Obama en Cuba y Argentina: Batalla trascendental

Un formidable combate ideológico se ubica en el centro del nuevo ciclo en ciernes en América Latina. Tras formalizar la derrota histórica del imperialismo ante Cuba, Barack Obama llegó a Argentina con paso ofensivo, en un plan hemisférico que incluye, desde luego, también a la isla antillana.

Hay una analogía, mutatis mutandi, en la flexión mostrada por el titular del imperio a su paso por Argentina. Diferentes causas han impedido valorar en toda su dimensión el hecho de que Obama fuera a homenajear a los desaparecidos a un sitio de inmenso valor simbólico, exaltara el papel de los familiares (es decir, del pueblo argentino) en la lucha contra la dictadura y asumiera el célebre “Nunca Más”.

¿Hipocresía? Claro: entendida como el precio que el vicio paga a la virtud. ¿Oportunismo? Por supuesto: es la necesidad de halagar al vencedor para usufructuar de allí en adelante sus debilidades. Precisamente eso es lo que hizo Obama ante pueblo y gobierno cubanos y, en condiciones diferentes, con historia y realidad incomparables, también en Argentina. Son pasos tácticos –obligados, no voluntarios– de una estrategia contraofensiva cuyo desenvolvimiento y desenlace están por verse. Dependen de lo que se les plante enfrente.

El resonante viaje de Obama no es el de un mariscal vencedor. Es el de un adelantado encargado de buscar puntos de apoyo para la gran batalla que se aproxima. Para hacerlo, la Casa Blanca debe comenzar por rendirse ante los valores que sostuvieron a Cuba durante más de medio siglo, así como ante una zigzagueante resistencia de décadas que en Argentina obró por la negativa, imponiendo condiciones insostenibles para el capital, al punto de hacer estallar primero el sistema de dominación (2001) y luego impedir su reconstrucción sostenible, hasta llegar al actual punto de desequilibrio permanente. Dada su condición de país clave pero determinado hoy por debilidades que lo hacen presa fácil, allí encuentra Washington la oportunidad de apoyarse y proyectar su estrategia contrarrevolucionaria.

Fragilidad de un eje sin apoyo

Con pompa apropiada a la magnitud del objetivo, el Departamento de Estado plantó el eje Washington-Buenos Aires. Mauricio Macri “está brindando un ejemplo para otros países”, subrayó Obama en conferencia de prensa conjunta, el 23 de marzo, luego de una prolongada conversación a solas en la Casa Rosada. “Argentina está retomando su papel de líder en el mundo y en la región”, agregó el presidente estadounidense. Y remató: “como una de las naciones más grandes en el hemisferio (Argentina) tiene que ser un aliado para nosotros, para promover la prosperidad y la paz en la región (…) eso promete aumentar su influencia en el escenario mundial, por ejemplo en el G-20”.

Obama llega a Argentina para ungir a Macri, titulaba América XXI con fecha 22 de febrero. No se trataba de investirlo con alguna prenda de ocasión, sino como “contrafigura continental de Nicolás Maduro”. En simultáneo con la escalada contra la Revolución Bolivariana, Washington teje un entramado pretendidamente alternativo a la propuesta socialista de Hugo

Chávez, luego extendida mediante el Alba. Al mejor estilo publicitario yanqui, intenta ponerle nombre y rostro en la figura de Macri, a quien atribuye un infundado liderazgo, inexistente ahora e inviable en el futuro. Tienen la iniciativa y saben cómo sacarle partido. Carecen del basamento objetivo (eso incluye la inexistencia de partidos consistentes y líderes con peso real) para sostenerla en el tiempo (ver página 18).

Es la utilización sagaz y eficiente de una ventaja potencial. Ésta surge del rumbo político argentino tras la desmoralizada respuesta social al desempeño del último gobierno. El rechazo a esta experiencia llevó a la victoria a una alianza con base socialdemócrata presidida por un representante directo del gran capital, cuyo ultraderechismo ideológico se manifiesta en primera fase como populismo desarrollista.

En su urgencia por dar vuelta las relaciones de fuerzas hemisféricas, recuperar su condición hegemónica y acabar con el proceso revolucionario fincado en el Alba, Washington elige apoyarse en Argentina, un país debilitado y conflictuado como nunca antes, dado que la inestabilidad en Brasil y la incerteza del rumbo de este país por todo un período, le impide contarlo como aliado firme en su escalada contrarrevolucionaria.

Este doble salto –cambio de Brasilia por Buenos Aires y elección de un gobierno débil, sin articulación partidaria con las masas, sin proyecto estratégico excepto la salvación del sistema– produce un sacudón geopolítico e inaugura una etapa de intensa lucha ideológico-política en toda la región. No hay resultado predeterminado para esta batalla de alcance histórico. Eso debería estimular la inteligencia y la voluntad de millones, aunque por el momento predomina la confusión en una mayoría de países del área.

Venezuela, objetivo central

A la vez que ensaya la instalación de ese eje geopolítico, el Departamento de Estado aprieta el nudo en torno a la Revolución Bolivariana: poco antes de su gira, Obama renovó el decreto que califica a Venezuela como “amenaza extraordinaria e inusual” para Estados Unidos.

Guerra económica e ininterrumpida campaña de calumnias contra el gobierno de Nicolás Maduro se complementan con el impulso a bandas paramilitares de origen colombiano, protagonistas de una escalada de delincuencia e inseguridad. Desabastecimiento, carestía, dificultades e incluso parálisis en diferentes áreas de la producción, entorpecen la vida social y alimentan un descontento extendido a las propias filas revolucionarias.

Mostrada esta realidad como contraparte de la promesa de Obama, se impuso una muletilla que desde Alaska a la Patagonia repitió cada periodista al servicio de la operación: “la caída de Maduro es cuestión de horas”. En simultáneo, escaló la presión contra Dilma Rousseff, al punto de que el cada día menos respetable The Economist se animó a un título de tapa de inaudito injerencismo en la política brasileña: “Time to go” (Tiempo de irse) ilustrado por una foto de la Presidente.

Con buenos reflejos el gobierno cubano recibió a Maduro horas antes de la llegada de Obama, le otorgó la máxima condecoración y firmó un conjunto de acuerdos para acompañar el plan de recomposición económica de Venezuela. Envió así un mensaje inequívoco a pueblos y gobiernos de la región. La gravedad de la situación fue comprendida también en otras latitudes: “Venezuela es un país amigo que están tratando de destruir desde fuera”, declaró Serguéi Lavrov, ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, quien explicó que la actual coyuntura se encuentra exacerbada por interferencias externas.

Lejos de arredrarse, las filas revolucionarias respondieron al vehemente llamado de Maduro, públicamente reiterado por las máximas figuras del gobierno, el Psuv y la Fuerza Armada. Todos desplegaron en marzo, en coincidencia con el tercer aniversario de la muerte de Hugo Chávez, una actividad febril destinada a recuperar el músculo económico, corregir errores y desviaciones, quebrar la columna vertebral de una corrupción odiada por las mayorías y reatar la relación con las masas.

El Congreso de la Patria, programado para los días 13 y 14 de abril y el Congreso del Psuv, previsto para el 16 y 17 del mismo mes, mostrarán hasta qué punto ha logrado el Gobierno sus objetivos inmediatos.

En las vísperas

Si es frágil el punto de apoyo en Buenos Aires para el eje contrarrevolucionario continental, no lo es menos el que se asienta en Washington. El descalabro económico, la desagregación social y la confusión política en Argentina no tienen precedentes. En Estados Unidos, a su vez, la alegada recuperación tras el estallido de 2008 es una farsa, cuyas derivaciones, combinadas con el estancamiento y recesión en la Unión Europea, serán evidentes a corto plazo. De allí que la batalla avistada no comienza con una ventaja estratégica del imperialismo.

Para poner en marcha su osado intento contraofensivo el Departamento de Estado aprovecha la inexistencia de un centro organizador de las fuerzas anticapitalistas. Este no es dable hoy por la heterogeneidad ideológica. Un milímetro de diferencia en la teoría, decía Lenin, es un kilómetro cuando se traduce en acción práctica. Eso produce la dispersión de cuadros y organizaciones que, en términos abstractos, se proponen un mismo objetivo. Pero no caben invocaciones voluntaristas: la solución sólo provendrá del resultado de la confrontación de ideas, programas y estrategias en el seno de las grandes mayorías.

A comienzos de siglo sostuvimos que la avanzada latinoamericana estaba, por así decirlo, expresada en tres grandes planos. Cuba ostentaba la vanguardia ideológica, Venezuela la vanguardia política y Bolivia la vanguardia social. Hoy el panorama es diferente. Ahora fortalezas y debilidades se combinan de una manera que puede a primera vista aparecer más confusa, pero en cambio supone un extraordinario aprendizaje, fusionado en el conjunto de países del Alba. Expresarlo en una futura organización en condiciones de hacer frente al desafío de la Historia es tarea primordial.

Obama ya sembró lo que Washington supone una semilla de penetración estratégica en La Habana. Hizo su show de populismo glamoroso en Buenos Aires. Y lanzó una redoblada embestida contra Caracas. Ahora es el turno de mujeres y hombres comprometidos con la lucha anticapitalista del Bravo a Tierra del Fuego, con los gobiernos del Alba a la cabeza, para decir su palabra y convertirla en acción.

 

25 de marzo de 2016
@BilbaoL

2001 está allí; 2008 también

PorLBenAXXI

 

En su intento por afirmar un eje Washington-Buenos Aires, Barack Obama y el Departamento de Estado caminan por la superficie del continente y rehúyen las corrientes profundas que lo atraviesan.
En 2001 estalló Argentina. En 2008 colapsó la economía estadounidense y arrastró al sistema financiero internacional. Esas dos heridas profundas no están suturadas. Por el contrario, serán las que malogren el plan estadounidense en América Latina.
Para entrever el panorama actual y su inexorable dinámica falta todavía otra fecha: 1991, cuando se desmoronó la Unión Soviética.
En su urgencia por acorralar al Alba y poner freno a la Revolución Bolivariana la Casa Blanca relega temporalmente a su socio estratégico, Brasil. Es un paso obligado por dos razones principales: la burguesía paulista buscó una tercera vía en el damero mundial con la ilusión de los Brics y tomó distancia de Estados Unidos en la disputa por el mercado mundial. Varado ahora a medio camino, por todo un período sufrirá estancamiento y recesión, en medio de la conmoción política que sacude al sistema político brasileño, sin recomposición previsible de la estabilidad en un futuro cercano.
Así, más que una elección racional la aproximación del gobierno estadounidense a Argentina es un salto oportuno dictado por el resultado electoral de noviembre último. Ocurre que la victoria electoral de Macri es en realidad la derrota de la recomposición del poder burgués que tuvo a Néstor Kirchner y Cristina Fernández como efímeros representantes. Tras la apariencia, abonada por toneladas de comentarios anecdóticos, subyace la imposibilidad de recrear un sistema político estable en Argentina. El período posterior al salvataje llevado a cabo por Eduardo Duhalde se sostuvo sobre arbitrios económicos insustentables, cuyo costo reapareció con fuerza en 2012, se agravó desde entonces y explota ahora en las manos del nuevo elenco gobernante.
Rescatar al heterogéneo y hasta ahora inarticulado gobierno de Macri es la primera tarea de Obama para afirmar el soporte Sur del pretendido eje. Ocurre que Estados Unidos marcha hacia una repetición corregida y aumentada de lo ocurrido en 2008. Menos que nunca está Washington en situación de sostener una economía de la envergadura argentina para apoyar en ella sus líneas de largo plazo, lo cual no implica desconocer las posibilidades que se abren con el simple hecho de aflojar el nudo que ahorca al país.
Esto ocurre, además, en el marco de una suma de victorias tácticas presentadas como pujanza estratégica. No se trata de desconocer el terreno recuperado por Washington. Se trata en primer lugar de insistir en la diferenciación de esos éxitos (nada hay en común entre los resultados electorales en Venezuela, Argentina y Bolivia, hoy capitalizados por el imperialismo). Y a la vez distinguir entre una fuerza vital que gana espacio internacional por la potencia arrolladora de su aparato productivo –como fue el caso de Estados Unidos desde el último tercio del siglo XIX– y los destrozos producidos por la fuerza irracional de un gigante acorralado. El mundo asiste a la más grave crisis en la historia del capitalismo. Sólo los efectos sociales y políticos del derrumbe de la Unión Soviética, todavía letales, impiden que el ahogo simultáneo en el centro y la periferia del sistema tenga una respuesta de masas con sentido anticapitalista.

Para usufructuar esa debilidad subjetiva, desde los años 1990 tomó forma orgánica una alianza cimentada desde antes de la segunda Guerra Mundial: socialdemocracia y socialcristianismo convergieron en el terreno sindical a escala mundial. A la vez, en Europa y varios países periféricos dieron base conjunta a gobiernos destinados a sostener pseudodemocracias burguesas y bloquear el camino de la revolución. Un dato nuevo es que la violencia de la pugna intercapitalista comienza a fisurar esa unión.

 

Repliegue

Estados Unidos ha perdido la hegemonía mundial; su economía es igual o menor a la China; el sistema financiero se despega progresivamente del dólar y tiende a la conformación de una pluralidad de espacios económicos fuera de control central; la rivalidad económica con la Unión Europea es cada día mayor; ha perdido el control sobre el Oriente Medio; no pudo imponerse en el conflicto con Rusia en torno a Ucrania; se ve desafiado en la supremacía militar por la suma de Rusia y China. En América Latina perdió el control y topó con el descontento mayoritario al que se plegaron sucesivos gobiernos pero, sobre todo, vio la aparición, por primera vez, de un bloque anticapitalista.
Las victorias electorales en Venezuela y Bolivia no suponen la reversión de la dinámica trazada en la región desde comienzos del siglo XXI. Esa es una batalla en curso en la cual se verifica ahora una curva descendente y a la vez se anuncian, a término, cambios drásticos en el sentido inverso, con la irrupción en el escenario continental –sin excluir el territorio estadounidense– de masas acosadas por la crisis.
Esto último es, desde luego, una afirmación discutible. No lo es la suma enumerada anteriormente y, sobre todo, la causa que determina este conjunto de fenómenos: una irrefrenable caída económica con eje en el mundo desarrollado e impacto planetario.

 

Hacia la recesión global

En años pasados y ante la evidencia de la retracción en China y la imparable tendencia recesiva en la Unión Europea, las expectativas voluntaristas de técnicos en economía se volcaron al alegado crecimiento sostenido de Estados Unidos. Ya no más: “La economía estadounidense no es suficientemente fuerte para remolcar la economía mundial; incluso pude no ser suficientemente fuerte para mantenerse a flote a sí misma”, admite el semanario inglés The Economist a fines de febrero. A partir de este reconocimiento tardío fluyen revelaciones un tanto obvias durante estos años para una mirada no apologética de la tambaleante economía central: “La deuda pública en Estados Unidos pasó del 64% del PIB en 2008 al 104% en 2015; en el área del euro subió del 66% al 93%; en Japón, del 176% al 273% (…) Aun así, la inflación ha estado persistentemente por debajo del 2%”, nivel considerado mínimo para que el giro económico no se engrane.
Dicho de otro modo: en el mundo altamente desarrollado campea la deflación, caída de precios determinada por la retracción de la demanda.
Académicos y funcionarios realizan curiosos ejercicios para fundamentar medidas de emergencia, de cortísimo plazo, en las que se advierte más ansiedad que consistencia teórica. Uno de ellos, el economista de Harvard Larry Summers, alerta que las naciones altamente desarrolladas “están condenadas a un largo período de débil crecimiento por la persistente disminución de la demanda”, por lo cual urge medidas duras para contrarrestar esa tendencia.
Todas las variantes de esa búsqueda van por caminos no ya heterodoxos, sino de nulo aval histórico. Semejante flexibilidad contrasta con el conservadurismo de sus pares “progresistas”, quienes en lugar de observar los hechos, se aferran a consignas de otras circunstancias, en otras épocas. Reproducen ellos la supuesta conducta que atribuyen a otros, a quienes descalifican como “dogmáticos marxistas”. Siguen hablando de “neoliberalismo”, al que adjudican la voluntad de “destruir el Estado” y “dejar la economía en manos del mercado”. Parecen incapaces de ver que los centros imperiales impulsan políticas exactamente inversas, simbolizadas por el uso y abuso del QE (Quantitative easing, que en buen romance significa luz verde a la emisión de dinero sin respaldo).
En los centros imperiales se teoriza y practica lo contrario de lo denunciado por quienes apuntan hacia el fantasma del “neoliberalismo”. En Japón se ha llegado a proponer un abrupto aumento de salarios para recalentar el consumo y reiniciar el ciclo por esa vía (algunos neo-neoliberales lo han practicado en otras latitudes). Aunque por causas obvias semejante propuesta fue desechada, otras líneas de acción movidas por el mismo objetivo no sólo se ensayan en las metrópolis imperialistas, sino que son proyectadas, con carácter de exigencia, a todo el mundo.
Tal vez el espectro “neoliberal” es sólo un recurso para evitar siquiera la mención al capitalismo. Como sea, conduce al desconocimiento de la realidad en curso e inhabilita para definir una línea de acción sustentable.
Mientras tanto, el gran capital actúa a los tumbos para contrarrestar la caída de la demanda agregada mundial. O dicho de otra manera: afrontar el mal intrínseco e inexorable del sistema: la sobreproducción.
De esto discutirán los mandatarios en la próxima reunión del G-20: cómo activar la demanda y a la vez impedir que la marea descontrolada de dinero excedente arrastre al sistema financiero internacional.
Como en un ejercicio de prestidigitación, mientras en el escenario se ven disputas triviales respecto de técnicas económicas para eludir la recesión mundial, tras bambalinas cerebros más pragmáticos están ya embarcados en el desarrollo del método de siempre ante la sobreproducción de mercancías: su destrucción.

 

29 de febrero de 2016
@BilbaoL

intento de afirmar un eje de la contrarrevolución continental

Obama llega a Argentina para ungir a Macri

PorLBenAXXI

Coyuntura inestable en América Latina. Washington busca cambiar las relaciones de fuerzas regionales a partir de Argentina y consolidar un cerco sobre la Revolución Bolivariana y el Alba.

Para ser lo que se propone, contrafigura continental de Nicolás Maduro, Mauricio Macri está obligado ante todo a resolver el problema interno. Si lo lograre, podría entonces sí presentarse como adalid de la solución para urgentes demandas de 550 millones de latinoamericanos.
¿En qué consiste ese problema interno? Se puede resumir en pocas palabras: cuatro años de estancamiento y recesión; un tercio de la población bajo la línea de pobreza; arcas exhaustas por el pago de 230 mil millones de dólares de deuda externa en una década; endeudamiento interno equivalente a otros 200 mil millones de dólares; inflación entre el 30 y 40%; la mitad de los trabajadores ocupados no registrados; 18% de desocupación real; aplastante crisis energética; déficit fiscal superior al 7%; déficit de la balanza comercial; corrupción y desbarajuste fenomenal de la administración pública (en primer lugar las policías); crecimiento en flecha del narcotráfico…
Para remontar la cuesta descripta Macri cuenta con la coalición Cambiemos: Pro, ficción de partido oficial; UCR, socialdemocracia con raíces históricas y alcance nacional; Coalición Cívica, instrumento ad hoc del Departamento de Estado; respaldo del conjunto del capital y de la mayoría hegemónica de la dirigencia sindical.
Esta síntesis debe inscribirse en otros datos que la condicionan: recesión superior al 4% en Brasil, principal socio comercial del país; caída abrupta de la economía china, estancamiento y riesgo de otro colapso en los centros de la economía mundial capitalista.
Esos centros juegan su carta en Buenos Aires para poner en caja a América Latina. En cinco semanas, desde mediados de febrero al 24 de marzo, tres jefes de Estado habrán venido a ponerle el hombro a la desesperada estrategia imperial: el primer ministro italiano Mateo Renzi, el presidente francés François Hollande y, como colofón, en coincidencia con el 40° aniversario del golpe de Estado de 1976, Barack Obama. Ínterin, Macri visitará al Papa. Antes, en Davos, el capital financiero más concentrado del planeta arropó a Macri con promesas de préstamos e inversiones. Inmediatamente el Gobierno logró el visto bueno del juez estadounidense en cuya jurisdicción, y por decisión del anterior gobierno, está el litigio sobre la deuda externa que no aceptó el canje con quita ofrecido por Néstor Kirchner y su ministro de Economía Roberto Lavagna. Ahora esa barrera está a punto de caer y Argentina podrá regresar al endeudamiento desenfrenado para equilibrar sus cuentas internas. Con tales respaldos en la mano, el presidente de Argentina declaró sin rubor a The Washington Post: “Estoy listo para ser la voz para defender los derechos humanos en todo el mundo. Argentina quiere ser parte de las naciones que están luchando contra el terrorismo y el tráfico de drogas y la defensa de los derechos humanos y la democracia”. Francisco recibirá del presidente argentino una propuesta para ayudar a emigrados sirios.
El 24 de marzo en Buenos Aires, junto al premio Nobel de la Paz y presidente de Estados Unidos, Macri intentará coronar y consolidar esta jugada estratégica de Washington, a medio camino entre la perversidad y el ridículo.

Planes y realidades
Contra reglas estrictas del periodismo, es posible afirmar sin atenuantes que ese plan fracasará. A contramano de análisis simplificados e intereses oportunistas de quienes sólo lamentan haber perdido su lugar en el degradado Estado argentino, cabe adelantar que hay espacio social y político para la maniobra. Pero comprender la coyuntura implica subrayar que en la cabeza de los estrategas de la contrarrevolución está excluida la posibilidad de éxito: el propósito es ganar tiempo. Y durante ese tiempo completar el aislamiento de Venezuela, alinear fuerzas para derrocar a Nicolás Maduro y acabar con la Revolución Bolivariana para luego completar el ahogo al Alba. La condición para lograr ese paréntesis en la historia vertiginosa de este siglo es volcar a su favor las fuerzas disgregadas y confundidas de los trabajadores, los chacareros y las juventudes en Argentina.
De modo que la opción no consiste en tener o no a Macri como paladín del desarrollo capitalista y los derechos humanos. La alternativa reside en que el vuelco de Argentina hacia la alianza con Washington y Bruselas, en una coyuntura de volatilización política de Brasil como punto de referencia regional, permita o no frenar, desviar y finalmente aplastar el proceso revolucionario puesto en movimiento por la Revolución Bolivariana encabezada por Hugo Chávez desde 1998.
Dicho de otra manera: el éxito de Macri no consiste en sacar a Argentina del marasmo, sino en consolidar la fragmentación social heredada y transformarla en una conformación política donde no haya espacio para una poderosa fuerza capaz de alcanzar la unidad social y política de las mayorías tras un programa anticapitalista.
Para repetir lo ya afirmado en este espacio, el capital tiene hoy la iniciativa sin disputa. La división profunda del movimiento obrero, la conducta de sus dirigencias y la absoluta omisión de las izquierdas en el combate planteado, le ofrecen un espacio inédito para imponerse.
Como contraparte, el trasfondo económico y la catastrófica realidad social del país aseguran que más allá de fintas y maniobras, a Cambiemos le resultará imposible llevar adelante la propuesta con la que ganó las elecciones: “lucha contra la inseguridad; pobreza cero y combate al narcotráfico”. Por el contrario, la disgregación policial en municipios, la incuestionable realidad de una economía desquiciada y la fuga de capitales hacia el narcotráfico en busca de tasas de ganancia que la producción no ofrece, garantizan un rotundo fiasco a mediano plazo.
No es una profecía: está a la vista. Macri quitó retenciones a la producción cerealera, con excepción de la soya, a la cual redujo impuestos del 35 al 30% con el compromiso de bajar 5% cada año hasta llegar a cero. Eliminó las restricciones cambiarias y sólo mantiene ciertas limitaciones para pagos de deudas y remisión de utilidades anteriores. Quitó retenciones a la minería. Y se vio obligado, ante una imparable escalada de precios demasiado semejante a la anarquía, a elevar el límite de salarios que pagan impuestos y admitir las exigencias del gremio docente. Ambas concesiones durarían poco.
El hecho es que ese conjunto de medidas desfinancian al Estado y aumentan el ya descontrolado déficit fiscal. Siendo como es un gobierno del gran capital, no podía alejarse del abismo revertiendo lo concedido a esa franja de la burguesía. De modo que ante la evidencia del desfasaje, giró sobre sí mismo y retrocedió en las concesiones a sectores trabajadores. De hecho, la suba del mínimo no imponible para los asalariados, rápidamente negada por otras medidas, se transformó en peligroso búmeran que incluso hizo cambiar la actitud de Hugo Moyano, quien amenazó con medidas de fuerza. Lo mismo ocurrió con el gremio docente, que luego de haber aceptado un arreglo favorable a sus demandas, se encontró 48 horas después con la retractación oficial, lo cual dejó abierta la posibilidad de una huelga que impida el inicio del ciclo lectivo, el 29 de febrero. Mientras tanto el dólar acentuó su presión pasando de 13,50 tras la salida del cepo a 15,50 a mediados de febrero, con la consecuente subida de precios y la insoslayable consecuencia: caída del consumo, mayor presión recesiva y acentuación de despidos cuyo origen se remonta a mediados de 2013. Para frenar al dólar, el Banco Central volvió a vender divisas de sus exhaustas reservas.
Aun con indicadores que le adjudican un 65% de aceptación pública (71% un mes atrás), las medidas económicas comienzan a provocar malestar. Alza de tarifas congeladas durante 13 años, inflación en flecha de precios de la canasta básica iniciada bajo el gobierno anterior y acelerada desde fines de diciembre, caída del consumo, sumado a despidos de recientes incorporaciones en el aparato del Estado, comienzan a mover el clima social y amenazan la calma con que fue recibido el nuevo gobierno. En un intento por contrarrestar esa dinámica, avanzando en zigzag Macri anunciaría antes de marzo un conjunto de medidas paliativas que, en sustancia, buscan mejorar formas de asistencia vigentes, tales como asignación universal a menores, subsidios directos y personalizados para transporte, gas y electricidad a personas de bajos recursos. El dilema es obvio: más erogación y menos actividad económica, menos recaudación fiscal implica mayor déficit y, a término, más inflación. Pero, entre la espada y la pared, el Ejecutivo ha negado formalmente un ajuste clásico, conducta que ya hace visibles las disidencias internas ante la coyuntura.

Democracia con bemoles: disgregación del FpV
Entre otras ventajas, Macri cuenta con la disgregación Frente para la Victoria (FpV) y la ruptura del Partido Justicialista (PJ), cuyas principales figuras rodean hoy a Macri. Roto el bloque de diputados de oposición con la fuga de 14 legisladores del FpV, fuera de control el bloque de senadores, cuyo presidente desconoció la autoridad de Cristina Fernández; con ejemplos tales como el de Estela de Carlotto, presidente de Abuelas de Plaza de Mayo, quien a un mes del nuevo gobierno aclaró que “no soy amiga de Cristina Fernández”; mientras llueven denuncias de corrupción sobre el anterior elenco oficial y durante febrero siete altos funcionarios fueron citados por el Poder Judicial, el rumbo de la oposición más dura queda resumido en una anécdota curiosa: el ex secretario de Comercio Guillermo Moreno (blanco de todas las pullas de la sociedad bienpensante) se asoció con el general César Milani, ex jefe del Ejército en el gobierno anterior, acusado de desaparición de soldados durante la dictadura, para montar una cadena de “pancherías” (puestos de ventas de perros calientes o hot dogs, denominados “pancho” en Argentina).
En este ambiente de vodevil, el Partido Justicialista realizará su Congreso el 24 de febrero obligado por la Justicia. El saldo previsible: batahola entre corrientes irreconciliables mientras no se presente una perspectiva de victoria electoral, hoy fuera del horizonte. En cuanto a la reacción sindical, bajo el látigo disciplinador de la recesión, los principales gremios de la producción discutirán convenciones salariales dentro del marco de lo planteado por el Gobierno: un aumento en torno al 30%. Hasta el momento sólo sindicatos de estatales programan un paro, también para el 24 de febrero. La eventual suma de docentes y la CGT conducida por Moyano, plantea una posible aceleración del conflicto social.
Aun así, el respaldo del capital y las cúpulas sindicales muestra el espacio político que tiene Cambiemos. Con todo, la exigencia puesta por Washington a su discípulo es demasiado elevada. Compelido a bregar por la libertad de Leopoldo López en Venezuela, Macri no puede sostener el hecho de que, sin otra acusación que un acampe en la plaza principal de Jujuy, capital de la provincia norteña del mismo nombre, Milagro Sala esté en prisión desde el 16 de enero. Para evitar su liberación el juez a cargo fue sumando acusaciones. Consta que más de una de ellas será fácilmente probable. Pero no hay juicio todavía. Mucho menos condena. Y Sala sigue detenida, sin que el PJ y ninguno de los gobernadores peronistas pida por su libertad.
López, además de haberse entregado él mismo por temor a que lo asesinaran sus cofrades de la MUD, fue instigador y responsable por desmanes que provocaron 43 muertos en 2014. Fue juzgado y condenado por tribunales institucionales. Nada comparable con eventuales delitos de Sala. No obstante, Macri se compromete ante el mundo por López y deja en prisión a Sala, a la vez que altos funcionarios del gobierno anterior –incluso el vicepresidente– con cargos de corrupción infinitamente mayores, procesados y varios de ellos condenados, siguen en libertad.
Más grave aún: la ministra de Seguridad Patricia Bullrich anunció a mediados de febrero una disposición por la cual se impedirán los bloqueos de rutas, calles y avenidas en todo el país. Con exquisita delicadeza, la funcionaria, ex militante de Montoneros, aclaró: “si no se van en cinco o 10 minutos los vamos a sacar”. Con la gendarmería, por supuesto. Que “sólo excepcionalmente portará armas con proyectiles de plomo”, aclaró su segundo más tarde. Sin duda la mayoría social está extenuada y es claramente adversa a cortes de tránsito que, por lo general, afectan sobre todo a trabajadores que concurren a su labor. Eso da al Gobierno un espacio que al parecer la ministra ha medido mal: si como cabe esperar en el clima de demandas crecientes y altamente justificadas hay represión –y heridos, y presos, y muertos– en estas acciones, Macri sufriría un debilitamiento sin retorno, no sólo en su propósito de “defender los derechos humanos en todo el mundo”. Su capacidad de gobernar estaría en cuestión. Por eso lo más probable es que la bravata de Bullrich sea contrarrestada por una más de las ya numerosas marcha atrás ordenadas por Macri en las últimas semanas para equilibrar sus insalvables contradicciones.
Será relativamente fácil exponer en Argentina, en Venezuela e incluso en Europa esa incongruencia del protopaladín de la justicia universal que intenta fabricar el Departamento de Estado. La condición es apoyarse en hechos ciertos, visibles, no en calificativos sin base o conceptos insostenibles, además de reconocer el legado del gobierno anterior. Ésa es una tarea urgente. El tiempo es precisamente el factor clave para que la maniobra de Washington alcance o no el objetivo buscado.

 

Desde Buenos Aires, L.B.
@BilbaoL
22 de febrero de 2016

En defensa de la Revolución Bolivariana

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Salud camaradas de América Latina y el mundo!

A poco de publicar la edición de marzo de América XXI, entiendo necesario utilizar este medio para adelantar mi opinión sobre la coyuntura inmediata en Venezuela.

Hechos de diferente naturaleza llevan a pensar que la contrarrevolución se apresta a dar un zarpazo. No los enumeraré, en tributo a la brevedad.

Lo central es que tras la derrota electoral del 6 de diciembre y la ofensiva golpista de la nueva Asamblea Nacional, el gobierno del presidente Nicolás Maduro, el Psuv y una cantidad de organizaciones sociales, han lanzado un contraataque frontal ya desplegado en todas las áreas, en todo el país.

Precisamente por esta razón, la derecha ha acelerado sus planes. Saben que si permiten el desenvolvimiento de esta fuerza de masas conscientes y resueltas, están perdidos. Por eso han puesto en marcha una operación internacional para demoler la imagen de Maduro y convencer al mundo de que su gobierno está a punto de caer.

La Revolución Bolivariana arrastra falencias e incongruencias desde hace mucho. Estas provienen, ante todo, de dos factores principales: el subdesarrollo estructural de la configuración económico-social que Chávez encontró en 1999 y el momento histórico en el que dio inicio este inesperado y portentoso Renacimiento del Socialismo.

Esto último es tal vez lo más grave: en todo el mundo las clases sociales objetivamente necesitadas de la abolición del capitalismo, no lo asumen subjetivamente. Y esto se traduce no sólo en la inexistencia o debilidad extrema de organizaciones que encarnen la unidad social y política de las grandes mayorías, sino también, y muy marcadamente, en la debilidad teórico-práctica de quienes debiéramos ser la vanguardia de la revolución.

Directa e indirectamente esto encarna en Venezuela y de allí devienen errores, desviaciones, corrupción y hoy, bajo fuego graneado del enemigo, desmoralización de sectores aliados que vacilan y sienten impotencia ante la escalada enemiga, la irresolución de problemas y la evidencia de conductas contrarias a la Revolución de no pocos que se visten de rojo.

Nunca es fácil llevar a buen puerto una Revolución verdadera. Pero en este cuadro internacional, es infinitamente difícil.

Me dirijo hoy a ustedes para asegurarles que, en mi opinión, el compañero Maduro está dando todo de sí para cumplir con el legado de Chávez. Y lo está haciendo más que bien. Pocos conocen la magnitud de los conflictos que afronta y la fuerza colosal de la contrarrevolución que lo acosa. Lo mismo vale para la mayoría de los cuadros principales que lo acompañan. Hay en Venezuela una vanguardia militante con enormes valores y potencialidades, aun cuando pese a los esfuerzos de Chávez y tantos otros nunca se pudo poner en marcha una escuela para formarlos en la teoría científica de la revolución.

La escalada contra la figura de Maduro, las alegaciones de supuesta incapacidad, no tienen fundamento. En la derecha expresan odio de clase: no pueden soportar que un hombre de origen proletario sepa conducir mejor que ellos, diplomados en Universidades tan costosas como destructoras de cualquier inteligencia. En ciertas franjas de izquierda reflejan aquella aniquilación teórico-política a que antes hice referencia, con raíces en el proceso que llevó a la caída de la Unión Soviética y la disgregación de las fuerzas anticapitalistas en el mundo.

Esto no niega errores y desviaciones. Mucho menos el derecho revolucionario a señalarlos y combatirlos.

Defender la Revolución es también saber criticarla. Pero entiéndase bien: saber criticar requiere un prolongado y sistemático esfuerzo de estudio y militancia. Hay una diferencia abismal entre ser crítico o quejoso. Y la distancia es mayor aún entre quien es capaz de criticar un hecho puntual y quien tiene la capacidad de ver el conjunto enmarcado en la realidad mundial y en su devenir histórico. No alcanza con tener un impulso y poder plasmarlo en un artículo. No hay acción revolucionaria sin teoría revolucionaria. En cambio, hay demasiado a menudo acción contrarrevolucionaria por desconocer la teoría. Y esto vale para tirios y troyanos; en Venezuela y en cualquier otro país.

Urge acompañar al pueblo venezolano y su dirección político-militar en la defensa de la Revolución. Estar alerta y promover desde lo más pequeño hasta lo más osado para difundir la verdad de Venezuela y exponer la guerra que  en todos los terrenos se despliega contra esta avanzada anticapitalista.

 

Buenos Aires, 26 de febrero de 2016

@BilbaoL

derrumbe de viejos aparatos políticos sin reemplazo

Argentina en torbellino

PorLBenAXXI

Derrotado el peronismo en sus bastiones tradicionales, asumió el gobierno una frágil coalición. La preside un representante directo del gran capital, sin base de sustentación, lanzado a un desarrollismo ultraconservador y populista.

Con equipo heterogéneo y base social ajena, el presidente Mauricio Macri avanza en zigzag mientras acentúa un autoritarismo unipersonal, obligado por la hibridez política y la inconsistencia social de su gobierno.

Muy lejos del marbete con que lo atacan sus predecesores en el mando, el elenco reemplazante trata de implementar una táctica contraria a los ajustes clásicos que Argentina conoce muy bien. A la inversa, su máximo empeño, hasta fines de enero y con seis semanas de actuación, consiste en dar continuidad a las políticas sociales del gobierno anterior, corregidas en eficiencia y magnitud. Aunque conviven en el gabinete rancios liberales y desarrollistas de abolengo, estos últimos parecen haberse impuesto en la coyuntura. Tanto para evitar una erupción social en gestación durante los últimos cuatro años como para sortear el impacto interno de la crisis mundial se impuso la continuidad de planes de asistencia social y reactivación de la economía con base en subsidios y obras públicas. La sustentabilidad de tal estrategia es el quid de la cuestión.

Por paradojal que resulte, el ministro de Hacienda Alfonso Prat Gay, que timoneó con destreza técnica no exenta de osadía la salida del llamado “cepo cambiario” (restricciones a la compra de divisas y fijación oficial del precio del dólar), insiste en la voluntad oficial de universalizar de verdad el subsidio por hijo, anuncia una ampliación del plan de ayuda para la construcción de viviendas (denominado Procrear) y, acompañado  por el ministro de Interior, Rogelio Frigerio, comunica la intención de multiplicar obras públicas a partir de autovías, usinas de generación eléctrica, escuelas y hospitales. La perla de esa corona desarrollista es el Plan Belgrano, propuesto como objetivo de conjunto para el norte argentino (ver recuadro). Esta propuesta de desarrollo le valió a Macri buena parte de los votos obtenidos en el norte y le permite ahora gravitar sobre gobernadores sin jefatura política en el peronismo. A la par, el Gobierno inicia un camino destinado a corregir desequilibrios en los precios relativos y aminorar, siquiera marginalmente, el impacto del gasto descontrolado en un déficit fiscal que supera el 7% del PIB. No obstante, todo indica que ese desequilibrio no se corregirá hasta nuevo aviso con recortes y ajustes, sino con endeudamiento externo, ya asegurado.

 

Sociedad atónita

Un sentimiento dominante, que atraviesa clases y sectores, es la perplejidad. Nadie –y menos que nadie los beneficiados directos– preveía que el Partido Justicialista (peronista) comandado por Cristina Kirchner perdería el gobierno nacional y, sobre todo, el control de su bastión decisivo, la provincia de Buenos Aires, donde vive el 40% de la población.

Los vencidos quedaron sin argumentos ni capacidad de respuesta. Hasta el momento no atinan sino a proferir calificativos vacíos y llamar a una “resistencia” a la que el conjunto social da la espalda con desinterés o, en el mejor de los casos, con una sonrisa irónica o de decepcionada tristeza: la palabra resistencia tiene historia en el pasado del peronismo, de la clase obrera y de la vanguardia política de todos los signos, que enfrentaron dictadura tras dictadura desde 1955. El resultado inmediato es una vertiginosa disgregación de la estructura creada por Néstor Kirchner bajo la sigla FpV (Frente para la Victoria) que, como su nombre lo indica, no es adecuada para la circunstancia que afronta.

Al otro lado, los vencedores –la apresurada alianza Cambiemos– no esperaban encontrarse con el poder. Los restos desconcertados de la Unión Cívica Radical, única estructura realmente existente, con 140 años de vida y despliegue territorial en todo el país, filial local de la socialdemocracia internacional, obró como receptáculo para la obtención de votos, pero su principal dirigente renunció antes de asumir un ministerio marginal ofrecido por Macri.

Por su lado las capas medias y franjas decisivas del proletariado industrial, volcadas en masa al voto contra Cristina Fernández –no a favor de Macri– observan expectantes y confundidas señales que tienden a ganárselas en el discurso y en los hechos, por imperio del legado económico, las golpean de lleno mientras las autoridades se empeñan en sostener que mantendrán la ayuda social para las capas más desposeídas. Éstas, por su parte, vacilan entre creer a sus ex puntos de referencia política o a los nuevos, que tratan de reemplazarlos con los mismos métodos utilizados por los llamados “punteros”: clientelismo y manipulación.

En la cima de esta Babel, el nuevo elenco gobernante, también pasmado por la inesperada voltereta política que lo puso en la Casa Rosada, hace equilibrio azotado por un torbellino económico: cuatro años de estancamiento y recesión, precio contenido del dólar –entre octubre 2011 y diciembre 2015 pasó de 4,73 a 9,60, no obstante el paralelo alcanzaba los 16 pesos y marcaba el ritmo de los precios. Roto el cepo, oscila entre 13 y 14 pesos. En la base del sistema, más de un cuarto de la población en la línea de pobreza, uno de cada dos trabajadores no registrados y un promedio salarial total de menos de 7 mil pesos (alrededor de 500 dólares). Hay más: descontrolado endeudamiento interno, caída de las exportaciones y de los precios en las materias primas exportables, recesión dura en Brasil y caída drástica de la economía en China, dos socios claves; inflación rondando el 30% anual (acelerada tras la devaluación ya bajo el gobierno de Macri); acoso de los fondos buitres y pesadas exigencias de los organismos internacionales de crédito. Cuantiosas cuentas impagas desde septiembre último han paralizado la obra pública y provocan despidos en forma creciente y amenazante.

 

Lo que vendrá

Macri se mostró en años pasados como discípulo de José Aznar y Álvaro Uribe, animoso promotor de la Internacional Parda. A esa vocación fascista se la ha denominado “neoliberal”. Pero en su función, el nuevo presidente argentino no es lo uno ni lo otro (sea lo que sea que signifique ese adjetivo insustancial). Es un hijo del gran capital que, parado en una ciénaga y rodeado de crisis, obligado a consolidar y ampliar la base social que lo votó, se ha lanzado a un experimento populista conservador con arrestos desarrollistas, respaldado de buen o mal grado por todas las fracciones de la burguesía local, acompañado por el grueso del peronismo y alentado, como se vio en el Foro de Davos, por el establishment internacional.

Si su equipo logra domeñar la inflación (6% en diciembre, 4% proyectado en enero), es presumible que la economía salga de su prolongado letargo y, con el cuadro político descripto, Macri obtenga un crédito social de corto plazo. Cuenta además con el visto bueno de las cúpulas sindicales con peso real. Un ejemplo basta para resumir la coyuntura política: en un gesto destinado a mostrarse austero y republicano, el Gobierno ordenó el despido de dos mil empleados sin función en el Senado, incorporados por el ex vicepresidente, una figura repudiada por la población. El peronismo domina la Cámara alta con  41 senadores. De ellos, sólo 12 acataron la orden de Cristina Fernández de “resistir” los despidos. El resto avaló la decisión de la vicepresidente Gabriela Michetti y el titular de la bancada peronista, Miguel Pichetto, quien durante 12 años acompañó sin pestañear las órdenes de la Casa Rosada, ahora advirtió sin eufemismos: “el jefe soy yo”. Otro tanto ocurre con la prisión de Milagro Sala. Al margen de argumentos a favor y en contra de esa actitud del gobernador jujeño Gerardo Morales frente a una dirigente directamente asociada a la ex presidente, la totalidad de los gobernadores peronistas, todas sus autoridades con mando efectivo y las principales cabezas del sindicalismo, optaron por el silencio, cuando no por el abierto respaldo a Morales y Macri.

Con la sociedad pasiva y tales relaciones de fuerzas en la superestructura política, todo apunta ahora a la pugna por los aumentos salariales a discutir en paritarias a partir de febrero y marzo. Allí también pesará la conducta aquiescente de las cúpulas sindicales, empeñadas en que comience la reactivación económica y se avente el fantasma de un rebelión social que los arrastre a ellos y ponga a Macri al borde del abismo. El Gobierno planea domeñar la inflación a partir del segundo semestre, iniciar un ciclo de reactivación económica y consolidar un nuevo equilibrio político nacional. Hasta el momento, tiene la iniciativa en sus manos.

Macri vs Maduro

PorLBenAXXI

 

Tras la anécdota hay una razón de fondo: Mauricio Macri no escogió por azar a Nicolás Maduro como centro de sus ataques para reubicar a Argentina en el escenario internacional. Tampoco lo hizo por iniciativa propia.

Años atrás publiqué un libro titulado Argentina como clave regional, donde me apresuraba a advertir que lo era por su debilidad, no por su fuerza. En esa debilidad –agravada en la última década– hizo palanca el imperialismo para transformar al país en la contraparte de la Revolución Bolivariana y el Alba.

Ahora, con un elenco gobernante arraigado en las clases dominantes tradicionales, no en capitalistas advenedizos, la Casa Rosada ha sido lanzada como catapulta contra la avanzada de la revolución.

No hace falta decirlo: gobierno no es igual a ciudadanía. Macri no puede hoy arrojarse contra Venezuela con respaldo de las mayorías. Resultó electo por rechazo a su predecesora, no por virtudes reconocidas en él por el electorado. Adolece de verdadero poder. Carece de base social propia y de Partido; tiene como sostén organizativo a una despedazada socialdemocracia y los votos obtenidos debe convalidarlos en los próximos años. Además el país está en un cenagal económico, político y social (ver Argentina en torbellino, pág. 18).

Hay que decir sin embargo –y subrayarlo– que el tejido social está debilitado y desnortado como jamás en su historia y que el Gobierno cuenta con apoyo explícito de Washington y Bruselas. La endeblez de las clases oprimidas, con epicentro en la descomposición o franca inexistencia de alternativas antisistema, es hoy utilizada para ensayar la afirmación del discípulo de la Internacional Parda. Alcanzado este objetivo, piensan los estrategas de la contrarrevolución, incluso el cataclismo económico local y la crisis general del capitalismo podrían alimentar la consolidación de un liderazgo ultraderechista. Apuntan a las clases medias, a restos putrefactos de los aparatos partidarios hoy en disolución e incluso a sectores contrapuestos del pueblo trabajador: franjas privilegiadas de la clase obrera y contingentes de desocupados y marginalizados, en acelerado crecimiento durante los últimos años.

 

Adaptación de una táctica

Quien sigue estas páginas recordará cómo en sucesivas elecciones la derecha venezolana trató de arrebatar consignas y símbolos de la Revolución Bolivariana. Algo análogo practica ahora el sosias porteño del bravo Henrique Capriles. El plan estaba preparado para ser aplicado por Daniel Scioli, el candidato peronista. Pero la sociedad dio su veredicto y, créase o no, Macri se lanzó a emular a Maduro: comenzó a aplicar una versión local del “gobierno de calle” venezolano; puso como consigna central “pobreza cero”; relanza ampliándolos programas de asistencia social y de edificación de viviendas. Hasta copió la decisión de Hugo Chávez de poner animales autóctonos en los billetes de papel dinero en lugar de controvertidos próceres. Él y los suyos se presentan como acérrimos defensores de un Estado fuerte (y en esto no mienten). Como detalle distintivo rechazan el socialismo… “porque no funciona”. En correspondencia, anuncian un plan desarrollista más ambicioso que los esgrimidos por Arturo Frondizi en 1958 y el dictador Juan Onganía en 1966. Argentina debe ser el contramodelo venezolano ante América Latina.

En coyuntura de convulsiva crisis del capitalismo central la estrategia desarrollista será un fiasco aún mayor que el de los años 1960. Sólo que la comprobación por parte de los pueblos latinoamericanos de ese inexorable fracaso llevará tiempo. Y a eso apuesta la Casa Blanca, para completar la política de cerco y aniquilamiento sobre la Revolución Bolivariana primero y ahogar a los gobiernos del Alba después.

Semejante estrategia tiene una única base de apoyo: hasta en filas radicales de las izquierdas de la región se pospone sin fecha la lucha contra el capitalismo. Todo se limita a reformas, aumento de salario, mayor capacidad de consumo, más legisladores en las catedrales del capital. Está descartada la inminencia de lo que sin embargo es obvio: los estertores del sistema en  los centros imperiales y el avance hacia una situación prerevolucionaria regional.

Desechado ese debate, el mensaje es claro: “nosotros (los hijos de la oligarquía sometidos al capital transnacional), somos capaces de hacer bien lo que prometieron y no llevan a cabo gobiernos como los de Chávez y Maduro, Evo Morales, Rafael Correa, otros presidentes del Alba y hasta el mismísimo Lula”. Cuentan con la fragmentación, confusión y en muchos casos corrupción extrema de expresiones de izquierda que deberían estar ya lanzadas en una contracampaña continental.

Argentina es así un ensayo para mostrar a América Latina que el capitalismo es capaz de resolver los graves y urgentes problemas sociales que la acosan. En manos de genuinos capitalistas -no de recienllegados ávidos e ignorantes- este país deberá ser la clave para barrer hasta la última brizna del proceso revolucionario que recorre la región.

Para hacer viable esta táctica en torno a Argentina los multibillonarios del planeta pondrán su óbolo. Exigen y con certeza obtendrán mayor margen aún para saquear riquezas naturales y plusvalía. Pero abrirán la mano e intentarán salvar la coyuntura que acorrala a Macri. En simultáneo, apretarán la soga sobre el cuello de la economía venezolana. Todo acompañado, sin pudor, por la gran prensa comercial.

 

Defender Venezuela, defensa propia

No se trata entonces de Macri vs Maduro, sino de contrarrevolución vs revolución en América Latina. Son Washington, sus aliados y socios menores, contra la emancipación regional. Y esto en momentos en que la Revolución Bolivariana atraviesa una coyuntura de extraordinaria gravedad. A falencias irresueltas -aunque claramente diagnosticadas- se suma la guerra económica y la brutal caída del precio del petróleo, que resta al país más del 70% de su ingreso en divisas.

Sin exageración puede afirmarse que la economía argentina tiene desequilibrios más graves en su estructura socioproductiva. E infinitamente menores posibilidades de salida sin un giro de 180 grados. Pero coyunturalmente no sufre en magnitud comparable la caída de sus exportaciones ni, tanto menos, el ataque sistemático del imperialismo. Puede ser así la contraparte, con el sólo recurso de que siquiera temporalmente aparezca viable el anacrónico programa de desarrollo capitalista. Pocos se atreven a denunciar sin rodeos que semejante plan terminará en un naufragio de proporciones más onerosas que todos los anteriores.

Enfrente, Venezuela ha encarado un proceso de movilización de masas que desembocará los días 11, 12 y 13 de abril en un Congreso de la Patria. Esas instancias populares de esclarecimiento, debate y toma de posiciones, seguramente culminará avalando las drásticas medidas económicas y políticas que la situación requiere. El caso es que abril está lejos, medido desde la perspectiva de la táctica imperial, que al calor de la derrota electoral de la Revolución en diciembre último ha lanzado al ataque a sus esbirros locales, en consonancia con la ofensiva regional.

Macri tomó nota cuando Maduro adelantó el tenor de su participación en la cumbre de la Celac. De inmediato anunció que no viajaría. Consiguió un certificado médico y alegó problemas de salud. Soldado que huye, sirve para otra guerra, le explicaron sus asesores. Así que envió a su vicepresidente para insistir con el ataque a Venezuela. En continuidad con la táctica sibilina diseñada en otras latitudes, la Sra. Gabriela Michetti completó su diatriba insistiendo en que la Celac puede contar con Argentina. Por inadvertencia, en un intercambio terminó defendiendo a la OEA contra la organización de los países al sur del Río Bravo. Se sienten impunes porque cuentan con la manipulación informativa: la prensa tradicional en Argentina ignoró la cumbre de la Celac, limitando la información al heroico papel de Michetti en defensa de los derechos humanos en Venezuela.

 

Fascismo embozado

¿Cuál es la estrategia, cuáles las tácticas a implementar de inmediato frente a esta ofensiva imperialista? ¿Cómo se prepara y desenvuelve el contraataque? Cientos de millones de seres humanos, no sólo en América Latina, buscan pasivamente respuesta a estas preguntas.

El Congreso de la Patria está concebido para darlas en Venezuela. Tácticas diferentes adoptan los gobiernos del Alba. Pero no se da el primer paso hacia la articulación internacional de un programa de acción ante la emergencia. Fronteras adentro Macri no tiene todavía un proyecto capaz de enfrentarlo.

En la misma medida en que todo y cualquier proyecto de reconstitución capitalista implica, más temprano que tarde, un fracaso inexorable precedido de violentos intentos de saneamiento estructural, la lógica del accionar imperial y sus agentes locales tiende al fascismo. Está a la vista en Venezuela, pero también en Argentina y, con características diferentes, en México. Deteniéndolo en Caracas y Buenos Aires estarían dadas las bases para enfrentarlo y derrotarlo en el hemisferio entero.

Tal vez nunca el pensamiento y la capacidad de acción transformadora han estado de tal  manera exigidos como en este momento de la historia.

límites para el populismo imperial

Macri huye de una conferencia de prensa

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Macri perdió hoy el control de sí mismo. Huyó de una conferencia de prensa, en Davos. Nada menos. Un ministro de Economía del gobierno anterior hizo algo semejante, años atrás.

En este caso fue cuando un periodista le preguntó al Presidente lo obvio: por qué condenar a Nicolás Maduro por tener preso a un notorio personaje involucrado en acciones violentas contra la población venezolana, si se avala la prisión de una líder jujeña que, juicios de valor aparte, dista de la condición golpista del venezolano defendido por la prensa mundial.

Macri no tuvo respuesta. Farfulló excusas olvidables. Y huyó.

No es difícil de comprender el fallo  –e incluso disculparlo- después de cinco semanas de intensa y muy exitosa actividad, desde su punto de vista. El más sólido sistema nervioso se vería afectado. Con todo, es un hecho significativo. Por demás elocuente.

Advertí con fecha 29 de noviembre de 2015 que el entonces electo presidente argentino Mauricio Macri había puesto el pie en el lazo cuando, exigido por camaradas de ruta tales como José Aznar y Álvaro Uribe (ambos teledirigidos desde un sótano del Departamento de Estado), comenzó el tramo final en la campaña presidencial atacando a Venezuela y embanderándose con la figura de un fascista ultraviolento cuyas múltiples acciones, a la luz pública apoyadas por la Casa Blanca para derrocar a Nicolás Maduro, están por demás documentadas.

Vana presunción sería que en su círculo íntimo lean, y además tomen en cuenta, mis opiniones. Es en cambio a considerar un hecho fuera de discusión: sus asesores, encorsetados por compromisos inconfesables y notorias limitaciones intelectuales, no pensaban en la victoria. No habían percibido el hondo, muy hondo, deterioro del elenco adversario ante el balotaje, y sólo buscaban acumular puntaje para el próximo vuelo.

Erraron. Bajo la superficie de la sociedad argentina bullía una poderosísima fuerza cuya primera manifestación fue la demolición del proyecto de Cristina Fernández. No es el caso ahora explicar ese plan, propio de la Armada Brancaleone, apoyado pese a todo por personas que se consideran –y en algunos casos lo son- contraparte del sistema de explotación que desde hace décadas hunde a Argentina en un pantano maloliente.

Tras la sorpresa de la victoria, el eficiente accionar en varias áreas frente a la exigencia de gobernar con la carga de sus compromisos de camapaña, la inteligente búsqueda de tansformarse en lo que he llamado “un Perón para las clases medias”, acompañado por cuadros aptos y, en algunos casos, hasta talentosos, Macri encontró la horma de su zapato ante una simple demanda en Davos.

No defendí, ni lo haré ahora, a la señora Milagro Sala. Respaldo que no esté en prisión antes de ser juzgada por una justicia genuina que no es, con certeza, la jujeña. No me alíneo con quienes apelan a su condición de originarios (o indígenas, o como quiera denominarse la continuidad de la discriminación), para defender su derecho a vacacionar en Punta del Este. He luchado y seguiré luchando para que semejante vergüenza no se perpetúe; no para integrarme a ella. Tanto menos avalo la opresión de cualquier ser humano para armar un aparato que, con gestos manipuladores y desvergozadamente engañosos, defiende al capitalismo y usufructúa la explotación. Eso es la pupila de la ex presidente Cristina Fernández.

 

¿Defender golpistas y asesinos?

Ahora bien: Leopoldo López, defendido por Macri, es responsable de sucesivos intentos golpistas, de 43 muertes e inenarrables costos para la sociedad venezolana. Siempre bajo lás órdenes del Departamento de Estado, con el respaldo de Aznar y Uribe.

Los mismos asesores que no le advirtieron a Macri que sería Presidente, tampoco informaron sobre la verdad de Venezuela.

Jamás optaría entre una u otro. Como no opté entre Macri o Scioli. Esas trampas de las clases dominantes son demasiado antiguas para caer en ellas y poner cara de inocente.

Como sea, lo cierto es que en el marco de una visita a Davos, propagada por toda la gran prensa capitalista para convertirse en éxito mayúsculo, Macri debió contradecir su loable conducta de prestarse a conferencias de prensa y dejó plantada a periodistas de todo el mundo que, con escasa excepción, esperaban para catapultarlo al estrellato internacional.

¿Admitirá Macri que Cristina Fernández tenía razones objetivas para escabullirse ante la prensa? ¿O revisará autocríticamente su conducta de hoy?

O Macri se identifica a pleno con Fernández o asume que, para decir lo menos, dejará de defender a los golpistas venezolanos y entenderá la necesidad de amainar en su heroico combate contra el gobierno de la Revolución Bolivariana. Eso significaría, además, enfrentar los bolsones más oscuros y corruptos que supuestamente está dispuesto a batir en Argentina.

Puede optar por continuar con la política de su antecesora y de ahora en más huir de toda y cualquier conferencia de prensa con un mínimo de participación democrática. O asumir su irresoluble contradicción al atacar el derecho de Venezuela a defender su sistema democrático.

Sólo hay que esperar y ver. Sin olvidar que aquella poderosa fuerza subterránea y para tantos invisible que en rechazo al statu quo llevó a Macri a la Casa Rosada, sigue bullendo bajo la planicie visible. El populismo, supuestamente popular o explícitamente imperial, no tiene espacio en este momento de la historia.

21 de enero de 2016

 

 

 

 

 

 

 

 

Doble poder en Venezuela

Aunque de manera original, sin precedentes, en Venezuela se verifica por estos días una ley inalterable de toda revolución: el doble poder. Afirmación de dos centros de mando que, en representación de clases y sectores de clases contrapuestos, confrontan en el marco de la desarticulación del control hegemónico del Estado preexistente.

Podría haber ocurrido de otras muchas maneras. Pero fatalmente llegaría el momento en que la Revolución Bolivariana se vería frente a frente, sin conciliación posible, con la burguesía y el imperialismo.

Sucedió a causa del resultado del 6-D. Por eso en una primera instancia la manifestación más visible de este fenómeno ocurre en la Asamblea Nacional. Con 112 diputados, la burguesía tiene el control institucional tradicional. Con la instalación del Parlamento Comunal la dirección revolucionaria contrapone, según palabras de Diosdado Cabello, “un mecanismo legislativo que le permita al pueblo disponer de recursos, jefaturas, toma de decisiones, leyes, y que le permita al pueblo disponer su forma de vida”.

He aquí entonces, por vía y en circunstancias inesperadas, la inauguración formal de un doble poder en Venezuela.

Sorprende que en muchos casos no se valore en toda su trascendental importancia la decisión tomada por el presidente Nicolás Maduro, quien sin rodeos explicó: “No voy por el camino del capitalismo, voy por el camino de una revolución productiva, integral, nacional y profundamente socialista”. El Parlamento Comunal es la articulación táctica de esa terminante definición estratégica. Y da lugar a una nueva Venezuela.

Que el lugar físico de ese doble poder sea el Capitolio –más aún: que el sitio asignado al Parlamento Comunal sea el del antiguo Senado hoy inexistente- subraya la singularidad de la Revolución Bolivariana, que en 17 años logró sortear una y otra vez, sin ceder lo fundamental de su estrategia, la imposición de una confrontación violenta propiciada por la burguesía local y el imperialismo.

Un poder doble es por definición inestable y, a término, insostenible. Uno de los dos ha de imponerse sobre el otro. Si la parte derrotada continúa avalada por fuerza objetiva suficiente y mantiene voluntad de combate, la dualidad de poderes desemboca en una guerra civil.

Tal desenlace sólo es evitable –o reductible a una mínima expresión- si las fuerzas revolucionarias consiguen poner en movimiento al conjunto social, que en el original caso venezolano incluye al grueso de la Fuerza Armada. Pero así como toda genuina revolución cumple en algún momento de su desarrollo la ley del doble poder, el corolario inevitable es la derrota definitiva, pacíficamente o no, del poder enemigo. Otra secuela insoslayable de tal situación es la intervención de un tercer protagonista, en realidad el primero en el caso venezolano: el imperialismo; cuyos jefes saben que no tienen chance si no es por el camino de la violencia.

Si el doble poder está instalado y representado en la Asamblea Nacional, no será allí donde se dirimirá. No se trata de diputados y mayorías eventuales. Se trata de la lucha de clases en su más franca expresión. El Parlamento Comunal no será representación del poder de las mayorías si no está plasmado en organismos de masas, participativos y democráticos, desplegados en todo el país, en cada lugar de trabajo o de estudio. Entendido de esta manera el poder efectivo se traslada al Parlamento Comunal y choca de frente con los declarados propósitos de la mayoría burguesa en la Asamblea Nacional.

Nada más importante en esta coyuntura que la determinación de el o los partidos revolucionarios (Psuv y GPP) para cohesionar, dar confianza y organización a las grandes masas, lo que implica dirigir políticamente las Asambleas Populares y otros organismos de base sin caer sobre ellos de manera vertical.

No se trata de propugnar un supuesto poder que se conforma de abajo hacia arriba, como habitualmente se escucha. Tampoco lo contrario: la imposición desde un organismo centralizado que reemplaza el debate y la decisión de las masas. Tales interpretaciones mecanicistas bloquean la interacción dialéctica entre un centro de mando político y los organismos de masas. Aquél, munido de estrategia, programa de acción, información y cuadros capacitados para llevar a las mayorías una línea de acción en medio de la confrontación; éste, con fuerza suficiente para traducir el nivel de conciencia y la voluntad de combate de sus bases y ensamblarlos con la dirección político-militar revolucionaria.

Desafío extraordinario y sin postergación posible para el Psuv-GPP. Hay organismos de base de enorme potencialidad, que requieren impulso exterior para proyectarse como plataforma del Parlamento Comunal, cuyo nombre podría traducirse como Comando Central de Asambleas Populares. Ese impulso exterior sólo puede provenir de la organización revolucionaria socialista, el Psuv y, hasta donde se pueda, el GPP. Es claro que toda idea conciliacionista ha de ser combatida y vencida en ambos componentes de este proto-Estado revolucionario.

Inviable una victoria si la voluntad insurrecta de las masas no se expresa en toda su potencia. Igualmente inviable sin la conducción lúcida y férrea de la dirección revolucionaria.

Tal el reto que afrontan las y los revolucionarios en Venezuela. Y que debemos acompañar incondicionalmente quienes en América Latina y el mundo luchamos contra el capitalismo.

@BilbaoL

22 de diciembre de 2015

 

 

 

 

 

Hora de la verdad en Venezuela

¿Hay o no una Revolución en Venezuela? Aunque resulte extraño, desde hace tiempo, antes incluso de la muerte de Hugo Chávez, hay personas que niegan la existencia de un cambio raigal que justifique en este caso hablar de Revolución.

Con el saldo de las legislativas del 6 de diciembre, que dio a la oposición contrarrevolucionaria dos tercios de las bancas en la Asamblea Nacional, es vital aclarar ese punto para tener una caracterización clara de la coyuntura abierta por esta derrota electoral.

Si algo tiene de positivo el inapelable resultado electoral del 6D es que de aquí en más aquella discusión –tan seria como cuando en la edad media se debatía si el alma residía en la silla turca- perderá todo sustento. La derrota en las urnas clausura el espacio para el juego institucional con reglas del sistema capitalista. De manera que, o bien todo el proceso desenvuelto desde 1999 se resuelve en un salto cualitativo que dé basamento a la perspectiva socialista de la revolución, o bien desde Washington se restaurará el equilibrio burgués a un precio que haría temblar al planeta.

El propio presidente Nicolás Maduro lo dijo de manera rotunda: “Venezuela va hacia el fascismo o hacia una profundización de la revolución socialista. No hay terceras salidas”.

En esta afirmación hay desde ya una definición y un punto de partida. Quienes desde diciembre de 1998 sostenemos que Venezuela transita el sinuoso camino de una revolución en tiempos de contrarrevolución global, en tiempos de licuación de ideologías y desarticulación de partidos revolucionarios, tenemos la certeza de estar ante una batalla decisiva, cuyo único desenlace posible es el que presenta Maduro. A la inversa, quienes negaron o pusieron en duda la existencia de una revolución imaginan una salida negociada, incluso al precio de entregar el gobierno al enemigo para resistir desde el llano, dentro del juego institucional conocido, sin los incordios de ocupar Miraflores y con todos los beneficios de integrarse al sistema, en lugar de buscar abolirlo.

Aquella negación y esta expectativa no indican falta de calificación o lucidez. Hablan a las claras de una concepción reformista, que en su momento impidió comprender contradicciones del proceso y actuar sobre ellas, así como ahora bloquea la interpretación de una coyuntura que no deja lugar a terceras opciones. No hay espacio para la integración del Psuv a un régimen democrático-burgués desde una oposición basada en reivindicaciones populares. Y quien eventualmente quisiera hacerlo a título individual, más que un elegante salto a la talanquera debería dar prueba de completa sumisión a un régimen fascista.

Escribí con fecha 5 de noviembre: “Ante una eventual derrota, cabrá a la burguesía y sus mandantes optar entre aceptar la continuidad de las medidas revolucionarias o apelar a las armas, es decir, a la agresión extranjera, porque al interior carecen de toda posibilidad”. Después de sostener que “Mientras rija la ley del valor (…) habrá corrupción”, afirmaba inmediatamente: “Tras las elecciones el problema no será la corrupción, sino el restablecimiento a pleno del aparato productivo en industria y agricultura, aunque ambos desafíos están asociados. Esa necesidad llevará a un choque frontal con la burguesía y con las leyes objetivas del sistema capitalista. Esto ocurrirá con prescindencia de los resultados. La Revolución continuará avanzando. Quedará a decisión del imperialismo si permite la continuidad soberana y pacífica de esta experiencia observada en todo el mundo” (http://bit.ly/1RqmUMa).

Con los resultados a la vista, quiero reafirmar esa convicción: la Revolución continuará avanzando. Su victoria o derrota depende de la lucidez y el coraje de la Dirección Político-Militar, del afianzamiento y extensión del poder comunal, de la alianza cívico-militar, del acompañamiento que asuman las fuerzas revolucionarias en América Latina y el mundo, pero ante todo, de la adopción inmediata de las medidas que lleven a reordenar el caos económico que desembocó en la derrota electoral. Ese caos lo provocó la burguesía porque tiene los medios para hacerlo. El reordenamiento deberá ser, por tanto, en detrimento de esos medios, a costa de las plataformas donde la burguesía asienta su poder. Volveré sobre esto.

Singularidad venezolana

Evitar confundirse y propagar confusiones reclama ante todo rechazar cualesquiera identificación entre la situación de Venezuela con la de Brasil y Argentina. Quienes incurren en esa falsa igualación son precisamente quienes no entienden la diferencia entre una revolución y un pujo reformista de un sector lumpen-burgués como en Argentina, o de un partido proletario entregado a la conciliación de clases, como el PT. Hay revolución en Venezuela por las mismas razones que no las hay en Argentina y Brasil.

El hecho de que en Venezuela y Argentina haya habido una victoria electoral de la derecha mientras en Brasil una ajustada victoria llevó a la aplicación del plan económico defendido por los vencidos (es decir, haya ganado también la derecha) es un dato superficial. Quien no registre las diferencias no debería llamarse revolucionario, tanto menos marxista, pero tampoco llevará laureles como analista capitalista.

Gobierno, Psuv, organismos de masas y el grueso de la Fuerza Armada en Venezuela, no sólo no entregarán el poder a representantes del imperialismo, sino que tampoco aplicarán el plan exigido por la sobrevivencia e imprescindible saneamiento del sistema capitalista local. Si alguno de los factores mencionados lo hiciera, el país estallaría en pedazos y daría comienzo a una guerra civil de proyección regional.

Tal conclusión tiene un basamento objetivo. Si se toma como referencia el total de la ciudadanía en condiciones de votar, la derecha obtuvo el 39% de los votos en 2013 y el 39,53% en estas elecciones. El Psuv, en cambio, pasó del 40% en 2013 al 28,71 el 6D (Chávez había obtenido el 46% en 2006 y el 43% en 2012). La abstención y los votos nulos, en cambio, pasaron del 21 al 31,76% entre una y otra elección. Son datos enviados por un economista crítico del gobierno.

Siempre he rechazado en Argentina el método de sacar porcentajes sólo sobre votos emitidos válidos. Es también erróneo en Venezuela. Para tener una dimensión correcta de lo que ocurre en la sociedad es preciso tomar como base la totalidad de la población en condiciones de votar, pero también contabilizar votos blancos y nulos. Es una contradicción muy grande hablar de inclusión y excluir del conteo a abstencionistas –incluso si lo hacen por completa indiferencia e ignorancia- y personas que expresan su rechazo anulando el voto.

Como sea, esos casi 11 puntos porcentuales de aumento en voto nulo y abstención constituyen la diferencia que llevó a la derrota revolucionaria. Estos datos indican que aún en medio de la feroz guerra económica y la indecisión frente a la crudeza de las medidas necesarias para neutralizarla, el grueso de los trabajadores y el pueblo venezolanos mantuvo su decisión revolucionaria. En medio de inenarrables penurias económicas, 5 millones 600 mil ciudadanos votaron al Psuv-GPP. Una franja agotada se dejó ganar por el desaliento o el rechazo y no acudió a la cita, o lo hizo con un voto anulado. Aun así, se trata de una respuesta extraordinaria, que marca el escalón desde el cual es posible reiniciar la marcha y advierte que la burguesía no podrá avanzar, como pretende, sobre las conquistas sociales de los últimos tres lustros.

Comprender la naturaleza precisa de ese punto de partida es sin embargo un desafío mayor. Las masas no mantienen indefinida y constantemente su decisión de acción revolucionaria. Si hay algo para asombrarse en los 17 años de la Revolución Bolivariana es precisamente la tenacidad y fidelidad a un partido y una conducción política. Pero los flujos y reflujos son claramente visibles en la historia de todas las revoluciones. Ésta tiene una singularidad que produce aún más asombro: la expresión de la voluntad social se manifiesta en elecciones llevadas a cabo en la maraña de la institucionalidad capitalista, que hace más accesible a la burguesía la manipulación de sectores sociales por diferentes vías. La constante presión electoral, además, tiende a llevar al electoralismo. El proceso se invierte: más y más dirigentes actúan para ganar elecciones en lugar de buscar ganar elecciones para actuar en función de un programa. El lugar de la lucha por la conciencia lo ocupa paulatinamente la dádiva y la demagogia, ambos instrumentos de corto alcance y efectos contrarios a mediano plazo. Esta dinámica, además de alentar el consumismo, desvirtúa la naturaleza y función del partido revolucionario y debilita o directamente corrompe a sus cuadros.

Pese a todo, las masas y el Psuv continuaron mostrando una vitalidad sorprendente. En todo caso, queda reafirmado lo que demuestra la historia: hay que contar siempre con los flujos y reflujos de las masas, que sólo de manera indirecta y no necesariamente inmediata dependen del accionar político de sus direcciones. Según se esté en una u otra situación serán diferentes los conceptos y las formas de agitación y propaganda. Continuar en momentos de reflujo con la misma metodología de tiempos de alza es garantizar un distanciamiento de las masas. No sólo de los sectores más atrasados, sino de aquellos que apoyan a la revolución pero están sobredeterminados por una cultura secular y bombardeados por la propaganda capitalista.

En un artículo titulado Con la Revolución Bolivariana el 6-D, aun cuando todavía daba espacio a la posibilidad de una victoria, sobre todo por el sistema de elección de diputados, ayudado por voces inteligentes desde Caracas decía con fecha 3 de diciembre: “esta vez gravitan como nunca las consecuencias de la guerra económica en la vida cotidiana. Escasez y carestía golpean a la población y afectan a los sectores menos conscientes. Eso puede manifestarse en la elección, sobre todo con la abstención. Por esta razón no hay sondeos terminantes respecto del resultado final, aunque cabe aclarar que, dado el tipo de elección distrital, un contendiente puede obtener igual o menor cantidad de votos y pese a ello tener mayoría de diputados” (http://bit.ly/1NW5zVE). El hecho es que la abstención superó lo esperable y golpeó “como una bofetada que nos despertará”, según la expresión de Maduro, y el sistema electoral favoreció a la oposición teledirigida desde Washington.

Así se llega a este punto: mayoría opositora de dos tercios en la Asamblea Nacional, situación de franco reflujo en un sector que antes apoyó a la revolución, estado de descontento y duda en capas más amplias y más sólidas de las bases chavistas, golpeadas además por la derrota electoral.

Socialismo y transición

Desde esa situación desfavorable se impone ahora resolver la clave ya señalada: restablecer a pleno el aparato productivo industrial y agropecuario. Ésa es una condición de sobrevivencia de la Revolución. Y, como está probado, no podrá llevarse a cabo a partir de una negociación con el empresariado.

Chávez impuso un concepto que cambió el modo de accionar gubernamental no sólo en Venezuela: “la política va por delante”, solía repetir. Él tuvo en cuenta, no obstante, otro tópico: “la política es economía concentrada”. Eso que “va por delante” es una concepción y una práctica económica desplegada en función de una estrategia política. Por eso Chávez levantó la bandera del socialismo.

Al menos hasta un punto, coincidente con el inicio de su enfermedad, ambos principios podían conjugarse. Pero antes de ese golpe inesperado comenzaron desequilibrios tan difíciles de corregir como de sostener en el tiempo. Cuando Maduro asumió el gobierno ya la situación era alarmante, pese a la devaluación previa. Todo se agravó después con la caída del precio del petróleo. Y ese cuadro sería aprovechado por el capital para multiplicar artificialmente los efectos de por sí devastadores de la inflación. El desabastecimiento y la siembra de violencia completaron el cuadro y llevaron al 6-D y al 5 de enero, cuando la oposición asumirá su mayoría de dos tercios en la Asamblea Nacional.

Poner “la política por delante” implica ahora abroquelar la fuerza y determinar los cuadros que llevarán a cabo la tarea de poner en marcha el aparato productivo y avanzar en una economía planificada, lo cual implica:

–       unificar el precio del dólar en el nivel correspondiente, teniendo como referencia no la existencia actual o futura de reservas, sino el producido total real de bienes y servicios en el país;

–       fijar el precio adecuado a los servicios básicos (electricidad, gas, gasolina, etc),

–       garantizar sin excusa ni demora posible el abastecimiento de la totalidad de mercancías vitales para la vida social, las cuales tendrán precios máximos cuya transgresión implicaría durísimas e inmediatas consecuencias penales,

–       equilibrar gastos del Estado de acuerdo con los recursos disponibles bajo el principio de estricta austeridad, desde la Presidencia hasta el último funcionario.

Tales medidas tendrían un violento impacto sobre el conjunto social y un altísimo costo, cuyo pago es ineludible. Aquí “la economía concentrada” se expresa como imperativo político que define la cuestión central: quién pagará el costo descomunal que suponen las distorsiones llevadas al paroxismo por la conspiración burguesa timoneada desde Washington.

No hay sino dos opciones: si el saneamiento lo realiza el gobierno revolucionario, el precio deberá asumirlo la burguesía. De lo contrario, si la política que “va por delante” decide que no quiere o no puede dar ese salto cualitativo, el peso del caos actual caerá inexorablemente sobre las masas trabajadoras y desposeídas, sobre jóvenes y estudiantes.

¿Cuál es esa burguesía que debe pagar? Es el gran capital industrial, agroganadero, comercial y, en primer lugar, bancario. La estatización total de la banca es, junto con el más estricto control del comercio exterior también estatizado en su totalidad, condición necesaria para acabar con la especulación, el desabastecimiento y la inflación. El control obrero es la llave para que tales medidas al contrario de afectar la producción, permitan su potenciación. Ese control seguirá al milímetro los pasos de cada  patronal. No quedará espacio para fraudes, acaparamiento, contrabando, sobre o subfacturación y otras tramoyas habituales. El Psuv y otros partidos del GPP alentarán ese proceso pero los agentes directos de su realización serán los trabajadores organizados en comités de fábrica, apoyados sin reparos por el Estado y, en particular, por la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, para afrontar las formas de violencia que la burguesía ensayará a partir de grupos paramilitares que ya tiene emplazados en todo el país.

¿Cuál sería el impacto sobre los trabajadores y las clases medias bajas urbanas y rurales? En un brevísimo plazo se pondría freno a la inflación y al desabastecimiento; la producción tomaría un enérgico impulso cambiando en relativamente poco tiempo empleo improductivo por empleo productivo; todos los planes de la Gran Misión Vivienda Venezuela podrían no sólo mantenerse, sino acrecentarse; todas las demás Misiones podrían revitalizarse y superar las actuales deficiencias; el salario real no sufriría mengua alguna; por el contrario, sí se restringiría el consumo suntuario y las autoridades deberían hacer una intensa campaña educativa para incentivar el ahorro y atacar el consumismo.

Aparte la argumentación teórica que explica por qué es imposible una solución intermedia, está el dictamen inapelable de la realidad en los últimos años.

Hay fuerza para esto

Aunque la empresa es de enormes dimensiones, hay capacidad material para llevarla a cabo. De hecho, el conjunto de pasos dados por el gobierno y el Psuv desde la noche misma de la derrota electoral apuntan a abroquelar esa fuerza. Todo depende de la decisión política, que sin duda está condicionada por concepciones reformistas e infantoizquierdistas que dificultan la acción, eventualmente al punto de trabarla.

Sin embargo hay un punto donde la debilidad sí es remarcable y no tiene respuesta inmediata: el escenario internacional y particularmente latinoamericano. No sólo ni principalmente el nuevo gobierno de Argentina estará dispuesto a activar la “clausula democrática” del Mercosur y a levantar la voz contra la Revolución desde Unasur. Para neutralizar e incluso impedir este accionar contrarrevolucionario continental ordenado por la Casa Blanca, es preciso poner en pie de combate al activo militante en toda la región, con base en los países del Alba, con enérgicas e inmediatas acciones no ya de solidaridad, sino de clara identificación con la Revolución Bolivariana y disposición a tareas conjuntas del Bravo a la Patagonia en un Frente Antimperialista Continental, así como a la conformación de Brigadas Internacionalistas, inicialmente desplegadas en acciones de propaganda en cada país para explicar la verdad de Venezuela, pero dispuestas a llegar allí donde el accionar contrarrevolucionario dirigido desde Washington lo exija.

Momento decisivo

En Venezuela no sólo hay una revolución profunda y genuina. Hay un largo trecho recorrido en la transición al socialismo. En primer lugar, la concientización y la organización de millones.

El socialismo no es sólo la propiedad colectiva de los medios de producción, aunque esto es en última instancia indispensable. Recuperar la idea y la estrategia del socialismo, encarnarla en un pueblo entero, reivindicarla en el momento más oscuro de la historia, es acaso la más grande y seguramente perdurable conquista de Hugo Chávez, con la que puso en pie a Venezuela y sacudió al mundo.

Ahora llega la hora de la verdad en esa transición. Para afrontarla cuentan además los pasos dados contra el poder efectivo de la burguesía con la recuperación de Pdvsa y otras tantas empresas antes privadas, aunque esto último ha sido desvirtuado y puesto en cuestión hasta en las propias filas obreras, por las distorsiones y debilidades señaladas, además de la invalorable contribución de hablistas supuestamente marxistas, que por una u otra razón atacan hoy con fiereza a la Revolución.

Confiamos en que la respuesta del gobierno y el Psuv encaminarán la transición hacia un nuevo y más elevado plano, volviendo a colocar al proyecto de Chávez como faro mundial, en momentos en que cada día es más visible la acentuación de la crisis estructural del capitalismo.

Con la revitalización de las masas trabajadoras en Venezuela se producirá un efecto para muchos inesperado o declarado imposible hoy: el renacimiento de la clase obrera en un nivel superior en dos países clave: Argentina y Brasil. Desde luego no es posible construir el socialismo en una sola provincia de América Latina y el Caribe. Es posible en cambio asumir la vanguardia efectiva en un excepcional momento de crisis mundial. La historia está a punto de dar una contundente lección a quienes siguen sin comprender el legado de Chávez.

12 de diciembre de 2015

@BilbaoL