Julio Louis, Luis Bilbao, Helios Sarthou y Jorge Zabalza
Autor: Luis Bilbao
Presentación de Crítica en Montevideo 3/4
Expositores: Julio Luis, Luis Bilbao, Helios Sarthou y Jorge Zabalza
Presentación de Crítica en Montevideo 2/4
Expositores: Julio Luis, Luis Bilbao, Helios Sarthou y Jorge Zabalza
Presentación de Crítica en Montevideo 1/4
Expositores: Julio Luis, Luis Bilbao, Helios Sarthou y Jorge Zabalza
acerca del xix congreso del pca (2ª parte)
Clase obrera y partido de los comunistas
Introducción
Definir la relación entre clase y partido es el mayor desafío teórico-político de una organización revolucionaria marxista. Su resolución requiere como punto de partida conceptos precisos respecto de ambos; aunque sólo tomará cuerpo en la práctica, es decir, en la existencia del partido revolucionario inserto en las masas trabajadoras, conviviendo en una contradicción permanentemente replanteada.
La naturaleza conflictiva de esa relación estriba en que el partido revolucionario se hace realidad, toma existencia palpable, en una clase que, llamada por el lugar que ocupa en el sistema de producción capitalista a abolir el capital, no es sin embargo revolucionaria en acto, sino potencial y eventualmente.
Esta contradicción a menudo se resuelve en un desvío de genuinos revolucionarios que, constatando empíricamente que en determinada coyuntura la clase obrera no ayuda al fortalecimiento de una organización revolucionaria, giran la vista en busca de otros ámbitos de militancia, aparentemente más dúctiles a la idea de un cambio social profundo.
A la inversa, pero de manera complementaria, fuerzas o dirigentes insertos profundamente en la realidad obrera, suelen adoptar comportamientos conciliatorios que, eventualmente, se traducen en formulaciones políticas e incluso teóricas de neto carácter reformista.
Como punto de partida de estos desvíos de enorme -y a veces trágica- trascendencia política, está el hecho de que el proletariado no es revolucionario por definición, en todo momento y lugar. Esa es una noción ajena al marxismo, impuesta por una concepción apologética, funcional a la política de conciliación de clases del stalinismo, pero que ganó también a buena parte de los epígonos de Trotsky, muchos de quienes mistifican hasta niveles grotescos la noción de proletariado revolucionario. La otra cara de esta medalla es la incomprensión de la naturaleza, carácter, función y forma del partido revolucionario.
Marx, Lenin y el propio Trotsky sostenían respecto de la clase obrera una caracterización objetiva, confrontada con el carácter cuasi religioso que llegó a tener el concepto en la mayor parte de las organizaciones que se reivindican marxistas. (Esto, claro está, antes de que los vientos huracanados de los últimos tiempos trajeran una nueva moda, no casualmente sostenida por aquellos que mistificaban al proletariado y ahora sostienen que la clase obrera… ya no es el «sujeto de la revolución», y enfilan sus afanes hacia los así llamados «nuevos movimientos sociales»).
La calificación de clase en sí y clase para sí en Marx, el tan citado como mal comprendido y manipulado Qué Hacer de Lenin, son pasos en la elaboración teórica y la resolución política de una contradicción que Trotsky expuso como punto de partida de su Historia de la Revolución Rusa.
La clase obrera en sí -los trabajadores sin conciencia y organización de clase- lucha espontáneamente por sus intereses inmediatos. Si bien esto puede dar lugar a grandes choques sociales y tensionar al extremo el orden burgués, todo ocurre por definición dentro del sistema capitalista. Lenin lleva esta noción al punto de afirmar que no hay lucha de clases si no hay conciencia de clase por parte de los explotados.
La clase obrera para sí -es decir, cuando ha adquirido conciencia de su lugar en la sociedad y de la posibilidad de producir sin necesidad de los capitalistas- se sitúa social y políticamente de tal manera que, en determinadas circunstancias, cobra un impulso revolucionario capaz de derrocar el poder burgués y echar las bases de una sociedad de productores libres, democráticamente organizados, que ejercen su fuerza de clase a través de un Estado propio contra los intentos restauradores del capital.
Pero en la adquisición de esa conciencia está como factor irremplazable el partido revolucionario marxista; el partido de los comunistas, cuya función será tanto o más necesaria en las etapas históricas subsiguientes, es decir para afirmar y sostener -antes y después de la toma del poder político- aquella conciencia alcanzada.
La contradicción entre el partido de los comunistas y la clase cuyos intereses históricos asume consiste no sólo en que en el inicio su tarea requiere transformar la clase obrera en sí en clase obrera para sí, la espontaneidad en organización y conciencia, la lucha economicista en lucha de clases. El problema se agiganta cuando los primeros pasos ya han sido dados. Porque el desenvolvimiento normal de la vida social y económica de la clase obrera tiende constantemente -salvo en momentos excepcionales de la historia- a reproducir una conducta conservadora, economicista, de clase en sí. En ese punto -es decir, cuando se ha dado un paso relevante en el plano de la organización de masas o, más aún, cuando se ha accedido al control político de la sociedad- el papel del partido revolucionario es, si cabe, más relevante en términos históricos que en la propia lucha por el poder.
Esa tendencia intrínseca al conservadurismo tiene causas culturales de raigambre profunda -con todo lo que esto significa para la psicología de las masas y su conducta colectiva- pero tiene sobre todo asidero en una práctica social que, si no es drásticamente transformada en los momentos previos, durante y después de una lucha revolucionaria victoriosa, continuará reproduciendo la conciencia economicista, egoísta, sin horizonte común, propia de la vida social en una sociedad capitalista. Tanto más poderosa será la gravitación de esa fuerza y tanto más ardua la tarea del partido de los comunistas para contrarrestarla, cuanto mayor sea el tiempo que medie entre la conformación de organizaciones sociales y políticas de masas de los explotados y la confrontación de clase contra clase en lucha franca por el poder. La constitución -ineludible- de aparatos, tiende a crear una capa de funcionarios que, en ausencia de concepciones y líneas de acción para contrarrestarlo, poco a poco van afirmando intereses propios y mezquinos, que se apoya y a su vez potencia aquella fuerza inercial al conservadurismo. La historia de los grandes partidos obreros, en primer lugar el Partido Socialdemócrata de Alemania, lo atestigua.
Tal dinámica del accionar del proletariado como conjunto -y téngase en cuenta que el punto de referencia es un conjunto heterogéneo; por veces extraordinariamente desigual, al punto que confunde respecto de si se trata o no de componentes de una misma clase- se transforma en una fuerza social contraria al flujo revolucionario, si no media la presencia constante, enérgica, de un partido de los comunistas, empeñado en educar y capacitado para dirigir en cada oportunidad que las circunstancias lo hagan posible.
Antes, durante y después de la lucha por el poder para los organismos de masas del proletariado, contrarrestar esa dinámica intrínseca requiere muchas cualidades de un partido de los comunistas.
La comprensión del fenómeno es, naturalmente, la primera condición. Esto presupone una dirección sólidamente formada en la teoría marxista; una posición filosófica materialista dialéctica como herramienta permanente para el análisis y la acción, que eluda las trampas del idealismo y el pensamiento mecanicista en todas sus formas. Porque esta tendencia opera sobre la única clase que, por su ubicación en el sistema de producción, tiene intereses objetivos frontalmente contrapuestos con la burguesía; la única clase que objetiva, estructuralmente, cuenta con todas las condiciones para asumir hasta las últimas consecuencias una posición revolucionaria en un momento dado del desarrollo capitalista.
Son idealistas, sin atenuantes ajenas al marxismo, las concepciones que ubican el rumbo reformista o francamente termidoriano de organizaciones de masas de los trabajadores como simple resultado de «la traición» de algunos dirigentes.
Son idealistas, sin atenuantes ajenas al marxismo, las concepciones que interpretan esa tendencia objetiva al conservadurismo como necesidad o incluso como posibilidad de respaldo en el largo plazo a posturas evolucionistas, reformistas.
En todo proceso de lucha hay dirigentes proclives a la traición. Pero la historia lejana y reciente prueba que en no pocas oportunidades la conducta de numerosos dirigentes políticos o sindicales que se desbarrancaron por la pendiente del reformismo y el conciliacionismo de clases encuentra explicación en la propia conducta de las masas y su poderoso influjo múltiple sobre los cuadros. Para quien se considere marxista, es indiscutible el principio de que la historia forja los hombres que necesita. Pero esto no puede ser entendido sólo en el sentido de la aparición de líderes revolucionarios capaces de encabezar la voluntad insurgente de las masas en un momento dado. También es válido cuando la marea cambia de signo y se produce un reflujo de las masas.
En ese punto, no es sólo la voluntad revolucionaria de un cuadro militante -aunque este sea un factor fundamental- la que cuenta para definir su conducta. La clave está en la comprensión histórica de la coyuntura, en la interpretación profunda de la dinámica de la lucha de clases, la asunción plena del papel del militante comunista en las diferentes fases del combate y, último pero en primer orden de importancia, esa clave reside en una concepción nítida, imposible de ser confundida, acerca de la relación entre clase y partido revolucionario(2).
Cada individuo es un mundo en sí mismo y está claro que el carácter de cada uno cuenta en los momentos cruciales de la historia. Pero reducir la decisión de cuadros dirigentes ante encrucijadas de muy difícil resolución a una mera cuestión de carácter -para no hablar ya de la reducción a la condición de traidores- es impropio de un pensamiento que se pretende marxista. Eso es una caricatura, que con lenguaje pseudo revolucionario contribuye a desarmar a la vanguardia y, en consecuencia, facilita el curso de las masas y sus dirigentes naturales hacia la contrarrevolución.
La interpretación científica de esa lógica interna en el devenir de la clase obrera llevó a la afirmación -en la teoría y en la práctica- de la necesidad imperativa de un partido de los comunistas, un partido democrático y a la vez centralizado, con una dirección formada en la teoría científica de la revolución y un empeño permanente, tenaz, para que esa formación sea patrimonio de todos y cada uno de los militantes, de manera de conformar un organismo sensible y ágil, capaz de aprehender la realidad en toda su complejidad y extensión para estar en condiciones objetivas de afrontar coyunturas de reflujo con propuestas revolucionarias que contradigan el estado de ánimo circunstancial de las masas sin por ello aislarse de ellas.
Esto es, en definitiva, lo que se resume en el concepto, tan malversado, de leninismo. (Tal comprensión de la situación, digámoslo de paso, presupone instrumentos que permitan conectar directamente a esos cuadros con la realidad planetaria, es decir, estructuras internacionales de los trabajadores y una organización internacional de los comunistas).
En esas instancias de reflujo o de confusión, desmoralización o cansancio, desde luego, cuenta el carácter de dirigentes claves. (Véase si no el peso de la ausencia de Lenin en 1925, o el papel de Fidel Castro frente al derrumbe de la Unión Soviética y el impacto demoledor que esto tuvo sobre el conjunto del pueblo y la clase obrera cubanas y sobre millones de comunistas en el mundo). Cuenta también, y no en medida menor, una autoridad real del partido frente a las masas, previamente ganada en años de lucha consecuente, y encarnada, de manera orgánica y con el máximo de eficiencia, en mujeres y hombres cuyas vidas y conductas plasmen en el accionar cotidiano aquello que se propone a las masas.
Pero todo ese conjunto de factores -en el cual queda como escoria, es decir, como desecho en la producción de una herramienta poderosa, el papel de los traidores, o los débiles de espíritu y convicción que se deslizan hacia la traición- presupone una teoría consistente de lo que es un partido de los comunistas, del papel de las clases en la lucha social y de la relación entre clase y partido.
Bases materiales para un debate
Por regla general, cuando se discute acerca de la construcción del partido revolucionario marxista estas cuestiones están fuera del ámbito de la polémica. En nuestra opinión, sin embargo, al excluir esta base material en la consideración de la lucha anticapitalista, toda la argumentación se ubica en un plano abstracto y gradualmente arrastra a los contendientes a una concepción metafísica, inequívocamente idealista, que luego se trasladará al accionar político y la construcción organizativa, produciendo resultados letales, cuando no directamente catastróficos, que con total independencia de la voluntad de la militancia contribuyen con las necesidades del capital y transforman a abnegados revolucionarios en agentes inconscientes de una política contraria a la revolución.
Claro que para arribar a la consideración de este problema crucial, el punto de partida es la noción marxista del papel de la clase obrera en el derrocamiento del capitalismo y la edificación del socialismo. La cosa cambia cuando la premisa misma es puesta en duda o, directamente, negada. En tales casos, el pensamiento, la organización y la práctica política retroceden más de un siglo y se hunden en la ciénaga del pragmatismo populista, reformista o ultraizquierdista.
En la primera parte de este trabajo analizamos las así llamadas «Tesis Fundamentales» del XIX Congreso del PCA(3). Señalamos allí una concepción que, desde diferentes ángulos, desplazaba a la clase obrera del centro de una estrategia de lucha, postergaba hacia un remoto e indefinido futuro el objetivo socialista de esa estrategia y, en consecuencia, desdibujaba el concepto de partido comunista en un vagaroso Movimiento Político de Izquierda, promotor a su vez de un no menos brumoso Frente de Liberación Nacional y Social.
En aquella oportunidad habíamos postergado la tarea que ahora encaramos: observar el informe del Comité Central así como otros documentos preparatorios o resolutivos del XIX Congreso, centrando el foco en la relación clase obrera-partido de los comunistas, para demostrar por qué el PCA lleva a cabo en el movimiento obrero una política no sólo errática, zigzagueante, sino directamente contrapuesta con las necesidades inmediatas y de largo plazo para una estrategia revolucionaria socialista.
En nombre de la «recreación del marxismo», promesa a cumplir en un futuro indefinido, los documentos en cuestión rompen amarras con principios teóricos y políticos fundamentales: a saber, el materialismo dialéctico como herramienta de análisis, el materialismo histórico como fundamento para la interpretación de las clases y su dinámica, las nociones económicas claves de El Capital, la teoría del partido revolucionario y su plasmación en el partido de Lenin y en la Internacional Comunista de los cuatro primeros Congresos(4).
Al mismo tiempo, estos materiales aluden constantemente a nociones implícitas en el cuerpo conceptual de las organizaciones que se reivindican marxistas en general y del PCA en particular (el «leninismo», entre otras tantas), pero vacías de contenido, de modo que cada uno ponga en ellas lo que quiera o pueda. Complementariamente, y como ya se señalara en la primera parte de este trabajo, se yuxtaponen posiciones y presumiblemente voluntades diferentes pero sin explicitar cuáles son las diferencias, en qué se fundan y cómo plasmarán.
El resultado es una endemoniada confusión en relación con el trabajo del partido en el movimiento obrero, en la que cada uno podrá encontrar una frase en respaldo de la posición que sustenta, pero que, por eso mismo, lejos de afirmar una concepción, trazar una estrategia y posibilitar una línea de acción, produce todo lo contrario y desarma en términos absolutos a los cuadros y activistas del PCA en el movimiento obrero y sindical.
Un documento distribuido junto con las Tesis y el informe del Comité Central como material de discusión específico, titulado La Clase Obrera y la Organización Sindical, fechado en julio de 1995, lleva al paroxismo el discurso de la confusión y la vaciedad.
Resumiendo los conceptos centrales expuestos por las Tesis, ya analizadas, el documento comienza así: «El diseño de una línea de trabajo en el seno de la clase obrera debe realizarse desde el enfoque de cómo avanzar en la acumulación revolucionaria, de construir poder popular con el objetivo de la conformación de un nuevo bloque político social de cambio».
Hace falta talento para resumir en tan pocas líneas semejante disloque en todos los órdenes imaginables.
El arquitecto de la perspectiva de trabajo del PCA en la clase obrera «diseña» su proyecto con foco en la «acumulación revolucionaria». Según esta concepción, el partido de los comunistas no debe ir a la clase para educarla y organizarla como tal, sino para medrar. El partido es exterior a la clase. No «acumula» cuando ésta se fortalece en términos de conciencia y organización, sino cuando suma militantes a su estructura, la cual pondrá al servicio de «crear poder popular»(5). Ese «poder», bajo control del PCA a través de su «acumulación», se pondrá a disposición de «un nuevo bloque político social de cambio».
La caricatura trivial de teoría marxista se transforma en máscara trágica en el accionar político. Y esto no es un pronóstico. Con estas nociones, en los últimos años el PCA ha transitado diferentes «bloques político-sociales de cambio», ha promovido expresiones ficticias de «poder popular» y ha logrado «acumular» una serie innumerable de reveses que diezmaron sus filas, reduciéndolo a un espectro de lo que fue hasta no hace mucho tiempo en la clase obrera, dejando un tendal de valiosísimos luchadores hoy desmoralizados y dispersos.
Si en los dos primeros objetivos de la frase citada el PCA no se diferencia en absoluto de organizaciones guerrilleras del pasado reciente o de sectas sindicaleras actuales de diversa denominación, en el tercero se identifica plenamente con las expresiones más crudas del reformismo. He allí la base teórica (por decirlo así), de los permanentes bandazos a derecha e izquierda en la conducta del PCA en el movimiento obrero.
A renglón seguido el documento busca tomar distancia verbal de los teóricos recreadores y reafirma que «La clase obrera sigue siendo el sector más dinámico del campo popular, el rol de la misma será fundamental para derrotar al neoliberalismo».
Véase bien: la clase obrera sigue siendo el sector más dinámico. Es probable que en la intencionalidad de los autores, esto suponga una afirmación de principios. Y lo es. Pero no de principios marxistas. La sociedad no se divide en «campos» en los cuales los marxistas debamos hurgar en busca del «sector más dinámico». Dicho sea de paso, la evaluación no se corresponde en absoluto con la situación actual. Si algo es evidente en la coyuntura que atravesamos es la falta de dinamismo de la clase obrera. Son mucho más «dinámicos», (paraatenernos a la expresión del documento) «sectores» como el movimiento de mujeres, el movimiento estudiantil y hasta los grupos ecologistas! Pero eso no es, desde luego, lo más importante. Lo que verdaderamente pesa y define los fundamentos ideológicos del documento es que reivindica a la clase obrera por ser «un sector» del «campo popular». Esta inversión de los conceptos se trasladará mecánicamente al accionar político, poniendo cabeza abajo al PCA en relación con lo que debería ser su tarea en la clase obrera, y actuando en cambio para hacerle cumplir el papel de complemento del «campo popular», lo que en buen romance significa ir detrás de algún nucleamiento pequeño burgués o burocrático, como enseguida veremos en las resoluciones del Congreso.
La definición ideológica profunda continúa de inmediato cuando el documento «diseña» el horizonte programático para esa batalla: un «proyecto de justicia y humanismo revolucionario».
Sin dar respiro y con un perfecto sentido del equilibrio los autores buscan neutralizar posibles ataques de los recreadores con la siguiente frase: «(ese proyecto) no sólo es tarea de la clase obrera, ésta, conjuntamente con otros sectores integrantes del bloque político social deben ser parte de la concreción de ese objetivo».
Ya está. En las primeras ocho líneas el documento clausura de manera definitiva cualquier posibilidad de que la militancia del PCA realice en la clase obrera una tarea revolucionaria de concientización, organización y orientación política, y en consecuencia se fortalezca como partido capaz de ganar la confianza de las masas, organizar a la vanguardia y asumir el papel de guía y ariete en la lucha por el poder.
Pero en las dos líneas siguientes, el documento asume que estos objetivos, que en nuestra opinión definen a un partido de los comunistas, no son los suyos. Dice, sin anestesia: «El rol del PCA en esta construcción es estratégico, en su tarea de ir ganando la conciencia y la voluntad del campo popular».
Traducido: el «sujeto» en cuestión es ese «campo popular», constituido, como ya se adelantó, por la clase obrera y «otros sectores integrantes del bloque político social», ante el que el PCA está llamado a cumplir un «rol estratégico», consistente en «ir ganando la conciencia» para «un proyecto de justicia y humanismo». Es por esta razón que el PCA no debe ser disuelto, como decidió no hace mucho, con esta misma base conceptual, un ala de la dirección, mientras la otra vacilaba.
Pero no se alarme el lector. Este PCA tiene la responsabilidad estratégica de defender un humanismo… «revolucionario»
Clase obrera y partido según el PCA
La virtud inocultable de este breve documento es que resume en las primeras diez líneas lo que en las Tesis y el informe del CC demanda cuarentitrés carillas de gran tamaño(6).
En el capítulo IV del Informe, bajo el título Nuestro Proyecto, al llegar al punto 5, subtitulado La organización de los trabajadores y el pueblo, se hallará en el ítem b (el lugar es ya toda una definición) el subtítulo esperado: Nuestra política en el movimiento obrero.
Allí leemos, en las primeras líneas: «La direccionalidad y el aseguramiento (sic) de la consecuencia del proceso de resistencia exige un rol determinante del movimiento obrero. Esto convoca a un replanteo de nuestra política y nuestra práctica en su seno».
Sería difícil no concordar con el objetivo de que el PCA replantee su política y su práctica en el movimiento obrero. Pero otra cosa es acordar con el fundamento de ese replanteo.
Como un eco del documento antes citado, aquí se ratifica que la importancia del trabajo en el movimiento obrero deviene de la necesidad de tener asidero en algo sólido para garantizar la «direccionalidad» del sujeto en el cual los recreadores cifran su estrategia.
Voluntariamente o no, conscientemente o no, aquí se afirma una concepción -por entero ajena al marxismo- de las clases en general y del lugar del proletariado en la sociedad capitalista.
No se trata de una explícita confrontación teórica con el marxismo; ni de una abdicación ideológica formal. Se trata de un deslizamiento pragmático, que justamente tira por la borda cualquier referencia teórica para considerar una estrategia revolucionaria y centra sus afirmaciones en la defensa del PCA como aparato.
Ese es el punto de observación y el presupuesto constante de todos los materiales presentados al Congreso, el objetivo permanente y dominante de todo y cualquier posicionamiento.
De tal manera, pueden convivir sin conflicto encendidos discursos reivindicando la tradición comunista con posiciones ajenas en grado absoluto a ella. Y no nos referimos ya a lo que consideramos la genuina tradición comunista, que excluye al stalinismo y sus cultores. No son pocas las afirmaciones de los documentos y los oradores del Congreso que harían revolver en sus tumbas a los dirigentes históricos del PCA.
He aquí una notable paradoja: en el XIX Congreso se rindió culto -y la expresión no es un lugar común, sino que quiere significar la actitud adoptada- al viejo PCA, al tiempo que se enunciaban posiciones formalmente opuestas a las sostenidas por la conducción histórica.
Ese culto a la dirigencia tradicional es un mal trago para por lo menos un sector de la dirigencia actual, necesario sin embargo para contrarrestar el acoso de la fracción ortodoxa que construye una estructura paralela a la del PCA oficial. No obstante, tengan o no conciencia de la implicancia de sus afirmaciones, quienes tiempo atrás encabezaron la rebelión y denunciaron (son sus propias palabras de entonces) «un partido stalinista, conciliacionista de clases, reformista y burocrático», formulan ahora los postulados teóricos no explícitos de aquella antigua conducción, que bajo una retórica pseudomarxista (tomada del PCUS), sostenían una posición que desembocaba, para poner apenas un ejemplo, en un frente único con radicales y conservadores contra el Partido Laborista en 1946.
La relación entre partido y clase expuesta en los documentos del XIX Congreso es de puro cuño stalinista: el partido es un aparato y la clase un medio instrumental a través del cual aquel aparato busca sus objetivos.
La paradoja se explica porque con la desaparición de la Unión Soviética es necesaria una «recreación» del marxismo que profesaba el PCUS y sus acólitos. Pero esta recreación no sólo es necesaria: ahora es posible.
Antes, cuando la «ortodoxia» marxista estaba guardada tras los muros del Kremlin, cualquier desvío verbal de las sagradas escrituras era, naturalmente, una herejía. Y se pagaba caro. El mismo partido que proclamaba la posibilidad del socialismo en un solo país y la coexistencia pacífica con el imperialismo, publicaba por millones las obras de los clásicos (a menudo retocadas, para ocultar datos históricos claves o justificar conductas). Esta contradicción era una necesidad. Porque la burocracia que había expropiado al proletariado y encarnaba la degeneración de la Revolución Rusa, se presentaba no sólo ante el proletariado soviético, sino ante los explotados de todo el mundo, como legítima continuadora de aquella revolución. Y esa función requería, a la vez, renegar en los hechos de la teoría marxista y defenderla en los papeles.
Ahora, esta última parte de aquella necesidad no existe más y opera en toda su amplitud sólo la primera. De allí que mientras en la ex Unión Soviética la inmensa mayoría de la antigua burocracia se desembaraza ostensiblemente del lastre «marxista» y pasa a defender sin tapujos concepciones capitalistas en todos los planos, en el resto del mundo el mismo fenómeno opera sobre partidos que se denominaron comunistas. La gravitación de esa fuerza es tanto mayor cuanto más grande es el partido en cuestión. El partido comunista de Italia directamente cambió de nombre. En Francia, tras rechazar el concepto de dictadura del proletariado se abandonó la formulación litúrgica (jamás real en la existencia del PCF) de centralismo democrático, se diluye el concepto de clase obrera y como plataforma programática se afirman conceptos como éste: «La iniciativa privada es indispensable en la economía (…) luchamos por desarrollar y democratizar el sector y los servicios públicos. Y por establecer efectivamente la libertad de fundar su empresa, para permitir a las grandes empresas aumentar los empleos, los asalariados, las riquezas creadas».
Esto, impensable 15 años atrás, hoy resulta indispensable para el PCF. Desde luego, miles de comunistas italianos o franceses -para atenernos sólo a esos dos ejemplos- rechazan tales postulaciones y emprenden un camino de búsqueda teórica y política que en algunos casos incluye una fractura organizativa y en otros se intenta dentro de esos aparatos.
En partidos de menor envergadura y menor peso en la política nacional, la «recreación», la «amplitud de criterio», el «rechazo al dogmatismo», constituyen un recurso obligado para la sobrevivencia de aparatos creados bajo el reinado del stalinismo.
No hay que desdeñar la importancia histórica de esta situación. Es evidente que está abierta la posibilidad de que a través de esta fractura de aparatos y estructuras contrarrevolucionarias, innumerables luchadores, hombres y mujeres de la vanguardia y la base, accedan en todo el mundo a la comprensión y aprehensión de la teoría de la revolución social.
En el caso del PCA, dirección y bases tienen en los últimos años ese desafío histórico en sus manos. Los documentos presentados al XIX Congreso indican, desafortunadamente, que en este caso la reformulación teórica tampoco tiene su punto de partida en la asunción objetiva de los intereses inmediatos e históricos de la clase obrera, sino en las necesidades de un aparato: el propio PCA.
Formulaciones revolucionarias, cuya sinceridad no ponemos en duda, están sin embargo entrampadas en la dinámica autónoma de un aparato ajeno en los hechos a la clase obrera y que, en consecuencia, no contribuye sino por el contrario traba una reflexión teórica en función de ella.
El pragmatismo no es por tanto sólo una rémora inevitable de una educación stalinista, sino ante todo una exigencia del aparato mismo. Por eso en los documentos y en las intervenciones orales hallaremos una maraña de afirmaciones de todo tipo, en la cual queda atrapada la militancia -direcciones y bases- que busca sinceramente una salida revolucionaria. Pero si en los papeles y las palabras hay enredo y confusión, en la práctica hay una línea consistente con lo único claro para el factor dominante en el proceso de conjunto: la defensa del aparato.
En las filas del PCA, sin embargo, además de una realidad objetiva que deja escaso margen para devaneos reformistas, gravita también la voluntad explícita de muchos de sus miembros, en todos los niveles, de no abandonar la pertenencia a la clase obrera ni la perspectiva de revolución socialista, lo cual lleva a quienes tratan de conciliar posiciones a acuñar fórmulas insólitas, como la de luchar por «un proyecto de justicia y humanismo revolucionario», que remedan un equilibrista sobre la cuerda floja tras haber perdido la estabilidad y a punto de estrellarse contra el piso.
Teoría y política
Deténgase el lector un instante ante un reiterado concepto, que a fuer de repetido puede perder su significado profundo: «Sin teoría revolucionaria, no hay acción revolucionaria».
No es un afán hipercrítico el que nos mueve a sopesar los textos del XIX Congreso del PCA, sino la convicción de que aquella afirmación de Lenin en su ¿Qué Hacer? es el punto de partida de la labor de los comunistas. También es de este maestro de luchadores revolucionarios la sentencia que advierte: «un milímetro de diferencia en la teoría, es un kilómetro de distancia en la práctica».
Llegado a este punto, sin embargo, para proseguir el camino es preciso preguntarse y responder sin ambigüedades: ¿qué es teoría? y, por tanto, ¿qué es teoría revolucionaria?
Teoría es la forma que adopta el esfuerzo de conocimiento en la eterna búsqueda del hombre frente a las incógnitas de la naturaleza y la vida colectiva. Toda respuesta especulativa a estas innumerables incógnitas puede ser calificada como teoría. Cuando hace algo menos de tres mil años los pensadores de la época imaginaban que la tierra era una superficie plana sostenida por elefantes, estaban elaborando una teoría para explicarse la existencia del mundo físico. Cuando el brujo de una tribu sacrificaba una adolescente para agradar a los dioses y evitar que cayeran calamidades sobre la comunidad que integraba, rendía tributo a una teoría. Cuando los católicos explican la virginidad de María y la santísima trinidad, o cuando entienden el origen del hombre en Adán y su costilla, sostienen una teoría.
Dicho en otras palabras: con formulaciones teóricas, se pueden sostener las tonterías más absurdas. Y ello no necesariamente violentando las leyes lógicas. Porque esos absurdos aparecen como tales cuando el desarrollo de la vida social permite al hombre avanzar en el conocimiento y dar sustento objetivo a sus especulaciones teóricas. Lo que hoy suena insostenible, incluso ridículo, no tenía tal carácter cuando las condiciones del tiempo en que fue formulado lo hacían no sólo creíble, posible, sino incluso necesario. Porque es justamente sobre esas teorías que el conocimiento se irá desarrollando a través de los milenios.
Resta decir que ese conocimiento, además de no contar con suficiente desarrollo de las capacidades humanas para relacionarse con la naturaleza, tiene otra limitación objetiva: no es ajeno a la condición social de quien lo produce.
Cuando la comunidad humana primitiva comienza a organizarse lo hace en base a la capacidad de obtener un producto excedente. Sólo cuando cada individuo pueda producir siquiera un miligramo más de lo que necesita estrictamente para sobrevivir, será posible una división social que permita el trabajo no inmediatamente productivo de algunos componentes de la comunidad, en la cual, en los remotos inicios, a algunos les cabrá la tarea de defenderla frente a las amenazas físicas (ataques de las fieras, de otras tribus) y a otros de protegerla ante los temores -siempre existentes- de carácter metafísico: la inmensidad del espacio, la oscuridad de la noche, la potencia abrumadora del trueno, el misterio del nacimiento y de la muerte…
La capacidad de obtener un producto excedente y la necesidad de atender estos requerimientos físicos y metafísicos lleva consigo los mecanismos de apropiación de ese excedente. Guerreros y brujos, obviamente, tendrían el privilegio de cumplir su tarea social sin participar de la función primordial de producir lo elemental para la sobrevivencia.
En los orígenes, tales privilegios no estaban disociados de las capacidades especiales de quienes los obtenían, lo cual da al término un concepto diferente: los cuerpos mejor dotados, el carácter más osado, otorgaban el privilegio de morir empuñando las armas contra los enemigos de la comunidad; los cerebros más lúcidos, los espíritus más curiosos, darían al brujo de la comunidad el privilegio de meditar y experimentar a cambio de afrontar las tareas de cazar o sembrar (aunque no lo librarían de la ira de la comunidad si fallaba al curar un jefe o lograr lluvia en el momento necesario).
Con todo, el conocimiento se disociaba del grupo social y fincaba en algunos de sus integrantes. Los intelectuales que hoy trabajan para sostener y reproducir la ideología de las clases dominantes, seguramente rechazarán airados la idea de que sus ancestros son los brujos de la tribu.
Y será apropiada su ira. La comparación es injusta y por ello inaceptable: los brujos de las eras remotas eran necesarios a la comunidad. Quienes cumplen la tarea de aplacar los miedos físicos y metafísicos del hombre de hoy desde instancias que los califican como intelectuales, no lo son. En rigor, son todo lo contrario.
Porque explicar el origen del mundo mediante Adán y Eva, y la redención del hombre por medio del hijo de una virgen -para no poner sino los ejemplos más conocidos- constituyeron en su momento respuestas positivas a las angustias existenciales y materiales del hombre. Pero quien apela a sofisticados recursos para explicar esto mismo en el mundo de hoy, es lo que literalmente -y con prescindencia del sentido peyorativo- significa la palabra reaccionario.
Teoría revolucionaria es, en cambio, la que se apoya en los máximos avances del ser humano en el conocimiento del mundo físico, en los más avanzados métodos e instrumentos para extraer de la naturaleza lo necesario para la vida humana en niveles crecientes de satisfacción, para explicar a la altura de los tiempos y en beneficio de toda la comunidad humana, lo que el brujo explicaba con la invención de dioses y la demanda de sacrificio de inocentes. Intelectual revolucionario será, en consecuencia, quien asuma aquella teoría y estos objetivos.
Tal teoría es revolucionaria por tres razones principales: porque comienza por apoyarse en la ciencia empíricamente fundada; porque debe confrontar -la más de las veces violentamente- con la teoría del statu quo, la teoría establecida; y porque invariablemente, en su desarrollo positivo dará lugar a nuevos avances de la teoría entendida en el sentido filosófico más amplio.
En este marco, la única teoría revolucionaria contemporánea es el marxismo. Porque se fundamenta en los máximos avances de la ciencia (el desarrollo de la sociedad -las dos guerras mundiales y el cuadro económico actual- así como todos los fantásticos descubrimientos científicos de este siglo, desde la fisión del átomo a la comprobación de la existencia de vida en Marte, reafirman los principios del materialismo dialéctico y su aplicación en las obras de sus más lúcidos exponentes, desde El Capital de Marx hasta La Revolución Traicionada de Trotsky, pasando por la Dialéctica de la Naturaleza de Engels o El Estado y la Revolución de Lenin).
Está en la propia esencia de esta teoría revolucionaria, la certeza de que ella misma será superada, dialécticamente negada, con la evolución del ser humano.
¿Pero cuál evolución? Los brujos de nuestro tiempo creen que las maravillas de la cibernética o los recursos inefables de las nuevas tecnologías constituyen material suficiente para que aquella negación históricamente necesaria esté ya dada(7).
No es así, sin embargo. La creación de una red cibernética que convierte al planeta en algo tan accesible como el patio trasero para quien tenga los recursos de ingresar a la internet, el descubrimiento de rastros de vida en Marte, como la teoría de Einstein, son, sin duda revoluciones teóricas de inabarcables efectos prácticos; pero no pueden transformarse por sí mismas en teoría revolucionaria.
El factor ausente es la condición de que tales revoluciones teóricas estén en función de la satisfacción de las necesidades del hombre como especie. La microelectrónica sirve para enviar misiles inteligentes contra pueblos indefensos, cuando está en manos de los guerreros de nuestro tiempo. La computadora y la autopista cibernética sirven para que la opinión pública mundial sea burlada y manipulada por los brujos contemporáneos, que usan medios digitalizados para difundir noticias fraudulentas antes de ir a misa, consultar el horóscopo o encomendarse a San Antonio para conseguir pareja.
¿Qué tendrá que ver todo esto con el XIX Congreso del PCA?
Mucho. Porque la noción relativa a «recrear el marxismo» es apenas la verbalización de una postura que cohabita cómodamente con los brujos y aprendices de brujos que desde universidades, editoriales y grandes medios de difusión masiva, transmiten una teoría reaccionaria, es decir, anacrónica, es decir no científica y por ende, contraria en todos los sentidos imaginables a la idea y la práctica de la revolución.
En primer lugar, hay que subrayar que para que un cuerpo de ideas tenga categoría de teoría debe obrar con arreglo a un sistema lógico determinado. Hemos mostrado no pocas de las incontables incongruencias en las formulaciones de los documentos y, más aún, de éstas con la práctica política de quienes las sustentan.
Pero aun obviando ese aspecto, e incluso afirmando como premisa que la intencionalidad de quienes esgrimen tales posturas es la de obrar en función del derrocamiento del capitalismo y la edificación de una sociedad socialista, está claro que el afán por recrear el marxismo es la asunción de que éste no es hoy una teoría revolucionaria eficiente.
Se nos invita entonces a alumbrar otra teoría. Y aparecen allí, como en el tango de Discépolo, Gramsci, la teología de la liberación y Mariátegui. Y con arreglo a esa recreación se nos explica que «la crisis del capitalismo funciona sola y parcialmente en algunos países centrales. Para los dos tercios de la humanidad sumidos en la pobreza, no funciona».
Un refrán conocido sostiene que «perro que ladra no muerde». Con más galanura, el poeta africano Wole Soyinka canta: «El tigre no proclama su tigritud. Simplemente salta».
Los documentos del XIX Congreso del PCA ni muerden, ni saltan. (Al menos en el sentido que a estas palabras dan el refranero español y el poeta). Apenas amenazan con un golpe derecreación. Ocurre que, cuando entregan sus novedades, se descubre que detrás de ellas no sólo no está la superación de El Capital de Marx, sino sencillamente su negación, cuando no el mero desconocimiento.
Antes de llegar a ese punto, sin embargo, por lo señalado más arriba respecto de la relación entre desenvolvimiento social y teoría revolucionaria, esa amenaza misma es de por sí un distanciamiento de la teoría revolucionaria. Y esto significa, siguiendo la afirmación de Lenin, un distanciamiento de la práctica revolucionaria.
No podría ser de otra manera. Una teoría que para defender la identidad comunista se resiste a tomar como fuente de alimentación la historia verdadera de la Unión Soviética; se resiste a señalar los errores, los crímenes, las funestas consecuencias de unos y otros y las responsabilidades de individuos y partidos en todo este proceso histórico, para en cambio hacer invocaciones emotivas; una teoría que propone enriquecer el marxismo con «los aportes de la teología de la liberación y el nacionalismo revolucionario», es una teoría propia del brujo que ya sabe que clavando la daga sagrada en el pecho de una adolescente no logrará que venga la ansiada lluvia, pero continúa inmolando inocentes con la vana esperanza de conservar su lugar en la tribu.
Se reemplaza así, en el mejor de los casos, una teoría revolucionaria por una apologética, mezclada con fórmulas de ocasión.
Lo que importa en nuestro caso, es que a partir de esto no hay práctica revolucionaria, porque más allá de las causas y justificaciones que se aduzcan, se rechaza o desestima la teoría revolucionaria.
Consecuencias prácticas
A tales concepciones, tal política. El disloque teórico respecto del lugar objetivo de la clase obrera en el sistema, la asunción de conceptos que hacen del partido un mero instrumento inerte al servicio de una fuerza exterior a la clase misma, el abandono de nociones teóricas elementales respecto del capital y su lógica económica y social, redundan necesariamente en una conducta política y propuestas organizativas acordes con estos desvíos. Pero como se trata de una «recreación» sin otro fundamento que la pervivencia, el resultado es una confusión permanente, que desarma por completo a la militancia del PCA en el movimiento obrero.
Ejemplo patético de esto es el llamado Movimiento Político Sindical Liberación. Dice la resolución del XIX Congreso: «En el debate congresal se ha verificado una coincidencia en fortalecer el MPS ‘Liberación’ promoviendo su crecimiento».
Y continúa la resolución: «Por lo tanto la intención del 19 Congreso es darle mayor organicidad a una propuesta política de agrupamiento de un espacio compartido de la izquierda revolucionaria, a la par de ir construyendo una mayor inserción en el seno de la clase a través de su arraigo a nivel de empresas, localidades, provincias y regiones».
Agrupamiento de un espacio compartido de la izquierda revolucionaria.
«¡¡Válame dios!!» Si algo puede entenderse de esto, es que se trata de un partido político, denominado Liberación, para trabajar en el movimiento sindical de manera orgánica con otros agrupamientos revolucionarias. Un partido de partidos, pero sólo para trabajar en el ámbito sindical. ¿Cuáles partidos? Esa es sólo la parte de menor importancia en la incógnita. Pero antes de adentrarnos en ella continuemos con el texto de la resolución:
«Por ello el 19 Congreso del PCA resuelve:
1) trabajar por la realización del primer congreso nacional del Movimiento Político Sindical ‘Liberación’ para mediados de abril de 1996.
2) impulsar la conformación de la organización regional del MPS Liberación particularmente en la zona metropolitana e interior de Buenos Aires, el litoral, el nordeste, cuyo, Patagonia, centro y noroeste.
3) mandatar al próximo Comité Central a fin de que arbitre las medidas y los medios imprescindibles para aportar a la concreción de la iniciativa formulada.
4) el congreso del MPS Liberación debe contribuir a preparar en mejores condiciones la conmemoración del próximo primero de mayo, al calor de las luchas obreras y populares, y en el camino, avanzar en la construcción de la asamblea nacional de la resistencia.
5) todo el trabajo orientado a darle organicidad, arraigo y construcción en la base del MPSL debe estar acompañado del mejoramiento de nuestra labor independiente en todos los ámbitos donde se actúe con el enfoque de construcción de la central obrera alternativa.
6) disponer toda la fuerza partidaria e incidir en el espacio del combativismo a fin de darle la mayor efectividad posible a la jornada de lucha y movilización resuelta para el próximo 20 de noviembre de 1995″.
Comencemos por el final. Incidir en el espacio del combativismo, además de alumbrar una categoría nueva en la teoría política, constituye por cierto un papel escasamente ambicioso para un Partido Comunista. Pero muy elocuente respecto de los parámetros teóricos que dan marco a la acción y el horizonte de ésta.
Permítasenos apelar a la paciencia del lector para situarnos en el momento de esta proclama. Poco antes de que el Congreso del PCA aprobara esta declaración, con fecha 2 de noviembre el periódico Eslabón, órgano de la Unión de Militantes por el Socialismo, decía lo siguiente respecto de la movilización del 20 de noviembre:
«Cavallista o menemista, oficialista u opositora, la burguesía argentina al subordinar su estrategia económica a la decisión de ‘cumplir con los compromisos internacionales’ (es decir pagar la deuda), renuncia a crear otra alternativa, substancialmente distinta a la de Cavallo, para enfrentar la crisis.
«Pero tampoco surge desde fuera de la burguesía una alternativa distinta para la sociedad.
«La clase obrera no ha podido aún estructurar una respuesta apta para oponerse. No ha podido superar su situación de dispersión y división.
«Es en estas circunstancias que sectores del movimiento obrero -el CTA, el MTA y con la adhesión de la Corriente Clasista y Combativa- convocan a una movilización para el 20 de este mes. Pero el protagonismo de los convocantes no es idéntico. A pesar de que las demostraciones de protesta social en la provincia se suceden una tras otra, el hecho de ser protagonizadas principalmente por el sector de empleados estatales no se reflejó en un fortalecimiento del CTA, que los representa por intermedio de ATE. Por el contrario, el CTA perdió el papel protagónico conquistado en la Marcha Federal. Está más debilitado que entonces y no se debe a una negligencia organizativa, sino a una incapacidad para crear esa opción distinta a la de los partidos burgueses, pese a que era uno de sus objetivos fundacionales. Por el contrario, cada día más, aparece como núcleo sindical de la oposición burguesa y condiciona su futuro al accionar de esa fuerza política.
«La simple suma de movilizaciones es incapaz de superar esta carencia de propuesta política independiente del movimiento obrero. La renuncia a un paciente trabajo de reconstrucción de la unidad política y social de los trabajadores, desde la base, con una visión diferente a la de las fuerzas burguesas para superar la crisis, trae como resultado práctico, concreto, que deja sin opciones.
«La división existente se consolida, porque ningún sector del movimiento obrero, en particular el proletariado industrial, puede sentirse motivado a sobrepasar a sus dirigentes gremiales, cuando intuye que toda la protesta se resume en conseguir un diputado o un intendente más para la oposición.
«La presencia de los marxistas en las movilizaciones debe servir para propagandizar la necesidad de una organización y una política independientes de los trabajadores»(8)
Son dos ópticas; más que opuestas por el vértice, ajenas en concepción y aplicación: incidir en el combativismo, o bregar por una política independientes de los trabajadores.
Aparte las concepciones, sin embargo, están los hechos: ahora sabemos qué pasó el 20 de noviembre. Ante todo, la movilización fue cuantitativamente inferior al punto de referencia obligado, la Marcha Federal. Por causas que veremos más abajo, fallido su intento de transformar el Foro Sindical en un aparato capaz de negociar de igual a igual con la dirección del CTA, el PCA convocó a «toda la izquierda», a marchar en una columna por fuera y contra el CTA. (Sí; esto proponía la misma dirección que pocos días después, en un Congreso, pondría a votación este texto ya citado: «Nuestro trabajo en el CTA debe poner especial atención en agrupar a la izquierda en su seno»).
En la reunión convocada por el PCA y a la que acudieron prácticamente todas las organizaciones de izquierda, sólo la UMS se opuso a la táctica planteada por los convocantes. El acuerdo inicial de «la izquierda» se desgranó luego, en reuniones posteriores, y el resultado fue una magra columna del PCA y algunos aliados circunstanciales, que más pareció el cortejo fúnebre con el que se daría el último adiós al Foro Sindical.
Con todo, aunque sin columna unitaria, esa izquierda tendría en la concentración una inesperada victoria: la consigna de lanzar una huelga general sería sorprendentemente adoptada por los tres oradores del acto. En lo que apareció como un torneo de irresponsabilidad, Víctor De Gennaro, del CTA, propuso un paro, Carlos Santillán, de la CCC, dijo que debía ser en diciembre y Hugo Moyano, del MTA, para no ser menos, le puso fecha; con tan mala suerte que quedó fijado como día de huelga… un feriado! La consigna central de prácticamente todas las organizaciones de izquierda se imponía de este modo farsesco.
¿Y qué ocurrió en la fecha finalmente acordada para el paro de diciembre?
Un fiasco. El MTA no mantuvo su posición y no llevó al paro los sindicatos que controla, mientras el CTA y la CCC intentaron una jornada de movilización, con penoso saldo, que repercutió no sobre la masa, ajena por completo a estos avatares, sino sobre el activo militante, provocando mayor confusión y desaliento.
Gracias a esta política la resistencia se disgregó más aún; las explosiones puntuales se agotaron en sí mismas; se ahondó la parálisis del movimiento obrero en su conjunto y, complementariamente, se aceleró la ofensiva burguesa; el CTA quedó cristalizado, acentuó su distanciamiento de activistas y bases… y como lógico desenlace -dado que todo esto ocurría al compás de un agravamiento de la crisis- la cúpula cegetista logró retomar la iniciativa política.
Así, 8 meses después la CGT pudo convocar a un paro, esta vez sí general y contundente, al cual debieron plegarse todos sus rivales internos, pero también aquellas fuerzas que en realidad debían haber sido la dirección alternativa.
Negro sobre blanco, dos orientaciones para el trabajo en el movimiento obrero, con los saldos a la vista: «darle la mayor efectividad posible a la jornada de lucha y movilización resuelta para el próximo 20 de noviembre», decía la resolución del Congreso del PCA. «La simple suma de movilizaciones es incapaz de superar esta carencia de propuesta política independiente del movimiento obrero. La renuncia a un paciente trabajo de reconstrucción de la unidad política y social de los trabajadores, desde la base, con una visión diferente a la de las fuerzas burguesas para superar la crisis, trae como resultado práctico, concreto, que deja sin opciones», advertía la UMS.
Esto debería ser suficiente para comprobar qué perspectiva de «acumulación» tiene la línea adoptada por el XIX Congreso. Veamos no obstante el punto 5, que propone «el mejoramiento de nuestra labor independiente» para «darle organicidad, arraigo y construcción en la base» al MPSL.
Hay una admisión implícita en esta extraña formulación que invita a un «mejoramiento de nuestra labor independiente». Ocurre que una política no independiente no puede ser mejorada. Debe ser cambiada. Y no fue eso lo que dispuso el XIX Congreso.
Volvamos por un instante al Informe y al ítem sobre el movimiento obrero que habíamos estado considerando. Leemos allí: «Nuestro trabajo en el CTA debe poner especial atención en agrupar a la izquierda en su seno».
Aquí, reiterémoslo, tampoco se hace cargo el informe de la política asumida ante las elecciones internas del CTA, cuando se alineó con la Lista Germán Abdala, no sólo no poniendo atención en agrupar a la izquierda, sino enfrentándola, en alianza con el ala peronista, policlasista y conciliacionista, lo cual contribuyó a que este sector impusiera una dinámica de parálisis y progresiva sujeción a estrategias alternativas de la burguesía(9). Y desde entonces, lejos de «poner especial atención» en agrupar a la izquierda dentro del CTA, el PCA -o por lo menos algunos de sus miembros con responsabilidad directa en el CTA- han puesto especialísima atención en trotar detrás de la conducción de ATE, que intenta ubicar al CTA como correa de transmisión de la estrategia política del Vaticano frente al agravamiento de la crisis argentina.
El PCA y su MPSL no tomaron distancia frente al humillante besamanos -en audiencia pública, como un simple feligrés- de De Gennaro y acólitos con Juan Pablo II. ¿Será esto «incidir en el combativismo«? ¿O será un traspié en el intento de «mejoramiento de la labor independiente«?
Hay más. Aludimos anteriormente al llamado Foro Sindical. En el ítem del informe que venimos comentando se lee: «Nuestra participación en el ‘Foro de organizaciones que luchan contra el modelo de entrega’ tiene por objeto agrupar parte del espacio militante combativo, principalmente de izquierda, que se define por el clasismo y que teniendo disposición para confluir en el conflicto y la resistencia no participa del CTA. También en el Foro compartimos con otros proyectos políticos los esfuerzos por constituir un espacio de izquierda en el movimiento obrero, estableciendo en esos marcos un fuerte debate con aquellos que siguen pensando en recuperar la CGT. Creemos que lo principal pasa por ganar en niveles de independencia e iniciativa política. Nuestra línea de acumulación política incluye el desarrollo de la alianza política implícita en el Foro y su construcción en aquellas regiones en donde existan condiciones».
Corresponde aclarar que la denominación de esa fugaz instancia de «poder popular» fue en realidad Foro Sindical, y no ‘Foro de organizaciones que luchan contra el modelo de entrega’, como aviesamente dice el documento.
Es que el nombre fue motivo de polémica: ¿debía ser «sindical», como quería el PTP, uno de sus componentes; o «político-sindical», como pretendía el PCA?
Fue «sindical». Y no dio por resultado «agrupar parte del espacio militante combativo», sino exactamente lo contrario.
Pero antes de ver los hechos, observemos lo que decía una declaración política de la UMS fechada en septiembre de 1995, es decir, más de dos meses antes del Congreso del PCA:
«(…) se ha desarrollado un Foro Sindical, que se propone ‘unificar nacionalmente las luchas y crear una central sindical alternativa’. Se reúne allí un sector importante del activismo clasista y combativo. Pero se corre el riesgo de que prevalezca una concepción meramente sindical, que excluye el protagonismo político de la clase como tal y busca sólo fortalecer un aparato para entrar en la disputa por una central sindical con parte de la actual CGT, concretamente la que encabeza Lorenzo Miguel. Todo indica que el PTP alienta esta perspectiva. El PCA, que como se ha dicho respaldó a la Lista Germán Abdala contra la Lista Agustín Tosco en la elección interna del CTA, se ha sumado al Foro sin una política definida.
«Frente a este panorama, la UMS insta a los luchadores del movimiento obrero a encarar con toda firmeza una perspectiva enfilada a romper la trampa de la burguesía y sus agentes (antes el documento ha reseñado el papel del Frepaso y de sectores del CTA). Se trata de acumular fuerzas humanas y organizativas para que la clase obrera y sus aliados estén en condiciones de afrontar la crisis nacional con una política propia, dictada en función de los intereses de los trabajadores, las capas medias, la soberanía y la independencia nacionales y conducida por los genuinos representantes de las bases. Esto significa, por un lado, encarar con coraje y determinación la organización de los núcleos comunistas en cada fábrica, en cada oficina, en cada barrio, en cada facultad o escuela. Avanzar a paso firme y sobre terreno sólido hacia la recomposición de las fuerzas marxistas. Para esto instamos a redoblar esfuerzos en la formación y funcionamiento de Mesas de Enlace de Militantes Comunistas en todo el país.
«Al mismo tiempo, para encender un faro capaz de orientar a centenares de miles de activistas, la UMS convoca al fortalecimiento de una corriente de izquierda clasista en el CTA y, junto con todos los activistas de todas las corrientes dispuestas a ello -en especial el Foro Sindical- comprometernos a confluir en una Asamblea Nacional de Trabajadores»(10).
Negro sobre blanco, dos orientaciones para el trabajo en el movimiento obrero; y también en este caso con los saldos a la vista. Porque con motivo de aquella movilización del 20 de noviembre para la cual el PCA dispuso «toda la fuerza partidaria», el PTP hizo una alianza bilateral con el MTA, se sumó a una mesa integrada además por el CTA y, sin siquiera avisar a sus aliados, dejó que el Foro Sindical cayera como piedra al vacío. Fue en este punto que la dirección del PCA propuso la «columna de izquierda» cuya suerte ya describimos. Es innecesario insistir en que la orientación del PCA no logró «agrupar parte del espacio militante combativo», sino todo lo contrario: contribuyó a la desmoralización y el fraccionamiento del activo clasista, lo cual facilitó el camino hacia la derecha de los sectores vacilantes del sindicalismo y abrió las puertas al regreso impetuoso de la mafia cegetista.
Si no bastaran los ejemplos relativos a la forma en que el PCA contribuyó en los últimos años a la organización y conciencia de los trabajadores como conjunto en la labor sindical, puede observarse su papel en el terreno político. Aunque bien mirado resulta menos sorprendente de lo que parece a primera vista, causó estupor la súbita alianza del PCA con el PTP, el MST y PL, para presentarse a elecciones en la Capital Federal. Fue otro volantazo a ciegas. La efectividad de estas políticas de «acumulación» se mide por el guarismo obtenido por los cuatro partidos juntos: 0,36%.
Esta acumulación de desastres tiene una dependencia directa de lo que venimos señalando como fundamento de la política implementada por el PCA y sancionada en el XIX Congreso. Al soltar amarras con la liturgia stalinista pero negándose a asumir una posición de clase y una reivindicación en los hechos del legado teórico marxista, la dirección del PCA ha quedado como un astronauta que al salir de su nave espacial suelta el cable de seguridad y queda boyando en el vacío infinito.
En la ingravidez de ese espacio falta todavía observar dos detalles acerca de los puntos transcriptos en la resolución sobre el MPSL.
Uno es el que decide mandatar al CC para que arbitre las medidas y los medios imprescindibles para llevar a cabo el Congreso del MPSL. De la simple lectura, se entiende que este organismo es simplemente una extensión del PCA con otro nombre. Aquí reaparece la incógnita señalada más arriba: ¿por qué crear otro partido, que no es de masas ni de clase, con otro nombre?
Ligado a esto viene el otro detalle acerca del cual hay que llamar la atención respecto de los puntos votados para el MPSL: ¿qué programa se propone?; ¿por qué no hay la menor alusión al respecto en los seis puntos votados en la resolución del Congreso?
Nadie podría tildarnos de suspicaces si explicamos esto a la luz de la crítica ya realizada en la primera parte de este trabajo acerca de la Tesis 7, en cuya fundamentación se adelanta que para la constitución del bloque político y social al que aspira el PCA, un programa de clase «no es una condición previa».
El hecho es que el Congreso del MPSL no se realizó, según lo previsto, a mediados de abril. Está anunciado para el 16 de agosto. En la convocatoria publicada por el semanarioPropuesta, queda sentado que la confusión, lejos de haberse superado, ha alcanzado niveles alarmantes. Leemos: «Según lo ha hecho conocer la dirección del MPSL, el 16 y 17/8 se realizarán las jornadas inaugurales del congreso. Por lo tanto (sic) el mismo está concebido como un proceso de construcción de abajo hacia arriba y en consecuencia (sic) deberá reunirse para hacer balance y fijar posiciones cada vez que la situación lo reclame. Esta forma congresal no sólo permitirá en esta instancia instalar la propuesta de unidad del espacio clasista y combativo junto a la necesidad de avanzar en la construcción de una central de trabajadores de nuevo tipo, sino también, permitirá reunir a todos los referentes principales del movimiento cada vez que una situación tan dinámica como la que vivimos lo haga necesario»(10).
El problema no está en la redacción del párrafo. Estriba en la realidad que debe describir: para comenzar, los dos días programados son sólo las jornadas inaugurales del congreso. «Por lo tanto» (?), será una construcción de abajo hacia arriba. «Y en consecuencia» (??) el congreso deberá reunirse «para hacer balance»… cada vez que la situación lo reclame.
La recreación del marxismo trae sorpresas impactantes para los antiguos que tenemos ideas caducas respecto de lo que es un Congreso.
Antes un Congreso se hacía para discutir un programa, un plan de acción, elegir direcciones, y otras banalidades por el estilo. Ahora en cambio el Congreso consiste en una inauguración para la cual, según indica el artículo, «están avanzadas las gestiones para lograr la participación de delegaciones de Cuba, Uruguay, Paraguay y Chile, así como también los saludos de España, Francia, Estados Unidos, Brasil, Ecuador, Perú, Bolivia y la Federación Sindical Mundial». Esta forma congresal, se nos dice, permitirá instalar la propuesta de unidad del espacio clasista y combativo. Una vez instalada la propuesta, el Congreso reunirá a todos los referentes principales cada vez que una situación tan dinámica como la que vivimos lo haga necesario.
Esto es lo que denominamos visión a partir de un aparato, con prescindencia del movimiento obrero real, con total desprecio por la teoría como fundamento de la acción, sin brújula ni timón.
Se puede hacer un fasto de dos días, reunir referentes principales, invitar delegados internacionales… pero no se puede definir qué es el Movimiento Político Sindical Liberación, qué programa tendrá, cómo se elegirán sus dirigentes, cómo se tomarán las decisiones. La idea de un Congreso permanente que se reúne cada vez que la situación lo reclama (¿dos veces por día?) como forma de «construir desde abajo hacia arriba» y unificar a la militancia clasista, parece desvarío o burla. Aunque cabe una tercera posibilidad: imperiosa necesidad de llenar un vacío absoluto de propuesta para el movimiento obrero con frases vacías, supuestamente agradables a los oídos de militantes descreídos.
Todas estas construcciones ficticias están irremediablemente condenadas a continuar acumulando desastres.
El PCA tiene que definir qué lugar ocupa en una estrategia revolucionaria un organismo como el MPSL; qué fundamentos teóricos o históricos tiene este tipo desconocido de instancia organizativa; qué relación tiene esta estructura con la otra construcción votada como instancia estratégica en el Congreso: el «Movimiento Político de Izquierda»; cómo ensambla todo esto con otra instancia también de carácter estratégico: el Frente de Liberación Nacional y Social. Y cómo se compagina todo esto con la política que concretamente lleva a cabo: fundación del Frente Grande, salto a la Alianza Sur y de allí doble mortal a la Unión de Izquierda Popular, mientras se pasaba de la alianza con el MAS durante la huelga ferroviaria de 1991 (con una política ultraizquierdista) a la alianza con la Lista Germán Abdala en las elecciones del CTA, luego al Foro Sindical con el PTP, para después llegar a la «instalación» del MPSL como instancia de unidad de las fuerzas clasistas.
Tomar responsabilidad explícita sobre todo esto es condición inexcusable para presentarse ante un luchador social como alternativa revolucionaria.
Pero definir el significado de todas estas propuestas y su despliegue en la práctica requiere, además de una actitud seria ante la magnitud de lo que está en juego, fundamentos teóricos consistentes. Y en este punto el PCA no puede eludir la necesidad de definir con claridad qué es, en su opinión, un partido de los comunistas; qué es la clase obrera en la sociedad capitalista; cuál es la relación entre clase y partido. Tiene que definir, por tanto, cuál es su posición frente a la teoría marxista.
Nadie se asustará -todo lo contrario- si en esa tarea el PCA logra recrear los principios del marxismo en su aplicación a la realidad de nuestro tiempo. Pero eso requiere bastante más que frases vacías y despliegue de aparato.
La etapa que atravesamos,
tareas de los comunistas en la clase obrera
En el sentido global de su desenvolvimiento histórico, la clase obrera atraviesa en Argentina una etapa de transición. El punto de partida de esa transición fue el agotamiento de la unidad social y política de la masa trabajadora signada por una ideología de conciliación de clases y organizaciones sindicales y partidarias, verticales y burocráticas, dependientes de la burguesía en todos los órdenes. El punto de llegada no es necesariamente el opuesto: unidad social y política con conciencia de clase y organizaciones autónomas y democráticas.
Decíamos en la edición de Crítica de abril de 1992, refiriéndonos a los encuentros que darían nacimiento al CTA: «en Burzaco y Rosario se vio cómo la vanguardia natural de los trabajadores, con todas las dificultades y traumatismos propios de un parto, negaba la negación que el movimiento sindical y político dominado por la ideología y los aparatos burgueses significa para el desenvolvimiento necesario de la clase obrera. Esa oposición a lo existente y dominante trazó un límite que deja atrás medio siglo de subordinación del movimiento obrero. Y abrió una fase donde todo es nuevo y nada será una reproducción del pasado. Una nueva fase histórica en la que, por ahora, todo es potencial, sin determinaciones ideológicas, políticas ni organizativas pese a que se afirman valores básicos como la autonomía, la participación colectiva, la honestidad, así como, en otro orden, la defensa del patrimonio nacional y los derechos de los explotados y oprimidos».
Y continuaba aquel texto, titulado Los trabajadores retoman la palabra: «O para decirlo de una manera más cruda y directa: Burzaco y Rosario constituyen la derrota histórica, definitiva e irreversible de la ideología, la organización y la política del peronismo en la clase obrera. Pero el hecho de que la mayoría de los dirigentes que promovieron y protagonizaron esos encuentros tengan su origen y en muchos casos aún se identifiquen como peronistas, prueba de por sí que lo que en el espectro político argentino se presentó como oposición al peronismo desde la izquierda -los partidos socialdemócratas, stalinistas, trotskystas- no configuraron ni en la teoría ni en la práctica una alternativa real al populismo burgués del peronismo. Ninguno de esos partidos, como tales, influyeron y ni siquiera participaron en la gestación y realización de este formidable acontecimiento político! De manera que los dirigentes de este proceso no cuentan con una base ideológica, teórica, política ni programática como punto de partida. Y es verdad no sólo para el conjunto como un todo, sino también para cada una de las partes componentes, azotadas todas por el desmoronamiento de opciones ideológicas y políticas hasta ahora reivindicadas (…) Corresponde advertir, sin embargo, que el carácter trascendental que les atribuimos, si bien es ya inconmovible por lo que deja atrás, no es todavía, garantía de lo que vendrá. Decir que todo es potencial equivale a afirmar que nada hay fatal, inexorable, en el desarrollo del fenómeno social, político y sindical que a la vez expresan y determinan los hombres y mujeres reunidos en Burzaco y Rosario. Nadie podría afirmar hoy que de allí saldrá una clase trabajadora consciente de su papel en la historia, con una conducción genuina e independiente, capaz de polarizar al conjunto de la población explotada y oprimida y de encabezar el cambio social que la crisis exige (…)Sostenemos sin vacilar que la marcha de este movimiento que aún no ha terminado de nacer será el factor interno determinante del rumbo que Argentina tome durante el próximo siglo. Pero no afirmamos que ese rumbo sea necesaria e ineludiblemente el de la superación del capitalismo y la edificación de una sociedad en la que el hombre sea hermano del hombre.
«Y para quienes sospechen que nuestra valoración de estos encuentros está alimentada por un optimismo excesivo, valga una aclaración preliminar: la evaluación de la situación objetiva y subjetiva, a escala nacional e internacional, en la cual nace este fenómeno, nos lleva a la conclusión de que su desarrollo lineal plantea como perspectiva más probable el fracaso de los objetivos expresos en los documentos hasta ahora aprobados. Casi todos los factores empujan en esa dirección. Sólo la acción política consciente, decidida, lúcida y audaz de los principales dirigentes de este flamante movimiento, puede hacer que se realicen las potencialidades positivas y plasme un poderoso movimiento obrero y popular consciente y organizado, dotado de una dirección clasista, democrática, antimperialista y socialista»(11).
La acción política no ya del conjunto de los principales dirigentes, sino y sobre todo de los que en la primera línea representaban la vertiente no peronista del movimiento sindical, estuvo más que distante de la lucidez y la audacia que exigía la tarea(12).
Pero más grave aún fue la conducta de los partidos que se reivindican marxistas: el PCA mantuvo constantemente un pie dentro y otro fuera del CTA, sin definir jamás una línea de acción. Y cuando las circunstancias no daban lugar para ambigüedades optó como es sabido: por el Frente Grande en el ámbito político; por la Lista Germán Abdala en el plano sindical. El PCR-PTP construyó un bloque propio, desde el cual continuó tras el objetivo de «recuperar la CGT». Las numerosas denominaciones identificadas como trotskystas se mantuvieron al margen del combate, convencidas de que la montaña debe ir a Mahoma, mientras sufrían sucesivas fracturas.
Atrapados por esta tenaza, centenares de cuadros, cuadros medios y activistas, no pocos de ellos con importantes cargos en la estructura sindical, se encontraron en un callejón al que no lograron hallarle salida.
Por nuestra parte, a partir de la caracterización señalada y convencidos de que el accionar comunista como fuerza consciente y organizada desde el centro vital de la masa era condición ineludible para que el proceso en marcha no abortara, señalábamos lo siguiente: «La tarea central de este momento histórico es alcanzar la unidad social y política de la clase trabajadora; entendiendo como tal no sólo a los trabajadores con ocupación, sino además a aquellos lanzados a la marginalidad de la desocupación o subocupación, así como también a sus familias (…) Sin embargo esto no supone renunciar a la diferenciación e, incluso, privilegiar en ciertas circunstancias la opción de la franca y decidida división. Para ello es necesario asumir en la teoría y en la práctica que la unidad no excluye la diferenciación y no guarda una relación constante con la división»(13).
Cuatro años y medio después de aquel comienzo, la tarea central de los comunistas en el movimiento obrero continúa siendo la misma. Pero la transición ha recorrido un camino. Los protagonistas, individual y colectivamente, no están en el mismo punto de cuatro años atrás. Por lo demás, las circunstancias han cambiado y a partir de ahora continuarán haciéndolo a ritmo acelerado.
Para comenzar, la prolongada fase de reflujo de la clase obrera en general y del proletariado industrial en particular (cuyo inicio podemos ubicar con el fin de las huelgas ferroviaria y de Acindar en los primeros meses de 1991), ha dado lugar al inicio de un tímido pero inequívoco reanimamiento que eventualmente se transformará en alza del movimiento de masas.
En este punto, sin embargo, el CTA se halla sin el vigor inicial que lo plantó como alternativa política para el movimiento obrero en su conjunto; perdió la iniciativa en todos los terrenos; a cambio de sumar fuerzas se fue desgranando (el último dato es el distanciamiento de SAON). Pero lo más grave es que, con pocas excepciones, la dirección del CTA se comprometió con variantes políticas de la burguesía, violando documentos y compromisos, frustrando expectativas y esperanzas de millares (acaso decenas de millares) de activistas y cuadros medios del movimiento obrero y popular(14).
Mientras tanto, la cúpula cegetista se ha lanzado con singular energía a una operación que si en lo inmediato apunta a encabezar desde el inicio el reanimamiento de las masas para impedir el fortalecimiento de fracciones que le disputan espacio, esencialmente constituye una maniobra estratégica destinada a impedir la emergencia y consolidación de una clase para sí, consciente y organizada, no ya independiente de la burguesía, sino mortalmente enfrentada con el capital en todas sus fracciones.
En esta nueva fase de la transición, el CTA no es ya un puente eficaz para que el proceso de unificación social y política sobre una base programática de clase, arribe a buen destino. Pero nada genuino -es decir, promovido y encabezado por dirigentes naturales con fuerza suficiente como para constituir un polo de atracción- ha tomado su lugar hasta el momento.
Ante tal situación coyuntural, los revolucionarios marxistas no pueden ni caer en la tentación de inventar sustitutos, ni dejar de proponer formas transicionales, experimentando con audacia toda posibilidad de que plasme una nueva instancia de unificación social y política de la masa explotada.
Insistamos: unificación social y política de la masa explotada, no «unidad del combativismo»; instancias de organización y resistencia para millones de personas, no aparatos manipulables que semejan pasillos de un edificio embrujado, al cual entran por un extremo militantes esperanzados que, luego de recorrer un corto trecho, saldrán por la otra punta como personas confundidas, decepcionadas y desarmadas, a engrosar las filas de los escépticos.
Esta coyuntura no comenzó con la huelga general lanzada por la CGT el 8 de agosto. Exactamente un año atrás, la UMS emitió una declaración que constataba el cuadro general: «Durante la segunda y tercera semana de agosto el país ingresó a una crisis institucional que aún no se ha superado. En situaciones análogas, aunque de incomparablemente menor gravedad, en el pasado se produjeron uno tras otro golpes de Estado mediante las fuerzas armadas». Más adelante, continuaba la declaración: «El llamado a la huelga general por parte de la cúpula cegetista revela la impotencia de quienes se propusieron como conducción alternativa (recordemos que el documento está fechado en agosto de 1995), sea en el terreno sindical, sea en el campo político (…) Pero lo cierto es que deja nuevamente a los agentes del capital en el movimiento sindical con todas las cartas en la mano».
Inmediatamente la declaración condenaba al «sector hegemónico del CTA (que) ha huido hacia adelante, según lo prueba un documento destinado a formar un aparato político de naturaleza policlasista, burocrático, elitista y electoralista que propone formar una ‘multisectorial’ y apunta a que el Congreso de la Cultura, el Trabajo y la Producción se transforme en‘una fuerza más orgánica, permanente y sistemática’. Ese propósito requiere, dice el documento del CTA, ‘definir un mínimo aparato administrativo dedicado a esta tarea de coordinación general’; ‘fijar una cuota aporte de las distintas organizaciones que posibilite un mínimo funcionamiento’; ‘unificar los recursos que las organizaciones poseen en materia intelectual. Tender a conformar un aparato único de producción de diagnósticos, información y propuestas que puedan abastecer los espacios institucionales afines con criterios y estudios propios’; ‘unificar los recursos que las organizaciones poseen en materia de medios de comunicación a los efectos de ampliar nuestra capacidad de influencia pública’; ‘coordinar el funcionamiento unificado de nuestras organizaciones en los diferentes lugares del país’; ‘tener como objetivo ampliar nuestra capacidad de influencia institucional en las próximas elecciones legislativas’…»(15).
El texto no requiere comentario. Aunque cabe señalar que aquel proyecto -hasta el momento empantanado (lo cual confirma una inepcia operativa de la conducción hegemónica del CTA incluso para llevar adelante aquello que se propone) era explícitamente compartido por organizaciones y dirigentes de una u otra manera ligados con el PCA, nunca desautorizados por su dirección.
El hecho es que con tal confesión pública, la UMS puede probar ante la militancia sindical de que su línea de acción política de no está dictada por una concepción sectaria, sino por la intransigente oposición a todo aquello que apartara al CTA de sus propósitos fundacionales, es decir, la edificación de una alternativa política independiente para la masa explotada. La Declaración de la UMS lanzaba una propuesta de acción que partía del reconocimiento de la existencia del CTA, pero salía de lo que su dirección hegemónica determinaba como radio de acción. Con esta fundamentación -agravamiento de la situación objetiva, desdibujamiento del CTA como alternativa de clase- la UMS propuso entonces una labor destinada converger en una Asamblea Nacional de Trabajadores.
Meses más tarde, el PCA tomó el cabo. Pero a su modo: su convocatoria fue a una Asamblea Popular de la Resistencia.
¿Cuál es la diferencia? La que exige un accionar coherente con las Tesis del XIX Congreso: la clase obrera es reemplazada por el pueblo y la masa explotada por «los que luchan», por la sencilla razón de que no existe la menor preocupación por contribuir a la unidad social y política de los trabajadores como conjunto social y, sobre todo, porque el enemigo es… el neoliberalismo.
No hay duda: un milímetro de distancia en la teoría se transforma en un kilómetro de diferencia en la práctica. Proporcionalmente, algunas leguas de distancia en la teoría hacen de la práctica una contraposición frontal de posiciones: la Asamblea Nacional de Trabajadores es una consigna de acción apuntada a un proceso de convergencia de los cuadros de vanguardia del movimiento obrero y popular, definición programática y organización de masas, que desemboque en un partido del conjunto de los explotados y oprimidos, con un programa propio, antimperialista y anticapitalistas, y una dirección surgida del movimiento vivo de las masas. La Asamblea Popular de la Resistencia es una vía de convergencia de aparatos sindicales cada día más alejados de las bases con estructuras gremiales y políticas de diversos sectores empresarios, es decir, una cobertura para una superestructura política de conciliación de clases.
Tal vez por casualidad, la dirección del PCA adoptó recientemente otra formulación fonéticamente semejante a lo que constituye la otra columna fundamental en la política de la UMS para la recomposición de las fuerzas marxistas: las Mesas de Enlace de Militantes Comunistas, que desde hace casi dos años vienen funcionando con diferente nivel y resultados, pero con un saldo global altamente positivo, a nivel nacional. En este caso, la cuasi coincidencia de la dirección del PCA se formula de esta manera: Mesas de Enlace de los Revolucionarios.
Abundamos ya, en la primera parte de este trabajo, acerca de la diferencia entre revolucionario y comunista. De manera que sólo resta exponer la conclusión respecto de la distancia política producida por aquel milímetro en la teoría: la dirección del PCA no procura una respuesta efectiva, en términos políticos y organizativos, para decenas de millares de comunistas dispersos; es decir, dar al partido de los comunistas el lugar que el momento histórico reclama. Su preocupación dominante es encontrar un «ámbito común« con los revolucionarios. O para decirlo con sus propias y muy elocuentes palabras: «incidir en el combativismo»…
En suma: el XIX Congreso del PCA no arma a sus militantes para edificar un genuino y poderoso partido de los comunistas por la misma razón que ni siquiera se preocupa por la unidad social y política del conjunto de la clase trabajadora: clase y partido -en su acepción marxista- son conceptos absolutamente ajenos a los documentos que venimos comentando.
La inversa es nuestra posición. No es posible dar una respuesta a la vanguardia si no es acertando en la necesidad y posibilidad de las masas explotadas y oprimidas en un momento dado. No es posible dar esa respuesta a las masas -y esto quiere decir: a decenas de millones de personas- sin un concepto preciso de partido de los comunistas.
Buscar la unidad, sin precisas definiciones ideológicas y políticas, de las necesariamente múltiples y heterogéneas posiciones a que da lugar la crisis del sistema en la cabeza y el accionar de los hombres y mujeres rebeldes y decididos, es lo que el lenguaje marxista, antes de su recreación, denominaba oportunismo. Anteponer el estado de ánimo o los reclamos de vanguardias circunstanciales a la necesidades estratégicas de los trabajadores como clase, es lo que antes se calificaba como ultraizquierdismo.
Proclamamos por tanto nuestro resuelto anacronismo: aquellas calificaciones son las que cuadran a esta política. Eso exactamente: bandazos permanentes del oportunismo al ultraizquierdismo, es lo que muestra -hasta el hartazgo de su propia militancia- el accionar del PCA.
Militante revolucionario y cuadro de vanguardia
Así como hacíamos al comienzo de este trabajo una distinción entre revolucionario y revolucionario comunista, corresponde igualmente distinguir entre militante revolucionario -comunista o no- y cuadro de vanguardia.
En un sentido general, indeterminado, es obvio que revolucionario es quien está a la vanguardia con un proyecto se sociedad diferente y superior a la actual. Pero en un sentido político concreto, un cuadro de vanguardia es quien está a la cabeza de un movimiento social real.
La creencia de que lo primero presupone lo segundo o le otorga carácter de necesidad, produce costosos desatinos políticos y frustraciones muy grandes en militantes entregados y aguerridos.
Sucede que sólo en momentos excepcionales, como son los períodos de lucha revolucionaria de masas; y sólo en el caso de que la vanguardia ideológica haya sabido transformarse previamente en vanguardia política, ambos términos se fusionarán en uno.
Mientras ese momento no llega, la falta de precisa delimitación teórica entre clase y partido, el lugar de cada factor en la lucha revolucionaria y la relación entre ambos, se transforma en una barrera infranqueable para llevar a cabo la tarea de los comunistas.
Un partido de los comunistas debe tener como objetivo central y permanente su inserción profunda en el movimiento obrero industrial y, más ampliamente, en el conjunto de la población explotada y oprimida. Para esto, naturalmente, debe integrar a sus filas a los cuadros de vanguardia del movimiento obrero y popular.
Pero para integrar de manera positiva (ya volveremos sobre esto) a un cuadro del movimiento obrero, el partido de los comunistas debe dar repuesta a lo que constituye la preocupación principal de la vanguardia real del movimiento obrero real. ¿Y cuál será esta preocupación? La respuesta no admite dudas: cómo y hacia dónde conducir a su gente.
Así, un partido comunista que no resuelva positivamente en términos políticos -excluimos aquí explícitamente la idea burocrática de que un partido debe conducir paso a paso el accionar cotidiano de un cuadro dirigente de masas- no podrá entablar con ese cuadro la relación que permita transformarlo en revolucionario comunista dirigente de masas.
Con una respuesta destinada a los revolucionarios, la relación del partido con el dirigente de masas tiene dos resultados posibles: o bien, por no dar respuesta a la función concreta del cuadro de vanguardia, no consigue integrarlo a las filas del partido de los comunistas, o bien, dada la necesidad subjetiva de ese cuadro de hallar respuestas generales a sus preocupaciones sociales, lo sumará a las filas partidarias pero lo anulará como dirigente de masas. No son pocos los casos en que el resultado es una dolorosa combinación de esas dos variantes.
La idea de que construir un partido de los comunistas consiste en bloquear una fábrica, reconocer y ganar a los obreros más inquietos y enseñarles los principios del comunismo es (cuando es algo más que charlatanería) una simplificación que reduce la teoría del partido a una caricatura de funestas consecuencias.
Porque si en la mayoría de los casos un accionar basado en tales concepto desemboca en la vía muerta del sindicalismo y el espontaneísmo, ambos igualmente estériles, en aquellos casos en que la determinación revolucionaria sea consecuente hasta las últimas instancias, llevará a la militancia a acciones desesperadas que, si están protagonizadas por verdaderos cuadros de vanguardia, invariablemente redundan en un retroceso del movimiento de masas y la desmoralización y deserción de muchos militantes(16).
Construir un partido de los comunistas presupone, ante todo, definir con rigurosa precisión los principios ideológicos, los fundamentos programáticos y el concepto riguroso del tipo de organización que se pretende.
Si ese primer paso es complejo, singularmente difícil, el segundo lo es acaso en mayor medida: transformar a esa propuesta en vanguardia política.
Esto requiere una suma de condiciones inexcusables: alcanzar la capacidad de reconocer con acierto la situación concreta de la sociedad en cada momento y en el transcurso del tiempo; con base en esa interpretación acertada, hallar la respuesta adecuada, en cada momento y lugar, para que el movimiento de masas dé pasos efectivos hacia una mayor conciencia y organización como tal; con este arsenal, ganar el respeto y la confianza de los cuadros de vanguardia en el sentido ya indicado, integrarlos al partido de los comunistas, educarlos como tales y, a través de ellos, recorrer el camino entre la teoría revolucionaria y el movimiento de masas en estado de insurgencia, para ponerse, entonces sí, a la vanguardia de los explotados en la lucha por el poder.
No hay atajos. No hay fórmulas mágicas. No hay aparatos ni maniobras, ni líderes prefabricados a fuerza de dinero y trapisondas, que puedan reemplazar con éxito esta labor.
Sólo cuando se asuma hasta las últimas consecuencias este legado de la teoría marxista serán fructíferos los factores que están como punto de partida y condición ineludible de cualquier empresa revolucionaria: coraje, honradez, pasión y entrega militante, convicción y perseverancia, audacia… es decir, todo aquello que hace a un hombre o una mujer alcanzar el escalón más alto de la especie humana.
a propósito del xix congreso del pca
¿Cómo recomponer las fuerzas comunistas?
Introducción
Entre los días 3 y 5 de noviembre pasado se llevó a cabo el XIXº Congreso del PCA. El autor de estas líneas fue invitado a la inauguración y la clausura de este encuentro en representación de la Unión de Militantes por el Socialismo. En el folleto publicado poco después con las conclusiones del Congreso, una nota introductoria señala el propósito de que éstas «se transformen en el eje de un proceso de debate, reflexión, estudio y capacitación de los comunistas y de otros sectores de la izquierda».
Estudio, reflexión y debate son tareas urgentes para quienes nos consideramos comunistas. En nuestro caso, jamás militamos en las filas del PC y durante años clave de la historia reciente defendimos propuestas ideológicas, programáticas y organizativas frontalmente opuestas a las que por entonces enarbolaba este partido. Los tiempos han cambiado y ahora resulta menos difícil para nosotros explicar y para otros admitir, que no todos los miembros del PC eran comunistas y no todos los comunistas estaban en el PC.
A partir del XVIº Congreso el PC inició un proceso autocrítico profundo. El desmoronamiento de la URSS a la vez aceleró y confundió ese intento de nuevo curso. Tras años de crisis y disgregación acelerada el PCA presentó a su militancia lo que denomina Tesis Fundamentales (nueve), aprobadas por el XIXº Congreso. Si bien puede resultar excesiva la intención de que ellas se constituyan en el eje del debate necesario, no cabe duda de que son una instancia propicia para avanzar en él.
Desde Crítica hemos intentado reiteradamente romper el ensimismamiento de quienes, reivindicándose marxistas, no sostienen en los hechos un principio esencial que define a la vez el carácter de esta teoría y su tradición más notoria: la polémica con fundamentos, la afirmación, la investigación y el desarrollo como ciencia crítica.
Fueron vanos los intentos de intercambio efectivo acerca de, para poner apenas algunos ejemplos, el significado de la caída de la Unión Soviética, el carácter y las perspectivas del Frente del Sur, el papel histórico que venía necesariamente a cumplir el Frente Grande…
En otro orden, jamás hubo un debate acerca de las ponencias que llevamos a cada uno de los encuentros del Foro de Sao Paulo, o de las evaluaciones que hicimos de estas reuniones. Menos aún pudo encaminarse una reflexión crítica sobre el Partido de los Trabajadores de Brasil.
Particularmente notorio fue el silencio obtenido como respuesta cuando, en Crítica Nº 3, los compañeros Mercedes Balech y Norberto Bacher hicieron un análisis profundo, muy documentado y respetuoso, de la crisis que desintegró al MAS. Este fue el partido más importante que tuvo la izquierda argentina; sin embargo estalló y se deshizo sin que el pensamiento marxista local se hiciera cargo del debate que semejante acontecimiento exige. Dijimos entonces (agosto de 1992): «Es por no estar teórica y políticamente armada para afrontar esa tarea [la construcción de una fuerza política de masas con eje en la clase obrera y, paralelamente, dar pasos concretos que conduzcan gradualmente a la unidad de los comunistas] en un marco nacional e internacional cuya caracterización erró diametralmente, que la dirección del MAS se mostró impotente frente a las tensiones de su organización y la condujo al desastre. Pero esa falencia no es exclusiva del MAS. El precio que esta organización paga es el más alto porque entre los partidos y agrupamientos de izquierda había alcanzado el mayor nivel de desarrollo y penetración en el movimiento obrero. De igual manera, la crisis del MAS no se limita a esa organización: resume y prefigura la crisis de una concepción mecanicista, sectaria, no marxista, de la organización política revolucionaria (…) La crisis del MAS es el último ensayo de construcción sectaria que alcanzó a superar el marco del pequeño grupo. Quienes no asimilen la lección estarán condenados -no importa cuantos recursos económicos o éxitos pasajeros puedan exhibir- a recorrer el mismo camino del MAS sin ninguno de los éxitos que hicieron de ese partido una esperanza para miles de luchadores».
Y seguíamos diciendo en la introducción a lo que esperábamos fuera el inicio de un debate: «El análisis y la discusión de la crisis del MAS, por tanto, atañe a toda la militancia (…) Nuestras páginas están abiertas para toda contribución seria al respecto; y esto vale desde luego para militantes y dirigentes de otros partidos y organizaciones marxistas, en primer lugar del MAS. Nuestro propósito es hacer partícipes a miles de militantes en todo el país de una confrontación de posiciones franca y sin concesiones, una lucha ideológica en la cual la intransigente defensa de principios y opiniones se lleve a cabo con la seriedad y el fraternal respeto que merece todo luchador revolucionario».
Propósito vano, al menos hasta ahora. Ni una sola contribución llegó a nuestra redacción, pese a que esa edición vendió más de 1500 ejemplares y dirigentes de diversos partidos y agrupaciones fueron especialmente invitados a escribir sobre el tema.
No es evidente que este ensimismamiento, lindante con el autismo, pueda romperse ahora. Pero es nuestra obligación intentarlo una vez más. Esperamos que en la próxima edición deCrítica nuestros lectores puedan hallar numerosas contribuciones que, desde las filas del PC o de cualquier otra organización o autor marxista, en acuerdo o disidencia con nuestra óptica, hagan realidad esta invitación al «debate, reflexión, estudio y capacitación» que nos propone el PC en su Congreso y a la que respondemos en las líneas que siguen.
Breve pantallazo sobre el panorama internacional
Apenas cinco años después del desmembramiento de la Unión Soviética, el curso político en aquella región ha invertido su rumbo. Las masas han reemplazado su expectativa favorable a las reformas pro-capitalistas por intentos desesperados de oposición a los efectos de las medidas tomadas en esa dirección. Está claro ahora que el capitalismo no se impuso en los países que integraban el Pacto de Varsovia. Si bien resulta menos sencillo determinar dónde están y adónde van esas naciones un punto es evidente: no van a una transición democrática y pacífica, con respaldo de masas, hacia el capitalismo.
También se clarifica el panorama en otro punto sobresaliente del mapa político, contrariando vaticinios provenientes no sólo de la derecha: Cuba no cayó. Y ya los propagandistas del capital que durante cinco años auguraron la sublevación de las masas cubanas y el inevitable derrocamiento de Fidel Castro para el mes próximo, han puesto de lado esa posibilidad. El gobierno revolucionario revirtió la tendencia brutalmente negativa de su economía, rearticuló sus bases de sustentación social y reafirmó el apoyo colectivo a la dirección encabezada por Fidel Castro.
En el otro extremo político del planeta hay igualmente mudanzas de envergadura. «La más rica y poderosa economía de Europa está en crisis», afirma sin rodeos el semanarioNewsweek a mediados de marzo, refiriéndose a Alemania. Tardía verificación. Las huelgas en Francia a fines de 1995 actualizaron la existencia de una profunda crisis en los países altamente desarrollados. Y como novedad que descoloca a comentaristas de derecha e izquierda, ubicaron nuevamente a la clase obrera como eje de la lucha social.
En Estados Unidos la burguesía a la vez que se desplaza en su conjunto hacia la derecha, se fractura significativamente en torno a la forma y el momento de llevar a cabo una tarea improrrogable: recrudecer una ofensiva económica contra las masas que ya viene implementándese gradualmente desde hace una década. La expresión internacional de esa política interna está a la vista con el envío de 25 mil soldados a la ex Yugoeslavia (como parte de una fuerza invasora de 60 mil hombres), el desplazamiento de portaaviones y submarinos con armamento atómico al estrecho de Taiwan y las provocaciones sistemáticas contra Corea del Norte. Estos riesgosos juegos de guerra, además, trasuntan la inestabilidad política y social de China, que Washington por su lado y Tokio por el suyo pretenden usufructuar táctica y estratégicamente, alentando un estallido análogo al de la URSS e incluso una guerra regional.
Mientras tanto la situación en los países latinoamericanos se ha deteriorado aceleradamente en todos los órdenes, llevando al límite la viabilidad de los regímenes democrático-burgueses que aplican las políticas exigidas por la crisis global y dictadas por el Fondo Monetario Internacional.
No se trata aquí de adentrarnos en la suma de acontecimientos que señalan la proximidad de grandes cambios en el panorama internacional(1), sino apenas verificar que hoy se replantea, en un nuevo marco, muy diferente al de comienzos de la década en curso, el dilema abierto a partir del derrumbe del mausoleo stalinista en el que se había momificado al marxismo: ¿cómo recomponer las fuerzas comunistas?
La búsqueda de respuesta a este interrogante dio origen a Crítica, cinco años atrás, precisamente cuando sobrevino el cataclismo. A partir de entonces, el tema ha sido abordado en estas páginas desde los más diversos ángulos y por diferentes autores. No es hora, todavía, de un balance exhaustivo. Pero sí es tiempo de observar el panorama global y afirmar conceptos que permitan afrontar la nueva etapa que se abre.
Conjunto inseparable de tareas
Recomponer las fuerzas comunistas presupone trabajar a la vez en una dimensión filosófica, una dimensión política y una dimensión organizativa. Cada uno de esos planos tiene a su vez perfiles y momentos diferentes. La tríada es inseparable y el peso de cada componente varía según las circunstancias. Ineludiblemente, sin embargo, ésta se resolverá en el terreno organizativo; aunque desde allí volverá constantemente a replantearse en los otros ámbitos.
La fluidez con que el proceso se desarrolló en el quinquenio vertiginoso que precedió al último del siglo, a menudo descoloca a sus protagonistas. Es más: no pocas veces quienes ocupan el escenario, más que actores conscientes de su papel, parecen espectadores confundidos. Vacilan y trastabillan, entonces, conceptos, individuos y organizaciones.
Además, la moda hace estragos. La combinación del desmoronamiento de lo que hasta ayer se consideraba inamovible punto de referencia y la adhesión irreflexiva a los nuevos estilos produce efectos sorprendentes. Si antes la condena a los sentimientos religiosos, por ejemplo, era punto de partida de cualquier manifiesto individual, ahora la única perspectiva de la revolución consiste en buscar la salvación del marxismo mediante su fusión con la teología de los curas progresistas. Si antes las horrendas estatuas y símbolos erigidos por el stalinismo representaban la fuerza invencible del proletariado revolucionario, ahora… la clase obrera ha desaparecido.
Mientras una legión de antiguos militantes identificados como comunistas cambió rápidamente de nombre, abandonó el árido materialismo y denunció a Lenin como el fundamento del stalinismo, otros, que mantuvieron la identidad del nombre, coinciden en muchos casos con los primeros en denunciar el materialismo dialéctico (al que despectivamente denominan «diamat», según la fórmula con la que el stalinismo disfrazaba su degradación teórica), encuentran deformaciones severas en la visión filosófica de Lenin y por supuesto, en su teoría del partido y el Estado. Están además quienes se abocaron a subrayar el antimarxismo de Engels y los errores de Marx (su teoría del valor, por ejemplo, su interpretación de la mercancía y su concepción del Estado….); y para completar el cuadro emergen voluntariosos autores que prometen «recrear» el marxismo aunque, es preciso decirlo, no se les conoce obra que avale empresa tan empeñosa.
A menudo, para adolorida vergüenza de testigos con sentido de la decencia, es una misma persona la que años atrás usufructuaba la autoridad emanada de Moscú para erigirse como dirigente y ahora se exhibe como abanderado de la execración de todo aquello, en nombre de fórmulas aniquiladas teórica y prácticamente por los revolucionarios marxistas de principio de siglo. Pero más allá de estos casos individuales, hay algo constante en la base de tantos y tan brutales virajes: el sector social que los protagoniza. La producción y reproducción de ideas, incluso de aquellas consideradas alternativas a las gestadas por la clase dominante, está en manos de los así llamados intelectuales; y éstos son, por determinación y práctica social, particularmente proclives a súbitos odios y enamoramientos.
Es decir: el marxismo como cuerpo teórico-político y las organizaciones que deben darle carnadura no sólo sufren la degradación teórica legada por el largo predominio del stalinismo sobre el movimiento comunista internacional; además están, con escasas excepciones que consideraremos más abajo, en manos de un sector social por definición inconsistente, inmediatista, signado por la mezquindad y la estrechez para situarse frente a la actualidad y la historia.
Por supuesto en este cuadro no falta la militancia revolucionaria que con genuina intención y generosa entrega se propone rearmar las fuerzas capaces de llevar a cabo exitosamente la lucha anticapitalista. Todo lo contrario: hay un ejército incontable y silencioso de militantes a la espera. Lo que sí falta -o al menos no logra imponerse al punto de polarizar la capacidad dispersa- es la propuesta con suficiente solidez teórica y aptitud en la acción como para recomponer en todos los planos las fuerzas comunistas.
Una de las barreras para alcanzar ese objetivo está muy cerca del punto de partida: ¿quiénes constituyen las fuerzas comunistas?
Hasta no hace mucho, las cosas no admitían controversia: eran comunistas quienes integraban o adherían a los partidos comunistas. Lo demás entraba en la categoría de no-comunista, cuando no directamente de anticomunista.
Así, por ejemplo, en 1959, mientras el español Santiago Carrillo o el argentino recientemente fallecido Fernando Nadra eran comunistas, Fidel Castro y el Che Guevara eran no-comunistas. Del mismo modo, quien en 1980 afirmara que el Sr. Boris Yeltsin y sus colegas de entonces en el Buró Político y el Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, eran burócratas enemigos de los trabajadores y del socialismo, pasaba automáticamente a la categoría de anticomunista.
Todo fluye. Pero el río de la historia de los últimos años ha sido tan torrentoso que, sin que la dialéctica tenga nada que ver con el asunto, para muchos se ha desvanecido el principio de identidad.
Dejando de lado a los filisteos que en éste como en otros tantos temas sólo se preocupan por reubicarse en función de sus propios intereses, la delimitación y afirmación de una identidad en un momento de tan grande y generalizada confusión, constituye un problema de magnitud para un luchador revolucionario, provenga o no de las filas de partidos encolumnados hasta no hace mucho con la autoridades de Moscú.
Delimitar la identidad comunista ofrece dificultades serias no sólo para quienes la definían a partir de la URSS y los partidos que giraban en su órbita, sino también para quienes se apoyaron en columnas menos tangibles pero más sólidas. La degradación no sólo corroyó el pedestal de la burocracia soviética. Las ideas, proyección y reflejo de la realidad, también sufrieron un proceso análogo. El marxismo como teoría se deterioró severamente y no sólo en la versión de los intelectuales al servicio del stalinismo.
Ahora bien, la identidad es inseparable del ser y éste de su transcurso en el tiempo; es decir, de su historia. Por lo tanto, afirmar la identidad presupone delimitar un contenido y asumir una historia. Tras la larga noche stalinista ¿qué contenido define con precisión el ser comunista? ¿y cuál es la historia común que identifica a los revolucionarios marxistas y les da una común identidad comunista?
Hay dos respuestas sencillas a este dilema. Una apela a la tradición, al heroísmo, el espíritu de sacrificio, la entrega, de innumerables compañeros y compañeras que militaron bajo las banderas de los partidos comunistas sometidos al stalinismo, y resuelve de ese modo el interrogante acerca de la identidad comunista: ¿quién puede negar que ellos, esos memorables luchadores, constituyen un legado reivindicable y de peso suficiente para reconocerse en él?
La otra respuesta, de idéntica naturaleza, alude a la Oposición de Izquierda encabezada por León Trotsky y aplastada por el stalinismo; establece con ella una línea de continuidad y sobre esa plataforma reclama su derecho: ¿quién puede negar no sólo el heroísmo de miles de comunistas inmolados por enfrentarse a la degeneración que finalmente acabó derrumbando a la Unión Soviética, sino además la inapelable consistencia teórica de los análisis que, aplicando los principios teóricos del marxismo, ya en los años 30 auguraban este destino si no se cambiaba el rumbo?
La parte de verdad que tienen estas dos respuestas simplificadoras ocultan la complejidad del tema y se transforman en una infranqueable barrera adicional.
En primer lugar, ambas anteponen aspectos histórico-concretos a principios teóricos, con lo cual se relega la tarea primera y decisiva de afirmación conceptual y revisión específica, a la luz de esos conceptos, de aquella historia a la que se alude. La identidad, así, sería una cuestión de tradición y no de principios. Lo emotivo prima sobre el razonamiento sistemático. De allí a la afirmación del idealismo filosófico hay apenas un paso.
En segundo lugar, un aspecto fundamental ausente en esos planteos sale a la luz al diferenciar los conceptos revolucionario y marxista. El primero refiere a la intencionalidad, la voluntad y la conducta de un individuo; el segundo, a la ubicación filosófica, al armamento teórico.
La sola decisión de luchar contra la opresión capitalista y una vida consecuente con esa determinación, hacen de un individuo un revolucionario. El conocimiento y la adscripción a las bases filosóficas y las teorías económicas elaboradas por Marx y Engels basta para que alguien pueda calificarse a sí mismo como marxista. De aquí se sigue que al menos cabe la posibilidad de que no todo revolucionario sea marxista, ni todo marxista sea revolucionario. Se desprende también de aquí que sólo quien logra aunar en la práctica, de manera consistente y sostenida, su voluntad revolucionaria y una política basada en los principios del marxismo, alcanza la tan manoseada pero inalterable condición de comunista.
Se puede argüir que en última instancia un revolucionario anticapitalista deberá asumir las bases teóricas del marxismo y que un marxista sólo lo será cabalmente si asume una conducta revolucionaria. Es verdad. Pero lo es en última instancia. ¿Y qué ocurre en todas las instancias anteriores, es decir, en la vida cotidiana, en el devenir de la lucha?
Ocurre que la fusión y confusión de ambas categorías impide descubrir cómo estuvo constituido el movimiento comunista internacional real, y esto impide comprender su trágica historia, lo cual, al cabo, impide identificar la propia historia, reconocerse a sí mismo y a partir de ello estar en condiciones de identificar a los iguales.
Hoy está fuera de discusión que, para poner una fecha simbólica, desde que en 1935 los ignominiosos juicios de Moscú llevaron al paredón a los últimos miembros del Comité Central que condujo la Revolución de Octubre, el movimiento comunista internacional oficial no fue ni revolucionario ni marxista. Pero dentro del movimiento comunista internacional oficial -así como fuera de él- había genuinos revolucionarios y marxistas. Son millones y millones los hombres y mujeres que bajo la bandera de partidos llamados comunistas entregaron su pasión y su vida a la causa revolucionaria. Fueron -y muchos todavía son- revolucionarios como individuos, pero aunque lo creyeran así y aun cuando les resulte intolerable aceptarlo, en su práctica no eran marxistas e integraban -por causas históricas que los excedieron hasta aplastarlos- estructuras que no eran revolucionarias y que de modo sistemático cumplieron un papel contrarrevolucionario.
Como contrapartida, en las múltiples pequeñas estructuras que intentaron dar continuidad a la Oposición de Izquierda luego de su aplastamiento por el stalinismo, culminado con el asesinato de Trotsky en 1940, por regla general se reivindicó un marxismo sólido. Aun pagando tributo a las condiciones de aislamiento y persecución con gruesos errores de diverso carácter, estos agrupamientos establecieron una continuidad teórica e hicieron invalorables contribuciones para analizar el mundo contemporáneo y actuar sobre él. No obstante, la indiscutible voluntad revolucionaria individual y colectiva de tales organizaciones no bastó para cumplir un papel efectivamente revolucionario. Y no son pocos los casos en que adoptaron posiciones francamente opuestas a los requerimientos de la revolución. (Tales conductas se reproducen todavía, para tomar apenas un ejemplo, cuando algunos grupos que se denominan trotskystas demandan el derrocamiento revolucionario de Fidel Castro).
Desde el punto de vista del individuo como tal, es más que obvio que en las filas de los partidos sometidos a las políticas contrarrevolucionarias de la burocracia soviética hubo y hay millones de genuinos combatientes comunistas, al tiempo que en organizaciones con programas y propuestas revolucionarias marxistas abundaron arribistas, pequeños burgueses individualistas, pseudoteóricos alimentados con migajas mal digeridas de las grandes contribuciones de quienes intentaron dar continuidad al pensamiento y la acción revolucionaria marxista.
¿Todo es igual, entonces? Desde luego que no. Pero discernir y juzgar entre revolucionario y no revolucionario, entre marxista y no marxista, no es tarea para llevar a cabo con regla y compás. Y, sobre todo, no es tarea de profesores que levantan el dedo y lanzan su dicterio.
Ante todo, para analizar y separar el trigo de la cizaña es preciso delimitar el terreno teórico, es decir, definir cuáles son las columnas conceptuales del marxismo en términos filosóficos, en la interpretación de la sociedad capitalista, en los principios de acción política. A partir de allí, hay que salir de la consideración del individuo como tal, trasladarse al ámbito de las clases y ubicar el problema en su punto más sensible: el de la organización.
Decíamos más arriba que sólo quien logra aunar en la práctica, de manera consistente y sostenida, su condición de revolucionario y marxista, alcanza la cualidad de comunista. Pero aunar ambas condiciones y realizarlas en una efectiva práctica política presupone la existencia de un partido que, a la vez, sea la expresión viviente de la continuidad del pensamiento revolucionario marxista y esté compuesto por cuadros hondamente enraizados en la clase obrera.
Sucede que el partido que logró esa conjunción histórica -la IIIª Internacional en el período de sus primeros cuatro congresos- fue arrastrado y destruido por el fracaso de la revolución en Alemania, el atraso secular de Rusia y una suma de elementos subjetivos y circunstancias eventuales. Se produjo así, ya desde mediados de los años 20, una fractura entre teoría revolucionaria y clase obrera, causa última que explica la encrucijada histórica que vive la humanidad a fines del siglo XX.
Esta fractura trágica se inicia con la degeneración de la Revolución Rusa y la caída de la IIIª Internacional bajo la bota del stalinismo. Los obreros revolucionarios y todos aquellos que pusieron su esperanza en una sociedad socialista quedaron, prácticamente sin fisuras y en todo el mundo, encuadrados en una estructura cuya cúpula no sólo era la negación viva de la teoría marxista, sino que en el terreno político cumplió un papel contrarrevolucionario. Los revolucionarios marxistas, por su lado, quedaron aislados del proletariado y limitados a un ámbito social y organizativo que constituye, a término, un veneno inexorablemente mortal para la teoría revolucionaria.
¿Significa esto que, en rigor, desde el entronizamiento del stalinismo no hubo teoría marxista, ni organizaciones, ni militantes comunistas? Tal conclusión sólo puede provenir de una manera estrecha y mecanicista de observar la realidad.
La derrota de la Oposición de Izquierda (posteriormente mal llamada trotskysmo, a partir de la propaganda stalinista) significó una ruptura en la continuidad del pensamiento marxista plasmado en organizaciones obreras comunistas. Así, la producción teórica, en definitiva la lucha revolucionaria, se fragmentó y debilitó. Pero ni por un momento, a lo largo de todos estos años, dejó de existir. Dentro y fuera del movimiento comunista internacional oficial. La explicación dada a la gesta vietnamita como supuesto resultado de la presión de masas revolucionarias que arrastran a direcciones contrarrevolucionarias es una tontería mayúscula que ofende la inteligencia. El hecho de que la Revolución Cubana fuera llevada a cabo por una organización ajena y enfrentada con el PC de ese país, o que el PCUS y la casi totalidad de los partidos latinoamericanos alineados con aquél son los verdaderos responsables del aislamiento, la derrota y asesinato del Che, es algo que sólo puede negar quien persista en sostener aquella complicidad criminal. La lucha revolucionaria comunista, la organización revolucionaria comunista, la teoría revolucionaria comunista, aun dispersa, fragmentada, limitada, no sólo se mantuvo viva, sino que fue el protagonista más importante de la resistencia al capitalismo en todo el planeta incluso durante este período nefasto de predominio stalinista sobre el movimiento obrero comunista internacional.
Precisamente la tarea clave, la base en definitiva para recomponer estratégicamente las fuerzas comunistas, es recomponer esa historia; reinterpretarla y reescribirla a la luz de la verdad que hoy produce un efecto enceguecedor pero que es justamente la que permitirá iniciar una nueva etapa histórica de la lucha revolucionaria basada en la teoría científica del marxismo.
De allí que, si bien en esta historia hay inequívocamente tirios y troyanos, para delimitar entre éstos y aquéllos no puede haber otro juez que la continuidad de la lucha en el ámbito de la teoría, en el combate social y la confrontación en ese terreno de las propuestas elaboradas con el bagaje que cada uno decida asumir. El veredicto sólo puede darlo la historia.
¿Qué hacer mientras tanto? Ante todo, subrayemos lo que no se debe hacer. Es destructiva -y penosa- la actitud de quienes durante años ocuparon el estrado de dirigentes o teóricos tocados por la varita mágica de Moscú y hoy pretenden continuar ocultando la labor teórica y militante de los revolucionarios que enfrentaron al stalinismo, con la vana esperanza de convencer a sus seguidores de que no era posible conocer, interpretar y denunciar la degeneración de la Unión Soviética antes de que estallara ante los ojos del mundo. Es estéril -e igualmente penosa- la conducta de quienes se atribuyen el papel de profetas porque asimilaron las brillantes lecciones de Trotsky, aunque éstas no les hayan servido para diferenciar una revolución de una contrarrevolución cuando comenzó a tambalear la mampostería stalinista en los países del Pacto de Varsovia.
En cuanto a las líneas de acción positiva, la tarea consiste en recuperar los conceptos, principios y métodos que basados en la teoría marxista forjó el movimiento comunista internacionalreal, y con ellos como bandera acometer la tarea histórica de soldar la fractura entre teoría marxista y clase obrera.
Fácil decirlo. Muy complejo, extraordinariamente difícil, realizarlo. No sólo porque la aprehensión de la teoría marxista mediante la vuelta a los textos clásicos es apenas el prólogo del verdadero desafío: plasmar esa reaprehensión de la teoría en un análisis concreto de la situación concreta, sino y sobre todo porque esa tarea de asimilación, depuración y traducción a la realidad, únicamente puede llevarse a cabo en y mediante la lucha política y a condición de que en ella participe, con papel protagónico, la vanguardia real del movimiento obrero real. Por si la dificultad no fuera suficiente, hay que agregar lo que en realidad es el punto de partida: esa tarea no puede llevarse a cabo en el marco de un país: será en la conjunción de luchas sociales, debate teórico, división y reagrupamiento de revolucionarios marxistas a escala internacional, como se recompondrán -o no, porque el desenlace no es fatal- las fuerzas comunistas.
Tras estas afirmaciones, sin embargo, la pregunta sigue sin respuesta concreta: ¿qué hacer?
Hablar a partir de los hechos
Pues bien; para responder a esa clásica pregunta, como en todas las cosas de la vida, más que las palabras valen los hechos. («Charlar y hacer son cosas totalmente opuestas», le advertía Marx en una carta a su hija Jenny). Por eso es conveniente analizar una experiencia encaminada a la recomposición de fuerzas marxistas.
Cinco años atrás, en nuestra realidad concreta, no podíamos aspirar a más que una reafirmación y delimitación de principios acompañados por el análisis, a la altura de las escasas posibilidades, de la situación internacional y nacional. (Esa tarea, subrayémoslo, no comenzó con Crítica ni -mucho menos- se reduce a la labor de quienes la producen. Precisamente el intento consistió en dar continuidad a un combate de larga data y a escala internacional, buscando asimilar en ese terreno y sintetizar en estas páginas lo mejor de la producción teórico-política marxista, además de documentar hechos cruciales del período).
Transcurridos tres años en esa labor (es decir, dos años atrás), consideramos dadas las condiciones para ensayar un limitado paso en el terreno de la organización revolucionaria, y así se conformó la Unión de Militantes por el Socialismo, entendida como «un destacamento en la tarea de recomposición de las fuerzas marxistas y la edificación del partido de los comunistas». Luego fue posible conformar Mesas de Enlace de Militantes Comunistas, una instancia de transición que aún se mantiene y que, en un caso, dio lugar a una fusión de fuerzas con un cambio sustantivo del cuadro originario.
Antes y durante este proceso, el punto nodal de toda la labor lo constituyó una política permanentemente articulada y llevada a la práctica, consustancial a todos los integrantes del equipo: la aplicación en los hechos de una concepción destinada a viabilizar la unidad social y política de los trabajadores, a la par del esfuerzo sistemático por contribuir a la educación y organización del conjunto de la clase trabajadora, con énfasis especial en el proletariado industrial.
Es precisamente mediante la fusión del equipo originariamente responsable por la edición de Crítica con un grupo -relativamente pequeño, por cierto, pero coherente y aguerrido- de obreros industriales que desde sus fábricas buscaban un modo de superar la dispersión, como nace la UMS.
En el ámbito nacional, se llevó a cabo una lucha teórica y política contra el así llamado «frentismo», que pasó de Izquierda Unida al engendro denominado «centroizquierda» con eje en el bloque de Unione e Benevolenza, tomó cuerpo en el Frente del Sur, se continuó con el Frente Grande y desembocó en el Frepaso, proceso que arrastró a buena parte de la izquierda tras el electoralismo burgués y, peor aún, tras un candidato puesto por el imperialismo y la ultraderecha vaticana. Tal posicionamiento, a contra corriente, a la vez limitó las posibilidades de desarrollo de este equipo pero lo fortaleció teórica, política y organizativamente. Así, se logró una inserción considerable en el movimiento obrero real como corriente independiente y claramente diferenciada del CTA; se contribuyó a la afirmación de un proyecto estratégico en gran escala de educación socialista como es la Universidad de los Trabajadores, se sostuvo de manera regular la edición de Crítica y se inició la publicación de un órgano concebido -su nombre lo indica explícitamente- como Eslabón para la recomposición de las fuerzas marxistas. Un dato de especial importancia es el inicio de planes tendientes a conformar un equipo internacional de cuadros marxistas provenientes de diferentes experiencias que encaren la publicación en varios idiomas de un órgano común de análisis, información y debate; objetivo hoy poco menos que inalcanzable pero que traza un rumbo cierto, a la vez que expone una urgente y sensible necesidad(2).
Tales logros, módicos pero consistentes, se obtuvieron bajo el impacto múltiple del desmembramiento de la URSS y en un marco de reflujo y desmovilización de las masas trabajadoras y de ofensiva imperialista en el plano internacional y particularmente en el ámbito local.
Durante este período en Argentina se desintegraron las principales fuerzas de izquierda. La causa de esa desintegración no puede atribuirse al derrumbe de la URSS y la avanzada imperialista en todo el mundo. En ese clima, el Partido Comunista de Cuba, lejos de fragmentarse y arrojar sus principios como si fuesen lastre -tal como hicieron por esos días innumerables partidos y cuadros que se denominaban comunistas- se fortaleció teórica, política y organizativamente. Para el equipo editor de Crítica primero y para la UMS luego, ese ejemplo sin precedentes tuvo singular importancia. Así, fue posible transcurrir esta fase de resistencia con un saldo de afirmación teórica y de modesta pero tangible acumulación organizativa.
No hay motivo para el regodeo o la autosatisfacción, sin embargo. En primer lugar, porque estos pasos adelante, subrayémoslo, no plasmaron todavía en un cambio cualitativo en la tarea de recomponer las fuerzas comunistas y afirmar una dirección dotada de sólidas herramientas teóricas y genuina autoridad política frente a la vanguardia obrera y revolucionaria.
La UMS no es nada más -y nada menos- que un destacamento para la construcción de un partido de los comunistas, sujeta a todas las debilidades y riesgos de una organización de escasas dimensiones, sin enraizamiento significativo como organización de cuadros comunistas en el movimiento obrero industrial.
En segundo lugar, porque al cabo de este difícil período se abre una fase aún más peligrosa, más exigente en todos órdenes para cuadros y militantes.
Aludiendo a las causas por las cuales en la fase que se inicia habrá mayores dificultades, decíamos en lo que se adelanta como «incompleta y esquemática reseña», en un informe al Comité Central de la UMS en diciembre último:
«1) la huelga de los obreros franceses realimentará las concepciones espontaneístas, exitistas, que desconocen el significado político de la actual relación de fuerzas a escala internacional y desestiman tanto el peso de los grandes aparatos reformistas como la gravitación de la acendrada conciencia reformista de las masas obreras europeas;
«2) las victorias electorales en los países del ex Pacto de Varsovia y, muy particularmente, la del PC ruso, oxigenará a las moribundas expresiones del stalinismo y hará reverdecer en muchos cuadros convicciones profundamente arraigadas en su conciencia;
«3) los avances de la ultraderecha en Estados Unidos pero también en Europa y Japón, empujarán a contingentes mayoritarios de intelectuales a concepciones democratistas, frentepopulistas, que además ensamblarán a la perfección con las concepciones stalinistas;
«4) la reversión de la crisis económica cubana alimentará en intelectuales revolucionarios fuera y dentro de la isla concepciones que por la vía del eclecticismo lleven a distorsiones peligrosas en varios planos: el mercado en la transición al socialismo; la religión en la lucha revolucionaria; el carácter del partido en la lucha por el poder; etc.
«5) el agravamiento extremo de la crisis económica y la situación social en América Latina llevará a fuerzas clave en el continente y especialmente al PT de Brasil, al riesgo cierto de cambiar su rumbo y retomar conceptos y prácticas de cuño socialdemócrata, es decir, explícitamente capitalistas;
«6) aquellas mismas causas, que provocan una polarización extrema sin presencia gravitante de organizaciones revolucionarias marxistas hondamente arraigadas en las masas, alimentará la proliferación de expresiones ultraizquierdistas y eventualmente dará lugar al resurgimiento de grupos armados que, con sólido fundamento en sectores desesperados de la pequeña burguesía y los desocupados, actúen por sí y ante sí, con grave riesgo para el proceso de recomposición de los movimientos de masas en curso a escala continental.
«Este cuadro general y este nuevo combate ideológico-político ya lo tenemos prefigurado en Argentina. Lo veremos desplegarse en todos los planos mencionados durante el próximo período»(3).
Es posible, por tanto, ratificar la línea de trabajo emprendida tras el objetivo de recomposición de fuerzas marxistas y acumulación de capacidades en todos los órdenes para poner en pie un partido de los comunistas; pero esa ratificación es válida a condición de afirmar, inmediata y taxativamente, que lo realizado hasta hoy es insuficiente para afrontar con éxito el desafío previsto para la nueva fase que se abre.
Durante un período dado la resistencia ideológica y reafirmación de principios es, con todas las dificultades que conlleva, un desafío menor en relación con el planteado por la fase en que aquellos principios deben ser plasmados en organización y ésta en realidad viviente en el seno de la clase obrera.
Un comandante que se lanza a una batalla sin perspectivas estratégicas claras, sin líneas de acción táctica minuciosamente analizadas, sin sólidos planes para cada necesidad del combate, está seguramente condenado a la derrota. Munido de aquellas herramientas imprescindibles, no obstante, planes, tácticas y estrategias se juegan en la batalla misma, en la cual intervienen factores de diferente orden imposibles de prever, planificar y determinar voluntariamente. De allí que no necesariamente una batalla perdida descalifica los conceptos y mecanismos puestos en movimiento para arribar al momento de la confrontación, del mismo modo que no siempre una victoria garantiza la validez sostenida de una concepción de lucha.
Dejando de lado la analogía militar: como se señalara más arriba, las dimensiones filosófica y política de la tarea planteada se resuelve en el terreno organizativo. Y mientras no haya una acumulación suficiente de cuadros de sólida formación ideológica, entrenados en la lucha política y capacitados para organizar a la vanguardia obrera, los nucleamientos empeñados en la edificación de un aguerrido partido de los comunistas en condiciones de conducir la lucha por el poder (nos referimos a este tipo de organizaciones, y no a las sectas que centran la tarea en su propia sobrevivencia), estarán siempre ante el riesgo cierto de que las limitaciones y debilidades en la organización reviertan negativamente sobre su fortaleza política y teórica.
La raíz de la dificultad estriba en que si en la dimensión filosófica y política de la batalla pesa de manera determinante el factor subjetivo, es decir, el equipo de cuadros empeñados en ella, la traducción de conceptos en fuerza organizada depende ante todo de la realidad objetiva. Y aquí vale señalar que para el gran artífice de la construcción partidaria y la lucha por el poder en la historia del marxismo, Lenin, la subjetividad, el nivel de conciencia y el estado de ánimo de las masas, es un factor objetivo. Un factor que tiene sus propias leyes de movimiento, en muy alto grado independiente del accionar de la vanguardia cuando ésta es numérica y políticamente fuerte, pero independiente en grado absoluto cuando es, como en el caso de Argentina, débil en todos los sentidos.
Son estas las concepciones y caracterizaciones con las cuales asistimos al Congreso del PCA, luego de haber estudiado el documento presentado por el Comité Central saliente, para observar, preguntarnos y respondernos, si esa instancia contribuiría a aquella tarea esencial de recomposición de las fuerzas comunistas.
Las nueve «Tesis Fundamentales» del 19º Congreso del PCA
Lamentablemente, si nos atenemos al texto votado por el Congreso como documento base y publicado posteriormente en un folleto, la respuesta a aquel interrogante es negativa.
Con base, insistimos, en el documento oficial, nuestra conclusión es que el XIXº Congreso constituye una formalización, explícita aunque en un marco de ambigüedad, del abandono de los principios filosóficos, los fundamentos teóricos y los criterios políticos del marxismo revolucionario. Como veremos enseguida, las Tesis concilian por lo menos dos posiciones no sólo diferenciadas sino, presumiblemente, incompatibles. De cualquier modo, tienen una esencia en común y, allí donde se diferencian las perspectivas, predomina sin contrapeso la que, sin decirlo con estas palabras, propone replantear la existencia del partido, para dar lugar a una organización no comunista.
Esta conclusión se contradice con el espíritu dominante en los congresales. Fuimos testigos, sobre todo en la sesión de clausura, de la voluntad revolucionaria, la sincera reivindicación comunista, de muchos compañeros y compañeras, sin excluir a numerosos dirigentes quienes sin embargo defendieron, por acción u omisión, las tesis presentadas al partido.
En su mayoría, los despachos de las ocho comisiones, leídos a la Asamblea, trasuntaban inequívocamente insatisfacción y descontento, mostrando que las tesis no constituían una respuesta a sus reclamos de definición ideológica, política y organizativa. Tomemos sólo algunos ejemplos. La expositora de la Comisión Nº 3, compañera Sonia López, comenzó señalando que «uno de los debates centrales que conmovieron a la Comisión fue sobre uno de los enfoques fundamentales de la Tesis, que es el problema de cómo es la recreación de la teoría revolucionaria en el fin del milenio. Realmente se expresa un esfuerzo en los compañeros por superar el miedo, ya que con mucha sinceridad algunos compañeros planteaban que esto no implique algo así como el renunciamiento a los postulados fundamentales del marxismo».
Trasuntando los sentimientos contradictorios que despierta esa proposición, la compañera relatora agregaba que hubo «consenso en cuanto a la audacia de la Tesis, de plantear el problema del marxismo en la dinámica del proceso histórico. Se discutió mucho acerca del proceso de viraje que tuvo el partido y cómo se fueron asumiendo estos debates, pero en general se aceptó la necesidad de superar el gran problema que hemos tenido que no fue excesiva audacia para recrear, sino que excesivo dogmatismo y estancamiento»(4).
Otro despacho, el de la Comisión Nº 7, expuesto elocuentemente por el compañero Rafael Gamarnik, no expresó temor sino una nítida determinación: «En (relación con) la Tesis Nº 2 se propuso abstenernos de utilizar el término recreación»(5).
Volveremos sobre éstos y otros despachos de Comisión; pero lo mostrado es suficiente para confirmar que la militancia comunista del PC no encontró en las Tesis respuesta a sus dudas y conflictos principales, no halló una nítida definición de fundamentos, sino una propuesta de recreación que, entendida como superación del dogmatismo y el estancamiento, entusiasma a todos; pero a la vez les provoca conmoción y miedo -son las expresivas palabras a las que apeló la relatora- por lo que esta recreación pudiera conllevar de «renunciamiento a postulados fundamentales del marxismo».
Ahora bien, la meneada recreación no es, en las Tesis Fundamentales, una propuesta audaz de búsqueda hacia el futuro sobre las bases del marxismo, aunque así se presente, sino, por el contrario, una realidad ya concretada en las Tesis mismas. Y el temor o la negativa explicitados no puede ser referido a una probable evolución futura sino a un hecho consumado, como demostraremos en las páginas que siguen: el renunciamiento a los fundamentos del marxismo.
Claro que esto de ninguna manera se presenta en términos claros y precisos. Sobre todo porque está constantemente presente una concepción y/o una intencionalidad diferente, conciliada a la fuerza con nociones antagónicas superpuestas. Esto queda claro desde la Tesis Nº 1, que comienza así: «La vigencia y pertinencia de nuestra definición por el socialismo y el comunismo». (Es textual; y la propia redacción abre la incógnita sobre el contenido, que continúa de esta manera): Esta constituye un dato fundante de nuestra identidad. (volveremos más adelante sobre esta frase, LB). Establecemos por lo tanto que el carácter de la revolución es el de un proceso revolucionario, democrático y popular orientado al socialismo y por tal anticapitalista y antiimperialista».
La irremediable incompatibilidad entre estos conceptos es manifiesta, pero preferimos que se devele por sí misma al considerar el conjunto de las nueve Tesis.
La misma superposición y confusión de conceptos expresa la tesis 2, que sostiene la necesidad de una batalla por la «actualización y enriquecimiento creativo de la teoría revolucionaria y de las formas de comunicarla, sustentada en el legado fundamental de Marx, Engels, Lenin (…)». Hasta allí, nada que objetar. Y es esto lo que seduce sin duda a quienes buscan la superación del dogmatismo. Pero la frase citada sigue así: «(sustentada) en los aportes del pensamiento revolucionario marxista como los de Rosa Luxemburgo, Gramsci, Mariátegui y el Che; así como los de la teología de la liberación y el nacionalismo revolucionario».
Actualizar y enriquecer la teoría revolucionaria combinando el legado de los grandes teóricos marxistas con la teología de liberación y el nacionalismo revolucionario es, precisamente, poner en práctica lo que la Comisión Nº 3 enuncia con la inequívoca palabra miedo y a lo que la Comisión Nº 7 se opone explícitamente: un «renunciamiento a postulados fundamentales del marxismo».
La acción común con los revolucionarios de cualquier signo, cristianos o no, es un imperativo que sólo charlatanes ajenos a la acción real podrían poner en duda por un instante.
Pero «recrear» la teoría revolucionaria mezclando el materialismo histórico y la lógica dialéctica con las concepciones idealistas, metafísicas, religiosas, de cualquier teología, así como con las concepciones ideológicas y políticas de cualquier nacionalismo, constituye un explícito abandono del marxismo, aunque no se lo formule de esta manera.
Tan grave como lo anterior es otro aspecto implícito en la formulación de la Tesis 2, cuando se reivindica a Rosa Luxemburgo, Gramsci, Mariátegui y el Che, pero se omite ostensiblemente a Trotsky. No se trata de un nombre más o menos en un listado. Se trata de negarse a admitir -y embarcar a toda la militancia partidaria en esa actitud- el papel crucial de esta figura no sólo en la victoria y consolidación de la Revolución Rusa, sino sobre todo en la lucha contra la degeneración del Estado Obrero que desembocó en el desmembramiento de la URSS. Se trata de negarse a poner entre las obras de lectura obligatoria de los comunistas textos tales como la Historia de la Revolución Rusa, La Internacional después de la muerte de Lenin y La Revolución Traicionada, cumbres del pensamiento marxista sin las cuales la historia misma del movimiento comunista internacional es incomprensible. Se trata, en suma, de un acto de escamoteo y ocultamiento que nada tiene que envidiar a los que, durante décadas, impidieron a los genuinos revolucionarios del PC conocer la verdad sobre la historia y la actualidad de la URSS, de modo tal que su colapso los tomara desprevenidos, desarmados, incapacitados para situarse frente a la nueva situación.
Esto, el ocultamiento de la verdad histórica -previsiblemente dictado por el pragmatismo con el que se encara la lucha interna y frente a fracciones que han abandonado el tronco del PC- también es una definición de carácter ideológico. Y es una definición ajena al marxismo, a la tradición leninista, para la cual la verdad es revolucionaria.
A propósito de esa frase, atribuída erróneamente a Gramsci, hay que decir que la reivindicación del revolucionario italiano no contribuye a la clarificación ideológica y política, sino todo lo contrario. No es el caso de entrar aquí a considerar las posiciones de esa figura excepcional. Pero la «moda Gramsci» tiene ya historia en Argentina y el mundo, no precisamente para reivindicar el marxismo y el leninismo, sino para apartarse de él con respaldo en textos contradictorios y en algunos puntos rotundamente erróneos del hombre que los escribió en la cárcel, en las peores condiciones imaginables para la producción teórica(6).
Quienes creen que las concepciones filosóficas, explícitas o implícitas, no tienen efectos y traducción inmediata en la organización y la política, pueden convencerse de lo contrario si continúan leyendo las Tesis. La número 3 dice: «Los comunistas afirmamos nuestro internacionalismo en la voluntad de materializar un proyecto patriótico de liberación nacional (…)».
Hay que decir que la incuria, la imprecisión conceptual y terminológica, son una constante en todo el folleto. Este incluye, además de las Tesis, los despachos de Comisiones y otras informaciones, un informe que debería ser el del secretario general saliente -al cual nos referiremos más adelante- pero que en realidad no tiene crédito preciso y al final aclara que «los párrafos escritos entre comillas, corresponden a transcripciones textuales del informe del Comité Central presentado en el Congreso por Patricio Echegaray». Queda latente la incógnita: ¿a quién «corresponden» los párrafos -prácticamente todo el documento- que no están entrecomillados?(7)
El lector se queda con la impresión de que no está ante un texto elaborado, madurado y pulido por una dirección coherente, sino ante una apresurada reiteración de fórmulas, peticiones de principio y apelaciones emocionales, que además han sido superpuestas reflejando posiciones encontradas.
Como quiera que sea, en la formulación citada de la Tesis 3 es evidente el abandono del materialismo histórico en favor del idealismo: en lugar de afirmarse en el carácter de las relaciones sociales bajo el modo de producción capitalista, en la unidad del mercado mundial y, por lo tanto, en la materialidad de una clase por definición ajena a las fronteras, el internacionalismo se funda en «la voluntad de materializar un proyecto patriótico de liberación nacional»!
La voluntad reemplaza a los fundamentos materiales y la nación reemplaza a la clase obrera. No es poca cosa para una sola Tesis. Tal vez en homenaje a tanta sustancia condensada, la Tesis siguiente es un vacío perfecto envuelto con unas pocas palabras. Pero en la Tesis Nº 5 vuelve a primar la sustancia, aunque igualmente envuelta por palabras engañosas: se propone allí «recrear el factor subjetivo, promoviendo la decisión de cada vez más amplios sectores populares de resistir al neoliberalismo, de confrontar con él hasta derrotarlo (…)».
Imposible tanta confusión en tan pocas líneas. Como si no bastara la tarea de recrear el marxismo, se propone ahora recrear el factor subjetivo. Antes, en el texto explicativo que precede a cada Tesis, se dice que «entendemos el factor subjetivo como lo definió el Che: la conciencia popular sobre la necesidad y la posibilidad del cambio revolucionario».
Nuestra memoria no registra -y el texto no lo indica- a qué trabajo del Che se refiere el párrafo (que no está citado entre comillas y previsiblemente no es textual), en qué contexto y con qué exactas palabras define Ernesto Guevara su posición al respecto. En cualquier caso, no es nuestra intención discutir mediante citas ni apelar a la autoridad de nadie para definir qué significado tiene, en la literatura marxista, la expresión «factor subjetivo». Nuestra opinión, respaldada en nuestra interpretación de los clásicos y en particular de Lenin, está planteada en el capítulo anterior y es obvio que no coincide con la que se le atribuye al Che.
Pero admitamos como hipótesis, por un momento, que el factor subjetivo es la conciencia popular sobre la necesidad y la posibilidad del cambio revolucionario. La idea de que una organización revolucionaria puede recrear ese factor así entendido se apoya en una concepción no marxista respecto de qué es la clase obrera (y más generalmente, cualquier clase), cómo y por qué se modifica su estado y su conciencia. Dos décadas y media atrás, discutíamos esto con los compañeros que se jugaban la vida para expropiar camiones de carne o de leche, que luego distribuían en las barriadas pobres, con el propósito de enseñarle a las masas la necesidad y la posibilidad del cambio revolucionario mediante «la lucha armada». La misma raíz -aunque el fruto sea completamente diferente- tienen periódicos y volantes comunes a casi todos los partidos de izquierda que se esfuerzan por explicarle a los trabajadores, los desocupados, los marginalizados y desposeídos, lo mal que ellos viven y lo malo que es el gobierno que los hace vivir de ese modo.
Se trata de una concepción idealista, por tanto no materialista, mecanicista, en definitiva no científica, de los factores constituyentes de una clase y las causas por las cuales ésta se subleva. La idea de que la propaganda o la agitación de un grupo o partido sin honda raigambre en las masas, sin autoridad, sin tradición concreta de combate de masas, puede convencer a las población de la necesidad y posibilidad de enfrentar a un enemigo poderosísimo y probadamente feroz, es propia del entendimiento que tienen de la realidad los sectores medios radicalizados.
Las sublevaciones revolucionarias de las clases como tales no responden a la voluntad de nadie. ¿Es preciso, una vez más, citar a Lenin?. Pues sí; es necesario, para que al menos nadie se respalde en él para sostener lo contrario a su pensamiento. Decía el líder bolchevique en 1915, en relación con las precondiciones de una situación revolucionaria: «Estamos seguros de no equivocarnos cuando señalamos los siguientes tres síntomas principales: 1) cuando es imposible para las clases gobernantes mantener su dominación sin ningún cambio, cuando hay una crisis, de una u otra forma, en las `clases altas`, una crisis en la política de las clases dominantes, que abre una hendidura por la que irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle una revolución no basta, por lo general, que `los de abajo` no quieran vivir como antes, sino que también es necesario que `los de arriba no puedan` vivir como hasta entonces; 2) cuando los sufrimientos y las necesidades de las clases oprimidas se han hecho más agudas que habitualmente; 3) cuando, como consecuencia de las causas mencionadas, hay una considerable intensificación de la actividad de las masas, las cuales en tiempos `pacíficos` se dejan expoliar sin quejas, pero que en tiempos agitados son compelidas, tanto por todas las circunstancias de la crisis como las mismas `clases altas`, a la acción histórica independiente.
«Sin estos cambio objetivos, que son independientes de la voluntad, no solo de determinados grupos y partidos sino también de la voluntad de determinadas clases, una revolución es, por regla general, imposible. El conjunto de estos cambios objetivos es precisamente lo que se llama situación revolucionaria». Y agregaba Lenin inmediatamente: «la revolución no se produce en cualquier situación revolucionaria; se produce sólo en una situación en la que los cambios objetivos citados son acompañados por un cambio subjetivo, como es la habilidad de la clase revolucionaria para realizar acciones revolucionarias de masas suficientemente fuertes como para destruir (o dislocar) el viejo gobierno, que jamás, ni siquiera en las épocas de crisis, `caerá` si no se lo `hace caer`»(8).
Señalemos de paso que Lenin define inequívocamente el factor subjetivo como «la habilidad de la clase revolucionaria para realizar acciones revolucionarias de masas suficientemente fuertes como para destruir (o dislocar) el viejo gobierno»; y tal habilidad está determinada y materializada -esa es, precisamente, una de las mayores contribuciones de Lenin a la teoría marxista- por la existencia del partido revolucionario comunista. Pero lo que importa aquí, ya que hemos admitido como hipótesis la definición de factor subjetivo dada por la Tesis 5, es que todo el énfasis de Lenin recae sobre la objetividad del proceso que desemboca en una situación revolucionaria, al punto que subraya con especial énfasis que «estos cambios objetivos, son independientes de la voluntad, no solo de determinados grupos y partidos sino también de la voluntad de determinadas clases».
La Tesis 5 quiere en cambio «recrear» lo que define como «la conciencia popular sobre la necesidad y la posibilidad del cambio revolucionario», y de este modo coloca patas arriba todo el proceso revolucionario y la tarea de los comunistas.
Lo que podría aparecer en una primera instancia como oposición al espontaneísmo (y así ocurrió igualmente tres décadas atrás, cuando Roberto Mario Santucho enfrentó con justificadas razones pero muy erróneos fundamentos teóricos a Nahuel Moreno en la dirección del Partido Revolucionario de los Trabajadores), no es sino otra forma de espontaneísmo, más grave que la de quienes, alegando la objetividad del proceso histórico, desconocen la imprescindible labor de propaganda y agitación destinada a concientizar y organizar a las masas y el papel decisivo del partido revolucionario en el momento en que están dadas las condiciones para la sublevación social y la lucha por el poder.
Es un espontaneísmo más grave, porque la lógica de su accionar lleva a desconocer por completo al movimiento obrero real, al movimiento de masas real, coloca a la organización en un ámbito propio, fuera y por sobre las clases oprimidas, y abre de esta manera un cauce por el cual, en determinadas condiciones, se desvía el potencial revolucionario de obreros de vanguardia y jóvenes rebeldes. Ese cauce desviado, sean cuales sean los métodos de accionar a los que apele para «recrear» la «conciencia popular», conduce a un choque con el proceso objetivo de concientización y organización de las masas por un lado, e igualmente colisiona con la educación, organización y entrenamiento en la lucha política de masas de los cuadros marxistas en un partido de los comunistas.
Este vanguardismo de cuño ultraizquierdista, sin embargo, convive pacíficamente y se complementa a la perfección con una concepción predominante en las Tesis y en todo el folleto: la perspectiva reformista, frentepopulista, emparentada a la vez con las concepciones socialdemócratas y el nacionalismo burgués.
Veamos si no: en las mismas líneas citadas de la Tesis 5, escasas pero tan cargadas de significado, se sostiene que «recrear el factor subjetivo» es necesario para «resistir al neoliberalismo, confrontar con él hasta derrotarlo».
Parece innecesario señalar que, con este programa es explicable que el PC haya parido ese engendro que ahora se denomina Frepaso. El problema, aquí, es el «neoliberalismo». Vale acotar, para quien no conoce el documento, que en las nueve Tesis Fundamentales no figura la crisis del capitalismo. Por el contrario, en la fundamentación de la primera se dice que «el capitalismo de fin de siglo exhibe el momento de mayor acumulación de fuerzas a nivel global, lo que se traduce en la consagración del autoritarismo político, el crecimiento del poder de las transnacionales que se traslada progresivamente a la política, la formación de bloques mundiales, el fortalecimiento de la dominación imperialista sobre los países dependientes, …» y una cantidad de calamidades más, entre las cuales, sin embargo, no asoma la más mínima sospecha de que lo que está en crisis en el mundo es el capitalismo.
Peor aún: en el informe (¿del Comité Central?), aparece por fin la frase esquiva, pero para decir lo siguiente: «Hay que observar con atención la crisis del sistema capitalista (insistimos, no se la ha mencionado, mucho menos explicado, hasta la segunda columna de la página 16), que funciona sola y parcialmente en algunos países centrales. Para los dos tercios de la humanidad sumidos en la pobreza, no funciona»!!??
Repitámoslo, porque es duro de creer: la crisis capitalista «funciona» (??) sólo para un tercio de la humanidad. Para los dos tercios restantes… «no funciona»!!
Inmediatamente, como si los autores se hubiesen propuesto no dar respiro a los vetustos marxistas que leen respetuosamente el documento, se afirma que «Este sistema está profundamente en crisis porque produce mundialmente una gran pobreza y en muchas regiones una gran miseria».
Dicho de otro modo: como explica Marx en El Capital… pero «recreado». En tal caso, es previsible que hasta el espíritu más osado e indagante sienta la tentación de declararse conservador dogmático a ultranza, opuesto no ya a la recreación, sino a la creación o la búsqueda de cualquier cosa nueva. Porque si de algo no cabe duda, es de que esta recreación… «no funciona».
O tal vez sí. Porque, bien mirado, hay un hilo conductor entre esta interpretación arbitraria y ramplona de la realidad mundial y la propuesta de la Tesis 5 de poner como meta «resistir y derrotar al neoliberalismo». No es la crisis del capitalismo lo que determina la situación de dos tercios del planeta, en los cuales presumiblemente se encuentra Argentina. De allí que sea comprensible que pocas páginas después de tan infrecuente descripción de la realidad mundial, se presente una formulación programática no menos sorprendente: «Recuperar con claridad en contenido y en práctica la ética, la solidaridad, la sensibilidad, el humanismo, la capacidad de rebelión es imprescindible para construir una propuesta política alternativa» (pág. 20).
He aquí la plataforma ideológica y programática para un partido a la medida de la pequeña burguesía acorralada hoy en Argentina -y en todo el mundo- por la crisis del capitalismo. He aquí por qué afirmamos que el miedo de no pocos militantes por los resultados de la «recreación» no debería apuntar al futuro, sino convertirse en combate ideológico contra las Tesis Fundamentales.
Todo lo anterior se reafirma, corregido y aumentado, en las tres Tesis restantes. La sexta dice textualmente que «La creación de bases de poder popular es el eslabón que vincula la táctica con la estrategia y las tareas de la etapa con la visión global de la lucha por el poder popular. El poder popular se construye antes, durante y después de la destrucción de las instituciones del Estado capitalista (…)».
Hay que señalar, ante todo, que en el texto precedente a la Tesis 6 encontramos la siguiente afirmación: «La concepción de una estrategia popular nace de la síntesis alcanzada hasta el momento a partir de la valoración de la experiencia revolucionaria en nuestro país y en el mundo».
Sucede que no hay texto de referencia alguno donde pueda averiguarse cuál es esa «síntesis alcanzada hasta el momento». Podría ocurrir que, pese al rigor con que tratamos de estudiar toda la producción de la izquierda local, se nos haya escapado el material en el cual el PC realiza ese trabajo de síntesis -precisamente el que señalamos como imprescindible para recomponer las fuerzas comunistas dispersas y confundidas. Pero ¿no sería el caso de que tal elaboración, por nosotros desconocida, figurara de alguna manera en los materiales del Congreso y estuviese condensada en las Tesis? La afirmación es aún más sorprendente porque las nueve Tesis no sólo no hacen ninguna referencia a la crisis del capitalismo mundial, sino que no dicen una palabra acerca de la situación en la Unión Soviética y no toman posición sobre la política aplicada por el PC Chino; tampoco hay -en las Tesis, es decir, en el documento puesto a votación – siquiera una línea referida a la experiencia del Frente del Sur, el Frente Grande y la Alianza Sur, para no hablar más que de la experiencia más reciente. ¿Dónde está entonces la valoración de la experiencia revolucionaria «en nuestro país y en el mundo»?
Lo mismo vale para el párrafo siguiente al citado: «(La concepción…) Tiene un fundamento también en el análisis crítico de las experiencias realizadas en el Este Europeo y en otros modelos de transición al socialismo en los que fue enajenado el poder popular por el aparato estatal y partidario y no se logró desarrollar una cultura socialista, nacida y arraigada en la conciencia y el corazón de los pueblos». Reiteramos la pregunta: ¿dónde está el «análisis crítico» de la historia de la Revolución Rusa elaborado por el PCA?
Dando por hecha la ciclópea tarea que por nuestra parte insistimos en señalar como clave para toda estrategia revolucionaria consistente, el PC funda en la conclusión de aquella labor su actual «concepción de una estrategia popular», centrada en la «creación de bases de poder popular».
El lenguaje de resonancias gramscianas a la vez oculta y revela cómo se traduce en términos de labor política y construcción organizativa el abandono de los principios del marxismo que venimos señalando. En primer lugar, la clase obrera es reemplazada por el pueblo. Enseguida, la inserción de cuadros comunistas en la clase y el conjunto de la sociedad es reemplazada por «la capacidad de sectores del pueblo (subrayado nuestro) de autoorganizarse, con una conciencia que los vincule a una estrategia revolucionaria». La «estrategia revolucionaria», ya lo sabemos, consiste en «luchar y derrotar al neoliberalismo». Efectivamente, esta estrategia se vincula con la táctica y señala la tarea política, consistente en «crear poder popular», una consigna vacía, capaz de desarmar a activistas, cuadros y organizaciones; dejarlos navegando en un mar de palabras carentes de cualquier significación, con el inevitable resultado de un ahondamiento en la brecha entre militancia revolucionaria y conjunto social, imposibilidad de contribuir a la creación y fortalecimiento de organizaciones de masas en la clase obrera y el conjunto de la población, e inexorable debilitamiento de la organización política que gira en torno de tal consigna.
Prácticamente todos los despachos de las Comisiones aludieron, de uno u otro modo, a un reclamo que la Comisión Nº 5 formuló de manera precisa: «En varias intervenciones se planteó la necesidad de que el Comité Central saliente profundice su autocrítica sobre su responsabilidad en la crisis partidaria».
La Comisión Nº 4, representada por la compañera Marta de la Vega, aludió al mismo punto con las siguientes palabras: «En todas las intervenciones se marcó la profunda crisis de nuestra organización desde el XVII Congreso hasta la fecha. Se señaló al Comité Central como principal responsable de la misma».
Significativamente, el despacho de la Comisión 5 antes citado, expuesto por el compañero Roberto Gómez, señala un punto crucial: «Con mucha fuerza se planteó que somos el partido de la clase (subrayado en el original) y que por lo tanto no podemos desentendernos del problema de la clase, recuperando la teoría marxista con los aportes que hicieran Lenin y otros compañeros». Ese mismo despacho subraya con precisión cuestiones que de una u otra manera resonaron en todas las Comisiones, al plantear «la construcción de un partido para enfrentar al sistema» y remarcar que «hemos definido a la crisis del partido como una crisis ideológica».
La demanda -en nuestra opinión enteramente justificada- al Comité Central, aún cuando en numerosos casos, como lo indica el párrafo citado anteriormente, vincula la política con las concepciones que la determinan (concretamente, con el hecho de ser el partido de la clase obrera y no poder desentenderse «del problema de la clase»), no lleva hasta las últimas consecuencias -al menos en los materiales a nuestro alcance- la relación directa entre estas concepciones y aquel organismo, y por lo mismo corre el riesgo de entablar el combate centrando en personas y conductas individuales, en lugar de plantear y resolver en términos precisos el debate ideológico.
Es legítimo, como lo hace el despacho de la Comisión 4, condenar «el internismo desgastante, con líneas internas que respondían a distintas concepciones políticas en el máximo organismo conductor del partido». Y no hay por qué dudar de que en la situación del partido pesen conductas individuales. Sin embargo, la «crisis ideológica» apuntada por la Comisión Nº 5 está latente en el mismo despacho, cuando tras enfatizar la necesidad de «construir un partido para enfrentar al sistema» continúa diciendo: «y construir el poder popular y el socialismo».
Decíamos que esta expresión a la vez oculta y devela el abandono de los principios del marxismo. Al aludir a un poder alternativo, sustenta la posición de la militancia movida por una voluntad revolucionaria. Pero la concepción del poder alternativo es ajena a la que el marxismo afirmó en la teoría y en la práctica.
Se trata éste de un debate crucial, que no intentaríamos saldar en este análisis del Congreso del PC. Pero se puede adelantar que entre el doble poder basado en organismos de masas del proletariado y todas las clases oprimidas y la noción de «poder popular que se construye antes, durante y después de la destrucción de las instituciones del Estado capitalista» hay la misma distancia que la existente entre una estrategia de clase, marxista, para la insurrección y la toma del poder por el proletariado y las clases aliadas, y una estrategia opuesta de «un proceso revolucionario, democrático y popular orientado al socialismo», como vimos afirmar a la Tesis Nº 1.
Los textos reproducidos en el folleto que comentamos no sólo no traducen una síntesis crítica en la valoración de la experiencia revolucionaria en nuestro país y en el mundo, como pretende la Tesis Nº 6, sino que reafirman en cada palabra lo que ya es evidente en la Tesis Nº 1: se proclama «la vigencia y pertinencia de nuestra definición por el socialismo y el comunismo», pero cuando se define el carácter de la revolución se opta por «un proceso revolucionario, democrático y popular orientado al socialismo».
¿No suena conocido? Por cierto: se trata de la concepción stalinista clásica, que impone una etapa «democrática» como objetivo de los revolucionarios, aunque, claro está, «orientada» al socialismo. Antes esto llevó al Frente Democrático, a votar a Frondizi en el 58, a la Alianza Popular Revolucionaria en el 72/73, a votar a Perón e Isabel en el 73, a Luder e Iglesias en el 83, etc, es decir, a la alianza de clases con sectores de la burguesía sobre la base del programa de éstos. Luego del XVIº Congreso se viró hacia la búsqueda de una coalición con las fuerzas definidas por el socialismo y la estrategia de poder con un programa clasista. Pero tras el estallido de Izquierda Unida(9), de manera sistemática aunque en medio de una generalizada confusión, se retornó firmemente a la posición anterior, plasmada ahora en el coqueteo con el «centroizquierda» de Unione e Benevolenza, la formación del Frente del Sur, el lanzamiento -a su costa en todos los órdenes- del Frente Grande y la Alianza (in extremis) Sur.
En este retorno a las fuentes, sin embargo, el texto puesto a votación del XIXº Congreso introduce un cambio cualitativo, plasmado en la Tesis Nº 7: el papel de la clase obrera en la lucha por el socialismo o, según dicta la moda, «el sujeto de la revolución».
Leemos: «Consideramos sujeto de la revolución al conjunto de clases y capas explotadas y oprimidas por el capitalismo que deben constituirse en bloque político social al que concebimos como un Frente de Liberación Nacional y Social (…) La hegemonía de la clase obrera y de los trabajadores en el bloque popular se define en el terreno político por la capacidad que ésta adquiera para protagonizar la resistencia, gestar la unidad necesaria para derrotar al modelo (subrayado nuestro) y garantizar una alternativa de liberación nacional y social que abra el camino del socialismo».
Deliberada o no, hay en la primera parte de esta Tesis una confusión elemental. El problema estriba en que, si admitimos que no hay intencionalidad confusionista, la conclusión es que los autores de esta Tesis no sólo no se apoyan en el pensamiento marxista sino que transgreden fundamentos elementales de la teoría social y política de cualquier signo. Porque la definición de «el sujeto de la revolución» no pasa por el plano del accionar político, sino por el carácter de las contradicciones que hacen o no antagónicas las relaciones entre las clases. Esto, claro, cuando hablamos del sujeto de la revolución socialista. Si nos referimos al sujeto de una revolución democrático-popular, lo que nos llevará a él no será el antagonismo con la clase dominante, sino con el modelo. Pero en cualquier caso el ámbito de definición será el de la composición, el carácter y las relaciones entre las clases como tales y no el de su eventual alineamiento político.
Mediante esta transposición queda en la banquina nada menos que el proletariado. (Digamos desde ya, para evitar mayores confusiones, que en palabras de Marx el proletariado tiene «un ejército activo y un ejército de reserva», de modo tal que, desde los primeros peldaños de la teoría marxista está explícitamente definido un descubrimiento revolucionario de los sociólogos al uso en los últimos tiempos: los desocupados forman parte del proletariado). Sólo un selenita podría diseñar una estrategia revolucionaria socialista sin contar con todos los sectores explotados y oprimidos de la sociedad. Enumerar, como lo hace la Tesis 7 en medio de los dos párrafos citados textualmente, los componentes del «bloque político social» (volveremos sobre esa enumeración, porque también aquí la concepción dominante en el documento se traduce en confusiones de gravísimas consecuencias inmediatas y estratégicas) es necesario para plantear una línea concreta de acción política. Pero una línea concreta de acción política (¿hay que aclararlo?) es algo relativo a la situación política concreta. Es decir, algo que cambia con las circunstancias. Un partido comunista (y cualquier partido que represente un sector real de la sociedad) no obra de la misma manera, no tiene las mismas alianzas, no integra los mismos bloques, en toda y cualquier situación.
El partido de los comunistas puede y debe moverse con ductilidad y agilidad en el terreno político, siempre cambiante y mucho más en momentos de crisis. Debe hacerlo porque, de lo contrario, no podría ponerse a la vanguardia del conjunto de las clases explotadas y oprimidas y, como consecuencia de esto, tampoco podría ser la vanguardia efectiva del proletariado. Y puede hacerlo, porque tiene su propio programa, su propia estrategia, sus bases de sustentación sólida en la clase estructuralmente antagónica con el sistema capitalista y sus cuadros comunistas con ideas claras y profunda convicción acerca del carácter de la revolución por la que luchan.
El conjunto de las nueve Tesis hace exactamente lo contrario. En primer lugar define la revolución como «democrática-popular», es decir, que el programa de la revolución no contempla medidas anticapitalistas, con lo cual encamina a su militancia en una política de conciliación de clases y desarma estratégicamente a sus cuadros frente a una crisis revolucionaria; luego diluye a la clase obrera en «el bloque político social» y finalmente propone luchar por la hegemonía en ese bloque, definido como «la unidad necesaria para derrotar el modelo»; es decir, confunde también en términos políticos concretos a su militancia.
Es obvio -¿no es eso lo que queda demostrado en el desempeño político del PC en los últimos años?- que en medio de tamaña confusión la militancia, los cuadros medios y la propia dirección no pueden ser eficientes en la lucha por «la hegemonía de la clase obrera y de los trabajadores en el bloque popular», como reza la Tesis. Pero aquí está el verdadero nudo del problema, el pase mágico que hace desaparecer de un solo golpe a la clase obrera, a sus organismos de clase y al partido de los comunistas.
Luego de haber señalado el «sujeto de la revolución» como «el conjunto de clases y capas oprimidas por el capitalismo», la Tesis anuncia que «la hegemonía de la clase obrera y los trabajadores en el bloque popular se define en el terreno político». Ya está visto que el eje político en torno al cual se disputará la hegemonía es «derrotar al modelo». Pero mucho más grave que esto, desde el punto de vista de la concepción marxista, es que se afirme que la definición del papel de la clase obrera se plantea en el terreno político y no en el terreno programático.
Esta fuga está más clara y explícita en el texto explicativo de la Tesis 7. Leemos allí: «el rol hegemónico de la clase se va forjando en el marco de la lucha de clases, en su capacidad para ir resolviendo positivamente las tareas de la etapa y no como condición previa a la constitución del bloque político y social de la revolución» (Subrayado nuestro). ¿Hace falta traducirlo? Sí, porque la verdad está envuelta en un aparente desafío político que reclama coraje y decisión para ser enfrentado: forjar la hegemonía en el marco de la lucha de clases. Pero esto significa que la clase obrera (y el partido que dice representarla) ingresa al «bloque político social» sin condiciones previas; es decir, sin poner como condición la definición programática que dé corporeidad a su independencia de clase; es decir… con el programa de la burguesía.
¡Coraje, compañeros! ¡Ninguna vacilación! ¡Ninguna condición previa para entrar al combate! ¡Luchemos por la hegemonía de la clase obrera en el bloque político social formado en torno al programa de la pequeña (y mediana, y no tan mediana) burguesía!
¿No es ésa la concepción que llevó al Frente Grande? Y si no ponemos ninguna condición previa para formar un bloque político-social para «derrotar al neoliberalismo» ¿por qué retirarse del Frente Grande? ¿Hay alguna duda de que éste es un poderoso bloque político social contra el «neoliberalismo»?
La Tesis 7, en efecto, formaliza, legitima, la concepción que condujo a una política que, si para el PCA fue un desastre sin atenuantes, para la clase obrera significó un obstáculo mayor en su lucha por alcanzar la unidad social y política tras un programa propio. Porque eso fue el Frente Grande: un obstáculo estratégicamente diseñado y colocado por las clases dominantes en el camino del proletariado y el pueblo. Por eso el primer paso de la jefatura de ese «bloque político social» una vez alcanzado el éxito fue exigir la disolución del PC.
En aquel momento, en nuestra Carta abierta a los comunistas, dijimos lo que repetimos ahora: «No es casual el momento en que se precipitan los planes de transformar el FG en un partido único fuertemente centralizado y regimentado: con la marcha federal del 6 de julio y el paro general del 2 de agosto, comenzó la resistencia organizada a la ofensiva estratégica del capital, timoneada desde 1989 por el gobierno peronista de los monopolios. El destino del país para el próximo siglo está en directa correspondencia con la resolución de un combate ya en curso: qué clase hegemonizará el bloque social opositor al plan oficial; qué lineamientos ideológicos y políticos trazarán el rumbo estratégico de la clase obrera y las masas explotadas del país, qué concepción ideológica hará carne en las masas, qué tipo de organización política se edificará en reemplazo de las que se desmoronan, qué clase de hombres y mujeres ocuparán el lugar de dirigentes, qué rumbo se imprimirá a la lucha social.
«El ritmo de los acontecimientos ha cambiado en Argentina. Y hoy está planteada, en toda su magnitud y vertiginosidad, la controversia ideológica y política en el seno de las masas.
«Basta verificar el desplazamiento del eje de la oposición al gobierno en los últimos 100 días para comprender la premura de quienes quieren poner en caja el fenómeno social que se expresó electoralmente en el Frente Grande: el 10 de abril el centro absoluto de la oposición quedó plasmado en una figura y un discurso claramente encuadrado en la perspectiva político-programática de la pequeña burguesía porteña; el 6 de julio, la Marcha Federal cambió completamente ese encuadre, tanto por el contenido social de las 60 u 80 mil personas que colmaron la Plaza de Mayo, como por el cambio de protagonistas en el centro del escenario: daba vergüenza ajena ver a las dos más notorias figuras del FG que -después de haberse opuesto a convocar formalmente a la movilización- hacían malabarismos para asomar la cara entre los dirigentes del CTA, el MTA y las delegaciones sindicales y sociales del interior que ocupaban la primera fila en el palco; pero ni siquiera eso pudieron intentar el 2 de agosto: el paro general -al que también se negaron a respaldar- sencillamente los dejó al margen de la confrontación social y política.
«Los imprevistos cambios de conducta no han terminado. La conciencia de las masas y la expresión orgánica de esa fuerza material está en estado de fusión, aunque ha alcanzado un punto significativamente diferente en la temperatura y la consistencia de la materia en forja.
«La confluencia de José Bordón, Carlos Alvarez y Federico Storani es una operación política destinada a cerrar el paso a la dinámica de masas que objetiva aunque contradictoriamente avanza en la afirmación de una línea de acción independiente de los grandes grupos capitalistas y con un contenido programático y social centrado en la clase trabajadora.
«Tras ese objetivo, para la fuerza hegemónica en el FG (cuya verdadera figura es Carlos Auyero, fundador de la Democracia Cristiana en Argentina, es decir, de la fuerza gestada desde Washington y el Vaticano en los años 60 para contrarrestar la radicalización global de las masas en América Latina y salirle al cruce a la Revolución Cubana) imponer la disolución del PC es mucho más que una táctica para ganar votos u ocupar espacios en la cúpula del FG»(10).
La imposición del «bloque político social» corporizado en el Frente Grande/Frepaso contra la dinámica de organización independiente que buscaba cauce mediante el CTA no sólo abortó esta dinámica (y, dicho sea de paso, condenó al CTA), sino que se transformó en la palanca fundamental gracias a la cual la burguesía y el imperialismo lograron dos victorias (una táctica y otra de proyección estratégica): la reelección del gobierno peronista y la división de la expresión política de la clase obrera entre dos candidatos peronistas burgueses. A partir de esta derrota política la clase obrera quedó paralizada e indefensa, frente a la renovada ofensiva del capital.
¿Qué papel jugó la dirección del PC en este momento crucial? No hacen falta palabras para responder. Pero hay una pregunta más relevante: ¿por qué jugó ese papel?
Volvamos a la Tesis 7: si se compara la descripción del «conjunto de clases y capas explotadas y oprimidas» descriptas allí como «sujeto de la revolución», con la composición del Frepaso, se encontrará a aquél contenido en éste. Si se admite que la clase obrera «va forjando su hegemonía» en ese bloque «en el marco de la lucha de clases» y se subraya que «la hegemonía» de la clase, su papel en ese bloque político social, «no es una condición previa», concluiremos necesariamente que fue una concepción acertada la que llevó a engendrar el Frepaso, pero falló la «capacidad para ir resolviendo positivamente las tareas de la etapa».
De tal manera, el PC jugó un papel claramente opuesto, enfrentado a las necesidades tácticas y estratégicas de la clase obrera y el conjunto de la población… por una mezcla de debilidad organizativa y errores circunstanciales. Conclusión: fortalezcámonos, reorganicémonos, galvanicemos nuestra moral comunista, y volvamos a ingresar al Frepaso, sin «condiciones previas», para desde ese bloque político social enfilado a «derrotar el modelo», ser capaces de «forjar el rol hegemónico de la clase obrera en el marco de la lucha de clases».
No es un pronóstico. Expulsada del Frente Grande (es decir de la expresión política del bloque que propone) la dirección del PC mantuvo la línea mediante su política en el interior del CTA, contribuyendo a arrastrar a esta organización hacia una propuesta programática de conciliación de clases plasmada en lo que sería el costado «social» del bloque: el Congreso del Trabajo y la Producción, articulado mediante APyME y el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, en comprensible alianza con el sector de la dirección del CTA que torció el rumbo original de esta organización hacia una reedición del policlasismo. No es por acaso que en las elecciones internas del CTA la dirección del PC optó por alinearse con la Lista Germán Abdala contra la Lista Agustín Tosco, es decir, con el programa de subordinación de la clase obrera al bloque hegemonizado por la burguesía, contra el programa de independencia de clase.
Volveremos sobre este punto. Pero antes es preciso detenernos brevemente en las dos Tesis restantes.
Afirma la Tesis Nº 8: «En las actuales condiciones de desarticulación de la cultura de izquierda, de reformulación del movimiento popular y de dispersión de los esfuerzos revolucionarios, la creación de una vanguardia efectiva implica una política de unidad de los revolucionarios». Y completa a continuación: «La propuesta de formación de un movimiento político de izquierda, apunta a encontrar contenidos, caminos y cauces para la gestación de la una verdadera vanguardia».
Aquí está implícita la diferenciación, correcta, entre revolucionario y comunista, a la que nos referimos más arriba. De modo que la vanguardia que se va a «crear» (al menos no hay intentos de «recrearla»), es una vanguardia sin definición ideológica precisa, dado que el punto de unión está en un ámbito más amplio que el de los marxistas que sostienen las banderas de un partido comunista. Puesto que «el sujeto de la revolución» no es, como ya vimos en detalle, el proletariado, esta vanguardia tampoco tiene una definición de clase. Por lo demás, la noción «unidad de los revolucionarios», difusa por definición en cualquier caso, lo es mucho más cuando la revolución de que se habla no es socialista, sino «popular».
Queda así esbozado social, ideológica y programáticamente, lo que será ese «movimiento político de izquierda». Y a tal organización, que no tiene como punto de referencia la clase obrera, que no es comunista y que no tiene como objetivo la revolución socialista, se le encarga la curiosa tarea de «encontrar contenidos, caminos y cauces para la gestación de una verdadera vanguardia».
¡Ay! ¿De modo que los comunistas hacen un congreso para encargarle el hallazgo de «caminos y cauces» (!) a un conglomerado heterogéneo en todos los órdenes, responsable por «la gestación de una verdadera vanguardia»?
Sí; así es, en efecto. Y no porque lo digamos nosotros: lo reafirma de manera inapelable la última Tesis, donde se explica sin vueltas que «El rol del Partido Comunista se define en esta etapa por el aporte a un nivel superior de resistencia popular al neoliberalismo y de gestación de una vanguardia política».
La educación y la organización de la clase trabajadora, la lucha por su unidad social y política; la clarificación, recomposición y reorganización de los comunistas… no «define el rol del PC».
Ese no fue el papel que le propuso Marx a la Iª Internacional y las organizaciones que la componían. Tampoco el asumido por los grandes partidos obreros que conformarían la IIª Internacional. Y, muchísimo menos, el que se planteó Lenin cuando reunió a un puñado de revolucionarios «desarticulados y dispersos» en una aldea suiza, para arrojar al rostro desvergonzado de la dirigencia socialdemócrata de la IIª Internacional el Manifiesto de Zimmerwald, casualmente redactado por Trotsky: «¡Hombres y mujeres trabajadores! ¡Heridos y mutilados! Los convocamos a todos ustedes que están sufriendo a causa de la guerra: por sobre las fronteras, por sobre el olor de los campos de batalla, por sobre las ciudades y los pueblos devastados: ¡¡Proletarios de todos los países: Unios!!»(11).
Ese fue el primer paso en la gestación de una verdadera vanguardia: la IIIª Internacional que vería la luz cinco años después. Y en términos conceptuales y políticos (dejemos de lado el aspecto literario) no se parece demasiado a las Tesis ni al texto del Comité Central, que al respecto agrega: «Es necesario tener en cuenta que la izquierda y el PC tampoco están vacunados contra la posibilidad de caer en desuso y perder funcionalidad».
Está claro: es urgente recrear el marxismo para no caer en desuso; para no perder funcionalidad….
No. Definitivamente. No son estas las preocupaciones que desvelan a los comunistas. Es comprensible que quien ha abandonado la concepción marxista de la historia y la sociedad y cree, como dice el texto previo a la Tesis 6, que «el deterioro de las utopías (subrayado nuestro) debilita la motivación que movilizaba a importantes sectores sociales», entienda la perspectiva de la lucha de clases como una cuestión de marketing, y en consecuencia tema que el producto en oferta caiga en desuso.
Los comunistas tenemos otra visión del mundo, de la actualidad, del futuro y de nuestro papel en la historia. Y no nos referimos sólo a los comunistas del equipo de Crítica, o los que integramos las filas de la Unión de Militantes por el Socialismo. Aludimos a miles de revolucionarios comunistas dispersos y no encuadrados en todo el país, y en primer lugar a innumerables compañeros y compañeras que integran el PCA.
Los reconocemos en los lugares de trabajo, en la lucha; los vimos en el XIXº Congreso. Y nuestra preocupación no es que el partido de los comunistas caiga en desuso, sino cómo lograr, con la urgencia extrema que la crisis internacional y nacional plantea, la recomposición de las fuerzas revolucionarias marxistas, de los comunistas dispuestos a restablecer la continuidad histórica del pensamiento y la acción revolucionaria; la unidad social y política de la clase trabajadora, base material de una estrategia socialista.
Fin de un ciclo en la historia del PCA
Con este viraje presentado como «recreación» del marxismo, el XIXº Congreso cierra el ciclo abierto en la historia del PCA con el XVIº Congreso. A la vista queda en las Tesis un resultado devastador en términos teóricos y políticos. O para decirlo con más propiedad: está a la vista la imposibilidad de quienes presentaron estas Tesis, de sobreponerse a la labor de demolición ideológica producida por medio siglo de predominio stalinista en el movimiento comunista internacional. Esa labor que minó las bases de la Revolución de Octubre y acabó provocando el derrumbe de la Unión Soviética, se expresa en el contenido y la forma de las Tesis y el informe del Comité Central del PCA para el XIXº Congreso: la filosofía, la teoría económica, los principios políticos y la tradición organizativa de los revolucionarios marxistas están negados de manera absoluta y abrumadora en esos textos.
Hay que repetir, como decíamos en las primeras líneas, que el espíritu dominante en la clausura del Congreso era otro, nítidamente opuesto al resultado palpable de la ratificación de estas concepciones. Y esa contradicción en el espíritu y la letra se manifestó de una manera que viene a reafirmar, en los planos de la metodología y la organización, lo que venimos diciendo.
Veamos: la comisión redactora de las resoluciones del Congreso informó a los delegados e invitados que durante el período de discusión pre-congreso se habían recibido 963 propuestas de enmiendas y agregados. En esa cifra se materializa nuestra convicción de que las Tesis produjeron insatisfacción y descontento en los cuadros y bases del PC, sentimientos que se explicitarían, como vimos suscintamente, en los despachos de Comisiones. Ahora bien: dada la magnitud y complejidad de las propuestas de enmiendas y agregados a las Tesis, según informó la comisión redactora, no se había logrado resumirlas, compatibilizarlas e integrarlas, para ponerlas a votación.
No quedó claro, al menos para este invitado, si la consideración de ese alud de enmiendas cupo exclusivamente a los delegados al Congreso. Si así hubiese sido, el partido como tal no habría podido tener a la vista los diferentes puntos de vista frente a la Tesis presentadas oficialmente, en la discusión pre-congreso y la elección de delegados para la instancia mayor del partido. En esa hipótesis, el Congreso no habría sido un ejercicio de democracia revolucionaria de acuerdo con los criterios del centralismo democrático y, por ello, estaría metodológicamente invalidado. La hipótesis contraria, es decir, que las propuestas de enmiendas hayan estado en manos de la militancia antes de la elección de los delegados al Congreso, deja sin explicación el hecho de que, si en realidad tales enmiendas eran pasibles de ser compatibilizadas en un documento único, éste no estuviera a disposición de los congresales para ser puesto a consideración.
Como quiera que sea, lo cierto es que esta circunstancia dio lugar a un desenlace curioso: se puso a votación el documento oficial y se encargó a la comisión redactora la compatibilización del texto final…
Para un observador con un mínimo de objetividad, parece fuera de discusión que, por lo menos, un considerable número de las posiciones expuestas en las relatorías de Comisiones no eran compatibles; debían ser puestas a votación. En otras palabras: el XIXº Congreso enajenó su soberanía y puso el destino del partido en manos de la comisión redactora, una instancia no electiva de la organización. Para colmo, dos meses después aparece un folleto -el que venimos comentando- que reproduce textualmente las Tesis de discusión pre-congreso, como resolución definitiva del Congreso. Es innecesario subrayar la conclusión: además de las cuestiones señaladas en materia de posicionamiento ideológico, teórico y político, un factor esencial en la tarea histórica de recomposición de las fuerzas marxistas estuvo ausente en grado absoluto: el centralismo democrático.
El informe del Comité Central
Hasta aquí, nos hemos limitado a considerar las Tesis. Razones de espacio hacen imposible un análisis pormenorizado del informe del Comité Central (con la aclaración, ya señalada, respecto de la ambigüedad acerca de si es o no el texto oficial del CC). Además, el posicionamiento de las Tesis, el Informe y las resoluciones frente a lo que, en nuestra opinión, es lo esencial para un partido de los comunistas: la estrategia, los criterios metodológicos y las tácticas de trabajo en el movimiento obrero, merecen un capítulo aparte. Estos temas serán materia de un próximo trabajo.
No es posible sin embargo obviar la mención, siquiera como mera enunciación, de cuestiones políticas fundamentales.
Contra toda expectativa lógica de cualquier observador -mucho más de la militancia- el informe del CC no analiza el papel del partido en el desarrollo de ese fenómeno que desembocó en el Frepaso, una coalición pequeño-burguesa con un programa sometido a las exigencias del imperialismo.
Al respecto, en el capítulo III, titulado Los cambios en Argentina y refiriéndose genéricamente a ellos, se dice que «En nuestro debate partidario deberemos examinar autocríticamente esta experiencia, para producir los cambios que sean necesarios». Antes de la recreación del marxismo, los congresos eran justamente para examinar autocríticamente la labor de un partido revolucionario, condición ineludible para saber qué hacer en adelante. Pero la modernidad tiene estas novedades: se hace un Congreso para registrar que, en algún momento futuro, sería bueno analizar y sacar conclusiones del hecho de haber sido el pivote y fuerza decisiva en todos los órdenes en la puesta en marcha de lo que acabó siendo el Frepaso, un «bloque político-social» que, luego de expulsar al PC, obtuvo el segundo lugar en las elecciones nacionales y estuvo a un tris de alcanzar el gobierno.
Después de algunos párrafos antológicos, cuya consideración, como queda dicho, postergamos, se puede leer lo siguiente: «El hecho es que en la superestructura política emergente de la `reconversión` (!!), no quedan espacios a ser disputados por corrientes populares y de izquierda. Es necesario sacar conclusiones sobre el fracaso de los diversos intentos de acumulación de fuerzas bajo `paraguas` hegemonizados por sectores que responden a los intereses fundamentales del sistema». Y agrega: «Esto nos obliga también a sacar conclusiones sobre la forma en que participamos de la experiencia del Frente Grande y sobre la justeza de definir una ruptura con el mismo».
Como se ve, frente a lo hecho, en lugar de tomar posición el informe invita a «sacar conclusiones». Esto, de por sí, deja desarmado al PC para afrontar el día siguiente a la clausura del Congreso.
Pero entre líneas, en estos párrafos hay una serie innumerable de cuestiones esenciales. En primer lugar, se esboza -es sólo un esbozo, pero nada menos- un planteo estratégico francamente contrapuesto con el que afirman las Tesis. Porque si después de la «reconversión» (sea lo que sea que se quiera decir con esa formulación superficial, tomada del periodismo comercial, acerca de la crisis del capitalismo) no queda espacio para actuar bajo «paraguas» de «sectores» del sistema (¿cómo debatir conceptos con este lenguaje?), cabe preguntar cuál será el curso de acción inmediata. ¿Una propuesta de unidad social y política de los trabajadores en la cual el punto de partida sea la independencia total, programática, organizativa y políticamente, de la burguesía? Ya hemos visto que no, porque «al bloque político-social» no se debe ir con «condicionamientos previos».
En segundo lugar, se tergiversa la verdad al caracterizar la posición ante el Frente Grande como «la justeza de definir una ruptura con el mismo».
En su momento tratamos este tema con detalle, en nuestra Carta abierta a los comunistas. El PC no rompió con el FG. El FG puso al PC ante la alternativa de disolverse o irse. Antes de eso el FG había afirmado, con la presencia del PC en su dirección, una conducta frontalmente contrapuesta a una política revolucionaria. Y el paso final tenía un objetivo que definimos de esta manera en aquella carta: «Es en nuestro carácter de comunista que no integra las filas del PC -y que, por eso mismo, supuestamente no debiera estar preocupado por la ofensiva multilateral desatada para lograr la disolución del partido- que redactamos estas páginas. Porque en nuestra opinión, tras la ofensiva por la disolución del PC hay una estrategia contrarrevolucionaria global, un paso en la lucha por el control del rumbo estratégico de las masas. Hoy, más aún que en el momento en que se derrumbó la mampostería burocrática del Estado Obrero en la Unión Soviética, está bajo fuego la teoría, la organización y la militancia comunista. A eso -y no simplemente a la estructura del PC- apuntan los dirigentes del Frente Grande que han decidido ser vehículos de esa ofensiva en Argentina».
Entendemos como una derrota de la superestructura política burguesa, estratégicamente valiosa, el hecho de que ese objetivo no haya sido alcanzado por el FG. Pero no sólo por un elemental compromiso con la verdad, sino porque se trata de un hecho cargado de significados, hay que subrayar que nuestra denuncia se produjo antes de que la dirección del PC resolviera si acataba o no el ultimátum del FG, y que esa resolución se tomó, luego de ostensibles vacilaciones, enteramente a la defensiva: el PC no rompió con el FG; se limitó a no acatar la orden de disolución, lo cual lo dejó fuera del frente en función de lo resuelto por la dirección de éste.
Insistimos en que no es poca cosa -aunque esto será evidente sólo con el transcurso del tiempo- que la burguesía no haya podido deglutirse al PCA como lo hizo con el PC italiano. Pero esto no ocurrió por «la justeza» de la línea de la dirección, sino por una convergencia múltiple de presiones -buena parte de las bases partidarias reaccionó frontalmente contra esa posibilidad- y consideraciones tácticas. Además de no hacer un balance descarnado de lo actuado, de las causas de fondo que condujeron a tamaño desastre, el informe del CC llega al punto de felicitarse por «la justeza» de su línea.
Lo mismo ocurre cuando el informe, tras señalar el impacto del exitoso resultado electoral, afirma que «Esto impidió que se visualizara con mayor anticipación los grandes compromisos que la cúpula del Frente Grande iba asumiendo con la política de gobernabilidad, y que lo anunciaban (sic) hechos como la votación de la intervención de Santiago del Estero por parte de los diputados del FG, la actitud ante la marcha 100 de los jubilados y las posiciones en la Constituyente».
Admitir que la dirección del partido no «visualizó» con «mayor anticipación» podría entenderse como un gesto autocrítico. Pero no lo es. Y es todo lo contrario. En primer lugar, porque no podía haber «mayor anticipación» en algo que, lejos de haber sido anticipado, se denuncia con un retraso de -como mínimo- más de un año. En segundo lugar, porque es sorprendente que no se «visualice» un hecho resonante, ante el cual tomaron posición todas las organizaciones revolucionarias. Por nuestra parte, además de denunciarlo de inmediato en diversos medios de prensa(12) tuvimos al respecto discusiones concretas con miembros de la dirección del PC, reclamando una definición. No se trata, por lo tanto, de aumentar la graduación de la lente, sino de cambiar el ojo: porque hubo posicionamiento de hecho ante un acontecimiento mayor en la lucha social.
Pero hay algo más. Y peor. Luego de haber «visualizado», por fin, este posicionamiento antidemocrático, antiobrero, antipopular y contrarrevolucionario, el PC coloca como su candidato presidencial en 1995 a… uno de los diputados del FG que votó la intervención en Santiago!!
De la misma aviesa naturaleza es la afirmación acerca del posicionamiento en la Constituyente. A lo ya citado, se agrega un párrafo sobre el significado de la Constitución reformada: «Su gravedad no consiste solamente en la aberración que significa haber sancionado una Constitución que posibilita decisiones represivas a través de los decretos de necesidad y urgencia, sino en el hecho de haber convalidado el conjunto del modelo, desde la impunidad hasta la entrega que significan las privatizaciones».
Que la militancia del PC y los comunistas, organizados o no, juzguen por sí mismos: esa Constitución que avala la represión, la impunidad y la entrega, fue votada por uno de los dos diputados constituyentes del PC, Eduardo Barcesat. Y por quien luego sería el candidato a presidente del PC, Fernando Solanas. Aquél no fue sancionado (lejos de ello, tras exponer con nitidez su posición en la prensa partidaria, anunció su renuncia al partido el día que se inauguraba el XIXº Congreso; éste, fue elevado al lugar de figura política del PC en la contienda electoral.
Esta duplicidad, tanto más intolerable en una dirección que se dice comunista, llega al extremo en su posicionamiento frente al tema que más repicó en los informes de Comisiones, junto a la demanda de autocrítica del CC y definición ideológica: la línea de acción en el movimiento obrero.
Dice el informe: «En el caso del CTA, sus sectores hegemónicos (subrayado nuestro) acompañan el proceso definido políticamente por la hegemonía del Frente Grande y luego del Frepaso, buscando afirmar la gobernabilidad y apostando a la creación de propuestas que permitieran esbozar planes de gobierno `no menemistas` (…) El rumbo asumido por los sectores hegemónicos del CTA debilita su incidencia en el conflicto social y su propia legitimidad».
Ahora bien: después de haber «visualizado» la derechización del FG y el Frepaso y, con aguda visión, comprobar que «los sectores hegemónicos» del CTA acompañaban ese proceso; yantes de redactar el informe del CC, ocurrió un hecho de relieve. Hubo elecciones internas en el CTA. El bloque clasista conformado al interior del CTA desde los pasos previos a su fundación -el cual integra el autor de estas líneas- propuso formal y reiteradamente a la dirección del PC la formación de una Lista de oposición para enfrentar ideológica, política y programáticamente, en una leal delimitación de posiciones respecto de la tarea a llevar en el movimiento obrero, a los compañeros de «los sectores hegemónicos». Hubo, insistimos, reiteradas propuestas, encuentros y discusiones con las máximas autoridades del PC para discutir esta perspectiva.
¿Qué hizo el PC? Mientras las discusiones acerca de una Lista de oposición se prolongaban indefinidamente, quedó conformada una Lista única, donde los «sectores hegemónicos», que acompañan a «la hegemonía del Frente Grande y el Frepaso», estaban a su vez acompañados por un sector «no hegemónico» en el CTA, poco antes víctima de «la hegemonía» del FG y el Frepaso: el PC.
Para que no quedara duda respecto de eso que el texto del CC desdibuja con la utilización abrumadora del término hegemonía, la Lista Unica asumió el nombre de Germán Abdala, el compañero peronista combativo, dirigente de ATE y diputado, quien desde su banca integró el grupo de los ocho legisladores que se apartaron del bloque oficial en 1991 y luego fuera, a pesar de la enfermedad que lo abatiría en medio de su combate, un motor en la fundación del CTA.
Está probado que el compañero Germán era la vanguardia de la vertiente peronista del movimiento obrero en este proceso de transición que busca cauce hacia la independencia, la unidad social y política. Y la historia deberá guardarle ese lugar de privilegio. Pero el movimiento obrero tiene otras vertientes. Tiene una más antigua -tanto que fue la fundadora- definida por su carácter clasista y socialista. Y esa vertiente cuenta con innumerables figuras de sobresaliente envergadura, que asumieron roles de conducción -no pocas veces heroicos- en los momentos claves de nuestra clase. Incluidos momentos de lucha contra la represión de Perón contra el proletariado y su vanguardia, tanto en el gobierno 1973-1976, como, y principalmente, en el período 1946-1955.
No por casualidad, muchas de esas figuras fueron militantes del PC. ¿Por qué diluirse, ocultarse («ponerse bajo el paraguas», diría el redactor del informe) en una corriente con la cual los luchadores clasistas (mucho más, los comunistas) tenemos indudables y sólidos puntos de contacto pero inequívocas diferencias ideológicas, programáticas, políticas y estratégicas? ¿Cómo se educa a la vanguardia obrera y al conjunto de la población a la cual se pretende «orientar», aunque sea en un futuro indefinido, hacia el socialismo?
Clausurada la posibilidad de formar una coalición con el PC para ir a elecciones en el CTA, el bloque clasista que desde antes de la fundación de esta organización delimitó con lealtad y nitidez un programa, una metodología y una línea de acción diferenciada de la dirección provisional que, comicios mediante, se institucionalizaría, decidió presentar una posición alternativa en las urnas del CTA.
La Lista Unica, dejó por tanto de serlo y se identificó con su denominación ideológico-política: Lista Germán Abdala. Esta coalición electoral sin programa, sumó todas las estructuras sindicales integrantes del CTA y la estructura del PC. De ese modo, en términos de aparato, configuraba una relación de 10 mil a uno contra el grupo de compañeros que asumió la continuidad de un programa y una lucha histórica de nuestra clase con el nombre de Lista Agustín Tosco. Hay que decir que, si bien en algunos lugares compañeros del PC pusieron particular encono en luchar electoralmente contra la Lista Agustín Tosco, fueron muchos más quienes mostraron su solidaridad e identificación con ese acto, aparentemente temerario, de defensa de identidad, principios, programa y línea política. La Lista Agustín Tosco desempeñó un excelente papel, no sólo en el plano que se había propuesto, el de la propaganda, sino incluso en el que no esperaba el más mínimo respaldo, el electoral.
Naturalmente, la necesidad de presentarse como Lista alternativa a la dirección provisional del CTA encabezada por ATE y CTERA no estaba dictada por una cuestión de tradición histórica. Eso hubiese quedado completamente fuera de lugar si entre las partes hubiese habido acuerdo programático y político; lo cual, por supuesto, hubiese estado mostrando que la transición en curso estaba mucho más avanzada, si no concluida y dando lugar a una nueva etapa en la historia del movimiento obrero. Pero ocurre que todo ese posicionamiento que tan abstrusamente describe el informe apelando a las «hegemonías» tomaba cuerpo en definiciones incompatibles con un programa no digamos comunista, sino consecuentemente democrático: con base en los documentos de su centro de investigaciones, la dirección de ATE «hegemónicamente» se oponía a levantar la consigna de no pago de la deuda externa. Más aún: documentos que denunciamos en su momento con todo detalle, intentaron explicar que la deuda externa debe ser pagada y que esto no afecta en lo más mínimo la realización de un plan en favor de la clase trabajadora y el pueblo.
Por eso es inadmisible leer en el informe del CC una cruda condena a «los sectores hegemónicos» del CTA, que retroceden sobre sus propios recientes pasos para entramparse nuevamente en una política de conciliación de clases, cuando el PC formó parte de «esos sectores» y junto a ellos enfrentó a quienes levantaron una propuesta alternativa; el PC contribuyó consciente, deliberada y consistentemente a facilitar el retroceso -o en algunos casos el consistente desvío- de los compañeros que condujeron la Lista Germán Abdala, de graves consecuencias coyunturales y en el largo plazo. No tenemos duda -los hechos lo aseguran- que si el PC hubiese puesto toda su militancia y su fuerza organizativa a luchar por el programa que defendió la Lista Agustín Tosco, al interior del CTA -y por consecuencia en el conjunto del movimiento obrero- se hubiese producido un cambio cualitativo.
Imposible atenuar la gravedad de la conducta política de la dirección del PC en relación con el FG y el CTA. Imposible minimizar el significado del tratamiento que se hace de aquella conducta en el informe del CC. Sería un error, sin embargo, atribuirlas a individuos cínicos, a estrategias secretas de acción anticomunista o defectos personales de cualquier orden.
El problema radica en otro lado: las Tesis ratifican la ajenidad de la conducción del PC en relación con la teoría marxista y la organización comunista. Pero las Tesis fueron escritas ex post facto, es decir, luego de haber sido aplicadas consistentemente desde 1990, cuando el inevitable colapso de Izquierda Unida, combinado con la crisis mundial, dejó a la dirección del PC en un vacío conceptual, político y estratégico.
Ese vacío, que no supo, no pudo o no quiso cubrir el equipo que sinceramente encaró el viraje del XVIº Congreso, lo llenaron las antiguas concepciones stalinistas. Pero adecuadas a los nuevos tiempos. Al igual que sus pares de Italia y Francia -para tomar sólo los dos ejemplos más notorios- el PC ya ha llevado al plano de su definición teórica y su postulación programática la idea de que «el sujeto social» de la revolución no es la clase obrera. Eso quiere decir, en buen castellano, que ha llevado al plano de su definición política la abdicación del concepto mismo de revolución, aunque a diferencia de los ejemplos citados, que cambiaron el concepto por el de evolución, todavía no lo dice claramente. Para cruzar sigilosamente el abismo entre revolución y evolución es necesario un puente. Ese es el significado político de la palabra utopía.
El camino es inexorable. Los próximos pasos llevan a renegar del concepto Dictadura del Proletariado. Y denunciar como anacronismo el centralismo democrático. Mantener o no el término Comunista en la denominación partidaria constituirá una discusión de orden táctico, como lo explica el PC francés(13).
Respecto de la pregunta planteada desde el título para estas reflexiones, no cabe sino afirmar que el XIXº Congreso del PC no constituye, en ningún sentido, un aporte para recomponer las fuerzas marxistas. Todo lo contrario es verdad. El ciclo abierto con el XVIº Congreso no culmina con una superación de las desviaciones y deformaciones, una negación teórico-práctica del stalinismo, sino en el sentido inverso, con un cambio cualitativo que quita al PCA sus referencias ideológicas y sociales anteriores, para ponerlo en línea con lo que puede llegar a ser -si es que llega a ser algo diferenciado en el actual espectro político- un partido de la pequeña burguesía.
¿Cómo hacer?
Trago amargo para los compañeros y las compañeras comunistas del PC. Pero ineludible de digerir si se ha de romper con el círculo vicioso que desgrana estérilmente a este partido desde hace años. Insistir en la formación de vagarosos «movimientos políticos de izquierda», trocar la unidad de los comunistas por la unidad de revolucionarios sin identidad ideológica, diluir una y otra vez rostro, perfil y voz propia en «bloques político sociales» teleguiados por la burguesía, sólo logrará una reiteración permanente de desastres como el del Frente Grande, la Lista conjunta con los representantes de éste en el CTA, el volantazo inútil dado inmediatamente para fabricar un Foro Sindical que se esfumó antes de haber nacido.
Desde luego, no es fácil cortar con esta dinámica. Sobre todo después de tantos golpes sobre las certezas y la moral de los militantes entregados a la causa del socialismo. Pero es a estas temperaturas que se templa el buen acero. La tarea de rescate teórico, delimitación ideológica y clarificación programática, está vigente. Y plasma, contradictoria y lentamente, por múltiples caminos, en lucha política y esfuerzo de construcción organizativa. Esto ocurre no sólo Argentina. En todos y cada uno de los países del mundo -sin excluir, por supuesto, a los que integraban el Pacto de Varsovia y a Rusia en primer lugar- está planteada como una necesidad imperativa la recomposición de fuerzas marxistas. Ya hay expresiones de búsqueda concreta en el plano internacional, puntos de partida que, si son asumidas con responsabilidad, pueden constituirse en semillas con seguros frutos, porque el terreno -la crisis capitalista mundial abonada por la inclaudicable voluntad de los revolucionarios comunistas- es fértil.
Aquí, en Argentina, urge poner en movimiento instancias que permitan que los numerosos destacamentos comunistas dispersos, sobre bases principistas y con acuerdo programático, sumen voluntades y capacidades para realizar esa labor. Esas instancias las entendemos como Mesas de Enlace de Militantes Comunistas. Y en los casos en que a los principios y el programa se sume un acuerdo político verificable en la práctica, aquella suma debe tomar cuerpo y forma de organización común. Sin que ello suponga dar por cumplido el objetivo. Porque el camino no se agota creando un equipo de sólidos marxistas ni unificando algunos retazos. La recomposición de fuerzas marxistas es lo que estas palabras indican y no una maniobra organizativa, una operación de absorción o, mucho menos un zarpazo oportunista. Es la labor tenaz, sistemática, llevada a cabo con la flexibilidad de quien tiene la certeza de contar con principios inamovibles, tendiente a recuperar nuestra verdadera historia, reconocernos en ella, educar y en muchos casos reeducar una nueva vanguardia capaz de afrontar una lucha que lleva inexorablemente a chocar de frente a burgueses y proletarios, sin tregua posible y a escala mundial, en un combate histórico entre socialismo y barbarie.
A esa tarea no son ajenos -no pueden ni deben serlo- los comunistas que integran el PCA. No importa qué rango ocupen en el escalafón partidario. Desde la Mesas de Enlace de Militantes Comunistas habremos de intentar avanzar hacia una convocatoria a tantos Encuentros de Militantes Comunistas (barriales, locales, regionales) como sean necesarios para arribar al momento de estar en condiciones de convocar a un Congreso Fundacional de un partido de los comunistas.
Desde los humildes aportes sumados en las sucesivas ediciones de Crítica y, ante todo, desde nuestra práctica militante allí donde las fuerzas nos permiten desplegarla, tendemos una mano fraternal a todos los militantes que se consideran comunistas y están dispuestos a comprometerse en la edificación de un partido de cuadros marxistas, enraizado en cada lugar donde haya un obrero; respetado y escuchado por todos los explotados y oprimidos; capaz de conducir la lucha de las masas hacia la toma del poder por las organizaciones democráticas de los obreros, los campesinos y el pueblo, para instaurar su propio gobierno, demoler el Estado burgués, aplicar el rigor revolucionario a quien ose levantarse en armas contra el poder de los obreros y el pueblo, cortar de un tajo los lazos de sujeción al imperialismo y el gran capital y comenzar a edificar una sociedad de hombres y mujeres libres, dueños de sus destinos y capaces de encaminarlo en función de la justicia y la igualdad.
Para terminar, reproducimos un texto acordado por una Mesa de Enlace de Militantes Comunistas, con el cual se trabaja desde hace poco menos de un año en pos de encuentros preparatorios. Se trata de un compromiso individual (un hombre, un voto); y afirma lo siguiente:
«Compromiso de acuerdo básico
Yo, ……. declaro que:
I.- Considero que el capitalismo no puede ni podrá jamás satisfacer las necesidades elementales del ser humano y que, por lo tanto, la lucha consecuente por los reclamos básicos que hoy aúnan a cuatro quintas partes de la humanidad (trabajo, pan, techo, salud, educación) exige la abolición del sistema y su reemplazo por el socialismo.
II.- Entiendo por socialista una sociedad en la que los medios de producción y cambio están en manos de los trabajadores libre y democráticamente organizados y autogestionados, quienes a través de sus organismos de masas conducen efectivamente un Estado que garantiza la democracia y los derechos civiles para las grandes mayorías de obreros, campesinos, estudiantes, pequeños y medianos productores, a la vez que ejerce todo su poder de presión contra las fuerzas de la reacción interna e internacional que se le oponen por la fuerza.
III.- A partir de la experiencia histórica y su síntesis teórica, afirmo mi convicción de que el derrocamiento de la sociedad capitalista sólo puede ser obra de las masas explotadas y oprimidas conscientes de su condición de tales, unificadas en sus propios organismos, ejerciendo democráticamente su protagonismo en la lucha contra el capital.
IV.- Igualmente, la experiencia histórica y la teoría confirman que el desarrollo de la conciencia de las masas, su organización unitaria según sus intereses de clase y, particularmente, la lucha efectiva por el poder, demandan como condición indispensable que los revolucionarios marxistas, los comunistas, nos organicemos como partido capaz de llevar a cabo esas tareas históricas adecuándose en sus formas y criterios a la realidad y las circunstancias.
V.- Por causas que no tienen hoy -y acaso no tengan nunca- una explicación unívoca e inapelable, el primer intento exitoso de creación de un Estado Obrero comprometido con la construcción del socialismo, nacido de la gloriosa Revolución de Octubre, acabó en la degeneración de su dirección y en el derrumbe de la Unión Soviética, lo cual circunstancialmente volcó las relaciones de fuerzas a favor del imperialismo. Esto redundó en un mayor debilitamiento de las fuerzas revolucionarias en todo el mundo. A partir del rumbo negativo adoptado por la URSS y el retroceso de la revolución mundial, la militancia cargó con rémoras de deformaciones ideológicas y políticas; ahora se suma a esto la confusión y en muchos casos la desmoralización. En este cuadro, considero el deber de un revolucionario comunista hacer todos los esfuerzos que estén a mi alcance para contribuir a recomponer las fuerzas marxistas, afirmar las bases de un genuino Partido Comunista y alentar por todos los medios el estudio, la investigación y el debate franco y democrático para esclarecer las causas del desenlace ocurrido en la URSS, el cual no obstante su grandiosa y catastrófica dimensión actual, entiendo como un momento pasajero en la historia de la lucha de clases internacional, que por ella será asimilado y superado.
VI.- Dada la confusión ideológica y la disgregación organizativa dominantes en las filas de izquierda, entiendo que una perspectiva seria de recomposición de fuerzas debe excluir de antemano el vacío y oportunista llamado a «la unidad de los que luchan». Por el contrario, se requiere una estricta delimitación en el terreno de los que luchan (porque nadie sensato puede negar que luchan los reformistas, los populistas y hasta ciertos sectores de la burocracia sindical y la pequeña burguesía) a la vez que se procura la unidad del conjunto de la clase obrera y sus aliados (la mayoría de quienes, hay que subrayarlo, en este período no sólo no se caracteriza por luchar, sino que incluso vota por el más antiobrero, antipopular, antinacional y corrupto de los gobiernos que jamás haya tenido el país). Mi esfuerzo militante, por tanto, apunta a lograr por un lado la unidad de los comunistas mediante una recomposición de fuerzas rigurosa en todos los planos, y por otro lado a labrar la unidad de la clase obrera como tal y de ésta con todos sus aliados naturales.
VII.- Esto significa un política de simultáneo esfuerzo por edificar organizaciones que en el plano sindical y político contribuyan a la unidad social y política de los trabajadores, a la vez que se lleva a la práctica un enérgico plan de reafirmación ideológica, delimitación política y recomposición organizativa entre todos aquellos que nos reivindicamos marxistas, avanzando con prudencia pero sin vacilación ni demora hacia la realización de un Congreso de refundación del partido de los comunistas.
VIII.- Tras este objetivo, mi compromiso individual consiste en reafirmar mi carácter de militante comunista y hacer los mayores esfuerzos para que la recomposición de fuerzas transite por carriles objetivos, con base en la discusión de postulados ideológicos, contenidos progamáticos, criterios organizativos y políticas concretas.
IX.- Las profundas heridas producidas en las filas revolucionarias por la deformación del concepto de militante comunista, exigen un replanteo radical del significado de la organización partidaria, sus cuadros dirigentes y su militancia de base. Ese replanteo no debe ni puede partir de acusaciones personales sino de conceptos depurados por la experiencia histórica y su reafirmación teórica. Las responsabilidades individuales por errores, desviaciones y deformaciones del pasado serán juzgadas en términos políticos, con base en el ejercicio efectivo de la democracia de los trabajadores. Y el único tipo de impugnación aceptable para vetar a un/a compañero/a su derecho a emprender el camino de la recomposición de fuerzas y la refundación de un partido de los comunistas será aquél que se apoye en cargos relativos a la moral revolucionaria y la ética militante, debidamente avalados por pruebas fehacientes.
X.- Con base en estos postulados, asisto al Encuentro de Comunistas, en el cual ejerceré mi derecho democrático de exponer y/o respaldar posiciones destinadas a traducir la idea general en un plan político que arme táctica y estratégicamente a la militancia para la acción inmediata en tanto continuamos avanzando hacia la realización de un congreso fundacional del partido de los comunistas».
Claro que no será sencillo. Pero las dificultades arredran sólo a aquellos que encuentran sencillo convivir en la inhumana, despiadada, enajenada sociedad capitalista. A ellos no está dirigido este llamamiento.
Los demás, los revolucionarios que no concuerdan con esta plataforma ideológico-programática, pueden tener la certeza de nuestra firme voluntad de acción común en la lucha contra el imperialismo y las lacras sociales del capitalismo, nuestro inalterable respeto y aprecio por todo aquel que sienta en su rostro la bofetada que se dé en cualquier rostro de hombre, nuestra lealtad sin subterfugios para exponer nuestras ideas, respetar las decisiones democráticas de los organismos de masas y actuar en toda circunstancia en consonancia con la definición de Marx y Engels en el Manifiesto Comunista:
«Los comunistas no son un partido aparte, frente a los demás partidos obreros. No tienen intereses separados de los intereses de todo el proletariado. No establecen principios especiales (sectarios) según los cuales pretenden moldear el movimiento proletario. Los comunistas sólo se diferencian de los restantes partidos proletarios por la circunstancia de que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios destacan y hacen valer los intereses comunes de todo proletariado, independientes de la nacionalidad; por la otra, por el hecho de que, en las diversas fases de desarrollo que recorre la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre el interés del movimiento general»,
El otro parámetro de nuestra conducta lo trazó el Che en su recordada afirmación: «El revolucionario es el escalón más alto de la especie humana».
Buenos Aires, abril de 1996
réplica al general balza
Una clase sometida y corrupta no puede edificar un país justo
Todo está por hacerse en Argentina al filo del tercer milenio. El dilema es quién lo hará.
Para el sentido común hay una respuesta complaciente: «lo haremos entre todos». Es tan atractiva la apelación, que hasta un grupo que se consideraba de izquierda y luego arrojó a sus militantes a una operación armada irresponsable, la adoptó como lema y tituló así su periódico. El general Martín Balza, en su autocrítica del 25 de abril, apela también a ese concepto en un supremo intento por sentar nuevas bases filosóficas y políticas para reconstruir las fuerzas armadas.
Tras admitir, por primera vez, los aberrantes crímenes cometidos por el ejército, Balza explica que «del enfrentamiento entre argentinos somos casi todos culpables, por acción u omisión, por ausencia o por exceso, por anuencia o por consejo». Luego lleva la idea a otro plano, inhabitual en hombres de cuartel, y por eso mismo demostrativo del grado de elaboración que tuvo la posición: «La culpa en el fondo está en el inconsciente colectivo de la Nación toda». Después viene el remate: «este paso no tiene más pretensión que iniciar un largo camino, es apenas un aporte menor de una obra que sólo puede ser construida entre todos, Una obra que algún día culmine con la reconciliación entre los argentinos».
Que el disparo dé o no en el blanco es algo que está por verse. Depende del resultado del combate ideológico y político en curso en el conjunto de la sociedad. Pero no hay duda que el arma está bien apuntada.
La respuesta entre todos, corona las reflexiones del hombre común o de cualquier comentarista ante el desolador paisaje que golpea los ojos, sea donde sea que se ponga la mirada, al indagar el futuro.
Es tan obvio que el actual estado de cosas no puede prolongarse indefinidamente, tan evidente que las iniquidades de todo orden sufridas hoy no pueden, en ninguna hipótesis, dar lugar a forma alguna de estabilidad ni ser soportadas pasivamente por sus víctimas, que incluso el pensamiento menos audaz vuela a la búsqueda de una solución y, llevado por la angustia y la impotencia, se refugia en una noción tan inmediata como la certeza del desastre inminente: entre todos.
Hay casos menos transparentes. No son pocos los personajes, más o menos destacados, que saben sin lugar a dudas el fraude que esconde esa convocatoria a todos. Deliberadamente recurren a esa respuesta fácil para evitar que la verdad salte a la vista. Es un arma más en el arsenal de las clases dominantes para manipular los sentimientos, las esperanzas y temores de las masas.
Importa, desde luego, denunciar y exponer a tanto periodista, showman, político, intelectual, militar o sindicalista que, consciente de la trampa que propone, culmina sus divagaciones sobre la realidad o funda su propuesta política con un llamado a unirnos todos.
Sin embargo, más importante que esa labor de denuncia es entender -y obrar en consecuencia- que poco menos de la totalidad de los habitantes del país, abrumados por la crisis, indignados por las atrocidades cometidas por los militares, ansiosos de una solución urgente y efectiva al drama de la miseria creciente que acosa, también, a una mayoría abrumadora de los habitantes del país, esa masa humana constituida por diferentes clases y estratos sociales está, a priori, dispuesta a admitir que cualquier solución imaginable se apoya en la unidad de todos los argentinos.
Esto se explica por múltiples factores que pesan a escala mundial en este momento, pero muy particularmente radican en la historia reciente de este país y la conformación de la conciencia de la clase obrera a que ella dio lugar. Una noción tan elemental como la división de la sociedad en clases antagónicas ha sido encubierta y confundida por la conciliación entre esas clases.
Pocos reparan que el escudo argentino es un símbolo contrario al escudo del partido justicialista. Aquél, muestra la representación de la república sostenida por dos brazos desde abajo. Este, con absoluto descaro, presenta un brazo desde abajo, como el escudo original, que entrelaza el puño con otro brazo que viene de arriba. He allí la noción básica, profundamente arraigada en la conciencia de nuestra clase obrera, de que los objetivos de las grandes mayorías, la realización de una sociedad justa, se alcanzarán mediante la conciliación de clases.
La República Argentina nació y se fundó como país en lucha contra el imperio español, en un período histórico en que la burguesía era revolucionaria: luchaba contra el feudalismo y la monarquía. Los de abajo (campesinos, artesanos, trabajadores y burgueses) se unían, para empujar la historia hacia adelante, contra los de arriba.
A mediados de este siglo, sin embargo, en todo el mundo la burguesía había mostrado sobradamente que aquel papel que le cupo en la historia del desarrollo humano, estaba superado. Las masas sentían en carne viva, en todo el mundo, que el sistema capitalista era incluso más reaccionario que en su momento el feudalismo para el desarrollo de la humanidad. Para hacer irrefutable esa conclusión palpable a simple vista, dos guerras mundiales habían ocurrido como resultado de la lucha entre diferentes burguesías nacionales por obtener mercados.
Es en ese momento histórico, cuando la burguesía tambalea en todo el mundo tras haber mostrado los horrores a los que necesariamente lleva el sistema capitalista, que en Argentina un equipo militar, asistido por teóricos ultrareaccionarios y respaldado por la iglesia y algunos sectores de la burguesía local, diseña un símbolo contrapuesto al escudo nacional: un brazo tendido desde arriba viene a asir el puño de los de abajo.
¡Cuánta sangre generosa vertida bajo esa estafa histórica! ¡Cuánta pasión revolucionaria manipulada por el enemigo de clase! ¡Cuánta esperanza, cuántos sacrificios, frustrados por no negarse a beber de esa copa envenenada!
La función histórica que le cupo al peronismo fue la de evitar la concientización y organización independientes de la clase obrera, que es tanto como decir evitar la concreción de las bases para la revolución socialista.
Por eso no hay contradicción en el hecho de sea un gobierno peronista el que, no contento con enajenar las riquezas y la soberanía nacionales, entrega la Orden de Mayo, máxima distinción instituida por San Martín, a gerentes del imperialismo como Nicholas Brady, David Mulford o Jacques de Larossier.
Importa subrayar esto ahora y frente al discurso de Balza, porque ese papel histórico del peronismo nada tiene que ver con la intencionalidad de millones de personas, incluso miles de dirigentes, que le dieron vida a esa respuesta política en un momento crucial de la historia argentina.
Así como en 1945 la necesidad del capitalismo local e internacional exigía ese discurso populista y pseudonacionalista, hoy los requerimientos del sistema imponen la necesidad del discurso pseudodemocrático. Y está planteado el riesgo, trascendendental por sus gravísimas implicancias, de que la estafa ideológica gane una vez más la conciencia y la voluntad de buena parte de la juventud y no pocos intelectuales, de dirigentes sociales y políticos que, llevados por sinceros sentimientos de defensa de la democracia y reconstrucción del país, se dejan arrastrar por la engañosa convocatoria a la reconciliación y la unión nacional.
Otra vez en una encrucijada histórica, la clase obrera, los jóvenes, el país todo, deben optar entre dos caminos. Uno es el que le propone la burguesía. El otro, no tiene trazado visible, no tiene dirigentes reconocidos, no tiene voces audibles por sobre el estrépito del caos nacional.
Este, sin duda, es un problema grave. Pero es una dificultad menor frente a la confusión ideológica no ya de las masas, sino de los dirigentes naturales de las luchas sociales que se multiplican en todo el país y, más aún, de quienes se consideran dirigentes de izquierda.
La naturaleza del debate
Hay dos debates en curso. Uno consiste en definir el país que queremos: ¿será aquél con una tasa normal de desocupación, como dicen los economistas que critican la política actual?; ¿será un país con mejores salarios y jubilaciones?; ¿será un país con gobernantes que no hagan una virtud de la sumisión a los gerentes del Norte?… ¿o será un país sin desocupados, sin asalariados, es decir, sin personas que venden su fuerza de trabajo a quienes poseen los medios de producción y lucran con la desventura humana; un país sin cadenas que lo amarren al capital financiero internacional?
En otras palabras: el que trataremos de edificar sobre estas ruinas ¿será un país capitalista o una sociedad socialista?
No corresponde descalificar individualmente a quien se pronuncie por la primera opción. Así como hay personas que esgrimen discursos hiper-radicalizados pero en todo ajenas a la idea y la práctica de la revolución social, existen no pocas personas sinceras, dotadas de sentimientos humanitarios y honestas intenciones de redención social, que creen que a esos fines se llegará por la vía de reformar, corregir y perfeccionar al sistema capitalista.
Por eso la otra cara del debate histórico que tenemos por delante es en torno a la posibilidad o imposibilidad de construir un país justo, armónico, democrático, como el que describe Balza en su discurso.
En otras palabras: al margen de la definición ideológica (aspirar a una sociedad capitalista con rostro humano o proponer un sistema socialista), y sin poner a priori en tela de juicio las condiciones morales de quienes proponen suturar las heridas aún sangrantes, es necesario pronunciarse con argumentos fundados en torno a la posibilidad concreta, la viabilidad histórica, de un sistema social que se proponga terminar con las intolerables desigualdades sociales que están en la base de luchas que, a su vez, dan lugar a conductas aberrantes como las denunciadas por el general Balza.
Una política seria, una estrategia fundada, que se propone la toma del poder y la edificación de una sociedad a la medida del hombre, no apela a calificativos morales frente al enemigo. Y tampoco se enreda en consideraciones de ese orden cuando se trata de delimitar posiciones frente a quienes, al menos en las palabras, se ubican del lado de los explotados en la infranqueable frontera de clases.
Hay enemigos dignos. Y existen personas que, bajo el estandarte de la revolución, han cometido y cometen indignidades imperdonables.
Por eso, una posición a favor o en contra del discurso en el cual el general Martín Balza confesó los crímenes del ejército, los condenó sin atenuantes y planteó una plataforma moral y política diferente para las fuerzas armadas de ahora en más, carece de todo fundamento y perspectiva si se limita a creer o no en la sinceridad del jefe militar, si se reduce a juzgar subjetivamente sus intenciones y las de sus pares.
La autocrítica del titular del ejército es muy profunda. Resultaría gravoso no tomarla en serio, condenarla o aplaudirla midiéndola apenas con la vara de la actitud frente a los derechos humanos o el régimen constitucional.
Condenar a los militares por haber cometido crímenes aberrantes, es un gesto vacío si se separa la conducta de estos hombres de la causa que la puso en movimiento. Esto vale para la derecha, desde luego; para tanto oportunista que guardó en un baúl, con candado, su traje de demócrata, mientras otros hacían el trabajo sucio, para exhibir ahora su horror moral, despreciar a los ejecutores del crimen y volver a calzarse el atuendo apolillado. Pero vale también para cierta izquierda.
La condena moral no ya a un comandante, sino al sargento del ejército que arrojó prisioneros vivos al mar, es un derecho inapelable que tiene cualquier persona, víctima directa o no de la represión durante la dictadura militar. Pero para que esa condena no sea un acto que se agota en sí mismo y por lo tanto vacío de todo contenido respecto de la sociedad futura que se propone -más aún cuando se defiende que ésta sea capitalista- debe buscar las causas de una conducta individual tan despiadada.
No faltará, desde luego, quien aluda a la maldad intrínseca del ser humano. O quien culpe al demonio. El papa acaba de explicar las guerras, precisamente, como obra de Lucifer. Aquí también se entremezclan la ignorancia y el cinismo lúcido, que al cabo no es sino una forma refinada y perversa de la ignorancia.
Pero quien intente aproximarse a la verdad y rechace por definición la mentira organizada -organizada justamente para alentar y manipular la ignorancia- no puede dejar de ver que ese sargento es, además de victimario, víctima. Mutatis mutandi, lo mismo vale para un oficial.
La función hace al órgano. No cabe duda que esos individuos puestos en situación de poderío absoluto frente a hombres y mujeres indefensos, se transformaron en seres a los cuales calificar como animales sería un insulto incluso para las especies más primarias. ¿Pero dónde radica la necesidad de esa función?
La función represiva no es una anomalía del sistema. Por el contrario, es un valor intrínseco, una necesidad estructural de la sociedad dividida en clases.
Condenar sin atenuantes a los torturadores y a sus jefes es, desde luego, condición primera. Y condenarlos de verdad; con la pena máxima: el desprecio imborrable de la sociedad; con la pena ineludible: el juicio público y la cárcel; y con la pena que será o no necesaria según las circunstancias: el fusilamiento por la espalda.
Pero condenar a los asesinos y reivindicar -o ser neutro- ante la causa que armó su brazo, les entregó la suma del poder y luego los sepulta como individuos, a la vez que los rescata como institución, es no sólo un acto de candidez o cinismo (y cada uno elige aquí a quién coloca éste o aquél calificativo), sino sobre todo un paso hacia la repetición perpetua del crimen que se vitupera.
Es contrario al conocimiento elemental del ser humano suponer que entre quienes recibieron como un bálsamo la autocrítica del ejército, incluso en las filas de las fuerzas armadas, no hay hombres y mujeres asqueados, desmoralizados y desorientados por la revelación pública y el reconocimiento individual de lo que han hecho ellos mismos o las personas con las que conviven, los jefes a quienes obedecen, las instituciones dentro de las cuales transcurren sus vidas.
Pero la condición para poder entablar un diálogo con ellos es afirmar, sin vacilación ni lugar a confusiones, que los inenarrables crímenes cometidos por las fuerzas armadas de Argentina contra todo un pueblo no resultan de la maldad o el error de nadie como individuo, sino de una necesidad inapelable de los fundamentos mismos sobre los que se sostiene esta sociedad.
Quienes elaboraron la posición expuesta por el jefe del ejército, saben eso. Pero invierten su sentido y lo transforman en poderoso argumento para diluir y encubrir la responsabilidad: «la culpa en el fondo está en el inconsciente colectivo de la Nación toda».
Es un argumento poderoso porque se basa en una parte de la verdad. La idea de que durante la dictadura se degradó, se negó como ser humano sólo aquel que torturó o asesinó, es mucho más que un error. Más aún: es falsa la idea de que los ciudadanos, militares o no, se degradan únicamente cuando gobierna una dictadura.
Un ejemplo: no son pocos los periodistas que para mantener su trabajo -y no sólo en tiempos de gobiernos militares!- deben escribir cosas en las que no creen, mentir a sabiendas, ocultar lo que conocen. Y si bien hay quienes en ese juego alzan vuelo y se muestran satisfechos precisamente por su degradación, son muchos más los que, con total conciencia o en la bruma de conflictos inconfesados, sienten que han sido triturados por un mecanismo que los excede.
Los ejemplos podrían multiplicarse: ¿qué decir del obrero metalúrgico que desarrolla su labor en una fábrica de armas?; o del físico atómico que diseña un misil con carga nuclear?; o del economista que acepta la orden de su empresa de hallar la forma de extraer más plusvalía absoluta y relativa al obrero?; o del abogado que cobra por aplicar leyes y principios a los que sabe inícuos….?
Llevado al límite: ¿qué diferencia hay entre un periodista, un obrero, un profesional sometidos a normas, prácticas y principios que contradicen la verdad y los sentimientos más puros del ser humano, y ese sargento que, ordenado por sus jefes y legitimada su acción por las jerarquías de todas las instituciones, subió al avión y empujó un cuerpo vivo al mar? ¿Lo denunció el periodista? ¿fue a la huelga el obrero para frenar la masacre?, ¿renunció el profesional a sus privilegios para salir a la calle a decir que eso era inaceptable?
¿Era verdad que no sabía? ¿O lo sabía, casi con la misma crudeza que el suboficial que vigilaba un campo de concentración o el teniente que lo comandaba, y por razones que hoy no puede explicarse -ni aceptar en caso de vislumbrarlas- se mantuvo pasivo?
Hechas por un defensor de la sociedad capitalista estas preguntas tienen un impacto letal precisamente porque se apoyan en una base real. A partir de esa realidad, consciente o no pero palpable en el conjunto social, los ideólogos del sistema elaboran un sofisma que golpea duro sobre los individuos: todos somos culpables. Es la plataforma sólida, aunque invisible, sobre la que se afirma el otro sofisma: a esto lo arreglamos entre todos.
No obstante, desde la óptica contraria el argumento es aún más poderoso, a condición de atreverse a usarlo como brújula estratégica y como arma de combate permanente, cotidiano, en todos los ámbitos, en todo momento y lugar: el ser humano, con prescindencia de su pertenencia de clase, se degrada necesariamente en el sistema capitalista. Por hambre o por hartazgo; por superexplotación o por falta de trabajo; por la riqueza extrema o la pobreza abyecta, torturado o torturando. Claro que unos son víctimas y otros victimarios en un momento dado. Pero nadie escapa a la fuerza destructiva de un sistema que cosifica al hombre precisamente porque tiene al lucro como valor supremo.
Desde luego es censurable que un individuo no tenga el coraje y la entereza para ser consecuente con sus sentimientos (otra vez el militar ante la exigencia de torturar y asesinar o el periodista ante la exigencia de callar y mentir) y pagar por ello el precio que sea necesario, aunque éste sea el precio aparentemente mínimo de perder el trabajo o cambiar de profesión, perder la seguridad y tranquilidad. Pero explicar el fenómeno social por la conducta del individuo es una tramoya, que además de poner la piedra fundamental para la manipulación de la conciencia colectiva, intenta desdibujar el peso demoledor que sobre la conducta individual tiene la brutalidad extrema del terrorismo capitalista, a la vez que trata de encubrir un hecho decisivo: en todos los ámbitos, día por día durante años terribles, hubo personas que jugaron no su puesto de trabajo, sino su vida. Hubo decenas de miles de desaparecidos y millones que, de una u otra forma, resistieron, recorrieron paso a paso el camino que llevó a la derrota de la dictadura.
¿Cómo es posible olvidar hoy las tomas de fábricas y huelgas en Córdoba y la zona Norte del Gran Buenos Aires a fines de 1977, o la osadía de artistas y público durante la embestida de Teatro Abierto, para poner apenas dos ejemplos socialmente polares?
Justamente uno de los crímenes conceptuales más graves de cierta izquierda es sostener que la dictadura no cayó por la resistencia de las masas. Innumerables huelgas, anónimos actos de heroísmo cotidiano multiplicados por millones, en todos los ámbitos, fueron los que minaron el terreno sobre el que se sostenía el régimen represivo y acabaron haciendo algo mucho más trascendental que derrocar a un gobierno: resquebrajaron las columnas de todas las instituciones que sostienen al sistema, como ahora se ve con nitidez: partidos, iglesia, fuerzas armadas.
La misma interpretación que culpa a individuos por los desmanes represivos de la dictadura explica la guerra de Malvinas como resultado de la afición de un general por el alcohol. Las clases dominantes y sus ideólogos utilizan sabiamente la imperdonable superficialidad de quienes tergiversan de esta manera la realidad. Esa desgraciada combinación ha permitido ocultar que la causa de fondo de aquel salto al vacío de los jefes militares fue precisamente una resistencia que los había puesto al borde del abismo. Quienes se rindieron ante los imperialistas británicos, traicionando incluso a muchos hombres de sus filas que lucharon con coraje y ansias de victoria frente al enemigo real, prefirieron esa conducta ignominiosa a la posibilidad de tener que ceder ante la movilización de masas.
La historia desde entonces en adelante no se explica sin el saldo concreto, la derrota militar del país -no de las fuerzas armadas- ante el imperialismo.
¿Cómo es posible que personas serias minimicen el hecho de que la guerra planteaba objetivamente la necesidad de expropiar a los ingleses y sus aliados; que esa era una condición de cualquier estrategia seria de victoria y estaba ante los ojos de cualquier oficial mínimamente lúcido? ¿Cómo es posible que gente seria y culta no entienda que ésa era la verdadera guerra y que la guerra misma no se explica sin la resistencia de masas que la hizo necesaria como recurso desesperado? ¿Cómo es posible que gente seria, culta y responsable, se niegue a entender el significado profundo del respaldo masivo de la población a la lucha contra el imperialismo? ¿Cómo es posible que personas insospechables se nieguen a entender el papel de la iglesia y el papa en las negociaciones?.
La conducta contradictoria y confusa por parte de individuos, instituciones y partidos comprometidos con la verdad, con la democracia y los derechos humanos, se explica únicamente por la magnitud excepcional de la crisis y el carácter extremo de las opciones en juego.
No requiere explicación el rechazo visceral a la guerra. Es obvio el desprecio y la condena a aquellos que enviaron soldados de 18 años a la muerte y la locura. Es más que comprensible el repudio a esa aventura que culminó con un espectáculo que perdurará imborrable en la historia: los jefes traidores tratando de ocultar a los ojos del pueblo el regreso de nuestros soldados vencidos.
Pero lo que sí requiere reflexión y debate es qué hacer ante una crisis que propone, una y otra vez, sólo alternativas extremas.
Es preciso admitir ahora que fue un ensueño, una ilusión sin fundamento, la explosión de alegría y esperanza que inundó al país en 1983, cuando asumió el más democrático y progresista de los presidentes de la historia argentina. El mismo que después de imponer las leyes de obediencia debida y punto final terminó su gobierno bajo estado de sitio; el mismo que quitó al salario la mitad de su valor; el que pagó 16 mil millones de dólares de una deuda que en el mismo período pasó de 45 a 63 mil millones; el que renunció en medio de una inflación sideral, de una desesperación colectiva que llevó al respaldo de un personaje impensable como presidente poco tiempo antes.
¿Cuántos recién nacidos murieron innecesaria e injustamente desde entonces? ¿Cuántos chicos fueron arrojados a la calle, es decir, a un futuro de violencia, delincuencia y muerte? ¿Cuántas personas sufren injusta pero también innecesariamente el desempleo, la humillación, la falta de vivienda, el hambre?
Esto, no la paz y la armonía, el desarrollo y el bienestar, es la contrapartida de aquello.
Y falta mucho por ver todavía.
Las ilusiones sin fundamentos se basan en la incomprensión de la realidad, la cual a su vez no puede desprenderse del pasado. La guerra de Malvinas, una instancia decisiva de ese pasado, no sólo no es objeto de estudio y debate sino que es conscientemente ocultada y tergiversada por unos e inconscientemente negada por otros.
Y esto está cargado de consecuencias inmediatas. Porque fue la agudeza extrema del conflicto social y las contradicciones económicas subyacentes lo que se tradujo en confrontación militar con el imperialismo. Las mismas fuerzas que sostenían a los militares en el gobierno y los jefes de esas fuerzas armadas resolvieron, in extremis, abrazarse al imperialismo antes que apelar a las masas para vencerlo. Era una conducta obvia. Pero el saldo ineludible de esa conducta sería, ni más ni menos, la destrucción de las fuerzas armadas. En uno de los párrafos de su discurso Balza explica como muestra de incompetencia, de incapacidad manifiesta en términos político-militares la metodología empleada contra la guerrilla. Dice el jefe militar: «El ejército, instruido y adiestrado para la guerra clásica, no supo cómo enfrentar desde la ley plena al terrorismo demencial».
Contra esta aseveración, hay infinidad de pruebas que nadie osaría contradecir: las fuerzas armadas de Argentina y muy particularmente el ejército fue «instruido y adiestrado» para luchar contra la insurgencia interna. Decenas de miles de suboficiales y oficiales recibieron cursos en Panamá, en la siniestra escuela de las Américas, donde militares y agentes de la CIA estadounidenses formaron cuadros especializados en lucha antiguerrillera, inteligencia antisubversiva y técnicas de acción de masas para aterrorizar y confundir a la población. Esos cuadros a su vez instruyeron soldados para la lucha antiguerrillera (el autor de estas líneas es uno de ellos) en unidades especiales para el combate en ciudades y montañas. Más aún: los aventajados alumnos argentinos de esa escuela de torturadores y asesinos fueron luego profesores en América Central, para combatir contra el sandinismo y los revolucionarios de El Salvador y Guatemala.
No hay manera de sostener la idea de que el ejército cayó en la vorágine de la represión sin límites por falta de preparación para el desafío guerrillero. Exactamente lo inverso es verdad. Sin embargo, pasemos por alto este punto, que pone en cuestión la sinceridad de toda la arquitectura del discurso de Balza, y vayamos al dato más importante que surge de esa afirmación: el ejército estaba «instruido y adiestrado para la guerra clásica». ¿Qué será para el jefe del ejército una guerra clásica? Porque ni el más torpe o concesivo de los analistas militares del planeta pondría en cuestión que, en Malvinas, el ejército mostró una incapacidad e incompetencia sin parangón en la historia de la guerra, precisamente en lo más clásico de una estrategia clásica: la logística.
Manipular la verdad tiene sus riesgos. El jefe del ejército no hace honor a los hombres que lucharon con coraje y determinación, pero también con habilidad de combatientes, al negarse a reconocer que el ejército fue escandalosamente incapaz de sostener a las tropas que envió a las Malvinas precisamente por estar «instruido y adiestrado» para reprimir a los obreros, a los jóvenes, a los luchadores por la libertad, la soberanía y la revolución social.
Como quiera que sea, se desprende de las propias palabras de Balza que el ejército no sirve ni para aquello ni para esto. Es decir, no sirve para nada. Y esta es una conclusión exacta. Las fuerzas armadas actuales no están en condiciones de tomar el poder político una vez más, no pueden -se los impide la aún muy sólida barrera de la sociedad civil- lanzarse a aquello para lo que fueron instruidas y adiestradas, la represión a las movilizaciones populares. Y tampoco podría responder al más mínimo choque con una fuerza extranjera. Esa, cruda e irrebatiblemente, es la realidad de las fuerzas armadas.
De allí que quien se niega a entender el desarrollo y desenlace de este período de nuestra historia reciente se vea incapacitado para entender las causas que explican el discurso de Balza. O, lo que es lo mismo, entender la sustancia de lo que está en juego en este momento histórico.
Ocultar la magnitud masiva de la resistencia a la dictadura, cargar la guerra a un general borracho y ver en ella sólo las tragedias individuales, es la contracara ineludible de convencerse y permitir que se convenza a las masas de la responsabilidad de todos en la caída del país.
Como se ve, hay una lógica con arraigo objetivo, manipulada por una arquitectura cuidadosamente diseñada para ocultar y tergiversar la verdad, en la conducta de quienes son proclives a asumir la culpabilidad colectiva, lo cual en términos políticos se traduce en el voto a los partidos del enemigo. Pero esto no ocurre únicamente, ni mucho menos, en esas mayorías anónimas abrumadas por la miseria y la ignorancia.
Nada más lejos de la verdad: las mayorías se conducen de ese modo precisamente porque las minorías -entendiendo por tales a la intelectualidad, los profesionales e incluso fuerzas políticas consideradas democráticas o aun de izquierda- prontas a condenar las manifestaciones ostensibles de embrutecimiento en la conducta política de las masas, empujan a la población en esa dirección al transmitirles la idea de que es posible respetar los valores humanos sin cambiar la sociedad de raíz, lo cual en términos políticos se traduce en el apoyo a programas y candidatos que justamente no presentan como ineludible, imprescindible y urgente un giro de 180 grados en el rumbo político del país.
Nadie está más sujeto a caer en la trampa conceptual que hace a todos culpables y, en consecuencia lógica, convoca a todos a resolver el problema, que aquellas personas con mayor educación, con algún grado de conciencia social y con algún privilegio -aunque sea el mínimo privilegio de tener un trabajo bien pago- que intuyen o conocen la gravedad de lo que está en juego, pero se resisten a llevar su comprensión hasta las últimas consecuencias.
Llegar a la conclusión obligada exigiría un pronunciamiento neto contra las causas que producen estos efectos. Lo cual equivale no ya a poner en riesgo ese privilegio, sino a admitir la inevitabilidad de opciones extremas. Por eso la idea de que un régimen constitucional hace menos bochornosa y destructiva, en todos los órdenes, la degradación de los individuos, más que un error es una justificación. Y esa justificación ensambla sin violencia con la utilizada por el general Balza para explicar la conducta de la institución que encabeza.
Paradojalmente, para recorrer ese camino que lo absuelve de responsabilidad concreta en el presente, el individuo debe comenzar por asumir que él es, efectivamente, culpable.
Culpable por omisión -no haber muerto en la lucha contra la dictadura- o culpable por comisión -haberse equivocado en la lucha contra ella.
Culpable en cualquier caso, sin autoridad moral ni política para proponer un país diferente, sin respaldo de las mayorías a un programa de drástico cambio social ¿qué puede hacer un individuo sino tratar de resolver sus urgencias, cada día mayores? Esto calza como un guante en la necesidad objetiva de las capas medias, pero también en la urgencias prácticas y subjetivas de no pocos militantes y partidos. No es casual que, socialmente asentados en estas capas, partidos que se consideran de izquierda hayan insistido en buscar candidatos de perfil ambiguo, centristas, contrarios a posiciones anticapitalistas, para representarlos. La responsabilidad individual transferida a la responsabilidad de todos, vuelve diluida al sujeto en cuestión. Y así la vida continúa.
Ideología y manipulación
Este desarrollo lógico a partir de una falacia explica la reacción favorable que tuvo en sectores considerados democráticos y progresistas el discurso del general Martín Balza, cuando miró de frente a la cámara de televisión y lanzó una estremecedora conclusión: «Sin eufemismos digo claramente: delinque quien imparte órdenes inmorales. Delinque quien cumple órdenes inmorales. Delinque quien, para cumplir un fin que cree justo, emplea medios injustos, inmorales».
Es preciso tomar al pie de la letra estas palabras del comandante del ejército: está probado que los jefes dieron órdenes inmorales, los subordinados cumplieron órdenes inmorales y todos, por acción u omisión, se involucraron en el empleo de medios injustos, inmorales, para cumplir con fines -vamos a admitirlo como hipótesis- que creían justos. Por tanto, de las palabras del jefe del ejército se deduce de manera irrefutable que todos quienes integraron las fuerzas armadas durante los años de dictadura, son delincuentes.
Conclusión significativa. Podemos suscribirla sin esfuerzo. Pero con una condición: que no se destruya a los individuos para salvar la institución.
Los sobrevivientes de aquella ofensiva criminal que seguimos luchando punto por punto, sin ninguna concesión, sin ninguna autocrítica, sin ninguna vacilación de ningún tipo, por lo que defendíamos entonces, no centramos nuestra lucha en individuos. No buscamos, ni queremos, ni admitimos, venganza individual.
Más aún: salimos en defensa de su condición de víctimas, aunque en ninguna hipótesis esto pueda interpretarse como disposición al olvido o al perdón. Juicio y castigo, cárcel y vergüenza para ellos.
Pero esa jauría embrutecida hasta límites inabarcables, esos andrajos humanos, no pueden, no deben, cargar con una responsabilidad que no les cabe.
Así como no es posible cargar a un chico de la calle de hoy con la responsabilidad de los crímenes que necesariamente cometerá cuando sea mayor, no es admisible que se oculte el carácter de necesidad que tiene el salvajismo de un integrante de una fuerza armada defensora del capital, con prescindencia de las condiciones morales de los individuos que la componen. Sólo características personales -y circunstancias- excepcionales, pueden permitir que algunos de entre ellos eludan el mecanismo siniestro que los modela, los utiliza y luego, si es necesario, los destruye.
Para el resto, vale la ley general de que no necesariamente elegirían esa conducta indigna si tuvieran la posibilidad de optar por otra que, no exigiéndoles un supremo compromiso y sacrificio individual, les permitiera ser coherentes con su condición humana. Y esa ley es vital sobre todo por una razón: el militar que hoy defiende el sistema republicano, reivindica los derechos humanos, no empuña las armas contra su pueblo y reniega de las atrocidades cometidas, se comporta así porque tiene la posibilidad de hacerlo sin costo de su status personal, mientras que hacer lo contrario le sería oneroso (véase a Mohamed Seineldín y quienes lo acompañaron). Mañana será empujado nuevamente a combatir «por un fin que cree justo» (la defensa del sistema capitalista) y volverá a ser el asesino feroz que hoy condena.
¿No es el propio Balza un ejemplo de esto? ¿Dónde estuvo cuando el ejército que hoy comanda delinquía en el sentido más brutal e intolerable de la palabra? ¿Junto a quienes combatíamos lo que él condena hoy, o del lado de los asesinos?
No es preciso poner en duda los principios morales de Balza. Se puede partir de la premisa de que el jefe del ejército cree en lo que dice. La conclusión no se modifica. Por el contrario, refuerza su fundamento: si el general Balza, pese a ser un hombre de principios republicanos, respetuoso de los derechos humanos y temeroso de la ley de su dios, integró las filas del ejército delincuente sin contradicciones que le impidieran escalar hasta la comandancia, queda probado que la conducta vil de los integrantes de una fuerza armada no depende para nada de las condiciones morales de sus componentes. Por lo mismo, la conducta moral de estos, no es garantía de nada.
El propio Balza lo admite, cuando descarga la responsabilidad del golpe de Estado de 1976 en quienes defendieron la idea de «el ejército (como) única reserva de la patria»; y subraya que esas fueron «palabras dichas a los oídos militares por muchos, muchas veces».
El general Balza lleva su autocrítica al punto de admitir la necesidad de confeccionar listas con los nombres de los desaparecidos y esclarecer la suerte corrida por cada uno de ellos. Significativamente, no lleva su osadía a considerar necesario confeccionar la lista de los muchos que, muchas veces, susurraron al oído del ejército para que éste tomara el poder y pisoteara los principios ciudadanos y los ciudadanos mismos.
¿Quiénes son esos muchos que susurraban al oído de aquellos que luego serían impiadosos torturadores y asesinos? Algunos son fácilmente reconocibles, pese al disfraz de demócratas: Ricardo Balbín -por entonces presidente de la UCR- que denunció una fantástica guerrilla industrial para fundar el envío de tropas militares contra los obreros de Villa Constitución; Italo Luder, que en su carácter de presidente provisional peronista firmó el decreto ordenando «aniquilar la subversión»; el nuncio papal Pío Laghi, probada mano ejecutora de una plan represivo global. Pero ellos no son todos ni siquiera los más importantes. Porque los políticos y los sacerdotes del capital pasan, pero éste queda. Y sigue susurrando, aunque cambie circunstancialmente el argumento.
A propósito: ¿por qué ocultó Balza durante 20 años lo que hoy confiesa como delito?
Podemos ensayar una explicación, sujeta a todos los cambios que el general Balza nos indique con argumentos fundados y pruebas fehacientes.
Crisis y lucha de clases
La admisión de desvíos institucionales y delitos de todo tipo por parte de las fuerzas armadas es un eslabón ineludible en la respuesta estratégica al saldo de la confrontación violenta no ya con la guerrilla, sino con la clase obrera y el pueblo. Ese saldo es, como ya adelantamos, la desmoralización, la quiebra ideológica, el repudio generalizado de la población, la inhabilitación política y la desarticulación operativa de las fuerzas armadas.
En otras palabras: el brazo armado del capital está inutilizado. Esto ocurre en una etapa histórica en que la agudización de la crisis capitalista, no ya a nivel nacional sino a escala internacional, no deja otra alternativa que avanzar sistemáticamente contra las conquistas y reclamos económicos básicos de las mayorías, lo cual, en algún momento del proceso requiere el empleo de la violencia contra la población.
El primer paso en la estrategia de recomposición, bajo el gobierno de Raúl Alfonsín y timoneado por su ministro de Defensa, Raúl Borrás, consistía en el juicio a los 9 comandantes.
En la base del replanteo jugaron factores de muy diferente naturaleza. Por una parte, era a todas luces imposibles avanzar un milímetro sin satisfacer el ansia de justicia de prácticamente la totalidad de la población. Por otra, era necesario readecuar las fuerzas armadas a la nueva coyuntura mundial, lo cual cobraba singularidad por la situación concreta en Argentina luego de la guerra de Malvinas.
La ideología liberal que 12 años después Balza presenta como nuevo dogma es, en el diseño global, la coronación del proceso de recomposición de las fuerzas armadas. La noción superficial, absurda, pero acaso no totalmente inocente de «desguace del Estado», encubre en realidad un plan estratégico de recomposición del aparato de dominación de la burguesía, es decir, el Estado. En ese plan, uno de los puntos vitales es la reorganización y readecuación de las fuerzas armadas a partir de la situación objetiva en el momento en que estas deben retirarse del poder y para afrontar la coyuntura histórica global.
Las nuevas fuerzas armadas deberán adecuarse a las novedades del Estado al que sirven. O, más precisamente: deberán adecuarse a los cambios en la estructura y ubicación de la clase dominante.
La compulsiva necesidad de las metrópolis imperialistas de aumentar por múltiples vías la exacción de riquezas de los países dependientes a fin de contrarrestar la caída de la tasa de ganancia media del gran capital internacional, plantea, entre una multiplicidad de conflictos, el riesgo de que sectores de peso de las burguesías locales, acosados por la voracidad insaciable del capital financiero internacional, se levanten en armas contra las exigencias imperialistas. Un ejemplo de la vigencia y eclosión de esta contradicción es la invasión a Kuwait por parte de Irak en 1990. Es justamente la necesidad estratégica de impedir nuevas reacciones de ese tipo lo que explica la fulminante y devastadora contraofensiva conjunta del imperialismo.
Pero si la reacción ante el hecho consumado fue singularmente dura, no lo fue menos el accionar preventivo de tales reacciones: la reorganización, reideologización y reinserción en todos los órdenes de las fuerzas armadas de los países dependientes. Va de suyo que ese proyecto estratégico choca contra las fuerzas armadas como tales y, por lo tanto, conmueve a sus integrantes introduciendo un debate ideológico crucial, pero que esto es sólo la expresión de un fenómeno estructural que lo determina en forma y contenido: la pugna dentro mismo del capital y los grupos económicos que lo encarnan.
En el caso argentino, la combinación del odio popular contra los militares por las aberraciones represivas y el resultado de la guerra de Malvinas planteaba una singularidad extremadamente compleja.
Presumiblemente, los ideólogos del juicio a los comandantes imaginaron que con la investigación de la CONADEP, la condena pública y la cárcel a los jefes, sería suficiente para poder llegar a decir, como dice ahora Balza, que las fuerzas armadas se recomponían ideológicamente sobre la base clásica del dogma liberal. Pero dos fuerzas vitales salieron al cruce de esta política y acabaron demoliéndola: la movilización de masas pidiendo juicio y castigo a todos los responsables de la represión, y el impacto sobre un alto número de oficiales y suboficiales de la conducta de jefes militares, partidos e instituciones que llevó a la ignominiosa derrota de Malvinas. A esto se sumó un factor circunstancial pero de mucho peso coyuntural: el temor de suboficiales y oficiales de menor graduación a que a la derrota militar y política le siguiera el condigno castigo a todos los involucrados en acciones aberrantes.
Caras pintadas y ojos tapados
Esto último tuvo un efecto paradójico, porque si en una primera fase potenció al ala militar contraria al plan liberal, al cabo fue precisamente la llave para que ese sector quedara aislado y fuera aplastado. Aldo Rico y Mohamed Seineldín intentaron explotar el miedo de cuadros medios y bajos involucrados directamente en actos de torturas y asesinatos, ante el riesgo de una victoria de la justicia que los enviara a todos al lugar que les corresponde. La idea pueril de que ésta pudiera ejercerse en el marco de una sociedad capitalista, que obnubiló la percepción de tantas personas bienintecionadas, cegó a estos aspirantes a líderes nacionalistas.
Como no podía ser de otro modo, quienes mandan y sus asesores, con mayor o menor prolijidad, hicieron lo necesario -mediante tramoyas judiciales, compromisos, decretos, leyes, etc.- para dar garantías a esa masa acosada de cuadros militares. La conducta indecisa, contradictoria y en términos operativos increíblemente torpe de los jefes rebeldes, se explica porque en ellos mismos pesaba esa contradicción irresoluble: luchar por un proyecto de país o por la salvación individual. No es el caso de emitir un juicio de valor sobre el proyecto mismo, borrosamente esbozado en raros documentos y declaraciones, entre delirios místicos y afirmaciones tan primitivamente ultrareaccionarias que no pueden ser tomadas en serio como plataforma de un proyecto estratégico. Importa en este punto sencillamente señalar que el ala antiliberal, con larga tradición, mucho peso numérico y razones de todo orden para resistir la arremetida teledirigida desde Washington, no tuvo jefes porque no tuvo programa. Y no tuvo programa por una razón que excede no sólo a Rico y Seineldín: el único programa capaz de presentar batalla al imperialismo es un programa anticapitalista de revolución social; la revolución social se hace con las masas; las masas repudian y repudiarán eternamente los secuestros, torturas y asesinatos de la dictadura y, en consecuencia, ningún militar que la reivindique abierta o solapadamente tiene la más remota posibilidad de dar un paso efectivo contra la reorganización de las fuerzas armadas planeada por el gran capital internacional y sus socios locales.
Derechos humanos y acción política
Menos sencillo fue -y sigue y seguirá siendo- vencer a la otra fuerza contra la que chocó el intento de reorganización: la lucha por el juicio y el castigo a los responsables de la represión. Sin embargo, ya en 1987 quedó claro que el movimiento democrático que había conmovido a la sociedad desde sus cimientos, se agotaba en sí mismo sin hallar respuesta a la lenta, sinuosa, llena de puntos irremediablemente débiles, pero sistemática contraofensiva de la burguesía por recomponer sus fuerzas armadas.
En sustancia, el movimiento democrático afrontó la misma dificultad que el ala antiliberal de las fuerzas armadas: no pudo definir un programa más allá del reclamo de justicia y en consecuencia no pudo sostenerse como movimiento de masas, no pudo encarnar en los sectores más agobiados por la crisis capitalista, no logró consolidarse en ningún plano y cedió terreno, también lenta y contradictoriamente, pero de manera inexorable, al plan de recomposición del aparato armado del capital. La diferencia obvia es que a esta fuerza la asiste la verdad, la razón histórica. Pero en la lucha social, en el combate político, la razón es condición necesaria pero no suficiente para vencer.
Así, despejado el terreno interno y desperdigado, desorientado, en los hechos paralizado el temible adversario real, los jefes embarcados en el proyecto de recomposición de las fuerzas armadas sobre las bases del libreto dictado desde el Departamento de Estado estadounidense, se adueñaron del centro del escenario militar.
Un paso fundamental en la recomposición pudieron darlo, paradojalmente, con el respaldo casi unánime de la opinión pública e incluso de la mayoría de los más reconocidos defensores de los derechos humanos: la abolición del servicio militar obligatorio.
A contramano del plan de reducción de gastos, esta medida es sin embargo una pieza clave en la estrategia de recomposición del mecanismo represivo. Por eso no tuvo la menor objeción por parte del ministerio de Economía.
El rechazo unánime y visceral al militarismo y la más que justificada negativa a poner hijos en manos de personas acusadas de aberraciones que cada ciudadano tiene grabada en su conciencia, hace indefendible la idea de sostener la conscripción. De hecho, este dilema como tantos otros no tiene respuesta sin romper el molde que lo contiene. Pero lo cierto es que, con apoyo explícito y alborozado de la mayor parte del movimiento democrático que late todavía en el escenario político, el general Balza dio un paso decisivo y transformó el ejército argentino en una fuerza de soldados con contrato voluntario y salario regular. Es decir, un ejército mercenario.
Tanto temor hay de mirar de frente el significado de este paso estratégico de quienes planificaron la represión de los años 70, que se llegó al punto de condenar la ley de reforma porque deja abierta la posibilidad de convocar conscriptos en caso de que no hubiera suficientes voluntarios.
Las buenas personas que defienden tales ideas se resisten a admitir que todo este proceso tiene como base la crisis del capitalismo. Que esa crisis, ajena a la voluntad y los manejos de cualquier gobernante dentro del sistema, produce masas de desocupados. Que esos desocupados se agolparán a las puertas de los cuarteles para pedir trabajo. Que se les hace firmar un contrato por el cual, entre otras iniquidades, se obligan a descartar cualquier forma de agremiación, se comprometen a no asumir ni exponer cualquier opinión política. Que son seleccionados por sus capacidades para cumplir la función para la que se les paga, es decir: reprimir las inevitables sublevaciones contra los efectos de la crisis. ¿Y cuáles son esas condiciones?: el menor nivel de educación posible o directamente analfabetismo, incultura, vivencia de brutalidad familiar, aislamiento social…
Solo un punto de fuerza
¿Significa todo esto que la contraofensiva global estratégica del imperialismo, en su capítulo argentino ha vencido no ya en la imposición de un plan económico y un gobierno a la medida, sino incluso en su propósito de recomponer las fuerzas armadas? La respuesta explícita o impronunciable de buena parte, acaso la mayoría, de los activistas políticos, sindicales, estudiantiles o de los movimientos por los derechos humanos, es una resignada afirmación.
Sin embargo, esa resignación es la única victoria cierta que el imperialismo y sus socios pueden contar a su favor.
No hay lugar a dudas respecto de la contundente victoria en todos los terrenos y a escala planetaria de aquella contraofensiva global. Pero es igualmente incontrastable -no es posible dejar de repetirlo una y otra vez- que aún cuando esa victoria desplazó coyunturalmente la relación de fuerzas a favor del imperialismo (y esto es válido no sólo en materia económica, sino en el terreno militar, religioso, político, ideológico, cultural), en todos y cada uno de esos planos la victoria no hizo sino profundizar, agravar a límites intolerables e incontrolables la crisis global del sistema. A la par de esto, en ningún lugar decisivo del planeta la clase obrera ha sufrido una derrota suficientemente profunda y duradera como para permitir la continuidad de esta contraofensiva imperialista sin chocar contra un muro cuya solidez comprobarán los escépticos antes de no mucho tiempo.
Eso es también verdad en Argentina. Algún muralista podría representarlo en un fresco alusivo: una inequívoca confirmación plástica de esta afirmación es el general Balza empujado por un sargento que amenaza desatar una aluvión de confesiones. El comandante dispuesto a refundar las fuerzas armadas, a redefinir la ideología de la institución que encabeza y a salir a un combate político crucial en un momento extremadamente difícil, emite un discurso, trascendental para su fuerza y su clase, en el espacio televisivo obtenido de apuro dos horas antes gracias a un periodista habitualmente dispuesto a complacer, más allá de toda formalidad, las necesidades del poder.
Cabe aquí una disgresión para situar exactamente esa fotografía del comandante empujado por un sargento. No está en discusión que la clase obrera sufre hoy los efectos de una derrota. Pero sí está en discusión -y este es en realidad el más importante de los debates necesarios para adoptar un rumbo estratégico- cuándo, cómo y por qué obtuvo victorias la burguesía y en qué posiciones exactamente se encuentran hoy los contendientes en el campo de batalla.
Es falso de toda falsedad que los años de dictadura hayan culminado con una derrota profunda de la clase obrera. La desarticulación de las fuerzas armadas, la exposición de los partidos burgueses como enemigos jurados de los trabajadores, el fin del mito de la tercera posición, el desenmascaramiento público, masivo e incontrastable de la iglesia como aliada y sostén del poder, no son signos de una derrota histórica de los trabajadores!!
Todo está cabeza abajo y la apariencia contradice la realidad subyacente por imperio de un factor, en el cual sí, inequívocamente, el capital mantuvo la iniciativa: el de la disputa política. Con heridas muy hondas, con muchos de sus mejores hombres y mujeres secuestrados y asesinados, la clase obrera no salió derrotada de la dictadura. La batalla de clases no dejaba un saldo a favor del capital. Pero sí sufrió un traspié grave cuando, tomando distancia del partido peronista, respaldó al otro partido de la burguesía.
Luego fue manipulada, desmoralizada y desorganizada mediante un recurso peligroso pero eficiente si los que lo utilizan no pierden el control: 13 huelgas generales en 5 años. Y el control no se pierde si la lucha sindical no se eleva al plano político.
El mazazo en la nuca, la verdadera derrota profunda, pero de naturaleza estrictamente política, ocurrió en 1989, cuando aquellas 13 huelgas sirvieron para volcar nuevamente el voto proletario y popular al peronismo.
¿Por qué ocurrió esto? Es un debate que no saldaremos en estas páginas (5). En este punto sí jugó un papel clave el exterminio de tantos revolucionarios, tantos cuadros que hubiesen obrado sobre la conciencia y la organización de los explotados como venas y arterias de un cuerpo que se echa a andar. Pero es entonces -y por primera vez en décadas- que había bases objetivas para que el rumbo de la clase obrera fuera diferente y el desenlace inmediato del combate político dejara al capital a la defensiva en un sentido estratégico. Hubo responsabilidades y responsables para que otro fuera el rumbo y las cosas llegaran al punto en que hoy están.
Los luchadores sociales, la izquierda en general, y particularmente quienes se reivindican marxistas, no pueden dejar de pesar y medir responsabilidades, preguntarse dónde estuvo cada partido, cada supuesta dirección, cada dirigente reconocido, a la hora de estas citas con la historia. Es imperioso sacar conclusiones nítidas, inequívocas, de este curso negativo.
Como quiera que sea, más significativa que la forma -risueña, si se quiere- en que el jefe del ejército se vio obligado a dar el paso trascendental de su discurso, es el contenido del torbellino de fuerzas que guió sus movimientos.
La recomposición de las fuerzas armadas no consiste en la simple recreación de lo anterior con un discurso diferente, sino que presupone un cambio estructural además de ideológico: las fuerzas armadas de un Estado en cuyas manos están las fuentes primarias de su abastecimiento (desde el petróleo hasta la fabricación de armas y municiones), serán necesariamente diferentes de aquellas que operan como brazo armado de un puñado de grandes capitales que, entre otras fuentes de obtención de ganancia, tienen a las propias fuerzas armadas no sólo como mano ejecutora de su violencia organizada contra las masas, sino como surtidor de lucro.
Concedamos que el general Balza aspira a consolidar fuerzas armadas sometidas al poder político constitucional, respetuosas de las leyes, defensoras de los derechos humanos, la libertad y la dignidad individual. Ocurre que no es lo mismo programar y llevar a cabo este propósito en un cuadro de bonanza económica, de desarrollo y estabilidad mundial y local, que en un escenario exactamente inverso. La presión objetiva y cada día obligadamente mayor contra el nivel de vida de las masas -y se debe incluir a capas de las clases medias que comienzan ahora a sufrir una brutal aceleración del rigor de la crisis- garantiza cualquier evolución imaginable para la situación política, excepto la de un armónico y pacífico funcionamiento del régimen y las instituciones democrático-burguesas.
Si el propósito expuesto por Balza fuera realizable, el pensamiento reformista tendría dónde apoyar su propuesta. Los argumentos en defensa de un sistema socialista no perderían un ápice de sustentación en el plano filosófico, ideológico, porque la más democrática de las sociedades basadas en la explotación del trabajo continúa siendo una dictadura y una negación cotidiana de los valores humanos, de la libertad y la realización plena del individuo. Pero en el terreno político las opciones se plantearían de otra manera; las conductas de partidos e individuos serían diferentes; los ritmos y métodos, las urgencias y prioridades serían otras.
La premisa implícita de la propuesta ideológica del general Balza -y de todos aquellos que la aceptan- es que habrá trabajo para los desocupados, vivienda para los sin techo, educación para todos, atención sanitaria para quien la necesite, que no habrá ancianos olvidados ni chicos arrojados a la violencia infinita de la calle y la miseria.
La aceptación de semejante premisa puede ser un acto de manipulación o fruto de un grueso error derivado de la negativa o la imposibilidad, por las razones que sean, de admitir la conclusión inequívoca, indiscutible, a la luz tanto de la teoría económica como de la observación de la marcha del mundo y el país en los últimos 25 años: una severísima crisis erosiona la economía capitalista mundial; los países centrales han paliado y postergado su crisis descargándola sobre el llamado tercer mundo; ese peso, sumado al de la propia crisis -tanto mayor cuanto más desarrollada es la economía en estos países subordinados- aplasta a centenas de millones de personas; no hay base objetiva para que esta tendencia revierta por simple cambio de ciclo y la idea de una Argentina en desarrollo y crecimiento estables no resiste el menor análisis: puede servir para hacer comentarios irresponsables o para manipular deliberadamente la opinión pública, pero no para mover un milímetro la curva de brusca caída en todos los índices de la economía real.
Una clase sin aliento
Aquella improvisación extrema del jefe del ejército para un acto presuntamente trascendental prueba más allá de los argumentos lógicos la debilidad esencial de la clase dominante que intenta recomponer sus fuerzas armadas.
Por sobre intenciones y rasgos morales individuales se impone una realidad que no admite discusión: la clase que gobierna Argentina, transmutada sin cesar al compás del desarrollo de la economía mundial pero siempre idéntica a sí misma, tiene intereses objetivamente contrapuestos no ya a la satisfacción de las necesidades mínimas de 9 de cada 10 habitantes, sino a la soberanía nacional y -conviene pesar una por una las siguientes palabras- a la existencia misma del país como tal.
No es aconsejable tomar a la ligera gestos aparentemente ridículos como el del gobernador de Buenos Aires, que proyecta la creación de una bandera provincial, o la de los empresarios, políticos y titulares de los colegios de escribanos, abogados y contadores de San Rafael, que proponen la secesión de Mendoza y la creación de una nueva provincia.
No es aconsejable limitar la interpretación del contenido de la nueva ley de educación, que elimina explícitamente nombres subversivos como los de Darwin y Lamarck, al fanatismo corporativo de la jerarquía católica.
Se trata de una regresión necesaria en todos los órdenes. Necesaria a los intereses económicos y políticos de la clase dominante: disminuir el salario, como proclaman sin rubor todos los economistas y políticos de la burguesía, es un imperativo de la subsistencia del sistema global. Y ese simple dato, llevado a la práctica, requiere medios que se articulan desde la escuela primaria a la gorra de los generales.
En medio de este proceso de reestructuración, reordenamiento y recomposición, toda la arquitectura se vino abajo. Fue en 1989. Los analistas al uso aluden a ese momento por su síntoma visible, la hiperinflación, desconociendo u ocultando las causas que la desataron.
Ocurre que aquellas causas no fueron conjuradas; lejos de ello, todas y en todos los órdenes, se han agravado al extremo.
Un rasgo singular caracteriza la aceleración de ese agravamiento: en medio del caos, la clase dominante argentina sencillamente abdicó -como nunca antes- de su soberanía (la soberanía de ellos, de los poseedores del capital local) sobre los comandos del Estado burgués. Eso es lo que con estilo a su altura el canciller Di Tella denominó «relaciones carnales» con Estados Unidos; eso es lo que tomó forma en el protagonismo directo del embajador Terence Todman en toda y cualquier decisión de peso en materia económica, política, administrativa, de política sindical, internacional o educativa.
El orden fue reinstalado sobre la base de la cesión del poder de arbitraje al gran capital financiero internacional, encarnado en el gobierno de Washington.
¿Qué papel les cabe a las fuerzas armadas en ese contexto?
Una clase dominante sometida y corrupta no puede construir un país soberano, justo, democrático. ¿Podría acaso ser diferente el papel de las fuerzas armadas del de la clase a la que sirve? Una fuerza armada no tiene otra alternativa sino estar al servicio de esa clase, o frontalmente contra ella.
¿Cómo se ubica el general Balza ante esa alternativa?
Juzguemos hechos, no personas ni aptitudes morales: qué hicieron los mandos militares cuando el gobierno argentino entregó la Orden de Mayo a los personeros de quienes arrebatan la soberanía, la riqueza y la dignidad de los argentinos? ¿Qué hicieron los mandos militares cuando se remataron el petróleo, las telecomunicaciones, las vías ferroviarias y fluviales, las rutas terrestres y aéreas? ¿Qué hicieron los mandos militares cuando voló el edificio de la AMIA? ¿Es concebible que aquello que se susurra con temor en los pasillos del Congreso y las sedes de los partidos políticos burgueses sea ignorado por los mandos militares?
Una pregunta más, que debería inquietar a cualquier hombre de bien: ¿reconoce el general Balza al actual presidente como su comandante en jefe?
El hombre que afirma: «delinque quien imparte órdenes inmorales. Delinque quien cumple órdenes inmorales. Delinque quien, para cumplir un fin que cree justo, emplea medios injustos, inmorales», ese hombre que conmovió a muchos al hablar con voz quebrada por la magnitud de su confesión ante las cámaras de televisión, ¿está bajo el mando de este presidente?
Si la respuesta es positiva, se esfuma toda duda respecto del papel político y la fortaleza moral de las fuerzas armadas que propone el jefe del ejército.
Si la respuesta, impronunciable, es negativa, queda a la luz la falta de sustancia en la propuesta histórica que hace Balza.
Con todo, no es tampoco un problema centrado en las características individuales de este presidente. Así como, pocos años atrás, para mantenerse en el gobierno en Santa Fe y Tucumán el PJ tuvo que recurrir a personajes insólitos (un corredor de autos y un cantor jubilado), la clase dominante de Argentina se vio obligada, en 1989, a catapultar al gobierno a una figura impresentable. Luego se sabría que el tesorero de la campaña de ese candidato era, en realidad, un traficante de drogas. Y se descubrieron y denunciaron infinidad de escandalosos actos de corrupción. Los reflectores enfocados en esas aberraciones encandilaron a buena parte de la población. Pero la entrega del gobierno a personajes caricaturescos o probadamente involucrados en una maraña de corrupción no es fruto de un error o una anomalía, sino una necesidad de la clase dominante.
Son recursos de última instancia, viables únicamente porque desde el otro lado de la frontera de clases no hay respuesta política. A un lado el contenido moral de tales medios, está probado que son de corto aliento. De modo que, si por un lado la posibilidad de burlar a las masas con artilugios de última hora es, de hecho, prueba de fortaleza de la clase dominante y de enorme debilidad de los explotados y oprimidos, el fenómeno en sí mismo sólo se explica por una debilidad estructural de la burguesía: sus instituciones de control ideológico y ejercicio del poder político, están agotadas. Pero esto a su vez expresa el agotamiento de la clase misma como fuerza capaz de edificar y conducir un país.
La sumisión al imperialismo tiene carácter de necesidad para la burguesía argentina. No existe la menor posibilidad para ella de diseñar y llevar adelante un proyecto nacional, sea que el partido se llame PJ o UCR, los individuos sean corruptos u honestos, las fabricaciones de última hora se llamen Frepaso o Modin. O se rompe con el marco que impone el sistema capitalista, o se termina inexorablemente en la venalidad, la traición a cualquier principio moral, la entrega del país, la represión a la población.
Lo increíble entonces, lo inaceptable, no es el discurso de Balza: es la suposición de que una clase sumisa y corrupta pueda conducir un país. Lo está destruyendo. Y esta es una afirmación que no requiere de pruebas; está a la vista.
«Los hermanos sean unidos…»
No será, por tanto, entre todos. No habrá reconciliación. Al margen de la voluntad y las condiciones morales de los individuos están los imperativos de la lucha de clases, exigida por la naturaleza misma del sistema capitalista.
Será sin ellos. Contra ellos. Ellos son los dueños, beneficiarios y defensores del sistema de explotación. No importa el nombre. Ni el país de nacimiento. No importa el partido. No importa si llevan o no uniforme.
Las bases de una sociedad fraterna, justa, democrática, sólo pueden echarlas las víctimas de este sistema. Y sólo podrán hacerlo cuando tomen conciencia de su condición de explotados y oprimidos; cuando hagan de esa conciencia organización; cuando en forma colectiva y democrática, millones de hombres y mujeres decidan tomar el poder en sus manos y construir una sociedad a su medida.
Es crudo decirlo y difícil aceptarlo; pero mientras ese momento no llegue, Argentina continuará cayendo.
Trabajar en favor de la educación, la concientización y la organización de las masas; exponer ideas pero no imponerlas, sino someterlas a la consideración y decisión de las masas; encabezar toda y cualquier decisión de lucha de los trabajadores y sus aliados, pero condenar sin atenuantes la pretensión de que ellos se sumen a combates decididos por pseudo vanguardias que actúan por sí y ante sí; unir a los hermanos pero considerando tales sólo a aquellos que, por origen o decisión voluntaria, son y se asumen como hijos de las clases explotadas y oprimidas; marchar hombro a hombro con todos ellos, pero respetando y exigiendo respeto por las diferencias de todo orden que conforman comunidades, culturas, organizaciones y partidos diferentes. Esas son las tareas urgentes, imperativas, para todos aquellos dispuestos a detener esa caída y revertir el rumbo.
Como se ve, no es sólo el general Balza quien por su ideología y sus propuestas está excluido del Ejército de hombres y mujeres libres que diseñarán y edificarán la Argentina del futuro.
Julio de 1995
Cuba y América Latina frente a la crisis del Primer Mundo
Charla – Debate
El Arma de la Crítica
[Texto de presentación del primer número de Crítica de Nuestro Tiempo, en octubre de 1991]
Desde hace por lo menos cinco mil años la sociedad dividida en clases recibe sin cesar la crítica de los oprimidos y explotados por la vía de los hechos. En esa dimensión, en ese terreno, se ubica este intento de penetrar la realidad de nuestro tiempo.
La fusión de las luchas sociales del naciente movimiento obrero industrial con el pensamiento más avanzado de su época dio lugar al socialismo científico. Y plasmó un Siglo y medio atrás en un cuerpo teórico denominado marxismo.
Por estos días, los sucesos que conmueven a la región del mundo donde por primera vez la humanidad intentó dejar atrás su prehistoria, son manipulados como argumento contra los principios forjados por aquella conjunción de lucha y reflexión. No es la primera operación en gran escala contra la herramienta teórica del ansia ancestral del hombre por vivir sin cadenas. Y no será la última. Pero como las anteriores y las futuras, ésta mostrará a poco andar su irremediable impotencia. Porque no es teórica la base de la confrontación.
El argumento de los defensores del statu quo no puede ser explícito porque no reside en la razón, sino en la fuerza; no defiende la verdad, sino el lucro; no busca la perfección del ser humano sino que expresa la alienación del individuo enfrentado por definición con sus semejantes. Para ellos, por tanto, la teoría no existe y no debe existir. A cambio de razón teórica tienen recursos para expropiar antiguos sueños del hombre cristalizados en palabras hermosas: democracia, libertad, justicia, que en sus manos son árboles secos, espectros nocturnos, estériles, mentira.
En cambio la razón asiste a quienes sufren la naturaleza inhumana del capitalismo, a quienes se rebelan contra él. La interpretación racional de la realidad es por sí misma un himno contra la propiedad privada de los medios de producción, contra la economía de mercado, contra la doctrina y la práctica del capitalismo, contra el espectáculo horrendo del mundo contemporáneo. Por eso los que sufren y los que se rebelan, deben adueñarse, aprender a emplear y empuñar con decisión el arma de la crítica.
Todo lo real es racional; y todo lo que es racional en la mente de los hombres será realidad, decían los fundadores del socialismo científico. Los instrumentos teóricos legados por el pensamiento humano a través de miles de años y corporizados en el marxismo permiten que la razón desmenuce la realidad para interpretarla y hacen posible contraponerle una respuesta que no tiene nada de utópico, de sueño irrealizable, sino que es precisamente lo único real, aunque circunstancialmente parezca lejano e imposible. Que lo digan si no aquellos que a la razón que analizó y condenó la realidad monstruosa del stalinismo -esa negación práctica y teórica del marxismo- le opusieron la fortaleza aparentemente inconmovible del PCUS y la Unión Soviética, la realidad. Esa realidad de hierro y de granito, inapelable e invencible, se esfumó ante los ojos azorados de quienes le cantaban loas burlándose de los argumentos que anunciaban la inexorabilidad de su caída. Pues bien: que se burlen ahora de los argumentos que prueban la inexorabilidad de la catástrofe a la que lleva el capitalismo!
No; la única verdad no es la realidad, como pretende el más ramplón de los postulados pseudoteóricos del pensamiento capitalista. La realidad se mueve, cambia sin cesar, se transforma constantemente. La única verdad es la que descubre las leyes de ese movimiento, interpreta la direccionalidad del cambio y, así, puede ser actor, protagonista de la transformación que, desde luego, la afectará a ella misma. Y esa es, también, la única libertad, fusionada con la verdad en un todo indisoluble de pensamiento y acción.
Claro que no es fácil descubrir las leyes que rigen el movimiento del mundo de hoy, interpretar el curso vertiginoso de los acontecimientos y actuar efectivamente sobre ellos. Tanto menos porque lo que fuera el marxismo oficial durante décadas, desvirtuó a tal punto la herramienta que a menudo parece inservible. La tarea exige esfuerzo, rigor, seriedad. No se parece en nada al papel de los pontífices que visten los oropeles del ritual y leen las sagradas escrituras. Y excede las fuerzas no ya de un individuo, sino de cualquiera de los equipos conocidos. La necesaria coincidencia entre quienes desde la defensa del capitalismo o la apología del marxismo oficial se opusieron, asistidos por siderales presupuestos y poderosos medios de difusión, al ejercicio de la crítica marxista, se combina con los reveses de la lucha revolucionaria concreta para dificultar al máximo la empresa.
Con esas limitaciones insalvables, ponemos esta arma en sus manos. O, más precisamente, esta parte incompleta y sin pulimento del arma que está en proceso de producción en América Latina.
En el marasmo contemporáneo se destacan factores que no caen en él, que no pierden la serenidad y no recurren a tirar convicciones por la borda con la vana esperanza de sortear la tempestad refugiándose en un rinconcito de la bodega en la nave pestilente del capitalismo.
Precisamente cuando el oleaje recién anunciaba su enfurecida embestida, los marxistas que tienen el mérito y la fortuna de encabezar un pueblo en la resistencia victoriosa contra el capitalismo, comenzaron a arrojar lastre y reforzar convicciones, afinar conceptos teóricos y a afirmar en el arma de la crítica -como proponían Marx y Engels- la crítica de las armas que en sus manos hoy ponen una barrera temible al imperialismo.
La reivindicación del pensamiento económico de Ernesto Guevara por parte del Partido Comunista de Cuba fue el prólogo de un consistente e ininterrumpido desarrollo de un marxismo vital, arraigado con impar firmeza en las masas y envarado en una decisión revolucionaria con pocos precedentes en la historia. Como hace tres décadas y media, cuando reorganizó a los sobrevivientes del Granma, Fidel Castro sigue siendo el alma mater -ahora de todo un pueblo- en ese salto al futuro de extraordinaria osadía y coraje. Y de extraordinario realismo.
Pero las islas, ya se sabe, son apenas la parte visible de montañas sumergidas. Hay decenas de miles de marxistas, centenares de miles de revolucionarios y decenas de millones de obreros y campesinos en América Latina que, expresamente o no, van en la misma dirección que trazan los comunistas cubanos. Y que forjan organizaciones y obtienen victorias, como ejemplifica en el más alto nivel el Partido de los Trabajadores de Brasil.
Esta Crítica de nuestro tiempo es fruto directo de ese fenómeno abarcador, bullente de incógnitas y contradicciones, de él depende y a él se remite. Nace justamente de la decisión de marxistas de todo el continente de pulir y aceitar el arma de la crítica; de interpretar la realidad con criterio científico; de afirmar los principios forjados en el duro yunke de la lucha de clases internacional, en el mismo momento en que por diferentes vías acometen la tarea de alcanzar la unidad social y política de los trabajadores latinoamericanos y organizar a los pueblos del continente para la lucha antimperialista y socialista. Se pone en movimiento para ser vehículo de búsqueda y afirmación, de investigación y debate, tras el objetivo de recomponer en un nivel superior las fuerzas humanas, teóricas y organizativas de los revolucionarios marxistas en América Latina y el Caribe y de allí a todo el mundo. Está en sus manos para resistir la ofensiva del enemigo y preparar la contraofensiva de nuestra clase y nuestros pueblos.
Octubre de 1991