reseña

Fascismo y comunismo

porLBenLMD

 

De François Furet y Ernst Nolte

Editorial: Fondo de Cultura Económica
Cantidad de páginas: 140
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Enero de 1999

 

Cabe ponerse en guardia si dos personas cultas se enzarzan en un debate absurdo. Tanto más si apelan a argumentos de ostensible liviandad. Es el caso del intercambio entre el historiador francés François Furet y su colega alemán Ernst Nolte, recogido en forma de libro .

Se trata de nueve cartas cruzadas a lo largo de 1996 y publicadas en 1998 en la revista francesa Commentaire, donde, en apariencia, se debate respecto del tema ¿tiene o no el antijudaísmo nazi un núcleo racional?, Nolte dice que sí (y para ello ha escrito Der faschismus im seiner Epoche, una obra en 3 volúmenes); Furet lo niega, pero está de acuerdo con todo lo sustancial del andamiaje sobre el cual su admirado colega arriba a tal conclusión. Nolte es discípulo de Heidegger y considera perfectamente justificable la adhesión de su maestro al nazismo. Expone así su propia contribución: «el núcleo racional del antijudaísmo nazi consiste en la realidad fáctica del gran papel representado por cierta cantidad de personalidades de origen judío -y manifiestamente en virtud de las tradiciones universalistas y mesiánicas propias del judaísmo histórico- en el seno del movimiento comunista y socialista».

El autor se apresura a aclarar que «por cierto, el nazismo no fue solamente una reacción contra el bolchevismo sino una reacción excesiva, y por regla general, el exceso en aquello que al comienzo es justificado conduce a lo injustificable». Furet responde, encantado, que tal explicación «reduce, sin suprimirlo, el espacio de nuestro desacuerdo». El lector que llegue hasta la última página de este curioso debate, sentirá cierta perplejidad a la hora de definir cuál es ese espacio. Impacta la noción expuesta por Nolte para sostener que no es antisemita: «¿no se cae de maduro que un historiador cuya investigación tiene por objeto el antisemitismo no debe ser antisemita, del mismo modo que no debe ser revolucionario el que se ocupa de las revoluciones americana, inglesa o francesa?».

Si se puede escribir -y publicar, y traducir, y difundir a amplia escala- semejante criterio de verdad, más que malestar en la cultura puede admitirse que, en efecto, algo se cae por madurez en exceso.

Furet no se inmuta. Está ocupado en justificar su pecado de juventud: «A través de la idea comunista, un joven francés de mi generación, que había crecido en la guerra sin haberla hecho, podía nutrir la ilusión de coronar su sentido democrático al tiempo que trabajaba para un renacimiento nacional. Ése fue mi caso».

No se hallará una línea respecto del cuadro socioeconómico sobre el cual prosperó el movimiento nazi. Nada referido a la economía mundial de entonces. Ni acerca del papel de los grandes grupos empresarios alemanes. El centro, claro, son los judíos.

Con todo, hay un núcleo racional en este intercambio epistolar: en su común conservadurismo ultramontano Nolte y Furet registran una convergencia entre el pensamiento académico neonazi y un ala de la intelectualidad europea de vagaroso progresismo humanista. La actitud frente a la guerra contra Yugoslavia atestiguaría luego esa aproximación. En ese sentido, el anacrónico recurso de igualar comunismo y fascismo recupera actualidad y habla a las claras sobre quienes lo esgrimen.

Réplica a la «Carta a los argentinos»

porLBenCR

 

«Ciertas gentes no debieran hablar de libertad,

de razón, de Humanidad.

Deberían abstenerse de hacerlo por motivos de decencia»

Thomas Mann

Doktor Faustus

«Pero hombres como yo,

cualquiera sea la hora de sus relojes,

no tienen la malsana costumbre de olvidar a sus enemigos»

Andrés Rivera

La revolución es un sueño eterno

 

En el vórtice de un reacomodamiento histórico de las clases y ante la inminencia de un cambio de política económica -factores ambos que ya desataron la violencia armada interburguesa- la cúpula de la Alianza (Unión Cívica Radical-Frente País Solidario) dio a conocer el pasado 10 de agosto su Carta a los argentinos. «Nuestra visión de la Argentina, sus prioridades y los contenidos centrales de nuestras políticas», dicen los firmantes en la primera de las 35 páginas del folleto.

En la última de ellas, figuran los nombres de los componentes del Instituto Programático de la Alianza (IPA), organismo responsable por la Carta. El coordinador general es el ex presidente Raúl Alfonsín. Los dos coordinadores -Mario Brodersohn y Dante Caputo- son prominentes figuras de la UCR y ocuparon altos cargos en el gobierno de Alfonsín, aunque uno de ellos abandonó amistosamente la organización y recaló poco tiempo atrás en el Partido Socialista Popular, miembro formal de la internacional socialdemócrata en Argentina. En un tercer nivel, calificado como integrantes, sobre 21 miembros (más uno denominado coordinador técnico) no figura ninguno de los economistas que, hasta ahora, eran presentados como portavoces del Frepaso en esa área. Sobresalen en cambio José Luis Machinea -ex presidente del Banco Central durante el gobierno de Alfonsín- y Aldo Ferrer, reconocido autor, ministro de la dictadura militar 1966-1973 durante el fugaz período del general Roberto Levingston y ex presidente del Banco Provincia de Buenos Aires.

La nómina del IPA importa en más de un sentido. Sobresale el hecho de que quien tuvo la última palabra sobre un texto redactado por dos de sus asistentes (Brodersohn y Caputo) fuera Raúl Alfonsín. No obstante, más elocuente es que el equipo no incluya a ninguno de los nombres políticamente representativos del Frepaso.

En cuanto a los economistas, los nombres inicialmente promovidos en el elenco frepasista fueron silenciados hace meses, cuando la Sra. Graciela Fernández señaló como su punto de referencia a Juan Llach, vice del ex ministro Domingo Cavallo(1).

Entre los 22 integrantes no hay ningún dirigente sindical, pese a que para la vertiente peronista del Frepaso fue decisivo el compromiso con esta coalición por parte del sector hegemónico en la conducción de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA). Figura en cambio Julio Godio, representante de la socialdemocracia para cuestiones sindicales, quien junto con Caputo ingresó al PSP tras haber sido, como el ex canciller, parte del espectro de intelectuales plena y públicamente comprometidos con el gobierno de Alfonsín.

CTERA, el sindicato docente, tomó la delantera en lo que luego sería la total subordinación de la CTA a un partido que, antes de firmar esta Carta, en 1995 llevó como candidato presidencial a José Bordón. El peso de quienes indirectamente hayan trasladado la opinión de esa dirección sindical para la elaboración del documento quedó en evidencia cuando, tres horas antes de la presentación pública del documento, Oscar Shuberoff, rector de la Universidad de Buenos Aires y uno de los integrantes, exigió airadamente -y obtuvo de inmediato- que se retirara del texto inicial la afirmación de que un gobierno de la Alianza apelaría a «la consulta permanente a los sindicatos docentes para la elaboración de la política educativa»(2).

¿Hay que aclararlo? No se trata sólo de que la burguesía predomine. Es preciso que incluso dirigentes sindicales de visible plasticidad ideológica y tan magra representatividad como los que se montaron al Frepaso, carezcan siquiera del derecho a ser consultados.

Ese incidente y su resolución exponen de manera inequívoca la relación de fuerzas -políticas y de clase- sobre la que se apoya la Carta a los argentinos. Se trata del desenlace previsible (y previsto; y denunciado), de la secuencia Frente del Sur -> Frente Grande -> Frepaso -> Alianza; eslabonamiento dramático de la captación de las capas medias, la juventud y franjas del proletariado por parte de la burguesía. (Desenlace por el cual, dicho sea de paso, ante la historia y el futuro inmediato deberán rendir cuenta partidos de izquierda y dirigentes sindicales que contribuyeron a ello, cuando era materialmente posible imprimir a esa dinámica social una perspectiva de clase, antimperialista y anticapitalista).

Tal relación de fuerzas es la que en último análisis define forma y contenido del documento. Pero más allá de lo expuesto en los 136 puntos de la Carta, cuyo significado y carácter será analizado a continuación, cabe adelantar una conclusión que, en definitiva, es la verdadera significación de este material programático: en el aludido proceso de realineamiento de clases y fuerzas políticas, la Alianza no constituye más que una instancia transitoria, ideológica y políticamente heterogénea al extremo, aunque hegemonizada hoy por la socialdemocracia internacional. La amalgama plasmada en la Carta carece de toda y cualquier consistencia y, por lo mismo, no constituye un programa para edificar un país. Los cinco firmantes (y mucho más aún los 22 integrantes) representan intereses, programas y estrategias no sólo diferenciados sino históricamente incompatibles. El gran vencedor coyuntural de esta operación es Raúl Alfonsín, quien ratifica así su condición de único político de la burguesía local con visión estratégica y energía y capacidades para realizarla. Pero el hecho de que Alfonsín sea motor, eje y timón de la Alianza, indica que el Frepaso, como tercera fuerza reclamada a comienzo de los 90 por millones de personas, ha desaparecido.

En términos ideológicos, políticos y práctico-organizativos el Frespaso fue absorbido por la UCR. Y cabe recordar que éste es el partido gobernante durante la Semana Trágica y las matanzas de la Patagonia; el partido de la Unión Democrática bajo el mando de la embajada yanqui; el partido de la Revolución Libertadora; el partido cuyo presidente de entonces, Ricardo Balbín, inventó en 1974 la siniestra amalgama de «guerrilla industrial» para justificar la represión militar contra los obreros y el pueblo de Villa Constitución, el mismo que horas antes del 24 de marzo de 1976 declaró: «soluciones hay, pero yo no las tengo»; el partido que durante los años de terror dictatorial mantuvo intendentes en cuatro centenares de municipios…

La deglución del Frepaso tiene como maestro a Alfonsín. Pero en términos electorales y en lo inmediato el beneficiario es el sector más reaccionario de este partido, representado hoy por Fernando de la Rúa, hijo político del malhadado Balbín. (Esto plantea a su vez una pregunta que sólo el tiempo permitirá responder: ¿se detendrá Alfonsín en este punto? Hay más de un indicio de que la respuesta podría ser negativa).

 

Forma y contenido

La evaporación del Frepaso en el sentido indicado no cambiaría un ápice en la eventualidad de que alguno de los integrantes de su cúpula llegara a asumir cargos relevantes -sin excluir la presidencia de la nación. Cualquiera sea la valoración que se haga del Frepaso nadie podría negar que su nacimiento y fulgurante desarrollo tuvo una causa determinante: la voluntad de miles de luchadores sociales y de jóvenes recién iniciados en la vida política de participar, de hacerse escuchar, de ser protagonistas y defender los reclamos y anhelos de su ámbito de pertenencia en el diseño de un país futuro, cuyo punto de partida fue el rechazo visceral a los dos grandes aparatos políticos del capital.

Antes de ninguna otra consideración, hay que subrayar que la Carta a los Argentinos consuma una estafa histórica a ese sentimiento arraigado y extendido.

Aquellas decenas de miles y luego centenares de miles de luchadores, activistas y militantes, fueron reemplazados en la elaboración del programa por 22 integrantes, entre los cuales figuran nombres cuya sola mención hubiese despertado el rechazo contundente de las fuerzas iniciales del Frente del Sur y su vástago el Frente Grande, útero donde a su vez engendraría el hijo bastardo de un tránsfuga del PJ, quien tras alzarse con cinco millones de voluntades volvió al partido de origen.

Pero eso no es todo. Los 22 fueron reemplazados por dos coordinadores, quienes a su turno pusieron un anteproyecto en manos de Alfonsín, para que éste, tomando en consideración el enmadejado juego de presiones y concesiones, diera los retoques finales (lo cual no evitó el conflicto de última hora ya referido).

Si se da crédito al informe oficial, este proceso denominado de elaboración, demandó casi seis meses, con la participación de 31 comisiones y 45 fundaciones. Que esto no es verdad, lo prueba la edición de Página/12 del 27 de mayo. El título de primera plana era El paquete de Machinea y en la página 2 reproducía los diez puntos principales, que se hallarán en el texto presentado 75 días después. Para más datos, en la página siguiente de la misma edición, el diario informa: «Enrique Martínez llevó la voz cantante en los cuestionamientos de los economistas del Frepaso. Ayer, Martínez, Arnaldo Bocco, Ricardo Gerardi, Julio Godio, Alejandro Rofman y Alvaro Orsatti firmaron un documento de circulación interna dentro de la Alianza, que fue distribuido durante el seminario en el Hotel Bauen, en el que critican duramente la posición de Machinea-Gerchunoff, la dupla más escuchada por los cinco dirigentes máximos de la coalición opositora (…) Es una visión igual a la que sostienen los economistas liberales´, dijo Martínez a Página/12»(3).

No obstante, admítase por un momento como hipótesis que la versión oficial es valedera y que durante el procedimiento las bases gestantes de esa fuerza que irrumpió impetuosamente en el panorama político argentino tuvieron alguna posibilidad de filtrar sus demandas. ¿Fueron consultadas luego respecto del resultado final? ¿Hubo reuniones, asambleas, conferencias, congresos, para estudiar, debatir y votar el programa resultante?

En absoluto. La voluntad, la soberanía y el esfuerzo militante de quienes catapultaron al Frepaso y luego a la Alianza fueron, una vez más, expropiados por un puñado de personas, quienes luego de visitar embajadas, recorrer capitales imperiales, escuchar atentamente y a puertas cerradas a los titulares de los grandes grupos económicos que controlan el país y bailar en público con algún sostenedor y beneficiario de los años de represión y la superexplotación y saqueo que siguió luego bajo el régimen constitucional, pusieron la firma al pie del documento.

Es meramente anecdótico que el maestro de ceremonia de la puesta en escena haya sido Alfonsín. No podía ser de otro modo, dadas las virtudes de sus cuatro consortes. Lo sustantivo es este proceso de expropiación de esfuerzos y anhelos, de intenciones malversadas, de esperanzas estafadas.

Pero esa expropiación no es una mera falla de procedimiento: es una necesidad imperativa: con la participación masiva de las bases, el contenido de esa Carta hubiese sido estentóreamente rechazado.

La cúpula que promete a la nación una «democracia moderna», no puede sino comportarse dictatorialmente con sus propias bases, en un adelanto homeopático de lo que hará si accede al gobierno.

La patraña no termina allí. Tras haber firmado un programa conjunto (no importa cuántas trapisondas se hayan hecho entre sí en el camino), los firmantes ponen ahora a votación… el nombre de quien deberá aplicarla.

Es una caricatura grotesca: se amuralla la posibilidad de participación y expresión colectivas, se impide el debate programático y se pone a votación la opción entre dos rostros que sonríen desde millones de carteles y empachan al estómago más resistente desde los medios de incomunicación de masas.

En este sentido, la Carta a los argentinos clausura un ciclo y plantea la posibilidad objetiva de que antes, durante o después de la campaña electoral la Alianza estalle en pedazos (y no necesariamente sobre las actuales líneas de división partidaria). De este modo, se reactualiza la posibilidad y necesidad de edificar una genuina fuerza política de masas en torno de los trabajadores y con un programa que podrá tomar esta Carta como prueba irrefutable de que no hay caminos intermedios. Porque, como se verá, el programa presentado no es de centroizquierda, ni de centro (para usar esas categorías vacías de la prensa comercial), sino que está a la derecha de la política aplicada actualmente.

 

¿Hacia un destino común?

El primer capítulo del programa aliancista invita a marchar «hacia un destino común, solidario y de progreso». Como todo lo que se encontrará en las páginas de la Carta -a menudo repetitivas y redactadas sin una gota del vigor y la pasión que invariablemente traducen los documentos realmente fundacionales- este apartado expone objetivos vagarosos, para cuyo logro no se trazan metodologías, caminos ni medidas precisas.

«Organizar la Nación como una república democrática moderna» propone el primer punto, que concluye con una expresión sorprendente para este tipo de documentos: «La Alianza tiene con qué hacerlo, tiene capacidad y convicción».

Quizá por lo contrario -es decir, por ausencia de puntos de referencia que hagan creíble la afirmación; por falta de la convicción que dicta conceptos elevados y la capacidad para plasmarlos en propuestas convocantes- los autores recurren a alusiones chabacanas habituales por estos tiempos en programas de televisión destinados al consumo masivo.

Contrastadas ambas afirmaciones con la realidad de lo palpable allí donde gobierna la Alianza como tal, es decir la ciudad autónoma de Buenos Aires, se entiende el recurso. Para tomar un único caso, entre centenares: ¿podrían poner como ejemplo para «organizar una república democrática moderna» el patético ejercicio de tramoyas y ocultamientos, viejo ya de más de un año, durante el cual no han podido designar un titular para la Controladuría de la ciudad y han transgredido de modo ilevantable todo y cualquier concepto de democracia genuina?

Una nota discordante en demasía suena en el séptimo y último punto de capítulo, donde la Alianza afirma que cumplirá su cometido «con la fuerza que nos otorgará una ciudadanía hastiada de delitos sin castigo».

¿Se referirá, por caso, a los delitos cuyo castigo impidieron las leyes de punto final y obediencia debida, votada por todos los legisladores de la UCR y a cuya revisión se opusieron con gestos airados los titulares reconocidos del Frepaso? Aquí la liviandad roza a la burla. Y pone de manifiesto la penosa situación de redactores escribiendo con las manos amarradas, lo cual explica por qué el documento no consigue levantar vuelo siquiera en una de sus 136 tesis.

Con todo, el núcleo del capítulo lo constituye el primer párrafo del punto 7, en el cual los firmantes sostienen -con letras en negrita- que «Para construir la sociedad de progreso es necesaria la conformación de una alianza con consenso democrático».

No se encontrará a continuación ningún lineamiento preciso para la conformación de tal «alianza con consenso democrático». Pero los hechos darán la respuesta ausente en el texto: dos días después de presentado el documento en el muy democrático y popular hotel Bauen, los cinco titulares de la Alianza se reunieron con representantes de partidos del interior.

 «… los provinciales reaccionaron favorablemente -registra el diario Clarín– El santafesino Alberto Natale, los sanjuaninos Nancy Avelín y Leopoldo Bravo (hijo), el mendocino Gustavo Gutiérrez, el ex gobernador salteño Roberto Ulloa, la ex intendenta correntina Ana Pando y el jujeño Pedro Figueroa, entre otros, elogiaron el hecho de discutir en torno a `propuestas concretas´, aunque pidieron mayor énfasis en la protección a las provincias (…) Detrás del acercamiento conjunto a los provinciales, radicales y frepasistas esconden una sorda disputa por obtener apoyo a sus candidatos para la interna presidencial de noviembre, de parte de ésas y otras fuerzas orientadas hacia el centroderecha».

Tal vez algunos jóvenes lectores de Crítica desconozcan que Ulloa es un ex militar directamente involucrado en la última dictadura; que Natale hizo otro tanto -con ventaja- como rancio político civil y el bloquismo es una de las tantas expresiones de corrupción cuasifeudal de las burguesías del interior, a las cuales constituye un acto de piedad ubicarlas en el «centroderecha».

El artículo de Clarín concluye con un cuadro preciso y harto elocuente: «Fernández Meijide busca el respaldo del bloquismo, los demócratas mendocinos y un sector de los renovadores salteños [precisamente Ulloa, LB]. De la Rúa tienta al Partido Demócrata Progresista, a los salteños y asegura contar con el apoyo del MID, los ex peronistas de Solidaridad y grupos de origen liberal y conservador que coordina el ex desarrollista Alfredo Vítolo»(4).

Para decirlo en pocas palabras: una república democrática moderna y un destino común.

Sí: la Carta a los argentinos propone un destino común con militares responsables de la última dictadura, dirigentes políticos de ultraderecha liberal como Natale, partidos corrompidos hasta la médula como el bloquismo sanjuanino y el Demócrata de Mendoza… para nombrar sólo a algunos(*).

 

La propuesta económica de la Alianza 

Resulta evidente, a partir de lo señalado, la inutilidad de ocuparse por responder cada uno de los 136 ítems que componen la Carta. En cambio, es necesario observar de cerca la propuesta económica de este programa de gobierno.

Con mayor brutalidad aún que cuando llaman a un consenso democrático y un destino común con asesinos, ladrones y explotadores, los firmantes de la Carta muestran en el capítulo económico hasta qué punto están presos en algunos casos e identificados en otros con la política en curso (la cual, dicho sea de paso, iniciada por Martínez de Hoz durante la dictadura, fue retomada por Juan Sourrouille tras el rotundo fracaso del intento progresista durante la primera fase del gobierno de Alfonsín).

Tras las vacuas expresiones de buenos deseos, en la primera página del apartado se puede leer: «La Alianza está resuelta a mantener la convertibilidad» [punto 11]. Y para aventar desde el inicio toda sospecha remata inmediatamente: «La Alianza (…) respetará las privatizaciones» [punto 14].

Dada la jerarquía de alguno de los integrantes, sorprende la escualidez del capítulo económico. Aunque hay que admitir que los Hados no facilitan su trabajo.

Al día siguiente de la victoria electoral aliancista del pasado 26 de octubre, un terremoto bursátil internacional avisó que no podría ocultarse por más tiempo la honda crisis de la economía mundial con epicentro en Estados Unidos, Europa y Japón. Diez meses después, mientras la cúpula aliancista sonreía a las cámaras de televisión con la Carta en la mano, los diarios vespertinos anunciaban que el índice de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires había caído esa tarde el 3,9%. Al día siguiente, algún periodista sutil del diario se dio el lujo de una ironía lacerante para los redactores de la Carta: al lado de un grueso titular en el cual describía el contenido central de ese documento: «La Alianza insiste: no tocará la convertibilidad», un recuadro dominante informaba: «La Bolsa está cada vez peor» y a continuación explicaba: «En 20 días bajó casi el 20%. Y ayer se agregó otro dato preocupante: comenzaron a caer los títulos de la deuda externa argentina».

Quien tenga el estoicismo necesario para leer línea por línea la totalidad del documento, respecto de la amenazante crisis de la economía mundial sólo encontrará este párrafo: «el contexto internacional se presenta menos favorable que el de comienzos de los noventa. El ritmo de crecimiento de la economía mundial se desacelera y la volatilidad de los capitales aumenta» [punto 8]. A cambio, abruman las promesas a las PyMEs.

Después de haber atosigado a la opinión pública con vaciedades respecto de la globalización, arcano que todo lo explicaba (y que, entre otras cosas, obligaba a privatizar las empresas públicas y los recursos naturales), los autores de la Carta omiten el análisis del cuadro internacional y del impacto inexorable que éste tiene sobre la economía local. Con desprecio olímpico no ya por la ciencia de la economía política, sino por el rigor de una lógica elemental, los autores practican un salto acrobático y llegan en el punto 25 a la siguiente afirmación: «Para la Alianza la conjunción de una política orientada a alcanzar una tasa de inversión del 30% del PBI y un nivel de exportaciones de 50 mil millones de dólares constituyen los ejes centrales de su estrategia para sostener una tasa de crecimiento del 6% anual del PBI, que es a su vez una precondición esencial para reducir la desocupación al 6% al final de su gobierno».

Póngase de lado el hecho de que esta propuesta progresista excluye por definición la idea de pleno empleo y considera una victoria que en el 2004 Argentina tenga más de un millón de desocupados (es decir, unos cinco millones de personas arrojadas a la marginalidad). Y búsquese en la Carta las vías para alcanzar los objetivos resumidos en el punto 25.

Según el texto, el «núcleo central de la estrategia» consiste en «expandir las exportaciones, incorporando cada vez más valor agregado» [punto 15]; sobre esta base y «el ahorro interno», la Alianza «se compromete a que, al cabo de su primer mandato, la tasa de inversión no sea inferior al 30% del PBI».

Los economistas de la Alianza parecen no haberse enterado de que la inversión productiva viene cayendo sistemáticamente desde comienzo de los años 70 a escala mundial; tampoco parecen saber que el factor dominante hoy en el mercado internacional es la feroz guerra comercial, la sobreproducción y la disminución de la capacidad de demanda; no creen necesario señalar que los precios de las materias primas que Argentina exporta y la única base sobre la cual se podría aumentar los volúmenes vendibles, caen de manera sistemática y, en los últimos tiempos, acelerada, de modo tal que incluso un drástico aumento de volúmenes (cosa harto dificultosa, a la luz del agravamiento de la crisis y la perspectiva cierta de una recesión combinada en los centros imperialistas, con tremendos efectos sobre las economías dependientes ya colapsadas), no aumentaría los montos en divisas.

En línea con la omisión respecto del estado y la dinámica de la economía mundial, los autores no necesitan responder qué, cómo y a quién se exportará para poner en vigencia el «núcleo central» de esta original -revolucionaria, podría decirse- estrategia de la oposición progresista.

Con todo, el texto da algunas pistas respecto de los instrumentos mediante los cuales tratarán de llevar las exportaciones a 50 mil millones anuales: «En primer lugar, una política tributaria que reduzca los costos para los exportadores»; y «en tercer lugar, una política de estímulos a las exportaciones».

Más adelante la Carta explica que «El aumento de las exportaciones es la vía apropiada para insertarse positivamente en un mundo globalizado. Es también la manera de aumentar el empleo al superar la restricción que nos impone el creciente desequilibrio de nuestras cuentas externas» [punto 37] y ofrece precisiones en los siguientes ítems del punto 38: g) Devolución en tiempo y forma del IVA a los exportadores; h) Devolución automática del IVA a las inversiones en proyectos de exportación; j) Los reintegros a las exportaciones no deben ser gravados por el impuesto a las ganancias.

Seguramente por casualidad, al día siguiente de la presentación oficial de la Carta, Clarín reprodujo un reportaje a Machinea. (Claro que por causas obvias las declaraciones debieron ser tomadas el día anterior; ¿tal vez durante la ceremonia en el Bauen?). Las vaguedades de la Carta toman aquí cierta carnadura. Ante la pregunta ¿Qué los diferencia de Roque Fernández?, el candidato a futuro ministro de Economía responde: «Las diferencias son muchas pero esencialmente en lo referente al estímulo a las exportaciones». Más adelante la entrevista continúa de esta manera: ¿Con qué esquema impositivo piensa que van a aumentar la recaudación; con el actual? «Sí, ¿por qué no?» Porque implica rechazar el proyecto de reforma impositiva que impulsa el gobierno. «Yo concuerdo con la baja de los aportes previsionales, con el aumento de la tasa de Ganancias y con la generalización del IVA»(5).

En resumen: la diferencia central respecto de la actual política económica será el estímulo a las exportaciones. Ese estímulo tiene como primer punto la eliminación de gravámenes a los exportadores y de aportes previsionales a los empleadores. Todo lo cual se equilibrará con un aumento en la tasa del impuesto a las ganancias (sí: ése del que estarán exentos los reintegros a las exportaciones; el mismo que ninguna empresa de porte paga como corresponde; ése con el cual se acorrala a pequeños comerciantes, productores y profesionales). Y además, claro, con la generalización del IVA.

Si las palabras tienen alguna significación, resulta translúcido que la Alianza critica al actual gobierno porque no otorga suficiente exenciones o beneficios impositivos a los exportadores, no ha completado el desmantelamiento del sistema previsional, no ha eliminado los aportes patronales y no recauda suficientemente porque no generaliza el IVA.

Pero… ¿quiénes son los exportadores? Si el Indec no miente y la memoria de cualquier argentino no falla, este país exporta productos agropecuarios (una pequeña parte de ellos con algún grado de industrialización) en proporción de 8 sobre 10, petróleo en los últimos tiempos (desde que se privatizó YPF), productos lácteos y algunos automóviles (a Brasil) y, novedad reciente, un rubro en el que Argentina va primera en el mundo: limones.

De modo que los exportadores de estos bienes son los poseedores de grandes extensiones de tierras, los flamantes dueños de YPF, las principales fábricas de autos y el gran capital financiero. Porque del mismo modo que un obrero de Peugeot no es exportador cuando el Sr. Franco Macri despacha un lote de autos a Brasil, los pequeños y medianos propietarios de tierra no exportan lo que producen, sino que lo venden -casi siempre con considerable antelación y a precios irrisorios- a acopiadores que sí exportan el sudor agregado al grano de trigo, al trozo de res o, ahora, a la doble acritud del limón.

A ellos se les rebajarán los impuestos, según la Carta de la desvergüenza argentina. ¿Y a quiénes les serán aumentados? He allí, por fin, una propuesta democrática… ¿o acaso el IVA no lo pagan todos?

En efecto. El impuesto al consumo, lo pagan democráticamente todos los que consumen. Se le cobra el 21% sobre lo que consume al jubilado que cobra $150 y ni un punto menos al Sr. Gregorio Pérez Companc, quien según informa la prensa comercial, días atrás compró su enésimo auto, una Ferrari de colección, en 650 mil dólares(6).

Este es, negro sobre blanco, «el núcleo central de la estrategia» presentada por la Alianza: ofrecer aún más facilidades y posibilidades de enriquecimiento desmedido al gran capital, para que éste exporte más. Sobre esa base, sostiene la Carta, crecerá la economía y habrá trabajo para todos (menos un 6%).

 

Paréntesis para la memoria

Como si estuviesen inaugurando una nueva etapa histórica los autores proclaman con énfasis: «Queremos generar una cultura exportadora» [punto 24]. Pero si esa clase de cultura no necesita promotores en algún lugar del planeta, ése es Argentina. Y no sólo porque nadie, en ningún punto del arco ideológico, negaría la importancia de las exportaciones (aunque, claro, desde una concepción ajena al lucro como motor de la economía éstas cambian radicalmente de carácter).

Una fugaz mirada a la historia puede ilustrar al respecto. «Todo lo que estas repúblicas necesitan es intercambio comercial con alguna nación fuerte y poderosa», decía en su época de oro el brigadier general Don Juan Manuel de Rosas. Entonces como ahora, lo obvio era entendido por cada quién según sus intereses. Manuel José García, quien fuera ministro de Hacienda de Rosas, luego de haber cumplido análogas funciones durante el período en el que Rivadavia forjó su gloria (sí: no es de ahora esto de cambiar de barco para seguir navegando en el mismo rumbo), además de ser el gestor del empréstito con la banca Baring Brothers y de haber transmutado la victoria militar de Ituzaingó en derrota política frente al imperio lusitano entendía las exportaciones del modo que describe en sus memorias el brigadier general Pedro Ferré, quien pretendía poner coto a la voracidad de Gran Bretaña y sus socios porteños: «El señor García procuraba eludir mis razones con otras puramente especiosas, pero que les daba alguna importancia la natural persuasiva del que las vertía. Entonces le dije que prometía callarme y no hablar jamás de la materia, si me presentaba, por ejemplo, a alguna nación del mundo, que en infancia o mediocridad, hubiese conseguido su engrandecimiento sin adoptar los medios que yo pretendía se adoptasen en la nuestra (el autor se refiere a medidas proteccionistas). El señor García confesó que no tenía noticia de ninguna, pero que nosotros no estábamos en circunstancias de tomar medidas contra el comercio extranjero, particularmente inglés, porque hallándonos empeñados en grandes deudas con aquella nación, nos exponíamos a un rompimiento que causaría grandes males; que aquel arreglo era obra del tiempo pues en el día tenía también el inconveniente, que con él disminuirían las rentas de Buenos Aires y no podría hacer frente a los inmensos gastos de aquel gobierno»(7)

Para ciertos politólogos y comentaristas contemporáneos puede resultar decepcionante comprobar que las argumentaciones basadas en la globalidad y el posibilismo no son hallazgos propios ni flores de estos tiempos. Incluso puede que les resulte incómodo verse citados avant la lettre por un personaje como García, a quien Lord Ponsonby calificaba como ‘un perfecto caballero inglés´.

En las antípodas de conducta, intencionalidad y nivel intelectual con respecto a García, Juan Bautista Alberdi, en un punto de la evolución de su pensamiento decía lo siguiente: «Con sólo producir materias brutas, la América del Sur es capaz de la misma vida civilizada que lleva Europa, nada más que con cambiar aquellas materias por los artefactos en que las convierte Europa (…) La industria rural vale bien la industria fabril. La producción de una vaca es tan peculiar y propia de la civilización más perfecta y adelantada como la de una máquina a vapor»(8).

Puesto que la verdad es concreta, hay que decir que Alberdi pensaba a mediados del siglo XIX, que sus opiniones avanzaron a medida que asimilaba los acontecimientos que sacudían a Europa y agregar que murió en el exilio y en la pobreza extrema, todo lo cual diferencia cualitativamente aquella posición de quienes la repiten hoy, cuando todavía resuenan los denuestos de Sarmiento contra «la oligarquía con olor a bosta», incapaz de hacer otra cosa que enviar vacas a Europa y derrochar en París el dinero obtenido por las exportaciones. Proponer bajarles los impuestos y darles incentivos a los herederos de aquellos señoritos huele a algo peor.

Pese a haber sido presentada en un ámbito posmoderno, la Carta del Bauen está por detrás del Plan Económico de Esteban Echeverría: «Mi objeto, como veis, es mostrar que para que nuestra industria progrese de un modo normal y seguro es preciso que echando mano de las materias primas, que ofrece nuestra tierra las transforme y beneficie cuanto sea dable, les imprima un valor, y así los expenda al extranjero, y nadie negará que esto es muy realizable en todos y con todos los productos vacunos y lanares»(9).

A mucha distancia de Echeverría, en todos los órdenes, en 1940 Federico Pinedo expuso ante el Senado la siguiente propuesta de país: «La vida económica del país gira alrededor de una gran rueda maestra que es el comercio exterior. Nosotros no estamos en condiciones de reemplazar esa rueda maestra, pero estamos en condiciones de crear, al lado de ese mecanismo, algunas ruedas menores que permitan cierta circulación de la riqueza, cierta actividad económica, la suma de la cual mantenga el nivel de vida del pueblo a cierta altura»(10).

Sería un exceso remover declaraciones de Adalbert Krieger Vasena o Alfredo Martínez de Hoz, ministros de sucesivas dictaduras, para compararlas con el descubrimiento de la Carta. Pero tal vez tenga alguna utilidad citar a autores actuales, como por ejemplo Eduardo Conesa, quien en Los secretos del desarrollo, expone su clave en el capítulo XII, titulado casualmente Las exportaciones como motor del desarrollo. Dice Conesa: «… no tenemos economías de escala porque nuestro mercado interno es pequeño. Y porque no exportamos lo suficiente. Nuestros industriales exportadores no pueden invertir para exportar porque no obtienen ganancias exportando (…) Con el tipo de cambio bajo vigente no hay rentabilidad en la exportación y por lo tanto no habrá inversión para exportar. No se le pueden pedir peras al olmo»(11).

Conesa al menos es consecuente y denuncia la convertibilidad como una farsa que afecta al sector cuyos intereses defiende. Continúa el autor que sitúa al tipo de cambio como ‘el más bajo de todo el período 1913-1993´: «El dólar barato puede ser fatal por varias razones. Las mismísimas cifras de las nuevas cuentas nacionales dadas a conocer por el ministerio de Economía, revelan que nuestro país tiene el récord mundial por sus menores exportaciones en relación al valor de su producción: solamente el 6,6%. De acuerdo al ingreso per cápita de la Argentina de 6900 dólares por año, y al tamaño de su población, lo ‘normal´ sería que la Argentina exporte alrededor del 22% de su producción, es decir, más de 50 mil millones de dólares por año contra los magros 15 mil millones de 1992»(12).

Casualmente, la Alianza propone en 1998, como núcleo central de su estrategia -e incluso con el mismo monto- lo que este autor planteaba como imprescindible en 1994… Pero la casualidad es más sugestiva aún si se tiene en cuenta que Conesa fue un puntal de la UCD. Desde esa mirada progresista, el autor sin embargo es coherente: «el tipo de cambio bajo equivale a una retención sobre las exportaciones agropecuarias e industriales de más de 50% ya que como estudiamos oportunamente, el tipo de cambio histórico de la Argentina de los últimos 30 años es de 2,20 pesos por dólar».

Otras proporciones también reclaman sustento teórico: «creemos en la existencia de un dramático retraso cambiario, que puede superar el 70%» dice el economista peronista Eduardo Curia, en su curioso libro titulado La convertibilidad: ¿el peronismo en crisis? prologado por Antonio Cafiero. Desde esa óptica, se puede leer: «La Argentina debía proyectar una plataforma exportadora sumamente ambiciosa, donde la fuerte colocación de nuestra producción transable en general no inhibiría -sino que traduciría- un modelo de neta vocación industrial (…) esta percepción de un modelo exportador integrado, con vocación industrial, no debía comenzar irritando las propias bases inmediatas del desarrollo exportador posible. Por ejemplo, perturbando -a través del agudo retraso cambiario- la expansión ponderable de nuestros commodities industriales y agrarios. La búsqueda de una proyección exportadora con mayor valor agregado y detentación de cuasirrentas, no se da en desmedro de los commodities…»(13).

Desde el ángulo opuesto a Conesa y Curia, el economista que encandiló a Castagnola sostiene lo siguiente en su libro Otro siglo, otra Argentina: «(según proyecciones) las exportaciones totales de bienes y servicios, partiendo de sólo el 7% del PBI en 1991, llegan al 11 – 12% del PBI en el año 2000 y al 15 – 16% en el año 2010. De cumplirse estos pronósticos, sin embargo, las exportaciones estarían más que duplicando su participación en el PBI en 20 años. Por esta razón, y por la posibilidad de aumentar el contenido de valor agregado a los bienes primarios exportables, ellas serán un motor cada vez más importante del crecimiento de la economía»(14).

Como se ve, entre todos estos autores hay mucho más en común que su conflictiva relación con la lengua castellana. Pero vale un esfuerzo adicional para leer con atención lo siguiente: «Unos objetivos importantes de las reformas comerciales fueron disminuir el prejuicio tradicional contra las exportaciones en los regímenes comerciales latinoamericanos y provocar un alza de las exportaciones. En realidad, partiendo del modelo del Este asiático, un número cada vez mayor de dirigentes latinoamericanos han reclamado la transformación del sector exterior en el motor del crecimiento de la región. Se prevé disminuir el tradicional prejuicio contra las exportaciones a través de tres cauces: un tipo real de cambio más competitivo -es decir, más devaluado-, una reducción en el costo de bienes de capital e intermedios que se importan para producir mercaderías exportables, y un giro completo en los precios relativos para favorecer las exportaciones».

No; no es un párrafo de la Carta. Es «el núcleo central» del libro Crisis y Reforma en América Latina -del desconsuelo a la esperanza- firmado por Sebastián Edwards(15).

Este autor, ex economista jefe del Banco Mundial para América Latina y el Caribe, es miembro de una tradicional familia chilena, reconocida por sus posiciones ultraconservadoras y por haber sido uno de los puntales de la dictadura de Augusto Pinochet. En este libro realiza un concienzudo y documentado balance de lo resumido por el título: las políticas económicas aplicadas en la región en las dos últimas décadas que, según el autor, tuvieron como avanzada al Chile de Pinochet y llevan del desconsuelo a la esperanza.

Si se exceptúa el punto relativo a la devaluación necesaria para contar con un tipo de cambio más competitivo, la fórmula es la de la Carta. (Incluso Edwards ha sido copiado en esta insólita noción de que es preciso forjar una cultura de exportación, por el tradicional prejuicio que la habría bloqueado). Y aunque la identidad de este documento se extiende en lo fundamental a todos los autores citados, es evidente que por la omisión del apoyo a la industria y el énfasis puesto en las exportaciones primarias, el programa de la Alianza se ubica a la derecha de propuestas como las de Curia, Cafiero e incluso Llach. Para decirlo con las palabras ya citadas del economista Martínez, del Frepaso, el programa expuesto en la Carta parte de ‘una visión igual a la que sostienen los economistas liberales´.

Decididamente la originalidad no es el rasgo sobresaliente de la Carta. Pero el problema mayor no es la falta de pensamiento renovador, sino la identidad con la argumentación utilizada históricamente para favorecer a las oligarquías dominantes a costa de la cesión de riquezas y soberanía, es decir, del empobrecimiento del país, la superexplotación de los trabajadores y la opresión de nueve de cada diez habitantes. Basta comparar los conceptos de Manuel García, Federico Pinedo, Eduardo Conesa y la Carta de la Alianza para saber cómo se ha resuelto el sordo debate interno de esa coalición.

Además de lo obvio, este desplazamiento plantea un riesgo mayor: sin duda las masas percibirán el alineamiento de la oposición progresista con el liberalismo de ultraderecha y, dada la ausencia de una alternativa real, previsiblemente se fraccionarán entre el escepticismo y la búsqueda de representación en la derecha. Sea quien sea el candidato del PJ (o de la nueva formación que eventualmente se presente en su reemplazo si el aparato queda en las manos actuales), no desperdiciará esta posibilidad.

 

Estridente silencio

Pero volvamos al texto de la Carta. Pese a la significación irrefutable que en todos los órdenes tiene el hecho de centrar una estrategia en la maximización de beneficios para la oligarquía terrateniente, industrial y financiera, el documento es más elocuente aún en lo que calla que en lo que enuncia.

Entre las innumerables omisiones deliberadas de la Carta, no es posible eludir la consideración de tres de ellas. En las 35 páginas del documento, no figura siquiera una alusión colateral al aumento de salarios, en un país donde el 60% de los trabajadores ocupados gana $600 o menos, es decir, entre la mitad y un cuarto del costo de la canasta familiar; tampoco se dice una palabra respecto de las jubilaciones. Y sobre un tema decisivo para la economía como es la deuda externa hay sólo dos expresiones, que se reproducen textualmente a continuación: «Endeudarse para consumir, despilfarrar y especular es fatal» [punto 113]; y «La pérdida de participación de empresas nacionales en la producción de bienes y servicios y el endeudamiento externo, no tienen precedentes en el país y probablemente en el resto del mundo»(16).

Podría agregarse que la pérdida de seriedad teórica, vigor político y vergüenza individual tampoco tienen precedentes en el país y, probablemente, en el resto del mundo.

En un texto reciente, Aldo Ferrer dice lo siguiente: «La presidencia de Alfonsín (1983-1989) heredó una economía con una gigantesca deuda externa, seriamente dañada y con profundos desequilibrios macroeconómicos (…) América Latina realizó una transferencia de u$s 220 mil millones en el período 1983-1991. Este extraordinario proceso de ajuste y la crisis fiscal generalizada provocaron la contracción económica y el aumento del desempleo, la pobreza y la inflación (…) La vulnerabilidad instalada con la deuda externa introdujo en la Argentina y los otros países deudores de América Latina restricciones sin precedentes en la administración de la política económica»(17).

Ahora bien: Alfonsín asumió el gobierno con una deuda externa de alrededor de 43 mil millones de dólares. Y tras haber pagado una cifra imprecisa estimada entre 15 y 20 mil millones, entregó la banda presidencial, con la premura conocida, junto con una deuda de alrededor de 63 mil millones. Desde entonces, luego de la enajenación de todo el patrimonio nacional para pagar la deuda, ésta es hoy superior a los 125 mil millones(18).

En el último párrafo del texto citado de Ferrer, el autor dice lo siguiente: «(Es indispensable) recuperar capacidad de decisión frente a los acreedores financieros internacionales y disminuir la necesidad de financiamiento externo. De allí la importancia de (…) establecer mecanismos regionales para la negociación coordinada y solidaria con los centros financieros internacionales»(19).

Ferrer, recuérdese, figura como integrante del equipo que elaboró la Carta. Como queda dicho, en ese documento no se habla de la deuda externa. Mucho menos de este propósito, avalado por una lógica elemental (y, subráyese, intentado por Alfonsín durante el primer tramo de su gobierno, mediante el ministro Bernardo Grinspun), de «establecer mecanismos regionales para la negociación coordinada y solidaria con los centros financieros internacionales».

Claro que hay gente insensata(20), empeñada en no entender que éste es un recurso para engañar a los ingenuos gerentes de la banca acreedora.

Para refutar a ese tipo de personas, figura lo siguiente en el punto 114: «La adopción de decisiones nacionales autónomas no es sólo un problema de dignidad, sino una exigencia irrenunciable del sistema republicano y representativo, sin lo cual la consolidación de la democracia, el desarrollo dinámico y sustentable y el ejercicio de una genuina justicia social, son utopías inalcanzables»(21).

En efecto. Todos los firmantes de la Carta tienen claro que la consolidación de la democracia, el desarrollo dinámico y sustentable y el ejercicio de una genuina justicia social, son utopías inalcanzables si el gobierno depende de los centros imperialistas, que utilizan la deuda externa como cepo y rebenque. Pero no lo dicen por una razón táctica: una vez llegado a la Casa Rosada, naturalmente, se hará todo lo contrario, es decir, se enfrentará valientemente al imperialismo para que la consolidación de la democracia, el desarrollo dinámico y sustentable y el ejercicio de una genuina justicia social dejen ser fantasías.

Sin necesidad de recordar que -en un cuadro nacional e internacional incomparablemente menos grave, Grinspun fue cambiado por Juan Sourrouille y Alfonsín no pudo completar su mandato- el significado real del doble discurso queda en evidencia si se entiende que reducir impuestos a los exportadores, mantener los actuales niveles salariales y proponer como núcleo central de la estrategia aliancista llegar a exportaciones por 50 mil millones de dólares, son mecanismos destinados a pagar la deuda externa.

Porque ésa es la intención, es imprescindible el silencio; tanto más indigno cuando se toma cuenta de que los miembros del IPA conocen con exactitud el significado económico, social y político del saqueo sin precedentes que presupone el pago de esa falsa deuda(22).

Se entienden entonces otros guiños, como por ejemplo «Las fuerzas armadas constituyen el eslabón más importante de la defensa nacional y para que cumplan con los objetivos que fija la Constitución Nacional deben contar con misiones establecidas por el poder político, con presupuestos suficientes que garanticen una vida digna a sus integrantes y con niveles de equipamiento eficientes que privilegien las capacidades operativas» [punto 134]; (¿Hace falta decir que no se hallará en la Carta la exigencia de juicio y castigo a todos los culpables por el asesinato masivo que inició con los desaparecidos y continuó sin pausa con las víctimas de la miseria extrema y la represión cotidiana?). O la propuesta de «modernización de las relaciones laborales» léase: flexibilización [punto 75]. O la aviesa propuesta de «autonomía de los actores sociales para elegir aquellos con los que han de negociar» equivalente a la destrucción de los sindicatos obreros [punto 79; ítem a, por el cual viene trabajando desde hace años el centro de estudios de ATE]. O la frase siguiente: «La Alianza se opone a la privatización del Banco de la Nación Argentina», aún más tramposa que las anteriores, porque encubre la falta de un pronunciamiento en oposición a la privatización del Banco de la Provincia de Buenos Aires y del Banco Hipotecario (omisión obvia, porque la Alianza ha estado involucrada en la privatización de bancos de Estados provinciales y del Hipotecario). O la más sutil pero no menos significativa transformación, según la norma de los nuevos propietarios de las empresas de servicios públicos, de usuarios en consumidores… [ punto 27]. O el velado apoyo al arancelamiento de los hospitales públicos [punto 27]. O el alineamiento sin reservas con la propuesta del Banco Mundial para la reforma educativa [puntos 64; 65; 67; 68; 69; 71].

Aunque todavía falte mucho por ver, lo mostrado es suficiente para afirmar que en su propuesta económica la Carta es una ofensa a la inteligencia. Y el programa que promete mayores libertades democráticas, ética en los funcionarios y gradual mejoría para todos es, lisa y llanamente, un fraude. Porque los autores saben que sin un vuelco de campana en el reparto de la renta nacional, sin bases objetivas para el crecimiento económico, no habrá más democracia, más libertad, ni más ética, sino exactamente lo inverso.

 

¿Por qué este viraje anacrónico del progresismo?

La explicación de tan violento giro hacia posiciones retrógradas en el plano económico no reside en la ignorancia o la maldad del coordinador general o los integrantes del IPA. Hay allí personas dotadas y cultivadas y no faltan -aunque tampoco abundan- quienes obran movidos por buenas intenciones.

Todo estriba en el punto de partida que se adopte: responder a las necesidades del conjunto de la población del país; o admitir que toda resistencia es inviable y buscar la salida sobre la base de someterse a las exigencias del gran capital imperialista y local.

Si se opta por la primera alternativa, es necesario hacer que todas las tierras produzcan; que se edifiquen los dos millones de viviendas que faltan para que todos tengan su techo; que no haya un solo habitante -de origen argentino o de cualquier otro- sin la posibilidad de estudiar y tener atención sanitaria adecuada; que no haya un solo trabajador/a o jubilado/a con un ingreso menor al de la canasta familiar. Poner en marcha un plan para resolver tales necesidades (que nadie, ni los autores de la Carta, cuestionan como objetivos válidos) automáticamente daría trabajo a todos. No habría ni el 6 ni el 1% de desocupados. Incluso, se podría convocar a trabajar aquí a tantos hermanos latinoamericanos que sufren la desocupación y la miseria en sus países.

Desde luego, todo esto exige recursos. ¿De dónde obtenerlos? La respuesta a este dilema presupone la adopción de medidas de neta confrontación con las bases mismas del sistema capitalista y, desde luego, con sus beneficiarios. No repetiremos aquí los lineamientos de tal programa, desarrollados en las sucesivas ediciones de Crítica y específicamente en Bases para edificar una alternativa los trabajadores y el pueblo(23).

Si la resistencia es considerada inviable; si de verdad, por invencibles relaciones de fuerza, el punto de partida de todo gobierno lo trazan el imperialismo y los señores del gran capital local (esos que, en Washington, Buenos Aires o Bariloche, bailan con la más fea si es necesario a sus intereses, llámese Videla o como sea); si no hay manera de imponerse a los gestores de la decadencia y la miseria; si cualquier opción de confrontación es más onerosa a los intereses del país y sus habitantes que la de la sumisión y la aquiescencia, entonces, sí, es necesario hacer lo que demandan los imperialistas y sus asociados locales, y adecuar a este principio todas las medidas de orden económico, político y social.

En este caso, no basta con asumir ese punto de partida: es preciso mostrarle a los amos que se es más confiable y eficiente en la tarea de gobernar para ellos, a quienes se les pedirá como limosna, para cederla a las víctimas, una milésima parte del saqueo.

La dramática realidad que prueba el contenido de la Carta es que la crisis mundial del capitalismo no deja el menor espacio para soluciones intermedias: o se corta de un tajo la dependencia respecto del imperialismo y el gran capital local en todas sus expresiones, o se le rinde pleitesía sin condiciones.

Este año Argentina paga sólo por intereses de la deuda externa 6800 millones de dólares. Esa cifra sumada a las amortizaciones de la deuda, las remesas de ganancias de las empresas imperialistas que predominan en todas las áreas de la economía, más los pagos de patentes, más el descomunal déficit comercial, más el igualmente gigantesco déficit presupuestario, hacen que en 1998 Argentina tenga un saldo negativo de 21 mil millones de dólares. O bien se explica que sin detener esa sangría es redondamente inaplicable cualquier plan de desarrollo, aumento de salarios y jubilaciones, eliminación de la desocupación, mejora en la educación y la atención sanitaria para las grandes mayorías… o se omite toda referencia a la deuda externa misma, se elude hablar de salarios, se olvida a los jubilados, se adoptan los planes del Banco Mundial para la educación, se entrega sin chistar la salud pública a empresas privadas de capitales imperialistas y locales que lucran sobre el dolor de millones de personas… se condonan las fraudulentas privatizaciones.

Del mismo modo, se proclama la necesidad de una radical reforma agraria o se propone el crecimiento aumentando aún más las fabulosas ganancias de la burguesía terrateniente.

Estas son las opciones. En un ciclo de gravísima crisis del capitalismo mundial no hay espacio para la comodidad de cambios progresistas sin medidas extremas, como no hay chance de extirpar un cáncer con caricias.

Las reformas progresistas -sea cual sea la posición que se tenga en términos históricos frente a ellas- son posibles en períodos de auge del capitalismo. En su fase agónica, son materialmente imposibles, por mucho que crean en ellas quienes las propugnan. El capitalismo en crisis sólo deja la posibilidad de la revolución… o de la contrarrevolución.

De tal manera, cuando afrontan la realidad, quienes en un pasado muy reciente (y a la vez muy lejano) encarnaron la voluntad de cambio de millones de personas descreídas de los partidos del capital, y puesto que para ellos -por convicción o conveniencia, ése es otro debate- excluyen la noción de revolución, se deslizan sistemáticamente hacia las posiciones de la derecha más conservadora.

¿No es ésa la conducta de quienes desde 1991 ocuparon (podría decirse usurparon) la representación de aquella voluntad de masas?

No caben aquí los juicios morales a individuos. Desde luego que hay allí sinvergüenzas, mentirosos, tránsfugas y pequeños aprovechados. Pero no es ése el factor dominante ni el nudo del problema. Es la opción de hierro que plantea el capitalismo de nuestro tiempo. La Carta plasma una opción. Y exige a su vez la opción de todos respecto de ella, particularmente de quienes directa o indirectamente, desde organizaciones sociales o sindicales hacen de apoyatura electoral a la Alianza(24).

 

Argentina y el mundo 

Plantear una interpretación y un programa de acción para Argentina al margen de lo que ocurre en el mundo es la prueba que evidencia con mayor nitidez la impotencia práctica del equipo redactor del programa de la Alianza.

Ante la inconveniencia de diluir la réplica a la Carta en un informe sobre la marcha de la crisis, se incluye un Apéndice a continuación de este texto. Allí se registran y analizan los hechos más salientes del último período, en línea de continuidad con la cobertura que Crítica realiza sistemáticamente desde su primera edición.

A partir de los datos de esa realidad puede afirmarse que el programa de la Carta, limitado a un juego que se verá a continuación, no sólo es contrario a los intereses de la clase obrera y del conjunto de la nación, sino que es rotundamente inaplicable y, en la eventualidad de que la Alianza llegue al gobierno, sólo podría plasmar sus aspectos más negativos.

 

Coyuntura y perspectivas: ¿todos iguales?

De lo dicho hasta aquí no debería extraerse la conclusión de que la propuesta de la Alianza es idéntica a la política actual.

De ningún modo. En más de un sentido, la Alianza es lo opuesto a lo que hoy es dominante en las decisiones de gobierno. Observar esas diferencias es clave para comprender qué está ocurriendo en Argentina y qué hacer frente a ello.

Desde el punto de vista del capital, se replantea por estos días la misma coyuntura observada cuando fue reemplazado Cavallo. La diferencia estriba en que esta renovada agudización de la disputa interburguesa ocurre sobre una base económica internacional y local completamente diferente a la de 1996: se ha desatado la crisis financiera mundial e, incluso con prescindencia de ella, la economía argentina no sostiene por más tiempo los enormes déficits comercial y de pagos, el endeudamiento descontrolado, el déficit fiscal.

Estas diferencias conllevan consecuencias de magnitud en el corto y largo plazos.

En aquella oportunidad, el resultado fue un gambito de Cavallo por Roque Fernández. Como lo reconocen ahora públicamente todos los actores, desde entonces la fractura en el Ejecutivo resultó en la imposibilidad de continuar con la aplicación sistemática del programa económico aplicado por Cavallo, pero sin cambiarlo por otro. En suma, la inercia.

Durante la misión en marzo de los técnicos del FMI se hizo patente la confrontación entre el partido de gobierno y el equipo de Economía (en representación del FMI). Es un error –en muchos casos una línea deliberada- reducir el choque a los intentos reeleccionistas. Hay aquí un conflicto de naturaleza completamente diferente. Y, de hecho, se puede entender el fenómeno a la inversa: es por la complicación del cuadro internacional y nacional que reapareció la idea –impensable hasta fines del año pasado- de reelegir una vez más al actual elenco.

Aquí se presenta la paradoja de que el gran capital financiero internacional confronta hoy con el partido oficialista respecto de cuestiones claves (ley laboral, reforma impositiva, precio de los combustibles, etc). Pero, al mismo tiempo, es evidente que un hipotético gobierno de la Alianza, más exigido por el movimiento obrero y el pueblo, con mayor dependencia de las masas para sustentar su fuerza política, estaría a la vez con mayores posibilidades de resistir las exigencias imperialistas en general y estadounidenses en particular.

En este intríngulis tan confuso como la situación que lo genera, todo indica que ante la aceleración de la crisis, Washington (corresponde diferenciar aquí al imperialismo USA de los restantes) optó por no cambiar de asno a la hora del descenso abrupto por un camino de cornisas.

La confusión deriva, ante todo, del hecho de que asistimos a los prolegómenos de un reacomodamiento histórico de las clases, en todos los órdenes.

Se trata de un reacomodamiento sin estrategias definidas por parte de ninguna de ellas, y en consecuencia sin planes precisos, organizaciones vigorosas ni liderazgos válidos y creíbles. La Carta es una patética prueba de esta afirmación: toma las indicaciones de funcionarios del FMI y tecnócratas académicos estadounidenses, quienes fueron hasta ayer defensores del libremercadismo a ultranza y hoy, dando un salto en el aire, se muestran empeñados en que el Estado regule y ponga barreras aduaneras para disminuir el déficit de la balanza comercial y poder así servir los intereses de la deuda externa. Lo más significativo, sin embargo, es que la alianza política precedió al programa, de esta manera reducido a objeto de negociación pragmática, lo cual a su vez reduce la noción de estrategia a la condición de estratagema.

Esa carencia, producto de la falta de energía tanto de la burguesía como del proletariado (tema sobre el que hemos abundado en sucesivos materiales), otorga fuerza hegemónica al plan que coincide con los intereses de Estados Unidos, es decir: política anticrisis basada en la acentuación sin límites de la superexplotación; eliminación de barreras aduaneras para el continente (ALCA), para dar libre curso a las mercancías del imperio; remate de las riquezas nacionales a cambio de la autorización para latrocinios varios y del espejismo de la estabilidad; creación en el corto plazo de mecanismos políticos y militares de dominación hemisférica, obligadamente basados en recortes crecientes de las libertades democráticas y los derechos civiles de las masas.

 

Cambios bajo la superficie

En su momento subrayamos como dato esencial para comprender la situación nacional el hecho de que la burguesía local había cedido a Estados Unidos el papel de árbitro entre sus diferentes sectores, a cambio de garantías de gobernabilidad y participación en el saqueo denominado privatizaciones. La burguesía estaba entonces entre dos fuegos, con la ofensiva brutal del capital financiero internacional por un lado y la agudización de la crisis social por el otro.

Al inicio de aquel ciclo no hubo fisuras. En medio de la hiperinflación y ante el riesgo de explosiones sociales de magnitud, con puntos de unidad social para los trabajadores y una izquierda pequeña pero relativamente organizada y en desarrollo, todos los bloques del gran capital local, con explícito y entusiasta apoyo de las capas medias, refrendaron esta política. Tras las grandes huelgas de ferroviarios y metalúrgicos en 1991 y la deserción política de sus dirigentes, y ante la evidencia de la estabilidad de la moneda, incluso la clase obrera y el conjunto de los trabajadores respaldaron esta política dictada por el imperialismo.

Que la aplicara el partido supuestamente representante de los intereses «nacionales y populares» y que esa línea de acción se viera refrendada en sucesivas elecciones, fueron otros tantos indicadores de que el enemigo de clase, a la vez y en aparente contradicción, bajaba un escalón decisivo en el agravamiento de su crisis mientras lograba una victoria ideológica de magnitud, a partir de la cual se aceleraría la descomposición en la conciencia y la organización del proletariado.

Pero aquella fase de consenso burgués ha terminado, como ha terminado el aval de masas a aquella política. La fuerza centrípeta del arbitraje seguro y la estabilidad de precios se ha transformado en su contrario: una poderosísima fuerza centrífuga que pulveriza todo. O para ser más precisos: completa la pulverización de las ya agónicas instituciones del capital, y también de las instancias organizativas en las que hasta ahora estuvieron contenidos la clase obrera y el pueblo.

El fenómeno que ahora ocupa el primer plano –la centrifugación de fuerzas- no comenzó hoy, por supuesto, ni en octubre pasado. Convivió constantemente con la fuerza hegemónica que circunstancialmente lo negaba. Y se manifestó en diferente grado a través de las más diversas formas sindicales y políticas desde 1991.

La secuencia que culminó en la Alianza fue precisamente la plasmación de la contradicción con la política anticrisis del capital. Que esa contradicción tomara cuerpo en organizaciones, dirigentes y programas de la burguesía, es algo a tomar en cuenta cuando se analizan las plataformas, propuestas y capacidades tácticas de los partidos y dirigentes que debían encauzar la alternativa contraria.

El hecho es que a mayor oposición a los efectos económicos y sociales de las políticas oficiales, le correspondió un mayor aglutinamiento de fuerzas en torno de programas sustancialmente idénticos al del oficialismo e incluso de las mismas personas que delinearon y aplicaron aquellas políticas.

Pero hubo un salto de cantidad en calidad: la constitución de la Alianza y las elecciones de octubre pasado.

Los receptores de los votos se constituyeron como Alianza porque ese rechazo incluye a sectores de peso del capital.

Corresponde subrayar, sin embargo, que estos no se expresan sólo en la Alianza, sino también -y acaso con mayor beligerancia en un futuro cercano- en el PJ.

El Frepaso es una fuerza de naturaleza pequeño-burguesa, definiciones vagas y políticas erráticas. Su cerebro motor fue un hombre del Vaticano, Carlos Auyero, el mismo que en los años 60 fundó en Argentina la Democracia Cristiana, como parte del dispositivo ideológico-político montado por la iglesia para contrarrestar la fuerza de la Revolución Cubana. Es esta fuerza la que en lo que va de la década captó el descontento masivo. Pero al converger con la UCR, el rancio partido de la oligarquía liberal argentina, plasma a la vez la conclusión del contenido reaccionario del proyecto encarnado en el Frepaso, consolida la estrategia de la UCR –incluso si ésta se da mediante figuras advenedizas- y configura la muerte del Frepaso como nonato continente real y efectivo de la protesta y el descontento de los trabajadores, el grueso de la juventud e incluso sectores muy amplios de las capas medias.

Esto último es el dato decisivo de la coyuntura política y su evolución a mediano y largo plazos, pero corresponde a un desarrollo futuro, que aún no tiene signo definido.

Por ahora, lo dominante es que el imperialismo ha cobrado excesivamente cara su función de árbitro interno supremo. El saldo económico resultante, exige el reacomodamiento de sus socios sometidos. La situación económico-financiera del país es insostenible. Las clases dominantes locales tienen como alternativa la aplicación lisa y llana de las medidas preventivas exigidas por el FMI, la certeza de un colapso a corto plazo, o un cambio de rumbo para el cual no existe margen sin jugar la riesgosa carta de un realineamiento basado en la lucha interimperialista. Y ésa es la carta en la manga presentada en el Bauen.

El ciclo se agotó cuando el ensueño de un arbitraje signado por la equidad y el equilibrio entre las diferentes fracciones de la burguesía dejó paso a la realidad. Una realidad exigida por la crisis en los países centrales, ellos mismos compelidos a eliminar a los socios sobre los que se sustentan. Aniquilados ya, o amenazados de muerte en el corto plazo, sectores significativos del capital buscan paliativos a la despiadada voracidad del imperialismo.

No hay líneas claras para ello. Lejos de unir a la burguesía local, esta situación ha ahondado sus antiguas fracturas. Entre otros factores –a los que nos hemos referido en documentos anteriores- esto ocurre porque la crisis bursátil y sus demoledores efectos no estaban en los planes de los estrategas de la burguesía local.

La crisis bursátil y su ya indiscutible continuidad y profundización replantean un escenario de corridas financieras, hiperinflación (o su contracara, la hiperdeflación), convulsiones sociales y desestabilización política. Parece innecesario insistir en que un eventual gobierno de la Alianza no puede afrontar semejante perspectiva.

Como quiera que sea, el hecho es que irrumpió el cataclismo financiero y se abrieron las múltiples compuertas de la crisis. Esto significa que se ha acelerado la necesidad de redefiniciones de las clases, sus organizaciones y sus liderazgos, frente a una nueva situación cuyos rasgos distintivos son el empeoramiento de la crisis en todos los órdenes y la probada ineficacia de los instrumentos institucionales actuales para afrontarla.

Sea cual fuere la decisión de los sectores acosados del gran capital local, al definir una opción estratégica frente a la crisis provocarán a su vez con carácter de necesidad el realineamiento de la clase obrera.

Esto presupone un desafío singular para quienes pretendemos edificar un partido de masas del proletariado y el pueblo y abrir paso a una estrategia anticapitalista.

Puesto que ha sido justamente la fuerza desestabilizadora proveniente del exterior la que desató la crisis, conviene comenzar por asimilar esos hechos y tenerlos en cuenta como base para el análisis de la coyuntura en Argentina y su probable evolución.

Desde hace meses la prensa comercial reitera los datos de una situación económica insostenible, que exige cambios de envergadura y sin demora. La brecha ya señalada de la suma de déficits, sólo puede cubrirse con mayor endeudamiento y recepción de capitales especulativos. Pero la crisis financiera internacional hace imposible lo que era extremadamente difícil antes de que ésta se desatara.

Lejos de contar con un flujo creciente de capitales -incluso limitándose a aquellos exclusivamente especulativos- la coyuntura financiera mundial hace prever, en la mejor de la hipótesis, un corte abrupto en ese flujo; y en la hipótesis más probable, una masiva fuga de los capitales que hoy especulan en la bolsa local.

Sin llegar a ese extremo, sin embargo, está claro que el gobierno no contará con recursos para financiar el desbalance externo e interno.

La respuesta del FMI fue inequívoca: aumentar aquellos impuestos de segura cobranza (en primer lugar la generalización del IVA, como quiere Machinea), y el aumento de los combustibles, particularmente el gas oil, vía indirecta además para frenar el giro económico; disminuir las importaciones por los medios que sean necesario (es decir, sin ningún prejuicio neoliberal que impida levantar barreras aduaneras); disminuir directa e indirectamente los salarios; acelerar la venta de lo que queda, principalmente los Bancos Nación y Provincia de Buenos Aires.

Por su contenido recesivo y acelerador de la centralización de capitales -naturalmente en beneficio del capital financiero internacional, en detrimento del local- y por la particular coyuntura política en que se lo plantea, este paquete de medidas ahondó las fracturas interburguesas.

El fin de una fase en la economía mundial y local, prefigurado por la crisis de los tigres asiáticos y el empantanamiento de la convertibilidad, acaba de hecho con el esquema político que descansó sobre el arbitraje estadounidense. Pero, a su vez, éste resultó en su momento de un previo agravamiento de la crisis y la inexistencia de partidos políticos burgueses suficientemente fuertes como para ejercer por sí ese papel.

Replanteado el dilema una década más tarde, el único dato nuevo es la existencia del Frepaso, el cual sumado a la UCR y en busca de «la pata peronista», no es otra cosa que la versión desdibujada del fallido Tercer Movimiento Nacional anhelado inútilmente por Alfonsín antes de que lo devorara la ciénaga.

Conviene detenerse en la observación de ese dato nuevo, por su carácter altamente contradictorio y las consecuencias tácticas y estratégicas que conlleva.

El Frepaso resultó de la cooptación del conjunto opositor integrado por las capas medias, el grueso de la juventud y ciertos sectores de la clase trabajadora (sindicatos de servicios y exiguos contingentes del movimiento obrero industrial), por parte de una variante burguesa apenas maquillada. En ese sentido, la aparición del Frepaso y su crecimiento electoral (basado en una descarada campaña de los medios de difusión masiva del capital), fue una derrota política sin atenuantes de la clase obrera y de la vanguardia comprometida con una perspectiva clasista independiente.

Con todo y pese al desmesurado precio social que obreros y capas medias debieron pagar por esta derrota política, las concesiones formales, funcionales y programáticas que tal empresa exigió a sus beneficiarios redundaron en una fragilidad extrema de la criatura. Si los votos no sirven para garantizar un respaldo de masas a un proyecto estratégico, no sirven para nada, excepto para confundir a la ciudadanía en general y a la clase obrera en particular y en consecuencia demorar los desenlaces posibles. De allí que, a la hora de plantearse la asunción del gobierno, los referentes del nuevo aparato arrojaran por la borda a sus asesores económicos y se aferraran a uno con carnet radical. Pero tampoco un afiliado radical es del todo confiable. Y entonces el Frepaso tendió un puente para que cruce el segundo de Cavallo, es decir, el propio ex ministro como asesor en la sombra.

No se debería suponer que palabras tales como asesor, referente, o, la perla conceptual a la que se apeló para aludir a la intención de ampliar la Alianza: la pata peronista, son una mera degradación del idioma. Muy por el contrario, constituyen la expresión lingüística necesaria de la degradación ideológico-política extrema que encarnan el Frepaso, la UCR y su equívoca Alianza: a cambio de cuadros pensantes con envergadura de conductores políticos, estas estructuras tienen referentes, inútiles para toda función que no sea poner la cara y recitar frases hechas ante los medios de difusión. Allí donde hacen falta ideas, análisis y proyectos, los referentes necesitan asesores supuestamente sabios y asépticos. En consonancia con este envilecimiento de la razón y el accionar político, según los propios referentes, el proyecto opositor para marchar necesita una pata… del cuerpo al que supuestamente se opone.

¿Hace falta una imagen más clara para concluir que la Alianza es un extraño animal (los humanos cargan piernas) que aún no ha desarrollado las extremidades y, en consecuencia, no puede andar por sí mismo?

¡Pero no sólo hay problemas con las extremidades! Más penoso aún, e ilustrativo, es que este extraño engendro al que le faltan patas, debe ocultar la cabeza: de los cinco integrantes de su cúpula, los referentes (De la Rúa y Castagnola) hicieron los máximos esfuerzos por ocultar y mantener callado casualmente al único dirigente político de envergadura en todo el espectro burgués, Raúl Alfonsín, y al único cuadro con ideas propias y capacidad para exponerlas y defenderlas, Rodolfo Terragno.

Tamaña deformidad corresponde sin embargo con exactitud al fenómeno que corporiza: el desplazamiento de facciones burguesas que huyen de la voracidad imperialista, pero lo hacen tratando de disimular ante sus superiores, de aventajar a sus circunstanciales socios, de engañar a aquellos de quienes dependen para tener existencia ante el amo y, para completar el cuadro, sin saber exactamente adónde ir.

Esta es la burguesía argentina. Un cuerpo flácido, sin pies ni cabeza. ¿Puede extrañar que reapareciera la idea de que en la tarea de representar al engendro nadie aventaja al actual titular del Ejecutivo? Basta partir de estas razones para medir la magnitud de la derrota que significó el funambulesco renunciamiento para el sector del capital que había optado por ese recurso. (Y para suponer que ésa no es una historia acabada).

Consumada la metamorfosis del Frepaso, transmutado en UCR mediante la Alianza, como contraparte necesaria de la ausencia de una estrategia de desarrollo (la cual hace ineludible confrontar con el imperialismo) se cierne sobre ésta la imposibilidad de encolumnar de manera estable y sostenida al conglomerado policlasista que la catapultó como primera fuerza electoral. Esto es lo que alimenta la confrontación interna, que la prensa comercial presenta como meras disputas por alcanzar la primera candidatura. Tales escarceos se explican parcialmente por pugnas entre camarillas que defienden a dentelladas futuros cargos electivos. Sobre todo, estas reyertas son necesarias para entretener, confundir y contener a los sectores sociales que ante el fin de las ilusiones cifradas en el plan de convertibilidad volcaron sus expectativas votando a la Alianza y pocos meses después, con mayor o menor claridad y definición, perciben que no obtendrán respuesta a sus reclamos y transmiten su descontento.

Desde este ángulo la continuidad de la Alianza y su arribo como tal a la elección presidencial de 1999 está en dependencia de la capacidad de amplios contingentes de clases medias, el grueso de la juventud y franjas del movimiento obrero para expresar políticamente sus demandas propias.

Es improbable que en tan corto plazo ocurra algo semejante: las clases medias son incapaces por definición de crear algo diferente al Frente del Sur y sus sucesores; los jóvenes, atravesados por diferencias de clase insalvables a partir de ellos mismos, tampoco pueden proponer un programa y una organización alternativos; y la clase obrera, fragmentada y desmovilizada como nunca antes en su historia, no está en condiciones de remontar esta situación en torno a una campaña electoral y en tan breve lapso.

Imposible prever si la ausencia de tal desafío garantiza la unidad de la Alianza. Porque existe una amenaza desde otro flanco: las facciones de la burguesía que desde el PJ -o a través de él- reproducen el mismo movimiento que diera lugar a la Alianza.

En este sentido, la ansiedad por hallar «la pata peronista» podría muy bien estar anunciando una nueva metamorfosis, para la cual no necesariamente están dispuestas todas las fracciones del capital representadas en la UCR.

Por sobre cualquier especulación, sin embargo, se impone la realidad objetiva: estos movimientos bruscos de reacomodamiento y realineamiento no se producen en torno a una propuesta programática, sino a causa de y acelerados por la ausencia de una perspectiva estratégica, un programa de acción, un canal organizativo y dirigentes capaces de poner en pie el Tercer Movimiento Nacional.

En ese sentido, la Carta del Bauen -una mezcla de desarrollismo tímido (Ferrer), con neoliberalismo tardío (Machinea)- es un programa revulsivo… para la propia Alianza. Ese carácter se hace ostensible en el hecho de que sea Alfonsín quien condujo la puesta en escena, ante el más que visible descontento por parte de los precandidatos presidenciales.

No se trata, por cierto, de una disputa personal. Aunque con las contradicciones y debilidades señaladas, la Carta plasma una línea de acción con dos diferencias significativas respecto de la política aplicada en la actualidad: el intento de un sector del capital de aprovechar la aguda confrontación interimperialista, volcar todos los esfuerzos a la consolidación del Mercosur (entendido en este caso como frente único de sectores análogos de las burguesías de la región) y sobre esa base recuperar hasta donde sea posible la capacidad de decisión enajenada absolutamente por el conjunto de la burguesía en 1989/90.

Importa subrayar que en aquella oportunidad fue el conjunto, para percibir que ahora no hay líneas claras en el realineamiento. Así, se hacen inteligibles hechos aparentemente inexplicables como, por ejemplo, que luego de haberle pedido públicamente a Alfonsín que se calle la boca, Castagnola fuerza una sonrisa mientras el ex presidente, con evidente y legítima satisfacción, la mantiene a un costado en la presentación de la Carta; y que pocas horas después, Alfonsín sonría nuevamente con una copa en alto, pero esta vez al lado del titular del ejecutivo… todo esto mientras el gobernador de Buenos Aires Eduardo Duhalde proclama que el modelo está muerto y urge encontrar un reemplazo.

Se equivoca quien piense que el espectáculo estriba simplemente en la plasticidad moral y política de sus protagonistas. La causa de fondo es un reacomodamiento que no encuentra cauce firme por las razones expuestas. Esto abre interrogantes sobre durabilidad y consistencia del bloque burgués plasmado en la Alianza (o de cualquier otro que pudiera sucederlo), pero sobre todo afirma dos certezas: 1) si ocurriera la improbable consolidación de una coalición representativa de un realineamiento burgués, se asentaría exclusivamente en el propósito de disputar con el imperialismo el reparto de la plusvalía total, con el supuesto inconmovible de que ese objetivo exige aumentar la extracción de plusvalía absoluta y relativa; 2) en la hipótesis de que se consolide una coalición política representativa del realineamiento burgués, Alianza o como se llame, con tal o cual referente como candidato, la fuerza aglutinante del Frepaso está agotada. (Eventualmente podrá ganar elecciones, pero incluso esto es incierto, tanto por el combate menor con el candidato de la UCR, como por la posibilidad de promover un poderoso bloque de oposición programática que se exprese electoralmente contra las dos variantes burguesas).

Desde el punto de vista de la posición política de la clase obrera, se vuelve así al comienzo de los 90, cuando el viraje del gobierno peronista recién votado abrió la posibilidad de un realineamiento social y político del proletariado y el conjunto del pueblo trabajador, que significara la ruptura con la noción policlasista impuesta por el peronismo desde mediados de los 40 y la constitución de una fuerza política de masas con un programa independiente y clasista.

Tal analogía, sin embargo, no significa identidad. Y las diferencias son las que definen la coyuntura histórica y las tareas que deberán afrontar los luchadores sociales en general y los revolucionarios marxistas en particular.

 

Mal menor, oportunismo e izquierdismo

Cuadros, militantes y activistas, dirigentes sindicales e intelectuales, afrontan por tanto una instancia crucial.

Frente a ella, gravitan tres tendencias ideológico-políticas que deben ser combatidas y derrotadas: la opción por el mal menor; el pragmatismo dispuesto a sumergirse en supuestas oportunidades coyunturales; y el sectarismo ultraizquierdista, calificado por Marx como «esencialmente reaccionario» y condenado en la teoría y la práctica por los genuinos revolucionarios a lo largo de la historia.

No cabe aquí abundar en este debate. Baste decir que es preciso un extraordinario esfuerzo de voluntad para remontar las dificultades de todo orden que afronta la militancia revolucionaria marxista, para llevar a los luchadores sociales un mensaje preciso e intransigente: no reiterar las opciones por el mal menor que arrastraron a personas de avanzada a plantearse hoy la opción entre Castagnola o De la Rúa; no ceder ante el falso brillo de oportunidades pasajeras que, en todo caso, sólo pueden beneficiar a algún individuo, quien así se colocará ineludiblemente en manos del enemigo de clase; no transar, sea cual sea el costo aparente en lo inmediato, con quienes en lugar de análisis científico y determinación revolucionaria recurren al alarido, las definiciones grandilocuentes sin fundamento, el individualismo propio de pequeños burgueses que han perdido su lugar en la vieja sociedad y quieren recuperarlo en cualquier circunstancia.

A cambio, es preciso afrontar la coyuntura con un programa antimperialista y anticapitalista; con una propuesta de organización de masas; con una conducta de firmeza y sencillez sólo concebible a partir de grandes objetivos, fundamentos científicos y la voluntad templada para luchar por un gobierno de los trabajadores capaz de abolir el capitalismo y dar paso al futuro.

 

Buenos Aires, 19 de agosto de 1998

 

 

Notas

1.- Para defenderse de una acusación del presidente, según la cual Graciela Fernández Meijide habría cobrado salarios como docente con identidades diferentes, ésta se vio obligada a aclarar ante las cámaras de televisión que, en realidad, su nombre es Rosa Graciela Castagnola de Fernández Meijide. Al comienzo de su carrera política, pocos años atrás, sus asesores de imagen encontraron que presentarla como Doña Rosa Castagnola no ayudaría a ganar adeptos en el electorado de alta clase media porteña ni respetabilidad en los centros de poder, razón por la cual, pese a su marcado carácter autoritario, adoptó los apellidos de su esposo. El hecho carecería de toda importancia si no fuese porque, incidentalmente, indica hasta qué punto esta nueva dirigencia gestada de la noche a la mañana para reemplazar a los exhaustos partidos de la burguesía está dispuesta a conceder, en todos los planos, para ser aceptada por los poderosos y caer simpática al electorado al que se dirige. Ése es, en definitiva, el significado de la elección de Llach como economista de cabecera. Ver al respecto Alianza a la caza de empresarios, artículo de Martín Latorraca en El Espejo Nº 48.

2.- El episodio fue expuesto por el periodista José Natanson en Página/12 del 12 de agosto. El mismo artículo reproduce declaraciones de Enrique Martínez -presentado allí como economista del Frepaso- en las cuales refiriéndose a la Carta señala: «Cuando se dice que la Argentina crecerá a un 6% anual, se está poniendo una variable macroeconómica, como el crecimiento, por encima del resto de las cuestiones. Yo creo que se debería haber comenzado por analizar la manera de reintegrar el tejido social y la situación de los sectores marginados. Esta es la condición necesaria para avanzar con el resto de los problemas. Hay que comenzar por la economía real para luego pasar a la macro. No al revés». Sea lo que sea que se piense sobre esto de «comenzar por la economía real para luego pasar a la macro», lo importante es la rotunda condena de Martínez a lo que constituye el corazón de la propuesta económica de la Carta: crecer a un 6% anual durante un eventual gobierno de la Alianza. Esto no tendría la menor relevancia, excepto por un detalle: Martínez es uno de los 21 integrantes que elaboraron la Carta.

3.- Página/12, miércoles 27 de mayo de 1998; nota firmada por el periodista Maximiliano Montenegro.

4.- Clarín, jueves 13 de agosto, nota firmada por el periodista Marcelo Helfgot. Los párrafos en negrita están en el texto original.

(*).- Ya redactadas estas páginas, en un show televisivo presentado como debate entre Castagnola y De la Rúa, la Sra. dijo: «en la búsqueda de consenso si le toca gobernar `la Alianza no será un límite para mí´». Clarín, 17 de agosto, columna firmada por Tabaré Areas. De modo que hay algo a la derecha de Ulloa, Natale o Leopoldo Bravo que escapa todavía a las expectativas de la candidata.

5.- Clarín, 11 de agosto de 1998, entrevista realizada por Daniel Fernández Canedo.

6.- Permítasenos una digresión: algo raro debe estar pasando en el país. Hasta poco tiempo atrás, el Sr. Pérez era un recoleto ultracatólico, de cuya vida personal nadie sabía o, por lo menos, escribía nada. O casi nadie: porque periodistas malévolos lo han acusado reiteradamente de ser un mero testaferro del Vaticano. Otros, con datos más palpables, le endilgan pertenencia al Opus Dei, haber introducido en Argentina al grupo Comunión y Liberación (una rama eclesial de la CIA), para el cual incurrió en el único negocio que, hasta donde se sabe, le ha salido mal: la compra del semanario Esquiú. La imponente reproducción de la virgen que domina el ingreso a la torre de sus oficinas en Maipú y Avenida de Mayo, contribuyó sin duda a esta imagen de hombre pío y recatado, víctima de la habitual malevolencia. Entre los ataques recibidos, sin embargo, jamás fue acusado de ser esa clase de personas frívolas que se esfuerzan por mostrarse y mueren por una Ferrari, aunque no sea de colección. Sin incurrir en suspicacias, cabe preguntarse el por qué de tan abrupto cambio de conducta en este individuo al cual otros malévolos periodistas han acusado de financiar a los carapintadas y darle apoyo moral, material y celestial al detenido ex coronel místico Mohamed Seineldin (quien pese a las resonancias de su nombre es devoto de la virgen del Rosario, patrona de la operación Malvinas) y recientemente presidió en ausencia un Congreso nazi, realizado en el muy tradicional colegio católico La Salle, ubicado frente al que fuera el edificio de la AMIA.

7.- Memoria del Brigadier General Pedro Ferré. Coni; 1921; pág. 55.

8.- JB Alberdi, Escritos Póstumos; T. VI.

9.- Esteban Echeverría; Dogma Socialista; Editorial Claridad.

10.- Cita tomada de Industria y concentración económica, Eduardo Jorge, Hyspamérica; 1986, pág. 8.

11.- Los Secretos del Desarrollo; Eduardo Conesa; Planeta, 1994, pág. 98.

12.- Ib. pág. 178.

13.- La convertibilidad: ¿el peronismo en crisis?; Eduardo Curia; Corregidor; 1997; pág. 197).

14.- Otro siglo, otra Argentina; Juan Llach; Ariel; 1997; pág. 284.

15.- Crisis y Reforma en América Latina -del desconsuelo a la esperanza; Sebastián Edwards; Emecé; marzo de 1997; pág. 171.

16.- «Nadie escribe una oración completa sin denunciarse», afirmaba Thomas Mann. Es curioso el uso en este punto de la palabra fatal, que en castellano significa irremediable, ineluctable, aunque por extensión adquiere también el significado de malo, nefasto. Sin recurrir al psicoanálisis, está a la vista que para los autores de la Carta, el nefasto endeudamiento es una desgracia irremediable.

17.- Aldo Ferrer; El capitalismo argentino; Fondo de Cultura Económica; pág. 85-86. Cabe subrayar, como dato ilustrativo, que el título del capítulo de donde se extrae esta cita es La crisis económica y la reconstrucción democrática (1976-1989). Para el ex ministro de Levingston, en el período 1976-1989 hubo una crisis económica y una reconstrucción democrática; y si bien queda claro en su texto que rechaza la política económica de Martínez de Hoz, resulta igualmente evidente que incluye a la dictadura en la tarea de «reconstrucción democrática». No habría que tomar a la ligera el significado de ese título. El lúcido autor del mejor compendio de economía argentina tres décadas atrás, en la página 28 de El capitalismo argentino escribe que «la expansión alemana bajo el II Reich culminó en una imprudente política de expansión que superó los límites realistas establecidos inicialmente por Bismarck, hasta culminar en la Primera Guerra Mundial, la derrota y, posteriormente, el ascenso del nazismo, la barbarie y, otra vez, la guerra y la derrota» (cursiva de LB).

18.- La cifra es aproximada (es imposible seguir el ritmo de endeudamiento diario del gobierno, que oculta la información) y suma deuda pública y privada, por razones que -excepto para propagandistas del capital, es innecesario explicar. Pero a propósito de montos del endeudamiento, sería interesante ver el espectáculo de un debate respecto de la deuda externa en un gobierno de la Alianza, con Castagnola en algún alto cargo y Llach asesorándola. En el libro citado, el segundo de Cavallo revela con tono teórico un descubrimiento sin precedentes en la historia de la economía: «la deuda pública bruta, bien medida, bajó un 3,9% entre 1989 y 1995»; «la deuda pública neta bajó un 14,2% entre 1989 y 1995» (el autor evalúa la deuda pública total de 1995 en 93 mil millones de dólares); (Op. cit. Pág. 181). Está claro: la culpa la tiene Alfonsín. La gestión Cavallo-Llach no duplicó el endeudamiento, sino que lo redujo en proporciones extraordinarias. El Sr. Llach tiene título universitario y posgrados estadounidenses. Y Castagnola es la aliada de Alfonsín…

19.- Ib. pág. 133

20.- «Yo nací sensata» explicó Castagnola recientemente a la prensa para afirmar que sus posiciones no tienen nada que ver con adecuaciones a las exigencias del establishment y para mostrar que no sólo sabe mucho de economía sino que además tiene un profundo pensamiento filosófico.

21.- Cursiva nuestra. Antes de que cierta izquierda cambiara el concepto de revolución por el de utopía -para hacerlo más aceptable a su audiencia natural- no era necesario aclarar que éstas son por definición inalcanzables. De modo que no está claro si la oración incluye uno más de los muchos absurdos lógicos que contiene la Carta, o es una concesión lingüística al flanco aliancista proveniente de aquella izquierda.

22.- El ocultamiento no se limita a eludir el tema en la Carta. Llega al absurdo de ocultar la Carta misma. Al respecto, es ilustrativo leer la crónica de Eduardo Sampietro, un periodista que con la Carta en su portafolios recorrió innumerables sedes de la UCR y el Frepaso pidiendo un ejemplar, que le fue negado hasta que, para culminar su experimento, reveló que era periodista y… que tenía la Carta en sus manos. (El Espejo N° 51; 19 de agosto, primera plana). En la tercera línea del documento puede no obstante leerse: «Esperamos que éste sea el punto de partida de un amplio debate nacional».

23.- Luis Bilbao; Argentina fin de siglo: El abismo y el horizonte; pág. 205; Ed. Búsqueda; 1994.

24.- Nos referimos muy particularmente a activistas y dirigentes sindicales (y también a algunas agrupaciones estudiantiles) que con más o menos conciencia de la dinámica que seguían acompañaron este proceso desde las filas de lo que fuera el Congreso de los Trabajadores Argentinos. En las páginas de Crítica se siguió paso a paso ese proceso que, de la propuesta fundación de crear una fuerza política independiente de los trabajadores, tras un debate ideológico, político y organizativo que ganaron los aparatos sindicales respaldados por el Vaticano y la socialdemocracia, llevó a la proclamación de una pseudocentral cuyos principales dirigentes están directa y públicamente comprometidos con la Alianza, incluso ocupando cargos institucionales o aspirando a ellos.

 

carta abierta a la militancia

Aboquémonos ya a la recomposición de las fuerzas marxistas

porLBenCR

 

Decíamos hace 7 años y medio, en el párrafo final de la presentación de la primera edición de Crítica:

 

«(esta revista) Se pone en movimiento para ser vehículo de búsqueda y afirmación, de investigación y debate, tras el objetivo de recomponer en un nivel superior las fuerzas humanas, teóricas y organizativas de los revolucionarios marxistas en América Latina y el Caribe y de allí a todo el mundo. Está en sus manos para resistir la ofensiva del enemigo y preparar la contraofensiva de nuestra clase y nuestros pueblos».

 Hoy el mundo y Argentina están en otra situación. Y nuestra labor debe adecuarse a esos cambios. Tras los mismos objetivos y sin mengua de ellos, otras tareas están planteadas. Como en el momento de poner en pie y sostener esta revista, las exigencias actuales también requieren de la participación y el esfuerzo de miles para realizarse.

Por eso nos dirigimos otra vez a ustedes con un llamamiento. Esta vez para materializar aquello que señalábamos como difícil pero inalterable objetivo: recomponer nuestras fuerzas también en el plano organizativo y disponernos a lanzar la contraofensiva de nuestra clase y nuestro pueblo.

Queda abierta la incógnita de cómo se amoldará Crítica a los requerimientos de esta nueva etapa. No hay dudas, en cambio, sobre la necesidad de afrontar ya mismo y con la mayor energía de que seamos capaces el imperativo de dar cuerpo y existencia -una existencia visible y palpable para millones- a una organización política a la altura de nuestro tiempo y sus perentorias demandas.

De allí el texto que leerán a continuación, con la apelación a que lo tomen en sus manos, lo debatan y reescriban, hasta que podamos llegar a un llamamiento común, firmado por cientos de personas dispuestas a ponerse en primera fila para levantar una bandera roja de indignación por lo que sucede; roja de conciencia por lo que se debe hacer para terminar con esto; roja de decisión y de coraje para hacerlo.

 

Compañeras, compañeros,

Durante la última década fue necesaria una ardua tarea de propaganda en defensa de la continuidad del pensamiento marxista. Era necesario recuperar y afirmar una noción desdibujada por la onda expansiva del derrumbe de la Unión Soviética: el capitalismo es contrario al desarrollo del hombre como ser libre. Había que explicar, igualmente, que la crisis de nuestro tiempo es la crisis del sistema capitalista.

Fue un período dominado por la confusión y desmoralización generalizadas en nuestras filas.

La comprobación de que las vanguardias teóricas y políticas (en todo el amplio espectro que se reivindica marxista) no estaban a la altura de los acontecimientos, debía necesariamente caer como un rayo sobre organizaciones e individuos. La posterior oleada de fracturas que redujo a la nada a estructuras de envergadura, era una consecuencia inevitable. Como lo eran los efectos demoledores sobre decenas de millares de luchadores marxistas.

Pero esa etapa de la historia ha quedado atrás. Ya no es necesario esgrimir argumentos teóricos para mostrar la crisis del capitalismo. Los debates y posicionamientos de la década definieron perfiles y aclararon las aguas. La fragmentación de las organizaciones marxistas llegó a su límite.

También llegó a su fin el tiempo requerido para curar hondas heridas morales en militantes que vieron defraudadas sus esperanzas, malversados sus esfuerzos, conmovidas sus convicciones.

Ha quedado atrás una prueba por demás difícil. Y ha llegado la hora de afrontar las exigencias de una nueva fase en la historia.

 

Poner en movimiento las fuerzas acumuladas

De la adversidad se aprende. De la suma de adversidades se aprende más. En estos duros años se desplomó aquello que a los ojos del mundo representaba el socialismo. Los fundamentos teóricos y las experiencias históricas fueron cuestionadas desde las propias filas. Las masas trabajadoras fueron ganadas por la propaganda imperialista, pese a que simultáneamente se vieron acosadas por la aceleración en la crisis del sistema al que se proclamaba o aceptaba como inapelable vencedor. Sin retaguardia, con las armas trabadas y rodeados por masas en disgregación y retirada, las vanguardias sufrieron tanto o más que el resto de los trabajadores los efectos de la desocupación, el doble empleo, la falta de recursos para sostener la actividad militante.

Tal conjunción diezmó nuestras filas. A las miles de bajas producidas por la represión en los años anteriores se sumaron otras tantas deserciones que, a diferencia de aquéllas, en lugar de abonar nuestro acervo histórico ahondaron heridas y obraron como la herrumbre sobre las vigas que deben sostener la confianza en el compañero.

Por si fuese poco, los intentos de atacar males desconocidos con recursos viejos, provocaron una sucesión de reveses adicionales.

¡Cuántos espíritus generosos e inteligencias con brillo fueron arrastrados por este reflujo histórico que los convirtió en lo contrario!

Que los historiadores contabilicen en el futuro las pérdidas de esta década trágica. Y califiquen nombres y conductas hoy incalificables.

A nosotros nos corresponde, por el contrario, reconocer lo que quedó. Y hallar el modo de recomponer esa fuerza. Porque el sismo que nos golpeó tiene su epicentro en la crisis del sistema que combatimos. A nuestras filas las sacudió, avisándoles acerca de las fuerzas objetivas que no pueden ser neutralizadas con aparatos ni maniobras. Pero a defensores y beneficiarios del capital, les destruyó una por una las columnas del sistema.

Sí: tras una década de sistemáticos reveses, la militancia que quiso y supo resistir, puede observar con confianza el futuro.

Hemos acumulado innumerables enseñanzas teóricas; hemos asimilado una historia que antes pesaba sobre nuestras cabezas como una lápida de mentiras y tergiversaciones; hemos descubierto la diferencia entre los métodos de la acción anticapitalistas y aquellos mecanismos necesarios para sostener y reproducir la ideología de los explotadores; hemos experimentado en carne propia la inviabilidad de fórmulas repetidas para sostener prestigios o aparatos, o simplemente por incapacidad de desentrañar la realidad con las armas de la teoría y la voluntad de la acción. Y si nos observamos con ojos limpios de legañosas mezquindades, si miramos al horizonte en lugar del entorno inmediato, descubrimos que lejos de haber sido aniquiladas, nuestras filas suman decenas de miles, depuradas además de aquellos débiles de corazón y de conciencia que optaron por acomodarse en un rincón del sistema.

Y más importante aún; mucho más importante: si miramos con objetividad veremos que la agudización de la crisis capitalista ha trabajado más que nadie durante esta década para poner a millones de víctimas en condiciones de comprender y asumir una propuesta de lucha anticapitalista.

Como en todo proceso vital, al cabo de un período de grandes cambios históricos tenemos enfrente las fuerzas creadas por el mismo fenómeno cuyos efectos destructivos sobresalieron hasta ahora. Se trata entonces de acometer las tareas necesarias para que tanta potencia acumulada, aunque dispersa al punto de hacerse invisible para la mayoría de sus propios componentes, logre plasmar en expresiones de lo nuevo que pugna por abrirse paso.

Se trata, simplemente, de hacer consciente y visible nuestra propia fuerza. Darle organicidad. Y apuntarla hacia un objetivo preciso: la abolición del capitalismo.

 

Llamado a la acción por el reagrupamiento

Estas son tareas impostergables. Si al agravamiento vertiginoso de las condiciones de vida de las grandes mayorías no se le opone una alternativa clara, intransigente, creíble como tal porque creíbles son las personas y la organización que la levantan, la sociedad argentina rodará sin control por un abismo ya a la vista de quien quiera mirar de frente la realidad.

Por esto, los abajo firmantes, luchadores marxistas de diferentes vertientes, convocamos a trabajar por la realización de una Conferencia Fundacional de un partido revolucionario marxista, comunista, que resulte de la recomposición de nuestras filas actualmente dispersas.

Es posible dar ese paso. De hecho, hay numerosas iniciativas que apuntan a lo mismo y es un reclamo escuchado en todo el país.

Se trata entonces de coordinar esos esfuerzos. Estamos convencidos de que la sola afirmación de una voluntad fundacional con respaldo en un número significativo y representativo de compañeras y compañeros puede obrar como el oxígeno en la sangre para decenas de millares de militantes dispersos y desorientados, anulados por la inexistencia de una organización que los contenga; y para otros tantos jóvenes deseosos de encontrar cauce cierto para sus ansias de lucha.

A partir de allí, alentamos la autoorganización de juntas promotoras en todo el país, que tomen en sus manos la difusión del llamamiento, organicen a su modo el debate y formulen su propia propuesta en relación con el texto original, la cual deberá ser conocida por todos los nucleamientos e individuos empeñados en la tarea, mediante mecanismos que las propias juntas promotoras adoptarán en su momento.

Esta labor preparatoria concluirá con la realización de un primer Encuentro o Conferencia, los días 6 y 7 de diciembre próximo, en lugar a determinar según conveniencias y posibilidades, donde se funcionará según los principios de la democracia directa, es decir, un individuo un voto. De esta manera, en un sentido se iguala a todos los militantes sin partido (hoy la inmensa mayoría) con cualquier fuerza política estructurada; al tiempo que no se niega el papel de organizaciones partidarias o nucleamientos de diverso tipo, dado que podrán pesar en la toma de decisiones en la exacta medida del número de sus integrantes.

Esta metodología no excluye a las organizaciones de tipo partidario. Todo lo contrario. Varias de ellas están formalmente comprometidas en propósitos análogos. La suma de éstas y otras que aún no se han manifestado en este sentido puede ser un acelerador decisivo para la conformación de un partido revolucionario marxista. No se trata de excluir a priori, sino de encauzar una recomposición lo más amplia que la realidad permita. Esto sólo es posible a nuestro entender mediante la constitución de una estructura nueva, sin punto de contacto con la noción de Frente. En un Frente se opera una yuxtaposición de organizaciones, no una recomposición. Esto deja fuera de la capacidad de decisión programática y política a la inmensa mayoría de la militancia. Alienta los acuerdos por compromisos en lugar de definir posiciones y afirmar bases comunes. Y fortalece una dinámica fraccional según las actuales líneas organizativas, en lugar de incentivar replanteos y debates con la participación de toda la militancia partidaria.

La amplitud de la convocatoria, naturalmente, debe tener parámetros. Y para que tenga un sentido práctico realizar tal encuentro, es preciso garantizar un marco básico de acuerdo. Para ello, y como primer paso de esta labor de recomposición, proponemos una plataforma genérica que cada participante deberá asumir responsablemente como condición para participar con todos los derechos. Reproducimos a continuación una propuesta de compromiso básico:

 

Compromiso de acuerdo básico para participar del Encuentro Fundacional de los revolucionarios marxistas

 Yo, ………………………. declaro que:

 I.- Considero que el capitalismo, inmerso en una profunda crisis a escala mundial, no puede ni podrá jamás satisfacer las necesidades elementales del ser humano y que, por lo tanto, la lucha consecuente por los reclamos básicos que hoy aúnan a cuatro quintas partes de la humanidad (trabajo, pan, techo, salud, educación) exige la abolición del sistema y su reemplazo por el socialismo.

 II.- Entiendo por socialista una sociedad en la que los medios de producción y cambio están en manos de los trabajadores libre y democráticamente organizados y autogestionados, quienes a través de sus organismos de masas conducen efectivamente un Estado que garantiza la democracia y los derechos civiles para las grandes mayorías de obreros, campesinos, estudiantes, pequeños y medianos productores, a la vez que ejerce todo su poder de presión contra las fuerzas de la reacción interna e internacional que se le oponen por la fuerza.

 III.- A partir de la experiencia histórica y su síntesis teórica, afirmo mi convicción de que el derrocamiento de la sociedad capitalista sólo puede ser obra de las masas explotadas y oprimidas conscientes de su condición de tales, unificadas en sus propios organismos, ejerciendo democráticamente su protagonismo en la lucha contra el capital.

 IV.- Igualmente, la experiencia histórica y la teoría confirman que el desarrollo de la conciencia de las masas, su organización unitaria según sus intereses de clase y, particularmente, la lucha efectiva por el poder, demandan como condición indispensable que los revolucionarios marxistas, los comunistas, nos organicemos como partido capaz de llevar a cabo esas tareas históricas, adecuando formas y criterios a la realidad y las circunstancias.

 V.- Por causas que no tienen hoy una explicación unívoca e inapelable, el primer intento exitoso de creación de un Estado Obrero comprometido con la construcción del socialismo, nacido de la gloriosa Revolución de Octubre, acabó en la degeneración de su dirección y en el derrumbe de la Unión Soviética, lo cual circunstancialmente volcó las relaciones de fuerzas a favor del imperialismo. Esto redundó en un mayor debilitamiento de las fuerzas revolucionarias en todo el mundo. A partir del rumbo negativo adoptado por la URSS y el retroceso de la revolución mundial la militancia cargó con rémoras de deformaciones ideológicas y políticas; ahora se suma a esto la confusión y en muchos casos la desmoralización. En este cuadro, considero el deber de un revolucionario comunista hacer todos los esfuerzos que estén a mi alcance para contribuir a recomponer las fuerzas marxistas, afirmar las bases de un genuino Partido de lucha anticapitalista, de neta definición marxista, y alentar por todos los medios el estudio, la investigación y el debate franco y democrático para esclarecer las causas del desenlace ocurrido en la URSS, el cual no obstante su grandiosa y catastrófica dimensión actual, entiendo como un momento pasajero en la historia de la lucha de clases internacional, que por ella será asimilado y superado.

 VI.- Dada la confusión ideológica y la disgregación organizativa dominantes en las filas de izquierda, entiendo que una perspectiva seria de recomposición de fuerzas requiere una estricta delimitación, a la vez que se procura la unidad del conjunto de la clase obrera y sus aliados. Mi esfuerzo militante, por tanto, apunta a lograr por un lado la unidad de los revolucionarios marxistas mediante una recomposición de fuerzas rigurosa en todos los planos, y por otro lado a labrar la unidad de la clase obrera como tal y de ésta con todos sus aliados naturales.

 VII.- Esto significa un simultáneo esfuerzo por edificar organizaciones que contribuyan a la unidad social y política de los trabajadores, a la vez que se lleva a la práctica un enérgico plan de reafirmación ideológica, delimitación política y recomposición organizativa entre todos aquellos que nos reivindicamos marxistas, avanzando con prudencia pero sin vacilación ni demora hacia la realización de un Congreso de fundación -o refundación- de un partido de los revolucionarios marxistas.

 VIII.- Tras este objetivo, mi compromiso individual consiste en reafirmar mi carácter de militante revolucionario marxista, comunista, y poner el mayor empeño para que la recomposición de fuerzas transite por carriles objetivos, con base en la discusión de postulados ideológicos, contenidos programáticos, criterios organizativos y políticas concretas.

 IX.- Las profundas heridas producidas en las filas revolucionarias por la deformación del concepto de militante comunista, exigen un replanteo radical del significado de la organización partidaria, sus cuadros dirigentes y su militancia de base. Ese replanteo no debe ni puede partir de acusaciones personales sino de conceptos depurados por la experiencia histórica y su reafirmación teórica. Las responsabilidades individuales por errores, desviaciones y deformaciones del pasado serán juzgadas en términos políticos, con base en el ejercicio efectivo de la democracia de los trabajadores. Y el único tipo de impugnación aceptable para vetar a un/a compañero/a su derecho a emprender el camino de la recomposición de fuerzas y la refundación de un partido de los comunistas será aquél que se apoye en cargos relativos a la moral revolucionaria y la ética militante, debidamente avalados por pruebas fehacientes.

 X.- Entiendo igualmente que como punto de partida en el proceso de recomposición es necesario poner estrictos límites ideológicos y políticos.

 XI.- La oposición al Frepaso y la Alianza, al igual que la negativa a integrar todo y cualquier frente conducido por la burguesía en cualquiera de sus sectores, así como la aproximación con el máximo de respeto y la defensa incondicional frente a todas las direcciones revolucionarias del mundo -y en particular a la dirección del Partido Comunista de Cuba- manteniendo a la vez la más absoluta independencia de criterio y libertad de opinión frente a todos ellos, si bien insuficientes, son parámetros necesarios para dividir aguas entre quienes pueden y quienes no pueden sumarse inicialmente a este proceso.

 XII.- Con base en estos postulados, asisto al Encuentro de revolucionarios marxistas, en el cual ejerceré mi derecho democrático de exponer y/o respaldar posiciones destinadas a traducir la idea general en un plan político que arme táctica y estratégicamente a la militancia para la acción inmediata, en tanto avanzamos hacia la realización de un congreso fundacional del partido de los revolucionarios marxistas.

 

Lugar y fecha:

 Firma:

 Aclaración:

 (Nota: si lo considera necesario, firme con pseudónimo; el reconocimiento de cada participante, de todas maneras, requiere el aval de otros/as dos compañeros/as).

 

Plan de trabajo hasta diciembre

Entendemos que con estos puntos se logra el doble objetivo de consistencia y amplitud. Pero antes de ponerlo en circulación es preciso acordar exactamente en los términos del Compromiso Básico. Esto supone un período preparatorio en el cual individuos y organizaciones dispuestos a emprender la tarea reformulen y definan un texto común y lo rubriquen formalmente.

A partir de allí, habría un instrumento preciso para que en torno a él se formen las juntas promotoras. Será tarea de éstas contactar y organizar a todos/as aquellos/as militantes, grupos y organizaciones dispuestos a trabajar por este objetivo. Y promover la autoorganización de nuevas juntas en barrios, lugares de trabajo, localidades, etc; en la convicción de que sólo una participación plena de cada uno podrá llevar a la superación de la actual dispersión.

Hay, por tanto, una primera tarea de difusión de un cuerpo básico de ideas y de autoorganización en torno a ellas. Dado ese paso, cada junta organizará el debate y la profundización del Compromiso Básico, llegando tan lejos como le resulte posible en la elaboración de lo que entiende deben ser los principios, la plataforma, el programa de acción y los criterios de funcionamiento del partido a fundar.

En la medida en que, por definición, durante este primer período no habrá un centro organizador, la circulación de la producción resultante de este trabajo quedará limitada a las capacidades propias de cada junta. Es previsible que varias publicaciones de mayor o menor alcance se dispongan a brindar sus páginas para que este proceso se lleve a cabo (desde luego, Crítica hace un compromiso formal al respecto). Aun así -y en tanto estamos proponiendo la creación de cientos de juntas promotoras- no es dable garantizar una distribución adecuada a nivel nacional y con garantía de que cada militante involucrado en este propósito reciba los materiales eventualmente producidos en todo el país.

Ese objetivo se podrá alcanzar recién en la Conferencia. Y por eso mismo, este encuentro no podrá ser más que un primer peldaño en la recomposición orgánica de las fuerzas revolucionarias marxistas.

Pero si sobre estas bases se logra reunir un número significativo de militantes de todo el país, y a esa Conferencia se arriba con propuestas concretas presentadas como anteproyectos de Declaración de Principios, Plataforma general, Programa de Acción y Estatuto, allí podrá conformarse, según el voto universal de los delegados, un centro coordinador nacional -y tantos centros regionales como sean necesarios- con el mandato expreso de organizar, según modalidades y plazos que allí se definan, un Congreso Fundacional.

A esto los convocamos, compañeras y compañeros.

Desde estas páginas hemos definido nuestra concepción de partido, pero cabe resumirla ahora, a modo de compromiso formal de nuestra parte.

 

 Un partido a la altura de las nuevas circunstancias

Durante décadas se han acumulado en las filas revolucionarias metodologías y teorizaciones que han confundido naturaleza y carácter de un partido marxista y han impuesto una cultura que debe ser barrida como punto de partida para encarar con seriedad la tarea de edificar una organización capaz de afrontar las exigencias de nuestro tiempo.

Un revolucionario es ante todo un rebelde. La imprescindible disciplina de una organización que pretende enfrentar al poder burgués para vencerlo, no puede contradecirse con este principio elemental. El funcionamiento de un partido revolucionario marxista, por tanto, excluye el adocenamiento, la verticalidad, el ocultamiento o la marginación de las diferencias de cualquier tipo. Y repudia el fetichismo de los cargos directivos y su utilización como principio de autoridad.

El pensamiento burgués concibe la armonía como la ausencia de conflicto; el pensamiento marxista la entiende como un orden superior en el cual la confrontación es parte inseparable de la identidad fundamental. Por lo mismo, los criterios de funcionamiento de un partido revolucionario marxista deben sostener como principio el derecho a la expresión orgánica y formal de opiniones diferentes a las de las mayorías, pero sobre todo garantizar que el paso previo a la afirmación de posiciones y diferencias (es decir, la investigación, la búsqueda y el debate), sea parte de la vida normal de la organización y sus militantes. Esto supone no sólo la admisión, sino el aliento a la existencia de revistas teóricas, publicaciones individuales o grupales, el estudio, la investigación y la defensa de las posiciones a las que se ha arribado.

El pensamiento burgués concibe la diferencia como un choque de individualidades en procura de prestigio y posiciones de poder; el pensamiento marxista la entiende como la parte inseparable de un todo armónico en el constante esfuerzo colectivo por la aproximación a la verdad. Por ello, la pretensión de anteponer opiniones individuales o sectoriales por sobre la que predomine en un determinado momento es tan inadmisible como lo es la idea de acallar voces disidentes o heterodoxas. Quien se dispone a integrar un partido de combate contra el capital, asume como principio el ejercicio inapelable del centralismo, cuya fortaleza reside en la adopción democrática de las posiciones estratégicas y tácticas de la organización y en la elección igualmente democrática de los integrantes de los cuerpos deliberativos y ejecutivos responsables por la articulación y aplicación efectiva de aquellas posiciones.

 

Vanguardia y masas

Está fragmentada y dispersa la primera línea en el combate de clase porque fragmentadas y dispersas están las masas. Una combinación de razones históricas sostiene desde antes del cuadro coyuntural actual esta doble disgregación. La unidad social y política de las masas explotadas y oprimidas es un objetivo estratégico inseparable de la recomposición de fuerzas marxistas. La predominancia de una u otra tarea es una mera decisión táctica. La forma concreta que adopte la unidad social y política de las masas depende de un cúmulo de circunstancias en constante mutación. Por ello, cabe siempre la discusión táctica al respecto. Pero esto supone que todo accionar de los marxistas en función de la recomposición de fuerzas afirmará desde el punto de partida la necesidad de bregar por la unidad social y política de las masas; lo cual a su vez afirma como principio la búsqueda y defensa irrestricta de vínculos políticos y organizativos con las masas y sólo a través de ellas con sus eventuales vanguardias.

Por lo mismo que no todos los revolucionarios son marxistas (lo inverso también es verdad), la condición de luchadores de primera fila no conlleva necesariamente la asunción de una estrategia de revolución social sobre la base de masas conscientes, organizadas y en ejercicio pleno y directo de la democracia. Quienes sí asumimos tal estrategia y concebimos la lucha de clases como un combate mundial de los explotados contra el capital, entendemos la unidad con otros destacamentos de vanguardia como una función de la unidad social y política del conjunto y no como un instrumento para alentar o conducir este objetivo.

 

Espontaneidad y conciencia

Contribuir a la educación y organización de las masas, armar los innumerables instrumentos necesarios para ello, desarrollar esa actividad como eje articulador de todo accionar político, será un objetivo en torno al cual cimentaremos un camino de recomposición de fuerzas. Desde los órganos centrales de agitación, propaganda y elaboración del partido revolucionario marxista corresponde promover la proliferación de publicaciones de todo tipo y envergadura (desde revistas teóricas a boletines barriales o fabriles), centros de estudio, sistematización de conferencias y debates, con el máximo de autonomía y donde los propios participantes definan su grado de aproximación o identificación con el partido de los revolucionarios marxistas.

Subrayar el papel decisivo de la conciencia social para la edificación de una sociedad de hombres libres no supone desestimar el papel de la espontaneidad de las masas en su rebeldía contra la explotación. En épocas normales, el proletariado y el conjunto de los estratos explotados y oprimidos de la sociedad no tienen conciencia ni voluntad revolucionaria. Por ello, en lugar de resolverse gradualmente, las contradicciones se acumulan durante largos períodos en los que las víctimas del capital se someten más o menos mansamente y sustentan con su conducta social y sus ideas el poder de la clase enemiga. En un determinado punto -al cual se arriba con prescindencia de la voluntad de las clases y sus partidos- aquellas contradicciones estallan y rompen las cadenas visibles e invisibles del control social. Es la hora de la sublevación de las masas. Y no necesariamente culminará en revolución victoriosa. Entre los numerosos factores que definirán esa confrontación están justamente la existencia de una instancia de cohesión social y política del conjunto de los explotados; y de una formación de cuadros capaces de asumir el comando del combate con todo lo que esto implica.

 

Historia, presente y futuro

Atravesamos una etapa en la cual la lucha de clases internacional, para hallar un cauce de realización exitosa, reclama una síntesis de más de un siglo de teoría, organización y combate del proletariado moderno. Estudiar y debatir esa historia es una condición para afrontar el presente y el futuro. Pero la historia no puede someterse a votación. Un partido revolucionario marxista no puede tener como condición de pertenencia la unanimidad de opiniones frente a acontecimientos fundamentales del desarrollo humano. Eso equivale a pretender congelar la historia. Y congelar la historia en una opinión única equivale a impedir la reflexión presente y clausurar todo pensamiento proyectado hacia el futuro.

Un partido revolucionario marxista debe levantarse sobre un programa de lucha anticapitalista, principios de acción política y una estrategia para que las masas asuman el poder en sus manos. El ejercicio de la democracia obrera y la participación plena de su militancia, enraizada en la clase obrera y el conjunto de la sociedad, hará el resto. Investigaciones y debates sobre acontecimientos clave de nuestra clase deben ser alentados como parte de la vida normal de la organización. Lo mismo vale para elaboraciones sobre la actualidad o proyecciones futuras. No es tarea de un cuerpo ejecutivo impedir o reglar las expresiones de investigación y búsqueda de respuestas al desafío futuro. Una militancia educada y consciente de sus derechos y obligaciones sabrá poner en su lugar a cada una, cuando en la periódica definición de lineamientos y personas encargadas de aplicarlos, los Congresos, aquella labor teórica se traduzca en propuestas políticas.

 

Pensamiento y organización

Existen hoy numerosos órganos de elaboración y debate teórico-político. La eventual convergencia de sus integrantes en un partido revolucionario marxista no presupone necesariamente su desaparición o fusión en un órgano único. Del mismo modo que es inútil duplicar esfuerzos cuando hay bases suficientemente sólidas para proyectar con mayor amplitud y potencia una labor de elaboración y propaganda, sería erróneo forzar la desaparición de publicaciones distinguidas por rasgos particulares en su posicionamiento respecto de cuestiones teóricas.

La evolución de esas particularidades puede eventualmente llevar a una incompatibilidad con los fundamentos del partido que integran. O pueden resolverse en una síntesis superadora. En cualquier caso, el saldo será de signo positivo para la militancia como individuos y la organización como conjunto: el marxismo es una ciencia crítica; la confrontación lo enriquece: porque su negación es dialéctica y asimila de lo que rechaza, con el doble saldo de un conocimiento más aproximado a la verdad del objeto en cuestión y el fortalecimiento de la conciencia -y por lo tanto la confianza en sí mismo- de quienes intervinieron o siguieron el debate.

Crítica adelanta su disposición a autodisolverse para integrar un órgano común al servicio de un partido revolucionario marxista. Pero esa decidida voluntad no excluye su continuidad si por razones de orden práctico o por diferencias significativas en el plano teórico, aún dentro de los principios y fundamentos que votare un Congreso, considerara necesario su continuidad. Va de suyo que esto mismo lo aplicamos a cualquier otro órgano de investigación, elaboración y debate.

Tanto más en esta coyuntura de convergencia y recomposición que en períodos en los que un proyecto político ha tomado cuerpo en las masas, un partido revolucionario marxista debe estar dispuesto a contener y encauzar diferencias teóricas y/o políticas a través de tendencias cuya adhesión y compromiso con los documentos y el accionar del partido no esté en cuestión y se manifieste en la disciplinada observancia de las resoluciones democráticamente adoptadas por la mayoría en cada instancia partidaria.

 

Manos a la obra

Estos fundamentos no son de una persona, una organización o una corriente: son las columnas históricas forjadas en la lucha obrera por el socialismo.

Miles, decenas de miles de militantes, podemos reconocernos en ellos, hoy, en este país. Es nuestro deber realizar el esfuerzo por darle cuerpo organizativo y capacidad efectiva de accionar político a aquellos fundamentos.

No se trata de deponer posiciones o minimizar diferencias. Sino de probar su consistencia en la fragua del combate social. Dispuestos a defenderlas como minoría si es el caso; y a aplicarlas como conducción de un verdadero partido revolucionario marxista si concitan el respaldo de la mayoría.

El poeta español León Felipe decía desde el exilio:

 «Ya vendrá el viento fuerte

que me lleve a mi sitio

La proximidad de fuertes vendavales se huele en el aire. Cada uno debe elegir cuál es su sitio».

 

Buenos Aires, marzo de 1999

venezuela, brasil, ecuador, paraguay, argentina

Actualidad de la crisis en América Latina

porLBenCR

 

Introducción

Dos circunstancias predominantes hoy en el escenario político mundial anuncian el comienzo de un cuadro de situación radicalmente diferenciado del que rigió durante la década que termina: la cantidad de conflictos entre los diferentes tentáculos del imperialismo ha dado lugar a una calidad diferente: como nunca antes la máxima potencia imperialista, Estados Unidos, ha perdido su capacidad arbitral en casi todos lo terrenos. Y como nunca antes desde la afirmación del imperialismo como fase superior del sistema capitalista, éste toma compulsivamente control directo sobre economías de países dependientes de gran envergadura.

Dicho de otra manera: la agudización de la lucha interimperialista coincide con el agravamiento extremo de las contradicciones entre las burguesías dependientes y el capital financiero internacional, mientras el gendarme mundial comprueba que, para sostenerse en su sitio, sólo tiene respaldo en la ultima ratio del capital: la violencia.

Es igualmente inédito el otro rasgo distintivo de esta coyuntura histórica: la ausencia del proletariado a escala internacional y nacional con un proyecto propio de sociedad futura, en torno al cual sea posible articular la resistencia y preparar una respuesta ofensiva.

Otro factor determinante de la realidad a fin de siglo suma su cuota al descontrol global: ahora sin atenuantes y a la vista de todos, está probado el rotundo y definitivo fracaso de reimplantar el capitalismo en lo que fuera el mal llamado mundo socialista; con el consecuente colapso socioeconómico y político, en magnitudes jamás vistas, de todo aquel sector del planeta.

De la mera enunciación del cuadro surge el carácter extraordinariamente contradictorio de la situación: el capital tiene hoy la iniciativa en todos los terrenos; los conflictos se dirimen exclusivamente en el marco impuesto por sus diversas fracciones; pero estos son de tal magnitud y gravedad, que han roto definitivamente toda posibilidad de arbitraje inapelable, lanzando a unos contra otros en una abigarrada mezcla de insolubles confrontaciones: Estados Unidos, Unión Europea y Japón, como tres bloques imperialistas en mortal combate por los mercados mundiales; Japón contra sus aliados-víctimas del sudeste asiático; Alemania contra Francia en la UE; y diferentes bloques monopólicos entre sí en el seno de la clase dominante estadounidense. A su vez, todos aunados se avalanzan sobre países dependientes de gran desarrollo capitalista y vital peso en la economía regional y/o internacional (Indonesia, México, Brasil, Argentina, entre tantos otros), a los que mediante presiones económicas someten a situaciones comparables a las de un esquema colonial, mientras cada tentáculo metropolitano hiende en las grietas de las burguesías locales para intentar sobreponerse a los demás, en una carrera desenfrenada para expoliar riquezas en magnitudes que sobrepasan por mucho el saqueo colonial durante los cuatro siglos posteriores a la conquista de América.

Aun así, la tasa media de ganancia de las potencias capitalistas no logra recuperarse; la sobreproducción de bienes y los siderales excedentes dinerarios no logran ubicación rentable; se traba el mecanismo de la reproducción ampliada del capital; la recesión mundial pone a la orden del día un crack bursátil al que los analistas burgueses más optimistas comparan con el de 1929; y la depresión económica se levanta como amenaza palpable para el imperialismo.

Las guerras lanzadas por Estados Unidos contra Irak en diciembre y contra Yugoslavia en marzo últimos, los desplazamientos que éstas provocaron mientras Rusia y Brasil ingresaban de lleno en el descontrol económico, resumen este nuevo cuadro mundial.

 

Debilidad del más fuerte

Resulta por demás evidente la enorme diferencia que hay entre la guerra conducida por Washington contra Irak en 1991 y la de diciembre de 1998. En 1991 Estados Unidos formó una coalición con todos los países altamente desarrollados. Nadie rompió el cerco; nadie levantó una voz en contra; todos participaron activamente.

Siete años después, en febrero de 1998, Estados Unidos intentó repetir aquel ataque. Señalamos en aquella oportunidad –Crítica Nº 19- un aspecto que un año más tarde cobra mayor y más clara trascendencia: el gobierno de William Clinton había sufrido una derrota humillante; intentó atacar mediante los mecanismos de las Naciones Unidas y con una coalición como en 1991. Con todo dispuesto, un instante antes de iniciar el ataque, tuvo que suspenderlo porque Francia, respaldada por Rusia, enfrentó a Estados Unidos y amenazó con ejercer el derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. Francia y Rusia adoptaron públicamente esa posición y Estados Unidos se vio en una situación sin salida: si iba al Consejo de Seguridad a legitimar el ataque se ubicaba una alternativa imposible: eran aceptar o desconocer el veto.

Si Estados Unidos lo aceptaba, reconocía ante el mundo que no es más el árbitro inapelable en el mundo. Aceptar el veto era admitir que había una fuerza superior a la de Estados Unidos a la hora de definir cuestiones fundamentales en el escenario internacional. Y si no lo aceptaba rompía a la ONU.

Pero la ONU sigue siendo un instrumento para el control político internacional de Estados Unidos. Entonces apeló a quien ejerce como secretario de las Naciones Unidas; lo envió en una misión ficticia que aparentara la negociación de una paz urgente. Y con esa escenografía, retrocedió. Fue una derrota diplomática humillante y de enorme trascendencia.

Desde luego, ese paso atrás no terminó con el conflicto. Nueve meses después, Washington lanzó su operación por fuera y en contra de la ONU. Primero atacaron y después informaron. Francia y Rusia hicieron explícita su oposición ante todo el mundo.

Este giro de los acontecimientos tiene rasgos más marcados en el caso de la agresión contra Yugoslavia. Tras muchos meses de vacilaciones y desacuerdos, otra vez -y por las mismas razones- Estados Unidos se lanzó a la guerra contra Yugoslavia mediante la Organización del Tratado del Atlántico Norte, eludió a las Naciones Unidas y violó las leyes internacionales que aceitaron el orden mundial desde el fin de la segunda guerra mundial, es decir, durante el período de supremacía indisputable de Estados Unidos en el mundo capitalista, donde era árbitro inapelable.

 

Reaparición masiva de posiciones antimperialistas

En este cuadro general, resurgió un sentimiento antimperialista encarnado en movimientos masivos con predominancia de jóvenes. Cuando el auge de banalidades derivadas del equívoco concepto de globalización daba por muerto y sepultado al imperialismo y su contraparte, sostuvimos que el resurgimiento impetuoso de contradicciones con los centros metropolitanos era inexorable. Y que si esto no era contemplado en una estrategia de lucha anticapitalista, aquella fuerza de honda raigambre y extraordinario poder potencial sería desviada y capitalizada por ideologías y propuestas políticas ultraderechistas. Ya en marzo de 1998 se pudo verificar la irrupción de esta fuerza en un área determinada: el Sudeste Asiático. En aquella oportunidad adelantamos que esa ola antimperialista se manifestaría también en Medio Oriente. Plasmo allí con las movilizaciones masivas contra la agresión a Irak. La ola de odio antiimperialista pasó muy rápidamente del Sudeste Asiático con dirección oeste. Y no se detuvo. Algunos días antes, esa misma fuerza que está barriendo el planeta aunque muchos no la vean todavía, se manifestó en Venezuela.

 

Derrota imperialista en Venezuela(1)

Las elecciones en Venezuela en noviembre pasado equivalen a un verdadero terremoto político. Para comenzar, y con prescindencia del curso que tome la situación en aquel país, la victoria del Polo Patriótico encabezado por Hugo Chávez constituye una derrota del imperialismo y la burguesía local.

Venezuela tiene 40 años de institucionalidad regular, sin conflictos mayores y en todo caso resueltos dentro del marco institucional. Durante esos 40 años dos partidos mayoritarios, sobre la base de una abstención que llegó a niveles increíbles, obtenían casi la totalidad de los votos en las disputas presidenciales. Durante 40 años se mantuvo en Venezuela esta situación.

El 6 de diciembre hubo elecciones y estos dos partidos que durante 40 años estuvieron turnándose en el poder se vieron obligados, cuatro días antes de las elecciones, a retirar sus candidatos a presidente. ¡Cuatro días antes de las elecciones! Ambos partidos apoyaron a un candidato a presidente que surgió contra ellos y ganó espacio denunciándolos por corruptos.

El pánico hizo presa de las diferentes facciones de la burguesía local y de todas las ramas del imperialismo, específicamente de Estados Unidos. Compelidos por ellos, Acción Democrática -sección venezolana de la socialdemocracia- y la Democracia Cristiana -sección de la estructura política vaticana en aquel país, allí denominada Copei- retiraron sus candidatos para apoyar a un advenedizo que, desde las trincheras de la burguesía y el imperialismo, los demolía con sus denuncias.

El resultado fue que, todos juntos, obtuvieron el 39,9% de los votos, contra el 56,3 del candidato contrario, Hugo Chávez, quien no tenía partido, no tenía estructura, no tenía tradición en la lucha electoral. Tenía simplemente notoriedad por un acto político particular, que después vamos a considerar.

De esta manera toma cuerpo un conjunto de fenómenos manifestados en términos electorales, donde lo menos importante es lo electoral a pesar de que los resultados sean tan extraordinariamente contundentes. De hecho el 6 de diciembre murieron los dos partidos que gobernaron Venezuela durante 40 años y perdió por mucho el intento de imponer un nuevo partido del capital, apoyado por las dos estructuras tradicionales. Y ganó una coalición recientemente formada.

 

Otra etapa histórica continental

Está claro hace tiempo que en América Latina no hay partidos. Los que aparecen como tales, no lo son. Es la ausencia de alternativa lo que permite que ellos sobrevivan. Pero ya no son partidos en el sentido histórico de la palabra. Son aparatos vacíos de fervor popular, sostenidos exclusivamente por la corrupción, repudiados pasiva o activamente por 9 de cada 10 ciudadanos.

No se trata sólo de Venezuela. Lo más importante de lo ocurrido allí es que muestra que la asunción del programa de crisis capitalista por parte de los grandes movimientos burgueses nacional populistas -el PRI en México, el APRA en el Perú, el MNR en Bolivia, el peronismo en Argentina, etc- completa la demolición de estas organizaciones, en curso desde hace por lo menos tres décadas. La misma razón aniquila a variantes socialdemócratas cuando existen, o les cierra el paso cuando se intenta edificarlas como salida de emergencia.

Aquellas fuerzas populistas contuvieron a las masas latinoamericanas durante más de medio siglo. Pero ya han desaparecido, aunque sus siglas estén todavía gobernando en más de un caso. Y las masas latinoamericanas, las masas obreras, campesinas, la juventud, los marginalizados, no reconocen ninguna pertenencia política.

Desde Crítica hemos defendido la idea de que ante esta situación se plantea una disputa estratégica por el control de las masas entre tres grandes corrientes.

Pero, en circunstancias críticas, dos de ellas se aúnan contra una tercera. Esas tres grandes corrientes son el marxismo, la socialdemocracia y la democracia cristiana. La democracia cristiana y la socialdemocracia tienden necesariamente a unirse contra el marxismo en este combate estratégico, cuya duración y formas concretas es imposible prever: puede resolverse en poco tiempo o prolongarse; puede tener diferentes instancias de frente único con corrientes de esos poderosos aparatos o plantear un combate frontal.

¿Qué fue el Frente Grande en Argentina sino la manifestación evidente de que el radicalismo y el peronismo no contenían a las masas? Ese surgimiento impetuoso, extraordinario y para muchos sorprendente del Frente Grande, que arrolló a los dos partidos mayoritarios en algunas elecciones… ¿qué es sino la demostración de que esos partidos ya no tienen capacidad para contener a las masas? ¿Y qué es sino la alianza de la socialdemocracia y la democracia cristiana contra el marxismo lo que transforma este fenómeno en el Frepaso primero y en la Alianza después?

Claro, hay otra cuestión: ¿dónde estuvo el marxismo dando el combate? No estuvo, ciertamente, en los partidos que se llaman marxistas. Sea porque no vieron el fenómeno, sea porque fueron absorbidos por él. Organizaciones de escasa dimensión no pueden librar el combate político. Pueden dar (si es que pueden) el debate ideológico, el debate teórico. Pero no pueden dar el debate en la calle, el combate político, y ganar a las masas.

Por eso ese desplazamiento a derecha (Frente del Sur, Frente Grande, Frepaso, Alianza), sin resistencia en el plano de masas. Pero ese ciclo terminó. La elección interna de la Alianza el 29 de noviembre, con la victoria de un candidato ultraconservador, le puso la lápida. Y es justamente cuando termina ese ciclo que se produce el terremoto político en Venezuela.

No hay ninguna casualidad aquí. Esta sincronía está revelando fuerzas muy profundas y está revelándonos que estamos de lleno ante una nueva situación. No importa que cuando ocurre algo tan importante como la agresión a Irak, o como tantas otras cosas que afectan en todos los órdenes a las masas en Argentina, éstas continuen quietas. Eso, por duro que sea coyunturalmente, no cambia el hecho de que el rechazo masivo, la voluntad de edificar algo nuevo, la rebelión potencial, está latente; como está el árbol en la semilla.

Pero en Venezuela ya se manifestó. No como fue el caso de las elecciones legislativas en 1993, con la gran irrupción electoral del Frente Grande (aunque, vale la pena señalarlo, también en Venezuela hubo anteriormente este tipo de victorias parciales a través de otras expresiones político-ideológicas). En este caso no es un gobierno local, no es una elección legislativa. No: es la presidencia del tercer o cuarto país más importante de América Latina, que además es el segundo proveedor de petróleo de Estados Unidos.

En ese país es donde la manifestación de la ausencia de los partidos produjo un resultado político que catapulta una fuerza nueva. Es la primera cuestión a enfatizar cuando se estudia el resultado de las elecciones en Venezuela.

Para analizar la situación y tomar posición no cabe partir de los rasgos psicológicos, de las tradiciones personales, de las particularidades individuales del Sr. Chávez. No. Corresponde partir de la certeza de que Chávez es fruto de una situación general. Y esto es lo que importa en primer lugar: la crisis mundial del capitalismo, su múltiple impacto en el plano regional, su manifestación en un país clave del continente, han producido un quiebre institucional irreversible.

Sí: irreversible. Esto no se revierte por vías normales. No es que mañana tienen una nueva elección y gana un nuevo partido. Eso pudo ocurrir en Nicaragua, por ejemplo; o en Haití. Pero no ocurrirá en Venezuela. Es posible tener las mayores dudas respecto de lo que va a pasar en aquel país. Pero pesan ante todo algunas certezas determinantes: esto no se resuelve en términos institucionales.

Lo que nos interesa antes de nada es establecer un método de aproximación a los fenómenos políticos y sociales. Nosotros tenemos un cuadro mundial, tenemos un cuadro regional y tenemos un momento, una etapa histórica determinada. En esa etapa histórica tenemos una situación de masas particular en un país determinado, que ha dado como resultado una coalición muy amplia que incluye desde la izquierda reformista (que allá se llama MAS y que es un ala de la socialdemocracia), hasta los revolucionarios marxistas, pasando por distintas formas populistas y por diversas variantes de izquierda cristiana de organización social y política. Aunque su expresión oficial fue arrasada, la iglesia está involucrada en este movimiento. Esta amplitud tiene la fuerza que ganó electoralmente en Venezuela.

¿Quién es el que cataliza y representa hoy esta fuerza naciente? El ex teniente coronel Hugo Chávez. En torno de Chávez se formó un partido que se llama Movimiento V República. Y ese partido, con el resto de fuerzas políticas de izquierda reformista, populistas, de izquierda revolucionaria y organizaciones cristianas, formaron el Polo Patriótico que ganó las elecciones.

En Argentina y en todo el mundo se ha hecho una campaña teledirigida por Estados Unidos para convencer a la opinión pública mundial de que Chávez es un «golpista»; un«carapintada». Chávez encabezó un golpe contra un gobierno constitucional, es verdad. Entonces eso lo hace un golpista.

 

Caracterizar con bases objetivas

En términos gramaticales es así: una persona que intenta dar un golpe es un golpista. Pero en términos políticos es otra cosa.

Los carapintadas se levantaron una y otra vez en armas para evitar que los militares fueran juzgados y condenados por sus crímenes durante la dictadura. Esa fue la causa por la que tomaron las armas. Ni siquiera pretendían tomar el poder.

Chávez se levantó para tomar el poder. Fuera de dudas, buscó el poder mediante un golpe militar. Pero no se alzó en contra de las masas o de un reclamo democrático, sino como prolongación de un movimiento de masas muy amplio, con centro en la juventud y los estudiantes, que en un determinado momento produjo una insurrección en la capital de Venezuela, el Caracazo, ahogada mediante una feroz represión por parte del gobierno constitucional. Es sugestivo que ese gobierno constitucional estuviera en manos del presidente de la internacional socialista en América Latina, Carlos Andrés Pérez.

Poco después Pérez fue destituido y encarcelado por ladrón. Las consignas que levantó Chávez en su asonada: fueron contra el gobierno de ladrones y de represores. Y a diferencia de lo que pasó durante los pujos carapintada en Argentina, donde hubo movilizaciones de masas (recuérdese la Semana Santa de 1987) contra la sublevación militar, allá hubo movilizaciones de masas en respaldo de la rebelión encabezada por Chávez.

En cuanto a la identificación de Chávez con los carapintada, ocurre porque efectivamente tuvo relaciones con este sector. Intervienen aquí una serie de cuestiones, pero el hecho es que, efectivamente, hubo por lo menos dos encuentros con este sector. Hasta donde podemos saber, se trató de una operación de la CIA, uno de cuyos hombres es Mohamed Alí Seineldín, que tiene como asesor o mentor ideológico a Lindon Larouche, un reconocido agente de la CIA que desde hace años trabaja sobre militares latinoamericanos. Tuvieron otros puntos de apoyo aquí. E intentaban al parecer una operación destinada a cooptar por el lado del carapintadismo argentino a ese movimiento militar que había nacido en Venezuela. Aunque no contamos con información, se puede suponer que, por parte de Chávez y su equipo, estaba la intención inversa: encontrar un punto de apoyo en las filas militares argentinas. Luego de dos viajes de Chávez a Argentina, la relación aparentemente se cortó y Seineldín condenó a Chávez como agente castrista, acusación que haría pública recientemente, durante la campaña electoral, cuando estuvo claro que éste ganaría las elecciones.

Esto no quiere decir que en ese grupo que intentó el golpe en Venezuela -Chávez, obviamente, no hizo solo aquella sublevación militar y carecemos de información detallada al respecto- no pueda haber gente ideológicamente asimilable a lo que son los carapintadas aquí.

Presumiblemente, entonces, tenemos de un lado una operación de la CIA y de otro la intención de Chávez de cooptar para su proyecto bolivariano y latinoamericanista, según su propia definición, a una parte del ejército de Argentina es decir, de tener una política para los militares latinoamericanos. Si esto está bien o está mal, si tiene o no tiene futuro, es otra discusión. La haremos -con el rigor que requiere- en el futuro inmediato. Pero lo que no es posible es calificar al movimiento con la analogía golpista-carapintada. Eso, sencillamente, no es serio.

Pero si no tuviéramos estas informaciones, si no supiésemos nada de todo esto, nuestro modo de aproximación al movimiento encabezado por Chávez no cambiaría un ápice. Nuestro criterio para tomar posición frente a un fenómeno político es preguntar y responder: ¿dónde están las masas? ¿qué posición política adoptan quienes las dirigen en relación con las demandas fundamentales de las masas? Este es nuestro modo de aproximación.

Nuestro punto de partida no es preguntar o hacer conjeturas respecto de si es marxista o no es marxista. (Sabemos bastante bien qué han hecho y hacen personas que se autodenominan marxistas de las más diversas variantes: no es el nombre lo que define una política).

Claro: nosotros vamos a estudiar y analizar con el mayor cuidada qué clase de ideología tienen Chávez y su movimiento. (Vale recordar que no estamos desprevenidos al respecto: enCrítica Nº 11, es decir a mediados de 1995, publicamos un discurso de Chávez. Conviene releerlo, ahora que él es presidente, entre otras cosas para comprobar que Crítica no corre detrás de los acontecimientos). Pero no será la ideología autoproclamada de un individuo o una organización la que determine nuestro posicionamiento.

Para nosotros el planteo es: tenemos un movimiento de masas y un líder (aunque no sería correcto centrar la mira en una persona) de carácter ecléctico en todos los sentidos.

Los documentos del Movimiento V República incluyen una declaración de principios y un programa que son exactamente esto: eclécticos; no definen nada de manera taxativa. Particularmente cuando se habla de economía. El programa alude a una economía humanista; que es lo mismo que decir nada. Aparte el significado filosófico preciso del término (sobre el que reina una enorme confusión), hay que decir que las economías no son humanistas o antihumanistas. Las economías son a favor de una clase y en contra de otra o viceversa; están basadas en la propiedad privada de los medios de producción y la ley del valor, o en la propiedad colectiva y la planificación; están a favor del capital o en contra del capital.

¿Por qué este eclecticismo del MVR? Puede haber muchas explicaciones. Que no haya acuerdo interno; que se quiera engañar a las masas; que se quiere engañar al enemigo de las masas. Son tres posibilidades entre tantas otras posibles. No hay por qué interpretar hoy, sin elementos objetivos suficientes, la voluntad subjetiva de Chávez. Si lo hiciéramos estaríamos cometiendo un acto de irresponsabilidad. Sabemos que el programa es ambiguo. Podemos tener conjeturas -y las tenemos. Pero no se puede hacer política con base en conjeturas. Se hace política sobre hechos y sobre dinámicas sociales encarnadas en fuerzas políticas. Metodológica y políticamente no es correcto tener hoy una opinión concluyente ante un fenómeno cuyas fuerzas componentes recién han comenzado a manifestarse y desplegarse.

Ahora bien, en el programa económico, en medio de vaguedades, se dicen algunas cosas que despiertan interés. No se dice, por ejemplo, que no se va a pagar la deuda externa. Durante la campaña, según toda la prensa comercial Chávez proclamaba que no iba a pagar la deuda. Resulta que el programa de gobierno no dice que no va a pagar la deuda.

¿Qué dice en relación con la deuda? No haremos hoy el análisis crítico que requiere la Declaración de Principios y el Programa de gobierno. Esa es una tarea a realizar sin demora, pero que exige un reconocimiento directo sobre el terreno. Porque, insistimos, no es sobre textos o declaraciones que se apoya nuestra posición. Con esa aclaración, veamos lo que el MVR sostiene oficialmente sobre la deuda externa:

«Un análisis comparativo entre el monto de la deuda externa y nuestras potencialidades de ingresos de divisas nos lleva a la conclusión de que estamos ante un problema solventable. Sin embargo, examinaremos la reestructuración de los pagos estimados para los próximos cinco años por presentar los montos más elevados en un período difícil para nuestras cuentas externas. Entre las opciones a considerar se encuentran:

• Recompra de la deuda externa en los mercados financieros internacionales.

• Conversión de deuda por capital, planteando oportunidades para negocios en el país.

• Reestructuración de la deuda con organismos multilaterales o mecanismos bilaterales.

• Negociar un período de gracia para algún porcentaje de la deuda,

que permita solventar las dificultades de la coyuntura.

• Negociar nuevos préstamos para comprar deuda contraída, y así mejorar el perfil y el cronograma de pagos.

La deuda pública interna será honrada y serán respetados los compromisos de la República. Las acreencias de los trabajadores del Estado serán adecuadamente satisfechas».

La lectura de este texto deja claro que, tal como está, en los próximos cinco años la deuda no se puede pagar; pero no lo dice de modo explícito. Y abre variantes que quedan en completa dependencia del curso de los acontecimiento.

Después el documento dice dos cosas: «El Estado mantendrá la propiedad de sus dos más importantes empresas energéticas, Petróleos de Venezuela y Electrificación del Caroní y privilegiará la estabilidad y formación de sus trabajadores, profesionales y gerentes»; o sea, no van a privatizar. Eso dice el programa. Y desde luego no equivale necesariamente a que se cumpla. Pero está establecido como compromiso y es exactamente lo contrario de lo que exige el imperialismo a todos los países del área.

El MVR hace otra afirmación importante, ya no en el orden económico sino en el plano político. Y en nuestra opinión la clave está aquí, en la bisagra para pasar del gobierno al poder:

«convocatoria y realización de la Asamblea Nacional Constituyente, instancia político jurídica que originará un nuevo marco institucional para la refundación de la República, la reestructuración del Estado y el establecimiento de un nuevo consenso político y social.

«Asamblea Nacional Constituyente que relegitimará los poderes del Estado, estableciendo con claridad las funciones y límites de cada uno, así como la garantía de su independencia equilibrada y del respeto a los derechos humanos individuales, económicos, sociales y las libertades públicas.

«Este proceso permitirá sentar las bases y lineamientos de un Estado eficiente, rector de las políticas, promotor y estimulador del desarrollo, que garantice la paz interna, la justicia social y la seguridad jurídica mediante un Poder Judicial autónomo e imparcial y un Congreso genuinamente representativo. Ese Estado también debe garantizar la conservación del medio ambiente y la buena gestión de los asuntos públicos, así como desarrollar mecanismos de interacción, reglamentación y mediación. Un Estado que devuelva a la sociedad formas de participación hoy confiscadas por un esquema centralizador y que disponga de una Administración Pública ágil, flexible, de cara al ciudadano, orientada hacia el logro de objetivos y no al control de procedimientos».

Un punto de importancia mayor es el modo de elección de los diputados constituyentes:

«El sistema electoral para elegir a los integrantes de la Asamblea Nacional Constituyente debe ser nominal, combinado con fórmulas que permitan la representación de las minorías». Y a continuación se coloca otra barrera clave al afirmar: «El cargo de constituyente es incompatible con el ejercicio de cualquier otro destino público o privado». Como culminación del proceso, la Declaración adelanta la magnitud de la empresa: «Después de la Fase Asamblearia, todos los poderes públicos, incluyendo la Presidencia de la República, deberán relegitimarse, adecuándose al nuevo marco constitucional».

No hay espacio para la duda: la lucha es por el poder. ¿El poder para quién? cabe preguntar. La posibilidad de un bonapartismo militar está objetivamente planteada. Pero, aparte de que las condiciones internacionales y locales no ayudan a tal perspectiva, hay tendencias objetivas y posiciones políticas en otra dirección. En los textos hay párrafos que aluden explícitamente a la participación de las masas en la vida política. Pero lo verdaderamente importante de este fenómeno no está en los textos. Está en la dinámica que aparentemente pretende imponerse a la situación social, tendiente a la movilización, la organización y la participación de las masas. Habrá que verificar si esto se cumple o no.

También se enumera una serie de medidas para combatir la pobreza y la desigualdad en la distribución de la riqueza.

En cuanto a esto, una cosa es decirlo cuando se es candidato y otra decirlo cuando se es presidente. Y no solamente para un burgués.

Venezuela está en una situación catastrófica. Según dice la propia plataforma de gobierno del MVR «el 80% de la población está en situación de pobreza y el 46% en situación de pobreza estructural y pobreza extrema o indigencia. Esta situación está comprometiendo cada vez más las posibilidades de desarrollo humano del país».

Este no es un problema fácil de resolver; además hay que tener en cuenta que se ha llegado al gobierno por elecciones. Es difícil -subrayémoslo: extremadamente difícil- incluso si se ha llegado al poder por las armas; es decir, si primero se ha acumulado la fuerza y el enemigo ha sido derrotado en combate. Pero hay que insistir en esto: se ganó una elección. Y hasta donde estoy enterado, ninguna revolución se hizo por elecciones. Aunque las elecciones pueden abrir un camino. Este puede ser el caso. Habrá que seguir paso a paso el proceso para verificar si lo es o no. Y contribuir en aquello que nos sea posible. Porque nosotros no somos observadores ni comentaristas.

Otro de los puntos que plantea Chávez es revitalizar la OPEP. Esto tiene algo que ver con Irak y con la guerra. Para Estados Unidos esto significa que mañana se le plantan los países productores de petróleo nuevamente, porque como hemos visto la situación es dramática para todos ellos, no importa la ideología de sus gobernantes, no importa la línea política que hayan aplicado hasta ahora: esos gobiernos perdieron ingresos en una proporción de de 20 a 7. Tienen que hacer algo. Y lo van a hacer(2).

 

Táctica y estrategia: 
no hay política revolucionaria, sin teoría revolucionaria

Una organización revolucionaria debe saber de antemano que este tipo de fenómenos ocurren con carácter de necesidad; porque no estudia la superficie de los acontecimientos sino la dinámica de los acontecimientos.

Hace cuatro años -todos lo saben- estábamos en el mejor de los mundos. No había ningún problema para el sistema. Rusia era capitalista y desde luego gran aliada de Estados Unidos. Todo era una maravilla y muy pocos en las filas de izquierda creían que hubiese una crisis capitalista. Allí están los documentos del XIX Congreso del PCA (y está también nuestra respuesta), para probarlo. Por el contrario, nosotros decíamos que había una crisis capitalista muy profunda, la describíamos y en la conclusión se decía(3):

«Este panorama confirma que ha cobrado actualidad una crisis en el cuerpo político del imperialismo con base en una severa disrítmia en el corazón del mercado mundial (Estados Unidos, Europa Occidental y Japón) para la cual el capital no tiene otra medicación posible que un saneamiento profundo, muy drástico, de la economía de los países altamente desarrollados, lo cual presupone violentos choques en cuatro planos:

# de las potencias imperialistas entre sí

# de las burguesías imperialistas contra sus propios trabajadores (revitalizando la lucha de clases dentro de los países imperialistas)

# del imperialismo y las burguesías asociadas contra los trabajadores de los países subdesarrollados y dependientes (incluyendo ahora en esta categoría a las repúblicas de la ex URSS y a los países del ex Pacto de Varsovia)

# de los países centrales contra los pueblos de los países subdesarrollados y dependientes».

En Venezuela tenemos ahora la plasmación de estas cuatro formas de conflicto y confrontación.

¿Por qué los países imperialistas deben mantener tan extraordinariamente bajo el precio del petróleo? Porque para sostener la tasa de ganancia, los dos factores principales sobre los que pueden operar son los precios de las materias primas y los precios de la mano de obra. Si no pueden bajar más los precios de las materias primas, tienen que bajar los salarios de sus propios obreros. Y cuanto más bajan los precios de la mano de obra, más agudizan la confrontación de clases al interior de sus países. Está a la vista en Venezuela esta contradicción. Como también lo está la contradicción obvia de la burguesía venezolana contra los trabajadores venezolanos y la contradicción de Estados Unidos con los trabajadores venezolanos y buena parte de la burguesía de aquel país.

Lo mismo vale para la burguesía argentina. Porque estamos hablando de Venezuela, pero si bien la circunstancia política es diferente, la sustancia es exactamente la misma.

Cuando viene Estados Unidos -el FMI- y dice: «hay que privatizar el Banco Nación», no se está enfrentado solamente con los trabajadores de Argentina. Está poniendo de punta a más de la mitad de la burguesía local y está creando una contradicción que necesariamente tiene que manifestarse y que se va a manifestar. Y que en Venezuela ya se manifestó.

Entonces, el movimiento chavista -así lo llaman allá- ese Polo Patriótico, tiene todas estas contradicciones dentro. De manera que si viene un superizquierdista a la moda y nos explica que efectivamente el movimientos de Chávez es un movimiento nacionalista burgués, va a encontrar elementos en la realidad para justificar lo que dice. Y si viene uno de aquellos acostumbrados a ponerse siempre del lado del que gana (hasta que pierde) que dice Viva Chávez, y contrarrevolucionario el que no siga incondicionalmente a Chávez, va a encontrar una cantidad de elementos para fundamentar su posición.

Y nosotros vamos a rechazar a ambos. Porque no tenemos una visión mecánica de las cosas; no tenemos una visión en blanco y negro de los fenómenos. Este fenómeno es blanco y es negro. Y el color históricamente resultante va a depender de la lucha, del combate y naturalmente de los hombres que corporicen esa lucha y ese combate.

¿Cómo se desempeñará Chávez en esto? No lo sabemos. No tenemos la menor idea. Claro que pesa, seguro que pesa, el hecho de que este dirigente vaya en una u otra dirección. La actitud individual de los hombres en estas circunstancias no es secundaria. Pero en la conducta futura de Chávez pesará más lo que pase en el conjunto social que lo que él quiera o piense hoy. Y no solamente por lo que pase en Venezuela. También por lo que ocurra en el resto de los países.

Para terminar, reiteremos que éste es un fenómeno en el cual plasma la dinámica del mundo en su conjunto y de América Latina en particular: eso es lo que ha tomado cuerpo en Venezuela.

A partir de ahora se desata en aquel país una lucha ideológica, una lucha política y probablemente una lucha armada. Porque hasta cierto punto el imperialismo va a esperar. Después de ese punto va a poner en movimiento sus resortes en las fuerzas armadas. Washington va a fracturar las fuerzas armadas y va a plantear algún tipo de intento de golpe de Estado. Y si hay dudas objetivamente fundadas sobre muchas cosas, en este plano no hay espacio para dudar: si el imperialismo y sus socios venezolanos hacen un intento de golpe de Estado, los vencedores en las elecciones no se van a quedar mirando al cielo. Está planteada esa posibilidad.

Tenemos que entender que el fenómeno es extraordinariamente complejo, que no tiene un curso definido. Tenemos que partir de la base de que en Venezuela no hay un partido revolucionario marxista con tradición, con fuerza, con cuadros. Y que esta ausencia se va a hacer sentir con mucha fuerza. Será muy fácil de hoy en más levantarse y decir «esto no se hizo»«esto está mal».

Pero nosotros no somos profesores de política. Hay buenos profesores de política en la UBA y algunos de ellos son también parte de la Universidad de los Trabajadores; pero nosotros hemos elegido otra cosa: somos militantes. Observamos los fenómenos sociales y políticos con la voluntad de ser parte de ellos y queremos se protagonistas de su transformación en dirección a la revolución socialista. No estamos acá para decir esto está bien, aquello está mal, éste no sabe, éste sí sabe, éste es un traidor, aquél… no, eso es ajeno a nuestra conducta, a nuestra concepción, a nuestra metodología y a nuestros más elementales sentimientos.

Quienes nos conocen saben que no acostumbramos callar nuestras opiniones, por difícil que sea sostenerlas. No lo haremos tampoco en este caso. Pero no dictaminamos a distancia, como profesores: luchamos en todos los planos, como revolucionarios.

 

Desafío continental

No termina en Venezuela esto. Crítica ha expuesto desde su primer número la crisis económica mundial, pero repitámoslo: la crisis desatada en julio del año pasado no terminó y se profundizó.

En este cuadro, la existencia de un gobierno de estas características en Venezuela cambia la situación latinoamericana y seguramente va a contribuir al resurgimiento de los sentimientos antiimperialistas, no necesariamente anticapitalistas, menos aún marxistas, pero antiimperialistas, objetivamente anticapitalista y sin duda anti Estados Unidos.

Las masas ven al FMI dando órdenes en todos lados. Ese sentimiento de rechazo generalizado en toda América Latina, coincide con la instalación en un país clave de un gobierno que se ha proclamado estandarte en la confrontación contra el imperialismo, por la unidad latinoamericana, bolivariano y revolucionario. Son dos fuerzas que pueden establecer una interacción que acelere y agudice todas las contradicciones.

Además -y no es un detalle- hay otro gobierno, que no es solamente antiimperialista y que no es ecléctico: el de Cuba.

Se abre una nueva fase en nuestra historia. Estamos de lleno en una fase que, desde luego, viene gestándose desde hace mucho y desde hace mucho hemos anunciado. Pero ahora es actual.

Para afrontarla cobra también actualidad la propuesta de un bloque antiimperialista continental, partidos de masas de los trabajadores, con pluralidad ideológica pero con firmes definiciones políticas contra el imperialismo y la explotación. Y también como parte inseparable de un todo estratégico, la recomposición de las fuerzas revolucionarias marxistas y la organización de partidos revolucionarios marxistas.

En Crítica y otras publicaciones hemos afirmado una posición teórica y una estrategia política. Pero estas batallas nunca se ganan en el papel.

 

Brasil: el gigante arrodillado(4)

Sin siquiera máscaras que disimulen su papel, los centros imperiales se adueñaron también de Brasil. A la vez que obró como un síntoma más de la inconsistencia en el equilibrio de la economía mundial, la devaluación de la moneda brasileña mostró con crudeza impar el cambio cualitativo que viene produciéndose en los países cínicamente llamados emergentes: de condicionar economías dependientes, el imperialismo pasa a la utilización de esa dependencia para ocupar puestos de conducción política directa. Desde esos puestos de comando instrumenta políticas destinadas a sostener niveles de rentabilidad del capital financiero internacional suficientes para mantener, todavía por un tiempo, el bamboleante edificio de nuevo orden mundial.

El penoso espectáculo ofrecido en los últimos diez años por la clase dominante de Argentina, reiterado a partir del colapso en el sudeste asiático en Korea de Sur, Indonesia y otros países del área, se repite en este país continente, séptima economía mundial, con 160 millones de habitantes y la capacidad objetiva de arrastrar, en su temida caída, al sistema financiero internacional.

Tal vez no se justifique, pero el cuadro aparece más patético aún por el hecho de que, en lugar de un individuo como el que desde la Casa Rosada juega el papel de dócil empleado del gran capital extranjero, en el Palacio del Planalto de Brasil resida un reconocido y culto sociólogo de larga trayectoria: con su abyecta conducta, Fernando Henrique Cardoso parece estar reflejando el derrotero de toda una generación de «intelectuales progresistas» en América Latina.

 

Giro reaccionario

La historia reciente es conocida. Ya a mediados del año pasado, con el colapso de la economía rusa, se hizo evidente que el atraso cambiario de la moneda brasileña no podría resistir. Pero estaban por delante las elecciones. Y Cardoso concurría para la reelección en la presidencia.

Cuatro años antes, en una maniobra impensable en otras circunstancias, el conjunto de la burguesía brasileña -y el imperialismo en todas sus versiones- se alinearon tras Cardoso para impedir lo que, seis meses antes de los comicios, se adelantaba como la segura victoria de Lula, candidato del Partido de los Trabajadores. A la sazón el PT había aprobado un programa de transformaciones de fondo y en su último Congreso había visto cómo la radicalización de la sociedad se transmitía a la estructura de este partido de masas, llevando a la dirección a su ala más radicalizada.

Había buenas razones para que la ultraderecha y todo el espectro reaccionario de las clases dominantes brasileñas adoptaran como candidato a este sociólogo progresista. Que Cardoso y su recientemente fundado Partido Socialdemócrata de Brasil (PSDB) aceptara semejante compañía también tiene, desde luego, razones de peso y larga data, sobre las que debieran reflexionar las personas bienintencionada que tienden a procurar el mal menor en estos momentos de zozobra.

Como quiera que sea, el hecho es que en 1994 Cardoso derrotó a Lula. Y, desde luego, aplicó el programa exigido por el frente burgués que lo catapultó al poder. Una violentísima ofensiva económica contra las masas y en especial beneficio de las empresas transnacionales, comenzó a cambiar la dinámica social dominante desde que los militares debieron comenzar a recorrer el prolongado camino que los llevaba a abandonar el poder, a comienzos de los años 80. Cardoso, el más progresista entre los intelectuales renombrados de Brasil, fue la bisagra para ese cambio fundamental.

Y el movimiento arrastró también al PT. Desde luego en este proceso de desenlace penoso y vergonzoso para los principales protagonistas, pesó el cuadro internacional que le hacía de telón de fondo: el derrumbe de la Unión Soviética y la estampida en masa de dirigencias de izquierda, intelectuales y activistas políticos, hacia posturas dictadas por la desmoralización, la confusión y la renuncia. Pero no cabría disculpar con este cuadro general a las cabezas responsables de una extraordinaria fuerza política con definiciones socialistas y aval de masas por la suerte corrida por el PT: nunca las batallas tienen una definición a priori. Es el combate el que decide. Y es la no asunción del desafío, de la histórica confrontación planteada a la vanguardia brasileña en aquella instancia, lo que decidió la victoria de la burguesía y, ante todo, del imperialismo.

Así, tal vez con la derrotada huelga de los petroleros en 1995 como hito simbólico, se revirtió la dinámica social brasileña. De años de sistemática y creciente radicalización, concientización y organización, el país de mayor gravitación en Sudamérica pasó exactamente a lo inverso.

Algunos dirigentes del PT fueron arrastrados por esta invisible fuerza social. Otros contribuyeron consciente y militantemente con ella, y se ubicaron en la cresta de la ola de reacción. Otros fueron vencidos, al menos en la coyuntura histórica.

En la superficie, mientras tanto, reinaba la estabilidad. El real sostenía su precio con leves correcciones, aunque desde luego perdía sin cesar su valor, aumentando la brecha entre realidad y apariencia. Pero el fin del flagelo de la inflación -como en Argentina- fue un valor suficiente para millones de trabajadores agobiados por años de demencial carestía. Y así se instauró una dialéctica negativa entre las masas y sus direcciones. Resultado: en la Central Unica de los Trabajadores (CUT) se impusieron las tendencias más conservadoras y muchas de las personas más comprometidas con políticas de conciliación de clase, cuando no directamente corruptas. No son pocas las excepciones que rompen esta regla. Y no sería inteligente minimizarlas y desechar no sólo su significación histórica, por haber dado la batalla contra esta ola de reacción, sino su potencialidad para un futuro cercano. En el PT, ocurrió otro tanto. Y lo mismo vale para observar y valorar las expresiones contrarias a esta dinámica, que continúan constituyendo bastiones de conciencia, organización y lucha para el presente y el futuro.

Una nota discordante en este concierto reaccionario fue la irrupción del Movimiento de los Sin Tierra (MST), donde la combatividad en el accionar concreto y la radicalidad de su demanda esencial consecuentemente planteada, contrapesa en un sentido el hecho de que, en términos políticos, se expresa en última instancia a través de un PT devaluado por la explícita política de conciliación y cogobierno de la crisis asumida por la mayoría de su Dirección Nacional.

 

La historia no se repite

Este decurso en favor de la asimilación al sistema capitalista no es nuevo en la historia del movimiento obrero internacional. El socialista Friedrich Ebert encabezaba el gobierno que asesinó a los hasta poco antes miembros de su partido Rosa Luxemburgo y Karl Liebnecht, para luego ahogar en sangre obrera la crisis del capitalismo alemán, no puede ser olvidado sin pagar las consecuencias. Lo mismo ocurrió -con trazos menos dramáticos- con toda la socialdemocracia internacional.

Pero es nuevo, sí, el grado y la escala de la crisis de la economía capitalista mundial, la confrontación entre los centros imperiales y la descomposición de sus gerentes.

Por ello, es más que improbable que puedan sostenerse por mucho tiempo en sus sitiales quienes hoy son aclamados como héroes en la prensa burguesa brasileña, por su papel sindical o político para predicar e imponer la conciliación, la rendición y el abandono de todos los principios con los que hace 19 años se fundó el PT -y con los que alcanzó sus más resonantes éxitos.

El mejor maquillaje no podría cambiar el rostro histórico de la dirigencia socialdemócrata. Pero es un hecho que ella dominó en Europa durante la mayor parte del siglo. Quienes repiten aquella conducta no tendrán siquiera ese dudoso mérito. Porque, como queda subrayado en Brasil, el capitalismo no tiene margen para conceder a quienes en representación de los explotados y oprimidos acuden a su socorro.

 

Desfalco en nombre de la democracia y la estabilidad

Pero volvamos a los antecedente inmediatos de la situación actual. Como quedó dicho, aun a la vista del desfasaje cambiario, del impacto de la crisis en Rusia y los efectos múltiples de esta situación para la economía local, la burguesía respaldó la indefendible política de sostener el real, para garantizar la reelección de Cardoso.

Esto es tanto más significativo porque a diferencia de las clases dominantes de Argentina (y de otros países con economías menores) la burguesía brasileña, por su envergadura, tiene a la vez mayor necesidad y más posibilidades de limitar la embestida brutal del capital financiero internacional, que además de agravar al extremo las condiciones de vida y de trabajo de las masas, roba porciones crecientes de la plusvalía que el capital local extrae de sus obreros, se apropia de empresas en todos los sectores y ajusta sin cesar el nudo de la crisis en torno del cuello de la propia gran burguesía.

Como en Argentina, México, Venezuela, etc., el imperialismo llevó a cabo esta operación concediendo -en una primera fase, y sólo en una primera fase- grandes porciones del negociado fabuloso que fueron las privatizaciones de empresas y servicios públicos. No obstante la magnitud sideral de las ganancias que la burguesía local embolsó por estos conceptos, es evidente que el saldo la afecta históricamente. Pero ni las más escandalosas operaciones contra la economía del país parecen haber conmovido a los barones del capital brasileño.

La demora en ajustar el tipo de cambio -que, subráyese, afectaba duramente a los exportadores locales- produjo una fuga de alrededor de 50 mil millones de dólares entre agosto del 98 y enero del 99. Por mucho que buena parte de esos capitales sean de propiedad de brasileños, es un precio demasiado alto para reelegir a un candidato, es decir, para impedir que asuma el otro (Lula). Pero fue pagado, con protestas apenas audibles, por el frente burgués que otra vez se alineó tras Cardoso para que éste volviera a derrotar a Lula (Tal el miedo que le tiene el capital a la dinámica que desataría -no sólo en Brasil- un gobierno del PT, incluso con las posiciones de la actual mayoría en la dirección). La estabilidad, desde luego, era la condición de esa victoria.

Mientras tanto, la deuda externa y sobre todo la deuda interna, crecía a ritmo demencial y para poder retener a los prestamistas, subían sin control las tasas, hasta llegar a más del 50% anual! (Para tener una idea: la tasa de interés de los bonos del Tesoro de Estados Unidos son de poco más del 5%; la tasa real anual en Europa es del 3% y en Japón es negativa). Durante el período del Real, la deuda pública en títulos creció un 424%. Paralelamente, desde diciembre del 95 se habían vendido empresas del Estado por unos 85 mil millones de reales; de esa suma, 30 mil millones fueron para pagar la deuda. En noviembre del 98 la deuda interna sumaba sumaba 378 mil millones. Tras la devaluación, se la estima en un equivalente a 270 mil millones de dólares. El total de la deuda pública representaba en noviembre pasado el 41,9% del PBI. No está calculado el porcentaje luego de la devaluación, pero se lo estima en más del 50%. Según el ministro de Hacienda Pedro Malan, la intención es «estabilizar la deuda en el 46,5% del PBI para el 2001». Pero Malan, como se verá, no parece estar en condiciones de hacer ningún pronóstico.

Este endeudamiento sin control es la contracara necesaria de la estabilidad. Lo mismo vale para Argentina, aunque el proceso ocurra de otra manera y en otras dimensiones.

El costo es irracional antes aun de traducirse plenamente en costo social. Según datos oficiales, durante 1997 el país pagó 45 mil millones de reales (en esa fecha casi a la par con el dólar) sólo por intereses de la deuda. De enero a noviembre de 1998 se habían pagado 65.740 millones de reales. Ahora, con la devaluación y el aumento extra de las tasas, los montos a pagar durante 1999 son incalculables. Estimaciones creíbles indican que este año para pagar los compromisos externos e internos en divisas el Estado tiene un déficit de 59 mil millones de dólares. Esto es: durante 1999, los prestamistas extranjeros o locales deberán concurrir con esa suma al tesoro nacional o… Cardoso deberá dejar de pagar; asumir de hecho una moratoria de la deuda (*). Otra manera de reducir esa cifra sería que una parte de la deuda interna (la que no está indexada con respecto al dólar) fuera devorada por una hiperinflación. Aún así, dado que la porción no indexada es relativamente pequeña, el Estado no resolvería el peligro de tener que declararse en situación de no pagar a sus acreedores. En cualquier caso, está abierta la posibilidad de una suba inflacionaria de proporciones hoy imprevisibles pero que no excluye la hiperinflación. Ya los precios de la canasta familiar han aumentado en el orden del 20%; para enero, oficialmente se registra un alza de precios del 3,3%. La FIESP (Federación de Industria del Estado de São Paulo) indica que la producción industrial cayó el 1,9% en 1998. Estimaciones de los más diversos orígenes coinciden en prever que el PBI brasileño caerá durante el año en curso en más del 5%. Ya disminuyó en 60 mil el número de obreros de la industria automotriz.

A la fecha, el dólar cuesta 1,92 reales. Hay consenso en que el precio justo debería ser entre 1,60 y 1,70. Pero se espera que luego del feriado de carnaval continúe en alza. Una misión del FMI, que al mejor estilo argentino de los últimos tiempos vino y se instaló durante una semana en los edificios oficiales de Brasilia (Malan tuvo la curiosa iniciativa de dar una conferencia de prensa conjunta con el vicepresidente del Fondo, Stanley Fisher, en la que éste hizo exigencias tales como recortar gastos, aumentar tasas, etc, mientras el ministro sonreía), se fue sin anunciar acuerdos en las medidas planteadas como condición para liberar el segundo tramo, por unos 9 mil millones de dólares, del préstamo de emergencia por 42 mil millones con el que socorrió al gobierno de Cardoso antes de que éste fuera reelecto y mientras se fugaban del país… 50 mil millones.

 

Zarpazo imprevisto

Nadie -y menos que nadie los operadores de las grandes finanzas internacionales- dudaba que el real debía ser devaluado en considerables proporciones luego de las elecciones. Pero lo que sí resulta dudoso es que los grandes empresarios y los políticos a su servicio supusieran lo que ocurriría con la devaluación. Porque, he aquí que luego de que el Banco Central decretó la flotación cambiaria y el dólar pasó de 1,2 reales a alrededor de 2, en dos semanas fue cambiado por segunda vez el presidente del BC y el 2 de febrero fue designado como titular… un empleado de George Soros!

Que el embajador de Estados Unidos en Argentina participara en las reuniones de gabinete del gobierno peronista cuando se inició la fase final del saqueo generalizado es sin duda un rasgo sorprendente de los tiempos que corren. Pero que un especulador internacional dirija a través de uno de sus empleados la política monetaria de un país como Brasil… excede el límite de aceptable como «normalidad institucional».

El ministro Malan se opuso a todos estos últimos movimientos. Perdió sin atenuantes. Un ala llamada «desarrollista», personificada en el ministro de Salud, José Serra, ha sido aplastada por esta última ofensiva. A Serra se le atribuye la condición de portavoz de la FIESP. Es impensable que con esta derrota termine la batalla.

A estar por la prensa, sin embargo, tras un primer momento (24 horas) de estupefacción y rechazo, dirigentes empresariales, políticos, periodistas y analistas, morigeraron su gesto de repulsa, bajaron el tono de su protesta, comenzaron a marcar el paso. Sería interesante saber qué ofrece a cambio en flamante presidente del BC. (El día en que se redacta este informe, la prensa local trae una noticia que difícilmente pueda sorprender a nadie, pero que en todo caso es imposible de digerir una vez hecha pública: el economista estadounidense Paul Krugman denuncia que el viernes anterior a la asunción del empleado de Soros en BC, éste compró «grandes cantidades de títulos de la deuda externa de Brasil» cuando estos caían a toda velocidad mientras se difundía el rumor de que habría feriado cambiario y se decretaría una moratoria que el propio presidente incentivó al anunciar, el sábado 30, que «no habrá moratoria»).

 

Crisis política

Como es obvio en el cuadro descripto, el país ha ingresado en un estado de crisis política con pronóstico imprevisible.

No puede sorprender que esta crisis no se manifieste en demandas sociales y movilizaciones de masas encabezadas por las organizaciones sindicales y el PT, sino mediante una forma singular: la rebelión de los Estados (provincias), encabezados por el ex presidente Itamar Franco, actual gobernador de Minas Gerais, el segundo Estado en importancia económica y política de la Federación.

Franco desató el mes pasado una confrontación que está lejos de resolverse cuando se negó a pagar las deudas del Estado con la Federación. Inmediatamente se le sumaron otros cinco gobernadores, todos ellos de oposición. Hay que recordar que entre estos se cuenta el de Rio Grande do Sul, cuyo gobernador, Olivio Dutra expresa un PT en el cual -en ese Estado- las tendencias de izquierda del partido suman más del 70% (la campaña de Dutra fue boicoteada con los peores métodos por la derecha del partido a nivel local, que naturalmente tuvo para ello el apoyo de la prensa burguesa).

Como quiera que este componente le da al bloque de gobernadores un carácter complejo, es obvio que la confrontación se da en el terreno de la clase dominante y su disputa interna. Es decir: pese a la naturaleza de la crisis económica, pese a la existencia de un PT que obtuvo un alto porcentaje de votos y pese a la existencia de poderosas organizaciones sindicales, la burguesía mantiene hasta ahora sin disputa la iniciativa política.

Franco es la vanguardia indiscutible de esta confrontación. Luego de haberse declarado en rebeldía frente al gobierno nacional, se negó a pagar un compromiso externo de Minas Gerais, obligando a Brasilia a cubrir en su lugar la factura para evitar un nuevo recalentamiento de la crisis con los capitales especulativos. Para contrapesar, el BC congeló los fondos del Estado de Minas en todos los bancos del territorio nacional. Franco apeló a un gesto que ni siquiera en una personas tan peculiar como él puede pasar como mera extravagancia: convocó a una reunión secreta a los mandos de la policía militar, emitió una proclama en la que con tono épico convoca a «los montañeses» (identificación de los mineros en las antiguas luchas internas de Brasil) frente al ataque del gobierno central y alentó movilizaciones juveniles y populares en apoyo de su actitud.

La prensa conservadora lanza rayos y centellas contra Franco. Y en ningún sector del espectro consultado se interpreta esto como expresión de una fracción de una burguesía que se prepara a resistir en toda la línea a la nueva situación simbolizada con el empleado de Soros al mando de las cuentas nacionales. Con las reservas del caso, nos permitimos disentir de esta opinión generalizada: con carácter de necesidad esto debe ocurrir. Que sea o no Franco su abanderado, que sea en continuidad de esta rebelión de seis Estados o por cualquier otra vía, nuestra caracterización general de la situación internacional y latinoamericana encuentra en hechos como los descriptos una confirmación de un agravamiento de la lucha interburguesa e interimperialista que no puede dejar de tener consecuencias y que, para alarma de quienes comprenden lo que esto significa, expresa la iniciativa de la burguesía y la pasividad, la confusión -y en algunos casos algo peor- de las fuerzas que deberían representar a la clase obrera y al pueblo.

 

El papel actual de la CUT

El impacto de la devaluación y la inmediata caída del giro económico sobre los trabajadores fue tremendo. Sólo la empresa Ford decidió el despido de 2800 obreros. Es innumerable el número de empresas que cesantearon y a la vez redoblaron la explotación mediante rebajas salariales y la aplicación de diversas formas de «flexibilización» allí donde no se había logrado imponerlas. Pero conviene focalizar en el conflicto de Ford para tener una idea de lo que ocurre.

En este caso, se conjugan de una manera difícil de sopesar los factores negativos y los positivos. Cuando se conoció el despido de 2800 obreros, la planta fue tomada, con participación de las familias de los trabajadores. Y se intentó continuar con la producción. El rol de las mujeres y los chicos, sin ser completamente nuevo, imprime un tono diferente a esta lucha. Mientras tanto, la dirección del sindicato (afiliado a la CUT, y en San Bernardo, cuna de las grandes huelgas metalúrgicas y del PT), negociaba una solución con la patronal.

Según informes confiables, durante un período largo las bases querían linchar a sus dirigentes cuando éstos, para resistir medidas de flexibilización o despidos, convocaban a luchar. Ese período parece haber terminado y no sólo en Ford: en otras seis fábricas importantes, ante planteos de flexibilización o despidos, se logró realizar plebiscitos y en estos se impuso la oposición a la flexibilización en cinco de los seis casos.

Pero si en la clase se comprobó un cambio en cuanto a la combatividad y la actitud general frente al chantaje patronal, en la dirección sindical el cambio se dio en sentido inverso.

La dirección del sindicato de metalúrgicos de San Bernardo ha superado en esta oportunidad todo lo imaginable, incluso para quienes saben qué son los burócratas sindicales en Argentina. El 3 de febrero se llegó a un acuerdo tras 48 días sin producir (sumando vacaciones, licenciamientos y los días de ocupación). El acuerdo firmado por el sindicato y presentado como una gran victoria (al parecer un sector del propio movimiento obrero lo entiende así) abre un paréntesis hasta el próximo día 22, cuando se replantea la negociación de los despidos. Hasta el 12 se abrió una lista de retiros voluntarios. Luiz Marinho, presidente de los metalúrgicos de ABC, aclamado por la prensa más reaccionaria, explica que a partir del 22 no se discutirá sobre 2800 despidos «porque optarán por el retiro como mínimo 900 obreros». Además (hay que respirar antes de leer esto) «más de 700 dejarán la empresa, porque ya no tenían interés en luchar por sus empleos como los demás». El sindicato se compromete explícitamente a contribuir para hallar a los postulantes al despido encubierto. En consecuencia «será más fácil negociar en torno de los 1200 restantes».

Esto no es todo: este individuo, miembro además de la dirección de la CUT, se abocó a una sucesión de entrevistas con autoridades gubernamentales, incluido Cardoso, a fin de obtener descuentos en los impuestos a la producción automotriz. Lo consiguió. Y una nueva oleada de loas ocupó a periodistas, analistas y políticos que saludan la «madurez» de esta dirección. Faltaba algo: Marinho viajará a Estados Unidos para reunirse con las autoridades de la casa matriz de Ford y explicarles que (cita textual del artículo publicado en O Estado de São Paulo, 14/2) «La empresa se equivocó en la elección del mix de producción (solamente autos populares, con bajo margen de ganancia, mientras que el Escort pasó a ser montado en Argentina y los modelos más sofisticados fueron importados)».

No contento con asesorar a los economistas de la casa central de la Ford (conocemos de cerca el papel ridículo de dirigentes sindicales que pierden todo contacto con la realidad en su afán por agradar a los de arriba y sentir que lo tratan como un igual), Marinho coronó su ignominiosa conducta con una propuesta que hoy domingo mereció el principal título de tapa del principal diario del país «Líder de la CUT está contra el salario indexado». En su declaración Marinho explica que es preciso evitar la inflación a todo precio y por ello se opone a la suba de salarios.

Por azar, en la misma primera plana en que reproduce los argumentos de Marinho, O Estado de São Paulo anuncia que el precio del diario pasa de 2 a 2,50 reales y explica, con riguroso apego a la realidad económica, por qué no tiene otro remedio que hacerlo.

Con esta línea de acción, el dirigente de la CUT asume la posición de otra central, Fuerza Sindical, explícitamente patronal y dirigida por los peores burócratas del período anterior a la fundación de la CUT y abre una crisis interna en la CUT, no ya con la izquierda, sino con la mayoría de la actual mayoría en la dirección (Articulación sindical).

Por otro lado, como se ha adelantado, no sólo existen seccionales y direcciones intermedias que mantienen los principios clasistas y la voluntad combativa en la CUT, sino que en su interior hay corrientes organizadas con tales posiciones. Y si bien desde nuestro punto de observación no se percibe una política que logre aunar esas fuerzas y llevar adelante el combate ideológico, político y organizativo planteado, es previsible un aumento en la lucha social y, al compás y con el grado de exigencia que ésta presente, un debate que exceda el marco sindical.

 

El PT

En ese sentido, tiene la mayor importancia recordar que dentro del PT la mayoría de la actual dirección lo es sólo con el 51% de los votos. El peso de la izquierda es muy grande y en varios puntos tiene sólida mayoría. Pero la izquierda misma no tiene cohesión ni presenta a la vista un programa de acción capaz de unificarla tras una política común en oposición a la actual dinámica de la mayoría.

Desde diferentes ángulos se admite que la convivencia de estos dos grandes bloques dentro de un mismo partido es, a término, imposible. Pero desde ambos se vacila a la hora de tomar una decisión. La derecha, consciente de la fuerza numérica y política que tiene la izquierda, ha optado por un trabajo de desgaste, busca la explosión de conflictos puntuales y la salida de grupos relativamente pequeños. Pero no toma ninguna iniciativa mayor. Desde la izquierda, sobre la premisa de que las decisiones en el ámbito propio se toman con total prescindencia de la política oficial del partido -e incluso se hacen públicas con este criterio- se teme una ruptura que la deje al margen de lo que es hoy, fuera de toda duda, el punto de unidad social y política de los explotados y oprimidos del país.

Mientras tanto, se ha formado un suerte de «coordinación», denominada Consulta Popular, que incluye a los Sin Tierra, un sector de la iglesia y la llamada Articulación de Izquierda (escisión de la antigua mayoría partidaria). La tesitura de esta Consulta Popular es permanecer -por el momento- dentro del PT, pero no dar la batalla interna y abocar todos los esfuerzos al trabajo de base y la organización propia. Las otras tendencias de izquierda no participan de esta Consulta Popular.

La dirección actual reconoce sin tapujos que no tiene trabajo de base ni estructura partidaria, y que su única fuerza reside en la figura histórica del partido apoyada en el aparato formado por los parlamentarios, gobernadores, etc (ámbito en el cual, téngase en cuenta, también la izquierda tiene puntos de apoyo significativos).

¿Cómo se desarrollará esta confrontación? Obviamente, la palabra de mayor peso la tendrá el curso de la crisis económica y política que por el momento, recién comienza. No hay que descartar que antes de julio el gobierno se vea en la obligación de declararse insolvente. Esto desataría una crisis política que podría plantear la caída del actual gobierno. Si el bloque de gobernadores o alguna otra articulación de la burguesía puede presentarse como solución y, como es previsible, arrastra a la actual mayoría en la conducción del PT, la situación de la izquierda sería extremadamente difícil: no podría permanecer bajo la actual dirección sin embarcarse abiertamente en una política contra las masas, y a la vez tendría dificultades serias para plantear una política por fuera del PT, puesto que en ese cuadro no tendría la iniciativa.

Prepararse para ganar esa iniciativa antes de que los hechos lo hagan impostergable sería lo deseable, pero hasta donde podemos ver, no hay un plan en curso para eso. Si Consulta Popular lo tiene, no es evidente para la masa de activistas y cuadros en franca rebeldía contra la política de la mayoría en la dirección del PT.

De tal modo, parece evidente que, de una parte, mucho de lo que aquí ocurra estará en dependencia de la marcha espontánea de la crisis y, de otra, que el desarrollo -negativo o positivo- de las fuerzas revolucionarias marxistas en la región pesará en la resolución de este combate que, en sustancia, es el que la vanguardia afronta en Uruguay, Argentina y Paraguay, para limitarnos al área más inmediata.

 

Rebelión de masas en Ecuador(5)

Por segunda vez en poco más de un año, una sublevación de masas puso al Estado ecuatoriano al borde de la desarticulación. El asesinato del dirigente sindical Saúl Cañar en octubre pasado, continuidad de una ola de violencia contra campesinos, obreros, estudiantes y militantes políticos, mostró ya un clima social presto a retomar la línea de manifestaciones masivas que culminó con la destitución de Abdalá Bucaram.

Desde el comienzo mismo del año en curso esa tendencia se hizo más marcada. Y es en este cuadro que el 17 de febrero, mediante un grupo comando de inequívoca filiación parapolicial, fue asesinado Jaime Hurtado González, diputado nacional por el Movimiento Democrático Popular. Junto a este conocido militante cayeron abatidos su sobrino Wellington Rojas y su reemplazante como diputado alterno, Joel Tapia, también integrante del MDP.

Estos crímenes enervaron al conjunto de la sociedad. El sábado 20 un tumultuosa reunión de organizaciones de diverso tipo (Frente Popular, Frente Unitario de Trabajadores, Coordinadora de Movimientos Sociales, organizaciones de Derechos Humanos, de los pequeños comerciantes, Coordinadora de Organizaciones Populares, Coordinadora Política de Mujeres, etc), debatió y acordó un plan de lucha. «Luis Villacís, presidente del Frente Popular, pidió a los asistentes que con el puño en alto ratifiquen la decisión de ir a una huelga general Por la Vida, Contra el Crimen y la Impunidad. La respuesta fue unánime», afirma el periódico En Marcha.

Según esta publicación, que responde al Partido Comunista Marxista Leninista de Ecuador, «A propuesta del Frente Popular, se aceptó que el paro se extienda por 48 horas y se conforme una Comisión de Vigilancia sobre las investigaciones policiales conformada por personas de amplio respeto y confiabilidad. Iván Narváez, a nombre de los trabajadores de la Federación de Trabajadores del Petróleo y de la Coordinadora de Movimientos Sociales, habló de la importancia de reconocer y respetar las diferencias de opinión que pueden haber entre las organizaciones populares, como requisito para la unidad. (…) Narváez informó que los trabajadores petroleros en una demostración de alta conciencia para defender la empresa estatal, renunciarían al incremento salarial con la condición de que esos recursos se entreguen al magisterio nacional».

Finalmente se acordó un plan de lucha que culminaría con un Paro Nacional Preventivo para los días 10 y 11 de marzo. La huelga se llevó a cabo con altos niveles de acatamiento, tal como lo reconoció con evidentes signos de alarma la prensa comercial.

Al hacer el balance de la medida de lucha, el Frente Patriótico reclamó la renuncia del presidente Jamil Mahuad, para dar paso a un «gobierno de concertación nacional». Según los portavoces del FP -hegemonizado por el PCMLE- cabría a tal gobierno «definir un nuevo modelo de desarrollo alternativo al neoliberalismo», con consignas tales como suspensión de las privatizaciones y los incrementos de los precios de los servicios básicos; y moratoria del pago de la deuda externa.

Esa misma noche, convenientemente alentado por Washington, Mahuad intentó apagar el fuego arrojando más combustible a la protesta: habló al país para anunciar un brutal paquete de medidas económicas típicas de las órdenes dadas por el FMI. Una nueva marejada de indignación recorrió al país. El FUT llamó a la desobediencia civil. Los campesinos organizados declararon otro paro nacional y organizaciones indígenas convocaron a un «levantamiento nacional» que de inmediato comenzaron a poner en práctica con cortes de rutas, barricadas y luchas de calles en prácticamente todo el país.

El gobierno declaró el estado de emergencia; se difundieron noticias relativas a hondas fracturas en las fuerzas armadas, rebeldía en jefes intermedios contrarios a asumir la represión y preparativos de golpe de Estado.

Desde Washington le había llegado a Mahuad el siguiente telegrama: «Hemos pedido al embajador Alexander que regrese a Quito, de sus vacaciones lo más pronto posible. Confiamos en que todo el sector político trabajará conjuntamente con el Gobierno (…) Estados Unidos alienta los esfuerzos del presidente Mahuad para instituir las reformas económicas (…) Esperamos que el Gobierno concluya su trato con el FMI (…) Es un momento para buscar consensos y no ventaja política partidista». Se trata de la misma fórmula utilizada por la Casa Blanca para afrontar la crisis idéntica en sustancia en todos los puntos cardinales.

Durante el segundo día de la huelga -horas antes de los explosivos anuncios del presidente- tuvo lugar un hecho político significativa: se constituyó el Congreso del Pueblo, integrado por una amplísima gama de organizaciones sociales y políticas. Al hacer el balance de la huelga y describir el cuadro de situación, este bloque presentó un programa considerablemente articulado. Convencidos de que el debate teórico y político lo requiere, reproducimos fragmentos del documento:

«Esta situación de inestabilidad hace el juego a los afanes golpistas de sectores de ultraderecha, que recurren cada vez más a la violencia, con grave riesgo para la débil y restringida estabilidad democrática. Esta realidad requiere un cambio profundo. Exige el concurso de todas las fuerzas sociales y políticas que claman por una salida democrática, en defensa de la vida de todos los ecuatorianos. Para lograrlo, convocamos a la Iglesia, los medios de comunicación, las Fuerzas Armadas, las universidades y escuelas politécnicas, los empresarios, los actores sociales y las fuerzas políticas democráticas con el fin de impulsar un verdadero Acuerdo Nacional, que nos permita, en forma urgente, enfrentar la crisis sin descuidar nuestros graves problemas estructurales y que, de ninguna manera, puede ser manipulado como respaldo al actual modelo neoliberal. Acuerdo Nacional que debe dar paso a un proceso de transformaciones profundas de las actuales estructuras socioeconómicas y políticas.

Por lo tanto proponemos:

1. Parar la violencia, la agresión de grupos paramilitares nacionales o extranjeros, y la creciente represión estatal, así como rechazar la presencia de cualquier tipo de base militar extranjera en el territorio nacional, (…) esclarecimiento y el castigo de los asesinatos del diputado Jaime Hurtado y sus compañeros, así como del sindicalista Saúl Cañar (…) libertad inmediata de todos los detenidos en las jornadas de lucha de los días 10 y 11 de marzo.

2. Defender la plena vigencia de los derechos democráticos y libertades públicas, el respeto de los derechos humanos y la vida del pueblo; así como la vigencia, respeto y devolución de los derechos laborales, de libre asociación, contratación colectiva, reclamación, huelga y estabilidad laboral.

3. Defender y consolidar un auténtico sistema democrático, oponiéndose a cualquier intento de desestabilización institucional y toda forma autoritaria de gobierno.

4. Luchar en forma efectiva contra la corrupción, mediante una agenda concreta y evaluable, en la cual debe haber una activa participación de la sociedad.

5. Propiciar, como parte del amplio diálogo nacional, que incluya a todos los sectores de la sociedad, la definición de un nuevo rumbo socioeconómico.

Para enfrentar la actual crisis económica hacemos los siguientes planteamientos puntuales, destinados a reducir la inflación y simultáneamente reactivar el aparato productivo, sobre bases de equidad

y sustentabilidad:

1.1 Ingresos

a) Reforma tributaria:

– Restituir el Impuesto a la Renta (…)

– será deducible del pago del

– Eliminar las exenciones al IVA, excepto en alimentos y medicamentos.

– Establecer un impuesto progresivo a los vehículos privados de lujo (…)

– Legislar la prisión para los evasores (…)

– Sancionar a quienes especularon con el dólar u obtuvieron ganancias

ilegítimas, antes y a partir de la flotación (…)

b) Aranceles

– Eliminar las exenciones aduaneras (…)

– Erradicar la corrupción (…)

c) Política petrolera

– Suspender inmediatamente las mezclas de crudos que ocasionan pérdidas de cientos de millones de dólares al país.

– Vender el crudo liviano de Petroecuador a las empresas extranjeras que quieran mezclarlos con su propia producción.

– Entregar petróleo liviano a la Refinería de Esmeraldas para mejorar la producción de derivados en cantidad y calidad con el consiguiente ahorro de divisas.

– Vender sin intermediarios el petróleo de Petroecuador.

– Priorizar el transporte de crudo liviano por el Oleoducto Transecuatoriano.

– Revisar la contratación petrolera con las empresas privadas con criterios económicos, sociales y ambientales.

– Corregir las causas de la drástica reducción de los impuestos a las compañías extranjeras (…)

d) Política de precios de la energía

– Suspender el incremento mensual de precios de los derivados del petróleo y de las tarifas de la electricidad, sustituyéndolo con reajustes trimestrales, que tengan criterios económicos, sociales, ambientales y no sólo fiscales; impidiendo que estos precios y tarifas superen el nivel internacional.

1.2 Egresos

a) Reestructuración del servicio de la deuda pública

– Plantear con firmeza en el contexto internacional una suspensión

temporal del servicio de la deuda externa (…)

– Alentar todas las campañas internacionales para el logro de condonación masiva de la deuda externa de los países subdesarrollados y el cobro de la deuda ecológica (…)

b) Racionalización del gasto público

(…)

2. Sistema monetario y financiero

a) Establecimiento temporal de un sistema de control de cambios

– Definir un adecuado presupuesto (…)

– Controlar la tenencia de divisas por parte de los bancos privados.

– Rechazar enérgicamente la convertibilidad como mecanismo orientado a profundizar el modelo neoliberal.

b) Reducción de las tasas de interés

(…)

– Modernizar y capitalizar al BNF y la CFN.

– Entregar directamente créditos al sector productivo –con tasas de interés reales, pero diferenciadas-, priorizando a los artesanos, los pequeños comerciantes, las microempresas, así como a las empresas pequeñas y medianas del campo y la ciudad (…)

– Establecer un tratamiento financiero preferencial a las nacionalidades indígenas.

– Conceder líneas de crédito en dólares a los exportadores directamente a través de la CFN.

– Atender preferentemente las necesidades financieras de los pequeños y medianos productores agrícolas de la Costa afectados por el fenómeno de El Niño.

– Diseñar y aplicar una política agraria integral, que garantice la seguridad alimentaria, así como condiciones de trabajo dignas a los campesinos y las campesinas.

c) Reforma del sistema financiero

– Consolidar instituciones fuertes que funcionen exclusivamente como entidades bancarias o como casas de valores, definiendo en cada caso sus funciones específicas (…)

4. Reforma del Estado

(…)

5. Política salarial

– Proceder a la inmediata unificación salarial.

– Establecer una política salarial dinámica y justa para fortalecer la demanda interna, garantizando los pagos puntuales de los haberes de todos los trabajadores.

– Rechazar cualquier congelación o reducción de salarios a los servidores públicos, salvo de aquellos directivos y consultores con ingresos en dólares.

– Cumplir con los compromisos legalmente adquiridos para hacer realidad las mejoras salariales al magisterio.

– Ampliar el monto y la cobertura del «bono solidario», transformándolo en un derecho que garantice el ingreso vital mínimo de todos los ecuatorianos.

6. Reforma a la seguridad social

(…)»

Más allá de la imprescindible consideración minuciosa de cada punto de este programa, importa sobre todo la concepción que lo determina, plasmada en la consigna gubernamental: «un Gobierno de Salvación Nacional, que estaría conformado por las organizaciones populares, representantes de los movimientos indígena y negro, por los partidos políticos de oposición, representantes de las iglesias y de las Fuerzas Armadas», según la formulación del periódico En Marcha.

No hay respuestas lineales para una confrontación social de tamaña envergadura. Y es preciso partir de la certeza de que cualquier fórmula de gobierno puede, en sustancia, tener diferentes concepciones de poder. Por otro lado, no es sino con el máximo de respeto y consideración ante quienes están involucrados valientemente en el combate que puede hacerse un análisis de los hechos.

Con tales basamentos, corresponde señalar la contradicción que observamos entre la agudísima crisis social, la imponente vitalidad del movimiento de masas, la polarización extrema de la confrontación y la propuesta de un esquema programático y de poder que reproduce la noción histórica de una revolución conducida por un bloque de clases cuyo programa contempla las demandas inmediatas de todos los explotados y oprimidos pero parte de los reclamos estructurales de una burguesía siempre dispuesta a negociar con su odiado pero ante todo admirado socio mayor.

El 17 de marzo el presidente estadounidense William Clinton envió un mensaje a Mahuad: «apoyo y admiro su valiente esfuerzo por construir una coalición política dispuesta a enfrentar el profundo problema económico del Ecuador. Estos esfuerzos en períodos de crisis no son desapercibidos por la comunidad mundial… A pesar de que los pasos a tomar serán muy duros, le animo a seguir trabajando con el Fondo Monetario Internacional (FMI) a fin de alcanzar un acuerdo. Estados Unidos está listo para que Ecuador enfrente este reto. Es vital que usted continúe trabajando por las reformas económicas necesarias para mantener el indeclinable compromiso del Ecuador hacia la democracia y el orden constitucional».

Tanto coraje, tanta admiración y tanto apoyo sólo depararon un fiasco más a Clinton: ante el vigor incontenible del movimiento de masas, el gobierno resolvió, en la Madrugada del 18, volver sobre sus propios pasos y no aplicar el plan económico anunciado una semana antes. No era sólo Mahuad quien retrocedía. Era una derrota más del imperialismo estadounidense.

Sin embargo, en la derrota, la Casa Blanca esgrime una carta de triunfo, como lo reconoce con objetividad el balance de En Marcha: «esta actitud del imperialismo norteamericano hizo que algunos sectores de la oposición burguesa pongan mayor límite a su acción».

En efecto: la crisis fue superada porque el imperialismo, aun al precio de un humillante paso atrás, logró rearmar el bloque burgués en torno al gobierno de Mahuad. El punto en cuestión no reside en este aspecto del desenlace circunstancial, sino en la postura, en la proyección estratégica, que los contendientes afirmaron en el fragor del combate. Porque es allí donde se forjan los cuadros, las organizaciones y las estrategias.

No es preciso reiterar aquí los conceptos que sostenemos al respecto. Es imprescindible, sin embargo, comparar esta lucha del pueblo ecuatoriano y sus vanguardias con lo ocurrido, apenas días más tarde, en Paraguay. En definitiva, aunque en cuadros coyunturales completamente diferentes, se trata del mismo debate planteado en el PT de Brasil, en el FA de Uruguay y en el conjunto de los revolucionarios latinoamericanos.

 

Luz roja en Paraguay

A causa de esa íntima interdependencia en la evolución de todo el cuadro político regional, es imposible separar de este contexto la interpretación de los acontecimientos que culminaron con la caída del presidente paraguayo y la derrota del general Lino Oviedo.

Dos contendientes principales chocaron en marzo en Paraguay. La versión periodística de los hechos puede inducir una interpretación errónea acerca de quiénes eran los rivales en combate y cuál es el saldo al cabo de una semana de convulsión.

En apariencia, la confrontación fue entre dos sectores del Partido Colorado. Y el saldo una victoria «de la democracia». Hay pizcas de verdad en estas conclusiones. Pero han sido extrapoladas por confusión o por interés para desvirtuar la realidad y encubrir la dinámica social y política instalada en Paraguay.

La fractura y feroz confrontación entre camarillas en el aparato gobernante desde hace medio siglo está fuera de duda. Y la derrota de Oviedo es, también sin atenuantes, un golpe a la variante fascistoide esgrimida ante la coyuntura.

Pero tras los turbulentos acontecimientos emergen con claridad las figuras de las dos fuerzas que en realidad chocaron en marzo en las calles de Asunción: el campesinado paraguayo y el imperialismo estadounidense.

Todas las fracciones de la burguesía (incluida la representada por Oviedo y las que se presentan como oposición a través del Partido Liberal Radical Auténtico y el Encuentro Democrático -PLRA y ED) se sometieron al dictado de Washington, impuesto sin diplomacia por su embajadora.

Frente a este bloque, la Federación Nacional Campesina acaudilló al conjunto de fuerzas populares, le impuso a la burguesía una extraordinaria derrota táctica en el plano reivindicativo y fue el factor decisivo en la destitución del presidente Raúl Cubas Grau y la huida de Oviedo.

 

Los hechos

Una imponente columna de campesinos arribaba a Asunción en la mañana del 23 de marzo. La ya habitual manifestación anual tenía esta vez una consigna dominante: condonación de las deudas de los campesinos con el Banco Nacional de Fomento, el Crédito Agrícola de Habilitación y el Fondo de Desarrollo Campesino.

Mientras la caravana estimada por la prensa comercial en unas 35 mil personas se aproximaba a la capital del país, un comando asesinaba al vicepresidente del gobierno nacional Luis María Argaña. Con singular unanimidad el conjunto de la prensa y la oposición -con escasas excepciones- acusaron a Oviedo por el asesinato. La incriminación la tomó la prensa en todo el mundo y la repitieron analistas y comentaristas, también con apenas excepciones.

Como suele ocurrir en estos casos -aunque el fenómeno no es espontáneo- la muerte y las características del crimen relegaron la biografía de Argaña. Pese a su condición de antiguo y fiel stronista, es decir, integrante del equipo encabezado por el ex dictador Alfredo Stroessner, Argaña fue presentado como mártir de la democracia. Stroessner, más un símbolo que una realidad dirigente, vive exiliado en Brasil desde que fue destituido una década atrás mediante un golpe palaciego, precisamente con Oviedo como protagonista principal de la operación patrocinada por Estados Unidos.

Por una desgraciada combinación de manipulación informativa y predisposición de ciertas capas sociales a repetir el discurso de sus verdugos, las fuerzas progresistas y los medios de difusión transformaron en cuestión de horas a la facción stronista del Partido Colorado en paladín de la democracia y pusieron como eje de solución de la crisis la renuncia del presidente Raúl Cubas. En realidad, esta operación fue conducida sin mayor recato diplomático, por la señora Maura Harty, embajadora de Estados Unidos en Paraguay.

Cubas reemplazó como candidato a Oviedo, impedido de presentarse a los comicios de 1998 por la condena que pesaba sobre él a causa del alzamiento militar que lideró en 1996, cuando era jefe del ejército. Como tal -es decir, en representación de Oviedo- Cubas ganó las elecciones presidenciales con más del 50% de los votos.

El fervor democrático de las autoridades de Washington y su representante en Asunción no fue óbice para que este dato frenara el plan timoneado por Harty de restituir en el poder a la fracción stronista del partido Colorado. Esto fue exactamente lo que ocurrió cuando tras su forzada renuncia Cubas fue reemplazado por el hasta entonces jefe del Senado, Luis González Macchi.

Según las reglas impuestas por Estados Unidos mismo, cuando decidió realizar un golpe preventivo y sacarse de encima al impresentable Stroessner (recuérdese que, a la sazón, caían víctimas de formidables movimientos de masas el presidente de Filipinas Ferdinando Marcos y el de Haití, Francois Duvalier), la legitimidad de Cubas es incuestionable.

Pero Washington no impulsó únicamente la destitución del personero de Oviedo, sino la constitución de un gobierno de coalición, en la que la fracción stronista del coloradismo deberá converger con toda la oposición burguesa (muchos de cuyos integrantes fueron víctimas de la brutalidad del régimen dictatorial).

Si se cumplen los acuerdos que dieron lugar a la solución de la crisis, el 14 de mayo se anunciará formalmente el llamado a elecciones presidenciales para el 21 de noviembre próximo. Aquel acuerdo -en todo caso de muy difícil realización plena- parte de una fórmula acordada sobre la base de un gobierno de coalición, es decir, un intento de recomposición de las ya descontroladas fracciones burguesas en pugna, bajo el dedo admonitor de la Sra. Harty.

Innecesario subrayar que quien sea que haya ordenado el asesinato de Argaña, o bien tuvo un exacto sentido de la oportunidad, o bien carece de la más elemental capacidad de análisis. Según se responda a esta alternativa, se apuntará en una u otra dirección al buscar al instigador del crimen.

 

Lucha de clases

Hay otros puntos de apoyo, sin embargo, para comprender de dónde proviene la mano que encendió la mecha.

Una operación política múltiple intentó servirse de la movilización campesina para el objetivo descripto. Definido de antemano el asesinato de Argaña como un atentado contra la democracia perpetrado por la fracción del Partido Colorado que encabeza Oviedo, quedó instalado, como contrapartida, que la defensa de la democracia consistía en derrocar a Cubas y deshacerse del general conflictivo.

Envuelta en esta bandera de convocantes colores, apareció de súbito una organización denominada Juventud Democrática, catapultada al primer plano de protagonismo por la prensa comercial internacional.

Esta formación estuvo integrada por militantes de la corriente de Argaña, del PLRA y del ED. Y, según informan dirigentes de los 35 mil campesinos que se encontraron con este colapso político a las puertas del gobierno, nunca sobrepasaron el número de 200 personas. Fueron, sí, la vanguardia en el enfrentamiento inicial con la policía por un lado, y en el intento de arrastrar a la masa campesina contra Cubas.

Simultáneamente y desde todos los ángulos los campesinos y sus dirigentes fueron instados a deponer la consigna por la cual habían marchado sobre Asunción, para plegarse al «reclamo democrático».

Es en este punto que se produce un fenómeno digno de estudio y admiración: la dirección de la FNC mantuvo su demanda central, condenó a Oviedo, tomó distancia de los episodios encabezados por la Juventud Democrática -incluso en términos físicos, porque se retiró del centro de los enfrentamientos-, resistió los embates de ésta, que intentó agitar a los campesinos y lanzarlos contra el Congreso (hecho más significativo aún porque, cuando la policía, bajo control de la fracción de Oviedo, cargó contra los jóvenes, los campesinos los protegieron abriéndoles paso en el vallado formado por miles de campesinos con garrotes que garantizaban la seguridad de la concentración), no cedió cuando esta presión la ejerció personal y directamente el secretario general de la Central Unitaria de Trabajadores, Alan Flores, quien tras convocar a una huelga general por tiempo indeterminado exigió que la FNC depusiera su consigna de condonación de deudas y volcara todo su peso para lograr el juicio político y la destitución de Cubas.

País predominantemente campesino, Paraguay estuvo más que nunca en estos días a merced de la decisión que tomaran los dirigentes reales de esa masa de 35 mil personas que ocupaban la capital.

Teoría y experiencia histórica señalan la volubilidad ideológica e inconsistencia política de la clase campesina en términos históricos. A menudo se tiene menos en cuenta, sin embargo, que con una conducción basada en la concepción de que la clase obrera es el eje de la revolución social, no sólo el campesinado sin tierra sino los pequeños propietarios rurales y urbanos pueden cumplir un papel decisivo y constituyen una fuerza imprescindible e inalienable en cualquier estrategia seria de lucha por el poder.

Es por demás significativo el comunicado emitido por el Movimiento Popular Revolucionario Paraguay Pyahurá (MPRPP) en medio de la conmoción, porque algunos de sus cuadros son precisamente los principales dirigentes de la Federación Nacional Campesina:

«Ante la situación criminal en la que derivó la larga crisis política entre sectores económicos de la clase dominante ligadas a distintas fuerzas externas, el MPRPP expresa cuanto sigue:

1. Su enérgico repudio a la acción terrorista que acabó con la vida del vicepresidente de la República. Esta metodología fascista del asesinato político no es sorpresa para el pueblo paraguayo, ya que sólo en los últimos años fueron vilmente asesinados 32 campesinos, crímenes cometidos por paramilitares contratados por latifundistas y que el Estado que representa a los mismos, a pesar de las múltiples denuncias y la continuidad de los asesinatos, no lo desmanteló.

2. Así también, está demostrado que en toda la historia, cuando la lucha entre los sectores de poder llega a niveles elevados, así como pisotean sus propias leyes y constituciones, recurren al terrorismo y al asesinato.

3. Está demostrado que los Partido que están administrando el Estado, ni sus fracciones internas, garantizan la vigencia de las pocas libertades que se consiguieron gracias a la lucha de nuestro pueblo y mucho menos la solución de los graves problemas sociales y económicos.

Ante la situación mencionada, plantea:

Primero: Que la Cámara de Senadores y Diputados en esta situación actual concretice la democracia para los campesinos en lucha y acceda a la solicitud basada en la Condonación de la Deuda del pequeño y mediano productor, como parte de la necesaria reactivación productiva en el campo.

Segundo: Que los sectores populares, obreros, campesinos y jóvenes no se conviertan en el instrumento de presión que dirima las contradicciones entre sectores oligárquicos cuyos intereses nada tienen que ver con el pueblo.

Por lo tanto, impulsemos un plan de lucha de masas que expulse al títere fascista y petulante Ingeniero Raúl Cubas, pero condicionado a la convocatoria inmediata en 60 días de una Asamblea Nacional Constituyente que cambie el carácter del Estado actual, cuya característica perversa y antinacional es la que habilita la permanencia de estas condiciones.

Es necesario que los obreros, campesinos y trabajadores en general elaboremos una política propia e independiente de los sectores dominantes que posibilite avanzar en nuestras propias reivindicaciones y dejar de ser furgón de cola de uno u otro sector de las clases dominantes.

Sería altamente instructivo que la militancia en Argentina -y en otros países de la región y fuera de ella- asimilara hasta la última conclusión la diferencia entre los volantes que está acostumbrada a leer y esta proclama de independencia clasista y voluntad revolucionaria lanzada en medio de un combate de masas. Es la distancia que hay entre la palabra vacía y la voz con raíces y horizonte. Eladio Flecha y Alberto Areco, entre tantos otros anónimos dirigentes de la FNC, encarnaron esta política.

Así, la FNC alcanzó una extraordinaria victoria: entre la espada de Oviedo y la pared levantada por la masa campesina reunida a las puertas del Congreso, el viernes 26 de marzo diputados y senadores temblorosos alzaron la mano para votar a favor de la Condonación de Deudas, con una mezcla de contrariedad y espanto reflejada en sus rostros.

Bajo la misma presión, las clases dominantes votaron en su Parlamento este curioso y significativo texto: «Declárase legales todas las huelgas nacionales y sectoriales iniciadas a partir del 23 de marzo inclusive, con motivo de la grave convulsión que vive el país por el asesinato del vicepresidente de la República e inicio del juicio político al presidente de la República. Hasta tanto termine el citado juicio y se llegue a una solución acorde a derecho, en todo ese lapso ninguna huelga que se refiera al motivo arriba citado será calificada de ilegal ni podrá despedir, suspender, ni tomar represalia alguna contra los trabajadores, tanto del sector público como del privado».

He allí, resumidos como en un mural pintado por Diego Rivera, las masas en la calle, la lucha de clases en toda su extraordinaria vitalidad y complejidad, la fractura de la burguesía, la estrategia de independencia política en combate frontal contra el sistema, las políticas de conciliación de clases dentro de las filas obreras, la pavura y los pasos atrás de la burguesía y las inagotables maniobras del imperialismo y sus socios menores.

 

Saldo y perspectivas

Al día siguiente Cubas Grau era destituido; Oviedo había huido con rumbo a Buenos Aires, de acuerdo con la orden dada desde Washington al gobierno argentino, con sectores del cual, por lo demás, el militar paraguayo tiene lazos de unión en más de un sentido.

La masa campesina, siempre encolumnada, con inequívocos signos de alegría pero sin abandonar el cordón de seguridad demostrativo de algo más que precaución, acompañada por el aplauso de toda la población que la despedía, abandonó Asunción.

Luis González Macchi, stronista de rancia estirpo, asumía la presidencia con el apoyo del PLRA y el ED. Maura Harty recibía felicitaciones de Madeleine Albright, la secretaria de Estado estadounidense, en ese instante ocupada en explicar al mundo que se descargaban bombas sobre los albano-kosovares para defender sus derechos humanos.

No hubo victoria neta para nadie. Pero hubo derrotados sin atenuantes. Estados Unidos logró su doble objetivo de atar a todas las fracciones de la burguesía en un mismo paquete y a la vez sacar ventaja en su lucha con los capitales alemanes que intentan disputarle la hegemonía en aquel país. Los burgueses de Paraguay, en todas sus fracciones, mastican odio y frustración: contra su voluntad González Macchi y por orden de Harty debe llamar a elecciones, pese a que su interpretación de la Constitución le indica que debe completar el mandato de Cubas Grau. Oviedo no puede seguir argumentando que cuenta con el apoyo del campesinado (en cuyas filas obtuvo los votos que le dieron el triunfo a Cubas) y no parece en condiciones de ser, por todo un período, más que un exiliado de lujo. El PLRA y el ED van al gobierno de coalición como la oveja al matadero: con ojos desorbitados y sin una queja. Obreros y campesinos probaron la potencia de su propia fuerza, conquistaron inequívocas victorias, pero ven que el control político no sólo continúa ajeno a su voluntad, sino que se fortalece con la unidad a presión de la burguesía desperdigada.

Como el combate mismo, los puntos a favor se concentran en dos polos: el imperialismo y el campesinado organizado. Aquél, consumó su objetivo de soldar un bloque para enfrentar la crisis regional y local. Este, galvanizó sus fuerzas, midió sus capacidades, trazó en un combate de masas una línea de acción estratégica, reconoció a sus aliados y comprobó la imprescindible necesidad de plasmar esa política en la clase obrera, todavía hegemonizada por corrientes socialdemócratas impulsoras de la conciliación y orgánicamente amarradas a políticas imperialistas.

La crisis en Paraguay y su circunstancial desenlace cobra un relieve particular si se parte de la certeza de que la cruda intervención política de la embajada estadounidense en Asunción está dictada por las previsiones respecto de la evolución económica y política en Brasil y su impacto en toda la región. En la descontrolada fractura de la burguesía paraguaya y en presencia de un movimiento de masas en alza, con indicios ciertos de consolidación de una dirección anticapitalista consecuente, Washington vio una alarmante luz roja. Por ahora logró una pausa en amarillo titilante.

 

Argentina: coyuntura, perspectivas y tareas en 1999(6)

En respuesta a la Carta a los argentinos -publicada en nuestra edición anterior- aseveramos en agosto pasado que el Frepaso había cumplido su ciclo vital. El aplastante triunfo de la UCR en la elección interna de la Alianza, el 29 de noviembre, más que confirmar aquella interpretación, se transforma en inequívoco punto de definición para todo el activismo político, sindical, estudiantil y barrial.

De tal modo, la situación dada al inicio del ciclo Frente del Sur-Frente Grande-Frepaso-Alianza ya no es una situación potencial sino el centro de la coyuntura política. Esto significa que nuevamente está planteada en términos prácticos la necesidad de encauzar a una fuerza de masas, con eje en el proletariado y desplegada hacia todos los sectores de la sociedad golpeados por la crisis del capitalismo.

Para la clase obrera en general y el país en su conjunto, el signo que adopte la resolución de esta coyuntura será determinante en todo un período histórico. Por tanto, será determinante también -y previsiblemente definitivo- para la suerte de las organizaciones revolucionarias marxistas.

Es fundamental que la militancia tome conciencia de esto y actúe en consecuencia. Ningún esfuerzo será suficiente para afirmar esta convicción y transmitirla de modo claro y contundente.

Tal tarea, se desarrollará en un marco de agravamiento sistemático y acelerado de la crisis económica (el PBI caerá entre un 2 y 4% durante el año en curso) y las obvias consecuencias sociales.

 

La CTA después de la elección interna en la Alianza

Es en este terreno de crisis económica sostenida, constante riesgo de precipitación de acontecimientos descontrolados, agudización de las contradicciones interimperialistas y resurgimiento vigoroso de corrientes antimperialistas, por donde transitará la militancia revolucionaria marxista en el futuro inmediato, que tiene por delante una instancia concreta de lucha ideológica y política en el plano sindical, en la cual es necesario intervenir como alternativa política y no como mera referencia teórica.

El fiasco del Frepaso consuma el desastre al que ha llevado la conducción hegemónica de la CTA al sector más combativo del sindicalismo en los últimos siete años. De esto no se vuelve. Para ese equipo, la alternativa entre votar a De la Rúa o retornar a alguna eventual fractura del PJ son sólo dos vías para un mismo destino: su irreversible desaparición como dirección de recambio para el movimiento obrero.

Antes de analizar el cuadro que deja el naufragio, corresponde volver sobre un punto: la condena a la farsa del Luna Park que dio lugar a la CTA; la posición explicitada en Crítica(información y análisis agrupadas en el Nº 15 bajo el título De Congreso de Trabajadores a Central de dirigentes) y la línea de acción adoptada desde entonces.

Poner el eje estratégico en el proletariado industrial, en el partido de masas y en la independencia política, exigía entonces ser consecuentes a partir del hecho de que el sector productivo de la clase obrera no está en la CTA, que ésta no cuenta numéricamente frente al MTA y la CGT (ése, el numérico, es el dato crucial para posicionarse frente a una Central Sindical. Dicho más claramente: si una central fascista congregara a tres cuartas partes de los trabajadores, los revolucionarios deberían trabajar en ella y no en un pequeño aparato, incluso si éste tuviese posiciones correctas, lo que no es el caso), y además, la dirección se subordinaba a un partido burgués. Ante tal coyuntura, una organización revolucionaria marxista debe estar dispuesta incluso a ser diezmada por la presión exterior, antes que ser cómplice del tendido de una trampa para la clase obrera como lo fue el Frepaso y la posterior Alianza.

Hubo un precio a pagar por aquella decisión. Pero ahora, consumado el proceso, se replantea la posibilidad de que los cuadros, cuadros medios y activistas no involucrados en la toma de decisiones del grupo hegemónico, cambien de rumbo. Una instancia probablemente crucial en esta batalla será el Congreso que la CTA prepara para mayo en Mar del Plata.

La urgencia por adoptar algún curso de acción diferente acucia especialmente a la dirección de CTERA, que además de estar más expuesta que ATE como parte de la Alianza, ha recibido dos violentas bofetadas en pocos días: la derrota electoral a manos de un sector de la izquierda en Neuquén y, por derecha, el fracaso del contubernio para aprobar la ley de financiamiento educativo.

En cualquier caso, la CTA no sólo está anulada como conducción de recambio, sino que afronta un año de agudización de la crisis como base electoral de un partido y un candidato liberal, abiertamente comprometido con el imperialismo y el gran capital. De modo que aquellos componentes de la exangüe CTA que no estén dispuestos a inmolarse como defensores de De la Rúa, afrontan un ultimátum sin prórroga.

Este ultimátum no consiste en salir o quedarse en la CTA, sino en definir de manera pública y militante una línea de acción política independiente, de clase; es decir, involucrarse en la construcción de una herramienta política de los trabajadores.

En este punto, habrá un combate decisivo contra quienes ya proponen la variante reformista-populista. El desarrollo de los acontecimientos dirá si esa batalla se librará dentro de una misma instancia o desde estructuras diferentes. Para las organizaciones y cuadros empeñados en recomponer las fuerzas revolucionarias marxistas, prever, definir y acertar en relación con esto es cuestión de vida o muerte.

Aunque en condiciones diferentes, lo mismo ocurre para el MTA. Para la CGT, la situación es más simple: deberá resquebrajarse siguiendo la línea de división Menem-Duhalde, ambos con concepciones y métodos idénticos pero ahora expresando con mayor nitidez la fractura de los grandes grupos económicos.

 

¿Qué hacer frente a las elecciones?

Todo esto ocurre, además, enmarcado en las elecciones para renovar el gobierno nacional. Las elecciones de este año se dan en un cuadro singular. Lo dominante es la sistemática caída de la economía mundial. Esto no sólo determina en última instancia, sino que puede detonar situaciones puntuales. Pero a ello hay que sumarle una serie de factores, de diversa naturaleza y carácter:

  • agudización del debate y la confrontación interna en el PT de Brasil;
  • lo mismo en el FA de Uruguay, con el agravante de que también allí hay elecciones presidenciales y que el FA, espejando el proceso de la Alianza, pretende ganar y, aunque esa posibilidad se está desdibujando, no es descartable;
  • recalentamiento de la crisis política en Paraguay, con amenazas de confrontaciones armadas interburguesas que estallaron en marzo y se han postergado pero no resuelto;
  • desaparición del Frepaso por absorción a favor de un partido burgués y su representante más conservador;
  • impacto múltiple y diverso de las elecciones en Venezuela sobre los cuatro puntos señalados;
  • encrucijada sin salida para la CTA, obligada a identificarse con la derecha de la UCR o definirse en contra de la Alianza;
  • desaparición total de cualquier referencia popular, antimperialista, democrática, para las grandes masas;
  • punto extremo de crisis en las que fueran principales organizaciones de izquierda.

Esta combinación contribuye objetivamente a que la multiplicidad de tensiones sociales latentes, el descontento general y específicamente la situación de la juventud obrera, estudiantil y desocupada (en ese orden de importancia para nosotros, aunque previsiblemente en orden inverso en cuanto a su aparición en el escenario político), se expresen durante el año en curso en creciente rebeldía y eventuales estallidos puntuales.

En esta situación no hay una organización marxista capaz no ya de ponerse al frente -como dirección efectiva- de tal efervescencia social. Tampoco podría capitalizarla, al menos en la escala posible y necesaria. Al mismo tiempo, nada sería más erróneo y perjudicial que, acuciados por esta realidad incontrastable, ceder a la tentación de formas frentistas del tipo que fueren.

Hay un modo de resolver este dilema. O, al menos, de intentar hacerlo: replantear, pulir y esgrimir con el máximo de energía, el impulso por la construcción de una herramienta política de masas de los trabajadores y abocarse con el máximo de determinación a la recomposición de las fuerzas revolucionarias marxistas.

Programa de Acción y Herramienta Política de los Trabajadores

Es previsible que en el panorama descripto -tanto más si se formaliza la candidatura de Abel Posse en Buenos Aires- habrá una fuerza objetiva que impulse, ahora sin mediaciones, hacia la edificación de una herramienta política propia. Hay signos, aunque todavía sin suficiente carnadura social, de que esa dinámica está ya presente en sectores crecientes del activismo sindical, barrial y juvenil.

Esto presupone igualmente un margen muy amplio para una propuesta de voto programático o, como lo llamamos en 1997, Voto Protesta. Ahora es más sencillo conectar, ante las masas, la idea de voto protesta y herramienta política de los trabajadores. En este plano, frente a las tendencias abstencionistas y la inercia hacia un voto por alguna de las candidaturas de izquierda, corresponde un esfuerzo singular para intentar -aunque como punto de partida las condiciones son en extremo difíciles- un acuerdo de organizaciones y agrupamientos de izquierda, sindicalistas combativos y todo el espectro potencialmente dispuesto a asumir un programa independiente frente a las variantes del capital.

Ese intento unitario en torno de un programa es el primera paso a dar. Pero la primera condición para ello es señalar que una eventual imposibilidad de alcanzar un acuerdo frente a las elecciones no debe fracturar ni detener ni postergar el objetivo de edificar una herramienta política de masas de los trabajadores.

En cualquier caso, y sobre la base de exponer con toda claridad esto último, es necesario asumir una tarea de tipo agitativo que complemente la actividad propagandística a favor de un voto programático, o Voto Protesta: afiches, periódicos murales, pintadas, mariposas, actos relámpagos, habladas en colectivos y trenes, etc. Un punto a observar es la eventualidad de darle rostro y nombre a un Voto Protesta. Es decir, candidatos que se presentan defendiendo un programa al que llaman a votar, pero que por definición no pretenden ser elegidos a ningún cargo.

Es claro que si a esta propuesta no se suman partidos de izquierda, organizaciones sindicales, estudiantiles y barriales, no hay posibilidad de transponer la barrera de la propaganda a la agitación. Mucho más que en 1997, sin embargo, hay chances ciertas de concretar un bloque político de peso en torno a un voto programático.

La tarea por afirmar una instancia política de masas sobre bases clasistas, así como la necesidad de articular una campaña de agitación y propaganda en torno a las elecciones hacen más necesario que nunca un semanario con alcance de masas.

Con certeza es posible poner en movimiento una enorme fuerza militante no encuadrada si a una propuesta de construcción plural y de masas se la lleva a la práctica con métodos que de manera intransigente rechacen las prácticas manipulatorias de aparatos o personas educadas en ellos, que las reproducen bajo nuevos ropajes. Simultáneamente, mediante este conjunto de tareas la militancia marxista involucrada en ella debería hacer un esfuerzo especial para dar un paso efectivo en la recomposición de sus fuerzas (ver Carta abierta a la militancia).

El proletariado de Argentina y las apariencias engañosas

Frente a la brutal expresión de la crisis capitalista que ante los ojos del mundo se expone en la guerra contra Yugoslavia y su actualidad en toda América Latina, el proletariado y la vanguardia militante de Argentina tienen una responsabilidad. Aunque el estado actual de desarticulación y parálisis lleven a pensar lo contrario, la historia de organización y lucha de las masas en este país señalan al movimiento obrero y popular como el de más rica y avanzada tradición. Su situación actual resulta, como Crítica ha intentado explicarlo a lo largo de sus ediciones, de que tras las luchas que consumaron la ruptura histórica con las cadenas de la ideología burguesa y conciliacionista de clases impuesta durante cuarenta años por el peronismo, no pudo plasmar una organización política propia. Esa ausencia es el último dique de contención con el que cuentan la burguesía y el imperialismo. Por eso allí reside la tarea ante las masas.

Factores cuya descripción y enumeración no necesitamos repetir aquí, demoraron la irrupción de esa nueva fuerza política que de manera inconsciente pero evidente reclaman no sólo los trabajadores sino amplísimas capas de la sociedad y en especial la juventud. Esa demora, de enorme costo social, como está a la vista, entre otros muchos efectos que reclaman urgente análisis, produjo uno que también está ante los ojos: sobrepasó a una cantidad de sindicalistas combativos que no supieron o no quisieron romper con la línea de conciliación de clases y fueron arrastrados nada menos que por el ala derecha de la UCR. (No podría sorprender, dicho sea al pasar, que esto redundara en una nueva victoria electoral del PJ; sobre todo en Buenos Aires, donde la supuesta representante del progresismo lleva como vicegobernador a un conocido sostén político de la última dictadura).

Este fenómeno que arrastró en unos casos y paralizó en otros a valiosos dirigentes sindicales honestos y combativos, demoró la concreción de la construcción de una herramienta política de masas y dio un tiempo adicional a la burguesía. Pero a la vez polarizó y radicalizó al extremo cualquier resolución de la crisis. No es con dirigentes amarrados a la tercera vía de la socialdemocracia europea que se puede afirmar una dirección de masas. Mientras unos se hacen cómplices del imperialismo en la agresión devastadora contra Yugoslavia y no pocos avanzan hacia posiciones ultranacionalistas, a los restantes no les queda sino afirmarse en posiciones de clase y trazar líneas de acción intransigentes con cualquier forma de conciliación. Esta obligada radicalización ideológica y política está empujada con violencia, además, por la implacable crisis económica y los efectos sociales que provoca.

No hay vanguardias autoproclamadas. Ni aparatos con mayor o menor combustible ni estridencias de ningún género pueden reemplazar el hecho efectivo de ocupar la primera línea de las masas obreras y populares en un momento de crisis del sistema. Si es que están dispuestos a asumir este desafío histórico, quienes se consideran revolucionarios marxistas deben resolver urgente y simultáneamente las dos tareas claves: contribuir a la edificación de instrumentos de unidad social y política para la clase como tal y todos sus aliados actuales y potenciales; y recomponer sus fuerzas en tanto que marxistas en un genuino partido de los comunistas resuelto a plantear, no como un discurso, sino como una alternativa real, comprensible y asible para las masas, la lucha por el poder político y la abolición del capitalismo.

Notas:

1.- El texto a continuación está tomado de una exposición del autor, el 18 de diciembre de 1998, en la Universidad de los Trabajadores. La versión completa de aquella intervención fue publicada en Eslabón Nº 11/12.

2.- Durante el mes de marzo, en efecto, un acuerdo de la OPEP y otros países petroleros elevó el precio a 15-17 dólares por barril.

3.- Crítica Nº 10, página 233, punto 12

4.- Informe enviado desde Sao Paulo el 14 de febrero de 1999.

(*).- Dos meses después de redactado este informe, el diario Folha de São Paulo publicó una entrevista con el economista brasileño Celso Furtado: «Brasil camina hacia una moratoria de la deuda externa. Eso es una probabilidad. La factura que Brasil tiene que pagar este año es de 60 mil millones de dólares. El país no tiene de dónde sacar ese dinero. El país puede llegar a una situación en que la moratoria no sería el peor de los mundos (…) A Brasil lo están empujando a una moratoria. Entro en un proceso de endeudamiento permanente. El propio acuerdo con el FMI aumenta la deuda». Furtado, de 78 años, fue profesor de la Universidad de París y miembro de la Academia Brasileña de Letras; fue ministro de Planeamiento durante el gobierno de João Goulart (1961-64), y de Cultura, durante el gobierno de José Sarney (1985-90).

5.- Informes de corresponsales propios; de la agencia Pulsar; publicaciones del MDP y el PCMLE; de organizaciones de derechos humanos y de los diarios ecuatorianos El Comercio y Expreso.

6.- Documento presentado el 9 de diciembre de 1998. Completado luego de la devaluación en Brasil.

 

 

La otan en una ciénaga

Guerra en Europa: causas y perspectivas

porLBenCR

 

 

«en la conducta de la OTAN frente a Yugoslavia plasma ya la amenaza impensable hasta hace poco de una intervención militar de la Alianza imperialista en los conflictos generados por el intento de restaurar el capitalismo en Europa oriental y la URSS» (Crítica Nº 1; Octubre de 1991)

Ya ingresó en otro terreno la crisis del capitalismo: hay guerra en Europa. La Organización del Tratado del Atlántico Norte, nombre difuso para un aparato militar imperialista monolíticamente conducido por la clase dominante estadounidense, ha lanzado sus tropas contra un país ubicado en el corazón geográfico, político e histórico del exhausto continente.

Quienquiera que se ubique ante este conmocionante acontecimiento apartándose de una concepción de clase y materialista de la historia reproducirá, con mayor o menor conciencia, el penoso ejemplo de políticos e intelectuales hasta ahora recostados en el flanco progresista, que ante el dilema de un mundo en situación límite exponen opiniones y conductas durante mucho tiempo camufladas y encomiendan el futuro del hombre a los mandatarios del imperialismo(1).

Es por demás significativo que esta guerra particularmente cruel, en la que el agresor golpea a distancia y a resguardo, con desmedida capacidad de destrucción, se lleve a cabo en nombre de los derechos humanos. Ya está a la vista del mundo que las primeras víctimas de esta guerra fueron centenares de miles de albano-kosovares. Sólo después de provocar la destrucción, el horror y el éxodo masivo de quienes constituían el 90% de la población de Kosovo, se pasó a las fases siguientes, cuyas víctimas residen en el resto de Yugoslavia.

Es por demás claro que la guerra no se restringió al área de Kosovo, ni a Yugoslavia; (están en situación beligerante de hecho Macedonia, Bosnia-Herzegovina y Albania -donde hay bases militares de la OTAN- Croacia, Eslovenia, Grecia, Turquía y Hungría,) e instauró una dinámica descripta con elocuencia por el envío de naves de apoyo rusas al Adriático y la súbita aparición de titulares de la prensa comercial aludiendo a los riesgos de una tercera guerra mundial.

Todo ello, en nombre de los derechos humanos. Culmina de este modo una estrategia sistemáticamente desplegada desde la presidencia de James Carter, cuando Estados Unidos debía recomponerse de su múltiple derrota en Vietnam y afrontar la perspectiva de una brutal crisis capitalista mundial desde una coyuntura de alza de la revolución en prácticamente todo el planeta(2).

Tal estrategia imperialista logró su objetivo: pasteurizó posiciones ideológicas progresistas pero sin neta definición anticapitalista, incapaces de comprender los fundamentos materiales de los derechos humanos y por lo mismo inconsecuentes a la hora de defenderlos en circunstancias extremas y a escala global.

El lazo fue tejido con sistematicidad científica por Zbigniew Brzezinsky, entonces mano derecha de Carter y ahora feroz promotor de bombardeos masivos y ocupación territorial de Yugoslavia. Y allí puso el pie no sólo buena parte de una intelectualidad siempre dispuesta a hallar caminos que no le exijan un choque frontal con el poder establecido, sino la gran mayoría de una izquierda reformista azorada ante la -para ella- inconcebible caída de la Unión Soviética.

Más aún: contingentes revolucionarios de relevante peso en la etapa anterior se deslizaron con mayor o menor conciencia hacia la trampa de los derechos humanos como principio abstracto, ubicado por sobre definiciones de clase y ajeno a la naturaleza del sistema socioeconómico. El colapso de las organizaciones de izquierda revolucionaria contribuyó a que innumerables militantes buscaran refugios en «organizaciones de derechos humanos», que con las mejores intenciones cristalizaron la noción implícita de que se puede luchar consecuentemente y hasta el fin por tales derechos sin partir de una estrategia, una política cotidiana y una organización definidas por el objetivo de abolir el capitalismo.

Este desenlace constituyó una derrota ideológica de las propuestas revolucionarias en general y específicamente de las fuerzas marxistas(3). Y esa derrota se hace patente hoy, cuando ante el espectáculo aterrador de la represión contra las mayorías albano-kosovares y su vil utilización por el imperialismo para desatar una guerra en el corazón de Europa, partidos genéricamente denominados de izquierda, organizaciones de derechos humanos e individuos caracterizados por su compromiso con la equidad, la justicia y el progreso humano, primero admiten la posibilidad de que los ejércitos del imperialismo cumplan un papel humanitario, para luego asistir horrorizados e impotentes a una carnicería monstruosa.

Son escasas y de limitado alcance las voces que se levantan para denunciar lo obvio: que esta guerra está directamente apuntada contra las masas de todos los países antes llamados socialistas, y por razones circunstanciales toma como primera víctima a los trabajadores y el pueblo yugoslavos,

He allí la lógica del panorama actual: ni siquiera en Europa hay una generalizada sublevación contra lo que se anuncia como el prólogo de una guerra en constante expansión territorial y a cada instante más devastadora en términos de bienes materiales y vidas humanas.

Hay, sin duda, movilizaciones antiguerra en casi todas las capitales europeas. Pero no existe proporción alguna entre la magnitud de la agresión, la tenebrosa dinámica ya en plena marcha, y la respuesta social. La intelectualidad europea está atónita; los partidos de masas, se muestran comprometidos de hecho y de derecho con la agresión; los sindicatos están paralizados. Sólo franjas radicalizadas de la juventud y organizaciones allá denominadas de extrema izquierda se esfuerzan por hacer escuchar la consigna que debería estar atronando al mundo: ¡No a los bombardeos!; ¡Fuera la OTAN de Yugoslavia!

 

Causas de la guerra

Una imagen de insuperable fuerza muestra el contenido esencial de esta nueva operación bélica: cuando el 24 de marzo el presidente estadounidense William Clinton ordenó el bombardeo contra Yugoslavia, el primer ministro ruso, Eugeny Primakov, volaba rumbo a Washington para entrevistar al hombre que acababa de iniciar una guerra de invasión en Europa. Al conocer la noticia, el avión ruso giró sobre las aguas del Atlántico y regresó a Moscú.

Bien mirado, la fuerza que viró el timón de la nave en la que viajaba Primakov es un movimiento previo en la dinámica socioeconómica de la ex Unión Soviética y la totalidad de los países componentes del ex Pacto de Varsovia.

Hace una década, aquellos países orientaron su brújula hacia el capitalismo. Pero a mitad de camino, por causas por completo ajenas a la voluntad de gobernantes y partidos, emprendieron el retorno. Sólo que a diferencia de Primakov, no lograrán aterrizar en el punto de partida.

Es precisamente en la incógnita respecto del destino hacia el que se enfila aquel conjunto de países, donde reside una causa decisiva de la nueva coyuntura internacional: la ex Unión Soviética y los demás componentes del fenecido Pacto de Varsovia ya no sostienen la marcha hacia el capitalismo emprendida a fines de los años 80; pero tampoco pueden recomponer la estructura socioeconómica, política y militar, sobre la que reposó el equilibrio planetario desde el pacto de Yalta celebrado entre Stalin y Roosvelt (ante la mirada abotagada de Winston Churchil, representante de la potencia relegada,).

Pero ¿por qué se detuvo e invirtió ese rumbo? Está fuera de duda que la causa no reside en la voluntad de los gobernantes de aquellos países (todos ellos integrantes de las altas cúpulas del poder antes del cambio oficial de bandera, cuando aún se mostraban disfrazados de comunistas). Tampoco se explica por movilizaciones de masas organizadas y conscientes que se oponen a la propuesta estratégica de sus gobernantes. Hay, sin duda, descontento general y luchas de diverso calibre. Pero nada de eso puede ser confundido con un reclamo social capaz de torcer el brazo a las cúpulas protoburguesas y sus sostenes imperialistas.

Las causas de la guerra, por tanto, pueden ser reducidas a una en particular, fincada en el desarrollo inmanejable de factores objetivos que desembocan en el hecho a la vista: el fracaso de la economía de mercado no ya para mejorar las condiciones de vida de aquellos pueblos, sino para sostenerlo en los niveles alcanzados durante el sistema anteriormente vigente.

El pavoroso panorama social provocado por la introducción de las leyes de mercado y la vigencia dominante de la ley del valor en economías no capitalistas, es un indicador de brutal objetividad para despertar a aquellos que no pudieron prever en términos teóricos lo que tal política acarrearía. La guerra es la expresión de ese proceso en otro plano: el del inevitable uso de la violencia extrema por parte de quienes quieren imponer el nuevo sistema (y deben hacerlo como condición de sobrevivencia) y quienes se resisten a ello, aun sin programa, organizaciones y líderes propios. Por lo mismo, se agravará al ritmo indetenible del descontrol económico y el colapso social. En un movimiento preventivo, Washington se propone ocupar Yugoslavia e instalarse allí. No puede confiar en los ejércitos europeos. Mucho menos en las de los países incorporados a la OTAN diez días antes del inicio de las operaciones (Polonia, República Checa y Hungría).

No es una explicación arbitraria ex post facto. Decíamos en el Nº 1 de Crítica, en un texto redactado en septiembre de 1991:

 «al mismo tiempo que afirmamos que el violento desplazamiento de fuerzas resultante de la implosión de la URSS afirma la tendencia de fortalecimiento relativo del imperialismo, ratificamos el análisis desarrollado en el informe precedente y subrayamos la conclusión de que el nuevo orden mundial del que gusta hablar el presidente George Bush está más lejos que nunca luego del estallido de la URSS.

(…)

Durante la crisis de agosto [de 1991] Estados Unidos vio de cerca el espectro de la desestabilización política global y la detonación de la crisis económica. Ante la amenaza, Occidente optó por una política de abierta injerencia en los asuntos internos de la URSS. Esa actitud es sólo un preaviso de lo que vendrá y en la conducta de la OTAN frente a Yugoslavia se plasma ya la amenaza impensable hasta hace poco de una intervención militar de la Alianza imperialista en los conflictos generados por el intento de restaurar el capitalismo en Europa oriental y la URSS»(4).

Tal conclusión se afirmaba en una interpretación respecto de la pretendida transición al capitalismo y de los fenómenos objetivos y subjetivos en curso en aquellos momentos. Un resumen de tales fundamentos se halla en el mismo artículo algunas páginas antes:

 «… aun dejando de lado los problemas obvios que plantea pasar a manos privadas los medios de producción y reorganizar la producción según las reglas del mercado -es decir, dejando de lado el quid de la cuestión- para que ese nuevo sistema funcione es necesario, como lo es en cualquier país capitalista, comercializar lo que no es desde hace décadas objeto de comercio: cobrar la educación, cobrar la atención médica, cobrar el transporte, poner precio según las reglas del mercado al pan, la carne, la vestimenta. Será necesario cobrar los alquileres al precio de mercado y arrojar a la calle a millones de familias -decenas de millones si se toma en cuenta la totalidad de la Unión Soviética y Europa oriental.

«Se trata, por tanto, de una revolución social en contra de los intereses inmediatos de noventa y nueve de cada cien habitantes. Pero una revolución social contra el conjunto de la sociedad es una contradicción en los términos; una contrarrevolución sin atenuantes y en una escala jamás vista.

«Ahora bien: ¿quién podría llevar a cabo una empresa semejante? ¿Quién tiene la fuerza necesaria para ello? ¿Acaso el gobierno checoslovaco de Vaclav Havel? ¿La tendrá tal vez el de cualquier otro país eurooriental, para no hablar de la Unión Soviética? Parece innecesario subrayar que no. Esos gobiernos han sido catapultados por las masas a los puestos de comando con la misión de garantizar las libertades democráticas, los derechos individuales y el bienestar general. Para aplicar el programa inverso, deberán chocar con movimientos de masas aún mayores e infinitamente más violentos que los que derrumbaron al stalinismo. Y no tienen fuerza para ello, excepto si recurren a la ayuda militar de Occidente.

«En modo alguno hay que descartar la perspectiva de que, precisamente, fuerzas de la OTAN deban involucrarse por una u otra vía en los grandes conflictos sociales que se anuncian en el horizonte de Europa Oriental»(5).

A partir de estas caracterizaciones sostenidas ocho años atrás, tiene un peso diferente nuestra rotunda negativa a considerar con un mínimo de validez como causa de la guerra los problemas étnicos y religiosos. Estos son, fuera de toda duda, puntos reales de confrontación y de enorme gravitación social. Pero no son la causa, sino una palanca manipulada primero por la casta burocrática yugoslava para imponer la reacción capitalista y luego por el imperialismo, esgrimida como falaz defensa de derechos humanos cuando aquellos esfuerzos vernáculos probaron su irremediable inviabilidad.

Como en el caso de Irak, Estados Unidos fue un factor clave en el sostén y fortalecimiento del hombre al que hoy se demoniza y sobre el cual se pretende cargar la responsabilidad de un curso demencial para toda Europa. En consecuencia, los devastadores bombardeos no apuntan a Slobodan Milosevic, sino a las masas yugoslavas en primer lugar y, como letal advertencia, al mundo en su totalidad.

 «El capitalismo no puede dar lo que ustedes piden. Y necesita todavía quitarles lo que tienen», dicen los misiles de la OTAN. «Y estamos dispuestos a mostrarnos como somos para amedrentarlos y evitar que se levanten contra nosotros».

Así de claro es el mensaje de los estrategas del Departamento de Estado. Y así de claros son los resultados: la destrucción inenarrable, los crímenes sin calificativos perpetrados para colmo en nombre de los derechos humanos no pueden ocultar la realidad.

El New York Times advertía en un editorial del 2 de abril (horas antes de que, dando inicio a una segunda fase en la escalada, comenzaran a caer misiles sobre Belgrado): «Clinton y sus asesores deben resistir la tentación de reaccionar a cada fracaso militar con una escalada de combates inmediata e improvisada».

No se trata de sentimientos humanistas de los halcones de la prensa imperial. Advierte el NYT: «Se necesita un mes o más para desplazar lo tanques, helicópteros y 200 mil soldados requeridos para limpiar Kosovo de fuerzas serbias. Cualquier estrategia podría producir un gran número de bajas a la OTAN. Por ahora, la respuesta militar más apropiada a los asaltos serbios es localizar y bombardear las fuerzas serbias en Kosovo, romper sus líneas de abastecimiento y su red de comunicaciones y golpear puestos de comando y otros objetivos militares fuera de Belgrado. Planes inadecuados de la OTAN y el mal tiempo han restringido tales ataques hasta ahora. Más ataques aéreos no pueden evitar las atrocidades serbias, pero pueden dificultar su avance y eventualmente llevar a Milosevic a buscar un arreglo político. En la guerra, disgustos y frustraciones pueden producir decisiones impulsivas y erróneas» (El texto en negrilla no está en el original).

Los estrategas del imperialismo admiten una «frustración» y temen la encerrona mortal que implica enviar tropas terrestres. Pero, dada la conducta del gobierno serbio hasta el momento, no parece que la OTAN tenga otra opción. Resulta difícil imaginar que Estados Unidos y la Unión Europea estén dispuestos a sufrir una humillación militar que debilitaría al extremo su posición ante el crecientemente difícil panorama mundial. Por eso es altamente probable que la escalada continúe, aunque se observan significativas grietas en la clase dominante estadounidense ante la inminencia de la decisión.

Un índice elocuente de la dinámica instaurada lo da Henry Kissinger -hasta ahora fervoroso opositor al ataque a Milosevic, a quien considera un aliado- en una columna publicada por Newsweek con fecha 5 de abril: «Si un cese de fuego en tales términos es rechazado por Milosevic, no habrá otra alternativa que continuar e intensificar la guerra, introduciendo si es necesario fuerzas de combate terrestres de la OTAN -una solución que hasta ahora he rechazado apasionadamente pero que deberá ser considerada para mantener la credibilidad de la OTAN».

¿Qué es, exactamente, la credibilidad de la OTAN? Pues, ni más ni menos, su capacidad coercitiva sobre toda Europa; su imagen como poder militar inapelable.

El hecho es que precisamente esa imagen, a la vez que expone sin velos sus rasgos de inhumana crueldad, muestra que es incapaz de transformar su extraordinaria capacidad técnico-guerrera en eficiencia militar. Y ni hablar de la capacidad política: transformar al aliado Milosevic (como antes a Saddam Hussein) en símbolo de resistencia antimperialista, tal como lo advierte Kissinger en letra roja, es una prueba de debilidad estratégica de inexorables consecuencias nefastas para el imperialismo. Todo ello se multiplicará al extremo si se produce la invasión por tierra. No se gana una guerra sin dar ese paso. Y éste -como lo demuestra de manera conmovedora la defensa de puentes y fábricas por parte de obreros, jóvenes e intelectuales dispuestos a inmolarse bajo las bombas de la OTAN- hallará un pueblo decidido a resistir, con tradición de lucha y armamento adecuado.

En esta combinación explosiva de fracaso e impotencia de las cúpulas burocráticas del Este aliadas a los jefes capitalistas de Occidentes, quienes deben ordenar bruscas maniobras para cambiar de rumbo (diez días después, esquivando las bombas de la OTAN, Primakov se reunió con el presidente yugoslavo Slobodan Milosevic) se hallará la explicación de las torpes marchas y contramarchas de la OTAN, que al cumplir 50 años de existencia entra por primera vez en combate, admite la reaparición en el escenario de la guerra de las fuerzas armadas alemanas y demuestra que ir a remolque de Washington es, a la vez, el destino ineludible y la cruz intolerable de la Europa capitalista que pretende alcanzar el rango de gran potencia mediante la Unión Europea.

 

Rasgos sobresalientes de la crisis 

Por el momento, es obvio que se ha fracturado de manera estrepitosa y ante los ojos del mundo aquel matrimonio tan armonioso que tenía la cúpula rusa con el gobierno de Estados Unidos. Ahora se muestran como lo que son: gobiernos de países con intereses objetivamente encontrados.

El mundo asiste además a una ruptura de la legalidad internacional, que no llega a la desaparición formal de las Naciones Unidas, pero deja en el pasado las reglas internacionalmente admitidas como tales para el actual ordenamiento mundial.

Con todo, no es el aspecto jurídico o institucional lo que importa, sino la verificación de la fractura del imperialismo.

Una fractura múltiple y de extraordinaria complejidad a seguir de cerca: el gobierno alemán, que en todo el período anterior -con el canciller conservador democristiano Helmut Kohl- se había alineado con Francia contra Estados Unidos, ahora, con el canciller socialdemócrata -parte de la muy promocionada Tercera Vía- se alínea con Estados Unidos contra Francia. (Entre paréntesis y como llamado de atención respecto de las posiciones ajenas a los criterios de clase, hay que subrayar que el ministro de Relaciones Exteriores de la Alemania que vuelve a bombardear Belgrado, como lo hizo durante el período nazi bajo las órdenes de Hitler, es integrante del Partido Verde).

Precisamente, un rasgo trascendental de esta crisis es el posicionamiento de partidos que, a causa del retraso en la expresión lingüística de brutales virajes de la Historia, aún se denominan socialistas y comunistas: el primer ministro italiano Massimo D’Alema (casi tan atildado como su par británico Anthony Blair), ex comunista y actual líder del reciclado Partido Democrático de Izquierda, gobierna el país de cuyo territorio parten los aviones estadounidenses que van a sembrar terror y destrucción en Yugoslavia (tal como lo pide el decano de la prensa libre mundial: «bombardear las fuerzas serbias en Kosovo, romper sus líneas de abastecimiento y su red de comunicaciones y golpear puestos de comando y otros objetivos militares fuera de Belgrado», aunque sin seguir al pie de la letra la idea de ahorrar objetivos civiles y la capital del país). Hasta donde sabemos (y la premura de este texto puede hacernos incurrir en un error, que gustosamente corregiríamos), el Partido de la Refundación Comunista no ha roto lanzas contra el gobierno de D’Alema en el Congreso.

Lo mismo pasa con el gobierno francés, encabezado por el socialdemócrata Lionel Jospin e integrado por ministros afiliados al partido comunista de Francia. No hay dudas de que Francia (y no sólo su gobierno centroizquierdista, sino sobre todo la derecha gaullista), va a remolque y a disgusto en este tren del horror piloteado por la Casa Blanca. Aquí, otra vez, abrimos la posibilidad de que la urgencia atente contra la exactitud. Pero hasta donde se puede ver el disgusto no se traduce en netos gestos políticos rotundos: Jospin no ha renunciado y tampoco los ministros comunistas.

En cuanto al sonriente Blair, cuyo promocionado pensamiento renovador semeja un pequeño tonel vacío y carcomido por las termitas, cumple con fruición el papel de palafrenero de Clinton (eso sí: sin perder por un instante su sonrisa indicativa de inequívoco cretinismo intelectual y moral).

Otro es el caso del socialdemócrata alemán Gerhard Schroeder: luego de haber entregado la cabeza de Oskar Lafontaine (uno más de la estirpe de Ebert, que cometió el error táctico de pedir aumento de impuestos a los capitales dominantes para detener el colapso hacia el que marcha Alemania) a los leones de la gran industria germana, este otro simpático exponente de la Tercera Vía completó su definición aprovechando la coyuntura para poner en acción nuevamente -y tras 50 años de estrictas restricciones- a la fuerza aérea de aquel país recordado por los horrores de la segunda guerra mundial.

Desde su retiro, Felipe González no se quedó atrás: respaldó sin restricciones las operaciones de la OTAN subrayando que «hay que eliminar a Milosevic». Su epígono Solana entendió el mensaje y, dado que matar al presidente yugoslavo conlleva ciertas dificultades, refrendó la orden proveniente de Washington de bombardear indiscriminadamente objetivos civiles y destruir todo lo posible en aquel país.

Ninguno de estos personajes travestidos de progresistas y encargados de iniciar una guerra con ominosas derivaciones para toda la humanidad será exculpado por el tribunal de la Historia. Pero es altamente probable que, antes de aquella instancia, vengan millones de jóvenes y trabajadores europeos a desenmascararlos y arrojarlos sin contemplaciones al lugar que les corresponde.

Dicho de otro modo: cumplida la primera fase de la faena sucia que siempre el gran capital encarga a fuerzas reformistas integradas al sistema, todos estos gobiernos deberán afrontar una polarización de la sociedad, una crisis política que los volteará uno a uno y, como históricamente ocurrió, abrirán paso a la ultraderecha si es que la izquierda no adelanta con energía e inteligencia su propia alternativa.

 

Yugoslavia, Kosovo, los Balcanes y el mundo

¿Cuál podría ser la alternativa? Desde luego que el primer objetivo es detener la guerra. Toda vacilación respecto del papel de la OTAN en Yugoslavia deriva de inmediato en complicidad con una estrategia que, en última instancia, mientras descarga misiles contra los pueblos de países entrampados en su intento de retornar al capitalismo, apunta a la clase obrera de Europa occidental y de Estados Unidos. Un frente único antiguerra, que reúna al más amplio espectro posible tras este objetivo puntual, es la tarea central de la hora.

Respecto del problema nacional de Kosovo y la política del gobierno procapitalista presidido por Milosevic no hay incógnitas: la teoría y la genuina práctica del marxismo sostiene el derecho a la autonomía e incluso la independencia de toda nación que así lo decida en un momento dado. Con el 90% de la población y la carga de una política discriminatoria primero y ferozmente represiva después por parte del gobierno central, este derecho de los albano-kosovares es indiscutible, al margen incluso de toda consideración respecto de la conveniencia o no de adoptar tal medida en el actual cuadro internacional. No se trata, sin embargo, de un debate sobre posiciones genéricas. Estos conceptos no impiden ver con objetividad que el movimiento armado kosovar, sin duda legítimo en sus comienzos, ha derivado luego hacia posturas terroristas y compromisos directos con Bonn y Washington, inaceptables en cualquier fuerza que defienda posiciones de emancipación nacional: él Ejército Kosovar de Liberación pidió el bombardeo imperialista contra su propio pueblo y utilizó métodos terroristas -ajenos por definición a la teoría y la práctica de los revolucionarios marxistas- no sólo contra ciudadanos de origen serbio en Kosovo, sino contra albano-kosovares renuentes u opuestos a seguir la línea trazada por este pseudoejército teledirigido por la CIA.

En ninguna hipótesis se puede confundir a los jefes del EKL con la voluntad soberana del pueblo albano-kosovar. Y es dable suponer, sobre todo a la luz de los últimos acontecimientos, que esos dos millones de personas, en condiciones de expresarse libre y democráticamente, no condonarían la infamia de quienes suscribieron un pedido de bombardeo sobre Kosovo. Su demanda de autonomía o incluso independencia, cobraría entonces otro carácter.

Como quiera que los hechos se desarrollen, es claro para un análisis objetivo que no habrá solución en marco del capitalismo y que toda perspectiva de convivencia interétnica y multirreligiosa -tanto más la reconstrucción de la devastación provocada por la guerra- plantea como condición primera retomar el camino de la edificación socialista, asimilando la experiencia pasada y sobre la base de la democracia obrera.

 

Perspectivas en el terreno militar

El objetivo militar de la guerra es demoler con bombas aquello que no pudo ser derrumbado en 10 años de políticas pro-capitalistas apoyadas en un consenso general para marchar en esa dirección. A partir de allí, se trata de ocupar el territorio y sostenerlo como base territorial para afrontar lo que viene en el resto de los países no capitalistas.

Diversos análisis aluden a un error de cálculo: el Departamento de Estado habría dado por seguro que, tras los primeros bombardeos aéreos, Milosevic aceptaría una negociación sobre la base de que la OTAN controlara la provincia de Kosovo. Es una hipótesis que no podemos afirmar ni descartar. Como quiera que sea, el objetivo mínimo es el emplazamiento de fuerzas de la OTAN en territorio yugoslavo. No de las Naciones Unidas, porque allí tendría injerencia militar el ejército ruso.

El hecho es que Milosevic no se rindió hasta el momento en que se redactan estas líneas; y no es probable que lo haga. Por el contrario, en su encuentro con Primakov cambió apoyo militar -presumiblemente ya obtenido- por una suerte de Confederación o Unión entre Rusia, Bielorusia y Yugoslavia (Hungría quedaría, si el proyecto se consuma, como clavo al rojo entre los dientes de una poderosa tenaza. Y sería, en tanto que miembro de la OTAN, un peldaño más de la fuerza bélica que avanza de Occidente hacia el Oriente europeo).

Si en las próximas semanas no se arriba a un acuerdo que contemple la necesidad estadounidense y la exigencia yugoslava asumida por Rusia (ya fracasó, el 15 de abril en Oslo, una negociación entre Primakov y la secretaria de Estado Madeleine Albright), el inicio de las operaciones terrestres será inevitable. Mientras tanto, va de suyo, los bombardeos aéreos deberán incrementarse.

En esa variante, el mundo tiene por delante una guerra de larga duración e inevitable extensión: la OTAN habrá entrado de cuerpo entero en una ciénaga.

Las declaraciones belicistas del presidente ruso Boris Yeltsin no valen por sí mismas sino por lo que intentan ocultar: están dictadas por una necesidad imperiosa de un gobierno moribundo. Es presumible que las masas ex soviéticas perciban con claridad que el presente yugoslavo prefigura su propio futuro. Pero además, es el presente ruso, dominado por un colapso económico sin precedentes en la historia, lo que hace crujir el frágil andamiaje montado por la burocracia reciclada. El PC de la Federación Rusa, chovinista y pro-capitalista aunque con bases materiales y sociales diferentes a sus ex colegas, está entre el yunque y el martillo. Huye hacia delante mientras trata de hallar -Primakov oficia de portavoz- una solución negociada: que la ONU ocupe Kosovo.

Cuenta en este cuadro un factor excepcional: los pueblos yugoslavos son los únicos que durante la segunda guerra mundial vencieron militarmente a los nazis sin intervención soviética. En guerra de guerrillas y con participación de todo el pueblo, con la conducción de la Liga Comunista encabezada por Jozip Broz, el mariscal Tito, un ejército irregular abatió al poderío militar alemán. Sobre esa base, en 1940 se instauró un nuevo régimen que expropiaría a burgueses y terratenientes y daría lugar a lo que la literatura marxista denomina Estado obrero. (El concepto alude a un Estado basado en la propiedad colectiva de los medios de producción y cambio, la planificación de la economía y la participación directa de las masas en la gestión de gobierno). Tito y su partido no escaparon a la influencia y la gravitación del stalinismo dominante en la URSS y en el movimiento comunista internacional. La degeneración de aquel concepto hizo cuerpo también en Yugoslavia. La expropiación política de las masas dejó el poder en manos de una casta burocrática que paulatinamente introdujo mecanismos de mercado en la economía planificada. Yugoslavia fue pionera en ese camino (lo que hace tanto más elocuente la imposibilidad de afirmar el paso final en el cambio de sistema y permite proyectar su caso a los vecinos, muy especialmente a Rusia).

De todos modos, entre 1940 y 1980 Yugoslavia tuvo un espectacular desarrollo económico, logró un alto grado de integración de los muy diversos componentes étnico-culturales que componían la ex Yugoslavia y garantizó -como todos los países de aquella condición- la satisfacción de las necesidades mínimas al conjunto de la población (excepto, claro está, la necesidad vital de plena participación política).

Aquella historia reciente tendrá un peso crucial en esta instancia. Es dudoso que Milosevic pueda sostenerse al comando de la dinámica que lo arrastra, aunque es un hecho que la agresión imperialista lo ha fortalecido. Está a la vista que el ejército rehuye el combate en los términos planteados hasta ahora por la OTAN (aunque no se ha privado de certeros golpes que humillaron a los comandantes occidentales), preserva sus fuerzas (hay informes de desplazamiento de tropas y pertrechos a lugares secretos, en las montañas, al margen de instalaciones militares) y se prepara para la verdadera guerra: que se desarrollará si la OTAN resuelve finalmente sus justificados temores y contradicciones internas, y decide atacar por tierra.

 

La tarea en Argentina

Existen dos planos netamente definidos para la acción política. Uno, exige la afirmación de un objetivo único: ¡No a los bombardeos!; ¡Fuera la OTAN de Yugoslavia! El otro indica la necesidad de estudiar y analizar la realidad balcánica, europea e internacional, para luego elaborar, debatir y aplicar líneas de acción estratégicas desde el punto de vista revolucionario marxista (6).

No hay, no debe haber, ninguna restricción de ningún orden para impulsar actividades de todo tipo contra la guerra y contra el supuesto derecho de la OTAN a invadir un país soberano con el pretexto que sea. Crítica convoca a todas las organizaciones políticas, sindicales y sociales, a los intelectuales, a periodistas, docentes y al pueblo en general, a multiplicar acciones en todos los terrenos destinadas a detener los bombardeos y ponerle límites a la OTAN.

Este llamado es sobre todo a las dirigencias sindicales que se reivindican defensoras de los intereses de sus bases: una derrota por devastación militar de la clase obrera yugoslava se manifestará de inmediato en el intento de extender el éxito imperialista sobre la clase obrera eurooccidental, específicamente alemana, hoy clave para que la Unión Europea pueda o no imponer a su proletariado las exigencias de una economía en crisis. Y si ese segundo paso se consumara, nadie puede dudar de los brutales efectos que esto tendría para todos los trabajadores del mundo.

Igualmente, corresponde a la intelectualidad y los periodistas ocupar el lugar de mediadores en la conformación de la opinión pública desnudando los verdaderos contenidos y objetivos de la agresión de la OTAN.

Nadie puede mantenerse ajeno en este momento crucial. Desde estas páginas hacemos una propuesta que sólo requiere compromiso con el esfuerzo por poner fin a la guerra: constituir una Comisión Nacional contra la agresión a Yugoslavia. Además de promover una campaña de esclarecimiento y denuncia, con eje en la oposición a la guerra, esta Comisión debería enviar de inmediato una delegación plural de personalidades reconocidas a Belgrado, para llevar solidaridad al pueblo agredido por el imperialismo, reivindicar los derechos democráticos de los albano-kosovares y denunciar la política guerrerista de la OTAN.

En el marco de la enérgica labor por poner en pie un movimiento masivo contra la guerra, los revolucionarios marxistas debemos llevar a su consecuencia lógica la comprobación del extremo al que llega la crisis capitalista mundial: los barones del imperialismo se muestran dispuestos a responder con violencia y destrucción masiva de bienes y vidas humanas a la crisis capitalista caracterizada por excedentes desmesurados e inmanejables de capitales, mercancías y personas. Se ha desvanecido la fantasía de utilizar a los países no capitalistas como mercados que absorban sus excedentes y les permitan la reproducción del sistema a escala mundial. Sólo les queda la solución empleada una y otra vez por el capitalismo en sus momentos de crisis.

Ellos siguen la lógica de destrucción y muerte que les impone el sistema que usufructúan y defienden.

Nosotros debemos asumir que ha llegado la hora de la verdad. Recomponer nuestras fuerzas es un imperativo impostergable. No es posible responder a esta exigencia histórica desde la dispersión, el aparatismo o la diletancia. Sentadas las bases teóricas y políticas, la militancia tiene la alternativa de intentar la recomposición de su fuerza en todos los planos o rendirse sin lucha.

Con los primeros y por sobre todos los obstáculos, marcharán quienes sostienen esta revista.

 

Notas

1.- Un ejemplo patético es el del escritor colombiano Gabriel García Márquez. En una nota publicada por Clarín el 11-4-99 este autor viste al secretario de la OTAN, Javier Solana, como un humanista (el término da ya para todo) que está allí, a la cabeza de un crimen masivo contra un pueblo soberano, por una mala jugada del destino, injusto con «un poeta triste y propenso a la soledad». El comandante de la fuerzas agresoras, el estadounidense Wesley Klark, sería según García apenas «un ideólogo de la felicidad social (…) un militar que sueña con ser hombre de letras». Sólo que una malhadada estrella lo llevó a lugares que ofenden su fineza espiritual: Vietnam en los años 60/70; luego Comando Sur del ejército estadounidense (Panamá, es decir, jefatura militar de la contrarrevolución en toda América Latina) y ahora esta faena de carnicero en Europa.

Quienes desde la aparición del exitoso Cien años de soledad -en una soledad que no duró tanto, pero resultó incómoda porque pudo parecer pose de crítico snob y sempiterno- sostuvimos que ésa no es una obra que merezca el nivel literario que se le atribuye; que no se debe confundir postura política de un escritor de literatura con sus dotes como tal; quienes gozamos y apoyamos las filosas ironías con las que autores de la talla de Borges y Onetti lapidaron al oportunista de las letras, no podemos por menos de sentirnos reivindicados, aunque no por ello menos tristes, cuando aquella conducta superficial y acomodaticia se manifiesta ahora, sin antifaces, también en la ubicación ideológica y política.

2.- Cf. Introducción al conocimiento de la realidad contemporánea; Luis Bilbao; Ed. Búsqueda de Nuestro Tiempo. (De próxima aparición).

3.- Ibid.

4.- Ver Crítica Nº 1: El mundo después de la guerra del Golfo y sin la URSS; Luis Bilbao; 1991; págs. 69-70

5.- Ibid; págs. 28-29.Buena parte de quienes ahora rechazan el dato clave que explica la guerra, afirmando que en realidad aquellos países nunca fueron Estados obreros, ni aun entendiéndolos como tales a partir de una degeneración extrema de su sistema político, hace 8 años anunciaban un alza imparable del movimiento obrero mundial con eje en el proletariado ruso y una clamorosa victoria obrera contra el stalinismo. La militancia -y sobre todo la juventud que se asoma a la lucha social- tiene no sólo el derecho sino el deber de demandar qué dijo cada corriente en aquellos momentos de zozobra. Con ese espíritu recomendamos la lectura del texto completo de se extrae esta cita, en Crítica Nº 1.

 

reseña

Noticias secretas de América

porLBenLMD

 

De Eduardo Belgrano Rawson

Editorial: Planeta
Cantidad de páginas: 450
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Enero de 1998

 

Un texto literario es, ante todo, la impresión inmediata que provoca en quien se sumerge en él. Noticias Secretas de América no atrapa en esa primera instancia. No por acaso los editores han creído necesario aclarar, en la tapa y bajo el título, que se trata de una novela.

Si este obstáculo inicial no la relega al sector de la biblioteca que todo lector destina a los libros postergados, las reticencias serán vencidas, al cabo de unas cuantas páginas, por una fuerza paradojal: en la misma causa que provoca rechazo estriba la potencia de esta novela notable. Eduardo Belgrano Rawson habla de nuestra historia. Es decir, de nosotros. Pero con noticias diferentes.

Por eso choca: nos habla de un pasado oculto y en un lenguaje que salta de la altura poética a la más cruda procacidad vulgar, sin mediaciones. Del mismo modo que pasa de datos conocidos y comprobables a informaciones que desconciertan al lector: ¿estará contándonos un hecho real, descubierto por la evidente labor de investigación sobre la que reposan sus páginas? ¿O acaso ese dato crucial, aquella expresión rotunda, es obra del novelista? Incluso los profesionales de la materia dudan ante el minucioso trabajo del autor.

Para colmo, Belgrano Rawson no tiene el anclaje de Andrés Rivera, que en La Revolución es un Sueño Eterno y otras obras, recrea la historia desde un presente definido; educa y conmueve, deja el espacio obvio de la novela histórica entre ficción y realidad, pero traduce -con la fuerza que sólo la buena literatura puede alcanzar- certezas elementales.

Rawson expone en cambio simple y brutalmente hechos de cuya veracidad no habrá certidumbre, que ponen al actor -es decir, al lector- ante un panorama al que deberá darle significación y direccionalidad: ¿es ésta la argamasa sobre la que andan mis pasos? ¿de qué materiales está hecha?

En sus 450 páginas el libro se limita a lo que propone su título: informarnos. Pero desde la literatura. Es decir, desde la belleza y la ambigüedad. Excepto en su última parte, donde «el Indio» -José de San Martín- derrota al autor y le obliga a exponer su difusa visión de nuestra historia. El autor resiste la embestida, sin embargo, y no abandona su condición de novelista.

A menudo un detalle permite intuir esencias: entre los innumerables nombres a los que Belgrano Rawson ofrece su reconocimiento, figura el de Monteiro Lobato. Tal vez hay algo del entrañable e injustamente olvidado autor brasileño en esta forma de tomarse libertades extremas respecto de la realidad, para alcanzar la substancia. Como quiera que sea, Noticias Secretas de América es un libro gratificante. Y en esta Argentina sin rumbo de fin de siglo, sin duda necesario. Para jóvenes dispuestos a dejarse cautivar por nuestra historia bien narrada. Y para adultos a quienes el autor les concede la posibilidad de digerirla con una carcajada.

acerca del xix congreso del pca (2ª parte)

Clase obrera y partido de los comunistas

porLBenCR

 

Introducción

Definir la relación entre clase y partido es el mayor desafío teórico-político de una organización revolucionaria marxista. Su resolución requiere como punto de partida conceptos precisos respecto de ambos; aunque sólo tomará cuerpo en la práctica, es decir, en la existencia del partido revolucionario inserto en las masas trabajadoras, conviviendo en una contradicción permanentemente replanteada.

La naturaleza conflictiva de esa relación estriba en que el partido revolucionario se hace realidad, toma existencia palpable, en una clase que, llamada por el lugar que ocupa en el sistema de producción capitalista a abolir el capital, no es sin embargo revolucionaria en acto, sino potencial y eventualmente.

Esta contradicción a menudo se resuelve en un desvío de genuinos revolucionarios que, constatando empíricamente que en determinada coyuntura la clase obrera no ayuda al fortalecimiento de una organización revolucionaria, giran la vista en busca de otros ámbitos de militancia, aparentemente más dúctiles a la idea de un cambio social profundo.

A la inversa, pero de manera complementaria, fuerzas o dirigentes insertos profundamente en la realidad obrera, suelen adoptar comportamientos conciliatorios que, eventualmente, se traducen en formulaciones políticas e incluso teóricas de neto carácter reformista.

Como punto de partida de estos desvíos de enorme -y a veces trágica- trascendencia política, está el hecho de que el proletariado no es revolucionario por definición, en todo momento y lugar. Esa es una noción ajena al marxismo, impuesta por una concepción apologética, funcional a la política de conciliación de clases del stalinismo, pero que ganó también a buena parte de los epígonos de Trotsky, muchos de quienes mistifican hasta niveles grotescos la noción de proletariado revolucionario. La otra cara de esta medalla es la incomprensión de la naturaleza, carácter, función y forma del partido revolucionario.

Marx, Lenin y el propio Trotsky sostenían respecto de la clase obrera una caracterización objetiva, confrontada con el carácter cuasi religioso que llegó a tener el concepto en la mayor parte de las organizaciones que se reivindican marxistas. (Esto, claro está, antes de que los vientos huracanados de los últimos tiempos trajeran una nueva moda, no casualmente sostenida por aquellos que mistificaban al proletariado y ahora sostienen que la clase obrera… ya no es el «sujeto de la revolución», y enfilan sus afanes hacia los así llamados «nuevos movimientos sociales»).

La calificación de clase en sí y clase para sí en Marx, el tan citado como mal comprendido y manipulado Qué Hacer de Lenin, son pasos en la elaboración teórica y la resolución política de una contradicción que Trotsky expuso como punto de partida de su Historia de la Revolución Rusa.

La clase obrera en sí -los trabajadores sin conciencia y organización de clase- lucha espontáneamente por sus intereses inmediatos. Si bien esto puede dar lugar a grandes choques sociales y tensionar al extremo el orden burgués, todo ocurre por definición dentro del sistema capitalista. Lenin lleva esta noción al punto de afirmar que no hay lucha de clases si no hay conciencia de clase por parte de los explotados.

La clase obrera para sí -es decir, cuando ha adquirido conciencia de su lugar en la sociedad y de la posibilidad de producir sin necesidad de los capitalistas- se sitúa social y políticamente de tal manera que, en determinadas circunstancias, cobra un impulso revolucionario capaz de derrocar el poder burgués y echar las bases de una sociedad de productores libres, democráticamente organizados, que ejercen su fuerza de clase a través de un Estado propio contra los intentos restauradores del capital.

Pero en la adquisición de esa conciencia está como factor irremplazable el partido revolucionario marxista; el partido de los comunistas, cuya función será tanto o más necesaria en las etapas históricas subsiguientes, es decir para afirmar y sostener -antes y después de la toma del poder político- aquella conciencia alcanzada.

La contradicción entre el partido de los comunistas y la clase cuyos intereses históricos asume consiste no sólo en que en el inicio su tarea requiere transformar la clase obrera en sí en clase obrera para sí, la espontaneidad en organización y conciencia, la lucha economicista en lucha de clases. El problema se agiganta cuando los primeros pasos ya han sido dados. Porque el desenvolvimiento normal de la vida social y económica de la clase obrera tiende constantemente -salvo en momentos excepcionales de la historia- a reproducir una conducta conservadora, economicista, de clase en sí. En ese punto -es decir, cuando se ha dado un paso relevante en el plano de la organización de masas o, más aún, cuando se ha accedido al control político de la sociedad- el papel del partido revolucionario es, si cabe, más relevante en términos históricos que en la propia lucha por el poder.

Esa tendencia intrínseca al conservadurismo tiene causas culturales de raigambre profunda -con todo lo que esto significa para la psicología de las masas y su conducta colectiva- pero tiene sobre todo asidero en una práctica social que, si no es drásticamente transformada en los momentos previos, durante y después de una lucha revolucionaria victoriosa, continuará reproduciendo la conciencia economicista, egoísta, sin horizonte común, propia de la vida social en una sociedad capitalista. Tanto más poderosa será la gravitación de esa fuerza y tanto más ardua la tarea del partido de los comunistas para contrarrestarla, cuanto mayor sea el tiempo que medie entre la conformación de organizaciones sociales y políticas de masas de los explotados y la confrontación de clase contra clase en lucha franca por el poder. La constitución -ineludible- de aparatos, tiende a crear una capa de funcionarios que, en ausencia de concepciones y líneas de acción para contrarrestarlo, poco a poco van afirmando intereses propios y mezquinos, que se apoya y a su vez potencia aquella fuerza inercial al conservadurismo. La historia de los grandes partidos obreros, en primer lugar el Partido Socialdemócrata de Alemania, lo atestigua.

Tal dinámica del accionar del proletariado como conjunto -y téngase en cuenta que el punto de referencia es un conjunto heterogéneo; por veces extraordinariamente desigual, al punto que confunde respecto de si se trata o no de componentes de una misma clase- se transforma en una fuerza social contraria al flujo revolucionario, si no media la presencia constante, enérgica, de un partido de los comunistas, empeñado en educar y capacitado para dirigir en cada oportunidad que las circunstancias lo hagan posible.

Antes, durante y después de la lucha por el poder para los organismos de masas del proletariado, contrarrestar esa dinámica intrínseca requiere muchas cualidades de un partido de los comunistas.

La comprensión del fenómeno es, naturalmente, la primera condición. Esto presupone una dirección sólidamente formada en la teoría marxista; una posición filosófica materialista dialéctica como herramienta permanente para el análisis y la acción, que eluda las trampas del idealismo y el pensamiento mecanicista en todas sus formas. Porque esta tendencia opera sobre la única clase que, por su ubicación en el sistema de producción, tiene intereses objetivos frontalmente contrapuestos con la burguesía; la única clase que objetiva, estructuralmente, cuenta con todas las condiciones para asumir hasta las últimas consecuencias una posición revolucionaria en un momento dado del desarrollo capitalista.

Son idealistas, sin atenuantes ajenas al marxismo, las concepciones que ubican el rumbo reformista o francamente termidoriano de organizaciones de masas de los trabajadores como simple resultado de «la traición» de algunos dirigentes.

Son idealistas, sin atenuantes ajenas al marxismo, las concepciones que interpretan esa tendencia objetiva al conservadurismo como necesidad o incluso como posibilidad de respaldo en el largo plazo a posturas evolucionistas, reformistas.

En todo proceso de lucha hay dirigentes proclives a la traición. Pero la historia lejana y reciente prueba que en no pocas oportunidades la conducta de numerosos dirigentes políticos o sindicales que se desbarrancaron por la pendiente del reformismo y el conciliacionismo de clases encuentra explicación en la propia conducta de las masas y su poderoso influjo múltiple sobre los cuadros. Para quien se considere marxista, es indiscutible el principio de que la historia forja los hombres que necesita. Pero esto no puede ser entendido sólo en el sentido de la aparición de líderes revolucionarios capaces de encabezar la voluntad insurgente de las masas en un momento dado. También es válido cuando la marea cambia de signo y se produce un reflujo de las masas.

En ese punto, no es sólo la voluntad revolucionaria de un cuadro militante -aunque este sea un factor fundamental- la que cuenta para definir su conducta. La clave está en la comprensión histórica de la coyuntura, en la interpretación profunda de la dinámica de la lucha de clases, la asunción plena del papel del militante comunista en las diferentes fases del combate y, último pero en primer orden de importancia, esa clave reside en una concepción nítida, imposible de ser confundida, acerca de la relación entre clase y partido revolucionario(2).

Cada individuo es un mundo en sí mismo y está claro que el carácter de cada uno cuenta en los momentos cruciales de la historia. Pero reducir la decisión de cuadros dirigentes ante encrucijadas de muy difícil resolución a una mera cuestión de carácter -para no hablar ya de la reducción a la condición de traidores- es impropio de un pensamiento que se pretende marxista. Eso es una caricatura, que con lenguaje pseudo revolucionario contribuye a desarmar a la vanguardia y, en consecuencia, facilita el curso de las masas y sus dirigentes naturales hacia la contrarrevolución.

La interpretación científica de esa lógica interna en el devenir de la clase obrera llevó a la afirmación -en la teoría y en la práctica- de la necesidad imperativa de un partido de los comunistas, un partido democrático y a la vez centralizado, con una dirección formada en la teoría científica de la revolución y un empeño permanente, tenaz, para que esa formación sea patrimonio de todos y cada uno de los militantes, de manera de conformar un organismo sensible y ágil, capaz de aprehender la realidad en toda su complejidad y extensión para estar en condiciones objetivas de afrontar coyunturas de reflujo con propuestas revolucionarias que contradigan el estado de ánimo circunstancial de las masas sin por ello aislarse de ellas.

Esto es, en definitiva, lo que se resume en el concepto, tan malversado, de leninismo. (Tal comprensión de la situación, digámoslo de paso, presupone instrumentos que permitan conectar directamente a esos cuadros con la realidad planetaria, es decir, estructuras internacionales de los trabajadores y una organización internacional de los comunistas).

En esas instancias de reflujo o de confusión, desmoralización o cansancio, desde luego, cuenta el carácter de dirigentes claves. (Véase si no el peso de la ausencia de Lenin en 1925, o el papel de Fidel Castro frente al derrumbe de la Unión Soviética y el impacto demoledor que esto tuvo sobre el conjunto del pueblo y la clase obrera cubanas y sobre millones de comunistas en el mundo). Cuenta también, y no en medida menor, una autoridad real del partido frente a las masas, previamente ganada en años de lucha consecuente, y encarnada, de manera orgánica y con el máximo de eficiencia, en mujeres y hombres cuyas vidas y conductas plasmen en el accionar cotidiano aquello que se propone a las masas.

Pero todo ese conjunto de factores -en el cual queda como escoria, es decir, como desecho en la producción de una herramienta poderosa, el papel de los traidores, o los débiles de espíritu y convicción que se deslizan hacia la traición- presupone una teoría consistente de lo que es un partido de los comunistas, del papel de las clases en la lucha social y de la relación entre clase y partido.

Bases materiales para un debate

Por regla general, cuando se discute acerca de la construcción del partido revolucionario marxista estas cuestiones están fuera del ámbito de la polémica. En nuestra opinión, sin embargo, al excluir esta base material en la consideración de la lucha anticapitalista, toda la argumentación se ubica en un plano abstracto y gradualmente arrastra a los contendientes a una concepción metafísica, inequívocamente idealista, que luego se trasladará al accionar político y la construcción organizativa, produciendo resultados letales, cuando no directamente catastróficos, que con total independencia de la voluntad de la militancia contribuyen con las necesidades del capital y transforman a abnegados revolucionarios en agentes inconscientes de una política contraria a la revolución.

Claro que para arribar a la consideración de este problema crucial, el punto de partida es la noción marxista del papel de la clase obrera en el derrocamiento del capitalismo y la edificación del socialismo. La cosa cambia cuando la premisa misma es puesta en duda o, directamente, negada. En tales casos, el pensamiento, la organización y la práctica política retroceden más de un siglo y se hunden en la ciénaga del pragmatismo populista, reformista o ultraizquierdista.

En la primera parte de este trabajo analizamos las así llamadas «Tesis Fundamentales» del XIX Congreso del PCA(3). Señalamos allí una concepción que, desde diferentes ángulos, desplazaba a la clase obrera del centro de una estrategia de lucha, postergaba hacia un remoto e indefinido futuro el objetivo socialista de esa estrategia y, en consecuencia, desdibujaba el concepto de partido comunista en un vagaroso Movimiento Político de Izquierda, promotor a su vez de un no menos brumoso Frente de Liberación Nacional y Social.

En aquella oportunidad habíamos postergado la tarea que ahora encaramos: observar el informe del Comité Central así como otros documentos preparatorios o resolutivos del XIX Congreso, centrando el foco en la relación clase obrera-partido de los comunistas, para demostrar por qué el PCA lleva a cabo en el movimiento obrero una política no sólo errática, zigzagueante, sino directamente contrapuesta con las necesidades inmediatas y de largo plazo para una estrategia revolucionaria socialista.

En nombre de la «recreación del marxismo», promesa a cumplir en un futuro indefinido, los documentos en cuestión rompen amarras con principios teóricos y políticos fundamentales: a saber, el materialismo dialéctico como herramienta de análisis, el materialismo histórico como fundamento para la interpretación de las clases y su dinámica, las nociones económicas claves de El Capital, la teoría del partido revolucionario y su plasmación en el partido de Lenin y en la Internacional Comunista de los cuatro primeros Congresos(4).

Al mismo tiempo, estos materiales aluden constantemente a nociones implícitas en el cuerpo conceptual de las organizaciones que se reivindican marxistas en general y del PCA en particular (el «leninismo», entre otras tantas), pero vacías de contenido, de modo que cada uno ponga en ellas lo que quiera o pueda. Complementariamente, y como ya se señalara en la primera parte de este trabajo, se yuxtaponen posiciones y presumiblemente voluntades diferentes pero sin explicitar cuáles son las diferencias, en qué se fundan y cómo plasmarán.

El resultado es una endemoniada confusión en relación con el trabajo del partido en el movimiento obrero, en la que cada uno podrá encontrar una frase en respaldo de la posición que sustenta, pero que, por eso mismo, lejos de afirmar una concepción, trazar una estrategia y posibilitar una línea de acción, produce todo lo contrario y desarma en términos absolutos a los cuadros y activistas del PCA en el movimiento obrero y sindical.

Un documento distribuido junto con las Tesis y el informe del Comité Central como material de discusión específico, titulado La Clase Obrera y la Organización Sindical, fechado en julio de 1995, lleva al paroxismo el discurso de la confusión y la vaciedad.

Resumiendo los conceptos centrales expuestos por las Tesis, ya analizadas, el documento comienza así: «El diseño de una línea de trabajo en el seno de la clase obrera debe realizarse desde el enfoque de cómo avanzar en la acumulación revolucionaria, de construir poder popular con el objetivo de la conformación de un nuevo bloque político social de cambio».

Hace falta talento para resumir en tan pocas líneas semejante disloque en todos los órdenes imaginables.

El arquitecto de la perspectiva de trabajo del PCA en la clase obrera «diseña» su proyecto con foco en la «acumulación revolucionaria». Según esta concepción, el partido de los comunistas no debe ir a la clase para educarla y organizarla como tal, sino para medrar. El partido es exterior a la clase. No «acumula» cuando ésta se fortalece en términos de conciencia y organización, sino cuando suma militantes a su estructura, la cual pondrá al servicio de «crear poder popular»(5). Ese «poder», bajo control del PCA a través de su «acumulación», se pondrá a disposición de «un nuevo bloque político social de cambio».

La caricatura trivial de teoría marxista se transforma en máscara trágica en el accionar político. Y esto no es un pronóstico. Con estas nociones, en los últimos años el PCA ha transitado diferentes «bloques político-sociales de cambio», ha promovido expresiones ficticias de «poder popular» y ha logrado «acumular» una serie innumerable de reveses que diezmaron sus filas, reduciéndolo a un espectro de lo que fue hasta no hace mucho tiempo en la clase obrera, dejando un tendal de valiosísimos luchadores hoy desmoralizados y dispersos.

Si en los dos primeros objetivos de la frase citada el PCA no se diferencia en absoluto de organizaciones guerrilleras del pasado reciente o de sectas sindicaleras actuales de diversa denominación, en el tercero se identifica plenamente con las expresiones más crudas del reformismo. He allí la base teórica (por decirlo así), de los permanentes bandazos a derecha e izquierda en la conducta del PCA en el movimiento obrero.

A renglón seguido el documento busca tomar distancia verbal de los teóricos recreadores y reafirma que «La clase obrera sigue siendo el sector más dinámico del campo popular, el rol de la misma será fundamental para derrotar al neoliberalismo».

Véase bien: la clase obrera sigue siendo el sector más dinámicoEs probable que en la intencionalidad de los autores, esto suponga una afirmación de principios. Y lo es. Pero no de principios marxistas. La sociedad no se divide en «campos» en los cuales los marxistas debamos hurgar en busca del «sector más dinámico». Dicho sea de paso, la evaluación no se corresponde en absoluto con la situación actual. Si algo es evidente en la coyuntura que atravesamos es la falta de dinamismo de la clase obrera. Son mucho más «dinámicos», (paraatenernos a la expresión del documento) «sectores» como el movimiento de mujeres, el movimiento estudiantil y hasta los grupos ecologistas! Pero eso no es, desde luego, lo más importante. Lo que verdaderamente pesa y define los fundamentos ideológicos del documento es que reivindica a la clase obrera por ser «un sector» del «campo popular». Esta inversión de los conceptos se trasladará mecánicamente al accionar político, poniendo cabeza abajo al PCA en relación con lo que debería ser su tarea en la clase obrera, y actuando en cambio para hacerle cumplir el papel de complemento del «campo popular», lo que en buen romance significa ir detrás de algún nucleamiento pequeño burgués o burocrático, como enseguida veremos en las resoluciones del Congreso.

La definición ideológica profunda continúa de inmediato cuando el documento «diseña» el horizonte programático para esa batalla: un «proyecto de justicia y humanismo revolucionario».

Sin dar respiro y con un perfecto sentido del equilibrio los autores buscan neutralizar posibles ataques de los recreadores con la siguiente frase: «(ese proyecto) no sólo es tarea de la clase obrera, ésta, conjuntamente con otros sectores integrantes del bloque político social deben ser parte de la concreción de ese objetivo».

Ya está. En las primeras ocho líneas el documento clausura de manera definitiva cualquier posibilidad de que la militancia del PCA realice en la clase obrera una tarea revolucionaria de concientización, organización y orientación política, y en consecuencia se fortalezca como partido capaz de ganar la confianza de las masas, organizar a la vanguardia y asumir el papel de guía y ariete en la lucha por el poder.

Pero en las dos líneas siguientes, el documento asume que estos objetivos, que en nuestra opinión definen a un partido de los comunistas, no son los suyos. Dice, sin anestesia: «El rol del PCA en esta construcción es estratégico, en su tarea de ir ganando la conciencia y la voluntad del campo popular».

Traducido: el «sujeto» en cuestión es ese «campo popular», constituido, como ya se adelantó, por la clase obrera y «otros sectores integrantes del bloque político social», ante el que el PCA está llamado a cumplir un «rol estratégico», consistente en «ir ganando la conciencia» para «un proyecto de justicia y humanismo». Es por esta razón que el PCA no debe ser disuelto, como decidió no hace mucho, con esta misma base conceptual, un ala de la dirección, mientras la otra vacilaba.

Pero no se alarme el lector. Este PCA tiene la responsabilidad estratégica de defender un humanismo… «revolucionario»

Clase obrera y partido según el PCA

La virtud inocultable de este breve documento es que resume en las primeras diez líneas lo que en las Tesis y el informe del CC demanda cuarentitrés carillas de gran tamaño(6).

En el capítulo IV del Informe, bajo el título Nuestro Proyecto, al llegar al punto 5, subtitulado La organización de los trabajadores y el pueblo, se hallará en el ítem b (el lugar es ya toda una definición) el subtítulo esperado: Nuestra política en el movimiento obrero.

Allí leemos, en las primeras líneas: «La direccionalidad y el aseguramiento (sic) de la consecuencia del proceso de resistencia exige un rol determinante del movimiento obrero. Esto convoca a un replanteo de nuestra política y nuestra práctica en su seno».

Sería difícil no concordar con el objetivo de que el PCA replantee su política y su práctica en el movimiento obrero. Pero otra cosa es acordar con el fundamento de ese replanteo.

Como un eco del documento antes citado, aquí se ratifica que la importancia del trabajo en el movimiento obrero deviene de la necesidad de tener asidero en algo sólido para garantizar la «direccionalidad» del sujeto en el cual los recreadores cifran su estrategia.

Voluntariamente o no, conscientemente o no, aquí se afirma una concepción -por entero ajena al marxismo- de las clases en general y del lugar del proletariado en la sociedad capitalista.

No se trata de una explícita confrontación teórica con el marxismo; ni de una abdicación ideológica formal. Se trata de un deslizamiento pragmático, que justamente tira por la borda cualquier referencia teórica para considerar una estrategia revolucionaria y centra sus afirmaciones en la defensa del PCA como aparato.

Ese es el punto de observación y el presupuesto constante de todos los materiales presentados al Congreso, el objetivo permanente y dominante de todo y cualquier posicionamiento.

De tal manera, pueden convivir sin conflicto encendidos discursos reivindicando la tradición comunista con posiciones ajenas en grado absoluto a ella. Y no nos referimos ya a lo que consideramos la genuina tradición comunista, que excluye al stalinismo y sus cultores. No son pocas las afirmaciones de los documentos y los oradores del Congreso que harían revolver en sus tumbas a los dirigentes históricos del PCA.

He aquí una notable paradoja: en el XIX Congreso se rindió culto -y la expresión no es un lugar común, sino que quiere significar la actitud adoptada- al viejo PCA, al tiempo que se enunciaban posiciones formalmente opuestas a las sostenidas por la conducción histórica.

Ese culto a la dirigencia tradicional es un mal trago para por lo menos un sector de la dirigencia actual, necesario sin embargo para contrarrestar el acoso de la fracción ortodoxa que construye una estructura paralela a la del PCA oficial. No obstante, tengan o no conciencia de la implicancia de sus afirmaciones, quienes tiempo atrás encabezaron la rebelión y denunciaron (son sus propias palabras de entonces) «un partido stalinista, conciliacionista de clases, reformista y burocrático», formulan ahora los postulados teóricos no explícitos de aquella antigua conducción, que bajo una retórica pseudomarxista (tomada del PCUS), sostenían una posición que desembocaba, para poner apenas un ejemplo, en un frente único con radicales y conservadores contra el Partido Laborista en 1946.

La relación entre partido y clase expuesta en los documentos del XIX Congreso es de puro cuño stalinista: el partido es un aparato y la clase un medio instrumental a través del cual aquel aparato busca sus objetivos.

La paradoja se explica porque con la desaparición de la Unión Soviética es necesaria una «recreación» del marxismo que profesaba el PCUS y sus acólitos. Pero esta recreación no sólo es necesaria: ahora es posible.

Antes, cuando la «ortodoxia» marxista estaba guardada tras los muros del Kremlin, cualquier desvío verbal de las sagradas escrituras era, naturalmente, una herejía. Y se pagaba caro. El mismo partido que proclamaba la posibilidad del socialismo en un solo país y la coexistencia pacífica con el imperialismo, publicaba por millones las obras de los clásicos (a menudo retocadas, para ocultar datos históricos claves o justificar conductas). Esta contradicción era una necesidad. Porque la burocracia que había expropiado al proletariado y encarnaba la degeneración de la Revolución Rusa, se presentaba no sólo ante el proletariado soviético, sino ante los explotados de todo el mundo, como legítima continuadora de aquella revolución. Y esa función requería, a la vez, renegar en los hechos de la teoría marxista y defenderla en los papeles.

Ahora, esta última parte de aquella necesidad no existe más y opera en toda su amplitud sólo la primera. De allí que mientras en la ex Unión Soviética la inmensa mayoría de la antigua burocracia se desembaraza ostensiblemente del lastre «marxista» y pasa a defender sin tapujos concepciones capitalistas en todos los planos, en el resto del mundo el mismo fenómeno opera sobre partidos que se denominaron comunistas. La gravitación de esa fuerza es tanto mayor cuanto más grande es el partido en cuestión. El partido comunista de Italia directamente cambió de nombre. En Francia, tras rechazar el concepto de dictadura del proletariado se abandonó la formulación litúrgica (jamás real en la existencia del PCF) de centralismo democrático, se diluye el concepto de clase obrera y como plataforma programática se afirman conceptos como éste: «La iniciativa privada es indispensable en la economía (…) luchamos por desarrollar y democratizar el sector y los servicios públicos. Y por establecer efectivamente la libertad de fundar su empresa, para permitir a las grandes empresas aumentar los empleos, los asalariados, las riquezas creadas».

Esto, impensable 15 años atrás, hoy resulta indispensable para el PCF. Desde luego, miles de comunistas italianos o franceses -para atenernos sólo a esos dos ejemplos- rechazan tales postulaciones y emprenden un camino de búsqueda teórica y política que en algunos casos incluye una fractura organizativa y en otros se intenta dentro de esos aparatos.

En partidos de menor envergadura y menor peso en la política nacional, la «recreación», la «amplitud de criterio», el «rechazo al dogmatismo», constituyen un recurso obligado para la sobrevivencia de aparatos creados bajo el reinado del stalinismo.

No hay que desdeñar la importancia histórica de esta situación. Es evidente que está abierta la posibilidad de que a través de esta fractura de aparatos y estructuras contrarrevolucionarias, innumerables luchadores, hombres y mujeres de la vanguardia y la base, accedan en todo el mundo a la comprensión y aprehensión de la teoría de la revolución social.

En el caso del PCA, dirección y bases tienen en los últimos años ese desafío histórico en sus manos. Los documentos presentados al XIX Congreso indican, desafortunadamente, que en este caso la reformulación teórica tampoco tiene su punto de partida en la asunción objetiva de los intereses inmediatos e históricos de la clase obrera, sino en las necesidades de un aparato: el propio PCA.

Formulaciones revolucionarias, cuya sinceridad no ponemos en duda, están sin embargo entrampadas en la dinámica autónoma de un aparato ajeno en los hechos a la clase obrera y que, en consecuencia, no contribuye sino por el contrario traba una reflexión teórica en función de ella.

El pragmatismo no es por tanto sólo una rémora inevitable de una educación stalinista, sino ante todo una exigencia del aparato mismo. Por eso en los documentos y en las intervenciones orales hallaremos una maraña de afirmaciones de todo tipo, en la cual queda atrapada la militancia -direcciones y bases- que busca sinceramente una salida revolucionaria. Pero si en los papeles y las palabras hay enredo y confusión, en la práctica hay una línea consistente con lo único claro para el factor dominante en el proceso de conjunto: la defensa del aparato.

En las filas del PCA, sin embargo, además de una realidad objetiva que deja escaso margen para devaneos reformistas, gravita también la voluntad explícita de muchos de sus miembros, en todos los niveles, de no abandonar la pertenencia a la clase obrera ni la perspectiva de revolución socialista, lo cual lleva a quienes tratan de conciliar posiciones a acuñar fórmulas insólitas, como la de luchar por «un proyecto de justicia y humanismo revolucionario», que remedan un equilibrista sobre la cuerda floja tras haber perdido la estabilidad y a punto de estrellarse contra el piso.

Teoría y política

Deténgase el lector un instante ante un reiterado concepto, que a fuer de repetido puede perder su significado profundo: «Sin teoría revolucionaria, no hay acción revolucionaria».

No es un afán hipercrítico el que nos mueve a sopesar los textos del XIX Congreso del PCA, sino la convicción de que aquella afirmación de Lenin en su ¿Qué Hacer? es el punto de partida de la labor de los comunistas. También es de este maestro de luchadores revolucionarios la sentencia que advierte: «un milímetro de diferencia en la teoría, es un kilómetro de distancia en la práctica».

Llegado a este punto, sin embargo, para proseguir el camino es preciso preguntarse y responder sin ambigüedades: ¿qué es teoría? y, por tanto, ¿qué es teoría revolucionaria?

Teoría es la forma que adopta el esfuerzo de conocimiento en la eterna búsqueda del hombre frente a las incógnitas de la naturaleza y la vida colectiva. Toda respuesta especulativa a estas innumerables incógnitas puede ser calificada como teoría. Cuando hace algo menos de tres mil años los pensadores de la época imaginaban que la tierra era una superficie plana sostenida por elefantes, estaban elaborando una teoría para explicarse la existencia del mundo físico. Cuando el brujo de una tribu sacrificaba una adolescente para agradar a los dioses y evitar que cayeran calamidades sobre la comunidad que integraba, rendía tributo a una teoría. Cuando los católicos explican la virginidad de María y la santísima trinidad, o cuando entienden el origen del hombre en Adán y su costilla, sostienen una teoría.

Dicho en otras palabras: con formulaciones teóricas, se pueden sostener las tonterías más absurdas. Y ello no necesariamente violentando las leyes lógicas. Porque esos absurdos aparecen como tales cuando el desarrollo de la vida social permite al hombre avanzar en el conocimiento y dar sustento objetivo a sus especulaciones teóricas. Lo que hoy suena insostenible, incluso ridículo, no tenía tal carácter cuando las condiciones del tiempo en que fue formulado lo hacían no sólo creíble, posible, sino incluso necesario. Porque es justamente sobre esas teorías que el conocimiento se irá desarrollando a través de los milenios.

Resta decir que ese conocimiento, además de no contar con suficiente desarrollo de las capacidades humanas para relacionarse con la naturaleza, tiene otra limitación objetiva: no es ajeno a la condición social de quien lo produce.

Cuando la comunidad humana primitiva comienza a organizarse lo hace en base a la capacidad de obtener un producto excedente. Sólo cuando cada individuo pueda producir siquiera un miligramo más de lo que necesita estrictamente para sobrevivir, será posible una división social que permita el trabajo no inmediatamente productivo de algunos componentes de la comunidad, en la cual, en los remotos inicios, a algunos les cabrá la tarea de defenderla frente a las amenazas físicas (ataques de las fieras, de otras tribus) y a otros de protegerla ante los temores -siempre existentes- de carácter metafísico: la inmensidad del espacio, la oscuridad de la noche, la potencia abrumadora del trueno, el misterio del nacimiento y de la muerte…

La capacidad de obtener un producto excedente y la necesidad de atender estos requerimientos físicos y metafísicos lleva consigo los mecanismos de apropiación de ese excedente. Guerreros y brujos, obviamente, tendrían el privilegio de cumplir su tarea social sin participar de la función primordial de producir lo elemental para la sobrevivencia.

En los orígenes, tales privilegios no estaban disociados de las capacidades especiales de quienes los obtenían, lo cual da al término un concepto diferente: los cuerpos mejor dotados, el carácter más osado, otorgaban el privilegio de morir empuñando las armas contra los enemigos de la comunidad; los cerebros más lúcidos, los espíritus más curiosos, darían al brujo de la comunidad el privilegio de meditar y experimentar a cambio de afrontar las tareas de cazar o sembrar (aunque no lo librarían de la ira de la comunidad si fallaba al curar un jefe o lograr lluvia en el momento necesario).

Con todo, el conocimiento se disociaba del grupo social y fincaba en algunos de sus integrantes. Los intelectuales que hoy trabajan para sostener y reproducir la ideología de las clases dominantes, seguramente rechazarán airados la idea de que sus ancestros son los brujos de la tribu.

Y será apropiada su ira. La comparación es injusta y por ello inaceptable: los brujos de las eras remotas eran necesarios a la comunidad. Quienes cumplen la tarea de aplacar los miedos físicos y metafísicos del hombre de hoy desde instancias que los califican como intelectuales, no lo son. En rigor, son todo lo contrario.

Porque explicar el origen del mundo mediante Adán y Eva, y la redención del hombre por medio del hijo de una virgen -para no poner sino los ejemplos más conocidos- constituyeron en su momento respuestas positivas a las angustias existenciales y materiales del hombre. Pero quien apela a sofisticados recursos para explicar esto mismo en el mundo de hoy, es lo que literalmente -y con prescindencia del sentido peyorativo- significa la palabra reaccionario.

Teoría revolucionaria es, en cambio, la que se apoya en los máximos avances del ser humano en el conocimiento del mundo físico, en los más avanzados métodos e instrumentos para extraer de la naturaleza lo necesario para la vida humana en niveles crecientes de satisfacción, para explicar a la altura de los tiempos y en beneficio de toda la comunidad humana, lo que el brujo explicaba con la invención de dioses y la demanda de sacrificio de inocentes. Intelectual revolucionario será, en consecuencia, quien asuma aquella teoría y estos objetivos.

Tal teoría es revolucionaria por tres razones principales: porque comienza por apoyarse en la ciencia empíricamente fundada; porque debe confrontar -la más de las veces violentamente- con la teoría del statu quo, la teoría establecida; y porque invariablemente, en su desarrollo positivo dará lugar a nuevos avances de la teoría entendida en el sentido filosófico más amplio.

En este marco, la única teoría revolucionaria contemporánea es el marxismo. Porque se fundamenta en los máximos avances de la ciencia (el desarrollo de la sociedad -las dos guerras mundiales y el cuadro económico actual- así como todos los fantásticos descubrimientos científicos de este siglo, desde la fisión del átomo a la comprobación de la existencia de vida en Marte, reafirman los principios del materialismo dialéctico y su aplicación en las obras de sus más lúcidos exponentes, desde El Capital de Marx hasta La Revolución Traicionada de Trotsky, pasando por la Dialéctica de la Naturaleza de Engels o El Estado y la Revolución de Lenin).

Está en la propia esencia de esta teoría revolucionaria, la certeza de que ella misma será superada, dialécticamente negada, con la evolución del ser humano.

¿Pero cuál evolución? Los brujos de nuestro tiempo creen que las maravillas de la cibernética o los recursos inefables de las nuevas tecnologías constituyen material suficiente para que aquella negación históricamente necesaria esté ya dada(7).

No es así, sin embargo. La creación de una red cibernética que convierte al planeta en algo tan accesible como el patio trasero para quien tenga los recursos de ingresar a la internet, el descubrimiento de rastros de vida en Marte, como la teoría de Einstein, son, sin duda revoluciones teóricas de inabarcables efectos prácticos; pero no pueden transformarse por sí mismas en teoría revolucionaria.

El factor ausente es la condición de que tales revoluciones teóricas estén en función de la satisfacción de las necesidades del hombre como especie. La microelectrónica sirve para enviar misiles inteligentes contra pueblos indefensos, cuando está en manos de los guerreros de nuestro tiempo. La computadora y la autopista cibernética sirven para que la opinión pública mundial sea burlada y manipulada por los brujos contemporáneos, que usan medios digitalizados para difundir noticias fraudulentas antes de ir a misa, consultar el horóscopo o encomendarse a San Antonio para conseguir pareja.

¿Qué tendrá que ver todo esto con el XIX Congreso del PCA?

Mucho. Porque la noción relativa a «recrear el marxismo» es apenas la verbalización de una postura que cohabita cómodamente con los brujos y aprendices de brujos que desde universidades, editoriales y grandes medios de difusión masiva, transmiten una teoría reaccionaria, es decir, anacrónica, es decir no científica y por ende, contraria en todos los sentidos imaginables a la idea y la práctica de la revolución.

En primer lugar, hay que subrayar que para que un cuerpo de ideas tenga categoría de teoría debe obrar con arreglo a un sistema lógico determinado. Hemos mostrado no pocas de las incontables incongruencias en las formulaciones de los documentos y, más aún, de éstas con la práctica política de quienes las sustentan.

Pero aun obviando ese aspecto, e incluso afirmando como premisa que la intencionalidad de quienes esgrimen tales posturas es la de obrar en función del derrocamiento del capitalismo y la edificación de una sociedad socialista, está claro que el afán por recrear el marxismo es la asunción de que éste no es hoy una teoría revolucionaria eficiente.

Se nos invita entonces a alumbrar otra teoría. Y aparecen allí, como en el tango de Discépolo, Gramsci, la teología de la liberación y Mariátegui. Y con arreglo a esa recreación se nos explica que «la crisis del capitalismo funciona sola y parcialmente en algunos países centrales. Para los dos tercios de la humanidad sumidos en la pobreza, no funciona».

Un refrán conocido sostiene que «perro que ladra no muerde». Con más galanura, el poeta africano Wole Soyinka canta: «El tigre no proclama su tigritud. Simplemente salta».

Los documentos del XIX Congreso del PCA ni muerden, ni saltan. (Al menos en el sentido que a estas palabras dan el refranero español y el poeta). Apenas amenazan con un golpe derecreación. Ocurre que, cuando entregan sus novedades, se descubre que detrás de ellas no sólo no está la superación de El Capital de Marx, sino sencillamente su negación, cuando no el mero desconocimiento.

Antes de llegar a ese punto, sin embargo, por lo señalado más arriba respecto de la relación entre desenvolvimiento social y teoría revolucionaria, esa amenaza misma es de por sí un distanciamiento de la teoría revolucionaria. Y esto significa, siguiendo la afirmación de Lenin, un distanciamiento de la práctica revolucionaria.

No podría ser de otra manera. Una teoría que para defender la identidad comunista se resiste a tomar como fuente de alimentación la historia verdadera de la Unión Soviética; se resiste a señalar los errores, los crímenes, las funestas consecuencias de unos y otros y las responsabilidades de individuos y partidos en todo este proceso histórico, para en cambio hacer invocaciones emotivas; una teoría que propone enriquecer el marxismo con «los aportes de la teología de la liberación y el nacionalismo revolucionario», es una teoría propia del brujo que ya sabe que clavando la daga sagrada en el pecho de una adolescente no logrará que venga la ansiada lluvia, pero continúa inmolando inocentes con la vana esperanza de conservar su lugar en la tribu.

Se reemplaza así, en el mejor de los casos, una teoría revolucionaria por una apologética, mezclada con fórmulas de ocasión.

Lo que importa en nuestro caso, es que a partir de esto no hay práctica revolucionaria, porque más allá de las causas y justificaciones que se aduzcan, se rechaza o desestima la teoría revolucionaria.

Consecuencias prácticas

A tales concepciones, tal política. El disloque teórico respecto del lugar objetivo de la clase obrera en el sistema, la asunción de conceptos que hacen del partido un mero instrumento inerte al servicio de una fuerza exterior a la clase misma, el abandono de nociones teóricas elementales respecto del capital y su lógica económica y social, redundan necesariamente en una conducta política y propuestas organizativas acordes con estos desvíos. Pero como se trata de una «recreación» sin otro fundamento que la pervivencia, el resultado es una confusión permanente, que desarma por completo a la militancia del PCA en el movimiento obrero.

Ejemplo patético de esto es el llamado Movimiento Político Sindical Liberación. Dice la resolución del XIX Congreso: «En el debate congresal se ha verificado una coincidencia en fortalecer el MPS ‘Liberación’ promoviendo su crecimiento».

Y continúa la resolución: «Por lo tanto la intención del 19 Congreso es darle mayor organicidad a una propuesta política de agrupamiento de un espacio compartido de la izquierda revolucionaria, a la par de ir construyendo una mayor inserción en el seno de la clase a través de su arraigo a nivel de empresas, localidades, provincias y regiones».

Agrupamiento de un espacio compartido de la izquierda revolucionaria.

«¡¡Válame dios!!» Si algo puede entenderse de esto, es que se trata de un partido político, denominado Liberación, para trabajar en el movimiento sindical de manera orgánica con otros agrupamientos revolucionarias. Un partido de partidos, pero sólo para trabajar en el ámbito sindical. ¿Cuáles partidos? Esa es sólo la parte de menor importancia en la incógnita. Pero antes de adentrarnos en ella continuemos con el texto de la resolución:

«Por ello el 19 Congreso del PCA resuelve:

1) trabajar por la realización del primer congreso nacional del Movimiento Político Sindical ‘Liberación’ para mediados de abril de 1996.

2) impulsar la conformación de la organización regional del MPS Liberación particularmente en la zona metropolitana e interior de Buenos Aires, el litoral, el nordeste, cuyo, Patagonia, centro y noroeste.

3) mandatar al próximo Comité Central a fin de que arbitre las medidas y los medios imprescindibles para aportar a la concreción de la iniciativa formulada.

4) el congreso del MPS Liberación debe contribuir a preparar en mejores condiciones la conmemoración del próximo primero de mayo, al calor de las luchas obreras y populares, y en el camino, avanzar en la construcción de la asamblea nacional de la resistencia.

5) todo el trabajo orientado a darle organicidad, arraigo y construcción en la base del MPSL debe estar acompañado del mejoramiento de nuestra labor independiente en todos los ámbitos donde se actúe con el enfoque de construcción de la central obrera alternativa.

6) disponer toda la fuerza partidaria e incidir en el espacio del combativismo a fin de darle la mayor efectividad posible a la jornada de lucha y movilización resuelta para el próximo 20 de noviembre de 1995″.

Comencemos por el final. Incidir en el espacio del combativismo, además de alumbrar una categoría nueva en la teoría política, constituye por cierto un papel escasamente ambicioso para un Partido Comunista. Pero muy elocuente respecto de los parámetros teóricos que dan marco a la acción y el horizonte de ésta.

Permítasenos apelar a la paciencia del lector para situarnos en el momento de esta proclama. Poco antes de que el Congreso del PCA aprobara esta declaración, con fecha 2 de noviembre el periódico Eslabón, órgano de la Unión de Militantes por el Socialismo, decía lo siguiente respecto de la movilización del 20 de noviembre:

«Cavallista o menemista, oficialista u opositora, la burguesía argentina al subordinar su estrategia económica a la decisión de ‘cumplir con los compromisos internacionales’ (es decir pagar la deuda), renuncia a crear otra alternativa, substancialmente distinta a la de Cavallo, para enfrentar la crisis.

«Pero tampoco surge desde fuera de la burguesía una alternativa distinta para la sociedad.

«La clase obrera no ha podido aún estructurar una respuesta apta para oponerse. No ha podido superar su situación de dispersión y división.

«Es en estas circunstancias que sectores del movimiento obrero -el CTA, el MTA y con la adhesión de la Corriente Clasista y Combativa- convocan a una movilización para el 20 de este mes. Pero el protagonismo de los convocantes no es idéntico. A pesar de que las demostraciones de protesta social en la provincia se suceden una tras otra, el hecho de ser protagonizadas principalmente por el sector de empleados estatales no se reflejó en un fortalecimiento del CTA, que los representa por intermedio de ATE. Por el contrario, el CTA perdió el papel protagónico conquistado en la Marcha Federal. Está más debilitado que entonces y no se debe a una negligencia organizativa, sino a una incapacidad para crear esa opción distinta a la de los partidos burgueses, pese a que era uno de sus objetivos fundacionales. Por el contrario, cada día más, aparece como núcleo sindical de la oposición burguesa y condiciona su futuro al accionar de esa fuerza política.

«La simple suma de movilizaciones es incapaz de superar esta carencia de propuesta política independiente del movimiento obrero. La renuncia a un paciente trabajo de reconstrucción de la unidad política y social de los trabajadores, desde la base, con una visión diferente a la de las fuerzas burguesas para superar la crisis, trae como resultado práctico, concreto, que deja sin opciones.

«La división existente se consolida, porque ningún sector del movimiento obrero, en particular el proletariado industrial, puede sentirse motivado a sobrepasar a sus dirigentes gremiales, cuando intuye que toda la protesta se resume en conseguir un diputado o un intendente más para la oposición.

«La presencia de los marxistas en las movilizaciones debe servir para propagandizar la necesidad de una organización y una política independientes de los trabajadores»(8)

Son dos ópticas; más que opuestas por el vértice, ajenas en concepción y aplicación: incidir en el combativismo, o bregar por una política independientes de los trabajadores.

Aparte las concepciones, sin embargo, están los hechos: ahora sabemos qué pasó el 20 de noviembre. Ante todo, la movilización fue cuantitativamente inferior al punto de referencia obligado, la Marcha Federal. Por causas que veremos más abajo, fallido su intento de transformar el Foro Sindical en un aparato capaz de negociar de igual a igual con la dirección del CTA, el PCA convocó a «toda la izquierda», a marchar en una columna por fuera y contra el CTA. (Sí; esto proponía la misma dirección que pocos días después, en un Congreso, pondría a votación este texto ya citado: «Nuestro trabajo en el CTA debe poner especial atención en agrupar a la izquierda en su seno»).

En la reunión convocada por el PCA y a la que acudieron prácticamente todas las organizaciones de izquierda, sólo la UMS se opuso a la táctica planteada por los convocantes. El acuerdo inicial de «la izquierda» se desgranó luego, en reuniones posteriores, y el resultado fue una magra columna del PCA y algunos aliados circunstanciales, que más pareció el cortejo fúnebre con el que se daría el último adiós al Foro Sindical.

Con todo, aunque sin columna unitaria, esa izquierda tendría en la concentración una inesperada victoria: la consigna de lanzar una huelga general sería sorprendentemente adoptada por los tres oradores del acto. En lo que apareció como un torneo de irresponsabilidad, Víctor De Gennaro, del CTA, propuso un paro, Carlos Santillán, de la CCC, dijo que debía ser en diciembre y Hugo Moyano, del MTA, para no ser menos, le puso fecha; con tan mala suerte que quedó fijado como día de huelga… un feriado! La consigna central de prácticamente todas las organizaciones de izquierda se imponía de este modo farsesco.

¿Y qué ocurrió en la fecha finalmente acordada para el paro de diciembre?

Un fiasco. El MTA no mantuvo su posición y no llevó al paro los sindicatos que controla, mientras el CTA y la CCC intentaron una jornada de movilización, con penoso saldo, que repercutió no sobre la masa, ajena por completo a estos avatares, sino sobre el activo militante, provocando mayor confusión y desaliento.

Gracias a esta política la resistencia se disgregó más aún; las explosiones puntuales se agotaron en sí mismas; se ahondó la parálisis del movimiento obrero en su conjunto y, complementariamente, se aceleró la ofensiva burguesa; el CTA quedó cristalizado, acentuó su distanciamiento de activistas y bases… y como lógico desenlace -dado que todo esto ocurría al compás de un agravamiento de la crisis- la cúpula cegetista logró retomar la iniciativa política.

Así, 8 meses después la CGT pudo convocar a un paro, esta vez sí general y contundente, al cual debieron plegarse todos sus rivales internos, pero también aquellas fuerzas que en realidad debían haber sido la dirección alternativa.

Negro sobre blanco, dos orientaciones para el trabajo en el movimiento obrero, con los saldos a la vista: «darle la mayor efectividad posible a la jornada de lucha y movilización resuelta para el próximo 20 de noviembre», decía la resolución del Congreso del PCA. «La simple suma de movilizaciones es incapaz de superar esta carencia de propuesta política independiente del movimiento obrero. La renuncia a un paciente trabajo de reconstrucción de la unidad política y social de los trabajadores, desde la base, con una visión diferente a la de las fuerzas burguesas para superar la crisis, trae como resultado práctico, concreto, que deja sin opciones», advertía la UMS.

Esto debería ser suficiente para comprobar qué perspectiva de «acumulación» tiene la línea adoptada por el XIX Congreso. Veamos no obstante el punto 5, que propone «el mejoramiento de nuestra labor independiente» para «darle organicidad, arraigo y construcción en la base» al MPSL.

Hay una admisión implícita en esta extraña formulación que invita a un «mejoramiento de nuestra labor independiente». Ocurre que una política no independiente no puede ser mejorada. Debe ser cambiada. Y no fue eso lo que dispuso el XIX Congreso.

Volvamos por un instante al Informe y al ítem sobre el movimiento obrero que habíamos estado considerando. Leemos allí: «Nuestro trabajo en el CTA debe poner especial atención en agrupar a la izquierda en su seno».

Aquí, reiterémoslo, tampoco se hace cargo el informe de la política asumida ante las elecciones internas del CTA, cuando se alineó con la Lista Germán Abdala, no sólo no poniendo atención en agrupar a la izquierda, sino enfrentándola, en alianza con el ala peronista, policlasista y conciliacionista, lo cual contribuyó a que este sector impusiera una dinámica de parálisis y progresiva sujeción a estrategias alternativas de la burguesía(9). Y desde entonces, lejos de «poner especial atención» en agrupar a la izquierda dentro del CTA, el PCA -o por lo menos algunos de sus miembros con responsabilidad directa en el CTA- han puesto especialísima atención en trotar detrás de la conducción de ATE, que intenta ubicar al CTA como correa de transmisión de la estrategia política del Vaticano frente al agravamiento de la crisis argentina.

El PCA y su MPSL no tomaron distancia frente al humillante besamanos -en audiencia pública, como un simple feligrés- de De Gennaro y acólitos con Juan Pablo II. ¿Será esto «incidir en el combativismo«? ¿O será un traspié en el intento de «mejoramiento de la labor independiente«?

Hay más. Aludimos anteriormente al llamado Foro Sindical. En el ítem del informe que venimos comentando se lee: «Nuestra participación en el ‘Foro de organizaciones que luchan contra el modelo de entrega’ tiene por objeto agrupar parte del espacio militante combativo, principalmente de izquierda, que se define por el clasismo y que teniendo disposición para confluir en el conflicto y la resistencia no participa del CTA. También en el Foro compartimos con otros proyectos políticos los esfuerzos por constituir un espacio de izquierda en el movimiento obrero, estableciendo en esos marcos un fuerte debate con aquellos que siguen pensando en recuperar la CGT. Creemos que lo principal pasa por ganar en niveles de independencia e iniciativa política. Nuestra línea de acumulación política incluye el desarrollo de la alianza política implícita en el Foro y su construcción en aquellas regiones en donde existan condiciones».

Corresponde aclarar que la denominación de esa fugaz instancia de «poder popular» fue en realidad Foro Sindical, y no ‘Foro de organizaciones que luchan contra el modelo de entrega’, como aviesamente dice el documento.

Es que el nombre fue motivo de polémica: ¿debía ser «sindical», como quería el PTP, uno de sus componentes; o «político-sindical», como pretendía el PCA?

Fue «sindical». Y no dio por resultado «agrupar parte del espacio militante combativo», sino exactamente lo contrario.

Pero antes de ver los hechos, observemos lo que decía una declaración política de la UMS fechada en septiembre de 1995, es decir, más de dos meses antes del Congreso del PCA:

«(…) se ha desarrollado un Foro Sindical, que se propone ‘unificar nacionalmente las luchas y crear una central sindical alternativa’. Se reúne allí un sector importante del activismo clasista y combativo. Pero se corre el riesgo de que prevalezca una concepción meramente sindical, que excluye el protagonismo político de la clase como tal y busca sólo fortalecer un aparato para entrar en la disputa por una central sindical con parte de la actual CGT, concretamente la que encabeza Lorenzo Miguel. Todo indica que el PTP alienta esta perspectiva. El PCA, que como se ha dicho respaldó a la Lista Germán Abdala contra la Lista Agustín Tosco en la elección interna del CTA, se ha sumado al Foro sin una política definida.

«Frente a este panorama, la UMS insta a los luchadores del movimiento obrero a encarar con toda firmeza una perspectiva enfilada a romper la trampa de la burguesía y sus agentes (antes el documento ha reseñado el papel del Frepaso y de sectores del CTA). Se trata de acumular fuerzas humanas y organizativas para que la clase obrera y sus aliados estén en condiciones de afrontar la crisis nacional con una política propia, dictada en función de los intereses de los trabajadores, las capas medias, la soberanía y la independencia nacionales y conducida por los genuinos representantes de las bases. Esto significa, por un lado, encarar con coraje y determinación la organización de los núcleos comunistas en cada fábrica, en cada oficina, en cada barrio, en cada facultad o escuela. Avanzar a paso firme y sobre terreno sólido hacia la recomposición de las fuerzas marxistas. Para esto instamos a redoblar esfuerzos en la formación y funcionamiento de Mesas de Enlace de Militantes Comunistas en todo el país.

«Al mismo tiempo, para encender un faro capaz de orientar a centenares de miles de activistas, la UMS convoca al fortalecimiento de una corriente de izquierda clasista en el CTA y, junto con todos los activistas de todas las corrientes dispuestas a ello -en especial el Foro Sindical- comprometernos a confluir en una Asamblea Nacional de Trabajadores»(10).

Negro sobre blanco, dos orientaciones para el trabajo en el movimiento obrero; y también en este caso con los saldos a la vista. Porque con motivo de aquella movilización del 20 de noviembre para la cual el PCA dispuso «toda la fuerza partidaria», el PTP hizo una alianza bilateral con el MTA, se sumó a una mesa integrada además por el CTA y, sin siquiera avisar a sus aliados, dejó que el Foro Sindical cayera como piedra al vacío. Fue en este punto que la dirección del PCA propuso la «columna de izquierda» cuya suerte ya describimos. Es innecesario insistir en que la orientación del PCA no logró «agrupar parte del espacio militante combativo», sino todo lo contrario: contribuyó a la desmoralización y el fraccionamiento del activo clasista, lo cual facilitó el camino hacia la derecha de los sectores vacilantes del sindicalismo y abrió las puertas al regreso impetuoso de la mafia cegetista.

Si no bastaran los ejemplos relativos a la forma en que el PCA contribuyó en los últimos años a la organización y conciencia de los trabajadores como conjunto en la labor sindical, puede observarse su papel en el terreno político. Aunque bien mirado resulta menos sorprendente de lo que parece a primera vista, causó estupor la súbita alianza del PCA con el PTP, el MST y PL, para presentarse a elecciones en la Capital Federal. Fue otro volantazo a ciegas. La efectividad de estas políticas de «acumulación» se mide por el guarismo obtenido por los cuatro partidos juntos: 0,36%.

Esta acumulación de desastres tiene una dependencia directa de lo que venimos señalando como fundamento de la política implementada por el PCA y sancionada en el XIX Congreso. Al soltar amarras con la liturgia stalinista pero negándose a asumir una posición de clase y una reivindicación en los hechos del legado teórico marxista, la dirección del PCA ha quedado como un astronauta que al salir de su nave espacial suelta el cable de seguridad y queda boyando en el vacío infinito.

En la ingravidez de ese espacio falta todavía observar dos detalles acerca de los puntos transcriptos en la resolución sobre el MPSL.

Uno es el que decide mandatar al CC para que arbitre las medidas y los medios imprescindibles para llevar a cabo el Congreso del MPSL. De la simple lectura, se entiende que este organismo es simplemente una extensión del PCA con otro nombre. Aquí reaparece la incógnita señalada más arriba: ¿por qué crear otro partido, que no es de masas ni de clase, con otro nombre?

Ligado a esto viene el otro detalle acerca del cual hay que llamar la atención respecto de los puntos votados para el MPSL: ¿qué programa se propone?; ¿por qué no hay la menor alusión al respecto en los seis puntos votados en la resolución del Congreso?

Nadie podría tildarnos de suspicaces si explicamos esto a la luz de la crítica ya realizada en la primera parte de este trabajo acerca de la Tesis 7, en cuya fundamentación se adelanta que para la constitución del bloque político y social al que aspira el PCA, un programa de clase «no es una condición previa».

El hecho es que el Congreso del MPSL no se realizó, según lo previsto, a mediados de abril. Está anunciado para el 16 de agosto. En la convocatoria publicada por el semanarioPropuesta, queda sentado que la confusión, lejos de haberse superado, ha alcanzado niveles alarmantes. Leemos: «Según lo ha hecho conocer la dirección del MPSL, el 16 y 17/8 se realizarán las jornadas inaugurales del congreso. Por lo tanto (sic) el mismo está concebido como un proceso de construcción de abajo hacia arriba y en consecuencia (sic) deberá reunirse para hacer balance y fijar posiciones cada vez que la situación lo reclame. Esta forma congresal no sólo permitirá en esta instancia instalar la propuesta de unidad del espacio clasista y combativo junto a la necesidad de avanzar en la construcción de una central de trabajadores de nuevo tipo, sino también, permitirá reunir a todos los referentes principales del movimiento cada vez que una situación tan dinámica como la que vivimos lo haga necesario»(10).

El problema no está en la redacción del párrafo. Estriba en la realidad que debe describir: para comenzar, los dos días programados son sólo las jornadas inaugurales del congreso. «Por lo tanto» (?), será una construcción de abajo hacia arriba. «Y en consecuencia» (??) el congreso deberá reunirse «para hacer balance»… cada vez que la situación lo reclame.

La recreación del marxismo trae sorpresas impactantes para los antiguos que tenemos ideas caducas respecto de lo que es un Congreso.

Antes un Congreso se hacía para discutir un programa, un plan de acción, elegir direcciones, y otras banalidades por el estilo. Ahora en cambio el Congreso consiste en una inauguración para la cual, según indica el artículo, «están avanzadas las gestiones para lograr la participación de delegaciones de Cuba, Uruguay, Paraguay y Chile, así como también los saludos de España, Francia, Estados Unidos, Brasil, Ecuador, Perú, Bolivia y la Federación Sindical Mundial». Esta forma congresal, se nos dice, permitirá instalar la propuesta de unidad del espacio clasista y combativo. Una vez instalada la propuesta, el Congreso reunirá a todos los referentes principales cada vez que una situación tan dinámica como la que vivimos lo haga necesario.

Esto es lo que denominamos visión a partir de un aparato, con prescindencia del movimiento obrero real, con total desprecio por la teoría como fundamento de la acción, sin brújula ni timón.

Se puede hacer un fasto de dos días, reunir referentes principales, invitar delegados internacionales… pero no se puede definir qué es el Movimiento Político Sindical Liberación, qué programa tendrá, cómo se elegirán sus dirigentes, cómo se tomarán las decisiones. La idea de un Congreso permanente que se reúne cada vez que la situación lo reclama (¿dos veces por día?) como forma de «construir desde abajo hacia arriba» y unificar a la militancia clasista, parece desvarío o burla. Aunque cabe una tercera posibilidad: imperiosa necesidad de llenar un vacío absoluto de propuesta para el movimiento obrero con frases vacías, supuestamente agradables a los oídos de militantes descreídos.

Todas estas construcciones ficticias están irremediablemente condenadas a continuar acumulando desastres.

El PCA tiene que definir qué lugar ocupa en una estrategia revolucionaria un organismo como el MPSL; qué fundamentos teóricos o históricos tiene este tipo desconocido de instancia organizativa; qué relación tiene esta estructura con la otra construcción votada como instancia estratégica en el Congreso: el «Movimiento Político de Izquierda»; cómo ensambla todo esto con otra instancia también de carácter estratégico: el Frente de Liberación Nacional y Social. Y cómo se compagina todo esto con la política que concretamente lleva a cabo: fundación del Frente Grande, salto a la Alianza Sur y de allí doble mortal a la Unión de Izquierda Popular, mientras se pasaba de la alianza con el MAS durante la huelga ferroviaria de 1991 (con una política ultraizquierdista) a la alianza con la Lista Germán Abdala en las elecciones del CTA, luego al Foro Sindical con el PTP, para después llegar a la «instalación» del MPSL como instancia de unidad de las fuerzas clasistas.

Tomar responsabilidad explícita sobre todo esto es condición inexcusable para presentarse ante un luchador social como alternativa revolucionaria.

Pero definir el significado de todas estas propuestas y su despliegue en la práctica requiere, además de una actitud seria ante la magnitud de lo que está en juego, fundamentos teóricos consistentes. Y en este punto el PCA no puede eludir la necesidad de definir con claridad qué es, en su opinión, un partido de los comunistas; qué es la clase obrera en la sociedad capitalista; cuál es la relación entre clase y partido. Tiene que definir, por tanto, cuál es su posición frente a la teoría marxista.

Nadie se asustará -todo lo contrario- si en esa tarea el PCA logra recrear los principios del marxismo en su aplicación a la realidad de nuestro tiempo. Pero eso requiere bastante más que frases vacías y despliegue de aparato.

La etapa que atravesamos,

tareas de los comunistas en la clase obrera

En el sentido global de su desenvolvimiento histórico, la clase obrera atraviesa en Argentina una etapa de transición. El punto de partida de esa transición fue el agotamiento de la unidad social y política de la masa trabajadora signada por una ideología de conciliación de clases y organizaciones sindicales y partidarias, verticales y burocráticas, dependientes de la burguesía en todos los órdenes. El punto de llegada no es necesariamente el opuesto: unidad social y política con conciencia de clase y organizaciones autónomas y democráticas.

Decíamos en la edición de Crítica de abril de 1992, refiriéndonos a los encuentros que darían nacimiento al CTA: «en Burzaco y Rosario se vio cómo la vanguardia natural de los trabajadores, con todas las dificultades y traumatismos propios de un parto, negaba la negación que el movimiento sindical y político dominado por la ideología y los aparatos burgueses significa para el desenvolvimiento necesario de la clase obrera. Esa oposición a lo existente y dominante trazó un límite que deja atrás medio siglo de subordinación del movimiento obrero. Y abrió una fase donde todo es nuevo y nada será una reproducción del pasado. Una nueva fase histórica en la que, por ahora, todo es potencial, sin determinaciones ideológicas, políticas ni organizativas pese a que se afirman valores básicos como la autonomía, la participación colectiva, la honestidad, así como, en otro orden, la defensa del patrimonio nacional y los derechos de los explotados y oprimidos».

Y continuaba aquel texto, titulado Los trabajadores retoman la palabra: «O para decirlo de una manera más cruda y directa: Burzaco y Rosario constituyen la derrota histórica, definitiva e irreversible de la ideología, la organización y la política del peronismo en la clase obrera. Pero el hecho de que la mayoría de los dirigentes que promovieron y protagonizaron esos encuentros tengan su origen y en muchos casos aún se identifiquen como peronistas, prueba de por sí que lo que en el espectro político argentino se presentó como oposición al peronismo desde la izquierda -los partidos socialdemócratas, stalinistas, trotskystas- no configuraron ni en la teoría ni en la práctica una alternativa real al populismo burgués del peronismo. Ninguno de esos partidos, como tales, influyeron y ni siquiera participaron en la gestación y realización de este formidable acontecimiento político! De manera que los dirigentes de este proceso no cuentan con una base ideológica, teórica, política ni programática como punto de partida. Y es verdad no sólo para el conjunto como un todo, sino también para cada una de las partes componentes, azotadas todas por el desmoronamiento de opciones ideológicas y políticas hasta ahora reivindicadas (…) Corresponde advertir, sin embargo, que el carácter trascendental que les atribuimos, si bien es ya inconmovible por lo que deja atrás, no es todavía, garantía de lo que vendrá. Decir que todo es potencial equivale a afirmar que nada hay fatal, inexorable, en el desarrollo del fenómeno social, político y sindical que a la vez expresan y determinan los hombres y mujeres reunidos en Burzaco y Rosario. Nadie podría afirmar hoy que de allí saldrá una clase trabajadora consciente de su papel en la historia, con una conducción genuina e independiente, capaz de polarizar al conjunto de la población explotada y oprimida y de encabezar el cambio social que la crisis exige (…)Sostenemos sin vacilar que la marcha de este movimiento que aún no ha terminado de nacer será el factor interno determinante del rumbo que Argentina tome durante el próximo siglo. Pero no afirmamos que ese rumbo sea necesaria e ineludiblemente el de la superación del capitalismo y la edificación de una sociedad en la que el hombre sea hermano del hombre.

«Y para quienes sospechen que nuestra valoración de estos encuentros está alimentada por un optimismo excesivo, valga una aclaración preliminar: la evaluación de la situación objetiva y subjetiva, a escala nacional e internacional, en la cual nace este fenómeno, nos lleva a la conclusión de que su desarrollo lineal plantea como perspectiva más probable el fracaso de los objetivos expresos en los documentos hasta ahora aprobados. Casi todos los factores empujan en esa dirección. Sólo la acción política consciente, decidida, lúcida y audaz de los principales dirigentes de este flamante movimiento, puede hacer que se realicen las potencialidades positivas y plasme un poderoso movimiento obrero y popular consciente y organizado, dotado de una dirección clasista, democrática, antimperialista y socialista»(11).

La acción política no ya del conjunto de los principales dirigentes, sino y sobre todo de los que en la primera línea representaban la vertiente no peronista del movimiento sindical, estuvo más que distante de la lucidez y la audacia que exigía la tarea(12).

Pero más grave aún fue la conducta de los partidos que se reivindican marxistas: el PCA mantuvo constantemente un pie dentro y otro fuera del CTA, sin definir jamás una línea de acción. Y cuando las circunstancias no daban lugar para ambigüedades optó como es sabido: por el Frente Grande en el ámbito político; por la Lista Germán Abdala en el plano sindical. El PCR-PTP construyó un bloque propio, desde el cual continuó tras el objetivo de «recuperar la CGT». Las numerosas denominaciones identificadas como trotskystas se mantuvieron al margen del combate, convencidas de que la montaña debe ir a Mahoma, mientras sufrían sucesivas fracturas.

Atrapados por esta tenaza, centenares de cuadros, cuadros medios y activistas, no pocos de ellos con importantes cargos en la estructura sindical, se encontraron en un callejón al que no lograron hallarle salida.

Por nuestra parte, a partir de la caracterización señalada y convencidos de que el accionar comunista como fuerza consciente y organizada desde el centro vital de la masa era condición ineludible para que el proceso en marcha no abortara, señalábamos lo siguiente: «La tarea central de este momento histórico es alcanzar la unidad social y política de la clase trabajadora; entendiendo como tal no sólo a los trabajadores con ocupación, sino además a aquellos lanzados a la marginalidad de la desocupación o subocupación, así como también a sus familias (…) Sin embargo esto no supone renunciar a la diferenciación e, incluso, privilegiar en ciertas circunstancias la opción de la franca y decidida división. Para ello es necesario asumir en la teoría y en la práctica que la unidad no excluye la diferenciación y no guarda una relación constante con la división»(13).

Cuatro años y medio después de aquel comienzo, la tarea central de los comunistas en el movimiento obrero continúa siendo la misma. Pero la transición ha recorrido un camino. Los protagonistas, individual y colectivamente, no están en el mismo punto de cuatro años atrás. Por lo demás, las circunstancias han cambiado y a partir de ahora continuarán haciéndolo a ritmo acelerado.

Para comenzar, la prolongada fase de reflujo de la clase obrera en general y del proletariado industrial en particular (cuyo inicio podemos ubicar con el fin de las huelgas ferroviaria y de Acindar en los primeros meses de 1991), ha dado lugar al inicio de un tímido pero inequívoco reanimamiento que eventualmente se transformará en alza del movimiento de masas.

En este punto, sin embargo, el CTA se halla sin el vigor inicial que lo plantó como alternativa política para el movimiento obrero en su conjunto; perdió la iniciativa en todos los terrenos; a cambio de sumar fuerzas se fue desgranando (el último dato es el distanciamiento de SAON). Pero lo más grave es que, con pocas excepciones, la dirección del CTA se comprometió con variantes políticas de la burguesía, violando documentos y compromisos, frustrando expectativas y esperanzas de millares (acaso decenas de millares) de activistas y cuadros medios del movimiento obrero y popular(14).

Mientras tanto, la cúpula cegetista se ha lanzado con singular energía a una operación que si en lo inmediato apunta a encabezar desde el inicio el reanimamiento de las masas para impedir el fortalecimiento de fracciones que le disputan espacio, esencialmente constituye una maniobra estratégica destinada a impedir la emergencia y consolidación de una clase para sí, consciente y organizada, no ya independiente de la burguesía, sino mortalmente enfrentada con el capital en todas sus fracciones.

En esta nueva fase de la transición, el CTA no es ya un puente eficaz para que el proceso de unificación social y política sobre una base programática de clase, arribe a buen destino. Pero nada genuino -es decir, promovido y encabezado por dirigentes naturales con fuerza suficiente como para constituir un polo de atracción- ha tomado su lugar hasta el momento.

Ante tal situación coyuntural, los revolucionarios marxistas no pueden ni caer en la tentación de inventar sustitutos, ni dejar de proponer formas transicionales, experimentando con audacia toda posibilidad de que plasme una nueva instancia de unificación social y política de la masa explotada.

Insistamos: unificación social y política de la masa explotada, no «unidad del combativismo»; instancias de organización y resistencia para millones de personas, no aparatos manipulables que semejan pasillos de un edificio embrujado, al cual entran por un extremo militantes esperanzados que, luego de recorrer un corto trecho, saldrán por la otra punta como personas confundidas, decepcionadas y desarmadas, a engrosar las filas de los escépticos.

Esta coyuntura no comenzó con la huelga general lanzada por la CGT el 8 de agosto. Exactamente un año atrás, la UMS emitió una declaración que constataba el cuadro general: «Durante la segunda y tercera semana de agosto el país ingresó a una crisis institucional que aún no se ha superado. En situaciones análogas, aunque de incomparablemente menor gravedad, en el pasado se produjeron uno tras otro golpes de Estado mediante las fuerzas armadas». Más adelante, continuaba la declaración: «El llamado a la huelga general por parte de la cúpula cegetista revela la impotencia de quienes se propusieron como conducción alternativa (recordemos que el documento está fechado en agosto de 1995), sea en el terreno sindical, sea en el campo político (…) Pero lo cierto es que deja nuevamente a los agentes del capital en el movimiento sindical con todas las cartas en la mano».

Inmediatamente la declaración condenaba al «sector hegemónico del CTA (que) ha huido hacia adelante, según lo prueba un documento destinado a formar un aparato político de naturaleza policlasista, burocrático, elitista y electoralista que propone formar una ‘multisectorial’ y apunta a que el Congreso de la Cultura, el Trabajo y la Producción se transforme en‘una fuerza más orgánica, permanente y sistemática’. Ese propósito requiere, dice el documento del CTA, ‘definir un mínimo aparato administrativo dedicado a esta tarea de coordinación general’; ‘fijar una cuota aporte de las distintas organizaciones que posibilite un mínimo funcionamiento’; ‘unificar los recursos que las organizaciones poseen en materia intelectual. Tender a conformar un aparato único de producción de diagnósticos, información y propuestas que puedan abastecer los espacios institucionales afines con criterios y estudios propios’; ‘unificar los recursos que las organizaciones poseen en materia de medios de comunicación a los efectos de ampliar nuestra capacidad de influencia pública’; ‘coordinar el funcionamiento unificado de nuestras organizaciones en los diferentes lugares del país’; ‘tener como objetivo ampliar nuestra capacidad de influencia institucional en las próximas elecciones legislativas’…»(15).

El texto no requiere comentario. Aunque cabe señalar que aquel proyecto -hasta el momento empantanado (lo cual confirma una inepcia operativa de la conducción hegemónica del CTA incluso para llevar adelante aquello que se propone) era explícitamente compartido por organizaciones y dirigentes de una u otra manera ligados con el PCA, nunca desautorizados por su dirección.

El hecho es que con tal confesión pública, la UMS puede probar ante la militancia sindical de que su línea de acción política de no está dictada por una concepción sectaria, sino por la intransigente oposición a todo aquello que apartara al CTA de sus propósitos fundacionales, es decir, la edificación de una alternativa política independiente para la masa explotada. La Declaración de la UMS lanzaba una propuesta de acción que partía del reconocimiento de la existencia del CTA, pero salía de lo que su dirección hegemónica determinaba como radio de acción. Con esta fundamentación -agravamiento de la situación objetiva, desdibujamiento del CTA como alternativa de clase- la UMS propuso entonces una labor destinada converger en una Asamblea Nacional de Trabajadores.

Meses más tarde, el PCA tomó el cabo. Pero a su modo: su convocatoria fue a una Asamblea Popular de la Resistencia.

¿Cuál es la diferencia? La que exige un accionar coherente con las Tesis del XIX Congreso: la clase obrera es reemplazada por el pueblo y la masa explotada por «los que luchan», por la sencilla razón de que no existe la menor preocupación por contribuir a la unidad social y política de los trabajadores como conjunto social y, sobre todo, porque el enemigo es… el neoliberalismo.

No hay duda: un milímetro de distancia en la teoría se transforma en un kilómetro de diferencia en la práctica. Proporcionalmente, algunas leguas de distancia en la teoría hacen de la práctica una contraposición frontal de posiciones: la Asamblea Nacional de Trabajadores es una consigna de acción apuntada a un proceso de convergencia de los cuadros de vanguardia del movimiento obrero y popular, definición programática y organización de masas, que desemboque en un partido del conjunto de los explotados y oprimidos, con un programa propio, antimperialista y anticapitalistas, y una dirección surgida del movimiento vivo de las masas. La Asamblea Popular de la Resistencia es una vía de convergencia de aparatos sindicales cada día más alejados de las bases con estructuras gremiales y políticas de diversos sectores empresarios, es decir, una cobertura para una superestructura política de conciliación de clases.

Tal vez por casualidad, la dirección del PCA adoptó recientemente otra formulación fonéticamente semejante a lo que constituye la otra columna fundamental en la política de la UMS para la recomposición de las fuerzas marxistas: las Mesas de Enlace de Militantes Comunistas, que desde hace casi dos años vienen funcionando con diferente nivel y resultados, pero con un saldo global altamente positivo, a nivel nacional. En este caso, la cuasi coincidencia de la dirección del PCA se formula de esta manera: Mesas de Enlace de los Revolucionarios.

Abundamos ya, en la primera parte de este trabajo, acerca de la diferencia entre revolucionario y comunista. De manera que sólo resta exponer la conclusión respecto de la distancia política producida por aquel milímetro en la teoría: la dirección del PCA no procura una respuesta efectiva, en términos políticos y organizativos, para decenas de millares de comunistas dispersos; es decir, dar al partido de los comunistas el lugar que el momento histórico reclama. Su preocupación dominante es encontrar un «ámbito común« con los revolucionarios. O para decirlo con sus propias y muy elocuentes palabras: «incidir en el combativismo»…

En suma: el XIX Congreso del PCA no arma a sus militantes para edificar un genuino y poderoso partido de los comunistas por la misma razón que ni siquiera se preocupa por la unidad social y política del conjunto de la clase trabajadora: clase y partido -en su acepción marxista- son conceptos absolutamente ajenos a los documentos que venimos comentando.

La inversa es nuestra posición. No es posible dar una respuesta a la vanguardia si no es acertando en la necesidad y posibilidad de las masas explotadas y oprimidas en un momento dado. No es posible dar esa respuesta a las masas -y esto quiere decir: a decenas de millones de personas- sin un concepto preciso de partido de los comunistas.

Buscar la unidad, sin precisas definiciones ideológicas y políticas, de las necesariamente múltiples y heterogéneas posiciones a que da lugar la crisis del sistema en la cabeza y el accionar de los hombres y mujeres rebeldes y decididos, es lo que el lenguaje marxista, antes de su recreación, denominaba oportunismo. Anteponer el estado de ánimo o los reclamos de vanguardias circunstanciales a la necesidades estratégicas de los trabajadores como clase, es lo que antes se calificaba como ultraizquierdismo.

Proclamamos por tanto nuestro resuelto anacronismo: aquellas calificaciones son las que cuadran a esta política. Eso exactamente: bandazos permanentes del oportunismo al ultraizquierdismo, es lo que muestra -hasta el hartazgo de su propia militancia- el accionar del PCA.

Militante revolucionario y cuadro de vanguardia

Así como hacíamos al comienzo de este trabajo una distinción entre revolucionario y revolucionario comunista, corresponde igualmente distinguir entre militante revolucionario -comunista o no- y cuadro de vanguardia.

En un sentido general, indeterminado, es obvio que revolucionario es quien está a la vanguardia con un proyecto se sociedad diferente y superior a la actual. Pero en un sentido político concreto, un cuadro de vanguardia es quien está a la cabeza de un movimiento social real.

La creencia de que lo primero presupone lo segundo o le otorga carácter de necesidad, produce costosos desatinos políticos y frustraciones muy grandes en militantes entregados y aguerridos.

Sucede que sólo en momentos excepcionales, como son los períodos de lucha revolucionaria de masas; y sólo en el caso de que la vanguardia ideológica haya sabido transformarse previamente en vanguardia política, ambos términos se fusionarán en uno.

Mientras ese momento no llega, la falta de precisa delimitación teórica entre clase y partido, el lugar de cada factor en la lucha revolucionaria y la relación entre ambos, se transforma en una barrera infranqueable para llevar a cabo la tarea de los comunistas.

Un partido de los comunistas debe tener como objetivo central y permanente su inserción profunda en el movimiento obrero industrial y, más ampliamente, en el conjunto de la población explotada y oprimida. Para esto, naturalmente, debe integrar a sus filas a los cuadros de vanguardia del movimiento obrero y popular.

Pero para integrar de manera positiva (ya volveremos sobre esto) a un cuadro del movimiento obrero, el partido de los comunistas debe dar repuesta a lo que constituye la preocupación principal de la vanguardia real del movimiento obrero real. ¿Y cuál será esta preocupación? La respuesta no admite dudas: cómo y hacia dónde conducir a su gente.

Así, un partido comunista que no resuelva positivamente en términos políticos -excluimos aquí explícitamente la idea burocrática de que un partido debe conducir paso a paso el accionar cotidiano de un cuadro dirigente de masas- no podrá entablar con ese cuadro la relación que permita transformarlo en revolucionario comunista dirigente de masas.

Con una respuesta destinada a los revolucionarios, la relación del partido con el dirigente de masas tiene dos resultados posibles: o bien, por no dar respuesta a la función concreta del cuadro de vanguardia, no consigue integrarlo a las filas del partido de los comunistas, o bien, dada la necesidad subjetiva de ese cuadro de hallar respuestas generales a sus preocupaciones sociales, lo sumará a las filas partidarias pero lo anulará como dirigente de masas. No son pocos los casos en que el resultado es una dolorosa combinación de esas dos variantes.

La idea de que construir un partido de los comunistas consiste en bloquear una fábrica, reconocer y ganar a los obreros más inquietos y enseñarles los principios del comunismo es (cuando es algo más que charlatanería) una simplificación que reduce la teoría del partido a una caricatura de funestas consecuencias.

Porque si en la mayoría de los casos un accionar basado en tales concepto desemboca en la vía muerta del sindicalismo y el espontaneísmo, ambos igualmente estériles, en aquellos casos en que la determinación revolucionaria sea consecuente hasta las últimas instancias, llevará a la militancia a acciones desesperadas que, si están protagonizadas por verdaderos cuadros de vanguardia, invariablemente redundan en un retroceso del movimiento de masas y la desmoralización y deserción de muchos militantes(16).

Construir un partido de los comunistas presupone, ante todo, definir con rigurosa precisión los principios ideológicos, los fundamentos programáticos y el concepto riguroso del tipo de organización que se pretende.

Si ese primer paso es complejo, singularmente difícil, el segundo lo es acaso en mayor medida: transformar a esa propuesta en vanguardia política.

Esto requiere una suma de condiciones inexcusables: alcanzar la capacidad de reconocer con acierto la situación concreta de la sociedad en cada momento y en el transcurso del tiempo; con base en esa interpretación acertada, hallar la respuesta adecuada, en cada momento y lugar, para que el movimiento de masas dé pasos efectivos hacia una mayor conciencia y organización como tal; con este arsenal, ganar el respeto y la confianza de los cuadros de vanguardia en el sentido ya indicado, integrarlos al partido de los comunistas, educarlos como tales y, a través de ellos, recorrer el camino entre la teoría revolucionaria y el movimiento de masas en estado de insurgencia, para ponerse, entonces sí, a la vanguardia de los explotados en la lucha por el poder.

No hay atajos. No hay fórmulas mágicas. No hay aparatos ni maniobras, ni líderes prefabricados a fuerza de dinero y trapisondas, que puedan reemplazar con éxito esta labor.

Sólo cuando se asuma hasta las últimas consecuencias este legado de la teoría marxista serán fructíferos los factores que están como punto de partida y condición ineludible de cualquier empresa revolucionaria: coraje, honradez, pasión y entrega militante, convicción y perseverancia, audacia… es decir, todo aquello que hace a un hombre o una mujer alcanzar el escalón más alto de la especie humana.

a propósito del xix congreso del pca

¿Cómo recomponer las fuerzas comunistas?

porLBenCR

 

Introducción

Entre los días 3 y 5 de noviembre pasado se llevó a cabo el XIXº Congreso del PCA. El autor de estas líneas fue invitado a la inauguración y la clausura de este encuentro en representación de la Unión de Militantes por el Socialismo. En el folleto publicado poco después con las conclusiones del Congreso, una nota introductoria señala el propósito de que éstas «se transformen en el eje de un proceso de debate, reflexión, estudio y capacitación de los comunistas y de otros sectores de la izquierda».

Estudio, reflexión y debate son tareas urgentes para quienes nos consideramos comunistas. En nuestro caso, jamás militamos en las filas del PC y durante años clave de la historia reciente defendimos propuestas ideológicas, programáticas y organizativas frontalmente opuestas a las que por entonces enarbolaba este partido. Los tiempos han cambiado y ahora resulta menos difícil para nosotros explicar y para otros admitir, que no todos los miembros del PC eran comunistas y no todos los comunistas estaban en el PC.

A partir del XVIº Congreso el PC inició un proceso autocrítico profundo. El desmoronamiento de la URSS a la vez aceleró y confundió ese intento de nuevo curso. Tras años de crisis y disgregación acelerada el PCA presentó a su militancia lo que denomina Tesis Fundamentales (nueve), aprobadas por el XIXº Congreso. Si bien puede resultar excesiva la intención de que ellas se constituyan en el eje del debate necesario, no cabe duda de que son una instancia propicia para avanzar en él.

Desde Crítica hemos intentado reiteradamente romper el ensimismamiento de quienes, reivindicándose marxistas, no sostienen en los hechos un principio esencial que define a la vez el carácter de esta teoría y su tradición más notoria: la polémica con fundamentos, la afirmación, la investigación y el desarrollo como ciencia crítica.

Fueron vanos los intentos de intercambio efectivo acerca de, para poner apenas algunos ejemplos, el significado de la caída de la Unión Soviética, el carácter y las perspectivas del Frente del Sur, el papel histórico que venía necesariamente a cumplir el Frente Grande…

En otro orden, jamás hubo un debate acerca de las ponencias que llevamos a cada uno de los encuentros del Foro de Sao Paulo, o de las evaluaciones que hicimos de estas reuniones. Menos aún pudo encaminarse una reflexión crítica sobre el Partido de los Trabajadores de Brasil.

Particularmente notorio fue el silencio obtenido como respuesta cuando, en Crítica Nº 3, los compañeros Mercedes Balech y Norberto Bacher hicieron un análisis profundo, muy documentado y respetuoso, de la crisis que desintegró al MAS. Este fue el partido más importante que tuvo la izquierda argentina; sin embargo estalló y se deshizo sin que el pensamiento marxista local se hiciera cargo del debate que semejante acontecimiento exige. Dijimos entonces (agosto de 1992): «Es por no estar teórica y políticamente armada para afrontar esa tarea [la construcción de una fuerza política de masas con eje en la clase obrera y, paralelamente, dar pasos concretos que conduzcan gradualmente a la unidad de los comunistas] en un marco nacional e internacional cuya caracterización erró diametralmente, que la dirección del MAS se mostró impotente frente a las tensiones de su organización y la condujo al desastre. Pero esa falencia no es exclusiva del MAS. El precio que esta organización paga es el más alto porque entre los partidos y agrupamientos de izquierda había alcanzado el mayor nivel de desarrollo y penetración en el movimiento obrero. De igual manera, la crisis del MAS no se limita a esa organización: resume y prefigura la crisis de una concepción mecanicista, sectaria, no marxista, de la organización política revolucionaria (…) La crisis del MAS es el último ensayo de construcción sectaria que alcanzó a superar el marco del pequeño grupo. Quienes no asimilen la lección estarán condenados -no importa cuantos recursos económicos o éxitos pasajeros puedan exhibir- a recorrer el mismo camino del MAS sin ninguno de los éxitos que hicieron de ese partido una esperanza para miles de luchadores».

Y seguíamos diciendo en la introducción a lo que esperábamos fuera el inicio de un debate: «El análisis y la discusión de la crisis del MAS, por tanto, atañe a toda la militancia (…) Nuestras páginas están abiertas para toda contribución seria al respecto; y esto vale desde luego para militantes y dirigentes de otros partidos y organizaciones marxistas, en primer lugar del MAS. Nuestro propósito es hacer partícipes a miles de militantes en todo el país de una confrontación de posiciones franca y sin concesiones, una lucha ideológica en la cual la intransigente defensa de principios y opiniones se lleve a cabo con la seriedad y el fraternal respeto que merece todo luchador revolucionario».

Propósito vano, al menos hasta ahora. Ni una sola contribución llegó a nuestra redacción, pese a que esa edición vendió más de 1500 ejemplares y dirigentes de diversos partidos y agrupaciones fueron especialmente invitados a escribir sobre el tema.

No es evidente que este ensimismamiento, lindante con el autismo, pueda romperse ahora. Pero es nuestra obligación intentarlo una vez más. Esperamos que en la próxima edición deCrítica nuestros lectores puedan hallar numerosas contribuciones que, desde las filas del PC o de cualquier otra organización o autor marxista, en acuerdo o disidencia con nuestra óptica, hagan realidad esta invitación al «debate, reflexión, estudio y capacitación» que nos propone el PC en su Congreso y a la que respondemos en las líneas que siguen.

 

Breve pantallazo sobre el panorama internacional

Apenas cinco años después del desmembramiento de la Unión Soviética, el curso político en aquella región ha invertido su rumbo. Las masas han reemplazado su expectativa favorable a las reformas pro-capitalistas por intentos desesperados de oposición a los efectos de las medidas tomadas en esa dirección. Está claro ahora que el capitalismo no se impuso en los países que integraban el Pacto de Varsovia. Si bien resulta menos sencillo determinar dónde están y adónde van esas naciones un punto es evidente: no van a una transición democrática y pacífica, con respaldo de masas, hacia el capitalismo.

También se clarifica el panorama en otro punto sobresaliente del mapa político, contrariando vaticinios provenientes no sólo de la derecha: Cuba no cayó. Y ya los propagandistas del capital que durante cinco años auguraron la sublevación de las masas cubanas y el inevitable derrocamiento de Fidel Castro para el mes próximo, han puesto de lado esa posibilidad. El gobierno revolucionario revirtió la tendencia brutalmente negativa de su economía, rearticuló sus bases de sustentación social y reafirmó el apoyo colectivo a la dirección encabezada por Fidel Castro.

En el otro extremo político del planeta hay igualmente mudanzas de envergadura. «La más rica y poderosa economía de Europa está en crisis», afirma sin rodeos el semanarioNewsweek a mediados de marzo, refiriéndose a Alemania. Tardía verificación. Las huelgas en Francia a fines de 1995 actualizaron la existencia de una profunda crisis en los países altamente desarrollados. Y como novedad que descoloca a comentaristas de derecha e izquierda, ubicaron nuevamente a la clase obrera como eje de la lucha social.

En Estados Unidos la burguesía a la vez que se desplaza en su conjunto hacia la derecha, se fractura significativamente en torno a la forma y el momento de llevar a cabo una tarea improrrogable: recrudecer una ofensiva económica contra las masas que ya viene implementándese gradualmente desde hace una década. La expresión internacional de esa política interna está a la vista con el envío de 25 mil soldados a la ex Yugoeslavia (como parte de una fuerza invasora de 60 mil hombres), el desplazamiento de portaaviones y submarinos con armamento atómico al estrecho de Taiwan y las provocaciones sistemáticas contra Corea del Norte. Estos riesgosos juegos de guerra, además, trasuntan la inestabilidad política y social de China, que Washington por su lado y Tokio por el suyo pretenden usufructuar táctica y estratégicamente, alentando un estallido análogo al de la URSS e incluso una guerra regional.

Mientras tanto la situación en los países latinoamericanos se ha deteriorado aceleradamente en todos los órdenes, llevando al límite la viabilidad de los regímenes democrático-burgueses que aplican las políticas exigidas por la crisis global y dictadas por el Fondo Monetario Internacional.

No se trata aquí de adentrarnos en la suma de acontecimientos que señalan la proximidad de grandes cambios en el panorama internacional(1), sino apenas verificar que hoy se replantea, en un nuevo marco, muy diferente al de comienzos de la década en curso, el dilema abierto a partir del derrumbe del mausoleo stalinista en el que se había momificado al marxismo: ¿cómo recomponer las fuerzas comunistas?

La búsqueda de respuesta a este interrogante dio origen a Crítica, cinco años atrás, precisamente cuando sobrevino el cataclismo. A partir de entonces, el tema ha sido abordado en estas páginas desde los más diversos ángulos y por diferentes autores. No es hora, todavía, de un balance exhaustivo. Pero sí es tiempo de observar el panorama global y afirmar conceptos que permitan afrontar la nueva etapa que se abre.

 

Conjunto inseparable de tareas

Recomponer las fuerzas comunistas presupone trabajar a la vez en una dimensión filosófica, una dimensión política y una dimensión organizativa. Cada uno de esos planos tiene a su vez perfiles y momentos diferentes. La tríada es inseparable y el peso de cada componente varía según las circunstancias. Ineludiblemente, sin embargo, ésta se resolverá en el terreno organizativo; aunque desde allí volverá constantemente a replantearse en los otros ámbitos.

La fluidez con que el proceso se desarrolló en el quinquenio vertiginoso que precedió al último del siglo, a menudo descoloca a sus protagonistas. Es más: no pocas veces quienes ocupan el escenario, más que actores conscientes de su papel, parecen espectadores confundidos. Vacilan y trastabillan, entonces, conceptos, individuos y organizaciones.

Además, la moda hace estragos. La combinación del desmoronamiento de lo que hasta ayer se consideraba inamovible punto de referencia y la adhesión irreflexiva a los nuevos estilos produce efectos sorprendentes. Si antes la condena a los sentimientos religiosos, por ejemplo, era punto de partida de cualquier manifiesto individual, ahora la única perspectiva de la revolución consiste en buscar la salvación del marxismo mediante su fusión con la teología de los curas progresistas. Si antes las horrendas estatuas y símbolos erigidos por el stalinismo representaban la fuerza invencible del proletariado revolucionario, ahora… la clase obrera ha desaparecido.

Mientras una legión de antiguos militantes identificados como comunistas cambió rápidamente de nombre, abandonó el árido materialismo y denunció a Lenin como el fundamento del stalinismo, otros, que mantuvieron la identidad del nombre, coinciden en muchos casos con los primeros en denunciar el materialismo dialéctico (al que despectivamente denominan «diamat», según la fórmula con la que el stalinismo disfrazaba su degradación teórica), encuentran deformaciones severas en la visión filosófica de Lenin y por supuesto, en su teoría del partido y el Estado. Están además quienes se abocaron a subrayar el antimarxismo de Engels y los errores de Marx (su teoría del valor, por ejemplo, su interpretación de la mercancía y su concepción del Estado….); y para completar el cuadro emergen voluntariosos autores que prometen «recrear» el marxismo aunque, es preciso decirlo, no se les conoce obra que avale empresa tan empeñosa.

A menudo, para adolorida vergüenza de testigos con sentido de la decencia, es una misma persona la que años atrás usufructuaba la autoridad emanada de Moscú para erigirse como dirigente y ahora se exhibe como abanderado de la execración de todo aquello, en nombre de fórmulas aniquiladas teórica y prácticamente por los revolucionarios marxistas de principio de siglo. Pero más allá de estos casos individuales, hay algo constante en la base de tantos y tan brutales virajes: el sector social que los protagoniza. La producción y reproducción de ideas, incluso de aquellas consideradas alternativas a las gestadas por la clase dominante, está en manos de los así llamados intelectuales; y éstos son, por determinación y práctica social, particularmente proclives a súbitos odios y enamoramientos.

Es decir: el marxismo como cuerpo teórico-político y las organizaciones que deben darle carnadura no sólo sufren la degradación teórica legada por el largo predominio del stalinismo sobre el movimiento comunista internacional; además están, con escasas excepciones que consideraremos más abajo, en manos de un sector social por definición inconsistente, inmediatista, signado por la mezquindad y la estrechez para situarse frente a la actualidad y la historia.

Por supuesto en este cuadro no falta la militancia revolucionaria que con genuina intención y generosa entrega se propone rearmar las fuerzas capaces de llevar a cabo exitosamente la lucha anticapitalista. Todo lo contrario: hay un ejército incontable y silencioso de militantes a la espera. Lo que sí falta -o al menos no logra imponerse al punto de polarizar la capacidad dispersa- es la propuesta con suficiente solidez teórica y aptitud en la acción como para recomponer en todos los planos las fuerzas comunistas.

Una de las barreras para alcanzar ese objetivo está muy cerca del punto de partida: ¿quiénes constituyen las fuerzas comunistas?

Hasta no hace mucho, las cosas no admitían controversia: eran comunistas quienes integraban o adherían a los partidos comunistas. Lo demás entraba en la categoría de no-comunista, cuando no directamente de anticomunista.

Así, por ejemplo, en 1959, mientras el español Santiago Carrillo o el argentino recientemente fallecido Fernando Nadra eran comunistas, Fidel Castro y el Che Guevara eran no-comunistas. Del mismo modo, quien en 1980 afirmara que el Sr. Boris Yeltsin y sus colegas de entonces en el Buró Político y el Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, eran burócratas enemigos de los trabajadores y del socialismo, pasaba automáticamente a la categoría de anticomunista.

Todo fluye. Pero el río de la historia de los últimos años ha sido tan torrentoso que, sin que la dialéctica tenga nada que ver con el asunto, para muchos se ha desvanecido el principio de identidad.

Dejando de lado a los filisteos que en éste como en otros tantos temas sólo se preocupan por reubicarse en función de sus propios intereses, la delimitación y afirmación de una identidad en un momento de tan grande y generalizada confusión, constituye un problema de magnitud para un luchador revolucionario, provenga o no de las filas de partidos encolumnados hasta no hace mucho con la autoridades de Moscú.

Delimitar la identidad comunista ofrece dificultades serias no sólo para quienes la definían a partir de la URSS y los partidos que giraban en su órbita, sino también para quienes se apoyaron en columnas menos tangibles pero más sólidas. La degradación no sólo corroyó el pedestal de la burocracia soviética. Las ideas, proyección y reflejo de la realidad, también sufrieron un proceso análogo. El marxismo como teoría se deterioró severamente y no sólo en la versión de los intelectuales al servicio del stalinismo.

Ahora bien, la identidad es inseparable del ser y éste de su transcurso en el tiempo; es decir, de su historia. Por lo tanto, afirmar la identidad presupone delimitar un contenido y asumir una historia. Tras la larga noche stalinista ¿qué contenido define con precisión el ser comunista? ¿y cuál es la historia común que identifica a los revolucionarios marxistas y les da una común identidad comunista?

Hay dos respuestas sencillas a este dilema. Una apela a la tradición, al heroísmo, el espíritu de sacrificio, la entrega, de innumerables compañeros y compañeras que militaron bajo las banderas de los partidos comunistas sometidos al stalinismo, y resuelve de ese modo el interrogante acerca de la identidad comunista: ¿quién puede negar que ellos, esos memorables luchadores, constituyen un legado reivindicable y de peso suficiente para reconocerse en él?

La otra respuesta, de idéntica naturaleza, alude a la Oposición de Izquierda encabezada por León Trotsky y aplastada por el stalinismo; establece con ella una línea de continuidad y sobre esa plataforma reclama su derecho: ¿quién puede negar no sólo el heroísmo de miles de comunistas inmolados por enfrentarse a la degeneración que finalmente acabó derrumbando a la Unión Soviética, sino además la inapelable consistencia teórica de los análisis que, aplicando los principios teóricos del marxismo, ya en los años 30 auguraban este destino si no se cambiaba el rumbo?

La parte de verdad que tienen estas dos respuestas simplificadoras ocultan la complejidad del tema y se transforman en una infranqueable barrera adicional.

En primer lugar, ambas anteponen aspectos histórico-concretos a principios teóricos, con lo cual se relega la tarea primera y decisiva de afirmación conceptual y revisión específica, a la luz de esos conceptos, de aquella historia a la que se alude. La identidad, así, sería una cuestión de tradición y no de principios. Lo emotivo prima sobre el razonamiento sistemático. De allí a la afirmación del idealismo filosófico hay apenas un paso.

En segundo lugar, un aspecto fundamental ausente en esos planteos sale a la luz al diferenciar los conceptos revolucionario y marxista. El primero refiere a la intencionalidad, la voluntad y la conducta de un individuo; el segundo, a la ubicación filosófica, al armamento teórico.

La sola decisión de luchar contra la opresión capitalista y una vida consecuente con esa determinación, hacen de un individuo un revolucionario. El conocimiento y la adscripción a las bases filosóficas y las teorías económicas elaboradas por Marx y Engels basta para que alguien pueda calificarse a sí mismo como marxista. De aquí se sigue que al menos cabe la posibilidad de que no todo revolucionario sea marxista, ni todo marxista sea revolucionario. Se desprende también de aquí que sólo quien logra aunar en la práctica, de manera consistente y sostenida, su voluntad revolucionaria y una política basada en los principios del marxismo, alcanza la tan manoseada pero inalterable condición de comunista.

Se puede argüir que en última instancia un revolucionario anticapitalista deberá asumir las bases teóricas del marxismo y que un marxista sólo lo será cabalmente si asume una conducta revolucionaria. Es verdad. Pero lo es en última instancia. ¿Y qué ocurre en todas las instancias anteriores, es decir, en la vida cotidiana, en el devenir de la lucha?

Ocurre que la fusión y confusión de ambas categorías impide descubrir cómo estuvo constituido el movimiento comunista internacional real, y esto impide comprender su trágica historia, lo cual, al cabo, impide identificar la propia historia, reconocerse a sí mismo y a partir de ello estar en condiciones de identificar a los iguales.

Hoy está fuera de discusión que, para poner una fecha simbólica, desde que en 1935 los ignominiosos juicios de Moscú llevaron al paredón a los últimos miembros del Comité Central que condujo la Revolución de Octubre, el movimiento comunista internacional oficial no fue ni revolucionario ni marxista. Pero dentro del movimiento comunista internacional oficial -así como fuera de él- había genuinos revolucionarios y marxistas. Son millones y millones los hombres y mujeres que bajo la bandera de partidos llamados comunistas entregaron su pasión y su vida a la causa revolucionaria. Fueron -y muchos todavía son- revolucionarios como individuos, pero aunque lo creyeran así y aun cuando les resulte intolerable aceptarlo, en su práctica no eran marxistas e integraban -por causas históricas que los excedieron hasta aplastarlos- estructuras que no eran revolucionarias y que de modo sistemático cumplieron un papel contrarrevolucionario.

Como contrapartida, en las múltiples pequeñas estructuras que intentaron dar continuidad a la Oposición de Izquierda luego de su aplastamiento por el stalinismo, culminado con el asesinato de Trotsky en 1940, por regla general se reivindicó un marxismo sólido. Aun pagando tributo a las condiciones de aislamiento y persecución con gruesos errores de diverso carácter, estos agrupamientos establecieron una continuidad teórica e hicieron invalorables contribuciones para analizar el mundo contemporáneo y actuar sobre él. No obstante, la indiscutible voluntad revolucionaria individual y colectiva de tales organizaciones no bastó para cumplir un papel efectivamente revolucionario. Y no son pocos los casos en que adoptaron posiciones francamente opuestas a los requerimientos de la revolución. (Tales conductas se reproducen todavía, para tomar apenas un ejemplo, cuando algunos grupos que se denominan trotskystas demandan el derrocamiento revolucionario de Fidel Castro).

Desde el punto de vista del individuo como tal, es más que obvio que en las filas de los partidos sometidos a las políticas contrarrevolucionarias de la burocracia soviética hubo y hay millones de genuinos combatientes comunistas, al tiempo que en organizaciones con programas y propuestas revolucionarias marxistas abundaron arribistas, pequeños burgueses individualistas, pseudoteóricos alimentados con migajas mal digeridas de las grandes contribuciones de quienes intentaron dar continuidad al pensamiento y la acción revolucionaria marxista.

¿Todo es igual, entonces? Desde luego que no. Pero discernir y juzgar entre revolucionario y no revolucionario, entre marxista y no marxista, no es tarea para llevar a cabo con regla y compás. Y, sobre todo, no es tarea de profesores que levantan el dedo y lanzan su dicterio.

Ante todo, para analizar y separar el trigo de la cizaña es preciso delimitar el terreno teórico, es decir, definir cuáles son las columnas conceptuales del marxismo en términos filosóficos, en la interpretación de la sociedad capitalista, en los principios de acción política. A partir de allí, hay que salir de la consideración del individuo como tal, trasladarse al ámbito de las clases y ubicar el problema en su punto más sensible: el de la organización.

Decíamos más arriba que sólo quien logra aunar en la práctica, de manera consistente y sostenida, su condición de revolucionario y marxista, alcanza la cualidad de comunista. Pero aunar ambas condiciones y realizarlas en una efectiva práctica política presupone la existencia de un partido que, a la vez, sea la expresión viviente de la continuidad del pensamiento revolucionario marxista y esté compuesto por cuadros hondamente enraizados en la clase obrera.

Sucede que el partido que logró esa conjunción histórica -la IIIª Internacional en el período de sus primeros cuatro congresos- fue arrastrado y destruido por el fracaso de la revolución en Alemania, el atraso secular de Rusia y una suma de elementos subjetivos y circunstancias eventuales. Se produjo así, ya desde mediados de los años 20, una fractura entre teoría revolucionaria y clase obrera, causa última que explica la encrucijada histórica que vive la humanidad a fines del siglo XX.

Esta fractura trágica se inicia con la degeneración de la Revolución Rusa y la caída de la IIIª Internacional bajo la bota del stalinismo. Los obreros revolucionarios y todos aquellos que pusieron su esperanza en una sociedad socialista quedaron, prácticamente sin fisuras y en todo el mundo, encuadrados en una estructura cuya cúpula no sólo era la negación viva de la teoría marxista, sino que en el terreno político cumplió un papel contrarrevolucionario. Los revolucionarios marxistas, por su lado, quedaron aislados del proletariado y limitados a un ámbito social y organizativo que constituye, a término, un veneno inexorablemente mortal para la teoría revolucionaria.

¿Significa esto que, en rigor, desde el entronizamiento del stalinismo no hubo teoría marxista, ni organizaciones, ni militantes comunistas? Tal conclusión sólo puede provenir de una manera estrecha y mecanicista de observar la realidad.

La derrota de la Oposición de Izquierda (posteriormente mal llamada trotskysmo, a partir de la propaganda stalinista) significó una ruptura en la continuidad del pensamiento marxista plasmado en organizaciones obreras comunistas. Así, la producción teórica, en definitiva la lucha revolucionaria, se fragmentó y debilitó. Pero ni por un momento, a lo largo de todos estos años, dejó de existir. Dentro y fuera del movimiento comunista internacional oficial. La explicación dada a la gesta vietnamita como supuesto resultado de la presión de masas revolucionarias que arrastran a direcciones contrarrevolucionarias es una tontería mayúscula que ofende la inteligencia. El hecho de que la Revolución Cubana fuera llevada a cabo por una organización ajena y enfrentada con el PC de ese país, o que el PCUS y la casi totalidad de los partidos latinoamericanos alineados con aquél son los verdaderos responsables del aislamiento, la derrota y asesinato del Che, es algo que sólo puede negar quien persista en sostener aquella complicidad criminal. La lucha revolucionaria comunista, la organización revolucionaria comunista, la teoría revolucionaria comunista, aun dispersa, fragmentada, limitada, no sólo se mantuvo viva, sino que fue el protagonista más importante de la resistencia al capitalismo en todo el planeta incluso durante este período nefasto de predominio stalinista sobre el movimiento obrero comunista internacional.

Precisamente la tarea clave, la base en definitiva para recomponer estratégicamente las fuerzas comunistas, es recomponer esa historia; reinterpretarla y reescribirla a la luz de la verdad que hoy produce un efecto enceguecedor pero que es justamente la que permitirá iniciar una nueva etapa histórica de la lucha revolucionaria basada en la teoría científica del marxismo.

De allí que, si bien en esta historia hay inequívocamente tirios y troyanos, para delimitar entre éstos y aquéllos no puede haber otro juez que la continuidad de la lucha en el ámbito de la teoría, en el combate social y la confrontación en ese terreno de las propuestas elaboradas con el bagaje que cada uno decida asumir. El veredicto sólo puede darlo la historia.

¿Qué hacer mientras tanto? Ante todo, subrayemos lo que no se debe hacer. Es destructiva -y penosa- la actitud de quienes durante años ocuparon el estrado de dirigentes o teóricos tocados por la varita mágica de Moscú y hoy pretenden continuar ocultando la labor teórica y militante de los revolucionarios que enfrentaron al stalinismo, con la vana esperanza de convencer a sus seguidores de que no era posible conocer, interpretar y denunciar la degeneración de la Unión Soviética antes de que estallara ante los ojos del mundo. Es estéril -e igualmente penosa- la conducta de quienes se atribuyen el papel de profetas porque asimilaron las brillantes lecciones de Trotsky, aunque éstas no les hayan servido para diferenciar una revolución de una contrarrevolución cuando comenzó a tambalear la mampostería stalinista en los países del Pacto de Varsovia.

En cuanto a las líneas de acción positiva, la tarea consiste en recuperar los conceptos, principios y métodos que basados en la teoría marxista forjó el movimiento comunista internacionalreal, y con ellos como bandera acometer la tarea histórica de soldar la fractura entre teoría marxista y clase obrera.

Fácil decirlo. Muy complejo, extraordinariamente difícil, realizarlo. No sólo porque la aprehensión de la teoría marxista mediante la vuelta a los textos clásicos es apenas el prólogo del verdadero desafío: plasmar esa reaprehensión de la teoría en un análisis concreto de la situación concreta, sino y sobre todo porque esa tarea de asimilación, depuración y traducción a la realidad, únicamente puede llevarse a cabo en y mediante la lucha política y a condición de que en ella participe, con papel protagónico, la vanguardia real del movimiento obrero real. Por si la dificultad no fuera suficiente, hay que agregar lo que en realidad es el punto de partida: esa tarea no puede llevarse a cabo en el marco de un país: será en la conjunción de luchas sociales, debate teórico, división y reagrupamiento de revolucionarios marxistas a escala internacional, como se recompondrán -o no, porque el desenlace no es fatal- las fuerzas comunistas.

Tras estas afirmaciones, sin embargo, la pregunta sigue sin respuesta concreta: ¿qué hacer?

Hablar a partir de los hechos

Pues bien; para responder a esa clásica pregunta, como en todas las cosas de la vida, más que las palabras valen los hechos. («Charlar y hacer son cosas totalmente opuestas», le advertía Marx en una carta a su hija Jenny). Por eso es conveniente analizar una experiencia encaminada a la recomposición de fuerzas marxistas.

Cinco años atrás, en nuestra realidad concreta, no podíamos aspirar a más que una reafirmación y delimitación de principios acompañados por el análisis, a la altura de las escasas posibilidades, de la situación internacional y nacional. (Esa tarea, subrayémoslo, no comenzó con Crítica ni -mucho menos- se reduce a la labor de quienes la producen. Precisamente el intento consistió en dar continuidad a un combate de larga data y a escala internacional, buscando asimilar en ese terreno y sintetizar en estas páginas lo mejor de la producción teórico-política marxista, además de documentar hechos cruciales del período).

Transcurridos tres años en esa labor (es decir, dos años atrás), consideramos dadas las condiciones para ensayar un limitado paso en el terreno de la organización revolucionaria, y así se conformó la Unión de Militantes por el Socialismo, entendida como «un destacamento en la tarea de recomposición de las fuerzas marxistas y la edificación del partido de los comunistas». Luego fue posible conformar Mesas de Enlace de Militantes Comunistas, una instancia de transición que aún se mantiene y que, en un caso, dio lugar a una fusión de fuerzas con un cambio sustantivo del cuadro originario.

Antes y durante este proceso, el punto nodal de toda la labor lo constituyó una política permanentemente articulada y llevada a la práctica, consustancial a todos los integrantes del equipo: la aplicación en los hechos de una concepción destinada a viabilizar la unidad social y política de los trabajadores, a la par del esfuerzo sistemático por contribuir a la educación y organización del conjunto de la clase trabajadora, con énfasis especial en el proletariado industrial.

Es precisamente mediante la fusión del equipo originariamente responsable por la edición de Crítica con un grupo -relativamente pequeño, por cierto, pero coherente y aguerrido- de obreros industriales que desde sus fábricas buscaban un modo de superar la dispersión, como nace la UMS.

En el ámbito nacional, se llevó a cabo una lucha teórica y política contra el así llamado «frentismo», que pasó de Izquierda Unida al engendro denominado «centroizquierda» con eje en el bloque de Unione e Benevolenza, tomó cuerpo en el Frente del Sur, se continuó con el Frente Grande y desembocó en el Frepaso, proceso que arrastró a buena parte de la izquierda tras el electoralismo burgués y, peor aún, tras un candidato puesto por el imperialismo y la ultraderecha vaticana. Tal posicionamiento, a contra corriente, a la vez limitó las posibilidades de desarrollo de este equipo pero lo fortaleció teórica, política y organizativamente. Así, se logró una inserción considerable en el movimiento obrero real como corriente independiente y claramente diferenciada del CTA; se contribuyó a la afirmación de un proyecto estratégico en gran escala de educación socialista como es la Universidad de los Trabajadores, se sostuvo de manera regular la edición de Crítica y se inició la publicación de un órgano concebido -su nombre lo indica explícitamente- como Eslabón para la recomposición de las fuerzas marxistas. Un dato de especial importancia es el inicio de planes tendientes a conformar un equipo internacional de cuadros marxistas provenientes de diferentes experiencias que encaren la publicación en varios idiomas de un órgano común de análisis, información y debate; objetivo hoy poco menos que inalcanzable pero que traza un rumbo cierto, a la vez que expone una urgente y sensible necesidad(2).

Tales logros, módicos pero consistentes, se obtuvieron bajo el impacto múltiple del desmembramiento de la URSS y en un marco de reflujo y desmovilización de las masas trabajadoras y de ofensiva imperialista en el plano internacional y particularmente en el ámbito local.

Durante este período en Argentina se desintegraron las principales fuerzas de izquierda. La causa de esa desintegración no puede atribuirse al derrumbe de la URSS y la avanzada imperialista en todo el mundo. En ese clima, el Partido Comunista de Cuba, lejos de fragmentarse y arrojar sus principios como si fuesen lastre -tal como hicieron por esos días innumerables partidos y cuadros que se denominaban comunistas- se fortaleció teórica, política y organizativamente. Para el equipo editor de Crítica primero y para la UMS luego, ese ejemplo sin precedentes tuvo singular importancia. Así, fue posible transcurrir esta fase de resistencia con un saldo de afirmación teórica y de modesta pero tangible acumulación organizativa.

No hay motivo para el regodeo o la autosatisfacción, sin embargo. En primer lugar, porque estos pasos adelante, subrayémoslo, no plasmaron todavía en un cambio cualitativo en la tarea de recomponer las fuerzas comunistas y afirmar una dirección dotada de sólidas herramientas teóricas y genuina autoridad política frente a la vanguardia obrera y revolucionaria.

La UMS no es nada más -y nada menos- que un destacamento para la construcción de un partido de los comunistas, sujeta a todas las debilidades y riesgos de una organización de escasas dimensiones, sin enraizamiento significativo como organización de cuadros comunistas en el movimiento obrero industrial.

En segundo lugar, porque al cabo de este difícil período se abre una fase aún más peligrosa, más exigente en todos órdenes para cuadros y militantes.

Aludiendo a las causas por las cuales en la fase que se inicia habrá mayores dificultades, decíamos en lo que se adelanta como «incompleta y esquemática reseña», en un informe al Comité Central de la UMS en diciembre último:

«1) la huelga de los obreros franceses realimentará las concepciones espontaneístas, exitistas, que desconocen el significado político de la actual relación de fuerzas a escala internacional y desestiman tanto el peso de los grandes aparatos reformistas como la gravitación de la acendrada conciencia reformista de las masas obreras europeas;

«2) las victorias electorales en los países del ex Pacto de Varsovia y, muy particularmente, la del PC ruso, oxigenará a las moribundas expresiones del stalinismo y hará reverdecer en muchos cuadros convicciones profundamente arraigadas en su conciencia;

«3) los avances de la ultraderecha en Estados Unidos pero también en Europa y Japón, empujarán a contingentes mayoritarios de intelectuales a concepciones democratistas, frentepopulistas, que además ensamblarán a la perfección con las concepciones stalinistas;

«4) la reversión de la crisis económica cubana alimentará en intelectuales revolucionarios fuera y dentro de la isla concepciones que por la vía del eclecticismo lleven a distorsiones peligrosas en varios planos: el mercado en la transición al socialismo; la religión en la lucha revolucionaria; el carácter del partido en la lucha por el poder; etc.

«5) el agravamiento extremo de la crisis económica y la situación social en América Latina llevará a fuerzas clave en el continente y especialmente al PT de Brasil, al riesgo cierto de cambiar su rumbo y retomar conceptos y prácticas de cuño socialdemócrata, es decir, explícitamente capitalistas;

«6) aquellas mismas causas, que provocan una polarización extrema sin presencia gravitante de organizaciones revolucionarias marxistas hondamente arraigadas en las masas, alimentará la proliferación de expresiones ultraizquierdistas y eventualmente dará lugar al resurgimiento de grupos armados que, con sólido fundamento en sectores desesperados de la pequeña burguesía y los desocupados, actúen por sí y ante sí, con grave riesgo para el proceso de recomposición de los movimientos de masas en curso a escala continental.

«Este cuadro general y este nuevo combate ideológico-político ya lo tenemos prefigurado en Argentina. Lo veremos desplegarse en todos los planos mencionados durante el próximo período»(3).

Es posible, por tanto, ratificar la línea de trabajo emprendida tras el objetivo de recomposición de fuerzas marxistas y acumulación de capacidades en todos los órdenes para poner en pie un partido de los comunistas; pero esa ratificación es válida a condición de afirmar, inmediata y taxativamente, que lo realizado hasta hoy es insuficiente para afrontar con éxito el desafío previsto para la nueva fase que se abre.

Durante un período dado la resistencia ideológica y reafirmación de principios es, con todas las dificultades que conlleva, un desafío menor en relación con el planteado por la fase en que aquellos principios deben ser plasmados en organización y ésta en realidad viviente en el seno de la clase obrera.

Un comandante que se lanza a una batalla sin perspectivas estratégicas claras, sin líneas de acción táctica minuciosamente analizadas, sin sólidos planes para cada necesidad del combate, está seguramente condenado a la derrota. Munido de aquellas herramientas imprescindibles, no obstante, planes, tácticas y estrategias se juegan en la batalla misma, en la cual intervienen factores de diferente orden imposibles de prever, planificar y determinar voluntariamente. De allí que no necesariamente una batalla perdida descalifica los conceptos y mecanismos puestos en movimiento para arribar al momento de la confrontación, del mismo modo que no siempre una victoria garantiza la validez sostenida de una concepción de lucha.

Dejando de lado la analogía militar: como se señalara más arriba, las dimensiones filosófica y política de la tarea planteada se resuelve en el terreno organizativo. Y mientras no haya una acumulación suficiente de cuadros de sólida formación ideológica, entrenados en la lucha política y capacitados para organizar a la vanguardia obrera, los nucleamientos empeñados en la edificación de un aguerrido partido de los comunistas en condiciones de conducir la lucha por el poder (nos referimos a este tipo de organizaciones, y no a las sectas que centran la tarea en su propia sobrevivencia), estarán siempre ante el riesgo cierto de que las limitaciones y debilidades en la organización reviertan negativamente sobre su fortaleza política y teórica.

La raíz de la dificultad estriba en que si en la dimensión filosófica y política de la batalla pesa de manera determinante el factor subjetivo, es decir, el equipo de cuadros empeñados en ella, la traducción de conceptos en fuerza organizada depende ante todo de la realidad objetiva. Y aquí vale señalar que para el gran artífice de la construcción partidaria y la lucha por el poder en la historia del marxismo, Lenin, la subjetividad, el nivel de conciencia y el estado de ánimo de las masas, es un factor objetivo. Un factor que tiene sus propias leyes de movimiento, en muy alto grado independiente del accionar de la vanguardia cuando ésta es numérica y políticamente fuerte, pero independiente en grado absoluto cuando es, como en el caso de Argentina, débil en todos los sentidos.

Son estas las concepciones y caracterizaciones con las cuales asistimos al Congreso del PCA, luego de haber estudiado el documento presentado por el Comité Central saliente, para observar, preguntarnos y respondernos, si esa instancia contribuiría a aquella tarea esencial de recomposición de las fuerzas comunistas.

 

Las nueve «Tesis Fundamentales» del 19º Congreso del PCA

Lamentablemente, si nos atenemos al texto votado por el Congreso como documento base y publicado posteriormente en un folleto, la respuesta a aquel interrogante es negativa.

Con base, insistimos, en el documento oficial, nuestra conclusión es que el XIXº Congreso constituye una formalización, explícita aunque en un marco de ambigüedad, del abandono de los principios filosóficos, los fundamentos teóricos y los criterios políticos del marxismo revolucionario. Como veremos enseguida, las Tesis concilian por lo menos dos posiciones no sólo diferenciadas sino, presumiblemente, incompatibles. De cualquier modo, tienen una esencia en común y, allí donde se diferencian las perspectivas, predomina sin contrapeso la que, sin decirlo con estas palabras, propone replantear la existencia del partido, para dar lugar a una organización no comunista.

Esta conclusión se contradice con el espíritu dominante en los congresales. Fuimos testigos, sobre todo en la sesión de clausura, de la voluntad revolucionaria, la sincera reivindicación comunista, de muchos compañeros y compañeras, sin excluir a numerosos dirigentes quienes sin embargo defendieron, por acción u omisión, las tesis presentadas al partido.

En su mayoría, los despachos de las ocho comisiones, leídos a la Asamblea, trasuntaban inequívocamente insatisfacción y descontento, mostrando que las tesis no constituían una respuesta a sus reclamos de definición ideológica, política y organizativa. Tomemos sólo algunos ejemplos. La expositora de la Comisión Nº 3, compañera Sonia López, comenzó señalando que «uno de los debates centrales que conmovieron a la Comisión fue sobre uno de los enfoques fundamentales de la Tesis, que es el problema de cómo es la recreación de la teoría revolucionaria en el fin del milenio. Realmente se expresa un esfuerzo en los compañeros por superar el miedo, ya que con mucha sinceridad algunos compañeros planteaban que esto no implique algo así como el renunciamiento a los postulados fundamentales del marxismo».

Trasuntando los sentimientos contradictorios que despierta esa proposición, la compañera relatora agregaba que hubo «consenso en cuanto a la audacia de la Tesis, de plantear el problema del marxismo en la dinámica del proceso histórico. Se discutió mucho acerca del proceso de viraje que tuvo el partido y cómo se fueron asumiendo estos debates, pero en general se aceptó la necesidad de superar el gran problema que hemos tenido que no fue excesiva audacia para recrear, sino que excesivo dogmatismo y estancamiento»(4).

Otro despacho, el de la Comisión Nº 7, expuesto elocuentemente por el compañero Rafael Gamarnik, no expresó temor sino una nítida determinación: «En (relación con) la Tesis Nº 2 se propuso abstenernos de utilizar el término recreación»(5).

Volveremos sobre éstos y otros despachos de Comisión; pero lo mostrado es suficiente para confirmar que la militancia comunista del PC no encontró en las Tesis respuesta a sus dudas y conflictos principales, no halló una nítida definición de fundamentos, sino una propuesta de recreación que, entendida como superación del dogmatismo y el estancamiento, entusiasma a todos; pero a la vez les provoca conmoción y miedo -son las expresivas palabras a las que apeló la relatora- por lo que esta recreación pudiera conllevar de «renunciamiento a postulados fundamentales del marxismo».

Ahora bien, la meneada recreación no es, en las Tesis Fundamentales, una propuesta audaz de búsqueda hacia el futuro sobre las bases del marxismo, aunque así se presente, sino, por el contrario, una realidad ya concretada en las Tesis mismas. Y el temor o la negativa explicitados no puede ser referido a una probable evolución futura sino a un hecho consumado, como demostraremos en las páginas que siguen: el renunciamiento a los fundamentos del marxismo.

Claro que esto de ninguna manera se presenta en términos claros y precisos. Sobre todo porque está constantemente presente una concepción y/o una intencionalidad diferente, conciliada a la fuerza con nociones antagónicas superpuestas. Esto queda claro desde la Tesis Nº 1, que comienza así: «La vigencia y pertinencia de nuestra definición por el socialismo y el comunismo». (Es textual; y la propia redacción abre la incógnita sobre el contenido, que continúa de esta manera): Esta constituye un dato fundante de nuestra identidad. (volveremos más adelante sobre esta frase, LB). Establecemos por lo tanto que el carácter de la revolución es el de un proceso revolucionario, democrático y popular orientado al socialismo y por tal anticapitalista y antiimperialista».

La irremediable incompatibilidad entre estos conceptos es manifiesta, pero preferimos que se devele por sí misma al considerar el conjunto de las nueve Tesis.

La misma superposición y confusión de conceptos expresa la tesis 2, que sostiene la necesidad de una batalla por la «actualización y enriquecimiento creativo de la teoría revolucionaria y de las formas de comunicarla, sustentada en el legado fundamental de Marx, Engels, Lenin (…)». Hasta allí, nada que objetar. Y es esto lo que seduce sin duda a quienes buscan la superación del dogmatismo. Pero la frase citada sigue así: «(sustentada) en los aportes del pensamiento revolucionario marxista como los de Rosa Luxemburgo, Gramsci, Mariátegui y el Che; así como los de la teología de la liberación y el nacionalismo revolucionario».

Actualizar y enriquecer la teoría revolucionaria combinando el legado de los grandes teóricos marxistas con la teología de liberación y el nacionalismo revolucionario es, precisamente, poner en práctica lo que la Comisión Nº 3 enuncia con la inequívoca palabra miedo y a lo que la Comisión Nº 7 se opone explícitamente: un «renunciamiento a postulados fundamentales del marxismo».

La acción común con los revolucionarios de cualquier signo, cristianos o no, es un imperativo que sólo charlatanes ajenos a la acción real podrían poner en duda por un instante.

Pero «recrear» la teoría revolucionaria mezclando el materialismo histórico y la lógica dialéctica con las concepciones idealistas, metafísicas, religiosas, de cualquier teología, así como con las concepciones ideológicas y políticas de cualquier nacionalismo, constituye un explícito abandono del marxismo, aunque no se lo formule de esta manera.

Tan grave como lo anterior es otro aspecto implícito en la formulación de la Tesis 2, cuando se reivindica a Rosa Luxemburgo, Gramsci, Mariátegui y el Che, pero se omite ostensiblemente a Trotsky. No se trata de un nombre más o menos en un listado. Se trata de negarse a admitir -y embarcar a toda la militancia partidaria en esa actitud- el papel crucial de esta figura no sólo en la victoria y consolidación de la Revolución Rusa, sino sobre todo en la lucha contra la degeneración del Estado Obrero que desembocó en el desmembramiento de la URSS. Se trata de negarse a poner entre las obras de lectura obligatoria de los comunistas textos tales como la Historia de la Revolución RusaLa Internacional después de la muerte de Lenin y La Revolución Traicionada, cumbres del pensamiento marxista sin las cuales la historia misma del movimiento comunista internacional es incomprensible. Se trata, en suma, de un acto de escamoteo y ocultamiento que nada tiene que envidiar a los que, durante décadas, impidieron a los genuinos revolucionarios del PC conocer la verdad sobre la historia y la actualidad de la URSS, de modo tal que su colapso los tomara desprevenidos, desarmados, incapacitados para situarse frente a la nueva situación.

Esto, el ocultamiento de la verdad histórica -previsiblemente dictado por el pragmatismo con el que se encara la lucha interna y frente a fracciones que han abandonado el tronco del PC- también es una definición de carácter ideológico. Y es una definición ajena al marxismo, a la tradición leninista, para la cual la verdad es revolucionaria.

A propósito de esa frase, atribuída erróneamente a Gramsci, hay que decir que la reivindicación del revolucionario italiano no contribuye a la clarificación ideológica y política, sino todo lo contrario. No es el caso de entrar aquí a considerar las posiciones de esa figura excepcional. Pero la «moda Gramsci» tiene ya historia en Argentina y el mundo, no precisamente para reivindicar el marxismo y el leninismo, sino para apartarse de él con respaldo en textos contradictorios y en algunos puntos rotundamente erróneos del hombre que los escribió en la cárcel, en las peores condiciones imaginables para la producción teórica(6).

Quienes creen que las concepciones filosóficas, explícitas o implícitas, no tienen efectos y traducción inmediata en la organización y la política, pueden convencerse de lo contrario si continúan leyendo las Tesis. La número 3 dice: «Los comunistas afirmamos nuestro internacionalismo en la voluntad de materializar un proyecto patriótico de liberación nacional (…)».

Hay que decir que la incuria, la imprecisión conceptual y terminológica, son una constante en todo el folleto. Este incluye, además de las Tesis, los despachos de Comisiones y otras informaciones, un informe que debería ser el del secretario general saliente -al cual nos referiremos más adelante- pero que en realidad no tiene crédito preciso y al final aclara que «los párrafos escritos entre comillas, corresponden a transcripciones textuales del informe del Comité Central presentado en el Congreso por Patricio Echegaray». Queda latente la incógnita: ¿a quién «corresponden» los párrafos -prácticamente todo el documento- que no están entrecomillados?(7)

El lector se queda con la impresión de que no está ante un texto elaborado, madurado y pulido por una dirección coherente, sino ante una apresurada reiteración de fórmulas, peticiones de principio y apelaciones emocionales, que además han sido superpuestas reflejando posiciones encontradas.

Como quiera que sea, en la formulación citada de la Tesis 3 es evidente el abandono del materialismo histórico en favor del idealismo: en lugar de afirmarse en el carácter de las relaciones sociales bajo el modo de producción capitalista, en la unidad del mercado mundial y, por lo tanto, en la materialidad de una clase por definición ajena a las fronteras, el internacionalismo se funda en «la voluntad de materializar un proyecto patriótico de liberación nacional»!

La voluntad reemplaza a los fundamentos materiales y la nación reemplaza a la clase obrera. No es poca cosa para una sola Tesis. Tal vez en homenaje a tanta sustancia condensada, la Tesis siguiente es un vacío perfecto envuelto con unas pocas palabras. Pero en la Tesis Nº 5 vuelve a primar la sustancia, aunque igualmente envuelta por palabras engañosas: se propone allí «recrear el factor subjetivo, promoviendo la decisión de cada vez más amplios sectores populares de resistir al neoliberalismo, de confrontar con él hasta derrotarlo (…)».

Imposible tanta confusión en tan pocas líneas. Como si no bastara la tarea de recrear el marxismo, se propone ahora recrear el factor subjetivo. Antes, en el texto explicativo que precede a cada Tesis, se dice que «entendemos el factor subjetivo como lo definió el Che: la conciencia popular sobre la necesidad y la posibilidad del cambio revolucionario».

Nuestra memoria no registra -y el texto no lo indica- a qué trabajo del Che se refiere el párrafo (que no está citado entre comillas y previsiblemente no es textual), en qué contexto y con qué exactas palabras define Ernesto Guevara su posición al respecto. En cualquier caso, no es nuestra intención discutir mediante citas ni apelar a la autoridad de nadie para definir qué significado tiene, en la literatura marxista, la expresión «factor subjetivo». Nuestra opinión, respaldada en nuestra interpretación de los clásicos y en particular de Lenin, está planteada en el capítulo anterior y es obvio que no coincide con la que se le atribuye al Che.

Pero admitamos como hipótesis, por un momento, que el factor subjetivo es la conciencia popular sobre la necesidad y la posibilidad del cambio revolucionario. La idea de que una organización revolucionaria puede recrear ese factor así entendido se apoya en una concepción no marxista respecto de qué es la clase obrera (y más generalmente, cualquier clase), cómo y por qué se modifica su estado y su conciencia. Dos décadas y media atrás, discutíamos esto con los compañeros que se jugaban la vida para expropiar camiones de carne o de leche, que luego distribuían en las barriadas pobres, con el propósito de enseñarle a las masas la necesidad y la posibilidad del cambio revolucionario mediante «la lucha armada». La misma raíz -aunque el fruto sea completamente diferente- tienen periódicos y volantes comunes a casi todos los partidos de izquierda que se esfuerzan por explicarle a los trabajadores, los desocupados, los marginalizados y desposeídos, lo mal que ellos viven y lo malo que es el gobierno que los hace vivir de ese modo.

Se trata de una concepción idealista, por tanto no materialista, mecanicista, en definitiva no científica, de los factores constituyentes de una clase y las causas por las cuales ésta se subleva. La idea de que la propaganda o la agitación de un grupo o partido sin honda raigambre en las masas, sin autoridad, sin tradición concreta de combate de masas, puede convencer a las población de la necesidad y posibilidad de enfrentar a un enemigo poderosísimo y probadamente feroz, es propia del entendimiento que tienen de la realidad los sectores medios radicalizados.

Las sublevaciones revolucionarias de las clases como tales no responden a la voluntad de nadie. ¿Es preciso, una vez más, citar a Lenin?. Pues sí; es necesario, para que al menos nadie se respalde en él para sostener lo contrario a su pensamiento. Decía el líder bolchevique en 1915, en relación con las precondiciones de una situación revolucionaria: «Estamos seguros de no equivocarnos cuando señalamos los siguientes tres síntomas principales: 1) cuando es imposible para las clases gobernantes mantener su dominación sin ningún cambio, cuando hay una crisis, de una u otra forma, en las `clases altas`, una crisis en la política de las clases dominantes, que abre una hendidura por la que irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle una revolución no basta, por lo general, que `los de abajo` no quieran vivir como antes, sino que también es necesario que `los de arriba no puedan` vivir como hasta entonces; 2) cuando los sufrimientos y las necesidades de las clases oprimidas se han hecho más agudas que habitualmente; 3) cuando, como consecuencia de las causas mencionadas, hay una considerable intensificación de la actividad de las masas, las cuales en tiempos `pacíficos` se dejan expoliar sin quejas, pero que en tiempos agitados son compelidas, tanto por todas las circunstancias de la crisis como las mismas `clases altas`, a la acción histórica independiente.

«Sin estos cambio objetivos, que son independientes de la voluntad, no solo de determinados grupos y partidos sino también de la voluntad de determinadas clases, una revolución es, por regla general, imposible. El conjunto de estos cambios objetivos es precisamente lo que se llama situación revolucionaria». Y agregaba Lenin inmediatamente: «la revolución no se produce en cualquier situación revolucionaria; se produce sólo en una situación en la que los cambios objetivos citados son acompañados por un cambio subjetivo, como es la habilidad de la clase revolucionaria para realizar acciones revolucionarias de masas suficientemente fuertes como para destruir (o dislocar) el viejo gobierno, que jamás, ni siquiera en las épocas de crisis, `caerá` si no se lo `hace caer`»(8).

Señalemos de paso que Lenin define inequívocamente el factor subjetivo como «la habilidad de la clase revolucionaria para realizar acciones revolucionarias de masas suficientemente fuertes como para destruir (o dislocar) el viejo gobierno»; y tal habilidad está determinada y materializada -esa es, precisamente, una de las mayores contribuciones de Lenin a la teoría marxista- por la existencia del partido revolucionario comunista. Pero lo que importa aquí, ya que hemos admitido como hipótesis la definición de factor subjetivo dada por la Tesis 5, es que todo el énfasis de Lenin recae sobre la objetividad del proceso que desemboca en una situación revolucionaria, al punto que subraya con especial énfasis que «estos cambios objetivos, son independientes de la voluntad, no solo de determinados grupos y partidos sino también de la voluntad de determinadas clases».

La Tesis 5 quiere en cambio «recrear» lo que define como «la conciencia popular sobre la necesidad y la posibilidad del cambio revolucionario», y de este modo coloca patas arriba todo el proceso revolucionario y la tarea de los comunistas.

Lo que podría aparecer en una primera instancia como oposición al espontaneísmo (y así ocurrió igualmente tres décadas atrás, cuando Roberto Mario Santucho enfrentó con justificadas razones pero muy erróneos fundamentos teóricos a Nahuel Moreno en la dirección del Partido Revolucionario de los Trabajadores), no es sino otra forma de espontaneísmo, más grave que la de quienes, alegando la objetividad del proceso histórico, desconocen la imprescindible labor de propaganda y agitación destinada a concientizar y organizar a las masas y el papel decisivo del partido revolucionario en el momento en que están dadas las condiciones para la sublevación social y la lucha por el poder.

Es un espontaneísmo más grave, porque la lógica de su accionar lleva a desconocer por completo al movimiento obrero real, al movimiento de masas real, coloca a la organización en un ámbito propio, fuera y por sobre las clases oprimidas, y abre de esta manera un cauce por el cual, en determinadas condiciones, se desvía el potencial revolucionario de obreros de vanguardia y jóvenes rebeldes. Ese cauce desviado, sean cuales sean los métodos de accionar a los que apele para «recrear» la «conciencia popular», conduce a un choque con el proceso objetivo de concientización y organización de las masas por un lado, e igualmente colisiona con la educación, organización y entrenamiento en la lucha política de masas de los cuadros marxistas en un partido de los comunistas.

Este vanguardismo de cuño ultraizquierdista, sin embargo, convive pacíficamente y se complementa a la perfección con una concepción predominante en las Tesis y en todo el folleto: la perspectiva reformista, frentepopulista, emparentada a la vez con las concepciones socialdemócratas y el nacionalismo burgués.

Veamos si no: en las mismas líneas citadas de la Tesis 5, escasas pero tan cargadas de significado, se sostiene que «recrear el factor subjetivo» es necesario para «resistir al neoliberalismo, confrontar con él hasta derrotarlo».

Parece innecesario señalar que, con este programa es explicable que el PC haya parido ese engendro que ahora se denomina Frepaso. El problema, aquí, es el «neoliberalismo». Vale acotar, para quien no conoce el documento, que en las nueve Tesis Fundamentales no figura la crisis del capitalismo. Por el contrario, en la fundamentación de la primera se dice que «el capitalismo de fin de siglo exhibe el momento de mayor acumulación de fuerzas a nivel global, lo que se traduce en la consagración del autoritarismo político, el crecimiento del poder de las transnacionales que se traslada progresivamente a la política, la formación de bloques mundiales, el fortalecimiento de la dominación imperialista sobre los países dependientes, …» y una cantidad de calamidades más, entre las cuales, sin embargo, no asoma la más mínima sospecha de que lo que está en crisis en el mundo es el capitalismo.

Peor aún: en el informe (¿del Comité Central?), aparece por fin la frase esquiva, pero para decir lo siguiente: «Hay que observar con atención la crisis del sistema capitalista (insistimos, no se la ha mencionado, mucho menos explicado, hasta la segunda columna de la página 16), que funciona sola y parcialmente en algunos países centrales. Para los dos tercios de la humanidad sumidos en la pobreza, no funciona»!!??

Repitámoslo, porque es duro de creer: la crisis capitalista «funciona» (??) sólo para un tercio de la humanidad. Para los dos tercios restantes… «no funciona»!!

Inmediatamente, como si los autores se hubiesen propuesto no dar respiro a los vetustos marxistas que leen respetuosamente el documento, se afirma que «Este sistema está profundamente en crisis porque produce mundialmente una gran pobreza y en muchas regiones una gran miseria».

Dicho de otro modo: como explica Marx en El Capital… pero «recreado». En tal caso, es previsible que hasta el espíritu más osado e indagante sienta la tentación de declararse conservador dogmático a ultranza, opuesto no ya a la recreación, sino a la creación o la búsqueda de cualquier cosa nueva. Porque si de algo no cabe duda, es de que esta recreación… «no funciona».

O tal vez sí. Porque, bien mirado, hay un hilo conductor entre esta interpretación arbitraria y ramplona de la realidad mundial y la propuesta de la Tesis 5 de poner como meta «resistir y derrotar al neoliberalismo». No es la crisis del capitalismo lo que determina la situación de dos tercios del planeta, en los cuales presumiblemente se encuentra Argentina. De allí que sea comprensible que pocas páginas después de tan infrecuente descripción de la realidad mundial, se presente una formulación programática no menos sorprendente: «Recuperar con claridad en contenido y en práctica la ética, la solidaridad, la sensibilidad, el humanismo, la capacidad de rebelión es imprescindible para construir una propuesta política alternativa» (pág. 20).

He aquí la plataforma ideológica y programática para un partido a la medida de la pequeña burguesía acorralada hoy en Argentina -y en todo el mundo- por la crisis del capitalismo. He aquí por qué afirmamos que el miedo de no pocos militantes por los resultados de la «recreación» no debería apuntar al futuro, sino convertirse en combate ideológico contra las Tesis Fundamentales.

Todo lo anterior se reafirma, corregido y aumentado, en las tres Tesis restantes. La sexta dice textualmente que «La creación de bases de poder popular es el eslabón que vincula la táctica con la estrategia y las tareas de la etapa con la visión global de la lucha por el poder popular. El poder popular se construye antes, durante y después de la destrucción de las instituciones del Estado capitalista (…)».

Hay que señalar, ante todo, que en el texto precedente a la Tesis 6 encontramos la siguiente afirmación: «La concepción de una estrategia popular nace de la síntesis alcanzada hasta el momento a partir de la valoración de la experiencia revolucionaria en nuestro país y en el mundo».

Sucede que no hay texto de referencia alguno donde pueda averiguarse cuál es esa «síntesis alcanzada hasta el momento». Podría ocurrir que, pese al rigor con que tratamos de estudiar toda la producción de la izquierda local, se nos haya escapado el material en el cual el PC realiza ese trabajo de síntesis -precisamente el que señalamos como imprescindible para recomponer las fuerzas comunistas dispersas y confundidas. Pero ¿no sería el caso de que tal elaboración, por nosotros desconocida, figurara de alguna manera en los materiales del Congreso y estuviese condensada en las Tesis? La afirmación es aún más sorprendente porque las nueve Tesis no sólo no hacen ninguna referencia a la crisis del capitalismo mundial, sino que no dicen una palabra acerca de la situación en la Unión Soviética y no toman posición sobre la política aplicada por el PC Chino; tampoco hay -en las Tesis, es decir, en el documento puesto a votación – siquiera una línea referida a la experiencia del Frente del Sur, el Frente Grande y la Alianza Sur, para no hablar más que de la experiencia más reciente. ¿Dónde está entonces la valoración de la experiencia revolucionaria «en nuestro país y en el mundo»?

Lo mismo vale para el párrafo siguiente al citado: «(La concepción…) Tiene un fundamento también en el análisis crítico de las experiencias realizadas en el Este Europeo y en otros modelos de transición al socialismo en los que fue enajenado el poder popular por el aparato estatal y partidario y no se logró desarrollar una cultura socialista, nacida y arraigada en la conciencia y el corazón de los pueblos». Reiteramos la pregunta: ¿dónde está el «análisis crítico» de la historia de la Revolución Rusa elaborado por el PCA?

Dando por hecha la ciclópea tarea que por nuestra parte insistimos en señalar como clave para toda estrategia revolucionaria consistente, el PC funda en la conclusión de aquella labor su actual «concepción de una estrategia popular», centrada en la «creación de bases de poder popular».

El lenguaje de resonancias gramscianas a la vez oculta y revela cómo se traduce en términos de labor política y construcción organizativa el abandono de los principios del marxismo que venimos señalando. En primer lugar, la clase obrera es reemplazada por el pueblo. Enseguida, la inserción de cuadros comunistas en la clase y el conjunto de la sociedad es reemplazada por «la capacidad de sectores del pueblo (subrayado nuestro) de autoorganizarse, con una conciencia que los vincule a una estrategia revolucionaria». La «estrategia revolucionaria», ya lo sabemos, consiste en «luchar y derrotar al neoliberalismo». Efectivamente, esta estrategia se vincula con la táctica y señala la tarea política, consistente en «crear poder popular», una consigna vacía, capaz de desarmar a activistas, cuadros y organizaciones; dejarlos navegando en un mar de palabras carentes de cualquier significación, con el inevitable resultado de un ahondamiento en la brecha entre militancia revolucionaria y conjunto social, imposibilidad de contribuir a la creación y fortalecimiento de organizaciones de masas en la clase obrera y el conjunto de la población, e inexorable debilitamiento de la organización política que gira en torno de tal consigna.

Prácticamente todos los despachos de las Comisiones aludieron, de uno u otro modo, a un reclamo que la Comisión Nº 5 formuló de manera precisa: «En varias intervenciones se planteó la necesidad de que el Comité Central saliente profundice su autocrítica sobre su responsabilidad en la crisis partidaria».

La Comisión Nº 4, representada por la compañera Marta de la Vega, aludió al mismo punto con las siguientes palabras: «En todas las intervenciones se marcó la profunda crisis de nuestra organización desde el XVII Congreso hasta la fecha. Se señaló al Comité Central como principal responsable de la misma».

Significativamente, el despacho de la Comisión 5 antes citado, expuesto por el compañero Roberto Gómez, señala un punto crucial: «Con mucha fuerza se planteó que somos el partido de la clase (subrayado en el original) y que por lo tanto no podemos desentendernos del problema de la clase, recuperando la teoría marxista con los aportes que hicieran Lenin y otros compañeros». Ese mismo despacho subraya con precisión cuestiones que de una u otra manera resonaron en todas las Comisiones, al plantear «la construcción de un partido para enfrentar al sistema» y remarcar que «hemos definido a la crisis del partido como una crisis ideológica».

La demanda -en nuestra opinión enteramente justificada- al Comité Central, aún cuando en numerosos casos, como lo indica el párrafo citado anteriormente, vincula la política con las concepciones que la determinan (concretamente, con el hecho de ser el partido de la clase obrera y no poder desentenderse «del problema de la clase»), no lleva hasta las últimas consecuencias -al menos en los materiales a nuestro alcance- la relación directa entre estas concepciones y aquel organismo, y por lo mismo corre el riesgo de entablar el combate centrando en personas y conductas individuales, en lugar de plantear y resolver en términos precisos el debate ideológico.

Es legítimo, como lo hace el despacho de la Comisión 4, condenar «el internismo desgastante, con líneas internas que respondían a distintas concepciones políticas en el máximo organismo conductor del partido». Y no hay por qué dudar de que en la situación del partido pesen conductas individuales. Sin embargo, la «crisis ideológica» apuntada por la Comisión Nº 5 está latente en el mismo despacho, cuando tras enfatizar la necesidad de «construir un partido para enfrentar al sistema» continúa diciendo: «y construir el poder popular y el socialismo».

Decíamos que esta expresión a la vez oculta y devela el abandono de los principios del marxismo. Al aludir a un poder alternativo, sustenta la posición de la militancia movida por una voluntad revolucionaria. Pero la concepción del poder alternativo es ajena a la que el marxismo afirmó en la teoría y en la práctica.

Se trata éste de un debate crucial, que no intentaríamos saldar en este análisis del Congreso del PC. Pero se puede adelantar que entre el doble poder basado en organismos de masas del proletariado y todas las clases oprimidas y la noción de «poder popular que se construye antes, durante y después de la destrucción de las instituciones del Estado capitalista» hay la misma distancia que la existente entre una estrategia de clase, marxista, para la insurrección y la toma del poder por el proletariado y las clases aliadas, y una estrategia opuesta de «un proceso revolucionario, democrático y popular orientado al socialismo», como vimos afirmar a la Tesis Nº 1.

Los textos reproducidos en el folleto que comentamos no sólo no traducen una síntesis crítica en la valoración de la experiencia revolucionaria en nuestro país y en el mundo, como pretende la Tesis Nº 6, sino que reafirman en cada palabra lo que ya es evidente en la Tesis Nº 1: se proclama «la vigencia y pertinencia de nuestra definición por el socialismo y el comunismo», pero cuando se define el carácter de la revolución se opta por «un proceso revolucionario, democrático y popular orientado al socialismo».

¿No suena conocido? Por cierto: se trata de la concepción stalinista clásica, que impone una etapa «democrática» como objetivo de los revolucionarios, aunque, claro está, «orientada» al socialismo. Antes esto llevó al Frente Democrático, a votar a Frondizi en el 58, a la Alianza Popular Revolucionaria en el 72/73, a votar a Perón e Isabel en el 73, a Luder e Iglesias en el 83, etc, es decir, a la alianza de clases con sectores de la burguesía sobre la base del programa de éstos. Luego del XVIº Congreso se viró hacia la búsqueda de una coalición con las fuerzas definidas por el socialismo y la estrategia de poder con un programa clasista. Pero tras el estallido de Izquierda Unida(9), de manera sistemática aunque en medio de una generalizada confusión, se retornó firmemente a la posición anterior, plasmada ahora en el coqueteo con el «centroizquierda» de Unione e Benevolenza, la formación del Frente del Sur, el lanzamiento -a su costa en todos los órdenes- del Frente Grande y la Alianza (in extremis) Sur.

En este retorno a las fuentes, sin embargo, el texto puesto a votación del XIXº Congreso introduce un cambio cualitativo, plasmado en la Tesis Nº 7: el papel de la clase obrera en la lucha por el socialismo o, según dicta la moda, «el sujeto de la revolución».

Leemos: «Consideramos sujeto de la revolución al conjunto de clases y capas explotadas y oprimidas por el capitalismo que deben constituirse en bloque político social al que concebimos como un Frente de Liberación Nacional y Social (…) La hegemonía de la clase obrera y de los trabajadores en el bloque popular se define en el terreno político por la capacidad que ésta adquiera para protagonizar la resistencia, gestar la unidad necesaria para derrotar al modelo (subrayado nuestro) y garantizar una alternativa de liberación nacional y social que abra el camino del socialismo».

Deliberada o no, hay en la primera parte de esta Tesis una confusión elemental. El problema estriba en que, si admitimos que no hay intencionalidad confusionista, la conclusión es que los autores de esta Tesis no sólo no se apoyan en el pensamiento marxista sino que transgreden fundamentos elementales de la teoría social y política de cualquier signo. Porque la definición de «el sujeto de la revolución» no pasa por el plano del accionar político, sino por el carácter de las contradicciones que hacen o no antagónicas las relaciones entre las clases. Esto, claro, cuando hablamos del sujeto de la revolución socialista. Si nos referimos al sujeto de una revolución democrático-popular, lo que nos llevará a él no será el antagonismo con la clase dominante, sino con el modelo. Pero en cualquier caso el ámbito de definición será el de la composición, el carácter y las relaciones entre las clases como tales y no el de su eventual alineamiento político.

Mediante esta transposición queda en la banquina nada menos que el proletariado. (Digamos desde ya, para evitar mayores confusiones, que en palabras de Marx el proletariado tiene «un ejército activo y un ejército de reserva», de modo tal que, desde los primeros peldaños de la teoría marxista está explícitamente definido un descubrimiento revolucionario de los sociólogos al uso en los últimos tiempos: los desocupados forman parte del proletariado). Sólo un selenita podría diseñar una estrategia revolucionaria socialista sin contar con todos los sectores explotados y oprimidos de la sociedad. Enumerar, como lo hace la Tesis 7 en medio de los dos párrafos citados textualmente, los componentes del «bloque político social» (volveremos sobre esa enumeración, porque también aquí la concepción dominante en el documento se traduce en confusiones de gravísimas consecuencias inmediatas y estratégicas) es necesario para plantear una línea concreta de acción política. Pero una línea concreta de acción política (¿hay que aclararlo?) es algo relativo a la situación política concreta. Es decir, algo que cambia con las circunstancias. Un partido comunista (y cualquier partido que represente un sector real de la sociedad) no obra de la misma manera, no tiene las mismas alianzas, no integra los mismos bloques, en toda y cualquier situación.

El partido de los comunistas puede y debe moverse con ductilidad y agilidad en el terreno político, siempre cambiante y mucho más en momentos de crisis. Debe hacerlo porque, de lo contrario, no podría ponerse a la vanguardia del conjunto de las clases explotadas y oprimidas y, como consecuencia de esto, tampoco podría ser la vanguardia efectiva del proletariado. Y puede hacerlo, porque tiene su propio programa, su propia estrategia, sus bases de sustentación sólida en la clase estructuralmente antagónica con el sistema capitalista y sus cuadros comunistas con ideas claras y profunda convicción acerca del carácter de la revolución por la que luchan.

El conjunto de las nueve Tesis hace exactamente lo contrario. En primer lugar define la revolución como «democrática-popular», es decir, que el programa de la revolución no contempla medidas anticapitalistas, con lo cual encamina a su militancia en una política de conciliación de clases y desarma estratégicamente a sus cuadros frente a una crisis revolucionaria; luego diluye a la clase obrera en «el bloque político social» y finalmente propone luchar por la hegemonía en ese bloque, definido como «la unidad necesaria para derrotar el modelo»; es decir, confunde también en términos políticos concretos a su militancia.

Es obvio -¿no es eso lo que queda demostrado en el desempeño político del PC en los últimos años?- que en medio de tamaña confusión la militancia, los cuadros medios y la propia dirección no pueden ser eficientes en la lucha por «la hegemonía de la clase obrera y de los trabajadores en el bloque popular», como reza la Tesis. Pero aquí está el verdadero nudo del problema, el pase mágico que hace desaparecer de un solo golpe a la clase obrera, a sus organismos de clase y al partido de los comunistas.

Luego de haber señalado el «sujeto de la revolución» como «el conjunto de clases y capas oprimidas por el capitalismo», la Tesis anuncia que «la hegemonía de la clase obrera y los trabajadores en el bloque popular se define en el terreno político». Ya está visto que el eje político en torno al cual se disputará la hegemonía es «derrotar al modelo». Pero mucho más grave que esto, desde el punto de vista de la concepción marxista, es que se afirme que la definición del papel de la clase obrera se plantea en el terreno político y no en el terreno programático.

Esta fuga está más clara y explícita en el texto explicativo de la Tesis 7. Leemos allí: «el rol hegemónico de la clase se va forjando en el marco de la lucha de clases, en su capacidad para ir resolviendo positivamente las tareas de la etapa y no como condición previa a la constitución del bloque político y social de la revolución» (Subrayado nuestro). ¿Hace falta traducirlo? Sí, porque la verdad está envuelta en un aparente desafío político que reclama coraje y decisión para ser enfrentado: forjar la hegemonía en el marco de la lucha de clases. Pero esto significa que la clase obrera (y el partido que dice representarla) ingresa al «bloque político social» sin condiciones previas; es decir, sin poner como condición la definición programática que dé corporeidad a su independencia de clase; es decir… con el programa de la burguesía.

¡Coraje, compañeros! ¡Ninguna vacilación! ¡Ninguna condición previa para entrar al combate! ¡Luchemos por la hegemonía de la clase obrera en el bloque político social formado en torno al programa de la pequeña (y mediana, y no tan mediana) burguesía!

¿No es ésa la concepción que llevó al Frente Grande? Y si no ponemos ninguna condición previa para formar un bloque político-social para «derrotar al neoliberalismo» ¿por qué retirarse del Frente Grande? ¿Hay alguna duda de que éste es un poderoso bloque político social contra el «neoliberalismo»?

La Tesis 7, en efecto, formaliza, legitima, la concepción que condujo a una política que, si para el PCA fue un desastre sin atenuantes, para la clase obrera significó un obstáculo mayor en su lucha por alcanzar la unidad social y política tras un programa propio. Porque eso fue el Frente Grande: un obstáculo estratégicamente diseñado y colocado por las clases dominantes en el camino del proletariado y el pueblo. Por eso el primer paso de la jefatura de ese «bloque político social» una vez alcanzado el éxito fue exigir la disolución del PC.

En aquel momento, en nuestra Carta abierta a los comunistas, dijimos lo que repetimos ahora: «No es casual el momento en que se precipitan los planes de transformar el FG en un partido único fuertemente centralizado y regimentado: con la marcha federal del 6 de julio y el paro general del 2 de agosto, comenzó la resistencia organizada a la ofensiva estratégica del capital, timoneada desde 1989 por el gobierno peronista de los monopolios. El destino del país para el próximo siglo está en directa correspondencia con la resolución de un combate ya en curso: qué clase hegemonizará el bloque social opositor al plan oficial; qué lineamientos ideológicos y políticos trazarán el rumbo estratégico de la clase obrera y las masas explotadas del país, qué concepción ideológica hará carne en las masas, qué tipo de organización política se edificará en reemplazo de las que se desmoronan, qué clase de hombres y mujeres ocuparán el lugar de dirigentes, qué rumbo se imprimirá a la lucha social.

«El ritmo de los acontecimientos ha cambiado en Argentina. Y hoy está planteada, en toda su magnitud y vertiginosidad, la controversia ideológica y política en el seno de las masas.

«Basta verificar el desplazamiento del eje de la oposición al gobierno en los últimos 100 días para comprender la premura de quienes quieren poner en caja el fenómeno social que se expresó electoralmente en el Frente Grande: el 10 de abril el centro absoluto de la oposición quedó plasmado en una figura y un discurso claramente encuadrado en la perspectiva político-programática de la pequeña burguesía porteña; el 6 de julio, la Marcha Federal cambió completamente ese encuadre, tanto por el contenido social de las 60 u 80 mil personas que colmaron la Plaza de Mayo, como por el cambio de protagonistas en el centro del escenario: daba vergüenza ajena ver a las dos más notorias figuras del FG que -después de haberse opuesto a convocar formalmente a la movilización- hacían malabarismos para asomar la cara entre los dirigentes del CTA, el MTA y las delegaciones sindicales y sociales del interior que ocupaban la primera fila en el palco; pero ni siquiera eso pudieron intentar el 2 de agosto: el paro general -al que también se negaron a respaldar- sencillamente los dejó al margen de la confrontación social y política.

«Los imprevistos cambios de conducta no han terminado. La conciencia de las masas y la expresión orgánica de esa fuerza material está en estado de fusión, aunque ha alcanzado un punto significativamente diferente en la temperatura y la consistencia de la materia en forja.

«La confluencia de José Bordón, Carlos Alvarez y Federico Storani es una operación política destinada a cerrar el paso a la dinámica de masas que objetiva aunque contradictoriamente avanza en la afirmación de una línea de acción independiente de los grandes grupos capitalistas y con un contenido programático y social centrado en la clase trabajadora.

«Tras ese objetivo, para la fuerza hegemónica en el FG (cuya verdadera figura es Carlos Auyero, fundador de la Democracia Cristiana en Argentina, es decir, de la fuerza gestada desde Washington y el Vaticano en los años 60 para contrarrestar la radicalización global de las masas en América Latina y salirle al cruce a la Revolución Cubana) imponer la disolución del PC es mucho más que una táctica para ganar votos u ocupar espacios en la cúpula del FG»(10).

La imposición del «bloque político social» corporizado en el Frente Grande/Frepaso contra la dinámica de organización independiente que buscaba cauce mediante el CTA no sólo abortó esta dinámica (y, dicho sea de paso, condenó al CTA), sino que se transformó en la palanca fundamental gracias a la cual la burguesía y el imperialismo lograron dos victorias (una táctica y otra de proyección estratégica): la reelección del gobierno peronista y la división de la expresión política de la clase obrera entre dos candidatos peronistas burgueses. A partir de esta derrota política la clase obrera quedó paralizada e indefensa, frente a la renovada ofensiva del capital.

¿Qué papel jugó la dirección del PC en este momento crucial? No hacen falta palabras para responder. Pero hay una pregunta más relevante: ¿por qué jugó ese papel?

Volvamos a la Tesis 7: si se compara la descripción del «conjunto de clases y capas explotadas y oprimidas» descriptas allí como «sujeto de la revolución», con la composición del Frepaso, se encontrará a aquél contenido en éste. Si se admite que la clase obrera «va forjando su hegemonía» en ese bloque «en el marco de la lucha de clases» y se subraya que «la hegemonía» de la clase, su papel en ese bloque político social, «no es una condición previa», concluiremos necesariamente que fue una concepción acertada la que llevó a engendrar el Frepaso, pero falló la «capacidad para ir resolviendo positivamente las tareas de la etapa».

De tal manera, el PC jugó un papel claramente opuesto, enfrentado a las necesidades tácticas y estratégicas de la clase obrera y el conjunto de la población… por una mezcla de debilidad organizativa y errores circunstanciales. Conclusión: fortalezcámonos, reorganicémonos, galvanicemos nuestra moral comunista, y volvamos a ingresar al Frepaso, sin «condiciones previas», para desde ese bloque político social enfilado a «derrotar el modelo», ser capaces de «forjar el rol hegemónico de la clase obrera en el marco de la lucha de clases».

No es un pronóstico. Expulsada del Frente Grande (es decir de la expresión política del bloque que propone) la dirección del PC mantuvo la línea mediante su política en el interior del CTA, contribuyendo a arrastrar a esta organización hacia una propuesta programática de conciliación de clases plasmada en lo que sería el costado «social» del bloque: el Congreso del Trabajo y la Producción, articulado mediante APyME y el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, en comprensible alianza con el sector de la dirección del CTA que torció el rumbo original de esta organización hacia una reedición del policlasismo. No es por acaso que en las elecciones internas del CTA la dirección del PC optó por alinearse con la Lista Germán Abdala contra la Lista Agustín Tosco, es decir, con el programa de subordinación de la clase obrera al bloque hegemonizado por la burguesía, contra el programa de independencia de clase.

Volveremos sobre este punto. Pero antes es preciso detenernos brevemente en las dos Tesis restantes.

Afirma la Tesis Nº 8: «En las actuales condiciones de desarticulación de la cultura de izquierda, de reformulación del movimiento popular y de dispersión de los esfuerzos revolucionarios, la creación de una vanguardia efectiva implica una política de unidad de los revolucionarios». Y completa a continuación: «La propuesta de formación de un movimiento político de izquierda, apunta a encontrar contenidos, caminos y cauces para la gestación de la una verdadera vanguardia».

Aquí está implícita la diferenciación, correcta, entre revolucionario y comunista, a la que nos referimos más arriba. De modo que la vanguardia que se va a «crear» (al menos no hay intentos de «recrearla»), es una vanguardia sin definición ideológica precisa, dado que el punto de unión está en un ámbito más amplio que el de los marxistas que sostienen las banderas de un partido comunista. Puesto que «el sujeto de la revolución» no es, como ya vimos en detalle, el proletariado, esta vanguardia tampoco tiene una definición de clase. Por lo demás, la noción «unidad de los revolucionarios», difusa por definición en cualquier caso, lo es mucho más cuando la revolución de que se habla no es socialista, sino «popular».

Queda así esbozado social, ideológica y programáticamente, lo que será ese «movimiento político de izquierda». Y a tal organización, que no tiene como punto de referencia la clase obrera, que no es comunista y que no tiene como objetivo la revolución socialista, se le encarga la curiosa tarea de «encontrar contenidos, caminos y cauces para la gestación de una verdadera vanguardia».

¡Ay! ¿De modo que los comunistas hacen un congreso para encargarle el hallazgo de «caminos y cauces» (!) a un conglomerado heterogéneo en todos los órdenes, responsable por «la gestación de una verdadera vanguardia»?

Sí; así es, en efecto. Y no porque lo digamos nosotros: lo reafirma de manera inapelable la última Tesis, donde se explica sin vueltas que «El rol del Partido Comunista se define en esta etapa por el aporte a un nivel superior de resistencia popular al neoliberalismo y de gestación de una vanguardia política».

La educación y la organización de la clase trabajadora, la lucha por su unidad social y política; la clarificación, recomposición y reorganización de los comunistas… no «define el rol del PC».

Ese no fue el papel que le propuso Marx a la Iª Internacional y las organizaciones que la componían. Tampoco el asumido por los grandes partidos obreros que conformarían la IIª Internacional. Y, muchísimo menos, el que se planteó Lenin cuando reunió a un puñado de revolucionarios «desarticulados y dispersos» en una aldea suiza, para arrojar al rostro desvergonzado de la dirigencia socialdemócrata de la IIª Internacional el Manifiesto de Zimmerwald, casualmente redactado por Trotsky: «¡Hombres y mujeres trabajadores! ¡Heridos y mutilados! Los convocamos a todos ustedes que están sufriendo a causa de la guerra: por sobre las fronteras, por sobre el olor de los campos de batalla, por sobre las ciudades y los pueblos devastados: ¡¡Proletarios de todos los países: Unios!!»(11).

Ese fue el primer paso en la gestación de una verdadera vanguardia: la IIIª Internacional que vería la luz cinco años después. Y en términos conceptuales y políticos (dejemos de lado el aspecto literario) no se parece demasiado a las Tesis ni al texto del Comité Central, que al respecto agrega: «Es necesario tener en cuenta que la izquierda y el PC tampoco están vacunados contra la posibilidad de caer en desuso y perder funcionalidad».

Está claro: es urgente recrear el marxismo para no caer en desuso; para no perder funcionalidad….

No. Definitivamente. No son estas las preocupaciones que desvelan a los comunistas. Es comprensible que quien ha abandonado la concepción marxista de la historia y la sociedad y cree, como dice el texto previo a la Tesis 6, que «el deterioro de las utopías (subrayado nuestro) debilita la motivación que movilizaba a importantes sectores sociales», entienda la perspectiva de la lucha de clases como una cuestión de marketing, y en consecuencia tema que el producto en oferta caiga en desuso.

Los comunistas tenemos otra visión del mundo, de la actualidad, del futuro y de nuestro papel en la historia. Y no nos referimos sólo a los comunistas del equipo de Crítica, o los que integramos las filas de la Unión de Militantes por el Socialismo. Aludimos a miles de revolucionarios comunistas dispersos y no encuadrados en todo el país, y en primer lugar a innumerables compañeros y compañeras que integran el PCA.

Los reconocemos en los lugares de trabajo, en la lucha; los vimos en el XIXº Congreso. Y nuestra preocupación no es que el partido de los comunistas caiga en desuso, sino cómo lograr, con la urgencia extrema que la crisis internacional y nacional plantea, la recomposición de las fuerzas revolucionarias marxistas, de los comunistas dispuestos a restablecer la continuidad histórica del pensamiento y la acción revolucionaria; la unidad social y política de la clase trabajadora, base material de una estrategia socialista.

 

Fin de un ciclo en la historia del PCA

Con este viraje presentado como «recreación» del marxismo, el XIXº Congreso cierra el ciclo abierto en la historia del PCA con el XVIº Congreso. A la vista queda en las Tesis un resultado devastador en términos teóricos y políticos. O para decirlo con más propiedad: está a la vista la imposibilidad de quienes presentaron estas Tesis, de sobreponerse a la labor de demolición ideológica producida por medio siglo de predominio stalinista en el movimiento comunista internacional. Esa labor que minó las bases de la Revolución de Octubre y acabó provocando el derrumbe de la Unión Soviética, se expresa en el contenido y la forma de las Tesis y el informe del Comité Central del PCA para el XIXº Congreso: la filosofía, la teoría económica, los principios políticos y la tradición organizativa de los revolucionarios marxistas están negados de manera absoluta y abrumadora en esos textos.

Hay que repetir, como decíamos en las primeras líneas, que el espíritu dominante en la clausura del Congreso era otro, nítidamente opuesto al resultado palpable de la ratificación de estas concepciones. Y esa contradicción en el espíritu y la letra se manifestó de una manera que viene a reafirmar, en los planos de la metodología y la organización, lo que venimos diciendo.

Veamos: la comisión redactora de las resoluciones del Congreso informó a los delegados e invitados que durante el período de discusión pre-congreso se habían recibido 963 propuestas de enmiendas y agregados. En esa cifra se materializa nuestra convicción de que las Tesis produjeron insatisfacción y descontento en los cuadros y bases del PC, sentimientos que se explicitarían, como vimos suscintamente, en los despachos de Comisiones. Ahora bien: dada la magnitud y complejidad de las propuestas de enmiendas y agregados a las Tesis, según informó la comisión redactora, no se había logrado resumirlas, compatibilizarlas e integrarlas, para ponerlas a votación.

No quedó claro, al menos para este invitado, si la consideración de ese alud de enmiendas cupo exclusivamente a los delegados al Congreso. Si así hubiese sido, el partido como tal no habría podido tener a la vista los diferentes puntos de vista frente a la Tesis presentadas oficialmente, en la discusión pre-congreso y la elección de delegados para la instancia mayor del partido. En esa hipótesis, el Congreso no habría sido un ejercicio de democracia revolucionaria de acuerdo con los criterios del centralismo democrático y, por ello, estaría metodológicamente invalidado. La hipótesis contraria, es decir, que las propuestas de enmiendas hayan estado en manos de la militancia antes de la elección de los delegados al Congreso, deja sin explicación el hecho de que, si en realidad tales enmiendas eran pasibles de ser compatibilizadas en un documento único, éste no estuviera a disposición de los congresales para ser puesto a consideración.

Como quiera que sea, lo cierto es que esta circunstancia dio lugar a un desenlace curioso: se puso a votación el documento oficial y se encargó a la comisión redactora la compatibilización del texto final…

Para un observador con un mínimo de objetividad, parece fuera de discusión que, por lo menos, un considerable número de las posiciones expuestas en las relatorías de Comisiones no eran compatibles; debían ser puestas a votación. En otras palabras: el XIXº Congreso enajenó su soberanía y puso el destino del partido en manos de la comisión redactora, una instancia no electiva de la organización. Para colmo, dos meses después aparece un folleto -el que venimos comentando- que reproduce textualmente las Tesis de discusión pre-congreso, como resolución definitiva del Congreso. Es innecesario subrayar la conclusión: además de las cuestiones señaladas en materia de posicionamiento ideológico, teórico y político, un factor esencial en la tarea histórica de recomposición de las fuerzas marxistas estuvo ausente en grado absoluto: el centralismo democrático.

 

El informe del Comité Central

Hasta aquí, nos hemos limitado a considerar las Tesis. Razones de espacio hacen imposible un análisis pormenorizado del informe del Comité Central (con la aclaración, ya señalada, respecto de la ambigüedad acerca de si es o no el texto oficial del CC). Además, el posicionamiento de las Tesis, el Informe y las resoluciones frente a lo que, en nuestra opinión, es lo esencial para un partido de los comunistas: la estrategia, los criterios metodológicos y las tácticas de trabajo en el movimiento obrero, merecen un capítulo aparte. Estos temas serán materia de un próximo trabajo.

No es posible sin embargo obviar la mención, siquiera como mera enunciación, de cuestiones políticas fundamentales.

Contra toda expectativa lógica de cualquier observador -mucho más de la militancia- el informe del CC no analiza el papel del partido en el desarrollo de ese fenómeno que desembocó en el Frepaso, una coalición pequeño-burguesa con un programa sometido a las exigencias del imperialismo.

Al respecto, en el capítulo III, titulado Los cambios en Argentina y refiriéndose genéricamente a ellos, se dice que «En nuestro debate partidario deberemos examinar autocríticamente esta experiencia, para producir los cambios que sean necesarios». Antes de la recreación del marxismo, los congresos eran justamente para examinar autocríticamente la labor de un partido revolucionario, condición ineludible para saber qué hacer en adelante. Pero la modernidad tiene estas novedades: se hace un Congreso para registrar que, en algún momento futuro, sería bueno analizar y sacar conclusiones del hecho de haber sido el pivote y fuerza decisiva en todos los órdenes en la puesta en marcha de lo que acabó siendo el Frepaso, un «bloque político-social» que, luego de expulsar al PC, obtuvo el segundo lugar en las elecciones nacionales y estuvo a un tris de alcanzar el gobierno.

Después de algunos párrafos antológicos, cuya consideración, como queda dicho, postergamos, se puede leer lo siguiente: «El hecho es que en la superestructura política emergente de la `reconversión` (!!), no quedan espacios a ser disputados por corrientes populares y de izquierda. Es necesario sacar conclusiones sobre el fracaso de los diversos intentos de acumulación de fuerzas bajo `paraguas` hegemonizados por sectores que responden a los intereses fundamentales del sistema». Y agrega: «Esto nos obliga también a sacar conclusiones sobre la forma en que participamos de la experiencia del Frente Grande y sobre la justeza de definir una ruptura con el mismo».

Como se ve, frente a lo hecho, en lugar de tomar posición el informe invita a «sacar conclusiones». Esto, de por sí, deja desarmado al PC para afrontar el día siguiente a la clausura del Congreso.

Pero entre líneas, en estos párrafos hay una serie innumerable de cuestiones esenciales. En primer lugar, se esboza -es sólo un esbozo, pero nada menos- un planteo estratégico francamente contrapuesto con el que afirman las Tesis. Porque si después de la «reconversión» (sea lo que sea que se quiera decir con esa formulación superficial, tomada del periodismo comercial, acerca de la crisis del capitalismo) no queda espacio para actuar bajo «paraguas» de «sectores» del sistema (¿cómo debatir conceptos con este lenguaje?), cabe preguntar cuál será el curso de acción inmediata. ¿Una propuesta de unidad social y política de los trabajadores en la cual el punto de partida sea la independencia total, programática, organizativa y políticamente, de la burguesía? Ya hemos visto que no, porque «al bloque político-social» no se debe ir con «condicionamientos previos».

En segundo lugar, se tergiversa la verdad al caracterizar la posición ante el Frente Grande como «la justeza de definir una ruptura con el mismo».

En su momento tratamos este tema con detalle, en nuestra Carta abierta a los comunistas. El PC no rompió con el FG. El FG puso al PC ante la alternativa de disolverse o irse. Antes de eso el FG había afirmado, con la presencia del PC en su dirección, una conducta frontalmente contrapuesta a una política revolucionaria. Y el paso final tenía un objetivo que definimos de esta manera en aquella carta: «Es en nuestro carácter de comunista que no integra las filas del PC -y que, por eso mismo, supuestamente no debiera estar preocupado por la ofensiva multilateral desatada para lograr la disolución del partido- que redactamos estas páginas. Porque en nuestra opinión, tras la ofensiva por la disolución del PC hay una estrategia contrarrevolucionaria global, un paso en la lucha por el control del rumbo estratégico de las masas. Hoy, más aún que en el momento en que se derrumbó la mampostería burocrática del Estado Obrero en la Unión Soviética, está bajo fuego la teoría, la organización y la militancia comunista. A eso -y no simplemente a la estructura del PC- apuntan los dirigentes del Frente Grande que han decidido ser vehículos de esa ofensiva en Argentina».

Entendemos como una derrota de la superestructura política burguesa, estratégicamente valiosa, el hecho de que ese objetivo no haya sido alcanzado por el FG. Pero no sólo por un elemental compromiso con la verdad, sino porque se trata de un hecho cargado de significados, hay que subrayar que nuestra denuncia se produjo antes de que la dirección del PC resolviera si acataba o no el ultimátum del FG, y que esa resolución se tomó, luego de ostensibles vacilaciones, enteramente a la defensiva: el PC no rompió con el FG; se limitó a no acatar la orden de disolución, lo cual lo dejó fuera del frente en función de lo resuelto por la dirección de éste.

Insistimos en que no es poca cosa -aunque esto será evidente sólo con el transcurso del tiempo- que la burguesía no haya podido deglutirse al PCA como lo hizo con el PC italiano. Pero esto no ocurrió por «la justeza» de la línea de la dirección, sino por una convergencia múltiple de presiones -buena parte de las bases partidarias reaccionó frontalmente contra esa posibilidad- y consideraciones tácticas. Además de no hacer un balance descarnado de lo actuado, de las causas de fondo que condujeron a tamaño desastre, el informe del CC llega al punto de felicitarse por «la justeza» de su línea.

Lo mismo ocurre cuando el informe, tras señalar el impacto del exitoso resultado electoral, afirma que «Esto impidió que se visualizara con mayor anticipación los grandes compromisos que la cúpula del Frente Grande iba asumiendo con la política de gobernabilidad, y que lo anunciaban (sic) hechos como la votación de la intervención de Santiago del Estero por parte de los diputados del FG, la actitud ante la marcha 100 de los jubilados y las posiciones en la Constituyente».

Admitir que la dirección del partido no «visualizó» con «mayor anticipación» podría entenderse como un gesto autocrítico. Pero no lo es. Y es todo lo contrario. En primer lugar, porque no podía haber «mayor anticipación» en algo que, lejos de haber sido anticipado, se denuncia con un retraso de -como mínimo- más de un año. En segundo lugar, porque es sorprendente que no se «visualice» un hecho resonante, ante el cual tomaron posición todas las organizaciones revolucionarias. Por nuestra parte, además de denunciarlo de inmediato en diversos medios de prensa(12) tuvimos al respecto discusiones concretas con miembros de la dirección del PC, reclamando una definición. No se trata, por lo tanto, de aumentar la graduación de la lente, sino de cambiar el ojo: porque hubo posicionamiento de hecho ante un acontecimiento mayor en la lucha social.

Pero hay algo más. Y peor. Luego de haber «visualizado», por fin, este posicionamiento antidemocrático, antiobrero, antipopular y contrarrevolucionario, el PC coloca como su candidato presidencial en 1995 a… uno de los diputados del FG que votó la intervención en Santiago!!

De la misma aviesa naturaleza es la afirmación acerca del posicionamiento en la Constituyente. A lo ya citado, se agrega un párrafo sobre el significado de la Constitución reformada: «Su gravedad no consiste solamente en la aberración que significa haber sancionado una Constitución que posibilita decisiones represivas a través de los decretos de necesidad y urgencia, sino en el hecho de haber convalidado el conjunto del modelo, desde la impunidad hasta la entrega que significan las privatizaciones».

Que la militancia del PC y los comunistas, organizados o no, juzguen por sí mismos: esa Constitución que avala la represión, la impunidad y la entrega, fue votada por uno de los dos diputados constituyentes del PC, Eduardo Barcesat. Y por quien luego sería el candidato a presidente del PC, Fernando Solanas. Aquél no fue sancionado (lejos de ello, tras exponer con nitidez su posición en la prensa partidaria, anunció su renuncia al partido el día que se inauguraba el XIXº Congreso; éste, fue elevado al lugar de figura política del PC en la contienda electoral.

Esta duplicidad, tanto más intolerable en una dirección que se dice comunista, llega al extremo en su posicionamiento frente al tema que más repicó en los informes de Comisiones, junto a la demanda de autocrítica del CC y definición ideológica: la línea de acción en el movimiento obrero.

Dice el informe: «En el caso del CTA, sus sectores hegemónicos (subrayado nuestro) acompañan el proceso definido políticamente por la hegemonía del Frente Grande y luego del Frepaso, buscando afirmar la gobernabilidad y apostando a la creación de propuestas que permitieran esbozar planes de gobierno `no menemistas` (…) El rumbo asumido por los sectores hegemónicos del CTA debilita su incidencia en el conflicto social y su propia legitimidad».

Ahora bien: después de haber «visualizado» la derechización del FG y el Frepaso y, con aguda visión, comprobar que «los sectores hegemónicos» del CTA acompañaban ese proceso; yantes de redactar el informe del CC, ocurrió un hecho de relieve. Hubo elecciones internas en el CTA. El bloque clasista conformado al interior del CTA desde los pasos previos a su fundación -el cual integra el autor de estas líneas- propuso formal y reiteradamente a la dirección del PC la formación de una Lista de oposición para enfrentar ideológica, política y programáticamente, en una leal delimitación de posiciones respecto de la tarea a llevar en el movimiento obrero, a los compañeros de «los sectores hegemónicos». Hubo, insistimos, reiteradas propuestas, encuentros y discusiones con las máximas autoridades del PC para discutir esta perspectiva.

¿Qué hizo el PC? Mientras las discusiones acerca de una Lista de oposición se prolongaban indefinidamente, quedó conformada una Lista única, donde los «sectores hegemónicos», que acompañan a «la hegemonía del Frente Grande y el Frepaso», estaban a su vez acompañados por un sector «no hegemónico» en el CTA, poco antes víctima de «la hegemonía» del FG y el Frepaso: el PC.

Para que no quedara duda respecto de eso que el texto del CC desdibuja con la utilización abrumadora del término hegemonía, la Lista Unica asumió el nombre de Germán Abdala, el compañero peronista combativo, dirigente de ATE y diputado, quien desde su banca integró el grupo de los ocho legisladores que se apartaron del bloque oficial en 1991 y luego fuera, a pesar de la enfermedad que lo abatiría en medio de su combate, un motor en la fundación del CTA.

Está probado que el compañero Germán era la vanguardia de la vertiente peronista del movimiento obrero en este proceso de transición que busca cauce hacia la independencia, la unidad social y política. Y la historia deberá guardarle ese lugar de privilegio. Pero el movimiento obrero tiene otras vertientes. Tiene una más antigua -tanto que fue la fundadora- definida por su carácter clasista y socialista. Y esa vertiente cuenta con innumerables figuras de sobresaliente envergadura, que asumieron roles de conducción -no pocas veces heroicos- en los momentos claves de nuestra clase. Incluidos momentos de lucha contra la represión de Perón contra el proletariado y su vanguardia, tanto en el gobierno 1973-1976, como, y principalmente, en el período 1946-1955.

No por casualidad, muchas de esas figuras fueron militantes del PC. ¿Por qué diluirse, ocultarse («ponerse bajo el paraguas», diría el redactor del informe) en una corriente con la cual los luchadores clasistas (mucho más, los comunistas) tenemos indudables y sólidos puntos de contacto pero inequívocas diferencias ideológicas, programáticas, políticas y estratégicas? ¿Cómo se educa a la vanguardia obrera y al conjunto de la población a la cual se pretende «orientar», aunque sea en un futuro indefinido, hacia el socialismo?

Clausurada la posibilidad de formar una coalición con el PC para ir a elecciones en el CTA, el bloque clasista que desde antes de la fundación de esta organización delimitó con lealtad y nitidez un programa, una metodología y una línea de acción diferenciada de la dirección provisional que, comicios mediante, se institucionalizaría, decidió presentar una posición alternativa en las urnas del CTA.

La Lista Unica, dejó por tanto de serlo y se identificó con su denominación ideológico-política: Lista Germán Abdala. Esta coalición electoral sin programa, sumó todas las estructuras sindicales integrantes del CTA y la estructura del PC. De ese modo, en términos de aparato, configuraba una relación de 10 mil a uno contra el grupo de compañeros que asumió la continuidad de un programa y una lucha histórica de nuestra clase con el nombre de Lista Agustín Tosco. Hay que decir que, si bien en algunos lugares compañeros del PC pusieron particular encono en luchar electoralmente contra la Lista Agustín Tosco, fueron muchos más quienes mostraron su solidaridad e identificación con ese acto, aparentemente temerario, de defensa de identidad, principios, programa y línea política. La Lista Agustín Tosco desempeñó un excelente papel, no sólo en el plano que se había propuesto, el de la propaganda, sino incluso en el que no esperaba el más mínimo respaldo, el electoral.

Naturalmente, la necesidad de presentarse como Lista alternativa a la dirección provisional del CTA encabezada por ATE y CTERA no estaba dictada por una cuestión de tradición histórica. Eso hubiese quedado completamente fuera de lugar si entre las partes hubiese habido acuerdo programático y político; lo cual, por supuesto, hubiese estado mostrando que la transición en curso estaba mucho más avanzada, si no concluida y dando lugar a una nueva etapa en la historia del movimiento obrero. Pero ocurre que todo ese posicionamiento que tan abstrusamente describe el informe apelando a las «hegemonías» tomaba cuerpo en definiciones incompatibles con un programa no digamos comunista, sino consecuentemente democrático: con base en los documentos de su centro de investigaciones, la dirección de ATE «hegemónicamente» se oponía a levantar la consigna de no pago de la deuda externa. Más aún: documentos que denunciamos en su momento con todo detalle, intentaron explicar que la deuda externa debe ser pagada y que esto no afecta en lo más mínimo la realización de un plan en favor de la clase trabajadora y el pueblo.

Por eso es inadmisible leer en el informe del CC una cruda condena a «los sectores hegemónicos» del CTA, que retroceden sobre sus propios recientes pasos para entramparse nuevamente en una política de conciliación de clases, cuando el PC formó parte de «esos sectores» y junto a ellos enfrentó a quienes levantaron una propuesta alternativa; el PC contribuyó consciente, deliberada y consistentemente a facilitar el retroceso -o en algunos casos el consistente desvío- de los compañeros que condujeron la Lista Germán Abdala, de graves consecuencias coyunturales y en el largo plazo. No tenemos duda -los hechos lo aseguran- que si el PC hubiese puesto toda su militancia y su fuerza organizativa a luchar por el programa que defendió la Lista Agustín Tosco, al interior del CTA -y por consecuencia en el conjunto del movimiento obrero- se hubiese producido un cambio cualitativo.

Imposible atenuar la gravedad de la conducta política de la dirección del PC en relación con el FG y el CTA. Imposible minimizar el significado del tratamiento que se hace de aquella conducta en el informe del CC. Sería un error, sin embargo, atribuirlas a individuos cínicos, a estrategias secretas de acción anticomunista o defectos personales de cualquier orden.

El problema radica en otro lado: las Tesis ratifican la ajenidad de la conducción del PC en relación con la teoría marxista y la organización comunista. Pero las Tesis fueron escritas ex post facto, es decir, luego de haber sido aplicadas consistentemente desde 1990, cuando el inevitable colapso de Izquierda Unida, combinado con la crisis mundial, dejó a la dirección del PC en un vacío conceptual, político y estratégico.

Ese vacío, que no supo, no pudo o no quiso cubrir el equipo que sinceramente encaró el viraje del XVIº Congreso, lo llenaron las antiguas concepciones stalinistas. Pero adecuadas a los nuevos tiempos. Al igual que sus pares de Italia y Francia -para tomar sólo los dos ejemplos más notorios- el PC ya ha llevado al plano de su definición teórica y su postulación programática la idea de que «el sujeto social» de la revolución no es la clase obrera. Eso quiere decir, en buen castellano, que ha llevado al plano de su definición política la abdicación del concepto mismo de revolución, aunque a diferencia de los ejemplos citados, que cambiaron el concepto por el de evolución, todavía no lo dice claramente. Para cruzar sigilosamente el abismo entre revolución y evolución es necesario un puente. Ese es el significado político de la palabra utopía.

El camino es inexorable. Los próximos pasos llevan a renegar del concepto Dictadura del Proletariado. Y denunciar como anacronismo el centralismo democrático. Mantener o no el término Comunista en la denominación partidaria constituirá una discusión de orden táctico, como lo explica el PC francés(13).

Respecto de la pregunta planteada desde el título para estas reflexiones, no cabe sino afirmar que el XIXº Congreso del PC no constituye, en ningún sentido, un aporte para recomponer las fuerzas marxistas. Todo lo contrario es verdad. El ciclo abierto con el XVIº Congreso no culmina con una superación de las desviaciones y deformaciones, una negación teórico-práctica del stalinismo, sino en el sentido inverso, con un cambio cualitativo que quita al PCA sus referencias ideológicas y sociales anteriores, para ponerlo en línea con lo que puede llegar a ser -si es que llega a ser algo diferenciado en el actual espectro político- un partido de la pequeña burguesía.

 

¿Cómo hacer?

Trago amargo para los compañeros y las compañeras comunistas del PC. Pero ineludible de digerir si se ha de romper con el círculo vicioso que desgrana estérilmente a este partido desde hace años. Insistir en la formación de vagarosos «movimientos políticos de izquierda», trocar la unidad de los comunistas por la unidad de revolucionarios sin identidad ideológica, diluir una y otra vez rostro, perfil y voz propia en «bloques político sociales» teleguiados por la burguesía, sólo logrará una reiteración permanente de desastres como el del Frente Grande, la Lista conjunta con los representantes de éste en el CTA, el volantazo inútil dado inmediatamente para fabricar un Foro Sindical que se esfumó antes de haber nacido.

Desde luego, no es fácil cortar con esta dinámica. Sobre todo después de tantos golpes sobre las certezas y la moral de los militantes entregados a la causa del socialismo. Pero es a estas temperaturas que se templa el buen acero. La tarea de rescate teórico, delimitación ideológica y clarificación programática, está vigente. Y plasma, contradictoria y lentamente, por múltiples caminos, en lucha política y esfuerzo de construcción organizativa. Esto ocurre no sólo Argentina. En todos y cada uno de los países del mundo -sin excluir, por supuesto, a los que integraban el Pacto de Varsovia y a Rusia en primer lugar- está planteada como una necesidad imperativa la recomposición de fuerzas marxistas. Ya hay expresiones de búsqueda concreta en el plano internacional, puntos de partida que, si son asumidas con responsabilidad, pueden constituirse en semillas con seguros frutos, porque el terreno -la crisis capitalista mundial abonada por la inclaudicable voluntad de los revolucionarios comunistas- es fértil.

Aquí, en Argentina, urge poner en movimiento instancias que permitan que los numerosos destacamentos comunistas dispersos, sobre bases principistas y con acuerdo programático, sumen voluntades y capacidades para realizar esa labor. Esas instancias las entendemos como Mesas de Enlace de Militantes Comunistas. Y en los casos en que a los principios y el programa se sume un acuerdo político verificable en la práctica, aquella suma debe tomar cuerpo y forma de organización común. Sin que ello suponga dar por cumplido el objetivo. Porque el camino no se agota creando un equipo de sólidos marxistas ni unificando algunos retazos. La recomposición de fuerzas marxistas es lo que estas palabras indican y no una maniobra organizativa, una operación de absorción o, mucho menos un zarpazo oportunista. Es la labor tenaz, sistemática, llevada a cabo con la flexibilidad de quien tiene la certeza de contar con principios inamovibles, tendiente a recuperar nuestra verdadera historia, reconocernos en ella, educar y en muchos casos reeducar una nueva vanguardia capaz de afrontar una lucha que lleva inexorablemente a chocar de frente a burgueses y proletarios, sin tregua posible y a escala mundial, en un combate histórico entre socialismo y barbarie.

A esa tarea no son ajenos -no pueden ni deben serlo- los comunistas que integran el PCA. No importa qué rango ocupen en el escalafón partidario. Desde la Mesas de Enlace de Militantes Comunistas habremos de intentar avanzar hacia una convocatoria a tantos Encuentros de Militantes Comunistas (barriales, locales, regionales) como sean necesarios para arribar al momento de estar en condiciones de convocar a un Congreso Fundacional de un partido de los comunistas.

Desde los humildes aportes sumados en las sucesivas ediciones de Crítica y, ante todo, desde nuestra práctica militante allí donde las fuerzas nos permiten desplegarla, tendemos una mano fraternal a todos los militantes que se consideran comunistas y están dispuestos a comprometerse en la edificación de un partido de cuadros marxistas, enraizado en cada lugar donde haya un obrero; respetado y escuchado por todos los explotados y oprimidos; capaz de conducir la lucha de las masas hacia la toma del poder por las organizaciones democráticas de los obreros, los campesinos y el pueblo, para instaurar su propio gobierno, demoler el Estado burgués, aplicar el rigor revolucionario a quien ose levantarse en armas contra el poder de los obreros y el pueblo, cortar de un tajo los lazos de sujeción al imperialismo y el gran capital y comenzar a edificar una sociedad de hombres y mujeres libres, dueños de sus destinos y capaces de encaminarlo en función de la justicia y la igualdad.

Para terminar, reproducimos un texto acordado por una Mesa de Enlace de Militantes Comunistas, con el cual se trabaja desde hace poco menos de un año en pos de encuentros preparatorios. Se trata de un compromiso individual (un hombre, un voto); y afirma lo siguiente:

 

«Compromiso de acuerdo básico

Yo, ……. declaro que:

I.- Considero que el capitalismo no puede ni podrá jamás satisfacer las necesidades elementales del ser humano y que, por lo tanto, la lucha consecuente por los reclamos básicos que hoy aúnan a cuatro quintas partes de la humanidad (trabajo, pan, techo, salud, educación) exige la abolición del sistema y su reemplazo por el socialismo.

II.- Entiendo por socialista una sociedad en la que los medios de producción y cambio están en manos de los trabajadores libre y democráticamente organizados y autogestionados, quienes a través de sus organismos de masas conducen efectivamente un Estado que garantiza la democracia y los derechos civiles para las grandes mayorías de obreros, campesinos, estudiantes, pequeños y medianos productores, a la vez que ejerce todo su poder de presión contra las fuerzas de la reacción interna e internacional que se le oponen por la fuerza.

III.- A partir de la experiencia histórica y su síntesis teórica, afirmo mi convicción de que el derrocamiento de la sociedad capitalista sólo puede ser obra de las masas explotadas y oprimidas conscientes de su condición de tales, unificadas en sus propios organismos, ejerciendo democráticamente su protagonismo en la lucha contra el capital.

IV.- Igualmente, la experiencia histórica y la teoría confirman que el desarrollo de la conciencia de las masas, su organización unitaria según sus intereses de clase y, particularmente, la lucha efectiva por el poder, demandan como condición indispensable que los revolucionarios marxistas, los comunistas, nos organicemos como partido capaz de llevar a cabo esas tareas históricas adecuándose en sus formas y criterios a la realidad y las circunstancias.

V.- Por causas que no tienen hoy -y acaso no tengan nunca- una explicación unívoca e inapelable, el primer intento exitoso de creación de un Estado Obrero comprometido con la construcción del socialismo, nacido de la gloriosa Revolución de Octubre, acabó en la degeneración de su dirección y en el derrumbe de la Unión Soviética, lo cual circunstancialmente volcó las relaciones de fuerzas a favor del imperialismo. Esto redundó en un mayor debilitamiento de las fuerzas revolucionarias en todo el mundo. A partir del rumbo negativo adoptado por la URSS y el retroceso de la revolución mundial, la militancia cargó con rémoras de deformaciones ideológicas y políticas; ahora se suma a esto la confusión y en muchos casos la desmoralización. En este cuadro, considero el deber de un revolucionario comunista hacer todos los esfuerzos que estén a mi alcance para contribuir a recomponer las fuerzas marxistas, afirmar las bases de un genuino Partido Comunista y alentar por todos los medios el estudio, la investigación y el debate franco y democrático para esclarecer las causas del desenlace ocurrido en la URSS, el cual no obstante su grandiosa y catastrófica dimensión actual, entiendo como un momento pasajero en la historia de la lucha de clases internacional, que por ella será asimilado y superado.

VI.- Dada la confusión ideológica y la disgregación organizativa dominantes en las filas de izquierda, entiendo que una perspectiva seria de recomposición de fuerzas debe excluir de antemano el vacío y oportunista llamado a «la unidad de los que luchan». Por el contrario, se requiere una estricta delimitación en el terreno de los que luchan (porque nadie sensato puede negar que luchan los reformistas, los populistas y hasta ciertos sectores de la burocracia sindical y la pequeña burguesía) a la vez que se procura la unidad del conjunto de la clase obrera y sus aliados (la mayoría de quienes, hay que subrayarlo, en este período no sólo no se caracteriza por luchar, sino que incluso vota por el más antiobrero, antipopular, antinacional y corrupto de los gobiernos que jamás haya tenido el país). Mi esfuerzo militante, por tanto, apunta a lograr por un lado la unidad de los comunistas mediante una recomposición de fuerzas rigurosa en todos los planos, y por otro lado a labrar la unidad de la clase obrera como tal y de ésta con todos sus aliados naturales.

VII.- Esto significa un política de simultáneo esfuerzo por edificar organizaciones que en el plano sindical y político contribuyan a la unidad social y política de los trabajadores, a la vez que se lleva a la práctica un enérgico plan de reafirmación ideológica, delimitación política y recomposición organizativa entre todos aquellos que nos reivindicamos marxistas, avanzando con prudencia pero sin vacilación ni demora hacia la realización de un Congreso de refundación del partido de los comunistas.

VIII.- Tras este objetivo, mi compromiso individual consiste en reafirmar mi carácter de militante comunista y hacer los mayores esfuerzos para que la recomposición de fuerzas transite por carriles objetivos, con base en la discusión de postulados ideológicos, contenidos progamáticos, criterios organizativos y políticas concretas.

IX.- Las profundas heridas producidas en las filas revolucionarias por la deformación del concepto de militante comunista, exigen un replanteo radical del significado de la organización partidaria, sus cuadros dirigentes y su militancia de base. Ese replanteo no debe ni puede partir de acusaciones personales sino de conceptos depurados por la experiencia histórica y su reafirmación teórica. Las responsabilidades individuales por errores, desviaciones y deformaciones del pasado serán juzgadas en términos políticos, con base en el ejercicio efectivo de la democracia de los trabajadores. Y el único tipo de impugnación aceptable para vetar a un/a compañero/a su derecho a emprender el camino de la recomposición de fuerzas y la refundación de un partido de los comunistas será aquél que se apoye en cargos relativos a la moral revolucionaria y la ética militante, debidamente avalados por pruebas fehacientes.

X.- Con base en estos postulados, asisto al Encuentro de Comunistas, en el cual ejerceré mi derecho democrático de exponer y/o respaldar posiciones destinadas a traducir la idea general en un plan político que arme táctica y estratégicamente a la militancia para la acción inmediata en tanto continuamos avanzando hacia la realización de un congreso fundacional del partido de los comunistas».

Claro que no será sencillo. Pero las dificultades arredran sólo a aquellos que encuentran sencillo convivir en la inhumana, despiadada, enajenada sociedad capitalista. A ellos no está dirigido este llamamiento.

Los demás, los revolucionarios que no concuerdan con esta plataforma ideológico-programática, pueden tener la certeza de nuestra firme voluntad de acción común en la lucha contra el imperialismo y las lacras sociales del capitalismo, nuestro inalterable respeto y aprecio por todo aquel que sienta en su rostro la bofetada que se dé en cualquier rostro de hombre, nuestra lealtad sin subterfugios para exponer nuestras ideas, respetar las decisiones democráticas de los organismos de masas y actuar en toda circunstancia en consonancia con la definición de Marx y Engels en el Manifiesto Comunista:

«Los comunistas no son un partido aparte, frente a los demás partidos obreros. No tienen intereses separados de los intereses de todo el proletariado. No establecen principios especiales (sectarios) según los cuales pretenden moldear el movimiento proletario. Los comunistas sólo se diferencian de los restantes partidos proletarios por la circunstancia de que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios destacan y hacen valer los intereses comunes de todo proletariado, independientes de la nacionalidad; por la otra, por el hecho de que, en las diversas fases de desarrollo que recorre la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre el interés del movimiento general»,

El otro parámetro de nuestra conducta lo trazó el Che en su recordada afirmación: «El revolucionario es el escalón más alto de la especie humana».

Buenos Aires, abril de 1996

 

réplica al general balza

Una clase sometida y corrupta no puede edificar un país justo

porLBenCR

 

 

Todo está por hacerse en Argentina al filo del tercer milenio. El dilema es quién lo hará.

Para el sentido común hay una respuesta complaciente: «lo haremos entre todos». Es tan atractiva la apelación, que hasta un grupo que se consideraba de izquierda y luego arrojó a sus militantes a una operación armada irresponsable, la adoptó como lema y tituló así su periódico. El general Martín Balza, en su autocrítica del 25 de abril, apela también a ese concepto en un supremo intento por sentar nuevas bases filosóficas y políticas para reconstruir las fuerzas armadas.

Tras admitir, por primera vez, los aberrantes crímenes cometidos por el ejército, Balza explica que «del enfrentamiento entre argentinos somos casi todos culpables, por acción u omisión, por ausencia o por exceso, por anuencia o por consejo». Luego lleva la idea a otro plano, inhabitual en hombres de cuartel, y por eso mismo demostrativo del grado de elaboración que tuvo la posición: «La culpa en el fondo está en el inconsciente colectivo de la Nación toda». Después viene el remate: «este paso no tiene más pretensión que iniciar un largo camino, es apenas un aporte menor de una obra que sólo puede ser construida entre todos, Una obra que algún día culmine con la reconciliación entre los argentinos».

Que el disparo dé o no en el blanco es algo que está por verse. Depende del resultado del combate ideológico y político en curso en el conjunto de la sociedad. Pero no hay duda que el arma está bien apuntada.

La respuesta entre todos, corona las reflexiones del hombre común o de cualquier comentarista ante el desolador paisaje que golpea los ojos, sea donde sea que se ponga la mirada, al indagar el futuro.

Es tan obvio que el actual estado de cosas no puede prolongarse indefinidamente, tan evidente que las iniquidades de todo orden sufridas hoy no pueden, en ninguna hipótesis, dar lugar a forma alguna de estabilidad ni ser soportadas pasivamente por sus víctimas, que incluso el pensamiento menos audaz vuela a la búsqueda de una solución y, llevado por la angustia y la impotencia, se refugia en una noción tan inmediata como la certeza del desastre inminente: entre todos.

Hay casos menos transparentes. No son pocos los personajes, más o menos destacados, que saben sin lugar a dudas el fraude que esconde esa convocatoria a todos. Deliberadamente recurren a esa respuesta fácil para evitar que la verdad salte a la vista. Es un arma más en el arsenal de las clases dominantes para manipular los sentimientos, las esperanzas y temores de las masas.

Importa, desde luego, denunciar y exponer a tanto periodista, showman, político, intelectual, militar o sindicalista que, consciente de la trampa que propone, culmina sus divagaciones sobre la realidad o funda su propuesta política con un llamado a unirnos todos.

Sin embargo, más importante que esa labor de denuncia es entender -y obrar en consecuencia- que poco menos de la totalidad de los habitantes del país, abrumados por la crisis, indignados por las atrocidades cometidas por los militares, ansiosos de una solución urgente y efectiva al drama de la miseria creciente que acosa, también, a una mayoría abrumadora de los habitantes del país, esa masa humana constituida por diferentes clases y estratos sociales está, a priori, dispuesta a admitir que cualquier solución imaginable se apoya en la unidad de todos los argentinos.

Esto se explica por múltiples factores que pesan a escala mundial en este momento, pero muy particularmente radican en la historia reciente de este país y la conformación de la conciencia de la clase obrera a que ella dio lugar. Una noción tan elemental como la división de la sociedad en clases antagónicas ha sido encubierta y confundida por la conciliación entre esas clases.

Pocos reparan que el escudo argentino es un símbolo contrario al escudo del partido justicialista. Aquél, muestra la representación de la república sostenida por dos brazos desde abajo. Este, con absoluto descaro, presenta un brazo desde abajo, como el escudo original, que entrelaza el puño con otro brazo que viene de arriba. He allí la noción básica, profundamente arraigada en la conciencia de nuestra clase obrera, de que los objetivos de las grandes mayorías, la realización de una sociedad justa, se alcanzarán mediante la conciliación de clases.

La República Argentina nació y se fundó como país en lucha contra el imperio español, en un período histórico en que la burguesía era revolucionaria: luchaba contra el feudalismo y la monarquía. Los de abajo (campesinos, artesanos, trabajadores y burgueses) se unían, para empujar la historia hacia adelante, contra los de arriba.

A mediados de este siglo, sin embargo, en todo el mundo la burguesía había mostrado sobradamente que aquel papel que le cupo en la historia del desarrollo humano, estaba superado. Las masas sentían en carne viva, en todo el mundo, que el sistema capitalista era incluso más reaccionario que en su momento el feudalismo para el desarrollo de la humanidad. Para hacer irrefutable esa conclusión palpable a simple vista, dos guerras mundiales habían ocurrido como resultado de la lucha entre diferentes burguesías nacionales por obtener mercados.

Es en ese momento histórico, cuando la burguesía tambalea en todo el mundo tras haber mostrado los horrores a los que necesariamente lleva el sistema capitalista, que en Argentina un equipo militar, asistido por teóricos ultrareaccionarios y respaldado por la iglesia y algunos sectores de la burguesía local, diseña un símbolo contrapuesto al escudo nacional: un brazo tendido desde arriba viene a asir el puño de los de abajo.

¡Cuánta sangre generosa vertida bajo esa estafa histórica! ¡Cuánta pasión revolucionaria manipulada por el enemigo de clase! ¡Cuánta esperanza, cuántos sacrificios, frustrados por no negarse a beber de esa copa envenenada!

La función histórica que le cupo al peronismo fue la de evitar la concientización y organización independientes de la clase obrera, que es tanto como decir evitar la concreción de las bases para la revolución socialista.

Por eso no hay contradicción en el hecho de sea un gobierno peronista el que, no contento con enajenar las riquezas y la soberanía nacionales, entrega la Orden de Mayo, máxima distinción instituida por San Martín, a gerentes del imperialismo como Nicholas Brady, David Mulford o Jacques de Larossier.

Importa subrayar esto ahora y frente al discurso de Balza, porque ese papel histórico del peronismo nada tiene que ver con la intencionalidad de millones de personas, incluso miles de dirigentes, que le dieron vida a esa respuesta política en un momento crucial de la historia argentina.

Así como en 1945 la necesidad del capitalismo local e internacional exigía ese discurso populista y pseudonacionalista, hoy los requerimientos del sistema imponen la necesidad del discurso pseudodemocrático. Y está planteado el riesgo, trascendendental por sus gravísimas implicancias, de que la estafa ideológica gane una vez más la conciencia y la voluntad de buena parte de la juventud y no pocos intelectuales, de dirigentes sociales y políticos que, llevados por sinceros sentimientos de defensa de la democracia y reconstrucción del país, se dejan arrastrar por la engañosa convocatoria a la reconciliación y la unión nacional.

Otra vez en una encrucijada histórica, la clase obrera, los jóvenes, el país todo, deben optar entre dos caminos. Uno es el que le propone la burguesía. El otro, no tiene trazado visible, no tiene dirigentes reconocidos, no tiene voces audibles por sobre el estrépito del caos nacional.

Este, sin duda, es un problema grave. Pero es una dificultad menor frente a la confusión ideológica no ya de las masas, sino de los dirigentes naturales de las luchas sociales que se multiplican en todo el país y, más aún, de quienes se consideran dirigentes de izquierda.

 

La naturaleza del debate

Hay dos debates en curso. Uno consiste en definir el país que queremos: ¿será aquél con una tasa normal de desocupación, como dicen los economistas que critican la política actual?; ¿será un país con mejores salarios y jubilaciones?; ¿será un país con gobernantes que no hagan una virtud de la sumisión a los gerentes del Norte?… ¿o será un país sin desocupados, sin asalariados, es decir, sin personas que venden su fuerza de trabajo a quienes poseen los medios de producción y lucran con la desventura humana; un país sin cadenas que lo amarren al capital financiero internacional?

En otras palabras: el que trataremos de edificar sobre estas ruinas ¿será un país capitalista o una sociedad socialista?

No corresponde descalificar individualmente a quien se pronuncie por la primera opción. Así como hay personas que esgrimen discursos hiper-radicalizados pero en todo ajenas a la idea y la práctica de la revolución social, existen no pocas personas sinceras, dotadas de sentimientos humanitarios y honestas intenciones de redención social, que creen que a esos fines se llegará por la vía de reformar, corregir y perfeccionar al sistema capitalista.

Por eso la otra cara del debate histórico que tenemos por delante es en torno a la posibilidad o imposibilidad de construir un país justo, armónico, democrático, como el que describe Balza en su discurso.

En otras palabras: al margen de la definición ideológica (aspirar a una sociedad capitalista con rostro humano o proponer un sistema socialista), y sin poner a priori en tela de juicio las condiciones morales de quienes proponen suturar las heridas aún sangrantes, es necesario pronunciarse con argumentos fundados en torno a la posibilidad concreta, la viabilidad histórica, de un sistema social que se proponga terminar con las intolerables desigualdades sociales que están en la base de luchas que, a su vez, dan lugar a conductas aberrantes como las denunciadas por el general Balza.

Una política seria, una estrategia fundada, que se propone la toma del poder y la edificación de una sociedad a la medida del hombre, no apela a calificativos morales frente al enemigo. Y tampoco se enreda en consideraciones de ese orden cuando se trata de delimitar posiciones frente a quienes, al menos en las palabras, se ubican del lado de los explotados en la infranqueable frontera de clases.

Hay enemigos dignos. Y existen personas que, bajo el estandarte de la revolución, han cometido y cometen indignidades imperdonables.

Por eso, una posición a favor o en contra del discurso en el cual el general Martín Balza confesó los crímenes del ejército, los condenó sin atenuantes y planteó una plataforma moral y política diferente para las fuerzas armadas de ahora en más, carece de todo fundamento y perspectiva si se limita a creer o no en la sinceridad del jefe militar, si se reduce a juzgar subjetivamente sus intenciones y las de sus pares.

La autocrítica del titular del ejército es muy profunda. Resultaría gravoso no tomarla en serio, condenarla o aplaudirla midiéndola apenas con la vara de la actitud frente a los derechos humanos o el régimen constitucional.

Condenar a los militares por haber cometido crímenes aberrantes, es un gesto vacío si se separa la conducta de estos hombres de la causa que la puso en movimiento. Esto vale para la derecha, desde luego; para tanto oportunista que guardó en un baúl, con candado, su traje de demócrata, mientras otros hacían el trabajo sucio, para exhibir ahora su horror moral, despreciar a los ejecutores del crimen y volver a calzarse el atuendo apolillado. Pero vale también para cierta izquierda.

La condena moral no ya a un comandante, sino al sargento del ejército que arrojó prisioneros vivos al mar, es un derecho inapelable que tiene cualquier persona, víctima directa o no de la represión durante la dictadura militar. Pero para que esa condena no sea un acto que se agota en sí mismo y por lo tanto vacío de todo contenido respecto de la sociedad futura que se propone -más aún cuando se defiende que ésta sea capitalista- debe buscar las causas de una conducta individual tan despiadada.

No faltará, desde luego, quien aluda a la maldad intrínseca del ser humano. O quien culpe al demonio. El papa acaba de explicar las guerras, precisamente, como obra de Lucifer. Aquí también se entremezclan la ignorancia y el cinismo lúcido, que al cabo no es sino una forma refinada y perversa de la ignorancia.

Pero quien intente aproximarse a la verdad y rechace por definición la mentira organizada -organizada justamente para alentar y manipular la ignorancia- no puede dejar de ver que ese sargento es, además de victimario, víctima. Mutatis mutandi, lo mismo vale para un oficial.

La función hace al órgano. No cabe duda que esos individuos puestos en situación de poderío absoluto frente a hombres y mujeres indefensos, se transformaron en seres a los cuales calificar como animales sería un insulto incluso para las especies más primarias. ¿Pero dónde radica la necesidad de esa función?

La función represiva no es una anomalía del sistema. Por el contrario, es un valor intrínseco, una necesidad estructural de la sociedad dividida en clases.

Condenar sin atenuantes a los torturadores y a sus jefes es, desde luego, condición primera. Y condenarlos de verdad; con la pena máxima: el desprecio imborrable de la sociedad; con la pena ineludible: el juicio público y la cárcel; y con la pena que será o no necesaria según las circunstancias: el fusilamiento por la espalda.

Pero condenar a los asesinos y reivindicar -o ser neutro- ante la causa que armó su brazo, les entregó la suma del poder y luego los sepulta como individuos, a la vez que los rescata como institución, es no sólo un acto de candidez o cinismo (y cada uno elige aquí a quién coloca éste o aquél calificativo), sino sobre todo un paso hacia la repetición perpetua del crimen que se vitupera.

Es contrario al conocimiento elemental del ser humano suponer que entre quienes recibieron como un bálsamo la autocrítica del ejército, incluso en las filas de las fuerzas armadas, no hay hombres y mujeres asqueados, desmoralizados y desorientados por la revelación pública y el reconocimiento individual de lo que han hecho ellos mismos o las personas con las que conviven, los jefes a quienes obedecen, las instituciones dentro de las cuales transcurren sus vidas.

Pero la condición para poder entablar un diálogo con ellos es afirmar, sin vacilación ni lugar a confusiones, que los inenarrables crímenes cometidos por las fuerzas armadas de Argentina contra todo un pueblo no resultan de la maldad o el error de nadie como individuo, sino de una necesidad inapelable de los fundamentos mismos sobre los que se sostiene esta sociedad.

Quienes elaboraron la posición expuesta por el jefe del ejército, saben eso. Pero invierten su sentido y lo transforman en poderoso argumento para diluir y encubrir la responsabilidad: «la culpa en el fondo está en el inconsciente colectivo de la Nación toda».

Es un argumento poderoso porque se basa en una parte de la verdad. La idea de que durante la dictadura se degradó, se negó como ser humano sólo aquel que torturó o asesinó, es mucho más que un error. Más aún: es falsa la idea de que los ciudadanos, militares o no, se degradan únicamente cuando gobierna una dictadura.

Un ejemplo: no son pocos los periodistas que para mantener su trabajo -y no sólo en tiempos de gobiernos militares!- deben escribir cosas en las que no creen, mentir a sabiendas, ocultar lo que conocen. Y si bien hay quienes en ese juego alzan vuelo y se muestran satisfechos precisamente por su degradación, son muchos más los que, con total conciencia o en la bruma de conflictos inconfesados, sienten que han sido triturados por un mecanismo que los excede.

Los ejemplos podrían multiplicarse: ¿qué decir del obrero metalúrgico que desarrolla su labor en una fábrica de armas?; o del físico atómico que diseña un misil con carga nuclear?; o del economista que acepta la orden de su empresa de hallar la forma de extraer más plusvalía absoluta y relativa al obrero?; o del abogado que cobra por aplicar leyes y principios a los que sabe inícuos….?

Llevado al límite: ¿qué diferencia hay entre un periodista, un obrero, un profesional sometidos a normas, prácticas y principios que contradicen la verdad y los sentimientos más puros del ser humano, y ese sargento que, ordenado por sus jefes y legitimada su acción por las jerarquías de todas las instituciones, subió al avión y empujó un cuerpo vivo al mar? ¿Lo denunció el periodista? ¿fue a la huelga el obrero para frenar la masacre?, ¿renunció el profesional a sus privilegios para salir a la calle a decir que eso era inaceptable?

¿Era verdad que no sabía? ¿O lo sabía, casi con la misma crudeza que el suboficial que vigilaba un campo de concentración o el teniente que lo comandaba, y por razones que hoy no puede explicarse -ni aceptar en caso de vislumbrarlas- se mantuvo pasivo?

Hechas por un defensor de la sociedad capitalista estas preguntas tienen un impacto letal precisamente porque se apoyan en una base real. A partir de esa realidad, consciente o no pero palpable en el conjunto social, los ideólogos del sistema elaboran un sofisma que golpea duro sobre los individuos: todos somos culpables. Es la plataforma sólida, aunque invisible, sobre la que se afirma el otro sofisma: a esto lo arreglamos entre todos.

No obstante, desde la óptica contraria el argumento es aún más poderoso, a condición de atreverse a usarlo como brújula estratégica y como arma de combate permanente, cotidiano, en todos los ámbitos, en todo momento y lugar: el ser humano, con prescindencia de su pertenencia de clase, se degrada necesariamente en el sistema capitalista. Por hambre o por hartazgo; por superexplotación o por falta de trabajo; por la riqueza extrema o la pobreza abyecta, torturado o torturando. Claro que unos son víctimas y otros victimarios en un momento dado. Pero nadie escapa a la fuerza destructiva de un sistema que cosifica al hombre precisamente porque tiene al lucro como valor supremo.

Desde luego es censurable que un individuo no tenga el coraje y la entereza para ser consecuente con sus sentimientos (otra vez el militar ante la exigencia de torturar y asesinar o el periodista ante la exigencia de callar y mentir) y pagar por ello el precio que sea necesario, aunque éste sea el precio aparentemente mínimo de perder el trabajo o cambiar de profesión, perder la seguridad y tranquilidad. Pero explicar el fenómeno social por la conducta del individuo es una tramoya, que además de poner la piedra fundamental para la manipulación de la conciencia colectiva, intenta desdibujar el peso demoledor que sobre la conducta individual tiene la brutalidad extrema del terrorismo capitalista, a la vez que trata de encubrir un hecho decisivo: en todos los ámbitos, día por día durante años terribles, hubo personas que jugaron no su puesto de trabajo, sino su vida. Hubo decenas de miles de desaparecidos y millones que, de una u otra forma, resistieron, recorrieron paso a paso el camino que llevó a la derrota de la dictadura.

¿Cómo es posible olvidar hoy las tomas de fábricas y huelgas en Córdoba y la zona Norte del Gran Buenos Aires a fines de 1977, o la osadía de artistas y público durante la embestida de Teatro Abierto, para poner apenas dos ejemplos socialmente polares?

Justamente uno de los crímenes conceptuales más graves de cierta izquierda es sostener que la dictadura no cayó por la resistencia de las masas. Innumerables huelgas, anónimos actos de heroísmo cotidiano multiplicados por millones, en todos los ámbitos, fueron los que minaron el terreno sobre el que se sostenía el régimen represivo y acabaron haciendo algo mucho más trascendental que derrocar a un gobierno: resquebrajaron las columnas de todas las instituciones que sostienen al sistema, como ahora se ve con nitidez: partidos, iglesia, fuerzas armadas.

La misma interpretación que culpa a individuos por los desmanes represivos de la dictadura explica la guerra de Malvinas como resultado de la afición de un general por el alcohol. Las clases dominantes y sus ideólogos utilizan sabiamente la imperdonable superficialidad de quienes tergiversan de esta manera la realidad. Esa desgraciada combinación ha permitido ocultar que la causa de fondo de aquel salto al vacío de los jefes militares fue precisamente una resistencia que los había puesto al borde del abismo. Quienes se rindieron ante los imperialistas británicos, traicionando incluso a muchos hombres de sus filas que lucharon con coraje y ansias de victoria frente al enemigo real, prefirieron esa conducta ignominiosa a la posibilidad de tener que ceder ante la movilización de masas.

La historia desde entonces en adelante no se explica sin el saldo concreto, la derrota militar del país -no de las fuerzas armadas- ante el imperialismo.

¿Cómo es posible que personas serias minimicen el hecho de que la guerra planteaba objetivamente la necesidad de expropiar a los ingleses y sus aliados; que esa era una condición de cualquier estrategia seria de victoria y estaba ante los ojos de cualquier oficial mínimamente lúcido? ¿Cómo es posible que gente seria y culta no entienda que ésa era la verdadera guerra y que la guerra misma no se explica sin la resistencia de masas que la hizo necesaria como recurso desesperado? ¿Cómo es posible que gente seria, culta y responsable, se niegue a entender el significado profundo del respaldo masivo de la población a la lucha contra el imperialismo? ¿Cómo es posible que personas insospechables se nieguen a entender el papel de la iglesia y el papa en las negociaciones?.

La conducta contradictoria y confusa por parte de individuos, instituciones y partidos comprometidos con la verdad, con la democracia y los derechos humanos, se explica únicamente por la magnitud excepcional de la crisis y el carácter extremo de las opciones en juego.

No requiere explicación el rechazo visceral a la guerra. Es obvio el desprecio y la condena a aquellos que enviaron soldados de 18 años a la muerte y la locura. Es más que comprensible el repudio a esa aventura que culminó con un espectáculo que perdurará imborrable en la historia: los jefes traidores tratando de ocultar a los ojos del pueblo el regreso de nuestros soldados vencidos.

Pero lo que sí requiere reflexión y debate es qué hacer ante una crisis que propone, una y otra vez, sólo alternativas extremas.

Es preciso admitir ahora que fue un ensueño, una ilusión sin fundamento, la explosión de alegría y esperanza que inundó al país en 1983, cuando asumió el más democrático y progresista de los presidentes de la historia argentina. El mismo que después de imponer las leyes de obediencia debida y punto final terminó su gobierno bajo estado de sitio; el mismo que quitó al salario la mitad de su valor; el que pagó 16 mil millones de dólares de una deuda que en el mismo período pasó de 45 a 63 mil millones; el que renunció en medio de una inflación sideral, de una desesperación colectiva que llevó al respaldo de un personaje impensable como presidente poco tiempo antes.

¿Cuántos recién nacidos murieron innecesaria e injustamente desde entonces? ¿Cuántos chicos fueron arrojados a la calle, es decir, a un futuro de violencia, delincuencia y muerte? ¿Cuántas personas sufren injusta pero también innecesariamente el desempleo, la humillación, la falta de vivienda, el hambre?

Esto, no la paz y la armonía, el desarrollo y el bienestar, es la contrapartida de aquello.

Y falta mucho por ver todavía.

Las ilusiones sin fundamentos se basan en la incomprensión de la realidad, la cual a su vez no puede desprenderse del pasado. La guerra de Malvinas, una instancia decisiva de ese pasado, no sólo no es objeto de estudio y debate sino que es conscientemente ocultada y tergiversada por unos e inconscientemente negada por otros.

Y esto está cargado de consecuencias inmediatas. Porque fue la agudeza extrema del conflicto social y las contradicciones económicas subyacentes lo que se tradujo en confrontación militar con el imperialismo. Las mismas fuerzas que sostenían a los militares en el gobierno y los jefes de esas fuerzas armadas resolvieron, in extremis, abrazarse al imperialismo antes que apelar a las masas para vencerlo. Era una conducta obvia. Pero el saldo ineludible de esa conducta sería, ni más ni menos, la destrucción de las fuerzas armadas. En uno de los párrafos de su discurso Balza explica como muestra de incompetencia, de incapacidad manifiesta en términos político-militares la metodología empleada contra la guerrilla. Dice el jefe militar: «El ejército, instruido y adiestrado para la guerra clásica, no supo cómo enfrentar desde la ley plena al terrorismo demencial».

Contra esta aseveración, hay infinidad de pruebas que nadie osaría contradecir: las fuerzas armadas de Argentina y muy particularmente el ejército fue «instruido y adiestrado» para luchar contra la insurgencia interna. Decenas de miles de suboficiales y oficiales recibieron cursos en Panamá, en la siniestra escuela de las Américas, donde militares y agentes de la CIA estadounidenses formaron cuadros especializados en lucha antiguerrillera, inteligencia antisubversiva y técnicas de acción de masas para aterrorizar y confundir a la población. Esos cuadros a su vez instruyeron soldados para la lucha antiguerrillera (el autor de estas líneas es uno de ellos) en unidades especiales para el combate en ciudades y montañas. Más aún: los aventajados alumnos argentinos de esa escuela de torturadores y asesinos fueron luego profesores en América Central, para combatir contra el sandinismo y los revolucionarios de El Salvador y Guatemala.

No hay manera de sostener la idea de que el ejército cayó en la vorágine de la represión sin límites por falta de preparación para el desafío guerrillero. Exactamente lo inverso es verdad. Sin embargo, pasemos por alto este punto, que pone en cuestión la sinceridad de toda la arquitectura del discurso de Balza, y vayamos al dato más importante que surge de esa afirmación: el ejército estaba «instruido y adiestrado para la guerra clásica». ¿Qué será para el jefe del ejército una guerra clásica? Porque ni el más torpe o concesivo de los analistas militares del planeta pondría en cuestión que, en Malvinas, el ejército mostró una incapacidad e incompetencia sin parangón en la historia de la guerra, precisamente en lo más clásico de una estrategia clásica: la logística.

Manipular la verdad tiene sus riesgos. El jefe del ejército no hace honor a los hombres que lucharon con coraje y determinación, pero también con habilidad de combatientes, al negarse a reconocer que el ejército fue escandalosamente incapaz de sostener a las tropas que envió a las Malvinas precisamente por estar «instruido y adiestrado» para reprimir a los obreros, a los jóvenes, a los luchadores por la libertad, la soberanía y la revolución social.

Como quiera que sea, se desprende de las propias palabras de Balza que el ejército no sirve ni para aquello ni para esto. Es decir, no sirve para nada. Y esta es una conclusión exacta. Las fuerzas armadas actuales no están en condiciones de tomar el poder político una vez más, no pueden -se los impide la aún muy sólida barrera de la sociedad civil- lanzarse a aquello para lo que fueron instruidas y adiestradas, la represión a las movilizaciones populares. Y tampoco podría responder al más mínimo choque con una fuerza extranjera. Esa, cruda e irrebatiblemente, es la realidad de las fuerzas armadas.

De allí que quien se niega a entender el desarrollo y desenlace de este período de nuestra historia reciente se vea incapacitado para entender las causas que explican el discurso de Balza. O, lo que es lo mismo, entender la sustancia de lo que está en juego en este momento histórico.

Ocultar la magnitud masiva de la resistencia a la dictadura, cargar la guerra a un general borracho y ver en ella sólo las tragedias individuales, es la contracara ineludible de convencerse y permitir que se convenza a las masas de la responsabilidad de todos en la caída del país.

Como se ve, hay una lógica con arraigo objetivo, manipulada por una arquitectura cuidadosamente diseñada para ocultar y tergiversar la verdad, en la conducta de quienes son proclives a asumir la culpabilidad colectiva, lo cual en términos políticos se traduce en el voto a los partidos del enemigo. Pero esto no ocurre únicamente, ni mucho menos, en esas mayorías anónimas abrumadas por la miseria y la ignorancia.

Nada más lejos de la verdad: las mayorías se conducen de ese modo precisamente porque las minorías -entendiendo por tales a la intelectualidad, los profesionales e incluso fuerzas políticas consideradas democráticas o aun de izquierda- prontas a condenar las manifestaciones ostensibles de embrutecimiento en la conducta política de las masas, empujan a la población en esa dirección al transmitirles la idea de que es posible respetar los valores humanos sin cambiar la sociedad de raíz, lo cual en términos políticos se traduce en el apoyo a programas y candidatos que justamente no presentan como ineludible, imprescindible y urgente un giro de 180 grados en el rumbo político del país.

Nadie está más sujeto a caer en la trampa conceptual que hace a todos culpables y, en consecuencia lógica, convoca a todos a resolver el problema, que aquellas personas con mayor educación, con algún grado de conciencia social y con algún privilegio -aunque sea el mínimo privilegio de tener un trabajo bien pago- que intuyen o conocen la gravedad de lo que está en juego, pero se resisten a llevar su comprensión hasta las últimas consecuencias.

Llegar a la conclusión obligada exigiría un pronunciamiento neto contra las causas que producen estos efectos. Lo cual equivale no ya a poner en riesgo ese privilegio, sino a admitir la inevitabilidad de opciones extremas. Por eso la idea de que un régimen constitucional hace menos bochornosa y destructiva, en todos los órdenes, la degradación de los individuos, más que un error es una justificación. Y esa justificación ensambla sin violencia con la utilizada por el general Balza para explicar la conducta de la institución que encabeza.

Paradojalmente, para recorrer ese camino que lo absuelve de responsabilidad concreta en el presente, el individuo debe comenzar por asumir que él es, efectivamente, culpable.

Culpable por omisión -no haber muerto en la lucha contra la dictadura- o culpable por comisión -haberse equivocado en la lucha contra ella.

Culpable en cualquier caso, sin autoridad moral ni política para proponer un país diferente, sin respaldo de las mayorías a un programa de drástico cambio social ¿qué puede hacer un individuo sino tratar de resolver sus urgencias, cada día mayores? Esto calza como un guante en la necesidad objetiva de las capas medias, pero también en la urgencias prácticas y subjetivas de no pocos militantes y partidos. No es casual que, socialmente asentados en estas capas, partidos que se consideran de izquierda hayan insistido en buscar candidatos de perfil ambiguo, centristas, contrarios a posiciones anticapitalistas, para representarlos. La responsabilidad individual transferida a la responsabilidad de todos, vuelve diluida al sujeto en cuestión. Y así la vida continúa.

 

Ideología y manipulación

Este desarrollo lógico a partir de una falacia explica la reacción favorable que tuvo en sectores considerados democráticos y progresistas el discurso del general Martín Balza, cuando miró de frente a la cámara de televisión y lanzó una estremecedora conclusión: «Sin eufemismos digo claramente: delinque quien imparte órdenes inmorales. Delinque quien cumple órdenes inmorales. Delinque quien, para cumplir un fin que cree justo, emplea medios injustos, inmorales».

Es preciso tomar al pie de la letra estas palabras del comandante del ejército: está probado que los jefes dieron órdenes inmorales, los subordinados cumplieron órdenes inmorales y todos, por acción u omisión, se involucraron en el empleo de medios injustos, inmorales, para cumplir con fines -vamos a admitirlo como hipótesis- que creían justos. Por tanto, de las palabras del jefe del ejército se deduce de manera irrefutable que todos quienes integraron las fuerzas armadas durante los años de dictadura, son delincuentes.

Conclusión significativa. Podemos suscribirla sin esfuerzo. Pero con una condición: que no se destruya a los individuos para salvar la institución.

Los sobrevivientes de aquella ofensiva criminal que seguimos luchando punto por punto, sin ninguna concesión, sin ninguna autocrítica, sin ninguna vacilación de ningún tipo, por lo que defendíamos entonces, no centramos nuestra lucha en individuos. No buscamos, ni queremos, ni admitimos, venganza individual.

Más aún: salimos en defensa de su condición de víctimas, aunque en ninguna hipótesis esto pueda interpretarse como disposición al olvido o al perdón. Juicio y castigo, cárcel y vergüenza para ellos.

Pero esa jauría embrutecida hasta límites inabarcables, esos andrajos humanos, no pueden, no deben, cargar con una responsabilidad que no les cabe.

Así como no es posible cargar a un chico de la calle de hoy con la responsabilidad de los crímenes que necesariamente cometerá cuando sea mayor, no es admisible que se oculte el carácter de necesidad que tiene el salvajismo de un integrante de una fuerza armada defensora del capital, con prescindencia de las condiciones morales de los individuos que la componen. Sólo características personales -y circunstancias- excepcionales, pueden permitir que algunos de entre ellos eludan el mecanismo siniestro que los modela, los utiliza y luego, si es necesario, los destruye.

Para el resto, vale la ley general de que no necesariamente elegirían esa conducta indigna si tuvieran la posibilidad de optar por otra que, no exigiéndoles un supremo compromiso y sacrificio individual, les permitiera ser coherentes con su condición humana. Y esa ley es vital sobre todo por una razón: el militar que hoy defiende el sistema republicano, reivindica los derechos humanos, no empuña las armas contra su pueblo y reniega de las atrocidades cometidas, se comporta así porque tiene la posibilidad de hacerlo sin costo de su status personal, mientras que hacer lo contrario le sería oneroso (véase a Mohamed Seineldín y quienes lo acompañaron). Mañana será empujado nuevamente a combatir «por un fin que cree justo» (la defensa del sistema capitalista) y volverá a ser el asesino feroz que hoy condena.

¿No es el propio Balza un ejemplo de esto? ¿Dónde estuvo cuando el ejército que hoy comanda delinquía en el sentido más brutal e intolerable de la palabra? ¿Junto a quienes combatíamos lo que él condena hoy, o del lado de los asesinos?

No es preciso poner en duda los principios morales de Balza. Se puede partir de la premisa de que el jefe del ejército cree en lo que dice. La conclusión no se modifica. Por el contrario, refuerza su fundamento: si el general Balza, pese a ser un hombre de principios republicanos, respetuoso de los derechos humanos y temeroso de la ley de su dios, integró las filas del ejército delincuente sin contradicciones que le impidieran escalar hasta la comandancia, queda probado que la conducta vil de los integrantes de una fuerza armada no depende para nada de las condiciones morales de sus componentes. Por lo mismo, la conducta moral de estos, no es garantía de nada.

El propio Balza lo admite, cuando descarga la responsabilidad del golpe de Estado de 1976 en quienes defendieron la idea de «el ejército (como) única reserva de la patria»; y subraya que esas fueron «palabras dichas a los oídos militares por muchos, muchas veces».

El general Balza lleva su autocrítica al punto de admitir la necesidad de confeccionar listas con los nombres de los desaparecidos y esclarecer la suerte corrida por cada uno de ellos. Significativamente, no lleva su osadía a considerar necesario confeccionar la lista de los muchos que, muchas veces, susurraron al oído del ejército para que éste tomara el poder y pisoteara los principios ciudadanos y los ciudadanos mismos.

¿Quiénes son esos muchos que susurraban al oído de aquellos que luego serían impiadosos torturadores y asesinos? Algunos son fácilmente reconocibles, pese al disfraz de demócratas: Ricardo Balbín -por entonces presidente de la UCR- que denunció una fantástica guerrilla industrial para fundar el envío de tropas militares contra los obreros de Villa Constitución; Italo Luder, que en su carácter de presidente provisional peronista firmó el decreto ordenando «aniquilar la subversión»; el nuncio papal Pío Laghi, probada mano ejecutora de una plan represivo global. Pero ellos no son todos ni siquiera los más importantes. Porque los políticos y los sacerdotes del capital pasan, pero éste queda. Y sigue susurrando, aunque cambie circunstancialmente el argumento.

A propósito: ¿por qué ocultó Balza durante 20 años lo que hoy confiesa como delito?

Podemos ensayar una explicación, sujeta a todos los cambios que el general Balza nos indique con argumentos fundados y pruebas fehacientes.

 

Crisis y lucha de clases

La admisión de desvíos institucionales y delitos de todo tipo por parte de las fuerzas armadas es un eslabón ineludible en la respuesta estratégica al saldo de la confrontación violenta no ya con la guerrilla, sino con la clase obrera y el pueblo. Ese saldo es, como ya adelantamos, la desmoralización, la quiebra ideológica, el repudio generalizado de la población, la inhabilitación política y la desarticulación operativa de las fuerzas armadas.

En otras palabras: el brazo armado del capital está inutilizado. Esto ocurre en una etapa histórica en que la agudización de la crisis capitalista, no ya a nivel nacional sino a escala internacional, no deja otra alternativa que avanzar sistemáticamente contra las conquistas y reclamos económicos básicos de las mayorías, lo cual, en algún momento del proceso requiere el empleo de la violencia contra la población.

El primer paso en la estrategia de recomposición, bajo el gobierno de Raúl Alfonsín y timoneado por su ministro de Defensa, Raúl Borrás, consistía en el juicio a los 9 comandantes.

En la base del replanteo jugaron factores de muy diferente naturaleza. Por una parte, era a todas luces imposibles avanzar un milímetro sin satisfacer el ansia de justicia de prácticamente la totalidad de la población. Por otra, era necesario readecuar las fuerzas armadas a la nueva coyuntura mundial, lo cual cobraba singularidad por la situación concreta en Argentina luego de la guerra de Malvinas.

La ideología liberal que 12 años después Balza presenta como nuevo dogma es, en el diseño global, la coronación del proceso de recomposición de las fuerzas armadas. La noción superficial, absurda, pero acaso no totalmente inocente de «desguace del Estado», encubre en realidad un plan estratégico de recomposición del aparato de dominación de la burguesía, es decir, el Estado. En ese plan, uno de los puntos vitales es la reorganización y readecuación de las fuerzas armadas a partir de la situación objetiva en el momento en que estas deben retirarse del poder y para afrontar la coyuntura histórica global.

Las nuevas fuerzas armadas deberán adecuarse a las novedades del Estado al que sirven. O, más precisamente: deberán adecuarse a los cambios en la estructura y ubicación de la clase dominante.

La compulsiva necesidad de las metrópolis imperialistas de aumentar por múltiples vías la exacción de riquezas de los países dependientes a fin de contrarrestar la caída de la tasa de ganancia media del gran capital internacional, plantea, entre una multiplicidad de conflictos, el riesgo de que sectores de peso de las burguesías locales, acosados por la voracidad insaciable del capital financiero internacional, se levanten en armas contra las exigencias imperialistas. Un ejemplo de la vigencia y eclosión de esta contradicción es la invasión a Kuwait por parte de Irak en 1990. Es justamente la necesidad estratégica de impedir nuevas reacciones de ese tipo lo que explica la fulminante y devastadora contraofensiva conjunta del imperialismo.

Pero si la reacción ante el hecho consumado fue singularmente dura, no lo fue menos el accionar preventivo de tales reacciones: la reorganización, reideologización y reinserción en todos los órdenes de las fuerzas armadas de los países dependientes. Va de suyo que ese proyecto estratégico choca contra las fuerzas armadas como tales y, por lo tanto, conmueve a sus integrantes introduciendo un debate ideológico crucial, pero que esto es sólo la expresión de un fenómeno estructural que lo determina en forma y contenido: la pugna dentro mismo del capital y los grupos económicos que lo encarnan.

En el caso argentino, la combinación del odio popular contra los militares por las aberraciones represivas y el resultado de la guerra de Malvinas planteaba una singularidad extremadamente compleja.

Presumiblemente, los ideólogos del juicio a los comandantes imaginaron que con la investigación de la CONADEP, la condena pública y la cárcel a los jefes, sería suficiente para poder llegar a decir, como dice ahora Balza, que las fuerzas armadas se recomponían ideológicamente sobre la base clásica del dogma liberal. Pero dos fuerzas vitales salieron al cruce de esta política y acabaron demoliéndola: la movilización de masas pidiendo juicio y castigo a todos los responsables de la represión, y el impacto sobre un alto número de oficiales y suboficiales de la conducta de jefes militares, partidos e instituciones que llevó a la ignominiosa derrota de Malvinas. A esto se sumó un factor circunstancial pero de mucho peso coyuntural: el temor de suboficiales y oficiales de menor graduación a que a la derrota militar y política le siguiera el condigno castigo a todos los involucrados en acciones aberrantes.

 

Caras pintadas y ojos tapados

Esto último tuvo un efecto paradójico, porque si en una primera fase potenció al ala militar contraria al plan liberal, al cabo fue precisamente la llave para que ese sector quedara aislado y fuera aplastado. Aldo Rico y Mohamed Seineldín intentaron explotar el miedo de cuadros medios y bajos involucrados directamente en actos de torturas y asesinatos, ante el riesgo de una victoria de la justicia que los enviara a todos al lugar que les corresponde. La idea pueril de que ésta pudiera ejercerse en el marco de una sociedad capitalista, que obnubiló la percepción de tantas personas bienintecionadas, cegó a estos aspirantes a líderes nacionalistas.

Como no podía ser de otro modo, quienes mandan y sus asesores, con mayor o menor prolijidad, hicieron lo necesario -mediante tramoyas judiciales, compromisos, decretos, leyes, etc.- para dar garantías a esa masa acosada de cuadros militares. La conducta indecisa, contradictoria y en términos operativos increíblemente torpe de los jefes rebeldes, se explica porque en ellos mismos pesaba esa contradicción irresoluble: luchar por un proyecto de país o por la salvación individual. No es el caso de emitir un juicio de valor sobre el proyecto mismo, borrosamente esbozado en raros documentos y declaraciones, entre delirios místicos y afirmaciones tan primitivamente ultrareaccionarias que no pueden ser tomadas en serio como plataforma de un proyecto estratégico. Importa en este punto sencillamente señalar que el ala antiliberal, con larga tradición, mucho peso numérico y razones de todo orden para resistir la arremetida teledirigida desde Washington, no tuvo jefes porque no tuvo programa. Y no tuvo programa por una razón que excede no sólo a Rico y Seineldín: el único programa capaz de presentar batalla al imperialismo es un programa anticapitalista de revolución social; la revolución social se hace con las masas; las masas repudian y repudiarán eternamente los secuestros, torturas y asesinatos de la dictadura y, en consecuencia, ningún militar que la reivindique abierta o solapadamente tiene la más remota posibilidad de dar un paso efectivo contra la reorganización de las fuerzas armadas planeada por el gran capital internacional y sus socios locales.

 

Derechos humanos y acción política

Menos sencillo fue -y sigue y seguirá siendo- vencer a la otra fuerza contra la que chocó el intento de reorganización: la lucha por el juicio y el castigo a los responsables de la represión. Sin embargo, ya en 1987 quedó claro que el movimiento democrático que había conmovido a la sociedad desde sus cimientos, se agotaba en sí mismo sin hallar respuesta a la lenta, sinuosa, llena de puntos irremediablemente débiles, pero sistemática contraofensiva de la burguesía por recomponer sus fuerzas armadas.

En sustancia, el movimiento democrático afrontó la misma dificultad que el ala antiliberal de las fuerzas armadas: no pudo definir un programa más allá del reclamo de justicia y en consecuencia no pudo sostenerse como movimiento de masas, no pudo encarnar en los sectores más agobiados por la crisis capitalista, no logró consolidarse en ningún plano y cedió terreno, también lenta y contradictoriamente, pero de manera inexorable, al plan de recomposición del aparato armado del capital. La diferencia obvia es que a esta fuerza la asiste la verdad, la razón histórica. Pero en la lucha social, en el combate político, la razón es condición necesaria pero no suficiente para vencer.

Así, despejado el terreno interno y desperdigado, desorientado, en los hechos paralizado el temible adversario real, los jefes embarcados en el proyecto de recomposición de las fuerzas armadas sobre las bases del libreto dictado desde el Departamento de Estado estadounidense, se adueñaron del centro del escenario militar.

Un paso fundamental en la recomposición pudieron darlo, paradojalmente, con el respaldo casi unánime de la opinión pública e incluso de la mayoría de los más reconocidos defensores de los derechos humanos: la abolición del servicio militar obligatorio.

A contramano del plan de reducción de gastos, esta medida es sin embargo una pieza clave en la estrategia de recomposición del mecanismo represivo. Por eso no tuvo la menor objeción por parte del ministerio de Economía.

El rechazo unánime y visceral al militarismo y la más que justificada negativa a poner hijos en manos de personas acusadas de aberraciones que cada ciudadano tiene grabada en su conciencia, hace indefendible la idea de sostener la conscripción. De hecho, este dilema como tantos otros no tiene respuesta sin romper el molde que lo contiene. Pero lo cierto es que, con apoyo explícito y alborozado de la mayor parte del movimiento democrático que late todavía en el escenario político, el general Balza dio un paso decisivo y transformó el ejército argentino en una fuerza de soldados con contrato voluntario y salario regular. Es decir, un ejército mercenario.

Tanto temor hay de mirar de frente el significado de este paso estratégico de quienes planificaron la represión de los años 70, que se llegó al punto de condenar la ley de reforma porque deja abierta la posibilidad de convocar conscriptos en caso de que no hubiera suficientes voluntarios.

Las buenas personas que defienden tales ideas se resisten a admitir que todo este proceso tiene como base la crisis del capitalismo. Que esa crisis, ajena a la voluntad y los manejos de cualquier gobernante dentro del sistema, produce masas de desocupados. Que esos desocupados se agolparán a las puertas de los cuarteles para pedir trabajo. Que se les hace firmar un contrato por el cual, entre otras iniquidades, se obligan a descartar cualquier forma de agremiación, se comprometen a no asumir ni exponer cualquier opinión política. Que son seleccionados por sus capacidades para cumplir la función para la que se les paga, es decir: reprimir las inevitables sublevaciones contra los efectos de la crisis. ¿Y cuáles son esas condiciones?: el menor nivel de educación posible o directamente analfabetismo, incultura, vivencia de brutalidad familiar, aislamiento social…

 

Solo un punto de fuerza

¿Significa todo esto que la contraofensiva global estratégica del imperialismo, en su capítulo argentino ha vencido no ya en la imposición de un plan económico y un gobierno a la medida, sino incluso en su propósito de recomponer las fuerzas armadas? La respuesta explícita o impronunciable de buena parte, acaso la mayoría, de los activistas políticos, sindicales, estudiantiles o de los movimientos por los derechos humanos, es una resignada afirmación.

Sin embargo, esa resignación es la única victoria cierta que el imperialismo y sus socios pueden contar a su favor.

No hay lugar a dudas respecto de la contundente victoria en todos los terrenos y a escala planetaria de aquella contraofensiva global. Pero es igualmente incontrastable -no es posible dejar de repetirlo una y otra vez- que aún cuando esa victoria desplazó coyunturalmente la relación de fuerzas a favor del imperialismo (y esto es válido no sólo en materia económica, sino en el terreno militar, religioso, político, ideológico, cultural), en todos y cada uno de esos planos la victoria no hizo sino profundizar, agravar a límites intolerables e incontrolables la crisis global del sistema. A la par de esto, en ningún lugar decisivo del planeta la clase obrera ha sufrido una derrota suficientemente profunda y duradera como para permitir la continuidad de esta contraofensiva imperialista sin chocar contra un muro cuya solidez comprobarán los escépticos antes de no mucho tiempo.

Eso es también verdad en Argentina. Algún muralista podría representarlo en un fresco alusivo: una inequívoca confirmación plástica de esta afirmación es el general Balza empujado por un sargento que amenaza desatar una aluvión de confesiones. El comandante dispuesto a refundar las fuerzas armadas, a redefinir la ideología de la institución que encabeza y a salir a un combate político crucial en un momento extremadamente difícil, emite un discurso, trascendental para su fuerza y su clase, en el espacio televisivo obtenido de apuro dos horas antes gracias a un periodista habitualmente dispuesto a complacer, más allá de toda formalidad, las necesidades del poder.

Cabe aquí una disgresión para situar exactamente esa fotografía del comandante empujado por un sargento. No está en discusión que la clase obrera sufre hoy los efectos de una derrota. Pero sí está en discusión -y este es en realidad el más importante de los debates necesarios para adoptar un rumbo estratégico- cuándo, cómo y por qué obtuvo victorias la burguesía y en qué posiciones exactamente se encuentran hoy los contendientes en el campo de batalla.

Es falso de toda falsedad que los años de dictadura hayan culminado con una derrota profunda de la clase obrera. La desarticulación de las fuerzas armadas, la exposición de los partidos burgueses como enemigos jurados de los trabajadores, el fin del mito de la tercera posición, el desenmascaramiento público, masivo e incontrastable de la iglesia como aliada y sostén del poder, no son signos de una derrota histórica de los trabajadores!!

Todo está cabeza abajo y la apariencia contradice la realidad subyacente por imperio de un factor, en el cual sí, inequívocamente, el capital mantuvo la iniciativa: el de la disputa política. Con heridas muy hondas, con muchos de sus mejores hombres y mujeres secuestrados y asesinados, la clase obrera no salió derrotada de la dictadura. La batalla de clases no dejaba un saldo a favor del capital. Pero sí sufrió un traspié grave cuando, tomando distancia del partido peronista, respaldó al otro partido de la burguesía.

Luego fue manipulada, desmoralizada y desorganizada mediante un recurso peligroso pero eficiente si los que lo utilizan no pierden el control: 13 huelgas generales en 5 años. Y el control no se pierde si la lucha sindical no se eleva al plano político.

El mazazo en la nuca, la verdadera derrota profunda, pero de naturaleza estrictamente política, ocurrió en 1989, cuando aquellas 13 huelgas sirvieron para volcar nuevamente el voto proletario y popular al peronismo.

¿Por qué ocurrió esto? Es un debate que no saldaremos en estas páginas (5). En este punto sí jugó un papel clave el exterminio de tantos revolucionarios, tantos cuadros que hubiesen obrado sobre la conciencia y la organización de los explotados como venas y arterias de un cuerpo que se echa a andar. Pero es entonces -y por primera vez en décadas- que había bases objetivas para que el rumbo de la clase obrera fuera diferente y el desenlace inmediato del combate político dejara al capital a la defensiva en un sentido estratégico. Hubo responsabilidades y responsables para que otro fuera el rumbo y las cosas llegaran al punto en que hoy están.

Los luchadores sociales, la izquierda en general, y particularmente quienes se reivindican marxistas, no pueden dejar de pesar y medir responsabilidades, preguntarse dónde estuvo cada partido, cada supuesta dirección, cada dirigente reconocido, a la hora de estas citas con la historia. Es imperioso sacar conclusiones nítidas, inequívocas, de este curso negativo.

Como quiera que sea, más significativa que la forma -risueña, si se quiere- en que el jefe del ejército se vio obligado a dar el paso trascendental de su discurso, es el contenido del torbellino de fuerzas que guió sus movimientos.

La recomposición de las fuerzas armadas no consiste en la simple recreación de lo anterior con un discurso diferente, sino que presupone un cambio estructural además de ideológico: las fuerzas armadas de un Estado en cuyas manos están las fuentes primarias de su abastecimiento (desde el petróleo hasta la fabricación de armas y municiones), serán necesariamente diferentes de aquellas que operan como brazo armado de un puñado de grandes capitales que, entre otras fuentes de obtención de ganancia, tienen a las propias fuerzas armadas no sólo como mano ejecutora de su violencia organizada contra las masas, sino como surtidor de lucro.

Concedamos que el general Balza aspira a consolidar fuerzas armadas sometidas al poder político constitucional, respetuosas de las leyes, defensoras de los derechos humanos, la libertad y la dignidad individual. Ocurre que no es lo mismo programar y llevar a cabo este propósito en un cuadro de bonanza económica, de desarrollo y estabilidad mundial y local, que en un escenario exactamente inverso. La presión objetiva y cada día obligadamente mayor contra el nivel de vida de las masas -y se debe incluir a capas de las clases medias que comienzan ahora a sufrir una brutal aceleración del rigor de la crisis- garantiza cualquier evolución imaginable para la situación política, excepto la de un armónico y pacífico funcionamiento del régimen y las instituciones democrático-burguesas.

Si el propósito expuesto por Balza fuera realizable, el pensamiento reformista tendría dónde apoyar su propuesta. Los argumentos en defensa de un sistema socialista no perderían un ápice de sustentación en el plano filosófico, ideológico, porque la más democrática de las sociedades basadas en la explotación del trabajo continúa siendo una dictadura y una negación cotidiana de los valores humanos, de la libertad y la realización plena del individuo. Pero en el terreno político las opciones se plantearían de otra manera; las conductas de partidos e individuos serían diferentes; los ritmos y métodos, las urgencias y prioridades serían otras.

La premisa implícita de la propuesta ideológica del general Balza -y de todos aquellos que la aceptan- es que habrá trabajo para los desocupados, vivienda para los sin techo, educación para todos, atención sanitaria para quien la necesite, que no habrá ancianos olvidados ni chicos arrojados a la violencia infinita de la calle y la miseria.

La aceptación de semejante premisa puede ser un acto de manipulación o fruto de un grueso error derivado de la negativa o la imposibilidad, por las razones que sean, de admitir la conclusión inequívoca, indiscutible, a la luz tanto de la teoría económica como de la observación de la marcha del mundo y el país en los últimos 25 años: una severísima crisis erosiona la economía capitalista mundial; los países centrales han paliado y postergado su crisis descargándola sobre el llamado tercer mundo; ese peso, sumado al de la propia crisis -tanto mayor cuanto más desarrollada es la economía en estos países subordinados- aplasta a centenas de millones de personas; no hay base objetiva para que esta tendencia revierta por simple cambio de ciclo y la idea de una Argentina en desarrollo y crecimiento estables no resiste el menor análisis: puede servir para hacer comentarios irresponsables o para manipular deliberadamente la opinión pública, pero no para mover un milímetro la curva de brusca caída en todos los índices de la economía real.

 

Una clase sin aliento

Aquella improvisación extrema del jefe del ejército para un acto presuntamente trascendental prueba más allá de los argumentos lógicos la debilidad esencial de la clase dominante que intenta recomponer sus fuerzas armadas.

Por sobre intenciones y rasgos morales individuales se impone una realidad que no admite discusión: la clase que gobierna Argentina, transmutada sin cesar al compás del desarrollo de la economía mundial pero siempre idéntica a sí misma, tiene intereses objetivamente contrapuestos no ya a la satisfacción de las necesidades mínimas de 9 de cada 10 habitantes, sino a la soberanía nacional y -conviene pesar una por una las siguientes palabras- a la existencia misma del país como tal.

No es aconsejable tomar a la ligera gestos aparentemente ridículos como el del gobernador de Buenos Aires, que proyecta la creación de una bandera provincial, o la de los empresarios, políticos y titulares de los colegios de escribanos, abogados y contadores de San Rafael, que proponen la secesión de Mendoza y la creación de una nueva provincia.

No es aconsejable limitar la interpretación del contenido de la nueva ley de educación, que elimina explícitamente nombres subversivos como los de Darwin y Lamarck, al fanatismo corporativo de la jerarquía católica.

Se trata de una regresión necesaria en todos los órdenes. Necesaria a los intereses económicos y políticos de la clase dominante: disminuir el salario, como proclaman sin rubor todos los economistas y políticos de la burguesía, es un imperativo de la subsistencia del sistema global. Y ese simple dato, llevado a la práctica, requiere medios que se articulan desde la escuela primaria a la gorra de los generales.

En medio de este proceso de reestructuración, reordenamiento y recomposición, toda la arquitectura se vino abajo. Fue en 1989. Los analistas al uso aluden a ese momento por su síntoma visible, la hiperinflación, desconociendo u ocultando las causas que la desataron.

Ocurre que aquellas causas no fueron conjuradas; lejos de ello, todas y en todos los órdenes, se han agravado al extremo.

Un rasgo singular caracteriza la aceleración de ese agravamiento: en medio del caos, la clase dominante argentina sencillamente abdicó -como nunca antes- de su soberanía (la soberanía de ellos, de los poseedores del capital local) sobre los comandos del Estado burgués. Eso es lo que con estilo a su altura el canciller Di Tella denominó «relaciones carnales» con Estados Unidos; eso es lo que tomó forma en el protagonismo directo del embajador Terence Todman en toda y cualquier decisión de peso en materia económica, política, administrativa, de política sindical, internacional o educativa.

El orden fue reinstalado sobre la base de la cesión del poder de arbitraje al gran capital financiero internacional, encarnado en el gobierno de Washington.

¿Qué papel les cabe a las fuerzas armadas en ese contexto?

Una clase dominante sometida y corrupta no puede construir un país soberano, justo, democrático. ¿Podría acaso ser diferente el papel de las fuerzas armadas del de la clase a la que sirve? Una fuerza armada no tiene otra alternativa sino estar al servicio de esa clase, o frontalmente contra ella.

¿Cómo se ubica el general Balza ante esa alternativa?

Juzguemos hechos, no personas ni aptitudes morales: qué hicieron los mandos militares cuando el gobierno argentino entregó la Orden de Mayo a los personeros de quienes arrebatan la soberanía, la riqueza y la dignidad de los argentinos? ¿Qué hicieron los mandos militares cuando se remataron el petróleo, las telecomunicaciones, las vías ferroviarias y fluviales, las rutas terrestres y aéreas? ¿Qué hicieron los mandos militares cuando voló el edificio de la AMIA? ¿Es concebible que aquello que se susurra con temor en los pasillos del Congreso y las sedes de los partidos políticos burgueses sea ignorado por los mandos militares?

Una pregunta más, que debería inquietar a cualquier hombre de bien: ¿reconoce el general Balza al actual presidente como su comandante en jefe?

El hombre que afirma: «delinque quien imparte órdenes inmorales. Delinque quien cumple órdenes inmorales. Delinque quien, para cumplir un fin que cree justo, emplea medios injustos, inmorales», ese hombre que conmovió a muchos al hablar con voz quebrada por la magnitud de su confesión ante las cámaras de televisión, ¿está bajo el mando de este presidente?

Si la respuesta es positiva, se esfuma toda duda respecto del papel político y la fortaleza moral de las fuerzas armadas que propone el jefe del ejército.

Si la respuesta, impronunciable, es negativa, queda a la luz la falta de sustancia en la propuesta histórica que hace Balza.

Con todo, no es tampoco un problema centrado en las características individuales de este presidente. Así como, pocos años atrás, para mantenerse en el gobierno en Santa Fe y Tucumán el PJ tuvo que recurrir a personajes insólitos (un corredor de autos y un cantor jubilado), la clase dominante de Argentina se vio obligada, en 1989, a catapultar al gobierno a una figura impresentable. Luego se sabría que el tesorero de la campaña de ese candidato era, en realidad, un traficante de drogas. Y se descubrieron y denunciaron infinidad de escandalosos actos de corrupción. Los reflectores enfocados en esas aberraciones encandilaron a buena parte de la población. Pero la entrega del gobierno a personajes caricaturescos o probadamente involucrados en una maraña de corrupción no es fruto de un error o una anomalía, sino una necesidad de la clase dominante.

Son recursos de última instancia, viables únicamente porque desde el otro lado de la frontera de clases no hay respuesta política. A un lado el contenido moral de tales medios, está probado que son de corto aliento. De modo que, si por un lado la posibilidad de burlar a las masas con artilugios de última hora es, de hecho, prueba de fortaleza de la clase dominante y de enorme debilidad de los explotados y oprimidos, el fenómeno en sí mismo sólo se explica por una debilidad estructural de la burguesía: sus instituciones de control ideológico y ejercicio del poder político, están agotadas. Pero esto a su vez expresa el agotamiento de la clase misma como fuerza capaz de edificar y conducir un país.

La sumisión al imperialismo tiene carácter de necesidad para la burguesía argentina. No existe la menor posibilidad para ella de diseñar y llevar adelante un proyecto nacional, sea que el partido se llame PJ o UCR, los individuos sean corruptos u honestos, las fabricaciones de última hora se llamen Frepaso o Modin. O se rompe con el marco que impone el sistema capitalista, o se termina inexorablemente en la venalidad, la traición a cualquier principio moral, la entrega del país, la represión a la población.

Lo increíble entonces, lo inaceptable, no es el discurso de Balza: es la suposición de que una clase sumisa y corrupta pueda conducir un país. Lo está destruyendo. Y esta es una afirmación que no requiere de pruebas; está a la vista.

 

«Los hermanos sean unidos…»

No será, por tanto, entre todos. No habrá reconciliación. Al margen de la voluntad y las condiciones morales de los individuos están los imperativos de la lucha de clases, exigida por la naturaleza misma del sistema capitalista.

Será sin ellos. Contra ellos. Ellos son los dueños, beneficiarios y defensores del sistema de explotación. No importa el nombre. Ni el país de nacimiento. No importa el partido. No importa si llevan o no uniforme.

Las bases de una sociedad fraterna, justa, democrática, sólo pueden echarlas las víctimas de este sistema. Y sólo podrán hacerlo cuando tomen conciencia de su condición de explotados y oprimidos; cuando hagan de esa conciencia organización; cuando en forma colectiva y democrática, millones de hombres y mujeres decidan tomar el poder en sus manos y construir una sociedad a su medida.

Es crudo decirlo y difícil aceptarlo; pero mientras ese momento no llegue, Argentina continuará cayendo.

Trabajar en favor de la educación, la concientización y la organización de las masas; exponer ideas pero no imponerlas, sino someterlas a la consideración y decisión de las masas; encabezar toda y cualquier decisión de lucha de los trabajadores y sus aliados, pero condenar sin atenuantes la pretensión de que ellos se sumen a combates decididos por pseudo vanguardias que actúan por sí y ante sí; unir a los hermanos pero considerando tales sólo a aquellos que, por origen o decisión voluntaria, son y se asumen como hijos de las clases explotadas y oprimidas; marchar hombro a hombro con todos ellos, pero respetando y exigiendo respeto por las diferencias de todo orden que conforman comunidades, culturas, organizaciones y partidos diferentes. Esas son las tareas urgentes, imperativas, para todos aquellos dispuestos a detener esa caída y revertir el rumbo.

Como se ve, no es sólo el general Balza quien por su ideología y sus propuestas está excluido del Ejército de hombres y mujeres libres que diseñarán y edificarán la Argentina del futuro.

 

Julio de 1995

 

El Arma de la Crítica

porLBenCR

 

[Texto de presentación del primer número de Crítica de Nuestro Tiempo, en octubre de 1991]

Desde hace por lo menos cinco mil años la sociedad dividida en clases recibe sin cesar la crítica de los oprimidos y explotados por la vía de los hechos. En esa dimensión, en ese terreno, se ubica este intento de penetrar la realidad de nuestro tiempo.

La fusión de las luchas sociales del naciente movimiento obrero industrial con el pensamiento más avanzado de su época dio lugar al socialismo científico. Y plasmó un Siglo y medio atrás en un cuerpo teórico denominado marxismo.

Por estos días, los sucesos que conmueven a la región del mundo donde por primera vez la humanidad intentó dejar atrás su prehistoria, son manipulados como argumento contra los principios forjados por aquella conjunción de lucha y reflexión. No es la primera operación en gran escala contra la herramienta teórica del ansia ancestral del hombre por vivir sin cadenas. Y no será la última. Pero como las anteriores y las futuras, ésta mostrará a poco andar su irremediable impotencia. Porque no es teórica la base de la confrontación.

El argumento de los defensores del statu quo no puede ser explícito porque no reside en la razón, sino en la fuerza; no defiende la verdad, sino el lucro; no busca la perfección del ser humano sino que expresa la alienación del individuo enfrentado por definición con sus semejantes. Para ellos, por tanto, la teoría no existe y no debe existir. A cambio de razón teórica tienen recursos para expropiar antiguos sueños del hombre cristalizados en palabras hermosas: democracia, libertad, justicia, que en sus manos son árboles secos, espectros nocturnos, estériles, mentira.

En cambio la razón asiste a quienes sufren la naturaleza inhumana del capitalismo, a quienes se rebelan contra él. La interpretación racional de la realidad es por sí misma un himno contra la propiedad privada de los medios de producción, contra la economía de mercado, contra la doctrina y la práctica del capitalismo, contra el espectáculo horrendo del mundo contemporáneo. Por eso los que sufren y los que se rebelan, deben adueñarse, aprender a emplear y empuñar con decisión el arma de la crítica.

Todo lo real es racional; y todo lo que es racional en la mente de los hombres será realidad, decían los fundadores del socialismo científico. Los instrumentos teóricos legados por el pensamiento humano a través de miles de años y corporizados en el marxismo permiten que la razón desmenuce la realidad para interpretarla y hacen posible contraponerle una respuesta que no tiene nada de utópico, de sueño irrealizable, sino que es precisamente lo único real, aunque circunstancialmente parezca lejano e imposible. Que lo digan si no aquellos que a la razón que analizó y condenó la realidad monstruosa del stalinismo -esa negación práctica y teórica del marxismo- le opusieron la fortaleza aparentemente inconmovible del PCUS y la Unión Soviética, la realidad. Esa realidad de hierro y de granito, inapelable e invencible, se esfumó ante los ojos azorados de quienes le cantaban loas burlándose de los argumentos que anunciaban la inexorabilidad de su caída. Pues bien: que se burlen ahora de los argumentos que prueban la inexorabilidad de la catástrofe a la que lleva el capitalismo!

No; la única verdad no es la realidad, como pretende el más ramplón de los postulados pseudoteóricos del pensamiento capitalista. La realidad se mueve, cambia sin cesar, se transforma constantemente. La única verdad es la que descubre las leyes de ese movimiento, interpreta la direccionalidad del cambio y, así, puede ser actor, protagonista de la transformación que, desde luego, la afectará a ella misma. Y esa es, también, la única libertad, fusionada con la verdad en un todo indisoluble de pensamiento y acción.

Claro que no es fácil descubrir las leyes que rigen el movimiento del mundo de hoy, interpretar el curso vertiginoso de los acontecimientos y actuar efectivamente sobre ellos. Tanto menos porque lo que fuera el marxismo oficial durante décadas, desvirtuó a tal punto la herramienta que a menudo parece inservible. La tarea exige esfuerzo, rigor, seriedad. No se parece en nada al papel de los pontífices que visten los oropeles del ritual y leen las sagradas escrituras. Y excede las fuerzas no ya de un individuo, sino de cualquiera de los equipos conocidos. La necesaria coincidencia entre quienes desde la defensa del capitalismo o la apología del marxismo oficial se opusieron, asistidos por siderales presupuestos y poderosos medios de difusión, al ejercicio de la crítica marxista, se combina con los reveses de la lucha revolucionaria concreta para dificultar al máximo la empresa.

Con esas limitaciones insalvables, ponemos esta arma en sus manos. O, más precisamente, esta parte incompleta y sin pulimento del arma que está en proceso de producción en América Latina.

En el marasmo contemporáneo se destacan factores que no caen en él, que no pierden la serenidad y no recurren a tirar convicciones por la borda con la vana esperanza de sortear la tempestad refugiándose en un rinconcito de la bodega en la nave pestilente del capitalismo.

Precisamente cuando el oleaje recién anunciaba su enfurecida embestida, los marxistas que tienen el mérito y la fortuna de encabezar un pueblo en la resistencia victoriosa contra el capitalismo, comenzaron a arrojar lastre y reforzar convicciones, afinar conceptos teóricos y a afirmar en el arma de la crítica -como proponían Marx y Engels- la crítica de las armas que en sus manos hoy ponen una barrera temible al imperialismo.

La reivindicación del pensamiento económico de Ernesto Guevara por parte del Partido Comunista de Cuba fue el prólogo de un consistente e ininterrumpido desarrollo de un marxismo vital, arraigado con impar firmeza en las masas y envarado en una decisión revolucionaria con pocos precedentes en la historia. Como hace tres décadas y media, cuando reorganizó a los sobrevivientes del Granma, Fidel Castro sigue siendo el alma mater -ahora de todo un pueblo- en ese salto al futuro de extraordinaria osadía y coraje. Y de extraordinario realismo.

Pero las islas, ya se sabe, son apenas la parte visible de montañas sumergidas. Hay decenas de miles de marxistas, centenares de miles de revolucionarios y decenas de millones de obreros y campesinos en América Latina que, expresamente o no, van en la misma dirección que trazan los comunistas cubanos. Y que forjan organizaciones y obtienen victorias, como ejemplifica en el más alto nivel el Partido de los Trabajadores de Brasil.

Esta Crítica de nuestro tiempo es fruto directo de ese fenómeno abarcador, bullente de incógnitas y contradicciones, de él depende y a él se remite. Nace justamente de la decisión de marxistas de todo el continente de pulir y aceitar el arma de la crítica; de interpretar la realidad con criterio científico; de afirmar los principios forjados en el duro yunke de la lucha de clases internacional, en el mismo momento en que por diferentes vías acometen la tarea de alcanzar la unidad social y política de los trabajadores latinoamericanos y organizar a los pueblos del continente para la lucha antimperialista y socialista. Se pone en movimiento para ser vehículo de búsqueda y afirmación, de investigación y debate, tras el objetivo de recomponer en un nivel superior las fuerzas humanas, teóricas y organizativas de los revolucionarios marxistas en América Latina y el Caribe y de allí a todo el mundo. Está en sus manos para resistir la ofensiva del enemigo y preparar la contraofensiva de nuestra clase y nuestros pueblos.

 

Octubre de 1991