Con la Revolución Bolivariana

Hay un plan internacional en marcha para deslegitimar la elección presidencial del 20 de mayo en Venezuela. Pretende ser el anteúltimo eslabón. El último, en la estrategia para aplastar el proceso regional iniciado con la victoria de Hugo Chávez en 1999, sería detonar la violencia a través de fuerzas mercenarias respaldadas por la Casa Blanca, el Grupo de Lima y varias capitales europeas.

Frente a tal coyuntura y dada la decisión de discontinuar la edición impresa de estas páginas y centrar esfuerzos en su edición digital (ver pág. 7), y más aún por el propósito de poner en pie un semanario de alcance continental, es oportuno poner en discusión el papel de la prensa contestataria en el mundo actual.

América XXI nació en abril de 2003 para defender la Revolución Bolivariana “informándole a América Latina lo que sucede en Venezuela y a Venezuela lo que sucede en América Latina”, sobre la base de un explícito alineamiento con posiciones antimperialistas y anticapitalistas. Lo sigue haciendo.

Tras la muerte de Chávez América XXI respaldó al presidente Nicolás Maduro y la dirección político-militar que lo acompaña. Lo sigue haciendo. No ignora la quinta columna que traba y socava su poder. Y no siempre estuvo ni está de acuerdo con cada medida adoptada en Miraflores, la Casa Amarilla o el ministerio de Economía. Esto era así incluso cuando gobernaba el comandante y amigo Hugo Chávez, motor decisivo para la aparición y permanencia de esta revista (dicho sea de paso, dotado de un espíritu democrático como para considerar normales las disidencias expuestas en estas páginas, a menudo de calibre mayor). Con todo, nunca América XXI tuvo el propósito de exigir líneas de acción a una dirección revolucionaria para que tomase tal o cual medida, en tal o cual ritmo, para la transición al socialismo. Muchos menos la altanera y frívola intención (hija de la cobardía, podría decirse), de influenciar a los hombres y mujeres responsables de la dirección de este singularísimo proyecto emancipador.

Ante todo, porque América XXI fue concebida y dirigida como plasmación periodística mensual de un amplio frente único antimperialista. También por la certeza de que es imposible el socialismo en un solo país. Expandir al máximo posible la conciencia de que el capitalismo no puede reformarse, que es imprescindible su abolición y la edificación de otro sistema social, es la tarea primordial de un proyecto de transición y de los medios comprometidos con tal propósito. Impulsar la organización de fuerzas antimperialistas y anticapitalistas a escala internacional es otro objetivo, inseparable del anterior. Es lo que hizo Chávez. América XXI lo acompañó.

Idéntico criterio privó en relación con el presidente Maduro, contra quien se lanzan hoy injurias y acusaciones de todo tipo. Quienes lo hacen, incluso señalando falencias o errores reales, incurren en un análisis subjetivista, metafísico, de la situación venezolana y se abstraen de la historia y la realidad mundiales.

Esta es una época determinada en última instancia por la agonía del capitalismo mundial y la ausencia de una dirección con la fuerza suficiente para levantar ante el mundo la bandera del socialismo. La teoría científica de la transformación social lleva casi un siglo de constante caída, con apenas destellos de continuidad y superación. Con el imperialismo a la carga y las izquierdas confundidas, degradadas y dispersas como nunca antes, un mínimo de sensatez y buena lógica concluye en que el reflejo de esa debacle en Venezuela y los países del Alba tiene carácter de necesidad histórica. En mayor o menor medida, según las características de cada proceso y las circunstancias concretas, ese acervo negativo de alcance mundial ha de manifestarse en cualquier proceso de transformación social.

Sólo el pensamiento idealista supone que un pueblo movilizado tras una vanguardia nacida en el marco de la crisis mundial del pensamiento y la acción revolucionarios puede eludir las trampas del pragmatismo, el voluntarismo y otras tantas desviaciones predominantes en las izquierdas a escala planetaria.

Críticos que en diferentes latitudes tienen como toda estrategia la obtención de una banca parlamentaria y, en sus momentos de ocio denuestan a quienes están en primera línea del combate, no pueden ser un modelo a seguir. Tampoco la adhesión a tal o cual persona, por confianza en ella. La única brújula posible es el programa de acción y la consecuencia, en las circunstancias dadas, con los objetivos proclamados.

 

Venezuela en la encrucijada

Hoy Venezuela atraviesa una situación dramática. En buena medida es el resultado de la tenaza imperialista y sus aliados en la región, eficientemente acompañada por gobiernos considerados “progresistas”, los cuales obraron eficientemente contra la revolución. Por ceguera, cobardía o pertenencia a fracciones de la burguesía.

Esa guerra económica ha tenido efectos devastadores sobre la vida de la población en general, pero también –acaso en primer lugar– sobre la conciencia y conducta de buena parte del conjunto dirigente político-militar. Una mayoría probada de la población mantiene el apoyo a la transición socialista y a la dirigencia que se esfuerza por llevarla adelante. Pero el cerrojo económico y la muerte de Chávez aceleraron la aparición y desarrollo de fuerzas centrífugas, lo cual repercute a su vez en mayor desconcierto para franjas de la sociedad alineada con la Revolución.

Sólo hay un camino para vencer la guerra económica, timoneada por Washington y aplicada por la burguesía local: acelerar al máximo en la transición al socialismo. Ocurre que no todos lo entienden así. Y no faltan quienes están francamente en contra de tal perspectiva. Esto debilitó la unidad interna y creó una relación de fuerzas en cuadros altos y medios que vino a combinarse con la existente en el plano regional y mundial, para menguar la capacidad de acción de la dirección revolucionaria socialista.

En abstracto no es desacertado decir que la situación actual tiene su base en los errores, omisiones y desviaciones del gobierno y el Partido Socialista Unido de Venezuela. Pero… ¿de dónde provienen esos errores, omisiones y desviaciones? De nada vale el gesto profesoral frente a una crisis si no se asume aquella relación de fuerzas, el trasfondo histórico mundial antes señalado y, en la base, la realidad de una economía atrasada, dependiente, profundamente deformada por el capitalismo rentista y semicolonial.

Proliferan por estos días voces denunciando que la economía desquiciada y la incertidumbre social fueron objetivos conscientes de Maduro para acabar con la Revolución. Con tal interpretación se llega incluso al extremo de llamar a un golpe de Estado para derrocarlo. Nadie en las filas de tales disidentes ha presentado el programa, la estrategia y la organización necesaria para remontar la crisis. Sólo una incalificable irresponsabilidad o la aviesa intención de provocar un retroceso mortal de la Revolución Bolivariana pueden explicar semejante conducta.

Está en juego la transición al socialismo. Y el tremendo impacto negativo que –en la hipótesis negada de una derrota– tendría sobre toda América Latina. Las disidencias sin programa, estrategia y propuesta organizativa van objetivamente en favor de una derrota profunda de la transición anticapitalista, por muy correctas que sean algunas de sus críticas.

Mantener la unidad de las amplias masas, gobierno, Partido y Fuerza Armada, es un objetivo primordial para afrontar lo que viene. El cerco internacional se ha cerrado y una franja hegemónica de las burguesías regionales se encolumna tras el Departamento de Estado en el propósito de derrocar a Maduro y acabar con el ejemplo bolivariano. Aunque la firmeza del gobierno venezolano y el amplio respaldo popular y militar con que cuenta hacen vacilar a los promotores de la violencia injerencista, no es improbable que en las próximas semanas o meses la contrarrevolución, a la cabeza de la alianza variopinta de los enemigos de Maduro, se lance a la aventura golpista.

Por el momento, recrudece la campaña de calumnias, desinformación y guerra económica en la esperanza de que las penurias de la población, prolongadas ahora por la postergación de las elecciones hasta el 20 de mayo, lleven a la población a un voto en favor de la oposición burguesa.

Sin embargo los vientos están cambiando y las coyunturales relaciones de fuerzas continentales pueden ser revertidas. El grupo de Lima ha quedado en ridículo con la renuncia de quien se autodenominó perrito faldero de Washington. En México hay chance de que pierdan los partidos tradicionales y sea elegido Andrés Manuel López Obrador, un hombre que sin estar por fuera y contra del poder establecido, asegura defender el petróleo, el fin de los crímenes de Estado y la decencia administrativa, con lo cual expresa la rebeldía sorda del ciudadano común. En Colombia, si bien lo más probable a esta altura no es un triunfo de Gustavo Petro, en representación de un amplio espectro opositor, sí parece posible que en la hipótesis hasta ahora dominante, el triunfo de Iván Duque, este representante de la ultraderecha quede arrinconado frente a una paridad de votos sobre la base de una enorme abstención, lo cual le impediría gobernar de manera estable para sus mandantes de la oligarquía tradicional colombiana. A esto se suma la debilidad extrema del presidente usurpador Michel Temer en Brasil. Luiz Inacio da Silva, del Partido dos Trabalhadores, primero a distancia para las presidenciales, según todas las encuestas, está impedido de participar como candidato. Queda ratificado: Brasil no recuperará el equilibrio por mucho tiempo. Con medio cuerpo hundido en la ciénaga económica, Mauricio Macri pasaría entonces a ser un presidente aislado. El amplio burgués-sindical que lo sostiene tal vez pueda mantenerlo en el poder e incluso permitirle ganar las presidenciales de 2019. Pero no podrá ser el alfil de la Casa Blanca para frenar a Venezuela y América Latina.

Es la hora para un salto del Alba. Consecuente con su labor de 15 años, para defender en esta difícil coyuntura al gobierno de la Revolución Bolivariana América XXI continuará bregando por un Frente Único Antimperialista continental. Ésta es una instancia organizativa imprescindible, que puede articularse ya mismo. El activo militante latinoamericano no puede estar ausente en la tarea decisiva de enfrentar la embestida contrarrevolucionaria regional.

Buenos Aires, 26 de marzo de 2018

Abril con definiciones

En uno u otro sentido, abril traerá definiciones trascendentales para el futuro de América Latina.

Tal vez al vetar la presencia de Venezuela los gobiernos de Argentina, Colombia y México completen la saludable tarea de demolición definitiva de ese esperpento anacrónico denominado “Cumbre de las Américas”. Quizá antes en Paraguay se haya firmado el acuerdo Mercosur-UE. Y poco después el Partido Colorado sea otra vez derrotado en las presidenciales el 22. Ese mismo día con certeza Nicolás Maduro ganará las elecciones en Venezuela, aunque quedará pendiente la devastadora crisis económica que, guerra imperial mediante, asuela a aquel país. Para entonces se sabrá también si Mauricio Macri quiebra la resistencia de un sector de la cúpula sindical, tan burocrático y corrupto como los demás, pero por pragmatismo puro hoy enfrentado con el gobierno. Estará a la vista también si la inmanejable crisis estructural de la economía argentina da aliento a la resistencia social y socava la gobernabilidad del heterogéneo elenco macrista, aunque lo previsible es que, sin pausa en el agravamiento del deterioro económico y la penuria social, se afirme el frente único burgués que sostiene al gobierno de Cambiemos. Ese inorgánico pero muy efectivo frente único del capital y sus sirvientes incluye a las cúpulas sindicales no alcanzadas por la errática mano del poder judicial, lo cual garantizaría a corto plazo la estabilidad del régimen presidido por Macri (ver pág. 20).

“De cumbre en cumbre, de abismo en abismo”
Fue la expresión de Hugo Chávez para describir el derrotero invertido de gobernantes y pueblos. Para ahogar de manera supuestamente definitiva a la Revolución Bolivariana Washington ordenó la creación del Grupo de Lima. En su ignominiosa conducta para calumniar la búsqueda de la transición al socialismo encaminada por Chávez, los presidentes de los países integrantes de ese grupo de la vergüenza llegaron al extremo de condenar la elección presidencial en Venezuela antes de que tenga lugar e impedir, violando toda ley y cualquier principio, la presencia de Maduro en la pseudocumbre del 13 y 14 de abril en Lima.

Maduro aseguró que asistiría de cualquier modo y fue más allá: “hablemos de Venezuela, América del Sur y América Latina. Le digo al presidente Macri: no me tenga miedo, convoque como presidente de Unasur a una cumbre y nos vemos las caras”.

Ciudadanos argentinos con sentido de la decencia y el honor sufriremos una intolerable afrenta más si quien ostenta el cargo de presidente no levanta el guante. Afrenta que, como de manera palmaria muestra la historia, será cobrada en su máximo precio cuando llegue la hora. Otros gobiernos latinoamericanos que incurran en la complicidad o el oportunismo sufrirán parejas consecuencias. Es hora de definiciones definitivas, aunque no todo ocurra en abril.

Revolución y contrarrevolución
Quienes fingen que el sistema capitalista mundial sobre el que reposa Estados Unidos está sanando sus heridas de 2008, pueden creer y hacer creer a millones que esta política de rodear y ahogar a Venezuela tiene futuro compatible con la democracia, el desarrollo y bienestar en el resto del continente. No es el caso de quienes tienen conciencia de la continuidad de la crisis, en marcha inexorable hacia la depresión. Ellos saben que las actitudes antidemocráticas, apoyadas exclusivamente en la violencia, del Grupo de Lima, no se limitarán al choque con la Revolución Bolivariana. De manera obligada se traducirán en idénticas conductas frente a los trabajadores y los pueblos de cada país. El fascismo amenaza a América Latina si no sabe enfrentar con inteligencia y coraje la coyuntura que tiene ante los ojos.

Como sea, el panorama a mediano plazo muestra a Macri como hijo putativo de la Casa Blanca enfrentando en el hemisferio a Maduro, él mismo asumido como hijo legítimo del comandante fallecido, junto a una mayoría probada de venezolanos que repite ante las amenazas: “Yo soy Chávez”.

Si estos dos polos se afirman, uno apoyado en el patético Grupo de Lima (no hay allí un solo presidente con aval popular, con relativa excepción de Macri) y el otro en el Alba, la gran batalla estratégica se librará con Caracas y Buenos Aires como polos, con el detalle de que, puesta en marcha una línea de acción hemisférica capaz de ganar la conciencia y el corazón de cientos de millones de seres humanos acosados por la demoledora crisis capitalista, en la Casa Rosada no habría sino un mínimo de apoyo, basado en la oligarquía tradicional, los advenedizos que buscan una porción del pastel y una porción de las clases medias altas dispuestas a todo para mantener la medianía de sus privilegios.

La condición está, como siempre, en la capacidad de dar una respuesta eficiente ante el colapso del sistema global, que una vez más trata de salvarse expoliando sin medida a las economías subordinadas y llevando la guerra a todas partes. Incluida América Latina. Porque si la agresión contra Venezuela culmina finalmente en una intervención militar mercenaria pagada por Estados Unidos y asistida por el Grupo de Lima, iniciaría una guerra de 100 años que no sólo arrasaría al hemisferio al Sur del Río Bravo, También impactaría en el Norte: el equilibrio social y político de Estados Unidos tambalea y el poder establecido está dividido entre quienes sostienen al funambulesco Donald Trump y quienes abogan por un pronto golpe de mano para que la demencia imperial recupere su apariencia de cordura.

19 de febrero de 2018

De ahogados y manotazos en Argentina

Una multitud acudió al llamado del sindicalista Hugo Moyano. Pero no resolvió la ausencia de liderazgo. Se mantiene así la neta hegemonía del capital sobre las masas descontentas y apáticas.

¿Hubo o no un choque frontal el 21 de febrero entre el gobierno y un sector del sindicalismo, entre Mauricio Macri y Hugo Moyano? Más allá de la pirotecnia verbal en los días previos y en el acto mismo, los hechos indican que ocurrió lo contrario: ambos lados buscaron limitar la confrontación y mantener ámbitos de conciliación para el futuro inmediato. La jornada no registró ningún incidente. Y a comenzar por el lugar del emplazamiento del palco, se hizo evidente la colaboración entre los organizadores de la protesta y los gobiernos capitalino y nacional.
Otro signo en el mismo sentido fue la brevedad del acto. Anunciado para las 15hs, comenzó 20 minutos antes. Luego de cuatro oradores, Moyano terminó su intervención a las 15.30. Media hora después, a las 16, la desconcentración era completa y no había sino pequeños grupos dispersos en la amplia Avenida 9 de Julio, en el corazón de la Capital Federal. Los discursos no sólo fueron inusualmente breves. Fueron vacíos. Ni una propuesta; sin programa; ni un proyecto para la acción; nada.

Los discursos previos al del secretario general del sindicato de Camioneros guardaron distancia de cualquier expresión que pudiera dar lugar a acusaciones de querer el derrocamiento de Macri. Debajo del palco, en el triste lugar de quienes buscan con ansia una posición destacada, participaron como observadores quienes sí tienen como desesperada estrategia la salida anticipada del gobierno.

Sólo uno de los oradores propuso dar continuidad a la movilización con nuevos actos y una huelga general. Nadie lo tomó en cuenta, siquiera para refutarlo. La beligerancia es inversamente proporcional a la capacidad para hacer realidad el desafío.

Fue una concentración multitudinaria, aunque menor a la originalmente esperada. Se hizo evidente la ausencia de los sindicatos de mayor dimensión y peso político, así como la creciente escualidez de las columnas llevadas por intendentes del conurbano. Quedó a la vista la capacidad organizativa y financiera de Hugo Moyano, a la vez que puso en evidencia su aislamiento, la fractura de la Confederación General del Trabajo, la ausencia total del peronismo institucional y el consecuente debilitamiento del proyecto de constituir un amplio frente opositor al gobierno encabezado por Moyano y con el apoyo explícito y presencial de las menguadas huestes de la ex presidente Cristina Fernández. “El triunvirato de la CGT está agotado” repitió Juan Carlos Schmid, uno de los tres miembros de ese cuerpo dirigente de la principal central sindical.

Con la fractura formal de la CGT, la insuficiente masividad del acto y el contenido de los cinco discursos plasma la relación de fuerzas por completo favorable al frente amplio burgués encarnado en el gobierno de Mauricio Macri.
En la mañana del día siguiente, 22 de febrero, Moyano dijo en una entrevista que “por supuesto estoy dispuesto a reunirme con Macri, si él lo cree necesario”. Todo dicho. En tanto, el Presidente parece dispuesto a continuar apretando el nudo en el lugar donde más duele: el reparto de dinero para las obras sociales sindicales. Es previsible que el Presidente y sus aliados en la CGT, todos respaldados por un frente amplio del capital, continúe en su labor de saneamiento del sistema. Esa determinación no oculta la amenaza cotidiana de un colapso incontrolable.

Estrategias y delirios
El agravamiento de la situación económica y un malestar en constante ascenso ha dado lugar a la suposición de que el gobierno de Mauricio Macri puede ser derrocado. La suba en los precios de servicios básicos agobia a todos, en primer lugar a los trabajadores con menores ingresos, pero también a las clases medias bajas, cuyos gastos suben sin proporción con el aumento de sus ingresos. Hasta ahora el Gobierno ha atendido en especial a la extensión y aumento de subsidios, conteniendo así la reacción de los 13 millones de pobres. La persistente inflación (1,8% en enero, calculada en 3% para febrero e incluso más para marzo), diluye la expectativa hasta ahora dominante de que las cosas mejorarían. Aquel clima hizo que Macri y su coalición Cambiemos ganara rotundamente las elecciones legislativas de octubre pasado. Desde entonces, la popularidad del Gobierno y el primer mandatario han caído sin pausa, acentuada por una catarata de probadas denuncias de corrupción en el círculo más íntimo del Presidente. Todo indica que esa dinámica seguirá en los próximos meses.

Los sectores que desde el comienzo mismo del gobierno Macri manifestaban con maquetas de un helicóptero (símbolo de la renuncia y fuga del ex presidente Fernando de la Rúa en 2001) se volcaron con fruición a la movilización convocada por Moyano, también él acorralado por una serie de acusaciones judiciales que pueden llevarlo a la cárcel a él y su familia. Esa comunidad de intereses inmediatos produjo un giró en redondo en las últimas semanas y replanteó la posibilidad de una alianza con Cristina Fernández, rota en 2011.

En ese cuadro previo salió a la lid un nombre imprevisto para anunciar que Macri renunciará: el ex juez Eugenio Zaffaroni. El jurista llegó a advertir que eso podría ocurrir mediante “un accidente violento”, si no se concretaba por las buenas.

En un pequeño cenáculo se había barajado la idea de que el ex juez pudiera encabezar un “gobierno de transición”. Semejante idea está despegada de manera alarmante de la realidad. Macri cuenta todavía con considerable consenso social (40% de aceptación según las encuestas). También y sobre todo tiene el respaldo de un frente amplio de la burguesía Zaffaroni fue juez de las tres últimas dictaduras: Onganía, Lanusse, Videla. Para la última escribió un código que, no obstante su origen, le hizo ganar prestigio intelectual en el ámbito de los juristas del sistema. Actualmente miembro de la Cidh, instrumento de manipulación y propaganda conducido por Washington.

Tiempo atrás un escándalo develó que Zaffaroni es propietario de siete inmuebles donde funcionaban prostíbulos en la Capital Federal. A la sazón, integraba la Suprema Corte. Estos establecimientos, prohibidos por la ley, van invariablemente acompañados por la trata de personas y la distribución de drogas. En su momento se alegó que no los administraba personalmente. En sordina, vaya a saber por qué prejuicio, quedó claro que estaban a cargo de su pareja. El artilugio bastó para que la basura fuera barrida bajo la alfombra. Cuando a propósito de sus recientes declaraciones un periodista le preguntó si renunciaría a su cargo en la Cidh el ex juez respondió: “¿Por qué? ¿Estamos en Venezuela?”. Elocuente, como su jefa política cuando afirmó que en Venezuela “no existe Estado de Derecho””.

Probablemente por primera vez en su vida Zaffaroni participó el 21 en una manifestación sindical. Marchó con aires de líder junto al hijo del ex presidente Néstor Kirchner. Como sea, quienes pergeñaron el disparatado manotazo a fin de recuperar posiciones y eludir la cárcel, no sólo malinterpretan la coyuntura. Sobre todo desconocen la lógica del devenir argentino.

Los escándalos de corrupción develados en las últimas semanas en el gabinete ministerial del Presidente, más todos los que se mantienen ocultos con complicidad de tirios y troyanos, muestran la dificultad del sistema para afirmar un elenco capaz de pensar, planificar y realizar la recomposición de la economía, la institucionalidad y la cultura de un pujante país capitalista, con el que sueña la burguesía e inconscientemente anhelan las clases medias e incluso franjas importantes de la clase trabajadora.

Pero dejando de lado incluso la rémora familiar del Presidente, se descubre que su ministro de Trabajo, Jorge Triaca, tenía una empleada doméstica contratada por fuera de las reglas laborales, una cantidad de familiares ubicados como funcionarios con desproporcionados ingresos e incluso la utilización de una intervención oficial en un sindicato para contratar amistades y hacer negocios. Triaca es hijo de un ex dirigente sindical “colaboracionista” y nexo fundamental para las negociaciones con la CGT (y con el propio Moyano), razón por la cual Macri, en período de paritarias, no pudo exigirle la renuncia.

Otro tanto pasa con Luis Caputo, ministro de Finanzas, cuyas conexiones con fondos de inversión instalados en las Islas Caimán reaparecieron a propósito del descubrimiento, el mes pasado, de que el subsecretario general de la presidencia, Valentín Díaz Guilligan tiene una cuenta no declarada por 1.2 millones de dólares, resultado de sus operaciones como vendedor de jugadores de fútbol. Díaz fue obligado a renunciar, pero queda el cabo suelto de otra persona muy allegada al primer mandatario también dedicada a ese producivo género de inversiones: el titular de la Agencia Federal de Inteligencia, Gustavo Arribas. Otro botón de muestra es el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, quien se vio obligado a admitir que la casi totalidad de su cuantiosa fortuna está en el exterior, mientras él recorre países empeñado, según afirma, en “conseguir inversiones”.

En suma: el 21F no cuajó un núcleo capaz de reunir a la oposición tras banderas peronistas. En paralelo, Cambiemos da manotazos con parecida desesperación a la de su contraparte.
22 de febrero de 2018

Qué revela la visita de Tillerson a sus súbditos

Entre el 1 y el 7 de febrero Rex Tillerson, secretario de Estado (canciller) de Donald Trump visitará ciudad México, Buenos Aires, Lima, Bogotá y Kingston con el explícito propósito de boicotear y desconocer las elecciones presidenciales de Venezuela, previstas para antes del 30 de abril.

No es la primera vez que la Casa Blanca intenta una operación de pinzas para aplastar la Revolución Bolivariana. Pero jamás había llegado a este punto. Compromete en sus planes golpistas a su máxima figura diplomática y además expone ante el mundo a los mandatarios de Argentina, México, Colombia, Perú y Jamaica, involucrados en una desembozada operación intervencionista.

Esto revela un doble cambio en las relaciones de fuerza: Washington puede contar con gobiernos imposibles de ser sumados a semejante causa hasta no hace mucho; a su vez reconoce que la sucesión de fracasos, desde hace 18 años, para derrocar a Hugo Chávez primero y Nicolás Maduro después, obliga al imperio a pedir ayuda a sus súbditos. Y aquí reside el dato principal: todos ellos pueden contribuir a la tarea sucia, pero ninguno tiene los pies firmes sobre la tierra.

El caso argentino es translúcido. Mauricio Macri puede alegar, con razón, que ha ganado de manera rotunda las elecciones legislativas de octubre último. No puede ocultar sin embargo la encrucijada económica que lo pone entre la espada y la pared: o toma las medidas necesarias para sanear la economía en función de las necesidades del capital o continúa sosteniendo los desajustes estructurales de la economía argentina capitalista. Si hace lo primero, desata una dinámica social que en plazos relativamente breves aniquilará todos sus éxitos desde 2015. Si opta por posponer esas decisiones la economía se le escapa de control y, tras ella, se desploma el proyecto político del frente único burgués que lo sostiene. La intervención en Venezuela obraría como un revulsivo adicional de enorme potencia en este dilema.

Corolario simple: las urgencias de Washington van en dirección exactamente inversa a las necesidades inmediatas de las burguesías dispuestas hoy a acompañar la aventura.

Hay otra conclusión: no es sorprendente que imperialismo y socios menores actúen aunados contra una Revolución. Es remarcable, en cambio, que desde el Bravo a la Patagonia no se haya desatado ya un movimiento de rechazo masivo a la gira de Tillerson. Es una tarea que no admite postergaciones.

31 de enero 2018

@BilbaoL

Rasgos de una fase aún indefinida en América Latina

Confusión. Ése es el factor dominante en la América Latina ahora en ciernes, tras la etapa de convergencia liderada por Hugo Chávez, reemplazada por un inestable juego de fuerzas centrífugas sin control.
Hay confusión en las clases dirigentes, en las élites gobernantes, en las otrora llamadas vanguardias y, sobre todo, en la masa explotada y oprimida desde el Río Bravo a la Patagonia. Confusión ideológica, ausencia o vertiginosa disolución de puntos de referencia históricos, de liderazgos reconocidos, de conceptos elementales para la vida social.
Aunque de manera relativa, desigual, esta descripción es válida incluso para los países del Alba. Hay objetivos, planes y conceptos sólidos en Venezuela, Cuba, Nicaragua, Bolivia. Por ejemplo, en la Revolución Bolivariana y los cuadros principales del Psuv. Pero la confusión hace mella en franjas dirigentes y sectores significativos de la sociedad, que en buena lógica deberían estar abroquelados en torno al gobierno empeñado en la transición al socialismo.
Esto redunda en otro rasgo contradictorio y paradojal: la debilidad de los fuertes. Una clase poderosa y con enorme acervo histórico como el proletariado argentino se muestra paralizada y lábil, a merced de gobiernos demagógicos y aparatos mafiosos que controlan la mayoría de sus organizaciones sindicales, tradicionalmente poderosas y hoy prácticamente vaciadas. A su vez, el gran capital dominante en Argentina –local e internacional– se revela endeble, vacilante, incapaz de acometer el rumbo de franca contrarrevolución social que proclama y necesita pero no logra emprender.
Brasil es el caso sobresaliente: las propias élites conservadoras, al gobierno de la economía más poderosa de la región, esperaron el 24 de enero con impotente perplejidad: según la decisión de tres jueces que debían declarar a Lula culpable o inocente, y en función de la proporción en que se expidieran, comprobar que el ex presidente quedara inhabilitado para impedirle volver al poder. Tras el dictamen, siguen sin certezas para el futuro inmediato. El PT, no hace tanto el partido más poderoso e ideológicamente definido de Occidente, se mostró incapaz de movilizarse por millones para salvar a su candidato presidencial y esperó el fallo de tres individuos inmersos en la corrupción política y judicial para definir cómo reaccionar. Esta edición deja a las claras la situación insostenible de México, Colombia, Perú, Chile y Paraguay.
De esto deviene otro factor predominante: inmovilidad, pese a movimientos por momentos convulsivos. Como un colibrí, que agita sus alas a velocidad invisible para mantenerse fijo en un punto, clases y sectores sociales aliados o contrapuestos permanecen paralizados, incapaces de afirmar un proyecto y enrumbarse tras él. Aquí sí cabe hacer una excepción para los miembros del Alba, quienes tienen sin duda estrategia, plan de acción y respaldo social. No obstante, muestran debilidades –ideológicas, programáticas, organizativas– que por momentos los hacen trastabillar.
Dicho de otro modo: Revolución y contrarrevolución, burguesías y proletariados, parecieran haber ingresado en un paréntesis de la historia; una fase de expectación y duda que carga de electricidad la atmósfera política regional.

 La causa
Este cuadro deriva de una dualidad de la realidad mundial, potencialmente devastadora: crisis sistémica en magnitudes jamás sufridas por el sistema e inexistencia de un programa de acción anticapitalista capaz de encarnar en las masas.
Parte de la imposibilidad para dar esa respuesta reside en la ensoñación de resolver la crisis mundial con medidas reformistas apoyadas en el quimérico “capital nacional”, o en respaldar desde posiciones revolucionarias a quienes esgrimen tales nociones. A su vez esto deriva de la licuefacción ideológica que siguió al derrumbe de la Unión Soviética y dio sobrevida artificial a diferentes formas de la llamada “tercera posición”.
Historia y buena teoría indican que situaciones incomparablemente menos graves plantearon de manera excluyente la alternativa “socialismo o barbarie”. Escalada de gastos militares y multiplicación de guerras con alta probabilidad de derivación en confrontación nuclear indican de qué se trata la barbarie en nuestro tiempo.
Aunque con diferentes formas y ritmos en toda América Latina se muestran fuerzas apuntadas hacia la afirmación de formas clásicas del fascismo. Es la única estrategia consistente de Washington.
A su vez, es esta región la que continúa atesorando la posibilidad de enfrentar y vencer la deriva con que el capital amenaza a la vida humana. El punto de partida está en el bloque del Alba y la posibilidad de abroquelar millones de víctimas de todo el hemisferio.
Es la hora obligada para que el concepto “vanguardia revolucionaria” recupere toda su significación y lo proyecte al mundo. Bajo la superficie hay yacimientos inconmensurables de rebeldía y coraje para hacerlo realidad.

20 de enero de 2018
@BilbaoL

Argentina: Significado del 18D

Respaldado por la victoria electoral en las legislativas del 22 de octubre, el gobierno de Cambiemos avanza en la línea denominada “reforma permanente”. Nombre ampuloso para el intento de última instancia por sanear un sistema desquiciado, insostenible e inviable en las actuales condiciones. Con el talento que los distingue, comenzaron la tarea por los jubilados, lo que contribuyó al rechazo generalizado de amplios sectores sociales y la masividad de la marcha al Congreso.

Enfrente, los restos desperdigados y sin mando del régimen anterior están aunados en un único punto: acosar al gobierno hasta lograr su caída, opción para frenar juicios y condenas por enriquecimiento ilícito. Cristina Fernández y quienes la acompañaron en los desmanes de su gobierno no encuentran otra vía de salvación que la desestabilización y derrocamiento de Macri. En efecto, no tienen otra.

Advenedizos protoburgueses contra el gran capital tradicional. Bloque amplio aunque desgajado del peronismo contra Cambiemos, expresión del frente amplio burgués. Ése es el eje en torno al cual se ordena hoy la política en Argentina. Lucha intercapitalista con ausencia de la clase obrera.

Todo el espectro de izquierdas se colocó al servicio de la táctica de la protoburguesía y, durante los días jueves 14 y lunes 18 de diciembre, juntos arrebataron la iniciativa política al gobierno. Desnortados, oportunistas y reformistas, actuaron como fuerza de choque para la fracción más débil del capital. Según su naturaleza, el gobierno respondió el 14 con violencia cruda, inepta además. El Congreso se vio obligado a suspender la sesión. Pasó al lunes, previa reunión de la casi totalidad de los gobernadores con el ministro de Interior, en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso Nacional. Frente amplio burgués en acción.

Los efectos se verían el lunes 18: cambio de táctica represiva, espacio deliberado para una ofensiva dictada por el bloque de diputados de Unidad Ciudadana. Lo acompañaron hilachas del sindicalismo, contingentes arrastrados por intendentes municipales y algunos de los llamados “movimientos sociales”. A la vanguardia, organizaciones de izquierda. Movilización masiva y batalla de calle sin precedentes. Pero también sin dirección, sin cohesión ni representatividad social de ningún tipo. Militancia sin conducción consciente, jóvenes de diferente condición pero con mayoría de marginalizados, aparatos mafiosos del sindicalismo y la baja política burguesa en los barrios paupérrimos del Gran Buenos Aires. “Polvo social”, diría algún clásico del marxismo.

A las 7hs del martes 19, tras 17 horas de sesión, la Cámara de Diputados aprobó sin modificaciones la ley antes votada por el Senado.

Con la sanción de esa reforma al sistema de indexación de las jubilaciones y mediante una conferencia de prensa realizada 5 horas después, el presidente Mauricio Macri puso en marcha el intento por recuperar la iniciativa política perdida. No está definido todavía el resultado de ese propósito.

Enfrente, el jefe de la bancada de la novísima Unidad Ciudadana, apuesta a un crescendo de caceroleos y movilizaciones de aquí hasta el 31 de diciembre. La consigna es “¡¡Fuera Macri!!”. Como ministro de Defensa del gobierno anterior Agustín Rossi es el responsable de la designación del asesino general César Milani, durante su ministerio hubo un robo de armas en la fábrica de armas Domingo Matheu, jamás esclarecido. Fue responsable también de la reparación de medio tiempo del ARA San Juan. Los trabajos en el submarino encubrieron un negociado más, por el cual el costo final superó al inicial en 18 millones de dólares. Ahora el submarino yace en el fondo del mar, con los restos de 44 marinos.

Como sea, el hecho es que este mismo Sr Rossi, acompañado por los intendentes de Avellaneda, La Matanza, Ituzaingó, Merlo y Tigre (sí, el municipio del derrotado Sergio Massa), más un aparato de la Unión Obrera Metalúrgica de Quilmes convenientemente engrosados por barras bravas y columnas de Suteba y ATE, con el neoreformismo ultraizquierdista a la vanguardia, pretendieron romper la línea policial y ocupar el Congreso. No tenían chance, pero el heterogéneo conjunto lanzado al ataque pareció creer que era posible. Notable capacidad de un ex ministro de Defensa.

Desde luego, si el Parlamento hubiera sido tomado por los manifestantes, hubiese habido muertes y el gobierno de Macri habría quedado al borde del abismo.

Ocurrió lo contrario. El propósito acabó en doble derrota política para los atacantes: Macri obtuvo su ley. El conjunto de la población vio a un cuerpo policial inicialmente desarmado, en actitud pasiva por casi cuatro horas durante las cuales columnas de izquierdas a la vanguardia de otras encabezadas por intendentes peronistas los atacaron con una lluvia de piedras y armas caseras. Dicho de otro modo: el gobierno legitimó la necesidad de represión y sus instrumentos.

Para mayor eficacia en beneficio del gobierno, un grupo de jóvenes (¿estudiantes?) no se contentó con atacar a policías que no se defendían. Golpearon a periodistas por trabajar en medios de la burguesía que no les gustan (hay otros que sí les agradan, como los del empresario del juego Cristóbal López, casualmente detenido tras la jornada del 18). Actuando en patota y por la espalda, se comportaron como gente cobarde y sin principios. Por poco matan a Julio Bazán, periodista del grupo Clarín y hombre conocido por haber dado espacio al sindicalismo combativo desde la recuperación de la institucionalidad, sobre todo cuando se libró una batalla nacional contra el pago de la deuda externa.

Vale recordar a quienes el 19 y 20 de diciembre de 2001 creyeron que la Casa Rosada estaba para ser tomada. Sólo habría faltado audacia… Muchos de quienes interpretaron así aquellos acontecimientos se sumarían más tarde a lo que llamaron “kirchnerismo”. Poco después, por fuerza mayor cambiaron de jefe, pero sin explicación alguna cambiaron también de nombre: pasaron a ser “cristinistas”. Cuando la farsa quedó a la vista y la frustrada dinastía cayó vencida ante los votos de Macri, optaron por el sálvese quien pueda. Ahora buscan voltear a Macri, impedir la andanada de juicios a la cúpula en desgracia (ya hay 22 jerarcas kirchneristas presos) y retornar al poder. Apremiado por darle dirección a esta línea de intervención, un brillante estratega ya lanzó la fórmula para eventuales elecciones adelantadas: Cristina Fernández-Axel Kicilloff. La alta burguesía sonríe.

En pocas semanas más la ex presidente deberá ir a Tribunales acusada por latrocinios varios, todos probados y, más importante aún, reconocidos como tales por la mayoría de la población. De paso, la acusan también por “traición a la Patria”. No por haber saqueado y malversado las fabulosas riquezas obtenidas en una década de ingresos extraordinarios por altos precios en las materias primas, ni tampoco por haber dejado más de un 30% de pobres y 10% de indigentes. La causa es la firma de un acuerdo con Irán.

Frente a apabullados y maltrechos uniformados el heterogéneo conjunto políticamente conducido por Rossi creyó posible asaltar el Congreso. Ganada por la irracionalidad su conducción, cientos de personas cometieron tropelías de todo tipo mientras una espontánea cadena de radio y televisión los exponía ante millones. La alucinación duró hasta que la decisión oficial, luego de bien mostrada al país la conducta de quienes se oponían a la sesión del Congreso, ordenaron el contraataque. En cuestión de minutos los hicieron retroceder. Peor aún: consiguieron que la multitudinaria manifestación que llenaba la Avenida de Mayo hasta la Avenida 9 de Julio se retirara a paso vivo, dejándolos solos y en deslucido papel.

La literatura clásica marxista llama putschismo a esta desviación infantil, término olvidado pero seguramente imprescindible de aquí en más en la dura confrontación ideológica que necesariamente tendrá lugar.

 

CGT en colapso

Como para subrayar la ausencia del movimiento obrero en esta coyuntura, la Confederación General de Trabajadores mostró su descomposición sin límites e hizo el ridículo ante propios y extraños. Anunció antes de estas dos jornadas turbulentas que si se aprobaba la ley, llamaría a un paro (!!). Luego, el domingo 17 anunció que al día siguiente se reuniría para tomar una decisión. A las 10 de la mañana del lunes 18 llamaron a la huelga que debía comenzar dos horas después. Poco a poco gremios fundamentales desacataron el llamado. El resultado fue que a nivel nacional sólo paró una mínima fracción de trabajadores.

De modo que durante la refriega del 18 y la sesión del Congreso, el movimiento obrero no estaba en huelga, no estaba en la Plaza y mucho menos en el Congreso.

La torpeza e impotencia de la cúpula cegetista expresa la muerte de un sistema encabezado por sindicalistas empresarios, quienes desde sus cargos fraudulentos integran el frente amplio burgués. Esa muerte deja al proletariado circunstancialmente desorganizado y paralizado. Sin posibilidad de subir al escenario político. Hasta hoy, nada reemplaza a las cúpulas repudiadas por las bases. Por eso pudo tener lugar el delirio de derrocar a Macri en favor del gobierno anterior y, para colmo, con polvo social.

Desde luego el gobierno del gran capital aprovechará esta ausencia política del proletariado para avanzar contra él en el terreno económico. Incluso la utilizará para sacarse de encima a algunos de los jerarcas sindicales que, por su extrema e incontrolable corrupción y conexión con bandas mafiosas, impiden el intento de saneamiento capitalista. Estos repetirán la táctica de los restos kirchneristas e intentarán aliarse con las izquierdas para enfrentar al cuco. A la mano están quienes ante cada paso de las clases dominantes exigen (es un decir) a la CGT que decrete, cual poder ejecutivo no electo por nadie, una huelga general.

Está claro que no se saldrá de esta trampa sin una radical recomposición del movimiento obrero, inseparable de la recomposición de las fuerzas marxistas. No hay postergación posible para iniciar esas tareas paralelas e interdependientes.

 

Desafío al activo revolucionario

La militancia afronta exigencias insoslayables. Primero, debe definir una estrategia y elaborar un programa de acción en función de ella. Ponerse al servicio de ladrones y mafiosos no puede ser una táctica para quien lucha por la revolución social. O sea la táctica de quienes lanzaron a aguerridos militantes como vanguardia de la operación peronista.

Es preciso una línea de nítida separación entre quienes se proponen transitar del capitalismo al socialismo y aquellos que, no por acaso, eligen como enemigo a batir al denominado neoliberalismo, subterfugio útil sólo para eludir la definición de lucha contra el sistema vigente. La consigna apropiada para aunar grandes masas en América Latina es “Socialismo del siglo XXI”.

Hoy buena parte del activo está dominado por quienes no quieren que el gobierno aplique las medidas imprescindibles para sanear y poner en marcha un sistema capitalista desquiciado, pero a la vez se niegan a una estrategia socialista como eje ordenador de programa y plan de acción. En esa simple y evidente contradicción están presos quienes desde el peronismo y el reformismo multicolor vociferan contra el actual gobierno. Sólo con estrategia, programa y organización anticapitalistas será posible vencer a Macri.

Quienes llevaron a la militancia a la derrota múltiple del 18 D no saldrán de la ciénaga mientras no resuelvan ese absurdo. Si no lo hacen –y en su mayoría no lo harán- serán derrotados por los agentes del gran capital, en la continuidad de un proceso que ya ha comenzado.

En consecuencia, el programa de acción debe establecer como objetivo la abolición del capitalismo. A partir de ello, es obligada la definición respecto de las formas de lucha y las vías para acceder al poder y cumplir ese objetivo. Antes de delinear por la positiva esas vías, es obligatorio afirmar por la negativa: no estamos de acuerdo con el parlamentarismo, lo cual no implica negarse a alguna forma de participación parlamentaria, en dependencia de la situación. No estamos de acuerdo con el sindicalismo economicista, que supone competir con las burocracias pidiendo salarios más altos que ellos y “exigiéndoles” (¡ay!) una huelga general en cualquier circunstancia. No estamos de acuerdo con el putschismo o cualquier otra forma de vanguardismo.

En primera instancia, el 18D no fueron derrotados los trabajadores y el pueblo argentino sino la protoburguesía y las izquierdas putschistas, que nada tienen que ver con el movimiento obrero. Pero la situación de vacío no puede prolongarse. Tal como hoy están las cosas, cae sobre el activo consciente la responsabilidad de hallar el camino para recomponer una organización revolucionaria marxista y a la vez construir una instancia de unidad social y política de las grandes masas. De lo contrario la burguesía y sus agentes arrastrarían en su caída al conjunto de los trabajadores y el pueblo. Hundirían más todavía a la nación en su totalidad y contribuirían con oxígeno para el agónico imperialismo.

Nuestro combate no es contra Mauricio Macri. El capitalismo actual no puede producir un elenco gobernante cualitativamente superior. Quien lo dude observe la catadura moral, intelectual y política de presidentes y ministros desde 1989. Es dudoso que alguien nos aventaje en la denuncia pública de las simpatías fascistas de Macri, de su sociedad con José Aznar y Álvaro Uribe. Lo difundimos años antes de su victoria electoral. A la vez, apenas derrotó al peronismo en la elección presidencial dijimos que su gobierno no estaría determinado por las definiciones ideológicas del presidente. Para abundar, dijimos que así como Juan Perón, cuyas simpatías fascistas es por todos conocida, no condujo un gobierno fascista. Lo mismo valía para Macri. Pero aquella izquierda que enfrentó en 1945 a Perón acusándolo de fascista, entonces encuadrada en el denominado Partido Comunista -ahora fragmentado en varias siglas- desde hace diez años apoya al peronismo, enajenando definitivamente cualquier perspectiva anticapitalista. Quienes gritan “sos la dictadura” mienten con insoportable cinismo o son ignorantes hasta límites imposibles. En ese conjunto variopinto predominan quienes pretenden preservar los privilegios que tuvieron durante la cleptocracia kirchnerista y arrastran a una minoría, sobre todo de jóvenes, que sin alternativa revolucionaria canalizan su rebeldía ante la injusticia burguesa bajo la dirección de sátrapas con cargo sindical o burócratas de aparatos políticos corruptos hasta la médula.

Esta es una dictadura constitucional de las clases dominantes, no un gobierno fascista. Puede derivar en eso o, más bien, dar lugar a otro elenco que imponga una dictadura por fuera de las leyes de una república burguesa. ¿Seremos parte de un alzamiento para derrocar a Macri y poner en su lugar a Fernández, Scioli o Massa? No; resueltamente no.

He aquí entonces otra definición de principios axiales para recomponer las fuerzas revolucionarias, las filas de la clase obrera y el movimiento estudiantil: el subjetivismo no puede ser el método para analizar un momento histórico. Hablamos de clases, de la existencia o no de conciencia en masas y vanguardias, de existencia o no de organizaciones aptas para la lucha.

De allí viene un dato primordial para delinear un programa de acción: a la par de las reivindicaciones económicas y sociales básicas, una política revolucionaria debe tener como objetivo educar a la clase obrera y sus vanguardias naturales, lo cual supone como condición tener dirigentes formados en la teoría científica de la lucha de clases. Estudiar es una exigencia, ser cultos y conocer la realidad mundial es una exigencia para quien se pretenda dirigente.

Ambos objetivos se lograrán en la acción, desde luego. Justamente por eso una vanguardia consciente y con objetivos claros debe rechazar sin contemplaciones toda forma de vanguardismo y subordinación a fracciones burguesas. No hay atajos para esa tarea histórica.

 

Qué hacer frente a los juicios

Mientras Macri como cabeza del frente amplio burgués se afirma y avanza en la fusión de Cambiemos con fracciones peronistas, tras el objetivo de recomponer completamente el cuadro partidario de la burguesía, ciertas fracciones de izquierda ensayan “quedarse con las bases del cristinismo”. Para eso tratan de adosarse a ellas en tácticas dictadas por la conducción contrarrevolucionaria de ese sector burgués. Han llegado incluso a hacer campaña y votar por contrarrevolucionarios como Daniel Scioli y otro sinnúmero de burócratas incapaces y acomodaticios. La conducta del 18 de diciembre no es sino una prolongación de esas pseudotácticas, que no son más que la abdicación de una política independiente para las masas.

Combinada con esa renuncia aparecen engañosas formas de combativismo, para aunar como es de rigor oportunismo y ultraizquierdismo. Implorar votos durante la campaña electoral diciéndoles a trabajadores y jóvenes “ponga izquierda en el Congreso” (¡¡Inimaginable una consigna más vacía!!) y luego, pocas semanas después de la elección y sin una mínima explicación a la población, apelar a cualquier recurso para impedir el debate de una ley, es una incongruencia propia de párvulos encaprichados, ganados por la ambición individual. ¡¡Están muy por detrás de Alfredo Palacios!!

Esto lo hicieron, además, codo a codo con Unidad Ciudadana, coalición sacada de la galera para las últimas elecciones por tránsfugas y corruptos que, valga repetirlo, sólo pretenden salvarse de un juicio por saqueos y desmanes.

Nadie podría imaginar que la ofensiva oficial está dictada por un afán de justicia. De hecho, en las propias filas oficiales hay personajes inequívocamente involucrados en hechos de corrupción, para colmo asociados al gobierno anterior. El propio Presidente no es ajeno a estas denuncias y, en todo caso, cualquiera sabe que su inmensa fortuna familiar proviene de negocios sucios de su padre con sucesivos gobiernos. Por otro lado, personajes como el titular del organismo de inteligencia es un… ¡¡vendedor de jugadores de fútbol!! negocio reconocidamente ligado al lavado de dinero y cosas peores. El “operador judicial” del Presidente, personaje siniestro para una función en sí misma corrupta, es propietario de casinos y presidente del club de fútbol Boca Juniors (el mismo que antes presidió Macri), dos ámbitos de corrupción, violencia y degradación en todos los órdenes.

De modo que no se trata de creer en el afán justiciero del gobierno. Se trata de comprender que lleva adelante una repetición adecuada a los tiempos del juicio a los militares que recompuso el sistema burgués a partir de 1983 y obturó –también con la ayuda de las izquierdas- una salida revolucionaria a la crisis de entonces. “La Conadep de la corrupción, la llamaron.

¿Comprender el propósito estratégico de la burguesía en 1983 debiera haber llevado a oponerse al juicio y castigo a torturadores y asesinos? Muy pocos lo intentaron en una primera fase, para luego plegarse a la justa demanda de condena. Hoy ocurre algo análogo: al igual que el conjunto de la población asqueada por el enriquecimiento ilícito de la familia Kirchner y sus amigos, la militancia revolucionaria debe estar en la primera línea de combate contra los ladrones, sin excluir, repitámoslo, a sus socios del actual gobierno.

Cuando en los próximos meses a Cristina Fernández le caiga el sayo por su fabuloso enriquecimiento mientras fue primera dama y luego presidente, las izquierdas deberán oponerse a cualquier intento de defenderla. No decimos esto ahora, cuando pierde elecciones y está en la picota. Lo sostuvimos durante su primero y segundo mandato, pública y abiertamente, denunciando su corrupción a la par de su ignorancia y ajenidad frente a las necesidades de la nación.

 

Nueva coyuntura y política latinoamericana

Hay alarma en el gran capital local por el curso del gobierno Macri. Se oyen voces cuestionadoras, pero ya es tarde: otra vez tienen el pie en el lazo. Como en 2003, aunque de manera diferente, con otros protagonistas, en un cuadro de mayor gravedad y con vallas de contención incomparablemente más débiles.

Ésa es una razón más para la tendencia a la autonomización (bonapartismo) del Presidente. Tanto respecto de las corrientes que forman su coalición, como de las instancias patronales de mayor envergadura. Esa será para el gobierno la principal batalla si logra acorralar y desmantelar el tinglado kirchnerista.

Como queda dicho, está por verse si el oficialismo logra recuperar la iniciativa. Es probable que, aunque sin autocrítica pública, el neoreformismo ultraizquierdista se desprenda de la banda de Rossi. Ha sido demasiado evidente su sujeción a una fracción burguesa. Eso redundaría en mayor debilitamiento de Cristina Fernández y su proyecto de autosalvación o, lo que es lo mismo, menos obstáculos en ese terreno para Macri.

Sin embargo, el verdadero obstáculo es la necesidad imperativa de acelerar en el saneamiento económico, que por donde sea sólo tiene como destino el aumento de la explotación y el empeoramiento de las condiciones de vida de las mayorías.

No nos ocuparemos aquí de la situación económica. Baste decir que aunque sea lo menos probable no está excluido un crack y, en cualquier caso, la combinación de endeudamiento y apreciación artificial del Peso, que ha dado lugar a un fabuloso juego financiero en beneficio del capital improductivo, sumados a tremendos déficits fiscal, comercial y de la balanza de pagos, lleva a un desenlace necesariamente traumático. Para esa instancia debe prepararse la militancia consciente.

En otro orden, la verdadera naturaleza del gobierno Macri sólo es transparente en su política exterior en general y latinoamericana en particular. La demonización de la Revolución Bolivariana ha sido un eje principal. Es probable –aunque hay disputas al interior- que antes de fin de año el gobierno anuncie su salida de Unasur. La victoria de Sebastián Piñera en Chile fortalece un bloque contrarrevolucionario paralizado por diferentes razones, entre ellas el tirabuzón que deglute al presidente de Perú.

Como hemos repetido, Macri busca ser la contrafigura de Nicolás Maduro en América Latina. Esta condición tiene un efecto particular que es preciso analizar. Es perfectamente lógico que frente a la arremetida imperialista contra Venezuela el gobierno de Nicolás Maduro busque aliados en la región forzando al límite la caracterización de quienes pueden serlo. La estrategia de Frente Único Antimperialista es imprescindible e inamovible para una verdadera estrategia latinoamericana.

Para esto el compañero Maduro, Presidente obrero y socialista, debería contar con un instrumento regional que permita primero realizar análisis correctos de cada coyuntura y luego articular una acción conjunta desde el Río Bravo a la Patagonia.

En su campaña electoral, Cristina Fernández no trepidó en calificar de “ruptura del estado de Derecho” la situación en Venezuela y decir que, por ejemplo, frente a la Procuradora General en uno y otro país, Macri tenía la misma conducta que Maduro. Se puede entender –y admirar- la templanza del presidente venezolano que en aquella oportunidad apenas dijo, sin nombrarla, que Venezuela no deja jamás al margen a sus aliados. Y tras explicar que ésa no es buena manera de ganar votos, le deseó una victoria electoral. Ahora, el compañero Maduro se solidarizó con Fernández y atacó a Macri con informaciones que consideramos erradas.

La jornada del 18D, como se ha dicho más arriba, tuvo como vanguardia a agrupamientos neoreformistas de ultraizquierda que denuncian a Maduro como “dictador” y a su gobierno como un régimen contrarrevolucionario. Hicieron lo mismo antes con Hugo Chávez. Eso es coherente con su necesidad de insertarse en el parlamentarismo nacional, aunque luego no actúen con la misma coherencia cuando intentan engrosar sus filas con la diáspora kirchnerista.

La palabra de Maduro, la conducta de los medios de comunicación revolucionarios de Venezuela, tienen un inmenso valor para la militancia en Argentina. Es el caso de encomendarle a la dirección del Partido Socialista Unido de Venezuela que haga lo necesario a fin de que el presidente Maduro tenga a través del Psuv toda la información correspondiente, veraz y oportuna, para referirse a la coyuntura en Argentina. Un fortalecimiento de Macri como resultado de la escualidez del kirchnerismo y la irracionalidad del neoreformismo ultraizquierdista sería muy costoso para la Revolución Bolivariana.

Haremos todos los esfuerzos, en todos los terrenos, para que eso no ocurra.

Argentina, 20 de diciembre de 2017

Texto publicado en Eslabón Nº 148, diciembre de 2017

@BilbaoL

 

 

Hegemonía burguesa, pasividad social, acechanza económica

Publicado en América XXI, edición 150/151, diciembre de 2017

Reforma política y crisis económica. Hora de la verdad para todos: gobierno, oposición burguesa, cúpulas sindicales, neoreformismo súperizquierdista, movimiento obrero y fuerzas antisistema. 

Inmediatamente después de la victoria electoral del 22 de octubre el presidente Mauricio Macri puso en marcha aspectos claves del plan estratégico para sanear el descompuesto sistema capitalista en Argentina. Tal como expuso ante gobernadores, jueces y altas personalidades, el programa de acción tiene tres ejes: reforma fiscal, generación de empleos (figura retórica para significar flexibilización laboral), calidad institucional. Lo escuchaban, como en misa, 20 de los 23 gobernadores (los tres ausentes enviaron a dos vices y un ministro de Economía).
No demoraría el mazazo siguiente: con vapuleados ejecutivos provinciales acordó un pacto fiscal y con la cúpula de la CGT (Confederación General del Trabajo) firmó la reforma laboral. Con todos acordó el zarpazo más sensible: la reforma previsional, presentada como beneficiosa medida para los jubilados. Sin rubor, el Gobierno admite que a costa de los pensionados ahorrará 100 millones de pesos anuales.
Habrá gritos de protesta para la galería y declaraciones de guerra sin consecuencias. Todo indica que el Congreso aprobará sin mayores dificultades los dos primeros pasos de la escalada y, presumiblemente, negociará el tercero. El frente amplio burgués se afirma moldeado por dos fuerzas incontestables: derrota electoral del peronismo y amenaza económica.
“Si no arreglamos el déficit y las cuentas públicas, va a volar todo por el aire en algún momento” dijo Macri a sus contertulios en Nueva York en la segunda semana de noviembre. Lo acompañaban entre muchos otros los derrotados gobernadores peronistas de Córdoba, Salta y Entre Ríos, con quienes cerró en secreto el “Pacto de Nueva York”. Lo cierto es que, ahora confesado por el primer mandatario, desde 2015 Argentina bordea otra vez el riesgo de un estallido como en 2001. El gobierno anterior tapó los síntomas y dejó la carga explosiva a su sucesor. A fuerza de endeudamiento éste sorteó exitosamente la coyuntura y, tras dos años de acumulación de fuerzas durante los cuales puso la política por delante, Cambiemos intenta limpiar los establos de Augias. Esto es: demoler el andamiaje político y sanear las columnas económicas.

Hércules sin músculos
Hay más suciedad acumulada en el sistema político argentino que en los mitológicos establos del rey Augias. Para peor, la humillación impuesta a Hércules, quien debía pasar de sus grandes hazañas a tan innoble labor, en este caso implica poner límites a una corrupción rampante con los flácidos músculos de Cambiemos. La coalición gobernante está corroída por la misma purulencia que salta por estos días a la vista de todos y expone a altos funcionarios del gobierno anterior. Les toca desfilar ante jueces hasta ayer encubridores y, tras la victoria de Macri en octubre, atacados por la fiebre de justicia. Ejemplo de moral burguesa.
También suena a humillación que Macri convoque a la grandeza nacional y la confianza en el sistema con un ministro hasta hace poco gestor de fondos buitres en paraísos financieros, otro que mientras clama por inversiones extranjeras mantiene su inmensa fortuna en el exterior, otro más asociado por lazos de sangre y negocios espúreos en el fútbol (deporte en el que es experto el Presidente) con un arrepentido que desde los tribunales de Nueva York denuncia saqueos siderales en torno al mecanismo Fútbol para todos. Completa el panorama un número desconocido de funcionarios que a todo nivel continúa utilizando el aparato del Estado para enriquecerse.
Mitos aparte, en Argentina predomina hoy la lucha interburguesa: capital establecido contra advenedizos. Con probado respaldo electoral Macri vence en toda la línea representando a los primeros. Y en función de una estrategia acaso no diseñada por su endeble elenco ministerial, avanza en la recomposición del sistema político, en detrimento del Partido Justicialista (peronista, hoy desarticulado y en retirada), la Unión Cívica Radical (UCR, subsumida en Cambiemos), el aparato de la CGT (acorralado con amenazantes carpetas sobre las que se negocia) y los restos desperdigados que acompañaron a Cristina Fernández (“el Frente para la Victoria está muerto”, declaró Miguel Pichetto, titular de esa formación en el Senado durante años). Peronistas de uno y otro signo están hoy ahogados en una catarata de denuncias por corrupción que ya tiene presos a una veintena de ex altos funcionarios –entre ellos el ex vicepresidente– y amenaza a la propia ex presidente, actual senadora electa.
Sin documentos conocidos ni proclamación formal, el Pacto de Nueva York entre Cambiemos y figuras claves del peronismo avanza en la demolición de la estructura político-sindical dominante desde la recuperación institucional en 1983. La arrolladora fuerza del Presidente reside de manera excluyente en un punto: la parálisis de un movimiento obrero y popular sin organización ni dirigencia reconocida. Es con la fuerza electoral proveniente de estas filas, confundidas y asqueadas al ver la sociedad capitalista tal como es, que Macri avanza en su plan.

Límites insuperables
Durante dos años Macri jugó la carta liberal-populista. Mezcló una jerigonza pseudo republicana con arrestos de desarrollismo tardío. Emprendió una cantidad de obras de infraestructura cuya progresiva realización resalta tanto más ante el ciudadano común por la ausencia de ellas durante el período anterior. Cambiemos esgrimió un discurso de recomposición de un “capitalismo serio”. La prensa acompaña machacando hasta el hartazgo con los hechos de corrupción de las autoridades anteriores, suficientemente graves no obstante como para que la población los condene y acentúe su expectativa en las promesas de Cambiemos. Como ya se ha repetido en estas páginas, desde el día cero el nuevo gobierno multiplicó los planes sociales, postergó y enmascaró el ajuste de tarifas y demoró el saneamiento general de una economía desquiciada. En consecuencia, el déficit aumentó al mismo ritmo del endeudamiento. El equilibrio macroeconómico se mantuvo dando lugar a fabulosas ganancias financieras para cuervos del exterior y buitres locales. Pero el juego llega a su límite. Macri y quienes le hacen coro insisten en la necesidad de que “lleguen inversiones”. Pero lo único que atrae inversiones es la tasa de ganancia. En medio de la sobreactuada euforia política en Argentina no hay siquiera reinversión de capital local por la sencilla razón de que, con excepción de pequeños nichos, no hay mercado suficiente ni tasa de ganancia adecuada.
Ocurre que garantizar lo segundo niega lo primero. Aparte el carrusel financiero, la única salida es chocar contra al menos un factor de los que reducen la tasa de ganancia, sanear el monumental déficit del Estado (reforma fiscal y previsional, reducción gradual del empleo estatal) y… reducir el salario real (reforma laboral).
Esto supone redoblar la explotación relativa y absoluta del trabajo asalariado, ahondar más aún la zanja que separa a incluidos y excluidos del sistema, cambiando además sus proporciones actuales.
Con el frente amplio burgués y la CGT enfilados tras estos objetivos, la nueva etapa debe combinar hechos resonantes de modernización pseudo desarrollista con la aplicación sistemática de las medidas tendientes a garantizar el saneamiento de una sociedad de clases. Macri debe garantizar el equilibrio entre estas dos líneas de acción contrapuestas durante los próximos dos años, para volver a ganar las elecciones presidenciales a fines de 2019. Y en los cuatro años siguientes completar la tarea encomendada. Es la perspectiva de “reforma permanente”. Hasta recomponer un idílico país capitalista.
Sólo que la aplicación efectiva de esta política daría lugar a la radicalización permanente de franjas sociales más y más amplias. La economía impone sus límites a los ensueños de un conservadurismo sin basamento teórico y sin otra fuente de poder político que la proveniente de sus enemigos estratégicos: los trabajadores, estudiantes y marginalizados que hoy lo votan. Cada paso adelante en el programa de mediano y largo plazos impuesto por el capital a Cambiemos es un metro menos en el camino hacia su propia sepultura.
Es verdad que en este panorama existe todavía un espacio para el neoreformismo súperizquierdista. Pero ninguno en absoluto para quienes desde filas sindicales o políticas pretendan oponerse al gobierno sin chocar de frente con el capitalismo. Esas variantes están muertas. Y no resucitarán. Resta saber si la expresión genuina de explotados, oprimidos y humillados llegará a tiempo en estos vertiginosos tiempos de crisis mundial.
21 de noviembre de 2017

Argentina sin Partidos

Rotunda victoria de Mauricio Macri en todo el país

Publicado en América XXI, edición Nº 149; noviembre de 2017

Cambiemos venció al peronismo con el 40,59% de los votos a escala nacional en las elecciones legislativas, sin computar abstención, votos en blanco y anulados. Significado y perspectivas.

Es la hora de la “reforma permanente”, dijo Mauricio Macri en su primer balance de las elecciones legislativas del 22 de octubre.

Novedoso y significativo concepto del presidente argentino, lanzado al impulso de su apabullante victoria nacional: la heterogénea coalición Cambiemos encabezada por Macri obtuvo mayoría en seis distritos clave: Buenos Aires, Capital Federal, Santa Fe, Córdoba, Mendoza y Entre Ríos, además de provincias emblemáticas como Santa Cruz, gobernada por Alicia Kirchner y Salta, cuyo mandatario aspiraba a encabezar la reorganización del peronismo, antes de perder por nueve puntos en su provincia. Con todo, el éxito mayor de Cambiemos fue vencer por más de cuatro puntos a Cristina Fernández en la provincia de Buenos Aires, la más rica del país y con poco menos de la mitad de la población nacional. Para colmo, el candidato que venció a Fernández, Esteban Bullrich, era al comenzar la campaña un perfecto desconocido con escasos atributos de líder popular.

Semejante resultado hirió de gravedad al peronismo, pulverizó el Frente para la Victoria que acompañó los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, extinguió a La Cámpora, agrupación artificial en algún momento presentada como cauce para la voluntad política de millones de jóvenes, y redujo la figura de la ex Presidente a unos pocos municipios del Gran Buenos Aires.

El momento fue oportuno para realizar un ajuste de rumbo. Hasta ahora Macri y sus ministros apelan con extraña insistencia al concepto de revolución para definir sus políticas de gobierno (revolución educativa, revolución fiscal, revolución previsional, en la vivienda, en el transporte, en la infraestructura e incluso en la cultura, entre otras muchas alegadas transformaciones de fondo). Ese supuesto acúmulo revolucionario se convierte en la nueva etapa en “reforma permanente”.

Si la contradicción es estridente, tiene en cambio sólidos fundamentos. Y no es arbitrario suponer que ese juego retórico ha sido un ingrediente para nada menor en la para muchos sorprendente victoria electoral oficialista.

Aunque la sola mención de la palabra revolución saca de quicio tanto a ultraliberales como a socialdemócratas que componen su gobierno, Macri insistió en ella porque en la nueva modalidad de hacer política con encuestas, las empresas consultoras que pululan en torno al Gobierno y la oposición registran un sentimiento arraigado –aunque preponderantemente inconsciente– en buena parte de la población argentina, la más politizada y activa, genéricamente en contra del imperialismo estadounidense y en favor de una indefinida transformación política y social. Numerosas consultoras suelen decir que Argentina es el país más antiestadounidense de la región. Al menos en las encuestas.

Ideas y fuerzas en lucha

“Cuando penetran en las masas, las ideas son una fuerza material”, decía Marx. Con el nuevo siglo Argentina ingresó a Latinoamérica. Después de 2001 ese difuso sentimiento tomó cuerpo en el proceso de convergencia latinoamericano, en el ejemplo de la Revolución Bolivariana y la figura de Hugo Chávez, que llegó a tener peso significativo en amplias franjas de los trabajadores, las juventudes e incluso núcleos militares en Argentina.

Con la misión de revertir ese proceso, en los dos últimos años Macri hizo una concesión retórica a aquella demanda sorda de la población. Ahora, lograda una apabullante victoria electoral frente a un peronismo fragmentado y sin liderazgo (para no mencionar a las izquierdas), pasó a explicar con énfasis que, de ahora en más, se trata de aplicar la “reforma permanente”.

Si Macri es la contrafigura del presidente venezolano Nicolás Maduro, Argentina el polo opuesto al ejemplo Bolivariano y el empresario exitoso contraparte del obrero al mando en Venezuela, la “reforma permanente” es la alternativa a la formulación con la que Chávez acostumbraba resumir su propuesta: la “revolución permanente”.

En otras palabras: la Argentina gobernada por Macri-Cambiemos es el faro de la reforma en la región, frente a la propuesta de revolución representada por Venezuela y el Alba. ¿Excesiva sutileza atribuida a un empresario gobernante? A tal conclusión puede llegar quien desconoce el río de lava que desde la profundidad de las clases oprimidas pugna por salir a la superficie. Con certeza no quienes desde los centros de poder real del capitalismo mundial trazan sus estrategias de supervivencia. Allí se tiene en claro que Argentina vive una crisis estructural de insondable profundidad, prolongación del colapso de 2001, con la totalidad del entramado institucional capitalista corrompido hasta extremos indecibles, todo presidido por la mayor tragedia de la burguesía contemporánea: la total ausencia de Partidos para ejercer el poder de manera estable y duradera. Le cupo a Cambiemos, epítome del no Partido, y al presidente Macri, símbolo de la no política, asestar el mazazo final al peronismo y completar la ausencia perfecta de estos instrumentos clásicos para la conquista y sustentación del poder.

Reformas por venir

Sin partidos, entonces, como en todo y cualquier economía capitalista actual, en Argentina urge sanear las bases del sistema. Tal objetivo requiere aumentar la tasa de plusvalía y esto supone reformar las relaciones laborales, cambiar la ecuación entre trabajadores activos y pasivos mediante una drástica reforma previsional, dar vuelta como un guante las relaciones entre provincias y Estado nacional para llevar a cabo una reforma a la vez política y fiscal, así como reformar las relaciones entre Estado, sindicatos y empresariado. Es inaplazable la necesidad de eliminar el déficit, frenar el endeudamiento descontrolado, lo cual requiere un ajuste económico de enormes proporciones, so pena de que la crisis se desate con mayor violencia a la conocida en estallidos anteriores. Y todo esto sin despertar al león de su largo letargo.

Es notable el vuelo del discurso post electoral de Macri para instar a la población a alcanzar grandes objetivos históricos aunando fuerzas por sobre cualquier distinción de clase o ideología. Se trata de la fase superior de la retórica previa, con predominancia de la palabra revolución. Ahora es la hora de la unidad, del Gran Acuerdo Nacional, con la misma denominación incluso del propósito buscado casi medio siglo atrás por los jefes de dos partidos entonces todavía existentes y sus respectivos líderes: Juan Perón y Ricardo Balbín.

Es sabido cómo terminó aquella engañifa del capital desesperado tras la caída de la dictadura de Juan Onganía. Pero esta vez será diferente. A falta de partidos, Macri apelará a corporaciones: liga de gobernadores, sindicatos sin bases, cámaras empresarias fragmentadas e impotentes, iglesias más débiles y carentes de genuino arraigo en la conciencia popular cuanto más denominaciones pululan en detrimento de la desprestigiada estructura vaticana.

A eso marcha, con rapidez, el gobierno fortalecido con estas elecciones. ¿Cuánto tiempo demorará alguna voz liberal para denominar fascismo a este experimento corporativo? ¿O callarán definitivamente como contribución a la afirmación de un poder burgués que, sin desafiante corpóreo y visible, no logra mantenerse en pie?

Puede haber un Partido

Sólo el marco latinoamericano permite aprehender la dinámica nacional. Ya se ha afirmado en estas páginas que no basta nutrirse de una ideología fascista para imponer un gobierno fascista. Cabe reiterarlo ahora. Al compás del ineluctable fracaso del alegado proyecto pseudo desarrollista del ala hegemónica de Cambiemos, más tarde o más temprano fracasará este nuevo intento de reorganización burguesa y recomposición capitalista.

Llegado a ese punto, estarán frente a frente las clases principales de la sociedad. Conscientes o no. En una confrontación sin retorno por definir el rumbo y el futuro del país. En simultáneo se habrá librado el combate de Washington, acompañado por el patético Grupo de Lima, contra la Revolución Bolivariana y el Alba.

El neoreformismo ultraizquierdista es el otro gran derrotado por Cambiemos el 22 de octubre. Aspiraba a dar un salto cualitativo sumando diputados hasta romper el corsé de la marginalidad. Para lograrlo no trepidó en condenar a Venezuela con pareja virulencia a la empleada por el gran capital. Y se rompió los dientes contra la pared. Militantes entregados a una causa anticapitalista fueron llevados a este callejón sin otra salida que el corrupto e impotente parlamentarismo burgués. Otra franja militante, esta sí abrazada a la causa latinoamericana, vio igualmente frustradas sus esperanzas de aunarse con las masas en un proyecto común, que no era el propio.

Mientras Macri encara su “reforma permanente”, el contingente de militantes antimperialistas y anticapitalistas que suma cientos de miles en Argentina, tiene la oportunidad de buscar un camino para edificar el único Partido hoy con espacio estratégico en el país: aquel nutrido por el grueso de la clase obrera, el estudiantado consciente, los sectores marginalizados y superexplotados que en esta oportunidad, al igual que amplias capas de trabajadores y jóvenes desnortados, dieron el voto a Cambiemos.

Tal organización de masas, plural democrática y sin rodeos confrontadas con el sistema, es la única capaz de frenar el deslizamiento hacia el fascismo en Argentina. Implica un frontal combate teórico, ideológico y político, comenzado el día mismo de la victoria electoral de Macri y seguramente dominante en el próximo período.

24 de octubre de 2017

Dos elecciones

Publicado en América XXI, edición Nº 149; noviembre de 2017

En momentos de oscilante correlación de fuerzas en la región, los comicios para gobernadores en Venezuela y legislativos en Argentina consolidan a Caracas y Buenos Aires como polos de una confrontación estratégica entre revolución y contrarrevolución en América Latina.

Nicolás Maduro y Mauricio Macri salen notablemente fortalecidos de sus respectivas contiendas electorales. Aunque la situación económica de Venezuela y Argentina augura turbulencias, es improbable que ambos presidentes pierdan la primacía en la carrera por la continuidad de los procesos, opuestos por el vértice, que uno y otro encarnan práctica y simbólicamente. De no mediar factores externos que irrumpan con fuerza económica o militar suficiente como para cambiar drásticamente el cuadro actual, en 2018 sería reelegido como Presidente el primero y en 2019 el segundo.

Aquellos eventuales factores externos serían un ataque militar contra la Revolución Bolivariana o la eclosión de una nueva crisis económica internacional. El primero pondría en pie de guerra a Venezuela y la institucionalidad actual quedaría subordinada. El segundo dejaría al desnudo la crisis argentina, llevaría al colapso al gobierno actual y anularía los planes estratégicos del capital local e internacional para recomponer el poder burgués.

Excluidas estas alternativas queda como perspectiva regional la afirmación de Caracas y Buenos Aires como polos de la lucha de clases continental: presidente obrero vs presidente empresario; transición socialista vs intento de recomposición capitalista. Se trata entonces de una perspectiva de confrontación estratégica del hemisferio entero, alegóricamente resumida en dos nombres.

Giro y contragiro

Si con la irrupción de Chávez se inició una fase de convergencia regional en choque con un imperialismo ávido en exceso (no por decisión política, sino por compulsión de un sistema en crisis) y, por tanto, intolerable para burguesías con arrestos de independencia relativa, ya antes de su muerte el capital arribó a sus inexorables límites y comenzó a recorrer el camino inverso. La elección de Maduro en Venezuela en abril de 2013 inauguró formalmente la contraofensiva imperialista y el giro de las burguesías subordinadas, iniciada desde mucho antes.

Tres hechos principales indicaron el derrotero de la estrategia contrarrevolucionaria, ahora apuntada contra Maduro, a quien los estrategas del capital consideraron incapaz e insanablemente débil.

El primero ocurrió cuando aún la enfermedad de Chávez no había llegado a su desenlace fatal. Y fue probablemente el más lúcido, audaz y abarcador movimiento de una línea de acción global contra la perspectiva anticapitalista: se obligó a renunciar al Papa Benedicto XVI, teólogo alemán ultraconservador, y ocupó su lugar el primer Papa latinoamericano de la historia, con pasado político populista de derecha, férreo defensor del capitalismo y, como tal, en línea con la estructura vaticana.

El segundo paso fue la destitución del gobierno del Partido dos Trabalhadores (PT) en Brasil. Mediante un golpe disimulado se encaramó en el poder del gigante latinoamericano Michel Temer, quien fuera hasta entonces aliado del PT y vicepresidente del gobierno, para aplicar sin dobleces la política reclamada por el capital en crisis. No hubo capacidad de reacción de parte de los trabajadores y las juventudes brasileñas, anestesiadas durante años por el pragmatismo reformista del PT.

Como tercera pieza clave en el ajedrez hemisférico, avanzó un fenómeno larga y meticulosamente preparado: la victoria presidencial de Macri. Las masas populares no sólo no resistieron la asunción de un simpatizante de Álvaro Uribe y José Aznar, acérrimo defensor del capitalismo, como en el caso brasileño, sino que lo catapultaron con su voto, pulverizando así estructuras y líderes que equívocamente aparecieron como alternativa en el período anterior.

Estas tres operaciones exitosas cambiaron el mapa y abrieron paso a un bloque de países alineados con Washington. Una estampida de intelectuales y políticos reformistas de amplio espectro completó el vuelco de la situación. Pudo parecer que los países del Alba estaban condenados. La furiosa arremetida contra el gobierno de Maduro y las calamidades económicas a las que se vio sometida Venezuela, todo tergiversado y amplificado hasta el paroxismo por el poderoso aparato de prensa mundial capitalista, produjeron confusión, desánimo, deserción.

Reconfiguración de los bloques

Sólo que las tácticas exitosas en Brasil y Argentina, tuvieron resultado inverso en Venezuela. Allí hubo capacidad de reacción, porque las mayorías cuentan con estrategia, programa, organización y dirección revolucionaria. La conducción político-militar encabezada por Maduro, articulada en el Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv), la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (Fanb) y organizaciones de masas de todo tipo, sostuvo la estrategia de defensa de la Revolución y transición al socialismo. Lúcido y audaz, el llamado a Asamblea Nacional Constituyente, sobre la base de una autocrítica en los hechos y la sistemática apelación a la movilización de masas, produjo un vuelco en la situación interna que, con toda certeza, tendrá repercusiones crecientes en toda América.

Prolongando la exitosa elección de una Asamblea Constituyente, la apabullante victoria electoral del Psuv y el Gran Polo Patriótico en las elecciones para gobernadores es mucho más que un resultado comicial. Es la unidad social y política de los trabajadores y el conjunto del pueblo puesta en acto, tras la reivindicación de la transición al socialismo y el combate cerrado a la burguesía.

Por eso aunque en la coyuntura se asemejen y tengan efectos internos similares a corto o mediano plazo, las victorias electorales de Maduro y Macri son de naturaleza diferente y se desenvolverán de manera inversa a un ritmo tan impredecible como inexorable.

Como estrategia de recomposición estable y duradera del sistema capitalista y la gobernabilidad burguesa, las victorias de Macri tienen corto aliento. A la inversa, y a condición de que se hagan a tiempo las rectificaciones y depuraciones necesarias, a condición de que se tomen todas las medidas que sin demora reclama la crisis económica, el gobierno venezolano se fortalecerá alcanzando niveles mayores a los ya conocidos de participación popular y solidez política. Sin embargo, un factor clave de ese fortalecimiento dependerá de la reconfiguración que logre –o no- en el terreno internacional. La enérgica aproximación al polo político-económico mundial encabezado por China y Rusia es una salvaguarda imprescindible. Pero la gran amenaza inmediata está, paradojalmente, en América Latina.

Dos grandes conquistas de la convergencia regional como fueron Unasur y Celac estarán como mínimo congeladas en el próximo período. En vista de la irreversible incapacidad de la OEA para imponer la voluntad de Washington se creó una herramienta transitoria: el Grupo de Lima (Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Paraguay y Perú), que tomó su nombre de la capital donde tuvo lugar su primera reunión, aunque para no dejar lugar a dudas realizó la segunda en Nueva York y la tercera en Toronto. Su función es sortear a Unasur y Celac, aislar a Venezuela y derrocar a Maduro. Vencedora la oposición fascista venezolana en los estados fronterizos con Colombia, es esperable una política secesionista con abierta participación de Juan Santos y el explícito apoyo del Grupo de Lima. Es la vía imperialista para provocar un choque armado con la Revolución Bolivariana. Estados Unidos y la burguesía venezolana tienen sólo dos opciones: tomar el camino de la guerra o rendirse incondicionalmente. Cabe poca duda sobre la decisión ya tomada.

Programa de acción continental

Neutralizar esta operación requiere un ajuste estratégico, en función de la nueva situación regional y del agravado cuadro internacional. En el próximo período Brasil, México y Argentina no tendrán gobiernos con voluntad de cambiar el posicionamiento actual. En consecuencia, no será con ellos que se podrá avanzar en la unión regional. Al contrario, como está a la vista, su permanencia tiene como condición quebrar definitivamente esa dinámica, para lo cual es imprescindible aplastar a los gobiernos que hoy componen el Alba.

La defensa de la Revolución Bolivariana, de Cuba, Bolivia y Nicaragua no puede ser exitosa sin la continuidad efectiva de la unión latinoamericana, que ahora tiene como enemigos declarados al Grupo de Lima, con Michel Temer, Enrique Peña Nieto y Macri como punta de lanza. El único camino es sumar a los trabajadores, campesinos, estudiantes y toda la población oprimida al programa y la estrategia de una revolución genuina. Contribuir a que esas masas sin rumbo propio encuentren un cauce organizativo es cuestión de vida o muerte para los gobiernos del Alba y en particular para Venezuela.

Con o sin dirección revolucionaria, trabajadores y juventudes expoliadas por gobiernos al servicio del capital imperialista chocarán con ellos en lucha franca. El futuro de esa resistencia reside en Venezuela y el Alba tanto como el de estos depende del resultado de la escalada capitalista personificada hoy en Macri, Santos, Temer y Peña Nieto entre otros que gustan describirse a sí mismos como “perritos que mueven la cola” en señal de satisfacción ante las órdenes del amo, como admitió sin rubor el presidente peruano Pedro Kuczinsky.

Entre estos, el único con fortaleza suficiente para encabezar el bloque pro imperialista es el gobierno de Argentina. A la militancia comprometida de este país le corresponde por tanto la mayor responsabilidad. Macri puede demorar el choque frontal con los trabajadores por dos razones principales: la colaboración de las cúpulas sindicales y la ausencia de toda organización y dirección alternativas. Pero tiene debajo un volcán económico legado por sucesivos gobiernos anteriores que intentaron vanamente vencer la crisis capitalista con las herramientas del capitalismo. La erupción de ese volcán no tiene fecha predeterminada, pero es inexorable.

Macri aplica hacia el interior una política pseudo desarrollista. El gobierno y su alianza Cambiemos, con base primordialmente socialdemócrata a través de la participación de la Unión Cívica Radical, gana elecciones de manera arrolladora (ver pág. xx) por dos razones: mantiene una política de tipo populista frente a las masas marginalizadas e incluso frente al movimiento obrero, con lo cual consigue el apoyo creciente de franjas del movimiento obrero, a la vez que incorpora más y más políticos peronistas de diferente signo, todo en un terreno abonado por el rechazo de una amplia, muy amplia franja transversal de la sociedad que rechaza la corrupción y los métodos de los gobiernos anteriores. Así, la heterogeneidad de Cambiemos aumenta y gesta un Bonaparte escuálido pero hasta el momento eficiente. Su estrategia es visible hoy en el accionar internacional, centrado en la obsesión por derrocar al gobierno de Venezuela.

Allí, en la defensa de la Revolución Bolivariana, del Alba, del proceso de unión latinoamericana y transformación social como parte inseparable de un programa de acción en cada país, está el eje de recomposición de fuerzas no sólo en Argentina, sino también en Brasil y México, Perú y otros países de la región.

Como puede verse en las páginas de esta edición, las elecciones de Venezuela y Argentina plasman dinámicas contrapuestas. Ésta traduce el recurso de una burguesía que intenta recomponer el sistema político y económico aniquilados por la crisis internacional y el estallido de 2001. Aquélla es un paso más en la búsqueda de una institucionalidad diferente y superior a la democracia burguesa.

23 de octubre de 2017

Claroscuros de la coyuntura argentina

Ante las elecciones legislativas del 22 de octubre

Publicado en América XXI, edición Nº 148; octubre de 2017

La euforia del gran capital por lo que supone una victoria electoral y el afianzamiento de Macri contrasta con fallas estructurales de la economía y putrefacción inalterada del Estado y sus instituciones.

Si ha de creerse a la prensa tradicional, Argentina está de fiesta.

No sería prueba de perspicacia limitarse a la obviedad de que los medios cumplen con la defensa de la clase a la que responden y, para ello, muestran sólo una cara de la realidad. Tampoco lo sería negar la base objetiva que sostiene la algarabía de sus titulares y comentarios en celebración adelantada de una victoria que dan por segura.

Hay mucho de artificial en esta sobreactuación: el vuelco en favor del Gobierno ocurre sobre la multiplicación de la hipoteca recibida, la continuidad de todos los lineamientos político-económicos que llevaron al ahorcamiento de Cristina Fernández y recrearon en 2015 una situación análoga a la que hizo estallar al país en 2001.

Con todo, las razones que permiten prever para las legislativas del 22 de octubre una ampliación del triunfo obtenido por Cambiemos y Macri en las farsescas primarias del 13 de agosto, están a la vista:

-mejora generalizada de los índices de la economía (en el tercer trimestre el crecimiento será superior al 4%, con un 3% anualizado);

-aprobación del 54% a la figura del presidente Mauricio Macri;

-conflictividad social cercana a cero (por estas horas se agota una toma de alrededor del 10% de las escuelas secundarias en Capital Federal);

-afirmación y extensión de las raíces del Frente Amplio Burgués (FAB, instancia orgánicamente inexistente pero no por ello menos efectiva) como eje para el conjunto del capital tras el proyecto personificado en Macri;

-giro de la Confederación General del Trabajo de la pseudo oposición a la franca colaboración con el gobierno;

-acuerdo de alto impacto entre CGT y gobierno para crear una Cobertura Universal de Salud (CUS), con 8 mil millones de pesos de las propias obras sociales sindicales;

-una tragedia repetida en el país, la desaparición de Santiago Maldonado, concita el rechazo de amplias mayorías pero no parece hasta el momento traducirse en términos electorales que afecten al oficialismo; avance en la limpieza del aparato policial, sobre todo en la provincia de Buenos Aires entrelazado con el narcotráfico, poder judicial, municipios y sindicatos en las más variadas formas de corrupción;

-a cuatro semanas de las elecciones la totalidad de las consultoras coincide en que Cambiemos ratificará y ampliará los resultados obtenidos en agosto;

-según estas voces Cambiemos ganaría por margen considerable (algunos llegan a exagerar una distancia de hasta ocho puntos) en Buenos Aires y obtendría también una victoria en Santa Fe;

-si esto se confirma y no se verifica capacidad de reacción por parte del Partido Justicialista (PJ) en capitales donde fue arrasado dos meses atrás, Macri habrá ganado los cinco distritos principales del país: Buenos Aires, Capital Federal, Córdoba, Santa Fe y Mendoza, además de provincias como Jujuy, Santa Cruz, Neuquén, La Pampa y San Luis;

-en paralelo, todo indica que los agrupamientos de izquierdas que apostaron a capitalizar el desbarajuste peronista por vía electoral y condicionaron su accionar al imperativo de ganar votos y legisladores, tendrán un resultado inverso al esperado.

Si se parte del campo minado sobre el que Cambiemos dio sus primeros pasos y se recuerda que los defensores del gobierno anterior manifestaban hasta no hace mucho con miniaturas de helicópteros, en alusión a la fuga de Fernando de la Rúa de la Casa Rosada en 2001, se puede medir la magnitud del error de caracterización de quienes, desde diferentes ángulos, imaginaron un inmediato fracaso oficial.

Intento de recomposición

Incluso si los pronósticos resbalan en algún caso, el 23 de octubre Argentina despertará con una nueva relación de fuerzas sociales. El FAB y la CGT no sólo habrán conseguido –como lo hicieron en cada una de las elecciones desde 1983– el 95% de los votos. Esta vez lo lograrían con un bloque político nuevo y en detrimento de todo el andamiaje partidario tradicional, estrangulado por la crisis durante años y finalmente muerto sin combate: el PJ, la Unión Cívica Radical (UCR, subsumida en Cambiemos y bajo el diktat de Macri), la CGT y sus componentes principales tal como se los ha conocido hasta el momento, serán penosos símbolos del pasado.

El presumible resultado electoral combina rechazo al conjunto de las instituciones tradicionales del capital y expectativa, renuente pero efectiva en última instancia, de que esta vez el cambio ocurra de verdad. Índices económicos y percepción parcial, contradictoria, pero no menos real de que Argentina se ha puesto en marcha, empujan a favor de un desplazamiento del voto tradicional. La suba en flecha del reaparecido crédito hipotecario atrae no sólo a quienes ya lo han obtenido. También convoca a millones de aspirantes a tener su casa propia (hay una oferta para jóvenes entre 20 y 35 años, con cuotas equivalentes a un alquiler y otorgable a personas sin trabajo formalizado legalmente –el 33% del total de los trabajadores). Aparte el impacto electoral, esto contribuye al crecimiento de dos dígitos en la industria de la construcción, arrastrada por la obra pública.

Ésta última, principalmente en forma de cloacas, rutas y autopistas, muestra a cualquier ciudadano un paisaje contrastante con el dominante sobre todo en Buenos Aires (40% de la población nacional) durante el gobierno de Daniel Scioli, quien dejó la provincia como si hubiera sido arrasada por una guerra. Hay que recorrer el Gran Buenos Aires, comprobar el desastre social e infraestructural en el que ha sido sumido, para comprender la predisposición de amplias franjas de la población a creer en la gobernadora María Eugenia Vidal, transformada hoy en la figura más relevante del oficialismo, con 10 puntos más de aprobación que el Presidente.

Hay otro factor a tener en cuenta: la idea de un cambio en todos los órdenes palpita en las grandes mayorías de la población desde hace mucho tiempo. “Renovación y Cambio” llamó Raúl Alfonsín a su fracción de la UCR con la que ganaría las elecciones de 1983 (la misma que sin haber logrado lo uno ni lo otro abandonaría el poder en 1989 para entregarlo anticipadamente a Carlos Menem).

Con esa figura ilusoria, la del cambio que devuelva a Argentina la prosperidad del pasado, la burguesía y sus socios dominantes del Norte encomiendan a Macri completar la tarea iniciada por Eduardo Duhalde en 2002 (con cuyo apoyo activo e incondicional cuenta el Presidente). Esto supone completar la desarticulación de una partidocracia corrupta e incompetente para ejercer el poder de manera estable, armar nuevas fuerzas políticas (probablemente distantes del concepto de Partido) y abrir el camino para gobiernos de coalición entre esas nuevas expresiones políticas. Alcanzar tales objetivos implica, como condiciones insoslayables, sanear a la vez el aparato del Estado y la economía.

Límites para la euforia burguesa

Lejos del alegado “neoliberalismo” cuya aplicación llevaría al gobierno al desmoronamiento en cuestión de meses, Macri y Cambiemos aplicaron una política pragmática que combina la continuidad aumentada de las prestaciones sociales implementadas desde tiempos de Duhalde con una jerigonza desarrollista que, como es de esperar, no acaba de imponerse como plan de acción sistemático. Hay que insistir no obstante que la inyección de elevadas sumas a la obra pública y un cambio radical en la eficacia para la ejecución de estas obras, contribuyó en el último semestre al cambio de clima social respecto del gobierno.

Para sostener y ampliar las prestaciones sociales de todo tipo, Macri aumentó el déficit fiscal heredado (en términos reales, es decir, descontando la inflación) y dejó crecer el gasto público (oficialmente se admite que llega al 40,8% del PIB), lo cual supone una insostenible carga tributaria a la producción y al ciudadano común. Para financiar ese déficit y además encarar el plan de obras públicas, el gobierno apeló al endeudamiento, a una tasa que, aun al menos de la mitad de lo que pagaba el gobierno anterior, ronda el 6%. Excluida la posibilidad de inversiones en las magnitudes necesarias, mantener este ritmo en los próximos años el mecanismo requiere endeudamiento por entre 35 y 45 mil millones de dólares anuales.

Sin contar la eventualidad de un barquinazo mundial que interrumpa el flujo de capitales a las tasas actuales, el aumento de la deuda y sus intereses elevan el llamado déficit cuasi fiscal a un nivel inalcanzable para cualquier hipótesis mágica de crecimiento económico acompañado de un acelerado recorte en el gasto público.

En otro orden, la desaparición de Maldonado y la absoluta incapacidad oficial para dar respuesta a una sociedad expectante sobre un tema de tal gravedad, muestran la incapacidad de un gobierno de estas características para poner en caja las instituciones desquiciadas del Estado. Lo mismo anuncian hechos de violencia parapolicial en el suburbano bonaerense y casos como el saqueo de un arsenal de la Policía Federal; o la reacción de sectores del aparato judicial frente a la perspectiva de desmantelar su colusión con el narcotráfico. En municipios y sindicatos, ocurre otro tanto frente a tímidos intentos por poner coto a la corrupción.

Dicho de otro modo: la fragilidad del éxito político del FAB pone un límite preciso al plan de recomposición y estabilización del poder en manos del capital. Resta saber cómo tomará cuerpo –y cuándo– la capacidad de las fuerzas actuales y potenciales dispuestas a responder a la demanda social de un cambio genuino y profundo.

 

25 de septiembre de 2017