En el espejo de Grecia

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En su convulsiva crisis Grecia viene a confirmar verdades básicas, olvidadas por décadas de neto predominio reformista y confusión teórica en filas revolucionarias.

Una de ellas es que economía y política no van por caminos autónomos ni admiten ser consideradas y manejadas con independencia una de la otra.

También pasa al centro del escenario una expresión de Lenin respecto de la revolución, posible según su célebre dictum «cuando los de abajo ya no quieren y los de arriba ya no pueden» vivir bajo las imposiciones del capitalismo.

Una tercera columna del pensamiento revolucionario también se traduce nítida por estos días: el carácter internacional de toda y cualquier revolución.

Convendría a la sazón rebuscar en textos antiguos una jugosa polémica de Trotsky contra Stalin, respecto de las particularidades nacionales, a las que este último consideraba como «verruga en el rostro». Allí el revolucionario asesinado en Coyoacán desnuda la superficialidad del pseudointernacionalismo stalinista, cuando explica que son precisamente las especificidades de un país las que pueden hacer posible, en una circunstancia dada, la victoria y afirmación de una revolución.

Todo sumado, es más sencilla una aproximación a la tragedia griega contemporánea.

Parte de la crisis general del capitalismo, la economía griega fue además víctima de la operación imperialista europea destinada a consolidar un bloque para competir en mejores condiciones con Estados Unidos. Las clases dominantes griegas se sumaron fervorosamente a la creación del euro y la operación de compensaciones destinadas a morigerar las enormes desigualdades entre la economía de este pequeño y atrasado país en relación con las de los países desarrollados, especialmente Alemania y Francia. La socialdemocracia participó sin reservas de esta operación timoneada por y en beneficio específico del capital financiero europeo.

Pero la productividad no se inventa ni, mucho menos, se puede soslayar. Y la moneda la expresa con transparencia, aunque ésta pueda demorarse y durante todo un período permitir manipulaciones de diferente signo. Dado el subdesarrollo productivo griego -como el portugués y en menor medida el español- una moneda única, conducida desde Berlín y París no podía sino producir distorsiones enormes, naturalmente en detrimento de la economía griega.

Esto ocurrió en el marco de la secular destrucción de las organizaciones de masas de los trabajadores griegos. Téngase en cuenta que Stalin negoció la partición del mundo en Yalta sobre la base de imponer a los guerrilleros franceses y griegos, conducidos por los Partidos Comunista y Socialista, la rendición ante gobiernos capitalistas y la entrega de las armas. Esas organizaciones jamás se recuperarían de aquella defección histórica, que definió el curso del planeta y se verificó en toda su magnitud medio siglo después, con la caída del muro de Berlín y la inmediata disolución de la Unión Soviética.

Desarmados en todo sentido y tras un período de bonanza ficticia, los trabajadores y el pueblo griego reaccionaron frente al escandaloso despojo con el que los señores feudales de las finanzas europeas se cobraron las dádivas con las que se inició la afirmación del euro, tan necesarias para ellos como insostenibles para unos y otros.

Como ciertos revolucionarios, la burguesía imperialista creyó posible separar tajantemente la economía de la política y un buen día despertó con las masas griegas sublevadas y destrozando para siempre el aparato institucional de dominación capitalista. Eso fue la aparición de Syriza: una bocanada de oxígeno en el irrespirable clima político europeo, inspirada en el proceso revolucionario latinoamericano y con laRevolución Bolivariana como enseña. El mismo fenómeno pujó por brotar en España con la experiencia de Podemos, aunque con marcados rasgos diferenciales, acordes con sociedades también muy diferentes.

Dos sorpresas

Una batalla épica libró el gobierno de Syriza frente a los intentos de la euroburguesía por aplastarlo e imponer a las masas el ajuste económico requerido por la Troika (Banco Central Europeo, Comisión Europea y Fondo Monetario Internacional -BCE, CE, FMI), lógico e imprescindible desde el punto de vista capitalista. Sus autoridades -en primer lugar el primer ministro Alexis Tsipras y el ministro de Economía Yanis Varoufakis- se ganaron la simpatía de los trabajadores europeos y prácticamente de todo el mundo que conoció su peripecia. Luego vino el referéndum para aceptar o rechazar las exigencias de la Troika. Y la victoria del No. Corresponde decir que supuse el resultado contrario. Pero las masas dieron una conmovedora muestra de lucidez y coraje, que implicaba también confianza en su dirección. Prueba adicional de las inmensas reservas que bajo la superficie aguardan la hora de la Revolución. Pero tras el 60% a favor del Oxi (No), vino la renuncia de Varoufakis y poco después la aceptación por parte de Tsipras de la intransigente imposición del capital financiero europeo.

Está claro que «los de abajo» en Grecia no quieren vivir como hasta ahora. También que «los de arriba», a escala europea, pueden seguir haciéndolo. Todo indica que, para el conjunto de la población, ese Oxi masivo no incluía la abolición del Euro y la salida de la Unión Europea. Allí apretaron el BCE y la CE colocando al gobierno griego ante la alternativa de «aprobar un plan en el que no creo», como dijo Tsipras, o asistir al colapso total de la economía, el aparato productivo y la sociedad griegas. Brilló en esadramática opción la ausencia política de los Brics y, particularmente, de Rusia y China. Atenas quedó sola ante Bruselas, con el detalle de que alberga cuatro bases de la Otan.

Además de sorpresa, la decisión de aceptar la imposición europea, luego reafirmada por el Parlamento, con la oposición de 35 diputados de Syriza, trajo un debate de frágiles bases, reducido a la conducta de Tsipras. Sin embargo hay mucho más en juego. La alternativa dramática que afrontó el gobierno griego se repite, en condiciones propias, diferentes, en otros países europeos y muy particularmente en América Latina. La crisis estructural del capitalismo, acentuada en la coyuntura, limita el campo de opciones: sumisión incondicional a las necesidades imperativas de saneamiento capitalista, o revolución en toda la línea, es decir, expropiación de la banca y las transnacionales de la producción, gobierno democrático de las masas sobre esa plataforma inapelable de erradicación del sistema dominante. Que se rasguen las vestiduras los defensores de terceras vías: no las hay.

¿Podía Tsipras convocar a la ruptura con el Euro, la salida de la UE, sin la condición de chocar de frente con el capitalismo? ¿Tenía para tales propósitos el apoyo de las mayorías, incluso de las que votaron No? ¿Hay convicción en la propia Syriza para emprender tal rumbo? ¿Traicionó el líder de Syriza la voluntad de las masas? Dicho de otro modo: ¿llega la singularidad griega al punto de contrarrestar la apatía, la parálisis, la cobardía, de las organizaciones de la izquierda europea y de los trabajadores de la UE?

Sólo una afiatada dirección revolucionaria puede responder estas preguntas al momento de tomar decisiones definitivas en condiciones como las que se ven en Grecia. El dicterio fácil en tales coyunturas no corresponde a revolucionarios sólidos. Tanto menos si se lo profiere desde un escritorio, a miles de kilómetros del escenario de combate. Conviene recordar que ante la insurrección de octubre 1917 en Rusia, Kamenev, Zinoviev y Stalin (tercero, cuarto y quinto en la jerarquía dirigente, el último, director del diario Pravda), se opusieron y llegaron a denunciar públicamente los planes insurreccionales. Lenin los condenó en los más duros términos, por supuesto. Pero después de la victoria, no consumó las medidas contra ellos, que siguieron ejerciendo papeles principales en la naciente revolución. En Grecia la lucha recién comienza. Aguarda la etapa más dura para el pueblo y los revolucionarios. Solidaridad incondicional con ellos.

 

El papel de la unidad de las masas

Lo cierto es que la propia dirigencia de Syriza se dividió ante la encrucijada. Ahora bien: si la renuncia del ministro de Economía y el giro del Primer Ministro acaban consumando, como todo parece indicar, una irreparable fractura de Syriza, esta novel formación desaparecerá al menos como lo que ha sido hasta ahora. «Los de arriba» podrán más y «los de abajo», menos. Se perdería -o cuanto menos se dificultaría al extremo- la convergencia de las masas y las fuerzas revolucionarias griegas con las que en un plazo no demasiado largo se sublevarán también en Europa y otras latitudes. En todo caso, los trabajadores aprenderán, con costos mayores, que el bienestar proviene del trabajo sin explotación y no de artilugios monetarios o malabarismos bancarios, proceso del que no puede excluirse ningún proletariado del mundo. El conocimiento real del funcionamiento del sistema capitalista es un factor fundamental para la asunción profunda y sólida de conciencia de clase. No es posible una Revolución social acompañada del consumismo capitalista. El proceso de acumulación y el salto definitivo en la productividad del trabajo no tienen sustitutos en el desarrollo histórico, aunque hoy es posible combinar desigualdades y cubrir ese lapso histórico en menos tiempo y con menores penurias.En su convulsiva crisis Grecia viene a confirmar verdades básicas, olvidadas por décadas de neto predominio reformista y confusión teórica en filas revolucionarias.

Una de ellas es que economía y política no van por caminos autónomos ni admiten ser consideradas y manejadas con independencia una de la otra.

También pasa al centro del escenario una expresión de Lenin respecto de la revolución, posible según su célebre dictum «cuando los de abajo ya no quieren y los de arriba ya no pueden» vivir bajo las imposiciones del capitalismo.

Una tercera columna del pensamiento revolucionario también se traduce nítida por estos días: el carácter internacional de toda y cualquier revolución.

Convendría a la sazón rebuscar en textos antiguos una jugosa polémica de Trotsky contra Stalin, respecto de las particularidades nacionales, a las que este último consideraba como «verruga en el rostro». Allí el revolucionario asesinado en Coyoacán desnuda la superficialidad del pseudointernacionalismo stalinista, cuando explica que son precisamente las especificidades de un país las que pueden hacer posible, en una circunstancia dada, la victoria y afirmación de una revolución.

Todo sumado, es más sencilla una aproximación a la tragedia griega contemporánea.

Parte de la crisis general del capitalismo, la economía griega fue además víctima de la operación imperialista europea destinada a consolidar un bloque para competir en mejores condiciones con Estados Unidos. Las clases dominantes griegas se sumaron fervorosamente a la creación del euro y la operación de compensaciones destinadas a morigerar las enormes desigualdades entre la economía de este pequeño y atrasado país en relación con las de los países desarrollados, especialmente Alemania y Francia. La socialdemocracia participó sin reservas de esta operación timoneada por y en beneficio específico del capital financiero europeo.

Pero la productividad no se inventa ni, mucho menos, se puede soslayar. Y la moneda la expresa con transparencia, aunque ésta pueda demorarse y durante todo un período permitir manipulaciones de diferente signo. Dado el subdesarrollo productivo griego -como el portugués y en menor medida el español- una moneda única, conducida desde Berlín y París no podía sino producir distorsiones enormes, naturalmente en detrimento de la economía griega.

Esto ocurrió en el marco de la secular destrucción de las organizaciones de masas de los trabajadores griegos. Téngase en cuenta que Stalin negoció la partición del mundo en Yalta sobre la base de imponer a los guerrilleros franceses y griegos, conducidos por los Partidos Comunista y Socialista, la rendición ante gobiernos capitalistas y la entrega de las armas. Esas organizaciones jamás se recuperarían de aquella defección histórica, que definió el curso del planeta y se verificó en toda su magnitud medio siglo después, con la caída del muro de Berlín y la inmediata disolución de la Unión Soviética.

Desarmados en todo sentido y tras un período de bonanza ficticia, los trabajadores y el pueblo griego reaccionaron frente al escandaloso despojo con el que los señores feudales de las finanzas europeas se cobraron las dádivas con las que se inició la afirmación del euro, tan necesarias para ellos como insostenibles para unos y otros.

Como ciertos revolucionarios, la burguesía imperialista creyó posible separar tajantemente la economía de la política y un buen día despertó con las masas griegas sublevadas y destrozando para siempre el aparato institucional de dominación capitalista. Eso fue la aparición de Syriza: una bocanada de oxígeno en el irrespirable clima político europeo, inspirada en el proceso revolucionario latinoamericano y con laRevolución Bolivariana como enseña. El mismo fenómeno pujó por brotar en España con la experiencia de Podemos, aunque con marcados rasgos diferenciales, acordes con sociedades también muy diferentes.

 

Dos sorpresas

Una batalla épica libró el gobierno de Syriza frente a los intentos de la euroburguesía por aplastarlo e imponer a las masas el ajuste económico requerido por la Troika (Banco Central Europeo, Comisión Europea y Fondo Monetario Internacional -BCE, CE, FMI), lógico e imprescindible desde el punto de vista capitalista. Sus autoridades -en primer lugar el primer ministro Alexis Tsipras y el ministro de Economía Yanis Varoufakis- se ganaron la simpatía de los trabajadores europeos y prácticamente de todo el mundo que conoció su peripecia. Luego vino el referéndum para aceptar o rechazar las exigencias de la Troika. Y la victoria del No. Corresponde decir que supuse el resultado contrario. Pero las masas dieron una conmovedora muestra de lucidez y coraje, que implicaba también confianza en su dirección. Prueba adicional de las inmensas reservas que bajo la superficie aguardan la hora de la Revolución. Pero tras el 60% a favor del Oxi (No), vino la renuncia de Varoufakis y poco después la aceptación por parte de Tsipras de la intransigente imposición del capital financiero europeo.

Está claro que «los de abajo» en Grecia no quieren vivir como hasta ahora. También que «los de arriba», a escala europea, pueden seguir haciéndolo. Todo indica que, para el conjunto de la población, ese Oxi masivo no incluía la abolición del Euro y la salida de la Unión Europea. Allí apretaron el BCE y la CE colocando al gobierno griego ante la alternativa de «aprobar un plan en el que no creo», como dijo Tsipras, o asistir al colapso total de la economía, el aparato productivo y la sociedad griegas. Brilló en esadramática opción la ausencia política de los Brics y, particularmente, de Rusia y China. Atenas quedó sola ante Bruselas, con el detalle de que alberga cuatro bases de la Otan.

Además de sorpresa, la decisión de aceptar la imposición europea, luego reafirmada por el Parlamento, con la oposición de 35 diputados de Syriza, trajo un debate de frágiles bases, reducido a la conducta de Tsipras. Sin embargo hay mucho más en juego. La alternativa dramática que afrontó el gobierno griego se repite, en condiciones propias, diferentes, en otros países europeos y muy particularmente en América Latina. La crisis estructural del capitalismo, acentuada en la coyuntura, limita el campo de opciones: sumisión incondicional a las necesidades imperativas de saneamiento capitalista, o revolución en toda la línea, es decir, expropiación de la banca y las transnacionales de la producción, gobierno democrático de las masas sobre esa plataforma inapelable de erradicación del sistema dominante. Que se rasguen las vestiduras los defensores de terceras vías: no las hay.

¿Podía Tsipras convocar a la ruptura con el Euro, la salida de la UE, sin la condición de chocar de frente con el capitalismo? ¿Tenía para tales propósitos el apoyo de las mayorías, incluso de las que votaron No? ¿Hay convicción en la propia Syriza para emprender tal rumbo? ¿Traicionó el líder de Syriza la voluntad de las masas? Dicho de otro modo: ¿llega la singularidad griega al punto de contrarrestar la apatía, la parálisis, la cobardía, de las organizaciones de la izquierda europea y de los trabajadores de la UE?

Sólo una afiatada dirección revolucionaria puede responder estas preguntas al momento de tomar decisiones definitivas en condiciones como las que se ven en Grecia. El dicterio fácil en tales coyunturas no corresponde a revolucionarios sólidos. Tanto menos si se lo profiere desde un escritorio, a miles de kilómetros del escenario de combate. Conviene recordar que ante la insurrección de octubre 1917 en Rusia, Kamenev, Zinoviev y Stalin (tercero, cuarto y quinto en la jerarquía dirigente, el último, director del diario Pravda), se opusieron y llegaron a denunciar públicamente los planes insurreccionales. Lenin los condenó en los más duros términos, por supuesto. Pero después de la victoria, no consumó las medidas contra ellos, que siguieron ejerciendo papeles principales en la naciente revolución. En Grecia la lucha recién comienza. Aguarda la etapa más dura para el pueblo y los revolucionarios. Solidaridad incondicional con ellos.

 

El papel de la unidad de las masas

Lo cierto es que la propia dirigencia de Syriza se dividió ante la encrucijada. Ahora bien: si la renuncia del ministro de Economía y el giro del Primer Ministro acaban consumando, como todo parece indicar, una irreparable fractura de Syriza, esta novel formación desaparecerá al menos como lo que ha sido hasta ahora. «Los de arriba» podrán más y «los de abajo», menos. Se perdería -o cuanto menos se dificultaría al extremo- la convergencia de las masas y las fuerzas revolucionarias griegas con las que en un plazo no demasiado largo se sublevarán también en Europa y otras latitudes. En todo caso, los trabajadores aprenderán, con costos mayores, que el bienestar proviene del trabajo sin explotación y no de artilugios monetarios o malabarismos bancarios, proceso del que no puede excluirse ningún proletariado del mundo. El conocimiento real del funcionamiento del sistema capitalista es un factor fundamental para la asunción profunda y sólida de conciencia de clase. No es posible una Revolución social acompañada del consumismo capitalista. El proceso de acumulación y el salto definitivo en la productividad del trabajo no tienen sustitutos en el desarrollo histórico, aunque hoy es posible combinar desigualdades y cubrir ese lapso histórico en menos tiempo y con menores penurias.

Mientras tanto, cabe observar la oposición del FMI a la táctica europea. Se manifiesta allí, de manera cruda y para todos visible, la lucha interimperialista. Ocurre lo mismo con la militancia del premio Nobel de Economía Paul Krugman a favor del estallido del euro: es una necesidad del sector del imperialismo al cual responde. Esa contradicción se acentuará a corto plazo y agudizará la lucha de clases en cada país. América Latina toda está envuelta en el mismo dilema.

Si una responsabilidad tenemos los luchadores anticapitalistas en todo el mundo es sumar capacidades en sucesivas instancias internacionales para comprender, acompañar y eventualmente sumarnos como parte inseparable de la vanguardia dirigente, en cada lugar donde una chispa comience el incendio. Allá los profesores con afán de liderazgo verbal en revoluciones lejanas, tanto más cuanto menos pueden con la que bulle bajo sus pies. Aquí, los hombres y mujeres comprometidos con la acción basada en una urgente y radical recomposición teórico-política.

19 de julio de 2015

@BilbaoL

Mientras tanto, cabe observar la oposición del FMI a la táctica europea. Se manifiesta allí, de manera cruda y para todos visible, la lucha interimperialista. Ocurre lo mismo con la militancia del premio Nobel de Economía Paul Krugman a favor del estallido del euro: es una necesidad del sector del imperialismo al cual responde. Esa contradicción se acentuará a corto plazo y agudizará la lucha de clases en cada país. América Latina toda está envuelta en el mismo dilema.

Si una responsabilidad tenemos los luchadores anticapitalistas en todo el mundo es sumar capacidades en sucesivas instancias internacionales para comprender, acompañar y eventualmente sumarnos como parte inseparable de la vanguardia dirigente, en cada lugar donde una chispa comience el incendio. Allá los profesores con afán de liderazgo verbal en revoluciones lejanas, tanto más cuanto menos pueden con la que bulle bajo sus pies. Aquí, los hombres y mujeres comprometidos con la acción basada en una urgente y radical recomposición teórico-política.

19 de julio de 2015

@BilbaoL

Umbral de un nuevo período histórico

PorLBenAXXI

Millones de personas en América Latina se preguntan hoy qué es la democracia en la realidad cotidiana de la vida social. Cuánto se puede esperar de ella para salir de las penurias acumuladas en décadas. Qué papel cabe al individuo en el mecanismo político así denominado.
Tales preguntas están dictadas por la frustración. Las luchas contra las dictaduras suponían también la esperanza de que con el fin de los gobiernos represivos llegarían la justicia social, el fin de la explotación, la soberanía efectiva, la superación de las lacras del subdesarrollo. No fue así. Y aunque no siempre de manera consciente, en las demandas insatisfechas late una recriminación contra la democracia.
En la época del capitalismo tardío el concepto de democracia nada tiene en correspondencia con su significado original: en griego antiguo demos equivalía a gente (o pueblo). Kratos, significaba poder. Pese a que en aquel contexto el concepto pueblo se restringía a “adultos varones no esclavos, habitantes en polis”, la interpretación posterior se tradujo como “poder del pueblo”.
Ocurre que en las democracias capitalistas “la gente” carece total y absolutamente de poder si se limita a cumplir las normas institucionales regidas por un principio inalterable de las repúblicas burguesas: “el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes”.
No es que en los siglos XIX y XX fuera cualitativamente mejor. Pero aquellas democracias liberales, donde las había, parecen hoy modelos de participación ciudadana frente a la mercantilización de partidos, campañas y candidatos y la aparición dominante de un nuevo tipo de mercenarios: consultores, asesores de imagen, encuestadores, que reemplazan todo y cualquier talento individual, todo y cualquier principio partidario, para fabricar candidatos e imponerlos a la opinión pública, a costos siderales.
De manera caricaturesca, la reciente proclamación del magnate estadounidense Donald Trump como precandidato por el partido Republicano prueba quiénes son hoy, 2.500 años después de la democracia griega, los “varones adultos habitantes en las polis”: la gente que tiene poder para acceder al ejercicio del gobierno es única y exclusivamente aquella que posee o es respaldada por enormes fortunas. Racista, reaccionario hasta el grotesco, torpe y brutal como sólo un imperialista yanqui puede serlo, Trump hace ostentación de riquezas por 9 mil millones de dólares como principal argumento de campaña.
¿Pero son diferentes sus contrincantes, sea John Ellis Bush, también republicano, o Hillary Clinton, del partido Demócrata? ¿Lo serán acaso candidatos de países empobrecidos que derrochan riquezas incalculables para imponer tal o cual figura en el aparato del Estado burgués? Más y más los procesos electorales se revelan como farsa, aceitada por miles de millones de dólares, para colmo sin respaldo real en la producción. Ésa es la base material de la enajenación acelerada de las sociedades contemporáneas.
Incluso sin hablar de pulpos mediáticos destinados a manipular la opinión ciudadana, el retroceso a formas dinásticas de sucesión (padres a hijos, hijos a hermanos o esposas, todos siempre multimillonarios o escogidos por las grandes fortunas), completadas por la utilización de ejércitos mercenarios especializados en ganar elecciones, son indicativos de un insoslayable fin de ciclo histórico: la democracia liberal burguesa no existe ya en país alguno del planeta.

Hacia otra democracia
En este paisaje destacan los países en condiciones de llevar a la práctica formas de democracia participativa, instancias de efectivo poder popular. La experiencia la llevan a cabo los miembros del Alba, con puntos de partida diferente y evolución desigual. Contra ella se asiste a un ataque feroz, centrado en Venezuela. En menor grado se multiplican las agresiones contra el gobierno de Grecia y nuevas administraciones en varias ciudades de España, surgidas de elecciones en las que fueron derrotados los partidos del sistema.
El capital asume que democracia equivale a revolución social. Cuenta con partidos tradicionales –incluso de origen obrero– y con probada capacidad para arrastrar nuevas formaciones de los últimos tiempos hacia el reformismo, sumándolos como sostén del sistema. Cuando esto no es suficiente, se levanta con beligerancia extrema contra quienes osen abrir un camino al futuro. Éste es un dato inconmovible de la realidad mundial, gravitante para los países en revolución y sobre todo para aquellas fuerzas políticas y sociales empeñadas en cualquier punto del planeta en desafiar al poder establecido, cada día más corrupto y destructivo del conjunto social. El sistema bloquea cualquier perspectiva de cambio real desde dentro de su propio mecanismo y, cuando pese a todo una situación excepcional lo hace posible, reacciona hasta llegar a la respuesta bélica.
Estados Unidos y la Unión Europea lo están haciendo en estos momentos con centro en Venezuela y ahora también Ecuador. Seguirán por ese camino hasta donde se les permita llegar. Los procesos detonados en Europa enervan aún más a los centros imperiales, que cuentan con el respaldo activo o pasivo de todos los gobiernos burgueses para enfrentar la concreción de la única democracia genuina y posible: aquella basada en mayorías organizadas ejerciendo el poder.
Defender a quienes están avanzando por ese camino es un deber inexcusable de solidaridad, pero también de autodefensa. En el umbral de una nueva etapa histórica urge organizarse a escala internacional para cumplir esa exigencia.

 

23 de junio de 2015
@BilbaoL

Ser periodista en un mundo nuevo

 

PorLBenAXXI

Todavía resulta inasible en toda su complejidad la transformación provocada por las nuevas tecnologías en el trabajo del periodista y en la función del periodismo.
Hay tanta distancia entre escribir en una máquina mecánica y una computadora, entre comunicarse por télex o hacerlo mediante correo electrónico, entre publicar el resultado en papel impreso o difundirlo por diversas plataformas digitales de inmediato acceso universal, como la que dista entre viajar a caballo o en avión, librar una batalla con espada o con una AK103.
No se trata apenas de escribir y comunicarse con más facilidad y comodidad. Hay una interacción dialéctica entre el periodista y el modo de producción utilizado, que transforma la escritura misma. Y diferencia más aún el contacto del autor con el receptor.
En buena lógica, esos cambios deberían resultar en textos de mayor calidad y formas más elevadas de comunicación, sea por medio de escritura, radiofonía o imagen cinética. Los recursos técnicos lo hacen posible. Para no mencionar las posibilidades de ampliar la difusión y el conocimiento mediante redes digitales, páginas web, televisión digital, radio por internet y tantos otros recursos hoy al alcance.
Sin embargo el mundo asiste a una caída vertiginosa en la calidad conceptual de los medios de difusión. Como el contenido es inseparable de la forma, incluso con utilización de deslumbrantes recursos técnicos hay también un deterioro formal, aunque se manifieste contradictoriamente y permita prodigios visuales o sonoros. Con muy escasas excepciones el periodismo y recursos paralelos de comunicación social excluyen el rigor y la belleza en el uso de la palabra. Diarios, revistas, blogs y portales digitales derivan hacia la superficialidad y la estrechez, el descuido gramatical –e incluso ortográfico– cuando no a un deleznable mal gusto. Aun en los medios más tradicionales y hasta no hace mucho respetables es raro experimentar el placer de la lectura en la redacción de una noticia y poco usual encontrar una columna de opinión que aúne rigor conceptual –sin juicio de valor sobre las ideas expuestas– y una escritura que produzca gusto en el lector y acreciente sus conocimientos. En televisión –y ahora también en radio– esto se multiplica hasta el paroxismo y da lugar a programas que toman al espectador por idiota y propagan fealdad, antivalores, sexismo y violencia en todos los órdenes.
Ese deterioro dual no puede sino atentar contra la verdad y la información adecuada. De hecho el fenómeno es inverso: es la necesidad de ocultar o deformar la verdad lo que arrastra a este abismo. Así las cosas, el formidable progreso técnico conlleva un no menos tremendo retroceso humano.

Por qué la contradicción

No pocas personas son inducidas por esta evidencia a rechazar la técnica y añorar un mundo de regreso a la simplicidad pre-industrial, a la sociedad pastoril. Además de imposible, tal expectativa es absurda y reaccionaria, por mucho que apele a formulaciones progresistas.
Aunque por demás repetida, vale recordar una vez más la célebre predicción de Aristóteles: “cuando los telares tejan solos, el hombre será libre”.
Asociar la libertad con la productividad, fruto de la aplicación de nuevos descubrimientos tecnológicos a la producción, es el rasgo genial de esa intuición. En última instancia, el desarrollo de la humanidad puede reducirse al aumento de la productividad: disminución del trabajo necesario y aumento del producto excedente.

Como cualquiera sabe, sin embargo, los telares ya tejen solos y el hombre, en todos los rubros pero particularmente en la rama textil de la industria, a la que aludía el filósofo griego, lejos de liberarse ha retornado a la esclavitud: en todo el mundo los y las obreras textiles son superexplotados y en más de un país son incluso víctimas del tráfico de personas, para producir en condiciones de servidumbre propias de la baja Edad Media.
No estaba errado Aristóteles. Sólo no pudo prever que dos mil quinientos años después la humanidad, capaz de producir sucesivas revoluciones tecnológicas, no habría logrado superar un sistema movido por la búsqueda del lucro. La ganancia como motor transforma la maravilla de la tecnología en un castigo peor que el infierno de Dante. El capitalismo fue la herramienta para que la humanidad diera un grandioso salto en relación con el modo de producción y de vida feudales. Pero al cabo de su ciclo arrastra nuevamente hacia atrás a la sociedad, degrada y tritura al individuo.
Aplicada a la producción y reproducción de informaciones e interpretaciones, el efecto de los prodigios tecnológicos contemporáneos no es menos grave para quien trabaja en esa área. Aunque en apariencia más independiente y jerarquizado, el periodista es por regla general un individuo sometido no sólo a la extracción de plusvalía, sino alienado más aun que cualquier trabajador respecto del producto de su trabajo, que además lo arrastra a un resultado cada vez de menor calidad en todos los órdenes excepto, precisamente, el técnico.
Ése es el desafío a vencer para el periodismo del siglo XXI. ¿Será vehículo de la decadencia o motor para impulsar al ser humano más allá de la prehistoria?
Ni exageración ni falso dilema. Es la opción que define la existencia de cada medio y se plantea inexorable ante cada periodista.
Ver a un diario como The New York Times ocultar y mentir descaradamente sobre temas tales como la realidad venezolana o el gravísimo conflicto racial en Estados Unidos, avalar crímenes como las invasiones a Irak, Afganistán, Libia o Siria, desfigurar o directamente tergiversar las noticias sobre la realidad económica estadounidense; ver a un semanario sesquicentenario como The Economist mentir lisa y llanamente para defender el sistema y torpedear todo intento, en cualquier parte del mundo, por superar las lacras del atraso y la dependencia; ver a los diarios más tradicionales y hasta no hace muchas décadas respetables por su calidad –si no por sus ideas– encadenarse en América Latina para instrumentar campañas contra dirigentes y procesos revolucionarios con base en la mentira, la calumnia, el ocultamiento; ver a miles de periodistas repetir hasta el infinito esas falacias mediante radio y televisión, sin información válida, sin reflexión, sin parámetros morales mínimos; ver tal espectáculo y los efectos devastadores sobre la cultura, el carácter y la conducta de miles de millones de seres humanos en el planeta, debería bastar para sacar conclusiones terminantes: el periodista del siglo XXI toma partido por la erradicación de las causas que provocan esa deriva decadente y degradante, o se hace cómplice y víctima. Y esto lo hará en un momento histórico de extremo riesgo para el futuro de la humanidad.

Periodista, trabajador singular

Tener la palabra como materia prima hace del periodista un trabajador singular. Como todos los demás, produce un bien y la correspondiente plusvalía. Su especificidad consiste en que trabaja con el vehículo de ideas, valores, conceptos. Y llega a la conciencia para despertarla o adormecerla, para cultivarla y enriquecerla… o lo contrario.
Hay muchas formas de periodismo posibles. No se trata de pedir a todos compromiso político, mucho menos militancia. Se trata sí de exigirse y exigir compromiso con la verdad, con la armonía del hombre en la sociedad y en la naturaleza, con la belleza, la elevación y el constante mejoramiento moral y material de la ciudadanía en su conjunto. Quedar insensible ante el crecimiento de la pobreza, de la violencia, de la irracionalidad crecientes hoy en el mundo revierte sobre el propio trabajador y multiplica hasta lo indecible la enajenación de cualquier productor de mercancías. Noticia y opinión transformados en mercancías son una daga apuntada al corazón de quien las manipula, sobre todo en momentos en que la sobreproducción exige contorsiones morales sin límites para venderlas. La presión de las mediciones de audiencia o las tiradas de diarios y revistas, la exigencia inapelable de la publicidad para que un medio sobreviva, convierte el periodismo en manipulación y al periodista en mercenario, a menudo inconsciente.
En tanto trabajador, el periodista no puede imponerse individualmente a la exigencia del medio que lo emplea. Estará en la conciencia y el carácter de cada uno resguardar el empleo y a la vez ser consecuente consigo mismo, con su familia y su sociedad. No hay recetas para eso. Ni imposiciones arbitrarias. Sí hay una exigencia íntima e insobornable que cada quien debe afrontar. Y una certeza difícil de soslayar: contribuir en la medida que sea con el envilecimiento y la degradación que el capitalismo provoca en todas las áreas no podrá jamás ser beneficioso para nadie.

 

26 de mayo de 2015
@BilbaoL

En defensa de Diosdado

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Conocí a Diosdado Cabello en los últimos días de 2001. Nos aprestábamos a grabar con el presidente Hugo Chávez una conversación que aparecería como pequeño libro de amplia difusión dos meses después (*). Estados Unidos preparaba el golpe de Estado finalmente ocurrido en abril de 2002. Argentina vivía un momento tumultuoso. Urgía que las vanguardias latinoamericanas conocieran y comprendieran la Revolución Bolivariana y tuvieran una imagen objetiva de Chávez.

Diosdado era entonces un íntimo colaborador del comandante, a quien había acompañado desde la insurgencia del 4 de febrero de 1992. Ese periplo incluyó cárcel, transformación del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR 200) en el Movimiento Vª Republica (MVR) para buscar la organización política de las masas;  luego la campaña electoral, la victoria y el arduo, desconocido, ejercicio del poder. Siempre al lado de Chávez.

Aunque tuve numerosos encuentros con el hoy presidente de la Asamblea Nacional, nunca hubo oportunidad de un trato íntimo con él. No soy su amigo, a menos que se se extienda ese concepto al punto de considerar como tal a todo aquel hermanado por objetivos y luchas comunes. Sería para mí un honor contarlo como amigo en el sentido restringido que le damos a la palabra en las pampas de donde provengo. En cambio, sí lo considero un compañero revolucionario –concepto en muchos sentidos más elevado que el de amigo- y en ese carácter me siento obligado a escribir estas líneas, ahora que la contrarrevolución mundial intenta denigrarlo.

Con el Wall Street Journal como detonante, los conspiradores imperialistas desataron una campaña de la baja prensa global contra Diosdado. Una cadena de medios de la ultraderecha, a la que se sumó luego también un diario que se supone respetable, The New York Times (NYT), informa sin siquiera un dato preciso que, supuestamente, la DEA investiga a Diosdado Cabello por tráfico de drogas y lavado de dinero. Diarios, emisoras de radio y TV hacen coro en Argentina a esta campaña. Periodistas que desconocen por completo la realidad venezolana se dejan arrastrar por esa marejada calumniosa.

“Una gran parte de la cocaína que viaja al norte, hacia Estados Unidos, pasa por Venezuela, según funcionarios estadounidenses, a menudo en pequeños aviones que cargan y despegan de pistas de aterrizaje ocultas en el estado venezolano occidental de Apure”, dice el NYT. No aclara el matutino cómo aterrizan esos aviones en territorio estadounidense y decenas de miles de dealers distribuyen la carga. El diario más poderoso del mundo no acusa al gobierno de Washington y a la propia DEA por ese masivo arribo clandestino, ininterrumpido por décadas. ¿Dónde estarán las “pistas de aterrizaje ocultas” en el territorio estadounidense? ¿Quiénes serán responsables de ese tráfico billonario?

Pero denunciar la hipocresía, lacerante para la inteligencia más elemental, no es el motivo de esta nota. Aquí me propongo sólo resumir un testimonio en defensa de Diosdado. A partir de hechos. No de palabras, declaraciones ni cercanía personal.

La trayectoria de Cabello lo señala como cabal revolucionario. Tuvo la lucidez para comprender el proyecto de Chávez desde el primer momento. Y luego el coraje para acompañarlo en instancias de extremo riesgo. Diez años después ocupaba la vicepresidencia de la Nación –cargo no electivo en Venezuela- cuando ocurrió el golpe de Estado. Como tantos otros, supo eludir a los criminales que intentaban asesinarlo. Pero, más importante aún, mostró la integridad necesaria para no escuchar las voces que instaban a reemplazar a Chávez. Ocupó el lugar institucional del Presidente durante las horas que mediaron entre la huida de los golpistas de Miraflores y la llegada del comandante vencedor. Hay a disposición decenas de videos para seguir de cerca esos momentos. Si alguien pudo parecer tentado por la posibilidad de aprovechar la dramática coyuntura y desplazar a Chávez, cada gesto de Diosdado en esas horas de extrema tensión reveló su compromiso absoluto con el líder de la Revolución. Era evidente que por su cabeza no cruzó la idea de sacar partido individual de aquella situación.

Luego ocupó muchas diferentes trincheras de combate, siguiendo siempre las instrucciones del comandante. Ya en aquellos tiempos comenzó a ser blanco de calumnias sistemáticas. Quienes no se atrevían a atacar a Chávez, se ensañaban con él. Muchos amigos/as venezolanos recordarán mi posición en aquellos momentos.

Después vino la organización del Psuv; y las mil batallas libradas contra un enemigo que hace bien su faena y no da un momento de tregua. Acaso la prueba mayor de lealtad y convicción la ofreció Diosdado cuando Chávez, consciente de su inminente partida, designó a Maduro como candidato a sucederlo.

Como es sabido, estuve involucrado de cerca en todos estos momentos cruciales para la Revolución. Siempre vi a Diosdado como un revolucionario en toda la extensión y el mejor sentido de la palabra.

Ratificó esa condición desde la presidencia de la Asamblea Nacional. Luego, a través de su programa semanal Con el mazo dando, pudo verse otra faz de sus capacidades. Creció ante las dificultades y reafirmó su lugar como puntal de la Revolución Bolivariana.

Por eso se lo ataca. No sé si Diosdado Cabello comparte mi concepción filosófica. Y no me interesa. Porque tengo la más absoluta certeza de que estoy frente a un hombre empeñado en derrotar y abolir al capitalismo y sus lacras. Entre ellas la droga, por supuesto.

Toda caracterización puede errar y toda persona puede cambiar su conducta, incluso traicionar sus orígenes. Ejemplos hay en abundancia. Pero no existe un solo dato que indique semejante deriva en quien es hoy también vicepresidente del Psuv. Todo por el contrario, desde el agravamiento de la enfermedad de Chávez, Diosdado (como Nicolás Maduro, Rafael Ramírez y por supuesto Adán Chávez, entre tantos otros) dio pruebas de total compromiso con la revolución y con su comandante. Luego haría lo mismo con Nicolás Maduro, atacado con impar ferocidad por la prensa burguesa internacional en cadena. Me atrevo a decir que Diosdado seguirá en la primera línea de combate, junto con la Dirección Revolucionaria Político-Militar que enfrenta al imperialismo, hasta la batalla final.

Por eso se lo calumnia. Como parte de la ofensiva desesperada del imperialismo contra el gobierno de Maduro y la Revolución Bolivariana.

Por eso lo defiendo frente a esta calumnia miserable y cobarde. Es la defensa de la Revolución ante la embestida de la contrarrevolución.

El capitalismo es drogadicto, como señaló alguna vez una tapa de América XXI. Y sus gobernantes son cómplices estructurales del narcotráfico. Diosdado puede sentirse satisfecho del lugar que ocupa en la batalla decisiva que estamos librando contra la fuente de todos los vicios: la explotación del hombre por el hombre.

 

Buenos Aires, 21 de mayo de 2015

 

(*) Chávez y la Revolución Bolivariana; Conversaciones con Luis Bilbao. Buenos Aires, enero de 2002, Ediciones Le Monde diplomatique-Capital Intelectual (hubo luego sucesivas ediciones en Chile, Bolivia, Colombia, Venezuela y fue publicado también en inglés y francés).

Revolución, teoría e ideología

PorLBenAXXI

¿Qué ideas regirán el mundo de los próximos años? Medio siglo atrás, cuando leudaban las grandes movilizaciones obrero-estudiantiles con epicentro en Francia, México y Argentina –con Vietnam como símbolo de resistencia antimperialista– algunas voces aisladas comenzaron a insistir en una noción a contramano de aquel formidable auge social: confusión y fragilidad teórica primaban en el sustento ideológico de quienes protagonizaban aquellas batallas desde posiciones dirigentes.
No era evidente. No fue motivo de preocupación dominante. En América Latina pretender revalidar la teoría –es decir, afilar las armas conceptuales con aval científico– podía ser confundido con indecisión para la acción. Europa aceleraba por su propio camino: fuga hacia abstracciones con formulaciones impenetrables, de un reformismo dominante durante el medio siglo anterior, o de un dogmatismo ampuloso y vacío.
Hubo excepciones, desde luego. Notorias o apenas visibles. Hoy casi nadie las recuerda o reivindica. Eso basta para deducir su gravitación política.
Después vino el gran cataclismo, inesperado para el grueso de las vanguardias de entonces: la Unión Soviética se disolvió en el aire. Y fue el sálvese quien pueda. El idealismo, la metafísica, se impusieron al materialismo y la dialéctica. Se adueñaron de casi todos los espacios.
Aquellos países de vanguardia de los 1960 (Francia, México, Argentina) marchan hoy avergonzados a la retaguardia. Vietnam y Cuba ya no son reconocidos con la misma unanimidad. Si antes la retórica y el dogmatismo debilitaban el corpus teórico amasado en siglos de luchas sociales, después el pragmatismo sin ancla ni amarras vendría a completar la tarea de demolición. Como opuesto simétrico reapareció un izquierdismo desenfrenado, más aun que aquél denominado por Lenin como enfermedad infantil del comunismo.
Pero la lucha de clases no cesa por ausencia de comprensión teórica. Al contrario: se complejiza más y exige un esfuerzo mayor de estudio y elaboración para recuperar un curso racional. Mientras tanto, el retroceso ideológico señorea.
El papel de Venezuela
Desde hace años explico el fenómeno de la Revolución Bolivariana por un factor ausente en otros países políticamente más avanzados durante el siglo XX: Hugo Chávez tuvo un punto donde clavar los talones para detener la descontrolada marcha atrás: Simón Bolívar, su acción y su ideario (Venezuela en Revolución, Capital Intelectual, 2008).
Era volver muy atrás. A otra realidad socioeconómica mundial. A otro basamento ideológico. Pero bastó tener ese punto de apoyo para hacer posible la retomada de la marcha histórica.
En la historia Chávez ocupará ese lugar de privilegio: detuvo el retroceso y reinició un impetuoso avance que cambió los parámetros políticos de la región e impactó en todo el mundo. Su búsqueda lo llevó a replantear el antimperialismo y concluir en la insoslayable necesidad de abolir el capitalismo. Resignificó e hizo palpable el internacionalismo. En suma, el comandante Chávez sentó nuevas y sólidas bases para que los pueblos del mundo den la gran batalla que tienen por delante ahora, cuando el capitalismo sufre su crisis más grave; su irreversible agonía y el consecuente riesgo de aniquilación para la humanidad.
Pero esa magna tarea está inconclusa. Los gobiernos del Alba, la dirección revolucionaria político-militar de Venezuela, cargan la responsabilidad de hacerla avanzar y producir un salto cualitativo.
Porque la racionalidad teórica es condición necesaria para dar continuidad a la lucha revolucionaria. Se puede conocer la teoría y no ser revolucionario. Se puede ser revolucionario y no conocer la teoría. Pero sin conocer el mecanismo económico y social del sistema a abatir, sin la teoría científica de la lucha de clases, no se puede ser victorioso en una revolución socialista.
Socialdemocracia y socialcristianismo están aunados en una batalla mortal contra la revolución y, como arma mayor, cuentan con su capacidad para confundir ideológicamente no sólo a las grandes masas, sino a franjas significativas de la vanguardia, precisamente mediante la manipulación ideológica y la tergiversación teórica. El idealismo filosófico es una daga mortal apuntada al corazón de los esfuerzos revolucionarios. Como complemento perfecto, el desconocimiento teórico, por ejemplo, de la gravitación omnipresente de la teoría del valor, es un potente veneno para obnubilar la conciencia.
Venezuela ha llegado a un punto donde la transición demanda sin atenuantes un instrumental teórico adecuado, cuyas columnas están en el legado marxista: leyes del sistema capitalista; papel de las clases; Estado; Partido; planificación… En diferente grado y en cuadros diferentes, ocurre lo mismo en los restantes países del Alba. La victoria en la cumbre de las Américas agudiza esa necesidad y la hace más perentoria. No hay tiempo para perder. Como queda dicho, Washington retrocede para afirmarse y saltar.
Deberían florecer revistas teóricas en el hemisferio y apelar a contribuciones de los cinco continentes. Estudio profundo, elaboración a partir de la realidad concreta, debate franco. Y asunción hasta las últimas consecuencias de que la Revolución es una cosa seria. Que demanda de modo inapelable la exclusión de hablistas, irresponsables y exhibicionistas, tan abundantes hoy en la crítica a la Revolución Bolivariana y sus dirigentes.
Las ideas que regirán el mundo de los próximos años provendrán del resultado de una batalla decisiva entre la irracionalidad destructiva del capitalismo decrépito y la racionalidad científica de la Revolución. Y ésta tendrá sus raíces en la asunción latinoamericana del legado histórico e internacional, en pensamiento y acción anticapitalista, frente a la coyuntura actual.

27 de abril de 2015

@BilbaoL

entrevista con radio del sur

“Del nivel de conciencia del pueblo dependerá la salida de cualquier situación crítica”

El periodista argentino, Luis Bilbao, fue entrevistado por Radio del Sur con motivo del paro general que enfrenta su país actualmente y aseguró que “el problema de cualquier situación crítica en una sociedad está íntimamente asociado con la conciencia que pueda tener el pueblo”.

 

“El problema de cualquier situación crítica en una sociedad está íntimamente asociado con la conciencia que el pueblo tenga de esa situación crítica y la conciencia está directamente asociada con el trabajo que, desde una convicción política, se hace para que el pueblo tenga conciencia”, explicó el comunicador y mencionó como ejemplo la política del Comandante venezolano, Hugo Chávez.

Sobre la estrategia de Chávez, Bilbao resaltó la creación del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y su importancia en la articulación de conciencia, que ha llevado a millones de venezolanos a comprender la situación estructural del capitalismo a través de estudios y realización de Congresos.

“Venezuela es el país, pueblo, partido y gobierno que ha dado respuesta” a la crisis que se le presente, pues “hay una estrategia, organismos, conciencia y voluntad de un Gobierno, es lo que debemos aprender en América Latina y sobre todo en Argentina y Brasil”, manifestó el especialista en entrevista concedida al programa Mientras Tanto y por si Acaso que transmite La Radio del Sur.

 

Negativa al socialismo desata crisis

Luis Bilbao informó que el paro en Argentina es total y “se da en la industria, en el comercio, en la totalidad absoluta de la banca y el seguro, la ciudad está paralizada por completo, me refiero a Buenos Aires, pero además eso se repite en cada capital del país”.

El periodista, en este sentido, opinó “que lo que está pasando, y por supuesto está siendo muy bien utilizado por el imperialismo, es que ha llegado a su fin una ilusión de cómo salir de la crisis del capitalismo”. Explicó que desde hace varios años se ha intentado mejorar la calidad de vida de la población “por vías del desarrollismo“, es decir, “la intervención del Estado para invertir allí en donde los particulares no pueden invertir y reactivar de esa manera la economía”.

“¿Por qué estamos en este punto? porque no se vio el paso en estos países que dio el Comandante Chávez muy tempranamente, en este siglo que justamente tiene tantas transformaciones: el Comandante Chávez, en primer lugar, declaró la Revolución Bolivariana como antiimperialista y muy poco tiempo después dijo no podemos cumplir el programa de la Constitución dentro del capitalismo, tenemos que marchar hacia el socialismo. La negativa a marchar hacia el socialismo y la búsqueda de caminos intermedios es lo que está haciendo crisis en este momento”, aseguró el director de la revista América XXI.

 

Escuche la entrevista completa aquí:

Gobiernos, partidos y militancia ante un desafío crucial

PorLBenAXXI

 

 

Un paso insuficientemente medido por los estrategas del Departamento de Estado reveló aquello que no se ve en la superficie política del continente.

Es incuestionable la inversión de la tendencia convergente que dominó la primera década del siglo XXI. Está fuera de duda la regresión en varios países, particularmente en Brasil y Argentina, los dos mayores de la Unión de Naciones de Suramérica (Unasur). Pero en la Casa Blanca –y no sólo allí– el árbol impidió ver el bosque. El curso de gobiernos y clases dominantes, otra vez hacia la balcanización, ocultó la marcha de millones en sentido contrario.

Con la executive order de Barack Obama América Latina se vio obligada a pensar lo impensable: una invasión yanqui a su territorio. Caracas y las capitales del Alba reaccionaron como cuadra a conducciones políticas conscientes de que una revolución sólo puede enfrentar al imperialismo hasta las últimas instancias, o sucumbir. Mostraron, una vez más, que la rendición no está entre sus opciones. Nicolás Maduro no demoró 10 horas en plantarse ante su pueblo y el mundo para exponer una estrategia de resistencia, que apelaría en caso necesario a la guerra de todo el pueblo.

Puso a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana en alerta de combate y ordenó inmediatos ejercicios de defensa para los cuales convocó a toda Venezuela. Su palabra coronó un día en el que el estado anímico de la nación sufrió una drástica transformación. La totalidad del alto mando militar, el Psuv, los sindicatos, las comunas y restantes organismos de masas, se encolumnaron en defensa de la soberanía y la independencia nacionales, tras la bandera de Revolución Socialista Bolivariana.

Cuando Maduro concluyó su discurso Venezuela no era la misma de 24 horas antes. Los agobios de la guerra económica, la fatiga por largos años de lucha y la permanencia de rémoras de un ordenamiento social superado pero aún perviviente –ineficiencia, desidia, corrupción– se esfumaron ante la evidencia de la agresión inminente y el llamado de Maduro. Hugo Chávez estaba presente esa noche en la conducta de la Dirección Revolucionaria Político Militar y en el sentimiento íntimo de cada ciudadano.

 

Tempo, factor clave de la acción política

No sólo la determinación de la respuesta, sino la rapidez con que llegó, cayeron como rayo en las restantes capitales. Allí donde hasta horas antes se resignaba la perspectiva de la unión por disputas comerciales y captación de plusvalía; allí donde incluso ya se asumía el realineamiento hemisférico a través de la Alianza del Pacífico, se vio la necesidad de reconsiderar la táctica.

A través de sus principales medios de prensa, en la mañana del martes 10 las expresiones más duras del gran capital en cada país mostraron que habían interpretado el mensaje. En aparente contradicción con su furiosa prédica antivenezolana hasta el día anterior, los más augustos órganos de la propaganda burguesa tomaron distancia de la decisión de Obama. Alguno incluso se atrevió a criticarla. En línea con la orden implícita en esos medios, durante los días posteriores se produjo un reacomodamiento general, explicitado en la noche del sábado 14 en Quito. En la sede de Unasur 12 cancilleres del organismo rechazaban por unanimidad la posición de Obama y le exigían derogar el decreto. Doce días después los 33 países de la Celac firmaron un comunicado similar.

Durante la dura jornada en Quito, Delcy Rodríguez presentó la posición de su gobierno. La firmeza de la canciller estaba en consonancia con otra, de naturaleza diferente: en Venezuela la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (Fanb) realizaba ejercicios y maniobras militares en todo el territorio nacional, con la participación masiva de hombres y mujeres de toda edad y condición.

 

Otra realidad

Dos fenómenos singulares en la historia latinoamericana se tradujeron en la Declaración de Unasur: la existencia misma de este organismo sin precedentes y una nueva conciencia de masas en cada país, acaso difusa, confusa, inorgánica y sin dirección, pero no por ello menos gravitante.

Esto se despliega además en un nuevo cuadro de situación, determinado por una crisis económica detonada en 2008 en los países centrales pero ya vigente en países que, con mucha premura y poco buen tino, dejaron de llamarse “Tercer Mundo” para soñar con la condición de “emergentes”.

Otro factor nuevo, de inusual peso en la coyuntura desatada por el decreto de Obama, lo marcó la irrupción de los gobiernos de China y Rusia. Por razones diferentes pero confluyentes, Beijing y Moscú se sumaron, del lado de Venezuela y de América Latina, a la crucial prueba de fuerza. La gira regional del canciller ruso Serguéi Lavrov todavía produce escalofríos en políticos de todas latitudes.

En cada capital de Suramérica dominó la certeza de que una guerra de todo el pueblo en Venezuela se expandiría como mancha de aceite a la región. Vieron, con certeza de pesadilla, que los actuales regímenes de democracia capitalista serían incapaces de sostenerse y reaparecería con inédita potencia la perspectiva de respuestas radicalmente revolucionarias.

La degradación de la democracia burguesa en algunos países no encuentra todavía respuestas adecuadas. Pero hay casos en que la nueva tendencia se muestra con nitidez. Basta ver el informe de Paraguay (pág. 20). En este país, tras el derrocamiento con fachada institucional de Fernando Lugo y la realización de elecciones amañadas, la deriva antipopular del nuevo gobierno ha provocado un drástico cambio en el panorama, como puede verse en la recomposición de las fuerzas sociales ya expresándose en el terreno político con inusitado vigor y con propuestas de inequívoca significación: “Que renuncie Cartes y toda su línea sucesoria, y que se instale una Junta Patriótica que pueda transformar profundamente la situación económica, social y política de nuestro país” declara un dirigente campesino ante una potente movilización de masas convocada por un multitudinario frente de organizaciones sociales y partidarias.

Entiéndase bien: “que se instale una Junta Patriótica” avalada por un amplísimo arco de organizaciones sociales para enfrentar a un gobierno puesto y dirigido por el imperialismo, para colmo ahora con intervención de Israel.
Es un lenguaje nuevo, que en la nueva situación mundial y regional prolonga la voluntad revolucionaria puesta de manifiesto mediante rigurosa vía institucional en casos como los de Venezuela, Bolivia y Ecuador.

Esa radicalización ya existe. En condiciones de agresión imperialista tendería a generalizarse. Nadie supone que las masas convencidas por reformas positivas en Brasil, Argentina, Uruguay, Perú o Chile se adecuarán mansamente a soluciones capitalistas salvajes para la crisis que ya golpea en cada puerta. Tanto menos si el recambio para retornar a la sujeción a Washington se desenvolviera al compás de una invasión a Venezuela. Si eso ocurriera, no hay duda de que en su apoyo acudirían los países del Alba. Pero también decenas de millares de hombres y mujeres dispuestos a tomar las armas para defender la Revolución Socialista Bolivariana.

Entre la espada y la pared, los jefes imperialistas y sus socios del Sur llegaron así a una nueva instancia de confrontación involuntaria, precisamente cuando creían estar en el momento de suturar las heridas del período anterior.

 

De aquí en adelante

Sería ingenuo suponer que el imperialismo desechará su estrategia de invasión militar a Venezuela. Allí están, por caso, las maniobras del Comando Sur en Puerto Rico y, menos visible, el aumento de presupuesto para las tropas de la Otan en Malvinas. Esto último nada tiene que ver con una amenaza de recuperación de las islas para la soberanía argentina. Es lamentable que en réplica a Gran Bretaña el ministro de Defensa Agustín Rossi no asociara el fortalecimiento de una base de la Otan en el Sur del continente con la tenaza militar tendida por Estados Unidos contra Venezuela, los países del Alba y los pueblos de la región.

Es impensable una conducta consecuente con la Declaración de la Mitad del Mundo por parte de varios gobiernos que la firmaron. La permanente voluntad de frente único antimperialista nada tiene que ver con la falta de caracterizaciones precisas respecto de tales aliados eventuales.

Panamá será el escenario de esa gran batalla. Obama de un lado y varios mandatarios de otro harán impensables contorsiones para evitar el filo de la espada sin retroceder más hacia la pared. Pero nada allí será concluyente. Habrá que seguir con detalle la conducta de cada uno y, con encomio o condena, exponerla ante la opinión pública latinoamericana y mundial.

La amenaza de invasión seguirá latente. Es preciso prepararse en cada lugar del hemisferio para evitarla y, si esto al cabo no fuera posible, enfrentarla con decisión de victoria. La primera tarea es obtener millones de firmas para la Carta de Maduro al pueblo estadounidense. Se trata de llegar a Panamá con pruebas irrefutables de la voluntad latinoamericana. Mientras tanto, Washington y sus temerosos socios del Sur buscarán que el precio de la paz sea el abandono de la Revolución. Maduro, Raúl Castro, Evo Morales, Daniel Ortega, han sido terminantes al respecto.

Pero desde más de una cancillería se insistirá, pública o soterradamente, en la necesidad de rendición. Ante lo que esa pugna pondrá en tensión en los próximos meses será necesario desestimar la liviandad hablista del infantoizquierdismo, con la misma firmeza que se enfrente la tendencia a la claudicación de franjas reformistas siempre dispuestas a la conciliación.

En medio del agravamiento de la crisis capitalista en los centros imperiales –y ahora también en los resumergidos– los países del Alba, con Venezuela a la vanguardia, juegan un papel potencialmente decisivo para el futuro inmediato. Eso equivale a decir que la acción no ya de cada gobierno, sino de cada organización, de cada hombre o mujer, cuenta para el resultado.

 

@BilbaoL
Desde Caracas y Buenos Aires
25 de marzo de 2015

“El presidente Obama ha cometido un error trágico”

Radio Nacional de Salta entrevistó a Luis Bilbao con motivo del decreto con el que Barack Obama calificaba a Venezuela como una amenaza para la seguridad nacional de su país. Allí reflexionó sobre el rechazo mundial hacia esta declaración y el debilitamiento diplomático y estratégico que Estados Unidos expresa en esta coyuntura.

La entrevista completa aquí:

Podemos detenerlos

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Amenaza de invasión y nueva situación en América Latina

Un rayo quema e ilumina. Denominada formalmente Zona de Paz por Unasur, América Latina despertó el 9 de marzo con una declaración de guerra, lanzada por el imperio más poderoso de la historia.

Barack Obama puso a Estados Unidos en estado de “emergencia nacional” y aludió como causa sólo a Venezuela. Pero en cada Capital del hemisferio quedó claro que una eventual acción militar contra el país de Chávez produciría una conflagración de largo plazo desde el Bravo a la Patagonia, en cuyo transcurso el sinuoso proceso de convergencia iniciado con el siglo XXI sufriría una violenta transformación, partiría limpiamente en dos el espectro político regional, ubicaría a cada Partido en su lugar e inauguraría un era de Revolución sin bemoles.

Si alguien tuvo dudas, éstas se esfumaron al anochecer de ese mismo día, cuando el presidente Nicolás Maduro respondió a Obama.

Lectores habituales de la prensa conservadora tradicional de América Latina pudieron sorprenderse (y algunos confirmar presunciones) en la mañana siguiente. Sin excepción tomaron distancia del dictum imperial. Los más venerables se permitieron incluso mostrar una franca oposición, sea a través de columnistas extranjeros, sea mediante la repetición de un artículo de la BBC, que sin rodeos mostraba el enorme desatino de Obama. Aun en casos irredimibles, el instinto de conservación manda.

Puesto que no es lo mismo escribir y representar, no tuvieron la misma posibilidad ciertos gobiernos del área. El silencio de algunos en las siguientes 60 horas atronó el horizonte. No pocos nombres fueron incinerados en ese lapso, siquiera por simple comparación con rotundos posicionamientos de Evo Morales, Rafael Correa, Fidel Castro o Daniel Ortega.

Al interior de Venezuela partidos y figuras de oposición quedaron acorralados. Aun con dosis insoportables de hipocresía, no pudieron eludir que el país y el mundo los viera aunados con la Casa Blanca. El panorama político interno se recompuso en cuestión de horas, recuperando ejes y relaciones de fuerzas a partir de las cuales Venezuela vivió la honda transformación revolucionaria de los últimos 16 años. Estupefactos, los líderes de oposición ven a Obama como al verdugo que les da el tiro de gracia. “Obama es el jefe de campaña del Psuv”, llegó a decir un ultrarreaccionario opositor venezolano. No son los únicos anonadados por el estupor y la sorpresa. Un fenómeno análogo se reproduce en toda Suramérica, precisamente en momentos en que la abrupta caída en los precios de las materias primas acaba con un lapso de bonanza durante la cual, como en la noche metafísica, todos los gatos pudieron verse pardos.

 

Nueva etapa de la revolución latinoamericano-caribeña

Con el fiasco de Obama y la cumbre de las Américas, fijada para el 11 de abril, se abre una situación nueva en la región. En la Casa Blanca reside la opción de avanzar, retroceder o demorar la decisión. De su parte, Maduro no sólo hizo dos discursos principistas y programáticos que quedarán en los anales de la historia revolucionaria mundial. También pasó a la acción: llamó a la movilización de las masas, reivindicó la guerra de todo el pueblo y fijó el sábado 14 como fecha para un Ejercicio Militar de Defensa, del que no sólo participarán los cinco componentes de la FANB (Ejército, Marina, Aeronáutica, Guardia Nacional y Milicias Populares), sino también el Partido Socialista Unidos de Venezuela y todo ciudadano que se disponga a hacerlo, convocado por Maduro en su condición de Comandante en Jefe. Como detalle, participarán invitados militares rusos mientras naves de la flota de aquel país estarán emplazadas en son de amistad sobre la costa próxima a Caracas.

Entre el martes 10 y el viernes 13 Venezuela vivió un proceso de movilización con escasos o ningún precedente. La noción de Partido Revolucionario de masas, democrático, antimperialista y anticapitalista, podrá ser reconsiderada por la militancia de todo el mundo a partir de este ejemplo. Como sea, esta poderosa conjunción de definiciones netas y movilización de millones “rodilla en tierra” deja claro, así como los pronunciamientos en cascada de centenares de organizaciones sociales y políticas de toda América Latina –y antes de tomar en cuenta las declaraciones del gobierno chino y los gestos del Kremlin- qué fuerza debería enfrentar un gobierno estadounidense que resolviera atacar militarmente a la Revolución Socialista Bolivariana.

Semejante impacto produciría un nuevo terremoto geopolítico, otra vez y sin duda en detrimento de la hegemonía estadounidense. Justo en el momento en que Alemania y Francia dan inequívocos signos de que pretenden alejar a la Unión Europea de las decisiones de Washington y hasta impulsan un ejército único de la UE. Pero esto lleva otra vez al hemisferio americano, a los nuevos organismos regionales creados en este siglo y a la oportuna cumbre en Panamá. Para decirlo con las palabras de Evo Morales: “Si Obama no quiere encontrarse con la horma de sus zapatos, antes de la Cumbre de las Américas, que pida perdón a América Latina y en especial a Venezuela. Si no se va a encontrar con presidentes antimperialistas, con gobiernos antimperialistas”.

Claro que no todos los asistentes a esa cumbre, si efectivamente se realiza, tienen las mismas definiciones de Evo y los gobiernos del Alba. Y aquí se llega al meollo de la nueva situación: los mandatarios que antes, durante y después de Panamá eludan definiciones claras, contundentes, pagarán un precio político que aumentará a medida que pasen los meses y se sucedan los acontecimientos, sea que Washington resuelva atacar o dé un paso atrás.

Si ocurriera esto último, Estados Unidos, todos sus socios, pero también dirigentes y partidos vacilantes, perderían la iniciativa por un largo período. Se abriría una etapa de alza revolucionaria en toda la región. Y en el marco de crisis económica y tremenda debilidad política de prácticamente todos los gobierno por fuera del Alba, esto significaría que América Latina tomaría la vanguardia mundial en momentos en que la crisis económica no hace sino agravarse en los países metropolitanos.

Esto es lo que intuyeron las burguesías locales y la prensa orgánica del gran capital. Saben que ellas serían las primeras víctimas propiciatorias. Por eso pusieron el freno el primer día y desde entonces ocultan el tema, como para hacer menos costoso un eventual paso atrás de Obama.

Pero semejante dinámica no espera a que el Departamento de Estado y el Pentágono decidan poner en movimiento su plan de ataque. A 24 horas de conocida la declaración de guerra de Obama comenzaron los primeros pasos para conformar Brigadas Internacionalistas con el propósito de defender la Revolución Socialista Bolivariana desde cada país o, si fuera el caso, para acudir a Venezuela a luchar en el terreno que la Dirección Revolucionaria Político-Militar indique.

Unasur toma debida cuenta de este fenómeno. Es la causa de vaivenes de varios de sus miembros, conscientes de estar entre la espada y la pared. La creación de nuevos organismos de convergencia regional en los últimos 15 años corre pareja con la agonía de otros correspondientes a la hegemonía anterior, como la OEA, la cumbre Iberoanoamericana y la propia cumbre de las Américas. Es improbable que este choque histórico se resuelva con el simple reemplazo de éstas por aquéllas. Más bien, este conjunto, que incluye nada menos que a USA y la UE, sufrirá una ruidosa crisis y recomposición, en la que la línea de división estará demarcada por posturas antimperialistas y anticapitalistas. Es decir, por la unión de pueblos oprimidos y proletariados en todos los miembros de esos organismos, con obvia repercusión sobre el resto del mundo.

Cuando pocos lo esperaban, cuando muchos celebraban el terreno recuperado por Estados Unidos en los últimos tres años, el rayo de fuego y luz permite ahora ver claro aquello que hasta el error de Obama aparecía difuso.

Sea cual fuere la decisión de Washington, doblan las campanas por el orden burgués. Tanto más cuanto está a la vista que un acompañamiento militante a la enérgica, lúcida y valiente decisión de Venezuela, puede cerrarle el paso a los guerreristas. Es hora de combate y alegría para los enemigos de la explotación y la opresión en el mundo entero.

Caracas, 13 de marzo de 2015