La luz de Venezuela

En una semana más comenzará en Caracas el IVº Congreso del Partido Socialista Unido de Venezuela. Mucho debería esperar la militancia latinoamericana de las conclusiones que allí surjan. Es presumible que también Washington aguardará los resultados, para definir si lanza o no la agresión desde hace mucho programada y siempre postergada por el temor de entrar a una ciénaga sin fondo.

Enemigos pero también amigos de la Revolución Bolivariana se preguntan en el mundo cómo es que el gobierno de Nicolás Maduro ha podido sostenerse pese a la muerte de Hugo Chávez, la escalada sin precedentes de Estados Unidos para derrumbarlo, la insurrección de una porción considerable de las clases medias y, sobre todo, los efectos demoledores de la guerra económica, con sus secuelas inmensamente costosas en términos de producción y distribución de bienes, en inflación desenfrenada, en degradación de las relaciones sociales.

Por supuesto la primera y más obvia respuesta a esa incógnita es que el Estado Mayor político-militar ha sabido mantener la unidad; que cuidó igualmente el entrelazamiento de masas populares y Fuerza Armada. Falta decir, sin embargo, para no convertir esos datos en consignas con menos y menos significación, que la unidad de las dirigencias, la mancomunidad de trabajadores, pueblo pobre, sectores medios comprometidos, cuadros y bases militares, plasma en una organización común y eficiente para el combate en todos los terrenos, dentro y fuera del país: el Psuv.

No es una afirmación fácil para estos tiempos. Aun así, resulta imprescindible: la clave está en el Partido. Lo sabía Chávez cuando en 2006 lanzó la idea de su construcción, a contramano de las corrientes de opinión y pensamiento por entonces dominantes.

Ahora viene la prueba de fuego: que todos esos afluentes y muchos más de diversa naturaleza, durante las sesiones de los días 28, 29 y 30 de julio, coronen las numerosas reuniones y encuentros preparatorios con un debate sin cortapisas sobre las acechanzas a la Revolución, acuerden un programa de acción y logren conformar cuerpos dirigentes que expresen la realidad del Partido sobre la base de reafirmar la transición al socialismo.

 

Responsabilidades

Delegadas y delegados al Congreso tendrán presente la inmensa responsabilidad que les cabe para el futuro de Venezuela. Es necesario agregar más peso a esa carga. La humanidad está otra vez ante una encrucijada sufrida tres décadas atrás: continuidad de la victoria cultural del imperialismo o contraofensiva anticapitalista. Aunque poco o nada se hable de esto, está a medio camino la estrategia planificada por los cerebros del imperialismo como continuidad de la batalla ganada cuando acabó desmoronándose la Unión Soviética, en 1991.

Ahora es Venezuela el punto de apoyo para la palanca de la contrarrevolución en ese entramado de nociones y sentimientos profundos que es la cultura. En el diseño Nicaragua complementa el objetivo de cerco y aniquilamiento, presentada como el desenlace sangriento de otra revolución fallida. A Cuba, en cambio, tras medio siglo de ataque sistemático, se la presenta ahora como en camino de regreso, a la busca de la salvación en las leyes del mercado. Respecto de Bolivia están a la espera de las cercanas elecciones presidenciales que, así lo esperan, la hagan vulnerable al relanzamiento de calumnias y sabotajes contra Evo Morales.

No importa cuán falsas sean aquellas alegaciones. Con sus poderosísimos medios de difusión pueden apoyarse en dificultades reales, en errores y desviaciones históricamente insoslayables aunque a menudo intolerables en sus manifestaciones concretas. Gracias a ellas pueden ensayar una reedición ampliada de la estafa planetaria que presenta al capitalismo como solución de todos los problemas de la humanidad y al socialismo como causa de penuria y violencia. El objetivo es apagar el faro de la Revolución Bolivariana e imponer otra vez, llovido sobre mojado, el oscurantismo capitalista, abonado como otro fracaso en la búsqueda del socialismo.

Frenar ese curso –y hacerlo a escala mundial- es una exigencia inapelable, impostergable. Son inconmensurables las fuerzas dispuestas para ese combate en el terreno internacional. No es menos verdad que carecen de eje y estructuración para ponerse de pie y dar la batalla. Es todo un dato que así parezcan comprenderlo los organizadores del IVº Congreso. En un borrador de los documentos presentados a la discusión afirman:

“Valoramos la responsabilidad que nos corresponde al convocar el IVº Congreso del PSUV, organización política que tiene la tarea, junto a las fuerzas revolucionarias y el pueblo, de desarrollar los 5 grandes objetivos históricos legados por nuestro Comandante Eterno Hugo Chávez, como programa revolucionario de estos tiempos y del porvenir y convocar el instrumento orgánico para su realización que es la Vª Internacional”.

 

Palabras y hechos

Existen franjas de la izquierda revolucionaria, comprometidas en la lucha contra el capital en sus definiciones, pero a menudo distantes de una evaluación acertada de las relaciones de fuerza a escala internacional e internas en cada país. A la abrumadora campaña de prensa mundial contra Venezuela se suman así, como factor de confusión y a menudo de desmoralización, ataques acaso basados en críticas ciertas, muchas veces palpables y suficientemente graves, pero desconectados del contexto global y, peor aún, limitados a la condena. Hasta donde se puede ver, esos ataques carecen del único factor que los haría útiles para resolver errores, desviaciones y hasta traiciones: un programa de acción para rehacer y fortalecer la unidad social y política de los trabajadores y el pueblo venezolanos tras la bandera de la Revolución.

Han proliferado en los últimos meses denuncias de todo tipo. Incluso si se pone de lado la percepción de que varias de ellas colocan ante todo la lucha por el poder entre facciones o individuos, resulta evidente la desmesura en ciertas acusaciones que sin explicitarlo llaman a un frente único para derrocar a Maduro.

Hay cuadros valiosos, a quienes a priori resulta difícil imaginar corruptos o traidores, involucrados en un curso de acción suicida, que los arrastra a la corriente contrarrevolucionaria impulsada por el imperialismo. En la hipótesis negada de que tal curso se impusiera significaría el fin de todo vestigio de Revolución y la propia autodestrucción de quienes así actúan.

Unidad es la primera y principal consigna. Dicho esto, es preciso subrayar que el llamado a la unidad ha sido a lo largo de la historia mundial un instrumento para acallar la crítica, para encubrir un curso de acción contrario a la transformación, para imponer direcciones corrompidas y someter a las mayorías.

En Venezuela la unidad de las grandes masas, de éstas con las autoridades del Psuv, con el gobierno y la Fuerza Armada, es para salir del marasmo económico, acabar con la corrupción, hacer valer el poder de los trabajadores urbanos y rurales, de los estudiantes, hombres y mujeres comprometidos con la transición al socialismo. Y esto no puede ser la reiteración de frases y consignas sino, permítaseme la reiteración, la realización inmediata y concreta de un programa de acción. Sin eso no habrá unidad, llámela quien la llame.

En el marco general de los documentos fundacionales del Psuv y el nutrido acervo acumulado desde entonces, lo que cuenta como clave, como única conclusión eficiente del IVº Congreso, es la combinación de un plan de acción para detener ya, sin demora ni excusa posible, la mano asesina de la burguesía local e imperialista. Condenar a los corruptos. Apartar a quienes han “saltado la talanquera” (como tan elocuentemente señala el habla venezolana). Corporizar en la acción un programa de continuidad de la transición al socialismo.

Esto no significa impedir el debate interno. Por el contrario: alentar el estudio de la teoría científica de la transformación social, de los ejemplos en cada una y todas las revoluciones, confrontar libre y francamente opiniones sobre esas bases, es una condición para mantener a la vez la unidad y la continuidad de una línea de acción anticapitalista y antimperialista.

Es una demanda muy grande. No obstante, puede esperarse que el IVº Congreso del Psuv haga lo necesario para que la luz de la Revolución Bolivariana siga alumbrando el proceso de recomposición de fuerzas anticapitalistas, manifiesta de manera desigual pero consistente en toda América Latina.

20 de julio de 2018

@BilbaoL

“La izquierda latinoamericana volverá al poder, pero con otro liderazgo”

9 de mayo de 2018.- El periodista argentino Luis Bilbao, director de América XXI, afirmó que «los movimientos populares de América Latina volverán a tomar posiciones de poder, pero no con los mismos liderazgos».

Señaló que Argentina y Brasil experimentan los resultados de haber sido inconsecuentes con Venezuela cuando el comandante Chávez planteó estrategias verdaderamente revolucionarias.

Entrevistado por el periódico digital Supuesto Negado, Bilbao hizo un análisis de lo que sucede en materia política en América Latina y recordó que tampoco acompañaron a Chávez en la propuesta de una Quinta Internacional.

Lo que ha pasado en varios países (Brasil, Nicaragua) y en la Unión de Naciones del Sur (Unasur), ¿indica que estamos en un retroceso de la izquierda o en la etapa preparatoria de una nueva oleada?

En un sentido, hay un retroceso, pues es evidente que en Estados Unidos, su Departamento de Estado, la estrategia imperialista ha ganado espacio. Pero yo no lo atribuyo de una manera genérica a un retroceso de la Revolución. Cuando hablamos de izquierda hay que hacer algunas precisiones porque se engloban cosas demasiado diferentes y a veces muy contradictorias. Ese concepto está cada vez más desdibujado. Prefiero hablar de fuerzas revolucionarias, socialistas o anticapitalistas. En ese sentido, no hay un retroceso de ese conjunto de movimientos, pero sí ha habido, claramente, una derrota letal de todas las fuerzas reformistas que han tenido, en algunos casos, un cariz progresista, y en otros ni siquiera eso, y que no quisieron acompañar la propuesta revolucionaria de Venezuela y particularmente del comandante Chávez en su momento. No quisieron acompañar el ingreso al ALBA (Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América), no quisieron acompañar la constitución del Banco del Sur, la moneda única latinoamericana. Incluso, tampoco acompañaron a Chávez en la propuesta de una Quinta Internacional. Ahora se está pagando el precio de esas inconsecuencias.

Bilbao subrayó que «la conducción revolucionaria venezolana previó circunstancias como las que se están viviendo e hizo todo lo posible para fortalecer las estructuras, las organizaciones y las tendencias que decían ser anticapitalistas o antiimperialistas, pero que en algunos casos no lo eran implícitamente y en otros casos no lo eran porque en la práctica no condecían con sus discursos». El proceso que se está viviendo ahora es, a su juicio, una especie de depuración que pondrá en claro qué organización es realmente revolucionaria y cuál es pequeñoburguesa, reformista o con algunos atisbos antiimperialistas pero que no asumen la propuesta de transitar hacia un sistema diferente.

Añadió que en varios de los países latinoamericanos se ha pretendido reformar el capitalismo, avanzar en sentido social desde el mismo capitalismo, y eso tiene límites muy concretos. «Esos fueron los casos de los gobiernos de Brasil y Argentina, que se negaban por completo a una definición netamente antiimperialista y anticapitalista. Quisieron cabalgar en los dos sentidos, quisieron reformar el capitalismo con un sentido humanista y eso, ya se ha demostrado cabalmente, es imposible. Lo que estamos viendo ahora es la evidencia de esa imposibilidad. Por eso no se puede decir que sea un retroceso, sino más bien, una posibilidad de avance, porque en la próxima fase, que en mi opinión ya está comenzando, no tendremos que lidiar con este tipo de organizaciones que se impusieron en estos países con su proyecto de reforma capitalista».

El entrevistado se anticipa a alguna pregunta sobre el hecho de que tampoco en Venezuela se ha logrado una venturosa transición al socialismo, sino que se han producido efectos económicos desastrosos. «Eso es cierto, pero no ha sido la transición al socialismo lo que ha producido esos efectos, sino la fuerza contrarrevolucionaria que se lanzó sobre Venezuela para impedirle desarrollar la potencia de una propuesta anticapitalista. Es evidente que se paga un precio muy caro por tratar de traspasar esa frontera, pero ese precio es responsabilidad particularmente de nosotros los argentinos y de los hermanos brasileños que no pudimos constituir una fuerza para ponernos a la par del proyecto que estaba desarrollando el comandante Chávez y que luego siguió el presidente Nicolás Maduro».

¿Esa nueva etapa, que usted considera que ya ha comenzado, se daría con los mismos líderes de la vez anterior o con otros? Por ejemplo, ¿Luiz Inácio Lula Da Silva y Cristina Fernández de Kirchner volverían al gobierno, pero con una reflexión hecha, un enfoque nuevo?

Definitivamente no. En el caso de Cristina Fernández, eso está muy claro porque ella perdió tres elecciones sucesivas. La población le dio la espalda a su proyecto. En el caso de Lula no ocurre exactamente lo mismo, como tampoco se puede comparar, en absoluto, al Partido de los Trabajadores brasileño con las fuerzas que se sumaron al kirchnerismo en Argentina, pero de todas maneras me parece demasiado evidente que cuando estuvo en jaque el gobierno de Dilma Rousseff, el del PT, el de Lula, si queremos decirlo así, las masas no salieron a defenderlo. Y no lo hicieron porque ya el proyecto originario del PT había sido alterado, no había sido consecuentemente sostenido por Lula ni por Dilma. Así que en ninguna hipótesis esa nueva etapa será con los mismos liderazgos.

¿Qué puede decirse en el caso de Rafael Correa, en el que un sucesor autorizado e impulsado por él (Lenín Moreno), está desarrollando una estrategia aparentemente contra-revolucionaria?

Acá tenemos también una experiencia muy importante. No es el mismo caso de Argentina y Brasil, aunque el compañero Correa quiere identificarse con estos dos procesos, lo que me parece un error estratégico de su parte. Lo que ocurrió en Ecuador fue también la indecisión frente a un programa de transición al socialismo, el tratar de cabalgar a dos aguas. También tenemos la negativa de Correa y de los principales líderes de su proyecto a construir un partido revolucionario, lo que sí se hizo en Venezuela. Ellos se negaron a constituir una Quinta Internacional cuando la propuso el comandante Chávez. Luego ocurren estas cosas aparentemente incomprensibles, como que el candidato elegido por Correa para la sucesión se da vuelta en el aire y empieza a aplicar una estrategia invertida al proyecto originario. Allí queda la certeza de que hace falta un programa, una estrategia y una organización seria, con cuadros, con liderazgos, para llevar a cabo una propuesta revolucionaria.

¿El retiro en bloque del grupo de países con gobiernos pro estadounidenses hiere de muerte a la Unasur?

No diría que la hiere de muerte en este momento, pero subrayaría el hecho de que Unasur está estructuralmente debilitada y poco menos que quebrada desde hace mucho tiempo. Incluso, en vida del comandante Chávez, ya Unasur no funcionaba como debía. Argentina y Brasil, con gobiernos supuestamente progresistas y antiimperialistas, se negaron a ingresar al ALBA, que era un nivel superior de definición ideológica y política, se negaron al Banco del Sur y a la moneda única latinoamericana. Con eso frenaron el movimiento y dejaron espacio para que posteriormente, cuando se impusieron las fuerzas conservadoras en esos países, pudieran romper con Unasur. Ahora puede sobrevivir, pero como una fuerza indefinida en lo esencial. El verdadero eje de la estrategia para quienes ansiamos una verdadera política antiimperialista y anticapitalista es el fortalecimiento, el desarrollo, la ampliación del ALBA, no solamente con gobiernos sino con estructuras nacionales, para que podamos incorporarnos los integrantes de toda aquella enorme fuerza militante que en el resto de América Latina comparte los proyectos, las estrategias, las definiciones del ALBA, pero sus gobiernos no están en ella.

En el caso de Nicaragua, visto el conflicto surgido alrededor del tema de la seguridad social, ¿no será que a Daniel Ortega le está pasando lo mismo que a los gobiernos que quisieron cabalgar entre capitalismo y socialismo?

No. Creo que es diferente, aunque debo admitir que no conozco el caso en detalle. Sí es cierto que hay una reticencia o una toma de distancia respecto a una política de transición franca al socialismo. Cuando uno mira objetivamente el proyecto de Daniel Ortega para resolver el problema previsional, debe coincidir con él en que es imprescindible tomar esas medidas. El problema es que esas medidas están enteramente dentro del marco de un cuadro capitalista. Aquí pongo de ejemplo el caso argentino, donde se ha criticado mucho al gobierno de Macri por la reforma previsional que hizo, y en muchos sentidos es correcto criticarlo, pero desde el punto de vista real es imposible, bajo el modelo capitalista, sostener el sistema previsional argentino, que es bastante amplio y avanzado, sin hacer esos ajustes. Esto lleva a la reconfirmación de que, en el sistema capitalista, tarde o temprano siempre pagan las masas por las crisis estructurales. Es parte del modelo que estas crisis las deben pagar los pueblos, no las clases dominantes, no las trasnacionales ni las burguesías.

¿El cambio de mando en Cuba (con la elección de Miguel Díaz-Canel) qué expectativas genera en este sentido?

Creo que hay un cambio de nombre y de generación en el ejercicio inmediato del poder. Eso es positivo, sobre todo porque se pudo hacer con toda tranquilidad desde el punto de vista político y social. Ahora bien, en Cuba, como en cualquier otro país, está planteada la discusión de cómo hacer para resolver los dramáticos problemas económicos de nuestros pueblos: ¿con el concurso de la economía de mercado o buscando profundizar la economía socialista, es decir, la planificación y la participación popular? Allí ese debate también va a darse. Lo seguiremos muy de cerca, con mucha esperanza, con mucha expectativa y con mucha confianza en la historia de la Revolución Cubana. En ese caso creo que están dadas las mejores condiciones para que tenga un desenlace positivo.

Siempre queda la posibilidad de que salga por ahí otro Lenín Moreno…

En Argentina decimos «que en lugar de pato salga gallareta»… Pero yo creo que podemos confiar. En todo caso, pero la batalla está planteada porque siempre habrá fuerzas que propongan resolver los problemas del socialismo con recetas de mercado.

Argentina: se afianza el plan de saneamiento y aumenta la tensión social

Detrás del ruido tiende a consolidarse el proyecto de saneamiento capitalista y afianzamiento del bloque burgués.

Ocurre tras el vendaval de mayo: devaluación, retracción económica, disminución del consumo, caída del salario real, aumento del desempleo y la pobreza, actos, cortes de calles y paro de la CGT, cambio de ministros y rectificaciones de última hora. Gran confusión, temores y un saldo neto.

A la caída económica del último trimestre le seguirá más recesión con alta inflación en los próximos meses. El dólar llegó al precio necesario para gobierno y empresarios. Es probable que con diferentes recursos se logre remontar la actividad antes de fin de año. Diferentes consultoras avalan trascendidos del gobierno según el cual esperan un crecimiento de 1,5% para 2018. Para el año próximo la expectativa es de 1,8%. En paralelo se acentuará el ajuste fiscal. El salario real caerá. Crecerá el desempleo y el empleo de baja calidad; se avanzará en la racionalización del sector público.

Esto lleva a mayor conflictividad social y exigirá más contorsiones a las cúpulas sindicales y la pseudo oposición burguesa. Pero no debería dar lugar a confusión sobre realidad y dinámica de la relación de fuerza entre las clases.

Hacia fines de abril el capital financiero internacional promovió la detonación de la crisis a la que había alimentado por todos los medios. Ellos determinaron la corrida al dólar, articularon la furiosa campaña mediática, extremaron presiones externas e internas. En la base estuvo el aumento de tasas de interés en Estados Unidos, letal para una economía basada en el endeudamiento constante; además un factor local de carácter coyuntural: la combinación de inundaciones y sequías disminuyó abruptamente los ingresos por exportación cerealera. Y envolviéndolo todo, la comprobación de que los irreparables desequilibrios del sistema no se corrigen gradualmente y en calma social.

Con la totalidad de la iniciativa política en sus manos, el bloque burgués asimiló el impacto de estas y otras dificultades y las enderezó en perjuicio directo de las mayorías.

En medio del torbellino este sector dominante ganó espacio económico, poder político y afirmación estratégica. Para ello intervino el Fondo Monetario Internacional con un préstamo excepcional de 50 mil millones de dólares para consolidar –en menor plazo del previsto- el plan de saneamiento. También se recurrió al cambio de calificación del país de “fronterizo” a “emergente” (según las vacuas y arbitrarias categorías impuestas por manipuladores de oficio), lo cual debería redundar en mayor facilidad para el ingreso de capitales especulativos.

Al cabo de un mes de zozobra, todo se resume a un desplazamiento en las relaciones de fuerza en el conjunto granburgués, cambio de ritmo para aplicar las medidas de salvataje y drástica devaluación del peso (menos de 20 en enero, más de 28 a fines de junio).

 

Complemento indispensable

Al otro extremo y como parte del mismo juego, la Confederación General del Trabajo (CGT), decretó una huelga general para el 25 de junio. Decretar es el verbo correcto. No se trata de una convocatoria a los trabajadores. Mucho menos de un proceso de asambleas obreras y populares para decidir un plan de lucha y contraponerlo a la estrategia del capital. La mayoría de la cúpula cegetista está alineada con el frente amplio burgués constituido en torno al presidente Mauricio Macri. Hay disidencias internas con esa posición. Quienes las mantienen responden a intereses empresariales propios, a sectores subordinados y acorralados de la burguesía y a necesidad de autodefensa de sindicalistas a punto de ir a la cárcel por sus negocios ilegales. Todos convergen sin embargo en la huelga, destinada a obrar como válvula de escape: se reabre en pocas semanas la revisión de Paritaria y las cúpulas deben mantener el control.

A la “turbulencia cambiaria” le puso sal y pimienta el peronismo, al aprovechar la coyuntura para presentarse como reemplazo institucional de Cambiemos en las presidenciales de 2019. La CGT y otras siglas sindicales subieron al último vagón de esa misma ilusión. Espectáculo al margen, no hubo riesgo de “helicóptero” (la fuga de Macri como De la Rúa en 2001). Eso marginaliza aún más a las raleadas huestes de la ex presidente Cristina Fernández, lo cual no garantiza una reelección del actual elenco el año próximo, pero excluye el retorno al poder de la protoburguesía advenediza que exprimió su golpe de suerte entre 2003 y 2015. Hoy puede ponerse en duda la reelección automática de Macri, pero es posible excluir una victoria electoral de Fernández o alguien de los suyos. En cuanto al resto del peronismo, cualquiera de los innumerables nombres en fila para pedir el puesto de candidato presidencial deberá antes dar prueba de incondicional sumisión a la continuidad de la política actual. El frente amplio burgués consiste precisamente en esto: disputar con apariencia democrática el poder, sobre la base de un saneamiento indispensable para que el agonizante capitalismo argentino tenga un exangüe período de sobrevida.

De esto se desprende el dato principal de la coyuntura política argentina: los trabajadores, las juventudes, la masa popular urbana y rural explotada por el capitalismo, no están presentes en el escenario político; no tienen voz propia frente a la encrucijada definitiva de la nación. Reparar esa omisión es la gran tarea. El futuro dirá si los hombres y mujeres que pueblan la Argentina de hoy están hechos con el material necesario para cumplirla.

22 de junio de 2018

Legalización del aborto: victoria trascendental en el 40º aniversario de la desaparición de Inés Castellano

En el país donde nació el Papa se aprobó el pasado 14 de junio una ley que permitirá la interrupción voluntaria del embarazo. Dicho de otro modo, menos cómodo para el Vaticano y sus epígonos locales: Jorge Bergoglio no pudo evitar la legalización del aborto en Argentina.

Impensable un mejor homenaje de la Historia para Ana María Piffaretti, luchadora feminista y militante por el socialismo, secuestrada el 28 de junio de 1978. La llamábamos Inés en la clandestinidad de aquellos años de resistencia a la dictadura.

Días antes del zarpazo la mafia de la AFA y otra del mismo jaez, presidida por un torpe asesino ultracatólico apellidado Videla, habían triunfado en el mundial de fútbol.

Mafia es un modo abreviado de decir “asociación delictiva en defensa de la sociedad capitalista”. Abreviado y equívoco. Porque no se trata de excrecencias contra natura. Manipulación de un pseudo-deporte, violencia militar salvaje, enajenación religiosa, son funciones vitales para la sobrevivencia del sistema.

Como sea, el hecho es que 40 años atrás fue secuestrada Inés. Casi en el aniversario exacto de su desaparición forzada el aparato institucional de la burguesía fue obligado a salir del oscurantismo católico. La sociedad, con las mujeres a la vanguardia, dio este paso adelante sobreponiéndose a un retroceso sin precedentes de la lucha de clases en Argentina.

Inés era una joven revolucionaria marxista, internacionalista. Educada en escuelas de monjas. Fuerte, firme, como un roble en el vendaval. En los últimos años de la década de 1960, antes y después del Cordobazo, junto a un grupo de estudiantes rebeldes, llevaba la noción de “planificación familiar” a las familias obreras de Córdoba. En la organización que integraba teníamos claro que la esposa tradicional era un freno para el obrero que despertaba a la conciencia y la lucha. Que no habría revolución social sin emancipación de la mujer. Pródiga en todo, Inés emprendía aquella tarea militante con ímpetu especial. Seguiría haciéndolo años después, bajo otra dictadura, con obreras y obreros de la planta Ford-Pacheco, donde utilizaba su lugar como nutricionista para continuar la batalla por las ideas, para reorganizar fuerzas pese a las condiciones impuestas por el terrorismo de Estado.

Evoco esos momentos y recuerdo su convicción al explicar a mujeres reticentes el significado de su propia libertad, de romper con las sujeciones de la falsa moral burguesa, de las imposiciones de la iglesia, del marido inconsciente, de la familia incapaz de ver cuánta opresión hay en la forma de amar a los suyos. ¡Cómo relucía su bravura!

Brilló mucho más a poco andar, cuando debimos compararla con la cobardía militar, la complicidad ensotanada, la omisión de ciudadanos aterrados por la represión, confundidos por la ausencia de una genuina vanguardia, sumisos por atavismos sólo superables en períodos de alza revolucionaria.

Aun así, 40 años después aquella labor de Inés -y de miles como ella- ha dado fruto. Magro y agridulce en comparación con lo anhelado y necesario; extraordinariamente significativo para la realidad argentina, su pasado cercano y su futuro.

 

Apropiación burguesa de nuestras reivindicaciones

Cuando una exigencia social se vuelve invencible, el sistema apela a la apropiación del objetivo para cambiarle el significado. El impetuoso movimiento de mujeres en Argentina acumula fuerzas a escala masiva desde hace tres décadas o más. Con el precedente de una lucha obrero-estudiantil que marcó rumbos en los 1960 y 1970; con el sacrificio de miles como Inés, pero también de otros tantos varones que en diferente grado comprendieron la urgente e insoslayable exigencia de bregar por la emancipación de la mujer si es que de verdad se lucha por la emancipación social, por el socialismo. Así se llegó a la conquista institucional de legalización del aborto.

La reacción ya es visible. Comentaristas de radio, televisión y prensa escrita al servicio de la iglesia, escupen odio hasta niveles intolerables. Pero a todos ellos les ganó Francisco, quien fuera de control reveló en un discurso improvisado su verdadera condición: «El siglo pasado todo el mundo era escandalizado por lo que hacían los nazis para cuidar la pureza de la raza. Hoy hacemos lo mismo pero con guantes blancos», dijo con el rostro descompuesto.

El dulce Francisco llamó nazis a la mayoría de los diputados/as que votaron la ley; a cientos de miles de personas, sobre todo mujeres jóvenes, que se movilizaron en cada Capital y acorralaron a los legisladores; a las decenas de millones que apoyamos el significado esencial de esa ley. Silente durante la dictadura, Bergoglio califica hoy como nazi al pueblo argentino.

Eso se llama sangrar por la herida. Y exponer las entrañas. El ultraderechismo del papa queda a la luz en su raíz ideológica con esta comparación falaz, tramposa, descontrolada por la ira y la frustración. De aquí puede inferirse la beligerancia extrema de su conducta futura. No trepidará en recurrir a los peores excesos, incluso la violencia terrorista, ejercida por señoritos enajenados de Barrio Norte y fascistas de prosapia camuflados en la masa de desocupados donde con financiación vaticana operan para manipularlos. Bergoglio hará lo imposible por no quedar en la historia como modelo del fracaso.

El Vaticano no se lo perdonará. Autodenominado Juan Pablo II, Karol Wojtyla llevó a Polonia a una contrarrevolución sin precedentes. Aun adoptando de manera oportunista el nombre Francisco (la consecuencia lo obligaba a llamarse Ignacio, pero esto era demasiado frontal contra el Opus Dei), Bergoglio no pudo impedir que en su país cayera una columna del dogma católico, pese a intervenir descaradamente para manipular organizaciones sociales y políticas; pese a que apeló a los más bajos recursos para lograr votos a favor del No.

Su extremismo será aprovechado por quienes se aprontan a adueñarse del éxito de una poderosa fuerza social, con raíces históricas y proyecciones políticas. Sólo necesitan buscar lo que sesudos representantes del poder establecido denominan “punto medio”.

Tienen cómo intentarlo: de las 100 mujeres integrantes de Diputados gracias a la ley de cupo, 50 votaron a favor del proyecto, 49 se pronunciaron en contra, una se abstuvo. Pero no sólo aquellas que traicionaron su condición femenina cuentan en la próxima confrontación.

Habrá una batalla singular en el movimiento de mujeres, cualitativamente superior a la que pudo verse hasta ahora en multitudinarios Encuentros anuales. El pensamiento y la acción revolucionarias tienen una prueba severa por delante. Sin distinción de género. Se trata de impedir la subordinación institucional del poderoso movimiento expresado en el Congreso el 14 de junio.

 

De Argentina, para América Latina

A retaguardia en todo sentido, y aun así alcanzando la legalización de aborto, Argentina se ubica en ese punto a la vanguardia del continente.

Vale repetirlo una vez más: el sistema mundial pretende presentar al gobierno de Mauricio Macri como contraparte ejemplar de la propuesta revolucionaria simbolizada por Venezuela y el Alba.

Aunque una mayoría en el movimiento de mujeres no lo admite, fue Macri quien habilitó en febrero pasado el debate parlamentario de una ley sobre el aborto. Cada quien puede hacer la suposición que mejor entienda para explicar ese paso inesperado. Incluso la vacua alusión al intento de tapar con esto la gravísima situación económica.

El hecho es que alguien -que no necesariamente integra el poder ejecutivo- buscó ejes temáticos de confrontación asimilables por el sistema capitalista y desafiantes para posiciones de avanzada, reales o no. De aquí en más quienes articularon esta exitosa operación, buscarán cobrar el rédito. Dentro y fuera de Argentina.

Apenas horas después de la votación en Diputados, los bloques del peronismo (Federal y kirchnerista), anunciaron que apoyarían el texto en el Senado. Cristina Fernández y su esposo bloquearon durante 12 años la presentación de proyectos a favor de la despenalización del aborto. Fernández explicó su giro en redondo por la presión de su hija. Poco tiempo atrás transvasó 4 millones de dólares inexplicables en su poder a una caja de seguridad de su hija. Ahora le transpasa la responsabilidad por este descarado oportunismo. Es de esperar que miles de mujeres cuyo abnegado compromiso con la lucha por la votación positiva en Diputados contribuyó con el resultado, saquen todas las consecuencias de esta conducta sin otro principio que la salvación individual. En cualquier caso, el oficialismo cobrará su cuenta.

En política internacional, único punto en el que el gobierno Macri aplica efectivamente una línea de acción estratégica, se pretenderá hacer aparecer este hecho sobresaliente como resultado de la superioridad del capitalismo sobre los propósitos de transición al socialismo. Venezuela y los gobiernos del Alba tienen aquí uno más de sus innumerables desafíos. Y no será menor.

En esta batalla nacional e internacional ya iniciada cabe a la militancia revolucionaria marxista un lugar decisivo. No con palabras –mucho menos gritos destemplados- sino con acciones sabiamente definidas como perspectiva antisistema para el movimiento de mujeres. La coincidencia de la votación de esta ley con el aniversario del secuestro de Inés reafirma una mirada optimista hacia el futuro. Está probado: el coraje fructifica.

 

16 de junio de 2018

@BilbaoL

 

 

 

 

 

 

 

Movilizaciones y perspectivas en Argentina

Durante el mes pasado hubo un aumento notorio de movilizaciones por reclamos económicos, culminadas con dos concentraciones numerosas: el 25 de mayo, bajo la consigna “La Patria está en peligro”; una semana después, otra movilización retomó el nombre de una demostración de los 1990: Marcha Federal. En ambas se denunció el nuevo acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.

Enmascarada la primera tras nombres de la farándula, el núcleo que acompaña a la ex presidente Cristina Fernández articuló el acto contra el FMI. Participaron también algunos sindicatos y agrupamientos barriales, igualmente incapacitados para convocar en su nombre, con éxito, al amplio conjunto confrontado con el Fondo. Como reflejo de las fuerzas que bullen bajo la superficie el primer llamado congregó miles de voluntades dispersas. Al margen de posicionamientos políticos, el grueso de la población identifica al FMI con la opresión imperialista. El rechazo al nuevo convenio stand by a punto de concretarse es abrumadoramente mayoritario en todas las encuestas.

La segunda movilización se articuló en torno a estructuras teledirigidas por la iglesia católica. También en este caso operaron personeros del Vaticano que no pueden dar la cara para convocar a la militancia. Las columnas principales llevaban como estandarte fotos del papa Jorge Bergoglio e imágenes de santos y vírgenes. Detrás, pancartas de Barrios de Pie, Corriente Clasista Combativa, Movimiento Evita. A continuación, organizaciones como el Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT, PO, PTS y otras) e Izquierda al Frente (MST, Nuevo más y otras). A la retaguardia destacó la presencia de Héctor Daer, Juan Schmid y Carlos Acuña (los tres secretarios generales de la CGT), quienes no subieron al palco, como sí lo hicieron el titular de Camioneros Pablo Moyano y el de Bancarios, Sergio Palazzo. Al finalizar el acto Daer y Schmid informaron que la CGT se reuniría el 7 de junio para decidir cuándo convocar a una huelga.

Contra todo antecedente, la prensa comercial anunció desde una semana antes que esta Marcha Federal “reuniría 200 mil personas” en la Plaza de Mayo. Los convocantes no repitieron una de sus consignas preferidas hasta poco tiempo atrás: “Clarín miente”. Es que la operación política esta vez parecía favorecerlos. Como ariete de grandes capitales los medios operaron en las últimas semanas para obtener una devaluación aún mayor del peso (-21% en mayo). Alentar pronunciamientos contra el gobierno fue uno de los instrumentos que utilizaron. Circunstancialmente la gran burguesía que sostiene a Macri -aunque sea como la soga sostiene al ahorcado- creyó conveniente azuzar el cuco de una movilización que en los hechos estuvo muy por debajo de lo anunciado y mostró ausencia de cohesión y conducción política. Además provocó un generalizado rechazo en la población que vive o trabaja en la Capital Federal, por el colapso de tránsito producido por cortes de calles y centenares de ómnibus llegados desde el interior y el conurbano bonaerense. Las imágenes del Papa tuvieron más protagonismo que los intendentes peronistas del Gran Buenos Aires pero no está claro si ellos o las estructuras eclesiales asumieron el costo multimillonario de la movilización.

Como sea, lo cierto es que con paros, marchas docentes y otros numerosos reclamos, la Capital del país volvió a vivir casi cotidianamente durante todo el mes un estado caótico, como en los peores tiempos de Cristina Fernández o aun antes, en los prolegómenos y postrimerías del colapso en 2001.

Detrás de éstas y otras expresiones del hondo descontento dominante en la sociedad están los efectos devastadores de la crisis estructural del capitalismo argentino (sólo en mayo las ventas minoristas cayeron un 4,8%). Desatada en la última semana de abril, ésta no es una crisis circunstancial. Es la repetición, con apenas variaciones mínimas, de los ahogos conocidos durante décadas. Las causas detonantes fueron llevadas al paroxismo en los períodos de Néstor y Cristina Kirchner (12 años) y ahora se multiplican en el intento por sanear el sistema en manos de un elenco catapultado al poder precisamente por el rechazo social al llamado kirchnerismo.

Todo indica que en junio este estado de reclamos puede sostenerse, con incluso la perspectiva de una huelga general convocada por la CGT, irremediablemente dividida. La propuesta de desgastar a Macri hasta ponerlo en fuga y, con un peronismo remozado, recuperar el poder político, obra a favor de acciones conjuntas de la cúpula cegetista.

¿Desembocará este crescendo de protestas puntuales en una movilización general de trabajadores, juventudes y clases medias? ¿Trascenderán los reclamos económicos hacia una demanda de naturaleza general? Dicho de otro modo: ¿marcha el país hacia una crisis política y la posible caída del gobierno de Mauricio Macri?

Un sector del espectro político parece convencido de que esa dinámica es inexorable. Dada la gravedad de la crisis de fondo, tal perspectiva está siempre presente a condición de que una movilización del conjunto social rompa la unidad de las clases dominantes, lo cual podría ocurrir a partir de un colapso de la economía local arrastrada por la cada día más amenazante crisis económica en Estados Unidos y la Unión Europea.

Tal panorama no está a la vista en el corto o mediano plazos. Hay turbulencias en las economías imperiales y no faltan conflictos interburgueses en Argentina. Pero si bien la tormenta cambiaria de mayo dio vuelta como un guante la percepción general sobre la situación nacional, el hecho es que en lo esencial nada ha cambiado: la relación de fuerza entre las clases se ha desplazado sólo para favorecer más aún al capital. El frente amplio burgués maneja todas las palancas, incluidas las de la movilización de calle, en la que decenas de miles de trabajadores y jóvenes rebeldes son manipulados por estructuras al servicio de la continuidad del sistema.

 

La trampa

Argentina continúa atrapada entre el gobierno de la burguesía establecida y una oposición variopinta, hegemonizada por lo más corrupto del aparato peronista, hoy con peso singular de la iglesia. Se trata en realidad de un gobierno de frente amplio burgués enfrentado con una pseudo oposición igualmente procapitalista.

Aquél, heterogéneo, unido por el espanto tras el ensueño de saneamiento y recomposición del sistema. Ésta, compuesta por las diferentes fracciones del Partido Justicialista, un sindicalismo ajeno a las bases y en la mayoría de los casos conducido por empresario con patente de sindicalistas, más un conjunto inestable de aparatos políticos del Gran Buenos Aires, usufructuado por punteros que se venden al mejor postor y ahora están en franca negociación comercial con el gobierno al que aguijonean para aumentar su propio precio.

El gobierno se aúna en torno a un programa de saneamiento al que denomina “capitalismo serio”. Igual denominación para la misma quimera esgrimida por Néstor Kirchner desde 2003 y Cristina Fernández en las presidenciales de 2007, cuando su modelo de país era Alemania. Un plan de supuesta “seriedad capitalista” es la única respuesta que tienen, otra vez, las clases dominantes ante la amenaza de un colapso inmanejable, prefigurado por los sucesos de diciembre de 2001.

La pseudo oposición, dividida en mil fracciones inconciliables, tiene sólo dos objetivos en común. Primero, impedir la continuidad del saneamiento institucional burgués que ya ha encarcelado a decenas de ladrones de toda laya (excluyendo, claro está, a quienes hoy tienen cargos oficiales). Segundo, pero de primera importancia, recuperar las palancas del poder del Estado para continuar con la conformación de una “nueva burguesía nacional” a punta de saqueo y corrupción como ya ensayaron con éxito relativo entre 2003 y 2015.

Quienes arrebataron esas palancas en 2015 en favor de la antigua burguesía establecida las utilizan ahora con idéntica fruición, acaso con algo más de estilo, pero con el mismo futuro: hundimiento del país y aceleración hacia una crisis general. Por lo pronto, esta fracción hegemónica del capital establecido ha logrado llevar a la cárcel a ex ministros, sindicalistas y hasta el vicepresidente del régimen anterior. Pero está en la mira la ex presidente, amenazada con la misma suerte de altos miembros de su cohorte, hoy alojados en diferentes cárceles sin que haya una sola movilización que reclame su libertad.

Debilitar a Mauricio Macri y avanzar todo lo posible por el camino de la desestabilización (la amenaza del helicóptero), es ante todo un instrumento de chantaje para negociar la inmunidad de la ex presidente y el freno al juicio y expropiación de sus cuantiosos bienes y los de quienes la acompañaron.

Como nadie podría levantar semejante bandera ante las masas para obtener su apoyo, se esgrimen reclamos contra el aumento de tarifas, aumentos salariales y hasta la oposición al FMI, mientras tras bambalinas negocian con el gobierno para eludir los juicios. Ésa es la naturaleza verdadera de quienes encabezan el descontento social por estos días.

Tampoco nadie podría enfrentar los justos reclamos de los trabajadores para defender un mero cambio de rostro en los saqueadores. Por eso el gobierno y los suyos enarbolan consignas como República, decencia, desarrollo. Si la pregonada “seriedad” de los Kirchner culminó en el gobierno de Fernández y Boudou (oprobio sin precedentes en nuestra historia), se puede esperar un desenlace análogo para el elenco actual, calificado por los liberales como “kirchneristas con buenos modales”. Sólo bastaría que estos lograran afirmarse en el poder para que la reaparición inexorable de la crisis muestre que los buenos modales de la gran burguesía se transforman de la noche a la mañana en desembozado fascismo.

Hay muchos, millones, impactados por los efectos demoledores del sistema capitalista, personificados en el nombre de Macri, alentado por todos quienes acusan al individuo para ocultar el sistema. Pero no son menos quienes, vivida la experiencia de doce años de cleptocracia pseudopopular, vacilan a la hora de optar entre la inepcia elitista de Cambiemos y el aquelarre peronista.

Esa es la trampa. Entre mentiras, guiada por maniobras de la mayor bajeza y pseudo dirigentes a la medida de la tarea que realizan, discurre a mediados de 2018 la política argentina.

 

Las urnas, factor decisivo

En las cúpulas que encabezan las movilizaciones de estos días no hay en juego proyectos de país, ni convicciones ideológicas, ni programas de redención nacional y social. Hay elecciones. Y usufructo de angustiosas necesidades de las mayorías. Faltan 16 meses para las presidenciales de 2019 pero cada paso del conjunto de organizaciones políticas y sindicales está dictado por ese objetivo.

Cambiemos (Pro, UCR y otros), están lanzado a la reelección de Macri y a aumentar el espacio ganado al peronismo en las arrolladoras legislativas de noviembre pasado. Figuras claves del gran capital que actúan en sordina aspiran a destruir definitivamente al PJ tal como se lo conoció hasta ahora y reconfigurar la CGT para ponerla sin bemoles a su servicio. No es una suposición sin fundamentos objetivos. La comparten incluso gobernadores de origen peronista, como Juan Urtubey de Salta y Juan Schiaretti de Córdoba, embarcados en el mismo objetivo.

Sectores del PJ se empeñan en mantener sus feudos, olvidar las elecciones del año próximo y posicionarse con miras a 2023. En cambio, otras fracciones peronistas están convencidas de que “hay 2019” (Rodríguez Sáa dixit). En otras palabras: que el próximo año el PJ unido puede derrocar a Macri y recuperar la Casa Rosada.

Lo mismo vale para las cúpulas sindicales, que tienen un problema adicional, semejante al que afronta la ex presidente y los suyos: en el plan de saneamiento institucional la burguesía pretende expurgar el aparato sindical. El gobierno pretende no sólo quitarse una piedra del zapato, sino también lustrar su chapa de decente ante una sociedad harta, que reconoce y repudia a los ladrones institucionales aunque no logra identificarlos como producto necesario del sistema capitalista. El encargado de llevar a cabo esa tarea de selección y limpieza es el ministro de Trabajo Jorge Triaca, hijo de un símbolo mayor en la corrupción sindical y efectivo operador de Macri. Allí todo se negocia y en estos momentos el gobierno cambia correcciones en la ley de reforma laboral por rechazo a la huelga general o, cuanto menos, su realización pro-forma para volver al día siguiente a la mesa de negociación, siempre con elecciones y candidaturas en el medio.

Igual objetivo electoralista ha hecho presa de las tendencias infantoizquierdistas. Sería incorrecto incorporarlas sin más al festival de repartija del poder en el que están inmersas las corrientes burguesas. No obstante, es evidente que asumen incondicionalmente reclamos de la pseudo oposición con el exclusivo fin de ganar espacio en la carrera por obtener cargos, sea en el Congreso Nacional, en legislaturas provinciales o municipales. Estos agrupamientos no hacen una crítica radical al capitalismo. Vociferan contra el alza de tarifas y cuestionan al FMI como forma demagógica de ganar simpatías, pero no cuestionan el sistema.

Por lo demás, numerosos tendencias barriales y estudiantiles que sí han mostrado voluntad de luchar por el socialismo, han caído también en el electoralismo, o bien buscan su espacio subordinándose a fracciones peronistas ajenas por completo a semejante objetivo.

La conclusión es clara: no existe hoy en Argentina una fuerza revolucionaria organizada, visible ante el conjunto de la población, que proponga en los hechos –y no sólo en discursos de 1º de mayo- una respuesta a la coyuntura por fuera del marco del sistema. Basta observar la posición frente al alza de tarifas para comprobar que ésta no es una afirmación caprichosa.

Tal panorama político explica la pasividad de la clase trabajadora, del mismo modo que ésta explica a su vez el margen de maniobra de falsas conducciones sindicales o políticas y la debacle de direcciones de izquierda. El agitativismo endógeno de agrupamientos que en ningún caso involucran a la clase no puede ser confundido con movilización social. Incluso los partidos con mayor espacio son insignificantes en comparación con cualquier organización política real de los trabajadores, internacionales o nacionales, del pasado o incluso del arduo presente.

Hay sindicatos con movilizaciones diarias de un aparato armado a tal efecto, que no involucran ni al 0,1% de sus afiliados en el lugar mismo donde llevan a cabo sus protestas. Se ha conformado una suerte de industria de marchas y cortes de calles por los reclamos más diversos, nominalmente justos, que desquician la vida de la sociedad con cortes de calles en perjuicio de quienes viven o trabajan en la Capital Federal. Tal vez hace falta recordar que la abrumadora mayoría de la sociedad está compuesta por trabajadores. A ellos afectan estas medidas irracionales. En ellos acumulan malestar general y odio particular contra los manifestantes. A menudo buena parte de quienes llevan a cabo estas acciones son honestos militantes manipulados por cúpulas eternas de aparatos sindicales o políticos.

La burguesía hace estragos en la conciencia y la organización de la clase trabajadora frente a semejantes conductas de sindicatos y organizaciones que se presentan como revolucionarias. Un caso sobresaliente es el del gremio docente. Algunos de los incontables sindicatos llaman a paro tras paro, sin otro argumento que la necesidad de aumento salarial. Nadie explica por qué los salarios docentes son miserables desde hace décadas y por qué los gobiernos de los que ellos formaron parte sólo agravaron el problema; por qué la escuela pública está en total decadencia y la enseñanza degradada en todos los niveles.

Los paros docentes tienen cada vez menos respuesta positiva de maestras y padres. Para el gobierno resulta fácil denunciar las medidas de fuerza, no pagar el día de huelga y mostrar las cifras cada vez menores de adhesión a los paros (los pseudo dirigentes dicen “acatamiento”, sin comprender todo lo que revelan con esa palabra). Pero con la palabra que utilicen, nadie puede ocultar que más de la mitad de los docentes a escala nacional se niegan a continuar con tales medidas. En otras palabras: el gobierno vuelca a las bases a su favor y en contra de las direcciones sindicales. Las cúpulas que impulsan esta política suicida están asociadas con Cristina Fernández. Pero hay corrientes de izquierda con peso considerable en lugares puntuales de este gremio, que no se diferencian sino en tratar de gritar más que los titulares de los sindicatos.

Si como todo indica la CGT llama finalmente a un paro general, éste seguramente tendrá la contundencia habitual de medidas de este tipo en Argentina, pero en el actual contexto no será un escalón en la acumulación de fuerzas para emprender una estrategia de cambios genuinos, sino una válvula de escape para el malestar general. No habrá un cambio en las relaciones de fuerza entre las clases y la única incógnita es si el día después el gobierno decidirá o no continuar el juicio que ha emprendido contra la familia Moyano y otros titulares de aparatos sindicales.

 

Trabajar por la recomposición y estar alertas

Ya desde el gobierno de Barack Obama los estrategas imperialistas señalaron a Argentina como punto de apoyo para un eje hemisférico contra la permanente amenaza de deriva revolucionaria en cualquiera de nuestros países.

Como es sabido, hicieron centro en Venezuela y los países del Alba para intentar debilitar y eventualmente aplastar los intentos de transición al socialismo en nuestro continente. Se propusieron acabar con Unasur, paralizada ya desde hace años. Simultáneamente, neutralizar la Celac y revitalizar la OEA en su condición de Consejo de Indias.

En ese esquema Argentina debía ser el modelo de solución capitalista virtuosa a la crisis regional, en contraposición al alegado fracaso de la transición al socialismo en Venezuela.

La prensa comercial y la intelectualidad al uso propagó, sobre todo después de la victoria electoral de Macri, la idea de rotunda e irreversible victoria de Washington y las burguesías locales. No pocos se dejaron convencer por esta argumentación, que ciertamente tiene puntos de apoyo sólidos: fracasaron sin atenuantes gobiernos populistas y reformistas. Notoriamente los de Brasil y Argentina, falsamente presentados como motores del cambio en la faz política de América Latina a partir de la estrategia de Hugo Chávez y la creación del Alba. El matrimonio Kirchner y el PT desestimaron y en la práctica rechazaron esa estrategia. Así terminaron.

Envuelto en sus propias mentiras el capital confundió deseos con realidad y se proclamó victorioso cuando apenas estaba en medio de la primera gran batalla de un guerra prolongada. Ya con la destitución de Pedro Kukzynsky en Perú y el rotundo fracaso de la cumbre de las Américas en ese país, en abril pasado, quedó demostrada la inviabilidad del Grupo de Lima. Washington probó que estaba muy lejos de reimplantar su hegemonía. La separación de Venezuela del Mercosur puede contarse como otro tanto a favor de la reacción, pero sólo a condición de olvidar que este bloque procapitalista se traba por sí mismo desde hace años y resulta ineficiente, más bien un estorbo, para las burguesías de Argentina y Brasil.

Mientras tanto los hombres de gris en la Casa Blanca comprobaron que en Brasil no habría gobierno estable por largos años y es más probable esperar allí a mediano plazo una implosión a la medida del gigante latinoamericano. Idéntica perspectiva constataron en Colombia a partir de la primera vuelta electoral. Y el cuadro se completó con la convicción –basada en encuestas de todo signo- de que en México ganaría el bloque encabezado por Andrés Manuel López Obrador.

No obstante, el golpe más duro para Washington tuvo precisamente los rostros de Macri y Maduro: en Argentina reapareció la crisis y sepultó el plan –menos mentiroso que tonto- de “ajuste gradual” indoloro; en Venezuela fue imposible derrocar al gobierno de la Revolución Bolivariana mediante la guerra económica y mediática. Peor aún: Maduro fue reelegido en contundente votación, sobre todo en comparación con el caudal de apoyo con que cuentan los presidentes de la región.

Washington no logra mantener la iniciativa que retomó por un instante. No hay vencedor neto. El plan de aplastar la estrategia de transición al socialismo y colocar en su lugar un capitalismo travestido, capaz de reconquistar el corazón y la conciencia de 600 millones de sus víctimas en América Latina, se revela una escuálida superchería.

Venezuela atraviesa una dramática situación económica, lo cual hace más significativa y trascendente la conducta de un pueblo organizado y consciente en defensa de su Revolución y de la perspectiva socialista.

En el hemisferio la relación de fuerzas no impulsa ahora mismo la perspectiva anticapitalista, pero tampoco pesa a favor del imperialismo. El signo de la próxima etapa está en disputa. En cada país ese balance es diferente, pero en Brasil, México y Argentina, la burguesía no tiene ventaja suficiente como para garantizar su iniciativa a mediano plazo.

Tiene razón la neosocialdemocracia superizquierdista en Argentina al suponer que en este cuadro puede ganar terreno parlamentario y afirmar sobre esa base sus organizaciones. Yerra sin embargo al desconocer la dimensión latinoamericano-caribeña como su propio terreno de combate. En cambio carecen de perspectiva estratégica quienes optan por aliarse a corrientes populistas comprometidas desde hace medio siglo con las derrotas del proletariado y el pueblo argentinos.

La militancia revolucionaria tiene por delante el camino de la recomposición de fuerzas marxistas, a la par de la búsqueda de unidad social y política de las grandes masas.

Recomposición implica algo diferente de unidad, aunque en cualquiera de sus tramos ambos términos estarán imbricados en un tejido imposible de establecer a priori. Sí está claro que la recomposición es inseparable de la participación efectiva en la lucha de clases y el combate político a escala internacional y regional. En ese sentido, es potencialmente mortal el desconocimiento de la confrontación en curso con el imperialismo por parte de los gobiernos del Alba.

Desestimar o subvalorar la presencia activa en ese gran combate equivale a cercenar toda perspectiva para una organización que se reivindica anticapitalista. Lo mismo vale para el caso de sumergirse en la lucha continental y desatender la afirmación en la teoría científica de la lucha de clases, la asimilación de las grandes experiencias de la revolución mundial, para afrontar y eventualmente enfrentar los errores y desviaciones que necesariamente se dan y continuarán dándose en las filas de la Revolución.

A la vez, es preciso estar alerta porque una realidad de achatamiento político y relativa calma social puede transformarse súbitamente en situación pre-revolucionaria, en la cual la militancia marxista tendrá su prueba de fuego.

No es por acaso que la Otan acaba de incorporar a Colombia y simultáneamente reactiva su base en Malvinas. Por un lado, queda comprobado que la marcha de los procesos en Venezuela y el Alba no son reversibles por vía de elecciones democráticas y requieren eventualmente el recurso de la guerra (como la que actualmente han iniciado en Nicaragua, llevando a una escala mayor la práctica de las guarimbas en Venezuela dos años atrás); por otro, está claro que la inestabilidad se ha instalado de manera permanente en México, Brasil y, aunque en menor medida, también en Argentina. El único recurso del gran capital frente a los riesgos que esa inestabilidad implica es la violencia a gran escala y ésta es inseparable de la transformación de actuales regímenes democrático-burgueses en formas neofascistas para mantener el control social.

En el crecimiento y la penetración social del narcotráfico está prefigurado el desarrollo de otro flagelo: el fascismo. Se ha utilizado este concepto para identificarlo con la violencia extrema y la violación de derechos civiles y garantías constitucionales. Pero es mucho más que eso. Es la utilización de sectores marginalizados de la sociedad para lanzarlos contra el proletariado y cualquier otro sector que pretenda defender las formas democráticas de relacionamiento social.

Cualquiera sabe el papel del PJ y todas sus fracciones en el crecimiento del narcotráfico desde los tiempos de Carlos Menem. El fenómeno creció vertiginosamente después de 2001. Ahora se descubren altos funcionarios de todos los partidos envueltos en el mismo crimen. También es conocida la responsabilidad de jefes policiales, jueces de todo nivel, titulares de sindicatos y legisladores de todos los partidos incrustados en el Congreso a fuerza de narcodólares para inverosímiles campañas electorales. Destacan en este submundo mafioso altas dirigencias del negocio del fútbol, del juego, así como de aparatos de inteligencia. Ante el reclamo de la población contra el narcotráfico –bajo demanda de seguridad- Macri aprovechó la ocasión y propuso sumar a las fuerzas armadas al combate contra este enemigo a la vez palpable, difuso, omnipresente.

Sin embargo la amenaza mayor del narcotráfico desde un punto de vista estratégico, en el marco de crisis capitalista, es que crea ejércitos de individuos privados de toda racionalidad y libertad, a la vez que articula aparatos militares capaces de obrar con mayor inhumanidad que los propios jefes militares actuantes durante la dictadura de 1976. Si en la Italia y la Alemania de los 1930 el fascismo se cimentó en capas sociales lumpen, resultantes de guerras, crisis económicas y desocupación masiva, en Argentina –como en México, Perú y Brasil- la argamasa social para edificar un fenómeno análogo está en el detritus de la crisis capitalista local: bandas narcotraficantes y decenas de miles de adictos arrojados a la más abyecta marginalidad.

Bienpensantes de la pequeña y mediana burguesía (y también amplias franjas del proletariado, convencidas de que por tener trabajo son “clase media”), no toman conciencia de este binomio fatal: narcotráfico y crisis capitalista. Y al votar encargan al zorro el cuidado del gallinero.

Quienes de manera oportunista llaman a manifestarse contra el FMI y los aumentos de tarifas con el objetivo de ocupar un lugar en las próximas elecciones carecen del mínimo necesario para resolver esta encrucijada estratégica en la historia argentina. A la vez, como ya se ha subrayado, no existe una alternativa con proyección de masas.

De modo que no hay atajos y es ineludible el compromiso con la recomposición de fuerzas marxistas en Argentina, en América Latina y todo el mundo que logremos alcanzar. Abordamos esa tarea con todos quienes están dispuestos a luchar por la unidad social y política de las grandes masas. Y junto con nuestra incondicional solidaridad, hacemos llegar a los gobiernos del Alba el llamado a un tratamiento urgente, orgánico y riguroso, de estos temas trascendentales.

4 de junio de 2018

@BilbaoL

 

Significado de la derrota imperial en Lima

Hay un significado estratégico determinante en el resultado de la cumbre de las Américas llevada a cabo en Lima el 13 y 14 de abril. Dicho en pocas palabras: la balanza hemisférica se volcó, otra vez, en contra de Washington y sus súbditos.

Adelantábamos en América XXI con fecha 19 de febrero último: “Tal vez al vetar la presencia de Venezuela los gobiernos de Argentina, Colombia y México completen la saludable tarea de demolición definitiva de ese esperpento anacrónico denominado ‘Cumbre de las Américas’”.

Ocurrió. El esperpento no volverá a levantarse. Si acaso, será un cadáver insepulto, como la OEA. Su caída es el símbolo de lo que estuvo en juego y del resultado. Ante la derrota, la prensa comercial del continente carece incluso del sentido del deber y la valentía necesaria para admitirla. Al día siguiente de clausurada la cumbre de las Américas en Lima, los comentarios políticos de los tres diarios principales en Argentina omiten el tema. Ni una palabra.

Comprenden el significado demoledor del hecho a la vista: los presidentes fueron arrastrados por una fuerza para ellos desconocida hacia la asunción de su insignificancia en el gran juego que siquiera entienden. Y el jefe, que tampoco entiende, no estaba presente. Dudoso Estado Mayor para ganar una guerra.

Sus panegiristas no pueden admitir que a ese encuentro presidencial fueron 14 de ellos. Que del total de votos posibles apenas una tercera parte apoyó lo exigido por la Casa Blanca.

No pueden admitirlo porque el saldo muestra como ganador al gobierno de Venezuela. Ganador en la coyuntura interna. También ante la historia. Pero en primer lugar en la feroz lucha continental por la correlación de fuerzas entre revolución y contrarrevolución.

En nombre de la tolerancia y la democracia, los organizadores prohibieron la participación del presidente Nicolás Maduro. Decíamos con fecha 26 de marzo: “Hay un plan internacional en marcha para deslegitimar la elección presidencial del 20 de mayo en Venezuela”. Las múltiples artimañas desplegadas para lograr ese objetivo convergieron en el encuentro de Lima. Allí fracasaron todas. La inmoral campaña contra Venezuela en primer lugar.

Trump fugó del oprobio inexorable y encargó la misión imposible a Mauricio Macri. Michel Temer (5% de aprobación en Brasil), Juan Santos (en vías de salida, despreciado por las fuerzas políticas que podrían sucederlo y por el conjunto de la población) y Enrique Peña Nieto (perdedor en cualquier hipótesis en las cercanas presidenciales de México), acompañaron al presidente de Argentina. Antes Macri recibió la asesoría del talentoso y exitoso presidente español Mariano Rajoy, quien viajó especialmente a Buenos Aires y completó el empujón que llevó a la hoguera al presidente argentino.

Con exacto sentido de la dimensión estratégica de la coyuntura, el presidente Evo Morales llevó a Caracas su balance del encuentro: “Hay una enorme contradicción en algunos presidentes de Suramérica”, dijo tras la reunión con Maduro. “El pueblo boliviano está con la Revolución Bolivariana de Venezuela (…) Estamos convencidos de que vamos a continuar con nuestras revoluciones democráticas en América Latina (…) Los presidentes revolucionarios no necesitamos reconocimiento de gobiernos sumisos al imperio”.

Maduro concluyó: “si la Cumbre de las Américas en Mar de Plata representó el entierro del Alca, la Cumbre de Lima representa el final de las Cumbres de las Américas”.

Con Canadá como vicario y Macri como mano ejecutora del imperio en retirada, la cumbre debía denunciar con credibilidad y peso práctico a la Revolución Bolivariana de Venezuela, aislar a Nicolás Maduro y deslegitimar las elecciones del próximo 20 de mayo.

He defendido la idea de que la estrategia imperial, desde los tiempos de Obama, ante la evidencia de la debacle en Brasil y sus imprevisibles consecuencias, consistía en fortalecer un eje Washington-Buenos Aires. Ese plan tambalea ahora. Macri no se atrevió a condenar el ataque estadounidense a Siria. Pero pidió que no siguiera la escalada. Insuficiente para alinearse con el extendido rechazo de la población argentina al crimen de Washington. Suficiente para ser repudiado por Trump: su vicepresidente le negó la reunión bilateral en el último minuto. El trémulo discurso del presidente argentino no alcanzó para obtener apoyo de la cumbre contra Maduro.

En enero de 2004, al término de la cumbre extraordinaria en Monterrey, México, tras una contundente participación de Hugo Chávez, quienes lo acompañábamos supimos que el avión de regreso no enfilaría a Caracas. Iba a La Habana. Cuba no podía participar de esas reuniones. Fidel fue al aeropuerto a recibir a Chávez. Allí, en una tensa madrugada, se hizo un rápido balance que continuaría después hasta el día siguiente.

La curva de los acontecimientos tuvo un largo trayecto antes de llegar a esta repetición simbólica. Como resultado de otra derrota estratégica del imperio, Cuba podía estar presente en Lima. Raúl Castro devolvió la moneda a Washington y declinó su asistencia.

Evo hizo allí un discurso demoledor. En un encuentro titulado “Gobernabilidad democrática frente a la corrupción”, dijo el presidente boliviano: “El verdadero desafío está en desmontar el sistema mismo en el que prospera la corrupción: el sistema capitalista”. Y agregó: “El capitalismo es el peor enemigo de la humanidad y del planeta, sus crisis no son coyunturales, son propias de este modelo de producción y consumo”. Faltaba algo y Evo no retrocedió: “Hay que decirlo con toda claridad: la principal amenaza contra la libertad, la democracia, contra la madre tierra y contra el multilateralismo es el gobierno de Estados Unidos. No tengo miedo de decirlo, de frente y abiertamente”.

Después enfiló hacia Caracas. Los intelectuales orgánicos del capital todavía no han reaccionado, para medir hasta qué punto este golpe pone en peligro los planes de Macri en Argentina. No se atreven: Maduro ganará las elecciones; Temer, Santos y Enrique Peña Nieto saldrán del escenario por la puerta trasera. Ahora el saldo regional puede volvérsele contra Macri fronteras adentro. Sólo le queda confiar en que no hay alternativa revolucionaria. Razón insuficiente para ser la contraparte continental de Venezuela y el Alba.

Giros y contragiros de la historia. No es preciso leer a Homero para saber lo inconsistente que es detenerse en medio de una batalla y darse por vencido.

15 de abril de 2018

@BilbaoL

 

 

 

 

 

Con la Revolución Bolivariana

Hay un plan internacional en marcha para deslegitimar la elección presidencial del 20 de mayo en Venezuela. Pretende ser el anteúltimo eslabón. El último, en la estrategia para aplastar el proceso regional iniciado con la victoria de Hugo Chávez en 1999, sería detonar la violencia a través de fuerzas mercenarias respaldadas por la Casa Blanca, el Grupo de Lima y varias capitales europeas.

Frente a tal coyuntura y dada la decisión de discontinuar la edición impresa de estas páginas y centrar esfuerzos en su edición digital (ver pág. 7), y más aún por el propósito de poner en pie un semanario de alcance continental, es oportuno poner en discusión el papel de la prensa contestataria en el mundo actual.

América XXI nació en abril de 2003 para defender la Revolución Bolivariana “informándole a América Latina lo que sucede en Venezuela y a Venezuela lo que sucede en América Latina”, sobre la base de un explícito alineamiento con posiciones antimperialistas y anticapitalistas. Lo sigue haciendo.

Tras la muerte de Chávez América XXI respaldó al presidente Nicolás Maduro y la dirección político-militar que lo acompaña. Lo sigue haciendo. No ignora la quinta columna que traba y socava su poder. Y no siempre estuvo ni está de acuerdo con cada medida adoptada en Miraflores, la Casa Amarilla o el ministerio de Economía. Esto era así incluso cuando gobernaba el comandante y amigo Hugo Chávez, motor decisivo para la aparición y permanencia de esta revista (dicho sea de paso, dotado de un espíritu democrático como para considerar normales las disidencias expuestas en estas páginas, a menudo de calibre mayor). Con todo, nunca América XXI tuvo el propósito de exigir líneas de acción a una dirección revolucionaria para que tomase tal o cual medida, en tal o cual ritmo, para la transición al socialismo. Muchos menos la altanera y frívola intención (hija de la cobardía, podría decirse), de influenciar a los hombres y mujeres responsables de la dirección de este singularísimo proyecto emancipador.

Ante todo, porque América XXI fue concebida y dirigida como plasmación periodística mensual de un amplio frente único antimperialista. También por la certeza de que es imposible el socialismo en un solo país. Expandir al máximo posible la conciencia de que el capitalismo no puede reformarse, que es imprescindible su abolición y la edificación de otro sistema social, es la tarea primordial de un proyecto de transición y de los medios comprometidos con tal propósito. Impulsar la organización de fuerzas antimperialistas y anticapitalistas a escala internacional es otro objetivo, inseparable del anterior. Es lo que hizo Chávez. América XXI lo acompañó.

Idéntico criterio privó en relación con el presidente Maduro, contra quien se lanzan hoy injurias y acusaciones de todo tipo. Quienes lo hacen, incluso señalando falencias o errores reales, incurren en un análisis subjetivista, metafísico, de la situación venezolana y se abstraen de la historia y la realidad mundiales.

Esta es una época determinada en última instancia por la agonía del capitalismo mundial y la ausencia de una dirección con la fuerza suficiente para levantar ante el mundo la bandera del socialismo. La teoría científica de la transformación social lleva casi un siglo de constante caída, con apenas destellos de continuidad y superación. Con el imperialismo a la carga y las izquierdas confundidas, degradadas y dispersas como nunca antes, un mínimo de sensatez y buena lógica concluye en que el reflejo de esa debacle en Venezuela y los países del Alba tiene carácter de necesidad histórica. En mayor o menor medida, según las características de cada proceso y las circunstancias concretas, ese acervo negativo de alcance mundial ha de manifestarse en cualquier proceso de transformación social.

Sólo el pensamiento idealista supone que un pueblo movilizado tras una vanguardia nacida en el marco de la crisis mundial del pensamiento y la acción revolucionarios puede eludir las trampas del pragmatismo, el voluntarismo y otras tantas desviaciones predominantes en las izquierdas a escala planetaria.

Críticos que en diferentes latitudes tienen como toda estrategia la obtención de una banca parlamentaria y, en sus momentos de ocio denuestan a quienes están en primera línea del combate, no pueden ser un modelo a seguir. Tampoco la adhesión a tal o cual persona, por confianza en ella. La única brújula posible es el programa de acción y la consecuencia, en las circunstancias dadas, con los objetivos proclamados.

 

Venezuela en la encrucijada

Hoy Venezuela atraviesa una situación dramática. En buena medida es el resultado de la tenaza imperialista y sus aliados en la región, eficientemente acompañada por gobiernos considerados “progresistas”, los cuales obraron eficientemente contra la revolución. Por ceguera, cobardía o pertenencia a fracciones de la burguesía.

Esa guerra económica ha tenido efectos devastadores sobre la vida de la población en general, pero también –acaso en primer lugar– sobre la conciencia y conducta de buena parte del conjunto dirigente político-militar. Una mayoría probada de la población mantiene el apoyo a la transición socialista y a la dirigencia que se esfuerza por llevarla adelante. Pero el cerrojo económico y la muerte de Chávez aceleraron la aparición y desarrollo de fuerzas centrífugas, lo cual repercute a su vez en mayor desconcierto para franjas de la sociedad alineada con la Revolución.

Sólo hay un camino para vencer la guerra económica, timoneada por Washington y aplicada por la burguesía local: acelerar al máximo en la transición al socialismo. Ocurre que no todos lo entienden así. Y no faltan quienes están francamente en contra de tal perspectiva. Esto debilitó la unidad interna y creó una relación de fuerzas en cuadros altos y medios que vino a combinarse con la existente en el plano regional y mundial, para menguar la capacidad de acción de la dirección revolucionaria socialista.

En abstracto no es desacertado decir que la situación actual tiene su base en los errores, omisiones y desviaciones del gobierno y el Partido Socialista Unido de Venezuela. Pero… ¿de dónde provienen esos errores, omisiones y desviaciones? De nada vale el gesto profesoral frente a una crisis si no se asume aquella relación de fuerzas, el trasfondo histórico mundial antes señalado y, en la base, la realidad de una economía atrasada, dependiente, profundamente deformada por el capitalismo rentista y semicolonial.

Proliferan por estos días voces denunciando que la economía desquiciada y la incertidumbre social fueron objetivos conscientes de Maduro para acabar con la Revolución. Con tal interpretación se llega incluso al extremo de llamar a un golpe de Estado para derrocarlo. Nadie en las filas de tales disidentes ha presentado el programa, la estrategia y la organización necesaria para remontar la crisis. Sólo una incalificable irresponsabilidad o la aviesa intención de provocar un retroceso mortal de la Revolución Bolivariana pueden explicar semejante conducta.

Está en juego la transición al socialismo. Y el tremendo impacto negativo que –en la hipótesis negada de una derrota– tendría sobre toda América Latina. Las disidencias sin programa, estrategia y propuesta organizativa van objetivamente en favor de una derrota profunda de la transición anticapitalista, por muy correctas que sean algunas de sus críticas.

Mantener la unidad de las amplias masas, gobierno, Partido y Fuerza Armada, es un objetivo primordial para afrontar lo que viene. El cerco internacional se ha cerrado y una franja hegemónica de las burguesías regionales se encolumna tras el Departamento de Estado en el propósito de derrocar a Maduro y acabar con el ejemplo bolivariano. Aunque la firmeza del gobierno venezolano y el amplio respaldo popular y militar con que cuenta hacen vacilar a los promotores de la violencia injerencista, no es improbable que en las próximas semanas o meses la contrarrevolución, a la cabeza de la alianza variopinta de los enemigos de Maduro, se lance a la aventura golpista.

Por el momento, recrudece la campaña de calumnias, desinformación y guerra económica en la esperanza de que las penurias de la población, prolongadas ahora por la postergación de las elecciones hasta el 20 de mayo, lleven a la población a un voto en favor de la oposición burguesa.

Sin embargo los vientos están cambiando y las coyunturales relaciones de fuerzas continentales pueden ser revertidas. El grupo de Lima ha quedado en ridículo con la renuncia de quien se autodenominó perrito faldero de Washington. En México hay chance de que pierdan los partidos tradicionales y sea elegido Andrés Manuel López Obrador, un hombre que sin estar por fuera y contra del poder establecido, asegura defender el petróleo, el fin de los crímenes de Estado y la decencia administrativa, con lo cual expresa la rebeldía sorda del ciudadano común. En Colombia, si bien lo más probable a esta altura no es un triunfo de Gustavo Petro, en representación de un amplio espectro opositor, sí parece posible que en la hipótesis hasta ahora dominante, el triunfo de Iván Duque, este representante de la ultraderecha quede arrinconado frente a una paridad de votos sobre la base de una enorme abstención, lo cual le impediría gobernar de manera estable para sus mandantes de la oligarquía tradicional colombiana. A esto se suma la debilidad extrema del presidente usurpador Michel Temer en Brasil. Luiz Inacio da Silva, del Partido dos Trabalhadores, primero a distancia para las presidenciales, según todas las encuestas, está impedido de participar como candidato. Queda ratificado: Brasil no recuperará el equilibrio por mucho tiempo. Con medio cuerpo hundido en la ciénaga económica, Mauricio Macri pasaría entonces a ser un presidente aislado. El amplio burgués-sindical que lo sostiene tal vez pueda mantenerlo en el poder e incluso permitirle ganar las presidenciales de 2019. Pero no podrá ser el alfil de la Casa Blanca para frenar a Venezuela y América Latina.

Es la hora para un salto del Alba. Consecuente con su labor de 15 años, para defender en esta difícil coyuntura al gobierno de la Revolución Bolivariana América XXI continuará bregando por un Frente Único Antimperialista continental. Ésta es una instancia organizativa imprescindible, que puede articularse ya mismo. El activo militante latinoamericano no puede estar ausente en la tarea decisiva de enfrentar la embestida contrarrevolucionaria regional.

Buenos Aires, 26 de marzo de 2018

Abril con definiciones

En uno u otro sentido, abril traerá definiciones trascendentales para el futuro de América Latina.

Tal vez al vetar la presencia de Venezuela los gobiernos de Argentina, Colombia y México completen la saludable tarea de demolición definitiva de ese esperpento anacrónico denominado “Cumbre de las Américas”. Quizá antes en Paraguay se haya firmado el acuerdo Mercosur-UE. Y poco después el Partido Colorado sea otra vez derrotado en las presidenciales el 22. Ese mismo día con certeza Nicolás Maduro ganará las elecciones en Venezuela, aunque quedará pendiente la devastadora crisis económica que, guerra imperial mediante, asuela a aquel país. Para entonces se sabrá también si Mauricio Macri quiebra la resistencia de un sector de la cúpula sindical, tan burocrático y corrupto como los demás, pero por pragmatismo puro hoy enfrentado con el gobierno. Estará a la vista también si la inmanejable crisis estructural de la economía argentina da aliento a la resistencia social y socava la gobernabilidad del heterogéneo elenco macrista, aunque lo previsible es que, sin pausa en el agravamiento del deterioro económico y la penuria social, se afirme el frente único burgués que sostiene al gobierno de Cambiemos. Ese inorgánico pero muy efectivo frente único del capital y sus sirvientes incluye a las cúpulas sindicales no alcanzadas por la errática mano del poder judicial, lo cual garantizaría a corto plazo la estabilidad del régimen presidido por Macri (ver pág. 20).

“De cumbre en cumbre, de abismo en abismo”
Fue la expresión de Hugo Chávez para describir el derrotero invertido de gobernantes y pueblos. Para ahogar de manera supuestamente definitiva a la Revolución Bolivariana Washington ordenó la creación del Grupo de Lima. En su ignominiosa conducta para calumniar la búsqueda de la transición al socialismo encaminada por Chávez, los presidentes de los países integrantes de ese grupo de la vergüenza llegaron al extremo de condenar la elección presidencial en Venezuela antes de que tenga lugar e impedir, violando toda ley y cualquier principio, la presencia de Maduro en la pseudocumbre del 13 y 14 de abril en Lima.

Maduro aseguró que asistiría de cualquier modo y fue más allá: “hablemos de Venezuela, América del Sur y América Latina. Le digo al presidente Macri: no me tenga miedo, convoque como presidente de Unasur a una cumbre y nos vemos las caras”.

Ciudadanos argentinos con sentido de la decencia y el honor sufriremos una intolerable afrenta más si quien ostenta el cargo de presidente no levanta el guante. Afrenta que, como de manera palmaria muestra la historia, será cobrada en su máximo precio cuando llegue la hora. Otros gobiernos latinoamericanos que incurran en la complicidad o el oportunismo sufrirán parejas consecuencias. Es hora de definiciones definitivas, aunque no todo ocurra en abril.

Revolución y contrarrevolución
Quienes fingen que el sistema capitalista mundial sobre el que reposa Estados Unidos está sanando sus heridas de 2008, pueden creer y hacer creer a millones que esta política de rodear y ahogar a Venezuela tiene futuro compatible con la democracia, el desarrollo y bienestar en el resto del continente. No es el caso de quienes tienen conciencia de la continuidad de la crisis, en marcha inexorable hacia la depresión. Ellos saben que las actitudes antidemocráticas, apoyadas exclusivamente en la violencia, del Grupo de Lima, no se limitarán al choque con la Revolución Bolivariana. De manera obligada se traducirán en idénticas conductas frente a los trabajadores y los pueblos de cada país. El fascismo amenaza a América Latina si no sabe enfrentar con inteligencia y coraje la coyuntura que tiene ante los ojos.

Como sea, el panorama a mediano plazo muestra a Macri como hijo putativo de la Casa Blanca enfrentando en el hemisferio a Maduro, él mismo asumido como hijo legítimo del comandante fallecido, junto a una mayoría probada de venezolanos que repite ante las amenazas: “Yo soy Chávez”.

Si estos dos polos se afirman, uno apoyado en el patético Grupo de Lima (no hay allí un solo presidente con aval popular, con relativa excepción de Macri) y el otro en el Alba, la gran batalla estratégica se librará con Caracas y Buenos Aires como polos, con el detalle de que, puesta en marcha una línea de acción hemisférica capaz de ganar la conciencia y el corazón de cientos de millones de seres humanos acosados por la demoledora crisis capitalista, en la Casa Rosada no habría sino un mínimo de apoyo, basado en la oligarquía tradicional, los advenedizos que buscan una porción del pastel y una porción de las clases medias altas dispuestas a todo para mantener la medianía de sus privilegios.

La condición está, como siempre, en la capacidad de dar una respuesta eficiente ante el colapso del sistema global, que una vez más trata de salvarse expoliando sin medida a las economías subordinadas y llevando la guerra a todas partes. Incluida América Latina. Porque si la agresión contra Venezuela culmina finalmente en una intervención militar mercenaria pagada por Estados Unidos y asistida por el Grupo de Lima, iniciaría una guerra de 100 años que no sólo arrasaría al hemisferio al Sur del Río Bravo, También impactaría en el Norte: el equilibrio social y político de Estados Unidos tambalea y el poder establecido está dividido entre quienes sostienen al funambulesco Donald Trump y quienes abogan por un pronto golpe de mano para que la demencia imperial recupere su apariencia de cordura.

19 de febrero de 2018