carta abierta a la militancia

Aboquémonos ya a la recomposición de las fuerzas marxistas

porLBenCR

 

Decíamos hace 7 años y medio, en el párrafo final de la presentación de la primera edición de Crítica:

 

«(esta revista) Se pone en movimiento para ser vehículo de búsqueda y afirmación, de investigación y debate, tras el objetivo de recomponer en un nivel superior las fuerzas humanas, teóricas y organizativas de los revolucionarios marxistas en América Latina y el Caribe y de allí a todo el mundo. Está en sus manos para resistir la ofensiva del enemigo y preparar la contraofensiva de nuestra clase y nuestros pueblos».

 Hoy el mundo y Argentina están en otra situación. Y nuestra labor debe adecuarse a esos cambios. Tras los mismos objetivos y sin mengua de ellos, otras tareas están planteadas. Como en el momento de poner en pie y sostener esta revista, las exigencias actuales también requieren de la participación y el esfuerzo de miles para realizarse.

Por eso nos dirigimos otra vez a ustedes con un llamamiento. Esta vez para materializar aquello que señalábamos como difícil pero inalterable objetivo: recomponer nuestras fuerzas también en el plano organizativo y disponernos a lanzar la contraofensiva de nuestra clase y nuestro pueblo.

Queda abierta la incógnita de cómo se amoldará Crítica a los requerimientos de esta nueva etapa. No hay dudas, en cambio, sobre la necesidad de afrontar ya mismo y con la mayor energía de que seamos capaces el imperativo de dar cuerpo y existencia -una existencia visible y palpable para millones- a una organización política a la altura de nuestro tiempo y sus perentorias demandas.

De allí el texto que leerán a continuación, con la apelación a que lo tomen en sus manos, lo debatan y reescriban, hasta que podamos llegar a un llamamiento común, firmado por cientos de personas dispuestas a ponerse en primera fila para levantar una bandera roja de indignación por lo que sucede; roja de conciencia por lo que se debe hacer para terminar con esto; roja de decisión y de coraje para hacerlo.

 

Compañeras, compañeros,

Durante la última década fue necesaria una ardua tarea de propaganda en defensa de la continuidad del pensamiento marxista. Era necesario recuperar y afirmar una noción desdibujada por la onda expansiva del derrumbe de la Unión Soviética: el capitalismo es contrario al desarrollo del hombre como ser libre. Había que explicar, igualmente, que la crisis de nuestro tiempo es la crisis del sistema capitalista.

Fue un período dominado por la confusión y desmoralización generalizadas en nuestras filas.

La comprobación de que las vanguardias teóricas y políticas (en todo el amplio espectro que se reivindica marxista) no estaban a la altura de los acontecimientos, debía necesariamente caer como un rayo sobre organizaciones e individuos. La posterior oleada de fracturas que redujo a la nada a estructuras de envergadura, era una consecuencia inevitable. Como lo eran los efectos demoledores sobre decenas de millares de luchadores marxistas.

Pero esa etapa de la historia ha quedado atrás. Ya no es necesario esgrimir argumentos teóricos para mostrar la crisis del capitalismo. Los debates y posicionamientos de la década definieron perfiles y aclararon las aguas. La fragmentación de las organizaciones marxistas llegó a su límite.

También llegó a su fin el tiempo requerido para curar hondas heridas morales en militantes que vieron defraudadas sus esperanzas, malversados sus esfuerzos, conmovidas sus convicciones.

Ha quedado atrás una prueba por demás difícil. Y ha llegado la hora de afrontar las exigencias de una nueva fase en la historia.

 

Poner en movimiento las fuerzas acumuladas

De la adversidad se aprende. De la suma de adversidades se aprende más. En estos duros años se desplomó aquello que a los ojos del mundo representaba el socialismo. Los fundamentos teóricos y las experiencias históricas fueron cuestionadas desde las propias filas. Las masas trabajadoras fueron ganadas por la propaganda imperialista, pese a que simultáneamente se vieron acosadas por la aceleración en la crisis del sistema al que se proclamaba o aceptaba como inapelable vencedor. Sin retaguardia, con las armas trabadas y rodeados por masas en disgregación y retirada, las vanguardias sufrieron tanto o más que el resto de los trabajadores los efectos de la desocupación, el doble empleo, la falta de recursos para sostener la actividad militante.

Tal conjunción diezmó nuestras filas. A las miles de bajas producidas por la represión en los años anteriores se sumaron otras tantas deserciones que, a diferencia de aquéllas, en lugar de abonar nuestro acervo histórico ahondaron heridas y obraron como la herrumbre sobre las vigas que deben sostener la confianza en el compañero.

Por si fuese poco, los intentos de atacar males desconocidos con recursos viejos, provocaron una sucesión de reveses adicionales.

¡Cuántos espíritus generosos e inteligencias con brillo fueron arrastrados por este reflujo histórico que los convirtió en lo contrario!

Que los historiadores contabilicen en el futuro las pérdidas de esta década trágica. Y califiquen nombres y conductas hoy incalificables.

A nosotros nos corresponde, por el contrario, reconocer lo que quedó. Y hallar el modo de recomponer esa fuerza. Porque el sismo que nos golpeó tiene su epicentro en la crisis del sistema que combatimos. A nuestras filas las sacudió, avisándoles acerca de las fuerzas objetivas que no pueden ser neutralizadas con aparatos ni maniobras. Pero a defensores y beneficiarios del capital, les destruyó una por una las columnas del sistema.

Sí: tras una década de sistemáticos reveses, la militancia que quiso y supo resistir, puede observar con confianza el futuro.

Hemos acumulado innumerables enseñanzas teóricas; hemos asimilado una historia que antes pesaba sobre nuestras cabezas como una lápida de mentiras y tergiversaciones; hemos descubierto la diferencia entre los métodos de la acción anticapitalistas y aquellos mecanismos necesarios para sostener y reproducir la ideología de los explotadores; hemos experimentado en carne propia la inviabilidad de fórmulas repetidas para sostener prestigios o aparatos, o simplemente por incapacidad de desentrañar la realidad con las armas de la teoría y la voluntad de la acción. Y si nos observamos con ojos limpios de legañosas mezquindades, si miramos al horizonte en lugar del entorno inmediato, descubrimos que lejos de haber sido aniquiladas, nuestras filas suman decenas de miles, depuradas además de aquellos débiles de corazón y de conciencia que optaron por acomodarse en un rincón del sistema.

Y más importante aún; mucho más importante: si miramos con objetividad veremos que la agudización de la crisis capitalista ha trabajado más que nadie durante esta década para poner a millones de víctimas en condiciones de comprender y asumir una propuesta de lucha anticapitalista.

Como en todo proceso vital, al cabo de un período de grandes cambios históricos tenemos enfrente las fuerzas creadas por el mismo fenómeno cuyos efectos destructivos sobresalieron hasta ahora. Se trata entonces de acometer las tareas necesarias para que tanta potencia acumulada, aunque dispersa al punto de hacerse invisible para la mayoría de sus propios componentes, logre plasmar en expresiones de lo nuevo que pugna por abrirse paso.

Se trata, simplemente, de hacer consciente y visible nuestra propia fuerza. Darle organicidad. Y apuntarla hacia un objetivo preciso: la abolición del capitalismo.

 

Llamado a la acción por el reagrupamiento

Estas son tareas impostergables. Si al agravamiento vertiginoso de las condiciones de vida de las grandes mayorías no se le opone una alternativa clara, intransigente, creíble como tal porque creíbles son las personas y la organización que la levantan, la sociedad argentina rodará sin control por un abismo ya a la vista de quien quiera mirar de frente la realidad.

Por esto, los abajo firmantes, luchadores marxistas de diferentes vertientes, convocamos a trabajar por la realización de una Conferencia Fundacional de un partido revolucionario marxista, comunista, que resulte de la recomposición de nuestras filas actualmente dispersas.

Es posible dar ese paso. De hecho, hay numerosas iniciativas que apuntan a lo mismo y es un reclamo escuchado en todo el país.

Se trata entonces de coordinar esos esfuerzos. Estamos convencidos de que la sola afirmación de una voluntad fundacional con respaldo en un número significativo y representativo de compañeras y compañeros puede obrar como el oxígeno en la sangre para decenas de millares de militantes dispersos y desorientados, anulados por la inexistencia de una organización que los contenga; y para otros tantos jóvenes deseosos de encontrar cauce cierto para sus ansias de lucha.

A partir de allí, alentamos la autoorganización de juntas promotoras en todo el país, que tomen en sus manos la difusión del llamamiento, organicen a su modo el debate y formulen su propia propuesta en relación con el texto original, la cual deberá ser conocida por todos los nucleamientos e individuos empeñados en la tarea, mediante mecanismos que las propias juntas promotoras adoptarán en su momento.

Esta labor preparatoria concluirá con la realización de un primer Encuentro o Conferencia, los días 6 y 7 de diciembre próximo, en lugar a determinar según conveniencias y posibilidades, donde se funcionará según los principios de la democracia directa, es decir, un individuo un voto. De esta manera, en un sentido se iguala a todos los militantes sin partido (hoy la inmensa mayoría) con cualquier fuerza política estructurada; al tiempo que no se niega el papel de organizaciones partidarias o nucleamientos de diverso tipo, dado que podrán pesar en la toma de decisiones en la exacta medida del número de sus integrantes.

Esta metodología no excluye a las organizaciones de tipo partidario. Todo lo contrario. Varias de ellas están formalmente comprometidas en propósitos análogos. La suma de éstas y otras que aún no se han manifestado en este sentido puede ser un acelerador decisivo para la conformación de un partido revolucionario marxista. No se trata de excluir a priori, sino de encauzar una recomposición lo más amplia que la realidad permita. Esto sólo es posible a nuestro entender mediante la constitución de una estructura nueva, sin punto de contacto con la noción de Frente. En un Frente se opera una yuxtaposición de organizaciones, no una recomposición. Esto deja fuera de la capacidad de decisión programática y política a la inmensa mayoría de la militancia. Alienta los acuerdos por compromisos en lugar de definir posiciones y afirmar bases comunes. Y fortalece una dinámica fraccional según las actuales líneas organizativas, en lugar de incentivar replanteos y debates con la participación de toda la militancia partidaria.

La amplitud de la convocatoria, naturalmente, debe tener parámetros. Y para que tenga un sentido práctico realizar tal encuentro, es preciso garantizar un marco básico de acuerdo. Para ello, y como primer paso de esta labor de recomposición, proponemos una plataforma genérica que cada participante deberá asumir responsablemente como condición para participar con todos los derechos. Reproducimos a continuación una propuesta de compromiso básico:

 

Compromiso de acuerdo básico para participar del Encuentro Fundacional de los revolucionarios marxistas

 Yo, ………………………. declaro que:

 I.- Considero que el capitalismo, inmerso en una profunda crisis a escala mundial, no puede ni podrá jamás satisfacer las necesidades elementales del ser humano y que, por lo tanto, la lucha consecuente por los reclamos básicos que hoy aúnan a cuatro quintas partes de la humanidad (trabajo, pan, techo, salud, educación) exige la abolición del sistema y su reemplazo por el socialismo.

 II.- Entiendo por socialista una sociedad en la que los medios de producción y cambio están en manos de los trabajadores libre y democráticamente organizados y autogestionados, quienes a través de sus organismos de masas conducen efectivamente un Estado que garantiza la democracia y los derechos civiles para las grandes mayorías de obreros, campesinos, estudiantes, pequeños y medianos productores, a la vez que ejerce todo su poder de presión contra las fuerzas de la reacción interna e internacional que se le oponen por la fuerza.

 III.- A partir de la experiencia histórica y su síntesis teórica, afirmo mi convicción de que el derrocamiento de la sociedad capitalista sólo puede ser obra de las masas explotadas y oprimidas conscientes de su condición de tales, unificadas en sus propios organismos, ejerciendo democráticamente su protagonismo en la lucha contra el capital.

 IV.- Igualmente, la experiencia histórica y la teoría confirman que el desarrollo de la conciencia de las masas, su organización unitaria según sus intereses de clase y, particularmente, la lucha efectiva por el poder, demandan como condición indispensable que los revolucionarios marxistas, los comunistas, nos organicemos como partido capaz de llevar a cabo esas tareas históricas, adecuando formas y criterios a la realidad y las circunstancias.

 V.- Por causas que no tienen hoy una explicación unívoca e inapelable, el primer intento exitoso de creación de un Estado Obrero comprometido con la construcción del socialismo, nacido de la gloriosa Revolución de Octubre, acabó en la degeneración de su dirección y en el derrumbe de la Unión Soviética, lo cual circunstancialmente volcó las relaciones de fuerzas a favor del imperialismo. Esto redundó en un mayor debilitamiento de las fuerzas revolucionarias en todo el mundo. A partir del rumbo negativo adoptado por la URSS y el retroceso de la revolución mundial la militancia cargó con rémoras de deformaciones ideológicas y políticas; ahora se suma a esto la confusión y en muchos casos la desmoralización. En este cuadro, considero el deber de un revolucionario comunista hacer todos los esfuerzos que estén a mi alcance para contribuir a recomponer las fuerzas marxistas, afirmar las bases de un genuino Partido de lucha anticapitalista, de neta definición marxista, y alentar por todos los medios el estudio, la investigación y el debate franco y democrático para esclarecer las causas del desenlace ocurrido en la URSS, el cual no obstante su grandiosa y catastrófica dimensión actual, entiendo como un momento pasajero en la historia de la lucha de clases internacional, que por ella será asimilado y superado.

 VI.- Dada la confusión ideológica y la disgregación organizativa dominantes en las filas de izquierda, entiendo que una perspectiva seria de recomposición de fuerzas requiere una estricta delimitación, a la vez que se procura la unidad del conjunto de la clase obrera y sus aliados. Mi esfuerzo militante, por tanto, apunta a lograr por un lado la unidad de los revolucionarios marxistas mediante una recomposición de fuerzas rigurosa en todos los planos, y por otro lado a labrar la unidad de la clase obrera como tal y de ésta con todos sus aliados naturales.

 VII.- Esto significa un simultáneo esfuerzo por edificar organizaciones que contribuyan a la unidad social y política de los trabajadores, a la vez que se lleva a la práctica un enérgico plan de reafirmación ideológica, delimitación política y recomposición organizativa entre todos aquellos que nos reivindicamos marxistas, avanzando con prudencia pero sin vacilación ni demora hacia la realización de un Congreso de fundación -o refundación- de un partido de los revolucionarios marxistas.

 VIII.- Tras este objetivo, mi compromiso individual consiste en reafirmar mi carácter de militante revolucionario marxista, comunista, y poner el mayor empeño para que la recomposición de fuerzas transite por carriles objetivos, con base en la discusión de postulados ideológicos, contenidos programáticos, criterios organizativos y políticas concretas.

 IX.- Las profundas heridas producidas en las filas revolucionarias por la deformación del concepto de militante comunista, exigen un replanteo radical del significado de la organización partidaria, sus cuadros dirigentes y su militancia de base. Ese replanteo no debe ni puede partir de acusaciones personales sino de conceptos depurados por la experiencia histórica y su reafirmación teórica. Las responsabilidades individuales por errores, desviaciones y deformaciones del pasado serán juzgadas en términos políticos, con base en el ejercicio efectivo de la democracia de los trabajadores. Y el único tipo de impugnación aceptable para vetar a un/a compañero/a su derecho a emprender el camino de la recomposición de fuerzas y la refundación de un partido de los comunistas será aquél que se apoye en cargos relativos a la moral revolucionaria y la ética militante, debidamente avalados por pruebas fehacientes.

 X.- Entiendo igualmente que como punto de partida en el proceso de recomposición es necesario poner estrictos límites ideológicos y políticos.

 XI.- La oposición al Frepaso y la Alianza, al igual que la negativa a integrar todo y cualquier frente conducido por la burguesía en cualquiera de sus sectores, así como la aproximación con el máximo de respeto y la defensa incondicional frente a todas las direcciones revolucionarias del mundo -y en particular a la dirección del Partido Comunista de Cuba- manteniendo a la vez la más absoluta independencia de criterio y libertad de opinión frente a todos ellos, si bien insuficientes, son parámetros necesarios para dividir aguas entre quienes pueden y quienes no pueden sumarse inicialmente a este proceso.

 XII.- Con base en estos postulados, asisto al Encuentro de revolucionarios marxistas, en el cual ejerceré mi derecho democrático de exponer y/o respaldar posiciones destinadas a traducir la idea general en un plan político que arme táctica y estratégicamente a la militancia para la acción inmediata, en tanto avanzamos hacia la realización de un congreso fundacional del partido de los revolucionarios marxistas.

 

Lugar y fecha:

 Firma:

 Aclaración:

 (Nota: si lo considera necesario, firme con pseudónimo; el reconocimiento de cada participante, de todas maneras, requiere el aval de otros/as dos compañeros/as).

 

Plan de trabajo hasta diciembre

Entendemos que con estos puntos se logra el doble objetivo de consistencia y amplitud. Pero antes de ponerlo en circulación es preciso acordar exactamente en los términos del Compromiso Básico. Esto supone un período preparatorio en el cual individuos y organizaciones dispuestos a emprender la tarea reformulen y definan un texto común y lo rubriquen formalmente.

A partir de allí, habría un instrumento preciso para que en torno a él se formen las juntas promotoras. Será tarea de éstas contactar y organizar a todos/as aquellos/as militantes, grupos y organizaciones dispuestos a trabajar por este objetivo. Y promover la autoorganización de nuevas juntas en barrios, lugares de trabajo, localidades, etc; en la convicción de que sólo una participación plena de cada uno podrá llevar a la superación de la actual dispersión.

Hay, por tanto, una primera tarea de difusión de un cuerpo básico de ideas y de autoorganización en torno a ellas. Dado ese paso, cada junta organizará el debate y la profundización del Compromiso Básico, llegando tan lejos como le resulte posible en la elaboración de lo que entiende deben ser los principios, la plataforma, el programa de acción y los criterios de funcionamiento del partido a fundar.

En la medida en que, por definición, durante este primer período no habrá un centro organizador, la circulación de la producción resultante de este trabajo quedará limitada a las capacidades propias de cada junta. Es previsible que varias publicaciones de mayor o menor alcance se dispongan a brindar sus páginas para que este proceso se lleve a cabo (desde luego, Crítica hace un compromiso formal al respecto). Aun así -y en tanto estamos proponiendo la creación de cientos de juntas promotoras- no es dable garantizar una distribución adecuada a nivel nacional y con garantía de que cada militante involucrado en este propósito reciba los materiales eventualmente producidos en todo el país.

Ese objetivo se podrá alcanzar recién en la Conferencia. Y por eso mismo, este encuentro no podrá ser más que un primer peldaño en la recomposición orgánica de las fuerzas revolucionarias marxistas.

Pero si sobre estas bases se logra reunir un número significativo de militantes de todo el país, y a esa Conferencia se arriba con propuestas concretas presentadas como anteproyectos de Declaración de Principios, Plataforma general, Programa de Acción y Estatuto, allí podrá conformarse, según el voto universal de los delegados, un centro coordinador nacional -y tantos centros regionales como sean necesarios- con el mandato expreso de organizar, según modalidades y plazos que allí se definan, un Congreso Fundacional.

A esto los convocamos, compañeras y compañeros.

Desde estas páginas hemos definido nuestra concepción de partido, pero cabe resumirla ahora, a modo de compromiso formal de nuestra parte.

 

 Un partido a la altura de las nuevas circunstancias

Durante décadas se han acumulado en las filas revolucionarias metodologías y teorizaciones que han confundido naturaleza y carácter de un partido marxista y han impuesto una cultura que debe ser barrida como punto de partida para encarar con seriedad la tarea de edificar una organización capaz de afrontar las exigencias de nuestro tiempo.

Un revolucionario es ante todo un rebelde. La imprescindible disciplina de una organización que pretende enfrentar al poder burgués para vencerlo, no puede contradecirse con este principio elemental. El funcionamiento de un partido revolucionario marxista, por tanto, excluye el adocenamiento, la verticalidad, el ocultamiento o la marginación de las diferencias de cualquier tipo. Y repudia el fetichismo de los cargos directivos y su utilización como principio de autoridad.

El pensamiento burgués concibe la armonía como la ausencia de conflicto; el pensamiento marxista la entiende como un orden superior en el cual la confrontación es parte inseparable de la identidad fundamental. Por lo mismo, los criterios de funcionamiento de un partido revolucionario marxista deben sostener como principio el derecho a la expresión orgánica y formal de opiniones diferentes a las de las mayorías, pero sobre todo garantizar que el paso previo a la afirmación de posiciones y diferencias (es decir, la investigación, la búsqueda y el debate), sea parte de la vida normal de la organización y sus militantes. Esto supone no sólo la admisión, sino el aliento a la existencia de revistas teóricas, publicaciones individuales o grupales, el estudio, la investigación y la defensa de las posiciones a las que se ha arribado.

El pensamiento burgués concibe la diferencia como un choque de individualidades en procura de prestigio y posiciones de poder; el pensamiento marxista la entiende como la parte inseparable de un todo armónico en el constante esfuerzo colectivo por la aproximación a la verdad. Por ello, la pretensión de anteponer opiniones individuales o sectoriales por sobre la que predomine en un determinado momento es tan inadmisible como lo es la idea de acallar voces disidentes o heterodoxas. Quien se dispone a integrar un partido de combate contra el capital, asume como principio el ejercicio inapelable del centralismo, cuya fortaleza reside en la adopción democrática de las posiciones estratégicas y tácticas de la organización y en la elección igualmente democrática de los integrantes de los cuerpos deliberativos y ejecutivos responsables por la articulación y aplicación efectiva de aquellas posiciones.

 

Vanguardia y masas

Está fragmentada y dispersa la primera línea en el combate de clase porque fragmentadas y dispersas están las masas. Una combinación de razones históricas sostiene desde antes del cuadro coyuntural actual esta doble disgregación. La unidad social y política de las masas explotadas y oprimidas es un objetivo estratégico inseparable de la recomposición de fuerzas marxistas. La predominancia de una u otra tarea es una mera decisión táctica. La forma concreta que adopte la unidad social y política de las masas depende de un cúmulo de circunstancias en constante mutación. Por ello, cabe siempre la discusión táctica al respecto. Pero esto supone que todo accionar de los marxistas en función de la recomposición de fuerzas afirmará desde el punto de partida la necesidad de bregar por la unidad social y política de las masas; lo cual a su vez afirma como principio la búsqueda y defensa irrestricta de vínculos políticos y organizativos con las masas y sólo a través de ellas con sus eventuales vanguardias.

Por lo mismo que no todos los revolucionarios son marxistas (lo inverso también es verdad), la condición de luchadores de primera fila no conlleva necesariamente la asunción de una estrategia de revolución social sobre la base de masas conscientes, organizadas y en ejercicio pleno y directo de la democracia. Quienes sí asumimos tal estrategia y concebimos la lucha de clases como un combate mundial de los explotados contra el capital, entendemos la unidad con otros destacamentos de vanguardia como una función de la unidad social y política del conjunto y no como un instrumento para alentar o conducir este objetivo.

 

Espontaneidad y conciencia

Contribuir a la educación y organización de las masas, armar los innumerables instrumentos necesarios para ello, desarrollar esa actividad como eje articulador de todo accionar político, será un objetivo en torno al cual cimentaremos un camino de recomposición de fuerzas. Desde los órganos centrales de agitación, propaganda y elaboración del partido revolucionario marxista corresponde promover la proliferación de publicaciones de todo tipo y envergadura (desde revistas teóricas a boletines barriales o fabriles), centros de estudio, sistematización de conferencias y debates, con el máximo de autonomía y donde los propios participantes definan su grado de aproximación o identificación con el partido de los revolucionarios marxistas.

Subrayar el papel decisivo de la conciencia social para la edificación de una sociedad de hombres libres no supone desestimar el papel de la espontaneidad de las masas en su rebeldía contra la explotación. En épocas normales, el proletariado y el conjunto de los estratos explotados y oprimidos de la sociedad no tienen conciencia ni voluntad revolucionaria. Por ello, en lugar de resolverse gradualmente, las contradicciones se acumulan durante largos períodos en los que las víctimas del capital se someten más o menos mansamente y sustentan con su conducta social y sus ideas el poder de la clase enemiga. En un determinado punto -al cual se arriba con prescindencia de la voluntad de las clases y sus partidos- aquellas contradicciones estallan y rompen las cadenas visibles e invisibles del control social. Es la hora de la sublevación de las masas. Y no necesariamente culminará en revolución victoriosa. Entre los numerosos factores que definirán esa confrontación están justamente la existencia de una instancia de cohesión social y política del conjunto de los explotados; y de una formación de cuadros capaces de asumir el comando del combate con todo lo que esto implica.

 

Historia, presente y futuro

Atravesamos una etapa en la cual la lucha de clases internacional, para hallar un cauce de realización exitosa, reclama una síntesis de más de un siglo de teoría, organización y combate del proletariado moderno. Estudiar y debatir esa historia es una condición para afrontar el presente y el futuro. Pero la historia no puede someterse a votación. Un partido revolucionario marxista no puede tener como condición de pertenencia la unanimidad de opiniones frente a acontecimientos fundamentales del desarrollo humano. Eso equivale a pretender congelar la historia. Y congelar la historia en una opinión única equivale a impedir la reflexión presente y clausurar todo pensamiento proyectado hacia el futuro.

Un partido revolucionario marxista debe levantarse sobre un programa de lucha anticapitalista, principios de acción política y una estrategia para que las masas asuman el poder en sus manos. El ejercicio de la democracia obrera y la participación plena de su militancia, enraizada en la clase obrera y el conjunto de la sociedad, hará el resto. Investigaciones y debates sobre acontecimientos clave de nuestra clase deben ser alentados como parte de la vida normal de la organización. Lo mismo vale para elaboraciones sobre la actualidad o proyecciones futuras. No es tarea de un cuerpo ejecutivo impedir o reglar las expresiones de investigación y búsqueda de respuestas al desafío futuro. Una militancia educada y consciente de sus derechos y obligaciones sabrá poner en su lugar a cada una, cuando en la periódica definición de lineamientos y personas encargadas de aplicarlos, los Congresos, aquella labor teórica se traduzca en propuestas políticas.

 

Pensamiento y organización

Existen hoy numerosos órganos de elaboración y debate teórico-político. La eventual convergencia de sus integrantes en un partido revolucionario marxista no presupone necesariamente su desaparición o fusión en un órgano único. Del mismo modo que es inútil duplicar esfuerzos cuando hay bases suficientemente sólidas para proyectar con mayor amplitud y potencia una labor de elaboración y propaganda, sería erróneo forzar la desaparición de publicaciones distinguidas por rasgos particulares en su posicionamiento respecto de cuestiones teóricas.

La evolución de esas particularidades puede eventualmente llevar a una incompatibilidad con los fundamentos del partido que integran. O pueden resolverse en una síntesis superadora. En cualquier caso, el saldo será de signo positivo para la militancia como individuos y la organización como conjunto: el marxismo es una ciencia crítica; la confrontación lo enriquece: porque su negación es dialéctica y asimila de lo que rechaza, con el doble saldo de un conocimiento más aproximado a la verdad del objeto en cuestión y el fortalecimiento de la conciencia -y por lo tanto la confianza en sí mismo- de quienes intervinieron o siguieron el debate.

Crítica adelanta su disposición a autodisolverse para integrar un órgano común al servicio de un partido revolucionario marxista. Pero esa decidida voluntad no excluye su continuidad si por razones de orden práctico o por diferencias significativas en el plano teórico, aún dentro de los principios y fundamentos que votare un Congreso, considerara necesario su continuidad. Va de suyo que esto mismo lo aplicamos a cualquier otro órgano de investigación, elaboración y debate.

Tanto más en esta coyuntura de convergencia y recomposición que en períodos en los que un proyecto político ha tomado cuerpo en las masas, un partido revolucionario marxista debe estar dispuesto a contener y encauzar diferencias teóricas y/o políticas a través de tendencias cuya adhesión y compromiso con los documentos y el accionar del partido no esté en cuestión y se manifieste en la disciplinada observancia de las resoluciones democráticamente adoptadas por la mayoría en cada instancia partidaria.

 

Manos a la obra

Estos fundamentos no son de una persona, una organización o una corriente: son las columnas históricas forjadas en la lucha obrera por el socialismo.

Miles, decenas de miles de militantes, podemos reconocernos en ellos, hoy, en este país. Es nuestro deber realizar el esfuerzo por darle cuerpo organizativo y capacidad efectiva de accionar político a aquellos fundamentos.

No se trata de deponer posiciones o minimizar diferencias. Sino de probar su consistencia en la fragua del combate social. Dispuestos a defenderlas como minoría si es el caso; y a aplicarlas como conducción de un verdadero partido revolucionario marxista si concitan el respaldo de la mayoría.

El poeta español León Felipe decía desde el exilio:

 «Ya vendrá el viento fuerte

que me lleve a mi sitio

La proximidad de fuertes vendavales se huele en el aire. Cada uno debe elegir cuál es su sitio».

 

Buenos Aires, marzo de 1999

venezuela, brasil, ecuador, paraguay, argentina

Actualidad de la crisis en América Latina

porLBenCR

 

Introducción

Dos circunstancias predominantes hoy en el escenario político mundial anuncian el comienzo de un cuadro de situación radicalmente diferenciado del que rigió durante la década que termina: la cantidad de conflictos entre los diferentes tentáculos del imperialismo ha dado lugar a una calidad diferente: como nunca antes la máxima potencia imperialista, Estados Unidos, ha perdido su capacidad arbitral en casi todos lo terrenos. Y como nunca antes desde la afirmación del imperialismo como fase superior del sistema capitalista, éste toma compulsivamente control directo sobre economías de países dependientes de gran envergadura.

Dicho de otra manera: la agudización de la lucha interimperialista coincide con el agravamiento extremo de las contradicciones entre las burguesías dependientes y el capital financiero internacional, mientras el gendarme mundial comprueba que, para sostenerse en su sitio, sólo tiene respaldo en la ultima ratio del capital: la violencia.

Es igualmente inédito el otro rasgo distintivo de esta coyuntura histórica: la ausencia del proletariado a escala internacional y nacional con un proyecto propio de sociedad futura, en torno al cual sea posible articular la resistencia y preparar una respuesta ofensiva.

Otro factor determinante de la realidad a fin de siglo suma su cuota al descontrol global: ahora sin atenuantes y a la vista de todos, está probado el rotundo y definitivo fracaso de reimplantar el capitalismo en lo que fuera el mal llamado mundo socialista; con el consecuente colapso socioeconómico y político, en magnitudes jamás vistas, de todo aquel sector del planeta.

De la mera enunciación del cuadro surge el carácter extraordinariamente contradictorio de la situación: el capital tiene hoy la iniciativa en todos los terrenos; los conflictos se dirimen exclusivamente en el marco impuesto por sus diversas fracciones; pero estos son de tal magnitud y gravedad, que han roto definitivamente toda posibilidad de arbitraje inapelable, lanzando a unos contra otros en una abigarrada mezcla de insolubles confrontaciones: Estados Unidos, Unión Europea y Japón, como tres bloques imperialistas en mortal combate por los mercados mundiales; Japón contra sus aliados-víctimas del sudeste asiático; Alemania contra Francia en la UE; y diferentes bloques monopólicos entre sí en el seno de la clase dominante estadounidense. A su vez, todos aunados se avalanzan sobre países dependientes de gran desarrollo capitalista y vital peso en la economía regional y/o internacional (Indonesia, México, Brasil, Argentina, entre tantos otros), a los que mediante presiones económicas someten a situaciones comparables a las de un esquema colonial, mientras cada tentáculo metropolitano hiende en las grietas de las burguesías locales para intentar sobreponerse a los demás, en una carrera desenfrenada para expoliar riquezas en magnitudes que sobrepasan por mucho el saqueo colonial durante los cuatro siglos posteriores a la conquista de América.

Aun así, la tasa media de ganancia de las potencias capitalistas no logra recuperarse; la sobreproducción de bienes y los siderales excedentes dinerarios no logran ubicación rentable; se traba el mecanismo de la reproducción ampliada del capital; la recesión mundial pone a la orden del día un crack bursátil al que los analistas burgueses más optimistas comparan con el de 1929; y la depresión económica se levanta como amenaza palpable para el imperialismo.

Las guerras lanzadas por Estados Unidos contra Irak en diciembre y contra Yugoslavia en marzo últimos, los desplazamientos que éstas provocaron mientras Rusia y Brasil ingresaban de lleno en el descontrol económico, resumen este nuevo cuadro mundial.

 

Debilidad del más fuerte

Resulta por demás evidente la enorme diferencia que hay entre la guerra conducida por Washington contra Irak en 1991 y la de diciembre de 1998. En 1991 Estados Unidos formó una coalición con todos los países altamente desarrollados. Nadie rompió el cerco; nadie levantó una voz en contra; todos participaron activamente.

Siete años después, en febrero de 1998, Estados Unidos intentó repetir aquel ataque. Señalamos en aquella oportunidad –Crítica Nº 19- un aspecto que un año más tarde cobra mayor y más clara trascendencia: el gobierno de William Clinton había sufrido una derrota humillante; intentó atacar mediante los mecanismos de las Naciones Unidas y con una coalición como en 1991. Con todo dispuesto, un instante antes de iniciar el ataque, tuvo que suspenderlo porque Francia, respaldada por Rusia, enfrentó a Estados Unidos y amenazó con ejercer el derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. Francia y Rusia adoptaron públicamente esa posición y Estados Unidos se vio en una situación sin salida: si iba al Consejo de Seguridad a legitimar el ataque se ubicaba una alternativa imposible: eran aceptar o desconocer el veto.

Si Estados Unidos lo aceptaba, reconocía ante el mundo que no es más el árbitro inapelable en el mundo. Aceptar el veto era admitir que había una fuerza superior a la de Estados Unidos a la hora de definir cuestiones fundamentales en el escenario internacional. Y si no lo aceptaba rompía a la ONU.

Pero la ONU sigue siendo un instrumento para el control político internacional de Estados Unidos. Entonces apeló a quien ejerce como secretario de las Naciones Unidas; lo envió en una misión ficticia que aparentara la negociación de una paz urgente. Y con esa escenografía, retrocedió. Fue una derrota diplomática humillante y de enorme trascendencia.

Desde luego, ese paso atrás no terminó con el conflicto. Nueve meses después, Washington lanzó su operación por fuera y en contra de la ONU. Primero atacaron y después informaron. Francia y Rusia hicieron explícita su oposición ante todo el mundo.

Este giro de los acontecimientos tiene rasgos más marcados en el caso de la agresión contra Yugoslavia. Tras muchos meses de vacilaciones y desacuerdos, otra vez -y por las mismas razones- Estados Unidos se lanzó a la guerra contra Yugoslavia mediante la Organización del Tratado del Atlántico Norte, eludió a las Naciones Unidas y violó las leyes internacionales que aceitaron el orden mundial desde el fin de la segunda guerra mundial, es decir, durante el período de supremacía indisputable de Estados Unidos en el mundo capitalista, donde era árbitro inapelable.

 

Reaparición masiva de posiciones antimperialistas

En este cuadro general, resurgió un sentimiento antimperialista encarnado en movimientos masivos con predominancia de jóvenes. Cuando el auge de banalidades derivadas del equívoco concepto de globalización daba por muerto y sepultado al imperialismo y su contraparte, sostuvimos que el resurgimiento impetuoso de contradicciones con los centros metropolitanos era inexorable. Y que si esto no era contemplado en una estrategia de lucha anticapitalista, aquella fuerza de honda raigambre y extraordinario poder potencial sería desviada y capitalizada por ideologías y propuestas políticas ultraderechistas. Ya en marzo de 1998 se pudo verificar la irrupción de esta fuerza en un área determinada: el Sudeste Asiático. En aquella oportunidad adelantamos que esa ola antimperialista se manifestaría también en Medio Oriente. Plasmo allí con las movilizaciones masivas contra la agresión a Irak. La ola de odio antiimperialista pasó muy rápidamente del Sudeste Asiático con dirección oeste. Y no se detuvo. Algunos días antes, esa misma fuerza que está barriendo el planeta aunque muchos no la vean todavía, se manifestó en Venezuela.

 

Derrota imperialista en Venezuela(1)

Las elecciones en Venezuela en noviembre pasado equivalen a un verdadero terremoto político. Para comenzar, y con prescindencia del curso que tome la situación en aquel país, la victoria del Polo Patriótico encabezado por Hugo Chávez constituye una derrota del imperialismo y la burguesía local.

Venezuela tiene 40 años de institucionalidad regular, sin conflictos mayores y en todo caso resueltos dentro del marco institucional. Durante esos 40 años dos partidos mayoritarios, sobre la base de una abstención que llegó a niveles increíbles, obtenían casi la totalidad de los votos en las disputas presidenciales. Durante 40 años se mantuvo en Venezuela esta situación.

El 6 de diciembre hubo elecciones y estos dos partidos que durante 40 años estuvieron turnándose en el poder se vieron obligados, cuatro días antes de las elecciones, a retirar sus candidatos a presidente. ¡Cuatro días antes de las elecciones! Ambos partidos apoyaron a un candidato a presidente que surgió contra ellos y ganó espacio denunciándolos por corruptos.

El pánico hizo presa de las diferentes facciones de la burguesía local y de todas las ramas del imperialismo, específicamente de Estados Unidos. Compelidos por ellos, Acción Democrática -sección venezolana de la socialdemocracia- y la Democracia Cristiana -sección de la estructura política vaticana en aquel país, allí denominada Copei- retiraron sus candidatos para apoyar a un advenedizo que, desde las trincheras de la burguesía y el imperialismo, los demolía con sus denuncias.

El resultado fue que, todos juntos, obtuvieron el 39,9% de los votos, contra el 56,3 del candidato contrario, Hugo Chávez, quien no tenía partido, no tenía estructura, no tenía tradición en la lucha electoral. Tenía simplemente notoriedad por un acto político particular, que después vamos a considerar.

De esta manera toma cuerpo un conjunto de fenómenos manifestados en términos electorales, donde lo menos importante es lo electoral a pesar de que los resultados sean tan extraordinariamente contundentes. De hecho el 6 de diciembre murieron los dos partidos que gobernaron Venezuela durante 40 años y perdió por mucho el intento de imponer un nuevo partido del capital, apoyado por las dos estructuras tradicionales. Y ganó una coalición recientemente formada.

 

Otra etapa histórica continental

Está claro hace tiempo que en América Latina no hay partidos. Los que aparecen como tales, no lo son. Es la ausencia de alternativa lo que permite que ellos sobrevivan. Pero ya no son partidos en el sentido histórico de la palabra. Son aparatos vacíos de fervor popular, sostenidos exclusivamente por la corrupción, repudiados pasiva o activamente por 9 de cada 10 ciudadanos.

No se trata sólo de Venezuela. Lo más importante de lo ocurrido allí es que muestra que la asunción del programa de crisis capitalista por parte de los grandes movimientos burgueses nacional populistas -el PRI en México, el APRA en el Perú, el MNR en Bolivia, el peronismo en Argentina, etc- completa la demolición de estas organizaciones, en curso desde hace por lo menos tres décadas. La misma razón aniquila a variantes socialdemócratas cuando existen, o les cierra el paso cuando se intenta edificarlas como salida de emergencia.

Aquellas fuerzas populistas contuvieron a las masas latinoamericanas durante más de medio siglo. Pero ya han desaparecido, aunque sus siglas estén todavía gobernando en más de un caso. Y las masas latinoamericanas, las masas obreras, campesinas, la juventud, los marginalizados, no reconocen ninguna pertenencia política.

Desde Crítica hemos defendido la idea de que ante esta situación se plantea una disputa estratégica por el control de las masas entre tres grandes corrientes.

Pero, en circunstancias críticas, dos de ellas se aúnan contra una tercera. Esas tres grandes corrientes son el marxismo, la socialdemocracia y la democracia cristiana. La democracia cristiana y la socialdemocracia tienden necesariamente a unirse contra el marxismo en este combate estratégico, cuya duración y formas concretas es imposible prever: puede resolverse en poco tiempo o prolongarse; puede tener diferentes instancias de frente único con corrientes de esos poderosos aparatos o plantear un combate frontal.

¿Qué fue el Frente Grande en Argentina sino la manifestación evidente de que el radicalismo y el peronismo no contenían a las masas? Ese surgimiento impetuoso, extraordinario y para muchos sorprendente del Frente Grande, que arrolló a los dos partidos mayoritarios en algunas elecciones… ¿qué es sino la demostración de que esos partidos ya no tienen capacidad para contener a las masas? ¿Y qué es sino la alianza de la socialdemocracia y la democracia cristiana contra el marxismo lo que transforma este fenómeno en el Frepaso primero y en la Alianza después?

Claro, hay otra cuestión: ¿dónde estuvo el marxismo dando el combate? No estuvo, ciertamente, en los partidos que se llaman marxistas. Sea porque no vieron el fenómeno, sea porque fueron absorbidos por él. Organizaciones de escasa dimensión no pueden librar el combate político. Pueden dar (si es que pueden) el debate ideológico, el debate teórico. Pero no pueden dar el debate en la calle, el combate político, y ganar a las masas.

Por eso ese desplazamiento a derecha (Frente del Sur, Frente Grande, Frepaso, Alianza), sin resistencia en el plano de masas. Pero ese ciclo terminó. La elección interna de la Alianza el 29 de noviembre, con la victoria de un candidato ultraconservador, le puso la lápida. Y es justamente cuando termina ese ciclo que se produce el terremoto político en Venezuela.

No hay ninguna casualidad aquí. Esta sincronía está revelando fuerzas muy profundas y está revelándonos que estamos de lleno ante una nueva situación. No importa que cuando ocurre algo tan importante como la agresión a Irak, o como tantas otras cosas que afectan en todos los órdenes a las masas en Argentina, éstas continuen quietas. Eso, por duro que sea coyunturalmente, no cambia el hecho de que el rechazo masivo, la voluntad de edificar algo nuevo, la rebelión potencial, está latente; como está el árbol en la semilla.

Pero en Venezuela ya se manifestó. No como fue el caso de las elecciones legislativas en 1993, con la gran irrupción electoral del Frente Grande (aunque, vale la pena señalarlo, también en Venezuela hubo anteriormente este tipo de victorias parciales a través de otras expresiones político-ideológicas). En este caso no es un gobierno local, no es una elección legislativa. No: es la presidencia del tercer o cuarto país más importante de América Latina, que además es el segundo proveedor de petróleo de Estados Unidos.

En ese país es donde la manifestación de la ausencia de los partidos produjo un resultado político que catapulta una fuerza nueva. Es la primera cuestión a enfatizar cuando se estudia el resultado de las elecciones en Venezuela.

Para analizar la situación y tomar posición no cabe partir de los rasgos psicológicos, de las tradiciones personales, de las particularidades individuales del Sr. Chávez. No. Corresponde partir de la certeza de que Chávez es fruto de una situación general. Y esto es lo que importa en primer lugar: la crisis mundial del capitalismo, su múltiple impacto en el plano regional, su manifestación en un país clave del continente, han producido un quiebre institucional irreversible.

Sí: irreversible. Esto no se revierte por vías normales. No es que mañana tienen una nueva elección y gana un nuevo partido. Eso pudo ocurrir en Nicaragua, por ejemplo; o en Haití. Pero no ocurrirá en Venezuela. Es posible tener las mayores dudas respecto de lo que va a pasar en aquel país. Pero pesan ante todo algunas certezas determinantes: esto no se resuelve en términos institucionales.

Lo que nos interesa antes de nada es establecer un método de aproximación a los fenómenos políticos y sociales. Nosotros tenemos un cuadro mundial, tenemos un cuadro regional y tenemos un momento, una etapa histórica determinada. En esa etapa histórica tenemos una situación de masas particular en un país determinado, que ha dado como resultado una coalición muy amplia que incluye desde la izquierda reformista (que allá se llama MAS y que es un ala de la socialdemocracia), hasta los revolucionarios marxistas, pasando por distintas formas populistas y por diversas variantes de izquierda cristiana de organización social y política. Aunque su expresión oficial fue arrasada, la iglesia está involucrada en este movimiento. Esta amplitud tiene la fuerza que ganó electoralmente en Venezuela.

¿Quién es el que cataliza y representa hoy esta fuerza naciente? El ex teniente coronel Hugo Chávez. En torno de Chávez se formó un partido que se llama Movimiento V República. Y ese partido, con el resto de fuerzas políticas de izquierda reformista, populistas, de izquierda revolucionaria y organizaciones cristianas, formaron el Polo Patriótico que ganó las elecciones.

En Argentina y en todo el mundo se ha hecho una campaña teledirigida por Estados Unidos para convencer a la opinión pública mundial de que Chávez es un «golpista»; un«carapintada». Chávez encabezó un golpe contra un gobierno constitucional, es verdad. Entonces eso lo hace un golpista.

 

Caracterizar con bases objetivas

En términos gramaticales es así: una persona que intenta dar un golpe es un golpista. Pero en términos políticos es otra cosa.

Los carapintadas se levantaron una y otra vez en armas para evitar que los militares fueran juzgados y condenados por sus crímenes durante la dictadura. Esa fue la causa por la que tomaron las armas. Ni siquiera pretendían tomar el poder.

Chávez se levantó para tomar el poder. Fuera de dudas, buscó el poder mediante un golpe militar. Pero no se alzó en contra de las masas o de un reclamo democrático, sino como prolongación de un movimiento de masas muy amplio, con centro en la juventud y los estudiantes, que en un determinado momento produjo una insurrección en la capital de Venezuela, el Caracazo, ahogada mediante una feroz represión por parte del gobierno constitucional. Es sugestivo que ese gobierno constitucional estuviera en manos del presidente de la internacional socialista en América Latina, Carlos Andrés Pérez.

Poco después Pérez fue destituido y encarcelado por ladrón. Las consignas que levantó Chávez en su asonada: fueron contra el gobierno de ladrones y de represores. Y a diferencia de lo que pasó durante los pujos carapintada en Argentina, donde hubo movilizaciones de masas (recuérdese la Semana Santa de 1987) contra la sublevación militar, allá hubo movilizaciones de masas en respaldo de la rebelión encabezada por Chávez.

En cuanto a la identificación de Chávez con los carapintada, ocurre porque efectivamente tuvo relaciones con este sector. Intervienen aquí una serie de cuestiones, pero el hecho es que, efectivamente, hubo por lo menos dos encuentros con este sector. Hasta donde podemos saber, se trató de una operación de la CIA, uno de cuyos hombres es Mohamed Alí Seineldín, que tiene como asesor o mentor ideológico a Lindon Larouche, un reconocido agente de la CIA que desde hace años trabaja sobre militares latinoamericanos. Tuvieron otros puntos de apoyo aquí. E intentaban al parecer una operación destinada a cooptar por el lado del carapintadismo argentino a ese movimiento militar que había nacido en Venezuela. Aunque no contamos con información, se puede suponer que, por parte de Chávez y su equipo, estaba la intención inversa: encontrar un punto de apoyo en las filas militares argentinas. Luego de dos viajes de Chávez a Argentina, la relación aparentemente se cortó y Seineldín condenó a Chávez como agente castrista, acusación que haría pública recientemente, durante la campaña electoral, cuando estuvo claro que éste ganaría las elecciones.

Esto no quiere decir que en ese grupo que intentó el golpe en Venezuela -Chávez, obviamente, no hizo solo aquella sublevación militar y carecemos de información detallada al respecto- no pueda haber gente ideológicamente asimilable a lo que son los carapintadas aquí.

Presumiblemente, entonces, tenemos de un lado una operación de la CIA y de otro la intención de Chávez de cooptar para su proyecto bolivariano y latinoamericanista, según su propia definición, a una parte del ejército de Argentina es decir, de tener una política para los militares latinoamericanos. Si esto está bien o está mal, si tiene o no tiene futuro, es otra discusión. La haremos -con el rigor que requiere- en el futuro inmediato. Pero lo que no es posible es calificar al movimiento con la analogía golpista-carapintada. Eso, sencillamente, no es serio.

Pero si no tuviéramos estas informaciones, si no supiésemos nada de todo esto, nuestro modo de aproximación al movimiento encabezado por Chávez no cambiaría un ápice. Nuestro criterio para tomar posición frente a un fenómeno político es preguntar y responder: ¿dónde están las masas? ¿qué posición política adoptan quienes las dirigen en relación con las demandas fundamentales de las masas? Este es nuestro modo de aproximación.

Nuestro punto de partida no es preguntar o hacer conjeturas respecto de si es marxista o no es marxista. (Sabemos bastante bien qué han hecho y hacen personas que se autodenominan marxistas de las más diversas variantes: no es el nombre lo que define una política).

Claro: nosotros vamos a estudiar y analizar con el mayor cuidada qué clase de ideología tienen Chávez y su movimiento. (Vale recordar que no estamos desprevenidos al respecto: enCrítica Nº 11, es decir a mediados de 1995, publicamos un discurso de Chávez. Conviene releerlo, ahora que él es presidente, entre otras cosas para comprobar que Crítica no corre detrás de los acontecimientos). Pero no será la ideología autoproclamada de un individuo o una organización la que determine nuestro posicionamiento.

Para nosotros el planteo es: tenemos un movimiento de masas y un líder (aunque no sería correcto centrar la mira en una persona) de carácter ecléctico en todos los sentidos.

Los documentos del Movimiento V República incluyen una declaración de principios y un programa que son exactamente esto: eclécticos; no definen nada de manera taxativa. Particularmente cuando se habla de economía. El programa alude a una economía humanista; que es lo mismo que decir nada. Aparte el significado filosófico preciso del término (sobre el que reina una enorme confusión), hay que decir que las economías no son humanistas o antihumanistas. Las economías son a favor de una clase y en contra de otra o viceversa; están basadas en la propiedad privada de los medios de producción y la ley del valor, o en la propiedad colectiva y la planificación; están a favor del capital o en contra del capital.

¿Por qué este eclecticismo del MVR? Puede haber muchas explicaciones. Que no haya acuerdo interno; que se quiera engañar a las masas; que se quiere engañar al enemigo de las masas. Son tres posibilidades entre tantas otras posibles. No hay por qué interpretar hoy, sin elementos objetivos suficientes, la voluntad subjetiva de Chávez. Si lo hiciéramos estaríamos cometiendo un acto de irresponsabilidad. Sabemos que el programa es ambiguo. Podemos tener conjeturas -y las tenemos. Pero no se puede hacer política con base en conjeturas. Se hace política sobre hechos y sobre dinámicas sociales encarnadas en fuerzas políticas. Metodológica y políticamente no es correcto tener hoy una opinión concluyente ante un fenómeno cuyas fuerzas componentes recién han comenzado a manifestarse y desplegarse.

Ahora bien, en el programa económico, en medio de vaguedades, se dicen algunas cosas que despiertan interés. No se dice, por ejemplo, que no se va a pagar la deuda externa. Durante la campaña, según toda la prensa comercial Chávez proclamaba que no iba a pagar la deuda. Resulta que el programa de gobierno no dice que no va a pagar la deuda.

¿Qué dice en relación con la deuda? No haremos hoy el análisis crítico que requiere la Declaración de Principios y el Programa de gobierno. Esa es una tarea a realizar sin demora, pero que exige un reconocimiento directo sobre el terreno. Porque, insistimos, no es sobre textos o declaraciones que se apoya nuestra posición. Con esa aclaración, veamos lo que el MVR sostiene oficialmente sobre la deuda externa:

«Un análisis comparativo entre el monto de la deuda externa y nuestras potencialidades de ingresos de divisas nos lleva a la conclusión de que estamos ante un problema solventable. Sin embargo, examinaremos la reestructuración de los pagos estimados para los próximos cinco años por presentar los montos más elevados en un período difícil para nuestras cuentas externas. Entre las opciones a considerar se encuentran:

• Recompra de la deuda externa en los mercados financieros internacionales.

• Conversión de deuda por capital, planteando oportunidades para negocios en el país.

• Reestructuración de la deuda con organismos multilaterales o mecanismos bilaterales.

• Negociar un período de gracia para algún porcentaje de la deuda,

que permita solventar las dificultades de la coyuntura.

• Negociar nuevos préstamos para comprar deuda contraída, y así mejorar el perfil y el cronograma de pagos.

La deuda pública interna será honrada y serán respetados los compromisos de la República. Las acreencias de los trabajadores del Estado serán adecuadamente satisfechas».

La lectura de este texto deja claro que, tal como está, en los próximos cinco años la deuda no se puede pagar; pero no lo dice de modo explícito. Y abre variantes que quedan en completa dependencia del curso de los acontecimiento.

Después el documento dice dos cosas: «El Estado mantendrá la propiedad de sus dos más importantes empresas energéticas, Petróleos de Venezuela y Electrificación del Caroní y privilegiará la estabilidad y formación de sus trabajadores, profesionales y gerentes»; o sea, no van a privatizar. Eso dice el programa. Y desde luego no equivale necesariamente a que se cumpla. Pero está establecido como compromiso y es exactamente lo contrario de lo que exige el imperialismo a todos los países del área.

El MVR hace otra afirmación importante, ya no en el orden económico sino en el plano político. Y en nuestra opinión la clave está aquí, en la bisagra para pasar del gobierno al poder:

«convocatoria y realización de la Asamblea Nacional Constituyente, instancia político jurídica que originará un nuevo marco institucional para la refundación de la República, la reestructuración del Estado y el establecimiento de un nuevo consenso político y social.

«Asamblea Nacional Constituyente que relegitimará los poderes del Estado, estableciendo con claridad las funciones y límites de cada uno, así como la garantía de su independencia equilibrada y del respeto a los derechos humanos individuales, económicos, sociales y las libertades públicas.

«Este proceso permitirá sentar las bases y lineamientos de un Estado eficiente, rector de las políticas, promotor y estimulador del desarrollo, que garantice la paz interna, la justicia social y la seguridad jurídica mediante un Poder Judicial autónomo e imparcial y un Congreso genuinamente representativo. Ese Estado también debe garantizar la conservación del medio ambiente y la buena gestión de los asuntos públicos, así como desarrollar mecanismos de interacción, reglamentación y mediación. Un Estado que devuelva a la sociedad formas de participación hoy confiscadas por un esquema centralizador y que disponga de una Administración Pública ágil, flexible, de cara al ciudadano, orientada hacia el logro de objetivos y no al control de procedimientos».

Un punto de importancia mayor es el modo de elección de los diputados constituyentes:

«El sistema electoral para elegir a los integrantes de la Asamblea Nacional Constituyente debe ser nominal, combinado con fórmulas que permitan la representación de las minorías». Y a continuación se coloca otra barrera clave al afirmar: «El cargo de constituyente es incompatible con el ejercicio de cualquier otro destino público o privado». Como culminación del proceso, la Declaración adelanta la magnitud de la empresa: «Después de la Fase Asamblearia, todos los poderes públicos, incluyendo la Presidencia de la República, deberán relegitimarse, adecuándose al nuevo marco constitucional».

No hay espacio para la duda: la lucha es por el poder. ¿El poder para quién? cabe preguntar. La posibilidad de un bonapartismo militar está objetivamente planteada. Pero, aparte de que las condiciones internacionales y locales no ayudan a tal perspectiva, hay tendencias objetivas y posiciones políticas en otra dirección. En los textos hay párrafos que aluden explícitamente a la participación de las masas en la vida política. Pero lo verdaderamente importante de este fenómeno no está en los textos. Está en la dinámica que aparentemente pretende imponerse a la situación social, tendiente a la movilización, la organización y la participación de las masas. Habrá que verificar si esto se cumple o no.

También se enumera una serie de medidas para combatir la pobreza y la desigualdad en la distribución de la riqueza.

En cuanto a esto, una cosa es decirlo cuando se es candidato y otra decirlo cuando se es presidente. Y no solamente para un burgués.

Venezuela está en una situación catastrófica. Según dice la propia plataforma de gobierno del MVR «el 80% de la población está en situación de pobreza y el 46% en situación de pobreza estructural y pobreza extrema o indigencia. Esta situación está comprometiendo cada vez más las posibilidades de desarrollo humano del país».

Este no es un problema fácil de resolver; además hay que tener en cuenta que se ha llegado al gobierno por elecciones. Es difícil -subrayémoslo: extremadamente difícil- incluso si se ha llegado al poder por las armas; es decir, si primero se ha acumulado la fuerza y el enemigo ha sido derrotado en combate. Pero hay que insistir en esto: se ganó una elección. Y hasta donde estoy enterado, ninguna revolución se hizo por elecciones. Aunque las elecciones pueden abrir un camino. Este puede ser el caso. Habrá que seguir paso a paso el proceso para verificar si lo es o no. Y contribuir en aquello que nos sea posible. Porque nosotros no somos observadores ni comentaristas.

Otro de los puntos que plantea Chávez es revitalizar la OPEP. Esto tiene algo que ver con Irak y con la guerra. Para Estados Unidos esto significa que mañana se le plantan los países productores de petróleo nuevamente, porque como hemos visto la situación es dramática para todos ellos, no importa la ideología de sus gobernantes, no importa la línea política que hayan aplicado hasta ahora: esos gobiernos perdieron ingresos en una proporción de de 20 a 7. Tienen que hacer algo. Y lo van a hacer(2).

 

Táctica y estrategia: 
no hay política revolucionaria, sin teoría revolucionaria

Una organización revolucionaria debe saber de antemano que este tipo de fenómenos ocurren con carácter de necesidad; porque no estudia la superficie de los acontecimientos sino la dinámica de los acontecimientos.

Hace cuatro años -todos lo saben- estábamos en el mejor de los mundos. No había ningún problema para el sistema. Rusia era capitalista y desde luego gran aliada de Estados Unidos. Todo era una maravilla y muy pocos en las filas de izquierda creían que hubiese una crisis capitalista. Allí están los documentos del XIX Congreso del PCA (y está también nuestra respuesta), para probarlo. Por el contrario, nosotros decíamos que había una crisis capitalista muy profunda, la describíamos y en la conclusión se decía(3):

«Este panorama confirma que ha cobrado actualidad una crisis en el cuerpo político del imperialismo con base en una severa disrítmia en el corazón del mercado mundial (Estados Unidos, Europa Occidental y Japón) para la cual el capital no tiene otra medicación posible que un saneamiento profundo, muy drástico, de la economía de los países altamente desarrollados, lo cual presupone violentos choques en cuatro planos:

# de las potencias imperialistas entre sí

# de las burguesías imperialistas contra sus propios trabajadores (revitalizando la lucha de clases dentro de los países imperialistas)

# del imperialismo y las burguesías asociadas contra los trabajadores de los países subdesarrollados y dependientes (incluyendo ahora en esta categoría a las repúblicas de la ex URSS y a los países del ex Pacto de Varsovia)

# de los países centrales contra los pueblos de los países subdesarrollados y dependientes».

En Venezuela tenemos ahora la plasmación de estas cuatro formas de conflicto y confrontación.

¿Por qué los países imperialistas deben mantener tan extraordinariamente bajo el precio del petróleo? Porque para sostener la tasa de ganancia, los dos factores principales sobre los que pueden operar son los precios de las materias primas y los precios de la mano de obra. Si no pueden bajar más los precios de las materias primas, tienen que bajar los salarios de sus propios obreros. Y cuanto más bajan los precios de la mano de obra, más agudizan la confrontación de clases al interior de sus países. Está a la vista en Venezuela esta contradicción. Como también lo está la contradicción obvia de la burguesía venezolana contra los trabajadores venezolanos y la contradicción de Estados Unidos con los trabajadores venezolanos y buena parte de la burguesía de aquel país.

Lo mismo vale para la burguesía argentina. Porque estamos hablando de Venezuela, pero si bien la circunstancia política es diferente, la sustancia es exactamente la misma.

Cuando viene Estados Unidos -el FMI- y dice: «hay que privatizar el Banco Nación», no se está enfrentado solamente con los trabajadores de Argentina. Está poniendo de punta a más de la mitad de la burguesía local y está creando una contradicción que necesariamente tiene que manifestarse y que se va a manifestar. Y que en Venezuela ya se manifestó.

Entonces, el movimiento chavista -así lo llaman allá- ese Polo Patriótico, tiene todas estas contradicciones dentro. De manera que si viene un superizquierdista a la moda y nos explica que efectivamente el movimientos de Chávez es un movimiento nacionalista burgués, va a encontrar elementos en la realidad para justificar lo que dice. Y si viene uno de aquellos acostumbrados a ponerse siempre del lado del que gana (hasta que pierde) que dice Viva Chávez, y contrarrevolucionario el que no siga incondicionalmente a Chávez, va a encontrar una cantidad de elementos para fundamentar su posición.

Y nosotros vamos a rechazar a ambos. Porque no tenemos una visión mecánica de las cosas; no tenemos una visión en blanco y negro de los fenómenos. Este fenómeno es blanco y es negro. Y el color históricamente resultante va a depender de la lucha, del combate y naturalmente de los hombres que corporicen esa lucha y ese combate.

¿Cómo se desempeñará Chávez en esto? No lo sabemos. No tenemos la menor idea. Claro que pesa, seguro que pesa, el hecho de que este dirigente vaya en una u otra dirección. La actitud individual de los hombres en estas circunstancias no es secundaria. Pero en la conducta futura de Chávez pesará más lo que pase en el conjunto social que lo que él quiera o piense hoy. Y no solamente por lo que pase en Venezuela. También por lo que ocurra en el resto de los países.

Para terminar, reiteremos que éste es un fenómeno en el cual plasma la dinámica del mundo en su conjunto y de América Latina en particular: eso es lo que ha tomado cuerpo en Venezuela.

A partir de ahora se desata en aquel país una lucha ideológica, una lucha política y probablemente una lucha armada. Porque hasta cierto punto el imperialismo va a esperar. Después de ese punto va a poner en movimiento sus resortes en las fuerzas armadas. Washington va a fracturar las fuerzas armadas y va a plantear algún tipo de intento de golpe de Estado. Y si hay dudas objetivamente fundadas sobre muchas cosas, en este plano no hay espacio para dudar: si el imperialismo y sus socios venezolanos hacen un intento de golpe de Estado, los vencedores en las elecciones no se van a quedar mirando al cielo. Está planteada esa posibilidad.

Tenemos que entender que el fenómeno es extraordinariamente complejo, que no tiene un curso definido. Tenemos que partir de la base de que en Venezuela no hay un partido revolucionario marxista con tradición, con fuerza, con cuadros. Y que esta ausencia se va a hacer sentir con mucha fuerza. Será muy fácil de hoy en más levantarse y decir «esto no se hizo»«esto está mal».

Pero nosotros no somos profesores de política. Hay buenos profesores de política en la UBA y algunos de ellos son también parte de la Universidad de los Trabajadores; pero nosotros hemos elegido otra cosa: somos militantes. Observamos los fenómenos sociales y políticos con la voluntad de ser parte de ellos y queremos se protagonistas de su transformación en dirección a la revolución socialista. No estamos acá para decir esto está bien, aquello está mal, éste no sabe, éste sí sabe, éste es un traidor, aquél… no, eso es ajeno a nuestra conducta, a nuestra concepción, a nuestra metodología y a nuestros más elementales sentimientos.

Quienes nos conocen saben que no acostumbramos callar nuestras opiniones, por difícil que sea sostenerlas. No lo haremos tampoco en este caso. Pero no dictaminamos a distancia, como profesores: luchamos en todos los planos, como revolucionarios.

 

Desafío continental

No termina en Venezuela esto. Crítica ha expuesto desde su primer número la crisis económica mundial, pero repitámoslo: la crisis desatada en julio del año pasado no terminó y se profundizó.

En este cuadro, la existencia de un gobierno de estas características en Venezuela cambia la situación latinoamericana y seguramente va a contribuir al resurgimiento de los sentimientos antiimperialistas, no necesariamente anticapitalistas, menos aún marxistas, pero antiimperialistas, objetivamente anticapitalista y sin duda anti Estados Unidos.

Las masas ven al FMI dando órdenes en todos lados. Ese sentimiento de rechazo generalizado en toda América Latina, coincide con la instalación en un país clave de un gobierno que se ha proclamado estandarte en la confrontación contra el imperialismo, por la unidad latinoamericana, bolivariano y revolucionario. Son dos fuerzas que pueden establecer una interacción que acelere y agudice todas las contradicciones.

Además -y no es un detalle- hay otro gobierno, que no es solamente antiimperialista y que no es ecléctico: el de Cuba.

Se abre una nueva fase en nuestra historia. Estamos de lleno en una fase que, desde luego, viene gestándose desde hace mucho y desde hace mucho hemos anunciado. Pero ahora es actual.

Para afrontarla cobra también actualidad la propuesta de un bloque antiimperialista continental, partidos de masas de los trabajadores, con pluralidad ideológica pero con firmes definiciones políticas contra el imperialismo y la explotación. Y también como parte inseparable de un todo estratégico, la recomposición de las fuerzas revolucionarias marxistas y la organización de partidos revolucionarios marxistas.

En Crítica y otras publicaciones hemos afirmado una posición teórica y una estrategia política. Pero estas batallas nunca se ganan en el papel.

 

Brasil: el gigante arrodillado(4)

Sin siquiera máscaras que disimulen su papel, los centros imperiales se adueñaron también de Brasil. A la vez que obró como un síntoma más de la inconsistencia en el equilibrio de la economía mundial, la devaluación de la moneda brasileña mostró con crudeza impar el cambio cualitativo que viene produciéndose en los países cínicamente llamados emergentes: de condicionar economías dependientes, el imperialismo pasa a la utilización de esa dependencia para ocupar puestos de conducción política directa. Desde esos puestos de comando instrumenta políticas destinadas a sostener niveles de rentabilidad del capital financiero internacional suficientes para mantener, todavía por un tiempo, el bamboleante edificio de nuevo orden mundial.

El penoso espectáculo ofrecido en los últimos diez años por la clase dominante de Argentina, reiterado a partir del colapso en el sudeste asiático en Korea de Sur, Indonesia y otros países del área, se repite en este país continente, séptima economía mundial, con 160 millones de habitantes y la capacidad objetiva de arrastrar, en su temida caída, al sistema financiero internacional.

Tal vez no se justifique, pero el cuadro aparece más patético aún por el hecho de que, en lugar de un individuo como el que desde la Casa Rosada juega el papel de dócil empleado del gran capital extranjero, en el Palacio del Planalto de Brasil resida un reconocido y culto sociólogo de larga trayectoria: con su abyecta conducta, Fernando Henrique Cardoso parece estar reflejando el derrotero de toda una generación de «intelectuales progresistas» en América Latina.

 

Giro reaccionario

La historia reciente es conocida. Ya a mediados del año pasado, con el colapso de la economía rusa, se hizo evidente que el atraso cambiario de la moneda brasileña no podría resistir. Pero estaban por delante las elecciones. Y Cardoso concurría para la reelección en la presidencia.

Cuatro años antes, en una maniobra impensable en otras circunstancias, el conjunto de la burguesía brasileña -y el imperialismo en todas sus versiones- se alinearon tras Cardoso para impedir lo que, seis meses antes de los comicios, se adelantaba como la segura victoria de Lula, candidato del Partido de los Trabajadores. A la sazón el PT había aprobado un programa de transformaciones de fondo y en su último Congreso había visto cómo la radicalización de la sociedad se transmitía a la estructura de este partido de masas, llevando a la dirección a su ala más radicalizada.

Había buenas razones para que la ultraderecha y todo el espectro reaccionario de las clases dominantes brasileñas adoptaran como candidato a este sociólogo progresista. Que Cardoso y su recientemente fundado Partido Socialdemócrata de Brasil (PSDB) aceptara semejante compañía también tiene, desde luego, razones de peso y larga data, sobre las que debieran reflexionar las personas bienintencionada que tienden a procurar el mal menor en estos momentos de zozobra.

Como quiera que sea, el hecho es que en 1994 Cardoso derrotó a Lula. Y, desde luego, aplicó el programa exigido por el frente burgués que lo catapultó al poder. Una violentísima ofensiva económica contra las masas y en especial beneficio de las empresas transnacionales, comenzó a cambiar la dinámica social dominante desde que los militares debieron comenzar a recorrer el prolongado camino que los llevaba a abandonar el poder, a comienzos de los años 80. Cardoso, el más progresista entre los intelectuales renombrados de Brasil, fue la bisagra para ese cambio fundamental.

Y el movimiento arrastró también al PT. Desde luego en este proceso de desenlace penoso y vergonzoso para los principales protagonistas, pesó el cuadro internacional que le hacía de telón de fondo: el derrumbe de la Unión Soviética y la estampida en masa de dirigencias de izquierda, intelectuales y activistas políticos, hacia posturas dictadas por la desmoralización, la confusión y la renuncia. Pero no cabría disculpar con este cuadro general a las cabezas responsables de una extraordinaria fuerza política con definiciones socialistas y aval de masas por la suerte corrida por el PT: nunca las batallas tienen una definición a priori. Es el combate el que decide. Y es la no asunción del desafío, de la histórica confrontación planteada a la vanguardia brasileña en aquella instancia, lo que decidió la victoria de la burguesía y, ante todo, del imperialismo.

Así, tal vez con la derrotada huelga de los petroleros en 1995 como hito simbólico, se revirtió la dinámica social brasileña. De años de sistemática y creciente radicalización, concientización y organización, el país de mayor gravitación en Sudamérica pasó exactamente a lo inverso.

Algunos dirigentes del PT fueron arrastrados por esta invisible fuerza social. Otros contribuyeron consciente y militantemente con ella, y se ubicaron en la cresta de la ola de reacción. Otros fueron vencidos, al menos en la coyuntura histórica.

En la superficie, mientras tanto, reinaba la estabilidad. El real sostenía su precio con leves correcciones, aunque desde luego perdía sin cesar su valor, aumentando la brecha entre realidad y apariencia. Pero el fin del flagelo de la inflación -como en Argentina- fue un valor suficiente para millones de trabajadores agobiados por años de demencial carestía. Y así se instauró una dialéctica negativa entre las masas y sus direcciones. Resultado: en la Central Unica de los Trabajadores (CUT) se impusieron las tendencias más conservadoras y muchas de las personas más comprometidas con políticas de conciliación de clase, cuando no directamente corruptas. No son pocas las excepciones que rompen esta regla. Y no sería inteligente minimizarlas y desechar no sólo su significación histórica, por haber dado la batalla contra esta ola de reacción, sino su potencialidad para un futuro cercano. En el PT, ocurrió otro tanto. Y lo mismo vale para observar y valorar las expresiones contrarias a esta dinámica, que continúan constituyendo bastiones de conciencia, organización y lucha para el presente y el futuro.

Una nota discordante en este concierto reaccionario fue la irrupción del Movimiento de los Sin Tierra (MST), donde la combatividad en el accionar concreto y la radicalidad de su demanda esencial consecuentemente planteada, contrapesa en un sentido el hecho de que, en términos políticos, se expresa en última instancia a través de un PT devaluado por la explícita política de conciliación y cogobierno de la crisis asumida por la mayoría de su Dirección Nacional.

 

La historia no se repite

Este decurso en favor de la asimilación al sistema capitalista no es nuevo en la historia del movimiento obrero internacional. El socialista Friedrich Ebert encabezaba el gobierno que asesinó a los hasta poco antes miembros de su partido Rosa Luxemburgo y Karl Liebnecht, para luego ahogar en sangre obrera la crisis del capitalismo alemán, no puede ser olvidado sin pagar las consecuencias. Lo mismo ocurrió -con trazos menos dramáticos- con toda la socialdemocracia internacional.

Pero es nuevo, sí, el grado y la escala de la crisis de la economía capitalista mundial, la confrontación entre los centros imperiales y la descomposición de sus gerentes.

Por ello, es más que improbable que puedan sostenerse por mucho tiempo en sus sitiales quienes hoy son aclamados como héroes en la prensa burguesa brasileña, por su papel sindical o político para predicar e imponer la conciliación, la rendición y el abandono de todos los principios con los que hace 19 años se fundó el PT -y con los que alcanzó sus más resonantes éxitos.

El mejor maquillaje no podría cambiar el rostro histórico de la dirigencia socialdemócrata. Pero es un hecho que ella dominó en Europa durante la mayor parte del siglo. Quienes repiten aquella conducta no tendrán siquiera ese dudoso mérito. Porque, como queda subrayado en Brasil, el capitalismo no tiene margen para conceder a quienes en representación de los explotados y oprimidos acuden a su socorro.

 

Desfalco en nombre de la democracia y la estabilidad

Pero volvamos a los antecedente inmediatos de la situación actual. Como quedó dicho, aun a la vista del desfasaje cambiario, del impacto de la crisis en Rusia y los efectos múltiples de esta situación para la economía local, la burguesía respaldó la indefendible política de sostener el real, para garantizar la reelección de Cardoso.

Esto es tanto más significativo porque a diferencia de las clases dominantes de Argentina (y de otros países con economías menores) la burguesía brasileña, por su envergadura, tiene a la vez mayor necesidad y más posibilidades de limitar la embestida brutal del capital financiero internacional, que además de agravar al extremo las condiciones de vida y de trabajo de las masas, roba porciones crecientes de la plusvalía que el capital local extrae de sus obreros, se apropia de empresas en todos los sectores y ajusta sin cesar el nudo de la crisis en torno del cuello de la propia gran burguesía.

Como en Argentina, México, Venezuela, etc., el imperialismo llevó a cabo esta operación concediendo -en una primera fase, y sólo en una primera fase- grandes porciones del negociado fabuloso que fueron las privatizaciones de empresas y servicios públicos. No obstante la magnitud sideral de las ganancias que la burguesía local embolsó por estos conceptos, es evidente que el saldo la afecta históricamente. Pero ni las más escandalosas operaciones contra la economía del país parecen haber conmovido a los barones del capital brasileño.

La demora en ajustar el tipo de cambio -que, subráyese, afectaba duramente a los exportadores locales- produjo una fuga de alrededor de 50 mil millones de dólares entre agosto del 98 y enero del 99. Por mucho que buena parte de esos capitales sean de propiedad de brasileños, es un precio demasiado alto para reelegir a un candidato, es decir, para impedir que asuma el otro (Lula). Pero fue pagado, con protestas apenas audibles, por el frente burgués que otra vez se alineó tras Cardoso para que éste volviera a derrotar a Lula (Tal el miedo que le tiene el capital a la dinámica que desataría -no sólo en Brasil- un gobierno del PT, incluso con las posiciones de la actual mayoría en la dirección). La estabilidad, desde luego, era la condición de esa victoria.

Mientras tanto, la deuda externa y sobre todo la deuda interna, crecía a ritmo demencial y para poder retener a los prestamistas, subían sin control las tasas, hasta llegar a más del 50% anual! (Para tener una idea: la tasa de interés de los bonos del Tesoro de Estados Unidos son de poco más del 5%; la tasa real anual en Europa es del 3% y en Japón es negativa). Durante el período del Real, la deuda pública en títulos creció un 424%. Paralelamente, desde diciembre del 95 se habían vendido empresas del Estado por unos 85 mil millones de reales; de esa suma, 30 mil millones fueron para pagar la deuda. En noviembre del 98 la deuda interna sumaba sumaba 378 mil millones. Tras la devaluación, se la estima en un equivalente a 270 mil millones de dólares. El total de la deuda pública representaba en noviembre pasado el 41,9% del PBI. No está calculado el porcentaje luego de la devaluación, pero se lo estima en más del 50%. Según el ministro de Hacienda Pedro Malan, la intención es «estabilizar la deuda en el 46,5% del PBI para el 2001». Pero Malan, como se verá, no parece estar en condiciones de hacer ningún pronóstico.

Este endeudamiento sin control es la contracara necesaria de la estabilidad. Lo mismo vale para Argentina, aunque el proceso ocurra de otra manera y en otras dimensiones.

El costo es irracional antes aun de traducirse plenamente en costo social. Según datos oficiales, durante 1997 el país pagó 45 mil millones de reales (en esa fecha casi a la par con el dólar) sólo por intereses de la deuda. De enero a noviembre de 1998 se habían pagado 65.740 millones de reales. Ahora, con la devaluación y el aumento extra de las tasas, los montos a pagar durante 1999 son incalculables. Estimaciones creíbles indican que este año para pagar los compromisos externos e internos en divisas el Estado tiene un déficit de 59 mil millones de dólares. Esto es: durante 1999, los prestamistas extranjeros o locales deberán concurrir con esa suma al tesoro nacional o… Cardoso deberá dejar de pagar; asumir de hecho una moratoria de la deuda (*). Otra manera de reducir esa cifra sería que una parte de la deuda interna (la que no está indexada con respecto al dólar) fuera devorada por una hiperinflación. Aún así, dado que la porción no indexada es relativamente pequeña, el Estado no resolvería el peligro de tener que declararse en situación de no pagar a sus acreedores. En cualquier caso, está abierta la posibilidad de una suba inflacionaria de proporciones hoy imprevisibles pero que no excluye la hiperinflación. Ya los precios de la canasta familiar han aumentado en el orden del 20%; para enero, oficialmente se registra un alza de precios del 3,3%. La FIESP (Federación de Industria del Estado de São Paulo) indica que la producción industrial cayó el 1,9% en 1998. Estimaciones de los más diversos orígenes coinciden en prever que el PBI brasileño caerá durante el año en curso en más del 5%. Ya disminuyó en 60 mil el número de obreros de la industria automotriz.

A la fecha, el dólar cuesta 1,92 reales. Hay consenso en que el precio justo debería ser entre 1,60 y 1,70. Pero se espera que luego del feriado de carnaval continúe en alza. Una misión del FMI, que al mejor estilo argentino de los últimos tiempos vino y se instaló durante una semana en los edificios oficiales de Brasilia (Malan tuvo la curiosa iniciativa de dar una conferencia de prensa conjunta con el vicepresidente del Fondo, Stanley Fisher, en la que éste hizo exigencias tales como recortar gastos, aumentar tasas, etc, mientras el ministro sonreía), se fue sin anunciar acuerdos en las medidas planteadas como condición para liberar el segundo tramo, por unos 9 mil millones de dólares, del préstamo de emergencia por 42 mil millones con el que socorrió al gobierno de Cardoso antes de que éste fuera reelecto y mientras se fugaban del país… 50 mil millones.

 

Zarpazo imprevisto

Nadie -y menos que nadie los operadores de las grandes finanzas internacionales- dudaba que el real debía ser devaluado en considerables proporciones luego de las elecciones. Pero lo que sí resulta dudoso es que los grandes empresarios y los políticos a su servicio supusieran lo que ocurriría con la devaluación. Porque, he aquí que luego de que el Banco Central decretó la flotación cambiaria y el dólar pasó de 1,2 reales a alrededor de 2, en dos semanas fue cambiado por segunda vez el presidente del BC y el 2 de febrero fue designado como titular… un empleado de George Soros!

Que el embajador de Estados Unidos en Argentina participara en las reuniones de gabinete del gobierno peronista cuando se inició la fase final del saqueo generalizado es sin duda un rasgo sorprendente de los tiempos que corren. Pero que un especulador internacional dirija a través de uno de sus empleados la política monetaria de un país como Brasil… excede el límite de aceptable como «normalidad institucional».

El ministro Malan se opuso a todos estos últimos movimientos. Perdió sin atenuantes. Un ala llamada «desarrollista», personificada en el ministro de Salud, José Serra, ha sido aplastada por esta última ofensiva. A Serra se le atribuye la condición de portavoz de la FIESP. Es impensable que con esta derrota termine la batalla.

A estar por la prensa, sin embargo, tras un primer momento (24 horas) de estupefacción y rechazo, dirigentes empresariales, políticos, periodistas y analistas, morigeraron su gesto de repulsa, bajaron el tono de su protesta, comenzaron a marcar el paso. Sería interesante saber qué ofrece a cambio en flamante presidente del BC. (El día en que se redacta este informe, la prensa local trae una noticia que difícilmente pueda sorprender a nadie, pero que en todo caso es imposible de digerir una vez hecha pública: el economista estadounidense Paul Krugman denuncia que el viernes anterior a la asunción del empleado de Soros en BC, éste compró «grandes cantidades de títulos de la deuda externa de Brasil» cuando estos caían a toda velocidad mientras se difundía el rumor de que habría feriado cambiario y se decretaría una moratoria que el propio presidente incentivó al anunciar, el sábado 30, que «no habrá moratoria»).

 

Crisis política

Como es obvio en el cuadro descripto, el país ha ingresado en un estado de crisis política con pronóstico imprevisible.

No puede sorprender que esta crisis no se manifieste en demandas sociales y movilizaciones de masas encabezadas por las organizaciones sindicales y el PT, sino mediante una forma singular: la rebelión de los Estados (provincias), encabezados por el ex presidente Itamar Franco, actual gobernador de Minas Gerais, el segundo Estado en importancia económica y política de la Federación.

Franco desató el mes pasado una confrontación que está lejos de resolverse cuando se negó a pagar las deudas del Estado con la Federación. Inmediatamente se le sumaron otros cinco gobernadores, todos ellos de oposición. Hay que recordar que entre estos se cuenta el de Rio Grande do Sul, cuyo gobernador, Olivio Dutra expresa un PT en el cual -en ese Estado- las tendencias de izquierda del partido suman más del 70% (la campaña de Dutra fue boicoteada con los peores métodos por la derecha del partido a nivel local, que naturalmente tuvo para ello el apoyo de la prensa burguesa).

Como quiera que este componente le da al bloque de gobernadores un carácter complejo, es obvio que la confrontación se da en el terreno de la clase dominante y su disputa interna. Es decir: pese a la naturaleza de la crisis económica, pese a la existencia de un PT que obtuvo un alto porcentaje de votos y pese a la existencia de poderosas organizaciones sindicales, la burguesía mantiene hasta ahora sin disputa la iniciativa política.

Franco es la vanguardia indiscutible de esta confrontación. Luego de haberse declarado en rebeldía frente al gobierno nacional, se negó a pagar un compromiso externo de Minas Gerais, obligando a Brasilia a cubrir en su lugar la factura para evitar un nuevo recalentamiento de la crisis con los capitales especulativos. Para contrapesar, el BC congeló los fondos del Estado de Minas en todos los bancos del territorio nacional. Franco apeló a un gesto que ni siquiera en una personas tan peculiar como él puede pasar como mera extravagancia: convocó a una reunión secreta a los mandos de la policía militar, emitió una proclama en la que con tono épico convoca a «los montañeses» (identificación de los mineros en las antiguas luchas internas de Brasil) frente al ataque del gobierno central y alentó movilizaciones juveniles y populares en apoyo de su actitud.

La prensa conservadora lanza rayos y centellas contra Franco. Y en ningún sector del espectro consultado se interpreta esto como expresión de una fracción de una burguesía que se prepara a resistir en toda la línea a la nueva situación simbolizada con el empleado de Soros al mando de las cuentas nacionales. Con las reservas del caso, nos permitimos disentir de esta opinión generalizada: con carácter de necesidad esto debe ocurrir. Que sea o no Franco su abanderado, que sea en continuidad de esta rebelión de seis Estados o por cualquier otra vía, nuestra caracterización general de la situación internacional y latinoamericana encuentra en hechos como los descriptos una confirmación de un agravamiento de la lucha interburguesa e interimperialista que no puede dejar de tener consecuencias y que, para alarma de quienes comprenden lo que esto significa, expresa la iniciativa de la burguesía y la pasividad, la confusión -y en algunos casos algo peor- de las fuerzas que deberían representar a la clase obrera y al pueblo.

 

El papel actual de la CUT

El impacto de la devaluación y la inmediata caída del giro económico sobre los trabajadores fue tremendo. Sólo la empresa Ford decidió el despido de 2800 obreros. Es innumerable el número de empresas que cesantearon y a la vez redoblaron la explotación mediante rebajas salariales y la aplicación de diversas formas de «flexibilización» allí donde no se había logrado imponerlas. Pero conviene focalizar en el conflicto de Ford para tener una idea de lo que ocurre.

En este caso, se conjugan de una manera difícil de sopesar los factores negativos y los positivos. Cuando se conoció el despido de 2800 obreros, la planta fue tomada, con participación de las familias de los trabajadores. Y se intentó continuar con la producción. El rol de las mujeres y los chicos, sin ser completamente nuevo, imprime un tono diferente a esta lucha. Mientras tanto, la dirección del sindicato (afiliado a la CUT, y en San Bernardo, cuna de las grandes huelgas metalúrgicas y del PT), negociaba una solución con la patronal.

Según informes confiables, durante un período largo las bases querían linchar a sus dirigentes cuando éstos, para resistir medidas de flexibilización o despidos, convocaban a luchar. Ese período parece haber terminado y no sólo en Ford: en otras seis fábricas importantes, ante planteos de flexibilización o despidos, se logró realizar plebiscitos y en estos se impuso la oposición a la flexibilización en cinco de los seis casos.

Pero si en la clase se comprobó un cambio en cuanto a la combatividad y la actitud general frente al chantaje patronal, en la dirección sindical el cambio se dio en sentido inverso.

La dirección del sindicato de metalúrgicos de San Bernardo ha superado en esta oportunidad todo lo imaginable, incluso para quienes saben qué son los burócratas sindicales en Argentina. El 3 de febrero se llegó a un acuerdo tras 48 días sin producir (sumando vacaciones, licenciamientos y los días de ocupación). El acuerdo firmado por el sindicato y presentado como una gran victoria (al parecer un sector del propio movimiento obrero lo entiende así) abre un paréntesis hasta el próximo día 22, cuando se replantea la negociación de los despidos. Hasta el 12 se abrió una lista de retiros voluntarios. Luiz Marinho, presidente de los metalúrgicos de ABC, aclamado por la prensa más reaccionaria, explica que a partir del 22 no se discutirá sobre 2800 despidos «porque optarán por el retiro como mínimo 900 obreros». Además (hay que respirar antes de leer esto) «más de 700 dejarán la empresa, porque ya no tenían interés en luchar por sus empleos como los demás». El sindicato se compromete explícitamente a contribuir para hallar a los postulantes al despido encubierto. En consecuencia «será más fácil negociar en torno de los 1200 restantes».

Esto no es todo: este individuo, miembro además de la dirección de la CUT, se abocó a una sucesión de entrevistas con autoridades gubernamentales, incluido Cardoso, a fin de obtener descuentos en los impuestos a la producción automotriz. Lo consiguió. Y una nueva oleada de loas ocupó a periodistas, analistas y políticos que saludan la «madurez» de esta dirección. Faltaba algo: Marinho viajará a Estados Unidos para reunirse con las autoridades de la casa matriz de Ford y explicarles que (cita textual del artículo publicado en O Estado de São Paulo, 14/2) «La empresa se equivocó en la elección del mix de producción (solamente autos populares, con bajo margen de ganancia, mientras que el Escort pasó a ser montado en Argentina y los modelos más sofisticados fueron importados)».

No contento con asesorar a los economistas de la casa central de la Ford (conocemos de cerca el papel ridículo de dirigentes sindicales que pierden todo contacto con la realidad en su afán por agradar a los de arriba y sentir que lo tratan como un igual), Marinho coronó su ignominiosa conducta con una propuesta que hoy domingo mereció el principal título de tapa del principal diario del país «Líder de la CUT está contra el salario indexado». En su declaración Marinho explica que es preciso evitar la inflación a todo precio y por ello se opone a la suba de salarios.

Por azar, en la misma primera plana en que reproduce los argumentos de Marinho, O Estado de São Paulo anuncia que el precio del diario pasa de 2 a 2,50 reales y explica, con riguroso apego a la realidad económica, por qué no tiene otro remedio que hacerlo.

Con esta línea de acción, el dirigente de la CUT asume la posición de otra central, Fuerza Sindical, explícitamente patronal y dirigida por los peores burócratas del período anterior a la fundación de la CUT y abre una crisis interna en la CUT, no ya con la izquierda, sino con la mayoría de la actual mayoría en la dirección (Articulación sindical).

Por otro lado, como se ha adelantado, no sólo existen seccionales y direcciones intermedias que mantienen los principios clasistas y la voluntad combativa en la CUT, sino que en su interior hay corrientes organizadas con tales posiciones. Y si bien desde nuestro punto de observación no se percibe una política que logre aunar esas fuerzas y llevar adelante el combate ideológico, político y organizativo planteado, es previsible un aumento en la lucha social y, al compás y con el grado de exigencia que ésta presente, un debate que exceda el marco sindical.

 

El PT

En ese sentido, tiene la mayor importancia recordar que dentro del PT la mayoría de la actual dirección lo es sólo con el 51% de los votos. El peso de la izquierda es muy grande y en varios puntos tiene sólida mayoría. Pero la izquierda misma no tiene cohesión ni presenta a la vista un programa de acción capaz de unificarla tras una política común en oposición a la actual dinámica de la mayoría.

Desde diferentes ángulos se admite que la convivencia de estos dos grandes bloques dentro de un mismo partido es, a término, imposible. Pero desde ambos se vacila a la hora de tomar una decisión. La derecha, consciente de la fuerza numérica y política que tiene la izquierda, ha optado por un trabajo de desgaste, busca la explosión de conflictos puntuales y la salida de grupos relativamente pequeños. Pero no toma ninguna iniciativa mayor. Desde la izquierda, sobre la premisa de que las decisiones en el ámbito propio se toman con total prescindencia de la política oficial del partido -e incluso se hacen públicas con este criterio- se teme una ruptura que la deje al margen de lo que es hoy, fuera de toda duda, el punto de unidad social y política de los explotados y oprimidos del país.

Mientras tanto, se ha formado un suerte de «coordinación», denominada Consulta Popular, que incluye a los Sin Tierra, un sector de la iglesia y la llamada Articulación de Izquierda (escisión de la antigua mayoría partidaria). La tesitura de esta Consulta Popular es permanecer -por el momento- dentro del PT, pero no dar la batalla interna y abocar todos los esfuerzos al trabajo de base y la organización propia. Las otras tendencias de izquierda no participan de esta Consulta Popular.

La dirección actual reconoce sin tapujos que no tiene trabajo de base ni estructura partidaria, y que su única fuerza reside en la figura histórica del partido apoyada en el aparato formado por los parlamentarios, gobernadores, etc (ámbito en el cual, téngase en cuenta, también la izquierda tiene puntos de apoyo significativos).

¿Cómo se desarrollará esta confrontación? Obviamente, la palabra de mayor peso la tendrá el curso de la crisis económica y política que por el momento, recién comienza. No hay que descartar que antes de julio el gobierno se vea en la obligación de declararse insolvente. Esto desataría una crisis política que podría plantear la caída del actual gobierno. Si el bloque de gobernadores o alguna otra articulación de la burguesía puede presentarse como solución y, como es previsible, arrastra a la actual mayoría en la conducción del PT, la situación de la izquierda sería extremadamente difícil: no podría permanecer bajo la actual dirección sin embarcarse abiertamente en una política contra las masas, y a la vez tendría dificultades serias para plantear una política por fuera del PT, puesto que en ese cuadro no tendría la iniciativa.

Prepararse para ganar esa iniciativa antes de que los hechos lo hagan impostergable sería lo deseable, pero hasta donde podemos ver, no hay un plan en curso para eso. Si Consulta Popular lo tiene, no es evidente para la masa de activistas y cuadros en franca rebeldía contra la política de la mayoría en la dirección del PT.

De tal modo, parece evidente que, de una parte, mucho de lo que aquí ocurra estará en dependencia de la marcha espontánea de la crisis y, de otra, que el desarrollo -negativo o positivo- de las fuerzas revolucionarias marxistas en la región pesará en la resolución de este combate que, en sustancia, es el que la vanguardia afronta en Uruguay, Argentina y Paraguay, para limitarnos al área más inmediata.

 

Rebelión de masas en Ecuador(5)

Por segunda vez en poco más de un año, una sublevación de masas puso al Estado ecuatoriano al borde de la desarticulación. El asesinato del dirigente sindical Saúl Cañar en octubre pasado, continuidad de una ola de violencia contra campesinos, obreros, estudiantes y militantes políticos, mostró ya un clima social presto a retomar la línea de manifestaciones masivas que culminó con la destitución de Abdalá Bucaram.

Desde el comienzo mismo del año en curso esa tendencia se hizo más marcada. Y es en este cuadro que el 17 de febrero, mediante un grupo comando de inequívoca filiación parapolicial, fue asesinado Jaime Hurtado González, diputado nacional por el Movimiento Democrático Popular. Junto a este conocido militante cayeron abatidos su sobrino Wellington Rojas y su reemplazante como diputado alterno, Joel Tapia, también integrante del MDP.

Estos crímenes enervaron al conjunto de la sociedad. El sábado 20 un tumultuosa reunión de organizaciones de diverso tipo (Frente Popular, Frente Unitario de Trabajadores, Coordinadora de Movimientos Sociales, organizaciones de Derechos Humanos, de los pequeños comerciantes, Coordinadora de Organizaciones Populares, Coordinadora Política de Mujeres, etc), debatió y acordó un plan de lucha. «Luis Villacís, presidente del Frente Popular, pidió a los asistentes que con el puño en alto ratifiquen la decisión de ir a una huelga general Por la Vida, Contra el Crimen y la Impunidad. La respuesta fue unánime», afirma el periódico En Marcha.

Según esta publicación, que responde al Partido Comunista Marxista Leninista de Ecuador, «A propuesta del Frente Popular, se aceptó que el paro se extienda por 48 horas y se conforme una Comisión de Vigilancia sobre las investigaciones policiales conformada por personas de amplio respeto y confiabilidad. Iván Narváez, a nombre de los trabajadores de la Federación de Trabajadores del Petróleo y de la Coordinadora de Movimientos Sociales, habló de la importancia de reconocer y respetar las diferencias de opinión que pueden haber entre las organizaciones populares, como requisito para la unidad. (…) Narváez informó que los trabajadores petroleros en una demostración de alta conciencia para defender la empresa estatal, renunciarían al incremento salarial con la condición de que esos recursos se entreguen al magisterio nacional».

Finalmente se acordó un plan de lucha que culminaría con un Paro Nacional Preventivo para los días 10 y 11 de marzo. La huelga se llevó a cabo con altos niveles de acatamiento, tal como lo reconoció con evidentes signos de alarma la prensa comercial.

Al hacer el balance de la medida de lucha, el Frente Patriótico reclamó la renuncia del presidente Jamil Mahuad, para dar paso a un «gobierno de concertación nacional». Según los portavoces del FP -hegemonizado por el PCMLE- cabría a tal gobierno «definir un nuevo modelo de desarrollo alternativo al neoliberalismo», con consignas tales como suspensión de las privatizaciones y los incrementos de los precios de los servicios básicos; y moratoria del pago de la deuda externa.

Esa misma noche, convenientemente alentado por Washington, Mahuad intentó apagar el fuego arrojando más combustible a la protesta: habló al país para anunciar un brutal paquete de medidas económicas típicas de las órdenes dadas por el FMI. Una nueva marejada de indignación recorrió al país. El FUT llamó a la desobediencia civil. Los campesinos organizados declararon otro paro nacional y organizaciones indígenas convocaron a un «levantamiento nacional» que de inmediato comenzaron a poner en práctica con cortes de rutas, barricadas y luchas de calles en prácticamente todo el país.

El gobierno declaró el estado de emergencia; se difundieron noticias relativas a hondas fracturas en las fuerzas armadas, rebeldía en jefes intermedios contrarios a asumir la represión y preparativos de golpe de Estado.

Desde Washington le había llegado a Mahuad el siguiente telegrama: «Hemos pedido al embajador Alexander que regrese a Quito, de sus vacaciones lo más pronto posible. Confiamos en que todo el sector político trabajará conjuntamente con el Gobierno (…) Estados Unidos alienta los esfuerzos del presidente Mahuad para instituir las reformas económicas (…) Esperamos que el Gobierno concluya su trato con el FMI (…) Es un momento para buscar consensos y no ventaja política partidista». Se trata de la misma fórmula utilizada por la Casa Blanca para afrontar la crisis idéntica en sustancia en todos los puntos cardinales.

Durante el segundo día de la huelga -horas antes de los explosivos anuncios del presidente- tuvo lugar un hecho político significativa: se constituyó el Congreso del Pueblo, integrado por una amplísima gama de organizaciones sociales y políticas. Al hacer el balance de la huelga y describir el cuadro de situación, este bloque presentó un programa considerablemente articulado. Convencidos de que el debate teórico y político lo requiere, reproducimos fragmentos del documento:

«Esta situación de inestabilidad hace el juego a los afanes golpistas de sectores de ultraderecha, que recurren cada vez más a la violencia, con grave riesgo para la débil y restringida estabilidad democrática. Esta realidad requiere un cambio profundo. Exige el concurso de todas las fuerzas sociales y políticas que claman por una salida democrática, en defensa de la vida de todos los ecuatorianos. Para lograrlo, convocamos a la Iglesia, los medios de comunicación, las Fuerzas Armadas, las universidades y escuelas politécnicas, los empresarios, los actores sociales y las fuerzas políticas democráticas con el fin de impulsar un verdadero Acuerdo Nacional, que nos permita, en forma urgente, enfrentar la crisis sin descuidar nuestros graves problemas estructurales y que, de ninguna manera, puede ser manipulado como respaldo al actual modelo neoliberal. Acuerdo Nacional que debe dar paso a un proceso de transformaciones profundas de las actuales estructuras socioeconómicas y políticas.

Por lo tanto proponemos:

1. Parar la violencia, la agresión de grupos paramilitares nacionales o extranjeros, y la creciente represión estatal, así como rechazar la presencia de cualquier tipo de base militar extranjera en el territorio nacional, (…) esclarecimiento y el castigo de los asesinatos del diputado Jaime Hurtado y sus compañeros, así como del sindicalista Saúl Cañar (…) libertad inmediata de todos los detenidos en las jornadas de lucha de los días 10 y 11 de marzo.

2. Defender la plena vigencia de los derechos democráticos y libertades públicas, el respeto de los derechos humanos y la vida del pueblo; así como la vigencia, respeto y devolución de los derechos laborales, de libre asociación, contratación colectiva, reclamación, huelga y estabilidad laboral.

3. Defender y consolidar un auténtico sistema democrático, oponiéndose a cualquier intento de desestabilización institucional y toda forma autoritaria de gobierno.

4. Luchar en forma efectiva contra la corrupción, mediante una agenda concreta y evaluable, en la cual debe haber una activa participación de la sociedad.

5. Propiciar, como parte del amplio diálogo nacional, que incluya a todos los sectores de la sociedad, la definición de un nuevo rumbo socioeconómico.

Para enfrentar la actual crisis económica hacemos los siguientes planteamientos puntuales, destinados a reducir la inflación y simultáneamente reactivar el aparato productivo, sobre bases de equidad

y sustentabilidad:

1.1 Ingresos

a) Reforma tributaria:

– Restituir el Impuesto a la Renta (…)

– será deducible del pago del

– Eliminar las exenciones al IVA, excepto en alimentos y medicamentos.

– Establecer un impuesto progresivo a los vehículos privados de lujo (…)

– Legislar la prisión para los evasores (…)

– Sancionar a quienes especularon con el dólar u obtuvieron ganancias

ilegítimas, antes y a partir de la flotación (…)

b) Aranceles

– Eliminar las exenciones aduaneras (…)

– Erradicar la corrupción (…)

c) Política petrolera

– Suspender inmediatamente las mezclas de crudos que ocasionan pérdidas de cientos de millones de dólares al país.

– Vender el crudo liviano de Petroecuador a las empresas extranjeras que quieran mezclarlos con su propia producción.

– Entregar petróleo liviano a la Refinería de Esmeraldas para mejorar la producción de derivados en cantidad y calidad con el consiguiente ahorro de divisas.

– Vender sin intermediarios el petróleo de Petroecuador.

– Priorizar el transporte de crudo liviano por el Oleoducto Transecuatoriano.

– Revisar la contratación petrolera con las empresas privadas con criterios económicos, sociales y ambientales.

– Corregir las causas de la drástica reducción de los impuestos a las compañías extranjeras (…)

d) Política de precios de la energía

– Suspender el incremento mensual de precios de los derivados del petróleo y de las tarifas de la electricidad, sustituyéndolo con reajustes trimestrales, que tengan criterios económicos, sociales, ambientales y no sólo fiscales; impidiendo que estos precios y tarifas superen el nivel internacional.

1.2 Egresos

a) Reestructuración del servicio de la deuda pública

– Plantear con firmeza en el contexto internacional una suspensión

temporal del servicio de la deuda externa (…)

– Alentar todas las campañas internacionales para el logro de condonación masiva de la deuda externa de los países subdesarrollados y el cobro de la deuda ecológica (…)

b) Racionalización del gasto público

(…)

2. Sistema monetario y financiero

a) Establecimiento temporal de un sistema de control de cambios

– Definir un adecuado presupuesto (…)

– Controlar la tenencia de divisas por parte de los bancos privados.

– Rechazar enérgicamente la convertibilidad como mecanismo orientado a profundizar el modelo neoliberal.

b) Reducción de las tasas de interés

(…)

– Modernizar y capitalizar al BNF y la CFN.

– Entregar directamente créditos al sector productivo –con tasas de interés reales, pero diferenciadas-, priorizando a los artesanos, los pequeños comerciantes, las microempresas, así como a las empresas pequeñas y medianas del campo y la ciudad (…)

– Establecer un tratamiento financiero preferencial a las nacionalidades indígenas.

– Conceder líneas de crédito en dólares a los exportadores directamente a través de la CFN.

– Atender preferentemente las necesidades financieras de los pequeños y medianos productores agrícolas de la Costa afectados por el fenómeno de El Niño.

– Diseñar y aplicar una política agraria integral, que garantice la seguridad alimentaria, así como condiciones de trabajo dignas a los campesinos y las campesinas.

c) Reforma del sistema financiero

– Consolidar instituciones fuertes que funcionen exclusivamente como entidades bancarias o como casas de valores, definiendo en cada caso sus funciones específicas (…)

4. Reforma del Estado

(…)

5. Política salarial

– Proceder a la inmediata unificación salarial.

– Establecer una política salarial dinámica y justa para fortalecer la demanda interna, garantizando los pagos puntuales de los haberes de todos los trabajadores.

– Rechazar cualquier congelación o reducción de salarios a los servidores públicos, salvo de aquellos directivos y consultores con ingresos en dólares.

– Cumplir con los compromisos legalmente adquiridos para hacer realidad las mejoras salariales al magisterio.

– Ampliar el monto y la cobertura del «bono solidario», transformándolo en un derecho que garantice el ingreso vital mínimo de todos los ecuatorianos.

6. Reforma a la seguridad social

(…)»

Más allá de la imprescindible consideración minuciosa de cada punto de este programa, importa sobre todo la concepción que lo determina, plasmada en la consigna gubernamental: «un Gobierno de Salvación Nacional, que estaría conformado por las organizaciones populares, representantes de los movimientos indígena y negro, por los partidos políticos de oposición, representantes de las iglesias y de las Fuerzas Armadas», según la formulación del periódico En Marcha.

No hay respuestas lineales para una confrontación social de tamaña envergadura. Y es preciso partir de la certeza de que cualquier fórmula de gobierno puede, en sustancia, tener diferentes concepciones de poder. Por otro lado, no es sino con el máximo de respeto y consideración ante quienes están involucrados valientemente en el combate que puede hacerse un análisis de los hechos.

Con tales basamentos, corresponde señalar la contradicción que observamos entre la agudísima crisis social, la imponente vitalidad del movimiento de masas, la polarización extrema de la confrontación y la propuesta de un esquema programático y de poder que reproduce la noción histórica de una revolución conducida por un bloque de clases cuyo programa contempla las demandas inmediatas de todos los explotados y oprimidos pero parte de los reclamos estructurales de una burguesía siempre dispuesta a negociar con su odiado pero ante todo admirado socio mayor.

El 17 de marzo el presidente estadounidense William Clinton envió un mensaje a Mahuad: «apoyo y admiro su valiente esfuerzo por construir una coalición política dispuesta a enfrentar el profundo problema económico del Ecuador. Estos esfuerzos en períodos de crisis no son desapercibidos por la comunidad mundial… A pesar de que los pasos a tomar serán muy duros, le animo a seguir trabajando con el Fondo Monetario Internacional (FMI) a fin de alcanzar un acuerdo. Estados Unidos está listo para que Ecuador enfrente este reto. Es vital que usted continúe trabajando por las reformas económicas necesarias para mantener el indeclinable compromiso del Ecuador hacia la democracia y el orden constitucional».

Tanto coraje, tanta admiración y tanto apoyo sólo depararon un fiasco más a Clinton: ante el vigor incontenible del movimiento de masas, el gobierno resolvió, en la Madrugada del 18, volver sobre sus propios pasos y no aplicar el plan económico anunciado una semana antes. No era sólo Mahuad quien retrocedía. Era una derrota más del imperialismo estadounidense.

Sin embargo, en la derrota, la Casa Blanca esgrime una carta de triunfo, como lo reconoce con objetividad el balance de En Marcha: «esta actitud del imperialismo norteamericano hizo que algunos sectores de la oposición burguesa pongan mayor límite a su acción».

En efecto: la crisis fue superada porque el imperialismo, aun al precio de un humillante paso atrás, logró rearmar el bloque burgués en torno al gobierno de Mahuad. El punto en cuestión no reside en este aspecto del desenlace circunstancial, sino en la postura, en la proyección estratégica, que los contendientes afirmaron en el fragor del combate. Porque es allí donde se forjan los cuadros, las organizaciones y las estrategias.

No es preciso reiterar aquí los conceptos que sostenemos al respecto. Es imprescindible, sin embargo, comparar esta lucha del pueblo ecuatoriano y sus vanguardias con lo ocurrido, apenas días más tarde, en Paraguay. En definitiva, aunque en cuadros coyunturales completamente diferentes, se trata del mismo debate planteado en el PT de Brasil, en el FA de Uruguay y en el conjunto de los revolucionarios latinoamericanos.

 

Luz roja en Paraguay

A causa de esa íntima interdependencia en la evolución de todo el cuadro político regional, es imposible separar de este contexto la interpretación de los acontecimientos que culminaron con la caída del presidente paraguayo y la derrota del general Lino Oviedo.

Dos contendientes principales chocaron en marzo en Paraguay. La versión periodística de los hechos puede inducir una interpretación errónea acerca de quiénes eran los rivales en combate y cuál es el saldo al cabo de una semana de convulsión.

En apariencia, la confrontación fue entre dos sectores del Partido Colorado. Y el saldo una victoria «de la democracia». Hay pizcas de verdad en estas conclusiones. Pero han sido extrapoladas por confusión o por interés para desvirtuar la realidad y encubrir la dinámica social y política instalada en Paraguay.

La fractura y feroz confrontación entre camarillas en el aparato gobernante desde hace medio siglo está fuera de duda. Y la derrota de Oviedo es, también sin atenuantes, un golpe a la variante fascistoide esgrimida ante la coyuntura.

Pero tras los turbulentos acontecimientos emergen con claridad las figuras de las dos fuerzas que en realidad chocaron en marzo en las calles de Asunción: el campesinado paraguayo y el imperialismo estadounidense.

Todas las fracciones de la burguesía (incluida la representada por Oviedo y las que se presentan como oposición a través del Partido Liberal Radical Auténtico y el Encuentro Democrático -PLRA y ED) se sometieron al dictado de Washington, impuesto sin diplomacia por su embajadora.

Frente a este bloque, la Federación Nacional Campesina acaudilló al conjunto de fuerzas populares, le impuso a la burguesía una extraordinaria derrota táctica en el plano reivindicativo y fue el factor decisivo en la destitución del presidente Raúl Cubas Grau y la huida de Oviedo.

 

Los hechos

Una imponente columna de campesinos arribaba a Asunción en la mañana del 23 de marzo. La ya habitual manifestación anual tenía esta vez una consigna dominante: condonación de las deudas de los campesinos con el Banco Nacional de Fomento, el Crédito Agrícola de Habilitación y el Fondo de Desarrollo Campesino.

Mientras la caravana estimada por la prensa comercial en unas 35 mil personas se aproximaba a la capital del país, un comando asesinaba al vicepresidente del gobierno nacional Luis María Argaña. Con singular unanimidad el conjunto de la prensa y la oposición -con escasas excepciones- acusaron a Oviedo por el asesinato. La incriminación la tomó la prensa en todo el mundo y la repitieron analistas y comentaristas, también con apenas excepciones.

Como suele ocurrir en estos casos -aunque el fenómeno no es espontáneo- la muerte y las características del crimen relegaron la biografía de Argaña. Pese a su condición de antiguo y fiel stronista, es decir, integrante del equipo encabezado por el ex dictador Alfredo Stroessner, Argaña fue presentado como mártir de la democracia. Stroessner, más un símbolo que una realidad dirigente, vive exiliado en Brasil desde que fue destituido una década atrás mediante un golpe palaciego, precisamente con Oviedo como protagonista principal de la operación patrocinada por Estados Unidos.

Por una desgraciada combinación de manipulación informativa y predisposición de ciertas capas sociales a repetir el discurso de sus verdugos, las fuerzas progresistas y los medios de difusión transformaron en cuestión de horas a la facción stronista del Partido Colorado en paladín de la democracia y pusieron como eje de solución de la crisis la renuncia del presidente Raúl Cubas. En realidad, esta operación fue conducida sin mayor recato diplomático, por la señora Maura Harty, embajadora de Estados Unidos en Paraguay.

Cubas reemplazó como candidato a Oviedo, impedido de presentarse a los comicios de 1998 por la condena que pesaba sobre él a causa del alzamiento militar que lideró en 1996, cuando era jefe del ejército. Como tal -es decir, en representación de Oviedo- Cubas ganó las elecciones presidenciales con más del 50% de los votos.

El fervor democrático de las autoridades de Washington y su representante en Asunción no fue óbice para que este dato frenara el plan timoneado por Harty de restituir en el poder a la fracción stronista del partido Colorado. Esto fue exactamente lo que ocurrió cuando tras su forzada renuncia Cubas fue reemplazado por el hasta entonces jefe del Senado, Luis González Macchi.

Según las reglas impuestas por Estados Unidos mismo, cuando decidió realizar un golpe preventivo y sacarse de encima al impresentable Stroessner (recuérdese que, a la sazón, caían víctimas de formidables movimientos de masas el presidente de Filipinas Ferdinando Marcos y el de Haití, Francois Duvalier), la legitimidad de Cubas es incuestionable.

Pero Washington no impulsó únicamente la destitución del personero de Oviedo, sino la constitución de un gobierno de coalición, en la que la fracción stronista del coloradismo deberá converger con toda la oposición burguesa (muchos de cuyos integrantes fueron víctimas de la brutalidad del régimen dictatorial).

Si se cumplen los acuerdos que dieron lugar a la solución de la crisis, el 14 de mayo se anunciará formalmente el llamado a elecciones presidenciales para el 21 de noviembre próximo. Aquel acuerdo -en todo caso de muy difícil realización plena- parte de una fórmula acordada sobre la base de un gobierno de coalición, es decir, un intento de recomposición de las ya descontroladas fracciones burguesas en pugna, bajo el dedo admonitor de la Sra. Harty.

Innecesario subrayar que quien sea que haya ordenado el asesinato de Argaña, o bien tuvo un exacto sentido de la oportunidad, o bien carece de la más elemental capacidad de análisis. Según se responda a esta alternativa, se apuntará en una u otra dirección al buscar al instigador del crimen.

 

Lucha de clases

Hay otros puntos de apoyo, sin embargo, para comprender de dónde proviene la mano que encendió la mecha.

Una operación política múltiple intentó servirse de la movilización campesina para el objetivo descripto. Definido de antemano el asesinato de Argaña como un atentado contra la democracia perpetrado por la fracción del Partido Colorado que encabeza Oviedo, quedó instalado, como contrapartida, que la defensa de la democracia consistía en derrocar a Cubas y deshacerse del general conflictivo.

Envuelta en esta bandera de convocantes colores, apareció de súbito una organización denominada Juventud Democrática, catapultada al primer plano de protagonismo por la prensa comercial internacional.

Esta formación estuvo integrada por militantes de la corriente de Argaña, del PLRA y del ED. Y, según informan dirigentes de los 35 mil campesinos que se encontraron con este colapso político a las puertas del gobierno, nunca sobrepasaron el número de 200 personas. Fueron, sí, la vanguardia en el enfrentamiento inicial con la policía por un lado, y en el intento de arrastrar a la masa campesina contra Cubas.

Simultáneamente y desde todos los ángulos los campesinos y sus dirigentes fueron instados a deponer la consigna por la cual habían marchado sobre Asunción, para plegarse al «reclamo democrático».

Es en este punto que se produce un fenómeno digno de estudio y admiración: la dirección de la FNC mantuvo su demanda central, condenó a Oviedo, tomó distancia de los episodios encabezados por la Juventud Democrática -incluso en términos físicos, porque se retiró del centro de los enfrentamientos-, resistió los embates de ésta, que intentó agitar a los campesinos y lanzarlos contra el Congreso (hecho más significativo aún porque, cuando la policía, bajo control de la fracción de Oviedo, cargó contra los jóvenes, los campesinos los protegieron abriéndoles paso en el vallado formado por miles de campesinos con garrotes que garantizaban la seguridad de la concentración), no cedió cuando esta presión la ejerció personal y directamente el secretario general de la Central Unitaria de Trabajadores, Alan Flores, quien tras convocar a una huelga general por tiempo indeterminado exigió que la FNC depusiera su consigna de condonación de deudas y volcara todo su peso para lograr el juicio político y la destitución de Cubas.

País predominantemente campesino, Paraguay estuvo más que nunca en estos días a merced de la decisión que tomaran los dirigentes reales de esa masa de 35 mil personas que ocupaban la capital.

Teoría y experiencia histórica señalan la volubilidad ideológica e inconsistencia política de la clase campesina en términos históricos. A menudo se tiene menos en cuenta, sin embargo, que con una conducción basada en la concepción de que la clase obrera es el eje de la revolución social, no sólo el campesinado sin tierra sino los pequeños propietarios rurales y urbanos pueden cumplir un papel decisivo y constituyen una fuerza imprescindible e inalienable en cualquier estrategia seria de lucha por el poder.

Es por demás significativo el comunicado emitido por el Movimiento Popular Revolucionario Paraguay Pyahurá (MPRPP) en medio de la conmoción, porque algunos de sus cuadros son precisamente los principales dirigentes de la Federación Nacional Campesina:

«Ante la situación criminal en la que derivó la larga crisis política entre sectores económicos de la clase dominante ligadas a distintas fuerzas externas, el MPRPP expresa cuanto sigue:

1. Su enérgico repudio a la acción terrorista que acabó con la vida del vicepresidente de la República. Esta metodología fascista del asesinato político no es sorpresa para el pueblo paraguayo, ya que sólo en los últimos años fueron vilmente asesinados 32 campesinos, crímenes cometidos por paramilitares contratados por latifundistas y que el Estado que representa a los mismos, a pesar de las múltiples denuncias y la continuidad de los asesinatos, no lo desmanteló.

2. Así también, está demostrado que en toda la historia, cuando la lucha entre los sectores de poder llega a niveles elevados, así como pisotean sus propias leyes y constituciones, recurren al terrorismo y al asesinato.

3. Está demostrado que los Partido que están administrando el Estado, ni sus fracciones internas, garantizan la vigencia de las pocas libertades que se consiguieron gracias a la lucha de nuestro pueblo y mucho menos la solución de los graves problemas sociales y económicos.

Ante la situación mencionada, plantea:

Primero: Que la Cámara de Senadores y Diputados en esta situación actual concretice la democracia para los campesinos en lucha y acceda a la solicitud basada en la Condonación de la Deuda del pequeño y mediano productor, como parte de la necesaria reactivación productiva en el campo.

Segundo: Que los sectores populares, obreros, campesinos y jóvenes no se conviertan en el instrumento de presión que dirima las contradicciones entre sectores oligárquicos cuyos intereses nada tienen que ver con el pueblo.

Por lo tanto, impulsemos un plan de lucha de masas que expulse al títere fascista y petulante Ingeniero Raúl Cubas, pero condicionado a la convocatoria inmediata en 60 días de una Asamblea Nacional Constituyente que cambie el carácter del Estado actual, cuya característica perversa y antinacional es la que habilita la permanencia de estas condiciones.

Es necesario que los obreros, campesinos y trabajadores en general elaboremos una política propia e independiente de los sectores dominantes que posibilite avanzar en nuestras propias reivindicaciones y dejar de ser furgón de cola de uno u otro sector de las clases dominantes.

Sería altamente instructivo que la militancia en Argentina -y en otros países de la región y fuera de ella- asimilara hasta la última conclusión la diferencia entre los volantes que está acostumbrada a leer y esta proclama de independencia clasista y voluntad revolucionaria lanzada en medio de un combate de masas. Es la distancia que hay entre la palabra vacía y la voz con raíces y horizonte. Eladio Flecha y Alberto Areco, entre tantos otros anónimos dirigentes de la FNC, encarnaron esta política.

Así, la FNC alcanzó una extraordinaria victoria: entre la espada de Oviedo y la pared levantada por la masa campesina reunida a las puertas del Congreso, el viernes 26 de marzo diputados y senadores temblorosos alzaron la mano para votar a favor de la Condonación de Deudas, con una mezcla de contrariedad y espanto reflejada en sus rostros.

Bajo la misma presión, las clases dominantes votaron en su Parlamento este curioso y significativo texto: «Declárase legales todas las huelgas nacionales y sectoriales iniciadas a partir del 23 de marzo inclusive, con motivo de la grave convulsión que vive el país por el asesinato del vicepresidente de la República e inicio del juicio político al presidente de la República. Hasta tanto termine el citado juicio y se llegue a una solución acorde a derecho, en todo ese lapso ninguna huelga que se refiera al motivo arriba citado será calificada de ilegal ni podrá despedir, suspender, ni tomar represalia alguna contra los trabajadores, tanto del sector público como del privado».

He allí, resumidos como en un mural pintado por Diego Rivera, las masas en la calle, la lucha de clases en toda su extraordinaria vitalidad y complejidad, la fractura de la burguesía, la estrategia de independencia política en combate frontal contra el sistema, las políticas de conciliación de clases dentro de las filas obreras, la pavura y los pasos atrás de la burguesía y las inagotables maniobras del imperialismo y sus socios menores.

 

Saldo y perspectivas

Al día siguiente Cubas Grau era destituido; Oviedo había huido con rumbo a Buenos Aires, de acuerdo con la orden dada desde Washington al gobierno argentino, con sectores del cual, por lo demás, el militar paraguayo tiene lazos de unión en más de un sentido.

La masa campesina, siempre encolumnada, con inequívocos signos de alegría pero sin abandonar el cordón de seguridad demostrativo de algo más que precaución, acompañada por el aplauso de toda la población que la despedía, abandonó Asunción.

Luis González Macchi, stronista de rancia estirpo, asumía la presidencia con el apoyo del PLRA y el ED. Maura Harty recibía felicitaciones de Madeleine Albright, la secretaria de Estado estadounidense, en ese instante ocupada en explicar al mundo que se descargaban bombas sobre los albano-kosovares para defender sus derechos humanos.

No hubo victoria neta para nadie. Pero hubo derrotados sin atenuantes. Estados Unidos logró su doble objetivo de atar a todas las fracciones de la burguesía en un mismo paquete y a la vez sacar ventaja en su lucha con los capitales alemanes que intentan disputarle la hegemonía en aquel país. Los burgueses de Paraguay, en todas sus fracciones, mastican odio y frustración: contra su voluntad González Macchi y por orden de Harty debe llamar a elecciones, pese a que su interpretación de la Constitución le indica que debe completar el mandato de Cubas Grau. Oviedo no puede seguir argumentando que cuenta con el apoyo del campesinado (en cuyas filas obtuvo los votos que le dieron el triunfo a Cubas) y no parece en condiciones de ser, por todo un período, más que un exiliado de lujo. El PLRA y el ED van al gobierno de coalición como la oveja al matadero: con ojos desorbitados y sin una queja. Obreros y campesinos probaron la potencia de su propia fuerza, conquistaron inequívocas victorias, pero ven que el control político no sólo continúa ajeno a su voluntad, sino que se fortalece con la unidad a presión de la burguesía desperdigada.

Como el combate mismo, los puntos a favor se concentran en dos polos: el imperialismo y el campesinado organizado. Aquél, consumó su objetivo de soldar un bloque para enfrentar la crisis regional y local. Este, galvanizó sus fuerzas, midió sus capacidades, trazó en un combate de masas una línea de acción estratégica, reconoció a sus aliados y comprobó la imprescindible necesidad de plasmar esa política en la clase obrera, todavía hegemonizada por corrientes socialdemócratas impulsoras de la conciliación y orgánicamente amarradas a políticas imperialistas.

La crisis en Paraguay y su circunstancial desenlace cobra un relieve particular si se parte de la certeza de que la cruda intervención política de la embajada estadounidense en Asunción está dictada por las previsiones respecto de la evolución económica y política en Brasil y su impacto en toda la región. En la descontrolada fractura de la burguesía paraguaya y en presencia de un movimiento de masas en alza, con indicios ciertos de consolidación de una dirección anticapitalista consecuente, Washington vio una alarmante luz roja. Por ahora logró una pausa en amarillo titilante.

 

Argentina: coyuntura, perspectivas y tareas en 1999(6)

En respuesta a la Carta a los argentinos -publicada en nuestra edición anterior- aseveramos en agosto pasado que el Frepaso había cumplido su ciclo vital. El aplastante triunfo de la UCR en la elección interna de la Alianza, el 29 de noviembre, más que confirmar aquella interpretación, se transforma en inequívoco punto de definición para todo el activismo político, sindical, estudiantil y barrial.

De tal modo, la situación dada al inicio del ciclo Frente del Sur-Frente Grande-Frepaso-Alianza ya no es una situación potencial sino el centro de la coyuntura política. Esto significa que nuevamente está planteada en términos prácticos la necesidad de encauzar a una fuerza de masas, con eje en el proletariado y desplegada hacia todos los sectores de la sociedad golpeados por la crisis del capitalismo.

Para la clase obrera en general y el país en su conjunto, el signo que adopte la resolución de esta coyuntura será determinante en todo un período histórico. Por tanto, será determinante también -y previsiblemente definitivo- para la suerte de las organizaciones revolucionarias marxistas.

Es fundamental que la militancia tome conciencia de esto y actúe en consecuencia. Ningún esfuerzo será suficiente para afirmar esta convicción y transmitirla de modo claro y contundente.

Tal tarea, se desarrollará en un marco de agravamiento sistemático y acelerado de la crisis económica (el PBI caerá entre un 2 y 4% durante el año en curso) y las obvias consecuencias sociales.

 

La CTA después de la elección interna en la Alianza

Es en este terreno de crisis económica sostenida, constante riesgo de precipitación de acontecimientos descontrolados, agudización de las contradicciones interimperialistas y resurgimiento vigoroso de corrientes antimperialistas, por donde transitará la militancia revolucionaria marxista en el futuro inmediato, que tiene por delante una instancia concreta de lucha ideológica y política en el plano sindical, en la cual es necesario intervenir como alternativa política y no como mera referencia teórica.

El fiasco del Frepaso consuma el desastre al que ha llevado la conducción hegemónica de la CTA al sector más combativo del sindicalismo en los últimos siete años. De esto no se vuelve. Para ese equipo, la alternativa entre votar a De la Rúa o retornar a alguna eventual fractura del PJ son sólo dos vías para un mismo destino: su irreversible desaparición como dirección de recambio para el movimiento obrero.

Antes de analizar el cuadro que deja el naufragio, corresponde volver sobre un punto: la condena a la farsa del Luna Park que dio lugar a la CTA; la posición explicitada en Crítica(información y análisis agrupadas en el Nº 15 bajo el título De Congreso de Trabajadores a Central de dirigentes) y la línea de acción adoptada desde entonces.

Poner el eje estratégico en el proletariado industrial, en el partido de masas y en la independencia política, exigía entonces ser consecuentes a partir del hecho de que el sector productivo de la clase obrera no está en la CTA, que ésta no cuenta numéricamente frente al MTA y la CGT (ése, el numérico, es el dato crucial para posicionarse frente a una Central Sindical. Dicho más claramente: si una central fascista congregara a tres cuartas partes de los trabajadores, los revolucionarios deberían trabajar en ella y no en un pequeño aparato, incluso si éste tuviese posiciones correctas, lo que no es el caso), y además, la dirección se subordinaba a un partido burgués. Ante tal coyuntura, una organización revolucionaria marxista debe estar dispuesta incluso a ser diezmada por la presión exterior, antes que ser cómplice del tendido de una trampa para la clase obrera como lo fue el Frepaso y la posterior Alianza.

Hubo un precio a pagar por aquella decisión. Pero ahora, consumado el proceso, se replantea la posibilidad de que los cuadros, cuadros medios y activistas no involucrados en la toma de decisiones del grupo hegemónico, cambien de rumbo. Una instancia probablemente crucial en esta batalla será el Congreso que la CTA prepara para mayo en Mar del Plata.

La urgencia por adoptar algún curso de acción diferente acucia especialmente a la dirección de CTERA, que además de estar más expuesta que ATE como parte de la Alianza, ha recibido dos violentas bofetadas en pocos días: la derrota electoral a manos de un sector de la izquierda en Neuquén y, por derecha, el fracaso del contubernio para aprobar la ley de financiamiento educativo.

En cualquier caso, la CTA no sólo está anulada como conducción de recambio, sino que afronta un año de agudización de la crisis como base electoral de un partido y un candidato liberal, abiertamente comprometido con el imperialismo y el gran capital. De modo que aquellos componentes de la exangüe CTA que no estén dispuestos a inmolarse como defensores de De la Rúa, afrontan un ultimátum sin prórroga.

Este ultimátum no consiste en salir o quedarse en la CTA, sino en definir de manera pública y militante una línea de acción política independiente, de clase; es decir, involucrarse en la construcción de una herramienta política de los trabajadores.

En este punto, habrá un combate decisivo contra quienes ya proponen la variante reformista-populista. El desarrollo de los acontecimientos dirá si esa batalla se librará dentro de una misma instancia o desde estructuras diferentes. Para las organizaciones y cuadros empeñados en recomponer las fuerzas revolucionarias marxistas, prever, definir y acertar en relación con esto es cuestión de vida o muerte.

Aunque en condiciones diferentes, lo mismo ocurre para el MTA. Para la CGT, la situación es más simple: deberá resquebrajarse siguiendo la línea de división Menem-Duhalde, ambos con concepciones y métodos idénticos pero ahora expresando con mayor nitidez la fractura de los grandes grupos económicos.

 

¿Qué hacer frente a las elecciones?

Todo esto ocurre, además, enmarcado en las elecciones para renovar el gobierno nacional. Las elecciones de este año se dan en un cuadro singular. Lo dominante es la sistemática caída de la economía mundial. Esto no sólo determina en última instancia, sino que puede detonar situaciones puntuales. Pero a ello hay que sumarle una serie de factores, de diversa naturaleza y carácter:

  • agudización del debate y la confrontación interna en el PT de Brasil;
  • lo mismo en el FA de Uruguay, con el agravante de que también allí hay elecciones presidenciales y que el FA, espejando el proceso de la Alianza, pretende ganar y, aunque esa posibilidad se está desdibujando, no es descartable;
  • recalentamiento de la crisis política en Paraguay, con amenazas de confrontaciones armadas interburguesas que estallaron en marzo y se han postergado pero no resuelto;
  • desaparición del Frepaso por absorción a favor de un partido burgués y su representante más conservador;
  • impacto múltiple y diverso de las elecciones en Venezuela sobre los cuatro puntos señalados;
  • encrucijada sin salida para la CTA, obligada a identificarse con la derecha de la UCR o definirse en contra de la Alianza;
  • desaparición total de cualquier referencia popular, antimperialista, democrática, para las grandes masas;
  • punto extremo de crisis en las que fueran principales organizaciones de izquierda.

Esta combinación contribuye objetivamente a que la multiplicidad de tensiones sociales latentes, el descontento general y específicamente la situación de la juventud obrera, estudiantil y desocupada (en ese orden de importancia para nosotros, aunque previsiblemente en orden inverso en cuanto a su aparición en el escenario político), se expresen durante el año en curso en creciente rebeldía y eventuales estallidos puntuales.

En esta situación no hay una organización marxista capaz no ya de ponerse al frente -como dirección efectiva- de tal efervescencia social. Tampoco podría capitalizarla, al menos en la escala posible y necesaria. Al mismo tiempo, nada sería más erróneo y perjudicial que, acuciados por esta realidad incontrastable, ceder a la tentación de formas frentistas del tipo que fueren.

Hay un modo de resolver este dilema. O, al menos, de intentar hacerlo: replantear, pulir y esgrimir con el máximo de energía, el impulso por la construcción de una herramienta política de masas de los trabajadores y abocarse con el máximo de determinación a la recomposición de las fuerzas revolucionarias marxistas.

Programa de Acción y Herramienta Política de los Trabajadores

Es previsible que en el panorama descripto -tanto más si se formaliza la candidatura de Abel Posse en Buenos Aires- habrá una fuerza objetiva que impulse, ahora sin mediaciones, hacia la edificación de una herramienta política propia. Hay signos, aunque todavía sin suficiente carnadura social, de que esa dinámica está ya presente en sectores crecientes del activismo sindical, barrial y juvenil.

Esto presupone igualmente un margen muy amplio para una propuesta de voto programático o, como lo llamamos en 1997, Voto Protesta. Ahora es más sencillo conectar, ante las masas, la idea de voto protesta y herramienta política de los trabajadores. En este plano, frente a las tendencias abstencionistas y la inercia hacia un voto por alguna de las candidaturas de izquierda, corresponde un esfuerzo singular para intentar -aunque como punto de partida las condiciones son en extremo difíciles- un acuerdo de organizaciones y agrupamientos de izquierda, sindicalistas combativos y todo el espectro potencialmente dispuesto a asumir un programa independiente frente a las variantes del capital.

Ese intento unitario en torno de un programa es el primera paso a dar. Pero la primera condición para ello es señalar que una eventual imposibilidad de alcanzar un acuerdo frente a las elecciones no debe fracturar ni detener ni postergar el objetivo de edificar una herramienta política de masas de los trabajadores.

En cualquier caso, y sobre la base de exponer con toda claridad esto último, es necesario asumir una tarea de tipo agitativo que complemente la actividad propagandística a favor de un voto programático, o Voto Protesta: afiches, periódicos murales, pintadas, mariposas, actos relámpagos, habladas en colectivos y trenes, etc. Un punto a observar es la eventualidad de darle rostro y nombre a un Voto Protesta. Es decir, candidatos que se presentan defendiendo un programa al que llaman a votar, pero que por definición no pretenden ser elegidos a ningún cargo.

Es claro que si a esta propuesta no se suman partidos de izquierda, organizaciones sindicales, estudiantiles y barriales, no hay posibilidad de transponer la barrera de la propaganda a la agitación. Mucho más que en 1997, sin embargo, hay chances ciertas de concretar un bloque político de peso en torno a un voto programático.

La tarea por afirmar una instancia política de masas sobre bases clasistas, así como la necesidad de articular una campaña de agitación y propaganda en torno a las elecciones hacen más necesario que nunca un semanario con alcance de masas.

Con certeza es posible poner en movimiento una enorme fuerza militante no encuadrada si a una propuesta de construcción plural y de masas se la lleva a la práctica con métodos que de manera intransigente rechacen las prácticas manipulatorias de aparatos o personas educadas en ellos, que las reproducen bajo nuevos ropajes. Simultáneamente, mediante este conjunto de tareas la militancia marxista involucrada en ella debería hacer un esfuerzo especial para dar un paso efectivo en la recomposición de sus fuerzas (ver Carta abierta a la militancia).

El proletariado de Argentina y las apariencias engañosas

Frente a la brutal expresión de la crisis capitalista que ante los ojos del mundo se expone en la guerra contra Yugoslavia y su actualidad en toda América Latina, el proletariado y la vanguardia militante de Argentina tienen una responsabilidad. Aunque el estado actual de desarticulación y parálisis lleven a pensar lo contrario, la historia de organización y lucha de las masas en este país señalan al movimiento obrero y popular como el de más rica y avanzada tradición. Su situación actual resulta, como Crítica ha intentado explicarlo a lo largo de sus ediciones, de que tras las luchas que consumaron la ruptura histórica con las cadenas de la ideología burguesa y conciliacionista de clases impuesta durante cuarenta años por el peronismo, no pudo plasmar una organización política propia. Esa ausencia es el último dique de contención con el que cuentan la burguesía y el imperialismo. Por eso allí reside la tarea ante las masas.

Factores cuya descripción y enumeración no necesitamos repetir aquí, demoraron la irrupción de esa nueva fuerza política que de manera inconsciente pero evidente reclaman no sólo los trabajadores sino amplísimas capas de la sociedad y en especial la juventud. Esa demora, de enorme costo social, como está a la vista, entre otros muchos efectos que reclaman urgente análisis, produjo uno que también está ante los ojos: sobrepasó a una cantidad de sindicalistas combativos que no supieron o no quisieron romper con la línea de conciliación de clases y fueron arrastrados nada menos que por el ala derecha de la UCR. (No podría sorprender, dicho sea al pasar, que esto redundara en una nueva victoria electoral del PJ; sobre todo en Buenos Aires, donde la supuesta representante del progresismo lleva como vicegobernador a un conocido sostén político de la última dictadura).

Este fenómeno que arrastró en unos casos y paralizó en otros a valiosos dirigentes sindicales honestos y combativos, demoró la concreción de la construcción de una herramienta política de masas y dio un tiempo adicional a la burguesía. Pero a la vez polarizó y radicalizó al extremo cualquier resolución de la crisis. No es con dirigentes amarrados a la tercera vía de la socialdemocracia europea que se puede afirmar una dirección de masas. Mientras unos se hacen cómplices del imperialismo en la agresión devastadora contra Yugoslavia y no pocos avanzan hacia posiciones ultranacionalistas, a los restantes no les queda sino afirmarse en posiciones de clase y trazar líneas de acción intransigentes con cualquier forma de conciliación. Esta obligada radicalización ideológica y política está empujada con violencia, además, por la implacable crisis económica y los efectos sociales que provoca.

No hay vanguardias autoproclamadas. Ni aparatos con mayor o menor combustible ni estridencias de ningún género pueden reemplazar el hecho efectivo de ocupar la primera línea de las masas obreras y populares en un momento de crisis del sistema. Si es que están dispuestos a asumir este desafío histórico, quienes se consideran revolucionarios marxistas deben resolver urgente y simultáneamente las dos tareas claves: contribuir a la edificación de instrumentos de unidad social y política para la clase como tal y todos sus aliados actuales y potenciales; y recomponer sus fuerzas en tanto que marxistas en un genuino partido de los comunistas resuelto a plantear, no como un discurso, sino como una alternativa real, comprensible y asible para las masas, la lucha por el poder político y la abolición del capitalismo.

Notas:

1.- El texto a continuación está tomado de una exposición del autor, el 18 de diciembre de 1998, en la Universidad de los Trabajadores. La versión completa de aquella intervención fue publicada en Eslabón Nº 11/12.

2.- Durante el mes de marzo, en efecto, un acuerdo de la OPEP y otros países petroleros elevó el precio a 15-17 dólares por barril.

3.- Crítica Nº 10, página 233, punto 12

4.- Informe enviado desde Sao Paulo el 14 de febrero de 1999.

(*).- Dos meses después de redactado este informe, el diario Folha de São Paulo publicó una entrevista con el economista brasileño Celso Furtado: «Brasil camina hacia una moratoria de la deuda externa. Eso es una probabilidad. La factura que Brasil tiene que pagar este año es de 60 mil millones de dólares. El país no tiene de dónde sacar ese dinero. El país puede llegar a una situación en que la moratoria no sería el peor de los mundos (…) A Brasil lo están empujando a una moratoria. Entro en un proceso de endeudamiento permanente. El propio acuerdo con el FMI aumenta la deuda». Furtado, de 78 años, fue profesor de la Universidad de París y miembro de la Academia Brasileña de Letras; fue ministro de Planeamiento durante el gobierno de João Goulart (1961-64), y de Cultura, durante el gobierno de José Sarney (1985-90).

5.- Informes de corresponsales propios; de la agencia Pulsar; publicaciones del MDP y el PCMLE; de organizaciones de derechos humanos y de los diarios ecuatorianos El Comercio y Expreso.

6.- Documento presentado el 9 de diciembre de 1998. Completado luego de la devaluación en Brasil.

 

 

La otan en una ciénaga

Guerra en Europa: causas y perspectivas

porLBenCR

 

 

«en la conducta de la OTAN frente a Yugoslavia plasma ya la amenaza impensable hasta hace poco de una intervención militar de la Alianza imperialista en los conflictos generados por el intento de restaurar el capitalismo en Europa oriental y la URSS» (Crítica Nº 1; Octubre de 1991)

Ya ingresó en otro terreno la crisis del capitalismo: hay guerra en Europa. La Organización del Tratado del Atlántico Norte, nombre difuso para un aparato militar imperialista monolíticamente conducido por la clase dominante estadounidense, ha lanzado sus tropas contra un país ubicado en el corazón geográfico, político e histórico del exhausto continente.

Quienquiera que se ubique ante este conmocionante acontecimiento apartándose de una concepción de clase y materialista de la historia reproducirá, con mayor o menor conciencia, el penoso ejemplo de políticos e intelectuales hasta ahora recostados en el flanco progresista, que ante el dilema de un mundo en situación límite exponen opiniones y conductas durante mucho tiempo camufladas y encomiendan el futuro del hombre a los mandatarios del imperialismo(1).

Es por demás significativo que esta guerra particularmente cruel, en la que el agresor golpea a distancia y a resguardo, con desmedida capacidad de destrucción, se lleve a cabo en nombre de los derechos humanos. Ya está a la vista del mundo que las primeras víctimas de esta guerra fueron centenares de miles de albano-kosovares. Sólo después de provocar la destrucción, el horror y el éxodo masivo de quienes constituían el 90% de la población de Kosovo, se pasó a las fases siguientes, cuyas víctimas residen en el resto de Yugoslavia.

Es por demás claro que la guerra no se restringió al área de Kosovo, ni a Yugoslavia; (están en situación beligerante de hecho Macedonia, Bosnia-Herzegovina y Albania -donde hay bases militares de la OTAN- Croacia, Eslovenia, Grecia, Turquía y Hungría,) e instauró una dinámica descripta con elocuencia por el envío de naves de apoyo rusas al Adriático y la súbita aparición de titulares de la prensa comercial aludiendo a los riesgos de una tercera guerra mundial.

Todo ello, en nombre de los derechos humanos. Culmina de este modo una estrategia sistemáticamente desplegada desde la presidencia de James Carter, cuando Estados Unidos debía recomponerse de su múltiple derrota en Vietnam y afrontar la perspectiva de una brutal crisis capitalista mundial desde una coyuntura de alza de la revolución en prácticamente todo el planeta(2).

Tal estrategia imperialista logró su objetivo: pasteurizó posiciones ideológicas progresistas pero sin neta definición anticapitalista, incapaces de comprender los fundamentos materiales de los derechos humanos y por lo mismo inconsecuentes a la hora de defenderlos en circunstancias extremas y a escala global.

El lazo fue tejido con sistematicidad científica por Zbigniew Brzezinsky, entonces mano derecha de Carter y ahora feroz promotor de bombardeos masivos y ocupación territorial de Yugoslavia. Y allí puso el pie no sólo buena parte de una intelectualidad siempre dispuesta a hallar caminos que no le exijan un choque frontal con el poder establecido, sino la gran mayoría de una izquierda reformista azorada ante la -para ella- inconcebible caída de la Unión Soviética.

Más aún: contingentes revolucionarios de relevante peso en la etapa anterior se deslizaron con mayor o menor conciencia hacia la trampa de los derechos humanos como principio abstracto, ubicado por sobre definiciones de clase y ajeno a la naturaleza del sistema socioeconómico. El colapso de las organizaciones de izquierda revolucionaria contribuyó a que innumerables militantes buscaran refugios en «organizaciones de derechos humanos», que con las mejores intenciones cristalizaron la noción implícita de que se puede luchar consecuentemente y hasta el fin por tales derechos sin partir de una estrategia, una política cotidiana y una organización definidas por el objetivo de abolir el capitalismo.

Este desenlace constituyó una derrota ideológica de las propuestas revolucionarias en general y específicamente de las fuerzas marxistas(3). Y esa derrota se hace patente hoy, cuando ante el espectáculo aterrador de la represión contra las mayorías albano-kosovares y su vil utilización por el imperialismo para desatar una guerra en el corazón de Europa, partidos genéricamente denominados de izquierda, organizaciones de derechos humanos e individuos caracterizados por su compromiso con la equidad, la justicia y el progreso humano, primero admiten la posibilidad de que los ejércitos del imperialismo cumplan un papel humanitario, para luego asistir horrorizados e impotentes a una carnicería monstruosa.

Son escasas y de limitado alcance las voces que se levantan para denunciar lo obvio: que esta guerra está directamente apuntada contra las masas de todos los países antes llamados socialistas, y por razones circunstanciales toma como primera víctima a los trabajadores y el pueblo yugoslavos,

He allí la lógica del panorama actual: ni siquiera en Europa hay una generalizada sublevación contra lo que se anuncia como el prólogo de una guerra en constante expansión territorial y a cada instante más devastadora en términos de bienes materiales y vidas humanas.

Hay, sin duda, movilizaciones antiguerra en casi todas las capitales europeas. Pero no existe proporción alguna entre la magnitud de la agresión, la tenebrosa dinámica ya en plena marcha, y la respuesta social. La intelectualidad europea está atónita; los partidos de masas, se muestran comprometidos de hecho y de derecho con la agresión; los sindicatos están paralizados. Sólo franjas radicalizadas de la juventud y organizaciones allá denominadas de extrema izquierda se esfuerzan por hacer escuchar la consigna que debería estar atronando al mundo: ¡No a los bombardeos!; ¡Fuera la OTAN de Yugoslavia!

 

Causas de la guerra

Una imagen de insuperable fuerza muestra el contenido esencial de esta nueva operación bélica: cuando el 24 de marzo el presidente estadounidense William Clinton ordenó el bombardeo contra Yugoslavia, el primer ministro ruso, Eugeny Primakov, volaba rumbo a Washington para entrevistar al hombre que acababa de iniciar una guerra de invasión en Europa. Al conocer la noticia, el avión ruso giró sobre las aguas del Atlántico y regresó a Moscú.

Bien mirado, la fuerza que viró el timón de la nave en la que viajaba Primakov es un movimiento previo en la dinámica socioeconómica de la ex Unión Soviética y la totalidad de los países componentes del ex Pacto de Varsovia.

Hace una década, aquellos países orientaron su brújula hacia el capitalismo. Pero a mitad de camino, por causas por completo ajenas a la voluntad de gobernantes y partidos, emprendieron el retorno. Sólo que a diferencia de Primakov, no lograrán aterrizar en el punto de partida.

Es precisamente en la incógnita respecto del destino hacia el que se enfila aquel conjunto de países, donde reside una causa decisiva de la nueva coyuntura internacional: la ex Unión Soviética y los demás componentes del fenecido Pacto de Varsovia ya no sostienen la marcha hacia el capitalismo emprendida a fines de los años 80; pero tampoco pueden recomponer la estructura socioeconómica, política y militar, sobre la que reposó el equilibrio planetario desde el pacto de Yalta celebrado entre Stalin y Roosvelt (ante la mirada abotagada de Winston Churchil, representante de la potencia relegada,).

Pero ¿por qué se detuvo e invirtió ese rumbo? Está fuera de duda que la causa no reside en la voluntad de los gobernantes de aquellos países (todos ellos integrantes de las altas cúpulas del poder antes del cambio oficial de bandera, cuando aún se mostraban disfrazados de comunistas). Tampoco se explica por movilizaciones de masas organizadas y conscientes que se oponen a la propuesta estratégica de sus gobernantes. Hay, sin duda, descontento general y luchas de diverso calibre. Pero nada de eso puede ser confundido con un reclamo social capaz de torcer el brazo a las cúpulas protoburguesas y sus sostenes imperialistas.

Las causas de la guerra, por tanto, pueden ser reducidas a una en particular, fincada en el desarrollo inmanejable de factores objetivos que desembocan en el hecho a la vista: el fracaso de la economía de mercado no ya para mejorar las condiciones de vida de aquellos pueblos, sino para sostenerlo en los niveles alcanzados durante el sistema anteriormente vigente.

El pavoroso panorama social provocado por la introducción de las leyes de mercado y la vigencia dominante de la ley del valor en economías no capitalistas, es un indicador de brutal objetividad para despertar a aquellos que no pudieron prever en términos teóricos lo que tal política acarrearía. La guerra es la expresión de ese proceso en otro plano: el del inevitable uso de la violencia extrema por parte de quienes quieren imponer el nuevo sistema (y deben hacerlo como condición de sobrevivencia) y quienes se resisten a ello, aun sin programa, organizaciones y líderes propios. Por lo mismo, se agravará al ritmo indetenible del descontrol económico y el colapso social. En un movimiento preventivo, Washington se propone ocupar Yugoslavia e instalarse allí. No puede confiar en los ejércitos europeos. Mucho menos en las de los países incorporados a la OTAN diez días antes del inicio de las operaciones (Polonia, República Checa y Hungría).

No es una explicación arbitraria ex post facto. Decíamos en el Nº 1 de Crítica, en un texto redactado en septiembre de 1991:

 «al mismo tiempo que afirmamos que el violento desplazamiento de fuerzas resultante de la implosión de la URSS afirma la tendencia de fortalecimiento relativo del imperialismo, ratificamos el análisis desarrollado en el informe precedente y subrayamos la conclusión de que el nuevo orden mundial del que gusta hablar el presidente George Bush está más lejos que nunca luego del estallido de la URSS.

(…)

Durante la crisis de agosto [de 1991] Estados Unidos vio de cerca el espectro de la desestabilización política global y la detonación de la crisis económica. Ante la amenaza, Occidente optó por una política de abierta injerencia en los asuntos internos de la URSS. Esa actitud es sólo un preaviso de lo que vendrá y en la conducta de la OTAN frente a Yugoslavia se plasma ya la amenaza impensable hasta hace poco de una intervención militar de la Alianza imperialista en los conflictos generados por el intento de restaurar el capitalismo en Europa oriental y la URSS»(4).

Tal conclusión se afirmaba en una interpretación respecto de la pretendida transición al capitalismo y de los fenómenos objetivos y subjetivos en curso en aquellos momentos. Un resumen de tales fundamentos se halla en el mismo artículo algunas páginas antes:

 «… aun dejando de lado los problemas obvios que plantea pasar a manos privadas los medios de producción y reorganizar la producción según las reglas del mercado -es decir, dejando de lado el quid de la cuestión- para que ese nuevo sistema funcione es necesario, como lo es en cualquier país capitalista, comercializar lo que no es desde hace décadas objeto de comercio: cobrar la educación, cobrar la atención médica, cobrar el transporte, poner precio según las reglas del mercado al pan, la carne, la vestimenta. Será necesario cobrar los alquileres al precio de mercado y arrojar a la calle a millones de familias -decenas de millones si se toma en cuenta la totalidad de la Unión Soviética y Europa oriental.

«Se trata, por tanto, de una revolución social en contra de los intereses inmediatos de noventa y nueve de cada cien habitantes. Pero una revolución social contra el conjunto de la sociedad es una contradicción en los términos; una contrarrevolución sin atenuantes y en una escala jamás vista.

«Ahora bien: ¿quién podría llevar a cabo una empresa semejante? ¿Quién tiene la fuerza necesaria para ello? ¿Acaso el gobierno checoslovaco de Vaclav Havel? ¿La tendrá tal vez el de cualquier otro país eurooriental, para no hablar de la Unión Soviética? Parece innecesario subrayar que no. Esos gobiernos han sido catapultados por las masas a los puestos de comando con la misión de garantizar las libertades democráticas, los derechos individuales y el bienestar general. Para aplicar el programa inverso, deberán chocar con movimientos de masas aún mayores e infinitamente más violentos que los que derrumbaron al stalinismo. Y no tienen fuerza para ello, excepto si recurren a la ayuda militar de Occidente.

«En modo alguno hay que descartar la perspectiva de que, precisamente, fuerzas de la OTAN deban involucrarse por una u otra vía en los grandes conflictos sociales que se anuncian en el horizonte de Europa Oriental»(5).

A partir de estas caracterizaciones sostenidas ocho años atrás, tiene un peso diferente nuestra rotunda negativa a considerar con un mínimo de validez como causa de la guerra los problemas étnicos y religiosos. Estos son, fuera de toda duda, puntos reales de confrontación y de enorme gravitación social. Pero no son la causa, sino una palanca manipulada primero por la casta burocrática yugoslava para imponer la reacción capitalista y luego por el imperialismo, esgrimida como falaz defensa de derechos humanos cuando aquellos esfuerzos vernáculos probaron su irremediable inviabilidad.

Como en el caso de Irak, Estados Unidos fue un factor clave en el sostén y fortalecimiento del hombre al que hoy se demoniza y sobre el cual se pretende cargar la responsabilidad de un curso demencial para toda Europa. En consecuencia, los devastadores bombardeos no apuntan a Slobodan Milosevic, sino a las masas yugoslavas en primer lugar y, como letal advertencia, al mundo en su totalidad.

 «El capitalismo no puede dar lo que ustedes piden. Y necesita todavía quitarles lo que tienen», dicen los misiles de la OTAN. «Y estamos dispuestos a mostrarnos como somos para amedrentarlos y evitar que se levanten contra nosotros».

Así de claro es el mensaje de los estrategas del Departamento de Estado. Y así de claros son los resultados: la destrucción inenarrable, los crímenes sin calificativos perpetrados para colmo en nombre de los derechos humanos no pueden ocultar la realidad.

El New York Times advertía en un editorial del 2 de abril (horas antes de que, dando inicio a una segunda fase en la escalada, comenzaran a caer misiles sobre Belgrado): «Clinton y sus asesores deben resistir la tentación de reaccionar a cada fracaso militar con una escalada de combates inmediata e improvisada».

No se trata de sentimientos humanistas de los halcones de la prensa imperial. Advierte el NYT: «Se necesita un mes o más para desplazar lo tanques, helicópteros y 200 mil soldados requeridos para limpiar Kosovo de fuerzas serbias. Cualquier estrategia podría producir un gran número de bajas a la OTAN. Por ahora, la respuesta militar más apropiada a los asaltos serbios es localizar y bombardear las fuerzas serbias en Kosovo, romper sus líneas de abastecimiento y su red de comunicaciones y golpear puestos de comando y otros objetivos militares fuera de Belgrado. Planes inadecuados de la OTAN y el mal tiempo han restringido tales ataques hasta ahora. Más ataques aéreos no pueden evitar las atrocidades serbias, pero pueden dificultar su avance y eventualmente llevar a Milosevic a buscar un arreglo político. En la guerra, disgustos y frustraciones pueden producir decisiones impulsivas y erróneas» (El texto en negrilla no está en el original).

Los estrategas del imperialismo admiten una «frustración» y temen la encerrona mortal que implica enviar tropas terrestres. Pero, dada la conducta del gobierno serbio hasta el momento, no parece que la OTAN tenga otra opción. Resulta difícil imaginar que Estados Unidos y la Unión Europea estén dispuestos a sufrir una humillación militar que debilitaría al extremo su posición ante el crecientemente difícil panorama mundial. Por eso es altamente probable que la escalada continúe, aunque se observan significativas grietas en la clase dominante estadounidense ante la inminencia de la decisión.

Un índice elocuente de la dinámica instaurada lo da Henry Kissinger -hasta ahora fervoroso opositor al ataque a Milosevic, a quien considera un aliado- en una columna publicada por Newsweek con fecha 5 de abril: «Si un cese de fuego en tales términos es rechazado por Milosevic, no habrá otra alternativa que continuar e intensificar la guerra, introduciendo si es necesario fuerzas de combate terrestres de la OTAN -una solución que hasta ahora he rechazado apasionadamente pero que deberá ser considerada para mantener la credibilidad de la OTAN».

¿Qué es, exactamente, la credibilidad de la OTAN? Pues, ni más ni menos, su capacidad coercitiva sobre toda Europa; su imagen como poder militar inapelable.

El hecho es que precisamente esa imagen, a la vez que expone sin velos sus rasgos de inhumana crueldad, muestra que es incapaz de transformar su extraordinaria capacidad técnico-guerrera en eficiencia militar. Y ni hablar de la capacidad política: transformar al aliado Milosevic (como antes a Saddam Hussein) en símbolo de resistencia antimperialista, tal como lo advierte Kissinger en letra roja, es una prueba de debilidad estratégica de inexorables consecuencias nefastas para el imperialismo. Todo ello se multiplicará al extremo si se produce la invasión por tierra. No se gana una guerra sin dar ese paso. Y éste -como lo demuestra de manera conmovedora la defensa de puentes y fábricas por parte de obreros, jóvenes e intelectuales dispuestos a inmolarse bajo las bombas de la OTAN- hallará un pueblo decidido a resistir, con tradición de lucha y armamento adecuado.

En esta combinación explosiva de fracaso e impotencia de las cúpulas burocráticas del Este aliadas a los jefes capitalistas de Occidentes, quienes deben ordenar bruscas maniobras para cambiar de rumbo (diez días después, esquivando las bombas de la OTAN, Primakov se reunió con el presidente yugoslavo Slobodan Milosevic) se hallará la explicación de las torpes marchas y contramarchas de la OTAN, que al cumplir 50 años de existencia entra por primera vez en combate, admite la reaparición en el escenario de la guerra de las fuerzas armadas alemanas y demuestra que ir a remolque de Washington es, a la vez, el destino ineludible y la cruz intolerable de la Europa capitalista que pretende alcanzar el rango de gran potencia mediante la Unión Europea.

 

Rasgos sobresalientes de la crisis 

Por el momento, es obvio que se ha fracturado de manera estrepitosa y ante los ojos del mundo aquel matrimonio tan armonioso que tenía la cúpula rusa con el gobierno de Estados Unidos. Ahora se muestran como lo que son: gobiernos de países con intereses objetivamente encontrados.

El mundo asiste además a una ruptura de la legalidad internacional, que no llega a la desaparición formal de las Naciones Unidas, pero deja en el pasado las reglas internacionalmente admitidas como tales para el actual ordenamiento mundial.

Con todo, no es el aspecto jurídico o institucional lo que importa, sino la verificación de la fractura del imperialismo.

Una fractura múltiple y de extraordinaria complejidad a seguir de cerca: el gobierno alemán, que en todo el período anterior -con el canciller conservador democristiano Helmut Kohl- se había alineado con Francia contra Estados Unidos, ahora, con el canciller socialdemócrata -parte de la muy promocionada Tercera Vía- se alínea con Estados Unidos contra Francia. (Entre paréntesis y como llamado de atención respecto de las posiciones ajenas a los criterios de clase, hay que subrayar que el ministro de Relaciones Exteriores de la Alemania que vuelve a bombardear Belgrado, como lo hizo durante el período nazi bajo las órdenes de Hitler, es integrante del Partido Verde).

Precisamente, un rasgo trascendental de esta crisis es el posicionamiento de partidos que, a causa del retraso en la expresión lingüística de brutales virajes de la Historia, aún se denominan socialistas y comunistas: el primer ministro italiano Massimo D’Alema (casi tan atildado como su par británico Anthony Blair), ex comunista y actual líder del reciclado Partido Democrático de Izquierda, gobierna el país de cuyo territorio parten los aviones estadounidenses que van a sembrar terror y destrucción en Yugoslavia (tal como lo pide el decano de la prensa libre mundial: «bombardear las fuerzas serbias en Kosovo, romper sus líneas de abastecimiento y su red de comunicaciones y golpear puestos de comando y otros objetivos militares fuera de Belgrado», aunque sin seguir al pie de la letra la idea de ahorrar objetivos civiles y la capital del país). Hasta donde sabemos (y la premura de este texto puede hacernos incurrir en un error, que gustosamente corregiríamos), el Partido de la Refundación Comunista no ha roto lanzas contra el gobierno de D’Alema en el Congreso.

Lo mismo pasa con el gobierno francés, encabezado por el socialdemócrata Lionel Jospin e integrado por ministros afiliados al partido comunista de Francia. No hay dudas de que Francia (y no sólo su gobierno centroizquierdista, sino sobre todo la derecha gaullista), va a remolque y a disgusto en este tren del horror piloteado por la Casa Blanca. Aquí, otra vez, abrimos la posibilidad de que la urgencia atente contra la exactitud. Pero hasta donde se puede ver el disgusto no se traduce en netos gestos políticos rotundos: Jospin no ha renunciado y tampoco los ministros comunistas.

En cuanto al sonriente Blair, cuyo promocionado pensamiento renovador semeja un pequeño tonel vacío y carcomido por las termitas, cumple con fruición el papel de palafrenero de Clinton (eso sí: sin perder por un instante su sonrisa indicativa de inequívoco cretinismo intelectual y moral).

Otro es el caso del socialdemócrata alemán Gerhard Schroeder: luego de haber entregado la cabeza de Oskar Lafontaine (uno más de la estirpe de Ebert, que cometió el error táctico de pedir aumento de impuestos a los capitales dominantes para detener el colapso hacia el que marcha Alemania) a los leones de la gran industria germana, este otro simpático exponente de la Tercera Vía completó su definición aprovechando la coyuntura para poner en acción nuevamente -y tras 50 años de estrictas restricciones- a la fuerza aérea de aquel país recordado por los horrores de la segunda guerra mundial.

Desde su retiro, Felipe González no se quedó atrás: respaldó sin restricciones las operaciones de la OTAN subrayando que «hay que eliminar a Milosevic». Su epígono Solana entendió el mensaje y, dado que matar al presidente yugoslavo conlleva ciertas dificultades, refrendó la orden proveniente de Washington de bombardear indiscriminadamente objetivos civiles y destruir todo lo posible en aquel país.

Ninguno de estos personajes travestidos de progresistas y encargados de iniciar una guerra con ominosas derivaciones para toda la humanidad será exculpado por el tribunal de la Historia. Pero es altamente probable que, antes de aquella instancia, vengan millones de jóvenes y trabajadores europeos a desenmascararlos y arrojarlos sin contemplaciones al lugar que les corresponde.

Dicho de otro modo: cumplida la primera fase de la faena sucia que siempre el gran capital encarga a fuerzas reformistas integradas al sistema, todos estos gobiernos deberán afrontar una polarización de la sociedad, una crisis política que los volteará uno a uno y, como históricamente ocurrió, abrirán paso a la ultraderecha si es que la izquierda no adelanta con energía e inteligencia su propia alternativa.

 

Yugoslavia, Kosovo, los Balcanes y el mundo

¿Cuál podría ser la alternativa? Desde luego que el primer objetivo es detener la guerra. Toda vacilación respecto del papel de la OTAN en Yugoslavia deriva de inmediato en complicidad con una estrategia que, en última instancia, mientras descarga misiles contra los pueblos de países entrampados en su intento de retornar al capitalismo, apunta a la clase obrera de Europa occidental y de Estados Unidos. Un frente único antiguerra, que reúna al más amplio espectro posible tras este objetivo puntual, es la tarea central de la hora.

Respecto del problema nacional de Kosovo y la política del gobierno procapitalista presidido por Milosevic no hay incógnitas: la teoría y la genuina práctica del marxismo sostiene el derecho a la autonomía e incluso la independencia de toda nación que así lo decida en un momento dado. Con el 90% de la población y la carga de una política discriminatoria primero y ferozmente represiva después por parte del gobierno central, este derecho de los albano-kosovares es indiscutible, al margen incluso de toda consideración respecto de la conveniencia o no de adoptar tal medida en el actual cuadro internacional. No se trata, sin embargo, de un debate sobre posiciones genéricas. Estos conceptos no impiden ver con objetividad que el movimiento armado kosovar, sin duda legítimo en sus comienzos, ha derivado luego hacia posturas terroristas y compromisos directos con Bonn y Washington, inaceptables en cualquier fuerza que defienda posiciones de emancipación nacional: él Ejército Kosovar de Liberación pidió el bombardeo imperialista contra su propio pueblo y utilizó métodos terroristas -ajenos por definición a la teoría y la práctica de los revolucionarios marxistas- no sólo contra ciudadanos de origen serbio en Kosovo, sino contra albano-kosovares renuentes u opuestos a seguir la línea trazada por este pseudoejército teledirigido por la CIA.

En ninguna hipótesis se puede confundir a los jefes del EKL con la voluntad soberana del pueblo albano-kosovar. Y es dable suponer, sobre todo a la luz de los últimos acontecimientos, que esos dos millones de personas, en condiciones de expresarse libre y democráticamente, no condonarían la infamia de quienes suscribieron un pedido de bombardeo sobre Kosovo. Su demanda de autonomía o incluso independencia, cobraría entonces otro carácter.

Como quiera que los hechos se desarrollen, es claro para un análisis objetivo que no habrá solución en marco del capitalismo y que toda perspectiva de convivencia interétnica y multirreligiosa -tanto más la reconstrucción de la devastación provocada por la guerra- plantea como condición primera retomar el camino de la edificación socialista, asimilando la experiencia pasada y sobre la base de la democracia obrera.

 

Perspectivas en el terreno militar

El objetivo militar de la guerra es demoler con bombas aquello que no pudo ser derrumbado en 10 años de políticas pro-capitalistas apoyadas en un consenso general para marchar en esa dirección. A partir de allí, se trata de ocupar el territorio y sostenerlo como base territorial para afrontar lo que viene en el resto de los países no capitalistas.

Diversos análisis aluden a un error de cálculo: el Departamento de Estado habría dado por seguro que, tras los primeros bombardeos aéreos, Milosevic aceptaría una negociación sobre la base de que la OTAN controlara la provincia de Kosovo. Es una hipótesis que no podemos afirmar ni descartar. Como quiera que sea, el objetivo mínimo es el emplazamiento de fuerzas de la OTAN en territorio yugoslavo. No de las Naciones Unidas, porque allí tendría injerencia militar el ejército ruso.

El hecho es que Milosevic no se rindió hasta el momento en que se redactan estas líneas; y no es probable que lo haga. Por el contrario, en su encuentro con Primakov cambió apoyo militar -presumiblemente ya obtenido- por una suerte de Confederación o Unión entre Rusia, Bielorusia y Yugoslavia (Hungría quedaría, si el proyecto se consuma, como clavo al rojo entre los dientes de una poderosa tenaza. Y sería, en tanto que miembro de la OTAN, un peldaño más de la fuerza bélica que avanza de Occidente hacia el Oriente europeo).

Si en las próximas semanas no se arriba a un acuerdo que contemple la necesidad estadounidense y la exigencia yugoslava asumida por Rusia (ya fracasó, el 15 de abril en Oslo, una negociación entre Primakov y la secretaria de Estado Madeleine Albright), el inicio de las operaciones terrestres será inevitable. Mientras tanto, va de suyo, los bombardeos aéreos deberán incrementarse.

En esa variante, el mundo tiene por delante una guerra de larga duración e inevitable extensión: la OTAN habrá entrado de cuerpo entero en una ciénaga.

Las declaraciones belicistas del presidente ruso Boris Yeltsin no valen por sí mismas sino por lo que intentan ocultar: están dictadas por una necesidad imperiosa de un gobierno moribundo. Es presumible que las masas ex soviéticas perciban con claridad que el presente yugoslavo prefigura su propio futuro. Pero además, es el presente ruso, dominado por un colapso económico sin precedentes en la historia, lo que hace crujir el frágil andamiaje montado por la burocracia reciclada. El PC de la Federación Rusa, chovinista y pro-capitalista aunque con bases materiales y sociales diferentes a sus ex colegas, está entre el yunque y el martillo. Huye hacia delante mientras trata de hallar -Primakov oficia de portavoz- una solución negociada: que la ONU ocupe Kosovo.

Cuenta en este cuadro un factor excepcional: los pueblos yugoslavos son los únicos que durante la segunda guerra mundial vencieron militarmente a los nazis sin intervención soviética. En guerra de guerrillas y con participación de todo el pueblo, con la conducción de la Liga Comunista encabezada por Jozip Broz, el mariscal Tito, un ejército irregular abatió al poderío militar alemán. Sobre esa base, en 1940 se instauró un nuevo régimen que expropiaría a burgueses y terratenientes y daría lugar a lo que la literatura marxista denomina Estado obrero. (El concepto alude a un Estado basado en la propiedad colectiva de los medios de producción y cambio, la planificación de la economía y la participación directa de las masas en la gestión de gobierno). Tito y su partido no escaparon a la influencia y la gravitación del stalinismo dominante en la URSS y en el movimiento comunista internacional. La degeneración de aquel concepto hizo cuerpo también en Yugoslavia. La expropiación política de las masas dejó el poder en manos de una casta burocrática que paulatinamente introdujo mecanismos de mercado en la economía planificada. Yugoslavia fue pionera en ese camino (lo que hace tanto más elocuente la imposibilidad de afirmar el paso final en el cambio de sistema y permite proyectar su caso a los vecinos, muy especialmente a Rusia).

De todos modos, entre 1940 y 1980 Yugoslavia tuvo un espectacular desarrollo económico, logró un alto grado de integración de los muy diversos componentes étnico-culturales que componían la ex Yugoslavia y garantizó -como todos los países de aquella condición- la satisfacción de las necesidades mínimas al conjunto de la población (excepto, claro está, la necesidad vital de plena participación política).

Aquella historia reciente tendrá un peso crucial en esta instancia. Es dudoso que Milosevic pueda sostenerse al comando de la dinámica que lo arrastra, aunque es un hecho que la agresión imperialista lo ha fortalecido. Está a la vista que el ejército rehuye el combate en los términos planteados hasta ahora por la OTAN (aunque no se ha privado de certeros golpes que humillaron a los comandantes occidentales), preserva sus fuerzas (hay informes de desplazamiento de tropas y pertrechos a lugares secretos, en las montañas, al margen de instalaciones militares) y se prepara para la verdadera guerra: que se desarrollará si la OTAN resuelve finalmente sus justificados temores y contradicciones internas, y decide atacar por tierra.

 

La tarea en Argentina

Existen dos planos netamente definidos para la acción política. Uno, exige la afirmación de un objetivo único: ¡No a los bombardeos!; ¡Fuera la OTAN de Yugoslavia! El otro indica la necesidad de estudiar y analizar la realidad balcánica, europea e internacional, para luego elaborar, debatir y aplicar líneas de acción estratégicas desde el punto de vista revolucionario marxista (6).

No hay, no debe haber, ninguna restricción de ningún orden para impulsar actividades de todo tipo contra la guerra y contra el supuesto derecho de la OTAN a invadir un país soberano con el pretexto que sea. Crítica convoca a todas las organizaciones políticas, sindicales y sociales, a los intelectuales, a periodistas, docentes y al pueblo en general, a multiplicar acciones en todos los terrenos destinadas a detener los bombardeos y ponerle límites a la OTAN.

Este llamado es sobre todo a las dirigencias sindicales que se reivindican defensoras de los intereses de sus bases: una derrota por devastación militar de la clase obrera yugoslava se manifestará de inmediato en el intento de extender el éxito imperialista sobre la clase obrera eurooccidental, específicamente alemana, hoy clave para que la Unión Europea pueda o no imponer a su proletariado las exigencias de una economía en crisis. Y si ese segundo paso se consumara, nadie puede dudar de los brutales efectos que esto tendría para todos los trabajadores del mundo.

Igualmente, corresponde a la intelectualidad y los periodistas ocupar el lugar de mediadores en la conformación de la opinión pública desnudando los verdaderos contenidos y objetivos de la agresión de la OTAN.

Nadie puede mantenerse ajeno en este momento crucial. Desde estas páginas hacemos una propuesta que sólo requiere compromiso con el esfuerzo por poner fin a la guerra: constituir una Comisión Nacional contra la agresión a Yugoslavia. Además de promover una campaña de esclarecimiento y denuncia, con eje en la oposición a la guerra, esta Comisión debería enviar de inmediato una delegación plural de personalidades reconocidas a Belgrado, para llevar solidaridad al pueblo agredido por el imperialismo, reivindicar los derechos democráticos de los albano-kosovares y denunciar la política guerrerista de la OTAN.

En el marco de la enérgica labor por poner en pie un movimiento masivo contra la guerra, los revolucionarios marxistas debemos llevar a su consecuencia lógica la comprobación del extremo al que llega la crisis capitalista mundial: los barones del imperialismo se muestran dispuestos a responder con violencia y destrucción masiva de bienes y vidas humanas a la crisis capitalista caracterizada por excedentes desmesurados e inmanejables de capitales, mercancías y personas. Se ha desvanecido la fantasía de utilizar a los países no capitalistas como mercados que absorban sus excedentes y les permitan la reproducción del sistema a escala mundial. Sólo les queda la solución empleada una y otra vez por el capitalismo en sus momentos de crisis.

Ellos siguen la lógica de destrucción y muerte que les impone el sistema que usufructúan y defienden.

Nosotros debemos asumir que ha llegado la hora de la verdad. Recomponer nuestras fuerzas es un imperativo impostergable. No es posible responder a esta exigencia histórica desde la dispersión, el aparatismo o la diletancia. Sentadas las bases teóricas y políticas, la militancia tiene la alternativa de intentar la recomposición de su fuerza en todos los planos o rendirse sin lucha.

Con los primeros y por sobre todos los obstáculos, marcharán quienes sostienen esta revista.

 

Notas

1.- Un ejemplo patético es el del escritor colombiano Gabriel García Márquez. En una nota publicada por Clarín el 11-4-99 este autor viste al secretario de la OTAN, Javier Solana, como un humanista (el término da ya para todo) que está allí, a la cabeza de un crimen masivo contra un pueblo soberano, por una mala jugada del destino, injusto con «un poeta triste y propenso a la soledad». El comandante de la fuerzas agresoras, el estadounidense Wesley Klark, sería según García apenas «un ideólogo de la felicidad social (…) un militar que sueña con ser hombre de letras». Sólo que una malhadada estrella lo llevó a lugares que ofenden su fineza espiritual: Vietnam en los años 60/70; luego Comando Sur del ejército estadounidense (Panamá, es decir, jefatura militar de la contrarrevolución en toda América Latina) y ahora esta faena de carnicero en Europa.

Quienes desde la aparición del exitoso Cien años de soledad -en una soledad que no duró tanto, pero resultó incómoda porque pudo parecer pose de crítico snob y sempiterno- sostuvimos que ésa no es una obra que merezca el nivel literario que se le atribuye; que no se debe confundir postura política de un escritor de literatura con sus dotes como tal; quienes gozamos y apoyamos las filosas ironías con las que autores de la talla de Borges y Onetti lapidaron al oportunista de las letras, no podemos por menos de sentirnos reivindicados, aunque no por ello menos tristes, cuando aquella conducta superficial y acomodaticia se manifiesta ahora, sin antifaces, también en la ubicación ideológica y política.

2.- Cf. Introducción al conocimiento de la realidad contemporánea; Luis Bilbao; Ed. Búsqueda de Nuestro Tiempo. (De próxima aparición).

3.- Ibid.

4.- Ver Crítica Nº 1: El mundo después de la guerra del Golfo y sin la URSS; Luis Bilbao; 1991; págs. 69-70

5.- Ibid; págs. 28-29.Buena parte de quienes ahora rechazan el dato clave que explica la guerra, afirmando que en realidad aquellos países nunca fueron Estados obreros, ni aun entendiéndolos como tales a partir de una degeneración extrema de su sistema político, hace 8 años anunciaban un alza imparable del movimiento obrero mundial con eje en el proletariado ruso y una clamorosa victoria obrera contra el stalinismo. La militancia -y sobre todo la juventud que se asoma a la lucha social- tiene no sólo el derecho sino el deber de demandar qué dijo cada corriente en aquellos momentos de zozobra. Con ese espíritu recomendamos la lectura del texto completo de se extrae esta cita, en Crítica Nº 1.

 

reseña

Noticias secretas de América

porLBenLMD

 

De Eduardo Belgrano Rawson

Editorial: Planeta
Cantidad de páginas: 450
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Enero de 1998

 

Un texto literario es, ante todo, la impresión inmediata que provoca en quien se sumerge en él. Noticias Secretas de América no atrapa en esa primera instancia. No por acaso los editores han creído necesario aclarar, en la tapa y bajo el título, que se trata de una novela.

Si este obstáculo inicial no la relega al sector de la biblioteca que todo lector destina a los libros postergados, las reticencias serán vencidas, al cabo de unas cuantas páginas, por una fuerza paradojal: en la misma causa que provoca rechazo estriba la potencia de esta novela notable. Eduardo Belgrano Rawson habla de nuestra historia. Es decir, de nosotros. Pero con noticias diferentes.

Por eso choca: nos habla de un pasado oculto y en un lenguaje que salta de la altura poética a la más cruda procacidad vulgar, sin mediaciones. Del mismo modo que pasa de datos conocidos y comprobables a informaciones que desconciertan al lector: ¿estará contándonos un hecho real, descubierto por la evidente labor de investigación sobre la que reposan sus páginas? ¿O acaso ese dato crucial, aquella expresión rotunda, es obra del novelista? Incluso los profesionales de la materia dudan ante el minucioso trabajo del autor.

Para colmo, Belgrano Rawson no tiene el anclaje de Andrés Rivera, que en La Revolución es un Sueño Eterno y otras obras, recrea la historia desde un presente definido; educa y conmueve, deja el espacio obvio de la novela histórica entre ficción y realidad, pero traduce -con la fuerza que sólo la buena literatura puede alcanzar- certezas elementales.

Rawson expone en cambio simple y brutalmente hechos de cuya veracidad no habrá certidumbre, que ponen al actor -es decir, al lector- ante un panorama al que deberá darle significación y direccionalidad: ¿es ésta la argamasa sobre la que andan mis pasos? ¿de qué materiales está hecha?

En sus 450 páginas el libro se limita a lo que propone su título: informarnos. Pero desde la literatura. Es decir, desde la belleza y la ambigüedad. Excepto en su última parte, donde «el Indio» -José de San Martín- derrota al autor y le obliga a exponer su difusa visión de nuestra historia. El autor resiste la embestida, sin embargo, y no abandona su condición de novelista.

A menudo un detalle permite intuir esencias: entre los innumerables nombres a los que Belgrano Rawson ofrece su reconocimiento, figura el de Monteiro Lobato. Tal vez hay algo del entrañable e injustamente olvidado autor brasileño en esta forma de tomarse libertades extremas respecto de la realidad, para alcanzar la substancia. Como quiera que sea, Noticias Secretas de América es un libro gratificante. Y en esta Argentina sin rumbo de fin de siglo, sin duda necesario. Para jóvenes dispuestos a dejarse cautivar por nuestra historia bien narrada. Y para adultos a quienes el autor les concede la posibilidad de digerirla con una carcajada.