estados enidos en lugar de españa, con la misma fiereza e idéntico destino

Bicentenario en Revolución

PorLBenAXXI

 

Evidencia: ningún episodio circunstancial provocado por el desarrollo desigual de la conciencia y la organización latinoamericano-caribeñas puede desdibujar lo obvio: en el Bicentenario del comien-zo de la guerra victoriosa contra el imperio español, el hemisferio en su totalidad –incluyendo a Estados Unidos– vive un momento histórico en el cual la fuerza dominante es la que se encamina –zigzagueante o directamente– hacia la emancipación nacional y social. Como lo hiciera el agónico sistema con sede en el Palacio Real de Madrid, ahora Washington reacciona enviando ejércitos de mercenarios. A la vanguardia marchan batallones de prensa, espionaje, infiltración. Simultáneamente se despliegan bases terrestres y marítimas aprontándose para entrar en acción.

Sigue siendo una fuerza desestabilizadora en la región (…) Sigue teniendo una postura muy antiestadounidense y busca juzgar y restringir la actividad de Estados Unidos donde sea que tenga la oportunidad de hacerlo (…) Sigue comprometiéndose con la región (…) y sigue buscando su agenda socialista”.

Tales fueron las palabras del general Douglas Fraser, jefe del Comando Sur del Ejército estadounidense, al testimoniar acerca del gobierno venezolano el 18 de marzo, ante la Comisión de Servicios Armados de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. Simultáneamente, una elaborada provocación dio lugar a una campaña de calumnioso acoso contra Cuba a escala mundial. Sólo una exigencia táctica impidió que esta ofensiva incluyera visiblemente a Bolivia: Evo Morales acaba de ganar las elecciones con el 64% de los votos.

No caben dos interpretaciones sobre el significado de aquel informe y esta innoble embestida mediática: a 200 años de la rebelión independentista, la actual potencia imperial prepara sus cañones contra la insurgencia latinoamericana y otra vez, como lo hiciera España en Suramérica con eje en Miranda y Bolívar, centra el fuego en Venezuela, apuntando ahora a la revolución socialista que desde allí se expande al continente, como continuidad conclusiva de la lucha emprendida dos siglos atrás. La simultaneidad del ataque contra Venezuela y Cuba proviene de una interpretación acertada por parte de los estrategas del Departamento de Estado: a los efectos de la lucha contra el sistema capitalista y el gendarme estadounidense, Venezuela y Cuba son un solo país; los mandatarios de Caracas y La Habana, un solo gobierno; los ejércitos separados por el mar Caribe, una sola fuerza armada; las mayorías de ambos países, un solo pueblo. Éste es un dato nuevo en la historia; un rasgo que da perfiles inéditos a la coyuntura; un factor de enorme trascendencia para la evolución política del siglo XXI.

Washington sabe además que esta vanguardia –en la que también cuenta sin mengua Bolivia– se extiende a los países del Alba y puede palparse multiplicada en un abigarrado universo de organizaciones de todo género, que en América Latina asumen la revolución socialista como única reivindicación legítima y posible en el bicentenario signado por el descalabro del sistema capitalista internacional.

 

Artillería mediática

Inútil anteponer deseos o negarse a los hechos: la guerra ha comenzado. El despliegue militar estadounidense en el hemisferio está a la vista con la reactivación de la IVª Flota y la multiplicación de las bases terrestres que ya tendieron un cerco de acero sobre América del Sur. Pero si esos son pasos de una estrategia estrictamente militar para un futuro impreciso, hay otro terreno en el que la conflagración ya está desatada: la guerra mediática, peldaño imprescindible de un plan de ataque, consistente en destruir la imagen de los líderes de esta nueva gesta revolucionaria y crear una opinión pública anuente a la escalada bélica programada desde Washington. Con toda certeza, jamás el mundo ha asistido a una descarga publicitaria de tal magnitud e intensidad, comandada desde Washington y sincronizada en cada gran capital del mundo hasta el más pequeño poblado en cada país.

Acusar a Chávez como dictador desquiciado, a Fidel y Raúl como monstruos impiadosos a la cabeza de un régimen represor, a Evo como indio bruto que se acopla a los dictados de La Habana y Caracas no es únicamente un acto de vesanía y cinismo sin límites: es un paso imprescindible de intoxicación de masas en pos de la creación de una opinión pública mundial dispuesta a admitir que el aparato bélico del imperialismo se descargue contra estos pueblos.

La causa de esa necesidad de hierro para la plutocracia de Washington está a la vista: a 200 años de la gesta independentista, una oleada revolucionaria atraviesa el continente, gana más y más voluntades, abre un abismo entre Estados Unidos y los pueblos oprimidos y presagia batallas que, sean cuales fueren sus avatares y meandros, culminará con la derrota del imperialismo y la creación de un mundo nuevo. Como hace dos siglos, he allí al imperio malherido lanzando terribles zarpazos con furia irracional. Como hace dos siglos, sólo hay dos opciones.

 

Fuerzas irracionales desatadas

Por debajo de la conducta guerrerista de gobernantes del partido Demócrata, Barack Obama y Hillary Clinton, hay fuerzas objetivas que guían sus pasos. Hay que repetirlo: la crisis no ha terminado. El mismo aparato de tergiversación que denuesta a los líderes de Cuba y Venezuela convenció al mundo el año pasado de que el colapso sistémico de 2008 había sido superado. Nada más falso. Las sumas siderales de dinero ficticio volcadas al mercado para salvar Bancos y revertir caídas bursátiles no torcieron un milímetro lo esencial de la tendencia: la caída de la tasa de ganancia se acentuó; la desocupación aumenta sin pausa; la sobrecapacidad de producción y las mercancías excedentes, en todos los rubros, empujan hacia una nueva fase de la crisis, en la cual el eje no será ya el ámbito financiero sino lisa y llanamente el terreno de la producción. Futuros estallidos –anunciados esta vez por numerosos publicistas del capital, empeñados en no perder la oportunidad de lucirse, como les ocurrió dos años atrás– ya no serán el reflejo distorsionado de la crisis estructural en el mundo financiero, sino la traducción directa en el plano de la producción. La recesión tenderá con más potencia a transformarse en depresión. Y esto ocurrirá nuevamente con epicentro en el mundo altamente desarrollado: el proletariado de los países avanzados estará compelido a la lucha por la fuerza irracional de la crisis capitalista. Las turbulencias en Grecia, la fractura de la Unión Europea frente a ese episodio –que en el terreno informativo ha ocultado desequilibrios aún mayores en España, Portugal, Irlanda e Italia– es un tibio adelanto de lo que viene gestándose en las economías mayores de la UE: Alemania y Francia. El FMI recupera su lugar de comando en la aplicación de medidas paliativas en función del capital de mayor envergadura en los centros imperialistas. Pero esas medidas no pueden sino glosar la única respuesta que tiene el capital frente a su crisis estructural: despidos masivos, reducción del salario real, aumento de los ritmos de trabajo, disminución drástica o directa abolición de todos y cualesquiera beneficios obtenidos por los trabajadores a lo largo de la segunda mitad del siglo XX; presión a la baja de las materias primas. En la medida en que estas políticas pueden ser inicialmente aplicadas por la ausencia de una clase obrera para sí (conscien-te de su lugar en la sociedad y organizada para ocuparlo), la coyuntura podrá nuevamente ser manejada durante un breve lapso por los estrategas del capital. Sin embargo, esos paliativos, por lo mismo que contribuyen al ahorcamiento de la demanda, sólo pueden acelerar la marcha hacia la depresión. El hecho de que el epicentro de este fenómeno esté en los países imperialistas, por ignorancia o intención perversa ha llevado a no pocos teóricos y dirigentes políticos a sostener que las economías mayores del mundo no desarrollado pueden no sólo eludir el impacto del colapso, sino incluso ser aprovechado para conquistar un lugar predominante en un nuevo diseño económico mundial. Semejante ilusión no sólo carece de fundamento, sino que desarma por completo a los pueblos y las clases trabajadoras de esos países: el mercado mundial es uno; si se desmoronan sus estructuras más elevadas, el conjunto quedará inexorablemente sepultado por los escombros. En medio de la depresión, el mecanismo comercial planetario de mayor efectividad son los ejércitos imperialistas. La lógica intrínseca de la crisis es la marcha hacia la guerra. Basta mirar en derredor, observar los sucesivos periplos de la Sra. Clinton, para comprobar que no se trata de un pronóstico agorero, sino de una realidad palpable. Sólo hay una manera de frenar esa dinámica tan objetiva e irracional como lo es el sistema que la engendra: cambiar las reglas del juego, abolir el sistema capitalista.

 

Desarrollo desigual

Esta es la coyuntura histórica en la que ocurre el Bicentenario. El rasgo distintivo principal no es que hoy América Latina retoma un combate independentista, sino que contiene y proyecta el único proceso que, en su desenvolvimiento, puede dar respuesta al colapso capitalista planetario. Pese a desigualdades entre los gobiernos de tal magnitud que pueden llevar a negar la existencia de un proceso conjunto en el área, existe un entrelazamiento, visible o subterráneo según los casos, que traza un curso general en sentido estratégico aunque no logra imponer un ritmo acompasado. De allí se desprende que las tareas de mayor envergadura son afirmar los procesos revolucionarios en marcha y encontrar los medios que permitan combinar aquellas desigualdades, so pena de que se impongan las fuerzas centrífugas y desbaraten el conjunto. La otra consecuencia obvia es que Estados Unidos en particular y el conjunto imperialista en general tienen, como imperativo de sobrevivencia, la necesidad de cercenar la cabeza de la revolución en América Latina. Se vuelve entonces al significado real de la ofensiva desatada contra Venezuela y Cuba: la manipulación y la mentira en escala jamás vista no hace sino traducir una necesidad intrínseca del capital en crisis. De la misma manera que éste debe bajar salarios aunque con ello produzca una caída de la demanda agregada, lo cual equivale a empujar más hondo el puñal que le parte el corazón, está obligado a falsificar, engañar y tergiversar, aunque la evidencia de los hechos reales redunde en inmediato debilitamiento del corpus ideológico ficticio tras el que esconde la conducta brutal de una fiera herida de muerte. Por eso la batalla de ideas está planteada de manera tal que es posible vencer sin ambigüedades al imperialismo.

 

Vª Internacional

Hay que darle crédito al informe de Fraser y entender sus preocupaciones. No cabe duda de que el gobierno de Hugo Chávez trata de limitar la injerencia estadounidense donde sea que tenga oportunidad de hacerlo. También es indudable que la Revolución Bolivariana sigue comprometiéndose con la región y lo hace en pos de lo que el subordinado de Obama denomina “su agenda socialista”. Pero hay más aún: pese a la multiplicidad de dificultades internas, inmensas como cordilleras, Chávez ha lanzado la consigna de articular y recomponer fuerzas antimperialistas y anticapitalistas en una nueva Internacional. Semejante intuición estratégica obra como una descarga eléctrica de 50 mil voltios en la estructura mental del jefe del Comando Sur (¡y no sólo la suya!). Ese llamado obtuvo de inmediato respuesta positiva desde las fuerzas responsables de la conducción políticas en los procesos revolucionarios del continente, así como innumerables destacamentos anticapitalistas con mayor o menor gravitación numérica en cada punto del planeta. En el umbral de una instancia dramática para la historia de la humanidad, comienza así un camino de recomposición revolucionaria a la escala de las exigencias planteadas. Durante las celebraciones del Bicentenario en Caracas, en el marco de una consistente aceleración de la Revolución Bolivariana en la transición hacia el socialismo, coincidirán en la segunda quincena de abril la conclusión del Congreso extraordinario del Partido Socialista Unido de Venezuela, los preparativos para iniciar la conformación de una Vª Internacional, la cumbre del Alba y una cantidad de reuniones a nivel presidencial de los miembros de Unasur. Allí se jugará la suerte también de otra conquista formidable: la consolidación de la Comunidad de Naciones de América Latina y el Caribe, una OEA sin Estados Unidos que por su sola proclamación prueba la dinámica de retirada política de Washington. Esa fragua portentosa de ideas y programas es la manera más genuina y vital de honrar la memoria de aquellas vanguardias del pensamiento y la acción, que en 1810 comenzaron a andar el largo camino de la libertad.

 

iv congreso del partido dos trabalhadores

Dudas y certezas después de ocho años de gobierno de Lula

PorLBenAXXI

 

Balance: en 1989, cuando Lula disputó por primera vez la presidencia, Estados Unidos esperó su derrota para invadir Panamá. Por estos días y con razones análogas, trabaja para que el PT pierda las elecciones del 3 de octubre. Por sobre cualquier valoración del gobierno de Luiz Inácio da Silva, la victoria de la oposición burguesa a su gobierno abriría el espacio para que los estrategas de Washington puedan continuar con sus planes guerreristas para la región. Dos períodos de gobierno petista en Brasil significaron un salto adelante en la historia de los de abajo. Sus logros sólo pueden ser desconocidos por ideólogos de la reacción. No obstante, al cabo de ocho años, aparte de no haber resuelto innumerables problemas básicos, el PT no fortaleció la estructura partidaria, no desarrolló un proceso de organización de masas con ejercicio concreto del poder, no ganó más espacio social en capas explotadas y oprimidas y, en consecuencia, no cuenta seguro siquiera el voto de la masa beneficiada por su gobierno. El saldo de Lula está en suspenso. Resta saber si la inteligencia política y la visión estratégica de la dirección petista apuntan en la dirección correcta para dar continuidad positiva. Invitado en su condición de militante político, el director de América XXI participó del Congreso del PT; lo que sigue es su despacho desde Brasilia. También se reproduce textual y completa la resolución sobre táctica electoral y política de alianzas.

 

Inequívocas conquistas. Inabarcables compromisos pendientes. Temores sobre la respuesta ciudadana en la elección presidencial de octubre próximo. Tales los sentimientos entrecruzados de los 1350 delegados al IVº Congreso del Partido dos Trabalhadores (PT), cuya tarea principal consistió en designar la candidatura presidencial y sancionar formalmente la decisión de concurrir a la crucial disputa en alianza con un antiguo adversario, a menudo feroz: el Partido do Movimento Democrático do Brasil (Pmdb), que ocupará el segundo lugar en la fórmula. En ese cruce de caminos el PT celebró sus 30 años de vida.

Es notoria la diferencia de este encuentro con tantos otros que, desde su fundación el 10 de febrero de 1980, fueron trazando la historia del PT. No se percibe la abrumadora presencia obrera, sindical y juvenil de entonces. Los debates entre las diversas tendencias continúan siendo duros –y como siempre cuidadosos de la unidad– pero son escasos y circunscriptos; sobre todo, tienen otro contenido. Pese a que la victoria electoral no está garantizada, los delegados no discutieron con qué programa ganar el alma de tantos millones de brasileños que sufren la desigualdad extrema de este país. En cambio, como principal cuestión ante las elecciones se debatió –muy poco, con acuerdo previo largamente hegemónico– la decisión de dar un paso histórico para el PT: una alianza electoral con el Pmdb.

En el Palacio de Convenciones de Brasilia impactaba sobre todo la falta de ardor en la militancia, el espíritu radicalmente diferente a encuentros del pasado que emanaba de esta reunión, acaso dominada por dos sentimientos a todas luces evidentes: el orgullo por las grandes conquistas alcanzadas en ocho años de gobierno y la presunción de que algo fundamental, algo que se lleva muy hondo en el corazón y la conciencia, incluso sin saber expresarlo, ya no envaraba y proyectaba las ilusiones de los delegados.

No es difícil aprehender las causas de esa diferencia. En junio de 1989, en los prolegómenos de la primera gran contienda electoral en la que Lula sería candidato, 600 delegados al 6° Encuentro votaban alborozados, con una poderosa energía ausente en este Congreso, un documento que decía: “El PT no cree en la posibilidad de una etapa de capitalismo popular (…) El binomio cambios económico-sociales radicales y democracia, es la clave para construir un bloque mayoritario capaz de llevar a Lula a la presidencia”. Hoy, la mayoría de los delegados traga con dificultad una afirmación curiosa: el próximo período será de “post-neo-liberalismo”, fórmula que, aparte su falta de sustento teórico, no parece apta para despertar grandes pasiones y esperanzas.

Ironías de la historia: el imponente lugar de sesiones lleva el nombre de Ulyses Guimaraes, el veterano líder democrático burgués que a la cabeza del MDB, principal formación política durante la dictadura y el primer período posterior, enfrentó a Lula en 1989. Era la primera vuelta de la primera elección directa de Presidente; y en aquella oportunidad el MDB obtuvo el 4% de los votos. El único Partido de la burguesía quedó vaciado por el poderosísimo influjo del PT, el cual en la segunda vuelta no alcanzó el gobierno sólo por una formidable operación de último momento urdida por el gran capital local e imperial, que inventaron un candidato de utilería y apelaron maniobras sin ahorrar bajezas para arrebatar la victoria segura de aquel partido, entonces recién nacido y con un candidato que simbolizaba la irrupción del proletariado paulista en la política brasileña. Tres décadas después, el fallecido Guimaraes, a quien todos y en primer lugar él mismo consideraban el inevitable presidente después de la dictadura, podría regodearse al ver que el PT recurre, para intentar ganar la próxima elección, a su partido renacido de las cenizas pese a inenarrables acusaciones de corrupción. Con todo, las ironías que podría lanzar Ulyses quedarían muy por detrás de las invectivas lacerantes que con certeza habría esgrimido Leonel Brizola, del Partido Democrático Trabalhista (PDT, socialdemócrata), otro líder histórico que vio destruidas sus ilusiones de ser Presidente por la entrada violenta en el escenario de un obrero metalúrgico y desde entonces, incluso obligado a apoyar al PT en varias circunstancias, lanzó los más envenenados dardos imaginables contra Lula. Ocurre que la candidata designada ahora por el PT, Dilma Rouseff, era militante del PDT, del cual se apartó recién en 1990, para integrarse al gobierno estadual del petista Olivio Dutra en Río Grande do Sul.

 

Conquistas de dos períodos presidenciales 

Empresas consultoras de toda filiación subrayan un hecho impactante: más del 80% de la población brasileña respalda a Lula. No hubo dirigente que en su exposición omitiera ese dato, revelador sin duda del resultado político de su gestión. Tras ese recado, los oradores defensores de la tendencia mayoritaria desgranaban otros datos contundentes: 20 millones de personas salieron de la pobreza; 350 mil familias campesinas fueron asentadas; 215 mil jóvenes están cursando en escuelas técnicas que pasaron de 140 a 354, mediante la inversión de 1.100 millones de reales; la inversión en programas sociales alcanzó los 33 mil millones de reales, un aumento del 189% en relación con el período anterior; se crearon 11 millones de empleos; la inflación cayó para ubicarse en torno del 4,5%; el PBI creció a un promedio del 3,1% anual, contra el 2,1% del período anterior; la moneda se revaluó positivamente frente al dólar; las reservas en divisas pasaron de 37.800 a 236 mil millones de dólares. Y un dato que numerosos expositores, incluida Dilma en su discurso de aceptación de la candidatura, presentaron como símbolo del éxito petista: cuando asumió Lula, Brasil debía 14 mil millones de dólares al FMI; ocho años después, es el FMI quien debe 14 mil millones a Brasil. Fueron subrayados igualmente los éxitos del gobierno PT en materia de política internacional, resumido con una imagen apropiada: hasta ahora, en el mundo Brasil era sinónimo de Pelé; ahora el símbolo nacional es Lula. Otro resultado reiterado fue el de haber cambiado la realidad energética de largo plazo al hallar reservas petrolíferas por 60 mil millones de barriles. Con legítimo orgullo, los dirigentes y el propio Lula en sus dos intervenciones aludieron una y otra vez a la política de integración latinoamericana y de aproximación a África, así como al Bric (Brasil, Rusia, India y China) y al bloque de India-Sudáfrica-Brasil. Un lugar especial ocupó la reiterada reivindicación del papel de Brasil como país rector de la Minustah, la fuerza militar de intervención en Haití.

Y aquí otra vez aparece la diferencia con los congresos del PT anterior: no hubo voces que desafiaran el significado de congratularse por ser acreedores del FMI o de encabezar la fuerza militar de intervención en Haití.

Campesinos sin tierra, favelados, trabajadores con paga mínima y millones de marginalizados podrían poner en contexto la contundencia indiscutible de aquellas cifras, que incluyen la asistencia alimenticia a unos 11 millones de habitantes, lo cual significa, nada menos, que esa masa humana ha dejado de sufrir los horrores del hambre. Brasil, el país de los grandes contrastes en su geografía y en la condición social de sus 200 millones de habitantes, transfunde esas contradicciones a las venas del partido gobernante y produce en su organismo una dicotomía dolorosa, a partir de la cual entra en un ángulo sombrío la valoración del saldo final.

 

Apuesta por el capitalismo

“El gran desafío (…) exige pensar en transición directa al desarrollo sustentable. Dentro de esta perspectiva deben ser elaboradas las Directrices y el Plan de Gobierno del PT 2011-2014”, dice la resolución votada. Y agrega: “La alternativa practicada por el gobierno Lula de desarrollo con distribución de renta, fortalecimiento del mercado interno, inversión estatal y apoyo estatal para la formación de grandes empresas nacionales, integración en el mercado en un nuevo orden económico internacional con competitividad y la preocupación con los activos ambientales, fue fundamental y necesario para impulsar el crecimiento económico y garantizar conquistas sociales”. Y más adelante precisa la idea: “El objetivo estratégico es transformar a Brasil en un país desarrollado, con indicadores de bienestar social aproximados a la media de los países desarrollados e indicadores de sustentabilidad ambiente superiores a la media de los practicados por los países de la Ocde”.

No es necesario abundar en citas para extraer la sustancia de la resolución aprobada por el Congreso para fijar las líneas de un próximo gobierno petista: sin rodeos se asume la perspectiva del capital para afrontar la inmensa tragedia social de este país continente. Incluso un joven dirigente estudiantil que con tono enfático denunció la deserción del 70% de los estudiantes secundarios, dejó implícita su convicción de que ese flagelo se resolverá con voluntad política –que descuenta, con todo fundamento– del PT y su eventual próximo gobierno. Ensanchar la base del mercado y tonificarlo integrando a millones de excluidos, aminorar las abismales distancias en la distribución de la renta, crear grandes empresas nacionales que ganarán espacio en su ámbito natural, América Latina, son los ejes de la estrategia asumida. En los hechos, esta concepción fue asumida antes de la primera victoria de Lula.

Es la reaparición, implícita, del gran debate: reforma o revolución. No hay diferencia alguna entre las opciones de, por ejemplo, el Partido Socialdemócrata Alemán a comienzos del siglo XX, y las que ahora atraviesan al PT. Y la resolución no deja lugar a dudas: se trata de reformar el capitalismo. Por eso la crisis mundial del sistema es una cita suelta en los textos congresales. La opción busca afanosamente respaldo teórico y allí se halla la causa de otro dato sobresaliente de la realidad actual del PT: la escualidez de su producción teórica, que permite afirmaciones tales como “el mundo está ante una etapa histórica de post-neo-liberalismo”. Puede que resulte difícil entender el significado preciso de tal afirmación. En cambio, es claro lo que deja como conclusión negativa: el socialismo no es la tarea para el próximo período histórico. El vuelo teórico de tales argucias está a la altura del objetivo que se proponen. Y requiere de intelectuales a la medida, lo cual viene a explicar otra diferencia del actual PT: el vaciamiento de figuras de relieve y consistencia teórica en sus filas.

Un dato significativo, abierto a múltiples posibilidades, está dado por las características del nuevo presidente del PT, Eduardo José Dutra. Ex senador y ex presidente de Petrobras, Dutra inauguró su período con un discurso sincero, en el cual hizo una encendida defensa de la historia del PT, reivindicando incluso a las figuras transformadas en blanco de todas las injurias por la prensa burguesa. Simultáneamente, Dutra exaltó la tradición partidaria y reivindicó la opción desarrollista en alianza con el Pmdb. El nuevo presidente petista subrayó que había sido elegido por el voto directo de unos 500 mil afiliados. No es pequeña victoria, después de la crisis partidaria. No obstante, vale recordar que en 1989 el PT tenía unos 800 mil afiliados. Y que en relación con los 200 millones de habitantes de Brasil, y aun en términos absolutos, en comparación con el Partido Socialista Unido de Venezuela, que cuenta con más de siete millones de afiliados y un activo permanente de alrededor de un millón y medio de militantes, el PT ha dejado de ser el partido de mayor envergadura en el continente.

Como sea, las cartas están echadas: ésa es la estrategia asumida formalmente por el PT. Las izquierdas que de manera más o menos consciente y adecuadamente se apartaron en los últimos años de esa orientación, no lograron conformar ni en la teoría ni en la práctica una opción valedera frente a la deriva de la dirección partidaria encabezada por Lula. Las tendencias revolucionarias que aún se mantienen disciplinadamente en el partido, no pueden sino sumarse a la fuerza predominante. Hasta cierto punto, una excepción a esta regla reside en el Movimento Sem Terra. Por todo un período, mientras la realidad mundial y local no dé lugar a nuevas oleadas de protagonismo de los trabajadores, desde el gobierno o la oposición el PT regirá la marcha las luchas sociales en Brasil.

 

Candidata inesperada 

Sin desmedro de sus ostensibles y reconocidas condiciones, Dilma no era la candidata natural del PT. Sólo el violentísimo golpe moral y político sufrido por este partido en 2005 pudo poner fuera de juego a, por lo menos, una docena de líderes fundadores de esta fuerza política excepcional. Aquella situación, de la cual se ocupó en detalle América XXI en su edición de septiembre de 2005, dio lugar a una ofensiva impiadosa del gran capital financiero e internacional, apuntada a quebrar la columna vertebral de este partido obrero.

Por sobre cualquier juicio de valor, aquellos destacados militantes tenían no sólo el derecho histórico de ocupar el privilegiado lugar, sino la oportunidad (y, en más de un sentido, la necesidad), de mantener una línea de continuidad con los postulados originarios del PT. Pero hechos de inocultable corrupción extrema, tomados como catapulta por los medios y los partidos del capital, pusieron a Lula a la defensiva y arrasaron con aquellos cuadros dirigentes. El episodio debilitó de manera brutal los cimientos sociales del PT, cargándolo con un desprestigio extendido que aún gravita ostensiblemente en la sociedad brasileña. La misma opinión pública que entroniza hoy casi sin barrera de clases la figura de Lula, denuesta al PT, lo cual constituye una pesada y peligrosa carga para la campaña electoral. En ese cuadro la decisión de Lula, sancionada por el Congreso, de escoger a Dilma Rouseff como candidata, priva a la oposición de armas potencialmente letales para la campaña, además de colocar un factor potencialmente positivo para la contienda: una mujer como candidata.

De hecho, según las encuestas Dilma tenía en diciembre un 17% de aceptación y subió al 25% en las últimas mediciones. Antes de comenzar la campaña, el candidato del Partido Social Democrata Brasileiro (Psdb), José Serra, aún no proclamado formalmente, le lleva 10 puntos de ventaja. El peso de Lula en campaña y, precisamente, el “factor mujer” como novedad electoral, sumado al respaldo objetivo de las conquistas alcanzadas en ocho años, puede darle una nueva victoria al PT en octubre. Pero esa posibilidad, está todavía lejos de ser una certeza.

La victoria del PT no sólo es del interés de las fuerzas revolucionarias de la región. Todas las formaciones de carácter democrático, conscientes de la inmensa amenaza a la paz y la institucionalidad burguesa que implica el cerrojo militar estadounidense en el hemisferio, tienen igualmente el mismo interés objetivo. La sola existencia de un gobierno petista pone una barrera al desenfreno imperialista. Aunque el Psdb representa con mayor genuinidad los intereses del gran capital industrial brasileño y, por lo mismo, no cambiaría vectores fundamentales de la política internacional brasileña, sería sin duda más vulnerable a las tremendas presiones que Estados Unidos y la Unión Europea ejercen sobre el gobierno del Planalto. Se trata de la base social objetiva de uno y otro partido. Las ambigüedades del gobierno Lula se transformarían en concesiones mayores a la voluntad geopolítica de Washington. Y esto redundaría en la apertura de la grieta que afanosamente busca el imperialismo para clavar una cuña en el corazón de América Latina.

Desde Brasilia

América Latina no gira a derecha

PorLBenAXXI

 

Es posible hallar en la tragedia de Haití el símbolo de un volcánico desplazamiento de clases y partidos a lo largo del continente, remezón obligado del seísmo que, en 2008, derrumbó el sistema financiero internacional. No es necesario forzar esa misma imagen para señalar que Estados Unidos responde a la ruptura del statu quo hemisférico con el mismo criterio estratégico según el cual Barack Obama envió 16 mil soldados a la isla caribeña.

El hecho es que en cada país se observa un realineamiento de dirigencias, partidos y organizaciones sociales. Así, el bicentenario coincide con el inicio de una era signada por el colapso del sistema capitalista y su traducción en el mapa político continental. Las clases fundamentales de la sociedad se deslizan hacia uno u otro ángulo del arco político, la más de las veces de manera inconsciente.

Nuevas y antiguas expresiones de las tendencias objetivas que empujan y simultáneamente frenan la dinámica de convergencia regional, traducen por estos días en sus avatares un complejísimo polígono de fuerzas sin resultante predecible. El futuro está, como pocas veces en la historia, a la espera de una formidable prueba de fuerzas entre la irracionalidad y la inteligencia, entre la brutalidad de cenáculos enceguecidos y el acervo más lúcido y generoso de las luchas sociales en los dos últimos siglos.

 

Dialéctica y desarrollo desigual 

Mientras tanto, Unasur, instancia de extraordinaria potencia, fue afectada por el efecto disgregador ya desde fines de 2008, cuando los gobiernos de Brasil y Argentina resolvieron afrontar el colapso capitalista desde la perspectiva del G-20, es decir con la estrategia estadounidense. El Mercosur, paralizado por un conjunto de razones económicas y políticas en el último quinquenio, no sólo no logra consumar la incorporación de Venezuela, sino que es cada vez menos eficiente en su mezquino cometido primigenio: el de instrumento facilitador para el intercambio comercial. El Pacto Andino es ya prácticamente inexistente. La Organización de Estados Centroamericanos, a partir del golpe en Honduras y la victoria derechista en Panamá, está siendo manipulada con un único objetivo: rodear, ahogar y aplastar a Nicaragua.

Al margen de otras implicancias, el resultado electoral en Chile afectará adicionalmente a Unasur. Junto con Colombia y Perú, este país conforma ahora un bloque formalmente alineado con Estados Unidos y obrará como Caballo de Troya en el concierto de los 12 países de la Unión de Naciones Suramericanas. Un segundo bloque dentro de Unasur se desgarra entre la toma de distancia frente al guerrerismo estadounidense y la subordinación a sus dictados económicos. Cumpliendo con una ley de hierro del desarrollo histórico, el movimiento convergente que signó la última década se descompone en numerosas tendencias posibles y, a partir de la solución de continuidad en ese proceso, establece las bases para retomar el impulso en un plano superior, seleccionando y redefiniendo a los actores del nuevo momento histórico.

No faltan quienes interpretan esta instancia de la dialéctica histórica como un “retorno de la derecha” en América Latina. Craso error, fruto de la confusión entre deseo y realidad, o de concepciones reformistas que, amarradas a la lógica formal, se resisten a asumir lo obvio: la crisis desgarra la sociedad, polariza a las clases, atrapa a dirigentes y partidos y los arroja a un torbellino donde sólo por excepción consiguen afirmarse y orientarse.

 

Los hechos y la mirada 

Pero no se trata de interpretaciones complejas. Se ve a la luz del día que en ningún país de América Latina hay un movimiento de masas con el menor signo de identificación con estrategias contrarrevolucionarias. Todo lo contrario es verdad; al punto que las fuerzas reaccionarias están obligadas a camuflarse con discursos progresistas. Los ejemplos de candidatos que en Venezuela intentaron ganar votos retomando consignas de la Revolución Bolivariana, fueron y serán reiterados por el Departamento de Estado. Esas tácticas impuestas por Washington prueban que los estrategas del imperialismo no estiman que las masas estén girando a la derecha, aun cuando la rémora histórica de confusión, desideologización y desorganización, a menudo las deje inermes frente a maniobras electorales de personas y partidos inescrupulosos.

Es verdad que partidos y dirigencias que han podido aparecer como expresiones populares de estrategias progresistas están girando a la derecha. Es verdad también que en tales circunstancias, propuestas travestidas de la ultraderecha pueden lograr circunstancialmente ventaja electoral. Pero no es la superestructura política la que marca el curso de la historia. A la inversa, la etapa que atravesamos está signada por una radicalización de masas muy profunda en todo el hemisferio, desdibujada acaso por la enorme desigualdad en grado y ritmo en cada país, pero evidente tanto en sus picos de mayor militancia (Venezuela, Bolivia, Ecuador), como en países donde los reclamos sociales no han logrado elevarse al plano de la lucha política pero se expresan, de todos modos, arrastrando imperceptiblemente a quienes se suponen gobernantes y resquebrajando instituciones e instrumentos tradicionales de las clases dominantes.

 

Fascismo y socialismo 

Para salir de esta fase e ingresar en otra donde esté planteado un cambio del sentido histórico en el que marcha América Latina, las burguesías y el imperialismo deben infligirle a los pueblos derrotas aplastantes, estratégicamente decisivas, sólo dables mediante la fuerza militar. Pero he allí otro dato crucial de la etapa: las burguesías no pueden confiar en las fuerzas armadas de cada país para establecer gobiernos de fuerza en choque frontal con trabajadores, campesinos y juventudes. El recurso al que pueden apelar es el del fascismo, entendido en el sentido estricto de esta categoría: organización de sectores de masas para ejercer la violencia contra las franjas más conscientes, organizadas y en lucha de las clases explotadas y oprimidas.

Sin duda el imperialismo y sus delegaciones locales están encaminados en esa dirección. Sin duda cuentan con decenas de millones de seres humanos arrojados a la marginalidad, la ignorancia y la desesperación, para intentar hacer de ellos una fuerza de choque salvaje contra el conjunto social. No es menos evidente que en Honduras se han apuntado un tanto a favor (aunque sería un error calificarlo como triunfo: allí la prueba de fuerzas recién comienza). Y va de suyo que en Chile se revela adónde llevan las políticas reformistas cuando no existe la fuerza suficiente para llegar a las mayorías con una propuesta revolucionaria efectiva.

Pero confundir esto con la idea de que en Brasil y Argentina –para tomar dos casos sobresalientes– la estrategia imperialista y/o las expresiones políticas de la ultraderecha local pueden cambiar en esta fase histórica las relaciones de fuerza, al punto de imprimir a estos países un giro a derecha, en franco choque con la marcha emprendida en Venezuela, Bolivia y Ecuador, implica, repetimos, confundir deseos con realidad o mostrar el típico pavor reformista frente a la opción por la revolución, por la necesidad objetiva y perentoria del socialismo.

Basta poner el pensamiento en la ceremonia de asunción del nuevo mandato de Evo Morales, el 22 de enero pasado, vencedor con el 64% de los votos, cuando fueron enviados al museo los atributos del poder del “Estado liberal y colonial”, como lo calificó el vicepresidente Álvaro García Linera. Basta ver la radicalización acelerada de la Revolución Bolivariana, respaldada cada día por sectores más amplios de las masas. Basta ver la aceleración de la Revolución Ciudadana y el vigor con que se replantea la organización de una fuerza política de masas en Ecuador.

Pero los gobiernos de esos tres países son parte del Alba, desde donde se proyecta hacia toda América Latina y el Caribe (y más allá, mucho más allá, como quedó a la vista en Copenhague), la neta confrontación planteada por una respuesta socialista a la crisis capitalista.

Es comprensible que gobiernos y dirigentes atrapados por sus propias vacilaciones y compromisos, amenazados por derrotas electorales o incluso por demandas generalizadas de las masas, agiten el fantasma de una ultraderecha en marcha victoriosa. Pero se trata de un eslabón más en la cadena de la manipulación.

Tal rotunda afirmación no habilita al facilismo y mucho menos a la irresponsabilidad: el enemigo es poderoso, brutal, irracional pero a la vez inteligente e implacable. Exige por tanto la búsqueda de todas las formas de frente único. En todo caso, no hay salida sin comprender que América Latina hoy no se desplaza a la derecha. Es que la crisis deja sin respuesta posible a quienes sueñan con reformar el capitalismo. En tales circunstancias los únicos representantes posibles del capital son aquellos dispuestos a asumir sin rodeos, en todos los terrenos, la estrategia imperialista. Y en la misma medida en que no existan fuerzas con raigambre social y definiciones socialistas, queda espacio para aventureros de todo tipo en reemplazo de los partidos que el capital ya no tiene.

Incluso los casos donde tales francotiradores den en el blanco se inscriben en una realidad de signo contrario: una etapa de convergencia regional en un plano cualitativamente más elevado, expresada en el Alba, que contiene, supera y proyecta todo lo avanzado mediante Unasur y las demás instancias regionales, a las cuales, lejos de antagonizar, contiene y sostiene como expresiones vivas del desarrollo desigual. Más aún: el programa, la estrategia e incluso la propuesta organizativa del Alba están diseminadas en cada rincón del hemisferio, sin excluir a Estados Unidos.

Hora de definiciones

PorLBenAXXI

 

El primer paso está dado. Tiene un alcance estratégico fuera de lo común. Sacudirá derechas e izquierdas, a Oriente y Occidente. Entrará como tromba en cada organización política, sindical o social, en cada lugar del planeta.

Una sensación de vértigo atrapó a decenas de miles de hombres y mujeres que por televisión o internet escuchaban a Hugo Chávez en la noche del 20 de noviembre, víspera de la inauguración del Primer Congreso extraordinario del Psuv, cuando ante delegados de partidos de una treintena de países, presentó una propuesta tan esperada como imprevista: poner manos a la obra para edificar la Vª Internacional.

Lo dijo el Presidente de una revolución en marcha. Y lo apoyaron de inmediato los representantes de otros tantos que afrontan la misma responsabilidad en Bolivia, Ecuador, Honduras. Los que están en el crudelísimo inicio de la transición y los que aspiran, con tierra bajo los pies, a comenzar el recorrido.

Es explicable el vértigo. En un año quedó completado un ciclo que transformó al mundo, a tal punto que pocos tienen conciencia plena de la nueva realidad y continúan actuando con los parámetros del pasado. Primero fue el derrumbe de la arquitectura financiera mundial, colocando a la vista de todos la realidad insoslayable de una crisis agónica del capitalismo. Luego la aceleración estadounidense por el camino de la guerra. Ahora la respuesta estratégica: una nueva Internacional. Ha llegado la hora de las definiciones.

Nada sorprende más que lo esperado durante mucho tiempo. El grueso de quienes escuchaban a Chávez en el hotel Humboldt alzado en la cima del cerro Waraira Repano (por caso, nacionalizado y refaccionado por el gobierno revolucionario) saltó como resorte oprimido al que libera de pronto la palabra mágica: una ovación espontánea, cargada de asombro y complacencia, manifestó del modo más elocuente un respaldo que antes de todo responde a una necesidad siempre sentida, casi nunca expresada.

 

Salir del paréntesis histórico

Si el primer paso requería fuerza real, lucidez y osadía, los siguientes plantean exigencias aún mayores. Aunque la creación de cada Internacional ocurrió en el pasado en medio de grandes debates y confrontaciones ideológicas, el abigarrado conjunto de fracciones que a escala mundial se define como izquierda muestra hoy un grado de confusión ideológica y diversidad política sin precedentes. Será tarea difícil aunarla, darle organicidad y dirección de marcha. Desde que la derrota de la Comuna de París destruyó la Iª Internacional, en cada paso, a la par de victorias y derrotas, grandes contingentes concluyeron asimilándose al sistema al cual originalmente combatieron. Además, al otro lado de la barricada, el capital acumuló infinita experiencia y poderosos tentáculos listos para la acción. El reformismo es una constante. Pero hay más: aparte las excusas reformistas, las incógnitas a resolver son inmensas y a prueba de oráculos:

  1. ¿Qué definiciones ideológicas y programáticas trazarán el contorno de la Vª Internacional?
  2. ¿Qué organizaciones concurrirán a su formación? ¿Qué relación habrá entre las grandes formaciones con responsabilidades gubernamentales y los demás partidos o agrupamientos revolucionarios?
  3. ¿Qué estructura adoptará la organización internacional, cómo se seleccionarán sus dirigentes y cómo se expresará en el plano nacional?
  4. ¿Cómo se integrará a este conjunto multifacético la clase obrera mundial, que hoy no cuenta en lugar alguno con el vigor y la conciencia imprescindibles?

Hemos defendido posiciones netas respecto de estos temas. Rompiendo una tradición de esta columna, vamos a citar un texto propio, publicado en la revista Crítica en octubre de 2007:

“En la historia ha habido, conceptual y realmente, cuatro organizaciones internacionales anticapitalistas. La Iª, en cuya fundación fueron figuras clave Marx y Engels, agregaba diferentes corrientes revolucionarias anticapitalistas. Surgió directamente del impulso de los propios obreros en lucha contra el sistema en Europa; las dos corrientes principales eran las que a poco andar se denominarían marxista y anarquista. La IIª, definida como socialdemócrata (con el sentido que tenía por entonces esa palabra, inverso al actual), se apoyaba en grandes partidos socialistas obreros de masas que para ese entonces se habían conformado en toda Europa, en Estados Unidos y en varios países latinoamericanos. La IIIª, fundada por Lenin y Trotsky, se definió como comunista, contraponiéndose al nombre de socialdemócrata, ya para entonces identificado con posiciones de sujeción a los intereses de las burguesías de cada país; su base de sustentación fueron los propios partidos socialdemócratas de masas, todos los cuales se fraccionaron dando lugar a Partidos Comunistas, que fundarían la Internacional con ese nombre. La IVª, en realidad no llegó a ser una verdadera organización internacional con arraigo en la clase trabajadora. Nació como resultado de la degeneración stalinista en la Unión Soviética y la extensión de esa caída a la organización, el programa y la política de la IIIª Internacional a partir de su 5° Congreso. Su base de sustentación fue la Oposición de Izquierda en la Unión Soviética y su proyección en Ppcc de todo el mundo. Luego tomaría el nombre de su principal promotor, León Trotsky. Asesinado éste en 1940, la organización degeneró a su vez, dando lugar a innumerables organizaciones casi invariablemente sectarias y minúsculas.

En la actualidad, por razones objetivas y subjetivas una organización internacional no puede pretender la homogeneidad ideológica que originalmente tuvieron la IIª, IIIª y IVª. Por el contrario, en lo que hace a su heterogeneidad superaría largamente a la Iª, aparte de que no resultaría del impulso consciente y organizado de una vanguardia obrera con aval de masas (subrayado ahora).

El punto de apoyo de tal organización heterogénea sería la explícita decisión de lucha contra el imperialismo y por el socialismo del siglo XXI, asumiendo como punto de partida las incógnitas y ambigüedades que esa definición supone.

A la heterogeneidad ideológica, le correspondería un criterio organizativo que, obligando en términos de estrategia general a cada partido u organización integrante, permitiría la participación de diferentes organizaciones en un mismo país y no daría lugar a criterios unánimes de accionar político.

No obstante, la internacional no podría asimilarse al concepto de Frente. Más próxima al criterio de partido de masas, con heterogeneidad ideológica y homogeneidad política en cuestiones centrales que hagan a una estrategia hemisférica, y con toda la flexibilidad que requieran las diferencias de participación en cada país.

Esa contradicción se resolvería a favor de la cohesión, la homogeneidad política y la coherencia internacional a través del órgano de dirección internacional, que sólo podrá estar integrado por representantes de partidos de aquellos países donde no exista más de una organización reconocida.

La organización de una internacional revolucionaria con estas características, lejos de ser una perspectiva lejana, es una necesidad inmediata. Defender los procesos revolucionarios en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador, es tan impostergable como esforzarse por la recomposición de las fuerzas sociales y revolucionarias en los restantes países de la región”.

Parece innecesario insistir: no hay manera de procurar identidad ideológica y a la vez actuar como centro de unidad social y política en ningún país, tanto menos a escala mundial. De modo que la Vª Internacional será obligadamente diferente a las tres anteriores y, semejante en punto a diversidad interna con la Iª, irá todavía más allá de aquélla e integrará numerosos agrupamientos diferenciados dentro de cada corriente misma. Las múltiples definiciones marxistas, cristianas, nacionalistas, tendrán su punto de comunión en la determinación revolucionaria y la voluntad consecuente de confrontación con el imperialismo y las burguesías nacionales. Va de suyo que esto dejará mucho por fuera; pero a la vez incluirá una inmensa diversidad. Una fuerza desde el inicio poderosísima, en condiciones de crecer en progresión geométrica.

 

Inercia y fuerzas centrífugas 

Aunque causara sorpresa, esta decisión de Chávez no fue un impulso de último momento. En 2007, al inicio mismo de la construcción del Psuv, en su intervención del 25 de agosto ante los propulsores que darían nacimiento al partido de masas de la Revolución Bolivariana, el presidente venezolano dijo que 2008 sería el momento para “convocar a una reunión de partidos de izquierda de América Latina y organizar una especie de Internacional, una organización de partidos y movimientos de izquierda de América Latina y del Caribe”. Y abundó: “Hay un resurgimiento de la conciencia de los pueblos; deben seguir creciendo los movimientos, líderes y liderazgos de una izquierda nueva, de un proyecto nuevo”.

La paradoja es que mientras ese resurgimiento ocurre en los cimientos de la sociedad, sus expresiones políticas raramente lo expresan y en ningún caso lo alientan y conducen. En cierta medida eso quedó plásticamente plasmado en el salón del hotel en la cima del Waraira Repano, cuando Chávez lanzó su proclama: al lado de quienes dieron un salto de liberadora alegría, pudo verse rostros consternados. Y hasta hubo quienes, advertidos a tiempo, se ausentaron antes de verse obligados a exteriorizar su postura. Más sagaces aún, hubo partidos que directamente estuvieron ausentes del encuentro. Y ni qué decir del otro flanco, el infantoizquierdista, ausente en el recinto, atónito ante el desafío. La inercia de estructuras y cuadros adheridos a diferentes instancias del Estado capitalista, se combina con la fuerza centrífuga transmitida a importantes franjas de vanguardia espontánea en el movimiento de masas, por parte de agrupamientos que, ajenos a una teoría consistente, esgrimen el nombre de Marx, Lenin o Trotsky para tomar posición con la sencilla técnica de repetir generalidades obvias y ubicarse 45 grados a la izquierda de cualquier fenómeno político que aparezca.

Protegerse de y a la vez incluir a las partes sanas de estos fenómenos objetivos será una tarea no menor en la agenda de la Vª Internacional. Demandará un enorme esfuerzo teórico y organizativo. E impar habilidad para la conducción política.

Aprisionado por la tenaza de reformismo e infantoizquierdismo, el renacimiento de la asunción de banderas estratégicas por parte de millones ocurre en medio de otra estridente paradoja: la acción no sólo precede a la teoría, sino que va tan por delante que en los hechos resulta impracticable su entrelazamiento efectivo. El pragmatismo aparece así como una tercera amenaza encastrada en las propias filas.

Desde este complejo punto de partida se despliega ya la idea de una Vª Internacional. El plan apunta a la realización del Congreso Fundacional en abril próximo, en coincidencia con la culminación del largo proceso congresal extraordinario del Psuv. Por si faltase algo para darle más entidad a este momento histórico, Chávez invitó al Congreso del Psuv a Fidel Castro. Horas después de ese acto hizo un viaje no anunciado a Cuba, donde se reunió por siete horas con Fidel y otras cinco con Raúl, del que informaría posteriormente. Lo dicho: aceleración de tiempos; hora de definiciones.

 

Lo que vendrá 

Pero… ¿qué poder es ése que acorta plazos y pone exigencias perentorias? La pregunta sólo cabe a quienes no han asimilado la magnitud y el sentido de los cambios vertiginosos ocurridos en el último año. El sistema capitalista ha ingresado en la crisis más abarcadora y profunda de su historia. Lejos de remontarse en los últimos meses, los costos de una pseudo recuperación la agravaron aún más. Es sólo cuestión de tiempo (en ningún caso prolongado) el reinicio de derrumbes mayores a los ocurridos en 2008, que además, porque sucederán en el ámbito de la producción y el comercio, no podrán ser paliados siquiera temporalmente con nuevas montañas de dinero ficticio, como se hizo un año atrás.

Eso es sólo una parte de lo nuevo. La otra, visible para todo quien no decida taparse los ojos, es que Estados Unidos se ha lanzado a la guerra. La noción de que Washington está empantanado en Oriente y por ello no podrá emprender nuevas aventuras bélicas no sólo peca de simplista: desconoce que en situación de amenaza mortal un animal salvaje no mide riesgos. Atribuir racionalidad al desempeño histórico del capital es resultado del idealismo filosófico; o de la negativa por el temor cerval a lo que se tiene enfrente. Pero no hay modo de ocultarlo: un Presidente del partido Demócrata, culto, sagaz, con antecedentes progresistas y para mayor abundamiento afroamericano, es el vehículo de la maquinaria imperial y lleva la guerra a todo el mundo. Ahora mismo envía otros 35 mil soldados a Afganistán, mientras su secretaria de Estado teje la trama previa a ataques militares contra Irán y Suramérica. Barack Obama, flamante premio Nobel de la paz, monta bases militares en Colombia, Centroamérica y el Caribe, donde señorea ya la IVª Flota. Realiza y sostiene el golpe en Honduras.

Entiéndase bien: el envío de 35 mil soldados más a Afganistán tiene como objeto acabar rápidamente con esa guerra que ya se ha extendido a Paquistán y deja al imperio en una ciénaga. Acabar rápidamente significa masacrar con mayor eficiencia a cientos de miles de seres humanos. Pero eso no es lo más grave: prueba con la contundencia de los hechos que Washington y su premio Nobel están acosados por la urgencia. En Afganistán u otro lugar, donde no esté planteado alcanzar los objetivos militares mandando más soldados, quedará sobre el tapete la utilización de armas atómicas, tácticas o de las otras.

Por lo demás, hay que ser voluntariamente ciego y sordo para no admitir que en el terreno de las comunicaciones la confrontación ya ha comenzado con carácter de guerra mundial: de manera alevosa, unificada como nunca antes en la historia, la prensa comercial, en todo el planeta y con apenas alguna excepción, se hunde en una campaña de mentiras, tergiversaciones y manipulación que no tiene precedentes en su ignominiosa trayectoria.

¿Para qué vino el presidente israelí Shimon Peres a América del Sur, sino para anunciar, desde Buenos Aires y con el mayor descaro, que “Chávez y Ahmadinejad desaparecerán en los próximos meses”? ¿Qué efecto tendría sobre América Latina el asesinato de Chávez? ¿Qué seguiría en el Medio y Extremo Oriente si Ahmadinejad fuese ultimado? ¿Y por qué el sionismo, con toda su parafernalia comunicacional, se ha puesto al servicio de tamaña provocación comprometiendo incluso a las comunidades judías de nuestros países?

Es preciso analizar con cuidado los textos publicados en esta edición: la reflexión de Fidel Castro, los fragmentos del discurso de Chávez, el Compromiso de Caracas.

No hay modo de eludir la respuesta: acosado por la crisis agónica que demuele sus columnas, el imperialismo se ha lanzado por el camino de la guerra.

Pero esa conclusión obvia no es ahora el dato más relevante de la realidad mundial. No hay punto de exageración al afirmar que el núcleo de mayor proyección es ya la decisión de fundar una nueva Internacional. Porque la locura guerrerista del imperialismo sólo puede ser detenida por cientos, acaso miles de millones de personas que en todo el planeta abracen la tarea, conscientes y organizados. Hasta ahora siquiera estaba planteada como estrategia la edificación de una instancia unificadora a esa escala. Infinidad de iniciativas con aristas humanitarias y positivas, se empeñaron y continúan empeñándose en eludir la única respuesta posible a la crisis del capitalismo. Que lo piensen bien los cuadros de grandes formaciones reformistas, políticas o sindicales; que lo piensen bien agrupamientos aguerridos pero encerrados en círculos de pequeñez y marginalidad; que lo piensen bien los intelectuales proclives a la comodidad del poder; que los piensen bien todos, antes de negarse a ser parte de esa tarea clave para la humanidad: ponerle freno a la locura capitalista. Ese objetivo resume hoy en una consigna: construir la Vª Internacional.