Pandemia y Revolución: pantallazo sobre Argentina y el mundo

A finales de marzo, diez días después de decretado el aislamiento obligatorio en todo el territorio nacional, Argentina muestra síntomas de agotamiento y creciente malestar en todos los estratos de la sociedad.

Noticias provenientes de los centros metropolitanos tienen sobre ascuas a la población informada: con excepción de China, la pandemia no cede y provoca un cataclismo humano, mientras las Bolsas sufren un derrumbe sin precedentes y adelantan una caída catastrófica de la economía mundial. Se pronostica una disminución del 20% en el producto interno bruto estadounidense.

Abril será un mes crucial. Según el ministerio de Salud, el pico de la pandemia en Argentina sobrevendrá a mediados de mayo. Datos de otro orden indican que la crisis de la deuda tendrá su punto culminante también a mediados de mayo, momento cuando el gobierno asumirá una renegociación con los acreedores o, como todo indica, se declara en cesación de pagos. También para ese momento, según adelantan econometristas locales, la extensión de la cuarentena pondrá al aparato productivo-comercial del país en situación de colapso tanto más extenso e incontrolable cuanto más se prolongue la parálisis ordenada por el Ejecutivo. Mayo es entonces un límite señalado por todos como punto de imposible continuidad para el orden socioeconómico vigente.

De modo que el país afronta a plazo fijo el riesgo de una tremenda convulsión, con base en la desarticulación del aparato productivo, con raíces estructurales llevadas al paroxismo por la cuarentena, combinado con un colapso sanitario. Ambos aspectos serán considerados más abajo, luego de exponer con el máximo de simplificación, temas imprescindibles para interpretar la situación actual y su proyección desde una perspectiva diferente a la preponderante en los medios de difusión.

 

La sociedad frente a la crisis

Hay alarma en las clases dominantes y en todos los niveles de gobierno. Se multiplican signos indicadores de dos fenómenos inseparables: falta de autoridad central y aparición de aspirantes a minicaudillos, que desde sitiales mínimos obran contra las decisiones del Ejecutivo nacional, rompen descaradamente el orden constitucional e instauran el reinado del capricho y la arbitrariedad. Una impensable “dictadura de concejales”. De allí hay apenas un paso a la violencia. La ya añeja dinámica de disgregación nacional alcanza nuevos e inesperados límites: intendentes de minúsculos distritos desafían a gobernadores y a la Casa Rosada.

Mientras tanto, aterrorizadas ante la amenaza del Covid 19 las clases medias urbanas han producido otro milagro argentino: se aferran al balbuciente y desencajado presidente Alberto Fernández, quien sólo alcanza fluidez en el lenguaje cuando insulta a ciudadanos indisciplinados (“idiotas”, “imbéciles”, los llama, desde el sillón de Rivadavia y con la bandera nacional detrás). Pocos admiten que esa indisciplina social es, aparte razones culturales de las que nadie podría enorgullecerse, un rechazo a quienes ejercen cargos ejecutivos: “¿qué autoridad moral tienen estas personas para decidir qué hago con mi vida?”, se preguntan explícita o calladamente millones de jóvenes. En las franjas arrojadas a la marginalidad o la miseria, ni siquiera existe la pregunta: nadie toma en cuenta a los funcionarios. En las clases medias, sin otro parámetro que el individualismo, la respuesta oscila entre la aceptación temerosa y el desacato irracional. Aun así, una mayoría parece respaldar las medidas oficiales que obligan a reclusión dispar, a menudo caprichosa.

Esas mismas clases medias girarán en redondo mañana, cuando la extensión del encierro se les haga insoportable. Pero está en su naturaleza social votar ayer a Alfonsín, después a Menem, más tarde a De la Rúa, luego al matrimonio Kirchner y después a Macri, para volver enseguida a lo que supusieron un refugio, del que ya comienzan a renegar.

Otro es el clima en la gran burguesía. Ésta comprueba la imposibilidad para cualquiera de sus fracciones de imponerse a las demás, como resultado de lo cual, a más de cien días de gobierno, Fernández no tiene plan económico ni equipo que pueda siquiera diseñarlo y proponerlo. Si para grandes sectores de la sociedad la irrupción del coronavirus es por ahora un atenuante que ayuda a soportar la incertidumbre económica mientras todo se agrava a ritmo descontrolado, el capital hegemónico discute con vehemencia la así denominada “opción por la salud”, en detrimento de “la economía”. Y observa, con temor cercano al pánico, hechos a la vista de todos: parálisis del equipo económico, caída vertical de la producción y el comercio, ausencia de un Ejecutivo nacional con capacidad de mando, desesperación y eventual explosión de sectores marginalizados que en situación de cuarentena no tienen posibilidad de cumplir con el aislamiento y a la vez quedan sin el acceso a tareas informales que le permiten sobrevivir día a día. En otras palabras: se paraliza el giro económico, pero no la contaminación masiva.

Ya los grandes medios de prensa han virado su orientación; comienzan a cuestionar el recurso de la cuarentena casi total y a buscar un punto intermedio entre “salud” y “economía”. En pocos días más ese alineamiento se trasladará a las atribuladas capas medias, confinadas en un departamento de 60, 80, 100 o 200 metros, según el estrato al que correspondan, situación en cualquier caso insoportable para una conciencia moldeada en el individualismo y la ventaja personal.

Imposible medir con instrumentos ciertos la conducta de la clase trabajadora. Convencida una gran parte de que es “clase media”, tenderá a comportarse como los sectores más bajos de aquéllas. Otras franjas, presumiblemente, tomarán distancia del gobierno y reclamarán sus reivindicaciones económicas, como le propone, con rara unanimidad por el suicidio, el infantoizquierdismo. Hasta la fecha no se conoce una sola declaración –ni hablar de un documento conceptual con orientaciones estratégicas- de las cúpulas sindicales, algunas de las cuales ofrecen caritativamente hospitales sindicales para atender la emergencia. Será difícil reaparecer con ropajes de dirigentes después de esta omisión vergonzosa. La mano de obra excedente, o “ejército de reserva” -como se denominaba a la masa de desocupados y subocupados cuando las palabras no eran empleadas para ocultar y engañar- estará más que nunca a la merced de maniobras políticas. No ya para votar en una elección, sino para volcar el peso de la sociedad hacia una revolución o el fascismo.

En este panorama social, el país ingresa a una segunda fase de resistencia a la pandemia mientras el mundo ilustra, con la inmediatez de nuevos medios de telecomunicación, un panorama de enfermedad y muerte.

El jueves 26 desembarcaron tropas del Ejército en La Matanza, el distrito bonaerense de mayor concentración de habitantes, máxima pobreza y rampante marginalización de seres humanos. Llevan comida a los desesperados y promesa de orden al gobierno y las franjas sociales con mucho o poco por perder. Aunque imperceptible, éste es el hito indicativo de una nueva etapa en la crisis argentina. Pero no conviene sacar conclusiones apresuradas: nadie entre estos actores, en primer lugar el gobierno, tiene la posibilidad de trazar un curso de acción. Sin base de sustentación propia, el de Alberto Fernández es un Ejecutivo librado exclusivamente a cambiantes resultantes de relaciones de fuerza interburguesas, sólo marginalmente determinadas por el elenco oficial. En medio de la tormenta internacional y nacional, Argentina navega al garete.

 

Teoría y política

¿Priorizar la salud o la economía? En las últimas horas se oye una y otra esta pregunta. Compelidos por las exigencias de una pandemia devastadora, la repiten todos quienes llevan la voz cantante en los medios masivos.

Al decir salud refieren a la sociedad como conjunto. Economía alude a un arcano al que entienden como la manera de obtener dinero, de pagar o recibir salarios u otras formas de ingreso monetario.

En ese esquema, optar por la salud es un camino recto y breve para obtener galardón de progresista. Es lo que hizo el gobierno. Poner la economía en primer lugar, en cambio, es prueba del más rancio espíritu reaccionario o, como gustan decir ahora, “neoliberal”. Con el transcurrir de las semanas, autores alarmados ante las perspectivas ya palpables han llegado a la conclusión de que es necesario combinar ambos términos. No se ve que den un paso más allá.

Si se trata de optar entre salud y economía, está claro que una no propende a la otra. Nadie ha cuestionado hasta el momento el absurdo de semejante dicotomía. Esto no ocurre por la torpeza de quienes incurren en ella sino porque esa es, efectivamente, la opción en un sistema capitalista. Ni tirios ni troyanos pueden admitir que, al límite, optarán por la defensa del sistema, es decir, en contra de la salud.

Hace algo más de dos siglos la nueva ciencia nacida como Economía Política, perdió el apellido y, junto con él, la condición de disciplina científica. Pasó a ser apología. En lo que acaso fue la más cruel ironía de la historia, el naciente sistema capitalista, que produjo un salto gigantesco de la humanidad y con él impulsó la aparición de una ciencia que lo explicaba, a poco andar la desmanteló hasta convertirla en su contrario: un instrumento que impide incluso a sus más lúcidos intérpretes comprender el fenómeno que tienen delante. Adam Smith, quien por supuesto no era economista y como filósofo comenzó a desentrañar las leyes del capitalismo, fue negado por sus acólitos, no antes de que cantara un gallo, sino cuando el sistema ya consolidado comenzó a tener convulsiones que amenazaron su continuidad.

La Economía Política es la ciencia que estudia la relación entre los seres humanos en el esfuerzo por extraer de la naturaleza lo necesario para vivir y hacerlo cada vez en mejores condiciones.

Por el contrario, la disciplina ahora denominada Economía, impartida en las universidades de todo el mundo, enseña a garantizar la obtención de plusvalía. Cuando la inexorable ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia reaparece con inusitado vigor, la encomienda es encontrar los mecanismos para torcer la curva y sostener así el edificio tambaleante. Según la sensibilidad (y otros rasgos, a considerar más adelante) del profesional de esta función, esa masa de plusvalor será destinada en mayor o menor proporción al Estado o a manos privadas. Furibundos “estatistas” y acérrimos “neoliberales” coincidirán sin embargo en negarse a cuestionar el sistema de producción, incluso si lo ven balancearse al borde del abismo.

En otras palabras: la apología impartida en las universidades como Economía, impide comprender la realidad en todo aquello que no sea maximizar la tasa de ganancia del capital. Por eso la buena gente licenciada en esa pseudo ciencia ahora se debate entre prolongar la cuarentena para evitar muertes en escala probablemente muy elevada, o reiniciar cuanto antes la actividad para recuperar la cotidiana extracción de plusvalía y sostener así la continuidad del sistema. Está excluida en esa diatriba la posibilidad de entender que “la economía” (es decir, la producción, el trabajo manual e intelectual realizado por toda la sociedad, en la salud y la enfermedad) es la base de cualquier forma de inmunidad para la especie humana. Está igualmente excluida la evidencia de que el capitalismo enferma psíquica y físicamente a la inmensa mayoría y sólo cura a una porción para quitarle también por esa vía una parte de su trabajo, mediante la medicina privada, las así llamadas “obras sociales” de empresas sindicales o la desatención pública.

 

Vacuna anticapitalista o epifanía keynesiana

Estados Unidos acaba de aprobar el vuelco de 2,2 billones de dólares al mercado, en desesperado intento por frenar el descenso hacia una depresión universal. Son 2.2 millones de millones de dólares (2.200.000.000.000.000.000). Si usted asimiló el número, tendrá una idea del dislate. Si no pudo hacerlo, su idea será más precisa.

Cifras más modestas, aunque igualmente desmesuradas, debate la Unión Europea para evitar que además de la depresión, sobrevenga la invasión económica estadounidense. En latitudes menos favorecidas por la acumulación primitiva de capital, presidentes convenientemente coucheados propusieron en la reciente reunión virtual del G-20 que los más afortunados proveyeran a sus países fondos suficientes para relanzar, también al Sur del Río Bravo, economías ahorcadas por la fatídica combinación de crisis propia, coronavirus y desmoronamiento de las grandes metrópolis. Un hallazgo de intrepidez política.

Años atrás, en coincidencia con el inicio de la contraofensiva estratégica de Estados Unidos, comenzó a penetrar en franjas de la intelectualidad la idea de que para enfrentar a lo que dio en llamarse “neoliberalismo”, lucifer postmoderno, era preciso aferrarse en la coyuntura al keynesianismo. Si alguien supone que cambiar capitalismo por neoliberalismo y marxismo por keynesianismo era una operación estratégica de los ideólogos del capital, está parcialmente errado: no todos eran intelectuales comprados al contado por universidades prestigiosas. Un número considerable sucumbió a la engañifa como resultado de la debacle teórico-político universal, acentuada al extremo desde el derrumbe de la Unión Soviética. Como quiera que será muy difícil diferenciar a unos de otros, lo cierto es que desde la socialdemocracia internacional esa noción penetró en todo el mundo, en América Latina con eje en el PT de Brasil y en el peronismo a la sazón gobernante en Argentina. Funcionarios importantes de muchos otros gobiernos de la región, algunos por entonces impensables, sucumbieron a ese coronavirus ideológico que devastó direcciones partidarias, centros de estudios y equipos asesores de alto nivel. Quienes por entonces declaramos la pandemia, no tuvimos eco. Hasta cierto punto, es nuestra responsabilidad.

Ahora toca a quienes, para afrontar la crisis, eligieron como enemigo al denominado “neoliberalismo” y propusieron “fortalecer el Estado” (sin apellido, por supuesto), declarar su lúgubre error estratégico o… ¡¡sumarse a Donald Trump como paladín del neoliberalismo!! Los más progresistas pueden aferrarse a Macron o Sánchez (“que no es lo mismo, pero es igual”). No hay duda de que muchos lo harán.

Obrar con seriedad requiere, sin embargo, apartarse de todos ellos. La inyección de dólares o euros en cifras siderales a la economía mundial puede –y no es para nada seguro- posponer la depresión, pero en modo alguno logrará revertir la aceleración de la competencia interimperialista, la dinámica de desagregación y confrontación bélica entre las principales potencias y de éstas con los países subordinados, sobre todo con aquellos ricos en energía y alimentos.

El mundo ingresa a un período de crisis económica en cadena. En última instancia está el cuello de botella representado para el capitalismo por el excedente inmanejable de mercancías. Si se asume que en este sistema el trabajo humano es una mercancía y que ésta sobreabunda en volúmenes inmanejables, quienes se burlan del ínclito Trump, de Boris Jhonson o Jair Bolsonaro, deberán reconsiderar su actitud: ellos representa el ala menos hipócrita del capital, consciente de que o bien elimina a millones de excluidos del sistema, o bien serán excluidos por estos.

En una nota anterior (Coronavirus, crisis global y coyuntura regional) quedó afirmado que el colapso bursátil provenía inicialmente de la pugna intercapitalista, que llevó a Arabia Saudita y aliados en la ocasión, a chocar de frente con las petroleras estadounidenses, especialmente aquellas productoras de shale oil. Era obvio que esta nueva situación empujaba a Washington a acelerar su embestida contra el gobierno de Venezuela. Así se explica la descarada violación de las leyes internacionales por parte de Estados Unidos al denunciar a Nicolás Maduro como narcotraficante y poner precio a su cabeza. El riesgo de una invasión militar contra la Revolución Bolivariana es mayor al de otras oportunidades. Y la necesidad de actuar según una estrategia de frente único antimperialista, más urgente que nunca. Que Trump actúe según el guión de malas películas del Far West no excluye una lógica consistente en su conducta: es el acorralamiento económico y estratégico del imperialismo lo que guía los pasos del funambulesco presidente estadounidense, consagrado ahora como el keynesiano más prominente de la historia.

 

Un mundo post-coronavirus

Otra noción de moda es que habrá una Argentina y un mundo diferentes cuando concluya esta coyuntura sin precedentes, en la que más de dos mil millones de habitantes del planeta aceptan de buen grado permanecer en confinamiento.

Eso es verdad, puesto que si en rigor nada es igual a sí mismo, tanto menos lo será tras atravesar situaciones como la actual. Pero la idea de que el sufrimiento y las inexorables pérdidas que dejará como saldo la pandemia, pondrán automáticamente a la humanidad en un escalón superior, carece de fundamentos.

Es altamente probable que se produzcan, a término, grandes choques políticos y sociales en todos los planos. Sólo está excluido –hasta el momento y no por mucho tiempo- la confrontación de clase contra clase. Pero esto es harina de otro costal, que habrá de cernirse en otro momento.

En tanto, la lucha social espontánea y sin fronteras previsibles se incrementará. Y se abrirá un espacio extraordinariamente grande para avanzar en la conciencia y la organización de las masas. En Argentina, no sólo las clases dominantes, sino los propios sectores medios, han necesitado esta pandemia para descubrir la dimensión inabarcable de la pobreza y la marginalización a que han sido arrastradas millones de personas en los arrabales de todas las grandes ciudades del país. Ahora la burguesía despliega un esfuerzo más parecido a la desesperación para evitar que esas masas despojadas de todo descubran, por ejemplo, que las clases dominantes les temen; descubran que les llevan comida, les dan dinero le hacen promesas vacías, para que tengan el mínimo imprescindible y no se lancen a la calle.

Los de arriba todavía tienen instrumentos para ganar o al menos salir bien parados de la primera batalla. Y los de abajo todavía no rechazan abiertamente vivir como hasta ahora. Pero aquéllos en hipótesis alguna podrán ganar la guerra sin destruir por completo el entramado institucional que hoy sujeta a la sociedad. Si lo hacen, por decisión consciente o fuerza ciega de los acontecimientos, completarán el desmantelamiento del sistema político-social que viene llevando a cabo la crisis, como silencioso topo. Si el mundo tiene como primera referencia para la situación actual el colapso de 2008, en Argentina ese punto está en el estallido de 2001. A eso tiende la crisis actual, sólo que en un cuadro incomparablemente más grave que entonces. La imagen de diputados huyendo despavoridos por las inmediaciones del Congreso para que no los alcanzara la turba, no es una fotografía del pasado.

 

29 de marzo de 2020

@BilbaoL

Coronavirus, crisis global y coyuntura regional

Una recesión global sobrevendrá tras el colapso desencadenado el 9 de marzo con la explosión bursátil, reveladora de la fragilidad estructural del capitalismo mundial. Incluso antes de que se desarrollen las tendencias tan abrupta y violentamente desatadas, urge un resumen de la nueva situación a partir del vuelco estratégico en el panorama internacional.

Analistas interesados atribuyen al Covid-19 (coronavirus) la sideral destrucción de valor sufrida entre el 9 y el 13. Sin duda este factor -cuyo origen no está claro- contribuye al terremoto financiero y lo hará aún más con las penurias del período que viene. Pero la causa está en la feroz lucha por el control de los mercados a escala planetaria.

La puja entre Arabia Saudita y Estados Unidos en torno al precio del petróleo no sólo revela la gravedad de la competencia interburguesa en todas las áreas. Más significativo, muestra a Washington sin capacidad arbitral. Con la baja del precio del petróleo provocada por Riad la producción de shale oil en Estados Unidos –y por supuesto en otras latitudes, muy especialmente en Argentina- será inviable. Esto implica un conjunto de conflictos. En primer lugar, a corto o mediano plazo detonará una cadena de quiebras de grandes petroleras y de bancos asociados, con las obvias consecuencias económicas y sociales en todo el mundo. También provocará escasez de petróleo en Estados Unidos, cuyo abastecimiento depende de ese tipo de explotación, así como el consecuente aumento de sus necesidades de importación, lo cual a su vez alimentará la presión intervencionista sobre Venezuela. Si esta dinámica se verificara, daría lugar en última instancia a un conflicto de incalculables proporciones de la Casa Blanca con América Latina. Simultáneamente, se ahondará el conflicto entre los imperialismos europeo y estadounidense. Washington tiene al presidente adecuado para tomar las líneas de acción fascista contra sus enemigos, que ahora incluyen al resto del planeta. El mundo asiste al comienzo de una situación que sólo puede parangonarse con la aparición de Hitler y su eje en los años 1930. Sólo que de acuerdo con las votaciones cruciales de la ONU, Trump no puede construir su eje más que con un Israel irremediablemente dividido más unas pocas islas sin peso significativo. La Casa Blanca ya no podrá volver a encubrir su apetito desenfrenado por mercados con una defensa de la democracia. Todo lo contrario, se mostrará tal como es.

De esta manera reaparece, corregida y aumentada, la crisis de 2008. Desde entonces, la sistemática caída de la tasa media de ganancia multiplicó la especulación financiera y produjo una burbuja bursátil aún mayor de la que explotó en aquella oportunidad. En ausencia de una contraparte antisistema con fuerza suficiente en el terreno internacional, el gran capital pudo evitar entonces que la recesión se transformara en depresión. Se verá si otra vez puede hacer lo mismo. La resultante de dos fuerzas contrapuestas determinará el curso al que se verá sometida la humanidad: mientras la crisis es mayor y la capacidad de Estados Unidos ha menguado, ahora la resistencia antisistema está más desarticulada y confundida que doce años atrás.

En 2008 Hugo Chávez presidía una Venezuela todavía a la ofensiva, con enorme gravitación en la región y proyección a todo el mundo. Existía Unasur. El Alba se mostraba aún vigorosa e incluso, aunque con reticencias injustificadas –e injustificables- asumió la estrategia de crear una moneda común, el Sucre, para enfrentar el colapso mundial del dólar.

En ese cuadro catastrófico para el capitalismo mundial, Washington tomó medidas drásticas para frenar la marcha a la depresión y revertir la dinámica política que lo acorralaba. Una clave de ese contraataque fue la reactivación y reformulación del G-20. Era el ariete contra la crisis en general, pero muy particularmente contra la dinámica de convergencia antimperialista en América Latina.

Brasil, México y Argentina acudieron al llamado de Washington. El temor burgués a la perspectiva de una revolución sepultó gestos y discursos embusteros. El frente antimperialista continental se frustró, Chávez fue aislado y Estados Unidos recuperó la iniciativa en términos tácticos y estratégicos. Es innecesario subrayar que la principal responsabilidad de este brusco giro en la región cae sobre los gobiernos de Brasil y Argentina, institucionalmente encabezados a la sazón por Lula y el matrimonio Kirchner.

Allí está el origen del posterior retroceso -para muchos inexplicable- de América Latina. Allí reside la causa verdadera de la asfixiante situación de Venezuela en este momento. Sólo una severa confusión política –para no aludir a debates ideológicos- pudo llevar a que las autoridades del Alba apoyaran la candidatura de Alberto y Cristina Fernández en diciembre pasado y se solidaricen acríticamente con Lula y el PT.

 

Inicio de una nueva coyuntura

Hasta el momento Estados Unidos no ha esbozado un plan análogo al que contrapuso al colapso capitalista en 2008. La lucha interimperialista se ha agudizado desproporcionadamente y Washington tiene al mando un personaje que difícilmente podría encabezar una contraofensiva. La presencia de Donald Trump en la Casa Blanca es más dañina para el capital global que la caída en un tercio de Wall Street. Rusia, China e Irán podrían eventualmente avanzar en la conformación de un bloque –y una moneda común- que trocara el actual ordenamiento económico mundial. Está por verse si existe la voluntad política para acometer semejante objetivo.

En América Latina, con un nuevo giro inconsistente la Casa Blanca volvió a su opción estratégica por Brasil. De manera que Argentina queda boyando en el limbo. Cálculos todavía imprecisos prevén que la conjunción de la crisis bursátil y el impacto del Covid-19 harán caer el Pib mundial entre 1 y 2 puntos porcentuales. En la región el impacto será mayor, dado que se sumará su propia dinámica de retracción. Para el equilibrio político brasileño ese resultado podría resultar mortal. Pese a la parálisis del PT y su propensión a una alianza con el Psdb de Fernando Henrique Cardoso, esto podría redundar en ingobernabilidad para Jair Bolsonaro, por grande que sea su disposición a poner a Brasil como muleta de Washington.

El Grupo de Lima es un esqueleto errabundo. México y Argentina no encuentran lugar en este diseño regional y no son capaces de crear una alternativa. Las burguesías de ambos países, involuntariamente adosadas a la brasileña, no pueden oponerse a la gravitación comercial de China y Rusia, pero tampoco osarían sumarse a estos dos países para oponerse a Washington. Sus gobiernos, sin otra definición que servir de tabla de salvación al sistema capitalista, están destinados a languidecer hasta la inanición.

Difícil prever si la intelectualidad que encontró una diagonal oponiéndose a lo que denominó “neoliberalismo”, descubrirá a tiempo la dinámica arrolladora de la crisis capitalista y romperá su complicidad con las burguesías supuestamente nacionales y falsamente progresistas. Como sea, ese pensamiento acomodaticio y estéril está impedido para hablar de futuro.

Sólo una enérgica recomposición de fuerzas anticapitalistas podría revertir la dinámica determinada en este panorama y proponer una perspectiva diferente al desarrollo lineal de las clases dominantes en la coyuntura: su marcha hacia diferentes gradaciones del fascismo. Esto implicaría a su vez una drástica y tajante confrontación con el doctrinarismo vacío de las formaciones sectarias, que tergiversan e inhabilitan la teoría científica de la revolución social.

El Alba podría esgrimir, en los plazos perentorios exigidos por la aceleración de la crisis, el basamento social para elevar a la vista de cientos de millones una estrategia antimperialista y anticapitalista. Es impensable el cumplimiento de tal misión histórica para esa instancia de unidad revolucionaria creada por Chávez, sin el concurso de las fuerzas antisistema aunadas en un profundo proceso de recomposición, para hacer frente a la reaparición dramática de la crisis capitalista.

15 de marzo de 2020

@BilbaoL

Ominoso balance tras dos meses de gobierno panperonista

Primero se consumó el ajuste sobre los jubilados. Luego, diputados y senadores votaron sin fisuras una ley para autorizar la renegociación de la deuda externa. Con esas dos victorias en la maleta, el presidente Alberto Fernández emprendió una sucesión de viajes internacionales.

Recorrer el mundo para pedir ayuda. Pedir ayuda para pagar deudas. Pagar deudas para recuperar la actividad y desarrollar el país. Oprobio e irracionalidad.

Demasiado semejantes, los viajes internacionales con que Alberto Fernández inauguró su gobierno son muy diferentes de los realizados por Mauricio Macri al comienzo de su mandato, en 2016.

Entonces había un frente amplio burgués (Fab) y un plan de saneamiento capitalista. No podía tener éxito. Y no lo tuvo. Aterrorizado por las posibles consecuencias de ese nuevo fracaso, el Fab fugó a tropezones en respaldo de Fernández, como indeseada tabla de salvación. Ni aquél ni éste tienen un plan. No pueden acordar un camino a tomar. Carecen de un programa para salir de la parálisis y la decadencia que despedazan al país. Se limitan a vocear su voluntad de pagar deudas para no quedar fuera del entramado mundial dominante. Recién cuando hayan llegado a ese objetivo dirimirán qué fracción del capital queda en la cúspide y qué retazos del botín se entrega a aliados de otro origen. Ésa es la situación actual del Fab, que incluye además a prácticamente la totalidad de las cúpulas sindicales, a sectores antes considerados de izquierda y, notoriamente, a la cúpula eclesiástica.

Fracasarán en el alegado propósito de pagar deuda para estabilizar la economía e iniciar un ciclo de crecimiento. Algunos, pocos, se preguntan qué sobrevendrá cuando este intento desesperado llegue a su fin.

Con tarifas y precios congelados la inflación de enero superó el 3%. Sin reacción ante los estímulos para la reactivación económica, la recesión continuó. Febrero y marzo no serán mejores. En tanto, el gobierno nacional tomó nueva deuda por 12 mil millones de dólares. (Sí, 12 mil millones más de endeudamiento en el primer mes de gobierno; volveremos sobre este punto).

Con ese trasfondo, Fernández se lanzó a una carrera de apretones de manos, sonrisas y regalos, fotos con presidentes, primeros ministros y hasta el Papa. Sobre todo muchas sonrisas. Mandatarios con gestos exultantes que apuntan el dedo índice hacia algún lugar. No sabemos cuál es. Ellos tampoco. Pero queda bien para la foto. Como telón de fondo, el sonsonete de Fernández: Argentina está “en terapia intensiva”.

Preguntado en una exposición pública en París, Fernández explicó: “No es verdad que no tenemos plan. Es verdad que no lo contamos. Y no lo contamos porque estamos en plena negociación. Sería descubrir las cartas. Estamos jugando al póker y no con chicos”. Justificó así el silencio respecto del plan de la coalición panperonista que preside.

Ocultar a el plan para salir del marasmo en el que agoniza el orden político argentino y jugar al póker al lado del moribundo. Nadie escribe una oración completa sin denunciarse, decía Thomas Mann.

 

Tenaza sionista-católica

Hubo también definiciones más explícitas. Como cuando en Israel, tras fraternal almuerzo y declaración de prensa conjunta con el primer ministro Benjamin Netanyahu, Fernández explicó a sus seguidores en las redes digitales cuánto valora el papel de Tel Aviv en la región.

Dos coincidencias hicieron más difícil la participación del novel mandatario argentino en la conmemoración del 75 aniversario de la liberación del campo de concentración en Auschwitz. Donald Trump aprovechó la oportunidad y anunció su “plan de paz” para Medio Oriente (llamado “acuerdo del siglo”, en realidad un intento más para la definitiva anexión de Palestina). Simultáneamente el fiscal general Avichai Mandelblit, presentó una petición de procesamiento por corrupción contra Benjamín Netanyahu. Fernández no comentó estos hechos. Tiene entrenamiento para lidiar con problemas de este género.

No pocos defensores de la causa palestina se comprometieron con el llamado a votar por Fernández. Ahora expresan en privado su desazón. Demasiado tarde.

El sionismo y la Casa Blanca utilizaron con descarada vileza una fecha cara para todo ser humano consciente, con el objetivo de apuntalar a Netanyahu y avanzar en la estrategia imperial en Medio Oriente. Aunque no todos ocultaron la afrenta con loas y sonrisas, Fernández no fue el único mandatario entrampado. Sufrió, en cambio, un desaire inesperado: Vladimir Putin, el presidente ruso, al final del homenaje anunció a la delegación argentina que no podría reunirse con Fernández, tal como estaba previsto. Había decidido viajar a Belén para encontrarse con el titular de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas. “Hay golpes en la vida, tan fuertes, yo no sé”, escribió César Vallejos décadas antes, sin imaginar las vicisitudes de un vicario peronista. (En tiempos de mafias y narcotraficantes conviene aclarar que está escrito vicario, no sicario).

Tanto sacrificio tuvo premio: tras designar a Jorge Argüello como embajador argentino en Washington, Trump le dio como primera tarea enviar un mensaje público al gobierno: “Dígale a Fernández que puede contar con este presidente”. Un respaldo tan enfático como el que ofreció horas antes al títere reconocido como “presidente encargado” de Venezuela. Los mensajes secretos de Trump a su par argentino están también asociados con la coyuntura de Venezuela. La Casa Blanca intenta utilizarla como herramienta electoral para las presidenciales del 3 de noviembre próximo.

Como sea, el periplo por Israel, Vaticano, Italia, Alemania, España y Francia, rindió su fruto. A través de Kristalina Georgieva, ultracatólica titular del FMI, quedó acordada en Roma la postergación de tres a cuatro años para la devolución del capital adeudado al Fondo, el no pago de intereses durante al menos dos años y la quita de un 30% para la deuda con privados.

Francisco fue la bisagra para este acuerdo. Tras los muros del Vaticano, reunido con Georgieva y el ministro de economía Matías Guzmán, el Papa bendijo la demanda del gobierno argentino. El acuerdo fue luego discutido en detalle en un restaurante. Tres horas duró la cena asimétrica entre el ministro y la representante del Fondo. Tiempo al parecer requerido para establecer la contrapartida correspondiente a la generosidad del FMI. ¿Diplomacia no tradicional o desesperación que obliga a transgredir normas?

Romper reglas para obtener el objetivo no es ajeno a la doctrina jesuítica. Aunque también aquí hay vericuetos: pese a que Jorge Bergoglio pertenece a las huestes de Ignacio de Loyola, como jefe de Estado vaticano adoptó el nombre del fundador de una “orden mendicante”, según la denominación canónica. Parece haber descubierto que a las falacias con las que Fernández ganó votos de jubilados y trabajadores, prometiendo aumentos durante la campaña electoral, debía sumar la condición de gobierno mendicante para mantener la estabilidad capitalista en su país de nacimiento.

No es sólo para Argentina. El Papa tiene mirada global, insisten sus acólitos. De hecho, Bergoglio utiliza la inconsistencia de la coalición gobernante en Argentina para encaminar al país según las necesidades de los representantes políticos del gran capital financiero internacional y, muy particularmente, a sostener la estrategia contrarrevolucionaria del Vaticano en América Latina, a medias fracasada durante los primeros siete años de su papado (ver Vaticano, revolución y contrarrevolución, marzo de 2013).

 

Significado geopolítico de la gira

Fernández visitó a tres integrantes del G-7 y se prepara para viajar a Washington a reunirse con el cuarto. Cada uno de ellos afronta en su país los graves sacudones de la crisis estructural del capitalismo desarrollado. Y entre ellos sólo tienen acuerdo para expoliar más a las economías subordinadas. La supuesta ayuda a Argentina consiste en buscar el camino más propicio para que desde nuestro país continúe fluyendo la riqueza hacia fuera.

Todos los jefes de Estado o de gobierno visitados reconocen en Venezuela a un fantochesco “presidente encargado”. La excepción es el Papa, que al mejor estilo jesuítico dice querer la negociación con Nicolás Maduro y lanza al episcopado venezolano a demandar públicamente la intervención militar estadounidense para acabar con la Revolución Bolivariana. Si esto último finalmente ocurriera (ver Washington amenaza y vacila frente a Venezuela), el Papa peronista podría asumir el papel de gran pacificador y plantarse finalmente como líder político latinoamericano. Georgieva contribuye diligente a ese plan, que en última instancia tiene a Washington (con o sin Trump) como verdadero arquitecto. No hay nada nuevo aquí, excepto que ahora el Papa es latinoamericano y, para mayor detalle, de la misma nacionalidad y filiación política de Fernández, con matices ideológicos fácilmente salvables.

En suma: el gobierno surgido de las últimas elecciones en Argentina se ha alineado ya con el gran capital financiero internacional en cuestiones claves: el plan imperialista en Medio Oriente, el pago de la deuda y la línea de acción apuntada a ahogar y derrocar al gobierno de Venezuela.

Más allá de palabras y personajes, se trata de una continuidad de la política del gobierno anterior: Argentina a remolque de la ofensiva mundial del imperialismo; encolumnada con Washington y haciendo malabares para sostener el frente interno y las relaciones económicamente insustituibles con China, Rusia e Irán.

 

Qué es la deuda externa

Fernández visitó a los acreedores para mendigar tiempo y dar la posibilidad al país de producir riquezas. De otro modo, explica en su lógica, “¿cómo podríamos pagar?”. Macri lo había hecho para implorar inversiones. La diferencia entre uno y otro indica el curso del país. También muestra la mudanza de expectativas de las clases dominantes.

Es revelador el cambio en la composición del frente patronal. De Macri a Fernández hubo una suerte de desmoralización en sus componentes, completada con la reticencia de un sector clave del gran capital. Hubo otro cambio además: franjas de una izquierda descompuesta se sumaron al frente patronal e incluso votaron la ley que protegió a Fernández y sus ministros para encarar la renegociación de la deuda. Junto a peronistas, radicales y macristas, sindicalistas y reciénllegados de diferente pelaje, respaldaron el viaje mendicante de Fernández. Sólo dos diputados del Frente de todos se abstuvieron (¡votar en contra hubiera sido excesivo!). Es uno de los actos más vergonzosos de la historia parlamentaria argentina, al que el voto negativo de dos diputados de izquierda sólo cubre con un barniz de supuesta democracia y pluralidad.

Habrá que repetir, una vez más, la cuenta fatídica de la deuda eterna: cuando el calamitoso gobierno de Isabel Perón y las 3A fue derrocado por el golpe militar de 1976, Argentina debía 5 mil millones. Militares y civiles secuestradores dejaron al país endeudado en 43 mil millones. Siempre en dólares y en cifras redondas, Raúl Alfonsín hizo todos los esfuerzos por pagar lo mínimo, y tras desembolsar más de 10 mil millones, dejó una deuda de algo menos de 60 mil millones. Carlos Menem vendió todo para pagar; en una década derivó más de 100 millones a las fauces de los acreedores, mientras la deuda crecía en otro tanto y rondaba los 150 mil millones al fin de su capitanía. Fernando de la Rúa pagó casi 50 mil millones y huyó con el monto adeudado acrecido hasta 180 mil millones. Eduardo Duhalde pago poco: apenas algo menos de 20 mil millones (o sea cuatro veces lo que el país debía en 1976). Pero, para compensar, entregó el poder con casi 220 mil millones de deuda. Supuestamente antimperialistas y defensores de la soberanía nacional, los cónyuges Kirchner pagaron más de 200 mil millones y tras 12 años de falso relato dejaron una Argentina endeudada en mucho más de 220 mil millones. Llegó entonces lucifer y en sus 4 años pagó más de 100 mil millones y dejó la deuda acrecida en otro tanto: 310 mil millones.

Pero si Macri fue el demonio que entregó al país ¿qué fueron sus predecesores? Argentina pasó de una deuda de 5 mil millones en 1976 a una de 323.177 millones a comienzos de 2020, tras haber pagado en ese período casi 600 mil millones. Y ¿por qué Fernández sumó en apenas un mes 12 mil millones a esa escalada fatídica?

Cualquiera que tenga un poco más de 40 años puede, sin estudiar ni leer nada, comparar el país al momento del retorno de la constitucionalidad con el actual. Los más jóvenes, tendrán que leer, estudiar, constatar en registros oficiales la veracidad o falsedad de las cifras resumidas más arriba. O seguirán pagando, mientras la deuda eterna aumenta cada día a mayor velocidad. Nadie podría defender a ninguno de los presidentes mencionados, pero está claro que esa progresión asesina no resulta de la voluntad de cualquiera de ellos por esquilmar y degradar de esta manera al país, sino de un sistema que impone su propia lógica. Quienes dijeron ser la alternativa, por ignorancia o cinismo son cómplices de la hecatombe nacional. Lo mismo vale para el actual gobierno y quienes lo apoyan.

A fines de los 1980 publicamos un tabloid mensual titulado Deuda Eterna, en cuyo logotipo una X se superponía a la t, para dar desde el inicio una idea del significado del endeudamiento. Varios sindicalistas contribuyeron para alcanzar una difusión masiva de este periódico, en el que por supuesto ninguno de los colaboradores cobraba por su trabajo. Uno de los sindicalistas comprometidos en aquella empresa fue Julio Guillán, secretario general de Telefónicos, quien a poco andar cambió de opinión y se sumó al robo descomunal de Entel, articulado por Menem y Alvaro Alsogaray, a través de la hija del prócer liberal, Julia, todos acompañados por el bravo dirigente sindical comprado por las transnacionales.

Pero otros sindicalistas persistieron. Por ejemplo Omar Gorini, de Judiciales, entre los muchos que persistieron en denunciar las calamitosas consecuencias de pagar una deuda injustificable e impagable. El periódico contó con el apoyo del por entonces todavía existente Partido Comunista y agrupamientos marxistas con escaso desarrollo organizativo. Tres décadas después, todas las siglas resultantes de la imparable cariocinesis pseudocomunista –incluidas las de grupos juveniles camuflados hasta el momento crucial- llamaron a votar a Fernández y el 29 de enero ordenaron a quienes ubicaron como diputados en el Frente de todos, que se inmolaran ante la historia y apoyaran la Ley de sostenibilidad de la deuda externa.

Como para sumar burla a la afrenta, algunos de ellos convocan ahora a cortes de calles céntricas para recibir a una delegación del Fondo, que viene a sancionar lo que Guzmán aceptó en la afrentosa cena con Georgieva.

La deuda externa es entonces más que la succión interminable y creciente de la riqueza nacional. Es también la corrosión de la moral y la conducta de organizaciones e individuos dispuestos a negar una historia de lucha contra el saqueo, dispuestos a negar el sacrificio de decenas de miles de militantes que trataron de impedir la sumisión, la degradación, la corrupción, que han llevado al país a la situación actual.

De hecho, la conducta de sucesivos gobiernos frente a la deuda, la complicidad sindical, la incapacidad de la militancia revolucionaria para torcer ese rumbo fatal, son factores esenciales en la desmoralización de la clase obrera, el desvío de las juventudes, el generalizado “sálvese quien pueda”.

 

Cambiar las relaciones de fuerza

Si bien el frente amplio burgués ha reducido sus expectativas y no logra restablecerse con coherencia, tiene todavía la fuerza que le otorga la situación de confusión y parálisis de las víctimas del sistema, ausentes por completo del escenario político. El gobierno de Fernández es resultado de ese extravío. Pero es también la causa: quienes con el argumento del mal menor hicieron campaña para la fórmula peronista, son responsables directos de que el actual Ejecutivo pueda llevar al país en la dirección indicada por el periplo de Fernández. Para revertir ese rumbo es preciso encarar el conjunto de tareas que conduzcan a un cambio en las relaciones de fuerza entre las clases, hoy volcadas exclusivamente a favor de la burguesía.

Parece una tarea titánica. Y lo es. Más aún cuando América Latina está en una situación de balance entre reacción y revolución y la teoría científica de la lucha social no acaba de recomponerse y avanzar. Sin embargo esto ocurre en un contexto de crisis capitalista mundial, un gobierno sin la más mínima cohesión interna, sin verdaderas raíces en ningún sector de la sociedad y enfrentado por un bloque conservador-tradicional dispuesto a hacerse del poder.

Pero hay también grandes sectores de la sociedad asqueados de la corrupción del sistema y acosados más y más por la inhabilidad del mecanismo capitalista para responder a sus necesidades. La aparición de una fuerza antisistema coherente, teóricamente afirmada, integrada por una militancia seria, aguerrida, honesta, conocedora de los grandes hitos de lucha de nuestra historia y aferrada a ellos, puede concitar la confianza y la participación de esas mayorías hoy no representadas por nadie.

Explicar hechos tan incontrastables como el papel de la deuda externa puede ser una palanca poderosísima para iniciar el camino de recomposición y dar un paso que, en un cuadro de grandes conflictos sociales que necesariamente sobrevendrán, detone un cambio fulminante en las relaciones de fuerzas. Claro que eso no se logrará cortando calles, sino golpeando puertas, promoviendo reuniones de discusión en todo lugar posible. Se trata de volver a la práctica histórica de la militancia anticapitalista para explicar incansablemente el funcionamiento del sistema. No hay otro modo de sembrar conciencia social e impedir que la burguesía continúe concitando el apoyo electoral de sus víctimas.

Vienen tiempos de agudización de las penurias para las mayorías y de divisiones y creciente impotencia para las instituciones del capital. En dos meses, el gobierno panperonista ha mostrado que lleva al país en el rumbo que marcan Washington y demás potencias menores, a la vez que en lugar de resolver siquiera uno de los gravísimos problemas económicos, los ha agravado a todos. Surgirán voces para sostener que es la traición de Fernández. La verdad es que todos se aunaron para hacerse del poder, a cualquier costo, sin reparar en que ahora están obligados a gobernar sin recursos. Eso augura divisiones, inestabilidad y crisis política. En medio de esa tormenta habrá que luchar por alcanzar la unidad social y política de las masas, tras un programa para la transición al socialismo.

8 de febrero de 2020

@BilbaoL

Washington amenaza y vacila frente a Venezuela

Un año después de haber lanzado la operación de alcance mundial destinada a derrocar al gobierno constitucional de Venezuela, Washington se niega a reconocer su ominoso fracaso y embiste en un último intento contra Nicolás Maduro.

El resultado de imponer un “presidente encargado”, paso táctico hacia un cruento golpe de Estado, resume la función histórica de Estados Unidos en esta fase de la historia: capaz de destruir, impedir, degradar; incapaz de resolver a su favor una encrucijada política como lo es para la estrategia de dominación imperial el esfuerzo de transición en Venezuela.

Los casos más dramáticos de esa incapacidad han sido la invasión a Libia y el devastador intento de ocupación de Siria: si no puedo imponerme, siembro destrucción y muerte para desviar la marcha de la historia hacia el abismo del terror y la degradación humana. Washington sabe que la repetición de esa línea de acción en América Latina produciría una convulsión regional incontrolable, el consecuente debilitamiento de Estados Unidos y un cambio geopolítico trascendental en favor de China y Rusia. Por eso vacila. A la vez, la lógica interna del sistema en crisis le exige acelerar en el camino suicida.

Junto a la Casa Blanca, también el cártel de prensa hemisférico sufrió la afrenta de mostrarse impotente en la acostumbrada función de acompañar con éxito las operaciones intervencionistas ordenadas desde el Departamento de Estado.

Así las cosas, tras años de bloqueo, acoso económico y traspiés propios del gobierno Maduro en una economía de transición -con un entorno que marcha en sentido inverso- los estrategas del imperio se convencen y tratan de convencer al mundo de que ha llegado la hora de la prueba final: Maduro debe caer. Las cúpulas de la Unión Europea acompañan la intentona con un espectáculo de insólita degradación moral y política: reconocen y se muestran con el patético pelele que, contra toda evidencia, dice ser “presidente encargado”.

Estados Unidos, Unión Europea, medios de prensa y analistas de todo signo saben que no será posible acabar con el proyecto soberanista y transicional sin invadir Venezuela. Pretenden derrocar a Maduro como primer paso y amenazan con su poderío militar para sembrar terror y romper la unión cívico militar que sustenta al régimen venezolano. Tal el significado de las maniobras guerreristas iniciadas el 22 de enero en las fronteras con Venezuela, en las que Estados Unidos y Colombia ocupan la vanguardia, con Brasil, Perú y Chile como temeroso aliados. “La estrategia para derrocar a Maduro ya está en marcha y está funcionando”, declaró desde Bogotá el secretario de Estado Michael Pompeo.

 

Maniobras

El comando Sur de las fuerzas armadas estadounidenses informó que habrá dos operativos. El primero comenzará con el lanzamiento de 75 paracaidistas de la 82da División Aerotransportada y 40 miembros del Ejército Sur, desde un avión Hércules C-130. Participará igualmente un número no informado de fuerzas especiales de Colombia, con aviones Kfir, C-295 y C-130, además de helicópteros y unidades de transporte aeromédico. Ese contingente simulará la toma de un aeródromo y las acciones necesarias para asegurarlo. El segundo tendrá como objetivo repeler un ataque aéreo. También se usarán aviones C-17, C-130J y B-52.

“Estamos honrados de entrenar con Colombia, un amigo cercano de EEUU y socio global de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan)”, dijo el comandante Craig Faller, según el comunicado del Comando Sur. El objetivo anunciado sería “construir interoperabilidad y compartir conocimientos tácticos y estratégicos”. Aparte la proverbial falta de sutileza yanqui, el objeto de la maniobra, que durará hasta el 29 de enero, pretende resaltar la intención de un ataque a Venezuela.

 

Respuesta

Hace ya años que la Casa Blanca, durante el gobierno de Barack Obama, dictó un decreto que señala a Venezuela como un peligro para Estados Unidos. Desde entonces hubo innumerables situaciones en las que la invasión parecía inminente. Aun cuando en esta embestida el accionar militar continuara postergándose, la amenaza persiste, la agresión tiene sus efectos en todos los planos y muestra a las sociedades desde el Río Bravo a la Patagonia que cualquier intento de transformación social deberá enfrentar al poderío bélico del mayor imperio de la historia.

Ése es, precisamente, uno de los objetivos de esta desembozada actuación de Pompeo, quien de paso recuerda ante la prensa que participó del acto terrorista de Estado que acabó con la vida de Qassem Suleimani y otros diez militares y civiles iraníes e iraquíes. Se trata de desalentar cualquier intento actual o futuro de emancipación de la férula imperial y superación del capitalismo.

Sin embargo, la crisis intrínseca del sistema no cesará. Hoy, hasta la titular del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, admite que la situación económica actual es comparable al cuadro que desembocó en el colapso de 1929. Según ella, los signos a la vista “recuerdan los comienzos del siglo XX, cuando las fuerzas gemelas de la tecnología y la integración llevaron primero a la época dorada, luego a los rugientes 1920 y, finalmente, al desastre financiero”.

No hay por qué creerle a un publicista marxista cuando señala la inexorabilidad de la crisis. Pero sería prudente atender el anuncio cuando la hace la titular del FMI…

Georgieva no dijo que el motor de la crisis es el agravamiento de la baja tendencial de la tasa de ganancia, ley fundamental de la economía política, descubierta por Marx y tomada como corpus teórico por los economistas burgueses para combatirla y neutralizarla, con Keynes como mascarón de proa desde la Primera Guerra Mundial. Faltó también subrayar que, en la comparación, la situación actual es más grave, mucho más grave.

Es probable que esas tendencias eclosionen en el curso de este año. De allí la compulsión del Departamento de Estado por acabar con los procesos de transición vigentes en Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia, donde ya se anotaron una victoria con el derrocamiento de Evo Morales.

Dicho de otro modo: el centro mundial capitalista y sus satélites pueden combatir y aun vencer las fuerzas de la revolución en un país, pero no pueden doblegar la lógica de su crisis intrínseca. Ésta asegura sublevaciones de masas explotadas y oprimidas en todo el mundo y particularmente desde Alaska a la Patagonia. No hay programa de saneamiento capitalista que pueda dar respuesta los habitantes del continente, a comenzar por el propio Estados Unidos.

Esto debería ser suficiente para asumir la urgencia de un bloque antimperialista continental. Como queda probado, tal fuerza no podrá erguirse a partir de gobiernos burgueses alegadamente progresistas o de base obrera y estrategia reformista. Sólo un faro socialista, un programa de acción para la transición y una férrea conducción política podrán afirmar la base para que, en las convulsiones de una crisis desatada, los explotados y oprimidos tengan un rumbo propio. Sin ellos encaminados hacia su destino, la humanidad toda está en riesgo por la dinámica irracional del sistema capitalista.

24 de enero de 2020

@BilbaoL

Trump: terrorismo de Estado y futuro político

Washington se cobró la cuenta. Al hacerlo se comprometió a pagar una mayor, de alcance incalculable, que incluye un riesgo extremo para la existencia misma de Israel.

En acto de terrorismo de Estado, el pasado 2 de enero la Casa Blanca asesinó en Bagdad a Qasem Soleimani, el general iraní que comandó la guerra contra el llamado Estado Islámico (Isis, o Daesh, en árabe). Esta organización terrorista fue creada por el Departamento de Estado para completar la operación de destrucción, aniquilamiento y toma de control, en todo Medio Oriente.

Aquel plan irracional, inviable, chocó con la resistencia de Siria, apoyada por Rusia, China e Irán. Pero fue Soleimani quien estuvo al frente de las batallas que acorralaron y vencieron a Daesh. Mediante el estilo chabacano y brutal de su actual jefe, los hombres de gris del más poderoso aparato guerrerista del mundo anunciaron que se habían vengado de aquella afrentosa derrota, inconscientes de que este nuevo acto terrorista es sólo el prólogo de catástrofes que acelerarán la ya vertiginosa decadencia del imperio declinante.

Un avión no tripulado lanzó misiles contra dos vehículos que salían del aeropuerto de Bagdad. Además del jefe militar más importante de Irán, que visitaba la ciudad en su tarea de comandante de las fuerzas que aún combaten los restos de Daesh, fue asesinado Abu Mahdi al Muhandis, jefe de las Fuerzas de Movilización Popular y comandante de la milicia Kataib Hezbolá y al menos otras 10 personas. Un golpe terrorista oficialmente anunciado por el presidente estadounidense. El mundo se estremeció. Rusia y China condenaron de inmediato la acción. Francia y Alemania rechazaron la operación. En América Latina, con las excepciones obvias de Cuba, Venezuela y Nicaragua, los gobiernos intentan pronunciarse sin condenar la agresión estadounidense y, por supuesto, sin calificarla como acto de terrorismo de Estado.

 

Escalada

“Planeamos responder con contundencia en el futuro a este atentado terrorista, pero seremos pacientes. Estados Unidos debe saber que la República Islámica y el Eje de Resistencia no se doblegarán ante este crimen terrorista”, dijo de inmediato el general de brigada Abolfazl Shekarchi, portavoz del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Irán.

Dos días después, el domingo 5, Irán anunció que abandona las limitaciones operacionales en su programa de energía nuclear, entre ellas, la capacidad de enriquecimiento, el porcentaje de enriquecimiento, la cantidad de material enriquecido, y la investigación y el desarrollo nucleares.

El pacto nuclear fue sellado en julio de 2015 entre Irán y el Grupo 5+1 -entonces integrado por Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Rusia y China, más Alemania. En 2017 Washington rompió unilateralmente el pacto. Un año más tarde, Teherán dio el tercer paso de reversión de aquellos acuerdos y activó una cadena de 20 centrifugadoras IR4 y de 20 centrifugadoras IR6. El paso anterior consistió en alimentar con gas las centrifugadoras de la planta nuclear de Fordo.

El mismo domingo 5 el comandante de la Guardia Revolucionaria en la zona Sur, Gholamali Abuhamzeh, aseguró que su país castigará a Estados Unidos donde sea que esté a su alcance.“El estrecho de Ormuz es un punto vital para Occidente y una gran cantidad de destructores y buques de guerra estadounidenses atraviesan el estrecho de Ormuz, el mar de Omán y el golfo Pérsico. Unos 35 objetivos estadounidenses en la región están a nuestro alcance. Y Tel Aviv, el corazón y la vida de Estados Unidos, también lo está”.

En Bagdad el Parlamento irakí aprobó la expulsión de las fuerzas militares estadounidenses del país donde se cometió el atentado. Simultáneamente, durante una honra fúnebre un ex jefe de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán, Mohsen Rezai, explicó que se esperan dos líneas de acción: “La primera es la dura venganza que los pueblos de Irán e Irak se tomarán contra Donald Trump y sus soldados. Otra es en respuesta a Trump, que ha advertido que nos atacará si nos vengamos. En este caso digo que destruiremos por completo la ciudad de Haifa y los centros clave de Israel”.

Por su parte Trump había anunciado que Estados Unidos tiene ataques preparados contra 52 puntos vitales de Irán y que atacará con “fuerza probablemente desproporcionada” si se concreta la réplica iraní.

 

Inexorable caída

Es inevitable que la escalada de acciones y declaraciones desemboque en operaciones militares de envergadura, destrucción a gran escala y muerte de incontables seres humanos. La magnitud inmediata de esta nueva guerra, que probablemente nunca se declare formalmente, está por verse y todo indica que la dinámica no está bajo control de los gobernantes de los países más poderosos del mundo.

Tres centenares de psiquiatras estadounidenses llegaron a la conclusión de que Trump sufre un grave deterioro mental. “Estamos convencidos de que, a medida que se acerca el momento del posible juicio político, Donald Trump tiene el potencial real de volverse aún más peligroso, una amenaza para la seguridad de nuestra nación”, se lee en el texto, publicado el sábado 4 por el diario británico The Independent.

Pocas voces se alzarían para defender el equilibrio psicológico del presidente estadounidense. Sin embargo, tomar por ese camino equivale a respaldar la dinámica de guerra. La política de la Casa Blanca en las últimas décadas ha multiplicado el gasto militar, la violación de todos los principios de convivencia internacional, la violencia y los dramáticos efectos de la suma de guerras en que se ha involucrado el país hasta hace poco más poderoso del mundo.

Nada de eso es atribuible a la psicología de los sucesivos habitantes del salón Oval. Es la irracionalidad del sistema capitalista la que lleva a la guerra. Estados Unidos agoniza como potencia imperial dominante. Y en su caída arrastra a millones de personas, a gobiernos y países enteros.

Se comprende que sea duro de asimilar: pero nadie que defienda el sistema de producción basado en la lógica capitalista puede al mismo tiempo defender la paz.

Ahora Estados Unidos inició su última fase de decadencia en Medio Oriente. Provocará cataclismos humanos. Pero perderá su guerra allí, a la vez que hará bascular al mundo ante la posibilidad de una conflagración planetaria.

En lugar de arredrarse frente a la amenaza, toda persona consciente e involucrada ante tamaño desafío, debería actuar para que gobiernos y naciones encuentren las causas de la crisis y la forma para resolverla de raíz.

@BilbaoL

5 de enero de 2020

 

 

 

 

Ley de salvataje capitalista: “¡Arriba las manos!”

Hay euforia y temor en filas liberales. En sus primeros diez días de gobierno el presidente Alberto Fernández logró el respaldo legislativo a una ley que le da poderes especiales, sanciona suba de impuestos y, sobre todo, elimina la norma de movilidad previsional para los jubilados.

Con estas medidas se espera disminuir en dos puntos el déficit fiscal y continuar con rápida eficacia la labor de Mauricio Macri. Los bonos argentinos salieron del subsuelo y están al alza, al igual que la Bolsa. Fernández anunció que en pocos días llegaría una delegación del FMI. Pasó a segundo plano el riesgo inmediato de cesación de pagos. También la amenaza de hiperinflación.

Congelamiento, impuestazo y succión de poderes al legislativo se denominan “Ley de solidaridad social y reactivación productiva en el marco de la emergencia pública”. La solidaridades principalmente de trabajadores activos y pasivos. Para pagar la deuda. Bella en todos los sentidos, esta palabra de la lengua castellana adquiere ahora significado de estafa.

Un bono de 10 mil pesos pagaderos en dos meses (120 dólares tras la devaluación camuflada del 30%) para las jubilaciones mínimas intenta enmascarar que se elimina la movilidad, ley que en 2020 debía reponer la pérdida provocada por la desenfrenada inflación de 2019. Ese bono involucra a unos 4 millones de personas que cobran hasta 15 mil pesos. Para el resto, algo menos de tres millones de jubilados, el 95% de los cuales cobra entre 15 y 40 mil pesos, el congelamiento es total y futuros aumentos quedan a discreción del Presidente. Esa traslación de recursos es parte principal de los 6 a 10 mil millones de dólares que, junto a las retenciones al agro y una colección de otros impuestos, el Ejecutivo busca ahorrar para cumplir con los acreedores. Es probable, como se verá, que esa cifra sea inalcanzable.

Quienes acostumbran a condenar estas políticas con el marbete de “neoliberalismo” han enmudecido. El capital, en cambio, celebra con apenas disimulo. Sus intelectuales orgánicos hacen inelegantes contorsiones para explicar que esta exacción a ancianos políticamente inermes es imprescindible.

Sin discusión previa aunque con mucho espectáculo en los recintos de diputados y senadores, ambas cámaras votaron en 48 horas a favor de una ley de graves consecuencias futuras. Antes Fernández se había reunido con dos agrupamientos que dan la tónica de la burguesía, la Unión Industrial Argentina (UIA) y la Asociación Empresaria Argentina (AEA). Esta última es la exclusiva estructura del gran capital, hegemonizado por seis empresas, algunas de las cuales están también en la UIA. La principal es Techint, cuyo presidente, Paolo Rocca, encabezó el apoyo al ex presidente Macri hasta que la detonación involuntaria de un proceso judicial terminó con el procesamiento por corrupción de altos ex funcionarios y una cuarentena de empresarios de primer nivel, entre ellos Rocca.

 

Estallido de un plan estratégico

El titular de Techint debió viajar de urgencia a México para evitar su detención. Su venganza fue la invención de la candidatura a ultranza de Roberto Lavagna, lo cual en última instancia y pese al ridículo desempeño electoral derivó en la derrota de Macri.

Luego de las Paso del 10 de agosto Rocca apareció como el principal impulsor de Fernández. La UIA se comprometió en la campaña del Frente de todos más allá de lo imaginable (y más allá de la prudencia empresarial, lo cual tendrá efectos antes de no mucho tiempo). En la AEA, Techint parece ser el mascarón de proa del apoyo al nuevo gobierno. Si arrastró a todos en la UIA, en AEA encuentra dudas y resistencias, lo cual transforma al frente amplio burgués dominante durante el período Macri en una coalición de miedos frente al amenazante cuadro de la economía nacional.

Con todo, Rocca exige más de lo que objetivamente puede conceder Fernández. Algo de eso se hizo evidente en la reunión del 18 de diciembre en el almuerzo de la AEA a la que asistió como invitado el Presidente. Fernández confesó en su discurso: “Recién Paolo Rocca me preguntaba por Vaca Muerta (N de la R: se comprenderá que el verbo para explicar la actitud de Rocca no era preguntar). Claro que Vaca Muerta para nosotros es algo primordial, si sabemos que allí hay fuentes de recursos para el futuro y hablábamos también de minería y claro que la minería también es un tema primordial. Hablaba, días atrás, con Gerardo Morales y le decía: ‘quiero ir a Jujuy a un yacimiento de litio’ y tenemos que hacer el esfuerzo de construir una empresa de baterías de litio para que al litio lo dejemos de vender como materia prima y empecemos a venderlo como un producto elaborado. Y lo mismo tenemos que hacer con el silicio. Y en Mendoza hemos logrado que salga una ley para que Mendoza, también, se involucre en la explotación minera; y en Chubut hemos logrado que, en la zona de la meseta, podamos explotar oro y plata. Allí está nuestra riqueza y eso es abrirnos al mundo con inteligencia”.

Poco duró la alegría del mandatario. En consonancia con sus deseos peronistas y radicales “hemos logrado”, dice Fernández, “una ley para que Mendoza también se involucre en la explotación minera”. Apenas 48 horas después la capital de la provincia cuyana fue escenario de la más grande movilización popular en su historia, en choque frontal con la intención oficial de “abrirnos al mundo con inteligencia”. Insospechadas mayorías se rebelaron contra el permiso para utilizar cianuro y otros venenos ambientales para la explotación minera a cielo abierto y mediante fracking, que requiere prácticamente toda el agua que baja de los glaciares y de la cual depende Mendoza. Un rechazo inesperado a lo que parece ser la estrategia oficialista para abrirse al mundo con más inteligenciaque Macri. Adelanto de las dificultades con las que chocará Fernández, incluso antes de que el ala izquierda del Frente de todos se alce contra lo que en otras circunstancias denominaría “neoliberalismo”.

En otro párrafo de su discurso ante adustos empresarios de AEA Fernández hizo una confesión más significativa aún: «Le hemos pedido al Fondo Monetario cambiar la lógica, que nos dejen construir un plan que sea sustentable y, sobre la base de este plan, nosotros resolver cómo pagar la deuda. El Fondo ha aceptado esta lógica de trabajo, no estamos improvisando. Tenemos un plan que silenciosamente hemos construido durante dos meses». Pedir permiso al Fondo para poder pagar. Raro modelo de soberanía.

Nada diferente podía venir de esos mandantes para encarar la renegociación de la deuda: una prueba de disposición al ajuste impiadoso. Allí está la ley de “solidaridad”, silenciosamente preparada. La soga se ajustará más cada día. Parafraseando a los ultra liberales que condenaban al gobierno anterior por no llevar a fondo las medidas de saneamiento, calificándolo como “kirchnerismo con buenos modales”, el nuevo elenco es “macrismo sin modales”.

 

Del plan a los manotazos

No se trata sin embargo de un mero cambio de formas. Aquello que denominamos frente amplio burgués (Fab), prolongado hoy con sus mismos componentes, incluso y en lugar más relevante las cúpulas sindicales, culminó un ciclo en el que un bloque social con hegemonía real acordó un plan y creyó contar con programa y equipo aptos para sanear la descompuesta economía nacional, en función de un plan estratégico de crecimiento y estabilidad. En la cabeza de algunos pocos empresarios con ambiciones de refundadores y economistas con sentido de la historia, Cambiemos acabaría con 80 años de sistemática decadencia, acelerada hasta el paroxismo en los últimos 40. Argentina volvería a ocupar un lugar destacado en el concierto internacional. Se conformarían nuevos partidos y el país se lanzaría hacia sus grandes destinos.

Quienes redujeron ese intento al adjetivo “neoliberal”, compraron y vendieron la teoría del helicóptero, según la cual Macri huiría en pocos meses como lo hizo Fernando de la Rua en 2001. No comprendieron cómo Macri arrolló al peronismo en las elecciones de 2017 y, en consecuencia, no saben por qué el panperonismo recuperó el poder dos meses atrás y mucho menos por qué Macri obtuvo el 41% de los votos tras un mes de impresionantes manifestaciones con neto sigo de derecha en todo el país. No pudieron digerir que Macri transmitiera la banda y el bastón presidencial a su sucesor. Y no comprendieron que este hijo de la decadente burguesía argentina transpasaba mucho más que símbolos: entregaba un sistema a punto de colapso del cual debía hacerse cargo el peronismo. Poco importa que estuviera mejor apuntalado para la burguesía en comparación con lo recibido cuatro años antes. Ésta bien podría ser la involuntaria obra maestra del ex presidente.

En sus cúpulas dirigentes el amplio espectro peronista se dio por bien pagado con la perspectiva de usufructuar otra vez de las riquezas a las que da acceso el control del Estado. Los epígonos no han asumido todavía que el denominado “neoliberalismo” es una superchería, un comodín vacío, útil sólo para taparse los ojos ante la crisis capitalista. En la etapa agónica del capitalismo tardío el plan de Cambiemos era rotundamente inviable, como sostuvimos desde el primer momento (Ganó un presidente protofascista con base socialdemócrata, 23/11/2015) y acabaron por demostrar los hechos. Suponer que en este momento histórico, a partir de despojos legados por sucesivos gobiernos impotentes y corrutos, es posible construir desde la perspectiva capitalista una Argentina próspera, justa e igualitaria, es una quimera lindante con el desvarío.

Argentina transita de un Fab con proyectos de restauración capitalista a un mejunje inestable de azorados burgueses desvelados por el ejemplo de Chile. Sus perplejos componentes imaginan, correctamente, la conmoción trasandina multiplicada hasta dar lugar a una situación revolucionaria en Argentina. El cuadro se completa con ventajistas prontos a toda oportunidad de buenos negocios o al menos un cargo oficial.

Dicho de otro modo: las clases dominantes no tienen un programa de acción estratégica frente a la crisis más grave jamás vivida por el país.

Por su parte, la génesis del actual elenco, más lo visto en los primeros diez días de gobierno, confirma caracterizaciones previas (Antes de las elecciones; Argentina a la luz del resultado electoral). Se formó un Ejecutivo con remate de espacios entre facciones peronistas sin programa, sin organización ni ideas comunes. La disciplina para alinear semejante conjunto la puso el FMI. Pero la camisa de fuerza no resistirá.

 

Contradicciones inmanejables

Mientras en Diputados se discutía la “Ley de solidaridad”, sondeos de opinión inmediata llegaron a manos de Fernández. Señalaban el rechazo a las medidas en sus propias filas y el descontento general provocado por el aumento a las retenciones y el congelamiento de las jubilaciones. Por eso hubo cambios de última hora y anuncios relativos a una segmentación de la base agraria para cobrar el impuesto, más anuncios de que las jubilaciones serían incrementadas a partir de marzo, según decida el Ejecutivo. Otro tanto pasó con el anunciado propósito de suspender las negociaciones Paritarias por 180 días, a cambio de un aumento único y a cuenta, también definido por el Ejecutivo. Esta intención, avalada por la mayoría de los CEOs sindicales, fue sin embargo postergada en silencio.

En tanto, por las costuras de esta colcha de retazos derramaba el descontento de gobernadores, cúpulas sindicales y estructuras barriales. A los primeros el gobierno los calmó borrando de un plumazo la reforma impositiva -logro fundamental de Macri para el reordenamiento burgués- que privaba a los señores feudales del cobro de impuestos fuera de toda lógica capitalista, como ingresos brutos y otros cánones inventados por gobernadores e incluso intendentes. La idea de una reactivación económica sufría un golpe más con esta decisión. Ya la gobernación de Buenos Aires, supuestamente progresista, emuló a otro progresista en la Capital Federal y multiplicó por su cuenta el paquetazo impositivo hasta niveles confiscatorios contra… propietarios de una vivienda. Será difícil en adelante ganar confianza para este género de progresistas.

En sendas reuniones luego del triunfo electoral Fernández aseguró que su gobierno sería “de los 24 gobernadores”. Frente a los sindicalistas dijo en tono elevado que el gobierno sería también de la CGT. Enseguida juró a titulares de estructuras barriales que también ellos serían factores de decisión en su Ejecutivo.

Todos se encuentran ahora en situación de avalar las exigencias del FMI. El trago de votar y apoyar la “Ley de solidaridad” es demasiado amargo; pero un buen estómago lo soporta. Diferente es afrontar las consecuencias que vienen.

Es probable que un conjunto de artilugios en el manejo económico permita una reactivación mezquina y por tiempo limitado (en mayo se debería acordar la renegociación de la deuda con el Fondo). Pero es descartable la posibilidad de iniciar un período de crecimiento productivo y baja sostenida de la inflación. El paquetazo impositivo y la devaluación apenas disfrazada que lleva el dólar oficial a $82, aventan en lo inmediato el riesgo de hiperinflación. A la vez lo agravan a partir de pocos meses, puesto que, además de trasladar ese aumento a los precios, el gobierno deberá emitir dinero para asumir el pago de aumentos nominales de sueldos y jubilaciones, más los desesperados requerimientos de los señores feudales endeudados también ellos con bonos locales y extranjeros. Por el momento y durante un largo período no habrá crédito de ningún tipo. Emisión y ajusteserán los únicos recursos.

Por supuesto a partir de enero se multiplicarán las demandas de aumento salarial y, al cabo de poco tiempo, la CGT deberá hacerse eco de ese clamor, lo que introducirá una poderosa cuña en el heterogéneo gabinete. Ya se ha dicho que la señora Cristina Fernández debió ceder su lugar de candidata presidencial por decisión inapelable de los gobernadores. Estos volverán a la carga a corto plazo para recuperar los espacios que un pequeño núcleo arrebató circunstancialmente en el Ejecutivo. Como complemento, un enviado del FMI, de origen venezolano, ya está en Buenos Aires para celebrar navidades con su familia argentina. Difícilmente Fernández tenga un verano apacible, pese a la bendición impartida por Francisco a su enviada como primera dama.

 

Sin Partidos

Es por demás evidente que no hay un Partido de gobierno. Tampoco el oficialismo anterior conforma en la oposición algo semejante a una estructura partidaria. Por su parte el gran capital, como queda dicho, carece de un proyecto común y está librado a la competencia interburguesa. No hace falta insistir acerca de la situación de las izquierdas.

Un esfuerzo de inteligencia y voluntad, impulsado por movilizaciones de masas contra los efectos devastadores de la crisis capitalista, podría cambiar el estado y la dinámica de cientos de miles de militantes socialistas. Eso está por verse y, vale repetirlo, subordinado a la conducta espontánea de las masas y al combate para que su voluntad no sea desviada una vez más por estructuras del sistema ocultas bajo diferentes disfraces.

Construir una fuerza antisistema es misión difícil. Recomponer una estructura peronista es redondamente imposible. El llamado Justicialismo sufre un proceso de creciente y sistemática fragmentación desde la Resistencia de fines de los 1950. Sólo ha podido converger para ganar una elección. No para gobernar: después de 1989 Carlos Menem puso como jefe a Álvaro Alsogaray, un discípulo de Von Hayek que rechazaría con displicencia el calificativo de neoliberal y cuya conducción estratégica produjo el más grave daño jamás sufrido por el país, en directa continuidad con la última dictadura militar. Luego vino, por imperio de la crisis y el azar, Néstor Kirchner, quien definiéndose como keynesianoy sosteniéndose como pelota de ping-pong, gracias a golpes de derecha e izquierda, completó el desbarajuste estructural legado por el Frepaso, una suerte de padre no reconocido de Cambiemos. Discípulo zigzagueante de Domingo Cavallo, Fernández no torcerá esta lógica histórica, en primer lugar porque afronta una coyuntura nacional e internacional que impide cualquier medida no apuntada directamente al salvataje capitalista, a expensas de trabajadores y sectores medios.

A eso apuesta Cambiemos, en la esperanza de que no haya recomposición genuina del movimiento obrero y las filas revolucionarias. Con la UCR como estructura todavía superviviente -se rompe y se dobla, pero aun así sus hombres lograron la votación de la ley de minería en Mendoza. Sumada esa arquitectura tambaleante al supuesto fortalecimiento de Macri, quien obtuvo el 41% de los votos en las presidenciales, aspiran a recrear un liderazgo conservador, recomponer una estructura para rescatar el capitalismo, sanearlo y modernizarlo. Confían en que ese saneamiento lo completará Fernández y les pasará el testigo. Apuntan ahora a las legislativas de 2021 y confían en engañar otra vez a las masas en 2023. Cuando no hay pensamiento teórico sólido ni acción política con base material y sentido estratégico, cualquier dislate es defendible.

No habrá, por tanto, salvataje capitalista. Al menos si por esto se entiende un sistema productivo en funcionamiento consistente, sostenido y estable. Lo contrario se verá a partir de 2020. Atracadores de diferente signo tendrán su oportunidad, con leyes o sin ellas.

Resta la ingente tarea de apelar a las vertientes sanas de la sociedad, a los trabajadores y las juventudes, para crear la fuerza política de masas capaz de señalar un rumbo en medio de la tormenta.

Para “Poner a Argentina de pie”, según su consigna, Fernández exige que levantemos las manos en señal de rendición. Eso no ocurrirá.

26 de diciembre de 2019

@BilbaoL

Comunicación y Revolución

No hay proyecto político sin estrategia de comunicación. No hay proyecto de comunicación, sin estrategia política.

¿Qué viene primero? Como siempre, se trata de una interrelación permanente entre ambos términos. Como nunca, en este caso hay sí un factor que ocupa el primer lugar: la estrategia política.

En el marco del Congreso Internacional de Comunicación, citado por el Psuv (Partido Socialista Unido de Venezuela), cabe recordar el valor que el comandante Hugo Chávez le daba a la comunicación, entendida como educación de las masas frente a la realidad del mecanismo capitalista y las diferentes exigencias tácticas en la lucha contra éste. Tal vez no es tan conocido, al menos fuera de Venezuela, el hecho de que él, el gran comunicador, puso siempre primero la estrategia y su soporte insoslayable: la organización.

Cabe entonces agregar: sin organización no hay estrategia política exitosa y mucho menos proyecto comunicacional consistente.

Dada la situación del mundo, y en particular la prueba de fuerzas en curso ahora mismo en América Latina, urge articular una contraofensiva exitosa a la embestida del capital internacional contra todo y cualquier intento de romper los lazos de sujeción a la economía imperialista. La primera condición será definir, siquiera en sus trazos más gruesos, una estrategia política.

Estamos en las vísperas de un año en el que el mundo altamente desarrollado ingresará en un nuevo período recesivo, con altas probabilidades de que se produzca otro colapso financiero internacional, más severo aún que el ocurrido en 2008 y que golpeará a todo el sistema. El capital redoblará su ofensiva contra las masas, en cualquier punto del planeta y al margen del gobierno de que se trate en cada país. No es la crisis de un modelo, sino del sistema y a escala mundial.

La estrategia política ha de estar apuntada, por tanto, a la abolición de sistema de producción que lleva en su desarrollo lógico a la centralización de la riqueza, la multiplicación de la pobreza, la crisis, la guerra.

Desde allí, es necesario poner en movimiento cientos de engranajes de un mecanismo conceptualmente denominado frente antimperialista. Esa es la clave para vencer un enemigo tan poderoso. La condición para que un frente antimperialista no se convierta en un chaleco de fuerza, que desvía y al cabo impide el desarrollo de la estrategia anticapitalista, ha de ser la hegemonía, constantemente acrecida, de la perspectiva de la revolución frente a la concepción y la acción reformistas.

En esta batalla crucial no cabe limitarse a criticar a los medios del sistema. Es preciso, desde luego, condenarlos por ocultar, mentir, tergiversar. Pero sería absurdo acusarlos porque hacen bien su trabajo. Por ejemplo, cuando imponen conceptos como modelo o neoliberalismo, para escamotear la noción de sistema y ocultar que la agonía es del capitalismo. Ellos hacen su trabajo. Y aunque cada día el periodismo burgués es de peor calidad, es preciso reconocer que lo hacen bien.

¿Hacemos bien el nuestro? Seguramente sí, en gran medida. Pero no en la magnitud exigida por la furiosa agresión del enemigo.

No se trata de que tal o cual persona o medio alternativo sea mejor o peor. Se trata de que no tenemos, como conjunto, las otras dos columnas imprescindibles para un proyecto de comunicación exitoso. ¿Por qué años atrás el capital pudo confundir a grandes franjas de la juventud y el proletariado brasileños? ¿Por qué pudo imponerse una maniobra vil como la del presidente de Ecuador? Podríamos multiplicar esos por qué. Abarcan todo el hemisferio. Y prueban que las corrientes involucradas en la transformación social no tuvimos un desempeño eficiente para educar, esclarecer, enfrentar y vencer las falsas ideas vehiculizadas por los grandes medios del capital.

Es el caso de recordar, en estos graves momentos, que Chávez hizo enormes esfuerzos por poner en pie una V Internacional. No lo consiguió. Pero las causas que lo llevaron a esa osada propuesta estratégica siguen vigentes y están ahora a la vista. Quienes se opusieron a ella no son confiables para definir hoy el camino a seguir.

Está probado: no hay comunicación exitosa sin estrategia política adecuada para enfrentar y vencer a las clases dominantes. Y esto remite a un concepto repetido, aunque no siempre asumido: sin teoría revolucionaria no hay acción revolucionaria.

A la hora de actualizar el pensamiento científico para la transformación social y aplicarlo con eficiencia a la fase más difícil de la lucha de clases en América Latina, es conveniente tomar cuidado de hablistas profesionales. Ya no hay tiempo para otro ensayo capitalista adornado con alguna frase progresista.

La Casa Blanca ha puesta en marcha el Tiar (Tratado interamericano de asistencia recíproca), para acorralar y eventualmente invadir Venezuela. El continente afronta una coyuntura dramática. En el exiguo espacio existente entre buscar aliados con mayor o menor grado de progresismo o someterse a la estrategia del bloque socialdemócrata-socialcristiano, está la brújula de la victoria.

 

Caracas, 3 de diciembre de 2019

@BilbaoL

Argentina a la luz del resultado electoral

Hay diferentes maneras de leer la elección presidencial del 27 de octubre. Desde una perspectiva de clase el saldo es inequívoco: 95 de cada 100 electores votaron por representantes orgánicos del sistema capitalista (Alberto Fernández 48,10; Mauricio Macri 40,37; Roberto Lavagna 6,16). Dos aerolitos perdidos en el espacio captaron no obstante el voto de tres ciudadanos más de cada 100 (Juan Gómez 1,71; José Espert 1,47).

El mecanismo electoral no contempla votos en blanco o anulados para obtener porcentajes. De todos modos, sobre un total de 26.595.460 votos emitidos (80,8% del padrón total), sólo hubo un 1,5% de sufragios en blanco y 0,87% nulos (diferentes formas de voto Protesta).

Dicho sin rodeos: ante la crisis más grave de la historia nacional, 98 de cada 100 ciudadanos optaron por soluciones capitalistas. Imposible disimular la derrota ideológico-política de la única fórmula alegadamente antisistema, que perdió la mitad de los votos alcanzados en las presidenciales de 2015 y recibió el 2,1%. Otros 2 votos de cada 100 fueron excluidos por el tramposo método de conteo. Se lo admita o no, un revés de tal magnitud atañe igualmente a todo el activo anticapitalista y antimperialista del país.

Para transformar estos resultados en una “victoria popular” es preciso negar la perspectiva de clase, como lo han hecho las izquierdas sumadas al elocuentemente denominado “frente de todos”. Argucias aparte, la clase trabajadora, las juventudes y el conjunto del pueblo, habremos de pagar esta victoria de la burguesía local e internacional, en esta oportunidad bajo el rótulo de un gobierno peronista.

Este es el resultado de un prolongado reflujo de la clase obrera y las juventudes, combinado con la defección sin precedentes del reformismo tradicional y el parlamentarismo infantoizquierdista. La clave, en última instancia, remite a la impotencia de la militancia revolucionaria, determinada a su vez por el repliegue histórico del proletariado a escala mundial.

 

Replanteo del frente amplio burgués

Con la ciudadanía como masa de maniobra en la pugna electoral interempresaria, Macri pagó su intento de consumar el plan de saneamiento capitalista. Alcanzado a medias, insuficiente para la sustentabilidad del sistema, le costó a Cambiemos el rechazo rotundo en sectores de la clase obrera, buena parte de las juventudes, las clases medias bajas y la masa de desocupados y excluidos. Como se verá, eso no completa el balance. Aun así, Fernández fue el inesperado beneficiario del traspié político del frente amplio burgués (Fab), que torció el rumbo a mitad de camino y ahora, aunque victorioso, cabalga sobre dos monturas frente a la tormenta económica.

A Fernández le cabe una de dos opciones: afrontar el abismo económico del capitalismo local mediante una revolución social, o continuar con la labor iniciada por su contrincante, arbitrando entre el sector burgués que reclama proteccionismo y el otro que exige librecambio. Esperanzados sinceros y consumados sinvergüenzas sostienen la primera posibilidad. El presidente electo, con el respaldo explícito de la Unión Industrial Argentina (UIA), durante su campaña se confesó liberal y aunque sin precisiones, prometió afrontar la crisis desde la defensa del sistema capitalista. De hecho, no presentó un programa económico.

Es significativo cómo llegó Fernández a la candidatura y la victoria. Frente al debilitamiento vertiginoso de Macri desde mediados de 2018, un ala del Fab se propuso crear otro instrumento electoral con los mismos objetivos, esta vez basado en gobernadores y otras figuras del peronismo tradicional. Un detalle resultaría decisivo para el resultado final: acosado por procesos judiciales fuera de control, el empresario de mayor envergadura local creó su propio candidato y rompió toda posibilidad de plan conjunto. Como reflejo nítido de la debilidad de las clases dominantes, eso chocó incluso con el plan de articular el llamado Consenso Federalsobre la base de los gobernadores.

Sin firmeza en los mandantes, los encargados perdieron el rumbo y el proyecto se frustró. Una mayoría de gobernadores y ejecutivos sindicales tomaron entonces por otro camino: exigir un paso atrás a Cristina Fernández. La ex Presidente optó por garantizar su situación judicial por esa vía y entregó la candidatura presidencial a Alberto Fernández. Así se unificó electoralmente el Partido Justicialista (PJ), arrastró fracciones disidentes del peronismo y restos diversos de la izquierda reformista. Es el bloque vencedor en los comicios del 27.

Ahora bien: fueron límites objetivosdel sistema en crisis los que pusieron barreras infranqueables a Macri. Esos mismos límites acosan desde ya a Fernández, en condiciones agravadas. Como su antecesor, éste contará a su favor con el respaldo del Fab y los ejecutivos sindicales, más la hasta ahora pasiva desorientación de la masa trabajadora. Para contar con el sostén del Fab el futuro presidente deberá dar continuidad a la labor de Macri. Si lo hace, la pasividad de los trabajadores se transformará gradualmente en lo contrario, obligando al componente sindical del Fab a tomar sus recaudos.

Antes de esto, sin embargo, pesará el hecho de que Fernández no contará con crédito exterior ni interno a menos que acepte sin condiciones ni dilaciones las exigencias del FMI. De modo que el déficit fiscal -recrudecido con las medidas adoptadas por Macri tras las Primarias- será un incentivo para la inflación. Eso no esperará al traspaso del mando, el 10 de diciembre. Ya se ha desatado una carrera de remarcación de precios, mientras la mesa de transición integrada por dos ministros de Macri y cuatro representantes de Fernández ponen fin a la astringencia financiera y reinician la política de afrontar pagos con emisión de dinero. La amenaza de hiperinflación está latente.

Sin dejar de mostrar los colmillos, el FMI se ve dispuesto a refinanciar la deuda por vencer en 2020: 55 mil millones de dólares, sumando obligaciones con ese organismo y fondos privados, en dólares y pesos. El viernes 1 Fernández recibió un llamado de Donald Trump, apenas horas después de que en una universidad hiciera una sesuda crítica a Bugs Bunny: “Felicitaciones por la gran victoria” dijo el mascarón de proa de la reacción mundial, según hizo trascender a la prensa el equipo del presidente electo. “Usted va a hacer un trabajo fantástico. Espero poder conocerlo inmediatamente”, agregó, antes de entrar en materia: “He instruido al FMI para trabajar con usted. No dude en llamarme”. (Entonces… ¿el FMI recibe instrucciones de la Casa Blanca?).

Habrá que ver cómo se traduce esta presión extrema en las próximas semanas. Venezuela seguramente estuvo en el saludo, aunque esto no trascendió. Hay quienes, por el contrario, cifran expectativas en la ayuda de China y Rusia. El cuadro internacional, sin embargo, deja un estrecho margen a esa perspectiva. La pinza socialdemócrata-socialcristiana se manifiesta esta vez en el grupo de Puebla, intento del centrismo recalcitrante favorecido por el desgajamiento del grupo de Lima. No por nada un visitante destacado en las celebraciones de Fernández fue el ex presidente español José Rodríguez Zapatero, quien sigue los pasos de su desprestigiado antecesor, también del Psoe, Felipe González.

Mientras tanto, la fractura del Fab se manifiesta ya dentro del Frente de todos. Una parte de la gran burguesía local se ha manifestado públicamente a favor de Fernández. El resto, presiona y espera definiciones.

 

Números de un nuevo panorama político

Durante el mes previo a los comicios ocurrió un fenómeno singular: el Frente de todos se retrajo, confió en los resultados de las Primarias, postergó sus insalvables contradicciones mediante la pasividad y abandonó el recurso de movilizaciones y actos de masa. Cambiemos hizo lo contrario. En 30 actos a lo largo del país, coronados con una concentración de más de medio millón de personas para el cierre de campaña, en el centro de la Capital Federal, Cambiemos dio vuelta el clima político reinante (ver Antes de las elecciones).

Esto redundó en resultados para muchos inesperados: Macri remontó 7 puntos y Fernández cayó dos el 27 de octubre, en relación con las Primarias (de hecho una mera encuesta) del 11 de agosto, cuando la fórmula del Frente de todos aventajó por 15 puntos a la de Cambiemos. Ahora Macri obtuvo 2.400.000 votos más y Fernández sólo 200.000, con un aumento de casi el 6% en la concurrencia de votantes.

Más significativo que los meros porcentajes, es la distribución de los votos. Fernández obtuvo prácticamente la totalidad de la diferencia que le dio la victoria en un sector del conurbano bonaerense donde se concentra la pobreza y la exclusión. Macri Ganó en todos los centros urbanos e industriales. Su fórmula aventajó a Fernández en las provincias de Mendoza (50,02 a 37,83), Santa Fe (43,50 a 42,64), Entre Ríos (44,49 a 44,32) y Capital Federal (52,38 a 35,63), línea transveral al centro del país, coronada con un resultado excepcional en Córdoba, centro industrial y estudiantil con bien ganados laureles en las luchas sociales durante el siglo XX: 61,3 a 29,27.

En la provincia de Buenos Aires, Fernández ganó por 52,13 contra 35,93 de Macri. Como se ha señalado, el Frente de todos se impuso a gran distancia en La Matanza y Florencio Varela. Pero es altamente signficativo que Cambiemos ganara en la capital, La Plata, y con las excepciones ya señaladas, en las ciudades más pobladas: Mar del Plata, Bahía Blanca, Tandil, Junín, Rojas, Pergamino y otras.

Esta fractura geográfica y social tendrá consecuencias de todo orden para el futuro nacional. Una fórmula identificada con tradiciones del llamado “conservadurismo popular” se impuso en la franja central del país, desde los Andes al Río de la Plata. En esa zona están las mayores riquezas y el enclave de exclusión y pobreza extrema del conurbano bonaerense.

Es por demás significativo que los resultados señalados se hayan dado en un contexto de aguda recesión y elevadísima inflación. En el clima creado por 10 años de estanflación (6 de Cristina Fernández y otros 4 de Macri) y varias décadas de decadencia y degradación en todos los órdenes, más de 10 millones de personas desecharon retornar al peronismo como solución para la catástrofe que vive el país y optaron por otro discurso vacío, igualmente manipulador y mentiroso, probadamente incapaz no ya de resolver, sino siquiera de acometer la solución de los problemas que están demoliendo a la nación.

Sólo la parálisis del proletariado, de alcance mundial e histórico, combinada con la deformante esclerosis del pensamiento político dominante hoy en todo el mundo, explica que el empuje arrollador de la crisis no abriera espacio para una propuesta racional, genuina, ajena y contrapuesta a la irrespirable corrupción del sistema institucional en todas sus expresiones.

Es una evidencia que trabajadores y jóvenes son en esta etapa refractarios a la idea de transformación anticapitalista y a la teoría científica del devenir social. Sólo una parte de ese rechazo puede ser explicado por las características intelectuales y las conductas de quienes representan institucionalmente al ideario socialista. El meollo radica en otro lado: el pensamiento y la acción emancipadora no están a la altura de las exigencias que la crisis del sistema capitalista mundial les pone delante. Es un hiato en la historia, comparable sólo a la oscuridad de la baja Edad Media. Se abrió la oportunidad de un “Renacimiento del socialismo” en la Venezuela de Chávez (1). Pero el subdesarrollo, las fuerzas combinadas de la contrarrevolución mundial y la señalada insuficiencia de la teoría revolucionaria, se combinaron para poner un freno que aún no se ha soltado.

 

La sombra de 2001

En apariencia, con el resultado electoral Argentina ha vuelto al bipartidismo. En la realidad no. Cambiemos es ahora más heterogéneo que en su nacimiento. Tiene la primera minoría en Diputados y poder de veto en el Senado. En la provincia de Buenos Aires prácticamente controla el Congreso. Como resultado del 40% obtenido por Macri, ese lugar de la oposición puede obrar como fuerza centrípeta. Pero hay un conflicto de múltiples raíces entre la Unión Cívica Radical (UCR) y el Pro de Macri. A su vez, cada una de estas fuerzas está fragmentada y la dinámica de cada componente y del conjunto llamado, por ahora, Juntos por el Cambio, tiende a la disgregación. El punto de unión fue la estrategia de saneamiento económico, el salvataje del capitalismo, la quimera de un retorno a la Argentina del desarrollo, la modernidad y la estabilidad, sin base ideológica común y sin otro programa que el de resolver con criterio empresarial las urgencias económicas y políticas y, en el transcurso, crear un nuevo partido de gobierno con marbete republicano. Es pueril desconocer lo alcanzado en estos cuatro años en materia económica desde el punto de vista del capital. Sólo pueden calificar este período como fracaso de Macri quienes ignoran el funcionamiento del sistema y rehúyen la lucha de clases, inventando el conflicto de por o contra el “neoliberalismo”. Menos serio es pensar que del actual Cambiemos puede nacer un partido burgués con principios republicanos, programa de desarrollo, ideología “conservadora popular”, con capacidad para remontar la crisis y afirmar un país equitativo en crecimiento. No obstante, Cambiemos puede durar y convertirse en alternativa, en la misma medida en que no aparezca una opción real.

Otra cosa es el Frente de todos. Surgió, como queda dicho, del fracaso de un “Consenso Federal” con base en restos inconexos del PJ y fracciones sindicales, todos en desesperado remolino porque la apuesta de convivencia con Macri amenazaba llevarlos al desastre y todos mortalmente enfrentados con Cristina Fernández y su grupo.

La misma rigidez política que analistas superficiales le endilgan a Macri como causa de su derrota electoral la tuvo a comienzos de año Roberto Lavagna frente a los señores feudales del PJ. Y por las mismas razones: es imposible crear una fuerza política consistente y con futuro a partir de dos decenas de camarillas corruptas, ensimismada cada una en la defensa de intereses propios, a menudo entrelazados con mafias de todo tipo, incluido el narcotráfico. Los promotores de Lavagna exigían otra cosa. La intransigencia (debería decirse consecuencia, inteligencia) provocó el estallido. Y de allí, con la condición de un paso atrás de Cristina Fernández, nació un proyecto electoral definido por su propio nombre: frente de todos. De esta alquimia surgió Alberto Fernández, hasta poco antes pública y duramente enfrentado con su ahora vicepresidente.

Las irreconciliables diferencias de este panperonismo de ocasión se vieron durante la campaña, pero estallaron la noche de la victoria. Tras la admisión de Macri del resultado electoral, en un acto y un discurso sorprendente por su seriedad, precisión e inusual hondura conceptual, en el cual felicitó a Fernández y lo invitó a desayunar en la Casa Rosada al día siguiente, en otro escenario todosdemostró que ni siquiera es un frente. La vicepresidente electa y el vencedor en la provincia de Buenos Aires dieron un espectáculo con discursos tan vacíos como agresivos, exageraron el histrionismo conocido mientras Alberto Fernádez observaba descompuesto un adelanto de lo que puede ser su gobierno. Antes de eso, se había prohibido subir al escenario a los gobernadores presentes, en una muestra también de cómo se entienden y manejan las relaciones de fuerzas internas.

Al día siguiente Fernández se reunió con Macri y, si bien no informaron lo convenido, está claro que acordaron un plan conjunto para la transición, doblemente difícil por la amenaza de descontrol económico y el extremadamente prolongado período hasta la transmisión del mando. Hecho esto, en contradicción flagrante con las exigencias de la vicepresidente y el gobernador electos en la noche anterior, 24 horas después Fernández reunió en Tucumán a todos los gobernadores -los mismos impedidos por Cristina Fernández de subir al estrado- con motivo de la asunción del segundo mandato del gobernador de aquella provincia. Allí estaba, además, la mayoría de los ejecutivos sindicales, intendentes y la vicegobernadora electa de Buenos Aires. Una foto tenebrosa. La anécdota es necesaria porque ambos escenarios son la radiografía de la dramática flaqueza, el explosiva mejunje que asumirá el próximo gobierno. Para colmo, en su discurso Fernández repitió que al país lo gobernará “1 Presidente, 24 Gobernadores”.

Inimaginable una fórmula más absurda, en un país presidencialista en crisis, y a la vez más beligerante: ¿nada para la vicepresidente? Sumado a esto la designación de los negociadores para la transición por parte de Fernández, donde hay dos nombres odiados por la vicepresidente, se bosqueja un cuadro de serios conflictos desde ahora mismo.

Es previsible que ninguna ruptura ocurrirá de inmediato. Es seguro, en cambio, que todosno evolucionará hacia la construcción de una fuerza política coherente y unificada en medio del maremoto que afronta el país en los próximos años. Se prefigura en el posible futuro gabinete un desplazamiento de operadores sionistas dominantes en el gobierno de Macri en favor de figuras directamente asociadas al Vaticano. Lejos de llevar estabilidad a Fernández, esto augura la multiplicación de los conflictos causados por la intervención directa del Papa en la política nacional.

En suma: el frente amplio burgués (incluye, recuérdese, a las empresas sindicales), no tiene ni tendrá partido en este período histórico. La fuerza que trabó los pies de Macri e impidió no sólo su reelección sino la consumación de su tarea, que además del saneamiento implicaba la construcción de un partido capaz de gobernar establemente a Argentina, será más poderosa de aquí en más y encontrará enfrente un gobierno más débil. Habrá fugas de un bloque a otro y aparecerán nuevas siglas. Pero en los hechos la burguesía no habrá superado ni en la economía ni en su capacidad política, el devastador resultado del colapso de 2001.

 

Desafío inminente

Hasta el momento Fernández no ha podido pronunciar una palabra de un programa económico. Allí la disputa entre facciones es más dura, porque no responde simplemente a divisiones políticas, sino a sectores del poder económico, nacional e internacional, abiertamente involucrados. El vacío implícito en las pugnas internas lo llenan operadores del gran capital. Argentina paraíso de agentes socialdemócratas y enviados especiales del Vaticano.

Fernández repite que su llave maestra es un pacto social por seis meses. Un acuerdo patronal-sindical para congelar precios y salarios y prohibir despidos. UIA y CGT responden positivamente. La Asociación Empresaria Argentina, calla. Cada empresario, mientras tanto, se lanza a subir precios antes de diciembre, para que el “pacto” no los pille descolocados. También adelantan despidos. Con la misma lógica algunos sindicatos buscan obtener aumentos salariales antes del congelamiento. Macri y Fernández actuarán de consuno para impedir la carrera hacia el descontrol. Está por verse hasta qué punto lo conseguirán. Ambos exorcizan el fantasma de la hiperinflación, aunque en las filas del futuro gobierno hay quienes propugnan una debacle económica que derive en cesación de pagos y un largo período de gracia para que las nuevas autoridades pongan en marcha la recuperación económica.

En cualquier caso, las penurias de la población se multiplicarán. Es previsible que proliferen demandas económicas. Los ejecutivos sindicales, según el momento y el bloque que integren, promoverán/acompañarán esas demandas. El activo sindical y político no puede sino estar al lado de jóvenes, trabajadores, desocupados, que eventualmente se movilicen contra los efectos devastadores de la crisis capitalista.

El punto es si la acción reivindicativa de aquel 98% de electores que favorecieron soluciones empresarias a la crisis del sistema, puede o no ser canalizada por quienes recibieron los votos. Evitarlo es el principal compromiso de quienes asumen el enorme desafío en este momento dramático de la historia argentina.

 

1.- Luis Bilbao, Venezuela en Revolución: Renacimiento del socialismo. Capital Intelectual, Buenos Aires 2008, ISBN: 978-987-614-134-5

2 de noviembre de 2019

@BilbaoL

Antes de las elecciones

A cuatro días de la elección presidencial, Argentina discurre hoy por caminos muy diferentes a los de Chile, aunque la crisis que la aqueja sea mayor que la del país transandino.

Sometidas a una variante particularmente retrógrada del peronismo, las izquierdas pequeño-burguesas entregaron las clases medias a los representantes del gran capital. Más significativo aún, peronistas sumados a antiguos y neo-reformistas, entregaron el control de la calle.

Ése es el significado de la oleada de marchas con las que Mauricio Macri culmina su campaña electoral. Cientos de miles de defensores de Cambiemos aclamaron a Macri en 30 actos a lo largo del país, en los últimos 30 días. No hubo un solo acto masivo de la fórmula peronista.

En esta interminable campaña electoral, ajena a la sociedad, el peronismo unificado se replegó y abandonó la apelación a las masas y a la movilización. En tanto, el neo-reformismo sectario depuso incluso su lenguaje infantoizquierdista y asumió una versión más acentuada aún del cretinismo parlamentario.

Con Macri como figura señera, Cambiemos pudo así intentar el lanzamiento de un “conservadurismo popular” renovado, basado en los despojos todavía poderosos de la Unión Cívica Radical y restos dispersos del peronismo.

En paralelo, señores feudales de provincias y sindicatos obligaron a Cristina Fernández a deponer su candidatura. Con Alberto Fernández como candidato, el Partido Justicialista asume la continuidad de la política económica actual, como se comprobará con elevado costo a partir de 2020, o incluso antes. El discurso clásico del peronismo se desplaza a la mendaz y vacilante prosa de Macri, salpimentado con pizcas de republicanismo y encolumnado tras la estrategia contrarrevolucionaria continental de Washington.

Clases medias movilizadas por Cambiemos, atonía peronista, ausencia de propuesta revolucionaria, parálisis del movimiento obrero. Tal el cuadro de la coyuntura política argentina horas antes de la elección presidencial.

Dada la hondura de la crisis económica, destinada a agravarse en cualquier hipótesis luego de los comicios, el poder establecido conseguiría una ventaja estratégica si lograra poner en pie una estructura política reaccionaria con fachada republicana, mientras se dispone a entregar el gobierno a un conjunto variopinto, hegemonizado por sectores y dirigentes tanto o más reaccionarios que el actual elenco.

 

Una nueva fase

Sólo en sordina y para oídos entrenados se refiere el gran capital al despeñadero económico por el cual ya rueda Argentina. De un modo u otro, con los juegos retóricos que sea, el próximo gobierno deberá resolver desequilibrios estructurales que impiden la sobrevivencia estable de un capitalismo exhausto, como lo prueba la impotencia de Macri, Cambiemos y el frente amplio burgués que sostuvo este intento de saneamiento a medias logrado.

Las expectativas del conjunto social de una mejoría en la situación económica, sin costo para las mayorías, se estrellará contra la realidad. Si como todos anuncian el 27 de octubre gana la fórmula peronista, deberá completar la tarea de saneamiento dejada inconclusa por Macri. El gobierno crujirá y sus partes componentes se reacomodarán, en detrimento de cualquier ensueño reformista, siquiera tenuemente antimperialista. Pero es el único camino que les resta. Y las izquierdas sumadas a esa fórmula habrán consumado su estrategia de sumisión al capital.

En tanto, continuará el intento por afirmar una fuerza neoconservadora que ya unifica a liberales, desarrollistas y fascistas de diferente pelaje. Los ejecutivos sindicales, más cerca de las palancas del poder y respaldados por la dirigencia de un Partido Justicialista en manos de fuerzas ultra-reaccionarias, buscarán yugular cualquier intento de los trabajadores por trazar un camino propio. Sólo con un marcado crecimiento en votos del neoreformismo infantoizquierdista se podrá evitar un estallido interno en el círculo sectario. Por el contrario, un desencanto electoral mayor a los sufridos en pasadas elecciones agravaría la división y aislamiento de ese sector.

En suma, el panorama muestra preeminencia de fuerzas disgregadoras y entre ellas, la dinámica de convergencia intentada por Cambiemos y otras corrientes para conformar un nuevo partido Radical-Peronista-Liberal en explícita defensa del capitalismo.

Esta dinámica puede ser trastocada. Es posible federar fuerzas anticapitalistas, dispersas pero en cualquier caso potencialmente poderosas en número y en peso social, que democráticamente centralizadas presenten al país en turbulencia un programa de honda transformación social.

23 de octubre de 2019

@ßilbaoL

Venezuela y la campaña electoral en Argentina

Como prueba del lugar de la Revolución Bolivariana en el concierto latinoamericano, Venezuela ocupa un lugar preponderante en la campaña electoral, penosamente sobrellevada por estos días en Argentina. De los dos principales bloques burgueses empeñados en ganar las elecciones, uno trata de amplificar el tema y, el otro, de ponerlo en sordina.

Mauricio Macri pretende mostrarse como adalid de la contrarrevolución encabezada por Donald Trump. Alberto Fernández hace equilibrio en la cuerda floja para denunciar “el autoritarismo” de Nicolás Maduro, sin llamarlo dictadura.

Aquél pretende insuflar vida al agónico Grupo de Lima (GL). Éste, asegura su intención de retirar al país de ese bloque tambaleante. Empeñado en derrocar al gobierno venezolano, el GL constata, por el contrario, que sus propios presidentes van cayendo o debilitándose al extremo, sin excluir a Trump, amenazado con impeachment.

Fernández y su compañera de fórmula, Cristina Fernández, definieron cambiar “dictadura” por “autoritarismo” y acordaron poner una mordaza al flanco de su coalición electoral comprometido en diferente grado con la Revolución Bolivariana.

La orden fue cumplida. La agresión a Venezuela no cesa y, por el contrario, se acrecienta. Cada día se juega la posibilidad de que los paramilitares colombianos inicien la agresión armada. Pero la “táctica electoral” impone hacer mutis por el foro.

Por su parte, la derecha no hace lo propio. Un antiguo amigo del Departamento de Estado en el llamado Frente de Todos (FdeT), Sergio Massa, explicó en Washington que “no reconocer lo que pasa en Venezuela es ser cómplice”. Su escasa audiencia en el Woodrow Wilson Center, aplaudió. Massa es candidato a primer diputado por la provincia de Buenos Aires -clave electoral y política del país- y entre bambalinas se asegura que tiene reservado el cargo de presidente de la Cámara baja, si Fernández derrota a Macri el 27 de octubre.

 

Error múltiple

El silencio y la actitud huidiza indica convicción de que mostrarse como defensor de Venezuela, espanta votos. Eso es verdad para capas de la pequeña burguesía cautivada años atrás por el proyecto de Hugo Chávez, pero ganada ahora por la feroz campaña de prensa contra la sola idea de cualquier revolución social en América Latina. Pero es un error de fuste respecto de un incontable activo militante que, pese al fuego cruzado de propagandistas burgueses e infantoizquierdistas enroscados en sí mismos, pese a la ausencia de voces claras y valientes que enciendan un faro en la oscuridad, intuye lo que se juega en el hemisferio si la escalada contra Venezuela fuera exitosa.

Hay memoria histórica en las masas argentinas. Cuba, Nicaragua, Venezuela, están allí como hitos de una sinuosa marcha en pos de la emancipación. Quien toma distancia de esos pasos gigantescos, ya con categoría de acervo cultural, comete un doble error: resta consistencia a una eventual victoria electoral y, al debilitar esos procesos de avance en la historia latinoamericana, pone su propia cabeza bajo el hacha del verdugo.

Al compás de encuestas y pronósticos de prensa que dan ganador al FdeT, un sector numéricamente importante de la burguesía local se abroquela en torno a Fernández, a quien le exige compromiso con una ley de reforma laboral, acuerdo con el FMI y, naturalmente, acelerar en dirección al derrocamiento de Maduro. A su vez, llevado por los mismos pronósticos, el FMI negocia con el FdeT para reconfigurar los pago de la deuda para el año próximo. Entre las condiciones para arribar a un acuerdo está, por supuesto, el alineamiento con Washington contra Venezuela.

Además de abrirle un espacio prominente y altamente conflictivo a Massa en la pugna interna del FdeT, las exigencias del FMI obligaron a Fernández a proponer un nuevo impuesto, esta vez a los bienes personales. Como rayo cayeron sobre él tanto Macri como el otro candidato -hasta ahora deslucido- del capital: Roberto Lavagna. El cerrojo del sistema no deja la más mínima libertad de movimientos. Ya hay consultoras que predicen una fuga de votos de Fernández a Lavagna…

Mientras se bambolean en este imposible equilibrio respecto de Venezuela, ocurre el levantamiento en Ecuador. Ubicarse contra la movilización de las masas indígenas en aquel país es difícil para el FdeT. Pero ¿cómo, siendo tan democráticos, no defender el orden constitucionalrepresentado por el presidente Moreno? He allí otro inesperado dilema en medio de la campaña electoral. No estará ausente en el debate público de los seis candidatos presidenciales el 13 de octubre. Puede tener mayor impacto coyuntural que cualquier otro tema internacional.

 

Actuar en una coyuntura de crisis mundial

Quedó dicho que Macri y Fernández compiten por ver quién oculta y miente más (Qué hay bajo la campaña electoral en Argentina). Resta definir cómo se actúa frente a esta manipulación de sentimientos y necesidades de las mayorías. Es comprensible el impulso a optar por lo que se supone el mal menor. Vale transcribir un texto de Gramsci recordado por militantes que no se escudan en él para justificar posiciones reformistas, sino con la intención inversa: “El concepto de mal menor es uno de los más relativos. Enfrentados a un peligro mayor que el que antes era mayor, hay siempre un mal que es todavía menor aunque sea mayor que el que antes era menor. Todo mal mayor se hace menor en relación con otro que es aún mayor, y así hasta el infinito. No se trata, pues, de otra cosa que de la forma que asume el proceso de adaptación a un movimiento históricamente regresivo, cuya evolución está dirigida por una fuerza eficiente, mientras que la fuerza antitética está resuelta a capitular progresivamente, a trechos cortos, y no de golpe, lo que contribuiría, por efecto psicológico condensado, a dar a luz a una fuerza contracorriente activa o, si ésta ya existiese, a reforzarla” [Quaderno, 16 XXII).

Adaptación a un movimiento históricamente regresivo. Eso es lo que puede ocurrir si se busca la salida apelando a la ayuda de liberales, socialdemócratas y oportunistas sin principios. Adaptar el acervo político-cultural de la revolución anticapitalista en América Latina al pragmatismo ramplón de candidatos a la caza de votos es condenar y condenarse.

En Argentina, la crisis en desarrollo planteará a corto o mediano plazo un examen definitivo a las organizaciones antimperialistas y anticapitalistas. El desafío será mayor para las corrientes de este signo en América Latina, particularmente para los países del Alba.

Venezuela ocupa un lugar excepcional en la campaña electoral argentina porque lo que en realidad está en disputa aquí es cómo se afronta la crisis agónica del capitalismo en el país. La respuesta de la Revolución Bolivariana fue superar el sistema actual y transitar hacia el socialismo. Por eso Estados Unidos, la Unión Industrial Argentina, el conjunto de prensa y los partidos políticos del capital, apuntan contra Venezuela. Vociferando en contra, o guardando silencio.

Relegar la perspectiva de revolución para amarrarse al “pacto social” propuesto por el FdeT, someterse a las presiones del FMI y las manipulaciones del Vaticano, no son signos de habilidad política. Antes bien, indican confusión.

El mundo entra desde ahora mismo en una nueva recesión. Lo admite incluso la flamante Directora General del FMI. No hay camino del medio para esquivar esta encrucijada. Argentina y toda América Latina requieren de un centro de unificación y orientación para la acción conjunta. No será con oportunistas y reformistas con quienes se logrará conformar aquello que Hugo Chávez llamó V Internacional. Y sin ese instrumento el imperialismo continuará aventajando a los pueblos de la región.

Para avanzar es preciso contar con la brújula de la teoría revolucionaria. El pragmatismo lleva a chocar contra la realidad y transformar las mejores intenciones en siniestros resultados. El capitalismo tardío no puede ser progresista en ningún aspecto. Sólo la planificación socialista, es decir, participativa y democrática, puede afrontar la crisis actual, de magnitudes jamás vistas.

9 de octubre de 2019

@BilbaoL