El difícil consenso sudamericano

porLBenLMD

 

La teoría propone y el devenir de la sinuosa historia latinoamericana dispone: instancias de naturaleza por completo diferente, nacidas con objetivos opuestos y protagonistas enfrentados, el Foro de São Paulo (FSP) y el Mercosur recorrieron una rara parábola desde que aparecieron en el escenario suramericano, a comienzos de la década de 1990, hasta confluir ahora en una problemática común, signada por la tendencia convergente de los países de la región y por el confuso debate sobre qué hacer en una fase de transición, que difícilmente halle dos definiciones concordantes.

 

Aquél, un encuentro de partidos y organizaciones de izquierda de América Latina y el Caribe, que en su primera cita, a comienzos de julio de 1990, diagnosticaron una crisis del capitalismo y afirmaron -aunque no sin diferencias frontales entre sus muy disímiles componentes- una respuesta antiimperialista y vagamente anticapitalista. Éste, un acuerdo que, a la fecha en que los presidentes de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay firmaron el Tratado de Asunción, el 26 de marzo de 1991, se proponía «la eliminación de las barreras arancelarias y no arancelarias y la adopción de una tarifa externa común entre los países miembros» y en los hechos se limitaba a facilitar un mercado de escala apropiada para multinacionales automotrices establecidas en la región.

¿Cómo pudo ocurrir que aquellas dos instancias tan alejadas en sus propósitos hayan sido llevadas a una virtual fusión? El mero planteo de esta incógnita revela la transformación sísmica ocurrida en el escenario político latinoamericano en los últimos 15 años, sin que la teoría y la política hayan logrado dar cabal cuenta de ella. Observados desde tal perspectiva, los protagonistas más destacados parecen más bien figuras arrastradas por un vendaval de acontecimientos que se desenvuelven según su propia lógica.

 

Encuentro de partidos

El hecho es que los hombres y mujeres que en 1990, en medio del terremoto ideológico-político provocado por el desmoronamiento de la Unión Soviética, se reunieron en San Pablo convocados por el Partido de los Trabajadores -que acababa de perder las elecciones presidenciales- tres lustros después conducen o integran como minorías los gobiernos de sus países, constituyen fuerzas de oposición con peso decisivo u ocupan papeles relevantes en el proceso de unión suramericana que hoy gravita sobre cada país de la región. De un lado, entonces, los componentes del FSP son en buena parte gobernantes o dirigentes con capacidad de decisión; de otro, el Mercosur viró en redondo por imperio de la nueva situación predominante en la región y consumó su viraje con la incorporación de Venezuela al grupo originario.

Ocurre que los gobiernos actúan de manera pragmática, a impulso de acontecimientos que escasamente controlan y a menudo no comprenden en toda su magnitud, y los partidos casi sin excepción van detrás de los hechos, cuando no son demolidos por ellos. Así, una verdadera crisis de identidad hace del Mercosur una instancia tambaleante que oscila entre su función como factor para maximizar ganancias de ciertos grupos y la de motor de la unión suramericana; mientras que la misma crisis atenaza a partidos y dirigencias, irresueltos ante la opción de afrontar la coyuntura insertándose en el sistema al que combatieron, o encaminarse hacia una transformación sistémica bajo la bandera del socialismo del siglo XXI.

En la capital salvadoreña se reunieron 219 representantes de 58 partidos y organizaciones políticas procedentes de 33 países, acompañados por 54 invitados de otras regiones del mundo. El partido anfitrión fue el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), otrora fuerza guerrillera que precisamente en esa fecha conmemoraba los 15 años del fin de la guerra.

Es significativo que el XIII encuentro del FSP tuviera como propósito su propio relanzamiento. Con prescindencia del resultado inmediato, ese objetivo llevaba implícitas conclusiones de peso: se daba por terminado el paréntesis en el que toda estrategia desaguaba en los movimientos sociales; la noción de partido político recupera espacio en la lucha social; los gobiernos ejercidos por partidos integrantes del FSP reconocen la necesidad de ese bloque heterogéneo, si no para debatir estrategias gubernamentales, sí para legitimar una pertenencia ante sus propias bases.

Del 12 al 14 de enero dirigentes de grandes partidos y pequeños agrupamientos se abocaron a «la búsqueda de una nueva etapa de integración latinoamericana y caribeña». La declaración final, obtenida tras arduos esfuerzos por alcanzar el consenso, definió el marco de esa búsqueda como «la formulación de políticas antineoliberales que fomentan una genuina democracia política, económica y social; el desarrollo sustentable; la lucha contra el colonialismo y la injerencia imperialista; el enfrentamiento a la doctrina imperialista de seguridad hemisférica; la relación entre las fuerzas políticas, los movimientos sociales y ciudadanos, y los gobiernos de izquierda y progresistas, y el papel que desempeña la solidaridad internacional».

Durante la primera jornada, la intervención del alcalde de Caracas, Freddy Bernal, sacudió a la audiencia y puso el debate en un andarivel muy elevado. Bernal anunció que hablaba en nombre de un partido disuelto (el Movimiento Vª República) que daba ese paso para construir el Partido Socialista Unido de Venezuela. Desarrolló con detalles las medidas anunciadas por el presidente Hugo Chávez para avanzar «hacia el socialismo del siglo XXI» y concluyó anunciando que se proponía disolver la Alcaldía que conduce, para dar paso a «las comunas de Caracas», en un proceso de inequívoco desplazamiento del poder hacia la ciudadanía.

Sin embargo ése no fue el tono predominante. Y la declaración final excluyó incluso la formulación «socialismo del siglo XXI», limitándose a registrar que «la construcción del modelo alternativo, que en más de un lugar se define con una perspectiva socialista» se resume en «la conquista de la independencia nacional y regional, la justicia social, la democracia política y social, la integración regional y continental».

Obligado por ley consuetudinaria a funcionar por consenso, pero compelido por la realidad de algunos gobiernos y partidos, la permanencia del FSP sólo puede garantizarse a expensas de definiciones netas. Pero esto va contra la naturaleza misma de un partido político. La continuidad del FSP -defendida unánimemente por sus integrantes- requiere definiciones que el actual conjunto partidario no puede adoptar. La distancia entre ambos puntos fue resuelta en esta oportunidad con un modesto plan de acciones: «publicación de un boletín electrónico mensual; constitución de una escuela continental de formación política; realización anual de un Festival político cultural; creación de un observatorio electoral; desarrollo de una política dirigida hacia la juventud y de promoción del arte y la cultura».

 

Cumbre de Río

Pese a la distancia de los escenarios, algo análogo ocurrió en la XXXII Cumbre de Presidentes del Mercosur, que tuvo lugar en Río de Janeiro los días 18 y 19 de enero. Además de los cinco mandatarios miembros del bloque, participaron otros seis presidentes y vices, en representación de la totalidad de Suramérica. Tanto despliegue para tan poco: Brasil pretendía acelerar la incorporación plena de Bolivia al Mercosur, así como acordar condiciones especiales de comercio para los dos socios menores (bajas tributarias y más concesiones para los componentes de origen extrarregional en sus productos), pero el veto argentino impidió ambos objetivos de Itamaraty. Los gobiernos de Argentina y Uruguay no cambiaron una palabra respecto del absurdo -aunque no por ello menos grave- conflicto en torno de las fábricas de pasta de papel. Nadie respondió cuando el flamante presidente ecuatoriano Rafael Correa aludió a lo que considera errónea estrategia de crear una Comunidad Suramericana de Naciones, en lugar de acelerar en pos de la unión de lo que entiende como «única nación suramericana». Y sólo hubo debate cuando, ante la reflexión de Evo Morales sobre el papel de las políticas neoliberales en las economías de la región, el presidente colombiano Álvaro Uribe dio una destemplada respuesta. Morales también reclamó «justicia, no solidaridad» para con su país y recordó «Bolivia no puede seguir subsidiando el gas para Brasil». En reunión privada, Luiz Inácio da Silva hizo luego un compromiso firme de elevar esos precios; pero no utilizó la asamblea de Presidentes para responder a un tema tan obvio como éste.

Tres acuerdos salvaron la cumbre: la decisión de construir un gasoducto entre Venezuela y el Nordeste brasileño; otro gasoducto entre Bolivia y el Norte argentino; la puesta en marcha de un fondo de compensaciones en favor de Uruguay y Paraguay para contrarrestar asimetrías, que erogará 70 sobre un total de 125 millones de dólares.

Pero este saldo no es aún suficiente para consolidar y proyectar el Mercosur. Mucho menos para avanzar efectivamente en la convergencia suramericana. Decisiones fundamentales, como la creación del Banco del Sur, planes de alfabetización y atención sanitaria conjuntos para toda la región, perspectiva de moneda única y mudanza radical en las prioridades de gobierno (satisfacción de necesidades sociales en lugar de obras de infraestructura destinadas a aumentar las exportaciones hacia otros continentes), propuestas repetidas una y otra vez en sucesivas cumbres por el presidente Chávez, fueron soslayadas cuando no frontalmente negadas.

También sobre los gobiernos gravitan con pareja potencia las necesidades contrapuestas de abroquelarse frente a Estados Unidos y sus socios, brutalmente confrontado a toda forma de convergencia regional, y de definir con nitidez una perspectiva estratégica. En esa inestable balanza oscila el futuro suramericano.

reseña

El dilema de EE.UU.

porLBenLMD

 

De Zbigniew Brzezinski

Editorial: Paidós
Cantidad de páginas: 264 páginas
Lugar de publicación: Barcelona
Fecha de publicación: Marzo de 2005
Precio: 55 pesos

 

Título y subtítulo hablan con notable elocuencia respecto del contenido de este libro. El autor comienza por admitir que Estados Unidos está ante un dilema. Y, desde su posición de elevado estratega en las cúpulas dominantes del imperio, reduce ese dilema a que éstas dominen o lideren.
Como se verá ya desde las primeras páginas,
Brzezinski asume con propiedad que las magnitudes del dilema son otras y no oculta su dramático alcance: “por primera vez en la historia, es posible contemplar un escenario no bíblico de ‘fin del mundo’, entendido no como un acto de Dios, sino como el desencadenamiento deliberado de una reacción en cadena global, un cataclismo obra del hombre”. No obstante, la respuesta del hombre clave del ex presidente James Carter no incluye otra opción por fuera de la abstracción –¿o debiera llamarse cinismo?– según la cual Washington debe dominar mediante la persuasión y no por la fuerza.
La receta ofrecida por el autor no espantará a George W. Bush: Estados Unidos “necesita fuerzas que dispongan de una capacidad decisiva de despliegue en todo el mundo. Debe mejorar sus servicios de inteligencia (…) y mantener una ventaja tecnológica integral”.
El verdadero dilema en el que intenta terciar Brzezinski, sin embargo, es el de embarcarse o no en invasiones y guerras prolongadas. Se pronuncia frontalmente en contra. Washington debe mostrar “la capacidad de ganar una guerra local con rapidez”, porque esto “constituye un factor de disuasión mucho más creíble”.
El lúcido estratega demócrata apenas disimula su opción: utilizar las armas atómicas para que Washington mantenga su lugar de predominio.

Rediseño del mapa suramericano

porLBenLMD

 

La imprevista reunión, a finales de abril pasado en Asunción, entre los presidentes de Uruguay, Paraguay, Bolivia y Venezuela, seguida de otra en San Pablo, de la que participaron los de Argentina, Brasil y –una vez más– Venezuela, suponen un punto de inflexión en la historia del Mercosur y de la Unión Suramericana. Hugo Chávez asume el protagonismo ideológico y ejecutivo ante las vacilaciones de los demás.

 

Siete años atrás el Dipló adelantó que la brújula suramericana había girado para fijar un nuevo eje, con apoyo en Caracas y Brasilia, que cambiaría por completo el rumbo de la región(1). Algunos años después, la aguja dio un salto brusco y Buenos Aires pasó a ser también un soporte del eje gravitante desde entonces sobre la totalidad del sub-hemisferio, que arrastraría incluso a aquellos países y gobiernos explícitamente opuestos a los postulados y perspectivas de esta novedad geopolítica. La creación de la Comunidad Suramericana de Naciones y el ingreso de Venezuela al Mercosur comenzaban a dar carnadura al nuevo proyecto(2). El Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) cayó demolido durante este vertiginoso período. Pero a partir de allí un impulso contrario proveniente del Norte se introdujo en el complejo juego de fuerzas regionales. Uno de los instrumentos de esa cuña poderosa fueron los Tratados de Libre Comercio (TLC) impuestos por Estados Unidos a países suramericanos, aunque no faltaron las presiones extremas del Departamento de Estado ni las acciones conspirativas de la CIA. Era la contraofensiva de Washington, que en Mar del Plata, en la Cumbre de las Américas, había sufrido una humillación intolerable. La brújula comenzó a oscilar sin sentido; el movimiento centrípeto se descompuso; la dinámica de convergencia se convirtió en lo contrario.

 

 Una dinámica diferente

La cumbre de Presidentes que el pasado 19 de abril reunió en Asunción a Nicanor Duarte Frutos, Evo Morales, Tabaré Vázquez y Hugo Chávez, con la inédita composición que supone el encuentro de Paraguay, Bolivia y Uruguay con Venezuela, sin Brasil ni Argentina, puede ser tomada como quiebre definitivo de aquel eje de convergencia. O, a la inversa, también puede ser interpretada como punto de partida para una dinámica diferente, basada no ya en tres gobiernos, sino en un polígono de fuerzas que, sin desechar aquella base de sustentación, se proyecta sobre planos de naturaleza diferente: países de menor envergadura, gobiernos provinciales y movimientos sociales.

Como quiera que sea, lo cierto es que en Asunción ocurrieron tres acontecimientos llamados a conmover los cimientos del cuadro geopolítico regional y la estrategia de todos sus componentes: además de afirmarse un sub-bloque con países relegados hasta ahora en el rediseño del mapa hemisférico, Chávez anunció el retiro de Venezuela de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) y, a la vez que ratificaba la importancia del Mercosur, dijo aquello que todo el mundo sabe: «el Mercosur debe ser ‘formateado’ para que funcione, porque nació bajo la sombra del neoliberalismo y tiene problemas para trabajar como instrumento de integración; (…) el neoliberalismo y el capitalismo no son elementos de integración, sino de desintegración»(3).

 

 «Urupabol» más Venezuela

En la década de 1970 hubo un efímero intento de trazar una línea que conectase Uruguay, Paraguay y Bolivia. Se lo llamó Urupabol y no prosperó. Ahora, la capacidad gasífera de Bolivia y la amenazante situación energética mundial (Sarkis, pág. 14) le dan un nuevo impulso, que aparece realizable por el hecho de que Venezuela podría aportar capacidad técnica y financiera para respaldar la construcción de un gasoducto que una a los tres países.

Es una suma inesperada. Y además integra un factor que cambia el signo de la ecuación: Chávez actúa en función del programa estratégico denominado ALBA (Alianza Bolivariana para los pueblos de América), cuyo deus ex machina es la complementariedad solidaria, en un proyecto de integración suramericana no amarrado a transnacionales y grandes grupos económicos. Venezuela no busca rédito económico con este movimiento estratégico que cayó como un rayo sobre los socios mayores del Mercosur; lo que busca -y obtiene- es rédito político. Con prescindencia del interés que mueve a cada uno de los tres gobiernos del Cono Sur (y no hace falta decir que están claramente diferenciados), se establece un nuevo centro de gravitación que no busca confrontar con Argentina y Brasil, pero les hace sentir que deben ser tenidos en cuenta. La dinámica cambia por el simple hecho de que no está ya sujeta a la voluntad de Buenos Aires y Brasilia, que han llevado a límites por demás mezquinos y poco inteligentes su escasa consideración hacia los dos socios de menor envergadura en el Mercosur. Basta observar la discusión sobre la posibilidad de que el gasoducto se convierta en hidrovía entre Paraguay y Uruguay para comprobar hasta qué punto ha llegado el rechazo a los vecinos hegemónicos: se trata de que el gasoducto no toque territorio argentino ni brasileño.

 

 Los TLC matan a la CAN

Estados Unidos ganó varios puntos en su arremetida post-Mar del Plata. Esgrimiendo TBI y TLC (Tratados Bilaterales de Inversiones y de Libre Comercio), consiguió clavar cuñas importantes no sólo en aquellos países de antemano subordinados a su voluntad anexionista a través del ALCA. Sin embargo, cada victoria tuvo costos enormes, inmediatos y de mediano plazo. En Ecuador la firma del TLC levantó una oleada de movilizaciones masivas que difícilmente dejará de traducirse en las próximas presidenciales del 15 de octubre. En Perú, el descarado gesto de Alejandro Toledo, que se abrazó con George Bush y luego firmó el TLC en medio de la campaña electoral que designará a su sucesor, contribuyó en no poco para que el candidato anti-establishment se alzara con la mayoría en la primera vuelta. Y hasta en Colombia, donde no se esperan cambios dramáticos, grandes capas medias de agricultores y comerciantes que se saben afectados por el TLC han girado su preferencia electoral y, en detrimento de Alvaro Uribe, pasan a engrosar el previsto caudal de un recientemente formado frente de izquierdas. Pero nada de esto es comparable con el imprevisto golpe sobre la mesa que dio Chávez en el inmejorable escenario ofrecido por la cumbre de Asunción: Venezuela se va de la CAN y ésta, irremediablemente, ingresa en la fase final de su decadencia: «La Comunidad Andina de Naciones está herida de muerte y hoy puedo decir que está muerta. La mataron. No existe. Venezuela se sale de la Comunidad Andina. No tiene sentido. Hay que hacer otra cosa», dijo Chávez a los Presidentes reunidos. Y ratificó que esa decisión era irrevocable: «no hay marcha atrás. (…) Lo lamentamos mucho, pero eso ya no sirve, lo destruyó el imperio»(4).

De inmediato, la ministra venezolana de Industrias Ligeras y Comercio (Milco), María Cristina Iglesias, ofreció argumentos de naturaleza estrictamente económica: «bajo la tutela ejercida de los TLC sobre la CAN tendríamos inmediatamente desregulaciones de mercado que implican abrir a importaciones que vendrían trianguladas a través de Colombia, pero procedentes de Estados Unidos»; y agregó: «salir de la tutela de esos concentrados de malignidad que son los TLC es absolutamente saludable para la industria nacional»(5).

No menos contundente fue la argumentación del canciller venezolano Alí Rodríguez, quien detalló los efectos negativos de los TLC: «la flexibilización laboral que desmejora al trabajador, nuevos fenómenos de concentración de capital, renuncia del Estado a la generación de políticas públicas, daño al desarrollo agrícola autónomo por la entrada de productos altamente subsidiados y bloqueo del desarrollo endógeno que impulsa Venezuela»(6).

Contra quienes imaginaron una impensada decisión circunstancial de Chávez, Rodríguez anunció de inmediato la decisión a la Unión Europea en Bruselas, mientras Iglesias informaba que a partir del lunes siguiente se iniciarían reuniones de trabajo con los sectores productivos del país y se programaría una agenda de reuniones bilaterales con las otras naciones de la CAN, para analizar la posible firma de tratados en el marco de la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI). La primera de estas reuniones tratará sobre el sector automotor.

El país que se verá más afectado por la decisión venezolana será Colombia, que exporta unos 2.000 millones de dólares anuales a Venezuela y sólo le compra por alrededor de 1.000 millones de dólares. Las exportaciones de Venezuela a los otros tres países (Perú, Ecuador y Bolivia) ascienden a unos 800 millones de dólares y sus importaciones a más de 500 millones de dólares. El comercio intrarregional de la Comunidad Andina asciende a 8.000 millones de dólares, de los cuales la mitad corresponden a exportaciones de Colombia. De allí la perplejidad y los lamentos en Bogotá, Lima y Quito.

Chávez, quien gusta repetir que «la política va adelante», se vale de la economía para llevar a cabo el proyecto «bolivariano», precisamente porque tiene y ejecuta un plan político.

 

 Mercosur formateado

Mientras hacía estos anuncios en Asunción, el Presidente venezolano intentó una reunión con sus pares de Brasil y Argentina al día siguiente, jueves 20, en Iguazú. Se trata de la reunión que debía llevarse a cabo en Mendoza un mes atrás, en coincidencia con el viaje que los Presidentes debían hacer para asistir a la asunción de Michelle Bachelet en Chile, destinada a avanzar sobre el proyectado gasoducto que atravesará de Norte a Sur el sub-hemisferio y se proyecta como eje material de integración económica y política. Al parecer por problemas de agenda, Néstor Kirchner demoró la respuesta hasta que, por fin, anunció que le resultaba imposible. De todos modos, un día después convino con Chávez y Lula un encuentro la semana siguiente en Brasilia (ver recuadro).

De la anécdota se pueden extraer muchas interpretaciones, pero el hecho es inequívoco: cuatro Presidentes se reunieron en Asunción y tres en Brasilia con una semana de diferencia, en ambos casos en torno de un proyecto de integración suramericana cuyos contenidos, lejos de contraponer a los seis países involucrados, los impulsa hacia la convergencia.

El dato nuevo es que esta dinámica, ya vigente desde hace más de un lustro, tiene bases nuevas: es la ratificación de un «Mercosur formateado», es decir, puesto a cero para recomenzar sobre terreno limpio. Es improbable que Argentina y Brasil quieran y puedan negarse a tal empresa. En Uruguay y Paraguay la confrontación con los socios mayores no podría ser más beligerante. Enfrentados entre sí en todo y por todo, los medios de prensa paraguayos tuvieron una única voz para expresar ese álgido estado de ánimo, con titulares estridentes: «Presidentes expresaron malestar por trabas de los socios del Mercosur»(7); «Los países chicos se rebelan contra Brasil y Argentina»(8); «Tabaré fustiga a sus dos vecinos»(9); «Acuerdo con Uruguay y Bolivia tiene fórmula inversa al Mercosur»(10). Ganada por el espíritu atípico de la reunión, la canciller paraguaya Leila Rachid afirmó que el acuerdo consiste en «una nueva fórmula de integración: integrar a los países sobre sus recursos naturales, bajo su propia soberanía y territorialidad»(11), aunque luego morigeró sus palabras y aclaró: «esto no es una fórmula alternativa al Mercosur»(12).

Es pues evidente que en este clima, un paso errado de Itamaraty o del Palacio San Martín provocaría daños imprevisibles en la construcción del Mercosur.

En cualquier hipótesis, la duda mayor está centrada en el curso de acción que tome el gobierno argentino, atenazado por un conflicto hasta el momento fuera de control con Uruguay en torno a las fábricas de celulosa. A este escenario se sumó la flamante Presidenta chilena, que introdujo definiciones nuevas para las relaciones de ambos países. El viaje de Michelle Bachelet a Buenos Aires fue precedido por la difusión de una propuesta inédita: «alianza estratégica» entre Chile y Argentina. Luego, al hacer el balance de su gira la primera magistrada sostuvo: «el Mercosur nos haría retroceder (…) por eso es que nosotros empujamos el ALCA»(13).

Insuficientes para cualquier interpretación sólida, estas declaraciones plantean como mínimo una incongruencia: consumar una alianza estratégica de Chile y Argentina rechazando el Mercosur y empujar el Área de Libre Comercio de las Américas con Argentina, el país que encabezó el rechazo a esa exigencia estadounidense en Mar del Plata. Aceptar en estos términos la oferta chilena supone para Kirchner girar en redondo y abandonar el Mercosur. Es más coherente suponer que se hará lo necesario para restañar heridas con Uruguay y reanudar el trabajo con el nuevo Mercosur.

  1. Luis Bilbao, «La revolución pacífica del comandante Hugo Chávez», Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, noviembre de 1999.
  2. Luis Bilbao, «En busca de un lugar en el mundo»,
    Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 2004; Luis Bilbao, «Luces y sombras ante la
    Comunidad Suramericana de Naciones», Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2005.
  3. «Chávez pide ‘reformatear'», ABC, Asunción, 20-4-06.
  4. Ministerio de Comunicación e Información; Caracas, 20-04-06.
  5. Entrevista con el autor.
  6. Ibid.
  7. La Nación, Asunción, 20-04-06.
  8. Última Hora, Asunción, 20-04-06.
  9. Ibid.
  10. ABC, Asunción, 21-04-06
  11. Ibid.
  12. Última Hora, Asunción, 21-04-06
  13. Inés Capdevila, «Bachelet: el Mercosur nos haría retroceder», La Nación, Buenos Aires, 25-3-06.

reseña

Hugo Chávez sin uniforme

porLBenLMD

 

De Cristina Marcano, Alberto Barrera Tyszka

Editorial: Debate
Cantidad de páginas: 416
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Noviembre de 2005
Precio: 36 pesos

 

Entre tapa y contratapa hay dos libros en este volumen. El primero se titula “Prólogo” y lo firma Teodoro Petkoff, aspirante a candidato de consenso del arco opositor para las presidenciales venezolanas de diciembre próximo. Su texto es una diatriba feroz contra el presumible vencedor de esa contienda cercana. Petkoff no se hace honor como intelectual: “Chávez es un hombre de buena suerte. (…) La suerte existe. Unos la tienen, otros no; (…) estuvo a punto de perder el poder el 11 de abril de 2002 porque él mismo cavó el hoyo donde cayó y de donde casi por pura casualidad, o mejor, por pura buena suerte, pudo salir”. Se refiere al fallido golpe de Estado contra Chávez…
El otro se presenta como una biografía equidistante y objetiva. Sus autores pertenecen a El Nacional, vanguardia en el conjunto mediático opositor. Con innumerables fuentes –que no excluyen al autor de estas líneas– construyen una narrativa vivaz. La objetividad resalta: el capítulo referido al golpe de Estado se denomina “los enredos de abril” y el manotazo fallido es aludido como “la crisis” o “los sucesos” de abril; el aplastante resultado del referendo que ratificó a Chávez en agosto de 2004 es una “controvertida victoria”; y en la más benévola calificación, el Presidente es “un provocador de primera línea”, que “ha creado ese país donde todo es legal pero inadmisible”.
Resulta obvio que Petkoff, Marcano y Tyszka no comprenden la honda transformación social en curso en Venezuela. Por eso no logran siquiera rozar la verdadera personalidad y la historia de Chávez o la reciente de Venezuela. La biografía declina así hasta transformarse en una olvidable telenovela.

Entre Cumbres y abismos

porLBenLMD

 

En la reunión ampliada del Mercosur y la Comunidad Andina, que tendrá lugar en Montevideo el próximo diciembre, deberían definirse las líneas maestras de la estrategia suramericana, si es que habrá tal. Cortejada por Estados Unidos y la Unión Europea por un lado; tentada por una política autónoma y sus perspectivas ante la globalización por otro, América del Sur define su destino en este siglo. La proliferación de Cumbres expresa la agudización de la competencia económica internacional y expone el verdadero papel de los Estados ante la crisis.

 

En las 10 semanas que van de fines de septiembre a comienzos de diciembre, los presidentes de América Latina habrán asistido a cinco Cumbres: Comunidad Suramericana de Naciones, en Brasilia; Iberoamericana, en Salamanca; De las Américas, en Mar del Plata y Mercosur-Comunidad Andina de Naciones, en Montevideo; precedidas todas por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York. Multiplicadas hasta el absurdo, las Cumbres bordean el grotesco en documentos donde se reiteran propósitos de redención social mientras la exclusión y la indigencia, con todas las calamidades que conllevan, aumentan sin cesar.

Una Cumbre por quincena en el último trimestre de 2005 es mucho más de lo que puede soportar el mejor cuerpo diplomático -y la más elemental lógica- pero todo indica que los propios protagonistas no logran poner freno al fenómeno y, por el contrario, la tendencia a convocar tales instancias se retroalimenta a sí misma: hubo ya una Cumbre árabe-suramericana, habrá otra afro-suramericana… y la lista no se agota.

La teoría política no ha tomado cuenta del múltiple significado de esta novedad en la política mundial: la proliferación de Cumbres es indicativa de la pugna entre las grandes metrópolis por la conquista y control de los mercados; y a la vez responde por vía de los hechos a las teorías que, aludiendo a la globalización, negaron el papel del Estado en la definición del destino de la economía mundial: en situación de crisis los Presidentes ocuparon de hecho el lugar de las empresas y sus ejecutivos en el manejo de la economía, que recupera de este modo su condición original de Economía-Política.

Si las transnacionales fueron el vehículo para la aceleración de la globalización, las Cumbres son el instrumento para afrontar la crisis global. Hace ya quince años, en sincronía con la agudización de la lucha mundial por los mercados tras el derrumbe de la Unión Soviética y la ruptura de todos los diques que contenían la marea descontrolada de la ley del valor, la Unión Europea (UE) dio un paso audaz apelando a España para afirmar una cabecera de playa en América Latina y el Caribe. Al socaire de su condición de Madre Patria, ahora pujante y democrática, España fue la avanzada exitosa de aquella estrategia. Así nació, en 1990, la Cumbre Iberoamericana. Los índices de la inversión extranjera directa en América Latina y el Caribe exponen de manera inequívoca el resultado de aquella estrategia europea (ver gráfico): utilizando como locomotora a España, la UE igualó rápidamente y duplicó enseguida el monto de los capitales estadounidenses en la región.

 

Contragolpe de Estados Unidos

Perdidas la iniciativa y la primacía, para Estados Unidos era imperioso un rápido contragolpe. A falta de la bonhomía de un monarca democrático, sin una lengua y una cultura comunes en las cuales apoyarse, Washington apeló al habitualmente redituable pragmatismo anglosajón y copió la táctica europea. Nació así en 1995 la Cumbre de las Américas: todos los países del hemisferio menos Cuba se reunieron en Miami convocados por el presidente William Clinton y coincidieron en un conjunto de conceptos del denominado «Consenso de Washington», referencia en realidad a las políticas anticrisis (calificadas como «ajuste estructural») trazadas por el Banco Mundial (BM) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en la década de 1980 y formalmente asumidas entonces por 34 Presidentes.

Sin embargo, Estados Unidos iba a la zaga de los acontecimientos, porque ya comenzaban a aparecer los efectos del «Consenso de Washington». Junto con la devastación del aparato productivo de los países subordinados -prototipo de los cuales fue Argentina- apareció una línea de fractura en las clases dominantes latinoamericanas, con un flanco resuelto a poner límites a la exacción de riquezas por parte de los centros de capital internacional.

Mientras tanto la coyuntura en la que dominaba sin disputa el ensueño «neoliberal» comenzaba a hacer agua. Durante el último tramo de 1991 y todo 1992 América Latina había recibido 166.000 millones de dólares de la masa de dinero que flotaba en el mundo a la búsqueda desaforada de altas tasas de ganancias, y que en ese período se movió de Norte a Sur. La región contrapesó así un déficit global de cuenta corriente por 98.000 millones de dólares. Los principales receptores de ese flujo de capitales fueron México, 75.000 millones; Argentina, 29.300; Brasil, 19.500 y Chile 7.700. Ya en 1993 hubo una caída abrupta del total a 70.000 millones (México recibió 29.500 y Argentina 15.000, con los cuales sostuvieron déficits de cuenta corriente de 23.500 y 7.500 millones respectivamente). En 1994 el flujo total se redujo a 47.000 millones de dólares. México recibió 10.500 para un déficit de 36.600 millones y Argentina 10.200 para un déficit de 11.200(1).

Vendría así el colapso mexicano y la caída vertical de Argentina, mientras en el Sudeste Asiático se asistiría al fin del espejismo de los supuestos «tigres» y luego, como expresión de conjunto, el derrumbe bursátil en Wall Street en 1997.

Fue en el año 2000 que este complejo entramado de fuerzas en colisión dio lugar a la aparición de una Cumbre que llegaría para sumarse a las dos instancias ya vigentes en el hemisferio. El mandatario brasileño Fernando Henrique Cardoso convocó a una reunión de Presidentes suramericanos en Brasilia doblemente novedosa, puesto que excluía a los centros metropolitanos y a la vez inauguraba una nueva figura geopolítica: Suramérica(2).

 

Comunidad Suramericana 

En este punto, la estrategia de Itamaraty, inmune a los cambios de gobierno, convergía en los hechos con un nuevo factor en el escenario regional: la Revolución Bolivariana en Venezuela. Con una filosofía diferente, el presidente Hugo Chávez enarbolaba también la bandera de la unión suramericana. Poco después, aquella línea de fractura en las clases dominantes latinoamericano-caribeñas produjo un brusco cambio en Argentina y hacia 2002 una fuerza centrípeta operaba de manera decisiva sobre los países de Suramérica.

Última en llegar al recurso de las Cumbres, la región autoasumida sería en cambio la primera en concretar el siguiente paso, implícito pero bien disimulado en la noción de «Cumbres»: la institucionalización de esa instancia. En Cusco, el 8-12-04, nacía la Comunidad Suramericana de Naciones (CSN), y pese a las contradicciones insalvables entre varios de sus transitorios componentes, se daba así un paso trascendental, cualitativamente diferenciado tanto de la Cumbre Iberoamericana como de su gemela De las Américas: en lugar de adoptar formas disimuladas de anexión (Área de Libre Comercio de las Américas, ALCA) o subordinación extrema (Iberoamérica), desde el istmo a la Patagonia el continente apuntaba a la constitución de una nueva unidad política; de hecho quizá, a una nueva nación(3).

Por su lado Estados Unidos había planteado el ALCA antes de apelar al recurso de las Cumbres. Como es sabido, éste resultó un intento fallido, aunque Washington continúa en procura de caminos diagonales para lograr una instancia institucional que, en este caso, no es explícitamente política, como la CSN, puesto que aparece desdibujada tras la figura de un acuerdo económico. A la zaga esta vez, pero pugnando en idéntico sentido, la Unión Europea apuntó el mes pasado al mismo objetivo por medio de un recurso intermedio: en la Cumbre de Salamanca se creó una «Secretaría de la Comunidad», cuya presidencia recayó en el ex titular del BID, Enrique Iglesias.

 

De Brasilia a Mar del Plata 

El 29 y 30 de septiembre últimos se realizó en Brasilia la primera Cumbre ordinaria de la Comunidad Suramericana de Naciones. No está dicha la última palabra, pero el encuentro en sí mismo fue un fracaso sin atenuantes. No asistieron los Presidentes de Argentina, Colombia, Uruguay, Surinam y Guyana. Néstor Kirchner estuvo unas pocas horas en Brasilia, para firmar acuerdos económicos con su par venezolano y asistir a una cena protocolar, conducta que acentuó aun más su desdén por el proyecto encabezado por Brasil. El presidente paraguayo se retiró antes de tiempo, luego de proferir una extemporánea y desafiante intervención, cuyo contenido no dejó lugar a dudas: tras haber recibido a Donald Rumsfeld en Asunción y conceder inmunidad a las tropas estadounidenses con las cuales encara maniobras militares bilaterales a 200 kilómetros de la frontera con Bolivia (Sánchez Bonifato, pág. 5), las exigencias de Duarte transmitieron un mensaje obvio: o se nos da lo que pedimos, o aceptamos la invitación de Washington(4). Pero ése fue sólo un caso extremo; el Palacio de Itamaraty fue además escenario del choque entre dos lineamientos estratégicos opuestos por el vértice: la conveniencia de intereses económicos privados y la integración en función de un proyecto de nación unificada. No obstante, esa colisión ocurrió entre economías arrastradas por la fuerza centrípeta que demanda límites a la voracidad estadounidense.

El hecho es que la CSN encarna esa fuerza, pero desde el proyecto estratégico de la burguesía industrial brasileña. Y éste, aunque desde flancos y con fundamentos diferentes, es resistido a la vez por Estados Unidos, por Paraguay y Uruguay -los dos socios menores del Mercosur- y por Argentina, cuyo gobierno parece resuelto a declinar una estrategia suramericana en función de la protección de áreas de la industria privada amenazadas por la competencia salvaje con el gigantesco vecino.

En otro plano, y al mismo tiempo que asume con Brasil emprendimientos económicos de enorme impacto, Venezuela colisiona con la estrategia brasileña desde el ángulo inverso: además de poner en discusión un plan de acción consistente en acabar con el analfabetismo, hacer un proyecto común de salud gratuita para los 12 países, crear un Banco del Sur que recepte las reservas de cada nación y actúe como ente para el desarrollo regional -propósitos todos con los que nadie puede disentir públicamente- el Presidente venezolano asumió que para cumplir con los objetivos de redención social, igualdad, justicia y unificación social y política, su país avanza hacia lo que llamó el socialismo del siglo XXI. Sobre estas contradicciones operó, además, una mano invisible pero palpable: el gobierno estadounidense operó con vigorosas iniciativas apuntadas a revertir lo andado por la CSN desde la firma de su acta de nacimiento, un año atrás.

El saldo de la Cumbre en Brasilia indica hasta qué punto aquellas presiones resultaron exitosas. No cabe una conclusión apresurada, sin embargo: al mismo tiempo y en el mismo lugar que se constataba el empantanamiento de la CSN, por otro carril la dinámica de convergencia se mantuvo constante. Los presidentes Lula da Silva y Hugo Chávez firmaron acuerdos por un monto agregado de 4.700 millones de dólares. El componente principal de esos acuerdos es la construcción de una planta con capacidad para refinar 200.000 barriles de petróleo diarios en el Puerto de Seape, Pernambuco, destinada a suplir las necesidades de combustible de todo el Nordeste brasileño. Integrado en partes iguales por Petrobras y PDVSA el proyecto suma 2.500 millones de dólares, y a lo largo de cuatro años dará lugar a la creación de 230.000 puestos de trabajo. Chávez y Lula firmaron además un preacuerdo para un joint venture apuntado a la prospección y extracción de yacimientos gasíferos en Venezuela, al norte de Paria, donde se estiman reservas por 11 billones de pies cúbicos, que involucran una inversión de 2.200 millones de dólares. PDVSA-Petrobras confirmaron una asociación para cuantificar las reservas de petróleo extrapesado en el Campo de Carabobo, en la faja del Orinoco, con el propósito de explotación conjunta con una participación del 51% para la empresa venezolana y del 49% para la brasileña.

Minutos después de firmados en público los acuerdos económicos con Brasil, Chávez mantuvo otra conferencia de prensa, esta vez con Kirchner, en la que se anunciaron acuerdos comerciales bilaterales entre Venezuela y Argentina. Aunque de diferente envergadura, se trata de convenios altamente significativos: el gobierno venezolano compra maquinaria agrícola producida en Argentina, por un monto de 100 millones de dólares; PDVSA adquiere una pequeña refinería y más de un centenar de estaciones de servicio. Más importante aún, al día siguiente se firmó un acuerdo entre PDVSA y Repsol-YPF, por el cual la empresa española cede a la venezolana hasta el 10% de su producción de crudo en Argentina y a la vez pasa a operar en dos áreas de producción venezolanas: Motatán y el Bloque Junín 7, en la faja del Orinoco.

En ambos casos los acuerdos trascienden lo comercial: aceleran una relación de Venezuela con Brasil por un lado y Argentina por otro, en una cadena de integración y convergencia suramericana. Así, con Venezuela como nexo, Brasil y Argentina asumen -en diverso grado y calidad pero ambas con signo positivo- el mismo propósito estratégico que aparece trabado bajo la formulación de la CSN.

 

Chávez versus Bush 

De todos modos, a la hora de considerar la declaración final preparada por Itamaraty, Chávez se opuso al contenido y la forma. Consternados, el presidente Lula y su canciller Celso Amorim urdieron una respuesta de emergencia, que pospuso la discusión exigida por Chávez a una nueva Cumbre, en diciembre próximo, en Montevideo, originalmente concebida como encuentro de presidentes del Mercosur y la Comunidad Andina de Naciones. A esa instancia serán invitados además los presidentes de Guyana y Surinam. Chávez se avino entonces a dar consenso para la Declaración de Brasilia. Pero antes de ese debate sin duda crucial, habrá ocurrido la Cumbre de las Américas en Mar del Plata, donde los 12 países de la CSN estarán frente a frente con la voz más descarnada del imperialismo. La polarización habrá llegado a su máxima expresión: George W. Bush pregonando el ALCA y la cruzada contra todo lo que se le oponga; Hugo Chávez esgrimiendo la nación suramericana y la búsqueda del socialismo del siglo XXI.

Por acción u omisión en esta confrontación trascendental, cada Presidente del hemisferio habrá ocupado su lugar antes de arribar a Montevideo, donde al margen del debate se formalizará otro paso en este camino de zigzag de la convergencia suramericana: Venezuela será reconocida como integrante plena del Mercosur. El canciller uruguayo Reinaldo Gargano anunció esta decisión trascendental, confirmando que en el mundo contemporáneo nada es comprensible con el solo recurso de la lógica aristotélica.

  1. «Nueva fase en la crisis capitalista continental»; Ponencia al V° Encuentro del Foro de Sao Paulo. Crítica de Nuestro Tiempo N° 11, Buenos Aires, julio-septiembre de 1995.
  2. «Militarización de la política, El ‘Plan Colombia’ de Estados Unidos», Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, septiembre de 2000.
  3. Luis Bilbao, «Luces y sombras ante la Comunidad Suramericana de Naciones: Desafío para Kirchner, Lula y Chávez», Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2005.
  4. Apenas días después, en Buenos Aires, la táctica coactiva se mostró exitosa, aunque no en la cuestión económica explícitamente señalada por el mandatario paraguayo: los legisladores del Mercosur acordaron a regañadientes la paridad de miembros, para la conformación de un Parlamento común, no obstante la diferencia en número de habitantes de los cuatro países componentes.

reseña

Juan Bautista Alberdi – Domingo Faustino Sarmiento

porLBenLMD

 

De Prólogo de Lucila Pagliani

Editorial: Leviatán
Cantidad de páginas: 324 páginas
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Enero de 2005
Precio: 33 pesos

 

Poco después de la batalla de Caseros, a mediados del siglo XIX, Alberdi y Sarmiento libraron su propio combate en las páginas de la prensa chilena.
No es fácil discernir los ejes de aquella confrontación. En rigor, ambos contendientes tienen mucho en común. Han luchado contra Rosas y son hijos del Siglo de las Luces. Pero pensar y poner en movimiento la edificación de un país abre necesariamente grietas entre personas con ideas, carácter y, desde luego, ambiciones propias.
Es improbable que alguien tome en sus manos este libro sin simpatías a priori por uno u otro de los contendientes. Sin embargo, las diatribas feroces que se endilgan y los argumentos de réplica harán vacilar en su adhesión a quien guste del choque de ideas y aspire a una conclusión honesta. Alberdi no se honra a sí mismo al condenar a Sarmiento por no tener título universitario. Éste vapulea al abogado brillante como quien sacude una alfombra, en un cruce memorable respecto del periodismo, los periodistas y la palabra escrita como medio de vida. La potencia literaria de Sarmiento arrincona por momentos al Alberdi metódico, con ideas profundas que sin embargo el sanjuanino reclama como propias.
¿Qué discuten estos dos hombres singulares? La construcción de un país, bajo el rótulo de organización nacional. La libre navegación de los ríos, el dilema unitario-federal, las ambigüedades de uno y otro a través del tiempo respecto de esta opción inasible. Pero chocan también alineamientos políticos que observados a la distancia no justifican tamaño alejamiento y encono personal entre ellos. Sarmiento califica al contrincante, con virulencia inusitada, por su falta de valor físico, por sus argucias para obtener prebendas y por sus opiniones. Alberdi se defiende en la misma tónica y suple con impiadosa acidez la erupción volcánica de la pluma sarmientina. La disputa teórica y política se desdibuja. Pero esa ausencia refleja otra, de decisiva gravitación y en la cual no parecen reparar los contendientes: no existe una clase social suficientemente enraizada y articulada para edificar la nación que ellos pretenden. La fuerza de las ideas, la potencia creadora, la capacidad polémica, se descompone así en vectores que desvían el objetivo y van a aniquilar al contrincante.
La decisión de reunir en un volumen aquellos textos, 150 años más tarde y en coincidencia con una campaña electoral, bien podría interpretarse como ejercicio de fina crueldad. Para el ciudadano contemporáneo la comparación es insoslayable y la conclusión, obvia: en la Argentina de hoy sus hombres públicos no muestran el talento, la pasión y el coraje de aquellas argumentaciones; la prensa no parece destinada a tales esfuerzos y nadie puede esperar que la Historia registre las peleas por el control de un aparato o por una banca en el Congreso como elevado ejemplo del debate de ideas en la edificación de un país. Mal que pese, la sociedad es una y la altura de quienes la conducen rige la medida de todos. Ése es el regusto amargo que deja la lectura de estas páginas imprescindibles.

Chávez al socorro del Cono Sur

porLBenLMD

 

El presidente venezolano visitó en dos días Uruguay, Argentina y Brasil. La importancia de los acuerdos comerciales y de integración dejó en segundo plano un aspecto fundamental de su gira: la afirmación de la perspectiva de convergencia suramericana en un momento en que Estados Unidos embiste contra ella.

Dos maneras hay de observar el raudo viaje del presidente venezolano Hugo Chávez, quien durante los pasados días 10 y 11 de agosto visitó Montevideo, Buenos Aires y Brasilia.

Una, es la que muestran los acuerdos económicos bilaterales con Uruguay y Argentina. Estos acuerdos son, a no dudarlo, de significativa importancia para el intercambio comercial y el fortalecimiento de un proyecto integrador para el hemisferio Sur del continente. Sin embargo, otro costado, de mayor gravitación inmediata y presumible trascendencia histórica, quedó soterrado y ajeno al interés de la noticia y el análisis: la acentuación de la pugna geopolítica entre el gobierno de Estados Unidos y un eje de convergencia regional –Caracas, Brasilia, Buenos Aires– cuya tensión pone en juego dos proyectos estratégicos para América Latina y el Caribe.

 

El peso de la economía 

No cabría minimizar el peso específico de los acuerdos económicos firmados por Hugo Chávez, sobre todo en su escala uruguaya. El de mayor proyección es el que dio lugar a una alianza estratégica mediante la cual la empresa estatal venezolana Pdvsa extraerá petróleo pesado que Uruguay recibirá para refinar, procesar y comercializar a fin de cubrir la demanda de energía en este ámbito del continente. Basta tomar conciencia de la escasez que afronta Argentina en materia de producción petrolífera en un plazo alarmantemente breve, para comprender la significación de un centro de refinación y distribución a gran escala en el país vecino.

No menos significativos fueron los acuerdos para la producción de cemento y alcohol en asociación binacional y con sentido de complementariedad y beneficio mutuo. Sobresale además el convenio relativo al transporte aéreo, que no sólo tiene en vista la conexión directa Montevideo-Caracas a través de la naciente empresa estatal venezolana Conviasa, sino que apunta a una integración más abarcativa, con base en el hecho de que Chávez preside en este período la Comunidad Andina de Naciones y Uruguay se afirma como capital del Mercosur.

El presidente frenteamplista Tabaré Vázquez impulsó además una idea que de inmediato asumió Chávez: la creación de una Radio del Sur, que junto a Telesur (y a un proyecto aún no encarado pero ya enunciado como objetivo, la fundación de una Editorial del Sur), conforme un poderoso conjunto creador y emisor de ideas, noticias y análisis propios a partir de los intereses, necesidades y objetivos de los países latinoamericano-caribeños.

Otros memorando de entendimiento y cartas de intención proyectan acuerdos de cooperación turística, de explotación minera, de producción e intercambio agrícolo-ganadero, de colaboración y complementación científico-técnica para la producción y distribución de electricidad, así como numerosos ítems relativos a la producción de viviendas, intercambio tecnológico e intercambio en el área de la economía popular.

En su breve “visita de trabajo” a Argentina, Chávez firmó con el presidente Néstor Kirchner un nuevo contrato de suministro de fuel oil para el período 2005-2006 y otro por el cual se acordó la construcción de dos buques tanqueros entre PDV-Marina y Astilleros Río Santiago, en alianza estratégica con la empresa estatal venezolana Diques y Astilleros Nacionales (Dianca).

Igualmente se firmaron contratos entre las empresas argentinas Invap y Medix, y el Ministerio de Salud y Desarrollo Social de Venezuela, para la provisión de equipos médico-hospitalarios, además de otros negocios de intercambio comercial entre diferentes reparticiones del gobierno bolivariano y empresas locales. Un acuerdo de importancia fue el que dio lugar a la creación de un Fondo Binacional, destinado a apoyar el financiamiento de proyectos productivos, de infraestructura y salud, para cubrir necesidades de ambos países o de terceros que se encuentren en condiciones de extrema vulnerabilidad social.

 

Otro motor 

El presidente Chávez acostumbra decir que “la política va delante”, para subrayar la primacía de la voluntad y la estrategia sobre la cuestión económica inmediata. En este viaje relámpago puede observarse, en paralelo con los acuerdos de intercambio comercial y científico-tecnológico, un costado político acaso más relevante que el resaltado por la prensa, que motorizó en verdad la gira por la región.

Este costado se hace más visible a la luz de lo ocurrido pocos días después: la gira del secretario de Estado estadounidense, Donald Rumsfeld por la misma área, aunque en diferentes países. El hombre de George Bush para la guerra aterrizó en Asunción el 16 de agosto y recaló en Lima dos días después. Su estada en Paraguay anuncia sin decirlo que Estados Unidos pretende instalarse en el corazón del Cono Sur con una base militar apuntada a Bolivia y con radio de acción sobre Brasil, Argentina y Uruguay. Y en Perú hace saber que el tambaleante gobierno de Alejandro Toledo cuenta con el respaldo de la Casa Blanca.

Menos evidente pero de mayor impacto ha sido no obstante el accionar estadounidense en las otras tres capitales del Mercosur. La inexcusable conducta de la cúpula partidaria y gobernante en Brasil, que ha colocado a Luiz Inácio Lula da Silva al borde del precipicio, no habilita a soslayar el papel de Washington y un sector del establishment brasileño en las revelaciones sobre corrupción y sobornos, así como en el manejo mediático de las explosivas denuncias. Las declaraciones de Valdemar Costa Neto, presidente del Partido Liberal (PL) al que pertenece José Alencar, el vicepresidente de Brasil, según las cuales el Partido de los Trabajadores pagó más de 4 millones de dólares para comprar la alianza, no debieran oscurecer las ligazones de esa estructura con una iglesia de gran expansión en Brasil (y ahora también en Argentina), cuyos orígenes se remontan a la operación estratégica del Departamento de Estado, ya desde los años ’70, consistente en sembrar sectas pseudoreligiosas como instrumento de penetración y accionar político en toda América Latina.

Dicho de otro modo: si bien una parte de la dirección del PT creía estar obrando con extraordinaria habilidad y sin vetustas rigideces principistas al realizar estas maniobras, en realidad no hacía sino ingresar a un territorio previamente minado por sus enemigos. En el momento preciso, estos no hicieron más que tirar de la cuerda y la trampa cayó sobre la cúpula del gobierno brasileño.

Las concesiones programáticas del gobierno Lula en prácticamente todos los terrenos no llegaron al punto que más preocupa a Estados Unidos en este período histórico: la construcción de una instancia política de unidad hemisférica: la Unión Suramericana de Naciones. Y, más aun, su alianza estratégica con Venezuela.

En Uruguay a su vez el gobierno de Tabaré Vázquez fue conminado al extremo para que aprobase formalmente el Tratado Bilateral de Inversiones y presionado sin miramientos para que no llevase a cabo los acuerdos ya reseñados. Mientras tanto en Argentina se multiplicaron las operaciones desde diversos ángulos y centros de poder internacional para lograr el mismo objetivo: paralizar los proyectos de integración energética y convergencia política suramericana.

Una de las tácticas de esta contraofensiva estadounidense consiste en el recrudecimiento de las denuncias respecto de la supuesta financiación al terrorismo internacional desde la Triple Frontera, para lo cual viajó a Buenos Aires el subsecretario adjunto del Tesoro, Daniel Glaser, que en su cruzada antiterrorista tuvo gran repercusión de prensa y se reunió con altas autoridades del Banco Central, del ministerio de Justicia, la Cancillería y el ministro de Economía Roberto Lavagna.

Con métodos y resultados diferentes en cada país, el Departamento de Estado agudizó su accionar tras objetivos precisos: revertir la tendencia que en los últimos años dio lugar a la aparición de un eje geoestratégico Caracas-Brasilia-Buenos Aires; retomar la iniciativa política perdida; impedir nuevas victorias de fuerzas políticas que sumen países (Bolivia, Perú y Ecuador están en esa situación) al bloque suramericano objetivamente contrapuesto a la estrategia económica, política y militar de Estados Unidos para la región.

El arribo de Chávez a la Granja do Torto (la residencia de Lula) ya entrada la noche del 11 de agosto, justo en el momento en el que arreciaba la crisis del gobierno brasileño, es la imagen plástica de un combate desigual y desdibujado que, sin embargo, está librándose entre dos perspectivas históricas.

¿Qué respondieron Vázquez, Kirchner y Lula al gesto de Chávez?

La postergación de la cumbre presidencial del Grupo de Río, que debía llevarse a cabo en Bariloche en la última semana de agosto, es una aproximación a esa incógnita (la decisión de la cancillería argentina cayó como un rayo en el gobierno de Brasil). Otra aproximación puede contabilizarse a partir del deslucido desempeño de la reunión de cancilleres de la Comunidad Suramericana de Naciones en Guayaquil, a comienzos de agosto. El canciller Rafael Bielsa, ahora candidato a diputado, no se muestra a la vanguardia de la perspectiva que contrapone al bloque del Sur con la estrategia estadounidense, sobre todo después de su definición a favor del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). En septiembre habrá un signo más, cuando se reúnan en Brasilia los presidentes de los países integrantes de la Comunidad Suramericana de Naciones. Por último, en la cumbre de las Américas, que debe tener lugar en noviembre en Mar del Plata –con la asistencia de Bush– dará una señal más clara del estado en que se encuentra una batalla de cuyo desenlace depende el destino de América Latina.

 

Petrosur: una OPEP suramericana

porLBenLMD

 

En mayo pasado se reunió en Brasilia una instancia nueva, que los propios protagonistas llaman “la Troika”. Luiz Inácio Lula da Silva, Néstor Kirchner y Hugo Chávez iniciaron estos encuentros el 1° de marzo pasado en Montevideo, cuando Tabaré Vázquez asumió la presidencia en Uruguay. Ahora han alcanzado un acuerdo político-energético de alto valor estratégico. El ministro venezolano Rafael Ramírez lo detalla.

 

El ministro de Energía y Petróleo de Venezuela y presidente de Petróleos de Venezuela SA (PDVSA), Rafael Ramírez, explicó en el curso de una prolongada conversación con Le Monde diplomatique los resultados del segundo encuentro de «la Troika», que probablemente volverá a reunirse en Buenos Aires en este mes de junio.

«En esta oportunidad se pasó revista al cumplimiento de acuerdos que se habían hecho en la reunión anterior, en Montevideo», explica Ramírez. «Se realizaron reuniones de ministros y en el área energética se llegó a una concreción muy importante: los tres ministros firmamos un conjunto de acuerdos donde se define más claramente cómo será Petrosur».

Luego de una jornada dominical que comenzó con una movilización en la que participó junto a trabajadores petroleros en defensa de la empresa, para asistir después al programa Aló Presidente (en el que Hugo Chávez anunció la posibilidad de romper relaciones diplomáticas con Estados Unidos), Ramírez explica a El Dipló qué es Petrosur: «Está concebida como una instancia política, de coordinación a nivel de ministros no sólo sobre el área petrolera sino sobre el gas y la electricidad. Se trata de planificar y estimar de manera conjunta recursos energéticos y necesidades, de manera tal de plantear iniciativas que sean desarrolladas por las compañías estatales de nuestros países y que se conviertan en políticas propias de los distintos Estados. Ese acuerdo lo firmamos los ministros, se puso a consideración de la Troika y entendemos que en la próxima reunión se anunciará ya la concreción de Petrosur con esta concepción y se invitará a otros países, fundamentalmente del Mercosur, a incorporarse a este mecanismo. Habrá una presidencia rotativa anual, una secretaría con el mismo régimen y un conjunto de representantes expertos de cada país para instrumentar estudios y propuestas y garantizar que las empresas estatales den cumplimiento a lo que se decide a nivel del Consejo de Ministros de Energía, que será la instancia máxima de Petrosur. Es un avance extraordinario», dice con optimismo el ministro venezolano, para agregar que «se trata de lograr el equilibrio en el sector energético en toda Suramérica, pero además proponernos metas, para colocar la energía como una herramienta al servicio de los pueblos».

Petrosur no es, por tanto, una nueva empresa: «es un acuerdo político, algo así como una OPEP del Sur, sólo que conviven países productores y consumidores en un sano espíritu de solidaridad, de complementariedad de nuestras economías. Como muestra de buena disposición, nosotros acordamos allí desarrollar tres proyectos: uno en Venezuela, en la Faja Petrolífera del Orinoco, donde participen las tres empresas; otro en Brasil, con una refinería (que se acordó denominar Abreu e Lima, en homenaje a ese gran brasileño que combatió junto a Bolívar), para que procese los crudos que se produzcan en la Faja, y otro en Argentina, en las áreas que está ofertando el gobierno off shore en el Sur del país. De manera que la participación de las empresas está antecedida por un acuerdo político».

Días antes de esta conversación, la empresa estatal brasileña Petrobras había anunciado su decisión de abandonar Bolivia a causa de la ley que aumenta las regalías y los impuestos para extraer crudo y gas de aquel país. Interrogado sobre esta incongruencia, Ramírez explica: «por eso es importante el acuerdo político. Las compañías se rigen por una lógica comercial. Nosotros hemos tenido bastante de eso aquí. No queremos inmiscuirnos en los asuntos internos de ningún país, pero es una realidad que el pueblo boliviano ha venido exigiendo reiteradamente el derecho soberano que tiene al manejo y disfrute de sus recursos naturales. No podemos ir contra ese derecho, contra esa lucha, que es justamente la lucha que hemos dado en Venezuela y que ahora estamos en pleno proceso de profundización. Tenemos que ser cuidadosos de no empujar a Bolivia hacia la desestabilización, que resultaría en un zarpazo de la ultraderecha».

 

Nueva ofensiva contra PDVSA

En las últimas semanas ha recrudecido la campaña según la cual cae la producción de Petróleos de Venezuela SA (PDVSA) y está a punto de colapsar. Ramírez es blanco de ataques constantes en la prensa comercial, que ha centrado en él sus dardos. El ministro explica la situación desde otra óptica: «a principios de año hicimos un cuestionamiento de nuestra propia gestión. Tenemos suficiente moral y fuerza política como para analizarnos nosotros mismos y corregir lo que haya que corregir. Al revisar nuestra gestión encontramos desviaciones, hechos de corrupción que sacamos a la palestra y actuamos inmediatamente contra los factores que estaban involucrados en esa situación. Eso, junto con los problemas subsecuentes del sabotaje petrolero, provocaron que nuestra producción de petróleo estuviera 100 mil barriles por debajo de lo que es nuestra meta presupuestaria. Hay que aclararlo bien: cuando hacemos el presupuesto, nos ponemos una meta volumétrica, que es incrementar cada año la producción. Y lo que detectamos es que en el primer trimestre no habíamos podido alcanzar esa meta. En el pasado esto se le ocultaba al país y al Estado. En términos reales, esta afectación no llega siquiera al 3% de nuestra capacidad de producción. Sobre esa situación se ha montado toda una campaña de difamación contra nuestra empresa. Se parece mucho a la campaña previa al sabotaje petrolero, quién sabe si con la intención de provocar una reacción interna que les permita dar un cambio cualitativo a la situación política que, por otra parte, es sumamente sólida y estable.

Además de ese interés permanente de los medios, creemos que hay un interés manifiesto: impedir que vayamos al desarrollo de lo que hemos llamado la plena soberanía petrolera. Después del sabotaje, lo que hicimos fue recuperar el control de la industria. La distribución de la renta petrolera es el asunto por donde pasan aquí las disputas del poder. Después de haber recuperado la empresa ahora vamos a la recuperación de nuestra soberanía en el manejo del recurso energético. Por distintas vías (contratos, leyes), se nos estaban expropiando nuestros recursos naturales. Políticas diseñadas desde PDVSA en complicidad con las empresas transnacionales. Ahora estamos desmontando todos esos acuerdos. Y hemos descubierto una cantidad increíble de desviaciones de los contratos originales, evasiones masivas de impuestos. Y eso nos está llevando a una confrontación con las transnacionales, que se va a dirimir a favor del pueblo de Venezuela».

Las «desviaciones» que denuncia Ramírez revelan hasta ahora una deuda de 1.000 millones de dólares por regalías y otros 3.000 millones por impuestos, cuyo pago exige Chávez con los intereses correspondientes. Las empresas involucradas son Exxon Mobil, Chevron Texaco, Conoco-Phillips y la francesa Total. Sin mencionarlas, Ramírez sostiene que «como estos intereses saben que vamos a dar la batalla por nuestra plena soberanía petrolera, entonces sus representantes en el país han venido azuzando toda esta campaña, que lo único que ha logrado es que el presidente Chávez radicalice más su posición y si continúa va a lograr que el pueblo se movilice, como lo hizo en 2002».

El ministro niega taxativamente que esto pueda derivar en una situación semejante a la que paralizó totalmente la producción petrolífera durante diciembre de 2002 y enero de 2003. Y respecto del sabotaje y la infiltración de la CIA en PDVSA, denunciada por altos funcionarios, el ministro responde: «no dejamos de monitorear. Nuestra ingenuidad se acabó. Seguimos todo, desde las sospechosas actuaciones del embajador estadounidense, hasta las ONG. En Zulia hemos detectado una cantidad de sabotajes a nuestras instalaciones. Esa es una de las causas por las cuales no alcanzamos la meta de aumento de la producción. Solicitamos el apoyo de nuestras Fuerzas Armadas y activamos batallones de reservistas con los mismos pobladores de la región. Tenemos sólo allí más de 250 hombres perfectamente preparados. Esa reserva militar, que no es más que el pueblo en armas, se hará cargo de la seguridad de nuestras instalaciones».

Audaz paso hacia un mundo multipolar

porLBenLMD

 

La noción “árabe-latinoamericano” no existe como categoría política, pero habrá que acostumbrarse a ella: con la cumbre que reunió en mayo pasado en Brasilia a Presidentes de dos mundos tan distantes se ha recorrido una enorme distancia tras el objetivo de neutralizar la supremacía estadounidense.

 

Brasil lidera, junto con India, China y Rusia, cada uno sobre su área de influencia, proyectos encaminados en dirección de un mundo verdaderamente multipolar. El tendido de líneas de enérgica acción hacia Suramérica y el mundo por parte de la cancillería brasileña es en la actualidad la proyección estratégica más audaz y consistente del panorama internacional. Despojado de aspectos subjetivos, ese trazado y su ejecución es inseparable de la orientación internacional que Hugo Chávez le imprimió a Venezuela desde antes mismo de asumir su mandato; en más de un aspecto resulta difícil discernir qué país lleva la iniciativa. La reconstitución de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y el incremento de las relaciones económicas entre Venezuela, varios países árabes e Irán, por ejemplo, avalan la presunción de que al gobierno venezolano le cabe tanto mérito como al Palacio de Itamaraty. Como quiera que sea, la Alianza Estratégica firmada por Luiz Inácio Lula da Silva y Chávez en febrero último, además de los múltiples programas de intercambio comercial, emprendimientos infraestructurales e industriales entre ambos países, tiene como base de sustentación ese ambicioso, en muchos aspectos incongruente pero potentísimo proyecto de rediseño del mapa político mundial.

Los logros alcanzados hasta el momento tienen incluso ribetes espectaculares, como el frenazo al Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y la reciente imposición a Estados Unidos de un candidato a la Secretaría General de la OEA. Pero la realización de esta cumbre árabe-latinoamericana, pese a la sordina del tratamiento mediático, presupone un jaque a los estrategas del Departamento de Estado. Junto con Venezuela y Argentina, Brasil ha movido una pieza clave en el tablero internacional.

El proyectado intercambio económico entre ambas regiones, los propósitos de aproximación cultural, los planes contra el hambre y las lacras de la miseria, que colman de buenas intenciones las 15 páginas de la Declaración de Brasilia(1), presumiblemente demorarán hasta convertirse en hechos. No obstante, la sola realización del encuentro y sus taxativas definiciones son indicativos de un cambio significativo en la relación de fuerzas internacionales en detrimento de Estados Unidos, cuyo máximo éxito fue impedir que Arabia Saudita y Egipto acudieran al encuentro. El documento firmado por los Presidentes, entre quienes estaba el de Irak, Yalal Talabani, comienza enfatizando «su adhesión a los objetivos y principios de la Carta de las Naciones Unidas, en particular las prohibiciones al uso de la fuerza o la amenaza del uso de la fuerza en las relaciones internacionales». Y en franca confrontación con la tesis de un mundo regido por una confrontación ancestral de carácter racial y religiosa(2), apoya «iniciativas recientes como la propuesta Alianza de Civilizaciones».

No menos inequívoco es el párrafo en el que los Presidentes «enfatizan la importancia de respetar la unidad, la soberanía y la independencia de Irak», para a renglón seguido expresar «su profunda preocupación con relación a las sanciones unilaterales impuestas a Siria por el gobierno de Estados Unidos» y consideran «que el llamado ‘Syria Accountability Act’ viola principios del Derecho Internacional y constituye una transgresión a los objetivos y principios de las Naciones Unidas, creando de este modo un grave precedente en las relaciones entre los Estados independientes».

Habría que retroceder muchos años para encontrar un lenguaje semejante respecto de Estados Unidos en un documento internacional, que además condena sin rodeos la inclusión de las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur como territorios asociados a Europa en la Constitución Europea. Incluso al tratar el tema actualmente más caro a la Casa Blanca, la Declaración de Brasilia choca de frente con la política estadounidense al proponer «combatir el terrorismo en todas sus formas y manifestaciones por medio de una cooperación internacional activa y eficaz en el ámbito de las Naciones Unidas y de las organizaciones regionales pertinentes, con base en el respeto a los objetivos y principios de la Carta de las Naciones Unidas y en estricta conformidad con los principios del Derecho Internacional y de los Derechos Humanos».

No obstante, el documento trastabilla cuando promueve «reformas en la estructura del sistema financiero internacional», para lo cual propone «el perfeccionamiento de instrumentos más adecuados para prevenir y administrar las crisis financieras, así como la identificación y la implementación de nuevos mecanismos capaces de garantizar la sostenibilidad de flujos financieros y garantizar un papel más destacado a los países en desarrollo en el proceso de toma de decisiones de las instituciones financieras internacionales». Pero esta candorosa incoherencia -que además coloca como objetivo máximo «prevenir y administrar las crisis»- lejos de menguar la significación estratégica de la primera cumbre árabe-latinoamericana, muestra la magnitud del dilema político planteado a países que se niegan a seguir la carrera belicista de Estados Unidos y a la vez se resisten a asumir las causas de fondo que determinan esa conducta en las autoridades de Washington. La extrema heterogeneidad tiene esas cosas.

 

Argentina, ¿sí o no al ALCA?

Es probable que, aparte Yalal Talabani, nadie como el Presidente argentino haya sufrido esas contradicciones en la cumbre árabe-latinoamericana: días antes su canciller, Rafael Bielsa, además de anunciar gravísimas diferencias con Brasil, había publicado un artículo a favor del ALCA en el diario de mayor circulación nacional(3). Altas fuentes próximas al Presidente y del propio Palacio San Martín aseguran que Kirchner no estaba al tanto de esta arremetida de su canciller. En cualquier caso, Bielsa dio prueba de que la convergencia suramericana y la dinámica Sur-Sur, onerosas ambas en extremo para Estados Unidos, no carecen de poderosas fuerzas que se le oponen incluso en el seno mismo de los gobiernos que la promueven.

El hecho es que Argentina juega circunstancialmente un papel excepcional en el reacomodamiento general de fuerzas a escala mundial, porque de su reafirmación como parte del trípode sobre el que Suramérica se asume como tal y se proyecta al mundo, depende en buena medida el vuelco en ciernes de las relaciones de fuerzas internacionales. Esta es razón suficiente para que desde Washington y otras metrópolis imperiales se ejerzan presiones desmesuradas sobre la Casa Rosada. Optar por sufrirlas en soledad o enfrentarlas mediante el fortalecimiento de los lazos con Brasil y Venezuela (ver pág. 14) es una decisión de carácter estratégico, con enormes consecuencias inmediatas y de largo plazo para la sociedad argentina.

  1. www.mre.gov.br
  2. Samuel Huntington, «El choque de las civilizaciones», Paidós, Buenos Aires, 1997.
  3. Rafael Bielsa, «Un ALCA con principios puede tener buen final», Clarín, Buenos Aires, 2-5-05.

Plan de ataque estadounidense

porLBenLMD

 

En un calco de la campaña que concluyó con la invasión a Irak, Estados Unidos acaba de colocar un peón militar en Paraguay, muy cerca de la frontera con Bolivia, y prosigue con la andanada de falsedades respecto al presidente venezolano Hugo Chávez. En retroceso en el campo político, el Imperio apuesta a la propaganda y la intervención militar.

 

Un doble movimiento simultáneo se acentúa en los últimos meses sobre el escenario geopolítico suramericano. Dos ejemplos lo resumen: Estados Unidos no logra frenar su retroceso en el terreno político-diplomático, como lo prueba el desmesurado fiasco de la secretaria de Estado Condoleezza Rice en la Asamblea General de la OEA; como contrapartida, el Congreso paraguayo votó la inmunidad para la soldadesca estadounidense y el Pentágono programa maniobras militares bilaterales… a 250 kilómetros de Bolivia(1).
La resolución del Congreso paraguayo, ocurrida el 28 de mayo pasado y ocultada a la opinión pública en ese momento, fue presentada como noticia dos semanas después, luego del descalabro de la Casa Blanca en la OEA y la caída del presidente Carlos Mesa en Bolivia. Las implicancias son evidentes, puesto que no se trata de la reiteración de maniobras conjuntas al estilo de los sucesivos juegos de guerra denominados “Cabañas”(2), sino de una operación de Estados Unidos en territorio paraguayo, con la imaginable participación del ejército de este país. Washington formaliza la instalación de una base en Paraguay (de hecho, existente desde hace años, con aeropuerto semiclandestino incluido en la espesura del Chaco paraguayo) y clava en este país una cuña estratégica para contrarrestar los movimientos de convergencia suramericana, además de quedar a tiro de piedra de la revolución social en curso en Bolivia. Fiel a su estilo, y para subrayar el carácter de escalada militar en el corazón del Mercosur, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld “comprometió el envío a Paraguay de expertos del Centro de Estudios Hemisféricos de Defensa, una institución dependiente del Pentágono, a fin de desarrollar un ‘Seminario de Planificación del Sistema de Seguridad Integral Nacional’ programado para septiembre venidero. Rumsfeld prometió visitar Paraguay próximamente y expresó ‘su pleno apoyo a los próximos ejercicios conjuntos que realizarán las fuerzas armadas paraguayas y norteamericanas’”(3).
Mientras los gobiernos de Argentina y Brasil, directamente afectados por esta determinación de Washington, resuelven si tomarán o no la palabra al respecto, hay sin embargo otro aspecto a considerar. Se trata de la operación de opinión pública de alcance global desplegada paralelamente por el Pentágono contra el gobierno de Venezuela a través de otro tentáculo bajo las órdenes de Rumsfeld: el Center por Security Policy (CSP).

 

La mentira como herramienta  

Creada en 1998 bajo el patrocinio del secretario de Defensa, esta oscura institución fue el instrumento para crear una matriz de opinión a escala mundial en los dos años previos a la invasión a Irak. Ese accionar fue clave para lo que luego un libro con detallada información denominaría “Plan de ataque”(4). Con cuantiosos recursos y escasa imaginación, ahora el CSP repite paso a paso la maniobra, esta vez con el presidente Hugo Chávez en la mira.
Un documento titulado “Qué hacer con Venezuela”(5), tras advertir en la primera línea que “ha disminuido seriamente la estatura y la influencia de Estados Unidos en la mayor parte de las Américas”, se lanza sin escrúpulos contra el “agresivo dictador” que gobierna Venezuela.
Aun el ojo entrenado se asombra ante la retahíla de falsedades sin el más mínimo asidero verificable, sobre la cual el documento monta su argumentación a lo largo de 15 páginas. La farsa montada por la CIA en el período previo a la invasión a Irak respecto de la existencia de armas de destrucción masiva en aquel país –falacia asumida y repetida en todo el mundo– es un escándalo moral difícil de igualar. No obstante, aquella estafa a la opinión pública mundial empalidece ante los recursos enhebrados para sostener que desde su ascenso al gobierno, en 1999, Chávez avanza sistemáticamente en la consolidación de una dictadura.
Carece de sentido responder a tales alegaciones (el CSP no vacila en involucrar al ex presidente James Carter en la supuesta escalada dictatorial de Chávez). Pero es preciso enumerar las líneas del ataque para advertir hasta qué punto esos mismos argumentos, apenas aderezados con desangelados recursos periodísticos, se reproducen en columnas de opinión de connotados medios de prensa en todo el hemisferio, abonando la sospecha de que existe un aceitado sistema de reproducción de falsedades destinadas a intoxicar la opinión pública internacional.
Los ejes adelantados por el articulo comentado, carentes de fundamento, se autosustentan en denuncias que, por simple repetición en medios de comunicación masiva, pasan a constituir una realidad virtual para millones de personas. Helos aquí: Chávez “creó alianzas estratégicas con Estados promotores del terrorismo”; “usa la riqueza petrolera con propósitos subversivos y para alentar el terrorismo”; “ayuda y alienta a las organizaciones terroristas islámicas internacionales”; “ayuda y alienta el narcotráfico y la narcoguerrilla”; “está armando y militarizando a la población para amenazar a los países vecinos”; “viola los derechos civiles y las libertades democráticas” al punto de “estar transformándose en el peor violador de los derechos humanos en el hemisferio”. Ante el temor de que estas acusaciones resulten insuficientes el documento aporta otra argumentación: “Chávez está loco y bajo atención psiquiátrica”…
Nada más elecuente sin embargo que el lenguaje con el que se expresa la conclusión del documento: “El tiempo se agota. El avance de Venezuela hacia la represión, la militarización, la importación de armas, desestabilización de países vecinos muestra que el tiempo se agota para el pueblo venezolano y para la relativa paz de que han gozado la mayoría de los países del hemisferio. El régimen bolivariano de Caracas constituye un claro peligro para la paz y la democracia en el hemisferio. Debe cambiar. Puede cambiar por sí mismo, o puede invitar a las fuerzas del hemisferio con la ayuda de la amplia oposición democrática venezolana, para imponer los cambios. En cualquier caso la estrategia de Estados Unidos debe ser ayudar a Venezuela a lograr un cambio pacífico el año próximo”.
Sea en Caracas o en el Cono Sur, la respuesta es la misma: el tiempo se agota y urge “imponer los cambios”. Resta saber si los gobiernos, la opinión pública, las instituciones y las personalidades relevantes de Suramérica, permiten pasivamente que esta nueva versión de “las armas de destrucción masiva” en Irak y la escalada militar subrepticia continúen articulándose sin obstáculos.

  1. Hugo Olazar, “Paraguay concedió inmunidad a las tropas de Estados Unidos”, Clarín, Buenos Aires, 13-6-05
  2. Luis Bilbao, “Estados Unidos alista un ejército para el Alca”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, septiembre de 2001.
  3. Clarín, ibid.
  4. Bob Woodward, “Plan de ataque”, Planeta, Buenos Aires, septiembre de 2004.
  5. J. Michael Waller, “What to do about Venezuela”, www.centerforsecuritypolicy.org, mayo de 2005.