El presidente de Ecuador, Rafael Correa, denunció una campaña de desprestigio que la compañía estadounidense ´Chevron´ desarrolla contra su país. Luis Bilbao ofrece un análisis de la noticia.
Argentina y el mundo
Cuatro gobiernos europeos disculpándose ante Evo Morales y de cara al mundo son un hecho político contundente y una advertencia para los tiempos que vienen. También lo es la agresión del Departamento de Estado al calificar a Venezuela como país represivo y la respuesta de Nicolás Maduro, quien de inmediato suspendió las conversaciones apuntadas a normalizar las relaciones entre Washington y Caracas. Entre otros, estos hechos revelan una cambiante relación de fuerzas en el terreno internacional.
Tal vez por no registrar que vive en un mundo diferente al de una década atrás, el gobierno de Estados Unidos actuó como lo que ya no es: la potencia hegemónica inobjetable. Error costoso. Al insultar a Evo Morales afectó a toda América Latina y permitió que el Mercosur retomara una iniciativa basculante desde que, dos meses antes, Washington lograra articular la Alianza del Pacífico. En el zafarrancho la Casa Blanca arrastró a sus socios de la Unión Europea.
Los gobiernos de Francia, España, Italia y Portugal debieron pedir disculpas públicas a Evo Morales. Demoraron, mintieron como niños descubiertos tras romper una copa, zigzaguearon… pero acabaron doblegándose sin elegancia ante el presidente de Bolivia.
“Parece que hay un malentendido. Si lo hubo, si el presidente Evo Morales tuvo esa percepción, yo no tengo ningún inconveniente en pedir disculpas” balbuceó el canciller español José Manuel García Margallo, lejos de la conducta de un caballero peninsular. En la carta García lamentó “el proceder de (el embajador español en Viena) Alberto Carnero”, quien en la forzada escala de Viena intentó revisar el avión de Evo para verificar si a bordo se encontraba Edward Snowden.
Lo propio hizo el ministro de Exteriores de Portugal, Paulo Portas. Le expresó al canciller boliviano David Choquehuanca que su país se disculpaba, a fin de “contribuir a superar la tensión entre los países del Mercosur y los miembros de la Unión Europea”.
Como de costumbre Francia estuvo a la vanguardia: fue el primero en cerrar el espacio aéreo al avión de Morales y también en pedir disculpas, aunque el presidente François Hollande se demoró hasta el 21 de julio para retroceder en persona. “Francia lamenta de verdad este hecho y nunca tuvo el ánimo de ofender a Bolivia; nunca hubo intención de insultar al presidente boliviano”, dijo Hollande según el embajador Michel Pinard.
Evo fue magnánimo: “Aceptamos las disculpas de los cuatro países como un primer paso, porque queremos continuar con las relaciones de respeto entre nuestros países, las relaciones de complementariedad y solidaridad”.
En medio de una crisis económica que no cede, para la economía de la UE resultaba una amenaza demasiado gravosa el retiro de los embajadores dispuesto en la reunión del Mercosur ampliado. «¿Y después nos hablan de cumbres EU-AL (Europa – América Latina)? ¡A reaccionar Patria Grande!”, exclamó en twitter el presidente de Ecuador Rafael Correa al enterarse del episodio.
Detrás de la agresividad estadounidense
«El mundo en el umbral de un nuevo capítulo de la crisis económica», señaló América XXI en su edición de julio. Arreciaba en ese momento la propaganda según la cual la economía estadounidense estaba ya en plena expansión. Días después llegó el informe sobre la evolución del PIB en Estados Unidos para el primer trimestre: la previsión era un aumento del 2,4%; la realidad, 1,8%. «Hay una correspondencia directa entre agravamiento de la crisis capitalista y sistemática negación de los derechos y garantías individuales», afirmaba el mismo texto. También la hay entre la revelación del espionaje masivo practicado por Estados Unidos en todo el mundo y los agresivos pasos dados por la Casa Blanca, que en las semanas siguientes, directa e indirectamente, a través de sus aliados, sumó gestos de belicosidad extrema hacia todos los flancos.
La agresión a Evo estuvo enmarcada por el relanzamiento de la política de intervención en Siria, ostensible distanciamiento respecto de China, llamados telefónicos amenazadores a presidentes y ministros latinoamericanos para evitar la concesión de asilo a Snowden, una advertencia fuera de lugar y proporciones a Rusia por el mismo caso y el giro en redondo respecto de la distensión con Venezuela: del encuentro de los cancilleres de ambos países en Guatemala destinado a reiniciar relaciones diplomáticas plenas, a una gratuita acusación utilizada como provocación.
El Departamento de Estado utilizó a Samantha Power para dinamitar la balbuciente relación diplomática con Venezuela. Al presentarse ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado en el trámite de aprobación como embajadora ante la ONU, Power sostuvo que su trabajo incluirá “responder a la represión a la sociedad civil que se está produciendo en países como Cuba, Irán, Rusia y Venezuela”.
Estados Unidos está actuando como en los años 1980 frente a la Unión Soviética y sus aliados. En ese entonces ensayó la combinación de un discurso democrático (allí nació la noción actual de «derechos humanos», entendidos exclusivamente como garantías constitucionales) con la extrema agresividad de la llamada «guerra de las galaxias». Tuvo excelentes resultados para el capitalismo central. Pero los tiempos han cambiado: dos ciclos de agravamiento sistémico colocan a la economía mundial en un cuadro de fragilidad sin precedentes; mientras Estados Unidos, lejos de poder ser presentado una vez más como cuna de la democracia, se exhibe como motor del totalitarismo y la negación de las garantías individuales. La diferencia fundamental, sin embargo, reside en que los países del Alba no son equiparables a la ex Unión Soviética. En ellos prima la plena participación democrática de las mayorías. Y no sostienen una política de statu quo, sino la propuesta revolucionaria definida como «socialismo del siglo XXI». Ahora hay capacidad de respuesta frente a la estrategia yanqui.
Quedó comprobado con el conjunto de decisiones que obligaron a la retractación de Europa. Fue reafirmado con la réplica venezolana a la provocación estadounidense: “Yo repudio, rechazo en todas sus partes las destempladas, injustas y además agresivas declaraciones de la embajadora Samantha Power contra Venezuela. Y pido una rectificación inmediata del Gobierno de Estados Unidos por estas declaraciones infames”, dijo Maduro. Como esa rectificación no llegó en las horas siguientes, el presidente venezolano suspendió las conversaciones con el gobierno de Barack Obama: “Hasta que ustedes no respeten, no hablamos; hasta que ustedes no rectifiquen, no habrá punto de encuentro», anunció el mandatario. Días después Samantha Power fue confirmada como embajadora ante la ONU y ocupará el puesto de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad.
Maduro asumió en los hechos que el poder real en Washington no quiere restablecer relaciones con Venezuela. De hecho, necesita lo contrario. La Revolución Bolivariana es la vanguardia de un cambio muy profundo en América Latina. Una revolución de neto cuño antimperialista y estratégicamente anticapitalista. Washington quiere, necesita, chocar de frente con esta perspectiva: no sólo por lo que Venezuela implica en sí misma, sino porque se desarrolla en medio de la desestructuración del mecanismo capitalista y el debilitamiento del imperialismo en todos los órdenes, excepto el militar.
Librada precisamente a esa ventaja, la Casa Blanca apeló a su ultima ratio y amenazó a Rusia con «problemas de largo plazo», supuestamente para impedir que Vladimir Putin diera asilo a Snowden. Pero el célebre fugitivo de la CIA es una excusa en el deterioro de las relaciones entre las dos principales potencias atómicas del mundo, como lo es para la coacción estadounidense a Ecuador y la ruptura con Venezuela. No existía el caso Snowden cuando el Pentágono comenzó a establecer bases con misiles estratégicos en torno a Rusia. En esta dinámica irracional hay razones geopolíticas y por debajo hierve la crisis estructural de una economía que ni Estados Unidos ni la Unión Europea han conseguido resolver desde 2008 y ahora anuncia nuevos terremotos.
Desafío al Alba
Esta tensión creciente y las causas que la generan están en el centro de la reflexión y las decisiones que afrontan los presidentes de la Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América en su reunión de Guayaquil el 29 y 30 de julio, cuando estas páginas estarán en las rotativas.
En tanto presidente anfitrión, Correa lleva tres propuestas al cónclave: hacer un bloque para luchar contra los centros de arbitraje internacionales dependientes de intereses de las ricas multinacionales y no de los Estados; insistir en la reforma al sistema interamericano de derechos humanos, utilizado por Estados Unidos como ariete contra la rebelión suramericana; fortalecer la unión de todas las naciones integrantes.
Ya hubo un adelanto de tales definiciones en la reunión conmemorativa del 60 aniversario del asalto al cuartel Moncada, punto de partida de la Revolución Cubana. Con toda certeza Washington tomó buena cuenta de los discursos allí pronunciados por los presidentes de los países del Alba. En ellos también se percibe un cambio en las relaciones de fuerzas, que desde América Latina se proyecta al mundo entero.
sobre el caso snowden y la agresión norteamericana a venezuela
Luis Bilbao en entrevista con Eva Golinger
Aunque recién asumirá su cargo el 15 de agosto próximo, Horacio Cartes ya asumió una operación estratégica diseñada por Washington en función de una embestida imperialista contra América Latina. «Si asume Venezuela de nada servirá todo lo conversado», declaró el futuro mandatario. Más explícito fue el ministro de Relaciones Exteriores: “Paraguay no retornará al Mercosur si Venezuela asume la presidencia pro témpore” dijo José Fernández.
A nombre de la Casa Blanca las autoridades de Paraguay están operando como instrumento destinado a trabar la reunión del Mercosur el próximo viernes 12 en Montevideo. El plan consiste en potenciar los conflictos internos que aquejan al bloque. Para ello el Departamento de Estado utiliza a Cartes como palanca y, como punto de apoyo, la excusa de la presidencia pro tempore y el retorno pleno de Paraguay, tras la suspensión provocada por el golpe de Estado que un año atrás derrocó a Fernando Lugo.
Venezuela asumirá en el encuentro de la capital uruguaya el comando del Mercosur para los próximos seis meses. Con escaso sentido de la realidad, como si nada hubiese ocurrido, Cartes pretende que la reunión se aplace hasta después de su asunción y que él mismo sea elegido en lugar de Nicolás Maduro como presidente temporario. No es exceso de autoestima. Es la forma que encontró Washington para clavar una cuña en el organismo regional y, de paso, quitar obstáculos para la incorporación plena de Paraguay a la Alianza del Pacífico, criatura del imperialismo como alternativa estratégica a Unasur y Celac.
Está claro, sin embargo, que el objetivo de los estrategas imperialistas consiste en golpear a la Revolución Bolivariana. Todo lo que ocurre hoy, aquí y en cualquier latitud, se explica en última instancia por la necesidad del capitalismo de neutralizar y eventualmente aplastar una alternativa frente a la crisis que lo acosa. Para el Departamento de Estado es claro que ésta reside en el Alba, con Venezuela y su propuesta socialista a la vanguardia.
Formatear el Mercosur
Es presumible que Washington una vez más dé con los dientes contra la pared. No se trata de minimizar las barreras objetivas y subjetivas que en el último período han paralizado al Mercosur. Pero no es el momento más adecuado para que Estados Unidos se apunte una victoria. Ante todo, porque la presión incontenible de la crisis interna le quita al imperialismo cualquier margen de acción mutuamente beneficiosa frente a la las burguesías subordinadas. Además, el escándalo del espionaje masivo denunciado por Edward Snowden golpea de lleno al gobierno brasileño. San Pablo y otras capitales fueron utilizadas como eje para obtener información secreta en toda América del Sur. La NSA estadounidense no buscaba terroristas allí. Buscaba información sobre convenios económicos y transacciones empresarias de Brasil con sus vecinos. No sólo el gobierno de Dilma Rousseff y el PT tienen ahora menos incentivo para ser concesivos: la propia gran burguesía industrial paulista tiene claro ahora el tipo de relación planteada por Estados Unidos.
La guerra por los mercados, así como dificulta las relaciones entre las burguesías de la región y por esa vía empantana al Mercosur, contrapone ante todo los intereses del capital imperialista con los de sus socios-enemigos del Sur. Hay un sector no desdeñable de empresarios latinoamericanos dispuestos a someterse una vez más a las exigencias del Norte y abandonar la idea de disputar el mercado regional con las transnacionales asentadas en Estados Unidos y Europa. La avidez ciega ojos que, por lo demás, nunca se caracterizaron por la agudeza de su mirada. En mayor o menor grado estos sectores tienen, en cada país, capacidad de influenciar a sus gobiernos.
Allí reside la trabazón del Mercosur. Y el margen de acción de la Casa Blanca con su Cartes en la manga. Washington sabe que la presidencia de Venezuela puede imprimirle al bloque una energía diferente, capaz de revitalizarlo y replantearlo como un enemigo imbatible para la Alianza del Pacífico. Esto es tanto más así por cuanto Bolivia y Ecuador participarán de la cumbre en Montevideo y, presumiblemente, se incorporarán a pleno en esta instancia que, así, cambiaría de naturaleza y carácter. “El Mercosur se formatea o se muere”, decía hace años, palabra más o menos, el comandante Hugo Chávez, cuando culminaba el camino de incorporación de Venezuela al bloque, después postergado por acción del Senado paraguayo, en función de instrucciones directas de Washington.
La perspectiva planteada por esa expresión tan elocuente tomada del lenguaje cibernético, “formatear el Mercosur”, es lo que teme Washington. Con la incorporación de Bolivia y Ecuador y la presidencia de Venezuela, Brasil y Argentina podrían imprimir un nuevo impulso por el camino que a comienzos de la década diera lugar a la creación de Unasur y la Celac.
Tal parece que el presidente Nicolás Maduro confía enteramente en esa perspectiva. En una actividad especialmente destinada a imbuir al pueblo venezolano de las posibilidades planteadas por el Mercosur, el martes 9 explicó que este bloque apunta a «trascender lo económico, lo comercial, y va constituyéndose en un bloque social, en un bloque político, el Mercosur social, el Mercosur político». Se comprende la inquietud de Washington.
Los ojos de la región están puestos en los presidentes de Uruguay, de Brasil y Argentina. Sobre todo el accionar del titular saliente del bloque y anfitrión de la cumbre, José Mujica, puede facilitar la incorporación de Ecuador y Bolivia y dar un formidable impulso, de hecho un contraataque a la maniobra urdida por Washington con su Alianza del Pacífico. En tal hipótesis, es improbable que Paraguay lleve al extremo de romper con Mercosur. Se juega en estos días una batalla importante para el futuro suramericano.
Buenos Aires, 9 de julio de 2013
estado policial imperialista y crisis del capital
“Para la libertad
El mundo en el umbral de un nuevo capítulo de la crisis económica. Al compás de anunciadores temblores bursátiles en los centros financieros del planeta y nerviosos golpes de timón en los Bancos Centrales, aparecen denuncias espectaculares sobre formas contemporáneas de confrontación entre potencias y de los Estados imperialistas contra sus ciudadanos.
Espionaje masivo e intrusión sin límites en la vida privada de cada habitante. Más que nunca antes el capitalismo embiste contra toda y cualquier forma de libertad individual. Metamorfosis de democracia burguesa en Estado policial y de medidas heterodoxas en políticas clásicas de saneamiento capitalista.
Lo denuncian los propios grandes medios, atrapados en una contradicción sin salida: si llevan hasta el extremo la denuncia, acaban chocando de frente consigo mismos, puesto que forman parte inseparable del sistema.
Ése es el corolario de la denuncia de Edward Snowden, exhaustivamente informada en esta edición de América XXI: el capitalismo, bajo cuyo reinado la humanidad alcanzó cimas de garantías individuales más elevadas que en cualquier otro momento de la historia, en su agonía se vuelve obligadamente contra ellas y se transforma en negación absoluta de la libertad. Así, en esta fase histórica, defender derechos civiles y garantías democráticas equivale a luchar por el socialismo. Lo contrario obliga a participar en mayor o menor grado de la deriva totalitaria y represiva del sistema.
Así lo comprendió The New York Times, que como denuncia ahora el titular de WikiLeaks desde su encierro en la embajada ecuatoriana en Londres, Julian Assange, en su momento censuró miles de documentos y –para dar sólo un ejemplo– de un cable secreto de 62 páginas sobre los crímenes en Irak publicó unas pocas líneas irrelevantes.
Aunque de manera pasiva, el ciudadano común rechaza esa conducta periodística y le da la espalda. La encuestadora Gallup reveló que más del 77% de los estadounidenses desconfía de los medios de comunicación. Sólo el 23% tiene confianza en grandes diarios y en la televisión. La caída es sistemática: ese porcentaje fue del 25 en 2012 y del 28 en 2011. He allí uno de los factores del colapso económico de pilares supuestamente inconmovibles de la comunicación imperialista.
Pero no sólo el gran capital y la prensa que lo defiende están ante una encrucijada dramática. También quienes pretendemos abolir el mecanismo devenido trituradora de sus propias conquistas afrontamos un dilema no menos crudo y perentorio: cómo articular las fuerzas necesarias, en cada país y a escala mundial, para doblegar al gigante agónico que amenaza destruirlo todo en sus violentos estertores.
La crisis económica no se detiene
Hay una correspondencia directa entre agravamiento de la crisis capitalista y sistemática negación de los derechos y garantías individuales. Este es uno de los debates que atenazó a las izquierdas sinceras en los últimos tiempos: ¿se derrumba o no por su propia dinámica el capitalismo? No importa que Marx haya dado su conclusión científicamente fundada con impar claridad: sí, el derrumbe ocurre por la evolución lógica del propio mecanismo. Siempre hay espacio para el debate. Eso es sano y positivo, al menos cuando la contradicción proviene del estudio concienzudo, lo que no siempre ha sido el caso en los aludidos debates. Como sea, el mundo está ante la evidencia de una retrogradación sin precedentes, a menos que se prefiera sostener la idea de que Bush era simplemente un demente y Obama un traidor más.
No. Está claro que el problema no son los individuos ni los partidos a los que pertenecen. Es la lógica interna del sistema la que se impone sobre cualquiera de ellos y somete a la política a sus designios. Marx lo decía de otro modo y nunca será suficiente repetirlo: es la caída tendencial de la tasa de ganancia; la sobreproducción; la pugna feroz por los mercados y la necesidad inexorable de sanear el mecanis mo expulsando a miles de millones de personas y destruyendo la mercancía sobrante.
Por cierto, los portavoces del capital dicen lo contrario. Ben Bernanke, titular de la Reserva Federal, anunció días atrás que hacia fines de año Estados Unidos ingresará francamente en una fase de crecimiento, lo cual habilitará a la Fed para cambiar el recurso empleado hasta ahora para contener el tránsito de la recesión a la depresión, pomposamente denominado Quantitive Easing (QE). Se trata de la emisión descontrolada de bonos para aumentar la liquidez y postergar la inexorable llegada del momento en que el motor se engrana por falta de aceite. Hubo tres fases ya de esa política iniciada en medio del desmoronamiento de 2008, conocidas en la jerga como QE1, QE2 y QE3: tres momentos de una carrera demencial en la decisión de agregarle aceite usado a un motor que tose y se ahoga.
Con estadísticas groseramente falsificadas, las autoridades estadounidenses dicen que la desocupación bajó del 10 al 7% y que llegará al punto de equilibrio (6,5% según sus teorías) a comienzos de 2014. Allí, la Fed aumentará las tasas de interés, frenará la emisión de dinero ficticio y reiniciará, asegura Bernanke, la conducta monetaria “normal”.
Hay otra manera de explicar esto: tras cinco años de cavar zanjas con dinero del Estado (Keynes dixit), con todas las luces rojas encendidas es preciso retomar el dogma liberal (von Hayek dixit). Cunde la alarma en las cúpulas máximas de la gestión financiera. En la reunión de junio de la Fed, dos de los 10 miembros votaron contra la propuesta de Bernanke para sostener la QE. Simultáneamente, en Londres tres de los seis integrantes del Comité de Política Monetaria, responsable por la fijación de tasas en el Bank of England, votaron contra la intención de su gobernador, Mervin King, de incrementar la emisión. Esa inusual rebeldía y la certeza de que se aproxima un brusco golpe de timón en los Bancos Centrales imperialistas provocaron en las horas siguientes el barquinazo bursátil que invirtió la curva ficticia de subida de los índices en los últimos meses. No es arbitrario conectar esta dinámica y la estrategia del capital con el espionaje masivo de ciudadanos potencialmente sublevados contra los efectos del viraje. El Estado policial es la contracara obligada de la agudización de la crisis y del retorno al liberalismo tras un quinquenio de desesperación keynesiana. Cabe esperar que, en esta oportunidad, el facilismo no lleve a calificar la política de saneamiento capitalista como neoliberalismo y el activo mundial sea arrastrado una vez más a buscar respuesta en el fortalecimiento del Estado burgués.
La realidad es que muy lejos de avanzar hacia la estabilidad y el retorno del crecimiento, en Estados Unidos se afirma el estancamiento y aumenta la probabilidad de una franca caída económica. Esto se combina con la recesión hasta el momento irreversible en la Unión Europea, la brusca desaceleración de la economía china y un ostensible estancamiento de los hasta ayer salvadores Brics. Masivas e hipercombativas manifestaciones en Turquía y Brasil, por motivos aparentemente banales, son un termómetro de la temperatura real de la economía mundial. Los tres centros del capitalismo mundial, más China y los Brics, caminan por el borde de un abismo recesivo.
“Sangro, lucho, pervivo”
En ese punto está la humanidad. No ya en la periferia, sino en el centro mismo del capitalismo. El único punto a favor de los que mandan en medio de la tempestad es la ausencia política de su contraparte: las mayorías explotadas y oprimidas, las juventudes, munidas de una estrategia y un programa. No tienen, como Miguel Hernández cuando partió a la guerra y escribió herido su célebre poema, un objetivo nítido por el cual luchar.
La omisión permite no sólo dar por inexistente cualquier alternativa a las recetas de uno u otro signo para afrontar la crisis. También da lugar a la posibilidad de engaño colectivo. Eso ha venido ocurriendo desde el estallido global de 2008, tras el cual los medios de difusión anunciaron día tras día la solución del colapso, la recuperación, el retorno del crecimiento. Frente a las usinas de falsedades que alimentan a periodistas y analistas –por regla general ignorantes de la economía política como ciencia– no hubo ni hay un centro político capaz de analizar la extraordinaria complejidad de la crisis, explicar la naturaleza y dinámica de las medidas de salvataje y proponer un programa para la acción al alcance al menos de cientos de millones entre víctimas que se cuentan por miles de millones.
Ésa no es tarea de un individuo. Ni de un centro de estudios. Ni de un partido nacional. Por supuesto, tampoco es tarea de hablistas presuntuosos, convencidos de que basta conocer algunos fundamentos científicos de la economía política para pontificar respuestas frente a cualquier coyuntura, en cualquier latitud, sean cuales sean las condiciones específicas. El conocimiento minucioso de la realización de la crisis a escala global y en cada país, así como de las medidas del capital para sortearla (siempre al precio de agudizar su gravedad), pero sobre todo el trazado de una línea de acción alternativa, constituyen una tarea ciclópea que sólo una instancia internacional de máxima calificación en todos los terrenos podrá cumplir.
Con las revelaciones del espionaje masivo, sumadas a las acciones de guerra que el imperialismo ha emprendido en cada región del planeta, queda clara la naturaleza de la respuesta capitalista a este cuadro de degradación general.
Resta saber cuál será la habilidad para responder por parte de los contingentes de diversa condición y envergadura que, en cada rincón del mundo, buscan articular una respuesta en función de los intereses de las mayorías y en defensa de la humanidad. El punto de partida es que capitalismo y democracia son términos antitéticos, no ya en un sentido estratégico, como lo hemos defendido siempre, sin en términos actuales y concretos. No se podrá defender la democracia sin luchar franca y resueltamente por el socialismo.
Repítase: esa aseveración terminante es sólo un punto de partida, que sirve a nada si no se traduce en capacidad de aglutinamiento consciente de grandes masas enderezadas hacia la abolición del capitalismo. Por eso el punto de unión no es ideológico, sino programático, estratégico. Plasmado en organización. Gradual pero inequívocamente avanzando hacia un partido de masas, con la cohesión y la eficiencia suficientes para alcanzar y ejercer el poder. Esto no se hace con gestos ni maniobras, sean electorales o de cualquier otro género.
22 de junio de 2013
entrevista con luis bilbao
“Creen que la muerte de Hugo Chávez les da la oportunidad”
¿Qué evaluación hace Ud. de la decisión del Gobierno de Colombia de establecer un acuerdo con la Organización del Tratado del Atlántico Norte? ¿Es una “provocación” para la región como dijo el presidente de Bolivia, Evo Morales?
Es mucho más que una provocación. Es una línea de acción estratégica. En esta edición que acaba de salir de América XXI decimos en el título principal: “Obama pesca en el sur”. Esto fue escrito antes de la declaración de Juan Manuel Santos, pero después de la reunión en Cali para la conformación de la Alianza del Pacífico. Está claro que hay una línea de acción frontalmente contrapuesta con la idea de la Unión de Naciones de Suramérica (Unasur) y de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac). En cambio, la Alianza del Pacífico (México, Colombia, Perú, Chile y ahora Costa Rica) tiene todos los trazos de una continuidad del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (Alca) que se inició en 1994 y viene a romper -hay que ver si puede- la dinámica de convergencia en América Latina.
Hay un intento de rearticulación de los esquemas de libre comercio. No es seguro que esto vaya a tener éxito porque las posibilidades de un mercado común en el sentido liberal de la palabra está muy condicionada, como lo muestra hoy la Unión Europea.
¿En qué medida el nuevo acercamiento de Estados Unidos coincide con el declive del Alba y del Mercosur?
Estados Unidos evaluó que la muerte del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, abría la posibilidad de embestir contra la dinámica de convergencia que precisamente se había puesto en marcha bajo su presidencia en combinación con Brasil. Creo que Estados Unidos yerra su evaluación cuando piensa que hay un debilitamiento de la Revolución Bolivariana y, por tanto, también equivoca su evaluación cuando piensa que es posible revertir el proceso. Ahora, sin duda, Washington está intentando rearmar a sus aliados más firmes. El problema que queda abierto es cuán firmes son sus aliados más firmes y por cuánto tiempo van a durar.
¿Qué otros elementos observa usted que son parte de este nuevo esquema de poder?
En la reunión de la Alianza para el Pacífico estaba el presidente español, Mariano Rajoy, que además es presidente del Partido Popular (PP). Esta organización está intentando armar una ‘internacional parda’, como la llamamos nosotros, de corte fascista que ha tenido varias reuniones. No ha conseguido hacer pie, pero está buscando establecer un nuevo esquema político en la región. El tercer punto de apoyo de esta embestida estratégica sería entonces una internacional de carácter ultraderechista.
¿Cómo deben tratar los países de la región a esta nueva estrategia de rearticulación?
Hay dos planos. En el plano de los Gobiernos, estos tienen que superar las trabas que están frenando al Mercosur, impulsar mucho más a Unasur y perseverar en la articulación de la Celac, que es el proyecto más ambicioso. Pero hay un desafío que va mucho más allá de los gobiernos. Creo que los movimientos sociales y los partidos políticos comprometidos con los intereses de sus naciones y de sus pueblos tienen que articular sus propias fuerzas para poder actuar no solamente en función de Gobierno sino en función de movimientos de carácter antiimperialista, que empujen a las administraciones que vacilan o se suman a esta corriente reaccionaria que supone la Alianza del Pacífico.
¿Cómo juega Brasil en este contexto?
Esta línea de acción de Estados Unidos a través de la Alianza del Pacífico tiene tres objetivos muy claros. Uno es la Revolución Bolivariana y el Alba. El otro es Brasil. Estados Unidos está disputando el mercado latinoamericano, que el gigante de la región intenta hegemonizar. Y el tercer objetivo que se plantea la Alianza del Pacífico es frenar a China frente al mercado latinoamericano.
Hay, entonces, un despliegue estratégico complejo donde los actores juegan con intereses contradictorios. En el caso de Brasil, por un lado es el más afectado por esta estrategia y, por otro lado, como gran contraparte económica y política de Estados Unidos en América del Sur, negocia muchas veces en función de los intereses de sus capitales más concentrados, es decir, de la burguesía industrial paulista.
¿Cómo deben tratar los países de la región a esta nueva estrategia de rearticulación?
Hay dos planos. En el plano de los Gobiernos, estos tienen que superar las trabas que están frenando al Mercosur, impulsar mucho más a Unasur y perseverar en la articulación de la Celac, que es el proyecto más ambicioso. Pero hay un desafío que va mucho más allá de los gobiernos. Creo que los movimientos sociales y los partidos políticos comprometidos con los intereses de sus naciones y de sus pueblos tienen que articular sus propias fuerzas para poder actuar no solamente en función de Gobierno sino en función de movimientos de carácter antiimperialista, que empujen a las administraciones que vacilan o se suman a esta corriente reaccionaria que supone la Alianza del Pacífico.
¿Cómo juega Brasil en este contexto?
Esta línea de acción de Estados Unidos a través de la Alianza del Pacífico tiene tres objetivos muy claros. Uno es la Revolución Bolivariana y el Alba. El otro es Brasil. Estados Unidos está disputando el mercado latinoamericano, que el gigante de la región intenta hegemonizar. Y el tercer objetivo que se plantea la Alianza del Pacífico es frenar a China frente al mercado latinoamericano.
Hay, entonces, un despliegue estratégico complejo donde los actores juegan con intereses contradictorios. En el caso de Brasil, por un lado es el más afectado por esta estrategia y, por otro lado, como gran contraparte económica y política de Estados Unidos en América del Sur, negocia muchas veces en función de los intereses de sus capitales más concentrados, es decir, de la burguesía industrial paulista.
repetición de una entrevista televisiva a luis bilbao en 2010
Estados Unidos da un paso más en planes de agresión militar contra Venezuela
La oposición fascista que desde Caracas responde a los dictados de Washington compró 18 aviones de guerra en Estados Unidos. Es información segura: estos instrumentos de agresión aérea estarán en las siguientes coordenadas: P 11°25’31» y M72°7′, 46». Serán ubicados en una base militar de Estados Unidos ubicada en Colombia.
La oposición fascista que desde Caracas responde a los dictados de Washington compró 18 aviones de guerra en Estados Unidos.
Es información segura: estos instrumentos de agresión aérea estarán en las siguientes coordenadas: P 11°25’31» y M72°7′, 46».
Serán ubicados en una base militar de Estados Unidos ubicada en Colombia.
Hizo la denuncia un periodista que fue vicepresidente, canciller y ministro de Defensa de Venezuela: José Vicente Rangel (ver http://www.americaxxi.com.ve/notas/ver/jos-eacute-vicente-rangel-denunci-oacute-compra-de-aviones-de-guerra-para-agresi-oacute-n-contra-venezuela).
Una operación de este tipo estuvo a punto de desencadenarse en 2010. El presidente saliente Álvaro Uribe mintió afirmando que las Farc actuaban desde territorio venezolano y puso a ambos países a un milímetro de la guerra.
Ahora, está en curso una nueva escalada. Es útil chequear lo que decía públicamente el Director de América XXI en aquel momento y encadenarlo con el conversatorio que esta página publicó el sábado pasado (ver: http://www.luis-bilbao.com.ar/?p=3053).
conversatorio con luis bilbao
Alianza del Pacífico: Washington a la carga en América Latinadefiniciones y desplazamientos en el damero geopolítico
Alianza del Pacífico: Obama pesca en el Sur
Escalada: la constitución de la Alianza del Pacífico es sólo un movimiento más en el cambiante mapa regional. Desde abril a la fecha Barack Obama viajó a México y Costa Rica; Maduro a Uruguay, Argentina y Brasil, para enseguida partir a Ecuador y Bolivia; Joseph Biden estuvo en Colombia y Brasil; Xi Jinping llega en estos días a Trinidad y Tobago, Costa Rica y México. Una disputa feroz ocurre al compás de la agudización de la lucha por los mercados y los esfuerzos por detener la revolución de un lado y por afirmarla y proyectarla del otro.
Un cerco político-ideológico está tendiéndose contra Venezuela, el Alba y el proceso de convergencia latinoamericano-caribeño. El Departamento de Estado tiene tres objetivos prioritarios en la región:
• derrotar la Revolución Bolivariana y con ella al Alba;
• dividir el bloque económico latinoamericano por el cual trabajó Brasil en la última década;
• cerrar el paso a China en el mercado del Río Bravo a la Patagonia.
A tales fines sirve la nueva criatura de la Casa Blanca: la Alianza del Pacífico, puesta en marcha en 2011 por el entonces presidente de Perú Alan García. Patrocinado ahora por México, este bloque traza un eje con apoyo en Colombia, Perú y Chile y se proyecta en un plan de expansión a través de Costa Rica, Panamá y Paraguay.
“Es el nuevo motor económico y de desarrollo de América Latina y el Caribe”, declaró Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, al asumir la titularidad temporaria del bloque en la reunión realizada en Cali el pasado 23 de mayo.
Allí participaron en calidad de observadores el presidente de España Mariano Rajoy; el primer ministro de Canadá Stephen Harper; el presidente de Guatemala Otto Pérez Molina y el vicepresidente de Uruguay, Danilo Astori. También estuvieron presentes altos funcionarios de Nueva Zelandia, Australia y Japón. Como observadores fueron acreditados Ecuador, El Salvador, Francia, Honduras, Paraguay, Portugal y República Dominicana. Días antes, en su visita a Colombia, el vicepresidente estadounidense Joseph Biden declaró el interés de su país por integrarse al bloque como observador. Santos celebró la demanda y se comprometió a presentarla ante sus pares.
La Declaración final adelanta que “el 90% del universo arancelario tendrá arancel cero a la entrada en vigor del Acuerdo (el 30 de junio) y el 10% remanente se desgravará conforme lo acordado entre las Partes”. Señala también que Chile y Colombia acordaron compartir embajadas en Argelia y Marruecos, en tanto Perú y Colombia tendrán conjuntamente la embajada en Vietnam. Se estableció también, sin detalles, un Fondo de Cooperación. Esta inconsistente fusión del credo liberal con el discurso integracionista tiene un destino menos glorioso y más acelerado que el de la Unión Europea. No obstante, en la coyuntura sirve a los objetivos de la Casa Blanca.
Voceros oficiosos de la cumbre difundieron el propósito de sumar como miembros plenos a Paraguay y Uruguay, Honduras, El Salvador y República Dominicana. Santos no disimuló la intención de crear una contraparte regional frente a Brasil, Unasur y Mercosur: los organizadores entregaron a la prensa un resumen informativo donde se subraya que el nuevo bloque cuenta 210 millones de personas, 38% de la población de la región, frente a Brasil que con 195 millones de habitantes tiene el 35%, mientras que el Producto Interno Bruto (PIB) de los 4 países equivale al 35% de la región, en tanto Brasil representa el 45%. Una semana después Santos dio un paso más audaz: recibió en la Casa de Nariño al ultraderechista candidato derrotado en las recientes elecciones de Venezuela, Henrique Capriles, quien peregrina por la región buscando apoyo para desestabilizar al gobierno revolucionario. Biden estuvo también para eso en Colombia. Logró su objetivo táctico y, de paso, hasta puede torcer el rumbo de las negociaciones de paz entre Santos y las Farc: Estados Unidos necesita que la guerra continúe.
Golpear a Maduro
Aunque los centros imperiales están gravemente afectados por la crisis, con sus capacidades menguadas en todos los sentidos, la escalada iniciada tras la elección de Nicolás Maduro es una amenaza seria para las grandes conquistas alcanzadas en la región durante la última década. También para la Revolución Bolivariana.
Convulsionar la situación política y social, confundir y desmovilizar a las masas, mellar la unidad de las corrientes revolucionarias, debilitar a Maduro, son otros tantos objetivos inmediatos en la estrategia de Washington. Como ha ocurrido en otros momentos decisivos de la historia, no todas las tendencias del arco de izquierdas –y sus intelectuales– comprenden la magnitud del desafío y asumen la responsabilidad que les cabe.
Hugo Chávez murió en el preciso momento en que la Revolución Bolivariana debía atravesar el Rubicón y llevar la transición al socialismo hasta el punto de no retorno. Convencido de que la desaparición del líder dejaba huérfanas a las filas anticapitalistas y ofrecía la oportunidad por la que se esforzó sin éxito durante 15 años, Washington lanzó la contraofensiva general.
Por su parte, sin demorar un instante la Dirección Revolucionaria desplegó un enérgico esfuerzo interno e internacional. Mientras Barack Obama se desplazaba a México y Costa Rica, donde expondría sin tapujos su plan regional contrarrevolucionario con eje en Venezuela, Nicolás Maduro se abocó a reatar su relación con las masas a través del “Gobierno de calle”, reavivó Petrocaribe mediante una cumbre y nuevos acuerdos –que incluyen la incorporación de Guatemala y el retorno de Honduras– y realizó una gira por Uruguay, Argentina y Brasil.
Un duelo estratégico, reflejado de manera desigual en la prensa. Los medios comerciales empeñados en una furiosa campaña contra Maduro, multiplicando mentiras y calumnias respecto de la situación real de Venezuela. A mucha distancia, los órganos de difusión comprometidos con la Revolución, en marcada desventaja por capacidad de llegada y claridad de objetivos inmediatos.
América Latina como campo de combate
Para todos es claro que Estados Unidos procura recuperar terreno perdido durante la última década y media. No todos asumen que esta contraofensiva apunta a consolidar una opinión pública proclive a aceptar primero la desestabilización de Maduro y de seguido el inicio de acciones violentas al interior de Venezuela. Menos clara aún está la percepción de que Washington tiene en la mira a toda América Latina.
Una prueba de última hora: como parte de la escalada, en Argentina un oscuro fiscal hizo una presentación formal ante la justicia el 29 de mayo, denunciando un plan iraní para “exportar la revolución islámica” hacia América Latina. Según Alberto Nisman, fiscal general encargado del caso por la voladura de la mutual judía en Buenos Aires en 1994, Teherán habría emplazado “unidades de inteligencia y operación en Brasil, Paraguay, Uruguay, Chile, Colombia, Guyana, Trinidad y Tobago y Surinam”. Y esto no es, según el avispado fiscal, cosa del pasado. En su presentación Nisman asegura haber obtenido elementos de juicio suficientes para afirmar que “distintos pasos del plan criminal establecido por Irán podrían estar llevándose a cabo”. Nisman ha sido señalado, por periodistas de su propio entorno, como beneficiario de informes entregados por el Instituto para Inteligencia y Operaciones Especiales, más conocido por su sigla en hebreo: Mossad. Falta agregar que la principal base de operaciones del “Instituto” en la región está en Bogotá.
Nadie podría sorprenderse del otro dato importante descubierto por este creativo funcionario: según sus investigaciones el centro del esquema subversivo-terrorista para Norte, Centro y Sur América está… en Caracas.
Si la provocación coincide con la escalada general de Washington, la programación es antigua. El componente militar de esta encerrona comenzó hace tiempo con la reactivación de la IV Flota, luego el dispositivo bélico contra Venezuela a partir de siete bases en Colombia, seguido desde entonces con la multiplicación de bases no convencionales para reconocimiento y ataques puntuales mediante aviones no tripulados en toda la región. Y siempre la campaña mediática como parte esencial del plan de ataque. Todo complementado con un accionar diplomático minucioso, destinado a neutralizar y eventualmente cooptar las partes blandas del entramado político regional, mientras se anuda un esquema propio con aliados más firmes.
Se trata de una operación estratégica diseñada y sistemáticamente aplicada por la Casa Blanca desde el último tramo del gobierno de George W. Bush. Los golpes de Estado en Honduras y Paraguay son parte del plan. El G-20 es una pieza mayor en este ajedrez hemisférico.
Brasil en disputa
Desde los tiempos de Henry Kissinger la Casa Blanca considera a Brasil como punto decisivo de apoyo para su estrategia continental. Otra titular de la Secretaría de Estado, Condoleezza Rice, no sólo hizo su tesis de grado con el tema sino que, ya como ministra de Bush, tuvo oportunidad de comprobar el fracaso de todas sus cuidadas líneas de acción para seducir a Brasilia: con Fernando Henrique Cardoso primero, con Lula después, el gigante regional tomó por el camino de los intereses dominantes de la gran burguesía paulista y se lanzó a la conquista del mercado latinoamericano.
Speak softly and carry a big stick (habla suave y lleva un gran garrote) indica la sofisticada teoría política estadounidense. Joseph Biden llegó a Brasil una semana después del bautismo de la Alianza del Pacífico y se deshizo en lisonjas un tanto inapropiadas para el vicejefe del más poderoso imperio del mundo. El enviado de Obama explicó que “Ustedes demostraron una cosa que Estados Unidos cree: no es necesario escoger entre democracia y desarrollo”. Como buen político imperial, Biden desconoce la historia brasileña y pasa por alto el papel de la dictadura desde 1964 hasta 1984. En todo caso, no se privó de pasar el mensaje encomendado: “En América Latina, Colombia y Chile muestran un gran dinamismo económico” advirtió, oportunamente informado de que la economía brasileña atraviesa un alarmante período de estancamiento. Algún asesor le habrá acercado además datos recientemente publicados por la Comisión Económica para Latinoamérica y el Caribe (Cepal): los cuatro integrantes de la Alianza Pacífico crecieron en 2012 al 5%, en tanto el Mercosur registró un aumento medio del PIB del 2,9%. Más aún, el intercambio comercial del flamante vástago imperial aumentó un 1,3% en el mismo período en que en el Mercosur cayó 9,4%. Ése es un punto a favor de Washington: reaparecida la crisis estructural capitalista y sus efectos, sólo tienen respuesta aquellos gobiernos que, o bien están dispuestos y capaces de aplicar las medidas necesarias para el saneamiento del sistema, o bien están resueltos y armados para avanzar en la transición al socialismo.
Durante el empalagoso discurso de Biden un grupo de trabajadores petroleros parece haberse fijado más en el garrote. En consecuencia, enarboló pancartas explicándole que no era bienvenido. Por el contrario, la presidente Dilma Rousseff será recibida con plácemes en Washington el 23 de octubre, un mes antes de la reunión cumbre del G-20.
El dilema chino
En abril, dos meses antes de una gira de Xi Jinping por Trinidad y Tobago, Costa Rica y México, altos funcionarios chinos pidieron el status de observadores en la Alianza del Pacífico. No fueron invitados a la cumbre de Cali. Además de contrapeso frente a Brasil, este bloque debe operar como vallado contra la invasión de productos chinos en América Latina. La disputa feroz por los mercados es resultante obligada de la crisis estructural del sistema, traducida en sobreproducción y caída de la tasa de ganancia media para el capital. Y en este cuadro, mientras el coloso asiático registra un freno brusco en su crecimiento, se desenvuelve en paralelo la pugna estratégica por la primacía mundial entre el imperialismo en decadencia y la economía china en auge. Con todas las cartas jugadas a una repetición exitosa de su lucha contra la Unión Soviética, apuntada a la implosión y la disgregación, Washington aspira a que un proceso análogo impida que en la próxima década deba ceder el lugar de primera economía mundial.
Un factor cambia sin embargo el signo de la ecuación en la Alianza del Pacífico: el grado alcanzado por la crisis estructural del capitalismo. Aunque Obama y Biden no lo registren, las luchas interburguesas condicionan altamente la conducta de sus aliados más cercanos. No será suficiente la presión diplomática estadounidense para que sus cuatro aliados en este bloque eviten la tentación de utilizar también esa estructura para negociar con ventaja frente a las pretensiones de la Casa Blanca. Incluso si Santos, como indicaría su acatamiento a la imposición de Washington, pese al deterioro grave de las relaciones con Venezuela, se somete totalmente, no es esperable que a mediano plazo ocurra lo mismo con las burguesías de Chile y Perú, donde el gobierno de Ollanta Humala y el previsible retorno de Michelle Bachelet estarán compelidos por relaciones de fuerzas internas a tomar distancia de las urgencias estadounidenses. México será menos previsible: la crisis que le hace pagar su asociación con Estados Unidos se combinará con el desplazamiento interburgués plasmado por el retorno del PRI al gobierno.
La capacidad de seducción china frente a estas burguesías –a saber, compras de materias primas en elevadísimos volúmenes y precios– está llamada a torcer el rumbo y eventualmente llevar a la implosión de la Alianza del Pacífico, mientras Beijing define cómo actuará para resolver sus contradicciones internas y eludir la dinámica en la cual Washington ha puesto todas sus esperanzas. La volubilidad e inconsistencia de las burguesías cuyos gobiernos traducen directa o forzadamente sus necesidades inmediatas pesan también como factor de inestabilidad cuando se trata de seguir la voluntad imperial.
Venezuela sigue a la vanguardia
Al otro lado de estos ominosos indicios de fractura regional, en continuidad con la línea estratégica trazada por Chávez, la Dirección revolucionaria de Venezuela lleva a cabo el curso de acción necesario para neutralizarla. No sólo en el propósito de consolidar el poder interno y acelerar la transición: también –y acaso sobre todo– con el renovado impulso que Caracas está imprimiendo a Unasur y el vigoroso relanzamiento del Alba, anunciado con medidas de impacto por Maduro y Evo en Cochabamba el pasado 25 de mayo.
No obstante la incomprensión de ciertas fracciones de izquierdas, contra la presión negativa de partidos y gobiernos que en la región insisten en la necesidad de “disciplinar” a Maduro, la Revolución Bolivariana responde una vez más a la contraofensiva de Washington desde Mercosur, Unasur y Celac, con el Alba como punta de lanza para la transición conjunta al socialismo. Cada quién ocupará su lugar en el período histórico inaugurado ahora mismo, sin la presencia de Chávez pero con su legado más vigente incluso que en la década pasada.
luis bilbao, para hispan tv
Muere el dictador Videla