murió videla, el sistema que lo engendró continúa su faena

Epitafio

PorLBenAXXI

 

Cada ser humano tiene la estatura de su enemigo. Regocijarse por la muerte de Jorge Videla revela la condición de quienes, más tarde o más temprano, de una manera u otra, con esta o aquella justificación, se han acomodado al sistema defendido por la junta militar de secuestradores.

 

Blasfemar contra un personaje en todo y por todo menor permite a no pocos vivir satisfechos en la desolada Argentina de 2013. Si la justicia consiste en llevar a la cárcel a las figuras visibles de secuestros, torturas y asesinatos… pues se ha hecho justicia: el comandante de torturadores fue juzgado y condenado en 1983, tuvo años de cárcel y murió en prisión.

¡Todos tranquilos y felices! ¡Videla ha sido derrotado! También Massera, y Suárez Masón y…

Por mi parte, no puedo sentir paz ni satisfacción; tanto menos alegría.

No se hizo justicia. El enemigo no eran Videla y su caterva.

Soy uno de los pocos sobrevivientes de un destacamento que resistió en los principales centros políticos del país durante más de cinco años de terrorismo de Estado: desde mediados de 1973 a mediados de 1978. La muerte del dictador no cierra la herida abierta por camaradas secuestrados, torturados y asesinados. Entre ellos Ana María Piffaretti, entonces mi compañera, llamada Inés Castellano en la clandestinidad. Pero tampoco es ese dolor sin cura por los camaradas desaparecidos lo que impide la satisfacción.

Sufrimientos y muertes eran una certeza calculada de la batalla emprendida. Éramos conscientes de lo que hacíamos y afrontábamos. Y estábamos felices por hacerlo. Ni en aquellos duros momento ni más tarde nos dejamos ganar por la cómoda idea de que es posible alcanzar la libertad y la justicia sin grandes sacrificios. Luchábamos -como hoy- por una revolución socialista. No pedimos tregua cuando los asesinos uniformados estaban en su apogeo. No la concedimos después, cuando fueron reemplazados por civiles. Mucho menos nos cebaríamos en los desechos humanos una vez condenados. Antes y después fuimos protagonistas de la lucha de clases y no plañideros por los «derechos humanos» según la definición impuesta al mundo por James Carter a nombre del imperialismo. Sabíamos que «en una revolución, cuando es verdadera, se triunfa o se muere».

Está a la vista: 37 años más tarde quienes armaron aquella máquina mortífera, quienes lanzaron contra el país a los esbirros y después los reemplazaron por supuestos demócratas, resultaron vencedores. Vencedores exhaustos de una victoria sin futuro, pero tangible y costosa. No ya para los revolucionarios, sino para Argentina toda.

Basta comparar nuestro país de hoy con el de 10, 20, 30 y 40 años atrás, para comprobar que la caída no ha cesado ni por un instante. Al contrario: es cada vez más acelerada, abarcadora y destructiva. No se pierde una confrontación histórica sin pagar el precio.

Para ellos el monto consistió en encarcelar y escupir a sus monstruos; perder fuerzas armadas, partidos, iglesia, sindicatos, que tendrían no obstante la sobrevida necesaria para asestar el verdadero golpe.

Para nueve de cada diez argentinos el costo fue más oneroso: asistir pasivamente a la destrucción de las más valiosas columnas de la nación; ver la degradación corroyéndolo todo; aceptar la mentira entronizada, el saqueo como motor principal, la ineptitud y la inmoralidad como condición necesaria.

Que los farsantes nunca involucrados en la lucha contra la explotación, jamás comprometidos en la resistencia a la dictadura, celebren cuando la muerte viene a poner punto final a una vida cobarde e innoble. Que los ladrones se vistan con galas de justicieros. Que los dispuestos a doblarse primero para romperse después traten de parecer magnánimos mientras pugnan por una banca o un cargo. Que los débiles de espíritu descarguen contra el asesino muerto todo lo que ya no le endilgan al sistema del que ahora son parte. Nada de eso importa demasiado hoy, ni durará más de un instante.

Argentina está nuevamente en el prólogo de una gran conmoción, mientras los centros de la economía capitalista se agrietan, tambalean y anuncian el derrumbe.

En honor a los ideales y a quienes cayeron en su defensa, siquiera le otorgamos carácter de enemigo a quien llegó al extremo de secuestrar recién nacidos. No son esos nuestros enemigos, como no podría serlo el hacha alzada por un verdugo.

Nuestro enemigo es el sistema que brutaliza y envilece. No hay perdón para ese mecanismo enajenante, degradante y destructor. Ni para quienes con diferentes disfraces lo sostienen y usufructúan.

Buenos Aires, 17 de mayo de 2013

 

 

Ensayo fascista

PorLBenAXXI

 

Con frío cálculo el mando contrarrevolucionario ordenó el asesinato de nueve personas y numerosos hechos de violencia y destrucción desde la madrugada del 15 de abril. Estados Unidos ensaya un nuevo camino para derrotar la Revolución Bolivariana: la conformación de un movimiento fascista clásico.

Una semana antes de la victoria electoral de Nicolás Maduro, a propósito del ataque a artistas comprometidos con la Revolución, señalé las diferencias entre macartismo y nazi-fascismo:

“Aquel –decía en esas líneas publicadas en Correo del Orinoco- opera desde una relación de fuerza favorable al sistema que defiende desde lo alto de una ideología totalitaria, en tanto éste aparece como recurso de última instancia de un orden social acosado por las masas, a las cuales el capital pretende responder también desde sectores de masas, buscando organizar las capas más pauperizadas, inarticuladas y carentes de conciencia, acompañadas por franjas de las clases medias”.

A partir de allí se apuntaba la dinámica previsible: “en tanto expresión macartista (la agresión contra los artistas) tiene una dimensión limitada. Pero es inexorable su metamorfosis en conductas nazi-fascistas crudas y duras, no ya contra artistas, sino contra las masas que impulsan la revolución”. Eso es lo que ocurrió tras la jornada electoral.

A diferencia de no pocos partidarios de la Revolución, en el Departamento de Estado midieron correctamente el significado de la victoria revolucionaria en las urnas, respaldada por una movilización de masas de magnitudes y duración sin paralelo. Y prepararon de antemano la respuesta: enfrentar aquellas movilizaciones con una reedición escuálida del fascismo, apuntalado por mercenarios extranjeros y derroche de dinero para arrastrar franjas locales marginalizadas.

 

Disputa estratégica

Esa línea de acción estaba definida de antemano. Pero importa subrayar su carácter de ensayo: por la misma naturaleza de la movilización sin precedentes protagonizada entre el 9 de diciembre y el 11 de abril, por la relación de fuerzas entre las clases que ésta instauró, el mando contrarrevolucionario descartó una ofensiva final tras las elecciones. Sólo buscó poner sus mercenarios en movimiento y medir la capacidad de respuesta de la Revolución. El multifoquismo no es un movimiento fascista, sino una paso en el intento de construirlo. Además, cabía la posibilidad de que una conducta errada del gobierno bolivariano detonara hechos de violencia descontrolada, que hubieran sido enderezados hacia la intervención extranjera en el conflicto interno.

En cualquier hipótesis, la burguesía tenía un saldo ganancioso: si el gobierno erraba, aquélla daba un salto en su estrategia intervencionista militar; si no caía en la trampa, le dejaba un espacio para actuar impunemente hostigando a las fuerzas de la revolución sin que éstas pudieran emplear su capacidad de contraataque, con todas las derivaciones que esto conlleva en el orden interno.

Es éste el punto actual. Y es aquí donde se plantea el cruce de caminos para saber si el fascismo injertado brota o no en Venezuela; es decir, si la contrarrevolución puede o no contar con base social organizada para chocar de frente con la Revolución.

Aquí sí cuenta el resultado electoral. La intervención agresiva y osada del imperialismo en la campaña electoral en ausencia de Chávez logró, en proporción mayor a la esperada, desprender sectores de la pequeña burguesía y partes desarticuladas de las masas desposeídas. Explicar ese desplazamiento por errores y falencias de la Revolución es como descubrir humedad en la lluvia. A menudo tales actitudes revelan inclinación a rechazar la lluvia para no sufrir la humedad. Como sea, el hecho es que esos sectores de la sociedad continúan ahora en disputa, pero en condiciones diferentes. Y constituyen un desafío también diferente para la Dirección Político-Militar de la Revolución.

 

Opciones

Todas las figuras prominentes del gobierno y el Partido Socialista Unido de Venezuela, comenzando por Nicolás Maduro, han reiterado que no habrá impunidad para los responsables materiales e intelectuales de los nueve muertos, casi un centenar de heridos e innúmeros actos de vandalismo. Respaldada esa posición por la voluntad de las masas chavistas, es indudable que se llevará a la práctica y se procederá judicialmente contra Henrique Capriles Radonsky, Leopoldo López, Carlos Ocariz, Armando Briquet y otros que llamaron a la violencia. Cuando esto se ponga en marcha, en los próximos días, la ultraderecha intentará recrudecer el accionar terrorista. Además, en entrevista publicada por El Mundo de España y La Nación de Argentina Capriles ya adelantó su línea de acción: cuando termine la auditoría del CNE exigirá nuevas elecciones y justificará así la continuidad del accionar terrorista.

El imprescindible juzgamiento y condena de los responsables es sólo un aspecto del problema. El desafío mayor está en la conducta a aplicar frente a la continuidad de actos violentos encabezados por mercenarios extranjeros y locales. En ese punto reside el ensayo que ahora comienza, tras la primera semana de acciones terroristas: chequear el comportamiento del gobierno y las fuerzas revolucionarias.

Sigue planteada la necesidad de no desbarrancarse por la vía de la respuesta violenta a los comandos de ultraderecha. Al mismo tiempo, es imprescindible impedir la continuidad de asesinatos y destrucción, dado que esto tendría un doble efecto: por un lado desmoralizaría e introduciría semillas de división en las filas de la revolución; por otro, alentaría el desarrollo de los comandos de ultraderecha y su avance hacia un movimiento fascista en toda la significación del concepto, es decir, como fuerza con respaldo de masas en el accionar violento contra las masas. Los llamados a la paz, a la reflexión, son necesarios pero insuficientes. Hace falta algo más: capacidad de disuasión y de autodefensa.

El Estado tiene todos los instrumentos para resguardar bienes y personas amenazadas y, al límite, arrasar con los comandos ultraderechistas: la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y específicamente la Milicia Popular. Sin embargo, el verdadero instrumento en esta fase de la confrontación es primordialmente de carácter político: el Psuv y su posibilidad de intervención multiplicada a través de Consejos Comunales y otros organismos de masas.

A contramano de valorables opiniones que desestiman o incluso condenan al Psuv, he defendido la certeza de que en él reside la fuerza que permitió dar continuidad al gobierno y la revolución durante la prolongada enfermedad del comandante Hugo Chávez, articular el Polo Patriótico y ganar las elecciones del 7 octubre, ganar luego la gobernación en 20 Estados, sostener la movilización creciente de masas durante cuatro meses y volver a ganar las presidenciales el 14 de abril.

Pero la nueva etapa plantea más exigencias. Los conceptos fundacionales del Psuv, tanto como la práctica desarrollada en su corta existencia, lo habilitan para afrontar este desafío histórico. Su dirigencia está llamada a revitalizar la vida interna del Partido más grande e importante de América Latina, ordenar el debate, informar a la militancia, seguir con criterio científico la coyuntura y trazar día a día la línea de acción. Para esto el Psuv necesita un medio de prensa propio que informe, instruya, eduque y organice. Y asuma el accionar político y de autodefensa imprescindible para cortarle el paso al movimiento fascista impulsado por Washington.

Cabe a la militancia antimperialista en América Latina contrarrestar y vencer la campaña de desinformación y calumnias lanzada por la Internacional Parda y los medios de prensa a su servicio. Todos deberíamos empeñarnos en esta gran batalla de alcance estratégico.

 

Caracas, 22 de abril

 

Internacional parda y macartismo

PorLBenAXXI

 

Hoy comienza en Rosario, Santa Fe, Argentina, una reunión organizada por la CIA como parte de una ofensiva múltiple contra la Revolución Bolivariana en Venezuela y las luchas en alza en toda América Latina. El siguiente artículo, publicado el sábado pasado, adelanta la significación estratégica de esta reunión.

 

Mucho más que un brote macartista, el ataque contra artistas definidos a favor de la Revolución Bolivariana es el signo de la marcha opositora hacia conductas nazi-fascistas.

Denominado a partir del senador estadounidense Joseph McCarthy, esta excrecencia política del capitalismo consistió en la persecución y represión en Estados Unidos a artistas, escritores, deportistas y periodistas en los años 1950, acusados de comunistas, en la mayoría de los casos sin fundamentos. La “Caza de Brujas” (que entre tantas obras daría lugar a la pieza de teatro Las Brujas de Salem, de Arthur Miller) alcanzó a tirios y troyanos. Y durante más de un quinquenio convirtió a la potencia emergente de la segunda Guerra Mundial en un país dominado por la delación y el oscurantismo, cuando ya el poderoso movimiento obrero había sido puesto en caja, tras un frustrado intento de consolidarse como partido de clase en torno a la organización sindical de los entonces poderosos gremios industriales.

Nazismo y fascismo surgieron luego de la primera guerra mundial, cuando tras la victoriosa Revolución Rusa en Europa los grandes partidos y sindicatos socialistas y comunistas amenazaban la continuidad del capitalismo. Ahogada en sangre la Revolución Española, la reacción avanzó por esa vía en el resto de Europa.

Aunque están conectados por una común definición represiva contra cualquier avance social frente al sistema capitalista, macartismo y nazi-fascismo se diferencian en algo sustancial: aquel opera desde una relación de fuerza favorable al sistema que defiende desde lo alto de una ideología totalitaria, en tanto éste aparece como recurso de última instancia de un orden social acosado por las masas, a las cuales el capital pretende responder también desde sectores de masas, buscando organizar las capas más pauperizadas, inarticuladas y carentes de conciencia, acompañadas por franjas de las clases medias.

Así ha sido hasta ahora en las experiencias históricas de revolución y contrarrevolución. Como todo en la Venezuela contemporánea, la originalidad del fenómeno exige una mirada propia y puntual.

Desde el año pasado se suceden aquí ataques contra cantantes, artistas y deportistas que osaron comprometerse con el proceso revolucionario en curso y con la figura del comandante Hugo Chávez. Pero la situación se agravó cuando un grupo de artistas se propuso recuperar el sindicato de artistas, conformó una plancha para tal fin y proclamó su apoyo a la campaña presidencial de Nicolás Maduro.

Desde entonces, arreció la campaña de calumnias por las así llamadas “redes sociales”, por lo general centradas en que tales alineamientos resultan de la paga de fuertes sumas a los involucrados. Hubo casos más graves en los que estos artistas recientemente alineados con la revolución fueron agredidos de palabra o de hecho en la calle.

El firme respaldo del gobierno a las víctimas de estos ataques y el peso social de las ideas y el plan de acción oficial acota la capacidad de acción de tales agresiones, aunque no les quita gravedad en la experiencia cotidiana de estos hombres y mujeres que, desde su lugar, han comprendido y asumido los desafíos de la hora histórica.

Dicho de otro modo: en tanto que expresión macartista, el fenómeno tiene una dimensión limitada. Pero es inexorable su metamorfosis en conductas nazi-fascistas crudas y duras, no ya contra artistas, sino contra las masas que impulsan la revolución.

 

Desde Washington y Madrid, para toda América Latina

Dada la probada potencia social, política y militar de la Revolución Bolivariana, la marcha de las clases dominantes hacia el fascismo no puede partir de Venezuela. Cabe insistir: el fascismo consiste en atacar a la revolución socialista desde un movimiento de masas, estructurado a fuerza de dinero y violencia en los sectores más desarticulados e inconscientes de la sociedad. Pero como en Venezuela el grueso de estos sectores ha adquirido una ostensible conciencia revolucionaria, traducida en organización a gran escala, y como la pequeña burguesía no puede llenar como fuerza de choque directa ese vacío, el imperialismo se esfuerza por poner en pie un movimiento fascista en toda América Latina, con la expectativa de aislar a Venezuela e intervenir desde allí en el cuadro local. Un adelanto de esa conducta es la utilización de paramilitares colombianos para lanzarlos a la acción en Venezuela.

A eso denominamos “Internacional parda”. Una organización fascista de alcance internacional, impulsada por Washington a través del Partido Popular de España y una troupe de figuras apuntaladas por los medios de difusión de masas.

No es una entelequia. Esta “Internacional fascista se reunirá entre el 8 y el 11 de abril en la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, en Argentina. Como mascarón de proa los organizadores –autodenominados “liberales”, para encubrir la metamorfosis que esa corriente de pensamiento histórico sufrió desde los años 1920- han contratado a escritores como Mario Vargas Llosa, periodistas de origen cubano públicamente asociados con la CIA, ministros y ex ministros latinoamericanos –por ejemplo Joaquín Lavin, chileno colaborador de la dictadura de Augusto Pinochet-, ex presidentes como el fascista español José María Aznar, o figuras como Marcel Granier, conocido en Venezuela, aunque en menesteres públicos diferentes al que ahora asume en el aquelarre de Rosario. Un instrumento clave para penetrar y financiar periodistas e intelectuales en América Latina es FAES (Fundación para el análisis y los estudios sociales) presidida por Aznar.

También participarán dirigentes de la estructura política encabezada por el jefe de gobierno de Buenos Aires, Mauricio Macri, quien en oportunidades anteriores actuó como anfitrión. Los preparativos de esta reunión para propagandizar las ideas del fascismo, tras la cual se oculta una verdadera acción conspirativa de dimensión continental, fueron acompañados por el gobernador de la provincia de Santa Fe y la alcaldesa de Rosario, ambos pertenecientes al Partido Socialista –asociado a la Internacional Socialdemócrata- cuya principal figura, Hermes Binner, declaró recientemente que el 7 de octubre, si hubiese debido votar en Venezuela, lo hubiera hecho por Capriles. Un contemporáneo de Friedrich Ebert, el socialdemócrata alemán responsable del asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg.

Lectores atentos podrán observar, antes y después de los días de esa reunión, una campaña sistemática contra Venezuela y los países del Alba. E incluso contra gobiernos que, aun distantes de estos, no están totalmente alineados con la Casa Blanca. Es presumible que en Venezuela esa escalada esté mechada con redoblados ataques contra los artistas incorporados a las filas de la Revolución. Tal capacidad de difusión global va acompañada por un enorme despliegue financiero: 15 fundaciones internacionales lubrican con dólares la participación de 250 invitados de todo el mundo.

La Internacional parda, inarticulada en toda su proyectada dimensión, limitada por ahora a la acción propagandística, es la respuesta política contra la radicalización creciente de las masas explotadas y oprimidas en el hemisferio. Es el complemento eventualmente lanzado a la acción, imprescindible para la panoplia político-militar dispuesta por Estados Unidos desde el Río Bravo a la Patagonia. Comprender esta estrategia imperialista y actuar en consecuencia es una exigencia de la hora.

 

El faro sigue alumbrando

PorLBenAXXI

 

Hay sorpresa y preocupación en Washington y en las clases dirigentes de la región. Así lo revelan el desconcierto en la cobertura de los grandes medios, las declaraciones vacilantes de sus líderes políticos y los textos erráticos de los analistas a su servicio. La movilización de masas provocada por la muerte de Hugo Chávez y su continuidad sin pausa desde el 5 de marzo son indicativas de una fuerza telúrica que mantiene a Venezuela como contraparte del imperialismo, en momentos en que se agudiza su crisis.

Mucho más que una holgada victoria, el clima político reinante en Venezuela augura una reafirmación revolucionaria de consecuencias más allá del 14 de abril. Con la muerte de Chávez no sólo no se frena la transición al socialismo: se acelera. Y muy probablemente se expandirá más allá de las fronteras.

Sorprende el vigor y la masividad de los actos a los que acude el presidente Nicolás Maduro. Pero impacta aún más la sintonía de las multitudes con el orador; el diálogo entre masa y dirigente y la invariable radicalización del discurso que resulta de ese intercambio. Maduro ha recibido el influjo poderoso de esos ríos rojos que lo envuelven todos los días, varias veces al día. Y ha logrado traducir esa fuerza en convicción de que continuará sin vacilación el camino señalado por Chávez. Tal certeza ha ganado el corazón de las mayorías, en todo caso seguras de su propio poder para garantizar el rumbo. El dolor se ha transmutado en confianza y determinación revolucionarias.

Ha calado muy hondo el legado de 14 años de gobierno, resumido en el Plan de la Patria, el programa de Hugo Chávez para transitar hacia el socialismo. Y comienza a verse que esto no ocurre sólo en Venezuela. Es perceptible que, a la manera de un Cid Campeador de estas tierras y estos tiempos, Chávez apronta batallas victoriosas a lo largo de América Latina desde el Cuartel de la Montaña, donde reposan sus restos. Esta radicalización espontánea coincide con el agravamiento de la crisis del sistema capitalista y el inicio de sus efectos en los países de economías subordinadas.

 

Repliegue táctico 

Aunque a su candidato Henrique Capriles le hace jugar por el momento el papel de alternativa a la Revolución Bolivariana, Washington ya asumió su derrota. Será una consideración táctica la que lo hará llegar a los comicios o indicará su retiro, con ataques al Consejo Nacional Electoral ya desplegados para justificarse ante la opinión internacional. Como sea, en pos de eludir el choque frontal con la marejada revolucionaria la Casa Blanca da un paso al costado y proyecta otras líneas de ataque.

El punto de preocupación de los estrategas del Departamento de Estado reside en la combinación de esta reafirmación interna e internacional de la Revolución Socialista Bolivariana con el inatajable agravamiento de la situación económica. El panorama económico internacional se agrava sin pausa. En la Unión Europea, con una perspectiva de crecimiento cero para 2013, cada día explota un eslabón de la corroída cadena del euro. Estados Unidos sortea con medidas inventadas día a día las amenazas del crack fiscal y la tendencia a la caída del giro económico, de todos modos prevaleciente.

Hay algo coyunturalmente más grave para los centros del poder mundial y sus socios del Sur: se avizora un ciclo de caída en los precios de las materias primas, con las consecuencias esperables en países que, aún con altos índices de suba del Producto Interno Bruto en los últimos años, no han cambiado su matriz productiva y están por completo dependientes de aquellos precios, a la vez que mantienen como espada de Damocles un gravoso endeudamiento externo.

Esa previsión alarmante tanto para Washington como para numerosas capitales del Sur se complementa con otra, más preocupante aún para ellos: según pronostican las consultoras del gran capital, la única materia prima que no proyecta una caída de precios es el petróleo. En suma: aunque la crisis penetrará por muchos resquicios, el corazón de la economía venezolana no latirá a menor ritmo y puede preverse que la transformación del sistema productivo en este país, más las medidas adoptadas con la moneda de cuenta del Alba, el Sucre, a la vez que protegerá a las economías de ese bloque de los duros golpes de la crisis en los países centrales, se convertirá en poderosa fuerza de atracción para los pueblos de la región. Si a esto se suma el hecho de que el estancamiento en muy bajos niveles del PIB ya ha llegado a Brasil y Argentina, mientras el resto de los países tiene como perspectiva una brusca retracción de sus economías, los efectos políticos de semejante dinámica son previsibles.

Por eso ahora el centro de atención de Washington no está tácticamente en Venezuela, sino en la necesidad de evitar que otros países de Unasur y Celac concurran a buscar soluciones aproximándose al Alba.

En esta coyuntura, doblemente negativa para el capital, el imperialismo articula y ya aplica una contraofensiva de largo alcance. Uno de los tentáculos de esa ofensiva es el paso dado con el reemplazo de Benedicto XVI por Francisco, el papa jesuita que desde su asunción no escatima gestos de demagogia, especialmente enderezados hacia América Latina. Como en los años 1980, es esperable una tenaza de Washington y el Vaticano para ahogar el desigual proceso de radicalización antimperialista verificado durante la última década en el hemisferio al Sur del Río Bravo.

El Departamento de Estado confía en que la crisis obligará a más de un gobierno en la región a abandonar gestos de soberanía e independencia y reemplazarlos por un rápido realineamiento con la Casa Blanca. La debilidad de alternativas antimperialistas consecuentes en esos mismos países, hacen a tales gobierno más permeables a las presiones imperiales y, en caso de resistencia, relativamente sencillo cambiarlos por alternativas de derecha.

Por esa vía, suponen, podrían aislar a Venezuela para después redireccionar su ofensiva centrándola en la Revolución Bolivariana.

No es pensable sin embargo que en el breve lapso hasta el 14 de abril, y mucho menos después, cuando se inaugure formalmente el período hasta 2019 encabezado por Nicolás Maduro, Venezuela se desentienda de esta encerrona estratégica programada por Washington. En la crítica coyuntura global, la ratificación de la política internacional trazada por Chávez permitirá avanzar como nunca hasta ahora en la estrategia de unidad antimperialista en toda la gradación que va del Movimiento No Alineado y el Grupo de los 15 hasta Unasur y Celac, con el Alba como núcleo duro con la propuesta de socialismo del siglo XXI, Venezuela como ejemplo para la transición acelerada y la multiplicación de instancias para que los pueblos y vanguardias puedan sumarse orgánicamente a la marcha. Sin misticismo, se puede asegurar que el Faro sigue alumbrando.

 

significado del nuevo papado para américa latina

Vaticano, revolución y contrarrevolución

 

Tiene mucho de simbólico y poco de casualidad la coincidencia entre la muerte de Hugo Chávez y la renuncia de Joseph Ratzinger al trono vaticano, para ser reemplazado por un jesuita argentino, de reconocida militancia en la organización peronista de ultraderecha Guardia de Hierro, quien adoptó el nombre de Francisco.

Es extraño y por demás elocuente que un jesuita adopte su nombre papal en homenaje a Francisco de Asís, fundador de otra congregación. No hace falta ser experto religioso para medir la magnitud de esa decisión. La Orden Franciscana hace voto de pobreza, virtud hace tiempo olvidada por las cúpulas jesuitas. Francisco explicó la decisión en su alegada adhesión a “una iglesia pobre, para los pobres”.

Pobreza y obligada austeridad son realidades olvidadas que, como rayo, caen otra vez sobre los pueblos de Europa. En América Latina predominan como siempre, pero tras una fugaz esperanza de superación, amenazan agravamiento para millones. Un papa elitista y amante de la pompa, encerrado en delirios místicos con ropajes teóricos, como Ratzinger, no podía seguir en el trono. Las calamidades propias de la internacional vaticana y sus secciones nacionales (despilfarro, desfalcos, déficits siderales, todo en el marco de una cascada imparable de revelaciones acerca de pedofilia y otras perversiones, mientras el celibato no resiste más como exigencia canónica), cuentan sin duda en la necesidad de cambiar rostros, hábitos y conductas públicas de la alta jerarquía. No obstante, priva en esa exigencia la fuerza que por debajo corroe y voltea día a día las columnas del sistema global, entre las cuales sobresale la iglesia católica romana: la crisis del sistema capitalista y su contracara: el avance de la revolución.

Razones más que suficientes para reemplazar al papa. Como al parecer Dios no tomó cuenta de la urgencia, los cardenales y alguien más fueron en su ayuda. No es la primera vez, pero los tiempos han cambiado. En octubre de 1978, un mes después de haber sido designado papa, Juan Pablo I apareció muerto en su cuarto. Fundadas investigaciones –jamás desmentidas con pruebas– denunciaron el hecho como asesinato. Beneficiario individual de aquella operación, Karol Wojtyla (Juan Pablo II), polaco y asociado con el Opus Dei. El cerebro: Ratzinger; teólogo alemán empeñado en retrogradar el andamiaje teórico del catolicismo romano a la etapa previa a la Revolución Francesa (1). Hubo además una mano ejecutora.

Ahora, después de 35 años y dos curvas vertiginosas en la historia universal, el recambio oportuno se produjo por renuncia de Benedicto XVI, hecho sin precedentes en más de 600 años.

En el conjunto de factores conjugados para el recambio de Juan Pablo I y la renuncia de Benedicto XVI la fuerza determinante fue el Departamento de Estado estadounidense. No es ésta una afirmación ligera, llevada por una coyuntura política local o un impulso circunstancial. En agosto de 1989 publiqué un pequeño libro titulado CIA-Vaticano: Asociación ilícita (2), en el que ofrezco información probatoria de esa sociedad contra natura.

Jamás he pretendido ser un experto en cuestiones eclesiales, mucho menos religiosas. Desde mi interés por la economía y la política internacionales observo los movimientos del Estado Vaticano, del papa y las altas jerarquías eclesiales, con la misma actitud –y con inalterable consideración y respeto por los católicos sinceros– que aplico al seguimiento de los pasos de cualquier otro Estado o gobierno del mundo.

Si 25 años atrás me aboqué a ese tema fue porque en aquel momento, en medio de la contraofensiva global estratégica lanzada por el imperialismo para afrontar la crisis estructural del capitalismo, el Vaticano constituía una herramienta decisiva en dos puntos fundamentales del planeta: Europa del Este y América Latina. Más específicamente, Polonia en Europa, Nicaragua y Brasil en América. Es sabido el desenvolvimiento de los hechos desde entonces: derrumbe de la Unión Soviética, ahogo a sangre y fuego de la Revolución Sandinista, posterior recuperación de aquella gesta centroamericana al calor del nuevo auge de los pueblos en América Latina, encabezado por la Revolución Bolivariana de Venezuela. Detrás de ese telón, victoria cultural del ultraliberalismo, auge económico ficticio, seguidas de desagregación moral sin límites y reaparición volcánica de la crisis estructural del capitalismo.

Si ahora retorno al tema es porque, tras la arrolladora victoria de aquella ofensiva global estratégica y el breve período de aparente estabilidad y re-afianzamiento del capitalismo mundial, la crisis del sistema reapareció, con fuerza jamás vista, en los propios centros metropolitanos. Esa reaparición inesperada tanto en los centros dirigentes del poder mundial como en el conjunto de las izquierdas, con las excepciones que ya se verán, dio lugar al desplazamiento del epicentro de la revolución mundial hacia América Latina, lo cual conjuntamente con otros factores de la economía y la política internacionales debilitó como nunca antes al imperialismo estadounidense como centro inapelable del poder mundial. Y en ese cuadro, acompañado por una coyuntura de espasmódica crisis y debilitamiento de la iglesia vaticana, se produjo la renuncia de Joseph Ratzinger y la entronización de un obispo argentino y jesuita.

 

Individuo e institución

Es preciso despejar un punto que hoy desvía la mirada: antecedentes y rasgos individuales de Jorge Bergoglio, papa desde el 13 de marzo.

Después de la fumata blanca, desde Argentina aparecieron denuncias sobre la participación activa de Bergoglio en la represión de la dictadura entre 1976 y 1982. Se lo acusó de ser responsable del secuestro de dos sacerdotes de su orden e incluso de haber estado en los lugares secretos de detención. También sin demora estas denuncias fueron negadas por personas reconocidas por su compromiso en la defensa de los derechos civiles durante la dictadura, como Adolfo Pérez Esquivel, quien en aquel período recibió el premio Nobel de la Paz. Por cierto ese premio no garantiza nada (notorios criminales lo ostentan), pero sí la conducta de Pérez y otros que como él han negado los cargos contra Bergoglio.

Contrario sensu, no todas las voces acusadoras tienen la respetabilidad suficiente para hacer valer su palabra. De modo que, hasta que nuevos datos llevaren a un cambio de juicio, esos avales eximen al papa de crímenes aberrantes que, en la medida en que en Argentina el catolicismo es religión de Estado, constituirían crímenes de lesa humanidad. 

Defensores y detractores de Bergoglio tienen en común algo más poderoso que sus ruidosas diferencias: unos cargan contra el individuo y escamotean el papel de la institución; otros lo protegen… para rescatar la institución.
Así las cosas y contra los fuegos de artificio, el tema no es Bergoglio sino el aparato eclesial. Es un hecho reconocido que la jerarquía católica, acompañada por el entonces nuncio (embajador) del Vaticano en Buenos Aires, Pio Laghi, respaldó a la dictadura y colaboró con ella, al punto de ceder una propiedad en el Delta del Paraná para que funcionara allí un campo secreto de detención. Bergoglio era por entonces la máxima autoridad jesuita en Argentina, donde miembros de esa congregación habían sido punta de lanza de la Teología de la Liberación, corriente católica cuyo desmantelamiento, también a sangre y fuego, fue uno de los objetivos por los cuales Juan Pablo II fue entronizado a costa de la vida de su antecesor.

Conviene refrescar el cuadro de época: el citado CIA-Vaticano registraba en 1989: “El 23 de agosto de 1982 Wojtyla otorgó a la Obra (Opus Dei) el rango de prelatura personal (diócesis sin territorio). De este modo Opus Dei se liberó de todo lazo de sujeción o control por parte de los obispados o, lo que es lo mismo, obtuvo carta franca para llevar a cabo sus empresas con plena independencia de las jerarquías nacionales y con la obligación de responder sólo ante el sumo pontífice (…) Al mismo tiempo que elevaba el status –y cedía más poder– a Opus Dei, el papa suspendía a la Orden de los Jesuitas, comprometida con la Teología de la Liberación y reemplazaba a su superior general, Pedro Arrupe, por otro escogido por él mismo. Así Opus Dei logró su doble objetivo de sentar en el trono papal a un hombre con idénticas posiciones ideológicas a las suyas y situarse como institución en un puesto apropiado para lanzar en todos los planos la ofensiva final contra la Teología de la Liberación”. Entre otros muchos terrenos, Opus Dei y jesuitas se disputaron con uñas y dientes la primacía en los medios de comunicación. El texto dedicaba un capítulo a explicar la condición de Opus Dei como aparato representativo del gran capital, industrial y financiero, controlado por la CIA, introducido como cuña irrefrenable en la estructura vaticana. Es en ese contexto que Bergoglio actuó en Buenos Aires, bajo la dictadura –cribada de miembros de Opus Dei, para comenzar el célebre ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz– y según su propia convicción frontalmente opuesta a los “sacerdotes del Tercer Mundo”.

 

La mano amiga

No es casualidad que Opus Dei pierda ahora la primacía y lo haga en favor del sector al que se impuso en los años posteriores a 1978, la orden de los jesuitas, ya depurada de su ala radical de izquierda. Con origen en España y manejando los hilos financieros desde Italia, Opus Dei sufre la suerte de la economía y la política en esos dos países, que no es sino la expresión del vuelco operado en todo el mundo tras el colapso de 2008, que en Estados Unidos llevó a la derrota republicana y la asunción de Barack Obama quien, dicho sea de paso, se apresuró a enviar un caluroso y fraternal saludo a Bergoglio, a quien llamó “el primer papa americano”. El reemplazo de la “prelatura personal” de Escrivá Balaguer por la orden creada por Ignacio de Loyola equivale al reemplazo en la conducción vaticana de banqueros por curas que trabajan en villas; dibuja la curva de caída del capitalismo central y del predominio de una política anticrisis. Así, la agónica situación del capitalismo central explica la necesidad de apelar a un miembro de la Compañía de Jesús, concebida por su fundador como ejército combatiente, para conducir el “poder espiritual” en la cúpula del capitalismo mundial.

Eso no significa un repliegue político del imperialismo, aunque al menos en términos teóricos el debilitamiento relativo de Estados Unidos se hará sentir también en ese terreno, dándole a Francisco un margen de maniobra mayor para enfrentar a Washington en más de un terreno, siempre girando en torno a temas fundamentales para el ultraconservadurismo jesuítico de Bergoglio, empeñado en acabar con el legado liberal de la Revolución Francesa. Por lo que se puede prever a partir de textos suyos y gestos posteriores a su elección, tras ese objetivo Francisco no vacilará en buscar apoyo en la potente dinámica de convergencia latinoamericano-caribeña, para negociar desde allí en mejores términos con la Casa Blanca. La reivindicación del concepto de Patria Grande por parte de Bergoglio (3) ha llevado al estado de éxtasis a algunos exponentes del llamado “marxismo nacional”, ha dado vuelta en cuestión de horas la oposición frontal de funcionarios argentinos que lo atacaron desmesuradamente cuando se conoció su designación y producirá riesgosos zigzagueos y violentos giros en más de una fuerza política en América Latina. Con certeza, se verá en acto al jesuitismo, forma pragmática, aviesa, pero implacable en sus objetivos, en torno a la necesidad estratégica de acabar con la revolución al Sur del Río Bravo, pero adosándose a la fuerza hoy predominante en los pueblos de la región. Puede esperarse un papa disfrazado de Chávez, tal como en la Venezuela de hoy lo hace Henrique Capriles Radonsky, quien contra toda lógica pretende copiar el discurso del líder bolivariano (de paso: Capriles integró las filas del Tradición familia y Propiedad, otra de las organizaciones que obran como tentáculos de la CIA al interior del Vaticano. Las restantes son la ya citada Opus Dei, Comunión y Liberación y la Orden Militar Soberana de Malta. Por caso, esta última ya puso a uno de los suyos como secretario privado de Francisco).

Aun en los previsibles momentos de tensión y aparente choque que vendrán a no muy largo plazo, el camuflaje demagógico de Bergoglio es un riesgo para las fuerzas revolucionarias pero no distanciará al Vaticano de Estados Unidos en la cuestión que interesa: la contrarrevolución en América Latina.

El Departamento de Estado, es decir, de la estrategia estadounidense, pesará sobremanera en el curso del próximo papado. No es éste el lugar para detallar los pasos que terminaron en la elección de Bergoglio con más de 90 votos sobre 115 cardenales. Baste decir que el articulador principal del bloque en favor del cardenal argentino fue su homólogo de Nueva York, Timothy Dolan. Tanto la prensa italiana como la estadounidense coinciden en señalar que, a partir de los 11 votos estadounidenses en el cónclave, Dolan tuvo un papel decisivo en la tarea de convicción sobre prelados de América Latina, África, Asia y Europa, para que finalmente una sólida mayoría votara a favor de Bergoglio. Con escasa sutileza, The New York Times subraya que lo único que le faltó a Dolan fue ungirse él mismo en el trono de Pedro, para inmediatamente señalar que su papel en la próxima administración vaticana será de sobresaliente gravitación.
Ahora bien: ¿cuáles son los puntos de acuerdos y cuáles los desacuerdos entre el Vaticano y Washington?

Aquí sí importa, y mucho, la biografía de Bergoglio. Desde el peronismo sui generis de Guardia de Hierro, en los años de alzamiento revolucionario en Argentina, cuando una poderosa corriente de sacerdotes identificados con las causas populares y la lucha contra el imperialismo y el capitalismo, resueltos al combate por el socialismo, crecía al interior de la iglesia y de su congregación en toda América Latina, el entonces principal jesuita en su país optó por la decisión central del Vaticano –conducido entonces por Opus Dei a través de Wojtyla– y con una u otra conducta individual respecto de secuestros y asesinatos puntuales, no sólo avaló aquella ofensiva contrarrevolucionaria sino que su accionar redundó en una escalada sistemática en la jerarquía eclesial que lo llevó hasta la cima.

No sólo los jesuitas, sino el conjunto de la iglesia romana –con excepción de Opus Dei y sus áreas de influencia– condenan sin atenuantes el curso adoptado en el último siglo por las sociedades liberales. No sólo el conjunto de la iglesia romana, sino la Compañía de Jesús, hoy monolítica, defienden el capitalismo, al cual están integrados económica, política y culturalmente. La alianza cada vez más íntima en las últimas décadas entre el socialcristianismo y su eterna enemiga, la socialdemocracia, Lucifer liberal, confirman en la política y el sindicalismo mundiales cuál es el verdadero enemigo de quienquiera ocupe el trono de Pedro. La contradicción entre liberalismo y oscurantismo medieval se resuelve siempre y fatalmente por un frente único entre la Casa Blanca y la Basílica de San Pedro; entre CIA y Vaticano, para enfrentar las fuerzas revolucionarias en cualquier punto del planeta.

 

Por qué argentino

Todo indicaba en los días previos al cónclave de cardenales que el nuevo papa provendría del continente americano. Pero los candidatos principales eran el canadiense Marc Ouellet y el brasileño Odilo Scherer. Al menos en público, nadie daba un centavo por la elección de un argentino.

Hay una causa interna que hacía necesaria la elección de un americano, más específicamente latinoamericano. Desde que el Vaticano, en funesta alianza con la CIA, se embarcó en la operación contrarrevolucionaria que doblegó a Nicaragua y exterminó en la región a los sacerdotes del Tercer Mundo, la iglesia romana perdió más de un cuarto de sus feligreses. Y se trata del bastión mundial del catolicismo. De modo que, así como en los años 1970 la cúpula vaticana debía empeñarse en la masacre contrarrevolucionaria por razones de sobrevivencia, ahora debe hacerlo en sentido inverso, aprovechando la emergencia de numerosas corrientes y líderes políticos que afirman la posibilidad de realizar una “revolución” que no conmueva las bases del sistema capitalista. La condición de jesuita de Francisco y sus alegadas dotes intelectuales lo habilitan para ese delicado juego estratégico. Su adopción franciscana le abre camino a la base social en disputa.

Ésa es, no obstante, una causa subordinada. La tónica de este movimiento estratégico en escala mayor la pone Estados Unidos, aliado en este punto con la Unión Europea y todos los regímenes empeñados en evitar que la crisis en curso desemboque en la revolución socialista.

Existen conflictos sociales, políticos y militares de magnitud en cada punto del planeta, constantemente agravados por la marcha ininterrumpida hacia el derrumbe en los países centrales. Pero la vanguardia de la respuesta socialista se desplazó a América Latina. Esta visión geopolítica, resistida a derecha e izquierda hasta no hace mucho, es ahora prácticamente común a todas las corrientes del pensamiento.

Washington necesita frenar primero y destruir después la vanguardia de esa vanguardia: la Revolución Bolivariana de Venezuela. No es una simplificación entonces afirmar que Francisco está en Roma para contribuir desde la trinchera eclesial en la batalla estratégica contra Venezuela. Los estrategas del Departamento de Estado parecieron en los últimos meses convencidos de que la muerte de Hugo Chávez permitía irrumpir en el entramado de las fuerzas revolucionarias para lograr su objetivo. Por eso, tampoco es desatinado pensar que la coincidencia entre la muerte de Chávez y la renuncia de Ratzinger no es casual. Quienes aludan a la condición milenaria de la iglesia, deberán considerar que su crisis interna es potencialmente letal. Y evaluar hasta qué punto, en el mar de dificultades que atraviesa, el Vaticano es realmente impermeable a las decisiones de la Casa Blanca. Ante el gesto escandalizado de presumibles vaticanólogos, sólo puedo decir que, sin el recurso de explicar el fenómeno atribuyéndolo a un designio divino, apelo al análisis de los hechos y su encadenamiento. El tiempo dirá si la hipótesis tiene o no asidero.

Es posible que a la luz de la formidable, inédita manifestación de masas que provocó en Venezuela la muerte de Chávez, aquellos estrategas de la contrarrevolución hayan corregido su apreciación y desechen ya su idea de una inminente caída de la Revolución. Pero insistirán en dos puntos: dividir las fuerzas revolucionarias en Venezuela; forzar el aislamiento de este país en la región. Si eventualmente la táctica en el plano interno tuviese algún grado de éxito, podría abrir la brecha por la cual el imperialismo entrase con su devastadora fuerza contrarrevolucionaria. Dado que ya está probado que los intentos divisionistas han fracasado una y otra vez, es presumible que Francisco será tomado por Washington como una herramienta salvadora. Al interior de Venezuela esto es difícil, porque el socialcristianismo (aquí también aunado con la socialdemocracia) está en el nadir del desprestigio. Y lo mismo vale para la jerarquía eclesial local, reconocida por las masas como golpista y por eso repudiada.

Otra consideración merece la táctica del debilitamiento en los apoyos de Venezuela en la región. Y allí es donde aparece Argentina. Sea por el abrazo asfixiante que, mientras se redactan estas líneas, Francisco ha comenzado a practicar sobre el gobierno argentino, sea por el hecho de que el actual elenco oficial afronta enormes dificultades y en el cuadro actual está descartada la posibilidad de reelección de la presidente Cristina Fernández, es pensable que a corto o mediano plazo Argentina pueda ser desplazada hacia un bloque enfrentado con la revolución en marcha en Bolivia, Ecuador, Venezuela y otros países del Caribe, a los que se suman naturalmente Nicaragua y Cuba. Baste recordar que días atrás el candidato socialdemócrata Hermes Binner, preguntado acerca de si en Venezuela hubiera votado en octubre último por Chávez o Capriles, respondió sin vacilar que su opción era Capriles. Es presumible en Argentina una amplia coalición electoral para 2015 que tenga como eje de reagrupamiento la estrategia latinoamericana de Estados Unidos, ahora asumida explícitamente por el papa Bergoglio en su ataque a las revoluciones en curso, al regalarle a Fernández un libro con documentos del Celam donde se condena el “avance de diversas formas de regresión autoritaria por vía democrática que, en ciertas ocasiones, derivan en regímenes de neto corte neopopulista”. Firma el Consejo Episcopal Latinoamericano; redacta la CIA.

En un libro publicado en 2007 sostuve que Argentina es una clave regional, aunque en el actual período histórico lo es por su debilidad, no por su fuerza (4). Su peso específico en América Latina, su nivel de desarrollo, los altos parámetros de experiencia y combatividad de obreros y estudiantes en términos históricos, no obstante sumidos en una coyuntura de confusión, desorganización y total parálisis, ubican al país como fiel de un delicado equilibrio continental, pasible de presiones y políticas extremas desde los dos extremos de la batalla estratégica.

Desde el año 2000, cuando comenzó el proceso de convergencia desigual pero generalizado en América Latina, Argentina ha navegado a dos aguas. La resultante de esa marcha ambigua estuvo determinada por el fenómeno general: concordancia latinoamericana en detrimento de los intereses imperialistas. Para ninguno de los países que han sostenido una conducta regional igualmente ambigua e igualmente en colisión con la hegemonía estadounidense, es posible mantener esa posición de manera indefinida. Pero en Argentina los plazos son más cortos. Es un rasgo de aguda inteligencia táctica y osadía estratégica el que han demostrado los gestores de la operación que dio como resultado la elección de Bergoglio.

Ahora cabe a las fuerzas revolucionarias genuinas en América Latina demostrar si están o no a la altura de tamaño desafío. Esto vale también para millares de católicos, sacerdotes y seglares, que ante una reedición del giro contrarrevolucionario de los años 1970/80, aunque a la inversa en su forma, están ante la opción de seguir sometidos a las órdenes de Roma o acometer un cisma revolucionario, antimperialista y anticapitalista.
La unidad de revolucionarios cristianos, marxistas, o militantes de cualquier otra religión, sólo tiene futuro sobre esas bases. Ése es el ejemplo de la Revolución Bolivariana de Venezuela, a emular en todo el continente, desde Alaska a la Patagonia.

 

19 de marzo de 2013

 

Referencias

(1) Véase si no la encíclica Spe Salvi, redactada por Benedicto XVI:
«hay un texto de san Gregorio Nacianceno que puede ser muy iluminador. Dice que en el mismo momento en que los Magos, guiados por la estrella, adoraron al nuevo rey, Cristo, llegó el fin para la astrología, porque desde entonces las estrellas giran según la órbita establecida por Cristo. En efecto, en esta escena se invierte la concepción del mundo de entonces que, de modo diverso, también hoy está nuevamente en auge. No son los elementos del cosmos, la leyes de la materia, lo que en definitiva gobierna el mundo y el hombre, sino que es un Dios personal quien gobierna las estrellas, es decir, el universo; la última instancia no son las leyes de la materia y de la evolución, sino la razón, la voluntad, el amor: una Persona».

(2) Luis Bilbao; CIA-Vaticano: Asociación Ilícita. Editorial Búsqueda, Buenos Aires, agosto de 1989.

(3) “América Latina puede y tiene que confrontarse, desde sus propios intereses e ideales, con las exigencias y retos de la globalización y los nuevos escenarios de la dramática convivencia mundial. A la vez, América Latina necesita explorar, con buena dosis de realismo pragmático – impuesto también por su propia vulnerabilidad y escasos márgenes de maniobra – nuevos paradigmas de desarrollo que sean capaces de suscitar una gama programática de acciones, un crecimiento económico autosostenido, significativo y persistente; un combate contra la pobreza y por mayor equidad en una región que cuenta con el lamentable primado de las mayores desigualdades sociales en todo el planeta”. Jorge Bergoglio, prólogo a Una apuesta por América Latina de Guzmán Carriquiry, Buenos Aires, Sudamericana, 2005.

(4) Luis Bilbao; Argentina como clave regional. Búsqueda Editorial; Buenos Aires, mayo de 2007.