Trump aislado en la región para invadir Venezuela

Nicolás Maduro debía ser destituido el 10 de enero. Tras el primer fracaso, sucesivas fechas fueron posponiendo el límite, siempre con el mismo resultado. A esta altura no hay modo de negar lo obvio y la prensa se adecua a una realidad contraria a sus deseos. “Ya nadie niega que la intensa presión política sobre el régimen chavista está perdiendo impulso”, admite una nota editorial del diario Clarín el 14 de abril.

Probada la dificultad para derrotar a la Revolución Bolivariana por medios políticos y presiones económicas, a Estados Unidos le resta darse por vencido o utilizar su ultima ratio: invasión y guerra.

Esto último fue el objetivo de la reciente gira del secretario de Estado Michael Pompeo por Colombia, Chile, Paraguay y Perú. Simultáneamente hubo una cascada de declaraciones de altos funcionarios militares y civiles estadounidenses, así como informes y trascendidos sobre planes para invadir Venezuela antes de fin de 2019.

Es claro que la guerra requiere del secreto. ¿Por qué entonces tanto ruido? Hay una doble explicación. La Casa Blanca pretende asustar al enemigo y hacerlo retroceder sin combate, porque la perspectiva de guerra divide a la clase dominante estadounidense y, mucho más, a las mendicantes burguesías latinoamericanas.

El miedo, suponen los estrategas del Departamento de Estado, divide a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (Fanb) y desmoraliza a la población chavista. No por acaso se empeñan en poner a Siria como ejemplo. La prensa venal ha llegado a señalar que Venezuela será “la Siria de Rusia en América Latina”.

Los asesores del Sr. Donald Trump le habían explicado en noviembre pasado que Maduro caería en enero porque la Fanb se fracturaría y lo abandonaría. Confiaron en lo que en Venezuela se califica, con típico humor, “cañonazos de un millón de dólares”, apuntados a altos mandos de la Fanb para neutralizarlos sin pólvora. Los hechos prueban que esa arma tan efectiva dio resultados ínfimos.

Al parecer, además de medir mal la realidad interna de la institución militar, olvidaron que existe un Partido Socialista Unido de Venezuela y Milicias Populares con alrededor de 3 millones de hombres y mujeres en armas.

Algo más explica la escalada de amenazas: Washington necesita convencer al Grupo de Lima (GL) de su inexorable marcha hacia una intervención militar contra la Revolución. Porque ni siquiera este bloque de súbditos, más parecido a la brigada Brancaleone que a una base estratégica contra la Revolución en América Latina, tiene el mínimo de cohesión para afrontar una estrategia de guerra popular prolongada que de Venezuela y Colombia se expandiría al continente entero.

Pompeo no logró convencer a los presidentes visitados y su fracaso se tradujo en un contundente revés el lunes 15 en la reunión de cancilleres del GL, en Santiago de Chile. (Ver Grupo de Lima: intervención militar no es una opción). El mensaje es explícito: en la actual coyuntura las burguesías latinoamericanas no acompañan la aventura guerrerista de Trump.

A cambio aceleran en el desmantelamiento de Unasur y prometen un nuevo organismo regional con neta definición contrarrevolucionaria, mientras redoblan calumnias e infundios contra Venezuela.

En tanto la oposición interna a la Revolución está más dividida y desorientada que nunca, sumando a sus problemas la imposibilidad de sostener la fantochada de un “presidente encargado”, cuya única chance de sobrevivencia efectiva es el derrocamiento de Maduro.

 

Paréntesis favorable para la acción

De esta manera se abre una pausa en la escalada militar, aunque el anuncio de invasión para fin de año bien puede ser una táctica para actuar por sorpresa. Puede creerse, sin embargo, que por el momento se apuesta todo, otra vez, al agravamiento de la situación económica, con la expectativa de que acabe por demoler la base de sustentación de Maduro.

Para la dirección político-militar de la Revolución este paréntesis ofrece la oportunidad de recomponer el funcionamiento del aparato productivo y atacar las causas internas que permitieron su deterioro. A su vez, para el activo militante implica la posibilidad de superar la parálisis frente a la embestida hemisférica comandada por Washington.

Es obvio que tras la conducta de los presidentes del GL está el temor a las derivaciones sociales internas de una desestabilización regional. Sin embargo, cuentan en grado sumo la posición de China frente a las amenazas estadounidenses y la enérgica muestra de compromiso de Rusia frente a un eventual ataque militar de Estados Unidos a Venezuela.

Como “calumniosas e irresponsables” calificó el portavoz del ministerio de Exteriores chino, Lu Kang, las declaraciones de Pompeo respecto a la posición de Beijing. Entiéndase que éste no es un lenguaje diplomático. Por su parte Rusia fue acusada de intervencionismo por la prensa hemisférica, igualando su apoyo a una invasión.

Como sea, las cancillerías del GL tomaron nota del contenido económico y geopolítico del apoyo que exigía Washington. Y lo negaron.

En cambio, en la conducta de los gobiernos sumisos no gravitaron las fuerzas antimperialistas y anticapitalistas –excluidos los países del Alba- imposibilitadas de representar los intereses y los sentimientos de una inmensa mayoría de la población latinoamericana. Un gobierno travestido como el de Ecuador llegó al extremo de quitarle el asilo político a Julian Assange. La ausencia de reacción regional muestra hasta qué punto la desarticulación de esa fuerza potencialmente decisiva permite a Washington y sus secuaces cometer actos de inédita y descarada vileza sin obtener la respuesta que merecen. Pareciera dominar una obstinada negativa a ver la agonía de la democracia burguesa.

Hallar una instancia efectiva de coordinación, reflexión y acción política conjunta de la militancia antimperialista y anticapitalista no es una conclusión teórica. Es una necesidad práctica impostergable. Washington no se dará por vencido en este punto. Sin contar con el riesgo de un zarpazo inesperado, vale la certeza de un acoso permanente y la búsqueda sin pausa de una brecha para invadir a Venezuela. Se puede confiar en que la dirección político-militar de la Revolución Bolivariana hará lo necesario para defenderse. Pero si desde Alaska a Tierra del Fuego no se alistan las fuerzas para cerrarle el paso al guerrerismo estadounidense, la lógica de la crisis capitalista transformará incluso la conducta timorata del grupo de Lima y estará planteada la posibilidad de violencia generalizada en la región.

16 de abril de 2019

@BilbaoL

Tambalea el frente amplio burgués: otra oportunidad para la militancia

Nada está definido todavía. El frente amplio burgués (Fab) vacila y demorará en definir la opción: mantener el apoyo a Macri cuando aumenta la posibilidad de una derrota de Cambiemos en las presidenciales de octubre; o correr el riesgo de un Lavagna Presidente con el aparato peronista detrás.

En este vacío se presenta una nueva oportunidad para la militancia antimperialista y anticapitalista, mientras mengua Cambiemos y se disuelve al tradicional aparato peronista con todas sus fracciones. Es posible echar las bases de un partido de masas de la clase trabajadora y el conjunto de sus aliados potenciales.

El espacio producido por la vacilación de la gran burguesía resulta de la crisis estructural del sistema, manifestada en la imposibilidad de un mínimo saneamiento económico sin chocar de frente con la mayoría de la sociedad. Expresa también las irremediables fracturas del capital local y de éste con los centros de la economía mundial. Pero la consecuencia a la vista, si históricamente es irremediable, es políticamente temporaria.

Aunque a mitad de camino de lo necesario para el capital, las medidas económicas han provocado un espasmo social. No explosión ni movilización. Sí un replanteo político, lejos de la conciencia de clase, de una orientación definida, pero suficiente para lanzar a la nada a la mayoría del electorado que Macri y los suyos lograron volcar a su favor en 2015 y 2017.

 

La táctica del gran capital

La burguesía hegemónica comprueba ese fenómeno en curso. Y el Fab tambalea. A favor de una leve reactivación económica a partir de marzo –ya perceptible sectorialmente- y con medidas demagógicas, diseñadas según una ingeniería electoral tan minuciosa como endeble, espera recapturar al votante aterrado y confundido. A la vez, como medida precautoria, prepara un recambio apoyado en el ala subordinada de las clases dominantes y, sobre todo, en las cúpulas sindicales y sus operadores políticos.

En ese plan descarta a Cristina Fernández. Constata que Sergio Massa y Juan Urtubey no pueden ganar el apoyo de siquiera un quinto del electorado y desconfía de la aparición de un salvador desconocido. Pero no todo está bajo control. La avanzada de un sector (encabezado por Techint, más una cantidad de aliados hasta ayer subordinados al Fab) adelantó la candidatura de Roberto Lavagna y puso en crisis el manejo de la coyuntura. Consecuencias de la feroz disputa interburguesa que, como detalle, tiene decenas de grandes empresarios procesados por corrupción, muchos de ellos ya en la cárcel. Habrá que ver si en la disputa el Fab logra sostenerse como tal o la burguesía pierde su centro de unidad y el poder ingresa en zona de turbulencia.

La maniobra se hizo pública a mediados de enero, cuando apareció el nombre de Lavagna como candidato posible de otra coalición burguesa. Para hacerlo más digerible, lo presentaron con el gobernador socialdemócrata de Santa Fe, como eje de un amplio frente opositor, que incluiría al PJ, fracciones de la UCR (con Ricardo Alfonsín como mascarón de proa), Massa y su comparsa, más sectores desnortados de eso abusivamente denominado centroizquierda. Es el llamado “frente popular y progresista”. Y hasta el momento es sólo un proyecto.

Muchas semanas antes, esa variante hasta entonces secreta había sido denunciada en esta columna (En qué rumbo marcha Argentina, 10/12/18). Transcurridos casi tres meses, un arco político efectivamente muy amplio, que incluye a prácticamente todo el peronismo, así como denominaciones sabidamente oportunistas, se pronuncia hoy a favor de una candidatura presidencial del ex ministro de economía de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner. La cúpula del capital espera a ver la magnitud y el carácter de la crisis social. Demorará su opción por Lavagna. Y éste acaso demore su postulación, aunque de varios flancos lo azuzan para que se defina ya.

En caso de llegar a la certeza de que Macri pierde en segunda vuelta, el gran capital quiere un reemplazo breve. No se adelanta porque si la conclusión es una victoria de Cambiemos, rechaza la posibilidad de un jefe que congregue a toda la oposición e impida el accionar debido del aspirado segundo mandato de Macri. Así de inestable está la situación y de confusas las previsiones. Al límite de su oferta, Lavagna hizo trascender que sólo estaría en la presidencia por un período, es decir cuatro años.

Dicho de otro modo y observado del lado inverso: cuando la crisis general asoma otra vez en el horizonte, aun con sus insalvables diferencias,n las clases dominantes tiene dos proyectos políticos y sus respectivos candidatos, aparentemente opuestos, pero en sustancia idénticos como gotas de agua.

Al frente, la clase obrera no tiene proyecto ni estructura propios; mucho menos un programa para afrontar la crisis capitalista y un candidato para presidir la nación en un proceso revolucionario. Y eso no se reemplaza con afiches.

No hace falta decir que allí reside la principal fuerza del capital. Si esa falencia no se resuelve, de uno u otro modo el Fab se reconstituirá al menos por un período, quienquiera sea su candidato. Y la marcha de la política de obligado saneamiento continuará.

 

Cómo actuar en la coyuntura

Urge por tanto actuar con una estrategia no electoral en medio de la catarata de comicios que dominará el panorama en los próximos nueve meses. Está a la vista el despliegue no sólo de la burguesía como clase, sino también de organizaciones y políticos que juegan su destino a recoger las migajas de Cambiemos y las inanes fracciones del peronismo.

A tales estrategias no es posible torcerles la voluntad en esta circunstancia. Sí es posible en cambio gestar una convocatoria que incluso las abarque, aunque apuntada centralmente a decenas de miles de activistas que, más o menos pasivamente, la comparten en todo el país, en todas las estructuras partidarias, sindicales o, como mal se dice ahora, sociales.

La fuerza militante puede transformar el cuadro dominante si es capaz de un enérgico paso en dirección al protagonismo político del activo obrero, estudiantil y popular, con objetivos tan simples como insoslayables: “queremos otro país; no a la subordinación a la Casa Blanca y el FMI; no a los intentos de sanear el capitalismo; sí a la elaboración democrática de un programa de acción basado en las necesidades de los trabajadores, las juventudes y las grandes mayorías”.

Es posible hoy dar un nuevo impulso, acaso decisivo, a la edificación de una estructura política de masas, que no puede sino ser un partido, con definición antimperialista y anticapitalista, plural en ese ámbito, democrático, con particular énfasis en la educación política de las grandes mayorías y en la acción colectiva consciente y organizada.

Como punto de partida está la voluntad de cada militante para reunir activistas ya definidos en este sentido o abrumados por sucesivos fracasos sindicales o frustraciones políticas, en condiciones de escuchar y asumir una propuesta diferente.

Unas pocas decenas de militantes respetados/as y respetables en su ámbito propio pueden poner en marcha a escala nacional un mecanismo poderoso. Se trata de convenir en la estrategia de construir un partido político de las masas explotadas y oprimidas. No será difícil acordar un conjunto básico de objetivos al cual se sumen adhesiones desde cada fábrica, escuela o universidad, barrio, ciudad o provincia. De esta manera, un Manifiesto provisional puede convocar a reuniones de menor a mayor hasta llegar a un encuentro a escala nacional. Todo gradual y meticulosamente respetuoso de las particularidades, pero a velocidad de viento. Porque no hay tiempo para postergaciones ni demoras.

Este proceso puede adoptar un carácter federativo, para procesar las marcadas desigualdades de nuestro país, a condición de que ese inalterable federalismo tenga la capacidad de unirse tras un programa de acción común, en una estructura organizativa nacional, que participativa y democráticamente elija en todos los niveles a quienes conducirán la lucha contra los partidos y demás instituciones del capital.

 

Cuadrante latinoamericano

Estados Unidos y el Grupo de Lima acaban de sufrir otro rudo revés con el fracaso de la invasión supuestamente humanitaria a Venezuela. Resta saber si al fracaso le seguirá la invasión militar sin máscara. Mientras tanto, la extraordinaria disposición de lucha de la Revolución Bolivariana y las masas venezolanas, más el apoyo en toda América Latina, no orgánico y desperdigado, pero en cualquier caso altamente significativo, frenaron la payasada del pelele nombrado por Washington como “presidente encargado”. Nicolás Maduro emerge como gran vencedor de la batalla.

Los presidentes de Colombia y Chile, más el vicepresidente estadounidense, presentes en la ridícula escenificación de la “ayuda humanitaria”, son los grandes derrotados. Macri dio un paso al costado a último momento. No asistió a Cúcuta el 23F y no presentó batalla dos días después en Bogotá en a la cumbre del cartel de Lima. El vicepresidente de Brasil, al parecer a cargo de este país, tampoco asistió a Cúcuta el 23F, supuesto Día D, y en Bogotá el lunes 25 dijo muy explícitamente que su gobierno se opone a una guerra contra Venezuela y el territorio brasileño no será utilizado por Estados Unidos para ese fin. Macri no lo dijo. Pero lo hizo. Y esto selló la suerte del Grupo de Lima en la agresión contra la Revolución Bolivariana. En una farragosa declaración cargada de calumnias, mentiras y amenazas de matón humillado, cuenta únicamente el punto 16, en el cual los cancilleres Reiteran su convicción de que la transición a la democracia debe ser conducida por los propios venezolanos pacíficamente y en el marco de la Constitución y el derecho internacional, apoyada por medios políticos y diplomáticos, sin uso de la fuerza”.

Inesperadamente, en medio de una supuesta ola reaccionaria a favor de la Casa Blanca, los 10 gobiernos más derechistas del continente se negaron a cumplir la orden del núcleo fascista, tan grotesco como aislado, que desde Washigton encabeza la irracional marcha del ala descontrolada del imperio en caída vertical. Es evidente que con Brasil como bola sin manija, Argentina juega un papel especial en la coyuntura (Si Macri rectifica, se evita la guerra). Tal vez no es tan claro que una agresión armada a Venezuela era y sigue siendo un factor adicional para hacer estallar la alianza Cambiemos.

De modo que, además de lo obvio, en Argentina hay una razón interna, directa y de enorme peso para promover un frente antimperialista con consignas tan simples como la oposición a la injerencia en Venezuela, la negativa a la guerra en la región y la afirmación de la unidad latinoamericano-caribeña.

Puesto en ese cuadrante, el accionar del activo militante tiene una plataforma sólida para proyectarse no sólo a la acción política local, sino al protagonismo continental que la situación reclama de Argentina.

26 de febrero de 2019

@BilbaoL

Si Macri rectifica, se evita la guerra

A lo largo de tres años Mauricio Macri rectificó posiciones en muchos terrenos, luego de comprobar que las decisiones tomadas no convenían a su gobierno. Ahora el presidente de Argentina está ante el imperativo de rectificar una política que conduce a una guerra en la región, pero que también se volverá como búmeran rabioso contra su gobierno y su persona.

Años atrás titulé un libro “Argentina como clave regional”. En las primeras líneas me apresuré a subrayar que efectivamente lo era, pero no por su fuerza, sino por su debilidad. Hoy se puede afirmar: la debilidad históricamente coyuntural que aflige a Argentina hace que pueda gobernarla un elenco basado exclusivamente en la necesidad de sanear el agónico sistema capitalista local.

Pues bien: incluso desde esa miope y criminal perspectiva, Macri debe rectificar la política exterior que, ordenada desde la Casa Blanca y acompañada por sus antiguos cofrades José Aznar y Álvaro Uribe, pretende derrocar el legítimo gobierno constitucional de Venezuela y, falladas todas las instancias golpistas, apela a una guerra desde Colombia.

Para semejante estrategia, la clave fue y será Buenos Aires. Hace por lo menos una década el Departamento de Estado comprendió que no podría apoyar en Brasil sus políticas de largo plazo para América Latina. Cuando las mayorías dieron respaldo electoral a un bloque desarrollista-socialdemócrata-liberal con el rostro de Macri, ya desde la presidencia de Obama se articuló el plan del eje Washington-Buenos Aires.

Sin demora los hechos demostrarían que Brasilia no será, por un largo período, un poder estable y coherente. Ocurrió sin embargo algo inesperado: el tramposo mecanismo electoral estadounidense le arrebató el triunfo a los Demócratas y la gran burguesía argentina quedó asociada a un delirante advenedizo que ahora pretende amarrar su continuidad -puesta en cuestión ante todo por el gran capital imperial- a una guerra que, supuestamente, lo llevaría a recuperar el control sobre la región.

Así, el Grupo de Lima, encabezado por Argentina, se convirtió en una palanca para la guerra del ala ultramontana del complejo militar-industrial, con Donald Trump como testaferro.

Macri quedó entre la espada y la pared. Y en año electoral. Hay muchas y buenas razones para prever que su reelección en octubre próximo es más y más improbable. Pero las posibilidades que efectivamente tiene todavía, incluso en medio del tembladeral, se esfuman si se incluye la detonación de una guerra que desde Colombia y Venezuela derramaría en todos los sentidos sobre el Continente. La guerra traería destrucción y muerte, centenares de miles de refugiados, mayor crisis económica e inestabilidad política.

La denuncia a Macri como responsable directo de semejante catástrofe humanitaria en la región sería mucho más que un instrumento electoral que acabaría con los restos de la Unión Cívica Radical, el último partido existente de la burguesía local y aplastaría electoralmente a Cambiemos.

Si la ex presidente Cristina Fernández afronta cinco procesos penales y la perspectiva –judicialmente inevitable- de ir a la cárcel (lugar donde ya están su ex presidente, ministros y altos funcionarios de su gobierno), para Macri la perspectiva sería mucho peor. Aparte el hecho de que sucesivas revelaciones colocan al Presidente en un lugar próximo al de su predecesora en cuanto a moral republicana y gobierno de la cosa pública, él sería condenado por atarse a Trump y desatar una guerra. No ya la cárcel, sino un imperecedero repudio generalizado y probablemente la imposibilidad de vivir en el país. Recuérdese lo ocurrido a los militares luego de 1983. Porque la debilidad de Argentina está sobrepuesta a un honroso y valiente legado de grandes luchas, a comenzar por las de la Independencia. Y mucho de esa fuerza potencial saltará al escenario, con neto contenido político, si el país de San Martín fuera amarrado a una aventura guerrerista contra el país de Bolívar.

Ya la torpe y balbuciente cancillería de Macri ha hecho saber que condena a Nicolás Maduro, reconoce al pelele plantado en una fantochesca “presidencia interina”, pero… se opone a la guerra.

Macri necesita mucho más que eso para salvarse del destino que lo acecha. Es imperativo que, por el camino que sea, tome distancia del Grupo de Lima y haga pública su oposición a la injerencia en Venezuela.

No le resta mucho tiempo. Pero puede hacerlo. De lo contrario, tal vez el hecho político más importante de 2019 no será la catarata de elecciones que pretende inundar al país con mentiras y discursos vacíos.

Argentina, 19 de febrero de 2019

@BilbaoL

Qué significa y adónde va el golpe en Venezuela

Ignominiosa y torpe conducta del gobierno de Argentina frente al golpe de Estado -una vez más fallido- en Venezuela. Detrás de los pasos desatinados de la Casa Blanca, Mauricio Macri violó toda legalidad en la política internacional y reconoció a un oscuro títere emplazado por Washington el 23 de enero como “presidente encargado”, en fantochesco reemplazo de Nicolás Maduro.

La deshonrosa conducta del primer mandatario mancha a 45 millones de argentinos/as. Y nos responsabiliza por el lugar innoble de nuestro país en un momento crucial para América Latina.

En un conjunto tan abigarrado como diferente, masas populares salieron el 23 y siguen movilizadas hoy, 24 de enero, en defensa de la Revolución Bolivariana y su legítimo gobierno. La Fuerza Armada (Fanb) se presentó a la nación junto al ministro de Defensa Vladimir Padrino López para respaldar a Maduro, denunciar un golpe de Estado y afirmar que impediría el deslizamiento hacia la violencia generalizada. El único éxito posible para Washington y sus epígonos suramericanos consiste en detonar una guerra fratricida. A eso están abocados ahora y en ello está involucrada Argentina y su Presidente.

¿Saben Macri y sus innobles cofrades del Grupo de Lima que están abriendo las puertas del infierno? ¿Saben periodismo y periodistas -muchos de los cuales podrían haberse comportado con un mínimo de dignidad, y no lo hicieron- que caerían bajo la barbarie si esta línea de acción se impusiera?

Personajes como Duque, Bolsonaro, Vizcarra (si usted no sabe quién es, no se culpe), Macri, Piñera, con Trump como jefe, encarnan el más inculto, inepto e inmoral elenco de presidentes jamás actuante desde Alaska a la Patagonia. Llegaron allí por dos razones sobresalientes: degradación extrema del sistema político en cada uno de sus países; incapacidad de las víctimas de esa degradación para enhebrar su propia alternativa.

Aunque rigen nuestros destinos en el torbellino de la decadencia, no pueden ver más allá de su nariz.

Les será imposible acusarnos, hoy y ante la historia, por  exponer e inhabilitar la democracia burguesa como recurso para gobernar estable y pacíficamente. Quienes descreemos de ella y la denunciamos por ser instrumento mellado del capitalismo en crisis no somos quienes la inhabilitamos ensuciándola más allá de todo precedente. Son ellos, títeres de fuerzas que no comprenden y mucho menos controlan, fascistas declarados y liberales sin principios, “revoltijo de carne con madera”, quienes están clausurando para cientos de millones la imaginaria vía de transformación pacífica de nuestras sociedades en colapso. Son ellos quienes indican a presentes y futuras generaciones que bajo las normas del capital el voto es una farsa manipulada o un valor sin importancia si acaso se logra, como hizo la Revolución Bolivariana, que las mayorías ganen conciencia y el sistema comicial les permita expresarse sin subterfugios.

A comienzos de 2018, guiada por la Casa Blanca la oposición venezolana exigió adelantar las elecciones. Tras arduas negociaciones, el gobierno accedió. Se fijó la fecha y se acordaron los preparativos. En ese punto, la misma oposición que exigió el adelanto, se retiró de la confrontación electoral. Naturalmente, ganó Maduro. Y desconocieron su legitimidad. Macri y el Grupo de Lima estuvieron allí desde la primera hora. Abonaron el terreno recrudeciendo la guerra económica, aprovecharon las vacilaciones oficiales frente a la crudeza de lo que tenían delante y esperaron al 10 de enero.

Este proceso quedó registrado por adelantado, entre otros muchos textos, en “Macri contra Venezuela”, con fecha 19 de diciembre, y en “Golpe de Estado fallido e intento de guerra civil tras la asunción de Maduro”, fechado el 13 de enero pasado. Así de transparente era la maniobra contrarrevolucionaria pergeñada por los seres de gris del Departamento de Estado, articulada por hombres más grises aún, y más cobardes, con cargo de Presidentes.

Falló el golpe de Estado. Maduro sigue firme en su cargo, con amplio respaldo popular y férreo sostén de la Fuerza Armada, complementada con 1 millón 600 mil milicianos/as en armas e innumerables luchadores dispuestos a defender a Venezuela de la agresión extranjera. Está además la Asamblea Nacional Constituyente, ante la cual se abre ahora una oportunidad excepcional para dar forma institucional a un nuevo y superior nivel de la Revolución.

Cabe subrayar, sin embargo, que el propósito de Washington no es el derrocamiento del gobierno Bolivariano. Tiene la certeza de que no le será posible. Su objetivo es aplastar la Revolución no sólo en Venezuela. Necesitan derrotar a las masas desde el Bravo a la Patagonia. Por eso necesitan fracturar a Venezuela y desatar una devastadora guerra interna. Por eso tienen el apoyo de Macri y consortes.

A no dudarlo, la Revolución Bolivariana resistirá. Además del obvio respaldo de los componentes del Alba, un bloque de países de peso geopolítico decisivo enfrenta la maniobra de Washington: China, Rusia, Irán, Turquía, entre los de mayor peso en un conjunto que supera el centenar. Es de celebrar que los gobiernos de México y Uruguay no se hayan sumado a la escandalosa conducta de quienes reconocieron en cuestión de horas al títere colocado en Caracas.

En Estados Unidos, los poderes debaten si encaran o no la destitución de Trump. Ése es el grado de fortaleza del atacante. En Colombia, Brasil, Perú y Chile, los presidentes tambalean como beodos. En Argentina, Macri tiene más firmes los pies que todos ellos, sólo que sobre un cenagal, que lo devorará incluso si lograra vencer las elecciones de octubre próximo.

Es un momento difícil en las relaciones de fuerzas en Suramérica. Mucho depende de Venezuela y ésa es la causa por la cual Washington pretende desatar una guerra interna que, inexorablemente, se extendería a toda la región. ¡Que la historia contemple a los titulares del Cartel de Lima como promotores de una guerra fratricida a escala latinoamericana, en beneficio del gran capital y del agonizante imperio estadounidense!

De las sucesivas traiciones y frustraciones de la historia reciente germinarán las fuerzas para enfrentar y vencer la torpe embestida capitalista que amenaza a la región. Hay semillas de gloria y tierra fértil. Bastará trabajar.

24 de enero de 2019

@BilbaoL

 

 

 

Golpe de Estado fallido e intento de guerra civil tras la asunción de Maduro

Una situación de extrema gravedad detona en Venezuela, con potencia suficiente para repercutir violentamente en toda América Latina.

Era previsible –y fue prevista- la escalada golpista preparada con mucha antelación para desencadenarse con la asunción del presidente Nicolás Maduro el 10 de enero.

Ante todo, como es sabido, la insólita declaración del Grupo de Lima, que pasa por sobre todo y cualquier principio de legalidad internacional y llama a desconocer al mandatario venezolano, además de llegar al extremo de reconocer como “zona económica exclusiva” de Guyana un área en disputa desde hace décadas. Tan grosera fue esta intromisión que diez de los 12 países firmantes de ese documento debieron rectificarse de inmediato respecto del punto 9. Escrito por algún enviado del Departamento de Estado, es obvio que los cancilleres siquiera leyeron el texto con el que comprometieron a sus países. Entre quienes retrocedieron sin rubor estuvo el gobierno argentino, cuya cancillería pareció olvidar que tiene un territorio en reclamación y que Venezuela defiende desde siempre la pertenencia de las Malvinas a la nación argentina. Todavía no se ha decretado la dimisión del canciller Jorge Faurie, cuya grisura y notoria incapacidad aventajan a su absoluta carencia de principios. Parecen creer que todo les está permitido.

Más grave aún: mientras Maduro juraba su cargo ante el Tribunal Supremo de Justicia, comenzó el accionar terrorista. Un atentado incendió los galpones del Instituto Venezolano de Seguros Sociales y destruyó medicamentos y aparatos médicos en cantidades abrumadoras para un país atacado, precisamente, en su sistema sanitario. La simultaneidad no es un detalle. Y como símbolo, horas después un grupo de vándalos destruyó una estatua del artista plástico Armando Reverón, emplazada en el centro de Caracas.

Al día siguiente el plan continuó con una jugada decisiva: la oposición declaró como “presidente de Venezuela” al recientemente nombrado titular de la Asamblea Nacional, Juan Guaido, ignoto diputado, puesto en ese lugar por Leopoldo López, notorio fascista encarcelado por 43 muertes provocadas deliberadamente durante la intentona por derrocar a Maduro años atrás.

Sin pausa, en todo este proceso se buscó agravar la situación económica, ya desesperante para el ciudadano común: el dólar paralelo prácticamente cuadruplicó su precio en Bolívares, los precios se dispararon más allá de cualquier lógica y la escasez volvió a golpear al consumo de bienes básicos. Mientras tanto el Consejo de Indias mal llamado OEA, cerraba el nudo diplomático sobre el cuello de la Revolución Bolivariana. Sólo que la diplomacia burguesa es hoy en el hemisferio un tablado de títeres tan bien pagos como ridículos e impotentes.

El sábado 12 la oposición dio a conocer una “Ley del estatuto que rige la transición a la Democracia y el restablecimiento de la vigencia de la constitución de la República Bolivariana de Venezuela”. Si se excluye que esta vez no le cambiaron el nombre al país por decreto, es una copia apenas retocada del decreto que puso a Carmona Estanga en la presidencia de Venezuela por 47 hs en 2002. Por lo demás, se trata de la misma fórmula empleada 17 años atrás. Además del hecho esencial de que no está Hugo Chávez en Miraflores, las diferencias son considerables: los mandos de la Fuerza Armada no están con los golpistas, sino con el gobierno constitucional; hay un partido de masa capaz de articular a millones; hay una milicia popular con un millón 600 mil hombres y mujeres en armas; hay un equipamiento militar temible en primer lugar para Colombia, punto de apoyo de la intentona golpista, pero incluso para Estados Unidos si es que la confrontación llegara y se fuera de control.

Otra diferencia, crucial, es la situación económica de Venezuela y el cuadro de relaciones de fuerza en América Latina.

Es probable que quien lea estas líneas lo haga después de que Nicolás Maduro haya expuesto su plan económico ante la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), el lunes 14 de enero. La efectivización de esas medidas será decisiva para el futuro de Venezuela y, a no dudarlo, de toda América Latina. Igual lo sería su eventual no realización. Pero no vale adelantar presunciones sobre las medidas que adoptará el gobierno de la Revolución Bolivariana. Resta estudiarlas a partir de su presentación a la ANC y, desde la región, seguir con minuciosidad su aplicación.

Está claro que la transición pacífica al socialismo ha sido desafiada por el guerrerismo capitalista. Está claro que el mundo actual plantea un mapa geopolítico y relaciones de fuerzas imposibles de sortear tácticamente por un solo país, tanto más si éste es industrialmente subdesarrollado y monoproductor. Maduro y el Partido Socialista Unido de Venezuela podrían resolver esta dramática coyuntura con otros instrumentos si tuvieran un movimiento revolucionario mundial, una internacional anticapitalista, de dimensiones reales y efectivas.

No es el caso. Sin embargo, la injerencia descarada de Washington y el servilismo oprobioso del grupo de Lima, exigen instrumentos de ese alcance toda vez que plantea un tormentoso horizonte latinoamericano. Con la declaración del Grupo de Lima que presenta como condición la dimisión de Nicolás Maduro a la presidencia de Venezuela, la democracia ha quedado reducida a una palabra vacía.

Bien es verdad que en ese bloque hay hondas diferencias y cada uno de sus componentes tiene una ciénaga como punto de apoyo. No obstante, la capacidad de acción inmediata debe ser considerada como fuerza a neutralizar. El miércoles 16 de enero se reunirán en Brasilia Mauricio Macri y Jair Bolsonaro. Macri hizo el muy significativo desplante de no asistir a la toma de posesión del Mussolini carioca (aún no ha llegado a Hitler, pero es cuestión de tiempo, si se le ofrece). En la heterogeneidad inmanejable del gobierno argentino se resume el aquelarre de la burguesía latinoamericana, unida no obstante contra la amenaza latente de la Revolución. Es posible golpear sobre ese punto sensible del bloque burgués continental.

Como lo hice en una nota fechada el 19 de diciembre pasado, Macri contra Venezuela, insto a todas las organizaciones e individualidades que en América Latina y el mundo comprendan la gravedad de la coyuntura en el país de Hugo Chávez, a formar brigadas internacionalistas para contrarrestar a escala mundial la feroz campaña de desinformación y calumnias vehiculizada por la “prensa seria”, la que miente sin límites ni remordimientos.

A partir de este momento los acontecimientos se desarrollarán con mayor velocidad y ofrecerán mayores dificultades para ser interpretados. Es necesario estar alertas y con los pies bien plantados para afrontar el desafío.

13 de enero de 2019

@BilbaoL

 

 

 

 

Macri contra Venezuela

Venezuela debe saber que sólo una ínfima parte de la población en Argentina avala la escalada de su gobierno contra la Revolución Bolivariana.

Debe saber, también, que la sociedad está desmovilizada como nunca antes, confundida, desorganizada, en manos de políticos burgueses unidos en el rechazo al régimen venezolano. En el empeño de ganar las elecciones del próximo año, incluso expresiones centristas-populistas comprometidas en última instancia con el sistema capitalista, se mantienen indiferentes frente los planes impuestos por Washington a un grupo de países de la región para derrocar a Nicolás Maduro.

La operación golpista tiene fecha: el 10 de enero. Es cuando Maduro debe asumir su segundo mandato (2019-2025) de acuerdo con los resultados electorales de mayo pasado. Aquellos comicios fueron desconocidos por la Casa Blanca, acompañada por gobiernos de América y Europa.

La cancillería argentina estuvo a la vanguardia en el apoyo al proyecto del Departamento de Estado obedientemente asumido por Donald Trump. Ahora, mandatarios de 58 países discuten el retiro de embajadores a partir de aquella fecha, así como medidas económicas que agraven la situación del país.

Las escuálidas organizaciones políticas de la burguesía venezolana cuentan con el apoyo de comandos entrenados en Colombia para ingresar a territorio venezolano, actuar como fuerza de choque en operaciones sangrientas y disfrazar, bajo la máscara de una insurrección popular contra Maduro, la invasión a Venezuela.

Macri vacila ante semejante plan. Un sector de su gobierno ve con temor la posibilidad de involucrar a Argentina en una agresión militar por las enormes repercusiones que esto tendría en el continente y, en particular, en Argentina.

Para ocultar su debilidad Macri levanta el tono en discursos sobre la necesidad de “restablecer la democracia en Venezuela”. Su dificultad se agrava por la llegada -el 1º de enero- al gobierno de Brasil de Jair Bolsonaro, quien junto a su vicepresidente proclama abiertamente la necesidad de invadir Venezuela. Lo hace por convicción fascista. Pero principalmente por otras dos razones: ponerle el nombre de Venezuela a la guerra que sin demora lanzará contra el propio pueblo brasileño; y, con pareja relevancia, recuperar para Brasilia el lugar de socio estratégico de Washington en la geopolítica regional.

Esto último afila la lengua de Macri. En tiempos de Barack Obama Buenos Aires fue escogida por la Casa Blanca como punto de apoyo para la estrategia contrarrevolucionaria hemisférica. Trump, mantuvo esa decisión. Pero sobre todo después de la conducta del presidente argentino durante la reunión del G-20 (ver “En qué rumbo marcha Argentina”), Trump muestra intenciones de volver a refugiarse en el apoyo de Brasil, pese a advertencias acerca de prontas convulsiones y eventual ingobernabilidad en ese país.

Como sea, Macri alienta una línea golpista compartida además por el colombiano Iván Duque y el chileno Sebastián Piñera. El riesgo de una agresión contra Venezuela en las próximas semanas es elevado.

 

Es posible frenar la embestida

Venezuela está consciente y alerta frente a la amenaza. El núcleo principal del alto mando político-militar está unido y en aprestos de combate. Estados Unidos no ha logrado abrir una brecha en la Fuerza Armada. Y las crecientes penurias económicas de la población no parecen haber agotado la voluntad de resistencia. El reciente viaje de Maduro a Rusia y la posterior llegada de aviones de combate rusos a Venezuela indican la magnitud de los preparativos defensivos. En la misma línea, la apelación a un millón seiscientos mil milicianos, aunados a la Fuerza Armada, hace titubear a los guerreristas incluso en Washington. Venezuela cuenta además con los gobiernos del Alba. El incendio de una invasión no quedaría reducido a un país.

Con todo, es preciso que toda América Latina se pronuncie contra la amenaza golpista, que a falta de instrumentos propios de la burguesía venezolana tiene su centro de gravitación en los gobiernos citados, en especial el argentino.

Así como en el caso de Macri, sus pares en la región carecen de respaldo popular para llevar a cabo la agresión. Pero al igual que en Argentina, la situación de la clase obrera en Brasil, Perú, Chile e incluso México, no permite pensar en un rechazo activo a partir de su propia iniciativa. Paralizada frente a la necesidad de defenderse a sí misma, la clase trabajadora no puede ahora mismo tomar la vanguardia. No pocas organizaciones que se reclaman antimperialistas parecen no advertir la gravedad de la escalada del capital a nivel continental; desconocen o soslayan la necesidad de enfrentar a Washington y sus escuderos.

Adalid de la supuesta democratización en Venezuela, Macri y su coalición socialdemócrata-desarrollista-ultraconservadora, empeñados en sanear el sistema, más allá de la coyuntura inmediata avanzan hacia una línea de choque frontal con las mayorías. Como Brasil, que está por delante en ese camino de irracionalidad y violencia.

De manera que trabajadores y jóvenes conscientes deben tomar en sus manos, desde el Río Bravo a la Patagonia, la misión histórica de impedir la agresión de Estados Unidos y las burguesías de la región. Esa agresión no es, aunque así se presente en una primera instancia, contra Venezuela. Es contra la actualidad y perspectiva de la Revolución en América Latina, que tiene en los países del Alba un punto de partida y motor invalorable para su desarrollo.

Una vez más es necesario llamar a la creación de brigadas internacionalistas para una vigorosa campaña de agitación y propaganda que impida a Macri poner a Argentina a remolque de la maquinaria guerrera de Estados Unidos.

19 de diciembre de 2018

@BilbaoL

En qué rumbo marcha Argentina

Mientras un considerable número de analistas se solaza señalando el fracaso económico de Mauricio Macri, el gobierno del Frente Amplio Burgués (Fab) sigue su marcha: el costo de producción cayó en septiembre un 15,8% interanual. Lo afirma un estudio de una universidad privada citado por el diario El Cronista. El plan de saneamiento capitalista está lejos de su objetivo, pero avanza sin obstáculos.

En el peronismo federal, en la coalición gobernante Cambiemos y hasta en el propio partido del Presidente existe temor a que el costo de este éxito provoque un estallido inmanejable. Ocurrió en 2001 y el fantasma sigue rondando. Sólo que hoy no están Raúl Alfonsín y Eduardo Duhalde, artífices de aquella explosión reclamada por el capital y realizada en su beneficio.

Hay también críticos satisfechos por los signos de debilitamiento político del Presidente: liberales recalcitrantes que exigen una mayor disminución del salario y los impuestos. Los acompañan infantoizquierdistas convencidos de que el ostensible desgaste político del gobierno les dará alguna banca más en las elecciones del año próximo.

A la fecha es verdad que los efectos demoledores de la caída del PIB (-2,6% para 2018) con inflación (estimado anual del 47,5%) desgastaron la imagen de Macri en términos electorales. Pero esa obvia afirmación está contrarrestada por hechos no menos evidentes: en ausencia de cualquier figura opositora, de aquí a noviembre 2019 el Fab tiene tiempo para recomponer la imagen de su portavoz o buscar otro con idéntico plan de acción (el peronista-radical Roberto Lavagna, por ejemplo). Podrá ofrecer también como logro el freno a la inflación (ya la redujeron al 3,3% en noviembre, frente al 6,5% de octubre); la estabilización del dólar en torno a los 40/43 pesos durante 2019; la mentira de un déficit cero (que al contar pago de intereses supera el 3%), más un aumento siquiera tibio del giro económico a partir de febrero. Esto y la manipulación de las mayorías puede recuperar adhesiones perdidas y aún ganar más, a la vista de la pulverización del peronismo y el deterioro de las izquierdas que sólo tiene un camino para recuperarse pero hasta el momento no lo emprende.

En caso de que mediciones y pronósticos indiquen que Macri puede ser reelegido, además, es presumible que en pleno acuerdo con el Fab el gobierno afloje el nudo que ahoga a la sociedad a partir del otoño para afrontar un calendario electoral que arranca en febrero y culmina con las presidenciales el 27 de octubre en primera vuelta o el 24 de noviembre si es necesaria una segunda. Luego, si se confirmara la reelección, el capital redoblaría la velocidad de ataque e iniciaría, entonces sí, la fase imprescindible del saneamiento para alcanzar el sueño de un capitalismo ordenado con crecimiento y estabilidad.

Es una quimera, claro está, incluso en la hipótesis de que Macri y su elenco socialdemócrata-desarrollista-ultraconservador vuelvan a imponerse en las elecciones. Pero hay espacio para tales utopías porque la desmoralización profunda de trabajadores y estudiantes lleva a una desmovilización social sin precedentes en 140 años de lucha obrera.

Entre los muchos factores locales e internacionales que contribuyeron al desconcierto y la parálisis de las masas en Argentina, sobresale el papel de las cúpulas sindicales, el engaño consumado por Kirchner y su esposa, la influencia poderosa de los aparatos extranjeros de la socialdemocracia y el socialcristianismo y la incapacidad de los destacamentos revolucionarios para comprender la coyuntura histórica y actuar sobre ella.

El hecho es que, dirigidos por multimillonarios más cercanos a la mafia que a la acción política tradicional, o trabados por reformistas dispuestos siempre a la conciliación de clases, los sindicatos llevaron una y otra vez a derrotas que al cabo de años de fracasos confundieron, desmoralizaron y paralizaron a las mayorías. La estafa kirchnerista, acompañada por sectores considerados de izquierda -incluso por restos del Partido Comunista- tuvo el mismo efecto sobre el activo juvenil. Así ganó Macri las elecciones, se mantuvo durante tres años en el poder y, olvidada ya la teoríaopositora del helicóptero, puede plantearse una nueva victoria en las presidenciales, además de ganar mayor espacio en provincias y municipios.

Hay que repetirlo: Argentina está desmovilizada como nunca antes desde la primera huelga general en 1902. Desorganizada como jamás desde la creación de los primeros sindicatos en el último cuarto del siglo XIX. Desorientada incluso más y por más tiempo que cuando Juan Perón huyó al Paraguay de Stroessner y abandonó a su suerte y desarmados a los trabajadores que lo apoyaban.

Después de utilizar como válvula de escape una huelga general en septiembre, la CGT pasó octubre y noviembre amenazando con otra, que finalmente cambió por un bono de 5000 pesos para un tercio de los trabajadores. Simultáneamente, mientras la prensa anunciaba explosiones sociales provocadas por el aumento de la pobreza, las llamadas “organizaciones sociales” negociaban subsidios para garantizar tranquilidad en diciembre. Hasta la fecha todo indica que, si hay disturbios, serán focalizados, con escasa participación y bajo el control de los aparatos de inteligencia y represión.

Sólo personas irresponsables o desesperadas pueden creer que tal desmovilización del conjunto social es reemplazable con pequeños grupos cortando calles en la Capital Federal. Mediante hechos que desquician la vida social ese accionar contribuye con un estado nunca visto de malestar colectivo. Tales hechos son asociados de manera automática con “los piqueteros” y en modo alguno con la crisis del capitalismo. En lugar de echar luz sobre la realidad, contribuyen a fragmentar la sociedad y provocar enfrentamientos entre las víctimas del sistema. Tras este desvío de enorme costo político y mayor riesgo estratégico, hay a menudo individuos que lucran transformando en clientes a personas arrojadas a la marginalidad. También hay diletantes que desfogan su incompetencia con palabrerío. Como sea, el ministerio de Desarrollo Social compró la paz decembrina, excepto con dos “organizaciones sociales” que al parecer pidieron más de lo aceptable para el gobierno y fueron dejadas de lado.

En suma, mientras la sociedad se enajena más y más (“hay que matarlos a todos” repiten ciudadanos incapaces de dar un golpe de puño, frente a ladrones callejeros o “piqueteros” que le cortan el paso); mientras dirigencias partidarias y sindicales se enfrascan en sus propios negocios siempre y cuando no los alcance la ola justiciera que el gobierno y sus jueces aplican con agresividad nunca vista), la baja del “costo de producción”, es decir, esencialmente, del salario real, presumiblemente supera en mucho el 16% señalado por estudio citado.

 

G-20, economía, política interna e internacional

Tales resultados no garantizan el crecimiento de la producción, el desarrollo industrial y la mejora en la calidad de vida de 40 de los 44 millones de habitantes. Pero recompone la tasa de ganancia. Y en el cuadro social señalado, basta para sostener el equilibrio político.

Con la cumbre del G-20 quedó confirmada la afirmación de que el Fab incluye a la burguesía imperialista. Fragmentado y luchando descaradamente por el reparto del mercado mundial, el gran capital reunido en el G-20 coincidió en respaldar a Macri a la vez que intentaba arrastrarlo cada quien a su proyecto.

Un progresismo de utilería olvidó que fueron Kirchner y su esposa quienes en medio del colapso mundial de 2008 dieron la espalda a la unión antimperialista suramericana para sumarse al G-20. Si en aquel momento el paso argentino de sumisión a Washington significaba colaborar con la respuesta imperial a la crisis, ahora la burguesía mundial, sin acuerdo frente a ninguno de los problemas esenciales del momento, tiene otras urgencias aparte de repartirse el mercado. En primer lugar, cerrarle el paso a cualquier salida revolucionaria, lo cual supone aplastar la resistencia de gobiernos y pueblos que intentan con enormes desventajas un tránsito hacia el socialismo.

La reunión de Buenos Aires confirmó hasta qué punto Estados Unidos perdió la hegemonía mundial. Y mostró al Fab argentino tratando de sacar provecho de la pelea entre los grandes. Macri protagonizó un choque público con Donald Trump cuando contradijo al extravagante Presidente afirmando que el desarrollo y la afirmación de China en América Latina es beneficioso para todos. Trump había calificado a China como “economía depredadora”. Macri mandó a su canciller a contestarle y luego remachó la posición en el discurso de cierre de la cumbre. El presidente argentino no es precisamente un paladín antimperialista. Pocos recuerdan hoy su intimidad de antaño con Uribe y Aznar, en el fallido intento de crear la internacional parda. Sin embargo fue el portavoz de Angela Merkel y Emmanuel Macron, así como de los presidentes de China, Rusia e India, contra el intento de Trump de hacer estallar el G-20.

Como balance de la reunión internacional del 30 de noviembre y 1 de diciembre un diario local tituló en tapa: “Relaciones carnales II”, en alusión a la política exterior de Carlos Menem. No por acaso los propietarios de semejante línea editorial acataron la decisión de Cristina Fernández de no participar en la movilización contra el G-20. En su afán por conquistar siquiera un tímido guiño del Fab, el llamado kirchnerismo no trepida en asociarse con el objetivo central del G-20 en la región, diez años después de su refundación con ayuda de Argentina y Brasil: aunar a Argentina con Estados Unidos y Europa frente a la resistencia revolucionaria en América Latina.

Venezuela desapareció de documentos y declaraciones públicas del G-20. Pero fue la moneda de cambio para que Washington digiriera la desobediencia de Macri. Para mantener su ilusión de dueño inobjetable del escenario, en un momento de impotencia tras su reunión privada con el presidente argentino, Trump arrojó los auriculares y dejara plantado al anfitrión, quien inútilmente le pidió que volviera. No obstante, fue la imagen de la impotencia imperial frente a un mundo inmanejable.

El corolario es claro. Macri admite seguir a la vanguardia de un frente único para articular la contrarrevolución regional, a la vez que intenta  lograr un rinconcito en el reparto del mercado mundial: firmó 30 acuerdos comerciales y financieros con Xi Jinping y una veintena con Vladimir Putin. Ninguno con Trump. Compra de grano y carnes, inversiones para minería y petróleo, acuerdos para medios de comunicación y hasta la creación por parte de Rusia de una escuela de matemáticas en Argentina.

No es menos clara la táctica de la viuda de Kirchner: prudencia frente al realineamiento pseudo desarrollista de Macri; silencio absoluto ante la embestida contra el Alba y la Revolución Bolivariana.

Ambos yerran su estrategia. Si algo mostró la cumbre del G-20 es la vigencia, con evidente aumento de velocidad y extensión, de la ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia. Y la ferocidad en la lucha por mercados que ésta desata. Y esto antes de que la economía mundial ingrese a un nuevo período recesivo, previsto para 2019 o a más tardar 2020. En ese marco un programa desarrollistaes una ingenuidad, cuando no es muestra de oportunismo inmediatista en el “sálvese quien pueda” capitalista.

 

Estado y partidos burgueses

Si bien es cierto que avanza en el saneamiento económico, el gobierno falla redondamente en el intento de recomposición del Estado burgués y edificación de nuevos instrumentos políticos. Esto ocurre, desde luego, por la imposibilidad de estabilizar cualquier programa de crecimiento económico en el marco capitalista, más allá de éxitos inmediatos como el que verifica el gobierno del Fab.

Para eludir la teoría del helicóptero, Macri tuvo que adoptar el gradualismoy posponer sin fecha la reestructuración profunda del aparato estatal, imprescindible para equilibrar las cuentas. Junto al pago del fabuloso endeudamiento legado por el gobierno de Cristina Fernández estas medidas sólo podían ser vehiculizadas mediante el flujo de capitales golondrina y el redoblado endeudamiento externo. Las medidas anticrisis de Washington, la baja en los precios de las materias primas agropecuarias y una inesperada combinación de inundaciones y sequía adelantaron el de todos modos inexorable desenlace de semejante experimento. Esto produjo el viraje brusco en mayo de 2018 y el cambio de programa inmediato. Un resultado de otro orden fue el debilitamiento electoral hasta entonces imbatible de Macri, el envalentonamiento de toda la oposición y un recrudecimiento difícilmente manejable de las tensiones en la coalición gobernante.

Como resultado el quidde la cuestión (reforma del Estado, cambio de leyes laborales y fragua de nuevos cimientos para partidos capaces de gobernar), ha sido postergado. En otras palabras: nunca podrá ser resuelto.

El mejunje oficialista amenaza con disolverse al ritmo de caída de Macri en las encuestas. Sólo podrá invertir su dinámica actual de fragmentación si esos sondeos vuelven a empinar la nariz, lo cual, como queda dicho, no es impensable. Pero de una eventual reafirmación de Cambiemos a la conformación de un Partido de alcance nacional con cohesión suficiente para gobernar, hay una distancia insalvable.

En Argentina se fortalecen tendencias centrífugas inmanejables en lo inmediato y amenazantes para un futuro no lejano. Macri, su coalición sin pegamento, no están en condiciones de frenar esa dinámica. De hecho, el Ejecutivo las ha alimentado cediendo ante exigencias económicas y políticas inaceptables para cualquier gobierno con el mínimo de solidez necesario para guiar un país Federal.

En cuanto al peronismo, poco hay que decir. Kirchner y su esposa fueron el detonante involuntario de una carga explosiva demorada por décadas. Fragmentado en mil pedazos, acosado por oportunos juicios penales sea por corrupción administrativa de inimaginables dimensiones o por franca colusión con el narcotráfico, sólo tiene como defensa la acusación a compinches hoy instalados en altos cargos oficiales. Pero saben que denunciarlos sería precisamente acortar la mecha ya encendida. Sólo aspiran a negociar. Como lo hace buena parte del Ejecutivo, cuya tarea sin embargo es sanear el aparato de explotación capitalista.

No es esperable una candidatura peronista exitosa, aunque un ejército de voluntarios se apronte a separar de todo protagonismo a la ex Presidente. La excepción, como se ha señalado, es el ex funcionario de Alfonsín y ministro de Duhalde y Kirchner, Roberto Lavagna. Su plasticidad está fuera de discusión. Pero debería asumir contra el desempeño de Macri, con su mismo programa. Tendría la mitad del trabajo hecho, pero la tarea complementaria estaría por completo fuera de sus competencias, que además deberían sumar el pago a los barones feudales del peronismo con cuyo apoyo podría alcanzar el poder. Macri aparecería entonces como un titán en lucidez, capacidad de acción y alcance de resultados positivos.

 

Ellos o nosotros

Ésa es la deriva inexorable de la Argentina burguesa en el próximo período. La degradación general del país, sus instituciones y la vida social, continuará con mayor o menor velocidad según el ritmo de la decadencia económica. No está excluida la posibilidad de repuntes temporales con base en la extensión de la frontera agrícolo-ganadera y en la inversión extranjera para extraer shale gas, litio y otros minerales. Eso podría ocultar la magnitud de la decadencia y prolongar la agonía. Pero el tercio de pobreza que asuela al país, la marginalización de millones de personas y en particular de jóvenes, el espectáculo de la corrupción pasada y presente y la espiralización del narcotráfico serán imparables para éste o cualquier otro gobierno burgués.

Pero hay otra Argentina latente. No basta en este cuadro afirmar que la opción es socialismo o barbarie. Lo es, por supuesto. Pero se trata de asumir en toda su dimensión el desafío de construir el bloque de fuerzas y la capacidad de dirección para enfrentar al sistema, imponer un gobierno de los trabajadores y el pueblo e iniciar la transición al socialismo.

No se avanzará en ese sentido con “exigencias” a la CGT para que convoque a nuevos paros generales; con cortes de calles diez veces a la semana en Buenos Aires; con un concejal o un diputado más. Ni se detendrá con estos recursos la marcha del capital en su autodepuración, que gradual o abruptamente desembocará en violencia desembozada. Violencia de naturaleza y magnitud diferente a la que ahora algunas agrupaciones, de manera irresponsable, califican como cualitativamente diferente a la ejercida por sucesivos gobiernos desde el restablecimiento de la democracia burguesa hace 35 años.

Es preciso actuar de manera ejemplarizante frente a las masas, con el objetivo de desenmascarar la hipocresía del capital, el engaño permanente de los políticos burgueses y las cúpulas sindicales, la manipulación electoralista de los partidos del sistema. No hay otro camino sino el de la educación, concientización y organización de las mayorías a través de la acción, que por lo mismo no puede ser enajenada a direcciones falaces y corruptas. La acción no puede ser reducida a la caricatura de cortes de calles cada día. Debe estar regida por consignas claras tras los objetivos buscados y descartar los insultos personales contra tal o cual gobernante, en lugar de condenar al sistema que los entroniza.

La clave para que esto sea realizable es la recomposición de las fuerzas revolucionarias en un partido único para la lucha antimperialista, la emancipación de la mujer, el protagonismo de las juventudes, la unión suramericana y la revolución socialista.

Argentina puede superar el estado actual de confusión y parálisis. Puede erguirse sobre un pasado de gloriosas luchas y presentarse como fuerza oxigenante y radicalmente transformadora en el conjunto de gobiernos, partidos y organizaciones que en todo el continente luchan contra la opresión y la explotación. Hay un activo militante, disperso y desconcertado, que se cuenta por cientos de miles. Contribuir a su organización, a la unión superadora de sus fuerzas, es la tarea a cumplir.

Buenos Aires, 10 de diciembre de 2018

@BilbaoL

 

La farsa del G-20 y …la del anti G-20

Converge por estas horas en Buenos Aires el gran capital internacional. Un derroche sideral de dinero para escenificar una farsa y ocultar con ella la realidad de la disputa interimperialista, cada día más grave, más riesgosa para la humanidad.

No habrá un acuerdo de los 20 en torno a los temas que oficialmente se tratarán. Se trata de una lucha por alineamientos y posicionamientos en torno a los cinco principales actores del escenario mundial: China, Estados Unidos, Alemania, Rusia, Japón. La naturaleza singular de los sistemas chino y ruso no niegan el hecho principal de un feroz combate geopolítico.

Como espejado, es igualmente farsesco el papel de un inopinado “pensamiento crítico” que días atrás se presentó como contrafigura del G-20. Nombres conocidos de este cónclave fueron las ex presidentes de Argentina y Brasil. Atribuir a Cristina Fernández y Dilma Rousseff un pensamiento crítico es una fantochada. Y no sólo por el registro intelectual de ambas, sobre todo la primera, sino porque fueron ellas las responsables de que el G-20 adquiriera el protagonismo que hoy tiene.

Es inaceptable que personas y agrupamientos que se presentan como “progresistas” –algunos incluso “revolucionarios”- hayan callado en ese encuentro la responsabilidad de Fernández y Roussef frente al hecho de que la cumbre se realice este año en Buenos Aires, factor indisolublemente asociado a la regresión política que ha sufrido buena parte de América Latina en los últimos años.

Aunque el G-20 fue fundado en 1999, no adquirió su actual envergadura hasta 2008, cuando frente al colapso de la economía mundial capitalista, desde Washington articularon un agresiva intervención para aunar diferentes fracciones de la burguesía e implementar una táctica contraofensiva.

Téngase en cuenta que en aquel momento Hugo Chávez convocaba desde Caracas a una reunión del Alba con el objetivo inverso al de Washington: aunar a los explotados y oprimidos del continente, crear una moneda virtual latinoamericana (el Sucre) e iniciar una fase nueva y superior de la unión regional por un camino opuesto al saneamiento del capital, punto de partida para una transición regional al socialismo.

¿Qué hicieron Fernández y Rousseff, con total respaldo del llamado kirchnerismo y del Partido de los Trabajadores? Es por demás sabido: dieron la espalda al Alba y acudieron al llamado de George Bush. ¿Puede ser que tantos intelectuales y políticos hayan omitido este dato fundamental a la hora de iniciar un nuevo capítulo en la historia del pensamiento? ¿Es pensable la afirmación de un genuino pensamiento crítico basado en el ocultamiento y la mentira?

Pues es justamente eso lo que ocurrió en un miniestadio en la Capital argentina, con la participación de una dos mil personas para aplaudir los discursos inaugurales de las ex presidentes, quienes obviamente con respaldo intelectual muy diferentes, expusieron su condena a la reunión del G-20, al FMI y a los gobiernos que los sostienen. Al igual que intelectuales y políticos que las acompañaron, ni una ni otra pareció comprender la conexión entre aquella decisión de atar a Brasil y Argentina al tanque de guerra imperialista en 2008 y la penosa suerte sufrida por ambas, con una derrota electoral en un caso y un golpe blanco en el otro.

Pero no fue sólo la suerte política del kirchnerismo y el PT la que rifaron con tal opción estratégica en un momento crucial. El salto al último vagón imperialista era a la vez abandonar el Alba, condenar al aislamiento regional a la Revolución Bolivariana, optar por el dólar frente al Sucre. Es inaceptable que se calle esto cuando se llama a la población a movilizarse contra el G-20. ¡Suena a hueco ahora, en vísperas de otro gran estallido de la economía mundial, el lamento por el lugar hegemónico recuperado por el gran capital!

En numerosas y muy diferentes ocasiones he defendido la política de frente único antimperialista, basada en el acervo teórico y práctico de la IIIª Internacional. Con más premura que nunca es hoy necesario concretar una política de esa naturaleza a escala regional y global. ¿Pero han de ser quienes en un momento decisivo de la historia reciente optaron por subordinarse al imperialismo la cabeza y símbolo de un frente antimperialista? ¿Se estructurará un frente único antimperialista en torno a una candidatura presidencial? Proponerlo es mucho más que un error. Utilizar el sentimiento antiyanqui de las masas para posicionarse frente a una elección es, también, más que equivocarse: es contribuir al triunfo del enemigo.

28 de noviembre de 2018

@BilbaoL

 

Crónica de un día convulsionado en Argentina

Dos victorias para Macri a la espera de la reunión del G-20. Con pocas horas de diferencias, en Argentina se combinaron atentados con explosivos y la aprobación del Presupuesto 2019 por parte del Senado. Pocos ejemplos resaltan con mayor claridad la marcha de la realidad nacional.

Fueron apresados los tres responsables directos en la colocación de bombas caseras en la tumba de Ramón Falcón y bajo el auto del juez Claudio Bonadío. Ambos atentados fallaron. También fueron detenidos otros 10 miembros del grupo anarquista.

Falcón era un jefe policial conocido por su ferocidad represiva contra obreros y militantes revolucionarios, ultimado por el anarquista ucraniano Simón Radowitsky en 1909. Bonadío es quien por estos días juzga a Cristina Fernández y sus colaboradores, acusados por cobro de coimas multimillonarias, lavado de dinero y asociación ilícita, entre otras causas.

No está claro si el hasta ahora desconocido grupo anarquista (“Los Obelos”, por reunirse en las inmediaciones del Obelisco en el centro porteño) actuó contra el juez por su papel en relación con la ex presidente o por otras razones, aunque la conexión con los resonantes juicios es inevitable. En cambio es evidente la elección de la tumba de Falcón: ayer se cumplía un aniversario de la muerte de Radowitsky, quien fue apresado tras el atentado. Anahí Salcedo fue herida de gravedad al colocar la bomba en el cementerio, detenida y trasladada al hospital. Su compañero en la operación también fue encarcelado. Marco Viola, por su parte, fue apresado por la custodia del juez en el lugar del hecho. De inmediato la policía acudió a su domicilio, donde fueron detenidos otras 10 personas. La bomba lanzada bajo el auto de Bonadío fue detonada, sin consecuencias, por la policía.

Simultáneamente, frente al Congreso se reunían organizaciones de izquierda y grupos kirchneristas para oponerse a la sanción de la Ley de Presupuesto. Esta vez sin disturbios y con una presencia mínima de manifestantes, lo cual de por sí ya fue un éxito para el gobierno, que en la madrugada de hoy tuvo la aprobación del Presupuesto en el Senado por 45 votos a favor, 20 en contra una abstención (de un senador oficialista).

Queda formalmente aprobado de esta manera el plan de saneamiento capitalista llevado a cabo por el gobierno de frente amplio burgués, naturalmente en su beneficio y con todos los costos a cargo de la clase obrera y el conjunto de sus aliados.

En cuanto a los atentados, si bien muestran un grupo con mínimo desarrollo político y nula capacidad de acción, constituyen un efectivo respaldo para un eventual accionar violento del gobierno antes, durante y después de la reunión del G-20, que tendrá lugar en Buenos Aires los días 30 de noviembre y 1 de diciembre.

También ayer mismo se conoció la detención de Axel Ezequiel Abraham Salomon y su hermano Kevin Gamal Abraham Salomon, ambos argentinos, alegadamente miembros de Hezbollah. Es un pequeño adelanto de la factura política que cobrará el gobierno de Macri por ser sede de la reunión del G-20, tema que merece una nota especial.

15 de noviembre de 2018

@BilbaoL

 

 

Piedras, masas y votos en Argentina

Con 138 votos a favor la Cámara de Diputados aprobó el miércoles 24 el presupuesto nacional para el año próximo. Hubo 103 votos en contra, 8 abstenciones y 7 ausentes. Todo indica que en tres semanas el Senado completará la sanción del Presupuesto.

Previsible victoria oficialista (ver Cómo evoluciona la coyuntura en Argentina, texto fechado 40 días atrás). Primó otra vez el frente amplio burgués (Fab), el cual pese a duras luchas internas sostiene y proyecta al gobierno de Mauricio Macri. La votación en Diputados es doblemente importante para el oficialismo porque Argentina ingresa en un trimestre de extrema crisis económica y creciente tensión social, cuyo desenlace está todavía en cuestión. El saldo de votos en la cámara baja muestra una correlación de fuerzas inalterable en favor del gran capital.

Al igual que en este resultado legislativo, el Fab y todos los sectores que se le subordinan serán clave para la evolución y resultado de la fase de saneamiento capitalista en curso. Macri cuenta además con respaldo de países decisivos, como se verá en pocas semanas más, cuando desembarquen en Buenos Aires los mandatarios del G-20. Por su parte, las fragmentadas cúpulas sindicales transforman medidas de lucha en medios para desarmar y desviar a los trabajadores. Hay que recordar –porque pasó al olvido mientras estaba ocurriendo- la huelga general del 25 de septiembre, cuyo resultado más evidente es la aprobación del Presupuesto. Con el mismo sentido se programa ahora otra huelga general, esta vez por 36hs, para la segunda quincena de noviembre.

 

Significado de la media sanción

La votación sobrevino tras una movilización frente al Congreso. Aunque en cantidad notoriamente menor a las registradas desde diciembre pasado, hubo una concentración importante. No participaron los principales sindicatos. Los llamados “movimientos sociales”, organizaciones de izquierda y fragmentos de quienes acompañan a Cristina Fernández (principalmente destacamentos movilizados por intendentes del conurbano), marcharon contra la aprobación del Presupuesto. Cuando algunas de las columnas se aproximaban al Congreso, un grupo de entre 50 y 100 personas tomó la vanguardia y comenzó a lanzar piedras y palos contra los policías resguardados tras una imponente valla de hierro que impedía avanzar sobre el edificio. Enseguida aparecieron bombas molotov y otros dispositivos ruidosos que caldearon la situación. Del Congreso salió un grupo de diputados alineados con la Sra. Fernández y, además de oponerse a la salida de un camión hidrante, derribaron desde dentro algunas vallas de contención, lo cual recrudeció la ofensiva del grupo atacante. Mientras tanto, las columnas de izquierda y los mal llamados “movimientos sociales” detuvieron su marcha. “Son los kirchneristas –se oyó- no les hagamos el juego”. Drones de algunos medios de comunicación permitieron ver un escenario claramente fracturado, en el que algunas decenas de personas redoblaban los ataques, la policía esperaba y el conjunto de los manifestantes se mantenía a distancia.

Mientras tanto en el recinto de Diputados la bancada identificada con la ex Presidente apelaba a todos los recursos para impedir la sesión.

Todo lleva a pensar que el gobierno demoró al máximo el momento del contraataque. Comenzó con un camión hidrante. Algunos minutos después, apeló a las escopetas con cartuchos de un gas lacrimógeno aparentemente perfeccionado respecto del usado tradicionalmente en estos casos. A continuación hubo disparos de balas goma.

A esta altura ocurrieron tres hechos a resaltar: las columnas principales sobre la Avenida de Mayo comenzaron a retroceder y en un punto hicieron media vuelta y marcharon en sentido contrario. También la mayoría de quienes habían asumido el enfrentamiento directo retrocedió. Sólo un grupo menguado pero de redoblada beligerancia continuó lanzando bombas molotov y otros objetos, trajo contenedores de basura de calles aledañas y los incendió, aunque a demasiada distancia del vallado policial. Allí terminó la capacidad de acción de ese grupo no identificado.

Llegó el momento entonces de la policía. Salieron motos que persiguieron a rezagados de la retirada masiva. Ocuparon el espacio total de la Plaza de los dos Congresos y dejaron fuera de ese perímetro a todo eventual manifestante. Mientras tanto, con excepción de las organizaciones de izquierda, todos emprendían la retirada definitiva hacia los ómnibus y hacia la estación Constitución. La jornada había terminado. Durante esa retirada hubo 28 detenidos, 24 de los cuales fueron liberados esa misma noche. Los cuatro restantes, extranjeros, salieron al día siguiente, pero se les amenaza con la expulsión del país. En el recinto se restablecía la calma y comenzaba un maratón de naderías que duraría 14 horas, antes de levantar la mano para aprobar el Presupuesto.

 

Resultados inmediatos

Hasta aquí, los hechos. La interpretación da lugar a conclusiones rotundas:

# Macri tuvo un importantísimo triunfo político: un tercio de los votos obtenidos provienen de diputados peronistas;

# el bloque de Unidad ciudadana (Fernández) sufrió una triple derrota: en la calle, en el recinto y ante el grueso de la opinión pública, convenientemente intoxicada además por los medios de comunicación;

# se quebró en la calle la insólita alianza entre kirchneristas y organizaciones de izquierda, aunque en gran medida se mantuvo dentro del Congreso;

# estas últimas actuaron con tino y consecuencia, puesto que una vez terminadas las refriegas rodearon la Plaza y volvieron con sus banderas a las cercanías del Congreso (algunas de ellas, ubicadas sobre la Avenida Callao, fuera del foco de enfrentamiento, se mantuvieron todo el tiempo allí);

# el gobierno recompuso la eficacia de un aparato represivo capaz de neutralizar manifestaciones de este tipo con costo cero o incluso saldo político positivo: no se reportaron heridos, los detenidos fueron liberados de inmediato;

# el activo militante pudo observar la conducta de quienes pusieron en marcha un enorme aparato logístico y en pocos minutos, como queda dicho, retrocedieron y usaron ese mismo aparato para regresar a sus lugares, cuando en realidad se había convocado a “una vigilia” en torno al Congreso, a fin de presionar con presencia masiva a los diputados que debían votar;

# quedó así comprobado que por parte de los fragmentos del kirchnerismo el llamado a movilización tenía como objeto respaldar un intento de impedir la sesión del Congreso y, cuando el propósito fracasó, abandonaron el terreno y dejaron sólo a las organizaciones de izquierda, que al final tampoco hicieron la “vigilia”;

# las posteriores denuncias a la “feroz represión” mostraron a algún sindicalista fallido al borde de la desesperación, escudándose en la defensa de dos de las personas detenidas. Pero mostraron ante todo que: 1) estos pseudo dirigentes no tienen la menor noción de lo que significa “feroz represión” y, 2) no parecen comprender -y por ende no pueden educar a la clase trabajadora- la existencia y función del Estado burgués. Parecen creer que en un sistema democrático burgués no hay represión y que ellos pueden implementar situaciones como las vistas el 24 frente al Congreso sin ninguna consecuencia. La ex presidente tenía a Alemania como país modelo para Argentina. Sería interesante que alguno de sus seguidores intentara hacer ante el Bundestag en Berlín lo que hicieron en el Congreso en Buenos Aires. Sus lamentos por la “feroz represión” adelantan demasiado: vendrán razones de mayor fuste para sus quejidos como sindicalistas sometidos al Estado;

# todo esto redunda en capital político para la burguesía y su gobierno, que tiene así más base de apoyo para afrontar un pico crítico en los próximos meses.

 

Balance

Sea que se lo mire desde una batalla puntual, desde la perspectiva de educación y organización de masas, o incluso desde una pedestre mirada electoralista, el 24 de marzo fue un fracaso para sus organizadores y una frustración para cualquier participante consciente.

Piedras en ínfima proporción si se tiene en cuenta lo ocurrido en el mismo lugar en diciembre del año pasado; masas sin comparación cuantitativa y cualitativa con las participantes en aquella ocasión; proyección de votos inversa a la esperada por quienes intentaron hacer fracasar la aprobación del presupuesto. Todo en sentido inverso al previsto por la sofisticada “teoría del helicóptero”.

El aparato policial y de seguridad mostró que es infantil pretender doblegarlo a piedrazos, con un grupo de avanzada y un país como espectador a distancia. La táctica desestabilizadora de la protoburguesía opositora se reveló ilusoria. Y las izquierdas que la acompañaron tienen ante sí la certeza de que sin la participación activa de las masas, desde sus organismos reales y con dirigencias genuinas, no se le doblará el brazo al Fab. Esto desemboca inexorablemente en un fracaso electoral de la oposición capitalista en 2019 y una barrera para la acumulación parlamentaria de fuerzas antisistema.

El saldo viene a ratificar algunas interpretaciones y enseñanzas de los últimos años. Queda claro que no existe una genuina movilización social contra el gobierno, pese a que en esta fase puede inferirse un rechazo amplio y creciente, aunque pasivo.

Es verdad que algún hecho excepcional podría detonar la carga explosiva alimentada por ese rechazo. Frente a tal hipótesis, caben dos respuestas netas: en las actuales condiciones, no sería usufructuada por las hilachas del gobierno anterior ni podría ser conducida por una fuerza antimperialista y anticapitalista. Por el contrario, favorecería aún más al gran capital, con éste u otro gobierno de la misma naturaleza.

Queda señalado el significado positivo de que, esta vez, al menos un sector de las organizaciones de izquierda no se haya involucrado con los grupos de choque ostensiblemente dirigidos desde dentro del Congreso por diputados peronistas-cristinistas. Ese distanciamiento no se vio dentro del recinto: allí se mantuvo el frente único anti-Macri de la izquierda con la burguesía advenediza y en función de una táctica inmediata de derrocamiento del gobierno. Concluir con esa política putschista es condición primera para afirmar una estrategia de la clase obrera, inseparable de la construcción de una organización revolucionaria de trabajadores.

Están planteadas entonces tres condiciones urgentes e insoslayables para responder a la coyuntura estratégica en la que está empantanado el movimiento obrero y el conjunto del pueblo argentinos: romper con la subordinación a la táctica putschista-golpista de los restos desesperados del gobierno anterior; convenir un programa de acción con reivindicaciones transicionales y con la propaganda de un gobierno obrero y popular; apelar a todos los recursos organizativos necesarios y posibles –bajo el concepto general de frente único de clase- para alcanzar la unidad social y política de las grandes masas y dar base social a la existencia de un nuevo y poderoso partido de trabajadores y jóvenes urbanos y rurales.

27 de octubre de 2018

@BilbaoL