Masa, individuo y dirección

PorLBenAXXI

 

Teoría y política: publicado en 2008 por el director de América XXI, Venezuela en Revolución: Renacimiento del Socialismo(1)adelanta el análisis científico del significado de la figura de Chávez en el marco de la crisis capitalista internacional y regional. Opuesto a las interpretaciones personalistas de la historia y alejado del culto a la personalidad, este cuarto capítulo, titulado “Masa, individuo y dirección”, indaga el papel del individuo desde el materialismo histórico, retoma los aportes teóricos del ruso Jorge Plejanov y descifra el peso objetivo de Chávez en el mundo actual. La inesperada enfermedad del presidente venezolano exige una interpretación consistente del papel de esta figura excepcional en el conjunto latinoamericano y al interior de Venezuela.

 

“Debemos triunfar por el camino de la revolución y no por otro; el impulso de esta revolución ya está dado, lo que debemos hacer es darle buena dirección.”

Simón Bolívar

 Nada más sorprendente que la irrupción de aquello temido o anhelado durante mucho tiempo. Una revolución, por ejemplo. Nada más desconcertante e irritante que la aparición de actores políticos inesperados, aptos para cambiar el decorado previsto en el guión y ocupar el centro del escenario. La perplejidad ante el inicio de un movimiento revolucionario y el papel jugado en él por Hugo Chávez explica en buena medida que la burguesía local, así como la embajada estadounidense y los propios intelectuales, partidos y cuadros políticos de la izquierda venezolana, evaluaran tan erróneamente en su comienzo la aparición –entendida como intromisión– de un personaje ajeno a la izquierda y sin antecedentes partidarios.

Evaluar el papel de un individuo circunstancialmente prominente no es una cuestión menor y no está en absoluto vinculada con interpretaciones psicológicas. En el caso venezolano, la exigencia es más imperativa que en otros. Acaso por eso mismo, sobresalen tanto más los errores.

En materia de intelección inmediata de grandes acontecimientos la historia registra resbalones grotescos y el listado no perdona derechas ni izquierdas, deslucidas a la hora de distinguir en sus primeros pasos una revolución de una contrarrevolución. O viceversa. Contra lo que puede suponerse, no es sencillo reconocer la naturaleza de una transformación social en medio de las convulsiones que le dan origen. Tanto más difícil es prever la llegada de tales situaciones y, cuando suceden, ocupar en ellas un papel dirigente. Venezuela es ejemplo descollante de confusión teórica y política, a derecha e izquierda, desde el momento en que el statu quo recibió un golpe mortal con el Caracazo, luego con la abrupta aparición de un dirigente militar y finalmente con el recorrido de una revolución que en cinco años atravesó una sucesión de etapas hasta proclamarse socialista.

¿Qué papel le cupo a Hugo Chávez en esa marcha vertiginosa? ¿Es responsable del giro en 180 grados de la Venezuela del Pacto de Punto Fijo, o sólo es el emergente de un estado de cosas insostenible?

Con el paso de lo siglos han cambiado las formas de interpretar la gravitación real de quienes conquistan lugares prominentes en el devenir de la historia. Hacia el 1700 el sujeto individual lo era todo. Luego, por el contrario, se atribuyó a causas generales un destino fatal para la sociedad, ante las cuales el individuo no podía sino malearse y someterse. La primera cargaba todo el peso del desarrollo histórico al genio individual, a los “grandes hombres”. La segunda negaba por completo la capacidad humana individual para pesar sobre los acontecimientos trascendentales.

Más tarde el materialismo histórico vendría a dar basamento científico a una interpretación en la cual la libertad se conjuga con la necesidad y bajo determinadas condiciones el individuo cuenta en grado sumo, acaso de manera decisiva. Cupo a Jorge Plejanov desarrollar esa interpretación dialéctica que combinaba las causas generales con el papel del individuo en la historia:

“Las relaciones sociales tienen su lógica inherente: en la medida en que las personas viven en un determinado relacionamiento mutuo se comportarán, pensarán y actuarán de una manera dada y no de otra. Los intentos por parte de hombres públicos de combatir esta lógica serán infructuosos; el curso natural de las cosas (por ejemplo, esta lógica de relacionamiento social) reducirá todos sus esfuerzos a la nada. Pero si yo conozco en qué dirección están cambiando las relaciones sociales debido a determinados cambios en el proceso de producción socioeconómico, podré también saber en qué dirección está cambiando la mentalidad social; consecuentemente, estaré en condiciones de influenciarla. Influenciar la mentalidad social significa influenciar los acontecimientos históricos. De allí que, en un cierto sentido, puedo hacer historia, y no será necesario para mí esperar que ésta ‘sea hecha’”(2).

En los idus del siglo XX este andamiaje teórico legado por los dos siglos anteriores se disolvió en un eclecticismo insustancial. Arrastrada por la superficialidad periodística, la interpretación del papel del individuo en la historia dio lugar a una caricatura adaptada a cada necesidad: el sujeto individual remplazó a las clases sociales y fue investido de todos los poderes, a la vez que se daba por descontada la intangibilidad del sistema capitalista, con lo cual el lugar de los “grandes hombres” en la historia se limitó a la adquisición de aptitudes suficientes para lograr apariciones exitosas en televisión, ganar votos e impulsar, con la fuerza así obtenida, el “modelo” económico dictado por la coyuntura inmediata. Un mismo golpe de publicidad postmoderna desconoció el peso de las causas generales, es decir, de la necesidad, y eliminó toda libertad individual frente al devenir histórico. Los asesores ocuparon el lugar del pensamiento teórico, las consultorías reemplazaron a los partidos y la encuesta sustituyó la defensa de opiniones fundadas y la educación de las masas.

No es sorprendente que en semejante ambiente la aparición de Hugo Chávez fuera desdeñada, atacada o ensalzada, pero casi sin excepción incomprendida. Luego, ya con la dialéctica histórica a toda velocidad, esa misma incomprensión llevaría a la reacción internacional a identificarlo con la causa de todos los males, a la vez que una porción para nada desdeñable de las izquierdas transformaría su figura en poco menos que un ícono viviente, mientras que otra porción igualmente significativa continuó identificándolo con una mera variante de las incontables artimañas del capital para sobrevivirse. El factor común a todos, desde luego, es la incomprensión de la realidad mundial, del papel de América Latina en ese conjunto y del peso objetivo de Hugo Chávez sobre la marcha de la historia en este momento crucial de la humanidad.

En descargo de tanto desacierto hay que decir que errores de pareja magnitud fueron cometidos por no pocos “grandes hombres” a lo largo de la historia.

Ya se quejaba Robespierre de la incapacidad de los teóricos de su tiempo para reconocer una revolución cuando ésta aparecía:

“La teoría del gobierno revolucionario es tan nueva como la revolución que la ha traído. No hay que buscarla en los libros de los escritores políticos, que no han visto en absoluto esta Revolución”(3).

El propio Lenin, cuya perspicacia no era menor que su penetración teórica de los fenómenos cotidianos, malinterpretó el cuadro real de los acontecimientos en Rusia a comienzos de 1917 y desde su exilio en Suiza auguraba un prolongado período de retracción de las masas y retroceso político en su país. A diferencia de las dirigencias de izquierdas contemporáneas, Lenin corrigió muy rápidamente su error a la vista de la revolución que derrocó al Zar en febrero para dar paso al gobierno burgués encabezado por Kerensky. Para continuar con el juego de ironías de la historia, la corrección de la fugazmente errónea interpretación de la coyuntura en Rusia invirtió nuevamente los términos del debate: en sus célebres Tesis de abril Lenin mostró que aquel no era el desenlace de una revolución burguesa, sino el comienzo de una revolución proletaria y socialista. La totalidad de los miembros de la dirección de su partido, incluidos los hombres de su núcleo íntimo, formados en su escuela, aquellos en quienes más confiaba, entendieron lo contrario y se opusieron frontalmente a las propuestas políticas que Lenin deducía de su interpretación, luego sintetizadas en la famosa consigna “todo el poder a los soviets”.

A lo largo del tiempo estos casos de strabismo jamás resultaron inocuos. La confusión que se apodera incluso de hombres con larga experiencia y sólida formación en los momentos en que la historia tuerce su rumbo, invariablemente está asociada con el andamiaje teórico con el cual cada quien enfrenta la realidad, pero también con el carácter y las particularidades del individuo. De hecho, millones de ínfimos factores, innumerables determinaciones, concurren para que una persona sepa y pueda hacer lo necesario en el momento indicado. Y cuando esa persona existe, cambia el curso de los acontecimientos. La historia no es fatal. El individuo no es prisionero perpetuo de las condiciones generales.

Permítasenos seguir un instante más con el ejemplo citado. Pocos se interesan hoy en el hecho de que apenas horas antes de la insurrección que en octubre de 1917 diera lugar a la Revolución Rusa, Kámenev y Zinoviev, dos hombres del más íntimo entorno de Lenin, opuestos a la decisión de la acción armada, denunciaron en un diario dirigido por Máximo Gorki la insurrección programada y dirigida por Lenin y Trotsky, al comando respectivamente del Partido y los soviets. No menos indicativo de las vacilaciones, dudas y temores de cuadros teóricamente sólidos y fogueados en años de lucha clandestina, es que ante la indignada reacción de Lenin y su exigencia de que Kamenev y Zinoviev fueran expulsados del Partido, prácticamente nadie en el Comité Central tomó en cuenta su demanda y en el órgano partidario, dirigido por el entonces desconocido Stalin, éste abogó por la concordia.

Tales comportamientos, a primera vista incomprensibles, resultan menos impenetrables cuando se asume el peso que sobre la conducta humana tiene la fuerza combinada de una concepción consolidada y la habilidad para interpretar una situación dada. En el caso del inicio de la Revolución Rusa, pesaban la noción de etapa democrático-burguesa alegadamente insoslayable antes de la revolución socialista, tanto como la errónea caracterización del estado de ánimo de las masas populares. Para hacer más patente la dificultad en la toma de decisiones en tales momentos, hay que subrayar que quienes para oponerse a la insurrección alegaban la apatía de las masas, tenían muy sólidos argumentos en los que apoyarse: de hecho, durante los meses previos se había apoderado de las masas obreras y campesinas una combinación de retroceso y apatía que el gobierno provisional de Kerensky aprovechó para acusar a Lenin de agente alemán, obligando a que éste pasara a la clandestinidad. Como dato ilustrativo de las ironías de la historia, cuando Lenin discutía los últimos aprontes de la insurrección y exigía la expulsión de sus dos más próximos camaradas, lo hacía vistiendo aún el disfraz con el cual disimulaba su identidad al volver a San Peterburgo, para protegerse de la policía pero también de ciudadanos que pudieran reconocerlo.

La denominada historia contrafactual carece de consistencia. No obstante, es legítimo afirmar que sin la presencia de Lenin y Trotsky –aquél como jefe del Partido, éste como presidente de los sóviets– la insurrección no hubiese ocurrido, la Revolución Rusa hubiese tomado –si acaso tenía lugar– por muy diferentes caminos y el decurso de la historia mundial durante el siglo XX hubiese sido otro. He allí el papel del individuo en la historia.

Siguiendo con este caso, el desenlace inmediato de la controversia pudo quitarle la profundidad y el dramatismo que encerraba aquella interpretación opuesta de un mismo fenómeno, por parte de personas que, en principio, buscaban los mismos objetivos y, en términos formales, pensaban con las mismas categorías. Basta detenerse un instante en el episodio, sin embargo, para comprender que éste bien podría haber desencadenado una confrontación violenta en la cúpula revolucionaria; sólo la premura del momento y la generosidad de un proyecto de dimensiones históricas puede explicar que la actitud de delación de la insurrección ¡en un órgano de prensa del propio partido! no terminara con la defenestración –y aun el fusilamiento: téngase en cuenta que el país estaba hundido en la Primera Guerra Mundial y en un clima de brutalidad sin límites– de ambos dirigentes.

Una década más tarde, ya en ausencia de Lenin y en un cuadro por completo diferente, una divergencia análoga en el sentido de que el conjunto de políticas en disputa era interpretado como favorable o contrario al curso de la revolución, llevó a un choque frontal entre los mismos protagonistas, sólo que en esta oportunidad quienes habían errado en 1917 tuvieron en sus manos la fuerza para hacer prevalecer sus opiniones y la usaron no sólo para aplicar la línea que entendían correcta, sino para descargarla contra sus oponentes dentro del propio partido de la revolución: la intrincada madeja de razones que conducen a interpretar de una manera o la opuesta una coyuntura histórica dada dejó de dirimirse en el terreno de las ideas y pasó al de la fuerza. Fue el comienzo del fin de la Revolución Rusa. Y también esa circunstancia, definida por el papel de determinados individuos, gravitaría de manera decisiva sobre el curso de la historia mundial.

Cabe una pregunta sin respuesta posible: ¿qué hubiese ocurrido en Venezuela (y luego en Bolivia, más tarde en Ecuador) si Chávez hubiese sido asesinado durante las 47 horas en que estuvo secuestrado por los jefes del golpe fallido en abril de 2002?

Al objeto de aclarar más aún la causa por la cual sometemos al lector a este desmesurado salto entre Caracas y Petrogrado con un siglo de por medio, cabe subrayar que tanto en las disputas previas a la insurrección como en la brutal confrontación desenvuelta a partir de mediados de los años 1920, todavía no existían entre los contendientes fuerzas de naturaleza económica, mezquindades materiales, que dictaran sus conductas. En tales situaciones –y tantas otras que con parejo dramatismo registra la historia– los individuos aparecen como hojas secas arrastradas por un vendaval o, en casos excepcionales, como gigantes capaces de vencer fuerzas aparentemente desprovistas de toda lógica y con inmensa potencia. Basta seguir los pasos zigzagueantes de personajes con capacidades sobresalientes en momentos de gran convulsión social –como son los casos prototípicos de las revoluciones francesa y rusa– para comprobar cómo el talento, la energía y la entrega a una causa pueden resultar insuficientes para evitar no ya el error sino la más rotunda desorientación y aún su implicación en crímenes horrendos, que al cabo atentan contra los fines subjetivamente buscados. A la luz de los años, semejantes comportamientos resultan incomprensibles incluso, a menudo, hasta para los propios actores, que una vez atrapados por la lógica de su accionar pueden ser arrastrados a límites impensables. En el fragor de los acontecimientos todo luce diferente y son escasas las personas en las que ocurre la feliz combinación de fortaleza de carácter, lucidez para la aprehensión de la realidad inmediata y basamento teórico suficiente, como para actuar en el sentido profundo que trazan las fuerzas invisibles de la sociedad. Esos son los dirigentes reales.

Salvando todas las distancias, un fenómeno análogo de confusión, incomprensión y perplejidad operó sobre la conciencia y la inteligencia del mundo político venezolano, cuando un oscuro teniente coronel alzado contra el orden constitucional inició su metamorfosis como abanderado de una revolución social. Energías contenidas o desviadas durante décadas reaparecieron de manera tumultuosa, indefinida, corporizadas en la figura de Hugo Chávez. A esta altura del desarrollo del pensamiento sociológico, político y filosófico, no es difícil de entender la emergencia de tales representaciones. Pero en los cenáculos de los estrategas de Washington, en las cúpulas de la burguesía venezolana y en casi la totalidad de las organizaciones de izquierda fallaron dos aspectos en la evaluación. Primero, la hondura insondable, generalizada y de larga data de la crisis trasuntada en la identificación de millones de seres humanos con un personaje. Segundo, el personaje mismo.

Todos erraron redondamente en la interpretación de la coyuntura abierta en el país con el Caracazo, de las características personales de Chávez y de la dialéctica entablada entre la subjetividad de las masas descontentas y el teniente coronel bolivariano.

(…)

 

Causas generales y voluntad del sujeto

Como un huracán, el triunfo de Hugo Chávez en las elecciones venezolanas de diciembre de 1998 redujo a escombros el sistema político representado por socialcristianos y socialdemócratas. Anatematizado por la oposición interna y por el establishment internacional como golpista, dictador, caudillo populista, Chávez encarnó la esperanza de justicia para su empobrecida población. Pero lo hizo solo, huérfano de organizaciones políticas y sociales en capacidad de llevar adelante no se diga ya una revolución, sino un proceso de medianas transformaciones.

Si con la sublevación militar del 4 de febrero de 1992 Chávez había mostrado determinación para la acción pese a la más que evidente dificultad de la empresa, ya en una situación por completo diferente, obró de la misma manera, primero como candidato y luego como presidente electo. El 6 de diciembre de 1998 había obtenido el 56,3% de los votos, contra el 39,9% de todos sus enemigos aunados. Se desplomó así un régimen y comenzó una revolución política.

Bastará señalar que los derrotados fueron Acción Democrática (AD) y Copei, los partidos de Carlos Andrés Pérez, titular durante años de la socialdemocracia en América Latina, y Rafael Caldera, el más exitoso de los socialcristianos en el continente, para concluir que en ese caso se derrumbaba mucho más que el andamiaje de poder venezolano.

Frente a un cúmulo de fenómenos anunciadores de grandes acontecimientos, cuando hubiese sido lógico un esfuerzo por información genuina, análisis consistente y debate sin tramoyas que ocultaran la realidad, el tema excluyente pasó a ser la vocación democrática o dictatorial del individuo en cuestión. “Chávez lleva a Venezuela a una dictadura; pero su punto fuerte es que nos ha ganado con nuestras propias reglas” me explicaba en 1999 un alto dirigente de Acción Democrática, quien con gesto de resignación admitía: “nuestro partido está destruido”. Ya entonces, sin coraje para expresar su pensamiento a cara abierta ante su propio partido, este hombre daba por perdida toda resistencia desde las fuerzas internas y confiaba únicamente en una contraofensiva con base en la denuncia de deslizamiento hacia un régimen totalitario; el plan contraofensivo en que confiaba, supuestamente tendría efecto “desde el exterior hacia adentro; el mundo comprenderá más fácil que este pueblo ganado por el populismo y la demagogia”, explicaba, probablemente sin saber cuánto decía.

Esta suerte de rendición anticipada en el frente interno era perfectamente explicable. Las imputaciones de totalitarismo y el fantasma de la dictadura habían sido consignas centrales ya durante la campaña electoral de 1998. A medida que los sondeos indicaban el crecimiento de la candidatura de Chávez, sus contrincantes acentuaban el rasgo más conocido del naciente líder: su condición de militar alzado en armas contra el régimen institucional.

(…)

No cambiaría el tono en 1998, cuando a la cabeza de una heterogénea coalición apoyada en el MBR-200 y numerosas fracciones de izquierda, Chávez decidió presentarse como candidato a presidente: apeló a la célebre noción de Clausewitz, según la cual la guerra es la continuación de la política por otros medios, pero invirtió los términos: “También podemos decir que la política es la continuación de la guerra por otros medios”. A la luz de los hechos, dos puntos quedarían fuera de discusión poco después: su capacidad para saber dónde estaba el país real y la rontal honestidad en la denuncia al sistema, clave sin duda del volcánico desplazamiento en la conducta política de las mayorías.

Con la totalidad de la prensa apoyándose para atacarlo en ésta y otras definiciones aún más crudas, el candidato crecía más cuanto más se lo condenaba como “enemigo de la democracia”, puesto que ésta era identificada por las mayorías con el régimen vigente.

(…)

Intrincadas teorías respecto del papel de los medios de comunicación como barrera insuperable para ejercer una política de oposición radical cedieron ante el efecto arrollador de una realidad más dura que las muy duras expresiones de Chávez: en Venezuela, un país ubérrimo, con las mayores reservas de petróleo y entre los principales exportadores en el mundo, proveedor de la mitad del crudo que importa Estados Unidos, el 80% de la población estaba en situación de pobreza y pobreza extrema.

En ese punto las causas generales plasmaron en un nombre. Pero el individuo se eclipsa ante la magnitud del colapso político venezolano, la potencia de las fuerzas desatadas y el impacto previsible sobre la región.

El torbellino no ha cesado de crecer desde entonces. En la ceremonia de asunción del cargo, el 2 de febrero, el nuevo Presidente juró “por esta Constitución moribunda” y acto seguido convocó a un referendo para rehacerla: el 25 de abril obtuvo el 75% de los votos. En julio, cuando convocó a la ciudadanía a las urnas por tercera vez en seis meses para elegir diputados constituyentes, el 92% de los votantes, sobre la base de un 60% de abstención, se pronunció a favor de los candidatos respaldados por el presidente (127 sobre 132 integrantes de la Asamblea Nacional Constituyente, ANC). Un régimen inconmovible durante medio siglo hecho escombros en medio año.

 

Demiurgo esquivo

Acusado de fascista “carapintada” tanto en Venezuela, como en el exterior por casi toda la prensa, denunciado como “agente cubano” por el coronel Mohamed Seineldín (jefe de la corriente del ejército argentino denominada precisamente carapintada), satirizado e insultado por Mario Vargas Llosa, Carlos Montaner y otras muchas plumas reconocidas de la gran prensa internacional, descripto en Argentina como remedo del presidente Carlos Menem(4), identificado luego con el presidente peruano Alberto Fujimori y anatematizado por la mayoría de las corrientes de izquierda, no resultaba sencillo definir el carácter del fenómeno que lideraba en 1999 el ex teniente coronel, quien para completar el intríngulis afirmó el concepto de “revolución pacífica”.

El sujeto de diatriba, por lo demás, no facilitó la labor. Aparte sus pronunciamientos en el terreno ideológico, que durante años se atuvo exclusivamente al “árbol de las tres raíces”, su conducta de singular versatilidad dejó espacio para que cada quien creyera que estaba ante un pragmático sin contacto alguno con objetivos asimilables a una revolución, o frente a un hábil conductor, sensible a las relaciones de fuerzas contemporáneas.

La dificultad para abarcar el fenómeno en toda su dimensión se acrecentó porque la explosión de fuerza inocultable en las urnas no se correspondía con la movilización social y, en ausencia de un movimiento de masas organizado y militante, el ritmo y curso de los acontecimientos derivaban ante todo de las decisiones del Presidente y del círculo más íntimo de sus colaboradores, entre los cuales descuellan sus ex compañeros de conspiración en las fuerzas armadas.

Hacia fines de 1999, cuando se aproximaba la elección para aprobar la nueva Constitución y luego su propia reelección como Presidente, le pregunté a Chávez si no existía el riesgo de que la población no respondiera positivamente. Su respuesta:

“Siempre hay riesgos. Pero los riesgos se miden, se evalúan y se enfrentan. El pueblo venezolano ha venido elevando muchísimo su nivel de conciencia. Los engañadores de todas las horas, como los llamaba Gaitán, se estrellan de manera permanente contra una conciencia colectiva. Se han estrellado miles de millones de dólares en campañas de difamación, de terror. Esa conciencia se ha fortalecido mucho. Y tenemos pueblo para rato. Yo mismo estoy sorprendido con los resultados de las últimas encuestas, porque gobernar desgasta mucho. No es lo mismo estar en la oposición, en la calle, con el pueblo, protestando, que ser gobernante y recibir millones de quejas y no poder solucionarlas todas, en medio de una crisis espantosa. A pesar de eso, el apoyo popular al gobierno ha aumentado. Eso significa que aquella conciencia es roca; no es una espuma que subió en un momento determinado”(5).

Ninguna de estas afirmaciones es falsa. Sin embargo una de ellas debe ser puesta en su contexto: “aquella conciencia es roca”, sí, pero para defender al individuo en que ha depositado su esperanza. No había entonces –y no hay todavía– conciencia de clase, conciencia socialista. Eso significa, nada menos, que todo el inmenso poder, la fuerza inconmensurable de un pueblo de pie, descarga sobre los hombros de un individuo.

Yerrará quien prefiera entender esto como panegírico. El objetivo es desatar el nudo de un problema que va mucho más allá del lugar y la circunstancia donde ocurre. Lejos de la apologética, se trata de la necesidad de explicar el hecho objetivo que define la realidad venezolana y se expande hacia fuera: el renacimiento de la idea de revolución no reposa sobre masas con conciencia y organización, las cuales sin embargo han mostrado su voluntad de revolución y su disposición a movilizarse y entregar la vida en defensa de aquél en quien depositan su esperanza. Sólo a partir de esa certeza se podrá valorar el papel de Chávez en este proceso y medir las columnas de fortaleza y los puntos débiles en la estructura de la Revolución Bolivariana.

Siempre en función de ofrecer al lector pistas seguras para arribar a la conclusión que este capítulo pretende, interesa observar la respuesta de Chávez en 1999 ante la pregunta de cómo atacar los efectos sociales de la crisis:

“Nosotros tenemos una visión de largo plazo, pero no queremos caer en uno de los grandes defectos del pensamiento estructuralista, que tiene dificultad para mirar el corto plazo. Le ponemos mucha atención al corto plazo. Porque de eso dependerá que lleguemos al mediano. Y del mediano al largo. Un puente hacia el camino. Los paliativos tocan lo estructural, pero marchan sobre lo coyuntural. Por ejemplo el Plan Bolívar 2000, un plan de atención inmediata, de emergencia, a los más necesitados, a los que más han sufrido los nefastos resultados de las políticas neoliberales de los últimos 10 o 15 años. Se trata de utilizar todos los recursos del Estado, civiles y militares, científicos, tecnológicos, financieros, para atender a ese 80% de pobreza, de marginalidad, hasta donde podamos. Ya tenemos seis meses con ese plan. Se han incorporado unos cien mil militares y civiles, hombres y mujeres, especialmente jóvenes, voluntarios, profesionales, médicos, que colaboran los fines de semana sin cobrar un centavo; personas que tienen propiedades y están donándolas para construir viviendas, hospitales, ambulatorios, atención a los ancianos, a los marginales, a los niños de la calle. (…) El programa Bolívar 2000 es en resumen el gran proyecto social en la coyuntura”(6).

No había desmesura en la evaluación respecto de la efectividad de este plan articulado sobre la estructura de las fuerzas armadas en la calle y en función social. Allí estribó la popularidad del Presidente. Pero la operación tenía también otro objetivo: reeducar, elevar la conciencia de sus camaradas de armas, neutralizar la oposición interna militar, dificultar toda capacidad de reacción de aquellos mandos que en 1992 vencieron a Chávez y lo enviaron a la cárcel de Yare, pero también de otras franjas, ya claramente delineadas en la oposición. En la gestación y aplicación de aquel plan inicial para responder a la estridente demanda social, cuando apenas comenzaba la revolución política y debía actuar sin marco legal y sin fuerzas de masas organizadas, está la huella genética del individuo al mando; como lo está en la evaluación excesivamente esperanzada de la conducta de sus camaradas de armas y del conjunto social que lo acompañaba.

Al evaluar esas características no es posible eludir un rasgo principal, confesado desde antes de asumir la Presidencia:

“Siento la amenaza de las viejas tendencias, en todas partes, en gente que tú pensabas, creías, o creíste que tenían concepciones distintas y resultaron el mismo virus de los partidos tradicionales. Si a algo le tengo terror es a eso, a verme dentro de 20 años convertido en un gobernador, alcalde o presidente, utilizando lo mismo que tú creías combatir o que de verdad en una ocasión combatiste. Lucho conmigo mismo para no dejarme arrastrar por las corrientes”(7).

Para sumar otro trazo en el autorretrato vale repetir otra definición, ofrecida como al pasar en una conversación sobre otro tema, a bordo de su avión en un viaje internacional:

“¿Cómo concebir a un Bolívar sin la masa? ¿Cómo concebir a Lenin sin los bolcheviques? ¿Quién podría expulsar sólo, por sí mismo, un imperio como el español? ¿Sucre, Páez, Bolívar? Sin la masa jamás hubiese sido posible.”

Y allí cobra significación un párrafo recién citado, en el que Chávez corrige, para aumentar, el concepto de uno de sus maestros, Simón Rodríguez: “la fuerza material está en la masa, la fuerza moral está en el movimiento, y yo le agregué: la fuerza transformadora en la masa en movimiento consciente y acelerado”.

Pero al evaluar ese “movimiento consciente y acelerado” como base material, desde el comienzo mismo Chávez no se deja engañar por las apariencias y observa que, si bien la revolución política tiene una sustentación muy ancha, el caso es diferente cuando se piensa en una revolución social:

“Desde el punto de vista social hay un proceso mucho más pastoso, mucho más difícil, más engorroso que el político, mucho más lento por supuesto, perturbado, a veces impulsivo. Y sin embargo le estamos entrando a la transformación social, en lo que hemos llamado la cancelación de la deuda social, con el objetivo de elevar los niveles de vida de la población por encima de los umbrales humanitarios”(8).

En esa dificultad sugestivamente definida como “pastosidad”, Chávez está señalando la barrera existente entre la respuesta objetiva que unía y a la vez separaba dos partes subjetivamente muy diferenciadas de un conglomerado heterogéneo y ampliamente mayoritario: la negativa de los de abajo a continuar viviendo en la miseria y la marginalidad, y el rechazo al régimen político corrupto y brutal por parte de las clases medias. Por detrás de esos sentimientos colectivos está la contradicción entre el sistema y el desarrollo de las fuerzas productivas, pero que en la visión general es interpretada como choque con el régimen político.

Una parte de la sociedad –las clases medias y una franja de la burguesía– reacciona convencida de que la solución está en la adopción de medidas políticas más o menos radicales, tendientes a sanear el mecanismo, obturar grietas del gobierno y el Estado por donde fugan volúmenes desmesurados de riqueza y recomponer el entramado político que sostiene al Estado. Otra parte, mayoritaria, simplemente asume, para decirlo con una expresión clásica, que “ya no quiere vivir como hasta entonces”. Está compuesta por aquellos que según otra frase de resonancias conocidas, “no tienen nada que perder”. Son las víctimas de un proceso de desarrollo deformado y desprovisto de toda reflexión social y consideración humana, en el cual la economía petrolera polariza la riqueza y la pobreza extremas, empuja a millones de personas del campo a la ciudad y crea una arquitectura social insostenible, dramáticamente plasmada en las montañas que rodean al valle de Caracas con cientos de miles de viviendas precarias que, en elocuente metáfora de la realidad venezolana, penden literalmente al borde del abismo. Son los habitantes de los cerros, destinados a servir, limpiar y custodiar a una minoría privilegiada de burgueses grandes, medianos y pequeños. Carecen de todo derecho político; viven en condiciones miserables: no tienen asistencia sanitaria ni educación; sufren los efectos devastadores de la desocupación, los salarios ínfimos, la violencia, la delincuencia, la degradación acelerada por la invasión de la droga y sus estragos sobre la juventud.

Entre esa masa mayoritaria y la minoría elegida está la clase obrera industrial: relativamente pequeña pero compacta, tan poderosa como inconsciente de su fuerza, neutralizada y obnubilada por salarios y condiciones de vida que, en comparación con subempleados y buhoneros hacen sentir a sus miembros como una verdadera aristocracia entre los pobres.

El espectro político refleja linealmente esta estratificación social. Los partidos de la burguesía han cooptado a buena parte de los de abajo a fuerza de asistencialismo y corrupción. Ninguno de sus dirigentes ha comprendido que esa victoria equivale a congratularse por franquearle los muros de Troya al caballo hueco cargado de combatientes enemigos. Las izquierdas, después del fracaso de los intentos guerrilleros entre 1960 y 70, sufren el golpe combinado de la consolidación de las estructuras socialdemócrata y socialcristiana, la anomia del proletariado y la fuga de estudiantes e intelectuales hacia el ensueño postmodernista.

Bloqueo y disponibilidad, como un todo inseparable, para cualquier propuesta de cambio profundo.

Una singular combinación de factores, siempre con el Caracazo y el estrangulamiento económico como trasfondo, catapultó a Chávez al poder, con el respaldo clamoroso de los tres sectores señalados. La propia composición del gobierno tradujo inicialmente de manera directa esa realidad de heterogeneidad extrema: portavoces de una protoburguesía nacional, militares nacionalistas, políticos de diferentes vertientes empeñados en saltar exitosamente del naufragio anunciado de AD y Copei.

Si bien cada uno de estos sectores tenía sus propios objetivos, de mi experiencia directa no surge la conclusión de que hubiese una verdadera estrategia. Todo se limitaba –y esto vale también para el imperialismo– a la certeza de que, como tantos otros, en Venezuela y en todo el hemisferio, después de recorridas las dificultades iniciales, Chávez se adecuaría a las exigencias del sistema capitalista y, sin necesariamente dejar de esgrimir un lenguaje revulsivo, adoptaría las medidas que cambiarían algo para que todo siguiese igual. De paso, beneficiaría a quienes lo acompañaron en la aventura permitiendo la acumulación de capital en sus manos. Aunque sin precisiones y con contradicciones por momentos agudas, Chávez trasuntaba una perspectiva diferente:

“Si algo hay que subrayar es que en Venezuela hay proyecto de mediano y de largo plazo. Lo hemos llamado Proyecto Nacional Simón Bolívar. Estamos saliendo de la fase inicial; y encaramos cinco ejes de acción simultánea. Este es un proyecto holístico, integral, no es cartesiano, no es fragmentario, no es cortoplacista. Uno de esos ejes es la transformación política. Estamos en plena efervescencia de ese eje, a una velocidad endemoniada; una transformación política estructural, de fondo, a través de la Constituyente”(9).

¿Cuántos y quiénes compartían, en sus precisiones estratégicas, ese pensamiento en 1999? Seguramente no pasaban de un puñado de personas. Desde el punto de vista económico, el discurso de Chávez era todavía menos preciso, y tras algunas afirmaciones de carácter general desaguaba nuevamente en el terreno político-estratégico, reafirmando una noción que antes y después de aquel momento inicial permaneció invariable, la unidad latinoamericana:

“Estamos apenas sembrando las semillas de un modelo económico distinto, que hemos llamado humanista, autogestionario, sustentable, también competitivo, pero con la economía al servicio del ser humano. Un modelo diversificado, productivo, para salir del actual, rentístico petrolero, monoproductor, dependiente, excluyente, salvaje. Un cuarto eje, relativo a un desarrollo integral y equilibrado sobre el territorio, una visión geopolítica endógena, buscando el equilibrio a lo largo de ejes de desarrollo para salir de un país que creció de manera macrocefálica, con un gran país abandonado al Este y al Oeste, con un potencial gigantesco. Y por último el quinto eje de trabajo es el internacional. Creemos que el mundo del siglo XXI debe ser multipolar, entonces estamos marchando y contribuyendo a la conformación de un polo de fuerza en esta parte del mundo; la idea bolivariana, de integración de América Latina y el Caribe, para que en las próximas décadas sea un polo de fuerza. Por eso Venezuela está trabajando en prioridad estratégica internacional en tres direcciones geopolíticas: una hacia la fachada amazónica (Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay), luego hacia la fachada andina (Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile), y la fachada caribeña, el Gran Caribe. Tenemos una claridad estratégica de integración en esa área, porque debe ser el epicentro de un polo de fuerzas para que haya un mundo más equilibrado, donde tengamos relaciones de respeto mutuo con los demás centros de poder del mundo. En esa dirección vamos. Cuántos años demoraremos, no sé. Pero avanzamos en esa dirección”(10).

Ésa era la perspectiva de Chávez en 1999. Sin embargo su visión internacional comprometida con la emancipación del país de toda sujeción imperial, así como su consecuencia con el propósito de llevar alivio real a las inenarrables penurias de las masas, prevaleció en su accionar y guió consecuentemente su pensamiento.

El derrotero del grupo dirigente desde la sublevación de 1992 muestra un trazado zigzagueante y explica la desazón de ciertos políticos de derecha e izquierda que, en uno cualquiera de los segmentos, sacó conclusiones definitivas abstrayéndolo del proceso general. Sin pausa, el paso siguiente desmentiría esas conclusiones. Sea por no advertirlo a tiempo, sea por falta de reflejos e integridad para corregirse ante la población, para esos críticos el error se convertiría en distanciamiento respecto del fenómeno en curso y progresiva enajenación frente al conjunto social. Sin embargo, como se verá más adelante, ese zigzagueo que en términos históricos es ineludible y por ello resulta necesario, dado el cuadro general y la base social concreta del Presidente, cuya heterogeneidad se expresa desproporcionadamente en el gobierno revolucionario, en determinadas circunstancias confunde al movimiento de masas y a los cuadros medios, desvía o ralenta el desarrollo de la conciencia y la capacidad de intervención política. Con el transcurso del tiempo la línea de acción del gobierno toca y despega en relación con la conciencia mayoritaria (y lo hace para avanzar a grandes saltos o dar pasos atrás, sobre todo retóricamente), retrocediendo luego para reatar la propuesta estratégica con el estado de ánimo de las masas, apelando a pausas y desvíos más o menos planificados y calibrados, para inmediatamente replantearse retomando la marcha en un punto de definiciones más radicales en relación con el que se había abandonado, para proyectarlo a un objetivo mayor.

No se trata aquí de emprender un análisis de la persona desde un punto de vista psicológico o biográfico. Por el contrario, se trata de asir la singularidad de un fenómeno complejo, en el cual el individuo es, a la vez y en aparente paradoja, nada y todo, sujeto y objeto de la coyuntura histórica; fenómeno en el que intervienen innumerables determinaciones pasibles de derivar en uno u otro resultado, combinadas de tal manera en este caso que Hugo Chávez, por toda una etapa, resulta la clave de la continuidad y direccionalidad de un proceso revolucionario. Desde el punto de vista teórico general la dialéctica materialista ha explicado este fenómeno un siglo atrás:

“Un gran hombre no es grande porque sus cualidades personales le otorguen rasgos individuales a grandes acontecimientos históricos, sino porque tiene cualidades que lo hacen más capaz de servir a las grandes necesidades sociales de su tiempo, necesidades que surgen como resultado de causas generales y particulares (…) Un hombre grande es precisamente un iniciador porque ve más lejos que otros y desea más fuertemente que otros. Resuelve el problema científico planteado por el anterior proceso de desarrollo intelectual de la sociedad; apunta a la nueva necesidad social creada por el desarrollo previo de las relaciones sociales; toma iniciativas satisfaciendo estas necesidades. Éste es el héroe. Pero no es héroe en el sentido de que puede detener o cambiar el curso natural de los hechos, sino en el sentido de que sus actividades son la consciente y libre expresión de su inevitable curso inconsciente. Aquí reside toda su significación; aquí reside todo su poder. Pero su significación es colosal y su poder es terrible”(11).

 

Mirada estratégica

En el caso particular que nos ocupa, la posibilidad de ver más lejos y de desear con mayor intensidad el objetivo de la revolución, apoyados ambos factores en el ensamble del individuo y la masa, atravesando clases e ideologías, cuenta además con un elemento de extraordinario peso: la comunicación de Chávez con el conjunto social.

La capacidad de comunicarse con una muchedumbre es sólo una prolongación de la capacidad para comunicarse con un individuo, escuchándolo, entendiéndolo, ocupándose de él y empeñándose en explicarle el pensamiento propio y persuadirlo de su valor individual como parte de un pueblo. Chávez puede aquello porque hace esto. Difícil poner en cuestiones sus dotes de comunicador, pero lo verdaderamente extraordinario es su esfuerzo sistemático por elevar la autoestima de cada hombre y mujer de pueblo, incluso de aquellos arrojados a lo más hondo del abismo social: la Misión Negra Hipólita, destinada a rescatar de las calles a dementes, alcohólicos, drogadictos, ancianos y jóvenes, confirma la sinceridad y los extremos de aquel objetivo, logra resultados estremecedores con esa porción de la sociedad a la que los espíritus más solidarios habitualmente sólo le destinarían una dádiva paliativa, pero sobre todo se manifiesta con potencia redoblada en los efectos sobre esa masa inmensa de la sociedad venezolana que, sin haber llegado al grado de destrucción humana de los beneficiados por la Misión Negra Hipólita, está sin embargo hundida y degradada por la brutalidad de un sistema que la ha puesto al margen de la sociedad. Chávez –es preciso aquí aludir a él individualmente– se propuso rescatarlos y convertirlos en sujeto de la revolución. Es una traducción a la acción política del concepto con el que Plejanov completaba el párrafo recién citado:

“Este amplio campo de actividades no está abierto sólo para iniciadores, para grandes hombres. Está abierto para todos aquellos que tienen ojos para ver, oídos para oír y corazones para amar a sus semejantes. El concepto grande es relativo. En su sentido ético es grande el hombre que, para usar la frase bíblica, ‘ofrece su vida por sus amigos’”.

Es probable que la disposición de las masas a entregar la vida por Chávez sea, en última instancia, una singular combinación –a escala de millones– en la cual la percepción clara y distinta de la naturaleza social de la confrontación en curso, cede prioridad al sentimiento de que el dirigente por quien están dispuestos a marchar a la muerte puso antes su compromiso vital e inalterable con los de abajo. Sea como fuese, lo cierto es que el fenómeno social y político encarnado por millones de personas y un individuo, se despliega en la interacción entre la formulación de un objetivo, la satisfacción a menudo mínima de las necesidades proyectadas en el líder, la confianza que éste ha transmitido a sus seguidores y la labor sin precedentes de educación ideológica y política de un pueblo entero por parte de un individuo desde el cargo de Presidente.

Empeñada en destruir la imagen de Chávez, la prensa comercial lo condena por sus larguísimos discursos, pronunciados a veces en dos, tres, o cuatro oportunidades en un mismo día, además del programa dominical Aló Presidente, que suele durar cinco o más horas. Incluso seguidores y aliados leales condenan habitualmente esa conducta como una extravagancia, supuestamente basada en la necesidad enfermiza de un ego desmesurado.

He allí una fuente de errores constantes: es la estrategia, no la psicología, la disciplina que explica a Chávez. Desde el juramento del Samán de Guare, no ha cesado de transmitir, todo el tiempo, por todos los medios, ante cualquier auditorio, conocimientos, convicciones y propósitos. Éstos mismos han ido cambiando, desenvolviéndose, hasta transformar en ciertos casos su contenido original en lo contrario (el más notorio es su adhesión inicial a la “tercera vía”, formal y públicamente autocriticada años después). Pero la actitud invariable ha sido compartirlos, tal vez en la convicción de que enseñar es aprender, transformando la política en docencia permanente. Ocurre que enseñar es también aprender, transferir ideas a una o millones de personas equivale a recibir de ellas nociones, conceptos, valores. Chávez personifica esa dialéctica. La simbiosis resultante ha dado como saldo la elevación asombrosa en la conciencia de las mayorías venezolanas, así como la clave para explicar la propia línea de marcha del Presidente. Con el mundo entero empujando en sentido contrario a la revolución socialista, es un prodigio que el conservadurismo propio de ese sector especial de las clases medias, la fuerza armada, combinado con la lógica reformista de un movimiento de masas en el que prevalecen las mayorías desocupadas o cuentapropistas y un proletariado sin plena conciencia, sin dirección propia, no haya doblegado la voluntad de quien marcha en primera fila y ocupa el lugar de comandante. La dialéctica negativa que hizo de Lula y el PT, por ejemplo, un líder reformista y una organización capaz de sepultar su propio programa inicial, en Venezuela obró de manera inversa, alumbrando un proceso revolucionario que lejos de llevar a un remanso un torrente embravecido, produjo un salto cualitativo en la evolución política de la sociedad al darle a la mayoría sumergida un contenido programático y organizativo enderezado hacia la transición al socialismo.

Hacia 1902, con el célebre Qué hacer de Lenin se inició en Europa un debate teórico que aún perdura, ¿pueden por sí mismos los trabajadores, las masas desposeídas, transformar sus reclamos sociales en conciencia revolucionaria socialista? Sin teorizar Venezuela salda en los hechos el dilema: Hugo Chávez obra como motor y vehículo de la conciencia de millones. Pero si la buena teoría asegura que ningún partido puede sustraerse a la realidad de la masa cuyos sentimientos encarna, tanto más ha de valer esa certeza cuando se trata de un individuo. Es patente que la realidad social, cultural e ideológica de la masa y las vanguardias que apoyan a Chávez condicionan y hasta cierto punto determinan su accionar y explican buena parte de su conducta. Lo notable del fenómeno no reside en los pasos a menudo cruzados en el andar político de la Revolución Bolivariana, sino la resultante de ese movimiento en sus primeros 10 años de desarrollo: siempre adelante, invariablemente en el sentido de mayor radicalización, amplitud y profundidad.

He allí –para usar la expresión de Plejanov– la “significación colosal” de Hugo Chávez: en él vienen a expresarse la necesidad de un época, las causas generales que dan lugar a una crisis sin precedentes del sistema capitalista, el acervo político histórico de América Latina, el agotamiento de los instrumentos políticos de las clases dominantes para ejercer el poder. Con o sin Chávez, esa fuerza poderosa busca un cauce y al hacerlo descoyunta los regímenes burgueses de toda Suramérica. (…) El futuro depende de que la masa asuma conscientemente su condición de clase, el individuo complete su deliberada transmutación en Partido y quede conformada, como culminación de un proceso de rescate y recomposición, una dirección revolucionaria en Venezuela, con proyección y articulación internacionales. Esas tres tareas de dimensiones históricas tienen por tanto un punto de apoyo decisivo en la figura de Hugo Chávez, pero dependen en última instancia de la capacidad de las vanguardias para ensamblar el papel del individuo con el movimiento de las masas, lo cual estriba a su vez en la capacidad para interpretar la realidad internacional y saber actuar a partir de ella en la transición local. Sin el concurso de la ciencia como columna maestra para sostener y guiar la voluntad revolucionaria, masas y vanguardias tomarían por senderos que se bifurcan y dejan al individuo ante la fatalidad de las fuerzas ciegas de la historia, en momentos en que la crisis capitalista hace que éstas empujen en el sentido inverso a las necesidades humanas.

 

 



 1. Venezuela en Revolución – Renacimiento del Socialismo; Luis Bilbao, Capital Intelectual, Buenos Aires 2008. ISBN: 978-987-614-134-5

2. On the Role of the Individual in History, G.V. Plekhanov (1898), Selected Works of G.V. Plekhanov, Volumen II, Lawrence & Wishart, 1961, (hay traducción al castellano)

 3. Robespierre, La teoría del gobierno revolucionario

 4. “Chávez, el menemismo tardío”, Clarín, Buenos Aires, 15 de julio de 1999

 5.  Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Número 5, noviembre de 1999

 6.  Ibid

 7.  Habla el comandante, op. cit

 8.  Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Número 5, noviembre de 1999

 9.  Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Número 5, noviembre de 1999

 10.  Ibid

 11.  G.V. Plekhanov, op. cit

 

Temor justificado

PorLBenAXXI

Es comprensible el temor de la Casa Blanca ante la gira latinoamericana del presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad, precisamente cuando el Departamento de Estado tiene en agenda ataques militares a gran escala contra Siria e Irán.

Nada tiene que ver esa inquietud con el terrorismo o el fundamentalismo religioso. Esos son recursos propagandísticos de mala factura, destinados a anestesiar la opinión pública para justificar la agresión económica y militar en marcha: el portaaviones nuclear estadounidense USS Abraham Lincoln, seguido de una temible flota de navíos de guerra estadounidenses, británicos y franceses, ya instalados en inmediaciones del estrecho de Ormuz, son la amenaza terrorista más grave que jamás ha afrontado el mundo.

Aún así, es verdad que la visita de Ahmadinejad a cuatro capitales del Alba durante la segunda semana de enero, presupone un peligro. Recuérdese además que, en octubre de 2010, poco antes de que comenzaran los ataques terroristas comandados por el Mossad y la CIA contra Siria, el presidente Bashar Al Assad había declarado la intención de incorporar a su país como “invitado permanente” del Alba.

Cada día es más evidente la afirmación de un mapamundi político diferente, un reordenamiento en las relaciones de fuerza internacionales.

Rusia y China continúan desplazándose, a paso lento pero sostenido, desde un reticente alineamiento con el statu quo hegemonizado por Estados Unidos, hacia un retorno a francas posiciones dictadas por estrategias propias, ya sin sujeción –y crecientemente contrapuestas– a la voluntad de Washington.

Ese dato mayor se prolonga con la tendencia a un relativo ensimismamiento de India, también en detrimento del Departamento de Estado. Y combina con la búsqueda de neutralidad conjunta de Unasur y la flamante Celac.

Finalmente, de manera sobresaliente, está a la vista el tendido de una línea de resistencia antimperialista que atraviesa continentes, orígenes ideológicos y tradiciones políticas, con puntos de apoyo firme en América Latina, Cercano y Medio Oriente.

Tal el significado del viaje de Ahmadinejad a Caracas, Managua, La Habana y Quito. Para mayor abundamiento, en cada escala el presidente iraní subrayó su condena al imperialismo y la convicción de que el capitalismo está en agonía.

En efecto, el agravamiento extremo de la crisis sistémica del capitalismo exige cambios acelerados. Rusia y China no pueden permitirse hoy pagar el costo interno directo y geoestratégico

Es en ese contexto que aparece con vigor un bloque transcontinental, materialización política de la noción “frente antimperialista”.

 

Trasfondo objetivo y decisión política

Hay numerosos antecedentes de resistencia colectiva por parte de países subordinados. Desde el Movimiento de los No Alineados, pasando por innumerables siglas, las víctimas contemporáneas del mecanismo imperial han buscado formas de autodefensa. Pero desde la recomposición de la Opep a inicios del nuevo siglo, sucesivos viajes de Hugo Chávez por Asia y África, con Evo Morales y Rafael Correa ensanchando luego la huella, entrelazados con cinco viajes de Ahmadinejad a América Latina, se ha tejido un entramado consistente, diferente por situación y contenido, al alcanzado por bloques numéricamente más poderosos del pasado. Por detrás gravita también el constante incentivo de las relaciones ruso-latinoamericanas y el inédito acercamiento de China al hemisferio al sur del Río Bravo.

Tres factores marcan la diferencia de este nuevo intento con las limitadas y al cabo fallidas experiencias previas: la inexistencia de la Unión Soviética en su doble papel de poderoso sostén y freno implacable; la existencia del Alba y los gobiernos revolucionarios que la componen y, último pero de primera importancia, la magnitud sin precedentes de la crisis capitalista en curso.

Esto último constituye la poderosa fuerza material que determina el movimiento general. Pero el complemento subjetivo está en protagonistas marcadamente diferentes a los perfilados por el siglo XX. Las definiciones y prácticas antimperialistas de los países del Alba, con eje sobresaliente en la militancia internacional de Venezuela, son una novedad histórica. Como lo es el contenido conceptual profundo desde el cual Ahmadinejad encarna el estado islámico iraní.

Mucho será necesario estudiar, conocer y reflexionar para comprender el proceso político desenvuelto en aquel país desde 1979, cuando un formidable movimiento de masas depuso al títere impuesto por Estados Unidos en Teherán. Además de despojarse de la altanera superficialidad eurocentrista, que ve la paja en el ojo ajeno y omite la viga en el propio, habrá que seguir de cerca los resultados objetivos de la estrategia de apertura mundial que Irán está llevando a cabo en todos los terrenos (ver Ofensiva mediática). La riqueza histórica y cultural del pueblo persa, su férrea y muy arraigada voluntad antimperialista colectiva, con una conducción política consecuente, todo combinado con el ímpetu revolucionario en los países del Alba e inmerso en una época de profundas convulsiones, es la argamasa apropiada para producir grandes cambios cualitativos en unos y otros, precisamente en momentos en que la prolongada agonía capitalista pone de manifiesto una irrespirable degradación cultural en Occidente. El derrumbe imperial exige también, y acaso ante todo, una revolución cultural.

 

Grandes ausentes

Plasmado ya este verdadero frente antimperialista transcontinental, no explícito aunque sí en despliegue y franco avance, resalta aún más la omisión de tres protagonistas necesarios: los movimientos obreros y estudiantiles de todo el mundo (particularmente de Europa, donde permanecen anestesiados pese al brutal azote de la crisis), los partidos antimperialistas y revolucionarios de todo el mundo (muy en especial de Asia y África) más los movimientos sociales genuinos (notoriamente aquellos de América Latina cuyos gobiernos no integran el Alba). El tercer protagonista ausente cuya emergencia no admite demoras es un movimiento antiguerra de alcance mundial.

En la primera semana de junio próximo el Foro de São Paulo tendrá su encuentro regular, esta vez en Caracas. Bloque originalmente afirmado como punto de nexo para organizaciones y partidos de izquierda de América Latina y el Caribe, el FSP está desde hace años bajo la hegemonía de corrientes socialdemócratas. Pese a todo, es de esperar que los aires de la Revolución Bolivariana la oxigenen y alienten su participación en esas tareas urgidas por la necesidad de poner freno al belicismo más irracional y riesgoso de todos los tiempos.

El temor de la burguesía imperialista no lo provocan Chávez o Ahmadinejad. Reside en la posibilidad de que esa fuerza latente, la más poderosa, la única capaz de contrarrestar la capacidad destructiva del imperialismo en caída, dé un salto por sobre siglos y alumbre una nueva era.

 

entrevista con telesur

La Celac y sus retos

PorTelesur

 

El periodista Luis BIlbao, director de la revista América 21, dice a Telesur que con la declaración final de la Celac se ha dado un paso gigantesco en la integración regional, es un motivo de alegría para los latinoamericanos y un motivo de honda preocupación seguramente en Estados Unidos. Añadió que no hay que tener una visión ingenua de lo que viene por delante, ya que habrá grandes problemas por la diversidad propia de los países.

 

 

América Latina y las relaciones de fuerza internacionales

PorLBenAXXI

 

En medio de la crisis económica más extensa y profunda de la historia capitalista, América Latina se recorta en el panorama mundial como factor singular, signado por tres datos principales: mantiene una dinámica de convergencia regional mientras todas las restantes áreas del planeta sufren violentas fuerzas centrífugas; hasta el momento sufre menos por la recesión en los centros imperiales; en el heterogéneo conjunto convergente existe un núcleo vital que, frente al colapso del capitalismo central, enarbola como perspectiva el socialismo del siglo XXI.
Por eso la constitución de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) plantea una oportunidad sin precedentes para colocar a la región como punto de partida de una nueva fase en la historia de la humanidad.
No hay exageración ni grandilocuencia en esta afirmación. Cuando América XXI esté en sus manos, en Caracas 33 mandatarios estarán abocados a la tarea de conformar una instancia política común al Sur del Río Bravo.
De entre ellos, los 12 componentes de la Unión de Naciones del Sur (Unasur) cuentan para trasladar al nuevo organismo con significativas conquistas alcanzadas hasta ahora. Están resumidas en los diferentes Consejos destinados a resolver con criterio y fuerza común los grandes problemas de la región, entre los que descuella el recientemente creado Consejo de Defensa.
Más aún, como engranaje de fuerza en un mecanismo mayor, la Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América (Alba), puede mostrar resultados. La misión Yo sí puedo, contra el analfabetismo; la misión Milagro, para devolver la vista a millones de latinoamericanos, entre otras, han avanzado de manera sorprendente en la resolución de calamidades sociales que durante el siglo XX, con el crecimiento capitalista, en lugar de desaparecer ganaron terreno. El Alba puede esgrimir también instrumentos de operatividad y racionalidad económica como el Banco del Sur; o el Sucre, moneda común del bloque.
De cada uno de esos temas hay testimonio en esta edición. También del que abrasa y condiciona a todos ellos: la respuesta de los estrategas y jefes políticos del capital frente a la imparable marcha de la crisis.

 

Contexto insoslayable

Es inevitable que la agenda en la fundación de la Celac esté determinada por la quemante realidad mundial. La recesión en los centros imperiales es un hecho. El deslizamiento hacia la depresión, un temor fundado. El impacto sobre cada economía nacional, una perspectiva inexorable. La ilusión de que el equilibrio mundial capitalista se mantendrá desplazando su eje hacia los Brics probablemente demore en disolverse por completo, pero al momento del cónclave en Caracas ya habrá datos suficientes como para que los cuadros serios asuman la realidad. También gravitará sobre los mandatarios la desembozada decisión bélica de Estados Unidos y la Unión Europea. No hay, no puede haber, una respuesta única en la Celac ante tamaño desafío. Es posible en cambio un mínimo común denominador.
Una Celac consolidada supondría la muerte de la Organización de Estados Americanos (OEA). Es obvio entonces que los esfuerzos desplegados por el Departamento de Estado y el Pentágono para quitarle empuje al nuevo organismo no tendrán límites. Para Washington es vital recuperar la iniciativa política a escala mundial. Sólo en América Latina, por las razones señaladas, está en disputa esa primacía. Si en la coyuntura inmediata los aprestos guerreristas están apuntados en primer lugar hacia Siria e Irán, el enemigo estratégico está en esta región y contra él se apuntan los cañones de la diplomacia y la prensa venal, mientras se despliega la IVª Flota y la CIA trabaja más que nunca.
La pérdida de control sobre el conjunto geopolítico plasmado en la Celac impide pasos esenciales para procurar la recuperación del ciclo económico capitalista. Pero también, y acaso ante todo, abre el camino a una respuesta revolucionaria para la crisis general.
Esta afirmación puede parecer una extrapolación desmesurada. De hecho, que tres miembros de envergadura de la Celac (México, Brasil y Argentina) sean a su vez integrantes del G-20 obra como argumento para desistir. En el mismo sentido pesa la presencia de otros presidentes alineados con la Casa Blanca. Todo cambia sin embargo cuando se pone en la balanza la descontrolada voracidad del imperialismo en caída, la amenaza bélica y, en primer lugar, la demanda creciente de cientos de millones de latinoamericanos, que a sus penurias de hoy sumarán las que descargará sobre ellos el colapso capitalista.
La Celac es una clave para resolver positivamente la relación de fuerzas frente al imperialismo. Una palanca más para bregar por la unión de los pueblos latinoamericanos.

intervención de luis bilbao en uruguay

«El Alba y América Latina frente a la crisis mundial»

El director de la revista latinoamericana América XXI, Luis Bilbao expuso la realidad de el Alba y América Latina frente a la crisis mundial. La actividad fue coordinada por América XXI y el Centro Cultural Simón Bolívar.
El audio narra, en la voz de Luis Bilbao, las distintas formas de recuperación que ha intentado el sistema capitalista para disimular su inevitable crisis sistémica. En la charla se refirió también a los teóricos liberales, al papel del keynesianimso, a la transformación del mapa geopolítico actual con la aparición de gobiernos que buscan alternativas y una visión global del papel que cumple el socialismo en esta época.

Escuche el audio aquí

Iniciativa

PorLBenAXXI

 

“Gaddafi pagará las consecuencias de violar los derechos fundamentales del pueblo”, declaró Barack Obama el 23 de febrero último, ocho meses antes de que un esbirro completara la faena inconclusa de un caza francés y un avión estadounidense sin tripulación cuando bombardearon la caravana en la que el líder libio se replegaba de Sirte.
Irán “pagará el precio”, volvió a amenazar Obama el 9 de octubre, tras exponer en conferencia de prensa una fantasiosa operación destinada a asesinar al embajador saudita en Washington. “No habríamos presentado el caso a menos que supiéramos exactamente cómo probar las afirmaciones contenidas”, agregó el Premio Nobel de la Paz. Tres semanas después no hay pruebas y, por el contrario, el caso cayó por el propio pesos de la absurda fabricación. “El precio”, en cambio, aumentó: horas después el Departamento de Estado volvió a la carga con sus acusaciones a Teherán, por estar supuestamente trabajando en la construcción de una bomba atómica. Simultáneamente fuentes responsables indicaban que en Israel altos jefes militares y ministros de Benjamin Netanyahu se reunían para discutir un eventual bombardeo a instalaciones nucleares iraníes.
El diario israelí Haaretz publicó una nota firmada por Amos Harel, quien informa que el secretario de Defensa de Obama, Leon Panetta, viajó a Tel Aviv para llevar un mensaje: “Estados Unidos apoya a Israel, pero un ataque no coordinado a Irán podría detonar una guerra regional. Estados Unidos defenderá a Israel, pero Israel debe ser responsable. Estamos muy preocupados y trabajaremos juntos para hacer lo que sea necesario a fin de evitar que Irán represente una amenaza para la región”.
Antes de Panetta, provenientes de Estados Unidos llegaron a Israel 50 bombas estratégicas de última generación, destinadas a destruir refugios subterráneos de hierro y cemento construidos por Teherán a gran profundidad. Netanyahu habría aceptado la presión de Obama, pero con un plazo: comienzos del invierno boreal. Por razones inciertas (aparte la quiebra económica estadounidense y los 12.500 millones de dólares mensuales que cuesta la ocupación), el presidente estadounidense anunció sorpresivamente el 22 de octubre que retiraría antes de fin de año los 39 mil soldados emplazados todavía en Irak.
Esto último y el asesinato de Gaddafi, dijo Obama, “son poderosos recordatorios de cómo hemos renovado el liderazgo de Estados Unidos en el mundo”.

 

Premura

Por “renovación del liderazgo” debe entenderse desesperado intento por recuperar la iniciativa estratégica, perdida por Estados Unidos en la última década. A sangre y fuego el gobierno estadounidense recorre la fase final de una línea de acción aplicada desde hace cinco años con ese objetivo. Acuciado por la necesidad de mostrarse exitoso, Barack Obama dio por alcanzada la meta, precisamente cuando ésta se desdibuja bajo la presión de la crisis capitalista internacional y el inicio de movilizaciones en los centros imperiales.
Si desde una perspectiva militar el punto de partida de ese plan de largo alcance puede señalarse con la invasión a Irak, desde el ángulo político el primer movimiento coincide con el viaje de George W. Bush a Suramérica en 2007 (esta columna caracterizó el periplo en la edición de marzo de 2007). Bajo la férrea mano de Condoleezza Rice el Departamento de Estado dio inicio al contraataque tras la lacerante derrota estadounidense en Mar del Plata dos años antes, cuando se hundió sin remedio la estrategia del Alca (Área de Libre Comercio de las Américas).
En ambos casos los resultados no fueron concluyentes y quedaron muy lejos de reubicar a Washington como autoridad planetaria y centro de un reordenamiento mundial. No obstante, sería incorrecto desestimar lo hasta ahora alcanzado por el guerrerismo desenfrenado, así como las victorias parciales en la tarea de mellar la voluntad unitaria de América Latina. Puede percibirse en los últimos tiempos una peligrosa tendencia a dar por resuelto el desafío que un Estados Unidos en convulsiva crisis le plantea a la humanidad, mediante el superficial expediente de suponer que el eje capitalista hoy apoyado en Washington y Bruselas se traslada a otro, presumidamente virtuoso, con asiento en los Brics.
Es verdad que Estados Unidos ya no puede vencer. Se aplica en cambio a destruir, degradar, promover guerras fratricidas y cobrar los dividendos. Y continúa siendo la economía de mayor tamaño, imbricada además con el aparato bélico más poderoso, con mucho, de todo el planeta, al cual en última instancia se le somete Europa.
Se retira de Irak y de Libia. No sería erróneo entender ese paso atrás como expresión de impotencia. Pero deja tras de sí economías arrasadas, infraestructuras en escombros y, sobre todo, muy en primer lugar, pueblos heridos por profundas fracturas, insanables en el corto plazo. Ésa es y seguirá siendo su estrategia de “renovación de liderazgo”.
Tendencialmente esa línea ya está desplazándose, como amenazante nube, sobre Siria e Irán. En paralelo, con otros matices, la Casa Blanca despliega esa misma estrategia hacia América Latina, con centro en los países del Alba y en particular Venezuela. Cuenta con la conducta timorata y maleable de las burguesías de la región. Y con las vacilaciones de gobiernos ambiguos, irresueltos a la hora de buscar fortaleza en el único arsenal posible: la movilización y organización de las grandes mayorías.
Aviones de la Otan en Libia, calumnias lanzadas como misiles de acción retardada sobre Caracas, La Paz, La Habana, Quito o Managua. Obama es el circunstancial ejecutor de la estrategia imperial por recuperar la iniciativa. Unasur y próximamente la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), tienen la misión inversa. El Alba, con sus netas definiciones en favor del socialismo del siglo XXI obra como pequeño engranaje de un gran mecanismo apuntado a impedir la consumación del propósito yanqui. El 3 y 4 de noviembre se reúne en Cannes la cumbre del G-20. El 2 y 3 de diciembre, en Caracas quedará fundada la Celac. Al compás de la crisis que ya sacude las columnas del capitalismo estadounidense, se aproxima la hora de las definiciones.

programa de educación del partido socialista unido de venezuela (psuv)

Luis Bilbao habla de la crisis internacional en Debate Socialista

En momentos en que detonaba nuevamente la crisis del sistema capitalista en los países centrales, el profesor Héctor Navarro, actual diputado en la Asamblea Nacional y dirigente del Psuv, invitó a Luis Bilbao, director de América XXI, a exponer acerca de la naturaleza y el carácter de la crisis mundial. A lo largo de una hora y cuarto de intercambio, el programa se adentra en la definición de los rasgos determinantes de la situación mundial y señala los grandes debates de nuestro tiempo.

v congreso extraordinario del partido de los trabajadores de brasil

Un gigante en la tormenta

PorLBenAXXI

 

Mudanzas: a contramano de anuncios y pronósticos de la economía mundial, el Congreso del Partido dos Trabalhadores delineó un objetivo de gran potencia. El camino es asociarse con los Brics (Brasil, Rusia, China, India, Suráfrica), el bloque en gestación, señalado como punto de reequilibrio del capitalismo. A la vez, el PT y su gobierno persisten en acabar con el hambre y la marginalidad de millones de habitantes. La presidente Rousseff muestra logros concretos: haber sacado de la pobreza a 40 millones de  seres humanos. Y reconoce lo mucho que falta. La incógnita es si la economía mundial permitirá sostener lo logrado y continuar avanzando. Y si el horizonte de los Brics es aceptable para quienes llevaron al PT al poder.

 

En medio de rayos y centellas que estremecen al capitalismo mundial, el gobierno brasileño luce más que optimista. No es que no tome medidas preventivas. Pero parece convencido de que el poderío de la economía local saldrá indemne de la tormenta. Más aún: anuncia un futuro al alcance de la mano en el cual la rémora de una desigualdad abrumadora será vencida por el crecimiento sostenido, la redistribución de la riqueza y la abolición de la marginalidad a la que ha sido arrojada una proporción inabarcable de sus 194 millones de habitantes.
“Brasil se encamina a ser la cuarta economía en el mundo y tal vez la tercera”, explicó Lula en su breve y coloquial discurso en la apertura del IVº Congreso del Partido dos Trabalhadores (PT), realizado en Brasilia entre el 1° y el 4 de septiembre. Fue mucho más que una afirmación optimista: ratificó el eje estratégico que guió sus ocho años de gobierno y se prolonga sin desvío en la administración de Dilma Rousseff, quien aplaudió sonriente antes de tomar el micrófono para clausurar el acto inaugural. De esta manera Luiz Inácio da Silva puso la nota dominante que, consciente o inconscientemente en la conducta de los 1.230 delegados presentes, presidiría el Congreso del partido gobernante: Brasil potencia.
Puede parecer extraño que a ocho meses del tercer gobierno y la segunda presidencia petista, en medio de una situación mundial tremulante, a meses de elecciones en las alcaldías de todo el país, el PT centre sus esfuerzos en una mudanza de su régimen interno. No lo es. Aunque haya quedado en el olvido, en 2005 el PT y su gobierno sufrieron una crisis que diezmó sus filas, ahondó la distancia entre sus corrientes internas (pluralidad palpitante que hizo poderoso y estratégicamente fértil a este partido) y puso a Lula al borde del abismo. Seis años después, tras la nueva victoria en las presidenciales, la consagración de Rousseff, en alianza con el otrora principal enemigo, el Partido do Movimento Democrático Brasileiro (Pmdb), la consolidación partidaria y electoral, requiere un manejo diferente de las nueve tendencias internas. Extraño pero coherente. El año próximo hay elecciones municipales, de enorme importancia para afianzar el poder del PT y sostener su hegemonía ante un desafiante Pmdb, lo cual a su vez fortalecerá o no las perspectivas de reelección de Dilma Rousseff dos años más tarde. Como mero ejemplo de lo que se reproduce multiplicado en todo el país, en San Pablo tres precandidaturas petistas amenazan la unidad partidaria y ponen en riesgo siquiera la posibilidad de ganar esa capital clave, hoy gobernada por el Partido da Social Democracia Brasileira (Psdb). Lula se ha empeñado personalmente en revertir esa situación. Pero no puede resolver cada caso a lo largo de la geografía brasileña. Recentralizar el PT es una exigencia insoslayable para la Dirección Nacional, tanto como aumentar su masa de afiliados y reorganizar sus finanzas mediante la cotización militante.
No menos curioso es que pese a la existencia de nueve tendencias (la última creada recientemente, a partir de una escisión de Articulação de Esquerda, a su vez escisión de la originaria Articulação, encabezada entonces por Lula), no hubo documentos contrapuestos como tradicionalmente ocurrió en el PT. La paradoja es entonces que, a la vez que se produce una pugna interna expresada en crudas disputas por candidaturas, las tendencias que en conjunto representan más de un 90% de los afiliados se pusieran de acuerdo para presentar un único proyecto de Resolución Política. El actual presidente del Partido, Rui Falcão, tuvo además la flexibilidad suficiente para reducir a pequeñas enmiendas los conflictos alrededor del nuevo Estatuto.
Sería erróneo concluir de aquí que el PT ha clausurado su tradicional régimen democrático interno. No; es que las diferencias se han limado entre las principales tendencias históricas. La idea de “Brasil potencia” obró el milagro. Quienes no comulgan con los cambios estratégicos implícitos en esa nueva concepción son una minoría ínfima. El Congreso puede dar cuenta de ellas con el simple recurso democrático de poner a votación cualquier diferencia mayor. Esta nueva realidad partidaria se respiraba en el IVº Congreso Extraordinario.

 

Aurea mediocritas

Lula y Dilma tienen en qué apoyarse. En un cuarto de siglo de institucionalidad sin sobresaltos, tras dos períodos de Lula en el Planalto y ocho meses con Dilma Rousseff, la marcha de la economía reafirmó la paradojal dinámica de crecimiento en cuya lógica los extremos de riqueza y miseria crecieron más allá de toda medida. Hace ya mucho tiempo estas tierras fueron bautizadas por la intelectualidad progresista como Belindia: Bélgica por sus cuantiosas fortunas y el adelanto del primer mundo, India por el atraso y la espantosa marginalidad.
Ese contraste intolerable está afirmado por la simple percepción de la vista y el sentido común. Pero el sentido común no alcanza –tanto menos la mirada individual– para comprender una realidad compleja. Y si hay complejidades en cualquier fenómeno económico-social, Brasil es un ejemplo superlativo.
El hecho es que las estadísticas, oficiales u opositoras, dicen algo diferente. Aun con la relatividad propia de cualquier estadística abocada a medir la realidad humana, Brasil muestra cambios impactantes. Si bien el crecimiento medio de la última década fue menor al de algunos de sus afortunados vecinos al Sur y al Oeste, la Presidente pudo inaugurar el Congreso con una afirmación imposible para cualquiera de sus pares del Cono Sur: durante el gobierno del PT “40 millones de personas salieron de la pobreza”. Ella agregó que esa masa humana (equivalente a la totalidad de la población argentina, para poner una magnitud comparativa), “pasó a la clase media”. Esto último, un alegado “milagro brasileño” del siglo XXI, es discutible. Por mucho que el concepto “clase media” se preste a plasticidades excesivas, y sin menguar el valor humano y social del resultado, no parece adecuado caracterizar de esa manera el salto de quienes salieron del abismo.
Con todo, apelando al lenguaje de consultoras y centros de estudio que trueca clases por niveles A-B-C-D y E, la estadística ratifica la significación política del fenómeno. Citada por el semanario Carta Capital, que casualmente publicó una nota sobre los nuevos ricos brasileños en la semana del Congreso del PT, la Fundación Getulio Vargas (FGV) indica que el nivel C creció un 46,6% entre 2003 y 2011, es decir, el período Lula.
También afirma la FGV que “39,6 millones de brasileños dejaron la pobreza”, para afirmar enseguida que los niveles A y B (las burguesías grande y mediana alta), crecieron en un 54,7%: “son más de nueve millones 200 mil brasileños que se enriquecieron en el período”. He allí el “dorado justo medio”: felices arriba y abajo en la pirámide social, no obstante, el 10% más pobre contribuye con el 33% de sus ingresos a las arcas fiscales, mientras que el 10% más rico cede sólo el 22,7% de lo anualmente embolsado. El Banco Mundial muestra la misma realidad de otra manera: el 55% de la carga tributaria grava el consumo, el 31,5% la renta y el 13,5% el patrimonio.
Como quiera que sea, el hecho es que “Entre 2000 y 2010 la renta per capita de la mitad más pobre de la población aumentó un 68%”.
Es obvio que ese aumento no es homogéneo. Y cabe recordar que el período incluye los últimos tres años del anterior presidente Fernando Enrique Cardoso. No obstante, nada podría reducir el impacto de esta magnitud.
¿Habrá de concluirse entonces que, en efecto, la concepción de aurea mediocritas, la lógica Brics, la estrategia “Brasil potencia”, han asestado una derrota letal al materialismo dialéctico y se imponen sin remedio al Manifiesto, el programa y el plan de acción que dio nacimiento al PT? En su discurso de clausura de la primera convención partidaria Lula preguntaba retóricamente “¿No sería el PT apenas un partido socialdemócrata, interesado en buscar paliativos para las desigualdades del capitalismo?”, para enseguida responder: “Nosotros, del PT, sabemos que el mundo camina al socialismo (…) sentimos en carne propia y queremos con todas las fuerzas una sociedad que, como dice nuestro programa, tendrá que ser una sociedad sin explotados ni explotadores. ¿Qué sociedad es ésta sino una sociedad socialista?” (ver Historia -Teoría – Debate, pág. 38).
No sólo en las filas del PT creen que ése es un lenguaje superado. Algunas delegaciones asistentes al Congreso parecían caer en estado de éxtasis al oír la implícita afirmación de que es innecesario pensar en una revolución, que es posible aplicar una estrategia de sostenido desarrollo e igualación social con apoyo en los Brics y ayuda del capital bueno. Es el gran debate que afronta ahora América Latina y buena parte del planeta.
Puede presumirse que la respuesta llegará antes de los hechos que de la teoría. El viernes 1° de septiembre, mientras sesionaba el Congreso, las Bolsas dieron en todo el mundo el reiterado aviso de que algo anda muy mal en los cimientos del edificio capitalista. Otro aviso, aunque de menor inmediatez, merecía atención en ese mismo momento: una multitud estudiantil manifestaba en Brasilia sus reclamos y se solidarizaba con el fantasma redivivo: el estudiantado chileno, mientras el movimiento campesino marchaba para recordar que está pendiente la reforma agraria y la Central Única de Trabajadores (CUT), a través de sus delegados al Congreso exigía la baja de las tasas de interés y una profunda reforma tributaria.

 

Molde nuevo

Ínterin, en el PT soplan nuevos vientos. Ideas, programa y líneas de acción política, incluso la tipología del militante petista, deben adecuarse a la noción de “Brasil potencia”, complementada con otro concepto fundamental, descripto en la resolución política: “la actualidad mundial está marcada por tensiones y disputas entre dos grandes y diferentes líneas de orientación política, económica y social –aunque en los marcos del capitalismo– un proceso en cuyas derivaciones deberemos incidir”.
Esas dos orientaciones en el terreno internacional las define de la siguiente manera el texto aprobado: “de un lado … políticas neoliberales que dejaron al capital financiero y a las grandes corporaciones privadas mundiales el control de los movimientos económicos”, en tanto “otra parte del mundo, en la cual se incluye Brasil, rechazó el neoliberalismo como alternativa para sus pueblos y naciones”. Agrega este texto que: “Con victorias históricas contra la derecha, la mayor parte de los gobiernos latinoamericanos –sobre todo en América del Sur– han adoptado una línea progresista, apuntando a promover el crecimiento económico, generación de empleos, distribución de la renta, justicia social y democracia”.
Tras explicar que “los países del Sur del mundo pasaron a crecer más y sus economías fueron haciéndose más fuertes que las de varios países ricos del Norte”, la resolución del PT subraya que “los llamados ‘países emergentes’ se convirtieron en motores dinámicos y promisorios de la economía mundial. Su fortalecimiento hizo también que la antigua distribución del poder en los organismos internacionales comience a ser superada. Se plantea ahora una lucha de poder en las instituciones internacionales entre representantes de estas dos líneas de orientación; en esto se inscribe la sustitución del G-8 por el G-20, la articulación de los Brics, la pretensión de Brasil e India de tener un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y varias otras iniciativas, como la victoria reciente de Brasil para ocupar la dirección de la FAO”.
El documento aprobado señala con claridad la línea de marcha: “Incluso con la inevitable competencia entre sí de los Estados nacionales, y con las diferencias resultantes de la historia y de la vida interna de cada país, esta nueva alternativa va delineándose en el mundo. Aunque los países ricos del Norte continúen ricos y poderosos, y todavía mantengan la supremacía militar, hay otros nuevos países ricos y poderosos en la escena mundial presentando alternativas diferentes a los pueblos”. En ese universo de alternativas diferentes se propone incidir el programa de acción del PT.
Puertas adentro, esa estrategia tiene sus bemoles. Por las características señaladas, el Congreso no discutió temas de fondo. Pero hubo dos cuestiones que no pudieron ser eludidas: la privatización de aeropuertos y la presencia en Haití de tropas internacionales comandadas por Brasil.
Aquí también se comprobaría la adecuación del PT a los nuevos tiempos. Resuelta de antemano por acuerdo la Resolución Política, votada y aprobada en general por el Congreso, esos puntos quedaron como enmiendas. El trámite democrático fue formalmente impecable: la presidencia leyó en cada caso las enmiendas y luego hubo cinco minutos para argumentar a favor y otros cinco para la defensa del texto original. No se puede negar la eficiencia: en 20 minutos se debatió privatizaciones y Haití.
Causó sorpresa –y cierto malestar– el hecho de que en ambos casos el texto oficial fuera defendido por un antiguo dirigente petista, izquierdista en sus orígenes y relegado en los últimos años, quien utilizó un tono dramático para defender en altísimo tono de voz la privatización de aeropuertos (en 2014 se realiza en Brasil el campeonato mundial de fútbol y en 2016 las Olimpíadas) y la permanencia en la mediaisla caribeña, donde, según su opinión, las tropas estarían cumpliendo “una misión civilizatoria”. Por azar, ese mismo día estaba perpetrándose un acto incalificable contra un joven haitiano, sometido por militares uruguayos con raro concepto de civilización. Pero eso se ignoraba en Brasilia, donde sesionaba el Congreso. En ambas votaciones ganó la posición oficial por mayoría abrumadora, superior al 80%.
No obstante, el Congreso culminaría con dos decisiones caras a la tradición petista: el cupo femenino en los organismos de dirección fue elevado del 30 al 50%; y se respaldó el proyecto de reforma política que la bancada del PT defiende en el Parlamento.

 

Brics o no Brics

Por necesidad fonética, éste es el primero de los países de la fórmula mágica por estos días: Brics (Brasil, Rusia, China, India, Suráfrica). En cuanto a relevancia económica, ocupa el tercer lugar, con apenas una cuarta parte del volumen de China y muy cerca de Rusia. En 2010, en millones de dólares, el PBI de cada uno de los Brics indicaba la siguiente proporción: China: 4.667.000, Rusia: 1.371.000, Brasil: 1.346.000, India: 1.256.000, Suráfrica: 527.500.
La promoción de este potencial bloque internacional, así como el ingreso al G-20, determinaron la política internacional de los sucesivos gobiernos petistas. La otra palanca de esa estrategia es Unasur, conjunto al cual, en caso de consolidarse los Brics como protagonista internacional, Brasil objetivamente representaría (el PBI brasileño más que cuadruplica el de Argentina, la segunda mayor economía suramericana). No está claro en cambio cuánto énfasis pondrá Itamaraty en la consolidación de la Celac, que incorporará a México, cuyo PBI equivale a dos terceras partes del de Brasil.
En esta compleja e inacabada arquitectura intenta apoyarse la estrategia “Brasil potencia” o, como lo apunta Lula, ser “la cuarta o tal vez la tercera” economía en el mundo capitalista. Implícita queda la convicción de que la crisis económica en los centros imperialistas no quebrará la dinámica de crecimiento de los Brics y de Brasil en particular. Más aún: esta visión estratégica parte de la certeza de que la crisis beneficiará a estos países.
Es una hipótesis sin sustento teórico. Al contrario: incluso razonamientos elementales advierten la afectación que ya siente China y sufren Rusia e India. Pero ése es otro debate. De hecho, se trata de la cuestión de mayor importancia que deberán indagar dirigencias políticas, teóricos y analistas: ¿serán los Brics –o al menos podrían teóricamente ser– el gran protagonista mundial destinado a salvar al capitalismo mundial de un colapso generalizado, reequilibrar el sistema sobre un nuevo eje y afirmar un nuevo polo de poder y riquezas mientras Estados Unidos, la Unión Europea y Japón se hunden en la decadencia?
Inútil subrayar la trascendencia de la respuesta. En la región, más de un sector burgués –y más de un gobierno– aboga por montarse sin demora al tren brasileño para ser partícipes, siquiera subordinados, en el reparto de las mieles prometidas por esta interpretación del futuro regional y mundial.
Si la burguesía industrial y agroganadera brasileña tiene una medición diferente de la situación, no lo hace público. El establishment no se planta contra el PT. Desde los flancos, lo reconoce y valora sin dejar de lado los esfuerzos por cercarlo, eventualmente arrancarle parcelas de poder y, en todo caso, amarrarlo en una sofisticada urdimbre institucional. El gran capital aplica una línea de acción para ganar-ganar: si el milagro de crecimiento económico sostenido y desarrollo en la justicia social se verificara, la burguesía continuaría beneficiada por la proporción de absorción de riquezas arriba señalada y favorecida por la paz social y el equilibrio político (por el momento, en el club de los milmillonarios reportado por la revista Forbes, Brasil cuenta con 30 afortunados, contra 55 en India, 101 en Rusia y 115 en China).
Si, por el contrario, los Brics sufriesen el impacto del colapso en las metrópolis y vieran transformarse los sueños en pesadilla de caída económica y conmoción política, el precio lo pagaría en primer lugar el PT y su gobierno, que al menos con la Resolución Política votada en este Congreso queda por completo desarmado para afrontar semejante eventualidad.

 

Cielo celeste…

Entre los factores que alimentan el optimismo oficial sobresale uno: el descubrimiento de inmensas reservas petroleras a 300 kilómetros de la Costa Sur y Sureste. Petrobras (40% propiedad del Estado) proyecta una inversión de 225 mil millones de dólares hasta 2015. Si bien el titular de la compañía, José Gabrielli se muestra animado por el efecto multiplicador de este descubrimiento sobre la industria, la ciencia y la tecnología, no deja de señalar dificultades: extraer petróleo de las profundidades en que se lo halló (de 5 a 7 mil metros después de tocar el fondo del mar a 2000 metros), es “como producir en la Luna”, explicó en entrevista al semanario Carta Capital. Hoy se extraen allí unos 100 mil barriles diarios, un 2% del total. El propósito es llegar al 18% en 2015 y al 40% en 2020. Los altísimos costos que implica “producir en la Luna” podrían, en dependencia del giro mundial, presentar problemas no sólo para obtener la financiación necesaria, sino para sostener la rentabilidad empresaria. Gabrielli adelanta que Petrobras va a desinvertir, vendiendo activos y reestructurando activos financieros, además de tomar deuda por más de 13 mil millones de dólares.
Por el momento prevalece la confianza. “Estamos serenos, pero muy atentos al cuadro internacional”, declaró la ministra de Planeamiento, Miriam Belchior. La serenidad es una virtud mayor, sobre todo cuando cada jornada se observan los movimientos bursátiles y los índices macroeconómicos en las metrópolis. Y no sólo en esas lejanías: el PBI pasó de un crecimiento del 7,5% en 2010 a un 3,1% en el segundo trimestre de este año. Aun con un flujo sostenido de capitales del exterior, el déficit en cuenta corriente sube este año al 2,5% del PBI. Más elocuente, sin embargo, es que ese flujo se explica por las altísimas tasas de interés, ésas que la CUT exige disminuir y que Rousseff bajó a fin de agosto en medio punto: de 12,5 a 12%. Una gota de combustible para el motor desacelerado.
Pero el fenómeno tiene otro costado. Brasil está calificado con “grado de inversión”. Con esa calificación los países centrales pagan tasas cercanas a 0%. Se explica entonces el alud de divisas que llegan para especular en moneda local, fenómeno que hizo crecer las reservas en 64 mil millones de dólares en los primeros 8 meses del año, contra 41 mil millones en todo 2010. La deuda continúa siendo, como siempre fue, una sangría dolorosa.
Y resistente: esa ínfima baja del 0,5% supo a nada a la dirigencia sindical. No obstante, produjo una devaluación del Real de alrededor del 20% en las cuatro semanas siguientes, provocando alarma en Argentina, en constante pugna comercial con su vecino.
Tales indicadores no se traducen por el momento de manera sensible en la vida social. Brasil continúa exhibiendo riqueza y pobreza extremas, pero la rueda sigue girando con luz enceguecedora. Todo es desmesurado aquí. Por contraste, el carácter de la mayoría de sus habitantes, al menos en la afabilidad del habla y la prudencia en la palabra, denota un universo asible, amable, a la medida humana. Así, también, es este Congreso: calmo, equilibrado, pese al tifón que viene de la economía y la política mundiales y penetra en Brasil como sibilante viento helado. En una paradoja tan estridente como sus dimensiones, el gigante se lanza a conquistar un lugar privilegiado en el mundo a la vez que se cierra sobre sí mismo, en sorprendente giro, para ocultarse la crisis que estremece al planeta.

 

Desde Brasilia, enviado especial

argentina: balance de las primarias del 14 de agosto

Continúa la desagregación

porLBenCR

 

Introducción

Con movimientos espasmódicos y señales contradictorias, el arco político argentino dio un largo paso más por el camino de decadencia y desagregación. En las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (Paso) del 14 de agosto la precandidatura de Cristina Fernández se impuso con 50,07%, relegando a un nivel ignominioso a la Unión Cívica Radical (UCR) y a dos fracciones del Partido Justicialista (PJ). Si bien la elección efectiva tendrá lugar el 23 de octubre, es improbable que lo esencial de este resultado se revierta, aunque en modo alguno es descartable que cambien las proporciones y puede esperarse resultados diferentes a nivel de legisladores e intendencias. De esta manera el éxito circunstancial de la Presidente coloca una lápida a los dos partidos tradicionales del capital pero no los reemplaza, ni podrá hacerlo, con una fuerza política definida, capaz no ya de trazar y conducir una estrategia nacional, sino siquiera de sostener la gobernabilidad en el próximo período.

Muy lejos de la consolidación de un Ejecutivo fuerte, tanto menos de un bonapartismo efectivo, este saldo aún provisional ratifica que la crisis detonada en 2001 continúa abierta y, sin perspectiva de resolución a la vista, augura un estado de desequilibrio permanente y creciente, alimentado además por la ya reiniciada recesión mundial y la insustentable base económica de la Argentina actual(1).
Resultado en cifras

Aun cuando para analizar el curso social una elección es apenas un factor, a menudo equívoco y sin fundamentos de largo plazo, es preciso comenzar por los resultados de estos comicios según datos oficiales(2): sobre un padrón total de 28.853.153 electores, acudieron a votar 21.757.053, equivalentes al 75,41%. Incluso con voto obligatorio (y la amenaza explícita de no poder votar en octubre si no se cumplía en esta oportunidad), es un porcentaje elevado, demostrativo de interés mayor al esperado. De ese total fueron contados como positivos 20.699.663. Como se sabe, los porcentajes de cada contendiente se calculan desconociendo el padrón total, pero también los votos en Blanco, nulos e impugnados, es decir, se hace como que no existen 7.096.100 ciudadanos que no concurrieron a las urnas y se desconoce la opinión de 1.057.390 que sí acudieron, pero con la decisión de mostrar que ninguna de las fórmulas los representaba.

El frente en torno al Partido Justicialista, con Cristina Fernández como candidata, alcanzó el 50,07%. La Unión Popular, una fracción del PJ encabezada por Eduardo Duhalde el 12,16. Compromiso Federal, otra fracción peronista con Alberto Rodríguez Sáa como candidato, el 8,17. La UCR encabezada por Ricardo Alfonsín pero con la inclusión de dos reconocidos peronistas (Javier González Fraga como candidato a vicepresidente y Francisco De Narváez como aspirante a gobernador de Buenos Aires), fue condenada con el 12,17%. y la Coalición Cívica de Elisa Carrió el 3,24%. El Frente Amplio Progresista de Hermes Binner logró el 10,26%. Hubo 776.880 en Blanco, 258.002 anulados y 22.508 recurridos e impugnados, que sumados y según el modo oficial de calcular equivalen al 5,1% de franco rechazo. El denominado Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT) alcanzó el 2,48% y Proyecto Sur el 0,9%. Si bien este último no tuvo una definición anticapitalista (pese a que dos partidos definidos como revolucionarios integran ese frente, MST y PCR), podría considerárselos como conjunto contestatario, la suma de cuyos votos implica el 3,38% del electorado que concurrió a las urnas.. Aunque resulta imposible confirmarlo, puede estimarse que de esa forzada suma que resulta en un 8,39% (unos 700 mil votos de PSur y FIT, más el millón largo de votos Blancos y anulados), al menos la mitad está integrada por el activo obrero y juvenil. Está a la vista que la abrumadora mayoría de la clase trabajadora y el grueso de la juventud prestó su apoyo al peronismo en general y al FpV en particular, coincidiendo en esa opción con las clases medias urbanas y rurales.
Un segmento numéricamente mayoritario -en más de un caso atravesando líneas partidarias- rechazaba ambas caracterizaciones. Pero carecía de cohesión teórica y de estrategia común. Y salvo excepciones, estaba compuesto por organizaciones de porte menor.

 

 Espanto y sorpresa

A la reacción de espantada perplejidad en la oposición burguesa por semejantes resultados le hizo espejo la sorpresa del propio oficialismo: si bien era unánime la previsión de que Fernández sería ganadora, fueron inesperados los porcentajes de unos y otros. Luego, entre los balbuceos de aquélla y el triunfalismo de éste, el análisis objetivo del proceso en curso ha quedado al margen. Mención aparte merecen las consultoras y ciertos analistas al uso, a quienes les volvió el alma al cuerpo y se apresuraron a confirmar sus previsiones de meses atrás, pese a que evitaron hacer públicas sus encuestas u opiniones previas al 14 de agosto, apabullados como estaban por los resultados de tres elecciones sucesivas en puntos clave del país: Capital Federal, Santa Fe y Córdoba, donde el oficialismo fue arrasado.

Así las cosas, ha quedado en el limbo la explicación objetiva de la lógica interna entre la conducta social en esos tres casos insoslayables y el resultado de las Paso. Comentaristas ajenos al rigor y la seriedad elementales eligen entre cargar la responsabilidad a los impresentables candidatos de la oposición burguesa o celebrar la supuesta solidez del enraizamiento social del elenco gobernante, atribuido a no menos supuestos avances en pos de la igualdad y la justicia. Los hechos distan de estas socorridas interpretaciones como está lejos el gusano de la mariposa.

Como primera evidencia salta a la vista el irremediable descalabro de la UCR, la imposibilidad de recomponer este aparato principal del dominio de clase, así como el fiasco de quienes intentaron recomponer el PJ a través de un discurso peronista ortodoxo. Estos son dos factores cruciales para comprender la realidad argentina y su dinámica: los de arriba han perdido, y para siempre, sus dos partidos con enraizamiento y control de masas. Pero esto significa nada sin la contraparte, que es todavía más transparente a poco que se quiera mirar de frente la realidad: el oficialismo está apoyado sobre un PJ todavía más fragmentado que aquellos que asumieron la oposición, y la sigla bajo la que se cobija el gobierno, Frente para la Victoria (FpV), es un enorme tambor de hojalata vacío, capaz de eventualmente hacer mucho ruido pero sin nada dentro.

Desde luego, las causas son múltiples y residen en un imbricado entretejido de fuerzas objetivas y subjetivas, imposibles de percibir a simple vista. Entre las primeras están el crecimiento económico (superará el 7% este año) y el auge consumista (con base en el endeudamiento individual) de los últimos años, combinado una semana antes de los comicios con la eclosión de un nuevo y gravísimo episodio de la crisis económica capitalista en los países metropolitanos, anunciador del retorno de la recesión mundial. Aquí aparece el factor subjetivo atravesando el conjunto social, cuando cada ciudadano, en primer lugar las clases medias, se preguntó acerca de los efectos posible en Argentina y, con prescindencia de color político, vio y oyó a candidatos de la oposición en una catarata de vaciedades repetidas hasta el hartazgo por radio y televisión.

La extraordinaria volatilidad de la opinión general es el punto en que más crudamente plasma el cataclismo político argentino, que ha desmoronado a los partidos tradicionales de las clases dominantes, pero también a las izquierdas.

A lo largo de la historia el marxismo ha estudiado exhaustivamente el comportamiento político de las clases medias. En una de sus elocuentes metáforas, Trotsky las comparó con un enfermo afiebrado, que se revuelve en su lecho volcándose ora a derecha, ora a izquierda. Lo nuevo, en Argentina, es que no hay en el arco partidario estructuras realmente existentes a derecha o izquierda para que esas masas oscilantes puedan recostarse en ellas. No puede asombrar, por tanto, que en un momento de zozobra internacional hayan optado a último momento por el statu quo(3).

A propósito, un ejemplo muestra la irracionalidad del pensamiento adosado al oficialismo: los intelectuales del poder, desesperados por el supuesto «giro al fascismo» de la ciudad de Buenos Aires cuando el 31 de julio Mauricio Macri obtuvo en segunda vuelta el 63% de los votos, dos semanas después atribuyen a la «sabiduría popular» y a las virtudes oficialistas la victoria en las Paso. En vano se buscará siquiera un intento por vincular con criterio científico ambos fenómenos. Es una renuncia al pensamiento y a la seriedad individual.

Pues bien, el nuevo barquinazo mundial, combinado con el perfil de incapacidad y corrupción de los dos principales candidatos opositores hizo virar en redondo a las clases medias urbanas y rurales respecto de su comportamiento apenas horas antes, arrojándolas a los brazos trémulos de un asustado oficialismo.

En cuanto a la clase obrera y los sectores populares, que en las tres elecciones aludidas se volcaron mayoritariamente a la oposición, la explicación de su giro, también condicionada por la reaparición de la crisis mundial, tiene sin embargo otro factor determinante. Un análisis de las elecciones en Santa Fe elaborado por el periódico El Espejo(http://deargentinaelespejo.blogspot.com/), concluía el 26 de julio con la siguiente afirmación, en referencia a la toma de distancia del gobierno frente a la CGT y el aparato del PJ para armar las listas de candidaturas y los resultados obtenidos en tres distritos fundamentales:

«El elenco gobernante ensayó un intento desesperado para eludir el cepo en el que lo tienen la CGT y el PJ. De aquí al 14 de agosto al gobierno le quedan dos posibilidades: cede a las exigencias de esos aparatos (negocios contantes y sonantes), o se arriesga a no tenerlos como aparato efectivo para la crucial tarea de movilizar electores para las Paso. En cualquier hipótesis, los intereses de la nación, de la clase trabajadora y el conjunto del pueblo, están fuera de los planes de las camarillas burguesas y aparatos corruptos hoy enfrentadas a cuchillo por el poder y el reparto de la renta nacional».

A la luz del resultado del 14 de agosto, queda claro que, tras los sopapos recibidos en Capital Federal, Santa Fe y Córdoba, el gobierno cedió a exigencias de ambos aparatos. Así, la amenaza de estos de volcarse en favor de Duhalde o Rodríguez Sáa, se transformó en un frente único circunstancial de los llamados «barones del conurbano» (la mafia y la ultraderecha enquistada en el PJ), y la CGT, en este caso acompañada por la fracción oficialista de la CTA(4). Entre muchas informaciones imposibles de ser probados relativas a esa negociación (por ejemplo el freno al juicio que amenaza con llevar a la cárcel a Hugo Moyano), hay uno públicamente constatable: Moyano -acompañado por Hebe de Bonafini, antes de que estallara el escándalo- fue el principal apoyo en el acto de lanzamiento de Amado Boudou como candidato al gobierno de Buenos Aires, mientras simultáneamente el titular de la CGT y sus hombres más allegados defendían la necesidad de que el vicepresidente de Cristina Fernández fuera un hombre de la central sindical. Obligada por encuestas que mostraban la irremediable flaqueza electoral de Boudou, la Presidente eligió a última hora a Daniel Filmus el 20 de mayo. Cinco semanas después, a despecho de sus sólidos antecedentes neoliberales, Boudou fue designado por Fernández como su segundo en la fórmula presidencial.

Es verdad, también, que los aparatos del PJ y la CGT actúan con un doble movimiento, inverso en su expresión pero coherente en su objetivo: garantizar que el poder quede en manos del peronismo, a la vez que se realizan todas las maniobras necesarias para quitarle espacios al gobierno y tener capacidad para condicionarlo. En ese sentido, la nueva ley electoral acordada por el PJ y la UCR dos años atrás y el absurdo de más de 20 elecciones en ocho meses, calza como un guante en aquellas necesidades de manipulación electoral y sobrevivencia política.

Otro factor de relativo peso fue la abrumadora cantidad de recursos financieros destinados por la campaña oficialista en general y en particular la apuntada a la juventud, que tuvo éxito en franjas electoralmente significativas de jóvenes de la pequeño-burguesía. En este terreno fue particularmente efectiva la táctica en relación con los derechos humanos, tanto más despreciable cuanto la pareja presidencial jamás estuvo involucrada en esa noble tarea. La cooptación de organismos como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo tuvo, no obstante, un significativo impacto en la captación de sectores juveniles. El cinismo de esta política es una prueba más de la degradación de las clases dominantes cuando de manipular la conciencia social se trata. En ese mismo sentido, el doble discurso relativo al alineamiento con el proceso revolucionario en América Latina -mientras se encolumna efectivamente con el G20- es una palanca de enorme efectividad para atraer el respaldo in extremis de gran parte del activo militante disperso.

En un marco de prolongada parálisis del movimiento obrero y férreo control de las estructuras por parte de la burocracia sindical, cuenta también la conducta circunstancialmente conservadora de la clase obrera industrial con empleo formal, beneficiada por aumentos salariales que neutralizaron -o poco menos- los efectos de la altísima inflación. Y sobresale el papel del aparato corrupto de los denominados «punteros», que mediante los planes trabajar y el subsidio para los menores manipulan a grandes sectores sociales sumergidos.

Por último, aunque de primera importancia, es preciso afirmar sin rodeos que el desplazamiento de votos que dio una neta victoria al gobierno tiene como palanca principal la inexistencia de una fuerza revolucionaria con raigambre en las masas, factor que, desde luego, es causa y a la vez efecto del estado de confusión y parálisis de la clase obrera y el conjunto del pueblo.

 

Sociedad, política y elecciones

Quien suponga exagerada la afirmación de que el gobierno temía los resultados del 14 de agosto simplemente debe recordar la retahíla de acontecimientos que precedió a las Paso. Además del clima creado por las derrotas oficialistas en Capital Federal, Santa Fe y Córdoba, en incompleta síntesis sobresalen la revelación de la estafa en torno a la construcción de viviendas para sectores desposeídos, que involucró a la Fundación Madres de Plaza de Mayo y derrumbó un preciado ícono para las vanguardias de las últimas tres décadas, el escándalo de latrocinio y mentira expuesto en el Instituto Nacional contra la Discriminación (Inadi), el resultado negativo en el caso de los hijos adoptivos de Ernestina Herrera de Noble (propietaria del grupo Clarín) acusada por la Presidente de ser «apropiadora» y desmentida por la Justicia en vísperas de la elección, la admisión por parte del juez de la Suprema Corte Eugenio Zaffaroni (cuyo nombre había sonado como eventual vicepresidente de Fernández) de que cinco de sus quince departamentos alquilados eran utilizados como prostíbulos(5) y, como colofón, la toma de tierras para vivienda en Jujuy, con el saldo de cuatro personas muertas, sumadas a otros diez asesinatos en luchas sociales en poco más de un año, sin que la Presidente, a escasos días de las elecciones, dijera una sola palabra al respecto. Eran hechos con peso suficiente para incinerar una candidatura. Como se sabe, ocurrió lo contrario.

Visto desde el punto de vista social, ese apoyo de la mitad de la ciudadanía al gobierno implica un frente de clases coyuntural tras la figura abstracta del «kirchnerismo» y un jamás definido «modelo», ambos encarnados en Cristina Fernández, con un programa de gobierno burgués, formulaciones equívocas respecto de la unión latinoamericana, la justicia social y la rendición de cuentas de la última dictadura, todo regido por un hecho probado de fe capitalista y subordinación al imperialismo (póngase de lado el pago de la deuda externa y la entrega a mineras, petroleras, pesqueras y telefónicas): el ingreso al G-20 en medio del cataclismo capitalista de 2008.

Desde el punto de vista político ese resultado se expresa en que los candidatos peronistas obtuvieron en las Paso el 70,4% de los votos válidos; el liberalismo conservador (Alfonsín más Carrió) el 15,41%; el liberalismo progresista del Partido Socialista más pequeños aliados en el FAP, el 10,26%. En suma, las diferentes caras de la burguesía conquistaron el 85,81% de los votos válidos; la propuesta socialdemócrata-socialcristiana el 10, 5%; Proyecto Sur y el FIT un 3,3%, bastante menos que la suma de votos en Blanco y anulados: 5,1%.

La mostrada volatilidad política, por tanto, se apoya en un consistente alineamiento social de sujeción del proletariado y el pueblo a las expresiones partidarias del capitalismo. Para una estrategia de unión latinoamericana, frente antimperialista y revolución socialista, el verdadero problema es este último y no su resultante política: a este respecto el balance no sería diferente si las urnas hubiesen dejado la posibilidad de que el 23 de octubre, en la elección real para el ejecutivo nacional, la oposición burguesa hubiese obtenido un resultado más equilibrado, la posibilidad de pasar a segunda vuelta y, como lo tenía planeado, hacer un bloque para desplazar del gobierno al actual elenco. En todo caso, la gran diferencia consiste en que los abanderados del mal menor se han salvado de tener que llamar en una segunda vuelta a votar por Fernández y su vice, funambulesco producto residual del liberalismo de los 1990, argumentando según la lógica de la continuidad capitalista con rostro, según su gusto, menos fiero.

 

Agotamiento de la democracia burguesa

Tras la rodada de Duhalde y Alfonsín en las Paso, no hay comentarista que no destaque la inviabilidad de un PJ reconstituido por fuera del oficialismo y reconozca que la aparente recuperación de la UCR era sólo el soplo de energía que suele preceder a la muerte. No habría que descartar que se equivoquen ahora como lo hicieron semanas atrás, al poner expectativas en aquellas formaciones no ya para ganar una elección, sino para garantizar la gobernabilidad. Es que este episodio es uno más de la larga serie demostrativa del agotamiento tendencialmente irreversible de la UCR y el PJ que, además de reflejar la crisis estructural del capitalismo, anuncia el inexorable ocaso institucional del poder burgués(6). En este decurso, los últimos treinta años han quedado bajo el predominio de quienes se empeñaron en buscar la menos mala de las innumerables ramas de aquellos dos troncos podridos. Junto con el inicio de la escalada electoral este año, una cantidad de cuadros fueron arrastrados y otros tantos paralizados por la gravitación objetiva de la eventual victoria oficialista, señalada en el desierto político actual como «lo menos malo».


Esa funesta idea del mal menor, intrínsecamente reformista, aunque pretenda lo contrario suma impulso a la dinámica de disgregación y descontrol, con el agravante de que contribuye a impedir la creación de una alternativa real de masas, de carácter anticapitalista. Ensambla así a la perfección con las formaciones infantoizquierdistas y con el accionar irracional de las clases dominantes.

Potenciándose mutuamente, la degradación de los partidos y sus candidatos, el vaciamiento de las campañas electorales, el clientelismo descarado, la corrupción rampante en los tres poderes, todo en el marco del agravamiento de la situación social para vastas mayorías y el aumento palpable de la marginalización de millones de argentinos, están clausurando en términos estratégicos la vía democrática para mantener el control burgués sobre la sociedad mediante mecanismos institucionales.

Entiéndase bien: esta perspectiva estratégica no se verificará linealmente y, mucho menos, en el corto plazo. Como sea, es incontrastable que las masas y sus vanguardias están empujadas a buscar nuevos caminos. Yerra quien suponga que los ejemplos a la vista en el Norte de África, en España y Gran Bretaña, en Chile, no impactarán en el estudiantado y las juventudes marginalizadas de Argentina.

De seguir la política nacional con el rumbo actual y, en la certeza de que la situación económica se agravará y descargará calamidades sobre las mayorías, las clases explotadas y oprimidas, sus vanguardias, las juventudes, renegarán del sistema democrático-burgués que desde la restauración institucional, 30 años atrás, ha entregado y empobrecido hasta niveles impensables a la otrora orgullosa Argentina. Pero el hecho es que las clases dominantes no tienen opción. No pueden regenerar un sistema republicano genuino. Tampoco pueden apelar, como tantas veces en el siglo XX, a un golpe militar. Desde 1983 han avanzado en zigzag pero con una resultante inequívoca, hasta que todo explotó en diciembre de 2001. Luego vino la pausa reconstructiva del equilibrio burgués, timoneada por Raúl Alfonsín y Duhalde. Y, tras el fracaso de recomposición partidaria de esa operación, el gobierno le fue entregado a Néstor Kirchner, quien luego de un fugaz intento «transversalista» regresó al vientre del monstruo: el PJ. El panorama post-Paso muestra que no hay reconstrucción posible de los partidos burgueses y replantea la vigencia de la crisis expuesta en 2001.

 

El FpV no tiene existencia real ni futuro posible

En el marasmo, no son pocos los que visten a Cristina Fernández con ropas de salvadora. Así como en 1995, cuando fue reelegido con el 49,6% de los votos, Carlos Menem era «alto, rubio y de ojos celestes», ahora la señora es «una estadista, maestra en el arte de interpretar los sentimientos de las masas». Ella misma se definió con elegancia estilo Chateaubriand (o Churchill, si se prefiere): «no soy gila», explicó en un discurso oficial transmitido por cadena nacional. Además de las huestes oficialistas, estas interpretaciones provienen de una izquierda residual frepasista y ex comunista, pero también de sectores del capital.
Más que ilusión, es un dislate. El peso de 10.363.319 votos es obviamente muy grande y, en determinadas circunstancias y dependiendo de las medidas que la Presidente tome en materia económica y social en el próximo año, puede dar un margen de maniobra igualmente importante. Pero la volatilidad señalada, también en dependencia de las medidas a adoptar, puede disolver ese poder en cuestión de días. Con base en lo ocurrido a lo largo de ocho años (y sin contar el cumplido por Kirchner como gobernador de Santa Cruz), es posible excluir una afirmación antimperialista y popular que revierta la constantemente regresiva distribución de la riqueza. Más aún, esto permite asegurar que no se construirá un partido de ninguna naturaleza. Ocurrirá lo contrario: más pobres y marginalizados, más fuerzas centrífugas, más disgregación. El así llamado «kirchnerismo» es la fase superior de una decadencia de clase planteada desde fines de los 1960, cuando una oleada de sublevaciones obreras, estudiantiles y populares, rompió para siempre la fantasía de una Argentina capitalista en crecimiento bajo la égida del capital. Recurso desesperado de la burguesía tras el ensayo insurreccional de 2001 y las Asambleas de 2002, el actual elenco gobernante cumplió su tarea de destruir lo que quedaba del movimiento popular, revolucionario y democrático, cooptando cuadros, corrompiendo organizaciones insospechables y desmoralizando a miles de activistas. Pero el verdadero objetivo por el cual el capital local e imperialista dieron lugar a esta instancia, recomponer los instrumentos sociales y políticos de dominación de clase, no pudo llevarlo a cabo. Por el contrario, al comportarse como una camarilla de advenedizos dispuestos a enriquecerse en poco tiempo y a cualquier costo, sin plan de acción y mucho menos estrategia nacional, el «kirchnerismo» aceleró hasta el paroxismo la corrupción, la disgregación de partidos, el desprestigio de dirigencias en todos los planos, el descreimiento de las masas en las instituciones de una república burguesa. Eso fue evidenciado y bien medido con las derrotas señaladas en los tres centros vitales del país.
La naturaleza y condición de esta corriente aparece en un hecho si se quiere anecdótico: en 1973 buena parte de quienes hoy integran el oficialismo levantaron la consigna «Cámpora al gobierno, Perón al poder». No hace falta recordar cómo se desenvolvió aquella estrategia. Como lacerante farsa de esta repetición histórica, cuatro décadas después la consigna es «Cristina al gobierno, La Cámpora al poder». El sólo hecho de apelar al nombre de un personaje autodefinido como «obsecuente», conservador, invertebrado, carente de toda idea propia y ajeno a cualquier expresión de lucha de masas, califica por sí mismo el contenido ideológico, político y estratégico de esta agrupación prefabricada. Pero, sobre todo, habla de la impotencia y segura intrascendencia histórica del kirchnerismo. Fuera de duda, en sus filas militan cuadros valiosos. Pero lo mismo podría decirse de otras formaciones cuya estrategia es mejorar el capitalismo argentino y bregar por su sustentabilidad. Con todos ellos el debate es respecto de la posibilidad de avanzar en materia de soberanía, justicia social y desarrollo económico autónomo sin adoptar, como punto de partida, medidas anticapitalistas que, naturalmente, presuponen una ruptura franca con el imperialismo. El papel jugado por el gobierno argentino al ingresar al G-20 en medio del colapso económico mundial exime de toda argumentación ulterior: sumarse a la operación imperialista para salvar el capitalismo no es una manera congruente de iniciar una larga transición al socialismo. La lucha ideológica con esta militancia, así como con agrupamientos reformistas adosados al poder con argumentaciones pseudo revolucionarias, no puede pedir ni ofrecer tregua.

 

Dos caras de la misma medalla: sectarismo y oportunismo

Tras muchos años de sistemático debilitamiento y como efecto directo de la nueva ley electoral, la izquierda sectaria se movió abruptamente a contramano de su historia. Izquierda Socialista, Partido Obrero y Partido de los Trabajadores Socialistas, conformaron el denominado Frente de Izquierda y los Trabajadores. El MST se incorporó a Proyecto Sur. Posteriormente el PCR -un partido diferente a los cuatro restantes- tomó la misma línea y se sumó a la sigla encabezada por Fernando Solanas.

Explícitamente en el primer caso, encubierto en el segundo, el motor de decisiones que contradicen la totalidad de la práctica de estas organizaciones durante años no fue otro que el temor a perder el registro electoral, la personería legal trabajosamente obtenida y puesta en riesgo por una ley restrictiva y proscriptiva. Sólo desde una perspectiva sectaria, como la que las mencionadas organizaciones esgrimen en cualquier momento y lugar, se podría condenar desde un principismo abstracto la decisión de asumir una maniobra política para preservar un espacio de lucha en el ordenamiento obligado por el Estado patronal. Otra cosa es evaluar y debatir la manera en la que se concreta esa maniobra, su contenido político concreto y su dinámica futura.

El FIT centró su campaña en pedir el voto contra «la proscripción»; algo así como «vótenos para… poder seguir votándonos». La consigna de las últimas semanas, la más difundida, es sorprendente en un partido político, tanto más si se proclama revolucionario: «400.000 votos para hacer oír tu reclamo». El FIT tomó como punto de partida la certeza de que no alcanzaría el 1,5% exigido por la ley. Y el cálculo no era errado, a estar los registros sucesivos alcanzados por las tres siglas sumadas. Tal contenido, con tono plañidero, tuvo el grueso de las intervenciones radiales y televisivas de los candidatos. Al punto que un redactor del diario Clarín lo denominó «voto lástima». En esa cuerda, un periodista del área de espectáculos, conocido por los chismes del corazón, ajeno y contrario a las ideas de estos partidos, tuvo la ocurrencia de hacer una campaña mediante twitter para pedir «un milagro». El tono y contenido de semejante idea fue una verdadera ofensa al militante revolucionario: sólo un milagro podía hacer que tres partidos sumados alcanzaran el 1,5%. Y la permanencia de una organización revolucionaria quedaba en manos de personas no ya contrarias al socialismo, sino cuestionables por su labor pública. Como sea, el hecho es que la campaña cobró inusitado vuelo (el periodista de marras tiene, según se asegura, 600 mil seguidores en Twitter). Lo peor de la prensa burguesa, empeñada en restarle votos al oficialismo, difundió la boutade y dio inusual espacio a los candidatos del FIT. Una oportunidad magnífica, en cualquier caso. El hecho es que sólo marginalmente esa oportunidad fue utilizada para educar a obreros y jóvenes respecto de la sociedad de clases, el papel del capitalismo, el significado del consumismo, la crisis galopante del imperialismo. Por supuesto no hubo un segundo dedicado a la defensa de Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Ecuador, puesto que para el FIT los gobiernos de esos países son «agentes del imperialismo». Mucho menos denunciar la guerra contra Libia o la provocación belicista contra Siria.

El resultado, positivo en este caso, fue otra abrumadora prueba de la confusión ideológica y orfandad política de la sociedad argentina: en la convicción de que estaban adoptando una posición de defensa democrática del derecho de un partido a participar de elecciones, individuos y agrupamientos, sobre todo jóvenes, anunciaron que votarían al FIT, subrayando que no comparten sus posiciones y que ese voto no se repetirá el 23 de octubre. Así, el FIT superó por nueve décimas la prueba y su fórmula presidencial podrá participar en los comicios presidenciales. Es de esperar que ahora, sin la presión del registro electoral, utilicen el espacio mediático al que accedan para difundir las ideas de la revolución y defender explícitamente el «derecho democrático» de Raúl Castro en Cuba, Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Daniel Ortega en Nicaragua y Rafael Correa en Ecuador a continuar con sus gobiernos revolucionarios sin amenazas y boicots de Estados Unidos, sin campañas calumniosas por parte de los medios del capital donde son invitados a exponer. El verdadero milagro sería ése y que los tres agrupamientos continúen aunados después del 10 de diciembre, cuando asumirá el próximo gobierno y comenzará un vigoroso período de luchas sociales y políticas.

Otro fue el resultado del intento ensayado por el MST. Pergeñado al calor de una elección en la que Solanas obtuvo casi el 25% de los votos en la Capital Federal, en 2009, el ingreso del MST a Psur apuntó al mismo objetivo del FIT, mantener el registro electoral, aunque subordinándose al arbitrio de una dirección inorgánica y personalista. Ocurre que en algún punto del camino, por razones que resultan políticamente inexplicables, Solanas torció el rumbo conceptual y acentuó el unicato dirigencial. No sólo fue abandonado el antimperialismo -ni hablar de socialismo- sino que también el proceso revolucionario latinoamericano desapareció de las profusas intervenciones de Solanas en radio y televisión(7), que monopolizó en grado absoluto la representación de ese espacio en los medios de comunicación. De modo que el MST desapareció de la agitación revolucionaria en campaña electoral. Precio demasiado elevado, tanto más aún si al cabo Psur no llegó ni al 1% de los votos y perdió la posibilidad de presentarse a la elección presidencial. Como saldo de este viraje, este agrupamiento contabiliza a su favor una victoria estratégica: un legislador en la Capital Federal, como parte de la lista de Proyecto Sur el 10 de julio.

Detalles y anécdotas al margen (la celebración de su dudosa victoria por parte de la dirigencia del FIT quedará en los anales del contorsionismo oportunista), importa subrayar que la izquierda sectaria mostró la otra cara de la medalla, se hundió en el electoralismo y ratificó su incapacidad táctica y estratégica para dar respuesta al proletariado y las grandes masas en un momento de convulsiva crisis capitalista.

 

FAP: siglas nuevas, resonancias antiguas

En el tramo final del camino al abismo emprendido por Solanas, Psur pareció consumar un bloque con el Partido Socialista (PS), el Frente Cívico dirigido por Luis Juez, Libres del Sur y varias siglas surgidas de la fracción no oficialista de la CTA. Tres días después de un acto público en el cual esa coalición quedó públicamente sellada, Binner anunció el nacimiento del Frente Amplio Progresista, al tiempo que Solanas denunciaba una traición, rompía con la nueva formación y espejando el primer paso del FAP designaba, sin la menor participación de sus adherentes, la fórmula presidencial y demás candidaturas principales.

Esta abrupta fractura, en el tramo final de la campaña electoral, pareció programada para aumentar la confusión del ciudadano y la desmoralización de la militancia. Pero fue en realidad la consumación de proyectos en un caso centrado en torno a un individuo y en otro en un programa de cuidadosas reformas al capitalismo local, defensa del sistema capitalista mundial y choque estratégico con la revolución latinoamericana.

Así se explica el, en apariencias, insólito lanzamiento del FAP sin la presencia de Psur y la designación de candidatos de uno y otro bloque que la militancia conoció por la prensa burguesa. No es que Psur mantuviera banderas antimperialistas. Pero el programa de los cinco puntos originales de ese bloque es redondamente incompatible con el programa del FAP. Por cierto a esto hay que sumar una enfermiza disputa por cargos y candidaturas, que marcó el nacimiento del FAP y la declinación de Psur con los peores rasgos de la política burguesa.

Tras la disgregación y colapso electoral de Psur (25% Solanas en 2009; 12% él mismo como candidato a jefe de gobierno en Buenos Aires; 0,9% su fórmula presidencial en las Paso), el cineasta la emprendió contra Binner y contra los dirigentes de la fracción no oficialista de la CTA que, habiendo estado con él en Psur, cambiaron de caballo a mitad del río. No ahorró calificativos ni revelaciones (ciertas, sin duda) para explicar la conducta de sus aliados en los dos últimos años. También acusó a Libres del Sur: estuvieron, dijo «en 2008 con Kirchner; en 2009 con Sabbatella; en 2010 con Proyecto Sur y en 2011 con los socialistas. ¿Dónde estarán en 2012? Son fuerzas que se posicionan de acuerdo a lo que pueden conseguir en los armados electorales; nosotros abrimos la fuerza para conformar algo serio». Verdad. Sólo que en 2010 Libres del Sur fue un punto de apoyo clave de Solanas para timonear al Psur desde un solitario puente de mando. Y los brazos políticos de la fracción de la CTA proveyeron la única ilusión de proyección de bases del Psur. Ocurre que estos desgajes son ahora parte del FAP, hegemonizado en todo sentido por el PS.

Desde mucho tiempo atrás(8), a partir de la derrota de Néstor Kirchner en las legislativas del 28 de junio de 2009 y la abrupta caída en la aceptación social del gobierno (luego revertida con la recuperación económica de 2010 y, singularmente, con la muerte del ex presidente), la burguesía se planteó el recambio y, ante el páramo que tenía enfrente, comenzó a considerar y promover la figura de Binner(9).

En un escenario muy diferente -fracaso rotundo de la burguesía para revivir la UCR y el PJ, recuperación de la imagen de Cristina Fernández- con el 10% obtenido por el FAP Binner vuelve a ser una carta capaz de mover el fiel de la balanza. No por acaso el Pro de Mauricio Macri, a través de su diputado Federico Pinedo propuso formalmente que Alfonsín y Duhalde renunciaran a sus candidaturas y apoyaran a Binner.

En pos de la unidad social y política de los trabajadores y el conjunto del pueblo, en función del valor estratégico que tendría sepultar al bipartidismo y romper ese recurso de equilibrio del poder burgués, un bloque electoral con «Binner como candidato a presidente, con Luis Juez en Córdoba, Fernando Solanas en Capital Federal, Miguel Lifschitz en Santa Fe y una figura a definir en Buenos Aires -que puede provenir del grupo de Margarita Stolbizer o de los restos desperdigados de la CTA», como propuso la UMS en enero de 2010 en el periódico citado, era una línea de acción reivindicable y posible. A condición, claro está, de que afirmara un programa en torno de los cinco puntos poco después olvidados por Psur, que garantizara un funcionamiento interno participativo y democrático y diera lugar a identidades diferentes aunadas por un programa. Decía el texto citado: «No hay aquí una cuestión de principios. Es preciso diferenciar entre bloque electoral y herramienta política de masas. El dilema estriba en medir con objetividad y precisión si (…) en una situación de extrema volatilidad, la militancia revolucionaria puede encontrar un punto de cohesión y alcanzar la capacidad para actuar eficientemente tras la perspectiva de la unidad latinoamericana, la confrontación sin concesiones con los imperialismos y la afirmación de cimientos para el socialismo del siglo XXI. El punto en debate es si se puede o no lograr un paso adelante efectivo en la conciencia y la organización de las masas, en pos de superar cualitativamente la noción de frente popular según la fórmula stalinista para dar paso a un frente antimperialista encabezado por fuerzas revolucionarias y con base en las clases explotadas y oprimidas».

Y agregaba a continuación «Una eventual alianza electoral con Binner no podría retroceder de aquella plataforma que incluye la recuperación de las riquezas nacionales, la negativa a pagar la deuda externa ilegítima y el compromiso con la unión latinoamericana, además de las demandas obvias relativas al salario, el empleo, la salud, educación y vivienda».

Es en este punto donde importa el anecdotario de la pelea entre las tres principales figuras de Psur, el fraccionamiento de éste, el salto de varios de sus componentes principales hacia la formación del FAP y el choque de ambos bloques. Para comprender el significado de fondo de ese desenlace basta recorrer el Manifiesto Fundacional y la Plataforma Programática del Frente Amplio Progresista.

Si bien Solanas había relegado al arcón de los recuerdos las bases antimperialistas y latinoamericanistas de Psur, éstas estaban como referencia insoslayable de esa formación. El FAP, en cambio, además de tomar explícitamente como punto de referencia «los gobiernos progresistas de la ciudad de Rosario, durante los últimos veinte años, y de la provincia de Santa Fe desde 2007», (ambos integrados por la UCR, la Coalición Cívica y hasta la Democracia Cristiana), transforma «la recuperación de los recursos naturales, la soberanía y la defensa del patrimonio y el medio ambiente» de las cinco causas de Psur en una «defensa firme y responsable de nuestros recursos naturales y la recuperación de la capacidad de decisión sobre los mismos».

No hace falta explicar que «responsable» significa oposición a cualquier propuesta de nacionalización de petróleo, minas, territorio marítimo, telecomunicaciones y transporte (para más abundamiento, el párrafo sigue a la reivindicación de la política aplicada en Santa Fe), en tanto «capacidad de decisión sobre los mismos» no es sino resultado de la pugna interna en la redacción del documento.

Mientras que el horizonte estratégico queda definido por la fórmula «mejorar nuestra democracia», la ya lavada definición de Psur en sus cinco puntos, «integración autónoma de América Latina», queda convertida por la FAP en «una perspectiva estratégica de inserción internacional basada en una efectiva cooperación mutua con Brasil en el contexto del Mercosur, en la profundización de la regionalización y en una amplia multilateralidad económica, política e institucional».

En vano se buscará en esos documentos fundacionales improperios tales como Alba, Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua o Ecuador. La «responsabilidad» y pulcritud del FAP los excluye por definición.

De modo que el FAP no sólo nace signado por una metodología en todo y por todo ajena a la participación de sus bases y partes componentes, sino que asume un programa contrario a cualquier perspectiva de confrontación con el imperialismo, voluntad de concientizar y organizar a las masas tras una estrategia anticapitalista y, en cambio, ratificando el orden burgués al que se embellece con la supuesta posibilidad de imponerle cambios significativos en materia de distribución de riqueza y se reafirma como non plus ultra del accionar político.

Sería excesivo afirmar que las ramas de la CTA incorporadas al FAP y Libres del Sur han renegado de definiciones defendidas durante mucho tiempo. Pero es legítimo sostener que con su ingreso al FAP emprenden un camino exactamente inverso en el caso de algunos agrupamientos y de tardía definición explícita en el caso de otros.

El FAP es el hijo prematuro de la alianza internacional entre socialdemocracia y socialcristianismo, destinada a impedir la revolución. Réplica del FpV, con menos votos e impronta liberal. Los desaguisados al interior de la UCR impidieron que el vástago naciera según lo planeado por sus gestores. Pero estos volverán a la carga. En todo caso, aquello que en el plano sindical es la Confederación Sindical Internacional, creada en noviembre de 2006 para afrontar la radicalización de las masas sobre todo en América Latina, es hoy el FAP en el plano político argentino.

La posibilidad de que el PS y Binner fueran hegemonizado por un amplísimo bloque con enraizamiento de masas y carácter nacional, democrático y antimperialista, no superó el estadio de hipótesis jamás asumida por fuerzas revolucionarias, y tras un sinuoso recorrido quedó trastocada en la conformación de una estructura vertical, sin proyección de masas, burocrática y de naturaleza reformista burguesa.

En el próximo período es esperable una evolución que deje sin alternativa a los sectores comprometidos con posiciones antimperialistas, latinoamericanistas. El matrimonio socialdemocracia-socialcristianismo habrá logrado una vez más (como lo hizo con el Frente Grande, el Frepaso y la Alianza), bloquear el camino de la unidad social y política de las masas. Las cabezas responsables de esta deriva no podrán eludir el juicio de la historia ni cabalgar sobre la próxima ola social que la crisis necesariamente pondrá en movimiento.

 

Nuevo cuadro de situación

En el transcurso de la última década y algo más, Argentina se ha transformado. No sólo por la caída a pique del ingreso en tres cuartas partes de la población, el aumento en flecha de la pobreza y la indigencia, la desarticulación y prostitución de las instituciones. Las clases mismas han sufrido un sensible proceso de cambio cualitativo. Tras la experiencia de los 1990, la burguesía se parapetó frente a la conducta descontroladamente voraz del imperialismo y, en todas sus fracciones locales -e incluso en sectores transnacionales de la industria y el comercio- viró hacia una política de toma de distancia respecto de Washington y aun Bruselas, respaldando con mayor o menor vigor la noción de mercado latinoamericano y alineándose para ello con Brasil.

Las clases medias se polarizaron notoriamente entre una minoría rica y una mayoría empobrecida, perdiendo la homogeneidad que caracterizó al país durante el siglo XX. El impacto de la crisis permanente con paréntesis de prosperidad, combinado con los cambios culturales traídos por la postmodernidad y la revolución en las telecomunicaciones demolió el precario sustento ideológico con el que estas capas sociales sostuvieron durante más de un siglo su hipócrita moral, lanzándolas al vacío de una amoralidad que, en el actual contexto mundial, no podía sino agravarse afirmando la inmoralidad como definición ideológica y práctica social.

La clase obrera, a la vez que aumentó cuantitativamente con la proletarización de las profesiones antaño liberales y de una masa creciente de ingenieros y técnicos, perdió en grado absoluto la condición de «clase para sí». Al compás de la ola mundial de dilución ideológica del proletariado, destrucción de los partidos de clase y corrupción extrema de los sindicatos, en Argentina las organizaciones gremiales llegaron al punto de transformar su naturaleza y función: la antigua burocracia sindical se transmutó en expresiones directas de la patronal y el Estado, cuando no en patrones ella misma. La parálisis del movimiento obrero como tal, experimentada a partir de las últimas dos grandes huelgas de clase como lo fueron la de metalúrgicos y ferroviarios en 1992, al influjo además de la deriva de las izquierdas hacia el ultrismo vacío y el reformismo burgués, acabó transformando también a las direcciones sindicales que dos décadas atrás se plantaban, desde la honestidad y la combatividad, contra los antiguos aparatos corruptos, para terminar sumándose a ellos o copiándolos en instancias originalmente comprometidas en dar paso a lo nuevo. Disgregada y sin brújula la clase obrera fue permeable a la corrupción de las clases dominantes y las capas medias.

La degradación y vaciamiento de los partidos tradicionales arrolló en la práctica política principios colectivos y conductas individuales, no ya en las cimas del poder, sino en toda la escala social, sin excluir a buena parte de lo que fuera militancia revolucionaria. Al no encontrar un cauce anticapitalista la crisis corrompió poco menos que todo. El caso de Hebe de Bonafini es ejemplo sobresaliente de esta caída al abismo. Con la tortura y la desaparición masiva de personas, la última dictadura dio una muestra adelantada de degradación extrema de la clase dominante. Aquel mal hizo metástasis en todas las instituciones, en el conjunto social y en una cantidad sorprendente de hombres y mujeres antes comprometidos con una revolución.

La estrategia burguesa-imperialista, sean cuales sean sus conflictos internos, campea en este terreno sin oposición de clase consciente y organizada. El así llamado «kirchnerismo», ahora devenido «cristinismo» (mutación demostrativa de la consistencia del fenómeno), es resultante y a la vez efectivo promotor de esta tarea de demolición.

En este nuevo cuadro la idea de edificación de una herramienta política de masas, tal como interpretada y defendida por incontables militantes entre los cuales nos contamos, ya no es realizable.

Las transformaciones sociales y los cambios políticos de signo negativo eran previsibles. Y fueron previstos. Cabe citar caracterizaciones de 1997, cuando el gobierno que dos años antes había arrasado en las urnas estaba liquidado y el reemplazo había tomado la forma del Frepaso, integrado, sugestivamente, por quienes hoy componen el FAP y el sector subordinado del elenco gobernante:

«en tanto el proletariado -entendido aquí estrictamente como proletariado industrial– no asuma la lucha política en función de sus intereses de clase, la creciente oposición, el malestar y el descontrol, incluso en la hipótesis altamente probable de grandes explosiones sociales (ocurridas efectivamente en 2001/02), estos no sólo no revertirían los resultados de la política aplicada consistentemente por las clases dominantes desde 1974, sino que servirán para asestar nuevas derrotas a las masas, descomprimir la situación social y hallar un nuevo punto de equilibrio para continuar con la misma política, aunque utilizando diferentes métodos, partidos y dirigentes (…)
 «las organizaciones responsables (de la subordinación a nuevas expresiones burguesas) demostraron con ello su incapacidad para la gran tarea de educar, organizar y conducir a las masas en la lucha contra el poder burgués. Por lo tanto no son ni pueden ser aliados permanentes y sólo cuentan como fuerzas allí donde puntualmente podemos converger en luchas concretas, a condición de jamás aparecer ante las masas y/o las vanguardias como integrantes de un frente, bloque o cualquier otro tipo de alianza partidaria (…) Esta situación no remite a circunstanciales movimientos tácticos, sino a su concepción política global hacia el movimiento de masas (…)

«Es por responsabilidad directa del espontaneísmo, el sectarismo y el reformismo de estas organizaciones que el Frepaso captó el descontento de masas, la búsqueda de una nueva expresión política por parte de decenas de miles de activistas del movimiento obrero, la juventud, los profesionales y los sectores más sanos de la sociedad. Y es por la existencia del Frepaso que se clausuró por un período la creación de un partido de masas, antimperialista y anticapitalista, de los trabajadores y el pueblo. Por responsabilidad de quienes se autoproclaman revolucionarios y marxistas, el Frepaso ocupó el escenario político, en favor de una política de defensa del sistema de explotación y opresión, ahondando la división, la confusión, la desmoralización y desmovilización del proletariado.

 «La única fuerza actual de las clases dominantes es la ausencia política del proletariado. Esa ausencia no era inevitable. Todo lo contrario (…)

 «Si no hay convulsiones sociales o crisis económica de envergadura, este proceso culminará en las elecciones presidenciales del 99. Pero desde ya se ha abierto una nueva fase en la lucha por la unidad social y política de los trabajadores; significativamente diferente de la recorrida hasta ahora.

 «El aspecto central de esa diferencia es que como elemento dominante de la unidad social y política no están las organizaciones sindicales ni los dirigentes honestos y combativos de éstas en cuanto tales (…)

 «La primera consecuencia de esta nueva situación es un grado mayor de dispersión y confusión del activismo sindical comprometido con las bases, los cuadros sindicales no subordinados a expresiones políticas burguesas y la militancia revolucionaria en general. La segunda consecuencia, inseparable de la anterior, es un desplazamiento del punto de unidad hacia la izquierda. Esto debe entenderse en términos programáticos, políticos y organizativos (…)

 «No cejaremos ni por un instante de defender la necesidad de una instancia de las características de la Propuesta Agustín Tosco, como puente hacia un Partido de los Trabajadores. Y estaremos en alerta máximo para detectar cualquier signo que desde el movimiento obrero indique que este paréntesis se ha cerrado.

 «Mientras tanto, no intentaremos sustituir con nuestro esfuerzo lo que la clase no sustenta por sí misma. No incurriremos en el error simétrico de quienes pretenden reemplazar a la clase obrera por un partido autoproclamado como vanguardia. Pero aun en esta coyuntura nuestras tácticas estarán constante e invariablemente dictadas por la necesidad de contribuir al desarrollo y consolidación de cualquier movimiento propio de los trabajadores, la juventud y sus aliados, que se encamine o tenga la posibilidad de hacerlo, hacia la organización de un Partido de los Trabajadores, plural, de masas, democrático, antimperialista y anticapitalista (…)

 «el cambio de acento sobre uno de los términos (herramienta política de masas y partido revolucionario, nota de esta edición) es sólo el reconocimiento de una circunstancia que tendrá tanta vigencia como el curso de los acontecimientos determine. El cuadro vigente al momento (…) indica una táctica que puede cambiar bruscamente, en la misma medida en que puede cambiar el estado de ánimo y el accionar del movimiento obrero. Mientras tanto, la concepción estratégica respecto del concepto de Frente Único en las condiciones concretas de este país será el reaseguro para no caer en la construcción de una organización sectaria y la educación de militantes ajenos a la práctica cotidiana de las masas»(10).

En esta nueva repetición circular de la historia (la cuarta, si se cuentan el desvío sectario al inicio de la etapa institucional en 1982/83, la incorporación de la CTA al Frepaso en 1994, la omisión y el ultrismo en 2001 y el afianzamiento del actual gobierno en 2003), las dirigencias sindicales que dieron un nuevo aliento a la lucha sindical y política a comienzos de los 1990, ya no existen como tales. Para resumir un fenómeno abarcador y complejo, se puede observar lo ocurrido con la CTA. Primero torció el rumbo original y se transfiguró, sin debate ni participación, de Congreso a «Central»; después ingresó al Frente Grande y acompañó el camino posterior por el Frepaso y la Alianza; más tarde, ya una sombra de lo que fuera, se dividió; y finalmente la fracción contraria al gobierno nacional ingresó al FAP en la figura de su principal dirigente. Otras direcciones sindicales de entonces o el período inmediatamente posterior (Fraternidad, UOM Villa Constitución, Telefónicos, Luz y Fuerza de Córdoba, etc), abandonaron con diferentes recursos y justificaciones la construcción de un partido de masas independiente y contrario a cualquier expresión del capital, sea para sumarse al gobierno de Kirchner, sea para incorporarse al reciente frente de la socialdemocracia y el socialcristianismo. Por todo un período estos alineamientos no cambiarán. Y cuando lo hagan, es impensable que en su actual composición dirigente contribuyan a la creación de una herramienta de masas antimperialista y anticapitalista.

Meritorias expresiones diferentes, como Fasimpat y una cantidad innumerable de empresas recuperadas, cooperativas de autogestión y otras experiencias del mismo género, así como agrupaciones sindicales, estudiantiles, indígenas, de mujeres, son excepciones de esta ley general que como tales la convalidan, pero que en condiciones diferentes podrán ser la base para la afirmación de una poderosa fuerza política con enraizamiento de masas.

Al momento, sin embargo, tampoco hay movimientos sociales genuinos dispuestos a pasar a la acción política desde una perspectiva antimperialista y anticapitalista. El caso del movimiento de mujeres es particularmente elocuente en cuanto a la esterilidad resultante de la manipulación socialdemócrata y la vocinglería ultrista, con el accionar eficiente de incontables ONGs en el centro operativo.

Desde luego hay reservas en todos los sentidos, en todos los ámbitos, en todas las organizaciones sociales y políticas. La traba consiste en que así como la continuidad de la lucha se dio en este prolongado período de manera fragmentaria, puntual, aislada, también aquellos yacimientos de fuerza futura están ocultos, separados, impotentes. Bastaría que existiese el punto de nexo para esa conjunción y todo el panorama político argentino cambiaría de signo. Pero ese punto, al menos en el cuadro actual, sólo podría existir en torno de un proletariado en lucha, con dinámica de aglutinación social. Una nueva clase obrera, aunada en todos sus estratos, constituida en «clase para sí», es decir en colectivo consciente de su lugar en la sociedad, a partir de esta realidad, permitiría la eclosión de las múltiples fuerzas existentes bajo la superficie, su unificación y potenciación. Pero no hay atajos para recomponer el tejido social, aunar al proletariado con las juventudes estudiantil y trabajadora y plantear una salida revolucionaria a la crisis del capitalismo.

 

Nuestras tareas

Mirar la realidad de frente y exponerla sin rodeos puede resultar amargo. Pero es condición necesaria para poner los pies en la tierra y echar a andar. Allá quienes se dejaron arrastrar por el elenco gobernante. Allá quienes persisten en el infantoizquierdismo, ahora devenido extremo oportunismo electoralista. Allá quienes buscan un lugar en el mundo en el rinconcito hoy soleado del FAP. El punto es dónde se ubicarán los centenares de miles de luchadores sociales que rechazan o toman distancia de estos desvíos. Dónde los revolucionarios en general y los marxistas en particular.

No hay mucho para descubrir, aunque todo lo porvenir será diferente en forma y contenido. Como fue señalado en 1997 y como, en otro cuadro, reconfirmamos en los meses posteriores al Encuentro Huerta Grande-Cordobazo en mayo de 2009, «La primera consecuencia de esta nueva situación es un grado mayor de dispersión y confusión del activismo sindical comprometido con las bases, los cuadros sindicales no subordinados a expresiones políticas burguesas y la militancia revolucionaria en general. La segunda consecuencia, inseparable de la anterior, es un desplazamiento del punto de unidad hacia la izquierda».

Esto significa que está coyunturalmente clausurada la posibilidad de una confluencia plural y masiva en torno de un programa antimperialista y con metodología de plena participación democrática. Permítasenos volver al documento de 1997:

«En el cuadro descripto de crisis capitalista, cuanto más demore la realización de la unidad social y política de los trabajadores, más aguda será la polarización de fuerzas y, por lo mismo, más a la izquierda se desplazará el punto capaz de obrar como centro de gravitación para la unificación de las masas explotadas y oprimidas con un programa de acción común»(11).

Ahora bien, en comparación con el panorama que afrontaban los revolucionarios en 1997 tras la victoria del Frepaso en la lucha por el corazón y las conciencias de las masas, hoy el cuadro es radicalmente diferente por la existencia de un proceso ya adelantado de revolución latinoamericana, con eje político en Venezuela. La polarización en 1997 e incluso en 2001/2002 remitía a definiciones teóricas e ideológicas a contramano de la conciencia social en Argentina, América Latina y el mundo, lo cual empujaba hacia el aislamiento, el infantoizquierdismo o desesperados recursos oportunistas, sin excluir la deserción y la corrupción. Resistir aquello supuso, en el mejor de los casos, el freno a toda posibilidad de crecimiento organizativo. Hoy, la Revolución Bolivariana produjo un renacimiento del socialismo y puso como eje viviente de unidad social y política para las amplias masas el programa del Alba(12) y el socialismo del siglo XXI.

Ese cambio hace cierta la posibilidad de que la inmensa fuerza desperdigada en todos los ámbitos, tenga un punto de encuentro que potenciaría extraordinariamente su capacidad y, a no dudarlo, en poco tiempo revertiría el cuadro hoy predominante. De manera que ya no se trata sólo de actuar a la defensiva hasta que el movimiento espontáneo -o una nueva eclosión de la crisis, por lo demás inexorable- dé por concluida esta fase de predominio del reformismo burgués sobre la clase obrera, las juventudes y el pueblo. Tal coyuntura puede durar años o meses. Pero ahora es posible promover formas organizativas transitorias y transicionales de unión plural en torno de definiciones mucho más amplias y abarcadoras: el Partido Socialista Unido de Venezuela y el Alba constituyen una plataforma material de enorme potencia para eso. 

En ese marco, a la vez circunscripto pero amplio, es posible pasar a la ofensiva desde una perspectiva revolucionaria. En todo caso, es más urgente que nunca poner como insoslayable tarea la recomposición del pensamiento y la organización revolucionarios. Eso supone redoblar esfuerzos en torno a centros de estudio y elaboración teórica y política, multiplicando escuelas de cuadros en todo el país, pero con eje y punto de partida en un proyecto político-organizativo muy preciso, que en plazos perentorios dé lugar a la confluencia orgánica de cuadros y equipos revolucionarios marxistas dispuestos a presentarse en el gran escenario político nacional y latinoamericano.

 

1.- El texto a continuación omite toda referencia a ambas cuestiones. Remitimos a Respuestas del Sur frente a la crisis económica mundial, Crítica, N° 38, octubre 2008 (http://www.revistacritica.com.ar); y, en el plano local, a Economía de la manipulación, Eslabón N° 93, febrero de 2011 (http://uniondemilitantes.com.ar/).

2.- Página del ministerio de Interior, al 15 de agosto, con el 96% de las mesas escrutadas. Posteriormente aparecieron denuncias de irregularidades, al momento de cierre de esta nota sin fundamentos suficientes para ser consignadas. En todo caso, la negativa al voto electrónico e incluso a la papeleta única, indican la persistencia de trampas en todos los órdenes, comenzando por el llamado «voto clientelar».
3.- Ya redactado este texto, un ajustado análisis de la consultora Poliarquía expresa esta realidad de la siguiente manera: «Fue infructuoso preguntar a los votantes acerca de su conducta el día de las primarias. Apenas tres semanas antes, el 75% afirmaba tener poca o ninguna información sobre lo que se elegía. Luego de iniciada la publicidad electoral -por otro lado bien distribuida y copiosa- aumentó el nivel de información, lo que permitió las primeras estimaciones, siempre inciertas, sobre lo que sucedería», Eduardo Fidanza, Un triunfo que sigue asombrando, La Nación, 18/8/11.
4.- Al respecto, puede leerse en Eslabón N° 94, de abril de 2011, bajo el título Realidad y mentiras de la coyuntura política argentina: «En pocos días más, el 29 de abril, la CGT hará una concentración por el Día del Trabajador en el centro de la Capital Federal. La realidad política argentina quedará allí resumida: la CGT será la única expresión numéricamente significativa en la celebración de esta fecha obrera. Su dirigencia, sostendrá en el acto la candidatura de Cristina Fernández, de la misma manera que la soga sostiene al ahorcado. Intentará ganar espacio en un futuro gobierno e imponer condiciones para que ese sea continuidad del actual. La clase obrera está a remolque de un proyecto lumpenburgués y mafiosoburocrático. Y los revolucionarios no lo evitamos, pese a que bastaría voluntad y coraje para sentar una alternativa diferente. Esta edición resume la coyuntura e insiste en la línea de acción para superarla».
5.- Es éste un caso elocuente de la degradación que acosa al país. El juez admite aquello que antes quedó a la luz pública: en 5 (hay quienes afirman que son 6) de sus propiedades se ejerce la prostitución organizada, pero niega conocimiento y responsabilidad en el asunto. Zaffaroni afirma que no renunciará a su cargo y contraataca denunciando una «maniobra de la oposición». Entre otros, a su defensa acude Hebe de Bonafini, quien en 1985, junto a Madres de Plaza de Mayo, presentó una denuncia contra 437 magistrados a los que el escrito calificaba como «jueces de la dictadura». En esa lista figuraba Zaffaroni. En 2003, el entonces senador Rodolfo Terragano, radical liberal, negó su voto para el nombramiento de Zaffaroni. Argumentó que «fue nombrado juez nacional por Rafael Videla y al asumir el cargo juró por el Estatuto del Proceso que confirió el poder político a la Junta Militar, declaró caducos todos los mandatos populares y removió a los miembros de la Corte Suprema Justicia»; informó además Terragno que «en 1980 Zaffaroni publicó un libro sobre derecho penal militar, supervisado por Laureano Álvarez Estrada –el primer Subsecretario de Justicia de Videla- y Ramón León Francisco Morel, ambos auditores del Ejército» y «defendió circunstancias indefendibles como: derecho penal militar de excepción, circunstancias especiales, necesidad terribilísima, legislación por bandos, excepcional necesidad de dar muerte al delincuente y usurpar justificadamente la función pública». En dos de los prostíbulos descubiertos eran explotadas jóvenes dominicanas y paraguayas, de modo que el caso también envuelve la trata de personas. Varios organismos de derechos humanos salieron en defensa del juez.
6.- La situación política de las clases dominantes queda perfectamente reflejada en el balance publicado por La Nación al día siguiente de la segunda vuelta en la Ciudad de Buenos Aires: «no hay que engañarse: la algarabía de anoche fue también la espléndida fachada de sus limitaciones para construir un proyecto de poder nacional. En otras palabras, Macri atraviesa un momento estelar de una carrera que parece detenida (…) La peripecia del macrismo es una desmentida al optimismo de quienes suponen que las miserias de la política pueden ser redimidas renunciando a la política (…) No es seguro que logre superar el cómodo umbral en el que se haya detenido. Para hacerlo, tendría que explicitar una concepción del país y diseñar una estrategia para su realización colectiva. Una meta inalcanzable si no edifica un partido; para eso no alcanza con volver más numeroso el cardumen que lo sigue. Construir un partido significa democratizar la toma de decisiones». La oligarquía clama al cielo por construir un partido… y no lo consigue.
7.- Ver Crisis de Proyecto Sur y elecciones, en Eslabón N° 94, abril de 2011, entre otros textos de ese periódico relativos a PSur.
8.- El tema fue tratado en el Comité Central de la UMS de diciembre 2009 (Ver Eslabón N° 86, Análisis de la coyuntura, balance político, líneas de acción) y reiterado en las ediciones sucesivas del periódico Específicamente fue considerado el eventual papel de Hermes Binner en Eslabón N°87, Qué hacer frente a la carrera electoralista: «Desde hace más de un año hemos señalado que las clases dominantes dan sucesivas señales de apuntar a Hermes Binner como próximo presidente. En los últimos días, también según lo adelantado en varios de nuestros documentos del año pasado, la dirigencia de Proyecto Sur por un lado y la del Frente Cívico por el otro, propusieron la concreción de un bloque con el PS, obviamente con Binner como candidato presidencial para 2011».
9.- La misma edición de Eslabón subrayaba «una disputa entre el Acuerdo Cívico y Social (donde todavía está el PS con UCR más Carrió, más centristas varios) y un conjunto a la izquierda, en el que se destaca Proyecto Sur, por ver quién se queda con Binner».
10.- Resoluciones del Primer Congreso de la UMS, octubre de 1997, http://uniondemilitantes.com.ar/congreso1_resolucion.html. Ver también Informe del Secretario General saliente, http://uniondemilitantes.com.ar/congreso1_saliente.html
11.- Ibid.
12.- Ver Alba – TCP, Selección de acuerdos y declaraciones. Casa del Alba Buenos Aires.

Más grave que en 2008

PorLBenAXXI

 

Otra vez los tres centros de la economía mundial ingresan a paso de paquidermo en la ciénaga de la recesión. Como en 2008, todo lo que pueden proponerse quienes manejan las palancas del poder planetario es impedir que esa marcha inexorable dé un paso más y se transforme en depresión. El alerta máximo deriva de un hecho a la vista: el remedio utilizado dos años atrás se revela inocuo tras haber agravado la enfermedad. La alegada recuperación de 2009/2010 no fue tal: ahora se reconoce que la economía estadounidense es más chica que en 2007. Y reemprende la caída. Otro fraude comunicacional de alcance mundial que se derrumba.
He allí la causa de la fiebre bursátil: ya no se puede ocultar el horizonte recesivo ni dar garantías ante el riesgo de depresión. Basta ver la secuencia que desemboca en el desbarajuste actual: el keynesianismo fue el antídoto fuerte contra los estragos del liberalismo y el riesgo de revolución mundial tras la primera, y sobre todo la segunda, guerras mundiales. La celebrada fórmula del lord inglés empeñado en salvar al imperialismo soportó cinco décadas. A los obvios argumentos de sus críticos anunciando las consecuencias Keynes respondía con flema inglesa: “en el largo plazo estaremos todos muertos”. El largo plazo llegó. Keynes, efectivamente, ya había fallecido. No pudo defenderse de las descalificaciones esgrimidas por nuevas escuelas, que afrontaron la situación de extremo riesgo con una contrafórmula denominada “neoliberalismo”. Este remedio salvador tuvo un efecto igualmente destructivo de las bases del sistema, pero duró mucho menos: en algo menos de dos décadas produjo una hecatombe social y económica.
In extremis, renombrados economistas laureados con sendos Nobel, dieron paso al “neokeynesianismo”. Para su desazón, esta vez, en apenas dos años, la fórmula produjo resultados demoledores y fuera de control, ante los cuales la teoría económica capitalista está perpleja.
Como boxeador en estado de knockout técnico, premios Nobel de economía y figuras mayores de la política mundial discuten en tono escasamente académico. Unos proponen apelar a una suerte de “neo-neoliberalismo”, a fin de contrarrestar la devastación macroeconómica provocada por la emisión de cantidades siderales de dinero sin respaldo para reactivar los mercados. Otros sugieren ensayar un “neo-neokeynesianismo” y ofrendar más montañas de papel pintado al Moloch del capital. Mientras tanto, a falta de respuesta teórica, se apela a una práctica híbrida: brutales ajustes de las economías centrales en detrimento de los ingresos de las masas (es decir, reducción drástica de la demanda agregada, inducción a la recesión, según indica la teoría económica liberal), combinados con salvatajes minuto a minuto de gobiernos y grandes Bancos (o sea, ingreso a saco del Estado en el mercado para salvar el sistema, en socorrida apelación al keynesianismo).
No será merecedor de un Nobel quien prediga que esta combinación, si acaso logra postergar una vez más la dinámica hacia la depresión mundial provocará, a término, un terremoto social planetario y mayores y más descontrolados desequilibrios de la macroeconomía capitalista. Pero acertará.

 

Suramérica en posición de autodefensa

Unasur reaccionó rápido cuando algunos de los gobiernos que la integran comprendieron la amenaza planteada por la súbita reaparición de la crisis en los centros del capitalismo mundial. Es por demás elocuente que el promotor de las reuniones realizadas en el último mes fuera el mandatario colombiano Juan Manuel Santos, en ocasión de un encuentro protocolar de presidentes en Lima, durante la asunción de Ollanta Humala.
Bien mirado, ese detalle está cargado de significaciones. En primer lugar, ratifica un hecho simple pero, curiosamente, tan olvidado en la información como desconocido en el análisis: la crisis del capitalismo, por lo mismo que entraña una agudización de la competencia por los mercados, conlleva la exacerbación de las luchas interburguesas.
Éstas se presentan en tres planos combinados: pugna entre los centros imperiales, enfrentamiento entre las metrópolis y las economías subordinadas, choques de estas últimas entre sí. No es preciso decir que ese conjunto revuelto está siempre en combate con los trabajadores: únicos productores de la riqueza que se disputan en las alturas de la sociedad. Mueve a confusión el hecho de que a menudo las fracciones más débiles del capital busquen treguas o alianzas con aquellos, a fin de alcanzar la fuerza que no tienen frente a los nodos principales del sistema mundial.
Así se explica la premura de Santos. Como asociado íntimo de Estados Unidos, Colombia es extremadamente vulnerable a la onda expansiva de la crisis en aquel país. La necesidad se convierte en virtud y pone a Bogotá a la vanguardia del hemisferio tras el propósito de, por fin, poner en marcha medidas de integración y autodefensa suramericana propuestas por el presidente Hugo Chávez desde hace años y constantemente eludidas y postergadas, cumbre tras cumbre, en monótonas y por lo general improductivas reuniones presidenciales, que sólo disimulan la hasta ahora indoblegable reticencia a la convergencia y unión por parte de un número de gobiernos en la región.
Así se explica, también, la rápida respuesta positiva de los gobiernos del área en esta oportunidad: aun con desigualdades notables, en los mandatarios suramericanos se abre paso una idea que pese a su obviedad ha demorado en hacerse conciencia: los estridentes signos de crisis en Europa, Estados Unidos y Japón, se descargarán como un maremoto sobre el conjunto de la economía mundial.
Con esto detrás, se reunieron en Buenos Aires el 12 de agosto los ministros de Economía y presidentes de Bancos Centrales de los 12 países de Unasur (ver Unasur frente a la crisis).

 

“Crisis y oportunidad”

No existe un contrapeso mayor a la inteligencia que la mezquindad. Pero ésta es componente inseparable, obligado, de un empresario o político capitalista, dado que apropiarse de lo que corresponde a otros y disputar por los medios que sean los excedentes de cualquier proceso económico está en la naturaleza misma del sistema. Ya la sabiduría popular advierte que “la avaricia rompe el saco”. Falta agregar que ciega como arena en los ojos, distorsiona los reflejos como el alcohol en la sangre, paraliza o lanza a la acción desesperada como el pánico.
Tal vez por eso pudo penetrar en ciertas esferas una noción carente de fundamento científico o, tanto menos, valoración humana de la crisis. Descontrolados por el terror de noticias tales como la amenaza de quiebra de Estados Unidos, ebrios por la suba en flecha del oro y las tierras, encandilados por los cotidianos anuncios de quiebras de grandes Bancos y, peor aún, de países –Grecia, España, Irlanda, Portugal, Italia, Gran Bretaña, riesgo de desaparición del euro y la Unión Europea, algunos publicistas del capital han llegado a la original conclusión de que la crisis entraña oportunidades y que los países productores de materias primas pueden salir altamente beneficiados del colapso mundial. Esa interpretación va acompañada de otro descubrimiento reciente: el eje del poder mundial se desplaza de los actuales centros imperialistas a los “países emergentes”.

 

Fetichismo de las palabras

Los mismos analistas y periodistas que miraban con desprecio a quienes desde hace años explicaron la inexorable decadencia de Estados Unidos, anuncian ahora con la misma falta de rigor que el eje del poder mundial se desplaza a los Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Y para contrarrestar el impacto sobre la opinión mundial del derrumbe del capitalismo central, sostienen alegremente que el sistema sólo está cambiando de punto de apoyo en el planeta. Así las cosas, habría que celebrar la reprimarización de grandes economías de la región y garantizar la venta de grandes volúmenes a los nuevos ricos.

Esta interpretación no podría ser más irresponsable. El imperio más poderoso de la historia está en su agonía, sin duda. Pero el imperialismo es “la fase superior del capitalismo”. Es el modo de producción el que lleva al desastre y no el malfuncionamiento en su expresión más desarrollada y principal. Después de años de cháchara sobre la “globalización”, ahora se desconoce lo obvio: el mecanismo del capital es mundial, internacionalizado como nunca antes en todos los aspectos. La caída de Estados Unidos y la volatilización de su moneda, la desagregación de la Unión Europea y el fin del euro, romperán el equilibrio planetario y obligarán a medidas extremas en todos los órdenes. Sólo un dato: China tiene las reservas más voluminosas del mundo: 3,2 billones (millones de millones) de dólares. El 60% de esa masa está en dólares, de los cuales, 1,1 billones en bonos del Tesoro estadounidense.

Sin observar ni por un momento los problemas de la economía china en sí misma, es fácil deducir el impacto sobre el país más poblado del mundo de la caída del dólar verificada día a día o, por el contrario, medir los efectos de una eventual decisión de Beijing de poner a resguardo esa parte mayoritaria de sus reservas.

El sistema financiero y el aparato industrial mundiales, integrados e interdependientes a escala global como nunca antes, no pueden sostenerse sobre las actuales bases al margen de lo que ocurra con el dólar, el euro y el yen.

Pero hay algo más, y más importante: “emergente” es un término inventado a comienzos de los 1990 por el promotor de un fondo de inversión a ser colocado en el Tercer Mundo, que con fino olfato entendió que, tras la caída de la Urss, no era inteligente usar esa terminología para atraer inversores. Así, el Tercer Mundo (o, para decirlo apropiadamente, países semicoloniales, subdesarrollados, de economía dependiente), pasó a ser el mundo “emergente”. Para poner sólo un ejemplo: Argentina era así denominada cuando su economía, su industria y su población se sumergían en un océano de saqueo y destrucción de riqueza, de pobreza y marginalidad, de destrucción y distorsión de su aparato productivo. El fetichismo de la palabra “emergente” encubrió la naturaleza del fenómeno y hoy llega al punto de presentarlo como vía de salvación para el capitalismo.

A no dudarlo: China, India y Brasil –tres economías del Tercer Mundo, dígase sin rodeos– serán violentamente afectadas por la crisis en curso. No hace falta decir qué ocurrirá con las restantes economías de menor envergadura.

 

La guerra y la paz

Pero ése es sólo un aspecto. Imposible separar el recrudecimiento de la crisis global capitalista, la ofensiva bélica de la Otan contra Libia (y proyección a Siria e Irán) y la agresividad creciente de la diplomacia y los servicios secretos estadounidenses en América Latina. Nunca como en estos tiempos habrá quedado más en evidencia la correspondencia directa entre capitalismo y violencia, entre crisis sistémica, necesidad de potenciar la industria bélica y apelación a la destrucción como mecanismo de saneamiento económico. Estados Unidos no sólo tiene, todavía, el PBI más grande del mundo: es, a mucha distancia, el mayor aparato de dominación y destrucción jamás conocido en la historia. Incluso el peso económico de su dispositivo militar tiene enorme peso político. Véase si no la conducta servil de la Unión Europea en la agresión a Libia. O, en otro escenario: ¿cómo desconocer que en Colombia, donde el Gobierno trata ahora de protegerse de su sujeción económica a Estados Unidos, hay siete bases militares de su socio del Norte?

El desplazamiento del unicato estadounidense hacia una multipolaridad es una evidencia que no requiere argumentos. Pero la idea de que la crisis estructural del capitalismo y los devastadores efectos sociales en todo el mundo (sea que se hable de Inglaterra, España o Etiopía), se resuelven con una graciosa mudanza del poder de Washington a Beijing, carece de fundamento. Del mismo modo, el desmoronamiento financiero no se soluciona con reformas a las instituciones de Bretton Woods.

Innecesario aquí insistir con índices económicos o bursátiles, cifras de desempleo, millones de hambrientos… El intento de ocupación de Libia, las imágenes dantescas de incendios en Londres y Santiago de Chile en medio de grandes sublevaciones de masas, la preparación fáctica y propagandística de un ataque exterior contra Siria, las provocaciones contra el gobierno de Venezuela también apuntadas a una agresión externa, todo en el marco de una nueva recesión y el riesgo cada vez más cercano de depresión, no dejan lugar a dudas. La antigua disputa entre reforma o revolución tiene hoy una única alternativa.

 

Notas de referencia:

  •  El fantasma de 1929 recorre el mundo, Raúl Valdés Vivó, América XXI, Nº 35, febrero de 2008.
  •  Ensayo contraofensiva de diplomacia y guerra, América XXI, Nº 42-43, octubre – noviembre de 2008.
  •  Respuestas del Sur frente la crisis económica mundial, Luis Bilbao, América XXI, Nº 42-43, octubre – noviembre de 2008.
  •  Dos caminos frente a la quiebra mundial del capitalismo, Luis Bilbao, América XXI, Nº 44-45, diciembre de 2008 – enero de 2009.