reseña

Palabras clave. Un vocabulario de la cultura y la sociedad

porLBenLMD

 

De Raymond Williams

Editorial: Nueva Visión
Cantidad de páginas: 236
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Julio de 2000

 

Con lentitud por el paso acumulado del tiempo, o con celeridad, a causa de acontecimientos históricos traumáticos, el habla transmuta la significación de las palabras. Y suele ocurrir que en un mismo momento, en un mismo lugar, grupos o personas y hasta franjas enteras de la sociedad, hablen idiomas diferentes aunque se expresen en la misma lengua.

Esto le ocurrió a Raymond Williams cuando en 1945 salió de baja del ejército tras el fin de la guerra y retornó a la Universidad de Cambridge. Pero demoró en comprender cabalmente la causa del malestar que lo invadía. Cuando descubrió que hablaba un idioma diferente -explica en el prólogo- tuvo conciencia de que su preocupación giraba en torno a la palabra cultura. Y sería la aparición en 1948 de Notas para la definición de la cultura, de T. S. Eliot, que detonaría el estudio y elaboración sistemáticos en torno a “los términos con que la asociaba, debido a los problemas que sus usos me planteaban mentalemente: clase y arte, y luego industria y democracia”.

Allí comenzaría un seguimiento de la metamorfosis de palabras escogidas a través del tiempo y los autores, que acompañó la producción de obras como Culture and Society, pero no cobró cuerpo propio.

Muchos años después llegaría ese momento (mientras tanto Williams produciría obras de fuste como The country and the cityMarxism and literature y The long revolution), con Palabras clave, libro al que su autor define por la negativa: “no es un diccionario ni un glosario de un tema académico en particular. No es una serie de notas a pie de página a las historias o definiciones de diccionario de unas cuantas palabras. Se trata, antes bien, del registro de una investigación sobre vocabulario: un cuerpo compartido de palabras y significados en nuestras discusiones más generales, en inglés, sobre las prácticas e instituciones que agrupamos como cultura y sociedad”.

Williams rastrea significados y mutaciones convencido de que en las palabras plasman “maneras no sólo de discutir sino, en otro nivel, de ver muchas de nuestras experiencias centrales”.

Y si tal afirmación puede resultar hoy escasamente reveladora, ese papel lo cumple la lectura del seguimiento histórico y filológico de cada palabra seleccionada.

No son tantas; pero desde la primera -alienación- hasta la última -violencia- a lo largo de 300 páginas el lector experimentará el placer de la erudición y, previsiblemente, la emoción de la sorpresa.

reseña

Grandes discursos de la historia argentina

porLBenLMD

 

De Selección y prólogo de Luciano de Privitellio y Luis Alberto Romero

Editorial: Aguilar
Cantidad de páginas: 450
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Junio de 2000

 

Observar la historia argentina a través de una recopilación de discursos de sus protagonistas destacados es una propuesta atrayente. Pero si quien toma este libro en sus manos es propenso a dejarse desvelar por el pasado y el presente de este país, entonces la atracción se transforma en magnetismo y el lector no podrá alejarse de estas páginas a través de las cuales es posible escuchar desde Castelli y Monteagudo hasta el actual presidente en el discurso de asunción de su cargo.

Con un breve prólogo y concisos textos que introducen y contextualizan cada discurso, los compiladores facilitan el recorrido, que incluye documentos como el Manifiesto Liminar de los estudiantes cordobeses de 1918, entre otros.

Dado que protagonismo destacado, probidad y talento no van necesariamente uno con otro, la recopilación incluye materiales detestables, aunque no por ello menos necesarios para observar y comprender el decurso -o la caída, si se prefiere- de la historia argentina. Sin embargo el encuentro con textos cargados de inteligencia y pasión de tantos y tan desconocidos pensadores y luchadores es una honda gratificación, más allá de adscripciones ideológicas.

Puesto que son tantos, no cabe mencionar a ninguno. Pero son observables sí algunas ausencias a la vez sorprendentes y significativas. José de San Martín, por ejemplo; o Juan Bautista Alberdi; figuras harto aludidas en textos de historia pero ignotas en su papel real y poco menos que desconocidas para jóvenes a quienes este libro servirá, de todos modos, como valioso instrumento.

Otra incógnita presenta la reducción de la palabra obrera en la historia nacional a las voces de José Domenech (1936) y Saúl Ubaldini (1985). Extraña que para hacer inteligible el pasado y el presente no se haya incluido, como mínimo, a Germán Ave Lallemant, el fundador del movimiento obrero de Argentina; el desgarrado discurso de José Peter, cuando por orden del Partido Comunista -orden a su vez emanada de la cúpula soviética- levantó la huelga de los obreros de la carne contra frigoríficos ingleses durante la Segunda Guerra Mundial (dato crucial para entender el posterior vigor del peronismo); o alguno de los célebres pronunciamientos de Agustín Tosco, que en los años 1960 y 70 proponían otro destino al país.

Como quiera que se interpreten estas omisiones, se trata de un libro necesario y placentero, recomendable sobre todo para desmentir a quienes sospechan que la política siempre estuvo en manos de personas incultas, ineptas y corruptas.e todo para desmentir a quienes sospechan que la política siempre estuvo en manos de personas incultas, ineptas y corruptas.

Clase obrera y militancia marxista ante una nueva etapa

porLBenCR

 

Con el fin del gobierno peronista culminó un largo ciclo de la lucha social en Argentina, cuya última fase podría tomar como punto de partida el Cordobazo del 29 de mayo de 1969. Cabe a historiadores marxistas la tarea de sistematizar hechos, analizar conductas y líneas políticas, exponer paso a paso el movimiento de las clases y sus representantes durante este período. Aprehender toda la significación de la experiencia vivida en estos años es un factor ineludible en el cometido de recomponer fuerzas y educar a las nuevas generaciones. En tanto ese objetivo no se haya alcanzado, algo esencial faltará en el arsenal necesario para armar a las masas en pos de la victoria; y persistirá la deuda con las incontables víctimas de la lucha de clases en este lapso: sólo el rescate de una experiencia a través de la teoría, y su materialización en una organización que le dé continuidad en un plano superior, puede hacer fértil tanto sacrificio.

Al igual que en la tarea de recuperar y asumir la teoría del socialismo científico, todo intento de arribar a aquellos objetivos desde fuera de la acción política está condenado al desvío y la esterilidad. Tanto más cuando el cambio de gobierno, la eventual eclosión de la crisis económica, las características del nuevo elenco gobernante, el estado de disgregación, confusión y parálisis de la clase obrera, la desaparición de la izquierda revolucionaria del terreno político y, condicionándolo todo, el drástico cambio de la situación internacional, dan lugar a una realidad política que requiere inmediata intervención.

 

Las fases recorridas

Treinta años atrás, las voces más serias del marxismo en Argentina afirmaron que el Cordobazo marcaba el fin del peronismo. No estaban equivocadas. Aunque en más de un caso se midió erróneamente la distancia entre la muerte de un fenómeno social y su extinción como expresión política, sobre todo se desconoció el hecho de que para reemplazar un movimiento de masas es necesario otro igualmente abarcador que lo niegue superándolo.

No sólo para la burguesía argentina se agotaba el recurso de encuadrar y manipular a las masas mediante el populismo. El fenómeno que había dominado medio siglo de vida política en prácticamente todo el continente agonizaba en conjunto, acosado por una fuerza subterránea e invisible: la reaparición de la crisis capitalista en los países imperialistas y su impacto sobre América Latina. Se trata de un fenómeno que excede las fronteras nacionales, aunque esta identidad fundamental no desmiente el hecho de que es la particularidad de cada país la que define el curso concreto de los acontecimientos.

Con la muerte histórica de los grandes movimientos nacional-populistas, se replanteó la disputa ideológica en el seno de las masas obreras y campesinas; y encuadrado en esa confrontación de alcance estratégico, el combate político y organizativo. Tres grandes fuerzas entraron al campo de batalla para disputar el lugar dejado vacante por el nacional-populismo: socialdemocracia, socialcristianismo y marxismo(1). La historia desde entonces es la historia de ese combate.

El saldo a fines de 1999 y a la luz del sentido común no deja lugar para la discusión. Pero lo que está en discusión es el sentido común como recurso válido para comprender los complejos movimientos de la historia.

Como cuando Pirro venció a los romanos, en el período que venimos considerando la burguesía perdió un ejército con cada batalla victoriosa: trajo a Perón y logró que la clase obrera desviara el rumbo esbozado en el Cordobazo. Pero para ello inutilizó aquel extraordinario instrumento ideológico y organizativo que desde fines de los ’40 ponía una barrera insuperable al proletariado. Una palanca clave para alcanzar ese objetivo fue la burocracia sindical cegetista. Pero el costo fue su demolición definitiva (hay que recordar las Coordinadoras de 1975 y desechar la idea de que aquello se esfumó para siempre). Por la pérdida de estas dos herramientas fundamentales la burguesía tuvo que apelar luego a las fuerzas armadas en rol de combate contra las masas. Y su efímera victoria le costó, nada menos, la pérdida de su ultima ratio: en seis años la institución profesional de defensa armada de la propiedad privada quedaría desarticulada, aplastada, irremisiblemente desprestigiada ante la sociedad y para siempre reconocida como enemiga por las masas explotadas y oprimidas. Vino luego la UCR travestida de progresista. Esta captó y canalizó, como se sabe, la explosión democrática de las masas. Y en seis años se vio destruida por la misma fuerza invisible que demolió a sus predecesores. Ocupó el lugar una caricatura grotesca del antiguo peronismo. Pero en este punto la burguesía, asumiendo el hecho de que no contaba con instrumentos propios para ejercer su poder con efectividad y arbitrar entre las diferentes facciones del capital local e imperialista, entregó explícitamente aquella capacidad al capital financiero internacional, más específicamente a Estados Unidos. Mediante este recurso extremo el capital compró tiempo -ocho años- durante el cual impuso todas las medidas necesarias para sostenerse.

Basta observar cada punto de inflexión, cada victoria política de la burguesía, para comprobar que la verdadera línea divisoria del combate la trazó la posición que en los hechos se sostuviera ante la opción conciliación de clases o lucha de clases. Del simple registro de la posición adoptada por cada uno surge la explicación de por qué el capital logró sucesivas victorias.

La anteúltima de ellas ocurrió cuando ya la de 1991 (denominada en términos económicos plan de convertibilidad) acumulaba todas las condiciones para estallar: la socialdemocracia, el stalinismo y el socialcristianismo se aunaron para captar y desviar la búsqueda de una línea de acción independiente de las masas obreras y populares. Así nació el Frente Grande. La continuación del peronismo por otros medios. Es decir, la comprobación de que el peronismo estaba muerto. (Por una circunstancia ajena a estos avatares, la aplicación en Brasil del Plan Real valorizó artificialmente la moneda local, abrió in extremis la posibilidad de redireccionar las exportaciones hacia ese país y contribuyó a la sobrevida del plan Cavallo). No es preciso detallar los acontecimientos desde entonces(2). Importa sólo subrayar que a través del Frente Grande las masas fueron desviadas en 1993, 1994 y 1995 hacia la opción burguesa teledirigida por el imperialismo: la UCR mostró su verdadero estado al ser derrotada una y otra vez y en todas las instancias por el apresurado engendro «frentista», que le hacía morder el polvo en cada elección y canalizaba así la demanda social de oposición al statu quo.

Una criatura contrahecha como el Frente Grande (devenido Frepaso tras su subordinación a José Bordón, delegado de la extrema derecha vaticana) no podía, desde luego, garantizar un gobierno alternativo. Por eso nació la Alianza. No ya la izquierda de la UCR, sino ésta como tal, debía sumarse a la maniobra estratégica. (Es esta operación la que explica el aparente absurdo de que en el último congreso de la así llamada Internacional Socialista, expusiera como orador de lujo el Sr. Fernando de la Rúa, derecha explícita del partido de Alvear).

Estos artilugios dieron como resultado una nueva victoria del capital, el 24 de octubre. ¿Pero cuál ha sido el precio? La respuesta está graficada en la suerte de la señora Rosa Castagnola de Fernández Meijide: la destrucción del Frepaso.

Así, se llega al fin del siglo: la burguesía no tiene a la UCR ni al PJ; no tiene fuerzas armadas; no tiene el vástago progresista tan malquerido como necesario.

 

Clase obrera y sus aliados

¿Qué ocurrió mientras tanto con el proletariado, la juventud, los sectores sociales explotados y oprimidos?

Basta mirar en derredor para tener la respuesta. Pero una mirada que no incluya la dinámica que desembocó en este punto perderá aquello que constituye precisamente su significación principal: la actual situación es resultante de la crisis del capitalismo y de la destrucción sistemática de todas sus instituciones. La burguesía sólo puede mantener la iniciativa y presentarse victoriosa en medio del desastre nacional que ha producido porque la resistencia ha estado hasta ahora determinada históricamente por la reiteración, bajo diferentes formas, de concepciones dominantes a escala internacional y nacional en el movimiento obrero (la socialdemocracia, el stalinismo y el peronismo) que tienen en la médula la noción de conciliación de clases como base para todo su accionar.

Pero aun esta conjunción fatídica no alcanza a explicar la confusión, la parálisis, del movimiento obrero. El factor decisivo para explicar el retroceso sistemático es la desorientación teórica y la incapacidad política de las muy numerosas y considerablemente vigorosas organizaciones -así como la fuerza aún mayor de militantes no encuadrados hoy en organizaciones partidarias- que no comulgan con la conciliación de clases pero no han (no hemos) logrado articular una política capaz de servir como alternativa a la clase obrera y sus aliados.

Por rémoras tan gravosas en la práctica como las del stalinismo -determinadas en última instancia por la victoria de esta corriente contrarrevolucionaria sobre el movimiento obrero a escala mundial- para innúmeras fracciones que se le oponen desde diferentes vertientes ha sido imposible conciliar las nociones de unidad social y política de las masas oprimidas y explotadas con la de partido revolucionario marxista. Aquello que la Internacional Comunista denominó en sus cuatro primeros Congresos Frente Unico Proletario y Frente Antimperialista, son conceptos perdidos o desvirtuados por regla general para la mayor parte de la militancia revolucionaria marxista, la cual, empujada por esta carencia, oscila desde hace décadas entre el ultraizquierdismo y el oportunismo.

Su lugar lo ocuparon políticas de conciliación de clases presentadas bajo rótulos tales como Frente Popular, Bloque de las cuatro clases, Frente de Liberación Nacional, etc, complementadas por abstracciones cuyo punto de partida es que las masas obreras son revolucionarias y si no avanzan en tal dirección es por culpa de dirigentes traidores. Para quienes entienden de esta manera la realidad social, lo único necesario es formar el estado mayor de un ejército conscientemente anticapitalista ansioso de combate y de victoria. Ese estado mayor es, claro está, el que comanda cada uno de los agrupamientos que sostienen tales posiciones. Los restantes son meras expresiones pequeñoburguesas, cuando no agencias contrarrevolucionarias. De semejantes interpretaciones -ajenas por completo al pensamiento marxista- se deriva una línea ante las masas y un criterio de construcción partidaria: la clase obrera como fuerza meramente instrumental y el partido como aparato.

Tales conductas resultaron decisivas en más de una ocasión para que una posibilidad de salto cualitativo en la situación de las masas obreras se transformara en victoria del enemigo de clase. Por eso es falso reducir la situación de la izquierda revolucionaria al estado de disgregación de la clase obrera. Pero aquellas conductas tuvieron un saldo, un resultado político y social concreto que hoy gravita con peso determinante sobre la relación de fuerzas sociales; por lo cual es igualmente falso desconocer que la recomposición de fuerzas consecuentemente anticapitalistas, además de inseparable, es hoy extremadamente dependiente del tránsito del conjunto del proletariado hacia su unidad social tras un proyecto político propio.

No es posible eludir la responsabilidad de las diferentes organizaciones de izquierda -pero sobre todo la de aquellas que continúan reivindicándose revolucionarias- sobre el actual estado de la clase obrera y la sociedad en su conjunto. No será posible salir de la encrucijada sin asumir esa responsabilidad hasta las últimas instancias.

Y esto resulta tanto más perentorio cuanto más se evidencia que el desarrollo objetivo de la crisis del sistema se ha acelerado y se multiplican los indicios de que se aproxima a un estallido.

 

Coyuntura a partir del gobierno de la Alianza

Desde el 10 de octubre de 1999 la burguesía asume la realidad anteriormente descripta y, por primera vez desde la Organización Nacional, gobierna mediante una coalición. La Alianza es sólo una parte de ese frente único de las clases dominantes. Los otros dos aparatos equívocamente denominados partidos (Justicialista y Acción por la Republica) se suman explícitamente al gobierno burgués de emergencia. Pero lo más relevante es que tal coalición lejos de resolver la fractura del capital, la institucionaliza : un gabinete polarizado en dos bloques y, frente a éste, un consejo de asesores conducido por el capital financiero internacional.

La fuerza centrípeta que une a las distintas fracciones tras el rostro de De la Rúa es evidente: la burguesía afronta una coyuntura extremadamente grave, dominada por déficits inmanejables en el fisco y el sector externo, endeudamiento fuera de control y compromisos incumplibles en cualquier hipótesis, situación sin salida tras ocho años de paridad ficticia de la moneda, en la cual es imposible continuar con la convertibilidad y es imposible salir de ella sin provocar un colapso de imprevisibles proporciones. Sean cuales sean las medidas a adoptar en el corto y mediano plazos, ellas significarán descargar sobre las masas penurias incomparablemente mayores a las vividas hasta ahora; lo cual plantea la posibilidad cierta de descontrol político, fractura social irreparable y eventual conformación de una fuerza de masas con un programa antimperialista y anticapitalista.

Por el contrario, la fuerza centrífuga al interior del gobierno está provocada por una multiplicidad de conflictos interburgueses sin solución pacífica posible, que corporizan al interior del Ejecutivo los ejes de confrontación que señalamos a escala mundial y local desde hace años: la lucha interimperialista (nunca como hoy visible en un gobierno la representación directa y en colisión de los imperialismos europeo y estadounidense); la confrontación del gran capital financiero internacional con la gran burguesía local; la alianza del imperialismo y sus socios subordinados contra la clase obrera y el conjunto de la población .

Imposible prever cómo se desarrollará este cúmulo de contradicciones interburguesas, encuadrado además en una nueva y muy inestable situación internacional(3). A cambio es rotunda la certeza en un punto: la imposibilidad de la clase obrera de encabezar una oposición en representación del conjunto de la nación hará que aquellas disputas ocupen el centro del escenario por todo un período, se agraven hasta límites que pueden poner en riesgo la estabilidad institucional y coexistan con una sistemática arremetida contra los intereses económicos de las masas, llegando eventualmente a recurrir a la represión extrema si reacciones espontáneas de los agredidos así lo requieren. Esta certeza no niega sin embargo la posibilidad de que, tanto como expresión de exigencias propias de la gran burguesía local, como por necesidad de paliar la situación social y dar espacio a operaciones políticas policlasistas en continuidad con la que con tanto éxito encarnara el Frente Grande, las medidas incluyan, por ejemplo, planes de construcción de viviendas y determinadas obras públicas que pudieran disfrazar la continuidad de la política económica aplicada con breves intermitencias desde 1976(4).

No habrá por tanto una sustantiva innovación programática en la conducta de las clases dominantes ante la crisis capitalista. El cambio de guardia, no obstante, tanto por la naturaleza de la Alianza como por el agravamiento de la crisis, trazará un límite significativo para el movimiento de masas y, en un plazo relativamente breve, estará planteado el inicio de una etapa nueva en todos los órdenes para la situación política nacional.

 

Otra batalla

Envuelta y desdibujada por los vaivenes de luchas revindicativas, alzas y reflujos de la combatividad social y la nunca ausente ambición de fuerzas electoralistas por alcanzar la codiciada banca de diputado (o al menos un concejal…), hay por delante una nueva batalla en aquella confrontación estratégica -hoy más que nunca de efectivo alcance internacional- por conquistar el corazón y la inteligencia de las masas explotadas y oprimidas.

Aun en medio de sus incongruencias y contradicciones internas, el enemigo ha preparado no obstante sus diferentes Divisiones, cada una emplazada en su lugar (el Opus Dei al comando de la educación; terroristas y fascistas ubicados en los máximos cargos en provincias claves; agentes directos del imperialismo en puntos decisivos del aparato del Estado). La más importante entre ellas mientras la confrontación se desenvuelva en términos institucionales -y decisiva cuando ésta pase a otra fase- es sin embargo la que cumple el papel histórico del caballo de Troya. Para esta división el capital carece de generales y no tiene siquiera capitanes. Confía sin embargo en ávidos aspirantes a sargentos, provenientes de las propias filas del movimiento obrero y popular.

La CGT en vías de reunificación es una de las postulantes. Desde el comando de los grandes aparatos -vacíos pero todavía poderosos- que contienen sindicalmente al movimiento obrero industrial, su papel consiste en dos tareas principales: impedir la resistencia y reorganización del proletariado que realmente pesa en el funcionamiento del sistema; y confrontarlo con el proletariado desocupado y los crecientes contingentes de marginalizados que produce la crisis al arrojar a la desesperación a ex pequeñoburgueses y obreros que jamás tuvieron ni probablemente tendrán ocupación. Subsidiariamente, estas cúpulas mafiosas pueden contribuir también como fuerza de choque selectiva, reiterando lo que hicieron bajo el comando de la burocracia miguelista en los años ’70.

Sin embargo el desprestigio de estas pandillas es tan grande y tan escasa su posibilidad de operar como burocracia sindical en el sentido clásico, que el sistema necesita de otros colaboradores.

Hay oferta abundante. El sector hegemónico de la CTA, que integra el aparato político de la Alianza y se comprometió públicamente con la campaña por De la Rúa (específicamente las conducciones de CTERA y ATE), no obstante las sonoras afrentas que ha sufrido desde antes incluso de la victoria electoral de sus aliados, corre tras cada uno de los nuevos gobernantes -sin excluir, por cierto, los de signo supuestamente opuesto que vencieron en la provincia de Buenos Aires) a la caza de un cargo y de seguridades institucionales para sostenerse con puntos de apoyo que no tiene -ni aparentemente podrá tener, aunque esa posibilidad no está absolutamente cerrada- en las bases del movimiento obrero, la juventud y el pueblo en general.

No obstante la palanca clave para vencer en esta nueva edición de la ya prolongada guerra ideológico-política entre defensores y enemigos del capitalismo es aquella hoy inexistente y, sin embargo, con vida objetiva en la sociedad y el activo militante: una fuerza política de conciliación de clases con postulados reformistas y raíces reales en los trabajadores y el pueblo.

Reedificar tal continuidad de lo que fuera el Frente Grande es hoy la máxima aspiración de aquellos que, habiéndolo gestado o alimentado, fueron por una u otra razón expulsados o empujados a los rincones poco atractivos del aparato del Estado. Se suman a ellos advenedizos de toda laya y, como sorpresa de fin de siglo, ex superizquierdistas que hasta ayer nomás aparecían como la oposición más vociferante y no vacilaban siquiera en denunciar a Fidel Castro como el máximo agente del imperialismo.

No otra cosa que una intentona en esa dirección es el «nuevo pensamiento». El encuentro realizado el 19 de noviembre en la aristocrática aula magna del no menos aristocrático Nacional Buenos Aires, fue el más audaz de los movimientos desde que, durante el período previo a la transformación del Congreso de Trabajadores Argentinos en Central de dirigentes, un bloque interno de ATE trató -sin suerte- de formalizar un aparato político(5).

A juzgar por los resultados de tan enjundioso esfuerzo (no lograron siquiera una declaración común y reconocieron en la clausura la imposibilidad de llevar adelante el proyecto de un periódico, desde hace tiempo anunciado y siempre postergado), el nuevo pensamiento (que era viejo ya en los años 20, cuando Friedrich Ebert lo puso en acción, y que de pensamiento tiene apenas algo más de lo que el ex presidente pudo hallar en las obras completas de Sócrates) no tendrá corporeidad en el corto plazo en un partido que continúe la faena del Frente Grande. Explícitamente sus promotores definieron su tarea inmediata como una especie de contrapeso al Consejo Asesor del flamante presidente(6).

Hay que insistir sin embargo en que palpitan fundamentos subjetivos y objetivos en la Argentina de fin de siglo para la existencia de tal tipo de organización promotora de la conciliación de clases, en un frente único renovado de socialdemócratas, socialcristianos-peronistas y stalinistas. El relevante papel del Partido Comunista de Argentina en las jornadas del nuevo pensamiento (que puso la cuerda con la que otros saltaron) indica no sólo la continuidad de la línea que esta organización impulsó cuando fue el eje para la construcción del Frente Grande, sino también la expresión de todo un sector de clases medias progresistas hoy huérfanas de representación política.

Confrontar y vencer a este conjunto de divisiones estratégicas del ejército enemigo es la tarea del próximo período, ya inaugurado, para los obreros conscientes y los revolucionarios marxistas.

Las leyes de la guerra advierten que se deben realizar los mayores esfuerzos por no presentar combate a varios enemigos a la vez. La historia muestra que, aun teniendo en cuenta ese principio, hay circunstancias en las que no es posible escoger. En tal caso la alternativa es la rendición o el ingreso al campo de batalla. Y para quienes excluyen la primera posibilidad, queda la exigencia de planificar escrupulosamente cada movimiento, diferenciar con precisión milimétrica los objetivos tácticos de aquellos estratégicos, buscar todas las grietas posibles en el campo enemigo y utilizarlas al máximo en función del plan de operaciones, pero, sobre todo, armar la fuerza propia.

Esto último significa, antes de ninguna otra cosa, saber quiénes y por qué forman en nuestras filas (es decir, una definición de principios); saber adónde se pretende llegar (esto es, delimitar con precisión un programa); trazar sin ambigüedades los criterios y caminos mediante los cuales se avanza en esa dirección (esto es, un plan de acción); y acordar sin lugar para dobles interpretaciones los métodos mediante los cuales todos y cada uno de los soldados de este ejército civil y proletario se relacionan entre sí (es decir, un Estatuto).

Estamos diciendo, claro, que la condición primera para afrontar esta nueva edición de la guerra que en su última fase lleva ya 30 años y en la que sistemáticamente hemos sido derrotadas las fuerzas revolucionarias, es la edificación de un genuino Partido de los Comunistas(7).

 

Relacionarse con la vanguardia mediante una política para las masas

Una reiterada inversión de la realidad lleva a militantes marxistas a buscar la vía de solución a la dispersión mediante propuestas enfiladas a la vanguardia. Poniendo por un momento al margen el hecho de que por regla general también está desvirtuada la noción de vanguardia, el hecho es que no se organiza a los hombres y mujeres dispuestos a combatir contra el capital dando respuesta a sus circunstanciales opiniones o predisposiciones, sino acertando con una línea de acción de masas, específicamente en relación con la clase obrera.

Unidad de la izquierda, Unidad de los revolucionarios, Unidad de los que luchan y otras consignas (estrategias) por el estilo, son expresión de aquella doble confusión. Vanguardia es quien está, en los hechos, a la cabeza de una lucha social; nunca quien se autoproclama como tal porque, supuesta o realmente, esgrime la teoría científica de la revolución o la voluntad consciente para llevarla adelante. De allí que, si acaso tienen éxito por un momento aquellas consignas, no se avanzará un paso en el camino de la revolución (recordar el ejemplo de Izquierda Unida a fines de los ’80).

La vaguedad extrema del concepto izquierda y la significación múltiple de la condición de revolucionario se trasladan potenciadas a cualquier instancia que, siquiera por un momento, los aúne. Para los revolucionarios marxistas la unidad buscada tiene dos destinatarios: de un lado las masas explotadas y oprimidas, por sobre definiciones de todo tipo aparte la decisión de luchar contra los de arriba; de otro lado, los comunistas.

Durante los últimos años organizaciones cuya voluntad anticapitalista no podría ponerse en duda, han transitado todos caminos en el intento de sumar fuerzas. Excepto el de trazar, probar y aplicar sistemáticamente, una línea de acción destinada a darle a cientos de miles de luchadores sociales una respuesta efectiva y eficiente para que pueda desenvolverse en su situación de vanguardia real de un movimiento real.

«Seguir el ejemplo del Santiagazo», «hagamos como en Cutral-Có», «exijamos a las burocracias una huelga general» o «un argentinazo ya», entre otras muchas, fueron las consignas de la desorientación y el desarme. En exacta correspondencia con estos lineamientos, la promoción de sucesivas marchas (en las cuales cuenta el manejo o no de dinero y aparatos, y sobre todo de un equipo de tambores y redoblantes), reemplazó y desplazó la intención seria de trazar una línea de unidad social y política de las mayorías, de organización y educación de las vanguardias.

Completado por la fuga al electoralismo de prácticamente todos los agrupamientos que enarbolaron estas posiciones, el costo de tales desvíos está a la vista.

No será posible afrontar con éxito las exigencias de la nueva etapa sin arrancar de cuajo estas concepciones: a la vanguardia real sólo se llega mediante una política que interprete y resuelva las necesidades de las masas, que entienda y atienda su estado de ánimo, su voluntad en un momento dado, la capacidad de movilización o no que tiene en cada circunstancia. Con estridencias y bravuconadas se reúne otro tipo de vanguardia; una que llegado el momento del choque real contra el enemigo no estará disponible o, en el mejor de los casos, no estará en el lugar que corresponde: al frente de las masas.

La diversidad y dificultad de las tareas que supone hallar en cada circunstancia la respuesta apropiada para contribuir a la movilización, la concientización y organización de las masas, sólo puede ser llevado a buen término por una organización armada con la teoría del socialismo científico. El marco extremadamente crítico al que la crisis del capital ha llevado a la sociedad hace perentorio para todos aquellos destacamentos que se consideran revolucionarios marxistas buscar y encontrar el camino de recomposición de fuerzas. En toda América Latina se vive una coyuntura histórica excepcional. Arribar a la fundación de un partido a la altura del desafío planteado, converger con esfuerzos similares en el continente, es un imperativo de la hora.

 

Notas

1.- Una aclaración resulta aquí fundamental: entre las fuerzas que se denominan marxistas, está la corriente que conceptualmente y de manera explícita prolonga al stalinismo. Al interior de esta corriente hay en alta proporción militantes y organizaciones sinceramente comprometidos con la revolución. No obstante, el stalinismo propugnó y propugna la conciliación de clases, a la cual teorizó mediante el recurso de «las etapas de la revolución». Verborragia y métodos aparte, el stalinismo es por eso, en última instancia, idéntico a la socialdemocracia. Otro tanto ocurre con el stalinismo vergonzante de los partidos comunistas adscriptos a Moscú hasta el colapso de 1991. Esto constituye una dificultad adicional para la batalla estratégica señalada, puesto que entre las fuerzas marxistas la confusión ideológica todavía hace estragos.

2.- El paso a las formas violentas de disputa interburguesa no es algo a futuro: deben ser contados como detonantes de recursos extremos los numerosos muertos del último período, entre los cuales el hijo del ex presidente y Alfredo Yabrán. En este conjunto los ampulosos movimientos en torno a denuncias por lavado de dinero y tráfico de drogas deben ser interpretados exclusivamente como parte de la lucha interburguesa: los estupefacientes son sencillamente una mercancía más, diferenciada sólo por su tasa de ganancia incomparablemente más alta en relación con las demás.

3.- Al respecto ver Europa en guerra: causas y perspectivas; en Crítica N° 21; y Ser comunista en el siglo XXI, Luis Bilbao, Editorial Búsqueda, Buenos Aires 1999.

4.- El plan económico presentado formalmente en la Carta a los argentinos fue analizado en Réplica a la Alianza; Crítica N° 20, octubre de 1998.

5.- Ver Eslabón N° 1; septiembre 1995; pág. 5; Crítica N° 14, pág. 129; septiembre 1996.

6.- Ver Un senil nuevo pensamiento; Carlos Antón, El Espejo N° 77; pág. 2.

 

reseña

Historia virtual. ¿Qué hubiera pasado si…?

porLBenLMD

 

De Niall Ferguson (director)

Editorial: Taurus
Cantidad de páginas: 460
Lugar de publicación: Madrid
Fecha de publicación: Enero de 1999

 

¿Ciencia o divertimento? Ni lo uno ni lo otro. Y con dosis variadas de ambos. Los diez ensayos contrafactuales -hipótesis respecto de los posibles cursos de la historia si acontecimientos relevantes no hubiesen ocurrido tal como ocurrieron- constituyen materia estimulante para el conocimiento y la reflexión. Otra cosa es responder en qué medida estos textos contribuyen a satisfacer aquello que estimulan. En la introducción Niall Ferguson se empeña en fundamentar la consistencia de los contrafactuales. Para ello la emprende contra el determinismo histórico. Introduce en una bolsa flexible a Hegel, Calvino, Kant, Smith, Darwin, Marx y H. E. Carr (entre incontables nombres menos conocidos), y luego golpea con rudeza al bulto.

¿Causalidad o casualidad en el devenir histórico? Hacia fines de los años 1920 Werner Heisenberg (físico destacado entre quienes contribuyeron al nacimiento de la mecánica cuántica) afirmó el “principio de incertidumbre”, refiriéndose a la posición y velocidad de una partícula. La indeterminación se trasladaría luego como ley fundamental a la naturaleza y de allí a todas la ciencias. Siete décadas después Ferguson no ha podido salirse de la alternativa causación mecánica-indeterminación absoluta, denunciada y superada ya en el siglo pasado por Federico Engels, otra de las víctimas predilectas en la embestida del autor.

En su camino “hacia una teoría caótica del pasado” Ferguson apenas alude a la teoría del caos, a la cual aparentemente iguala con el principio de indeterminación. Ocurre que los más avanzados experimentos de esta nueva y consistente teoría comprueban causalidad en el caos, así como constatan caos en todo fenómeno determinado.

Brasil, tentado por una opción sudamericana

porLBenLMD

 

Confrontada a la paradoja del enorme poder y desarrollo económicos y la pavorosa exclusión social del país, y ante dos cruciales procesos electorales en el horizante cercano, una parte importante de la dirigencia brasileña, presionada por la agitación sindical y campesina, se inclina por explorar la vía de un mercado regional sudamericano autónomo, capaz de explotar al máximo las posibilidades de la región.

 

¿Crisis en Brasil? A la vista del flamante conglomerado de torres surgidas casi de la noche a la mañana a lo largo de la Avenida Berrini -prolongación, a unos diez kilómetros de distancia, de la tradicional Avenida Paulista, centro histórico en San Pablo de las finanzas y la gran industria- la respuesta sería una rotunda negativa. Por las espectaculares dimensiones de los edificios, el despliegue arquitectónico y el ostensible derroche de tecnología y riqueza, el «bairro Berrini» muestra un país pujante, opulento, satisfecho de sus incontables recursos y lanzado hacia el futuro con la misma audacia de los rascacielos que hienden el manto de polución, prueba ella misma de sobresaliente capacidad económica.

Otra será la impresión, no obstante, si la vista logra vencer la atracción de tanta magnificencia y mira en derredor, a nivel de las suntuosas veredas donde deambulan como espectros, en cantidades que asombran incluso a conocedores de las miserias de San Pablo, personas que de tanta carencia, han perdido incluso la condición de tales.

Brasil no es Malasia y San Pablo no es Kuala Lumpur, donde edificios igualmente desmesurados hacían ostentación del milagro de un país monoproductor de caucho transformado en el mayor fabricante de semiconductores del mundo, antes de que el sueño se transformara en pesadilla, tras el colapso de 1997, y dejara como legado incontables edificios vacíos y sin utilidad alguna(1). El «bairro Berrini» no surgió de la nada ni en un período de auge, sino en el momento crítico de una nación altamente industrializada y con enorme acumulación de riquezas. Sin embargo, entre ambos países hay en común más que una coyuntura crítica: la marginalización. El destino de abismo dantesco para millones de seres humanos está a la vista en Brasil con dimensiones asiáticas y relieves del primer mundo. Y esa dualidad apabullante penetra como una cuña irrefrenable también en la sociedad y en el gobierno.

«Dos corazones laten en mi pecho» podría decir, como Fausto, el presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso. A diferencia del personaje de Goethe, sin embargo, el ritmo desacompasado del país un año y medio después de haber soltado amarras de la paridad fija de su moneda, no proviene de vacilaciones metafísicas sino de poderosas fuerzas materiales que, desde la cúspide del poder, pujan en sentido inverso: una, hacia un mercado único «de Alaska a la Patagonia», como gustan decir en Washington; la otra, en dirección a un bloque sudamericano, encabezado y hegemonizado por Brasil y objetivamente enfrentado con el proyecto estadounidense de aunar el mercado continental no ya bajo su predominio, sino incluso con una moneda única: el dólar.

Otros tres países del área penden a ambos extremos de esa cuerda en tensión: Chile y Argentina de un lado; Venezuela del otro. Ese complejísimo entramado de fuerzas -a menudo alimentadas por causas ajenas a toda planificación y control- tendrá una instancia acaso decisiva el próximo 31 de agosto, cuando en el palacio del Planalto se reúnan los presidentes de toda la América Latina y el Caribe, en respuesta a una invitación de Cardoso y en clara muestra de que, al menos en ese gesto, un corazón muestra mayor vigor que el otro.

La batalla está librándose en cada capital (los intentos por acelerar el paso de la dolarización en Ecuador; las convulsiones en Paraguay; el resquebrajamiento de la alianza que sostuvo a Alberto Fujimori en Perú, son apenas algunos de los ejemplos a la vista). Y desde luego no intervienen en ella sólo las autoridades locales y los embajadores de Washington. Recientemente, en Buenos Aires, el diario La Nación puso el dilema a debate con un titular a toda página en su edición dominical: «Match económico entre los bloques más poderosos: Estados Unidos contra Europa en la Argentina»(2). Rota la regla no escrita que indicaba no hablar explícitamente del tema, dos días después Clarín complementaba: «Ofensiva diplomática europea: Alemania impulsa una alianza estratégica con Latinoamerica»(3).

Sin embargo, para jugar el papel que le cabe al país de mayor peso regional en la definición de esa controversia crucial, Brasil deberá ante todo saldar la contradicción instalada en el seno del propio gobierno desde la conformación de la alianza entre el Partido Social Demócrata de Brasil (PSDB) y el Partido del Frente Liberal (PFL), acentuada por un novedoso factor externo luego de la devaluación del 13-1-1999.

Hasta esa fecha Cardoso había mantenido artificialmente el valor del real, con leves correcciones periódicas, en un sistema algo más flexible que la convertibilidad argentina pero basado en el mismo mecanismo. La aparente estabilidad que esta conducta monetaria suponía fue la clave para la victoria electoral de Cardoso en 1994 (el favorito hasta dos meses antes de los comicios era el candidato del Partido de los Trabajadores, Luiz Inacio Da Silva, «Lula») y continuaba siendo imprescindible para su reelección a fines de 1998. La ficción cambiaria era no obstante evidente y su sostenimiento produjo la fuga de unos 50 mil millones de dólares entre agosto y diciembre de 1998. Para sostener ese artificio mediante el endeudamiento interno y externo, las tasas de interés subieron hasta un 50%. El quinquenio del real «fuerte» le había costado a Brasil un aumento de su deuda pública de un 424%, pese a que, como en otras latitudes, simultáneamente se habían vendido empresas del Estado por unos 85 mil millones de reales, 30 mil de los cuales fueron destinados al pago de la deuda. Al momento de la devaluación el endeudamiento interno -a las tasas señaladas- se estimaba en un equivalente a 270 mil millones de dólares. El total de la deuda pública equivalía a mediados de enero de 1999 al 50% del PBI; entre enero y noviembre del año anterior se habían pagado 65.740 millones de reales (por entonces 1 dólar equivalía a aproximadamente 1,20 reales) sólo por intereses y con criterio unánime medios de prensa estimaban que para cumplir con sus compromisos externos e internos el gobierno necesitaría durante el transcurso de 1999 alrededor de 60 mil millones de dólares.

 

El poder financiero

Esta cascada de cifras siderales es necesaria para entender no sólo la exigencia impostergable de devaluar y frenar la fuga de divisas, sino también las condiciones en las que el presidente reelecto adoptó esa decisión. Porque es esa relación de fuerzas desfavorable al extremo la que explica un hecho sorprendente ocurrido dos semanas después: la asunción como presidente del Banco Central de Brasil de Arminio Fraga, quien al momento de su designación integraba el círculo áulico del magnate húngaro-estadounidense George Soros(4).

Luego de la sorpresa que enmudeció a políticos y analistas económicos, se sabría que dos ministros del gabinete (Pedro Malan, de Hacienda, y José Serra, de Salud, ambos militantes de izquierda en su juventud) se habían opuesto tenazmente a esa designación en los quince días posteriores a la devaluación, durante los cuales habían caído dos presidentes del Banco Central. Ambos ministros contaban con el discreto respaldo de la poderosa Federación de Industrias del Estado de São Paulo (FIESP) y, presumiblemente, el propio Presidente compartía esa posición. Pero el gobierno debía negociar con el FMI la efectivización de un préstamo excepcional de 42 mil millones de dólares, otorgado antes de la reelección de Cardoso para sostener las reservas mientras los capitales se fugaban en masa. Para liberar efectivamente el dinero, las autoridades del FMI querían garantías tan excepcionales como el monto en cuestión. Brasil conoció así por primera vez una práctica repetida en otros países del área: la llegada de una misión del FMI, que encabezada por el entonces vicepresidente Stanley Fisher, culminó una semana de controles con una conferencia de prensa en la que hizo exigencias escasamente originales: recorte de gastos, ajuste de tasas, privatización de empresas públicas, etc. A su lado, el ministro Malan lucía una forzada sonrisa.

Tras la «década perdida» de los años «80, entre 1990 y 1997 el PBI brasileño per capita había aumentado en total un 5% (0,6% anual), lo cual afectó duramente el nivel de ocupación(5). Pero la devaluación y su impacto múltiple sobre la economía acentuarían aún más el retroceso, dando lugar a una caída que recién comenzó a revertirse a comienzos de este año.

La destrucción de decenas de miles de puestos de trabajo en la industria coincidió además con despidos en el sector público, sumándose a la sistemática expulsión de mano de obra en el campo por obra de la tecnificación. Esta convergencia maléfica -sumada a la racionalización en empresas del Estado privatizadas- completaba un proceso iniciado una década atrás en cuanto a cambios en la organización del trabajo, aumento de la explotación relativa y absoluta y exclusión social: durante el período 1986-1997 «el trabajo legal se redujo en un 5%, mientras la ocupación en negro aumentó un 32% y el cuentapropismo saltó un 70% en relación con el nivel de 1985″(6). El llamado «sector informal» de la economía abarca al 54% de la mano de obra considerada como ocupada en San Pablo, Rio de Janeiro, Belo Horizonte, Recife y Porto Alegre.

Medir el nivel de desocupación y subocupación reales para el total del país constituye poco más que un ejercicio vano. Con todo, son suficientemente elocuentes las cifras relativas a la región metropolitana de San Pablo: un promedio de las diferentes estimaciones -a menudo muy distantes entre sí- indica que antes de la devaluación de 1999 la desocupación superaba el 18%. Este proceso se inscribe además en una dinámica estructural que en los últimos 50 años hizo que las ciudades brasileñas pasaran de 12 a 130 millones de habitantes. Hasta mediados de los «80 el desarrollo económico, aun con sus deformaciones y contradicciones, permitía albergar -en favelas de indecible miseria y degradación, pero albergar al fin- ese flujo constante del campo a la ciudad. Pero en las dos últimas décadas, en coincidencia con la tecnificación de las labores agrícolas y la consecuente expulsión de mano de obra, los centros urbanos no sólo no absorben nuevos contingentes humanos, sino que se han convertido a su vez en expulsores.

La primera y más impresionante expresión de esta tenaza es esa masa de despojos humanos que -sobre todo en San Pablo y Rio de Janeiro- contrasta tan violentamente con su contrafigura: la opulencia extrema. La otra manifestación de la misma causa tiene un carácter diferente y completa el panorama del Brasil actual: la beligerante militancia de campesinos sin tierra y lo que aparenta ser -tras una década de pasividad- una nueva oleada de demandas económicas y sociales por parte de los trabajadores urbanos.

 

Sem Terra

El pasado 2 de mayo contingentes campesinos de todo el país, convocados por el Movimento Sem Terra (MST), ocupó edificios públicos (principalmente sedes del INCRA -Instituto de Colonización y Reforma Agraria- y Ministerios de Hacienda) en 23 de los 26 Estados de la Unión. En un país donde, por razones históricas y geográficas, jamás ha habido una huelga general que abarcara realmente a todo el territorio, este despliegue de capacidad de convocatoria y organizativa impactó no sólo en los políticos de las clases altas: el jefe de la bancada de diputados del PT, Aloizio Mercadante, emitió de inmediato un comunicado en el que repudiaba la acción, alegando la defensa de los bienes públicos.

Mientras eso ocurría en Brasilia, la ocupación de ministerios se llevó a cabo con el mínimo de violencia que presupone tal actitud, pero alcanzó un carácter diferente en el Estado de Paraná, donde el intento oficial de detener la columna de sem terra antes de su ingreso a la capital acabó en la muerte del campesino Antonio Tavarez. Podía ser la chispa que detonara el polvorín. La bancada del PT desautorizó a Mercadante y se solidarizó con el MST, y el gobierno central buscó rápidamente la conciliación, mientras un sector del establishment político y la prensa denunciaba que el MST se proponía iniciar la lucha armada y aludió a la existencia de campos de entrenamiento militar. Un funcionario del INCRA que requirió el anonimato sostuvo ante este enviado que se han detectado dos lugares donde se imparte instrucción militar a campesinos, supuestamente ubicados en el Sur de San Pablo y en Goias. El MST califica esta información como infundio provocativo, destinado a justificar acciones represivas contra el movimiento.

De hecho, la alarma oficial y opositora no reside en la posibilidad de la aparición de una guerrilla, sino en otra perspectiva, esta sí constatable y asumida por la dirigencia de esta organización: durante el último período, además de su fuerte arraigo entre los campesinos sin tierra(7) el MST avanzó hacia una nueva base de sustentación de masas: las inmensas favelas que rodean a todas las ciudades brasileñas.

Con todo, el MST no tiene aún verdadera presencia urbana, carece de expresión política (aunque la mayoría de sus principales dirigentes son miembros del PT) y no parece en condiciones de plantearse en el corto plazo la lucha por el poder. Su fuerza reside en la avidez de millones de desposeídos por un pedazo de tierra. Una demanda que aúna socialmente pero no tiene -ni aparentemente pretende tener, por el momento- un proyecto político propio. Tras el demorado fin de las ocupaciones de mayo se estableció una tregua que el MST dio por finalizada el 10 de junio. Ante esto, hubo una fuerte mediación de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB), que concluyó en una nueva reunión con los ministros de Desarrollo Agrario, Raul Jungman y Justicia, José Gresgori, el 21 de junio pasado. Allí se acordó postergar la adopción de medidas de acción directa, mientras el gobierno considera el petitorio presentado por los dirigentes campesinos: entrega formal de las tierras ya ocupadas por 150 mil familias, distribución de alimentos, duplicación del presupuesto oficial para la reforma agraria y créditos para los campesinos por 12.020 euros a pagar en 20 años(8).

Simultáneamente, la pasividad de los sindicatos urbanos, dominante desde hace casi una década y acentuada el año pasado pese al impacto de la devaluación, parece llegada a su fin: innumerables huelgas, entre las que se destacan la de los docentes universitarios y los empleados estatales de casi todo el país, acompañan una iniciativa tomada recientemente por la Central Unica de Trabajadores y acompañada por Fuerza Sindical, una expresión de las antiguas estructuras pelegas (burocráticas): la lucha por la reducción de la jornada laboral de 48 a 36 horas semanales. «La CUT calcula, con base en un estudio del Departamento Intersindical de Estadística e Estudos Socioeconômicos (Dieese), que de esta manera se crearían 1.300.000 nuevos puestos de trabajo»(9). Inesperadamente, mientras contingentes metalúrgicos hacían marchas y actos públicos en San Pablo, Porto Alegre y otras ciudades, desde París el presidente Cardoso aconsejó a empresarios y trabajadores seguir el ejemplo de Francia y acordar una reducción de la semana laboral(10).

 

¿Contraofensiva política?

El 3 de octubre próximo hay elecciones municipales en todo Brasil. Y en el 2002, presidenciales. El creciente malestar social exige sin duda gestos oficiales que neutralicen el sostenido crecimiento electoral del PT, que pese a su ostensible giro hacia posiciones conservadoras continúa receptando descontento. Los sondeos previos indican que Lula tendría nuevamente chances de disputar la primera magistratura. Frente a él se perfila Ciro Gómez, un liberal asociado al Partido Popular Socialista (PPS, remanente del antiguo Partido Comunista Brasileiro), a quien amplios sectores del establishment ya parecen haber señalado como preferido. Otros candidatos en la línea de largada son el ministro José Serra y el controvertido gobernador de Minas Gerais y ex presidente Itamar Franco.

Mientras tanto, el presidente Cardoso suma gestos indicativos de que, al mejor estilo político brasileño, sin romper con el cúmulo de imposiciones del gran capital financiero internacional, toma distancia y ensaya otro rumbo. Es que la endeblez de la perspectiva de recuperación económica no podría ocultársele a un equipo gobernante con altas calificaciones académicas. Tanto menos la gravedad de la cuestión social. Y entre ambas, la voz apagada pero potente de una burguesía industrial y comercial a la que también amenaza la crisis.

El presidente del Banco Central, que había anunciado a principios de año un crecimiento superior al 5%, reconoció días atrás que éste será menor al 4%(11). «Consultores y empresarios comenzaron a revisar las proyecciones para el año, a causa de las turbulencias en el mercado internacional. Las conclusiones decepcionan…» dice un análisis periodístico(12). El texto cita al economista jefe del Citibank, Carlos Kawal: «la incertidumbre del escenario externo va a continuar afectando a la economía brasileña». Brasil vende el 23% de sus exportaciones a Estados Unidos y el 30% a la Unión Europea. El enfriamiento de la economía estadounidense y la caída del euro se suman al temor por la inestabilidad bursátil y tienden un manto de pesimismo. Los más optimistas estiman para el año en curso un crecimiento de entre el 2 y el 4% del PBI. Pero aun ese magro avance estaría basado en la exportación, es decir que tendría escasa o nula repercusión en el aumento del empleo. «La crisis argentina también incomoda a varios sectores de la economía brasileña, como la industria automovilística, que tiene el 58% de sus exportaciones en manos de los argentinos»(13).

Esos guarismos y perspectivas toman carnadura a simple vista: aparte los indigentes, lo más visible en las capitales son las legiones de personas cuya tarea consiste en cuidar y limpiar la propiedad de otros. La delincuencia, la violencia callejera, la inseguridad pública, han llevado a Cardoso a lanzar un Programa Nacional de Seguridad que prevé el desembolso de 1700 millones de dólares hasta fin del 2002 y, entre otras cosas, pone a los militares en la calle(14). Sin opciones, el gobierno ha debido enfrentar incluso la oposición militar: «Falta el Estado en las calles, no el ejército», declaró el comandante de esa fuerza, general Gleuber Vieira, quien sostuvo además días antes de adoptada la decisión presidencial: «la intranquilidad de la sociedad parte de problemas de remuneración, de empleo, de falta de presencia permanente del Estado y de la asistencia a las poblaciones, que debilitan y abren espacio para el crimen organizado» (15).

¿Un general dándole lecciones de sociología al profesor Cardoso? Una paradoja más en un país donde abundan. Pero también un signo adicional de que, incluso con prescindencia de la voluntad del heterogéneo equipo que ocupa el Planalto, Brasil pugna por hallar una salida a la encrucijada. No hay duda de que ese es el sentido de la decisión de Cardoso de convocar una reunión de presidentes de los 12 países sudamericanos a fines de agosto.

Estos pasos hacia un bloque alternativo al Tratado de Libre Comercio (TLC: EE.UU. Canadá, México), que objetivamente se contrapone a la estrategia del Area de Libre Comercio Americana (ALCA), impulsada por EE.UU., ya provocó reacciones. El presidente mexicano Ernesto Zedillo protestó por el carácter estrictamente «sudamericano» de la reunión. «Un síntoma del grado de aprensión con el que México ve el primer ejercicio claro de liderazgo de Brasil en América del Sur… pero los mexicanos no fueron los únicos», estima un agudo comentario diplomático(16). Con toda razón. El secretario de Comercio estadounidense, William Daley, durante una conferencia en España admitió por primera vez que el plan de concretar el ALCA en el 2005 podría fracasar. «Si eso ocurre será por culpa de Brasil», dijo(17).

Los mayores beneficiarios de su política hasta el momento cargan otras «culpas» sobre los hombros de Cardoso. La más reciente es el cambio drástico del modelo de privatización en el sector eléctrico. El gobierno decidió vender en subasta pública las acciones del complejo Furnas (nueve usinas hidroeléctricas y dos termoeléctricas), lo cual deja en sus manos el control de la empresa y sienta un precedente que, aplaudido por políticos opositores al declinante «neoliberalismo», significa en cambio «un enorme retroceso» para «ejecutivos de empresas privadas, consultores e incluso grandes consumidores de energía»(18). Se trata de una medida inesperada, a contramano de la conducta mantenida hasta ahora por el gobierno, como lo revela el principal ejecutivo de otra compañía energética de gran porte: «quedamos atónitos con la noticia ; ese cambio refleja peleas intestinas en el gobierno y pone a todos los inversores con las barbas en remojo, pues es el resultado de presiones políticas contrarias a la privatización»(19).

Si la política exterior de un país es -como asegura la teoría- una prolongación de la política interna, esta suma de mudanzas acaso esté poniendo de manifiesto, además de una necesaria adecuación electoral, las múltiples y muy complejas derivaciones del conjunto de fuerzas que entran en colisión por la hegemonía de los mercados y que en este momento parecen inclinar la balanza a favor de una integración sudamericana. En todo caso, Brasil ya ha puesto en marcha importantes proyectos bilaterales con Venezuela.

  1. «Sólo llevaría un año de acuciantecrisis financiera y económica paralizar aquellas grúas (con las quese edificaban fantásticos edificios «inteligentes») y destruiruna parte sustancial de lo que se había logrado, tanto en Malasia como enla mayoría de sus vecinos y asociados regionales». Pioneros y líderes de la globalización, Daniel Yerguin y Joseph Stanislaw, Javier Vergara Ed., Grupo Z, Buenos Aires 1999.
  2. La Nación, Buenos Aires, 18-06-00.
  3. Clarín, Buenos Aires, 20-06-00.
  4. Como empleado de Soros, Fraga tenía un ingreso anual de 700.000 dólares; su salario en el Banco central sería de 8.000 reales mensuales, unos 50.000 dólares anuales. La prensa que sugirió con ese dato la presumible intención de Fraga, continúa acusándolo. Folha de São Paulo, 13-6-00.
  5. Economía global e exclusão social; GilbertoDupas. Ed. Paz e Terra, San Pablo, 1999.
  6. Ibid.
  7. Luis Bilbao, «Sem Terra, un movimiento original», Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, Septiembre1999.
  8. El País, Madrid, 23-6-00.
  9. Isto é, 14/6/00.
  10. Esa posibilidad fue descalificada por O Estado de São Paulo, 8-6-00.
  11. O Estado de São Paulo, 11-6-00.
  12. Folha de São Paulo, 11-6-00.
  13. Ibid.
  14. Eleonora Gosman, Clarín, Buenos Aires, 21-6-00.
  15. O Estado de São Paulo, 11-6-00.
  16. Paulo Sotero, «Cúpula sul-americana preocupa mexicanos», O Estado de São Paulo, 11-6-00.
  17. Idem.
  18. Estado de São Paulo, 13-6-00
  19. Idem.

 

reseña

Mi hijo el Che

porLBenLMD

 

De Ernesto Guevara Lynch

Editorial: Plaza y Janés
Cantidad de páginas: 380
Lugar de publicación: Barcelona
Fecha de publicación: Marzo de 2000

 

En su libro Mi hijo el Che, publicado originalmente en 1980, Ernesto Guevara Lynch narró la niñez y juventud de Ernesto Guevara de la Serna. Aquella biografía registra la vida del Che hasta 1953 y termina precisamente en el punto en que un joven, recién recibido de médico, corre a la par del tren que lo llevará a Bolivia y revoleando un bolso a manera de saludo grita: “Aquí va un soldado de América”.

Esa expresión premonitoria fue utilizada en 1987 por el padre del Che para titular un volumen que reúne la correspondencia desde aquella fecha hasta “aproximadamente octubre de 1956” cuando, deliberadamente impreciso, el hijo comunica a sus padres desde México la gran noticia: el inicio de una nueva etapa de su vida, en la que “la medicina es un juego más o menos divertido e intrascendente”, la postergación sine die de la redacción de un libro sobre la función del médico y la decisión de poner todo a un lado -incluso mujer e hija- porque “ahora viene lo bravo, vieja; lo que nunca he rehuido y siempre me ha gustado. El cielo se ha puesto negro, las constelaciones no se han dislocado ni ha habido inundaciones o huracanes demasiado insolentes; los signos son buenos. Auguran victoria. Pero si se equivocaran, que al fin hasta los dioses se equivocan, creo que podré decir como un poeta que conocés: ‘Sólo llevaré bajo tierra la pesadumbre de un canto inconcluso’. Para evitar patetismos pre mortem esta carta saldrá cuando las papas quemen de verdad (…) La lucha será de espaldas a la pared, como en los himnos, hasta vencer o morir”.

La correspondencia familiar deja ver mucho más al hombre tras el mito y permite acompañar la evolución personal, ideológica y política del Che: “mi posición no es de ninguna manera la de un diletante hablador y nada más -dice en una carta enviada desde Guatemala a su tía Beatriz , el 12-2-54- he tomado posición decidida junto al gobierno guatemalteco y, dentro de él, en el grupo del PGT, que es comunista, relacionándome además con intelectuales de esa tendencia que editan aquí una revista y trabajando como médico en los sindicatos”.

Estas páginas plasman también la disputa de concepciones y posturas con su familia -acaso expresión de una lucha más dura consigo mismo- con la espontaneidad de un joven que discute con la madre: “No soy Cristo ni filántropo, vieja, soy todo lo contrario”. dice en julio de 1956, cuando ya está próxima la travesía que lo llevará a Cuba con Fidel Castro. “Lo que realmente me aterra es tu falta de comprensión de todo esto y tus consejos sobre la moderación, el egoísmo, etc, es decir, las cualidades más excecrables que pueda tener un individuo. No sólo no soy moderado sino que trataré de no serlo nunca”.

Con la prosa vivaz y precisa que lo caracterizaría luego en sus escritos teóricos y políticos, estas cartas son un valioso -y gratificante- complemento para conocer los pliegues preparatorios del hombre, el pensador y el luchador, que el mundo conocería como “el Che”.

El Tercer Mundo busca una nueva identidad

porLBenLMD

 

Exigidos por economías debilitadas y sin perspectivas de crecimiento, los gobernantes de países subdesarrollados tratan de hallar puntos comunes y definiciones de largo plazo. La reunión en La Habana pone fin a una década de parálisis y desorientación del Tercer Mundo, aunque no resuelve su extrema heterogeneidad política.

 

Con una cumbre silenciada, el Grupo de los 77 resurgió de las cenizas y reapareció en sordina en el escenario internacional. La significación y el contenido potencial de esta reunión, en la cual también participó China, es inversamente proporcional a la difusión y el interés que despertó en analistas políticos y grandes medios de prensa.

Opiniones al margen, los números son elocuentes: 42 jefes de Estado y de gobierno, 13 vicepresidentes y viceprimeros ministros, 67 cancilleres y más de un centenar de altos funcionarios, en representación de 122 países cuya población suma 5000 de los 6000 millones de habitantes del planeta, sesionaron en La Habana entre el 12 y el 14 de abril. También estuvo presente el titular de las Naciones Unidas, Kofi Annan.

El G-77 nació en otro contexto internacional: fue creado en 1963, en Nueva York, por 65 países subdesarrollados y al año siguiente, en Ginebra, se fundaría oficialmente con 12 nuevos integrantes. El propósito era participar como bloque en la primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD). Nuevos componentes llevarían a 133 el número de países de este grupo que, no obstante, conservó su identificación original. Se trataba de un bloque de naciones típico de aquel mundo geopolíticamente polarizado por Estados Unidos y la Unión Soviética, en el cual había espacio para una «tercera posición», encarnada en el Movimiento de Países No Alineados (NOAL). Su reaparición en este momento fuerza la propia naturaleza del heterogéneo conjunto, como lo muestra la participación de sólo un presidente sudamericano, el venezolano Hugo Chávez, aunque todos los países enviaron representantes. Sin embargo, el hecho de que este cónclave del Sur aprobara en La Habana una Declaración y un Programa de Acción conjuntos en el mismo momento en que se iniciaba en Washington -con más controversias que nunca- la asamblea del Fondo Monetario Internacional, prueba que aquella antigua configuración geopolítica adormecida durante tanto tiempo reaparece impulsada por una necesidad inocultable y, aunque plagada de incongruencias e incompatibilidades, busca un nuevo perfil y espacio propio en el planeta «mundializado».

Este desplazamiento, al compás del cual varían todos los parámetros políticos internacionales dados como supuestos inamovibles durante la última década, no comenzó en La Habana y, previsiblemente, no concluye con la Declaración Final. Hay una significativa correspondencia de los pasos dados por este bloque y la crisis económica que azota a sus componentes. Los contactos que culminarían reavivando al Grupo de los 77 tras una década y media de desmembramiento y parálisis, comenzaron en Jakarta, dos años atrás, en una reunión internacional de ministros precisamente en momentos en que se desmoronaban las economías del sudeste asiático. Tiempo después, en el marco de la ONU en Nueva York, Cuba ofreció su capital como sede y plasmó el propósito de una reunión a nivel de presidentes, la primera en la historia del G-77.

Tal vez una explicación para la escasa o nula atención prestada a esta reunión en la cual estuvieron presentes los gobernantes de cinco sextas partes de la humanidad resida precisamente en el lugar en que se realizó. En su discurso de apertura el presidente cubano Fidel Castro expuso un diagnóstico crudo de la realidad mundial; y tras un llamado a «demoler el Fondo Monetario Internacional» y reemplazarlo por «un órgano regulador de las finanzas internacionales que funcione sobre bases democráticas y sin poder de veto para nadie», resumió el abrumador listado de cifras con una imagen y una propuesta: «Vemos a madres y niños en regiones enteras de Africa bajo el azote de la sequía y otras catástrofes. Nos recuerdan los campos de concentración de la Alemania nazi, nos hacen ver de nuevo las montañas de cadáveres o de hombres, mujeres y niños moribundos… Hace falta un Nüremberg para juzgar el orden económico que nos han impuesto, que cada tres años mata de hambre y de enfermedades previsibles o curables más hombres, mujeres y niños que todos los que en seis años mató la Segunda Guerra Mundial».

 

Norte y Sur: dos percepciones

Castro no dijo nada que no haya dicho antes. Pero la circunstancia -la audiencia- confirió un carácter diferente a sus palabras. «Estoy sorprendido por los otros líderes mundiales que estaban allí», dijo en Nueva York Abraham Foxman, director de la Liga Anti Difamación. Y subrayó: «Hubiese deseado que ellos se distanciaran de este tipo de afirmaciones. La pobreza es seria, es penosa y probablemente mortal, pero no es el Holocausto y no es campos de concentración»(1). He allí dos percepciones de la situación mundial que admiten la reducción de conflictos múltiples a una oposición geográfica: desde el Norte rico los crímenes nazis no pueden ser comparados con los sufrimientos actuales de la humanidad. Desde el Sur pobre y sometido, en cambio, la realidad es vivida en términos dramáticos y, en ocasiones, se impone por sobre diferencias ideológicas: ni una voz corrigió al líder comunista.

Por el contrario, uno a uno los oradores redoblaron las denuncias: «Nunca el mundo ha visto tan masiva disparidad social y económica» sostuvo el presidente de Nigeria Olusegun Obasanjo, quien condujo las sesiones de la cumbre. La brecha provocada por la desigualdad en el reparto de riquezas, agregó Obasanjo, «constituye una seria amenaza para la paz y la seguridad internacionales».

Esa consonancia se prolongará en otros escenarios. Además de la Declaración y también por unanimidad, los mandatarios aprobaron un Programa de Acción. Uno de los acuerdos para actuar en conjunto consiste en que el G-77 coordine con el NOAL una posición común con vista a la Cumbre del Milenio, convocada para septiembre próximo por la ONU.

Queda esbozada de esta manera una línea divisoria en el terreno internacional entre los países subdesarrollados y dependientes frente a las políticas alentadas por el Grupo de los 7 (Estados Unidos, Alemania, Japón, Francia, Italia, Canadá y Gran Bretaña). Pero si desde un punto de vista económico y social el trazo es nítido ¿qué contenido político -estratégico, podría decirse- será el que obre como factor aglutinante? En la respuesta a esta incógnita reside la clave para prever el curso del mundo durante el siglo XXI.

Por lo pronto, el bloque es un conjunto difícil de amalgamar. Es ilustrativa la unanimidad de los asistentes en el rechazo a la «imposición de leyes y reglamentos de efectos extraterritoriales y de cualquier tipo de medida económica coercitiva». Pero otros debates de la Cumbre mostraron la índole de la heterogeneidad: la denuncia común al efecto devastador de la deuda externa se transformó en distancia a la hora de pronunciarse por el no pago, como propone el gobierno cubano. Es un ejemplo entre tantos otros.

Poca duda cabe de que aquella línea divisoria respecto del mundo altamente desarrollado marca igualmente límites al interior de la mayoría de los países firmantes de la Declaración de La Habana, razón por la cual, mientras no se alcance un punto de mayor definición, la efectividad práctica de tales acuerdos se verá limitada. En lo inmediato, parecen tener más vigencia propuestas de aglutinamiento regional. El presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, proclama su voluntad de integrar Venezuela al Mercosur(2) tras haber firmado con este país acuerdos bilaterales de exploración petrolera. Cardoso firmó también acuerdos conjuntos con los gobiernos de Panamá, Belice y Santo Domingo y tomó una iniciativa de múltiple significación: convocó a una reunión de presidentes sudamericanos para fines de agosto(3). Chávez, por su parte, a la vez que acelera su aproximación al gigante sudamericano plantea como objetivo «reactivar el Tercer Mundo», alienta la creación de un Fondo de Solidaridad y dio un paso más audaz al abogar por la ampliación de un bloque que involucra a México, Venezuela y once países de Centroamérica y el Caribe. Los acuerdos de este grupo benefician a las economías centroamericanas y caribeñas cuando el precio del petróleo excede los 14 dólares por barril. «Hemos propuesto la ampliación del Pacto de San José, incluyendo a Cuba y otros países centroamericanos. Venezuela está dispuesta a otros acuerdos con países hermanos», dijo Chávez(4).

 

Cambio geopolítico mundial

Sin embargo, la real significación de esta reubicación planetaria en ciernes está dada más por el curso general de la situación mundial que por la propia voluntad de quienes protagonizaron este renacimiento del G-77 (más China), como amplio frente de resistencia al G-7 (más Rusia, cuyo flamante presidente, Vladimir Putin, envió no obstante un saludo al encuentro).

Días antes de la Cumbre Sur y la Asamblea del FMI un análisis insospechable alertaba: «De acuerdo con mediciones cuidadosas y probadas, Wall Street está hoy más sobrevaluada que en cualquier momento de los últimos 150 años. En septiembre de 1929, justo antes del crash (el índice de apreciación de las acciones) estaba en 33. Esto era mucho más alto que en los dos grandes picos del mercado durante el siglo pasado, en 1901 y 1966. Hasta 1999, estas tres fechas fueron los puntos más elevados en la historia de esta medida crucial: en los tres casos el mercado sufrió prolongadas (y, en 1929, catastrófica) caídas. En enero (de 2000) la apreciación de las acciones, calculada sobre las mismas bases, remontó a 44. Y en esta semana, después de tres meses de extraordinaria turbulencia, alcanzó otra vez ese nivel»(5).

Precisamente el viernes 14 de abril, cuando clausuraba sus sesiones el G-77 y comenzaba las suyas el FMI, Wall Street dio un nuevo aldabonazo. Los efectos múltiples de los temblores bursátiles, incluso si no desencadenan de inmediato un terremoto, mellan aún más las economías de los países atrasados, dependientes y endeudados. Es previsible que los objetivos de desarrollo, soberanía y discontinuidad en el pago de una deuda que supera los 2,5 millones de millones de dólares, genere fuerzas convergentes. La eventual transformación de esa necesidad objetiva en decisión política conjunta rediseñaría por completo un mapa internacional hoy inestable por demás. La protagónica participación de China en la Cumbre de La Habana habla por sí sola respecto de las fuerzas en juego.

  1. New York Times, 13/4/00.
  2. Clarín, 24/4/00.
  3. Ver en esta edición, Carlos Gabetta, «Diplomacia de la sumisión», pág. 3.
  4. Prensa Latina, 13/4/00.
  5. The Economist, 25/3/00.

reseña

Pioneros y líderes de la globalización

porLBenLMD

 

De Daniel Yergin y Joseph Stanislaw

Editorial: Javier Vergara Editor-Grupo Zeta
Cantidad de páginas: 650
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Enero de 1999

 

“Las alturas del poder”, título original de esta obra, alude al enfoque y el plan de los autores. Profesores de Cambridge y alineados sin rodeos con la corriente de pensamiento económico denominada neoliberalismo, Yergin y Stanislaw atribuyen a Lenin esa expresión, en el contexto de la Nueva Política Económica que un lustro después de la revolución abrió espacios al funcionamiento del mercado en el marco de la planificación central. “El Estado debía seguir controlando ´las alturas del poder´ económico, es decir, los elementos más importantes de la economía”, dicen en la introducción.

A partir de allí, los autores emprenden un recorrido destinado a mostrar cómo la crisis de los años 20 y 30 del siglo pasado trasladó esta noción a Occidente y la impuso en el período de postguerra mediante lo que luego sería conocido como Estado de bienestar. Con fluido conocimiento de hechos y personajes -y una composición y escritura más emparentadas con el periodismo que con los tratados económicos- Yergin y Stanislaw muestran cómo aquellas “alturas” fueron pasando en los países industrializados a manos de los Estados, ya sea mediante empresas públicas o métodos de regulación. Un capítulo expone ese fenómeno en el tercer mundo.

Una vez descripto el panorama de una economía mundial dominada por los conceptos keynesianos, el siguiente paso es mostrar “el giro en U” de partidos y teóricos, que comenzaría a insinuarse a partir de mediados de los años 70 y daría lugar a la denominada “revolución conservadora” con la llegada de Margaret Thatcher al gobierno británico, en 1979. Los autores recorrerán la extensión de las nuevas políticas a través de Europa, Estados Unidos, América Latina, Africa, Rusia, China e India hasta recalar en los tigres asiáticos. Una abundante bibliografía remite en cada capítulo a las fuentes de información, que los autores no utilizan a la manera académica, con lo cual el texto se hace más accesible para lectores no especializados.

Incorporados los datos más recientes de la evolución económica mundial, el libro plantea explícitamente la incógnita hoy en debate: ¿volverán “las alturas del poder” a manos del Estado? Yergin y Stanislaw señalan zonas de riesgo y advierten que “la mayor amenaza al nuevo consenso y a la confianza en que el mismo se basa podría surgir de una ruptura masiva del sistema financiero internacional”.

Tras haber observado desde lo alto el movimiento global de la economía a lo largo del siglo -y esto constituye el principal mérito del libro- previsiblemente el lector quedará también abismado en las dudas de los autores.

Un pequeño país desbordado

porLBenLMD

 

A un año del asesinato del vicepresidente Luis Argaña y en el fragor de una ciega lucha por el poder, se ha hecho trizas el acuerdo entre las diferentes facciones stronistas y algunas de las antiguas víctimas de la ex dictadura paraguaya. En el caos político, las perspectivas para salir de la crisis, desde las elecciones de vicepresidente en agosto hasta un nuevo golpe de Estado, son diversas e inciertas.

 

En la madrugada del 23 de marzo de 1999 llegaban a Asunción 35 mil campesinos. La marcha por la reforma agraria, habitual desde hace años, tenía esta vez una demanda inmediata: condonación de las deudas de los pequeños propietarios. A esas horas era asesinado el vicepresidente Luis María Argaña, caudillo de la fracción stronista del Partido Colorado (PC), opuesta al presidente Raúl Cubas Grau. La noticia detonó una rebelión: a la exigencia campesina se sumó la irrupción de las clases medias urbanas con un hasta entonces inédito reclamo democrático, apuntado contra al hombre que ejercía el poder detrás del trono: el general Lino Oviedo.

El saldo de una batalla de tres días es conocido: siete jóvenes asesinados por francotiradores, centenares de heridos, renuncia de Cubas y su exilio en Brasil, fuga de Oviedo hacia Argentina, condonación de las deudas a los campesinos y entrega de la presidencia al titular del Senado, Luis González Macchi.

La opinión dominante en Paraguay -una victoria de la democracia- se trasladó al exterior. Un espejismo: González Macchi es un conspicuo stronista; en el gabinete conviven hombres que enfrentaron a la dictadura incluso desde fuerzas guerrilleras (como el titular de Agricultura, Luis Wagner), con ex ministros y altos funcionarios del octogenario tirano exiliado en Brasil.

«Lucho (González Macchi) comenzó a pagar las deudas políticas mediante los nombramientos a la Familia (de Argaña) o al Clan (entorno de Juan Carlos Galaverna, primero en la sucesión presidencial). Hasta fin de año no hubo un solo nombramiento importante que no fuese para pagar cuentas» explica en una entrevista surrealista Saúl González, padre del Presidente, refiriéndose al papel de su hijo en el reparto de cargos entre dos facciones coloradas(1).

 

De la «unidad nacional» al caos

La disputa por lugares de privilegio a la hora de privatizar empresas públicas -único punto de acuerdo entre los integrantes del gobierno- fue una de las causas que hizo trizas la «unidad nacional». Inicialmente fijada para noviembre, la elección del vicepresidente se postergó. Ante el hecho consumado, el Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA) exigió el 40% de los cargos. Como explica González padre, el presidente no podía acceder a esa demanda. Los liberales se retiraron del gobierno a comienzos de febrero. Sólo una pequeña fracción de ese partido, dirigida por Domingo Laino, apostó a la continuidad de González Macchi. El Encuentro Nacional (EN) se mantuvo formalmente en la coalición gobernante, pero con pocas excepciones sus líderes se apuntan en alguna de las diversas hipótesis que incluyen la destitución de González Macchi.

A despecho de su escaso peso económico y político, Paraguay vuelve a ser una pieza clave en la región, como cuando Gran Bretaña decidió someterlo a una guerra de devastación mediante la Triple Alianza de quienes hoy son sus socios en el Mercosur: Argentina, Brasil y Uruguay. Ironías de la historia: si en el siglo XIX Paraguay gravitó por su vigoroso desarrollo y la tenaz independencia de sus gobernantes, ahora son causas inversas las que lo ponen en el candelero. Más aún que en el pasado, la ubicación geográfica y el estado interno de este pequeño y empobrecido país le asignan un papel que lo excede; esta vez porque es en extremo vulnerable a «la cuña andina» (Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú) de inestabilidad que compromete el equilibrio político del Cono Sur.

Corrupción rampante, creciente efervescencia social, descarnadas denuncias de una prensa belicosa hasta extremos inusitados -todo en medio de la parálisis oficial- son datos indicativos de un cuadro político en extremo volátil. Los poderosos grupos económicos formados al amparo de la dictadura y fortalecidos en la última década, se han fracturado hasta el punto de apelar a las armas entre ellos; ninguno puede ejercer su hegemonía sobre los demás y de ese vacío emerge un nuevo contendiente, todavía de rasgos imprecisos, en el que predomina la clase social mayoritaria en número y creciente en peso político: el campesinado, en pie de guerra por la reforma agraria.

Las facciones que once meses atrás formaron un gobierno de «unidad nacional» y sortearon la crisis provocada por el asesinato del vicepresidente Argaña, están hoy lanzadas en una carrera a ciegas por el poder. En aquella oportunidad fue la embajadora de Washington, Maura Harty, quien logró una alianza de los herederos explícitos del ex dictador Alfredo Stroessner (entre otras la corriente «argañista» y la encabezada por el ex presidente y poderoso hombre de negocios Juan Carlos Wasmosy), con algunas de sus víctimas durante décadas: el PLRA y agrupamientos de centroizquierda coaligados en el EN.

Sólo dos fuerzas quedaron fuera de aquel acuerdo: la Federación Nacional Campesina (FNC) y quienes en ese momento eran expulsados del gobierno que ejercían en nombre del general Lino Oviedo. En otro contexto y desde posiciones diferentes, otra vez se yerguen los actores de la crisis detonada el 23-3-99. La distancia entre aquella situación y la actual está quizá implícita en una noticia: a mediados de febrero pasado arribó a la capital paraguaya, como un bombero en emergencia, el general Philip Kensinger, jefe del Comando Sur del ejército estadounidense.

La economía paraguaya tuvo un crecimiento cero durante el año pasado y previsible signo negativo para el 2000. Hay una desigualdad extrema en el reparto de la riqueza: el 62% de las explotaciones rurales tiene 10 hectáreas o menos y ocupa el 1% de la superficie rural, mientras el 1% de los establecimientos cuenta con más de 1000 hectáreas y cubre el 77% de las tierras cultivables(2). El país tiene una deuda externa de más de 2.000 millones de dólares para un PBI inferior a los 10.000 millones.

Una década de democracia no cambió las cosas: el salario obrero real, con base 100 para 1980, era en junio de 1999 igual a 110,9(3). La desocupación, del 14% según cifras oficiales, se eleva al 34% de acuerdo con datos confiables y supera el 60% si se le suma la subocupación. Una corrección a esta cifras: la «economía informal» (eufemismo para aludir al contrabando y la producción clandestina de todo lo imaginable: desde cigarrillos y whisky hasta armas y pasaportes) duplica, como mínimo, al PBI visible.

País agrario por definición, el Paraguay de las dos últimas décadas sufrió un proceso de acentuada urbanización e industrialización relativa, con un rasgo peculiar: las dos grandes obras hidroeléctricas que aceleraron ese paso -Itaipú y Yacyretá- se levantaron en sociedad con Brasil y Argentina respectivamente, aunando por un lado a los grandes grupos económicos paraguayos con ambos países y, a la vez, conectando a éstos con la realidad interna del socio menor. La jerarquía católica adelantó hace veinte años las perspectivas de esa dinámica: «En este proceso, surge por primera vez en nuestro país una clase obrera que aún no estructurada ni autoconciente, está llamada a desempeñar un creciente protagonismo social y político»(4).

Transcurridas dos décadas, el nuncio papal en Asunción, monseñor Antonio Lucibello, tiene que vérselas con aquellas fuerzas corporizadas y desatadas. Y toma posición: «los paraguayos siempre buscan peleas en vez de la unidad»(5). En uno de los puntos más conflictivos del país, la región de San Pedro, el obispo Fernando Lugo rompió lanzas con la FNC cuando denunció la existencia de armas en el asentamiento «Hachita» y promovió la intervención policial. En esa región, durante la última ocupación de tierras, en la estancia La Esperanza, cuatro campesinos murieron en enfrentamientos con la policía. Pero obtuvieron una victoria resonante: el 12 de enero pasado, un instante antes de la confrontación armada con el ejército y la policía, el gobierno cedió y les entregó 15 mil hectáreas. Ya están asentadas allí 1.300 familias. «Ocupar, producir, resistir», son las consignas de la Federación Nacional Campesina. Lo han hecho en 147 mil hectáreas, obtenidas en 10 años.

 

Una constante ebullición

En la ebullición social que precipitaría el debilitamiento y reemplazo de la dictadura, la Central Paraguaya de Trabajadores (CPT, controlada por el Partido Colorado) fue desbordada y se crearon la Central Unica de Trabajadores (CUT) y la Central Nacional de Trabajadores (CNT). Asociada a la corriente socialdemócrata del sindicalismo internacional la primera y con predominio socialcristiano la segunda, ambas organizaciones albergan corrientes más radicalizadas. En las últimas semanas estas centrales resultaron a su vez rebasadas por una nueva formación, el Frente Sindical y Social (FSS), estructurado en torno a sindicatos de empresas del Estado bajo la amenaza de privatización. El FSS y la Central Nacional Campesina e Indígena (CNCI) realizaron el 12 de febrero pasado un Congreso Popular, del que participaron dos mil delegados. La asamblea aprobó una marcha campesina y una huelga general para el 23 de marzo -aniversario del asesinato de Argaña – y decidió exigir inmediatas elecciones generales (no sólo para reemplazar al vicepresidente) y una Asamblea Nacional Constituyente. Sindicalistas y políticos de otras corrientes señalan a esta flamante organización como instrumento de liberales y oviedistas y le atribuyen escasa representatividad y capacidad de movilización. Como quiera que sea, el FSS tomó la delantera en el terreno político y puso a las restantes organizaciones gremiales ante la exigencia de definir una posición.

En esta tarea se empeña una coalición de organizaciones integrantes de una Mesa Nacional de Reconstrucción de las Fuerzas Populares. Allí buscan un punto de unidad la FNC, la CNT, la Central Sindical Campesina, el Movimiento de Juventud Campesina Cristiana, la Organización Nacional Campesina y la Coordinadora Nacional de Organizaciones Populares (los «sin techo»). Se trata de un amplio bloque social y político en torno de los exponentes más representativos del campo y la ciudad, donde confluyen además un sindicato docente y una federación de médicos de reciente formación.

Una anécdota grafica el clima imperante en Asunción. A las seis de la mañana, en la sala de espera del ministro de Defensa Nelson Argaña, decenas de personas aguardan turno para hablar con el hijo del ex vicepresidente asesinado y hermano del candidato a futuro vicepresidente. Desfilan con aires de conjurados y gestos reveladores de más dudas que determinación.

«No hay inestabilidad» asegura el ministro a este enviado. «Eso es propaganda de ABC, el diario de la mentira, el diario de Oviedo». Según Argaña, en las fuerzas armadas no hay el menor atisbo de indisciplina. Además hay un acuerdo unánime con las reformas estructurales propuestas para todos los ejércitos latinoamericanos por las autoridades estadounidenses. No hay motivos de inquietud. «Hay hambre porque hay corrupción», admite el ministro. «Eso se resuelve con democracia e inversiones. Las elecciones de agosto garantizan esa perspectiva. En cuanto a Oviedo, lo tenemos acorralado», asegura Argaña. «Le queda la alternativa del terrorismo o el suicidio», concluye. A poca distancia del ministerio está el Congreso. En la Cámara de Diputados este enviado es recibido esa misma mañana por miembros de la bancada oviedista. «Entrevistar al general es posible, pero toma algunos días», dice un legislador. Y ofrece a cambio un contacto telefónico. Disca un número en el teléfono de su despacho: «Jefe, aquí un periodista extranjero quiere hablar con usted». A lo largo de 55 minutos, Oviedo explica su posición, luego de recordar que ha estudiado en la Escuela Konrad Adenauer y que no es «un inepto y un ladrón como los actuales gobernantes». Sin prisa, Oviedo se explaya: «el ministro de Justicia es odontólogo y el de Agricultura un químico», dice. «Mis prisioneros de 1989 son los que están gobernando» agrega, con otra alusión incontrovertible: él fue quien con una pistola en una mano y una granada en la otra rompió el cerco que protegía a Stroessner y lo tomó prisionero junto con sus principales colaboradores. «Veo muy malo, muy negro, muy crítico el futuro inmediato de Paraguay», dice el hombre al que el ministro de Defensa considera al borde del suicidio y de quien las autoridades aseguran ignorar el paradero.

 

Danza de hipótesis

Además de la oficial, que prevé elecciones para la vicepresidencia el 13 de agosto y apuesta a la victoria de Félix Argaña, hijo del asesinado vicepresidente, se barajan varias alternativas para resolver la crisis política. El PLRA lanzó una ofensiva destinada a lograr elecciones generales en plazos perentorios. Pretende, con argumentos válidos, que la Suprema Corte de Justicia declare inconstitucional la permanencia del presidente González Macchi hasta el 2003. Con reserva de identidad, algunos de sus dirigentes admitieron ante este enviado que si esa hipótesis fallara, la opción sería alentar a militares para forzar la caída del Presidente.

Aunque resulte paradojal, esta táctica coincide con la del general Lino Oviedo. «Este gobierno se cae; no llega a agosto», dice el diputado Luis Villamayor, representante de esa corriente. Y continúa: «(a González Macchi) le quedan dos posibilidades para no terminar en la cárcel: renunciar y entregar el gobierno al presidente del Congreso, quien debería llamar a elecciones en 60 días, o un golpe de Estado. Aquí hay una competencia entre grupos para ver quién da primero el golpe». Villamayor asegura que las organizaciones sindicales «tienen demasiada fuerza para la salud del país» y fueron y son manipuladas por colorados y liberales contrarios a Oviedo.

Un ex obrero metalúrgico, Eris Cabrera, defiende no sólo el fortalecimiento de las organizaciones sindicales, sino su compromiso directo en la conformación de un futuro gobierno. «No hay salida en este marco; la reforma agraria y las medidas de fondo necesarias para salir de este desastre sólo pueden ser llevadas a cabo mediante la participación democrática y masiva de los campesinos, los obreros, los estudiantes y el conjunto del pueblo». Cabrera es actualmente secretario general del Movimiento Revolucionario Popular Paraguay Pyahurá (Nuevo Paraguay), un partido marxista fundado cinco años atrás.

Entre estos bloques se ubica el Partido Encuentro Nacional, frustrado intento de constituir una poderosa coalición a la vez progresista y confiable para los centros de poder locales y extranjeros, hoy fracturado entre quienes defienden la continuidad de González Macchi y quienes demandan la ruptura con el gobierno. «Sí, es verdad, casi todo el mundo está conspirando», admitió a este enviado el senador Benigno Perrota, un veterano luchador del Partido Febrerista, comprometido con la reforma agraria y las libertades democráticas. Visiblemente incómodo en su actual papel, Perrota toma distancia de las alternativas de resolución inmediata, asegura que el espectro partidario tradicional está perimido y aboga por la creación de una nueva fuerza de masas definida por un programa de «liberación integral de nuestro país».

Hay otra hipótesis, de la cual nadie habla, con excepción del diputado liberal Luis Ferrás, quien el sábado 19 dijo en un acto público que un cambio de gobierno sólo será posible a través de «una revolución armada donde haya ineludiblemente derramamiento de sangre»(6). Por si faltasen ingredientes conflictivos, Stroessner rompió el silencio guardado durante una década y anunció que está programando su retorno a Paraguay.

  1. La Opinión, Asunción, 16-2-00.
  2. Censo Agropecuario Nacional, 1991.
  3. CEPAL, Santiago de Chile, informe actualizado al último trimestre de 1999.
  4. Plan de Pastoral Orgánica, Conferencia Episcopal Paraguaya, 1981.
  5. La Nación, Asunción, 18-2-00.
  6. Noticias, Asunción, 22-2-00.

reseña

Democracia y sistema de mercado

porLBenLMD

 

De Charles E

Editorial: Fondo de Cultura Económica
Cantidad de páginas: 500
Lugar de publicación: México
Fecha de publicación: Enero de 1999

 

Lindblom, profesor de economía y ciencias políticas de Yale, hace un esfuerzo riguroso por hallar fundamentos científicos para el accionar político.

Descartada por definición toda viabilidad práctica para erradicar las iniquidades sociales mediante cualquier forma de revolución, el autor propugna y desarrolla con criterio sistemático el incrementalismo. “¿Necesitamos entonces cambios drásticos? Ciertamente sí. Sin embargo, teniendo en cuenta las estructuras políticas de las supuestas democracias, hay pocas esperanzas de lograrlo, excepto a través de largas secuencias de cambios incrementales”. Los otros dos ejes temáticos son el sustento real del pluralismo político y la integración de las ciencias sociales, específicamente de la economía con la política. En otro orden, el autor retorna a un debate olvidado: originalmente, el estudio científico de los fenómenos económicos era inseparable de la política; la disciplina nació como economía política. Pero a poco andar sobrevendría la fractura. Ya en 1820 uno de los padres de la ciencia económica, David Ricardo, le recriminaba a Thomas Robert Malthus: “Usted supone que la economía política es la investigación de la naturaleza y las causas de la riqueza y yo estimo que debería llamarse investigación de las leyes que determinan el reparto de la industria entre las clases que concurren a su formación”. Venció la óptica del ocasional corresponsal de Ricardo. A fines del siglo XIX el concepto fue alterado y, durante el siglo XX, la ciencia se transformó en “técnica”. Refiriéndose a las inconsecuencias en sus ensayos -que él mismo adelanta- dice el autor: “Las Universidades y disciplinas me presionaron y yo cedí (…) la verdad es que, aunque no se presionó a algunos científicos sociales, sí se impusieron limitaciones a muchos otros, entre los cuales me contaba yo.”; y tras narrar sus primeras experiencias difíciles reconoce: “aprendí la lección y decidí tener más cuidado en lo referente a mis propósitos académicos”.

Culminada su carrera, reconocido como uno de los más sólidos teóricos del capitalismo y tras una devastadora crítica a la ciencia política a la que denomina “predominante”, Lindblom puede afirmar : “dije y ahora repito, que avergüenzan las deficiencias de la teoría convencional, y que (ésta) necesita pedir ayuda al pensamiento radical”.