Frente al naufragio argentino II (Ante las urnas)

Sea cual sea el resultado en las urnas el próximo domingo 12, Argentina ingresará en una severa crisis política, con alta probabilidad de que el presidente Alberto Fernández sea desplazado funcional o incluso físicamente del ejercicio del poder, antes o después de las elecciones formales el 14 de noviembre.

De hecho esa crisis gravita de manera dominante desde hace tiempo, si bien está congelada por tres causas:

  • paridad de impotencias;
  • temor de un sector de las clases dominantes a la perspectiva de estallido social;
  • cálculo estratégico de otra ala del capital, que ha dado por agotados los intentos de mantener el mecanismo institucional y dispone prolongar todo lo posible la actual situación.

Detrás está la fragmentación de la burguesía. El indescriptible caos interno en el elenco gubernamental refleja ese fenómeno: hay para cada obispo diez monaguillos. Más atrás aún gravita la crisis irreversible del sistema. Basta ver el descalabro geopolítico provocado por la huida estadounidense de Afganistán para comprender que Argentina no puede ser ajena a la decadencia mundial del capitalismo. Peor aun: sin un bloque hegemónico en las clases dominantes, el país está impedido de buscar un lugar en el errático intento de rediseño internacional tras el fin de la hegemonía de Washington.

Este trasfondo explica lo inexplicable: la conducta del Presidente, capaz de avergonzar al ciudadano más distanciado de la política. Los de arriba no pueden apelar a algo mejor. Entre Mauricio Macri bailoteando en los balcones de la Casa de Gobierno el día de su asunción en 2015, los desatinos cotidianos de Fernández y las intervenciones grotescas de su vice, los escasos jefes sensatos del gran capital ya han desistido de hallar quien supere a estos mandatarios del naufragio. Con todo, la degradación acelerada no comienza en el siglo XXI: Menem y De la Rúa ya anunciaron qué rumbo darían al legado de mayor endeudamiento y sumisión estratégica dejado por Alfonsín (al margen del juzgamiento a la junta militar, necesidad insoslayable para sostener el sistema). Y antes estaba la dictadura. Y antes… un líder considerado genial, que luego de entronizar y derrocar en pocos días a un odontólogo orgulloso de proclamarse “obsecuente del general”, dejó como herederos al cabo López Rega y la bailarina (no de ballet) María Estela Martínez.

Un largo recorrido, doloroso hasta lo indecible, durante el cual el país se desangró en la miseria y la degradación. Por razones de raigambre histórica, que apuntan sobre todo a la militancia anticapitalista y su carga de pasado, semejantes esperpentos pudieron no sólo acceder a los máximos cargos de gobierno, sino incluso imponer su liderazgo a millones de jóvenes y adultos de toda condición, que ahora pagan ese desvío junto a la totalidad de la Nación.

 

¿Paso hacia dónde?

Así se llega a las Primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (Paso), un invento impuesto en tiempos de Néstor Kirchner tras su estrepitoso fracaso electoral en 2009.

Desde entonces este artilugio de la desorientación burguesa obra como encuesta obligada, a un costo obsceno en un país con 7 de cada 10 niños en la miseria, 50% de pobres y un estimado de 6 millones de indigentes sobre 45 millones de habitantes. El Banco Central debe en Leliq 4 billones de pesos (4 millones de millones = 4.000.000.000.000) y paga una cifra mensual de intereses de alrededor de 800 millones de pesos.

En este panorama ¿cuánto cuestan las Paso? Se informa que la parodia eleccionaria requiere 19 mil millones de pesos. Sólo la impresión de boletas de votación implica la tala de 45 mil árboles. Esto sin contar con el gasto megamillonario de los candidatos para una campaña donde está ausente cualquier propuesta de futuro nacional. Absurdo, sí, pero funcional a partidos corruptos que roban dinero y votos a través de este mecanismo comicial propio del siglo XIX.

Se entiende entonces que apatía, hartazgo y rechazo predominen en la sociedad frente a las elecciones. A las 112 mil muertes por Covid y el desastre económico provocado por la irracional clausura del país durante un año (parálisis de la cual aún no ha logrado salir la economía), se suman los efectos de la inflación galopante y la consecuente caída de la ocupación y el salario real. El consumo en general se redujo en más del 20% desde comienzos de 2020. El consumo anual de carne está en el punto más bajo de la historia: 45kg por persona.

Como baldón, el espectáculo oprobioso de gobierno y oposiciones frente al cataclismo nacional. Las oposiciones carecen de plan alternativo. Hablan o vociferan sin nada por decir. Sumado a prepo a la campaña, Fernández no deja día sin cometer disparates. Desesperados esfuerzos por congraciarse con el Frente de Todos y frenar su vertical caída en la consideración popular, provocan cotidianamente mayor rechazo y malestar. El periodismo opositor se hace un festín al que se suman día a día nuevos nombres para hacer leña del árbol caído. En su rodada el Presidente arrastra al elenco político que lo encaramó al poder, en primer lugar, Cristina Fernández, pero también gobernadores, intendentes, ministros, sindicalistas y demás funcionarios. Expertos en semiología se arrancan los cabellos, impotentes con sus consejos frente a los desatinos del primer mandatario.

Para contrarrestar la tendencia hacia un desastre electoral, tras haber congelado tarifas y sujetado artificialmente el dólar, el gobierno se ha lanzado a repartir dinero. Las sumas destinadas a ese fin son estratosféricas y van a cuenta del déficit presupuestario. No obstante, son ínfimas para siquiera paliar los estragos de la pobreza, aunque caerán como meteorito sobre la economía inmediatamente después de las elecciones.

Imposible descartar que esta operación provoque un vuelco de parte del electorado que hoy da la espalda al gobierno y sus patéticos candidatos. En ausencia de un partido de masas, es imposible prever la conducta de las mayorías. Pese a que los sondeos de opinión coinciden en pronosticar empate o incluso derrota del oficialismo, la escualidez de las oposiciones puede hacer vacilar al elector. Eso se verá en la noche del domingo. No hace falta esperar, en cambio, para saber cómo repercutirá en el giro económico ulterior esta fuga hacia delante. Habrá más inflación, mayor debilitamiento de la exangüe moneda nacional, más pobreza.

Las empresas encuestadoras -única industria próspera en la Argentina de hoy- coinciden en señalar el malestar general y no se atreven a vaticinios precisos. Hay coincidencia en apuntar al aumento de la abstención y el voto en blanco. Un año atrás era viable preparar la confluencia de este generalizado descontento en un Voto Protesta con un programa de acción. En las estructuras de izquierdas primó sin embargo la sujeción al mecanismo de sobrevivencia sectaria: el cretinismo parlamentario. El domingo 12 aquella fuerza potencial se diluirá. Aunque obtiene in extremis el respaldo reticente de una parte de la militancia desnortada, es poco probable que el neo-reformismo recepte una porción significativa del rechazo masivo al sistema. Así, todo el escenario está a disposición del capital.

Carente de partidos y candidatos de fuste, sin embargo, la burguesía deja espacio a personajes funambulescos que se agotarían en sí mismos si la crisis tuviera un desenlace viable para la estabilidad institucional. Como esa perspectiva está negada, la aparición de candidatos grotescos es indicativa del deslizamiento hacia el fascismo. El vuelco de un considerable número de jóvenes que ayer fueron “camporistas” o “macristas” y hoy, en el torbellino, sin conciencia del significado de las palabras, se proclaman “libertarios”, es una advertencia en tono mayor acerca de la magnitud del desmoronamiento nacional. Los medios del gran capital que prohíjan tales candidatos y conductas, abonan el camino de la peor barbarie.

Hay otro síntoma alarmante. Quienes desde los medios de comunicación o cargos políticos al expresarse sólo pueden recurrir a palabras soeces, a imágenes escabrosas, y para concitar atención sólo atinan a lo más bajo de la grosería, por decisión oportunista o inconciencia extrema son vehículos de la degradación colectiva y la marcha hacia el fascismo.

El conjunto de periodistas que se ha sumado a la espantosa perversión del lenguaje, iniciada hace años en escala menor por una vanguardia de la ignominia, contribuye por partida doble al derrotero fascista: desconoce la conexión entre lenguaje y pensamiento y alienta la reacción de quienes todavía valoran el respeto por el otro en el habla cotidiana y, para defender un retorno al modo de vida que reivindican, eventualmente estarán dispuestos a los peores excesos. La palabra es el primero y principal vínculo social. Quien la disminuye a insulto o grosería, a expresión gutural, a negación de la civilización, reduce la estatura humana y trabaja por el retorno a las cavernas. No puede condenar ningún tipo de violencia quien ejerce la procacidad como método. Calificar tales conductas como “progresistas” o “avanzadas”, es un contrasentido en el que está atrapada una franja ancha de la sociedad argentina.

 

Vía de salida

Urge emprender un camino de salida. Como se señaló en la primera de estas notas:

“Actuar frente a la crisis devastadora -la actual y la que se multiplicará en el período por venir- (…) plantea una tarea ciclópea, cuyo primer paso es cohesionar un Estado Mayor por una Revolución socialista, para a continuación lanzarse a una agresiva campaña por la concientización y organización masiva de trabajadores y juventudes”.

Puede parecer una proposición abstracta. En un sentido lo es. Precisamente, es necesario abstraer (etimológicamente “tomar de”) de la confusión actual el sustrato histórico de dos siglos de luchas sociales para proyectar un futuro común. Nada hay más concreto que eso. Y es ajeno a sumar un voto para rasguñar una banca más. Se trata de echar las bases de una República Socialista Democrática de los trabadores y el conjunto social explotado y oprimido. No se avanzará un milímetro en ese sentido votando a tal o cual candidato. Sí, en cambio, denunciando con sentido educativo la agonía del sistema que nos arrastra y asumiendo un programa para emprender el largo y difícil camino por delante.

Un objetivo palpable es ocupar el tiempo entre el día posterior a las Paso y el 14 de noviembre en resumir y difundir masivamente una propuesta de acción inmediata con las reivindicaciones más candentes, que inste a organizar la unidad social y política de los trabajadores y alerte sobre la deriva fascista, de la cual el narcotráfico no es un componente menor. Eso podría dar una primera instancia de unidad a decenas de miles de militantes. Un primer paso en el camino de salida.

Ésa es una tarea para una vanguardia real; para mujeres y hombres cuyos sentimientos de igualdad y justicia repudien la búsqueda de un cargo remunerado a través del accionar político; mujeres y hombres con formación teórica y disposición a combatir la arremetida reaccionaria en curso; a convocar y organizar a millones; mujeres y hombres armados con la certeza de que la asfixia no la causa tal o cual gobernante o candidato. Es provocada por la agonía de un sistema incapaz ya de proveer lo mínimo para que la sociedad pueda satisfacer sus necesidades y vivir en armonía y libertad.

6 de septiembre de 2021

@BilbaoL

Frente al naufragio argentino

Actuar frente a la crisis devastadora -la actual y la que se multiplicará en el período por venir- es un imperativo impostergable y, a la vez, de muy difícil realización.

La coyuntura histórica está dominada por un creciente descontrol de las clases dominantes, el deslizamiento del país hacia la debacle institucional y la amenaza fascista. Todo ello sobre la base de absoluta ausencia de la clase obrera en el escenario político, transformación de los sindicatos en empresas capitalistas dominadas por mafias, e irreversible debacle de las estructuras que en los últimos años predominaron como representantes de una izquierda revolucionaria, ahora sumadas al carrusel electorero con el único objetivo estratégico de obtener cargos legislativos y sostener aparatos dependientes del Estado.

Está planteada una tarea ciclópea, cuyo primer paso es cohesionar un Estado Mayor por una Revolución socialista, para a continuación lanzarse a una agresiva campaña por la concientización y organización masiva de trabajadores y juventudes.

Contra ese objetivo básico conspira el pasado reciente y el cuadro actual de la militancia. En los últimos años la voluntad y el esfuerzo transformadores fueros arrastrados hacia opciones por el mal menor, que dieron un salto cualitativo votando por Scioli contra Macri en 2015 y completaron el derrumbe sumándose al así llamado “frente de todos” en 2019, para quedar prisionero del peronismo y su ala más corrupta, travestida como supuesto “progresismo”. Este es un pasivo difícil de levantar, frente al cual no cabe el sectarismo, pero tampoco la liviandad oportunista: las responsabilidades han de ser asumidas.

En pocos días más y luego el 14 de noviembre habrá comicios de medio término (renovación parcial de legisladores). Las presidenciales serán -si son- en 2023. Pero en las dos coaliciones principales de la burguesía se ha desatado una pugna desvergonzada por la primera magistratura, aunque ninguno de los/as postulantes puede prever qué ocurrirá el mes próximo.

Resquebrajado, el país cae a pedazos. La pobreza arrasa, el salario real ha caído entre un 10 y un 30% según el rubro, el malestar social lo domina todo. A la fecha el Covid ha segado 111 mil vidas, el mayor número por millón de habitantes en el mundo. Las medidas impuestas por el gobierno para supuestamente evitar esta catástrofe, paralizaron al país, llevaron la crisis económica al paroxismo y provocaron un trauma social sin precedentes en la historia nacional.

Negado por definición y naturaleza a encarar una transición anticapitalista, el oficialismo adopta medidas irracionales. Para ganar las elecciones buscó congelar la economía a la vez que lanza más de un billón de pesos en dos meses a fin de torcer voluntades, alimentar el consumo y dar la sensación de reactivación. Sobre todo, con un promedio de 300 muertes diarias por Covid y la certeza de que ya la variante Delta alcanzó circulación comunitaria y amenaza con una inminente tercera ola, se levantan las absurdas restricciones que ahogaron al país cuando contagios y muertes eran mínimos en comparación con lo que fueron luego y son ahora. A la mentira de “la opción por la salud” desde marzo de 2020 se suma ahora la mentira de una falsa vuelta a la normalidad.

A partir del 13 de septiembre comenzará el vencimiento de la factura de estos desatinos que llevan los desequilibrios macroeconómicos a punto de colapso. La conducta un año y medio atrás de mayorías dominadas por el miedo a la peste todavía frena la reacción social. Es difícil salir de la trampa que llevó a rechazar las advertencias sobre el absurdo de paralizar al país e imponer formas crecientes de autoritarismo para enfrentar la peste. Pero el apoyo a Alberto Fernández que entonces rozó el 80% de aprobación, es ahora inferior al 22%, siempre según encuestas interesadas pero en cualquier caso indicativas. Episodios de la vida particular del Presidente -menores en relación con el endeudamiento, el ajuste salvaje, latrocinios varios y conductas devastadoras para el carácter de la sociedad y, en particular, de los jóvenes- provocaron en las últimas semanas un rechazo generalizado con centro en Fernández, su vicepresidente, el gobernador de Buenos Aires y otras figuras centrales del (no) poder. De manera que es inexorable, sea cual sea el resultado de las elecciones, el agravamiento de la situación política, económica y social de aquí en adelante.

Divididas y desconcertadas, las clases dominantes no podrán dar respuesta positiva a ese desenlace fatal. La pobreza de la campaña electoral, que llega al colmo de la vaciedad y el ridículo, revela que la única respuesta estratégica del capital es apostar por el empeoramiento descontrolado de la vida social y por la obvia respuesta violenta basada en la fragmentación de los de abajo y el no desafiado dominio de las palancas esenciales por parte de las descompuestas clases dominantes.

 

El revés de la medalla

¿Es pensable, en este panorama, recomponer un Estado Mayor por la Revolución socialista? Sí, lo es. Con base en la teoría científica de la transformación social, la asimilación práctica de un siglo de revoluciones inconclusas y el portentoso avance de las fuerzas productivas, con base en la realidad incontrastable de la crisis capitalista mundial, es pensable y realizable el esfuerzo por la recomposición del pensamiento, la organización y la acción anticapitalista efectiva.

Es una tarea a escala mundial, aunque ha de llevarse a cabo con apoyo en la realidad de cada país y las capacidades de las vanguardias locales, que habrán de mostrarse o no en condiciones de afrontar el desafío de la crisis global y la degeneración de instancias hasta no hace mucho reivindicables como factores positivos en la lucha de clases. Entiéndase sindicatos tradicionales y partidos vociferantes de infantoizquierdismo, que como la socialdemocracia a comienzos del siglo XX, transita al parecer sin freno hacia el alineamiento con el sistema agónico.

La derrota ignominiosa de Estados Unidos frente a los Talibanes -su propio engendro, para cuya derrota invirtió 83 mil millones de dólares en los últimos veinte años- no es un episodio más en el panorama geopolítico. Es una prueba irrefutable del retroceso imperialista, no sólo estadounidense. En otro orden, pero inseparable del devenir militar que coloca a Washington en una derrota irrecuperable en Medio Oriente, el vuelco del FMI de 650 mil millones de dólares para ayudar a los 190 Estados miembros -entre ellos Argentina, que recibió 4330 millones- indica la caída sistemática del sistema global y la inoperancia de las medidas de excepción adoptadas en cada instancia: en 2009 la inyección fue de 182.600 millones, que el torrente de la crisis se llevó. Las economías centrales y en particular Estados Unidos pagarán muy caro esta pseudo ayuda. Preguntado sobre los efectos a largo plazo de su remedio para la crisis de sobreproducción capitalista, Keynes respondía como un lord inglés: “en el largo plazo estaremos todos muertos”. Epítome de la desesperación y la irracionalidad. Pues el largo plazo es ahora y desde hace muchos años. Sólo la derrota de la Revolución y su consecuente degradación teórica y política explica la sobrevida del sistema dominante.

Algunos comentaristas y editorialistas del capital se burlan de los fracasos en la transición al socialismo. Para eludir la realidad llegan al extremo de afirmar que en Argentina la catástrofe se debe a que “estamos en el socialismo”. La parte seria de esa fauna supérstite no hace bromas para la tribuna y muestra su preocupación. “Junto con Pakistán y China, Rusia ha ganado amplia influencia en materia de seguridad (¿¿!!), a expensas de Estados Unidos”, explica el New York Times. Omite entre los perjudicados a la Unión Europea, Japón e… Israel. Practican un excelente periodismo para ocultar mejor lo que les es más caro.

El nuevo equilibrio geopolítico, inequívocamente en detrimento del poderío global estadounidense, a la par de la crisis económica global que recién comienza, inaugura un espacio estratégico sin precedentes para la perspectiva de una Revolución socialista. Es la alternativa a la irracionalidad y la destrucción capitalistas.

@BilbaoL

25 de agosto de 2021

Argentina en su nadir

[El texto a continuación es el Epílogo del segundo volumen de Historia Inmediata]

Una tempestad amenaza al país desde los cuatro puntos cardinales. La pandemia suma 71 mil muertes y augura una tragedia aún mayor. La economía posterga su estallido sofocada apenas por la parálisis inducida y una multitud de recursos desesperados para sofrenar la inflación y el derrumbe de la moneda nacional. Tales recursos son imposibles de sostener en el tiempo. La inverosímil coalición panperonista ha desatado sus demonios internos, que traban la gestión de gobierno hasta lo grotesco y presagian una escalada. El malestar social se generaliza y agudiza hasta niveles jamás conocidos, precisamente en vísperas de elecciones.

En este paisaje, el panperonismo presidido por Alberto Fernández sufrió una herida de suma gravedad a causa de un fallo de la así llamada suprema corte de justicia en favor del gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Caba).

El episodio vale por sus múltiples significados. Cuatro de los cinco miembros de ese tribunal votaron el pasado 4 de mayo contra un decreto presidencial según el cual en la Caba no se deben dictar clases presenciales en jardines de infantes, primarias y secundarias. Una quinta integrante del cuerpo no votó.

Según su conducta tradicional, los jueces midieron las relaciones de fuerzas entre gobierno y oposición y tradujeron en resolución la certeza de que, pese a su ostensible división, el gran capital ya tiene posición común respecto de no sostener al Fdt al mando del gobierno, lo cual va en consonancia con pronósticos que auguran un revés electoral para el oficialismo.

 

Agotamiento y reacción

El gobierno panperonista fue un recurso desesperado de las clases dominantes, adoptado en 2018/19 ante la debacle de Cambiemos. En apenas año y medio de gobierno, el experimento está agotado. Fernández perdió 60 puntos en la aceptación pública desde el pico alcanzado en abril de 2020, cuando la política contra la pandemia, no obstante su irracionalidad, sumó el apoyo opositor y llevó al limbo a la desnortada sociedad argentina. El desenlace catastrófico de aquella política dejó anonadado al conjunto social, a la espera de una salida que ya no cifra en el actual gobierno, sin que ello implique el vuelco hacia la única opción hoy visible, el resquebrajado bloque de Juntos por el cambio. Dada la ebriedad electoralista de las izquierdas –sumadas o no al Fdt- es de suponer que la ciudadanía acentuará su fragmentación y acaso, si apareciese una suma suficiente de voces que lo propusiese, se abstendrá ante las urnas.

Con la misma desaprensión y ausencia de perspectiva estratégica con que obró para encontrar reemplazo a Macri, ahora el empresariado ha trazado una línea de acción –todavía invisible-para lograr que el descontrol interno del panperonismo y su traducción en desastre económico y político, tenga un punto final, en lo posible antes de que la situación desemboque en insurgencia social. Para ello recurre a dividir el voto peronista mediante la figura de Florencio Randazzo, quien ya cumplió con eficiencia esa función en 2015 y 2017. En ambos casos contribuyó con humillantes derrotas electorales para Cristina Fernández. Al parecer, dados los movimientos sigilosos de la Asociación Empresaria Argentina (Aea) y la Unión Industrial Argentina (Uia), está en marcha una operación semejante, con vista a las Paso ya formalmente confirmadas para el 12 de septiembre y los comicios de medio términos fijados para el 14 de noviembre.

Ese desplazamiento es a todas luces alentado por el voto del Stj, que incluye otro componente decisivo de la telenovela política nacional: continúan los juicios por gravísimos cargos de corrupción contra la ex presidente y actual vicepresidente Cristina Fernández.

El presidente Fernández y el elenco completo del Frente de todos (Fdt) reaccionaron con inusitada violencia y descalificaron en los peores términos al poder judicial. Llegaron a caracterizar el fallo como “golpe de Estado”. No hay antecedentes en la historia argentina de tamaña confrontación con el poder judicial. Pero la violenta reacción se explica: el oficialismo comprendió el significado real de la sentencia. El Stj se desentiende del Ejecutivo, deja al panperonismo librado a su suerte en medio de la crisis convulsiva y opta por lo que supone vendrá, inaugurando formalmente una crisis institucional irresoluble en el actual cuadro de relaciones de fuerzas.

Al menos en esta primera fase el Presidente se alineó con su vice y el sector que de ella depende. Sus conocidas acrobacias ponen en duda sin embargo la consistencia de tal posición, tanto más si se considera la proximidad de elecciones y la aceleración de la ruina económica. Rescatado de urgencia, ese bloque fue presentado con ribetes grotescos el 5 de mayo en un acto en Ensenada, escenificando una reunificación –en la que nadie cree- del Presidente con su vice y otros componentes del Fdt igualmente volubles, como es el caso de Sergio Massa (presidente de la cámara baja y firme sólo como portavoz de Washington). Si como las propias partes suponen, esa reunificación no se mantuviese, la crisis institucional subiría un escalón y pondría en cuestión la continuidad del propio Fernández.

En tal coyuntura el primer mandatario se reunió el jueves 6 con la cúpula sindical, enfrentada junto a los gobernadores provinciales con Cristina Fernández y las tendencias que le hacen coro al interior del Fdt. Allí, según trascendió, un CEO sindical conminó al primer mandatario: “¡ejerza el poder que tiene!”. Toda una síntesis de la situación. El suelo tiembla también para ese sector decisivo de la gobernabilidad en crisis. Y hay dudas sobre cuándo y cómo dar el salto. La parálisis sin precedentes de la clase trabajadora da aún a las cúpulas sindicales un margen de maniobra. Por eso en la reunión se resolvió únicamente un punto: el control de los fondos de Obras Sociales, poderoso analgésico para calmar incertidumbres. Los gobernadores, por su parte, callan mientras negocian en secreto con las cámaras empresariales.

Al margen del trapicheo electorero, continúa la descontrolada corrupción, ahora echando mano de la pandemia para desviar vacunas según el mejor postor. Fernández despidió a su ministro de Salud, próspero empresario en la industria porcina, porque un aliado viscoso denunció que en el edificio del Ministerio funcionaba un vacunatorio clandestino. Antes había estallado el caso de compras de alimentos con desmesurados sobreprecios, a cargo del ministerio de Desarrollo Social y con la excusa de luchar contra el hambre provocado por la peste y el confinamiento. Luego la prensa comercial hizo un escándalo por lo que llamó “vacunatorios vip”. Lo prolongó denunciando el vergonzoso negociado con test obligatorios y falsos a la salida del aeropuerto internacional de Ezeiza. No alcanzó a registrar, sin embargo el destino de unas dos millones de dosis de diferentes vacunas, distribuidas pero jamás asentadas como inoculadas fehacientemente. La corrupción y el manejo arbitrario del sistema de salud ha dado como resultado que tras un año de confinamiento obligatorio para adecuarlo a las exigencias de la pandemia, la segunda ola encontrara al personal sanitario exhausto, con salarios reales inferiores al año pasado, sin instalaciones suficientes y adecuadas a la exigencia previsible.

De modo tal que ante la irrupción de un nuevo pico de infecciones, sin vacunas y manejado el ministerio de salud nacional y de la provincia con desembozado criterio electoralista y probada ausencia de idoneidad, la sociedad descubre que Argentina está entre los países con peores resultados en cantidad de contagios y muertes por millón de habitantes, con un mínimo inexplicable de habitantes vacunados, con Hospitales sobrepasados en su capacidad y ante un gobierno que, acentuando rasgos autoritarios, anuncia que en la reaparecida emergencia sólo puede apelar a dictar la obligatoriedad de nuevos confinamientos.

Lejos quedaron los días en que Fernández, sin sentido de las proporciones –ni del ridículo- explicaba que Argentina tenía mejores índices que Suecia, para luego afirmar impúdicamente que el país había superado la pandemia. Por entonces las muertes eran menos de 5 mil. A la fecha, superan las 71 mil, en el punto inicial de un nuevo pico, coincidente con el comienzo de la temporada invernal.

Mientras tanto el estancamiento económico continúa, en paralelo con inflación galopante. La nube más oscura en el horizonte económico es la obligación de pagar el 28 de mayo 2400 millones de dólares al Club de París y más de 4000 mil millones al FMI antes de fin de año. Un viaje de Fernández a Europa, donde aparte algún almuerzo protocolar, se reunió con el Papa, dejó como posibilidad la postergación de esos vencimientos y la suspensión coyuntural de otra doble cesación de pagos. En el periplo acompañó el ministro de Economía Martín Guzmán, sometido días atrás a indigno vapuleo a propósito de un hecho menor pero significativo, respecto de la ausencia de un poder central y del descontrolado conflicto entre las facciones del Fdt.

 

Alineados para sanear el capitalismo

Guzmán dejó un lugar en una universidad estadounidense para asumir como ministro. Tiene los padrinos más insólitos: desde un premio Nobel (obtenido por insustanciales escritos económicos) al mismísimo Papa. Ambos Fernández consideraron suficientes tales recomendaciones. No obstante, en 16 meses no hizo sino arreglar la refinanciación con acreedores privados tras medio año de negociaciones, durante los cuales fue deslizándose hasta arribar a las exigencias iniciales de estos. Tras el arreglo, industriales supuestamente representativos de una no menos supuesta burguesía nacional cerraron con aplausos un discurso ministerial luego de almorzar amigablemente. Otros padrinos, subidos al escenario en los últimos días, dan indicativos adicionales: un portavoz del FMI declaró su simpatía por el ministro y aseguró que con él pretenden seguir negociando. En el almuerzo con el Presidente, los CEOs sindicales enfatizaron su respaldo a Guzmán, cuya especialidad académica es “renegociación de deuda”. No es difícil imaginar el estro nacional y popular, la voluntad estratégica, el interés existencial, de quien elige semejante especialidad a la cual dedicar su vida. Menos fácil es explicar que haya aterrizado en el Palacio de Hacienda de un elenco gobernante presentado por la oposición –y autoproclamado de igual manera- como “de izquierda”. Queda para la historia menuda el hecho de que iglesia, empresariado, sindicatos, FMI y el jeroglífico de siglas de izquierda integrantes del Fdt, coincidan en respaldar a este oscuro personaje, quien ahora declara su voluntad de “dedicarse a la política”.

El presupuesto 2021 enviado por el ministro al Congreso, y aprobado, prevé una inflación anual del 29%. El aumento de precios en alimentos y bebidas ha alcanzado ese pronóstico en el primer cuatrimestre. Pero la CGT no levanta la voz por el derrumbe del salario real, que supera en mucho al que en 1975 provocó el “rodrigazo”. El gobierno panperonista está llevando a cabo la transferencia de ingresos más aguda de los últimos 150 años sin réplica social y con acompañamiento de sindicatos y agrupamientos supuestamente “de izquierda”. Los mismos que condenan a voces “el ajuste”, se alinean para continuar la labor de Macri y, como gustaban decir en otros tiempos, “profundizar el modelo”. En el pináculo de la crisis todas las corrientes de las clases dominantes, acompañadas por monaguillos de diferentes religiones, se aúnan para suministrar el único medicamento capaz de sacar al capitalismo de su agonía: un saneamiento salvaje.

 

Disputa estratégica

A la par, se desarrolla una batalla de largo alcance: conquistar ideológicamente al inmenso activo político involucrado en la lucha social -o a punto de hacerlo- empujado por la emergencia.

Ignotos candidatos a diputados de inequívoca filiación fascista, acompañados por periodistas y pseudoanalistas que desde comienzos de año ganan espacio en medios de difusión, califican al gobierno como “comunista”, basados en que los restos diseminados de lo que fuera el Partido que llevara ese nombre integran el Fdt. No pesan en nada, pero a ellos les atribuyen las habituales arbitrariedades antidemocráticas del descompuesto régimen panperonista.

No es un detalle sin importancia en la confusión general. En los últimos tres años se verifica una tendencia creciente a la participación de capas medias juveniles. Su ingreso al escenario político comenzó como parte de la movilización impulsada por Cambiemos sobre el final de su gobierno. La magnitud de las concentraciones presididas por Macri antes de las elecciones de 2019, donde obtuvo el 41% de los votos frente al 48% del panperonismo, tuvo nuevo impulso en los llamados “banderazos” de 2020. Decenas de miles de jóvenes se sumaron así a la turbia disputa por el poder. Con el proletariado todavía fuera de juego, el activismo de esas capas medias tiene y tendrá un papel decisivo en la resolución de un rumbo para el país.

Como punto de partida, la totalidad de ese conjunto se sumó en defensa del capitalismo. En las movilizaciones para oponerse a la expropiación de la empresa Vicentín, absurdo político cometido por el Sr Fernández a comienzos de su gestión, pudo escucharse un grito de guerra jamás oído en Argentina: “¡¡Viva la propiedad privada!!”. Más tarde, en la parodia de expropiación del casco de un campo, protagonizada por una mezcla de lúmpenes y arribistas, la consigna reapareció, esta vez en boca de jóvenes chacareros de la zona, quienes evidenciaron una fiera disposición a la lucha cuerpo a cuerpo contra los escuálidos citadinos que acaso pisaban por primera vez un campo abierto.

Esos jóvenes, hijos de chacareros, que también enarbolaban con fervor banderas argentinas, no tienen la más mínima conciencia de que es el gran capital –y sobre todo lo será en un futuro próximo- quien los expropia. Pero contra esa amenaza ya en curso por diferentes vías, están completamente desarmados. Antes de comenzar el combate, las clases dominantes tienen ganada la batalla ideológica.

Al otro lado del alambrado, el puñado de jóvenes que participó y, presumiblemente, los muchos que siguieron estos acontecimientos a distancia, alineados con el farsesco proyecto de expropiación, estaban a su vez en manos de un tentáculo fascista de la iglesia católica.

Son demasiadas las líneas convergentes que bosquejan un desarrollo fascista para la crisis argentina. El resultado en las recientes elecciones de Madrid alienta ese penoso jolgorio reaccionario. Allí la socialdemocracia tradicional –asociada con el gran capital imperialista europeo desde fines del siglo XIX- junto a una supuestamente “nueva izquierda”, pequeño-burguesa, oportunista hasta lo revulsivo y frontalmente opuesta a la teoría revolucionaria, sufrieron una rotunda derrota a manos sobre todo de las juventudes, buena parte de las cuales esgrimieron consignas alegadamente “libertarias”.

Aunque repite la brutalidad de otros ataques semejantes, la masacre que por estas horas lleva a cabo Israel contra el pueblo palestino, con descarado apoyo de la Casa Blanca, es otro signo de los tiempos que vienen: la crisis del capital puesta a la luz por la pandemia y la disputa por el saldo de una eventual reactivación en las economías imperialistas. A término, esa pugna replantea la lucha de clases con agudeza y extensión de dimensiones acaso nunca vistas, contando como única analogía posible el período de convulsiones sociales posteriores a la Primera Guerra mundial, aunque en esta oportunidad sin el faro de la Revolución Rusa.

Frente a esta escalada, no hay respuesta visible de los equipos que se consideran revolucionarios marxistas, mientras atruena el silencio de la así llamada “intelectualidad progresista”. Es imperativo sin embargo presentar combate en el terreno de las ideas. El activo militante está exigido a comprender que el próximo paso será la batalla abierta, tanto más cruenta cuanto menos se la prevea y prepare. El alistamiento de la fuerza social necesaria para afrontar la inexorable escalada de las clases dominantes, en el país y el mundo, requiere que las vanguardias se instruyan ellas mismas en la teoría científica de la revolución y difundan esa necesidad al máximo posible en las filas de las juventudes (*). No es preciso subrayar el poderoso aporte a este objetivo de educación para millones que puede significar la utilización de las redes digitales, las clases y asambleas por las diferentes vías hoy existentes en internet, todo lo cual no puede reemplazar el esfuerzo individual para tomar contacto personal y directo con esta franja decisiva de la sociedad en disputa.

 

Coyuntura inmediata

En su totalidad y sin fisuras, la iniciativa política está en manos de las clases dominantes. No debería confundirse esta realidad con que tengan igualmente la iniciativa estratégica. Ésa es una colina en disputa. El hecho es que comicios y cargos reales o imaginarios todo lo dominan, excepto la preocupación de las masas, transversalmente atravesadas por la incertidumbre, cuando no por la angustia y el rechazo al accionar combinado de la crisis económica (63% de los jóvenes por debajo de la línea de pobreza), el temor a la pandemia y la estupefacción frente al accionar del gobierno, a comenzar por el Presidente.

Un cálculo lineal de este cuadro de situación auguraría la segura derrota del oficialismo y la ingobernabilidad que le seguiría. Sin embargo la respuesta desde la Casa Rosada proyecta insuflar billones de pesos en subsidios y otras canonjías con las cuales se pretende encubrir la caída del salario real y el deslizamiento vertiginoso de los desposeídos hacia la más abyecta miseria. Si eso podrá o no cambiar el resultado electoral, es algo imposible de prever en una sociedad sin partidos, sin sindicatos, sin conceptos axiales, anestesiada por la ausencia de principios no sólo de los liderazgos burgueses.

En cambio es previsible el devenir a partir del 15 de noviembre, si es que no falla alguna válvula de seguridad y todo estalla antes: los recursos empleados para sostener el desmesurado desequilibrio macroeconómico habrán caducado. La avalancha de emisión de dinero sin respaldo alimentará el incendio de la inflación. Será necesario reducir aún más los salarios y jubilaciones, adecuar las tarifas de los servicios públicos, achicar drásticamente los planteles de empleados públicos.

En la hipótesis de una victoria oficialista, las distancias al interior del panperonismo reproducirían multiplicados los choques conocidos entre 1973 y 1976. Si en cambio ganara Juntos por el cambio, la gobernabilidad estable sería igualmente inalcanzable y los Fernández difícilmente lograrían sostener el Fdt, donde aparecerían conflictos ya imposibles de dirimir por medios políticos.

Prepararse o no para este futuro predecible. Tal es la cuestión.

17 de mayo de 2021

 

(*) Un programa básico de lecturas es el siguiente:

Manifiesto Comunista, Marx y Engels; Del socialismo utópico al socialismo científico, Engels; 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx. Las luchas de clases en Francia, Marx.

Lenin: El Estado y la Revolución.

Trotsky: Clase, partido y dirección (texto inconcluso); La Revolución traicionada.

Isaac Deutscher: trilogía sobre Trotsky y la Revolución Rusa (El profeta armado; El profeta desarmado; El profeta en el exilio) recientemente reeditados.

Sobre la historia argentina: Milcíades Peña (Antes de Mayo; El paraíso terrateniente; La era de Mitre; De Mitre a Roca; Alberdi, Sarmiento y el 90; Masas, caudillos y elites; El peronismo; Burguesía industrial y liberación nacional). Ediciones El Lorraine.

Sobre historia del movimiento obrero argentino. Acerca de este tema crucial para la educación de actuales y futuros luchadores/as hay a la vez muchos textos y ninguno. Como guía para tener un panorama general puede recomendarse La clase trabajadora argentina, de Hobart Spalding; Movimiento obrero argentino 1930/1945 (Sus proyecciones en los orígenes del peronismo), de Hiroschi Matsushita; El Partido Laborista en la Argentina, por Luis Gay, entre otros numerosos títulos, ninguno de los cuales ofrece una historia abarcadora desde una perspectiva de clase y con metodología científica. Hasta que ese imperdonable vacío comience a llenarse, la persona interesada en conocer de verdad deberá esforzarse con bibliografía parcial, dispersa y distorsionada para hacerse una idea aproximada del nacimiento y evolución reales del movimiento obrero argentino.

Sea cual sea el afán por la lectura de estos textos básicos, para quien quiera comprender la mecánica objetiva de la crisis local e internacional, es obligatorio acometer el estudio de El Capital, de Carlos Marx, menos difícil de lo que el folklore sostiene y más enriquecedor de lo que pueda suponerse antes de encarar sus páginas.

Pobreza, peste y perspectivas: el futuro en el umbral

Habrá que cavar hondo para reencontrar las raíces y afirmarse hacia una Argentina que haga honor a la feracidad de sus pampas, la belleza de sus montañas y el orgullo de una historia plena de ejemplos de grandeza, inteligencia y generosidad.

No será fácil. Menos por estar rodeados de pobreza y muerte que por el peso del nihilismo y la indolencia, resultantes de una derrota cultural profunda, merced a la cual se ha entronizado la ignorancia, el oportunismo, la mezquindad chabacana y la ausencia de todo ideal de libertad y grandeza. No será fácil pero es posible. A condición de mirar la realidad de frente y disponerse a los sacrificios que impone el propósito de comprender, diseñar y realizar un país para el futuro, en el que sus habitantes tengan la posibilidad de buscar y alcanzar la plenitud de un ser humano superior al que deja como rémora un sistema agonizante.

Habrá que ser capaz de conjugar ese objetivo trascendental a partir del penoso panorama dominante. Según la estadística oficial a fines de 2020 Argentina tenía 42% de pobreza y 10% de indigencia. Resumen incontrastable de la degradación nacional. Hoy esas cifras superan el 50% y duplican el número de miseria extrema. Desde diciembre esos guarismos de la vergüenza no dejaron de crecer. Y no lo harán a lo largo de este año, pese a que habrá elecciones y se volcarán millones para conquistar votos.

Inútil culpar al coronavirus. La decadencia argentina viene de muy lejos. Las clases dominantes han sido incapaces de impedirla o siquiera frenarla. Por el contrario, desde los años 1930 arrastraron al país a la mentira y la pobreza hasta desembocar en un cenagal de corrupción, incapacidad y saqueo. La pandemia sólo ha expuesto, a la vista de todos, la inviabilidad del sistema vigente. El país ha llegado a un límite imposible de franquear sin dolorosas convulsiones y transformaciones profundas, sean del signo que fueren.

Que callen, mientan o edulcoren quienes por diferentes razones, aun viendo la hondura del abismo, se niegan a asumir los hechos y sacar conclusiones: los amos del capital carecen de respuesta porque no tienen la fuerza para aplicar la única para ellos pensable: el saneamiento cruento de una estructura socioeconómica deformada, un poder impregnado por mafias de todo género, imposible de reformar (sea en el sentido progresista o reaccionario que se le quiera dar a la palabra).

Ahora reaparece la peste, en lo que ha dado en llamarse “segunda ola”. Esta vez el discurso oficial no opta por la salud y olvida la economía. Aquella formulación desgraciada, propia de quien todo lo desconoce respecto de la salud y la ciencia económica, ha sido sepultada y echada al olvido junto con 58 mil muertes por covid y el derrumbe económico sin precedentes en nuestra historia. El gobierno se muestra incapaz de reaccionar frente al resultado catastrófico de su accionar. Y el malestar social aumenta al ritmo impuesto por el colapso económico y la inflación fuera de control.

 

Burguesía impotente

En 2018, ante la inminente debacle del gobierno de Mauricio Macri comenzó a formarse un apresurado bloque burgués para afrontar el derrumbe del proyecto “Cambiemos”. El sector del gran capital que encabezó la búsqueda de reemplazo no tenía hegemonía entre sus pares. Y la figura escogida entonces como posible candidato, Roberto Lavagna, por diferentes razones fue quien involuntariamente acabó dinamitando el proyecto.

In extremis, aquel bloque -nunca completamente fraguado- apeló entonces al peronismo a través de los gobiernos provinciales a condición de que Cristina Fernández no fuera candidata para el regreso a la Casa Rosada. Así apareció Alberto Fernández

Tres años después, en circunstancias análogas, el bloque empresarial estalla y el gobierno peronista se autofagocita ante la mirada atónita de partidarios y opositores.

A diferencia de 2018, no hay peronismo de reserva. Y la ensoñación de recomponer un gran partido conservador que aúne al gran capital y polarice a las aterradas clase medias choca cada día con la corrupción y fragmentación extrema del capital y su Estado.

Esto es lo que subyace en el indescriptible desbarajuste dominante en todos los órdenes de la vida nacional. No es la torpeza del elenco gobernante la que provoca la aceleración irrefrenable de la degradación sino, a la inversa, el agravamiento de una crisis añeja y estructural, para la que el poder burgués no encuentra respuesta, la que catapulta a los más altos niveles de gobierno a personajes funambulescos, incapaces hasta la desesperación, inmorales más allá de toda medida.

Buscaron la solución con Uriburu (1930); con Perón después (1946); con el antiperonismo más tarde (1955); con remedos pseudo democráticos luego (1958); con golpes militares (1966); otra vez con Perón (1973) y otra vez con la dictadura (1976). Pese a haber apelado a las formas más sanguinarias, fracasaron y regresaron vencidos y entregaron el poder al único partido entonces existente, la UCR (1982) y otra vez al peronismo (1989). Luego hubo una fusión vergonzante de unos y otros (1999), hasta la explosión de 2001. Único actor con guion sobre el escenario, el gran capital recomenzó en 2002 y continuó con la estafa sistemática a las mayorías. Siempre respaldados por los profetas del “mal menor”. Siempre merced a la ausencia de conciencia de clase en los trabajadores y de un mínimo de formación política en el conjunto social. “Nos dominan más por la ignorancia que por la fuerza”, decía Simón Bolívar. Aquí no ahorraron lo segundo, pero la clave fue lo primero. Véase adónde ha llevado su victoria.

 

Descontrol

Comentaristas y analistas comenzaron a utilizar el término “vacío” para aludir al poder ejecutivo. Poco falta para que se esgrima la consigna “vacío de poder”. Ya buscan, con afán y sin resultados, un reemplazante.

Transcurrieron apenas 16 meses desde la asunción de Fernández. 12 de ellos signados por la pandemia, con 9 de irracional cuarentena y el resto fuera de control. La totalidad del andamiaje institucional capitalista implosionó arrastrado por el panperonismo gobernante.

En condiciones internacionales y nacionales de gravedad incomparablemente mayor que en los años 1970, se reproduce el estallido del peronismo y, otra vez, arrastra al país. A diferencia de entonces, no existen aparatos sindicales capaces de encuadrar a las masas trabajadoras y amarrarles las manos para entregarlas a una dictadura militar, para lo cual siquiera existen fuerzas armadas. Aún con un argentino en el trono de Pedro, poco puede hacer en la coyuntura la iglesia católica, carcomida por diferentes causas y acosada por una miríada de iglesias menores, lanzadas como lobos contra un animal herido. Por eso Francisco y las jerarquías locales apelan a remedos fascistas sin otros recursos que dinero y complicidad de instituciones y medios en vano intento por crear liderazgos prefabricados.

El gobierno panperonista no sólo ha perdido la iniciativa política, que muy difícilmente recuperará. Ante todo, ha perdido la presencia en la calle. Nadie menos que una coalición conservadora ocupó su lugar. Y perdió el uso del símbolo máximo: Cambiemos impuso la bandera argentina como su propio emblema. Pese a todo, este intento de recomposición política de la gran burguesía no tiene destino, aparte de contribuir eficientemente a la desagregación nacional.

 

Ambivalencia

Se trata de una situación objetiva extremadamente favorable para una revolución dispuesta a abolir el capitalismo. Como contrapartida, están ausentes los factores subjetivos, insustituibles para una transformación real de la sociedad. Es imperativo asumir ambos términos de esta contradicción, base en última instancia de la vertiginosa y aparentemente imparable decadencia argentina. Uno, da fundamento al optimismo respecto de un posible futuro nacional, a la vez que alerta sobre la dramática amenaza que se cierne sobre el país. El otro, alienta al esfuerzo por la asunción de una base científica para el accionar político de actuales y futuras generaciones, a la vez que exige delimitación intransigente respecto de las bases teóricas y el accionar pasado y presente del arco de izquierdas.

Como sea, la velocidad de la crisis se acelera ahora con la probada incapacidad del panperonismo para afrontar el derrumbe económico y la catástrofe sanitaria. En 2020 el PIB cayó un 10% según datos oficiales. A la fecha se contabilizan 58 mil muertes por Covid-19. La dinámica económica augura más daño aún. Esos datos sumados a la quiebra en masa de pequeñas y medianas empresas, todo en el marco de un descontrolado desequilibrio macroeconómico del capitalismo local, son suficientes para prever una dinámica de agudización de la crisis. El falso crecimiento, así como el supuesto freno a la disparada del dólar, son en realidad mero rebote después de la brutal caída y resultado temporario de maniobras que cuestan al país sumas fabulosas embolsadas, otra vez, por banqueros.

Argentina paga un alto precio -y pagará todavía más- por el giro pragmático de las izquierdas que en 2015 decidieron apoyar la candidatura de Daniel Scioli y en 2019 pusieron sus esperanzas en Fernández. Otra vez, como en 1973, el reformismo (clásico o armado), contribuye a dejar inerme al país frente al desenlace inexorable del capitalismo y la abrumadora degradación de las clases dominantes.

En ese elevado costo histórico no es menor el representado por el vuelco de una porción elevada de la sociedad -eventualmente mayoría- hacia el bloque encabezado en 2015 por Mauricio Macri y la marcada tendencia de franjas juveniles hacia propuestas protofascistas que, para colmo del escarnio, se denominan “libertarias”.

 

Enajenación electoralista

Pese a la magnitud del cataclismo económico y sus devastadores efectos sociales, la totalidad del funcionariado político agrupado en estructuras otrora denominados Partidos, se ha lanzado a una carrera electoral para obtener bancas de diputados, senadores y concejales en las elecciones programadas para octubre próximo y ahora puestas en cuestión por razones de oportunidad, en una demostración adicional de la ausencia total de solidez en las instituciones del capital.

A derecha e izquierda suponen que la debacle panperonista saciará su sed de votos. Quienes tienen el 1% sueñan con aumentar 100% su caudal. Esa estrategia los contenta. El gran capital pretende alcanzar la hegemonía parlamentaria, recuperar el gobierno en 2023, reconfigurar su expresión política a través de una “convergencia patriótica” entre peronistas, radicales y macristas. Saben que sin un profundo saneamiento capitalista el sistema sólo puede avanzar en su descomposición. Y fingen creer que reemplazar el caos panperonista por una alianza mayor los salvaría de su deshonroso destino.

Así, la búsqueda obscena de votos domina cada paso oficial u opositor en medio de la devastación económica y sanitaria. Imposible tratarlo aquí sin extender excesivamente este texto. Queda pendiente la fundamentación de una afirmación terminante: América Latina no retomará un camino de renacimiento socialista escalando escaños en los parlamentos putrefactos de una clase que permanece dominante pero es ya parte del pasado. Ni qué decir de quienes han trocado la educación de las masas explotadas y oprimidas por la gestión innoble de subsidios oficiales. Arrastrar a desposeídos a exigir dádivas a costa de la sociedad y no del capital es lo contrario de la gran tarea de educación, movilización y organización de las mayorías, sin lo cual no hay perspectiva posible de transformación social.

En ese camino se ha arrastrado a miles de jóvenes a la complicidad con ladrones consumados, enriquecidos desde el poder, que ostentan sin vergüenza bienes mal habidos e inventan un término para encubrir connivencia con supuesta lucha contra la injusticia. Para ello apelaron a un término que pocos entienden: lawfare.

Una tilinguería, pero en inglés. Traduce al lenguaje del oportunismo una obviedad asumida hace siglos por los explotados: como la Democracia, el Derecho tiene apellido. Y éste revela su pertenencia de clase: es burgués, o es proletario. Descubrir en el siglo XXI que el aparato judicial es utilizado por gobiernos, medios de comunicación, partidos políticos, sindicatos corrompidos e iglesias de toda denominación para inculpar inocentes y resguardar a poderosos, es otra impudicia de advenedizos a punto de ser barridos de la historia junto con sus cómplices reformistas.

 

Futuro de una proeza científica y técnica

Mientras tanto, otra contradicción de dimensiones mayores domina la realidad mundial. En menos de un año la ciencia consiguió un antídoto para una peste desconocida y de extraordinaria capacidad destructiva. Su inverso, la capacidad productiva, puso en marcha la fabricación de miles de millones de vacunas. Paralelamente, el sistema relanza la competencia por este nuevo e inesperado recurso para contrarrestar la ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia -virus mortal y sin remedio para el capitalismo- y agrava las tensiones interimperialistas a la vez que lanza a miles de millones de seres humanos a la penuria y la mortandad porque la vacuna transformada en mercancía obra como cualquier otra y está negada a la mayoría de los 7 mil millones de habitantes del planeta.

No podría haber una prueba mayor de la agonía de un sistema, que ha llevado los medios de producción a un nivel de fabuloso desarrollo y sus productos se vuelven contra la persona humana.

Dilemas para filósofos que trajinan los medios enajenantes: ¿se indignarán por la falta de vacunas, elucubrarán sobre la mayor eficiencia de ésta o aquélla, o asumirán que el sistema de producción vigente genera mayor desigualdad, más muerte y destrucción de riquezas, incluso cuando los propios recursos históricamente creados permiten encaminar al mundo en sentido inverso? Que se apresuren en hallar una respuesta: ya la pandemia ha cobrado 3 millones de vidas. Y los estrategas del capital asumen que este flagelo puede operar como una gran guerra y complementar el objetivo de sanear al sistema mundial de la mercancía excedente que traba el funcionamiento: la fuerza humana de trabajo.

 

Crisis política

Lejos de estas preocupaciones, el elenco gobernante actúa como hormiguero al que se le ha arrojado una piedra de gran tamaño. Sospechan que pueden perder las elecciones y no escatiman bajezas para remontar la caída. Desde la oposición burguesa la conducta es idéntica, aunque en espejo. Y el paralizado y desperdigado aparato sindical muestra a sus CEOs tan confundidos como el resto de la burguesía frente al agravamiento de las condiciones generales.

Sea dicho sin rodeos: Washington tiene sus peones a ambos lados del tablero. Acaso predominan hoy los que ocupan casilleros en el gobierno.

Aquéllos, éstos y los demás actúan para armar un remedo farsesco del Gran Acuerdo Nacional intentado en 1973. Con mayor o menor conciencia, piensan en las nuevas formas de 1976.

Es hora de trazar otro camino para la Argentina del futuro.

13 de abril de 2021

@BilbaoL

Cielo encapotado en Argentina

Termina 2020 y se cumple el primer año de gobierno panperonista. La Casa Rosada, sede del poder nacional, fue tomada por “barrasbravas” el 26 de noviembre, durante los funerales de Diego Maradona. No podría haber un indicador más elocuente de la dinámica y la coyuntura histórica en que está sumergido el país: ocupación del simbólico edificio, con Presidente y vice en el lugar, completada por la imagen de Alberto Fernández empuñando un megáfono en grotesco intento por hacer valer su investidura.

A este punto se ha llegado en 12 meses de gobierno, cuando un organismo oficialista informa que la pobreza estaba a fin de octubre el 44,2%, la indigencia en más del 10% y que 67 de cada 100 menores de 18 años viven por debajo de la línea de pobreza.

Es preciso volver por un instante al palacio presidencial. El Presidente y su vice (o viceversa) fueron evacuados -así como el féretro del astro fallecido- y los ocupantes fueron repelidos con gases lacrimógenos y contundente accionar de Gendarmería. Subráyese: disparos de gases y represión violenta en el patio de las palmeras y otras dependencias de la Casa Rosada. El Poder Ejecutivo en fuga dentro mismo edificio desde donde ejerce sus funciones.

Con la habitual falta de propiedad con que el periodismo local utiliza el lenguaje, se denomina “barrasbravas” a supuestos fanáticos de equipos de fútbol, que no se limitan a hacer desmanes en un estadio. Se trata de personas manipuladas por los propios dirigentes del negocio del fútbol, utilizados para intervenir, a modo de patotas violentas, en acciones sindicales o políticas. Invariablemente están asociados al tráfico de droga y otras actividades delictivas. Y son desde hace mucho un componente indispensable de aparatos políticos sin raigambre ni autoridad ante la ciudadanía, que se valen de lo que en las categorías políticas tradicionales se denomina lumpenproletariado.

Siete colectivos cargados con estos personajes llegaron junto con Cristina Fernández al velatorio. Sus ruidosos ocupantes entraron por la fuerza cuando las puertas se cerraron tras ella. Fuera se agolpaban cientos de miles de admiradores de Maradona, convocados desde la Presidencia a asistir a las exequias de su ídolo en la Casa Rosada. Días antes Fernández había anunciado que después de 8 meses de cuarentena se pasaba del Aspo (aislamiento social preventivo y obligatorio), al Dispo (distanciamiento social preventivo y obligatorio). No es un anecdotario. Es la descripción de un poder descompuesto. El resumen de un país a la deriva.

 

Del desencanto a la desesperación

Como quedó registrado en notas anteriores, el primer período de cuarentena frente a la amenaza del Covid-19 elevó al máximo la figura de Alberto Fernández. El Aspo se cumplió con riguroso acatamiento, excepto en los barrios pobres del conurbano porteño y de otras capitales. Pocos atendieron la advertencia de que dividir salud y economía y paralizar ésta para salvar aquélla era un desatino propio de ignorantes e irresponsables. No faltaron condenas a quien supuestamente no comprendía la necesidad de preservarse frente al mortífero virus. El crédito inconsciente a un gobierno peronista luego de la experiencia semi-liberal, volvió a funcionar.

Obnubilado por el alza en las encuestas, el gobierno prorrogó una y otra vez la cuarentena, convertida en dispositivo de amedrentamiento y manipulación social. La economía cayó más allá de lo imaginado mientras funcionarios de toda categoría vieron llegada su hora de dictar disposiciones arbitrarias, caprichosas, autoritarias hasta más allá de lo aceptable para cualquier ciudadano consciente, aunque mansamente admitidas por las mayorías.

Antes y durante el primer período de cuarentena se habían adoptado medidas económicas que chocaban de frente con las promesas de campaña. Las primeras y mayores víctimas iniciales fueron los jubilados, pero a las pocas semanas pequeños comerciantes e industriales, seguidos de trabajadores sin empleo formal, sintieron el azote de la crisis. Para contrarrestar el impacto letal de la cuarentena se dispusieron medidas tales como el Ife (Ingreso familiar de emergencia), préstamos especiales, subsidios para que empresas paralizadas pagaran salarios, congelación de tarifas y otros recursos por el estilo, mientras la producción caía sin cesar.

Ese aumento del gasto fiscal no podía ser compensado con la quita a los jubilados, ni sufragado con crédito interno o externo. De modo que se apeló a la emisión de dinero sin respaldo en cantidades siderales. Espantados por el coronavirus y sus consecuencias políticas, hasta los más conspicuos liberales admitieron que ese desenfreno era necesario. En su horizonte teórico, así como en el del heterogéneo oficialismo, no cabía otra respuesta.

Así transcurrieron 8 meses. El conjunto social pasó de la expectativa al desencanto. Y de allí, al compás de un agravamiento vertiginoso del descalabro económico, a la desesperación de crecientes franjas de la sociedad. Mientras tanto los desatinos del oficialismo -acompañados en sordina por la oposición y condenados sólo desde una perspectiva economicista por las izquierdas neoreformistas- se transformaron en situaciones inmanejables y penetraron en las filas del poder como un ácido corrosivo, que transformó la inepcia oficial en un verdadero vodevil político. Hoy el espectáculo del elenco gobernante y la oposición parlamentaria es prueba adicional de que “los de arriba ya no pueden”. Sólo se mantienen porque “los de abajo todavía no quieren” (no han asumido la necesidad, no tienen organismos propios ni dirigencias reconocidas) reemplazarlos arrancándolos de raíz.

El caso es que en este período el gobierno supuestamente opuesto al anterior se endeudó en más de 20 mil millones de dólares, postergó el pago de la deuda duplicando el precio de mercado de los bonos en cesación de pagos y se aviene ahora a firmar un acuerdo con el FMI que exigirá un ajuste más que drástico de la economía.

Nadie sensato puede desconocer la necesidad de un ajuste macroeconómico de proporciones sin precedentes -en este país que lo ha visto todo. Nadie sensato puede imaginar que eso podrá llevarlo a cabo el capital sin reacción social y sin estallido de los aparatos sindicales y políticos con los que todavía gobierna la burguesía.

De aquí a marzo, para arreglar con el FMI una postergación de pagos, el gobierno está obligado a dar prueba de que puede evitar aumentos salariales, triplicar las tarifas de servicios públicos, adecuar el precio del dólar y frenar el déficit fiscal para detener la inflación que, prevista por el gobierno en 29% para 2021 y estimada por analistas más serios en un mínimo del 50%, con permanente amenaza de catapultarse a más de 100% y desembocar en hiperinflación. El desmelenado frente del gran capital con burgueses de medio rango y cúpulas sindicales, no se atreve a actuar según alguno de los endebles planes de contingencia que tiene en las sombras. Aguarda conteniendo el aliento, como una fiera acorralada.

Diciembre es, se sabe, un mes difícil para cualquier gobierno. Para éste será peor.

4 de diciembre de 2020

@BilbaoL

Argentina en el mundo que viene

Desconfianza, miedo, ira creciente. Signos dominantes de la realidad argentina a fines de octubre. Han transcurrido 221 días de aislamiento obligatorio, supuestamente para “priorizar la salud frente a la economía”. El resultado es una catástrofe económica y sanitaria.

Largamente superado el millón de personas contagiadas con covid-19, con un saldo a la fecha que se aproxima a las 30 mil muertes, el drama mayor está por venir y estriba en el cataclismo económico creado por la combinación de una crisis estructural de larga data y la irracionalidad demostrada por las autoridades al decretar una cuarentena general y sin límite temporario.

Aunque aún rige legalmente, el confinamiento sólo fue efectivo en el primer mes, por imperio del pánico colectivo, alentado por el gobierno. Luego la desesperación –económica y psicológica- rompió el cerco y la autoridad presidencial menguó hasta extinguirse y dar paso a la desobediencia civil de hecho. El daño económico será irreversible en el mediano plazo y a un costo social elevadísimo. El daño sanitario excede en mucho los efectos de la peste: el confinamiento produjo innumerables problemas que aparecen ahora y se multiplicarán en el futuro. La restricción de derechos individuales ha pasado todos los límites y pone al trasluz el desmembramiento del sistema institucional, la ausencia de autoridad en el sistema político y la invalidez de la Constitución.

Casi cinco millones de puestos de trabajo se han perdido desde la imposición del así llamado Aspo (Aislamiento social, preventivo y obligatorio), el 20 de marzo pasado. Se clausuraron las escuelas y millones de familias permanecieron encerradas en sus viviendas desde entonces. Para evitar un inmediato colapso social, se recurrió a diversas formas de subsidios, entre ellas el IFE (ingreso familiar de emergencia), que asiste a casi 10 millones de personas con 10 mil pesos mensuales (la mitad de la canasta básica de un individuo. Como es obvio, esto provocó un sismo en las cuentas públicas. Hasta fines de septiembre el déficit fiscal fue del 6,4%. En la proyección más optimista superará a fin de año el 8%. Todo financiado con emisión de dinero, mientras el producto interno bruto (PIB) de 2020 caerá entre un 13 y un 17%, según quién haga los cálculos. Entre otras razones, esto hizo que con un dólar oficial a $83,50, el paralelo cerrara el viernes 23 a $195.

Difícil resumir el resultado de las políticas oficiales y el estado del gobierno a 10 meses de haber asumido. Pero se puede recurrir a las palabras del pintoresco jefe de gabinete nacional, quien tras explicar que “Argentina no tiene posibilidades de un ajuste” –lo cual es rigurosamente cierto, como lo es la proposición inversa: “Argentina no tiene posibilidad de no hacer un ajuste”- concluyó con la elegancia y precisión que caracterizan su habla: “el país se va a pegar un porrazo enorme producto de la pandemia”.

¿Un porrazo enorme? ¿Producto de la pandemia? Por las horas en que se redactan estas líneas, el pulverizado frente empresarial discute un cambio de gabinete. Tal vez por eso acudió la palabra porrazo a la mente del ministro. Pero se trata de un incendio social de características imprevisibles. La sociedad parece contener el aliento a la espera de un acontecimiento extraordinario que el propio ministro verbaliza sin definir ni, mucho menos, afrontar. Por lo demás, cargar la culpa a la pandemia es un recurso habitual del elenco oficial, cuando no apela a la malevolencia genética del gobierno anterior.

 

Un mundo perturbado

En las últimas semanas se ha visto a los candidatos presidenciales estadounidenses comportarse como parroquianos pendencieros de un barrio marginal. Sus enfrentamientos, presentados como “debate presidencial”, revelan la vertiginosa decadencia del vigía de Occidente. En simultáneo, el presidente chino Xi Jinping arengó a las tropas del ejército más numeroso del mundo con una consigna sugestiva: “prepárense para la guerra”.

Hay cifras engorrosas pero necesarias: a escala mundial se perdieron desde marzo 500 millones de puestos de trabajo formales. Equivalen a entre mil y dos mil millones de seres humanos lanzados al arroyo (vale detenerse un momento a imaginar sus rostros). Es la mayor caída desde la segunda guerra mundial. Estudiosos de la realidad internacional aseguran que para fines de 2021 la economía estadounidense estará en el mismo nivel de 2019, en tanto la economía china habrá crecido un 10% (The Economist, 8 de octubre 2020). Mientras tanto la Unión Europea cruje y la competencia intercapitalista se agudiza.

Desde luego el Covid-19 tiene un peso singular en esta deriva. Pero es falso que sea la causa. Decíamos en una columna fechada el 16 de marzo pasado:

“Una recesión global sobrevendrá tras el colapso desencadenado el 9 de marzo con la explosión bursátil, reveladora de la fragilidad estructural del capitalismo mundial. Incluso antes de que se desarrollen las tendencias tan abrupta y violentamente desatadas, urge un resumen de la nueva situación a partir del vuelco estratégico en el panorama internacional. Analistas interesados atribuyen al Covid-19 (coronavirus) la sideral destrucción de valor sufrida entre el 9 y el 13. Sin duda este factor -cuyo origen no está claro- contribuye al terremoto financiero y lo hará aún más con las penurias del período que viene. Pero la causa está en la feroz lucha por el control de los mercados a escala planetaria” (https://luisbilbao.com.ar/2020/03/16/coronavirus-crisis-global-y-coyuntura-regional/).

Los devastadores efectos de la pandemia agravarán ese combate. Aún así, no todos perdieron a causa de la peste. Se produjo una aceleración en la centralización de capitales, en paralelo con una traslación masiva de ingresos en detrimento de asalariados y clases medias. Desigualdad y pobreza aumentaron cualitativamente y lo seguirán haciendo. El mapa mundial se rediseñará para dar lugar a un nuevo cuadro geopolítico, en el cual los actores tradicionales cambiarán de papel. Seal cual sea el dibujo resultante de ese nuevo atlas, la crisis estructural no cederá y, por el contrario, multiplicará sus fuerzas centrífugas, por lo cual es probable que tambien se produzcan desmembramientos en países y regiones. Argentina es una de las naciones amenazadas por esta dinámica destructiva.

Esta coyuntura internacional ocurre sin conducción ni centro de poder inapelable. Cuatro países se imponen en el conjunto mundial: China, Estados Unidos, Rusia y Japón, más la Unión Europea, azotada por otra embestida del covid-19 y por crecientes convulsiones internas. Cada uno, a su vez, revelará tendencias centrífugas que, eventualmente pueden debilitar de manera decisiva a uno o más de estos protagonistas, con Estados Unidos, China y la Unión Europea a la vanguardia en esa alocada carrera.

El factor dominante de este cuadro general es la ausencia de estrategia. La teoría política ha sido reducida a cháchara de comentaristas televisivos o aterrados pronósticos de columnistas en grandes medios, mientras los poderes mundiales se aferran al más ramplón pragmatismo, todos girando en el circuito del sistema capitalista.

 

Un mundo sin estrategia

Allí reside la abrumadora paradoja de nuestro tiempo: cuando el hombre ha alcanzado cumbres impensables en ciencia y tecnología, no existe Nación, Partido o equipo dirigente con planes para afrontar la mayor crisis que haya vivido la humanidad, puesto que todos se empeñan en sostener y supuestmente mejorar el sistema que en su desenvolvimiento lógico, desarrollando al máximo sus potencialidades intrínsecas, ha llegado a este punto.

Relevantes intelectuales se mostraron escandalizados por la pelea televisada entre Donald Trump y Joseph Biden. Pero no atinan a responder por qué la nación más desarrollada del mundo debe optar entre semejantes personajes. Los más avispados cargan las culpas sobre el electorado, con lo cual siguen sin explicar el fenómeno pero además toman por un camino que lleva obligatoriamentea a la negación del voto popular y, de allí, al fascismo.

El caso es que la degradación del sistema económico ha producido en todos los ámbitos y a todos los niveles, una selección inversa en el que prima la brutalidad sobre la inteligencia, el egoísmo sobre el bien común, el ventajismo sobre el esfuerzo y los virajes oportunistas sobre las convicciones arraigadas. Arrastrado por la crisis y el predominio de políticos ignorantes, miopes, ávidos, todo se deteriora y corrompe en un cuadro donde la educación y la cultura mercantilizadas alcanzan los abismos más profundos de la degradación.

Esto último es acaso lo más grave, puesto que se imparte a las juventudes una verdadera des-educación, en relación con la convivencia social como en criterios estéticos y valores humanos básicos, pero también en el herramentaje necesario para comprender el funcionamiento de la sociedad. Cuando el gobierno anunció su “opción por la salud”, en detrimento de “la economía”, con la aquiescencia de la oposición, practicamente la sociedad entera se mostró de acuerdo. Publicado el 29 de marzo, a 10 días de decretada la cuarentena, el fragmento que sigue chocaba de frente con el así llamado “sentido común”:

Si se trata de optar entre salud y economía, está claro que una no propende a la otra. Nadie ha cuestionado hasta el momento el absurdo de semejante dicotomía. Esto no ocurre por la torpeza de quienes incurren en ella sino porque ésa es, efectivamente, la opción en un sistema capitalista. Ni tirios ni troyanos pueden admitir que, al límite, optarán por la defensa del sistema, es decir, en contra de la salud.

(…) La Economía Política es la ciencia que estudia la relación entre los seres humanos en el esfuerzo por extraer de la naturaleza lo necesario para vivir y hacerlo cada vez en mejores condiciones.

Por el contrario, la disciplina ahora denominada Economía, impartida en las universidades de todo el mundo, enseña a garantizar la obtención de plusvalía. Cuando la inexorable ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia reaparece con inusitado vigor, la encomienda es encontrar los mecanismos para torcer la curva y sostener así el edificio tambaleante. Según la sensibilidad (y otros rasgos, a considerar más adelante) del profesional de esta función, esa masa de plusvalor será destinada en mayor o menor proporción al Estado o a manos privadas. Furibundos “estatistas” y acérrimos “neoliberales” coincidirán sin embargo en negarse a cuestionar el sistema de producción, incluso si lo ven balancearse al borde del abismo”.

(…) Por eso la buena gente licenciada en esa pseudo ciencia ahora se debate entre prolongar la cuarentena para evitar muertes en escala probablemente muy elevada, o reiniciar cuanto antes la actividad para recuperar la cotidiana extracción de plusvalía y sostener así la continuidad del sistema. Está excluida en esa diatriba la posibilidad de entender que “la economía” (es decir, la producción, el trabajo manual e intelectual realizado por toda la sociedad, en salud y enfermedad) es la base de cualquier forma de inmunidad para la especie humana. Está igualmente excluida la evidencia de que el capitalismo enferma psíquica y físicamente a la inmensa mayoría y sólo cura a una porción para quitarle también por esa vía una parte de su trabajo, mediante la medicina privada, las así llamadas “obras sociales” de empresas sindicales o la desatención pública” (https://luisbilbao.com.ar/2020/03/29/pandemia-y-revolucion-pantallazo-sobre-argentina-y-el-mundo/).

Siete meses después las sensaciones han cambiado. El país ha cambiado. Empresas encuestadoras colocan la economía como primera preocupación de la ciudadanía; en segundo lugar está la inseguridad y recién en el tercero el riesgo de la peste. Ahora hay que priorizar la economía y relegar la salud. Preso en su propia trampa, el gobierno ha quedado paralizado. Cada sector oficialista toma sus propias decisiones y el poder central se difumina aún más. Empujada por la necesidad y la inconciencia, según el caso, el conjunto social exige apertura económica y normalización de las actividades, precisamente cuando hay un promedio superior a los 15 mil casos de contagios y más de 400 muertes diarias. Mientras tanto el gobierno cedió la iniciativa también en la movilización social. Ineditas marchas masivas de la oposición se sucedieron desde el 20 de junio. Amplísimos sectores de la clase media tomaron las calles, mientras el peronismo se recluyó y dio lugar a una situación sin precedentes: fuerzas conservadoras en la calle y el otrora inmenso aparato peronista paralizado. El 17 de agosto hubo manifestaciones masivas en todo el país. Las clases medias no sólo ocuparon un lugar que les fue siempre ajeno en la historia argentina, sino que lo hicieron enarbolando como único emblema la bandera nacional. El peronismo perdió a la vez la calle y el máximo símbolo patrio. El movimiento sindical desapareció del escenario. Frente a esto, el fiasco del 17 de octubre reveló un peronismo exhausto. Es sólo cuestión de tiempo que esa inversión histórica produzca una guerra interna en el peronismo e impacte sobre el gobierno desestabilzándolo hasta un punto hoy imprevisible. Sin embargo, cualquier desenlace será en detrimento de los trabajadores e incluso de la mayoría de quienes se movilizan en los últimos meses con inusitado vigor. Hoy la opción al desmoronamiento peronista es otro conglomerado de idéntica naturaleza, sólo diferenciable en las formas a encarar para llevar a cabo el insoslayable saneamiento que reclama el sistema.

Este proceso ocurre en el curso de una oportunidad histórica para organizar a trabajadores y aliados en un partido de masas anticapitalista. La posibilidad no fue siquiera avistada por organizaciones que optaron por buscar un lugar en el Parlamento. Mientras tanto, las contradicciones sociales se agravan y se abre el riesgo de una deriva fascista, ya manifiesto en corrientes del oficialismo (respaldadas por el Vaticano) y con las clases medias desesperadas como ejército de reserva.

El desconcierto de las clases dominantes abre un tiempo adicional. Excepto el vuelco de montañas de dinero para sostener el consumo, los centros de poder no lograron articular una respuesta, mientras ya se observan signos de un relanzamiento de la crisis Tanto menos podrían hacerlo en este contexto las clases dominantes locales. Hay fuerzas en el mundo, en América Latina y en Argentina, para ofrecer una respuesta alternativa. La oportunidad todavía está abierta.

26 de octubre de 2020

@BilbaoL

Desconcierto y choque de fracciones: los de arriba apenas pueden

Argentina, día 120 de confinamiento obligatorio. Un millón y medio de puestos de trabajo perdidos. Retracción económica, caída de salarios; resquebrajamiento del poder Ejecutivo; miedo en el elenco gobernante.

Fragmentado desde 2017 y parcialmente recompuesto para sostener el retorno del peronismo al poder, el gran capital aceleró su descomposición en estos cuatro meses. Sumada a la ausencia de mando en la coalición gobernante, la desaparición de un polo burgués explica el andar en zigzag de Alberto Fernández. Es una fantasía la idea de que frente a él, Cristina Fernández acumula poder y sabe ejercerlo. Nada semejante. Su única estrategia es liberarse de los juicios por corrupción que la amenazan a ella, sus hijos y la desperdigada camarilla que usufructuó el poder en torno al matrimonio Kirchner. Ni uno ni otra tienen proyecto de país, plan de gobierno, equipos para aplicarlos. Argentina está a la deriva.

Es verdad, en cambio, que en medio de la calamidad continúa la especulación electoral. Como se verá enseguida, desde diversos rincones del PJ y con el apoyo de sectores empresarios se intentó neutralizar aún más a la vicepresidente y su equipo, para consolidar un núcleo alternativo en torno al presidente y relanzar su gobierno con vistas al tumultuoso período por delante y a las legislativas de 2021. Hubo un desordenado contragolpe, con más desenfreno verbal que efectividad política, aunque alcanzó para exponer la fragmentación interna del panperonismo y la irreparable debilidad del Presidente.

 

Cuarentena infinita

Aquellos episodios son inseparables de la incapacidad para comprender los efectos del confinamiento y la asombrosa incompetencia para afrontar el desafío planteado por la peste.

La economía está ahogada desde hace décadas, con pico a fines de los 1990. Hubo un aparente respiro, entre 2002 y 2009, que confundió a muchos. No a todos: cuando en marzo pasado se declaró la pandemia las clases dominantes y sus representantes políticos avizoraron la amenaza implícita. Devastada en cuarenta años de saqueo, la infraestructura sanitaria nacional no estaba en condiciones de afrontar un mínimo del alud pronosticado. El cuadro era particularmente alarmante en la provincia de Buenos Aires, coto de caza de camarillas corruptas. Necesitaban ganar tiempo.

Oficialistas y opositores coincidieron en el único plan para ellos imaginable: alimentar el miedo, aprobar decretos de aislamiento obligatorio, mostrar como opuestas la salud y la economía, confinar a millones y detener el país. Irracionalidad llevada al paroxismo.

En ese clima, tras dos meses de inacción frente a la amenaza ya visible en Europa, el 20 de marzo el presidente Fernández declaró una cuarentena por dos semanas, mediante un decreto que obligaba al grueso de la población a encerrarse en sus casas. “Entre la salud y la economía, elijo la salud”, afirmó. Con base en el absurdo teórico de esa argumentación, insostenible aunque ningún sector del capital la contradijera, sostuve que en el sistema capitalista salud y economía se contraponen, denuncié que se preparaba una catástrofe social y afirmé, con fecha 29 de marzo: “Ni tirios ni troyanos pueden admitir que, al límite, optarán por la defensa del sistema, es decir, en contra de la salud” (1). Aquel límite llegó pronto. Cuando a partir del primer mes de cuarentena el efecto obvio de paralizar la economía se hizo palpable, en manada cámaras empresarias y periodistas ad hoc se lanzaron a condenar el confinamiento.

Sin otra respuesta que la parálisis, a ésta se la intentó contrarrestar con mecanismos de excepción. El Ejecutivo dispuso el pago de la mitad de los salarios a 320 mil empresas, más un Ingreso Familiar de emergencia de 10 mil pesos (menos de 80 dólares) para casi 9 millones de personas, entre otros recursos semejantes. De este modo se ha volcado al mercado la suma de 1 billón 300 mil millones de pesos. Pura emisión de dinero sin respaldo. Otro tanto se imprimirán en el segundo semestre. Diferentes pronósticos auguran una caída de entre 12 y 15% del PIB para el año en curso. La amenaza de hiperinflación pende sobre el país.

Ningún dato estadístico es exacto en las condiciones actuales, cuando ríos de personas son arrojados a los márgenes de una sociedad que en el punto de partida ya sumaba la mitad de la población bajo la línea de pobreza. Innecesario repetir datos, cifras, porcentajes. Es una catástrofe sin precedentes en la historia nacional.

El hecho es que Fernández y su gabinete no hallaron el camino de salida de aquel recurso desesperado. Transcurridos más de cien días, el gobierno admitió por fin el inmanejable resultado de su política: “La pobreza, el desempleo y la destrucción de empresas van a empeorar”, declaró el 10 de julio la vicejefe de la jefatura de gabinete, Cecilia Todesca.

¿Tendrán alguna relación pobreza, desempleo y destrucción de empresas con la salud pública? Debían transcurrir todavía dos semanas más para dar el paso siguiente a aquella confesión. Insostenible el confinamiento por el rechazo de la población, el autoritarismo irracional retrocede.

La irrupción de la peste planteó –en todo el mundo- un desafío estratégico. Un coronavirus desconocido, de origen aún incierto, con inesperada capacidad de propagación, puso en riesgo no ya la salud, sino el funcionamiento del aparato productivo a escala planetaria. En Argentina, gobierno y oposiciones se vieron en medio de una batalla para la que no estaban preparadas en ningún sentido. Era imprescindible frenar y reducir el contagio. Las imágenes de muerte masiva en Italia, España y Francia desataron el miedo en el conjunto social. Pero en los círculos de poder provocaron pánico. ¿Qué pasaría en un país sin autoridades respetadas, sin instituciones, sin estrategia alguna por parte de cualquiera de sus sectores dominantes, si quedara a la vista de millones de ciudadanos desamparados, amenazados por la enfermedad y la muerte, la realidad del sistema sanitario? Hasta hubo autores –también en otras latitudes- que anunciaron el fin del capitalismo a manos del covid 19.

 

“Loco suelto”

El sistema político argentino no podía afrontar el desafío. No por nada tiene como principal figura a quien se presenta a sí mismo proclamando “No soy un loco suelto”. Inusual anuncio de un Presidente ante ciudadanos a medio camino entre la parálisis y la desesperación.

Fernández se define como catedrático del Derecho. Seguramente conoce el título de un texto otrora célebre: “Vigilar y castigar”. Además de la expresión con la que se autocalifica, sorprende en el mandatario una idea tan primaria de la enfermedad mental y la aseveración implícita de que es meritorio no estar “suelto” cuando se la padece. ¡Ay Argentina!

El hecho es que la degradación del sistema en su conjunto no podía sino expresarse con desoladora nitidez en el marasmo provocado por el receso internacional y el desastre económico local, todo potenciado por el covid 19.

Como se ha explicado aquí una y otra vez, Fernández fue designado candidato a presidente por gobernadores y sindicalistas, quienes para unirse en el llamado Frente de Todos obligaron a Cristina Fernández a deponer sus aspiraciones. Allí estaba también Sergio Massa, figura en declinación, de alegadas conexiones con el Departamento de Estado y también compelido a abandonar su proyecto original para sumarse a la oferta panperonista. Esos afluentes exceden en mucho el conflicto entre Fernández y Fernández. La disgregación cobijada bajo el circunstancial Frente de Todos es mayor. Diríase desmesurada e incontrolable. Hay por lo menos tres vertientes fincadas en gobiernos provinciales, aunque en rigor cada feudo es una fracción en sí misma. El sindicalismo contribuye con decenas de fracciones. Está además la franja variopinta –decenas de agrupamientos convertidos en una suerte de federación Pyme- agazapada tras la vicepresidente. Se incluyen allí restos explícitos o camuflados de un pseudo progresismo lanzado a la caza de un cargo público. El Presidente no cuenta con una corriente propia. La mano de Washington, naturalmente, apaña a todos pero no está con ninguno.

De allí vino el plan de acción. Si la mentada “burguesía nacional” no aparece, alguien debe hacerse cargo. Aunque sufrió el contragolpe, Fernández no condujo la ofensiva contra su vicepresidente y es probable que siquiera estuviera informado. Un intendente, Mario Ishi, obtuvo una larguísima entrevista dominical en el diario Perfil, el 4 de julio. “Para fines de agosto vamos a estar en una situación como la del 2001”. Así fue presentada la nota, citando textualmente la entrevista realizada por el Director de ese medio, quien además tituló una columna propia con otro adelanto del mismo profeta: “En 45 días explota todo”.

El experimentado intendente no escatimó definiciones: “muchos están con necesidades mucho mayores que en 2001. Cuando en 2001 explotó, fue por hambre. Salieron a saquear todos los negocios por comida. Hoy puedo asegurar que no es problema de comida, la gente no tiene problema de alimentación (…) previamente a esta situación entregaba 15 mil bolsones. Los sigo entregando, pero lo hago a través de la iglesia, de las organizaciones intermedias. La gente recibe lo suficiente como para no tener que salir por hambre (…) Con la cantidad de presos que se han liberado se nota que están en la calle. Al no tener trabajo, al no tener ocupación, reinciden en delinquir (…) Tienen que salir las fuerzas federales a colaborar. Ya están las fuerzas federales, pero tienen que salir con más énfasis. En el Conurbano tienen que estar las fuerzas federales conteniendo, como sucedió en otros gobiernos. Recuerdo que Gendarmería tenía 18 mil efectivos y pasó a tener 40 mil, ¿por qué?, porque las policías federales estaban en el territorio. De aquí en más, la fuerza federal tiene que estar presente, si no corremos el peligro de que se produzca un desborde (…) El problema central está hoy en el conurbano de Rosario y de Buenos Aires. Van a tener que solucionarlo, porque la policía ya no da abasto (…) Todo el segundo cordón del Conurbano está así. Moreno está peor que José C. Paz; Malvinas Argentinas está igual que José C. Paz. Moreno viene de una gestión mala anterior, en la que no hubo contención. Hay muchos asentamientos que se están trasladando hacia los demás distritos desde allí. Es también otro problema grande (…) La policía está desbordada y deben venir las fuerzas federales. La gente va avanzando y no la van a poder parar (…) Ya no hay respeto. Hay que tener cuidado porque cuando se pasa una línea todo se complica. Viví los dos saqueos que hubo en 2001 y veo que se está superando una línea: la gente ya no respeta a los funcionarios. Ve todo mal, como si fuera culpa de ellos: del Presidente, del intendente o de un concejal. Les adjudican la situación que tienen. Pero lo cierto es que vino la pandemia y estamos así. Aunque claro, no sé si estaríamos mucho mejor sin el coronavirus” (Entrevista de Jorge Fontevecchia, Perfil, 04/07/2020).

Al día siguiente, un programa de opinión del canal televisivo de La Nación entrevistaría a Joaquín de la Torre, ex intendente peronista de 3 de Febrero y ex ministro de María Eugenia Vidal en el gobierno de Buenos Aires, quien coincidió puntualmente con las declaraciones de Ishi. La operación estaba en marcha. La desaforada respuesta de la vicepresidente, lejos de malograrla, la alimentó.

 

Desbarajuste político

Así se precipitó la escalada de insultos en el núcleo oficialista. La imagen presidencial ha sido vapuleada sin consideración, no por opositores sino por quienes ocho meses atrás llamaban a darle el voto. No es preciso citar a los protagonistas, aunque sí es relevante que, en medio de la inconclusa negociación por la deuda externa, con cuatro meses de confinamiento al hombro y un colapso económico apabullante, Fernández se ocupara de responderle a cada quien. Es decir, a nadie. Al límite del desgaste y las presiones para un cambio de ministros, alguien llamó a calmar las aguas. Será por poco tiempo.

En ese punto y cuando se cumplen cuatro meses de confinamiento autoritario, Fernández y su elenco estable –que incluye conspicuas figuras de Cambiemos- anunciaron en conferencia de prensa una octava prolongación del aislamiento, hasta el 2 de agosto. Esta vez con apertura flexible. Plúmbeas intervenciones de altos funcionarios encabezados por Fernández para explicar los extraordinarios beneficios de un encierro de 120 días. Abogan por la “vuelta a la nueva normalidad” precisamente cuando aumenta el número de contagios y de muertes. La población ha roto hace semanas el aislamiento obligatorio, negándolos como autoridades efectivas.

Mientras tanto el ministerio de Economía lidia todavía con una cuarta propuesta para refinanciar la deuda externa. No está claro el desenlace, aunque el presidente y su vice han hecho saber que están dispuestos a los mayores sacrificios para evitarlo. En siete meses (!!) de negociaciones el gobierno cedió 15 mil millones de dólares en relación con su propuesta inicial. Tal vez imaginan un sacrificio mayor…

 

¿Mesa de diálogo?

En medio del desbarajuste oficial se conoció una iniciativa impulsada por la socialdemocracia y el socialcristianismo. En otras palabras: el Vaticano empeñado en evitar un colapso y la pléyade progresista entusiasmada con ganar junto al ex presidente Mauricio Macri las legislativas del año próximo. Ese nuevo colectivo reunido en torno al Club Político Argentino propone “que el Poder Ejecutivo convoque con carácter urgente a una mesa de diálogo nacional”.

El llamamiento incluye un párrafo donde puede leerse que “la confianza de la sociedad en nuestras instituciones es débil”. Por lo que “la coyuntura exige nuevas y audaces herramientas”. Afirmaciones inobjetables, aunque es difícil saber si se trata de un gesto de cortesía hacia el Presidente o un puñetazo en el rostro: algo así como explicarle a Fernández que en realidad su cargo no vale nada y hace falta otro instrumental, así como más coraje para usarlo, inhallables en la Casa Rosada.

“Los argentinos que suscribimos este llamamiento –continúa el texto- somos conscientes de que una situación de extraordinaria gravedad requiere de esfuerzos también extraordinarios (…) para atravesar este crucial momento y trazar los lineamientos básicos de la reconstrucción del país”.

Sigue el documento: “Es tiempo de implementar un plan de coincidencias mínimas que integre a los partidos políticos, los sectores de la producción y del trabajo, los representantes de la economía informal, las organizaciones sociales, la comunidad educativa, las entidades profesionales, las congregaciones religiosas y demás entidades representativas de la sociedad civil. En suma: otro Frente de Todos. Luego la proclama advierte: “En el presente inmediato se juega también nuestro futuro”.

Firman, entre otros muchos: María Eugenia Vidal, Eduardo Duhalde, Patricia Bullrich, Alfredo Cornejo, Martín Lousteau, Miguel Ángel Pichetto, Juan Manuel Urtubey, Federico Pinedo, Rogelio Frigerio, Graciela Fernández Meijide. Hay además numerosos empresarios de peso e incontables siglas religiosas. Una suma considerable de experiencia política, a la cual no puede escapar que un “diálogo nacional” es inviable en el actual equilibrio institucional. Tal parece que la pergeñan para una situación sobrevenida…

Movilizaciones imprevistas el 20 de junio y el 9 de julio obraron como termómetros de la temperatura social. Con partidos y cúpulas sindicales desaparecidos del escenario, en ausencia total del movimiento obrero, las clases medias le ganaron la calle al gobierno. La calle y un símbolo clave: la bandera argentina. Reivindicaron la República y, sobre todo, la propiedad privada. ¿Qué enseña enarbolarán de aquí en más Fernández y el Frente de Todos?

Horas antes de las grandes manifestaciones del día de la Independencia, Fernández invitó al G-6 a un acto virtual desde la quinta de Olivos. Todos acudieran. Hubo también un Ceo sindical. “Mesa de diálogo nacional” a su medida. No hacía falta una licenciatura en ciencias políticas para comprender el significado de este movimiento. La respuesta fue inmediata. También el insólito paso atrás del Presidente.

Fractura expuesta. A sólo siete meses de ocupar la Casa Rosada. Fernández y sus contrincantes internos no parecen estar en condiciones de retomar la iniciativa política. Tampoco la oposición. ¿Entonces? La desbocada propuesta de un ex futuro candidato presidencial, el radical Afredo Cornejo, tuvo el mérito de graficar la dinámica latente bajo la superficie: afirmó que Mendoza debería separarse de la República Argentina.

Está a la vista que los de arriba apenas pueden. Los de abajo apenas dan débiles indicios de que ya no quieren. En el largo y tumultuoso paréntesis que viene plasmará una respuesta diferente.

17 de julio de 2020

@BilbaoL

 

1.- Luis Bilbao, Pandemia y revolución: pantallazo sobre Argentina y el mundo. Ver también Historia inmediata de un país a la deriva; www.americaxxi.com/libros/

Conmoción geopolítica, vacío estratégico y confinamiento como recurso económico

A diferencia de lo actuado en 2008, pasados tres meses de la detonación bursátil del 9 de marzo último, Estados Unidos no ha logrado articular un plan internacional para afrontar esta crisis, más grave aún que la precedente.

Por el contrario, la pandemia y luego el desenfreno policial que acabó con la vida de George Floyd completaron la irracionalidad del sistema y mostraron la parálisis estratégica de la Casa Blanca. El mundo está despertando por estos momentos a la realidad geopolítica en la que la decadencia del mayor imperio le impide contar con una potencia rectora. El capitalismo mundial ha perdido el eje.

Nada más elocuente que el atolondrado intento de Donald Trump por realizar una reunión del G-7, el cenáculo imperialista hasta ahora hegemonizado por Washington. Primero buscó hacer una reunión por video-conferencia programada para el 10-12 de junio. Luego, por tuiter, exigió un encuentro presencial de los siete mandatarios en Camp David, para fines de junio. Ante el rechazo de sus socios, el presidente acosado esgrimió otra carta: invitar a India y otros tres países a engrosar el G-7 y realizar la reunión en septiembre. Antes de la propuesta, hizo trascender que quería a Rusia de regreso en ese ámbito. Con un G-10, o G-11 del que se excluye a China, el objetivo del Departamento de Estado es ubicar a su principal rival enfrente de cualquier acuerdo conjunto para salir al cruce de la crisis. Los riesgos de semejante táctica no podrían ser exagerados.

 

Huérfanos

Aún no hay respuesta a este último llamado, pero ya está a la vista lo esencial: en 2008 Estados Unidos no tuvo el menor traspié para sumar al G-20 a países como Argentina, Brasil y México (los dos primeros con gobiernos supuestamente progresistas), para enfrentar el colapso económico y la amenaza cierta de una dinámica revolucionaria en América Latina. Hoy, descarta a estos y otros socios menores, trata de engrosar el desnortado G-7 y busca el choque frontal con China. Argentina, Brasil y México, con realidades diferentes, comparten la condición de huérfanos en un mapamundi desquiciado.

Estados Unidos emprende el rumbo de colisión desde posiciones controvertidas. Hay por estos días una rebelión de masas sin precedentes, aunque sin un proyecto alternativo. El poder se desgrana: tres ex presidentes (James Carter, George W Bush y Barack Obama) se pronunciaron contra el actual ocupante de la Casa Blanca. A ellos se sumaron el ex secretario de Estado Colin Powell –afroamericano- y senadores de peso como Willard Romney, todo lo cual plantea un riesgo electoral para Trump y sus socios en el complejo militar-industrial-financiero. Sea como sea el resultado de este juego de realineamientos, cuenta sobre todo el rechazo del ministro de Defensa Mark Esper al reclamo de Trump por tropas militares para intervenir contra la sublevación de masas provocada por el asesinato de Floyd. Fractura y debilitamiento del poder central en Estados Unidos son signos de otra pandemia, que no demorará en hacerse visible para el mundo entero.

Vale subrayar lo obvio: no fue la movilización de las masas, ni el efecto devastador de la peste que se cobró a la fecha 113 mil vidas en Estados Unidos, lo que desequilibró al sistema y transpasó sus parámetros. La fuerza que rompió el fiel de la balanza fue la crisis estructural de la economía capitalista, el aumento descontrolado de la lucha interburguesa, la caída de la tasa de ganancia. Ocurrió lo inverso: esta fuerza incontenible produjo la sublevación de masas al interior de Estados Unidos y comenzó a extender sus efectos a Europa.

En el enunciado está la conclusión: hay un desigualdad desmesurada entre la crisis del sistema y la capacidad de sus víctimas –es decir, la conciencia y organización- para afrontarla. A la vez, la irreversibilidad de la crisis demuele otro supuesto, hasta no hace mucho pensable como momento de transición y actualmente imposible: la armonía de un mundo pluripolar. La acelerada confrontación entre Estados Unidos y China es sólo el más estridente de los conflictos internacionales que se multiplican en el planeta.

Se replantean así las hipótesis que a uno y otro lado del espectro ideológico dominaron durante muchos años. A derecha e izquierda la teoría política está desenfocada y no logra siquiera esbozar una respuesta. La crisis, en tanto, avanza. Los liderazgos reformistas burgueses no atinan a balbucear propuestas económicas frente a esta combinación tan anunciada como desestimada de caída mundial capitalista.

Si no fuese patético, podría causar sonrisas un texto reciente del primer ministro de Singapur, Lee Hsien Loong: “las problemáticas relaciones entre Estados Unidos y China plantean profundas cuestiones acerca del futuro de Asia y el perfil del futuro orden internacional. Los países asiáticos no quieren ser forzados a elegir entre Estados Unidos o China”. Según esta interpretación, los países del sudeste asiático “gozaron lo mejor de ambos mundos, construyendo relaciones económicas con China a la vez que mantenían fuertes lazos con Estados Unidos y otros países desarrollados”.

¡Destino cruel!: “Si Estados Unidos eligiera en cambio tratar de contener el crecimiento chino, correría el riesgo de provocar una reacción que podría colocar a los dos países en un camino de décadas de confrontación”. Lee Hsien Loong entiende que ambas potencias “no están necesariamente embarcados en un curso de confrontación, pero la confrontación no puede ser descartada”. (The Endangered Asian Century, Foreign Policy, 4 de junio de 2020).

Si los titulares del poder ejecutivo en Brasilia y Buenos Aires tuvieran el hábito de pensar la política mundial y escribir sobre ella, dirían lo mismo que Lee Hsien Loong, trasladado a la región: “los países latinoamericanos no quieren ser forzados a elegir entre China y Estados Unidos”. Para fortuna de sus partidarios, Jair Bolsonaro y Alberto Fernández permanecen alejados de estos engorrosos problemas. No obstante, a los tumbos, sin siquiera el mérito de esbozar un pensamiento de largo alcance, recorren el mismo camino. Desguarnecidos, ciegos, ignorantes de una realidad que les es ajena, en cualquier caso serán pasto de los efectos locales y regionales del descalabro internacional.

 

La irracionalidad gana terreno

Como nunca en la historia del capitalismo, el mundo sufre un vacío estratégico de poder mundial. Esto no implica que las leyes del sistema de producción basado en la propiedad privada de los medios de producción dejen de cumplirse. Por el contrario, la coyuntura excepcional que vive el planeta acelera el desarrollo de dos de esas leyes fundamentales: centralización (llamada habitual y erróneamente “concentración”) de capitales y aumento de la explotación relativa y absoluta del trabajo humano. Con la pandemia como argumento y el confinamiento como excusa, se está llevando a cabo un proceso feroz de absorción de riquezas en cada vez menos manos, a la vez que se proletarizan más y más franjas de quienes se consideran capas medias y ahora se encuentran encerrados mientras sus negocios y profesiones cambian de lugar en el organigrama social, para quedar bajo la férula de capitales de mayor envergadura.

Así, mediante la centralización el sistema resuelve circunstancialmente la pugna interburguesa y, a la vez, gracias a la parálisis de la clase trabajadora, imposibilitada para defender el precio de la fuerza de trabajo, aumenta la tasa de ganancia. A término, estas aparentes soluciones se transforman en lo inverso: aumento de la desocupación, disminución de la demanda global, agravamiento de la confrontación intercapitalista, radicalización de la lucha de clases.

No lo dice sólo la teoría científica que estudia el capital. No es un pronóstico. Está a la vista de todos. Basta con un único ejemplo: en Estados Unidos, desde marzo y hasta fines de abril, 40 millones de trabajadores perdieron su empleo. Uno de cada cuatro empleados. Otros 2 millones 100 mil se sumaron en mayo, mes en el que panegiristas desconcertados celebraron la incorporación al trabajo de más de 2 millones de empleados. Sin embargo, la cifra de 42 millones de nuevos desocupados puede ser largamente inferior a la realidad (‘Still Catching Up’: Jobless Numbers May Not Tell Full Story; The New York Times, Patricia Cohen, mayo 28). Días después agudos economistas anunciaron que Estados Unidos está formalmente en recesión. ¿No habrá algo de esto en la rebelión espontánea de millones contra el asesinato de Floyd? Buena parte del poder establecido, en Estados Unidos y el resto del mundo, carga las culpas de este cataclismo sobre el extravagante presidente de aquel país. Nadie hasta el momento lo atribuye al desenfreno de la irracionalidad intrínseca del modo de producción.

Ésa y no otra es la causa del espectáculo de una gran potencia en estado de descontrol, regida por un individuo aparentemente fuera de sus cabales. Pero quien avanza por el camino del fascismo y amenaza al planeta entero no es Trump: es un sistema exhausto, agónico, que no admite reformas.

9 de junio de 2020

@BilbaoL

 

Historia inmediata: hacia un debate en Argentina y América Latina

Parálisis económica, apatía social, miedo al mañana. Argentina está ahogada y sin respuesta. Hay causas propias, que vienen de lejos, combinadas ahora con una debacle mundial, a su vez potenciada por la pandemia del covid 19.

Pocos miden la magnitud y consecuencias de la desarticulación del aparato productivo, comercial y financiero. Quienes lo hacen, desde la defensa del sistema, están alarmados. El país se desliza hacia una convulsión prolongada. Y el punto de partida es la extinción de los partidos de la burguesía y la descomposición de sus restos desperdigados.

Historia inmediata es una contribución a la memoria y el debate. Compaginé este libro en situación de confinamiento a causa de la pandemia. Son textos de diferente naturaleza, escritos entre marzo de 2013 y mayo de 2020. Se reproducen sin cambios. (Descárguelo gratis en https://americaxxi.com/libros/).

Ya había analizado el desempeño del nuevo gobierno, cuando el Covid 19 trastocó la situación mundial (Ver página 305 en adelante). Un Epílogo registra mi opinión sobre “La Argentina que viene”. El volumen puede ser descargado, gratis, desde esta misma página.

Mientras revisaba los textos compilados el presidente Alberto Fernández escalaba en la aceptación ciudadana. El miedo provocado por una peste desconocida empujó a millones a refugiarse en lo que estaba a la mano.

Han transcurrido 56 días de confinamiento. La infección quedó reducida a un mínimo. En comparación con los datos de países dominantes, hasta ahora la pandemia se cobró en Argentina, de manera directa, un costo mínimo en vidas humanas. El punto crítico llegará en dos o tres semanas más. No hay coincidencia sobre la dimensión que alcanzará. Sólo resta esperar.2

En tanto, el férreo confinamiento dio el tiro de gracia a una economía herida de muerte antes de que se conociera la existencia del Covid 19: la industria trabajaba para entonces a la mitad de su capacidad instalada. El mundo está inmerso en recesión con incierto destino y Argentina comienza a sufrir el rigor desconocido de una depresión.

El costo fiscal de las medidas adoptadas para sostener el confinamiento proyecta un 10% de déficit primario anual. Hasta el momento las erogaciones extraordinaria fueron cubiertas exclusivamente con emisión de dinero. Una ciénaga frente a la cual el elenco gobernante no logra frenar sus pasos. Los desequilibrios macroeconómicos del país se multiplican, la desocupación crece en flecha, los salarios se reducen -con apoyo de las cúpulas sindicales- y la inflación escala. Como trasfondo, el gobierno no logró refinanciar la deuda externa y hasta el momento no se sabe si el país entrará –por décima vez- en cesación de pagos.

Muy lejos del discurso de “unidad nacional”, explotó a la vista de todos la confrontación interburguesa que se expresa, con mayor virulencia, en el propio bloque gobernante. El capital afronta una crisis extrema sin aparatos políticos para conducir la sociedad. Y sin un solo cuadro político de envergadura. Su sector más concentrado hace ostensibles esfuerzos por lograr una drástica recomposición que, según los planes de sus intelectuales orgánicos, saltaría la línea divisoria entre el gobernante Frente de todos y el opositor Juntos por el cambio para constituir un nuevo partido, supuestamente “republicano”. Es dudoso que prospere semejante alquimia. Son visibles los esfuerzos de cada fracción del degradado sistema político por avanzar posiciones con vistas a las legislativas del año próximo y las presidenciales de 2023. En el vórtice del huracán disputan los restos de una nación exhausta.

En cualquier caso, la catástrofe económica caerá sobre trabajadores y clases medias, carentes de instancias políticas para defenderse del alud. Cualquiera se la salida, el costo multiplicará las penurias del coronavirus y dará a luz una Argentina radicalmente diferente. El signo de esa diferencia está por verse. A la vez, es segura la participación de millones en las luchas que vendrán.

Historia inmediata pretende acercar la experiencia de los últimos 7 años. De algún modo es la continuidad de Argentina como clave regional, publicado en 2007. Como parte inseparable del devenir latinoamericano, Argentina está ahora obligada a mirarse a sí misma y sacar conclusiones respecto de la conducta de partidos burgueses, sindicatos e izquierdas en las últimas décadas.

Hubo mucha abnegada disposición a la lucha, demasiada frustración, incontables traiciones, pero sobre todo rampante desdén por el esfuerzo para comprender la realidad y actuar sobre ella con base en la teoría científica de la transformación social. Se puede confiar en que el período histórico que ahora mismo se inaugura hallará y forjará a las mujeres y hombres capaces de superar ese legado.

14 de mayo de 2020

@BilbaoL

Atención a la deriva de las autoridades en Argentina

¿Es sólo asnidad burocrática? Una resolución del gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) obliga a personas mayores de 70 años a pedir permiso a un centro de llamados para salir de la casa. Si quien otorga el salvoconducto llega a la conclusión de que corresponde, emite el permiso, lo registra con una validez de 24 hs y transmite al demandante un número y una palabra clave, para que éste presente a la policía cuando lo interroguen e intenten frenar su amenazante travesía hasta la esquina. Al otro lado del teléfono el peticionante tendrá un/a milenial con entrenamiento en call center.

Nadie defendería la inteligencia de funcionarios capaces de semejante disposición. Pero hay algo más que estupidez e indolencia. Hay desprecio por el bien más preciado del ser humano, en cualquier edad: la libertad; el accionar por imperativo de conciencia y no por dictámenes autoritarios. Por eso la medida y quienes intentan aplicarla no son sólo ignorantes: son dientes de un engranaje fascista, impulsado por una crisis frente la cual el gobierno está paralizado.

Avergüenzan el silencio y las contorsiones de periodistas, columnistas y analistas políticos al uso para evitar la condena a esta medida desesperada de Rodríguez y Fernández, que nada tiene que ver con las exigencias para resolver aquello señalado como contradicción irresoluble entre “salud y economía”. Rechazarlo no implica disputar una posición ideológica. Alguien tan distante de un pensamiento revolucionario socialista como Angela Merkel, la canciller alemana, dijo en un discurso de notable precisión: “Encerrar a nuestros mayores para volver a la normalidad es inaceptable desde el punto de vista ético y moral”. Alemania no impidió en ningún momento a sus ciudadanos salir a caminar, hacer compras básicas, tomar aire y sol. Sólo explicó la necesidad de mantener el confinamiento y evitar las aglomeraciones. Merkel dijo al comienzo, además, que se nacionalizaría todo lo que fuera necesario para garantizar el funcionamiento de la economía y se daría toda la ayuda requerida por las empresas para sostener su funcionamiento. Alemania comienza ya a superar la parálisis. Argentina se hunde minuto a minuto en ella y el gobierno no atina a dar un paso, en el sentido que sea, mientras la baja clase media ingresa a un estado de desesperación.

Un alud de protestas y denuncias cayó de inmediato sobre el decreto del führer pelón. El rechazo tuvo una magnitud inesperada. Azorado, tras una noche de rebelión cibernética, radial y televisiva, el edil mayor instruyó a su secretario de salud para explicar la medida y, sin admitirlo, modificar su contenido. Fernán Quiroz argumentó que no se trataba de control ni, mucho menos, negación de derechos elementales del ciudadano. “Es para proteger a los y las mayores de 70 años”, repitió vacilante. Luego el jefe de gobierno retomó ese argumento y horas después lo consagraría el propio presidente de la nación, todos empeñados en “proteger a los abuelos”.

Dicen abuelos como quien se conduele por la alegada fragilidad y minusvalía de tal condición. Ni ternura, ni consideración: es la arrogancia del ignorante con poder.

El secretario de salud de la CABA argumenta en materia médica con cierta solidez. En las entrevistas televisivas y radiales –acaso un tanto excesivas para un funcionario necesariamente ocupado- parece relativamente joven. Por tanto no cae en las generales del decreto y está habilitado para seguir actuando, a diferencia del ministro nacional de Salud, quien debería pedir permiso a un call center cada 24 hs.

No sería adecuado atribuir a su juventud el desconocimiento de hitos cruciales de la historia. Hay jóvenes estudiosos y cultos. Alguno de ellos podría haber asesorado a Quiroz para que tomara en cuenta la historia de líderes protectores. Heinrich Himmler, por ejemplo, quien conducía las SS del régimen nazi. Por pura casualidad, SS es la abreviatura de Schutzstaffel. Esta palabra de difícil pronunciación para los hispanohablantes, significa “cuerpo de protección”.

 

Más que discriminación

Para quien estaba al tanto de este pequeño detalle, fue difícil digerir la reiterada apelación a los 30 mil voluntarios dispuestos a “proteger a los abuelos”. La primera versión de esta disposición establecía que quien no cumpliera con la exigencia, sería penado con trabajo comunitario obligatorio. Inimaginable más protección a los “abuelitos” que obligarlos a cumplir tales tareas. Todo el contenido profundo de la medida se resume en esa amenaza.

Desde luego sería injusto calificar de nazi a Quiroz. Se trata de señalarle que acaso él no está tan elevado en la escala del conocimiento como para autoerigirse como protector de todos quienes tienen (tenemos), más de 70 años. Debería considerar que una buena parte de esa franja puede tener capacidades para asumir las orientaciones de autoridades sensatas -e incluso dictarlas, como ocurre con su propio jefe a nivel nacional- y colaborar en muchos terrenos, sin tener que humillarse a pedir permiso para cruzar el umbral de su puerta. Ubicar a cada mayor de 70 años como si fuese un ex vicepresidente convicto por repugnante corrupción, al que se le da casa por prisión al socaire del coronavirus, es una afrenta inaceptable.

Eso sin considerar que el plan de llamar al 147 para solicitar autorización es impracticable. Pretender que un adulto mayor encerrado por semanas pase horas intentando comunicarse con un número que no responde, no es exactamente una buena manera de proteger el sistema nervioso de las y los “abuelitos”. Demostración adicional de que el funcionariado está conducido por personas seleccionadas mediante una escala de mérito invertida. Hace tiempo se sabe que la salud física no está escindida de la salud psíquica. Vienen retrasados unos 25 siglos los funcionarios del poder en Argentina.

La disposición sigue vigente pese a las protestas. No se aplicará. Seremos cientos de miles quienes no acataremos semejante discriminación. El propio Presidente, comprometido con esta aberración, sufrirá el efecto de una letal demostración de falta de autoridad, que se extenderá de los “abuelitos” a las juventudes y pondrá de manifiesto que las autoridades formales no tienen respaldo moral en la sociedad. Esa certeza es, por estas horas, un factor más en la fuerza centrífuga que divide el frente amplio burgués y deja sin base a Fernández.

 

Prioridades

Para quien no practica el así llamado periodismo de investigación, no interesa la biografía de Quiroz. Repetido un millón de veces por radio, televisión y diarios, es sin embargo imposible desconocer por estos días que proviene del Hospital Italiano. Allí –como en muchos otros lugares- ha habido una cantidad inusitada de médicos y personal de salud contagiada por el coronavirus. Enfermeras comprometidas en la actividad sindical denuncian que eso ocurre por falta de material de protección para estos trabajadores a quienes todas las noches se homenajea con un aplauso.

Cabe sugerir entonces: ¿y si Quiroz se ocupa de que la base del sistema de salud, el ejército a su cargo que debe librar esta batalla, esté convenientemente equipado y preparado para semejante desafío? ¿Y si en lugar de inventar mecanismos ridículos para oprimir a sus semejantes se involucra para que en su propio lugar de trabajo no ocurra el desastre que se ha producido? ¿Y si en lugar de justificar lo injustificable le explica a su jefe que un ejército adicional “de abuelitos y abuelitas” podría colaborar en mil tareas para ir al combate como sociedad consciente y organizada, en lugar de implorar “protección” por teléfono para salir a la vereda?

Sin mengua de esa responsabilidad, es injusto cargar sobre el secretario de salud de la CABA. Hay un cerrojo de corrupción, mediocridad e incapacidad que hace imposible poner en marcha el único mecanismo que podría enfrentar la pandemia con un mínimo de bajas, no sólo contabilizables como muertes por el Covid-19, sino como todas aquellas provocadas por la angustia de vivir en un país donde los principios de la vida en comunidad libre se avasallan con displicencia, como si no tuvieran la más mínima importancia. Todo en función de una ciega, insensata carrera, que en medio de un cataclismo mundial ordena cada paso con los ojos en la próxima disputa electoral.

No sería menos incorrecto personalizar en el jefe de gobierno, quien firmó el decreto, o en el Presidente de la nación, abrazado a este desatino fascista con sorprendente vehemencia. Es un sistema en situación de colapso el que exige conductas irracionales y contorsiones vergonzosas. Un sistema que catapulta a personajes inversímiles, funambulescos, incapaces, incultos e ignorantes hasta la desesperación, a los máximos sitiales de la República, los condena a ser títeres de una decadencia arrolladora que los lleva a cualquier exceso sin que siquiera tomen conciencia de lo que hacen. Pero si ellos no tiene conciencia, los hechos son evidentes y trazan la dinámica del país hacia el autoritarismo extremo.

El sistema político es víctima de un conjunto de fuerzas destructivas que no comprende. Puesto que personas con manifiesta falta de valores y condiciones como Menem, De la Rúa, Duhalde, el matrimonio Kirchner, Macri y ahora el vicario Fernández, han podido sentarse en el sillón de Rivadavia, es natural que Rodríguez –o incluso, peor, un payasesco animador de horrendos programas de televisión- sientan que pueden y proclamen que quieren ser Presidente.

 

Enajenación

Al titular de la CABA le han explicado que si logra un relativo control sobre la pandemia en la ciudad, podría competir con ventaja con el actual mandatario o con algunos de los que buscan destruirlo para ocupar su lugar. Si se pone a “abuelitos y abuelitas” en campos de concentración domiciliaria, presumiblemente morirán menos y así, junto con ciclovías y metrovías (extraordinarias conquistas para el futuro nacional), se pavimenta el camino a Balcarce 50.

Desde otra sede, la residencia presidencial de Olivos, Fernández se rige por las mismas indicaciones, mientras libra batalla contra un virus muy diferente al Covid-19, que carcome su gobierno. Nada hay que agregar a lo expuesto el 29 de abril (Pandemia y Revolución: pantallazo sobre Argentina y el mundo). La contraposición entre “salud y economía” no es sólo una enunciación del Presidente, inmediatamente rectificada, sino una imposición del sistema capitalista de producción. Tal como era previsible, se agolpan ahora las voces para optar por “la economía”. Allí están presos gobierno y oposición. A casi cinco meses de gestión Fernández no ha podido presentar un plan económico. Las pugnas internas en el ya desleído panperonismo lo paralizan todo. La oposición se muestra incapaz para presentar una alternativa. La burguesía ocupa la totalidad del escenario, pero no puede actuar. Las medidas anunciadas para contrarrestar la pandemia en sus devastadoras consecuencias económicas se aplican en menos de una tercera parte. La corrupción se expande a todos los niveles del oficialismo y la oposición. Diputados y senadores se niegan a cumplir su tarea por temor al virus, a la vez que rechazan cualquier intento de reducir sus escandalosos salarios.

Pocos dan señales de percibir la enajenación de la institucionalidad capitalista y la ira creciente en la sociedad. La unidad de oposición y oficialismo, la desaparición de voces sindicales, la cooptación de las que en otra era geológica se llamaron “organizaciones sociales”, el silencio aquiescente de demasiadas personas dominadas por el miedo y la confusión, llevan a confundir paraplejia con estabilidad. Ante la imposibilidad de conducir una sociedad convulsionada por la crisis, oficialismo y oposición la paralizan. Y creen que gobiernan.

En las últimas semanas reportes desde diferentes lugares del planeta informan que en calles vacías aparecen animales habitualmente ajenos a esos lugares. Un jabalí, por ejemplo, recorría con paso tranquilo el centro de Madrid. La burguesía sabe que hay una especie más temible que ocupará las ciudadelas de su poder si no actúa con presteza y eficiencia. El primer requisito lo cumple la disposición del gobierno porteño rápidamente avalada por el presidente de la nación. Pero la eficiencia es otra cosa, a distancia astronómica de una casta parasitaria, ignorante e incompetente, formada en décadas de decadencia capitalista y probadamente incapaz de conducir al país. Resta saber si la clase trabajadora, las juventudes –y lo viejos, hoy en la picota- tienen la capacidad y el coraje para hacerse presentes.

19 de abril de 2020

@BilbaoL