argentina como clave regional

Dilemas de la transcición en Suramérica a comienzos del siglo XXI

porLBenCR

 

Transcurridos apenas cinco años del siglo XXI, Suramérica como totalidad ha ingresado a una fase histórica cualitativamente diferente de la que determinó su curso durante el largo ciclo precedente. En rigor, esa fase se inscribe en otra mayor, determinada por la crisis general del capitalismo y su principal consecuencia política en el hemisferio: la autonegación y desarticulación de los grandes movimientos nacional-burgueses que dominaron el escenario político de la región durante prácticamente todo el siglo XX. Se trata por tanto, si se permite la imagen, de una transición dentro de la transición.

Tomando prestada una expresión de la ciencia económica, podría decirse que la “onda larga” del devenir político iniciada en los ’70 tuvo su primera fase con el debilitamiento y fragmentación de las grandes fuerzas políticas de masas nacional-burguesas en América Latina. Luego los aparatos dirigentes de aquellas fuerzas de masas se autonegaron para servir como ariete imperialista en la aplicación de medidas anticrisis (superexplotación del trabajo asalariado, traslación de la plusvalía de las burguesías locales a los centros metropolitanos mediante argucias financieras, saqueo descarado de las materias primas). La tercera fase está en curso: el movimiento de autodefensa de las burguesías suramericanas es acompañado por un intento de recomposición de formas híbridas de nacionalismo burgués y reformismo clásico. Hay que decirlo para comenzar y sin rodeos: si este proceso desembocara en la reconstitución de movimientos nacional-burgueses o popular-reformistas con respaldo de masas, todo el ciclo de medio siglo de luchas revertiría y los obreros y campesinos latinoamericano-caribeños sufrirían una derrota histórica, que a su vez repercutiría con efectos devastadores a escala mundial. Simultáneamente, sin embargo, estas formas híbridas hoy dominantes significan un límite que Estados Unidos no puede admitir en ningún sentido. El papel que en ese conjunto juega la Revolución Bolivariana de Venezuela agrega un factor revulsivo, que a la vez empuja y frena a los gobiernos de la región obligados a tomar distancia de Washington: si no siguen el ejemplo de las medidas radicales que aplica Hugo Chávez en favor de las masas y en defensa de la soberanía y el crecimiento, estarán amenazados por obreros, campesinos y juventudes embanderados con un proceso que ya ha proclamado la necesidad de transponer el capitalismo y edificar un nuevo socialismo; si intentan emularlo mientras frenan el ímpetu de aquella revolución, día a día más identificada con la Revolución Cubana, corren el riesgo de chocar con sus socios-enemigos y ser derrocados por ellos. En el centro de este dilema, el Departamento de Estado estadounidense no disimula su estrategia: el empleo de la violencia a escala hemisférica, con punto de partida en Venezuela y Cuba y apoyo en su dispositivo militar continental.

No hay modo de eludir esta evidencia: Suramérica está ante la revolución, la guerra y la contrarrevolución. La batalla está por delante; advertirlo no implica pesimismo y mucho menos duda, sino todo lo contrario: la certeza de que están dadas las condiciones para afrontarla y ganarla. Para ello es preciso ante todo despejar las incógnitas principales, los dilemas teóricos, políticos y estratégicos, a partir de cuya respuesta se podrá orientar la tarea revolucionaria. Se trata de plantear, debatir y resolver, en el fragor de la lucha política diaria, el carácter del momento histórico que vive el mundo; el estado real material, de conciencia, organización y disposición del proletariado internacional; la necesidad/posibilidad de un Frente Antimperialista a escala nacional, regional y mundial; la teoría del partido requerido por una revolución social; la relación Frente Antimperialista-Partido Revolucionario.
Coyuntura histórica

La base para interpretar la situación y la dinámica del cuadro político continental está en la crisis del capitalismo a escala mundial, con centro en las metrópolis imperialistas, reaparecida como factor determinante en el último cuarto del siglo XX (1). La profundidad y magnitud de esa crisis clásica del sistema (sobreproducción de bienes y servicios), se enmarca en un momento histórico sin precedentes, en el cual el capital tiene la iniciativa estratégica a escala mundial y la lucha interimperialista por el control de los mercados se manifiesta de manera constantemente agudizada, gravitando sobre el conjunto de contradicciones que atraviesan el planeta.

Lejos de ser una novedad, esta situación se ha repetido cíclicamente desde que el capitalismo se impuso a escala global. Factores nuevos se presentan sin embargo en dos terrenos:

  •  la aceleración de una revolución permanente en la ciencia y la tecnología, que potencia el desarrollo de las fuerzas productivas y transforma sin pausa las formas de producción y las relaciones individuales y sociales;
  • la inexistencia en la conciencia de las masas proletarias del mundo (geométricamente acrecidas precisamente por el avance vertiginoso en la universalización de la ley del valor), de su propia condición de tales y de que la respuesta a los innumerables, crecientes e insoportables sufrimientos materiales y espirituales de la vida contemporánea está en la abolición del capitalismo y la creación de un sistema socialista mundial.

La subjetividad de las masas es un factor objetivo para la revolución. La caída de la URSS y la identificación de este cataclismo histórico con el definitivo fracaso del socialismo produjo un efecto letal en la conciencia de cientos de millones de obreros en todo el mundo, clausurando para la inmensa mayoría todo horizonte más allá del sistema capitalista. Como no podía ser de otra manera, esto redundaría en el debilitamiento de las organizaciones sociales y políticas de la clase trabajadora. Entrelazadas, estas causas y consecuencias permearían a toda la sociedad, ganando masivamente a las juventudes y la intelectualidad y estableciendo una dialéctica negativa que diezmó organizaciones, personalidades y proyectos socialistas de la más amplia gama. La asunción plena y formal de los programas anticrisis del capitalismo (denominados ‘neoliberalismo’) por parte de los principales partidos socialdemócratas europeos y los movimientos nacional-populistas en América Latina, traduce la magnitud del cimbronazo histórico.

El desconocimiento del impacto profundo que en las masas del mundo produjo la consumación del fracaso de la primera revolución socialista (un fracaso que, en rigor, había ocurrido medio siglo antes), es una de las causas principales de los desvíos de equipos y cuadros revolucionarios que sufrieron un vertiginoso distanciamiento de la realidad hasta llegar a la irracionalidad autoalimentada como fuente de todo su accionar. Si una autocrítica debe hacer el equipo responsable de Crítica de Nuestro Tiempo es que, habiendo señalado este factor desde el primer momento, y pese a haber corregido una y otra vez la magnitud de su alcance, no lo hizo sin embargo en el momento y grado suficientes como para no errar en la previsión de la conducta de las masas obreras tanto en los países imperialistas como en el mundo semicolonial, lo que naturalmente llevaría a errores en cuanto a la capacidad de los estrategas imperialistas para manejar la coyuntura(2).

Si antes de la Primera Guerra Mundial las masas obreras tenían un horizonte socialista y antes de la Segunda Guerra Mundial aquella esperanza colectiva se bifurcaba en dos líneas (la de quienes la veían realizada en la Unión Soviética y la de quienes, enfrentados con aquélla, proponían la superación del capitalismo por vía evolutiva), pero ambas con el objetivo socialista como definición, en la reiteración actual del cuadro económico planetario que precedió a las dos guerras mundiales no existe como noción enraizada en las masas la idea de alternativa anticapitalista. Se combinan entonces la proletarización creciente en un marco de ininterrumpida actualización del modo de producción, crisis capitalista, ausencia de conciencia de clase y ausencia de voluntad socialista en las masas trabajadoras, todo lo cual redunda en un ensanchamiento sin precedentes de la capacidad de acción de las burguesías internacionales y nacionales.

A esto se suma la asimilación de las lecciones de la Historia por parte de las clases dominantes, que se traduce en líneas de acción destinadas a mantener y ahondar las divisiones y los factores paralizantes en las filas obreras. La cada vez más marcada estratificación salarial -con beneficios a menudo muy elevados para sectores clave del proletariado industrial en detrimento de todo el espectro asalariado, sin excluir a las capas profesionales proletarizadas- gravita tanto más sobre el acontecer político inmediato cuanto más dramático es el número y la situación de los desocupados. Además, como nunca antes, las clases dominantes penetran y actúan en las organizaciones sociales y políticas de las masas, comprando y manipulando cuadros en función de los intereses estratégicos del capital. Siguiendo la expresión de Marx y Engels para referirse a la realidad objetiva del proletariado y su conciencia de sí mismo, puede decirse que la universalización de las relaciones capitalistas y los propios paliativos hallados por las clases dominantes para contrarrestar los efectos de la crisis estructural han resultado en un crecimiento numérico explosivo de la clase obrera en sí; pero al mismo tiempo, como resultado de ese mismo aumento arrollador -que proletarizó profesionales, técnicos, científicos y capas medias- combinado con las sucesivas derrotas y frustraciones de la perspectiva socialista, prácticamente ha hecho desaparecer la clase obrera para sí.

Éste es a grandes pinceladas el boceto de la coyuntura histórica. Ahora bien, en este ciclo prolongado, los factores que inhiben la respuesta obrera no han impedido el agravamiento sistemático de la crisis del capital. El resultado es que los efectos del recrudecimiento acelerado de la crisis se dirimen hoy exclusivamente en el terreno de las clases dominantes, que disputan entre sí la captación y distribución de porciones cada vez mayores de la plusvalía mundial sin apenas resistencia por parte de las clases explotadas, que a escala internacional no cuentan con programa, organización, liderazgo ni banderas para ocupar el lugar que la crisis exige.

No es posible trazar una estrategia y elaborar un programa eficientes si no se parte de esta comprobación. La estridente paradoja de que esto ocurra precisamente cuando la necesidad y la posibilidad objetivas de la realización del socialismo son mayores que nunca en la Historia, no hace menos real la falta de conciencia y la desorganización de la clase obrera mundial. A cambio, asegura que hay fundamentos objetivos más que suficientes para una tarea estratégica de recomposición en todos los planos. Pero hay dos jugadores ante el tablero del ajedrez mundial: frente a las fuerzas de la revolución, están las fuerzas de la contrarrevolución (cosa que desconocen como norma los hablistas atacados por la enfermedad infantil del comunismo). El desenlace de la convulsiva crisis que amenaza al mundo no es fatal. La derrota no ya de las fuerzas revolucionarias, y siquiera de las clases explotadas, sino de la propia humanidad, es una posibilidad cierta. La victoria requiera ciencia, lucidez, energía y audacia sin cortapisas para la acción. La victoria requiere quitarle la iniciativa al imperialismo y las burguesías locales, cambiar la relación de fuerzas, recrear una conciencia de pertenencia clasista y una voluntad revolucionaria en las masas, articular en cada país el accionar de millones y organizar la capacidad de intervención centralizada de cientos de miles de cuadros; requiere crear y enarbolar una bandera común para las víctimas de la crisis en todo el planeta. Considerarse vanguardia en esta fase de la coyuntura histórica exige acometer estas tareas estratégicas y ser capaz de dotarse del conjunto de tácticas para alcanzar tales objetivos(3).
Suramérica como vanguardia internacional

Decíamos más arriba que Suramérica ha ingresado en una fase histórica cualitativamente diferente a la que rigió su movimiento durante el cuarto de siglo precedente. Falta subrayar que ese paso no se verifica en el resto del mundo y precisar (o, más apropiadamente, comenzar la ardua tarea de precisar, con el máximo de detalle y extensión), las características de la nueva fase.

La transformación cualitativa se muestra hoy a la vista de todos con el rugido de la Revolución Bolivariana de Venezuela y el realineamiento sistemático y creciente de los países del área en un bloque objetivamente contrapuesto a la voluntad estadounidense para la región.

Así como en todo el ciclo anterior predominó el fenómeno de transformación de las grandes fuerzas políticas de masas de naturaleza populista nacional-burguesas en dóciles, eficientísimos y últimos instrumentos del capital financiero para afrontar la crisis del sistema mediante partidos con respaldo de masas (el PRI en México, el peronismo en Argentina fueron los principales exponentes de un fenómeno que se puede rastrear en cada país), ahora se asiste a una rearticulación de aquéllas y otras fuerzas sociales y políticas en torno a un factor determinante: la necesidad de resistir a la descontrolada voracidad imperialista, obligada a su vez por la aceleración de la crisis del capitalismo mundial.

Antes de que fuera perceptible, este vuelco potencialmente decisivo era previsible para una teoría que no se limitara a la mera repetición de recetarios y en cambio se abocase a estudiar las corrientes profundas que trazan el curso de la historia. Ahora, en los primeros tramos de la nueva etapa, todos quienes nos proponemos situarnos y actuar en función de una resolución anticapitalista para la gran confrontación en marcha, estamos obligados a un esfuerzo teórico para adentrarnos en el conjunto de contradicciones que determinan la coyuntura histórica e impulsan a las fuerzas en pugna.

Conviene empezar por decir que, frente a esta tarea, nada es más letal que adoptar alguna forma de continuidad de las líneas de análisis y acción que, durante las dos últimas décadas, mostraron una total incapacidad para interpretar el curso de los grandes acontecimientos que dieron vuelta como un guante la realidad política internacional y nacional. A riesgo de ser malentendidos, es preciso asumir que para recomponer la teoría y la organización de las fuerzas revolucionarias marxistas, se impone trazar un corte más tajante aún que cuando fue necesario enfrentar a quienes, en medio del derrumbe de la Unión Soviética, quedaron alelados y paralizados o, en el otro extremo, vieron un formidable avance del proletariado en pos de la revolución socialista mundial, para aunarse unos y otros, una década después, ya en el terreno nacional, confundiendo en 2001 la contraofensiva de un sector del capital en Argentina con una victoria revolucionaria.

A la vez, es imperativo tomar distancia de toda simulación charlatanesca de la teoría revolucionaria marxista: en momentos de extraordinaria aceleración histórica, la incapacidad para la acción inhabilita y transforma en su contrario a todo cuadro o equipo militante, por muy loables que sean sus intenciones. Sin arrogancia de ningún género, Crítica sigue inconmovible sobre las bases teóricas y analíticas que desde su fundación le permitieron marcar una posición en la teoría y en la militancia durante este período extraordinario de la lucha revolucionaria mundial.

El punto de partida de “la transición dentro de la transición” en Suramérica está definido ante todo por lo que no es: y no es la respuesta socialista del proletariado y su vanguardia revolucionaria marxista a la crisis sin precedentes del sistema capitalista. Más aún: no es el resultado de la movilización de la clase trabajadora como tal. Los cambios que han determinado el viraje del curso político general en la región, resumibles en el freno y empantanamiento del Alca y la creación de una balbuciente Comunidad Suramericana de Naciones, resultan sobre todo del choque de intereses entre las burguesías regionales y el imperialismo estadounidense (con algo más que el visto bueno de la Unión Europea), en un contexto de prolongada desmovilización de la clase obrera industrial en toda el área(4).

Fue por tanto en el marco de la desmovilización de la clase obrera regional como comenzó a tomar cuerpo una de las posibles resultantes del complejísimo choque de fuerzas a escala internacional y, naturalmente, hizo saltar en pedazos los esquemas teóricos que no partían de esa complejidad. Este es sólo uno de los muchos costos que ahora deben pagar las fuerzas revolucionarias. Porque el giro regional ocurre con la iniciativa política en manos de la burguesía. Y allí donde se instaura una dinámica revolucionaria, como es el caso de Venezuela, ésta no proviene del empuje proletario, sino a la inversa: por todo un período y aun en estos momentos, los trabajadores no han tomado la iniciativa sino en casos puntuales y efímeros. Es esta realidad inobjetable la que impidió a la mayoría de las fuerzas revolucionarias del continente y el mundo comprender el carácter y la dinámica del gobierno de Hugo Chávez. Corregir con cinco años de retraso la caracterización respecto de la Revolución Bolivariana es, al margen de toda consideración, un paso meritorio y extraordinariamente positivo. Pero en tanto no se corrijan las causas que impidieron no sólo comprenderla cuando apareció, sino y sobre todo adelantar que, dada la particular conformación ya señalada del cuadro de situación mundial, el fenómeno como tal adquiría carácter de necesidad, se continuará desconociendo factores determinantes de la realidad política y sosteniendo desviaciones oportunistas o izquierdistas que dificultan la resolución revolucionaria de la crisis. Esto es verdad para el análisis de la situación de conjunto en Suramérica, pero lo será también para la ubicación respecto de los pasos que en el futuro inmediato dé el gobierno venezolano.

No es por falta de inteligencia o perspicacia que el grueso de organizaciones y cuadros de definición revolucionaria desconoció el brusco cambio de orientación manifestado a escala regional con la realización de un encuentro de presidentes suramericanos, instancia geopolítica jamás recurrida desde las guerras de emancipación del siglo XIX. Hubo una demora de años hasta comenzar a registrarlo (en la mayoría de los casos para denostarlo). El convocante de aquella reunión, que tendría lugar en Brasilia, el 31 de agosto de 2000, fue Fernando Henrique Cardoso; el principal impulsor de esa nueva instancia fue Hugo Chávez. Como quienes toman las decisiones en el Departamento de Estado estadounidense no miran con anteojeras, ante tal convocatoria vieron la magnitud de lo que estaba en juego e hicieron un movimiento de emergencia, destinado a contrarrestarla y recuperar una iniciativa que se le escapaba de las manos: un día antes de la reunión de 12 presidentes suramericanos en Brasilia, el 30 de agosto, William Clinton desembarcaría con inusitado despliegue de fuerzas en Cartagena, para lanzar el Plan Colombia. Allí el jefe imperialista exigió que todos los países del área se comprometieran con el dispositivo militar de control regional proyectado por Washington. Apenas horas después, 12 presidentes, lejos de acatar la orden, la desafiaban no ya negándose a integrarse al dispositivo militar, sino denunciándolo como serio riesgo de extensión del accionar bélico a toda la región.

Algo fundamental había ocurrido: la crisis capitalista adoptaba la forma de choque entre las burguesías suramericanas encabezadas por Brasil y el imperialismo estadounidense. En el centro de ese fenómeno nuevo, sin embargo, estaba la Revolución Bolivariana, lo cual le confería un carácter particular. Dijimos en ese momento “Ya no es una presunción: el cuadro geopolítico hemisférico ha consumado un drástico giro, tras el cual Estados Unidos se ve desafiado -como nunca antes en dos siglos de historia- por un conjunto diverso de países suramericanos, a cuya vanguardia marchan, aunque por carriles diferentes, los gobiernos de Brasil y Venezuela”(5).

Washington respondió redoblando presiones y esgrimiendo ya sin ocultamientos la amenaza militar. Al mes siguiente afirmamos: “‘Sudistán’ existe. La república imaginaria diseñada por los estrategas del Departamento de Estado y el Pentágono para ensayar la represión a una sublevación popular, es la inexorable prolongación del Plan Colombia, puesto en movimiento por el presidente William Clinton el pasado 30 de agosto en Cartagena. En la percepción de quienes trazan la política exterior de Estados Unidos, ‘Sudistán’ es América Latina. Y el operativo ‘Cabañas 2000’, llevado a cabo en Córdoba (Argentina) con derroche de dinero, tecnología y armamento, es una muestra de lo que espera Washington en la región y de sus aprontes para responder. Pero acaso el factor más alarmante es que urgido por recuperar la iniciativa a escala continental, reubicar bajo su férula a gobiernos arrastrados por una fuerza centrífuga e impedir la consolidación de un bloque regional que escape a su estricto control, la Casa Blanca está obrando de modo tal que sus decisiones implican una acelerada desestabilización político-institucional en la región, a la que ofrece como alternativa una variante, aún con perfiles borrosos, de regímenes afirmados sobre la militarización de la vida política”(6).

Los hechos admiten siempre diferente interpretación; pero si se los ignora replican cobrando un alto precio: cuatro años y medio después, el fracaso del Alca y la conformación de la Comunidad Suramericana de Naciones dan una idea de la trascendencia de aquel viraje. Desde una perspectiva revolucionaria, obrera y socialista, ¿qué actitud correspondía adoptar en aquel momento frente al obvio rumbo de colisión entre un multiforme y apenas esbozado bloque de gobiernos suramericanos frente a Estados Unidos? ¿Cómo conquistar el corazón y la conciencia de las grandes mayorías sin participar en la primera fila de ese combate?
Frente antimperialista, partido y clase obrera

Para el pensamiento revolucionario marxista aquella pregunta no debería dar lugar a duda. Es en relación con fenómenos análogos que la naciente Revolución Rusa, amenazada por la guerra imperialista a escala mundial, teorizó en el IV° Congreso de la Internacional Comunista el concepto de Frente Antimperialista. Pero aquí y ahora ocurrió lo contrario de lo que debía esperarse de quienes se reclaman de aquella tradición: prácticamente sin fisuras, en Argentina las fuerzas del más amplio arco de izquierda coincidieron en desconocer los hechos. Como parte de ese distanciamiento de la realidad, no se le atribuyó significado alguno a la gira de la secretaria de Estados estadounidense Madeleine Albright por la región algunos meses después ni al efecto de su visita a Buenos Aires. En consecuencia, no se observaron los movimientos producidos en el seno de las clases dominantes en Argentina, que además entraba en ese nuevo cuadro regional en medio de un cataclismo económico. A los fines del balance que intentamos, es obligado repetir una referencia ya citada anteriormente. Un artículo escrito en julio de 2001 para Crítica, bajo el subtítulo ‘Preparativos de recambio patronal’, adelantaba lo siguiente:

“Todo indica que está en vías de consolidación una coalición compuesta por el ala alfonsinista de la UCR, el sector de Duhalde en el PJ, la UIA, las dos CGT y la jerarquía de la iglesia con sus múltiples tentáculos, destinado a consolidar un parapeto ante la inexorable explosión del actual esquema de poder (…) Tal parece que ha llegado la hora del realineamiento formal y acaso de conformación de nuevos partidos burgueses”(7).

El análisis de la situación argentina a partir de la crisis general del capitalismo, la lucha interimperialista y la creciente confrontación de las burguesías regionales con los centros imperiales, permitía adelantar el golpe de Estado que ocurriría seis meses más tarde. Como sucede habitualmente, quienes en diciembre de 2001 vieron una insurrección espontánea y una revolución popular a la que sólo le faltaba llegar a la Casa Rosada, malinterpretaban de tal manera la situación porque tenían una completa incomprensión de la realidad y la dinámica internacionales. Esa incomprensión no ha cambiado; pero sus consecuencias sí, porque son aún más graves en la nueva coyuntura.

Desde antes incluso de la asunción de la Alianza, era posible prever la necesariedad, para la burguesía, de un cambio drástico de rumbo, razón por la cual el sector hegemónico de aquella coalición, con cada éxito político que obtenía en la carrera electoral y la disputa interna, sólo cavaba más honda su propia tumba. De hecho, no sólo se podía adelantar el inexorable cambio de régimen, sino que se podía prever las fuerzas componentes y el programa que levantarían. Puede leerse en Crítica en la edición citada:

“Proponer o esperar la salida del desastre en el que está sumida la nación mediante una inyección keynesiana, incluso si está alentada por las mejores intenciones, es una quimera. Y en términos de accionar político, es una quimera reaccionaria: contribuir a una convergencia de las fuerzas sociales acosadas por la crisis con personajes como Duhalde, Alfonsín, tras un proyecto financiado por Techint y bendecido por la curia, es mucho más que un error: si para los gerentes sindicales (sean de la central que sean) y los partidos de la burguesía es la única posibilidad de aferrarse a un madero en medio del maremoto, para los genuinos dirigentes sindicales (también: sean de la central que sean) y para el activismo sindical o político no comprometido con el capital, es una nueva forma de suicidio, más absurda y dolorosa aún que la de los ‘frentes’ que desembocaron en la Alianza”(8).

Nos referíamos a la arrolladora marcha de un frente policlasista comandado por el capital con un programa keynesiano de reactivación, encabezado por Duhalde y Alfonsín y que aún no tenía como candidato presidencial a quien coronarían más adelante. Resulta tragicómico ver casi cuatro años después cómo están ubicados los protagonistas de las izquierdas que en aquellos momentos gritaban aunados y en desafinado coro “que se vayan todos”: mientras buena parte de ellos integra el gobierno de Néstor Kirchner, el resto denuncia que éste no es sino la continuidad lineal de los de la década anterior. Mientras tanto, en Brasil ganó el PT y en Uruguay el Frente Amplio. Y el mismo fenómeno ocurre en relación con ambos gobiernos dentro y fuera de esos países: subordinación según la noción de “enemigo principal” o acelerada toma de distancia respecto de la realidad. Un ejemplo de esto basta para medir la dimensión de lo que está en juego: no se hallará una sola organización revolucionaria que trepide en denunciar la agresividad yanqui corporizada en la amenaza cierta de intervención militar en el continente, a partir de Cuba y Venezuela. Sin embargo, esto aparece como motivo de denuncia, no de articulación de una respuesta efectiva. Es como si la guerra en ciernes fuese un detalle. Se puede parangonar esta alienación deliberada con lo ocurrido, en un contexto muy diferente, en los años ’70 en Argentina: la ofensiva imperialista con las fuerzas armadas y franjas burguesas como vanguardia era vista y denunciada por todos. Pero se persistía en líneas de acción que en lugar de aunar a las masas y prepararlas para impedir el golpe de Estado diagramado en Washington, apuntaban a lo inverso: el ahondamiento de la fractura entre vanguardia y masas y la disgregación de éstas por confusión y ausencia de un punto de referencia. Esto ocurre ahora con numerosas organizaciones revolucionarias a escala suramericana.

Ahora bien, si la región como tal está a la vanguardia de la situación internacional, si en ese conjunto juegan un papel fundamental los gobiernos de Cuba y Venezuela, el generalizado y prolongado repliegue de la clase obrera, la dilución y confusión de una perspectiva socialista, la inexistencia de organizaciones revolucionarias marxistas con arraigo de masas, facilita lo que está a la vista: la imposición de respuestas de carácter capitalista a la crisis del sistema. Pero como estas respuestas no lo son sino en términos extremadamente parciales y breves, y como el imperialismo redobla sus ataques para recuperar la iniciativa y el control de la región, resulta que Suramérica marcha a la vanguardia en una confrontación con el imperialismo bajo la hegemonía de fuerzas políticas que, sea por pertenencia de clase, por desvío o por franca degeneración, representan el interés y el programa del capital, es decir, en este punto de desarrollo y crisis del sistema, encarnan una perspectiva anacrónica que en hipótesis alguna puede arribar a una victoria frente al imperialismo. He allí la enorme significación política de la actitud de Chávez, quien desde hace varios meses comenzó a plantear que no hay solución en el marco del capitalismo y es necesario recrear el socialismo del siglo XXI. He allí la importancia decisiva del concepto de Frente Antimperialista, es decir, del reconocimiento de una situación en que urge sumar todo lo posible contra la arremetida imperial (y quitarle al enemigo tantos aliados como sea posible), sin deducir de allí que la burguesía local -necesariamente asociada y dependiente del capital financiero internacional cuando se ve obligada a confrontar al proletariado- es un “enemigo secundario”.

Se trata entonces de una situación que pondrá a prueba a cuadros y organizaciones revolucionarias que, flanqueadas por el oportunismo y el ultraizquierdismo, deben ser capaces de afrontar el comando de una encarnizada lucha antimperialista en función de una estrategia de organización obrera y revolución socialista, frente a gobiernos representativos de burguesías regionales en actitud de resistencia al capital financiero internacional.
Sin teoría revolucionaria…

Hasta el momento las fuerzas revolucionarias no han respondido apropiadamente a los dilemas estratégicos planteados por ese fenómeno político que hoy define el panorama continental, a saber, la convergencia de gobiernos de diferente naturaleza y carácter en un bloque de resistencia al imperialismo. A la imprevisión primero y el tardío reconocimiento después del viraje suramericano con alcance mundial, le siguieron posicionamientos polares: alineamiento subordinado o llano desconocimiento del cambio encarnado en Argentina por el gobierno de Néstor Kirchner, en Brasil con Lula, en Uruguay con el Frente Amplio, aparte la presencia singular de Hugo Chávez en Venezuela.

De un lado están entonces quienes comenzaron por no prever la dinámica que provocaría la necesidad de poner límites al desenfrenado avance destructor del imperialismo, siguieron por desconocer acontecimientos de la magnitud estratégica de la llegada de Hugo Chávez al gobierno de Venezuela, luego desconocieron el significado de las políticas regionales adoptadas por el gobierno brasileño de Fernando Henrique Cardoso -con argumentos incuestionables en la aabstracción de un planteo pero relativizados hasta la invalidación en el marco concreto de realineamiento hemisférico-; más tarde desestimaron la proyección de la victoria del PT, mientras en Argentina preparaban el asalto a la Casa Rosada cuando la clase obrera y el conjunto de la ciudadanía les daba ostensiblemente la espalda y abría espacio para la llegada de Kirchner, y ahora deniegan todo valor a la victoria del Frente Amplio en Uruguay.

Del otro lado, se encuadran quienes, con las particularidades de cada país, se subordinan y diluyen en las estructuras y los programas de acción de cada uno de los gobiernos señalados y, en el caso Venezolano, se alinean en el flanco de las fuerzas oficialistas que tratan de sofrenar los pasos de Chávez y proponen “ayudar a la gestación de una burguesía nacional”. Estas dos franjas principales en que se divide el grueso de las organizaciones de izquierda conforman una tenaza capaz de neutralizar a grandes contingentes de luchadores y contribuir de manera decisiva a la derrota de la nueva oleada revolucionaria que se anuncia a escala continental. Frente a esa tenaza del izquierdismo pseudomarxista y los oportunismos de diferente denominación, el pensamiento y la acción revolucionaria marxistas están conminados a realizar un supremo esfuerzo para recomponerse y superarse.

La primera línea de combate con las posiciones del izquierdismo y el oportunismo reside en el bagaje teórico que asume cada corriente. En franca colisión con una grave -aunque muy seductora- simplificación de la teoría marxista consistente en interpretar la realidad y adoptar posiciones políticas a partir de supuestas “contradicciones principales” y “contradicciones secundarias” (un recurso expositivo de Mao Tse Tung, transformado en lección de filosofía), la teoría marxista propone otra visión de la realidad mundial y, en consecuencia, otra manera de plantear nuestra intervención militante.

El mecanicismo implícito en aquella simplificación tiene consecuencias políticas devastadoras. En el ángulo opuesto, la interpretación libresca del marxismo no sólo conduce a iguales resultados, sino que realimenta la idea de entender y actuar según el par “principal-secundario”. Esto último es sanamente lógico puesto que, como resulta fácil comprender, diferenciar lo principal de lo secundario es la primera manifestación de la inteligencia y una función elemental para la sobrevivencia en cualquier circunstancia, tanto más en la lucha política.

Si alguien se empeña en una irremediable disputa con su cónyuge en el mismo momento en que entra un asesino a su casa, además de aparecer como un tonto incurable, probablemente terminará perdiendo la vida. Cualquiera comprenderá que no ha sabido “diferenciar la contradicción principal de la contradicción secundaria”. Aunque resulte curioso, abundan aquellos que, en función de dirigentes, actúan de esta manera. Con sobrada razón las personas sensatas se burlan de ellos; pero si éstas están dispuestas de verdad a divorciarse, deberían cuidarse de que el esquema de la “contradicción principal” los arrastre a quedar para siempre amarrados a quienes dicen detestar.

Ocurre que el carácter de principal o secundario de una contradicción es constantemente cambiante y que la realidad sólo puede ser aprehendida a partir de un abigarrado conjunto de contradicciones en permanente mutación interrelacionada. Ese movimiento, por lo demás, no tiene idéntica significación y resolución en cualquier situación. Cada factor y su permanente cambio determinará funciones, ubicaciones y desenlaces diferentes. Por lo cual, para mayor complicación, tampoco se puede apelar al recurso de creer que es válido moverse según la noción “contradicción principal-contradicción secundaria” en un momento dado -mucho menos en una etapa.

En términos metodológicos, se trata del milenario combate entre la lógica formal y la lógica dialéctica. “La lógica formal es, a la vez, el primer paso de todo conocimiento y el punto de partida de todos los errores”, señaló Trotsky, palabra más o menos, en alguno de sus escritos (aunque sus epígonos insisten en no atender la primera afirmación de la proposición). Pero los problemas teóricos no terminan allí; porque un modo u otro de reflexión se puede apoyar en una concepción materialista u otra idealista. Y aquí, también, aparte las dificultades propias del asunto, en las filas revolucionarias cunde la confusión por otras causas: en medio del cataclismo provocado por la desaparición de la Unión Soviética aparecieron quienes identificaron materialismo dialéctico con stalinismo (??!!) y tiraron todo junto por la borda (con el agravante de que no pocos arrojaron el niño y les quedó el agua sucia). Este es igualmente un combate de siglos y no se resolverá para facilitar la coyuntura. Con todo, asumiendo que “no hay acción revolucionaria sin teoría revolucionaria”, la militancia -y más aún quien se considere dirigente- tiene por delante un arduo camino de estudio, trabajo y elaboración para que su accionar en esta nueva circunstancia histórica contribuya a la derrota del imperialismo y la victoria de la revolución socialista.
Argentina en el nuevo cuadro suramericano

Mientras despliega sus líneas de acción en función de la confrontación estratégica con el bloque regional, el Departamento de Estado hace hincapié en Argentina: si no es pensable a corto y mediano plazos que, aunque por razones diferentes, los gobiernos de Venezuela y Brasil declinen su posición contraria a los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos, esa posibilidad no es descartable en Argentina. Si las clases dominantes, fracturadas y enfrentadas sobre este punto, invirtieran el curso de convergencia con Brasil y Venezuela para constituir realmente una Comunidad Suramericana de Naciones (ya formalmente existente pero no actuante), la ruptura del bloque en gestación y la gravitación sobre países vecinos podría cambiar el sentido actual del movimiento de la región. Ahora bien ¿cuál es la situación de un país al que cabe tan grande responsabilidad?

La debilidad estructural de la burguesía local y el estado de confusión, desorganización y parálisis de la clase obrera, da lugar a una situación que rechaza toda simplificación. Es precisamente la simplificación caricaturesca de la realidad argentina lo que conduce a un encadenamiento de errores y desviaciones que contribuyen a dejar por entero el escenario político en manos de una burguesía en extremo escuálida y fragmentada.

Esta problemática no comienza con el gobierno Kirchner. Recurriremos a un texto de marzo de 1989 (durante la campaña electoral que daría la victoria al PJ conducido por la camarilla asociada con Carlos Menem), para resumir una metodología y una interpretación que permitió prever el curso de los acontecimientos y hace inteligible el cuadro actual. Así describíamos la situación mientras se derrumbaba el gobierno de Raúl Alfonsín:

“Argentina se desliza hacia un colapso histórico. No se derrumba, no cae ruidosamente. Las columnas que sostienen el sistema capitalista se agrietan más y más, los cimientos se resquebrajan, toda la arquitectura social, económica y política se inclina casi imperceptiblemente; pero no se desploma.

No hay energía en ninguna de las dos clases que rigen el destino social. Por eso la crisis toma la forma de una lenta, inexorable, desesperante decadencia.

(…) Estamos habituados a observar la actitud exitista que considera imprescindible ver avances, triunfos y grandezas allí donde no los hay. O aquella que sólo recurre a la realidad para buscar signos negativos que avalen la renuncia a los presupuestos teóricos del marxismo, la confianza en las masas y la certeza de que la acción decidida y correctamente encaminada de la vanguardia pueden contrarrestar la acción del enemigo de clase. Pero entre el optimismo panglossiano y el pesimismo como recurso para ponerse las pantuflas y ocupar un rinconcito en el edificio resquebrajado del capitalismo, está la posibilidad de esforzarse para tener los pies en la tierra y los ojos en el horizonte, fundar la audacia en la voluntad revolucionaria y en la fuerza de la teoría, asumir la militancia como una condición de vida y subordinar las urgencias individuales a las necesidades del movimiento de masas.

(…) La verdad es que en Argentina el deterioro es global. La crisis lo corroe todo: el salario, las condiciones de vida, la educación, la conducta individual, las relaciones humanas. Todo aparece cada mañana peor que el día anterior. La caída económica se manifiesta en la sistemática, creciente e imparable disminución del poder adquisitivo de los asalariados. La declinación política se hace visible en la conducta del gobierno, en la penosa propaganda electoral, la estatura de los candidatos.

El hombre, la mujer, el anciano, el adolescente que sufre este proceso de irresistible caída cotidiana, por regla general no lo comprende. Su conducta se va adecuando inconscientemente a los imperativos de la sobrevivencia. Los valores humanos se ponen de lado; los objetivos se achican; la mezquindad se agiganta en la misma medida en que aumentan la insatisfacción individual y la frustración colectiva.

¿Por qué esta degradación? ¿Qué mecanismo la impulsa? ¿Qué fuerzas la alimentan? ¿Cómo detenerla?

Seis años atrás, cuando el país salía del espanto de la dictadura, el conjunto social reaccionó como activado por una descarga eléctrica: se puso de pie, levantó banderas de justicia, solidaridad, progreso, libertad. Las elecciones llevaron al poder a la más avanzada de las alternativas que la burguesía pudo ofrecer al electorado. El presidente Raúl Alfonsín constituyó el gobierno republicano más genuino de toda la historia argentina, el régimen comparativamente más respetuoso de las libertades públicas en 170 años. Al lado de esa afirmación terminante se puede decir, sin error, que el suyo fue el peor gobierno de nuestra historia: nunca la entrega al imperialismo fue tan descarada y total; nunca decayó a niveles más bajos la condición de trabajo y de vida de las grandes masas; nunca se llegó a tal punto de clausura de cualquier perspectiva de desarrollo y mejoría. El gobierno que concitó el apoyo y la esperanza de la inmensa mayoría de la población termina unánimemente repudidado; el hombre que se presentó como abanderado de la democracia culmina su mandato enviando al Congreso una ley que trata de darle forma jurídica a la doctrina de la seguridad nacional. Y el conjunto social, a la inversa de lo ocurrido seis años atrás, se muestra aletargado, desconcertado, sin confianza ni esperanza. Así concluye, en apenas un lustro, la alternativa más avanzada y progresista que pudo presentar la burguesía frente a la crisis.

Hay que retener esta contradicción porque en ella reside la clave de la situación política nacional. Y en su resolución, reside el futuro del país.

La crisis argentina es la crisis del sistema capitalista. En un país con extraordinarios recursos naturales y en un momento en que las conquistas de la ciencia y la tecnología a nivel mundial ponen al alcance de la mano las realizaciones más fantásticas, la única explicación posible del retroceso económico y la degradación de las condiciones de vida de la población es el agotamiento, la incapacidad, la inviabilidad del sistema que rige las condiciones de producción y distribución de la riqueza.

Pero la crisis del capitalismo no se resuelve en el terreno económico. El rasgo decisivo de la crisis argentina es que pese al agotamiento irreversible del sistema, no hay lucha de clases. La lucha de clases, en el sentido marxista del concepto, presupone lucha política en función de un proyecto propio de la clase obrera. Quienes miden el nivel de la lucha de clases por los innumerables conflictos sindicales, a menudo heroico, mediante los cuales los asalariados resisten la sostenida ofensiva económica del capital, no sólo confunden un concepto. Al ocultar el problema, cierran toda perspectiva de resolución de la crisis. No hay lucha de clases sin conciencia de clases. Y no hay conciencia de clase sin una organización que, dialécticamente, la recepte, la traduzca en términos políticos, y la lleve de vuelta a las masas.

Es precisamente porque no hay lucha de clases que la crisis adopta la forma de decadencia y degradación ininterrumpidas en todos los órdenes, sin excluir a las propias organizaciones sindicales y políticas de los trabajadores. Por esta vía, la crisis capitalista no lleva a la revolución. Con prescindencia del heroísmo de las masas y la voluntad de su vanguardia.

La burguesía no tiene energía porque históricamente es una clase exhausta. Todo lo positivo que el sistema capitalista podía ofrecer a la humanidad ya lo ha dado. Y hace muchas décadas que no sólo no contribuye al desarrollo, sino que es su freno, mientras alimenta la miseria, la enajenación, la violencia, la muerte, y amenaza incluso con el exterminio de la humanidad. Esto que es verdad a escala internacional, referido a las grandes potencias capitalistas, es más evidente y patético en relación con las burguesías de los países dependientes.

La clase obrera no tiene energía porque está en un período de transición y aún no asume su papel histórico. Durante décadas, el movimiento obrero en Argentina se expresó políticamente en el peronismo. La esencia del peronismo como ideología es la conciliación de clases. La captación masiva de los asalariados por el populismo burgués, bajo la apariencia de un salto político adelante de los trabajadores representó una trampa histórica que emasculó por décadas la potencia revolucionaria de la clase obrera. Mientras transcurrió la experiencia y el sistema pudo alimentarla con reformas o maniobras políticas, el movimiento obrero traducía su poderosa fuerza de clase a través de los sindicatos y, de tanto en tanto, a través del Partido Justicialista. Se trataba de una fuerza sin destino; o más bien, inexorablemente destinada a fracasar. Pero se expresaba como tal y esa expresión era suficiente para, por un lado, mantener oxigenado el tejido social, y por otro, limitar la voracidad del capital. La contradicción, entonces, consistía en que la inviabilidad final se manifestaba sin embargo en un vigor concreto, capaz de sostener a la propia clase y al conjunto social.

La experiencia de sistemáticas frustraciones minó paulatinamente al peronismo como dirección reconocida y confiable para la masa trabajadora. Poco a poco, la clase obrera tomó distancia de su dirección peronista. Hubo saltos cualitativos en este proceso, como por ejemplo el Cordobazo, punto simbólico de ruptura social histórica. Como símbolo, el Cordobazo marca el momento en que el peronismo debe afrontar un papel francamente antiobrero y contrarrevolucionario y la clase obrera deja de ser peronista, en el sentido en que lo fue durante las dos décadas y media anteriores.

Pero se trata de un desarrollo desigual y sobre todo incompleto. La clase obrera ya no es peronista, pero todavía no es socialista. Rompe con su dirección burguesa pero no construye una propia; descree de sus líderes pero no talla otros o lo hace a su imagen de ese momento: vacilantes, confusos, en muchos casos dispuestos a gestos heroicos pero sin consistencia; desconfía de la conciliación de clases pero no asume la perspectiva política de la lucha de clases; mira de soslayo a Perón y a los candidatos que éste les impone, pero los vota.

Aun así, presenta combate. Su sola presión de clase movilizada impide la consolidación de los proyectos burgueses; mina el sistema; inviabiliza las instituciones de la pseudodemocracia capitalista y pone en crisis a la clase enemiga. Esta no ya capaz de mantener la estabilidad de sus instituciones; pero es todavía suficientemente fuerte para sostener el sistema de explotación.

La secuencia de batallas y derrotas desde aquel simbólico 29 de mayo de 1969 (elecciones en 1973, victoria y caída de Cámpora –dos derrotas de diferente signo- huelgas y coordinadoras en junio y julio de 1975, golpe militar en 1976, resistencia y demolición sistemática de la dictadura, elecciones de 1983, conquista de grandes espacios democráticos, recomposición del peronismo mediante los ‘renovadores’, recomposición de la burocracia sindical, impotencia frente a la ofensiva económica y política de la burguesía encarnada en el alfonsinismo, victoria de Menem dentro del peronismo, arribo a las elecciones de 1989 sin alternativa) llevó al límite el descreimiento y alejamiento de las bases obreras respecto de sus direcciones sindicales y políticas peronistas.

Pero la contradicción en este caso -visible sobre todo a partir de diciembbre de 2003, cuando asume Alfonsín- consiste, a la inversa del período anterior, en que el objetivo cuestionamiento a la dirección burguesa peronista, y en esa medida la posibilidad de que las luchas abran la perspectiva de una victoria real de los explotados frente a los explotadores, se manifiesta en la ausencia de vigor y protagonismo de la clase obrera. El salto histórico deja a los trabajadores momentáneamente sin aliento. Ya no están encuadrados ni se sienten convocados por la dirección peronista. Pero todavía no cuentan con organización y liderazgo propios. La clase obrera no puede sostenerse a sí misma como fuerza gravitante en la sociedad. El capital financiero internacional no tiene contrapeso alguno. Entra en el escenario nacional como un batallón de piratas en una isla habitada por luchadores sin armas, sin organización y sin voluntad de combate. La burguesía carece de fuerza para cualquier otro proyecto que no sea el sálvese quien pueda. He allí el origen y la mecánica de la decadencia permanente”(9).

Lejos estábamos en aquel momento de sospechar el punto al que llegaría la caída. Aun así, 16 años después es posible comprobar la diferencia entre una posición basada en el análisis de las clases y su dinámica, frente a las metodologías impresionistas -cuando no deliberadamente mentirosas- para interpretar los acontecimientos y el devenir de la vida social. Fueron la ausencia de la clase obrera como tal ante la embestida imperialista, así como la obligada avidez ciega de la burguesía local, los factores que dieron paso al saqueo y la devastación. Y es cuando ese proceso llega por propio agotamiento a su culminación, cuando se replantea el conflicto: en 2001 un sector de aquella burguesía entregada a la ilusión de su asociación con el imperialismo resuelve, in extremis, cambiar de política. La clase obrera seguía ausente. Quienes ignoraron la realidad en los ’80, a falta de luchas sindicales, descubrirían un “nuevo sujeto social”, al que denominarían piqueteros, siguiendo la iniciativa de la prensa comercial (no faltó un híper revolucionario que, sin pudor, llamara a formar un “partido piquetero”). Y en rara unanimidad, ante la maniobra estratégica del capital un arco casi completo de las expresiones consideradas revolucionarias y progresistas propusieron “que se vayan todos”, dejando por completo libre el camino a la operación de recuperación del orden político para la burguesía.

Al día siguiente de las elecciones el resultado de tales posiciones estuvo a la vista: “En la mañana del 28 de abril los cómputos oficiales indican que el peronismo de Carlos Menem obtuvo el 24,1%; el peronismo de Néstor Kirchner el 22,0%; el radicalismo y aliados a derecha de Ricardo López Murphy el 16%; el radicalismo y aliados a izquierda y derecha de Elisa Carrió el 14,2%; el peronismo de Rodríguez Sáa el 14,1%; el radicalismo solitario de Leopoldo Moreau el 2,3%; la alianza PC-MST denominada Izquierda Unida el 1,7%; el PS el 1,2% y el llamado PO un 0,6%. El voto en Blanco fue del 0,86% (el más bajo desde 1946!) y el Voto Protesta de 1,62%, sobre una participación del 80% del padrón: el nivel más bajo de abstención y rechazo activo desde 1995. El signo más relevante de estas elecciones es la ausencia de la clase obrera como tal en la disputa política»(10).

El entonces presidente Eduardo Duhalde pudo, en buena ley, felicitarse al comparar su desempeño con el de equipos dirigentes de partidos que se consideran de vanguardia revolucionaria: sin ningún obstáculo -sin siquiera un intento por parte de quienes dicen representar los intereses de los trabajadores por buscar un desenlace diferente- las clases dominantes habían recuperado el control institucional del poder.

No abundaremos en las citas de sucesivos textos que antes y después de ese período clave entre 2001 y 2003 registran la lucha contra el sectarismo y el reformismo, que en todo caso pueden ser hallados en las colecciones de Crítica y Eslabón o en sus respectivos sitios de internet(11). Importa en cambio insistir en que las clases dominantes recuperaron no sólo el control de la sociedad, sino la expectativa esperanzada de una mayoría abrumadora de la población. La burguesía desplazada del poder en diciembre 2001, así como el imperialismo estadounidense, se cuidaron muy bien de impedir que sus victoriosos rivales llevaran a cabo la faena. Hubo de hecho un frente único de todas las fracciones del capital y el imperialismo para limitarse a colocar piezas propias en las posibles fórmulas vencedoras, sin chocar de frente con el proyecto ni sus timoneles. Sólo cuando una sucesión de acontecimientos aleatorios puso a Kirchner como candidato primero y como presidente electo después, el capital financiero mostró los dientes el mismo día en que Menem desistió de concurrir a la segunda vuelta: “este es un gobierno para dos años”, dijo en primera plana el diario La Nación, refiriéndose al presidente electo Néstor Kirchner. Pero no comenzaron las dentelladas hasta después de un año, en el primer trimestre de 2004, cuando el gobierno ya se había afianzado y el nuevo presidente contaba con el respaldo de un 70% de la ciudadanía. La tarea estaba cumplida y era posible disputar otra vez la hegemonía sin el riesgo del descontrol.

Al influjo de una devaluación inicial del 400% y otras circunstancias coyunturales que no es el caso analizar aquí, desde la asunción de Duhalde la economía dio un brusco giro ascendente y cambió por completo el panorama nacional. Tras un interregno de saneamiento que devoró un ministro de economía, asumió la cartera Roberto Lavagna con un programa de reactivación de corte keynesiano. Ministro y plan fueron transferidos por Duhalde a Kirchner. Eventuales recambios ministeriales sólo acentuarían éste o aquél rasgo de una política basada inequívocamente en la intervención del Estado para regular y promover el giro económico, mientras se reprograma y renegocia la deuda externa. Como parte de la reorientación económica, la política exterior se vuelca al Mercosur, a la Comunidad Suramericana de Naciones, desdeña el Alca, choca con los símbolos estadounidenses y se reclina hacia la Unión Europea. Una suma de gestos positivos respecto de Venezuela, en momentos de extrema tensión del gobierno bolivariano con la Casa Blanca, completa un entramado “progresista” en las relaciones exteriores. Todo esto, incluido el cambio del voto contra Cuba por la abstención en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU -lo repetimos en estas páginas- fueron lineamientos adoptados por el gobierno de Duhalde, quien ahora ostenta el cargo de coordinador general del Mercosur. El envío de tropas a Haití fue en cambio decisión de Kirchner (avalada por el Congreso), aunque fuerza es reconocer que en esta medida contraria a todo discurso de soberanía y antimperialismo la presión del gobierno brasileño tuvo un papel decisivo.

Mientras tanto, el supuesto “movimiento piquetero” -una de las fantasías más insólitas aparecidas en la literatura de filiación marxista- se evaporó y las cúpulas se fragmentaron hasta configurar un espectro más disperso y más impotente que el de los aparatos que usufructuaron del fenómeno (situación que, dicho sea de paso, plantea ahora como una de las tareas principales de los revolucionarios marxistas la respuesta a los remanentes sanos del activismo en ámbito de los desocupados, de modo que las urgencias diarias de este sector no se contrapongan con una estrategia de lucha común entre trabajadores con y sin empleo). Paralelamente, la cúpula de la CGT se unificó en inequívoca coincidencia con el gobierno, en tanto la CTA, sombra de sí misma, lidió sin suerte con la imposible tarea de no ser oficialista ni opositora, sino todo lo contrario, y afronta ahora una más de las crisis internas que la vaciaron de contenido en los últimos años. En el mismo período, expresiones de vanguardia clasista, sin definiciones estratégicas ni orientación política, fueron arrastradas por tendencias sectarias a un aislamiento del que ahora, algunas de ellas, pugnan por salir. Todo esto ocurrió sin un solo caso de movilización del proletariado como clase y sin ninguna lucha de envergadura de los obreros industriales. Luchas salariales dispersas, hasta el momento sin programa a la vista para unificarlas en un gran movimiento reivindicativo nacional, se perfilan pese a todo como una posibilidad de reversión del cuadro resumido en este párrafo.

En este punto de desmovilización y fragmentación extrema de la clase obrera con y sin ocupación, y de contraataque del capital financiero internacional y sus agentes locales, es cuando reaparece la simplificación mortal del “enemigo principal” o el irresponsable desconocimiento de su existencia y gravitación. Porque, naturalmente, tanto el imperialismo estadounidense como sus socios locales embisten ahora sin subterfugios contra Kirchner y amenazan incluso la continuidad institucional, en la certeza de que ya está desactivada la bomba.

El verdadero estado de la clase obrera y el conjunto de la sociedad se intuye al tener en cuenta que tales resultados se obtuvieron mientras la distribución de la renta acentuó vertiginosamente el sentido regresivo que arrastra desde décadas: los asalariados han perdido en tres años, según el sector de pertenencia, entre el 25 y el 50% de su ingreso real; los desocupados reciben subsidios de $150; aumenta el trabajo en negro y con salarios que no superan los $400; se han pagado más de 10 mil millones de dólares por intereses y amortizaciones de la deuda; el petróleo sigue drenando riquezas rumbo al Norte mediante mecanismos descarados en favor de Repsol. Las exigencias de la deuda externa tensionan otra vez las relaciones con el capital financiero internacional; la producción en aumento recupera los niveles previos a la crisis y la capacidad instalada muestra el límite para un crecimiento sostenido; se anuncia una crisis energética y se replantea la necesidad de recuperar YPF o permanecer impotente; caen los precios internacionales de materias primas que permitieron ingresos extraordinarios desde 2002; una combinación de forcejeo por la renta y amagues de ‘golpe de mercado’, en un marco de falta de hegemonía en el elenco gobernante y la consecuente debilidad relativa para responder a las presiones, da lugar a incongruencias dentro del propio plan oficial y parálisis ante resoluciones clave (Enarsa es sólo uno entre muchos ejemplos). En una suerte de irrealidad económica autopropulsada, el peso se revalúa frente al dólar empujado por los ingresos extra por exportaciones y exige maniobras destinadas a contrarrestar el efecto, las cuales concurren a alimentar la inflación, mientras el centro de los esfuerzos oficiales en materia de plan económico, aparte la reprogramación de la deuda, consiste en hallar más mercados para las exportaciones primarias de siempre. Todo esto en medio de la caída del valor del dólar y la multiplicación de signos de alarma en el sistema financiero internacional.

Acorralado, Bush embiste en el Cono Sur

PorLBenAXXI

 

Irak ya gravita con fuerza irresistible en la política interna estadounidense. El inicio de un movimiento antiguerra dibuja un cercano horizonte de tormenta para George Bush. La madre de un soldado muerto en Irak, acampada frente a la residencia de verano del Presidente, catalizó un sentimiento manifestado desde antes de la invasión.

El complejo militar-industrial y su epítome, la gran prensa, lograron acallar hasta ahora aquel sentimiento mayoritario de la sociedad estadounidense. Ya no más. Dos extremos simbólicos irrumpieron simultáneamente planteando el retiro de tropas de Irak: Joan Baez, la tenue voz que en los años ’60 inervó millones de voluntades contra la guerra de Vietnam, y Henry Kissinger, el chacal del Departamento de Estado en aquel período (luego Premio Nobel de la Paz).
Como para probar que la sutilidad y la ternura no están divorciadas de la firmeza inquebrantable, Joan volvió a pulsar su guitarra y su voz vibró otra vez contra la guerra. Por su lado, el estratega de la contrarrevolución mundial, a quien el odio visceral, el acúmulo de años y de crímenes no han menguado la lucidez, con apenas un matiz coincidió con ella: hay que retirarse… pero no es posible!
En un artículo publicado en The Washington Post el 12 de agosto, Kissinger dibuja con precisión la trampa en la que se encuentra el gobierno del bloque guerrerista de la burguesía estadounidense, del cual es máximo exponente intelectual. “Por la envergadura del desafío islámico, el resultado de Irak tendrá una significación aún más profunda que el de Vietnam”, advierte. Y su conclusión demuestra la gravedad de la encerrona: “es necesaria la cooperación (de los líderes del mundo occidental), no tanto en el plano militar como en la tarea política (…) un resultado catastrófico tendría graves consecuencias globales”.
Literalmente sitiado en su residencia de verano, Bush fue informado del deterioro de su imagen, que en realidad es la reversión de la victoria ideológica de los ’90: Estados Unidos, el capitalismo, ya no son el modelo aceptable y aceptado en el mundo; el imperialismo reaparece como enemigo de la humanidad; y la guerra comienza a cambiar las relaciones de fuerza en las entrañas del propio monstruo.
Entre otras medidas, la secretaria de Estado Condoleezza Rice puso en marcha una operación cosmética: una división especial incrustada en el Departamento de Estado, se encargará de un equipo de “respuestas rápidas” para contrarrestar la avalancha de condenas que, por las más diversas razones, se suman diariamente en el planeta contra Estados Unidos, con el rostro de Bush. Para desgracia de Rice, dos días después de anunciada la empresa, el pastor Pat Robertson utilizó su programa de televisión para proponer el asesinato del presidente venezolano Hugo Chávez. “Tenemos la capacidad de eliminarlo y creo que ha llegado el momento de ejercer esa capacidad”, dijo este buen cristiano, amigo íntimo de la familia Bush. Si la tarea de cambiar la imagen del presidente estadounidense parecía desde el inicio una misión imposible, luego de esta confesión y del impacto mundial que produjo, suena ridícula.

 

Divide y (con el dedo en el gatillo) reinarás

Antes de esta comprobación innecesaria, la Casa Blanca instrumentó otros medios, los únicos confiables para sus ocupantes. El secretario de Defensa Donald Rumsfeld viajó a Asunción y a Lima, a mediados de agosto. Allí convalidó la presencia de un batallón de marines haciendo maniobras a 200 kilómetros de Bolivia y sostuvo que Venezuela y Cuba desestabilizan a Bolivia, Perú y Ecuador. Simultáneamente, un subsecretario del Tesoro se reunía en Buenos Aires con el canciller Rafael Bielsa, con el ministro de Economía Roberto Lavagna y con numerosas autoridades del Banco Central, para activar un plan supuestamente destinado a impedir el financiamiento, desde Argentina, del “terrorismo internacional”.
El punto de apoyo militar en el corazón del Cono Sur es un dato insoslayable de la política estadounidense para la región. Se trata de una nueva base en el hemisferio. El radio de operaciones incluye a Bolivia, Argentina, Uruguay y, naturalmente, Paraguay. Pero en conjunto con otras bases en la región configura un cerco militar contra Brasil, el escollo más poderoso para la estrategia anexionista denominada Área de Libre Comercio de las Américas (Alca).
Es en este contexto en el que se inscribe la crisis del gobierno Lula (desde luego fundada en fenómenos de otra naturaleza) así como las renovadas presiones de Estados Unidos sobre los gobiernos de Uruguay y Argentina. Los estrategas del Departamento de Estado intentan frenar y revertir la dinámica que durante los últimos seis años le quitó a Washington la iniciativa política, instauró una línea de convergencia suramericana y le asestó sucesivas derrotas en todos los terrenos a la estrategia imperialista. Resta saber cuál será la respuesta desde Buenos Aires, Montevideo y Brasilia.

Chávez al socorro del Cono Sur

porLBenLMD

 

El presidente venezolano visitó en dos días Uruguay, Argentina y Brasil. La importancia de los acuerdos comerciales y de integración dejó en segundo plano un aspecto fundamental de su gira: la afirmación de la perspectiva de convergencia suramericana en un momento en que Estados Unidos embiste contra ella.

Dos maneras hay de observar el raudo viaje del presidente venezolano Hugo Chávez, quien durante los pasados días 10 y 11 de agosto visitó Montevideo, Buenos Aires y Brasilia.

Una, es la que muestran los acuerdos económicos bilaterales con Uruguay y Argentina. Estos acuerdos son, a no dudarlo, de significativa importancia para el intercambio comercial y el fortalecimiento de un proyecto integrador para el hemisferio Sur del continente. Sin embargo, otro costado, de mayor gravitación inmediata y presumible trascendencia histórica, quedó soterrado y ajeno al interés de la noticia y el análisis: la acentuación de la pugna geopolítica entre el gobierno de Estados Unidos y un eje de convergencia regional –Caracas, Brasilia, Buenos Aires– cuya tensión pone en juego dos proyectos estratégicos para América Latina y el Caribe.

 

El peso de la economía 

No cabría minimizar el peso específico de los acuerdos económicos firmados por Hugo Chávez, sobre todo en su escala uruguaya. El de mayor proyección es el que dio lugar a una alianza estratégica mediante la cual la empresa estatal venezolana Pdvsa extraerá petróleo pesado que Uruguay recibirá para refinar, procesar y comercializar a fin de cubrir la demanda de energía en este ámbito del continente. Basta tomar conciencia de la escasez que afronta Argentina en materia de producción petrolífera en un plazo alarmantemente breve, para comprender la significación de un centro de refinación y distribución a gran escala en el país vecino.

No menos significativos fueron los acuerdos para la producción de cemento y alcohol en asociación binacional y con sentido de complementariedad y beneficio mutuo. Sobresale además el convenio relativo al transporte aéreo, que no sólo tiene en vista la conexión directa Montevideo-Caracas a través de la naciente empresa estatal venezolana Conviasa, sino que apunta a una integración más abarcativa, con base en el hecho de que Chávez preside en este período la Comunidad Andina de Naciones y Uruguay se afirma como capital del Mercosur.

El presidente frenteamplista Tabaré Vázquez impulsó además una idea que de inmediato asumió Chávez: la creación de una Radio del Sur, que junto a Telesur (y a un proyecto aún no encarado pero ya enunciado como objetivo, la fundación de una Editorial del Sur), conforme un poderoso conjunto creador y emisor de ideas, noticias y análisis propios a partir de los intereses, necesidades y objetivos de los países latinoamericano-caribeños.

Otros memorando de entendimiento y cartas de intención proyectan acuerdos de cooperación turística, de explotación minera, de producción e intercambio agrícolo-ganadero, de colaboración y complementación científico-técnica para la producción y distribución de electricidad, así como numerosos ítems relativos a la producción de viviendas, intercambio tecnológico e intercambio en el área de la economía popular.

En su breve “visita de trabajo” a Argentina, Chávez firmó con el presidente Néstor Kirchner un nuevo contrato de suministro de fuel oil para el período 2005-2006 y otro por el cual se acordó la construcción de dos buques tanqueros entre PDV-Marina y Astilleros Río Santiago, en alianza estratégica con la empresa estatal venezolana Diques y Astilleros Nacionales (Dianca).

Igualmente se firmaron contratos entre las empresas argentinas Invap y Medix, y el Ministerio de Salud y Desarrollo Social de Venezuela, para la provisión de equipos médico-hospitalarios, además de otros negocios de intercambio comercial entre diferentes reparticiones del gobierno bolivariano y empresas locales. Un acuerdo de importancia fue el que dio lugar a la creación de un Fondo Binacional, destinado a apoyar el financiamiento de proyectos productivos, de infraestructura y salud, para cubrir necesidades de ambos países o de terceros que se encuentren en condiciones de extrema vulnerabilidad social.

 

Otro motor 

El presidente Chávez acostumbra decir que “la política va delante”, para subrayar la primacía de la voluntad y la estrategia sobre la cuestión económica inmediata. En este viaje relámpago puede observarse, en paralelo con los acuerdos de intercambio comercial y científico-tecnológico, un costado político acaso más relevante que el resaltado por la prensa, que motorizó en verdad la gira por la región.

Este costado se hace más visible a la luz de lo ocurrido pocos días después: la gira del secretario de Estado estadounidense, Donald Rumsfeld por la misma área, aunque en diferentes países. El hombre de George Bush para la guerra aterrizó en Asunción el 16 de agosto y recaló en Lima dos días después. Su estada en Paraguay anuncia sin decirlo que Estados Unidos pretende instalarse en el corazón del Cono Sur con una base militar apuntada a Bolivia y con radio de acción sobre Brasil, Argentina y Uruguay. Y en Perú hace saber que el tambaleante gobierno de Alejandro Toledo cuenta con el respaldo de la Casa Blanca.

Menos evidente pero de mayor impacto ha sido no obstante el accionar estadounidense en las otras tres capitales del Mercosur. La inexcusable conducta de la cúpula partidaria y gobernante en Brasil, que ha colocado a Luiz Inácio Lula da Silva al borde del precipicio, no habilita a soslayar el papel de Washington y un sector del establishment brasileño en las revelaciones sobre corrupción y sobornos, así como en el manejo mediático de las explosivas denuncias. Las declaraciones de Valdemar Costa Neto, presidente del Partido Liberal (PL) al que pertenece José Alencar, el vicepresidente de Brasil, según las cuales el Partido de los Trabajadores pagó más de 4 millones de dólares para comprar la alianza, no debieran oscurecer las ligazones de esa estructura con una iglesia de gran expansión en Brasil (y ahora también en Argentina), cuyos orígenes se remontan a la operación estratégica del Departamento de Estado, ya desde los años ’70, consistente en sembrar sectas pseudoreligiosas como instrumento de penetración y accionar político en toda América Latina.

Dicho de otro modo: si bien una parte de la dirección del PT creía estar obrando con extraordinaria habilidad y sin vetustas rigideces principistas al realizar estas maniobras, en realidad no hacía sino ingresar a un territorio previamente minado por sus enemigos. En el momento preciso, estos no hicieron más que tirar de la cuerda y la trampa cayó sobre la cúpula del gobierno brasileño.

Las concesiones programáticas del gobierno Lula en prácticamente todos los terrenos no llegaron al punto que más preocupa a Estados Unidos en este período histórico: la construcción de una instancia política de unidad hemisférica: la Unión Suramericana de Naciones. Y, más aun, su alianza estratégica con Venezuela.

En Uruguay a su vez el gobierno de Tabaré Vázquez fue conminado al extremo para que aprobase formalmente el Tratado Bilateral de Inversiones y presionado sin miramientos para que no llevase a cabo los acuerdos ya reseñados. Mientras tanto en Argentina se multiplicaron las operaciones desde diversos ángulos y centros de poder internacional para lograr el mismo objetivo: paralizar los proyectos de integración energética y convergencia política suramericana.

Una de las tácticas de esta contraofensiva estadounidense consiste en el recrudecimiento de las denuncias respecto de la supuesta financiación al terrorismo internacional desde la Triple Frontera, para lo cual viajó a Buenos Aires el subsecretario adjunto del Tesoro, Daniel Glaser, que en su cruzada antiterrorista tuvo gran repercusión de prensa y se reunió con altas autoridades del Banco Central, del ministerio de Justicia, la Cancillería y el ministro de Economía Roberto Lavagna.

Con métodos y resultados diferentes en cada país, el Departamento de Estado agudizó su accionar tras objetivos precisos: revertir la tendencia que en los últimos años dio lugar a la aparición de un eje geoestratégico Caracas-Brasilia-Buenos Aires; retomar la iniciativa política perdida; impedir nuevas victorias de fuerzas políticas que sumen países (Bolivia, Perú y Ecuador están en esa situación) al bloque suramericano objetivamente contrapuesto a la estrategia económica, política y militar de Estados Unidos para la región.

El arribo de Chávez a la Granja do Torto (la residencia de Lula) ya entrada la noche del 11 de agosto, justo en el momento en el que arreciaba la crisis del gobierno brasileño, es la imagen plástica de un combate desigual y desdibujado que, sin embargo, está librándose entre dos perspectivas históricas.

¿Qué respondieron Vázquez, Kirchner y Lula al gesto de Chávez?

La postergación de la cumbre presidencial del Grupo de Río, que debía llevarse a cabo en Bariloche en la última semana de agosto, es una aproximación a esa incógnita (la decisión de la cancillería argentina cayó como un rayo en el gobierno de Brasil). Otra aproximación puede contabilizarse a partir del deslucido desempeño de la reunión de cancilleres de la Comunidad Suramericana de Naciones en Guayaquil, a comienzos de agosto. El canciller Rafael Bielsa, ahora candidato a diputado, no se muestra a la vanguardia de la perspectiva que contrapone al bloque del Sur con la estrategia estadounidense, sobre todo después de su definición a favor del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). En septiembre habrá un signo más, cuando se reúnan en Brasilia los presidentes de los países integrantes de la Comunidad Suramericana de Naciones. Por último, en la cumbre de las Américas, que debe tener lugar en noviembre en Mar del Plata –con la asistencia de Bush– dará una señal más clara del estado en que se encuentra una batalla de cuyo desenlace depende el destino de América Latina.

 

Petrosur: una OPEP suramericana

porLBenLMD

 

En mayo pasado se reunió en Brasilia una instancia nueva, que los propios protagonistas llaman “la Troika”. Luiz Inácio Lula da Silva, Néstor Kirchner y Hugo Chávez iniciaron estos encuentros el 1° de marzo pasado en Montevideo, cuando Tabaré Vázquez asumió la presidencia en Uruguay. Ahora han alcanzado un acuerdo político-energético de alto valor estratégico. El ministro venezolano Rafael Ramírez lo detalla.

 

El ministro de Energía y Petróleo de Venezuela y presidente de Petróleos de Venezuela SA (PDVSA), Rafael Ramírez, explicó en el curso de una prolongada conversación con Le Monde diplomatique los resultados del segundo encuentro de «la Troika», que probablemente volverá a reunirse en Buenos Aires en este mes de junio.

«En esta oportunidad se pasó revista al cumplimiento de acuerdos que se habían hecho en la reunión anterior, en Montevideo», explica Ramírez. «Se realizaron reuniones de ministros y en el área energética se llegó a una concreción muy importante: los tres ministros firmamos un conjunto de acuerdos donde se define más claramente cómo será Petrosur».

Luego de una jornada dominical que comenzó con una movilización en la que participó junto a trabajadores petroleros en defensa de la empresa, para asistir después al programa Aló Presidente (en el que Hugo Chávez anunció la posibilidad de romper relaciones diplomáticas con Estados Unidos), Ramírez explica a El Dipló qué es Petrosur: «Está concebida como una instancia política, de coordinación a nivel de ministros no sólo sobre el área petrolera sino sobre el gas y la electricidad. Se trata de planificar y estimar de manera conjunta recursos energéticos y necesidades, de manera tal de plantear iniciativas que sean desarrolladas por las compañías estatales de nuestros países y que se conviertan en políticas propias de los distintos Estados. Ese acuerdo lo firmamos los ministros, se puso a consideración de la Troika y entendemos que en la próxima reunión se anunciará ya la concreción de Petrosur con esta concepción y se invitará a otros países, fundamentalmente del Mercosur, a incorporarse a este mecanismo. Habrá una presidencia rotativa anual, una secretaría con el mismo régimen y un conjunto de representantes expertos de cada país para instrumentar estudios y propuestas y garantizar que las empresas estatales den cumplimiento a lo que se decide a nivel del Consejo de Ministros de Energía, que será la instancia máxima de Petrosur. Es un avance extraordinario», dice con optimismo el ministro venezolano, para agregar que «se trata de lograr el equilibrio en el sector energético en toda Suramérica, pero además proponernos metas, para colocar la energía como una herramienta al servicio de los pueblos».

Petrosur no es, por tanto, una nueva empresa: «es un acuerdo político, algo así como una OPEP del Sur, sólo que conviven países productores y consumidores en un sano espíritu de solidaridad, de complementariedad de nuestras economías. Como muestra de buena disposición, nosotros acordamos allí desarrollar tres proyectos: uno en Venezuela, en la Faja Petrolífera del Orinoco, donde participen las tres empresas; otro en Brasil, con una refinería (que se acordó denominar Abreu e Lima, en homenaje a ese gran brasileño que combatió junto a Bolívar), para que procese los crudos que se produzcan en la Faja, y otro en Argentina, en las áreas que está ofertando el gobierno off shore en el Sur del país. De manera que la participación de las empresas está antecedida por un acuerdo político».

Días antes de esta conversación, la empresa estatal brasileña Petrobras había anunciado su decisión de abandonar Bolivia a causa de la ley que aumenta las regalías y los impuestos para extraer crudo y gas de aquel país. Interrogado sobre esta incongruencia, Ramírez explica: «por eso es importante el acuerdo político. Las compañías se rigen por una lógica comercial. Nosotros hemos tenido bastante de eso aquí. No queremos inmiscuirnos en los asuntos internos de ningún país, pero es una realidad que el pueblo boliviano ha venido exigiendo reiteradamente el derecho soberano que tiene al manejo y disfrute de sus recursos naturales. No podemos ir contra ese derecho, contra esa lucha, que es justamente la lucha que hemos dado en Venezuela y que ahora estamos en pleno proceso de profundización. Tenemos que ser cuidadosos de no empujar a Bolivia hacia la desestabilización, que resultaría en un zarpazo de la ultraderecha».

 

Nueva ofensiva contra PDVSA

En las últimas semanas ha recrudecido la campaña según la cual cae la producción de Petróleos de Venezuela SA (PDVSA) y está a punto de colapsar. Ramírez es blanco de ataques constantes en la prensa comercial, que ha centrado en él sus dardos. El ministro explica la situación desde otra óptica: «a principios de año hicimos un cuestionamiento de nuestra propia gestión. Tenemos suficiente moral y fuerza política como para analizarnos nosotros mismos y corregir lo que haya que corregir. Al revisar nuestra gestión encontramos desviaciones, hechos de corrupción que sacamos a la palestra y actuamos inmediatamente contra los factores que estaban involucrados en esa situación. Eso, junto con los problemas subsecuentes del sabotaje petrolero, provocaron que nuestra producción de petróleo estuviera 100 mil barriles por debajo de lo que es nuestra meta presupuestaria. Hay que aclararlo bien: cuando hacemos el presupuesto, nos ponemos una meta volumétrica, que es incrementar cada año la producción. Y lo que detectamos es que en el primer trimestre no habíamos podido alcanzar esa meta. En el pasado esto se le ocultaba al país y al Estado. En términos reales, esta afectación no llega siquiera al 3% de nuestra capacidad de producción. Sobre esa situación se ha montado toda una campaña de difamación contra nuestra empresa. Se parece mucho a la campaña previa al sabotaje petrolero, quién sabe si con la intención de provocar una reacción interna que les permita dar un cambio cualitativo a la situación política que, por otra parte, es sumamente sólida y estable.

Además de ese interés permanente de los medios, creemos que hay un interés manifiesto: impedir que vayamos al desarrollo de lo que hemos llamado la plena soberanía petrolera. Después del sabotaje, lo que hicimos fue recuperar el control de la industria. La distribución de la renta petrolera es el asunto por donde pasan aquí las disputas del poder. Después de haber recuperado la empresa ahora vamos a la recuperación de nuestra soberanía en el manejo del recurso energético. Por distintas vías (contratos, leyes), se nos estaban expropiando nuestros recursos naturales. Políticas diseñadas desde PDVSA en complicidad con las empresas transnacionales. Ahora estamos desmontando todos esos acuerdos. Y hemos descubierto una cantidad increíble de desviaciones de los contratos originales, evasiones masivas de impuestos. Y eso nos está llevando a una confrontación con las transnacionales, que se va a dirimir a favor del pueblo de Venezuela».

Las «desviaciones» que denuncia Ramírez revelan hasta ahora una deuda de 1.000 millones de dólares por regalías y otros 3.000 millones por impuestos, cuyo pago exige Chávez con los intereses correspondientes. Las empresas involucradas son Exxon Mobil, Chevron Texaco, Conoco-Phillips y la francesa Total. Sin mencionarlas, Ramírez sostiene que «como estos intereses saben que vamos a dar la batalla por nuestra plena soberanía petrolera, entonces sus representantes en el país han venido azuzando toda esta campaña, que lo único que ha logrado es que el presidente Chávez radicalice más su posición y si continúa va a lograr que el pueblo se movilice, como lo hizo en 2002».

El ministro niega taxativamente que esto pueda derivar en una situación semejante a la que paralizó totalmente la producción petrolífera durante diciembre de 2002 y enero de 2003. Y respecto del sabotaje y la infiltración de la CIA en PDVSA, denunciada por altos funcionarios, el ministro responde: «no dejamos de monitorear. Nuestra ingenuidad se acabó. Seguimos todo, desde las sospechosas actuaciones del embajador estadounidense, hasta las ONG. En Zulia hemos detectado una cantidad de sabotajes a nuestras instalaciones. Esa es una de las causas por las cuales no alcanzamos la meta de aumento de la producción. Solicitamos el apoyo de nuestras Fuerzas Armadas y activamos batallones de reservistas con los mismos pobladores de la región. Tenemos sólo allí más de 250 hombres perfectamente preparados. Esa reserva militar, que no es más que el pueblo en armas, se hará cargo de la seguridad de nuestras instalaciones».

Audaz paso hacia un mundo multipolar

porLBenLMD

 

La noción “árabe-latinoamericano” no existe como categoría política, pero habrá que acostumbrarse a ella: con la cumbre que reunió en mayo pasado en Brasilia a Presidentes de dos mundos tan distantes se ha recorrido una enorme distancia tras el objetivo de neutralizar la supremacía estadounidense.

 

Brasil lidera, junto con India, China y Rusia, cada uno sobre su área de influencia, proyectos encaminados en dirección de un mundo verdaderamente multipolar. El tendido de líneas de enérgica acción hacia Suramérica y el mundo por parte de la cancillería brasileña es en la actualidad la proyección estratégica más audaz y consistente del panorama internacional. Despojado de aspectos subjetivos, ese trazado y su ejecución es inseparable de la orientación internacional que Hugo Chávez le imprimió a Venezuela desde antes mismo de asumir su mandato; en más de un aspecto resulta difícil discernir qué país lleva la iniciativa. La reconstitución de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y el incremento de las relaciones económicas entre Venezuela, varios países árabes e Irán, por ejemplo, avalan la presunción de que al gobierno venezolano le cabe tanto mérito como al Palacio de Itamaraty. Como quiera que sea, la Alianza Estratégica firmada por Luiz Inácio Lula da Silva y Chávez en febrero último, además de los múltiples programas de intercambio comercial, emprendimientos infraestructurales e industriales entre ambos países, tiene como base de sustentación ese ambicioso, en muchos aspectos incongruente pero potentísimo proyecto de rediseño del mapa político mundial.

Los logros alcanzados hasta el momento tienen incluso ribetes espectaculares, como el frenazo al Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y la reciente imposición a Estados Unidos de un candidato a la Secretaría General de la OEA. Pero la realización de esta cumbre árabe-latinoamericana, pese a la sordina del tratamiento mediático, presupone un jaque a los estrategas del Departamento de Estado. Junto con Venezuela y Argentina, Brasil ha movido una pieza clave en el tablero internacional.

El proyectado intercambio económico entre ambas regiones, los propósitos de aproximación cultural, los planes contra el hambre y las lacras de la miseria, que colman de buenas intenciones las 15 páginas de la Declaración de Brasilia(1), presumiblemente demorarán hasta convertirse en hechos. No obstante, la sola realización del encuentro y sus taxativas definiciones son indicativos de un cambio significativo en la relación de fuerzas internacionales en detrimento de Estados Unidos, cuyo máximo éxito fue impedir que Arabia Saudita y Egipto acudieran al encuentro. El documento firmado por los Presidentes, entre quienes estaba el de Irak, Yalal Talabani, comienza enfatizando «su adhesión a los objetivos y principios de la Carta de las Naciones Unidas, en particular las prohibiciones al uso de la fuerza o la amenaza del uso de la fuerza en las relaciones internacionales». Y en franca confrontación con la tesis de un mundo regido por una confrontación ancestral de carácter racial y religiosa(2), apoya «iniciativas recientes como la propuesta Alianza de Civilizaciones».

No menos inequívoco es el párrafo en el que los Presidentes «enfatizan la importancia de respetar la unidad, la soberanía y la independencia de Irak», para a renglón seguido expresar «su profunda preocupación con relación a las sanciones unilaterales impuestas a Siria por el gobierno de Estados Unidos» y consideran «que el llamado ‘Syria Accountability Act’ viola principios del Derecho Internacional y constituye una transgresión a los objetivos y principios de las Naciones Unidas, creando de este modo un grave precedente en las relaciones entre los Estados independientes».

Habría que retroceder muchos años para encontrar un lenguaje semejante respecto de Estados Unidos en un documento internacional, que además condena sin rodeos la inclusión de las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur como territorios asociados a Europa en la Constitución Europea. Incluso al tratar el tema actualmente más caro a la Casa Blanca, la Declaración de Brasilia choca de frente con la política estadounidense al proponer «combatir el terrorismo en todas sus formas y manifestaciones por medio de una cooperación internacional activa y eficaz en el ámbito de las Naciones Unidas y de las organizaciones regionales pertinentes, con base en el respeto a los objetivos y principios de la Carta de las Naciones Unidas y en estricta conformidad con los principios del Derecho Internacional y de los Derechos Humanos».

No obstante, el documento trastabilla cuando promueve «reformas en la estructura del sistema financiero internacional», para lo cual propone «el perfeccionamiento de instrumentos más adecuados para prevenir y administrar las crisis financieras, así como la identificación y la implementación de nuevos mecanismos capaces de garantizar la sostenibilidad de flujos financieros y garantizar un papel más destacado a los países en desarrollo en el proceso de toma de decisiones de las instituciones financieras internacionales». Pero esta candorosa incoherencia -que además coloca como objetivo máximo «prevenir y administrar las crisis»- lejos de menguar la significación estratégica de la primera cumbre árabe-latinoamericana, muestra la magnitud del dilema político planteado a países que se niegan a seguir la carrera belicista de Estados Unidos y a la vez se resisten a asumir las causas de fondo que determinan esa conducta en las autoridades de Washington. La extrema heterogeneidad tiene esas cosas.

 

Argentina, ¿sí o no al ALCA?

Es probable que, aparte Yalal Talabani, nadie como el Presidente argentino haya sufrido esas contradicciones en la cumbre árabe-latinoamericana: días antes su canciller, Rafael Bielsa, además de anunciar gravísimas diferencias con Brasil, había publicado un artículo a favor del ALCA en el diario de mayor circulación nacional(3). Altas fuentes próximas al Presidente y del propio Palacio San Martín aseguran que Kirchner no estaba al tanto de esta arremetida de su canciller. En cualquier caso, Bielsa dio prueba de que la convergencia suramericana y la dinámica Sur-Sur, onerosas ambas en extremo para Estados Unidos, no carecen de poderosas fuerzas que se le oponen incluso en el seno mismo de los gobiernos que la promueven.

El hecho es que Argentina juega circunstancialmente un papel excepcional en el reacomodamiento general de fuerzas a escala mundial, porque de su reafirmación como parte del trípode sobre el que Suramérica se asume como tal y se proyecta al mundo, depende en buena medida el vuelco en ciernes de las relaciones de fuerzas internacionales. Esta es razón suficiente para que desde Washington y otras metrópolis imperiales se ejerzan presiones desmesuradas sobre la Casa Rosada. Optar por sufrirlas en soledad o enfrentarlas mediante el fortalecimiento de los lazos con Brasil y Venezuela (ver pág. 14) es una decisión de carácter estratégico, con enormes consecuencias inmediatas y de largo plazo para la sociedad argentina.

  1. www.mre.gov.br
  2. Samuel Huntington, «El choque de las civilizaciones», Paidós, Buenos Aires, 1997.
  3. Rafael Bielsa, «Un ALCA con principios puede tener buen final», Clarín, Buenos Aires, 2-5-05.

Plan de ataque estadounidense

porLBenLMD

 

En un calco de la campaña que concluyó con la invasión a Irak, Estados Unidos acaba de colocar un peón militar en Paraguay, muy cerca de la frontera con Bolivia, y prosigue con la andanada de falsedades respecto al presidente venezolano Hugo Chávez. En retroceso en el campo político, el Imperio apuesta a la propaganda y la intervención militar.

 

Un doble movimiento simultáneo se acentúa en los últimos meses sobre el escenario geopolítico suramericano. Dos ejemplos lo resumen: Estados Unidos no logra frenar su retroceso en el terreno político-diplomático, como lo prueba el desmesurado fiasco de la secretaria de Estado Condoleezza Rice en la Asamblea General de la OEA; como contrapartida, el Congreso paraguayo votó la inmunidad para la soldadesca estadounidense y el Pentágono programa maniobras militares bilaterales… a 250 kilómetros de Bolivia(1).
La resolución del Congreso paraguayo, ocurrida el 28 de mayo pasado y ocultada a la opinión pública en ese momento, fue presentada como noticia dos semanas después, luego del descalabro de la Casa Blanca en la OEA y la caída del presidente Carlos Mesa en Bolivia. Las implicancias son evidentes, puesto que no se trata de la reiteración de maniobras conjuntas al estilo de los sucesivos juegos de guerra denominados “Cabañas”(2), sino de una operación de Estados Unidos en territorio paraguayo, con la imaginable participación del ejército de este país. Washington formaliza la instalación de una base en Paraguay (de hecho, existente desde hace años, con aeropuerto semiclandestino incluido en la espesura del Chaco paraguayo) y clava en este país una cuña estratégica para contrarrestar los movimientos de convergencia suramericana, además de quedar a tiro de piedra de la revolución social en curso en Bolivia. Fiel a su estilo, y para subrayar el carácter de escalada militar en el corazón del Mercosur, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld “comprometió el envío a Paraguay de expertos del Centro de Estudios Hemisféricos de Defensa, una institución dependiente del Pentágono, a fin de desarrollar un ‘Seminario de Planificación del Sistema de Seguridad Integral Nacional’ programado para septiembre venidero. Rumsfeld prometió visitar Paraguay próximamente y expresó ‘su pleno apoyo a los próximos ejercicios conjuntos que realizarán las fuerzas armadas paraguayas y norteamericanas’”(3).
Mientras los gobiernos de Argentina y Brasil, directamente afectados por esta determinación de Washington, resuelven si tomarán o no la palabra al respecto, hay sin embargo otro aspecto a considerar. Se trata de la operación de opinión pública de alcance global desplegada paralelamente por el Pentágono contra el gobierno de Venezuela a través de otro tentáculo bajo las órdenes de Rumsfeld: el Center por Security Policy (CSP).

 

La mentira como herramienta  

Creada en 1998 bajo el patrocinio del secretario de Defensa, esta oscura institución fue el instrumento para crear una matriz de opinión a escala mundial en los dos años previos a la invasión a Irak. Ese accionar fue clave para lo que luego un libro con detallada información denominaría “Plan de ataque”(4). Con cuantiosos recursos y escasa imaginación, ahora el CSP repite paso a paso la maniobra, esta vez con el presidente Hugo Chávez en la mira.
Un documento titulado “Qué hacer con Venezuela”(5), tras advertir en la primera línea que “ha disminuido seriamente la estatura y la influencia de Estados Unidos en la mayor parte de las Américas”, se lanza sin escrúpulos contra el “agresivo dictador” que gobierna Venezuela.
Aun el ojo entrenado se asombra ante la retahíla de falsedades sin el más mínimo asidero verificable, sobre la cual el documento monta su argumentación a lo largo de 15 páginas. La farsa montada por la CIA en el período previo a la invasión a Irak respecto de la existencia de armas de destrucción masiva en aquel país –falacia asumida y repetida en todo el mundo– es un escándalo moral difícil de igualar. No obstante, aquella estafa a la opinión pública mundial empalidece ante los recursos enhebrados para sostener que desde su ascenso al gobierno, en 1999, Chávez avanza sistemáticamente en la consolidación de una dictadura.
Carece de sentido responder a tales alegaciones (el CSP no vacila en involucrar al ex presidente James Carter en la supuesta escalada dictatorial de Chávez). Pero es preciso enumerar las líneas del ataque para advertir hasta qué punto esos mismos argumentos, apenas aderezados con desangelados recursos periodísticos, se reproducen en columnas de opinión de connotados medios de prensa en todo el hemisferio, abonando la sospecha de que existe un aceitado sistema de reproducción de falsedades destinadas a intoxicar la opinión pública internacional.
Los ejes adelantados por el articulo comentado, carentes de fundamento, se autosustentan en denuncias que, por simple repetición en medios de comunicación masiva, pasan a constituir una realidad virtual para millones de personas. Helos aquí: Chávez “creó alianzas estratégicas con Estados promotores del terrorismo”; “usa la riqueza petrolera con propósitos subversivos y para alentar el terrorismo”; “ayuda y alienta a las organizaciones terroristas islámicas internacionales”; “ayuda y alienta el narcotráfico y la narcoguerrilla”; “está armando y militarizando a la población para amenazar a los países vecinos”; “viola los derechos civiles y las libertades democráticas” al punto de “estar transformándose en el peor violador de los derechos humanos en el hemisferio”. Ante el temor de que estas acusaciones resulten insuficientes el documento aporta otra argumentación: “Chávez está loco y bajo atención psiquiátrica”…
Nada más elecuente sin embargo que el lenguaje con el que se expresa la conclusión del documento: “El tiempo se agota. El avance de Venezuela hacia la represión, la militarización, la importación de armas, desestabilización de países vecinos muestra que el tiempo se agota para el pueblo venezolano y para la relativa paz de que han gozado la mayoría de los países del hemisferio. El régimen bolivariano de Caracas constituye un claro peligro para la paz y la democracia en el hemisferio. Debe cambiar. Puede cambiar por sí mismo, o puede invitar a las fuerzas del hemisferio con la ayuda de la amplia oposición democrática venezolana, para imponer los cambios. En cualquier caso la estrategia de Estados Unidos debe ser ayudar a Venezuela a lograr un cambio pacífico el año próximo”.
Sea en Caracas o en el Cono Sur, la respuesta es la misma: el tiempo se agota y urge “imponer los cambios”. Resta saber si los gobiernos, la opinión pública, las instituciones y las personalidades relevantes de Suramérica, permiten pasivamente que esta nueva versión de “las armas de destrucción masiva” en Irak y la escalada militar subrepticia continúen articulándose sin obstáculos.

  1. Hugo Olazar, “Paraguay concedió inmunidad a las tropas de Estados Unidos”, Clarín, Buenos Aires, 13-6-05
  2. Luis Bilbao, “Estados Unidos alista un ejército para el Alca”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, septiembre de 2001.
  3. Clarín, ibid.
  4. Bob Woodward, “Plan de ataque”, Planeta, Buenos Aires, septiembre de 2004.
  5. J. Michael Waller, “What to do about Venezuela”, www.centerforsecuritypolicy.org, mayo de 2005.

argentina: el peronismo fracturado ante las urnas

Kirchner en pos de un plebiscito

PorLBenAXXI

 

Elegir: el 23 de octubre próximo se renovará el 50% de los diputados y senadores del Congreso Nacional, así como de las legislaturas provinciales y los Concejos Municipales. Dos rasgos principales caracterizan este proceso electoral: la escisión del gobernante Partido Justicialista (PJ), como resultado del enfrentamiento entre el ex presidente Eduardo Duhalde y el actual mandatario Néstor Kirchner; y la virtual ausencia de una fuerza opositora por fuera del peronismo, mientras en las izquierdas se acentuó la división.

 

En medio de la apatía general comenzó el período legal de campaña para las elecciones del 23 de octubre, cuando se renovarán 126 de las 257 bancas en la Cámara de Diputados, y 24 sobre 72 escaños en la Cámara de Senadores. Los nuevos mandatos tendrán vigencia hasta 2009 en la primera, y hasta 2011 en la segunda. Los candidatos a diputados nacionales se votan en 24 provincias –total de distritos electorales en Argentina-, mientras que los postulantes a senadores se eligen en ocho provincias: Buenos Aires, Formosa, Jujuy, La Rioja, Misiones, San Juan, San Luis y Santa Cruz.

Contrasta fuertemente el desinterés de la ciudadanía –particularmente marcado en la juventud- con el tono de los discursos y el calibre de las acusaciones lanzadas ya desde el inicio de la campaña, el 24 de agosto, por la candidata a senadora Cristina Fernández de Kirchner, quien denunció un “complot desestabilizador”. Al día siguiente, fue el propio Presiente quien le puso nombres a los supuestos complotadores: “son Duhalde, Menem y Patti”, dijo Kirchner en un acto público en la ciudad de Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, distrito donde compite su esposa.

Se trata de los ex presidentes Carlos Menem y Eduardo Duhalde (actual presidente del Mercosur), y del ex comisario de policía Luis Patti, acusado por torturas y asesinatos. Días antes, el dirigente de una organización de desocupados Luis D´Elía, ahora aliado del oficialismo, había denunciado que Duhalde conduce “un cártel de tráfico de drogas”.

Kirchner atribuye a esa troika la promoción y el financiamiento de una creciente oleada de conflictos por demandas de aumentos salariales combinadas con una reactivación de los conocidos “piquetes”, que cortan rutas y calles céntricas sobre todo en la cuidad de Buenos Aires y a mediados de agosto acamparon durante una semana en Plaza de Mayo, frente a la Casa de Gobierno.

Más allá del significado coyuntural de esta denuncia de complot, su verdadera importancia estriba en que coloca en términos irreversibles la fractura del peronismo y muestra a Duhalde y Kirchner frente a frente, en una lucha por el poder de imprevisibles derivaciones.

El ex presidente Duhalde conduce el sector tradicionalmente más poderoso del Partido Justicialista (la provincia de Buenos Aires, con 17 millones de habitantes (sobre un total nacional de 36 millones), 14 de los cuales están concentrados en torno a la Capital Federal), cuenta con el respaldo de las cúpulas de los sindicatos industriales con mayor peso. Además tiene puntos de apoyo importantes en los sectores de la burguesía local y la iglesia católica que sostuvieron su gobierno de transición durante el convulsivo período entre el colapso que en diciembre de 2001 acabó con el gobierno de Fernando de la Rúa y la asunción de Néstor Kirchner, precisamente como delfín de Duhalde, en mayo de 2003. Por su lado Patti es, en efecto, aliado de Duhalde; pero Menem –reducido hoy a un espacio marginal en la política argentina- es probablemente su peor enemigo. Mientras que las fuerzas de izquierda que encabezan los reclamos sindicales difícilmente puedan tener siquiera un contacto de conveniencia puntual con las fuerzas tradicionales del PJ.

 

Fractura histórica 

La amalgama de la troika y la izquierda parece ser entonces un recurso extremo de Kirchner y su círculo íntimo, destinado a proyectar como fuerza política a la fracción peronista que lidera, el Frente para la Victoria (FpV). Pero ocurre que el mismo D´Elía que acusa a Duhalde como narcotraficante, días antes había denunciado que en el FpV “un 30 o un 40% de los intendentes del Gran Buenos Aires (provenientes de la estructura de Duhalde) son mafiosos”.

Esta nueva y presumiblemente irreparable fractura del peronismo es sin embargo el episodio truculento de un fenómeno mayor: el reacomodamiento de fuerzas políticas en un momento de transición histórica, a partir de una realidad de devastación económica, hecatombe social y completa desarticulación institucional legada por el llamado “neoliberalismo”.

El FpV vino a reemplazar a dos líneas de acción previas. La primera de denominó “transversalismo” y apuntaba a formar un “Tercer Movimiento Histórico” (objetivo intentado varias veces sin éxito en el pasado), con afluentes del peronismo, el radicalismo y sectores de la izquierda. Frustrado a poco andar ese intento, Kirchner optó por integrarse a la estructura tradicional del PJ. Sólo en el momento de confeccionar las listas de candidatos a diputados, en junio pasado, ante la evidencia de que continuaría con una mínima representación propia en el Congreso, resolvió apartarse del PJ y lanzar el FpV, apoyado en los sectores del antiguo tronco que dieron la espalda a Duhalde. Pero esta táctica, dejó por fuera a los sectores de izquierda sumados al oficialismo, entre otros a la única corriente con verdadera representación de base, encabezada por D´Elía.

La disputa por el número suficiente de legisladores que le permita a Kirchner gobernar sin subordinación al antiguo PJ es para él determinante y se define en la provincia de Buenos Aires. Por esto el mandatario dio dos pasos arriesgados: se lanzó él mismo a la campaña electoral –adelantándose dos meses al inicio legar de la misma- e hizo que su esposa, Cristina Fernández, actual senadora por la provincia de Santa Cruz, renueve su cargo como candidata por Buenos Aires, donde deberá competir con la esposa de Duhalde, Hilda González. El choque es así frontal e inocultable. Y deja a Kirchner como único dueño de la eventual victoria… o como víctima exclusiva de una derrota e incluso de un resultado intermedio.

La táctica tiene otras aristas punzantes: mientras Kirchner condenaba a Duhalde en su discurso en Bahía Blanca, el 25 de agosto, en el mismo momento éste, en su condición de titular del Mercosur, como representante argentino, estaba en una ceremonia oficial con el presidente uruguayo Tabaré Vázquez. Los hombres de Duhalde, fieles a la orden de no entrar en beligerancia directa con el Presidente, deslizan no obstante preguntas y desafíos problemáticos: ¿por qué el FpV lleva como candidato en la Capital Federal al actual canciller, Rafael Bielsa, que se pronuncia a favor del Alca (Área de Libre Comercio para las Américas), mientras Duhalde se presenta como abanderado de la Comunidad Suramericana de Naciones? ¿Por qué el Presidente no destituye a Duhalde de su cargo en el Mercosur?

 

Dispersión generalizada

Pese a la virulencia oficial en el ataque al PJ, no hay una verdadera delimitación programática entre ambas fracciones. La bancada del PJ en el Congreso –largamente mayoritaria frente al bloque kirchnerista- argumenta, sin mentir, que ha votado todos y cada uno de los pedidos del Ejecutivo al Parlamento. Y se burla de la idea de que los focos de tensión social deriven de un complot. Por otro lado, el oficialismo que enfrenta a la Unión Cívica Radical (UCR) en distritos importantes, va aliado a ella en otros. En la segunda provincia, más poblada, Santa Fe, el FpV parece condenado a perder frente al Partido Socialista (PS) respaldado por la UCR. Pero en Buenos Aires el PS va junto al Partido Comunista (PC) contra la UCR, el PJ y FpV. Mientras tanto, una alianza de una década entre el PC y el Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST), denominada Izquierda Unida, se rompió en Buenos Aires, Capital Federal y otros distritos importantes, aunque se mantiene en otros. Y por si fuese poco fracasó a última hora una coalición capitalina entre un conjunto de organizaciones, personalidades y partidos (entre ellos el PC), dejando al corazón político del país sin siquiera una representación simbólica de un proyecto latinoamericano y revolucionario. Por último, el liberalismo conservador y la ultraderecha liberal más o menos camuflados carecen de todo punto de reagrupamiento y sólo pueden aspirar a gravitar –y acaso triunfar- en una versión híbrida encabezada por Elisa Carrió (ex UCR) y Enrique Olivera, un epígono del ex presidente Fernando de la Rúa en la Capital Federal. Como dato elocuente de una campaña donde no se discuten programas y por regla general parece haber desaparecido la memoria y el decoro, Carlos Menem se presentará como candidato a Senador por la provincia de La Rioja (y será electo), mientras que su compinche, el ex ministro de Economía Domingo Cavallo, tentará como diputado por la Capital Federal (a la fecha figura en las encuestas con el 0,3% de intención de voto).

Las proyecciones de los datos al comienzo de la campaña no garantizan, en modo alguno, el plebiscito que pidió Kirchner meses atrás, cuando dio paso al FpV y se lanzó personalmente a la batalla electoral. Es presumible que el alto porcentaje de aceptación de que goza, trasladado sobre todo a su esposa como candidata, cambie el panorama en las próximas semanas. Una victoria contra el PJ que sin embargo no fuese suficientemente contundente como para darle mayoría en el Congreso podría plantear un escenario de complicaciones en la gobernabilidad de la segunda parte de su mandato, que culmina en 2007. Sea como sea, la disputa electoral está por completo al interior de las estructuras que componen el todavía denominado “movimiento peronista”. Las izquierdas no han sabido posicionarse para receptar ese sentimiento predominante. Tal vez Kirchner lo logre.

 

Alianza estratégica Brasil – Venezuela

porLBenLMD

 

La dinámica de confrontación bélica entre Colombia y Venezuela impulsó al presidente Lula a sellar una alianza estratégica con Hugo Chávez. El resultado es la formalización de un nuevo eje geopolítico en el continente, un severo revés para George W. Bush y el mayor aislamiento histórico de Washington ante su “patio trasero”.

 

A pocos días de la reasunción de George W. Bush en la Casa Blanca y en medio de una parafernalia político-informativa destinada a mostrarlo como líder fortalecido en pos de la recuperación de la hegemonía y la iniciativa política en todo el mundo, Estados Unidos sufrió en Suramérica, más precisamente en Venezuela, dos reveses de enormes derivaciones. Homero observaría maravillado los bruscos cambios de situación ocurridos en el último año en la batalla política entre el Norte y el Sur del hemisferio americano, más dramáticos y trascendentales que las mudanzas de la suerte entre los combatientes en la guerra de Troya, aunque privados todavía de una alada pluma como la del clásico griego. La distancia entre el drama y su representación se ahonda además por la aceleración de los acontecimientos: en dos días, el 14 y 15 de febrero pasado, el presidente venezolano Hugo Chávez protagonizó dos reuniones con sus pares de Brasil y Colombia que neutralizaron los movimientos de contraofensiva ensayados por el Departamento de Estado en los últimos tres meses y, más aun, postergaron sin fecha la posibilidad del gobierno de Washington de recuperar la iniciativa política. Como resultado, Bush quedó más aislado que nunca antes en la región.

Fue el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, quien inesperadamente imprimió al encuentro con Chávez una dimensión mayor de la que supone un conjunto de acuerdos de carácter económico y militar, al denominarlos, tres días antes de su viaje a Caracas, «Alianza estratégica» entre Brasil y Venezuela. Y aunque como en el caso de «histórico», suele abusarse últimamente también con el calificativo de «estratégico», no es éste el caso. Mucho más que un paquete de intercambio económico-comercial, los 26 instrumentos firmados por ambos presidentes el 14 de febrero representan la consolidación de un proceso de realineamiento regional, vigente desde hace ya más de un lustro, mediante el cual los gobiernos de Brasilia y Caracas hicieron girar el eje geopolítico hemisférico, trastocando todo el panorama y arrebatándole a Estados Unidos la iniciativa política para la región. Que este movimiento haya comenzado bajo la presidencia de Fernando Henrique Cardoso en Brasil es indicativo de la naturaleza objetiva de las fuerzas que lo determinan. Pero no es un dato menor que en un momento de extraordinaria gravedad para Venezuela y el continente, fuese Lula quien irrumpiera en un escenario donde cabía esperar un desenlace trágico (ver «¿Matar…), con una calificación que, por sí misma, amarró las manos del gobierno estadounidense al menos en lo inmediato.

 

Desarticulación de un conflicto 

En efecto, dos operaciones teledirigidas por la CIA en la capital venezolana -el asesinato del fiscal Danilo Anderson mediante la explosión de una bomba en su auto el 18-11-04 y el secuestro de un dirigente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en pleno centro de Caracas, el 13 de diciembre pasado, por fuerzas policiales colombianas y militares venezolanos sobornados(1)- sumadas a una escalada verbal de autoridades estadounidenses contra el gobierno de Chávez, evidenciaban una dinámica al parecer indetenible hacia una confrontación bélica entre Colombia y Venezuela. Alimentada sin disimulo por el Departamento de Estado, la ruptura de relaciones diplomáticas entre ambos países avanzaba peligrosamente en ese sentido. El retiro de embajadores, los comunicados (oficiales, aunque curiosamente sin firma) de Bogotá y la drástica respuesta de Chávez, quien tendió una mano al presidente colombiano Alvaro Uribe y a la vez cortó de un tajo todas las relaciones económicas entre ambos países, fue seguido por una distensión parcial. Se acordó un comunicado conjunto con disculpas diplomáticas por parte de Colombia y Uribe se comprometió a viajar a Caracas. La postergación del viaje en dos oportunidades -con argumentos futiles contrarrestados además por tonantes declaraciones del embajador estadounidense en Bogotá, quien denunciaba un supuesto «santuario terrorista» en Venezuela- llevaron el conflicto al borde del abismo.

La decisión de Lula, sin embargo, transformó esta situación en su contrario. Horas después de su partida, arribó Uribe a Caracas. Tras siete horas de reunión con su par venezolano, una conferencia de prensa de ambos presidentes dejó atrás el durísimo conflicto y replanteó, en un nivel de mayor compromiso, los acuerdos económicos: construcción de un gasoducto hasta el Pacífico, la venta de gasolina venezolana a poblados fronterizos de Colombia, así como el libre tránsito de personas y del carbón colombiano hacia Venezuela. Luego se hablaría sin rodeos sobre algo que todos sabían: la urdimbre diplomática que tuvo este desenlace no fue tejida en Naciones Unidas (ONU), ni en la Organización de Estados Americanos (OEA), ni en ninguna de las cancillerías de mayor peso mundial: «En este ajedrez donde los políticos asociados con la potencia estadounidense, junto con Colombia, conformaron un bando, y donde la potencia petrolera de Venezuela se colocaba en el otro, sólo Cuba estaba en una posición que le permitía convertirse en una opción de intermediación (…). Sin su intervención diplomática, probablemente no se habría dado la reunión en Caracas» entre Chávez y Uribe, admite alarmado un columnista ultraconservador de The Washington Post(2).

Más aun: fuentes bien informadas arguyen que la denuncia que Fidel Castro hizo pública respecto de la decisión estadounidense de asesinar al presidente Chávez, puede muy bien haber sido el acicate que impulsó a Lula a pasar tan enfáticamente del «acuerdo comercial» a la «alianza estratégica» que se firmaría el 14 de febrero entre Brasil y Venezuela. El eventual magnicidio en su poderoso vecino, además de truncar cualquier perspectiva de consolidación de la política neodesarrollista del gobierno brasileño con un país clave por sus reservas petrolíferas y sus excedentes dinerarios capaces de sostener grandes emprendimientos industriales conjuntos, daría lugar a una marejada de desestabilización política en toda Suramérica, capaz de poner en jaque al propio gobierno del Partido de los Trabajadores en Brasilia. Por otro lado, la guerra que desataría el eventual asesinato de Chávez significaría el desembarco en gran escala de tropas estadounidenses en el área. La Amazonia, objetivo explícito de la estrategia estadounidense en la región, pasaría a ser un teatro de operaciones militares. De modo que no sólo Lula, sino las Fuerzas Armadas brasileñas, tuvieron razones mayores para apresurarse a detener aquella dinámica. Otro tanto vale para los grandes empresarios: la construcción de puentes y caminos binacionales, los emprendimientos petroleros y petroquímicos conjuntos, la compra de maquinarias y tecnología, los acuerdos para crear la empresa Carbosuramérica, la adquisición de aviones Tucano y otras muchas áreas de intercambio, además de garantizar ganancias difíciles de obtener en otras latitudes, constituyen una línea de acción sustentable a mediano plazo en medio de un mundo en zozobra económica.

 

Vuelta de campana 

Ese poderío político derivado de los extraordinarios sobreingresos por la suba en flecha del precio del petróleo, utilizado por Chávez como palanca para restablecer la soberanía, emprender grandes objetivos de redención social y afianzar una dinámica de convergencia suramericana tuvo el efecto -para muchos inesperado- de transformar al mejor aliado de Bush en el hemisferio, Alvaro Uribe, en un forzado contribuyente al afianzamiento interno y regional de la Revolución Bolivariana. En el transcurso de este mes de marzo se reunirán Lula, Chávez y Uribe, con el explícito propósito de incorporar a Colombia al conjunto de operaciones productivas y comerciales encaradas en conjunto por Brasil y Venzuela.

Así, en el mismo momento en que Washington ejercía presión extrema sobre varias capitales del Sur con el objetivo de aislar a Chávez, reinstalar la dinámica del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) a través de tratados bilaterales e impedir la consolidación de la Unión Suramericana de Naciones, la «alianza estratégica» de Brasil y Venezuela produjo un resultado exactamente inverso, que afloja la tenaza estadounidense sobre gobiernos débiles y reabre perspectivas de realineamiento en detrimento de la política imperial.

El inesperado revés de Bush no indica que la pugna ha terminado. Antes bien lo contrario: una suma de actitudes de gran impacto mediático indica que el Departamento de Estado se apronta para intervenir de manera directa en la región. De hecho, la abrumadora derrota política de la oposición interna que representa en Venezuela los intereses estadounidenses, tanto más demoledora cuanto que fue sancionada por referendo y elecciones, deja a Washington sin alternativas. Un libro de reciente aparición narra paso a paso las medidas adoptadas por la Casa Blanca en los dos años previos a la invasión a Irak(3). Basta comparar aquella conducta con la esgrimida en los últimos meses para cercar a Chávez: se trata de la repetición puntual de las acciones emprendidas entonces por el vicepresidente Dick Cheney, la actual secretaria de Estado Condoleezza Rice y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, con la diferencia de que en aquella oportunidad el director de la CIA no actuaba públicamente.

El magnicidio es sólo una variante de esa estrategia. Así parecen haberlo entendido Lula, las Fuerzas Armadas y el gran capital brasileños. En todo caso ésa parece ser la certeza de Chávez, empeñado en la profundización de la revolución, objetivo resumido ahora en los diez puntos de un programa de acción denominado Nuevo Mapa Estratégico:

1) Avanzar en la conformación de una nueva estructura social; 2) Articular y optimizar la nueva estrategia comunicacional; 3) Avanzar aceleradamente en la construcción del nuevo modelo democrático; 4) Acelerar la creación de la nueva institucionalidad del Estado; 5) Nueva estrategia integral y eficaz contra la corrupción; 6) Elección por la base de los candidatos; 7) Acelerar la construcción del nuevo modelo productivo, rumbo a la creación del nuevo sistema económico; 8) Seguir instalando la nueva estructura territorial; 9) Profundizar y acelerar la conformación de una nueva estrategia militar nacional, y 10) Continuar impulsando el nuevo sistema multipolar e internacional (4).

Basta observar cómo han reaccionado gobierno, fuerzas armadas y nuevas estructuras de organización social ante las devastadoras inundaciones a mediados de febrero pasado, para comprobar cuál es el punto de partida para este enfático llamado a «avanzar, acelerar». Paradojalmente, es la profunda transformación alcanzada sobre todo en la conciencia social lo que abre interrogantes mayores, puesto que todo nuevo paso adelante significará necesariamente rupturas profundas con el pasado, aún presente. Es presumible que el Departamento de Estado registre precisamente esos eventuales puntos de ruptura para introducirse nuevamente en un escenario del que ha sido desplazado. Sólo que ahora tendrá delante una «alianza estratégica» entre dos países clave de la región. Si el tercero en disputa -Argentina- se alinea al cabo con este proyecto de resistencia a los efectos ruinosos de la crisis económica en el corazón de la economía mundial, Estados Unidos habrá perdido algo más que su hegemonía sobre América del Sur.

  1. Dossier «La amenaza del Plan Colombia», Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2005.
  2. Michael Shifter, «El curioso conciliador de América Latina», The Washington Post, El Nacional, Caracas, 16-2-05.
  3. Bob Woodward, Plan de ataque, Planeta, Buenos Aires, septiembre de 2004.
  4. Hugo Chávez, «El nuevo mapa estratégico», Minci, Caracas, noviembre de 2004.

Uruguay gobernado por el Frente Amplio

porLBenLMD

 

Más de medio millón de personas, acompañadas por visitantes de todo el mundo, celebraron el 1 de marzo en Montevideo la asunción de Tabaré Vázquez, primer Presidente de las izquierdas en Uruguay. El dato más sobresaliente es el cambio de posición geopolítica del país platense.

 

Captar la significación histórica de un acontecimiento es más difícil cuando viene acompañado por una explosión de alegría. Sea porque el júbilo posterga la reflexión, sea porque cuando millones ríen y cantan no desborda sólo el espíritu, sino el cauce político de una sociedad.

Eso ocurrió el 1° de marzo en Montevideo. Hasta el último minuto del día anterior, la capital uruguaya estaba como puede esperarse en un lunes cualquiera a medianoche: pocas personas en la avenida central; vendedores callejeros con gesto cansado y distante mientras levantan sus puestos; un anciano en su caminata habitual, ataviado con austera elegancia, acaso recordando tiempos en que la 18 de Julio era menos lóbrega y el paseo menos solitario; bares ya casi vacíos y, esporádicamente, algún automóvil con una bandera del Frente Amplio y haciendo sonar bocinas, en involuntaria demostración de lo aislado y solitario del festejo.

El paisaje cambió con brusquedad y extraña exactitud a la medianoche, como si una mano invisible hubiese dado la señal para que miles de personas se volcaran a la calle: desde la cero hora ya gobernaba Tabaré Vázquez, aunque los atributos del mando se formalizarían después de mediodía. Cuesta suponer que los organizadores tuvieron tanta precisión y capacidad de mando. Sólo una acendrada conciencia colectiva y un elevado grado de organización puede lograr semejante efecto. No obstante, en aparente contrasentido, el grueso de quienes aparecían para poblar las calles céntricas rumbo al lugar de concentración, la juventud, durante las 24 horas siguientes no daría muestras de una elevada conciencia política y, mucho menos, de alguna forma de pertenencia a estructuras organizadas. El enigmático y desde siempre discutido entrelazamiento de espontaneidad y conciencia tuvo en el Montevideo del 1° de marzo una expresión singular, que presumiblemente dará lugar a cuidadas reflexiones teóricas. Como quiera que sea, la alegría era palpable y no había lugar para la duda: el punto de bulliciosa unidad –más parecida a la unanimidad nacional– era el rechazo a ese pasado que terminaba con el último minuto del 28 de febrero.

 

Lineamientos del nuevo gobierno 

Pese a la gran expectativa, nadie dentro o fuera de la extendida coalición Frente Amplio-Encuentro Progresista-Nueva Mayoría, supuso que la asunción del gobierno por Tabaré Vázquez daría lugar a una revolución en Uruguay. En dos discursos –ante la Asamblea legislativa que le tomó juramento y luego, ya entrada la noche y con los atributos del mando, ante una concentración masiva frente al Palacio del Congreso–, el nuevo Presidente delineó los objetivos de su gobierno: “venimos de lejos. Nos inspiran e impulsan los principios de libertad, solidaridad e igualdad de oportunidades para todos los uruguayos, tan presentes en el ideario de nuestro padre Artigas y aún hoy tan plenamente vigentes. (…) El gobierno que hoy asume funciones tiene señas de identidad bien definidas y por cierto que su accionar será coherente con los valores, los principios y las propuestas que lo inspiran pues, entre otras razones, tal es la voluntad ciudadana expresada el pasado 31 de octubre. Pero, asimismo, este gobierno será el gobierno de todos los uruguayos. (…) Prometimos cambios y haremos cambios. Empezando por el gobierno mismo, en su actitud, en sus acciones, fundamentalmente en lo que se refiere a la austeridad, el respeto, el diálogo, la tolerancia y la modalidad de trabajo cotidiano. Cambios impostergables; cambios factibles; cambios responsables; cambios progresivos; cambios entre todos y para todos, pero especialmente en beneficio de quienes más los necesitan para alcanzar niveles de vida digna”.

Vázquez también subrayó el eje internacional que seguirá su gobierno ratificando “el compromiso con el Mercosur y el carácter prioritario del proceso de integración como proyecto político estratégico en la agenda internacional del Uruguay. Lo hemos dicho muchas veces y lo decimos ahora una vez más: el gobierno que hoy asume quiere más y mejor Mercosur. Un Mercosur ampliado, redimensionado y fortalecido que será a su vez una plataforma más sólida para lograr una mejor inserción internacional tanto del bloque en sí como de todos sus integrantes”.

Ante la multitud, el “compañero Presidente”, como se llamó a sí mismo, ratificó el compromiso con su base social de sustentación: “Queremos trabajar para que todos tengamos las mismas posibilidades. Queremos luchar contra las causas de la pobreza, que muchas veces se llaman corrupción y manejo inescrupuloso de los dineros públicos. (…) Los más pobres de este país han perdido mucho y a ellos habrá que devolverles más, y más rápidamente. Hacer esto no es un acto de caridad, sino un deber de la sociedad. Los pobres no son objetos de la caridad, son sujetos de derecho”. La medida que adelantó en ese sentido consiste en un impuesto a la renta de las personas físicas.

Anunció asimismo un plan de emergencia sanitaria para los más desprotegidos, basado en programas de apoyo nutricional, inmunización, salud bucal, sexual y reproductiva, drogodependencia y violencia doméstica, y la creación de un seguro nacional de salud.

Respecto de otro tema candente, los derechos humanos, Vázquez adelantó: “el país tiene una asignatura pendiente que me comprometo a saldar de inmediato. En tal sentido, nuestro gobierno cumplirá el mandato establecido en el artículo cuarto de la ley numero 15848, procurando agotar la investigación sobre lo sucedido con los detenidos desaparecidos e investigando al efecto en los establecimientos militares correspondientes. Dentro de pocas horas, pasado mañana jueves, el secretario de la Presidencia, doctor Gonzalo Fernández, en combinación con oficiales de nuestras fuerzas armadas, comenzarán las tareas para que un grupo de investigadores de la Universidad de la República vaya al establecimiento 13, 14 y a los que fuera, para comenzar los estudios correspondientes para saber si hubo enterramientos de ciudadanos, muertos, desaparecidos durante la dictadura militar. (…) Queremos saber qué pasó, qué pasó con estos ciudadanos, si están o no enterrados allí. Si están, serán recuperados, serán identificados, y sus restos serán entregados a sus familiares. Y si no están, tendremos que saber por qué no están y donde están, qué pasó con ellos. (…) Se publicará lo que se sabe, lo que se conoce. No con el fin de alimentar odio, no con el fin de llevar a nadie frente a la justicia fuera de lo que establece la Ley de la Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, sino para que –uruguayas y uruguayos– lo que pasó no pase nunca más en el Uruguay. ¡Nunca más! ¡Nunca más hermanos contra hermanos, uruguayas y uruguayos!”.

El tono dramático con que Vázquez pronunció estas palabras traduce una certeza: ese mínimo con el que compromete a su gobierno, es más de lo que los sectores desplazados están dispuestos a aceptar. El senador José Mujica (el líder Tupamaro, ahora ministro de Agricultura), tras tomarle el juramento aludió en su tono campechano al mismo dilema, aunque desde el ángulo opuesto: hizo votos para que las diferencias al interior del Frente Amplio no sean tan grandes como para invalidar los acuerdos con los que se llega al gobierno.

 

Punto de giro 

Pero si el curso de los cambios internos es motivo de conjetura y debate, no existe esa duda en un área decisiva, transformada ahora en clave de la evolución política uruguaya: su política internacional. Tal como lo había anunciado, Vázquez reanudó de inmediato las relaciones diplomáticas con Cuba. Y el nuevo canciller, Reinaldo Gargano, respondió positivamente –aunque luego relativizó sus afirmaciones– al pedido de Cuba para incorporarse al Mercosur. La presencia de los presidentes de Argentina, Brasil y Venezuela en la asunción del nuevo gobierno, los encuentros bilaterales, los acuerdos económicos firmados el primer día de gobierno con Hugo Chávez, prueban que el fantasma más temido por Estados Unidos llegó con el Frente Amplio: Uruguay deja de ser el punto de apoyo de la Casa Blanca en la región y se reubica drásticamente en un bloque de limitada pero no por ello menos gravosa resistencia a la voluntad imperial estadounidense; de Estado tapón Uruguay pasa a ser un nexo vivo en el proceso de convergencia suramericana.

Conviene sopesar con detenimiento la declaración de los presidentes Lula da Silva, Néstor Kirchner y Hugo Chávez, reunidos en Montevideo el 1° de marzo (ver Anexo). El conjunto de medidas allí acordadas, por primera vez corporiza el eje Caracas-Brasilia-Buenos Aires en relación con cuestiones decisivas de alcance estratégico. La política exterior del nuevo gobierno uruguayo puede ser el punto de giro para su evolución interna, precisamente porque está llamada a materializar un hecho crucial de la nueva fase que vive el continente: Estados Unidos no logra recuperar la iniciativa política, pierde su condición de autoridad inapelable y abre cauce a la búsqueda de nuevas respuestas para el antiguo drama de la miseria y la exclusión.

 

L.B.

©LMD Ed. Cono Sur

 

ANEXO:

DECLARACIÓN CONJUNTA DE LOS PRESIDENTES DE ARGENTINA, BRASIL Y VENEZUELA

“En la oportunidad de asistir a los Actos de Toma de Posesión del Presidente de la República Oriental del Uruguay, doctor Tabaré Vázquez realizados durante el día 1º de Marzo de 2005, los Presidentes de la República Federativa del Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva; de la Nación Argentina, Néstor Kirchner y de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez, han realizado un encuentro durante el cual, con espíritu fraternal y de completo entendimiento, acordaron formular la siguiente declaración conjunta:

 

1º. El triunfo electoral y la asunción de la Presidencia del Uruguay de Tabaré Vázquez, representan un nuevo y gran paso de avance de la democracia en América Latina, habida cuenta de su programa electoral y de las importantes decisiones expresadas una vez investido como Jefe de Estado. En tal sentido, celebramos la reanudación de las relaciones con la hermana República de Cuba, así como el impulso que se plantea a los procesos de integración sudamericana.

 

2º. Considerando que el mayor problema que enfrentan actualmente nuestras naciones es la pobreza, que contrasta con la abundancia de nuestros recursos, hemos coincidido en la necesidad de trazar programas y planes conjuntos orientados hacia su superación.

 

3º. Los acuerdos bilaterales celebrados entre Venezuela y Brasil, por un lado, y Venezuela y Argentina, por otro lado, son pasos concretos y positivos que hacen aconsejable el diseño y realización de acuerdos trilaterales alineados con la voluntad integradora expresada por las naciones sudamericanas al crear la Comunidad Sudamericana de Naciones. En ese sentido subrayaron que ya en mayo habrá una reunión cumbre de la Comunidad Sudamericana de Naciones con la Liga de los Países Árabes. El esfuerzo trilateral, a su vez, debe servir para fortalecer el proceso integrador con los demás países sudamericanos.

 

4º. Los procesos de integración son, además, una necesidad para concretar la idea de ir a los organismos multilaterales regionales e internacionales, con una misma posición, para fortalecer la voz de nuestros países más que cuando se expresan individualmente en tales escenarios.

 

5º. Los Presidentes decidieron la realización, dentro de treinta días, de reuniones:

 

– de los Ministros de Economía o Hacienda

– de los Ministros de Energía o Petróleo

– de los Ministros del Área Social

– de los Presidentes de Bancos Centrales

 

Asimismo, trataron de la conformación del Fondo Estructural del Mercosur y de la plena adhesión de Venezuela a la Unión Aduanera.

 

6º. Los resultados de esas reuniones se discutirán en el marco de una nueva reunión trilateral presidencial paralelamente a la realización de la Cumbre entre los Países Árabes y Países de América del Sur que incluiría además los aspectos generales relativos a la integración; abordar aspectos concretos como los relativos al fortalecimiento de Telesur y Petrosur, la creación de un Fondo no retornable para atender los más agudos problemas que se originan en la pobreza, un Banco Sudamericano para el Desarrollo y otros. Esta agenda será elaborada a través de la coordinación de nuestras Cancillerías con el debido apoyo técnico durante los treinta días siguientes a la publicación de esta declaración.

 

7º. Finalmente, por cuanto Brasil y Venezuela han acordado realizar una nueva Cumbre Presidencial junto a sus ministros vinculados al área de desarrollo social, los Presidentes han acordado darle un carácter tripartito a dicha Cumbre Presidencial a fin de garantizar una mayor amplitud y un mayor alcance a la misma. Los preparativos programáticos, técnicos y logísticos, quedan a cargo de los cancilleres quienes, a su vez, designarán los equipos técnicos y de apoyo que sean necesarios para la feliz realización de ese evento”.

 

Montevideo, 2 de marzo de 2005

La fuga hacia adelante de George W. Bush

porLBenLMD

 

Con la mitad de su población en contra y una abrumadora mayoría de la opinión pública mundial que lo rechaza, George W. Bush asumió su segundo mandato con promesas de reiterar corregida y aumentada la política de su primer período. Su nuevo gobierno se desarrollará en el marco de una crisis económica sin precedentes. Las amenazas de nuevas guerras no aumentan sus perspectivas de estabilidad.

 

El segundo mandato de George W. Bush tiene todos los elementos para transformarlo en el presidente más débil de la historia estadounidense. Pero el equipo gobernante ha resuelto huir hacia adelante: en su discurso de reasunción, el pasado 20 de enero, sobresalió el tono amenazante y la ratificación de una política intervencionista global. Más allá de eso, el texto revela que la cúpula recompuesta del poder en Washington no logró siquiera el acuerdo mínimo para que el ejército de redactores al servicio de la Casa Blanca lograra una pieza definida. «El discurso del Sr. Bush no parece correr el peligro de convertirse en inmortal», fustigó al día siguiente un editorial del principal diario estadounidense. Excepto un «apenas velado aviso comercial sobre el plan presidencial para privatizar el seguro social»(1), la exposición eludió la realidad: en 20 minutos pronunció 49 veces las palabras «libre» y «libertad», pero no figuraron «Irak», «terrorismo», «11 de septiembre». Aunque dejó clara la intención de revalorizar la diplomacia, Bush subrayó que «nos defenderemos y defenderemos a nuestros amigos cuando sea necesario». Su nueva secretaria de Estado, Condoleezza Rice, había anunciado poco antes, frente al Comité del Senado que debía habilitarla para el cargo, cuáles son los «regímenes ilegales» a los que hay que llevar la democracia: Cuba, Myanmar, Irán, Corea del Norte, Bielorrusia y Zimbabwe(2). Rice se cuidó de aludir a la verdadera pesadilla de los estrategas del Departamento de Estado, China, pero presentó otros objetivos definidos: «Estamos muy preocupados por un líder electo democráticamente que gobierna de manera intolerante (…). Tenemos que ser vigilantes y demostrar que conocemos las dificultades que ese gobierno causa a sus vecinos», dijo la ex consejera de Seguridad Nacional refiriéndose al presidente venezolano Hugo Chávez.

Simultáneamente, un artículo publicado por el semanario The New Yorker citaba a un asesor vinculado con el Pentágono, según el cual «el Presidente ha firmado una serie de órdenes ejecutivas dando autorización para que grupos secretos de comandos y otras fuerzas especiales lleven a cabo operaciones encubiertas contra objetivos sospechosos de terrorismo en 10 países en Oriente Medio y el Sur de Asia» (ver Ramonet, pág. 40). El texto del periodista Seymour M. Hersh agrega: «funcionarios civiles del Pentágono señalaron que se pretende destruir en Irán tanta infraestructura militar como sea posible», mediante una campaña aérea previa, tal como estaba planeado inicialmente en la invasión a Irak. Entrevistado por la CNN el periodista ratificó su información: «el próximo paso es Irán. Es así. Lo están planeando.»(3).

 

 ¿A la guerra?

Si la decisión belicista del nuevo gobierno estadounidense está a la vista, no es tan evidente su capacidad para realizarla sin provocar un colapso general. Bush no mencionó a Irak porque la situación allí es cada día más grave para las fuerzas ocupantes. «El despliegue no planificado de fuerzas estadounidenses (en Irak) está cobrando un pesado precio acumulativo, especialmente al Ejército y a la Guardia Nacional. Está minando la disposición y la moral, está limitando la capacidad estadounidense para mandar fuerzas de tierra suficientes a otros lugares para respaldar su diplomacia o responder a amenazas emergentes», advirtió The New York Times en su primer editorial del año(4).

«El reclutamiento ha caído en un 30% (…) cuatro de cada diez estadounidenses en Irak provienen de la Reserva o la Guardia Nacional (…) el actual tope de reclutamiento del Ejército debe pasar de 500.000 a 600.000, todavía substancialmente por debajo de los niveles de fines de los 1980. Los marines deberían pasar de los actuales 178.000 a alrededor de 200.000», sostiene este baluarte de la prensa libre, para agregar, con sensatez: «atraer estos reclutas requiere ofrecer incentivos financieros y de otro tipo». Tales recursos, sigue diciendo el diario neoyorquino, no deben aumentar el presupuesto militar, sino redistribuir el actual, haciendo severos recortes a la fuerza aérea y a la marina.

El presupuesto militar anual de Estados Unidos no peca de timidez: 416.000 millones de dólares, contra 336.000 millones de los diez países que le siguen sumados: Rusia 65.200; China 55.900, Francia 45.700, Japón 42.800, entre otros. Pero no es por la dimensión demencial de este «respaldo para nuestra diplomacia» que no se recomienda aumentarlo, sino porque el déficit gemelo de la primera potencia mundial es todavía más irracional que sus gastos de guerra y el verdadero talón de Aquiles del imperio. En 2001 el Congreso proyectó un superávit fiscal de 5 billones 600.000 millones de dólares para el decenio siguiente. Con los datos actuales, Goldman Sachs y otros analistas prevén un déficit de 5 billones 500.000 millones para ese período. Un error de cálculo de apenas 10 billones (10.000.000.000.000) de dólares(5). Pero eso no es todo. En 2004 el déficit de cuenta corriente alcanzó a 664.000 millones, equivalentes al 5,7% del PBI. Sumados, ambos déficits -fiscal y de cuenta corriente- superan lo imaginable: 1 billón 200.000 millones de dólares por año (cifra equivalente a alrededor de 12 años del PBI argentino). «El peligro es que una ‘crisis de confianza’ -que disminuya la demanda de dólares por parte de extranjeros- podría llevar a una honda caída de la economía mundial», deduce un economista insospechable(6).

Estas cifras y la amenaza de crack mundial que conllevan están por detrás de la ola antiestadounidense, una suerte de tsunami social global que la figura de Bush contribuye a agigantar.

 

 Base fragmentada

Bush afronta una división de la sociedad estadounidense inédita desde la guerra civil y un creciente sentimiento antiimperialista que en todo el mundo tomó su rostro como encarnación del enemigo. Una encuesta de The New York Times señalaba al momento de la reasunción de Bush que sólo el 49% de la población confía en él. Newsweek registraba que «por un margen del 60 contra el 25%, los estadounidenses consideran al Tratado de Libre Comercio (TLC) negativo para la ‘seguridad laboral'». Un estudio de la BBC muestra una radiografía implacable: «En 18 de 21 países encuestados, la mayoría piensa que (…) la influencia global de Estados Unidos es francamente negativa. En promedio, un 58% de los encuestados a nivel global opina que (la reelección de Bush) es un hecho negativo (…). Turquía es el país que expresó más rechazo por el presidente estadounidense (82%), seguido muy de cerca por Argentina (79%) y Brasil (78%)» (6). Bush no sale mejor parado en la Unión Europea: en Alemania el rechazo es del 77%, en Francia 75% y en Gran Bretaña, su único aliado en Irak, el 64%. «La mayoría respondió que la influencia de Estados Unidos como nación era negativa. Argentina encabezó la tabla con un 65% de rechazo», observa el mismo artículo.

Un ex secretario de Estado, Zbigniew Brzezinski, sacó conclusiones obvias pero significativas: «El grave riesgo estratégico es que la declaración por parte de Estados Unidos de una vaga ‘guerra global contra el terrorismo’ como su principal misión, puede unir fanáticos religiosos, políticos y grupos étnicos -potencialmente mucho más allá del islam- en un odio activo contra un Estados Unidos aislado»(7).

Ante este panorama, los partidos Demócrata y Republicano coinciden en la urgente necesidad de recomponer la alianza de Washington con la Unión Europea. Rice lo admite. Pero la voluntad no puede aunar lo que los intereses separan. Los dos bloques mayores del capitalismo mundial avanzan en sentido de confrontación por mercados y áreas de influencia, mientras el conjunto formado por China, India y Brasil da una vuelta de campana al relacionamiento Norte-Sur y los arrestos de una Comunidad Sudamericana de Naciones advierten sobre la posible aparición de un nuevo polo de singular proyección política en el escenario mundial. La incógnita es si la clase dominante estadounidense está dispuesta a dejarse arrastrar al destino que le propone el ahora más homogéneo equipo de ultraderechistas fanáticos atrincherado en la Casa Blanca.

  1. «The Inaugural Speech», The New York Times, 21-1-05.
  2. Ver www.whitehouse.gov y www.state.gov
  3. Seymour Hersh, «Las guerras que vienen», The New Yorker, traducido y difundido por la Agencia Islámica de Noticias. Hersh es quien difundió en el mismo semanario estadounidense las denuncias de torturas en el campo de detención Abu Ghraib en Irak.
  4. «The army we need», The New York Times, 1-1-05.
  5. Robert Rubin, «At the Crossroads», Newsweek, Special Davos Edition, Washington, 12-04/2-05. Robert J. Samuelson, «Not so super anymore», Newsweek, Special Davos Edition, Washington, 12-04/2-05.
  6. Marcelo Justo, «La nueva diversión de ver quién lo detesta más», Página/12, Buenos Aires, 21-1-05.
  7. Zbigniew Brzezinski, «A grand aliance», Newsweek, Special Davos Edition, Washington, 12-04/2-05.