Internacional parda y macartismo

PorLBenAXXI

 

Hoy comienza en Rosario, Santa Fe, Argentina, una reunión organizada por la CIA como parte de una ofensiva múltiple contra la Revolución Bolivariana en Venezuela y las luchas en alza en toda América Latina. El siguiente artículo, publicado el sábado pasado, adelanta la significación estratégica de esta reunión.

 

Mucho más que un brote macartista, el ataque contra artistas definidos a favor de la Revolución Bolivariana es el signo de la marcha opositora hacia conductas nazi-fascistas.

Denominado a partir del senador estadounidense Joseph McCarthy, esta excrecencia política del capitalismo consistió en la persecución y represión en Estados Unidos a artistas, escritores, deportistas y periodistas en los años 1950, acusados de comunistas, en la mayoría de los casos sin fundamentos. La “Caza de Brujas” (que entre tantas obras daría lugar a la pieza de teatro Las Brujas de Salem, de Arthur Miller) alcanzó a tirios y troyanos. Y durante más de un quinquenio convirtió a la potencia emergente de la segunda Guerra Mundial en un país dominado por la delación y el oscurantismo, cuando ya el poderoso movimiento obrero había sido puesto en caja, tras un frustrado intento de consolidarse como partido de clase en torno a la organización sindical de los entonces poderosos gremios industriales.

Nazismo y fascismo surgieron luego de la primera guerra mundial, cuando tras la victoriosa Revolución Rusa en Europa los grandes partidos y sindicatos socialistas y comunistas amenazaban la continuidad del capitalismo. Ahogada en sangre la Revolución Española, la reacción avanzó por esa vía en el resto de Europa.

Aunque están conectados por una común definición represiva contra cualquier avance social frente al sistema capitalista, macartismo y nazi-fascismo se diferencian en algo sustancial: aquel opera desde una relación de fuerza favorable al sistema que defiende desde lo alto de una ideología totalitaria, en tanto éste aparece como recurso de última instancia de un orden social acosado por las masas, a las cuales el capital pretende responder también desde sectores de masas, buscando organizar las capas más pauperizadas, inarticuladas y carentes de conciencia, acompañadas por franjas de las clases medias.

Así ha sido hasta ahora en las experiencias históricas de revolución y contrarrevolución. Como todo en la Venezuela contemporánea, la originalidad del fenómeno exige una mirada propia y puntual.

Desde el año pasado se suceden aquí ataques contra cantantes, artistas y deportistas que osaron comprometerse con el proceso revolucionario en curso y con la figura del comandante Hugo Chávez. Pero la situación se agravó cuando un grupo de artistas se propuso recuperar el sindicato de artistas, conformó una plancha para tal fin y proclamó su apoyo a la campaña presidencial de Nicolás Maduro.

Desde entonces, arreció la campaña de calumnias por las así llamadas “redes sociales”, por lo general centradas en que tales alineamientos resultan de la paga de fuertes sumas a los involucrados. Hubo casos más graves en los que estos artistas recientemente alineados con la revolución fueron agredidos de palabra o de hecho en la calle.

El firme respaldo del gobierno a las víctimas de estos ataques y el peso social de las ideas y el plan de acción oficial acota la capacidad de acción de tales agresiones, aunque no les quita gravedad en la experiencia cotidiana de estos hombres y mujeres que, desde su lugar, han comprendido y asumido los desafíos de la hora histórica.

Dicho de otro modo: en tanto que expresión macartista, el fenómeno tiene una dimensión limitada. Pero es inexorable su metamorfosis en conductas nazi-fascistas crudas y duras, no ya contra artistas, sino contra las masas que impulsan la revolución.

 

Desde Washington y Madrid, para toda América Latina

Dada la probada potencia social, política y militar de la Revolución Bolivariana, la marcha de las clases dominantes hacia el fascismo no puede partir de Venezuela. Cabe insistir: el fascismo consiste en atacar a la revolución socialista desde un movimiento de masas, estructurado a fuerza de dinero y violencia en los sectores más desarticulados e inconscientes de la sociedad. Pero como en Venezuela el grueso de estos sectores ha adquirido una ostensible conciencia revolucionaria, traducida en organización a gran escala, y como la pequeña burguesía no puede llenar como fuerza de choque directa ese vacío, el imperialismo se esfuerza por poner en pie un movimiento fascista en toda América Latina, con la expectativa de aislar a Venezuela e intervenir desde allí en el cuadro local. Un adelanto de esa conducta es la utilización de paramilitares colombianos para lanzarlos a la acción en Venezuela.

A eso denominamos “Internacional parda”. Una organización fascista de alcance internacional, impulsada por Washington a través del Partido Popular de España y una troupe de figuras apuntaladas por los medios de difusión de masas.

No es una entelequia. Esta “Internacional fascista se reunirá entre el 8 y el 11 de abril en la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, en Argentina. Como mascarón de proa los organizadores –autodenominados “liberales”, para encubrir la metamorfosis que esa corriente de pensamiento histórico sufrió desde los años 1920- han contratado a escritores como Mario Vargas Llosa, periodistas de origen cubano públicamente asociados con la CIA, ministros y ex ministros latinoamericanos –por ejemplo Joaquín Lavin, chileno colaborador de la dictadura de Augusto Pinochet-, ex presidentes como el fascista español José María Aznar, o figuras como Marcel Granier, conocido en Venezuela, aunque en menesteres públicos diferentes al que ahora asume en el aquelarre de Rosario. Un instrumento clave para penetrar y financiar periodistas e intelectuales en América Latina es FAES (Fundación para el análisis y los estudios sociales) presidida por Aznar.

También participarán dirigentes de la estructura política encabezada por el jefe de gobierno de Buenos Aires, Mauricio Macri, quien en oportunidades anteriores actuó como anfitrión. Los preparativos de esta reunión para propagandizar las ideas del fascismo, tras la cual se oculta una verdadera acción conspirativa de dimensión continental, fueron acompañados por el gobernador de la provincia de Santa Fe y la alcaldesa de Rosario, ambos pertenecientes al Partido Socialista –asociado a la Internacional Socialdemócrata- cuya principal figura, Hermes Binner, declaró recientemente que el 7 de octubre, si hubiese debido votar en Venezuela, lo hubiera hecho por Capriles. Un contemporáneo de Friedrich Ebert, el socialdemócrata alemán responsable del asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg.

Lectores atentos podrán observar, antes y después de los días de esa reunión, una campaña sistemática contra Venezuela y los países del Alba. E incluso contra gobiernos que, aun distantes de estos, no están totalmente alineados con la Casa Blanca. Es presumible que en Venezuela esa escalada esté mechada con redoblados ataques contra los artistas incorporados a las filas de la Revolución. Tal capacidad de difusión global va acompañada por un enorme despliegue financiero: 15 fundaciones internacionales lubrican con dólares la participación de 250 invitados de todo el mundo.

La Internacional parda, inarticulada en toda su proyectada dimensión, limitada por ahora a la acción propagandística, es la respuesta política contra la radicalización creciente de las masas explotadas y oprimidas en el hemisferio. Es el complemento eventualmente lanzado a la acción, imprescindible para la panoplia político-militar dispuesta por Estados Unidos desde el Río Bravo a la Patagonia. Comprender esta estrategia imperialista y actuar en consecuencia es una exigencia de la hora.

 

El faro sigue alumbrando

PorLBenAXXI

 

Hay sorpresa y preocupación en Washington y en las clases dirigentes de la región. Así lo revelan el desconcierto en la cobertura de los grandes medios, las declaraciones vacilantes de sus líderes políticos y los textos erráticos de los analistas a su servicio. La movilización de masas provocada por la muerte de Hugo Chávez y su continuidad sin pausa desde el 5 de marzo son indicativas de una fuerza telúrica que mantiene a Venezuela como contraparte del imperialismo, en momentos en que se agudiza su crisis.

Mucho más que una holgada victoria, el clima político reinante en Venezuela augura una reafirmación revolucionaria de consecuencias más allá del 14 de abril. Con la muerte de Chávez no sólo no se frena la transición al socialismo: se acelera. Y muy probablemente se expandirá más allá de las fronteras.

Sorprende el vigor y la masividad de los actos a los que acude el presidente Nicolás Maduro. Pero impacta aún más la sintonía de las multitudes con el orador; el diálogo entre masa y dirigente y la invariable radicalización del discurso que resulta de ese intercambio. Maduro ha recibido el influjo poderoso de esos ríos rojos que lo envuelven todos los días, varias veces al día. Y ha logrado traducir esa fuerza en convicción de que continuará sin vacilación el camino señalado por Chávez. Tal certeza ha ganado el corazón de las mayorías, en todo caso seguras de su propio poder para garantizar el rumbo. El dolor se ha transmutado en confianza y determinación revolucionarias.

Ha calado muy hondo el legado de 14 años de gobierno, resumido en el Plan de la Patria, el programa de Hugo Chávez para transitar hacia el socialismo. Y comienza a verse que esto no ocurre sólo en Venezuela. Es perceptible que, a la manera de un Cid Campeador de estas tierras y estos tiempos, Chávez apronta batallas victoriosas a lo largo de América Latina desde el Cuartel de la Montaña, donde reposan sus restos. Esta radicalización espontánea coincide con el agravamiento de la crisis del sistema capitalista y el inicio de sus efectos en los países de economías subordinadas.

 

Repliegue táctico 

Aunque a su candidato Henrique Capriles le hace jugar por el momento el papel de alternativa a la Revolución Bolivariana, Washington ya asumió su derrota. Será una consideración táctica la que lo hará llegar a los comicios o indicará su retiro, con ataques al Consejo Nacional Electoral ya desplegados para justificarse ante la opinión internacional. Como sea, en pos de eludir el choque frontal con la marejada revolucionaria la Casa Blanca da un paso al costado y proyecta otras líneas de ataque.

El punto de preocupación de los estrategas del Departamento de Estado reside en la combinación de esta reafirmación interna e internacional de la Revolución Socialista Bolivariana con el inatajable agravamiento de la situación económica. El panorama económico internacional se agrava sin pausa. En la Unión Europea, con una perspectiva de crecimiento cero para 2013, cada día explota un eslabón de la corroída cadena del euro. Estados Unidos sortea con medidas inventadas día a día las amenazas del crack fiscal y la tendencia a la caída del giro económico, de todos modos prevaleciente.

Hay algo coyunturalmente más grave para los centros del poder mundial y sus socios del Sur: se avizora un ciclo de caída en los precios de las materias primas, con las consecuencias esperables en países que, aún con altos índices de suba del Producto Interno Bruto en los últimos años, no han cambiado su matriz productiva y están por completo dependientes de aquellos precios, a la vez que mantienen como espada de Damocles un gravoso endeudamiento externo.

Esa previsión alarmante tanto para Washington como para numerosas capitales del Sur se complementa con otra, más preocupante aún para ellos: según pronostican las consultoras del gran capital, la única materia prima que no proyecta una caída de precios es el petróleo. En suma: aunque la crisis penetrará por muchos resquicios, el corazón de la economía venezolana no latirá a menor ritmo y puede preverse que la transformación del sistema productivo en este país, más las medidas adoptadas con la moneda de cuenta del Alba, el Sucre, a la vez que protegerá a las economías de ese bloque de los duros golpes de la crisis en los países centrales, se convertirá en poderosa fuerza de atracción para los pueblos de la región. Si a esto se suma el hecho de que el estancamiento en muy bajos niveles del PIB ya ha llegado a Brasil y Argentina, mientras el resto de los países tiene como perspectiva una brusca retracción de sus economías, los efectos políticos de semejante dinámica son previsibles.

Por eso ahora el centro de atención de Washington no está tácticamente en Venezuela, sino en la necesidad de evitar que otros países de Unasur y Celac concurran a buscar soluciones aproximándose al Alba.

En esta coyuntura, doblemente negativa para el capital, el imperialismo articula y ya aplica una contraofensiva de largo alcance. Uno de los tentáculos de esa ofensiva es el paso dado con el reemplazo de Benedicto XVI por Francisco, el papa jesuita que desde su asunción no escatima gestos de demagogia, especialmente enderezados hacia América Latina. Como en los años 1980, es esperable una tenaza de Washington y el Vaticano para ahogar el desigual proceso de radicalización antimperialista verificado durante la última década en el hemisferio al Sur del Río Bravo.

El Departamento de Estado confía en que la crisis obligará a más de un gobierno en la región a abandonar gestos de soberanía e independencia y reemplazarlos por un rápido realineamiento con la Casa Blanca. La debilidad de alternativas antimperialistas consecuentes en esos mismos países, hacen a tales gobierno más permeables a las presiones imperiales y, en caso de resistencia, relativamente sencillo cambiarlos por alternativas de derecha.

Por esa vía, suponen, podrían aislar a Venezuela para después redireccionar su ofensiva centrándola en la Revolución Bolivariana.

No es pensable sin embargo que en el breve lapso hasta el 14 de abril, y mucho menos después, cuando se inaugure formalmente el período hasta 2019 encabezado por Nicolás Maduro, Venezuela se desentienda de esta encerrona estratégica programada por Washington. En la crítica coyuntura global, la ratificación de la política internacional trazada por Chávez permitirá avanzar como nunca hasta ahora en la estrategia de unidad antimperialista en toda la gradación que va del Movimiento No Alineado y el Grupo de los 15 hasta Unasur y Celac, con el Alba como núcleo duro con la propuesta de socialismo del siglo XXI, Venezuela como ejemplo para la transición acelerada y la multiplicación de instancias para que los pueblos y vanguardias puedan sumarse orgánicamente a la marcha. Sin misticismo, se puede asegurar que el Faro sigue alumbrando.

 

Luis Bilbao en entrevista con el Partido Socialismo y Libertad de Estados Unidos, 27 marzo 2013

PorGloria

 

¿Cómo considera la última declaración de Hugo Chávez, en diciembre de 2012, cuando dijo que iba a regresar inmediatamente a Cuba para más tratamiento médico?

 

A la luz de lo ocurrido posteriormente, está muy claro que el Comandante Chávez tenía un pronóstico negativo de su propia suerte inmediata. Entonces ahí se comportó como un genuino revolucionario, como un hombre de esa estirpe que parece extinguida: hombres y mujeres dispuestos a dar la vida por la tarea empeñada, la tarea revolucionaria.

Y él con muchísima frialdad programó su post-muerte. No hay muchas personas capaces de hacer eso. Y entre los muchos rasgos sobresalientes de Hugo Chávez está ese. Como digo, un verdadero Comandante. Porque hay mucha gente que se llama comandante, o jefe o dirigente, pero en la práctica, un verdadero dirigente revolucionario, aquel que  se traza un objetivo, sabe que tras ese objetivo se van a perder vidas, se van a malograr muchas situaciones individuales y sin embargo continua. Y ¿por qué continúa? Bueno, porque en primer lugar está dispuesto a dar su vida y malograr su suerte. Entonces él programó con muchísima precisión y yo creo, con un finísimo sentido de los equilibrios políticos, la fórmula que debía continuarlo en el gobierno. Y no es casualidad que haya puesto a Nicolás Maduro como su candidato, por muchas razones. Ya hay un partido en Venezuela. Hay un partido de masas. Y ese partido de masas justamente, por su condición de masas desde el origen, no podía así no ser heterogéneo, compuesto por muy diversas tendencias. Pero eso era clave, fue uno de los debates previos en el periodo preparatorio del partido, si debía ser un partido que se unificaba por una ideología o si se debía unificar por un programa, una estrategia y un plan de acción. Y privó esto último, porque justamente la gran tarea de ese partido era conseguir la unidad social y política de las grandes mayorías.

Y eso no se puede conseguir con unidad ideológica, y mucho menos si esa unidad ideológica es una definición de carácter marxista. Entonces a mí me tocaba defender en ese momento una posición que parecía sumamente contradictoria, incluso para muchos oportunistas. Porque yo con una definición netamente marxista, con la convicción de que el final del proceso revolucionario anticapitalista requiere de un partido de cuadros revolucionarios, yo sostenía que el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) no debía tener su punto de unidad en la ideología sino en el programa, en la estrategia y en un plan de acción concreta.

Entonces, un partido así, heterogéneo, compuesto por múltiples tendencias, pero incluso con ideologías diferentes en el interior, tenia el punto de unidad y de equilibrio, en el momento de su fundación la figura de Comandante Hugo Chávez.

Pero muerto él, como él se imaginó a sí mismo, se planteaba un problema muy grave. Si él dejaba la sucesión librada a la suerte, en este momento estaríamos en Venezuela en una situación extremadamente grave.

Hagamos un paréntesis. No es solamente porque se trata de un partido de masas y que no tiene como homogeneidad en sus cuadros y unidad ideológica. Conocemos la historia del Partido Comunista de la Unión Soviética que sí tenía unidad ideológica y la tenía muy sólida, muy firme, probablemente como nunca antes o después la tuvo un partido con aval de masas.

Y sin embargo cuando muere el principal líder, el hombre que por su pasado y por su presente constituía hasta el momento de su enfermedad el eje de la unidad del partido, aquél que era capaz de resolver las situaciones altamente conflictivas, que afrontaba los grandes desafíos de la Revolución Rusa, muerto él se desata la lucha de tendencias y termina en la degeneración completa, en la frustración completa, en la negación del Partido Comunista de la Unión Soviética, para transformarse en otra cosa que se llamó Partido Comunista de la Unión Soviética, pero no era lo mismo.

Entonces, no es fácil para los enemigos de la noción teórica de un partido de masas, que hemos ido afirmando en los últimos años, decir que las dificultades provienen del carácter del partido. En cualquier partido pasa una cosa así cuando muere su líder principal. Ahora, si en cualquier partido pasa eso, en el PSUV, había muchas más razones objetivas para que el problema fuera mayor, que los conflictos fueran mayor. De manera que Chávez mostró una gran lucidez, una mirada estratégica de verdadero conductor revolucionario y además, como decía antes, una condición de líder genuino, dispuesto a poner completamente en segundo lugar su situación y dar las indicaciones necesarias para garantizar la continuidad de la Revolución.

Y creo que lo consiguió. Yo acompaño esta Revolución desde su inicio mismo y he estado en todas las grandes concentraciones y movilizaciones que ha habido desde el año 1999. Nunca vi lo que estoy viendo en estos últimos 15 días. Esa consigna que espontáneamente surgió de la población, “Chávez no murió, se multiplicó”,  es exactamente descriptiva de la realidad. Hoy hay más movilización, hay más combatividad, hay más determinación en las masas que veo movilizándose cada día. La campaña electoral todavía no comenzó y las movilizaciones son, como digo, inéditas. Así que, por un lado la confirmación de que una medida adecuada de Chávez como es esta de designar al candidato que debía ser aceptado y que fue inmediatamente aceptado, esto también es un dato muy importante. No se ha demostrado ni una fisura en el Partido. Y no se ha demostrado ninguna fisura sin dejar de sostener la noción de partido múltiple, con muchas tendencias internas. De manera que yo creo que hay mucho para aprender en el mundo de lo qué está ocurriendo en Venezuela y de por qué está ocurriendo. Insisto básicamente en esas decisiones de Chávez que, concentrando todo el poder, desde 6 años atrás y sin ninguna necesidad aparente de ceder ese poder, lo que hizo fue entregarlo creciente, gradualmente, a organismos de masas de la población, los consejos comunales y construyendo un partido en el cual descentralizar y fortalecer el poder.

Como si hubiese previsto su cercano fin. Pero yo no creo que esto fuera la razón por la que él tomó esas decisiones, sino porque había desentrañado algo que a los teóricos marxistas durante décadas no les pudo entrar en la cabeza. Había desentrañado dos fenómenos: en primer lugar, la necesidad de un partido, contra todas las corrientes movimientistas, frentistas, que no comprenden la diferencia entre un frente, un movimiento, y un partido. Él se definió por la construcción de un partido, férreamente centralizado sobre la base de una amplísima democracia previa a la toma de grandes decisiones.

Todos los documentos axiales del partido fueron discutidos, como se discutió aquí la Constitución en 1999, es decir, por el conjunto de los afiliados; un proceso absolutamente extraordinario en el cual se preparaban documentos y esos documentos iban a las bases del partido. Desde ahí se discutían, luego se hacían congresos regionales, luego congresos nacionales. El congreso nacional fundacional del Partido duró tres meses. Y en esos meses, los congresistas, elegidos democráticamente. Siempre a ese “democráticamente” se le pueden poner bemoles, porque seguramente los hubo. Hubo maniobras de aparato, fraccionales, intentos de cooptación. Pero básicamente los iniciales casi 3 millones de afiliados del Partido, discutieron los documentos, los enmendaron. Esas enmiendas venían de a por cientos y había un equipo muy pequeño que conjugaba las enmiendas que venían de los Congresos, porque el congreso era un continuo, no era un congreso de tres días, era un continuo de mucho tiempo. Y ahí se fue forjando una plataforma conceptual en términos de partido, conceptual en términos del mundo en este que estamos viviendo, y conceptual en términos de la estrategia que debíamos tener. Todo esto lo discutieron casi 3 millones de personas durante muchos meses. Entonces esto cobró una fuerza singular que ahora estamos viendo, que ahora estamos viendo.

 

En diferentes comentarios que he escuchado leído se asegura que, aunque el proceso va hacia el socialismo, la sociedad y la economía, dicen muchos, es todavía predominante capitalista. Aunque ha habido varias fases de nacionalización de varias industrias y otras medidas económicas, como ven en el liderazgo la continuidad hacia el socialismo. ¿Cómo ve usted desencadenar ese proceso?

 

Nunca es fácil predecir. En primer lugar lo que hay que decir es que nadie, mucho menos en la dirección, puede ser que activistas de base crean que Venezuela es un país socialista, pero ningún miembro de la dirección confunde la realidad. Y la realidad es que Venezuela es un país capitalista, que ha iniciado la transición al socialismo. Las nacionalizaciones pueden ser un punto importante en la transición al socialismo, pueden no serlo. Pueden ser un punto en transición hacia cualquier otro destino. Lo hemos visto muchas veces y en muy distintos escenarios en América Latina y en el mundo. Entonces nadie se confunde al respecto lo de la realidad actual del país. La economía venezolana es una economía capitalista. Pero hay una determinación estratégica y una constante aplicación táctica de una política de transición. Una política de transición que, hay que decirlo, no tiene una teoría. Aquí, Gloria, tu sabes mis definiciones ideológicas de manera que cuando hago esta crítica, de alguna manera también estoy haciendo una autocrítica. Pero aquí ha fallado la teoría marxista en el sentido de los portadores de la teoría. Los hombres y mujeres que durante décadas han defendido la teoría marxista, en primer lugar demoraron mucho en comprender que había aquí una Revolución. En segundo lugar unas fracciones importantes que jamás lo entendieron hasta el día de hoy. Y en tercer lugar, aquellos que sí lo entendieron, no hicieron un esfuerzo a la medida de las circunstancias para contribuir con ese saber teórico que el marxismo lo da.

Y entonces, aquí se está haciendo una Revolución que va delante de la teoría. Y esto es una virtud extraordinaria por un lado y engendra, a su vez, una cantidad de riesgos. Porque del otro lado no hay un ente pasivo. Estados Unidos, y el imperialismo en general, la socialdemocracia, y ahora hasta el Vaticano, actúan, y actúan con un plan contrarrevolucionario para confundir, dividir, paralizar y eventualmente atacar.

 

Entonces, esta es la situación. Yo no tengo ninguna duda que en el próximo periodo se va a acelerar la transición. Ahora, la forma concreta, sería poco serio intentar preverla ahora. Porque la forma depende de una cantidad de factores. Y es correcto que nadie tenga un plan que, rigorosa, minuciosa, y obligadamente, va a seguir de antemano. La Revolución se hace sobre las relaciones de fuerzas que se van creando, y éstas van cambiando minuto a minuto, porque no son relaciones de fuerzas meramente nacionales sino internacionales. Entonces hacer cualquier planificación estricta, rigurosa, mecánica de una transición, carece de seriedad teórica en primer lugar, y carece de futuro político.

 

Sí, como lo que paso con la Revolución Cubana, que es la más cercana en Latinoamérica, la cual pudo derrocar el Estado y formar uno completamente nuevo. Cuba tuvo la ventaja, y también la Unión Soviética, de poder tomar medidas inmediatas con el respaldo de un nuevo Estado. La revolución comenzó de un modo completamente diferente. Lo que tenemos que hacer es apoyar el proceso y detener al imperialismo. 

Ahora, usted hablaba de la situación política del trabajador y movimiento laboral mundial.

 

Te decía hace un minuto que la teoría marxista va detrás de la acción revolucionaria. Este no es un defecto de la Revolución Bolivariana o un defecto de Venezuela: es una realidad mundial. Pero ese retraso -degeneración, podría llegar a decir, de la teoría marxista- no es algo que ocurre meramente en el campo de la teoría, sino que se corresponde con un retroceso muy profundo de la clase obrera internacional. En las últimas décadas -muchas décadas ya- los partidos comunistas y los partidos socialistas, se llamaran socialistas o socialdemócratas, abandonaron por completo su programa, cualquier definición anticapitalista, y cualquier práctica anticapitalista.

Peor aún los sindicatos. Los sindicatos han sufrido una profundísima degeneración que los ha convertido claramente en mecanismos de transmisión de las ideas y de las necesidades del capitalismo al conjunto de la clase obrera. Y para equilibrar mínimamente ese modo de vivir de los sindicatos, transmiten también las necesidades económicas de la clase trabajadora, o estrictamente laborales. Pero han abandonado por completo la idea de la emancipación del ser humano.

Entonces todo eso nosotros lo tenemos multiplicado en Venezuela porque en Venezuela hay una revolución. Y contrariamente a lo que se dice dogmáticamente, yo voy a poner un ejemplo muy preciso. Hace unos años se estatizó, se nacionalizó una empresa metalúrgica muy grande, Sidor, una siderúrgica, y los compañeros de distintas corrientes marxistas dijeron que esto era el resultado de la presión de la clase trabajadora sobre el gobierno, porque el gobierno supuestamente no había querido nacionalizarla pero la movilización de los trabajadores lo obligó al gobierno a estatizar esa empresa, que, entre paréntesis, era una empresa de capital argentino. No es exactamente así, porque ese capital argentino es un camuflaje del Vaticano, pero esa es otra historia en la que no vamos a entrar ahora.

Ahora, yo conozco muy de cerca ese proceso. Hubo, efectivamente durante tres meses, una movilización obrera en el complejo siderúrgico de Sidor. Pero esa movilización era por aumento del salario. Excluía absolutamente cualquier otra consigna que no fuera aumento del salario. Y en ese momento, cuando el movimiento sindical está chocando con su patronal; la patronal, muy firme, muy convencida además (probablemente asesorada por algún marxista muy inteligente) de que el gobierno de la Revolución Bolivariana podía no dar un aumento de salarios. Entonces, en un determinado momento, Chávez estatizó la empresa. Y deja estupefacta a la patronal de Sidor, y el gobierno argentino entre paréntesis, que la apoyaba.

Allí tenemos una prueba muy clara de que hay un retroceso enorme y eso es uno de los puntos débiles de la Revolución y yo diría que el más débil; el hecho de que el conjunto de la clase trabajadora no esté al nivel de lo que está ocurriendo con el conjunto del país. Esto es una anomalía histórica.

Nunca ha habido una revolución donde la conducción revolucionaria fuera tan despegada de la clase obrera. Muy cerca de otros sectores de la sociedad, pero no de la clase obrera y sobre todo, de la clase obrera industrial. Y esto tiene que ver con el retroceso general de la clase obrera en el mundo. Pero tiene que ver, yo diría, principalmente, con el papel nefasto que cumplen dos corrientes del marxismo.

Una es la corriente reformista. El Partido Comunista de Venezuela (PCV) se negó a Integrar el PSUV, y por tanto le negó toda la formación marxista que tienen muchos cuadros honestos, combativos, entregados del PCV. Pero además, el PCV mantiene en todos los terrenos una posición de freno al proceso revolucionario.

El Partido Comunista hizo un congreso especial cuando Chávez declaró el carácter socialista de la revolución en Venezuela para oponerse a esta definición, planteando que la revolución debía ser democrática y antiimperialista, pero no socialista. Esa es uno de los corrientes del marxismo que influye negativamente, frenando. Pero hay otras corrientes divididas en múltiples, pequeñas, ínfimas fracciones que mantienen la posición clásica del izquierdismo que condenaba Lenin.

Yo quiero recordar algo aquí, para los compañeros que en Estados Unidos no estén enterados y que todos debieran saber, porque la historia de la Revolución Rusa hay que estudiarla. Todos saben que en un determinado momento a Lenin le dieron un balazo en la cabeza. ¿Quién le dio el balazo en la cabeza a Lenin? ¿El imperialismo, el zarismo, el capitalismo? No. Los llamados Socialistas Revolucionarios, que eran una corriente de izquierda, supuestamente, que condenaba Lenin desde la izquierda.

Salvando las distancias porque nadie ha llegado a esos extremos, pasa lo mismo. Una incomprensión absoluta. En primer lugar, de algo que justamente fue el rasgo distintivo de Chávez, porque hay muchos rasgos singulares valiosísimos de Chávez, pero el principal era su visión internacional de la realidad nacional. Algo por lo cual los marxistas hemos luchado toda la vida, comprender la realidad nacional a partir de la visión de la situación internacional. Compañeros que se llaman internacionalistas y de cuya voluntad revolucionaria, de cuyo coraje e integridad personal yo no tengo ninguna duda, pero esos compañeros no comprenden el mundo en que viven. No comprenden que llevamos 3 años de crisis grave en los países centrales y no ha habido una huelga general. Y esa crisis se acrecienta cada día, golpea de manera brutal en términos económicos y sociales en conjunto a la población, y particularmente al movimiento obrero, a los trabajadores. Y sin embargo, no hay una reacción ni siquiera sindical.

Ese tipo de conductas sociales crea una relación de fuerzas al interior de cada país, pero también a nivel internacional. Si la Revolución Socialista de Venezuela rompiera determinados equilibrios sin tener la garantía de poder aunar su estrategia con la estrategia de los obreros del mundo, sería aplastada inmisericordemente por el imperialismo. Entonces, hay un grado de ceguera, en primer lugar, y de irresponsabilidad en segundo lugar, en estas organizaciones, que abruma y preocupa mucho. Y aquí volvemos al carácter del PSUV.

Ese partido que le da unidad social, es decir, que aúna, hoy tiene casi 8 millones de afiliados, aúna al conjunto de la sociedad oprimida y explotada, y le da unidad política porque esa unidad se traduce en un programa de acción política, se traduce en lecciones, se traduce en la lección de, no solamente los presidentes, sino de los diputados, de los gobernadores, de los alcaldes. Así va creando una relación de fuerzas completamente negativa frente al capital.

Pero naturalmente, tiene una cantidad de factores en pugna al interior. En pugna ideológica, pero también en pugna de intereses. Porque la clase trabajadora venezolana — y ahora empezamos a corregir esta definición —va dejando de lado, por una parte, a los sindicatos reformistas, a los partidos reformistas, y por otro, pone un margen a las fuerzas izquierdistas en el sentido leninista de la palabra.

Y entonces está adquiriendo nuevo peso. Pero detrás de esta fractura objetiva que había en el movimiento político hasta ahora, hasta los últimos dos años en Venezuela, lo que había era un carácter de aristocracia que supone, frente al resto de la sociedad oprimida, el ser obrero industrial en Venezuela. Los obreros industriales en Venezuela, que porcentualmente son muy pocos, son un élite del movimiento obrero porque son obreros petroleros que tienen muy buenos salarios, y son obreros de las grandes empresas metalúrgicas, que también tienen muy buenos salarios. Todo eso se ha ido homogeneizando, pero insisto en esto: toda esa tarea de homogeneización, de educación y de organización se hizo a pesar de las direcciones sindicales y políticas en el movimiento obrero.

 

Yo vi algo similar en Bolivia, en 2010 cuando fuimos allá, en defensa del gobierno de Evo Morales.Ccuando vi una manifestación de mineros en la calle,  les pregunté porque estaban en huelga, y dijeron que estaban enojados con Evo Morales, que había propuesta una pensión para la gente que nunca habían tenido pensión, taxistas y trabajadores domésticos. Y dijeron los mineros: ‘nosotros hemos trabajado por años contribuyendo a una pensión,  ¿por qué Evo Morales ahora comienza una para esta gente que nunca contribuyó? Es esa conciencia de élite.

 

Sí, pero además hay otra cosa.  En Bolivia, en el caso particular de Bolivia, la COB fue la gran vanguardia obrera latinoamericana. La COB llegó a formular uno de los programas más avanzado que ha tenido la clase obrera latinoamericana. Pero, justamente por un conjunto de factores, no puede ser simplemente atribuido a tal o cual dirección política o sindical, después de muchos años de combinación muy extraña pero muy eficiente entre el reformismo y el izquierdismo (en el sentido, insisto siempre, con el que Lenin usaba esta palabra, es decir, como enfermedad infantil del comunismo) destruyeron a esa organización.

Cuando empezó a producirse una revolución en Bolivia, ocurrió lo mismo que en Venezuela. Esa antigua vanguardia que ahora es más bien una aristocracia obrera, salvando las diferencias incluso en los dos países, no comprendieron la Revolución. Los ingresos de un obrero minero boliviano, y la forma de vida y la forma de trabajo no tienen comparación con un obrero petrolero en Venezuela y ni siquiera con un obrero de medio en Estados Unidos. Pero sin embargo en esa sociedad constituye esa élite. Entonces no pudieron comprender lo que estaba pasando, y no hubo ni siquiera grandes esfuerzos por parte de organizaciones de izquierda marxista para comprender ese fenómeno y acompañarlo.

Hay una frase o algunos párrafos del Manifiesto Comunista de Carlos Marx, aprovecho si me lo permites para decirle a todos los compañeros estadounidenses, trabajadores, estudiantes, que pueden estar viendo este video, que estudien el Manifiesto Comunista, que comiencen por el Manifiesto Comunista porque es un pequeño libro con un mundo dentro. Pero decía que hay un párrafo, algunos párrafos del Manifiesto Comunista que más o menos literalmente dice que el Partido Comunista no forma un partido aparte de la clase obrera, sino que en el momento expresa el futuro, y en el lugar expresa la totalidad. Esa es la diferencia de un partido comunista dentro de un partido obrero. Entonces, una verdadera vanguardia revolucionaria que no comprendiera lo que estaba pasando en Bolivia, cuando Evo Morales y el MAS ganan las elecciones, y comienzan un proceso de transformación, bueno, sencillamente no tienen nada que ver con esa tradición teórica que yo defiendo, que es la tradición que comienza con el Manifiesto Comunista del 1848.

Intervención: X Encuentro de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad.

Luis Bilbao participó del X Encuentro de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad. «Pensamiento y acción de HugoChávez”. Exposición sobre coyuntura mundial y tareas en el Hotel Alba Caracas.

Declaración

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significado del nuevo papado para américa latina

Vaticano, revolución y contrarrevolución

 

Tiene mucho de simbólico y poco de casualidad la coincidencia entre la muerte de Hugo Chávez y la renuncia de Joseph Ratzinger al trono vaticano, para ser reemplazado por un jesuita argentino, de reconocida militancia en la organización peronista de ultraderecha Guardia de Hierro, quien adoptó el nombre de Francisco.

Es extraño y por demás elocuente que un jesuita adopte su nombre papal en homenaje a Francisco de Asís, fundador de otra congregación. No hace falta ser experto religioso para medir la magnitud de esa decisión. La Orden Franciscana hace voto de pobreza, virtud hace tiempo olvidada por las cúpulas jesuitas. Francisco explicó la decisión en su alegada adhesión a “una iglesia pobre, para los pobres”.

Pobreza y obligada austeridad son realidades olvidadas que, como rayo, caen otra vez sobre los pueblos de Europa. En América Latina predominan como siempre, pero tras una fugaz esperanza de superación, amenazan agravamiento para millones. Un papa elitista y amante de la pompa, encerrado en delirios místicos con ropajes teóricos, como Ratzinger, no podía seguir en el trono. Las calamidades propias de la internacional vaticana y sus secciones nacionales (despilfarro, desfalcos, déficits siderales, todo en el marco de una cascada imparable de revelaciones acerca de pedofilia y otras perversiones, mientras el celibato no resiste más como exigencia canónica), cuentan sin duda en la necesidad de cambiar rostros, hábitos y conductas públicas de la alta jerarquía. No obstante, priva en esa exigencia la fuerza que por debajo corroe y voltea día a día las columnas del sistema global, entre las cuales sobresale la iglesia católica romana: la crisis del sistema capitalista y su contracara: el avance de la revolución.

Razones más que suficientes para reemplazar al papa. Como al parecer Dios no tomó cuenta de la urgencia, los cardenales y alguien más fueron en su ayuda. No es la primera vez, pero los tiempos han cambiado. En octubre de 1978, un mes después de haber sido designado papa, Juan Pablo I apareció muerto en su cuarto. Fundadas investigaciones –jamás desmentidas con pruebas– denunciaron el hecho como asesinato. Beneficiario individual de aquella operación, Karol Wojtyla (Juan Pablo II), polaco y asociado con el Opus Dei. El cerebro: Ratzinger; teólogo alemán empeñado en retrogradar el andamiaje teórico del catolicismo romano a la etapa previa a la Revolución Francesa (1). Hubo además una mano ejecutora.

Ahora, después de 35 años y dos curvas vertiginosas en la historia universal, el recambio oportuno se produjo por renuncia de Benedicto XVI, hecho sin precedentes en más de 600 años.

En el conjunto de factores conjugados para el recambio de Juan Pablo I y la renuncia de Benedicto XVI la fuerza determinante fue el Departamento de Estado estadounidense. No es ésta una afirmación ligera, llevada por una coyuntura política local o un impulso circunstancial. En agosto de 1989 publiqué un pequeño libro titulado CIA-Vaticano: Asociación ilícita (2), en el que ofrezco información probatoria de esa sociedad contra natura.

Jamás he pretendido ser un experto en cuestiones eclesiales, mucho menos religiosas. Desde mi interés por la economía y la política internacionales observo los movimientos del Estado Vaticano, del papa y las altas jerarquías eclesiales, con la misma actitud –y con inalterable consideración y respeto por los católicos sinceros– que aplico al seguimiento de los pasos de cualquier otro Estado o gobierno del mundo.

Si 25 años atrás me aboqué a ese tema fue porque en aquel momento, en medio de la contraofensiva global estratégica lanzada por el imperialismo para afrontar la crisis estructural del capitalismo, el Vaticano constituía una herramienta decisiva en dos puntos fundamentales del planeta: Europa del Este y América Latina. Más específicamente, Polonia en Europa, Nicaragua y Brasil en América. Es sabido el desenvolvimiento de los hechos desde entonces: derrumbe de la Unión Soviética, ahogo a sangre y fuego de la Revolución Sandinista, posterior recuperación de aquella gesta centroamericana al calor del nuevo auge de los pueblos en América Latina, encabezado por la Revolución Bolivariana de Venezuela. Detrás de ese telón, victoria cultural del ultraliberalismo, auge económico ficticio, seguidas de desagregación moral sin límites y reaparición volcánica de la crisis estructural del capitalismo.

Si ahora retorno al tema es porque, tras la arrolladora victoria de aquella ofensiva global estratégica y el breve período de aparente estabilidad y re-afianzamiento del capitalismo mundial, la crisis del sistema reapareció, con fuerza jamás vista, en los propios centros metropolitanos. Esa reaparición inesperada tanto en los centros dirigentes del poder mundial como en el conjunto de las izquierdas, con las excepciones que ya se verán, dio lugar al desplazamiento del epicentro de la revolución mundial hacia América Latina, lo cual conjuntamente con otros factores de la economía y la política internacionales debilitó como nunca antes al imperialismo estadounidense como centro inapelable del poder mundial. Y en ese cuadro, acompañado por una coyuntura de espasmódica crisis y debilitamiento de la iglesia vaticana, se produjo la renuncia de Joseph Ratzinger y la entronización de un obispo argentino y jesuita.

 

Individuo e institución

Es preciso despejar un punto que hoy desvía la mirada: antecedentes y rasgos individuales de Jorge Bergoglio, papa desde el 13 de marzo.

Después de la fumata blanca, desde Argentina aparecieron denuncias sobre la participación activa de Bergoglio en la represión de la dictadura entre 1976 y 1982. Se lo acusó de ser responsable del secuestro de dos sacerdotes de su orden e incluso de haber estado en los lugares secretos de detención. También sin demora estas denuncias fueron negadas por personas reconocidas por su compromiso en la defensa de los derechos civiles durante la dictadura, como Adolfo Pérez Esquivel, quien en aquel período recibió el premio Nobel de la Paz. Por cierto ese premio no garantiza nada (notorios criminales lo ostentan), pero sí la conducta de Pérez y otros que como él han negado los cargos contra Bergoglio.

Contrario sensu, no todas las voces acusadoras tienen la respetabilidad suficiente para hacer valer su palabra. De modo que, hasta que nuevos datos llevaren a un cambio de juicio, esos avales eximen al papa de crímenes aberrantes que, en la medida en que en Argentina el catolicismo es religión de Estado, constituirían crímenes de lesa humanidad. 

Defensores y detractores de Bergoglio tienen en común algo más poderoso que sus ruidosas diferencias: unos cargan contra el individuo y escamotean el papel de la institución; otros lo protegen… para rescatar la institución.
Así las cosas y contra los fuegos de artificio, el tema no es Bergoglio sino el aparato eclesial. Es un hecho reconocido que la jerarquía católica, acompañada por el entonces nuncio (embajador) del Vaticano en Buenos Aires, Pio Laghi, respaldó a la dictadura y colaboró con ella, al punto de ceder una propiedad en el Delta del Paraná para que funcionara allí un campo secreto de detención. Bergoglio era por entonces la máxima autoridad jesuita en Argentina, donde miembros de esa congregación habían sido punta de lanza de la Teología de la Liberación, corriente católica cuyo desmantelamiento, también a sangre y fuego, fue uno de los objetivos por los cuales Juan Pablo II fue entronizado a costa de la vida de su antecesor.

Conviene refrescar el cuadro de época: el citado CIA-Vaticano registraba en 1989: “El 23 de agosto de 1982 Wojtyla otorgó a la Obra (Opus Dei) el rango de prelatura personal (diócesis sin territorio). De este modo Opus Dei se liberó de todo lazo de sujeción o control por parte de los obispados o, lo que es lo mismo, obtuvo carta franca para llevar a cabo sus empresas con plena independencia de las jerarquías nacionales y con la obligación de responder sólo ante el sumo pontífice (…) Al mismo tiempo que elevaba el status –y cedía más poder– a Opus Dei, el papa suspendía a la Orden de los Jesuitas, comprometida con la Teología de la Liberación y reemplazaba a su superior general, Pedro Arrupe, por otro escogido por él mismo. Así Opus Dei logró su doble objetivo de sentar en el trono papal a un hombre con idénticas posiciones ideológicas a las suyas y situarse como institución en un puesto apropiado para lanzar en todos los planos la ofensiva final contra la Teología de la Liberación”. Entre otros muchos terrenos, Opus Dei y jesuitas se disputaron con uñas y dientes la primacía en los medios de comunicación. El texto dedicaba un capítulo a explicar la condición de Opus Dei como aparato representativo del gran capital, industrial y financiero, controlado por la CIA, introducido como cuña irrefrenable en la estructura vaticana. Es en ese contexto que Bergoglio actuó en Buenos Aires, bajo la dictadura –cribada de miembros de Opus Dei, para comenzar el célebre ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz– y según su propia convicción frontalmente opuesta a los “sacerdotes del Tercer Mundo”.

 

La mano amiga

No es casualidad que Opus Dei pierda ahora la primacía y lo haga en favor del sector al que se impuso en los años posteriores a 1978, la orden de los jesuitas, ya depurada de su ala radical de izquierda. Con origen en España y manejando los hilos financieros desde Italia, Opus Dei sufre la suerte de la economía y la política en esos dos países, que no es sino la expresión del vuelco operado en todo el mundo tras el colapso de 2008, que en Estados Unidos llevó a la derrota republicana y la asunción de Barack Obama quien, dicho sea de paso, se apresuró a enviar un caluroso y fraternal saludo a Bergoglio, a quien llamó “el primer papa americano”. El reemplazo de la “prelatura personal” de Escrivá Balaguer por la orden creada por Ignacio de Loyola equivale al reemplazo en la conducción vaticana de banqueros por curas que trabajan en villas; dibuja la curva de caída del capitalismo central y del predominio de una política anticrisis. Así, la agónica situación del capitalismo central explica la necesidad de apelar a un miembro de la Compañía de Jesús, concebida por su fundador como ejército combatiente, para conducir el “poder espiritual” en la cúpula del capitalismo mundial.

Eso no significa un repliegue político del imperialismo, aunque al menos en términos teóricos el debilitamiento relativo de Estados Unidos se hará sentir también en ese terreno, dándole a Francisco un margen de maniobra mayor para enfrentar a Washington en más de un terreno, siempre girando en torno a temas fundamentales para el ultraconservadurismo jesuítico de Bergoglio, empeñado en acabar con el legado liberal de la Revolución Francesa. Por lo que se puede prever a partir de textos suyos y gestos posteriores a su elección, tras ese objetivo Francisco no vacilará en buscar apoyo en la potente dinámica de convergencia latinoamericano-caribeña, para negociar desde allí en mejores términos con la Casa Blanca. La reivindicación del concepto de Patria Grande por parte de Bergoglio (3) ha llevado al estado de éxtasis a algunos exponentes del llamado “marxismo nacional”, ha dado vuelta en cuestión de horas la oposición frontal de funcionarios argentinos que lo atacaron desmesuradamente cuando se conoció su designación y producirá riesgosos zigzagueos y violentos giros en más de una fuerza política en América Latina. Con certeza, se verá en acto al jesuitismo, forma pragmática, aviesa, pero implacable en sus objetivos, en torno a la necesidad estratégica de acabar con la revolución al Sur del Río Bravo, pero adosándose a la fuerza hoy predominante en los pueblos de la región. Puede esperarse un papa disfrazado de Chávez, tal como en la Venezuela de hoy lo hace Henrique Capriles Radonsky, quien contra toda lógica pretende copiar el discurso del líder bolivariano (de paso: Capriles integró las filas del Tradición familia y Propiedad, otra de las organizaciones que obran como tentáculos de la CIA al interior del Vaticano. Las restantes son la ya citada Opus Dei, Comunión y Liberación y la Orden Militar Soberana de Malta. Por caso, esta última ya puso a uno de los suyos como secretario privado de Francisco).

Aun en los previsibles momentos de tensión y aparente choque que vendrán a no muy largo plazo, el camuflaje demagógico de Bergoglio es un riesgo para las fuerzas revolucionarias pero no distanciará al Vaticano de Estados Unidos en la cuestión que interesa: la contrarrevolución en América Latina.

El Departamento de Estado, es decir, de la estrategia estadounidense, pesará sobremanera en el curso del próximo papado. No es éste el lugar para detallar los pasos que terminaron en la elección de Bergoglio con más de 90 votos sobre 115 cardenales. Baste decir que el articulador principal del bloque en favor del cardenal argentino fue su homólogo de Nueva York, Timothy Dolan. Tanto la prensa italiana como la estadounidense coinciden en señalar que, a partir de los 11 votos estadounidenses en el cónclave, Dolan tuvo un papel decisivo en la tarea de convicción sobre prelados de América Latina, África, Asia y Europa, para que finalmente una sólida mayoría votara a favor de Bergoglio. Con escasa sutileza, The New York Times subraya que lo único que le faltó a Dolan fue ungirse él mismo en el trono de Pedro, para inmediatamente señalar que su papel en la próxima administración vaticana será de sobresaliente gravitación.
Ahora bien: ¿cuáles son los puntos de acuerdos y cuáles los desacuerdos entre el Vaticano y Washington?

Aquí sí importa, y mucho, la biografía de Bergoglio. Desde el peronismo sui generis de Guardia de Hierro, en los años de alzamiento revolucionario en Argentina, cuando una poderosa corriente de sacerdotes identificados con las causas populares y la lucha contra el imperialismo y el capitalismo, resueltos al combate por el socialismo, crecía al interior de la iglesia y de su congregación en toda América Latina, el entonces principal jesuita en su país optó por la decisión central del Vaticano –conducido entonces por Opus Dei a través de Wojtyla– y con una u otra conducta individual respecto de secuestros y asesinatos puntuales, no sólo avaló aquella ofensiva contrarrevolucionaria sino que su accionar redundó en una escalada sistemática en la jerarquía eclesial que lo llevó hasta la cima.

No sólo los jesuitas, sino el conjunto de la iglesia romana –con excepción de Opus Dei y sus áreas de influencia– condenan sin atenuantes el curso adoptado en el último siglo por las sociedades liberales. No sólo el conjunto de la iglesia romana, sino la Compañía de Jesús, hoy monolítica, defienden el capitalismo, al cual están integrados económica, política y culturalmente. La alianza cada vez más íntima en las últimas décadas entre el socialcristianismo y su eterna enemiga, la socialdemocracia, Lucifer liberal, confirman en la política y el sindicalismo mundiales cuál es el verdadero enemigo de quienquiera ocupe el trono de Pedro. La contradicción entre liberalismo y oscurantismo medieval se resuelve siempre y fatalmente por un frente único entre la Casa Blanca y la Basílica de San Pedro; entre CIA y Vaticano, para enfrentar las fuerzas revolucionarias en cualquier punto del planeta.

 

Por qué argentino

Todo indicaba en los días previos al cónclave de cardenales que el nuevo papa provendría del continente americano. Pero los candidatos principales eran el canadiense Marc Ouellet y el brasileño Odilo Scherer. Al menos en público, nadie daba un centavo por la elección de un argentino.

Hay una causa interna que hacía necesaria la elección de un americano, más específicamente latinoamericano. Desde que el Vaticano, en funesta alianza con la CIA, se embarcó en la operación contrarrevolucionaria que doblegó a Nicaragua y exterminó en la región a los sacerdotes del Tercer Mundo, la iglesia romana perdió más de un cuarto de sus feligreses. Y se trata del bastión mundial del catolicismo. De modo que, así como en los años 1970 la cúpula vaticana debía empeñarse en la masacre contrarrevolucionaria por razones de sobrevivencia, ahora debe hacerlo en sentido inverso, aprovechando la emergencia de numerosas corrientes y líderes políticos que afirman la posibilidad de realizar una “revolución” que no conmueva las bases del sistema capitalista. La condición de jesuita de Francisco y sus alegadas dotes intelectuales lo habilitan para ese delicado juego estratégico. Su adopción franciscana le abre camino a la base social en disputa.

Ésa es, no obstante, una causa subordinada. La tónica de este movimiento estratégico en escala mayor la pone Estados Unidos, aliado en este punto con la Unión Europea y todos los regímenes empeñados en evitar que la crisis en curso desemboque en la revolución socialista.

Existen conflictos sociales, políticos y militares de magnitud en cada punto del planeta, constantemente agravados por la marcha ininterrumpida hacia el derrumbe en los países centrales. Pero la vanguardia de la respuesta socialista se desplazó a América Latina. Esta visión geopolítica, resistida a derecha e izquierda hasta no hace mucho, es ahora prácticamente común a todas las corrientes del pensamiento.

Washington necesita frenar primero y destruir después la vanguardia de esa vanguardia: la Revolución Bolivariana de Venezuela. No es una simplificación entonces afirmar que Francisco está en Roma para contribuir desde la trinchera eclesial en la batalla estratégica contra Venezuela. Los estrategas del Departamento de Estado parecieron en los últimos meses convencidos de que la muerte de Hugo Chávez permitía irrumpir en el entramado de las fuerzas revolucionarias para lograr su objetivo. Por eso, tampoco es desatinado pensar que la coincidencia entre la muerte de Chávez y la renuncia de Ratzinger no es casual. Quienes aludan a la condición milenaria de la iglesia, deberán considerar que su crisis interna es potencialmente letal. Y evaluar hasta qué punto, en el mar de dificultades que atraviesa, el Vaticano es realmente impermeable a las decisiones de la Casa Blanca. Ante el gesto escandalizado de presumibles vaticanólogos, sólo puedo decir que, sin el recurso de explicar el fenómeno atribuyéndolo a un designio divino, apelo al análisis de los hechos y su encadenamiento. El tiempo dirá si la hipótesis tiene o no asidero.

Es posible que a la luz de la formidable, inédita manifestación de masas que provocó en Venezuela la muerte de Chávez, aquellos estrategas de la contrarrevolución hayan corregido su apreciación y desechen ya su idea de una inminente caída de la Revolución. Pero insistirán en dos puntos: dividir las fuerzas revolucionarias en Venezuela; forzar el aislamiento de este país en la región. Si eventualmente la táctica en el plano interno tuviese algún grado de éxito, podría abrir la brecha por la cual el imperialismo entrase con su devastadora fuerza contrarrevolucionaria. Dado que ya está probado que los intentos divisionistas han fracasado una y otra vez, es presumible que Francisco será tomado por Washington como una herramienta salvadora. Al interior de Venezuela esto es difícil, porque el socialcristianismo (aquí también aunado con la socialdemocracia) está en el nadir del desprestigio. Y lo mismo vale para la jerarquía eclesial local, reconocida por las masas como golpista y por eso repudiada.

Otra consideración merece la táctica del debilitamiento en los apoyos de Venezuela en la región. Y allí es donde aparece Argentina. Sea por el abrazo asfixiante que, mientras se redactan estas líneas, Francisco ha comenzado a practicar sobre el gobierno argentino, sea por el hecho de que el actual elenco oficial afronta enormes dificultades y en el cuadro actual está descartada la posibilidad de reelección de la presidente Cristina Fernández, es pensable que a corto o mediano plazo Argentina pueda ser desplazada hacia un bloque enfrentado con la revolución en marcha en Bolivia, Ecuador, Venezuela y otros países del Caribe, a los que se suman naturalmente Nicaragua y Cuba. Baste recordar que días atrás el candidato socialdemócrata Hermes Binner, preguntado acerca de si en Venezuela hubiera votado en octubre último por Chávez o Capriles, respondió sin vacilar que su opción era Capriles. Es presumible en Argentina una amplia coalición electoral para 2015 que tenga como eje de reagrupamiento la estrategia latinoamericana de Estados Unidos, ahora asumida explícitamente por el papa Bergoglio en su ataque a las revoluciones en curso, al regalarle a Fernández un libro con documentos del Celam donde se condena el “avance de diversas formas de regresión autoritaria por vía democrática que, en ciertas ocasiones, derivan en regímenes de neto corte neopopulista”. Firma el Consejo Episcopal Latinoamericano; redacta la CIA.

En un libro publicado en 2007 sostuve que Argentina es una clave regional, aunque en el actual período histórico lo es por su debilidad, no por su fuerza (4). Su peso específico en América Latina, su nivel de desarrollo, los altos parámetros de experiencia y combatividad de obreros y estudiantes en términos históricos, no obstante sumidos en una coyuntura de confusión, desorganización y total parálisis, ubican al país como fiel de un delicado equilibrio continental, pasible de presiones y políticas extremas desde los dos extremos de la batalla estratégica.

Desde el año 2000, cuando comenzó el proceso de convergencia desigual pero generalizado en América Latina, Argentina ha navegado a dos aguas. La resultante de esa marcha ambigua estuvo determinada por el fenómeno general: concordancia latinoamericana en detrimento de los intereses imperialistas. Para ninguno de los países que han sostenido una conducta regional igualmente ambigua e igualmente en colisión con la hegemonía estadounidense, es posible mantener esa posición de manera indefinida. Pero en Argentina los plazos son más cortos. Es un rasgo de aguda inteligencia táctica y osadía estratégica el que han demostrado los gestores de la operación que dio como resultado la elección de Bergoglio.

Ahora cabe a las fuerzas revolucionarias genuinas en América Latina demostrar si están o no a la altura de tamaño desafío. Esto vale también para millares de católicos, sacerdotes y seglares, que ante una reedición del giro contrarrevolucionario de los años 1970/80, aunque a la inversa en su forma, están ante la opción de seguir sometidos a las órdenes de Roma o acometer un cisma revolucionario, antimperialista y anticapitalista.
La unidad de revolucionarios cristianos, marxistas, o militantes de cualquier otra religión, sólo tiene futuro sobre esas bases. Ése es el ejemplo de la Revolución Bolivariana de Venezuela, a emular en todo el continente, desde Alaska a la Patagonia.

 

19 de marzo de 2013

 

Referencias

(1) Véase si no la encíclica Spe Salvi, redactada por Benedicto XVI:
«hay un texto de san Gregorio Nacianceno que puede ser muy iluminador. Dice que en el mismo momento en que los Magos, guiados por la estrella, adoraron al nuevo rey, Cristo, llegó el fin para la astrología, porque desde entonces las estrellas giran según la órbita establecida por Cristo. En efecto, en esta escena se invierte la concepción del mundo de entonces que, de modo diverso, también hoy está nuevamente en auge. No son los elementos del cosmos, la leyes de la materia, lo que en definitiva gobierna el mundo y el hombre, sino que es un Dios personal quien gobierna las estrellas, es decir, el universo; la última instancia no son las leyes de la materia y de la evolución, sino la razón, la voluntad, el amor: una Persona».

(2) Luis Bilbao; CIA-Vaticano: Asociación Ilícita. Editorial Búsqueda, Buenos Aires, agosto de 1989.

(3) “América Latina puede y tiene que confrontarse, desde sus propios intereses e ideales, con las exigencias y retos de la globalización y los nuevos escenarios de la dramática convivencia mundial. A la vez, América Latina necesita explorar, con buena dosis de realismo pragmático – impuesto también por su propia vulnerabilidad y escasos márgenes de maniobra – nuevos paradigmas de desarrollo que sean capaces de suscitar una gama programática de acciones, un crecimiento económico autosostenido, significativo y persistente; un combate contra la pobreza y por mayor equidad en una región que cuenta con el lamentable primado de las mayores desigualdades sociales en todo el planeta”. Jorge Bergoglio, prólogo a Una apuesta por América Latina de Guzmán Carriquiry, Buenos Aires, Sudamericana, 2005.

(4) Luis Bilbao; Argentina como clave regional. Búsqueda Editorial; Buenos Aires, mayo de 2007.

 

 

Chávez, geoestrategia y revolución

PorLBenAXXI

 

No fue a causa del accionar de un individuo que en la última década el damero internacional sufrió un drástico vuelco. Fuerzas desatadas por la lógica interna del capital movilizaron cambios de tal magnitud que, en el fugaz lapso de una década, dibujaron un nuevo mapa geopolítico, todavía no cabalmente interpretado, en el cual Estados Unidos ha perdido su antiguo lugar de centro del equilibrio planetario y jefe inapelable en las cuestiones esenciales de la economía, la política y la guerra.

No fue a causa del accionar de un individuo, claro. Sin embargo, la intuición profunda de ese cambio en ciernes y la voluntad de intervenir con un programa y una estrategia capaces de orientar la coyuntura histórica hacia la consolidación de un mundo a la medida de las necesidades humanas, fue el rasgo distintivo de Hugo Chávez. Y puede asegurarse que su papel no sólo pesó de manera determinante en el curso inicial de esos cambios, sino que trascenderá en los períodos por venir. Nadie como Chávez entrevió la dinámica que desagrega el poder imperial y al imperialismo mismo, ni actuó con la lucidez y el coraje necesarios para ubicarse como fuerza dirigente. Por eso Venezuela está hoy en el centro del escenario mundial.

Honrosa responsabilidad para el gobierno que en pocas semanas presidirá Nicolás Maduro. Carga histórica para los trabajadores y el pueblo de un país relativamente pequeño, con escasa población, de economía todavía subdesarrollada y dependiente, que sin embargo pesa y pesará con fuerza multiplicada en el futuro de las relaciones de fuerzas internacionales y en diseño del mundo que viene.

Como ocurriera en el siglo XIX en el hemisferio por influjo de Bolívar, pero en mayor dimensión todavía, Venezuela gravitará en este siglo XXI a escala global. Tal el resultado de la política internacional de Hugo Chávez en los últimos quince años.

 

Práctica y teoría

 

Pocos comprendieron y menos acompañaron el itinerario por el cual Chávez lograría esa intervención fulminante. La clave puede hallarse en un concepto central, dos instrumentos transnacionales y una impar energía acompañada del coraje político imprescindible para romper con la diplomacia capitalista.

Antes de entrar en eso, un paréntesis necesario: la causa por la que pocos, específicamente en el arco de izquierdas, comprendieron a Chávez y lo acompañaron, está asociada con un hecho tan resonante como olvidado. En 1920, el Segundo Congreso de la IIIª Internacional hizo algo para muchos todavía hoy desconocido: cambió la consigna central con la que Marx y Engels trazaron el rumbo estratégico de la Iª Internacional: «Proletarios del mundo uníos». Presidida por Lenin y Trotsky la Internacional Comunista reemplazó ese grito de guerra por otro: «Proletarios y pueblos oprimidos del mundo, uníos». Era, nada menos, la incorporación de la noción de países sometidos a las metrópolis del capital y el concepto de frente único antimperialista.

Poco importa si Chávez había estudiado o no aquellos documentos claves en la historia del pensamiento revolucionario. El hecho es que se guió por esa estrategia: unir en todos los planos y en todo el orbe, a todo el amplísimo espectro de clases, sectores y gobiernos de una manera u otra confrontados con el imperialismo.

Aparte su inigualada militancia internacional (está todavía por trazarse el mapa de los innumerables viajes realizados en estos quince años), Chávez apeló a dos instrumentos transnacionales: uno para chocar de frente con él: Alca; el otro para construirlo desde la nada: Alba.

Recuerdo como si hubiese ocurrido ayer la rueda de prensa final de la Conferencia de presidentes del Caribe, el 13 de diciembre de 2001. En su transcurso, Chávez anunció la creación de una organización cuya sigla, dijo, había concebido mirando el horizonte marino en la madrugada de ese día: Alba. Mientras desgranaba esos conceptos, intuí que esa propuesta de formidable proyección estratégica pero carente de toda articulación real, era un llamado apasionado al mundo para comprender y actuar. Sólo un presidente respondió: Fidel. En los años siguientes muchas veces Chávez narró, con su conocido sentido del humor, la anécdota que pinta de manera inequívoca la realidad de entonces: «al día siguiente -contaba Chávez- Fidel me mandó una cartica pidiendo que le enviara los documentos del Alba. ¡¿Qué documentos?! ¡¡No había nada!!». El hecho es que poco después, Cuba y Venezuela fundaban la Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América, inicialmente llamada Alternativa Bolivariana para los pueblos de nuestra América.

 

Contra el Alca

Antes de eso, ya Chávez había comenzado la batalla crucial contra el Alca. Y lo había hecho, desde mediados de 2000, en frente único con un presidente ajeno al curso revolucionario ya en marcha en Venezuela: el brasileño Fernando Henrique Cardoso, quien actuaba en función de los intereses de la gran burguesía paulista, pero inequívocamente enfrentado con Estados Unidos y su plan de activar la Asociación de Libre Comercio de las Américas, Alca.

Una cita propia de un texto publicado en abril de 2001 puede traer a la actualidad el clima de entonces:

«Las causas de fondo por las cuales la gran industria brasileña se opone a levantar toda restricción aduanera en el continente son demasiado obvias; no es preciso ser especialista para comprenderlo: «desde el punto de vista de las exportaciones, la industria brasileña corre el serio riesgo de perder participación en el mercado interno, el producto brasileño tendrá que enfrentar la competencia extranjera, que puede ser mejor y más barato que el nacional», reconoce O Estado de São Paulo (4/4/01) el más poderoso diario brasileño (…) lo cierto es que (Cardoso) invitó a una reunión de urgencia en Brasilia al presidente venezolano Hugo Chávez, quien como era de esperar no dudó en cambiar de inmediato su agenda para acudir a lo que sería su octavo encuentro con Cardoso desde que asumió la presidencia en 1999 (…) la conformación del eje Brasilia-Caracas dejará su impronta incluso si el ‘jeito mineiro’ (las vacilaciones de las cúpulas gubernamentales brasileños), impiden que en torno a él comience a girar un bloque confrontado con las imperativas urgencias de Washington». Este artículo, publicado en Le Monde diplomatique, se continuó con otro cuyo título es suficiente para informar al lector: «El bloque Brasil-Venezuela impide la anticipación del Alca».

Con esa argamasa paciente e incansablemente trabajada, Chávez llegó, ya con otros protagonistas en la región, a asestar el golpe más duro y trascendental que Estados Unidos sufrió en términos estratégicos desde la derrota en Vietnam: el aplastamiento del Alca, en la célebre reunión de Mar del Plata, en 2005. Él, su concepción hondamente arraigada -explícita o no- de la consigna «Proletarios y pueblos oprimidos del mundo, uníos», fue el artífice de esta crucial derrota estratégica del imperialismo. Esos mismos conceptos lo guiarían para dedicarle enormes esfuerzos al Grupo de los 15, la reactivación de la Opep, el Movimiento No Alineados, Petrocaribe y cuanta instancia internacional ofrecía el más mínimo resquicio para sumar fuerzas contra el enemigo imperial fuera y dentro de Venezuela.

 

El Alba

Aquella política avanzó en un salto cualitativo con la creación del Alba y la sucesiva incorporación de países, que en 2008 llegarían a la creación del Sucre, palanca fundamental de ese proyecto, que desborda y eventualmente debe plasmar en un nuevo diseño del sistema financiero internacional. Mientras tanto, en Venezuela tomaban cuerpo los instrumentos estratégicos de la revolución: Consejos Comunales y, clave de todo, el Partido Socialista Unido de Venezuela. Una antigua sentencia asegura que la política internacional de un país es la prolongación de su política interna. Desde 1998 Venezuela permite invertir esa noción: el plan de acción internacional de Hugo Chávez y las nuevas relaciones de fuerzas regionales e internacionales a que dio lugar, permitieron e impulsaron la radicalización revolucionaria de la política interna.

Mientras impulsaba la consolidación y crecimiento del Alba, Chávez forzó (es necesario entenderlo literalmente) la transformación de Comunidad Suramericana de Naciones en Unión de Naciones Suramericanas. No era simple ni principalmente su gusto por armar siglas: es que la distancia entre comunidad para la integración y unión para la emancipación debía ser salvada, al menos desde el nombre. Luego fue la Celac, conquista real y potencial de efectos potencialmente trascendentales. Y la incorporación de Venezuela al Mercosur. El ingreso de una fuerza anticapitalista a otras tantas instancias donde predomina la mezquindad capitalista y por eso se frenan o desvían constantemente, constituye una piedra de toque en la estrategia de frente antimperialista y vitaliza estructuras a menudo paralizadas y agónicas.

Por eso el Alba está en el centro de esa estrategia: la definición por el socialismo del siglo XXI es la clave de una unión que, en dependencia de la lucidez y el coraje de sus componentes, eventualmente plasmará en formas de unidad superiores, en el camino de la reivindicación efectiva de la Nación Latinoamericano-caribeña, dando así el paso decisivo en confederación socialista de nuestros países. El camino quedó trazado por Chávez.

 

La Internacional

Pero esto, con ser tanto, no es todo. Chávez siempre subrayó la diferencia entre unidad de gobiernos y unidad de los pueblos. Amarradas sus manos por un momento histórico que le obligaba a avanzar primero y principalmente a través de formas diversas de frente único antimperialista con los más dispare gobiernos y gobernantes, llegó en un punto a intentar darle carnadura real al único instrumento que puede hacer realidad la consigna «Proletarios y pueblos oprimidos del mundo, uníos». Y fue así que convocó el 21 de noviembre de 2009 a la construcción de la Vª Internacional.

Es paradójico que habiendo avanzado tanto en el terreno donde lidiaba con jefes de Estado que recelaban de él y ponían una piedra a cada paso, no tuviera la posibilidad de ganar terreno allí donde los convocados eran partidos de izquierda, organizaciones sociales, militantes y cuadros revolucionarios. Paradojal y elocuente: el hombre que rescató del olvido y el oprobio conceptos cruciales como Revolución, Socialismo, Partido, Internacional, no fue comprendido por quienes en teoría debían estar por delante del comandante. Le pasó lo mismo en su primer paso decisivo hacia la revolución y la gloria: en el levantamiento de 1992 por regla general las izquierdas lo dejaron solo en Venezuela y el mundo. Es también elocuente que, pese a eso, Chávez, acompañado e impulsado por millones, produjera el hecho más relevante en el último medio siglo: el renacimiento del socialismo.

Ocurrirá lo mismo en el porvenir próximo: los hombres y mujeres que sí comprendieron y acompañaron a Chávez, tomarán su bandera y la llevarán adelante, hacia el futuro, hacia la emancipación de América Latina y la humanidad toda. No hay grandilocuencia ni pizca de misticismo en esto: el camarada muerto es un hacedor de historia porque sintió las necesidades más hondas de los pueblos, porque intuyó con destellos geniales la marcha de la crisis mundial más grave de la historia y porque supo darle respuesta.

 

 

Post scriptum:

Mientras completo estas notas desde mi mesa de trabajo en Buenos Aires, me anuncian desde Caracas que comienza el funeral del comandante. La presencia de 54 jefes de Estado y una decena de otros altos mandatarios en los funerales del Presidente prueba la efectividad de su política internacional. Una encuesta publicada por The Washington Post asegura que el 18% de los estadounidenses reivindica a Chávez. En Argentina es el 40% de adherentes. ¿Qué otra prueba es necesaria?

Al ver la ceremonia tomo conciencia de que ya no podré consultar estas opiniones con el más lúcido dirigente revolucionario de los últimos tiempos. Ya no tendremos su palabra viva. Y aún escribiendo sobre eso, no es posible asimilar la pérdida.

El Psuv, el gobierno revolucionario, el pueblo venezolano y los revolucionarios de todo el mundo que asuman la tarea de la hora, habrán de superar el golpe y llevar adelante el trazado de la estrategia antimperialista y anticapitalista. Hasta siempre compañero comandante, no daremos reposo al alma en la consecución del combate por el socialismo.

 

Publicado por Correo del Orinoco