Argentina a la luz del resultado electoral

Hay diferentes maneras de leer la elección presidencial del 27 de octubre. Desde una perspectiva de clase el saldo es inequívoco: 95 de cada 100 electores votaron por representantes orgánicos del sistema capitalista (Alberto Fernández 48,10; Mauricio Macri 40,37; Roberto Lavagna 6,16). Dos aerolitos perdidos en el espacio captaron no obstante el voto de tres ciudadanos más de cada 100 (Juan Gómez 1,71; José Espert 1,47).

El mecanismo electoral no contempla votos en blanco o anulados para obtener porcentajes. De todos modos, sobre un total de 26.595.460 votos emitidos (80,8% del padrón total), sólo hubo un 1,5% de sufragios en blanco y 0,87% nulos (diferentes formas de voto Protesta).

Dicho sin rodeos: ante la crisis más grave de la historia nacional, 98 de cada 100 ciudadanos optaron por soluciones capitalistas. Imposible disimular la derrota ideológico-política de la única fórmula alegadamente antisistema, que perdió la mitad de los votos alcanzados en las presidenciales de 2015 y recibió el 2,1%. Otros 2 votos de cada 100 fueron excluidos por el tramposo método de conteo. Se lo admita o no, un revés de tal magnitud atañe igualmente a todo el activo anticapitalista y antimperialista del país.

Para transformar estos resultados en una “victoria popular” es preciso negar la perspectiva de clase, como lo han hecho las izquierdas sumadas al elocuentemente denominado “frente de todos”. Argucias aparte, la clase trabajadora, las juventudes y el conjunto del pueblo, habremos de pagar esta victoria de la burguesía local e internacional, en esta oportunidad bajo el rótulo de un gobierno peronista.

Este es el resultado de un prolongado reflujo de la clase obrera y las juventudes, combinado con la defección sin precedentes del reformismo tradicional y el parlamentarismo infantoizquierdista. La clave, en última instancia, remite a la impotencia de la militancia revolucionaria, determinada a su vez por el repliegue histórico del proletariado a escala mundial.

 

Replanteo del frente amplio burgués

Con la ciudadanía como masa de maniobra en la pugna electoral interempresaria, Macri pagó su intento de consumar el plan de saneamiento capitalista. Alcanzado a medias, insuficiente para la sustentabilidad del sistema, le costó a Cambiemos el rechazo rotundo en sectores de la clase obrera, buena parte de las juventudes, las clases medias bajas y la masa de desocupados y excluidos. Como se verá, eso no completa el balance. Aun así, Fernández fue el inesperado beneficiario del traspié político del frente amplio burgués (Fab), que torció el rumbo a mitad de camino y ahora, aunque victorioso, cabalga sobre dos monturas frente a la tormenta económica.

A Fernández le cabe una de dos opciones: afrontar el abismo económico del capitalismo local mediante una revolución social, o continuar con la labor iniciada por su contrincante, arbitrando entre el sector burgués que reclama proteccionismo y el otro que exige librecambio. Esperanzados sinceros y consumados sinvergüenzas sostienen la primera posibilidad. El presidente electo, con el respaldo explícito de la Unión Industrial Argentina (UIA), durante su campaña se confesó liberal y aunque sin precisiones, prometió afrontar la crisis desde la defensa del sistema capitalista. De hecho, no presentó un programa económico.

Es significativo cómo llegó Fernández a la candidatura y la victoria. Frente al debilitamiento vertiginoso de Macri desde mediados de 2018, un ala del Fab se propuso crear otro instrumento electoral con los mismos objetivos, esta vez basado en gobernadores y otras figuras del peronismo tradicional. Un detalle resultaría decisivo para el resultado final: acosado por procesos judiciales fuera de control, el empresario de mayor envergadura local creó su propio candidato y rompió toda posibilidad de plan conjunto. Como reflejo nítido de la debilidad de las clases dominantes, eso chocó incluso con el plan de articular el llamado Consenso Federalsobre la base de los gobernadores.

Sin firmeza en los mandantes, los encargados perdieron el rumbo y el proyecto se frustró. Una mayoría de gobernadores y ejecutivos sindicales tomaron entonces por otro camino: exigir un paso atrás a Cristina Fernández. La ex Presidente optó por garantizar su situación judicial por esa vía y entregó la candidatura presidencial a Alberto Fernández. Así se unificó electoralmente el Partido Justicialista (PJ), arrastró fracciones disidentes del peronismo y restos diversos de la izquierda reformista. Es el bloque vencedor en los comicios del 27.

Ahora bien: fueron límites objetivosdel sistema en crisis los que pusieron barreras infranqueables a Macri. Esos mismos límites acosan desde ya a Fernández, en condiciones agravadas. Como su antecesor, éste contará a su favor con el respaldo del Fab y los ejecutivos sindicales, más la hasta ahora pasiva desorientación de la masa trabajadora. Para contar con el sostén del Fab el futuro presidente deberá dar continuidad a la labor de Macri. Si lo hace, la pasividad de los trabajadores se transformará gradualmente en lo contrario, obligando al componente sindical del Fab a tomar sus recaudos.

Antes de esto, sin embargo, pesará el hecho de que Fernández no contará con crédito exterior ni interno a menos que acepte sin condiciones ni dilaciones las exigencias del FMI. De modo que el déficit fiscal -recrudecido con las medidas adoptadas por Macri tras las Primarias- será un incentivo para la inflación. Eso no esperará al traspaso del mando, el 10 de diciembre. Ya se ha desatado una carrera de remarcación de precios, mientras la mesa de transición integrada por dos ministros de Macri y cuatro representantes de Fernández ponen fin a la astringencia financiera y reinician la política de afrontar pagos con emisión de dinero. La amenaza de hiperinflación está latente.

Sin dejar de mostrar los colmillos, el FMI se ve dispuesto a refinanciar la deuda por vencer en 2020: 55 mil millones de dólares, sumando obligaciones con ese organismo y fondos privados, en dólares y pesos. El viernes 1 Fernández recibió un llamado de Donald Trump, apenas horas después de que en una universidad hiciera una sesuda crítica a Bugs Bunny: “Felicitaciones por la gran victoria” dijo el mascarón de proa de la reacción mundial, según hizo trascender a la prensa el equipo del presidente electo. “Usted va a hacer un trabajo fantástico. Espero poder conocerlo inmediatamente”, agregó, antes de entrar en materia: “He instruido al FMI para trabajar con usted. No dude en llamarme”. (Entonces… ¿el FMI recibe instrucciones de la Casa Blanca?).

Habrá que ver cómo se traduce esta presión extrema en las próximas semanas. Venezuela seguramente estuvo en el saludo, aunque esto no trascendió. Hay quienes, por el contrario, cifran expectativas en la ayuda de China y Rusia. El cuadro internacional, sin embargo, deja un estrecho margen a esa perspectiva. La pinza socialdemócrata-socialcristiana se manifiesta esta vez en el grupo de Puebla, intento del centrismo recalcitrante favorecido por el desgajamiento del grupo de Lima. No por nada un visitante destacado en las celebraciones de Fernández fue el ex presidente español José Rodríguez Zapatero, quien sigue los pasos de su desprestigiado antecesor, también del Psoe, Felipe González.

Mientras tanto, la fractura del Fab se manifiesta ya dentro del Frente de todos. Una parte de la gran burguesía local se ha manifestado públicamente a favor de Fernández. El resto, presiona y espera definiciones.

 

Números de un nuevo panorama político

Durante el mes previo a los comicios ocurrió un fenómeno singular: el Frente de todos se retrajo, confió en los resultados de las Primarias, postergó sus insalvables contradicciones mediante la pasividad y abandonó el recurso de movilizaciones y actos de masa. Cambiemos hizo lo contrario. En 30 actos a lo largo del país, coronados con una concentración de más de medio millón de personas para el cierre de campaña, en el centro de la Capital Federal, Cambiemos dio vuelta el clima político reinante (ver Antes de las elecciones).

Esto redundó en resultados para muchos inesperados: Macri remontó 7 puntos y Fernández cayó dos el 27 de octubre, en relación con las Primarias (de hecho una mera encuesta) del 11 de agosto, cuando la fórmula del Frente de todos aventajó por 15 puntos a la de Cambiemos. Ahora Macri obtuvo 2.400.000 votos más y Fernández sólo 200.000, con un aumento de casi el 6% en la concurrencia de votantes.

Más significativo que los meros porcentajes, es la distribución de los votos. Fernández obtuvo prácticamente la totalidad de la diferencia que le dio la victoria en un sector del conurbano bonaerense donde se concentra la pobreza y la exclusión. Macri Ganó en todos los centros urbanos e industriales. Su fórmula aventajó a Fernández en las provincias de Mendoza (50,02 a 37,83), Santa Fe (43,50 a 42,64), Entre Ríos (44,49 a 44,32) y Capital Federal (52,38 a 35,63), línea transveral al centro del país, coronada con un resultado excepcional en Córdoba, centro industrial y estudiantil con bien ganados laureles en las luchas sociales durante el siglo XX: 61,3 a 29,27.

En la provincia de Buenos Aires, Fernández ganó por 52,13 contra 35,93 de Macri. Como se ha señalado, el Frente de todos se impuso a gran distancia en La Matanza y Florencio Varela. Pero es altamente signficativo que Cambiemos ganara en la capital, La Plata, y con las excepciones ya señaladas, en las ciudades más pobladas: Mar del Plata, Bahía Blanca, Tandil, Junín, Rojas, Pergamino y otras.

Esta fractura geográfica y social tendrá consecuencias de todo orden para el futuro nacional. Una fórmula identificada con tradiciones del llamado “conservadurismo popular” se impuso en la franja central del país, desde los Andes al Río de la Plata. En esa zona están las mayores riquezas y el enclave de exclusión y pobreza extrema del conurbano bonaerense.

Es por demás significativo que los resultados señalados se hayan dado en un contexto de aguda recesión y elevadísima inflación. En el clima creado por 10 años de estanflación (6 de Cristina Fernández y otros 4 de Macri) y varias décadas de decadencia y degradación en todos los órdenes, más de 10 millones de personas desecharon retornar al peronismo como solución para la catástrofe que vive el país y optaron por otro discurso vacío, igualmente manipulador y mentiroso, probadamente incapaz no ya de resolver, sino siquiera de acometer la solución de los problemas que están demoliendo a la nación.

Sólo la parálisis del proletariado, de alcance mundial e histórico, combinada con la deformante esclerosis del pensamiento político dominante hoy en todo el mundo, explica que el empuje arrollador de la crisis no abriera espacio para una propuesta racional, genuina, ajena y contrapuesta a la irrespirable corrupción del sistema institucional en todas sus expresiones.

Es una evidencia que trabajadores y jóvenes son en esta etapa refractarios a la idea de transformación anticapitalista y a la teoría científica del devenir social. Sólo una parte de ese rechazo puede ser explicado por las características intelectuales y las conductas de quienes representan institucionalmente al ideario socialista. El meollo radica en otro lado: el pensamiento y la acción emancipadora no están a la altura de las exigencias que la crisis del sistema capitalista mundial les pone delante. Es un hiato en la historia, comparable sólo a la oscuridad de la baja Edad Media. Se abrió la oportunidad de un “Renacimiento del socialismo” en la Venezuela de Chávez (1). Pero el subdesarrollo, las fuerzas combinadas de la contrarrevolución mundial y la señalada insuficiencia de la teoría revolucionaria, se combinaron para poner un freno que aún no se ha soltado.

 

La sombra de 2001

En apariencia, con el resultado electoral Argentina ha vuelto al bipartidismo. En la realidad no. Cambiemos es ahora más heterogéneo que en su nacimiento. Tiene la primera minoría en Diputados y poder de veto en el Senado. En la provincia de Buenos Aires prácticamente controla el Congreso. Como resultado del 40% obtenido por Macri, ese lugar de la oposición puede obrar como fuerza centrípeta. Pero hay un conflicto de múltiples raíces entre la Unión Cívica Radical (UCR) y el Pro de Macri. A su vez, cada una de estas fuerzas está fragmentada y la dinámica de cada componente y del conjunto llamado, por ahora, Juntos por el Cambio, tiende a la disgregación. El punto de unión fue la estrategia de saneamiento económico, el salvataje del capitalismo, la quimera de un retorno a la Argentina del desarrollo, la modernidad y la estabilidad, sin base ideológica común y sin otro programa que el de resolver con criterio empresarial las urgencias económicas y políticas y, en el transcurso, crear un nuevo partido de gobierno con marbete republicano. Es pueril desconocer lo alcanzado en estos cuatro años en materia económica desde el punto de vista del capital. Sólo pueden calificar este período como fracaso de Macri quienes ignoran el funcionamiento del sistema y rehúyen la lucha de clases, inventando el conflicto de por o contra el “neoliberalismo”. Menos serio es pensar que del actual Cambiemos puede nacer un partido burgués con principios republicanos, programa de desarrollo, ideología “conservadora popular”, con capacidad para remontar la crisis y afirmar un país equitativo en crecimiento. No obstante, Cambiemos puede durar y convertirse en alternativa, en la misma medida en que no aparezca una opción real.

Otra cosa es el Frente de todos. Surgió, como queda dicho, del fracaso de un “Consenso Federal” con base en restos inconexos del PJ y fracciones sindicales, todos en desesperado remolino porque la apuesta de convivencia con Macri amenazaba llevarlos al desastre y todos mortalmente enfrentados con Cristina Fernández y su grupo.

La misma rigidez política que analistas superficiales le endilgan a Macri como causa de su derrota electoral la tuvo a comienzos de año Roberto Lavagna frente a los señores feudales del PJ. Y por las mismas razones: es imposible crear una fuerza política consistente y con futuro a partir de dos decenas de camarillas corruptas, ensimismada cada una en la defensa de intereses propios, a menudo entrelazados con mafias de todo tipo, incluido el narcotráfico. Los promotores de Lavagna exigían otra cosa. La intransigencia (debería decirse consecuencia, inteligencia) provocó el estallido. Y de allí, con la condición de un paso atrás de Cristina Fernández, nació un proyecto electoral definido por su propio nombre: frente de todos. De esta alquimia surgió Alberto Fernández, hasta poco antes pública y duramente enfrentado con su ahora vicepresidente.

Las irreconciliables diferencias de este panperonismo de ocasión se vieron durante la campaña, pero estallaron la noche de la victoria. Tras la admisión de Macri del resultado electoral, en un acto y un discurso sorprendente por su seriedad, precisión e inusual hondura conceptual, en el cual felicitó a Fernández y lo invitó a desayunar en la Casa Rosada al día siguiente, en otro escenario todosdemostró que ni siquiera es un frente. La vicepresidente electa y el vencedor en la provincia de Buenos Aires dieron un espectáculo con discursos tan vacíos como agresivos, exageraron el histrionismo conocido mientras Alberto Fernádez observaba descompuesto un adelanto de lo que puede ser su gobierno. Antes de eso, se había prohibido subir al escenario a los gobernadores presentes, en una muestra también de cómo se entienden y manejan las relaciones de fuerzas internas.

Al día siguiente Fernández se reunió con Macri y, si bien no informaron lo convenido, está claro que acordaron un plan conjunto para la transición, doblemente difícil por la amenaza de descontrol económico y el extremadamente prolongado período hasta la transmisión del mando. Hecho esto, en contradicción flagrante con las exigencias de la vicepresidente y el gobernador electos en la noche anterior, 24 horas después Fernández reunió en Tucumán a todos los gobernadores -los mismos impedidos por Cristina Fernández de subir al estrado- con motivo de la asunción del segundo mandato del gobernador de aquella provincia. Allí estaba, además, la mayoría de los ejecutivos sindicales, intendentes y la vicegobernadora electa de Buenos Aires. Una foto tenebrosa. La anécdota es necesaria porque ambos escenarios son la radiografía de la dramática flaqueza, el explosiva mejunje que asumirá el próximo gobierno. Para colmo, en su discurso Fernández repitió que al país lo gobernará “1 Presidente, 24 Gobernadores”.

Inimaginable una fórmula más absurda, en un país presidencialista en crisis, y a la vez más beligerante: ¿nada para la vicepresidente? Sumado a esto la designación de los negociadores para la transición por parte de Fernández, donde hay dos nombres odiados por la vicepresidente, se bosqueja un cuadro de serios conflictos desde ahora mismo.

Es previsible que ninguna ruptura ocurrirá de inmediato. Es seguro, en cambio, que todosno evolucionará hacia la construcción de una fuerza política coherente y unificada en medio del maremoto que afronta el país en los próximos años. Se prefigura en el posible futuro gabinete un desplazamiento de operadores sionistas dominantes en el gobierno de Macri en favor de figuras directamente asociadas al Vaticano. Lejos de llevar estabilidad a Fernández, esto augura la multiplicación de los conflictos causados por la intervención directa del Papa en la política nacional.

En suma: el frente amplio burgués (incluye, recuérdese, a las empresas sindicales), no tiene ni tendrá partido en este período histórico. La fuerza que trabó los pies de Macri e impidió no sólo su reelección sino la consumación de su tarea, que además del saneamiento implicaba la construcción de un partido capaz de gobernar establemente a Argentina, será más poderosa de aquí en más y encontrará enfrente un gobierno más débil. Habrá fugas de un bloque a otro y aparecerán nuevas siglas. Pero en los hechos la burguesía no habrá superado ni en la economía ni en su capacidad política, el devastador resultado del colapso de 2001.

 

Desafío inminente

Hasta el momento Fernández no ha podido pronunciar una palabra de un programa económico. Allí la disputa entre facciones es más dura, porque no responde simplemente a divisiones políticas, sino a sectores del poder económico, nacional e internacional, abiertamente involucrados. El vacío implícito en las pugnas internas lo llenan operadores del gran capital. Argentina paraíso de agentes socialdemócratas y enviados especiales del Vaticano.

Fernández repite que su llave maestra es un pacto social por seis meses. Un acuerdo patronal-sindical para congelar precios y salarios y prohibir despidos. UIA y CGT responden positivamente. La Asociación Empresaria Argentina, calla. Cada empresario, mientras tanto, se lanza a subir precios antes de diciembre, para que el “pacto” no los pille descolocados. También adelantan despidos. Con la misma lógica algunos sindicatos buscan obtener aumentos salariales antes del congelamiento. Macri y Fernández actuarán de consuno para impedir la carrera hacia el descontrol. Está por verse hasta qué punto lo conseguirán. Ambos exorcizan el fantasma de la hiperinflación, aunque en las filas del futuro gobierno hay quienes propugnan una debacle económica que derive en cesación de pagos y un largo período de gracia para que las nuevas autoridades pongan en marcha la recuperación económica.

En cualquier caso, las penurias de la población se multiplicarán. Es previsible que proliferen demandas económicas. Los ejecutivos sindicales, según el momento y el bloque que integren, promoverán/acompañarán esas demandas. El activo sindical y político no puede sino estar al lado de jóvenes, trabajadores, desocupados, que eventualmente se movilicen contra los efectos devastadores de la crisis capitalista.

El punto es si la acción reivindicativa de aquel 98% de electores que favorecieron soluciones empresarias a la crisis del sistema, puede o no ser canalizada por quienes recibieron los votos. Evitarlo es el principal compromiso de quienes asumen el enorme desafío en este momento dramático de la historia argentina.

 

1.- Luis Bilbao, Venezuela en Revolución: Renacimiento del socialismo. Capital Intelectual, Buenos Aires 2008, ISBN: 978-987-614-134-5

2 de noviembre de 2019

@BilbaoL

Antes de las elecciones

A cuatro días de la elección presidencial, Argentina discurre hoy por caminos muy diferentes a los de Chile, aunque la crisis que la aqueja sea mayor que la del país transandino.

Sometidas a una variante particularmente retrógrada del peronismo, las izquierdas pequeño-burguesas entregaron las clases medias a los representantes del gran capital. Más significativo aún, peronistas sumados a antiguos y neo-reformistas, entregaron el control de la calle.

Ése es el significado de la oleada de marchas con las que Mauricio Macri culmina su campaña electoral. Cientos de miles de defensores de Cambiemos aclamaron a Macri en 30 actos a lo largo del país, en los últimos 30 días. No hubo un solo acto masivo de la fórmula peronista.

En esta interminable campaña electoral, ajena a la sociedad, el peronismo unificado se replegó y abandonó la apelación a las masas y a la movilización. En tanto, el neo-reformismo sectario depuso incluso su lenguaje infantoizquierdista y asumió una versión más acentuada aún del cretinismo parlamentario.

Con Macri como figura señera, Cambiemos pudo así intentar el lanzamiento de un “conservadurismo popular” renovado, basado en los despojos todavía poderosos de la Unión Cívica Radical y restos dispersos del peronismo.

En paralelo, señores feudales de provincias y sindicatos obligaron a Cristina Fernández a deponer su candidatura. Con Alberto Fernández como candidato, el Partido Justicialista asume la continuidad de la política económica actual, como se comprobará con elevado costo a partir de 2020, o incluso antes. El discurso clásico del peronismo se desplaza a la mendaz y vacilante prosa de Macri, salpimentado con pizcas de republicanismo y encolumnado tras la estrategia contrarrevolucionaria continental de Washington.

Clases medias movilizadas por Cambiemos, atonía peronista, ausencia de propuesta revolucionaria, parálisis del movimiento obrero. Tal el cuadro de la coyuntura política argentina horas antes de la elección presidencial.

Dada la hondura de la crisis económica, destinada a agravarse en cualquier hipótesis luego de los comicios, el poder establecido conseguiría una ventaja estratégica si lograra poner en pie una estructura política reaccionaria con fachada republicana, mientras se dispone a entregar el gobierno a un conjunto variopinto, hegemonizado por sectores y dirigentes tanto o más reaccionarios que el actual elenco.

 

Una nueva fase

Sólo en sordina y para oídos entrenados se refiere el gran capital al despeñadero económico por el cual ya rueda Argentina. De un modo u otro, con los juegos retóricos que sea, el próximo gobierno deberá resolver desequilibrios estructurales que impiden la sobrevivencia estable de un capitalismo exhausto, como lo prueba la impotencia de Macri, Cambiemos y el frente amplio burgués que sostuvo este intento de saneamiento a medias logrado.

Las expectativas del conjunto social de una mejoría en la situación económica, sin costo para las mayorías, se estrellará contra la realidad. Si como todos anuncian el 27 de octubre gana la fórmula peronista, deberá completar la tarea de saneamiento dejada inconclusa por Macri. El gobierno crujirá y sus partes componentes se reacomodarán, en detrimento de cualquier ensueño reformista, siquiera tenuemente antimperialista. Pero es el único camino que les resta. Y las izquierdas sumadas a esa fórmula habrán consumado su estrategia de sumisión al capital.

En tanto, continuará el intento por afirmar una fuerza neoconservadora que ya unifica a liberales, desarrollistas y fascistas de diferente pelaje. Los ejecutivos sindicales, más cerca de las palancas del poder y respaldados por la dirigencia de un Partido Justicialista en manos de fuerzas ultra-reaccionarias, buscarán yugular cualquier intento de los trabajadores por trazar un camino propio. Sólo con un marcado crecimiento en votos del neoreformismo infantoizquierdista se podrá evitar un estallido interno en el círculo sectario. Por el contrario, un desencanto electoral mayor a los sufridos en pasadas elecciones agravaría la división y aislamiento de ese sector.

En suma, el panorama muestra preeminencia de fuerzas disgregadoras y entre ellas, la dinámica de convergencia intentada por Cambiemos y otras corrientes para conformar un nuevo partido Radical-Peronista-Liberal en explícita defensa del capitalismo.

Esta dinámica puede ser trastocada. Es posible federar fuerzas anticapitalistas, dispersas pero en cualquier caso potencialmente poderosas en número y en peso social, que democráticamente centralizadas presenten al país en turbulencia un programa de honda transformación social.

23 de octubre de 2019

@ßilbaoL

Venezuela y la campaña electoral en Argentina

Como prueba del lugar de la Revolución Bolivariana en el concierto latinoamericano, Venezuela ocupa un lugar preponderante en la campaña electoral, penosamente sobrellevada por estos días en Argentina. De los dos principales bloques burgueses empeñados en ganar las elecciones, uno trata de amplificar el tema y, el otro, de ponerlo en sordina.

Mauricio Macri pretende mostrarse como adalid de la contrarrevolución encabezada por Donald Trump. Alberto Fernández hace equilibrio en la cuerda floja para denunciar “el autoritarismo” de Nicolás Maduro, sin llamarlo dictadura.

Aquél pretende insuflar vida al agónico Grupo de Lima (GL). Éste, asegura su intención de retirar al país de ese bloque tambaleante. Empeñado en derrocar al gobierno venezolano, el GL constata, por el contrario, que sus propios presidentes van cayendo o debilitándose al extremo, sin excluir a Trump, amenazado con impeachment.

Fernández y su compañera de fórmula, Cristina Fernández, definieron cambiar “dictadura” por “autoritarismo” y acordaron poner una mordaza al flanco de su coalición electoral comprometido en diferente grado con la Revolución Bolivariana.

La orden fue cumplida. La agresión a Venezuela no cesa y, por el contrario, se acrecienta. Cada día se juega la posibilidad de que los paramilitares colombianos inicien la agresión armada. Pero la “táctica electoral” impone hacer mutis por el foro.

Por su parte, la derecha no hace lo propio. Un antiguo amigo del Departamento de Estado en el llamado Frente de Todos (FdeT), Sergio Massa, explicó en Washington que “no reconocer lo que pasa en Venezuela es ser cómplice”. Su escasa audiencia en el Woodrow Wilson Center, aplaudió. Massa es candidato a primer diputado por la provincia de Buenos Aires -clave electoral y política del país- y entre bambalinas se asegura que tiene reservado el cargo de presidente de la Cámara baja, si Fernández derrota a Macri el 27 de octubre.

 

Error múltiple

El silencio y la actitud huidiza indica convicción de que mostrarse como defensor de Venezuela, espanta votos. Eso es verdad para capas de la pequeña burguesía cautivada años atrás por el proyecto de Hugo Chávez, pero ganada ahora por la feroz campaña de prensa contra la sola idea de cualquier revolución social en América Latina. Pero es un error de fuste respecto de un incontable activo militante que, pese al fuego cruzado de propagandistas burgueses e infantoizquierdistas enroscados en sí mismos, pese a la ausencia de voces claras y valientes que enciendan un faro en la oscuridad, intuye lo que se juega en el hemisferio si la escalada contra Venezuela fuera exitosa.

Hay memoria histórica en las masas argentinas. Cuba, Nicaragua, Venezuela, están allí como hitos de una sinuosa marcha en pos de la emancipación. Quien toma distancia de esos pasos gigantescos, ya con categoría de acervo cultural, comete un doble error: resta consistencia a una eventual victoria electoral y, al debilitar esos procesos de avance en la historia latinoamericana, pone su propia cabeza bajo el hacha del verdugo.

Al compás de encuestas y pronósticos de prensa que dan ganador al FdeT, un sector numéricamente importante de la burguesía local se abroquela en torno a Fernández, a quien le exige compromiso con una ley de reforma laboral, acuerdo con el FMI y, naturalmente, acelerar en dirección al derrocamiento de Maduro. A su vez, llevado por los mismos pronósticos, el FMI negocia con el FdeT para reconfigurar los pago de la deuda para el año próximo. Entre las condiciones para arribar a un acuerdo está, por supuesto, el alineamiento con Washington contra Venezuela.

Además de abrirle un espacio prominente y altamente conflictivo a Massa en la pugna interna del FdeT, las exigencias del FMI obligaron a Fernández a proponer un nuevo impuesto, esta vez a los bienes personales. Como rayo cayeron sobre él tanto Macri como el otro candidato -hasta ahora deslucido- del capital: Roberto Lavagna. El cerrojo del sistema no deja la más mínima libertad de movimientos. Ya hay consultoras que predicen una fuga de votos de Fernández a Lavagna…

Mientras se bambolean en este imposible equilibrio respecto de Venezuela, ocurre el levantamiento en Ecuador. Ubicarse contra la movilización de las masas indígenas en aquel país es difícil para el FdeT. Pero ¿cómo, siendo tan democráticos, no defender el orden constitucionalrepresentado por el presidente Moreno? He allí otro inesperado dilema en medio de la campaña electoral. No estará ausente en el debate público de los seis candidatos presidenciales el 13 de octubre. Puede tener mayor impacto coyuntural que cualquier otro tema internacional.

 

Actuar en una coyuntura de crisis mundial

Quedó dicho que Macri y Fernández compiten por ver quién oculta y miente más (Qué hay bajo la campaña electoral en Argentina). Resta definir cómo se actúa frente a esta manipulación de sentimientos y necesidades de las mayorías. Es comprensible el impulso a optar por lo que se supone el mal menor. Vale transcribir un texto de Gramsci recordado por militantes que no se escudan en él para justificar posiciones reformistas, sino con la intención inversa: “El concepto de mal menor es uno de los más relativos. Enfrentados a un peligro mayor que el que antes era mayor, hay siempre un mal que es todavía menor aunque sea mayor que el que antes era menor. Todo mal mayor se hace menor en relación con otro que es aún mayor, y así hasta el infinito. No se trata, pues, de otra cosa que de la forma que asume el proceso de adaptación a un movimiento históricamente regresivo, cuya evolución está dirigida por una fuerza eficiente, mientras que la fuerza antitética está resuelta a capitular progresivamente, a trechos cortos, y no de golpe, lo que contribuiría, por efecto psicológico condensado, a dar a luz a una fuerza contracorriente activa o, si ésta ya existiese, a reforzarla” [Quaderno, 16 XXII).

Adaptación a un movimiento históricamente regresivo. Eso es lo que puede ocurrir si se busca la salida apelando a la ayuda de liberales, socialdemócratas y oportunistas sin principios. Adaptar el acervo político-cultural de la revolución anticapitalista en América Latina al pragmatismo ramplón de candidatos a la caza de votos es condenar y condenarse.

En Argentina, la crisis en desarrollo planteará a corto o mediano plazo un examen definitivo a las organizaciones antimperialistas y anticapitalistas. El desafío será mayor para las corrientes de este signo en América Latina, particularmente para los países del Alba.

Venezuela ocupa un lugar excepcional en la campaña electoral argentina porque lo que en realidad está en disputa aquí es cómo se afronta la crisis agónica del capitalismo en el país. La respuesta de la Revolución Bolivariana fue superar el sistema actual y transitar hacia el socialismo. Por eso Estados Unidos, la Unión Industrial Argentina, el conjunto de prensa y los partidos políticos del capital, apuntan contra Venezuela. Vociferando en contra, o guardando silencio.

Relegar la perspectiva de revolución para amarrarse al “pacto social” propuesto por el FdeT, someterse a las presiones del FMI y las manipulaciones del Vaticano, no son signos de habilidad política. Antes bien, indican confusión.

El mundo entra desde ahora mismo en una nueva recesión. Lo admite incluso la flamante Directora General del FMI. No hay camino del medio para esquivar esta encrucijada. Argentina y toda América Latina requieren de un centro de unificación y orientación para la acción conjunta. No será con oportunistas y reformistas con quienes se logrará conformar aquello que Hugo Chávez llamó V Internacional. Y sin ese instrumento el imperialismo continuará aventajando a los pueblos de la región.

Para avanzar es preciso contar con la brújula de la teoría revolucionaria. El pragmatismo lleva a chocar contra la realidad y transformar las mejores intenciones en siniestros resultados. El capitalismo tardío no puede ser progresista en ningún aspecto. Sólo la planificación socialista, es decir, participativa y democrática, puede afrontar la crisis actual, de magnitudes jamás vistas.

9 de octubre de 2019

@BilbaoL

Qué hay bajo la campaña electoral en Argentina

Deberían disputar otra clase de competencia. Mauricio Macri y Alberto Fernández están lanzados a una carrera para dirimir quién miente más. No deberían ser candidatos a presidir Argentina sino desafiantes en un torneo mundial de incapacidad y cinismo.

Con más de un tercio de la población bajo la línea oficial de pobreza, en medio de una implacable recesión, endeudamiento interno y externo impagable y descontrolada inflación, Macri y Fernández proponen absurdos impracticables con el único objetivo de ganar votos y permanecer o recuperar el poder político, como fuente de enriquecimiento en medio de la decadencia que nada perdona. Desde hace décadas el discurso electoral de los políticos establecidos fue vaciándose de contenido hasta reducirse a la nada. Ahora da un paso más: miente descaradamente para ocultar causas y efectos de la devastadora crisis que asuela al país.

El panorama económico resulta del fracaso en el proyecto de saneamiento capitalista intentado por el frente amplio burgués (Fab) con Macri como instrumento. La agonía política, plasmada en la estolidez de los candidatos -y no sólo de los dos principales- resume una decadencia arrastrada durante décadas. No es de Macri el fracaso ni es de la fórmula Fernández-Fernández la incapacidad para dar respuesta al colapso del frente amplio burgués. Ese conjunto incluye como socio dominante a Estados Unidos, también frustrado. Es el agotamiento del sistema. Y la ausencia de una fuerza arraigada en las mayorías para superarlo.

Así se empina el camino hacia el abismo. Macri adopta paliativos de emergencia hasta fin de año. Medidas positivas como eliminación de Iva para los productos básicos de la canasta familiar, aumento del mínimo no imponible para salarios, control de cambios, así como el congelamiento de precios para combustibles, electricidad y gas, duran hasta el 31 de diciembre. ¿Quién y cómo volverá a imponer el Iva, aumentar el impuesto al salario, multiplicar los precios ahora congelados? Todo el plan de saneamiento fiscal y reordenamiento de los precios relativos está condenado con estas medidas demagógicas e insustentables para el capitalismo. Pero ¿qué plan político podría hacerse cargo de este presente griego?

Fernández promete bienestar, aumento de salarios y jubilaciones, industrialización del país. Tras subrayar que el país está en cesación de pagos (ellos dicen default), llegó a decir que todo eso lo hará aplicando el dinero que hoy va al pago de intereses de la deuda interna (con tasas superiores al 70%) y externa (amarrada a compromisos con el FMI). Quienes se anuncian como miembros de su eventual gabinete económico corren tras el candidato para explicar a la prensa que eso es sólo un error de expresión. Para justificar el dislate uno de ellos llegó a decir: “Fernández es candidato a Presidente, no a ministro de Economía”.

Pero a cambio de planes sólidos Fernández tiene un eslogan: pacto social. Intenta ponerlo en marcha antes del 27 de octubre aliando a empresarios y ejecutivos sindicales. Miguel Acevedo y Daniel Funes de Rioja por la Unión Industrial Argentina (UIA), Héctor y Rodolfo Daer por la CGT (ambos del sindicato de Sanidad, ligados al negocio de los medicamentos), son los encargados de poner en marcha la enésima reedición de esa engañifa denominada pacto entre empresarios y trabajadores.

 

Debacle de un sistema

Entrenados en el arte de la trampa y la hipocresía, ambos candidatos exponen impúdicamente su completa ausencia de principios, a la par de una pobreza intelectual asombrosa. Lacera escuchar sus discursos. No tienen una sola propuesta para revertir la decadencia y ofrecer un futuro al país. Más aún: no son capaces de expresar correctamente las mentiras con las que pretenden engañar a la sociedad. Reflejan la degradación y la impotencia del sistema del que son producto y el nivel al que han caído los políticos del capital.

Es apropiado el verbo “reflejar”. Los candidatos del capital –y no sólo ellos- espejan el fenómeno más relevante hoy en Argentina: la fragmentación, desorientación y virtual parálisis de la gran burguesía. La clase dominante no tiene instrumentos para ejercer su dominio. Sin partidos ni líderes de envergadura, intenta paliar su escualidez con la unificación del también fragmentado y aún más desprestigiado movimiento sindical, que en este momento histórico no es tal sino una casta corrupta, ajena y contrapuesta a los intereses de la masa trabajadora y de la nación en su conjunto. Cuenta con la anuencia de prácticamente todas las fracciones de ese aparato descompuesto, en acuerdo con la UIA para escenificar un nuevo “pacto social”.

Con este objetivo, días atrás se realizó un así llamado Congreso, de la así llamada Central de Trabajadores Argentinos – de los Trabajadores (la denominación misma indica la ausencia de brújula). Es una de las fracciones en que se hundió la antigua CTA. El encuentro estuvo presidido por Fernández, el hijo de la ex presidente y actual candidata a vicepresidente Cristina Fernández, más el presidente del club Independiente y secretario general del sindicato de Camioneros, Hugo Moyano. Como se ve, la CTA… “de los trabajadores”.

El encuentro fue para santificar la desaparición de la CTA-T y subsumirla en la CGT. Muchos años atrás fue previsto este destino para quienes por arte de birlibirloque transformaron el CTA (Congreso de Trabajadores Argentinos), en la CTA (Central de Trabajadores Argentinos). No hace falta agregar una palabra a lo escrito para enfrentar aquella maniobra, cuyo verdadero sentido se vio en la operación para llevar al Frepaso al gobierno en 1999 y ahora para dar aliento a otro gobierno burgués, el de AF y CF, supuestamente alternativo al de Macri, cuyo candidato a vicepresidente presidió el Senado bajo las órdenes de Néstor Kirchner y su esposa: Miguel Ángel Pichetto.

Aún se ignora qué hará la otra fracción de la ya extinguida Central: la CTA-Autónoma. También fragmentada, tiene igualmente como cuña la presión para impulsar un voto por F y F, aunque algunas tendencias propugnan un Voto Protesta, opuesto sin distinción a todos los candidatos capitalistas.

 

Bitácora de la corrupción sistémica

Tras este panorama hay un factor imprevisto: los llamados “cuadernos de la corrupción”. Todavía no está suficientemente analizado el papel de ese alud de denuncias sólidamente fundadas que llevó a decenas de altos empresarios a declararse “arrepentidos” y confesar fechorías multimillonarias en dólares, todas las cuales tienen como figuras principales al fallecido Kirchner y su esposa. 174 grandes empresarios y funcionarios de primera línea de los gobiernos Kirchner están procesados. Para causas principales ya está definido el juicio oral. Se trata de un tsunami descargado sobre el empresariado argentino. Ya se ha dicho que Paolo Rocca, titular de Techint, la mayor empresa privada en el país, debió viajar apresurada y furtivamente a México para evitar la cárcel en prisión preventiva. No tuvo la misma suerte su principal gerente y portavoz. Como así tampoco el ex titular de la Cámara de la Construcción, Carlos Wagner, o el propietario de la poderosa constructora Roggio, entre tantos otros nombres impensables (entre ellos familiares de Macri), que pasaron a ser “testigos arrepentidos” e hicieron fila para denunciar al gobierno anterior.

Es un terremoto sistémico. En su discurso de apertura de sesiones del Congreso Nacional, Macri puso el juicio “de los cuadernos” como una de las tres causas a las que atribuyó la debacle económica. Las otras eran sequía e inundaciones que frustraron la cosecha 2017-1018 (se perdieron más de 8 mil millones de dólares), y los problemas financieros del primer mundo, que provocaron una fuga masiva de divisas (flight to quality llaman a esta carrera demencial por la tasa de ganancia). No erró quien escribió el discurso del Presidente. Los cuadernos cayeron como una bomba de acción retardada sobre el Fab. Primero contribuyeron a frenar el giro económico; luego llegaron las consecuencias políticas. Pero es apenas el comienzo.

Hay una poderosa operación en curso para acabar con estos juicios. Son potencialmente más graves que la calamitosa situación económica, puesto que hieren de muerte a un sector clave del poder político y a 7 de cada 10 grandes empresarios del país. Fernández ya ha exculpado a su compañera de fórmula. Pero se mantiene ambiguo frente a los demás inculpados. Si en caso de ganar lo espera un cataclismo económico apenas asumir, este problema es más grave aún en la coyuntura dramática que vive Argentina.

Hay que repetirlo: ninguna justicia verdadera puede esperarse del sistema judicial argentino. Por definición, por naturaleza de clase, su función no es la Justicia, sino la defensa del poder del capital. El problema es que la disputa en este caso en la elite del capital mismo. Como en el caso del juicio a los militares, una primera intención parcial de un sector de las clases dominantes por preservarse, derivó en un alud imparable que acabó con las fuerzas armadas tal como eran antes de 1983. Ahora el caso es análogo, aunque diferente: tal como están hoy los juicios no derivan de la voluntad de una fracción del capital, sino de un encadenamiento imprevisto y, actualmente, inmanejable. Es más que improbable que el próximo gobierno pueda desarmar esta bomba. Incluso si ganare Fernández y el juicio llevara al estrado a la vicepresidente. Pero al margen las figuras políticas, el problema mayor siguen siendo los empresarios.

Ese proceso, además, se desenvolverá sobre una base de descontrol económico crecientemente acelerado. Sería contrario a toda experiencia histórica que en este clima no aparezca una vanguardia capaz de condenar al unísono a las variantes partidarias, sindicales, religiosas, periodísticas, empeñadas en salvar el sistema y saltando de Macri a Fernández al compás de sondeos en los que nadie confía.

 

Tiar: la prueba ácida

Mientras lanza golpes desesperados en una campaña de “30 días – 30 ciudades”, con discursos cada día más demagógicos y contrapuestos a lo actuado en tres años y medio, Macri volvió a sumarse a las exigencias de Washington y apoyó la activación del Tratado de Asistencia Recíproca (Tiar) para utilizarlo contra la Revolución Bolivariana de Venezuela, acosada por los cuatro costados. Fernández no ha dicho una palabra al respecto. No deja de ser lógico: Argentina se sometió al Tiar en 1947 con la firma del entonces presidente Juan Perón. El doble discurso no tiene por qué cambiar ahora, cuando el país afronta, como en aquella oportunidad, una crisis mundial del capitalismo y el riesgo de que en su transcurso se conforme un movimiento revolucionario de masas.

De manera más translúcida que nunca, el peronismo se verá obligado a jugar el papel de defensor de última instancia para el capitalismo. Sus múltiples fracciones actuales no podrán convivir en ninguna hipótesis. No faltan fascistas confesos en el Partido Juticialista y en varias de sus corrientes, incluidas algunas consideradas “de izquierda”. Fernández se ha declarado Liberal. Es conocida la frase según la cual el peor fascista es un liberal asustado. Hay muchos con miedo en este momento. Y habrá más. Las tendencias internas comprometidas con una perspectiva antimperialista y latinoamericanista deberían saber esto y actuar en consecuencia. Desde ahora mismo.

5 de octubre de 2019

@BilbaoL

Coyuntura en Argentina: militancia y campaña electoral

Fracturado a comienzos de año, parcialmente recompuesto luego y dinamitado después, como resultado de las Paso del 11 de agosto, el frente amplio burgués (Fab), sostén del gobierno de Mauricio Macri hasta la reaparición del descontrol económico y la endeblez política, busca por estas horas reestructurarse a partir de dos ejes: el freno a la convulsiva crisis desatada tras la elección que nada eligió y el rearmado de un plan de control político tras las elecciones. El 27 de octubre o el 24 de noviembre, según haya o no segunda vuelta.

Un reciente encuentro de la Asociación Empresaria Argentina (AEA), ampliada esta vez con numerosos grupos capitalistas marginados de ese cenáculo máximo, mostró desconcierto, división, ausencia de claridad y energía para afrontar el próximo período .

Unos pocos en ese centro de poder apuntan dudas sobre la inevitabilidad de una victoria del dúo Alberto Fernández-Cristina Fernández (FF) el 27 de octubre. Pero todos, incluso quienes la dan por segura, se muestran temerosos ante la probable victoria panperonista. Así, incertezas y temores combinados impiden la reaparición actuante del Fab. Esto equivale a decir que Macri flota en el vacío y FF no encuentran suficiente base de sustentación. Con apariencia de estabilidad e impresión dominante de que vendrá un gobierno FF, el país está a la deriva.

A la fecha, todo indica que el temblor económico ha sido circunstancialmente conjurado y podría ofrecer la estabilidad mínima para que Macri llegue sin sobresaltos mayores a los comicios de octubre. La inestabilidad proviene en cambio de la total oscuridad política: si bien son escasas las voces que sostienen la posibilidad de una victoria de Macri, es unánime la alarma respecto de quién de los dos miembros de la fórmula tendría el poder y cuál sería el programa de un gobierno FF. En otro plano, nadie ignora la amenaza mayor: la inquietud social no expresada en movilización, aunque palpitante bajo la superficie.

 

Chubut, botón de muestra

Un caso que resume las claves de la coyuntura es la gravísima crisis en Chubut. Allí, para ganar las elecciones el peronismo otorgó aumentos salariales por sobre la media pactada a nivel nacional. Una vez obtenida la victoria, el gobernador admitió que tales salarios excedían las posibilidades de la Provincia. Conclusión: no pagó y la Provincia se incendió. Se multiplicaron las huelgas, fueron ocupadas escuelas, juzgados y otros centros de la administración. Quedaron instaladas como realidad cotidiana movilizaciones, corte de calles y rutas, acampes y protestas, que llevaron a Chubut a un completo desquicio.

Días atrás, esta situación derivó en un choque violento entre el sindicato de petroleros que buscaba garantizar el paso de camiones y trabajadores de ese gremio y el sindicato docente, que cortaba las rutas por donde aquéllos debían transitar. Trabajadores contra trabajadores. Significativamente, ambos sindicatos tienen conducciones integrantes del Frente de Todos y propulsores de la fórmula FF a nivel nacional. Un eventual gobierno panperonista encontraría una situación análoga en todo el país.

Macri contrarrestó el violento impacto de la devaluación del día posterior a las Paso con una serie de medidas que hasta el momento han sido efectivas: eliminación del IVA para 14 productos básicos de la canasta familiar; elevación del mínimo para el pago de ganancias en los salarios; congelamiento del precio de servicios públicos y combustibles; aumento del 35% del salario mínimo, entre otros paliativos. Salvo la eliminación del mínimo no imponible, todo caduca el 31 de diciembre. A partir del 1º de enero de 2020 la realidad caerá como un alud sobre la futura administración.

Lo mismo cabe al control de cambios impuesto por Macri para frenar el drenaje de reservas y a la reprogramación de los pagos de diferentes instrumentos financieros, en pesos y en dólares, con insostenibles tasas superiores al 70%. Años atrás alguien tituló un libro “El diluvio que viene”. Sería apropiado para describir el panorama que espera al próximo gobierno. Sobre todo si se toma en cuenta que una improbable victoria de Macri lo pondría en choque frontal desde el inicio con un amplio espectro de las cúpulas sindicales, hasta ahora extremadamente concesivas, mientras que una administración FF quedaría presa de expectativas que incluyen transversalmente a todas las clases, resumidas en la necesidad de salir de la recesión y aumentar el poder adquisitivos de trabajadores y clases medias.

Nada será inmediato. Pero en uno u otro caso, a partir de 2020 detonará un Chubut a escala nacional. Con el mismo rasgo dominante en la crisis de aquella provincia: todas las conducciones que cuentan están alineadas con el capital y sus diferentes fracciones, mientras que las izquierdas permanecen limitadas a reclamos economicistas o, peor aún, meramente electoralistas.

 

Reflujo prolongado

Es en este cuadro general que la militancia antimperialista y anticapitalista afronta otra campaña electoral. Desde los albores del movimiento obrero y revolucionario en Argentina, un siglo y medio atrás, jamás la vanguardia estuvo tan huérfana de perspectivas propias, tan desconcertada, dividida y, en consecuencia, paralizada.

Una cantidad de factores confluyen en esta situación. Todavía pesa la consumación de la derrota de la Revolución Rusa, en 1991. En el plano nacional, también llega al pináculo una debilidad que viene de lejos, acentuada por la devastadora represión de la última dictadura militar pero realizada en toda su magnitud cuando, bajo las reglas de la democracia burguesa, las izquierdas no logramos edificar una alternativa anticapitalista de masas. Por el contrario, un conjunto de organizaciones de origen marxista marchó hacia un sectarismo esterilizante que desembocaría en formas renovadas de electoralismo y economicismo, combinadas con lenguaje súper izquierdista. A su vez, otro flanco de lo que convencionalmente se denomina izquierda, proveniente de diferentes ramas peronistas y del antiguo partido comunista, sencillamente se despeñaron por las barrancas del reformismo populista hasta identificarse con gobiernos y fórmulas electorales de la burguesía. Como colofón, sobrevino el debilitamiento de la Revolución Bolivariana de Venezuela y la inversión del signo de marcha del proceso de unificación latinoamericana impulsado por el fallecido Hugo Chávez. Como es lógico, enfrentar esa correntada aisló y debilitó en la etapa a las organizaciones revolucionarias marxistas. Y hasta el momento se mostró impracticable el proyecto estratégico de recomposición.

 

Signos de comportamiento político en las juventudes

Aparte el resultado de las Paso, en la primera semana de septiembre tuvo lugar la elección para renovación de autoridades en la Universidad de Buenos Aires (UBA), en la que participaron más de 300 mil estudiantes.

Ganó a gran distancia una alianza reformista de radicales (UCR), peronistas no alineados con la fórmula FF y socialdemócratas. “La izquierda sufrió su peor derrota desde el regreso de la democracia”, constata con indisimulado placer el 7 de septiembre uno de los portales considerados portavoces del Departamento de Estado estadounidense. En Medicina, la mayor facultad, con 90 mil estudiantes, ganó un conglomerado reformista, denominada Nuevo Espacio, por el 71,74%, mientras que el Frente de Todos, anunciado como vencedor en las próximas presidenciales, obtuvo el 13,29%. Un sector de lo que para los comicios del 27 de octubre se presenta como unidad de la izquierda, denominado El Frente, fue relegado a un tercer lugar con un 7,56%. Otro sector de esa coalición electoralista, el PTS, recibió el 2,74% de los votos.

Notas distintivas: en Odontología la lista de Cambiemos tuvo el 91,86% de los votos; en algunas Facultades la lista del PO se sumó al kirchnerismo y en otras las dos corrientes internas de esta formación fueron enfrentadas entre sí.

No es preciso detallar los resultados en cada Facultad. Mantienen esta tónica de estrepitoso derrumbe de las izquierdas, e incluso del centrismo a veces camuflado con ropajes ajenos. En medio de una crisis pavorosa por donde se la mida, el movimiento estudiantil le da la espalda a las izquierdas electoralistas encerradas en el sectarismo o montadas al último vagón del tren lumpenburgués. En esto se ha convertido el electoralismo en la Universidad, jugado a conquistar centros de estudiantes con el mismo objetivo de las fuerzas burguesas: capturar aparatos para sustentar económicamente a otros que se presentan como vanguardia anticapitalista.

Se trata de una catástrofe política que no puede ser medida simplemente en cantidad de votos: es una derrota ideológica profunda y significa la desaparición estratégica tanto de las corrientes neoreformistas con lenguaje infantoizquierdista, como del ultraoportunismo populista. Como indican los resultados, los vencedores de esta farsa de pseudo democracia estudiantil son los partidos burgueses de Cambiemos en primer lugar, y también del Frente de Todos, aunque a mucha distancia y con previsibles convulsiones internas a corto plazo.

Estos resultados concuerdan en última instancia con los del Frente de Izquierda en las Paso y, para mal de todos, adelantan lo que ocurrirá en el 27 de octubre: frente al colapso capitalista, las mayorías buscan una salvación desesperada en las propuestas del capital.

 

Por una coalición de hecho en favor de un voto programático

En tal coyuntura, el activo militante con genuinos propósitos de enfrentar al imperialismo y el capitalismo no debería dejarse ganar por el desaliento. Es posible participar de la campaña electoral sin someterse al proyecto contrarrevolucionario del Frente de Todos ni caer en el cretinismo parlamentario del neoreformismo.

No están dadas las condiciones para afirmar una coalición nacional para canalizar el descontento de masas en favor de un voto programático, que no procure elegir candidatos sino contribuir a la educación política e ideológica de las mayorías, con el objetivo explícito de construir un partido de los trabajadores y sus aliados.

Sin embargo es preciso echar cimientos para afrontar la lucha social que necesariamente deberá agudizarse a partir del año próximo y la asunción del nuevo gobierno, sea quien sea el vencedor de la tramoya electoral. Se trata de transformar esa lucha social en lucha de clases. De poner un objetivo estratégico de transición anticapitalista y de organizar a todos los niveles la fuerza para llevar a cabo ese objetivo. Sin cimientos que ahora pueden ser presentados ante las masas y sus vanguardias, las derivaciones de una confrontación espontánea amenazan ser sumamente riesgosas para la sociedad en su totalidad. La desagregación social y la enajenación que por diferentes vías se manifiesta en la vida cotidiana en nuestro país, constituyen una amplia base para el desarrollo del fascismo. Los partidos burgueses que no cesan de hablar de democracia son incapaces de poner freno a esa dinámica.

Téngase en cuenta que a todo lo dicho respecto de la inevitable crisis económica habrá de sumarse el impacto de una recesión en los centros del capitalismo mundial, ya claramente prefigurada.

Es posible desarrollar de manera autónoma, en cada punto del país, una campaña explicativa de la naturaleza de estas elecciones, el papel de las fuerzas burguesas y la necesidad de trazar un rumbo diferente.

No es indispensable –aunque sería deseable- comenzar por la constitución de instancias organizativas para impulsar la campaña. Bastaría con acordar propósitos básicos, un horizonte estratégico y un programa de acción a partir de un Voto Protesta que resuma en una boleta electoral -obviamente destinada a ser anulada- las demandas económicas que la realidad de la crisis hace impostergable, la propuesta de organización de masas y la estrategia antimperialista y anticapitalista.

10 de septiembre de 2019

Qué anuncian las Paso

Como nunca antes, la burguesía argentina está aturdida, paralizada. No es para menos: acaba de desmoronarse el último intento por construir una efectiva herramienta política para comandar el sistema. Los escombros de Cambiemos aplastan, además, el plan de edificar la contraparte de un ansiado bipartidismo con los restos de lo que llaman “peronismo racional”. Es un cimbronazo de graves consecuencias históricas para el sistema capitalista, al margen de lo que depare la coyuntura inmediata.

Se trata de una oportunidad excepcional. Si lograra conformarse un conjunto de hombres y mujeres con sólida formación teórica, mirada de largo alcance, coraje para la acción e integridad moral sin tacha, dispuestos a darlo todo por la abolición del capitalismo y la edificación de una nueva Argentina, éste es justamente el momento para afirmar los talones, frenar la decadencia nacional y comenzar a remontar la cuesta. Pero ésa es harina de otro costal.

A diez días de las Paso (primarias abiertas, simultáneas y obligatorias) todavía no está definida la conducta de las clases dominantes. La ventaja de 15 puntos obtenida por el peronismo frente al gobierno de Mauricio Macri abrió una crisis política y detonó el frágil equilibrio económico de los últimos meses. El capital no sabe cómo evolucionará el país hasta el 10 de diciembre.

Dicho de otro modo: Argentina tiene a un lado un Presidente vaciado de poder; enfrente, Alberto Fernández, receptor de mayor cantidad de votos en una elección en la que nada se elegía. Pero el país carece también de una burguesía con opciones claras y capacidad de acción para cualquier otra cosa que no sea transferir miles de millones de dólares al exterior. Sus editorialistas, con mayor desconcierto del habitual, se limitan a repetir naderías y reproducir chismes. No hace falta insistir en el dato esencial: la clase obrera continúa ausente del escenario.

Los sorprendidos buscan culpables. Tenían una veintena de empresas encuestadoras que hasta última hora se refugiaban en la idea de un “empate técnico”. El equipo de Fernández anunció a media tarde una ventaja de entre 6 y 8 puntos mediante las encuestas de boca de urna. El oficialismo recién tomó conciencia de la realidad cuando en el atardecer del 11 de agosto se contabilizaron las llamadas “urnas testigo”, eficiente mecanismo de proyección estadística.

Buscan en el lugar errado. No es que los encuestadores no pudieron prever el resultado electoral. Es que las clases dominantes no tienen instrumentos válidos para comunicarse con la sociedad y conocerla. Tampoco, claro está, para gobernarla con métodos de apariencia democrática. Carecen de Partidos. Y al menos en el sentido tradicional, el de la democracia burguesa, no volverán a tenerlos.

Sólo organizaciones políticas con arraigo genuino en la sociedad pueden medir con certeza el clima social, además de determinarlo en gran medida. En ausencia de Partidos, progresivamente fueron ocupando lugar las consultorías de opinión pública, última moda en negocios de ocasión. No es la primera vez que muestran su precariedad e insuficiencia a la hora de saber cómo discurre la conducta social. Pero esta vez convirtieron incapacidad en colapso.

 

Expresión electoral

Pese al impacto provocado por la inesperada ventaja a favor de Fernández, hubo una rara persistencia del voto tradicional. Esa continuidad la puso de manifiesto, a contrapelo de análisis adocenados, el columnista de Clarín Ignacio Zuleta: “en las Paso del domingo el Gobierno sacó dos puntos más que en las Paso de 2015, y aumentó casi un millón de votos, de 30% a 32,81%, de 6.791.342 a 7.824.496. Los Fernández, en cambio, sacaron 47,66%, más de diez puntos menos de lo que habían obtenido, sumados, en 2015 Daniel Scioli y Sergio Massa, que sumaron 59,24%”.

Desde luego fue diferente el comportamiento en la segunda vuelta de las presidenciales en 2015 y en las legislativas de 2017. Sobre todo cuando Cambiemos venció con un candidato desconocido a Cristina Fernández en la disputa por senadores en la provincia de Buenos Aires. En 2018 reapareció la crisis económica estructural detonada por una suma de razones coyunturales y Cambiemos comenzó a trastabillar. En todo caso, nadie previó el vuelco electoral ocurrido en las Paso.

Tampoco las izquierdas entrevieron lo que vendría, convencidas de que el obvio y más que visible descontento aumentaría su cosecha. No fue así. Por mi parte, adelanté lo siguiente en un artículo fechado tres días antes de los comicios: “La confusión de muchos y el hartazgo de otros tantos puede dar lugar a giros impredecibles de la conducta electoral”. Y a partir de experiencias similares años atrás deduje la posibilidad de “un aumento significativo de la abstención o el voto en blanco” (Consecuencias previsibles de una elección absurda).

Ese supuesto también falló. Error por exceso al medir la conciencia social. Y por defecto al sopesar el vuelco de las clases medias golpeadas por la recesión. No hubo abstención superior a la media ni significativo aumento del voto en blanco. El rechazo no tomó esos caminos. En todo caso, los votos en blanco superaron a la suma de las izquierdas (758.955), mientras los anulados sumaron otros 300 mil. Se puede –y se debe- buscar proyecciones tácticas en esta expresión de rebeldía electoral que suma más de un millón y medio de votos. Lo que no se puede es ocultar que el peronismo, con un candidato asociado públicamente a la embajada estadounidense, ante el colapso del plan de saneamiento, circunstancialmente ha recuperado el voto desesperado de la mitad de la población. Mucho menos desconocer que los candidatos explícitamente burgueses y procapitalistas obtuvieron 94 de cada 100 votos.

 

¿Victoria de quién?

Como saldo, proliferan afirmaciones que hablan de “victoria popular” y “derrota del neoliberalismo”. Nada más lejos de la verdad. Dos razones explican la disparidad de votos a favor de Fernández y la sorpresa por ese resultado: la ausencia de canales de expresión de las mayorías –es decir, su silencio durante la campaña- y la unificación de un peronismo extremadamente diverso. Ni una ni otra pueden computarse como un paso adelante de la clase trabajadora y el conjunto de la población.

Hay quienes atribuyen el paso al costado de Cristina Fernández a una gestión del Papa. Como sea, lo cierto es que tras designar como candidato presidencial a Fernández, quien se define como liberal y oculta su historial como discípulo de Domingo Cavallo, ella mismo sobreactuó durante la campaña su adhesión al capitalismo. Permítase repetir sus palabras, citadas en un artículo publicado el 4 de agosto: “Los buenos capitalistas quieren que la gente gane bien y tenga trabajo, porque si no, ¿quién corno compra las cosas de ellos? Estos (los macristas) se dicen capitalistas y no te podés comprar nada, no podés viajar, no te podés comprar ropa ni ir al supermercado”. Y agrega para que no haya lugar a dudas: “Yo soy mucho más capitalista que ellos. Conmigo en Argentina había capitalismo y la gente se podía comprar lo que quería. Que no me jodan más con lo del capitalismo. ¡Por Favor! Conmigo había capitalismo” (Ideología y política en la reconfiguración del poder continental).

Pretender que trabajadores y juventudes obtienen una victoria al votar semejantes conceptos es algo diferente a la ingenuidad. En cuanto a la derrota del “neoliberalismo”, la confusión inconsciente o deliberada descalifica a quienquiera haga esta afirmación y pretenda llamarse “dirigente”. Aparte la inexistencia del supuesto neoliberalismo como categoría consistente, está más que probado que la pretensión de Macri y los suyos era sanear la estructura capitalista. Es ese ambicioso proyecto de largo alcance el que ha fallado, no el “neoliberalismo”. En todo caso, se ha demostrado la irreversible impotencia del desarrollismo. Fracaso previsible, que golpea a la totalidad de la burguesía, incluidas fracciones advenedizas y núcleos mafiosos.

La sola alusión al neoliberalismo revela aquello esencial que se pretende escamotear: como su antecesora y todos los que lo precedieron en el último medio siglo, Macri se ve impotente frente a la crisis estructural del capitalismo. Por lo mismo, no es cambiando “el modelo” como se resuelve la crisis. En esa afirmación palpita una nueva estafa política a las mayorías por parte de quienes se sienten vencedores, aunque en rigor no lo son todavía. De allí el desconcierto de la burguesía: es el capitalismo lo que está en juego, aun sin desafío socialista.

 

Lo que vendrá

No habrá unidad consistente de las fracciones con denominaciones peronistas. Es ridículo ingresar al mundo conjetural que imagina un Alberto Fernández renunciante o un decorado institucional con él como presidente y Cristina Fernández conduciendo todo tras bambalinas. Esto incluso sin contar que la ex presidente tiene 13 procesamientos sólidamente fundados y 7 pedidos de prisión preventiva. El hecho incontrastable es que, por los caminos que sean, los aparatos provinciales y municipales del PJ, más los sindicatos, no son compatibles con una política unificada para afrontar una crisis que no hará sino agudizarse.

Sea quien sea que gobierne, sostener el sistema capitalista exige asumir sin demora el saneamiento estructural y las enormes consecuencias sociales que conlleva. Cambiemos avanzó significativamente por ese camino, pero está a años luz de la meta, es decir, de restablecer bases sólidas para relanzar un capitalismo estable. Si ganaren, los Fernández deberían recorrer el tramo faltante. O tomar por el camino de la revolución socialista…

Allá quienes sostengan que esto último es posible. Aquí quienes comprendan que lo primero provocará el estallido. Una mayoría se aferrará al obvio recurso de zigzaguear por el camino del medio. En lugar de optar, dejarse llevar por la inercia. Sólo que la indefinición conduciría a la desagregación no ya del elenco gobernante, sino de la sociedad toda.

Véase un adelanto: para afrontar la coyuntura y el riesgo cierto de ingobernabilidad, el Macri post Paso elimina el IVA para 14 mercancías básicas de la canasta familiar y congela el precio de los combustibles, a la vez que asegura a las entidades agrarias que no aumentará impuestos al campo. Alberto Fernández no condena la permisividad frente a las patronales agrarias, pero dice sin rubor que está en contra del congelamiento de precios al combustible y la eliminación del IVA para los alimentos básicos (¡esto último figura en la plataforma electoral con la que fue a elecciones!). Los gobernadores le exigen semejante contorsión. Él obedece. La ex presidente calla y viaja a Cuba. ¡Y la bandera de eliminación del IVA a los alimentos básicos queda en manos de Macri!

Quienes integran o confían en el Frente de Todos (¡¿Frente de Todos?!) deberían saber que avanzan por el camino del quiebre sistémico, la ingobernabilidad, disgregación social mayor de la que ya aqueja al país, a la vez que dificultan o incluso clausuran la posibilidad de construir una fuerza de masas democrática, federal, antimperialista y anticapitalista.

No es una afirmación de ahora. En la oscuridad pre Paso era visible sin embargo la impotencia de los partidos tradicionales y el terremoto que en todos los órdenes desataría cualquier resultado del 11 de agosto. Con fecha 8 de agosto puede leerse: “Muertos sin sepultura, los partidos tradicionales encaran en Argentina (las Paso) que con toda probabilidad será el último gesto de impotencia en su actual configuración. Después del ciclo electoral en curso habrá un nuevo cuadro político, cuyo rasgo principal será la convulsión permanente” (Consecuencias previsibles…).

Lo mismo ocurriría en la improbable hipótesis de que Macri lograse impedir una victoria de Fernández el 27 de octubre y pudiera vencer en segunda vuelta, el 24 de noviembre. El problema en sustancia sería el mismo: crisis estructural desatada, fragmentación política, ingobernabilidad con métodos de democracia burguesa.

Hay indicios de que los principales núcleos del capital impulsan –ya para antes de las elecciones de octubre- una amplia “unidad nacional”. Eso significa unidad de fracciones burguesas y sus agentes políticos, sindicales y sociales. Van a la “unidad nacional” con un cuchillo entre los dientes y una pistola en cada mano. En eso están por estos días. Faltan dos meses para la elección verdadera. La calma lograda en los mercados es tan frágil como la que regía antes del 11.

Proponer, como hace un sector de las izquierdas, “Fuera Macri ya” y convocar a elección constituyente es una suma de irresponsabilidad y desapego de la realidad. Se pretende (¡para colmo con ayuda de un paro general de la CGT!) cambiar con otra elección el cuadro de situación plasmado en las Paso. La enfermedad del electoralismo produce también ceguera.

Y aquí se llega el nudo del problema: ¿Qué relaciones de fuerza dejan como saldo las Paso? La respuesta ya se ha dado: 94 de cada 100 electores votaron por candidatos capitalistas.

Salir de esa trampa requiere algo más que pegar afiches con rostros sonrientes, pedir un salvavidas a la CGT o imaginar una Constituyente en la que los trabajadores y las juventudes tengan mayoría y puedan afirmar los cimientos de un nuevo país.

Por delante hay una tarea más ardua, pero insoslayable: formar en la lucha de clases a las vanguardias y el activo militante; asumir y difundir la teoría científica de la transformación social; enfrentar con programas de acción y métodos organizativos democráticos a las representaciones políticas, sindicales y sociales del enemigo de clase.

Promover la organización de masas y la participación de millones en torno a un programa de acción anticapitalista no es reemplazable con artilugios retóricos, marchas de algunos cientos a la Casa Rosada u otros recursos para obtener un legislador más.

Con el Vaticano como vanguardia la burguesía promoverá un nuevo “Gran Acuerdo Nacional”. La militancia consciente habrá de romper con todas las variantes que inducen a la ciudadanía a creer en las instituciones del capital. En un momento de crisis excepcional, se trata de afirmar los cimientos conceptuales, morales y organizativos de una Argentina socialista.

21 de agosto de 2019

@BilbaoL

Argentina: consecuencias previsibles de una elección absurda

Muertos sin sepultura, los partidos tradicionales encaran en Argentina lo que con toda probabilidad será el último gesto de impotencia en su actual configuración. Después del ciclo electoral en curso habrá un nuevo cuadro político, cuyo rasgo principal será la convulsión permanente.

Basta describir el panorama inmediato: ir a una elección general, gastar 4 mil millones de pesos en ella… elegir nada. Eso son las Paso que tendrán lugar el domingo 11. Las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias son un artilugio más para manipular a la ciudadanía, creado por Néstor Kirchner en 2009, cuando pese a todo obtendría una estrepitosa derrota como candidato a diputado.

Se trata de primarias donde se debería elegir candidaturas para todos los cargos en juego entre competidores de un mismo partido, con la obligación de cada elector de concurrir a las urnas y votar, de manera abierta por cualquier candidato de cualquier partido, sin necesidad de estar afiliado a ninguno o aun perteneciendo a uno e interviniendo en la elección de otro.

Es a la vez el máximo de intromisión del Estado en la vida interna de un partido e instrumento de generalizada confusión para una ciudadanía cada día menos politizada y educada. Un fraude moral y político antes de que se emita un voto.

Adicionalmente, ocurre que al interior de los partidos esta vez no hay candidatos en disputa. O sea, no hay por quién optar. Elección sin elección. Irracionalidad institucional llevada al paroxismo. Meses de aturdimiento para tapar con naderías de candidatos vociferantes la gravísima situación económica y social del país. Al costo de alrededor de cien millones de dólares para el erario público, más una suma incalculable en propaganda, viajes y actos de candidatos que no compiten con nadie, para una elección en la que no hay nada en juego.

La prensa comercial la ha llamado “la gran encuesta”. Es así, en la noche del 11 lo único que se medirá es cuántos votos recibió cada partido. No habrá elección de presidente, gobernadores, intendentes y legisladores. Eso se hará el 27 de octubre.

Para un alto porcentaje de la población, esto no está claro. Esa porción de la población está convencida de que el 11 alguna de las fórmulas en juego ganará o perderá. La prensa en su conjunto contribuye a esa confusión, al pronosticar triunfos o victorias para éste o aquél. Como ya es habitual frente a cuestiones vitales de la vida política, tampoco las corrientes de izquierda se ocupan de educar al ciudadano frente a la agraviante engañifa con que se le obliga a votar.

Dicho de otro modo: la elección popular, principal instrumento de la democracia capitalista, está por completo vacía de contenido. Eso es hoy la institucionalidad burguesa en Argentina. Y refleja con exactitud no ya la decadencia, sino la desaparición práctica de los partidos políticos.

 

Después del 11-A

Como sea, habrá comicios. Y consecuencias. En las vísperas, no hay certeza sobre posibles resultados. Como ya se ha dicho, el enjambre de empresas encuestadoras después de manipulaciones sin cuenta concluye en la osada afirmación de que es posible “un empate técnico”.

Hay dos posibilidades entonces: obtiene más votos la fórmula Macri-Pichetto o es favorecido el dúo Fernández-Fernández. Seguiría Roberto Lavagna en un tercer puesto con menos de 10 puntos –posiblemente bastante menos. Lavagna fue lanzado por un sector del gran capital como globo de ensayo a comienzos de año, cuando temía que Mauricio Macri continuara barranca abajo. No ocurrió y el Frente Amplio Burgués (Fab) se rehízo en torno a su escuálido mesías post moderno. El experimento Lavagna involuntariamente viene a restarle votos al oficialismo, al menos en las Paso. El resto de las cuatro fórmulas (dos de derecha explícita y dos de izquierda), oscilarán entre 1 o 4 puntos.

Quien quiera que obtenga más votos el 11 no repetirá necesariamente ese resultado con una victoria en octubre. De hecho, las Paso sin competencia se convierten en una primera vuelta y se puede esperar un considerable desplazamiento de votos hasta el 27 de octubre, día de la elección efectiva. La certeza de ese desplazamiento aumenta la incertidumbre. Sobre todo porque al obrar octubre como segunda vuelta y dado que si una fórmula obtuviera el 45% de los votos no habría balotaje, el próximo gobierno quedaría elegido en esa instancia. El oficialismo sostiene que puede incluso obtener varios puntos menos en las Paso y recuperar esa distancia, con ventaja, en los dos meses siguientes. La oposición reunida en torno al Partido Justicialista asegura que tendrá una aplastante victoria el 11-A y la ratificará con creces el 27-O. Sorprendería que dijeran algo diferente. Pero lo cierto es que ambas afirmaciones tienen base objetiva de sustentación.

F&F han impreso a su campaña un carácter que sorprende a muchos de sus seguidores y perturba por igual al ala kirchnerista y al flanco conservador “pejotista”. El contenido esencial de esa campaña, reivindicar el capitalismo, lo expuse en un artículo reciente (Foro de Sao Paulo: ideología y política en la reconfiguración del poder continental). Está por verse si las incongruencias y visibles disidencias entre Alberto Fernández-Cristina Fernández terminan debilitando el mensaje o, por el contrario, permiten sumar voluntades estratégicamente contrapuestas.

Profesional, unívoca, la campaña oficial se esfuerza por remontar la vertiginosa caída económica del último año y medio. Es sensible la recuperación de la figura de Macri en los dos últimos meses, aunque no basta para un pronóstico cierto. Es seguro en cambio que, sea cual sea el resultado, Argentina está escribiendo el prólogo de una volcánica reconfiguración de sus partidos tradicionales. Y lo hace sobre la base de una crisis estructural sin precedentes por su profundidad y extensión.

Si Macri le impusiera a Cristina Fernández una tercera derrota consecutiva, la ex presidente sería barrida del escenario y las múltiples fracciones del PJ estarían lanzadas a una disputa salvaje, con Miguel Pichetto (en ese caso vicepresidente de Macri), como único eje de reagrupamiento peronista. Obviamente eso implicaría también la recomposición de la alianza Cambiemos, con la fusión de la UCR, el Pro y fracciones de la socialdemocracia para dar lugar a un nuevo partido, lo cual exigiría tiempo, esfuerzo y desorden, todo en grado superlativo.

Si, por el contrario, las urnas favorecieran a Alberto Fernández, Macri quedaría fuera de juego, mientras el nuevo oficialismo debería resolver el conflicto entre gobernadores, sindicalistas, restos dispersos del llamado kirchnerismo y varias denominaciones reformistas colgadas de esta candidatura. Allí debería ante todo imponerse una hegemonía interna y dar lugar a más de una nueva fuerza política, lo cual presumiblemente conllevaría, como en el caso de la eventual metamorfosis de Cambiemos, tiempo, esfuerzo y desorden.

Además, si las izquierdas electoralistas no logran superar cualitativamente el bajo porcentaje en el que están ancladas, al menos aquellas fracciones empeñadas sinceramente en la transformación social deberán también replantear su futuro. Es inexorable en ese ámbito un período de crisis y recomposición.

De manera que todos, ganadores o perdedores, ingresarán en un torbellino político dominado por un agobio económico que no dará tregua.

Los partidos del capital no tienen margen para una renovación genuina. Pueden cambiar de composición, de siglas y hasta de nombres principales. Pero sólo para asumir la crisis estructural de la sociedad argentina y la urgencia inaplazable de un saneamiento económico. Las izquierdas tienen en cambio un campo inmenso de posibilidades, aunque sólo a condición de revisar radicalmente todo aquello que las ha arrastrado a insalvable distancia de la teoría marxista y la práctica revolucionaria.

 

Ante las urnas

La confusión de muchos y el hartazgo de otros tantos puede dar lugar a giros impredecibles de la conducta electoral, aunque no está descartado un aumento significativo de la abstención o el voto en blanco.

A estas dos alternativas frente a la farsa electoral, agrupamientos y militantes sin partido (entre quienes está el autor de estas líneas), proponen un voto protesta. Esto es, la confección de una boleta programática para dejar en las urnas una propuesta de futuro. Se trata de un gesto que implica no resignarse al chantaje de quienes pueden ganar ni al ostracismo de quienes abandonan cualquier perspectiva de darle forma y vida a una fuerza política de las grandes mayorías. Para ser un gesto válido, esta actitud de rechazo deberá prolongarse en el esfuerzo por articular millones de voluntades dispersas en un partido de masas, única fuerza capaz de construir la nueva Argentina sobre los escombros del desmoronamiento actual.

8 de agosto de 2019

@BilbaoL

Foro de São Paulo: ideología y política en la reconfiguración del poder continental

Tuvo lugar en Caracas, entre el 25 y el 28 de julio, el XXV encuentro del Foro de São Paulo (FSP). Inmediatamente antes se reunió, también en la capital venezolana, el Movimientos de Países No Alineados (Noal), presidido hasta ese momento por Nicolás Maduro.

Ambas fueron oportunidades para que la población venezolana, castigada por el acoso permanente de Estados Unidos y la Unión Europea, pudiera contrarrestar siquiera en parte la campaña que muestra una Venezuela aislada y ya definitivamente condenada. La ciudadanía pudo comprobar cuántos países, con los gobiernos más disímiles, cuántos partidos y organizaciones políticas de diferente signo, se ubican en la línea contraria a la ordenada por la Casa Blanca.

Más allá de señalamientos críticos respecto de ambas reuniones, el esfuerzo del gobierno venezolano responde a una política de frente único antimperialista, teorizado y lanzado como eje de acción por la IIIª Internacional en sus inicios, bajo el comando de Lenin y Trotsky. Fuera de toda duda, en esa tradición teórico-política debe afirmar sus pies la Revolución Bolivariana para hacer frente a la escalada capitalista que intenta no sólo ahogarla, sino -acaso en primer lugar- usarla para desprestigiar ante las masas del mundo cualquier intento de transición al socialismo. Cuidar este último aspecto, que comienza por defender la propia revolución, es una tarea trascendental para el Psuv y la dirección político-militar en Venezuela, a la que debiera contribuir cada militante comprometido/a con el socialismo en cualquier punto del planeta.

Washington y Bruselas utilizan las flaquezas de la economía venezolana, agravándolas mediante infinitas herramientas a su alcance, para convencer a América Latina que el capitalismo es la única solución a la multiplicación de desocupación, pobreza, exclusión y violencia en nuestra región; que hay diferentes formas de capitalismo y el único debate posible es por cuál de ellas optamos. Semejante perspectiva ha calado hondo en la gama cada día más estratificada de las izquierdas latinoamericanas.

 

Declaración final del XXV encuentro del FSP

El cartel de prensa internacional condenó el encuentro del FSP calificándolo de terrorista o, en la versión más leve, como mero recurso para legitimar a Maduro. Como se verá enseguida, esto tuvo consecuencias inmediatas.

Al margen de diferencias respecto de caracterizaciones sobre la coyuntura hemisférica, cabe un señalamiento de otro orden al texto final asumido por el XXV encuentro. El texto apoya explícitamente candidaturas para las próximas elecciones en Uruguay y Argentina (también lo hace respecto de Bolivia, pero éste es un caso diferente, porque Evo Morales ha sostenido y sostiene desde el poder posiciones antimperialistas).

Propone la declaración: “apoyar la fórmula de Daniel Martínez para presidente y Graciela Villar para vicepresidenta de Uruguay”; y también “apoyar al movimiento popular de Argentina que ha logrado conformar una alianza unitaria en el Frente de Todos, que lleva como candidato a presidente a Alberto Fernández y como candidata a vicepresidenta a Cristina Fernández de Kirchner”.

El mismo día en que se votaba la declaración final, primero José Mujica y luego el candidato presidencial del Frente Amplio condenaron al gobierno de Venezuela calificándolo como dictadura. Con apenas tiempo para respirar, Alberto y Cristina Fernández sostuvieron que hay en Venezuela un régimen autoritario y la ex presidente abundó, en claro gesto electoralista y asociándose a la campaña de calumnias comandada por Macri contra la Revolución Bolivariana: “Sorry, en cuestión de alimentos, Argentina está como Venezuela”. Para ganar votos frente a Macri comparó sus resultados con los del gobierno venezolano.

No fue por azar que semejante embate tuviera lugar al fin de la reunión en Caracas: según sus objetivos y en función de la concepción que los mueve, Mujica, Martínez, Fernández y Fernández debían tomar distancia de ese apoyo del FSP, para evitar comprometerse con esta organización en medio de sendas campañas electorales. El falaz informe de Michelle Bachelet fue utilizado como excusa por unos y como exigencia por otros para emitir estas declaraciones. Antes de ellos, y antes de las elecciones que perdió frente a Jair Bolsonaro, el ex candidato del PT Fernando Haddad había tomado el mismo camino, condenando al gobierno de Venezuela por ser “una dictadura”.

En otro párrafo la declaración llama a exigir “la libertad inmediata de Lula, víctima de un abusivo, ilegal e indignante ejercicio del poder judicial contra él”. E inmediatamente condena “hechos graves de persecución política y violación de los derechos humanos en Ecuador, Brasil, Argentina. La prisión de Lula y Jorge Glas así lo demuestran, como también la persecución judicial contra Cristina Fernández de Kirchner, Rafael Correa y Ricardo Patiño. Y exigimos la libertad de todas y todos los presos políticos”.

Es correcto calificar la prisión de Lula como “abusivo, ilegal e indignante ejercicio del poder judicial”. Sólo faltaría explicar que se trata de justicia de clase, finalmente aplicada al fundador del PT, por mucho que él mismo se empeñara en no considerarla como tal cuando fue presidente. Pero si es correcto condenar la prisión de Lula, es contrario a la más elemental verdad de los hechos comparar su caso con el de Cristina Fernández.

Antes de continuar con este punto, vale subrayar que el documento menciona sólo una vez al Alba. Lo hace cuando propone fortalecer “los proyectos de integración soberana como la CELAC, el Alba-TCP, el Mercosur y otras iniciativas integracionistas populares y autonómicas”. Sin haber participado del encuentro, se puede afirmar que tal omisión ocurre porque las delegaciones de Argentina, Brasil y Uruguay, se oponen de modo tajante a ser parte del Alba o siquiera respaldarlo. Desde su fundación rechazaron el único instrumento actuante de frente único antimperialista en América Latina. En cambio, esas mismas dirigencias no vacilan a la hora apoyar la carrera presidencial de quienes califican como Dictadura a la Revolución Bolivariana: Martínez en Uruguay, Alberto Fernández en Argentina (quien dicho sea de paso, se define como liberal e inició su carrera como seguidor de Domingo Cavallo, ex ministro de economía de Carlos Menem).

 

Corrupción desenfrenada

Ni la persona más desinformada ignora que durante los 12 años entre 2003 y 2015 hubo en Argentina casos de corrupción sin precedentes. Involucran a funcionarios del gobierno anterior y muy específicamente a los ex presidentes Néstor y Cristina Kirchner. Esto iba a la par de gestos y palabras sin ninguna correspondencia con la realidad, enderezados a presentarse como parte de la propuesta antimperialista continental encabezada por Hugo Chávez. Mientras tanto se negaban a ingresar al Alba, a la moneda regional, al Banco del Sur… Una estafa política que aún tiene efecto sobre buena parte de la militancia, en especial jóvenes.

No lo decimos ahora, cuando el sistema judicial del capital se ha lanzado contra ellos. Quedó registrado en innumerables textos publicados en los últimos diecisiete años. Va de suyo que hubo también infinidad de denuncias de otros autores, muchas de ellas ampliamente documentadas.

Atribuir los juicios en curso contra Cristina Fernández a “persecución judicial” es comprometer la firma de organizaciones revolucionarios con un caso de enriquecimiento ilícito de enormes proporciones. Es, también y en primer lugar, dar crédito, aunque sea por la negativa, a la justicia burguesa. Una perspectiva anticapitalista no puede basar sus juicios en el sistema judicial del Estado burgués y por lo mismo jamás avalará como parte actuante los procesos que éste lleve a cabo. Eso es muy diferente a exculpar delincuentes porque los condenan jueces de la burguesía. En Argentina hay un precedente muy claro: la justicia que cerró los ojos ante los crímenes inenarrables de la dictadura entre 1976 y 1982, dos años después produjo un juicio sin parangón en el mundo: procesó y condenó a los miembros de las juntas militares gobernantes en ese período: 12 comandantes de las 3 fuerzas fueron expuestos en su accionar criminal y enviados a la cárcel.

¿Por qué lo hicieron? Porque había un poderoso movimiento popular que lo exigía y porque la burguesía comprendió que sin curar esa herida no había posibilidad de recuperar el equilibrio del sistema capitalista en el país. Hoy el cuadro es totalmente diferente. No hay un movimiento de masas exigiendo castigo a los ladrones, aunque sí hay conciencia de la magnitud de lo robado y de los efectos que esto tuvo en la vida económica de la sociedad. La declaración del FSP choca con ese sentimiento extendido en toda la sociedad y muy particularmente en el proletariado más avanzado, que huérfano de verdadera alternativa en alto porcentaje votó a Macri en 2015. A cambio de fuerza política que la acose, la burguesía afronta una hecatombe estructural en la economía y la consecuente bomba social que esto inevitablemente provocará si el sistema no es saneado. Uno de los aspectos de ese saneamiento ha llevado a la realización de estos juicios.

 

Confusiones

En Argentina no hay presos políticos. Hay sí ladrones en prisión. No será negando la realidad como podremos vencer la escalada del gran capital. La causa de los Cuadernos (episodio de inteligencia que explotó y produjo una cadena incontrolable de denuncias) lleva a la fecha 174 procesados. Esta cifra incluye al menos un familiar y socio del Presidente. 71 de estos procesos –entre los cuales está uno de los 13 que acorralan a Cristina Fernández- han sido confirmados por tribunales superiores y están a un paso del juicio oral. Sólo por sus fueros como senadora no está presa la ex presidente, como sí lo está Julio De Vido y una docena de sus funcionarios. De Vido fue ministro de planificación durante los 12 años de gobierno del matrimonio Kirchner. Desde 2016 el país vio una y mil veces innumerables pruebas fílmicas de la corrupción de ese régimen. Una cascada de los denominados “arrepentidos” corroboró ante fiscales y jueces los hechos de robo desenfrenado al erario público. El propio contador de Néstor y Cristina Kirchner aportó como arrepentido pruebas documentales del fabuloso enriquecimiento ilícito del matrimonio. Aunque se trate de una cifra mínima en comparación al botín total, en la población impactó el hallazgo de 4 millones de dólares de imposible justificación en una caja de seguridad a nombre de la hija de Cristina Fernández. Durante el período en el que estuvieron en el gobierno Néstor y Cristina Kirchner multiplicaron su patrimonio por un número todavía desconocido, pero sin duda elevadísimo. Una parte de esa incalculable fortuna se puede ver en Hoteles y departamentos lujosos, a nombre de la ex presidente y sus hijos. El cartel de prensa, por supuesto, hace un festín cotidiano de esta tragedia nacional. Pero no por esto los hechos dejan de ser reales, comprobados y a la vista de todos.

En la rebatiña participaron también decenas de altos empresarios. El propio Paolo Roca, titular de Techint, fue acusado y estuvo a punto de ir preso. Se refugió oportunamente en México y en cuestión de meses su nombre salió del proceso judicial, porque los hechos de corrupción sobradamente comprobados… habrían sido responsabilidad de uno de sus gerentes.

No es que ahora se esté “haciendo justicia”. Es que hay una feroz lucha interburguesa. Desde hace años calificamos al elenco en torno a Kirchner como advenedizos. Llegaron al poder y decidieron que a la pseudoteoría de la “burguesía nacional” le faltaba, precisamente, un poderoso sector identificado con ese presupuesto. Y se abocaron a llenar el vacío sin reparar en métodos (como, por otra parte, hizo siempre la hoy llamada burguesía tradicional, en cualquier país del mundo). Por tanto, no se trata de creer en el Poder Judicial del capitalismo y mucho menos en el gobierno de Macri. Se trata de comprender que el capital arraigado encontró en el actual equipo gobernante un punto de apoyo para procurar el saneamiento profundo de un régimen que, de otro modo, se desploma. En el curso de ese proyecto imposible apareció la necesidad/posibilidad de recuperar cientos de miles de millones de dólares escamoteados durante estos años. A eso se refiere Macri cuando, en plena campaña, repite que “hay que recuperar lo robado”.

Al condenar del modo que lo hace la “persecución judicial” contra ex presidentes, por omisión la declaración quita carácter de clase a los sistemas judiciales en cuestión. Al comparar fenómenos incomparables, confunde a la militancia. Al ocultar la responsabilidad de consumados corruptos como en el caso argentino, choca de frente con una columna fundamental de cualquier proyecto genuinamente revolucionario y socialista. “Moral y luces” decía Bolívar y repetía Chávez.

Si esta descripción no fuera bastante, hay algo de otro orden que debería haber convencido a algunos partidos del Foro a no firmar esta declaración: la defensa del capitalismo por parte de Cristina Fernández (del candidato a presidente nada hay que decir, puesto que él mismo se define como liberal capitalista).

No hace falta recordar las declaraciones de la ex presidente cuando su esposo le pasaba el testigo en 2007 y ella afirmaba defender a Alemania como modelo para Argentina. Ahora, después de dos períodos de gobierno, como propuesta para un tercero, con su elevado estilo Cristina Fernández da una clase de economía política y sociología: «Los buenos capitalistas quieren que la gente gane bien y tenga trabajo, porque si no, ¿quién corno compra las cosas de ellos? Estos (los macristas) se dicen capitalistas y no te podés comprar nada, no podés viajar, no te podés comprar ropa ni ir al supermercado”. Y agrega para que no haya lugar a dudas: “Yo soy mucho más capitalista que ellos. Conmigo en Argentina había capitalismo y la gente se podía comprar lo que quería. Que no me jodan más con lo del capitalismo. ¡Por Favor! Conmigo había capitalismo”.

Macri eligió como candidato a la vicepresidencia a Miguel Pichetto, quien durante 12 años fue jefe del senado para Néstor y Cristina Kirchner. Él explica su salto al oficialismo del siguiente modo: “Macri es un verdadero defensor del capitalismo”. Gracias a él, entonces, ahora está en discusión el sistema y no lo que antes llamaban “el modelo”. Cristina Fernández se vio obligada a hablar claro y sepultar la retórica progresista: “¡soy mucho más capitalista que ellos!”.

Aunque por razones diferentes, exigencias semejantes de definiciones netas ocurren en otros países del área, Brasil y Colombia entre ellos. En Argentina, tanto como en estos países, las masas están entrampadas por opciones burguesas, vacilaciones reformistas y aun expresiones del infantoizquierdismo. De allí la importancia de las posiciones asumidas por el texto del XXV encuentro del FSP. Es a esas masas desorientadas a quienes debería dirigirse la declaración.

Si acaso en las elecciones de octubre –o en la segunda vuelta en noviembre- ganara la fórmula apoyada por el FSP, aplicaría la política de salvataje capitalista, con apenas matices respecto del intento de saneamiento procurado por Macri. Si algo necesitan los trabajadores y las juventudes en Argentina son orientaciones claras para salir de la trampa impuesta a la nación por los candidatos del sistema.

Desde hace años el FSP no es ya ámbito apropiado para defender el socialismo ante los pueblos de América Latina. No por acaso Chávez llamó a construir una V Internacional, tarea todavía pendiente. Eventualmente este FSP podría ser válido para contribuir a un frente antimperialista. Eso está por verse. Pero apoyos electorales que dividen a las masas entre falsas opciones, desorientan y confunden a la militancia y dificultan la labor de las organizaciones revolucionarias, como ocurre dramáticamente en el caso argentino, no es algo que pueda pasarse por alto. Aquellas corrientes que, sin desconocer las enormes dificultades en la coyuntura mantienen inalterable su compromiso con los esfuerzos de transición al socialismo en Venezuela, Cuba, Nicaragua y Bolivia, pierden base de apoyo para contrarrestar las calumnias de la derecha y el reformismo cuando los partidos gobernantes en estos países apoyan a los mismos que los repudian, sumándose a las calumnias contra Venezuela para reivindicar el capitalismo.

La reconfiguración del poder en medio de la crisis capitalista requiere la afirmación programática, organizativa y política de millones de seres humanos en torno a ideas claras y estrategias inequívocas, todo tras el objetivo de una sociedad que niegue y supere al capitalismo. No se trata de una discusión abstracta. La estructura de la economía capitalista mundial cruje y se resquebraja. Desde el poder, las burguesías tienen como último recurso la violencia de los Estados imperialistas y el fascismo que germina en nuestros países. Ésa es la batalla planteada.

Argentina, 4 de agosto de 2019

@BilbaoL

 

 

P/S: Como delegado de uno de los 47 partidos y organizaciones que asistieron en 1990 al llamado del PT en San Pablo, el autor fue miembro fundador de lo que a partir del II encuentro se llamaría Foro de São Paulo. Asistió a numerosos encuentros, hasta que la hegemonía del reformismo se impuso y participar en ellos dejó de ser tarea estratégica. Sobre el nacimiento y definiciones iniciales de este bloque publicó en 1990 un pequeño libro, titulado “La Izquierda Latinoamericana Frente a la Crisis Mundial (Ensayo de interpretación marxista de la realidad contemporánea, a partir del Encuentro de Partidos y Organizaciones de Izquierda de América Latina y el Caribe)”. Luego publicó en Crítica de Nuestro Tiempo propuestas y análisis de sucesivos encuentros.

Rechazo social al espectáculo pre-electoral en Argentina

Concluyó el sábado 22 de junio la formación de listas para las elecciones nacionales. Por repugnancia o indiferencia el rechazo en todo el espectro social probó que los partidos de las clases dominantes ya no existen como tales.

Junto a la degradación y muerte de la Unión Cívica Radical, el Partido Justicialista y demás estructuras menores que durante el siglo XX sostuvieron la gobernabilidad del capital, han desaparecido valores básicos, imprescindibles para contener de manera sostenida al conjunto social en cualquier sistema.

Es un proceso que viene de larga data. Sólo que, como quedó a la vista en los últimos meses, ha llegado a límites imposibles de transponer sin consecuencias de largo alcance. Reinan en la política argentina la indecencia, la ignorancia, la mezquindad, la ausencia de todo horizonte que no sea el beneficio individual. Es con arreglo a esto último que se estructuran y funcionan los “frentes” y “espacios” que disputarán en las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (Paso) del 11 de agosto, prólogo manipulador de los comicios a realizarse en octubre y noviembre.

No hubo periodista o comentarista que omitiera registrar el bochorno de cabriolas y tramoyas escenificadas por desesperados aspirantes a candidatos, con saltos de una lista a otra, armado y disolución de alianzas y fórmulas, alquiler de sellos partidarios a su vez comprados por mejor precio a última hora, todo ello sin la más mínima participación de quienes forman fila tras los nombres finalmente escogidos. Gestos de condena aparte, la prensa no extrajo conclusiones de esta exhibición obscena y evitó asociarla con la crisis del sistema al que representan sus protagonistas. Niños tapándose los ojos y convencidos de que así desaparece el cuco. Pero está allí. Como en 2001, aunque con mayor potencia demoledora.

Paradojal y desafortunadamente, cuadros políticos y sindicales que dos décadas atrás pudieron presentarse como alternativa a la debacle de las instituciones del capital, ahora están en el mismo palco con los políticos burgueses. Organizaciones que en documentos y fiestas de guardar se proclaman revolucionarias, en los hechos optaron por ganar lugares en parlamentos y legislaturas e incurrieron en conductas análogas para llenar sus listas. Otras formaciones escogieron subordinarse a “espacios” de diferentes alternativas patronales y acceder por esa vía a cargos legislativos. Con alguna excepción, fueron humillados por personajes vacíos y altaneros que desde tronos de papel les negaron la ilusión de acceder siquiera a una ínfima legislatura. No hubo respuesta de los agraviados. Parecen ajenos a todo principio, dignidad personal y sentido de la vergüenza.

Alguno de ellos alcanzará el ansiado fetiche de un puesto público. No obstante, desde ahora mismo el conjunto de neoreformistas y ultraoportunistas se ven aplastados por el desmoronamiento de las instituciones burguesas y están, como sus cofrades candidatos de otros “espacios”, en la lista del desprecio popular.

Ya el electoralismo y la lucha cuerpo a cuerpo por cargos en el Frente de Izquierda Unidad muestra signos de descomposición: fue expulsado del llamado Partido Obrero su fundador y única voz audible durante décadas. Es sólo el comienzo. La onda expansiva golpeará, a término, al frente electoralista de organizaciones que ahora se regocijan por el debilitamiento de una de ellas.

 

Consecuencias inmediatas

En paralelo, el gobierno logró frenar la caída de la economía, lanzó medidas paliativas para recuperar votantes perdidos, estabilizó el precio del dólar, puso un freno a la desbocada inflación y así restauró a medias el frente amplio burgués (Fab) que lo sostiene.

Adicionalmente, el Ejecutivo presenta como panacea de crecimiento y desarrollo la firma de un tratado de libre comercio del Mercosur con la Unión Europea. Otra utopía del capital, de incierta y en todo caso muy lejana entrada en vigencia. En cualquier caso, puede obrar como efectivo anzuelo electoral y, sobre todo, ratifica el apoyo a Macri del gran capital financiero internacional, lo cual contribuye al alineamiento de franjas desconformes de la burguesía local.

Dicho de otro modo: otra vez la corrupción de los partidos tradicionales y la ausencia de una línea de acción revolucionaria en las izquierdas favoreció al gran capital, que continuará su plan de saneamiento cualquiera sea el vencedor en la carrera presidencial.

La militancia puede hacer como los periodistas: taparse los ojos e imaginar que el cuco desaparece. Puede reiterar la certeza que durante 2016 y 2017 llevó a propagar la “teoría del helicóptero” (fuga de Fernando de la Rúa en 2001). Puede confundir análisis objetivo con simpatía hacia el gobierno del Fab. Y aferrarse a la certeza de que éste será vencido en las presidenciales. Los hechos, con todo, son difíciles de desmentir: no hubo helicóptero; en 2017 Cristina Fernández (CF) salió en segundo lugar frente a un inexistente candidato oficialista a Senador; Mauricio Macri llega al final de su mandato; la ex presidente, representante del otro “espacio” burgués, temerosa de perder cedió la primera candidatura a Alberto Fernández (AF), quien para intentar ganar terreno electoral revela su condición de liberal. Por si fuese poco, el candidato del ahora llamado Frente de todos (¿?) acumula declaraciones contra lo actuado por su jefa cuando ocupó la Casa Rosada y da garantía de pago al FMI, aunque con necesaria renegociación de plazos: lo mismo que ya arregló el oficialismo con ese organismo.

 

Corrupción y campaña

Imposible hoy hacer un pronóstico electoral. El gobierno y sobre todo Macri sufrieron una marcada caída en la aceptación de la sociedad. Las encuestas no son creíbles, aunque un promedio del enjambre de nuevas y antiguas consultoras podría indicar que la caída en la estimación del oficialismo ha comenzado a revertir: ahora el conjunto parasitario de medidores de opinión converge en la idea de un “empate técnico”. El elenco del desde hace un mes llamado Juntos por el cambio (ex Cambiemos) guarda muchas cartas en la manga. Sólo algunas serán mostradas antes de las Paso del 11 de agosto, cuando la campaña oficialista espera perder por un margen de 3 a 7 puntos porcentuales, distancia que, siempre según ellos, sería recuperada antes del 27 de octubre.

Al otro lado del callejón, el Frente de todos (nótese que antes se llamaba Frente para la victoria), remeda al oficialismo y afirma que ganará en primera vuelta.

Mientras tanto, cada sector del sindicalismo está empeñado en morder su parte de candidaturas en algunas de las tres fórmulas explícitas del capital. Si acaso la CGT vuelve a decretar un paro general, será como los anteriores un mero recurso electoral y válvula de escape para la presión social.

 

Voto Protesta

Aunque esté claramente volcado a la continuidad de Macri, el Fab duda respecto del resultado comicial. La argucia del “empate técnico” de las encuestadoras refleja esa incertidumbre. Empujada por disidencias internas la burguesía alentó a CF para tener todo bajo su manto electoral. Esto se combinó con los coletazos del saneamiento económico y político (el caso de los “cuadernos de la corrupción” y la proliferación de “colaboradores arrepentidos” sembró el terror en filas empresarias). El resultado es que el candidato principal del Fab no tiene la victoria asegurada.

Desde diferentes ángulos se reconoce la ruptura entre cúpulas pseudo dirigentes y el conjunto social. Hay una fatiga moral perceptible en la ciudadanía, que atraviesa líneas de clase y cala hondo en las juventudes. A la luz de la experiencia de 2001, gerentes y filósofos del capital comprenden que a mediano plazo la verdadera amenaza a sus planes proviene de ese rechazo que, sin opción electoral, podría enfilarse hacia la abstención, el voto en blanco y, en primer lugar, lo que en 2001 se impuso como “Voto Protesta”.

Hay diferentes fuentes para el descontento. Por supuesto prima la penuria económica, la inseguridad, la ausencia de perspectivas acentuada por falta absoluta de propuestas comprensibles y creíbles de los candidatos principales. Una franja todavía imposible de medir ya ha comprendido que el saneamiento capitalista propuesto por Macri y los suyos (ahora acompañados por sectores del peronismo) implica, incluso en la negada hipótesis de que pudiera realizarse hasta sus últimas instancias, un costo inmenso para la clase obrera y las clases medias bajas.

En otro orden, la corrupción asquea a las mayorías. Quienes pretenden destronar a Macri se empeñan en negar lo obvio respecto de CF y su elenco, consideran a los encarcelados por corrupción como presos políticos y han difundido la idea de que la conducta delictiva del gobierno anterior no influye en el voto popular. Las evidencias de robos por cifras siderales son abrumadoras y, hasta que lo golpeó a él mismo, el Fab se encargó de mostrarlas ad nauseam.

Los acusados se defienden con argumentos de manipulación judicial y contradenuncias de que en el actual gobierno, a comenzar por Macri, hay notorios corruptos. Esto no redunda en mayor credibilidad para el llamado kirchnerismo, hoy por completo desdibujado y bajo fuego de sus propios aliados en el Frente de todos. Pero consigue hundir en el mismo fangal al oficialismo.

El patético desempeño presidencial en materia de comunicación con la sociedad, sumado al alud de pruebas contra CF y funcionarios del gobierno anterior, más el desencanto de buena parte de los adherentes juveniles ante el llamado de CF a votar por AF, son otros tantos ingredientes de un clima análogo (para nada idéntico) al que vivió Argentina en los meses previos a los estertores de la Alianza, 18 años atrás.

El neoreformismo-infantoizquierdista apuesta a que ese formidable descontento desagüe en sus listas y le permita superar el 3% de los votos. Es dudoso, aunque no imposible. En ningún caso, sin embargo, se producirá un cambio cualitativo en la conducta electoral de la clase obrera y en las relaciones sociales de fuerza. Con expulsiones, insultos y condenas -que su prensa trata de ocultar, en la mejor tradición stalinista- también hay desazón y rechazo en la franja más consciente de sus adherentes y votantes. En cualquier hipótesis, es seguro que la abstención habitual del 20/30% aumentará significativamente. Habrá sin duda un porcentaje elevado de votos en Blanco y anulados. A diferencia de 2001 hoy resulta más arduo articular fuerzas militantes a escala nacional para promover el Voto Protesta. La evolución de los hechos, sobre todo después del 11 de agosto, puede cambiar el panorama.

En cualquier caso, las tres fórmulas puestas en juego por la burguesía (Macri, Fernández y Roberto Lavagna, tan diferenciados por su condición de clase y sus programas como tres gotas de agua) obtendrán más del 90% de los votos válidos. La moderna política ha impuesto una manipuladora forma de medir la votación, al calcular porcentajes excluyendo abstención, votos blancos y anulados. La totalidad de quienes hablan de inclusión social participan de este fraude. Lo contrario mostraría la proporción de la población que los vota. Aun así, la relación de fuerzas entre el capital y la clase trabajadora, las juventudes y las clases medias bajas, es en extremo negativa para estos últimos. Eso no cambiará en los próximos comicios sea quien sea el ganador, dada la inexistencia de una clase obrera consciente y organizada y la irreversible escualidez del neoreformismo-infantoizquierdista.

Hay millones ansiosos y dispuestos a frenar la decadencia, proyectar una estrategia de cambio raigal y enfrentar la ofensiva reaccionaria encabezada por Estados Unidos y la Unión Europea en toda América Latina. Frente a esa masa de mujeres y hombres se plantea la perspectiva de una enérgica campaña nacional por abstención, voto en Blanco o Voto Protesta masivos. Única posibilidad objetiva de dar un paso adelante y prepararse para el inexorable colapso social y político, visible en un horizonte no tan lejano como suponen quienes ostentan, felices, una candidatura expectante.

2 de julio de 2019

@BilbaoL

Con deserciones, se rearticula el frente amplio burgués en Argentina

Puede sorprender el nombre, pero no la lógica de la designación de Miguel Pichetto como candidato a vicepresidente de Mauricio Macri, anunciada el 11 de junio como quien detona una bomba en medio de un concierto dodecafónico de Schönberg.

Es una diagonal para alcanzar los objetivos primigenios del frente amplio burgués (Fab). En rigor, la melodía escuchada en los días previos era un desenfreno desafinado y en apariencia sin director. Urgía un paso audaz en la composición de Cambiemos. Lo hubo a tal punto que llegó al abandono del sello para asumir el de Juntos por el Cambio, prueba de la creatividad y originalidad dominantes en estos tiempos. A la alianza de socialdemócratas, desarrollistas, ultraconservadores y liberales de diferente pelaje, el nuevo marbete electoral suma al socialcristianismo de un ala peronista y resigna “la pureza de lo nuevo” en pos de resultados electorales, puestos en cuestión por los asfixiantes efectos del saneamiento económico, en un marco mundial convulsionado.

Pocos repararon que en su mensaje de apertura del Congreso, el pasado 1º de marzo, entre los factores aludidos por Macri para justificar el descontrol económico por entonces en auge, explicó:

“Cuando empezábamos a crecer y a asomar la cabeza como país, tuvimos tres shocks imprevistos: la salida de capitales de mercados emergentes, la sequía que afectó como nunca en 50 años al campo argentino, y la causa de los cuadernos”.

A un lado la simplificación, cabe focalizar en la llamada “causa de los cuadernos”. Se trata de la revelación de un sistema de corrupción empresarial y administrativa en torno de la obra pública, mediante la cual se malversaron miles de millones de dólares y que registra hoy una treintena de grandes empresarios y altos funcionarios del gobierno anterior enjuiciados y detenidos, más otros tantos procesados y con el riesgo de terminar en la cárcel. En otras palabras: la implosión no buscada del Fab.

No hay precedentes en Argentina (probablemente tampoco en el mundo), de una redada tan extensa y profunda de prominentes empresarios capitalistas, ocurrida además durante un gobierno de empresarios capitalistas.

En Argentina el sistema judicial es más corrupto que todos aquellos a los que juzga. Eso equivale a decir que no son los jueces, ni una figura del Ejecutivo, quienes mueven los hilos de esta operación sin antecedentes. Historiadores de un futuro no lejano podrán desentrañar los mecanismos que dieron lugar a este proceso masivo, que tiene en el centro a la ex presidente Cristina Fernández, con 13 procesamientos y 7 pedidos de prisión preventiva. Fernández no está en la cárcel, junto a un tropel de sus ex funcionarios, únicamente por los fueros con los que cuenta como senadora. Por ahora baste decir que es una fuerza poderosa e invisible la que obra en función del saneamiento funcional impostergable para quienes quieren salvar el sistema.

Como sea, el hecho es que “la causa de los cuadernos” hizo tambalear el frente amplio burgués presidido por Macri, sacudió hasta las raíces el funcionamiento económico (frenó la mayoría de la obra pública puesto que los empresarios encargados de llevarla a cabo cayeron en desgracia, incluso familiares del Presidente) y puso en duda no ya la reelección del actual elenco, sino su arribo al final del mandato.

Baste señalar que uno de los empresarios acusados es Paolo Roca, titular de la mayor empresa privada argentina, de envergadura transnacional. Roca es el hombre más rico del país, con una fortuna valuada en casi 10 mil millones de dólares. Aun así, debió huir a México para evitar su detención. Jugó además todo su poder para inclinar la opinión editorial del grupo Clarín y de La Nación, que comenzaron a condenar a Macri con crudos adjetivos. Era preciso frenar al menos algunos de los juicios. En buena medida lo lograron, aunque el desenlace está por verse.

La circunstancia dio lugar a que el conjunto de advenedizos aspirantes a grandes capitalistas (encargados de darle por fin carnadura a la célebre “burguesía nacional” y reunificados ahora en torno a CF) tomara la iniciativa política mientras otras fracciones aprovecharon para lanzar sus propias fórmulas, con lo que el Fab pareció a punto de desaparecer.

Hasta la fecha, esa posibilidad no está por completo excluida. Pero con la incorporación de un sector del peronismo (que incluye a buena parte de los sindicatos más poderosos) el Ejecutivo ya recuperó la batuta y la orquesta ensaya el retorno a una melodía armónica. Bastaron 24 horas tras el anuncio para producir el milagro, que incluyó baja del dólar, suba de acciones y brusca caída del llamado “riesgo país”, instrumento de manipulación en manos del capital financiero internacional.

 

Realineamientos en la debacle

 

Como se sabe, antes de esto Cristina Fernández (CF) había abandonado la carrera presidencial designando –en otro hecho inédito de la historia política local- a Alberto Fernández (AF) como candidato presidencial y relegándose a sí misma como vice.

Algún memorioso recordará que AF era el jefe de gabinete a quien, durante el gobierno de Kirchner, se le atribuyó una simple maniobra que provocaría un conflicto de envergadura: hizo mover el avión presidencial Tango 01 de modo que un vuelo proveniente de Venezuela no pudiera arribar al punto de desembarco oficial y sus pasajeros debieran pasar por una aduana, donde casualmente una acuciosa agente (poco después convertida en bailarina de fugaz celebridad), detuvo a Antonini Wilson con 800 mil dólares en un maletín. Con ayuda de la prensa se produjo así un escándalo, poco antes de que asumiera CF. Así como ahora se atribuye la designación de AF a su cercanía con el Departamento de Estado, en aquella oportunidad se explicó el mazazo publicitario que a través de Antonini Wilson se asestaba a la Revolución Bolivariana también por la intromisión de Washington para decidir el lugar de estacionamiento del Tango 01. Como sea, las raleadas huestes de CF acataron sin chistar la decisión y se alinearon tras quien iniciara su carrera como concejal en las listas de Domingo Cavallo.

Con idéntica disciplina, un tropel de señores semifeudales con cargo de gobernadores o aspirantes a él se sumaron sin demora a la nueva fórmula. Esto hizo pensar que el peronismo superaba la pulverización que lo aqueja y se reagrupaba en torno de una nueva instancia, inicialmente llamada Frente Patriótico. Protoburgueses frustrados y grandes empresarios acorralados por el sistema judicial se sumaron como base de sustentación de ese frente, en el cual vieron su única perspectiva de salvación.

Así, el periodismo comercial pudo convencerse y convencer a no pocos de que el peronismo se había reunificado y ganaría las elecciones. La prensa tradicional argentina ha llegado a los más bajos niveles de calidad política y profesional. Ni que decir tiene respecto de su capacidad de análisis y previsión.

De hecho, la mayoría de aquellos señores semifeudales tienen como verdadero representante a Miguel Pichetto, quien no por acaso lleva 18 años en el Senado, cubil de atraso, corrupción e inepcia en Argentina. De modo que ahora o en poco tiempo pueden esperarse nuevos desplazamientos, sobre todo cuando los primeros indicadores –otra vez la prensa desnortada a la vanguardia, con las empresas encuestadoras como palafreneras- dan como seguro un giro electoral a favor de Macri.

En el torbellino desapareció el bloque del denominado “peronismo racional”, encabezado por Juan Schiaretti, Juan Urtubey (gobernadores de Córdoba y Salta), Sergio Massa y Pichetto, a quienes se sumaba el ex ministro de Economía de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner, Roberto Lavagna, asociado con el Partido Socialista y el Gen, todos originalmente bajo el sello Alternativa Federal.

Voces bien informadas aseguran que Lavagna tuvo el impulso de Roca para lanzarse al ruedo. Con ése y otros respaldos menores –como el del grupo Perfil- Lavagna se negó a someterse a Primarias en el bloque del peronismo tradicional. Llamado “ventajita” por Macri y revelado por Wikileaks como consultor permanente del embajador estadounidense en Buenos Aires, Massa abandonó sin aviso Alternativa Federal y viró hacia el bloque conducido por CF, quien ahora puede enarbolar como ejemplo de generosidad el hecho de que su precandidato a Presidente y su principal punto de apoyo en la provincia de Buenos Aires, durante los últimos seis años profirieron las más lacerantes críticas y condenas contra ella.

Implosionada Alternativa Federal, Pichetto obtuvo el premio mayor, Masa va a competir contra AF en las primarias, Lavagna se lanza con el menguado respaldo del PS y el Gen, Urtubey da una “muestra de grandeza” y se somete a ser candidato a vice de Lavagna en lo que ahora se llama Consenso Federal 2030, mientras Schiaretti va en Córdoba con “boleta corta”, es decir, sin candidato a Presidente, o sea, dejándole el campo orégano a Macri.

Es el realineamiento de la decadencia, donde la picardía reemplaza a la inteligencia y en lugar de estrategia y proyectos hay manotazos de ahogados. El cataclismo político, fruto de un más grave hundimiento económico no se hace patente por una razón sencilla y reiteradamente denunciada: la clase trabajadora carece de conciencia y organización; la burguesía y su extensión en los sindicatos tienen por completo el control del escenario político y sólo disputan el modo y la cuantía en el reparto de la riqueza.

Resta todavía ver la capacidad de reacción de quienes mantengan el apoyo a AF. Al momento, hay serios indicios de que el frente amplio burgués se recompone y ratifica la continuidad de Macri.

 

Izquierdas

Un último aspecto de este panorama es el que ofrecen las izquierdas. Fragmentos provenientes del peronismo o de aparatos stalinistas y católicos, trabajan sin pudor por la candidatura de AF. Algunos llegaron a ese lugar después de haber aniquilado la posibilidad de un partido de masas de los trabajadores, manipulando la CTA, sumándose al Frente Grande, al Frepaso y la Alianza.

Aparte esta forma extrema y descarada del oportunismo, están las formaciones infantoizquierdistas-neoreformistas, empeñadas en obtener alguna banca legislativa, del nivel que sea, sin otra aspiración que superar el 3% de los votos. La desvergonzada convergencia de un sector del peronismo con Cambiemos difícilmente se traduzca en un rechazo popular que permita al neoreformismo obtener porcentajes cualitativamente superiores en las presidenciales. Pero aún cuando esto ocurriera, nada cambiaría en las relaciones de fuerzas entre las clases.

El cretinismo antiparlamentario es la otra cara del cretinismo parlamentario en el que chapalean varias siglas anunciadas como anticapitalistas. El pseudo combativismo de marchas minúsculas y cortes de calles a razón de 10 veces por mes es lo contrario de la tarea revolucionaria de este período histórico: educar a la masa trabajadora en una perspectiva de clase; formar círculos de lectura y debate para que la comprensión del funcionamiento del sistema capitalista sea un acervo de las mayorías; organizar a la vanguardia natural de las y los trabajadores en función de su nivel de conciencia y disposición al combate; acompañar las luchas sociales espontáneas intentando siempre introducir la teoría científica del cambio social en la conciencia de las mayorías.

El 29 de mayo pasado se cumplieron 50 años del Cordobazo. La CGT llamó para ese día a un paro general, que se cumplió masivamente mientras las dirigencias negociaban con el gobierno el cobro de fondos de las obras sociales, a la vez que participaban en el realineamiento de fuerzas burguesas ya descripto. El neoreformismo llamó a un paro de 36 horas en lugar de 24, que debía seguir con una huelga general… Ahora esas consignas se guardan hasta la próxima oportunidad, mientras la obtención de votos para las primarias ocupa el primer lugar.

Por cierto los hechos políticos trascendentes no se hacen celebrando aniversarios. La militancia consciente –cientos de miles de hombres y mujeres luchadores de todas las edades- debería sin embargo haber utilizado esa fecha para explicar la significación histórica de aquella sublevación obrero-estudiantil que puso en cuestión al sistema capitalista.

Para desviarla primero y abortarla después la burguesía acudió a Juan Perón, quien puso a Cámpora como monigote para preparar la gran embestida contrarrevolucionaria. La presidencia de Perón, la Triple A, el papel de Isabel Perón, la dictadura, fueron hitos de una caída que aún no ha concluido y en la cual son inocultables tanto el papel de agentes del enemigo en filas sindicales y políticas supuestamente “progresistas”, como la magnitud de errores y omisiones de organizaciones comprometidas con la revolución social. La derrota ideológica, organizativa y política de la clase trabajadora es la causa de este juego siniestro de los políticos de la burguesía, cuya máxima expresión está a la vista ahora en la penosa decadencia del país.

“Moral y luces, son nuestras primeras necesidades”, decía Simón Bolívar hace 200 años. Es una consigna vigente hoy en nuestro país.

12 de junio de 2019

@BilbaoL