El PT podría ganar la segunda vuelta

Una semana después del resultado que en Brasil dio la victoria a un funambulesco fascista, los sondeos de opinión aseguran que la distancia de casi 17 puntos obtenida frente al candidato del Partido dos Trabalhadores (PT) se mantiene para la segunda vuelta, el 28 de octubre.

No son encuestas trucadas. Reflejan a su modo el clima social brasileño dominante por estos días. No obstante, es objetivamente posible que el segundo turno invierta estos pronósticos y lleve otra vez al PT al Palacio del Planalto.

Importa menos, pero importa, la aritmética electoral. Al 29.28% de votos obtenidos por el candidato señalado por Lula, Fernando Haddad, se puede en teoría sumar la mayor parte del 12,47% obtenido por el socialdemócrata Ciro Gomes. También un retazo del 4,77% obtenido por el candidato de Fernando Henrique Cardoso y su Partidos Socialdemócrata Brasileño (PSDB). Más la casi totalidad de los escasísimos votos obtenidos por tendencias a la izquierda de estas formaciones. Ese universo suma potencialmente más del 15% de los votos emitidos el 7 de octubre. Tampoco es desdeñable la posibilidad cierta de revertir buena parte de la abstención que alcanzó el 20,3%: casi 30 millones de ciudadanos no votaron, los mayores registros de ausentismo se dieron en las barriadas proletarias de San Pablo. Con todo, nada de esto es lo que realmente puede dar vuelta el resultado.

La posibilidad de frenar la marcha de Jair Bolsonaro, candidato del gran capital, de los mandos del Ejército y de las iglesias evangélicas, reside en la recuperación de decenas de millones de voluntades que creyeron en la propuesta socialista del PT desde los 1980 y luego, tras la frustración de tres gobiernos petistas abiertamente comprometidos con el capitalismo, viraron en redondo.

Es verdad que las clases medias antes votantes del PT fueron la vanguardia del giro hacia la propuesta fascista y que esos sectores no serán fácilmente conquistables en lo inmediato. Pero sobre esas capas puede tener efecto una explicación objetiva y detallada de por qué Bolsonaro no podrá gobernar, así como prefigurar la magnitud del desastre con el que su fracaso amenaza a Brasil.

Sin embargo, el apoyo a un personaje que se precia de ser racista (en un país con abrumadora mayoría de población negra, mulata e indígena), represor, misógino patológico y, sobre todo, un perfecto ignorante de los grandes problemas de Brasil y de cómo resolverlos, está basado en el volcánico desplazamiento electoral de hombres y mujeres pobres y más que pobres, explotados y oprimidos, del campo y las ciudades. Ellos no tuvieron la respuesta que esperaban del PT. Por eso respondieron de este modo

 

De cara ante la realidad

Ante todo cabe subrayar la solidaridad con la militancia petista, de los sin tierra y de otra cantidad de organizaciones de la izquierda brasileña, cargados de dudas y azorados por el vuelco de la situación. En su momento –ya antes incluso de que Luiz Inácio da Silva ganase las presidenciales en 2002- advertí sobre el rumbo de Lula y la mayoría de la dirección del PT, apresado en la letal tenaza internacional de organizaciones socialdemócratas y socialcristianas. Me honra haber sido promotor de la primera hora del PT y no reniego por haber entregado durante años mis mejores esfuerzos a la construcción de este partido, profundamente renovador en sus albores y extraordinario en todo sentido, conducido por obreros y estudiantes, que en su programa fundacional proponía abolir el capitalismo y construir una sociedad socialista. Me congratulo igualmente por haber señalado en su momento la suma de desviaciones que al cabo produjeron dos hechos más trascendentales que el ascenso de Bolsonaro: la nula reacción de las masas frente al golpe que destituyó a Dilma Rousseff y la total ausencia de respuesta proletaria cuando encarcelaron a Lula.

Dicho sea entre paréntesis: no avalo las conductas de ambos como presidentes, ni la del PT en el gobierno. Pero no acepto la justicia de la burguesía para juzgarlos. La corrupción –indiscutible- no puede juzgarla la clase más corrupta del hemisferio ni su Estado represor y pútrido hasta la médula. El hecho es que las masas rechazaron estas conductas. Y a ellas sí hay que darles respuesta.

Ahora, ante una campaña electoral, se puede optar por hacer acuerdos tras bambalinas con los mismos reformistas que empujaron al PT hacia alianzas absurdas y contrarias a su historia y su programa, o buscar de manera franca la recuperación de un plan de acción que responda a la crisis capitalista brasileña –muy profunda, a término inmanejable para cualquiera y en particular para Bolsonaro- desde la perspectiva de obreros y campesinos y de las grandes masas oprimidas por el capital.

No será fácil. Pero es posible. El propio Lula, desde la cárcel, declaró días atrás a dos periodistas que “en el fondo, en el fondo, es preciso hacer un tipo de enfrentamiento más directo, más determinado”. Así les habló a Fernando Morais y Mino Carta, antiguos amigos del líder obrero. En la adversidad, las mejores condiciones de este hombre excepcional, atrapado por el sistema, reaparecen en algo esencial: es preciso un enfrentamiento directo, más decidido, contra el aparato que sostiene al títere bravucón.

Si los cuadros del PT se inflaman con ese llamado, convocan a las masas, explican a las estructuras reformistas los riesgos inminentes que ellas mismas corren y llaman a todas las fuerzas revolucionarias para hacer un gran frente único antimperialista y anticapitalista, las posibilidades de victoria electoral son ciertas. Pero incluso en caso de derrota comicial, no habría derrota política. Ésa es la cuestión principal a dos semanas de la segunda vuelta.

 

¿Frente antifascista?

He allí un dilema teórico y político de la mayor magnitud: ¿a qué tipo de frente debe llamar el PT? ¿Antifascista? ¿O antimperialista y anticapitalista? ¿Es la ocasión de actuar a la defensiva o de lanzar una dura ofensiva?

Es comprensible la respuesta inmediata ante el hecho disruptivo de que un individuo como Bolsonaro pueda ganar la presidencia de Brasil. Pero en ese llamado automático resuena el antiguo concepto de “Frente Popular” a la manera como lo concibió la IIIª Internacional bajo conducción stalinista: subordinación de las fuerzas proletarias a las burguesías supuestamente democráticas. En Argentina hay un trágico ejemplo de ese desvío esencial que hoy asoma en ciertos análisis, cuyas mejores intenciones están fuera de discusión. En 1945 se aliaron el PC, el PS, la UCR y los conservadores, bajo el manto del embajador estadounidense, para enfrentar a Juan Perón. El desenlace es conocido.

Es la diferencia entre ponerse a la defensiva antes de librar la batalla o asumir un ofensiva estratégica y llamar a las masas de toda América Latina al combate por una transición socialista. Si el PT se subordinara otra vez al PMDB, al PSDB, al PDT (todos arrasados en las elecciones) y a los sectores del gran capital alarmados por la eventual deriva de un gobierno ultraderechista, no sólo no ganaría la segunda vuelta. Peor aún, dejaría sin rumbo a las masas obreras y campesinas del país de mayor envergadura en la región.

Justamente, en el plano regional, un “frente antifascista” podría convocar hasta a la mayoría de los políticos de Cambiemos, la coalición que sostiene a Mauricio Macri (recuérdese que la UCR está afiliada a la socialdemocracia internacional, al igual que la CGT). Al margen ese extremo, es poco estimulante poner a las masas latinoamericanas entre bolsos y Bolsonaros. Esa no puede en ningún caso ser la opción.

12 de octubre de 2018

@BilbaoL

 

 

 

 

 

 

Burguesía argentina sin partidos para gobernar

No es algo nuevo. Impacta ahora porque está a la vista de todos: la burguesía argentina no tiene partidos con los cuales ejercer institucionalmente el poder.

Recomponer esos instrumentos es una de las tres tareas principales del frente amplio burgués que acompaña a Mauricio Macri. Las otras son sanear la economía desde el punto de vista de las necesidades del capital y limpiar al menos la fachada del Establo de Augías en que se ha convertido el sistema institucional, incluyendo al conjunto empresarial de las clases dominantes.

Aquellos tres eslabones rotos del poder burgués chirriaron a punto de estallar en las últimas semanas. Políticos y portavoces del gran capital observaron azorados la aceleración de la crisis mientras la intelectualidad y la prensa no atinó siquiera a describir el curso de los acontecimientos. A cambio, se limita a chismes y naderías repetidas ad nauseam por comentaristas de apariencia seria.

El aparato político cruje como si fuera a desplomarse. Una catarata de juicios, delaciones y arrepentimientos tiene procesados a medio centenar de ex altos funcionarios y empresarios principales, la mayoría de ellos ya encarcelados y el resto en la lista de espera, por una operación de saqueo expuesta ante los ojos de la nación. La ex presidente Cristina Fernández está acusada de encabezar la banda delictiva.

Se acumulan pruebas para develar un mecanismo sin precedentes de exacción de riquezas por cifras milmillonarias en dólares. Nadie entre los acusados esboza una defensa, excepto intentar presentarse como víctimas de represalias políticas. El conjunto social no lo entiende así. Detalladas denuncias de empresarios, delaciones minuciosas de ex funcionarios, suman montañas de documentos incriminatorios imposibles de desmentir.

Para agregar ridículo al escarnio, un ejército de ex secretarios de Fernández y Néstor Kirchner, corre cada día a tribunales para denunciar con fruición a sus ex jefes y acaso obtener algún beneficio procesal por haber participado en el mecanismo y por su propio enriquecimiento ilícito. Sus revelaciones asombran y repugnan: caídos en desgracia sus señores, se abalanzan sobre ellos como caranchos.

Todavía falta demasiado por descubrir: el papel de gobernadores, intendentes, sindicalistas, legisladores, jueces, políticos de prácticamente todos los partidos, cientos de otros empresarios, periodistas, consultores, clérigos. Difícil pensar que se llegue al fondo: es el sistema mismo el que está corroído hasta la médula. Por eso la prensa comercial y sus analistas balbucean en sordina o directamente callan.

En ese clima surrealista la proximidad de elecciones presidenciales empuja a los aparatos políticos a buscar fórmulas mágicas para contrarrestar la disgregación general, hallar un discurso (relato, se le llama ahora) capaz de ganar voluntades y arrastrarlas hacia las urnas para dar siquiera un lapso de sobrevida al sistema, con el actual elenco o con el recambio de peronismo dispuesto a seguir con el programa inexorable del gran capital.

 

En lugar de bipartidismo, triple alianza del siglo XXI

El hecho es que el gobierno de Cambiemos afronta la reaparición potenciada de la crisis que hizo estallar al país en 2001: vertical caída del poder adquisitivo del salario, devaluación superior al 100% y consecuente disparada de precios, hondo malestar social, recesión aguda con altísima inflación. A la vez, diferencias tajantes separan este período de los idus del siglo XX: no hay un movimiento obrero en pie de lucha; durante los últimos 15 años el ministerio de Trabajo y las cúpulas sindicales han logrado fragmentar y corromper al extremo las estructuras sindicales; la situación económica dista de la que había provocado la mantención de la convertibilidad, aunque en perspectiva histórica es más grave.

Como ha sido expuesto en oportunidades anteriores (Argentina en descomposición; Desconcierto general; Cómo evoluciona la coyuntura, etc), el conjunto de la gran burguesía ha formado un frente amplio en respaldo de Mauricio Macri. Ese frente lo integra además el conjunto de los partidos y fracciones comprometidas con el capital, las cúpulas sindicales y cabos sueltos de prácticamente todas las instituciones del sistema. Sectores de estos aparatos tienen la posibilidad de movilizar el descontento social y a la vez ponerle límites precisos. Es tal la magnitud del descontento subterráneo que en modo alguno podría descartarse una explosión espontánea que rompiera todos los frágiles diques de contención.

Cambiemos seguirá con su plan de recomposición capitalista, con más o menos disturbios entre sus múltiples componentes electoralmente hegemonizados por la socialdemocracia desdibujada en la UCR. Si el creciente malestar social llegara a un estallido, esta coalición se fragmentaría y desaparecería como posibilidad de victoria electoral en 2019. Allí tendría alguna chance el peronismo que hoy, precisamente en esa perspectiva, toma distancia de Cristina Fernández.

Con todo, ésa no es la perspectiva más probable: tiene mil tentáculos el pulpo que atrapa la voluntad popular y es amplio como nunca antes en la historia nacional el acuerdo de instancias procapitalistas convencidas de que se trata de la última oportunidad para sanear el sistema o entrar en un descontrolado torbellino sin fin.

En la hipótesis de que el proyecto en curso mantenga su rumbo sin una conmoción social que lo desbarate, la burguesía impondrá su plan y es esperable que para cuando comience la campaña de las previas para elegir candidatos, la economía haya recuperado su ritmo, con profusión de obras públicas y un alud de créditos hipotecarios.

En tal presunción, es improbable que el peronismo –fragmentado y en gran medida desmoralizado- pueda hallar un candidato expectable capaz de vencer al oficialismo. Por su lado Cristina Fernández puede constitucionalmente presentarse como candidata (incluso en caso de estar procesada y detenida). Consultores ad hoc repiten cada día que el escándalo de la corrupción no afecta electoralmente su figura. Esas afirmaciones muestran dos obviedades: la fauna consultoril desprecia a la población; una porción apetecible de lo saqueado está siendo utilizada para pagar encuestas a medida y a los periodistas y comentaristas que las propagan. Sin desconocer el papel destructivo de los medios de incomunicación sobre la conciencia colectiva, se puede afirmar que la revelación del mecanismo de corrupción impacta muy duramente en las masas y contribuye incluso a ocultar el mayor y más oneroso saqueo sufrido por el país: la plusvalía diariamente robada a los trabajadores y la fabulosa succión de riquezas de la nación en favor del capital financiero internacional.

Como sea, el panorama electoral se encamina hoy hacia la presentación de tres coaliciones principales (Cambiemos, Peronismo Federal (con apoyo de la CGT), Unidad Ciudadana, con respaldo de los desprendimientos de la CGT), con más la segura aparición de un bloque denominado “de centro izquierda” (restos del partido Socialista, flecos del GEN de Margarita Stolbizer, remanentes de Libres del Sur); otro bloque “nacional y popular” que, si resiste su convergencia con Cristina Fernández –línea que propugna la sigla PC y un puñado de sindicalistas en desbandada) reiterará el penoso desempeño de las últimas elecciones. Finalmente, dos o más agrupamientos de izquierda supuestamente en condiciones de ganar algunos cargos legislativos, pero en ningún caso cambiar la relación de fuerzas entre las clases y torcer el rumbo político.

Este panorama ya está diseñado. No se percibe a nadie que quiera de verdad hacer estallar este esquema, aún cuando esporádicamente levanten la consigna de que Macri renuncie ya.

En este panorama, Cambiemos (con Macri como candidato o en su defecto con la actual gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal), tendría chance de salir victorioso y quedar en condiciones, entonces sí, de aplicar en toda su magnitud el plan de saneamiento estructural capitalista, por supuesto con el respaldo de las formaciones burguesas perdidosas en las elecciones.

Con mayor o menor demora, la crisis capitalista mundial combinada con la inexistencia de herramientas sólidas para que la burguesía ejerza su poder, llevará a un choque con las mayorías oprimidas. En la más feliz de las hipótesis, a mediados de 2019 los asalariados habrán perdido un 20% de su salario real y las clases medias sentirán una áspera cuerda apretándoles el cuello sin piedad. Desechos institucionales y fuerzas de seguridad a medio recompuestas, además cribadas por el narcotráfico y la corrupción, no serán suficientes para gobernar. El capital apelará al fascismo, que no es un gobierno represivo sino la represión contra la sociedad llevada a cabo por segmentos marginalizados y envilecidos de la propia sociedad.

Es comprensible que las estructuras de la burguesía no se preocupen por esta perspectiva y traten de medrar hasta la última instancia en el panorama actual. No lo es, en cambio, que hagan lo mismo cuadros y organizaciones empeñadas en cambiar la realidad social. Véase el panorama latinoamericano. Véase el curso del gobierno estadounidense y el desmoronamiento de las expectativas europeas. No queda demasiado tiempo para asumir la responsabilidad de abrir un nuevo cauce a la historia.

4 de octubre de 2018

@BilbaoL

Cómo evoluciona la coyuntura en Argentina

En el mismo momento en que la sociedad contenía la respiración y buena parte del espectro político argentino esperaba la precipitación de la crisis y eventual renuncia de Mauricio Macri, gobernadores de 22 de las 24 provincias acudieron el 11 de septiembre a la Casa Rosada, convocados por el Presidente tras aprobar el presupuesto del año próximo. Luego posaron para la correspondiente foto con el primer mandatario, todos sonrientes.

Nadie ignoraba la inmersión del país en una fase de aguda recesión con altísima inflación. Se espera una caída anual de -2% o más del PIB, aunque de manera desigual. La inflación se ha desbocado: entre 40 y 45% para 2018. Resultado, caída del salario real, caída del consumo, despidos, más pobreza y marginación. Dato elocuente: dos tercios de los presentes en el cónclave de gobernadores que aprobó la propuesta oficial eran peronistas.

La “ley de leyes” pasa ahora para su sanción formal al Congreso de la Nación. Allí se escucharán gritos y habrá gestos vistosos. No cambiarán el resultado. En términos políticos el plan de gobierno Macri ya fue aprobado, al precio de importantes concesiones económicas a las provincias.

Queda confirmada de esta manera la existencia actuante de un frente amplio burgués (FAB) que respalda al actual gobierno. Cabe reiterar que este frente de facto, gestado y conducido por el gran capital, incluye al sindicalismo venal (que no está sólo en la Confederación General del Trabajo), así como a la iglesia católica y otros credos (muy particularmente el judaísmo sionista, con marcada presencia en el gobierno). “Hay que cuidar a Mauricio”, dice ahora el papa.

Hay más ejemplos de la existencia actuante del FAB. Cámaras patronales del campo y la industria absorbieron con apenas quejas en sordina el impuesto de emergencia por dos años que aplicó Macri a las exportaciones. El mismo día en que los gobernadores acudían a la Casa Rosada, con el precio del dólar oscilando entre 38 y 40 pesos (una devaluación superior al 100%), 407 empresarios del Consejo Interamericano de Comercio y Producción (Cicyp) se reunían para un almuerzo en el Hotel Alvear. Según informa Francisco Jueguen, cronista del diario La Nación, el organizador, Adrián Werthein, subrayó que el empresariado tiene “la obligación de apoyar al Gobierno y a sus ministros. Hay muchas cosas que se hicieron mal, y el Gobierno lo reconoce, pero no estamos para poner el dedo en la llaga”. Y lanzó la voz de orden: “Es un momento para apoyar, señores”.

Antes, Macri mantuvo una comunicación telefónica con Donald Trump, quien según se informó, prestó total apoyo a la gestión del Presidente. Lo reafirmó su flamante embajador en Buenos Aires, Edward Prado: «Argentina tiene todo el apoyo de Estados Unidos», declaró al diario mencionado. Horas después, Macri departió largamente con Angela Merkel, la canciller alemana. Previamente, cuando formalizó el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, Macri había recibido esos mismos respaldos, más el del presidente chino Xi Jinping.

Tal la amplitud del frente burgués. Sin la certeza de ese factor determinante para la relación de fuerza entre las clases, la coyuntura se hace ininteligible. De allí deviene la total desorientación de esa hibridación imposible entre postkirchnerismo e infantoizquierdistas, capaz de imposibilitar al grueso del activo político la comprensión de la situación y de la dinámica en curso.

Durante la profusión de estos inequívocos respaldos las calles de Buenos Aires fueron –y son hasta la fecha- un pandemónium, con manifestaciones de sindicatos docentes y estatales, estudiantes, organizaciones barriales, todos acicateados por la vertiginosa suba de precios (y por otras razones que ya veremos): 3,9% de inflación en agosto, según el Indec; estimado en 5% para septiembre.

No obstante, queda firme la caracterización de que no hay una movilización general de los trabajadores y el pueblo contra la política oficial. Dos semanas atrás la CGT decretó (sigue siendo válido este verbo) un paro general para… el 25 de septiembre. El gobierno ya anunció que convocará a la dirigencia sindical antes de esa fecha.

 

Naturaleza e impacto de la crisis

Desde principios de mayo, cuando comenzó la escalada, resultó evidente que alguien sacude el árbol en Argentina para que caiga la manzana.

La crisis precipitó al impulso de una inusual combinación de factores: disminución en unos 7 mil millones de dólares por exportación cerealera (cayó en 35% la producción a causa de inundaciones seguidas de sequías); alza de la tasa de interés por parte de la Reserva Federal en Estados Unidos; crisis en Brasil, crisis en Turquía… De pronto se redujo el ingreso de divisas propio y se secó el flujo crediticio hacia Argentina.

Es indudable el enorme impacto de estos factores sobre una política basada en el endeudamiento constante y creciente para mantener el déficit fiscal, provocado por la herencia y la decisión oficial de no cortar subsidios ni despedir estatales, sostener la obra pública a gran escala y llegar así exitosamente a las elecciones presidenciales de 2019 para después, en un marco de crecimiento relativo y sin urgencias electorales, completar el saneamiento. La quimera se esfumó.

Sin embargo estas causas objetivas no son suficientes para explicar el colapso de la moneda. Se podría argüir, con razón, el peso de la estridente impericia (o refinada perversidad; o ambas) de altos funcionarios como el ministro de Hacienda y el ex presidente del Banco Central. Aún así, no es todo. Quedan entonces dos incógnitas: ¿quién sacude el árbol? ¿la manzana está verde o pasada de madura?

Dicho de otro modo: ¿quién, con la mesa servida, alentó la crisis cambiaria entre mayo y septiembre? ¿qué quiere y puede hacer el gobierno frente a la embestida?

Empeñado como estaba en derrocar a Nicolás Maduro, el presidente de Argentina desatendió los riesgos que desde sus frágiles cimientos amenazan a la economía argentina. Perdió el control de un sector de las fuerzas sobre las que se apoya y trastabilló de tal manera que hasta llegó a entusiasmar al club del helicóptero.

Macri debió beber su propia medicina y se encontró en la situación en la que pretendió colocar al mandatario venezolano: giro económico inmanejable, confusión y parálisis política, aumento en flecha del malestar social.

La paradoja de esta coyuntura consiste en que detrás de ella no hay un desafío opositor, mucho menos una embestida de la clase trabajadora, sino una feroz lucha interburguesa en lo más alto de la pirámide capitalista. Por razones no totalmente develadas, en el centro de la estrafalaria coalición que acorraló a Macri está el Grupo Clarín. A su turno, se sumó La Nación. Y tras este mascarón de proa se encolumnaron factores más bien disonantes en un concierto sin Director: restos desesperados del kirchnerismo, un puñado de Bancos y… el infantoizquierdismo.

Está claro por qué convergió Cristina Fernández en este bloque circunstancial con su archienemigo Clarín: la aceleración de los juicios contra ella y su grupo de funcionarios y protoburgueses frustrados avanza como una lenta pero devastadora maquinaria. El maratón de grandes empresarios corriendo a tribunales para declararse arrepentidos y acusar a la ex presidente la sepulta como candidata vencedora para 2019. La coloca además muy cerca de la cárcel. En pocos días comenzará un juicio por asociación ilícita contra ella y una cincuentena de funcionarios y empresarios. Hay muchos desesperados, incluso antes de que entren en la lista sindicalista, jueces, dirigentes de otros partidos y clérigos de diferentes religiones. Era urgente adelantarse.

Clarín y su cohorte mediática pueden haber tenido intereses más mezquinos aun al poner en jaque a su gobierno por una disputa crematística (¿publicidad, concesiones, acaso hombres de su equipo en el gabinete ministerial o… en la Corte Suprema?). Tal conducta agitadora de Clarín, radio Mitre, TN, La Nación et altri, difícilmente previsible, podría también explicarse con la aparición días atrás de una campaña, timoneada desde Washington, para acabar con la moneda nacional y dolarizar Argentina.

En cuanto a los Bancos involucrados, no hay misterio en sus propósitos: algunos, íntimamente asociados al régimen anterior, saben que han perdido la partida; otros, hicieron fabulosas ganancias oportunistas jugando con el subibaja del dólar, que pasó entre mayo y septiembre de 25 a 40 pesos.

La verdadera incógnita está en la adhesión del infantoizquierdismo a este bloque contra natura, así como de amplias capas del activo militante que oscilan entre la aproximación a los restos del kirchnerismo, la agitación semianarquista sin estrategia y la confusión respecto de la coyuntura, aunque por detrás de todos ellos esté, claro, la voluntad de detener la avanzada del capital tras el propósito de sanear el sistema económico y recomponer, a su medida, el sistema político argentino en ruinas.

La simplificación consistente en insultar a Macri como persona y calificarlo como “neoliberal” impide comprender la etapa y, por lo mismo, estar en condiciones de enfrentarla. Desconoce la estrategia de las clases dominantes locales e ignora la del imperialismo, que coloca a Argentina como polo alternativo a Venezuela y el Alba. Se ignora el efecto del frente amplio burgués y por lo mismo se hace el juego a las cúpulas sindicales, a los peores elementos del peronismo y al reformismo socialdemócrata, que forman parte de ese bloque estratégico. Con las mejores intenciones, por supuesto. Pero con los resultados a la vista.

Macri no fugó en helicóptero. Siempre sobre la cuerda floja, a la fecha el gobierno parece en condiciones de dar vuelta la crisis enfilándola en favor de sus planes de saneamiento. Eso implica el dólar a 40 pesos, con el cual se licúan las deudas cuantiosas del Estado, se mejora la situación fiscal y se coloca al aparato productivo en mejor posición según el proyecto de país subordinado.

Parece evidente que al peso del FAB no se lo puede vencer cortando la intersección de Callao y Corrientes o desquiciando cotidianamente la vida ciudadana, en perjuicio en primer lugar de los trabajadores que deben acudir a sus tareas. Por el contrario, esto completa la enajenación de las clases medias y las pone a disposición del fascismo.

Mientras tanto vienen meses (¿6, 9, más?) de recesión e inflación. Eso dará lugar a mayor protesta social. Pero el grueso de esas próximas luchas está hegemonizada y teleguiada por el capital, a través de dirigencias sindicales y agrupamientos políticos ajenos a una raíz y una estrategia antisistema.

Es improbable que tales movilizaciones lleven a la caída de Macri. Con todo, dada la gravedad de la situación económica, si finalmente se resquebrajara el poder y culminara en un colapso, la perspectiva no sería en ningún caso un retorno del elenco enmascarado como “nacional y popular”, tanto menos conducido por Cristina Fernández. En las actuales condiciones, tal resultado llevaría a la disgregación nacional, la desarticulación del aparato productivo y el caos general. Esta perspectiva, improbable a corto y mediano plazos, téngase en cuenta, ocurriría con la existencia de un poderoso frente amplio burgués nacional e internacional y la ausencia total, también a escala nacional e internacional, de un frente de clases oprimidas encabezado por el proletariado. ¿Quién es el comandante que aspira a acelerar la entrada a esa batalla?

Es obvio que la militancia antimperialista y anticapitalista no puede sustraerse a las luchas por mejoras salariales y reclamos económicos arguyendo que están hegemonizadas por sostenedores del sistema capitalista. Tampoco es el caso de arredrarse ante las perspectivas a las que arrastra la crisis capitalista. En cambio, es preciso hallar el camino para que la resistencia no derive primero en frustración, redunde luego en beneficio de la estrategia oficial y eventualmente acabe en un colapso de enormes consecuencias, prólogo de una salida abiertamente fascista del gran capital.

Está cambiando, otra vez, el contexto hemisférico. Para que esa mudanza tenga un desenlace positivo y sea posible iniciar una nueva etapa en el continente, resulta imperativo que, en Argentina y en un período de intensificación de la protesta social, la respuesta del activo militante frente a las masas conlleve a cada paso el fortalecimiento en la perspectiva de un frente clasista y popular, con inequívocas definiciones antimperialistas y anticapitalistas. Todo lo que no contribuya a esto, favorece la estrategia de Macri y el FAB que lo sostiene.

15 de septiembre de 2018

@BilbaoL

Argentina: Desconcierto general

A la vista de los movimientos convulsivos de la economía y la catarata de denuncias por corrupción, alguien echó a rodar el rumor: “parece que se viene un 2001”. El número alude al año fatídico, cuando el capitalismo argentino en tirabuzón arrastró al sistema político en su totalidad.

La voz no provino de cenáculos académicos, donde se observa la marcha de la economía como la vaca mira al tren. Tampoco de cierta cámara empresaria donde 5 personas toman decisiones para todo el país. Ni siquiera de un partido opositor. Resonó en reductos adecuadamente denominados “cuevas”, donde gente tan habilidosa en el manejo del dinero como ignorante de la economía política en tanto ciencia, aprovecha la crisis para amasar fortunas obscenas mientras el país se derrumba. El rumor llegó al periodismo. Y se expandió como peste: “se viene el 2001”

En rigor, nada hay en la economía nacional que lleve a prever a corto plazo semejante hecatombe. Pese a que los números macroeconómicos son insostenibles y el malestar social aumenta, no existe la base social acumulada entre 1995 y 2001. En ese entonces, incluso desviado por líderes al servicio enmascarado del capital, malversado en estructuras contrarias a las necesidades del país y los trabajadores (Frepaso, CGT, CTA, MTA) había un considerable grado de movilización y organización. Más aún: hoy no está el dúo Eduardo Duhalde-Raúl Alfonsín para encender la mecha. Y por sobre todo, Techint y otros miembros de la AEA (Asociación Empresaria Argentina) no están en disposición de derrocar al gobierno, sino todo lo contrario (1).

Por eso es tanto más significativo que un temor infundado ganara espacio de inmediato y pusiera en guardia a todo el poder establecido. Hay desconcierto y miedo.

 

Lo que la crisis se llevó

Como ahora queda a la vista, 2001 se llevó a la UCR y al PJ. También a la CGT y otras variantes menores de un sindicalismo basado en la cuota de afiliación descontada por las patronales. Transformó a la iglesia vaticana en apéndice evangelista. Elevó cualitativamente el lugar del narcotráfico en la sociedad argentina, sobre la estructura montada durante el período Carlos Menem. Exhibió la escasa majestad de la justicia. Y mostró en carne viva a las clases dominantes. En suma: a la fecha el gran capital no tiene a la mano sino a Mauricio Macri y Cambiemos. Y sólo con variantes de esa ecuación vacía puede programar el futuro inmediato.

El dilema es si abren o no la puerta de entrada al gobierno a lo que, en prueba de su escala intelectual, denominan “peronismo racional” (¿el rabino Bergman será prueba de la racionalidad del Pro? ¿O acaso el senador Bullrich?). En realidad el dilema es si el nuevo partido que intenta formar la burguesía tendrá en partes proporcionales exponentes peronistas, radicales, conservadores y socialdemócratas, o si se intentará la vía de salida con “lo nuevo”, es decir, el elenco actual.

Como Macri no define esa incógnita, tampoco pueden hacerlo los fragmentos del PJ. Entonces Cristina Fernández puede sacar la cabeza del lodazal y afirmar “no me arrepiento de nada” (¿ni siquiera de afirmar que en Venezuela no hay, desde hace tres años, Estado de Derecho?).

Así, quedan como polos electorales Macri y Fernández. En tercer lugar un bloque en gestación de socialdemócratas sin votos sumados a empleados devaluados del Departamento de Estado. Más allá se ve una algarabía de siglas estridentes que pide el derrocamiento inmediato de Macri, con el transparente objetivo de obtener más votos en octubre de 2019. Al final del cortejo aparece un mejunje indescifrable de militantes con sincero compromiso conducidos por desesperados buscadores de un rinconcito en el Estado burgués.

Por detrás de incompetencias y manipulaciones, hay una realidad que explica la rápida aceptación de la voz de alarma. No es que “se viene un 2001”. Es que 2001 nunca se fue.

Kirchner, su esposa y su séquito entraron a la Casa Rosada porque la institucionalidad burguesa había estallado. Olieron la oportunidad y actuaron de acuerdo a sus aspiraciones. Allí están los Cuadernos de Centeno, que no equivalen precisamente al Plan de Operaciones de Mariano Moreno. Hicieron su faena y abrieron un paréntesis de 12 años. En este mismo momento están bajo la mirada de las masas. Ya ganaron su lugar en un capítulo menor de la picaresca vernácula.

Desde diciembre de 2015 el gran capital tradicional recuperó el control de las palancas, sin enojosos peajes. Y choca de frente con la realidad: la crisis que, sin respuesta de fondo, desemboca en un 2001 multiplicado por 100. O en la Revolución.

He allí por qué ellos, los defensores del sistema capitalista, unidos más allá de toda diferencia, buscarán su respuesta. Ya están a la vista los costos que implicaría su imposición. Hay otra negación alcanzable de esta realidad insoportable.

27 de agosto de 2018

@BilbaoL

 

1.- Decíamos en agosto de 2001: “Preparativos de recambio patronal. Todo indica que está en vías de consolidación una coalición compuesta por el ala alfonsinista de la UCR, el sector Duhalde en el PJ, la UIA, las dos CGT y la jerarquía de la iglesia con sus múltiples tentáculos, destinado a consolidar un parapeto ante la inexorable explosión del actual esquema de poder (…) Proponer o esperar la salida del desastre en el que está sumida la nación mediante una inyección keynesiana, incluso si está alentada por las mejores intenciones, es una quimera. Y en términos de accionar político, es una quimera reaccionaria: contribuir a una convergencia de las fuerzas sociales acosadas por la crisis con personajes como Duhalde y Alfonsín, tras un proyecto financiado por Techint y bendecido por la curia, es mucho más que un error; si para los gerentes sindicales (de la central que sean) y los partidos de la burguesía es la única posibilidad de aferrarse a un madero en medio del maremoto, para los genuinos dirigentes sindicales (también: sean de la central que sean) y para el activismo sindical o político no comprometido con el capital, es una nueva forma de suicidio, más absurda y dolorosa aún que la de los ‘frentes’ que desembocaron en la Alianza”. Ver Crítica de Nuestro Tiempo, Nº 26, Septiembre-Octubre de 2001: “Cómo enfrentar la depresión y la encerrona política”.

Argentina en descomposición

Espectáculo novelesco: empresarios de primera línea, altos funcionarios de gobierno, pillos de poca monta, todos revueltos y expuestos a la luz pública como protagonistas de un sistema de piratería oficial anclado en la Casa Rosada.

Festín para la prensa comercial: profusión de revelaciones escabrosas, confesiones y delaciones; desfile de personajes famosos o desconocidos ante jueces y fiscales; cárceles colmadas con esta nueva especie de reos, que incluye un ex vicepresidente, un súper ministro -el único que mantuvo su cargo durante los doce años de Néstor Kirchner y Cristina Fernández en la Casa Rosada- dos docenas de empresarios tradicionales y advenedizos, más algún sindicalista.

Asombro, repugnancia, temor en la ciudadanía expectante, que no termina de creer lo que ve mientras siente que su salario se disuelve en una descontrolada carrera inflacionaria.

Parálisis, ostensible incapacidad para la acción en las cúpulas del poder burgués, mientras la sociedad los coloca a todos en la misma bolsa y las instituciones del capital parecen licuarse a mayor velocidad que la moneda.

Parálisis también en un activo político y sindical  desconcertado, desarmado. Sin estrategia y sin otra táctica que demandar aumento salarial o condenar individualmente a tal o cual gobernante.

Estos son los rasgos sobresalientes a diez días de iniciada una cadena de revelaciones que expone el mecanismo para cobrar, trasladar, lavar, invertir y ocultar coimas en dimensiones fabulosas y sin precedentes. Es algo así como el encadenamiento molecular que desemboca en una explosión atómica.

No hay exageración alguna en esa comparación. Como centro de atención pública está la ex presidente (su esposo falleció en 2010). La catarata de denuncias, con pruebas sobradas y visibles, avaladas además por denuncias abrumadoras de su círculo más íntimo, augura un desenlace judicial que difícilmente pueda evitar su encarcelamiento. Pero eso es ínfimo en comparación con el verdadero fenómeno en curso.

Cobro y pago de coimas involucra a todos los partidos y a los más grandes empresarios tradicionales del país (déjese de lado a los advenedizos, nacidos precisamente para darle a este delito nivel de sistema); no deja al margen a las iglesias -en primer lugar la católica y su papa argentino- y, desde luego, apunta una filosa daga contra 9 de cada 10 jueces y fiscales. Más aún: es impensable el volumen de dinero en cuestión sin la participación del narcotráfico, el juego legal y clandestino, la trata de personas…

Dicho de otra manera: por mucho que esta inconmensurable purulencia se exponga alojada en un partido y algunos de sus más notorios representantes, en realidad afecta a las vigas maestras del sistema capitalista en el país. Y de allí proviene.

 

Responsabilidades

Atruena el silencio de las autoridades políticas. De las dirigencias sindicales. No sólo de derechas. Sólo por excepción alguna figura aliada a Cristina Fernández ha salido a decir que denuncias, textos, filmaciones, delaciones y declaraciones formales ante el juez a cargo sobre el trasiego de bolsos repletos de dinero es una trampa urdida por el gobierno y el diario La Nación contra la ex presidente. Han involucrado al papa Bergoglio en esa defensa. Más significativa, aunque menos visible, es la desaparición absoluta de los intelectuales del kirchnerismo: ni una palabra.

Militantes convencidos de que durante los tres gobiernos anteriores se intentaba hacer un país mejor, e incluso avanzar por el camino de la unidad latinoamericana y la revolución, contraponen esa idea con el gobierno actual y, en muchos casos, rechazan las pruebas de la realidad. Puede comprenderse tal reacción, al menos durante un primer período.

Como se ve, “la realidad noes la única verdad”, por la simple razón de que siempre, en cualquier momento y toda circunstancia, lo que está en discusión es precisamente la realidad. Aun así, quienes defienden esa frase insustancial debieran ser consecuentes con la conclusión necesaria.

Más discutibles son aún las previsiones, lo cual no debe impedir ensayarlas: quienes se aferren a la defensa de lo indefendible, serán arrastrados al pantano junto con los nombres más notorios de este período.

No lo decimos ahora, cuando el árbol está caído. Caracterizamos a Kirchner y los suyos desde el primer momento (www.luisbilbao.com.ar; www.uniondemilitantes.com.ar). Denunciamos la falacia de que fuera un equipo político revolucionario. Enfrentamos la idea de que ese elenco gobernante pudiera ser utilizado para una transición en ese sentido.

En 2004 un libro titulado Argentina como clave regional, expuso sin cortapisas la opinión sobre lo que por entonces comenzaba a llamarse kirchnerismo.

En 2013, a causa de un texto contra Fernández titulado Tristeza, vergüenza, indignación,un diplomático venezolano lanzó una diatriba tan furibunda como irreflexiva. La obligada respuesta decía lo siguiente:

“En mi opinión eso (el carácter del gobierno argentino) resulta de, por ejemplo, pagarle 173 mil millones de dólares (cifras dadas por Cristina Fernández como reivindicación y ejemplo) de una deuda externa fraudulenta. No crea que olvido la cumbre de Mar del Plata. Pero, de qué vale acompañar el freno al Alca si luego, por vía directa, le entregamos tamaña riqueza al capital financiero internacional y la Presidente se jacta, con su estilo: “Más que deudores recalcitrantes, somos pagadores seriales”. Lo pongo en cifras redondas para que quede claro: este gobierno recibió el país con 200 mil millones de dólares de deuda externa; pagó 200 mil millones de dólares y debe a la fecha 200 mil millones de la misma moneda. Favorecer al imperialismo es sumarse al G-20. O sentarse en una conferencia pública en Canadá con el presidente de la Barrick Gold, cometiendo la afrenta de poner detrás, como símbolo, la bandera argentina junto a la bandera de la transnacional que roba nuestras riquezas y destruye nuestro hábitat. O acordar con el Ciadi. O hacer del Indec un hazmerreír para después ir a arrodillarse otra vez ante el FMI… ¡para que nos enseñen estadística! O designar como jefe del ejército a un oficial comprometido con la represión. O privatizar primero y pseudoestatizar después a YPF, mientras se aniquila el autoabastecimiento energético. O tener como principal sostén sindical a Gerardo Martínez, secretario general del sindicato de la Construcción, adonde llegó durante la dictadura como informante del batallón 601, célebre por su actuación en la represión ilegal de aquellos años”. (26/11/2013: https://luisbilbao.com.ar/?s=Réplica)

En innumerables textos y exposiciones subrayamos desde la primera hora la ajenidad de Kirchner y su esposa respecto de cualquier política efectiva y consecuente de unión suramericana. Señalamos en cada oportunidad el doble discurso que se concretó siempre en el abandono a la Revolución Bolivariana y su líder, Hugo Chávez. Denunciamos la negativa a sumar a Argentina al Alba y, en su lugar, adosarse de manera parasitaria al G-20, para congraciarse con el imperialismo justo en 2008, momento de máxima crisis del sistema capitalista mundial, lo cual implicó entre otras cosas rechazar la creación de una moneda latinoamericana e impulsar el Banco del Sur y condenó al Alba al aislamiento.

Mientras se aplicaban estas políticas, ladronzuelos disfrazados con traje y corbata, encaramados en sitios de elevada jerarquía (por caso el vicepresidente, ahora preso, condenado a seis años de cárcel por su intento de apropiarse de una imprenta para hacer papel moneda), trasladaban maletas colmadas de dólares o euros a la Casa Rosada, a la residencia de Olivos o al domicilio personal de la familia Kirchner.

Es coherente y está probado. El país puede verlo cada día, ad nauseam, en los medios de prensa del capital. Hasta el ex jefe de gabinete de Fernández, Juan Abal Medina, reconoció que esto ocurría en su oficina, a metros del despacho presidencial. Dos presidentes de la Unión Industrial Argentina (UIA), acusados, se acogieron a los beneficios de la delación. Lo mismo ocurre con dos presidentes de la Cámara Argentina de la Construcción (CAC): Carlos Wagner y Juan Chediack, denunciaron con profusión de detalles el sistema de cobro y recaudación de coimas. Según informa Clarín, este último agregó un eslabón hasta ahora faltante: la participación de notorios banqueros en la tarea de lavar y trasladar fuera del país las ingentes sumas recaudadas. Habrá sorpresas en este rubro. Claudio Uberti, mano derecha de Kirchner hizo una narración minuciosa de sus andanzas como valijero de primer nivel. Son muchos más quienes se acogieron al régimen de delación premiada: recolectores, choferes, el piloto del avión presidencial y… cantidad de empresarios que pagaban para obtener obras a las que se le multiplicaban los costos para aumentar ganancias y a la vez pagar coimas desmesuradas. Un saqueo descarado a la sociedad expuesto con naturalidad por ancianos explotadores sin vergüenza.

Cuando asumió Mauricio Macri como presidente había más del 30% de la población bajo la línea de pobreza (por estas horas vuelve a aumentar vertiginosamente ese porcentaje fatídico). La infraestructura estaba -y sigue estando- devastada; los precios relativos desquiciaban todo y la macroeconomía era –y sigue siendo- insostenible. Mientras la sociedad se hundía en la pobreza y sus terribles secuelas, tenía lugar este robo a gran escala.

¿Es tan difícil comprender por qué ganó la derecha tradicional? Ciertamente no por responsabilidad de quienes en la base de la sociedad creyeron en el carácter “nacional y popular” de Kirchner y los suyos. Pero las dirigencias -peronistas o con diferentes ropajes supuestamente progresistas- no pueden eludir su responsabilidad, tanto en las políticas económicas de esos 12 años como en esta operación escandalosa de robo sistemático.

Más allá de toda acusación o prueba, sin embargo, hay un hecho fuera de discusión: según las propias declaraciones juradas, durante los doce años de gobierno de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, la cuantiosa fortuna familiar se multiplicó de manera desmesurada e inexplicable según las prácticas legales del capitalismo. ¿Es aceptable que aumente de tal manera la riqueza propia mientras se gobierna un país en crisis convulsiva y empobrecimiento vertiginoso? ¿Qué persona honesta -no digamos ya militantes con convicciones revolucionarias- aceptaría que su punto de referencia político enriqueciera mientras empobrece el país y el conjunto de la población?

 

Forma y dinámica de las revelaciones de corrupción

Son responsabilidades insoslayables, indelegables. Ahora bien: urge decir que la corrupción es una función del sistema en crisis. A crisis extrema, corrupción de parejo nivel. Durante los años del menemismo repetimos que las denuncias de corrupción sólo ocultaban el verdadero saqueo del país: pago de deuda y mayor endeudamiento, privatizaciones y otras tantas tropelías de un gobierno peronista del que unos pocos segmentos se desprendieron y diferenciaron.

Eso sigue siendo verdad: no han robado tanto cuanto pagaron en concepto de ilegítima deuda externa. La diferencia es que durante el kirchnerato la recaudación por corrupción aumentó cualitativamente y se transformó en formato de gobierno que al cabo expuso la descomposición de todo el sistema establecido. Multiplicada al infinito, la cantidad cambió la calidad del fenómeno.

La denuncia hecha a través de la filtración de cuadernos con minuciosos apuntes del chofer del recaudador del ministro Julio De Vido, llegó a manos de un periodista de La Nación. Según sus declaraciones Diego Cabot trabajó durante meses comprobando cada afirmación de la Bitácora de este chofer, un ex sargento del ejército. Cuando estuvo todo comprobado, llevó el material al fiscal Carlos Stornelli y al juez Claudio Bonadío, quienes comenzaron con una catarata de acusaciones multiplicada de inmediato por los acusados en busca de acogerse a la ley de arrepentidos. Detalle al margen: Bonadío fue miembro de Guardia de Hierro, la formación fascista del peronismo en los años 1960/70. Igual que Bergoglio, el jesuita ahora empeñado en probar que guarda las tradiciones de su orden.

Uno entre tantos ejemplos de la debacle: Aldo Roggio, titular de la centenaria empresa Benito Roggio, se declaró arrepentido el 15 de agosto y al día siguiente renunció a la presidencia del Directorio de este conglomerado que, con base en la construcción y las obras públicas, intentó ampliarse a otras áreas.

Este fenómeno de fisión nuclear en el aparato de poder político ocurre cuando la crisis económica reaparece con fuerza multiplicada. En la respuesta al diplomático interesado en defender a la Sra Fernández, decía el texto arriba citado:

En los días siguientes (a la designacion de Jorge Capitanich como jefe de gabinete), personajes tales como Mauricio Macri (Internacional Parda) y Eduardo Duhalde (ídem), Sergio Massa (Departamento de Estado, ex jefe de gabinete de este gobierno, gran vencedor de las elecciones en octubre), acompañados por buena parte de las cúpulas empresariales y políticas, salieron a cantar loas a Capitanich. No cabe sorpresa por hallarme a mí al otro lado de la barricada. El ajuste iniciado con cuentagotas en noviembre de 2011 se blanquea ahora y adquiere todo el ímpetu que le impone la crisis. ¿Debería ocultar este curso ante mi clase y mis compatriotas?

Asistiremos a muchos zigzagueos oficiales en el próximo período. Pero no abrigo dudas sobre la resultante: será la misma que se ve luego de 10 años de doble discurso. Argentina va en sentido inverso a la unión del pueblo, la afirmación interna y la unidad latinoamericana. Se impone una aceleración en la desagregación de la alianza política que sostuvo a Néstor y Cristina Kirchner. Y la crisis económica es más seria de lo que todos los enemigos burgueses del gobierno admiten. Vienen momentos difíciles”. (ibid)

No hay oportunismo, entonces, en afirmar ahora la pertinencia de las revelaciones que sacuden al país. Entendemos que el periodista hizo su trabajo y lo hizo bien. La Naciónhizo el suyo, como portavoz del gran capital, especialmente empeñado en el saneamiento del sistema para reiniciar un nuevo ciclo. Según Cabot, un sargento de policía lo abordó en un supermercado para entregarle los cuadernos de marras, puestos en sus manos por su amigo el chofer del ministerio de Planificación, sargento del ejército.

¿Sargentos sin generales? No hay que ser Watson para incurrir en la obviedad de suponer la participación de servicios de espionaje en este maremoto. Tanto para que esa notable Bitácora existiera, como para que llegara a manos del periodista en el momento adecuado: cuando comienza la campaña por la elección presidencial del año próximo. Pero no sabemos nada al respecto, que en su significación fundamental es anecdótico, carece de toda importancia: consumada en Argentina la marcha “en sentido inverso a la unión del pueblo, la afirmación interna y la unidad latinoamericana”, es obvio que el país está a merced de todo tipo de manejos, internos y externos, siempre en función de los intereses del gran capital. El hecho es que digitada o no, la operación inicial se fue de control.

A mediados de agosto esto significa un golpe demoledor para el peronismo y en primer lugar para el ala identificada con Cristina Fernández. En ese sentido favorece al gobierno. Pero a su vez amenaza a Macri y sus aliados porque él mismo -y muchos de sus colaboradores dentro y fuera del aparato oficial- proviene de la llamada “patria contratista”. Sobre todo, combinada con el agravamiento de la crisis económica, la avalancha de denuncias plantea el riesgo de ingobernabilidad o, como mínimo, dificultades extremas para la estabilidad social y el equilibrio del poder político.

En pocas palabras: Argentina ingresa en una nueva fase de graves turbulencias con una burguesía sin partidos, una iglesia golpeada por su propia corrupción y por su reciente papel nefasto al impedir una ley que legalizaría el aborto, sin sindicatos reconocidos y respetados por las bases, con el empresariado expuesto en su impúdica desnudez, sin instituciones capaces de afrontar una explosión social espontánea y, por supuesto, sin un partido revolucionario con aval de masas.

 

Burguesía en emergencia

Pocas horas atrás, el 15 de agosto, se reunió la única organización del capital que se mantiene con un mínimo de coherencia: la Asociación Empresaria Argentina (AEA). Su máximo exponente, Paolo Roca, presidente del grupo Techint (la mayor empresa privada del país), está acusado de pagar coimas multimillonarias y se defiende de manera abyecta: uno de sus principales ejecutivos, quien se declaró arrepentido, dijo que pagaron a Kirchner para lograr que Chávez permitiera la salida de unos 500 empleados argentinos de la empresa Sidor, cuando ésta fue nacionalizada en Venezuela. Roca repitió el argumento. Es redondamente mentira que la coima se haya pagado para eso. No hubo, en absoluto, impedimento alguno para que empleados de Sidor regresaran a su país. La coima fue para que el ex presidente interviniera a favor de incrementar el monto por indemnización que pagaría Venezuela. Así incentivado, Kirchner presionó en declaración pública al gobierno de Chávez. Un editorial de La Nacióncitó con encomio la opinión del ex presidente.

Como sea, el hecho es que tras su mentira justificatoria, Roca dijo formalmente en la reunión de AEA: «Las rebajas de las retenciones, la reducción parcial de algunos reintegros o la postergación parcial de algunos aspectos de la reforma fiscal son sacrificios inevitables hoy para poder llegar a tener a mediano plazo un país con menor carga impositiva y un país creciente». En el mismo encuentro el titular de Pan American Energy, Alejandro Bulgheroni, expresó: «Tenemos costos laborales altos y productividad baja. Creo que deberíamos negociar nuevos convenios de trabajo donde se tenga en cuenta la productividad». Héctor Magnetto, titular del Grupo Clarín, declaró: «Por un lado, la extraordinaria versatilidad de nuestros recursos nos tiende a menudo la trampa de creernos más ricos de lo que somos y de gastar a cuenta» (todas las citas están tomadas de la página web del diario La Nación)

Traducido: apoyamos el ajuste; demandamos menor costo de la mano de obra; reclamamos acentuar el ajuste. En términos políticos, frente a la amenaza de la crisis económica y la involuntaria escalada contra el empresariado, el gran capital cierra filas con el gobierno.

También puede decirse de otra manera: en situación de emergencia, la gran burguesía avala el choque mortal con advenedizos y corruptos confesos, exige continuidad en el ajuste económico y juega su suerte con el gobierno de Macri. El Frente Amplio Burgués continúa vigente.

Una vez que AEA da la tónica, otras voces afinarán con ésta, aunque desconozcan el arte de la armonía y desafinen hasta lo insoportable: el FAB (sigla inexistente, por supuesto) buscará rearticularse.

Habrá que ver si lo consigue. Porque está en juego otra batalla, encubierta bajo el estrépito de la corrupción. En condiciones normales, mediante diferentes mecanismos el gran capital succiona a sus pares de menor envergadura una porción de la plusvalía que estos obtienen de sus trabajadores. En Argentina, una fracción advenediza de la burguesía parasitaria, circunstancialmente al comando de las palancas del Estado, encontró un modo singular de birlar riqueza a grandes empresarios. Llegada la hora política, la tortilla se vuelve. Los ganadores de ayer lo pagarán muy caro. El costo de este juego siniestro cae sobre los trabajadores y el conjunto de la población.

 

Lo que vendrá

¿Cómo saldrá el gobierno de la gravísima encrucijada económica, que algunos portavoces del gran capital igualan con 2001? ¿Cómo se cumplirá con los planes de obras públicas, base de cualquier reactivación económica, si los titulares de las empresas que deben hacer ese trabajo están presos, arrepentidoso sospechados de formar parte del sistema de corrupción organizado por el propio aparato del Estado? ¿Cómo resolverá el Ejecutivo la contradicción entre poder político y poder establecido?

No hay dos maneras. O el gobierno expropia, estatiza y toma el control de todas las empresas expuestas en la corrupción sistémica, o negocia con los supuestos arrepentidos.

Una tercera opción es llevar a la quiebra esas empresas y afrontar la desocupación de miles de trabajadores, pero sobre todo la imposibilidad de utilizar la capacidad productiva de ese conjunto para impulsar la reactivación y ganar puntos con vistas a las elecciones del año próximo.

¿Encontrarán los ministros de Macri un tercer camino? Es posible. Tanto como es seguro que cualquiera de las dos últimas opciones teóricas desembocaría en un rápido fracaso, con el consecuente agravamiento del cuadro general. Como es impensable que opten por la estatización de ese pozo de corrupción, resta prepararse para el resultado.

Al día siguiente de la AEA hubo un acto político-sindical convocado por Hugo Moyano, titular del sindicato de Camioneros, también él acorralado por numerosas acusaciones judiciales, aunque por diferentes razones. Aislado respecto del conjunto de la Confederación del Trabajo (CGT), Moyano dijo en su discurso: «los jueces y fiscales presionados por el Gobierno  podrán quitarme la libertad, pero no la dignidad de defender a los trabajadores». No habló sin embargo de las acusaciones contra empresarios y funcionarios y no mencionó a Cristina Fernández, con quien hasta días antes apareció nuevamente asociado en la perspectiva de un frente electoral para 2019. En cambio presentó un programa basado en los Congresos de La Falda y Huerta Grande, referencias históricas del movimiento obrero.

Esta reivindicación de Moyano, avalada por un puñado de sindicalistas de escaso o nulo respaldo, merece un paréntesis. Con motivo del 40º aniversario de la insurrección obrero-estudiantil en Córdoba, revolucionarios de diferentes orígenes realizaron el Encuentro Huerta Grande-Cordobazo. El propósito fue unir hechos históricos como fundamento de un programa de acción frente al gobierno de Néstor Kirchner, ya claramente definido a favor de un “capitalismo serio”, que tomaba a Alemania como modelo.

Moyano era por entonces oficialista. Y los sindicalistas que el 16 de agosto último lo acompañaron se habían deslizado a mayor o menor velocidad hacia el llamado “kirchnerismo”. Nadie apeló a los fundamentos de los programas de Huerta Grande y La Falda para afrontar la coyuntura (estábamos en medio de una aguda recesión y Kirchner sería aplastado en las elecciones legislativas). Por el contrario, hicieron lo impensable para abortar aquel intento de retomar banderas históricas de lucha obrera y popular. Lo lograron. A la vuelta de 10 años, en medio de la descomposición nacional, reducidos a su mínima expresión, recuerdan aquellos programas. ¿Puede sorprender que los trabajadores, las juventudes, no les crean?

Enfundada en esa retórica se anunció la creación de una “Multisectorial 21 F”. Se trata de una singular alianza evangélico-católica. La misma que movilizó considerables multitudes de inequívoco signo derechista y presionó sobre los senadores al punto de evitar la legalización del aborto. Moyano -acólito del movimiento evangelista- y numerosos aspirantes a representantes del papa -entre los cuales algunos fascistas de prosapia- lanzan esta supuesta multisectorial con la elección presidencial como objetivo. Involuntariamente ponen de manifiesto a la vez una debilidad insólita de la iglesia católica, el auge de las denominaciones evangelistas, la ausencia de puntos de apoyo firmes para una formación electoral burguesa y, último pero de primera importancia, la desorientación desesperada de sindicalistas otrora considerados combativos.

Con todo, aquellos conceptos para la acción afirmados por los trabajadores en Huerta Grande y La Falda continúan vigentes. Sólo que su aplicación requiere de una fuerza política independiente del capital, en combate franco con el intento de rearmar un frente capitalista para las elecciones presidenciales, religioso o no, encabezado o no por Cristina Fernández.

 

Recomposición

No hace falta decir que una institución tan putrefacta como el Poder Judicial no saneará un sistema político hundido en el lodazal. Mucho menos cabe esperar que el gobierno Macri, representativo del gran capital, lleve a la conclusión virtuosa el juicio a los principales exponentes de la burguesía, ahora mostrados en público como vulgares ladrones. Todo lo más, si acaso lo consiguen, pondrán fuera de juego -y tal vez en la cárcel- a figuras de la protoburguesía advenediza predominante en el último período.

Por mucho que se vista con ropas ajenas, la alianza en ciernes católico-evangelista, en caso de consolidarse no podría sino impulsar una deriva reaccionaria, oscurantista, mafiosa y por supuesto pro-capitalista, como lo mostró en su lucha contra la legalización del aborto.

En un momento clave para América Latina, con el sistema capitalista global convulsionado y en vertiginosa decadencia, Estados Unidos aprovecha la coyuntura local para acentuar el saqueo de riquezas pero, sobre todo, para usar al país como plataforma contrarrevolucionaria en el continente. Washington promueve la guerra como única respuesta a la crisis económica que carcome su poder.

Impensable la recomposición del país limitada a sus fronteras nacionales. Argentina no dejará de rodar hacia el abismo si hombres y mujeres conscientes no se disponen a llevar a cabo una muy honda revolución política, económica, social y cultural. Ese objetivo gigantesco sólo podrá ponerse en marcha y avanzar exitosamente a escala internacional y con base específica en América Latina. Este texto concluye en el día aniversario del Libertador José de San Martín. Hace 200 años él comprendió esta verdad elemental. Es hora de poner manos a la obra.

17 de agosto de 2018

@BilbaoL

La luz de Venezuela

En una semana más comenzará en Caracas el IVº Congreso del Partido Socialista Unido de Venezuela. Mucho debería esperar la militancia latinoamericana de las conclusiones que allí surjan. Es presumible que también Washington aguardará los resultados, para definir si lanza o no la agresión desde hace mucho programada y siempre postergada por el temor de entrar a una ciénaga sin fondo.

Enemigos pero también amigos de la Revolución Bolivariana se preguntan en el mundo cómo es que el gobierno de Nicolás Maduro ha podido sostenerse pese a la muerte de Hugo Chávez, la escalada sin precedentes de Estados Unidos para derrumbarlo, la insurrección de una porción considerable de las clases medias y, sobre todo, los efectos demoledores de la guerra económica, con sus secuelas inmensamente costosas en términos de producción y distribución de bienes, en inflación desenfrenada, en degradación de las relaciones sociales.

Por supuesto la primera y más obvia respuesta a esa incógnita es que el Estado Mayor político-militar ha sabido mantener la unidad; que cuidó igualmente el entrelazamiento de masas populares y Fuerza Armada. Falta decir, sin embargo, para no convertir esos datos en consignas con menos y menos significación, que la unidad de las dirigencias, la mancomunidad de trabajadores, pueblo pobre, sectores medios comprometidos, cuadros y bases militares, plasma en una organización común y eficiente para el combate en todos los terrenos, dentro y fuera del país: el Psuv.

No es una afirmación fácil para estos tiempos. Aun así, resulta imprescindible: la clave está en el Partido. Lo sabía Chávez cuando en 2006 lanzó la idea de su construcción, a contramano de las corrientes de opinión y pensamiento por entonces dominantes.

Ahora viene la prueba de fuego: que todos esos afluentes y muchos más de diversa naturaleza, durante las sesiones de los días 28, 29 y 30 de julio, coronen las numerosas reuniones y encuentros preparatorios con un debate sin cortapisas sobre las acechanzas a la Revolución, acuerden un programa de acción y logren conformar cuerpos dirigentes que expresen la realidad del Partido sobre la base de reafirmar la transición al socialismo.

 

Responsabilidades

Delegadas y delegados al Congreso tendrán presente la inmensa responsabilidad que les cabe para el futuro de Venezuela. Es necesario agregar más peso a esa carga. La humanidad está otra vez ante una encrucijada sufrida tres décadas atrás: continuidad de la victoria cultural del imperialismo o contraofensiva anticapitalista. Aunque poco o nada se hable de esto, está a medio camino la estrategia planificada por los cerebros del imperialismo como continuidad de la batalla ganada cuando acabó desmoronándose la Unión Soviética, en 1991.

Ahora es Venezuela el punto de apoyo para la palanca de la contrarrevolución en ese entramado de nociones y sentimientos profundos que es la cultura. En el diseño Nicaragua complementa el objetivo de cerco y aniquilamiento, presentada como el desenlace sangriento de otra revolución fallida. A Cuba, en cambio, tras medio siglo de ataque sistemático, se la presenta ahora como en camino de regreso, a la busca de la salvación en las leyes del mercado. Respecto de Bolivia están a la espera de las cercanas elecciones presidenciales que, así lo esperan, la hagan vulnerable al relanzamiento de calumnias y sabotajes contra Evo Morales.

No importa cuán falsas sean aquellas alegaciones. Con sus poderosísimos medios de difusión pueden apoyarse en dificultades reales, en errores y desviaciones históricamente insoslayables aunque a menudo intolerables en sus manifestaciones concretas. Gracias a ellas pueden ensayar una reedición ampliada de la estafa planetaria que presenta al capitalismo como solución de todos los problemas de la humanidad y al socialismo como causa de penuria y violencia. El objetivo es apagar el faro de la Revolución Bolivariana e imponer otra vez, llovido sobre mojado, el oscurantismo capitalista, abonado como otro fracaso en la búsqueda del socialismo.

Frenar ese curso –y hacerlo a escala mundial- es una exigencia inapelable, impostergable. Son inconmensurables las fuerzas dispuestas para ese combate en el terreno internacional. No es menos verdad que carecen de eje y estructuración para ponerse de pie y dar la batalla. Es todo un dato que así parezcan comprenderlo los organizadores del IVº Congreso. En un borrador de los documentos presentados a la discusión afirman:

“Valoramos la responsabilidad que nos corresponde al convocar el IVº Congreso del PSUV, organización política que tiene la tarea, junto a las fuerzas revolucionarias y el pueblo, de desarrollar los 5 grandes objetivos históricos legados por nuestro Comandante Eterno Hugo Chávez, como programa revolucionario de estos tiempos y del porvenir y convocar el instrumento orgánico para su realización que es la Vª Internacional”.

 

Palabras y hechos

Existen franjas de la izquierda revolucionaria, comprometidas en la lucha contra el capital en sus definiciones, pero a menudo distantes de una evaluación acertada de las relaciones de fuerza a escala internacional e internas en cada país. A la abrumadora campaña de prensa mundial contra Venezuela se suman así, como factor de confusión y a menudo de desmoralización, ataques acaso basados en críticas ciertas, muchas veces palpables y suficientemente graves, pero desconectados del contexto global y, peor aún, limitados a la condena. Hasta donde se puede ver, esos ataques carecen del único factor que los haría útiles para resolver errores, desviaciones y hasta traiciones: un programa de acción para rehacer y fortalecer la unidad social y política de los trabajadores y el pueblo venezolanos tras la bandera de la Revolución.

Han proliferado en los últimos meses denuncias de todo tipo. Incluso si se pone de lado la percepción de que varias de ellas colocan ante todo la lucha por el poder entre facciones o individuos, resulta evidente la desmesura en ciertas acusaciones que sin explicitarlo llaman a un frente único para derrocar a Maduro.

Hay cuadros valiosos, a quienes a priori resulta difícil imaginar corruptos o traidores, involucrados en un curso de acción suicida, que los arrastra a la corriente contrarrevolucionaria impulsada por el imperialismo. En la hipótesis negada de que tal curso se impusiera significaría el fin de todo vestigio de Revolución y la propia autodestrucción de quienes así actúan.

Unidad es la primera y principal consigna. Dicho esto, es preciso subrayar que el llamado a la unidad ha sido a lo largo de la historia mundial un instrumento para acallar la crítica, para encubrir un curso de acción contrario a la transformación, para imponer direcciones corrompidas y someter a las mayorías.

En Venezuela la unidad de las grandes masas, de éstas con las autoridades del Psuv, con el gobierno y la Fuerza Armada, es para salir del marasmo económico, acabar con la corrupción, hacer valer el poder de los trabajadores urbanos y rurales, de los estudiantes, hombres y mujeres comprometidos con la transición al socialismo. Y esto no puede ser la reiteración de frases y consignas sino, permítaseme la reiteración, la realización inmediata y concreta de un programa de acción. Sin eso no habrá unidad, llámela quien la llame.

En el marco general de los documentos fundacionales del Psuv y el nutrido acervo acumulado desde entonces, lo que cuenta como clave, como única conclusión eficiente del IVº Congreso, es la combinación de un plan de acción para detener ya, sin demora ni excusa posible, la mano asesina de la burguesía local e imperialista. Condenar a los corruptos. Apartar a quienes han “saltado la talanquera” (como tan elocuentemente señala el habla venezolana). Corporizar en la acción un programa de continuidad de la transición al socialismo.

Esto no significa impedir el debate interno. Por el contrario: alentar el estudio de la teoría científica de la transformación social, de los ejemplos en cada una y todas las revoluciones, confrontar libre y francamente opiniones sobre esas bases, es una condición para mantener a la vez la unidad y la continuidad de una línea de acción anticapitalista y antimperialista.

Es una demanda muy grande. No obstante, puede esperarse que el IVº Congreso del Psuv haga lo necesario para que la luz de la Revolución Bolivariana siga alumbrando el proceso de recomposición de fuerzas anticapitalistas, manifiesta de manera desigual pero consistente en toda América Latina.

20 de julio de 2018

@BilbaoL

Argentina: se afianza el plan de saneamiento y aumenta la tensión social

Detrás del ruido tiende a consolidarse el proyecto de saneamiento capitalista y afianzamiento del bloque burgués.

Ocurre tras el vendaval de mayo: devaluación, retracción económica, disminución del consumo, caída del salario real, aumento del desempleo y la pobreza, actos, cortes de calles y paro de la CGT, cambio de ministros y rectificaciones de última hora. Gran confusión, temores y un saldo neto.

A la caída económica del último trimestre le seguirá más recesión con alta inflación en los próximos meses. El dólar llegó al precio necesario para gobierno y empresarios. Es probable que con diferentes recursos se logre remontar la actividad antes de fin de año. Diferentes consultoras avalan trascendidos del gobierno según el cual esperan un crecimiento de 1,5% para 2018. Para el año próximo la expectativa es de 1,8%. En paralelo se acentuará el ajuste fiscal. El salario real caerá. Crecerá el desempleo y el empleo de baja calidad; se avanzará en la racionalización del sector público.

Esto lleva a mayor conflictividad social y exigirá más contorsiones a las cúpulas sindicales y la pseudo oposición burguesa. Pero no debería dar lugar a confusión sobre realidad y dinámica de la relación de fuerza entre las clases.

Hacia fines de abril el capital financiero internacional promovió la detonación de la crisis a la que había alimentado por todos los medios. Ellos determinaron la corrida al dólar, articularon la furiosa campaña mediática, extremaron presiones externas e internas. En la base estuvo el aumento de tasas de interés en Estados Unidos, letal para una economía basada en el endeudamiento constante; además un factor local de carácter coyuntural: la combinación de inundaciones y sequías disminuyó abruptamente los ingresos por exportación cerealera. Y envolviéndolo todo, la comprobación de que los irreparables desequilibrios del sistema no se corrigen gradualmente y en calma social.

Con la totalidad de la iniciativa política en sus manos, el bloque burgués asimiló el impacto de estas y otras dificultades y las enderezó en perjuicio directo de las mayorías.

En medio del torbellino este sector dominante ganó espacio económico, poder político y afirmación estratégica. Para ello intervino el Fondo Monetario Internacional con un préstamo excepcional de 50 mil millones de dólares para consolidar –en menor plazo del previsto- el plan de saneamiento. También se recurrió al cambio de calificación del país de “fronterizo” a “emergente” (según las vacuas y arbitrarias categorías impuestas por manipuladores de oficio), lo cual debería redundar en mayor facilidad para el ingreso de capitales especulativos.

Al cabo de un mes de zozobra, todo se resume a un desplazamiento en las relaciones de fuerza en el conjunto granburgués, cambio de ritmo para aplicar las medidas de salvataje y drástica devaluación del peso (menos de 20 en enero, más de 28 a fines de junio).

 

Complemento indispensable

Al otro extremo y como parte del mismo juego, la Confederación General del Trabajo (CGT), decretó una huelga general para el 25 de junio. Decretar es el verbo correcto. No se trata de una convocatoria a los trabajadores. Mucho menos de un proceso de asambleas obreras y populares para decidir un plan de lucha y contraponerlo a la estrategia del capital. La mayoría de la cúpula cegetista está alineada con el frente amplio burgués constituido en torno al presidente Mauricio Macri. Hay disidencias internas con esa posición. Quienes las mantienen responden a intereses empresariales propios, a sectores subordinados y acorralados de la burguesía y a necesidad de autodefensa de sindicalistas a punto de ir a la cárcel por sus negocios ilegales. Todos convergen sin embargo en la huelga, destinada a obrar como válvula de escape: se reabre en pocas semanas la revisión de Paritaria y las cúpulas deben mantener el control.

A la “turbulencia cambiaria” le puso sal y pimienta el peronismo, al aprovechar la coyuntura para presentarse como reemplazo institucional de Cambiemos en las presidenciales de 2019. La CGT y otras siglas sindicales subieron al último vagón de esa misma ilusión. Espectáculo al margen, no hubo riesgo de “helicóptero” (la fuga de Macri como De la Rúa en 2001). Eso marginaliza aún más a las raleadas huestes de la ex presidente Cristina Fernández, lo cual no garantiza una reelección del actual elenco el año próximo, pero excluye el retorno al poder de la protoburguesía advenediza que exprimió su golpe de suerte entre 2003 y 2015. Hoy puede ponerse en duda la reelección automática de Macri, pero es posible excluir una victoria electoral de Fernández o alguien de los suyos. En cuanto al resto del peronismo, cualquiera de los innumerables nombres en fila para pedir el puesto de candidato presidencial deberá antes dar prueba de incondicional sumisión a la continuidad de la política actual. El frente amplio burgués consiste precisamente en esto: disputar con apariencia democrática el poder, sobre la base de un saneamiento indispensable para que el agonizante capitalismo argentino tenga un exangüe período de sobrevida.

De esto se desprende el dato principal de la coyuntura política argentina: los trabajadores, las juventudes, la masa popular urbana y rural explotada por el capitalismo, no están presentes en el escenario político; no tienen voz propia frente a la encrucijada definitiva de la nación. Reparar esa omisión es la gran tarea. El futuro dirá si los hombres y mujeres que pueblan la Argentina de hoy están hechos con el material necesario para cumplirla.

22 de junio de 2018

Legalización del aborto: victoria trascendental en el 40º aniversario de la desaparición de Inés Castellano

En el país donde nació el Papa se aprobó el pasado 14 de junio una ley que permitirá la interrupción voluntaria del embarazo. Dicho de otro modo, menos cómodo para el Vaticano y sus epígonos locales: Jorge Bergoglio no pudo evitar la legalización del aborto en Argentina.

Impensable un mejor homenaje de la Historia para Ana María Piffaretti, luchadora feminista y militante por el socialismo, secuestrada el 28 de junio de 1978. La llamábamos Inés en la clandestinidad de aquellos años de resistencia a la dictadura.

Días antes del zarpazo la mafia de la AFA y otra del mismo jaez, presidida por un torpe asesino ultracatólico apellidado Videla, habían triunfado en el mundial de fútbol.

Mafia es un modo abreviado de decir “asociación delictiva en defensa de la sociedad capitalista”. Abreviado y equívoco. Porque no se trata de excrecencias contra natura. Manipulación de un pseudo-deporte, violencia militar salvaje, enajenación religiosa, son funciones vitales para la sobrevivencia del sistema.

Como sea, el hecho es que 40 años atrás fue secuestrada Inés. Casi en el aniversario exacto de su desaparición forzada el aparato institucional de la burguesía fue obligado a salir del oscurantismo católico. La sociedad, con las mujeres a la vanguardia, dio este paso adelante sobreponiéndose a un retroceso sin precedentes de la lucha de clases en Argentina.

Inés era una joven revolucionaria marxista, internacionalista. Educada en escuelas de monjas. Fuerte, firme, como un roble en el vendaval. En los últimos años de la década de 1960, antes y después del Cordobazo, junto a un grupo de estudiantes rebeldes, llevaba la noción de “planificación familiar” a las familias obreras de Córdoba. En la organización que integraba teníamos claro que la esposa tradicional era un freno para el obrero que despertaba a la conciencia y la lucha. Que no habría revolución social sin emancipación de la mujer. Pródiga en todo, Inés emprendía aquella tarea militante con ímpetu especial. Seguiría haciéndolo años después, bajo otra dictadura, con obreras y obreros de la planta Ford-Pacheco, donde utilizaba su lugar como nutricionista para continuar la batalla por las ideas, para reorganizar fuerzas pese a las condiciones impuestas por el terrorismo de Estado.

Evoco esos momentos y recuerdo su convicción al explicar a mujeres reticentes el significado de su propia libertad, de romper con las sujeciones de la falsa moral burguesa, de las imposiciones de la iglesia, del marido inconsciente, de la familia incapaz de ver cuánta opresión hay en la forma de amar a los suyos. ¡Cómo relucía su bravura!

Brilló mucho más a poco andar, cuando debimos compararla con la cobardía militar, la complicidad ensotanada, la omisión de ciudadanos aterrados por la represión, confundidos por la ausencia de una genuina vanguardia, sumisos por atavismos sólo superables en períodos de alza revolucionaria.

Aun así, 40 años después aquella labor de Inés -y de miles como ella- ha dado fruto. Magro y agridulce en comparación con lo anhelado y necesario; extraordinariamente significativo para la realidad argentina, su pasado cercano y su futuro.

 

Apropiación burguesa de nuestras reivindicaciones

Cuando una exigencia social se vuelve invencible, el sistema apela a la apropiación del objetivo para cambiarle el significado. El impetuoso movimiento de mujeres en Argentina acumula fuerzas a escala masiva desde hace tres décadas o más. Con el precedente de una lucha obrero-estudiantil que marcó rumbos en los 1960 y 1970; con el sacrificio de miles como Inés, pero también de otros tantos varones que en diferente grado comprendieron la urgente e insoslayable exigencia de bregar por la emancipación de la mujer si es que de verdad se lucha por la emancipación social, por el socialismo. Así se llegó a la conquista institucional de legalización del aborto.

La reacción ya es visible. Comentaristas de radio, televisión y prensa escrita al servicio de la iglesia, escupen odio hasta niveles intolerables. Pero a todos ellos les ganó Francisco, quien fuera de control reveló en un discurso improvisado su verdadera condición: «El siglo pasado todo el mundo era escandalizado por lo que hacían los nazis para cuidar la pureza de la raza. Hoy hacemos lo mismo pero con guantes blancos», dijo con el rostro descompuesto.

El dulce Francisco llamó nazis a la mayoría de los diputados/as que votaron la ley; a cientos de miles de personas, sobre todo mujeres jóvenes, que se movilizaron en cada Capital y acorralaron a los legisladores; a las decenas de millones que apoyamos el significado esencial de esa ley. Silente durante la dictadura, Bergoglio califica hoy como nazi al pueblo argentino.

Eso se llama sangrar por la herida. Y exponer las entrañas. El ultraderechismo del papa queda a la luz en su raíz ideológica con esta comparación falaz, tramposa, descontrolada por la ira y la frustración. De aquí puede inferirse la beligerancia extrema de su conducta futura. No trepidará en recurrir a los peores excesos, incluso la violencia terrorista, ejercida por señoritos enajenados de Barrio Norte y fascistas de prosapia camuflados en la masa de desocupados donde con financiación vaticana operan para manipularlos. Bergoglio hará lo imposible por no quedar en la historia como modelo del fracaso.

El Vaticano no se lo perdonará. Autodenominado Juan Pablo II, Karol Wojtyla llevó a Polonia a una contrarrevolución sin precedentes. Aun adoptando de manera oportunista el nombre Francisco (la consecuencia lo obligaba a llamarse Ignacio, pero esto era demasiado frontal contra el Opus Dei), Bergoglio no pudo impedir que en su país cayera una columna del dogma católico, pese a intervenir descaradamente para manipular organizaciones sociales y políticas; pese a que apeló a los más bajos recursos para lograr votos a favor del No.

Su extremismo será aprovechado por quienes se aprontan a adueñarse del éxito de una poderosa fuerza social, con raíces históricas y proyecciones políticas. Sólo necesitan buscar lo que sesudos representantes del poder establecido denominan “punto medio”.

Tienen cómo intentarlo: de las 100 mujeres integrantes de Diputados gracias a la ley de cupo, 50 votaron a favor del proyecto, 49 se pronunciaron en contra, una se abstuvo. Pero no sólo aquellas que traicionaron su condición femenina cuentan en la próxima confrontación.

Habrá una batalla singular en el movimiento de mujeres, cualitativamente superior a la que pudo verse hasta ahora en multitudinarios Encuentros anuales. El pensamiento y la acción revolucionarias tienen una prueba severa por delante. Sin distinción de género. Se trata de impedir la subordinación institucional del poderoso movimiento expresado en el Congreso el 14 de junio.

 

De Argentina, para América Latina

A retaguardia en todo sentido, y aun así alcanzando la legalización de aborto, Argentina se ubica en ese punto a la vanguardia del continente.

Vale repetirlo una vez más: el sistema mundial pretende presentar al gobierno de Mauricio Macri como contraparte ejemplar de la propuesta revolucionaria simbolizada por Venezuela y el Alba.

Aunque una mayoría en el movimiento de mujeres no lo admite, fue Macri quien habilitó en febrero pasado el debate parlamentario de una ley sobre el aborto. Cada quien puede hacer la suposición que mejor entienda para explicar ese paso inesperado. Incluso la vacua alusión al intento de tapar con esto la gravísima situación económica.

El hecho es que alguien -que no necesariamente integra el poder ejecutivo- buscó ejes temáticos de confrontación asimilables por el sistema capitalista y desafiantes para posiciones de avanzada, reales o no. De aquí en más quienes articularon esta exitosa operación, buscarán cobrar el rédito. Dentro y fuera de Argentina.

Apenas horas después de la votación en Diputados, los bloques del peronismo (Federal y kirchnerista), anunciaron que apoyarían el texto en el Senado. Cristina Fernández y su esposo bloquearon durante 12 años la presentación de proyectos a favor de la despenalización del aborto. Fernández explicó su giro en redondo por la presión de su hija. Poco tiempo atrás transvasó 4 millones de dólares inexplicables en su poder a una caja de seguridad de su hija. Ahora le transpasa la responsabilidad por este descarado oportunismo. Es de esperar que miles de mujeres cuyo abnegado compromiso con la lucha por la votación positiva en Diputados contribuyó con el resultado, saquen todas las consecuencias de esta conducta sin otro principio que la salvación individual. En cualquier caso, el oficialismo cobrará su cuenta.

En política internacional, único punto en el que el gobierno Macri aplica efectivamente una línea de acción estratégica, se pretenderá hacer aparecer este hecho sobresaliente como resultado de la superioridad del capitalismo sobre los propósitos de transición al socialismo. Venezuela y los gobiernos del Alba tienen aquí uno más de sus innumerables desafíos. Y no será menor.

En esta batalla nacional e internacional ya iniciada cabe a la militancia revolucionaria marxista un lugar decisivo. No con palabras –mucho menos gritos destemplados- sino con acciones sabiamente definidas como perspectiva antisistema para el movimiento de mujeres. La coincidencia de la votación de esta ley con el aniversario del secuestro de Inés reafirma una mirada optimista hacia el futuro. Está probado: el coraje fructifica.

 

16 de junio de 2018

@BilbaoL

 

 

 

 

 

 

 

Movilizaciones y perspectivas en Argentina

Durante el mes pasado hubo un aumento notorio de movilizaciones por reclamos económicos, culminadas con dos concentraciones numerosas: el 25 de mayo, bajo la consigna “La Patria está en peligro”; una semana después, otra movilización retomó el nombre de una demostración de los 1990: Marcha Federal. En ambas se denunció el nuevo acuerdo con el Fondo Monetario Internacional.

Enmascarada la primera tras nombres de la farándula, el núcleo que acompaña a la ex presidente Cristina Fernández articuló el acto contra el FMI. Participaron también algunos sindicatos y agrupamientos barriales, igualmente incapacitados para convocar en su nombre, con éxito, al amplio conjunto confrontado con el Fondo. Como reflejo de las fuerzas que bullen bajo la superficie el primer llamado congregó miles de voluntades dispersas. Al margen de posicionamientos políticos, el grueso de la población identifica al FMI con la opresión imperialista. El rechazo al nuevo convenio stand by a punto de concretarse es abrumadoramente mayoritario en todas las encuestas.

La segunda movilización se articuló en torno a estructuras teledirigidas por la iglesia católica. También en este caso operaron personeros del Vaticano que no pueden dar la cara para convocar a la militancia. Las columnas principales llevaban como estandarte fotos del papa Jorge Bergoglio e imágenes de santos y vírgenes. Detrás, pancartas de Barrios de Pie, Corriente Clasista Combativa, Movimiento Evita. A continuación, organizaciones como el Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT, PO, PTS y otras) e Izquierda al Frente (MST, Nuevo más y otras). A la retaguardia destacó la presencia de Héctor Daer, Juan Schmid y Carlos Acuña (los tres secretarios generales de la CGT), quienes no subieron al palco, como sí lo hicieron el titular de Camioneros Pablo Moyano y el de Bancarios, Sergio Palazzo. Al finalizar el acto Daer y Schmid informaron que la CGT se reuniría el 7 de junio para decidir cuándo convocar a una huelga.

Contra todo antecedente, la prensa comercial anunció desde una semana antes que esta Marcha Federal “reuniría 200 mil personas” en la Plaza de Mayo. Los convocantes no repitieron una de sus consignas preferidas hasta poco tiempo atrás: “Clarín miente”. Es que la operación política esta vez parecía favorecerlos. Como ariete de grandes capitales los medios operaron en las últimas semanas para obtener una devaluación aún mayor del peso (-21% en mayo). Alentar pronunciamientos contra el gobierno fue uno de los instrumentos que utilizaron. Circunstancialmente la gran burguesía que sostiene a Macri -aunque sea como la soga sostiene al ahorcado- creyó conveniente azuzar el cuco de una movilización que en los hechos estuvo muy por debajo de lo anunciado y mostró ausencia de cohesión y conducción política. Además provocó un generalizado rechazo en la población que vive o trabaja en la Capital Federal, por el colapso de tránsito producido por cortes de calles y centenares de ómnibus llegados desde el interior y el conurbano bonaerense. Las imágenes del Papa tuvieron más protagonismo que los intendentes peronistas del Gran Buenos Aires pero no está claro si ellos o las estructuras eclesiales asumieron el costo multimillonario de la movilización.

Como sea, lo cierto es que con paros, marchas docentes y otros numerosos reclamos, la Capital del país volvió a vivir casi cotidianamente durante todo el mes un estado caótico, como en los peores tiempos de Cristina Fernández o aun antes, en los prolegómenos y postrimerías del colapso en 2001.

Detrás de éstas y otras expresiones del hondo descontento dominante en la sociedad están los efectos devastadores de la crisis estructural del capitalismo argentino (sólo en mayo las ventas minoristas cayeron un 4,8%). Desatada en la última semana de abril, ésta no es una crisis circunstancial. Es la repetición, con apenas variaciones mínimas, de los ahogos conocidos durante décadas. Las causas detonantes fueron llevadas al paroxismo en los períodos de Néstor y Cristina Kirchner (12 años) y ahora se multiplican en el intento por sanear el sistema en manos de un elenco catapultado al poder precisamente por el rechazo social al llamado kirchnerismo.

Todo indica que en junio este estado de reclamos puede sostenerse, con incluso la perspectiva de una huelga general convocada por la CGT, irremediablemente dividida. La propuesta de desgastar a Macri hasta ponerlo en fuga y, con un peronismo remozado, recuperar el poder político, obra a favor de acciones conjuntas de la cúpula cegetista.

¿Desembocará este crescendo de protestas puntuales en una movilización general de trabajadores, juventudes y clases medias? ¿Trascenderán los reclamos económicos hacia una demanda de naturaleza general? Dicho de otro modo: ¿marcha el país hacia una crisis política y la posible caída del gobierno de Mauricio Macri?

Un sector del espectro político parece convencido de que esa dinámica es inexorable. Dada la gravedad de la crisis de fondo, tal perspectiva está siempre presente a condición de que una movilización del conjunto social rompa la unidad de las clases dominantes, lo cual podría ocurrir a partir de un colapso de la economía local arrastrada por la cada día más amenazante crisis económica en Estados Unidos y la Unión Europea.

Tal panorama no está a la vista en el corto o mediano plazos. Hay turbulencias en las economías imperiales y no faltan conflictos interburgueses en Argentina. Pero si bien la tormenta cambiaria de mayo dio vuelta como un guante la percepción general sobre la situación nacional, el hecho es que en lo esencial nada ha cambiado: la relación de fuerza entre las clases se ha desplazado sólo para favorecer más aún al capital. El frente amplio burgués maneja todas las palancas, incluidas las de la movilización de calle, en la que decenas de miles de trabajadores y jóvenes rebeldes son manipulados por estructuras al servicio de la continuidad del sistema.

 

La trampa

Argentina continúa atrapada entre el gobierno de la burguesía establecida y una oposición variopinta, hegemonizada por lo más corrupto del aparato peronista, hoy con peso singular de la iglesia. Se trata en realidad de un gobierno de frente amplio burgués enfrentado con una pseudo oposición igualmente procapitalista.

Aquél, heterogéneo, unido por el espanto tras el ensueño de saneamiento y recomposición del sistema. Ésta, compuesta por las diferentes fracciones del Partido Justicialista, un sindicalismo ajeno a las bases y en la mayoría de los casos conducido por empresario con patente de sindicalistas, más un conjunto inestable de aparatos políticos del Gran Buenos Aires, usufructuado por punteros que se venden al mejor postor y ahora están en franca negociación comercial con el gobierno al que aguijonean para aumentar su propio precio.

El gobierno se aúna en torno a un programa de saneamiento al que denomina “capitalismo serio”. Igual denominación para la misma quimera esgrimida por Néstor Kirchner desde 2003 y Cristina Fernández en las presidenciales de 2007, cuando su modelo de país era Alemania. Un plan de supuesta “seriedad capitalista” es la única respuesta que tienen, otra vez, las clases dominantes ante la amenaza de un colapso inmanejable, prefigurado por los sucesos de diciembre de 2001.

La pseudo oposición, dividida en mil fracciones inconciliables, tiene sólo dos objetivos en común. Primero, impedir la continuidad del saneamiento institucional burgués que ya ha encarcelado a decenas de ladrones de toda laya (excluyendo, claro está, a quienes hoy tienen cargos oficiales). Segundo, pero de primera importancia, recuperar las palancas del poder del Estado para continuar con la conformación de una “nueva burguesía nacional” a punta de saqueo y corrupción como ya ensayaron con éxito relativo entre 2003 y 2015.

Quienes arrebataron esas palancas en 2015 en favor de la antigua burguesía establecida las utilizan ahora con idéntica fruición, acaso con algo más de estilo, pero con el mismo futuro: hundimiento del país y aceleración hacia una crisis general. Por lo pronto, esta fracción hegemónica del capital establecido ha logrado llevar a la cárcel a ex ministros, sindicalistas y hasta el vicepresidente del régimen anterior. Pero está en la mira la ex presidente, amenazada con la misma suerte de altos miembros de su cohorte, hoy alojados en diferentes cárceles sin que haya una sola movilización que reclame su libertad.

Debilitar a Mauricio Macri y avanzar todo lo posible por el camino de la desestabilización (la amenaza del helicóptero), es ante todo un instrumento de chantaje para negociar la inmunidad de la ex presidente y el freno al juicio y expropiación de sus cuantiosos bienes y los de quienes la acompañaron.

Como nadie podría levantar semejante bandera ante las masas para obtener su apoyo, se esgrimen reclamos contra el aumento de tarifas, aumentos salariales y hasta la oposición al FMI, mientras tras bambalinas negocian con el gobierno para eludir los juicios. Ésa es la naturaleza verdadera de quienes encabezan el descontento social por estos días.

Tampoco nadie podría enfrentar los justos reclamos de los trabajadores para defender un mero cambio de rostro en los saqueadores. Por eso el gobierno y los suyos enarbolan consignas como República, decencia, desarrollo. Si la pregonada “seriedad” de los Kirchner culminó en el gobierno de Fernández y Boudou (oprobio sin precedentes en nuestra historia), se puede esperar un desenlace análogo para el elenco actual, calificado por los liberales como “kirchneristas con buenos modales”. Sólo bastaría que estos lograran afirmarse en el poder para que la reaparición inexorable de la crisis muestre que los buenos modales de la gran burguesía se transforman de la noche a la mañana en desembozado fascismo.

Hay muchos, millones, impactados por los efectos demoledores del sistema capitalista, personificados en el nombre de Macri, alentado por todos quienes acusan al individuo para ocultar el sistema. Pero no son menos quienes, vivida la experiencia de doce años de cleptocracia pseudopopular, vacilan a la hora de optar entre la inepcia elitista de Cambiemos y el aquelarre peronista.

Esa es la trampa. Entre mentiras, guiada por maniobras de la mayor bajeza y pseudo dirigentes a la medida de la tarea que realizan, discurre a mediados de 2018 la política argentina.

 

Las urnas, factor decisivo

En las cúpulas que encabezan las movilizaciones de estos días no hay en juego proyectos de país, ni convicciones ideológicas, ni programas de redención nacional y social. Hay elecciones. Y usufructo de angustiosas necesidades de las mayorías. Faltan 16 meses para las presidenciales de 2019 pero cada paso del conjunto de organizaciones políticas y sindicales está dictado por ese objetivo.

Cambiemos (Pro, UCR y otros), están lanzado a la reelección de Macri y a aumentar el espacio ganado al peronismo en las arrolladoras legislativas de noviembre pasado. Figuras claves del gran capital que actúan en sordina aspiran a destruir definitivamente al PJ tal como se lo conoció hasta ahora y reconfigurar la CGT para ponerla sin bemoles a su servicio. No es una suposición sin fundamentos objetivos. La comparten incluso gobernadores de origen peronista, como Juan Urtubey de Salta y Juan Schiaretti de Córdoba, embarcados en el mismo objetivo.

Sectores del PJ se empeñan en mantener sus feudos, olvidar las elecciones del año próximo y posicionarse con miras a 2023. En cambio, otras fracciones peronistas están convencidas de que “hay 2019” (Rodríguez Sáa dixit). En otras palabras: que el próximo año el PJ unido puede derrocar a Macri y recuperar la Casa Rosada.

Lo mismo vale para las cúpulas sindicales, que tienen un problema adicional, semejante al que afronta la ex presidente y los suyos: en el plan de saneamiento institucional la burguesía pretende expurgar el aparato sindical. El gobierno pretende no sólo quitarse una piedra del zapato, sino también lustrar su chapa de decente ante una sociedad harta, que reconoce y repudia a los ladrones institucionales aunque no logra identificarlos como producto necesario del sistema capitalista. El encargado de llevar a cabo esa tarea de selección y limpieza es el ministro de Trabajo Jorge Triaca, hijo de un símbolo mayor en la corrupción sindical y efectivo operador de Macri. Allí todo se negocia y en estos momentos el gobierno cambia correcciones en la ley de reforma laboral por rechazo a la huelga general o, cuanto menos, su realización pro-forma para volver al día siguiente a la mesa de negociación, siempre con elecciones y candidaturas en el medio.

Igual objetivo electoralista ha hecho presa de las tendencias infantoizquierdistas. Sería incorrecto incorporarlas sin más al festival de repartija del poder en el que están inmersas las corrientes burguesas. No obstante, es evidente que asumen incondicionalmente reclamos de la pseudo oposición con el exclusivo fin de ganar espacio en la carrera por obtener cargos, sea en el Congreso Nacional, en legislaturas provinciales o municipales. Estos agrupamientos no hacen una crítica radical al capitalismo. Vociferan contra el alza de tarifas y cuestionan al FMI como forma demagógica de ganar simpatías, pero no cuestionan el sistema.

Por lo demás, numerosos tendencias barriales y estudiantiles que sí han mostrado voluntad de luchar por el socialismo, han caído también en el electoralismo, o bien buscan su espacio subordinándose a fracciones peronistas ajenas por completo a semejante objetivo.

La conclusión es clara: no existe hoy en Argentina una fuerza revolucionaria organizada, visible ante el conjunto de la población, que proponga en los hechos –y no sólo en discursos de 1º de mayo- una respuesta a la coyuntura por fuera del marco del sistema. Basta observar la posición frente al alza de tarifas para comprobar que ésta no es una afirmación caprichosa.

Tal panorama político explica la pasividad de la clase trabajadora, del mismo modo que ésta explica a su vez el margen de maniobra de falsas conducciones sindicales o políticas y la debacle de direcciones de izquierda. El agitativismo endógeno de agrupamientos que en ningún caso involucran a la clase no puede ser confundido con movilización social. Incluso los partidos con mayor espacio son insignificantes en comparación con cualquier organización política real de los trabajadores, internacionales o nacionales, del pasado o incluso del arduo presente.

Hay sindicatos con movilizaciones diarias de un aparato armado a tal efecto, que no involucran ni al 0,1% de sus afiliados en el lugar mismo donde llevan a cabo sus protestas. Se ha conformado una suerte de industria de marchas y cortes de calles por los reclamos más diversos, nominalmente justos, que desquician la vida de la sociedad con cortes de calles en perjuicio de quienes viven o trabajan en la Capital Federal. Tal vez hace falta recordar que la abrumadora mayoría de la sociedad está compuesta por trabajadores. A ellos afectan estas medidas irracionales. En ellos acumulan malestar general y odio particular contra los manifestantes. A menudo buena parte de quienes llevan a cabo estas acciones son honestos militantes manipulados por cúpulas eternas de aparatos sindicales o políticos.

La burguesía hace estragos en la conciencia y la organización de la clase trabajadora frente a semejantes conductas de sindicatos y organizaciones que se presentan como revolucionarias. Un caso sobresaliente es el del gremio docente. Algunos de los incontables sindicatos llaman a paro tras paro, sin otro argumento que la necesidad de aumento salarial. Nadie explica por qué los salarios docentes son miserables desde hace décadas y por qué los gobiernos de los que ellos formaron parte sólo agravaron el problema; por qué la escuela pública está en total decadencia y la enseñanza degradada en todos los niveles.

Los paros docentes tienen cada vez menos respuesta positiva de maestras y padres. Para el gobierno resulta fácil denunciar las medidas de fuerza, no pagar el día de huelga y mostrar las cifras cada vez menores de adhesión a los paros (los pseudo dirigentes dicen “acatamiento”, sin comprender todo lo que revelan con esa palabra). Pero con la palabra que utilicen, nadie puede ocultar que más de la mitad de los docentes a escala nacional se niegan a continuar con tales medidas. En otras palabras: el gobierno vuelca a las bases a su favor y en contra de las direcciones sindicales. Las cúpulas que impulsan esta política suicida están asociadas con Cristina Fernández. Pero hay corrientes de izquierda con peso considerable en lugares puntuales de este gremio, que no se diferencian sino en tratar de gritar más que los titulares de los sindicatos.

Si como todo indica la CGT llama finalmente a un paro general, éste seguramente tendrá la contundencia habitual de medidas de este tipo en Argentina, pero en el actual contexto no será un escalón en la acumulación de fuerzas para emprender una estrategia de cambios genuinos, sino una válvula de escape para el malestar general. No habrá un cambio en las relaciones de fuerza entre las clases y la única incógnita es si el día después el gobierno decidirá o no continuar el juicio que ha emprendido contra la familia Moyano y otros titulares de aparatos sindicales.

 

Trabajar por la recomposición y estar alertas

Ya desde el gobierno de Barack Obama los estrategas imperialistas señalaron a Argentina como punto de apoyo para un eje hemisférico contra la permanente amenaza de deriva revolucionaria en cualquiera de nuestros países.

Como es sabido, hicieron centro en Venezuela y los países del Alba para intentar debilitar y eventualmente aplastar los intentos de transición al socialismo en nuestro continente. Se propusieron acabar con Unasur, paralizada ya desde hace años. Simultáneamente, neutralizar la Celac y revitalizar la OEA en su condición de Consejo de Indias.

En ese esquema Argentina debía ser el modelo de solución capitalista virtuosa a la crisis regional, en contraposición al alegado fracaso de la transición al socialismo en Venezuela.

La prensa comercial y la intelectualidad al uso propagó, sobre todo después de la victoria electoral de Macri, la idea de rotunda e irreversible victoria de Washington y las burguesías locales. No pocos se dejaron convencer por esta argumentación, que ciertamente tiene puntos de apoyo sólidos: fracasaron sin atenuantes gobiernos populistas y reformistas. Notoriamente los de Brasil y Argentina, falsamente presentados como motores del cambio en la faz política de América Latina a partir de la estrategia de Hugo Chávez y la creación del Alba. El matrimonio Kirchner y el PT desestimaron y en la práctica rechazaron esa estrategia. Así terminaron.

Envuelto en sus propias mentiras el capital confundió deseos con realidad y se proclamó victorioso cuando apenas estaba en medio de la primera gran batalla de un guerra prolongada. Ya con la destitución de Pedro Kukzynsky en Perú y el rotundo fracaso de la cumbre de las Américas en ese país, en abril pasado, quedó demostrada la inviabilidad del Grupo de Lima. Washington probó que estaba muy lejos de reimplantar su hegemonía. La separación de Venezuela del Mercosur puede contarse como otro tanto a favor de la reacción, pero sólo a condición de olvidar que este bloque procapitalista se traba por sí mismo desde hace años y resulta ineficiente, más bien un estorbo, para las burguesías de Argentina y Brasil.

Mientras tanto los hombres de gris en la Casa Blanca comprobaron que en Brasil no habría gobierno estable por largos años y es más probable esperar allí a mediano plazo una implosión a la medida del gigante latinoamericano. Idéntica perspectiva constataron en Colombia a partir de la primera vuelta electoral. Y el cuadro se completó con la convicción –basada en encuestas de todo signo- de que en México ganaría el bloque encabezado por Andrés Manuel López Obrador.

No obstante, el golpe más duro para Washington tuvo precisamente los rostros de Macri y Maduro: en Argentina reapareció la crisis y sepultó el plan –menos mentiroso que tonto- de “ajuste gradual” indoloro; en Venezuela fue imposible derrocar al gobierno de la Revolución Bolivariana mediante la guerra económica y mediática. Peor aún: Maduro fue reelegido en contundente votación, sobre todo en comparación con el caudal de apoyo con que cuentan los presidentes de la región.

Washington no logra mantener la iniciativa que retomó por un instante. No hay vencedor neto. El plan de aplastar la estrategia de transición al socialismo y colocar en su lugar un capitalismo travestido, capaz de reconquistar el corazón y la conciencia de 600 millones de sus víctimas en América Latina, se revela una escuálida superchería.

Venezuela atraviesa una dramática situación económica, lo cual hace más significativa y trascendente la conducta de un pueblo organizado y consciente en defensa de su Revolución y de la perspectiva socialista.

En el hemisferio la relación de fuerzas no impulsa ahora mismo la perspectiva anticapitalista, pero tampoco pesa a favor del imperialismo. El signo de la próxima etapa está en disputa. En cada país ese balance es diferente, pero en Brasil, México y Argentina, la burguesía no tiene ventaja suficiente como para garantizar su iniciativa a mediano plazo.

Tiene razón la neosocialdemocracia superizquierdista en Argentina al suponer que en este cuadro puede ganar terreno parlamentario y afirmar sobre esa base sus organizaciones. Yerra sin embargo al desconocer la dimensión latinoamericano-caribeña como su propio terreno de combate. En cambio carecen de perspectiva estratégica quienes optan por aliarse a corrientes populistas comprometidas desde hace medio siglo con las derrotas del proletariado y el pueblo argentinos.

La militancia revolucionaria tiene por delante el camino de la recomposición de fuerzas marxistas, a la par de la búsqueda de unidad social y política de las grandes masas.

Recomposición implica algo diferente de unidad, aunque en cualquiera de sus tramos ambos términos estarán imbricados en un tejido imposible de establecer a priori. Sí está claro que la recomposición es inseparable de la participación efectiva en la lucha de clases y el combate político a escala internacional y regional. En ese sentido, es potencialmente mortal el desconocimiento de la confrontación en curso con el imperialismo por parte de los gobiernos del Alba.

Desestimar o subvalorar la presencia activa en ese gran combate equivale a cercenar toda perspectiva para una organización que se reivindica anticapitalista. Lo mismo vale para el caso de sumergirse en la lucha continental y desatender la afirmación en la teoría científica de la lucha de clases, la asimilación de las grandes experiencias de la revolución mundial, para afrontar y eventualmente enfrentar los errores y desviaciones que necesariamente se dan y continuarán dándose en las filas de la Revolución.

A la vez, es preciso estar alerta porque una realidad de achatamiento político y relativa calma social puede transformarse súbitamente en situación pre-revolucionaria, en la cual la militancia marxista tendrá su prueba de fuego.

No es por acaso que la Otan acaba de incorporar a Colombia y simultáneamente reactiva su base en Malvinas. Por un lado, queda comprobado que la marcha de los procesos en Venezuela y el Alba no son reversibles por vía de elecciones democráticas y requieren eventualmente el recurso de la guerra (como la que actualmente han iniciado en Nicaragua, llevando a una escala mayor la práctica de las guarimbas en Venezuela dos años atrás); por otro, está claro que la inestabilidad se ha instalado de manera permanente en México, Brasil y, aunque en menor medida, también en Argentina. El único recurso del gran capital frente a los riesgos que esa inestabilidad implica es la violencia a gran escala y ésta es inseparable de la transformación de actuales regímenes democrático-burgueses en formas neofascistas para mantener el control social.

En el crecimiento y la penetración social del narcotráfico está prefigurado el desarrollo de otro flagelo: el fascismo. Se ha utilizado este concepto para identificarlo con la violencia extrema y la violación de derechos civiles y garantías constitucionales. Pero es mucho más que eso. Es la utilización de sectores marginalizados de la sociedad para lanzarlos contra el proletariado y cualquier otro sector que pretenda defender las formas democráticas de relacionamiento social.

Cualquiera sabe el papel del PJ y todas sus fracciones en el crecimiento del narcotráfico desde los tiempos de Carlos Menem. El fenómeno creció vertiginosamente después de 2001. Ahora se descubren altos funcionarios de todos los partidos envueltos en el mismo crimen. También es conocida la responsabilidad de jefes policiales, jueces de todo nivel, titulares de sindicatos y legisladores de todos los partidos incrustados en el Congreso a fuerza de narcodólares para inverosímiles campañas electorales. Destacan en este submundo mafioso altas dirigencias del negocio del fútbol, del juego, así como de aparatos de inteligencia. Ante el reclamo de la población contra el narcotráfico –bajo demanda de seguridad- Macri aprovechó la ocasión y propuso sumar a las fuerzas armadas al combate contra este enemigo a la vez palpable, difuso, omnipresente.

Sin embargo la amenaza mayor del narcotráfico desde un punto de vista estratégico, en el marco de crisis capitalista, es que crea ejércitos de individuos privados de toda racionalidad y libertad, a la vez que articula aparatos militares capaces de obrar con mayor inhumanidad que los propios jefes militares actuantes durante la dictadura de 1976. Si en la Italia y la Alemania de los 1930 el fascismo se cimentó en capas sociales lumpen, resultantes de guerras, crisis económicas y desocupación masiva, en Argentina –como en México, Perú y Brasil- la argamasa social para edificar un fenómeno análogo está en el detritus de la crisis capitalista local: bandas narcotraficantes y decenas de miles de adictos arrojados a la más abyecta marginalidad.

Bienpensantes de la pequeña y mediana burguesía (y también amplias franjas del proletariado, convencidas de que por tener trabajo son “clase media”), no toman conciencia de este binomio fatal: narcotráfico y crisis capitalista. Y al votar encargan al zorro el cuidado del gallinero.

Quienes de manera oportunista llaman a manifestarse contra el FMI y los aumentos de tarifas con el objetivo de ocupar un lugar en las próximas elecciones carecen del mínimo necesario para resolver esta encrucijada estratégica en la historia argentina. A la vez, como ya se ha subrayado, no existe una alternativa con proyección de masas.

De modo que no hay atajos y es ineludible el compromiso con la recomposición de fuerzas marxistas en Argentina, en América Latina y todo el mundo que logremos alcanzar. Abordamos esa tarea con todos quienes están dispuestos a luchar por la unidad social y política de las grandes masas. Y junto con nuestra incondicional solidaridad, hacemos llegar a los gobiernos del Alba el llamado a un tratamiento urgente, orgánico y riguroso, de estos temas trascendentales.

4 de junio de 2018

@BilbaoL

 

Significado de la derrota imperial en Lima

Hay un significado estratégico determinante en el resultado de la cumbre de las Américas llevada a cabo en Lima el 13 y 14 de abril. Dicho en pocas palabras: la balanza hemisférica se volcó, otra vez, en contra de Washington y sus súbditos.

Adelantábamos en América XXI con fecha 19 de febrero último: “Tal vez al vetar la presencia de Venezuela los gobiernos de Argentina, Colombia y México completen la saludable tarea de demolición definitiva de ese esperpento anacrónico denominado ‘Cumbre de las Américas’”.

Ocurrió. El esperpento no volverá a levantarse. Si acaso, será un cadáver insepulto, como la OEA. Su caída es el símbolo de lo que estuvo en juego y del resultado. Ante la derrota, la prensa comercial del continente carece incluso del sentido del deber y la valentía necesaria para admitirla. Al día siguiente de clausurada la cumbre de las Américas en Lima, los comentarios políticos de los tres diarios principales en Argentina omiten el tema. Ni una palabra.

Comprenden el significado demoledor del hecho a la vista: los presidentes fueron arrastrados por una fuerza para ellos desconocida hacia la asunción de su insignificancia en el gran juego que siquiera entienden. Y el jefe, que tampoco entiende, no estaba presente. Dudoso Estado Mayor para ganar una guerra.

Sus panegiristas no pueden admitir que a ese encuentro presidencial fueron 14 de ellos. Que del total de votos posibles apenas una tercera parte apoyó lo exigido por la Casa Blanca.

No pueden admitirlo porque el saldo muestra como ganador al gobierno de Venezuela. Ganador en la coyuntura interna. También ante la historia. Pero en primer lugar en la feroz lucha continental por la correlación de fuerzas entre revolución y contrarrevolución.

En nombre de la tolerancia y la democracia, los organizadores prohibieron la participación del presidente Nicolás Maduro. Decíamos con fecha 26 de marzo: “Hay un plan internacional en marcha para deslegitimar la elección presidencial del 20 de mayo en Venezuela”. Las múltiples artimañas desplegadas para lograr ese objetivo convergieron en el encuentro de Lima. Allí fracasaron todas. La inmoral campaña contra Venezuela en primer lugar.

Trump fugó del oprobio inexorable y encargó la misión imposible a Mauricio Macri. Michel Temer (5% de aprobación en Brasil), Juan Santos (en vías de salida, despreciado por las fuerzas políticas que podrían sucederlo y por el conjunto de la población) y Enrique Peña Nieto (perdedor en cualquier hipótesis en las cercanas presidenciales de México), acompañaron al presidente de Argentina. Antes Macri recibió la asesoría del talentoso y exitoso presidente español Mariano Rajoy, quien viajó especialmente a Buenos Aires y completó el empujón que llevó a la hoguera al presidente argentino.

Con exacto sentido de la dimensión estratégica de la coyuntura, el presidente Evo Morales llevó a Caracas su balance del encuentro: “Hay una enorme contradicción en algunos presidentes de Suramérica”, dijo tras la reunión con Maduro. “El pueblo boliviano está con la Revolución Bolivariana de Venezuela (…) Estamos convencidos de que vamos a continuar con nuestras revoluciones democráticas en América Latina (…) Los presidentes revolucionarios no necesitamos reconocimiento de gobiernos sumisos al imperio”.

Maduro concluyó: “si la Cumbre de las Américas en Mar de Plata representó el entierro del Alca, la Cumbre de Lima representa el final de las Cumbres de las Américas”.

Con Canadá como vicario y Macri como mano ejecutora del imperio en retirada, la cumbre debía denunciar con credibilidad y peso práctico a la Revolución Bolivariana de Venezuela, aislar a Nicolás Maduro y deslegitimar las elecciones del próximo 20 de mayo.

He defendido la idea de que la estrategia imperial, desde los tiempos de Obama, ante la evidencia de la debacle en Brasil y sus imprevisibles consecuencias, consistía en fortalecer un eje Washington-Buenos Aires. Ese plan tambalea ahora. Macri no se atrevió a condenar el ataque estadounidense a Siria. Pero pidió que no siguiera la escalada. Insuficiente para alinearse con el extendido rechazo de la población argentina al crimen de Washington. Suficiente para ser repudiado por Trump: su vicepresidente le negó la reunión bilateral en el último minuto. El trémulo discurso del presidente argentino no alcanzó para obtener apoyo de la cumbre contra Maduro.

En enero de 2004, al término de la cumbre extraordinaria en Monterrey, México, tras una contundente participación de Hugo Chávez, quienes lo acompañábamos supimos que el avión de regreso no enfilaría a Caracas. Iba a La Habana. Cuba no podía participar de esas reuniones. Fidel fue al aeropuerto a recibir a Chávez. Allí, en una tensa madrugada, se hizo un rápido balance que continuaría después hasta el día siguiente.

La curva de los acontecimientos tuvo un largo trayecto antes de llegar a esta repetición simbólica. Como resultado de otra derrota estratégica del imperio, Cuba podía estar presente en Lima. Raúl Castro devolvió la moneda a Washington y declinó su asistencia.

Evo hizo allí un discurso demoledor. En un encuentro titulado “Gobernabilidad democrática frente a la corrupción”, dijo el presidente boliviano: “El verdadero desafío está en desmontar el sistema mismo en el que prospera la corrupción: el sistema capitalista”. Y agregó: “El capitalismo es el peor enemigo de la humanidad y del planeta, sus crisis no son coyunturales, son propias de este modelo de producción y consumo”. Faltaba algo y Evo no retrocedió: “Hay que decirlo con toda claridad: la principal amenaza contra la libertad, la democracia, contra la madre tierra y contra el multilateralismo es el gobierno de Estados Unidos. No tengo miedo de decirlo, de frente y abiertamente”.

Después enfiló hacia Caracas. Los intelectuales orgánicos del capital todavía no han reaccionado, para medir hasta qué punto este golpe pone en peligro los planes de Macri en Argentina. No se atreven: Maduro ganará las elecciones; Temer, Santos y Enrique Peña Nieto saldrán del escenario por la puerta trasera. Ahora el saldo regional puede volvérsele contra Macri fronteras adentro. Sólo le queda confiar en que no hay alternativa revolucionaria. Razón insuficiente para ser la contraparte continental de Venezuela y el Alba.

Giros y contragiros de la historia. No es preciso leer a Homero para saber lo inconsistente que es detenerse en medio de una batalla y darse por vencido.

15 de abril de 2018

@BilbaoL