Qué depara 2011

PorLBenAXXI

 

Suramérica culmina la década como quien completa la primera jornada de ascenso al Aconcagua; o al Chimborazo: todo el ímpetu, alguna magulladura, la mirada en lo alto y la sangre latiendo fuerte por la empresa grandiosa.
A la inversa, Estados Unidos va camino abajo, herido de muerte en su corazón económico. No está mal hallado el título de la reunión conspirativa realizada el 17 de noviembre en Washington, en la sede del Congreso: “Peligro en los Andes” (ver pág. 20). Sí. Hay peligro allí para ellos. Es el lugar donde sufrirá su última derrota el imperialismo estadounidense, como 186 años atrás le ocurrió al imperio español en Ayacucho. Ya lo adelantaron hace medio siglo los revolucionarios cubanos, acompañados por iguales en todo el continente, al señalar la cordillera como “la Sierra Maestra de América Latina”. No está mal pensado el título de ese cónclave, ni el lugar donde se llevó a cabo. Es bueno saber a qué atenerse y que cada quien muestre su rostro: el Capitolio como antro de terroristas, estafadores, diputados ignorantes sin representación, oscuros escribas del amo asustado.
¿Cómo harán los demócratas sinceros del hemisferio para justificar semejante aquelarre? Por lo pronto, no hablan del asunto. Pero debieran hacerlo. Porque el derrumbe conceptual, moral y político de la democracia capitalista puede arrastrar la idea misma de democracia, como muestra el espacio ganado por los nazis contemporáneos del Tea Party.
En sustancia, eso es lo que depara 2011: un inmenso desafío ideológico, político y, eventualmente, si no se actúa con inteligencia y celeridad, militar. Incapacitado de remontar la crisis que carcome su estructura, el capitalismo se lanza por el camino de la derechización y la violencia. Ése es el significado del pedido de Barack Obama para aumentar en 522 mil millones de dólares el presupuesto militar de Estados Unidos. En 2011 el gasto militar será de unos 708 mil millones de dólares; el más alto de la historia. La provocación en Corea, las bases en Colombia, el despliegue en Costa Rica, están allí para señalar el destino de esos fondos. Al mismo tiempo se congelan por tres años los gastos en programas de educación, nutrición, energía y transporte.

 

Incendio

Europa no está mejor. Por estas horas tambalea España, detrás de Irlanda y Portugal, los últimos dos focos del incendio financiero. Del estancamiento la UE pasa nuevamente a la recesión, y esfuma las expectativas de recuperación en Estados Unidos. Importa sobre todo que los recursos empleados para postergar una vez más la cadena de quiebras bancarias, el colapso del euro y la desarticulación de la UE, operan como combustible sobre el incipiente incendio social en el viejo continente. Allí también se gesta una crisis política de magnitud.
Será interesante escuchar al último Borbón en la cumbre Iberoamericana que tendrá lugar en Mar del Plata (sí, allí donde en 2005 fue enterrado el Alca) apenas esta edición salga de imprenta. En ese cónclave los políticos socialdemócratas de América Latina no tendrán ya la posibilidad de volver a esgrimir a Irlanda y España como modelo de éxito. Si Madrid y Lisboa no hablan del futuro y un número de admiradores de sus antiguas propuestas en estas latitudes deciden callar ¿de qué habrá servido esta enésima cumbre? ¿Acaso puede esperarse mejor resultado que el fiasco del G-20 en Seúl?
No. Su utilidad será ratificar la necesidad de concentrarse en Unasur, rescatar Mercosur, extender y fortalecer el Alba. El Norte no tiene nada positivo para proponerle al Sur. Y este hemisferio habrá de tomar debida cuenta de la realidad económica mundial, desechando el espejismo de una sustentabilidad estratégica basada en altos precios de materias primas. Entre otras muchas razones, porque una parte sustancial de esos aumentos expresa otra fuga irracional del sistema acorralado: imposibilitados de refugiarse en monedas confiables, exprimida la posibilidad de correr al oro, inmensas masas de capital excedente buscan resguardo comprando materias primas a futuro, a precios tan demenciales como la lógica que les da existencia. Esa burbuja también explotará.
Se trata de la crisis estructural de un sistema agónico. Buscar caminos intermedios lleva a ninguna parte. Vacío ideológico, vacilación política, llevan al abismo.
Gobierno y Congreso estadounidenses, asumidos como derecha reaccionaria, entienden que el “Peligro en los Andes” es el socialismo, enarbolado ya como bandera por los gobiernos del Alba y una franja creciente de los pueblos del hemisferio. Vale escuchar la respuesta de Hugo Chávez: “¿a partir de enero habrá en Estados Unidos un Congreso de extrema derecha? Bueno, el Parlamento venezolano a partir del 5 de enero debe ser de extrema izquierda (…) necesitamos un gobierno mucho más radicalmente a la izquierda, una fuerza armada mucho más radicalmente revolucionaria, junto al pueblo (…) No debe haber cabida en nuestras filas civiles, militares, para las medias tintas. ¡No. Una sola línea: radicalizar la revolución!”.
Evo Morales no fue menos contundente (ver pág. 22): “estoy convencido: de la rebelión a la revolución; de la revolución a la descolonización”.
Este debate de ideas, este combate político, depara 2011. Precisar conceptos, afirmar estrategias, fortalecer organizaciones, frente a un enemigo poderoso, cruel, pero debilitado y obligado a enfrentar a la humanidad. El Ande está allí.

marzo de 2009

Luis Bilbao en el Foro Social Latinoamericano de Sydney (primera parte)

El Foro Social Latinoamericano comenzó a principios de 2009 de la mano de varios militantes provenientes de distintas organizaciones que apoyan el proceso revolucionario de América Latina. Es un espacio para construir conciencia y apoyar el proceso de lucha de Latinoamérica. Está conformado por organizaciones políticas, obreras, estudiantiles, periodistas, artistas y otros activistas. En la actualidad reúne a militantes del Comité en Defensa de los Derechos Humanos de Guatemala, de la Fundación Raúl Sendic de Uruguay, del Frente Farabundo Martí de El Salvador, del Frente Nacional de Liberación de Sydney, de Solidaridad Venezuela-Australia, del Comité de Solidaridad con Honduras, entre otros grupos e individuos.

Cierra un capítulo en Argentina

PorLBenAXXI

 

Con el inesperado deceso del ex presidente argentino Néstor Kirchner, ocurrido al cierre de esta edición, el azotado país sureño concluye un capítulo de su historia.
Iniciada con el colapso generalizado de 2001, esa fase estuvo signada por la explosión de masas en las calles exigiendo “que se vayan todos” y el paradojal retorno de muchos, casi todos, aquellos cuyo retiro del escenario político se demandaba, comenzando por Eduardo Duhalde, quien asumió la presidencia luego de una sucesión de nombres que durante 10 días, a partir del 20 de diciembre de aquel año fatídico, entraban y salían como titulares formales de un poder que se desintegraba ante la mirada desesperada de las clases dominantes.
Usufructuando la ausencia de un programa y un liderazgo reconocible para salir de la crisis por el camino de la revolución, Duhalde y su ministro de economía Roberto Lavagna, recuperaron paso a paso el control económico y político del país. La burguesía y el imperialismo respiraron otra vez. Pero no lograron garantizar la sucesión deseada y, por esa brecha inmanejable, Kirchner llegó al gobierno.
Más que nadie, Kirchner encarnó la paradoja de una sociedad tan exasperada como desorientada. En un libro titulado Argentina como clave regional, publicado en septiembre de 2007, expuse mi interpretación de ese período crucial y del papel jugado por las diferentes fuerzas y dirigencias políticas. No hay espacio para reiterarla en esta página, urgida por su muerte. Con todo, las vívidas manifestaciones de grandes contingentes que salieron a la calle a expresar dolor por su muerte, hablan claro respecto del saldo que un segmento importante de la sociedad guarda de su accionar político.
La contradicción que signó aquel recorrido de quien en sus inicios fuera militante de la juventud peronista se repitió a la hora de la muerte: allí donde había perdido su última confrontación electoral, el 28 de junio de 2009, en Buenos Aires y Santa Cruz, su provincia natal, ríos de hombres y mujeres salieron a despedirlo. Que entre ellos la mayoría hayan sido jóvenes, es igualmente elocuente. No habrá vuelta atrás en la sinuosa marcha iniciada con la sublevación de 2001.
Para el flanco izquierdo (dentro y fuera del gobierno que condujo), no fue menos cruel el ejercicio de la oposición. El recorrido de unos desde el bloque gobernante a la vereda opuesta, se espejó con el de quienes desde la más estentórea confrontación pasaron a las filas oficiales. Aunque el saldo más gravoso fue para aquellos que no pudieron comprender la esencia ambivalente del saldo que dejaba la crisis de 2001, con su potente demanda de cambio revolucionario y su incapacidad para realizarlo.
El hecho es que con su formación política original, el Frente para la Victoria, luego con su ingreso al Partido Justicialista, Kirchner cabalgó un momento de la historia argentina en el que las fuerzas políticas de izquierda y derecha se disgregaron como nunca antes al compás del auge económico y la estabilización del entramado institucional: otra contradicción difícil de asir. Kirchner estaba frente a frente con esos efectos disolventes en su propia estructura política cuando lo sorprendió la muerte.
Economía e institucionalidad otorgan un amplio margen a la presidente Cristina Fernández, aun tras la pérdida de su esposo. En cambio, el curso inexorable de la crisis mundial plantea de manera perentoria la adopción de una estrategia consistente para afrontarla.
Sin riesgo institucional en el horizonte delineado por las elecciones de octubre de 2011, Argentina debe optar por un programa de acción tanto de política interna como internacional. Dentro y fuera del gobierno, la disgregación organizativa, la confusión ideológica, la indefinición, reclaman resolución con la lógica de un río torrentoso en busca del mar: arrastrará aquello que se le oponga o se detenga.
Por la crisis estructural del capitalismo y la dinámica violenta del imperialismo estadounidense, en lo inmediato esa urgencia tiene mayor gravitación desde fuera. En noviembre habrá dos cumbres de gran significación: del G-20 en Seúl y de Unasur en Guyana, donde esta instancia de unión suramericana deberá además reemplazar a Kirchner, quien ocupaba la secretará general del organismo. Más evidente para el ciudadano común, la campaña ya iniciada por las presidenciales plantea igualmente definiciones estratégicas a las fuerzas que proclaman cambio sociales sostenidos, sea en el gobierno o en la oposición.
Las últimas elecciones en la región indican que en este riquísimo y turbulento momento histórico se restringen hasta desaparecer los espacios para posiciones de centro, para la ambivalencia o la indefinición. En Argentina esa polarización será mayor aún. El nuevo capítulo, simbólicamente marcado por la muerte de Néstor Kirchner aunque había comenzado dos años antes, mostrará un formidable combate por la definición del país que se busca y el camino que se adopta para alcanzarlo. Hay razones para ser optimistas.

a toda marcha la transición de venezuela al socialismo

Dilemas de una revolución pacífica

PorLBenAXXI

 

Pueblo legislador: de acuerdo con la visionaria propuesta de Simón Rodríguez, los 98 diputados/as del Psuv en la Asamblea Nacional deberán ahora cumplir la promesa de campaña y llevar el pueblo al Parlamento. “No seremos representantes, sino voceros”, sostuvo Aristóbulo Iztúriz, jefe de campaña y diputado electo, al anunciar los resultados el lunes 27. La diferencia es sutil y a la vez decisiva. Al no haber alcanzado los dos tercios de las 165 bancas, la victoria exigirá a la bancada oficialista una práctica parlamentaria por completo diferente a la tradicional. La Revolución deberá entrar como torbellino en el Parlamento. Y contrarrestar el accionar desestabilizador de la oposición teledirigida desde Washington, que ya ha comenzado su labor.

 

Enredados en una extraña disputa para determinar si la obtención de 98 diputados, contra 65 de la oposición de derecha, constituye o no una victoria, dirigencias políticas, analistas y comentaristas, parecen haber perdido de vista en diferentes latitudes el verdadero significado de las elecciones parlamentarias del 26 de septiembre en Venezuela.
No hay límites para las trampas de la retórica. Al punto que la oposición derrotada alega haber vencido. Y como si nunca nadie lo hubiese advertido, el árbol oculta una vez más el bosque.
Desde el comienzo estuvo claro que, en la medida en que el Partido Socialista Unido de Venezuela no obtuviera los dos tercios de las bancas, es decir 110 sobre 165, la oposición estaría en condición de bloquear la aprobación de las llamadas “leyes orgánicas”, que según la Constitución son “las que se dicten para organizar los poderes públicos o para desarrollar los derechos constitucionales y las que sirvan de marco normativo a otras leyes”.
Una mirada formalista, crudamente electoralista, lleva a la conclusión de que no haber llegado a las 110 bancas equivale a toparse con una muralla insuperable. De allí la alharaca de la oposición y la confusión en franjas de la militancia, al punto que en un primer momento la oposición pudo anotarse un tanto en la batalla mediática, al desdibujar la enorme significación estratégica de la victoria electoral del Psuv, que ganó en diputados por 60 al 40%, ganó en números absolutos (5.422.040 contra 5.320.175 de la MUD, aunque ésta no fue una elección nacional sino distrital), se impuso en 18 Estados, empató en dos y perdió en cuatro, ganó dos sobre tres diputados indígenas y siete sobre doce diputados al Parlatino, todo con una participación del 66,45% del padrón total.
No es desdeñable, por cierto, que el Psuv obtuvo casi dos millones menos de votos que en la elección presidencial. Es clara la necesidad de hacer una minuciosa e implacable valoración de las causas subjetivas que dieron lugar a esa retracción. Pero antes de conocer los resultados y correcciones que seguramente surgirán del debate, es preciso salir al cruce de antojadizas interpretaciones según las cuales el Psuv habría sido responsable de aquello que, en el desvío, no se trepida en calificar de fracaso.

 

Entorno objetivo del momento electoral

El primer paso es analizar las causas objetivas detrás de estos resultados, entendiéndolos ante todo como desplazamientos de clases y sectores de clases frente a la marcha sostenida de la revolución y en el marco concreto en que discurrió la lucha de clases y el combate político en el último año.
Basten unos pocos datos:

  •  recesión
  •  la inflación superó el 30%;
  •  una sequía sin precedentes, atribuida al fenómeno del Niño, secó el caudal del río que alimenta la principal represa, de la cual     depende el 80% de la energía eléctrica del país;
  • como resultado hubo racionamiento eléctrico;
  • hubo también, y por la misma causa, racionamiento de agua;
  • el país vivió durante meses bajo la amenaza de un colapso eléctrico total;
  • en ese mismo período ocurrió una devaluación de alrededor del 100%;
  • problemas severos en el transporte subterráneo, como resultado del deterioro estructural del sistema de Metro, que requiere grandes inversiones;
  • atropellos policiales contra población civil en barrios, inequívocamente promovidos por los sectores afectados por la profunda reforma policial;
  • recrudecimiento de secuestros y actos delictivos, multiplicados por el accionar de unos 14 mil paramilitares colombianos infiltrados en territorio venezolano;
  • furibunda campaña de la iglesia católica, con el cardenal actuando como candidato y sacerdotes dando misa contra Chávez.

Como colofón, en los días previos y el mismo 26, de la sequía se pasó a las lluvias intensas que provocaron deslaves, derrumbes en los barrios, muertos y evacuados.
Cabe preguntar a quienes alegremente califican de retroceso una victoria por el 60% de los diputados, para luego atribuirlo al Psuv, sin el más elemental análisis de su desempeño: ¿en qué país, qué partido, en este contexto en cuyo centro está la inflación de precios, tras diez años de gobierno, una dirección política es capaz de ganar una elección, y ganarla en las proporciones señaladas? Las ilustraciones de esta nota muestran en sus resultantes la verdadera dinámica no sólo de los votos totales, sino de su traducción partidaria.

 

Clases, votos y partidos

Si algo muestra de manera inequívoca esta elección, es la extraordinaria extensión, profundidad y solidez de la nueva conciencia en la que se apoya el voto revolucionario. Contar con más de la mitad de los votantes, en las condiciones señaladas, es un indicador irrebatible. Tanto más si en lugar de medirlo en términos electorales, se lo observa desde la perspectiva del desplazamiento de las clases en medio del torbellino revolucionario.
La inercia –provocada por 16 elecciones en 11 años- ha llevado a medir la marcha de la revolución contando votos. Nada hay más lejos de la verdad. Lenin calificaba esta conducta como “cretinismo parlamentario”.
Siempre sobre la base –reiteradamente señalada en estas páginas- de que la clase obrera no ha entrado aún en toda su magnitud y potencia al escenario principal de la revolución, y se mantiene dividida y en buena parte apática, el dato sobresaliente del cuadro político actual en Venezuela es el alineamiento de la mayoría de la población con la revolución y las políticas de transición al socialismo.
En la balanza hay que poner ante todo el hecho de que la marcha firme de la transición, la comprobación de que el objetivo socialista no es una consigna vacía, de que se avanza hacia la demolición de las columnas económicas, sociales, políticas y culturales de la sociedad capitalista, hace vacilar –y en muchos casos retroceder- a inmensos contingentes que hasta ahora han apoyado a Chávez y su propuesta revolucionaria.
La omisión de la clase obrera hace más difícil la reubicación política de clases y sectores intermedios. Sin contar con que en el seno de la clase obrera misma, franjas importantes llegan a rechazar inconscientemente la propuesta anticapitalista. Estos movimientos contradictorios, zigzagueantes, no pueden ser medidos por elecciones, aunque éstas puedan ser, hasta cierto punto y en determinadas condiciones, indicativos a tener en cuenta.
Pero es claro que millones de personas que no votaron (el 35%), así como también millones que votaron por la oposición, en el alineamiento de clases a la hora de la verdad estarán –o, más precisamente: podrán estar- con la revolución; del mismo modo, una cantidad considerable de quienes votaron al oficialismo irán variando su conducta hasta pasar a la vereda opuesta. No otra cosa se ha experimentado en la última década con los agrupamientos originariamente alineados con Chávez, que se han desplazado en sentido inverso a las de las clases explotadas y oprimidas. Pero ese desplazamiento no tiene que ver con expresiones electorales; en realidad se oculta en ellas; y sus reflejos tergiversan la realidad si la aritmética electoral no parte de una teoría científica de la sociedad y la revolución.

 

El Psuv

Este encuadre nada tiene que ver con la idealización del Psuv y mucho menos con la intención de soslayar sus remarcables falencias, o soslayar los efectos de la corrupción y la ineficiencia. Sólo que la evaluación de este partido no puede hacerse sin partir del hecho simple de que hace tres años no existía. Pero sobre todo, sin contar que al momento de su nacimiento, tuvo que remontar la caída abismal e inmensamente destructiva del pensamiento y la organización revolucionaria en todo el mundo. La autocrítica del Psuv ya comenzó. El viernes 1 y el sábado 2 los diputados electos, jefes de campaña y la Dirección Nacional del partido debatieron sus conclusiones y esa jornada culminó con un acto en el que Chávez, tras ratificar el carácter de la victoria, arremetió contra las lacras que debilitan al partido y la labor del gobierno. Esta introspección continuará. Cada vicepresidente elevará un balance sobre la base de lo discutido en estos dos días y luego, con Chávez a cargo, se hará una evaluación final.
Las deformaciones originales del Psuv, sus problemas estructurales, la rémora que significa una cultura y una práctica políticas de muchas décadas en Venezuela, no se resolverán de la noche a la mañana. Un partido de masas no puede sino traducir la cultura del pueblo y la clase trabajadora de donde surge. Educar a esas masas es una tarea ardua y prolongada. Esperar lo contrario es prueba de un pensamiento idealista. Y equivale a restar fuerza a la labor de vanguardia que requiere una superación cualitativa. Equivale a desconocer factores fundamentales de la coyuntura histórica en Venezuela: hay millones de hombres y mujeres (civiles y militares) empeñados en una revolución, una dirección política colectiva para llevarla a cabo y un jefe con capacidad y determinación para aunar grandes masas en pos del socialismo.
Dicho esto, no obstante que muchas críticas al Psuv provienen de quienes niegan la noción de partido o están descontentos porque les ha hecho perder poder, innumerables voces protestan por la falta de funcionamiento para otra cosa aparte las campañas, la falta de método organizativo y de discusión regular, todo lo cual ha hecho perder buena parte de la formidable mística que lo distinguió en sus primeros pasos. El virus de la burocracia hace su tarea destructiva.

 

La nueva Asamblea

El desafío es ahora acelerar en todos los órdenes la transición al socialismo. Y en el plano parlamentario, la realización efectiva de la consigna Pueblo legislador. Si esto último se aplica con energía y eficacia, podría incluso superarse sin dificultades mayores el hecho de no contar con mayoría de dos tercios en la Asamblea. La mayoría simple basta para aprobar el 95% de las leyes necesarias, entre ellas el Presupuesto. Y cabe recordar que la actual Asamblea tiene aún tres meses de vida, durante los cuales acelerará la aprobación de todo aquello demorado y necesario para ensamblar revolución e institucionalidad en el próximo período.

La oposición no puede trabar la labor legislativa, más que por la reiteración de escándalos en el recinto, que se multiplicarán a partir del 5 de enero próximo. Mucho menos puede aprobar una ley, cualquiera que sea. El Psuv no tratará de escenificar una imposible normalidad parlamentaria. Tratará a la oposición de derecha como lo que es: enemiga jurada de la revolución. Y el pueblo legislador impedirá que alguno de sus diputados se deje arrastrar por el parlamentarismo burgués.
De allí que la oposición usará la Asamblea como mera caja de resonancia para atacar la revolución, en una batalla sin precedentes de choque parlamentario entre socialismo y capitalismo. El recinto será para la oposición un estrado de espectáculo permanente. Para el interior, pero sobre todo para el exterior. Y estará acompañada por la prensa comercial de todo el mundo.
A la prensa alternativa, a los medios decentes, al periodismo revolucionario, cabe a partir de ahora la gran tarea de contrarrestar en cada país la formidable batalla entre contrarrevolución y revolución en el Capitolio de Caracas. Una formidable batalla de ideas que no excluirá, en cualquier punto de América Latina, momentos como los vividos el 30 de septiembre en Ecuador.

 

Realineamientos

PorLBenAXXI

 

Pasó casi inadvertido. El abrupto adelanto en el retiro de tropas estadounidenses de Irak fue reportado por cronistas y analistas como una información más del diario acontecer internacional. La múltiple significación del repliegue en derrota del ejército más poderoso del mundo no ha merecido despliegue informativo; ni reflexión. Mucho menos debate. Con tantos y tan calificados medios de comunicación a que ha dado lugar la posibilidad de tener una página en internet, esa omisión debería ser un llamado de atención acerca del lugar que ocupa el ejercicio de la palabra escrita.
El hecho es que, en el mismo momento en que prepara un ataque contra Irán, la Casa Blanca se vio obligada a retirar sus tropas de Irak. Y a quedarse. El imperialismo fue derrotado por la implacable combinación de resistencia iraquí, imposibilidad económica de sostener aquella guerra y repudio doméstico e internacional. Y fue victorioso en aquello que constituyó el objetivo político principal de la invasión: devastar, dividir, degradar.
Huir y permanecer; alcanzar el objetivo y ser derrotado. Esta doble y paradojal contradicción encierra claves que es urgente despejar. Un texto publicado por el ministerio de Defensa de Argentina, titulado En torno a la asimetría, cita al teniente coronel estadounidense Ralph Peters, columnista del diario ultraderechista The New York Post: “la estrategia asimétrica de los talibanes no consiste en derrotarnos militarmente, sino en hacer Afganistán ingobernable. Pero ¿qué sucede si nuestra estrategia, en vez de buscar transformar el país en un Estado modelo, está al servicio de hacerlo ingobernable para los talibanes? Nuestras chances de éxito se desvanecerán, mientras nuestros costos se incrementarán”. Por estrecha e interesada que sea, la intuición de Peters es correcta: el imperialismo sólo puede destruir. Ya no vencer. Y todo a un alto costo económico que, para seguir con las paradojas, los centros del capitalismo mundial necesitan y a la vez no pueden sostener porque lleva, a velocidad de vértigo, hacia el descontrol total del sistema.
En otros tiempos, teóricos y propagandistas del capital hubieran reparado en un aspecto diferente de la situación: además de destruir sin posibilidad de vencer, hoy el capitalismo no tiene la menor perspectiva de mejorar la condición humana. Esto significa que no ofrece futuro. El capitalismo tardío ya no puede sobrevivir sino sobre la base del engaño y la violencia.

 

Adónde van

Tiempo atrás, durante un encuentro ocasional de algunas horas mientras un avión de línea sobrevolaba Centroamérica, tuve oportunidad de discutir con un alto funcionario chino una incógnita estratégica crucial: ¿estaría o no dispuesto un gobierno estadounidense (aún no había sido elegido Barack Obama) a iniciar un escenario de guerra más, dado el empantanamiento militar en Iraq y Afganistán y los insostenibles costos económicos de estas incursiones? Irán y América Latina eran las hipótesis.
Ha pasado el tiempo desde aquel intercambio. A la sazón la convicción predominante descartaba una nueva aventura bélica de Washington. Y mi interlocutor la compartía, con muy sólidos argumentos.
Aunque no de manera explícita, aquella certeza generalizada en dirigencias políticas y analistas de valía, ha cambiado. Acaso han contribuido los esfuerzos de Fidel Castro por alertar sobre la dinámica dominante en el mundo. En todo caso, es una fuerza objetiva la que torció eso que en inglés denominan “conventional wisdom”, para aludir a una creencia generalizada, la más de las veces dictada por una mirada estrecha de la realidad.

Como sea, el hecho es que ahora un tercer escenario de guerra está más cerca de los temores e hipótesis de trabajo, al menos en aquellos cuadros políticos e intelectuales que observan con algún cuidado la marcha del mundo. Hoy están en la agenda diaria la amenaza de ataque a Irán por Estados Unidos y/o Israel, así como la acumulación de potencia de fuego en el área del Caribe y la guerra evitada in extremis entre Colombia y Venezuela.

Esto ocurre cuando el cuadro militar del imperialismo es considerablemente más grave y su situación económica está directamente fuera de control. No obstante, se asume que es mayor el riesgo de otras guerras y su eventual proyección mundial. Uno de los muchos corolarios de esta paradoja afirma una conclusión con tanta fuerza lógica como peso político: el imperialismo capitalista no va a la guerra porque tiene margen económico y militar para sostenerla, sino porque una fuerza incontrolable se lo exige.
Por una línea paralela a este replanteo, no siempre consciente, avanza otra argumentación con tendencia a convertirse en creencia generalizada: la posibilidad de un crack, un precipitado derrumbe del sistema imperialista mundial. Hasta no hace mucho, este tema asomó en debates dominados por la confusión creada a partir de una supuesta asunción no mecanicista de la teoría marxista. Como legítima reacción a la burda teoría de la historia impuesta por la degradación stalinista, según la cual el socialismo devendría lineal e inexorablemente de límites y deformaciones del sistema capitalista, se pasó a defender la idea de que mientras no haya fuerza suficiente para vencer al capitalismo, éste sobrevivirá. Y al decir esto, conscientemente o no se asume que se habla de una continuidad lineal del sistema de producción y las relaciones sociales hoy predominantes.
Error sobre error: el capitalismo se derrumba como resultado de su lógica interna. “Los yanquis están en jaque mate, por más inteligentes que sean”, dijo Fidel para consternación de muchos que no se atreven a desafiar semejante afirmación. La respuesta socialista, si está y llega a tiempo, permite que ese cataclismo dé lugar a un ordenamiento superior y, para usar una expresión conocida, abre paso a un sistema que permitirá dar vuelta la página de la prehistoria humana. Si no hubiere respuesta socialista -es decir, masas conscientes y organizadas con una estrategia de revolución- el capitalismo se derrumba de todos modos. Y nada en el mundo haría que las relaciones sociales, políticas y económicas actuales se mantengan. Por eso Rosa Luxemburgo lanzó su célebre advertencia: socialismo o barbarie.

 

Coyuntura y estrategia

Engaño y violencia. Tras varios meses durante los cuales se impuso la torpe mentira de que la crisis mundial capitalista detonada en 2008 había sido remontada, el colapso europeo prologó la reaparición de la recesión en la Unión Europea, de donde se propaga a los cuatro vientos. Este segundo semestre de 2010 pone la recesión a la vista de todos. Y cada día la caída del dólar en la tapa de los diarios. Los centros del capital internacional se mueven con gesto de pánico para evitar, otra vez y con los mismos métodos utilizados un año y medio atrás, que la recesión derive en depresión. Mientras tanto, avanzan por el camino de la guerra.
Que en este cuadro haya dirigentes políticos con propuestas de desarrollismo capitalista y mejoras dentro del sistema puede explicarse por incompetencia o complicidad. En cualquier caso, es injustificable. No cabe discutir si los domina la pequeña ambición o la inmensa ignorancia. El punto es que la estrategia de reforma dentro del sistema es inviable. No se trata de una opinión: la desocupación crece en flecha en todo el mundo desarrollado; la pobreza se expande en el Norte y se realimenta fuera de todo control en el Sur. Sólo en los países del Alba esa tendencia brutal es contrarrestada, con éxito desigual, por la estrategia de unión e integración no capitalista.
Si una década atrás sonaba excéntrico, hoy es un tópico cotidiano afirmar que América Latina ocupa la vanguardia política en el panorama mundial, por el hecho de que aquí se gestan respuestas estratégicas a la crisis global. Pero esa misma condición la ubica en el ojo de la tormenta planetaria, en cuyo centro está Venezuela. Por eso Estados Unidos despliega un descomunal aparato bélico en el Caribe y América Central.
No es sólo que Venezuela tenga las mayores reservas de petróleo del mundo, precisamente cuando la tasa de ganancia acosa al capital y exige energía barata so pena de muerte. Es sobre todo que tiene la única bandera para afrontar esta coyuntura histórica: la propuesta socialista. Pero Venezuela y el Alba no son fuerza suficiente para detener al imperialismo en caída y reencauzar al mundo. Es preciso acudir desde toda América Latina a potenciar la propuesta de socialismo del siglo XXI. Hacerla mayoritaria y vigente en cada país de la región. Y llegar a las entrañas del monstruo, donde millones de seres humanos ya son víctimas de la crisis, azotados por la desocupación, la superexplotación, el fascismo y la dinámica de guerra. Ir a Estados Unidos para llevar el mensaje del Alba, no para sumarse a la condena a Irán.
Estas opciones trascendentales están produciendo realineamientos bruscos de gobiernos y partidos en América Latina. Sin demora es necesario asumir que tamañas decisiones no pueden quedar en manos de partidos y dirigencias del mismo sistema que agoniza.

 

En el umbral

PorLBenAXXI

 

Está a la vista quiénes quieren la guerra. Es difuso todavía quiénes asumen la misión de impedirla. Sólo el tiempo develará lo ocurrido entre el 24 y el 26 de julio, cuando el inicio de operaciones bélicas contra Venezuela estuvo sobre el tapete. En ese futuro saldrá a la luz el papel jugado por ciertos gobiernos latinoamericanos en el frenazo de último minuto que impidió a Álvaro Uribe desatar la guerra antes de abandonar la Casa de Nariño.

Barack Obama utilizó a Uribe y la OEA para avanzar por el camino de la guerra contra la unión suramericana. Preparó la escalada con una abrumadora campaña mediática, acentuada hasta el paroxismo durante los últimos tres meses. Hizo centro en la Revolución Bolivariana, convencido por el Departamento de Estado de que el triple punto de apoyo en Bogotá, Lima y Santiago, se potenciaría con dudas y temores de otras capitales y permitiría neutralizar el firme rechazo de los gobiernos del Alba. Falló en la coyuntura; pero volverá a la carga, sin demora, a menos que un bloque continental contra la guerra y el fascismo se articule con premura desde Tierra del Fuego hasta Alaska. Porque en esa dimensión, y contra su propio pueblo, prepara la guerra el imperialismo.

No son palabras: además de la IVª Flota y 19 bases terrestres en América Latina, el gobierno de Obama mantiene, en territorio estadounidense, 2.163 estaciones donde funcionan agencias de espionaje e inteligencia interna. Además Washington sumó 1.200 efectivos de la Guardia Nacional en la frontera entre Texas y Nuevo México, mientras Uribe inauguraba una nueva base militar aérea en los departamentos fronterizos de Arauca y Casanare, con aviones de transporte, inteligencia y combate. Por si fuese poco, el Pentágono anunció que está afinado el plan de ataque contra Irán. La revelación de 92 mil documentos secretos demuestra cómo actúa la coalición imperial en Irak. Y a la vez que se declara vencida en Afganistán y sus aliados desertan, la Casa Blanca intensifica el accionar terrorista en busca de un mejor equilibrio para entablar negociaciones y cubrir su retirada.

 

Causas, efectos y respuestas

En lo que va del año 90 entidades bancarias cerraron por quiebra en Estados Unidos. En todo 2009 fueron 45 las que corrieron esa suerte. No es sólo centralización del capital bancario. Es sobre todo el síntoma de una economía imperial desquiciada; es una recuperación fallida y la quiebra de la Unión Europea; es el retorno a un curso recesivo y el acecho de la depresión. Hay más: China descenderá de tasas superiores al 10% anual a guarismos estimados entre el 5 y el 7%. Al margen los efectos internos, esto obra como fuerza recesiva global.

En otra área está Brasil, que según datos oficiales, coincidentes con consultoras imperiales y el FMI, verá una reversión de la tendencia de los últimos nueve meses y en 2011 se aproximará a una tasa de crecimiento del PBI del 4%. Al margen de índices del PBI, la desocupación aumenta en todo el mundo. La demanda global se comprime. La guerra comercial y la necesidad de reducir costos laborales y de materias primas ocupa el centro de toda política capitalista, sea de la envergadura que sea. El gasto bélico es un combustible indispensable para la industria y el comercio imperialistas. Dicho de otro modo: hay dos respuestas a la crisis global reaparecida con mayor vigor: salir de la lógica capitalista, o avanzar por el camino del ajuste y la guerra.

Unasur es la más elevada conquista hemisférica alcanzada en esta década de recomposición de la nación balcanizada. Desde 2006 Washington lanzó una contraofensiva en todos los planos para frenar esa dinámica. Dado que la fragmentación histórica resulta insostenible y su reiteración impracticable, la estrategia es también la unidad, aunque bajo el ala del águila imperial. Una adecuación ampliada de la fallida Alca (Área de Libre Comercio de las Américas). Por eso la opción es nítida: consolidación de la nación soberana unificada, o anexión al imperio.

Ese objetivo de la Casa Blanca supone una estrategia de guerra, acelerada por el estallido financiero de 2008, la recesión posterior, la tormenta social en el horizonte, la recaída en el retroceso económico que apunta a la depresión y su manifestación actual: una guerra comercial implacable entre los tres centros imperiales, más China, más el conjunto de países de porte medio.

En la fase anterior el Alca fue el arma estadounidense para la guerra comercial. Fracasó. Luego vino la crisis económica más profunda y abarcadora de la historia capitalista. El obligado paso siguiente es amenazar con su supremacía técnica militar. Este recurso extremo golpea de lleno sobre fuerzas reformistas y populistas que en la región han dado pasos de distanciamiento respecto del imperialismo, pero no asumen una estrategia revolucionaria, no están dispuestas a movilizar a los pueblos, y por eso vacilan y, al límite retroceden, frente a la temible amenaza imperial.

 

Reforma y revolución

Uribe es el instrumento para iniciar el clima bélico, eventualmente transformado en situación de guerra. Su sucesor, Juan Manuel Santos, mantendrá sustancialmente la estrategia imperialista, imprescindible para la sobrevivencia en el poder de la oligarquía colombiana. A la fecha, la línea de acción estadounidense no ha sido afrontada con resolución por el conjunto de países de Unasur no asociados directamente con Washington. El acento fue puesto en actuar como mediadores entre Venezuela y Colombia. Esa falsa percepción de la naturaleza del conflicto prolonga la actitud adoptada en la más estridente manifestación del verdadero eje ahora puesto en movimiento: la instalación de bases militares estadounidenses en Colombia. Primero fue el rechazo de Unasur –en Quito y poco después en Bariloche. Pero ya en la austral localidad argentina, en agosto de 2009, la conducta de corte socialdemócrata de algunos gobiernos abrió un flanco que redundó en la consolidación de la presencia militar estadounidense en el área.

Por sí mismos los aliados netos de Washington (a la época sólo Bogotá y Lima), no bastaban para detener a Unasur, mucho menos para cambiar el rumbo. Pero el concurso del sector vacilante determinó que el bloque suramericano frenara su marcha. Una fuerza centrífuga comenzó a actuar en el bloque, si bien no de manera dominante.

El presidente pro tempore de Unasur, Rafael Correa, actuó con rapidez y energía para responder al llamado de Venezuela y organizó en Quito una reunión de cancilleres, como paso previo a un encuentro de presidentes (ver pág. 11). El nulo resultado de aquella reunión, a la que no asistió el flamante secretario general Néstor Kirchner, abre un interrogante sobre la instancia siguiente, ya con Santos como protagonista directo.

Afirmar Unasur y todas las instancias concomitantes es indispensable. Pero hará falta mucho más. Porque las causas que empujan hacia la confrontación y las tendencias centrífugas son poderosas y lo serán más cada día. Con excepción de los países del Alba, hay un desfasaje notable entre pueblos y gobiernos. Las vacilaciones y claudicaciones de algunos presidentes no expresan la voluntad de quienes los han votado, aunque sí reflejan la incapacidad de las mayorías para organizarse y actuar de consuno. De modo que, sin despreciar el eventual aporte a la lucha contra la guerra y el fascismo de algunos gobiernos oscilantes, la clave está en la articulación creciente –y urgente– de instancias reales de base en el hemisferio. Allí está la fuerza capaz de alcanzar la paz en Colombia e impedir una guerra regional. En este cuadro, tal vez se comprenda mejor la apelación del comandante Chávez a crear una Vª Internaci

foro de são pablo y v internacional

Reforma y revolución en el siglo XXI

porLBenCR

 

«Ellos, los creadores, se han rendido ante sus criaturas».
Carlos Marx y Federico Engels
La Ideología Alemana

Introducción

Desde el 17 al 20 de agosto próximo se realizará en Buenos Aires el XVI° Encuentro del Foro de São Paulo. La consigna convocante propone «Consolidar la unidad de los partidos populares, progresistas y de izquierda en América Latina y Caribe, para profundizar los cambios, consolidar la integración y derrotar la contraofensiva de la derecha».

El FSP inició su recorrido en julio de 1990, en una reunión convocada por el Partido dos Trabalhadores (PT) de Brasil como Encuentro de Partidos y Organizaciones de Izquierda de América Latina y el Caribe. Representantes de 48 organizaciones protagonizamos un vivo debate de ideas (1). En ese entonces comenzaba el derrumbe de la Unión Soviética. Y el PT acababa de perder la elección presidencial por escaso margen.

Conviene recordar un aspecto relevante de aquella coyuntura: el resultado de la primera elección presidencial después de 25 años de dictadura dejó como vencedores en la primera vuelta a dos partidos hasta entonces inexistentes. Uno, compuesto por la masa trabajadora y encabezado por un obrero metalúrgico que proclamaba el socialismo. El otro, un apresurado conglomerado de fracciones burguesas que escogieron un personaje sin escrúpulos para representarlas. En esa oportunidad, el 15 de noviembre de 1989, los dos aparatos políticos tradicionales de Brasil, el Partido del Frente Liberal (PFL) y el Partido del Movimiento Democrático de Brasil (PMDB), obtuvieron el 0,69 y el 4% respectivamente. Habían desaparecido. La segunda vuelta le dio la victoria a Fernando Collor de Mello (quien a poco andar sería destituido por ladrón) con el 52,95% contra el 47,05% alcanzados por Lula (ó 42,76 contra 37,99% respectivamente, si como corresponde se toma en cuenta los votos en blanco y anulados).

Era la primera comprobación del fenómeno que vendría a revelarse de manera generalizada en las décadas siguientes: el agotamiento de los aparatos con los cuales las clases dominantes de la región mantuvieron el control durante el siglo XX. Aquel resultado ponía sobre la mesa la tarea de quienes adoptaban entonces definiciones anticapitalistas: poner en pie fuerzas políticas de masas unificadoras del conjunto de la población explotada y oprimida y ocupar con un programa antimperialista y anticapitalista el espacio dejado por los partidos del capital. El cónclave de partidos y organizaciones de izquierda tan oportunamente reunido en San Pablo debía tomar en sus manos la coyuntura histórica y pasar a la acción. Se trataba de caracterizar la etapa, definir objetivos y organizar las conmocionadas fuerzas de la izquierda continental para afrontar la inédita situación.

Partidos y cuadros reformistas de origen socialista y comunista, codo a codo con otros de neta definición revolucionaria, compartimos en aquel encuentro la necesidad de abroquelarnos frente a las obvias consecuencias del derrumbe de la URSS y los efectos letales de la ofensiva capitalista en todos los terrenos: económico, político, militar, religioso y cultural. Tras un arduo debate, a último momento la declaración final caracterizó la situación, por consenso, como «crisis del capitalismo». Pero no había convicción y acuerdo reales sobre ese punto. Una porción significativa de los presentes -acaso mayoritaria- estaba ya ganada por la certeza de que el capitalismo había vencido una batalla definitiva, que de allí en más sería en su terreno que se darían el crecimiento y el desarrollo. Sólo se trataba entonces de encontrar el modo de insertarse en ese nuevo cuadro de situación mundial (2).

Del otro lado, una franja también significativa, aunque no mayoritaria, entendía la crisis del capitalismo no como un fenómeno estructural, en el marco condicionante de una coyuntura en la cual el inexorable derrumbe de la URSS abría el espacio objetivo y subjetivo para una fase de furiosa ofensiva capitalista, sino como la inminencia de grandes luchas de masas con voluntad revolucionaria.

Un segmento numéricamente mayoritario -en más de un caso atravesando líneas partidarias- rechazaba ambas caracterizaciones. Pero carecía de cohesión teórica y de estrategia común. Y salvo excepciones, estaba compuesto por organizaciones de porte menor.

En el período siguiente cambiaron drásticamente las relaciones de fuerza en ese cuadro interno de las fuerzas reunidas en San Pablo. La concreción del derrumbe soviético demolió moral y organizativamente a la casi totalidad de los partidos comunistas y, según todas las apariencias, le dio la razón a la tradición socialdemócrata, que ganó explícita o implícitamente a cuadros históricos de diferentes partidos. Por el contrario, las organizaciones de definición revolucionaria confundidas respecto del significado concreto de la crisis capitalista se autodestruyeron. Desde uno y otro flanco la potencialidad revolucionaria militante recibió durísimos golpes.

La marea reaccionaria se expandió. Cuba, la brújula de la revolución, quedó atrapada en el Período especial. El Fsln perdió el poder en Nicaragua. Fracasó la ofensiva final del Fmln en El Salvador…
Incluso las columnas de la teoría marxista quedaron a merced de ataques provenientes de las más endebles y a menudo ridículas posturas, que no obstante ganaron espacios, no por inconsistentes y fugaces menos dañinos. Innumerables cuadros cayeron arrastrados por esa fuerza disolvente. Algunos llegaron incluso a la abyección de completar la deserción con la inconducta llevada a extremos. Todo estuvo permitido en ese lapso que pudo parecer eterno.

Crítica nació un año después de aquella reunión en San Pablo. En los 40 volúmenes publicados regularmente desde entonces están registradas las polémicas de este período.

 

Viraje

En el segundo encuentro, realizado en México, tras sortear la inminencia de la fractura y la disolución, se asumió el nombre de Foro de São Paulo. Pero la preservación de la instancia referencial de la izquierda latinoamericana se logró al costo de un cambio en la hegemonía y la orientación, que se acentuaría en los años siguientes. Las relaciones de fuerzas se habían desplazado bruscamente hacia el reformismo. Y todavía faltaba el remate: la disolución de la Unión Soviética.

Roto ese dique objetivo y subjetivo, la oleada contrarrevolucionaria inundó al planeta. Y ahogó al FSP. Progresivamente esta inédita y valiosa experiencia de convergencia anticapitalista continental, indudable hito en la historia del hemisferio, fue adecuándose a la coyuntura histórica de acelerado retroceso. En el cuadro descripto, la endeble convicción respecto de la verdadera situación del capitalismo se prolongó con la inexistencia de una estrategia común y redujo los criterios organizativos a un mínimo indispensable para realizar encuentros más o menos regulares.

Aún así, en las dos décadas siguientes el FSP fue una instancia de intercambio; de elaboración por la negativa; de resistencia en un doble sentido: hacia fuera, contra los aspectos más brutales de la ofensiva capitalista; hacia dentro, contra el auge reformista que, por sensibilidades preexistentes, tomó distancia verbal de la socialdemocracia con el mismo énfasis con que adoptaba su corpus conceptual y programático.

Veinte años después, cuando por primera vez el FSP se reúne en Buenos Aires, las condiciones objetivas y subjetivas que dieron lugar a esa deriva han quedado atrás como factores determinantes, lo cual no significa que no continúen gravitando. Se cumple una ley fatídica: las organizaciones de vanguardia en un período histórico, cuando no logran sostener esa posición en la adversidad de un ciclo declinante posterior, al reiniciarse una nueva fase de auge quedan a la retaguardia en el mejor de los casos y, a menudo, como abanderadas de aquellos mismos vectores que frustraron sus objetivos iniciales.

Esto explica que el FSP, como tal, no previera el renacimiento de la lucha socialista en América Latina y, cuando éste ocurrió, lejos de acompañarlo comenzó a obrar de manera dual: como reticente defensor ante los ataques más reaccionarios del imperialismo, y como lastre en la difícil marcha hacia la recomposición teórico-política-organizativa en un momento histórico en el que todo ha cambiado de signo por el estallido de la crisis del sistema mundial capitalista.

Frente a este acontecimiento mayor, el FSP no cumplió papel alguno, sea para definir conceptualmente el fenómeno, sea para actuar aunadamente frente a él. Dos años después de aquel estallido, el documento base presentado por el Grupo de Trabajo para el XVI Encuentro soslaya la necesidad de caracterizar y definir líneas de acción estratégicas e inmediatas (3).

Dice ese texto provisional: «El cataclismo financiero que arrancó en Estados Unidos y se propagó rápidamente al resto del mundo, no es una mera crisis financiera, sino una crisis del sistema capitalista. Es una crisis que se pronostica de larga duración, que se articula con la finalización del mundo unipolar y el surgimiento de uno multipolar (…) La falta de oportunidades de trabajo seguirá siendo elevada en el mundo por varios años (…) Hasta ahora, la crisis no ha producido un nuevo orden económico mundial. Se han roto las recetas de las políticas neoliberales pero ello no se ha traducido en lineamientos claros de un nuevo modelo de desarrollo capitalista. Dada la incertidumbre y la inestabilidad imperante, los gobiernos están tratando de sacar a flote sus propios países (…) Un nuevo orden mundial y un modelo de desarrollo pos neoliberal requeriría una gran reforma financiera, mayor supervisión y regulación del sistema bancario y financiero mundial y también su recapitalización y reestructuración. Se necesita avanzar en la eliminación de los paraísos fiscales y en la supresión de instrumentos altamente especulativos (como los CDS, credit default swaps, y otros de los llamados derivados como los hedge funds). Hasta el FMI ha propuesto un impuesto especial a los bancos para crear un fondo de reserva que sirva para futuros rescates de las entidades financieras. Sin embargo, esta reforma está detenida. No se ven signos de avance. En Estados Unidos una muy tibia propuesta de regulación está entrampada. Habría que recordar que el capital financiero fue durante las últimas décadas el mayor beneficiario de la globalización neoliberal. Su poder ha llegado a ser inmenso. La crisis golpeó al sistema pero los planes de rescate sobre todo en Estados Unidos, se dirigieron a reforzar esa estructura de poder. Por ello, la reforma financiera se ve lejana y es posible que sólo se adopten medidas cosméticas. Mientras esta reforma no avance, la reestructuración del capitalismo permanecerá atorada y el mundo seguirá preso de los especuladores».

Tal la sustancia conceptual del documento base provisional al analizar el colapso mundial del capitalismo, que pocas líneas más adelante relativiza y aun contradice lo afirmado en este párrafo: «No está puesto, en el horizonte visible, un colapso, una revolución por lo menos un cambio estructural fundamental en Estados Unidos, entonces ¿cómo convivir con esa nación tan agresiva?».

Se entiende que es un texto de compromiso. Dada la composición del FSP no cabe exigir un análisis científico de la economía mundial, sus perspectivas y los efectos sobre la lucha de clases. Menos aún el trazado de una estrategia revolucionaria que, en las condiciones que la realidad plantea, fije un objetivo revolucionario en lugar de la perspectiva de «convivir con esa nación tan agresiva». Pero si, además, el FSP excluye, como lo dice taxativamente el documento base, «la posibilidad de tener una política única» o «centralizar nuestra actuación» y se plantea como único objetivo entablar «un debate necesario a todos nosotros», debería cuanto menos hacer un diagnóstico profundo y consistente de la realidad mundial. No es así y el anteproyecto está por definición inhabilitado para armar conceptualmente a las organizaciones integrantes del FSP y, desde ellas, proyectarse a las masas latinoamericanas (4).

En cuanto a la orientación estratégica, a la vez que subraya que «no se trata de tener una política única», este documento provisional sí la deja establecida al señalar como guía la fórmula «modelo de desarrollo pos neoliberal», acuñada en el reciente Congreso del PT. Se traslada así al FSP una definición que en Brasil traduce el programa destinado a restañar la crisis capitalista y su consecuencia política más ostensible: la alianza del PT con el PMDB (aquel partido que, encabezado por su figura más legendaria, Ulysses Guimaraes, enfrentó al PT como alternativa burguesa en 1989 y obtuvo el 4% de los votos, pero ahora se presenta como única posibilidad de que el PT, en una fórmula presidencial conjunta con el PMDB, mantenga el gobierno en las elecciones de octubre próximo).

Con esta plataforma, en el terreno organizativo el documento propone abocarse a «la Red de escuelas, Fundaciones y Centros de Estudios del Foro de São Paulo». Una de las tareas principales para el próximo período es, según este texto, «colaborar para que se amplíe la eficacia electoral de sus partidos miembros. En ese sentido, proponemos que la Red de Escuelas y Fundaciones, a la par de las tareas estratégicas ya mencionadas, empiece de inmediato un ciclo de reflexiones sobre las experiencias electorales pasadas y futuras, que avance además hacia medidas concretas que se puedan hacer en términos de encuestas y comunicación, siempre respetando la legislación electoral vigente en cada país».

No es nuestro propósito confrontar aquí estas ideas. Basta afirmar que una mayoría de las bases en las organizaciones que integran el FSP no está contenida en la estrategia de «un modelo de desarrollo pos neoliberal», que conviva con el imperialismo (coexistencia pacífica lo llamaba el stalinismo soviético) y dedique sus esfuerzos a crear Fundaciones para hacer encuestas y difundir la experiencia de quienes saben ganar elecciones. Esta definición no sólo niega la estrategia socialista: propone volcar la militancia colectiva del FSP como parte integrada del capitalismo; en el momento de crisis extrema del sistema capitalista, consuma la estrategia reformista como bandera del FSP.

Porque los pueblos han perforado la losa ideológica con la que los propagandistas del capital cubrieron al planeta después de la caída de la URSS; porque del auge ficticio de los 1990 hemos pasado a la crisis convulsiva; porque esta crisis estructural se prolongará y profundizará sistemáticamente y sólo deja como opciones el socialismo o la barbarie; porque la barbarie ya está acechando en el empobrecimiento vertiginoso de millones de seres humanos sumados en los últimos años a otros tantos millones reducidos a la marginalidad y la degradación extremas; porque esa acechanza tiene ya carnadura en la dinámica de guerra que el capital ha instaurado en todo el mundo con tres puntos candentes (la península de Corea, Irán y el norte de Suramérica), la estrategia anticapitalista no es únicamente una certeza teórica y un compromiso de voluntad de millones de revolucionarios en todo el mundo; es sobre todo una exigencia inaplazable para impedir que la irracionalidad del sistema destruya el planeta y acabe con la humanidad.

No es el caso de convencer a los compañeros del FSP que comparten el contenido del texto provisional elaborado a nombre del Grupo de Trabajo. Se trata de continuar buscando con ellos todos los puntos posibles de encuentro y actividad comunes, a la vez que se encara resueltamente la edificación de una organización internacional con definición revolucionaria, antimperialista y socialista. Una estrategia revolucionaria no desecha -todo lo contrario- el frente único contra la guerra y el fascismo, dos calamidades que ya se perfilan en numerosos puntos del orbe, muy ostensiblemente en Estados Unidos. Aunque el documento citado no alude al problema (y esta es la mejor demostración del desfasaje de sus autores respecto de la realidad en la que se realizará el XVI Encuentro), un frente antiguerra es más urgente que impulsar Fundaciones para realizar encuestas. Pero es también más efectivo para hallar puntos comunes en la extrema diversidad de los componentes del FSP y proyectarlos mediante la acción conjunta hacia un escenario político válido para todos.

La Unión de Militantes por el Socialismo sostiene resueltamente la bandera de un frente único antiguerra y antifascista, propone que sea una definición principal del encuentro del FSP en Buenos Aires y se compromete a actuar como siempre con espíritu unitario y antisectario en este sentido. Simultáneamente, la UMS adhiere sin rodeos al objetivo de fundar una nueva internacional revolucionaria y convoca a todos los componentes del FSP dispuestos a emprender esta tarea a dar los pasos necesarios en cada país, regional e internacionalmente, en pos de un Congreso Fundacional de la V Internacional.

 

Antecedentes

Al proclamar la necesidad de fundar una V Internacional Hugo Chávez llevó el renacimiento del socialismo a su consecuencia lógica. Lo hizo en medio del despliegue de bases militares estadounidense en territorio colombiano, el golpe de Estado en Honduras, la amenaza de la IVª Flota y la sibilina acción diplomática encubierta tras la figura todavía en esa fecha equívoca de Barack Obama. Como resultante necesaria de la lucha revolucionaria y la reacción imperialista, renació la idea de la Internacional. Hoy aquellas amenazas se han acentuado hasta poner a la región al borde de una guerra que es preciso evitar.

Antes de considerar el plan de acción y las dificultades que afronta hoy la construcción efectiva de una organización internacional, reproducimos el texto titulado Hora de definiciones, publicado inmediatamente en la revista América XXI, que a su vez incluye un texto publicado un año antes en Crítica. La extensa cita es obligada para aventar toda idea de oportunismo o improvisación:

«El primer paso está dado. Tiene un alcance estratégico fuera de lo común. Sacudirá derechas e izquierdas, a Oriente y Occidente. Entrará como tromba en cada organización política, sindical o social, en cada lugar del planeta. Una sensación de vértigo atrapó a decenas de miles de hombres y mujeres que por televisión o internet escuchaban a Hugo Chávez en la noche del 20 de noviembre, víspera de la inauguración del Primer Congreso extraordinario del Psuv, cuando ante delegados de partidos de una treintena de países, presentó una propuesta tan esperada como imprevista: poner manos a la obra para edificar la Vª Internacional. Lo dijo el Presidente de una revolución en marcha. Y lo apoyaron de inmediato los representantes de otros tantos que afrontan la misma responsabilidad en Bolivia, Ecuador, Honduras, Nicaragua. Los que están en el crudelísimo inicio de la transición y los que aspiran, con tierra bajo los pies, a comenzar el recorrido. Es explicable el vértigo. En un año quedó completado un ciclo que transformó al mundo, a tal punto que pocos tienen conciencia plena de la nueva realidad y continúan actuando con los parámetros del pasado. Primero fue el derrumbe de la arquitectura financiera mundial, colocando a la vista de todos la realidad insoslayable de una crisis agónica del capitalismo. Luego la aceleración estadounidense por el camino de la guerra. Ahora la respuesta estratégica: una nueva Internacional. Ha llegado la hora de las definiciones. Nada sorprende más que lo esperado durante mucho tiempo. El grueso de quienes escuchaban a Chávez en el hotel Humboldt alzado en la cima del cerro Waraira Repano (por caso, nacionalizado y refaccionado por el gobierno revolucionario) saltó como resorte oprimido al que libera de pronto la palabra mágica: una ovación espontánea, cargada de asombro y complacencia, manifestó del modo más elocuente un respaldo que antes de todo responde a una necesidad siempre sentida, casi nunca expresada.

 

Salir del paréntesis histórico

Si el primer paso requería fuerza real, lucidez y osadía, los siguientes plantean exigencias aún mayores. Aunque la creación de cada Internacional ocurrió en el pasado en medio de grandes debates y confrontaciones ideológicas, el abigarrado conjunto de fracciones que a escala mundial se define como izquierda muestra hoy un grado de confusión ideológica y diversidad política sin precedentes. Será tarea difícil aunarla, darle organicidad y dirección de marcha. Desde que la derrota de la Comuna de París destruyó la Iª Internacional, en cada paso, a la par de victorias y derrotas, grandes contingentes concluyeron asimilándose al sistema al cual originalmente combatieron. Además, al otro lado de la barricada, el capital acumuló infinita experiencia y poderosos tentáculos listos para la acción. El reformismo es una constante. Pero hay más: aparte las excusas reformistas, las incógnitas a resolver son inmensas y a prueba de oráculos:

1. ¿Qué definiciones ideológicas y programáticas trazarán el contorno de la Vª Internacional?
2. ¿Qué organizaciones concurrirán a su formación? ¿Qué relación habrá entre las grandes formaciones con responsabilidades gubernamentales y los demás partidos o agrupamientos revolucionarios?
3. ¿Qué estructura adoptará la organización internacional, cómo se seleccionarán sus dirigentes y cómo se expresará en el plano nacional?
4. ¿Cómo se integrará a este conjunto multifacético la clase obrera mundial, que hoy no cuenta en lugar alguno con el vigor y la conciencia imprescindibles? Hemos defendido posiciones netas respecto de estos temas. Rompiendo una tradición de esta columna, vamos a citar un texto propio, publicado en la revista Crítica en octubre de 2007: ‘En la historia ha habido, conceptual y realmente, cuatro organizaciones internacionales anticapitalistas. La Iª, en cuya fundación fueron figuras clave Marx y Engels, agregaba diferentes corrientes revolucionarias anticapitalistas. Surgió directamente del impulso de los propios obreros en lucha contra el sistema en Europa; las dos corrientes principales eran las que a poco andar se denominarían marxista y anarquista. La IIª, definida como socialdemócrata (con el sentido que tenía por entonces esa palabra, inverso al actual), se apoyaba en grandes partidos socialistas obreros de masas que para ese entonces se habían conformado en toda Europa, en Estados Unidos y en varios países latinoamericanos. La IIIª, fundada por Lenin y Trotsky, se definió como comunista, contraponiéndose al nombre de socialdemócrata, ya para entonces identificado con posiciones de sujeción a los intereses de las burguesías de cada país; su base de sustentación fueron los propios partidos socialdemócratas de masas, todos los cuales se fraccionaron dando lugar a Partidos Comunistas, que fundarían la Internacional con ese nombre. La IVª, en realidad no llegó a ser una verdadera organización internacional con arraigo en la clase trabajadora. Nació como resultado de la degeneración stalinista en la Unión Soviética y la extensión de esa caída a la organización, el programa y la política de la IIIª Internacional a partir de su 5° Congreso. Su base de sustentación fue la Oposición de Izquierda en la Unión Soviética y su proyección en Ppcc de todo el mundo. Luego tomaría el nombre de su principal promotor, León Trotsky. Asesinado éste en 1940, la organización degeneró a su vez, dando lugar a innumerables organizaciones casi invariablemente sectarias y minúsculas. En la actualidad, por razones objetivas y subjetivas una organización internacional no puede pretender la homogeneidad ideológica que originalmente tuvieron la IIª, IIIª y IVª. Por el contrario, en lo que hace a su heterogeneidad superaría largamente a la Iª, aparte de que no resultaría del impulso consciente y organizado de una vanguardia obrera con aval de masas (subrayado ahora). El punto de apoyo de tal organización heterogénea sería la explícita decisión de lucha contra el imperialismo y por el socialismo del siglo XXI, asumiendo como punto de partida las incógnitas y ambigüedades que esa definición supone. A la heterogeneidad ideológica, le correspondería un criterio organizativo que, obligando en términos de estrategia general a cada partido u organización integrante, permitiría la participación de diferentes organizaciones en un mismo país y no daría lugar a criterios unánimes de accionar político. No obstante, la internacional no podría asimilarse al concepto de Frente. Más próxima al criterio de partido de masas, con heterogeneidad ideológica y homogeneidad política en cuestiones centrales que hagan a una estrategia hemisférica, y con toda la flexibilidad que requieran las diferencias de participación en cada país. Esa contradicción se resolvería a favor de la cohesión, la homogeneidad política y la coherencia internacional a través del órgano de dirección internacional, que sólo podrá estar integrado por representantes de partidos de aquellos países donde no exista más de una organización reconocida. La organización de una internacional revolucionaria con estas características, lejos de ser una perspectiva lejana, es una necesidad inmediata. Defender los procesos revolucionarios en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador, es tan impostergable como esforzarse por la recomposición de las fuerzas sociales y revolucionarias en los restantes países de la región´.

Parece innecesario insistir: no hay manera de procurar identidad ideológica y a la vez actuar como centro de unidad social y política en ningún país, tanto menos a escala mundial. De modo que la Vª Internacional será obligadamente diferente a las tres anteriores y, semejante en punto a diversidad interna con la Iª, irá todavía más allá de aquélla e integrará numerosos agrupamientos diferenciados dentro de cada corriente misma. Las múltiples definiciones marxistas, cristianas, nacionalistas, tendrán su punto de comunión en la determinación revolucionaria y la voluntad consecuente de confrontación con el imperialismo y las burguesías nacionales. Va de suyo que esto dejará mucho por fuera; pero a la vez incluirá una inmensa diversidad. Una fuerza desde el inicio poderosísima, en condiciones de crecer en progresión geométrica.


Inercia y fuerzas centrífugas

Aunque causara sorpresa, esta decisión de Chávez no fue un impulso de último momento. En 2007, al inicio mismo de la construcción del Psuv, en su intervención del 25 de agosto ante los propulsores que darían nacimiento al partido de masas de la Revolución Bolivariana, el presidente venezolano dijo que 2008 sería el momento para «convocar a una reunión de partidos de izquierda de América Latina y organizar una especie de Internacional, una organización de partidos y movimientos de izquierda de América Latina y del Caribe». Y abundó: «Hay un resurgimiento de la conciencia de los pueblos; deben seguir creciendo los movimientos, líderes y liderazgos de una izquierda nueva, de un proyecto nuevo». La paradoja es que mientras ese resurgimiento ocurre en los cimientos de la sociedad, sus expresiones políticas raramente lo expresan y en ningún caso lo alientan y conducen. En cierta medida eso quedó plásticamente plasmado en el salón del hotel en la cima del Waraira Repano, cuando Chávez lanzó su proclama: al lado de quienes dieron un salto de liberadora alegría, pudo verse rostros consternados. Y hasta hubo quienes, advertidos a tiempo, se ausentaron antes de verse obligados a exteriorizar su postura. Más sagaces aún, hubo partidos que directamente estuvieron ausentes del encuentro. Y ni qué decir del otro flanco, el infantoizquierdista, ausente en el recinto, atónito ante el desafío. La inercia de estructuras y cuadros adheridos a diferentes instancias del Estado capitalista, se combina con la fuerza centrífuga transmitida a importantes franjas de vanguardia espontánea en el movimiento de masas, por parte de agrupamientos que, ajenos a una teoría consistente, esgrimen el nombre de Marx, Lenin o Trotsky para tomar posición con la sencilla técnica de repetir generalidades obvias y ubicarse 45 grados a la izquierda de cualquier fenómeno político que aparezca. Protegerse de y a la vez incluir a las partes sanas de estos fenómenos objetivos será una tarea no menor en la agenda de la Vª Internacional. Demandará un enorme esfuerzo teórico y organizativo. E impar habilidad para la conducción política. Aprisionado por la tenaza de reformismo e infantoizquierdismo, el renacimiento de la asunción de banderas estratégicas por parte de millones ocurre en medio de otra estridente paradoja: la acción no sólo precede a la teoría, sino que va tan por delante que en los hechos resulta impracticable su entrelazamiento efectivo. El pragmatismo aparece así como una tercera amenaza encastrada en las propias filas. Desde este complejo punto de partida se despliega ya la idea de una Vª Internacional. El plan apunta a la realización del Congreso Fundacional en abril próximo, en coincidencia con la culminación del largo proceso congresal extraordinario del Psuv. Por si faltase algo para darle más entidad a este momento histórico, Chávez invitó al Congreso del Psuv a Fidel Castro. Horas después de ese acto hizo un viaje no anunciado a Cuba, donde se reunió por siete horas con Fidel y otras cinco con Raúl, del que informaría posteriormente. Lo dicho: aceleración de tiempos; hora de definiciones.



Lo que vendrá

Pero… ¿qué poder es ése que acorta plazos y pone exigencias perentorias? La pregunta sólo cabe a quienes no han asimilado la magnitud y el sentido de los cambios vertiginosos ocurridos en el último año. El sistema capitalista ha ingresado en la crisis más abarcadora y profunda de su historia. Lejos de remontarse en los últimos meses, los costos de una pseudo recuperación la agravaron aún más. Es sólo cuestión de tiempo (en ningún caso prolongado) el reinicio de derrumbes mayores a los ocurridos en 2008, que además, porque sucederán en el ámbito de la producción y el comercio, no podrán ser paliados siquiera temporalmente con nuevas montañas de dinero ficticio, como se hizo un año atrás. Eso es sólo una parte de lo nuevo. La otra, visible para todo quien no decida taparse los ojos, es que Estados Unidos se ha lanzado a la guerra. La noción de que Washington está empantanado en Oriente y por ello no podrá emprender nuevas aventuras bélicas no sólo peca de simplista: desconoce que en situación de amenaza mortal un animal salvaje no mide riesgos. Atribuir racionalidad al desempeño histórico del capital es resultado del idealismo filosófico; o de la negativa por el temor cerval a lo que se tiene enfrente. Pero no hay modo de ocultarlo: un Presidente del partido Demócrata, culto, sagaz, con antecedentes progresistas y para mayor abundamiento afroamericano, es el vehículo de la maquinaria imperial y lleva la guerra a todo el mundo. Ahora mismo envía otros 35 mil soldados a Afganistán, mientras su secretaria de Estado teje la trama previa a ataques militares contra Irán y Suramérica. Barack Obama, flamante premio Nobel de la paz, monta bases militares en Colombia, Centroamérica y el Caribe, donde señorea ya la IVª Flota. Realiza y sostiene el golpe en Honduras. Entiéndase bien: el envío de 35 mil soldados más a Afganistán tiene como objeto acabar rápidamente con esa guerra que ya se ha extendido a Paquistán y deja al imperio en una ciénaga. Acabar rápidamente significa masacrar con mayor eficiencia a cientos de miles de seres humanos. Pero eso no es lo más grave: prueba con la contundencia de los hechos que Washington y su premio Nobel están acosados por la urgencia. En Afganistán u otro lugar, donde no esté planteado alcanzar los objetivos militares mandando más soldados, quedará sobre el tapete la utilización de armas atómicas, tácticas o de las otras. Por lo demás, hay que ser voluntariamente ciego y sordo para no admitir que en el terreno de las comunicaciones la confrontación ya ha comenzado con carácter de guerra mundial: de manera alevosa, unificada como nunca antes en la historia, la prensa comercial, en todo el planeta y con apenas alguna excepción, se hunde en una campaña de mentiras, tergiversaciones y manipulación que no tiene precedentes en su ignominiosa trayectoria. ¿Para qué vino el presidente israelí Shimon Peres a América del Sur, sino para anunciar, desde Buenos Aires y con el mayor descaro, que «Chávez y Ahmadinejad desaparecerán en los próximos meses»? ¿Qué efecto tendría sobre América Latina el asesinato de Chávez? ¿Qué seguiría en el Medio y Extremo Oriente si Ahmadinejad fuese ultimado? ¿Y por qué el sionismo, con toda su parafernalia comunicacional, se ha puesto al servicio de tamaña provocación comprometiendo incluso a las comunidades judías de nuestros países? Es preciso analizar con cuidado los textos publicados en esta edición: la reflexión de Fidel Castro, los fragmentos del discurso de Chávez, el Compromiso de Caracas. No hay modo de eludir la respuesta: acosado por la crisis agónica que demuele sus columnas, el imperialismo se ha lanzado por el camino de la guerra. Pero esa conclusión obvia no es ahora el dato más relevante de la realidad mundial. No hay punto de exageración al afirmar que el núcleo de mayor proyección es ya la decisión de fundar una nueva Internacional. Porque la locura guerrerista del imperialismo sólo puede ser detenida por cientos, acaso miles de millones de personas que en todo el planeta abracen la tarea, conscientes y organizados. Hasta ahora siquiera estaba planteada como estrategia la edificación de una instancia unificadora a esa escala. Infinidad de iniciativas con aristas humanitarias y positivas, se empeñaron y continúan empeñándose en eludir la única respuesta posible a la crisis del capitalismo.

Que lo piensen bien los cuadros de grandes formaciones reformistas, políticas o sindicales; que lo piensen bien agrupamientos aguerridos pero encerrados en círculos de pequeñez y marginalidad; que lo piensen bien los intelectuales proclives a la comodidad del poder; que los piensen bien todos, antes de negarse a ser parte de esa tarea clave para la humanidad: ponerle freno a la locura capitalista. Ese objetivo resume hoy en una consigna: construir la Vª Internacional» (5).

 

Definiciones

Ocho meses después las respuestas al llamado de Chávez están sobre la mesa y pueden agruparse en tres líneas principales: – acuerdo y disposición inmediata para poner manos a la obra;

– oposición frontal a la creación de una V Internacional o cualquier otra organización mundial con objetivos comunes y estructuración acorde con luchar por ellos;

 – acuerdo parcial, condicionado por dudas u oposición respecto de:

 a) viabilidad en la coyuntura para la existencia y desarrollo de una nueva internacional
 b) reticencia u oposición a la denominación «V Internacional»
 c) dudas en relación con programa, formas orgánicas y criterios de funcionamiento
 No pocas organizaciones -entre ellas la mayoría de los Partidos Comunistas- han omitido en todo el mundo una definición y se mantienen a la espera de la evolución del proyecto. Aquí confluyen quienes tienen dudas de diferente orden y quienes, con firme decisión contraria, consideran tácticamente oneroso oponerse abiertamente.

En las conductas vacilantes, reticentes o solapadamente opuestas se expresan dos fuerzas principales, objetiva una, subjetiva la otra: completa omisión del proletariado en el escenario político internacional y progresivo deterioro de la teoría marxista, hibridada con cuerpos conceptuales (o modas pasajeras) propios de las clases medias, que a su vez se traducen en accionar político pragmático.

Como base y fundamento de este arco de posiciones diferentes está la opción sobre la que ha cabalgado siempre la izquierda mundial, que después de la caída de la URSS se agudizó y mezcló al punto de resultar en muchos casos indiscernible: reforma o revolución. Es verdad que puede entenderse el adjetivo reformista como descalificación o insulto. A menudo lo es. Aquí pretendemos cargarlo exclusivamente con el contenido de caracterización teórica y política, respecto de la conducta adoptada frente a la resolución de los problemas sociales, individuales y ecológicos provocados por el sistema capitalista. Es muy larga -y muy rica- la polémica contra los teóricos de la evolución gradual del capitalismo al socialismo, mediante reformas. Es también abundantísima la acumulación de experiencias políticas mediante las cuales poderosas organizaciones obreras reformistas se transformaron en puntales decisivos para la sobrevivencia del capitalismo y la concreción de los peores crímenes imaginables, aparte del crimen cotidiano -y para muchos invisible- de la explotación del trabajo y la enajenación del ser humano. Por lo demás, nadie con seriedad podría acusar a un revolucionario de negar las reformas como parte inseparable de la estrategia para abolir el capitalismo. No se trata aquí de reiterar ese debate teórico y político, que en todo caso continuará en todos los terrenos y que será sin omisión plasmado en estas páginas. Se trata sí de trazar una línea divisoria entre estrategias reformistas y revolucionarias, para acometer con éstas la tarea de fundar la V Internacional y sostener con aquéllas la perspectiva inalterable de frente único contra la guerra, el fascismo y sus múltiples desdoblamientos en la actualidad. Se trata también de trazar una línea tangente para mantener un punto de contacto con todas aquellas organizaciones y cuadros vacilantes que, en condiciones diferentes, puedan sumarse al combate de una internacional revolucionaria.

 

Plan de trabajo inmediato

Hay dos planos diferenciados para poner en marcha un mecanismo enderezado hacia la fundación de la V Internacional. Por un lado, el que deberán realizar las principales organizaciones originariamente involucradas. Por el otro, el que urgentemente debe concretarse en cada país.

De aquéllas, debemos esperar una enérgica labor que, desde una Junta Promotora formal, se aboque a elaborar borradores de Declaración de Principios, Programa y Estatutos, que en su primera fase de definición sean girados a todas las organizaciones dispuestas en todo el mundo a involucrarse. Por mucho que la miríada de estructuras y cuadros que en todo el planeta puedan colaborar con la redacción de esos puntales para la construcción efectiva, su concreción inicial es responsabilidad de los promotores y, en primer lugar, del Psuv.

Desde cada país donde no hay organizaciones con arraigo masivo y más de una formación se propone integrar la V Internacional, la integración a ese esfuerzo global tiene un primer paso insoslayable: la reunión de los agrupamientos a priori resueltos, para resolver lo siguiente:

 1. una agenda de encuentros inmediatos a fin de sentar bases comunes de pertenencia nacional a la estructura internacional
2. un reglamento consensuado para la participación de todos los involucrados;

 3. un texto de acuerdos básicos para confluir en el proceso de debate y organización fundacional;

 4. un criterio de funcionamiento regular y, si acaso fuera posible, de representación rotativa para establecer el nexo directo con la dirección provisional que preparará el Congreso Fundacional de la V Internacional.

En el caso del Cono Sur latinoamericano, este criterio debe extenderse a la subregión, de modo de abarcar a todas las fuerzas posibles en la tarea de elaboración y organización primaria.

La UMS aprovecha la oportunidad del XVI Encuentro del FSP para hacer desde aquí un llamamiento a todas las organizaciones, agrupamientos y cuadros que en Argentina comparten la decisión de fundar la V Internacional, para fijar sin dilaciones una primera fecha de reunión. Proponemos el sábado 28 de agosto, en la ciudad de Buenos Aires y en lugar a fijar, la realización de ese primer encuentro. Paralelamente, proponemos que organizaciones y cuadros de Uruguay, Paraguay y Chile, a fin de replicar este funcionamiento y programar, también en plazos perentorios, una reunión  de organizaciones de los cuatro países.

Con todo esto, la UMS propone que en cada país y en todo el mundo se realicen, a más tardar durante el mes de noviembre próximo, encuentros nacionales para la fundación de la V Internacional; y que la Junta Promotora convoque a sucesivas reuniones preparatorias del Congreso Fundacional, que deberá realizarse a más tardar en diciembre de este mismo año.

El pensamiento reformista recreó en el último cuarto de siglo una pseudoteoría según la cual la revolución es imposible y sólo cabe integrarse al sistema capitalista para combatir las expresiones más inhumanas de la explotación, la marginalización y el saqueo. Luego, como dirían Marx y Engels, se sometieron a su criatura. Desde infinidad de trincheras de ideas, el pensamiento revolucionario resistió ese embate temporalmente victorioso. Ha llegado la hora de pasar de la resistencia a la ofensiva. Ha llegado la hora de recomponer la teoría, la organización y el programa de acción para la revolución. Ha llegado la hora de la V Internacional.

 

Buenos Aires, 25 de julio de 2010.

 

1.- El autor representó a una de las 48 organizaciones fundadoras. Como delegado de la Unión de Militantes por el Socialismo (UMS), continúa formando parte del  Foro de São Paulo. Inmediatamente después del primer encuentro, a fines de 1990, publicó un pequeño libro titulado «La izquierda latinoamericana frente a la crisis mundial (Ensayo de interpretación marxista de la realidad contemporánea, a partir del Encuentro de Partidos y Organizaciones de Izquierda de América Latina y el Caribe)». En los años siguientes la UMS presentó a las reuniones del FSP ponencias alternativas, publicadas en estas páginas y en varias ocasiones difundidas mediante separatas. Todo ese material puede hallarse en la colección de Crítica y en su sitio internet: www.revistacritica.com.ar
2.- En ese período apareció un latiguillo: «dejar de ser opositores para pasar a ser propositivos»; para mayor originalidad, se apeló también a la palabra «proactivos». La proposición, desde luego, no sería abolir el capitalismo, sino adecentarlo. Aunque ya marginalmente, aún perduran antifaces de este género.
3.- Un texto provisional propuesto por el Grupo de Trabajo estuvo a consideración de las organizaciones integrantes del FSP. El 25 de julio debía aparecer el último borrador con enmiendas. Recién el 8 de agosto, una semana antes del encuentro en Buenos Aires, se conocerá la versión final. Esta metodología, aplicada desde hace tiempo por el Grupo de Trabajo, tiene el mérito de facilitar el debate oral durante los días de sesión. Pero en la medida que se fueron haciendo más agudas las diferencias internas, el mecanismo desvirtúa el carácter de la elaboración y confrontación de ideas. Sin juzgar intenciones, el hecho es que el Grupo de Trabajo asume que el documento base es, precisamente, un punto de partida común para poner en discusión y eventualmente enmendar cuestiones particulares. Pero no es el caso. Más marcadamente que en ocasiones anteriores -aunque esto viene de lejos- es la sustancia del posicionamiento lo que está en discusión. Y a esto se suma el hecho de que el material enmendado aparece a última hora. De manera que el mecanismo de enmendar una propuesta de declaración común se hace redondamente inviable, con el agravante de que imposibilita analizar en profundidad un posicionamiento que, eventualmente, aparecerá de manera diferente en la versión final. Así las cosas, esta ponencia a nombre de la Unión de Militantes por el Socialismo parte de la segunda versión del documento, no desarrolla una crítica sistemática de ese material y sólo toma un párrafo para mostrar un grado de incompatibilidad que no se resuelve con enmiendas. En todo caso, la UMS propone al GT la incorporación de un análisis a fondo de la crisis económica mundial y de la consecuencia más inmediata y amenazante de esa crisis: el ajuste brutal en las economías centrales en detrimento de la clase trabajadora y la amenaza de guerra en Corea, Irán y América Latina, todo lo cual está ausente en la segunda versión.
4.- Nuestra posición ante el estallido de la economía central capitalista está publicada en Crítica N° 38, Octubre de 2008: «Respuesta del Sur frente a la crisis económica mundial» (www.revistacritica.com.ar); puede verse también en el video con el mismo nombre, adquiriéndolo a través de asistente@americaxxiweb.com, o bajándolo gratuitamente de www.americaxxi.com.ve.
5.- Luis Bilbao, Hora de definiciones; América XXI, N° 56, diciembre de 2007. www.americaxxi.com.ve

 

G-20, ajuste, guerra y manipulación

PorLBenAXXI
Ni las formas se guardaron en Toronto: antes del G-20 se reunió el G-8. Y para que nadie dude, invitaron al saliente presidente Álvaro Uribe. Washington premió al fiel servidor que le entregó Colombia para instalar bases de guerra apuntadas a la región. Ante el testigo mudo los jefes imperialistas trataron lo importante. Luego llevaron las conclusiones a la mesa de sus subordinados. Aparte la hojarasca, el G-8 acordó un objetivo: continuar la marcha belicista contra Irán y Corea del Norte; fortalecer el cerrojo militar contra América Latina.

Si la reunión de los 8 fue para amarrar sus puntos de acuerdo, horas después, ya en el escenario del G-20 (más cinco invitados: España, Holanda, Vietnam, Etiopía y Malawi), las potencias imperiales exhibieron las contradicciones que los enfrentan. Y se hizo evidente que Washington ya no es la voz inapelable.

Para explicar el choque entre la Unión Europea y Estados Unidos los medios de difusión (y algunos mandatarios) se aferraron a una falacia: debate ideológico entre neoliberales empeñados en un ajuste fiscal y neokeynesianos abogando por políticas de intervención estatal.

No es la ideología lo que rige la marcha de la economía mundial. La UE no se opone por razones teóricas a mantener y acrecentar los déficits fiscales de sus componentes, sino porque el desbalance de sus cuentas lleva al colapso bancario. Eso arrasaría al euro y pondría en riesgo la existencia misma de la UE. Washington necesita demoler a su principal adversario en la disputa por el mercado mundial. Necesita igualmente de la reactivación europea, porque para evitar su propia recaída en recesión debe mantener el flujo de las exportaciones estadounidenses al viejo continente.

Es jugar con fuego. Las consecuencias del eventual derrumbe europeo golpearía como un tifón a Estados Unidos. Pero la Casa Blanca parece haber concluido que no hay precio de saldo en esta crisis. Y aunque sea irracional, busca exorcizar el fantasma de la depresión empujando al abismo a su socio-enemigo de mayor envergadura.

En un plano subordinado, cuenta también el choque entre la voracidad del capital bancario y la producción primaria e industrial: con las famosas derivativas la especulación llegó a límites inauditos. La reforma lograda por Barack Obama trata de acotar ese fenómeno con más controles. Pero el desenfreno especulativo proviene de la imposibilidad de obtener tasas de ganancias adecuadas en la producción y el comercio. Y esa imposibilidad resulta de la competencia, la tecnificación y la sobreproducción; no de funcionarios desavisados, incapaces de ver pasar un rinoceronte por sus oficinas. La especulación fue el único refugio temporario del capital en crisis. La pugna por ver si es más progresista tasar las transacciones financieras o defender mayores impuestos al comercio es apenas un toque farsesco en la tragedia.

 

Malestar de masas en Estados Unidos

Otro factor cuenta para explicar la conducta de Washington: el creciente descontento interno. Se multiplican signos de que las clases medias y los trabajadores –desocupados o amenazados con el despido– comienzan a actuar de modo tal que se suman como factor de inestabilidad. Si al desempleo neto se suma a quienes involuntariamente trabajan 20 hs semanales o menos y a quienes han desistido de buscan empleo, la cifra llega al 20%. En algunas regiones, estos guarismos se duplican. Ya en el período previo a la asunción de Obama la clase dominante mostró que Estados Unidos bordeaba una crisis política. Obama no tiene el piso firme bajo sus pies. Ahora se ensancha la base del conflicto potencial. La existencia de una nación latinoamericana con 50 millones de habitantes en el seno de aquella sociedad, y el fenómeno de radicalización en curso en el hemisferio Sur del continente, con el Alba como bandera, tiene en vilo a los estrategas de la Casa Blanca. En cambio la UE se aferra a la Confederación Sindical Internacional, que a través de poderosos sindicatos y partidos reformistas regula hasta el momento la ira de las masas europeas. Para ajustar su labor de muleta imperial la CSI se reunió también en Canadá antes del G-20.

En suma, la disputada declaración final de Toronto llegó a un consenso: “reducir el déficit a la mitad para 2013”. Quedó atrás el acuerdo de Pittsburgh, cuando por unanimidad se llamó a alentar el giro económico desde las arcas fiscales. En cambio se ratificó la decisión firmada por todos en encuentros anteriores, de someter el sistema financiero en cada país a una mayor supervisión. Claro que el ajuste “debe ser a la medida de las circunstancias nacionales” de cada país. Se trata de “impulsar políticas de reducción del gasto público que no dañen el crecimiento”. Retórica al servicio del ocultamiento y la mentira: el anfitrión canadiense Stephen Harper recibió a sus invitados anunciando que “la recuperación sigue siendo extremadamente frágil y los riesgos son reales”. El choque entre la UE y Estados Unidos deja al imperialismo sin estrategia conjunta. Analistas serios del capital concluyen que aumenta el riesgo de “un colapso descoordinado”.

La operación de relaciones públicas realizada en Toronto el 26 y 27 de julio costó 1.200 millones de dólares. Irracionalidad llevada al paroxismo. Pero tuvo su fruto: lograron ocultar que la estrategia imperialista, en ese punto unificada, es avanzar por el camino de la guerra. En 2008 el G-20 evitó el desplazamiento de países claves hacia instancias alternativas. Ahora, la incapacidad de Estados Unidos para hegemonizar el bloque abre una nueva posibilidad: al menos dos países latinoamericanos podrían revisar su orientación y sumarse a la principal tarea de la hora: detener la locura belicista del capitalismo encarnada en la Casa Blanca. La historia los observa.

 

Recaída capitalista

PorLBenAXXI

 

Finalizó el fugaz ensueño inducido y la verdad volvió por sus fueros con ímpetu bestial: la Unión Europea vive un momento dramático, corre el riesgo cierto de perder el euro y desintegrarse, inicia un ajuste salvaje en detrimento de las masas trabajadoras, ve esfumarse la perspectiva de reactivación, amenaza la estabilidad de la banca mundial (los Bancos estadounidenses son acreedores por 193 mil millones de dólares sólo de la deuda griega) y, con eso, recorta la expectativa de reactivación, trae el temor a una nueva recesión y replantea, con mayor vigor que en 2008, el riesgo de que ésta se transforme en depresión.

Para eludir la caída en dominó, la UE destinó 750 mil millones de euros (equivalentes a un millón de millones de dólares), para que los Estados fallidos puedan pagar sus deudas a los Bancos. Por detrás hay algo más grave: el desbarajuste en los equilibrios macroeconómicos que llevaron a Grecia al colapso se repite sustancialmente idéntico no ya en España, Italia y Portugal, entre otros países menores de la UE, sino en Alemania y Estados Unidos. Dicho de otro modo: el plan de ajuste que el FMI impone a Grecia –y que a la fecha ya han adoptado ese país, España, Italia y Gran Bretaña– deberá necesariamente aplicarse en Estados Unidos y en la principal economía de la UE, Alemania.

Por lo pronto, los 16 países de la eurozona han anunciado que recortarán sus presupuestos para los próximos dos años en 300 mil millones de euros (unos 370 mil millones de dólares). Gran Bretaña, por su lado, reducirá sus gastos en 106 mil millones de libras esterlinas (alrededor de 146 mil millones de dólares) en cinco años. El impacto sobre la población será durísimo, sobre todo si se tiene en cuenta que ya carga con el peso de las medidas adoptadas en 2008, las cuales, según el presidente de la Comisión Ejecutiva de la Unión Europea, José Barroso, “nos hicieron dar un salto para atrás de 10 años en el nivel de vida”.

¿El ajuste actual provocará otro retroceso de 10 años? Se verá. En cualquier caso, pocos confían en que las drásticas medidas adoptadas reviertan las fuerzas centrífugas que amenazan la existencia de la UE y el equilibrio del capitalismo mundial. La caída de la tasa de ganancia continúa demoliendo las columnas del sistema.

 

Contrincantes en el fragor de la crisis

Aún no es perceptible a simple vista, pero ya se lo puede comprender sin abstracciones teóricas: la lucha interimperialista entre Estados Unidos y Europa está desatada y marca el ritmo de la crisis global.

El colapso griego fue aprovechado por las corporaciones estadounidenses para intentar demoler el euro y, a la par, la Unión Europea. Barack Obama jugó sin disfraces el papel de representantes de los grandes capitales industriales, comerciales y financieros estadounidenses, que necesitan desarticular el bloque de 27 países, que se constituyó en la primera potencia económica mundial y sobrepasó en todos los terrenos, excepto el militar, al imperialismo estadounidense. Gran Bretaña, el león desmelenado –aunque todavía con algunos colmillos– está subordinada sin protestas a su antigua colonia devenida metrópolis. El viejo continente se bate hoy contra Estados Unidos para poder sostener y completar un proceso de unificación imprescindible para competir con Washington, aunque inviable bajo las exigencias del sistema capitalista, como prueba la crisis en curso.

Conviene ir hacia atrás y señalar que en la década anterior, las principales empresas europeas habían sacado mucha ventaja a las estadounidenses. La UE alcanzó el 17% de las exportaciones mundiales, mientras Estados Unidos descendía abruptamente, del 17 al 11%. Las ventas en el exterior de empresas europeas dieron a este bloque el 39% del total mundial, contra el 30% de Estados Unidos (En ese reparto, el bloque Bric –Brasil, Rusia, India y China– tiene el 20% de las exportaciones, China con la parte del león). Un estudio centrado en algunas empresas indica que, sobre todo en el caso de Alemania, grandes compañías exportan alrededor del 80% de su producción, una proporción incomparable con las empresas estadounidenses. Otro indicador: de las 100 mayores empresas multinacionales del mundo, las pertenecientes a la UE pasaron de 57 a 61, en tanto las estadounidenses caían de 26 a 19.

Según un estudio de la consultora alemana Roland Berger sobre las tres mil principales empresas del mundo, entre 1998 y 2008, las europeas tuvieron una rentabilidad del 13%, cifra que desciende al 7% para las estadounidenses. Téngase en cuenta que estos datos serían imposibles sin la penetración, tan audaz como voraz y efectiva, de las multinacionales europeas en América Latina. Eso explica el indisimulado respaldo de la UE a la oposición al Alca por parte de algunos gobiernos que, cinco años después de haber sepultado el intento estadounidense, trabajan por un tratado de libre comercio con el viejo continente.

En suma, el proceso equívocamente llamado “globalización” dejó mejor ubicada a la UE en la implacable disputa por el mercado mundial. Entre otros factores, esto atañe a la productividad. Pese a que la explotación del trabajo en Estados Unidos es incomparablemente más salvaje que en Europa, el aumento en la productividad estadounidense ocurrió, en sus tres cuartas partes, en el área de los servicios, que a su vez cuentan con el 20% de su comercio mundial, según un estudio publicado por el economista Stefan Theil.

 

Expectativas y estrategias

Pues bien: es ese portento imperialista el que sufrió un disparo en el corazón con la crisis griega. A partir de allí ¿es objetivamente fundada la expectativa de recuperación y crecimiento aun a tasas mínimas?

Antes del estallido en Grecia, las previsiones de todas las grandes consultoras internacionales y del FMI, coincidían con pequeñas diferencias en que el mundo retomaba el camino del crecimiento, con una previsión para 2010 del 3% de incremento del PBI en Estados Unidos y del 2% en Europa. Para 2011, la estimación era del 2 y 1% respectivamente. Difícil creer que tantos egresados de las mejores universidades del Norte tuviesen confianza en las cifras que difundían, cuyo corolario era que la crisis había quedado atrás y el mundo retomaba el curso de crecimiento, bajo la tutela de Estados Unidos y el G-20. Después de los últimos sacudones, la Ocde (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), mantuvo guarismos incluso más optimistas. A contramano, el Departamento de Comercio comunicó que la economía de Estados Unidos creció un 3% en el primer trimestre, corrigiendo a la baja su propia predicción y las de las principales consultoras.

Entre septiembre de 2008 y junio de 2009 en Estados Unidos se perdieron seis millones de puestos de trabajo. Y desde entonces, aunque en cantidades menores, el proceso no se ha revertido ni un solo mes. La caída no fue tan abrupta en la UE, aunque tampoco fue comparable luego la capacidad de reactivación de la euroeconomía. Ahora, es menos probable que la inyección de 750 mil millones de euros repita el resultado visto un año atrás con eje en Estados Unidos: freno a la recesión y, a medio término, reactivación. La diferencia está en que mientras en Estados Unidos la montaña de dólares arrojada al mercado simplemente pasó a aumentar el déficit y debilitar su moneda, en la UE el ajuste sumará factores negativos a la lógica del ciclo económico descendente. A los despidos en el sector privado por la caída de la demanda, se sumarán los que produzca el sector público para sanear las finanzas del Estado. Todo sumado, multiplicará la desocupación y la retracción de demanda.

Estados Unidos no podrá eludir los efectos de esa retracción. No obstante, hay numerosos indicios de que sus autoridades asumen esa certeza y apuntan a que los efectos acaben con el euro, disgreguen a la UE y permitan a Washington disputar en mejores condiciones el mercado mundial sobre el que avanzó con ventaja la UE en el último período. Ya verán la CIA y el Pentágono cómo se arreglan con los problemas sociales que aumentarán fronteras adentro.

Los economistas del imperialismo estadounidense no ocultan su verdadera receta para afrontar la crisis: acabar con el Estado de bienestar en Europa; acabar, también en la UE, con el déficit fiscal; frenar las exportaciones chinas. Sin eso, la recuperación –es decir, la restauración de la supremacía estadounidense en el mercado mundial para impedir que se frene su maquinaria productiva siquiera por un período breve– sería imposible. Por eso la Casa Blanca presiona sin rodeos a la UE para avanzar con el ajuste, contribuirá en todo para que las burguesías imperialistas europeas enfrenten a sus trabajadores a fin de imponer esa política, pero al mismo tiempo propenden al estallido de la UE. Un caso aparte es China, que en las últimas semanas ha demostrado capacidad para hacer que se desplomen o recuperen las Bolsas del mundo. Es improbable que Beijing limite su actividad exportadora y resuelva mantener altos índices de crecimiento volcándose hacia el mercado interno, como exige Washington. Del mismo modo, no es dable esperar una devaluación significativa del yuan (el fracaso en este sentido del reciente viaje a China de Timothy Geithner, secretario del Tesoro estadounidense, habla por sí mismo).

Queda evidente así que la línea fundamental de confrontación que marca el ritmo y la forma de la crisis mundial en esta coyuntura, pasa por la lucha interimperialista, tiene en segundo plano la pugna con las naciones subordinadas (en la exacta medida en que las mayores en esta categoría se han sumado al G-20) y en un tercer plano, lejano, al choque con los trabajadores. En la medida en que las relaciones de fuerza que determinan este ordenamiento no se alteren (y eventualmente pueden hacerlo en plazos brevísimos, cambiando abruptamente el escenario regional o mundial), Estados Unidos avanzará por ese camino, que no desemboca en una guerra abierta simplemente por la abrumadora disparidad de fuerza militar. Pero entabla esa dinámica, que llevará la violencia a otras formas y, dependiendo de las circunstancias, a otros escenarios.

Si alguien cree que tales afirmaciones son exageradas, Barack Obama aventa dudas con su nueva Estrategia de Seguridad Nacional, presentada el 27 de mayo. “Nuestro foco es una estrategia que amplíe nuestras fuentes de influencia en el mundo y nos permita usarlas para hacer frente a los desafíos del siglo XXI”, declaró Ben Rhodes, viceconsejero de Seguridad Nacional. Tras la presentación del documento, el asesor de Obama en la lucha contra el terrorismo, John Brennan, aclaró que la Casa Blanca “combatirá (al terrorismo) allí donde tramen sus planes y se entrenen, en Afganistán, Pakistán, Yemen, Somalia y más allá”. Que no queden dudas: no hay límites para ese “más allá”.

 

El Alba como alternativa

La persistente ausencia del proletariado en el escenario internacional hace más difícil comprender qué fuerzas chocan en medio de la crisis. Esto deja el planteamiento y la resolución de los conflictos provocados por la lógica interna del sistema capitalista enteramente en manos de las diferentes fracciones de la burguesía, que además de su diferenciación entre imperialistas y subordinados exhibe una enorme estratificación. La falta de conciencia y capacidad de acción política de los proletariados tiene como primer efecto el hecho a la vista: el capital descarga la crisis sobre sus hombros. Cuando el proletariado entre en escena –y entrará, sin duda, si bien la demora puede ser un factor decisivo– provocará un inmediato realineamiento de fuerzas y será posible ver con nitidez la naturaleza del conflicto planetario. Mientras tanto, a la recesión y el riesgo de depresión, se suma el constante aumento de nuevas situaciones bélicas, como lo ratifica la tensión gravísima en la península de Corea, el área donde Estados Unidos tiene la mayor concentración de bases militares y tropas en el extranjero.

Marx denominaba proletariado “para sí” a la clase trabajadora consciente como sujeto social y político. En oposición, los explotados sin conciencia serían el proletariado “en sí”. Hoy el dato crucial es que, en el momento en que el proletariado “en sí” tiene el mayor peso numérico y cualitativo jamás alcanzado en la historia, el proletariado “para sí”, sólo existe como excepción a escala mundial.

Es en ese cuadro general que la Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América (Alba), se conformó y afirmó como bloque antimperialista cuya vanguardia marcha resueltamente hacia el socialismo del siglo XXI. En el mundo es hoy el único proyecto estratégico que, con aval de pueblos organizados y en pie de lucha, se contrapone al proyecto imperial plasmado en el G-20. Allí reside la posibilidad de frenar la dinámica guerrerista de Estados Unidos, impedir que los efectos de la crisis capitalista caigan como plaga mortal sobre América Latina y avanzar en transformaciones socialistas, mientras los trabajadores de los países desarrollado recuperan capacidad para diseñar una estrategia propia y se suman a una fuerza internacional para dar la respuesta que el desmoronamiento del capitalismo exige.

Dilemas de Unasur

PorLBenAXXI

 

Con el estallido de la crisis mundial en 2008 se produjeron dos movimientos simultáneos de sentido inverso: el desarrollo estratégico del Alba y la circunstancial recuperación de poder por parte del imperialismo estadounidense. Este desplazamiento paradojal domina el momento político internacional y habrá quedado patente en Buenos Aires los días 4 y 5 de mayo –mientras esta edición está en las rotativas– cuando se reúna en la capital argentina la cumbre de la Unión de Naciones del Sur.

La irrupción del Alba constituye un salto cualitativo en el desarrollo político hemisférico, con proyección internacional: ahora las mayorías cuentan otra vez con una brújula. Potencialmente, ese factor cambia el signo en la evolución de la crisis. No obstante, las metrópolis imperiales están mejor plantadas frente a la coyuntura y el futuro inmediato, como resultado de la conducta adoptada ante la emergencia por buena parte de los gobiernos de los países subdesarrollados y dependientes.

El fortalecimiento táctico del centro imperial se expresa en tres planos:

  • Económico: la Banca de inversión mundial (allí donde estalló la crisis) tuvo una ganancia neta de 311 mil millones de dólares durante 2009. Un 50% más que en 2008. Esto se logró pese a que, según prevé el Boston Consulting Group, las ganancias en la industria caerán un 11% durante el año en curso.
  • Político: aunque sin homogeneidad y con presumibles conflictos en el mediano plazo, Washington logró afirmar el G-20, hecho que vale sobre todo por lo que evitó: el fortalecimiento hasta niveles insoportables para el imperialismo de polos globales alternativos, con conductas económicas y estrategias geopolíticas contrapuestas a las delineadas por el Departamento de Estado.
  • Militar: en el período inmediato posterior al colapso económico, George Bush primero, luego Barack Obama, multiplicaron el dispositivo militar apuntado contra los países del Alba, con destaque en hechos indiscutibles: reactivación de la IVª Flota; instalación de siete bases militares estadounidenses en Colombia; acuerdos en el mismo sentido con Perú; firma de un acuerdo de defensa de Estados Unidos con Brasil (reemplaza al denunciado unilateralmente por Brasilia en 1977, durante la dictadura militar). El Departamento de Estado coronó estos éxitos, el 13 de abril, con una cumbre mundial donde impuso un “acuerdo nuclear”, que entre otras cosas pavimenta el camino hacia una guerra contra Irán. Inmediatamente después el jefe del Pentágono, Robert Gates, partió en gira hacia Perú, Colombia y Barbados, donde anudó compromisos militares con esos gobiernos.

¿Cómo explicar estas victorias del capital en el vórtice de su propia crisis? La respuesta reside en la rápida reacción política de las economías altamente desarrolladas frente al colapso económico mundial, que actuaron con más claridad táctica y mayor lucidez estratégica, en comparación con la conducta de los gobiernos de países de economías subdesarrolladas y dependientes. Las cúpulas imperiales supieron abroquelar fuerzas para afrontar un riesgo al que correctamente interpretaron como amenaza mortal. Para efectuar ese movimiento centrípeto no fue óbice la feroz lucha por el reparto de los mercados que fractura y enfrenta a los diferentes flancos de la burguesía imperialista.

Lo contrario ocurrió en las dirigencias del Sur: excepción hecha de los gobiernos del Alba, por regla general cada una buscó su salvación individual, dejó que primaran intereses de sus burguesías locales y asumió que la única posibilidad de recuperar el equilibrio consistía en religarse con los centros imperiales, de los cuales había tomado distancia en los años previos. En otras palabras: la crisis obró como imán para el capital y aventó una vez más las ilusiones sobre el carácter nacional de burguesías locales.

 

Otra fase

Todo el período simbólicamente iniciado en agosto de 2000, cuando el entonces presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso convocó a la primera reunión de mandatarios suramericanos, estuvo dominado por la necesidad de aquellas burguesías sometidas, obligadas a defenderse de la voracidad imperial y tomar distancia de las metrópolis para defender áreas mercantiles y proteger su parte en la absorción de la plusvalía regional. Eso acabó.

Como estas páginas registraron paso a paso, frente al colapso económico la Casa Blanca reaccionó buscando evitar la fuga de países que por peso económico o gravitación política pudieran constituir un polo alternativo. Transformó así el G-8 en G-20. Otra vez el palo y la zanahoria. Y otra vez el mismo reflejo condicionado: los gobiernos de Argentina y Brasil acudieron al llamado de George Bush en noviembre de 2008, sin siquiera convocar antes una reunión de Unasur para llevar a Washington una posición conjunta. India, China y otros tantos países hicieron lo mismo. Los poderosos habían ganado la primera batalla de la nueva guerra. Para que no hubiese dudas, Brasilia y Buenos Aires (y otros diez gobiernos similares) firmaron un documento conjunto con los jefes del mundo, donde se consignaba el acuerdo en las medidas para afrontar el colapso.

Hubo después dos reuniones más, en Londres el 2 de abril de 2009 y en Pittsburgh el 24 de septiembre del mismo año. En cada una de ellas avanzó la recuperación del equilibrio imperialista, sobre la base de su estrategia, su programa de acción y sus instituciones. Es sabido que los acuerdos se firman para ser violados. Ése puede ser el argumento pragmático para ciertos gobernantes. El caso es que el G-20 se prolonga ahora con un instrumento de inequívoco objetivo: el “acuerdo nuclear” (pág. 24).

Al cabo de este maratón Ben Bernanke, titular de la Reserva Federal de Estados Unidos y cerebro de la operación de salvataje, hizo su balance: “A diferencia de los ‘30, las conducciones económicas en el mundo trabajaron sin parar para estabilizar el sistema financiero (…) Como resultado, si bien las consecuencias económicas de la crisis financiera han sido dolorosamente graves, el mundo se evitó un cataclismo aún peor, que hubiera igualado o superado al de la Gran Depresión”.

En efecto, se eludió el cataclismo inmediato, lo cual deriva en un momento político signado por el fortalecimiento coyuntural de los centros imperiales y un trance de confusión y eventual dispersión de un flanco en los países subordinados.

 

Dos caminos, no tres

Como contraparte insoslayable de la situación descripta, Unasur vio debilitado su impulso y los principales proyectos quedaron paralizados. La fuerza subterránea que impulsa a la convergencia, sin embargo, mantiene toda su potencia. Por eso, en otra resonante paradoja mientras esto ocurría iba tomando cuerpo un organismo de naturaleza semejante pero de mayor envergadura: la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que vería la luz en Cancún, en febrero último. Esto equivale a una OEA sin Estados Unidos y, de por sí, supone otra derrota estratégica del centro imperial. Como contrapartida, allí gravitará con peso incomparablemente mayor al que tiene en Unasur el bloque de gobiernos opuestos a la perspectiva socialista. Así de zigzagueante y contradictoria es la marcha en esta etapa de la historia. Así de firme y flexible estará obligada a ser una estrategia en función de la soberanía, la emancipación y la revolución social.

Si la Celac se consolida, Unasur carecerá de sentido. A la inversa, si Unasur no avanza en lo inmediato, estará comprometida la existencia misma de la Celac. La clave es fortalecer la dinámica de convergencia de la instancia suramericana, hoy amenazada por una multitud de conflictos entre los que sobresalen la instalación de bases militares en Colombia, los enfrentamientos en el Mercosur y la belicosa militancia del nuevo gobierno chileno.

Antes de conocer los resultados de la cumbre de Buenos Aires es posible prever que allí habrá aparecido con mayor relieve la estrategia del bloque formado por los gobiernos de Colombia, Chile y Perú, enfilada sin ambigüedades contra el proceso revolucionario anticapitalista que encarnan los gobiernos de Venezuela, Bolivia y Ecuador. Las posiciones intermedias presumiblemente habrán sostenido la perspectiva unionista. Y no es improbable que hayan inclinado la balanza a favor de las posiciones antimperialistas. Pero en perspectiva no hay tres caminos. Esta aseveración se funda en dos razones principales:

  • el cataclismo temido por Bernanke, según sus propias palabras, fue “esquivado”, pero en modo alguno resuelto: espera agazapado a la vuelta de la esquina;
  • en América Latina las masas tienen ya una brújula que marca el rumbo de la revolución: el Alba.

Esos dos factores obrarán como una tenaza sobre las direcciones políticas vacilantes, centristas y reformistas. El estado mayor político materializado hoy en los países del Alba conquistará la conciencia y el corazón de las mayorías. No cabe duda acerca de esto, más allá de las sinuosidades que ese proceso entrañe. Queda la opción de sumarse a la revolución o asumir sin rodeos el programa político del G-20. Aquellos gobiernos que no estén dispuestos a lanzarse contra sus propios pueblos, pero tampoco resuelvan sumarse a una perspectiva revolucionaria, caerán como hojas secas. Esa dinámica ya está a la vista.

 

Continuidad de la crisis

Basta observar la superganancia de la banca mientras cae la producción industrial, y preguntarse de dónde salieron aquellos ingresos extraordinarios, para comprender que la crisis no sólo continúa, sino que se agrava sistemáticamente. Hay signos que alertan incluso sobre un nuevo estallido general, que podría ocurrir en el corto plazo. Sólo que, si bien es imposible prever su hora con exactitud, es seguro afirmar que esta vez no sucederá con centro en el ámbito financiero, sino en las columnas maestras del sistema: la producción industrial.

La caída en la ganancia de la industria tiene en su contrapartida el dato más importante: aumento incontenible de la desocupación, siempre con eje en los países centrales. La reducción de la demanda agregada global que esto presupone no tiene solución con créditos. Ni con obras públicas según la fórmula keynesiana. El terremoto europeo con epicentro circunstancial en Grecia, con réplicas día a día más alarmantes en España, Italia, Portugal e Irlanda, pone a la luz pública la incapacidad de Alemania y Francia para contrarrestar la fuerza subterránea que está minando la tambaleante estructura de la Unión Europea.

Así como los alquimistas de los centros financieros, con Bernanke a la cabeza, pudieron esquivar el colapso generalizado de la banca mundial, ministros de Economía de las grandes potencias pueden en teoría postergar un eventual estallido y ralentar la marcha hacia una depresión incomparablemente mayor que la de 1930. La ominosa ausencia del movimiento obrero en el escenario mundial les da ese margen. Es evidente sin embargo que no pueden resolver la crisis ni detener su inexorable dinámica. Por eso aparecen cada vez más los ministros de Defensa y los jefes militares del imperialismo como protagonistas.

Robert Gates, ministro de Defensa de la mayor potencia bélica, es el maestro de ceremonia. Firmó con su par brasileño Nelson Jobim un acuerdo de colaboración militar, mientras desde el Departamento de Estado se llevaba la presión al punto de que el secretario adjunto para el Hemisferio Occidental, Arturo Valenzuela, llegó a declarar desde Quito, el 5 de abril, que su gobierno “está tramitando” la instalación de una base militar en territorio brasileño, “para combatir el narcotráfico”. Cuatro días antes O’ Estado de São Paulo había anunciado que “Estados Unidos ha comenzado las negociaciones con el Gobierno brasileño para crear en Río de Janeiro una base para vigilar el tráfico de drogas en la región, similar a las existentes en Key West (Florida) y en Lisboa, Portugal”. Tal vez es necesario repetirlo: el principal diario brasileño anunció la creación de una base estadounidense en Río de Janeiro.

Hubo respuesta rápida: “No, no es cierto; no hay ninguna posibilidad de que haya una base militar estadounidense en Brasil”, dijo Marco Aurelio García, asesor de Lula. Todo se reduce a “un programa de cooperación”, agregó, antes de completar su idea: “Nosotros no tenemos doble discurso”. Con todo, está a la vista la presión de Washington y sus socios locales sobre el gobierno del PT. Y fuera de discusión el saldo de esa presión: un acuerdo de colaboración militar entre los gobiernos de Lula y Barack Obama.

Ésa es la dinámica a la que Unasur debe poner freno, so pena de convertirse en una cáscara vacía. Al leer estas páginas, usted sabrá qué respuesta dio al dilema la cumbre de mandatarios en Buenos Aires.

 

24 de abril