Terremoto anunciado

Pese al apoyo de todas las cámaras empresariales, incluida la Sociedad Rural Argentina, el candidato peronista fue abatido en la segunda vuelta presidencial el 19 de noviembre. El nombre avalado por Cristina Fernández perdió por 12 puntos de diferencia y fue derrotado en 20 de las 24 provincias.
Antes de arrollar al Partido Justicialista y sus aliados de ultraderecha y pseudoizquierda, el inexistente partido La Libertad Avanza (LLA) había aplastado en la primera vuelta presidencial al ahora implosionado Frente por el Cambio (FxC), con lo cual pasaron a cuarteles de invierno la Unión Cívica Radical (UCR) y el Pro, respectivamente el más viejo y el más nuevo aparato político construidos por la burguesía argentina.
No valió siquiera el respaldo explícito de la totalidad de las dirigencias sindicales y la iglesia católica al candidato oficialista. En suma: todos los instrumentos del capital para el ejercicio del poder fueron desplazados de un plumazo.
No es un rayo en cielo sereno. El desmoronamiento de las instituciones del capital, la decadencia del sistema y el hedor a descompuesto de sus cúpulas, viene de lejos. Y en las dos últimas décadas se aceleró hasta el paroxismo. No es un giro a ultraderecha de la sociedad lo que provocó el colapso, sino a la inversa: es el colapso de la democracia capitalista lo que provocó un espasmo social y este circunstancial resultado electoral.
El vehículo para el terremoto político recién iniciado carece de importancia en sí mismo. Es una creatura del propio peronismo -rápidamente acompañado por la totalidad de la burguesía y sus descompuestos órganos de difusión- que en la desesperación por mantener el poder puso en marcha un títere contrahecho que rápidamente catalizó el insondable malestar social. Cuando unos y otros comprendieron la magnitud de la bola de nieve echada a rodar, viraron en redondo. Pero ya era tarde.
Corrompidas hasta lo indecible las estructuras sindicales, disgregadas las fuerzas revolucionarias (o quebradas, o transformadas en aparatos empeñados en asimilarse al Estado burgués), las masas trabajadoras y las juventudes quedaron huérfanas. En tales condiciones de dispersión y confusión, no podían comprender la naturaleza de la crisis. Y se volcaron hacia lo que aparecía como contrario al sistema dominante. Millones fueron así víctimas indefensas de una operación de captación masiva y encaminados a un callejón sin salida.

La raíz
Mientras tanto Argentina avanza sin pausa por el camino de la crisis extrema: la mitad de la población bajo la línea de pobreza, inflación del 200% para el año en curso y perspectiva de aún más para 2024, con el riesgo permanente de hiperinflación, caída de hasta el 40% en salarios y jubilaciones, endeudamiento desmesurado, déficit fiscal (incluyendo intereses) superior al 10% del PIB, desequilibrio inmanejable de los precios relativos…
Como respuesta a este desastre capitalista, el presidente electo propone recuperar el capitalismo, puesto que según él la decadencia argentina resulta de sucesivos gobiernos socialistas y comunistas, causa de la desagregación nacional, la pobreza sin precedentes en el país, la decadencia dominante en todos los órdenes. El programa alternativo propone eliminar la moneda nacional e instalar el dólar en su lugar. Pretende privatizar salud, educación y hasta propone un mercado de órganos humanos. Para sanear el desastroso funcionamiento del Estado propugna vender o cerrar todas las empresas hoy en manos de políticos y sindicalistas corruptos, a nombre el Estado.
Sus propuestas iniciales para afrontar la catástrofe económica y social en curso indican que desconoce en grado absoluto la teoría de la economía política y carece de la más elemental información sobre la realidad económica y social. Eso no obsta para que periodistas a la orden exalten las condiciones de quien parece instruido en una Pitman y adiestrado en un aparato corrupto del “capitalismo de amigos”.
Denomina a su propuesta “liberalismo libertario”, a la vez que reivindica la última dictadura y asume que la aplicación efectiva del programa de saneamiento requiere la utilización de las fuerzas armadas volcadas a las calles para enfrentar la presumible resistencia. Denuesta con los peores calificativos al marxismo y califica como comunista hasta al mismísimo Papa. El presidente electo, conducido por su hermana y en comunión diaria con cuatro perros vivos y uno muerto, se declara en tránsito del catolicismo al judaísmo y tiene como mentor un rabino estadounidense ultra reaccionario.
La primera decisión pública del presidente electo fue anunciar un viaje a Washington y Tel Aviv antes de asumir el 10 de diciembre. Hizo saber además que su gobierno trasladará a Jerusalem la embajada argentina en Israel. Hincarse antes de entrar al templo.
Esta simple enumeración indica mucho más que un resultado electoral. La burguesía ha perdido el control del poder ejecutivo y éste ha pasado, en primera instancia, a manos directas del gran capital estadounidense, con el sionismo como palanca eficiente. Esto, desde luego, es insostenible en el tiempo. Los graciosos episodios de manotazos entre los aspirantes a ministerios y secretarías reflejan la pugna por el poder en este nuevo escenario. De la obscena campaña electoral a la no menos escabrosa pelea por ubicar una ficha en el todavía nonato esquema de poder. La fractura interburguesa se multiplica en esta nueva situación y resquebraja por anticipado al futuro elenco oficial. Quien inicialmente se mostró como bufón roquero, ya mutó y se exhibe con saco y corbata. “Pragmatismo sobre todo”, declaró 48hs después de investirse. Si esa ductilidad alcanza para permitir al capital local recuperar posiciones en el organigrama oficialista, el futuro presidente tiene mayor margen de estabilidad. De lo contrario, es inevitable la tenaza entre los restos del peronismo, gobernadores y sindicatos por un lado y el gran capital desplazado por el otro.
Si, en cambio, el candidato metamorfoseado hace concesiones suficientes para comprar tiempo, la totalidad de los jóvenes que habiéndolo apoyado no consigan un salvavidas individual, mientras la debacle económica azota a ocho de cada diez habitantes, pasará a la vereda de enfrente, sin que hasta el momento esté claro cuál será.

Democracia y revolución
El último intento de restaurar la República capitalista en ejercicio de la democracia burguesa fue el ensayado por Mauricio Macri. Culminó en la entrega del poder a un pelele cuya mayor virtud había sido su papel como mano derecha de Néstor Kirchner. El resultado está a la vista. Macri ensayó luego con la candidatura de Patricia Bullrich. No alcanzó para llegar a la segunda vuelta. Entonces giró en redondo y apoyó al candidato “liberal-libertario”. Ahora forcejea para encastrar figuras propias en el fangal del nuevo elenco. Está claro cuán atrás han quedado las apelaciones a la República y la Democracia.
Pero sería erróneo culpar al talento de Macri (ahora empeñado en la vicepresidencia de un club de fútbol) o de Bullrich (aspirante al parecer perdidosa a la cancillería). Es la inviabilidad del sistema para resolver los problemas sociales. Tras el anecdotario penoso se eleva el horizonte de una confrontación sin atenuantes con el capitalismo.
Decíamos tres décadas atrás, en medio del derrumbe de la Unión Soviética: “no confundimos las garantías civiles y los derechos individuales con el sistema que los permite o los niega. Aquellos son el resultado de la permanente tensión de fuerzas entre el conjunto de la población por un lado y un puñado de capitalistas por el otro. Y también del resultado de ese choque de fuerzas en el plano internacional (…) De acuerdo con las circunstancias un mismo sistema socioeconómico puede permitir o negar el ejercicio de las libertades democráticas. Lo que importa establecer en esta relación, por tanto, es si la realización plena y el ejercicio universal de esas libertades favorece o, por el contrario, se contrapone al desarrollo de un determinado sistema socioeconómico (…) La experiencia histórica demuestra que existe una contradicción históricamente irresoluble entre la vigencia y ampliación de las libertades democráticas y un sistema estructurado a partir de la propiedad privada de los medios de producción y economía de mercado, del mismo modo que prueba la inviabilidad a largo plazo de un sistema de propiedad colectiva y planificación económica sin el más amplio ejercicio de la democracia en todos los terrenos”. (“Democracia y Revolución en la actual coyuntura mundial”; Luis Bilbao, Crítica de Nuestro Tiempo Nº 2, Abril-Mayo-Junio 1992; Buenos Aires, Argentina).
Sucesivos gobiernos, desde hace muchas décadas, prueban que en Argentina el desenvolvimiento del sistema capitalista no va en línea con el afianzamiento y la ampliación de la democracia. El episodio funambulesco que vive ahora Argentina es la demostración inapelable de ese curso. Nadie que haya defendido el mejoramiento del capitalismo puede eximirse de responsabilidad. Nadie que haya optado por el mal menor puede desconocer que tomó el camino hacia el mal mayor.
22/11/2023
@BilbaoL

Agonía política en Argentina

A la memoria del compañero
Alcibíades González

A pocos días de la elección presidencial, encuestadores en tropel aseguran la victoria de un paracaidista sin partido ni apoyo formal en el gran capital. Ubican en segundo lugar, a 10 puntos de distancia, al actual ministro de Economía, integrante del trípode gubernamental completado por el Presidente Alberto Fernández y su vice Cristina Fernández. En tercer lugar, en esas encuestas ostensiblemente amañadas, aparece la candidata del Frente por el Cambio (FxC).
Después de haber convertido en héroe una figura payasesca con inequívocos rasgos de enfermedad mental, de vestirlo como “libertario” pese a su estridente definición liberticida, el periodismo comercial lo denuesta con nerviosos signos de temor. El recorrido circular de esta irracionalidad fue veloz y contundente: la conducta de Javier Milei, signada por violentas declaraciones en defensa del capitalismo y el liberalismo le valieron el apoyo de un sector juvenil. Para congraciarse con ese sector esquivo y por estrictas razones crematísticas, la industria mediática impuso a la sociedad una abrumadora presencia del bufón roquero en televisión, radios y prensa escrita. Diligentes analistas y comentaristas políticos lo entrevistaron ad nauseam, como contrapeso a la insoportable chatura de una campaña electoral iniciada dos años antes de los comicios e intensificada hasta el paroxismo en lo que va de 2023.
Al compás de la aceleración de la crisis económica y la degradación política, el partido oficialista decidió aprovechar el papel desviacionista que podía jugar el falso rebelde travestido como “libertario” (insultante calificación debida al periodismo comercial) y así el Partido Justicialista (PJ) optó por poner su aparato a su servicio. Así se llegó a las Primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (Paso) del 13 de agosto. Las Paso son un invento inconstitucional al que recurrió Alberto Fernández cuando era puntal de Néstor Kirchner, quien había sido ignominiosamente aplastado en las legislativas de 2009. Se impuso así una elección en la que todos deben votar obligadamente y lo hacen en cualquier partido que se presente, estén afiliados o no. Aparte el absurdo institucional, este recurso tramposo extiende las campañas electorales al punto de que jamás el país está ajeno a la vil disputa de quienes Martín Fierro llamaría “vagos y malentretenidos”; candidatos profundamente incultos que convierten el discurso político en repetición insoportable de frases dictadas por “consultores” no menos ignorantes. Al ciudadano le restan dos posibilidades: someterse a un ejercicio cotidiano de cretinismo intelectual o apartarse del accionar político.
El caso es que en las Paso obtuvo más votos el bufón del Mercado, quien no competía con nadie. No obstante, contra toda lógica y buen criterio, la prensa en su totalidad le puso el galardón de “ganador de las Paso”.
En ese punto, la mayoría de los miembros de la Asociación Empresaria Argentina (AEA, representación del gran capital), pareció tomar conciencia de peligroso rumbo que tomaba la farsa institucional. Y los más connotados analistas y comentaristas giraron en redondo.
Probablemente sea tarde. Una elevada proporción de la ciudadanía, principalmente en la juventud, parece aceptar la propuesta de Voltaire en su célebre Cándido: “¡¡Adelante!! Si no encontramos nada bueno, al menos encontraremos algo nuevo”.
Más por desesperación que por candidez, una franja de la sociedad argentina revela en estos días una conducta semejante: “salgamos de aquí; donde quiera que lleguemos será mejor”.
En este punto ha colocado al país el peronismo, tras ocho décadas de conciliación de clases en defensa del capitalismo. La voz de mando hacia una transición socialista no se hace oír. Su lugar lo ocupa una nueva versión de la socialdemocracia, empeñada en hallar un rinconcito en la bodega del barco que se hunde. De modo que en términos electorales las perspectivas recaen sobre Patricia Bullrich e incluso Sergio Massa, quien espera alcanzar un segundo puesto apoyado en los gobernadores del interior.

Perspectivas
Así las cosas, el 22 de octubre el país dará un paso más en su decadencia. Es dudoso que la unanimidad mediática anunciando el triunfo de la ignota y mal llamada La Libertad Avanza (LLA) se verifique en las urnas. No obstante, imposible prever la conducta de una clase obrera desperdigada, sin organizaciones propias de ningún tipo, sumada a una clase media en vertiginosa caída, unos y otros sumidos en la decepción y el miedo. Es el caldo de cultivo para el fascismo. Sin embargo, ni aun para eso tiene vigor la sociedad argentina. Por eso, incluso en ese marco de dificultad para prever el futuro inmediato, puede ocurrir que haya una segunda vuelta entre LLA y Juntos por el Cambio (JxC). Sería como elegir entre dos calamidades con peinado diferente. Pero en tal hipótesis no es imposible que quienes en 2015 votaron a Daniel Scioli contra Mauricio Macri y en 2019, también contra Macri, escogieron a Alberto Fernández, descubran que “el mal menor” es Patricia Bullrich y voten por JxC, es decir, por Macri.
Como sea, la verdadera incógnita es qué ocurrirá con el elenco kirchnerista gobernante -hoy en total descomposición- entre el 23 de octubre y el 10 de diciembre, fecha de la asunción del nuevo gobierno. Es menos incierto lo que ocurrirá desde ese día en adelante. El cataclismo económico bullente bajo los pies se transformará, inevitablemente y sea quien sea Presidente, en explosión de la catástrofe social hoy postergada por la complicidad sin fisuras del sindicalismo y los aparatos planeros. No es indiferente que a ese punto se arribe con el mandato cumplido del actual gobierno o con la renuncia anticipada del ministro de Economía, a la vez candidato peronista que podría salir tercero, dando lugar al colapso de los Fernández (Alberto y Cristina), no por casualidad hoy desaparecidos del escenario político.

Manos atadas
Para alcanzar la chance de entrar al balotaje, JxC apeló a dos recursos extremos: la entrega por adelantado del ministerio de Economía a la Fundación Mediterránea y el anuncio de que el jefe de gabinete sería Horacio Rodríguez Larreta. Ambas medidas afectan la cohesión y continuidad de la coalición, tanto más en el caso de acceder al gobierno.
Todo esto, sin dar un solo paso en la definición pública de medidas concretas a aplicar desde el 10 de diciembre, excepto generalidades obvias. El preanunciado ministro de Economía define su propuesta como “capitalista, occidental, federal, progresista”. LLA propone dolarizar y en sus actos públicos exhibe como estrategia una motosierra. El grado de rechazo a la situación actual y a las figuras políticas que la representan es de tal magnitud, que todo desenlace es posible.
En la hipótesis de victoria, Bullrich estaría inhabilitada para actuar sin provocar una fractura de su propio elenco, al margen del conflicto social que implica avanzar en el ajuste de una economía desquiciada, con 50% de pobreza, un desbarajuste sin precedentes de precios relativos, inflación del 200% para 2023 (12,7% en septiembre), una brecha inmanejable entre el dólar oficial ($365) y el paralelo ($1010), con el siempre latente riesgo de caer en hiperinflación y el estallido social, al que entonces sí contribuirían los sindicatos y aparatos planeros. Por el contrario, si el bufón liberal accediera a la Casa Rosada, la ingobernabilidad sobrevendría de inmediato, tanto más grave en la medida en que tendría lugar tras la derrota de los partidos y coaliciones tradicionales del gran capital.
Difícil suponer que la burguesía y sus mandantes extranjeros permitan esta deriva, catastrófica también para ellos. Por eso sus portavoces han virado 180º desde hace dos meses, para atacar a LLA y apoyar a JxC. Presumiblemente, los que mandan harán algo más que hablar.

Recomposición de fuerzas
En las últimas semanas proliferaron denuncias sobre casos de corrupción más escandalosos que lo habituales. Las demostraciones de riqueza y desparpajo en el robo de dinero público obran como multiplicadores del rechazo ciudadano no sólo al gobierno, sino a todo el espectro político. Los casos involucran a funcionarios kirchneristas y aumentan la ya demasiado pesada carga de Cristina Fernández, condenada a seis años de prisión e inhabilitación perpetua por casos probados de corrupción. Pero también envuelven a partidos de oposición, renuentes incluso en plena campaña a sumarse a la condena por los hechos revelados. Además, quedó expuesto ante la población el involucramiento de jueces y fiscales, corrompidos con el dinero saqueado a las arcas públicas y por el narcotráfico. Hamlet alertaba que “Algo huele a podrido en Dinamarca”. Argentina está anestesiada por un hedor que todo lo invade en el sistema institucional y político.
Es improbable que ese agravamiento del malestar colectivo derive en crecimiento del voto a candidatos de izquierda. Ellos no cuentan siquiera con el respaldo entusiasta del frente desagregado al que representan. Tampoco hay una propuesta de voto programático que pudiera obrar como factor de acumulación para una inexorable etapa ulterior de agravamiento de la crisis y movilización social.
Se puede esperar que, como en las Paso, haya una elevada proporción de ausentismo, voto en blanco y anulado. Desde esa endeble base habrá que partir para recuperar el pensamiento científico de la revolución social y recomponer las fuerzas dispuestas a emprender la tarea histórica de construir una nueva Argentina.

Irracionalidad, guerra y sus causas
La irrupción de Hamas en Israel, en la madrugada del 7 de septiembre, conmovió al mundo y cambió para siempre el futuro de ese país y toda la región. Un militar de inequívoca filiación, Hehud Barak, ex primer ministro y héroe de guerra, declaró que esta operación es “la mayor derrota de la historia” israelí.
La brutalidad criminal de Hamas ajena a todas las leyes de la guerra dio lugar a un alud de denuncias, justificadas, pero llevadas a extremos para negar toda responsabilidad de Israel en la opresión y represión del pueblo palestino. Se trata de una formidable operación de prensa de alcance mundial, destinada además a ocultar la masacre -pasado y en curso- perpetrada por el ejército israelí en Gaza (al cierre de esta nota se informa del bombardeo del Hospital Ahli Arab en la ciudad de Gaza, con un saldo de alrededor de 500 muertos).
En Argentina hay una muy numerosa comunidad judía. Caracterizada durante muchos años por sus posiciones progresistas e incluso revolucionarias, en el último período se ha visto dominada por un anacrónico retorno al sionismo. La política de este movimiento para ganar espacio en los medios ha tenido un éxito sobresaliente, sobre todo con la recuperación de muchos periodistas antes comprometidos con la verdad y la transformación social, hoy convertidos en meros propagandistas del Mossad (Instituto de Inteligencia y Operaciones Especiales), que además reclutó numerosos profesionales jóvenes los ubicó en los principales medios y los utiliza como títeres para repetir su propaganda.
De esta manera, los asesinatos del primer día de operaciones de Hamas han desatado un maremoto sionista que desconoce por completo el origen del problema en Palestina y prepara la justificación de una masacre de tal magnitud en Gaza que ha provocado movimientos de última hora de la Casa Blanca y las cancillerías europeas para limitarla.
En Argentina, los tres principales candidatos presidenciales se han sumado de manera indiscriminada a esta operación ultrarreaccionaria timoneada desde Tel Aviv. Si faltaba algo para enrevesar y tergiversar el cuadro político nacional la tragedia de la guerra en Israel -que tiende a extenderse a todo el Medio Oriente e incluso abre la perspectiva ominosa de una deriva nuclear- ha venido para confundir y desviar aún más a las juventudes, los trabajadores y el conjunto del pueblo de sus verdaderas necesidades y objetivos.
La guerra no deriva de la brutalidad de Hamas, sino a la inversa, es la brutalidad constante del sistema capitalista -que necesita a Israel como portaviones estadounidense en Medio Oriente- la que engendra la irracionalidad en su máxima expresión que es el empleo de métodos terroristas para imponerse frente a la opresión. Las personas aplastadas por el alud mediático que utiliza el término “terrorista” para descalificar la causa palestina, deberían saber que los fundadores del Estado de Israel eran denostados precisamente con ese epíteto por parte de Gran Bretaña.
La tradición marxista condenó desde siempre el terrorismo. No tiene por qué buscar contrapesos para defender los derechos históricos del pueblo palestino. Tampoco hay por qué responder la afirmación de propagandistas de la embajada israelí en Argentina, que han llegado a decir que ser antisionista es ser antisemita. No sólo el pensamiento revolucionario socialista, sino incluso el humanismo burgués, es por definición antisionista.
Ese concepto absurdo de la propaganda israelí lo asume una cantidad alarmante de periodistas relevantes en los medios de comunicación. Con la misma certeza de impunidad que actuaron los corruptos que hoy son desenmascarados, actúan los propagandistas del guerrerismo israelí. Esa impunidad se acabará, lo cual también vale para la sociedad argentina toda: si no logra crear una fuerza política comprometida con la clase trabajadora y el conjunto del pueblo, si no logra cambiar el oportunismo electoralista por una estrategia de emancipación nacional y social, si no puede detener la manipulación escandalosa de los medios de prensa comercial, si no es capaz de frenar el saqueo, que lejos de limitarse a la corrupción dominante a todo nivel social está en la base del sistema económico (dicho entre paréntesis: en este año de cataclismo económico, el gobierno ha pagado 8 mil millones de dólares de intereses por su deuda), si una nueva y poderosa fuerza política de carácter masivo, democrático y anticapitalista no se impone a la degradación que todo lo abarca hoy en Argentina, la irracionalidad también se manifestará en formas violentas. Condenar crímenes de guerra y terrorismo sin condenar las causas que lo provocan es un gesto vacío, al cabo cómplice de lo mismo que se denuncia.
El naufragio del capitalismo argentino y sus instituciones está a la vista. La próxima elección presidencial lo ratificará.

Buenos Aires, 17 de octubre de 2023
@BilbaoL

Dramático final de una triple estafa

Acaba el ciclo iniciado con el gran colapso de 2001. Del “que se vayan todos” al “venga un fascista para echarlos a todos”. La democracia burguesa no resiste más. Y todavía no hay instancia superadora. Detrás no está sólo el fracaso de nombres y partidos. Es un sistema que se hunde.
El 13 de agosto 31% de la ciudadanía no emitió su voto en las Paso. A eso se debe sumar un 4,8% de voto en Blanco y 1,2% de sufragios anulados. Si se descuenta un tercio de ausentismo habitual, el rechazo explícito alcanza al 27%. El frente de izquierda (Fit) logró el 2,65%. Dicho de otro modo: cada 10 que levantaron una expresión de protesta en los comicios uno la buscó en la nueva socialdemocracia infantoizquierdista. Difícil imaginar un fracaso mayor.
Mientras tanto el peronismo fue aplastado y quedó reducido al 27% (perdió más de 6 millones de votos respecto de 2019); el bloque conservador ahora llamado Juntos por el cambio (JxC), llegó al 28% (perdió 15 puntos de los obtenidos en las legislativas de 2021). El bufón del Rey Mercado subió de la nada y obtuvo un 30% (las embajadas de Estados Unidos e Israel se apresuraron a felicitarlo).
Ese porcentaje aparentemente insólito para un personaje desquiciado y con propuestas tales como derogar la ley de interrupción voluntaria del embarazo, hacer del dólar la moneda nacional y permitir la libre venta de órganos del cuerpo humano, provino en gran medida del aparato peronista. Si bien es cierto que sectores muy empobrecidos o marginalizados de la sociedad se volcaron a favor del liberalfascismo, no lo es menos que intendentes y punteros del conurbano bonaerense indujeron el voto a Javier Miley, hicieron acuerdos con su entorno e incluso le garantizaron un gran número de fiscales. El propio candidato oficialista, fue denunciado por negociaciones secretas en este sentido, con un objetivo bien pensado y hasta el momento exitoso: quitarle votos a JxC, tener como contrincante en las presidenciales de octubre a un candidato sin penetración social real, sin estructura política y sin despliegue territorial.
Dicho de otro modo: el demagogo antipartido no sólo tuvo su impresionante ascensión por reproducir multiplicada la demagogia peronista contra el poder establecido (tal como lo hizo Juan Perón en los años 1940), sino porque el propio peronismo le prestó apoyo para ello. En esta operación está la mano del Departamento de Estado, varios de cuyos empleados intelectuales aparecen ahora como adláteres del bufón que, como se ve, lo es de entidades más tangibles que el Rey Mercado. No es por acaso que los escasos analistas burgueses de valía omitan la similitud de la nueva estrella con Perón y la complicidad del peronismo con ella.

Coyuntura de extrema inestabilidad
Ninguno de los guarismos de estas Paso (primarias abiertas, simultáneas y obligatorias, absurdo y totalitario sistema electoral inventado por el actual presidente cuando era jefe de gabinete de Néstor Kirchner), se mantendrá en las presidenciales del 22 de octubre. Es probable incluso que el país asista a un revuelto de estas siglas, en el afán desesperado por salvar algo de lo perdido. Las tendencias marcadas en los últimos meses hacen pensable la ruptura de JxC, antes o después de las presidenciales. El motor visible está en una convergencia de perdedores: Rodríguez Larreta, Gerardo Morales, Juan Schiaretti. Es decir, el sector más descompuesto de la UCR, el estadista municipal con veleidades y el aspirante a la recomposición de un peronismo con saco, corbata y tonada forzada. Si bien la probabilidad de ganar en las presidenciales puede obrar circunstancialmente como fuerza centrípeta en JxC, un eventual acceso al gobierno haría estallar a corto plazo esa coalición. No obstante, el trasfondo reside en la inexistencia de un sector cohesionado del capital con interés por sostener estas expresiones caducas del pasado nacional. Vale lo mismo -de manera más marcada y urgente- para el oficialismo, donde todo puede ocurrir. Todo menos la recuperación del vigor que lo sostuvo artificialmente durante dos décadas. A no dudar, los restos dispersos del PJ (partido justicialista, que incluye al núcleo principal del sindicalismo procapitalista), se reciclarán para ocupar espacios que hoy la clase obrera no disputa. Sería erróneo igualar irreversible ocaso del peronismo con incapacidad para ganar elecciones y mantener espacios de poder.
Del mismo modo, sería un peligroso error desestimar el hecho de que la abstención masiva de una masa paralizada, así como el vuelco tantos hacia la irracionalidad explícita, constituyen una base social proclive a la constitución de una variante fascista, esta vez en el sentido tradicional, impulsada desde Washington y desde centros del poder burgués en América Latina y en Argentina.
En elecciones previas provinciales se adelantó el fenómeno de la retracción ciudadana. Treinta y tres de cada cien electores no acudieron a votar para gobernador y legisladores de Córdoba, la provincia históricamente más politizada del país, donde otros seis de cada cien votaron en blanco o apelaron a alguna forma de voto Protesta. Un 40% rechazó al sistema y el resto se dividió entre dos alternativas capitalistas. En Santa fe, la abstención sumada a voto en blanco y anulados llegó al 50%. Aun así, el peronismo sufrió una estrepitosa derrota.
En las 14 provincias donde hubo elecciones este año, el voto en blanco y de protesta aumentó un 50% respecto de 2019. En inusual elección para gobernador en San Juan hubo mayor participación, pero también en este caso el peronismo sufrió una aplastante derrota después de décadas de gobierno. Como colofón, la familia perdió en Santa Cruz el monopolio Kirchner mantenido durante décadas.
Así, tres grandes estafas de esta etapa se disuelven con los resultados señalados: la del kirchnerismo, la de JxC y la de la socialdemocracia ululante del Fit.
Caída brusca de la participación ciudadana en los comicios y aumento del voto de rechazo, son signos del debilitamiento extremo de los instrumentos políticos de las clases dominantes. Sin opción, el ciudadano argentino se retrajo ante las urnas y quitó base de sustentación al sistema político. La democracia burguesa queda desnuda en toda su falsedad. Sólo la ausencia de una alternativa anticapitalista garantiza la continuidad del sistema, aunque no su estabilidad.
En la última década, las clases dominantes ocuparon la totalidad del escenario. Mediante una renovada tropa de periodistas militantes para la ultraderecha y el sionismo, callaron y ridiculizaron toda opinión antisistema. Victoria completa. Ahora se despedazan entre ellos. Reproducen en todos los planos la fragmentación del capital. Lejos de defender un proyecto de país, se enfrentan todos contra todos en una lucha sin reglas por el reparto de la plusvalía.
Los trabajadores no existen como clase para sí. Por tanto no pueden usufructuar una coyuntura que, de otro modo, estaría abierta a un avance fulminante de la revolución social. Ocurre lo contrario. La deserción socialdemócrata del infantoizquierdismo, combinada con la transformación generalizada del sindicalismo en estructuras empresariales, dejan a los explotados en manos de las operaciones políticas de los explotadores. Y el país se desmorona.
Mientras la nueva socialdemocracia hace contorsiones para acrecer su lugar en el aparato del Estado, la clase trabajadora sufre como el conjunto social un proceso de centrifugación y empobrecimiento acelerado.
Así como un porcentaje elevado de obreros industriales y jóvenes de todo sector votaron a Mauricio Macri en 2015, un desvío análogo se producirá en las presidenciales de octubre de este año. Un nuevo actor fascista y notoriamente irracional, fue elevado por los medios a la categoría de salvador y disputa el mercado del conservadurismo extremo. Para añadir burla a la infamia han denominado a la nueva estructura en gestación “La Libertad Avanza” (LLA). Que el felpudo histriónico de un empresario corrupto esgrima como consigna la palabra Libertad y periodistas denominen a su fuerza “Libertarios” es una afrenta al pasado, al presente y al futuro. Que semejante esperpento pueda conquistar el voto de franjas juveniles, sobre todo en medio de la pobreza y la marginalidad, es un llamado a la autocrítica para todos quienes se consideren revolucionarios. Las izquierdas no reformistas hoy desperdigadas, desorientadas e impotentes, tienen una última oportunidad de reflexionar.
No se trata, por el momento, de un desplazamiento a derecha de la sociedad. Es uno más de los muchos giros espasmódicos entre la derecha camuflada -llamada kirchnerismo- y lo único a la vista, dada la ausencia de una propuesta genuinamente revolucionaria: un liberalismo fingido, tan mentiroso, endeble y sin futuro como el peronismo.
Este revés prueba la irreversible impotencia de quienes, tras el colapso de 2001, usurparon la fuerza inconsciente y desorganizada de millones de hombres y mujeres. Como complemento, muestra la catadura moral de todos los involucrados en la imposición de figuras presidenciales desde entonces.
Dos décadas atrás una eficiente maniobra burguesa vehiculizada por Raúl Alfonsín y Eduardo Duhalde convirtió la potente -aunque insustancial- demanda de “que se vayan todos” en el regreso triunfal de todos y más, encabezados por un inescrupuloso y ávido aventurero, cuyos socios y familiares quedaron al mando de la sociedad argentina inerme. Por una suma de circunstancias, apoyada en la ola de radicalización continental por entonces dominante, la camarilla al mando de las palancas del poder decidió y logró presentarse como opción “de izquierda”. Es esa estafa la que quedó a la luz pública en los últimos cuatro años y se consumó con el cierre farsesco de listas del 24 de junio último, cuando Cristina Fernández designó una fórmula presidencial que caería en menos de 24 hs para dar lugar a Sergio Massa, firme aliado de Washington, hasta poco antes crítico inmisericorde de la ex presidente.
El derrumbe en 24 horas del binomio presidencial -por rechazo de los gobernadores peronistas- es un mazazo letal para la viuda heredera; y prueba que si el Presidente carece de todo poder político efectivo, su vice lo iguala en debilidad e incompetencia.

Descontrol económico y político
Después de las Paso, al desbarajuste económico se sumó el descontrol económico. A pocas horas del resultado electoral el gobierno de Alberto y Cristina Fernández produjo una devaluación del 22%. A la hora de redactar estas líneas hay una disparada cambiaria (el dólar llegó a las $790, pulverizando salarios y jubilaciones), las mercancías no tienen precio y para una cantidad de productos se ha detenido la venta. El riesgo de deslizamiento hacia la hiperinflación es palpable. Aunque también es cierto que la licuación del peso reduce drásticamente las erogaciones del Estado que están en la base de un desmadrado déficit fiscal, y aminora el peso de las Leliq (Letras de Liquidez), deuda tomada en pesos pero en buena parte con garantía dólar, que constituyen una amenaza inabordable para cualquier gobierno futuro.
Como sea, el riesgo inminente es el de ruptura de la cadena de pagos, desabastecimiento general, parálisis de la producción y caída en la hiperinflación. Hasta el momento no se han registrado reacciones sociales. Esa especie inverosímil denominada “dirigencia piquetera” no emitió sonido alguno y la CGT continúa reuniéndose con el oficialismo para organizar paliativos y avanzar en la campaña electoral para octubre.
Semejante anomia social sirve de base para el plan ensayado en estas horas por el oficialismo: alcanzar un mínimo equilibrio con la devaluación, contrarrestar parcialmente los efectos de ésta en una parte de los salarios y jubilaciones, relanzar el gasto público con directo efecto electoral y, mediante el ya señalado plan de demoler al FxC e imponer como contrincante presidencial al demagogo payasesco, buscar una victoria en octubre.
Ínterin, la burguesía asociada al peronismo durante los últimos 20 años trata de polarizar a los pocos díscolos adeptos a JxC y define si juega la peligrosa carta de los advenedizos liberalfascistas o insiste con el peronismo y apoya, contra toda evidencia, a Sergio Massa. Estas vacilaciones del capital son fruto de su fragmentación y paradojalmente están alimentadas por su victoria contra los trabajadores y las clases medias bajas. Las luchas interimperialistas también se traducen en el escenario local y complementan el cuadro de dispersión e incapacidad para la acción. El Vaticano juega como de costumbre a dos puntas y pone sendos fascistas en las fórmulas del peronismo (un peón del Papa como pseudo contrapeso a Massa) y de LLA (la candidata a vicepresidente, grotesca defensora de la última dictadura). En JxC los falangistas no son exactamente papistas y se insertan a todos los niveles de la estructura. Mientras tanto el país se hunde en una ciénaga.

Una respuesta antisistema
A juzgar por las primeras reacciones públicas de los titulares del Fit, estas estructuras ya encastradas en el aparato del Estado y dependientes de él sólo se proponen superar el 2,65% obtenido en las Paso para llegar a un 3,5% en octubre. Aunque eso sólo contribuya a desorganizar y hundir al conjunto de las clases explotadas y oprimidas, satisfaría la necesidad de preservar algunas bancas en el Parlamento y resguardar unos pocos puestos de diputados provinciales y concejales.
Se impone la necesidad de una línea contraria a esta deriva vergonzosa de la nueva socialdemocracia. Es posible declarar a toda la militancia revolucionaria en estado de Asamblea y recorrer el camino hacia un congreso de delegados democráticamente elegidos desde fábricas, universidades, barrios y lugares de trabajo, converjan en una Federación, capaz de presentar un programa anticapitalista como base para un voto masivo de Protesta, plataforma a su vez para el avance orgánico y sistemático hacia un partido de masas dispuesto a dar una respuesta a la degradación insoportable a la que se somete a Argentina.
El primer paso sólo sería viable mediante la auto organización a partir de militantes resueltos a constituirse en vehículos de una poderosa convocatoria nacional. El desafío está planteado.

16 de agosto de 2023
@BilbaoL

Argentina 2023: fin de la utopía pequeño-burguesa

Ha concluido el ensueño de una camarilla rapaz, encaramada en el aparato del Estado con el plan de constituirse en nueva burguesía y refundar un país capitalista.
En medio de la indiferencia popular, el 6 de diciembre un tribunal federal condenó a Cristina Fernández a seis años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos. Sectores empresarios que acompañaron la aventura y embolsaron su parte, se muestran indecisos sobre el curso a seguir mientras el panperonismo ahonda su disgregación. La lucha interburguesa tiene así una crucial definición: el gran capital se quita de encima a los advenedizos. Aunque la guerra está lejos de haber terminado.
En cambio, esta condena es definitiva para el llamado “kirchnerismo”. Éste es el primero de los siete juicios en curso contra la vicepresidente. Los que vienen, entre ellos el de los famosos Cuadernos que expusieron el mecanismo de recaudación extorsiva, avalados ya por la confesión de decenas de altos empresarios, será todavía más oneroso en todo sentido para el elenco encabezado primero por Néstor Kirchner y luego por su viuda.
Un poder judicial cómplice de innumerables crímenes, desde su nacimiento mismo, es otra vez utilizado como ariete para sanear el insalvable sistema político argentino. En el período 1983-1985, con el juicio a las juntas militares, la gran burguesía logró su cometido. Tras enjuiciamientos y condenas sin precedentes en el mundo, el encarcelamiento de los 12 comandantes de la tortura, el asesinato y el robo, permitió frenar la fuerza antisistema que, desviada por Perón en 1974 y ahogada en sangre por las fuerzas armadas en 1976, amenazaba con reaparecer en 1983. La magnitud positiva de juicios y condenas encubrió la operación de salvataje. Sería el agravamiento en la erosión del sistema, cuya crisis estructural había llevado a los crímenes y desmanes de la dictadura, lo que a poco andar vendría a dar continuidad a la irrefrenable decadencia.

Condena judicial
Ahora el país asiste a otro giro de la misma rueda. Cristina Fernández es ostensiblemente responsable de un saqueo económico inconmensurable durante sus dos mandatos presidenciales, continuadores del mecanismo depredador puesto en marcha por su esposo fallecido. La ciudadanía lo sabe. Entre otras razones porque ellos mismos se ocuparon de exhibir su obsceno enriquecimiento.
Acumular riqueza y alardear de ella mientras crecía vertiginosamente la pobreza es no obstante un delito menor, frente a la estafa moral perpetrada contra la sociedad, muy en particular contra las juventudes, cuando para lograr base política Kirchner decidió disfrazarse de “progresista” y se lanzó a comprar al contado organismos de derechos humanos y agrupamientos de izquierda. Esta columna no esperó la sentencia para denunciar la corrupción y el desfalco moral de Néstor Kirchner y su esposa, expandido a su alrededor como fétida mancha de aceite.
Esa cuenta hubo de pagarla cada trabajador con su empobrecimiento, pero también la militancia resuelta a no someterse a la presión aplastante que dominó el panorama político durante dos décadas: un ala burguesa travestida, acompañada por el grueso de las izquierdas reformistas y parlamentaristas, presentándose -sin pudor ante el grotesco- como fuerza revolucionaria.
Lejos de haber terminado, el combate recién comienza. Habrá que realinear fuerzas y emprender el largo camino por la concientización de trabajadores y juventudes anestesiadas, enajenadas y con grandes franjas corrompidas al influjo de empresarios del sindicalismo, remanentes de partidos políticos en estado de descomposición, pseudonacionalistas a la intemperie, usufructuarios del hambre y reformistas de todo pelaje.

Nuevo período
Aún así, ya el país ingresó a una nueva fase. La iniciativa está en manos de representantes del gran capital que, pese a su fragmentación, hace frente contra los advenedizos y se propone construir un futuro a su medida. Dueño de todo el escenario político, sin presencia ni desafío a corto plazo por parte de la clase obrera, este sector hegemónico del gran empresariado, cuenta con la promesa de grandes saldos exportables basados en agricultura, ganadería, petróleo y gas, litio y otros minerales.
Sin embargo, el verdadero activo para tal empresa es la actual relación de fuerza entre las clases y el avasallamiento sin precedentes de la masa trabajadora, cuyos ingresos han sido llevados al mínimo extremo por la política idéntica de sucesivos gobiernos, aunados en aumentar sin pausa la tasa de plusvalía con la complicidad de una nueva especie: los empresarios sindicales, mezcla de mafia y clase media gerencial, quienes han sabido usufructuar el desmoronamiento político, intelectual y moral del grueso de las izquierdas.
En cuanto a la coyuntura y el futuro inmediato del panperonismo, carece de interés enzarzarse en sus maniobras y trapisondas para sostenerse en el poder. Si no ocurren episodios convulsivos provocados por la mitad de la sociedad bajo la línea de pobreza, inflación del 100%, recesión creciente y un insostenible endeudamiento sideral, las elecciones del año próximo mostrarán un agravamiento de lo que ya se vio en las legislativas de 2021: rechazo al panperonismo, toma de distancia frente a las fórmulas de Cambiemos, crecimiento de un payasesco liberal-fascismo y, acaso, crecimiento marginal -obligadamente fugaz e intrascendente- de la izquierda parlamentarista.
Mientras tanto la sentencia será apelada por defensores y fiscales. Luego, previsiblemente, irá a la corte suprema. Pasarán años antes de la definición. Fernández podrá ser candidata en las elecciones de 2023, 2025 y tal vez más adelante. Pero la suerte está echada.
Tres ignotos jueces federales avalaron su condena en que “Nos hemos encontrado ante un hecho inédito en la historia del país, pues se ha acreditado que ciertas decisiones trascendentales respecto de la marcha empresarial del grupo (de Lázro Báez) fueron adoptadas siguiéndose órdenes expresas de los más altos integrantes del Poder Ejecutivo Nacional”. La encausada respondió con una escena de histeria desde la presidencia del Senado en la cual calificó al tribunal como “Mafia judicial”. Un punto de coincidencia, con detalles a considerar: la mayoría de los jueces del actual poder judicial fueron designados en los tres períodos durante los cuales gobernaron ella y su esposo fallecido. La calidad de los magistrados la conocía muy bien la ex presidente, como quedó demostrado en las escuchas legales que la mostraron ordenando a uno de sus empleados: “hay que salir a apretar jueces”. Ahora los utiliza como excusa para anunciar su renuncia a cualquier candidatura el año próximo. Sondeos de todo tipo, aparte el clima palpable en la sociedad y al antecedente de la estrepitosa caída en 2021 (el panperonismo perdió 5 millones de votos respecto a los obtenidos en las presidenciales de 2019), están detrás de esa fuga hacia la nada que con certeza traerá enfrentamientos internos en las filas de todas las fracciones peronistas. Es probable también una ruptura de Cambiemos. Hay sectores de la UCR lanzados a la búsqueda de convergencia con franjas peronistas.
Como sea, Partidos, sindicatos, iglesias, todas las instituciones del Estado (eso son los señalados), se desmoronan por efecto del terremoto económico, pese a la pasividad social.
Si bien el desmantelamiento del Estado burgués tradicional es causado por una fuerza objetiva, inherente al sistema, la recomposición de organismos propios de la clase obrera requiere la activación de fuerzas externas aún ausentes, al menos de manera visible. Hay pequeños puntos, inervados por fracciones de izquierda revolucionaria, a contramano de esta dinámica. No son las expresiones infantoizquierdistas empeñadas en hacer ruido con vista en próximas elecciones. Son puntos valiosos aún no enhebrados en una red capaz de alcanzar la unidad social y política de la masa trabajadora en su más amplio espectro.
Así, la distancia entre la incapacidad de las clases dominantes para dar respuesta a la crisis y la capacidad de la clase obrera para encabezar una genuina revolución socialista, se ensancha cada día. Por esa brecha se introduce el detritus social creado por el capitalismo agónico en las clases altas, medias y bajas, para colmo autodenominado “libertarios”. Un fascismo travestido según la técnica de la familia Kirchner.
El fin de la utopía pequeño burguesa –para muchos un redituable negocio- marca el inicio de una trascendental batalla ideológica, política y organizativa.
11 de diciembre de 2022
@BilbaoL

Argentina desangrada por la lucha interburguesa

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Advertencia: la nota que sigue tuvo su punto final a última hora de la tarde del 1º de septiembre. Minutos después se conoció la noticia de un atentado fallido contra la vicepresidente Cristina Fernández. Pese a que hasta el momento no hay información fehaciente respecto de lo ocurrido, corresponde el rechazo terminante a la metodología del atentado individual. No es así como se podrá afrontar y resolver la dramática situación que vive Argentina. Dicho esto y mientras se espera el esclarecimiento del hecho, mantiene plena vigencia el informe analítico aquí presentado, contribución además para la interpretación de la irracional agresión de ayer.
2 de septiembre, 16hs.
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Plantado ante un tribunal oral, el hasta ahora ignoto fiscal Diego Luciani desgranó argumentos y pruebas irrefutables contra la cónyuge supérstite del matrimonio Kirchner. Tras un alegato expuesto durante nueve sesiones, respaldado por pruebas acumuladas en tres toneladas de papel, el fiscal culminó su acusación contra la actual vicepresidente Cristina Fernández y una decena de integrantes de lo que denominó “asociación ilícita”, con un pedido de 12 años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos.
Carece de sentido abundar en detalles. La prensa comercial dio hasta el hartazgo todos los pormenores. En este caso el saqueo fue organizado mediante una empresa ficticia fundada una semana antes de la asunción de Néstor Kirchner, en mayo de 2003, y cerrada una semana antes de que Fernández entregara el gobierno a Mauricio Macri, en diciembre de 2019. En ese período mediante la obra pública se transfirió al testaferro un excedente de 1000 millones de dólares, que mediante una torpe ingeniería mafiosa culminarían en las arcas del matrimonio gobernante. Según lo programado la sentencia llegará en cuatro meses, aunque su consolidación podría llevar años y jamás consumarse con la prisión efectiva de la hoy vicepresidente, quien afronta además una cantidad de juicios en curso, por al menos cuatro mil millones de dólares más.
A cuarenta años de distancia, el poder judicial es llamado otra vez a cumplir un papel decisivo en la institucionalidad del capital. En los años 1980 fue con el juicio a las cúpulas militares, responsables de la innoble masacre represiva. Para garantizar la continuidad del sistema la burguesía arrojó el lastre uniformado -las fuerzas armadas lanzadas a la orgía represiva desde 1974, cuando todavía había un régimen civil. Hoy, necesita depurarse de las camarillas con veleidades de nueva clase dominante, a las que recurrió en 2002 cuando se derrumbó el sistema trabajosamente recompuesto desde 1983.

De las Juntas a la protoburguesía: condenar para salvarse
En aquella oportunidad fue indispensable condenar a los militares para evitar la radicalización de una masa popular que ganó las calles con demandas democráticas y económicas. Hoy, resulta imperativo poner freno a quienes, usufructuando el vacío de poder provocado por el colapso del gobierno de la UCR y la así llamada “izquierda peronista”, se encaramaron en los sillones del poder institucional. Cuando lo lograron, se lanzaron en desenfrenada carrera por acumular capital y reemplazar a la burguesía tradicional, al punto de descomponer por completo el mecanismo de gobierno burgués y poner en riesgo otra vez, la gobernabilidad de clase. El desplazamiento del eje espeja la dinámica del país y su acelerada decadencia. También revela la permanente ausencia de una clase trabajadora consciente y organizada.
De todos modos, el pedido de condena provocó un estallido en el elenco kirchnerista, ya fragmentado por incontables reyertas internas. Contrariando violentamente su historia, la vicepresidente pasó a identificarse con Perón y reivindicar al Partido Justicialista, hasta ahora blanco de su lenguaje soez y sus peores insultos. No obtuvo sin embargo el apoyo franco de gobernadores e intendentes. Y asestó un golpe adicional a su frente interno y al tambaleante gobierno de Alberto Fernández. De hecho, la totalidad de aparato peronista nacional se siente amenazado por una cruzada anticorrupción. Esa es la razón por la cual, aunque vacilante, rodea a quien el fiscal Luciani acusa como jefe de la “asociación ilícita”. Se desató así una lucha en la que los acusadores dicen defender los principios republicanos y los acusados recurren a un cómodo neologismo en inglés, “lawfare”, con el que aluden al empleo del aparato judicial para intervenir en la lucha política. Ambas partes mienten, desde luego. Con alguna excepción, los flamantes republicanos han estado involucrados desde siempre en negocios sucios con el Estado burgués como palanca. En cuanto al lawfare, no pueden alardear de sagacidad quienes apelan a tan extraordinario descubrimiento teórico: la utilización del poder judicial en la lucha política es tan antigua como el Estado. Y lo sabe bien la Sra. Fernández que en un audio muy difundido indicaba años atrás a uno de sus lacayos: “hay que salir a apretar jueces”.

El rayo que no cesa
Como sea, mientras la economía recorre el último tramo antes del inexorable colapso, dueñas absolutas del escenario político las clases dominantes tienen a la sociedad aturdida entre la corrupción y el lawfare. Imposible saber qué proporción de la población -y en especial, cuántos jóvenes- creen realmente que Fernández es inocente víctima de acoso judicial. Lo cierto es que pocos comprenden la naturaleza del conflicto desatado. El país está sumido en una lucha interburguesa. El tradicional poder establecido contra un puñado de advenedizos. La confusión frente a lo obvio proviene de la defección de las izquierdas que sucumbieron al chantaje del “mal menor”, arrastrados primero a una utopía pequeño-burguesa (el Frepaso y la Alianza) y luego a su transformación en masa de maniobra de mafias ávidas de capital, incluidos narcotraficantes. En cambio, el poder tradicional no se confundió, aunque sí puso de manifiesto la escualidez de sus cuadros y la endeblez de sus fuerzas.
Ahora es tarde para quienes se arrodillaron para votar a Daniel Scioli en 2015 y a los Fernández en 2019. La ofensiva del capital está en marcha y sólo se verá dificultada -eventualmente desviada- por las insanables debilidades intrínsecas del gran capital y, último pero de primera importancia, la desesperación de las diferentes capas de la pequeña burguesía, que si acaso saltaran al escenario político, lo harían por la ultraderecha.
En las fisuras de este entramado se multiplican los conflictos de diferentes sectores sociales. Tanto la CGT como los sindicatos que la integran hacen todo a su alcance para evitar que esos innumerables indicios del malestar social se transformen en lucha unificada. Hasta ahora lo consiguen. La burguesía no tiene contrincantes en el campo de batalla.

Crisis institucional
No obstante, un rayo cayó en ese panorama bajo control. El fiscal ahora célebre, formalizó una crisis institucional arrastrada desde el naufragio del gobierno de Mauricio Macri a inicios de 2018 y configurada en su actual diseño con la asunción de Alberto Fernández en diciembre de 2019, impuesto y telecomandado por su vice.
Sumado al descalabro económico, el desmoronamiento institucional coloca al país en situación de crisis extrema, cuya naturaleza parecen no interpretar actores locales y extranjeros, aunque para muchos de ellos es imprescindible negarse a comprenderla, porque están en juego sus propios intereses.
Se trata, claro está, de una sistemática avanzada de la derecha. La cuestión es ¿contra quién? Pues: contra la otra derecha, la advenediza, torpemente camuflada como “progresista”. La mano ejecutora es el poder judicial. Por ahora. El objetivo lo discute en estas horas el círculo áulico del capital: ¿todas las facciones del arcoíris peronista, o sólo el minúsculo núcleo kirchnerista? Lo definirá la relación de fuerzas que se vaya conformando en medio de esta escaramuza, destinada a convertirse en algo semejante a una guerra, en caso de que no haya definición neta de hegemonía en un plazo breve. Guerra civil, sí, pero de contornos aún no prefigurados. Una vez más tendrá el impulso de la ultraderecha católica, que apelará -ya lo está haciendo, ahora timoneada por el propio Papa, que en eso tiene experiencia- a métodos semejantes a los utilizados en los años 1960/70, esta vez con la existencia de una masa de maniobra inexistente medio siglo atrás, formada por millones de marginalizados y legiones juveniles atenazadas por la pobreza y sin conciencia social de ningún tipo.
Acorde con la degradación que todo lo corroe, se calificó como “gobiernos de izquierda” a los del matrimonio advenedizo. La falsa asunción de la lucha por los derechos humanos y el ataque retórico contra el poder establecido se impuso con la colaboración de una izquierda reformista (restos descompuestos del PS y la totalidad de las fracciones del aún más corrompido PC, más las numerosas fracciones de un peronismo contestatario sin rumbo ni timonel). Así se impuso esa estafa histórica. El complemento imprescindible fue una izquierda originalmente no reformista, ahogada por el sectarismo y la rápida transformación en infantoizquierdismo dependiente del Estado burgués mediante el electoralismo desenfrenado y las absurdamente llamadas “organizaciones piqueteras”.
Como no podía ser de otro modo, aquel engendro contra natura se agotó a poco andar. Su única victoria -para nada menor- fue la cooptación o directa demolición de los agrupamientos revolucionarios con base teórica y estrategia socialista, arrasados por el oleaje reaccionario que ahogaría, de manera ignominiosa, a millares de militantes originalmente comprometidos y finalmente sometidos a la presión dominante. Este resultado no era fatal. Un factor decisivo fue la reversión de la Revolución Bolivariana tras la muerte de Hugo Chávez, la deriva económica de la Revolución cubana y, en primer lugar, la inexistencia o incapacidad de los revolucionarios marxistas para edificar una alternativa de masas tras la estrategia socialista.
Los salvadores burgueses del naufragio de 2001 no tuvieron fuerzas para otra cosa que cooptar militancia sin base teórica ni moral, al calor de lo cual se abocaron a acumular bienes y dinero mediante el saqueo de las arcas públicas. Se agotaron en apenas 12 años. Ya durante el período del matrimonio que encabezó esta operación sin destino, comenzó la contraofensiva del gran capital para recuperar su lugar. Demoró 14 años, pero llegó su hora.
El detalle es que, a diferencia de los 1980, cuando el papel del imperialismo en la guerra de Malvinas y del capital financiero internacional con el desfalco de la deuda externa, ahora los beneficiarios del saqueo inicialmente llevado a cabo por Néstor Kirchner son empresarios, traficantes y fulleros locales, instalados en todos los partidos del capital y, principalmente, en el peronismo. (Nota bene: ya no basta proclamarse antimperialista).

Expansión o hundimiento
Está en marcha un ajuste económico pocas veces visto. Golpeará como un mortero sobre la sociedad. Mentiras y maniobras que enrarecen al extremo el clima político, buscan ocultar la realidad de la agresión económica contra 8 de cada 10 ciudadanos. Pretensión absurda. Aunque distante de lo necesario para que funcione el sistema capitalista, el ajuste en curso tendrá respuesta social. La inflación marcha al ritmo del 100% anual y en aumento. Con Bonos y otras dádivas, en acuerdo con los CEOs de la CGT, el gobierno tratará de evitar un choque frontal con la clase obrera. Ya hay, y habrá más, paliativos dinerarios y subsidios de tarifas para desocupados, además de multiplicar el reparto de víveres para comedores populares. Mientras se mantenga la actual relación de fuerzas los jubilados continuarán siendo la variable de ajuste más castigada. En tanto la inflación continuará golpeando y las clases medias no podrán mirar hacia otro lado.
Gobierno y oposición intentarán utilizar como masa de maniobra a las franjas desesperadas de la población. Demagogia populista de un lado y brutalidad ultracapitalista por el otro, disfrazados de falso antimperialismo y no menos simulado liberalismo, avanzan hacia una convergencia en el fascismo.
Sigue como propósito del nuevo ministro de Economía el plan ya descripto en estas columnas: reconstruir el país con base en la venta de gas y cereales a Europa y apoyo impetuoso a la producción de litio (Argentina en las vísperas). Lo diseñó un sector del gran capital cuando aún suponía que podía llevarlo a cabo Alberto Fernández, antes de su desdibujamiento. Ahora lo enarbola Sergio Massa, antiguo colaborador de Washington, desde un cargo equivalente a primer ministro, donde llegó con apoyo de la vicepresidente y su séquito pseudo progresista. Dividida en todo, la burguesía también se fractura respecto de apoyar o no esta quimera desde ahora. Por eso un sector del la UCR, a comenzar por su presidente, propone aliarse desde ya con franjas peronistas, para poner en marcha ese supuesto círculo virtuoso. Pero la operación exacerba las diferencias internas del núcleo conducido por la vicepresidente. Ahora a la franja “progresista” se le exige sumisión total y explícita a un proyecto bendecido por la Casa Blanca, que en todo caso lo confía a un próximo gobierno de Juntos por el Cambio.
Fuera de esta perspectiva, queda la resignación al naufragio antes de las próximas elecciones presidenciales. Eso explica la anuencia de la Sra. Fernández, empeñada en eludir los procesos judiciales y mantener espacio para una candidatura en 2023.
Quedó en el pasado el oficialista Frente de Todos. En Juntos por el Cambio se revelan estrategias contrapuestas. ¿Podrá la burguesía recomponer un instrumento político para ganar en 2023 y gobernar los cuatro años siguientes? Con certeza no aparecerá una fuerza lo suficientemente sólida como para afrontar la crisis argentina. No aspiran a tanto en las clases dominantes. Basta con que alcance la capacidad de arrastrar a la masa disgregada en dos sentidos previsibles: hacia un accionar con base popular y consignas falsamente progresistas, y hacia el liberalismo autodefinido como “libertario”. Otro engaño más en la larga lista de manipulación en perjuicio de una sociedad desarticulada y un proletariado sin conciencia de clase.
1º de septiembre de 2022
@BilbaoL

Encrucijada argentina a partir de 2016: Rechazar a liberales, populistas, clericales e infantoizquierdistas

El texto que sigue fue escrito en septiembre de 2016, como material de discusión en la Unión de Militantes por el Socialismo. Se publica ahora como folleto, a comienzos de junio de 2022. Transcurridos seis años, puede ser útil para militantes comprometidos observar a partir de estos conceptos lo ocurrido. La evaluación de la victoria de Cambiemos en 2015 se complementa con el análisis de su derrota en 2019, expuesta en el libro Historia inmediata de un país a la deriva (Argentina 2013 – 2020, de la cleptocracia a la pandemia), www.americaxxi.com – www.luisbilbao.com.ar

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Sumida en la mayor crisis de su historia, en el décimo sexto año del siglo XXI Argentina vuelve a verse entrampada entre liberales y nacional-clericales. Ni aquéllos ni éstos son los mismos de hace 200, 100 o 50 años. Pero continúan ocupando los centros del poder, sin una fuerza revolucionaria que los desafíe.
Por rechazo de las mayorías a los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, llegó al gobierno una fuerza extremadamente heterogénea, con predominancia liberal-conservadora y un ala clerical-fascista. Ese conjunto está social y organizativamente basado en los restos de un partido socialdemócrata en decadencia y disgregación. El punto de articulación es la figura de Mauricio Macri, integrante original de la Internacional Parda pero adecuado a su nuevo rol de mandatario democrático. Preside un país sin márgenes para el saneamiento brusco de una economía desquiciada hasta el paroxismo, sin partidos con arraigo real en la sociedad, con sindicatos desprestigiados como nunca antes en la historia nacional, con todas las instituciones del Estado burgués rechazadas o como mínimo desconfiadas por 7 de cada 10 ciudadanos y, como colofón, con una iglesia dividida y sin prestigio en la sociedad, pese a la entronización de un papa argentino.
De tal magnitud fue el vuelco electoral provocado por el rechazo ciudadano a Cristina Fernández, atravesando líneas de clase, que el peronismo tradicional (Partido Justicialista, PJ), perdió la provincia de Buenos Aires a manos de una coalición radical-macrista encabezada por María Eugenia Vidal, discípula de Macri y del papa Bergoglio. Así, el peronismo retomó la fase de disgregación iniciada con la decadencia de Carlos Menem a fines de los 1990, ahora convertida en fuga convulsiva al salir a luz pública la corrupción extrema de Kirchner, Fernández y su corte cleptocrática. Nuestra reiterada aseveración de que el Frente para la Victoria no existía, que ese adefesio denominado «La Cámpora» era un aparato vacío e insostenible, quedó comprobada en los tres meses posteriores a la asunción de Macri, durante los cuales la inconmensurable torpeza de Cristina Fernández y la corrupción de su elenco expuesta hasta el hartazgo por los medios comerciales, demolieron esas siglas y arrojaron al oprobio a sus figuras principales.
Sólo la negativa a ver la realidad de los últimos años, los efectos sociales de la escandalosa conducta oficial, pudo llevar a la suposición de que el candidato ungido por Fernández, Daniel Scioli, podía ganar la presidencia. Sólo la estrechez reformista de corrientes infantoizquierdistas pudo suponer que era la oportunidad para instalarse con cargos legislativos en lugar de ofrecer una alternativa neta de poder frente a la crisis política.
Por el contrario, burguesía e imperialismo tuvieron claro el panorama. El gran capital preparó larga y concienzudamente un plan de recomposición del Estado burgués luego del colapso de 2001 y el paréntesis durante el cual un grupo de advenedizos defensores de lo que dio en llamarse «capitalismo de amigos» ocupó la Casa Rosada. Todo estaba preparado para 2011. Allí Macri vencería a Néstor Kirchner. No había la menor duda de que ése sería el resultado. La imprevista muerte del fundador de esta dinastía de pacotilla cambió el cuadro y su viuda capitalizó la orfandad política de trabajadores y jóvenes. Así lo entendieron los estrategas del capital y retiraron la candidatura de Macri. Sólo debían esperar cuatro años. Y allí están. Con las palancas del poder en sus manos y nadie enfrente.
Este conjunto no logrará mantenerse con coherencia más allá de plazos breves. Para comenzar, muy lejos de las caracterizaciones esquemáticas y subjetivistas de prácticamente todas las izquierdas, presentó una propuesta desarrollista y en los primeros 9 meses ha avanzado a los tumbos por ese camino, acompañado por la totalidad de la burguesía local e imperialista, más el apoyo avieso de las cúpulas sindicales.
Mauricio Macri es una caricatura mal dibujada de Julio Argentino Roca, el liberal capaz de expulsar en 1884 al nuncio apostólico Luis Matera y mantenerlo preso en el barco que debía regresarlo a Italia, lo cual provocó la ruptura de relaciones con el Vaticano hasta 1900. Era una pasta diferente de la que constituyó en estos tiempos eso que ciertos autores gustan denominar «neoliberalismo».
Debilitado y fragmentado, también el Vaticano es una sombra de lo que fue. Mantiene cierta gravitación sobre franjas de las clases medias y altas. Y cuenta ahora con un papa vernáculo, peronista, rama Guardia de Hierro (para quienes no lo sepan, fracción extrema derecha, hija dilecta de Juan Perón). Pero la iglesia local carece de penetración y gravitación real en las clases trabajadoras, en las juventudes e incluso en las clases medias bajas y sectores desagregados de la sociedad, en muchos casos colonizados por sectas evangelistas.
Tal parece que Francisco ha confundido la tradicional inteligencia jesuítica con caminar en zigzag. En relación con Argentina, pero también en su ministerio mundial, Jorge Bergoglio tropieza con sus propias rodillas -como le ocurrió en Varsovia recientemente, no sólo por su caída ante el altar- y ha logrado alimentar una reacción múltiple en la que por razones obviamente diferentes coinciden los sectores empeñados en conservar una estructura corrupta y cada día más ineficiente de la realeza clerical y algunos remanentes de la «Teología de la Liberación», que pese a la rendición de figuras de peso, han comenzado a tomar distancia del «papa del fin del mundo», dando lugar a una mayor disgregación de esa corriente aniquilada por Karol Wojtyla, ahora convertido en santo acaso por haber realizado tan encomiable tarea. Aun así, en la oscuridad de su rumbo, en Argentina está claro el conjunto de alianzas y tácticas del papa destinadas a rearmar la estructura de la derecha política, incluyendo al sindicalismo y restos desperdigados de lo que algunos llamaron «kirchnerismo».
Un punto de apoyo fundamental para esa estrategia contrarrevolucionaria es la estructura sindical adosada al Estado. Tratamos este punto en un folleto reciente: «La clase obrera ante una posibilidad histórica». En cuanto al papel a jugar por las izquierdas, una y otra vez reiterado en diferentes materiales, será tratado específicamente en un próximo texto.

I
Argentina tras 12 años de estafa a las mayorías
Después de un paréntesis farsesco de 12 años ¿dónde está y hacia dónde va Argentina? ¿Se impone la burguesía y su presidente Macri? ¿O avanzan las fuerzas populares hacia una confrontación que hará huir en helicóptero al Ejecutivo, como aseguran quienes insisten en esa imagen sin sopesar qué ocurrió después de aquel acontecimiento en 2001? ¿Hay una resistencia popular al plan de salvataje burgués? ¿Avanzan -o al menos tienen espacio para avanzar- las fuerzas revolucionarias en el actual cuadro de situación y con sus características presentes?
Estas preguntas no se responden con frases altisonantes de invocación revolucionaria; mucho menos con retórica periodística. Es preciso caracterizar las relaciones de fuerza entre las clases y la dinámica de cada una de ellas en un período dado; pesar con exacta objetividad la situación y el curso de las incontables voluntades anticapitalistas, agrupadas o individuales. Es igualmente imprescindible conocer el momento y las características de la crisis del capitalismo global y su manifestación nacional. Auscultar el estado de la lucha interburguesa internacional y local. Conocer por relación directa el estado de las fuerzas antimperialistas y anticapitalistas en la región y el mundo. Ésas son las primeras condiciones para que un equipo dispuesto a transformarse en dirección revolucionaria esté en capacidad de responder tales cuestiones, trazar una línea de acción y aplicar las tácticas que se correspondan con ella.
No es eso lo que ha hecho, por regla general, el conjunto de organizaciones consideradas revolucionarias. Arrastradas por el accionar desesperado del elenco gobernante en el período anterior -ya veremos el por qué de esa desesperación- prácticamente todas las izquierdas se han lanzado a una política denominada «de resistencia», consistente exclusivamente en demandas económicas, coronadas en algunos casos por la idea de que Macri renuncie. No por acaso en la llamada «Marcha Federal» las bases gremiales convocadas por sindicatos estatales y diversas fuerzas de izquierda convergieron con personajes como el ex vicepresidente, el ex candidato presidencial por el FpV y otros de su misma calaña. Peor aún: esta mala pécora flanqueó el palco de los convocantes, mostrándose como conducción política del conjunto sindical. Esa imagen da la idea exacta de la trampa a la que fueron llevados miles de activistas y no pocos luchadores revolucionarios.

Victoria del gran capital
Desde antes mismo de las elecciones (y de las Paso) señalamos reiteradamente que la burguesía ocupaba todo el escenario político, que la clase obrera fragmentada y confundida marchaba a remolque de partidos patronales y que la totalidad exclusiva de la iniciativa política estaba en manos del capital. Esa situación objetiva determinaba una dinámica de clases en la cual fuera quien fuera el ganador de las elecciones, la crisis coyuntural a la que había llevado la administración irracional y corrupta encabezada por Cristina Fernández sería resuelta de la única manera en que es posible resolver una crisis capitalista desde una perspectiva capitalista: reduciendo salarios, aumentando la explotación, agravando la pobreza y la exclusión, avanzando en la subordinación del país al capital transnacional.
No faltó quien creyera que ese desenlace era evitable votando por Daniel Scioli, hijo de Menem y candidato de Fernández. Lo principal, según esa visión, era «frenar a Macri». Subjetivismo en lugar de análisis de clase. Idealismo en lugar de materialismo. Esos espasmos provienen de una arraigada forma de pensamiento no-marxista, sumada a la incomprensión de las leyes del sistema capitalista. Y está combinada con una práctica oportunista consistente en creer que adosándose a consignas economicistas se obtiene el favor de las masas, con prescindencia de la viabilidad material de esas demandas.
Ocurre a la inversa: si la iniciativa la tiene la burguesía, si la clase obrera no cuenta con representación genuina, arraigada y consistente, los innumerables dilemas que acarrea una crisis son resueltos por los partidos del capital, que se muestran ante sectores de las masas explotadas y oprimidas con argumentos racionales en el marco del sistema. Quienes en el mismo marco exigen lo contrario, aparecen claramente con demandas insustentables, irracionales, ostensiblemente inviables.
Un ejemplo: el aumento de gas y electricidad. Ambos bienes mantenían el precio desde 2001. Desde entonces la inflación rondó el 1000%. Si alguien pide que se mantenga el precio y no propone un cambio de sistema, es decir, una revolución, incurre en una irracionalidad económica indefendible en el escenario que sea.
El precio tiene como base el valor. El valor es la cantidad de trabajo incorporado que tiene cualquier producto. Pretender que un bimestre de electricidad para una familia cueste lo mismo que un café en un bar cualquiera es más que irracional. Detrás del consumo de electricidad de una familia durante dos meses hay mucho tiempo de trabajo de una cadena compleja y numerosa. Si no se paga ese trabajo -cuyo precio, aunque a distancia, acompañó la escalada inflacionaria- con el monto de la mercadería vendida ¿de dónde sale el dinero para pagarlo? Por tanto, dentro del sistema capitalista no se trata de lloriquear por la mantención de precios absurdos de los bienes indispensables, sino de luchar por el precio justo correspondiente a la primera y principal de las mercancías: la fuerza de trabajo.
Cuando un trabajador no paga con su salario el costo de su viaje hasta el lugar de trabajo, de la energía que consume y de los alimentos para él y su familia, lo paga por otras vías el conjunto de la sociedad explotada, en relación inversamente proporcional a la capacidad económica de cada uno: la distorsión cae como un alud sobre los más pobres. Aunque parezca lo inverso, cuando un trabajador no paga el precio correspondiente por todo lo necesario para sostener y reproducir la fuerza de trabajo, en realidad favorece al empresario que lo contrata, pues éste paga por la fuerza de trabajo un precio menor y la diferencia respecto del valor real va a cuenta del conjunto social, por vía de inflación, impuestos regresivos descargados sobre quienes menos tienen y otros mecanismos utilizados por el capital.
Desde luego, en una sociedad capitalista, el pago del precio correspondiente por la mercancía fuerza de trabajo implica en situación de crisis global una lucha contra el sistema mismo. Por eso quienes proponen no aumentar las tarifas pero se niegan a proponer el socialismo, o son completamente ignorantes o son estafadores dispuestos a engañar a las masas para mantener un puesto en el estado o un cargo en el aparato sindical.

Hablar claro
Una vieja consigna afirma que «la verdad es revolucionaria» (por eso, entre otras cosas, el periódico de los bolcheviques se llamaba Pravda, que traducido del ruso significa La Verdad).
Es mentira que hoy haya una resistencia de masas contra el plan burgués encarnado en Cambiemos y Mauricio Macri. Es mentira que pueda considerarse un éxito la decisión de la ultracorrupta corte suprema de justicia frenando el tarifazo. Es mentira que pueda organizarse un movimiento de masas defendiendo los actuales niveles de precios de los servicios básicos. Es mentira que una movilización encabezada por abyectos exponentes del gobierno anterior pueda traer alivio -tanto menos solución- a las penurias de las masas. Y si la verdad es revolucionaria, la mentira es contrarrevolucionaria. De modo que está claro el signo consciente o inconsciente del accionar tras tales demandas economicistas y ante todo falsas e insostenibles.
Los recientes cortes de calles para armar parodias de ollas populares no representan, ni mucho menos, un movimiento genuino no ya de masas, sino siquiera de sectores de vanguardia de las masas. Se trata de aparatos prebendarios, alimentados por subsidios del Estado, que demandan más dinero para su propia sobrevivencia. No es un dato menor que una de las organizaciones embarcadas en esta operación un año y medio atrás hacía campaña política del brazo de quien hoy es el ministro de Hacienda. No es un dato menor que otra de esas organizaciones arrastre un triste historial que si en los años 1970 apoyó a López Rega, desde los años 1990 incluye su subordinación económica al aparato conducido por Eduardo Duhalde. No es un dato menor que otra de las estructuras empeñadas en tales movimientos dependa directamente del papa Bergoglio y esté dirigida por un fascista con estirpe conocida en el peronismo.
La verdad es que el conjunto de la burguesía rodea y respalda al heterogéneo y endeble gobierno de Macri, que la totalidad de las cúpulas sindicales hacen lo mismo, incluso cuando impulsan actos o paros. La verdad es que las fuerzas revolucionarias no logramos plantarle cara al plan contrarrevolucionario continental plasmado en el intento de afirmar un eje Washington-Buenos Aires contra el Alba y la Revolución Bolivariana.
Hay una verdad más oculta, por fanatismo o ignorancia: el plan desarrollista proclamado por el elenco de Macri es el programa más serio que la burguesía argentina, con formal apoyo estadounidense y europeo, ha pergeñado y ensayado desde 1966.
Eso no significa en modo alguno que será exitoso. Hemos dicho y repetido lo contrario. Significa que enfrentarlo con éxito no es tarea de charlatanes. Por lo pronto ya perfilan su fracaso los resultados económicos inmediatos, el plan Belgrano, el plan vial nacional, el plan de reconstrucción ferroviaria, la reunión de ‘inversores’, etc.
Identificar la coalición que sostiene a Macri con la Alianza y De la Rúa es prueba de incurable cretinismo. Son momentos y fenómenos diferentes.
El plan en marcha no tiene destino. La denominada Alianza para el Progreso pergeñada por Washington en 1960 para contrarrestar la oleada revolucionaria desatada por la victoria cubana en toda América Latina, terminó en lánguido fiasco, como cualquiera sabe. Medio siglo después, esta repetición farsesca de la historia culminará con la generalización acelerada de la rebelión de los explotados. Pero ese desenlace llevará tiempo. Y a esto apuestan los estrategas del imperialismo, con vistas en una deriva fascista y la generalización de la violencia irracional en la región.
Pudieron llegar a este punto porque obtuvieron una contundente victoria política en Argentina: 9 de cada 10 ciudadanos votaron en las presidenciales de 2015 por un mismo plan con diferentes candidatos: Macri, Scioli, Massa. Esa conducta ciudadana es inseparable de la política de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, que tras lograr la cooptación de fuerzas antisistema, la pulverización del movimiento obrero y de las organizaciones revolucionarias, empujaron al grueso de la sociedad, asqueada por la corrupción, la ineptitud y la prepotencia típica de pequeños burgueses con veleidades, a rechazarlos a ellos y volcarse en favor de patéticos candidatos cuya inmoralidad e incapacidad traducen con exactitud la decadencia vertiginosa del sistema que defienden.

Tienen la iniciativa
No puede haber lugar a engaño: ése es el punto de partida de la nueva coyuntura. El capital cuenta no sólo con la iniciativa política, sino con todos los recursos para transformarla en fuerza electoral primero y luego, eventualmente -y si las fuerzas revolucionarias no lo impedimos- en fuerza de choque contra las masas que inexorablemente buscarán resistir el enorme costo de la crisis. También está a la vista, fuera de discusión, la laya del elenco gobernante, incapaz no ya de planificar y poner en marcha un país del futuro, sino de hacer un plan para aumentar tarifas, presentarlo al país y aplicarlo coherentemente. El papelón del Ejecutivo en torno a este tema, fundamental en su concepción para contener el crecimiento en flecha del déficit fiscal, no tiene precedentes por la ineptitud y el descontrol interno mostrado por el gobierno. Pero eso es lo que tiene a mano la burguesía para llevar adelante su proyecto de salvataje capitalista. Lo notable es que, aun con este material humano, lo está logrando. Porque no encuentra nadie enfrente, aparte columnistas adocenados de una prensa connivente que ensaya ironías críticas sobre aspectos parciales para disimular su completa subordinación al plan central.
De manera tal que, pese a la inédita heterogeneidad del equipo gobernante, más allá de las desinteligencias y la inepcia, la dinámica de la burguesía es de convergencia y abroquelamiento en torno al plan de salvataje.
Cabe una digresión. Prensa adicta e izquierda de todo color hablan, para apoyarlo u oponerse, de «plan de ajuste». Las palabras no son neutras. Y, como advertía Thomas Mann, «nadie escribe una oración completa sin denunciarse».
En este caso el desvío tiene dos costados. Si algo está desajustado, es preciso ajustarlo. ¿O no? ¿Alguien quiere viajar en un tren con las tuercas de los rieles desajustadas? ¿Alguien quiere vivir en un país donde no sólo falta un tornillo sino que todas las tuercas están sueltas? «Que venga un mecánico, a ver si lo puede arreglar» dice Gardel en su legendario tango, donde Cadícamo aludía, ya en los años 1930, al desajuste del mundo. Pese a todo, hay quienes se proponen como líderes populares y niegan la necesidad de ajustar nada. ¿Quién los contrataría como mecánicos? Está a la vista: nadie.
El otro costado, más significativo, de la negativa al «ajuste» es la utilización del concepto mismo: niega la crisis estructural, irreversible (o, para el caso inajustable) del sistema. Al admitir que lo que está en juego es ajustar o no, se descarta la necesidad de abolir, de dar vuelta como un guante la realidad económica y social del país. Y se proponen como alternativa capitalista al no ajuste. Para obtener un cargo de concejal o diputado, se niega la inviabilidad concreta, actual, del sistema económico y político argentino no obstante la evidencia de su veloz hundimiento.
Con estos conceptos y conductas, las izquierdas que los asumen no sólo colaboran con el frente único burgués para ajustar la economía en función de sus intereses, sino que toman irremediable e irrecuperable distancia con las masas que sufren primero los efectos devastadores del desajuste (Kirchner y consorte) y deben pagar luego los costos del ajuste (Macri, Obama y Merkel).

Corruptos y redentores: no es nuestra batalla

Argentina una vez más ante un falso dilema. Otra trampa tendida para confundir y desviar. Para dificultar el paso de las masas por el camino de la asunción de una estrategia propia y una organización acorde para alcanzarla.
Esta vez se trata del juicio a las principales figuras del anterior gobierno, combinada con la imprevista imputación al flamante Presidente.
Aunque se presenta de ese modo, no se trata de personas. Es la lucha interburguesa expresada ahora en una batalla entre la burguesía tradicional de un lado y, al otro, ávidos advenedizos empeñados en edificar una «nueva burguesía nacional» enmascarada en un discurso falaz hasta la repugnancia.
Es, como lo decimos desde hace años, la disputa del capital establecido contra una camarilla que en medio del colapso del sistema político argentino y ante la inexistencia de una alternativa política de los trabajadores y el pueblo, se hizo con el poder en 2003 y se lanzó a la rebatiña más impúdica y grosera en 200 años de historia.
¿Por qué deberíamos alinearnos con una de las fracciones burguesas en descarada disputa por la apropiación de la plusvalía? Ambas están signados por la corrupción como vía para la acumulación privada de riqueza. Ambas trabajaron y seguirán haciéndolo contra los intereses de la nación y el conjunto de la población. Esta no es nuestra batalla. Un trabajador, un campesino, un estudiante, tanto menos un revolucionario, no tiene razón alguna para con alinearse con unos u otros. Quienes ahora salen a defender a Cristina Fernández, Aníbal Fernández, Amado Boudou y Julio De Vido, entre tantos ladrones encumbrados por efecto de una crisis agónica del sistema político capitalista, en su mayoría llamaron a optar por Scioli contra Macri el 22 de noviembre último. Quienes no van ahora a vivar a la ex presidente acompañando a De Vido, Fernández, Bonafini y otros tantos del mismo jaez, quienes no vieron la necesidad de una fuerza unitaria de masas antimperialista para romper aquella trampa llamando a no votar ninguno de ellos, tal vez hayan comprendido su error. Pero otra vez llegan tarde: la burguesía en su conjunto tiene la iniciativa. Y la usufructúa, descargando el peso de la crisis capitalista sobre los hombros de las mayorías.
Muy lejos de optar entre el falso republicanismo de Cambiemos o el inútil taparrabos del FpV (ahora prácticamente inexistente como tal), debemos hacer lo contrario. Todas las pruebas empujan a enfrentarlos en conjunto; sin distinción. A la vista del país está la inédita, escandalosa, nauseabunda operación de enriquecimiento de la familia Kirchner entre 2003 y 2016. Pero aparecen también los chanchullos tradicionales y más o menos legales de la familia Macri. Se devela la putrefacción irreparable de las clases dominantes. Del aparato judicial que los cobija. Queda a la luz el papel igualmente corrupto de los partidos del sistema. De la prensa comercial que los encubre. ¿O acaso todo esto hubiese podido ocurrir con jueces, diputados, periodistas y políticos probos?

Oposición sin arraigo de clase
Además de disgregadas hasta el absurdo las tendencias opositoras han estado durante la última década divididas en dos grandes bloques: uno sometido a diferentes formas del pensamiento pequeño-burgués, que o bien pretende hacer la revolución sin tomar el poder, o bien reniega explícitamente de toda revolución y afirma una plataforma nacional-reformista; el otro, donde también gravita con peso decisivo la condición de clase, incurre en la ya añeja y suficientemente denunciada conducta de infantilismo pseudo revolucionario.
Existen agrupamientos y cuadros revolucionarios marxistas en uno y otro bloques. Pero no logran hasta el momento afirmar un corpus teórico, una estrategia de poder un programa de acción revolucionaria en torno a los cuales alcanzar la unidad social de los trabajadores y edificar una organización revolucionaria con arraigo y autoridad ante las masas.
Enfrente, un proletariado numéricamente poderoso pero carente de conciencia de clase. Esa ausencia neutraliza a la masa militante antimperialista y anticapitalista, constituida por millones y con capacidad potencial para edificar un nuevo país, no obstante excluida del escenario político.
Disgregación extrema y desviaciones de diferente tipo inhabilitan a la clase obrera y su amplio campo potencial de aliados en el duro combate por el poder, limitado hoy a las diferentes fracciones de las clases dominantes. Mientras no se revierta esta situación de base, no será posible arrebatarles la iniciativa política. Y ellas, con el el marbete de Cambiemos (macrismo) o de cualquiera de la denominaciones que adopte el peronismo, llevarán al país a un desastre aún mayor al que hoy sufre. Es hora de recuperar la historia de la clase obrera argentina y de las fuerzas revolucionarias que desde el siglo XIX han luchado por el socialismo.

Septiembre de 2016

De letras e iletrados

Maniatado por la economía, empantanado en la política, la emprende con la lengua. De los sos oios tan fuerte mientre lorando, Rudrijez tornaua la cabeça e estaua los catando: Ordénese: ¡no al lenguaje inclusivo! dijo, con fingida voz de mando. En afán por pasar de la alcaldía a la presidencia, ya lo vee Rudrijez que del rey non auie graçia.
Como gesto de afirmación, quiere volver al castellano antiguo. No entiende bien el Cantar del Myo Cid y se conforma con vetar la ‘e’, que tampoco comprende, como la mayoría de quienes defienden u ofenden su uso.
Sospiro Rudrijez, campeador de bicisendas, ca mucho auie grandes cuydados. Ffablo el alcalde bien e tan mesurado: “Con la ‘e’ fuimos para atrás en las pruebas educativas… Los docentes tienen que respetar las reglas del idioma español y en sus comunicaciones oficiales”. Dos años atrás el campeador refrendó un decreto según el cual todo mayor de 60 años debía pedir autorización telefónica para salir a la calle por dos horas, una vez por semana. Desde el sillón de Rivadavia respaldaron al socio sin demora. Eran otros tiempos…
Autoritarismo sin espada, ignorancia sin disculpas. No se legisla sobre la lengua y no existe un “idioma español”. Periodistas tan cultos como el primer edil explican que la Real Academia Española guía el lenguaje y no dudan en denostar la ‘e’ como modo de evitar la exclusión de media humanidad en el habla o, peor aún, la repetición con lucidez de topos “argentinas y argentinos, alumnos y alumnas, estudiantes y … (ah, no, aquí sí se puede usar la ‘e’)”. Admítase que la academia sea tal. Pero de seguro no es española, ya que tal lengua no existe y la corporación trata sólo del castellano. En cuanto a lo de Real… sorprende que tanto recién graduado en republicanismo defienda ese adjetivo sin reflexionar.
A su alrededor Rudrijez Vio puertas abiertas e vços sin cannados. Desolación total, como resultado de la guerra perdida contra la inflación, que no es cosa de moros, pero cae impiadosa como alfanje sobre todes… menos algunes. Alcandaras uazias sin pielles e sin mantos, e sin falcones e sin adtores mudados. Halló sin embargo fácil enemigo a la mano: CEO’s sindicales prestos a posar de progresistas. Mas dezid nos del sindicato, de que sera pagado,
O que ganançia nos dara por todo aqueste anno?
A Rudrijez e a los suyos abastales de pan e de uino. Así que pueden prometer: Que non me descubrades a moros nin a christianos; por siempre uos fare ricos que non seades menguados.
Tiene su encanto el castellano antiguo. Y es un placer inmenso leer, entre tantas maravillas de nuestra lengua pasada, el Cantar del Myo Cid. Si personajes públicos simpre prestos a emitir opinión cambiaran twitter por ese deleite, podrían reflexionar sobre el habla, los pueblos y la historia. Y evitar la paradoja de no entender los versos del Cid Campeador, escrito mil años atrás, pero pretender eterno el castellano del siglo XX. Detener el tiempo, frenar la evolución del lenguaje, no es cosa de reaccionarios. Hace falta mucho menos para tamaña pretensión.
Assi ffagamos nos todos iustos e peccadores.
Estas son las nueuas de Myo Çid el Campeador.
En este logar se acaba esta razon.

Buenos Aires, 10 de junio de 2022
@BilbaoL

Argentina en las vísperas

Con sigilo de salteador nocturno, el gran capital busca salida a la trampa en la cual ha encerrado al país. Apuesta a negocios inesperados, a causa de la guerra en Ucrania. Para alcanzarlos respalda a Alberto Fernández y su vapuleado ministro de Economía.

A la cabeza de los conjurados está el grupo Techint y grandes productores agrarios. Segundas y terceras líneas de la burguesía alientan a Washington para aferrarse a esta supuesta tabla de salvación: reemplazar a Rusia y Ucrania en el suministro de gas y cereales para la Unión Europea; desarrollar Vaca Muerta a toda marcha y multiplicar la productividad agropecuaria. Con este plan empujaron a Fernández a una súbita gira por España, Alemania y Francia. Envalentonado, el viajero hasta se animó a lanzar a distancia su candidatura presidencial para 2023.

La táctica del gran capital incluye una ruptura formal con Cristina Fernández y su menguada tropa. El desastre electoral en las legislativas de noviembre último le asestó un mazazo del que no podrá recuperarse y deja ese bloque jamás fraguado a merced incluso de un elenco como el que ocupa el actual Ejecutivo. Según los teóricos del gran viraje Argentina comenzaría un período de abrupto crecimiento y bonanza económica, con apoyo del FMI y una recomposición del espectro político. La condición es liberarse de la camarilla protoburguesa llegada al poder con Néstor Kirchner, puesta en la picota por su desenfrenada corrupción y convertida en intento fallido tras el contrataque exitoso del capital tradicional. Hasta han encargado a la Fundación Mediterránea un plan económico alegadamente apolítico, a ser aplicado por quienquiera que llegue al poder en 2023. Sobran los aspirantes ya comprometidos a cumplirlo.

No se alinean estrictamente a esta quimera -aunque tampoco la enfrentan- los sectores de la burguesía amarrados al mercado interno. Entienden que, aparte las dificultades de poner a punto, en un plazo relativamente breve, producción y transporte de gas a la vieja Europa, la demora hace riesgoso el manejo de la coyuntura social. Las empresas consultoras de todo el espectro, habitualmente locuaces ad nauseam, hacen silencio cuando se las indaga sobre las posibilidades de eludir una gran conmoción social antes de diciembre de 2023. Una causa más para la fragmentación. ¿Adelantar elecciones? ¿Acelerar la ruptura de Juntos por el Cambio para poner a la UCR y otros flancos menores en bloque con el oficialismo para llegar a los comicios? Entre estas alternativas se debaten las diferentes franjas del capital.

Atónitos gobernadores peronistas, pieza clave en este intento desesperado, deliberan sobre el modo de actuar en la emergencia. La CGT no tiene dudas: alineada con el oficialismo desde antes de que este ensueño tomara forma, redobla su empeño tras la idea de un gran acuerdo nacional para respaldar a Fernández y descartar a su vice acorralada. El infantoizquierdismo socialdemócrata no registra todavía esta maniobra del gran capital, sigue y presumiblemente seguirá en cualquier caso con la estrategia de sumar votos en la próxima contienda electoral, sea cuando fuere. Los saltimbanquis del liberalismo farsesco, disfraz del fascismo irresuelto, repetirán denuncias y se alinearán a las órdenes de sus mandantes, si estos llegan a algún punto de acuerdo.

Mientras tanto, tasas de inflación desorbitadas sirven al gobierno y el gran capital para licuar salarios y, sobre todo, aminorar la deuda oficial en pesos, la cual está fuera de todo control y amenaza con la erupción de un volcán financiero.

 

En el umbral

En cualquier hipótesis, en el paréntesis histórico abierto hace dos décadas y ahora cercano a su fin, con o sin acontecimientos convulsivos, emergerá una realidad hoy invisible. La ciudadanía percibe la inminencia de esos cambios. En medio de un malestar generalizado, contiene el aliento a la espera de lo que supone fuera de su alcance.

Con un gobierno fragmentado, paralizado y cubriéndose de ridículo cada día, sin autoridad alguna, las incógnitas dominantes en el conjunto social aluden a lo inmediato. La burguesía oculta su plan estratégico. Las clases dominantes han perdido sus instrumentos para ejercer el poder -institucionalmente o por la fuerza cruda- y lo mismo ha ocurrido con los medios sindicales y políticos de que se valió la clase obrera para defender sus intereses inmediatos. Los de arriba tienen terror de una dinámica de anarquía generalizada. De hecho, la integridad misma del país está amenazada. Es obvio que en el transcurso de la crisis en curso se reconfigurarán los alineamientos de clase, el sistema de partidos y, sobre todo, la conformación social y la conducta de las clases y sectores componentes. Las coaliciones hoy trastabillantes se reformularán. Acaso surgirán nuevos partidos.

Como queda dicho, en la dramática coyuntura internacional definida por la crisis del capitalismo y la guerra entre la Otan y Rusia, el sector más poderoso de la clase dominante en Argentina ensaya una maniobra estratégica en su exclusivo beneficio. Puede hacerlo por la inexistencia de una clase obrera para sí, es decir consciente y organizada. Esta carencia define la tarea histórica a cumplir.

14 de mayo de 2022

@BilbaoL

Significado de la guerra en Ucrania

Autores de diferentes signo coinciden en afirmar que el mundo no será el mismo a partir de la guerra en curso entre Ucrania y Rusia. Quienes enfocan su análisis de esta manera, colocan cabeza abajo el fenómeno examinado: se ha desatado esta guerra porque desde hace al menos una década el mundo es cualitativamente diferente del anterior.

No es un retruécano. Esta guerra ocurre a causa del desarreglo provocado por el fin de Estados Unidos como mayor e inapelable potencia mundial, combinado con el colapso económico detonado en 2008 y hasta la fecha no resuelto. En Ucrania el mundo asiste a un combate por los mercados a escala planetaria.

China es el poder mundial que relega a Washington y hace actual la pesadilla imperial de quedar en un segundo lugar en la economía global. La suma de China y Rusia le hace perder a la Casa Blanca la superioridad militar. Rusia y China, pese a las diferencias que los separan, sumadas su proyección mercantil y su potencia bélica, acabaron ya con aquello que colocaba a Estados Unidos a la cabeza del mundo.

Estos cambios hacen al mundo actual radicalmente diferente del anterior y son la causa del conflicto bélico que hoy se desenvuelve en Ucrania, pero amenaza extenderse no sólo hacia el occidente europeo, sino también al extremo oriente, con los escarceos de guerra que Estados Unidos ensaya en torno a Taiwán.

La decadencia imperial está tras el accionar de Washington por acosar a Rusia desde los países limítrofes con el anillo atómico de la Otan (Organización del Tratado del Atlántico Norte). En esto nada tiene que ver la voluntad del presidente Joseph Biden. Es la lógica capitalista la que impone su dinámica.

Esa fuerza empujó a Rusia a la guerra. Le será muy onerosa, pero en términos de supervivencia nacional resultaba inevitable. De hecho lo es desde que la Otan se instaló en Polonia. Ya a fines del siglo XX, desde las páginas de la revista Crítica esta columna afirmó que ese paso significaba casus belli para Moscú. Lo sorprendente es que el Kremlin haya soportado tanto tiempo desde que en 1999 no sólo Varsovia, sino también la República Checa, Hungría, los tres países bálticos, más Bulgaria, Eslovaquia, Rumania y Eslovenia, se sumaron al dispositivo de guerra comandado por Estados Unidos. No es preciso repetir el número y los nombres de esos países para comprender su significado geopolítico y la intención estratégica de Estados Unidos.

En el plan de sobrevivir como gran hegemón, Washington pretende desmembrar Rusia, reducirla a su mínima expresión y someterla mediante un collar de ahorque atómico. De este modo neutralizaría al potencial aliado decisivo de China, antes de emprender contra ésta la batalla en gestación ahora mismo. Según ese plan, la disputa por los mercados podría darse en un escenario nuevamente favorable para el imperio dominante desde fines del siglo XIX. Una utopía. Propia de estrategas ganados por la irracionalidad del sistema capitalista.

Primera conclusión entonces: la disputa por los mercados y el espacio vital (una vez más el lebensraum) empuja al mundo hacia la guerra. El punto de partida, como queda dicho, es el intento estadounidense de rodear para posteriormente someter a Rusia. La demora de 15 años hasta que el Kremlin decidió usar la fuerza para recuperar su control sobre Crimea, y otros 7 años hasta ponerle freno a Estados Unidos en Ucrania, se explica por dos razones principales: necesidad de completar –mediante una abrupta transición capitalista- la recuperación del control interno en la Federación Rusa tras el derrumbe del Estado soviético; y la reticencia a pagar el inmenso costo de una guerra abierta con Estados Unidos antes de que éste estuviera lo suficientemente debilitado. No improvisan las autoridades rusas. Enseguida se volverá sobre este punto.

 

Falso pacifismo

Exasperan quienes desgarran sus vestiduras en hipócrita rechazo a esta guerra, al margen de las causas que la provocan. No hicieron lo mismo frente a las invasiones desatadas por Washington en los últimos veinte años, o a la masacre permanente de Israel contra Palestina. No se trata sólo de periodistas adocenados, incapaces de ensayar un pensamiento propio, alimentados por gacetillas y comunicaciones privadas de las embajadas de Estados Unidos e Israel. De esa fauna preponderante en la prensa comercial argentina no se puede esperar otra cosa. Pero el coro de fariseos con rango y función de intelectuales y cabezas políticas del poder, aunados para explicar la guerra por la supuesta locura de Vladimir Putin o su empeño en reconstruir el imperio zarista, indica que la degradación no sólo aqueja al Departamento de Estado. Arrasa también con escribas y hablistas reducidos al penoso papel de propagadores de la mentira y la ignorancia. En lugar de llevar claridad y conciencia a la sociedad, son vehículos de la irracionalidad y la confusión.

Un reconocido columnista estadounidense cifra esperanzas en el papel de Tik Tok contra el Kremlin. Es comprensible la apelación a este recurso después de haber visto y escuchado el discurso de Biden ya con la guerra iniciada en Ucrania. Pero es improbable que gente con formación y experiencia confíen en derrocar a Putin con Tik Tok (por caso, alguna luminaria argentina creyó que con este recurso el peronismo podría ganar las elecciones de medio término en noviembre último. Todavía no han recuperado el aliento). Por detrás de esa boutade está la creencia -ahora infundada- en la omnipotencia estadounidense. Y la inmensa irresponsabilidad de promover una confrontación entre Estados Unidos y Europa contra Rusia.

La guerra, en cualquier circunstancia, es un retroceso para la civilización, fuente de incalculable dolor, flagelo del que la humanidad debería liberarse para siempre. La pregunta es cómo hacerlo. Con certeza no es tarea para encomendar a la Casa Blanca, aunque así lo pretendan, guiados por las mencionadas gacetillas, periodistas que han descubierto al unísono que la opción es “Churchill o Chamberlain”. Aluden a la actitud adoptada en el pasado frente a la amenaza nazi: confrontación militar o negociación. Ya la comparación de Putin con Hitler, promovida por militantes sionistas con espacio en los medios, es mera propaganda de guerra. Pero el llamado a la intransigencia en defensa del títere en Ucrania -un impresentable humorista ubicado en el palacio de Kiev por Washington y Tel Aviv- equivale a impulsar la transformación de la confrontación actual en guerra atómica.

La presión mediática contra la negativa de Biden y la UE a enviar tropas a Ucrania derivó en el despacho de misiles, drones y armas pesadas a milicias fascistas ucranianas. Están alimentando esperpentos sanguinarios que en no mucho tiempo presentarán su factura. Putin respondió con la advertencia de eventual utilización de armas atómicas y la prevención a Finlandia y Suecia para que se abstengan de intentar sumarse a la Otan. Los gimientes pacifistas que por estas horas llaman a aplastar a las fuerzas armadas rusas, no sólo desconocen la historia. Niegan lo que tienen ante los ojos y se suman a la creciente irracionalidad belicista en el escenario internacional.

Es más que obvio que la prolongada espera de Moscú para responder militarmente al acoso de Washington finca en los dos factores señalados, cuyo anverso es también evidente: la guerra intercapitalista ya desatada no amenaza la estabilidad de Putin. En cambio, la prolongación del accionar militar o su extensión hacia Europa occidental, pondría en riesgo el sostenimiento del reconstituido Estado de la Federación Rusa y dejaría planteada la reversión de la transición rusa al capitalismo. Esta posibilidad vale tanto más para la propia Ucrania y constituye una amenaza diferente para Occidente.

Si las sanciones a multimillonarios rusos y el bloqueo a la economía sobre la que se apoya Putin tuvieran éxito, como livianamente dan por sentado los comentaristas alineados con Washington ¿cuál sería el único camino para las autoridades rusas frente a la desestabilización social que esto implicaría? ¿Cuál sería el rumbo de las masas trabajadoras y las juventudes en Rusia? ¿Y en Ucrania y los restantes países hoy bajo la órbita de la Otan? ¿Hasta qué punto apostará la burguesía imperial a la acefalía y la parálisis del movimiento obrero mundial?

Por cierto que esa eventual interrupción de la transición al capitalismo no ocurriría para regresar a la caricatura de socialismo vivida en la ex Unión Soviética y restantes países del hoy inexistente Pacto de Varsovia. La encrucijada histórica sólo tiene salida mediante un post-capitalismo cuya forma y contenido lo determinarán las futuras generaciones. En esa gestación de futuro participarán explotados y oprimidos de los propios países de mayor desarrollo capitalista. Y tendrá como base la propiedad colectiva de los medios de producción y cambio, inseparable de la democracia para gestionarlos.

La respuesta a estas incógnitas son tanto más relevantes cuando se consideran los efectos que la guerra y las sanciones de Washington y Bruselas descargarán sobre la economía global. “Tenemos que asegurarnos de no imponer sanciones que nosotros mismos no podríamos soportar”, dijo desde Estados Unidos Robert Habeck, ministro de Economía de Alemania. Al parecer menos enajenada, la clase dominante europea comprende que los hombres de gris del Departamento de Estado y los estrategas del Pentágono han puesto en marcha un mecanismo extremadamente peligroso.

 

Superioridad en un terreno clave

Si todo es negativo para el balance imperial, hay un punto en el que pueden considerarse, hasta el momento, victoriosos: la batalla informativa en la guerra por la opinión de la sociedad mundial.

El eficiente, arrollador operativo militar ruso, es presentado como débil desempeño de un ejército conducido por un demente asesino. Palabras como “psicópata”, “criminal”, “dictador”, reemplazan el análisis del conflicto y ocultan lo obvio: Rusia avanza según un plan que incluye la necesidad estratégica de reducir al mínimo posible la confrontación violenta con la población ucraniana. En 24 hs las tropas rusas llegaron a Kiev. Estados Unidos demoró 40 días para llegar a Bagdad cuando invadió Irak. La detención en la periferia fue presentada como resultado de la capacidad militar y “el heroísmo del pueblo ucraniano”. Nada más falso, como se verá en pocos días. Pero el manejo de la mentira sistemática es un terreno en el que Washington y sus innumerables aliados en la prensa internacional son imbatibles. No hay, como contrapartida, un sistema de información veraz de alcance mundial y con capacidad para conquistar a la audiencia con análisis de calidad suficiente. A comienzos de la Primera Guerra mundial el partido socialista alemán tenía cinco mil diarios (de aparición cotidiana). Desde hace décadas no tiene ninguno. El abandono de la prensa propia por parte de los partidos de masas en todo el mundo y el posterior debilitamiento extremo o desaparición de aquellas organizaciones, deja al mundo sin medios capacitados para informar y educar a las mayorías con base en la verdad de los hechos y la interpretación científica de las causas que los provocan. Cientos de millones de personas en el mundo buscan respuesta. Intuyen derivaciones gravísimas para su propio futuro. Pero están a merced de un sistema mediático profundamente corrompido.

En consecuencia, si bien para los propagandistas del capital es hoy imposible repetir el esquema de un adalid democrático con sede en Washington frente la encarnación de la maldad y la destrucción dictatorial instalada en Moscú, es un hecho fácilmente constatable que, sumergido en la confusión, predomina un sentimiento de temor que busca refugio en la propaganda estadounidense.

A esto se suma la reversión en la dinámica de convergencia antisistema que se imponía en América Latina a comienzos del siglo XXI y estimulaba la recomposición de fuerzas anticapitalistas en todo el mundo. Quienes en buena medida fueron responsables de ese retroceso histórico, ahora no atinan sino a alinearse contra Washington, lo cual es condición necesaria pero no suficiente para ganar la batalla ideológico-informativa. Con los acontecimientos ya desatados, resultará difícil cambiar el esquema mediático –en realidad, la estrategia política- impuesto durante el retroceso con base en la endeblez conceptual, la ausencia de formación científica para la transformación social y la primacía del pragmatismo del real-politiker pequeño burgués.

La obligada política de frente único antimperialista es inocua –y a mediano plazo negativa- si no está apoyada en una base material, que en este caso sería la consolidación de una definida estrategia anticapitalista, proyectada en un bloque latinoamericano con ese programa.

Explicar la naturaleza de esta guerra, defender la verdad y organizar a las víctimas de la opresión y la mentira, es la única manera de defender la paz.

2 de marzo de 2022

@BilbaoL