Macri contra Venezuela

Venezuela debe saber que sólo una ínfima parte de la población en Argentina avala la escalada de su gobierno contra la Revolución Bolivariana.

Debe saber, también, que la sociedad está desmovilizada como nunca antes, confundida, desorganizada, en manos de políticos burgueses unidos en el rechazo al régimen venezolano. En el empeño de ganar las elecciones del próximo año, incluso expresiones centristas-populistas comprometidas en última instancia con el sistema capitalista, se mantienen indiferentes frente los planes impuestos por Washington a un grupo de países de la región para derrocar a Nicolás Maduro.

La operación golpista tiene fecha: el 10 de enero. Es cuando Maduro debe asumir su segundo mandato (2019-2025) de acuerdo con los resultados electorales de mayo pasado. Aquellos comicios fueron desconocidos por la Casa Blanca, acompañada por gobiernos de América y Europa.

La cancillería argentina estuvo a la vanguardia en el apoyo al proyecto del Departamento de Estado obedientemente asumido por Donald Trump. Ahora, mandatarios de 58 países discuten el retiro de embajadores a partir de aquella fecha, así como medidas económicas que agraven la situación del país.

Las escuálidas organizaciones políticas de la burguesía venezolana cuentan con el apoyo de comandos entrenados en Colombia para ingresar a territorio venezolano, actuar como fuerza de choque en operaciones sangrientas y disfrazar, bajo la máscara de una insurrección popular contra Maduro, la invasión a Venezuela.

Macri vacila ante semejante plan. Un sector de su gobierno ve con temor la posibilidad de involucrar a Argentina en una agresión militar por las enormes repercusiones que esto tendría en el continente y, en particular, en Argentina.

Para ocultar su debilidad Macri levanta el tono en discursos sobre la necesidad de “restablecer la democracia en Venezuela”. Su dificultad se agrava por la llegada -el 1º de enero- al gobierno de Brasil de Jair Bolsonaro, quien junto a su vicepresidente proclama abiertamente la necesidad de invadir Venezuela. Lo hace por convicción fascista. Pero principalmente por otras dos razones: ponerle el nombre de Venezuela a la guerra que sin demora lanzará contra el propio pueblo brasileño; y, con pareja relevancia, recuperar para Brasilia el lugar de socio estratégico de Washington en la geopolítica regional.

Esto último afila la lengua de Macri. En tiempos de Barack Obama Buenos Aires fue escogida por la Casa Blanca como punto de apoyo para la estrategia contrarrevolucionaria hemisférica. Trump, mantuvo esa decisión. Pero sobre todo después de la conducta del presidente argentino durante la reunión del G-20 (ver “En qué rumbo marcha Argentina”), Trump muestra intenciones de volver a refugiarse en el apoyo de Brasil, pese a advertencias acerca de prontas convulsiones y eventual ingobernabilidad en ese país.

Como sea, Macri alienta una línea golpista compartida además por el colombiano Iván Duque y el chileno Sebastián Piñera. El riesgo de una agresión contra Venezuela en las próximas semanas es elevado.

 

Es posible frenar la embestida

Venezuela está consciente y alerta frente a la amenaza. El núcleo principal del alto mando político-militar está unido y en aprestos de combate. Estados Unidos no ha logrado abrir una brecha en la Fuerza Armada. Y las crecientes penurias económicas de la población no parecen haber agotado la voluntad de resistencia. El reciente viaje de Maduro a Rusia y la posterior llegada de aviones de combate rusos a Venezuela indican la magnitud de los preparativos defensivos. En la misma línea, la apelación a un millón seiscientos mil milicianos, aunados a la Fuerza Armada, hace titubear a los guerreristas incluso en Washington. Venezuela cuenta además con los gobiernos del Alba. El incendio de una invasión no quedaría reducido a un país.

Con todo, es preciso que toda América Latina se pronuncie contra la amenaza golpista, que a falta de instrumentos propios de la burguesía venezolana tiene su centro de gravitación en los gobiernos citados, en especial el argentino.

Así como en el caso de Macri, sus pares en la región carecen de respaldo popular para llevar a cabo la agresión. Pero al igual que en Argentina, la situación de la clase obrera en Brasil, Perú, Chile e incluso México, no permite pensar en un rechazo activo a partir de su propia iniciativa. Paralizada frente a la necesidad de defenderse a sí misma, la clase trabajadora no puede ahora mismo tomar la vanguardia. No pocas organizaciones que se reclaman antimperialistas parecen no advertir la gravedad de la escalada del capital a nivel continental; desconocen o soslayan la necesidad de enfrentar a Washington y sus escuderos.

Adalid de la supuesta democratización en Venezuela, Macri y su coalición socialdemócrata-desarrollista-ultraconservadora, empeñados en sanear el sistema, más allá de la coyuntura inmediata avanzan hacia una línea de choque frontal con las mayorías. Como Brasil, que está por delante en ese camino de irracionalidad y violencia.

De manera que trabajadores y jóvenes conscientes deben tomar en sus manos, desde el Río Bravo a la Patagonia, la misión histórica de impedir la agresión de Estados Unidos y las burguesías de la región. Esa agresión no es, aunque así se presente en una primera instancia, contra Venezuela. Es contra la actualidad y perspectiva de la Revolución en América Latina, que tiene en los países del Alba un punto de partida y motor invalorable para su desarrollo.

Una vez más es necesario llamar a la creación de brigadas internacionalistas para una vigorosa campaña de agitación y propaganda que impida a Macri poner a Argentina a remolque de la maquinaria guerrera de Estados Unidos.

19 de diciembre de 2018

@BilbaoL

En qué rumbo marcha Argentina

Mientras un considerable número de analistas se solaza señalando el fracaso económico de Mauricio Macri, el gobierno del Frente Amplio Burgués (Fab) sigue su marcha: el costo de producción cayó en septiembre un 15,8% interanual. Lo afirma un estudio de una universidad privada citado por el diario El Cronista. El plan de saneamiento capitalista está lejos de su objetivo, pero avanza sin obstáculos.

En el peronismo federal, en la coalición gobernante Cambiemos y hasta en el propio partido del Presidente existe temor a que el costo de este éxito provoque un estallido inmanejable. Ocurrió en 2001 y el fantasma sigue rondando. Sólo que hoy no están Raúl Alfonsín y Eduardo Duhalde, artífices de aquella explosión reclamada por el capital y realizada en su beneficio.

Hay también críticos satisfechos por los signos de debilitamiento político del Presidente: liberales recalcitrantes que exigen una mayor disminución del salario y los impuestos. Los acompañan infantoizquierdistas convencidos de que el ostensible desgaste político del gobierno les dará alguna banca más en las elecciones del año próximo.

A la fecha es verdad que los efectos demoledores de la caída del PIB (-2,6% para 2018) con inflación (estimado anual del 47,5%) desgastaron la imagen de Macri en términos electorales. Pero esa obvia afirmación está contrarrestada por hechos no menos evidentes: en ausencia de cualquier figura opositora, de aquí a noviembre 2019 el Fab tiene tiempo para recomponer la imagen de su portavoz o buscar otro con idéntico plan de acción (el peronista-radical Roberto Lavagna, por ejemplo). Podrá ofrecer también como logro el freno a la inflación (ya la redujeron al 3,3% en noviembre, frente al 6,5% de octubre); la estabilización del dólar en torno a los 40/43 pesos durante 2019; la mentira de un déficit cero (que al contar pago de intereses supera el 3%), más un aumento siquiera tibio del giro económico a partir de febrero. Esto y la manipulación de las mayorías puede recuperar adhesiones perdidas y aún ganar más, a la vista de la pulverización del peronismo y el deterioro de las izquierdas que sólo tiene un camino para recuperarse pero hasta el momento no lo emprende.

En caso de que mediciones y pronósticos indiquen que Macri puede ser reelegido, además, es presumible que en pleno acuerdo con el Fab el gobierno afloje el nudo que ahoga a la sociedad a partir del otoño para afrontar un calendario electoral que arranca en febrero y culmina con las presidenciales el 27 de octubre en primera vuelta o el 24 de noviembre si es necesaria una segunda. Luego, si se confirmara la reelección, el capital redoblaría la velocidad de ataque e iniciaría, entonces sí, la fase imprescindible del saneamiento para alcanzar el sueño de un capitalismo ordenado con crecimiento y estabilidad.

Es una quimera, claro está, incluso en la hipótesis de que Macri y su elenco socialdemócrata-desarrollista-ultraconservador vuelvan a imponerse en las elecciones. Pero hay espacio para tales utopías porque la desmoralización profunda de trabajadores y estudiantes lleva a una desmovilización social sin precedentes en 140 años de lucha obrera.

Entre los muchos factores locales e internacionales que contribuyeron al desconcierto y la parálisis de las masas en Argentina, sobresale el papel de las cúpulas sindicales, el engaño consumado por Kirchner y su esposa, la influencia poderosa de los aparatos extranjeros de la socialdemocracia y el socialcristianismo y la incapacidad de los destacamentos revolucionarios para comprender la coyuntura histórica y actuar sobre ella.

El hecho es que, dirigidos por multimillonarios más cercanos a la mafia que a la acción política tradicional, o trabados por reformistas dispuestos siempre a la conciliación de clases, los sindicatos llevaron una y otra vez a derrotas que al cabo de años de fracasos confundieron, desmoralizaron y paralizaron a las mayorías. La estafa kirchnerista, acompañada por sectores considerados de izquierda -incluso por restos del Partido Comunista- tuvo el mismo efecto sobre el activo juvenil. Así ganó Macri las elecciones, se mantuvo durante tres años en el poder y, olvidada ya la teoríaopositora del helicóptero, puede plantearse una nueva victoria en las presidenciales, además de ganar mayor espacio en provincias y municipios.

Hay que repetirlo: Argentina está desmovilizada como nunca antes desde la primera huelga general en 1902. Desorganizada como jamás desde la creación de los primeros sindicatos en el último cuarto del siglo XIX. Desorientada incluso más y por más tiempo que cuando Juan Perón huyó al Paraguay de Stroessner y abandonó a su suerte y desarmados a los trabajadores que lo apoyaban.

Después de utilizar como válvula de escape una huelga general en septiembre, la CGT pasó octubre y noviembre amenazando con otra, que finalmente cambió por un bono de 5000 pesos para un tercio de los trabajadores. Simultáneamente, mientras la prensa anunciaba explosiones sociales provocadas por el aumento de la pobreza, las llamadas “organizaciones sociales” negociaban subsidios para garantizar tranquilidad en diciembre. Hasta la fecha todo indica que, si hay disturbios, serán focalizados, con escasa participación y bajo el control de los aparatos de inteligencia y represión.

Sólo personas irresponsables o desesperadas pueden creer que tal desmovilización del conjunto social es reemplazable con pequeños grupos cortando calles en la Capital Federal. Mediante hechos que desquician la vida social ese accionar contribuye con un estado nunca visto de malestar colectivo. Tales hechos son asociados de manera automática con “los piqueteros” y en modo alguno con la crisis del capitalismo. En lugar de echar luz sobre la realidad, contribuyen a fragmentar la sociedad y provocar enfrentamientos entre las víctimas del sistema. Tras este desvío de enorme costo político y mayor riesgo estratégico, hay a menudo individuos que lucran transformando en clientes a personas arrojadas a la marginalidad. También hay diletantes que desfogan su incompetencia con palabrerío. Como sea, el ministerio de Desarrollo Social compró la paz decembrina, excepto con dos “organizaciones sociales” que al parecer pidieron más de lo aceptable para el gobierno y fueron dejadas de lado.

En suma, mientras la sociedad se enajena más y más (“hay que matarlos a todos” repiten ciudadanos incapaces de dar un golpe de puño, frente a ladrones callejeros o “piqueteros” que le cortan el paso); mientras dirigencias partidarias y sindicales se enfrascan en sus propios negocios siempre y cuando no los alcance la ola justiciera que el gobierno y sus jueces aplican con agresividad nunca vista), la baja del “costo de producción”, es decir, esencialmente, del salario real, presumiblemente supera en mucho el 16% señalado por estudio citado.

 

G-20, economía, política interna e internacional

Tales resultados no garantizan el crecimiento de la producción, el desarrollo industrial y la mejora en la calidad de vida de 40 de los 44 millones de habitantes. Pero recompone la tasa de ganancia. Y en el cuadro social señalado, basta para sostener el equilibrio político.

Con la cumbre del G-20 quedó confirmada la afirmación de que el Fab incluye a la burguesía imperialista. Fragmentado y luchando descaradamente por el reparto del mercado mundial, el gran capital reunido en el G-20 coincidió en respaldar a Macri a la vez que intentaba arrastrarlo cada quien a su proyecto.

Un progresismo de utilería olvidó que fueron Kirchner y su esposa quienes en medio del colapso mundial de 2008 dieron la espalda a la unión antimperialista suramericana para sumarse al G-20. Si en aquel momento el paso argentino de sumisión a Washington significaba colaborar con la respuesta imperial a la crisis, ahora la burguesía mundial, sin acuerdo frente a ninguno de los problemas esenciales del momento, tiene otras urgencias aparte de repartirse el mercado. En primer lugar, cerrarle el paso a cualquier salida revolucionaria, lo cual supone aplastar la resistencia de gobiernos y pueblos que intentan con enormes desventajas un tránsito hacia el socialismo.

La reunión de Buenos Aires confirmó hasta qué punto Estados Unidos perdió la hegemonía mundial. Y mostró al Fab argentino tratando de sacar provecho de la pelea entre los grandes. Macri protagonizó un choque público con Donald Trump cuando contradijo al extravagante Presidente afirmando que el desarrollo y la afirmación de China en América Latina es beneficioso para todos. Trump había calificado a China como “economía depredadora”. Macri mandó a su canciller a contestarle y luego remachó la posición en el discurso de cierre de la cumbre. El presidente argentino no es precisamente un paladín antimperialista. Pocos recuerdan hoy su intimidad de antaño con Uribe y Aznar, en el fallido intento de crear la internacional parda. Sin embargo fue el portavoz de Angela Merkel y Emmanuel Macron, así como de los presidentes de China, Rusia e India, contra el intento de Trump de hacer estallar el G-20.

Como balance de la reunión internacional del 30 de noviembre y 1 de diciembre un diario local tituló en tapa: “Relaciones carnales II”, en alusión a la política exterior de Carlos Menem. No por acaso los propietarios de semejante línea editorial acataron la decisión de Cristina Fernández de no participar en la movilización contra el G-20. En su afán por conquistar siquiera un tímido guiño del Fab, el llamado kirchnerismo no trepida en asociarse con el objetivo central del G-20 en la región, diez años después de su refundación con ayuda de Argentina y Brasil: aunar a Argentina con Estados Unidos y Europa frente a la resistencia revolucionaria en América Latina.

Venezuela desapareció de documentos y declaraciones públicas del G-20. Pero fue la moneda de cambio para que Washington digiriera la desobediencia de Macri. Para mantener su ilusión de dueño inobjetable del escenario, en un momento de impotencia tras su reunión privada con el presidente argentino, Trump arrojó los auriculares y dejara plantado al anfitrión, quien inútilmente le pidió que volviera. No obstante, fue la imagen de la impotencia imperial frente a un mundo inmanejable.

El corolario es claro. Macri admite seguir a la vanguardia de un frente único para articular la contrarrevolución regional, a la vez que intenta  lograr un rinconcito en el reparto del mercado mundial: firmó 30 acuerdos comerciales y financieros con Xi Jinping y una veintena con Vladimir Putin. Ninguno con Trump. Compra de grano y carnes, inversiones para minería y petróleo, acuerdos para medios de comunicación y hasta la creación por parte de Rusia de una escuela de matemáticas en Argentina.

No es menos clara la táctica de la viuda de Kirchner: prudencia frente al realineamiento pseudo desarrollista de Macri; silencio absoluto ante la embestida contra el Alba y la Revolución Bolivariana.

Ambos yerran su estrategia. Si algo mostró la cumbre del G-20 es la vigencia, con evidente aumento de velocidad y extensión, de la ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia. Y la ferocidad en la lucha por mercados que ésta desata. Y esto antes de que la economía mundial ingrese a un nuevo período recesivo, previsto para 2019 o a más tardar 2020. En ese marco un programa desarrollistaes una ingenuidad, cuando no es muestra de oportunismo inmediatista en el “sálvese quien pueda” capitalista.

 

Estado y partidos burgueses

Si bien es cierto que avanza en el saneamiento económico, el gobierno falla redondamente en el intento de recomposición del Estado burgués y edificación de nuevos instrumentos políticos. Esto ocurre, desde luego, por la imposibilidad de estabilizar cualquier programa de crecimiento económico en el marco capitalista, más allá de éxitos inmediatos como el que verifica el gobierno del Fab.

Para eludir la teoría del helicóptero, Macri tuvo que adoptar el gradualismoy posponer sin fecha la reestructuración profunda del aparato estatal, imprescindible para equilibrar las cuentas. Junto al pago del fabuloso endeudamiento legado por el gobierno de Cristina Fernández estas medidas sólo podían ser vehiculizadas mediante el flujo de capitales golondrina y el redoblado endeudamiento externo. Las medidas anticrisis de Washington, la baja en los precios de las materias primas agropecuarias y una inesperada combinación de inundaciones y sequía adelantaron el de todos modos inexorable desenlace de semejante experimento. Esto produjo el viraje brusco en mayo de 2018 y el cambio de programa inmediato. Un resultado de otro orden fue el debilitamiento electoral hasta entonces imbatible de Macri, el envalentonamiento de toda la oposición y un recrudecimiento difícilmente manejable de las tensiones en la coalición gobernante.

Como resultado el quidde la cuestión (reforma del Estado, cambio de leyes laborales y fragua de nuevos cimientos para partidos capaces de gobernar), ha sido postergado. En otras palabras: nunca podrá ser resuelto.

El mejunje oficialista amenaza con disolverse al ritmo de caída de Macri en las encuestas. Sólo podrá invertir su dinámica actual de fragmentación si esos sondeos vuelven a empinar la nariz, lo cual, como queda dicho, no es impensable. Pero de una eventual reafirmación de Cambiemos a la conformación de un Partido de alcance nacional con cohesión suficiente para gobernar, hay una distancia insalvable.

En Argentina se fortalecen tendencias centrífugas inmanejables en lo inmediato y amenazantes para un futuro no lejano. Macri, su coalición sin pegamento, no están en condiciones de frenar esa dinámica. De hecho, el Ejecutivo las ha alimentado cediendo ante exigencias económicas y políticas inaceptables para cualquier gobierno con el mínimo de solidez necesario para guiar un país Federal.

En cuanto al peronismo, poco hay que decir. Kirchner y su esposa fueron el detonante involuntario de una carga explosiva demorada por décadas. Fragmentado en mil pedazos, acosado por oportunos juicios penales sea por corrupción administrativa de inimaginables dimensiones o por franca colusión con el narcotráfico, sólo tiene como defensa la acusación a compinches hoy instalados en altos cargos oficiales. Pero saben que denunciarlos sería precisamente acortar la mecha ya encendida. Sólo aspiran a negociar. Como lo hace buena parte del Ejecutivo, cuya tarea sin embargo es sanear el aparato de explotación capitalista.

No es esperable una candidatura peronista exitosa, aunque un ejército de voluntarios se apronte a separar de todo protagonismo a la ex Presidente. La excepción, como se ha señalado, es el ex funcionario de Alfonsín y ministro de Duhalde y Kirchner, Roberto Lavagna. Su plasticidad está fuera de discusión. Pero debería asumir contra el desempeño de Macri, con su mismo programa. Tendría la mitad del trabajo hecho, pero la tarea complementaria estaría por completo fuera de sus competencias, que además deberían sumar el pago a los barones feudales del peronismo con cuyo apoyo podría alcanzar el poder. Macri aparecería entonces como un titán en lucidez, capacidad de acción y alcance de resultados positivos.

 

Ellos o nosotros

Ésa es la deriva inexorable de la Argentina burguesa en el próximo período. La degradación general del país, sus instituciones y la vida social, continuará con mayor o menor velocidad según el ritmo de la decadencia económica. No está excluida la posibilidad de repuntes temporales con base en la extensión de la frontera agrícolo-ganadera y en la inversión extranjera para extraer shale gas, litio y otros minerales. Eso podría ocultar la magnitud de la decadencia y prolongar la agonía. Pero el tercio de pobreza que asuela al país, la marginalización de millones de personas y en particular de jóvenes, el espectáculo de la corrupción pasada y presente y la espiralización del narcotráfico serán imparables para éste o cualquier otro gobierno burgués.

Pero hay otra Argentina latente. No basta en este cuadro afirmar que la opción es socialismo o barbarie. Lo es, por supuesto. Pero se trata de asumir en toda su dimensión el desafío de construir el bloque de fuerzas y la capacidad de dirección para enfrentar al sistema, imponer un gobierno de los trabajadores y el pueblo e iniciar la transición al socialismo.

No se avanzará en ese sentido con “exigencias” a la CGT para que convoque a nuevos paros generales; con cortes de calles diez veces a la semana en Buenos Aires; con un concejal o un diputado más. Ni se detendrá con estos recursos la marcha del capital en su autodepuración, que gradual o abruptamente desembocará en violencia desembozada. Violencia de naturaleza y magnitud diferente a la que ahora algunas agrupaciones, de manera irresponsable, califican como cualitativamente diferente a la ejercida por sucesivos gobiernos desde el restablecimiento de la democracia burguesa hace 35 años.

Es preciso actuar de manera ejemplarizante frente a las masas, con el objetivo de desenmascarar la hipocresía del capital, el engaño permanente de los políticos burgueses y las cúpulas sindicales, la manipulación electoralista de los partidos del sistema. No hay otro camino sino el de la educación, concientización y organización de las mayorías a través de la acción, que por lo mismo no puede ser enajenada a direcciones falaces y corruptas. La acción no puede ser reducida a la caricatura de cortes de calles cada día. Debe estar regida por consignas claras tras los objetivos buscados y descartar los insultos personales contra tal o cual gobernante, en lugar de condenar al sistema que los entroniza.

La clave para que esto sea realizable es la recomposición de las fuerzas revolucionarias en un partido único para la lucha antimperialista, la emancipación de la mujer, el protagonismo de las juventudes, la unión suramericana y la revolución socialista.

Argentina puede superar el estado actual de confusión y parálisis. Puede erguirse sobre un pasado de gloriosas luchas y presentarse como fuerza oxigenante y radicalmente transformadora en el conjunto de gobiernos, partidos y organizaciones que en todo el continente luchan contra la opresión y la explotación. Hay un activo militante, disperso y desconcertado, que se cuenta por cientos de miles. Contribuir a su organización, a la unión superadora de sus fuerzas, es la tarea a cumplir.

Buenos Aires, 10 de diciembre de 2018

@BilbaoL

 

La farsa del G-20 y …la del anti G-20

Converge por estas horas en Buenos Aires el gran capital internacional. Un derroche sideral de dinero para escenificar una farsa y ocultar con ella la realidad de la disputa interimperialista, cada día más grave, más riesgosa para la humanidad.

No habrá un acuerdo de los 20 en torno a los temas que oficialmente se tratarán. Se trata de una lucha por alineamientos y posicionamientos en torno a los cinco principales actores del escenario mundial: China, Estados Unidos, Alemania, Rusia, Japón. La naturaleza singular de los sistemas chino y ruso no niegan el hecho principal de un feroz combate geopolítico.

Como espejado, es igualmente farsesco el papel de un inopinado “pensamiento crítico” que días atrás se presentó como contrafigura del G-20. Nombres conocidos de este cónclave fueron las ex presidentes de Argentina y Brasil. Atribuir a Cristina Fernández y Dilma Rousseff un pensamiento crítico es una fantochada. Y no sólo por el registro intelectual de ambas, sobre todo la primera, sino porque fueron ellas las responsables de que el G-20 adquiriera el protagonismo que hoy tiene.

Es inaceptable que personas y agrupamientos que se presentan como “progresistas” –algunos incluso “revolucionarios”- hayan callado en ese encuentro la responsabilidad de Fernández y Roussef frente al hecho de que la cumbre se realice este año en Buenos Aires, factor indisolublemente asociado a la regresión política que ha sufrido buena parte de América Latina en los últimos años.

Aunque el G-20 fue fundado en 1999, no adquirió su actual envergadura hasta 2008, cuando frente al colapso de la economía mundial capitalista, desde Washington articularon un agresiva intervención para aunar diferentes fracciones de la burguesía e implementar una táctica contraofensiva.

Téngase en cuenta que en aquel momento Hugo Chávez convocaba desde Caracas a una reunión del Alba con el objetivo inverso al de Washington: aunar a los explotados y oprimidos del continente, crear una moneda virtual latinoamericana (el Sucre) e iniciar una fase nueva y superior de la unión regional por un camino opuesto al saneamiento del capital, punto de partida para una transición regional al socialismo.

¿Qué hicieron Fernández y Rousseff, con total respaldo del llamado kirchnerismo y del Partido de los Trabajadores? Es por demás sabido: dieron la espalda al Alba y acudieron al llamado de George Bush. ¿Puede ser que tantos intelectuales y políticos hayan omitido este dato fundamental a la hora de iniciar un nuevo capítulo en la historia del pensamiento? ¿Es pensable la afirmación de un genuino pensamiento crítico basado en el ocultamiento y la mentira?

Pues es justamente eso lo que ocurrió en un miniestadio en la Capital argentina, con la participación de una dos mil personas para aplaudir los discursos inaugurales de las ex presidentes, quienes obviamente con respaldo intelectual muy diferentes, expusieron su condena a la reunión del G-20, al FMI y a los gobiernos que los sostienen. Al igual que intelectuales y políticos que las acompañaron, ni una ni otra pareció comprender la conexión entre aquella decisión de atar a Brasil y Argentina al tanque de guerra imperialista en 2008 y la penosa suerte sufrida por ambas, con una derrota electoral en un caso y un golpe blanco en el otro.

Pero no fue sólo la suerte política del kirchnerismo y el PT la que rifaron con tal opción estratégica en un momento crucial. El salto al último vagón imperialista era a la vez abandonar el Alba, condenar al aislamiento regional a la Revolución Bolivariana, optar por el dólar frente al Sucre. Es inaceptable que se calle esto cuando se llama a la población a movilizarse contra el G-20. ¡Suena a hueco ahora, en vísperas de otro gran estallido de la economía mundial, el lamento por el lugar hegemónico recuperado por el gran capital!

En numerosas y muy diferentes ocasiones he defendido la política de frente único antimperialista, basada en el acervo teórico y práctico de la IIIª Internacional. Con más premura que nunca es hoy necesario concretar una política de esa naturaleza a escala regional y global. ¿Pero han de ser quienes en un momento decisivo de la historia reciente optaron por subordinarse al imperialismo la cabeza y símbolo de un frente antimperialista? ¿Se estructurará un frente único antimperialista en torno a una candidatura presidencial? Proponerlo es mucho más que un error. Utilizar el sentimiento antiyanqui de las masas para posicionarse frente a una elección es, también, más que equivocarse: es contribuir al triunfo del enemigo.

28 de noviembre de 2018

@BilbaoL

 

Crónica de un día convulsionado en Argentina

Dos victorias para Macri a la espera de la reunión del G-20. Con pocas horas de diferencias, en Argentina se combinaron atentados con explosivos y la aprobación del Presupuesto 2019 por parte del Senado. Pocos ejemplos resaltan con mayor claridad la marcha de la realidad nacional.

Fueron apresados los tres responsables directos en la colocación de bombas caseras en la tumba de Ramón Falcón y bajo el auto del juez Claudio Bonadío. Ambos atentados fallaron. También fueron detenidos otros 10 miembros del grupo anarquista.

Falcón era un jefe policial conocido por su ferocidad represiva contra obreros y militantes revolucionarios, ultimado por el anarquista ucraniano Simón Radowitsky en 1909. Bonadío es quien por estos días juzga a Cristina Fernández y sus colaboradores, acusados por cobro de coimas multimillonarias, lavado de dinero y asociación ilícita, entre otras causas.

No está claro si el hasta ahora desconocido grupo anarquista (“Los Obelos”, por reunirse en las inmediaciones del Obelisco en el centro porteño) actuó contra el juez por su papel en relación con la ex presidente o por otras razones, aunque la conexión con los resonantes juicios es inevitable. En cambio es evidente la elección de la tumba de Falcón: ayer se cumplía un aniversario de la muerte de Radowitsky, quien fue apresado tras el atentado. Anahí Salcedo fue herida de gravedad al colocar la bomba en el cementerio, detenida y trasladada al hospital. Su compañero en la operación también fue encarcelado. Marco Viola, por su parte, fue apresado por la custodia del juez en el lugar del hecho. De inmediato la policía acudió a su domicilio, donde fueron detenidos otras 10 personas. La bomba lanzada bajo el auto de Bonadío fue detonada, sin consecuencias, por la policía.

Simultáneamente, frente al Congreso se reunían organizaciones de izquierda y grupos kirchneristas para oponerse a la sanción de la Ley de Presupuesto. Esta vez sin disturbios y con una presencia mínima de manifestantes, lo cual de por sí ya fue un éxito para el gobierno, que en la madrugada de hoy tuvo la aprobación del Presupuesto en el Senado por 45 votos a favor, 20 en contra una abstención (de un senador oficialista).

Queda formalmente aprobado de esta manera el plan de saneamiento capitalista llevado a cabo por el gobierno de frente amplio burgués, naturalmente en su beneficio y con todos los costos a cargo de la clase obrera y el conjunto de sus aliados.

En cuanto a los atentados, si bien muestran un grupo con mínimo desarrollo político y nula capacidad de acción, constituyen un efectivo respaldo para un eventual accionar violento del gobierno antes, durante y después de la reunión del G-20, que tendrá lugar en Buenos Aires los días 30 de noviembre y 1 de diciembre.

También ayer mismo se conoció la detención de Axel Ezequiel Abraham Salomon y su hermano Kevin Gamal Abraham Salomon, ambos argentinos, alegadamente miembros de Hezbollah. Es un pequeño adelanto de la factura política que cobrará el gobierno de Macri por ser sede de la reunión del G-20, tema que merece una nota especial.

15 de noviembre de 2018

@BilbaoL

 

 

Piedras, masas y votos en Argentina

Con 138 votos a favor la Cámara de Diputados aprobó el miércoles 24 el presupuesto nacional para el año próximo. Hubo 103 votos en contra, 8 abstenciones y 7 ausentes. Todo indica que en tres semanas el Senado completará la sanción del Presupuesto.

Previsible victoria oficialista (ver Cómo evoluciona la coyuntura en Argentina, texto fechado 40 días atrás). Primó otra vez el frente amplio burgués (Fab), el cual pese a duras luchas internas sostiene y proyecta al gobierno de Mauricio Macri. La votación en Diputados es doblemente importante para el oficialismo porque Argentina ingresa en un trimestre de extrema crisis económica y creciente tensión social, cuyo desenlace está todavía en cuestión. El saldo de votos en la cámara baja muestra una correlación de fuerzas inalterable en favor del gran capital.

Al igual que en este resultado legislativo, el Fab y todos los sectores que se le subordinan serán clave para la evolución y resultado de la fase de saneamiento capitalista en curso. Macri cuenta además con respaldo de países decisivos, como se verá en pocas semanas más, cuando desembarquen en Buenos Aires los mandatarios del G-20. Por su parte, las fragmentadas cúpulas sindicales transforman medidas de lucha en medios para desarmar y desviar a los trabajadores. Hay que recordar –porque pasó al olvido mientras estaba ocurriendo- la huelga general del 25 de septiembre, cuyo resultado más evidente es la aprobación del Presupuesto. Con el mismo sentido se programa ahora otra huelga general, esta vez por 36hs, para la segunda quincena de noviembre.

 

Significado de la media sanción

La votación sobrevino tras una movilización frente al Congreso. Aunque en cantidad notoriamente menor a las registradas desde diciembre pasado, hubo una concentración importante. No participaron los principales sindicatos. Los llamados “movimientos sociales”, organizaciones de izquierda y fragmentos de quienes acompañan a Cristina Fernández (principalmente destacamentos movilizados por intendentes del conurbano), marcharon contra la aprobación del Presupuesto. Cuando algunas de las columnas se aproximaban al Congreso, un grupo de entre 50 y 100 personas tomó la vanguardia y comenzó a lanzar piedras y palos contra los policías resguardados tras una imponente valla de hierro que impedía avanzar sobre el edificio. Enseguida aparecieron bombas molotov y otros dispositivos ruidosos que caldearon la situación. Del Congreso salió un grupo de diputados alineados con la Sra. Fernández y, además de oponerse a la salida de un camión hidrante, derribaron desde dentro algunas vallas de contención, lo cual recrudeció la ofensiva del grupo atacante. Mientras tanto, las columnas de izquierda y los mal llamados “movimientos sociales” detuvieron su marcha. “Son los kirchneristas –se oyó- no les hagamos el juego”. Drones de algunos medios de comunicación permitieron ver un escenario claramente fracturado, en el que algunas decenas de personas redoblaban los ataques, la policía esperaba y el conjunto de los manifestantes se mantenía a distancia.

Mientras tanto en el recinto de Diputados la bancada identificada con la ex Presidente apelaba a todos los recursos para impedir la sesión.

Todo lleva a pensar que el gobierno demoró al máximo el momento del contraataque. Comenzó con un camión hidrante. Algunos minutos después, apeló a las escopetas con cartuchos de un gas lacrimógeno aparentemente perfeccionado respecto del usado tradicionalmente en estos casos. A continuación hubo disparos de balas goma.

A esta altura ocurrieron tres hechos a resaltar: las columnas principales sobre la Avenida de Mayo comenzaron a retroceder y en un punto hicieron media vuelta y marcharon en sentido contrario. También la mayoría de quienes habían asumido el enfrentamiento directo retrocedió. Sólo un grupo menguado pero de redoblada beligerancia continuó lanzando bombas molotov y otros objetos, trajo contenedores de basura de calles aledañas y los incendió, aunque a demasiada distancia del vallado policial. Allí terminó la capacidad de acción de ese grupo no identificado.

Llegó el momento entonces de la policía. Salieron motos que persiguieron a rezagados de la retirada masiva. Ocuparon el espacio total de la Plaza de los dos Congresos y dejaron fuera de ese perímetro a todo eventual manifestante. Mientras tanto, con excepción de las organizaciones de izquierda, todos emprendían la retirada definitiva hacia los ómnibus y hacia la estación Constitución. La jornada había terminado. Durante esa retirada hubo 28 detenidos, 24 de los cuales fueron liberados esa misma noche. Los cuatro restantes, extranjeros, salieron al día siguiente, pero se les amenaza con la expulsión del país. En el recinto se restablecía la calma y comenzaba un maratón de naderías que duraría 14 horas, antes de levantar la mano para aprobar el Presupuesto.

 

Resultados inmediatos

Hasta aquí, los hechos. La interpretación da lugar a conclusiones rotundas:

# Macri tuvo un importantísimo triunfo político: un tercio de los votos obtenidos provienen de diputados peronistas;

# el bloque de Unidad ciudadana (Fernández) sufrió una triple derrota: en la calle, en el recinto y ante el grueso de la opinión pública, convenientemente intoxicada además por los medios de comunicación;

# se quebró en la calle la insólita alianza entre kirchneristas y organizaciones de izquierda, aunque en gran medida se mantuvo dentro del Congreso;

# estas últimas actuaron con tino y consecuencia, puesto que una vez terminadas las refriegas rodearon la Plaza y volvieron con sus banderas a las cercanías del Congreso (algunas de ellas, ubicadas sobre la Avenida Callao, fuera del foco de enfrentamiento, se mantuvieron todo el tiempo allí);

# el gobierno recompuso la eficacia de un aparato represivo capaz de neutralizar manifestaciones de este tipo con costo cero o incluso saldo político positivo: no se reportaron heridos, los detenidos fueron liberados de inmediato;

# el activo militante pudo observar la conducta de quienes pusieron en marcha un enorme aparato logístico y en pocos minutos, como queda dicho, retrocedieron y usaron ese mismo aparato para regresar a sus lugares, cuando en realidad se había convocado a “una vigilia” en torno al Congreso, a fin de presionar con presencia masiva a los diputados que debían votar;

# quedó así comprobado que por parte de los fragmentos del kirchnerismo el llamado a movilización tenía como objeto respaldar un intento de impedir la sesión del Congreso y, cuando el propósito fracasó, abandonaron el terreno y dejaron sólo a las organizaciones de izquierda, que al final tampoco hicieron la “vigilia”;

# las posteriores denuncias a la “feroz represión” mostraron a algún sindicalista fallido al borde de la desesperación, escudándose en la defensa de dos de las personas detenidas. Pero mostraron ante todo que: 1) estos pseudo dirigentes no tienen la menor noción de lo que significa “feroz represión” y, 2) no parecen comprender -y por ende no pueden educar a la clase trabajadora- la existencia y función del Estado burgués. Parecen creer que en un sistema democrático burgués no hay represión y que ellos pueden implementar situaciones como las vistas el 24 frente al Congreso sin ninguna consecuencia. La ex presidente tenía a Alemania como país modelo para Argentina. Sería interesante que alguno de sus seguidores intentara hacer ante el Bundestag en Berlín lo que hicieron en el Congreso en Buenos Aires. Sus lamentos por la “feroz represión” adelantan demasiado: vendrán razones de mayor fuste para sus quejidos como sindicalistas sometidos al Estado;

# todo esto redunda en capital político para la burguesía y su gobierno, que tiene así más base de apoyo para afrontar un pico crítico en los próximos meses.

 

Balance

Sea que se lo mire desde una batalla puntual, desde la perspectiva de educación y organización de masas, o incluso desde una pedestre mirada electoralista, el 24 de marzo fue un fracaso para sus organizadores y una frustración para cualquier participante consciente.

Piedras en ínfima proporción si se tiene en cuenta lo ocurrido en el mismo lugar en diciembre del año pasado; masas sin comparación cuantitativa y cualitativa con las participantes en aquella ocasión; proyección de votos inversa a la esperada por quienes intentaron hacer fracasar la aprobación del presupuesto. Todo en sentido inverso al previsto por la sofisticada “teoría del helicóptero”.

El aparato policial y de seguridad mostró que es infantil pretender doblegarlo a piedrazos, con un grupo de avanzada y un país como espectador a distancia. La táctica desestabilizadora de la protoburguesía opositora se reveló ilusoria. Y las izquierdas que la acompañaron tienen ante sí la certeza de que sin la participación activa de las masas, desde sus organismos reales y con dirigencias genuinas, no se le doblará el brazo al Fab. Esto desemboca inexorablemente en un fracaso electoral de la oposición capitalista en 2019 y una barrera para la acumulación parlamentaria de fuerzas antisistema.

El saldo viene a ratificar algunas interpretaciones y enseñanzas de los últimos años. Queda claro que no existe una genuina movilización social contra el gobierno, pese a que en esta fase puede inferirse un rechazo amplio y creciente, aunque pasivo.

Es verdad que algún hecho excepcional podría detonar la carga explosiva alimentada por ese rechazo. Frente a tal hipótesis, caben dos respuestas netas: en las actuales condiciones, no sería usufructuada por las hilachas del gobierno anterior ni podría ser conducida por una fuerza antimperialista y anticapitalista. Por el contrario, favorecería aún más al gran capital, con éste u otro gobierno de la misma naturaleza.

Queda señalado el significado positivo de que, esta vez, al menos un sector de las organizaciones de izquierda no se haya involucrado con los grupos de choque ostensiblemente dirigidos desde dentro del Congreso por diputados peronistas-cristinistas. Ese distanciamiento no se vio dentro del recinto: allí se mantuvo el frente único anti-Macri de la izquierda con la burguesía advenediza y en función de una táctica inmediata de derrocamiento del gobierno. Concluir con esa política putschista es condición primera para afirmar una estrategia de la clase obrera, inseparable de la construcción de una organización revolucionaria de trabajadores.

Están planteadas entonces tres condiciones urgentes e insoslayables para responder a la coyuntura estratégica en la que está empantanado el movimiento obrero y el conjunto del pueblo argentinos: romper con la subordinación a la táctica putschista-golpista de los restos desesperados del gobierno anterior; convenir un programa de acción con reivindicaciones transicionales y con la propaganda de un gobierno obrero y popular; apelar a todos los recursos organizativos necesarios y posibles –bajo el concepto general de frente único de clase- para alcanzar la unidad social y política de las grandes masas y dar base social a la existencia de un nuevo y poderoso partido de trabajadores y jóvenes urbanos y rurales.

27 de octubre de 2018

@BilbaoL

 

 

El PT podría ganar la segunda vuelta

Una semana después del resultado que en Brasil dio la victoria a un funambulesco fascista, los sondeos de opinión aseguran que la distancia de casi 17 puntos obtenida frente al candidato del Partido dos Trabalhadores (PT) se mantiene para la segunda vuelta, el 28 de octubre.

No son encuestas trucadas. Reflejan a su modo el clima social brasileño dominante por estos días. No obstante, es objetivamente posible que el segundo turno invierta estos pronósticos y lleve otra vez al PT al Palacio del Planalto.

Importa menos, pero importa, la aritmética electoral. Al 29.28% de votos obtenidos por el candidato señalado por Lula, Fernando Haddad, se puede en teoría sumar la mayor parte del 12,47% obtenido por el socialdemócrata Ciro Gomes. También un retazo del 4,77% obtenido por el candidato de Fernando Henrique Cardoso y su Partidos Socialdemócrata Brasileño (PSDB). Más la casi totalidad de los escasísimos votos obtenidos por tendencias a la izquierda de estas formaciones. Ese universo suma potencialmente más del 15% de los votos emitidos el 7 de octubre. Tampoco es desdeñable la posibilidad cierta de revertir buena parte de la abstención que alcanzó el 20,3%: casi 30 millones de ciudadanos no votaron, los mayores registros de ausentismo se dieron en las barriadas proletarias de San Pablo. Con todo, nada de esto es lo que realmente puede dar vuelta el resultado.

La posibilidad de frenar la marcha de Jair Bolsonaro, candidato del gran capital, de los mandos del Ejército y de las iglesias evangélicas, reside en la recuperación de decenas de millones de voluntades que creyeron en la propuesta socialista del PT desde los 1980 y luego, tras la frustración de tres gobiernos petistas abiertamente comprometidos con el capitalismo, viraron en redondo.

Es verdad que las clases medias antes votantes del PT fueron la vanguardia del giro hacia la propuesta fascista y que esos sectores no serán fácilmente conquistables en lo inmediato. Pero sobre esas capas puede tener efecto una explicación objetiva y detallada de por qué Bolsonaro no podrá gobernar, así como prefigurar la magnitud del desastre con el que su fracaso amenaza a Brasil.

Sin embargo, el apoyo a un personaje que se precia de ser racista (en un país con abrumadora mayoría de población negra, mulata e indígena), represor, misógino patológico y, sobre todo, un perfecto ignorante de los grandes problemas de Brasil y de cómo resolverlos, está basado en el volcánico desplazamiento electoral de hombres y mujeres pobres y más que pobres, explotados y oprimidos, del campo y las ciudades. Ellos no tuvieron la respuesta que esperaban del PT. Por eso respondieron de este modo

 

De cara ante la realidad

Ante todo cabe subrayar la solidaridad con la militancia petista, de los sin tierra y de otra cantidad de organizaciones de la izquierda brasileña, cargados de dudas y azorados por el vuelco de la situación. En su momento –ya antes incluso de que Luiz Inácio da Silva ganase las presidenciales en 2002- advertí sobre el rumbo de Lula y la mayoría de la dirección del PT, apresado en la letal tenaza internacional de organizaciones socialdemócratas y socialcristianas. Me honra haber sido promotor de la primera hora del PT y no reniego por haber entregado durante años mis mejores esfuerzos a la construcción de este partido, profundamente renovador en sus albores y extraordinario en todo sentido, conducido por obreros y estudiantes, que en su programa fundacional proponía abolir el capitalismo y construir una sociedad socialista. Me congratulo igualmente por haber señalado en su momento la suma de desviaciones que al cabo produjeron dos hechos más trascendentales que el ascenso de Bolsonaro: la nula reacción de las masas frente al golpe que destituyó a Dilma Rousseff y la total ausencia de respuesta proletaria cuando encarcelaron a Lula.

Dicho sea entre paréntesis: no avalo las conductas de ambos como presidentes, ni la del PT en el gobierno. Pero no acepto la justicia de la burguesía para juzgarlos. La corrupción –indiscutible- no puede juzgarla la clase más corrupta del hemisferio ni su Estado represor y pútrido hasta la médula. El hecho es que las masas rechazaron estas conductas. Y a ellas sí hay que darles respuesta.

Ahora, ante una campaña electoral, se puede optar por hacer acuerdos tras bambalinas con los mismos reformistas que empujaron al PT hacia alianzas absurdas y contrarias a su historia y su programa, o buscar de manera franca la recuperación de un plan de acción que responda a la crisis capitalista brasileña –muy profunda, a término inmanejable para cualquiera y en particular para Bolsonaro- desde la perspectiva de obreros y campesinos y de las grandes masas oprimidas por el capital.

No será fácil. Pero es posible. El propio Lula, desde la cárcel, declaró días atrás a dos periodistas que “en el fondo, en el fondo, es preciso hacer un tipo de enfrentamiento más directo, más determinado”. Así les habló a Fernando Morais y Mino Carta, antiguos amigos del líder obrero. En la adversidad, las mejores condiciones de este hombre excepcional, atrapado por el sistema, reaparecen en algo esencial: es preciso un enfrentamiento directo, más decidido, contra el aparato que sostiene al títere bravucón.

Si los cuadros del PT se inflaman con ese llamado, convocan a las masas, explican a las estructuras reformistas los riesgos inminentes que ellas mismas corren y llaman a todas las fuerzas revolucionarias para hacer un gran frente único antimperialista y anticapitalista, las posibilidades de victoria electoral son ciertas. Pero incluso en caso de derrota comicial, no habría derrota política. Ésa es la cuestión principal a dos semanas de la segunda vuelta.

 

¿Frente antifascista?

He allí un dilema teórico y político de la mayor magnitud: ¿a qué tipo de frente debe llamar el PT? ¿Antifascista? ¿O antimperialista y anticapitalista? ¿Es la ocasión de actuar a la defensiva o de lanzar una dura ofensiva?

Es comprensible la respuesta inmediata ante el hecho disruptivo de que un individuo como Bolsonaro pueda ganar la presidencia de Brasil. Pero en ese llamado automático resuena el antiguo concepto de “Frente Popular” a la manera como lo concibió la IIIª Internacional bajo conducción stalinista: subordinación de las fuerzas proletarias a las burguesías supuestamente democráticas. En Argentina hay un trágico ejemplo de ese desvío esencial que hoy asoma en ciertos análisis, cuyas mejores intenciones están fuera de discusión. En 1945 se aliaron el PC, el PS, la UCR y los conservadores, bajo el manto del embajador estadounidense, para enfrentar a Juan Perón. El desenlace es conocido.

Es la diferencia entre ponerse a la defensiva antes de librar la batalla o asumir un ofensiva estratégica y llamar a las masas de toda América Latina al combate por una transición socialista. Si el PT se subordinara otra vez al PMDB, al PSDB, al PDT (todos arrasados en las elecciones) y a los sectores del gran capital alarmados por la eventual deriva de un gobierno ultraderechista, no sólo no ganaría la segunda vuelta. Peor aún, dejaría sin rumbo a las masas obreras y campesinas del país de mayor envergadura en la región.

Justamente, en el plano regional, un “frente antifascista” podría convocar hasta a la mayoría de los políticos de Cambiemos, la coalición que sostiene a Mauricio Macri (recuérdese que la UCR está afiliada a la socialdemocracia internacional, al igual que la CGT). Al margen ese extremo, es poco estimulante poner a las masas latinoamericanas entre bolsos y Bolsonaros. Esa no puede en ningún caso ser la opción.

12 de octubre de 2018

@BilbaoL

 

 

 

 

 

 

Burguesía argentina sin partidos para gobernar

No es algo nuevo. Impacta ahora porque está a la vista de todos: la burguesía argentina no tiene partidos con los cuales ejercer institucionalmente el poder.

Recomponer esos instrumentos es una de las tres tareas principales del frente amplio burgués que acompaña a Mauricio Macri. Las otras son sanear la economía desde el punto de vista de las necesidades del capital y limpiar al menos la fachada del Establo de Augías en que se ha convertido el sistema institucional, incluyendo al conjunto empresarial de las clases dominantes.

Aquellos tres eslabones rotos del poder burgués chirriaron a punto de estallar en las últimas semanas. Políticos y portavoces del gran capital observaron azorados la aceleración de la crisis mientras la intelectualidad y la prensa no atinó siquiera a describir el curso de los acontecimientos. A cambio, se limita a chismes y naderías repetidas ad nauseam por comentaristas de apariencia seria.

El aparato político cruje como si fuera a desplomarse. Una catarata de juicios, delaciones y arrepentimientos tiene procesados a medio centenar de ex altos funcionarios y empresarios principales, la mayoría de ellos ya encarcelados y el resto en la lista de espera, por una operación de saqueo expuesta ante los ojos de la nación. La ex presidente Cristina Fernández está acusada de encabezar la banda delictiva.

Se acumulan pruebas para develar un mecanismo sin precedentes de exacción de riquezas por cifras milmillonarias en dólares. Nadie entre los acusados esboza una defensa, excepto intentar presentarse como víctimas de represalias políticas. El conjunto social no lo entiende así. Detalladas denuncias de empresarios, delaciones minuciosas de ex funcionarios, suman montañas de documentos incriminatorios imposibles de desmentir.

Para agregar ridículo al escarnio, un ejército de ex secretarios de Fernández y Néstor Kirchner, corre cada día a tribunales para denunciar con fruición a sus ex jefes y acaso obtener algún beneficio procesal por haber participado en el mecanismo y por su propio enriquecimiento ilícito. Sus revelaciones asombran y repugnan: caídos en desgracia sus señores, se abalanzan sobre ellos como caranchos.

Todavía falta demasiado por descubrir: el papel de gobernadores, intendentes, sindicalistas, legisladores, jueces, políticos de prácticamente todos los partidos, cientos de otros empresarios, periodistas, consultores, clérigos. Difícil pensar que se llegue al fondo: es el sistema mismo el que está corroído hasta la médula. Por eso la prensa comercial y sus analistas balbucean en sordina o directamente callan.

En ese clima surrealista la proximidad de elecciones presidenciales empuja a los aparatos políticos a buscar fórmulas mágicas para contrarrestar la disgregación general, hallar un discurso (relato, se le llama ahora) capaz de ganar voluntades y arrastrarlas hacia las urnas para dar siquiera un lapso de sobrevida al sistema, con el actual elenco o con el recambio de peronismo dispuesto a seguir con el programa inexorable del gran capital.

 

En lugar de bipartidismo, triple alianza del siglo XXI

El hecho es que el gobierno de Cambiemos afronta la reaparición potenciada de la crisis que hizo estallar al país en 2001: vertical caída del poder adquisitivo del salario, devaluación superior al 100% y consecuente disparada de precios, hondo malestar social, recesión aguda con altísima inflación. A la vez, diferencias tajantes separan este período de los idus del siglo XX: no hay un movimiento obrero en pie de lucha; durante los últimos 15 años el ministerio de Trabajo y las cúpulas sindicales han logrado fragmentar y corromper al extremo las estructuras sindicales; la situación económica dista de la que había provocado la mantención de la convertibilidad, aunque en perspectiva histórica es más grave.

Como ha sido expuesto en oportunidades anteriores (Argentina en descomposición; Desconcierto general; Cómo evoluciona la coyuntura, etc), el conjunto de la gran burguesía ha formado un frente amplio en respaldo de Mauricio Macri. Ese frente lo integra además el conjunto de los partidos y fracciones comprometidas con el capital, las cúpulas sindicales y cabos sueltos de prácticamente todas las instituciones del sistema. Sectores de estos aparatos tienen la posibilidad de movilizar el descontento social y a la vez ponerle límites precisos. Es tal la magnitud del descontento subterráneo que en modo alguno podría descartarse una explosión espontánea que rompiera todos los frágiles diques de contención.

Cambiemos seguirá con su plan de recomposición capitalista, con más o menos disturbios entre sus múltiples componentes electoralmente hegemonizados por la socialdemocracia desdibujada en la UCR. Si el creciente malestar social llegara a un estallido, esta coalición se fragmentaría y desaparecería como posibilidad de victoria electoral en 2019. Allí tendría alguna chance el peronismo que hoy, precisamente en esa perspectiva, toma distancia de Cristina Fernández.

Con todo, ésa no es la perspectiva más probable: tiene mil tentáculos el pulpo que atrapa la voluntad popular y es amplio como nunca antes en la historia nacional el acuerdo de instancias procapitalistas convencidas de que se trata de la última oportunidad para sanear el sistema o entrar en un descontrolado torbellino sin fin.

En la hipótesis de que el proyecto en curso mantenga su rumbo sin una conmoción social que lo desbarate, la burguesía impondrá su plan y es esperable que para cuando comience la campaña de las previas para elegir candidatos, la economía haya recuperado su ritmo, con profusión de obras públicas y un alud de créditos hipotecarios.

En tal presunción, es improbable que el peronismo –fragmentado y en gran medida desmoralizado- pueda hallar un candidato expectable capaz de vencer al oficialismo. Por su lado Cristina Fernández puede constitucionalmente presentarse como candidata (incluso en caso de estar procesada y detenida). Consultores ad hoc repiten cada día que el escándalo de la corrupción no afecta electoralmente su figura. Esas afirmaciones muestran dos obviedades: la fauna consultoril desprecia a la población; una porción apetecible de lo saqueado está siendo utilizada para pagar encuestas a medida y a los periodistas y comentaristas que las propagan. Sin desconocer el papel destructivo de los medios de incomunicación sobre la conciencia colectiva, se puede afirmar que la revelación del mecanismo de corrupción impacta muy duramente en las masas y contribuye incluso a ocultar el mayor y más oneroso saqueo sufrido por el país: la plusvalía diariamente robada a los trabajadores y la fabulosa succión de riquezas de la nación en favor del capital financiero internacional.

Como sea, el panorama electoral se encamina hoy hacia la presentación de tres coaliciones principales (Cambiemos, Peronismo Federal (con apoyo de la CGT), Unidad Ciudadana, con respaldo de los desprendimientos de la CGT), con más la segura aparición de un bloque denominado “de centro izquierda” (restos del partido Socialista, flecos del GEN de Margarita Stolbizer, remanentes de Libres del Sur); otro bloque “nacional y popular” que, si resiste su convergencia con Cristina Fernández –línea que propugna la sigla PC y un puñado de sindicalistas en desbandada) reiterará el penoso desempeño de las últimas elecciones. Finalmente, dos o más agrupamientos de izquierda supuestamente en condiciones de ganar algunos cargos legislativos, pero en ningún caso cambiar la relación de fuerzas entre las clases y torcer el rumbo político.

Este panorama ya está diseñado. No se percibe a nadie que quiera de verdad hacer estallar este esquema, aún cuando esporádicamente levanten la consigna de que Macri renuncie ya.

En este panorama, Cambiemos (con Macri como candidato o en su defecto con la actual gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal), tendría chance de salir victorioso y quedar en condiciones, entonces sí, de aplicar en toda su magnitud el plan de saneamiento estructural capitalista, por supuesto con el respaldo de las formaciones burguesas perdidosas en las elecciones.

Con mayor o menor demora, la crisis capitalista mundial combinada con la inexistencia de herramientas sólidas para que la burguesía ejerza su poder, llevará a un choque con las mayorías oprimidas. En la más feliz de las hipótesis, a mediados de 2019 los asalariados habrán perdido un 20% de su salario real y las clases medias sentirán una áspera cuerda apretándoles el cuello sin piedad. Desechos institucionales y fuerzas de seguridad a medio recompuestas, además cribadas por el narcotráfico y la corrupción, no serán suficientes para gobernar. El capital apelará al fascismo, que no es un gobierno represivo sino la represión contra la sociedad llevada a cabo por segmentos marginalizados y envilecidos de la propia sociedad.

Es comprensible que las estructuras de la burguesía no se preocupen por esta perspectiva y traten de medrar hasta la última instancia en el panorama actual. No lo es, en cambio, que hagan lo mismo cuadros y organizaciones empeñadas en cambiar la realidad social. Véase el panorama latinoamericano. Véase el curso del gobierno estadounidense y el desmoronamiento de las expectativas europeas. No queda demasiado tiempo para asumir la responsabilidad de abrir un nuevo cauce a la historia.

4 de octubre de 2018

@BilbaoL

Cómo evoluciona la coyuntura en Argentina

En el mismo momento en que la sociedad contenía la respiración y buena parte del espectro político argentino esperaba la precipitación de la crisis y eventual renuncia de Mauricio Macri, gobernadores de 22 de las 24 provincias acudieron el 11 de septiembre a la Casa Rosada, convocados por el Presidente tras aprobar el presupuesto del año próximo. Luego posaron para la correspondiente foto con el primer mandatario, todos sonrientes.

Nadie ignoraba la inmersión del país en una fase de aguda recesión con altísima inflación. Se espera una caída anual de -2% o más del PIB, aunque de manera desigual. La inflación se ha desbocado: entre 40 y 45% para 2018. Resultado, caída del salario real, caída del consumo, despidos, más pobreza y marginación. Dato elocuente: dos tercios de los presentes en el cónclave de gobernadores que aprobó la propuesta oficial eran peronistas.

La “ley de leyes” pasa ahora para su sanción formal al Congreso de la Nación. Allí se escucharán gritos y habrá gestos vistosos. No cambiarán el resultado. En términos políticos el plan de gobierno Macri ya fue aprobado, al precio de importantes concesiones económicas a las provincias.

Queda confirmada de esta manera la existencia actuante de un frente amplio burgués (FAB) que respalda al actual gobierno. Cabe reiterar que este frente de facto, gestado y conducido por el gran capital, incluye al sindicalismo venal (que no está sólo en la Confederación General del Trabajo), así como a la iglesia católica y otros credos (muy particularmente el judaísmo sionista, con marcada presencia en el gobierno). “Hay que cuidar a Mauricio”, dice ahora el papa.

Hay más ejemplos de la existencia actuante del FAB. Cámaras patronales del campo y la industria absorbieron con apenas quejas en sordina el impuesto de emergencia por dos años que aplicó Macri a las exportaciones. El mismo día en que los gobernadores acudían a la Casa Rosada, con el precio del dólar oscilando entre 38 y 40 pesos (una devaluación superior al 100%), 407 empresarios del Consejo Interamericano de Comercio y Producción (Cicyp) se reunían para un almuerzo en el Hotel Alvear. Según informa Francisco Jueguen, cronista del diario La Nación, el organizador, Adrián Werthein, subrayó que el empresariado tiene “la obligación de apoyar al Gobierno y a sus ministros. Hay muchas cosas que se hicieron mal, y el Gobierno lo reconoce, pero no estamos para poner el dedo en la llaga”. Y lanzó la voz de orden: “Es un momento para apoyar, señores”.

Antes, Macri mantuvo una comunicación telefónica con Donald Trump, quien según se informó, prestó total apoyo a la gestión del Presidente. Lo reafirmó su flamante embajador en Buenos Aires, Edward Prado: «Argentina tiene todo el apoyo de Estados Unidos», declaró al diario mencionado. Horas después, Macri departió largamente con Angela Merkel, la canciller alemana. Previamente, cuando formalizó el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, Macri había recibido esos mismos respaldos, más el del presidente chino Xi Jinping.

Tal la amplitud del frente burgués. Sin la certeza de ese factor determinante para la relación de fuerza entre las clases, la coyuntura se hace ininteligible. De allí deviene la total desorientación de esa hibridación imposible entre postkirchnerismo e infantoizquierdistas, capaz de imposibilitar al grueso del activo político la comprensión de la situación y de la dinámica en curso.

Durante la profusión de estos inequívocos respaldos las calles de Buenos Aires fueron –y son hasta la fecha- un pandemónium, con manifestaciones de sindicatos docentes y estatales, estudiantes, organizaciones barriales, todos acicateados por la vertiginosa suba de precios (y por otras razones que ya veremos): 3,9% de inflación en agosto, según el Indec; estimado en 5% para septiembre.

No obstante, queda firme la caracterización de que no hay una movilización general de los trabajadores y el pueblo contra la política oficial. Dos semanas atrás la CGT decretó (sigue siendo válido este verbo) un paro general para… el 25 de septiembre. El gobierno ya anunció que convocará a la dirigencia sindical antes de esa fecha.

 

Naturaleza e impacto de la crisis

Desde principios de mayo, cuando comenzó la escalada, resultó evidente que alguien sacude el árbol en Argentina para que caiga la manzana.

La crisis precipitó al impulso de una inusual combinación de factores: disminución en unos 7 mil millones de dólares por exportación cerealera (cayó en 35% la producción a causa de inundaciones seguidas de sequías); alza de la tasa de interés por parte de la Reserva Federal en Estados Unidos; crisis en Brasil, crisis en Turquía… De pronto se redujo el ingreso de divisas propio y se secó el flujo crediticio hacia Argentina.

Es indudable el enorme impacto de estos factores sobre una política basada en el endeudamiento constante y creciente para mantener el déficit fiscal, provocado por la herencia y la decisión oficial de no cortar subsidios ni despedir estatales, sostener la obra pública a gran escala y llegar así exitosamente a las elecciones presidenciales de 2019 para después, en un marco de crecimiento relativo y sin urgencias electorales, completar el saneamiento. La quimera se esfumó.

Sin embargo estas causas objetivas no son suficientes para explicar el colapso de la moneda. Se podría argüir, con razón, el peso de la estridente impericia (o refinada perversidad; o ambas) de altos funcionarios como el ministro de Hacienda y el ex presidente del Banco Central. Aún así, no es todo. Quedan entonces dos incógnitas: ¿quién sacude el árbol? ¿la manzana está verde o pasada de madura?

Dicho de otro modo: ¿quién, con la mesa servida, alentó la crisis cambiaria entre mayo y septiembre? ¿qué quiere y puede hacer el gobierno frente a la embestida?

Empeñado como estaba en derrocar a Nicolás Maduro, el presidente de Argentina desatendió los riesgos que desde sus frágiles cimientos amenazan a la economía argentina. Perdió el control de un sector de las fuerzas sobre las que se apoya y trastabilló de tal manera que hasta llegó a entusiasmar al club del helicóptero.

Macri debió beber su propia medicina y se encontró en la situación en la que pretendió colocar al mandatario venezolano: giro económico inmanejable, confusión y parálisis política, aumento en flecha del malestar social.

La paradoja de esta coyuntura consiste en que detrás de ella no hay un desafío opositor, mucho menos una embestida de la clase trabajadora, sino una feroz lucha interburguesa en lo más alto de la pirámide capitalista. Por razones no totalmente develadas, en el centro de la estrafalaria coalición que acorraló a Macri está el Grupo Clarín. A su turno, se sumó La Nación. Y tras este mascarón de proa se encolumnaron factores más bien disonantes en un concierto sin Director: restos desesperados del kirchnerismo, un puñado de Bancos y… el infantoizquierdismo.

Está claro por qué convergió Cristina Fernández en este bloque circunstancial con su archienemigo Clarín: la aceleración de los juicios contra ella y su grupo de funcionarios y protoburgueses frustrados avanza como una lenta pero devastadora maquinaria. El maratón de grandes empresarios corriendo a tribunales para declararse arrepentidos y acusar a la ex presidente la sepulta como candidata vencedora para 2019. La coloca además muy cerca de la cárcel. En pocos días comenzará un juicio por asociación ilícita contra ella y una cincuentena de funcionarios y empresarios. Hay muchos desesperados, incluso antes de que entren en la lista sindicalista, jueces, dirigentes de otros partidos y clérigos de diferentes religiones. Era urgente adelantarse.

Clarín y su cohorte mediática pueden haber tenido intereses más mezquinos aun al poner en jaque a su gobierno por una disputa crematística (¿publicidad, concesiones, acaso hombres de su equipo en el gabinete ministerial o… en la Corte Suprema?). Tal conducta agitadora de Clarín, radio Mitre, TN, La Nación et altri, difícilmente previsible, podría también explicarse con la aparición días atrás de una campaña, timoneada desde Washington, para acabar con la moneda nacional y dolarizar Argentina.

En cuanto a los Bancos involucrados, no hay misterio en sus propósitos: algunos, íntimamente asociados al régimen anterior, saben que han perdido la partida; otros, hicieron fabulosas ganancias oportunistas jugando con el subibaja del dólar, que pasó entre mayo y septiembre de 25 a 40 pesos.

La verdadera incógnita está en la adhesión del infantoizquierdismo a este bloque contra natura, así como de amplias capas del activo militante que oscilan entre la aproximación a los restos del kirchnerismo, la agitación semianarquista sin estrategia y la confusión respecto de la coyuntura, aunque por detrás de todos ellos esté, claro, la voluntad de detener la avanzada del capital tras el propósito de sanear el sistema económico y recomponer, a su medida, el sistema político argentino en ruinas.

La simplificación consistente en insultar a Macri como persona y calificarlo como “neoliberal” impide comprender la etapa y, por lo mismo, estar en condiciones de enfrentarla. Desconoce la estrategia de las clases dominantes locales e ignora la del imperialismo, que coloca a Argentina como polo alternativo a Venezuela y el Alba. Se ignora el efecto del frente amplio burgués y por lo mismo se hace el juego a las cúpulas sindicales, a los peores elementos del peronismo y al reformismo socialdemócrata, que forman parte de ese bloque estratégico. Con las mejores intenciones, por supuesto. Pero con los resultados a la vista.

Macri no fugó en helicóptero. Siempre sobre la cuerda floja, a la fecha el gobierno parece en condiciones de dar vuelta la crisis enfilándola en favor de sus planes de saneamiento. Eso implica el dólar a 40 pesos, con el cual se licúan las deudas cuantiosas del Estado, se mejora la situación fiscal y se coloca al aparato productivo en mejor posición según el proyecto de país subordinado.

Parece evidente que al peso del FAB no se lo puede vencer cortando la intersección de Callao y Corrientes o desquiciando cotidianamente la vida ciudadana, en perjuicio en primer lugar de los trabajadores que deben acudir a sus tareas. Por el contrario, esto completa la enajenación de las clases medias y las pone a disposición del fascismo.

Mientras tanto vienen meses (¿6, 9, más?) de recesión e inflación. Eso dará lugar a mayor protesta social. Pero el grueso de esas próximas luchas está hegemonizada y teleguiada por el capital, a través de dirigencias sindicales y agrupamientos políticos ajenos a una raíz y una estrategia antisistema.

Es improbable que tales movilizaciones lleven a la caída de Macri. Con todo, dada la gravedad de la situación económica, si finalmente se resquebrajara el poder y culminara en un colapso, la perspectiva no sería en ningún caso un retorno del elenco enmascarado como “nacional y popular”, tanto menos conducido por Cristina Fernández. En las actuales condiciones, tal resultado llevaría a la disgregación nacional, la desarticulación del aparato productivo y el caos general. Esta perspectiva, improbable a corto y mediano plazos, téngase en cuenta, ocurriría con la existencia de un poderoso frente amplio burgués nacional e internacional y la ausencia total, también a escala nacional e internacional, de un frente de clases oprimidas encabezado por el proletariado. ¿Quién es el comandante que aspira a acelerar la entrada a esa batalla?

Es obvio que la militancia antimperialista y anticapitalista no puede sustraerse a las luchas por mejoras salariales y reclamos económicos arguyendo que están hegemonizadas por sostenedores del sistema capitalista. Tampoco es el caso de arredrarse ante las perspectivas a las que arrastra la crisis capitalista. En cambio, es preciso hallar el camino para que la resistencia no derive primero en frustración, redunde luego en beneficio de la estrategia oficial y eventualmente acabe en un colapso de enormes consecuencias, prólogo de una salida abiertamente fascista del gran capital.

Está cambiando, otra vez, el contexto hemisférico. Para que esa mudanza tenga un desenlace positivo y sea posible iniciar una nueva etapa en el continente, resulta imperativo que, en Argentina y en un período de intensificación de la protesta social, la respuesta del activo militante frente a las masas conlleve a cada paso el fortalecimiento en la perspectiva de un frente clasista y popular, con inequívocas definiciones antimperialistas y anticapitalistas. Todo lo que no contribuya a esto, favorece la estrategia de Macri y el FAB que lo sostiene.

15 de septiembre de 2018

@BilbaoL

Argentina: Desconcierto general

A la vista de los movimientos convulsivos de la economía y la catarata de denuncias por corrupción, alguien echó a rodar el rumor: “parece que se viene un 2001”. El número alude al año fatídico, cuando el capitalismo argentino en tirabuzón arrastró al sistema político en su totalidad.

La voz no provino de cenáculos académicos, donde se observa la marcha de la economía como la vaca mira al tren. Tampoco de cierta cámara empresaria donde 5 personas toman decisiones para todo el país. Ni siquiera de un partido opositor. Resonó en reductos adecuadamente denominados “cuevas”, donde gente tan habilidosa en el manejo del dinero como ignorante de la economía política en tanto ciencia, aprovecha la crisis para amasar fortunas obscenas mientras el país se derrumba. El rumor llegó al periodismo. Y se expandió como peste: “se viene el 2001”

En rigor, nada hay en la economía nacional que lleve a prever a corto plazo semejante hecatombe. Pese a que los números macroeconómicos son insostenibles y el malestar social aumenta, no existe la base social acumulada entre 1995 y 2001. En ese entonces, incluso desviado por líderes al servicio enmascarado del capital, malversado en estructuras contrarias a las necesidades del país y los trabajadores (Frepaso, CGT, CTA, MTA) había un considerable grado de movilización y organización. Más aún: hoy no está el dúo Eduardo Duhalde-Raúl Alfonsín para encender la mecha. Y por sobre todo, Techint y otros miembros de la AEA (Asociación Empresaria Argentina) no están en disposición de derrocar al gobierno, sino todo lo contrario (1).

Por eso es tanto más significativo que un temor infundado ganara espacio de inmediato y pusiera en guardia a todo el poder establecido. Hay desconcierto y miedo.

 

Lo que la crisis se llevó

Como ahora queda a la vista, 2001 se llevó a la UCR y al PJ. También a la CGT y otras variantes menores de un sindicalismo basado en la cuota de afiliación descontada por las patronales. Transformó a la iglesia vaticana en apéndice evangelista. Elevó cualitativamente el lugar del narcotráfico en la sociedad argentina, sobre la estructura montada durante el período Carlos Menem. Exhibió la escasa majestad de la justicia. Y mostró en carne viva a las clases dominantes. En suma: a la fecha el gran capital no tiene a la mano sino a Mauricio Macri y Cambiemos. Y sólo con variantes de esa ecuación vacía puede programar el futuro inmediato.

El dilema es si abren o no la puerta de entrada al gobierno a lo que, en prueba de su escala intelectual, denominan “peronismo racional” (¿el rabino Bergman será prueba de la racionalidad del Pro? ¿O acaso el senador Bullrich?). En realidad el dilema es si el nuevo partido que intenta formar la burguesía tendrá en partes proporcionales exponentes peronistas, radicales, conservadores y socialdemócratas, o si se intentará la vía de salida con “lo nuevo”, es decir, el elenco actual.

Como Macri no define esa incógnita, tampoco pueden hacerlo los fragmentos del PJ. Entonces Cristina Fernández puede sacar la cabeza del lodazal y afirmar “no me arrepiento de nada” (¿ni siquiera de afirmar que en Venezuela no hay, desde hace tres años, Estado de Derecho?).

Así, quedan como polos electorales Macri y Fernández. En tercer lugar un bloque en gestación de socialdemócratas sin votos sumados a empleados devaluados del Departamento de Estado. Más allá se ve una algarabía de siglas estridentes que pide el derrocamiento inmediato de Macri, con el transparente objetivo de obtener más votos en octubre de 2019. Al final del cortejo aparece un mejunje indescifrable de militantes con sincero compromiso conducidos por desesperados buscadores de un rinconcito en el Estado burgués.

Por detrás de incompetencias y manipulaciones, hay una realidad que explica la rápida aceptación de la voz de alarma. No es que “se viene un 2001”. Es que 2001 nunca se fue.

Kirchner, su esposa y su séquito entraron a la Casa Rosada porque la institucionalidad burguesa había estallado. Olieron la oportunidad y actuaron de acuerdo a sus aspiraciones. Allí están los Cuadernos de Centeno, que no equivalen precisamente al Plan de Operaciones de Mariano Moreno. Hicieron su faena y abrieron un paréntesis de 12 años. En este mismo momento están bajo la mirada de las masas. Ya ganaron su lugar en un capítulo menor de la picaresca vernácula.

Desde diciembre de 2015 el gran capital tradicional recuperó el control de las palancas, sin enojosos peajes. Y choca de frente con la realidad: la crisis que, sin respuesta de fondo, desemboca en un 2001 multiplicado por 100. O en la Revolución.

He allí por qué ellos, los defensores del sistema capitalista, unidos más allá de toda diferencia, buscarán su respuesta. Ya están a la vista los costos que implicaría su imposición. Hay otra negación alcanzable de esta realidad insoportable.

27 de agosto de 2018

@BilbaoL

 

1.- Decíamos en agosto de 2001: “Preparativos de recambio patronal. Todo indica que está en vías de consolidación una coalición compuesta por el ala alfonsinista de la UCR, el sector Duhalde en el PJ, la UIA, las dos CGT y la jerarquía de la iglesia con sus múltiples tentáculos, destinado a consolidar un parapeto ante la inexorable explosión del actual esquema de poder (…) Proponer o esperar la salida del desastre en el que está sumida la nación mediante una inyección keynesiana, incluso si está alentada por las mejores intenciones, es una quimera. Y en términos de accionar político, es una quimera reaccionaria: contribuir a una convergencia de las fuerzas sociales acosadas por la crisis con personajes como Duhalde y Alfonsín, tras un proyecto financiado por Techint y bendecido por la curia, es mucho más que un error; si para los gerentes sindicales (de la central que sean) y los partidos de la burguesía es la única posibilidad de aferrarse a un madero en medio del maremoto, para los genuinos dirigentes sindicales (también: sean de la central que sean) y para el activismo sindical o político no comprometido con el capital, es una nueva forma de suicidio, más absurda y dolorosa aún que la de los ‘frentes’ que desembocaron en la Alianza”. Ver Crítica de Nuestro Tiempo, Nº 26, Septiembre-Octubre de 2001: “Cómo enfrentar la depresión y la encerrona política”.

Argentina en descomposición

Espectáculo novelesco: empresarios de primera línea, altos funcionarios de gobierno, pillos de poca monta, todos revueltos y expuestos a la luz pública como protagonistas de un sistema de piratería oficial anclado en la Casa Rosada.

Festín para la prensa comercial: profusión de revelaciones escabrosas, confesiones y delaciones; desfile de personajes famosos o desconocidos ante jueces y fiscales; cárceles colmadas con esta nueva especie de reos, que incluye un ex vicepresidente, un súper ministro -el único que mantuvo su cargo durante los doce años de Néstor Kirchner y Cristina Fernández en la Casa Rosada- dos docenas de empresarios tradicionales y advenedizos, más algún sindicalista.

Asombro, repugnancia, temor en la ciudadanía expectante, que no termina de creer lo que ve mientras siente que su salario se disuelve en una descontrolada carrera inflacionaria.

Parálisis, ostensible incapacidad para la acción en las cúpulas del poder burgués, mientras la sociedad los coloca a todos en la misma bolsa y las instituciones del capital parecen licuarse a mayor velocidad que la moneda.

Parálisis también en un activo político y sindical  desconcertado, desarmado. Sin estrategia y sin otra táctica que demandar aumento salarial o condenar individualmente a tal o cual gobernante.

Estos son los rasgos sobresalientes a diez días de iniciada una cadena de revelaciones que expone el mecanismo para cobrar, trasladar, lavar, invertir y ocultar coimas en dimensiones fabulosas y sin precedentes. Es algo así como el encadenamiento molecular que desemboca en una explosión atómica.

No hay exageración alguna en esa comparación. Como centro de atención pública está la ex presidente (su esposo falleció en 2010). La catarata de denuncias, con pruebas sobradas y visibles, avaladas además por denuncias abrumadoras de su círculo más íntimo, augura un desenlace judicial que difícilmente pueda evitar su encarcelamiento. Pero eso es ínfimo en comparación con el verdadero fenómeno en curso.

Cobro y pago de coimas involucra a todos los partidos y a los más grandes empresarios tradicionales del país (déjese de lado a los advenedizos, nacidos precisamente para darle a este delito nivel de sistema); no deja al margen a las iglesias -en primer lugar la católica y su papa argentino- y, desde luego, apunta una filosa daga contra 9 de cada 10 jueces y fiscales. Más aún: es impensable el volumen de dinero en cuestión sin la participación del narcotráfico, el juego legal y clandestino, la trata de personas…

Dicho de otra manera: por mucho que esta inconmensurable purulencia se exponga alojada en un partido y algunos de sus más notorios representantes, en realidad afecta a las vigas maestras del sistema capitalista en el país. Y de allí proviene.

 

Responsabilidades

Atruena el silencio de las autoridades políticas. De las dirigencias sindicales. No sólo de derechas. Sólo por excepción alguna figura aliada a Cristina Fernández ha salido a decir que denuncias, textos, filmaciones, delaciones y declaraciones formales ante el juez a cargo sobre el trasiego de bolsos repletos de dinero es una trampa urdida por el gobierno y el diario La Nación contra la ex presidente. Han involucrado al papa Bergoglio en esa defensa. Más significativa, aunque menos visible, es la desaparición absoluta de los intelectuales del kirchnerismo: ni una palabra.

Militantes convencidos de que durante los tres gobiernos anteriores se intentaba hacer un país mejor, e incluso avanzar por el camino de la unidad latinoamericana y la revolución, contraponen esa idea con el gobierno actual y, en muchos casos, rechazan las pruebas de la realidad. Puede comprenderse tal reacción, al menos durante un primer período.

Como se ve, “la realidad noes la única verdad”, por la simple razón de que siempre, en cualquier momento y toda circunstancia, lo que está en discusión es precisamente la realidad. Aun así, quienes defienden esa frase insustancial debieran ser consecuentes con la conclusión necesaria.

Más discutibles son aún las previsiones, lo cual no debe impedir ensayarlas: quienes se aferren a la defensa de lo indefendible, serán arrastrados al pantano junto con los nombres más notorios de este período.

No lo decimos ahora, cuando el árbol está caído. Caracterizamos a Kirchner y los suyos desde el primer momento (www.luisbilbao.com.ar; www.uniondemilitantes.com.ar). Denunciamos la falacia de que fuera un equipo político revolucionario. Enfrentamos la idea de que ese elenco gobernante pudiera ser utilizado para una transición en ese sentido.

En 2004 un libro titulado Argentina como clave regional, expuso sin cortapisas la opinión sobre lo que por entonces comenzaba a llamarse kirchnerismo.

En 2013, a causa de un texto contra Fernández titulado Tristeza, vergüenza, indignación,un diplomático venezolano lanzó una diatriba tan furibunda como irreflexiva. La obligada respuesta decía lo siguiente:

“En mi opinión eso (el carácter del gobierno argentino) resulta de, por ejemplo, pagarle 173 mil millones de dólares (cifras dadas por Cristina Fernández como reivindicación y ejemplo) de una deuda externa fraudulenta. No crea que olvido la cumbre de Mar del Plata. Pero, de qué vale acompañar el freno al Alca si luego, por vía directa, le entregamos tamaña riqueza al capital financiero internacional y la Presidente se jacta, con su estilo: “Más que deudores recalcitrantes, somos pagadores seriales”. Lo pongo en cifras redondas para que quede claro: este gobierno recibió el país con 200 mil millones de dólares de deuda externa; pagó 200 mil millones de dólares y debe a la fecha 200 mil millones de la misma moneda. Favorecer al imperialismo es sumarse al G-20. O sentarse en una conferencia pública en Canadá con el presidente de la Barrick Gold, cometiendo la afrenta de poner detrás, como símbolo, la bandera argentina junto a la bandera de la transnacional que roba nuestras riquezas y destruye nuestro hábitat. O acordar con el Ciadi. O hacer del Indec un hazmerreír para después ir a arrodillarse otra vez ante el FMI… ¡para que nos enseñen estadística! O designar como jefe del ejército a un oficial comprometido con la represión. O privatizar primero y pseudoestatizar después a YPF, mientras se aniquila el autoabastecimiento energético. O tener como principal sostén sindical a Gerardo Martínez, secretario general del sindicato de la Construcción, adonde llegó durante la dictadura como informante del batallón 601, célebre por su actuación en la represión ilegal de aquellos años”. (26/11/2013: https://luisbilbao.com.ar/?s=Réplica)

En innumerables textos y exposiciones subrayamos desde la primera hora la ajenidad de Kirchner y su esposa respecto de cualquier política efectiva y consecuente de unión suramericana. Señalamos en cada oportunidad el doble discurso que se concretó siempre en el abandono a la Revolución Bolivariana y su líder, Hugo Chávez. Denunciamos la negativa a sumar a Argentina al Alba y, en su lugar, adosarse de manera parasitaria al G-20, para congraciarse con el imperialismo justo en 2008, momento de máxima crisis del sistema capitalista mundial, lo cual implicó entre otras cosas rechazar la creación de una moneda latinoamericana e impulsar el Banco del Sur y condenó al Alba al aislamiento.

Mientras se aplicaban estas políticas, ladronzuelos disfrazados con traje y corbata, encaramados en sitios de elevada jerarquía (por caso el vicepresidente, ahora preso, condenado a seis años de cárcel por su intento de apropiarse de una imprenta para hacer papel moneda), trasladaban maletas colmadas de dólares o euros a la Casa Rosada, a la residencia de Olivos o al domicilio personal de la familia Kirchner.

Es coherente y está probado. El país puede verlo cada día, ad nauseam, en los medios de prensa del capital. Hasta el ex jefe de gabinete de Fernández, Juan Abal Medina, reconoció que esto ocurría en su oficina, a metros del despacho presidencial. Dos presidentes de la Unión Industrial Argentina (UIA), acusados, se acogieron a los beneficios de la delación. Lo mismo ocurre con dos presidentes de la Cámara Argentina de la Construcción (CAC): Carlos Wagner y Juan Chediack, denunciaron con profusión de detalles el sistema de cobro y recaudación de coimas. Según informa Clarín, este último agregó un eslabón hasta ahora faltante: la participación de notorios banqueros en la tarea de lavar y trasladar fuera del país las ingentes sumas recaudadas. Habrá sorpresas en este rubro. Claudio Uberti, mano derecha de Kirchner hizo una narración minuciosa de sus andanzas como valijero de primer nivel. Son muchos más quienes se acogieron al régimen de delación premiada: recolectores, choferes, el piloto del avión presidencial y… cantidad de empresarios que pagaban para obtener obras a las que se le multiplicaban los costos para aumentar ganancias y a la vez pagar coimas desmesuradas. Un saqueo descarado a la sociedad expuesto con naturalidad por ancianos explotadores sin vergüenza.

Cuando asumió Mauricio Macri como presidente había más del 30% de la población bajo la línea de pobreza (por estas horas vuelve a aumentar vertiginosamente ese porcentaje fatídico). La infraestructura estaba -y sigue estando- devastada; los precios relativos desquiciaban todo y la macroeconomía era –y sigue siendo- insostenible. Mientras la sociedad se hundía en la pobreza y sus terribles secuelas, tenía lugar este robo a gran escala.

¿Es tan difícil comprender por qué ganó la derecha tradicional? Ciertamente no por responsabilidad de quienes en la base de la sociedad creyeron en el carácter “nacional y popular” de Kirchner y los suyos. Pero las dirigencias -peronistas o con diferentes ropajes supuestamente progresistas- no pueden eludir su responsabilidad, tanto en las políticas económicas de esos 12 años como en esta operación escandalosa de robo sistemático.

Más allá de toda acusación o prueba, sin embargo, hay un hecho fuera de discusión: según las propias declaraciones juradas, durante los doce años de gobierno de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, la cuantiosa fortuna familiar se multiplicó de manera desmesurada e inexplicable según las prácticas legales del capitalismo. ¿Es aceptable que aumente de tal manera la riqueza propia mientras se gobierna un país en crisis convulsiva y empobrecimiento vertiginoso? ¿Qué persona honesta -no digamos ya militantes con convicciones revolucionarias- aceptaría que su punto de referencia político enriqueciera mientras empobrece el país y el conjunto de la población?

 

Forma y dinámica de las revelaciones de corrupción

Son responsabilidades insoslayables, indelegables. Ahora bien: urge decir que la corrupción es una función del sistema en crisis. A crisis extrema, corrupción de parejo nivel. Durante los años del menemismo repetimos que las denuncias de corrupción sólo ocultaban el verdadero saqueo del país: pago de deuda y mayor endeudamiento, privatizaciones y otras tantas tropelías de un gobierno peronista del que unos pocos segmentos se desprendieron y diferenciaron.

Eso sigue siendo verdad: no han robado tanto cuanto pagaron en concepto de ilegítima deuda externa. La diferencia es que durante el kirchnerato la recaudación por corrupción aumentó cualitativamente y se transformó en formato de gobierno que al cabo expuso la descomposición de todo el sistema establecido. Multiplicada al infinito, la cantidad cambió la calidad del fenómeno.

La denuncia hecha a través de la filtración de cuadernos con minuciosos apuntes del chofer del recaudador del ministro Julio De Vido, llegó a manos de un periodista de La Nación. Según sus declaraciones Diego Cabot trabajó durante meses comprobando cada afirmación de la Bitácora de este chofer, un ex sargento del ejército. Cuando estuvo todo comprobado, llevó el material al fiscal Carlos Stornelli y al juez Claudio Bonadío, quienes comenzaron con una catarata de acusaciones multiplicada de inmediato por los acusados en busca de acogerse a la ley de arrepentidos. Detalle al margen: Bonadío fue miembro de Guardia de Hierro, la formación fascista del peronismo en los años 1960/70. Igual que Bergoglio, el jesuita ahora empeñado en probar que guarda las tradiciones de su orden.

Uno entre tantos ejemplos de la debacle: Aldo Roggio, titular de la centenaria empresa Benito Roggio, se declaró arrepentido el 15 de agosto y al día siguiente renunció a la presidencia del Directorio de este conglomerado que, con base en la construcción y las obras públicas, intentó ampliarse a otras áreas.

Este fenómeno de fisión nuclear en el aparato de poder político ocurre cuando la crisis económica reaparece con fuerza multiplicada. En la respuesta al diplomático interesado en defender a la Sra Fernández, decía el texto arriba citado:

En los días siguientes (a la designacion de Jorge Capitanich como jefe de gabinete), personajes tales como Mauricio Macri (Internacional Parda) y Eduardo Duhalde (ídem), Sergio Massa (Departamento de Estado, ex jefe de gabinete de este gobierno, gran vencedor de las elecciones en octubre), acompañados por buena parte de las cúpulas empresariales y políticas, salieron a cantar loas a Capitanich. No cabe sorpresa por hallarme a mí al otro lado de la barricada. El ajuste iniciado con cuentagotas en noviembre de 2011 se blanquea ahora y adquiere todo el ímpetu que le impone la crisis. ¿Debería ocultar este curso ante mi clase y mis compatriotas?

Asistiremos a muchos zigzagueos oficiales en el próximo período. Pero no abrigo dudas sobre la resultante: será la misma que se ve luego de 10 años de doble discurso. Argentina va en sentido inverso a la unión del pueblo, la afirmación interna y la unidad latinoamericana. Se impone una aceleración en la desagregación de la alianza política que sostuvo a Néstor y Cristina Kirchner. Y la crisis económica es más seria de lo que todos los enemigos burgueses del gobierno admiten. Vienen momentos difíciles”. (ibid)

No hay oportunismo, entonces, en afirmar ahora la pertinencia de las revelaciones que sacuden al país. Entendemos que el periodista hizo su trabajo y lo hizo bien. La Naciónhizo el suyo, como portavoz del gran capital, especialmente empeñado en el saneamiento del sistema para reiniciar un nuevo ciclo. Según Cabot, un sargento de policía lo abordó en un supermercado para entregarle los cuadernos de marras, puestos en sus manos por su amigo el chofer del ministerio de Planificación, sargento del ejército.

¿Sargentos sin generales? No hay que ser Watson para incurrir en la obviedad de suponer la participación de servicios de espionaje en este maremoto. Tanto para que esa notable Bitácora existiera, como para que llegara a manos del periodista en el momento adecuado: cuando comienza la campaña por la elección presidencial del año próximo. Pero no sabemos nada al respecto, que en su significación fundamental es anecdótico, carece de toda importancia: consumada en Argentina la marcha “en sentido inverso a la unión del pueblo, la afirmación interna y la unidad latinoamericana”, es obvio que el país está a merced de todo tipo de manejos, internos y externos, siempre en función de los intereses del gran capital. El hecho es que digitada o no, la operación inicial se fue de control.

A mediados de agosto esto significa un golpe demoledor para el peronismo y en primer lugar para el ala identificada con Cristina Fernández. En ese sentido favorece al gobierno. Pero a su vez amenaza a Macri y sus aliados porque él mismo -y muchos de sus colaboradores dentro y fuera del aparato oficial- proviene de la llamada “patria contratista”. Sobre todo, combinada con el agravamiento de la crisis económica, la avalancha de denuncias plantea el riesgo de ingobernabilidad o, como mínimo, dificultades extremas para la estabilidad social y el equilibrio del poder político.

En pocas palabras: Argentina ingresa en una nueva fase de graves turbulencias con una burguesía sin partidos, una iglesia golpeada por su propia corrupción y por su reciente papel nefasto al impedir una ley que legalizaría el aborto, sin sindicatos reconocidos y respetados por las bases, con el empresariado expuesto en su impúdica desnudez, sin instituciones capaces de afrontar una explosión social espontánea y, por supuesto, sin un partido revolucionario con aval de masas.

 

Burguesía en emergencia

Pocas horas atrás, el 15 de agosto, se reunió la única organización del capital que se mantiene con un mínimo de coherencia: la Asociación Empresaria Argentina (AEA). Su máximo exponente, Paolo Roca, presidente del grupo Techint (la mayor empresa privada del país), está acusado de pagar coimas multimillonarias y se defiende de manera abyecta: uno de sus principales ejecutivos, quien se declaró arrepentido, dijo que pagaron a Kirchner para lograr que Chávez permitiera la salida de unos 500 empleados argentinos de la empresa Sidor, cuando ésta fue nacionalizada en Venezuela. Roca repitió el argumento. Es redondamente mentira que la coima se haya pagado para eso. No hubo, en absoluto, impedimento alguno para que empleados de Sidor regresaran a su país. La coima fue para que el ex presidente interviniera a favor de incrementar el monto por indemnización que pagaría Venezuela. Así incentivado, Kirchner presionó en declaración pública al gobierno de Chávez. Un editorial de La Nacióncitó con encomio la opinión del ex presidente.

Como sea, el hecho es que tras su mentira justificatoria, Roca dijo formalmente en la reunión de AEA: «Las rebajas de las retenciones, la reducción parcial de algunos reintegros o la postergación parcial de algunos aspectos de la reforma fiscal son sacrificios inevitables hoy para poder llegar a tener a mediano plazo un país con menor carga impositiva y un país creciente». En el mismo encuentro el titular de Pan American Energy, Alejandro Bulgheroni, expresó: «Tenemos costos laborales altos y productividad baja. Creo que deberíamos negociar nuevos convenios de trabajo donde se tenga en cuenta la productividad». Héctor Magnetto, titular del Grupo Clarín, declaró: «Por un lado, la extraordinaria versatilidad de nuestros recursos nos tiende a menudo la trampa de creernos más ricos de lo que somos y de gastar a cuenta» (todas las citas están tomadas de la página web del diario La Nación)

Traducido: apoyamos el ajuste; demandamos menor costo de la mano de obra; reclamamos acentuar el ajuste. En términos políticos, frente a la amenaza de la crisis económica y la involuntaria escalada contra el empresariado, el gran capital cierra filas con el gobierno.

También puede decirse de otra manera: en situación de emergencia, la gran burguesía avala el choque mortal con advenedizos y corruptos confesos, exige continuidad en el ajuste económico y juega su suerte con el gobierno de Macri. El Frente Amplio Burgués continúa vigente.

Una vez que AEA da la tónica, otras voces afinarán con ésta, aunque desconozcan el arte de la armonía y desafinen hasta lo insoportable: el FAB (sigla inexistente, por supuesto) buscará rearticularse.

Habrá que ver si lo consigue. Porque está en juego otra batalla, encubierta bajo el estrépito de la corrupción. En condiciones normales, mediante diferentes mecanismos el gran capital succiona a sus pares de menor envergadura una porción de la plusvalía que estos obtienen de sus trabajadores. En Argentina, una fracción advenediza de la burguesía parasitaria, circunstancialmente al comando de las palancas del Estado, encontró un modo singular de birlar riqueza a grandes empresarios. Llegada la hora política, la tortilla se vuelve. Los ganadores de ayer lo pagarán muy caro. El costo de este juego siniestro cae sobre los trabajadores y el conjunto de la población.

 

Lo que vendrá

¿Cómo saldrá el gobierno de la gravísima encrucijada económica, que algunos portavoces del gran capital igualan con 2001? ¿Cómo se cumplirá con los planes de obras públicas, base de cualquier reactivación económica, si los titulares de las empresas que deben hacer ese trabajo están presos, arrepentidoso sospechados de formar parte del sistema de corrupción organizado por el propio aparato del Estado? ¿Cómo resolverá el Ejecutivo la contradicción entre poder político y poder establecido?

No hay dos maneras. O el gobierno expropia, estatiza y toma el control de todas las empresas expuestas en la corrupción sistémica, o negocia con los supuestos arrepentidos.

Una tercera opción es llevar a la quiebra esas empresas y afrontar la desocupación de miles de trabajadores, pero sobre todo la imposibilidad de utilizar la capacidad productiva de ese conjunto para impulsar la reactivación y ganar puntos con vistas a las elecciones del año próximo.

¿Encontrarán los ministros de Macri un tercer camino? Es posible. Tanto como es seguro que cualquiera de las dos últimas opciones teóricas desembocaría en un rápido fracaso, con el consecuente agravamiento del cuadro general. Como es impensable que opten por la estatización de ese pozo de corrupción, resta prepararse para el resultado.

Al día siguiente de la AEA hubo un acto político-sindical convocado por Hugo Moyano, titular del sindicato de Camioneros, también él acorralado por numerosas acusaciones judiciales, aunque por diferentes razones. Aislado respecto del conjunto de la Confederación del Trabajo (CGT), Moyano dijo en su discurso: «los jueces y fiscales presionados por el Gobierno  podrán quitarme la libertad, pero no la dignidad de defender a los trabajadores». No habló sin embargo de las acusaciones contra empresarios y funcionarios y no mencionó a Cristina Fernández, con quien hasta días antes apareció nuevamente asociado en la perspectiva de un frente electoral para 2019. En cambio presentó un programa basado en los Congresos de La Falda y Huerta Grande, referencias históricas del movimiento obrero.

Esta reivindicación de Moyano, avalada por un puñado de sindicalistas de escaso o nulo respaldo, merece un paréntesis. Con motivo del 40º aniversario de la insurrección obrero-estudiantil en Córdoba, revolucionarios de diferentes orígenes realizaron el Encuentro Huerta Grande-Cordobazo. El propósito fue unir hechos históricos como fundamento de un programa de acción frente al gobierno de Néstor Kirchner, ya claramente definido a favor de un “capitalismo serio”, que tomaba a Alemania como modelo.

Moyano era por entonces oficialista. Y los sindicalistas que el 16 de agosto último lo acompañaron se habían deslizado a mayor o menor velocidad hacia el llamado “kirchnerismo”. Nadie apeló a los fundamentos de los programas de Huerta Grande y La Falda para afrontar la coyuntura (estábamos en medio de una aguda recesión y Kirchner sería aplastado en las elecciones legislativas). Por el contrario, hicieron lo impensable para abortar aquel intento de retomar banderas históricas de lucha obrera y popular. Lo lograron. A la vuelta de 10 años, en medio de la descomposición nacional, reducidos a su mínima expresión, recuerdan aquellos programas. ¿Puede sorprender que los trabajadores, las juventudes, no les crean?

Enfundada en esa retórica se anunció la creación de una “Multisectorial 21 F”. Se trata de una singular alianza evangélico-católica. La misma que movilizó considerables multitudes de inequívoco signo derechista y presionó sobre los senadores al punto de evitar la legalización del aborto. Moyano -acólito del movimiento evangelista- y numerosos aspirantes a representantes del papa -entre los cuales algunos fascistas de prosapia- lanzan esta supuesta multisectorial con la elección presidencial como objetivo. Involuntariamente ponen de manifiesto a la vez una debilidad insólita de la iglesia católica, el auge de las denominaciones evangelistas, la ausencia de puntos de apoyo firmes para una formación electoral burguesa y, último pero de primera importancia, la desorientación desesperada de sindicalistas otrora considerados combativos.

Con todo, aquellos conceptos para la acción afirmados por los trabajadores en Huerta Grande y La Falda continúan vigentes. Sólo que su aplicación requiere de una fuerza política independiente del capital, en combate franco con el intento de rearmar un frente capitalista para las elecciones presidenciales, religioso o no, encabezado o no por Cristina Fernández.

 

Recomposición

No hace falta decir que una institución tan putrefacta como el Poder Judicial no saneará un sistema político hundido en el lodazal. Mucho menos cabe esperar que el gobierno Macri, representativo del gran capital, lleve a la conclusión virtuosa el juicio a los principales exponentes de la burguesía, ahora mostrados en público como vulgares ladrones. Todo lo más, si acaso lo consiguen, pondrán fuera de juego -y tal vez en la cárcel- a figuras de la protoburguesía advenediza predominante en el último período.

Por mucho que se vista con ropas ajenas, la alianza en ciernes católico-evangelista, en caso de consolidarse no podría sino impulsar una deriva reaccionaria, oscurantista, mafiosa y por supuesto pro-capitalista, como lo mostró en su lucha contra la legalización del aborto.

En un momento clave para América Latina, con el sistema capitalista global convulsionado y en vertiginosa decadencia, Estados Unidos aprovecha la coyuntura local para acentuar el saqueo de riquezas pero, sobre todo, para usar al país como plataforma contrarrevolucionaria en el continente. Washington promueve la guerra como única respuesta a la crisis económica que carcome su poder.

Impensable la recomposición del país limitada a sus fronteras nacionales. Argentina no dejará de rodar hacia el abismo si hombres y mujeres conscientes no se disponen a llevar a cabo una muy honda revolución política, económica, social y cultural. Ese objetivo gigantesco sólo podrá ponerse en marcha y avanzar exitosamente a escala internacional y con base específica en América Latina. Este texto concluye en el día aniversario del Libertador José de San Martín. Hace 200 años él comprendió esta verdad elemental. Es hora de poner manos a la obra.

17 de agosto de 2018

@BilbaoL