Autor: Luis Bilbao
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Naturaleza y perspectivas de la crisis económica mundial
En Bolivia se juega el futuro
Toda persona consciente debería preocuparse y ocuparse por lo que ocurre en Bolivia. Estados Unidos está a punto de deflagrar allí una guerra que sacudiría a la región y, a poco andar, llevaría a un estado de conmoción y beligerancia a Suramérica entera.
La excusa es la autonomía de cuatro departamentos (Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija); el instrumento, la oligarquía; los medios, cuerpos mercenarios financiados, entrenados y comandados por el Departamento de Estado a través de la CIA y otras agencias; el objetivo, fragmentar a Bolivia, detener el proceso revolucionario encabezado por Evo Morales, introducir una cuña de fuego en el Cono Sur y crear las condiciones para atacar luego a Venezuela y Ecuador. Desde el domingo pasado, también Paraguay está amenazado.
Estados Unidos necesita la guerra. La economía capitalista ya no puede respirar sin ella. Yerran quienes creen que el empantanamiento del imperialismo en Irak le impide abrir otros frentes de combate. Es a la inversa: sólo les queda huir hacia delante. Pero buscan hacerlo por una diagonal, espejando la línea de acción en Medio Oriente: hallar fisuras objetivas en las formaciones económicas, sociales, étnicas y religiosas; azuzar conflictos latentes; desatar la guerra entre facciones, ponerse sobre ellas y cabalgar sobre la destrucción mutua de pueblos.
La diferencia con aquella zona devastada por la invasión, las luchas intestinas y el constante alimento a la guerra (ya los candidatos a suceder a George W. Bush subrayaron su disposición a “arrasar a Irán”), es que en América Latina existe el germen de un centro político continental. Los gobiernos de Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia han asumido la necesidad de enfrentar al imperialismo en las condiciones del mundo contemporáneo, es decir, atacando por la raíz al capitalismo.
La reunión de emergencia realizada en la madrugada del pasado 23 por Hugo Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega y Carlos Lage en representación de Raúl Castro, y las decisiones allí adoptadas, son indicativos de que ese bloque comienza a actuar como dirección política internacional.
Pero no es suficiente. Los Partidos y organizaciones con los que cuentan esos cuatro gobiernos son la vanguardia revolucionaria del continente, pero no alcanzan aún a nuclear y abroquelar al conjunto del activo obrero, campesino, juvenil y popular desde el Bravo a la Patagonia. Ésa es una tarea pendiente.
La única vía para llevarla a cabo es que esas vanguardias, en toda su diversidad, encuentren el camino de las grandes mayorías y consigan explicar y persuadir a millones de lo que está tan claro pero a la vez tan oscuro: el imperialismo, las oligarquías que se le subordinan y las posiciones vacilantes que dudan en plantarse con firmeza frente a la Casa Blanca, nos están llevando al abismo de la guerra. Hay que detenerlos. Es preciso sumar voluntades, en el más amplio espectro posible, a partir de la simple comprensión de la amenaza.
No se podrá impedir la violencia pidiéndole a Evo, como hace la OEA, que negocie con los perros de la guerra azuzados por Washington. Se trata de defender incondicionalmente al legítimo gobierno indígena de Bolivia. Y por todos los medios necesarios.
Urge convocar reuniones en cada ciudad de América Latina para explicar y debatir esta coyuntura dramática. De esas miles de asambleas deberán surgir acciones de movilización y formas de enlace nacionales y regional. Y estar prontos para enviar delegaciones a La Paz, realizar actos, conciertos, encuentros de todo tipo, en todas partes, con todos y todas quienes entiendan la gravedad del momento y con la única consigna de amarrar las manos asesinas del imperialismo.
Buenos Aires, 25 de abril de 2008.
nace un partido de masas, democrático, antimperialista y anticapitalista
Un faro para América Latina
Renacimiento: ignorado por la prensa comercial de todo el mundo, culminó el Congreso Fundacional de un Partido que enlaza la tradición socialista con la realidad suramericana contemporánea y afirma un punto de partida para la región. A contramano de esa conducta de ocultamiento, América XXI completa en esta cobertura un seguimiento paso a paso desde que Hugo Chávez convocó a la formación del Psuv. Hablan aquí los protagonistas. Aristóbulo Istúriz, con su intervención en la juramentación de la Dirección Nacional; Alberto Müller, Alí Rodríguez y Jacqueline Faria, en entrevistas exclusivas, al igual que Stalin Pérez, uno de los escasos dirigentes obreros prominentes que se han sumado a esta formación. Por razones de agenda fue imposible incluir las opiniones de María León, miembro de la Dirección Nacional y flamante ministra de Estado para la Mujer, Jorge Rodríguez, figura relevante en el período de gestación del Psuv , ahora designado Director Nacional de Organización y Vanessa Davies, colaboradora de América XXI y responsable ahora de Propaganda en la DN. El panorama se completa con la intervención de Chávez en el acto de juramentación, reproducida en la sección de Historia, Teoría y Debate (pág. 39).
Un hecho democrático de dimensión histórica culminó el 14 de marzo en Venezuela: la fundación del Psuv. Quien aún tenga dudas sinceras sobre la naturaleza y el rumbo de la Revolución Bolivariana, encontrará en este acontecimiento una prueba inequívoca.
No hay antecedentes para un acto fundacional de estas dimensiones y de pareja participación democrática. América XXI registró paso a paso el transcurso de este parto difícil durante el último año. Ahora han quedado atrás las convocatorias iniciales a decenas de miles de promotores, la inscripción como aspirantes a militantes de 5,8 millones de personas, la formación de los Batallones Socialistas, la elección de voceros, comisionados y finalmente 1681 delegados, responsables de debatir y aprobar una Declaración de Principios, Programa y Estatutos, durante seis sesiones del Congreso a lo largo de ocho fines de semana. Luego toda esa estructura –más de 92 mil personas, en representación de alrededor de 1,2 millones de miembros activos– protagonizaría la elección en segundo grado del órgano máximo de conducción, el 9 de marzo. Cinco días después Hugo Chávez, proclamado presidente del Partido por el Congreso, juramentó la Dirección Nacional.
Con la designación de responsabilidades para 15 miembros y otros tantos suplentes, sólo restará la conformación de las direcciones regionales y locales para arribar a la estructuración total de la organización. En rigor, allí comenzará el desafío histórico que afronta esta inédita herramienta política de masas, autodefinida en sus documentos liminares como democrática, antimperialista y anticapitalista.
Antes de comenzar su ciclópea tarea, sin embargo, ya ha producido un impacto que va más allá de las fronteras de Venezuela: a la luz pública se produjo un exitoso esfuerzo por gestar desde abajo una organización política de masas, con netas definiciones ideológicas y un contundente programa de acción, con el aporte de millones de personas, a la vista y escrutinio de todos, en el máximo posible de transparencia y participación.
Implícito en este complejo mecanismo, está el factor de mayor relevancia para definir el carácter democrático del hecho Psuv: Chávez, receptor del poder delegado voluntaria y fervorosamente por millones de hombres y mujeres, ha querido y ha logrado transferir ese inmenso poder a la única instancia capaz de gestionarlo sana y sostenidamente: un Partido.
¿Hay acaso una prueba mayor de la intencionalidad subjetiva y la dirección objetiva de un proceso político? ¿Para qué edificar una organización, asumir los infinitos problemas que devienen de la participación colectiva? ¿Para qué crear instancias organizadas, altamente politizadas, con cientos de miles de personas introducidas ya en el desconocido y fascinante universo del debate político, donde toda voz debe ser escuchada, la intención ha de basarse en el razonamiento y la decisión en la voluntad mayoritaria? ¿Para qué, si no para democratizar el poder y, sobre esa base, acelerar por el camino de la revolución?
Sin esfuerzo se podrán encontrar fallas y transgresiones a una estricta metodología democrática, así como conductas individuales o grupales apuntadas precisamente a lo contrario del libre protagonismo de las bases. Fraccionalismo, maniobras e intrigas no son patrimonio exclusivo de las izquierdas en otras latitudes. Pero, en primer lugar, esos lunares se pueden hallar con toda facilidad precisamente porque el proceso mismo de construcción partidaria se ha llevado a cabo a la luz pública.
Valores y antivalores
Más aún: ciertas conductas burocráticas a menudo no exentas de autoritarismo, el desinterés funcionaril, la falta de empeño en la pulcritud metodológica, la conducta camarillista, entre otros rasgos negativos que sería posible apuntar en este proceso, no son sino la paradojal comprobación de que no pocos de los y las protagonistas de este fenómeno, cargando con una cultura política de arrastre, han sido envueltos e inconscientemente involucrados en un proceso de construcción que los incluye como parte inseparable de la Revolución Bolivariana, destila y utiliza sus capacidades y las pone al servicio de un fin mayor que niega y supera aquellas miserias. El conjunto, movido y guiado desde un centro vital por una clara estrategia de revolución socialista, ha puesto el signo y sobredeterminado el papel de las partes, dando lugar a un círculo virtuoso. Tal vez con el tiempo más de un cuadro activo de este mecanismo descubrirá hasta qué punto ha sido valiosa su participación
El rescate de los valores de cada individuo, la superación de sus debilidades y deformaciones individualistas alimentadas por una sociedad de competencia que entroniza antivalores y mediocridades, es un resultado no menor y prueba irrefutable del carácter genuino de un proceso revolucionario. Se trata de la dinámica exactamente opuesta al proceso que sufren las formaciones partidarias de la burguesía, también experimentado por las sectas sedicentemente revolucionarias, donde las capacidades individuales en lugar de conjugarse se contraponen, en lugar de potenciarse se dividen, en lugar de honrar envilecen.
Desde luego, como en todo organismo vivo, el desenlace siempre estará en disputa. En la misma medida en que la historia reaparece constantemente y se reconstituyen conceptos, metodologías y conciencias propios de la sociedad capitalista, el destino de un Partido revolucionario es inseparable del destino de la revolución misma. Al cabo prevalecerá lo peor o lo mejor de los seres humanos que componen el Psuv según prevalezca, no en Venezuela sino en América Latina y el mundo, la barbarie o el socialismo. Pero temer esa ambivalencia es como temblar ante la vida, es decir, escabullirle a la historia.
En este momento histórico de Venezuela, en pleno empeño por llevar adelante la transición del capitalismo al socialismo, el Psuv espeja esa realidad y se constituye en herramienta igualmente transitiva, incorporando los rasgos positivos y negativos de la mayoría social y las vanguardias que ensayan este asalto al cielo.
Rescate histórico
Otro rasgo positivo sobresaliente del Psuv y su dialéctica virtuosa, es el rescate de cuadros militantes provenientes de los más diversos intentos de reivindicación social. Los 30 miembros de la Dirección Nacional, en sí misma síntesis de edades, condición social, formación etnocultural y proveniencia política, son apenas una muestra mínima de los miles de cuadros con voluntad y capacidad para asumir posiciones dirigentes a todos los niveles.
Instancia de unidad social y política de una mayoría abrumadora compuesta por trabajadores de todos los sectores, campesinos, juventudes, profesionales y pequeños productores del campo y la ciudad, en el marco de un proceso revolucionario, el Psuv ha obrado como fuerza centrípeta conjugando experiencias e individuos de disímiles trayectorias. Aquí también se verifica una dinámica inversa a la que puede constatarse en las filas revolucionarias en otros países, donde fuerzas centrífugas, impulsadas por el retroceso de las ideas revolucionarias en las últimas décadas, causan la constante destrucción de capacidades encarnadas en militantes dispersos.
Guerrilleros y militares, jóvenes y veteranos, comunistas y cristianos, revolucionarios y reformistas, entre otras tantas dicotomías que lo son y de manera taxativa en otro cuadro sociopolítico, convergen en Venezuela sobre el único eje que puede dar lugar a semejante agregación en cualquier parte del mundo: la revolución socialista.
Se verifica así en los hechos la más osada novedad política en mucho tiempo, realizada por Cuba, esgrimida por el Che, asumida y propulsada por Chávez, en choque frontal con tirios y troyanos y a contracorriente de la opinión predominante en partidos y academias: la vigencia de un programa anticapitalista y de la noción de Partido revolucionario como ejes para la agregación social y la recomposición de fuerzas políticas. Esta comprobación, que será más nítida y abarcadora en la etapa histórica que ella misma inaugura, golpeará sobre la conciencia y el accionar de decenas de miles de luchadores en todo el continente. Chávez ha adelantado ya su decisión de impulsar la unión internacional de las fuerzas que comprendan y asuman tal estrategia de revolución. Antes incluso de que ese propósito cobre carnadura, el espectro político regional habrá cambiado. En ese sentido, el Psuv es un nuevo y poderosísimo eje gravitacional en América Latina.
Analogías y diferencias
Si bien el mecanismo de conformación del Psuv es inédito, se pueden encontrar analogías útiles en la historia regional y mundial.
En Argentina, sindicatos obreros en pie de lucha formaron en 1945 el Partido Laborista (PL). En el lapso de dos meses, entre octubre y diciembre, el movimiento sindical se asumió como partido político. En febrero del año siguiente, con Juan Perón como candidato, el PL arrasó a todos los partidos tradicionales (incluidos el PC y PS, que no comprendieron el fenómeno y se sumaron al bloque oligárquico-imperialista), ganó las elecciones y llevó a Perón al poder. Al asumir éste, sin embargo, el 25 de mayo de 1946, ordenó la disolución del Partido. Estos episodios y la resistencia posterior de un sector del PL han quedado sepultados en la memoria, porque la experiencia no sobrevivió, la idea de partido se desdibujó y la lucha contra la reacción burguesa-imperialista ocurrió desde entonces con otros parámetros, con los resultados conocidos.
Diferente fue el caso en Brasil. Un vigoroso proletariado industrial, tras una oleada de huelgas, dio nacimiento al Partido dos Trabalhadores (PT) en 1980. Luiz Inácio da Silva, Lula, dirigente metalúrgico, fue el vértice de este vertiginoso proceso de organización que en muchos sentidos antecedió como ejemplo de convergencia virtuosa de cuadros y organizaciones revolucionarias con masas obreras y campesinas, también con un programa socialista. Luego de tres fallidos intentos de llegar al gobierno por elecciones (1989, 1994 y 1998), Lula fue finalmente ungido Presidente en 2002. Para arribar a ese punto, el PT fue modificando su programa y, junto con éste, su metodología de funcionamiento. Todo ello plasmaría en el gobierno del PT, que más allá de los diferentes juicios que hoy genera, perdió la potencia de ejemplo y motor que durante el primer período tuvo en toda América Latina.
Mucho antes, en otras latitudes, y en un contexto histórico completamente distinto, comenzaron a edificarse los que luego serían grandes Partidos obreros socialistas en Europa. Un antecedente fue el Partido Cartista (al cual ingresó la organización Fraternal Democrats, dirigida por Marx y Engels). “Que el primer programa de este partido sea confuso e incompleto –decía Engels en relación a la conformación de los partidos socialdemócratas desde los años 1880– es un inconveniente inevitable, pero pasajero. Las masas deben tener tiempo y oportunidad para desarrollarse; y esta oportunidad la tendrán en el momento en que posean un movimiento propio, donde serán impulsados por sus propios errores”.
Análogos en cuanto a instrumentos de unidad social y política de masas con contenido antimperialista y genéricamente anticapitalista, las diferencias cruciales del Psuv con estos ejemplos residen, por un lado, en la naturaleza de clase; pero también, de manera sobresaliente, en el hecho de que es una organización que no nace para ganar una elección y llegar al poder, sino por impulso del Presidente de un gobierno con una década de ejercicio, desde el seno mismo del Estado en intento de transición y con el objetivo explícito de avanzar más rauda y efectivamente en la construcción del socialismo.
A manera de símbolo, en el momento en que se juramentaba a la Dirección Nacional en Caracas, en el Oriente del país, la mayor concentración proletaria en Venezuela mantenía una vigorosa lucha contra la empresa Sidor y sufría el embate de la Guardia Nacional del Estado Bolívar. Más que en otros países suramericanos, en Venezuela, para utilizar la expresión de Marx, existe una importante “clase obrera en sí”, pero no una “clase obrera para sí”, es decir, con conciencia del lugar que ocupa en la sociedad y la historia. La omisión de las dirigencias sindicales en la construcción del Psuv, fruto del economicismo y la confusión ideológica, se manifestaba así en una contradicción práctica entre la estrategia socialista y los conflictos propios de una sociedad en el umbral de la transición al socialismo. En perspectiva, sólo un proletariado consciente y organizado puede resolver esa contradicción. La labor de constitución de una “clase obrera para sí” es por tanto uno de los principales desafíos para el Psuv. El lugar que finalmente decida ocupar el activo sindical gravitará sobre el curso de los acontecimientos. Hasta el momento, prevalece la omisión y la argumentación con tono de excusa.
Tareas pendientes
Durante el período inicial de organización y luego durante el Congreso Fundacional, el Psuv comenzó con un plan de formación ideológica y política. Un video con varias exposiciones circuló en decenas de miles de copias por los Batallones Socialistas, alentando innumerables sesiones de debate teórico y político, al mismo tiempo que se avanzaba en la experiencia de organizarse. Difícil encontrar una escuela de cuadros de semejantes dimensiones en cualquier antecedente de edificación partidaria. No obstante, la comprensión en el máximo nivel posible del mecanismo de funcionamiento del capitalismo y su diferencia con el socialismo, la educación en historia, economía y política para los casi seis millones de inscriptos con eje en el millón y medio de activos, es una tarea ya señalada y asumida por la dirección partidaria.
En el plano de la organización, además de sumar a cientos de miles de aspirantes a las filas activas, el Psuv tiene por delante una difícil tarea de reconocimiento y depuración de sus militantes y simpatizantes organizados. El funcionamiento regular, sistemático, de los BS, será un arduo objetivo durante mucho tiempo. Sobre todo porque ahora está planteada en toda su magnitud la organización del Partido por frentes de trabajo hasta completar y superar la organización territorial.
Pero formación política y organización partidaria son funciones de la militancia y ésta deberá desarrollarse desde ya mismo en el marco de una cruda ofensiva estadounidense contra el presidente Chávez y en la coyuntura de una elección para Gobernadores y Alcaldes, en noviembre próximo, que tiene una importancia fuera de lo común para el camino y el ritmo de la Revolución Bolivariana.
Ejemplo para la región
Este proceso de edificación partidaria, con la participación de millones, a la vista de todos, con elecciones libérrimas, se llevó a cabo en un ámbito nacional y regional donde los grandes partidos tradicionales están, sin excepción, reducidos al mínimo, burocratizados al máximo, ajenos por completo a la democracia, negados por definición a la participación de quienes eventualmente los votan.
La diferencia estriba en naturaleza y objetivos: los anacrónicos aparatos tradicionales representan intereses de las clases dominantes de la región y tienen como objetivo la defensa incondicional de esos intereses. Desde hace décadas decaen sin pausa, pero hasta ahora no han tenido una contrapartida efectiva. La fuerza social en pugna por cambios fue una y otra vez desviada hacia callejones sin salida. El Psuv, que no busca el poder sino, al contrario, transfiere el poder de una persona a una instancia representativa del interés popular, que no busca el statu quo sino la transformación radical, será inexorablemente un faro para cientos de millones de víctimas de la crisis capitalista en América Latina y el Caribe.
Embarcado en una fase superior de su intento de derrocar la Revolución Bolivariana, el imperialismo estadounidense choca de frente con el Psuv. Buscará renovar su alianza de las últimas décadas con los grandes aparatos políticos latinoamericanos. Pero estos, amenazados de muerte por la reacción popular contra ellos, no podrán asociarse abiertamente con la Casa Blanca. Tampoco podrán reeditar caminos diagonales hacia ningún lugar. Su fuerza inercial continuará gravitando por un tiempo. Pero ya se ve en el horizonte la luz del alba.
exxonmobil y colombia
Dos derrotas trascendentales para Estados Unidos
Acaso ahora resulte menos arduo comprender y asumir en qué punto está y hacia dónde marcha la política internacional. El inmediato movimiento centrípeto de América Latina para impedir un desenlace bélico en la región, y el consecuente aislamiento sin precedentes de Washington en su propio terreno, la OEA, pintan con trazo claro el momento histórico.
En el último año la dinámica de convergencia regional había sido neutralizada. La inexorable competencia entre las burguesías locales, convenientemente azuzada por el Departamento de Estado, había hecho su labor divisionista. Pero cuando Estados Unidos dispuso que el gobierno de Álvaro Uribe atacara territorio ecuatoriano y abatiera al representante de las Farc en la negociación por la paz, el espectro de la guerra, la invasión y la ocupación de mercados por vía militar aunó gobiernos ya lanzados a la búsqueda de negocios bilaterales con el imperialismo –o a punto de hacerlo– y los obligó a ponerle freno a la Casa Blanca.
República Dominicana fue el escenario para que un recorte del hemisferio político, el Grupo de Río, permitiera a la vez condenar la agresión colombiana y fugar por la tangente a Álvaro Uribe. Antes y después, la OEA puso a trasluz la relación de fuerzas provocada por la intentona belicista, no por inestable menos cierta.
El fantasma de la guerra pareció esfumarse. Escamoteando la realidad hasta cuando dicen la verdad, los medios atribuyeron el milagro a la posición conciliadora y la habilidad política de Hugo Chávez en Santo Domingo. Así, lo obvio quedó en la penumbra: el inicio de una conflagración que abarcaría a toda la región no se impidió con el gesto concesivo de Chávez, sino con su determinación, una semana antes, de responder con el máximo de fuerza a la amenaza bushuribista sobre la frontera colombo-venezolana, acompañando un movimiento análogo resuelto por el presidente del país agredido, Rafael Correa.
Tender la mano desde una posición timorata hubiese sido la luz verde para la inmediata ocupación de territorios supuestamente utilizados por las Farc en Ecuador y Venezuela. Es decir, el inicio de la guerra total. Es verdad que el gesto de Chávez en el Grupo de Río salvó la cara de más de un mandatario escurridizo. Pero desplegar las tropas y no tender la mano hubiese conducido al mismo desenlace, el buscado por el imperialismo, la guerra total. No por nada, simultáneamente, en Bolivia la oligarquía títere llamaba a las armas contra Evo Morales.
Contra Pdvsa
También en sincronía con aquella ofensiva, a través de la célebre ExxonMobil, Estados Unidos atacó desde otro flanco: Pdvsa y la recuperación de los yacimientos en la faja del Orinoco. Se trata de mostrar a los levantiscos socios menores del Sur que todo gesto de soberanía lleva a la catástrofe: embargo por 12 mil millones de dólares, incautación de buques petroleros en alta mar, bloqueo de los pagos en todo el mundo… Mejor renovar contratos de entrega y negociar un statu quo, era el mensaje imperial.
Aquí, otra vez, la más mínima vacilación hubiese llevado no ya a la reversión de la salida de ExxonMobil de Venezuela, sino llanamente a la caída de Chávez. Pero no hubo dudas. El presidente de Pdvsa y ministro de Energía, Rafael Ramírez, no se limitó a denunciar con toda la fuerza argumental la agresión y el agresor: George Bush. Sin demora impulsó la movilización de los trabajadores petroleros y encabezó la demostración de fuerza obrera ante los ojos del mundo.
El resultado es conocido: ante la certeza de que una decisión contraria a la soberanía venezolana no sería aceptada por la Revolución Bolivariana, el Tribunal de Londres al que había recurrido ExxonMobil (usando una prerrogativa infame aceptada por los antiguos dueños de Pdvsa), falló contra la absurda pretensión imperialista. “Una gran victoria moral, política, económica, técnica y jurídica contra el imperialismo”, dijo Chávez en un acto convocado para anunciar el resultado de esta otra gran prueba de fuerza.
¿Pasó el riesgo de guerra? ¿Se rendirá ExxonMobil?
La respuesta a estos interrogantes se hallará en los tumultos bursátiles, en la caída de las acciones, en la ahora admitida regresión indetenible de la economía estadounidense y el paulatinamente reconocido impacto que esto tendrá en todo el mundo, con efectos devastadores.
No. No habrá tregua. Estados Unidos está empujado a la guerra por la crisis que le atenaza las entrañas. El ensueño de democracias burguesas prósperas propulsadas a soya es eso, una quimera. El trato de igual a igual en términos capitalistas con los centros imperiales es algo peor. Requiere adjetivos más rotundos.
De allí la necesidad de interpretar ajustadamente estas dos grandes derrotas de Estados Unidos: ocurrieron por la determinación de quienes han resuelto reconquistar la soberanía por el único camino que el momento histórico permite: la superación del capitalismo. Y por el temor de otros a la furia del amo y el perjuicio que esto acarrearía a sus negocios.
La naturaleza misma de este bloque da lugar alternativamente a momentos de fortaleza y debilidad. Venezuela, Bolivia y Ecuador están y seguirán estando bajo fuego del imperialismo. Otros gobiernos sufrirán más y más presiones para apartarlos de ese pelotón de vanguardia, condición previa para el accionar militar.
Nunca como hoy ha sido necesaria la unidad de la nación latinoamericana.
en el G-20 y la v cumbre de las américas se librará una batalla crucial
El gran duelo
Llegó la hora: alinearse con el Norte para emprender la vana empresa de salvar al capitalismo, o definir posiciones y acelerar en dirección a la unión suramericana, la complementación solidaria de las economías de la región, la verdadera soberanía en pos del buen vivir para todos. Ésa es la opción ante la cual no hay postergación posible. Estados Unidos y sus socios intentan atraer a países clave del hemisferio para apuntalar su estrategia, una vez más como neocolonias aferradas a las metrópolis. Ése es el significado de la reunión del G-20 el 2 de abril en Londres; ésa es la intención de Washington para la Vª Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago, quince días después. Como contrapartida, los países del Alba se reunirán el 16 de abril en Caracas, para ratificar una línea de acción común frente a la crisis y la respuesta del capital imperial. La participación de todos los miembros de Unasur en el encuentro del Alba es la última oportunidad para presentar un frente unido antes de que se desencadene en toda su potencia destructiva la crisis global.
Durante el mes de abril quedará esbozado un nuevo mapa político planetario. El 2 en Londres y el 17 en Trinidad y Tobago, la reunión del G-20 y la Vª Cumbre de las Américas definirán la estrategia con la cual Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y China, afrontarán el colapso del ordenamiento planetario vigente en las últimas seis décadas. La gran incógnita es qué lugar ocupará el conjunto latinoamericano-caribeño en la búsqueda del que lo sustituya.
Nada será definitivo, claro. Porque lo único constante en este momento es la ebullición. La transformación molecular de las relaciones de fuerzas a escala mundial transcurre bajo la superficie y a un ritmo diferente del que impone el desmoronamiento del sistema capitalista. De manera que los acontecimientos visibles –y sobre todo su representación en la prensa comercial– tienen escasa correspondencia con la realidad. No obstante, del papel de cada protagonista depende el curso de la historia inminente, prefigurado por la ola arrolladora de trabajadores expulsados de sus puestos en todo el mundo.
Una febril actividad diplomática del Departamento de Estado estadounidense e innumerables encuentros a nivel presidencial y ministerial en América y Europa, más encuentros públicos y reservados entre Estados Unidos y China, permite observar el nervioso movimiento de las piezas en el ajedrez planetario.
Ante todo, con apenas dos o tres excepciones, asombra la talla política de las figuras participantes, su falta de preparación teórica para comprender los acontecimientos en curso, la ausencia de equilibrio emocional e incluso la plasticidad moral con la que suben al escenario ante una platea mundial temerosa y expectante.
Pero el foco debe centrarse en otro punto: la actitud de China en relación con la redefinición de un sistema financiero mundial, la ubicación de los tres gobiernos latinoamericanos –Brasil, México y Argentina– incrustados en el G-20 y la actitud que asumirán los miembros de Unasur (Unión de Naciones Suramericanas) cuando en la isla caribeña de Trinidad y Tobago se encuentren cara a cara con el nuevo representante del imperialismo, Barack Hussein Obama.
Paciencia china
Además de asombro y temor, la crisis produce cambios hasta poco antes impensables. El nerviosismo de las autoridades chinas no es el menor de ellos, si se tiene en cuenta no sólo la proverbial imperturbabilidad de esa cultura milenaria, sino y sobre todo las causas que lo provocan. Es sabido que Pekín tiene una suma sideral de reservas invertida en bonos del Tesoro estadounidense (diferentes informaciones la hace oscilar entre uno y dos millones de millones de dólares). Sumado al impacto que la caída del comercio mundial provoca en la economía china, el riesgo de la, a término, ineludible devaluación extrema o directa desaparición de la moneda estadounidense, crea una situación paradojal de dependencia mutua y choque frontal entre ambas economías.
En las últimas semanas esta situación se ha expresado incluso en el terreno militar: “el navío estadounidense Usns Impeccable violó las leyes y las reglas internacionales y chinas”, declaró el portavoz de la cancillería china, Ma Zhaoxu, en alusión a un episodio oscuro en el cual, según el Pentágono, barcos chinos efectuaron el domingo 8 de marzo maniobras peligrosas cerca de un navío no armado de la marina estadounidense en aguas internacionales, en el Mar de China Meridional. A la respuesta china contestó Washington con no menos contundencia: “vamos a seguir mientras tengamos que operar en aguas internacionales”, declaró Bryan Whitman, un portavoz del Pentágono.
No cabe soslayar este episodio, pero en el seno del G-20 el dilema de China frente al mundo capitalista altamente desarrollado pasa por otro meridiano: colaborar con la Casa Blanca para recomponer el sistema financiero internacional o crear un subsistema (los vértices hipotéticos serían Pekín, Moscú y Teherán) y desde allí ensamblar con otros posibles subsistemas en un entrelazamiento que opusiera con nitidez las economías subordinadas a las imperialistas. Hasta el momento, el gobierno chino parece enfilarse hacia una alternativa intermedia, o tercera vía: acordar con Estados Unidos una nueva moneda de intercambio internacional, que reemplace al dólar. Así lo adelantó Zhou Xiaochuan, presidente del Banco Popular de China: “la introducción de una divisa supranacional, estable y no vinculada a un país concreto, beneficiaría al sistema financiero mundial”.
Rusia había antes esbozado esa idea, sin darle forma precisa; luego de la formulación china, también Brasil se sumó a la propuesta. ¿Qué posición adoptará la UE, asociada en la desgracia con Washington, aunque igualmente interesada en sacar ventaja frente a Estados Unidos? “Son el camino al infierno”, declaró el presidente temporario de la UE, el checo Mirek Topolanek, refiriéndose a las medidas tomadas por Obama. Europa teme, y con buenos fundamentos, que una política de déficit desenfrenado como la que aplica sin mayor explicación la Casa Blanca dinamite las columnas del euro y haga desaparecer la moneda común del viejo continente. La UE podría volcar el fiel de la balanza. Pero su indecisión corre pareja con el temor a un desenlace traumático. La incógnita se develará antes de que estas páginas estén en manos del lector. En todo caso, es presumible la fugacidad de los resultados que se alcancen en Londres: nadie puede permitirse empujar a un fracaso estrepitoso; y pocos imaginan un saldo neto y consolidado como el alcanzado en Bretton Woods en 1945: la hegemonía estadounidense ha terminado. Y para siempre. Ya no puede imponer su voluntad al resto del mundo. Aunque todavía puede evitar que la Unión Europea despliegue todos los instrumentos que necesita para chocar sin rodeos con Washington en la disputa por los mercados mundiales. Y, sobre todo, mantener la capacidad de imantar a gobiernos clave en el resto del mundo para frenar la tendencia unificadora con contenido antimperialista y, desde allí, lanzarse a malograr la consolidación de un mundo pluripolar en el cual quedaría inserto, con enorme potencialidad estratégica, un bloque con definido perfil anticapitalista en Suramérica, el Alba (Alternativa Bolivariana para las Américas).
Qué hará Unasur
Dos fuerzas de sentido inverso y potencia cambiante gravitan sobre la reubicación geopolítica de América Latina. Desde el año 2000 primó la que inducía a la convergencia, en progresiva confrontación con Estados Unidos. En 2005, durante la IVª Cumbre de las Américas realizada en la ciudad argentina de Mar del Plata, el entonces jefe del imperio sufrió una humillante derrota. Y la tendencia convergente se aceleró. Pero mientras esa dinámica llevaba al nacimiento de Unasur, Estados Unidos lanzó su contraofensiva, destinada a recuperar la iniciativa, poner nuevamente a su favor las relaciones de fuerzas y sentar las bases para neutralizar la marcha revolucionaria ya plasmada en diferentes puntos de la región. Cuatro años después, Washington contabiliza escasas aunque significativas victorias, que ubican al presidente Obama en situación diferente a la que tuvo su antecesor en Mar del Plata. Además, en Trinidad y Tobago, del 17 al 19 de abril, la Cumbre se desarrollará en un escenario mundial por completo ajeno al de 2005, creado por la irrupción de un protagonista para muchos inesperado: la crisis mundial del sistema capitalista.
Si el primer factor juega a favor de Estados Unidos, el segundo opera de manera altamente contradictoria, acentuando a la vez las fuerzas centrípetas y centrífugas en América Latina. A la vez que pierde terreno por la presión incontrolable de la crisis, Washington ganó un espacio aparentemente imposible usufructuando las contradicciones internas de las burguesías regionales, las vacilaciones de gobiernos autodenominados progresistas. Contrarios a definiciones anticapitalistas, elencos arribados al Gobierno en función del vacío creado por la demolición de las instituciones tradicionales del capital, estos mandatarios sui generis apelan a un discurso alegadamente neokeynesiano, cuya significación de definitiva defensa del capitalismo desconocen o manipulan, apelando a la abrupta caída del pensamiento político contemporáneo que, frente al denominado neoliberalismo, se abroqueló en la defensa del Estado, con prescindencia del carácter de clase que éste tenga.
No podía esperarse que los estrategas del imperialismo desaprovecharan la oportunidad que este cúmulo de inconsistencia presenta. El Departamento de Estado programó y llevó a cabo una formidable blietzkrieg diplomática, apuntada a aniquilar resistencias previas a las reuniones de Londres y Trinidad y Tobago. La secretaria de Estado Hillary Rodham Clinton viajó a México, donde tras la fachada de una autocrítica asumiendo corresponsabilidades en el tráfico de drogas y armas, en realidad ajustó un plan preventivo ante el riesgo de un desplazamiento masivo de mexicanos hacia Estados Unidos, como resultado del colapso generalizado del orden político ya previsto por los analistas serios en el país azteca. Mientras tanto, el Pentágono alistó grupos comandos de desplazamiento rápido dispuestos a sofocar sublevaciones sociales no sólo en el interior de Estados Unidos, donde la caldera ya comienza a bullir, sino en países críticos para el equilibrio imperial (México, Perú y Colombia ocupan los primeros lugares en la lista).
El esposo de la Secretaria, ex presidente demócrata, William Clinton, ocupó inmediatamente el proscenio de una reunión del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en Medellín, donde al socaire de un debate sobre la crisis congregó figuras de recambio en todo el continente, en preparación de las inexorables conmociones políticas, que en muchos casos serán alentadas por las embajadas estadounidenses a fin de colocar en puestos ejecutivos a sus subordinados políticos.
Nada más elocuente de las turbulencias internas en América Latina que la creación de un Consejo de Defensa Regional por parte de los 12 países integrantes de Unasur, a comienzos de marzo pasado, en Santiago de Chile, seguida pocos días después del anuncio de que a nombre de esta nueva instancia militar regional, Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Ecuador, México, Perú y Uruguay realizarán, en conjunto con la IVª Flota de Estados Unidos, el mayor ejercicio naval jamás antes ensayado en el hemisferio. “El ejercicio militar Unitas Oro se llevará a cabo entre el 20 de abril y el 5 de mayo; reunirá un total de 15 barcos de guerra, dos submarinos y más de una docena de aviones de 11 países en operaciones navales con fines de entrenamiento y promoción de la seguridad marítima y la estabilidad en la región”, informa la agencia AFP. Agrega con tono zumbón: “la IVª Flota permaneció inactiva durante casi 60 años, pero la Marina de Estados Unidos anunció su restablecimiento en abril de 2008 para tener una mayor presencia naval en el Caribe y América Latina, lo cual generó inquietud en algunos países de la región. El Pentágono aclaró que se trataba de una medida administrativa que no tenía que ver con objetivos militares”. Como para subrayar que esta desmesurada movilización de fuerzas bélicas “nada tiene que ver con objetivos militares”, también participarán tropas alemanas invitadas.
Progresistas en Chile
En la misma tónica, el vicepresidente estadounidense Joseph Biden visitó Brasilia, se entrevistó con Luiz Inácio da Silva y luego se desplazó a Viña del Mar, localidad chilena a escasa distancia de Santiago, donde tuvo lugar una reunión de presidentes progresistas los días 27 y 28 de marzo. La elocuente denominación alude a una instancia creada por William Clinton y Anthony Blair, cuando uno era presidente de Estados Unidos y el otro primer ministro británico. En esta oportunidad, con Michelle Bachelet como anfitriona, acudieron a la cita los presidentes de Argentina, Uruguay y Brasil, Cristina Fernández, Tabaré Vázquez y Lula, quienes mantuvieron intensas deliberaciones con Biden, los primeros ministros Gordon Brown de Inglaterra y Jens Stoltenberg de Noruega, además del presidente español José Luis Rodríguez.
Quienes duden del carácter progresista de los representantes de Estados Unidos y Europa no tienen más que acudir al registro de la campaña pre-electoral de quien luego sería vice de Obama, releer las posiciones de Brown respecto de cualquier tema de política internacional, con destaque de sus decisiones respecto de la participación de Inglaterra en las invasiones a Irak y Afganistán, o recorrer la trayectoria del titular del Psoe, célebre por su defensa del fascista José María Aznar en la no menos mentada cumbre hispanoamericana en Santiago, cuando el rey Borbón (otro ejemplo palmario de progresismo), intentó callar al presidente venezolano Hugo Chávez. Con la participación de los titulares de la OEA y el Mercosur, dos celebérrimos progresistas, aquella reunión fue “Un buen ensayo para la cumbre del G-20”, como titularía el diario oficialista argentino Página/12.
A un lado la arbitraria calificación para representantes ultra reaccionarios del imperialismo, importa subrayar el hecho de que gobernantes latinoamericanos integrantes de Unasur y el Mercosur, a la vez que eludieron un debate en esas instancias regionales, participan de estos encuentros en los cuales los jefes políticos del imperialismo ajustan sus políticas para las cruciales reuniones de Londres y Trinidad y Tobago. Más allá de todo juicio de valor, éste es un indicativo de que la estrategia divisionista de Washington respecto de América Latina puede apuntarse éxitos estratégicamente endebles pero de significativo valor táctico.
Estas inconsistencias no son inocuas. Entusiasmado con la perspectiva de ocupar un lugar en el cenáculo del poder mundial, Brasil subordinó en los últimos meses –precisamente el período de mayor debilidad del imperialismo– su papel como fuerza principal en Unasur. Trasladando esa estrategia a la política interna, luego de su reunión con Biden, Lula explicó que los obreros debían resignar demandas, porque ahora se trata de salvar el equilibrio del sistema. Por su parte, el canciller argentino Jorge Taiana y el embajador del país austral en Washington, Héctor Timerman, explicaron tras la reunión de Fernández con Biden que el encuentro “resultó altamente satisfactorio”. Según su interpretación “lo más importante es que pensamos lo mismo sobre la manera de enfrentar la crisis. La Presidente y Biden coincidieron en que los organismos de crédito deben ayudar a aumentar la demanda global y en que eso no choca con lo que sostienen algunos países europeos, sobre que lo principal es mejorar el sistema de control de los fondos. Ambas cosas pueden y deben hacerse a la vez”, declaró Taiana.
“Un milímetro de diferencia en la teoría equivale a un kilómetro en la práctica”, dijo hace un siglo un relevante pensador político. Presumiblemente mal asesorados por sus expertos en economía, los presidentes sureños se mostraron satisfechos por haber coincidido con Biden y Brown en cuestiones tales como la reforma del FMI y la necesidad de que los países subordinados tengan voz y voto en la reunión de los poderosos.
Alba o capitalismo del siglo XXI
Al día siguiente de la reunión de presidentes progresistas, el diario argentino La Nación, furiosamente opositor al gobierno, tituló su portada con inequívoca intención: “Acuerdo sobre la crisis global con Estados Unidos y Gran Bretaña. Cristina Kirchner se alineó con las propuestas que esos países presentarán ante el G-20”. Aunque por razones inversas, la cobertura de los medios opositores y oficialistas coincide de esta manera en un supuesto acuerdo entre los presidentes suramericanos y los representantes imperialistas en esta reunión preparativa de las cumbres de Londres y Trinidad y Tobago. Sin necesidad de conjeturas, antes mismo de que se realicen ambos encuentros resulta evidente que los estrategas del Norte se han apuntado ya una victoria, consistente en atraer a países clave al cenáculo imperialista disfrazado bajo el nombre de G -20. Allí los poderosos afirmarán la estrategia para afrontar la crisis mundial. Es congruente que quienes entienden la coyuntura mundial como una simple crisis pasajera, se muestren felices por estar invitados al cónclave, aún cuando no parece sensato suponer que las decisiones de las metrópolis podrán beneficiar a las neocolonias.
Entre un cúmulo de diferentes razones, la conducta evasiva frente a las responsabilidades estratégicas de Unasur devienen de una errónea interpretación de la coyuntura mundial. Aun para los gobiernos que no se definen a favor del socialismo en América Latina, debería estar claro que la profundidad y extensión de la crisis excluye cualquier posibilidad de resolución a mediano plazo e indolora de la crisis mundial, que apenas está en el primer escalón. A costa de un inconmensurable sufrimiento de sus pueblos, estos gobiernos empeñados en arrimar su colaboración a la recomposición del sistema vigente comprenderán en el futuro inmediato que el capitalismo del siglo XXI sólo puede tomar cuerpo bajo la forma de desocupación masiva, vertical caída del poder de compra de los trabajadores que mantengan sus empleos, aniquilación del Estado de bienestar, destrucción de las instituciones democráticas, avance del fascismo, de la represión, el hambre y la miseria.
Está a la vista que buena parte de los intelectuales orgánicos del sistema y de los gobernantes a los que asesoran no tienen los instrumentos imprescindibles para interpretar los parámetros de la situación actual. Comparar, por ejemplo, la crisis argentina de 2001 con el cuadro mundial actual, denota una incomprensión rayana en la enajenación. Pero la ignorancia no será excusa cuando los pueblos busquen y encuentren su respuesta a los estragos por venir de la crisis que recién comienza.
En este panorama y frente a la escalada de reuniones presidenciales y ministeriales que preparan la Cumbre de las Américas, el 16 de abril se reunirán en Caracas los países del Alba. Allí los países integrantes acordarán una política común para actuar de consuno en la cumbre que al día siguiente tendrá lugar en la vecina isla de Trinidad y Tobago. Como se sabe, un encuentro del Alba en noviembre pasado definió una estrategia conjunta frente a la crisis, que además de planear el intercambio en función de las necesidades y posibilidades complementarias de cada país, resolvió la creación de una moneda de cuenta común, el Sucre (Sistema Único de Compensación Regional) y la afirmación de un Banco del Alba. También a contramano de la estrategia imperialista, a mediados de marzo se consolidó la demorada perspectiva de un Banco del Sur. Siguiendo esta línea, en franco contraste con la reunión de presidentes progresistas, es de esperar que el 16 de abril, en la víspera de la Cumbre de las Américas pergeñada por Washington, acudan a Caracas todos los miembros de Unasur –y muy especialmente Argentina y Brasil– para acordar un plan que suene con voz única y estridente, frente al programa de recomposición imperialista que Obama llevará a la bella isla caribeña.
Esta nota es continuidad de Panorama en las vísperas, aparecida en la edición anterior de América XXI, disponible en: www.americaxxi.com.ve
culmina el congreso fundacional del psuv
Para la transición al socialismo, un Partido de transición
Histórico: el último tercio del siglo XX mostró en toda América Latina la agonía de grandes partidos que a la vez expresaron y controlaron a las masas populares. Algunos desaparecieron, otros se transfiguraron. Sólo en Brasil ese curso fue remontado con la aparición del Partido dos Trabalhadores, que llegaría finalmente al gobierno, aunque sin cumplir su programa socialista original. El Psuv es una manifestación diferente de ese fenómeno general. Y en términos políticos, incomparablemente más avanzada. Engendrado a partir de la voluntad del jefe de Estado, expresó sin embargo una necesidad y una voluntad colectiva y recorrió sus instancias fundacionales con singular empeño democrático. Son incontables las asechanzas que lo amenazan desde sus primeros pasos. Y es presumible que en el transcurso de la dura lucha que debe afrontar sufrirá sucesivas y notorias metamorfosis. Pero las definiciones revolucionarias, la voluntad de marchar al socialismo, la participación de masas en debates y resoluciones, inauguran un fenómeno que trasciende fronteras.
Venezuela no será la misma después de la fundación del Partido Socialista Unido. Tampoco América Latina. Desde la convocatoria a su fundación, un año atrás, fue motivo de controversia, diatribas y dudas. Sobre todo fue objeto de violentos ataques. Y no es para menos: construir un partido para la revolución socialista, en este momento histórico, va en apariencias contra lo que en inglés se denomina conventional wisdom; noción que alude a un punto entre el sentido común y la opinión general.
Por ignorancia o interés el medioevo contemporáneo –denominado comunmente posmodernismo– extrapoló la experiencia soviética y llegó a conclusiones rotundas: el socialismo es imposible; la revolución es impensable; el partido es un anacronismo inadmisible.
Su lugar lo ocuparon ONGs o, en el mejor de los casos, aparatos estructuralmente antidemocráticos rotulados como “movimientos sociales”. Ingentes cantidades de euros provistos por la socialdemocracia alimentaron “movimientos sociales” y estructuras varias con definiciones horizontalistas, definición que vendría a remachar la identificación de verticalismo y Partido; con pareja generosidad, aunque en dólares, otras estructuras similares fueron creadas o cooptadas por la CIA. Con marbetes de izquierda, infaltables teóricos europeos concurrieron para explicar que de ellos en adelante se trataba de “hacer la revolución sin tomar el poder”. Todo dislate fue adecuado para soslayar la necesidad de la revolución, la inviabilidad del capitalismo, la exigencia de crear instrumentos adecuados para enfrentar al imperialismo y aláteres, para unir, educar, organizar, dirigir, a millones de hombres y mujeres en lucha contra el sistema agonizante. Faltaba algo, no obstante: la oposición al concepto de Partido de los propios Partidos con definiciones de izquierda. Esa omisión quedó resuelta cuando numerosas tendencias revolucionarias se negaron a construir el Psuv.
Temor al futuro
Dado ese cuadro general, en Venezuela la verdadera causa de la negativa a la fundación de un partido que unificase a todas las fuerzas comprometidas con la Revolución Bolivariana, estriba sin embargo en otro punto: la reticencia o el temor a afrontar la transición al socialismo. El proceso en curso había llegado al punto de no retorno: revolución socialista o caricatura de revolución.
Sorprendería el listado de nombres y organizaciones que abierta o solapadamente se oponen, en los hechos, a menudo como inconsciente acto reflejo, a soltar amarras con el sistema capitalista.
Así las cosas, cuando tras obtener apoyo masivo para su reelección con la bandera de la transición al socialismo el presidente Hugo Chávez expuso la necesidad de construir el Partido Socialista Unido de Venezuela, se produjo una múltiple fractura. En primer lugar la que tajó al movimiento de masas de las siglas partidarias que respaldaban al gobierno de Chávez (cinco millones 700 mil personas se inscribieron como aspirantes a militantes del Psuv). En segundo lugar, la que condujo al redil de la oposición proimperialista a segmentos menores del hasta entonces conjunto gobernantes (ejemplos notorios fueron el Partido Podemos, el general Raúl Baduel, más algún oportuno amanuense). En tercer lugar, las hendiduras producidas entre las fuerzas comprometidas con la revolución que, por diferentes razones, se negaron a emprender la tarea ciclópea de organizar el partido de masas por el socialismo. Una de esas razones fue la intuición o comprensión de lo que estaba en juego. Falta registrar un cuarto bloque, para nada homogéneo u organizado pero acaso el más significativo en términos numéricos: individuos por regla general de las capas medias, que dieron un paso al costado ante la inminencia de una decisión trascendental: la destrucción del Estado burgués.
Todo esto se tradujo en desorden, desarticulación, parálisis, confusión, conductas arbitrarias, en apariencia irracionales pero muy consistentes, en última instancia, con el temor al futuro. La sociedad en general vivió ese momento como muestra de confusión, desorganización, parálisis. El Psuv avanzó a saltos. Pero también sufrió los efectos de ese estado de cosas. Y el enemigo entró por esas grietas con lucidez, determinación y un perfecto aparato para la acción política de masas. Así se llegó al inesperado resultado en el referendo por la reforma constitucional: Chávez fue derrotado en las urnas por primera vez.
Dialéctica de lo viejo y lo nuevo
En ese punto reaparecieron con vigor las determinaciones del reciente medioevo y se produjo un efecto paradojal, aunque en modo alguno inhabitual en la historia de la lucha de clases: los mismos que retacearon el apoyo a la creación del instrumento sin el cual ya nada podía avanzar en la Revolución Bolivariana, descubrieron las debilidades, falencias y errores de quien lo había propuesto. Catarsis salvadora para dirigencias partidarias y progresismo en general: ahora era posible oponerse a la creación del Partido, negarse a iniciar en los hechos la superación del capitalismo, con abundante argumentación y cargando las culpas en otro.
En paralelo, ocurrió el reimpulso en la construcción del Psuv. Un millón 200 mil militantes (uno de cada cinco inscriptos) se embarcaron metódicamente en la tarea. Proporción asombrosa si se entiende que se trata de una definición existencial de tal magnitud como lo es el ingreso a la vida política activa. Esa masa comenzó a reunirse regularmente para estudiar y debatir nociones relegadas durante décadas de reacción. Una formidable batalla de ideas. Una escuela de cuadros de proporciones gigantescas. Desde las bases, con mayor o menor rigor democrático pero invariablemente con participación de todos los voluntariamente involucrados, se eligieron Delegados y estos dieron vida al Congreso Fundacional durante ocho fines de semana (el último habrá sido el 8 y 9 de marzo). Para entonces habrá votado la Declaración de Principios, el Programa y los Estatutos. Paralelamente a las sesiones de los congresales, el conjunto de la militancia se reunió en sus organismos de base para discutir los mismos documentos y validar –o no- las enmiendas propuestas por los Delegados. En el último fin de semana los Delegados habrán elegido una Dirección provisional. Un paso posterior dará lugar al voto universal de los militantes plenos para escoger la Dirección definitiva. Antes, se habrá resuelto el mecanismo para la selección y elección de candidatos para las elecciones de Alcaldes y Gobernadores en noviembre próximo.
No faltaron zancadillas, arbitrariedades e impericias. Una representación tan genuina de la sociedad venezolana no puede sino mostrar sus claroscuros. Lo sorprendente es la neta preponderancia, en las instancias abiertas del Congreso, de representantes genuinos de la voluntad de las bases. Es presumible que tendencias o grupos organizados por ideas o intereses –no siempre compatibles con los propósitos de la Revolución Bolivariana- recuperen el espacio perdido ante la obligada necesidad de respetar criterios democráticos. El saldo, sin embargo, es inequívoco: el proyecto general de marchar hacia el Socialismo del siglo XXI, encarnado en la figura de Chávez, cuenta ahora con una balbuciente pero poderosa fuerza organizada como Partido Revolucionario.
Sin tregua
La batalla (de ideas, de métodos, de líneas de acción) no termina con la clausura del Congreso Fundacional. Más bien comienza. Con mayor relieve aún que durante las sesiones del Congreso, de ahora en más se notará la ausencia de quienes teniendo la acumulación de experiencia y conocimientos imprescindibles, omitieron su compromiso. Pero las ideas de la revolución, potenciadas por la voluntad política, producirán milagros.
Seguramente el Partido para la transición será a su vez él mismo un Partido de transición. Con todo su valor trascendental, los documentos votados por el Congreso quedarán subordinados a una realidad dominada por relaciones de fuerza inmediatas y por la cultura política que confluye en esta construcción. Llevará años de lucha ideológica, política y organizativa forjar una herramienta adecuada y capaz para construir la nueva sociedad. Esa múltiple batalla se dará simultánea e inseparablemente de la confrontación con el imperialismo y con los enemigos internos de la revolución. No es una predicción de futuro: ocurre ahora mismo, con el desafío imperial de la Exxon Mobil y la furiosa campaña desestabilizadora de la burguesía local.
América toda debería poner los ojos en esta inédita experiencia de masas. Y las manos a la obra.