Alianza estratégica Brasil – Venezuela

porLBenLMD

 

La dinámica de confrontación bélica entre Colombia y Venezuela impulsó al presidente Lula a sellar una alianza estratégica con Hugo Chávez. El resultado es la formalización de un nuevo eje geopolítico en el continente, un severo revés para George W. Bush y el mayor aislamiento histórico de Washington ante su “patio trasero”.

 

A pocos días de la reasunción de George W. Bush en la Casa Blanca y en medio de una parafernalia político-informativa destinada a mostrarlo como líder fortalecido en pos de la recuperación de la hegemonía y la iniciativa política en todo el mundo, Estados Unidos sufrió en Suramérica, más precisamente en Venezuela, dos reveses de enormes derivaciones. Homero observaría maravillado los bruscos cambios de situación ocurridos en el último año en la batalla política entre el Norte y el Sur del hemisferio americano, más dramáticos y trascendentales que las mudanzas de la suerte entre los combatientes en la guerra de Troya, aunque privados todavía de una alada pluma como la del clásico griego. La distancia entre el drama y su representación se ahonda además por la aceleración de los acontecimientos: en dos días, el 14 y 15 de febrero pasado, el presidente venezolano Hugo Chávez protagonizó dos reuniones con sus pares de Brasil y Colombia que neutralizaron los movimientos de contraofensiva ensayados por el Departamento de Estado en los últimos tres meses y, más aun, postergaron sin fecha la posibilidad del gobierno de Washington de recuperar la iniciativa política. Como resultado, Bush quedó más aislado que nunca antes en la región.

Fue el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, quien inesperadamente imprimió al encuentro con Chávez una dimensión mayor de la que supone un conjunto de acuerdos de carácter económico y militar, al denominarlos, tres días antes de su viaje a Caracas, «Alianza estratégica» entre Brasil y Venezuela. Y aunque como en el caso de «histórico», suele abusarse últimamente también con el calificativo de «estratégico», no es éste el caso. Mucho más que un paquete de intercambio económico-comercial, los 26 instrumentos firmados por ambos presidentes el 14 de febrero representan la consolidación de un proceso de realineamiento regional, vigente desde hace ya más de un lustro, mediante el cual los gobiernos de Brasilia y Caracas hicieron girar el eje geopolítico hemisférico, trastocando todo el panorama y arrebatándole a Estados Unidos la iniciativa política para la región. Que este movimiento haya comenzado bajo la presidencia de Fernando Henrique Cardoso en Brasil es indicativo de la naturaleza objetiva de las fuerzas que lo determinan. Pero no es un dato menor que en un momento de extraordinaria gravedad para Venezuela y el continente, fuese Lula quien irrumpiera en un escenario donde cabía esperar un desenlace trágico (ver «¿Matar…), con una calificación que, por sí misma, amarró las manos del gobierno estadounidense al menos en lo inmediato.

 

Desarticulación de un conflicto 

En efecto, dos operaciones teledirigidas por la CIA en la capital venezolana -el asesinato del fiscal Danilo Anderson mediante la explosión de una bomba en su auto el 18-11-04 y el secuestro de un dirigente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en pleno centro de Caracas, el 13 de diciembre pasado, por fuerzas policiales colombianas y militares venezolanos sobornados(1)- sumadas a una escalada verbal de autoridades estadounidenses contra el gobierno de Chávez, evidenciaban una dinámica al parecer indetenible hacia una confrontación bélica entre Colombia y Venezuela. Alimentada sin disimulo por el Departamento de Estado, la ruptura de relaciones diplomáticas entre ambos países avanzaba peligrosamente en ese sentido. El retiro de embajadores, los comunicados (oficiales, aunque curiosamente sin firma) de Bogotá y la drástica respuesta de Chávez, quien tendió una mano al presidente colombiano Alvaro Uribe y a la vez cortó de un tajo todas las relaciones económicas entre ambos países, fue seguido por una distensión parcial. Se acordó un comunicado conjunto con disculpas diplomáticas por parte de Colombia y Uribe se comprometió a viajar a Caracas. La postergación del viaje en dos oportunidades -con argumentos futiles contrarrestados además por tonantes declaraciones del embajador estadounidense en Bogotá, quien denunciaba un supuesto «santuario terrorista» en Venezuela- llevaron el conflicto al borde del abismo.

La decisión de Lula, sin embargo, transformó esta situación en su contrario. Horas después de su partida, arribó Uribe a Caracas. Tras siete horas de reunión con su par venezolano, una conferencia de prensa de ambos presidentes dejó atrás el durísimo conflicto y replanteó, en un nivel de mayor compromiso, los acuerdos económicos: construcción de un gasoducto hasta el Pacífico, la venta de gasolina venezolana a poblados fronterizos de Colombia, así como el libre tránsito de personas y del carbón colombiano hacia Venezuela. Luego se hablaría sin rodeos sobre algo que todos sabían: la urdimbre diplomática que tuvo este desenlace no fue tejida en Naciones Unidas (ONU), ni en la Organización de Estados Americanos (OEA), ni en ninguna de las cancillerías de mayor peso mundial: «En este ajedrez donde los políticos asociados con la potencia estadounidense, junto con Colombia, conformaron un bando, y donde la potencia petrolera de Venezuela se colocaba en el otro, sólo Cuba estaba en una posición que le permitía convertirse en una opción de intermediación (…). Sin su intervención diplomática, probablemente no se habría dado la reunión en Caracas» entre Chávez y Uribe, admite alarmado un columnista ultraconservador de The Washington Post(2).

Más aun: fuentes bien informadas arguyen que la denuncia que Fidel Castro hizo pública respecto de la decisión estadounidense de asesinar al presidente Chávez, puede muy bien haber sido el acicate que impulsó a Lula a pasar tan enfáticamente del «acuerdo comercial» a la «alianza estratégica» que se firmaría el 14 de febrero entre Brasil y Venezuela. El eventual magnicidio en su poderoso vecino, además de truncar cualquier perspectiva de consolidación de la política neodesarrollista del gobierno brasileño con un país clave por sus reservas petrolíferas y sus excedentes dinerarios capaces de sostener grandes emprendimientos industriales conjuntos, daría lugar a una marejada de desestabilización política en toda Suramérica, capaz de poner en jaque al propio gobierno del Partido de los Trabajadores en Brasilia. Por otro lado, la guerra que desataría el eventual asesinato de Chávez significaría el desembarco en gran escala de tropas estadounidenses en el área. La Amazonia, objetivo explícito de la estrategia estadounidense en la región, pasaría a ser un teatro de operaciones militares. De modo que no sólo Lula, sino las Fuerzas Armadas brasileñas, tuvieron razones mayores para apresurarse a detener aquella dinámica. Otro tanto vale para los grandes empresarios: la construcción de puentes y caminos binacionales, los emprendimientos petroleros y petroquímicos conjuntos, la compra de maquinarias y tecnología, los acuerdos para crear la empresa Carbosuramérica, la adquisición de aviones Tucano y otras muchas áreas de intercambio, además de garantizar ganancias difíciles de obtener en otras latitudes, constituyen una línea de acción sustentable a mediano plazo en medio de un mundo en zozobra económica.

 

Vuelta de campana 

Ese poderío político derivado de los extraordinarios sobreingresos por la suba en flecha del precio del petróleo, utilizado por Chávez como palanca para restablecer la soberanía, emprender grandes objetivos de redención social y afianzar una dinámica de convergencia suramericana tuvo el efecto -para muchos inesperado- de transformar al mejor aliado de Bush en el hemisferio, Alvaro Uribe, en un forzado contribuyente al afianzamiento interno y regional de la Revolución Bolivariana. En el transcurso de este mes de marzo se reunirán Lula, Chávez y Uribe, con el explícito propósito de incorporar a Colombia al conjunto de operaciones productivas y comerciales encaradas en conjunto por Brasil y Venzuela.

Así, en el mismo momento en que Washington ejercía presión extrema sobre varias capitales del Sur con el objetivo de aislar a Chávez, reinstalar la dinámica del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) a través de tratados bilaterales e impedir la consolidación de la Unión Suramericana de Naciones, la «alianza estratégica» de Brasil y Venezuela produjo un resultado exactamente inverso, que afloja la tenaza estadounidense sobre gobiernos débiles y reabre perspectivas de realineamiento en detrimento de la política imperial.

El inesperado revés de Bush no indica que la pugna ha terminado. Antes bien lo contrario: una suma de actitudes de gran impacto mediático indica que el Departamento de Estado se apronta para intervenir de manera directa en la región. De hecho, la abrumadora derrota política de la oposición interna que representa en Venezuela los intereses estadounidenses, tanto más demoledora cuanto que fue sancionada por referendo y elecciones, deja a Washington sin alternativas. Un libro de reciente aparición narra paso a paso las medidas adoptadas por la Casa Blanca en los dos años previos a la invasión a Irak(3). Basta comparar aquella conducta con la esgrimida en los últimos meses para cercar a Chávez: se trata de la repetición puntual de las acciones emprendidas entonces por el vicepresidente Dick Cheney, la actual secretaria de Estado Condoleezza Rice y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, con la diferencia de que en aquella oportunidad el director de la CIA no actuaba públicamente.

El magnicidio es sólo una variante de esa estrategia. Así parecen haberlo entendido Lula, las Fuerzas Armadas y el gran capital brasileños. En todo caso ésa parece ser la certeza de Chávez, empeñado en la profundización de la revolución, objetivo resumido ahora en los diez puntos de un programa de acción denominado Nuevo Mapa Estratégico:

1) Avanzar en la conformación de una nueva estructura social; 2) Articular y optimizar la nueva estrategia comunicacional; 3) Avanzar aceleradamente en la construcción del nuevo modelo democrático; 4) Acelerar la creación de la nueva institucionalidad del Estado; 5) Nueva estrategia integral y eficaz contra la corrupción; 6) Elección por la base de los candidatos; 7) Acelerar la construcción del nuevo modelo productivo, rumbo a la creación del nuevo sistema económico; 8) Seguir instalando la nueva estructura territorial; 9) Profundizar y acelerar la conformación de una nueva estrategia militar nacional, y 10) Continuar impulsando el nuevo sistema multipolar e internacional (4).

Basta observar cómo han reaccionado gobierno, fuerzas armadas y nuevas estructuras de organización social ante las devastadoras inundaciones a mediados de febrero pasado, para comprobar cuál es el punto de partida para este enfático llamado a «avanzar, acelerar». Paradojalmente, es la profunda transformación alcanzada sobre todo en la conciencia social lo que abre interrogantes mayores, puesto que todo nuevo paso adelante significará necesariamente rupturas profundas con el pasado, aún presente. Es presumible que el Departamento de Estado registre precisamente esos eventuales puntos de ruptura para introducirse nuevamente en un escenario del que ha sido desplazado. Sólo que ahora tendrá delante una «alianza estratégica» entre dos países clave de la región. Si el tercero en disputa -Argentina- se alinea al cabo con este proyecto de resistencia a los efectos ruinosos de la crisis económica en el corazón de la economía mundial, Estados Unidos habrá perdido algo más que su hegemonía sobre América del Sur.

  1. Dossier «La amenaza del Plan Colombia», Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2005.
  2. Michael Shifter, «El curioso conciliador de América Latina», The Washington Post, El Nacional, Caracas, 16-2-05.
  3. Bob Woodward, Plan de ataque, Planeta, Buenos Aires, septiembre de 2004.
  4. Hugo Chávez, «El nuevo mapa estratégico», Minci, Caracas, noviembre de 2004.

Uruguay gobernado por el Frente Amplio

porLBenLMD

 

Más de medio millón de personas, acompañadas por visitantes de todo el mundo, celebraron el 1 de marzo en Montevideo la asunción de Tabaré Vázquez, primer Presidente de las izquierdas en Uruguay. El dato más sobresaliente es el cambio de posición geopolítica del país platense.

 

Captar la significación histórica de un acontecimiento es más difícil cuando viene acompañado por una explosión de alegría. Sea porque el júbilo posterga la reflexión, sea porque cuando millones ríen y cantan no desborda sólo el espíritu, sino el cauce político de una sociedad.

Eso ocurrió el 1° de marzo en Montevideo. Hasta el último minuto del día anterior, la capital uruguaya estaba como puede esperarse en un lunes cualquiera a medianoche: pocas personas en la avenida central; vendedores callejeros con gesto cansado y distante mientras levantan sus puestos; un anciano en su caminata habitual, ataviado con austera elegancia, acaso recordando tiempos en que la 18 de Julio era menos lóbrega y el paseo menos solitario; bares ya casi vacíos y, esporádicamente, algún automóvil con una bandera del Frente Amplio y haciendo sonar bocinas, en involuntaria demostración de lo aislado y solitario del festejo.

El paisaje cambió con brusquedad y extraña exactitud a la medianoche, como si una mano invisible hubiese dado la señal para que miles de personas se volcaran a la calle: desde la cero hora ya gobernaba Tabaré Vázquez, aunque los atributos del mando se formalizarían después de mediodía. Cuesta suponer que los organizadores tuvieron tanta precisión y capacidad de mando. Sólo una acendrada conciencia colectiva y un elevado grado de organización puede lograr semejante efecto. No obstante, en aparente contrasentido, el grueso de quienes aparecían para poblar las calles céntricas rumbo al lugar de concentración, la juventud, durante las 24 horas siguientes no daría muestras de una elevada conciencia política y, mucho menos, de alguna forma de pertenencia a estructuras organizadas. El enigmático y desde siempre discutido entrelazamiento de espontaneidad y conciencia tuvo en el Montevideo del 1° de marzo una expresión singular, que presumiblemente dará lugar a cuidadas reflexiones teóricas. Como quiera que sea, la alegría era palpable y no había lugar para la duda: el punto de bulliciosa unidad –más parecida a la unanimidad nacional– era el rechazo a ese pasado que terminaba con el último minuto del 28 de febrero.

 

Lineamientos del nuevo gobierno 

Pese a la gran expectativa, nadie dentro o fuera de la extendida coalición Frente Amplio-Encuentro Progresista-Nueva Mayoría, supuso que la asunción del gobierno por Tabaré Vázquez daría lugar a una revolución en Uruguay. En dos discursos –ante la Asamblea legislativa que le tomó juramento y luego, ya entrada la noche y con los atributos del mando, ante una concentración masiva frente al Palacio del Congreso–, el nuevo Presidente delineó los objetivos de su gobierno: “venimos de lejos. Nos inspiran e impulsan los principios de libertad, solidaridad e igualdad de oportunidades para todos los uruguayos, tan presentes en el ideario de nuestro padre Artigas y aún hoy tan plenamente vigentes. (…) El gobierno que hoy asume funciones tiene señas de identidad bien definidas y por cierto que su accionar será coherente con los valores, los principios y las propuestas que lo inspiran pues, entre otras razones, tal es la voluntad ciudadana expresada el pasado 31 de octubre. Pero, asimismo, este gobierno será el gobierno de todos los uruguayos. (…) Prometimos cambios y haremos cambios. Empezando por el gobierno mismo, en su actitud, en sus acciones, fundamentalmente en lo que se refiere a la austeridad, el respeto, el diálogo, la tolerancia y la modalidad de trabajo cotidiano. Cambios impostergables; cambios factibles; cambios responsables; cambios progresivos; cambios entre todos y para todos, pero especialmente en beneficio de quienes más los necesitan para alcanzar niveles de vida digna”.

Vázquez también subrayó el eje internacional que seguirá su gobierno ratificando “el compromiso con el Mercosur y el carácter prioritario del proceso de integración como proyecto político estratégico en la agenda internacional del Uruguay. Lo hemos dicho muchas veces y lo decimos ahora una vez más: el gobierno que hoy asume quiere más y mejor Mercosur. Un Mercosur ampliado, redimensionado y fortalecido que será a su vez una plataforma más sólida para lograr una mejor inserción internacional tanto del bloque en sí como de todos sus integrantes”.

Ante la multitud, el “compañero Presidente”, como se llamó a sí mismo, ratificó el compromiso con su base social de sustentación: “Queremos trabajar para que todos tengamos las mismas posibilidades. Queremos luchar contra las causas de la pobreza, que muchas veces se llaman corrupción y manejo inescrupuloso de los dineros públicos. (…) Los más pobres de este país han perdido mucho y a ellos habrá que devolverles más, y más rápidamente. Hacer esto no es un acto de caridad, sino un deber de la sociedad. Los pobres no son objetos de la caridad, son sujetos de derecho”. La medida que adelantó en ese sentido consiste en un impuesto a la renta de las personas físicas.

Anunció asimismo un plan de emergencia sanitaria para los más desprotegidos, basado en programas de apoyo nutricional, inmunización, salud bucal, sexual y reproductiva, drogodependencia y violencia doméstica, y la creación de un seguro nacional de salud.

Respecto de otro tema candente, los derechos humanos, Vázquez adelantó: “el país tiene una asignatura pendiente que me comprometo a saldar de inmediato. En tal sentido, nuestro gobierno cumplirá el mandato establecido en el artículo cuarto de la ley numero 15848, procurando agotar la investigación sobre lo sucedido con los detenidos desaparecidos e investigando al efecto en los establecimientos militares correspondientes. Dentro de pocas horas, pasado mañana jueves, el secretario de la Presidencia, doctor Gonzalo Fernández, en combinación con oficiales de nuestras fuerzas armadas, comenzarán las tareas para que un grupo de investigadores de la Universidad de la República vaya al establecimiento 13, 14 y a los que fuera, para comenzar los estudios correspondientes para saber si hubo enterramientos de ciudadanos, muertos, desaparecidos durante la dictadura militar. (…) Queremos saber qué pasó, qué pasó con estos ciudadanos, si están o no enterrados allí. Si están, serán recuperados, serán identificados, y sus restos serán entregados a sus familiares. Y si no están, tendremos que saber por qué no están y donde están, qué pasó con ellos. (…) Se publicará lo que se sabe, lo que se conoce. No con el fin de alimentar odio, no con el fin de llevar a nadie frente a la justicia fuera de lo que establece la Ley de la Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, sino para que –uruguayas y uruguayos– lo que pasó no pase nunca más en el Uruguay. ¡Nunca más! ¡Nunca más hermanos contra hermanos, uruguayas y uruguayos!”.

El tono dramático con que Vázquez pronunció estas palabras traduce una certeza: ese mínimo con el que compromete a su gobierno, es más de lo que los sectores desplazados están dispuestos a aceptar. El senador José Mujica (el líder Tupamaro, ahora ministro de Agricultura), tras tomarle el juramento aludió en su tono campechano al mismo dilema, aunque desde el ángulo opuesto: hizo votos para que las diferencias al interior del Frente Amplio no sean tan grandes como para invalidar los acuerdos con los que se llega al gobierno.

 

Punto de giro 

Pero si el curso de los cambios internos es motivo de conjetura y debate, no existe esa duda en un área decisiva, transformada ahora en clave de la evolución política uruguaya: su política internacional. Tal como lo había anunciado, Vázquez reanudó de inmediato las relaciones diplomáticas con Cuba. Y el nuevo canciller, Reinaldo Gargano, respondió positivamente –aunque luego relativizó sus afirmaciones– al pedido de Cuba para incorporarse al Mercosur. La presencia de los presidentes de Argentina, Brasil y Venezuela en la asunción del nuevo gobierno, los encuentros bilaterales, los acuerdos económicos firmados el primer día de gobierno con Hugo Chávez, prueban que el fantasma más temido por Estados Unidos llegó con el Frente Amplio: Uruguay deja de ser el punto de apoyo de la Casa Blanca en la región y se reubica drásticamente en un bloque de limitada pero no por ello menos gravosa resistencia a la voluntad imperial estadounidense; de Estado tapón Uruguay pasa a ser un nexo vivo en el proceso de convergencia suramericana.

Conviene sopesar con detenimiento la declaración de los presidentes Lula da Silva, Néstor Kirchner y Hugo Chávez, reunidos en Montevideo el 1° de marzo (ver Anexo). El conjunto de medidas allí acordadas, por primera vez corporiza el eje Caracas-Brasilia-Buenos Aires en relación con cuestiones decisivas de alcance estratégico. La política exterior del nuevo gobierno uruguayo puede ser el punto de giro para su evolución interna, precisamente porque está llamada a materializar un hecho crucial de la nueva fase que vive el continente: Estados Unidos no logra recuperar la iniciativa política, pierde su condición de autoridad inapelable y abre cauce a la búsqueda de nuevas respuestas para el antiguo drama de la miseria y la exclusión.

 

L.B.

©LMD Ed. Cono Sur

 

ANEXO:

DECLARACIÓN CONJUNTA DE LOS PRESIDENTES DE ARGENTINA, BRASIL Y VENEZUELA

“En la oportunidad de asistir a los Actos de Toma de Posesión del Presidente de la República Oriental del Uruguay, doctor Tabaré Vázquez realizados durante el día 1º de Marzo de 2005, los Presidentes de la República Federativa del Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva; de la Nación Argentina, Néstor Kirchner y de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez, han realizado un encuentro durante el cual, con espíritu fraternal y de completo entendimiento, acordaron formular la siguiente declaración conjunta:

 

1º. El triunfo electoral y la asunción de la Presidencia del Uruguay de Tabaré Vázquez, representan un nuevo y gran paso de avance de la democracia en América Latina, habida cuenta de su programa electoral y de las importantes decisiones expresadas una vez investido como Jefe de Estado. En tal sentido, celebramos la reanudación de las relaciones con la hermana República de Cuba, así como el impulso que se plantea a los procesos de integración sudamericana.

 

2º. Considerando que el mayor problema que enfrentan actualmente nuestras naciones es la pobreza, que contrasta con la abundancia de nuestros recursos, hemos coincidido en la necesidad de trazar programas y planes conjuntos orientados hacia su superación.

 

3º. Los acuerdos bilaterales celebrados entre Venezuela y Brasil, por un lado, y Venezuela y Argentina, por otro lado, son pasos concretos y positivos que hacen aconsejable el diseño y realización de acuerdos trilaterales alineados con la voluntad integradora expresada por las naciones sudamericanas al crear la Comunidad Sudamericana de Naciones. En ese sentido subrayaron que ya en mayo habrá una reunión cumbre de la Comunidad Sudamericana de Naciones con la Liga de los Países Árabes. El esfuerzo trilateral, a su vez, debe servir para fortalecer el proceso integrador con los demás países sudamericanos.

 

4º. Los procesos de integración son, además, una necesidad para concretar la idea de ir a los organismos multilaterales regionales e internacionales, con una misma posición, para fortalecer la voz de nuestros países más que cuando se expresan individualmente en tales escenarios.

 

5º. Los Presidentes decidieron la realización, dentro de treinta días, de reuniones:

 

– de los Ministros de Economía o Hacienda

– de los Ministros de Energía o Petróleo

– de los Ministros del Área Social

– de los Presidentes de Bancos Centrales

 

Asimismo, trataron de la conformación del Fondo Estructural del Mercosur y de la plena adhesión de Venezuela a la Unión Aduanera.

 

6º. Los resultados de esas reuniones se discutirán en el marco de una nueva reunión trilateral presidencial paralelamente a la realización de la Cumbre entre los Países Árabes y Países de América del Sur que incluiría además los aspectos generales relativos a la integración; abordar aspectos concretos como los relativos al fortalecimiento de Telesur y Petrosur, la creación de un Fondo no retornable para atender los más agudos problemas que se originan en la pobreza, un Banco Sudamericano para el Desarrollo y otros. Esta agenda será elaborada a través de la coordinación de nuestras Cancillerías con el debido apoyo técnico durante los treinta días siguientes a la publicación de esta declaración.

 

7º. Finalmente, por cuanto Brasil y Venezuela han acordado realizar una nueva Cumbre Presidencial junto a sus ministros vinculados al área de desarrollo social, los Presidentes han acordado darle un carácter tripartito a dicha Cumbre Presidencial a fin de garantizar una mayor amplitud y un mayor alcance a la misma. Los preparativos programáticos, técnicos y logísticos, quedan a cargo de los cancilleres quienes, a su vez, designarán los equipos técnicos y de apoyo que sean necesarios para la feliz realización de ese evento”.

 

Montevideo, 2 de marzo de 2005

La fuga hacia adelante de George W. Bush

porLBenLMD

 

Con la mitad de su población en contra y una abrumadora mayoría de la opinión pública mundial que lo rechaza, George W. Bush asumió su segundo mandato con promesas de reiterar corregida y aumentada la política de su primer período. Su nuevo gobierno se desarrollará en el marco de una crisis económica sin precedentes. Las amenazas de nuevas guerras no aumentan sus perspectivas de estabilidad.

 

El segundo mandato de George W. Bush tiene todos los elementos para transformarlo en el presidente más débil de la historia estadounidense. Pero el equipo gobernante ha resuelto huir hacia adelante: en su discurso de reasunción, el pasado 20 de enero, sobresalió el tono amenazante y la ratificación de una política intervencionista global. Más allá de eso, el texto revela que la cúpula recompuesta del poder en Washington no logró siquiera el acuerdo mínimo para que el ejército de redactores al servicio de la Casa Blanca lograra una pieza definida. «El discurso del Sr. Bush no parece correr el peligro de convertirse en inmortal», fustigó al día siguiente un editorial del principal diario estadounidense. Excepto un «apenas velado aviso comercial sobre el plan presidencial para privatizar el seguro social»(1), la exposición eludió la realidad: en 20 minutos pronunció 49 veces las palabras «libre» y «libertad», pero no figuraron «Irak», «terrorismo», «11 de septiembre». Aunque dejó clara la intención de revalorizar la diplomacia, Bush subrayó que «nos defenderemos y defenderemos a nuestros amigos cuando sea necesario». Su nueva secretaria de Estado, Condoleezza Rice, había anunciado poco antes, frente al Comité del Senado que debía habilitarla para el cargo, cuáles son los «regímenes ilegales» a los que hay que llevar la democracia: Cuba, Myanmar, Irán, Corea del Norte, Bielorrusia y Zimbabwe(2). Rice se cuidó de aludir a la verdadera pesadilla de los estrategas del Departamento de Estado, China, pero presentó otros objetivos definidos: «Estamos muy preocupados por un líder electo democráticamente que gobierna de manera intolerante (…). Tenemos que ser vigilantes y demostrar que conocemos las dificultades que ese gobierno causa a sus vecinos», dijo la ex consejera de Seguridad Nacional refiriéndose al presidente venezolano Hugo Chávez.

Simultáneamente, un artículo publicado por el semanario The New Yorker citaba a un asesor vinculado con el Pentágono, según el cual «el Presidente ha firmado una serie de órdenes ejecutivas dando autorización para que grupos secretos de comandos y otras fuerzas especiales lleven a cabo operaciones encubiertas contra objetivos sospechosos de terrorismo en 10 países en Oriente Medio y el Sur de Asia» (ver Ramonet, pág. 40). El texto del periodista Seymour M. Hersh agrega: «funcionarios civiles del Pentágono señalaron que se pretende destruir en Irán tanta infraestructura militar como sea posible», mediante una campaña aérea previa, tal como estaba planeado inicialmente en la invasión a Irak. Entrevistado por la CNN el periodista ratificó su información: «el próximo paso es Irán. Es así. Lo están planeando.»(3).

 

 ¿A la guerra?

Si la decisión belicista del nuevo gobierno estadounidense está a la vista, no es tan evidente su capacidad para realizarla sin provocar un colapso general. Bush no mencionó a Irak porque la situación allí es cada día más grave para las fuerzas ocupantes. «El despliegue no planificado de fuerzas estadounidenses (en Irak) está cobrando un pesado precio acumulativo, especialmente al Ejército y a la Guardia Nacional. Está minando la disposición y la moral, está limitando la capacidad estadounidense para mandar fuerzas de tierra suficientes a otros lugares para respaldar su diplomacia o responder a amenazas emergentes», advirtió The New York Times en su primer editorial del año(4).

«El reclutamiento ha caído en un 30% (…) cuatro de cada diez estadounidenses en Irak provienen de la Reserva o la Guardia Nacional (…) el actual tope de reclutamiento del Ejército debe pasar de 500.000 a 600.000, todavía substancialmente por debajo de los niveles de fines de los 1980. Los marines deberían pasar de los actuales 178.000 a alrededor de 200.000», sostiene este baluarte de la prensa libre, para agregar, con sensatez: «atraer estos reclutas requiere ofrecer incentivos financieros y de otro tipo». Tales recursos, sigue diciendo el diario neoyorquino, no deben aumentar el presupuesto militar, sino redistribuir el actual, haciendo severos recortes a la fuerza aérea y a la marina.

El presupuesto militar anual de Estados Unidos no peca de timidez: 416.000 millones de dólares, contra 336.000 millones de los diez países que le siguen sumados: Rusia 65.200; China 55.900, Francia 45.700, Japón 42.800, entre otros. Pero no es por la dimensión demencial de este «respaldo para nuestra diplomacia» que no se recomienda aumentarlo, sino porque el déficit gemelo de la primera potencia mundial es todavía más irracional que sus gastos de guerra y el verdadero talón de Aquiles del imperio. En 2001 el Congreso proyectó un superávit fiscal de 5 billones 600.000 millones de dólares para el decenio siguiente. Con los datos actuales, Goldman Sachs y otros analistas prevén un déficit de 5 billones 500.000 millones para ese período. Un error de cálculo de apenas 10 billones (10.000.000.000.000) de dólares(5). Pero eso no es todo. En 2004 el déficit de cuenta corriente alcanzó a 664.000 millones, equivalentes al 5,7% del PBI. Sumados, ambos déficits -fiscal y de cuenta corriente- superan lo imaginable: 1 billón 200.000 millones de dólares por año (cifra equivalente a alrededor de 12 años del PBI argentino). «El peligro es que una ‘crisis de confianza’ -que disminuya la demanda de dólares por parte de extranjeros- podría llevar a una honda caída de la economía mundial», deduce un economista insospechable(6).

Estas cifras y la amenaza de crack mundial que conllevan están por detrás de la ola antiestadounidense, una suerte de tsunami social global que la figura de Bush contribuye a agigantar.

 

 Base fragmentada

Bush afronta una división de la sociedad estadounidense inédita desde la guerra civil y un creciente sentimiento antiimperialista que en todo el mundo tomó su rostro como encarnación del enemigo. Una encuesta de The New York Times señalaba al momento de la reasunción de Bush que sólo el 49% de la población confía en él. Newsweek registraba que «por un margen del 60 contra el 25%, los estadounidenses consideran al Tratado de Libre Comercio (TLC) negativo para la ‘seguridad laboral'». Un estudio de la BBC muestra una radiografía implacable: «En 18 de 21 países encuestados, la mayoría piensa que (…) la influencia global de Estados Unidos es francamente negativa. En promedio, un 58% de los encuestados a nivel global opina que (la reelección de Bush) es un hecho negativo (…). Turquía es el país que expresó más rechazo por el presidente estadounidense (82%), seguido muy de cerca por Argentina (79%) y Brasil (78%)» (6). Bush no sale mejor parado en la Unión Europea: en Alemania el rechazo es del 77%, en Francia 75% y en Gran Bretaña, su único aliado en Irak, el 64%. «La mayoría respondió que la influencia de Estados Unidos como nación era negativa. Argentina encabezó la tabla con un 65% de rechazo», observa el mismo artículo.

Un ex secretario de Estado, Zbigniew Brzezinski, sacó conclusiones obvias pero significativas: «El grave riesgo estratégico es que la declaración por parte de Estados Unidos de una vaga ‘guerra global contra el terrorismo’ como su principal misión, puede unir fanáticos religiosos, políticos y grupos étnicos -potencialmente mucho más allá del islam- en un odio activo contra un Estados Unidos aislado»(7).

Ante este panorama, los partidos Demócrata y Republicano coinciden en la urgente necesidad de recomponer la alianza de Washington con la Unión Europea. Rice lo admite. Pero la voluntad no puede aunar lo que los intereses separan. Los dos bloques mayores del capitalismo mundial avanzan en sentido de confrontación por mercados y áreas de influencia, mientras el conjunto formado por China, India y Brasil da una vuelta de campana al relacionamiento Norte-Sur y los arrestos de una Comunidad Sudamericana de Naciones advierten sobre la posible aparición de un nuevo polo de singular proyección política en el escenario mundial. La incógnita es si la clase dominante estadounidense está dispuesta a dejarse arrastrar al destino que le propone el ahora más homogéneo equipo de ultraderechistas fanáticos atrincherado en la Casa Blanca.

  1. «The Inaugural Speech», The New York Times, 21-1-05.
  2. Ver www.whitehouse.gov y www.state.gov
  3. Seymour Hersh, «Las guerras que vienen», The New Yorker, traducido y difundido por la Agencia Islámica de Noticias. Hersh es quien difundió en el mismo semanario estadounidense las denuncias de torturas en el campo de detención Abu Ghraib en Irak.
  4. «The army we need», The New York Times, 1-1-05.
  5. Robert Rubin, «At the Crossroads», Newsweek, Special Davos Edition, Washington, 12-04/2-05. Robert J. Samuelson, «Not so super anymore», Newsweek, Special Davos Edition, Washington, 12-04/2-05.
  6. Marcelo Justo, «La nueva diversión de ver quién lo detesta más», Página/12, Buenos Aires, 21-1-05.
  7. Zbigniew Brzezinski, «A grand aliance», Newsweek, Special Davos Edition, Washington, 12-04/2-05.

reseña

Maldita guerra – Nueva historia de la Guerra del Paraguay

porLBenLMD

 

De Francisco Doratioto

Editorial: Emecé
Cantidad de páginas: 638 páginas
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: julio de 2004
Precio: 49 pesos

 

En una conferencia de prensa de los cancilleres del Mercosur ampliado (el 16-12-04 en Ouro Preto, Brasil), una periodista brasileña preguntó al canciller Celso Amorim si el gobierno daría a conocer los documentos secretos de la guerra de la Triple Alianza contra Paraguay. Con forzada sonrisa el diplomático brasileño respondió: “estamos hablando del futuro, no del pasado”.
Era en efecto una cumbre presidencial destinada a consolidar el Mercosur en todo el territorio suramericano y abonar el camino para arribar a la Comunidad Sudamericana de Naciones. Sin embargo, la pregunta era tan pertinente como inadecuada la respuesta: el pasado irresuelto, la injusticia prolongada, traban y acaso impiden el futuro de armonía y crecimiento que se asegura buscar.
El momento es oportuno, por tanto, para la aparición de un nuevo estudio sobre aquel episodio. Sin embargo, este retorno al trauma aún visible que la Triple Alianza –pero sobre todo Brasil y Argentina, además de Uruguay– causaran al por entonces próspero Paraguay, lejos de contribuir a la recuperación de la verdad a través de revelaciones e interpretaciones nuevas, esgrime algunos documentos desconocidos y otros menos trabajados para dar una vuelta de tuerca sobre la interpretación clásica de la historia oficial. Quedan en la sombra aquellos documentos que el gobierno brasileño se niega a entregar porque, como admitiera el ministro José Dirceu, “son dinamita pura”. El autor denosta a “los revisionistas” que, según él sin fundamento alguno, “responsabilizaban por el conflicto al imperialismo británico”. Desde esa perspectiva Doratioto sostiene que “continuar defendiendo hoy esa interpretación sólo puede ser resultado de la ignorancia histórica o, tal vez, de la natural dificultad de reconocerse equivocado”. Por ignorancia u otras razones, lo cierto es que Maldita guerra está en sintonía con aquellos sectores del poder en Brasil según los cuales este país debe legitimar aquella agresión –y la ocupación territorial resultante– como parte de su reubicación geopolítica en tanto potencia dominante de un bloque suramericano. Desde luego, hay posiciones contrarias a esta concepción de la unidad regional. Y no deja de ser significativo que, cuando esta controversia se aviva, reaparezca la interpretación imperial de la guerra contra Paraguay.

Desafío para Kirchner, Lula y Chávez

porLBenLMD

 

La Comunidad Sudamericana de Naciones, proclamada aunque todavía inexistente, puede convertirse en el tercer bloque más poderoso del planeta por extensión geográfica, cantidad de habitantes y volumen productivo. El Dipló fue testigo en Cusco y Ayacucho de acuerdos y divergencias de intereses y de interpretación del momento histórico, repetidos en Ouro Preto durante la reunión del Mercosur. Unos y otras son suficientes para catapultar o inviabilizar esta creación estratégica. De Argentina, Brasil y Venezuela depende en gran parte el desenlace.

 

Tres hombres, tres países, tres concepciones, convergentes y a la vez profundamente diferenciadas en todos los órdenes, se pusieron a prueba en Cusco, Ayacucho y Ouro Preto, en el curso de una semana intensa como pocas, a mediados de diciembre pasado. Escenarios cargados de simbolismo fueron testigos de un guión no escrito que, por momentos, pareció desenvolverse al margen de la voluntad de los actores, imponiéndoles papeles imprevistos(1).

De pronto la Historia se aceleró: el 8 de diciembre representantes de trece países (toda América del Sur más Panamá) firmaron en Cusco, Perú, el Acta Fundacional de la Comunidad Sudamericana de Naciones; al día siguiente los mismos mandatarios debían celebrar el 180° aniversario de la Batalla de Ayacucho y por último, el día 17, la cumbre del Mercosur realizada en Ouro Preto, Brasil, incorporó formalmente a Venezuela, Colombia y Ecuador, asociando además a Guayana y Surinam.

Aceleración sí, pero abrupta y paradojal: más de un mandatario, repitiendo discursos de unidad a partir de las mismas nociones que la frustraron en el pasado y en los últimos años ahondaron sus efectos dañinos, parecía allí extemporáneo. Los presidentes de Argentina, Brasil y Venezuela, sin embargo, trazaron cada uno a su manera y desde su propia realidad la perspectiva que entienden viable para salir de la crisis -que nadie niega- a través de una entidad supranacional suramericana que todos dicen defender. Ellos abrieron el debate que deberá dirimirse en el turbulento futuro cercano que se avizora en América Latina y el Caribe.

 

Miopía y mirada estratégica

Por peso económico, geográfico y político, Brasilia, Buenos Aires y Caracas gravitan de manera decisiva sobre el heterogéneo conjunto regional. Todo comenzó en realidad cuando en agosto de 2000 plasmó en la región un nuevo eje geoestratégico con base en Venezuela y Brasil, y el ex presidente Fernando Henrique Cardoso convocó en su país la primera reunión de Presidentes suramericanos. Desde entonces Estados Unidos hizo lo imposible por quebrar ese vector y luego, ante sucesivos fracasos, por impedir que Argentina fuera un tercer y decisivo punto de apoyo. Con tales antecedentes, Luiz Inácio Lula da Silva, Néstor Kirchner y Hugo Chávez, fueron las figuras clave de estos encuentros. Pero Kirchner brilló en Cusco y Ayacucho por su ruidosa ausencia, mientras Lula, asumido como la gran figura en los actos públicos de proclamación y firma del Acta Fundacional en la antigua capital incaica, rehuyó el debate planteado a puertas cerradas por Chávez cuando éste señaló que «a menos que salgamos a luchar contra la miseria y la exclusión, tampoco esta cumbre servirá para nada». Lula prefirió hacer una alusión irónica respecto de la supuesta juventud de Chávez, causa de su ímpetu, para retirarse luego, antes de que el Presidente venezolano retomara la palabra con gesto adusto. «Se terminó el happening», dijo a mediavoz el chileno Ricardo Lagos, ante la evidencia de que no habría debate sobre el punto.

De hecho, el Acta firmada por los Presidentes elude los gravísimos problemas sociales que azotan la región y reitera una idea resumida en frases como ésta: «Nuestros países poseen potencialidades aún no aprovechadas tanto para utilizar mejor sus aptitudes regionales como para fortalecer las capacidades de negociación y proyección internacionales»(2).  Sólo ante la decisión de Chávez de «firmar con reparo integral» se convino finalmente en suscribir un acta complementaria, denominada Declaración de Ayacucho, donde puede leerse otro compromiso de los Presidentes: «Continuar empeñando nuestros mayores esfuerzos para alcanzar un desarrollo económico y social sostenible que promueva, entre otros aspectos, la justicia social, la libertad, la igualdad, la tolerancia y el respeto al medio ambiente, tomando en consideración las necesidades urgentes de los más pobres, así como los requisitos especiales de las economías menores y más vulnerables de América del Sur»(3).

Mientras estos temas se debatían, el único logro efectivo era el alcanzado por los parlamentarios de la región, que tras arduas negociaciones habían acordado la conformación del Parlamento del Mercosur, a constituirse con fecha límite en diciembre de 2006. Ya sobre la hora de clausura se acordó firmar el acta de nacimiento de la Comunidad Sudamericana. Sentados de espaldas al altar central de la iglesia jesuita levantada frente a la Plaza de Armas de Cusco, los mandatarios parecían tocados por el halo de un remoto pasado emanado de las calles estrechas y la inefable arquitectura de la antigua capital incaica. Lula leyó un discurso y al final, seguramente sintiendo que no había llegado al punto, improvisó durante algunos minutos. El gran orador de otras ocasiones no lograba desanudar su elocuencia, quizá por la abrumadora grandiosidad del templo barroco-colonial edificado en el siglo XVII por la aguerrida Compañía de Jesús. Dejó claro sin embargo que su gobierno y su país no escatimarían esfuerzos y compromisos para crear un bloque de gravitación mundial. También se hizo evidente que Lula ve la resolución de las perentorias exigencias propias de su país a partir de que Brasil encabece y usufructúe la fuerza de ese nuevo bloque mundial como gran potencia exportadora.

He allí resumido el conflicto: frente al discurso de Lula, Kirchner estaba ausente y Chávez no figuraba como orador. El gobernante argentino respondió con la omisión a lo que ve como amenaza a su propio proyecto fronteras adentro por el previsible aluvión productivo de Brasil; el venezolano percibe que la lógica de la competencia comercial, lejos de derramar beneficios sobre los pueblos suramericanos, acentuaría aun más la miseria y la desigualdad. En la intervención de clausura el anfitrión Alejandro Toledo no tuvo necesidad de violentar sus ideas neoliberales para calzar en la perspectiva de integración a base de caminos, puentes y, sobre todo, buenos negocios de exportación.

Los jesuitas presumiblemente habrían desaprobado que su templo fuera escenario de un acto político en el que sólo se alabó al Dios Mercurio. O tal vez no. Los clérigos de aquellos tiempos remotos, capaces de desafiar al Papa levantando su iglesia a pocos metros de la Catedral y de mostrar supremacía en fuerza y riqueza frente al poder del cual dependían, acaso se hubiesen sentido en su terreno en esta mezcla de miopía y mirada estratégica, de codicia y generosidad, de valor y cobardía, plasmada en una jornada con destinos extremos: la potencialidad de cambiar el mapa político mundial y el riesgo de caer mañana en el olvido.

 

Pasado y presente

La ausencia en Cusco de tres sobre cuatro presidentes integrantes del Mercosur (Kirchner, Jorge Batlle de Uruguay y Nicanor Duarte Frutos de Paraguay) era por demás elocuente a la hora de firmar el Acta Fundacional. Pese a todo, se impuso la fuerza centrípeta que gravita desde hace algunos años sobre Suramérica. En cambio al día siguiente, en Ayacucho, prevaleció la tendencia contraria: a la conmemoración de la batalla que puso fin al colonialismo español del siglo XIX sólo asistieron Toledo, Chávez, Carlos Mesa de Bolivia, Ronald Venetiaan de Surinam y Martín Torrijos de Panamá (el gobierno argentino no creyó necesario mandar siquiera un representante de segunda línea del Poder Ejecutivo). A los pies del cerro Condorcunca, 180 años después, quedó patente el desafío histórico: si la necesidad de poner barreras al mercado único de Alaska a la Patagonia impulsado por Estados Unidos en su propio beneficio obra como fuerza de unificación suramericana, la lógica de la competencia capitalista se impone igualmente en el ámbito mercosureño y fragmenta las partes antes de que logren ensamblarse.

Esto quedaría en evidencia a la semana siguiente en Ouro Preto, donde el mismo bloque de trece países firmantes del Acta de Comunidad Sudamericana de Naciones se proyectaba como mercado común. Lula reiteró en su discurso de apertura la larga serie de beneficios que la ampliación de escala significa para planes de más exportaciones y tratamiento en mejores condiciones con otras potencias económicas. Pero Kirchner -que sí se hizo presente esta vez- salió al cruce para advertir que ese objetivo no se puede alcanzar si ocurre en beneficio de uno de sus componentes y en detrimento de los demás. A la intención del gran capital brasileño -que además de apuntar a mercados remotos se vuelca incontenible sobre sus propios vecinos- el Presidente argentino respondió con un obvio gesto proteccionista. Llevada hasta el final, esa actitud clausuraría a la vez la perspectiva de unidad suramericana y la superación de la devastadora crisis argentina.

Por el ángulo inverso Lula choca de frente con la estrategia de revolución bolivariana encarnada en Chávez, quien en Ouro Preto expuso en detalle y extensión una agenda de profundos cambios económicos, sociales y políticos. Tres días antes, el Presidente venezolano había firmado con Fidel Castro un acuerdo sobre ese programa de acción, denominado Alternativa Bolivariana para las Américas. Refiriéndose a ese acuerdo, la última sesión del Parlamento cubano emitió un documento que resume la disputa a medias explícita en Cusco, Ayacucho y Ouro Preto: «La América Latina y el Caribe actual, con sus 222 millones de pobres, de ellos 96 millones de indigentes; con la peor y más injusta distribución del ingreso en el planeta; con decenas de millones de analfabetos y desempleados; con una deuda externa de 782 mil millones de dólares y con el 90% de sus 200 millones de población negra e indígena sumida en la extrema pobreza y la exclusión, es la expresión más contundente del fracaso de la política neoliberal y de la necesidad de una verdadera integración inspirada en la solidaridad y la cooperación»(4).

Hubo gestos de inquietud en más de un Presidente cuando en su prolongada intervención Chávez remarcó estas cifras, recordó que traía saludos de Fidel para todos los presentes y que también el Caribe -y el propio México, en un futuro no demasiado lejano- debían sumarse al proyecto unificador, pero que éste sería inviable sin dar respuesta a la exclusión y las plagas sociales derivadas de la miseria.

Paradójicamente, la radicalidad de la propuesta de Chávez presenta menos obstáculos inmediatos que la tercera vía adoptada por Lula o el camino de zigzag ensayado por Kirchner. La perspectiva de competir en el mercado mundial y basar en la multiplicación de las exportaciones la sustentación económica de la región, como se propone Lula (fue la opción de la Alianza en Argentina, en 1998), supone congelar y aun rebajar salarios y aumentar la competitividad empeorando las condiciones de vida y de trabajo de los asalariados y pequeños productores. ¿Cuáles serían a mediano plazo los resultados políticos de semejante opción? Aparte el ejemplo del final de la Alianza en Argentina, la respuesta está configurada en la situación en ciernes en Brasil (Sader, pág. 6). En cuanto a las erráticas medidas del gobierno Kirchner, incluso si tuvieran éxito en la negociación con los centros financieros y pudieran estabilizarse en la coyuntura mediante un repliegue para «vivir con lo nuestro», pondrían freno a la Unión Sudamericana aislando a un país que además del peso insoportable de la deuda externa, la enajenación de sus riquezas naturales y la devastación de su aparato productivo, está maniatado por convenios leoninos de los cuales difícilmente podrá desprenderse sin entrelazar su futuro con los países de la región (Sosa, pág. 5). Por lo demás, Washington ya ha lanzado su contraofensiva ante el evidente fracaso del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y volverá a la carga para que este país clave que no termina de asumir su condición de tal se encolumne otra vez tras la Casa Blanca, contra Brasil y Venezuela.

Un episodio ocurrido durante la celebración del aniversario de Ayacucho resume el destino de una Unión Sudamericana que no asuma como punto de partida la lucha contra la exclusión y la pobreza. Los campesinos peruanos no habían sido invitados a la ceremonia. Algunos cientos que lograron trasponer las barreras militares fueron ubicados a varias cuadras del lugar del acto. En el imponente escenario de la Pampa de Quínua, allí donde 180 años atrás los ejércitos unidos del Sur batieron a un enemigo que los doblaba en número y armamento, aquella fractura entre el pueblo y las autoridades era un fresco sobremanera expresivo del dilema latinoamericano. Cuando a Toledo le tocó el turno de hacer una ofrenda floral, aunque apagados por la distancia pudieron oirse los gritos de protesta y la silbatina de indios y campesinos. Minutos después una ovación creció hasta imponerse cuando Chávez tomó la palabra y recordó que los objetivos de la gesta libertadora aún estaban pendientes. El Presidente peruano desistió de clausurar la ceremonia.

Menos deslucido, aunque igualmente significativo, fue el momento final de la cumbre en Ouro Preto. Cuando Lula pasó el símbolo de mando a Nicanor Duarte para que éste asumiera por seis meses la presidencia de un Mercosur ahora extendido a toda Suramérica, el mandatario paraguayo aprovechó la ocasión para hacer un discurso en el que replanteó, desde la óptica de un país con más desventajas, los mismos reclamos de Argentina. Quedó así como nota final una advertencia: o los gobiernos -particularmente los de Brasil, Argentina y Venezuela- se imponen a los intereses singulares que anteponen su tasa de beneficio al proyecto estratégico de la unidad suramericana, o el terreno ganado en Cusco y Ouro Preto será reconquistado, con creces, por la disgregación y sus beneficiarios al acecho.

  1. Luis Bilbao, «Anuncios de una nueva era en Cusco y Ayacucho«, Informe-Dipló, 14-12-04.
  2. III Cumbre Presidencial Sudamericana, Cusco, 8-12-04. Declaración del Cusco sobre la Comunidad Sudamericana de Naciones, http://www.mre.gov.br.
  3. http://www.venpres.gov.ve/ayacu/ayacu1.htm#ll.
  4. «La época que comienza a abrirse es la de la Alternativa Bolivariana para las Américas», Declaración de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Granma, La Habana, 25-12-04.

En busca de un lugar en el mundo

porLBenLMD

 

El Acta Fundacional de la Unión Sudamericana de Naciones, que se firmará este 9 de diciembre en Ayacucho, Perú, se inscribe en un movimiento de recomposición mundial de bloques de naciones a impulsos de la búsqueda de mercados y el temor de una crisis financiera, en el que los países sudamericanos podrían ocupar un lugar preponderante. La simultaneidad de las reuniones del G-20, de la APEC y de la Cumbre Iberoamericana prueba la enormidad de los intereses en juego. Gigante en potencia, la Unión deberá superar limitaciones y contradicciones.

 

Debe haber razones profundas para que diez mandatarios sudamericanos tan diferentes entre sí converjan en la firma de ese Acta Fundacional y lo hagan en la fecha y el lugar elegidos: Ayacucho, en el 180° aniversario de la última batalla de los ejércitos libertadores aunados contra el Imperio español.

Y es que América Latina es hoy el centro de una disputa feroz entre los más poderosos centros mundiales productores de mercancías, ávidos por conquistar mercados para sí y bloquearlos a sus competidores. «Mientras Estados Unidos mira todavía a la región como su patio trasero, su dominación ya no es más incuestionable. De pronto, la presencia de China puede sentirse en todas partes, desde la cuenca del Amazonas a las áreas mineras de los Andes»(1), reconocía The New York Times en el mismo momento en que se desarrollaba en Santiago de Chile la reunión de presidentes del grupo APEC (Asia-Pacific Economic Cooperation).

Pero China es sólo uno de los factores en pugna. Si en esa misma reunión la delegación japonesa, potenciada por la primacía económica sobre la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático), era la tercera fuerza luchando a brazo partido por ocupar espacios económicos, no fue menos significativa la aparición de Rusia, quien llegó a ofrecer abastecimiento de gas a Chile.

George W. Bush (Estados Unidos), Hu Jintao (China), Vladimir Putin (Rusia) y Junichiro Koizumi (Japón) no estaban sólo disputando entre ellos. Como representación plástica de un formidable conflicto de alcance planetario, simultáneamente se desarrollaba en Costa Rica la XIV Cumbre Iberoamericana, instancia proyectada hace tres lustros por la Unión Europea como ariete de sus empresas a la conquista de territorio comercial. Con escasa compañía (no concurrieron numerosos presidentes latinoamericanos, entre ellos Lula y Fidel Castro) y en deslucida ceremonia, el rey Juan Carlos de España simbolizaba allí el otro centro mundial obsesionado por ocupar posiciones hegemónicas en América Latina.

Pero este fresco de la turbulenta política mundial contemporánea adquiere su verdadero relieve si se toma nota de que, en los meses anteriores, habían fracasado los intentos de Estados Unidos y la Unión Europea (UE) por consolidar -cada uno por su lado- áreas de libre comercio con América Latina.

Con la sutileza propia de un enviado imperial entre vasallos, el representante comercial de Washington Robert Zoellick admitió no obstante el fracaso antes de proferir la amenaza: «el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) se frenó; (…) el segundo mandato de George Bush planteará una voz clara. Llevaremos el libre comercio a todo el mundo, abriremos mercados, en especial tras nuestra victoria en estas elecciones». Indeciso entre su tono plañidero y pendenciero, Zoellick advirtió en Santiago que «el mensaje de la APEC a Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay es claro. En el ALCA hubo socios no ambiciosos y debimos conformarnos sólo con un acuerdo base que no fue prolífero».

 

Tercero en discordia

Así las cosas, cuando para comienzos 2005 estaba programado el despegue del ALCA y, superponiéndose, en vista del empantanamiento del proyecto, la iniciación de un acuerdo Mercosur/UE, aparece súbita y silenciosamente la Unión Sudamericana. Diez naciones, 17.300.000 kilómetros cuadrados de superficie (el doble de Estados Unidos), 380 millones de habitantes (100 millones más que Estados Unidos; un 40% con capacidad adquisitiva media y alta), primer productor y exportador mundial de alimentos, pulmón ecológico del planeta, territorio con la más rica biodiversidad del orbe, alto desarrollo científico y tecnológico, reservas hidrocarburíferas para autosustentarse y pesar en el mercado internacional de energía, elevados niveles de capacitación de obreros y técnicos, elevada, extendida y multifacética experiencia política en la mayoría de las sociedades integrantes… la Unión Sudamericana de Naciones, si acaso lograra pasar de un Acta Fundacional a una entidad actuante, cambiaría de manera significativa el mapa político de la Tierra.

Como ha ocurrido una y otra vez en momentos históricos de definiciones trascendentales, los realineamientos de fuerza son de una extraordinaria complejidad, inestables y siempre riesgosos para todos los actores en juego. Pero los estrategas del Departamento de Estado siguen estas evoluciones con realismo: «Por el lado diplomático, los chinos están operando (en América Latina) tranquila pero persistentemente (…). Sudamérica está obviamente desplazándose y los coqueteos diplomáticos con China tenderán a subrayar el potencial de divergencias con Washington»(2).

Un factor de confusión en Sudamérica -en el que no incurren quienes piensan con rigor en función de los intereses del Norte- reside en el pedido de reconocimiento como «economía de mercado» por parte de China. El terror de ciertos empresarios argentinos puede haber oscurecido dos verdades elementales: una economía de mercado no lo es o deja de serlo por la calificación que se le dé. China es todavía -y lo será por mucho tiempo- una sociedad en transición, donde la propiedad colectiva y la planificación en todos los órdenes prevalece largamente sobre los segmentos donde predomina incrustada la ley del valor. Y es, además, una economía atrasada y dependiente, en contradictoria coexistencia con picos de formidable desarrollo y poderío apabullante. Esto significa que, estructuralmente, China es socia «natural» de una eventual Unión Sudamericana de Naciones, por lo mismo que ésta sería a la vez contrapartida y barrera frente a Estados Unidos, la UE y Japón.

 

Bloques autónomos

La disputa por ubicar una creciente sobreproducción de mercancías, que da lugar a los actuales realineamientos políticos y geopolíticos, se traduce en inquietud financiera mundial. El sideral déficit comercial estadounidense, sumado a un creciente déficit en la balanza de pagos, debilita sobremanera al dólar. Esto agudiza la competencia entre Estados Unidos y la UE, entre sí y con los restantes bloques económicos del planeta. No es casual que mientras se realizaban las cumbres de Santiago y Costa Rica, en Berlín se reunía el 19 de noviembre pasado el Grupo de los 20. «Cuando los jefes de la economía quedan desubicados por una crisis, su respuesta instintiva es crear un nuevo comité, foro o grupo…», dice con su habitual acidez un portavoz de las altas finanzas internacionales(3). Ministros de Finanzas y presidentes de Bancos Centrales de las siete grandes potencias, más otros países de porte medio, discutieron allí las perspectivas abiertas por la caída del dólar y la agudización de las tensiones entre los países centrales. «Según Stephen Jen, un economista de Morgan Stanley, la crisis ocurrida en Asia siete años atrás puede repetirse. Sólo que a la inversa»(4). La presunción de este analista, compartida por los asistentes al tenso encuentro de Berlín, es que las monedas occidentales caerían -el dólar a la vanguardia- mientras se valorizarían las orientales, lo cual acentuaría un fenómeno ya en curso que a su turno es causa del terror en el mundo financiero: la fuga masiva de riquezas con dirección al Este. «Si las tendencias actuales continúan y si todos consideran al dólar como una apuesta en una sola dirección, entonces terminaremos en una crisis»(5).

La caída del dólar «es un acontecimiento brutal», se lamentó el ministro de Finanzas alemán, Hans Eichel, y agregó, con tono desolado en un programa de televisión, a la víspera de la reunión: «Ojalá haya una posición conjunta de Japón, Estados Unidos y Europa»(6). Horas después, el presidente de la Reserva Federal estadounidense, Alan Greenspan, clausuraba las esperanzas del ministro alemán: en una conferencia ante banqueros en Frankfurt «advirtió a los europeos ansiosos que esperaran poco alivio de la implacable declinación del dólar frente al euro»(7).

La agudización del enfrentamiento entre los tres grandes centros del capitalismo mundial impulsa la creación de bloques autónomos, con la latente amenaza de una crisis de dimensiones imprevisibles. Por lo mismo que los centros de poder mundial están implantados en todo el mundo y en todos los niveles, la dinámica hacia la conformación de nuevas entidades geoeconómicas y políticas no es ni podría ser homogénea. En Argentina, por ejemplo, hay fuerzas contrarias no ya a la Unión Sudamericana de Naciones, sino incluso al propio Mercosur. El ministro de Economía Roberto Lavagna, por caso, está señalado como defensor férreo de la convergencia subordinada con la UE, en detrimento de una línea de acción apuntada a crear y consolidar la nueva entidad sudamericana, a la cual desestima sin rodeos.

 

Otra dimensión

Pero el hecho nuevo en el escenario internacional es que la economía ya se discute a cañonazos. Aparte Fallujah (Irak), donde Washington está mostrando al mundo de qué es capaz (Baran, pág. 16), utilizando el terror como factor de presión política y económica con todos los gobiernos del mundo, las citadas declaraciones de Zoellick dan la clave y el verdadero alcance de una dinámica que completaría Bush en Santiago, pocas horas después y sin circunloquios, cuando utilizó el escenario de la APEC para advertir al mundo que, si no lo acompaña en su cruzada, atacará de todos modos a Irán y Corea del Norte. Mientras millares de estadounidenses armados desembarcaban en Santiago para proteger a Bush del terrorismo internacional, en Caracas explotaba un auto en pleno centro y era asesinado Danilo Anderson, un fiscal que en las próximas semanas debía interrogar a unos 400 involucrados en el golpe de Estado contra el presidente Hugo Chávez. De esa investigación, que presumiblemente seguirá adelante, se espera la comprobación formal de algo que en la historia latinoamericana ha acabado por devenir una suerte de obviedad: la participación estadounidense en aquel intento fallido y en los sucesivos atentados terroristas con los cuales se intentó, infructuosamente, minar las bases políticas de sustentación de Chávez.

En este punto, la Unión Sudamericana de Naciones adquiere otra significación: si del Acta Fundacional se pasa a una enérgica articulación política, la Casa Blanca ya no podría hacer planes de intervención directa militar contra un país, porque debería enfrentar a un bloque en todo y por todo más poderoso (Tokatlian, pág. 9).

Paradojalmente, mientras en otros sentidos el gobierno brasileño se amolda con mayor plasticidad a lineamientos y advertencias emitidos desde Washington, la política de Itamaraty ha sido más audaz y consecuente con la defensa del Mercosur y su proyección a la Unión Sudamericana de Naciones. «No podemos seguir peleando por un 10% del mercado de uno para el otro. Debemos capacitarnos para estar presentes en el mercado, nuestro y mundial, de forma competitiva, lo que exigirá una visión mucho más estratégica de la que se tuvo hasta hoy», propone Celso Amorim, el canciller brasileño. En su visión, la Unión Sudamericana de Naciones «reforzará la capacidad de negociación de los países de la región con los grandes bloques económicos»(8).

Aun limitada a esta visión economicista, Brasil encabeza junto con Venezuela la creación de la Unión Sudamericana de Naciones. Argentina oscila entre la perspectiva utilitaria, la estrategia política y la total omisión. Se discute ya la creación de un Parlamento Sudamericano, pero como prueba de que se pueden acometer grandes objetivos con intereses diminutos, el debate primero es si los diputados a ese centro político serán elegidos por voto universal… o designados a puerta cerrada por cada Parlamento.

Como quiera que sea, el 9 de diciembre se alzará ante el mundo el Acta Fundacional de una nueva -y a la vez muy antigua- perspectiva para organizar a los pueblos habitantes en América del Sur. ¿Tentación chovinista o percepción ajustada de los hechos? En el mundo de hoy están gestándose acontecimientos convulsivos y trascendentales; cabe conjeturar que un factor potencialmente decisivo para el curso que finalmente adopten reside en Sudamérica. Asombra, impresiona, sin embargo, la distancia entre esta realidad acuciante y la manera en que se aproximan al fenómeno la inteligencia y las dirigencias políticas, en teoría destinatarios de un desafío de tal envergadura.

  1. Larry Rohter, «China Widens Economic Role in Latin America», The New York Times, Nueva York, 20-11-04.
  2. Richard Feinberg, asesor jefe del Consejo Nacional de Seguridad durante la administración Clinton. Citado en «China widens…».
  3. «Currency conundrums», The Economist, Londres, 19-11-04.
  4. Ibid.
  5. «El debilitamiento del dólar aumenta las tensiones antes de la reunión del G-20», The Wall Street Journal Americas; La Nación, Buenos Aires 19-11-04.
  6. Ibid.
  7. Mark Landler, «Greenspan says euro is likely to keep rising», International Herald Tribune, 22-11-04.
  8. «Comunidade Sul Americana de Nações será formalizada», Gazeta Mercantil, San Pablo, 7-11-04.

Anuncios de una nueva era en Cusco y Ayacucho

porLBenLMD

 

La inmensa tragedia humanitaria provocada por el tsunami que el pasado 26 de diciembre arrasó las costas del Océano Índico desató una ola de solidaridad internacional. Sin embargo, muchas muertes podrían haberse evitado. A cámara lenta, los países del Sur sufren un tsunami constante que deriva de la desigual distribución de la riqueza en el mundo.

 

El lugar correspondió al carácter de la ceremonia; si no en armonía y belleza, al menos en la conjunción de grandes ambiciones y miserables mezquindades que suelen combinarse en momentos clave de la Historia. Trece presidentes y vicepresidentes de toda Suramérica –más Panamá, en elocuente tributo a su legado histórico– se reunieron el pasado 8 de diciembre en la iglesia jesuita levantada frente a la Plaza de Armas de Cusco, la antigua y bellísima capital del imperio Inca, para firmar el Acta Fundacional de un proyecto tan trascendental como inconsistente en su punto de partida: la Comunidad Suramericana de Naciones.

Los jesuitas que en 1668 vieron terminada su obra presumiblemente habrían desaprobado que este templo barroco-colonial de abrumadora grandiosidad fuera escenario de un acto político en el que sólo se alabó al Dios Mercurio.

O tal vez no. Los clérigos de la aguerrida Compañía de Jesús de aquellos tiempos remotos, capaces de desafiar al Papa levantando su iglesia a pocos metros de la Catedral y de mostrar supremacía en fuerza y riqueza, acaso se hubiesen sentido en su terreno en esta mezcla de miopía y mirada estratégica, de codicia y generosidad, de valor y cobardía, plasmada en una jornada con destinos extremos: la potencialidad de cambiar el mapa político mundial y el riesgo de caer mañana en el olvido.

Brasil fue la estrella de la apertura y la clausura del Encuentro, aunque los discursos del presidente Luiz Inácio da Silva estuvieron distantes de las grandes piezas oratorias que hicieron famoso a Lula, el dirigente obrero de otros tiempos(1). Alejandro Toledo, presidente anfitrión, completó la ceremonia en la misma cuerda, aunque en una tonalidad definidamente neoliberal: fortalezcamos el comercio y los beneficios se derramarán sobre los pueblos. “Parecen dos ministros de obras públicas”, dijo en voz baja un desencantado funcionario que desde la mañana, cuando comenzó el III Encuentro de Presidentes de Suramérica, sacudía la cabeza al escuchar a ambos presidentes repitiendo loas a la carretera que unirá Brasil y Perú, sin aludir a ninguno de los grandes desafíos sociales y políticos de la región.

 

Choque de concepciones

El Encuentro verdadero, sin embargo, ocurrió a puertas cerradas. Tras un almuerzo de los presidentes y vices donde se cruzaron algunas espadas, se llevó a cabo la denominada Cumbre, con la presencia exclusiva de los mandatarios, sus asesores más cercanos y, como excepción, la diputada Alicia Castro, quien aun sin poder intervenir, salvó a la representación argentina de una apabullante opacidad. “Sería imperdonable que desperdiciáramos esta oportunidad histórica limitándonos a acuerdos comerciales”, repetía Castro, quien en los días previos batalló por la consolidación de un Parlamento Suramericano y un proyecto de unificación política de la región.

El proyecto de “Declaración del Cusco sobre la Comunidad Suramericana de Naciones” había sido objeto de severas objeciones por parte del presidente venezolano Hugo Chávez, porque no contenía una sola palabra relativa a los gravísimos problemas sociales de la región. Con sobresaliente sentido de la oportunidad, el mandatario colombiano Álvaro Uribe apeló a una muletilla de Chávez (“nosotros andamos de cumbre en cumbre y nuestros pueblos de abismo en abismo”) para negar la efectividad de las “Cumbres” y proponer la unificación de las muchas que se hacen anualmente en una sola. Chávez en cambio advirtió cortante: “si esta cumbre no sirve para irnos a batallar contra la miseria estaríamos perdiendo la moral, al imponer esta integración que nuestros pueblos no sienten”. Con esta argumentación, respaldada por datos demoledores respecto de la realidad social y política suramericana, el presidente venezolano (que además distribuyó a sus colegas el último estudio de Latinobarómetro), puso el centro del debate. Finalmente y ante la posibilidad de que Chávez firmara con una “observación integral”, se acordó un anexo que sí plantea los problemas de distribución de la riqueza, la batalla contra la miseria y la marginación y propone que en el marco de la Organización de Estados Americanos (OEA) “se concluyan los trabajos para adoptar la Carta Social de las Américas, la cual favorecerá la plena vigencia de los derechos sociales, económicos y culturales en beneficio de nuestros pueblos”. La “Declaración de Ayacucho” establece además una serie de encuentros destinados a trabajar sobre problemas sociales(2). Siete mandatarios que no participarían el día siguiente en la celebración del 180° aniversario de la batalla con la que se puso fin a la dominación española en el siglo XIX –entre ellos el vicepresidente argentino Daniel Scioli– firmaron por adelantado este documento, cambiando el escenario del combate en Pampa de Quinua por el acto protocolar en Cusco.

 

Omisión e incomprensión ante un hecho histórico

La ausencia de los presidentes de tres de los cuatro integrantes del Mercosur (Uruguay, Argentina y Paraguay) es indicativa del obstáculo principal que afronta el proyecto de Comunidad Suramericana. El gran capital brasileño, empeñado en constituirse en centro dirigente de un bloque económico-político de alcance global, choca con sus pares de menor envergadura en la balbuciente sociedad mercosureña. Lula, asumido en plenitud como jefe político de ese proyecto estratégico desarrollista, descubre además que desde el ángulo opuesto choca con la estrategia de revolución social bolivariana encarnada por Chávez. Así, mientras en Cusco estaban ausentes Jorge Batlle, Néstor Kirchner y Nicanor Duarte Frutos, el propio Lula desistiría de concurrir a Ayacucho. Es la representación plástica de una fragmentación predominante entre los gobiernos que, al mismo tiempo, concurren a un proyecto unificador.

No es posible explicar esto con vanidades retóricas o socorridas apreciaciones sobre cuestiones coyunturales. El hecho es que en América Latina y el Caribe, pero sobre todo, circunstancialmente, en Suramérica, se impone una fuerza centrípeta movida por razones estructurales de la economía mundial y el momento político dominante en las masas populares. La conducta de la mayor parte de los gobiernos ante este complejo entramado de fuerzas en ebullición es indicativa de la distancia que no logra salvarse entre estos y los pueblos que en teoría representan. La fuerza centrífuga que se resiste al influjo unificador, proviene de proyectos mediante los cuales las burguesías regionales –la brasileña en primer lugar– pretenden resistir la voracidad estadounidense y a la vez garantizar para sí una tasa de ganancia en caída libre y sólo defendible mediante la continuidad y acentuación de políticas que produjeron el pavoroso panorama social a la vista en la región.

Ese choque de fuerzas regirá el futuro regional a mediano y largo plazo. El desenlace depende de innumerables factores. Y presumiblemente puede llegar a transformar de manera significativa las relaciones de fuerzas a escala mundial. Pero sería impropio desconocer el resultado objetivo inmediato: la sola proclamación del intento de constituir una Comunidad Suramericana de Naciones es una negativa rotunda a la voluntad estadounidense de comandar su propio proyecto unificador, denominado Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Que la totalidad de Suramérica (incluidas Surinam y Guyana), más la simbólica Panamá hayan suscripto un Acta Fundacional, es una barrera más a las muchas que se levantan contra el creciente belicismo de la Casa Blanca, ahora apuntado explícitamente contra Suramérica en dos puntos vitales: Cuba y Venezuela. En el lugar donde se levantara el Amarucancha –el palacio del Inca Huayna Cápac– ocupado desde hace más de tres siglos por la iglesia jesuita, se firmó el 8 de diciembre algo más que un documento: es el acta de reconocimiento de que el orden dominante desde el fin de las guerras por la Independencia no se sostiene más. Hay pugnas a la vez florentinas y feroces por definir el que lo reemplazará. Y es precisamente en esa pugna donde reside el formidable desafío que afrontan las nuevas generaciones en el continente.

  1. Ver texto completo del discurso de clausura en http://www.mre.gov.br/portugues/politica_externa/discursos/discurso_detalhe.asp?ID_DISCURSO=2524
  2. Ver texto completo de la Declaración de Ayacucho en http://www.venpres.gov.ve/ayacu/ayacu1.htm#II 

reseña

Memoria política. Transición a la democracia y derechos humanos

porLBenLMD

 

De Raúl Alfonsín

Editorial: Fondo de Cultura Económica
Cantidad de páginas: 342
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Julio de 2004
Precio: 29 pesos

 

“Corremos el riesgo de que nos derrote el neoliberalismo. Sus gurúes sí piensan para adelante, sí planifican para el futuro. Son cómplices de la globalización insolidaria, conspiran contra el Mercosur y desean un alineamiento automático con Estados Unidos. Son los nuevos cipayos de este siglo”, dice el ex Presidente en las primeras páginas del prefacio, fechado en octubre de 2003.
Por las implicancias obvias y la omisión que supone, en esta severa advertencia reside acaso el punto más débil de esta Memoria política: el recorrido de sus páginas termina mucho antes de que comenzara la etapa de la Alianza, que a su vez llevaría a la actual, en la cual Alfonsín fue y es todo lo contrario de un político retirado, refugiado en la redacción de su autobiografía.
No se trata de negarle al primer mandatario constitucional después de la peor dictadura de la historia argentina el derecho a reivindicar los logros de sus esfuerzos. O explicar desde su punto de vista momentos tan controversiales y aún hoy oscuros como el Pacto de Olivos. Menos aun desestimar la exposición desde su punto de vista de aquella decisión histórica de juzgar a los comandantes asesinos, seguida de los acontecimientos conocidos. Pero de la ágil escritura del ex Presidente –entrenado por años de ejercicio periodístico– este tramo crucial de la historia argentina, del cual es protagonista sobresaliente, no surgen las causas de fondo que llevaron a su fracaso, al reinado de lo que diera en llamarse “neoliberalismo”, al colapso de éste, la articulación de emergencia de un nuevo régimen en el que Alfonsín jugó y juega, tras bambalinas, un papel clave, y al riesgo señalado de que, nuevamente “corremos el riesgo de que nos derrote el neoliberalismo”.
El libro –de imprescindible lectura– expone y analiza los acontecimientos fundamentales ocurridos desde 1983 y hasta la reforma constitucional de 1994. Como un agujero negro queda la formación de la Alianza y aquella olvidada Carta a los argentinos (cuyos lineamientos sería útil comparar con las propuestas económicas predominantes hoy).
Nadie podría acusar con justicia a Alfonsín por falta de lucidez y coraje. Ni por desapego a esa democracia descripta en su Memoria. Tampoco se trata de apelar a interpretaciones psicológicas. La omisión de estas páginas, que impide eslabonar el pasado descripto con el presente y el futuro, reside en la imposibilidad para Alfonsín de arribar a una conclusión que, mientras tanto, ha ido extendiéndose y afirmándose en más y más países de América Latina: entendida desde la lógica capitalista en la etapa del imperialismo, la democracia no puede garantizar el desarrollo, se contrapone al ejercicio real de los derechos humanos y acaba negándose a sí misma como garantía de las libertades individuales y los derechos civiles.
Como para confirmarlo, el autor repitió recientemente el alerta en tono más alto, denunciando intentos de desestabilización y amenaza de golpe. Un gesto que honra al militante a la vez que revela la impotencia de una ideología y sus expresiones políticas.

Petróleos de Venezuela se instala en Argentina

porLBenLMD

 

Antes de viajar a Buenos Aires para inaugurar la filial argentina de Pdvsa, la petrolera estatal venezolana, Alí Rodríguez Araque, su presidente, expuso ante el Dipló la situación de esta empresa, que sufrió una profunda transformación tras el sabotaje que la paralizó durante dos meses a fines de 2002. Los lineamientos y principios desarrollados por Rodríguez Araque son más indicativos respecto del papel de Pdvsa en Argentina que las conjeturas que la anuncian disputando el primer lugar en el mercado petrolero local.

 

Es mucho más que el desembarco en Argentina de una gran empresa; pero aún no está claro qué es exactamente. Petróleos de Venezuela Sociedad Anónima (Pdvsa) inaugura el 1 de octubre una filial en Buenos Aires, Interven. Según los planes políticos de los presidentes Hugo Chávez y Néstor Kirchner, en función de los cuales se decidió dar este paso, asociada con la todavía nonata Enarsa (Energía Argentina Sociedad Anónima), ambas empresas darán a luz una criatura que antes de existir provoca expectativas y temores: Petrosur.

Mientras el Congreso argentino debate cuántos huesos tendrá el esqueleto de Enarsa, en el mundo empresarial y político se asegura que Pdvsa comprará -o ha comprado- la refinería y las estaciones de servicio de Shell. Al cierre de esta edición, el obvio sigilo acerca de una operación superior a los 1.000 millones de dólares impedía cualquier confirmación oficial al respecto. Pero si eso ocurriera, Pdvsa se ubicaría en el segundo puesto del mercado argentino y en óptimas condiciones para, en nombre de los principios que en otra época histórica dieran lugar a YPF y ahora proyectarían Petrosur, desafiar a la española Repsol no sólo en territorio argentino.

Al margen de rumores y conjeturas, y a falta de un plan de negocios oficialmente conocido de Pdvsa en Argentina, es oportuno conocer las opiniones de Alí Rodríguez Araque (1).

 

 Un compromiso diferente

Bastión de la Venezuela que quedó atrás con la llegada al poder de Hugo Chávez, la cúpula dirigente de Pdvsa y la maraña de intereses locales e internacionales en torno a ella provocaron la paralización de la empresa en diciembre de 2002 y hasta fines de enero del año siguiente. A cambio de lograr el objetivo buscado -la caída del gobierno- el resultado del sabotaje fue el despido de unos 19.000 altos funcionarios y la recuperación de la empresa por parte de los trabajadores, en inédita conjunción con las fuerzas armadas y el gobierno.

Rodríguez explica el significado del nacimiento de la ahora llamada «nueva Pdvsa»: «El único vínculo de la antigua Pdvsa con el país era indirecto, a través de la contribución fiscal: era gracias a los aportes tributarios que hacía Pdvsa al Estado que éste podía cubrir sus gastos. Pero con la nueva orientación, que tiene como foco la valorización de los recursos naturales, entendida como medio para la valorización del ser humano, se ha volcado un esfuerzo considerable a la atención de dramáticos problemas acumulados a lo largo de décadas, particularmente en los sectores más humildes de la población».

El cambio, explica Rodríguez, es enorme: «Al dedicar del presupuesto de Pdvsa de este año 1.700 millones de dólares para vivienda, producción de alimentos, combatir el analfabetismo y contribuir a la atención de salud; así como 2.000 millones más para un fondo de desarrollo económico y social, estamos rompiendo aquel carácter de enclave de la antigua empresa. Pero no se trata solamente de cifras, sino de una nueva ética, un nuevo sistema de valores, que es lo que caracteriza hoy a los trabajadores de la nueva Pdvsa, volcados en distintas regiones del país tanto a optimizar los rendimientos de la corporación reduciendo costos e incrementando la productividad, como a la atención, hombro a hombro con el gobierno nacional, de los problemas de la población que he mencionado. Gracias también al desempeño de la corporación, hasta el momento se le han vendido al Banco Central de Venezuela 11.600 millones de dólares, contribuyendo a un fortalecimiento de las reservas internacionales; y para la compra de parte de la deuda de Pdvsa, recompramos al Banco Central 2.514 millones de dólares».

Con un giro económico que supera los 50.000 millones de dólares anuales, esta empresa es el corazón económico de Venezuela. Las cuentas están a la vista: «El presupuesto original para este año, plenamente asegurado por el desempeño de la empresa, es de 15.214 millones de dólares. Hasta el momento, mediados de agosto, se han ejecutado 6.277 millones de dólares, siendo la primera parte del año un período en que por diferentes circunstancias la ejecución es relativamente baja y se acelera en el tercer y cuarto trimestres. Las cifras son irrebatibles: nuestra producción está certificada por el Ministerio de Energía y Minas, para el pago de regalías. Pero además de estos resultados, tenemos otra buena noticia: la recompra de deuda. Cuando el presidente Chávez asumió la presidencia del país la deuda de Pdvsa superaba ampliamente los 9.000 millones de dólares. El año pasado, a pesar de los problemas que provocó el sabotaje, pagamos 2.200 millones de dólares. En estos momentos la deuda está en unos 3.500 millones de dólares, cifra que dados los activos de Pdvsa es casi inexistente».

 

 Otra conciencia social

Esa transformación es parte de otra mayor, que vive la sociedad venezolana: «Si algo entendió el pueblo muy profundamente -continúa Rodríguez- fue el peso específico de la industria petrolera en la vida del país. De modo que ahora, después del golpe de Estado de abril de 2002 y muy particularmente después del golpe petrolero de fines de ese año, hay una gran conciencia nacional, pero también respecto del lugar de la industria petrolera en la suerte del país, en la que los trabajadores jugaron un rol de primera línea durante varios meses. Ese es el primer aspecto a resaltar: la ruptura del carácter de enclave que ha tenido históricamente la industria petrolera en Venezuela. Era una actividad encapsulada, un micromundo aislado del resto del país. Hoy eso ha cambiado significativamente y el pueblo lo está registrando. Tanto más que ahora los trabajadores petroleros están mezclados en los barrios en distintas actividades, codo a codo en tareas comunitarias de salud, de construcción, desarrollando las cooperativas, entrenando cooperativistas, trabajando con la pequeña y mediana empresa… ha sido un giro de 180 grados de la visión del país por parte de los trabajadores de Pdvsa».

Presidente de la OPEP hasta que fue llamado a ocupar su cargo actual, Rodríguez observa la empresa desde una óptica más amplia: «Creo que esto tiene además una proyección internacional muy grande. El triunfo del ‘No’ en el referendo lleva tranquilidad, por nuestro lado, a los mercados de petróleo. Es sabido también el compromiso del Presidente con una política de Estado de estabilización de los mercados, a través de un correcto manejo de la capacidad de producción de la OPEP. Pero al mismo tiempo es un mensaje para otros países en relación a un correcto manejo del recurso natural energético. Éste es una propiedad colectiva de los pobladores de aquellos países favorecidos de esta manera por la naturaleza. En consecuencia, quien esté operando para extraer petróleo, para vender petróleo, debe responder a los legítimos propietarios de esa riqueza. Nosotros, antes de ser una empresa petrolera o una empresa comercial, somos venezolanos; compartimos una propiedad colectiva y estamos obligados a manejarla correctamente. Ese es un principio consagrado incluso en varias resoluciones de Naciones Unidas: el respeto a los derechos legítimos de los Estados sobre los recursos naturales. Por cierto que son resoluciones que han sido sepultadas y hay que limpiar el polvo que se les ha echado encima para que los pueblos tengan conciencia de que esto no es siquiera propiedad del Estado, que éste es un simple administrador a nombre de la nación, del pueblo. Por eso es que tú no puedes jugar con estos recursos: el Estado, simple administrador, no puede privatizarlos. Es un problema de principios».

 

 Riqueza y propiedad

Luchador político desde su juventud, guerrillero y luego diputado, el actual titular de Pdvsa no pierde oportunidad de argumentar contra las ideas de sus adversarios: «Aquí el discurso neoliberal apuntaba siempre a que cobrar un 20% de regalías sobre el gas y un 30% sobre el petróleo era una exageración y que en esos términos no vendría ningún inversionista. En primer lugar, la regalía es precisamente la remuneración patrimonial que obtiene el país por un recurso que se agota. Eso vale incluso en el caso de la agricultura, pese a que es un recurso que se renueva constantemente, por supuesto en condiciones de trato adecuado del suelo. Con el petróleo, hagas lo que hagas, barril que sacas, barril que nunca más vuelve».

«El hecho es que hoy -prosigue- compañías que quieren explotar el gas costa afuera, donde son mayores los requerimientos tecnológicos y de inversión, no han chistado y están pagando ese 30% de regalías. Por el contrario, tenemos colas de empresas esperando a que el Ministerio autorice operaciones. En el caso del gas, el promedio de regalías por concesiones en tierra firme fue del 22,5%, con casos que llegan hasta el 35%. Nosotros debemos calcular -y en eso hemos aprendido algo- qué nivel de regalías le permite al empresario obtener los niveles de ganancia normales dentro de un negocio de óptimo rendimiento, como es el caso del petróleo. Paralelamente bajamos el impuesto a la renta, para mantener una presión fiscal que no cambiara la ecuación anterior pero mejorara la eficacia del cobro del impuesto. Crear un sistema eficaz para cobrar impuesto a la ganancia petrolera es muy difícil. Noruega, que tiene una vastísima experiencia en esto, no ha logrado impedir la evasión fiscal. En cambio, con la regalía el cobro es directo: como decimos en Venezuela: ‘Chivo al corral, fuerte al sombrero’ («fuerte» era una antigua moneda de 5 bolívares).»

Transformadas en políticas efectivas, estas ideas impresionan más allá de las fronteras venezolanas: «Éste es un problema internacional; ha habido una ofensiva avasallante que plasmó en miles y miles de acuerdos bilaterales para la protección de las inversiones (nunca acuerdos bilaterales para ejercer los derechos del propietario) y muchos de esos acuerdos lo que hacen es garantizar la ganancia a costa de la regalía. Lamentablemente, cuando salí de la OPEP no pude completar un trabajo que estaba haciendo por encargo de la Conferencia de Ministros. La OPEP ha aplicado sabiamente el principio de no incurrir en una competencia dañina por los mercados y a eso ha ayudado el sistema de cuotas. Pero el peligro ha comenzado a meterse por la puerta de atrás, que es el lado de las inversiones. Como se necesita desarrollar la producción y esto requiere inversiones, algunos países dan cada vez más facilidades en materia de regalías, como lo hizo Venezuela en los años de la apertura: bajando impuestos, bajando regalías, es decir bajando los derechos de las poblaciones sobre su riqueza propia. Obviamente el inversionista privado tiene como interés prioritario extraer el máximo de petróleo posible y una vez que lo tiene, colocarlo en el mercado; porque quiere recuperar cuanto antes su inversión, para capitalizar ganancias. Entonces propietarios e inversionistas son actores que hay que equilibrar».

Dos días después del referendo que ratificó a Chávez en el poder, Alí Rodríguez hizo una gran asamblea en la sede central de Pdvsa, transmitida por videoconferencia a todas las filiales del país y el exterior. Tras la valoración de la jornada y el análisis de su proyección política, el orador explicó que todavía faltaba mucho para erradicar vicios y limpiar las filas de la empresa de funcionarios corruptos. Este corresponsal oyó muchas voces en la sala reafirmando con énfasis la indicación del Presidente, quien interrogado luego al respecto diría: «Hay todavía viejas prácticas y no descarto que haya además prácticas que obedecen a convicciones de la vieja Pdvsa, e incluso compromisos. Pero lo predominante es lo contrario, porque de otro modo no hubiésemos tenido los resultados que pueden verse. También está el problema de la desconfianza, remanente de aquellos días de sabotaje: ver en todos lados un enemigo. Por eso el llamado a la unidad interna. Y a los que todavía siguen pensando de la vieja manera, un llamado a la reflexión, porque si no tendrán que irse. No porque uno los quiera sacar, sino porque no podrán convivir aquí. El hecho es que si bien decimos ‘nueva Pdvsa’, eso no significa que ya sea algo acabado. Cabe preguntarse cuán nueva es la nueva Pdvsa. Tiene mucho de nuevo, pero tiene remanentes; por ejemplo los gerentes y su manera de tratar a los trabajadores; insuficiente claridad de visión para entender que esto cambió; que hay una nueva realidad, con nuevos actores. Los trabajadores eran -valga la paradoja- actores pasivos. Actuaban en las labores de producción, etc., pero desde el punto de vista político no; porque estaban sometidos a una disciplina muy estructurada verticalmente».

Vertiginoso, el cambio es a la vez lento: «En algunos casos se puede hablar ahora de cogestión. Pero son experiencias aisladas. Es un proceso lento, porque es inédito. Pero en general hay una activa participación de los trabajadores. Hoy nadie se queda callado acá, lo que por otra parte es un fenómeno de todo el país: lo sienten como un derecho adquirido».

  1. Ver también Alí Rodríguez: Petroamérica vs. Alca, conversaciones con Luis Bilbao, Ediciones Le Monde diplomatique, Buenos Aires, junio de 2004.

La espada de Bolívar

porLBenLMD

 

La reafirmación del presidente Hugo Chávez se proyecta hacia toda la región como decisivo impulso a una línea de acción convergente con otros gobiernos –sobre todo Brasil y Argentina– para avanzar desde Sudamérica en la unidad política y económica de América Latina y el Caribe, en términos de pluralidad y genuina democracia participativa. Los obstáculos a superar son inmensos, pero desde las gestas de la Independencia no se daban condiciones tan favorables.

 

Varios miles de hombres y mujeres, exhaustos y felices en el amanecer del 16 de agosto, frente a un minúsculo balcón del Palacio de Miraflores; entre ellos delegaciones y banderas de Argentina, Bolivia, Uruguay, Cuba, Brasil, Colombia, Ecuador. Un aguacero en la calidez de la madrugada tropical y un canto espontáneo hecho coro, que alude a la espada de Bolívar multiplicándose, otra vez, en América Latina. El instante congelado resume la nueva fase que comienza a recorrer la Revolución Bolivariana, ahora ratificada por el voto y la movilización sin precedentes de seis millones de ciudadanos: profundización de los cambios sociales y políticos en el plano interno, proyección hacia su entorno geopolítico inmediato: América Latina y el Caribe.

Si desde 1999 Venezuela ha sido motor de una dinámica regional tendiente a la convergencia tras el todavía vago pero no por ello menos plausible proyecto de unidad política transnacional, de ahora en más será factor de aceleración de ese proceso, por la sencilla razón de que, respondiendo a una necesidad universal e indiscutible de desarrollo económico y redención social, ha conseguido iniciar el camino en busca de soluciones con la participación democrática de las mayorías. La prensa internacional, los partidos y propagandistas que durante años describieron un Chávez tiránico, arbitrario y apoyado en una minoría manipulada, han debido tragar sus palabras y reconocer el ejemplo inédito de participación democrática de la ciudadanía en la implementación de un recurso constitucional sin par en el mundo: la revocatoria presidencial. «Hasta el gobierno de EE.UU. -con el que ayer Chávez buscó algún puente y dijo querer ‘retomar el nivel de relaciones’ que había con la anterior gestión de William Clinton- reconoció la legitimidad de los votos mayoritarios para Chávez»(1); «Hasta ahora todo sugiere que el triunfo de Chávez debe respetarse»(2); «El fracaso del referendo para echar a Hugo Chávez demuestra que, pese a sus reclamos, los adversarios no representan a la mayoría de los venezolanos»(3).

No es menos verdad que ahora Chávez afronta un punto crítico cuya resolución tensará todo el mecanismo. El sector más beligerante de la oposición interna pondrá más empeño que nunca -y no escatimará recursos- para evitar que su gobierno trasponga el punto de no retorno. El Departamento de Estado estadounidense alimentará a ese sector de la oposición interna, apelará a todos sus recursos, a escala internacional, para impedir la limpieza y reordenamiento del sistema judicial y la sanción de una ley de prensa -que impida la enajenante labor de ocultamiento, tergiversación y mentira llevada a cabo sin pausa por los medios de difusión de masas(4)-, y buscará presentar esas medidas como ataques a la democracia. La limpieza de las propias filas oficiales de focos de corrupción, despilfarro y autoritarismo, ya adelantada con énfasis por el propio Chávez, provocará conflictos que eventualmente podrán ser utilizados para poner en cuestión ante la opinión pública internacional el carácter democrático del régimen venezolano. Con todo, es improbable que estos recursos logren desdibujar el mensaje político enviado por la Revolución Bolivariana a los restantes gobiernos de la región: no se conquista el respaldo de las mayorías sin la adopción de medidas resistidas por los centros de poder locales e internacionales; no se afirma y consolida ese respaldo sin la participación democrática de aquellas mayorías en la gestión de la cosa pública.

Así, Venezuela aparece en el centro de un círculo virtuoso de medidas económicas y decisiones estratégicas relativas a la recuperación de la soberanía, la redistribución de la riqueza y la superación de las calamidades del atraso, mediante un replanteo conceptual y práctico de la democracia.

El fenómeno está lejos de limitarse a aquel país. De hecho, no es allí donde primero apareció y se puso en marcha esa dinámica en esta etapa de la historia, aunque sin duda es la figura de Hugo Chávez la que tomó el lugar de vanguardia política en el último período. En una perspectiva más abarcadora, es la Revolución Cubana la que puso en cuestión la cáscara vacía de la democracia representativa y ensayó una combinación de protagonismo de masas en la adopción de medidas radicales de transformación social. A partir de otra realidad, el nacimiento y desarrollo del Partido de los Trabajadores de Brasil encarna otra vía de búsqueda y formas diferentes de plasmación, para los mismos objetivos. La experiencia trunca de Salvador Allende en Chile o la expectativa ahora mismo planteada por el Frente Amplio de Uruguay son igualmente expresiones de una misma necesidad. No menos representativos de esa exigencia histórica son los convulsivos procesos políticos vividos en Argentina, Bolivia o Perú. Desde la primera Revolución del siglo XX, en México, hasta la dramática experiencia de Haití, Ecuador, Colombia o Paraguay, la búsqueda y la necesidad de aunar cambios revolucionarios y protagonismo democrático ha sido una constante; y la imposibilidad de combinarlas de manera eficiente una causa mayor para las desviaciones y fracasos que jalonan la historia continental.

Sin embargo, esta nueva oportunidad tiene rasgos diferenciales que en todos los casos favorecen la perspectiva de un desenlace positivo. La convergencia objetiva que a ritmo acelerado viene operándose entre países suramericanos desde la reunión extraordinaria de la Cumbre de las Américas en Monterrey -donde George W. Bush sufrió un sonoro fracaso en enero pasado-, hasta el encuentro de los 19 países integrantes del Grupo de Río, al que Brasil propuso el pasado 21 de agosto la incorporación de Cuba, ocurre en un cuadro internacional en todo y por todo diferente a cualquier otro del pasado reciente o remoto. Y esas diferencias operan en detrimento de los grandes centros del poder mundial y a favor de América Latina y el Caribe.

Cabe observar de cerca la aludida reunión del Grupo de Río. A través del canciller Celso Amorim, el gobierno brasileño presidido por Lula da Silva intentó dar un paso más en la recomposición del sistema político regional, proponiendo que Cuba se integrara al organismo. No se trata de un detalle: en 1962 Estados Unidos logró que la Organización de Estados Americanos expulsara a la isla de su seno. La sola gestión de Itamaraty es indicativa del cambio en las relaciones de fuerza. Con la oposición explícita de sólo seis países -México, Chile, Uruguay, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica-(5), quedó claro el nuevo realineamiento hemisférico. El desmentido inmediato de la canciller chilena(6), y el hecho de que el presidente de Uruguay, Jorge Batlle, termina su mandato en octubre, son indicativos de que Suramérica queda alineada con una propuesta que implica la recomposición de una instancia política latinoamericano-caribeña.

Con este movimiento sobre el tablero regional, el gobierno brasileño retoma un protagonismo menguado en el último período y lo hace en consonancia con los gobiernos de Argentina y Venezuela, aparte obviamente del de Cuba. Basta presumir un bloque semejante, plural en todos los órdenes, abroquelado tras un programa de progresivo avance tras una «Confederación Suramericana de Naciones» y de integración económica acelerada, para intuir el drástico cambio en ciernes (en todo caso, muy posible) en el mapa político regional y el impacto en las relaciones de fuerzas a escala mundial.

 

Paradojas de la victoria

A la inversa, es presumible que el proceso interno en Venezuela se vea influenciado por la gravitación de este nuevo bloque. Se trata de la paradoja de la victoria. La sucesión de fracasos estadounidenses en los intentos de derrocar a Chávez, impedir que Brasil salga de la órbita del Norte, poner bajo control a Colombia, deshacerse de Fidel Castro, mantener a Argentina como aliado incondicional, armar un nuevo esquema militar hemisférico bajo su mando directo e imponer el Área de Libre Comercio de las Américas, plantea un desafío estratégico: impedir que Washington recurra a su ultima ratio: la guerra.

Chávez es, probablemente, el líder regional más consciente de la magnitud de este dilema. Sobre Venezuela está constantemente latente la amenaza de intervención militar desde la vecina Colombia, en una reiteración ajustada a la nueva realidad del formato utilizado por la Casa Blanca contra la revolución sandinista en Nicaragua, en los años 1980. Mientras diariamente son asesinados campesinos venezolanos en la frontera con Colombia bajo el fuego de comandos paramilitares de ese país, los presidentes de ambos países firmaron una serie de acuerdos económicos y encararon la construcción de un gasoducto binacional. La flexión le costó caro al Presidente colombiano: como de rayo, una oportuna investigación periodística del semanario Newsweek descubrió y denunció, tarde pero seguro, supuestos vínculos de Álvaro Uribe con el narcotráfico.

Si éste es el caso más sobresaliente de las contradictorias fuerzas que operan sobre las clases dominantes suramericanas y hacen marchar en zigzag a más de uno de sus dirigentes, las dificultades no son menores en relación con otros países, cuyos regímenes son de naturaleza diferente pero no por ello menos heterogéneos en el conjunto regional. Los procesos sociopolíticos en curso sobre todo en Brasil y Argentina y un Mercosur integrado ahora también por Venezuela, vuelcan el equilibrio de la balanza suramericana a favor de un bloque regional con autonomía frente a Estados Unidos y, por ello mismo, contrapuesto a la voluntad de Washington. Toda brecha circunstancial o duradera en ese bloque en gestación, sin embargo, sería utilizada por la Casa Blanca. Así como el presidente Chávez no puede desconocer que su victoria el 15 de agosto incluye un 40% de los votos arrastrados por la oposición, en el plano regional cuentan las desigualdades y flancos débiles si se trata de impedir que el Departamento de Estado pueda siquiera imaginar una respuesta como la que aplica en Irak. Avanzar en la unidad política y la integración económica de América Latina y el Caribe supone, por tanto, un lugar predominante para la estrategia de paz en la región. Adelantándose a esa exigencia, en el conjunto de definiciones de Chávez luego de confirmada su victoria en el referendo, sobresalió la propuesta de debatir un nuevo concepto estratégico de seguridad para América Latina.

 

Otros cambios

Sea como sea que se desenvuelvan los acontecimientos futuros, este conjunto de cambios reales y potenciales configura ya un nuevo papel para Suramérica en el concierto mundial. Recientemente el ex secretario de Estado Henry Kissinger señaló «el alejamiento estructural estadounidense de Europa»; registró que «Rusia, China, India y Japón han tenido relaciones mucho menos belicosas con Estados Unidos que algunos aliados europeos» y, dado que «cada uno de estos países tiene interés, como mínimo, en alejar la posibilidad de una derrota estadounidense en Irak», propuso una orientación estratégica tendiente a tejer una nueva alianza con estos países: «la diplomacia estadounidense está llamada a crear los elementos de un nuevo orden mundial así como hizo con éxito en la década inmediatamente posterior a la Segunda Guerra» 7.

Aparte de la inconsistencia de emplazar otro «nuevo orden mundial» con uno de sus mayores rivales en disputa por los mercados mundiales, Japón (la segunda economía más grande del mundo, que después de recuperarse durante el primer trimestre a un ritmo del 6,6% volvió a caer un 1,7% en el segundo), la ilusión de una alianza estratégica con Rusia, China e India no es sino el reconocimiento de una fuga hacia adelante. Sin necesidad de adentrarse en los problemas estructurales, económicos y geopolíticos que contraponen al centro imperialista con Rusia y China, basta registrar la derrota sufrida por Estados Unidos en la Organización Mundial del Comercio en la reunión de Cancún, a mediados de septiembre del año pasado, y la creación del Grupo de los 20 con Brasil como eje, para comprobar cuál es la dinámica probada de aquellos tres países. Pero si Brasil pudo ser un centro de gravitación frente a ellos, tanto más lo sería un bloque suramericano con eje en Caracas, Brasilia y Buenos Aires (Calcagno, pág. 8) y la inexorable suma de los restantes países del área. El wishfull thinking del estratega imperial es revelador, por su simple enunciación, de un dato mayor: Estados Unidos está compelido a disputar con un bloque suramericano todavía invertebrado, que antes mismo de erguirse proyecta su fuerza a escala global. En febrero pasado se reunió en Caracas el Grupo de los 15. Allí estaban las grandes economías del Sur del planeta, entre ellas Brasil e India (potencia ésta tan codiciada por Kissinger, que sin embargo en la cumbre descolló por su determinación a favor de la estrategia Sur-Sur), pero también Nigeria, Indonesia, Irán y, por supuesto, Venezuela. Sin incorporarse todavía, China ha encaminado su diplomacia hacia una convergencia con el G-15.

Dada su extrema heterogeneidad ese conjunto de economías con peso decisivo para componer un equilibrio mundial contrapuesto al actual, para alcanzar la cohesión necesaria y ser un polo de poder mundial requiere sin embargo de un centro con suficiente fuerza de gravitación. Eso es potencialmente Suramérica. Y esa potencialidad toma cuerpo con la consolidación de Hugo Chávez, la reafirmación por parte de Lula de una línea de convergencia política e integración económica regional y los pasos, aún dubitativos y a veces contradictorios, del gobierno argentino.

Nunca en la historia, desde las guerras de la Independencia, hubo un contexto más favorable para la consolidación de una Confederación Suramericana de Naciones. Nunca fue tan necesaria la intervención de un centro político suficientemente lúcido y fuerte como para neutralizar la dinámica expansionista y eventualmente guerrerista de las grandes potencias. Resta saber si las dirigencias actuales o en gestación serán capaces de combinar, en la exacta medida y al ritmo de las exigencias, la capacidad de libre participación de las mayorías ciudadanas y la hondura de los cambios ineludibles. Las calles de Venezuela pobladas de hombres y mujeres con vestimentas y gorras rojas, las multitudes enforvorizadas en interminables colas para votar por Sí o por No; la victoria límpida y exultante de los humildes, son un inspirador punto de partida.

  1. «La oposición venezolana, aislada y dividida», Clarín, Buenos Aires, 20-8-04.
  2. Editorial, La Nación, Buenos Aires, 21-8-04.
  3. The New York Times, 18-8-04.
  4. Luis Britto García, Dictadura mediática en Venezuela, Ediciones Le Monde diplomatique, Buenos Aires, agosto de 2004.
  5. Juan Arias, «El gobierno de Brasil fracasa en su intento de integrar a Cuba en el Grupo de Río», El País, Buenos Aires, 23-8-04.
  6. «La canciller chilena Soledad Alvear afirmó que Santiago está de acuerdo con abrir un diálogo político entre el Grupo de Río y La Habana, desmintiendo así que su gobierno haya vetado una posible incorporación al mismo de ese país caribeño, como difundió la prensa brasileña», ANSA, Santiago de Chile, 23-8-04.
  7. Henry Kissinger, «Se desplazan los polos de poder», Clarín, Buenos Aires, 5-8-04.