reseña

Maldita guerra – Nueva historia de la Guerra del Paraguay

porLBenLMD

 

De Francisco Doratioto

Editorial: Emecé
Cantidad de páginas: 638 páginas
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: julio de 2004
Precio: 49 pesos

 

En una conferencia de prensa de los cancilleres del Mercosur ampliado (el 16-12-04 en Ouro Preto, Brasil), una periodista brasileña preguntó al canciller Celso Amorim si el gobierno daría a conocer los documentos secretos de la guerra de la Triple Alianza contra Paraguay. Con forzada sonrisa el diplomático brasileño respondió: “estamos hablando del futuro, no del pasado”.
Era en efecto una cumbre presidencial destinada a consolidar el Mercosur en todo el territorio suramericano y abonar el camino para arribar a la Comunidad Sudamericana de Naciones. Sin embargo, la pregunta era tan pertinente como inadecuada la respuesta: el pasado irresuelto, la injusticia prolongada, traban y acaso impiden el futuro de armonía y crecimiento que se asegura buscar.
El momento es oportuno, por tanto, para la aparición de un nuevo estudio sobre aquel episodio. Sin embargo, este retorno al trauma aún visible que la Triple Alianza –pero sobre todo Brasil y Argentina, además de Uruguay– causaran al por entonces próspero Paraguay, lejos de contribuir a la recuperación de la verdad a través de revelaciones e interpretaciones nuevas, esgrime algunos documentos desconocidos y otros menos trabajados para dar una vuelta de tuerca sobre la interpretación clásica de la historia oficial. Quedan en la sombra aquellos documentos que el gobierno brasileño se niega a entregar porque, como admitiera el ministro José Dirceu, “son dinamita pura”. El autor denosta a “los revisionistas” que, según él sin fundamento alguno, “responsabilizaban por el conflicto al imperialismo británico”. Desde esa perspectiva Doratioto sostiene que “continuar defendiendo hoy esa interpretación sólo puede ser resultado de la ignorancia histórica o, tal vez, de la natural dificultad de reconocerse equivocado”. Por ignorancia u otras razones, lo cierto es que Maldita guerra está en sintonía con aquellos sectores del poder en Brasil según los cuales este país debe legitimar aquella agresión –y la ocupación territorial resultante– como parte de su reubicación geopolítica en tanto potencia dominante de un bloque suramericano. Desde luego, hay posiciones contrarias a esta concepción de la unidad regional. Y no deja de ser significativo que, cuando esta controversia se aviva, reaparezca la interpretación imperial de la guerra contra Paraguay.

cusco, ayacucho y ouro preto

Tropiezos de la unión suramericana

PorLBenAXXI

 

Opciones: exigencias populares perentorias combinadas con intereses de las clases dominantes imponen una tendencia a la unidad. En tres escenarios diferentes, quedaron expuestas las propuestas frente a una coyuntura histórica excepcional. La proclamación de una Comunidad Suramericana de Naciones, pese a su objetiva confrontación con la voluntad imperialista, es insuficiente para responder a las urgencias de la hora.

 

En el pequeño avión de ocho plazas que lo lleva de Cusco a Ayacucho para celebrar allí el 180° aniversario de la batalla final contra el imperio español, el presidente venezolano Hugo Chávez encuentra un modo singular de realizar el balance de la jornada anterior.
Trece países habían firmado el 8 de diciembre en la antigua capital incaica el Acta Fundacional de la Comunidad Suramericana de Naciones. Con la posibilidad de constituir el tercer bloque más importante del mundo en dimensión geográfica, cantidad de población y volumen productivo, esta potencial nueva entidad en el escenario económico y político internacional choca con los planes estadounidenses de anexar la región mediante el Alca (Area de Libre Comercio de las Américas). A la vez, tal como la perfila su acta de nacimiento, reducida a un proyecto de integración comercial-exportador, es insuficiente para responder a las crecientes demandas sociales que en los últimos años han sacudido y transformado el mapa político regional. Quien había puesto la impronta de la ceremonia fundacional fue precisamente la figura que más expectativas había creado en el Cono Sur, el presidente brasileño Lula da Silva. Por eso su discurso de clausura provocó desazón incluso en su comitiva. En templo imponente construido por los jesuitas frente a la Plaza de Armas cusqueña en el siglo XVII Lula enumeró las obras de infraestructura destinadas a integrar la región, pidió ayuda al Fondo Monetario Internacional y se congratuló por el envío de tropas brasileñas a Haití. Pero eludió toda mención a las dramáticas urgencias de 222 millones de pobres (entre ellos 96 millones de indigentes), y obvió los dilemas económicos planteados por la dependencia, el endeudamiento y el creciente intervencionismo militar estadounidense. Chávez no hizo este balance. A cambio, tomó un grueso libro con cartas y documentos de Bolívar («lo publicó Velazco Alvarado -dijo- es una colección como de 15 volúmenes») y se puso a leer en voz alta los decretos y resoluciones adoptados por el Libertador inmediatamente después de la victoria de Ayacucho.

 

De guerrero a gobernante

La voz del presidente venezolano se impone al rugido de las turbinas y sus acompañantes -ministros, altos jefes militares y, como invitado, el Director de América XXI- se ven empujados dos siglos atrás, en ese mismo escenario dominado como hoy por el atraso, la pobreza y el desamparo, pero ante un hombre que después de vencer al enemigo imperialista se redefine a sí mismo como «alfarero de Repúblicas». Y se aboca a la tarea de gobernante con la misma lucidez y coraje manifiestos en la guerra. La primera y más enérgica decisión de Bolívar fue la creación de cientos de escuelas, incluso escuelas exclusivas para niñas -«allí está Simón Rodríguez», acota Chávez.
De las medidas de gobierno se pasa a la eclosión de las luchas internas y el papel de los entonces embajadores de Estados Unidos a la Gran Colombia. Chávez lee un documento que revela la frontal oposición de Washington a la figura del Libertador. El canciller Alí Rodríguez Araque hace un cáustico comentario de actualidad. Es posible por un instante preguntarse si el avión vuela en el siglo XXI. Tras el aterrizaje y un breve viaje en helicóptero, será el arribo a la Pampa de Quínua, el lugar de la batalla.
La Historia está allí, silenciosa y elocuente, al pie del cerro Condorcunca. Sólo han concurrido los presidentes de Perú, Bolivia, Venezuela, Surinam y Panamá. Las autoridades peruanas excluyeron de la celebración a los descendientes de aquellos soldados cuyos gritos de coraje y de muerte tienen un eco en la mirada altiva y a la vez resignada, de insondable tristeza, de un aborigen que ha podido acercarse pero es rechazado por una funcionaria limeña. A lo lejos, varios centenares de campesinos que lograron aproximarse a pesar de todo, hacen oir su protesta cuando el presidente Alejandro Toledo inicia el acto con una ofrenda floral. Y vuelven a tronar sus voces, ahora expresando apoyo, cuando Chávez habla de ellos, de los excluidos y explotados de América Latina, y recuerda que tras Ayacucho vino la desunión y la frustración de los grandes objetivos de la emancipación. Y que aquella tarea inconclusa está planteada otra vez, dos siglos más tarde.

 

Propuestas ante la crisis

Una semana después se reunió en Ouro Preto, Brasil, la cumbre del Mercosur, para dar ingreso formal a Venezuela, Colombia y Ecuador, además de sumar a Guayana y Surinam. Esta vez estuvieron los presidentes Néstor Kirchner de Argentina, Nicanor Duarte de Paraguay y Jorge Batlle de Uruguay, ausentes en Cusco; los dos primeros por conflictos por el exceso de productos brasileños exportados a sus países y el último porque, en representación de la voluntad estadounidense en la región, se opone a la Comunidad Suramericana de Naciones.
En una contradicción sólo aparente, cuando los doce países suramericanos (y otra vez Panamá sumado a este bloque) convergen en un mismo ámbito de mercado común, se agravan los conflictos entre los dos socios mayores: Argentina y Brasil.
Los grandes empresarios brasileños impulsan a Lula hacia una política de unificación regional en su propio beneficio y a la vez traban esta dinámica al obrar frente las industrias de sus socios según el mismo mecanismo implantado por el imperialismo a través del llamado «neoliberalismo»: la ocupación hostil de áreas de mercado.
Lula reiteró en Ouro Preto su discurso de Cusco, pero allí estuvo Kirchner para recordarle que nadie puede «ignorar las asimetrías existentes ni perjudicar a los sectores internos de nuestros países, pues ello afectaría la propia integración». El presidente argentino hizo igualmente una advertencia imposible de disimular con fotos donde ambos mandatarios se abrazaron sonrientes: «ninguno de nuestros países es por sí mismo ni tan grande ni tan fuerte como para prescindir del destino regional». Pero esa afirmación regionalista, sumada a la ausencia en Cusco, dejó la duda respecto del curso de Argentina en relación con el proyecto de bloque regional timoneado por Brasil.
Ante una encrucijada obvia, eludida por todos con discursos tonantes como barril vacío, Chávez se tomó el tiempo que no tuvo en Cusco para exponer detallada y extensivamente su Agenda Bolivariana. Repitió su propuesta de un Fondo Latinoamericano conformado con las propias reservas de los países de la región, habló de la moneda única, puso a disposición cien millones de dólares para acometer de inmediato empresas de alfabetización y atención sanitaria masivas, reiteró su propuesta de Petroamérica, e insistió con una Televisión del Sur. Quedaron así planteadas tres posiciones frente a una coyuntura histórica excepcional, que repite en condiciones incomparablemente más favorables y en dimensión planetaria, los desafíos que América Latina afrontó en el siglo XIX.
El hecho es que en el actual contexto mundial, el neodesarrollismo keynesiano expansionista esgrimido por Lula no tiene base objetiva de sustentación. Los pronósticos más optimistas adelantan una caída de la economía mundial para los próximos años: del 4% (desigual y con porcentajes menores en los países centrales) de crecimiento promedio del PBI mundial en 2004, se pasará según estas previsiones al 3,1% en 2005 y al 3% en 2006. La caída del dólar provocada por el desmesurado déficit gemelo estadounidense y su impacto global, auguran cifras peores. Y alimentan el riesgo de un colapso financiero internacional, con indescifrables efectos sobre la economía y la política mundiales. Afirmar una estrategia con base en el aumento de las exportaciones garantiza el agravamiento de los dramas sociales sin ofrecer una mínima perspectiva de éxito en ese objetivo mercantilista. Por otra parte, huelga decir que estaría condenada al fracaso toda perspectiva que niegue o subordine la unidad de América Latina. Acaso por eso hubo un silencio tenso entre los presidentes reunidos en Ouro Preto cuando Chávez subrayó que venía de Cuba, donde acababa de firmar con Fidel Castro la Alternativa Bolivariana para las Américas.

Desafío para Kirchner, Lula y Chávez

porLBenLMD

 

La Comunidad Sudamericana de Naciones, proclamada aunque todavía inexistente, puede convertirse en el tercer bloque más poderoso del planeta por extensión geográfica, cantidad de habitantes y volumen productivo. El Dipló fue testigo en Cusco y Ayacucho de acuerdos y divergencias de intereses y de interpretación del momento histórico, repetidos en Ouro Preto durante la reunión del Mercosur. Unos y otras son suficientes para catapultar o inviabilizar esta creación estratégica. De Argentina, Brasil y Venezuela depende en gran parte el desenlace.

 

Tres hombres, tres países, tres concepciones, convergentes y a la vez profundamente diferenciadas en todos los órdenes, se pusieron a prueba en Cusco, Ayacucho y Ouro Preto, en el curso de una semana intensa como pocas, a mediados de diciembre pasado. Escenarios cargados de simbolismo fueron testigos de un guión no escrito que, por momentos, pareció desenvolverse al margen de la voluntad de los actores, imponiéndoles papeles imprevistos(1).

De pronto la Historia se aceleró: el 8 de diciembre representantes de trece países (toda América del Sur más Panamá) firmaron en Cusco, Perú, el Acta Fundacional de la Comunidad Sudamericana de Naciones; al día siguiente los mismos mandatarios debían celebrar el 180° aniversario de la Batalla de Ayacucho y por último, el día 17, la cumbre del Mercosur realizada en Ouro Preto, Brasil, incorporó formalmente a Venezuela, Colombia y Ecuador, asociando además a Guayana y Surinam.

Aceleración sí, pero abrupta y paradojal: más de un mandatario, repitiendo discursos de unidad a partir de las mismas nociones que la frustraron en el pasado y en los últimos años ahondaron sus efectos dañinos, parecía allí extemporáneo. Los presidentes de Argentina, Brasil y Venezuela, sin embargo, trazaron cada uno a su manera y desde su propia realidad la perspectiva que entienden viable para salir de la crisis -que nadie niega- a través de una entidad supranacional suramericana que todos dicen defender. Ellos abrieron el debate que deberá dirimirse en el turbulento futuro cercano que se avizora en América Latina y el Caribe.

 

Miopía y mirada estratégica

Por peso económico, geográfico y político, Brasilia, Buenos Aires y Caracas gravitan de manera decisiva sobre el heterogéneo conjunto regional. Todo comenzó en realidad cuando en agosto de 2000 plasmó en la región un nuevo eje geoestratégico con base en Venezuela y Brasil, y el ex presidente Fernando Henrique Cardoso convocó en su país la primera reunión de Presidentes suramericanos. Desde entonces Estados Unidos hizo lo imposible por quebrar ese vector y luego, ante sucesivos fracasos, por impedir que Argentina fuera un tercer y decisivo punto de apoyo. Con tales antecedentes, Luiz Inácio Lula da Silva, Néstor Kirchner y Hugo Chávez, fueron las figuras clave de estos encuentros. Pero Kirchner brilló en Cusco y Ayacucho por su ruidosa ausencia, mientras Lula, asumido como la gran figura en los actos públicos de proclamación y firma del Acta Fundacional en la antigua capital incaica, rehuyó el debate planteado a puertas cerradas por Chávez cuando éste señaló que «a menos que salgamos a luchar contra la miseria y la exclusión, tampoco esta cumbre servirá para nada». Lula prefirió hacer una alusión irónica respecto de la supuesta juventud de Chávez, causa de su ímpetu, para retirarse luego, antes de que el Presidente venezolano retomara la palabra con gesto adusto. «Se terminó el happening», dijo a mediavoz el chileno Ricardo Lagos, ante la evidencia de que no habría debate sobre el punto.

De hecho, el Acta firmada por los Presidentes elude los gravísimos problemas sociales que azotan la región y reitera una idea resumida en frases como ésta: «Nuestros países poseen potencialidades aún no aprovechadas tanto para utilizar mejor sus aptitudes regionales como para fortalecer las capacidades de negociación y proyección internacionales»(2).  Sólo ante la decisión de Chávez de «firmar con reparo integral» se convino finalmente en suscribir un acta complementaria, denominada Declaración de Ayacucho, donde puede leerse otro compromiso de los Presidentes: «Continuar empeñando nuestros mayores esfuerzos para alcanzar un desarrollo económico y social sostenible que promueva, entre otros aspectos, la justicia social, la libertad, la igualdad, la tolerancia y el respeto al medio ambiente, tomando en consideración las necesidades urgentes de los más pobres, así como los requisitos especiales de las economías menores y más vulnerables de América del Sur»(3).

Mientras estos temas se debatían, el único logro efectivo era el alcanzado por los parlamentarios de la región, que tras arduas negociaciones habían acordado la conformación del Parlamento del Mercosur, a constituirse con fecha límite en diciembre de 2006. Ya sobre la hora de clausura se acordó firmar el acta de nacimiento de la Comunidad Sudamericana. Sentados de espaldas al altar central de la iglesia jesuita levantada frente a la Plaza de Armas de Cusco, los mandatarios parecían tocados por el halo de un remoto pasado emanado de las calles estrechas y la inefable arquitectura de la antigua capital incaica. Lula leyó un discurso y al final, seguramente sintiendo que no había llegado al punto, improvisó durante algunos minutos. El gran orador de otras ocasiones no lograba desanudar su elocuencia, quizá por la abrumadora grandiosidad del templo barroco-colonial edificado en el siglo XVII por la aguerrida Compañía de Jesús. Dejó claro sin embargo que su gobierno y su país no escatimarían esfuerzos y compromisos para crear un bloque de gravitación mundial. También se hizo evidente que Lula ve la resolución de las perentorias exigencias propias de su país a partir de que Brasil encabece y usufructúe la fuerza de ese nuevo bloque mundial como gran potencia exportadora.

He allí resumido el conflicto: frente al discurso de Lula, Kirchner estaba ausente y Chávez no figuraba como orador. El gobernante argentino respondió con la omisión a lo que ve como amenaza a su propio proyecto fronteras adentro por el previsible aluvión productivo de Brasil; el venezolano percibe que la lógica de la competencia comercial, lejos de derramar beneficios sobre los pueblos suramericanos, acentuaría aun más la miseria y la desigualdad. En la intervención de clausura el anfitrión Alejandro Toledo no tuvo necesidad de violentar sus ideas neoliberales para calzar en la perspectiva de integración a base de caminos, puentes y, sobre todo, buenos negocios de exportación.

Los jesuitas presumiblemente habrían desaprobado que su templo fuera escenario de un acto político en el que sólo se alabó al Dios Mercurio. O tal vez no. Los clérigos de aquellos tiempos remotos, capaces de desafiar al Papa levantando su iglesia a pocos metros de la Catedral y de mostrar supremacía en fuerza y riqueza frente al poder del cual dependían, acaso se hubiesen sentido en su terreno en esta mezcla de miopía y mirada estratégica, de codicia y generosidad, de valor y cobardía, plasmada en una jornada con destinos extremos: la potencialidad de cambiar el mapa político mundial y el riesgo de caer mañana en el olvido.

 

Pasado y presente

La ausencia en Cusco de tres sobre cuatro presidentes integrantes del Mercosur (Kirchner, Jorge Batlle de Uruguay y Nicanor Duarte Frutos de Paraguay) era por demás elocuente a la hora de firmar el Acta Fundacional. Pese a todo, se impuso la fuerza centrípeta que gravita desde hace algunos años sobre Suramérica. En cambio al día siguiente, en Ayacucho, prevaleció la tendencia contraria: a la conmemoración de la batalla que puso fin al colonialismo español del siglo XIX sólo asistieron Toledo, Chávez, Carlos Mesa de Bolivia, Ronald Venetiaan de Surinam y Martín Torrijos de Panamá (el gobierno argentino no creyó necesario mandar siquiera un representante de segunda línea del Poder Ejecutivo). A los pies del cerro Condorcunca, 180 años después, quedó patente el desafío histórico: si la necesidad de poner barreras al mercado único de Alaska a la Patagonia impulsado por Estados Unidos en su propio beneficio obra como fuerza de unificación suramericana, la lógica de la competencia capitalista se impone igualmente en el ámbito mercosureño y fragmenta las partes antes de que logren ensamblarse.

Esto quedaría en evidencia a la semana siguiente en Ouro Preto, donde el mismo bloque de trece países firmantes del Acta de Comunidad Sudamericana de Naciones se proyectaba como mercado común. Lula reiteró en su discurso de apertura la larga serie de beneficios que la ampliación de escala significa para planes de más exportaciones y tratamiento en mejores condiciones con otras potencias económicas. Pero Kirchner -que sí se hizo presente esta vez- salió al cruce para advertir que ese objetivo no se puede alcanzar si ocurre en beneficio de uno de sus componentes y en detrimento de los demás. A la intención del gran capital brasileño -que además de apuntar a mercados remotos se vuelca incontenible sobre sus propios vecinos- el Presidente argentino respondió con un obvio gesto proteccionista. Llevada hasta el final, esa actitud clausuraría a la vez la perspectiva de unidad suramericana y la superación de la devastadora crisis argentina.

Por el ángulo inverso Lula choca de frente con la estrategia de revolución bolivariana encarnada en Chávez, quien en Ouro Preto expuso en detalle y extensión una agenda de profundos cambios económicos, sociales y políticos. Tres días antes, el Presidente venezolano había firmado con Fidel Castro un acuerdo sobre ese programa de acción, denominado Alternativa Bolivariana para las Américas. Refiriéndose a ese acuerdo, la última sesión del Parlamento cubano emitió un documento que resume la disputa a medias explícita en Cusco, Ayacucho y Ouro Preto: «La América Latina y el Caribe actual, con sus 222 millones de pobres, de ellos 96 millones de indigentes; con la peor y más injusta distribución del ingreso en el planeta; con decenas de millones de analfabetos y desempleados; con una deuda externa de 782 mil millones de dólares y con el 90% de sus 200 millones de población negra e indígena sumida en la extrema pobreza y la exclusión, es la expresión más contundente del fracaso de la política neoliberal y de la necesidad de una verdadera integración inspirada en la solidaridad y la cooperación»(4).

Hubo gestos de inquietud en más de un Presidente cuando en su prolongada intervención Chávez remarcó estas cifras, recordó que traía saludos de Fidel para todos los presentes y que también el Caribe -y el propio México, en un futuro no demasiado lejano- debían sumarse al proyecto unificador, pero que éste sería inviable sin dar respuesta a la exclusión y las plagas sociales derivadas de la miseria.

Paradójicamente, la radicalidad de la propuesta de Chávez presenta menos obstáculos inmediatos que la tercera vía adoptada por Lula o el camino de zigzag ensayado por Kirchner. La perspectiva de competir en el mercado mundial y basar en la multiplicación de las exportaciones la sustentación económica de la región, como se propone Lula (fue la opción de la Alianza en Argentina, en 1998), supone congelar y aun rebajar salarios y aumentar la competitividad empeorando las condiciones de vida y de trabajo de los asalariados y pequeños productores. ¿Cuáles serían a mediano plazo los resultados políticos de semejante opción? Aparte el ejemplo del final de la Alianza en Argentina, la respuesta está configurada en la situación en ciernes en Brasil (Sader, pág. 6). En cuanto a las erráticas medidas del gobierno Kirchner, incluso si tuvieran éxito en la negociación con los centros financieros y pudieran estabilizarse en la coyuntura mediante un repliegue para «vivir con lo nuestro», pondrían freno a la Unión Sudamericana aislando a un país que además del peso insoportable de la deuda externa, la enajenación de sus riquezas naturales y la devastación de su aparato productivo, está maniatado por convenios leoninos de los cuales difícilmente podrá desprenderse sin entrelazar su futuro con los países de la región (Sosa, pág. 5). Por lo demás, Washington ya ha lanzado su contraofensiva ante el evidente fracaso del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y volverá a la carga para que este país clave que no termina de asumir su condición de tal se encolumne otra vez tras la Casa Blanca, contra Brasil y Venezuela.

Un episodio ocurrido durante la celebración del aniversario de Ayacucho resume el destino de una Unión Sudamericana que no asuma como punto de partida la lucha contra la exclusión y la pobreza. Los campesinos peruanos no habían sido invitados a la ceremonia. Algunos cientos que lograron trasponer las barreras militares fueron ubicados a varias cuadras del lugar del acto. En el imponente escenario de la Pampa de Quínua, allí donde 180 años atrás los ejércitos unidos del Sur batieron a un enemigo que los doblaba en número y armamento, aquella fractura entre el pueblo y las autoridades era un fresco sobremanera expresivo del dilema latinoamericano. Cuando a Toledo le tocó el turno de hacer una ofrenda floral, aunque apagados por la distancia pudieron oirse los gritos de protesta y la silbatina de indios y campesinos. Minutos después una ovación creció hasta imponerse cuando Chávez tomó la palabra y recordó que los objetivos de la gesta libertadora aún estaban pendientes. El Presidente peruano desistió de clausurar la ceremonia.

Menos deslucido, aunque igualmente significativo, fue el momento final de la cumbre en Ouro Preto. Cuando Lula pasó el símbolo de mando a Nicanor Duarte para que éste asumiera por seis meses la presidencia de un Mercosur ahora extendido a toda Suramérica, el mandatario paraguayo aprovechó la ocasión para hacer un discurso en el que replanteó, desde la óptica de un país con más desventajas, los mismos reclamos de Argentina. Quedó así como nota final una advertencia: o los gobiernos -particularmente los de Brasil, Argentina y Venezuela- se imponen a los intereses singulares que anteponen su tasa de beneficio al proyecto estratégico de la unidad suramericana, o el terreno ganado en Cusco y Ouro Preto será reconquistado, con creces, por la disgregación y sus beneficiarios al acecho.

  1. Luis Bilbao, «Anuncios de una nueva era en Cusco y Ayacucho«, Informe-Dipló, 14-12-04.
  2. III Cumbre Presidencial Sudamericana, Cusco, 8-12-04. Declaración del Cusco sobre la Comunidad Sudamericana de Naciones, http://www.mre.gov.br.
  3. http://www.venpres.gov.ve/ayacu/ayacu1.htm#ll.
  4. «La época que comienza a abrirse es la de la Alternativa Bolivariana para las Américas», Declaración de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Granma, La Habana, 25-12-04.

2005: Bush vuelve a la carga

PorLBenAXXI

 

Pocos recuerdan que en el primer mes de este año -ahora mismo- debía entrar en vigencia el Area de Libre Comercio de las Américas (Alca). A tal punto quedó relegado aquel proyecto clave de la estrategia estadounidense, que se desdibuja también el significado de su fracaso. Y las causas que lo provocaron.
Como contrapartida, el 8 de diciembre trece países (Panamá se sumó a la América Austral) firmaron en Cusco el Acta Fundacional de una Comunidad Suramericana de Naciones. Por razones presumibles, los medios de incomunicación de masas olvidaron el Alca nonato tanto como desestimaron el simbólico inicio que tuvo lugar en la antigua capital del imperio Inca. Por motivos menos nítidos, también la intelectualidad y las izquierdas se desentendieron de ambos acontecimientos.
Se trata de una omisión cargada de mensajes y consecuencias: el pensamiento político -incluso el más avanzado- no previó cómo y por qué una línea de acción decisiva para Estados Unidos se estrelló en la región donde sus clases dominantes se mostraron más proclives a adecuarse a la voluntad imperialista; no percibe cuáles son las fuerzas hoy predominantes en el complejo damero de América del Sur; y no está a la altura del desafío político planteado en esta etapa histórica. Los dos cataclismos que en los últimos 20 años cambiaron el rostro y el rumbo de la humanidad -el derrumbe de la Unión Soviética y el colapso de la contraofensiva capitalista denominada ‘neoliberalismo’- arrastraron también al pensamiento político y su recuperación es todavía una asignatura pendiente.

 

Contraofensiva

No podía ser de otro modo: ante la derrota de un objetivo estratégico de la magnitud del Alca, Estados Unidos replantea sus fuerzas y lanza una violenta contraofensiva. El punto de partida podría situarse en la reunión de la Apec (ver pág. 24). O en el atentado terrorista que cobró la vida de Danilo Anderson. O, si se prefiere, en la designación de Condoleeza Rice como secretaria de Estado, de Porter Goss como nuevo director de la CIA, del General Bantz Craddock como jefe del Comando Sur; en las amenazas descaradas contra los gobiernos de Argentina y Brasil; en la aparatosa escala de George Bush en Colombia, de regreso de la Apec, para entrevistarse con el presidente Alvaro Uribe.
Estos y otros muchos acontecimientos recientes configuran la segura respuesta del imperio malherido. Frustrada la vía del Alca, Washington avanza de todos modos por el camino de la militarización de América Latina, el empleo de mercenarios para operar con métodos terroristas en toda la región, el despliegue de fuerzas para propósitos jamás descartados: la invasión a Cuba y la detonación de una guerra entre Colombia y Venezuela.
Basta errar un milímetro en la apreciación de este combate estratégico para anular la propia fuerza o, peor aun, ubicarse sin saberlo en el bando enemigo. Pero el acierto no resulta de la improvisación o la verbosidad.
El Acta Fundacional de la Comunidad Suramericana de Naciones es fruto de un movimiento defensivo de capas más o menos poderosas de las clases dominantes suramericanas, con el gran capital brasileño al frente, armado de un programa híbrido de desarrollismo y keynesianismo (ver pág. 16). Levanta una barrera contra el imperialismo, pero excluye la batalla principal contra la miseria, el analfabetismo y el desamparo. Busca la solución en la competencia y no en la cooperación, aunque procura algún grado de complementación regional para mejor competir en el mercado mundial, lo cual augura una política inexorable destinada a reducir el salario real y aumentar la tasa de explotación de quienes tengan trabajo.
Con todo, eso es insoportable para Estados Unidos e incluso para otros centros imperiales. De modo que, con diferentes recursos, está asegurado el aumento de la presión de Washington contra los tres centros mayores de esa hipotética comunidad del Sur: Brasil, Venezuela y Argentina. La nueva fase, por tanto, supone una tensión y confrontación de fuerzas sin precedentes en la historia suramericana: no es fácil asumir las exigencias de una victoria cuando el vencido cuenta con un poder desmesurado y los vencedores carecen del basamento teórico, la fuerza organizativa y la estrategia común capaz de sostener y proyectar sus triunfos iniciales.
Mientras tanto, continúa inarticulado un bloque de fuerzas continentales capaz de respaldar a esa escala la Alternativa Bolivariana para las Américas (Alba) firmada por Hugo Chávez y Fidel Castro en La Habana (ver pág. 18). El presidente venezolano, que en diferentes escenarios lanzó en las últimas semanas la propuesta de «una Internacional democrático-revolucionaria», debería ser escuchado con mayor atención por quienes saben, o al menos intuyen, que este año será un momento crucial para la definición del rumbo de nuestros países.

En busca de un lugar en el mundo

porLBenLMD

 

El Acta Fundacional de la Unión Sudamericana de Naciones, que se firmará este 9 de diciembre en Ayacucho, Perú, se inscribe en un movimiento de recomposición mundial de bloques de naciones a impulsos de la búsqueda de mercados y el temor de una crisis financiera, en el que los países sudamericanos podrían ocupar un lugar preponderante. La simultaneidad de las reuniones del G-20, de la APEC y de la Cumbre Iberoamericana prueba la enormidad de los intereses en juego. Gigante en potencia, la Unión deberá superar limitaciones y contradicciones.

 

Debe haber razones profundas para que diez mandatarios sudamericanos tan diferentes entre sí converjan en la firma de ese Acta Fundacional y lo hagan en la fecha y el lugar elegidos: Ayacucho, en el 180° aniversario de la última batalla de los ejércitos libertadores aunados contra el Imperio español.

Y es que América Latina es hoy el centro de una disputa feroz entre los más poderosos centros mundiales productores de mercancías, ávidos por conquistar mercados para sí y bloquearlos a sus competidores. «Mientras Estados Unidos mira todavía a la región como su patio trasero, su dominación ya no es más incuestionable. De pronto, la presencia de China puede sentirse en todas partes, desde la cuenca del Amazonas a las áreas mineras de los Andes»(1), reconocía The New York Times en el mismo momento en que se desarrollaba en Santiago de Chile la reunión de presidentes del grupo APEC (Asia-Pacific Economic Cooperation).

Pero China es sólo uno de los factores en pugna. Si en esa misma reunión la delegación japonesa, potenciada por la primacía económica sobre la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático), era la tercera fuerza luchando a brazo partido por ocupar espacios económicos, no fue menos significativa la aparición de Rusia, quien llegó a ofrecer abastecimiento de gas a Chile.

George W. Bush (Estados Unidos), Hu Jintao (China), Vladimir Putin (Rusia) y Junichiro Koizumi (Japón) no estaban sólo disputando entre ellos. Como representación plástica de un formidable conflicto de alcance planetario, simultáneamente se desarrollaba en Costa Rica la XIV Cumbre Iberoamericana, instancia proyectada hace tres lustros por la Unión Europea como ariete de sus empresas a la conquista de territorio comercial. Con escasa compañía (no concurrieron numerosos presidentes latinoamericanos, entre ellos Lula y Fidel Castro) y en deslucida ceremonia, el rey Juan Carlos de España simbolizaba allí el otro centro mundial obsesionado por ocupar posiciones hegemónicas en América Latina.

Pero este fresco de la turbulenta política mundial contemporánea adquiere su verdadero relieve si se toma nota de que, en los meses anteriores, habían fracasado los intentos de Estados Unidos y la Unión Europea (UE) por consolidar -cada uno por su lado- áreas de libre comercio con América Latina.

Con la sutileza propia de un enviado imperial entre vasallos, el representante comercial de Washington Robert Zoellick admitió no obstante el fracaso antes de proferir la amenaza: «el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) se frenó; (…) el segundo mandato de George Bush planteará una voz clara. Llevaremos el libre comercio a todo el mundo, abriremos mercados, en especial tras nuestra victoria en estas elecciones». Indeciso entre su tono plañidero y pendenciero, Zoellick advirtió en Santiago que «el mensaje de la APEC a Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay es claro. En el ALCA hubo socios no ambiciosos y debimos conformarnos sólo con un acuerdo base que no fue prolífero».

 

Tercero en discordia

Así las cosas, cuando para comienzos 2005 estaba programado el despegue del ALCA y, superponiéndose, en vista del empantanamiento del proyecto, la iniciación de un acuerdo Mercosur/UE, aparece súbita y silenciosamente la Unión Sudamericana. Diez naciones, 17.300.000 kilómetros cuadrados de superficie (el doble de Estados Unidos), 380 millones de habitantes (100 millones más que Estados Unidos; un 40% con capacidad adquisitiva media y alta), primer productor y exportador mundial de alimentos, pulmón ecológico del planeta, territorio con la más rica biodiversidad del orbe, alto desarrollo científico y tecnológico, reservas hidrocarburíferas para autosustentarse y pesar en el mercado internacional de energía, elevados niveles de capacitación de obreros y técnicos, elevada, extendida y multifacética experiencia política en la mayoría de las sociedades integrantes… la Unión Sudamericana de Naciones, si acaso lograra pasar de un Acta Fundacional a una entidad actuante, cambiaría de manera significativa el mapa político de la Tierra.

Como ha ocurrido una y otra vez en momentos históricos de definiciones trascendentales, los realineamientos de fuerza son de una extraordinaria complejidad, inestables y siempre riesgosos para todos los actores en juego. Pero los estrategas del Departamento de Estado siguen estas evoluciones con realismo: «Por el lado diplomático, los chinos están operando (en América Latina) tranquila pero persistentemente (…). Sudamérica está obviamente desplazándose y los coqueteos diplomáticos con China tenderán a subrayar el potencial de divergencias con Washington»(2).

Un factor de confusión en Sudamérica -en el que no incurren quienes piensan con rigor en función de los intereses del Norte- reside en el pedido de reconocimiento como «economía de mercado» por parte de China. El terror de ciertos empresarios argentinos puede haber oscurecido dos verdades elementales: una economía de mercado no lo es o deja de serlo por la calificación que se le dé. China es todavía -y lo será por mucho tiempo- una sociedad en transición, donde la propiedad colectiva y la planificación en todos los órdenes prevalece largamente sobre los segmentos donde predomina incrustada la ley del valor. Y es, además, una economía atrasada y dependiente, en contradictoria coexistencia con picos de formidable desarrollo y poderío apabullante. Esto significa que, estructuralmente, China es socia «natural» de una eventual Unión Sudamericana de Naciones, por lo mismo que ésta sería a la vez contrapartida y barrera frente a Estados Unidos, la UE y Japón.

 

Bloques autónomos

La disputa por ubicar una creciente sobreproducción de mercancías, que da lugar a los actuales realineamientos políticos y geopolíticos, se traduce en inquietud financiera mundial. El sideral déficit comercial estadounidense, sumado a un creciente déficit en la balanza de pagos, debilita sobremanera al dólar. Esto agudiza la competencia entre Estados Unidos y la UE, entre sí y con los restantes bloques económicos del planeta. No es casual que mientras se realizaban las cumbres de Santiago y Costa Rica, en Berlín se reunía el 19 de noviembre pasado el Grupo de los 20. «Cuando los jefes de la economía quedan desubicados por una crisis, su respuesta instintiva es crear un nuevo comité, foro o grupo…», dice con su habitual acidez un portavoz de las altas finanzas internacionales(3). Ministros de Finanzas y presidentes de Bancos Centrales de las siete grandes potencias, más otros países de porte medio, discutieron allí las perspectivas abiertas por la caída del dólar y la agudización de las tensiones entre los países centrales. «Según Stephen Jen, un economista de Morgan Stanley, la crisis ocurrida en Asia siete años atrás puede repetirse. Sólo que a la inversa»(4). La presunción de este analista, compartida por los asistentes al tenso encuentro de Berlín, es que las monedas occidentales caerían -el dólar a la vanguardia- mientras se valorizarían las orientales, lo cual acentuaría un fenómeno ya en curso que a su turno es causa del terror en el mundo financiero: la fuga masiva de riquezas con dirección al Este. «Si las tendencias actuales continúan y si todos consideran al dólar como una apuesta en una sola dirección, entonces terminaremos en una crisis»(5).

La caída del dólar «es un acontecimiento brutal», se lamentó el ministro de Finanzas alemán, Hans Eichel, y agregó, con tono desolado en un programa de televisión, a la víspera de la reunión: «Ojalá haya una posición conjunta de Japón, Estados Unidos y Europa»(6). Horas después, el presidente de la Reserva Federal estadounidense, Alan Greenspan, clausuraba las esperanzas del ministro alemán: en una conferencia ante banqueros en Frankfurt «advirtió a los europeos ansiosos que esperaran poco alivio de la implacable declinación del dólar frente al euro»(7).

La agudización del enfrentamiento entre los tres grandes centros del capitalismo mundial impulsa la creación de bloques autónomos, con la latente amenaza de una crisis de dimensiones imprevisibles. Por lo mismo que los centros de poder mundial están implantados en todo el mundo y en todos los niveles, la dinámica hacia la conformación de nuevas entidades geoeconómicas y políticas no es ni podría ser homogénea. En Argentina, por ejemplo, hay fuerzas contrarias no ya a la Unión Sudamericana de Naciones, sino incluso al propio Mercosur. El ministro de Economía Roberto Lavagna, por caso, está señalado como defensor férreo de la convergencia subordinada con la UE, en detrimento de una línea de acción apuntada a crear y consolidar la nueva entidad sudamericana, a la cual desestima sin rodeos.

 

Otra dimensión

Pero el hecho nuevo en el escenario internacional es que la economía ya se discute a cañonazos. Aparte Fallujah (Irak), donde Washington está mostrando al mundo de qué es capaz (Baran, pág. 16), utilizando el terror como factor de presión política y económica con todos los gobiernos del mundo, las citadas declaraciones de Zoellick dan la clave y el verdadero alcance de una dinámica que completaría Bush en Santiago, pocas horas después y sin circunloquios, cuando utilizó el escenario de la APEC para advertir al mundo que, si no lo acompaña en su cruzada, atacará de todos modos a Irán y Corea del Norte. Mientras millares de estadounidenses armados desembarcaban en Santiago para proteger a Bush del terrorismo internacional, en Caracas explotaba un auto en pleno centro y era asesinado Danilo Anderson, un fiscal que en las próximas semanas debía interrogar a unos 400 involucrados en el golpe de Estado contra el presidente Hugo Chávez. De esa investigación, que presumiblemente seguirá adelante, se espera la comprobación formal de algo que en la historia latinoamericana ha acabado por devenir una suerte de obviedad: la participación estadounidense en aquel intento fallido y en los sucesivos atentados terroristas con los cuales se intentó, infructuosamente, minar las bases políticas de sustentación de Chávez.

En este punto, la Unión Sudamericana de Naciones adquiere otra significación: si del Acta Fundacional se pasa a una enérgica articulación política, la Casa Blanca ya no podría hacer planes de intervención directa militar contra un país, porque debería enfrentar a un bloque en todo y por todo más poderoso (Tokatlian, pág. 9).

Paradojalmente, mientras en otros sentidos el gobierno brasileño se amolda con mayor plasticidad a lineamientos y advertencias emitidos desde Washington, la política de Itamaraty ha sido más audaz y consecuente con la defensa del Mercosur y su proyección a la Unión Sudamericana de Naciones. «No podemos seguir peleando por un 10% del mercado de uno para el otro. Debemos capacitarnos para estar presentes en el mercado, nuestro y mundial, de forma competitiva, lo que exigirá una visión mucho más estratégica de la que se tuvo hasta hoy», propone Celso Amorim, el canciller brasileño. En su visión, la Unión Sudamericana de Naciones «reforzará la capacidad de negociación de los países de la región con los grandes bloques económicos»(8).

Aun limitada a esta visión economicista, Brasil encabeza junto con Venezuela la creación de la Unión Sudamericana de Naciones. Argentina oscila entre la perspectiva utilitaria, la estrategia política y la total omisión. Se discute ya la creación de un Parlamento Sudamericano, pero como prueba de que se pueden acometer grandes objetivos con intereses diminutos, el debate primero es si los diputados a ese centro político serán elegidos por voto universal… o designados a puerta cerrada por cada Parlamento.

Como quiera que sea, el 9 de diciembre se alzará ante el mundo el Acta Fundacional de una nueva -y a la vez muy antigua- perspectiva para organizar a los pueblos habitantes en América del Sur. ¿Tentación chovinista o percepción ajustada de los hechos? En el mundo de hoy están gestándose acontecimientos convulsivos y trascendentales; cabe conjeturar que un factor potencialmente decisivo para el curso que finalmente adopten reside en Sudamérica. Asombra, impresiona, sin embargo, la distancia entre esta realidad acuciante y la manera en que se aproximan al fenómeno la inteligencia y las dirigencias políticas, en teoría destinatarios de un desafío de tal envergadura.

  1. Larry Rohter, «China Widens Economic Role in Latin America», The New York Times, Nueva York, 20-11-04.
  2. Richard Feinberg, asesor jefe del Consejo Nacional de Seguridad durante la administración Clinton. Citado en «China widens…».
  3. «Currency conundrums», The Economist, Londres, 19-11-04.
  4. Ibid.
  5. «El debilitamiento del dólar aumenta las tensiones antes de la reunión del G-20», The Wall Street Journal Americas; La Nación, Buenos Aires 19-11-04.
  6. Ibid.
  7. Mark Landler, «Greenspan says euro is likely to keep rising», International Herald Tribune, 22-11-04.
  8. «Comunidade Sul Americana de Nações será formalizada», Gazeta Mercantil, San Pablo, 7-11-04.

Anuncios de una nueva era en Cusco y Ayacucho

porLBenLMD

 

La inmensa tragedia humanitaria provocada por el tsunami que el pasado 26 de diciembre arrasó las costas del Océano Índico desató una ola de solidaridad internacional. Sin embargo, muchas muertes podrían haberse evitado. A cámara lenta, los países del Sur sufren un tsunami constante que deriva de la desigual distribución de la riqueza en el mundo.

 

El lugar correspondió al carácter de la ceremonia; si no en armonía y belleza, al menos en la conjunción de grandes ambiciones y miserables mezquindades que suelen combinarse en momentos clave de la Historia. Trece presidentes y vicepresidentes de toda Suramérica –más Panamá, en elocuente tributo a su legado histórico– se reunieron el pasado 8 de diciembre en la iglesia jesuita levantada frente a la Plaza de Armas de Cusco, la antigua y bellísima capital del imperio Inca, para firmar el Acta Fundacional de un proyecto tan trascendental como inconsistente en su punto de partida: la Comunidad Suramericana de Naciones.

Los jesuitas que en 1668 vieron terminada su obra presumiblemente habrían desaprobado que este templo barroco-colonial de abrumadora grandiosidad fuera escenario de un acto político en el que sólo se alabó al Dios Mercurio.

O tal vez no. Los clérigos de la aguerrida Compañía de Jesús de aquellos tiempos remotos, capaces de desafiar al Papa levantando su iglesia a pocos metros de la Catedral y de mostrar supremacía en fuerza y riqueza, acaso se hubiesen sentido en su terreno en esta mezcla de miopía y mirada estratégica, de codicia y generosidad, de valor y cobardía, plasmada en una jornada con destinos extremos: la potencialidad de cambiar el mapa político mundial y el riesgo de caer mañana en el olvido.

Brasil fue la estrella de la apertura y la clausura del Encuentro, aunque los discursos del presidente Luiz Inácio da Silva estuvieron distantes de las grandes piezas oratorias que hicieron famoso a Lula, el dirigente obrero de otros tiempos(1). Alejandro Toledo, presidente anfitrión, completó la ceremonia en la misma cuerda, aunque en una tonalidad definidamente neoliberal: fortalezcamos el comercio y los beneficios se derramarán sobre los pueblos. “Parecen dos ministros de obras públicas”, dijo en voz baja un desencantado funcionario que desde la mañana, cuando comenzó el III Encuentro de Presidentes de Suramérica, sacudía la cabeza al escuchar a ambos presidentes repitiendo loas a la carretera que unirá Brasil y Perú, sin aludir a ninguno de los grandes desafíos sociales y políticos de la región.

 

Choque de concepciones

El Encuentro verdadero, sin embargo, ocurrió a puertas cerradas. Tras un almuerzo de los presidentes y vices donde se cruzaron algunas espadas, se llevó a cabo la denominada Cumbre, con la presencia exclusiva de los mandatarios, sus asesores más cercanos y, como excepción, la diputada Alicia Castro, quien aun sin poder intervenir, salvó a la representación argentina de una apabullante opacidad. “Sería imperdonable que desperdiciáramos esta oportunidad histórica limitándonos a acuerdos comerciales”, repetía Castro, quien en los días previos batalló por la consolidación de un Parlamento Suramericano y un proyecto de unificación política de la región.

El proyecto de “Declaración del Cusco sobre la Comunidad Suramericana de Naciones” había sido objeto de severas objeciones por parte del presidente venezolano Hugo Chávez, porque no contenía una sola palabra relativa a los gravísimos problemas sociales de la región. Con sobresaliente sentido de la oportunidad, el mandatario colombiano Álvaro Uribe apeló a una muletilla de Chávez (“nosotros andamos de cumbre en cumbre y nuestros pueblos de abismo en abismo”) para negar la efectividad de las “Cumbres” y proponer la unificación de las muchas que se hacen anualmente en una sola. Chávez en cambio advirtió cortante: “si esta cumbre no sirve para irnos a batallar contra la miseria estaríamos perdiendo la moral, al imponer esta integración que nuestros pueblos no sienten”. Con esta argumentación, respaldada por datos demoledores respecto de la realidad social y política suramericana, el presidente venezolano (que además distribuyó a sus colegas el último estudio de Latinobarómetro), puso el centro del debate. Finalmente y ante la posibilidad de que Chávez firmara con una “observación integral”, se acordó un anexo que sí plantea los problemas de distribución de la riqueza, la batalla contra la miseria y la marginación y propone que en el marco de la Organización de Estados Americanos (OEA) “se concluyan los trabajos para adoptar la Carta Social de las Américas, la cual favorecerá la plena vigencia de los derechos sociales, económicos y culturales en beneficio de nuestros pueblos”. La “Declaración de Ayacucho” establece además una serie de encuentros destinados a trabajar sobre problemas sociales(2). Siete mandatarios que no participarían el día siguiente en la celebración del 180° aniversario de la batalla con la que se puso fin a la dominación española en el siglo XIX –entre ellos el vicepresidente argentino Daniel Scioli– firmaron por adelantado este documento, cambiando el escenario del combate en Pampa de Quinua por el acto protocolar en Cusco.

 

Omisión e incomprensión ante un hecho histórico

La ausencia de los presidentes de tres de los cuatro integrantes del Mercosur (Uruguay, Argentina y Paraguay) es indicativa del obstáculo principal que afronta el proyecto de Comunidad Suramericana. El gran capital brasileño, empeñado en constituirse en centro dirigente de un bloque económico-político de alcance global, choca con sus pares de menor envergadura en la balbuciente sociedad mercosureña. Lula, asumido en plenitud como jefe político de ese proyecto estratégico desarrollista, descubre además que desde el ángulo opuesto choca con la estrategia de revolución social bolivariana encarnada por Chávez. Así, mientras en Cusco estaban ausentes Jorge Batlle, Néstor Kirchner y Nicanor Duarte Frutos, el propio Lula desistiría de concurrir a Ayacucho. Es la representación plástica de una fragmentación predominante entre los gobiernos que, al mismo tiempo, concurren a un proyecto unificador.

No es posible explicar esto con vanidades retóricas o socorridas apreciaciones sobre cuestiones coyunturales. El hecho es que en América Latina y el Caribe, pero sobre todo, circunstancialmente, en Suramérica, se impone una fuerza centrípeta movida por razones estructurales de la economía mundial y el momento político dominante en las masas populares. La conducta de la mayor parte de los gobiernos ante este complejo entramado de fuerzas en ebullición es indicativa de la distancia que no logra salvarse entre estos y los pueblos que en teoría representan. La fuerza centrífuga que se resiste al influjo unificador, proviene de proyectos mediante los cuales las burguesías regionales –la brasileña en primer lugar– pretenden resistir la voracidad estadounidense y a la vez garantizar para sí una tasa de ganancia en caída libre y sólo defendible mediante la continuidad y acentuación de políticas que produjeron el pavoroso panorama social a la vista en la región.

Ese choque de fuerzas regirá el futuro regional a mediano y largo plazo. El desenlace depende de innumerables factores. Y presumiblemente puede llegar a transformar de manera significativa las relaciones de fuerzas a escala mundial. Pero sería impropio desconocer el resultado objetivo inmediato: la sola proclamación del intento de constituir una Comunidad Suramericana de Naciones es una negativa rotunda a la voluntad estadounidense de comandar su propio proyecto unificador, denominado Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Que la totalidad de Suramérica (incluidas Surinam y Guyana), más la simbólica Panamá hayan suscripto un Acta Fundacional, es una barrera más a las muchas que se levantan contra el creciente belicismo de la Casa Blanca, ahora apuntado explícitamente contra Suramérica en dos puntos vitales: Cuba y Venezuela. En el lugar donde se levantara el Amarucancha –el palacio del Inca Huayna Cápac– ocupado desde hace más de tres siglos por la iglesia jesuita, se firmó el 8 de diciembre algo más que un documento: es el acta de reconocimiento de que el orden dominante desde el fin de las guerras por la Independencia no se sostiene más. Hay pugnas a la vez florentinas y feroces por definir el que lo reemplazará. Y es precisamente en esa pugna donde reside el formidable desafío que afrontan las nuevas generaciones en el continente.

  1. Ver texto completo del discurso de clausura en http://www.mre.gov.br/portugues/politica_externa/discursos/discurso_detalhe.asp?ID_DISCURSO=2524
  2. Ver texto completo de la Declaración de Ayacucho en http://www.venpres.gov.ve/ayacu/ayacu1.htm#II 

reseña

Memoria política. Transición a la democracia y derechos humanos

porLBenLMD

 

De Raúl Alfonsín

Editorial: Fondo de Cultura Económica
Cantidad de páginas: 342
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Julio de 2004
Precio: 29 pesos

 

“Corremos el riesgo de que nos derrote el neoliberalismo. Sus gurúes sí piensan para adelante, sí planifican para el futuro. Son cómplices de la globalización insolidaria, conspiran contra el Mercosur y desean un alineamiento automático con Estados Unidos. Son los nuevos cipayos de este siglo”, dice el ex Presidente en las primeras páginas del prefacio, fechado en octubre de 2003.
Por las implicancias obvias y la omisión que supone, en esta severa advertencia reside acaso el punto más débil de esta Memoria política: el recorrido de sus páginas termina mucho antes de que comenzara la etapa de la Alianza, que a su vez llevaría a la actual, en la cual Alfonsín fue y es todo lo contrario de un político retirado, refugiado en la redacción de su autobiografía.
No se trata de negarle al primer mandatario constitucional después de la peor dictadura de la historia argentina el derecho a reivindicar los logros de sus esfuerzos. O explicar desde su punto de vista momentos tan controversiales y aún hoy oscuros como el Pacto de Olivos. Menos aun desestimar la exposición desde su punto de vista de aquella decisión histórica de juzgar a los comandantes asesinos, seguida de los acontecimientos conocidos. Pero de la ágil escritura del ex Presidente –entrenado por años de ejercicio periodístico– este tramo crucial de la historia argentina, del cual es protagonista sobresaliente, no surgen las causas de fondo que llevaron a su fracaso, al reinado de lo que diera en llamarse “neoliberalismo”, al colapso de éste, la articulación de emergencia de un nuevo régimen en el que Alfonsín jugó y juega, tras bambalinas, un papel clave, y al riesgo señalado de que, nuevamente “corremos el riesgo de que nos derrote el neoliberalismo”.
El libro –de imprescindible lectura– expone y analiza los acontecimientos fundamentales ocurridos desde 1983 y hasta la reforma constitucional de 1994. Como un agujero negro queda la formación de la Alianza y aquella olvidada Carta a los argentinos (cuyos lineamientos sería útil comparar con las propuestas económicas predominantes hoy).
Nadie podría acusar con justicia a Alfonsín por falta de lucidez y coraje. Ni por desapego a esa democracia descripta en su Memoria. Tampoco se trata de apelar a interpretaciones psicológicas. La omisión de estas páginas, que impide eslabonar el pasado descripto con el presente y el futuro, reside en la imposibilidad para Alfonsín de arribar a una conclusión que, mientras tanto, ha ido extendiéndose y afirmándose en más y más países de América Latina: entendida desde la lógica capitalista en la etapa del imperialismo, la democracia no puede garantizar el desarrollo, se contrapone al ejercicio real de los derechos humanos y acaba negándose a sí misma como garantía de las libertades individuales y los derechos civiles.
Como para confirmarlo, el autor repitió recientemente el alerta en tono más alto, denunciando intentos de desestabilización y amenaza de golpe. Un gesto que honra al militante a la vez que revela la impotencia de una ideología y sus expresiones políticas.

nuevo mapa continental

Cuatro elecciones

PorLBenAXXI

 

Balance: una nueva relación de fuerzas hemisféricas se hará visible con los resultados comiciales en estos cuatro países. Pero existe de antes. Y su conformación circunstancial, resultante de votos y partidos gobernantes, no será definitoria para el curso de la evolución política fundamental de la región. Un bloque antiestadounidense de hecho, a partir de bases sociales, fuerzas políticas e individualidades dirigentes del más diverso carácter y contenido, está ya en acto como protagonista. El voto estadounidense definirá los pasos inmediatos del imperialismo y alertará sobre el sentido en que marcha la sociedad del Norte.

 

Al finalizar la primera semana de noviembre, con los resultados de las elecciones presidenciales en Estados Unidos y Uruguay y para gobernadores y alcaldes en Brasil y Venezuela, quedará a la vista un nuevo mapa político continental. No es difícil, sin embargo, probar que esta nueva geografía hemisférica está delimitada antes de que la ciudadanía de esos cuatro países concurra a las urnas y puede ser marcada en su fundamentos: la hendidura profunda entre Estados Unidos y Suramérica se habrá ahondado; el gobierno de Washington deberá resolver -con prescindencia del nombre del Presidente- si retrocede de la catástrofe por él provocada en Irak o avanza en una guerra hacia toda la región. Pero sea cual sea la opción, y quien la aplique, agudizará la crisis interna estadounidense y empeorará a niveles sin precedentes el odio de los pueblos de todo el mundo hacia las autoridades de la Casa Blanca. Al otro extremo geográfico, los resultados numéricos de tres países hoy clave por razones diferentes en Suramérica, cambiarán el basamento social y las opciones estratégicas, pero también en cualquier hipótesis de resultado electoral se afirmará una perspectiva de, como mínimo, resistencia y confrontación con las políticas de devastación económica y agresión militar de Estados Unidos contra la región.

 

Tabaré Vázquez presidente 

Distribuida cuatro días antes de las elecciones en Uruguay, esta edición de América XXI asume que el domingo 31 de octubre habrá ganado el candidato del Encuentro Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría. No es una expresión de deseos, a la hora obligada de enviar originales a la imprenta. Es el veredicto de todas las encuestas, la convicción de los analistas en cualquier punto del arco ideológico y, ante todo, la resultante lógica de la marcha sociopolítica de Suramérica como conjunto -y puntualmente de Uruguay- en los últimos años.

Con ese resultado, Estados Unidos habrá perdido un bastión decisivo empleado como palanca en la región para impedir la convergencia del Cono Sur, clausurar la marcha hacia la unidad del resto de Suramérica y sostener el cadáver del Alca (Área de Libre Comercio de las Américas) como perspectiva posible para el hemisferio. En otras palabras: el imperialismo ya no sólo estará en situación de no contar con la iniciativa política en el continente -como le ocurre desde 1999-, sino que habrá perdido el control del Sur.

Las legítimas dudas o certezas que en los más diversos ámbitos existen respecto del desempeño efectivo de un Presidente del bloque conformado por el Frente Amplio en Uruguay y la aplicación de un programa sostenido de transformaciones profundas (ver José E. Díaz, págs. 14-17), no contradicen, incluso en la peor de las hipótesis, esta afirmación. Y ése es precisamente el signo distintivo y trascendental de una victoria de las izquierdas en el país del Plata.

 

La incógnita brasileña

El primer turno electoral para gobernadores y alcaldes en Brasil dio como resultado un 17,15% para el gobernante   Partido de los Trabajadores (PT), en tanto el Partido Social Demócrata de Brasil (Psdb, encabezado por el ex presidente Fernando Henrique Cardoso), alcanzó el 16,54%. El Partido del Movimiento Democrático Brasileño (Pmdb), por su parte, estuvo apenas por debajo de esos porcentajes. En números redondos, el PT y el Psdb obtuvieron alrededor de nueve millones de votos y el Pmdb unos ocho millones.

Estos guarismos indican que el gran objetivo de la dirección del PT de alcanzar una mayoría neta y transformarse en el partido hegemónico del país, no fue conseguido. Hay un modo sencillo de graficar ésto: según los resultados de la primera ronda y las encuestas para la segunda, el PT habrá ganado alrededor de 500 de los casi 5.700 municipios de Brasil. No es poco respecto de los 200 que el PT controlaba, pero es la mitad del objetivo trazado por la dirección del partido antes de las elecciones. Sin embargo hay otro modo de observar estas cifras. El PT ganó en seis capitales (Belo Horizonte, Recife, Aracaju, Macapá, Palmas y Río Branco). Como señala un análisis de Mário Maestri y Gilberto Calil, dos ex miembros del partido gobernante, «sólo Belo Horizonte y Recife, capitales de Minas Gerais y Pernambuco, con dos millones 300 mil y un millón 470 mil habitantes, poseen importancia electoral, social y económica. La población de las otras cuatro capitales, sumadas, alcanzan un millón 200 mil habitantes, menos que la población de Porto Alegre».

En San Pablo, en cambio, corazón económico, político y poblacional del país, la candidata del PT Marta Suplicy salió segunda con el 33,4% contra el 40,6% de José Serra, del Psdb, ahora apuntado como victorioso en la segunda vuelta.

Más significativo aún, el PT retrocedió en centros fundamentales del proletariado del cual nació y sobre el cual se proyectó como fuerza nacional, como Campinas, San José dos Campos y Piracicaba; para sufrir una difícil afrenta en el centro industrial donde fue fundado, San Bernardo: allí el candidato del PT y ex titular de la Central Única de Trabajadores, el metalúrgico Vicentinho, no logró siquiera disputar la segunda vuelta. Lo mismo ocurrió en los bastiones originales del PT: Santos y San Andrés.

Tal como registran los autores citados, es en Río Grande do Sul y su capital Porto Alegre, donde la paradoja electoral del PT se verifica con mayor nitidez: «En 1996, Raúl Pont fue elegido (como alcalde de Porto Alegre) con el 52%. En 2000, Tarso Genro obtuvo el 48,7% en el primer turno. Ahora (…) Pont obtuvo (en primera vuelta) el 37%». En Río de Janeiro, el candidato petista quedó en el quinto lugar con el 6,3%. En Salvador, capital de Bahía, con dos millones 600 mil habitantes, el candidato del PT no llegó a la segunda vuelta.

Otro dato de contundente significación para observar el curso político brasileño es el resultado del partido que enfrentó al PT desde posiciones ultraizquierdistas: el Partido Socialista de los Trabajadores Unificado (Pstu) obtuvo a nivel nacional el 0,19% de los votos. Una corriente recientemente desprendida de las filas del PT, el Partido Socialismo y Libertad (P-sol), no presentó candidaturas.

Estos números muestran con claridad, sin probabilidad de cambio fundamental con los resultados de la segunda vuelta el 31 de octubre, que la política de resistencia y limitada oposición a la estrategia estadounidense -vigente ya desde el gobierno de Cardoso- no está apoyada ni definida con respaldo en los intereses de las masas campesinas y obreras y que el PT deberá gobernar sea haciendo mayores concesiones a los otros dos partidos con los que comparte igualitariamente el favor electoral, sea reasumiendo un programa y un accionar capaces de reconquistar el apoyo de sus bases originarias. Cualquier opción preanuncia un reacomodamiento de fuerzas que, a término, sacudirá al país de mayor gravitación en el continente (ver páginas 26 y 27).

 

Novena victoria electoral de Chávez 

En el último mes de campaña electoral en Venezuela el dato sobresaliente ha sido el desgajamiento de la oposición. Renuncia tras renuncia, la denominada Coordinadora Democrática ha dejado de existir. Algunos de sus principales exponentes, como el alcalde mayor de Caracas, desistió de presentarse a la contienda. Otros, como el gobernador de Zulia, denunciando fraude por adelantado, declara que no entregará su cargo.

Si bien un sector del arco político venezolano pone un signo de interrogación sobre el resultado en algunos distritos de importancia -el estado Zulia entre ellos, pese a que las encuestas dan un 53% al candidato bolivariano y un 47% al actual gobernador Juan Rosales- el saldo previsible una semana antes de los comicios está fuera de duda: Chávez obtendrá su novena victoria electoral consecutiva. Habrá más votantes en todo el país y un mayor número de personas se identificará con la Revolución Bolivariana, todo lo cual redundará en un fortalecimiento del poder político del Presidente, que desde hace semanas parece haber cambiado de objetivo principal a batir, arremetiendo contra la burocracia, la ineficiencia y la corrupción en el aparato del Estado y las empresas públicas, mientras acelera -con creciente apoyo de otros mandatarios de la región- en dirección a la creación de una Unión Suramericana de Naciones.

 

Fractura en la Casa Blanca

El enfrentamiento Bush-Kerry es sólo la expresión nominal y visible de una creciente división en las filas de la clase dominante estadounidense. Quien quiera que ocupe el Salón Oval de la Casa Blanca deberá lidiar ante todo con eso. Una victoria de John Kerry demostraría a los protagonistas fracturados del poder que una fuerza social hoy inexistente como tal pero con inconmensurable poder potencial, habría dado un paso fundamental hacia su conformación y transmutación en bandera política. El triunfo de George W. Bush indicaría la preeminencia del apoliticismo de una mayoría, el chovinismo, el atraso y el miedo en buena parte de la minoría que acude a votar. El primer caso, sería un toque de atención que las clases dominantes imperialistas no dejarían de atender y al cual, para confundirlo, dividirlo y eventualmente captarlo, le harían grandes concesiones en diversos planos. Uno de ellos interesa directamente a América Latina: quedarían postergados los planes de invasión militar a países de la región. La segunda hipótesis, en cambio, alentaría el belicismo imperialista. Hay análisis detallados para intentar contrarrestar el saldo a la vista de las otras tres elecciones en el Sur, mediante el uso de la fuerza militar, presumiblemente con Cuba y Venezuela como primeros objetivos. Que se apliquen o no en el corto plazo depende en buena medida de la señal que envíe la ciudadanía estadounidense el 2 de noviembre. Por eso no es lo mismo una victoria de demócratas o republicanos, las dos alas del partido único del imperialismo estadounidense. Del mismo modo que no es desestimable que el actual bloque antiestadounidense de gobiernos suramericanos tenga una u otra base social, una u otra dirigencia política, una estrategia de mera cosmética o de transformación verdadera de la realidad social.

Petróleos de Venezuela se instala en Argentina

porLBenLMD

 

Antes de viajar a Buenos Aires para inaugurar la filial argentina de Pdvsa, la petrolera estatal venezolana, Alí Rodríguez Araque, su presidente, expuso ante el Dipló la situación de esta empresa, que sufrió una profunda transformación tras el sabotaje que la paralizó durante dos meses a fines de 2002. Los lineamientos y principios desarrollados por Rodríguez Araque son más indicativos respecto del papel de Pdvsa en Argentina que las conjeturas que la anuncian disputando el primer lugar en el mercado petrolero local.

 

Es mucho más que el desembarco en Argentina de una gran empresa; pero aún no está claro qué es exactamente. Petróleos de Venezuela Sociedad Anónima (Pdvsa) inaugura el 1 de octubre una filial en Buenos Aires, Interven. Según los planes políticos de los presidentes Hugo Chávez y Néstor Kirchner, en función de los cuales se decidió dar este paso, asociada con la todavía nonata Enarsa (Energía Argentina Sociedad Anónima), ambas empresas darán a luz una criatura que antes de existir provoca expectativas y temores: Petrosur.

Mientras el Congreso argentino debate cuántos huesos tendrá el esqueleto de Enarsa, en el mundo empresarial y político se asegura que Pdvsa comprará -o ha comprado- la refinería y las estaciones de servicio de Shell. Al cierre de esta edición, el obvio sigilo acerca de una operación superior a los 1.000 millones de dólares impedía cualquier confirmación oficial al respecto. Pero si eso ocurriera, Pdvsa se ubicaría en el segundo puesto del mercado argentino y en óptimas condiciones para, en nombre de los principios que en otra época histórica dieran lugar a YPF y ahora proyectarían Petrosur, desafiar a la española Repsol no sólo en territorio argentino.

Al margen de rumores y conjeturas, y a falta de un plan de negocios oficialmente conocido de Pdvsa en Argentina, es oportuno conocer las opiniones de Alí Rodríguez Araque (1).

 

 Un compromiso diferente

Bastión de la Venezuela que quedó atrás con la llegada al poder de Hugo Chávez, la cúpula dirigente de Pdvsa y la maraña de intereses locales e internacionales en torno a ella provocaron la paralización de la empresa en diciembre de 2002 y hasta fines de enero del año siguiente. A cambio de lograr el objetivo buscado -la caída del gobierno- el resultado del sabotaje fue el despido de unos 19.000 altos funcionarios y la recuperación de la empresa por parte de los trabajadores, en inédita conjunción con las fuerzas armadas y el gobierno.

Rodríguez explica el significado del nacimiento de la ahora llamada «nueva Pdvsa»: «El único vínculo de la antigua Pdvsa con el país era indirecto, a través de la contribución fiscal: era gracias a los aportes tributarios que hacía Pdvsa al Estado que éste podía cubrir sus gastos. Pero con la nueva orientación, que tiene como foco la valorización de los recursos naturales, entendida como medio para la valorización del ser humano, se ha volcado un esfuerzo considerable a la atención de dramáticos problemas acumulados a lo largo de décadas, particularmente en los sectores más humildes de la población».

El cambio, explica Rodríguez, es enorme: «Al dedicar del presupuesto de Pdvsa de este año 1.700 millones de dólares para vivienda, producción de alimentos, combatir el analfabetismo y contribuir a la atención de salud; así como 2.000 millones más para un fondo de desarrollo económico y social, estamos rompiendo aquel carácter de enclave de la antigua empresa. Pero no se trata solamente de cifras, sino de una nueva ética, un nuevo sistema de valores, que es lo que caracteriza hoy a los trabajadores de la nueva Pdvsa, volcados en distintas regiones del país tanto a optimizar los rendimientos de la corporación reduciendo costos e incrementando la productividad, como a la atención, hombro a hombro con el gobierno nacional, de los problemas de la población que he mencionado. Gracias también al desempeño de la corporación, hasta el momento se le han vendido al Banco Central de Venezuela 11.600 millones de dólares, contribuyendo a un fortalecimiento de las reservas internacionales; y para la compra de parte de la deuda de Pdvsa, recompramos al Banco Central 2.514 millones de dólares».

Con un giro económico que supera los 50.000 millones de dólares anuales, esta empresa es el corazón económico de Venezuela. Las cuentas están a la vista: «El presupuesto original para este año, plenamente asegurado por el desempeño de la empresa, es de 15.214 millones de dólares. Hasta el momento, mediados de agosto, se han ejecutado 6.277 millones de dólares, siendo la primera parte del año un período en que por diferentes circunstancias la ejecución es relativamente baja y se acelera en el tercer y cuarto trimestres. Las cifras son irrebatibles: nuestra producción está certificada por el Ministerio de Energía y Minas, para el pago de regalías. Pero además de estos resultados, tenemos otra buena noticia: la recompra de deuda. Cuando el presidente Chávez asumió la presidencia del país la deuda de Pdvsa superaba ampliamente los 9.000 millones de dólares. El año pasado, a pesar de los problemas que provocó el sabotaje, pagamos 2.200 millones de dólares. En estos momentos la deuda está en unos 3.500 millones de dólares, cifra que dados los activos de Pdvsa es casi inexistente».

 

 Otra conciencia social

Esa transformación es parte de otra mayor, que vive la sociedad venezolana: «Si algo entendió el pueblo muy profundamente -continúa Rodríguez- fue el peso específico de la industria petrolera en la vida del país. De modo que ahora, después del golpe de Estado de abril de 2002 y muy particularmente después del golpe petrolero de fines de ese año, hay una gran conciencia nacional, pero también respecto del lugar de la industria petrolera en la suerte del país, en la que los trabajadores jugaron un rol de primera línea durante varios meses. Ese es el primer aspecto a resaltar: la ruptura del carácter de enclave que ha tenido históricamente la industria petrolera en Venezuela. Era una actividad encapsulada, un micromundo aislado del resto del país. Hoy eso ha cambiado significativamente y el pueblo lo está registrando. Tanto más que ahora los trabajadores petroleros están mezclados en los barrios en distintas actividades, codo a codo en tareas comunitarias de salud, de construcción, desarrollando las cooperativas, entrenando cooperativistas, trabajando con la pequeña y mediana empresa… ha sido un giro de 180 grados de la visión del país por parte de los trabajadores de Pdvsa».

Presidente de la OPEP hasta que fue llamado a ocupar su cargo actual, Rodríguez observa la empresa desde una óptica más amplia: «Creo que esto tiene además una proyección internacional muy grande. El triunfo del ‘No’ en el referendo lleva tranquilidad, por nuestro lado, a los mercados de petróleo. Es sabido también el compromiso del Presidente con una política de Estado de estabilización de los mercados, a través de un correcto manejo de la capacidad de producción de la OPEP. Pero al mismo tiempo es un mensaje para otros países en relación a un correcto manejo del recurso natural energético. Éste es una propiedad colectiva de los pobladores de aquellos países favorecidos de esta manera por la naturaleza. En consecuencia, quien esté operando para extraer petróleo, para vender petróleo, debe responder a los legítimos propietarios de esa riqueza. Nosotros, antes de ser una empresa petrolera o una empresa comercial, somos venezolanos; compartimos una propiedad colectiva y estamos obligados a manejarla correctamente. Ese es un principio consagrado incluso en varias resoluciones de Naciones Unidas: el respeto a los derechos legítimos de los Estados sobre los recursos naturales. Por cierto que son resoluciones que han sido sepultadas y hay que limpiar el polvo que se les ha echado encima para que los pueblos tengan conciencia de que esto no es siquiera propiedad del Estado, que éste es un simple administrador a nombre de la nación, del pueblo. Por eso es que tú no puedes jugar con estos recursos: el Estado, simple administrador, no puede privatizarlos. Es un problema de principios».

 

 Riqueza y propiedad

Luchador político desde su juventud, guerrillero y luego diputado, el actual titular de Pdvsa no pierde oportunidad de argumentar contra las ideas de sus adversarios: «Aquí el discurso neoliberal apuntaba siempre a que cobrar un 20% de regalías sobre el gas y un 30% sobre el petróleo era una exageración y que en esos términos no vendría ningún inversionista. En primer lugar, la regalía es precisamente la remuneración patrimonial que obtiene el país por un recurso que se agota. Eso vale incluso en el caso de la agricultura, pese a que es un recurso que se renueva constantemente, por supuesto en condiciones de trato adecuado del suelo. Con el petróleo, hagas lo que hagas, barril que sacas, barril que nunca más vuelve».

«El hecho es que hoy -prosigue- compañías que quieren explotar el gas costa afuera, donde son mayores los requerimientos tecnológicos y de inversión, no han chistado y están pagando ese 30% de regalías. Por el contrario, tenemos colas de empresas esperando a que el Ministerio autorice operaciones. En el caso del gas, el promedio de regalías por concesiones en tierra firme fue del 22,5%, con casos que llegan hasta el 35%. Nosotros debemos calcular -y en eso hemos aprendido algo- qué nivel de regalías le permite al empresario obtener los niveles de ganancia normales dentro de un negocio de óptimo rendimiento, como es el caso del petróleo. Paralelamente bajamos el impuesto a la renta, para mantener una presión fiscal que no cambiara la ecuación anterior pero mejorara la eficacia del cobro del impuesto. Crear un sistema eficaz para cobrar impuesto a la ganancia petrolera es muy difícil. Noruega, que tiene una vastísima experiencia en esto, no ha logrado impedir la evasión fiscal. En cambio, con la regalía el cobro es directo: como decimos en Venezuela: ‘Chivo al corral, fuerte al sombrero’ («fuerte» era una antigua moneda de 5 bolívares).»

Transformadas en políticas efectivas, estas ideas impresionan más allá de las fronteras venezolanas: «Éste es un problema internacional; ha habido una ofensiva avasallante que plasmó en miles y miles de acuerdos bilaterales para la protección de las inversiones (nunca acuerdos bilaterales para ejercer los derechos del propietario) y muchos de esos acuerdos lo que hacen es garantizar la ganancia a costa de la regalía. Lamentablemente, cuando salí de la OPEP no pude completar un trabajo que estaba haciendo por encargo de la Conferencia de Ministros. La OPEP ha aplicado sabiamente el principio de no incurrir en una competencia dañina por los mercados y a eso ha ayudado el sistema de cuotas. Pero el peligro ha comenzado a meterse por la puerta de atrás, que es el lado de las inversiones. Como se necesita desarrollar la producción y esto requiere inversiones, algunos países dan cada vez más facilidades en materia de regalías, como lo hizo Venezuela en los años de la apertura: bajando impuestos, bajando regalías, es decir bajando los derechos de las poblaciones sobre su riqueza propia. Obviamente el inversionista privado tiene como interés prioritario extraer el máximo de petróleo posible y una vez que lo tiene, colocarlo en el mercado; porque quiere recuperar cuanto antes su inversión, para capitalizar ganancias. Entonces propietarios e inversionistas son actores que hay que equilibrar».

Dos días después del referendo que ratificó a Chávez en el poder, Alí Rodríguez hizo una gran asamblea en la sede central de Pdvsa, transmitida por videoconferencia a todas las filiales del país y el exterior. Tras la valoración de la jornada y el análisis de su proyección política, el orador explicó que todavía faltaba mucho para erradicar vicios y limpiar las filas de la empresa de funcionarios corruptos. Este corresponsal oyó muchas voces en la sala reafirmando con énfasis la indicación del Presidente, quien interrogado luego al respecto diría: «Hay todavía viejas prácticas y no descarto que haya además prácticas que obedecen a convicciones de la vieja Pdvsa, e incluso compromisos. Pero lo predominante es lo contrario, porque de otro modo no hubiésemos tenido los resultados que pueden verse. También está el problema de la desconfianza, remanente de aquellos días de sabotaje: ver en todos lados un enemigo. Por eso el llamado a la unidad interna. Y a los que todavía siguen pensando de la vieja manera, un llamado a la reflexión, porque si no tendrán que irse. No porque uno los quiera sacar, sino porque no podrán convivir aquí. El hecho es que si bien decimos ‘nueva Pdvsa’, eso no significa que ya sea algo acabado. Cabe preguntarse cuán nueva es la nueva Pdvsa. Tiene mucho de nuevo, pero tiene remanentes; por ejemplo los gerentes y su manera de tratar a los trabajadores; insuficiente claridad de visión para entender que esto cambió; que hay una nueva realidad, con nuevos actores. Los trabajadores eran -valga la paradoja- actores pasivos. Actuaban en las labores de producción, etc., pero desde el punto de vista político no; porque estaban sometidos a una disciplina muy estructurada verticalmente».

Vertiginoso, el cambio es a la vez lento: «En algunos casos se puede hablar ahora de cogestión. Pero son experiencias aisladas. Es un proceso lento, porque es inédito. Pero en general hay una activa participación de los trabajadores. Hoy nadie se queda callado acá, lo que por otra parte es un fenómeno de todo el país: lo sienten como un derecho adquirido».

  1. Ver también Alí Rodríguez: Petroamérica vs. Alca, conversaciones con Luis Bilbao, Ediciones Le Monde diplomatique, Buenos Aires, junio de 2004.

cumbre de las américas: de monterrey a la habana

América Latina y el Caribe resisten a Estados Unidos

porLBenCR

 

Crónica analítica de un acontecimiento histórico

 

En estos encuentros presidenciales que han dado en llamarse “cumbres”aparece a las claras la confrontación interimperialista. La Unión Europea tomó la delantera, en 1990, con la seguidilla anual de Cumbres Iberoamericanas. Cuatro años después Estados Unidos replicó con la Cumbre de las Américas, a un ritmo cuatrianial.

Punto de inicio y frecuencia de estos fastos traducen relaciones de fuerzas políticas en la región entre ambos imperialismos en la coyuntura histórica. Pero indican ante todo la disputa de América Latina como mercado y base de sustentación geoestratégica.

La sobreproducción de mercancías acompañada de disminución relativa de la demanda global reclama sin tregua nuevos mercados. La confrontación por los mercados deriva inexorablemente en lucha franca y requiere control político-militar de territorios.

Tras la caída de la Unión Soviética y la desarticulación del Movimiento de Países No Alineados, durante más de una década y media el escenario internacional fue ocupado casi exclusivamente por aquella disputa interimperialista. Las burguesías locales de los países semicoloniales se redujeron a la condición de mercachifles, obnubilados por espejismos de buenos negocios de cortísimo aliento. Los trabajadores y las masas desposeídas, por su parte, sin voz propia, sin conciencia y organización, quedaron fuera del acontecer político.

La imposición de políticas que favorecerían el flujo de enormes masas de dinero a la búsqueda de altas tasas de interés fue el único fundamento económico de la ilusión de estabilidad. Era una manifestación de la crisis provocada por la caída de la tasa de ganancia en las economías imperialistas, pero fue presentada como lo inverso: expresión de su infinito poderío. Duraría poco: durante el último tramo de 1991 y todo 1992 América Latina recibió 166 mil millones de dólares. Es el dinero que flota en el mundo a la búsqueda desaforada de altas tasas de ganancias y que en ese período se movió de Norte a Sur. Con esos 166 mil millones se contrapesó un déficit global de la cuenta corriente en la región por 98 mil millones de dólares. Los principales receptores de ese flujo de capitales fueron México, 75 mil millones, Argentina, 29.300, Brasil, 19.500 y Chile 7.700. Ya en 1993 hubo una caída abrupta a 70 mil millones en total (México 29.500, Argentina 15.000, con los cuales estos países sostuvieron déficits de cuenta corriente de 23.500 y 7.500 millones respectivamente). En 1994 la tendencia cambió drásticamente: el flujo total se redujo a 47 mil millones de dólares. México recibió 10.500 para un déficit de 36.600 millones y Argentina 10.200 para un déficit de 11.200.

Vendría así el colapso mexicano y la caída vertical de Argentina, mientras se asistiría en el sudeste asiático al fin del espejismo de los supuestos “tigres asiáticos” y como expresión de conjunto, el derrumbe bursátil en Wall Street en 1997.

Con ese cambio avanzó hacia el escenario, como actor de reparto, un conjunto creciente de sectores burgueses de los países al Sur del Río Bravo. Sin embargo, éste no haría su aparición hasta que en 1999 irrumpió la Revolución Boliviariana.

Si en el plano interno el presidente Hugo Chávez asestó un golpe decisivo al sistema político corrompido y moribundo, a escala internacional su ofensiva no fue menos contundente: la reorganización de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y la línea de acción regional que pronto plasmaría en una convergencia de hecho con el entonces presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso.

Consciente de lo que estaba en juego, el Departamento de Estado centró su fuego en el gobierno de Venezuela, apoyándose en una oposición interna debilitada al extremo (“escuálidos” los llamaría Chávez) y en su influencia sobre los medios de difusión de masas en todo el hemisferio.

Todos los intentos fallaron. Por el contrario, a fines de 2002 ganó en Brasil el Partido de los Trabajadores (PT), llevando a la presidencia a Luiz Inácio Lula da Silva, con lo cual se abrió objetivamente el espacio para que el eje Caracas-Brasilia se ampliase y fortaleciese. En este punto Estados Unidos había sufrido una sucesión de derrotas políticas sin precedentes. Había perdido la iniciativa y fallado hasta la humillación en sucesivos esfuerzos por retomarla.

Luego la debacle argentina tendría una deriva para muchos inesperada; algo similar ocurriría con Paraguay; caería el gobierno títere en Bolivia; se fortalecería la perspectiva de una victoria del Frente Amplio en Uruguay y se debilitarían al límite de la sobrevivencia los gobiernos de Perú, Ecuador y Colombia, mientras se perfilan triunfos electorales de fuerzas antimperialistas en El Salvador, Panamá e incluso Nicaragua.

Es con este telón de fondo que el timorato actor de reparto dio un paso, subió al escenario y, arrastrado por fuerzas que no controla y escasamente entiende, quedó en el foco de la atención internacional. Eso ocurrió en Monterrey.

Una investigación concienzuda revelará un dato clave: el papel de Hugo Chávez en este salto al centro del tablado por parte de un número de presidentes que, a estas horas, se pregunta cómo fue llevado allí y en algún caso retrocede a zancadas. Pero no es ése el objetivo de estas páginas. Este es un informe preliminar y crónica inmediata de la Cumbre de Monterrey y del inesperado colofón, en una Sesión Complementaria, cuando Chávez viajó a la Habana y se reunió con Fidel Castro, el único presidente excluído de estos encuentros promovidos por Washington.

El hecho es que ahora ya toma cuerpo un cuadro de situación diferente a escala internacional. Las burguesías succionadas por el imperialismo, de buen o mal grado, entraron a la lid. Y los obreros, los campesinos, los pueblos originarios y las masas marginalizadas por la crisis capitalista terciaron en la confrontación, siquiera de manera indirecta y esquinada a través de Lula y, sobre todo, de Hugo Chávez.

He aquí los episodios que resumen ese cambio cualitativo de la confrontación intercapitalista y la lucha social.

 

Caracas, 18 de enero de 2004