Con la Revolución Bolivariana el 6-D

Un mecanismo de calumnia busca crear el clima propicio para desconocer los resultados de la elección en Venezuela el próximo domingo 6 de diciembre.

Cada habitante de la región debería contribuir a desmontarlo. No es tarea sólo de quienes defendemos esa revolución. El resto  tendría que hacerlo por elemental sensatez, en defensa propia; por la esperanza de un devenir racional, pacífico.

La Casa Blanca está lanzada a ganar esa elección o, en caso contrario, provocar un choque violento, con base en fuerzas mercenarias, cuyas derivaciones irían más allá de las fronteras venezolanas. En medio de una crisis sistémica global y un estado general de elevadísima beligerancia esto involucraría a todos.

Ya millones de luchadores del Psuv (Partido Socialista Unido de Venezuela), el GPP (Gran Polo Patriótico) y el gobierno encabezado por Nicolás Maduro han hecho su parte para afrontar este vigésimo encuentro electoral en 16 años. Esfuerzo formidable para enfrentar los efectos de la tenaza múltiple activada por la burguesía local y extranjera que, contra toda evidencia, presenta al régimen venezolano como una dictadura.

Ahora, sobre todo a partir del lunes, la tarea queda en manos de todos al sur del Río Bravo. Y en primer lugar de la vanguardia política, que ha estado lejos de cumplir su papel en el último período.

Paradojalmente, el riesgo mayor está en que el gobierno vuelva a ganar. Y todo indica que eso es lo más probable. Pese a que Unasur y otros centros internacionales han enviado misiones ya acreditadas ante el Consejo Nacional Electoral (CNE), se ha sembrado en la opinión pública mundial la idea de que la oposición ya ganó y el gobierno apelará al fraude.

Los hechos apuntan a lo contrario. De las 19 elecciones anteriores (todas con libre participación de instituciones oficiales extranjeras como observadoras) Hugo Chávez primero y Nicolás Maduro después ganaron 18. La única vez que la revolución fue vencida en las urnas, por una mínima diferencia, Chávez reconoció la derrota antes de la medianoche del día comicial.

Ahora, al margen las encuestas, que en su mayoría dan vencedor al GPP, lo cierto y comprobable es que éste, liderado por el Psuv, realizó elecciones primarias en todos los distritos, 87, con la participación de 3 millones y medio de personas. La así llamada Mesa de Unidad Democrática –Mud, que aparte de antidemocrática está muy lejos de ser unitaria, puesto que ha dejado por fuera al Mas, Copey, Urd y otros agrupamientos regionales, sólo hizo elecciones en 33 distritos, con la concurrencia de poco más de medio millón de personas.

Otro hecho a la vista es la poderosa movilización del GPP, que además de dos simulacros de votación con millones de personas involucradas, lleva a cabo una enérgica campaña de 1 x 10, consistente en que cada militante promueve encuentros con por lo menos diez personas. Paralelamente, la Mud no tiene la más mínima presencia militante, no obstante lo cual esgrimen encuestas que la dan como victoriosa. Esto ha ocurrido en cada oportunidad electoral, con los resultados conocidos.

No obstante, esta vez gravitan como nunca las consecuencias de la guerra económica en la vida cotidiana. Escasez y carestía golpean a la población y afectan a los sectores menos conscientes. Eso puede manifestarse en la elección, sobre todo con la abstención. Por esta razón no hay sondeos terminantes respecto del resultado final, aunque cabe aclarar que, dado el tipo de elección distrital, un contendiente puede obtener igual o menor cantidad de votos y pese a ello tener mayoría de diputados. Prácticamente no hay encuestadoras que den a la Mud con mayoría de legisladores, aunque sí las hay que indican que el GPP podría recibir esta vez menos votos. No por una traslación de electores al campo enemigo, sino por la no concurrencia a las urnas.

La Asamblea Nacional está constituida por 167 diputados, por lo que la mayoría simple implica acceder a 84 bancas. Con 100 se tiene mayoría calificada y con 111 la mayoría absoluta.

Estos datos importan mucho en un sentido. Si el gobierno quedara en situación de mayoría simple la capacidad obstructiva de la Mud sería considerable. No obstante, es secundaria en otro plano, como hemos sostenido reiteradamente, en especial en la última edición de América XXI. Allí, tras sostener la idea de que el GPP mantendrá la mayoría de diputados, en un artículo titulado Elecciones y poder comunal en Venezuela (http://bit.ly/1RqmUMa) afirmo lo siguiente: “Si acaso los permanentes flujos y reflujos de capas sociales indefinidas o pasibles de ser confundidas y manipuladas, diera como resultado la pérdida de la mayoría en la Asamblea Nacional, el rumbo trazado por la estrategia antimperialista y anticapitalista seguiría determinando el curso de la sociedad venezolana. Cabe reiterar palabras de Maduro: ‘Lo peor que le podría pasar a ustedes, pelucones, burgueses, es ganar las elecciones, porque ahí comenzaría la nueva batalla. Anótenlo; no es una amenaza, es la Historia. La Revolución no se va a entregar jamás’”. Sobre la certeza de que la revolución no se define en un resultado comicial, el artículo continuaba diciendo: “con victoria electoral, el gobierno tiene más margen para mantener la línea institucional del proceso. Ante una eventual derrota, cabrá a la burguesía y sus mandantes optar entre aceptar la continuidad de las medidas revolucionarias o apelar a las armas, es decir, a la agresión extranjera, porque al interior carecen de toda posibilidad”. La reflexión concluía así: “Elección parece ser sinónimo de obnubilación. No lo es para el gobierno de Maduro, el Psuv y el GPP. El poder comunal es la máxima expresión de la democracia y Venezuela avanza por ese camino”.

 

Coalición belicista

A pocas horas del acto comicial conviene afirmar estos conceptos. Porque ya Washington ha lanzado una jauría contra la revolución. Con prescindencia de los resultados. Una carta titulada “Venezuela grita libertad” fue difundida por la red mundial de prensa para la tergiversación y la mentira. Va firmada por Mariano Rajoy, presidente del reino de España; David Cameron, primer ministro del reino británico; Thorbjørn Jagland, secretario general del Consejo de Europa; Felipe González, ex presidente del gobierno español, y Ricardo Lagos, ex presidente de Chile.

Sería ocioso reiterar la catadura de Rajoy o Cameron, carniceros en Europa y Medio Oriente. Días antes de esta cínica proclama Cameron reivindicó ante un periodista de la BBC la utilización de armas atómicas para intervenir en Medio Oriente. Con absoluto desparpajo, habla luego de libertad. Tampoco hace falta abundar sobre el historial de González y Lagos, dos socialdemócratas con tradición de violencia contra sus pueblos. Jagland tiene el beneficio de oscuro burócrata útil para firmar declaraciones.

Juntos, mienten con un descaro asombroso: “Con motivo de las manifestaciones pacíficas que se iniciaron en febrero de 2014, muchos opositores, estudiantes o dirigentes políticos fueron objeto de detenciones arbitrarias, que incluyeron también a ciudadanos europeos”.

¿¡Manifestaciones pacíficas en febrero de 2014!? Sólo gente sin un ápice de moral puede hacer semejante afirmación. El intento insurreccional que condujo Leopoldo López con la consigna de derrocar a Maduro produjo 43 muertos, la mayoría militantes del Psuv y miembros de la Fuerza Armada. Seguimos estos hechos paso a paso, con datos incontrastables, en sucesivas ediciones de América XXI. Cuando se vio el fracaso de la operación, en la Mud se resolvió asesinar a López y cargarlo a la cuenta oficial. Avisado de esto, el bravo luchador fascista pidió ayuda al gobierno. Y tras una negocación llevada por su padre, se entregó (sí: ¡se entregó!) ante Diosdado Cabello, que le garantizó la vida y frustró la operación de la Mud. Al entregarse, López eludía el asesinato a mano de los suyos a cambio de un juicio por los crímenes cometidos. Es lo que ocurrió. Y ahora paga cárcel por eso.

Podrían multiplicarse los ejemplos de falsedades esgrimidas por estos demócratas de opereta. Pero sólo importa subrayar que esa carta forma parte del arsenal para justificar el desconocimiento del resultado electoral del domingo si como todo adelanta vuelve a ganar la Revolución.

 

Visión errada de la coyuntura regional

En ciertos sectores de izquierdas del exitismo se ha pasado en los últimos meses a una actitud derrotista. Sobre todo a partir del debilitamiento extremo del gobierno brasileño y la derrota del peronismo en Argentina. Tras esa actitud está por un lado la incomprensión de una confrontación consecuentemente anticapitalista y por otro la interpretación impresionista de la coyuntura que se abre en la región.

No hay acción política efectiva sin previsión. A la inversa, la imprevisión deviene error cuando el futuro se hace presente.

Era previsible –como que la noche sigue al día- el desenlace frustrante de gobiernos procapitalistas con afanes reformistas. También que el gran capital lanzaría un contraataque frente al inédito avance de fuerzas antimperialistas en América Latina. No cabe entonces asombrarse por la situación que afronta hoy el hemisferio.

La proclividad al desaliento y la admisión de derrotas antes de dar la batalla tiene más de un componente, pero entre ellos resalta la inconsistencia teórica. Nunca como en estos momentos tan válida la advertencia de Lenin: “sin teoría revolucionaria, no hay acción revolucionaria”.

El cuadro objetivo que afrontaron desde el inicio la Revolución Bolivariana y el Alba trazó limitaciones poco menos que insuperables en lo inmediato. Eso no se resuelve con palabras. Ni con exigencias en abstracto. Tampoco es argumento para errores y desviaciones no corregidos a lo largo del tiempo. Simplemente fija limitaciones, implícitas en otra afirmación con historia: no se puede construir el socialismo en un solo país. U otra repetida por Chávez con destinatarios precisos, que hicieron caso omiso de su advertencia: “para darle de comer a todos, todos los día, hay que hacer una revolución”.

Pues bien, en el punto final de la primera fase en esta confrontación histórica, la desaparición de ilusiones reformistas o desarrollistas burguesas crea circunstancialmente un paréntesis que puede ser confundido con victorias estratégicas del enemigo. Pero no lo son. E incluso pueden estar anunciando lo inverso: la consolidación de una perspectiva revolucionaria por sobre los desvíos reformistas y nacional-burgueses.

Por supuesto eso implica acción revolucionaria efectiva. O, lo que es lo mismo, teoría científica de la lucha de clases aplicada en cada paso por las vanguardias. Implica también asumir en una escala mayor el internacionalismo efectivo. Y la capacidad de acción de masas con objetivos que incluyan pero superen las consignas reivindicativas y lleven a las grandes mayorías la noción de Revolución.

Si esto no lograra plasmar en un tiempo dado, entonces sí el capital podría afirmar una ofensiva estratégica. Hoy no puede.

Como ya he resumido, todo indica que el gobierno encabezado por Maduro, el Psuv y su capacidad de articular fuerzas antimperialistas, vencerá el domingo. Pero el curso de la lucha de clases a escala regional no estará definido por ese resultado. Incluso en la victoria, la Revolución Bolivariana afrontará enormes dificultades que sólo tienen una respuesta posible. La formuló una vez más Maduro esta misma semana: “el 7 de diciembre, con la victoria que el pueblo va a obtener, yo lo que voy a hacer es radicalizar la revolución para acabar la guerra económica, con ustedes, por ustedes y para ustedes, eso es lo que vamos a hacer”.

Es mi más profunda convicción que con esta conducta la Revolución Bolivariana continuará siendo la vanguardia de la lucha antimperialista y anticapitalista continental (quiero decir: incluido Estados Unidos).

Eso ocurrirá con o sin una neta victoria electoral. La incógnita no está entonces en las urnas. Está en la lucidez y el coraje de la vanguardia revolucionaria latinoamericana para acudir a la gran batalla, que comienza el mismo lunes 7 para defender la Revolución Bolivariana, entendida como provincia de una federación socialista de América Latina.

Buenos Aires, 3 de diciembre de 2015

@BilbaoL

 

 

Macri y Venezuela

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Mauricio Macri, electo presidente de Argentina, avanza hacia un segundo gran fiasco.

El primero lo sufrió antes de asumir, cuando el único cuadro con experiencia, solidez y base propia, Ernesto Sanz, presidente de la UCR (miembro de la Internacional Socialdemócrata), dio un portazo y salió inesperadamente del escenario político. Macri negó a Sanz la jefatura de gabinete del próximo gobierno y éste rechazó el ministerio de Justicia que se le ofrecía. Detrás del conflicto hay una dura pugna interburguesa, que no tardará en manifestarse por otros medios. En línea con la formulación de un texto anterior (http://bit.ly/1TfjCKZ), se puede decir que el presidente protofascista se quedó sin el socialdemócrata que lo llevó a la victoria.

El segundo revés ocurrirá el 21 de diciembre, cuando Macri pretenda excluir a Venezuela del Mercosur, mediante la aplicación de la cláusula democrática de este organismo. Como ha ordenado el Departamento de Estado, como insisten en la Internacional Parda, José Aznar y Álvaro Uribe, el discípulo alega supuestas violaciones a los derechos humanos por parte de la Revolución Bolivariana. Agentes desembozados de Washington se apresuran a aclarar su certeza de que Macri fracasará en tal objetivo. Pero se trata de ponerlo en el candelero, admiten. Los promociona la red de medios comerciales.

El intento de Macri carece de todo fundamento: no hay periodistas ni políticos presos en Venezuela; no hay persecución a la prensa. Hay delincuentes presos por responsabilidad en decenas de asesinatos (Leopoldo López entre ellos) y periodistas alojados en Miami porque no se animaron a seguir en su país después de haber sido rostros públicos del golpe de Estado en 2002.

Con el criterio utilizado por Macri, habría que aplicar la cláusula democrática a Argentina, porque hay en nuestro país una cantidad de presos no comunes: secuestradores, torturadores, asesinos. El diario La Nación, punta de lanza de la lucha contra la Revolución Bolivariana, publicó el lunes 23 un editorial exigiendo la liberación de estos presos. No llegó sin embargo a pedir la suspensión de Argentina del Mercosur.

Con certeza los presidentes de Uruguay y Brasil -probablemente tampoco el de Paraguay- no se inclinará ante el golpe de efecto de Macri, paradigma de la altanería de las clases dominantes en Argentina.

Esa prepotencia tiene otros límites. La respuesta de la sociedad -a comenzar por los propios trabajadores de La Nación- obligó a la dirección del diario a reconocer y dar gran despliegue a la rebelión de sus trabajadores y al rechazo de diferentes sectores de la vida nacional.

Esa fuerza invisible gravitará en todas las áreas sobre Macri. La condición ideológica de un individuo no determina la naturaleza de su gobierno. Perder al jefe de la formación socialdemócrata y hacer el ridículo en su primera participación en el Mercosur son indicios claros de lo que viene. Al destacar estos tropiezos no estamos mofándonos de un Presidente. Señalamos nuestra concepción del papel del individuo en la historia. Y trazamos las líneas de una caracterización del nuevo gobierno en Argentina: un híbrido sin base social organizada, ministros de cuatro vertientes bien diferenciadas, tácticas de emergencia ante el naufragio económico heredado y tendencia hacia formas de coalición o “gobierno de unidad nacional”. Y esto en el marco de una sociedad decidida a no regresar a 2001, pero tampoco al período inaugurado por Néstor Kirchner. Ese conjunto dista de cualquier posibilidad a corto plazo de instaurar un régimen fascista.

Antes bien lo contrario: para avanzar en una etapa ulterior hacia una política consistentemente contrarrevolucionaria -y no sólo apuntada a Argentina, sino a los gobiernos del Alba con centro en Venezuela- Macri está empujado a hacer concesiones en todos los órdenes a una política populista-desarrollista. Con realizaciones notorias de forma y contenido modernizadoras y eficientes. Con dosaje milimetrado de medidas de saneamiento y con precisión de cirujano para arrebatar conquistas económicas a las masas. A partir de esa táctica, intentará ahondar las divisiones en la clase obrera a partir de su muy marcada estratificación, enfrentar trabajadores con desocupados, cooptar a los punteros que administran subsidios y manipulan a sectores marginalizados, aguardar y alentar el agravamiento de la ya muy visible descomposición interna del peronismo y ganar ideológica y políticamente a las clases medias. Para eso deberá entre otras muchas cosas manejar la suba de precios, ya con signos de descontrol. Pero, sobre todo, deberá neutraliza cualquier posibilidad de organización política de masas de los trabajadores y sus aliados del campo y la ciudad.

Sólo en ese punto Macri estaría en condiciones de aplicar en Argentina y América Latina la estrategia enarbolada por Aznar y Uribe, trazada en última instancia en lóbregos subsuelos del Departamento de Estado.

Nuestra caracterización del nuevo Presidente no responde a súbitos ataques de histeria por perder alguna canonjía. Mucho menos a la defensa del elenco en retirada. Una cosa es conocer y precisar las determinaciones ideológicas del titular de un gobierno y otra muy diferente confundir esas pulsiones con la naturaleza del régimen que encabeza. Incluso alguien de otro liderazgo, por ejemplo Juan Perón, adecuó de manera drástica sus posicionamiento ideológico a la realidad que lo catapultó al poder. La concepción metafísica llevó en aquel entonces al PC a sumarse a la Unión Democrática para “evitar el triunfo del fascismo”. Tres cuartos de siglos después, ni el más impenitente gorila calificaría a los gobiernos de Perón como fascistas. El gabinete designado por Macri indica que se propone ser el Perón de las clases medias. ¿Puede esto llevar al fascismo? En teoría sí. Pero aunque lo crean -en esto idénticos al gobierno saliente- no juegan solos en el ajedrez nacional. Ese resultado depende de que genuinos revolucionarios sean o no capaces de cumplir su tarea, organizar la unidad de las masas oprimidas y ganar a las clases medias. Un desafío sin respuesta todavía.

Alertamos en su momento sobre los planes de Macri. En diciembre de 2012, en un artículo titulado“Fascismo iberoamericano”, informábamos acerca del plan del Partido Popular español y su líder, José Aznar, de extender el PP -ya instalado a escala europea- hasta conformar un Partido Popular Internacional. Lo denominamos Internacional Parda. El responsable de armar la estructura en América Latina era José Ramón García Hernández. El punto de referencia regional era Álvaro Uribe. En la empresa colaboraron individuos tales como Jesús Montaner y Mario Vargas Llosa entre otros habituales amigos de la CIA. Desde el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires actuó Mauricio Macri.

La operación falló, pese a ingentes esfuerzos y promocionadas reuniones que tuvieron, además, el apoyo de la Fundación Libertad de Rosario y hasta el visto bueno de las autoridades de esa ciudad santafesina. No hay PPI. Como tampoco hay V Internacional: la fuerza disgregadora provocada por los espasmos del capitalismo continúa impidiendo realineamientos estratégicos.

El eslabón nonato de la Internacional Parda en Argentina dio un giro inesperado por todos, excepto por los titiriteros de Washington. Inopinadamente Elisa Carrió rompió el frente socialdemócrata y arrastró a su parte mayor hacia una alianza con Macri.

Para pensar en la posibilidad de una victoria de semejante ensamblaje era necesario saber qué pasaba en el subsuelo de la política argentina. Pocos dieron prueba de conocerlo. Por eso corresponde alertar ahora acerca de un dato que puede llevar a confusión: el derrotado Daniel Scioli ganó más de diez puntos en los últimos días de campaña gracias a dos factores: éxito en identificar en ciertas áreas medias a Macri con Menem y Cavallo; colaboración militante de la iglesia en la provincia de Buenos Aires (el 25 de octubre había hecho lo contrario, por indicación de Francisco, para que perdiera Aníbal Fernández, candidato de la Presidente).

Dicho de otro modo: el rechazo a la política oficial y el panorama actual es muy superior a los votos obtenidos por Macri. Éste ha anunciado ya que seguirá, al menos por seis meses, con los “precios cuidados”, el “todo en 12 cuotas” y algunos subsidios. En pocos días anunciará un “plan de desarrollo” de neto corte keynesiano. Es improbable que desde el gran capital se pongan palos en esta rueda: así piensan ganar la adhesión de esa amplia franja que a última hora decidió por Scioli.

También Macri ganó un adicional en el último tramo: sus asesores y su principal aliado, la socialdemocracia, le indicaron que atacara a Venezuela y anunciara un giro proestadounidense de la política exterior. Un sector intoxicado de las clases medias tragó el anzuelo. No es un dato menor que el primer paso en esta dirección, la cláusula democrática contra Venezuela, termine frustrado.

Todo el arco antimperialista en Argentina debería aunarse en un frente único para defender la Revolución Bolivaria, comenzando por una intensa campaña de difusión y esclarecimiento sobre la verdad de Venezuela.

Otra cuestión, ya de carácter interno, será comprender que sólo un drástico cambio en las concepciones que llevaron a una estrategia de acumulación electoral o de convergencia in extremis con Scioli puede permitir un reagrupamiento capaz de frenar los planes imperiales. Ellos pretenden responder con el fascismo a la crisis del capitalismo en nuestro país. Sólo una estrategia de masas por el socialismo puede evitarlo.

 

Buenos Aires, 26 de noviembre de 2015

@BilbaoL

Ganó un presidente protofascista con base socialdemócrata

Ganó Mauricio Macri. Perdió la farsa pseudoprogresista que engañó al país durante 12 años con reformas parciales y un vuelco fabuloso de riquezas para el gran capital. Los efectos sociales de esa política se expresan en el resultado de hoy. Los efectos económicos se revelarán de ahora en más.
Hay algo peor que un oportunista: uno incapaz de acertar la oportunidad. Aunque desde una perspectiva ética sean lo mismo, en el terreno político el primero puede obtener un aparente éxito pasajero, pero el segundo es un fracaso para todos los tiempos.
Quienes llamaron a votar por Daniel Scioli desde el entorno oficial y un insostenible pseudoprogresismo hicieron algo peor que incurrir en una política sin principios ni estrategia: fueron incapaces de percibir la corriente subterránea que estrepitosamente se anunciaba en el país. Su conducta político-electoral ha sido un factor fundamental para que ganara una fórmula de ocasión, sin futuro posible tal como está hoy conformada.
La sociedad votó por la negativa, como viene haciéndolo hace años. Macri no lidera nada. Está en la cúspide de un fenómeno combinado de desesperación y búsqueda de las mayorías.
La burguesía supo ponerse a la cabeza de esa confusión de peligrosísimas derivaciones potenciales. Los revolucionarios no.
Varias razones explican esa incapacidad. En primer lugar cuenta el desvío de fuerzas de izquierdas en las que una combinación de sectarismo y reformismo impidió una estrategia de organización de masas antimperialista y anticapitalista. Como subproducto, el oportunismo pro oficialista tuvo un peso singular. En alto grado asociado con la corrupción y la búsqueda de cargos públicos,ese ínfimo sector, en el que destacaron quienes gustan clasificarse como intelectuales, esgrimió la bandera de Scioli y su rejunte alegando que era la salvación contra el “neoliberalismo”.
De esta manera desarmaron y estafaron a decenas de miles de honestos partidarios del candidato oficial. Es una tarea llevarle a esos sectores, sobre todo a la juventud, respuestas positivas para sumarlo a la batalla.
Esa ya añeja maniobra de enmascarar al capitalismo con un marbete insustancial sigue dando sus frutos para la burguesía. Ésta tiene en la falta de consciencia y organización de las masas su principal columna de sustentación.
Otro factor del resultado electoral fue el giro de la Unión Cívica Radical, timoneada por una extrapartidaria teledirigida desde Washington, Elisa Carrió, hacia una coalición con el inexistente Pro de Macri.
Esto completa la liquidación de la única estructura partidaria que le quedaba a la burguesía. Y da lugar a un magma indefinido cuyo destino depende menos de quien tendrá la Presidencia, que de lo que sea capaz de hacer la hoy dispersa y confusa fuerza antimperialista y anticapitalista.
Durante todo un primer período no habrá ofensiva frontal del capital. No porque no lo quieran, mucho menos porque no lo necesiten. Es que no tienen fuerza. Si lo intentaran, detonarían un movimiento masivo de rechazo que ya no dirigiría ninguna fracción del capital. Por eso buscarán acumular fuerza. No sería extraño que para ello hicieran maniobras demagógicas análogas a las utilizadas por Néstor Kirchner en 2003. Esta vez, asociadas al combate contra la corrupción. Y también a medidas consensuadas con la burocracia sindical para afrontar el tembladeral económico. Buscarán también ridiculizar a quienes presentaron a Macri como el lobo feroz y a Scioli como Caperucita naranja. Muy probablemente lo lograrán.
Si frente a ese seguro capital político no se levanta una organización de masas, democrática, plural, antimperialista y anticapitalista, la burguesía tendría espacio para emprender, entonces sí, una ofensiva en extremo agresiva, imprescindible para sanear el capital y poder gobernar.Los restos en desbandadas de esa ficción denominada “kirchnerismo” sólo contarán, si cuentan en algo, contra todo intento de resistencia y organización de las masas.
Las definiciones y orientaciones de Macri en consonancia con la Internacional Parda no le servirán para gobernar, al menos durante toda una primera fase, que no será breve. La socialdemocracia se define en lo general pero vacila, y vacilará aún más de aquí en adelante, para llevar a cabo la tarea encabezada ahora por un protofascista. Reafirmamos lo dicho en nuestro artículo Pseudoprogresismo y elecciones en Argentina: “gane Scioli o Macri, no hay democracia burguesa estable en el futuro nacional”. Nuestro papel será un factor clave para dirimir este combate histórico por la inteligencia y el corazón de las masas.
En lo inmediato está el objetivo clave de defender la Revolución Bolivariana de Venezuela y los gobiernos del Alba, ante la ya iniciada ofensiva retórica de Cambiemos y su presidente.
Allí están entonces planteadas las tareas de las fuerzas revolucionarias. No deberíamos perder un instante en programar una sucesión de reuniones que culmine en 2016 en un gran encuentro nacional para la fundación de una alternativa verdadera, creíble y capaz.
Buenos Aires, 22 de noviembre de 2015, 21.30hs.

Son ellos

PorLBenAXXI

De la mano del terrorismo la guerra ha entrado en Europa. Amenaza extenderse. Periodistas, analistas, políticos, incluso el Papa, hablan de una “tercera guerra mundial”. Cual si la mera mención lograra impedir la marcha hacia el cataclismo. Su accionar va por el camino inverso.

Por boca de su presidente Francia se declara en guerra. El Parlamento lo acompaña. Todos involucrados. François Hollande gira en redondo y pide ayuda a Rusia para combatir a aquellos que hasta ayer prohijó. Barack Obama vuelve también sobre sus pasos y completa la rendición estratégica de Estados Unidos en Medio Oriente para sumarse a la ofensiva que inició y encabeza Moscú.

Con inabarcable hipocresía, esta vez gestada en enajenada inconsciencia, los poderes establecidos –y sus portavoces oficiales y oficiosos- lloran las víctimas de París y callan lo ocurrido en los últimos 5 años en Siria: 250 mil muertos, 2 millones de expulsados por la guerra alentada, financiada, armada y silenciada ante el mundo por ellos.

Ellos provocaron la irracionalidad que ahora golpea con indecible crueldad, no obstante menor a la que ellos mostraron en la empresa insensata de destruir Siria con la excusa de derrocar a su presidente. La misma que ostentaron al despedazar Libia, Irak, Afganistán, creando el fenómeno que ahora les responde de este modo.

Esa irracionalidad que hoy asombra al mundo es provocada los estertores del capitalismo. Y puede destruir la civilización que conocemos.

Quedan en sordina, pero con riesgo potencial infinitamente mayor, los choques entre Washington y Beijing en el Mar de China meridional y entre la Otan y la nueva coalición dirigida por Rusia en el Este europeo con eje en Ucrania.

En América Latina se multiplican las agresiones estadounidenses en Venezuela, mientras voces que debieran sonar firmes se dejan ganar por el pánico -y lo difunden- anunciando una supuesta victoria estratégica de la derecha en América Latina, el retorno triunfante del imperialismo y el fin de la marcha revolucionaria reiniciada con el siglo, cuando en realidad están creándose las condiciones para todo lo contrario.

Es que el poder establecido y sus innumerables tentáculos en todo el planeta se niega a admitir lo obvio: el socialdemócrata Hollande, el premio Nobel de la Paz Obama, se comportan con mayor irracionalidad, violencia y brutalidad que el inhumano jefe de Daesh (Estado Islámico).

Ellos se niegan también a admitir que la Historia está en un punto de quiebre definitivo. Que dejar la guerra contra el terrorismo en manos de los terroristas es más que un desvío intelectual.

Que nada puede sostenerse sobre los cimientos corroídos del sistema dominante. Que el monstruo del terrorismo es vástago contrahecho de una Revolución que no llega; hijo de la imposibilidad de dar respuesta positiva al colapso del sistema agotado. Que la Revolución no es ilusión, empeño idealista o delirio, sino necesidad inexorable. Y urgente.

 

 

17 de noviembre de 2015

 

Pseudoprogresismo y elecciones en Argentina

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Daniel Scioli y Mauricio Macri se exhibieron en lid electoral una semana antes de la segunda vuelta por la presidencia. Ocurrió el domingo 15 de noviembre y fue transmitido en cadena de hecho por radio y televisión. Al observar el espectáculo, imposible no remitir la memoria a Demóstenes y Cicerón: 2400 años de Historia para llegar a esto…

Estridente vacío de ideas; exasperante incapacidad para expresar el guión preparado por un ejército de asesores. Argentina arrastrada al socavón de las tinieblas, la hipocresía y la mediocridad de las clases dominantes.

No obstante, el verdadero índice de la degradación que asuela al país estuvo fuera del escenario montado en la facultad de Derecho de Buenos Aires. Antes y después, dominó el esfuerzo de la así llamada “intelectualidad progresista” para instar a votar por uno u otro, so pena de que una mala opción conduzca al infierno.

Según un ala progresista, hay que votar por Scioli para impedir que gane Macri, porque nos hará retroceder al neoliberalismo y en consecuencia a la miseria, la desocupación, la entrega del país al gran capital internacional. Los macriprogresistas, en cambio, sostienen que de ganar Scioli seguiría el desastre actual -miseria, desocupación, entrega del país al gran capital internacional- mientras que las ocultas propuestas de Macri harían de Argentina un sitio próspero, feliz y armónico.

Son dos ramas de un mismo pseudo progresismo. Ambas  estuvieron juntas en 1999 para votar a la Alianza. Hoy repiten aquel mismo paso en falso, aunque por veredas diferentes de un mismo callejón sin salida. Aquella vez el objetivo era vencer a Carlos Menem, símbolo del socorrido neoliberalismo.

Ha sido y sigue siendo útil condenar al neoliberalismo a fin de no aludir, ni por error, al capitalismo. El artilugio permite a unos y otros trasladar el combate de las raíces a la última rama de un árbol ostensiblemente podrido. No hay inocencia en las palabras: el sistema ha sido transfigurado y se lo llama “modelo”. A su vez la confrontación de modelos ha sido reemplazada por la opción entre nombres. Y para completar la desgracia, esos nombres corresponden a quienes protagonizaron el penoso periplo de un año ininterrumpido de campaña electoral, culminada con la ominosa disputa en Derecho.

No pocos entre los ya resueltos a votar por el candidato ungido por la saliente Cristina Fernández sufrieron con el así llamado “debate”. Sumarán esa pena a la admitida necesidad de “votar con caras largas” y “desgarrados”, como explicaron algunos intelectuales que saben quién es Scioli y no lo ocultan, aunque por esos arcanos de la política argentina (y de la extraña lógica de ciertas mentes), votan y llaman a votar por él.

Al menos tienen la virtud de exponer sus zozobras morales. Otros intelectuales, supuestamente a la izquierda de los anteriores, ponen rostro duro a la adversidad y exigen el voto a Scioli sin remordimientos. Además, advierten a quienes introduciremos en la urna un voto programático o en blanco, que actuamos a favor del imperialismo.

¡Bravos funcionarios de todos los tiempos, dispuestos a condenar con tal liviandad a luchadores siempre por fuera de cualquier poder establecido! ¡Bravos defensores de la libertad de pensamiento, dispuestos a condenarnos porque no coincidimos en la defensa de Scioli! ¿Hasta dónde llegarán?

Ya volveré sobre este punto.

Semejantes manifestaciones de servidumbre no quedarán en los anales de la política argentina, porque sencillamente en el pasado las hubo con jerarquía política e intelectual incomparablemente mayor. Jamás en nuestra historia alguien con valía en cualquier terreno defendió como alternativa de progreso para el país a un personaje como Scioli, a quienes lo impusieron y al elenco que lo acompaña. Aparecen ahora porque estamos en el fin de una época no referida sólo a la familia Kirchner: es el fin de los resquicios para el reformismo de cualquier origen. Es la hora del choque frontal entre dos proyectos irreconciliables. Es el naufragio definitivo de una corriente que en el último cuarto de siglo se denominó progresismo. Ocurrirá sea quién sea el vencedor en los comicios. Cada quién ocupa su lugar.

 

Quiénes son Macri y Scioli

Tal vez alguien lo haya hecho antes, aunque no me consta. Por mi parte definí hace años, por escrito y publicado, quién es Macri: agente del capital europeo, miembro de la Internacional Parda, discípulo de José Aznar y Álvaro Uribe, político prefabricado por una clase dominante carente de partidos y cuadros para gobernar establemente el país en beneficio de sus intereses. Agradeceré si una mejor información me indica quién, de los que ahora claman al cielo para que Macri no llegue al poder, dio ese combate cuando, desde el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, se prohijaba el desarrollo del internacionalismo fascista contra la revolución latinoamericana.

En cuanto a Scioli, resta poca labor de denuncia porque de ello se encargaron hace tiempo, con profusión de datos, condenas y burlas, los mismos que ahora llaman a votar por él. Baste agregar algo soslayado por esos mismos defensores: Scioli fue el candidato impuesto por Washington desde comienzos de 2015. La operación se realizó a través de una consultora cuyos tramposos sondeos difundía el diario La Nación.

Sí, señores que exigen un voto antimperialista: Fabián Perechodknic, presidente de la pantalla Poliarquía, tras una gira de meses por Estados Unidos volvió para poner su empresa al servicio de Scioli. La “Tribuna de doctrina” (La Nación), impuso la idea de que Scioli sería inexorable ganador en las Paso (Primarias abiertas, simultáneas y obligatorias), frente al candidato de Cristina Fernández.

De acuerdo con las nuevas maneras de hacer política, la esposa de Scioli y él mismo fueron recibidos por el poder estadounidense -a través, entre otros, de William Clinton y también su esposa Hillary- para dar inequívocas señales al establishment argentino. La operación incluyó acuerdos semipúblicos con el Papa y la inclusión en su futuro equipo de nombres asociados a la iglesia. El gran capital local se alineó entonces sin chistar tras ese proyecto redondo.

Así las cosas, Scioli fue presentado como ganador mucho antes de las Paso que debían definir candidatos. Era una puñalada artera pero inteligente de los enemigos más frontales de Cristina Fernández y su elenco. Éste, incapaz para otra cosa que engañar a la población con un programa reformistoide al que la prensa llamó “relato”, carente de todo fundamento real, mostró sin embargo suficiente astucia para devolver el golpe: se abolió la interna presidencial en el peronismo, Cristina Fernández designó a Scioli, su súbdito más odiado y le impuso como vice a Carlos Zanini. Por si faltase algo, para la gobernación de Buenos Aires escogieron a “Anibaúl” Fernández (según el nombre aplicado por sus enemigos en la Casa Rosada, que no son pocos), acompañado como vice por un ex intendente, ex comunista, ex furibundo antikirchnerista y kirchnerista rabioso desde la muerte de Kirchner, odiado hasta la violencia por los barones peronistas del conurbano bonaerense.

Con esta insólita decisión Cristina dinamitó la operación de sus enemigos internos y desbarató el plan de Washington. De paso, implosionó a su candidato y se condenó a sí misma a ser la principal enemiga de allí en más para lo que años atrás ella y su esposo llamaban “pejotismo”.

Hasta ese momento la burguesía veía en Scioli una ruptura de continuidad que a la vez garantizaba gobernabilidad. Pero tras esta decisión viró en redondo y apuntó a Sergio Massa y Macri como alternativa. Incluso Francisco se sintió decepcionado, cambió bruscamente de línea, puso a la iglesia a militar contra Fernández y contribuyó a una estrepitosa y para muchos inesperada derrota del aparato peronista en la provincia de Buenos Aires. Así llegamos a este punto.

Cabe preguntarse si los súbitos antimperialistas que llaman angustiados a votar por Scioli están en sintonía con la Presidente. Todo indica que no. Pero pertenecer tiene sus privilegios y estos valen ciertos sacrificios. Además consideran -con razón- que la Presidente ya no tiene y no volverá jamás a tener poder político. Su pseudo organización, montada exclusivamente sobre dinero y prebendas, sin ideas, sin programa ni estrategia, como no sea el lucro delincuencial, ya ha desaparecido en los hechos. A tales antimperialistaslos asusta su propia suerte después del 10 de diciembre si gana Macri. En cambio con Scioli, tal vez…

 

Lo que vendrá

Por debajo de esta tragicomedia de enredos, el país está en quiebra. Otra vez. Luego de diez años de bonanza sin precedentes en toda nuestra historia. Ciclo, dicho sea de paso, ya agotado y definitivamente irrecuperable (la soja pasó de 600 a 300 dólares la tonelada).

Kirchner asumió el poder en 2003 con el país endeudado por 200 mil millones de dólares. La Presidente se vanaglorió el año pasado de que ella y su esposo habían pagado 200 mil millones de dólares. Fue mucho más, pero no importa. El hecho es que ahora Argentina debe 250 mil millones de dólares. Menem empalidece, frustrado, cuando ve estas cifras.

Claro que hay una diferencia. Ahora el grueso de la deuda no es con el FMI y otras instituciones financieras, a todas las cuales se les ha devuelto el dinero fraudulentamente contabilizado como deuda externa. De aquí en adelante los acreedores son los jubilados actuales y, sobre todo, los futuros: esta vez el endeudamiento forzoso se realizó a través de la Anses y del Banco Nación.

En adelante no podremos luchar contra el pago del endeudamiento fraudulento por la sencilla razón de que los más pobres en la ciudadanía argentina son, involuntariamente, los acreedores. Esto tiene muchas derivaciones, que no trataremos ahora. Basta con un adelanto: obligadamente –casi podría decirse aritméticamente- el dinero para pagar esa deuda deberá salir de las arcas de quienes acumularon riquezas mediante este redoblado accionar de saqueadores sin máscara. No habrá dos opciones.

Claro que con estas elecciones la burguesía gana un espacio estratégico. Durante un período imposible de medir, gravitará sobre la sociedad argentina el hecho obvio de que el grueso abrumador de la sociedad habrá votado candidatos burgueses amarrados al gran capital y compelidos a realizar el saneamiento capitalista que el sistema exige.

Esto se lo debemos a nuestra incapacidad para articular una propuesta revolucionaria -en lugar de buscar cargos con un 3% de los votos- y a progresistas siempre dispuestos a conformarse con el mal menor. Como sea, el hecho es que, gane Scioli o Macri, no hay democracia burguesa estable en el futuro nacional. La sociedad argentina está ante una encrucijada sin variantes posibles: fascismo o revolución.

Macri y Scioli -amigos íntimos durante 35 años, hijos de lo peor de la burguesía argentina (la comercial y la mafioindustrial), no pueden conducir al país sino a la aceleración de la desagregación y degradación que nos golpea desde hace décadas.

No por afán de devolver gentilezas, pero hay que decirlo: quienes desde un supuesto progresismo llaman a votar a Scioli, o frenan su ignominiosa deriva o terminan como aliados del fascismo. Por lo pronto, apoyan al candidato inicialmente elegido por el imperialismo y el gran capital local. Si acaso ganare, Scioli no respondería en ninguna hipótesis a sus mentores progresistas, gimientes de última hora, sino a aquellos que lo impusieron contra viento y marea desde el inicio. Para gobernar Scioli sólo podría apoyarse en el gran capital y en el PJ. Éste, devastado, sería el recurso de la burguesía para chocar contra los trabajadores azuzando la confrontación entre sus diferentes estratos y hacer, mediante la división y la violencia civil, la faena que en 1976 encargó a los militares.

Macri por su parte tendrá los contrapesos que implican haber domeñado a la UCR para alcanzar el poder. Esta socialdemocracia desteñida entorpecería y acaso demoraría el camino hacia el fascismo, pero no daría ninguna batalla crucial, como no lo hizo en 1976 (“soluciones hay, pero yo no las tengo”, dijo Balbín abriendo la puerta al golpe, para después respaldarlo en silencio, desde la dirección de 500 municipios durante la dictadura).

Acorralados al interior, algunos progresistas recurren al argumento latinoamericano. Según ellos la victoria de Macri sería la restauración de la hegemonía estadounidense en la región. Tarde para lágrimas.

Primero, desconocen la capacidad de lucha de los gobiernos y pueblos del Alba, pero también de las masas en Brasil y Argentina ante la escalada imperialista. Segundo, restaurar la dinámica proimperialista en América Latina no depende de que venza uno u otro candidato el 22 de noviembre. En Argentina esa fuerza negativa se instauró desde el mismo momento en que, en medio de la crisis de 2009, el gobierno de Cristina Fernández, conducido por Néstor Kirchner, optó por el G-20 contra el Alba, negándose sistemáticamente a sumarse a esta instancia antimperialista continental. Se trata entonces de vencer y cambiar esa dinámica que hunde a nuestro país y a quienes la impusieron.

Queda abierta una batalla decisiva, en un marco internacional de capitalismo en crisis. Una vía es la violencia contra las mayorías, en este caso en forma de fascismo clásico. Otra, la organización consciente y aguerrida de las masas en pos de un país plantado contra el imperialismo y el capitalismo.

Nuestra propuesta es un voto programático. Defendimos la misma posición para las Paso y la reafirmamos para el 22N al día siguiente de la primera vuelta presidencial. Ese voto será anulado y no contabilizado por el antidemocrático sistema vigente, así como ocurre con el voto en blanco. Puede ser en cambio una plataforma donde apoyarse para construir la herramienta necesaria, para eludir el abismo y encarar un camino de futuro. Depende de la militancia consciente.

No se trata de pedir coraje a académicos educados en la aquiescencia. Se trata de exigir ideas, planes, contribuciones para un programa de emancipación. Una figura grande de nuestra historia, Alberdi, no destacaba por su coraje físico. Eso no fue óbice para que pensara un país con inusual valentía intelectual y afrontara todas las consecuencias de exponer sus ideas. Hay una distancia insalvable entre esa conducta y el chantaje de quienes nos proponen votar a un hijo de Menem para luchar contra el imperialismo.

 

Junín, 16 de noviembre de 2015

P/D: Por si alguien pudiera sospechar que enfrento a este gobierno ahora, en su patética retirada, invito a leer mi libro Argentina como clave regional, Fuenap, Buenos Aires 2004; mis artículos al respecto enAmérica XXI y las ediciones de Trinchera de ideas (I y II), más todas las ediciones del periódicoEslabón -órgano de la Unión de Militantes por el Socialismo- desde 2003 hasta la fecha, cuyas posiciones avalo.

Elecciones y poder comunal en Venezuela

PorLBenAXXI

Desde el sur de América hay buenas razones para no comprender el significado de los comicios parlamentarios del 6 de diciembre en Venezuela. Cada quien desde su perspectiva interpreta el eventual resultado a partir de lo que conoce: las elecciones en su propio país. Sólo que se trata de fenómenos muy diferentes y, hasta podría decirse, contrapuestos.

Tras la tenebrosa noche de dictaduras militares la opinión pública fue ganada por la idea de que la así llamada democracia conquistada, lo era de verdad y consistía en elegir buenos representantes cada cuatro o seis años. Así como fueron escasos los intentos de explicar por qué la región fue plagada por regímenes criminales, también fue exiguo el esfuerzo por comprender la naturaleza de la fuerza que, en plena democracia, destruía partidos, hundía sindicatos, entronizaba corruptos, abría camino a un nuevo flagelo contemporáneo: droga y narcotráfico y convertía la democracia en una pantomima grotesca.

Hubo un puñado de hombres y mujeres que no sólo comprendieron el fenómeno; tuvieron además la capacidad de ponerse a la cabeza de un pueblo y llegar al poder. Tras una primera fase de afirmación, Hugo Chávez proclamó la necesidad de marchar hacia el socialismo. Lo hizo desde la institucionalidad tradicional renovada por una Constitución de avanzada. E insistió en recorrer el camino de manera pacífica, aunque subrayó un detalle: “esta es una Revolución pacífica, pero armada”. Acto seguido, comenzó a desarrollar de menor a mayor un nuevo actor social: el poder comunal (ver pág. 38).

Días atrás el lingüista Noam Chomsky, en entrevista con el periodista argentino y propietario de medios Jorge Fontevecchia, afirmó que “En América Latina creo que el modelo de Chávez ha sido destructivo”. ¿Se referiría el célebre intelectual al mal ejemplo del poder comunal? Volveré enseguida sobre este punto. Por ahora sólo planteo el interrogante, porque define lo fundamental: la estrategia para combatir la miseria, la degradación, la ignorancia y la violencia propias del sistema vigente.

Antes, volvamos a las elecciones. Ocurren en un marco signado en primer lugar por la abrupta caída del precio del petróleo (de 110 a 40 dólares el barril), las consecuentes dificultades económicas –caída del PIB y elevada inflación, descontento en franjas significativas de la sociedad, todo magnificado –a veces hasta el paroxismo– por lo que el Gobierno denomina “guerra económica”, más el acoso constante de Washington mediante una tenaza con proyección violenta desde Colombia y Guyana. Esa suma no descarta errores propios, por veces gruesos.

Todos los sondeos de opinión a los que he tenido acceso indican descontento y altos porcentajes de crítica al gobierno de Nicolás Maduro, sea porque no deja más espacio al gran empresariado y sus propuestas económicas, sea porque tiene mano suave con ellos pese al brutal hostigamiento mediante desabastecimiento, especulación y carestía. Todos los sondeos, también, coinciden en que la oposición nucleada en la llamada Mesa de Unidad Democrática (MUD, que de democrática sólo tiene el nombre y está fragmentada como nunca antes) no ofrece solución y no tendrá apoyo electoral.

Un indicativo más seguro lo ofrece la propia MUD, que hasta el momento no ha iniciado su campaña y, en contradicción con el trabajo sistemático del Consejo Nacional Electoral para garantizar comicios eficientes y seguros el 6 de diciembre, multiplica signos de que esta vez, más definida que nunca antes en las 19 elecciones transcurridas, se negará a aceptar los resultados.

En suma, que el Partido Socialista Unido de Venezuela y el Gran Polo Patriótico (Psuv y GPP), mantendrán la mayoría de diputados en la Asamblea Nacional.

Con el trabajo sistemático del Consejo Nacional Electoral para garantizar comicios eficientes y seguros el 6 de diciembre, multiplica signos de que esta vez, más definida que nunca antes en las 19 elecciones transcurridas, se negará a aceptar los resultados.

En suma, que el Partido Socialista Unido de Venezuela y el Gran Polo Patriótico (Psuv y GPP), mantendrán la mayoría de diputados en la Asamblea Nacional.

 

Otra dinámica

Esa conclusión no es, sin embargo, el dato más relevante del proceso en desarrollo en Venezuela. Gobierno y Psuv hacen los mayores esfuerzos por ganar las elecciones. Y lo hacen con un despliegue organizativo y militante sin precedentes. Pero ponen más empeño aún en organizar a las masas en órganos propios, a la vez que robustecen con moderno y poderosísimo material bélico a la Fuerza Armada Nacional, uno de cuyos cinco componentes son las Milicias Populares. La dualidad contradictoria de avanzar una Revolución en el marco de una institucionalidad tradicional se expresa positivamente en este desdoblamiento. Si acaso los permanentes flujos y reflujos de capas sociales indefinidas o pasibles de ser confundidas y manipuladas, diera como resultado la pérdida de la mayoría en la Asamblea Nacional, el rumbo trazado por la estrategia antimperialista y anticapitalista seguiría determinando el curso de la sociedad venezolana. Cabe reiterar palabras de Maduro ya citadas en estas páginas: “Lo peor que le podría pasar a ustedes, pelucones, burgueses, es ganar las elecciones, porque ahí comenzaría la nueva batalla. Anótenlo; no es una amenaza, es la Historia. La Revolución no se va a entregar jamás”.

Parecen no entenderlo (¡y no sólo en la derecha!) quienes auguran el fin. En lugar de comprender la Historia comparan con elecciones en Brasil o Argentina, imaginan un efecto contagio y se dan por vencedores… o por vencidos. Craso error: con victoria electoral, el Gobierno tiene más margen para mantener la línea institucional del proceso. Ante una eventual derrota, cabrá a la burguesía y sus mandantes optar entre aceptar la continuidad de las medidas revolucionarias o apelar a las armas, es decir, a la agresión extranjera, porque al interior carecen de toda posibilidad.

Antes de hablar del carácter destructivo del ejemplo de Chávez, Chomsky igualó la corrupción en Argentina y Brasil con Venezuela. Maduro lo invitó a visitar su país. Si lo hiciera, pese a que no habla castellano –al menos hasta hace algunos años, cuando la profesora Mercedes Balech intentó entrevistarlo para la revista Crítica– podría ver la diferencia. No interpretarla lo conduce a dar por perdida la batalla latinoamericana antes de que, como bien apunta Maduro, haya comenzado en realidad. En Venezuela, dice Chomsky, “hubo varios cambios instituidos desde arriba, bastante poco relacionados con la iniciativa popular, con algo de participación, pero no: venían desde arriba principalmente”.

Es una verdad parcial. Y un punto decisivo. En efecto, con base en el estallido conocido como Caracazo, en 1989, se gestó un proceso en el que la vanguardia –con Chávez en primera fila– tuvo siempre la primacía. Excepto en el intento del golpe de Estado dirigido por Washington en abril de 2002, cuando las masas salieron a la calle, rescataron al Presidente secuestrado y lo repusieron en el poder, siempre el conjunto social estuvo detrás de la voluntad política dirigente. El intelectual estadounidense, de filiación ligeramente anarquista, debería preguntarse cómo podría ser de otro modo en un mundo todavía signado por el derrumbe de la Unión Soviética, la extrema confusión ideológica con base en los crímenes del stalinismo y la desarticulación de la totalidad de los partidos obreros de masas en el mundo, con excepción de Cuba, Vietnam y China. La verdad parcial de Chomsky es al cabo una mentira y algo más: implica afirmar que en situación de reflujo o pasividad social una fuerza revolucionaria debe limitarse a esperar. Por lo demás, comparar Venezuela con Brasil y Argentina es puro impresionismo, total ausencia de rigor científico para comprender la realidad política contemporánea. Esto y el desconocimiento de la enérgica, sistemática y efectiva organización del poder comunal descalifican a Chomsky, quien siempre será no obstante reconocido por su valiente defensa de buenas causas en todo el mundo.

Lo que está en juego

Mientras rija la ley del valor en cualquier economía, tanto más en época de declinación irreversible del capitalismo, habrá corrupción. Incluso en la sociedad socialista llevará generaciones y dura lucha cultural para reeducar y erradicarla. Condenarla al margen de su origen es propio de fariseos e ignorantes. Consciente de la gravedad de ese flagelo en su país y su gobierno, Chávez la atacó por la raíz y cortó algunas ramas. Maduro ratificó el concepto y, ya en una situación superadora, ataca ramas y troncos.

Tras las elecciones el problema no será la corrupción, sino el restablecimiento a pleno del aparato productivo en industria y agricultura, aunque ambos desafíos están asociados. Esa necesidad llevará a un choque frontal con la burguesía y con las leyes objetivas del sistema capitalista. Esto ocurrirá con prescindencia de los resultados. La Revolución continuará avanzando. Quedará a decisión del imperialismo si permite la continuidad soberana y pacífica de esta experiencia observada en todo el mundo. En cualquier caso, el gobierno revolucionario estará acompañado por el Alba y por un número creciente de organizaciones de todo orden que, del Río Bravo a la Patagonia, asumirán por imperio de las circunstancias la necesidad de optar entre fórmulas fracasadas de reacondicionar el capitalismo y la estrategia socialista.

Tras la culminación del ciclo iniciado 17 años atrás con la primera victoria electoral del comandante Chávez, en diciembre de 1998, esa batalla ya ha iniciado una nueva fase y la Revolución Bolivariana continúa siendo el faro. Elección parece ser sinónimo de obnubilación. No lo es para el gobierno de Maduro, el Psuv y el GPP. El poder comunal es la máxima expresión de la democracia y Venezuela avanza por ese camino.

5 de noviembre de 2015
@BilbaoL

Otro mundo

PorLBenAXXI

Está dicho y repetido: Estados Unidos ha perdido su hegemonía mundial incontestable. Resta saber cómo adaptará su conducta a la nueva –irreversible– situación de un mundo pluripolar.

Tal incógnita es más candente desde el 30 de septiembre, cuando Rusia tomó cartas para frenar la demolición de Siria y su ocupación por agentes estadounidenses.

Hasta el momento la readecuación estadounidense ha recorrido los caminos de la diplomacia de corsarios, espionaje como nunca invasivo, agresiones con costo principal para aliados y sin rival militarmente valedero. Por ese camino, envalentonado por su triunfo en Libia, Washington ensayó en Siria una combinación feroz de mercenarios y fanáticos religiosos. Esa táctica produjo una catástrofe humanitaria y alimentó un tipo de organización terrorista sin precedentes, Daesh, que cobró vida propia y amenazó con hacer estallar el equilibrio regional.

Lejos de sus objetivos, el Departamento de Estado produjo una reacción aparentemente no esperada: la coalición antiterrorista de Rusia, Siria, Irán e Irak y el ingreso franco de Rusia en la guerra. Comenzó así otra fase, en la que los burócratas de las cancillerías dejan paso al combate abierto, con efectos fulminantes: en pocos días Estados Unidos perdió el control de Medio Oriente. Un mazazo estratégico cuyas consecuencias están por medirse, como lo admite el insospechable semanario alemán Der Spiegel: “Rusia pone fin al viejo orden mundial dominado por Estados Unidos”.

En tres semanas las incursiones aéreas de Rusia y el accionar combinado del ejército sirio en tierra, más la contribución de Irak e Irán, pusieron en fuga a Daesh. Para desesperación de los estrategas del Pentágono la coalición tiene sede formal en Bagdad y comando ruso. Más aún: la ofensiva dejó aislados y desvalidos a los grupos mercenarios a los que en las capitales de Occidente se denomina “democráticos” y “revolucionarios”, que ahora en retirada multiplican sus crímenes y combaten entre sí. Habían sido puestos en acción por el Departamento de Estado cuatro años atrás para derrocar al presidente Bashar al Assad. Como jefe de Estado integrante de la coalición antiterrorista, Al Assad resume la magnitud del fracaso de la Casa Blanca.

Lejos de ese escenario, atravesando todo el continente hacia el sureste, en el Mar de China Meridional sube la temperatura en otro conflicto de impensables derivaciones. Aquí la contraparte no está en la hasta hace poco desestimada Moscú, sino en la temida Beijing. China ha construido islas en el archipiélago Spratly y asume soberanía sobre 12 millas náuticas en torno de su territorio. El Pentágono hizo saber extraoficialmente que Washington prepara el envío para los próximos días de naves de guerra que navegarán desafiantes esa zona. Si no media una negociación de última hora, estarán llegando a zona de riesgo cuando usted tenga estas páginas en sus manos. Se trata de una situación de altísimo riesgo, aunque el poder disuasorio de las fuerzas armadas de China, mostrado con inequívoca intención en la parada del 3 de septiembre pasado, contradice la idea de un choque frontal entre ambas potencias.

 

Cerco desde Europa

En otras latitudes, Washington trastabilla allí donde hasta hace poco pudo acreditar pasos adelante: América Latina y Ucrania.

Este último país ha sido escenario de otro revés en los planes estadounidenses. La “revolución de colores” recorre el camino inverso al trazado hipotéticamente por los estrategas occidentales. Aun al precio de promover fuerzas de neta filiación nazi para derrocar al gobierno de Kiev, la Otan no logró convertir al país en cabecera de playa contra Rusia y sus aliados. Todo lo contrario, desató una guerra civil, perdió cualquier esperanza de control sobre la península de Crimea y alentó un movimiento independentista que desde el extremo Este se extiende hacia todo el país.

Incapaz de alcanzar sus objetivos, Washington y su coro de prensa alegan agresividad rusa para incrementar un dispositivo militar lanzado a la guerra. Mediante la Otan ha desplegado un arco de bases militares en torno a Rusia y desde comienzos de 2015 no ha cesado la sucesión de maniobras bélicas conjuntas contra un supuesto ataque ruso. A mediados de octubre tuvo lugar en Hohenfels, Alemania, la mayor operación aérea conjunta desde el fin de la guerra fría. El diario estadounidense The New York Times lamenta los serios recortes presupuestarios que afectan el desempeño de las tropas propias, obligadas a actuar contra lo que denomina “las últimas amenazas de Rusia, con una fracción de las fuerzas antes desplegadas en el continente”. Esto es, sostiene el periódico, “parte de una misión en desarrollo en la que los comandantes estadounidenses se preparan, si son llamados, para enfrentar un nuevo conjunto de amenazas, no sólo de una agresiva Moscú, sino también de la creciente movilización y caos en el Medio Oriente”.

Dicho de otro modo: mientras la armada estadounidense envía naves hacia el Mar Meridional de China, la Otan prepara la guerra no ya contra Rusia y los países de su área inmediata, sino también contra el bloque antiterrorista encabezado por Moscú, cuya sola creación implica un vuelco definitivo en el mapa de Medio Oriente. No es de extrañar que en discursos, análisis y documentos -sin excluir los textos del Papa- abunden cada día más expresiones relativas a una “tercera guerra mundial”. De allí la pregunta clave: ¿avanza la Casa Blanca hacia una guerra global o sólo busca posicionarse en un mundo donde ya no volverá a ser la voz inapelable?

Victoria a lo Pirro

Otra área donde una sucesión de éxitos de la estrategia imperial vuelve a chocar con la adversidad es América Latina. A diferencia de otros puntos del planeta, aquí Estados Unidos vive el reto de una propuesta definidamente anticapitalista. El Alba, bloque pequeño en términos relativos, puesto que enarbola una estrategia antisistema tiene enorme proyección potencial en un orbe azotado por la creciente crisis económica y su derivación inexorable: la guerra y sus espantosas consecuencias.

Washington celebró el giro de varios gobiernos de regreso a su órbita y el resultado de su agresión contra la Revolución Bolivariana. Pero no alcanzó a plasmar la nueva relación de fuerzas cuando en el horizonte comenzó a perfilarse un panorama aún más amenazador. A seis semanas de las elecciones en Venezuela todos los sondeos muestran a la vez el deterioro del cuadro general y una nueva victoria del gobierno y sus aliados en las legislativas. La indudable crudeza de la crisis ha mellado pero no quebrado el apoyo de las mayorías a la Revolución. El gobierno reacciona con vigor y claridad de objetivos. A la par, la coalición opositora está fragmentada y desprestigiada como nunca antes, por lo cual parece improbable un desempeño electoral exitoso y, en esa misma medida, la continuidad del plan regional empuja a Estados Unidos a apelar a la violencia también en Venezuela. Pero eso implica una respuesta ya no limitada a los miembros del Alba, sino potenciada por grandes masas hostigadas en un nuevo ciclo económico de caída generalizada, en el mismo momento en que aparece la frustración por el fracaso de gobiernos en los que decenas de millones cifraron esperanzas ahora negadas.

A la vez que Estados Unidos cosecha victorias en la superestructura política desde México a la Patagonia –siempre con la excepción de los países del Alba- por debajo crece una corriente en sentido inverso y en busca de un cauce que ya no pueden ofrecer las instituciones del sistema. Esa realidad palpable atemoriza a las clases dominantes y relativiza su papel para retomar el control en un inalcanzable statu quo ante. Más allá de su voluntad los socios de Washington están lejos de una “restauración conservadora”. Las conquistas alcanzadas por las mayorías en una década de bonanza económica –mezquinas, siempre subordinadas a un sistema enajenante, inhumano, explotador y corrupto- no podrán ser arrancadas con argucias políticas, por mucho que trabajadores, campesinos y juventudes carezcan hasta ahora de instrumentos propios.

Sólo la prepotencia imperial podría alinear a los grandes capitales locales tras una política frontal contra las masas. De modo que también en este cuadro regional Estados Unidos bascula entre la guerra y el reconocimiento de su minusvalía.

Venezuela es hoy el fiel de esa balanza de terror. Su gobierno afronta el más trascendental desafío desde la lucha por la independencia: la responsabilidad principal en la tarea de impedir la guerra con Estados Unidos y hacerlo con la única herramienta capaz de lograrlo: continuar sin pausa y con prisa por el camino de la revolución socialista.

 

Perspectivas

En la desafinada sinfonía de este nuevo mundo que comienza, como queda visto la lógica del capital conduce a la guerra. Un puñado de megamillonarios y los políticos enajenados que les sirven bregarán hasta el fin por esa salida. Recientemente el primer ministro británico defendió en declaración pública la necesidad de usar eventualmente armamento atómico. No es el único. Pero … ¿acompañará Europa sin fisuras la fuga demencial de la Otan bajo mando estadounidense?

No lo hará. Habrá rupturas múltiples. Al interior de la Unión Europea, de ésta con Estados Unidos y dentro de cada país. Esa fractura será presumiblemente más honda y perentoria al interior Estados Unidos. A priori no hay trazadas líneas de clase para esta inexorable fragmentación. Como sea, en los intersticios habrá espacio para un frente internacional antiguerra que doblegue a los Hitler de nuestro tiempo y a la vez recomponga y reordene el mapa de clases para abrir un nuevo rumbo a la humanidad.

19 de octubre de 2015
@BilbaoL

Dura derrota de gobierno y Partido peronista en primera ronda presidencial

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Argentina está en suspenso tras los resultados de la elección el domingo pasado. Me eximo de repetir los datos, registrados enwww.americaxxi.com.ve

Excepto aisladas e inaudibles voces de un sector de la izquierda revolucionaria este desenlace no fue previsto. Por lo mismo, no hay respuesta inmediata a la coyuntura.

Sólo una brusca reversión de las tendencias hoy visibles podría evitar la victoria de Mauricio Macri y el Frente Cambiemos.

Macri, como he repetido en numerosas ocasiones, es un pálido representante de la Internacional Parda. Responde ideológicamente a José Aznar y Álvaro Uribe. Cambiemos es un frente con la Unión Cívica Radial, socialdemócrata, y la Coalición Cívica, creación artificial del Departamento de Estado, por cuya mano fue creada esta fórmula hasta el momento exitosa. En la creatura tuvo un peso singular el Vaticano, que no obstante apoyar inicialmente a Daniel Scioli, cuando Cristina Fernández impuso como candidato a gobernador de Buenos Aires a Aníbal Fernández giró en redondo y respaldó fuertemente a María Eugenia Vidal, quien finalmente arrolló al peronismo en la provincia de mayor peso del país (cuenta con el 40% de los habitantes y el mayor desarrollo industrial).

Así las cosas, la fórmula lanzada a ganar el 22 de noviembre está apalancada por cuatro fuerzas potentes: socialdemocracia, socialcristianismo, una patrulla perdida digitada por el Departamento de Estado y la Internacional Parda, que responde a la vez a Washington y Bruselas a través de Uribe y Aznar.

Que después de 12 años de gobierno del matrimonio Kirchner gane una fórmula digitada por el imperialismo y su mentor espiritual, habla por sí mismo respecto de la naturaleza y carácter de este gobierno. En 2007 Cristina Fernández ganó explicando que quería una Argentina a imagen y semejanza de Alemania. Nadie podría acusarme de simpatía con el gobierno alemán si digo que 8 años después Argentina sería feliz si, aunque sea lejanamente, pudiera compararse con la maltrecha cabeza del imperialismo europeo.

Tras cuatro años de estancamiento, recesión y elevadísima inflación, Argentina atraviesa un dramático momento económico, que el próximo presidente –incluso considerando la improbable eventualidad de que sea Scioli- tratará de resolver apretando el cuello de los trabajadores y el conjunto del pueblo, con la precondición de someterse sin condiciones a Washington y alinearse con el imperio contra la revolución en curso en América Latina.

Nada de esto es novedad. No hablo en este tono cuando la Presidente calla a 72 horas de la derrota que la tiene ella como responsable directa. Quienquiera puede ver mis posiciones (www.luisbilbao.com.ar) desde el inicio de este gobierno, en mayo de 2003. Reuní posicionamientos al respecto en mi libro Argentina como clave regional (Fuenap, 2004). Estas afirmaciones continúan un posicionamiento explícito frente a una gran ficción que engañó a muchos.

El cambio regional que esto representa, sumado a la crisis convulsiva del gobierno brasileño, lo resumí en la edición de octubre de América XXI (http://americaxxi.com.ve/la-naturaleza-del-conflicto/).

Ahora se trata de asumir la nueva situación, que está muy lejos de ser desfavorable para la perspectiva de una revolución antimperialista y anticapitalista en la región.

Justamente: si Fernández en lugar de Alemania hubiese puesto a Venezuela como faro a seguir en 2007, hoy estaríamos en otra situación. Pero el fracaso de tal prototipo es, en realidad, la impotencia del sistema capitalista para resolver incluso los problemas más elementales de nuestras sociedades latinoamericanas. Quienes optaron por esa híbrida mezcla de socialdemocracia y socialcristianismo están hoy claramente en bancarrota.

Al otro lado de la barricada, la Revolución sigue su marcha, seguramente afectada por la defección de sucesivos gobiernos, pero estratégicamente fortalecida por pueblos que tienen cada día más claro que, ante la convulsiva crisis del capitalismo, los horrores de esa crisis tanto en la guerra como en el drama de millones de seres humanos lanzados a la deriva, tienen más posibilidad (porque tienen más necesidad) de comprender que la Revolución Bolivariana de Venezuela y el heroico esfuerzo de los gobiernos del Alba son la única respuesta posible, aunque difícil y exigente.

El resultado electoral del 25 de octubre en Argentina era previsible. Y fue previsto. De un solo plumazo fueron barridos el reformismo burgués (por estos días llamado desarrollismo o keynesianismo) y el tradicional reformismo obrero, apalancado por la socialdemocracia, el ex-comunismo y el socialcristianismo, arrasados moral y electoralmente por la ciudadanía en sus diferentes estratos.

El suspenso durará poco. En la hipótesis más optimista, hasta el recambio presidencial el 10 de diciembre y el comienzo de la faena, en marzo de 2016. Pero ya ha llegado la hora de palabras nítidas y rotundas: Revolución; Socialismo.

Por arduo que sea el camino, es ahora que comienza. Y sabremos recorrerlo hasta el fin.

 

28 de octubre de 2015

@BilbaoL

Alba y militancia anticapitalista ante un nuevo ciclo histórico

PorLBenAXXI

El ciclo iniciado con la victoria electoral de Hugo Chávez en 1998 ha culminado. La dinámica de convergencia de gobiernos latinoamericanos de diferente naturaleza está en un punto de parálisis e indefinición. A no pocas tendencias y cuadros de izquierdas les cuesta admitirlo. Pero hacerlo es una condición para continuar la marcha; para definir qué signo y sentido tendrá la nueva etapa que se inicia.

Entre una y otra fase el punto de giro no resulta de una victoria de la contrarrevolución. Aunque está a la vista el terreno recuperado en el último período por el imperialismo y los núcleos del gran capital en cada país, con excepción de los componentes del Alba, el saldo no es neto en modo alguno, como se verá enseguida. Hay un combate en curso.

Sobre la base de un sostenido agravamiento de la crisis estructural y agudización acelerada de las contradicciones en el hemisferio, el ordenamiento actual ya no calza en el cuadro anterior. Dado que Venezuela y los restantes países del Alba han resistido los embates de todo tipo tras la muerte de Chávez, el capital está compelido a articular urgente una respuesta para evitar que se transponga el punto de no retorno en el área del Alba y se generalice el conflicto en toda la región.

En relación a la situación dada a comienzos de siglo se ha producido un cambio fundamental en las relaciones de fuerzas entre clases y naciones. Ese cambio favorece circunstancialmente a Estados Unidos. Omitirlo induce a valoraciones, propuestas y demandas abstractas, lo cual a menudo lleva por caminos desviados a corrientes y cuadros revolucionarios. A la vez, avala tendencias que consideran suficiente desplegar su actividad en estructuras que rechazan la noción de Partido, postergan -o directamente desechan- la lucha por la conquista del poder político.

Para abrir un debate al respecto habrá que trazar una minuciosa cartografía de la nueva coyuntura histórica. Falta todavía un estudio detallado desde el análisis científico de la lucha de clases, pero hay suficiente experiencia acumulada como para afirmar un balance destinado a armar a la vanguardia revolucionaria, obligada hoy a multiplicar capacidades para frenar la contraofensiva capitalista y dar continuidad a las grandes conquistas alcanzadas.

Es preciso seguir la evolución país por país, evaluar el papel político de cada quien y valorar el desplazamiento de fuerzas al Sur del Río Bravo, con especial atención al Alba-Tcp (Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos) y los 11 países que la componen: Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua, Ecuador, la Mancomunidad de Dominica, Santa Lucía, Granada, San Vicente y las Granadinas y Antigua y Barbuda, San Cristóbal y Nieves.

Tal labor queda a cargo de la militancia que ha intervenido de manera directa en los acontecimientos (*). La justa comprensión y evaluación del fenómeno hemisférico requiere –y esto es ya la definición de un objetivo impostergable- una instancia organizativa internacional de cuadros y militantes revolucionarios. Vale repetir que fue también Chávez quien comprendió esa necesidad y convocó, a fines de 2009, a la creación de una V Internacional. Intento vano en su primer pujo, pero cargado de potencialidad.

El Alba fue un paso dictado por esa comprensión internacionalista de la lucha revolucionaria. Su sola constitución significó una ruptura neta con la dinámica del siglo XX. A excepción de esfuerzos realizados por Cuba para crear organismos internacionales que unificaran fuerzas de países del entonces llamado Tercer Mundo, desde los años 1930 en adelante prevaleció la corrupción primero y la disolución luego de las estructuras internacionales de la clase trabajadora. La Segunda Internacional había torcido el rumbo al punto de pasar del reformismo a la sociedad con el gran capital alemán y europeo; la Tercera se transformó en una maquinaria vuelta contra los comunistas revolucionarios en todo el mundo, comenzando por la Unión Soviética y España; la Cuarta no llegó a existir como tal; se limitó a un esfuerzo simbólico cuya fuerza se extinguiría a poco andar, coronado por el asesinato de Trotsky. Mantuvo un prolongado esfuerzo por preservar la memoria histórica y la continuidad del pensamiento revolucionario hasta que sucumbió en la deriva sectaria de la mayoría de sus epígonos. La irrupción de la Revolución Bolivariana primero y luego del Alba rompieron la inercia reformista o diletante. A esa altura el Foro de São Paulo ya estaba dominado por la noción reformista y organizaciones empeñadas en insertarse en el sistema. Pese a eso, el FSP era una organización de Partidos. El Alba, en cambio, es una unión de gobiernos. Como tal, tiene limitaciones y ritmos ajenos a las urgencias de un combate político como el que América Latina afronta en los últimos años y en el cual se decide la victoria o derrota de sus pueblos y vanguardias.

 

Washington recupera terreno

En la nueva situación el signo dominante es que después de un período de sistemático retroceso y de fallidas respuestas parciales, el estado mayor del imperialismo logró articular una estrategia contrarrevolucionaria en todo el hemisferio. A partir de ella viene sumando sectores de las burguesías locales que en la fase anterior salieron de su órbita.

Aquí está por tanto el principal aspecto en la coyuntura: franjas de la burguesía que agobiadas por la voracidad descontrolada del imperialismo se sumaron a una dinámica convergente, políticamente encabezada por la Revolución Bolivariana y el comandante Chávez, vuelven a encarnar una fuerza centrífuga o, como se decía en el siglo pasado, balcanizadora. América Latina está otra vez ante la amenaza cierta de retomar el camino de la fragmentación y, como consecuencia, de sucumbir una vez más ante el poder del imperio.

Washington sufrió un golpe durísimo en 2005 cuando con el Alca fracasó su intento de levantar un alambrado en la región y quedarse para sí con todo el mercado. Lamió sus heridas durante 2006 y lanzó los primeros pasos de la contraofensiva en 2007. Paradojalmente, la crisis contribuyó para que el capital recompusiera sus filas. Con el estallido financiero de 2008 los bloques gran burgueses en América Latina comprendieron que por sí solos no podrían remontar la situación provocada por el colapso en los países centrales. Con la reactivación de un G-20 reformulado Washington dio un golpe maestro a la dinámica de convergencia suramericana y encolumnó a las burguesías tras su respuesta estratégica al colapso financiero.

Además de neutralizar mediante el G-20 la disgregación entonces en curso de su poder ante las burguesías de la región, el imperialismo logró sortear el riesgo que amenazó durante meses con transformar la recesión en depresión. Y esa capacidad conllevó la recuperación de dominio y control sobre sus socios subordinados y esquilmados del Sur.

A la vuelta de siete años el sentido de la marcha de las burguesías de la región es exactamente el inverso al impuesto a comienzos de siglo, con Brasil a la cabeza, cuando el ex presidente Fernando Henrique Cardoso, acompañado por Chávez, convocó a la primera reunión de Presidentes suramericanos. Ese vuelco en la orientación se traduce en un cambio en las relaciones entre cada nación y el imperialismo, pero también en las relaciones de fuerza entre las clases al interior de cada país.

Desde luego la inconsistencia en la línea de acción adoptada por el gran capital era previsible. Y fue prevista. Chávez no albergaba la más mínima confianza en los grupos burgueses ávidos de negocios suculentos, capaces de tolerar la Revolución Bolivariana en Venezuela y admitir la creación de organismos nuevos, tales como Unasur y Celac, a condición de garantizarse el control y usufructo –aquí en frontal disputa con el gran capital estadounidense y europeo- de grandes obras de infraestructura e intercambio comercial en función de una “Comunidad” (así la llamaban, hasta que Chávez impuso la sigla Unasur) que imaginaron bajo su férula y fuera del alcance de la avidez imperial.

¿Por qué emprender ese camino con socios tan endebles y estructuralmente destinados a tomar el camino inverso? Tal pregunta cabe sólo cuando quien la formula no se propone la conquista del poder y la transformación revolucionaria de la sociedad.

Debilitar al imperialismo, sustraerle al máximo posible sus fuentes de alimentación –y paralelamente encarar la tarea de educación práctica de las masas respecto de quiénes son sus verdaderos aliados y enemigos- es una obligación para cualquier estrategia revolucionaria seria. Si no es por la guerra, ha de ser por la política. La conformación de bloques político-económico-militares (denominada por Chávez “mundo pluripolar”) era una estrategia acorde con las relaciones de fuerza a escala planetaria a comienzos de siglo. A una década de distancia ya no se trata de una teoría: está probado. Bloques de diferente envergadura y posicionamiento estratégico han dado en los últimos años un diseño nuevo al planeta. Estados Unidos no es más la potencia inapelable, con todos los demás grandes poderes del mundo girando a su alrededor. Desestimar esta reconfiguración geopolítica implica desconocer por completo la realidad mundial.

No es preciso decir que tal reconfiguración no resulta de la estrategia del algún partido o gobierno, sino del desenvolvimiento de la crisis sistémica: es el resultado inevitable de la pugna intercapitalista y la disputa por los mercados (tal vez sea necesario recordar que fueron esas las causas de la Primera y la Segunda guerras mundiales durante el siglo XX). En cambio, la comprensión por adelantado de esa lógica intrínseca era la clave para tomar la delantera y afirmar una perspectiva anticapitalista que obrara como faro para pueblos y vanguardias de todo el mundo. La estrategia incluía, como condición sine qua non, dos pasos fundamentales: una unión de gobiernos revolucionarios al interior de los bloques mayores que estaban formándose, y una organización internacional basada en partidos revolucionarios y movimientos de masas antimperialistas y anticapitalistas. Eso es lo que hicieron Chávez y otros partidos, organizaciones y cuadros revolucionarios en diferentes países del mundo. Eso es el Alba y el inconcluso intento de crear la V Internacional.

En ese mismo período organizaciones que gustan presentarse a sí mismas como flanco más lúcido y arrojado de las filas revolucionarias, optaron por emprender el camino de la acumulación electoral y se muestran ahora felices por contar con un puñado de concejales y algún diputado. Basta la comparación para comprobar por dónde pasó la vanguardia revolucionaria en lo que va del siglo. No hay debate posible entre una vanguardia internacionalista a la cabeza de pueblos enteros y una reedición pálida y tardía del reformismo electoralista, precisamente en el momento histórico en que la socialdemocracia agoniza sin gloria.

 

Reconfiguración geopolítica

El caso es que la combinación de resultados de la contraofensiva imperial y debilidades de diferente orden de esa nueva vanguardia latinoamericana –que tiene significativas aunque débiles extensiones en los demás continentes- da lugar a una coyuntura de equilibrio inestable con base en la contraofensiva imperialista. La resolución de ese cuadro transitorio está en juego ahora mismo; a América Latina le corresponde un papel acaso decisivo en el desenlace.

Por un lado, la lucha interimperialista se ha agravado entre Estados Unidos, Unión Europea y Japón, aunque la expresión de ese combate sin solución sea predominantemente en el terreno financiero y de disputa por mercados (en el plano militar la abrumadora hegemonía estadounidense se impone y Europa queda limitada a maniobras que ponen trabas y postergan la furiosa escalada militar estadounidense contra Rusia y sus aliados del Este europeo).

A su vez, el bloque encabezado por China y Rusia se ha desplegado en un conjunto de instrumentos económicos y legislativos que consolidan una nueva potencia de alcance planetario en términos geográficos, poblacionales, económico y, en primer lugar, militar. Esto último constituye un vuelco trascendental de la realidad mundial que caracterizará por lo menos el próximo medio siglo.

Este bloque no calza en la sigla Brics, creada por periodistas europeos para denominarlo en sus inicios, hace más de una década. En primer lugar porque está por verse si el primer país de la sigla, Brasil, guardará el lugar que hasta ahora tuvo en ese conjunto nuevo (volveré inmediatamente sobre esto). En segundo lugar, porque tampoco es estable la continuidad de India en un curso de política internacional hegemonizado por acuerdos de fondo entre Beijing y Moscú. Un caso análogo vale para Suráfrica. Y, finalmente, porque hay un conjunto de otros países sobre los cuales gravitan de manera decisiva China y Rusia, los cuales suman a ese bloque todavía sin nombre una fuerza singular que, sin romper con los límites del sistema capitalista, se planta hoy y sobre todo adopta una dinámica de choque frontal con Estados Unidos.

 

Prueba para los gobiernos del Alba

Como se ha señalado, el Alba es la herramienta creada por Chávez y Fidel para intervenir desde una estrategia anticapitalista en la reconfiguración geopolítica global. Sin esa alianza definida por el socialismo la flamante pluripolaridad quedaría enteramente en un marco políticamente capitalista, aunque estructuralmente indeterminado. Y las grandes conquistas de la época: Unasur y Celac, cambiarían sin más de signo y naturaleza.

De allí que hoy los gobiernos del Alba afrontan dos tareas inseparables: fortalecimiento y consolidación de este conjunto de 11 países; esfuerzo por impedir que la dinámica de disgregación paralice, desnaturalice o incluso destruya Unasur y Celac. Mercosur es otro fenómeno; quizá el más candente en lo inmediato, donde también se dirimirá el combate por la inestable convergencia o la victoria de fuerzas centrífugas.

Por lo pronto Estados Unidos ha articulado una Alianza del Pacífico a través de los gobiernos de México, Colombia, Perú y Chile. Junto con la OEA, a la cual Washington intenta revivir mediante el ex canciller uruguayo, actual secretario general empeñado en la tarea, son sus puntos de apoyo contra Unasur y Celac.

Ante las incógnitas que plantea este desarrollo la pregunta decisiva es si existe, y en tal caso cuál sería, la fuerza capaz de impedir el realineamiento de las burguesías con el imperialismo para marchar contra sus propias clases trabajadoras y el conjunto de sus pueblos.

Sobre la base de la creciente pugna intercapitalista de las burguesías de la región (siempre con el telón de fondo de la crisis mundial, que no hará sino agudizarse), dos factores principales caracterizan el cuadro: las contradictorias necesidades de la burguesía brasileña, visiblemente fracturada, y la presión estadounidense sobre varios gobiernos del área, en primer lugar el de Colombia.

Está fuera de duda que el Departamento de Estado considera la detonación de una guerra entre Colombia y Venezuela como llave final de sus planes. Sólo no avanza abiertamente por ese camino porque la todavía indefinida correlación de fuerzas significa para la Casa Blanca el riesgo de que un hecho semejante obre en sentido inverso al procurado, provocando un incontrolable incendio en la región. Esta misma razón guía los pasos de las principales cancillerías y sobre todo la brasileña, como pudo verse en el primer tramo del choque fronterizo entre Colombia y Venezuela, azuzado por el imperialismo y hasta el momento neutralizado por la mayoría de los países de la región. He aquí un principio de respuesta a la pregunta arriba formulada: la única fuerza capaz de postergar y darle un sentido diferente al vuelco definitivo de las burguesías a los brazos del imperialismo es el constante fortalecimiento de la perspectiva revolucionaria.

Con la salvedad de un eventual estallido de violencia en la frontera colombo-venezolana, el manejo de las aludidas necesidades contradictorias de la burguesía brasileña se presenta en lo inmediato como el desafío mayor para el Alba.

El debilitamiento del gobierno de Dilma Rousseff es el prólogo del irresuelto giro del gran capital brasileño. Están encarcelados propietarios y principales ejecutivos de empresas de la construcción directamente involucradas en proyectos económicos aprobados por Unasur. Fue designado como ministro de Hacienda un vástago proestadounidense de los bancos mayores. In extremis, cuando Dilma tambaleaba peligrosamente en agosto, las principales cámaras industriales salieron en su defensa y frenaron los preparativos para destituirla. El precio de semejante respaldo no requiere detalles: implementar el saneamiento que el capital exige a partir de los efectos de la crisis internacional y de los desequilibrios internos. Para observar esta coyuntura cabe tener en cuenta que el principal abanderado del impeachment (así llaman en Brasil al juicio político contra un Presidente) fue Fernando Henrique Cardoso. El mismo que en 1989 y en sucesivas elecciones acompañó la candidatura de Lula y en 2000 convocó a lo que sería el primer eslabón de una cadena que luego daría lugar a Unasur y Celac. Pocos como Cardoso reflejan el giro en 180 grados del capital brasileño.

El Alba se ve ante una dificultad análoga también en Argentina, aunque en un cuadro diferentes y con otro ritmo. En este caso no se trata de una burguesía con peso en el escenario internacional que replantea su rumbo, aunque por cierto el gran capital clama por el realineamiento con Washington. El hecho es que la marcha en zigzag de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández concluye con saldo inequívoco: en 2015 el PIB industrial per cápita es idéntico al de hace 40 años; el endeudamiento de 200 mil millones de dólares con el que asumió Kirchner en 2003 se elevó a más de 240 mil millones, con un detalle: desde 2007 a la fecha se pagó a los acreedores 240 mil millones; Argentina se negó a ingresar al Alba, pero en los hechos tampoco está hoy en el Mercosur, paralizado y agónico por la disputa de las burguesías de sus dos principales socios, mientras Brasil alineó tras de sí a los gobiernos de Uruguay y Paraguay y a partir de esto, si no ocurre algo extraordinario, en diciembre Mercosur firmará un tratado de libre comercio con la Unión Europea; el país lleva más de tres años de estancamiento y recesión, con una media inflacionaria del 30% anual; la desocupación crece al compás de la caída económica y la pobreza supera el 30% de la población; como colofón, el gobierno de Fernández no logró articular una candidatura propia para las elecciones del 25 de octubre y la Presidente debió designar como delfín a quien fuera su permanente enemigo personal y político: Daniel Scioli, discípulo de Carlos Menem, hoy respaldado por la derecha del Partido Justicialista y aliado explícito de Washington. Los dos restantes candidatos con chance de hacerse del poder son Sergio Massa y Mauricio Macri, ambos provenientes del más crudo derechismo liberal y amarrados a los designios de la Casa Blanca. Los tres, además, enemigos jurados de la Revolución Bolivariana de Venezuela y, por supuesto, del Alba.

Está por verse si Dilma Roussef logra finalmente sostener la estabilidad y continuidad de un gobierno legítimamente constituido según la Constitución vigente, pero dispuesto a encarar una política económica contra los intereses de las clases trabajadoras y a la vez mantener la línea de acción política suramericana llevada hasta ahora. En el caso argentino, en cambio, es inexorable que a partir del 10 de diciembre el país dé un brusco giro diplomático y comience a actuar abierta o solapadamente contra el Alba, sus gobiernos y sus fuerzas revolucionarias.

Brasil tiene un alto involucramiento económico con Venezuela, Bolivia y ahora también Cuba. En menor escala lo mismo vale para Argentina. Ambos países han obrado –a veces con enérgicos y decisivos pasos, otras de manera aviesa y con doble intención- contra las agresiones abiertas provocadas en diferentes circunstancias contra gobiernos del Alba.

No hace falta decir que la caída de Rousseff significaría una victoria para Estados Unidos; cambiaría drásticamente la relación de fuerzas entre Washington y las capitales del Sur, tanto más si se suma el reemplazo de Fernández por cualquiera de los candidatos en danza.

No menos claro resulta que el respaldo, siquiera por omisión, del Alba a políticas antiobreras y de realineamiento de Brasil con Estados Unidos (por ejemplo: el acuerdo de Libre Comercio con la Unión Europea y algún tipo de participación brasileña en la Alianza del Pacífico) implicaría un correlativo distanciamiento con las masas que en ese país buscan reorientarse sindical y políticamente. Otro tanto vale respecto de Argentina en cuanto al tipo de relación y valoración respecto del partido gobernante, en caso de que ganare las presidenciales.

Está claro que cada gobierno del Alba tiene no sólo el derecho sino la obligación de buscar alianzas en el más amplio arco posible para restarle margen de maniobra a la Casa Blanca. Y es igualmente evidente que si el Alba no obra como faro orientador para obreros, campesinos, jóvenes y capas medias golpeadas por la crisis, el costo a pagar sería igualmente gravoso para las dos partes.

Movimientos obreros, campesinos y populares debilitados redundarían necesariamente en un Alba debilitado, a su vez incapaz de detener la centrifugación del continente, lo cual a su turno minaría las bases de sustentación de la propia Alba.

No hay un vademécum para orientarse ante tales dificultades. Se trata de afirmar o no la certeza de que, con prescindencia de los altibajos que trace la curva, la crisis del capitalismo global se acentuará y, en consecuencia, las burguesías verán estrechado su margen de maniobra no sólo frente al imperialismo, sino también ante las masas trabajadoras, a las que deberán sobreexplotar para sostener el sistema.

A partir de una definición en ese sentido, se trata de optar estratégicamente por acelerar en el camino de la revolución. No hay tercera vía: la otra opción sería retroceder –con los recursos retóricos que fueren- para acompasar al Alba con el grado de definiciones de otros bloques y mantener la sintonía con poderosos vecinos como Brasil y Argentina, vueltos ahora hacia el sentido inverso al mantenido en la última década.

En todo caso, la clave está en la propia marcha del Alba. En el esfuerzo por implementar efectivamente el Sucre. Téngase en cuenta que desde fines de 2008, en el pináculo de la crisis, es el único bloque que tuvo la lucidez y el coraje de crear una unidad monetaria para el intercambio propio, sentando un principio que si finalmente fuera asumido por otros bloque geopolíticos y geoeconómicos decuplicaría el golpe dado al imperialismo estadounidense con la irrupción de la pluripolaridad.

Los gobiernos del Alba ya han afirmado un curso de acción en este sentido. En el encuentro de cancilleres del 11 de agosto pasado, la declaración final registra el compromiso de “relanzar decididamente los proyectos socio-económicos productivos (…) que superen la lógica del modelo capitalista”, a la vez que anuncia el esfuerzo por ampliar su radio de acción y se propone “Construir y desarrollar la Zona Económica Complementaria Alba-Tcp/Petrocaribe/Caricom, como espacio privilegiado de complementariedad económica, comercial y productiva, y cooperación solidaria entre nuestros pueblos”.

 

A prueba también cuadros y organizaciones anticapitalistas

Sin el concurso de los obreros, campesinos y juventudes de los países hasta el momento no incorporados al Alba, a ésta le resultará imposible contrarrestar la presión combinada de imperialismo y burguesías locales. A la vez, el cuadro a la vista indica que no es previsible en lo inmediato el fortalecimiento de este bloque con la incorporación de otros países suramericanos. Por el contrario, el ejemplo de ese conjunto de naciones guiadas por una perspectiva y una práctica diferente es un peligroso ejemplo para los restantes gobiernos, incluso cuando no son abiertamente enemigos del Alba.

Una vía para contrarrestar el rechazo de gobiernos capitalistas es la adhesión al Alba de sindicatos de trabajadores, movimientos campesinos o estudiantiles. No han faltado esfuerzos por crear una red que permita enraizar esa idea en las masas. Todos valiosos, necesarios, merecedores de apoyo pleno.

De hecho, una condición para que partidos y organizaciones de izquierda estén a la altura de las circunstancias es que asuman sin retaceos esa tarea. A un lado el reformismo, por definición opuesto a la perspectiva enarbolada por el Alba, la renuencia de otras corrientes proviene, como se afirma en las primeras líneas de este texto, de soslayar la trascendencia de la escalada belicista estadounidense y de la batalla en curso entre las clases dominantes y los pueblos explotados y oprimidos desde el Río Bravo a Tierra del Fuego. Se desconoce o desestima el hecho de que han cambiado las relaciones de fuerza, con lo cual se abona el riesgo de un cambio mayor.

El vuelco de la situación no debería asombrar, puesto que expresa precisamente la extraordinaria magnitud del camino recorrido. Si la Revolución Bolivariana hubiera sido doblegada; si la dinámica de convergencia no hubiese llegado al punto de crear una organización hemisférica que excluye a Estados Unidos y Canadá, el imperialismo no tendría necesidad de contraatacar. Lo mismo refleja la conducta de las burguesías, inicialmente movidas por la necesidad de protegerse de la voracidad imperial, ahora asustadas de sus propios avances, aterradas –y divididas- al comprobar hasta dónde fueron arrastradas por una propuesta revolucionaria. Es posible verlos en sus discusiones: “Creímos que podríamos comprar o finalmente neutralizar a Chávez. Pero eso no ocurrió y estamos lanzados a un abismo: ¿Una Celac sin Estados Unidos? ¿Destruir la OEA? ¡No! ¡Es necesario detenerse ya!”.

A ritmos diferentes, por caminos cruzados, todas se han detenido o están a punto de hacerlo. El Departamento de Estado y el Pentágono esperan ese momento para lanzar su ofensiva final contra los gobiernos de Venezuela, Ecuador, Cuba, Nicaragua y el resto de los componentes del Alba. No sería más que el prólogo de una repetición, corregida y aumentada, de la aplicación de políticas extremas de saneamiento capitalista en todos y cada uno de los países, incluido y acaso en primer lugar, Estados Unidos. El insolente desembarco de marines en Perú, la proliferación de puntos de apoyo estadounidense en ese país para eventuales acciones de guerra desde mar, aire y tierra, son datos insoslayables.

Consciente de su incapacidad para vencer una guerra de ocupación, temeroso de los efectos internos de otro Vietnam, Estados Unidos emprendió hace ya mucho una estrategia de destrucción humana y material masivas. Espera que la degradación por la guerra, la división y los enfrentamientos internos, frene el curso de la revolución, de otro modo inexorable. Washington se vale para ello de ataques aéreos –cohetes, aviones y ahora también y principalmente drones- y ejércitos mercenarios infiltrados y sostenidos con cientos de millones de dólares en más y más lugares del planeta. Ha exigido y obtenido el apoyo del imperialismo europeo para estos crímenes. Allí están Afganistán, Irak, Libia y ahora Siria para ejemplificar la nueva estrategia bélica estadounidense: criminal como nunca; cobarde como nunca; como nunca degradante de la condición humana y amenazante del futuro de la especie.

Es a ese poder al que se debe neutralizar y vencer. Quienes proponen construir el socialismo en una sola provincia (entendiendo a Venezuela como la provincia de avanzada de la nación latinoamericana), son un remedo patético de quienes se propusieron hacerlo en un solo país. Lejos de contribuir al avance anticapitalista, se convierten en obstáculos para la conciencia, la unión y la acción de las grandes mayorías y sus vanguardias. Son la contracara del reformismo que cree en un futuro diferente al de la crisis y la violencia crecientes para el capitalismo y propone humanizarlo. Éstos desconocen –o pretenden desconocer- la crisis intrínseca y la dinámica devastadora del sistema. Aquéllos hacen de la crisis una abstracción y le dan una respuesta metafísica. Basta que unos u otros tomen el gobierno de un país, o la conducción de un sindicato, o la comisión interna de una fábrica, para que a la vuelta de muy poco revelen su insanable incapacidad para conducir a las mayorías y enfrentar con éxito la reacción de la clase enemiga. Las pruebas de estas afirmaciones están a la vista de Norte a Sur en América Latina.

La necesidad de combinar desigualdades en el desarrollo político a lo largo del continente nada tiene que ver con el gradualismo reformista. Todo por el contrario. Se trata de avanzar en el reemplazo de la democracia burguesa por la democracia de las masas, en la cual la participación plena y libre ponga en marcha la más poderosa fuerza imaginable: el ansia de transformación que acucia a 9 de cada diez ciudadanos. Participación del ciudadano en el poder efectivo implica organización colectiva, en órganos de poder real, en todo ámbito de relacionamiento social.

Es lo que intentan realizar los gobiernos del Alba, también en este caso con logros desiguales. Sin embargo es claro que, como tal, este bloque no puede promover su propia propuesta en cada país. Eso significaría acelerar el curso de disgregación de Unasur y Celac. Ese rumbo, no obstante, es el obligado programa de acción inmediata, tanto más en aquellos países donde la farsa del electoralismo manipulado por burgueses y reformistas ha sobrepasado el límite de aceptación para las grandes mayorías y el saldo se ve ya en manipulación de masas por la derecha y el fascismo. Sólo la inercia y la falta de alternativas confiables han permitido en los últimos años que las clases dominantes ejerzan su poder bajo un manto institucional. El próximo paso será el retorno a la represión.

Frente a la magnitud de la batalla, si se le exige al Alba –o a cada uno de los gobiernos que lo integran- lo que el mismo demandante no es capaz de hacer en su país, se desemboca en el choque con esta gran conquista de la revolución latinoamericana, en una mayor incapacidad para cumplir las indelegables responsabilidades propias y en un debilitamiento de todos. Algo así como trabajar para el enemigo.

Por el camino que sea se llega a las dos exigencias impostergables de la hora: frente único antimperialista con la mayor amplitud que cada circunstancia lo haga posible; organización revolucionaria de los trabajadores y las juventudes en cada país en paralelo con la creación de un punto de organización y referencia internacional.

Al Alba le cabe la primera responsabilidad. La segunda es de la militancia dispuesta a la revolución. Pero una militancia disgregada o carente de programa, estrategia y disciplinada organización, no puede afrontar el desafío que tiene enfrente. Allí es donde aparecen con renovada vigencia las nociones de Partido e Internacional.

6 de septiembre de 2015

@BilbaoL

 

 

 

 

 

 

 

 

(*) De nuestra parte, ponemos a consideración textos tales como Trinchera de ideas (América Latina y el mundo entre 2003 y 2012), Ediciones Fuenap, Buenos Aires 2013; Trinchera de ideas II (América Latina y el mundo entre 2012 y 2016 (próximo a salir, la continuidad de esa serie está disponible en www.americaxxi.com.ve); Argentina como clave regional, Ediciones Fuenap, Buenos Aires 2004; así como folletos, documentos y artículos (www.luisbilbao.com.ar; www.unióndemilitantes.com.ar)

 

 

 

Otro espejismo que se esfuma

PorLBenAXXI

 

Comenzó la fuga masiva de capitales en países hasta hace poco considerados garantía de futuro: los aviesamente denominados “emergentes”.

Entre el 1 y el 21 de agosto los fondos especulativos vendieron 8.500 millones de dólares en esas plazas. La corrida había sumado 26 mil millones en el primer semestre. Agosto terminó con pérdidas billonarias en Bolsas metropolitanas y periféricas. Explicar el barquinazo sólo por la devaluación china es inconsistente. Estos movimientos traducen debilidades estructurales irreparables. Detrás está la irresuelta crisis de 2008, la caída de la tasa de ganancia, la deflación y recesión en las principales economías. Por eso, aunque no sea la perspectiva más probable en lo inmediato, no es imposible una fuga generalizada de estos fondos buitres seguidos en manada por Bancos de todo porte. En tal caso el colapso de 2008 sería un pálido ejemplo: el radio de la onda expansiva sería ahora mucho mayor y, a diferencia de entonces, el epicentro originario estaría en países incapaces de afrontarlo. En cualquier hipótesis, la crisis se ha reinstalado y las economías subordinadas pagarán esta vez el precio mayor.

Contra toda buena teoría, durante un período se confió en que el saneamiento y recuperación de la economía mundial tras la gran caída de 2008 provendría de los “países emergentes”.

Tal denominación sirvió a los fondos de inversión como recurso de venta para denominar a países antes llamados “subdesarrollados” o “del Tercer Mundo” y atraer inversores a la caza de altas tasas de interés. Por arte de birlibirloque en los años 1990 un conjunto de países cuyas economías se hundían en las profundidades de una crisis devastadora, pasaron a ser “emergentes”. Argentina fue acaso el ejemplo más penoso de esa impostura.

Mayor fue la confusión cuando economías de otra escala –China, India, Rusia, más tarde Brasil– ganaron espacio en el escenario mundial. Como prolongación del ensueño se impuso otra ilusión: la crisis de los centros imperialistas con sede en Washington, Bruselas y Tokio daría lugar a un nuevo orden mundial. Ya se había esfumado el que supuso otro con idéntica denominación pero con Estados Unidos como centro único e inapelable, a partir de 1991. Ahora, ese orden provendría del equilibrio estable y virtuoso entre bloques capitalistas antiguos y nuevos.

La marcha inexorable hacia un mundo pluripolar, como lo denominaba y propiciaba Hugo Chávez, fue confundida por no pocos con la perspectiva de ininterrumpido desarrollo capitalista. Apenas había que sumarle algunas columnas para sostenerlo.

Muy lejos de esa interpretación, Chávez enarbolaba una propuesta de transición a escala planetaria, con rumbo fijo al socialismo del siglo XXI. Ahora, cuando la pluripolaridad es un hecho, pero en lugar de equilibrio reinicia el tembladeral en escala mayor, cuando se esfuma el espejismo de un capitalismo humanizado y reformado, se replantea la necesidad de un programa global de transición hacia un horizonte post capitalista.

Arrullados por los panegiristas de la gran prensa comercial hubo quienes se vieron a sí mismos como estadistas, además sobresalientes, capaces con su astucia de sortear las leyes del sistema. “¿Socialismo? No. ¡Ésas son ilusiones! Nosotros somos gente sensata, realista; sabemos que sólo es posible realizar reformas y para ello es necesario apoyarse en la burguesía y crecer, desarrollarse y distribuir”.

A la vuelta de una década, tales habilidades se revelan vanas e impotentes. Los mismos que ayer derramaban zalamerías sobre mandatarios que desoían los llamados de Chávez y se negaban a incorporarse al Alba, ahora los acosan. La campaña acentúa el debilitamiento extremo de liderazgos que han perdido respaldo popular. Nadie podía esperar una conducta diferente del imperialismo y el gran capital. El hecho es que están en riesgo no sólo las reformas propias –en ningún caso extraordinarias en términos cualitativos- sino el proceso de convergencia y autonomía regional en su totalidad. Procesos de enorme riqueza desarrollados en América Latina durante los últimos 15 años están en jaque.

Identificar a los Brics con el futuro de la humanidad sin el molesto corolario del socialismo, comprar a precio de saldo la superchería procapitalista rebautizada “neokeynesianismo”, asumir la estrategia socialdemócrata-socialcristiana, llevó a este cuadro crítico de extrema gravedad.

La parábola del PT

Es en este paisaje donde destaca Brasil. Lejos de ser caso único, es parte de un fenómeno general aunque diverso; sobresale por su decisiva envergadura geográfica, poblacional y económica. Y, ante todo, porque 35 años atrás se produjo allí una revolución política con el nacimiento del PT.

Una década después, sin embargo, el derrumbe de la URSS potenció las debilidades de la vanguardia mundial, mientras el mundo era anegado por una ola reaccionaria. Como portavoz del   gran capital europeo la socialdemocracia –en este caso la española- hizo su faena. Con menos resistencia de la esperada, el PT cayó en sus fauces. Contribuyó un dato esencial, sumado a las flaquezas de las izquierdas en todo el planeta: un período de relativo auge con base en altos precios de las materias primas. Eso acabó. Y allí está el PT, al timón de un país clave en la región, empujado a sanear el sistema a nombre y en beneficio de la burguesía.

Alguien escribió en los 1930, cuando el Partido Comunista de Alemania se negó a hacer un frente único contra el ascenso de Hitler: “el proletariado alemán se levantará; el Partido Comunista de Alemania, jamás”.

¿Será capaz el PT de hacer un frente único latinoamericano contra el fascismo contemporáneo, corporizado en la escalada imperial-burguesa sobre la región? ¿Estarán dispuestas sus autoridades a corregir errores, depurarse de conductas corruptas, romper alianzas con la burguesía y con deleznables representantes del capital financiero internacional como, entre tantos, Felipe González?

El PT, el gobierno brasileño, las organizaciones de masas que reivindican las banderas de lucha de tres décadas, podrían levantarse y salir de la encerrona si encararan ese rumbo.

Están las condiciones dadas. Como en Brasil, también en Argentina la clase obrera y el conjunto de la población asiste anonadada al espectáculo de una degradación paralizante y la imposición de tres candidatos presidenciales para un mismo programa de saneamiento capitalista conducido por el imperialismo. Por sobre evidentes diferencias, otros países al Sur del Río Bravo viven situaciones análogas. La región está a punto de liberar fuerzas gigantescas detonadas por la crisis y la intención del imperial de recuperar espacio en sus semicolonias sublevadas. Darle organicidad y sentido a esa potencia de colosales dimensiones no sólo es necesario: es posible. Hace falta voluntad política, sobre la elemental plataforma reclamada por Bolívar dos siglos atrás: “moral y luces”.

Lucidez presupone comprender la inviabilidad manifiesta de cualquier estrategia de reforma capitalista. Carcomido por la crisis el sistema sólo producirá más pobreza y violencia. Ese proceso destructivo está a plena marcha en todo el mundo. Antes del torbellino de agosto se calculaba que América Latina tendría en 2016 un aumento promedio del 0,5 del PIB. Será peor. Brasil y Argentina están y seguirán en franca recesión. La reaparición del descontrol sistémico, aun antes de manifestarse en toda su fuerza devastadora, pone fin a conceptos como desarrollo, inclusión, soberanía, sin transponer los límites del capitalismo.

Revolución Bolivariana y frente único

Moral, además de lo obvio, implica reconocer que mientras los miembros de Unasur y Celac no integrantes del Alba recorrían el callejón sin salida del reformismo, primero con Chávez, después con Nicolás Maduro y su gobierno, la Revolución Bolivariana de Venezuela fue un factor clave en la conceptualización y articulación inicial de la multipolaridad, a la vez que alcanzó grandes conquistas, aquí sí, cualitativas, en la transición.

Chávez y Maduro no fueron criticados por sus errores, sino por sus aciertos. Rechazar la vía de la revolución y optar por la reforma llevó a los éxitos del capitalismo agónico, particularmente en Brasil y Argentina. Resistirse a la estrategia del Alba, negarse a la organización internacionalista propuesta por Chávez, condujo a la actual situación de indefensión de tantos valiosos luchadores y el riesgo de pesadas derrotas. Pero tales conductas también redundaron en debilidades y errores por parte de Venezuela, al restársele el aporte teórico, práctico y organizativo de los dos proletariados con mayor porte y experiencia en la región: el brasileño y el argentino.

Urge corregir esa falencia. El frente único latinoamericano puede articularse en la defensa de la institucionalidad y contra el ajuste en Brasil; en el apoyo a la resistencia que obligadamente adoptará el pueblo argentino; en las reivindicaciones de trabajadores uruguayos, paraguayos, chilenos, peruanos; en la paz para Colombia, y centralmente en la defensa de la Revolución Bolivariana y su gobierno.

Un ejemplo semejante sería acaso de enorme gravitación también en países tales como Grecia, España y ahora… Gran Bretaña y Estados Unidos. Allí aparecen también fuerzas subterráneas antisistema. Comienzan a expresarlas corrientes internas del Partido Laborista inglés y del Partido Demócrata estadounidense. Pero revelan base social para extender el frente único al corazón del imperialismo, que en todo el mundo avanza por el camino de la guerra.

En el caso venezolano Washington ensaya la tenaza bélica desde Guayana y Colombia mientras arrecia el accionar interno de bandas paramilitares. Impedirlo es una tarea de alcance mundial. La Casa Blanca necesita revertir la convergencia latinoamericana, neutralizar Unar y Celac, acorralar al Alba y aislar a Venezuela, como condición para lanzar finalmente en toda la línea la agresión violenta contra el centro de la revolución latinoamericana. Bajo el influjo de la crisis reaparecida las burguesías locales se alinean más y más con el gobierno estadounidense. Ningún trabajador brasileño, argentino o de cualquier otro país suramericano puede rehuir este desafío histórico.

24 de agosto de 2015
@BilbaoL