concentración económica, Eduardo Jorge, Hyspamérica; 1986, pág. 8.

11.- Los Secretos del Desarrollo; Eduardo Conesa; Planeta, 1994, pág. 98.

12.- Ib. pág. 178.

13.- La convertibilidad: ¿el peronismo en crisis?; Eduardo Curia; Corregidor; 1997; pág. 197).

14.- Otro siglo, otra Argentina; Juan Llach; Ariel; 1997; pág. 284.

15.- Crisis y Reforma en América Latina -del desconsuelo a la esperanza; Sebastián Edwards; Emecé; marzo de 1997; pág. 171.

16.- «Nadie escribe una oración completa sin denunciarse», afirmaba Thomas Mann. Es curioso el uso en este punto de la palabra fatal, que en castellano significa irremediable, ineluctable, aunque por extensión adquiere también el significado de malo, nefasto. Sin recurrir al psicoanálisis, está a la vista que para los autores de la Carta, el nefasto endeudamiento es una desgracia irremediable.

17.- Aldo Ferrer; El capitalismo argentino; Fondo de Cultura Económica; pág. 85-86. Cabe subrayar, como dato ilustrativo, que el título del capítulo de donde se extrae esta cita es La crisis económica y la reconstrucción democrática (1976-1989). Para el ex ministro de Levingston, en el período 1976-1989 hubo una crisis económica y una reconstrucción democrática; y si bien queda claro en su texto que rechaza la política económica de Martínez de Hoz, resulta igualmente evidente que incluye a la dictadura en la tarea de «reconstrucción democrática». No habría que tomar a la ligera el significado de ese título. El lúcido autor del mejor compendio de economía argentina tres décadas atrás, en la página 28 de El capitalismo argentino escribe que «la expansión alemana bajo el II Reich culminó en una imprudente política de expansión que superó los límites realistas establecidos inicialmente por Bismarck, hasta culminar en la Primera Guerra Mundial, la derrota y, posteriormente, el ascenso del nazismo, la barbarie y, otra vez, la guerra y la derrota» (cursiva de LB).

18.- La cifra es aproximada (es imposible seguir el ritmo de endeudamiento diario del gobierno, que oculta la información) y suma deuda pública y privada, por razones que -excepto para propagandistas del capital, es innecesario explicar. Pero a propósito de montos del endeudamiento, sería interesante ver el espectáculo de un debate respecto de la deuda externa en un gobierno de la Alianza, con Castagnola en algún alto cargo y Llach asesorándola. En el libro citado, el segundo de Cavallo revela con tono teórico un descubrimiento sin precedentes en la historia de la economía: «la deuda pública bruta, bien medida, bajó un 3,9% entre 1989 y 1995»; «la deuda pública neta bajó un 14,2% entre 1989 y 1995» (el autor evalúa la deuda pública total de 1995 en 93 mil millones de dólares); (Op. cit. Pág. 181). Está claro: la culpa la tiene Alfonsín. La gestión Cavallo-Llach no duplicó el endeudamiento, sino que lo redujo en proporciones extraordinarias. El Sr. Llach tiene título universitario y posgrados estadounidenses. Y Castagnola es la aliada de Alfonsín…

19.- Ib. pág. 133

20.- «Yo nací sensata» explicó Castagnola recientemente a la prensa para afirmar que sus posiciones no tienen nada que ver con adecuaciones a las exigencias del establishment y para mostrar que no sólo sabe mucho de economía sino que además tiene un profundo pensamiento filosófico.

21.- Cursiva nuestra. Antes de que cierta izquierda cambiara el concepto de revolución por el de utopía -para hacerlo más aceptable a su audiencia natural- no era necesario aclarar que éstas son por definición inalcanzables. De modo que no está claro si la oración incluye uno más de los muchos absurdos lógicos que contiene la Carta, o es una concesión lingüística al flanco aliancista proveniente de aquella izquierda.

22.- El ocultamiento no se limita a eludir el tema en la Carta. Llega al absurdo de ocultar la Carta misma. Al respecto, es ilustrativo leer la crónica de Eduardo Sampietro, un periodista que con la Carta en su portafolios recorrió innumerables sedes de la UCR y el Frepaso pidiendo un ejemplar, que le fue negado hasta que, para culminar su experimento, reveló que era periodista y… que tenía la Carta en sus manos. (El Espejo N° 51; 19 de agosto, primera plana). En la tercera línea del documento puede no obstante leerse: «Esperamos que éste sea el punto de partida de un amplio debate nacional».

23.- Luis Bilbao; Argentina fin de siglo: El abismo y el horizonte; pág. 205; Ed. Búsqueda; 1994.

24.- Nos referimos muy particularmente a activistas y dirigentes sindicales (y también a algunas agrupaciones estudiantiles) que con más o menos conciencia de la dinámica que seguían acompañaron este proceso desde las filas de lo que fuera el Congreso de los Trabajadores Argentinos. En las páginas de Crítica se siguió paso a paso ese proceso que, de la propuesta fundación de crear una fuerza política independiente de los trabajadores, tras un debate ideológico, político y organizativo que ganaron los aparatos sindicales respaldados por el Vaticano y la socialdemocracia, llevó a la proclamación de una pseudocentral cuyos principales dirigentes están directa y públicamente comprometidos con la Alianza, incluso ocupando cargos institucionales o aspirando a ellos.

 

carta abierta a la militancia

Aboquémonos ya a la recomposición de las fuerzas marxistas

porLBenCR

 

Decíamos hace 7 años y medio, en el párrafo final de la presentación de la primera edición de Crítica:

 

«(esta revista) Se pone en movimiento para ser vehículo de búsqueda y afirmación, de investigación y debate, tras el objetivo de recomponer en un nivel superior las fuerzas humanas, teóricas y organizativas de los revolucionarios marxistas en América Latina y el Caribe y de allí a todo el mundo. Está en sus manos para resistir la ofensiva del enemigo y preparar la contraofensiva de nuestra clase y nuestros pueblos».

 Hoy el mundo y Argentina están en otra situación. Y nuestra labor debe adecuarse a esos cambios. Tras los mismos objetivos y sin mengua de ellos, otras tareas están planteadas. Como en el momento de poner en pie y sostener esta revista, las exigencias actuales también requieren de la participación y el esfuerzo de miles para realizarse.

Por eso nos dirigimos otra vez a ustedes con un llamamiento. Esta vez para materializar aquello que señalábamos como difícil pero inalterable objetivo: recomponer nuestras fuerzas también en el plano organizativo y disponernos a lanzar la contraofensiva de nuestra clase y nuestro pueblo.

Queda abierta la incógnita de cómo se amoldará Crítica a los requerimientos de esta nueva etapa. No hay dudas, en cambio, sobre la necesidad de afrontar ya mismo y con la mayor energía de que seamos capaces el imperativo de dar cuerpo y existencia -una existencia visible y palpable para millones- a una organización política a la altura de nuestro tiempo y sus perentorias demandas.

De allí el texto que leerán a continuación, con la apelación a que lo tomen en sus manos, lo debatan y reescriban, hasta que podamos llegar a un llamamiento común, firmado por cientos de personas dispuestas a ponerse en primera fila para levantar una bandera roja de indignación por lo que sucede; roja de conciencia por lo que se debe hacer para terminar con esto; roja de decisión y de coraje para hacerlo.

 

Compañeras, compañeros,

Durante la última década fue necesaria una ardua tarea de propaganda en defensa de la continuidad del pensamiento marxista. Era necesario recuperar y afirmar una noción desdibujada por la onda expansiva del derrumbe de la Unión Soviética: el capitalismo es contrario al desarrollo del hombre como ser libre. Había que explicar, igualmente, que la crisis de nuestro tiempo es la crisis del sistema capitalista.

Fue un período dominado por la confusión y desmoralización generalizadas en nuestras filas.

La comprobación de que las vanguardias teóricas y políticas (en todo el amplio espectro que se reivindica marxista) no estaban a la altura de los acontecimientos, debía necesariamente caer como un rayo sobre organizaciones e individuos. La posterior oleada de fracturas que redujo a la nada a estructuras de envergadura, era una consecuencia inevitable. Como lo eran los efectos demoledores sobre decenas de millares de luchadores marxistas.

Pero esa etapa de la historia ha quedado atrás. Ya no es necesario esgrimir argumentos teóricos para mostrar la crisis del capitalismo. Los debates y posicionamientos de la década definieron perfiles y aclararon las aguas. La fragmentación de las organizaciones marxistas llegó a su límite.

También llegó a su fin el tiempo requerido para curar hondas heridas morales en militantes que vieron defraudadas sus esperanzas, malversados sus esfuerzos, conmovidas sus convicciones.

Ha quedado atrás una prueba por demás difícil. Y ha llegado la hora de afrontar las exigencias de una nueva fase en la historia.

 

Poner en movimiento las fuerzas acumuladas

De la adversidad se aprende. De la suma de adversidades se aprende más. En estos duros años se desplomó aquello que a los ojos del mundo representaba el socialismo. Los fundamentos teóricos y las experiencias históricas fueron cuestionadas desde las propias filas. Las masas trabajadoras fueron ganadas por la propaganda imperialista, pese a que simultáneamente se vieron acosadas por la aceleración en la crisis del sistema al que se proclamaba o aceptaba como inapelable vencedor. Sin retaguardia, con las armas trabadas y rodeados por masas en disgregación y retirada, las vanguardias sufrieron tanto o más que el resto de los trabajadores los efectos de la desocupación, el doble empleo, la falta de recursos para sostener la actividad militante.

Tal conjunción diezmó nuestras filas. A las miles de bajas producidas por la represión en los años anteriores se sumaron otras tantas deserciones que, a diferencia de aquéllas, en lugar de abonar nuestro acervo histórico ahondaron heridas y obraron como la herrumbre sobre las vigas que deben sostener la confianza en el compañero.

Por si fuese poco, los intentos de atacar males desconocidos con recursos viejos, provocaron una sucesión de reveses adicionales.

¡Cuántos espíritus generosos e inteligencias con brillo fueron arrastrados por este reflujo histórico que los convirtió en lo contrario!

Que los historiadores contabilicen en el futuro las pérdidas de esta década trágica. Y califiquen nombres y conductas hoy incalificables.

A nosotros nos corresponde, por el contrario, reconocer lo que quedó. Y hallar el modo de recomponer esa fuerza. Porque el sismo que nos golpeó tiene su epicentro en la crisis del sistema que combatimos. A nuestras filas las sacudió, avisándoles acerca de las fuerzas objetivas que no pueden ser neutralizadas con aparatos ni maniobras. Pero a defensores y beneficiarios del capital, les destruyó una por una las columnas del sistema.

Sí: tras una década de sistemáticos reveses, la militancia que quiso y supo resistir, puede observar con confianza el futuro.

Hemos acumulado innumerables enseñanzas teóricas; hemos asimilado una historia que antes pesaba sobre nuestras cabezas como una lápida de mentiras y tergiversaciones; hemos descubierto la diferencia entre los métodos de la acción anticapitalistas y aquellos mecanismos necesarios para sostener y reproducir la ideología de los explotadores; hemos experimentado en carne propia la inviabilidad de fórmulas repetidas para sostener prestigios o aparatos, o simplemente por incapacidad de desentrañar la realidad con las armas de la teoría y la voluntad de la acción. Y si nos observamos con ojos limpios de legañosas mezquindades, si miramos al horizonte en lugar del entorno inmediato, descubrimos que lejos de haber sido aniquiladas, nuestras filas suman decenas de miles, depuradas además de aquellos débiles de corazón y de conciencia que optaron por acomodarse en un rincón del sistema.

Y más importante aún; mucho más importante: si miramos con objetividad veremos que la agudización de la crisis capitalista ha trabajado más que nadie durante esta década para poner a millones de víctimas en condiciones de comprender y asumir una propuesta de lucha anticapitalista.

Como en todo proceso vital, al cabo de un período de grandes cambios históricos tenemos enfrente las fuerzas creadas por el mismo fenómeno cuyos efectos destructivos sobresalieron hasta ahora. Se trata entonces de acometer las tareas necesarias para que tanta potencia acumulada, aunque dispersa al punto de hacerse invisible para la mayoría de sus propios componentes, logre plasmar en expresiones de lo nuevo que pugna por abrirse paso.

Se trata, simplemente, de hacer consciente y visible nuestra propia fuerza. Darle organicidad. Y apuntarla hacia un objetivo preciso: la abolición del capitalismo.

 

Llamado a la acción por el reagrupamiento

Estas son tareas impostergables. Si al agravamiento vertiginoso de las condiciones de vida de las grandes mayorías no se le opone una alternativa clara, intransigente, creíble como tal porque creíbles son las personas y la organización que la levantan, la sociedad argentina rodará sin control por un abismo ya a la vista de quien quiera mirar de frente la realidad.

Por esto, los abajo firmantes, luchadores marxistas de diferentes vertientes, convocamos a trabajar por la realización de una Conferencia Fundacional de un partido revolucionario marxista, comunista, que resulte de la recomposición de nuestras filas actualmente dispersas.

Es posible dar ese paso. De hecho, hay numerosas iniciativas que apuntan a lo mismo y es un reclamo escuchado en todo el país.

Se trata entonces de coordinar esos esfuerzos. Estamos convencidos de que la sola afirmación de una voluntad fundacional con respaldo en un número significativo y representativo de compañeras y compañeros puede obrar como el oxígeno en la sangre para decenas de millares de militantes dispersos y desorientados, anulados por la inexistencia de una organización que los contenga; y para otros tantos jóvenes deseosos de encontrar cauce cierto para sus ansias de lucha.

A partir de allí, alentamos la autoorganización de juntas promotoras en todo el país, que tomen en sus manos la difusión del llamamiento, organicen a su modo el debate y formulen su propia propuesta en relación con el texto original, la cual deberá ser conocida por todos los nucleamientos e individuos empeñados en la tarea, mediante mecanismos que las propias juntas promotoras adoptarán en su momento.

Esta labor preparatoria concluirá con la realización de un primer Encuentro o Conferencia, los días 6 y 7 de diciembre próximo, en lugar a determinar según conveniencias y posibilidades, donde se funcionará según los principios de la democracia directa, es decir, un individuo un voto. De esta manera, en un sentido se iguala a todos los militantes sin partido (hoy la inmensa mayoría) con cualquier fuerza política estructurada; al tiempo que no se niega el papel de organizaciones partidarias o nucleamientos de diverso tipo, dado que podrán pesar en la toma de decisiones en la exacta medida del número de sus integrantes.

Esta metodología no excluye a las organizaciones de tipo partidario. Todo lo contrario. Varias de ellas están formalmente comprometidas en propósitos análogos. La suma de éstas y otras que aún no se han manifestado en este sentido puede ser un acelerador decisivo para la conformación de un partido revolucionario marxista. No se trata de excluir a priori, sino de encauzar una recomposición lo más amplia que la realidad permita. Esto sólo es posible a nuestro entender mediante la constitución de una estructura nueva, sin punto de contacto con la noción de Frente. En un Frente se opera una yuxtaposición de organizaciones, no una recomposición. Esto deja fuera de la capacidad de decisión programática y política a la inmensa mayoría de la militancia. Alienta los acuerdos por compromisos en lugar de definir posiciones y afirmar bases comunes. Y fortalece una dinámica fraccional según las actuales líneas organizativas, en lugar de incentivar replanteos y debates con la participación de toda la militancia partidaria.

La amplitud de la convocatoria, naturalmente, debe tener parámetros. Y para que tenga un sentido práctico realizar tal encuentro, es preciso garantizar un marco básico de acuerdo. Para ello, y como primer paso de esta labor de recomposición, proponemos una plataforma genérica que cada participante deberá asumir responsablemente como condición para participar con todos los derechos. Reproducimos a continuación una propuesta de compromiso básico:

 

Compromiso de acuerdo básico para participar del Encuentro Fundacional de los revolucionarios marxistas

 Yo, ………………………. declaro que:

 I.- Considero que el capitalismo, inmerso en una profunda crisis a escala mundial, no puede ni podrá jamás satisfacer las necesidades elementales del ser humano y que, por lo tanto, la lucha consecuente por los reclamos básicos que hoy aúnan a cuatro quintas partes de la humanidad (trabajo, pan, techo, salud, educación) exige la abolición del sistema y su reemplazo por el socialismo.

 II.- Entiendo por socialista una sociedad en la que los medios de producción y cambio están en manos de los trabajadores libre y democráticamente organizados y autogestionados, quienes a través de sus organismos de masas conducen efectivamente un Estado que garantiza la democracia y los derechos civiles para las grandes mayorías de obreros, campesinos, estudiantes, pequeños y medianos productores, a la vez que ejerce todo su poder de presión contra las fuerzas de la reacción interna e internacional que se le oponen por la fuerza.

 III.- A partir de la experiencia histórica y su síntesis teórica, afirmo mi convicción de que el derrocamiento de la sociedad capitalista sólo puede ser obra de las masas explotadas y oprimidas conscientes de su condición de tales, unificadas en sus propios organismos, ejerciendo democráticamente su protagonismo en la lucha contra el capital.

 IV.- Igualmente, la experiencia histórica y la teoría confirman que el desarrollo de la conciencia de las masas, su organización unitaria según sus intereses de clase y, particularmente, la lucha efectiva por el poder, demandan como condición indispensable que los revolucionarios marxistas, los comunistas, nos organicemos como partido capaz de llevar a cabo esas tareas históricas, adecuando formas y criterios a la realidad y las circunstancias.

 V.- Por causas que no tienen hoy una explicación unívoca e inapelable, el primer intento exitoso de creación de un Estado Obrero comprometido con la construcción del socialismo, nacido de la gloriosa Revolución de Octubre, acabó en la degeneración de su dirección y en el derrumbe de la Unión Soviética, lo cual circunstancialmente volcó las relaciones de fuerzas a favor del imperialismo. Esto redundó en un mayor debilitamiento de las fuerzas revolucionarias en todo el mundo. A partir del rumbo negativo adoptado por la URSS y el retroceso de la revolución mundial la militancia cargó con rémoras de deformaciones ideológicas y políticas; ahora se suma a esto la confusión y en muchos casos la desmoralización. En este cuadro, considero el deber de un revolucionario comunista hacer todos los esfuerzos que estén a mi alcance para contribuir a recomponer las fuerzas marxistas, afirmar las bases de un genuino Partido de lucha anticapitalista, de neta definición marxista, y alentar por todos los medios el estudio, la investigación y el debate franco y democrático para esclarecer las causas del desenlace ocurrido en la URSS, el cual no obstante su grandiosa y catastrófica dimensión actual, entiendo como un momento pasajero en la historia de la lucha de clases internacional, que por ella será asimilado y superado.

 VI.- Dada la confusión ideológica y la disgregación organizativa dominantes en las filas de izquierda, entiendo que una perspectiva seria de recomposición de fuerzas requiere una estricta delimitación, a la vez que se procura la unidad del conjunto de la clase obrera y sus aliados. Mi esfuerzo militante, por tanto, apunta a lograr por un lado la unidad de los revolucionarios marxistas mediante una recomposición de fuerzas rigurosa en todos los planos, y por otro lado a labrar la unidad de la clase obrera como tal y de ésta con todos sus aliados naturales.

 VII.- Esto significa un simultáneo esfuerzo por edificar organizaciones que contribuyan a la unidad social y política de los trabajadores, a la vez que se lleva a la práctica un enérgico plan de reafirmación ideológica, delimitación política y recomposición organizativa entre todos aquellos que nos reivindicamos marxistas, avanzando con prudencia pero sin vacilación ni demora hacia la realización de un Congreso de fundación -o refundación- de un partido de los revolucionarios marxistas.

 VIII.- Tras este objetivo, mi compromiso individual consiste en reafirmar mi carácter de militante revolucionario marxista, comunista, y poner el mayor empeño para que la recomposición de fuerzas transite por carriles objetivos, con base en la discusión de postulados ideológicos, contenidos programáticos, criterios organizativos y políticas concretas.

 IX.- Las profundas heridas producidas en las filas revolucionarias por la deformación del concepto de militante comunista, exigen un replanteo radical del significado de la organización partidaria, sus cuadros dirigentes y su militancia de base. Ese replanteo no debe ni puede partir de acusaciones personales sino de conceptos depurados por la experiencia histórica y su reafirmación teórica. Las responsabilidades individuales por errores, desviaciones y deformaciones del pasado serán juzgadas en términos políticos, con base en el ejercicio efectivo de la democracia de los trabajadores. Y el único tipo de impugnación aceptable para vetar a un/a compañero/a su derecho a emprender el camino de la recomposición de fuerzas y la refundación de un partido de los comunistas será aquél que se apoye en cargos relativos a la moral revolucionaria y la ética militante, debidamente avalados por pruebas fehacientes.

 X.- Entiendo igualmente que como punto de partida en el proceso de recomposición es necesario poner estrictos límites ideológicos y políticos.

 XI.- La oposición al Frepaso y la Alianza, al igual que la negativa a integrar todo y cualquier frente conducido por la burguesía en cualquiera de sus sectores, así como la aproximación con el máximo de respeto y la defensa incondicional frente a todas las direcciones revolucionarias del mundo -y en particular a la dirección del Partido Comunista de Cuba- manteniendo a la vez la más absoluta independencia de criterio y libertad de opinión frente a todos ellos, si bien insuficientes, son parámetros necesarios para dividir aguas entre quienes pueden y quienes no pueden sumarse inicialmente a este proceso.

 XII.- Con base en estos postulados, asisto al Encuentro de revolucionarios marxistas, en el cual ejerceré mi derecho democrático de exponer y/o respaldar posiciones destinadas a traducir la idea general en un plan político que arme táctica y estratégicamente a la militancia para la acción inmediata, en tanto avanzamos hacia la realización de un congreso fundacional del partido de los revolucionarios marxistas.

 

Lugar y fecha:

 Firma:

 Aclaración:

 (Nota: si lo considera necesario, firme con pseudónimo; el reconocimiento de cada participante, de todas maneras, requiere el aval de otros/as dos compañeros/as).

 

Plan de trabajo hasta diciembre

Entendemos que con estos puntos se logra el doble objetivo de consistencia y amplitud. Pero antes de ponerlo en circulación es preciso acordar exactamente en los términos del Compromiso Básico. Esto supone un período preparatorio en el cual individuos y organizaciones dispuestos a emprender la tarea reformulen y definan un texto común y lo rubriquen formalmente.

A partir de allí, habría un instrumento preciso para que en torno a él se formen las juntas promotoras. Será tarea de éstas contactar y organizar a todos/as aquellos/as militantes, grupos y organizaciones dispuestos a trabajar por este objetivo. Y promover la autoorganización de nuevas juntas en barrios, lugares de trabajo, localidades, etc; en la convicción de que sólo una participación plena de cada uno podrá llevar a la superación de la actual dispersión.

Hay, por tanto, una primera tarea de difusión de un cuerpo básico de ideas y de autoorganización en torno a ellas. Dado ese paso, cada junta organizará el debate y la profundización del Compromiso Básico, llegando tan lejos como le resulte posible en la elaboración de lo que entiende deben ser los principios, la plataforma, el programa de acción y los criterios de funcionamiento del partido a fundar.

En la medida en que, por definición, durante este primer período no habrá un centro organizador, la circulación de la producción resultante de este trabajo quedará limitada a las capacidades propias de cada junta. Es previsible que varias publicaciones de mayor o menor alcance se dispongan a brindar sus páginas para que este proceso se lleve a cabo (desde luego, Crítica hace un compromiso formal al respecto). Aun así -y en tanto estamos proponiendo la creación de cientos de juntas promotoras- no es dable garantizar una distribución adecuada a nivel nacional y con garantía de que cada militante involucrado en este propósito reciba los materiales eventualmente producidos en todo el país.

Ese objetivo se podrá alcanzar recién en la Conferencia. Y por eso mismo, este encuentro no podrá ser más que un primer peldaño en la recomposición orgánica de las fuerzas revolucionarias marxistas.

Pero si sobre estas bases se logra reunir un número significativo de militantes de todo el país, y a esa Conferencia se arriba con propuestas concretas presentadas como anteproyectos de Declaración de Principios, Plataforma general, Programa de Acción y Estatuto, allí podrá conformarse, según el voto universal de los delegados, un centro coordinador nacional -y tantos centros regionales como sean necesarios- con el mandato expreso de organizar, según modalidades y plazos que allí se definan, un Congreso Fundacional.

A esto los convocamos, compañeras y compañeros.

Desde estas páginas hemos definido nuestra concepción de partido, pero cabe resumirla ahora, a modo de compromiso formal de nuestra parte.

 

 Un partido a la altura de las nuevas circunstancias

Durante décadas se han acumulado en las filas revolucionarias metodologías y teorizaciones que han confundido naturaleza y carácter de un partido marxista y han impuesto una cultura que debe ser barrida como punto de partida para encarar con seriedad la tarea de edificar una organización capaz de afrontar las exigencias de nuestro tiempo.

Un revolucionario es ante todo un rebelde. La imprescindible disciplina de una organización que pretende enfrentar al poder burgués para vencerlo, no puede contradecirse con este principio elemental. El funcionamiento de un partido revolucionario marxista, por tanto, excluye el adocenamiento, la verticalidad, el ocultamiento o la marginación de las diferencias de cualquier tipo. Y repudia el fetichismo de los cargos directivos y su utilización como principio de autoridad.

El pensamiento burgués concibe la armonía como la ausencia de conflicto; el pensamiento marxista la entiende como un orden superior en el cual la confrontación es parte inseparable de la identidad fundamental. Por lo mismo, los criterios de funcionamiento de un partido revolucionario marxista deben sostener como principio el derecho a la expresión orgánica y formal de opiniones diferentes a las de las mayorías, pero sobre todo garantizar que el paso previo a la afirmación de posiciones y diferencias (es decir, la investigación, la búsqueda y el debate), sea parte de la vida normal de la organización y sus militantes. Esto supone no sólo la admisión, sino el aliento a la existencia de revistas teóricas, publicaciones individuales o grupales, el estudio, la investigación y la defensa de las posiciones a las que se ha arribado.

El pensamiento burgués concibe la diferencia como un choque de individualidades en procura de prestigio y posiciones de poder; el pensamiento marxista la entiende como la parte inseparable de un todo armónico en el constante esfuerzo colectivo por la aproximación a la verdad. Por ello, la pretensión de anteponer opiniones individuales o sectoriales por sobre la que predomine en un determinado momento es tan inadmisible como lo es la idea de acallar voces disidentes o heterodoxas. Quien se dispone a integrar un partido de combate contra el capital, asume como principio el ejercicio inapelable del centralismo, cuya fortaleza reside en la adopción democrática de las posiciones estratégicas y tácticas de la organización y en la elección igualmente democrática de los integrantes de los cuerpos deliberativos y ejecutivos responsables por la articulación y aplicación efectiva de aquellas posiciones.

 

Vanguardia y masas

Está fragmentada y dispersa la primera línea en el combate de clase porque fragmentadas y dispersas están las masas. Una combinación de razones históricas sostiene desde antes del cuadro coyuntural actual esta doble disgregación. La unidad social y política de las masas explotadas y oprimidas es un objetivo estratégico inseparable de la recomposición de fuerzas marxistas. La predominancia de una u otra tarea es una mera decisión táctica. La forma concreta que adopte la unidad social y política de las masas depende de un cúmulo de circunstancias en constante mutación. Por ello, cabe siempre la discusión táctica al respecto. Pero esto supone que todo accionar de los marxistas en función de la recomposición de fuerzas afirmará desde el punto de partida la necesidad de bregar por la unidad social y política de las masas; lo cual a su vez afirma como principio la búsqueda y defensa irrestricta de vínculos políticos y organizativos con las masas y sólo a través de ellas con sus eventuales vanguardias.

Por lo mismo que no todos los revolucionarios son marxistas (lo inverso también es verdad), la condición de luchadores de primera fila no conlleva necesariamente la asunción de una estrategia de revolución social sobre la base de masas conscientes, organizadas y en ejercicio pleno y directo de la democracia. Quienes sí asumimos tal estrategia y concebimos la lucha de clases como un combate mundial de los explotados contra el capital, entendemos la unidad con otros destacamentos de vanguardia como una función de la unidad social y política del conjunto y no como un instrumento para alentar o conducir este objetivo.

 

Espontaneidad y conciencia

Contribuir a la educación y organización de las masas, armar los innumerables instrumentos necesarios para ello, desarrollar esa actividad como eje articulador de todo accionar político, será un objetivo en torno al cual cimentaremos un camino de recomposición de fuerzas. Desde los órganos centrales de agitación, propaganda y elaboración del partido revolucionario marxista corresponde promover la proliferación de publicaciones de todo tipo y envergadura (desde revistas teóricas a boletines barriales o fabriles), centros de estudio, sistematización de conferencias y debates, con el máximo de autonomía y donde los propios participantes definan su grado de aproximación o identificación con el partido de los revolucionarios marxistas.

Subrayar el papel decisivo de la conciencia social para la edificación de una sociedad de hombres libres no supone desestimar el papel de la espontaneidad de las masas en su rebeldía contra la explotación. En épocas normales, el proletariado y el conjunto de los estratos explotados y oprimidos de la sociedad no tienen conciencia ni voluntad revolucionaria. Por ello, en lugar de resolverse gradualmente, las contradicciones se acumulan durante largos períodos en los que las víctimas del capital se someten más o menos mansamente y sustentan con su conducta social y sus ideas el poder de la clase enemiga. En un determinado punto -al cual se arriba con prescindencia de la voluntad de las clases y sus partidos- aquellas contradicciones estallan y rompen las cadenas visibles e invisibles del control social. Es la hora de la sublevación de las masas. Y no necesariamente culminará en revolución victoriosa. Entre los numerosos factores que definirán esa confrontación están justamente la existencia de una instancia de cohesión social y política del conjunto de los explotados; y de una formación de cuadros capaces de asumir el comando del combate con todo lo que esto implica.

 

Historia, presente y futuro

Atravesamos una etapa en la cual la lucha de clases internacional, para hallar un cauce de realización exitosa, reclama una síntesis de más de un siglo de teoría, organización y combate del proletariado moderno. Estudiar y debatir esa historia es una condición para afrontar el presente y el futuro. Pero la historia no puede someterse a votación. Un partido revolucionario marxista no puede tener como condición de pertenencia la unanimidad de opiniones frente a acontecimientos fundamentales del desarrollo humano. Eso equivale a pretender congelar la historia. Y congelar la historia en una opinión única equivale a impedir la reflexión presente y clausurar todo pensamiento proyectado hacia el futuro.

Un partido revolucionario marxista debe levantarse sobre un programa de lucha anticapitalista, principios de acción política y una estrategia para que las masas asuman el poder en sus manos. El ejercicio de la democracia obrera y la participación plena de su militancia, enraizada en la clase obrera y el conjunto de la sociedad, hará el resto. Investigaciones y debates sobre acontecimientos clave de nuestra clase deben ser alentados como parte de la vida normal de la organización. Lo mismo vale para elaboraciones sobre la actualidad o proyecciones futuras. No es tarea de un cuerpo ejecutivo impedir o reglar las expresiones de investigación y búsqueda de respuestas al desafío futuro. Una militancia educada y consciente de sus derechos y obligaciones sabrá poner en su lugar a cada una, cuando en la periódica definición de lineamientos y personas encargadas de aplicarlos, los Congresos, aquella labor teórica se traduzca en propuestas políticas.

 

Pensamiento y organización

Existen hoy numerosos órganos de elaboración y debate teórico-político. La eventual convergencia de sus integrantes en un partido revolucionario marxista no presupone necesariamente su desaparición o fusión en un órgano único. Del mismo modo que es inútil duplicar esfuerzos cuando hay bases suficientemente sólidas para proyectar con mayor amplitud y potencia una labor de elaboración y propaganda, sería erróneo forzar la desaparición de publicaciones distinguidas por rasgos particulares en su posicionamiento respecto de cuestiones teóricas.

La evolución de esas particularidades puede eventualmente llevar a una incompatibilidad con los fundamentos del partido que integran. O pueden resolverse en una síntesis superadora. En cualquier caso, el saldo será de signo positivo para la militancia como individuos y la organización como conjunto: el marxismo es una ciencia crítica; la confrontación lo enriquece: porque su negación es dialéctica y asimila de lo que rechaza, con el doble saldo de un conocimiento más aproximado a la verdad del objeto en cuestión y el fortalecimiento de la conciencia -y por lo tanto la confianza en sí mismo- de quienes intervinieron o siguieron el debate.

Crítica adelanta su disposición a autodisolverse para integrar un órgano común al servicio de un partido revolucionario marxista. Pero esa decidida voluntad no excluye su continuidad si por razones de orden práctico o por diferencias significativas en el plano teórico, aún dentro de los principios y fundamentos que votare un Congreso, considerara necesario su continuidad. Va de suyo que esto mismo lo aplicamos a cualquier otro órgano de investigación, elaboración y debate.

Tanto más en esta coyuntura de convergencia y recomposición que en períodos en los que un proyecto político ha tomado cuerpo en las masas, un partido revolucionario marxista debe estar dispuesto a contener y encauzar diferencias teóricas y/o políticas a través de tendencias cuya adhesión y compromiso con los documentos y el accionar del partido no esté en cuestión y se manifieste en la disciplinada observancia de las resoluciones democráticamente adoptadas por la mayoría en cada instancia partidaria.

 

Manos a la obra

Estos fundamentos no son de una persona, una organización o una corriente: son las columnas históricas forjadas en la lucha obrera por el socialismo.

Miles, decenas de miles de militantes, podemos reconocernos en ellos, hoy, en este país. Es nuestro deber realizar el esfuerzo por darle cuerpo organizativo y capacidad efectiva de accionar político a aquellos fundamentos.

No se trata de deponer posiciones o minimizar diferencias. Sino de probar su consistencia en la fragua del combate social. Dispuestos a defenderlas como minoría si es el caso; y a aplicarlas como conducción de un verdadero partido revolucionario marxista si concitan el respaldo de la mayoría.

El poeta español León Felipe decía desde el exilio:

 «Ya vendrá el viento fuerte

que me lleve a mi sitio

La proximidad de fuertes vendavales se huele en el aire. Cada uno debe elegir cuál es su sitio».

 

Buenos Aires, marzo de 1999

venezuela, brasil, ecuador, paraguay, argentina

Actualidad de la crisis en América Latina

porLBenCR

 

Introducción

Dos circunstancias predominantes hoy en el escenario político mundial anuncian el comienzo de un cuadro de situación radicalmente diferenciado del que rigió durante la década que termina: la cantidad de conflictos entre los diferentes tentáculos del imperialismo ha dado lugar a una calidad diferente: como nunca antes la máxima potencia imperialista, Estados Unidos, ha perdido su capacidad arbitral en casi todos lo terrenos. Y como nunca antes desde la afirmación del imperialismo como fase superior del sistema capitalista, éste toma compulsivamente control directo sobre economías de países dependientes de gran envergadura.

Dicho de otra manera: la agudización de la lucha interimperialista coincide con el agravamiento extremo de las contradicciones entre las burguesías dependientes y el capital financiero internacional, mientras el gendarme mundial comprueba que, para sostenerse en su sitio, sólo tiene respaldo en la ultima ratio del capital: la violencia.

Es igualmente inédito el otro rasgo distintivo de esta coyuntura histórica: la ausencia del proletariado a escala internacional y nacional con un proyecto propio de sociedad futura, en torno al cual sea posible articular la resistencia y preparar una respuesta ofensiva.

Otro factor determinante de la realidad a fin de siglo suma su cuota al descontrol global: ahora sin atenuantes y a la vista de todos, está probado el rotundo y definitivo fracaso de reimplantar el capitalismo en lo que fuera el mal llamado mundo socialista; con el consecuente colapso socioeconómico y político, en magnitudes jamás vistas, de todo aquel sector del planeta.

De la mera enunciación del cuadro surge el carácter extraordinariamente contradictorio de la situación: el capital tiene hoy la iniciativa en todos los terrenos; los conflictos se dirimen exclusivamente en el marco impuesto por sus diversas fracciones; pero estos son de tal magnitud y gravedad, que han roto definitivamente toda posibilidad de arbitraje inapelable, lanzando a unos contra otros en una abigarrada mezcla de insolubles confrontaciones: Estados Unidos, Unión Europea y Japón, como tres bloques imperialistas en mortal combate por los mercados mundiales; Japón contra sus aliados-víctimas del sudeste asiático; Alemania contra Francia en la UE; y diferentes bloques monopólicos entre sí en el seno de la clase dominante estadounidense. A su vez, todos aunados se avalanzan sobre países dependientes de gran desarrollo capitalista y vital peso en la economía regional y/o internacional (Indonesia, México, Brasil, Argentina, entre tantos otros), a los que mediante presiones económicas someten a situaciones comparables a las de un esquema colonial, mientras cada tentáculo metropolitano hiende en las grietas de las burguesías locales para intentar sobreponerse a los demás, en una carrera desenfrenada para expoliar riquezas en magnitudes que sobrepasan por mucho el saqueo colonial durante los cuatro siglos posteriores a la conquista de América.

Aun así, la tasa media de ganancia de las potencias capitalistas no logra recuperarse; la sobreproducción de bienes y los siderales excedentes dinerarios no logran ubicación rentable; se traba el mecanismo de la reproducción ampliada del capital; la recesión mundial pone a la orden del día un crack bursátil al que los analistas burgueses más optimistas comparan con el de 1929; y la depresión económica se levanta como amenaza palpable para el imperialismo.

Las guerras lanzadas por Estados Unidos contra Irak en diciembre y contra Yugoslavia en marzo últimos, los desplazamientos que éstas provocaron mientras Rusia y Brasil ingresaban de lleno en el descontrol económico, resumen este nuevo cuadro mundial.

 

Debilidad del más fuerte

Resulta por demás evidente la enorme diferencia que hay entre la guerra conducida por Washington contra Irak en 1991 y la de diciembre de 1998. En 1991 Estados Unidos formó una coalición con todos los países altamente desarrollados. Nadie rompió el cerco; nadie levantó una voz en contra; todos participaron activamente.

Siete años después, en febrero de 1998, Estados Unidos intentó repetir aquel ataque. Señalamos en aquella oportunidad –Crítica Nº 19- un aspecto que un año más tarde cobra mayor y más clara trascendencia: el gobierno de William Clinton había sufrido una derrota humillante; intentó atacar mediante los mecanismos de las Naciones Unidas y con una coalición como en 1991. Con todo dispuesto, un instante antes de iniciar el ataque, tuvo que suspenderlo porque Francia, respaldada por Rusia, enfrentó a Estados Unidos y amenazó con ejercer el derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. Francia y Rusia adoptaron públicamente esa posición y Estados Unidos se vio en una situación sin salida: si iba al Consejo de Seguridad a legitimar el ataque se ubicaba una alternativa imposible: eran aceptar o desconocer el veto.

Si Estados Unidos lo aceptaba, reconocía ante el mundo que no es más el árbitro inapelable en el mundo. Aceptar el veto era admitir que había una fuerza superior a la de Estados Unidos a la hora de definir cuestiones fundamentales en el escenario internacional. Y si no lo aceptaba rompía a la ONU.

Pero la ONU sigue siendo un instrumento para el control político internacional de Estados Unidos. Entonces apeló a quien ejerce como secretario de las Naciones Unidas; lo envió en una misión ficticia que aparentara la negociación de una paz urgente. Y con esa escenografía, retrocedió. Fue una derrota diplomática humillante y de enorme trascendencia.

Desde luego, ese paso atrás no terminó con el conflicto. Nueve meses después, Washington lanzó su operación por fuera y en contra de la ONU. Primero atacaron y después informaron. Francia y Rusia hicieron explícita su oposición ante todo el mundo.

Este giro de los acontecimientos tiene rasgos más marcados en el caso de la agresión contra Yugoslavia. Tras muchos meses de vacilaciones y desacuerdos, otra vez -y por las mismas razones- Estados Unidos se lanzó a la guerra contra Yugoslavia mediante la Organización del Tratado del Atlántico Norte, eludió a las Naciones Unidas y violó las leyes internacionales que aceitaron el orden mundial desde el fin de la segunda guerra mundial, es decir, durante el período de supremacía indisputable de Estados Unidos en el mundo capitalista, donde era árbitro inapelable.

 

Reaparición masiva de posiciones antimperialistas

En este cuadro general, resurgió un sentimiento antimperialista encarnado en movimientos masivos con predominancia de jóvenes. Cuando el auge de banalidades derivadas del equívoco concepto de globalización daba por muerto y sepultado al imperialismo y su contraparte, sostuvimos que el resurgimiento impetuoso de contradicciones con los centros metropolitanos era inexorable. Y que si esto no era contemplado en una estrategia de lucha anticapitalista, aquella fuerza de honda raigambre y extraordinario poder potencial sería desviada y capitalizada por ideologías y propuestas políticas ultraderechistas. Ya en marzo de 1998 se pudo verificar la irrupción de esta fuerza en un área determinada: el Sudeste Asiático. En aquella oportunidad adelantamos que esa ola antimperialista se manifestaría también en Medio Oriente. Plasmo allí con las movilizaciones masivas contra la agresión a Irak. La ola de odio antiimperialista pasó muy rápidamente del Sudeste Asiático con dirección oeste. Y no se detuvo. Algunos días antes, esa misma fuerza que está barriendo el planeta aunque muchos no la vean todavía, se manifestó en Venezuela.

 

Derrota imperialista en Venezuela(1)

Las elecciones en Venezuela en noviembre pasado equivalen a un verdadero terremoto político. Para comenzar, y con prescindencia del curso que tome la situación en aquel país, la victoria del Polo Patriótico encabezado por Hugo Chávez constituye una derrota del imperialismo y la burguesía local.

Venezuela tiene 40 años de institucionalidad regular, sin conflictos mayores y en todo caso resueltos dentro del marco institucional. Durante esos 40 años dos partidos mayoritarios, sobre la base de una abstención que llegó a niveles increíbles, obtenían casi la totalidad de los votos en las disputas presidenciales. Durante 40 años se mantuvo en Venezuela esta situación.

El 6 de diciembre hubo elecciones y estos dos partidos que durante 40 años estuvieron turnándose en el poder se vieron obligados, cuatro días antes de las elecciones, a retirar sus candidatos a presidente. ¡Cuatro días antes de las elecciones! Ambos partidos apoyaron a un candidato a presidente que surgió contra ellos y ganó espacio denunciándolos por corruptos.

El pánico hizo presa de las diferentes facciones de la burguesía local y de todas las ramas del imperialismo, específicamente de Estados Unidos. Compelidos por ellos, Acción Democrática -sección venezolana de la socialdemocracia- y la Democracia Cristiana -sección de la estructura política vaticana en aquel país, allí denominada Copei- retiraron sus candidatos para apoyar a un advenedizo que, desde las trincheras de la burguesía y el imperialismo, los demolía con sus denuncias.

El resultado fue que, todos juntos, obtuvieron el 39,9% de los votos, contra el 56,3 del candidato contrario, Hugo Chávez, quien no tenía partido, no tenía estructura, no tenía tradición en la lucha electoral. Tenía simplemente notoriedad por un acto político particular, que después vamos a considerar.

De esta manera toma cuerpo un conjunto de fenómenos manifestados en términos electorales, donde lo menos importante es lo electoral a pesar de que los resultados sean tan extraordinariamente contundentes. De hecho el 6 de diciembre murieron los dos partidos que gobernaron Venezuela durante 40 años y perdió por mucho el intento de imponer un nuevo partido del capital, apoyado por las dos estructuras tradicionales. Y ganó una coalición recientemente formada.

 

Otra etapa histórica continental

Está claro hace tiempo que en América Latina no hay partidos. Los que aparecen como tales, no lo son. Es la ausencia de alternativa lo que permite que ellos sobrevivan. Pero ya no son partidos en el sentido histórico de la palabra. Son aparatos vacíos de fervor popular, sostenidos exclusivamente por la corrupción, repudiados pasiva o activamente por 9 de cada 10 ciudadanos.

No se trata sólo de Venezuela. Lo más importante de lo ocurrido allí es que muestra que la asunción del programa de crisis capitalista por parte de los grandes movimientos burgueses nacional populistas -el PRI en México, el APRA en el Perú, el MNR en Bolivia, el peronismo en Argentina, etc- completa la demolición de estas organizaciones, en curso desde hace por lo menos tres décadas. La misma razón aniquila a variantes socialdemócratas cuando existen, o les cierra el paso cuando se intenta edificarlas como salida de emergencia.

Aquellas fuerzas populistas contuvieron a las masas latinoamericanas durante más de medio siglo. Pero ya han desaparecido, aunque sus siglas estén todavía gobernando en más de un caso. Y las masas latinoamericanas, las masas obreras, campesinas, la juventud, los marginalizados, no reconocen ninguna pertenencia política.

Desde Crítica hemos defendido la idea de que ante esta situación se plantea una disputa estratégica por el control de las masas entre tres grandes corrientes.

Pero, en circunstancias críticas, dos de ellas se aúnan contra una tercera. Esas tres grandes corrientes son el marxismo, la socialdemocracia y la democracia cristiana. La democracia cristiana y la socialdemocracia tienden necesariamente a unirse contra el marxismo en este combate estratégico, cuya duración y formas concretas es imposible prever: puede resolverse en poco tiempo o prolongarse; puede tener diferentes instancias de frente único con corrientes de esos poderosos aparatos o plantear un combate frontal.

¿Qué fue el Frente Grande en Argentina sino la manifestación evidente de que el radicalismo y el peronismo no contenían a las masas? Ese surgimiento impetuoso, extraordinario y para muchos sorprendente del Frente Grande, que arrolló a los dos partidos mayoritarios en algunas elecciones… ¿qué es sino la demostración de que esos partidos ya no tienen capacidad para contener a las masas? ¿Y qué es sino la alianza de la socialdemocracia y la democracia cristiana contra el marxismo lo que transforma este fenómeno en el Frepaso primero y en la Alianza después?

Claro, hay otra cuestión: ¿dónde estuvo el marxismo dando el combate? No estuvo, ciertamente, en los partidos que se llaman marxistas. Sea porque no vieron el fenómeno, sea porque fueron absorbidos por él. Organizaciones de escasa dimensión no pueden librar el combate político. Pueden dar (si es que pueden) el debate ideológico, el debate teórico. Pero no pueden dar el debate en la calle, el combate político, y ganar a las masas.

Por eso ese desplazamiento a derecha (Frente del Sur, Frente Grande, Frepaso, Alianza), sin resistencia en el plano de masas. Pero ese ciclo terminó. La elección interna de la Alianza el 29 de noviembre, con la victoria de un candidato ultraconservador, le puso la lápida. Y es justamente cuando termina ese ciclo que se produce el terremoto político en Venezuela.

No hay ninguna casualidad aquí. Esta sincronía está revelando fuerzas muy profundas y está revelándonos que estamos de lleno ante una nueva situación. No importa que cuando ocurre algo tan importante como la agresión a Irak, o como tantas otras cosas que afectan en todos los órdenes a las masas en Argentina, éstas continuen quietas. Eso, por duro que sea coyunturalmente, no cambia el hecho de que el rechazo masivo, la voluntad de edificar algo nuevo, la rebelión potencial, está latente; como está el árbol en la semilla.

Pero en Venezuela ya se manifestó. No como fue el caso de las elecciones legislativas en 1993, con la gran irrupción electoral del Frente Grande (aunque, vale la pena señalarlo, también en Venezuela hubo anteriormente este tipo de victorias parciales a través de otras expresiones político-ideológicas). En este caso no es un gobierno local, no es una elección legislativa. No: es la presidencia del tercer o cuarto país más importante de América Latina, que además es el segundo proveedor de petróleo de Estados Unidos.

En ese país es donde la manifestación de la ausencia de los partidos produjo un resultado político que catapulta una fuerza nueva. Es la primera cuestión a enfatizar cuando se estudia el resultado de las elecciones en Venezuela.

Para analizar la situación y tomar posición no cabe partir de los rasgos psicológicos, de las tradiciones personales, de las particularidades individuales del Sr. Chávez. No. Corresponde partir de la certeza de que Chávez es fruto de una situación general. Y esto es lo que importa en primer lugar: la crisis mundial del capitalismo, su múltiple impacto en el plano regional, su manifestación en un país clave del continente, han producido un quiebre institucional irreversible.

Sí: irreversible. Esto no se revierte por vías normales. No es que mañana tienen una nueva elección y gana un nuevo partido. Eso pudo ocurrir en Nicaragua, por ejemplo; o en Haití. Pero no ocurrirá en Venezuela. Es posible tener las mayores dudas respecto de lo que va a pasar en aquel país. Pero pesan ante todo algunas certezas determinantes: esto no se resuelve en términos institucionales.

Lo que nos interesa antes de nada es establecer un método de aproximación a los fenómenos políticos y sociales. Nosotros tenemos un cuadro mundial, tenemos un cuadro regional y tenemos un momento, una etapa histórica determinada. En esa etapa histórica tenemos una situación de masas particular en un país determinado, que ha dado como resultado una coalición muy amplia que incluye desde la izquierda reformista (que allá se llama MAS y que es un ala de la socialdemocracia), hasta los revolucionarios marxistas, pasando por distintas formas populistas y por diversas variantes de izquierda cristiana de organización social y política. Aunque su expresión oficial fue arrasada, la iglesia está involucrada en este movimiento. Esta amplitud tiene la fuerza que ganó electoralmente en Venezuela.

¿Quién es el que cataliza y representa hoy esta fuerza naciente? El ex teniente coronel Hugo Chávez. En torno de Chávez se formó un partido que se llama Movimiento V República. Y ese partido, con el resto de fuerzas políticas de izquierda reformista, populistas, de izquierda revolucionaria y organizaciones cristianas, formaron el Polo Patriótico que ganó las elecciones.

En Argentina y en todo el mundo se ha hecho una campaña teledirigida por Estados Unidos para convencer a la opinión pública mundial de que Chávez es un «golpista»; un«carapintada». Chávez encabezó un golpe contra un gobierno constitucional, es verdad. Entonces eso lo hace un golpista.

 

Caracterizar con bases objetivas

En términos gramaticales es así: una persona que intenta dar un golpe es un golpista. Pero en términos políticos es otra cosa.

Los carapintadas se levantaron una y otra vez en armas para evitar que los militares fueran juzgados y condenados por sus crímenes durante la dictadura. Esa fue la causa por la que tomaron las armas. Ni siquiera pretendían tomar el poder.

Chávez se levantó para tomar el poder. Fuera de dudas, buscó el poder mediante un golpe militar. Pero no se alzó en contra de las masas o de un reclamo democrático, sino como prolongación de un movimiento de masas muy amplio, con centro en la juventud y los estudiantes, que en un determinado momento produjo una insurrección en la capital de Venezuela, el Caracazo, ahogada mediante una feroz represión por parte del gobierno constitucional. Es sugestivo que ese gobierno constitucional estuviera en manos del presidente de la internacional socialista en América Latina, Carlos Andrés Pérez.

Poco después Pérez fue destituido y encarcelado por ladrón. Las consignas que levantó Chávez en su asonada: fueron contra el gobierno de ladrones y de represores. Y a diferencia de lo que pasó durante los pujos carapintada en Argentina, donde hubo movilizaciones de masas (recuérdese la Semana Santa de 1987) contra la sublevación militar, allá hubo movilizaciones de masas en respaldo de la rebelión encabezada por Chávez.

En cuanto a la identificación de Chávez con los carapintada, ocurre porque efectivamente tuvo relaciones con este sector. Intervienen aquí una serie de cuestiones, pero el hecho es que, efectivamente, hubo por lo menos dos encuentros con este sector. Hasta donde podemos saber, se trató de una operación de la CIA, uno de cuyos hombres es Mohamed Alí Seineldín, que tiene como asesor o mentor ideológico a Lindon Larouche, un reconocido agente de la CIA que desde hace años trabaja sobre militares latinoamericanos. Tuvieron otros puntos de apoyo aquí. E intentaban al parecer una operación destinada a cooptar por el lado del carapintadismo argentino a ese movimiento militar que había nacido en Venezuela. Aunque no contamos con información, se puede suponer que, por parte de Chávez y su equipo, estaba la intención inversa: encontrar un punto de apoyo en las filas militares argentinas. Luego de dos viajes de Chávez a Argentina, la relación aparentemente se cortó y Seineldín condenó a Chávez como agente castrista, acusación que haría pública recientemente, durante la campaña electoral, cuando estuvo claro que éste ganaría las elecciones.

Esto no quiere decir que en ese grupo que intentó el golpe en Venezuela -Chávez, obviamente, no hizo solo aquella sublevación militar y carecemos de información detallada al respecto- no pueda haber gente ideológicamente asimilable a lo que son los carapintadas aquí.

Presumiblemente, entonces, tenemos de un lado una operación de la CIA y de otro la intención de Chávez de cooptar para su proyecto bolivariano y latinoamericanista, según su propia definición, a una parte del ejército de Argentina es decir, de tener una política para los militares latinoamericanos. Si esto está bien o está mal, si tiene o no tiene futuro, es otra discusión. La haremos -con el rigor que requiere- en el futuro inmediato. Pero lo que no es posible es calificar al movimiento con la analogía golpista-carapintada. Eso, sencillamente, no es serio.

Pero si no tuviéramos estas informaciones, si no supiésemos nada de todo esto, nuestro modo de aproximación al movimiento encabezado por Chávez no cambiaría un ápice. Nuestro criterio para tomar posición frente a un fenómeno político es preguntar y responder: ¿dónde están las masas? ¿qué posición política adoptan quienes las dirigen en relación con las demandas fundamentales de las masas? Este es nuestro modo de aproximación.

Nuestro punto de partida no es preguntar o hacer conjeturas respecto de si es marxista o no es marxista. (Sabemos bastante bien qué han hecho y hacen personas que se autodenominan marxistas de las más diversas variantes: no es el nombre lo que define una política).

Claro: nosotros vamos a estudiar y analizar con el mayor cuidada qué clase de ideología tienen Chávez y su movimiento. (Vale recordar que no estamos desprevenidos al respecto: enCrítica Nº 11, es decir a mediados de 1995, publicamos un discurso de Chávez. Conviene releerlo, ahora que él es presidente, entre otras cosas para comprobar que Crítica no corre detrás de los acontecimientos). Pero no será la ideología autoproclamada de un individuo o una organización la que determine nuestro posicionamiento.

Para nosotros el planteo es: tenemos un movimiento de masas y un líder (aunque no sería correcto centrar la mira en una persona) de carácter ecléctico en todos los sentidos.

Los documentos del Movimiento V República incluyen una declaración de principios y un programa que son exactamente esto: eclécticos; no definen nada de manera taxativa. Particularmente cuando se habla de economía. El programa alude a una economía humanista; que es lo mismo que decir nada. Aparte el significado filosófico preciso del término (sobre el que reina una enorme confusión), hay que decir que las economías no son humanistas o antihumanistas. Las economías son a favor de una clase y en contra de otra o viceversa; están basadas en la propiedad privada de los medios de producción y la ley del valor, o en la propiedad colectiva y la planificación; están a favor del capital o en contra del capital.

¿Por qué este eclecticismo del MVR? Puede haber muchas explicaciones. Que no haya acuerdo interno; que se quiera engañar a las masas; que se quiere engañar al enemigo de las masas. Son tres posibilidades entre tantas otras posibles. No hay por qué interpretar hoy, sin elementos objetivos suficientes, la voluntad subjetiva de Chávez. Si lo hiciéramos estaríamos cometiendo un acto de irresponsabilidad. Sabemos que el programa es ambiguo. Podemos tener conjeturas -y las tenemos. Pero no se puede hacer política con base en conjeturas. Se hace política sobre hechos y sobre dinámicas sociales encarnadas en fuerzas políticas. Metodológica y políticamente no es correcto tener hoy una opinión concluyente ante un fenómeno cuyas fuerzas componentes recién han comenzado a manifestarse y desplegarse.

Ahora bien, en el programa económico, en medio de vaguedades, se dicen algunas cosas que despiertan interés. No se dice, por ejemplo, que no se va a pagar la deuda externa. Durante la campaña, según toda la prensa comercial Chávez proclamaba que no iba a pagar la deuda. Resulta que el programa de gobierno no dice que no va a pagar la deuda.

¿Qué dice en relación con la deuda? No haremos hoy el análisis crítico que requiere la Declaración de Principios y el Programa de gobierno. Esa es una tarea a realizar sin demora, pero que exige un reconocimiento directo sobre el terreno. Porque, insistimos, no es sobre textos o declaraciones que se apoya nuestra posición. Con esa aclaración, veamos lo que el MVR sostiene oficialmente sobre la deuda externa:

«Un análisis comparativo entre el monto de la deuda externa y nuestras potencialidades de ingresos de divisas nos lleva a la conclusión de que estamos ante un problema solventable. Sin embargo, examinaremos la reestructuración de los pagos estimados para los próximos cinco años por presentar los montos más elevados en un período difícil para nuestras cuentas externas. Entre las opciones a considerar se encuentran:

• Recompra de la deuda externa en los mercados financieros internacionales.

• Conversión de deuda por capital, planteando oportunidades para negocios en el país.

• Reestructuración de la deuda con organismos multilaterales o mecanismos bilaterales.

• Negociar un período de gracia para algún porcentaje de la deuda,

que permita solventar las dificultades de la coyuntura.

• Negociar nuevos préstamos para comprar deuda contraída, y así mejorar el perfil y el cronograma de pagos.

La deuda pública interna será honrada y serán respetados los compromisos de la República. Las acreencias de los trabajadores del Estado serán adecuadamente satisfechas».

La lectura de este texto deja claro que, tal como está, en los próximos cinco años la deuda no se puede pagar; pero no lo dice de modo explícito. Y abre variantes que quedan en completa dependencia del curso de los acontecimiento.

Después el documento dice dos cosas: «El Estado mantendrá la propiedad de sus dos más importantes empresas energéticas, Petróleos de Venezuela y Electrificación del Caroní y privilegiará la estabilidad y formación de sus trabajadores, profesionales y gerentes»; o sea, no van a privatizar. Eso dice el programa. Y desde luego no equivale necesariamente a que se cumpla. Pero está establecido como compromiso y es exactamente lo contrario de lo que exige el imperialismo a todos los países del área.

El MVR hace otra afirmación importante, ya no en el orden económico sino en el plano político. Y en nuestra opinión la clave está aquí, en la bisagra para pasar del gobierno al poder:

«convocatoria y realización de la Asamblea Nacional Constituyente, instancia político jurídica que originará un nuevo marco institucional para la refundación de la República, la reestructuración del Estado y el establecimiento de un nuevo consenso político y social.

«Asamblea Nacional Constituyente que relegitimará los poderes del Estado, estableciendo con claridad las funciones y límites de cada uno, así como la garantía de su independencia equilibrada y del respeto a los derechos humanos individuales, económicos, sociales y las libertades públicas.

«Este proceso permitirá sentar las bases y lineamientos de un Estado eficiente, rector de las políticas, promotor y estimulador del desarrollo, que garantice la paz interna, la justicia social y la seguridad jurídica mediante un Poder Judicial autónomo e imparcial y un Congreso genuinamente representativo. Ese Estado también debe garantizar la conservación del medio ambiente y la buena gestión de los asuntos públicos, así como desarrollar mecanismos de interacción, reglamentación y mediación. Un Estado que devuelva a la sociedad formas de participación hoy confiscadas por un esquema centralizador y que disponga de una Administración Pública ágil, flexible, de cara al ciudadano, orientada hacia el logro de objetivos y no al control de procedimientos».

Un punto de importancia mayor es el modo de elección de los diputados constituyentes:

«El sistema electoral para elegir a los integrantes de la Asamblea Nacional Constituyente debe ser nominal, combinado con fórmulas que permitan la representación de las minorías». Y a continuación se coloca otra barrera clave al afirmar: «El cargo de constituyente es incompatible con el ejercicio de cualquier otro destino público o privado». Como culminación del proceso, la Declaración adelanta la magnitud de la empresa: «Después de la Fase Asamblearia, todos los poderes públicos, incluyendo la Presidencia de la República, deberán relegitimarse, adecuándose al nuevo marco constitucional».

No hay espacio para la duda: la lucha es por el poder. ¿El poder para quién? cabe preguntar. La posibilidad de un bonapartismo militar está objetivamente planteada. Pero, aparte de que las condiciones internacionales y locales no ayudan a tal perspectiva, hay tendencias objetivas y posiciones políticas en otra dirección. En los textos hay párrafos que aluden explícitamente a la participación de las masas en la vida política. Pero lo verdaderamente importante de este fenómeno no está en los textos. Está en la dinámica que aparentemente pretende imponerse a la situación social, tendiente a la movilización, la organización y la participación de las masas. Habrá que verificar si esto se cumple o no.

También se enumera una serie de medidas para combatir la pobreza y la desigualdad en la distribución de la riqueza.

En cuanto a esto, una cosa es decirlo cuando se es candidato y otra decirlo cuando se es presidente. Y no solamente para un burgués.

Venezuela está en una situación catastrófica. Según dice la propia plataforma de gobierno del MVR «el 80% de la población está en situación de pobreza y el 46% en situación de pobreza estructural y pobreza extrema o indigencia. Esta situación está comprometiendo cada vez más las posibilidades de desarrollo humano del país».

Este no es un problema fácil de resolver; además hay que tener en cuenta que se ha llegado al gobierno por elecciones. Es difícil -subrayémoslo: extremadamente difícil- incluso si se ha llegado al poder por las armas; es decir, si primero se ha acumulado la fuerza y el enemigo ha sido derrotado en combate. Pero hay que insistir en esto: se ganó una elección. Y hasta donde estoy enterado, ninguna revolución se hizo por elecciones. Aunque las elecciones pueden abrir un camino. Este puede ser el caso. Habrá que seguir paso a paso el proceso para verificar si lo es o no. Y contribuir en aquello que nos sea posible. Porque nosotros no somos observadores ni comentaristas.

Otro de los puntos que plantea Chávez es revitalizar la OPEP. Esto tiene algo que ver con Irak y con la guerra. Para Estados Unidos esto significa que mañana se le plantan los países productores de petróleo nuevamente, porque como hemos visto la situación es dramática para todos ellos, no importa la ideología de sus gobernantes, no importa la línea política que hayan aplicado hasta ahora: esos gobiernos perdieron ingresos en una proporción de de 20 a 7. Tienen que hacer algo. Y lo van a hacer(2).

 

Táctica y estrategia: 
no hay política revolucionaria, sin teoría revolucionaria

Una organización revolucionaria debe saber de antemano que este tipo de fenómenos ocurren con carácter de necesidad; porque no estudia la superficie de los acontecimientos sino la dinámica de los acontecimientos.

Hace cuatro años -todos lo saben- estábamos en el mejor de los mundos. No había ningún problema para el sistema. Rusia era capitalista y desde luego gran aliada de Estados Unidos. Todo era una maravilla y muy pocos en las filas de izquierda creían que hubiese una crisis capitalista. Allí están los documentos del XIX Congreso del PCA (y está también nuestra respuesta), para probarlo. Por el contrario, nosotros decíamos que había una crisis capitalista muy profunda, la describíamos y en la conclusión se decía(3):

«Este panorama confirma que ha cobrado actualidad una crisis en el cuerpo político del imperialismo con base en una severa disrítmia en el corazón del mercado mundial (Estados Unidos, Europa Occidental y Japón) para la cual el capital no tiene otra medicación posible que un saneamiento profundo, muy drástico, de la economía de los países altamente desarrollados, lo cual presupone violentos choques en cuatro planos:

# de las potencias imperialistas entre sí

# de las burguesías imperialistas contra sus propios trabajadores (revitalizando la lucha de clases dentro de los países imperialistas)

# del imperialismo y las burguesías asociadas contra los trabajadores de los países subdesarrollados y dependientes (incluyendo ahora en esta categoría a las repúblicas de la ex URSS y a los países del ex Pacto de Varsovia)

# de los países centrales contra los pueblos de los países subdesarrollados y dependientes».

En Venezuela tenemos ahora la plasmación de estas cuatro formas de conflicto y confrontación.

¿Por qué los países imperialistas deben mantener tan extraordinariamente bajo el precio del petróleo? Porque para sostener la tasa de ganancia, los dos factores principales sobre los que pueden operar son los precios de las materias primas y los precios de la mano de obra. Si no pueden bajar más los precios de las materias primas, tienen que bajar los salarios de sus propios obreros. Y cuanto más bajan los precios de la mano de obra, más agudizan la confrontación de clases al interior de sus países. Está a la vista en Venezuela esta contradicción. Como también lo está la contradicción obvia de la burguesía venezolana contra los trabajadores venezolanos y la contradicción de Estados Unidos con los trabajadores venezolanos y buena parte de la burguesía de aquel país.

Lo mismo vale para la burguesía argentina. Porque estamos hablando de Venezuela, pero si bien la circunstancia política es diferente, la sustancia es exactamente la misma.

Cuando viene Estados Unidos -el FMI- y dice: «hay que privatizar el Banco Nación», no se está enfrentado solamente con los trabajadores de Argentina. Está poniendo de punta a más de la mitad de la burguesía local y está creando una contradicción que necesariamente tiene que manifestarse y que se va a manifestar. Y que en Venezuela ya se manifestó.

Entonces, el movimiento chavista -así lo llaman allá- ese Polo Patriótico, tiene todas estas contradicciones dentro. De manera que si viene un superizquierdista a la moda y nos explica que efectivamente el movimientos de Chávez es un movimiento nacionalista burgués, va a encontrar elementos en la realidad para justificar lo que dice. Y si viene uno de aquellos acostumbrados a ponerse siempre del lado del que gana (hasta que pierde) que dice Viva Chávez, y contrarrevolucionario el que no siga incondicionalmente a Chávez, va a encontrar una cantidad de elementos para fundamentar su posición.

Y nosotros vamos a rechazar a ambos. Porque no tenemos una visión mecánica de las cosas; no tenemos una visión en blanco y negro de los fenómenos. Este fenómeno es blanco y es negro. Y el color históricamente resultante va a depender de la lucha, del combate y naturalmente de los hombres que corporicen esa lucha y ese combate.

¿Cómo se desempeñará Chávez en esto? No lo sabemos. No tenemos la menor idea. Claro que pesa, seguro que pesa, el hecho de que este dirigente vaya en una u otra dirección. La actitud individual de los hombres en estas circunstancias no es secundaria. Pero en la conducta futura de Chávez pesará más lo que pase en el conjunto social que lo que él quiera o piense hoy. Y no solamente por lo que pase en Venezuela. También por lo que ocurra en el resto de los países.

Para terminar, reiteremos que éste es un fenómeno en el cual plasma la dinámica del mundo en su conjunto y de América Latina en particular: eso es lo que ha tomado cuerpo en Venezuela.

A partir de ahora se desata en aquel país una lucha ideológica, una lucha política y probablemente una lucha armada. Porque hasta cierto punto el imperialismo va a esperar. Después de ese punto va a poner en movimiento sus resortes en las fuerzas armadas. Washington va a fracturar las fuerzas armadas y va a plantear algún tipo de intento de golpe de Estado. Y si hay dudas objetivamente fundadas sobre muchas cosas, en este plano no hay espacio para dudar: si el imperialismo y sus socios venezolanos hacen un intento de golpe de Estado, los vencedores en las elecciones no se van a quedar mirando al cielo. Está planteada esa posibilidad.

Tenemos que entender que el fenómeno es extraordinariamente complejo, que no tiene un curso definido. Tenemos que partir de la base de que en Venezuela no hay un partido revolucionario marxista con tradición, con fuerza, con cuadros. Y que esta ausencia se va a hacer sentir con mucha fuerza. Será muy fácil de hoy en más levantarse y decir «esto no se hizo»«esto está mal».

Pero nosotros no somos profesores de política. Hay buenos profesores de política en la UBA y algunos de ellos son también parte de la Universidad de los Trabajadores; pero nosotros hemos elegido otra cosa: somos militantes. Observamos los fenómenos sociales y políticos con la voluntad de ser parte de ellos y queremos se protagonistas de su transformación en dirección a la revolución socialista. No estamos acá para decir esto está bien, aquello está mal, éste no sabe, éste sí sabe, éste es un traidor, aquél… no, eso es ajeno a nuestra conducta, a nuestra concepción, a nuestra metodología y a nuestros más elementales sentimientos.

Quienes nos conocen saben que no acostumbramos callar nuestras opiniones, por difícil que sea sostenerlas. No lo haremos tampoco en este caso. Pero no dictaminamos a distancia, como profesores: luchamos en todos los planos, como revolucionarios.

 

Desafío continental

No termina en Venezuela esto. Crítica ha expuesto desde su primer número la crisis económica mundial, pero repitámoslo: la crisis desatada en julio del año pasado no terminó y se profundizó.

En este cuadro, la existencia de un gobierno de estas características en Venezuela cambia la situación latinoamericana y seguramente va a contribuir al resurgimiento de los sentimientos antiimperialistas, no necesariamente anticapitalistas, menos aún marxistas, pero antiimperialistas, objetivamente anticapitalista y sin duda anti Estados Unidos.

Las masas ven al FMI dando órdenes en todos lados. Ese sentimiento de rechazo generalizado en toda América Latina, coincide con la instalación en un país clave de un gobierno que se ha proclamado estandarte en la confrontación contra el imperialismo, por la unidad latinoamericana, bolivariano y revolucionario. Son dos fuerzas que pueden establecer una interacción que acelere y agudice todas las contradicciones.

Además -y no es un detalle- hay otro gobierno, que no es solamente antiimperialista y que no es ecléctico: el de Cuba.

Se abre una nueva fase en nuestra historia. Estamos de lleno en una fase que, desde luego, viene gestándose desde hace mucho y desde hace mucho hemos anunciado. Pero ahora es actual.

Para afrontarla cobra también actualidad la propuesta de un bloque antiimperialista continental, partidos de masas de los trabajadores, con pluralidad ideológica pero con firmes definiciones políticas contra el imperialismo y la explotación. Y también como parte inseparable de un todo estratégico, la recomposición de las fuerzas revolucionarias marxistas y la organización de partidos revolucionarios marxistas.

En Crítica y otras publicaciones hemos afirmado una posición teórica y una estrategia política. Pero estas batallas nunca se ganan en el papel.

 

Brasil: el gigante arrodillado(4)

Sin siquiera máscaras que disimulen su papel, los centros imperiales se adueñaron también de Brasil. A la vez que obró como un síntoma más de la inconsistencia en el equilibrio de la economía mundial, la devaluación de la moneda brasileña mostró con crudeza impar el cambio cualitativo que viene produciéndose en los países cínicamente llamados emergentes: de condicionar economías dependientes, el imperialismo pasa a la utilización de esa dependencia para ocupar puestos de conducción política directa. Desde esos puestos de comando instrumenta políticas destinadas a sostener niveles de rentabilidad del capital financiero internacional suficientes para mantener, todavía por un tiempo, el bamboleante edificio de nuevo orden mundial.

El penoso espectáculo ofrecido en los últimos diez años por la clase dominante de Argentina, reiterado a partir del colapso en el sudeste asiático en Korea de Sur, Indonesia y otros países del área, se repite en este país continente, séptima economía mundial, con 160 millones de habitantes y la capacidad objetiva de arrastrar, en su temida caída, al sistema financiero internacional.

Tal vez no se justifique, pero el cuadro aparece más patético aún por el hecho de que, en lugar de un individuo como el que desde la Casa Rosada juega el papel de dócil empleado del gran capital extranjero, en el Palacio del Planalto de Brasil resida un reconocido y culto sociólogo de larga trayectoria: con su abyecta conducta, Fernando Henrique Cardoso parece estar reflejando el derrotero de toda una generación de «intelectuales progresistas» en América Latina.

 

Giro reaccionario

La historia reciente es conocida. Ya a mediados del año pasado, con el colapso de la economía rusa, se hizo evidente que el atraso cambiario de la moneda brasileña no podría resistir. Pero estaban por delante las elecciones. Y Cardoso concurría para la reelección en la presidencia.

Cuatro años antes, en una maniobra impensable en otras circunstancias, el conjunto de la burguesía brasileña -y el imperialismo en todas sus versiones- se alinearon tras Cardoso para impedir lo que, seis meses antes de los comicios, se adelantaba como la segura victoria de Lula, candidato del Partido de los Trabajadores. A la sazón el PT había aprobado un programa de transformaciones de fondo y en su último Congreso había visto cómo la radicalización de la sociedad se transmitía a la estructura de este partido de masas, llevando a la dirección a su ala más radicalizada.

Había buenas razones para que la ultraderecha y todo el espectro reaccionario de las clases dominantes brasileñas adoptaran como candidato a este sociólogo progresista. Que Cardoso y su recientemente fundado Partido Socialdemócrata de Brasil (PSDB) aceptara semejante compañía también tiene, desde luego, razones de peso y larga data, sobre las que debieran reflexionar las personas bienintencionada que tienden a procurar el mal menor en estos momentos de zozobra.

Como quiera que sea, el hecho es que en 1994 Cardoso derrotó a Lula. Y, desde luego, aplicó el programa exigido por el frente burgués que lo catapultó al poder. Una violentísima ofensiva económica contra las masas y en especial beneficio de las empresas transnacionales, comenzó a cambiar la dinámica social dominante desde que los militares debieron comenzar a recorrer el prolongado camino que los llevaba a abandonar el poder, a comienzos de los años 80. Cardoso, el más progresista entre los intelectuales renombrados de Brasil, fue la bisagra para ese cambio fundamental.

Y el movimiento arrastró también al PT. Desde luego en este proceso de desenlace penoso y vergonzoso para los principales protagonistas, pesó el cuadro internacional que le hacía de telón de fondo: el derrumbe de la Unión Soviética y la estampida en masa de dirigencias de izquierda, intelectuales y activistas políticos, hacia posturas dictadas por la desmoralización, la confusión y la renuncia. Pero no cabría disculpar con este cuadro general a las cabezas responsables de una extraordinaria fuerza política con definiciones socialistas y aval de masas por la suerte corrida por el PT: nunca las batallas tienen una definición a priori. Es el combate el que decide. Y es la no asunción del desafío, de la histórica confrontación planteada a la vanguardia brasileña en aquella instancia, lo que decidió la victoria de la burguesía y, ante todo, del imperialismo.

Así, tal vez con la derrotada huelga de los petroleros en 1995 como hito simbólico, se revirtió la dinámica social brasileña. De años de sistemática y creciente radicalización, concientización y organización, el país de mayor gravitación en Sudamérica pasó exactamente a lo inverso.

Algunos dirigentes del PT fueron arrastrados por esta invisible fuerza social. Otros contribuyeron consciente y militantemente con ella, y se ubicaron en la cresta de la ola de reacción. Otros fueron vencidos, al menos en la coyuntura histórica.

En la superficie, mientras tanto, reinaba la estabilidad. El real sostenía su precio con leves correcciones, aunque desde luego perdía sin cesar su valor, aumentando la brecha entre realidad y apariencia. Pero el fin del flagelo de la inflación -como en Argentina- fue un valor suficiente para millones de trabajadores agobiados por años de demencial carestía. Y así se instauró una dialéctica negativa entre las masas y sus direcciones. Resultado: en la Central Unica de los Trabajadores (CUT) se impusieron las tendencias más conservadoras y muchas de las personas más comprometidas con políticas de conciliación de clase, cuando no directamente corruptas. No son pocas las excepciones que rompen esta regla. Y no sería inteligente minimizarlas y desechar no sólo su significación histórica, por haber dado la batalla contra esta ola de reacción, sino su potencialidad para un futuro cercano. En el PT, ocurrió otro tanto. Y lo mismo vale para observar y valorar las expresiones contrarias a esta dinámica, que continúan constituyendo bastiones de conciencia, organización y lucha para el presente y el futuro.

Una nota discordante en este concierto reaccionario fue la irrupción del Movimiento de los Sin Tierra (MST), donde la combatividad en el accionar concreto y la radicalidad de su demanda esencial consecuentemente planteada, contrapesa en un sentido el hecho de que, en términos políticos, se expresa en última instancia a través de un PT devaluado por la explícita política de conciliación y cogobierno de la crisis asumida por la mayoría de su Dirección Nacional.

 

La historia no se repite

Este decurso en favor de la asimilación al sistema capitalista no es nuevo en la historia del movimiento obrero internacional. El socialista Friedrich Ebert encabezaba el gobierno que asesinó a los hasta poco antes miembros de su partido Rosa Luxemburgo y Karl Liebnecht, para luego ahogar en sangre obrera la crisis del capitalismo alemán, no puede ser olvidado sin pagar las consecuencias. Lo mismo ocurrió -con trazos menos dramáticos- con toda la socialdemocracia internacional.

Pero es nuevo, sí, el grado y la escala de la crisis de la economía capitalista mundial, la confrontación entre los centros imperiales y la descomposición de sus gerentes.

Por ello, es más que improbable que puedan sostenerse por mucho tiempo en sus sitiales quienes hoy son aclamados como héroes en la prensa burguesa brasileña, por su papel sindical o político para predicar e imponer la conciliación, la rendición y el abandono de todos los principios con los que hace 19 años se fundó el PT -y con los que alcanzó sus más resonantes éxitos.

El mejor maquillaje no podría cambiar el rostro histórico de la dirigencia socialdemócrata. Pero es un hecho que ella dominó en Europa durante la mayor parte del siglo. Quienes repiten aquella conducta no tendrán siquiera ese dudoso mérito. Porque, como queda subrayado en Brasil, el capitalismo no tiene margen para conceder a quienes en representación de los explotados y oprimidos acuden a su socorro.

 

Desfalco en nombre de la democracia y la estabilidad

Pero volvamos a los antecedente inmediatos de la situación actual. Como quedó dicho, aun a la vista del desfasaje cambiario, del impacto de la crisis en Rusia y los efectos múltiples de esta situación para la economía local, la burguesía respaldó la indefendible política de sostener el real, para garantizar la reelección de Cardoso.

Esto es tanto más significativo porque a diferencia de las clases dominantes de Argentina (y de otros países con economías menores) la burguesía brasileña, por su envergadura, tiene a la vez mayor necesidad y más posibilidades de limitar la embestida brutal del capital financiero internacional, que además de agravar al extremo las condiciones de vida y de trabajo de las masas, roba porciones crecientes de la plusvalía que el capital local extrae de sus obreros, se apropia de empresas en todos los sectores y ajusta sin cesar el nudo de la crisis en torno del cuello de la propia gran burguesía.

Como en Argentina, México, Venezuela, etc., el imperialismo llevó a cabo esta operación concediendo -en una primera fase, y sólo en una primera fase- grandes porciones del negociado fabuloso que fueron las privatizaciones de empresas y servicios públicos. No obstante la magnitud sideral de las ganancias que la burguesía local embolsó por estos conceptos, es evidente que el saldo la afecta históricamente. Pero ni las más escandalosas operaciones contra la economía del país parecen haber conmovido a los barones del capital brasileño.

La demora en ajustar el tipo de cambio -que, subráyese, afectaba duramente a los exportadores locales- produjo una fuga de alrededor de 50 mil millones de dólares entre agosto del 98 y enero del 99. Por mucho que buena parte de esos capitales sean de propiedad de brasileños, es un precio demasiado alto para reelegir a un candidato, es decir, para impedir que asuma el otro (Lula). Pero fue pagado, con protestas apenas audibles, por el frente burgués que otra vez se alineó tras Cardoso para que éste volviera a derrotar a Lula (Tal el miedo que le tiene el capital a la dinámica que desataría -no sólo en Brasil- un gobierno del PT, incluso con las posiciones de la actual mayoría en la dirección). La estabilidad, desde luego, era la condición de esa victoria.

Mientras tanto, la deuda externa y sobre todo la deuda interna, crecía a ritmo demencial y para poder retener a los prestamistas, subían sin control las tasas, hasta llegar a más del 50% anual! (Para tener una idea: la tasa de interés de los bonos del Tesoro de Estados Unidos son de poco más del 5%; la tasa real anual en Europa es del 3% y en Japón es negativa). Durante el período del Real, la deuda pública en títulos creció un 424%. Paralelamente, desde diciembre del 95 se habían vendido empresas del Estado por unos 85 mil millones de reales; de esa suma, 30 mil millones fueron para pagar la deuda. En noviembre del 98 la deuda interna sumaba sumaba 378 mil millones. Tras la devaluación, se la estima en un equivalente a 270 mil millones de dólares. El total de la deuda pública representaba en noviembre pasado el 41,9% del PBI. No está calculado el porcentaje luego de la devaluación, pero se lo estima en más del 50%. Según el ministro de Hacienda Pedro Malan, la intención es «estabilizar la deuda en el 46,5% del PBI para el 2001». Pero Malan, como se verá, no parece estar en condiciones de hacer ningún pronóstico.

Este endeudamiento sin control es la contracara necesaria de la estabilidad. Lo mismo vale para Argentina, aunque el proceso ocurra de otra manera y en otras dimensiones.

El costo es irracional antes aun de traducirse plenamente en costo social. Según datos oficiales, durante 1997 el país pagó 45 mil millones de reales (en esa fecha casi a la par con el dólar) sólo por intereses de la deuda. De enero a noviembre de 1998 se habían pagado 65.740 millones de reales. Ahora, con la devaluación y el aumento extra de las tasas, los montos a pagar durante 1999 son incalculables. Estimaciones creíbles indican que este año para pagar los compromisos externos e internos en divisas el Estado tiene un déficit de 59 mil millones de dólares. Esto es: durante 1999, los prestamistas extranjeros o locales deberán concurrir con esa suma al tesoro nacional o… Cardoso deberá dejar de pagar; asumir de hecho una moratoria de la deuda (*). Otra manera de reducir esa cifra sería que una parte de la deuda interna (la que no está indexada con respecto al dólar) fuera devorada por una hiperinflación. Aún así, dado que la porción no indexada es relativamente pequeña, el Estado no resolvería el peligro de tener que declararse en situación de no pagar a sus acreedores. En cualquier caso, está abierta la posibilidad de una suba inflacionaria de proporciones hoy imprevisibles pero que no excluye la hiperinflación. Ya los precios de la canasta familiar han aumentado en el orden del 20%; para enero, oficialmente se registra un alza de precios del 3,3%. La FIESP (Federación de Industria del Estado de São Paulo) indica que la producción industrial cayó el 1,9% en 1998. Estimaciones de los más diversos orígenes coinciden en prever que el PBI brasileño caerá durante el año en curso en más del 5%. Ya disminuyó en 60 mil el número de obreros de la industria automotriz.

A la fecha, el dólar cuesta 1,92 reales. Hay consenso en que el precio justo debería ser entre 1,60 y 1,70. Pero se espera que luego del feriado de carnaval continúe en alza. Una misión del FMI, que al mejor estilo argentino de los últimos tiempos vino y se instaló durante una semana en los edificios oficiales de Brasilia (Malan tuvo la curiosa iniciativa de dar una conferencia de prensa conjunta con el vicepresidente del Fondo, Stanley Fisher, en la que éste hizo exigencias tales como recortar gastos, aumentar tasas, etc, mientras el ministro sonreía), se fue sin anunciar acuerdos en las medidas planteadas como condición para liberar el segundo tramo, por unos 9 mil millones de dólares, del préstamo de emergencia por 42 mil millones con el que socorrió al gobierno de Cardoso antes de que éste fuera reelecto y mientras se fugaban del país… 50 mil millones.

 

Zarpazo imprevisto

Nadie -y menos que nadie los operadores de las grandes finanzas internacionales- dudaba que el real debía ser devaluado en considerables proporciones luego de las elecciones. Pero lo que sí resulta dudoso es que los grandes empresarios y los políticos a su servicio supusieran lo que ocurriría con la devaluación. Porque, he aquí que luego de que el Banco Central decretó la flotación cambiaria y el dólar pasó de 1,2 reales a alrededor de 2, en dos semanas fue cambiado por segunda vez el presidente del BC y el 2 de febrero fue designado como titular… un empleado de George Soros!

Que el embajador de Estados Unidos en Argentina participara en las reuniones de gabinete del gobierno peronista cuando se inició la fase final del saqueo generalizado es sin duda un rasgo sorprendente de los tiempos que corren. Pero que un especulador internacional dirija a través de uno de sus empleados la política monetaria de un país como Brasil… excede el límite de aceptable como «normalidad institucional».

El ministro Malan se opuso a todos estos últimos movimientos. Perdió sin atenuantes. Un ala llamada «desarrollista», personificada en el ministro de Salud, José Serra, ha sido aplastada por esta última ofensiva. A Serra se le atribuye la condición de portavoz de la FIESP. Es impensable que con esta derrota termine la batalla.

A estar por la prensa, sin embargo, tras un primer momento (24 horas) de estupefacción y rechazo, dirigentes empresariales, políticos, periodistas y analistas, morigeraron su gesto de repulsa, bajaron el tono de su protesta, comenzaron a marcar el paso. Sería interesante saber qué ofrece a cambio en flamante presidente del BC. (El día en que se redacta este informe, la prensa local trae una noticia que difícilmente pueda sorprender a nadie, pero que en todo caso es imposible de digerir una vez hecha pública: el economista estadounidense Paul Krugman denuncia que el viernes anterior a la asunción del empleado de Soros en BC, éste compró «grandes cantidades de títulos de la deuda externa de Brasil» cuando estos caían a toda velocidad mientras se difundía el rumor de que habría feriado cambiario y se decretaría una moratoria que el propio presidente incentivó al anunciar, el sábado 30, que «no habrá moratoria»).

 

Crisis política

Como es obvio en el cuadro descripto, el país ha ingresado en un estado de crisis política con pronóstico imprevisible.

No puede sorprender que esta crisis no se manifieste en demandas sociales y movilizaciones de masas encabezadas por las organizaciones sindicales y el PT, sino mediante una forma singular: la rebelión de los Estados (provincias), encabezados por el ex presidente Itamar Franco, actual gobernador de Minas Gerais, el segundo Estado en importancia económica y política de la Federación.

Franco desató el mes pasado una confrontación que está lejos de resolverse cuando se negó a pagar las deudas del Estado con la Federación. Inmediatamente se le sumaron otros cinco gobernadores, todos ellos de oposición. Hay que recordar que entre estos se cuenta el de Rio Grande do Sul, cuyo gobernador, Olivio Dutra expresa un PT en el cual -en ese Estado- las tendencias de izquierda del partido suman más del 70% (la campaña de Dutra fue boicoteada con los peores métodos por la derecha del partido a nivel local, que naturalmente tuvo para ello el apoyo de la prensa burguesa).

Como quiera que este componente le da al bloque de gobernadores un carácter complejo, es obvio que la confrontación se da en el terreno de la clase dominante y su disputa interna. Es decir: pese a la naturaleza de la crisis económica, pese a la existencia de un PT que obtuvo un alto porcentaje de votos y pese a la existencia de poderosas organizaciones sindicales, la burguesía mantiene hasta ahora sin disputa la iniciativa política.

Franco es la vanguardia indiscutible de esta confrontación. Luego de haberse declarado en rebeldía frente al gobierno nacional, se negó a pagar un compromiso externo de Minas Gerais, obligando a Brasilia a cubrir en su lugar la factura para evitar un nuevo recalentamiento de la crisis con los capitales especulativos. Para contrapesar, el BC congeló los fondos del Estado de Minas en todos los bancos del territorio nacional. Franco apeló a un gesto que ni siquiera en una personas tan peculiar como él puede pasar como mera extravagancia: convocó a una reunión secreta a los mandos de la policía militar, emitió una proclama en la que con tono épico convoca a «los montañeses» (identificación de los mineros en las antiguas luchas internas de Brasil) frente al ataque del gobierno central y alentó movilizaciones juveniles y populares en apoyo de su actitud.

La prensa conservadora lanza rayos y centellas contra Franco. Y en ningún sector del espectro consultado se interpreta esto como expresión de una fracción de una burguesía que se prepara a resistir en toda la línea a la nueva situación simbolizada con el empleado de Soros al mando de las cuentas nacionales. Con las reservas del caso, nos permitimos disentir de esta opinión generalizada: con carácter de necesidad esto debe ocurrir. Que sea o no Franco su abanderado, que sea en continuidad de esta rebelión de seis Estados o por cualquier otra vía, nuestra caracterización general de la situación internacional y latinoamericana encuentra en hechos como los descriptos una confirmación de un agravamiento de la lucha interburguesa e interimperialista que no puede dejar de tener consecuencias y que, para alarma de quienes comprenden lo que esto significa, expresa la iniciativa de la burguesía y la pasividad, la confusión -y en algunos casos algo peor- de las fuerzas que deberían representar a la clase obrera y al pueblo.

 

El papel actual de la CUT

El impacto de la devaluación y la inmediata caída del giro económico sobre los trabajadores fue tremendo. Sólo la empresa Ford decidió el despido de 2800 obreros. Es innumerable el número de empresas que cesantearon y a la vez redoblaron la explotación mediante rebajas salariales y la aplicación de diversas formas de «flexibilización» allí donde no se había logrado imponerlas. Pero conviene focalizar en el conflicto de Ford para tener una idea de lo que ocurre.

En este caso, se conjugan de una manera difícil de sopesar los factores negativos y los positivos. Cuando se conoció el despido de 2800 obreros, la planta fue tomada, con participación de las familias de los trabajadores. Y se intentó continuar con la producción. El rol de las mujeres y los chicos, sin ser completamente nuevo, imprime un tono diferente a esta lucha. Mientras tanto, la dirección del sindicato (afiliado a la CUT, y en San Bernardo, cuna de las grandes huelgas metalúrgicas y del PT), negociaba una solución con la patronal.

Según informes confiables, durante un período largo las bases querían linchar a sus dirigentes cuando éstos, para resistir medidas de flexibilización o despidos, convocaban a luchar. Ese período parece haber terminado y no sólo en Ford: en otras seis fábricas importantes, ante planteos de flexibilización o despidos, se logró realizar plebiscitos y en estos se impuso la oposición a la flexibilización en cinco de los seis casos.

Pero si en la clase se comprobó un cambio en cuanto a la combatividad y la actitud general frente al chantaje patronal, en la dirección sindical el cambio se dio en sentido inverso.

La dirección del sindicato de metalúrgicos de San Bernardo ha superado en esta oportunidad todo lo imaginable, incluso para quienes saben qué son los burócratas sindicales en Argentina. El 3 de febrero se llegó a un acuerdo tras 48 días sin producir (sumando vacaciones, licenciamientos y los días de ocupación). El acuerdo firmado por el sindicato y presentado como una gran victoria (al parecer un sector del propio movimiento obrero lo entiende así) abre un paréntesis hasta el próximo día 22, cuando se replantea la negociación de los despidos. Hasta el 12 se abrió una lista de retiros voluntarios. Luiz Marinho, presidente de los metalúrgicos de ABC, aclamado por la prensa más reaccionaria, explica que a partir del 22 no se discutirá sobre 2800 despidos «porque optarán por el retiro como mínimo 900 obreros». Además (hay que respirar antes de leer esto) «más de 700 dejarán la empresa, porque ya no tenían interés en luchar por sus empleos como los demás». El sindicato se compromete explícitamente a contribuir para hallar a los postulantes al despido encubierto. En consecuencia «será más fácil negociar en torno de los 1200 restantes».

Esto no es todo: este individuo, miembro además de la dirección de la CUT, se abocó a una sucesión de entrevistas con autoridades gubernamentales, incluido Cardoso, a fin de obtener descuentos en los impuestos a la producción automotriz. Lo consiguió. Y una nueva oleada de loas ocupó a periodistas, analistas y políticos que saludan la «madurez» de esta dirección. Faltaba algo: Marinho viajará a Estados Unidos para reunirse con las autoridades de la casa matriz de Ford y explicarles que (cita textual del artículo publicado en O Estado de São Paulo, 14/2) «La empresa se equivocó en la elección del mix de producción (solamente autos populares, con bajo margen de ganancia, mientras que el Escort pasó a ser montado en Argentina y los modelos más sofisticados fueron importados)».

No contento con asesorar a los economistas de la casa central de la Ford (conocemos de cerca el papel ridículo de dirigentes sindicales que pierden todo contacto con la realidad en su afán por agradar a los de arriba y sentir que lo tratan como un igual), Marinho coronó su ignominiosa conducta con una propuesta que hoy domingo mereció el principal título de tapa del principal diario del país «Líder de la CUT está contra el salario indexado». En su declaración Marinho explica que es preciso evitar la inflación a todo precio y por ello se opone a la suba de salarios.

Por azar, en la misma primera plana en que reproduce los argumentos de Marinho, O Estado de São Paulo anuncia que el precio del diario pasa de 2 a 2,50 reales y explica, con riguroso apego a la realidad económica, por qué no tiene otro remedio que hacerlo.

Con esta línea de acción, el dirigente de la CUT asume la posición de otra central, Fuerza Sindical, explícitamente patronal y dirigida por los peores burócratas del período anterior a la fundación de la CUT y abre una crisis interna en la CUT, no ya con la izquierda, sino con la mayoría de la actual mayoría en la dirección (Articulación sindical).

Por otro lado, como se ha adelantado, no sólo existen seccionales y direcciones intermedias que mantienen los principios clasistas y la voluntad combativa en la CUT, sino que en su interior hay corrientes organizadas con tales posiciones. Y si bien desde nuestro punto de observación no se percibe una política que logre aunar esas fuerzas y llevar adelante el combate ideológico, político y organizativo planteado, es previsible un aumento en la lucha social y, al compás y con el grado de exigencia que ésta presente, un debate que exceda el marco sindical.

 

El PT

En ese sentido, tiene la mayor importancia recordar que dentro del PT la mayoría de la actual dirección lo es sólo con el 51% de los votos. El peso de la izquierda es muy grande y en varios puntos tiene sólida mayoría. Pero la izquierda misma no tiene cohesión ni presenta a la vista un programa de acción capaz de unificarla tras una política común en oposición a la actual dinámica de la mayoría.

Desde diferentes ángulos se admite que la convivencia de estos dos grandes bloques dentro de un mismo partido es, a término, imposible. Pero desde ambos se vacila a la hora de tomar una decisión. La derecha, consciente de la fuerza numérica y política que tiene la izquierda, ha optado por un trabajo de desgaste, busca la explosión de conflictos puntuales y la salida de grupos relativamente pequeños. Pero no toma ninguna iniciativa mayor. Desde la izquierda, sobre la premisa de que las decisiones en el ámbito propio se toman con total prescindencia de la política oficial del partido -e incluso se hacen públicas con este criterio- se teme una ruptura que la deje al margen de lo que es hoy, fuera de toda duda, el punto de unidad social y política de los explotados y oprimidos del país.

Mientras tanto, se ha formado un suerte de «coordinación», denominada Consulta Popular, que incluye a los Sin Tierra, un sector de la iglesia y la llamada Articulación de Izquierda (escisión de la antigua mayoría partidaria). La tesitura de esta Consulta Popular es permanecer -por el momento- dentro del PT, pero no dar la batalla interna y abocar todos los esfuerzos al trabajo de base y la organización propia. Las otras tendencias de izquierda no participan de esta Consulta Popular.

La dirección actual reconoce sin tapujos que no tiene trabajo de base ni estructura partidaria, y que su única fuerza reside en la figura histórica del partido apoyada en el aparato formado por los parlamentarios, gobernadores, etc (ámbito en el cual, téngase en cuenta, también la izquierda tiene puntos de apoyo significativos).

¿Cómo se desarrollará esta confrontación? Obviamente, la palabra de mayor peso la tendrá el curso de la crisis económica y política que por el momento, recién comienza. No hay que descartar que antes de julio el gobierno se vea en la obligación de declararse insolvente. Esto desataría una crisis política que podría plantear la caída del actual gobierno. Si el bloque de gobernadores o alguna otra articulación de la burguesía puede presentarse como solución y, como es previsible, arrastra a la actual mayoría en la conducción del PT, la situación de la izquierda sería extremadamente difícil: no podría permanecer bajo la actual dirección sin embarcarse abiertamente en una política contra las masas, y a la vez tendría dificultades serias para plantear una política por fuera del PT, puesto que en ese cuadro no tendría la iniciativa.

Prepararse para ganar esa iniciativa antes de que los hechos lo hagan impostergable sería lo deseable, pero hasta donde podemos ver, no hay un plan en curso para eso. Si Consulta Popular lo tiene, no es evidente para la masa de activistas y cuadros en franca rebeldía contra la política de la mayoría en la dirección del PT.

De tal modo, parece evidente que, de una parte, mucho de lo que aquí ocurra estará en dependencia de la marcha espontánea de la crisis y, de otra, que el desarrollo -negativo o positivo- de las fuerzas revolucionarias marxistas en la región pesará en la resolución de este combate que, en sustancia, es el que la vanguardia afronta en Uruguay, Argentina y Paraguay, para limitarnos al área más inmediata.

 

Rebelión de masas en Ecuador(5)

Por segunda vez en poco más de un año, una sublevación de masas puso al Estado ecuatoriano al borde de la desarticulación. El asesinato del dirigente sindical Saúl Cañar en octubre pasado, continuidad de una ola de violencia contra campesinos, obreros, estudiantes y militantes políticos, mostró ya un clima social presto a retomar la línea de manifestaciones masivas que culminó con la destitución de Abdalá Bucaram.

Desde el comienzo mismo del año en curso esa tendencia se hizo más marcada. Y es en este cuadro que el 17 de febrero, mediante un grupo comando de inequívoca filiación parapolicial, fue asesinado Jaime Hurtado González, diputado nacional por el Movimiento Democrático Popular. Junto a este conocido militante cayeron abatidos su sobrino Wellington Rojas y su reemplazante como diputado alterno, Joel Tapia, también integrante del MDP.

Estos crímenes enervaron al conjunto de la sociedad. El sábado 20 un tumultuosa reunión de organizaciones de diverso tipo (Frente Popular, Frente Unitario de Trabajadores, Coordinadora de Movimientos Sociales, organizaciones de Derechos Humanos, de los pequeños comerciantes, Coordinadora de Organizaciones Populares, Coordinadora Política de Mujeres, etc), debatió y acordó un plan de lucha. «Luis Villacís, presidente del Frente Popular, pidió a los asistentes que con el puño en alto ratifiquen la decisión de ir a una huelga general Por la Vida, Contra el Crimen y la Impunidad. La respuesta fue unánime», afirma el periódico En Marcha.

Según esta publicación, que responde al Partido Comunista Marxista Leninista de Ecuador, «A propuesta del Frente Popular, se aceptó que el paro se extienda por 48 horas y se conforme una Comisión de Vigilancia sobre las investigaciones policiales conformada por personas de amplio respeto y confiabilidad. Iván Narváez, a nombre de los trabajadores de la Federación de Trabajadores del Petróleo y de la Coordinadora de Movimientos Sociales, habló de la importancia de reconocer y respetar las diferencias de opinión que pueden haber entre las organizaciones populares, como requisito para la unidad. (…) Narváez informó que los trabajadores petroleros en una demostración de alta conciencia para defender la empresa estatal, renunciarían al incremento salarial con la condición de que esos recursos se entreguen al magisterio nacional».

Finalmente se acordó un plan de lucha que culminaría con un Paro Nacional Preventivo para los días 10 y 11 de marzo. La huelga se llevó a cabo con altos niveles de acatamiento, tal como lo reconoció con evidentes signos de alarma la prensa comercial.

Al hacer el balance de la medida de lucha, el Frente Patriótico reclamó la renuncia del presidente Jamil Mahuad, para dar paso a un «gobierno de concertación nacional». Según los portavoces del FP -hegemonizado por el PCMLE- cabría a tal gobierno «definir un nuevo modelo de desarrollo alternativo al neoliberalismo», con consignas tales como suspensión de las privatizaciones y los incrementos de los precios de los servicios básicos; y moratoria del pago de la deuda externa.

Esa misma noche, convenientemente alentado por Washington, Mahuad intentó apagar el fuego arrojando más combustible a la protesta: habló al país para anunciar un brutal paquete de medidas económicas típicas de las órdenes dadas por el FMI. Una nueva marejada de indignación recorrió al país. El FUT llamó a la desobediencia civil. Los campesinos organizados declararon otro paro nacional y organizaciones indígenas convocaron a un «levantamiento nacional» que de inmediato comenzaron a poner en práctica con cortes de rutas, barricadas y luchas de calles en prácticamente todo el país.

El gobierno declaró el estado de emergencia; se difundieron noticias relativas a hondas fracturas en las fuerzas armadas, rebeldía en jefes intermedios contrarios a asumir la represión y preparativos de golpe de Estado.

Desde Washington le había llegado a Mahuad el siguiente telegrama: «Hemos pedido al embajador Alexander que regrese a Quito, de sus vacaciones lo más pronto posible. Confiamos en que todo el sector político trabajará conjuntamente con el Gobierno (…) Estados Unidos alienta los esfuerzos del presidente Mahuad para instituir las reformas económicas (…) Esperamos que el Gobierno concluya su trato con el FMI (…) Es un momento para buscar consensos y no ventaja política partidista». Se trata de la misma fórmula utilizada por la Casa Blanca para afrontar la crisis idéntica en sustancia en todos los puntos cardinales.

Durante el segundo día de la huelga -horas antes de los explosivos anuncios del presidente- tuvo lugar un hecho político significativa: se constituyó el Congreso del Pueblo, integrado por una amplísima gama de organizaciones sociales y políticas. Al hacer el balance de la huelga y describir el cuadro de situación, este bloque presentó un programa considerablemente articulado. Convencidos de que el debate teórico y político lo requiere, reproducimos fragmentos del documento:

«Esta situación de inestabilidad hace el juego a los afanes golpistas de sectores de ultraderecha, que recurren cada vez más a la violencia, con grave riesgo para la débil y restringida estabilidad democrática. Esta realidad requiere un cambio profundo. Exige el concurso de todas las fuerzas sociales y políticas que claman por una salida democrática, en defensa de la vida de todos los ecuatorianos. Para lograrlo, convocamos a la Iglesia, los medios de comunicación, las Fuerzas Armadas, las universidades y escuelas politécnicas, los empresarios, los actores sociales y las fuerzas políticas democráticas con el fin de impulsar un verdadero Acuerdo Nacional, que nos permita, en forma urgente, enfrentar la crisis sin descuidar nuestros graves problemas estructurales y que, de ninguna manera, puede ser manipulado como respaldo al actual modelo neoliberal. Acuerdo Nacional que debe dar paso a un proceso de transformaciones profundas de las actuales estructuras socioeconómicas y políticas.

Por lo tanto proponemos:

1. Parar la violencia, la agresión de grupos paramilitares nacionales o extranjeros, y la creciente represión estatal, así como rechazar la presencia de cualquier tipo de base militar extranjera en el territorio nacional, (…) esclarecimiento y el castigo de los asesinatos del diputado Jaime Hurtado y sus compañeros, así como del sindicalista Saúl Cañar (…) libertad inmediata de todos los detenidos en las jornadas de lucha de los días 10 y 11 de marzo.

2. Defender la plena vigencia de los derechos democráticos y libertades públicas, el respeto de los derechos humanos y la vida del pueblo; así como la vigencia, respeto y devolución de los derechos laborales, de libre asociación, contratación colectiva, reclamación, huelga y estabilidad laboral.

3. Defender y consolidar un auténtico sistema democrático, oponiéndose a cualquier intento de desestabilización institucional y toda forma autoritaria de gobierno.

4. Luchar en forma efectiva contra la corrupción, mediante una agenda concreta y evaluable, en la cual debe haber una activa participación de la sociedad.

5. Propiciar, como parte del amplio diálogo nacional, que incluya a todos los sectores de la sociedad, la definición de un nuevo rumbo socioeconómico.

Para enfrentar la actual crisis económica hacemos los siguientes planteamientos puntuales, destinados a reducir la inflación y simultáneamente reactivar el aparato productivo, sobre bases de equidad

y sustentabilidad:

1.1 Ingresos

a) Reforma tributaria:

– Restituir el Impuesto a la Renta (…)

– será deducible del pago del

– Eliminar las exenciones al IVA, excepto en alimentos y medicamentos.

– Establecer un impuesto progresivo a los vehículos privados de lujo (…)

– Legislar la prisión para los evasores (…)

– Sancionar a quienes especularon con el dólar u obtuvieron ganancias

ilegítimas, antes y a partir de la flotación (…)

b) Aranceles

– Eliminar las exenciones aduaneras (…)

– Erradicar la corrupción (…)

c) Política petrolera

– Suspender inmediatamente las mezclas de crudos que ocasionan pérdidas de cientos de millones de dólares al país.

– Vender el crudo liviano de Petroecuador a las empresas extranjeras que quieran mezclarlos con su propia producción.

– Entregar petróleo liviano a la Refinería de Esmeraldas para mejorar la producción de derivados en cantidad y calidad con el consiguiente ahorro de divisas.

– Vender sin intermediarios el petróleo de Petroecuador.

– Priorizar el transporte de crudo liviano por el Oleoducto Transecuatoriano.

– Revisar la contratación petrolera con las empresas privadas con criterios económicos, sociales y ambientales.

– Corregir las causas de la drástica reducción de los impuestos a las compañías extranjeras (…)

d) Política de precios de la energía

– Suspender el incremento mensual de precios de los derivados del petróleo y de las tarifas de la electricidad, sustituyéndolo con reajustes trimestrales, que tengan criterios económicos, sociales, ambientales y no sólo fiscales; impidiendo que estos precios y tarifas superen el nivel internacional.

1.2 Egresos

a) Reestructuración del servicio de la deuda pública

– Plantear con firmeza en el contexto internacional una suspensión

temporal del servicio de la deuda externa (…)

– Alentar todas las campañas internacionales para el logro de condonación masiva de la deuda externa de los países subdesarrollados y el cobro de la deuda ecológica (…)

b) Racionalización del gasto público

(…)

2. Sistema monetario y financiero

a) Establecimiento temporal de un sistema de control de cambios

– Definir un adecuado presupuesto (…)

– Controlar la tenencia de divisas por parte de los bancos privados.

– Rechazar enérgicamente la convertibilidad como mecanismo orientado a profundizar el modelo neoliberal.

b) Reducción de las tasas de interés

(…)

– Modernizar y capitalizar al BNF y la CFN.

– Entregar directamente créditos al sector productivo –con tasas de interés reales, pero diferenciadas-, priorizando a los artesanos, los pequeños comerciantes, las microempresas, así como a las empresas pequeñas y medianas del campo y la ciudad (…)

– Establecer un tratamiento financiero preferencial a las nacionalidades indígenas.

– Conceder líneas de crédito en dólares a los exportadores directamente a través de la CFN.

– Atender preferentemente las necesidades financieras de los pequeños y medianos productores agrícolas de la Costa afectados por el fenómeno de El Niño.

– Diseñar y aplicar una política agraria integral, que garantice la seguridad alimentaria, así como condiciones de trabajo dignas a los campesinos y las campesinas.

c) Reforma del sistema financiero

– Consolidar instituciones fuertes que funcionen exclusivamente como entidades bancarias o como casas de valores, definiendo en cada caso sus funciones específicas (…)

4. Reforma del Estado

(…)

5. Política salarial

– Proceder a la inmediata unificación salarial.

– Establecer una política salarial dinámica y justa para fortalecer la demanda interna, garantizando los pagos puntuales de los haberes de todos los trabajadores.

– Rechazar cualquier congelación o reducción de salarios a los servidores públicos, salvo de aquellos directivos y consultores con ingresos en dólares.

– Cumplir con los compromisos legalmente adquiridos para hacer realidad las mejoras salariales al magisterio.

– Ampliar el monto y la cobertura del «bono solidario», transformándolo en un derecho que garantice el ingreso vital mínimo de todos los ecuatorianos.

6. Reforma a la seguridad social

(…)»

Más allá de la imprescindible consideración minuciosa de cada punto de este programa, importa sobre todo la concepción que lo determina, plasmada en la consigna gubernamental: «un Gobierno de Salvación Nacional, que estaría conformado por las organizaciones populares, representantes de los movimientos indígena y negro, por los partidos políticos de oposición, representantes de las iglesias y de las Fuerzas Armadas», según la formulación del periódico En Marcha.

No hay respuestas lineales para una confrontación social de tamaña envergadura. Y es preciso partir de la certeza de que cualquier fórmula de gobierno puede, en sustancia, tener diferentes concepciones de poder. Por otro lado, no es sino con el máximo de respeto y consideración ante quienes están involucrados valientemente en el combate que puede hacerse un análisis de los hechos.

Con tales basamentos, corresponde señalar la contradicción que observamos entre la agudísima crisis social, la imponente vitalidad del movimiento de masas, la polarización extrema de la confrontación y la propuesta de un esquema programático y de poder que reproduce la noción histórica de una revolución conducida por un bloque de clases cuyo programa contempla las demandas inmediatas de todos los explotados y oprimidos pero parte de los reclamos estructurales de una burguesía siempre dispuesta a negociar con su odiado pero ante todo admirado socio mayor.

El 17 de marzo el presidente estadounidense William Clinton envió un mensaje a Mahuad: «apoyo y admiro su valiente esfuerzo por construir una coalición política dispuesta a enfrentar el profundo problema económico del Ecuador. Estos esfuerzos en períodos de crisis no son desapercibidos por la comunidad mundial… A pesar de que los pasos a tomar serán muy duros, le animo a seguir trabajando con el Fondo Monetario Internacional (FMI) a fin de alcanzar un acuerdo. Estados Unidos está listo para que Ecuador enfrente este reto. Es vital que usted continúe trabajando por las reformas económicas necesarias para mantener el indeclinable compromiso del Ecuador hacia la democracia y el orden constitucional».

Tanto coraje, tanta admiración y tanto apoyo sólo depararon un fiasco más a Clinton: ante el vigor incontenible del movimiento de masas, el gobierno resolvió, en la Madrugada del 18, volver sobre sus propios pasos y no aplicar el plan económico anunciado una semana antes. No era sólo Mahuad quien retrocedía. Era una derrota más del imperialismo estadounidense.

Sin embargo, en la derrota, la Casa Blanca esgrime una carta de triunfo, como lo reconoce con objetividad el balance de En Marcha: «esta actitud del imperialismo norteamericano hizo que algunos sectores de la oposición burguesa pongan mayor límite a su acción».

En efecto: la crisis fue superada porque el imperialismo, aun al precio de un humillante paso atrás, logró rearmar el bloque burgués en torno al gobierno de Mahuad. El punto en cuestión no reside en este aspecto del desenlace circunstancial, sino en la postura, en la proyección estratégica, que los contendientes afirmaron en el fragor del combate. Porque es allí donde se forjan los cuadros, las organizaciones y las estrategias.

No es preciso reiterar aquí los conceptos que sostenemos al respecto. Es imprescindible, sin embargo, comparar esta lucha del pueblo ecuatoriano y sus vanguardias con lo ocurrido, apenas días más tarde, en Paraguay. En definitiva, aunque en cuadros coyunturales completamente diferentes, se trata del mismo debate planteado en el PT de Brasil, en el FA de Uruguay y en el conjunto de los revolucionarios latinoamericanos.

 

Luz roja en Paraguay

A causa de esa íntima interdependencia en la evolución de todo el cuadro político regional, es imposible separar de este contexto la interpretación de los acontecimientos que culminaron con la caída del presidente paraguayo y la derrota del general Lino Oviedo.

Dos contendientes principales chocaron en marzo en Paraguay. La versión periodística de los hechos puede inducir una interpretación errónea acerca de quiénes eran los rivales en combate y cuál es el saldo al cabo de una semana de convulsión.

En apariencia, la confrontación fue entre dos sectores del Partido Colorado. Y el saldo una victoria «de la democracia». Hay pizcas de verdad en estas conclusiones. Pero han sido extrapoladas por confusión o por interés para desvirtuar la realidad y encubrir la dinámica social y política instalada en Paraguay.

La fractura y feroz confrontación entre camarillas en el aparato gobernante desde hace medio siglo está fuera de duda. Y la derrota de Oviedo es, también sin atenuantes, un golpe a la variante fascistoide esgrimida ante la coyuntura.

Pero tras los turbulentos acontecimientos emergen con claridad las figuras de las dos fuerzas que en realidad chocaron en marzo en las calles de Asunción: el campesinado paraguayo y el imperialismo estadounidense.

Todas las fracciones de la burguesía (incluida la representada por Oviedo y las que se presentan como oposición a través del Partido Liberal Radical Auténtico y el Encuentro Democrático -PLRA y ED) se sometieron al dictado de Washington, impuesto sin diplomacia por su embajadora.

Frente a este bloque, la Federación Nacional Campesina acaudilló al conjunto de fuerzas populares, le impuso a la burguesía una extraordinaria derrota táctica en el plano reivindicativo y fue el factor decisivo en la destitución del presidente Raúl Cubas Grau y la huida de Oviedo.

 

Los hechos

Una imponente columna de campesinos arribaba a Asunción en la mañana del 23 de marzo. La ya habitual manifestación anual tenía esta vez una consigna dominante: condonación de las deudas de los campesinos con el Banco Nacional de Fomento, el Crédito Agrícola de Habilitación y el Fondo de Desarrollo Campesino.

Mientras la caravana estimada por la prensa comercial en unas 35 mil personas se aproximaba a la capital del país, un comando asesinaba al vicepresidente del gobierno nacional Luis María Argaña. Con singular unanimidad el conjunto de la prensa y la oposición -con escasas excepciones- acusaron a Oviedo por el asesinato. La incriminación la tomó la prensa en todo el mundo y la repitieron analistas y comentaristas, también con apenas excepciones.

Como suele ocurrir en estos casos -aunque el fenómeno no es espontáneo- la muerte y las características del crimen relegaron la biografía de Argaña. Pese a su condición de antiguo y fiel stronista, es decir, integrante del equipo encabezado por el ex dictador Alfredo Stroessner, Argaña fue presentado como mártir de la democracia. Stroessner, más un símbolo que una realidad dirigente, vive exiliado en Brasil desde que fue destituido una década atrás mediante un golpe palaciego, precisamente con Oviedo como protagonista principal de la operación patrocinada por Estados Unidos.

Por una desgraciada combinación de manipulación informativa y predisposición de ciertas capas sociales a repetir el discurso de sus verdugos, las fuerzas progresistas y los medios de difusión transformaron en cuestión de horas a la facción stronista del Partido Colorado en paladín de la democracia y pusieron como eje de solución de la crisis la renuncia del presidente Raúl Cubas. En realidad, esta operación fue conducida sin mayor recato diplomático, por la señora Maura Harty, embajadora de Estados Unidos en Paraguay.

Cubas reemplazó como candidato a Oviedo, impedido de presentarse a los comicios de 1998 por la condena que pesaba sobre él a causa del alzamiento militar que lideró en 1996, cuando era jefe del ejército. Como tal -es decir, en representación de Oviedo- Cubas ganó las elecciones presidenciales con más del 50% de los votos.

El fervor democrático de las autoridades de Washington y su representante en Asunción no fue óbice para que este dato frenara el plan timoneado por Harty de restituir en el poder a la fracción stronista del partido Colorado. Esto fue exactamente lo que ocurrió cuando tras su forzada renuncia Cubas fue reemplazado por el hasta entonces jefe del Senado, Luis González Macchi.

Según las reglas impuestas por Estados Unidos mismo, cuando decidió realizar un golpe preventivo y sacarse de encima al impresentable Stroessner (recuérdese que, a la sazón, caían víctimas de formidables movimientos de masas el presidente de Filipinas Ferdinando Marcos y el de Haití, Francois Duvalier), la legitimidad de Cubas es incuestionable.

Pero Washington no impulsó únicamente la destitución del personero de Oviedo, sino la constitución de un gobierno de coalición, en la que la fracción stronista del coloradismo deberá converger con toda la oposición burguesa (muchos de cuyos integrantes fueron víctimas de la brutalidad del régimen dictatorial).

Si se cumplen los acuerdos que dieron lugar a la solución de la crisis, el 14 de mayo se anunciará formalmente el llamado a elecciones presidenciales para el 21 de noviembre próximo. Aquel acuerdo -en todo caso de muy difícil realización plena- parte de una fórmula acordada sobre la base de un gobierno de coalición, es decir, un intento de recomposición de las ya descontroladas fracciones burguesas en pugna, bajo el dedo admonitor de la Sra. Harty.

Innecesario subrayar que quien sea que haya ordenado el asesinato de Argaña, o bien tuvo un exacto sentido de la oportunidad, o bien carece de la más elemental capacidad de análisis. Según se responda a esta alternativa, se apuntará en una u otra dirección al buscar al instigador del crimen.

 

Lucha de clases

Hay otros puntos de apoyo, sin embargo, para comprender de dónde proviene la mano que encendió la mecha.

Una operación política múltiple intentó servirse de la movilización campesina para el objetivo descripto. Definido de antemano el asesinato de Argaña como un atentado contra la democracia perpetrado por la fracción del Partido Colorado que encabeza Oviedo, quedó instalado, como contrapartida, que la defensa de la democracia consistía en derrocar a Cubas y deshacerse del general conflictivo.

Envuelta en esta bandera de convocantes colores, apareció de súbito una organización denominada Juventud Democrática, catapultada al primer plano de protagonismo por la prensa comercial internacional.

Esta formación estuvo integrada por militantes de la corriente de Argaña, del PLRA y del ED. Y, según informan dirigentes de los 35 mil campesinos que se encontraron con este colapso político a las puertas del gobierno, nunca sobrepasaron el número de 200 personas. Fueron, sí, la vanguardia en el enfrentamiento inicial con la policía por un lado, y en el intento de arrastrar a la masa campesina contra Cubas.

Simultáneamente y desde todos los ángulos los campesinos y sus dirigentes fueron instados a deponer la consigna por la cual habían marchado sobre Asunción, para plegarse al «reclamo democrático».

Es en este punto que se produce un fenómeno digno de estudio y admiración: la dirección de la FNC mantuvo su demanda central, condenó a Oviedo, tomó distancia de los episodios encabezados por la Juventud Democrática -incluso en términos físicos, porque se retiró del centro de los enfrentamientos-, resistió los embates de ésta, que intentó agitar a los campesinos y lanzarlos contra el Congreso (hecho más significativo aún porque, cuando la policía, bajo control de la fracción de Oviedo, cargó contra los jóvenes, los campesinos los protegieron abriéndoles paso en el vallado formado por miles de campesinos con garrotes que garantizaban la seguridad de la concentración), no cedió cuando esta presión la ejerció personal y directamente el secretario general de la Central Unitaria de Trabajadores, Alan Flores, quien tras convocar a una huelga general por tiempo indeterminado exigió que la FNC depusiera su consigna de condonación de deudas y volcara todo su peso para lograr el juicio político y la destitución de Cubas.

País predominantemente campesino, Paraguay estuvo más que nunca en estos días a merced de la decisión que tomaran los dirigentes reales de esa masa de 35 mil personas que ocupaban la capital.

Teoría y experiencia histórica señalan la volubilidad ideológica e inconsistencia política de la clase campesina en términos históricos. A menudo se tiene menos en cuenta, sin embargo, que con una conducción basada en la concepción de que la clase obrera es el eje de la revolución social, no sólo el campesinado sin tierra sino los pequeños propietarios rurales y urbanos pueden cumplir un papel decisivo y constituyen una fuerza imprescindible e inalienable en cualquier estrategia seria de lucha por el poder.

Es por demás significativo el comunicado emitido por el Movimiento Popular Revolucionario Paraguay Pyahurá (MPRPP) en medio de la conmoción, porque algunos de sus cuadros son precisamente los principales dirigentes de la Federación Nacional Campesina:

«Ante la situación criminal en la que derivó la larga crisis política entre sectores económicos de la clase dominante ligadas a distintas fuerzas externas, el MPRPP expresa cuanto sigue:

1. Su enérgico repudio a la acción terrorista que acabó con la vida del vicepresidente de la República. Esta metodología fascista del asesinato político no es sorpresa para el pueblo paraguayo, ya que sólo en los últimos años fueron vilmente asesinados 32 campesinos, crímenes cometidos por paramilitares contratados por latifundistas y que el Estado que representa a los mismos, a pesar de las múltiples denuncias y la continuidad de los asesinatos, no lo desmanteló.

2. Así también, está demostrado que en toda la historia, cuando la lucha entre los sectores de poder llega a niveles elevados, así como pisotean sus propias leyes y constituciones, recurren al terrorismo y al asesinato.

3. Está demostrado que los Partido que están administrando el Estado, ni sus fracciones internas, garantizan la vigencia de las pocas libertades que se consiguieron gracias a la lucha de nuestro pueblo y mucho menos la solución de los graves problemas sociales y económicos.

Ante la situación mencionada, plantea:

Primero: Que la Cámara de Senadores y Diputados en esta situación actual concretice la democracia para los campesinos en lucha y acceda a la solicitud basada en la Condonación de la Deuda del pequeño y mediano productor, como parte de la necesaria reactivación productiva en el campo.

Segundo: Que los sectores populares, obreros, campesinos y jóvenes no se conviertan en el instrumento de presión que dirima las contradicciones entre sectores oligárquicos cuyos intereses nada tienen que ver con el pueblo.

Por lo tanto, impulsemos un plan de lucha de masas que expulse al títere fascista y petulante Ingeniero Raúl Cubas, pero condicionado a la convocatoria inmediata en 60 días de una Asamblea Nacional Constituyente que cambie el carácter del Estado actual, cuya característica perversa y antinacional es la que habilita la permanencia de estas condiciones.

Es necesario que los obreros, campesinos y trabajadores en general elaboremos una política propia e independiente de los sectores dominantes que posibilite avanzar en nuestras propias reivindicaciones y dejar de ser furgón de cola de uno u otro sector de las clases dominantes.

Sería altamente instructivo que la militancia en Argentina -y en otros países de la región y fuera de ella- asimilara hasta la última conclusión la diferencia entre los volantes que está acostumbrada a leer y esta proclama de independencia clasista y voluntad revolucionaria lanzada en medio de un combate de masas. Es la distancia que hay entre la palabra vacía y la voz con raíces y horizonte. Eladio Flecha y Alberto Areco, entre tantos otros anónimos dirigentes de la FNC, encarnaron esta política.

Así, la FNC alcanzó una extraordinaria victoria: entre la espada de Oviedo y la pared levantada por la masa campesina reunida a las puertas del Congreso, el viernes 26 de marzo diputados y senadores temblorosos alzaron la mano para votar a favor de la Condonación de Deudas, con una mezcla de contrariedad y espanto reflejada en sus rostros.

Bajo la misma presión, las clases dominantes votaron en su Parlamento este curioso y significativo texto: «Declárase legales todas las huelgas nacionales y sectoriales iniciadas a partir del 23 de marzo inclusive, con motivo de la grave convulsión que vive el país por el asesinato del vicepresidente de la República e inicio del juicio político al presidente de la República. Hasta tanto termine el citado juicio y se llegue a una solución acorde a derecho, en todo ese lapso ninguna huelga que se refiera al motivo arriba citado será calificada de ilegal ni podrá despedir, suspender, ni tomar represalia alguna contra los trabajadores, tanto del sector público como del privado».

He allí, resumidos como en un mural pintado por Diego Rivera, las masas en la calle, la lucha de clases en toda su extraordinaria vitalidad y complejidad, la fractura de la burguesía, la estrategia de independencia política en combate frontal contra el sistema, las políticas de conciliación de clases dentro de las filas obreras, la pavura y los pasos atrás de la burguesía y las inagotables maniobras del imperialismo y sus socios menores.

 

Saldo y perspectivas

Al día siguiente Cubas Grau era destituido; Oviedo había huido con rumbo a Buenos Aires, de acuerdo con la orden dada desde Washington al gobierno argentino, con sectores del cual, por lo demás, el militar paraguayo tiene lazos de unión en más de un sentido.

La masa campesina, siempre encolumnada, con inequívocos signos de alegría pero sin abandonar el cordón de seguridad demostrativo de algo más que precaución, acompañada por el aplauso de toda la población que la despedía, abandonó Asunción.

Luis González Macchi, stronista de rancia estirpo, asumía la presidencia con el apoyo del PLRA y el ED. Maura Harty recibía felicitaciones de Madeleine Albright, la secretaria de Estado estadounidense, en ese instante ocupada en explicar al mundo que se descargaban bombas sobre los albano-kosovares para defender sus derechos humanos.

No hubo victoria neta para nadie. Pero hubo derrotados sin atenuantes. Estados Unidos logró su doble objetivo de atar a todas las fracciones de la burguesía en un mismo paquete y a la vez sacar ventaja en su lucha con los capitales alemanes que intentan disputarle la hegemonía en aquel país. Los burgueses de Paraguay, en todas sus fracciones, mastican odio y frustración: contra su voluntad González Macchi y por orden de Harty debe llamar a elecciones, pese a que su interpretación de la Constitución le indica que debe completar el mandato de Cubas Grau. Oviedo no puede seguir argumentando que cuenta con el apoyo del campesinado (en cuyas filas obtuvo los votos que le dieron el triunfo a Cubas) y no parece en condiciones de ser, por todo un período, más que un exiliado de lujo. El PLRA y el ED van al gobierno de coalición como la oveja al matadero: con ojos desorbitados y sin una queja. Obreros y campesinos probaron la potencia de su propia fuerza, conquistaron inequívocas victorias, pero ven que el control político no sólo continúa ajeno a su voluntad, sino que se fortalece con la unidad a presión de la burguesía desperdigada.

Como el combate mismo, los puntos a favor se concentran en dos polos: el imperialismo y el campesinado organizado. Aquél, consumó su objetivo de soldar un bloque para enfrentar la crisis regional y local. Este, galvanizó sus fuerzas, midió sus capacidades, trazó en un combate de masas una línea de acción estratégica, reconoció a sus aliados y comprobó la imprescindible necesidad de plasmar esa política en la clase obrera, todavía hegemonizada por corrientes socialdemócratas impulsoras de la conciliación y orgánicamente amarradas a políticas imperialistas.

La crisis en Paraguay y su circunstancial desenlace cobra un relieve particular si se parte de la certeza de que la cruda intervención política de la embajada estadounidense en Asunción está dictada por las previsiones respecto de la evolución económica y política en Brasil y su impacto en toda la región. En la descontrolada fractura de la burguesía paraguaya y en presencia de un movimiento de masas en alza, con indicios ciertos de consolidación de una dirección anticapitalista consecuente, Washington vio una alarmante luz roja. Por ahora logró una pausa en amarillo titilante.

 

Argentina: coyuntura, perspectivas y tareas en 1999(6)

En respuesta a la Carta a los argentinos -publicada en nuestra edición anterior- aseveramos en agosto pasado que el Frepaso había cumplido su ciclo vital. El aplastante triunfo de la UCR en la elección interna de la Alianza, el 29 de noviembre, más que confirmar aquella interpretación, se transforma en inequívoco punto de definición para todo el activismo político, sindical, estudiantil y barrial.

De tal modo, la situación dada al inicio del ciclo Frente del Sur-Frente Grande-Frepaso-Alianza ya no es una situación potencial sino el centro de la coyuntura política. Esto significa que nuevamente está planteada en términos prácticos la necesidad de encauzar a una fuerza de masas, con eje en el proletariado y desplegada hacia todos los sectores de la sociedad golpeados por la crisis del capitalismo.

Para la clase obrera en general y el país en su conjunto, el signo que adopte la resolución de esta coyuntura será determinante en todo un período histórico. Por tanto, será determinante también -y previsiblemente definitivo- para la suerte de las organizaciones revolucionarias marxistas.

Es fundamental que la militancia tome conciencia de esto y actúe en consecuencia. Ningún esfuerzo será suficiente para afirmar esta convicción y transmitirla de modo claro y contundente.

Tal tarea, se desarrollará en un marco de agravamiento sistemático y acelerado de la crisis económica (el PBI caerá entre un 2 y 4% durante el año en curso) y las obvias consecuencias sociales.

 

La CTA después de la elección interna en la Alianza

Es en este terreno de crisis económica sostenida, constante riesgo de precipitación de acontecimientos descontrolados, agudización de las contradicciones interimperialistas y resurgimiento vigoroso de corrientes antimperialistas, por donde transitará la militancia revolucionaria marxista en el futuro inmediato, que tiene por delante una instancia concreta de lucha ideológica y política en el plano sindical, en la cual es necesario intervenir como alternativa política y no como mera referencia teórica.

El fiasco del Frepaso consuma el desastre al que ha llevado la conducción hegemónica de la CTA al sector más combativo del sindicalismo en los últimos siete años. De esto no se vuelve. Para ese equipo, la alternativa entre votar a De la Rúa o retornar a alguna eventual fractura del PJ son sólo dos vías para un mismo destino: su irreversible desaparición como dirección de recambio para el movimiento obrero.

Antes de analizar el cuadro que deja el naufragio, corresponde volver sobre un punto: la condena a la farsa del Luna Park que dio lugar a la CTA; la posición explicitada en Crítica(información y análisis agrupadas en el Nº 15 bajo el título De Congreso de Trabajadores a Central de dirigentes) y la línea de acción adoptada desde entonces.

Poner el eje estratégico en el proletariado industrial, en el partido de masas y en la independencia política, exigía entonces ser consecuentes a partir del hecho de que el sector productivo de la clase obrera no está en la CTA, que ésta no cuenta numéricamente frente al MTA y la CGT (ése, el numérico, es el dato crucial para posicionarse frente a una Central Sindical. Dicho más claramente: si una central fascista congregara a tres cuartas partes de los trabajadores, los revolucionarios deberían trabajar en ella y no en un pequeño aparato, incluso si éste tuviese posiciones correctas, lo que no es el caso), y además, la dirección se subordinaba a un partido burgués. Ante tal coyuntura, una organización revolucionaria marxista debe estar dispuesta incluso a ser diezmada por la presión exterior, antes que ser cómplice del tendido de una trampa para la clase obrera como lo fue el Frepaso y la posterior Alianza.

Hubo un precio a pagar por aquella decisión. Pero ahora, consumado el proceso, se replantea la posibilidad de que los cuadros, cuadros medios y activistas no involucrados en la toma de decisiones del grupo hegemónico, cambien de rumbo. Una instancia probablemente crucial en esta batalla será el Congreso que la CTA prepara para mayo en Mar del Plata.

La urgencia por adoptar algún curso de acción diferente acucia especialmente a la dirección de CTERA, que además de estar más expuesta que ATE como parte de la Alianza, ha recibido dos violentas bofetadas en pocos días: la derrota electoral a manos de un sector de la izquierda en Neuquén y, por derecha, el fracaso del contubernio para aprobar la ley de financiamiento educativo.

En cualquier caso, la CTA no sólo está anulada como conducción de recambio, sino que afronta un año de agudización de la crisis como base electoral de un partido y un candidato liberal, abiertamente comprometido con el imperialismo y el gran capital. De modo que aquellos componentes de la exangüe CTA que no estén dispuestos a inmolarse como defensores de De la Rúa, afrontan un ultimátum sin prórroga.

Este ultimátum no consiste en salir o quedarse en la CTA, sino en definir de manera pública y militante una línea de acción política independiente, de clase; es decir, involucrarse en la construcción de una herramienta política de los trabajadores.

En este punto, habrá un combate decisivo contra quienes ya proponen la variante reformista-populista. El desarrollo de los acontecimientos dirá si esa batalla se librará dentro de una misma instancia o desde estructuras diferentes. Para las organizaciones y cuadros empeñados en recomponer las fuerzas revolucionarias marxistas, prever, definir y acertar en relación con esto es cuestión de vida o muerte.

Aunque en condiciones diferentes, lo mismo ocurre para el MTA. Para la CGT, la situación es más simple: deberá resquebrajarse siguiendo la línea de división Menem-Duhalde, ambos con concepciones y métodos idénticos pero ahora expresando con mayor nitidez la fractura de los grandes grupos económicos.

 

¿Qué hacer frente a las elecciones?

Todo esto ocurre, además, enmarcado en las elecciones para renovar el gobierno nacional. Las elecciones de este año se dan en un cuadro singular. Lo dominante es la sistemática caída de la economía mundial. Esto no sólo determina en última instancia, sino que puede detonar situaciones puntuales. Pero a ello hay que sumarle una serie de factores, de diversa naturaleza y carácter:

  • agudización del debate y la confrontación interna en el PT de Brasil;
  • lo mismo en el FA de Uruguay, con el agravante de que también allí hay elecciones presidenciales y que el FA, espejando el proceso de la Alianza, pretende ganar y, aunque esa posibilidad se está desdibujando, no es descartable;
  • recalentamiento de la crisis política en Paraguay, con amenazas de confrontaciones armadas interburguesas que estallaron en marzo y se han postergado pero no resuelto;
  • desaparición del Frepaso por absorción a favor de un partido burgués y su representante más conservador;
  • impacto múltiple y diverso de las elecciones en Venezuela sobre los cuatro puntos señalados;
  • encrucijada sin salida para la CTA, obligada a identificarse con la derecha de la UCR o definirse en contra de la Alianza;
  • desaparición total de cualquier referencia popular, antimperialista, democrática, para las grandes masas;
  • punto extremo de crisis en las que fueran principales organizaciones de izquierda.

Esta combinación contribuye objetivamente a que la multiplicidad de tensiones sociales latentes, el descontento general y específicamente la situación de la juventud obrera, estudiantil y desocupada (en ese orden de importancia para nosotros, aunque previsiblemente en orden inverso en cuanto a su aparición en el escenario político), se expresen durante el año en curso en creciente rebeldía y eventuales estallidos puntuales.

En esta situación no hay una organización marxista capaz no ya de ponerse al frente -como dirección efectiva- de tal efervescencia social. Tampoco podría capitalizarla, al menos en la escala posible y necesaria. Al mismo tiempo, nada sería más erróneo y perjudicial que, acuciados por esta realidad incontrastable, ceder a la tentación de formas frentistas del tipo que fueren.

Hay un modo de resolver este dilema. O, al menos, de intentar hacerlo: replantear, pulir y esgrimir con el máximo de energía, el impulso por la construcción de una herramienta política de masas de los trabajadores y abocarse con el máximo de determinación a la recomposición de las fuerzas revolucionarias marxistas.

Programa de Acción y Herramienta Política de los Trabajadores

Es previsible que en el panorama descripto -tanto más si se formaliza la candidatura de Abel Posse en Buenos Aires- habrá una fuerza objetiva que impulse, ahora sin mediaciones, hacia la edificación de una herramienta política propia. Hay signos, aunque todavía sin suficiente carnadura social, de que esa dinámica está ya presente en sectores crecientes del activismo sindical, barrial y juvenil.

Esto presupone igualmente un margen muy amplio para una propuesta de voto programático o, como lo llamamos en 1997, Voto Protesta. Ahora es más sencillo conectar, ante las masas, la idea de voto protesta y herramienta política de los trabajadores. En este plano, frente a las tendencias abstencionistas y la inercia hacia un voto por alguna de las candidaturas de izquierda, corresponde un esfuerzo singular para intentar -aunque como punto de partida las condiciones son en extremo difíciles- un acuerdo de organizaciones y agrupamientos de izquierda, sindicalistas combativos y todo el espectro potencialmente dispuesto a asumir un programa independiente frente a las variantes del capital.

Ese intento unitario en torno de un programa es el primera paso a dar. Pero la primera condición para ello es señalar que una eventual imposibilidad de alcanzar un acuerdo frente a las elecciones no debe fracturar ni detener ni postergar el objetivo de edificar una herramienta política de masas de los trabajadores.

En cualquier caso, y sobre la base de exponer con toda claridad esto último, es necesario asumir una tarea de tipo agitativo que complemente la actividad propagandística a favor de un voto programático, o Voto Protesta: afiches, periódicos murales, pintadas, mariposas, actos relámpagos, habladas en colectivos y trenes, etc. Un punto a observar es la eventualidad de darle rostro y nombre a un Voto Protesta. Es decir, candidatos que se presentan defendiendo un programa al que llaman a votar, pero que por definición no pretenden ser elegidos a ningún cargo.

Es claro que si a esta propuesta no se suman partidos de izquierda, organizaciones sindicales, estudiantiles y barriales, no hay posibilidad de transponer la barrera de la propaganda a la agitación. Mucho más que en 1997, sin embargo, hay chances ciertas de concretar un bloque político de peso en torno a un voto programático.

La tarea por afirmar una instancia política de masas sobre bases clasistas, así como la necesidad de articular una campaña de agitación y propaganda en torno a las elecciones hacen más necesario que nunca un semanario con alcance de masas.

Con certeza es posible poner en movimiento una enorme fuerza militante no encuadrada si a una propuesta de construcción plural y de masas se la lleva a la práctica con métodos que de manera intransigente rechacen las prácticas manipulatorias de aparatos o personas educadas en ellos, que las reproducen bajo nuevos ropajes. Simultáneamente, mediante este conjunto de tareas la militancia marxista involucrada en ella debería hacer un esfuerzo especial para dar un paso efectivo en la recomposición de sus fuerzas (ver Carta abierta a la militancia).

El proletariado de Argentina y las apariencias engañosas

Frente a la brutal expresión de la crisis capitalista que ante los ojos del mundo se expone en la guerra contra Yugoslavia y su actualidad en toda América Latina, el proletariado y la vanguardia militante de Argentina tienen una responsabilidad. Aunque el estado actual de desarticulación y parálisis lleven a pensar lo contrario, la historia de organización y lucha de las masas en este país señalan al movimiento obrero y popular como el de más rica y avanzada tradición. Su situación actual resulta, como Crítica ha intentado explicarlo a lo largo de sus ediciones, de que tras las luchas que consumaron la ruptura histórica con las cadenas de la ideología burguesa y conciliacionista de clases impuesta durante cuarenta años por el peronismo, no pudo plasmar una organización política propia. Esa ausencia es el último dique de contención con el que cuentan la burguesía y el imperialismo. Por eso allí reside la tarea ante las masas.

Factores cuya descripción y enumeración no necesitamos repetir aquí, demoraron la irrupción de esa nueva fuerza política que de manera inconsciente pero evidente reclaman no sólo los trabajadores sino amplísimas capas de la sociedad y en especial la juventud. Esa demora, de enorme costo social, como está a la vista, entre otros muchos efectos que reclaman urgente análisis, produjo uno que también está ante los ojos: sobrepasó a una cantidad de sindicalistas combativos que no supieron o no quisieron romper con la línea de conciliación de clases y fueron arrastrados nada menos que por el ala derecha de la UCR. (No podría sorprender, dicho sea al pasar, que esto redundara en una nueva victoria electoral del PJ; sobre todo en Buenos Aires, donde la supuesta representante del progresismo lleva como vicegobernador a un conocido sostén político de la última dictadura).

Este fenómeno que arrastró en unos casos y paralizó en otros a valiosos dirigentes sindicales honestos y combativos, demoró la concreción de la construcción de una herramienta política de masas y dio un tiempo adicional a la burguesía. Pero a la vez polarizó y radicalizó al extremo cualquier resolución de la crisis. No es con dirigentes amarrados a la tercera vía de la socialdemocracia europea que se puede afirmar una dirección de masas. Mientras unos se hacen cómplices del imperialismo en la agresión devastadora contra Yugoslavia y no pocos avanzan hacia posiciones ultranacionalistas, a los restantes no les queda sino afirmarse en posiciones de clase y trazar líneas de acción intransigentes con cualquier forma de conciliación. Esta obligada radicalización ideológica y política está empujada con violencia, además, por la implacable crisis económica y los efectos sociales que provoca.

No hay vanguardias autoproclamadas. Ni aparatos con mayor o menor combustible ni estridencias de ningún género pueden reemplazar el hecho efectivo de ocupar la primera línea de las masas obreras y populares en un momento de crisis del sistema. Si es que están dispuestos a asumir este desafío histórico, quienes se consideran revolucionarios marxistas deben resolver urgente y simultáneamente las dos tareas claves: contribuir a la edificación de instrumentos de unidad social y política para la clase como tal y todos sus aliados actuales y potenciales; y recomponer sus fuerzas en tanto que marxistas en un genuino partido de los comunistas resuelto a plantear, no como un discurso, sino como una alternativa real, comprensible y asible para las masas, la lucha por el poder político y la abolición del capitalismo.

Notas:

1.- El texto a continuación está tomado de una exposición del autor, el 18 de diciembre de 1998, en la Universidad de los Trabajadores. La versión completa de aquella intervención fue publicada en Eslabón Nº 11/12.

2.- Durante el mes de marzo, en efecto, un acuerdo de la OPEP y otros países petroleros elevó el precio a 15-17 dólares por barril.

3.- Crítica Nº 10, página 233, punto 12

4.- Informe enviado desde Sao Paulo el 14 de febrero de 1999.

(*).- Dos meses después de redactado este informe, el diario Folha de São Paulo publicó una entrevista con el economista brasileño Celso Furtado: «Brasil camina hacia una moratoria de la deuda externa. Eso es una probabilidad. La factura que Brasil tiene que pagar este año es de 60 mil millones de dólares. El país no tiene de dónde sacar ese dinero. El país puede llegar a una situación en que la moratoria no sería el peor de los mundos (…) A Brasil lo están empujando a una moratoria. Entro en un proceso de endeudamiento permanente. El propio acuerdo con el FMI aumenta la deuda». Furtado, de 78 años, fue profesor de la Universidad de París y miembro de la Academia Brasileña de Letras; fue ministro de Planeamiento durante el gobierno de João Goulart (1961-64), y de Cultura, durante el gobierno de José Sarney (1985-90).

5.- Informes de corresponsales propios; de la agencia Pulsar; publicaciones del MDP y el PCMLE; de organizaciones de derechos humanos y de los diarios ecuatorianos El Comercio y Expreso.

6.- Documento presentado el 9 de diciembre de 1998. Completado luego de la devaluación en Brasil.