La otan en una ciénaga

Guerra en Europa: causas y perspectivas

porLBenCR

 

 

«en la conducta de la OTAN frente a Yugoslavia plasma ya la amenaza impensable hasta hace poco de una intervención militar de la Alianza imperialista en los conflictos generados por el intento de restaurar el capitalismo en Europa oriental y la URSS» (Crítica Nº 1; Octubre de 1991)

Ya ingresó en otro terreno la crisis del capitalismo: hay guerra en Europa. La Organización del Tratado del Atlántico Norte, nombre difuso para un aparato militar imperialista monolíticamente conducido por la clase dominante estadounidense, ha lanzado sus tropas contra un país ubicado en el corazón geográfico, político e histórico del exhausto continente.

Quienquiera que se ubique ante este conmocionante acontecimiento apartándose de una concepción de clase y materialista de la historia reproducirá, con mayor o menor conciencia, el penoso ejemplo de políticos e intelectuales hasta ahora recostados en el flanco progresista, que ante el dilema de un mundo en situación límite exponen opiniones y conductas durante mucho tiempo camufladas y encomiendan el futuro del hombre a los mandatarios del imperialismo(1).

Es por demás significativo que esta guerra particularmente cruel, en la que el agresor golpea a distancia y a resguardo, con desmedida capacidad de destrucción, se lleve a cabo en nombre de los derechos humanos. Ya está a la vista del mundo que las primeras víctimas de esta guerra fueron centenares de miles de albano-kosovares. Sólo después de provocar la destrucción, el horror y el éxodo masivo de quienes constituían el 90% de la población de Kosovo, se pasó a las fases siguientes, cuyas víctimas residen en el resto de Yugoslavia.

Es por demás claro que la guerra no se restringió al área de Kosovo, ni a Yugoslavia; (están en situación beligerante de hecho Macedonia, Bosnia-Herzegovina y Albania -donde hay bases militares de la OTAN- Croacia, Eslovenia, Grecia, Turquía y Hungría,) e instauró una dinámica descripta con elocuencia por el envío de naves de apoyo rusas al Adriático y la súbita aparición de titulares de la prensa comercial aludiendo a los riesgos de una tercera guerra mundial.

Todo ello, en nombre de los derechos humanos. Culmina de este modo una estrategia sistemáticamente desplegada desde la presidencia de James Carter, cuando Estados Unidos debía recomponerse de su múltiple derrota en Vietnam y afrontar la perspectiva de una brutal crisis capitalista mundial desde una coyuntura de alza de la revolución en prácticamente todo el planeta(2).

Tal estrategia imperialista logró su objetivo: pasteurizó posiciones ideológicas progresistas pero sin neta definición anticapitalista, incapaces de comprender los fundamentos materiales de los derechos humanos y por lo mismo inconsecuentes a la hora de defenderlos en circunstancias extremas y a escala global.

El lazo fue tejido con sistematicidad científica por Zbigniew Brzezinsky, entonces mano derecha de Carter y ahora feroz promotor de bombardeos masivos y ocupación territorial de Yugoslavia. Y allí puso el pie no sólo buena parte de una intelectualidad siempre dispuesta a hallar caminos que no le exijan un choque frontal con el poder establecido, sino la gran mayoría de una izquierda reformista azorada ante la -para ella- inconcebible caída de la Unión Soviética.

Más aún: contingentes revolucionarios de relevante peso en la etapa anterior se deslizaron con mayor o menor conciencia hacia la trampa de los derechos humanos como principio abstracto, ubicado por sobre definiciones de clase y ajeno a la naturaleza del sistema socioeconómico. El colapso de las organizaciones de izquierda revolucionaria contribuyó a que innumerables militantes buscaran refugios en «organizaciones de derechos humanos», que con las mejores intenciones cristalizaron la noción implícita de que se puede luchar consecuentemente y hasta el fin por tales derechos sin partir de una estrategia, una política cotidiana y una organización definidas por el objetivo de abolir el capitalismo.

Este desenlace constituyó una derrota ideológica de las propuestas revolucionarias en general y específicamente de las fuerzas marxistas(3). Y esa derrota se hace patente hoy, cuando ante el espectáculo aterrador de la represión contra las mayorías albano-kosovares y su vil utilización por el imperialismo para desatar una guerra en el corazón de Europa, partidos genéricamente denominados de izquierda, organizaciones de derechos humanos e individuos caracterizados por su compromiso con la equidad, la justicia y el progreso humano, primero admiten la posibilidad de que los ejércitos del imperialismo cumplan un papel humanitario, para luego asistir horrorizados e impotentes a una carnicería monstruosa.

Son escasas y de limitado alcance las voces que se levantan para denunciar lo obvio: que esta guerra está directamente apuntada contra las masas de todos los países antes llamados socialistas, y por razones circunstanciales toma como primera víctima a los trabajadores y el pueblo yugoslavos,

He allí la lógica del panorama actual: ni siquiera en Europa hay una generalizada sublevación contra lo que se anuncia como el prólogo de una guerra en constante expansión territorial y a cada instante más devastadora en términos de bienes materiales y vidas humanas.

Hay, sin duda, movilizaciones antiguerra en casi todas las capitales europeas. Pero no existe proporción alguna entre la magnitud de la agresión, la tenebrosa dinámica ya en plena marcha, y la respuesta social. La intelectualidad europea está atónita; los partidos de masas, se muestran comprometidos de hecho y de derecho con la agresión; los sindicatos están paralizados. Sólo franjas radicalizadas de la juventud y organizaciones allá denominadas de extrema izquierda se esfuerzan por hacer escuchar la consigna que debería estar atronando al mundo: ¡No a los bombardeos!; ¡Fuera la OTAN de Yugoslavia!

 

Causas de la guerra

Una imagen de insuperable fuerza muestra el contenido esencial de esta nueva operación bélica: cuando el 24 de marzo el presidente estadounidense William Clinton ordenó el bombardeo contra Yugoslavia, el primer ministro ruso, Eugeny Primakov, volaba rumbo a Washington para entrevistar al hombre que acababa de iniciar una guerra de invasión en Europa. Al conocer la noticia, el avión ruso giró sobre las aguas del Atlántico y regresó a Moscú.

Bien mirado, la fuerza que viró el timón de la nave en la que viajaba Primakov es un movimiento previo en la dinámica socioeconómica de la ex Unión Soviética y la totalidad de los países componentes del ex Pacto de Varsovia.

Hace una década, aquellos países orientaron su brújula hacia el capitalismo. Pero a mitad de camino, por causas por completo ajenas a la voluntad de gobernantes y partidos, emprendieron el retorno. Sólo que a diferencia de Primakov, no lograrán aterrizar en el punto de partida.

Es precisamente en la incógnita respecto del destino hacia el que se enfila aquel conjunto de países, donde reside una causa decisiva de la nueva coyuntura internacional: la ex Unión Soviética y los demás componentes del fenecido Pacto de Varsovia ya no sostienen la marcha hacia el capitalismo emprendida a fines de los años 80; pero tampoco pueden recomponer la estructura socioeconómica, política y militar, sobre la que reposó el equilibrio planetario desde el pacto de Yalta celebrado entre Stalin y Roosvelt (ante la mirada abotagada de Winston Churchil, representante de la potencia relegada,).

Pero ¿por qué se detuvo e invirtió ese rumbo? Está fuera de duda que la causa no reside en la voluntad de los gobernantes de aquellos países (todos ellos integrantes de las altas cúpulas del poder antes del cambio oficial de bandera, cuando aún se mostraban disfrazados de comunistas). Tampoco se explica por movilizaciones de masas organizadas y conscientes que se oponen a la propuesta estratégica de sus gobernantes. Hay, sin duda, descontento general y luchas de diverso calibre. Pero nada de eso puede ser confundido con un reclamo social capaz de torcer el brazo a las cúpulas protoburguesas y sus sostenes imperialistas.

Las causas de la guerra, por tanto, pueden ser reducidas a una en particular, fincada en el desarrollo inmanejable de factores objetivos que desembocan en el hecho a la vista: el fracaso de la economía de mercado no ya para mejorar las condiciones de vida de aquellos pueblos, sino para sostenerlo en los niveles alcanzados durante el sistema anteriormente vigente.

El pavoroso panorama social provocado por la introducción de las leyes de mercado y la vigencia dominante de la ley del valor en economías no capitalistas, es un indicador de brutal objetividad para despertar a aquellos que no pudieron prever en términos teóricos lo que tal política acarrearía. La guerra es la expresión de ese proceso en otro plano: el del inevitable uso de la violencia extrema por parte de quienes quieren imponer el nuevo sistema (y deben hacerlo como condición de sobrevivencia) y quienes se resisten a ello, aun sin programa, organizaciones y líderes propios. Por lo mismo, se agravará al ritmo indetenible del descontrol económico y el colapso social. En un movimiento preventivo, Washington se propone ocupar Yugoslavia e instalarse allí. No puede confiar en los ejércitos europeos. Mucho menos en las de los países incorporados a la OTAN diez días antes del inicio de las operaciones (Polonia, República Checa y Hungría).

No es una explicación arbitraria ex post facto. Decíamos en el Nº 1 de Crítica, en un texto redactado en septiembre de 1991:

 «al mismo tiempo que afirmamos que el violento desplazamiento de fuerzas resultante de la implosión de la URSS afirma la tendencia de fortalecimiento relativo del imperialismo, ratificamos el análisis desarrollado en el informe precedente y subrayamos la conclusión de que el nuevo orden mundial del que gusta hablar el presidente George Bush está más lejos que nunca luego del estallido de la URSS.

(…)

Durante la crisis de agosto [de 1991] Estados Unidos vio de cerca el espectro de la desestabilización política global y la detonación de la crisis económica. Ante la amenaza, Occidente optó por una política de abierta injerencia en los asuntos internos de la URSS. Esa actitud es sólo un preaviso de lo que vendrá y en la conducta de la OTAN frente a Yugoslavia se plasma ya la amenaza impensable hasta hace poco de una intervención militar de la Alianza imperialista en los conflictos generados por el intento de restaurar el capitalismo en Europa oriental y la URSS»(4).

Tal conclusión se afirmaba en una interpretación respecto de la pretendida transición al capitalismo y de los fenómenos objetivos y subjetivos en curso en aquellos momentos. Un resumen de tales fundamentos se halla en el mismo artículo algunas páginas antes:

 «… aun dejando de lado los problemas obvios que plantea pasar a manos privadas los medios de producción y reorganizar la producción según las reglas del mercado -es decir, dejando de lado el quid de la cuestión- para que ese nuevo sistema funcione es necesario, como lo es en cualquier país capitalista, comercializar lo que no es desde hace décadas objeto de comercio: cobrar la educación, cobrar la atención médica, cobrar el transporte, poner precio según las reglas del mercado al pan, la carne, la vestimenta. Será necesario cobrar los alquileres al precio de mercado y arrojar a la calle a millones de familias -decenas de millones si se toma en cuenta la totalidad de la Unión Soviética y Europa oriental.

«Se trata, por tanto, de una revolución social en contra de los intereses inmediatos de noventa y nueve de cada cien habitantes. Pero una revolución social contra el conjunto de la sociedad es una contradicción en los términos; una contrarrevolución sin atenuantes y en una escala jamás vista.

«Ahora bien: ¿quién podría llevar a cabo una empresa semejante? ¿Quién tiene la fuerza necesaria para ello? ¿Acaso el gobierno checoslovaco de Vaclav Havel? ¿La tendrá tal vez el de cualquier otro país eurooriental, para no hablar de la Unión Soviética? Parece innecesario subrayar que no. Esos gobiernos han sido catapultados por las masas a los puestos de comando con la misión de garantizar las libertades democráticas, los derechos individuales y el bienestar general. Para aplicar el programa inverso, deberán chocar con movimientos de masas aún mayores e infinitamente más violentos que los que derrumbaron al stalinismo. Y no tienen fuerza para ello, excepto si recurren a la ayuda militar de Occidente.

«En modo alguno hay que descartar la perspectiva de que, precisamente, fuerzas de la OTAN deban involucrarse por una u otra vía en los grandes conflictos sociales que se anuncian en el horizonte de Europa Oriental»(5).

A partir de estas caracterizaciones sostenidas ocho años atrás, tiene un peso diferente nuestra rotunda negativa a considerar con un mínimo de validez como causa de la guerra los problemas étnicos y religiosos. Estos son, fuera de toda duda, puntos reales de confrontación y de enorme gravitación social. Pero no son la causa, sino una palanca manipulada primero por la casta burocrática yugoslava para imponer la reacción capitalista y luego por el imperialismo, esgrimida como falaz defensa de derechos humanos cuando aquellos esfuerzos vernáculos probaron su irremediable inviabilidad.

Como en el caso de Irak, Estados Unidos fue un factor clave en el sostén y fortalecimiento del hombre al que hoy se demoniza y sobre el cual se pretende cargar la responsabilidad de un curso demencial para toda Europa. En consecuencia, los devastadores bombardeos no apuntan a Slobodan Milosevic, sino a las masas yugoslavas en primer lugar y, como letal advertencia, al mundo en su totalidad.

 «El capitalismo no puede dar lo que ustedes piden. Y necesita todavía quitarles lo que tienen», dicen los misiles de la OTAN. «Y estamos dispuestos a mostrarnos como somos para amedrentarlos y evitar que se levanten contra nosotros».

Así de claro es el mensaje de los estrategas del Departamento de Estado. Y así de claros son los resultados: la destrucción inenarrable, los crímenes sin calificativos perpetrados para colmo en nombre de los derechos humanos no pueden ocultar la realidad.

El New York Times advertía en un editorial del 2 de abril (horas antes de que, dando inicio a una segunda fase en la escalada, comenzaran a caer misiles sobre Belgrado): «Clinton y sus asesores deben resistir la tentación de reaccionar a cada fracaso militar con una escalada de combates inmediata e improvisada».

No se trata de sentimientos humanistas de los halcones de la prensa imperial. Advierte el NYT: «Se necesita un mes o más para desplazar lo tanques, helicópteros y 200 mil soldados requeridos para limpiar Kosovo de fuerzas serbias. Cualquier estrategia podría producir un gran número de bajas a la OTAN. Por ahora, la respuesta militar más apropiada a los asaltos serbios es localizar y bombardear las fuerzas serbias en Kosovo, romper sus líneas de abastecimiento y su red de comunicaciones y golpear puestos de comando y otros objetivos militares fuera de Belgrado. Planes inadecuados de la OTAN y el mal tiempo han restringido tales ataques hasta ahora. Más ataques aéreos no pueden evitar las atrocidades serbias, pero pueden dificultar su avance y eventualmente llevar a Milosevic a buscar un arreglo político. En la guerra, disgustos y frustraciones pueden producir decisiones impulsivas y erróneas» (El texto en negrilla no está en el original).

Los estrategas del imperialismo admiten una «frustración» y temen la encerrona mortal que implica enviar tropas terrestres. Pero, dada la conducta del gobierno serbio hasta el momento, no parece que la OTAN tenga otra opción. Resulta difícil imaginar que Estados Unidos y la Unión Europea estén dispuestos a sufrir una humillación militar que debilitaría al extremo su posición ante el crecientemente difícil panorama mundial. Por eso es altamente probable que la escalada continúe, aunque se observan significativas grietas en la clase dominante estadounidense ante la inminencia de la decisión.

Un índice elocuente de la dinámica instaurada lo da Henry Kissinger -hasta ahora fervoroso opositor al ataque a Milosevic, a quien considera un aliado- en una columna publicada por Newsweek con fecha 5 de abril: «Si un cese de fuego en tales términos es rechazado por Milosevic, no habrá otra alternativa que continuar e intensificar la guerra, introduciendo si es necesario fuerzas de combate terrestres de la OTAN -una solución que hasta ahora he rechazado apasionadamente pero que deberá ser considerada para mantener la credibilidad de la OTAN».

¿Qué es, exactamente, la credibilidad de la OTAN? Pues, ni más ni menos, su capacidad coercitiva sobre toda Europa; su imagen como poder militar inapelable.

El hecho es que precisamente esa imagen, a la vez que expone sin velos sus rasgos de inhumana crueldad, muestra que es incapaz de transformar su extraordinaria capacidad técnico-guerrera en eficiencia militar. Y ni hablar de la capacidad política: transformar al aliado Milosevic (como antes a Saddam Hussein) en símbolo de resistencia antimperialista, tal como lo advierte Kissinger en letra roja, es una prueba de debilidad estratégica de inexorables consecuencias nefastas para el imperialismo. Todo ello se multiplicará al extremo si se produce la invasión por tierra. No se gana una guerra sin dar ese paso. Y éste -como lo demuestra de manera conmovedora la defensa de puentes y fábricas por parte de obreros, jóvenes e intelectuales dispuestos a inmolarse bajo las bombas de la OTAN- hallará un pueblo decidido a resistir, con tradición de lucha y armamento adecuado.

En esta combinación explosiva de fracaso e impotencia de las cúpulas burocráticas del Este aliadas a los jefes capitalistas de Occidentes, quienes deben ordenar bruscas maniobras para cambiar de rumbo (diez días después, esquivando las bombas de la OTAN, Primakov se reunió con el presidente yugoslavo Slobodan Milosevic) se hallará la explicación de las torpes marchas y contramarchas de la OTAN, que al cumplir 50 años de existencia entra por primera vez en combate, admite la reaparición en el escenario de la guerra de las fuerzas armadas alemanas y demuestra que ir a remolque de Washington es, a la vez, el destino ineludible y la cruz intolerable de la Europa capitalista que pretende alcanzar el rango de gran potencia mediante la Unión Europea.

 

Rasgos sobresalientes de la crisis 

Por el momento, es obvio que se ha fracturado de manera estrepitosa y ante los ojos del mundo aquel matrimonio tan armonioso que tenía la cúpula rusa con el gobierno de Estados Unidos. Ahora se muestran como lo que son: gobiernos de países con intereses objetivamente encontrados.

El mundo asiste además a una ruptura de la legalidad internacional, que no llega a la desaparición formal de las Naciones Unidas, pero deja en el pasado las reglas internacionalmente admitidas como tales para el actual ordenamiento mundial.

Con todo, no es el aspecto jurídico o institucional lo que importa, sino la verificación de la fractura del imperialismo.

Una fractura múltiple y de extraordinaria complejidad a seguir de cerca: el gobierno alemán, que en todo el período anterior -con el canciller conservador democristiano Helmut Kohl- se había alineado con Francia contra Estados Unidos, ahora, con el canciller socialdemócrata -parte de la muy promocionada Tercera Vía- se alínea con Estados Unidos contra Francia. (Entre paréntesis y como llamado de atención respecto de las posiciones ajenas a los criterios de clase, hay que subrayar que el ministro de Relaciones Exteriores de la Alemania que vuelve a bombardear Belgrado, como lo hizo durante el período nazi bajo las órdenes de Hitler, es integrante del Partido Verde).

Precisamente, un rasgo trascendental de esta crisis es el posicionamiento de partidos que, a causa del retraso en la expresión lingüística de brutales virajes de la Historia, aún se denominan socialistas y comunistas: el primer ministro italiano Massimo D’Alema (casi tan atildado como su par británico Anthony Blair), ex comunista y actual líder del reciclado Partido Democrático de Izquierda, gobierna el país de cuyo territorio parten los aviones estadounidenses que van a sembrar terror y destrucción en Yugoslavia (tal como lo pide el decano de la prensa libre mundial: «bombardear las fuerzas serbias en Kosovo, romper sus líneas de abastecimiento y su red de comunicaciones y golpear puestos de comando y otros objetivos militares fuera de Belgrado», aunque sin seguir al pie de la letra la idea de ahorrar objetivos civiles y la capital del país). Hasta donde sabemos (y la premura de este texto puede hacernos incurrir en un error, que gustosamente corregiríamos), el Partido de la Refundación Comunista no ha roto lanzas contra el gobierno de D’Alema en el Congreso.

Lo mismo pasa con el gobierno francés, encabezado por el socialdemócrata Lionel Jospin e integrado por ministros afiliados al partido comunista de Francia. No hay dudas de que Francia (y no sólo su gobierno centroizquierdista, sino sobre todo la derecha gaullista), va a remolque y a disgusto en este tren del horror piloteado por la Casa Blanca. Aquí, otra vez, abrimos la posibilidad de que la urgencia atente contra la exactitud. Pero hasta donde se puede ver el disgusto no se traduce en netos gestos políticos rotundos: Jospin no ha renunciado y tampoco los ministros comunistas.

En cuanto al sonriente Blair, cuyo promocionado pensamiento renovador semeja un pequeño tonel vacío y carcomido por las termitas, cumple con fruición el papel de palafrenero de Clinton (eso sí: sin perder por un instante su sonrisa indicativa de inequívoco cretinismo intelectual y moral).

Otro es el caso del socialdemócrata alemán Gerhard Schroeder: luego de haber entregado la cabeza de Oskar Lafontaine (uno más de la estirpe de Ebert, que cometió el error táctico de pedir aumento de impuestos a los capitales dominantes para detener el colapso hacia el que marcha Alemania) a los leones de la gran industria germana, este otro simpático exponente de la Tercera Vía completó su definición aprovechando la coyuntura para poner en acción nuevamente -y tras 50 años de estrictas restricciones- a la fuerza aérea de aquel país recordado por los horrores de la segunda guerra mundial.

Desde su retiro, Felipe González no se quedó atrás: respaldó sin restricciones las operaciones de la OTAN subrayando que «hay que eliminar a Milosevic». Su epígono Solana entendió el mensaje y, dado que matar al presidente yugoslavo conlleva ciertas dificultades, refrendó la orden proveniente de Washington de bombardear indiscriminadamente objetivos civiles y destruir todo lo posible en aquel país.

Ninguno de estos personajes travestidos de progresistas y encargados de iniciar una guerra con ominosas derivaciones para toda la humanidad será exculpado por el tribunal de la Historia. Pero es altamente probable que, antes de aquella instancia, vengan millones de jóvenes y trabajadores europeos a desenmascararlos y arrojarlos sin contemplaciones al lugar que les corresponde.

Dicho de otro modo: cumplida la primera fase de la faena sucia que siempre el gran capital encarga a fuerzas reformistas integradas al sistema, todos estos gobiernos deberán afrontar una polarización de la sociedad, una crisis política que los volteará uno a uno y, como históricamente ocurrió, abrirán paso a la ultraderecha si es que la izquierda no adelanta con energía e inteligencia su propia alternativa.

 

Yugoslavia, Kosovo, los Balcanes y el mundo

¿Cuál podría ser la alternativa? Desde luego que el primer objetivo es detener la guerra. Toda vacilación respecto del papel de la OTAN en Yugoslavia deriva de inmediato en complicidad con una estrategia que, en última instancia, mientras descarga misiles contra los pueblos de países entrampados en su intento de retornar al capitalismo, apunta a la clase obrera de Europa occidental y de Estados Unidos. Un frente único antiguerra, que reúna al más amplio espectro posible tras este objetivo puntual, es la tarea central de la hora.

Respecto del problema nacional de Kosovo y la política del gobierno procapitalista presidido por Milosevic no hay incógnitas: la teoría y la genuina práctica del marxismo sostiene el derecho a la autonomía e incluso la independencia de toda nación que así lo decida en un momento dado. Con el 90% de la población y la carga de una política discriminatoria primero y ferozmente represiva después por parte del gobierno central, este derecho de los albano-kosovares es indiscutible, al margen incluso de toda consideración respecto de la conveniencia o no de adoptar tal medida en el actual cuadro internacional. No se trata, sin embargo, de un debate sobre posiciones genéricas. Estos conceptos no impiden ver con objetividad que el movimiento armado kosovar, sin duda legítimo en sus comienzos, ha derivado luego hacia posturas terroristas y compromisos directos con Bonn y Washington, inaceptables en cualquier fuerza que defienda posiciones de emancipación nacional: él Ejército Kosovar de Liberación pidió el bombardeo imperialista contra su propio pueblo y utilizó métodos terroristas -ajenos por definición a la teoría y la práctica de los revolucionarios marxistas- no sólo contra ciudadanos de origen serbio en Kosovo, sino contra albano-kosovares renuentes u opuestos a seguir la línea trazada por este pseudoejército teledirigido por la CIA.

En ninguna hipótesis se puede confundir a los jefes del EKL con la voluntad soberana del pueblo albano-kosovar. Y es dable suponer, sobre todo a la luz de los últimos acontecimientos, que esos dos millones de personas, en condiciones de expresarse libre y democráticamente, no condonarían la infamia de quienes suscribieron un pedido de bombardeo sobre Kosovo. Su demanda de autonomía o incluso independencia, cobraría entonces otro carácter.

Como quiera que los hechos se desarrollen, es claro para un análisis objetivo que no habrá solución en marco del capitalismo y que toda perspectiva de convivencia interétnica y multirreligiosa -tanto más la reconstrucción de la devastación provocada por la guerra- plantea como condición primera retomar el camino de la edificación socialista, asimilando la experiencia pasada y sobre la base de la democracia obrera.

 

Perspectivas en el terreno militar

El objetivo militar de la guerra es demoler con bombas aquello que no pudo ser derrumbado en 10 años de políticas pro-capitalistas apoyadas en un consenso general para marchar en esa dirección. A partir de allí, se trata de ocupar el territorio y sostenerlo como base territorial para afrontar lo que viene en el resto de los países no capitalistas.

Diversos análisis aluden a un error de cálculo: el Departamento de Estado habría dado por seguro que, tras los primeros bombardeos aéreos, Milosevic aceptaría una negociación sobre la base de que la OTAN controlara la provincia de Kosovo. Es una hipótesis que no podemos afirmar ni descartar. Como quiera que sea, el objetivo mínimo es el emplazamiento de fuerzas de la OTAN en territorio yugoslavo. No de las Naciones Unidas, porque allí tendría injerencia militar el ejército ruso.

El hecho es que Milosevic no se rindió hasta el momento en que se redactan estas líneas; y no es probable que lo haga. Por el contrario, en su encuentro con Primakov cambió apoyo militar -presumiblemente ya obtenido- por una suerte de Confederación o Unión entre Rusia, Bielorusia y Yugoslavia (Hungría quedaría, si el proyecto se consuma, como clavo al rojo entre los dientes de una poderosa tenaza. Y sería, en tanto que miembro de la OTAN, un peldaño más de la fuerza bélica que avanza de Occidente hacia el Oriente europeo).

Si en las próximas semanas no se arriba a un acuerdo que contemple la necesidad estadounidense y la exigencia yugoslava asumida por Rusia (ya fracasó, el 15 de abril en Oslo, una negociación entre Primakov y la secretaria de Estado Madeleine Albright), el inicio de las operaciones terrestres será inevitable. Mientras tanto, va de suyo, los bombardeos aéreos deberán incrementarse.

En esa variante, el mundo tiene por delante una guerra de larga duración e inevitable extensión: la OTAN habrá entrado de cuerpo entero en una ciénaga.

Las declaraciones belicistas del presidente ruso Boris Yeltsin no valen por sí mismas sino por lo que intentan ocultar: están dictadas por una necesidad imperiosa de un gobierno moribundo. Es presumible que las masas ex soviéticas perciban con claridad que el presente yugoslavo prefigura su propio futuro. Pero además, es el presente ruso, dominado por un colapso económico sin precedentes en la historia, lo que hace crujir el frágil andamiaje montado por la burocracia reciclada. El PC de la Federación Rusa, chovinista y pro-capitalista aunque con bases materiales y sociales diferentes a sus ex colegas, está entre el yunque y el martillo. Huye hacia delante mientras trata de hallar -Primakov oficia de portavoz- una solución negociada: que la ONU ocupe Kosovo.

Cuenta en este cuadro un factor excepcional: los pueblos yugoslavos son los únicos que durante la segunda guerra mundial vencieron militarmente a los nazis sin intervención soviética. En guerra de guerrillas y con participación de todo el pueblo, con la conducción de la Liga Comunista encabezada por Jozip Broz, el mariscal Tito, un ejército irregular abatió al poderío militar alemán. Sobre esa base, en 1940 se instauró un nuevo régimen que expropiaría a burgueses y terratenientes y daría lugar a lo que la literatura marxista denomina Estado obrero. (El concepto alude a un Estado basado en la propiedad colectiva de los medios de producción y cambio, la planificación de la economía y la participación directa de las masas en la gestión de gobierno). Tito y su partido no escaparon a la influencia y la gravitación del stalinismo dominante en la URSS y en el movimiento comunista internacional. La degeneración de aquel concepto hizo cuerpo también en Yugoslavia. La expropiación política de las masas dejó el poder en manos de una casta burocrática que paulatinamente introdujo mecanismos de mercado en la economía planificada. Yugoslavia fue pionera en ese camino (lo que hace tanto más elocuente la imposibilidad de afirmar el paso final en el cambio de sistema y permite proyectar su caso a los vecinos, muy especialmente a Rusia).

De todos modos, entre 1940 y 1980 Yugoslavia tuvo un espectacular desarrollo económico, logró un alto grado de integración de los muy diversos componentes étnico-culturales que componían la ex Yugoslavia y garantizó -como todos los países de aquella condición- la satisfacción de las necesidades mínimas al conjunto de la población (excepto, claro está, la necesidad vital de plena participación política).

Aquella historia reciente tendrá un peso crucial en esta instancia. Es dudoso que Milosevic pueda sostenerse al comando de la dinámica que lo arrastra, aunque es un hecho que la agresión imperialista lo ha fortalecido. Está a la vista que el ejército rehuye el combate en los términos planteados hasta ahora por la OTAN (aunque no se ha privado de certeros golpes que humillaron a los comandantes occidentales), preserva sus fuerzas (hay informes de desplazamiento de tropas y pertrechos a lugares secretos, en las montañas, al margen de instalaciones militares) y se prepara para la verdadera guerra: que se desarrollará si la OTAN resuelve finalmente sus justificados temores y contradicciones internas, y decide atacar por tierra.

 

La tarea en Argentina

Existen dos planos netamente definidos para la acción política. Uno, exige la afirmación de un objetivo único: ¡No a los bombardeos!; ¡Fuera la OTAN de Yugoslavia! El otro indica la necesidad de estudiar y analizar la realidad balcánica, europea e internacional, para luego elaborar, debatir y aplicar líneas de acción estratégicas desde el punto de vista revolucionario marxista (6).

No hay, no debe haber, ninguna restricción de ningún orden para impulsar actividades de todo tipo contra la guerra y contra el supuesto derecho de la OTAN a invadir un país soberano con el pretexto que sea. Crítica convoca a todas las organizaciones políticas, sindicales y sociales, a los intelectuales, a periodistas, docentes y al pueblo en general, a multiplicar acciones en todos los terrenos destinadas a detener los bombardeos y ponerle límites a la OTAN.

Este llamado es sobre todo a las dirigencias sindicales que se reivindican defensoras de los intereses de sus bases: una derrota por devastación militar de la clase obrera yugoslava se manifestará de inmediato en el intento de extender el éxito imperialista sobre la clase obrera eurooccidental, específicamente alemana, hoy clave para que la Unión Europea pueda o no imponer a su proletariado las exigencias de una economía en crisis. Y si ese segundo paso se consumara, nadie puede dudar de los brutales efectos que esto tendría para todos los trabajadores del mundo.

Igualmente, corresponde a la intelectualidad y los periodistas ocupar el lugar de mediadores en la conformación de la opinión pública desnudando los verdaderos contenidos y objetivos de la agresión de la OTAN.

Nadie puede mantenerse ajeno en este momento crucial. Desde estas páginas hacemos una propuesta que sólo requiere compromiso con el esfuerzo por poner fin a la guerra: constituir una Comisión Nacional contra la agresión a Yugoslavia. Además de promover una campaña de esclarecimiento y denuncia, con eje en la oposición a la guerra, esta Comisión debería enviar de inmediato una delegación plural de personalidades reconocidas a Belgrado, para llevar solidaridad al pueblo agredido por el imperialismo, reivindicar los derechos democráticos de los albano-kosovares y denunciar la política guerrerista de la OTAN.

En el marco de la enérgica labor por poner en pie un movimiento masivo contra la guerra, los revolucionarios marxistas debemos llevar a su consecuencia lógica la comprobación del extremo al que llega la crisis capitalista mundial: los barones del imperialismo se muestran dispuestos a responder con violencia y destrucción masiva de bienes y vidas humanas a la crisis capitalista caracterizada por excedentes desmesurados e inmanejables de capitales, mercancías y personas. Se ha desvanecido la fantasía de utilizar a los países no capitalistas como mercados que absorban sus excedentes y les permitan la reproducción del sistema a escala mundial. Sólo les queda la solución empleada una y otra vez por el capitalismo en sus momentos de crisis.

Ellos siguen la lógica de destrucción y muerte que les impone el sistema que usufructúan y defienden.

Nosotros debemos asumir que ha llegado la hora de la verdad. Recomponer nuestras fuerzas es un imperativo impostergable. No es posible responder a esta exigencia histórica desde la dispersión, el aparatismo o la diletancia. Sentadas las bases teóricas y políticas, la militancia tiene la alternativa de intentar la recomposición de su fuerza en todos los planos o rendirse sin lucha.

Con los primeros y por sobre todos los obstáculos, marcharán quienes sostienen esta revista.

 

Notas

1.- Un ejemplo patético es el del escritor colombiano Gabriel García Márquez. En una nota publicada por Clarín el 11-4-99 este autor viste al secretario de la OTAN, Javier Solana, como un humanista (el término da ya para todo) que está allí, a la cabeza de un crimen masivo contra un pueblo soberano, por una mala jugada del destino, injusto con «un poeta triste y propenso a la soledad». El comandante de la fuerzas agresoras, el estadounidense Wesley Klark, sería según García apenas «un ideólogo de la felicidad social (…) un militar que sueña con ser hombre de letras». Sólo que una malhadada estrella lo llevó a lugares que ofenden su fineza espiritual: Vietnam en los años 60/70; luego Comando Sur del ejército estadounidense (Panamá, es decir, jefatura militar de la contrarrevolución en toda América Latina) y ahora esta faena de carnicero en Europa.

Quienes desde la aparición del exitoso Cien años de soledad -en una soledad que no duró tanto, pero resultó incómoda porque pudo parecer pose de crítico snob y sempiterno- sostuvimos que ésa no es una obra que merezca el nivel literario que se le atribuye; que no se debe confundir postura política de un escritor de literatura con sus dotes como tal; quienes gozamos y apoyamos las filosas ironías con las que autores de la talla de Borges y Onetti lapidaron al oportunista de las letras, no podemos por menos de sentirnos reivindicados, aunque no por ello menos tristes, cuando aquella conducta superficial y acomodaticia se manifiesta ahora, sin antifaces, también en la ubicación ideológica y política.

2.- Cf. Introducción al conocimiento de la realidad contemporánea; Luis Bilbao; Ed. Búsqueda de Nuestro Tiempo. (De próxima aparición).

3.- Ibid.

4.- Ver Crítica Nº 1: El mundo después de la guerra del Golfo y sin la URSS; Luis Bilbao; 1991; págs. 69-70

5.- Ibid; págs. 28-29.Buena parte de quienes ahora rechazan el dato clave que explica la guerra, afirmando que en realidad aquellos países nunca fueron Estados obreros, ni aun entendiéndolos como tales a partir de una degeneración extrema de su sistema político, hace 8 años anunciaban un alza imparable del movimiento obrero mundial con eje en el proletariado ruso y una clamorosa victoria obrera contra el stalinismo. La militancia -y sobre todo la juventud que se asoma a la lucha social- tiene no sólo el derecho sino el deber de demandar qué dijo cada corriente en aquellos momentos de zozobra. Con ese espíritu recomendamos la lectura del texto completo de se extrae esta cita, en Crítica Nº 1.

 

acerca del xix congreso del pca (2ª parte)

Clase obrera y partido de los comunistas

porLBenCR

 

Introducción

Definir la relación entre clase y partido es el mayor desafío teórico-político de una organización revolucionaria marxista. Su resolución requiere como punto de partida conceptos precisos respecto de ambos; aunque sólo tomará cuerpo en la práctica, es decir, en la existencia del partido revolucionario inserto en las masas trabajadoras, conviviendo en una contradicción permanentemente replanteada.

La naturaleza conflictiva de esa relación estriba en que el partido revolucionario se hace realidad, toma existencia palpable, en una clase que, llamada por el lugar que ocupa en el sistema de producción capitalista a abolir el capital, no es sin embargo revolucionaria en acto, sino potencial y eventualmente.

Esta contradicción a menudo se resuelve en un desvío de genuinos revolucionarios que, constatando empíricamente que en determinada coyuntura la clase obrera no ayuda al fortalecimiento de una organización revolucionaria, giran la vista en busca de otros ámbitos de militancia, aparentemente más dúctiles a la idea de un cambio social profundo.

A la inversa, pero de manera complementaria, fuerzas o dirigentes insertos profundamente en la realidad obrera, suelen adoptar comportamientos conciliatorios que, eventualmente, se traducen en formulaciones políticas e incluso teóricas de neto carácter reformista.

Como punto de partida de estos desvíos de enorme -y a veces trágica- trascendencia política, está el hecho de que el proletariado no es revolucionario por definición, en todo momento y lugar. Esa es una noción ajena al marxismo, impuesta por una concepción apologética, funcional a la política de conciliación de clases del stalinismo, pero que ganó también a buena parte de los epígonos de Trotsky, muchos de quienes mistifican hasta niveles grotescos la noción de proletariado revolucionario. La otra cara de esta medalla es la incomprensión de la naturaleza, carácter, función y forma del partido revolucionario.

Marx, Lenin y el propio Trotsky sostenían respecto de la clase obrera una caracterización objetiva, confrontada con el carácter cuasi religioso que llegó a tener el concepto en la mayor parte de las organizaciones que se reivindican marxistas. (Esto, claro está, antes de que los vientos huracanados de los últimos tiempos trajeran una nueva moda, no casualmente sostenida por aquellos que mistificaban al proletariado y ahora sostienen que la clase obrera… ya no es el «sujeto de la revolución», y enfilan sus afanes hacia los así llamados «nuevos movimientos sociales»).

La calificación de clase en sí y clase para sí en Marx, el tan citado como mal comprendido y manipulado Qué Hacer de Lenin, son pasos en la elaboración teórica y la resolución política de una contradicción que Trotsky expuso como punto de partida de su Historia de la Revolución Rusa.

La clase obrera en sí -los trabajadores sin conciencia y organización de clase- lucha espontáneamente por sus intereses inmediatos. Si bien esto puede dar lugar a grandes choques sociales y tensionar al extremo el orden burgués, todo ocurre por definición dentro del sistema capitalista. Lenin lleva esta noción al punto de afirmar que no hay lucha de clases si no hay conciencia de clase por parte de los explotados.

La clase obrera para sí -es decir, cuando ha adquirido conciencia de su lugar en la sociedad y de la posibilidad de producir sin necesidad de los capitalistas- se sitúa social y políticamente de tal manera que, en determinadas circunstancias, cobra un impulso revolucionario capaz de derrocar el poder burgués y echar las bases de una sociedad de productores libres, democráticamente organizados, que ejercen su fuerza de clase a través de un Estado propio contra los intentos restauradores del capital.

Pero en la adquisición de esa conciencia está como factor irremplazable el partido revolucionario marxista; el partido de los comunistas, cuya función será tanto o más necesaria en las etapas históricas subsiguientes, es decir para afirmar y sostener -antes y después de la toma del poder político- aquella conciencia alcanzada.

La contradicción entre el partido de los comunistas y la clase cuyos intereses históricos asume consiste no sólo en que en el inicio su tarea requiere transformar la clase obrera en sí en clase obrera para sí, la espontaneidad en organización y conciencia, la lucha economicista en lucha de clases. El problema se agiganta cuando los primeros pasos ya han sido dados. Porque el desenvolvimiento normal de la vida social y económica de la clase obrera tiende constantemente -salvo en momentos excepcionales de la historia- a reproducir una conducta conservadora, economicista, de clase en sí. En ese punto -es decir, cuando se ha dado un paso relevante en el plano de la organización de masas o, más aún, cuando se ha accedido al control político de la sociedad- el papel del partido revolucionario es, si cabe, más relevante en términos históricos que en la propia lucha por el poder.

Esa tendencia intrínseca al conservadurismo tiene causas culturales de raigambre profunda -con todo lo que esto significa para la psicología de las masas y su conducta colectiva- pero tiene sobre todo asidero en una práctica social que, si no es drásticamente transformada en los momentos previos, durante y después de una lucha revolucionaria victoriosa, continuará reproduciendo la conciencia economicista, egoísta, sin horizonte común, propia de la vida social en una sociedad capitalista. Tanto más poderosa será la gravitación de esa fuerza y tanto más ardua la tarea del partido de los comunistas para contrarrestarla, cuanto mayor sea el tiempo que medie entre la conformación de organizaciones sociales y políticas de masas de los explotados y la confrontación de clase contra clase en lucha franca por el poder. La constitución -ineludible- de aparatos, tiende a crear una capa de funcionarios que, en ausencia de concepciones y líneas de acción para contrarrestarlo, poco a poco van afirmando intereses propios y mezquinos, que se apoya y a su vez potencia aquella fuerza inercial al conservadurismo. La historia de los grandes partidos obreros, en primer lugar el Partido Socialdemócrata de Alemania, lo atestigua.

Tal dinámica del accionar del proletariado como conjunto -y téngase en cuenta que el punto de referencia es un conjunto heterogéneo; por veces extraordinariamente desigual, al punto que confunde respecto de si se trata o no de componentes de una misma clase- se transforma en una fuerza social contraria al flujo revolucionario, si no media la presencia constante, enérgica, de un partido de los comunistas, empeñado en educar y capacitado para dirigir en cada oportunidad que las circunstancias lo hagan posible.

Antes, durante y después de la lucha por el poder para los organismos de masas del proletariado, contrarrestar esa dinámica intrínseca requiere muchas cualidades de un partido de los comunistas.

La comprensión del fenómeno es, naturalmente, la primera condición. Esto presupone una dirección sólidamente formada en la teoría marxista; una posición filosófica materialista dialéctica como herramienta permanente para el análisis y la acción, que eluda las trampas del idealismo y el pensamiento mecanicista en todas sus formas. Porque esta tendencia opera sobre la única clase que, por su ubicación en el sistema de producción, tiene intereses objetivos frontalmente contrapuestos con la burguesía; la única clase que objetiva, estructuralmente, cuenta con todas las condiciones para asumir hasta las últimas consecuencias una posición revolucionaria en un momento dado del desarrollo capitalista.

Son idealistas, sin atenuantes ajenas al marxismo, las concepciones que ubican el rumbo reformista o francamente termidoriano de organizaciones de masas de los trabajadores como simple resultado de «la traición» de algunos dirigentes.

Son idealistas, sin atenuantes ajenas al marxismo, las concepciones que interpretan esa tendencia objetiva al conservadurismo como necesidad o incluso como posibilidad de respaldo en el largo plazo a posturas evolucionistas, reformistas.

En todo proceso de lucha hay dirigentes proclives a la traición. Pero la historia lejana y reciente prueba que en no pocas oportunidades la conducta de numerosos dirigentes políticos o sindicales que se desbarrancaron por la pendiente del reformismo y el conciliacionismo de clases encuentra explicación en la propia conducta de las masas y su poderoso influjo múltiple sobre los cuadros. Para quien se considere marxista, es indiscutible el principio de que la historia forja los hombres que necesita. Pero esto no puede ser entendido sólo en el sentido de la aparición de líderes revolucionarios capaces de encabezar la voluntad insurgente de las masas en un momento dado. También es válido cuando la marea cambia de signo y se produce un reflujo de las masas.

En ese punto, no es sólo la voluntad revolucionaria de un cuadro militante -aunque este sea un factor fundamental- la que cuenta para definir su conducta. La clave está en la comprensión histórica de la coyuntura, en la interpretación profunda de la dinámica de la lucha de clases, la asunción plena del papel del militante comunista en las diferentes fases del combate y, último pero en primer orden de importancia, esa clave reside en una concepción nítida, imposible de ser confundida, acerca de la relación entre clase y partido revolucionario(2).

Cada individuo es un mundo en sí mismo y está claro que el carácter de cada uno cuenta en los momentos cruciales de la historia. Pero reducir la decisión de cuadros dirigentes ante encrucijadas de muy difícil resolución a una mera cuestión de carácter -para no hablar ya de la reducción a la condición de traidores- es impropio de un pensamiento que se pretende marxista. Eso es una caricatura, que con lenguaje pseudo revolucionario contribuye a desarmar a la vanguardia y, en consecuencia, facilita el curso de las masas y sus dirigentes naturales hacia la contrarrevolución.

La interpretación científica de esa lógica interna en el devenir de la clase obrera llevó a la afirmación -en la teoría y en la práctica- de la necesidad imperativa de un partido de los comunistas, un partido democrático y a la vez centralizado, con una dirección formada en la teoría científica de la revolución y un empeño permanente, tenaz, para que esa formación sea patrimonio de todos y cada uno de los militantes, de manera de conformar un organismo sensible y ágil, capaz de aprehender la realidad en toda su complejidad y extensión para estar en condiciones objetivas de afrontar coyunturas de reflujo con propuestas revolucionarias que contradigan el estado de ánimo circunstancial de las masas sin por ello aislarse de ellas.

Esto es, en definitiva, lo que se resume en el concepto, tan malversado, de leninismo. (Tal comprensión de la situación, digámoslo de paso, presupone instrumentos que permitan conectar directamente a esos cuadros con la realidad planetaria, es decir, estructuras internacionales de los trabajadores y una organización internacional de los comunistas).

En esas instancias de reflujo o de confusión, desmoralización o cansancio, desde luego, cuenta el carácter de dirigentes claves. (Véase si no el peso de la ausencia de Lenin en 1925, o el papel de Fidel Castro frente al derrumbe de la Unión Soviética y el impacto demoledor que esto tuvo sobre el conjunto del pueblo y la clase obrera cubanas y sobre millones de comunistas en el mundo). Cuenta también, y no en medida menor, una autoridad real del partido frente a las masas, previamente ganada en años de lucha consecuente, y encarnada, de manera orgánica y con el máximo de eficiencia, en mujeres y hombres cuyas vidas y conductas plasmen en el accionar cotidiano aquello que se propone a las masas.

Pero todo ese conjunto de factores -en el cual queda como escoria, es decir, como desecho en la producción de una herramienta poderosa, el papel de los traidores, o los débiles de espíritu y convicción que se deslizan hacia la traición- presupone una teoría consistente de lo que es un partido de los comunistas, del papel de las clases en la lucha social y de la relación entre clase y partido.

Bases materiales para un debate

Por regla general, cuando se discute acerca de la construcción del partido revolucionario marxista estas cuestiones están fuera del ámbito de la polémica. En nuestra opinión, sin embargo, al excluir esta base material en la consideración de la lucha anticapitalista, toda la argumentación se ubica en un plano abstracto y gradualmente arrastra a los contendientes a una concepción metafísica, inequívocamente idealista, que luego se trasladará al accionar político y la construcción organizativa, produciendo resultados letales, cuando no directamente catastróficos, que con total independencia de la voluntad de la militancia contribuyen con las necesidades del capital y transforman a abnegados revolucionarios en agentes inconscientes de una política contraria a la revolución.

Claro que para arribar a la consideración de este problema crucial, el punto de partida es la noción marxista del papel de la clase obrera en el derrocamiento del capitalismo y la edificación del socialismo. La cosa cambia cuando la premisa misma es puesta en duda o, directamente, negada. En tales casos, el pensamiento, la organización y la práctica política retroceden más de un siglo y se hunden en la ciénaga del pragmatismo populista, reformista o ultraizquierdista.

En la primera parte de este trabajo analizamos las así llamadas «Tesis Fundamentales» del XIX Congreso del PCA(3). Señalamos allí una concepción que, desde diferentes ángulos, desplazaba a la clase obrera del centro de una estrategia de lucha, postergaba hacia un remoto e indefinido futuro el objetivo socialista de esa estrategia y, en consecuencia, desdibujaba el concepto de partido comunista en un vagaroso Movimiento Político de Izquierda, promotor a su vez de un no menos brumoso Frente de Liberación Nacional y Social.

En aquella oportunidad habíamos postergado la tarea que ahora encaramos: observar el informe del Comité Central así como otros documentos preparatorios o resolutivos del XIX Congreso, centrando el foco en la relación clase obrera-partido de los comunistas, para demostrar por qué el PCA lleva a cabo en el movimiento obrero una política no sólo errática, zigzagueante, sino directamente contrapuesta con las necesidades inmediatas y de largo plazo para una estrategia revolucionaria socialista.

En nombre de la «recreación del marxismo», promesa a cumplir en un futuro indefinido, los documentos en cuestión rompen amarras con principios teóricos y políticos fundamentales: a saber, el materialismo dialéctico como herramienta de análisis, el materialismo histórico como fundamento para la interpretación de las clases y su dinámica, las nociones económicas claves de El Capital, la teoría del partido revolucionario y su plasmación en el partido de Lenin y en la Internacional Comunista de los cuatro primeros Congresos(4).

Al mismo tiempo, estos materiales aluden constantemente a nociones implícitas en el cuerpo conceptual de las organizaciones que se reivindican marxistas en general y del PCA en particular (el «leninismo», entre otras tantas), pero vacías de contenido, de modo que cada uno ponga en ellas lo que quiera o pueda. Complementariamente, y como ya se señalara en la primera parte de este trabajo, se yuxtaponen posiciones y presumiblemente voluntades diferentes pero sin explicitar cuáles son las diferencias, en qué se fundan y cómo plasmarán.

El resultado es una endemoniada confusión en relación con el trabajo del partido en el movimiento obrero, en la que cada uno podrá encontrar una frase en respaldo de la posición que sustenta, pero que, por eso mismo, lejos de afirmar una concepción, trazar una estrategia y posibilitar una línea de acción, produce todo lo contrario y desarma en términos absolutos a los cuadros y activistas del PCA en el movimiento obrero y sindical.

Un documento distribuido junto con las Tesis y el informe del Comité Central como material de discusión específico, titulado La Clase Obrera y la Organización Sindical, fechado en julio de 1995, lleva al paroxismo el discurso de la confusión y la vaciedad.

Resumiendo los conceptos centrales expuestos por las Tesis, ya analizadas, el documento comienza así: «El diseño de una línea de trabajo en el seno de la clase obrera debe realizarse desde el enfoque de cómo avanzar en la acumulación revolucionaria, de construir poder popular con el objetivo de la conformación de un nuevo bloque político social de cambio».

Hace falta talento para resumir en tan pocas líneas semejante disloque en todos los órdenes imaginables.

El arquitecto de la perspectiva de trabajo del PCA en la clase obrera «diseña» su proyecto con foco en la «acumulación revolucionaria». Según esta concepción, el partido de los comunistas no debe ir a la clase para educarla y organizarla como tal, sino para medrar. El partido es exterior a la clase. No «acumula» cuando ésta se fortalece en términos de conciencia y organización, sino cuando suma militantes a su estructura, la cual pondrá al servicio de «crear poder popular»(5). Ese «poder», bajo control del PCA a través de su «acumulación», se pondrá a disposición de «un nuevo bloque político social de cambio».

La caricatura trivial de teoría marxista se transforma en máscara trágica en el accionar político. Y esto no es un pronóstico. Con estas nociones, en los últimos años el PCA ha transitado diferentes «bloques político-sociales de cambio», ha promovido expresiones ficticias de «poder popular» y ha logrado «acumular» una serie innumerable de reveses que diezmaron sus filas, reduciéndolo a un espectro de lo que fue hasta no hace mucho tiempo en la clase obrera, dejando un tendal de valiosísimos luchadores hoy desmoralizados y dispersos.

Si en los dos primeros objetivos de la frase citada el PCA no se diferencia en absoluto de organizaciones guerrilleras del pasado reciente o de sectas sindicaleras actuales de diversa denominación, en el tercero se identifica plenamente con las expresiones más crudas del reformismo. He allí la base teórica (por decirlo así), de los permanentes bandazos a derecha e izquierda en la conducta del PCA en el movimiento obrero.

A renglón seguido el documento busca tomar distancia verbal de los teóricos recreadores y reafirma que «La clase obrera sigue siendo el sector más dinámico del campo popular, el rol de la misma será fundamental para derrotar al neoliberalismo».

Véase bien: la clase obrera sigue siendo el sector más dinámicoEs probable que en la intencionalidad de los autores, esto suponga una afirmación de principios. Y lo es. Pero no de principios marxistas. La sociedad no se divide en «campos» en los cuales los marxistas debamos hurgar en busca del «sector más dinámico». Dicho sea de paso, la evaluación no se corresponde en absoluto con la situación actual. Si algo es evidente en la coyuntura que atravesamos es la falta de dinamismo de la clase obrera. Son mucho más «dinámicos», (paraatenernos a la expresión del documento) «sectores» como el movimiento de mujeres, el movimiento estudiantil y hasta los grupos ecologistas! Pero eso no es, desde luego, lo más importante. Lo que verdaderamente pesa y define los fundamentos ideológicos del documento es que reivindica a la clase obrera por ser «un sector» del «campo popular». Esta inversión de los conceptos se trasladará mecánicamente al accionar político, poniendo cabeza abajo al PCA en relación con lo que debería ser su tarea en la clase obrera, y actuando en cambio para hacerle cumplir el papel de complemento del «campo popular», lo que en buen romance significa ir detrás de algún nucleamiento pequeño burgués o burocrático, como enseguida veremos en las resoluciones del Congreso.

La definición ideológica profunda continúa de inmediato cuando el documento «diseña» el horizonte programático para esa batalla: un «proyecto de justicia y humanismo revolucionario».

Sin dar respiro y con un perfecto sentido del equilibrio los autores buscan neutralizar posibles ataques de los recreadores con la siguiente frase: «(ese proyecto) no sólo es tarea de la clase obrera, ésta, conjuntamente con otros sectores integrantes del bloque político social deben ser parte de la concreción de ese objetivo».

Ya está. En las primeras ocho líneas el documento clausura de manera definitiva cualquier posibilidad de que la militancia del PCA realice en la clase obrera una tarea revolucionaria de concientización, organización y orientación política, y en consecuencia se fortalezca como partido capaz de ganar la confianza de las masas, organizar a la vanguardia y asumir el papel de guía y ariete en la lucha por el poder.

Pero en las dos líneas siguientes, el documento asume que estos objetivos, que en nuestra opinión definen a un partido de los comunistas, no son los suyos. Dice, sin anestesia: «El rol del PCA en esta construcción es estratégico, en su tarea de ir ganando la conciencia y la voluntad del campo popular».

Traducido: el «sujeto» en cuestión es ese «campo popular», constituido, como ya se adelantó, por la clase obrera y «otros sectores integrantes del bloque político social», ante el que el PCA está llamado a cumplir un «rol estratégico», consistente en «ir ganando la conciencia» para «un proyecto de justicia y humanismo». Es por esta razón que el PCA no debe ser disuelto, como decidió no hace mucho, con esta misma base conceptual, un ala de la dirección, mientras la otra vacilaba.

Pero no se alarme el lector. Este PCA tiene la responsabilidad estratégica de defender un humanismo… «revolucionario»

Clase obrera y partido según el PCA

La virtud inocultable de este breve documento es que resume en las primeras diez líneas lo que en las Tesis y el informe del CC demanda cuarentitrés carillas de gran tamaño(6).

En el capítulo IV del Informe, bajo el título Nuestro Proyecto, al llegar al punto 5, subtitulado La organización de los trabajadores y el pueblo, se hallará en el ítem b (el lugar es ya toda una definición) el subtítulo esperado: Nuestra política en el movimiento obrero.

Allí leemos, en las primeras líneas: «La direccionalidad y el aseguramiento (sic) de la consecuencia del proceso de resistencia exige un rol determinante del movimiento obrero. Esto convoca a un replanteo de nuestra política y nuestra práctica en su seno».

Sería difícil no concordar con el objetivo de que el PCA replantee su política y su práctica en el movimiento obrero. Pero otra cosa es acordar con el fundamento de ese replanteo.

Como un eco del documento antes citado, aquí se ratifica que la importancia del trabajo en el movimiento obrero deviene de la necesidad de tener asidero en algo sólido para garantizar la «direccionalidad» del sujeto en el cual los recreadores cifran su estrategia.

Voluntariamente o no, conscientemente o no, aquí se afirma una concepción -por entero ajena al marxismo- de las clases en general y del lugar del proletariado en la sociedad capitalista.

No se trata de una explícita confrontación teórica con el marxismo; ni de una abdicación ideológica formal. Se trata de un deslizamiento pragmático, que justamente tira por la borda cualquier referencia teórica para considerar una estrategia revolucionaria y centra sus afirmaciones en la defensa del PCA como aparato.

Ese es el punto de observación y el presupuesto constante de todos los materiales presentados al Congreso, el objetivo permanente y dominante de todo y cualquier posicionamiento.

De tal manera, pueden convivir sin conflicto encendidos discursos reivindicando la tradición comunista con posiciones ajenas en grado absoluto a ella. Y no nos referimos ya a lo que consideramos la genuina tradición comunista, que excluye al stalinismo y sus cultores. No son pocas las afirmaciones de los documentos y los oradores del Congreso que harían revolver en sus tumbas a los dirigentes históricos del PCA.

He aquí una notable paradoja: en el XIX Congreso se rindió culto -y la expresión no es un lugar común, sino que quiere significar la actitud adoptada- al viejo PCA, al tiempo que se enunciaban posiciones formalmente opuestas a las sostenidas por la conducción histórica.

Ese culto a la dirigencia tradicional es un mal trago para por lo menos un sector de la dirigencia actual, necesario sin embargo para contrarrestar el acoso de la fracción ortodoxa que construye una estructura paralela a la del PCA oficial. No obstante, tengan o no conciencia de la implicancia de sus afirmaciones, quienes tiempo atrás encabezaron la rebelión y denunciaron (son sus propias palabras de entonces) «un partido stalinista, conciliacionista de clases, reformista y burocrático», formulan ahora los postulados teóricos no explícitos de aquella antigua conducción, que bajo una retórica pseudomarxista (tomada del PCUS), sostenían una posición que desembocaba, para poner apenas un ejemplo, en un frente único con radicales y conservadores contra el Partido Laborista en 1946.

La relación entre partido y clase expuesta en los documentos del XIX Congreso es de puro cuño stalinista: el partido es un aparato y la clase un medio instrumental a través del cual aquel aparato busca sus objetivos.

La paradoja se explica porque con la desaparición de la Unión Soviética es necesaria una «recreación» del marxismo que profesaba el PCUS y sus acólitos. Pero esta recreación no sólo es necesaria: ahora es posible.

Antes, cuando la «ortodoxia» marxista estaba guardada tras los muros del Kremlin, cualquier desvío verbal de las sagradas escrituras era, naturalmente, una herejía. Y se pagaba caro. El mismo partido que proclamaba la posibilidad del socialismo en un solo país y la coexistencia pacífica con el imperialismo, publicaba por millones las obras de los clásicos (a menudo retocadas, para ocultar datos históricos claves o justificar conductas). Esta contradicción era una necesidad. Porque la burocracia que había expropiado al proletariado y encarnaba la degeneración de la Revolución Rusa, se presentaba no sólo ante el proletariado soviético, sino ante los explotados de todo el mundo, como legítima continuadora de aquella revolución. Y esa función requería, a la vez, renegar en los hechos de la teoría marxista y defenderla en los papeles.

Ahora, esta última parte de aquella necesidad no existe más y opera en toda su amplitud sólo la primera. De allí que mientras en la ex Unión Soviética la inmensa mayoría de la antigua burocracia se desembaraza ostensiblemente del lastre «marxista» y pasa a defender sin tapujos concepciones capitalistas en todos los planos, en el resto del mundo el mismo fenómeno opera sobre partidos que se denominaron comunistas. La gravitación de esa fuerza es tanto mayor cuanto más grande es el partido en cuestión. El partido comunista de Italia directamente cambió de nombre. En Francia, tras rechazar el concepto de dictadura del proletariado se abandonó la formulación litúrgica (jamás real en la existencia del PCF) de centralismo democrático, se diluye el concepto de clase obrera y como plataforma programática se afirman conceptos como éste: «La iniciativa privada es indispensable en la economía (…) luchamos por desarrollar y democratizar el sector y los servicios públicos. Y por establecer efectivamente la libertad de fundar su empresa, para permitir a las grandes empresas aumentar los empleos, los asalariados, las riquezas creadas».

Esto, impensable 15 años atrás, hoy resulta indispensable para el PCF. Desde luego, miles de comunistas italianos o franceses -para atenernos sólo a esos dos ejemplos- rechazan tales postulaciones y emprenden un camino de búsqueda teórica y política que en algunos casos incluye una fractura organizativa y en otros se intenta dentro de esos aparatos.

En partidos de menor envergadura y menor peso en la política nacional, la «recreación», la «amplitud de criterio», el «rechazo al dogmatismo», constituyen un recurso obligado para la sobrevivencia de aparatos creados bajo el reinado del stalinismo.

No hay que desdeñar la importancia histórica de esta situación. Es evidente que está abierta la posibilidad de que a través de esta fractura de aparatos y estructuras contrarrevolucionarias, innumerables luchadores, hombres y mujeres de la vanguardia y la base, accedan en todo el mundo a la comprensión y aprehensión de la teoría de la revolución social.

En el caso del PCA, dirección y bases tienen en los últimos años ese desafío histórico en sus manos. Los documentos presentados al XIX Congreso indican, desafortunadamente, que en este caso la reformulación teórica tampoco tiene su punto de partida en la asunción objetiva de los intereses inmediatos e históricos de la clase obrera, sino en las necesidades de un aparato: el propio PCA.

Formulaciones revolucionarias, cuya sinceridad no ponemos en duda, están sin embargo entrampadas en la dinámica autónoma de un aparato ajeno en los hechos a la clase obrera y que, en consecuencia, no contribuye sino por el contrario traba una reflexión teórica en función de ella.

El pragmatismo no es por tanto sólo una rémora inevitable de una educación stalinista, sino ante todo una exigencia del aparato mismo. Por eso en los documentos y en las intervenciones orales hallaremos una maraña de afirmaciones de todo tipo, en la cual queda atrapada la militancia -direcciones y bases- que busca sinceramente una salida revolucionaria. Pero si en los papeles y las palabras hay enredo y confusión, en la práctica hay una línea consistente con lo único claro para el factor dominante en el proceso de conjunto: la defensa del aparato.

En las filas del PCA, sin embargo, además de una realidad objetiva que deja escaso margen para devaneos reformistas, gravita también la voluntad explícita de muchos de sus miembros, en todos los niveles, de no abandonar la pertenencia a la clase obrera ni la perspectiva de revolución socialista, lo cual lleva a quienes tratan de conciliar posiciones a acuñar fórmulas insólitas, como la de luchar por «un proyecto de justicia y humanismo revolucionario», que remedan un equilibrista sobre la cuerda floja tras haber perdido la estabilidad y a punto de estrellarse contra el piso.

Teoría y política

Deténgase el lector un instante ante un reiterado concepto, que a fuer de repetido puede perder su significado profundo: «Sin teoría revolucionaria, no hay acción revolucionaria».

No es un afán hipercrítico el que nos mueve a sopesar los textos del XIX Congreso del PCA, sino la convicción de que aquella afirmación de Lenin en su ¿Qué Hacer? es el punto de partida de la labor de los comunistas. También es de este maestro de luchadores revolucionarios la sentencia que advierte: «un milímetro de diferencia en la teoría, es un kilómetro de distancia en la práctica».

Llegado a este punto, sin embargo, para proseguir el camino es preciso preguntarse y responder sin ambigüedades: ¿qué es teoría? y, por tanto, ¿qué es teoría revolucionaria?

Teoría es la forma que adopta el esfuerzo de conocimiento en la eterna búsqueda del hombre frente a las incógnitas de la naturaleza y la vida colectiva. Toda respuesta especulativa a estas innumerables incógnitas puede ser calificada como teoría. Cuando hace algo menos de tres mil años los pensadores de la época imaginaban que la tierra era una superficie plana sostenida por elefantes, estaban elaborando una teoría para explicarse la existencia del mundo físico. Cuando el brujo de una tribu sacrificaba una adolescente para agradar a los dioses y evitar que cayeran calamidades sobre la comunidad que integraba, rendía tributo a una teoría. Cuando los católicos explican la virginidad de María y la santísima trinidad, o cuando entienden el origen del hombre en Adán y su costilla, sostienen una teoría.

Dicho en otras palabras: con formulaciones teóricas, se pueden sostener las tonterías más absurdas. Y ello no necesariamente violentando las leyes lógicas. Porque esos absurdos aparecen como tales cuando el desarrollo de la vida social permite al hombre avanzar en el conocimiento y dar sustento objetivo a sus especulaciones teóricas. Lo que hoy suena insostenible, incluso ridículo, no tenía tal carácter cuando las condiciones del tiempo en que fue formulado lo hacían no sólo creíble, posible, sino incluso necesario. Porque es justamente sobre esas teorías que el conocimiento se irá desarrollando a través de los milenios.

Resta decir que ese conocimiento, además de no contar con suficiente desarrollo de las capacidades humanas para relacionarse con la naturaleza, tiene otra limitación objetiva: no es ajeno a la condición social de quien lo produce.

Cuando la comunidad humana primitiva comienza a organizarse lo hace en base a la capacidad de obtener un producto excedente. Sólo cuando cada individuo pueda producir siquiera un miligramo más de lo que necesita estrictamente para sobrevivir, será posible una división social que permita el trabajo no inmediatamente productivo de algunos componentes de la comunidad, en la cual, en los remotos inicios, a algunos les cabrá la tarea de defenderla frente a las amenazas físicas (ataques de las fieras, de otras tribus) y a otros de protegerla ante los temores -siempre existentes- de carácter metafísico: la inmensidad del espacio, la oscuridad de la noche, la potencia abrumadora del trueno, el misterio del nacimiento y de la muerte…

La capacidad de obtener un producto excedente y la necesidad de atender estos requerimientos físicos y metafísicos lleva consigo los mecanismos de apropiación de ese excedente. Guerreros y brujos, obviamente, tendrían el privilegio de cumplir su tarea social sin participar de la función primordial de producir lo elemental para la sobrevivencia.

En los orígenes, tales privilegios no estaban disociados de las capacidades especiales de quienes los obtenían, lo cual da al término un concepto diferente: los cuerpos mejor dotados, el carácter más osado, otorgaban el privilegio de morir empuñando las armas contra los enemigos de la comunidad; los cerebros más lúcidos, los espíritus más curiosos, darían al brujo de la comunidad el privilegio de meditar y experimentar a cambio de afrontar las tareas de cazar o sembrar (aunque no lo librarían de la ira de la comunidad si fallaba al curar un jefe o lograr lluvia en el momento necesario).

Con todo, el conocimiento se disociaba del grupo social y fincaba en algunos de sus integrantes. Los intelectuales que hoy trabajan para sostener y reproducir la ideología de las clases dominantes, seguramente rechazarán airados la idea de que sus ancestros son los brujos de la tribu.

Y será apropiada su ira. La comparación es injusta y por ello inaceptable: los brujos de las eras remotas eran necesarios a la comunidad. Quienes cumplen la tarea de aplacar los miedos físicos y metafísicos del hombre de hoy desde instancias que los califican como intelectuales, no lo son. En rigor, son todo lo contrario.

Porque explicar el origen del mundo mediante Adán y Eva, y la redención del hombre por medio del hijo de una virgen -para no poner sino los ejemplos más conocidos- constituyeron en su momento respuestas positivas a las angustias existenciales y materiales del hombre. Pero quien apela a sofisticados recursos para explicar esto mismo en el mundo de hoy, es lo que literalmente -y con prescindencia del sentido peyorativo- significa la palabra reaccionario.

Teoría revolucionaria es, en cambio, la que se apoya en los máximos avances del ser humano en el conocimiento del mundo físico, en los más avanzados métodos e instrumentos para extraer de la naturaleza lo necesario para la vida humana en niveles crecientes de satisfacción, para explicar a la altura de los tiempos y en beneficio de toda la comunidad humana, lo que el brujo explicaba con la invención de dioses y la demanda de sacrificio de inocentes. Intelectual revolucionario será, en consecuencia, quien asuma aquella teoría y estos objetivos.

Tal teoría es revolucionaria por tres razones principales: porque comienza por apoyarse en la ciencia empíricamente fundada; porque debe confrontar -la más de las veces violentamente- con la teoría del statu quo, la teoría establecida; y porque invariablemente, en su desarrollo positivo dará lugar a nuevos avances de la teoría entendida en el sentido filosófico más amplio.

En este marco, la única teoría revolucionaria contemporánea es el marxismo. Porque se fundamenta en los máximos avances de la ciencia (el desarrollo de la sociedad -las dos guerras mundiales y el cuadro económico actual- así como todos los fantásticos descubrimientos científicos de este siglo, desde la fisión del átomo a la comprobación de la existencia de vida en Marte, reafirman los principios del materialismo dialéctico y su aplicación en las obras de sus más lúcidos exponentes, desde El Capital de Marx hasta La Revolución Traicionada de Trotsky, pasando por la Dialéctica de la Naturaleza de Engels o El Estado y la Revolución de Lenin).

Está en la propia esencia de esta teoría revolucionaria, la certeza de que ella misma será superada, dialécticamente negada, con la evolución del ser humano.

¿Pero cuál evolución? Los brujos de nuestro tiempo creen que las maravillas de la cibernética o los recursos inefables de las nuevas tecnologías constituyen material suficiente para que aquella negación históricamente necesaria esté ya dada(7).

No es así, sin embargo. La creación de una red cibernética que convierte al planeta en algo tan accesible como el patio trasero para quien tenga los recursos de ingresar a la internet, el descubrimiento de rastros de vida en Marte, como la teoría de Einstein, son, sin duda revoluciones teóricas de inabarcables efectos prácticos; pero no pueden transformarse por sí mismas en teoría revolucionaria.

El factor ausente es la condición de que tales revoluciones teóricas estén en función de la satisfacción de las necesidades del hombre como especie. La microelectrónica sirve para enviar misiles inteligentes contra pueblos indefensos, cuando está en manos de los guerreros de nuestro tiempo. La computadora y la autopista cibernética sirven para que la opinión pública mundial sea burlada y manipulada por los brujos contemporáneos, que usan medios digitalizados para difundir noticias fraudulentas antes de ir a misa, consultar el horóscopo o encomendarse a San Antonio para conseguir pareja.

¿Qué tendrá que ver todo esto con el XIX Congreso del PCA?

Mucho. Porque la noción relativa a «recrear el marxismo» es apenas la verbalización de una postura que cohabita cómodamente con los brujos y aprendices de brujos que desde universidades, editoriales y grandes medios de difusión masiva, transmiten una teoría reaccionaria, es decir, anacrónica, es decir no científica y por ende, contraria en todos los sentidos imaginables a la idea y la práctica de la revolución.

En primer lugar, hay que subrayar que para que un cuerpo de ideas tenga categoría de teoría debe obrar con arreglo a un sistema lógico determinado. Hemos mostrado no pocas de las incontables incongruencias en las formulaciones de los documentos y, más aún, de éstas con la práctica política de quienes las sustentan.

Pero aun obviando ese aspecto, e incluso afirmando como premisa que la intencionalidad de quienes esgrimen tales posturas es la de obrar en función del derrocamiento del capitalismo y la edificación de una sociedad socialista, está claro que el afán por recrear el marxismo es la asunción de que éste no es hoy una teoría revolucionaria eficiente.

Se nos invita entonces a alumbrar otra teoría. Y aparecen allí, como en el tango de Discépolo, Gramsci, la teología de la liberación y Mariátegui. Y con arreglo a esa recreación se nos explica que «la crisis del capitalismo funciona sola y parcialmente en algunos países centrales. Para los dos tercios de la humanidad sumidos en la pobreza, no funciona».

Un refrán conocido sostiene que «perro que ladra no muerde». Con más galanura, el poeta africano Wole Soyinka canta: «El tigre no proclama su tigritud. Simplemente salta».

Los documentos del XIX Congreso del PCA ni muerden, ni saltan. (Al menos en el sentido que a estas palabras dan el refranero español y el poeta). Apenas amenazan con un golpe derecreación. Ocurre que, cuando entregan sus novedades, se descubre que detrás de ellas no sólo no está la superación de El Capital de Marx, sino sencillamente su negación, cuando no el mero desconocimiento.

Antes de llegar a ese punto, sin embargo, por lo señalado más arriba respecto de la relación entre desenvolvimiento social y teoría revolucionaria, esa amenaza misma es de por sí un distanciamiento de la teoría revolucionaria. Y esto significa, siguiendo la afirmación de Lenin, un distanciamiento de la práctica revolucionaria.

No podría ser de otra manera. Una teoría que para defender la identidad comunista se resiste a tomar como fuente de alimentación la historia verdadera de la Unión Soviética; se resiste a señalar los errores, los crímenes, las funestas consecuencias de unos y otros y las responsabilidades de individuos y partidos en todo este proceso histórico, para en cambio hacer invocaciones emotivas; una teoría que propone enriquecer el marxismo con «los aportes de la teología de la liberación y el nacionalismo revolucionario», es una teoría propia del brujo que ya sabe que clavando la daga sagrada en el pecho de una adolescente no logrará que venga la ansiada lluvia, pero continúa inmolando inocentes con la vana esperanza de conservar su lugar en la tribu.

Se reemplaza así, en el mejor de los casos, una teoría revolucionaria por una apologética, mezclada con fórmulas de ocasión.

Lo que importa en nuestro caso, es que a partir de esto no hay práctica revolucionaria, porque más allá de las causas y justificaciones que se aduzcan, se rechaza o desestima la teoría revolucionaria.

Consecuencias prácticas

A tales concepciones, tal política. El disloque teórico respecto del lugar objetivo de la clase obrera en el sistema, la asunción de conceptos que hacen del partido un mero instrumento inerte al servicio de una fuerza exterior a la clase misma, el abandono de nociones teóricas elementales respecto del capital y su lógica económica y social, redundan necesariamente en una conducta política y propuestas organizativas acordes con estos desvíos. Pero como se trata de una «recreación» sin otro fundamento que la pervivencia, el resultado es una confusión permanente, que desarma por completo a la militancia del PCA en el movimiento obrero.

Ejemplo patético de esto es el llamado Movimiento Político Sindical Liberación. Dice la resolución del XIX Congreso: «En el debate congresal se ha verificado una coincidencia en fortalecer el MPS ‘Liberación’ promoviendo su crecimiento».

Y continúa la resolución: «Por lo tanto la intención del 19 Congreso es darle mayor organicidad a una propuesta política de agrupamiento de un espacio compartido de la izquierda revolucionaria, a la par de ir construyendo una mayor inserción en el seno de la clase a través de su arraigo a nivel de empresas, localidades, provincias y regiones».

Agrupamiento de un espacio compartido de la izquierda revolucionaria.

«¡¡Válame dios!!» Si algo puede entenderse de esto, es que se trata de un partido político, denominado Liberación, para trabajar en el movimiento sindical de manera orgánica con otros agrupamientos revolucionarias. Un partido de partidos, pero sólo para trabajar en el ámbito sindical. ¿Cuáles partidos? Esa es sólo la parte de menor importancia en la incógnita. Pero antes de adentrarnos en ella continuemos con el texto de la resolución:

«Por ello el 19 Congreso del PCA resuelve:

1) trabajar por la realización del primer congreso nacional del Movimiento Político Sindical ‘Liberación’ para mediados de abril de 1996.

2) impulsar la conformación de la organización regional del MPS Liberación particularmente en la zona metropolitana e interior de Buenos Aires, el litoral, el nordeste, cuyo, Patagonia, centro y noroeste.

3) mandatar al próximo Comité Central a fin de que arbitre las medidas y los medios imprescindibles para aportar a la concreción de la iniciativa formulada.

4) el congreso del MPS Liberación debe contribuir a preparar en mejores condiciones la conmemoración del próximo primero de mayo, al calor de las luchas obreras y populares, y en el camino, avanzar en la construcción de la asamblea nacional de la resistencia.

5) todo el trabajo orientado a darle organicidad, arraigo y construcción en la base del MPSL debe estar acompañado del mejoramiento de nuestra labor independiente en todos los ámbitos donde se actúe con el enfoque de construcción de la central obrera alternativa.

6) disponer toda la fuerza partidaria e incidir en el espacio del combativismo a fin de darle la mayor efectividad posible a la jornada de lucha y movilización resuelta para el próximo 20 de noviembre de 1995″.

Comencemos por el final. Incidir en el espacio del combativismo, además de alumbrar una categoría nueva en la teoría política, constituye por cierto un papel escasamente ambicioso para un Partido Comunista. Pero muy elocuente respecto de los parámetros teóricos que dan marco a la acción y el horizonte de ésta.

Permítasenos apelar a la paciencia del lector para situarnos en el momento de esta proclama. Poco antes de que el Congreso del PCA aprobara esta declaración, con fecha 2 de noviembre el periódico Eslabón, órgano de la Unión de Militantes por el Socialismo, decía lo siguiente respecto de la movilización del 20 de noviembre:

«Cavallista o menemista, oficialista u opositora, la burguesía argentina al subordinar su estrategia económica a la decisión de ‘cumplir con los compromisos internacionales’ (es decir pagar la deuda), renuncia a crear otra alternativa, substancialmente distinta a la de Cavallo, para enfrentar la crisis.

«Pero tampoco surge desde fuera de la burguesía una alternativa distinta para la sociedad.

«La clase obrera no ha podido aún estructurar una respuesta apta para oponerse. No ha podido superar su situación de dispersión y división.

«Es en estas circunstancias que sectores del movimiento obrero -el CTA, el MTA y con la adhesión de la Corriente Clasista y Combativa- convocan a una movilización para el 20 de este mes. Pero el protagonismo de los convocantes no es idéntico. A pesar de que las demostraciones de protesta social en la provincia se suceden una tras otra, el hecho de ser protagonizadas principalmente por el sector de empleados estatales no se reflejó en un fortalecimiento del CTA, que los representa por intermedio de ATE. Por el contrario, el CTA perdió el papel protagónico conquistado en la Marcha Federal. Está más debilitado que entonces y no se debe a una negligencia organizativa, sino a una incapacidad para crear esa opción distinta a la de los partidos burgueses, pese a que era uno de sus objetivos fundacionales. Por el contrario, cada día más, aparece como núcleo sindical de la oposición burguesa y condiciona su futuro al accionar de esa fuerza política.

«La simple suma de movilizaciones es incapaz de superar esta carencia de propuesta política independiente del movimiento obrero. La renuncia a un paciente trabajo de reconstrucción de la unidad política y social de los trabajadores, desde la base, con una visión diferente a la de las fuerzas burguesas para superar la crisis, trae como resultado práctico, concreto, que deja sin opciones.

«La división existente se consolida, porque ningún sector del movimiento obrero, en particular el proletariado industrial, puede sentirse motivado a sobrepasar a sus dirigentes gremiales, cuando intuye que toda la protesta se resume en conseguir un diputado o un intendente más para la oposición.

«La presencia de los marxistas en las movilizaciones debe servir para propagandizar la necesidad de una organización y una política independientes de los trabajadores»(8)

Son dos ópticas; más que opuestas por el vértice, ajenas en concepción y aplicación: incidir en el combativismo, o bregar por una política independientes de los trabajadores.

Aparte las concepciones, sin embargo, están los hechos: ahora sabemos qué pasó el 20 de noviembre. Ante todo, la movilización fue cuantitativamente inferior al punto de referencia obligado, la Marcha Federal. Por causas que veremos más abajo, fallido su intento de transformar el Foro Sindical en un aparato capaz de negociar de igual a igual con la dirección del CTA, el PCA convocó a «toda la izquierda», a marchar en una columna por fuera y contra el CTA. (Sí; esto proponía la misma dirección que pocos días después, en un Congreso, pondría a votación este texto ya citado: «Nuestro trabajo en el CTA debe poner especial atención en agrupar a la izquierda en su seno»).

En la reunión convocada por el PCA y a la que acudieron prácticamente todas las organizaciones de izquierda, sólo la UMS se opuso a la táctica planteada por los convocantes. El acuerdo inicial de «la izquierda» se desgranó luego, en reuniones posteriores, y el resultado fue una magra columna del PCA y algunos aliados circunstanciales, que más pareció el cortejo fúnebre con el que se daría el último adiós al Foro Sindical.

Con todo, aunque sin columna unitaria, esa izquierda tendría en la concentración una inesperada victoria: la consigna de lanzar una huelga general sería sorprendentemente adoptada por los tres oradores del acto. En lo que apareció como un torneo de irresponsabilidad, Víctor De Gennaro, del CTA, propuso un paro, Carlos Santillán, de la CCC, dijo que debía ser en diciembre y Hugo Moyano, del MTA, para no ser menos, le puso fecha; con tan mala suerte que quedó fijado como día de huelga… un feriado! La consigna central de prácticamente todas las organizaciones de izquierda se imponía de este modo farsesco.

¿Y qué ocurrió en la fecha finalmente acordada para el paro de diciembre?

Un fiasco. El MTA no mantuvo su posición y no llevó al paro los sindicatos que controla, mientras el CTA y la CCC intentaron una jornada de movilización, con penoso saldo, que repercutió no sobre la masa, ajena por completo a estos avatares, sino sobre el activo militante, provocando mayor confusión y desaliento.

Gracias a esta política la resistencia se disgregó más aún; las explosiones puntuales se agotaron en sí mismas; se ahondó la parálisis del movimiento obrero en su conjunto y, complementariamente, se aceleró la ofensiva burguesa; el CTA quedó cristalizado, acentuó su distanciamiento de activistas y bases… y como lógico desenlace -dado que todo esto ocurría al compás de un agravamiento de la crisis- la cúpula cegetista logró retomar la iniciativa política.

Así, 8 meses después la CGT pudo convocar a un paro, esta vez sí general y contundente, al cual debieron plegarse todos sus rivales internos, pero también aquellas fuerzas que en realidad debían haber sido la dirección alternativa.

Negro sobre blanco, dos orientaciones para el trabajo en el movimiento obrero, con los saldos a la vista: «darle la mayor efectividad posible a la jornada de lucha y movilización resuelta para el próximo 20 de noviembre», decía la resolución del Congreso del PCA. «La simple suma de movilizaciones es incapaz de superar esta carencia de propuesta política independiente del movimiento obrero. La renuncia a un paciente trabajo de reconstrucción de la unidad política y social de los trabajadores, desde la base, con una visión diferente a la de las fuerzas burguesas para superar la crisis, trae como resultado práctico, concreto, que deja sin opciones», advertía la UMS.

Esto debería ser suficiente para comprobar qué perspectiva de «acumulación» tiene la línea adoptada por el XIX Congreso. Veamos no obstante el punto 5, que propone «el mejoramiento de nuestra labor independiente» para «darle organicidad, arraigo y construcción en la base» al MPSL.

Hay una admisión implícita en esta extraña formulación que invita a un «mejoramiento de nuestra labor independiente». Ocurre que una política no independiente no puede ser mejorada. Debe ser cambiada. Y no fue eso lo que dispuso el XIX Congreso.

Volvamos por un instante al Informe y al ítem sobre el movimiento obrero que habíamos estado considerando. Leemos allí: «Nuestro trabajo en el CTA debe poner especial atención en agrupar a la izquierda en su seno».

Aquí, reiterémoslo, tampoco se hace cargo el informe de la política asumida ante las elecciones internas del CTA, cuando se alineó con la Lista Germán Abdala, no sólo no poniendo atención en agrupar a la izquierda, sino enfrentándola, en alianza con el ala peronista, policlasista y conciliacionista, lo cual contribuyó a que este sector impusiera una dinámica de parálisis y progresiva sujeción a estrategias alternativas de la burguesía(9). Y desde entonces, lejos de «poner especial atención» en agrupar a la izquierda dentro del CTA, el PCA -o por lo menos algunos de sus miembros con responsabilidad directa en el CTA- han puesto especialísima atención en trotar detrás de la conducción de ATE, que intenta ubicar al CTA como correa de transmisión de la estrategia política del Vaticano frente al agravamiento de la crisis argentina.

El PCA y su MPSL no tomaron distancia frente al humillante besamanos -en audiencia pública, como un simple feligrés- de De Gennaro y acólitos con Juan Pablo II. ¿Será esto «incidir en el combativismo«? ¿O será un traspié en el intento de «mejoramiento de la labor independiente«?

Hay más. Aludimos anteriormente al llamado Foro Sindical. En el ítem del informe que venimos comentando se lee: «Nuestra participación en el ‘Foro de organizaciones que luchan contra el modelo de entrega’ tiene por objeto agrupar parte del espacio militante combativo, principalmente de izquierda, que se define por el clasismo y que teniendo disposición para confluir en el conflicto y la resistencia no participa del CTA. También en el Foro compartimos con otros proyectos políticos los esfuerzos por constituir un espacio de izquierda en el movimiento obrero, estableciendo en esos marcos un fuerte debate con aquellos que siguen pensando en recuperar la CGT. Creemos que lo principal pasa por ganar en niveles de independencia e iniciativa política. Nuestra línea de acumulación política incluye el desarrollo de la alianza política implícita en el Foro y su construcción en aquellas regiones en donde existan condiciones».

Corresponde aclarar que la denominación de esa fugaz instancia de «poder popular» fue en realidad Foro Sindical, y no ‘Foro de organizaciones que luchan contra el modelo de entrega’, como aviesamente dice el documento.

Es que el nombre fue motivo de polémica: ¿debía ser «sindical», como quería el PTP, uno de sus componentes; o «político-sindical», como pretendía el PCA?

Fue «sindical». Y no dio por resultado «agrupar parte del espacio militante combativo», sino exactamente lo contrario.

Pero antes de ver los hechos, observemos lo que decía una declaración política de la UMS fechada en septiembre de 1995, es decir, más de dos meses antes del Congreso del PCA:

«(…) se ha desarrollado un Foro Sindical, que se propone ‘unificar nacionalmente las luchas y crear una central sindical alternativa’. Se reúne allí un sector importante del activismo clasista y combativo. Pero se corre el riesgo de que prevalezca una concepción meramente sindical, que excluye el protagonismo político de la clase como tal y busca sólo fortalecer un aparato para entrar en la disputa por una central sindical con parte de la actual CGT, concretamente la que encabeza Lorenzo Miguel. Todo indica que el PTP alienta esta perspectiva. El PCA, que como se ha dicho respaldó a la Lista Germán Abdala contra la Lista Agustín Tosco en la elección interna del CTA, se ha sumado al Foro sin una política definida.

«Frente a este panorama, la UMS insta a los luchadores del movimiento obrero a encarar con toda firmeza una perspectiva enfilada a romper la trampa de la burguesía y sus agentes (antes el documento ha reseñado el papel del Frepaso y de sectores del CTA). Se trata de acumular fuerzas humanas y organizativas para que la clase obrera y sus aliados estén en condiciones de afrontar la crisis nacional con una política propia, dictada en función de los intereses de los trabajadores, las capas medias, la soberanía y la independencia nacionales y conducida por los genuinos representantes de las bases. Esto significa, por un lado, encarar con coraje y determinación la organización de los núcleos comunistas en cada fábrica, en cada oficina, en cada barrio, en cada facultad o escuela. Avanzar a paso firme y sobre terreno sólido hacia la recomposición de las fuerzas marxistas. Para esto instamos a redoblar esfuerzos en la formación y funcionamiento de Mesas de Enlace de Militantes Comunistas en todo el país.

«Al mismo tiempo, para encender un faro capaz de orientar a centenares de miles de activistas, la UMS convoca al fortalecimiento de una corriente de izquierda clasista en el CTA y, junto con todos los activistas de todas las corrientes dispuestas a ello -en especial el Foro Sindical- comprometernos a confluir en una Asamblea Nacional de Trabajadores»(10).

Negro sobre blanco, dos orientaciones para el trabajo en el movimiento obrero; y también en este caso con los saldos a la vista. Porque con motivo de aquella movilización del 20 de noviembre para la cual el PCA dispuso «toda la fuerza partidaria», el PTP hizo una alianza bilateral con el MTA, se sumó a una mesa integrada además por el CTA y, sin siquiera avisar a sus aliados, dejó que el Foro Sindical cayera como piedra al vacío. Fue en este punto que la dirección del PCA propuso la «columna de izquierda» cuya suerte ya describimos. Es innecesario insistir en que la orientación del PCA no logró «agrupar parte del espacio militante combativo», sino todo lo contrario: contribuyó a la desmoralización y el fraccionamiento del activo clasista, lo cual facilitó el camino hacia la derecha de los sectores vacilantes del sindicalismo y abrió las puertas al regreso impetuoso de la mafia cegetista.

Si no bastaran los ejemplos relativos a la forma en que el PCA contribuyó en los últimos años a la organización y conciencia de los trabajadores como conjunto en la labor sindical, puede observarse su papel en el terreno político. Aunque bien mirado resulta menos sorprendente de lo que parece a primera vista, causó estupor la súbita alianza del PCA con el PTP, el MST y PL, para presentarse a elecciones en la Capital Federal. Fue otro volantazo a ciegas. La efectividad de estas políticas de «acumulación» se mide por el guarismo obtenido por los cuatro partidos juntos: 0,36%.

Esta acumulación de desastres tiene una dependencia directa de lo que venimos señalando como fundamento de la política implementada por el PCA y sancionada en el XIX Congreso. Al soltar amarras con la liturgia stalinista pero negándose a asumir una posición de clase y una reivindicación en los hechos del legado teórico marxista, la dirección del PCA ha quedado como un astronauta que al salir de su nave espacial suelta el cable de seguridad y queda boyando en el vacío infinito.

En la ingravidez de ese espacio falta todavía observar dos detalles acerca de los puntos transcriptos en la resolución sobre el MPSL.

Uno es el que decide mandatar al CC para que arbitre las medidas y los medios imprescindibles para llevar a cabo el Congreso del MPSL. De la simple lectura, se entiende que este organismo es simplemente una extensión del PCA con otro nombre. Aquí reaparece la incógnita señalada más arriba: ¿por qué crear otro partido, que no es de masas ni de clase, con otro nombre?

Ligado a esto viene el otro detalle acerca del cual hay que llamar la atención respecto de los puntos votados para el MPSL: ¿qué programa se propone?; ¿por qué no hay la menor alusión al respecto en los seis puntos votados en la resolución del Congreso?

Nadie podría tildarnos de suspicaces si explicamos esto a la luz de la crítica ya realizada en la primera parte de este trabajo acerca de la Tesis 7, en cuya fundamentación se adelanta que para la constitución del bloque político y social al que aspira el PCA, un programa de clase «no es una condición previa».

El hecho es que el Congreso del MPSL no se realizó, según lo previsto, a mediados de abril. Está anunciado para el 16 de agosto. En la convocatoria publicada por el semanarioPropuesta, queda sentado que la confusión, lejos de haberse superado, ha alcanzado niveles alarmantes. Leemos: «Según lo ha hecho conocer la dirección del MPSL, el 16 y 17/8 se realizarán las jornadas inaugurales del congreso. Por lo tanto (sic) el mismo está concebido como un proceso de construcción de abajo hacia arriba y en consecuencia (sic) deberá reunirse para hacer balance y fijar posiciones cada vez que la situación lo reclame. Esta forma congresal no sólo permitirá en esta instancia instalar la propuesta de unidad del espacio clasista y combativo junto a la necesidad de avanzar en la construcción de una central de trabajadores de nuevo tipo, sino también, permitirá reunir a todos los referentes principales del movimiento cada vez que una situación tan dinámica como la que vivimos lo haga necesario»(10).

El problema no está en la redacción del párrafo. Estriba en la realidad que debe describir: para comenzar, los dos días programados son sólo las jornadas inaugurales del congreso. «Por lo tanto» (?), será una construcción de abajo hacia arriba. «Y en consecuencia» (??) el congreso deberá reunirse «para hacer balance»… cada vez que la situación lo reclame.

La recreación del marxismo trae sorpresas impactantes para los antiguos que tenemos ideas caducas respecto de lo que es un Congreso.

Antes un Congreso se hacía para discutir un programa, un plan de acción, elegir direcciones, y otras banalidades por el estilo. Ahora en cambio el Congreso consiste en una inauguración para la cual, según indica el artículo, «están avanzadas las gestiones para lograr la participación de delegaciones de Cuba, Uruguay, Paraguay y Chile, así como también los saludos de España, Francia, Estados Unidos, Brasil, Ecuador, Perú, Bolivia y la Federación Sindical Mundial». Esta forma congresal, se nos dice, permitirá instalar la propuesta de unidad del espacio clasista y combativo. Una vez instalada la propuesta, el Congreso reunirá a todos los referentes principales cada vez que una situación tan dinámica como la que vivimos lo haga necesario.

Esto es lo que denominamos visión a partir de un aparato, con prescindencia del movimiento obrero real, con total desprecio por la teoría como fundamento de la acción, sin brújula ni timón.

Se puede hacer un fasto de dos días, reunir referentes principales, invitar delegados internacionales… pero no se puede definir qué es el Movimiento Político Sindical Liberación, qué programa tendrá, cómo se elegirán sus dirigentes, cómo se tomarán las decisiones. La idea de un Congreso permanente que se reúne cada vez que la situación lo reclama (¿dos veces por día?) como forma de «construir desde abajo hacia arriba» y unificar a la militancia clasista, parece desvarío o burla. Aunque cabe una tercera posibilidad: imperiosa necesidad de llenar un vacío absoluto de propuesta para el movimiento obrero con frases vacías, supuestamente agradables a los oídos de militantes descreídos.

Todas estas construcciones ficticias están irremediablemente condenadas a continuar acumulando desastres.

El PCA tiene que definir qué lugar ocupa en una estrategia revolucionaria un organismo como el MPSL; qué fundamentos teóricos o históricos tiene este tipo desconocido de instancia organizativa; qué relación tiene esta estructura con la otra construcción votada como instancia estratégica en el Congreso: el «Movimiento Político de Izquierda»; cómo ensambla todo esto con otra instancia también de carácter estratégico: el Frente de Liberación Nacional y Social. Y cómo se compagina todo esto con la política que concretamente lleva a cabo: fundación del Frente Grande, salto a la Alianza Sur y de allí doble mortal a la Unión de Izquierda Popular, mientras se pasaba de la alianza con el MAS durante la huelga ferroviaria de 1991 (con una política ultraizquierdista) a la alianza con la Lista Germán Abdala en las elecciones del CTA, luego al Foro Sindical con el PTP, para después llegar a la «instalación» del MPSL como instancia de unidad de las fuerzas clasistas.

Tomar responsabilidad explícita sobre todo esto es condición inexcusable para presentarse ante un luchador social como alternativa revolucionaria.

Pero definir el significado de todas estas propuestas y su despliegue en la práctica requiere, además de una actitud seria ante la magnitud de lo que está en juego, fundamentos teóricos consistentes. Y en este punto el PCA no puede eludir la necesidad de definir con claridad qué es, en su opinión, un partido de los comunistas; qué es la clase obrera en la sociedad capitalista; cuál es la relación entre clase y partido. Tiene que definir, por tanto, cuál es su posición frente a la teoría marxista.

Nadie se asustará -todo lo contrario- si en esa tarea el PCA logra recrear los principios del marxismo en su aplicación a la realidad de nuestro tiempo. Pero eso requiere bastante más que frases vacías y despliegue de aparato.

La etapa que atravesamos,

tareas de los comunistas en la clase obrera

En el sentido global de su desenvolvimiento histórico, la clase obrera atraviesa en Argentina una etapa de transición. El punto de partida de esa transición fue el agotamiento de la unidad social y política de la masa trabajadora signada por una ideología de conciliación de clases y organizaciones sindicales y partidarias, verticales y burocráticas, dependientes de la burguesía en todos los órdenes. El punto de llegada no es necesariamente el opuesto: unidad social y política con conciencia de clase y organizaciones autónomas y democráticas.

Decíamos en la edición de Crítica de abril de 1992, refiriéndonos a los encuentros que darían nacimiento al CTA: «en Burzaco y Rosario se vio cómo la vanguardia natural de los trabajadores, con todas las dificultades y traumatismos propios de un parto, negaba la negación que el movimiento sindical y político dominado por la ideología y los aparatos burgueses significa para el desenvolvimiento necesario de la clase obrera. Esa oposición a lo existente y dominante trazó un límite que deja atrás medio siglo de subordinación del movimiento obrero. Y abrió una fase donde todo es nuevo y nada será una reproducción del pasado. Una nueva fase histórica en la que, por ahora, todo es potencial, sin determinaciones ideológicas, políticas ni organizativas pese a que se afirman valores básicos como la autonomía, la participación colectiva, la honestidad, así como, en otro orden, la defensa del patrimonio nacional y los derechos de los explotados y oprimidos».

Y continuaba aquel texto, titulado Los trabajadores retoman la palabra: «O para decirlo de una manera más cruda y directa: Burzaco y Rosario constituyen la derrota histórica, definitiva e irreversible de la ideología, la organización y la política del peronismo en la clase obrera. Pero el hecho de que la mayoría de los dirigentes que promovieron y protagonizaron esos encuentros tengan su origen y en muchos casos aún se identifiquen como peronistas, prueba de por sí que lo que en el espectro político argentino se presentó como oposición al peronismo desde la izquierda -los partidos socialdemócratas, stalinistas, trotskystas- no configuraron ni en la teoría ni en la práctica una alternativa real al populismo burgués del peronismo. Ninguno de esos partidos, como tales, influyeron y ni siquiera participaron en la gestación y realización de este formidable acontecimiento político! De manera que los dirigentes de este proceso no cuentan con una base ideológica, teórica, política ni programática como punto de partida. Y es verdad no sólo para el conjunto como un todo, sino también para cada una de las partes componentes, azotadas todas por el desmoronamiento de opciones ideológicas y políticas hasta ahora reivindicadas (…) Corresponde advertir, sin embargo, que el carácter trascendental que les atribuimos, si bien es ya inconmovible por lo que deja atrás, no es todavía, garantía de lo que vendrá. Decir que todo es potencial equivale a afirmar que nada hay fatal, inexorable, en el desarrollo del fenómeno social, político y sindical que a la vez expresan y determinan los hombres y mujeres reunidos en Burzaco y Rosario. Nadie podría afirmar hoy que de allí saldrá una clase trabajadora consciente de su papel en la historia, con una conducción genuina e independiente, capaz de polarizar al conjunto de la población explotada y oprimida y de encabezar el cambio social que la crisis exige (…)Sostenemos sin vacilar que la marcha de este movimiento que aún no ha terminado de nacer será el factor interno determinante del rumbo que Argentina tome durante el próximo siglo. Pero no afirmamos que ese rumbo sea necesaria e ineludiblemente el de la superación del capitalismo y la edificación de una sociedad en la que el hombre sea hermano del hombre.

«Y para quienes sospechen que nuestra valoración de estos encuentros está alimentada por un optimismo excesivo, valga una aclaración preliminar: la evaluación de la situación objetiva y subjetiva, a escala nacional e internacional, en la cual nace este fenómeno, nos lleva a la conclusión de que su desarrollo lineal plantea como perspectiva más probable el fracaso de los objetivos expresos en los documentos hasta ahora aprobados. Casi todos los factores empujan en esa dirección. Sólo la acción política consciente, decidida, lúcida y audaz de los principales dirigentes de este flamante movimiento, puede hacer que se realicen las potencialidades positivas y plasme un poderoso movimiento obrero y popular consciente y organizado, dotado de una dirección clasista, democrática, antimperialista y socialista»(11).

La acción política no ya del conjunto de los principales dirigentes, sino y sobre todo de los que en la primera línea representaban la vertiente no peronista del movimiento sindical, estuvo más que distante de la lucidez y la audacia que exigía la tarea(12).

Pero más grave aún fue la conducta de los partidos que se reivindican marxistas: el PCA mantuvo constantemente un pie dentro y otro fuera del CTA, sin definir jamás una línea de acción. Y cuando las circunstancias no daban lugar para ambigüedades optó como es sabido: por el Frente Grande en el ámbito político; por la Lista Germán Abdala en el plano sindical. El PCR-PTP construyó un bloque propio, desde el cual continuó tras el objetivo de «recuperar la CGT». Las numerosas denominaciones identificadas como trotskystas se mantuvieron al margen del combate, convencidas de que la montaña debe ir a Mahoma, mientras sufrían sucesivas fracturas.

Atrapados por esta tenaza, centenares de cuadros, cuadros medios y activistas, no pocos de ellos con importantes cargos en la estructura sindical, se encontraron en un callejón al que no lograron hallarle salida.

Por nuestra parte, a partir de la caracterización señalada y convencidos de que el accionar comunista como fuerza consciente y organizada desde el centro vital de la masa era condición ineludible para que el proceso en marcha no abortara, señalábamos lo siguiente: «La tarea central de este momento histórico es alcanzar la unidad social y política de la clase trabajadora; entendiendo como tal no sólo a los trabajadores con ocupación, sino además a aquellos lanzados a la marginalidad de la desocupación o subocupación, así como también a sus familias (…) Sin embargo esto no supone renunciar a la diferenciación e, incluso, privilegiar en ciertas circunstancias la opción de la franca y decidida división. Para ello es necesario asumir en la teoría y en la práctica que la unidad no excluye la diferenciación y no guarda una relación constante con la división»(13).

Cuatro años y medio después de aquel comienzo, la tarea central de los comunistas en el movimiento obrero continúa siendo la misma. Pero la transición ha recorrido un camino. Los protagonistas, individual y colectivamente, no están en el mismo punto de cuatro años atrás. Por lo demás, las circunstancias han cambiado y a partir de ahora continuarán haciéndolo a ritmo acelerado.

Para comenzar, la prolongada fase de reflujo de la clase obrera en general y del proletariado industrial en particular (cuyo inicio podemos ubicar con el fin de las huelgas ferroviaria y de Acindar en los primeros meses de 1991), ha dado lugar al inicio de un tímido pero inequívoco reanimamiento que eventualmente se transformará en alza del movimiento de masas.

En este punto, sin embargo, el CTA se halla sin el vigor inicial que lo plantó como alternativa política para el movimiento obrero en su conjunto; perdió la iniciativa en todos los terrenos; a cambio de sumar fuerzas se fue desgranando (el último dato es el distanciamiento de SAON). Pero lo más grave es que, con pocas excepciones, la dirección del CTA se comprometió con variantes políticas de la burguesía, violando documentos y compromisos, frustrando expectativas y esperanzas de millares (acaso decenas de millares) de activistas y cuadros medios del movimiento obrero y popular(14).

Mientras tanto, la cúpula cegetista se ha lanzado con singular energía a una operación que si en lo inmediato apunta a encabezar desde el inicio el reanimamiento de las masas para impedir el fortalecimiento de fracciones que le disputan espacio, esencialmente constituye una maniobra estratégica destinada a impedir la emergencia y consolidación de una clase para sí, consciente y organizada, no ya independiente de la burguesía, sino mortalmente enfrentada con el capital en todas sus fracciones.

En esta nueva fase de la transición, el CTA no es ya un puente eficaz para que el proceso de unificación social y política sobre una base programática de clase, arribe a buen destino. Pero nada genuino -es decir, promovido y encabezado por dirigentes naturales con fuerza suficiente como para constituir un polo de atracción- ha tomado su lugar hasta el momento.

Ante tal situación coyuntural, los revolucionarios marxistas no pueden ni caer en la tentación de inventar sustitutos, ni dejar de proponer formas transicionales, experimentando con audacia toda posibilidad de que plasme una nueva instancia de unificación social y política de la masa explotada.

Insistamos: unificación social y política de la masa explotada, no «unidad del combativismo»; instancias de organización y resistencia para millones de personas, no aparatos manipulables que semejan pasillos de un edificio embrujado, al cual entran por un extremo militantes esperanzados que, luego de recorrer un corto trecho, saldrán por la otra punta como personas confundidas, decepcionadas y desarmadas, a engrosar las filas de los escépticos.

Esta coyuntura no comenzó con la huelga general lanzada por la CGT el 8 de agosto. Exactamente un año atrás, la UMS emitió una declaración que constataba el cuadro general: «Durante la segunda y tercera semana de agosto el país ingresó a una crisis institucional que aún no se ha superado. En situaciones análogas, aunque de incomparablemente menor gravedad, en el pasado se produjeron uno tras otro golpes de Estado mediante las fuerzas armadas». Más adelante, continuaba la declaración: «El llamado a la huelga general por parte de la cúpula cegetista revela la impotencia de quienes se propusieron como conducción alternativa (recordemos que el documento está fechado en agosto de 1995), sea en el terreno sindical, sea en el campo político (…) Pero lo cierto es que deja nuevamente a los agentes del capital en el movimiento sindical con todas las cartas en la mano».

Inmediatamente la declaración condenaba al «sector hegemónico del CTA (que) ha huido hacia adelante, según lo prueba un documento destinado a formar un aparato político de naturaleza policlasista, burocrático, elitista y electoralista que propone formar una ‘multisectorial’ y apunta a que el Congreso de la Cultura, el Trabajo y la Producción se transforme en‘una fuerza más orgánica, permanente y sistemática’. Ese propósito requiere, dice el documento del CTA, ‘definir un mínimo aparato administrativo dedicado a esta tarea de coordinación general’; ‘fijar una cuota aporte de las distintas organizaciones que posibilite un mínimo funcionamiento’; ‘unificar los recursos que las organizaciones poseen en materia intelectual. Tender a conformar un aparato único de producción de diagnósticos, información y propuestas que puedan abastecer los espacios institucionales afines con criterios y estudios propios’; ‘unificar los recursos que las organizaciones poseen en materia de medios de comunicación a los efectos de ampliar nuestra capacidad de influencia pública’; ‘coordinar el funcionamiento unificado de nuestras organizaciones en los diferentes lugares del país’; ‘tener como objetivo ampliar nuestra capacidad de influencia institucional en las próximas elecciones legislativas’…»(15).

El texto no requiere comentario. Aunque cabe señalar que aquel proyecto -hasta el momento empantanado (lo cual confirma una inepcia operativa de la conducción hegemónica del CTA incluso para llevar adelante aquello que se propone) era explícitamente compartido por organizaciones y dirigentes de una u otra manera ligados con el PCA, nunca desautorizados por su dirección.

El hecho es que con tal confesión pública, la UMS puede probar ante la militancia sindical de que su línea de acción política de no está dictada por una concepción sectaria, sino por la intransigente oposición a todo aquello que apartara al CTA de sus propósitos fundacionales, es decir, la edificación de una alternativa política independiente para la masa explotada. La Declaración de la UMS lanzaba una propuesta de acción que partía del reconocimiento de la existencia del CTA, pero salía de lo que su dirección hegemónica determinaba como radio de acción. Con esta fundamentación -agravamiento de la situación objetiva, desdibujamiento del CTA como alternativa de clase- la UMS propuso entonces una labor destinada converger en una Asamblea Nacional de Trabajadores.

Meses más tarde, el PCA tomó el cabo. Pero a su modo: su convocatoria fue a una Asamblea Popular de la Resistencia.

¿Cuál es la diferencia? La que exige un accionar coherente con las Tesis del XIX Congreso: la clase obrera es reemplazada por el pueblo y la masa explotada por «los que luchan», por la sencilla razón de que no existe la menor preocupación por contribuir a la unidad social y política de los trabajadores como conjunto social y, sobre todo, porque el enemigo es… el neoliberalismo.

No hay duda: un milímetro de distancia en la teoría se transforma en un kilómetro de diferencia en la práctica. Proporcionalmente, algunas leguas de distancia en la teoría hacen de la práctica una contraposición frontal de posiciones: la Asamblea Nacional de Trabajadores es una consigna de acción apuntada a un proceso de convergencia de los cuadros de vanguardia del movimiento obrero y popular, definición programática y organización de masas, que desemboque en un partido del conjunto de los explotados y oprimidos, con un programa propio, antimperialista y anticapitalistas, y una dirección surgida del movimiento vivo de las masas. La Asamblea Popular de la Resistencia es una vía de convergencia de aparatos sindicales cada día más alejados de las bases con estructuras gremiales y políticas de diversos sectores empresarios, es decir, una cobertura para una superestructura política de conciliación de clases.

Tal vez por casualidad, la dirección del PCA adoptó recientemente otra formulación fonéticamente semejante a lo que constituye la otra columna fundamental en la política de la UMS para la recomposición de las fuerzas marxistas: las Mesas de Enlace de Militantes Comunistas, que desde hace casi dos años vienen funcionando con diferente nivel y resultados, pero con un saldo global altamente positivo, a nivel nacional. En este caso, la cuasi coincidencia de la dirección del PCA se formula de esta manera: Mesas de Enlace de los Revolucionarios.

Abundamos ya, en la primera parte de este trabajo, acerca de la diferencia entre revolucionario y comunista. De manera que sólo resta exponer la conclusión respecto de la distancia política producida por aquel milímetro en la teoría: la dirección del PCA no procura una respuesta efectiva, en términos políticos y organizativos, para decenas de millares de comunistas dispersos; es decir, dar al partido de los comunistas el lugar que el momento histórico reclama. Su preocupación dominante es encontrar un «ámbito común« con los revolucionarios. O para decirlo con sus propias y muy elocuentes palabras: «incidir en el combativismo»…

En suma: el XIX Congreso del PCA no arma a sus militantes para edificar un genuino y poderoso partido de los comunistas por la misma razón que ni siquiera se preocupa por la unidad social y política del conjunto de la clase trabajadora: clase y partido -en su acepción marxista- son conceptos absolutamente ajenos a los documentos que venimos comentando.

La inversa es nuestra posición. No es posible dar una respuesta a la vanguardia si no es acertando en la necesidad y posibilidad de las masas explotadas y oprimidas en un momento dado. No es posible dar esa respuesta a las masas -y esto quiere decir: a decenas de millones de personas- sin un concepto preciso de partido de los comunistas.

Buscar la unidad, sin precisas definiciones ideológicas y políticas, de las necesariamente múltiples y heterogéneas posiciones a que da lugar la crisis del sistema en la cabeza y el accionar de los hombres y mujeres rebeldes y decididos, es lo que el lenguaje marxista, antes de su recreación, denominaba oportunismo. Anteponer el estado de ánimo o los reclamos de vanguardias circunstanciales a la necesidades estratégicas de los trabajadores como clase, es lo que antes se calificaba como ultraizquierdismo.

Proclamamos por tanto nuestro resuelto anacronismo: aquellas calificaciones son las que cuadran a esta política. Eso exactamente: bandazos permanentes del oportunismo al ultraizquierdismo, es lo que muestra -hasta el hartazgo de su propia militancia- el accionar del PCA.

Militante revolucionario y cuadro de vanguardia

Así como hacíamos al comienzo de este trabajo una distinción entre revolucionario y revolucionario comunista, corresponde igualmente distinguir entre militante revolucionario -comunista o no- y cuadro de vanguardia.

En un sentido general, indeterminado, es obvio que revolucionario es quien está a la vanguardia con un proyecto se sociedad diferente y superior a la actual. Pero en un sentido político concreto, un cuadro de vanguardia es quien está a la cabeza de un movimiento social real.

La creencia de que lo primero presupone lo segundo o le otorga carácter de necesidad, produce costosos desatinos políticos y frustraciones muy grandes en militantes entregados y aguerridos.

Sucede que sólo en momentos excepcionales, como son los períodos de lucha revolucionaria de masas; y sólo en el caso de que la vanguardia ideológica haya sabido transformarse previamente en vanguardia política, ambos términos se fusionarán en uno.

Mientras ese momento no llega, la falta de precisa delimitación teórica entre clase y partido, el lugar de cada factor en la lucha revolucionaria y la relación entre ambos, se transforma en una barrera infranqueable para llevar a cabo la tarea de los comunistas.

Un partido de los comunistas debe tener como objetivo central y permanente su inserción profunda en el movimiento obrero industrial y, más ampliamente, en el conjunto de la población explotada y oprimida. Para esto, naturalmente, debe integrar a sus filas a los cuadros de vanguardia del movimiento obrero y popular.

Pero para integrar de manera positiva (ya volveremos sobre esto) a un cuadro del movimiento obrero, el partido de los comunistas debe dar repuesta a lo que constituye la preocupación principal de la vanguardia real del movimiento obrero real. ¿Y cuál será esta preocupación? La respuesta no admite dudas: cómo y hacia dónde conducir a su gente.

Así, un partido comunista que no resuelva positivamente en términos políticos -excluimos aquí explícitamente la idea burocrática de que un partido debe conducir paso a paso el accionar cotidiano de un cuadro dirigente de masas- no podrá entablar con ese cuadro la relación que permita transformarlo en revolucionario comunista dirigente de masas.

Con una respuesta destinada a los revolucionarios, la relación del partido con el dirigente de masas tiene dos resultados posibles: o bien, por no dar respuesta a la función concreta del cuadro de vanguardia, no consigue integrarlo a las filas del partido de los comunistas, o bien, dada la necesidad subjetiva de ese cuadro de hallar respuestas generales a sus preocupaciones sociales, lo sumará a las filas partidarias pero lo anulará como dirigente de masas. No son pocos los casos en que el resultado es una dolorosa combinación de esas dos variantes.

La idea de que construir un partido de los comunistas consiste en bloquear una fábrica, reconocer y ganar a los obreros más inquietos y enseñarles los principios del comunismo es (cuando es algo más que charlatanería) una simplificación que reduce la teoría del partido a una caricatura de funestas consecuencias.

Porque si en la mayoría de los casos un accionar basado en tales concepto desemboca en la vía muerta del sindicalismo y el espontaneísmo, ambos igualmente estériles, en aquellos casos en que la determinación revolucionaria sea consecuente hasta las últimas instancias, llevará a la militancia a acciones desesperadas que, si están protagonizadas por verdaderos cuadros de vanguardia, invariablemente redundan en un retroceso del movimiento de masas y la desmoralización y deserción de muchos militantes(16).

Construir un partido de los comunistas presupone, ante todo, definir con rigurosa precisión los principios ideológicos, los fundamentos programáticos y el concepto riguroso del tipo de organización que se pretende.

Si ese primer paso es complejo, singularmente difícil, el segundo lo es acaso en mayor medida: transformar a esa propuesta en vanguardia política.

Esto requiere una suma de condiciones inexcusables: alcanzar la capacidad de reconocer con acierto la situación concreta de la sociedad en cada momento y en el transcurso del tiempo; con base en esa interpretación acertada, hallar la respuesta adecuada, en cada momento y lugar, para que el movimiento de masas dé pasos efectivos hacia una mayor conciencia y organización como tal; con este arsenal, ganar el respeto y la confianza de los cuadros de vanguardia en el sentido ya indicado, integrarlos al partido de los comunistas, educarlos como tales y, a través de ellos, recorrer el camino entre la teoría revolucionaria y el movimiento de masas en estado de insurgencia, para ponerse, entonces sí, a la vanguardia de los explotados en la lucha por el poder.

No hay atajos. No hay fórmulas mágicas. No hay aparatos ni maniobras, ni líderes prefabricados a fuerza de dinero y trapisondas, que puedan reemplazar con éxito esta labor.

Sólo cuando se asuma hasta las últimas consecuencias este legado de la teoría marxista serán fructíferos los factores que están como punto de partida y condición ineludible de cualquier empresa revolucionaria: coraje, honradez, pasión y entrega militante, convicción y perseverancia, audacia… es decir, todo aquello que hace a un hombre o una mujer alcanzar el escalón más alto de la especie humana.

réplica al general balza

Una clase sometida y corrupta no puede edificar un país justo

porLBenCR

 

 

Todo está por hacerse en Argentina al filo del tercer milenio. El dilema es quién lo hará.

Para el sentido común hay una respuesta complaciente: «lo haremos entre todos». Es tan atractiva la apelación, que hasta un grupo que se consideraba de izquierda y luego arrojó a sus militantes a una operación armada irresponsable, la adoptó como lema y tituló así su periódico. El general Martín Balza, en su autocrítica del 25 de abril, apela también a ese concepto en un supremo intento por sentar nuevas bases filosóficas y políticas para reconstruir las fuerzas armadas.

Tras admitir, por primera vez, los aberrantes crímenes cometidos por el ejército, Balza explica que «del enfrentamiento entre argentinos somos casi todos culpables, por acción u omisión, por ausencia o por exceso, por anuencia o por consejo». Luego lleva la idea a otro plano, inhabitual en hombres de cuartel, y por eso mismo demostrativo del grado de elaboración que tuvo la posición: «La culpa en el fondo está en el inconsciente colectivo de la Nación toda». Después viene el remate: «este paso no tiene más pretensión que iniciar un largo camino, es apenas un aporte menor de una obra que sólo puede ser construida entre todos, Una obra que algún día culmine con la reconciliación entre los argentinos».

Que el disparo dé o no en el blanco es algo que está por verse. Depende del resultado del combate ideológico y político en curso en el conjunto de la sociedad. Pero no hay duda que el arma está bien apuntada.

La respuesta entre todos, corona las reflexiones del hombre común o de cualquier comentarista ante el desolador paisaje que golpea los ojos, sea donde sea que se ponga la mirada, al indagar el futuro.

Es tan obvio que el actual estado de cosas no puede prolongarse indefinidamente, tan evidente que las iniquidades de todo orden sufridas hoy no pueden, en ninguna hipótesis, dar lugar a forma alguna de estabilidad ni ser soportadas pasivamente por sus víctimas, que incluso el pensamiento menos audaz vuela a la búsqueda de una solución y, llevado por la angustia y la impotencia, se refugia en una noción tan inmediata como la certeza del desastre inminente: entre todos.

Hay casos menos transparentes. No son pocos los personajes, más o menos destacados, que saben sin lugar a dudas el fraude que esconde esa convocatoria a todos. Deliberadamente recurren a esa respuesta fácil para evitar que la verdad salte a la vista. Es un arma más en el arsenal de las clases dominantes para manipular los sentimientos, las esperanzas y temores de las masas.

Importa, desde luego, denunciar y exponer a tanto periodista, showman, político, intelectual, militar o sindicalista que, consciente de la trampa que propone, culmina sus divagaciones sobre la realidad o funda su propuesta política con un llamado a unirnos todos.

Sin embargo, más importante que esa labor de denuncia es entender -y obrar en consecuencia- que poco menos de la totalidad de los habitantes del país, abrumados por la crisis, indignados por las atrocidades cometidas por los militares, ansiosos de una solución urgente y efectiva al drama de la miseria creciente que acosa, también, a una mayoría abrumadora de los habitantes del país, esa masa humana constituida por diferentes clases y estratos sociales está, a priori, dispuesta a admitir que cualquier solución imaginable se apoya en la unidad de todos los argentinos.

Esto se explica por múltiples factores que pesan a escala mundial en este momento, pero muy particularmente radican en la historia reciente de este país y la conformación de la conciencia de la clase obrera a que ella dio lugar. Una noción tan elemental como la división de la sociedad en clases antagónicas ha sido encubierta y confundida por la conciliación entre esas clases.

Pocos reparan que el escudo argentino es un símbolo contrario al escudo del partido justicialista. Aquél, muestra la representación de la república sostenida por dos brazos desde abajo. Este, con absoluto descaro, presenta un brazo desde abajo, como el escudo original, que entrelaza el puño con otro brazo que viene de arriba. He allí la noción básica, profundamente arraigada en la conciencia de nuestra clase obrera, de que los objetivos de las grandes mayorías, la realización de una sociedad justa, se alcanzarán mediante la conciliación de clases.

La República Argentina nació y se fundó como país en lucha contra el imperio español, en un período histórico en que la burguesía era revolucionaria: luchaba contra el feudalismo y la monarquía. Los de abajo (campesinos, artesanos, trabajadores y burgueses) se unían, para empujar la historia hacia adelante, contra los de arriba.

A mediados de este siglo, sin embargo, en todo el mundo la burguesía había mostrado sobradamente que aquel papel que le cupo en la historia del desarrollo humano, estaba superado. Las masas sentían en carne viva, en todo el mundo, que el sistema capitalista era incluso más reaccionario que en su momento el feudalismo para el desarrollo de la humanidad. Para hacer irrefutable esa conclusión palpable a simple vista, dos guerras mundiales habían ocurrido como resultado de la lucha entre diferentes burguesías nacionales por obtener mercados.

Es en ese momento histórico, cuando la burguesía tambalea en todo el mundo tras haber mostrado los horrores a los que necesariamente lleva el sistema capitalista, que en Argentina un equipo militar, asistido por teóricos ultrareaccionarios y respaldado por la iglesia y algunos sectores de la burguesía local, diseña un símbolo contrapuesto al escudo nacional: un brazo tendido desde arriba viene a asir el puño de los de abajo.

¡Cuánta sangre generosa vertida bajo esa estafa histórica! ¡Cuánta pasión revolucionaria manipulada por el enemigo de clase! ¡Cuánta esperanza, cuántos sacrificios, frustrados por no negarse a beber de esa copa envenenada!

La función histórica que le cupo al peronismo fue la de evitar la concientización y organización independientes de la clase obrera, que es tanto como decir evitar la concreción de las bases para la revolución socialista.

Por eso no hay contradicción en el hecho de sea un gobierno peronista el que, no contento con enajenar las riquezas y la soberanía nacionales, entrega la Orden de Mayo, máxima distinción instituida por San Martín, a gerentes del imperialismo como Nicholas Brady, David Mulford o Jacques de Larossier.

Importa subrayar esto ahora y frente al discurso de Balza, porque ese papel histórico del peronismo nada tiene que ver con la intencionalidad de millones de personas, incluso miles de dirigentes, que le dieron vida a esa respuesta política en un momento crucial de la historia argentina.

Así como en 1945 la necesidad del capitalismo local e internacional exigía ese discurso populista y pseudonacionalista, hoy los requerimientos del sistema imponen la necesidad del discurso pseudodemocrático. Y está planteado el riesgo, trascendendental por sus gravísimas implicancias, de que la estafa ideológica gane una vez más la conciencia y la voluntad de buena parte de la juventud y no pocos intelectuales, de dirigentes sociales y políticos que, llevados por sinceros sentimientos de defensa de la democracia y reconstrucción del país, se dejan arrastrar por la engañosa convocatoria a la reconciliación y la unión nacional.

Otra vez en una encrucijada histórica, la clase obrera, los jóvenes, el país todo, deben optar entre dos caminos. Uno es el que le propone la burguesía. El otro, no tiene trazado visible, no tiene dirigentes reconocidos, no tiene voces audibles por sobre el estrépito del caos nacional.

Este, sin duda, es un problema grave. Pero es una dificultad menor frente a la confusión ideológica no ya de las masas, sino de los dirigentes naturales de las luchas sociales que se multiplican en todo el país y, más aún, de quienes se consideran dirigentes de izquierda.

 

La naturaleza del debate

Hay dos debates en curso. Uno consiste en definir el país que queremos: ¿será aquél con una tasa normal de desocupación, como dicen los economistas que critican la política actual?; ¿será un país con mejores salarios y jubilaciones?; ¿será un país con gobernantes que no hagan una virtud de la sumisión a los gerentes del Norte?… ¿o será un país sin desocupados, sin asalariados, es decir, sin personas que venden su fuerza de trabajo a quienes poseen los medios de producción y lucran con la desventura humana; un país sin cadenas que lo amarren al capital financiero internacional?

En otras palabras: el que trataremos de edificar sobre estas ruinas ¿será un país capitalista o una sociedad socialista?

No corresponde descalificar individualmente a quien se pronuncie por la primera opción. Así como hay personas que esgrimen discursos hiper-radicalizados pero en todo ajenas a la idea y la práctica de la revolución social, existen no pocas personas sinceras, dotadas de sentimientos humanitarios y honestas intenciones de redención social, que creen que a esos fines se llegará por la vía de reformar, corregir y perfeccionar al sistema capitalista.

Por eso la otra cara del debate histórico que tenemos por delante es en torno a la posibilidad o imposibilidad de construir un país justo, armónico, democrático, como el que describe Balza en su discurso.

En otras palabras: al margen de la definición ideológica (aspirar a una sociedad capitalista con rostro humano o proponer un sistema socialista), y sin poner a priori en tela de juicio las condiciones morales de quienes proponen suturar las heridas aún sangrantes, es necesario pronunciarse con argumentos fundados en torno a la posibilidad concreta, la viabilidad histórica, de un sistema social que se proponga terminar con las intolerables desigualdades sociales que están en la base de luchas que, a su vez, dan lugar a conductas aberrantes como las denunciadas por el general Balza.

Una política seria, una estrategia fundada, que se propone la toma del poder y la edificación de una sociedad a la medida del hombre, no apela a calificativos morales frente al enemigo. Y tampoco se enreda en consideraciones de ese orden cuando se trata de delimitar posiciones frente a quienes, al menos en las palabras, se ubican del lado de los explotados en la infranqueable frontera de clases.

Hay enemigos dignos. Y existen personas que, bajo el estandarte de la revolución, han cometido y cometen indignidades imperdonables.

Por eso, una posición a favor o en contra del discurso en el cual el general Martín Balza confesó los crímenes del ejército, los condenó sin atenuantes y planteó una plataforma moral y política diferente para las fuerzas armadas de ahora en más, carece de todo fundamento y perspectiva si se limita a creer o no en la sinceridad del jefe militar, si se reduce a juzgar subjetivamente sus intenciones y las de sus pares.

La autocrítica del titular del ejército es muy profunda. Resultaría gravoso no tomarla en serio, condenarla o aplaudirla midiéndola apenas con la vara de la actitud frente a los derechos humanos o el régimen constitucional.

Condenar a los militares por haber cometido crímenes aberrantes, es un gesto vacío si se separa la conducta de estos hombres de la causa que la puso en movimiento. Esto vale para la derecha, desde luego; para tanto oportunista que guardó en un baúl, con candado, su traje de demócrata, mientras otros hacían el trabajo sucio, para exhibir ahora su horror moral, despreciar a los ejecutores del crimen y volver a calzarse el atuendo apolillado. Pero vale también para cierta izquierda.

La condena moral no ya a un comandante, sino al sargento del ejército que arrojó prisioneros vivos al mar, es un derecho inapelable que tiene cualquier persona, víctima directa o no de la represión durante la dictadura militar. Pero para que esa condena no sea un acto que se agota en sí mismo y por lo tanto vacío de todo contenido respecto de la sociedad futura que se propone -más aún cuando se defiende que ésta sea capitalista- debe buscar las causas de una conducta individual tan despiadada.

No faltará, desde luego, quien aluda a la maldad intrínseca del ser humano. O quien culpe al demonio. El papa acaba de explicar las guerras, precisamente, como obra de Lucifer. Aquí también se entremezclan la ignorancia y el cinismo lúcido, que al cabo no es sino una forma refinada y perversa de la ignorancia.

Pero quien intente aproximarse a la verdad y rechace por definición la mentira organizada -organizada justamente para alentar y manipular la ignorancia- no puede dejar de ver que ese sargento es, además de victimario, víctima. Mutatis mutandi, lo mismo vale para un oficial.

La función hace al órgano. No cabe duda que esos individuos puestos en situación de poderío absoluto frente a hombres y mujeres indefensos, se transformaron en seres a los cuales calificar como animales sería un insulto incluso para las especies más primarias. ¿Pero dónde radica la necesidad de esa función?

La función represiva no es una anomalía del sistema. Por el contrario, es un valor intrínseco, una necesidad estructural de la sociedad dividida en clases.

Condenar sin atenuantes a los torturadores y a sus jefes es, desde luego, condición primera. Y condenarlos de verdad; con la pena máxima: el desprecio imborrable de la sociedad; con la pena ineludible: el juicio público y la cárcel; y con la pena que será o no necesaria según las circunstancias: el fusilamiento por la espalda.

Pero condenar a los asesinos y reivindicar -o ser neutro- ante la causa que armó su brazo, les entregó la suma del poder y luego los sepulta como individuos, a la vez que los rescata como institución, es no sólo un acto de candidez o cinismo (y cada uno elige aquí a quién coloca éste o aquél calificativo), sino sobre todo un paso hacia la repetición perpetua del crimen que se vitupera.

Es contrario al conocimiento elemental del ser humano suponer que entre quienes recibieron como un bálsamo la autocrítica del ejército, incluso en las filas de las fuerzas armadas, no hay hombres y mujeres asqueados, desmoralizados y desorientados por la revelación pública y el reconocimiento individual de lo que han hecho ellos mismos o las personas con las que conviven, los jefes a quienes obedecen, las instituciones dentro de las cuales transcurren sus vidas.

Pero la condición para poder entablar un diálogo con ellos es afirmar, sin vacilación ni lugar a confusiones, que los inenarrables crímenes cometidos por las fuerzas armadas de Argentina contra todo un pueblo no resultan de la maldad o el error de nadie como individuo, sino de una necesidad inapelable de los fundamentos mismos sobre los que se sostiene esta sociedad.

Quienes elaboraron la posición expuesta por el jefe del ejército, saben eso. Pero invierten su sentido y lo transforman en poderoso argumento para diluir y encubrir la responsabilidad: «la culpa en el fondo está en el inconsciente colectivo de la Nación toda».

Es un argumento poderoso porque se basa en una parte de la verdad. La idea de que durante la dictadura se degradó, se negó como ser humano sólo aquel que torturó o asesinó, es mucho más que un error. Más aún: es falsa la idea de que los ciudadanos, militares o no, se degradan únicamente cuando gobierna una dictadura.

Un ejemplo: no son pocos los periodistas que para mantener su trabajo -y no sólo en tiempos de gobiernos militares!- deben escribir cosas en las que no creen, mentir a sabiendas, ocultar lo que conocen. Y si bien hay quienes en ese juego alzan vuelo y se muestran satisfechos precisamente por su degradación, son muchos más los que, con total conciencia o en la bruma de conflictos inconfesados, sienten que han sido triturados por un mecanismo que los excede.

Los ejemplos podrían multiplicarse: ¿qué decir del obrero metalúrgico que desarrolla su labor en una fábrica de armas?; o del físico atómico que diseña un misil con carga nuclear?; o del economista que acepta la orden de su empresa de hallar la forma de extraer más plusvalía absoluta y relativa al obrero?; o del abogado que cobra por aplicar leyes y principios a los que sabe inícuos….?

Llevado al límite: ¿qué diferencia hay entre un periodista, un obrero, un profesional sometidos a normas, prácticas y principios que contradicen la verdad y los sentimientos más puros del ser humano, y ese sargento que, ordenado por sus jefes y legitimada su acción por las jerarquías de todas las instituciones, subió al avión y empujó un cuerpo vivo al mar? ¿Lo denunció el periodista? ¿fue a la huelga el obrero para frenar la masacre?, ¿renunció el profesional a sus privilegios para salir a la calle a decir que eso era inaceptable?

¿Era verdad que no sabía? ¿O lo sabía, casi con la misma crudeza que el suboficial que vigilaba un campo de concentración o el teniente que lo comandaba, y por razones que hoy no puede explicarse -ni aceptar en caso de vislumbrarlas- se mantuvo pasivo?

Hechas por un defensor de la sociedad capitalista estas preguntas tienen un impacto letal precisamente porque se apoyan en una base real. A partir de esa realidad, consciente o no pero palpable en el conjunto social, los ideólogos del sistema elaboran un sofisma que golpea duro sobre los individuos: todos somos culpables. Es la plataforma sólida, aunque invisible, sobre la que se afirma el otro sofisma: a esto lo arreglamos entre todos.

No obstante, desde la óptica contraria el argumento es aún más poderoso, a condición de atreverse a usarlo como brújula estratégica y como arma de combate permanente, cotidiano, en todos los ámbitos, en todo momento y lugar: el ser humano, con prescindencia de su pertenencia de clase, se degrada necesariamente en el sistema capitalista. Por hambre o por hartazgo; por superexplotación o por falta de trabajo; por la riqueza extrema o la pobreza abyecta, torturado o torturando. Claro que unos son víctimas y otros victimarios en un momento dado. Pero nadie escapa a la fuerza destructiva de un sistema que cosifica al hombre precisamente porque tiene al lucro como valor supremo.

Desde luego es censurable que un individuo no tenga el coraje y la entereza para ser consecuente con sus sentimientos (otra vez el militar ante la exigencia de torturar y asesinar o el periodista ante la exigencia de callar y mentir) y pagar por ello el precio que sea necesario, aunque éste sea el precio aparentemente mínimo de perder el trabajo o cambiar de profesión, perder la seguridad y tranquilidad. Pero explicar el fenómeno social por la conducta del individuo es una tramoya, que además de poner la piedra fundamental para la manipulación de la conciencia colectiva, intenta desdibujar el peso demoledor que sobre la conducta individual tiene la brutalidad extrema del terrorismo capitalista, a la vez que trata de encubrir un hecho decisivo: en todos los ámbitos, día por día durante años terribles, hubo personas que jugaron no su puesto de trabajo, sino su vida. Hubo decenas de miles de desaparecidos y millones que, de una u otra forma, resistieron, recorrieron paso a paso el camino que llevó a la derrota de la dictadura.

¿Cómo es posible olvidar hoy las tomas de fábricas y huelgas en Córdoba y la zona Norte del Gran Buenos Aires a fines de 1977, o la osadía de artistas y público durante la embestida de Teatro Abierto, para poner apenas dos ejemplos socialmente polares?

Justamente uno de los crímenes conceptuales más graves de cierta izquierda es sostener que la dictadura no cayó por la resistencia de las masas. Innumerables huelgas, anónimos actos de heroísmo cotidiano multiplicados por millones, en todos los ámbitos, fueron los que minaron el terreno sobre el que se sostenía el régimen represivo y acabaron haciendo algo mucho más trascendental que derrocar a un gobierno: resquebrajaron las columnas de todas las instituciones que sostienen al sistema, como ahora se ve con nitidez: partidos, iglesia, fuerzas armadas.

La misma interpretación que culpa a individuos por los desmanes represivos de la dictadura explica la guerra de Malvinas como resultado de la afición de un general por el alcohol. Las clases dominantes y sus ideólogos utilizan sabiamente la imperdonable superficialidad de quienes tergiversan de esta manera la realidad. Esa desgraciada combinación ha permitido ocultar que la causa de fondo de aquel salto al vacío de los jefes militares fue precisamente una resistencia que los había puesto al borde del abismo. Quienes se rindieron ante los imperialistas británicos, traicionando incluso a muchos hombres de sus filas que lucharon con coraje y ansias de victoria frente al enemigo real, prefirieron esa conducta ignominiosa a la posibilidad de tener que ceder ante la movilización de masas.

La historia desde entonces en adelante no se explica sin el saldo concreto, la derrota militar del país -no de las fuerzas armadas- ante el imperialismo.

¿Cómo es posible que personas serias minimicen el hecho de que la guerra planteaba objetivamente la necesidad de expropiar a los ingleses y sus aliados; que esa era una condición de cualquier estrategia seria de victoria y estaba ante los ojos de cualquier oficial mínimamente lúcido? ¿Cómo es posible que gente seria y culta no entienda que ésa era la verdadera guerra y que la guerra misma no se explica sin la resistencia de masas que la hizo necesaria como recurso desesperado? ¿Cómo es posible que gente seria, culta y responsable, se niegue a entender el significado profundo del respaldo masivo de la población a la lucha contra el imperialismo? ¿Cómo es posible que personas insospechables se nieguen a entender el papel de la iglesia y el papa en las negociaciones?.

La conducta contradictoria y confusa por parte de individuos, instituciones y partidos comprometidos con la verdad, con la democracia y los derechos humanos, se explica únicamente por la magnitud excepcional de la crisis y el carácter extremo de las opciones en juego.

No requiere explicación el rechazo visceral a la guerra. Es obvio el desprecio y la condena a aquellos que enviaron soldados de 18 años a la muerte y la locura. Es más que comprensible el repudio a esa aventura que culminó con un espectáculo que perdurará imborrable en la historia: los jefes traidores tratando de ocultar a los ojos del pueblo el regreso de nuestros soldados vencidos.

Pero lo que sí requiere reflexión y debate es qué hacer ante una crisis que propone, una y otra vez, sólo alternativas extremas.

Es preciso admitir ahora que fue un ensueño, una ilusión sin fundamento, la explosión de alegría y esperanza que inundó al país en 1983, cuando asumió el más democrático y progresista de los presidentes de la historia argentina. El mismo que después de imponer las leyes de obediencia debida y punto final terminó su gobierno bajo estado de sitio; el mismo que quitó al salario la mitad de su valor; el que pagó 16 mil millones de dólares de una deuda que en el mismo período pasó de 45 a 63 mil millones; el que renunció en medio de una inflación sideral, de una desesperación colectiva que llevó al respaldo de un personaje impensable como presidente poco tiempo antes.

¿Cuántos recién nacidos murieron innecesaria e injustamente desde entonces? ¿Cuántos chicos fueron arrojados a la calle, es decir, a un futuro de violencia, delincuencia y muerte? ¿Cuántas personas sufren injusta pero también innecesariamente el desempleo, la humillación, la falta de vivienda, el hambre?

Esto, no la paz y la armonía, el desarrollo y el bienestar, es la contrapartida de aquello.

Y falta mucho por ver todavía.

Las ilusiones sin fundamentos se basan en la incomprensión de la realidad, la cual a su vez no puede desprenderse del pasado. La guerra de Malvinas, una instancia decisiva de ese pasado, no sólo no es objeto de estudio y debate sino que es conscientemente ocultada y tergiversada por unos e inconscientemente negada por otros.

Y esto está cargado de consecuencias inmediatas. Porque fue la agudeza extrema del conflicto social y las contradicciones económicas subyacentes lo que se tradujo en confrontación militar con el imperialismo. Las mismas fuerzas que sostenían a los militares en el gobierno y los jefes de esas fuerzas armadas resolvieron, in extremis, abrazarse al imperialismo antes que apelar a las masas para vencerlo. Era una conducta obvia. Pero el saldo ineludible de esa conducta sería, ni más ni menos, la destrucción de las fuerzas armadas. En uno de los párrafos de su discurso Balza explica como muestra de incompetencia, de incapacidad manifiesta en términos político-militares la metodología empleada contra la guerrilla. Dice el jefe militar: «El ejército, instruido y adiestrado para la guerra clásica, no supo cómo enfrentar desde la ley plena al terrorismo demencial».

Contra esta aseveración, hay infinidad de pruebas que nadie osaría contradecir: las fuerzas armadas de Argentina y muy particularmente el ejército fue «instruido y adiestrado» para luchar contra la insurgencia interna. Decenas de miles de suboficiales y oficiales recibieron cursos en Panamá, en la siniestra escuela de las Américas, donde militares y agentes de la CIA estadounidenses formaron cuadros especializados en lucha antiguerrillera, inteligencia antisubversiva y técnicas de acción de masas para aterrorizar y confundir a la población. Esos cuadros a su vez instruyeron soldados para la lucha antiguerrillera (el autor de estas líneas es uno de ellos) en unidades especiales para el combate en ciudades y montañas. Más aún: los aventajados alumnos argentinos de esa escuela de torturadores y asesinos fueron luego profesores en América Central, para combatir contra el sandinismo y los revolucionarios de El Salvador y Guatemala.

No hay manera de sostener la idea de que el ejército cayó en la vorágine de la represión sin límites por falta de preparación para el desafío guerrillero. Exactamente lo inverso es verdad. Sin embargo, pasemos por alto este punto, que pone en cuestión la sinceridad de toda la arquitectura del discurso de Balza, y vayamos al dato más importante que surge de esa afirmación: el ejército estaba «instruido y adiestrado para la guerra clásica». ¿Qué será para el jefe del ejército una guerra clásica? Porque ni el más torpe o concesivo de los analistas militares del planeta pondría en cuestión que, en Malvinas, el ejército mostró una incapacidad e incompetencia sin parangón en la historia de la guerra, precisamente en lo más clásico de una estrategia clásica: la logística.

Manipular la verdad tiene sus riesgos. El jefe del ejército no hace honor a los hombres que lucharon con coraje y determinación, pero también con habilidad de combatientes, al negarse a reconocer que el ejército fue escandalosamente incapaz de sostener a las tropas que envió a las Malvinas precisamente por estar «instruido y adiestrado» para reprimir a los obreros, a los jóvenes, a los luchadores por la libertad, la soberanía y la revolución social.

Como quiera que sea, se desprende de las propias palabras de Balza que el ejército no sirve ni para aquello ni para esto. Es decir, no sirve para nada. Y esta es una conclusión exacta. Las fuerzas armadas actuales no están en condiciones de tomar el poder político una vez más, no pueden -se los impide la aún muy sólida barrera de la sociedad civil- lanzarse a aquello para lo que fueron instruidas y adiestradas, la represión a las movilizaciones populares. Y tampoco podría responder al más mínimo choque con una fuerza extranjera. Esa, cruda e irrebatiblemente, es la realidad de las fuerzas armadas.

De allí que quien se niega a entender el desarrollo y desenlace de este período de nuestra historia reciente se vea incapacitado para entender las causas que explican el discurso de Balza. O, lo que es lo mismo, entender la sustancia de lo que está en juego en este momento histórico.

Ocultar la magnitud masiva de la resistencia a la dictadura, cargar la guerra a un general borracho y ver en ella sólo las tragedias individuales, es la contracara ineludible de convencerse y permitir que se convenza a las masas de la responsabilidad de todos en la caída del país.

Como se ve, hay una lógica con arraigo objetivo, manipulada por una arquitectura cuidadosamente diseñada para ocultar y tergiversar la verdad, en la conducta de quienes son proclives a asumir la culpabilidad colectiva, lo cual en términos políticos se traduce en el voto a los partidos del enemigo. Pero esto no ocurre únicamente, ni mucho menos, en esas mayorías anónimas abrumadas por la miseria y la ignorancia.

Nada más lejos de la verdad: las mayorías se conducen de ese modo precisamente porque las minorías -entendiendo por tales a la intelectualidad, los profesionales e incluso fuerzas políticas consideradas democráticas o aun de izquierda- prontas a condenar las manifestaciones ostensibles de embrutecimiento en la conducta política de las masas, empujan a la población en esa dirección al transmitirles la idea de que es posible respetar los valores humanos sin cambiar la sociedad de raíz, lo cual en términos políticos se traduce en el apoyo a programas y candidatos que justamente no presentan como ineludible, imprescindible y urgente un giro de 180 grados en el rumbo político del país.

Nadie está más sujeto a caer en la trampa conceptual que hace a todos culpables y, en consecuencia lógica, convoca a todos a resolver el problema, que aquellas personas con mayor educación, con algún grado de conciencia social y con algún privilegio -aunque sea el mínimo privilegio de tener un trabajo bien pago- que intuyen o conocen la gravedad de lo que está en juego, pero se resisten a llevar su comprensión hasta las últimas consecuencias.

Llegar a la conclusión obligada exigiría un pronunciamiento neto contra las causas que producen estos efectos. Lo cual equivale no ya a poner en riesgo ese privilegio, sino a admitir la inevitabilidad de opciones extremas. Por eso la idea de que un régimen constitucional hace menos bochornosa y destructiva, en todos los órdenes, la degradación de los individuos, más que un error es una justificación. Y esa justificación ensambla sin violencia con la utilizada por el general Balza para explicar la conducta de la institución que encabeza.

Paradojalmente, para recorrer ese camino que lo absuelve de responsabilidad concreta en el presente, el individuo debe comenzar por asumir que él es, efectivamente, culpable.

Culpable por omisión -no haber muerto en la lucha contra la dictadura- o culpable por comisión -haberse equivocado en la lucha contra ella.

Culpable en cualquier caso, sin autoridad moral ni política para proponer un país diferente, sin respaldo de las mayorías a un programa de drástico cambio social ¿qué puede hacer un individuo sino tratar de resolver sus urgencias, cada día mayores? Esto calza como un guante en la necesidad objetiva de las capas medias, pero también en la urgencias prácticas y subjetivas de no pocos militantes y partidos. No es casual que, socialmente asentados en estas capas, partidos que se consideran de izquierda hayan insistido en buscar candidatos de perfil ambiguo, centristas, contrarios a posiciones anticapitalistas, para representarlos. La responsabilidad individual transferida a la responsabilidad de todos, vuelve diluida al sujeto en cuestión. Y así la vida continúa.

 

Ideología y manipulación

Este desarrollo lógico a partir de una falacia explica la reacción favorable que tuvo en sectores considerados democráticos y progresistas el discurso del general Martín Balza, cuando miró de frente a la cámara de televisión y lanzó una estremecedora conclusión: «Sin eufemismos digo claramente: delinque quien imparte órdenes inmorales. Delinque quien cumple órdenes inmorales. Delinque quien, para cumplir un fin que cree justo, emplea medios injustos, inmorales».

Es preciso tomar al pie de la letra estas palabras del comandante del ejército: está probado que los jefes dieron órdenes inmorales, los subordinados cumplieron órdenes inmorales y todos, por acción u omisión, se involucraron en el empleo de medios injustos, inmorales, para cumplir con fines -vamos a admitirlo como hipótesis- que creían justos. Por tanto, de las palabras del jefe del ejército se deduce de manera irrefutable que todos quienes integraron las fuerzas armadas durante los años de dictadura, son delincuentes.

Conclusión significativa. Podemos suscribirla sin esfuerzo. Pero con una condición: que no se destruya a los individuos para salvar la institución.

Los sobrevivientes de aquella ofensiva criminal que seguimos luchando punto por punto, sin ninguna concesión, sin ninguna autocrítica, sin ninguna vacilación de ningún tipo, por lo que defendíamos entonces, no centramos nuestra lucha en individuos. No buscamos, ni queremos, ni admitimos, venganza individual.

Más aún: salimos en defensa de su condición de víctimas, aunque en ninguna hipótesis esto pueda interpretarse como disposición al olvido o al perdón. Juicio y castigo, cárcel y vergüenza para ellos.

Pero esa jauría embrutecida hasta límites inabarcables, esos andrajos humanos, no pueden, no deben, cargar con una responsabilidad que no les cabe.

Así como no es posible cargar a un chico de la calle de hoy con la responsabilidad de los crímenes que necesariamente cometerá cuando sea mayor, no es admisible que se oculte el carácter de necesidad que tiene el salvajismo de un integrante de una fuerza armada defensora del capital, con prescindencia de las condiciones morales de los individuos que la componen. Sólo características personales -y circunstancias- excepcionales, pueden permitir que algunos de entre ellos eludan el mecanismo siniestro que los modela, los utiliza y luego, si es necesario, los destruye.

Para el resto, vale la ley general de que no necesariamente elegirían esa conducta indigna si tuvieran la posibilidad de optar por otra que, no exigiéndoles un supremo compromiso y sacrificio individual, les permitiera ser coherentes con su condición humana. Y esa ley es vital sobre todo por una razón: el militar que hoy defiende el sistema republicano, reivindica los derechos humanos, no empuña las armas contra su pueblo y reniega de las atrocidades cometidas, se comporta así porque tiene la posibilidad de hacerlo sin costo de su status personal, mientras que hacer lo contrario le sería oneroso (véase a Mohamed Seineldín y quienes lo acompañaron). Mañana será empujado nuevamente a combatir «por un fin que cree justo» (la defensa del sistema capitalista) y volverá a ser el asesino feroz que hoy condena.

¿No es el propio Balza un ejemplo de esto? ¿Dónde estuvo cuando el ejército que hoy comanda delinquía en el sentido más brutal e intolerable de la palabra? ¿Junto a quienes combatíamos lo que él condena hoy, o del lado de los asesinos?

No es preciso poner en duda los principios morales de Balza. Se puede partir de la premisa de que el jefe del ejército cree en lo que dice. La conclusión no se modifica. Por el contrario, refuerza su fundamento: si el general Balza, pese a ser un hombre de principios republicanos, respetuoso de los derechos humanos y temeroso de la ley de su dios, integró las filas del ejército delincuente sin contradicciones que le impidieran escalar hasta la comandancia, queda probado que la conducta vil de los integrantes de una fuerza armada no depende para nada de las condiciones morales de sus componentes. Por lo mismo, la conducta moral de estos, no es garantía de nada.

El propio Balza lo admite, cuando descarga la responsabilidad del golpe de Estado de 1976 en quienes defendieron la idea de «el ejército (como) única reserva de la patria»; y subraya que esas fueron «palabras dichas a los oídos militares por muchos, muchas veces».

El general Balza lleva su autocrítica al punto de admitir la necesidad de confeccionar listas con los nombres de los desaparecidos y esclarecer la suerte corrida por cada uno de ellos. Significativamente, no lleva su osadía a considerar necesario confeccionar la lista de los muchos que, muchas veces, susurraron al oído del ejército para que éste tomara el poder y pisoteara los principios ciudadanos y los ciudadanos mismos.

¿Quiénes son esos muchos que susurraban al oído de aquellos que luego serían impiadosos torturadores y asesinos? Algunos son fácilmente reconocibles, pese al disfraz de demócratas: Ricardo Balbín -por entonces presidente de la UCR- que denunció una fantástica guerrilla industrial para fundar el envío de tropas militares contra los obreros de Villa Constitución; Italo Luder, que en su carácter de presidente provisional peronista firmó el decreto ordenando «aniquilar la subversión»; el nuncio papal Pío Laghi, probada mano ejecutora de una plan represivo global. Pero ellos no son todos ni siquiera los más importantes. Porque los políticos y los sacerdotes del capital pasan, pero éste queda. Y sigue susurrando, aunque cambie circunstancialmente el argumento.

A propósito: ¿por qué ocultó Balza durante 20 años lo que hoy confiesa como delito?

Podemos ensayar una explicación, sujeta a todos los cambios que el general Balza nos indique con argumentos fundados y pruebas fehacientes.

 

Crisis y lucha de clases

La admisión de desvíos institucionales y delitos de todo tipo por parte de las fuerzas armadas es un eslabón ineludible en la respuesta estratégica al saldo de la confrontación violenta no ya con la guerrilla, sino con la clase obrera y el pueblo. Ese saldo es, como ya adelantamos, la desmoralización, la quiebra ideológica, el repudio generalizado de la población, la inhabilitación política y la desarticulación operativa de las fuerzas armadas.

En otras palabras: el brazo armado del capital está inutilizado. Esto ocurre en una etapa histórica en que la agudización de la crisis capitalista, no ya a nivel nacional sino a escala internacional, no deja otra alternativa que avanzar sistemáticamente contra las conquistas y reclamos económicos básicos de las mayorías, lo cual, en algún momento del proceso requiere el empleo de la violencia contra la población.

El primer paso en la estrategia de recomposición, bajo el gobierno de Raúl Alfonsín y timoneado por su ministro de Defensa, Raúl Borrás, consistía en el juicio a los 9 comandantes.

En la base del replanteo jugaron factores de muy diferente naturaleza. Por una parte, era a todas luces imposibles avanzar un milímetro sin satisfacer el ansia de justicia de prácticamente la totalidad de la población. Por otra, era necesario readecuar las fuerzas armadas a la nueva coyuntura mundial, lo cual cobraba singularidad por la situación concreta en Argentina luego de la guerra de Malvinas.

La ideología liberal que 12 años después Balza presenta como nuevo dogma es, en el diseño global, la coronación del proceso de recomposición de las fuerzas armadas. La noción superficial, absurda, pero acaso no totalmente inocente de «desguace del Estado», encubre en realidad un plan estratégico de recomposición del aparato de dominación de la burguesía, es decir, el Estado. En ese plan, uno de los puntos vitales es la reorganización y readecuación de las fuerzas armadas a partir de la situación objetiva en el momento en que estas deben retirarse del poder y para afrontar la coyuntura histórica global.

Las nuevas fuerzas armadas deberán adecuarse a las novedades del Estado al que sirven. O, más precisamente: deberán adecuarse a los cambios en la estructura y ubicación de la clase dominante.

La compulsiva necesidad de las metrópolis imperialistas de aumentar por múltiples vías la exacción de riquezas de los países dependientes a fin de contrarrestar la caída de la tasa de ganancia media del gran capital internacional, plantea, entre una multiplicidad de conflictos, el riesgo de que sectores de peso de las burguesías locales, acosados por la voracidad insaciable del capital financiero internacional, se levanten en armas contra las exigencias imperialistas. Un ejemplo de la vigencia y eclosión de esta contradicción es la invasión a Kuwait por parte de Irak en 1990. Es justamente la necesidad estratégica de impedir nuevas reacciones de ese tipo lo que explica la fulminante y devastadora contraofensiva conjunta del imperialismo.

Pero si la reacción ante el hecho consumado fue singularmente dura, no lo fue menos el accionar preventivo de tales reacciones: la reorganización, reideologización y reinserción en todos los órdenes de las fuerzas armadas de los países dependientes. Va de suyo que ese proyecto estratégico choca contra las fuerzas armadas como tales y, por lo tanto, conmueve a sus integrantes introduciendo un debate ideológico crucial, pero que esto es sólo la expresión de un fenómeno estructural que lo determina en forma y contenido: la pugna dentro mismo del capital y los grupos económicos que lo encarnan.

En el caso argentino, la combinación del odio popular contra los militares por las aberraciones represivas y el resultado de la guerra de Malvinas planteaba una singularidad extremadamente compleja.

Presumiblemente, los ideólogos del juicio a los comandantes imaginaron que con la investigación de la CONADEP, la condena pública y la cárcel a los jefes, sería suficiente para poder llegar a decir, como dice ahora Balza, que las fuerzas armadas se recomponían ideológicamente sobre la base clásica del dogma liberal. Pero dos fuerzas vitales salieron al cruce de esta política y acabaron demoliéndola: la movilización de masas pidiendo juicio y castigo a todos los responsables de la represión, y el impacto sobre un alto número de oficiales y suboficiales de la conducta de jefes militares, partidos e instituciones que llevó a la ignominiosa derrota de Malvinas. A esto se sumó un factor circunstancial pero de mucho peso coyuntural: el temor de suboficiales y oficiales de menor graduación a que a la derrota militar y política le siguiera el condigno castigo a todos los involucrados en acciones aberrantes.

 

Caras pintadas y ojos tapados

Esto último tuvo un efecto paradójico, porque si en una primera fase potenció al ala militar contraria al plan liberal, al cabo fue precisamente la llave para que ese sector quedara aislado y fuera aplastado. Aldo Rico y Mohamed Seineldín intentaron explotar el miedo de cuadros medios y bajos involucrados directamente en actos de torturas y asesinatos, ante el riesgo de una victoria de la justicia que los enviara a todos al lugar que les corresponde. La idea pueril de que ésta pudiera ejercerse en el marco de una sociedad capitalista, que obnubiló la percepción de tantas personas bienintecionadas, cegó a estos aspirantes a líderes nacionalistas.

Como no podía ser de otro modo, quienes mandan y sus asesores, con mayor o menor prolijidad, hicieron lo necesario -mediante tramoyas judiciales, compromisos, decretos, leyes, etc.- para dar garantías a esa masa acosada de cuadros militares. La conducta indecisa, contradictoria y en términos operativos increíblemente torpe de los jefes rebeldes, se explica porque en ellos mismos pesaba esa contradicción irresoluble: luchar por un proyecto de país o por la salvación individual. No es el caso de emitir un juicio de valor sobre el proyecto mismo, borrosamente esbozado en raros documentos y declaraciones, entre delirios místicos y afirmaciones tan primitivamente ultrareaccionarias que no pueden ser tomadas en serio como plataforma de un proyecto estratégico. Importa en este punto sencillamente señalar que el ala antiliberal, con larga tradición, mucho peso numérico y razones de todo orden para resistir la arremetida teledirigida desde Washington, no tuvo jefes porque no tuvo programa. Y no tuvo programa por una razón que excede no sólo a Rico y Seineldín: el único programa capaz de presentar batalla al imperialismo es un programa anticapitalista de revolución social; la revolución social se hace con las masas; las masas repudian y repudiarán eternamente los secuestros, torturas y asesinatos de la dictadura y, en consecuencia, ningún militar que la reivindique abierta o solapadamente tiene la más remota posibilidad de dar un paso efectivo contra la reorganización de las fuerzas armadas planeada por el gran capital internacional y sus socios locales.

 

Derechos humanos y acción política

Menos sencillo fue -y sigue y seguirá siendo- vencer a la otra fuerza contra la que chocó el intento de reorganización: la lucha por el juicio y el castigo a los responsables de la represión. Sin embargo, ya en 1987 quedó claro que el movimiento democrático que había conmovido a la sociedad desde sus cimientos, se agotaba en sí mismo sin hallar respuesta a la lenta, sinuosa, llena de puntos irremediablemente débiles, pero sistemática contraofensiva de la burguesía por recomponer sus fuerzas armadas.

En sustancia, el movimiento democrático afrontó la misma dificultad que el ala antiliberal de las fuerzas armadas: no pudo definir un programa más allá del reclamo de justicia y en consecuencia no pudo sostenerse como movimiento de masas, no pudo encarnar en los sectores más agobiados por la crisis capitalista, no logró consolidarse en ningún plano y cedió terreno, también lenta y contradictoriamente, pero de manera inexorable, al plan de recomposición del aparato armado del capital. La diferencia obvia es que a esta fuerza la asiste la verdad, la razón histórica. Pero en la lucha social, en el combate político, la razón es condición necesaria pero no suficiente para vencer.

Así, despejado el terreno interno y desperdigado, desorientado, en los hechos paralizado el temible adversario real, los jefes embarcados en el proyecto de recomposición de las fuerzas armadas sobre las bases del libreto dictado desde el Departamento de Estado estadounidense, se adueñaron del centro del escenario militar.

Un paso fundamental en la recomposición pudieron darlo, paradojalmente, con el respaldo casi unánime de la opinión pública e incluso de la mayoría de los más reconocidos defensores de los derechos humanos: la abolición del servicio militar obligatorio.

A contramano del plan de reducción de gastos, esta medida es sin embargo una pieza clave en la estrategia de recomposición del mecanismo represivo. Por eso no tuvo la menor objeción por parte del ministerio de Economía.

El rechazo unánime y visceral al militarismo y la más que justificada negativa a poner hijos en manos de personas acusadas de aberraciones que cada ciudadano tiene grabada en su conciencia, hace indefendible la idea de sostener la conscripción. De hecho, este dilema como tantos otros no tiene respuesta sin romper el molde que lo contiene. Pero lo cierto es que, con apoyo explícito y alborozado de la mayor parte del movimiento democrático que late todavía en el escenario político, el general Balza dio un paso decisivo y transformó el ejército argentino en una fuerza de soldados con contrato voluntario y salario regular. Es decir, un ejército mercenario.

Tanto temor hay de mirar de frente el significado de este paso estratégico de quienes planificaron la represión de los años 70, que se llegó al punto de condenar la ley de reforma porque deja abierta la posibilidad de convocar conscriptos en caso de que no hubiera suficientes voluntarios.

Las buenas personas que defienden tales ideas se resisten a admitir que todo este proceso tiene como base la crisis del capitalismo. Que esa crisis, ajena a la voluntad y los manejos de cualquier gobernante dentro del sistema, produce masas de desocupados. Que esos desocupados se agolparán a las puertas de los cuarteles para pedir trabajo. Que se les hace firmar un contrato por el cual, entre otras iniquidades, se obligan a descartar cualquier forma de agremiación, se comprometen a no asumir ni exponer cualquier opinión política. Que son seleccionados por sus capacidades para cumplir la función para la que se les paga, es decir: reprimir las inevitables sublevaciones contra los efectos de la crisis. ¿Y cuáles son esas condiciones?: el menor nivel de educación posible o directamente analfabetismo, incultura, vivencia de brutalidad familiar, aislamiento social…

 

Solo un punto de fuerza

¿Significa todo esto que la contraofensiva global estratégica del imperialismo, en su capítulo argentino ha vencido no ya en la imposición de un plan económico y un gobierno a la medida, sino incluso en su propósito de recomponer las fuerzas armadas? La respuesta explícita o impronunciable de buena parte, acaso la mayoría, de los activistas políticos, sindicales, estudiantiles o de los movimientos por los derechos humanos, es una resignada afirmación.

Sin embargo, esa resignación es la única victoria cierta que el imperialismo y sus socios pueden contar a su favor.

No hay lugar a dudas respecto de la contundente victoria en todos los terrenos y a escala planetaria de aquella contraofensiva global. Pero es igualmente incontrastable -no es posible dejar de repetirlo una y otra vez- que aún cuando esa victoria desplazó coyunturalmente la relación de fuerzas a favor del imperialismo (y esto es válido no sólo en materia económica, sino en el terreno militar, religioso, político, ideológico, cultural), en todos y cada uno de esos planos la victoria no hizo sino profundizar, agravar a límites intolerables e incontrolables la crisis global del sistema. A la par de esto, en ningún lugar decisivo del planeta la clase obrera ha sufrido una derrota suficientemente profunda y duradera como para permitir la continuidad de esta contraofensiva imperialista sin chocar contra un muro cuya solidez comprobarán los escépticos antes de no mucho tiempo.

Eso es también verdad en Argentina. Algún muralista podría representarlo en un fresco alusivo: una inequívoca confirmación plástica de esta afirmación es el general Balza empujado por un sargento que amenaza desatar una aluvión de confesiones. El comandante dispuesto a refundar las fuerzas armadas, a redefinir la ideología de la institución que encabeza y a salir a un combate político crucial en un momento extremadamente difícil, emite un discurso, trascendental para su fuerza y su clase, en el espacio televisivo obtenido de apuro dos horas antes gracias a un periodista habitualmente dispuesto a complacer, más allá de toda formalidad, las necesidades del poder.

Cabe aquí una disgresión para situar exactamente esa fotografía del comandante empujado por un sargento. No está en discusión que la clase obrera sufre hoy los efectos de una derrota. Pero sí está en discusión -y este es en realidad el más importante de los debates necesarios para adoptar un rumbo estratégico- cuándo, cómo y por qué obtuvo victorias la burguesía y en qué posiciones exactamente se encuentran hoy los contendientes en el campo de batalla.

Es falso de toda falsedad que los años de dictadura hayan culminado con una derrota profunda de la clase obrera. La desarticulación de las fuerzas armadas, la exposición de los partidos burgueses como enemigos jurados de los trabajadores, el fin del mito de la tercera posición, el desenmascaramiento público, masivo e incontrastable de la iglesia como aliada y sostén del poder, no son signos de una derrota histórica de los trabajadores!!

Todo está cabeza abajo y la apariencia contradice la realidad subyacente por imperio de un factor, en el cual sí, inequívocamente, el capital mantuvo la iniciativa: el de la disputa política. Con heridas muy hondas, con muchos de sus mejores hombres y mujeres secuestrados y asesinados, la clase obrera no salió derrotada de la dictadura. La batalla de clases no dejaba un saldo a favor del capital. Pero sí sufrió un traspié grave cuando, tomando distancia del partido peronista, respaldó al otro partido de la burguesía.

Luego fue manipulada, desmoralizada y desorganizada mediante un recurso peligroso pero eficiente si los que lo utilizan no pierden el control: 13 huelgas generales en 5 años. Y el control no se pierde si la lucha sindical no se eleva al plano político.

El mazazo en la nuca, la verdadera derrota profunda, pero de naturaleza estrictamente política, ocurrió en 1989, cuando aquellas 13 huelgas sirvieron para volcar nuevamente el voto proletario y popular al peronismo.

¿Por qué ocurrió esto? Es un debate que no saldaremos en estas páginas (5). En este punto sí jugó un papel clave el exterminio de tantos revolucionarios, tantos cuadros que hubiesen obrado sobre la conciencia y la organización de los explotados como venas y arterias de un cuerpo que se echa a andar. Pero es entonces -y por primera vez en décadas- que había bases objetivas para que el rumbo de la clase obrera fuera diferente y el desenlace inmediato del combate político dejara al capital a la defensiva en un sentido estratégico. Hubo responsabilidades y responsables para que otro fuera el rumbo y las cosas llegaran al punto en que hoy están.

Los luchadores sociales, la izquierda en general, y particularmente quienes se reivindican marxistas, no pueden dejar de pesar y medir responsabilidades, preguntarse dónde estuvo cada partido, cada supuesta dirección, cada dirigente reconocido, a la hora de estas citas con la historia. Es imperioso sacar conclusiones nítidas, inequívocas, de este curso negativo.

Como quiera que sea, más significativa que la forma -risueña, si se quiere- en que el jefe del ejército se vio obligado a dar el paso trascendental de su discurso, es el contenido del torbellino de fuerzas que guió sus movimientos.

La recomposición de las fuerzas armadas no consiste en la simple recreación de lo anterior con un discurso diferente, sino que presupone un cambio estructural además de ideológico: las fuerzas armadas de un Estado en cuyas manos están las fuentes primarias de su abastecimiento (desde el petróleo hasta la fabricación de armas y municiones), serán necesariamente diferentes de aquellas que operan como brazo armado de un puñado de grandes capitales que, entre otras fuentes de obtención de ganancia, tienen a las propias fuerzas armadas no sólo como mano ejecutora de su violencia organizada contra las masas, sino como surtidor de lucro.

Concedamos que el general Balza aspira a consolidar fuerzas armadas sometidas al poder político constitucional, respetuosas de las leyes, defensoras de los derechos humanos, la libertad y la dignidad individual. Ocurre que no es lo mismo programar y llevar a cabo este propósito en un cuadro de bonanza económica, de desarrollo y estabilidad mundial y local, que en un escenario exactamente inverso. La presión objetiva y cada día obligadamente mayor contra el nivel de vida de las masas -y se debe incluir a capas de las clases medias que comienzan ahora a sufrir una brutal aceleración del rigor de la crisis- garantiza cualquier evolución imaginable para la situación política, excepto la de un armónico y pacífico funcionamiento del régimen y las instituciones democrático-burguesas.

Si el propósito expuesto por Balza fuera realizable, el pensamiento reformista tendría dónde apoyar su propuesta. Los argumentos en defensa de un sistema socialista no perderían un ápice de sustentación en el plano filosófico, ideológico, porque la más democrática de las sociedades basadas en la explotación del trabajo continúa siendo una dictadura y una negación cotidiana de los valores humanos, de la libertad y la realización plena del individuo. Pero en el terreno político las opciones se plantearían de otra manera; las conductas de partidos e individuos serían diferentes; los ritmos y métodos, las urgencias y prioridades serían otras.

La premisa implícita de la propuesta ideológica del general Balza -y de todos aquellos que la aceptan- es que habrá trabajo para los desocupados, vivienda para los sin techo, educación para todos, atención sanitaria para quien la necesite, que no habrá ancianos olvidados ni chicos arrojados a la violencia infinita de la calle y la miseria.

La aceptación de semejante premisa puede ser un acto de manipulación o fruto de un grueso error derivado de la negativa o la imposibilidad, por las razones que sean, de admitir la conclusión inequívoca, indiscutible, a la luz tanto de la teoría económica como de la observación de la marcha del mundo y el país en los últimos 25 años: una severísima crisis erosiona la economía capitalista mundial; los países centrales han paliado y postergado su crisis descargándola sobre el llamado tercer mundo; ese peso, sumado al de la propia crisis -tanto mayor cuanto más desarrollada es la economía en estos países subordinados- aplasta a centenas de millones de personas; no hay base objetiva para que esta tendencia revierta por simple cambio de ciclo y la idea de una Argentina en desarrollo y crecimiento estables no resiste el menor análisis: puede servir para hacer comentarios irresponsables o para manipular deliberadamente la opinión pública, pero no para mover un milímetro la curva de brusca caída en todos los índices de la economía real.

 

Una clase sin aliento

Aquella improvisación extrema del jefe del ejército para un acto presuntamente trascendental prueba más allá de los argumentos lógicos la debilidad esencial de la clase dominante que intenta recomponer sus fuerzas armadas.

Por sobre intenciones y rasgos morales individuales se impone una realidad que no admite discusión: la clase que gobierna Argentina, transmutada sin cesar al compás del desarrollo de la economía mundial pero siempre idéntica a sí misma, tiene intereses objetivamente contrapuestos no ya a la satisfacción de las necesidades mínimas de 9 de cada 10 habitantes, sino a la soberanía nacional y -conviene pesar una por una las siguientes palabras- a la existencia misma del país como tal.

No es aconsejable tomar a la ligera gestos aparentemente ridículos como el del gobernador de Buenos Aires, que proyecta la creación de una bandera provincial, o la de los empresarios, políticos y titulares de los colegios de escribanos, abogados y contadores de San Rafael, que proponen la secesión de Mendoza y la creación de una nueva provincia.

No es aconsejable limitar la interpretación del contenido de la nueva ley de educación, que elimina explícitamente nombres subversivos como los de Darwin y Lamarck, al fanatismo corporativo de la jerarquía católica.

Se trata de una regresión necesaria en todos los órdenes. Necesaria a los intereses económicos y políticos de la clase dominante: disminuir el salario, como proclaman sin rubor todos los economistas y políticos de la burguesía, es un imperativo de la subsistencia del sistema global. Y ese simple dato, llevado a la práctica, requiere medios que se articulan desde la escuela primaria a la gorra de los generales.

En medio de este proceso de reestructuración, reordenamiento y recomposición, toda la arquitectura se vino abajo. Fue en 1989. Los analistas al uso aluden a ese momento por su síntoma visible, la hiperinflación, desconociendo u ocultando las causas que la desataron.

Ocurre que aquellas causas no fueron conjuradas; lejos de ello, todas y en todos los órdenes, se han agravado al extremo.

Un rasgo singular caracteriza la aceleración de ese agravamiento: en medio del caos, la clase dominante argentina sencillamente abdicó -como nunca antes- de su soberanía (la soberanía de ellos, de los poseedores del capital local) sobre los comandos del Estado burgués. Eso es lo que con estilo a su altura el canciller Di Tella denominó «relaciones carnales» con Estados Unidos; eso es lo que tomó forma en el protagonismo directo del embajador Terence Todman en toda y cualquier decisión de peso en materia económica, política, administrativa, de política sindical, internacional o educativa.

El orden fue reinstalado sobre la base de la cesión del poder de arbitraje al gran capital financiero internacional, encarnado en el gobierno de Washington.

¿Qué papel les cabe a las fuerzas armadas en ese contexto?

Una clase dominante sometida y corrupta no puede construir un país soberano, justo, democrático. ¿Podría acaso ser diferente el papel de las fuerzas armadas del de la clase a la que sirve? Una fuerza armada no tiene otra alternativa sino estar al servicio de esa clase, o frontalmente contra ella.

¿Cómo se ubica el general Balza ante esa alternativa?

Juzguemos hechos, no personas ni aptitudes morales: qué hicieron los mandos militares cuando el gobierno argentino entregó la Orden de Mayo a los personeros de quienes arrebatan la soberanía, la riqueza y la dignidad de los argentinos? ¿Qué hicieron los mandos militares cuando se remataron el petróleo, las telecomunicaciones, las vías ferroviarias y fluviales, las rutas terrestres y aéreas? ¿Qué hicieron los mandos militares cuando voló el edificio de la AMIA? ¿Es concebible que aquello que se susurra con temor en los pasillos del Congreso y las sedes de los partidos políticos burgueses sea ignorado por los mandos militares?

Una pregunta más, que debería inquietar a cualquier hombre de bien: ¿reconoce el general Balza al actual presidente como su comandante en jefe?

El hombre que afirma: «delinque quien imparte órdenes inmorales. Delinque quien cumple órdenes inmorales. Delinque quien, para cumplir un fin que cree justo, emplea medios injustos, inmorales», ese hombre que conmovió a muchos al hablar con voz quebrada por la magnitud de su confesión ante las cámaras de televisión, ¿está bajo el mando de este presidente?

Si la respuesta es positiva, se esfuma toda duda respecto del papel político y la fortaleza moral de las fuerzas armadas que propone el jefe del ejército.

Si la respuesta, impronunciable, es negativa, queda a la luz la falta de sustancia en la propuesta histórica que hace Balza.

Con todo, no es tampoco un problema centrado en las características individuales de este presidente. Así como, pocos años atrás, para mantenerse en el gobierno en Santa Fe y Tucumán el PJ tuvo que recurrir a personajes insólitos (un corredor de autos y un cantor jubilado), la clase dominante de Argentina se vio obligada, en 1989, a catapultar al gobierno a una figura impresentable. Luego se sabría que el tesorero de la campaña de ese candidato era, en realidad, un traficante de drogas. Y se descubrieron y denunciaron infinidad de escandalosos actos de corrupción. Los reflectores enfocados en esas aberraciones encandilaron a buena parte de la población. Pero la entrega del gobierno a personajes caricaturescos o probadamente involucrados en una maraña de corrupción no es fruto de un error o una anomalía, sino una necesidad de la clase dominante.

Son recursos de última instancia, viables únicamente porque desde el otro lado de la frontera de clases no hay respuesta política. A un lado el contenido moral de tales medios, está probado que son de corto aliento. De modo que, si por un lado la posibilidad de burlar a las masas con artilugios de última hora es, de hecho, prueba de fortaleza de la clase dominante y de enorme debilidad de los explotados y oprimidos, el fenómeno en sí mismo sólo se explica por una debilidad estructural de la burguesía: sus instituciones de control ideológico y ejercicio del poder político, están agotadas. Pero esto a su vez expresa el agotamiento de la clase misma como fuerza capaz de edificar y conducir un país.

La sumisión al imperialismo tiene carácter de necesidad para la burguesía argentina. No existe la menor posibilidad para ella de diseñar y llevar adelante un proyecto nacional, sea que el partido se llame PJ o UCR, los individuos sean corruptos u honestos, las fabricaciones de última hora se llamen Frepaso o Modin. O se rompe con el marco que impone el sistema capitalista, o se termina inexorablemente en la venalidad, la traición a cualquier principio moral, la entrega del país, la represión a la población.

Lo increíble entonces, lo inaceptable, no es el discurso de Balza: es la suposición de que una clase sumisa y corrupta pueda conducir un país. Lo está destruyendo. Y esta es una afirmación que no requiere de pruebas; está a la vista.

 

«Los hermanos sean unidos…»

No será, por tanto, entre todos. No habrá reconciliación. Al margen de la voluntad y las condiciones morales de los individuos están los imperativos de la lucha de clases, exigida por la naturaleza misma del sistema capitalista.

Será sin ellos. Contra ellos. Ellos son los dueños, beneficiarios y defensores del sistema de explotación. No importa el nombre. Ni el país de nacimiento. No importa el partido. No importa si llevan o no uniforme.

Las bases de una sociedad fraterna, justa, democrática, sólo pueden echarlas las víctimas de este sistema. Y sólo podrán hacerlo cuando tomen conciencia de su condición de explotados y oprimidos; cuando hagan de esa conciencia organización; cuando en forma colectiva y democrática, millones de hombres y mujeres decidan tomar el poder en sus manos y construir una sociedad a su medida.

Es crudo decirlo y difícil aceptarlo; pero mientras ese momento no llegue, Argentina continuará cayendo.

Trabajar en favor de la educación, la concientización y la organización de las masas; exponer ideas pero no imponerlas, sino someterlas a la consideración y decisión de las masas; encabezar toda y cualquier decisión de lucha de los trabajadores y sus aliados, pero condenar sin atenuantes la pretensión de que ellos se sumen a combates decididos por pseudo vanguardias que actúan por sí y ante sí; unir a los hermanos pero considerando tales sólo a aquellos que, por origen o decisión voluntaria, son y se asumen como hijos de las clases explotadas y oprimidas; marchar hombro a hombro con todos ellos, pero respetando y exigiendo respeto por las diferencias de todo orden que conforman comunidades, culturas, organizaciones y partidos diferentes. Esas son las tareas urgentes, imperativas, para todos aquellos dispuestos a detener esa caída y revertir el rumbo.

Como se ve, no es sólo el general Balza quien por su ideología y sus propuestas está excluido del Ejército de hombres y mujeres libres que diseñarán y edificarán la Argentina del futuro.

 

Julio de 1995

 

El Arma de la Crítica

porLBenCR

 

[Texto de presentación del primer número de Crítica de Nuestro Tiempo, en octubre de 1991]

Desde hace por lo menos cinco mil años la sociedad dividida en clases recibe sin cesar la crítica de los oprimidos y explotados por la vía de los hechos. En esa dimensión, en ese terreno, se ubica este intento de penetrar la realidad de nuestro tiempo.

La fusión de las luchas sociales del naciente movimiento obrero industrial con el pensamiento más avanzado de su época dio lugar al socialismo científico. Y plasmó un Siglo y medio atrás en un cuerpo teórico denominado marxismo.

Por estos días, los sucesos que conmueven a la región del mundo donde por primera vez la humanidad intentó dejar atrás su prehistoria, son manipulados como argumento contra los principios forjados por aquella conjunción de lucha y reflexión. No es la primera operación en gran escala contra la herramienta teórica del ansia ancestral del hombre por vivir sin cadenas. Y no será la última. Pero como las anteriores y las futuras, ésta mostrará a poco andar su irremediable impotencia. Porque no es teórica la base de la confrontación.

El argumento de los defensores del statu quo no puede ser explícito porque no reside en la razón, sino en la fuerza; no defiende la verdad, sino el lucro; no busca la perfección del ser humano sino que expresa la alienación del individuo enfrentado por definición con sus semejantes. Para ellos, por tanto, la teoría no existe y no debe existir. A cambio de razón teórica tienen recursos para expropiar antiguos sueños del hombre cristalizados en palabras hermosas: democracia, libertad, justicia, que en sus manos son árboles secos, espectros nocturnos, estériles, mentira.

En cambio la razón asiste a quienes sufren la naturaleza inhumana del capitalismo, a quienes se rebelan contra él. La interpretación racional de la realidad es por sí misma un himno contra la propiedad privada de los medios de producción, contra la economía de mercado, contra la doctrina y la práctica del capitalismo, contra el espectáculo horrendo del mundo contemporáneo. Por eso los que sufren y los que se rebelan, deben adueñarse, aprender a emplear y empuñar con decisión el arma de la crítica.

Todo lo real es racional; y todo lo que es racional en la mente de los hombres será realidad, decían los fundadores del socialismo científico. Los instrumentos teóricos legados por el pensamiento humano a través de miles de años y corporizados en el marxismo permiten que la razón desmenuce la realidad para interpretarla y hacen posible contraponerle una respuesta que no tiene nada de utópico, de sueño irrealizable, sino que es precisamente lo único real, aunque circunstancialmente parezca lejano e imposible. Que lo digan si no aquellos que a la razón que analizó y condenó la realidad monstruosa del stalinismo -esa negación práctica y teórica del marxismo- le opusieron la fortaleza aparentemente inconmovible del PCUS y la Unión Soviética, la realidad. Esa realidad de hierro y de granito, inapelable e invencible, se esfumó ante los ojos azorados de quienes le cantaban loas burlándose de los argumentos que anunciaban la inexorabilidad de su caída. Pues bien: que se burlen ahora de los argumentos que prueban la inexorabilidad de la catástrofe a la que lleva el capitalismo!

No; la única verdad no es la realidad, como pretende el más ramplón de los postulados pseudoteóricos del pensamiento capitalista. La realidad se mueve, cambia sin cesar, se transforma constantemente. La única verdad es la que descubre las leyes de ese movimiento, interpreta la direccionalidad del cambio y, así, puede ser actor, protagonista de la transformación que, desde luego, la afectará a ella misma. Y esa es, también, la única libertad, fusionada con la verdad en un todo indisoluble de pensamiento y acción.

Claro que no es fácil descubrir las leyes que rigen el movimiento del mundo de hoy, interpretar el curso vertiginoso de los acontecimientos y actuar efectivamente sobre ellos. Tanto menos porque lo que fuera el marxismo oficial durante décadas, desvirtuó a tal punto la herramienta que a menudo parece inservible. La tarea exige esfuerzo, rigor, seriedad. No se parece en nada al papel de los pontífices que visten los oropeles del ritual y leen las sagradas escrituras. Y excede las fuerzas no ya de un individuo, sino de cualquiera de los equipos conocidos. La necesaria coincidencia entre quienes desde la defensa del capitalismo o la apología del marxismo oficial se opusieron, asistidos por siderales presupuestos y poderosos medios de difusión, al ejercicio de la crítica marxista, se combina con los reveses de la lucha revolucionaria concreta para dificultar al máximo la empresa.

Con esas limitaciones insalvables, ponemos esta arma en sus manos. O, más precisamente, esta parte incompleta y sin pulimento del arma que está en proceso de producción en América Latina.

En el marasmo contemporáneo se destacan factores que no caen en él, que no pierden la serenidad y no recurren a tirar convicciones por la borda con la vana esperanza de sortear la tempestad refugiándose en un rinconcito de la bodega en la nave pestilente del capitalismo.

Precisamente cuando el oleaje recién anunciaba su enfurecida embestida, los marxistas que tienen el mérito y la fortuna de encabezar un pueblo en la resistencia victoriosa contra el capitalismo, comenzaron a arrojar lastre y reforzar convicciones, afinar conceptos teóricos y a afirmar en el arma de la crítica -como proponían Marx y Engels- la crítica de las armas que en sus manos hoy ponen una barrera temible al imperialismo.

La reivindicación del pensamiento económico de Ernesto Guevara por parte del Partido Comunista de Cuba fue el prólogo de un consistente e ininterrumpido desarrollo de un marxismo vital, arraigado con impar firmeza en las masas y envarado en una decisión revolucionaria con pocos precedentes en la historia. Como hace tres décadas y media, cuando reorganizó a los sobrevivientes del Granma, Fidel Castro sigue siendo el alma mater -ahora de todo un pueblo- en ese salto al futuro de extraordinaria osadía y coraje. Y de extraordinario realismo.

Pero las islas, ya se sabe, son apenas la parte visible de montañas sumergidas. Hay decenas de miles de marxistas, centenares de miles de revolucionarios y decenas de millones de obreros y campesinos en América Latina que, expresamente o no, van en la misma dirección que trazan los comunistas cubanos. Y que forjan organizaciones y obtienen victorias, como ejemplifica en el más alto nivel el Partido de los Trabajadores de Brasil.

Esta Crítica de nuestro tiempo es fruto directo de ese fenómeno abarcador, bullente de incógnitas y contradicciones, de él depende y a él se remite. Nace justamente de la decisión de marxistas de todo el continente de pulir y aceitar el arma de la crítica; de interpretar la realidad con criterio científico; de afirmar los principios forjados en el duro yunke de la lucha de clases internacional, en el mismo momento en que por diferentes vías acometen la tarea de alcanzar la unidad social y política de los trabajadores latinoamericanos y organizar a los pueblos del continente para la lucha antimperialista y socialista. Se pone en movimiento para ser vehículo de búsqueda y afirmación, de investigación y debate, tras el objetivo de recomponer en un nivel superior las fuerzas humanas, teóricas y organizativas de los revolucionarios marxistas en América Latina y el Caribe y de allí a todo el mundo. Está en sus manos para resistir la ofensiva del enemigo y preparar la contraofensiva de nuestra clase y nuestros pueblos.

 

Octubre de 1991