OEA y la maldición de Malinche

Malinche Almagro intenta una maniobra más, pero no saldrá mejor parado que en sus anteriores embestidas fallidas contra Venezuela.

Acompañado por unos pocos presidentes latinoamericanos el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA) promueve una hasta ahora incierta reunión de cancilleres previa a la Asamblea General a realizarse en Cancún, México, entre el 19 y el 21 de junio.

Se trata en realidad de un intento por desviar el foco de lo que realmente dominará esta 47ª Asamblea General: el portazo de Venezuela al Consejo de Indias.

Con ese fin, debidamente adelantado, asistirá a Cancún la canciller Delcy Rodríguez. Según informó, fue instruida por Maduro para formalizar el retiro indeclinable de su país de la OEA, pero también para agradecer a la mayoría de los países integrantes, que bloquearon el afanoso empeño de Malinche Almagro por sancionar a Venezuela con la aplicación de la llamada Carta Democrática.

El último fracaso lo obtuvo el ex ministro uruguayo y actual portavoz del Departamento de Estado el 31 de marzo, cuando los escasos cancilleres asistentes a una reunión informal y aviesamente convocada se vieron obligados a pasar a cuarto intermedio. Vano recurso para maquillar el fracaso: la sesión no se reanudó y ahora, en caso de que finalmente lo haga el domingo 18, no sólo no podrá concretar la sanción sino que no tendrá contra quién hacerlo, porque Venezuela ya no es parte del organismo. En cualquier caso, el diligente ayuda de cámara de Almagro, a la sazón canciller de Paraguay, Eladio Loyzaga, reconoce que necesita el voto de 24 de los 35 Estados miembros, pero hay 14 países caribeños más 4 del Alba resueltos a negarse. A falta de Carta Democrática, entonces, un bloque de 14 países, encabezado por los gobiernos de Argentina, Brasil y Perú, pretenden emitir un documento de condena a Venezuela.

La sola idea de que el gobierno de Brasil participe de una crítica institucional a cualquier país parece una obra maestra del cinismo. O, más bien, el paso previo a la caída de un equilibrista bamboleándose sobre la cuerda floja.

Pero no sólo el usurpador del Planalto carece de autoridad para hablar de democracia. Incluso los países que formalmente cumplen con los requisitos institucionales de la democracia burguesa están muy lejos de poder comparar sus regímenes con el vigente hoy en Venezuela. Guste a quien guste, el pueblo venezolano ha respondido masivamente al llamado de Maduro a una Asamblea Nacional Constituyente, máxima instancia de participación social en la definición del destino colectivo.

De esa realidad negada y tergiversada por la prensa comercial -se puede presumir- hablará la canciller Delcy Rodríguez. No estará en Cancún sólo para denunciar el intervencionismo violento teledirigido desde Washington y anunciar el valiente paso de Venezuela para romper las ataduras con el Consejo de Indias.

Ante todo hará oír la voz potente de la Revolución Bolivariana en circunstancias extremadamente difíciles. Para Venezuela, claro está, pero también para todos y cada uno de los países del hemisferio, comenzando por Estados Unidos, cuyo presidente representa con fidelidad la degradación del capitalismo contemporáneo.

El continente y el mundo escucharán un mensaje de genuina democracia, de verdadero ejercicio participativo ciudadano para afrontar los problemas del subdesarrollo, la violencia y el intervencionismo imperial. Será un digno réquiem para la OEA.

14 de junio de 2017

@BilbaoL

La burguesía argentina sin partidos políticos

Desarmado por la coyuntura electoral, el frente único del capital que sostiene a Macri en todas sus fracciones, busca recomponer un sistema partidario y bordea el colapso a cada minuto.

 

“Es más fácil ganarle las elecciones a Macri que llamar a un nuevo paro general” explicó a la prensa Héctor Daer, uno de los tres secretarios generales de la Confederación General de Trabajadores (CGT), semanas después de la huelga del 6 de abril. Es el único saldo real de aquella jornada, tan distante de las verdaderas huelgas en la historia del movimiento obrero argentino.

Otras fracciones sindicales dirán lo contrario y es probable que haya apelaciones a la huelga, aunque en todos los casos por motivos electorales ajenos a los trabajadores. De hecho, el 18 de mayo la reunión del Consejo Directivo de la CGT resolvió retornar al diálogo con el Gobierno. Se inicia así un proceso dual: por un lado se multiplican pequeños conflictos salariales –está a pleno el período de discusiones paritarias– y por otro Gobierno y CGT pactan un tope para los aumentos.

Daer hacía aquella confesión al tiempo que saltaba del deshilachado Frente Renovador (intento exangüe de neo-peronismo) a un no-partido que, en torno a dirigentes sin dirigidos, busca rearmar el PJ dejando por fuera a Cristina Fernández y sus escasos seguidores. La telenovela de esas peleas internas no merece espacio. Pero el sindicalista tiene parte de razón: las masas populares no confían en ellos y no quieren otra huelga sin objetivos propios. Resta saber si les irá mejor en la confrontación electoral por cargos legislativos. Es seguro en cambio que el gran capital insta a los sindicalistas a recomponer el Partido Justicialista (PJ, peronismo) en torno a algunos gobernadores de Provincia y abandonar antigüedades tales como la huelga.

Para las clases dominantes urge recomponer el entramado político. Saben que el tiempo es fugaz. Y con pasos de beodo tratan de recomponer sus diezmadas y desprestigiadas estructuras partidarias. El capital carece de instrumentos estables para ejercer su poder de manera institucional a mediano plazo. Por eso todas sus tendencias internas ven en el presidente Mauricio Macri el único eje ordenador a corto plazo. Ahora, dicen, es el momento de ocupar espacios garantizando la gobernabilidad de Cambiemos. En 2019 se verá, murmuran sin entusiasmo.

En año electoral y dominada por una economía aletargada, la burguesía busca afirmarse en torno a dos variantes de una misma corriente: la alianza socialdemócrata-socialcristiana con signo liberal conservador y el mismo conjunto, con tinte populista.

Aquélla está agrupada en Cambiemos. Ésta, fragmentada en multitud de capillas del PJ. Variantes menores buscan migajas del fin de fiesta y contribuyen a la apariencia de una democracia multipartidaria. Pero la orfandad política del capital es peor que la revelada en Brasil. Cuentan con una única ventaja: nadie los desafía desde la vereda de enfrente. Por ahora.

 

Saneamiento

Acicateado por el colapso brasileño Mauricio Macri parece dispuesto a lanzar una ofensiva interna dispuesta a limpiar el aparato del Estado de formas extremas de corrupción. Es presumible que ese ímpetu provenga más de asesores del Departamento de Estado que del propio equipo presidencial. Las embestidas de Elisa Carrió, titular de un minúsculo partido, fundadora clave de Cambiemos y especie de pitonisa oficial, podrían estar reflejando precisamente esa decisión estratégica que nada tiene que ver con la nueva administración Trump.

Como sea, no es preciso ser un lúcido observador para comprender que un país sin partidos, con sindicatos sin capacidad de conducción efectiva, con la iglesia desprestigiada y dividida, con mafias incontables encastradas en cada nivel del Estado, con el poder judicial, las policías y los aparatos políticos penetrados por el narcotráfico, es imposible para la burguesía relanzar el crecimiento económico en la mejor de las hipótesis o, en la que más la asusta, afrontar la rebelión espontánea y generalizada en caso de tener que practicar sin crecimiento el saneamiento económico indispensable para el funcionamiento del capital. En otras palabras: la limpieza del establo de Augias en que se ha convertido el sistema político burgués en Argentina es una precondición para llevar a cabo, de manera institucional, el reordenamiento económico en el marco del sistema.

Si ha de darse crédito a los últimos misiles lanzados por Carrió, Macri parece dispuesto a emprender esa cruzada. Como detonante obra el caso Odebrecht, que en Brasil inició la demolición del mecanismo político aparentemente más poderoso de América Latina y se extiende hacia toda la región. En Argentina, aseguran los arrepentidos brasileños, entregaron 35 millones de dólares de coima. “Esto atraviesa horizontalmente a todos los partidos”, Carrió dixit. Las balas silban cerca de los tobillos del propio Presidente, pero al parecer hay una malla de contención suficiente para protegerlo, a condición de que caigan los principales responsables del latrocinio sistemático. Eso implica no sólo poner en la picota al ex ministro de Planificación Julio De Vido, sino también lanzar a los leones a una cantidad de grandes y decisivos empresarios de diferentes áreas, pero sobre todo de la construcción y la obra pública. Aquí cuenta el propio padre del Presidente –inhabilitado por enfermedad- algunos de sus familiares y, por tanto, sus propios intereses empresarios. Personas de su entorno íntimo aseguran que Macri estaría dispuesto a pagar ese costo. “Prefiere el bronce en lugar del oro”, afirman. “Teme el destino de Cristina Fernández”, señalan otras voces.

 

Reestructurar el poder judicial

A la par de una dinámica política que todo lo judicializa (un ignoto fiscal puede trabar decisiones claves del poder Ejecutivo), creció en los últimos años la degradación y manipulación del funcionariado judicial. El protagonismo de personas con cargo de jueces ostensiblemente corruptas e inmorales, ajenas a cualquier principio, rebajó hasta hacer desaparecer el mínimo de respeto social por quienes en otros tiempos, se hacían llamar “su señoría”. Dinero del narcotráfico compró voluntades en número por demás elevado. Alineamientos políticos arbitrarios y desembozados completaron la labor de desmantelamiento del poder supuestamente con mayor autoridad moral.

Mientras Macri alude directamente a la procuradora general de la Nación exigiendo su salida del cargo, Carrió multiplica apariciones públicas en las que califica como delincuente nada menos que al presidente de la Suprema Corte de Justicia. Más indicativo es que la mayoría de la opinión pública informada e interesada en estos temas, coincide con el Presidente y la Diputada. Pero el Consejo de la Magistratura, órgano en teoría encargado de velar por la majestad de jueces y altos funcionarios judiciales, vegeta en estado de parálisis. Analistas y comentaristas explican, como la cosa más natural del mundo, que los jueces comenzaron a investigar a altos funcionarios del gobierno anterior cuando estos abandonaron sus cargos. Y que ahora han frenado los procesos iniciados –algunos de extraordinaria resonancia– a la espera de los resultados de las elecciones de octubre próximo: “no sea que los reos de hoy sean ministros mañana”.

Sólo una marcada voluntad política del poder Ejecutivo, en primer lugar del Presidente, podría romper esa inercia. Sin embargo, tal decisión choca con una barrera difícil: la principal figura entre cientos de imputados y procesados es la ex presidente Cristina Fernández. A meses de una elección de medio término, tomar las medidas que el mero trámite judicial indica significaría entregarle a Fernández una invalorable arma de agitación.

Macri está entre la pared de los gradualistas y la espada de los ortodoxos. Entre estos últimos se cuentan los enviados del Departamento de Estado, a los cuales el Presidente calma con una moneda de cambio práctica pero cada día más dificultosa: actuar como adelantado en la guerra de calumnias y acoso contra el gobierno de Venezuela.

 

Opciones

Ahora que la burguesía venezolana apela a la violencia y el terrorismo para impedir la realización de la Asamblea Constituyente, Cambiemos corre el riesgo de alinearse con líderes de inequívoca filiación fascista, capaz de matar a sus propios partidarios con francotiradores e incendiar –literalmente: rociarlos con gasolina y prenderlos fuego– a jóvenes a los que considera chavistas. Semejante conducta tendría inmediata repercusión fronteras adentro. En Argentina hay yacimientos impensables de violencia latente. Cambiemos corre el riesgo de estallar y dejar al gobierno de Macri al borde del precipicio. Y todo esto, antes de que la morosa marcha de la economía ponga en pie de resistencia a millones de trabajadores afectados por la superexplotación, la escalada de precios y la desocupación. Tanto más ahora que la desintegración de Michel Temer deja sin D’Artagnan a los tres mosqueteros y a dos de ellos sin espada: Macri está prácticamente solo en la avanzada contrarrevolucionaria continental.

Nadie debería extrañarse si el pragmatismo oficial determina un giro a medias conciliador del cofrade de Uribe y Aznar. Su frente interno le niega margen para obrar ahora mismo como punto de apoyo efectivo para el eje contrarrevolucionario Washington-Buenos Aires.

 

23 de mayo de 2017

@BilbaoL

Tembladeral suramericano, Unasur y papel de las izquierdas

Volvieron a cambiar las relaciones de fuerzas en la región con el derretimiento de Michel Temer, presidente ilegítimo de Brasil.

Llevada a un nivel desconocido la inestabilidad política, el gigante latinoamericano sufrirá un nuevo frenazo en su muy lenta recuperación económica, incluso si tuviere éxito el intento –en curso mientras se redactan estas líneas– de cambiar suavemente a Temer y mantener a Henrique Meirelles en el ministerio de Hacienda. Ese resultado golpeará con dureza a los planes de crecimiento en Argentina. Incluso si esto no redundase en una derrota electoral de Mauricio Macri y su coalición Cambiemos, disminuiría significativamente la ya escasa e inestable base de sustentación de Macri.

Dicho en otros términos: la derecha regional tiene mucho menos poder de fuego para atacar a la Revolución Bolivariana.

Itamaraty debió suspender a última hora una reunión por fuera de cualquier organismo regional organizada en Brasil para el martes 23, con el objetivo de acelerar el derrocamiento de Nicolás Maduro. “Hoy más que nunca América Latina (debe aunar) esfuerzos diplomáticos”, dice un ex canciller argentino en la página de opinión del diario La Nación. Y agrega, con inocultable congoja: “lamentablemente la OEA no parece estar en condiciones de ser hoy el vehículo más efectivo para transitar por ese camino. El secretario general del organismo quemó naves antes de la batalla diplomática, limitando gravemente su papel en la crisis”. Ya ni en su cubil lo protegen a Malinche Almagro. Pero el ex diplomático acierta: la OEA no sirve.

 

Pugna en Unasur

¿Será útil Unasur para el objetivo ya imposible de encomendar a la OEA? Una leve descompensación del presidente Mauricio Macri durante la asunción de Lenín Moreno, a causa de la altura de la Capital ecuatoriana, impidió la programada reunión informal de presidentes del bloque suramericano para tratar el caso Venezuela. El malestar físico evitó uno mayor de carácter diplomático. Nicolás Maduro no estaba en Quito, pero los presidentes ya estaban informados de dos noticias clave: a fines de julio será la elección de diputados para la Asamblea Constituyente en Venezuela y el Consejo Nacional Electoral fijó el 10 de diciembre para las elecciones regionales. ¿Qué podían demandar los conjurados de Unasur? ¿Adelanto de elecciones presidenciales? ¿Omisión de cualquier respuesta al accionar violento y los actos terroristas de la oposición desenfrenada?

Por caso: a esa misma hora Temer enviaba tropas militares a Brasilia para contener la furia de manifestantes que exigen su dimisión e inmediatas elecciones directas. ¿Puede Unasur declararse en guerra contra una medida de excepcional participación democrática en Venezuela y asociarse al uso de fuerzas militares contra la población civil en Brasil? Porfiar en ese sentido equivaldría a hacer estallar el organismo. Y no precisamente para fortalecer la OEA.

Por tanto, es improbable que en este nuevo cuadro de situación regional Macri pueda alcanzar consenso para su avanzada contra Maduro. La nueva e inestable relación de fuerzas comienza a hacerse sentir en forma de parálisis. Algunas fuentes aseguran que en su fugaz paso por Buenos Aires, el saliente presidente ecuatoriano Rafael Correa acordó con la vicepresidente argentina Gabriela Michetti un nombre conflictivo para presidir Unasur: Octavio Bordón. El ex dirigente del Frepaso que vio frustrada su carrera a la presidencia a fines de los 1990, está considerado por conocedores del tema como representante del Opus Dei. Su eventual designación sería más que un desaire para el Papa Francisco, líder de la corriente opuesta en el entramado Vaticano, además de agregar un factor de conflicto al funcionamiento de Unasur.

 

Revolución y conducción política

Ante este panorama, resalta más la ausencia de iniciativa en las izquierdas latinoamericanas para entrar a la lid con papel protagónico. Décadas atrás era ya visible la existencia de una crisis en el pensamiento revolucionario, específicamente en la teoría marxista. Hoy las cosas han pasado a mayores.

En Venezuela ocurre en estos meses un hecho trascendental para el rumbo de América Latina, pero también para la teoría política revolucionaria. Es posible afirmar que aquella crisis, sin pausa agravada, ha llegado al punto de demoler conceptos teóricos básicos y anular elementales reflejos de una genuina dirección revolucionaria.

Cuando en los años 1930 el Partido Comunista alemán se negó a hacer un frente único con el Partido Socialista para enfrentar a Hitler, Trotsky hizo una afirmación profética: “(tras la victoria del nazismo) el proletariado alemán se levantará; el Partido Comunista Alemán jamás”. Es posible hacer una afirmación análoga en este momento respecto del posicionamiento de ciertas organizaciones de izquierda en relación con la situación en Venezuela.

La respuesta en curso a la severísima crisis en Venezuela por parte de Maduro y la dirección del Psuv es un ensayo de conducción política revolucionaria que abrirá huella. La conducción político-militar de la Revolución Bolivariana apela a la movilización y organización de masas y, en condiciones dramáticas, busca mantener la unidad social y política de las grandes mayorías. Habrá que discutir planes y medidas económicas, métodos en ciertas áreas, criterios de funcionamiento del Psuv y los organismos de masas. Pero lo esencial es una lección de táctica y estrategia antimperialista y anticapitalista desde el ejercicio del gobierno, en un marco internacional excepcionalmente adverso. Tema para reflexión teórica, debate político y acción consecuente de aquí en adelante.

 

24 de mayo de 2017

@BilbaoL

A maior crise do mundo

Temer se desmorona y, si hay elecciones en plazos perentorios, los sondeos de opinión adelantan que, o lo quitan de en medio con jueces y arrepentidos, o Lula volverá a ser Presidente. Tudo bom. Pero el sistema político brasileño está podrido hasta los tuétanos. Una eventual victoria de Lula tiene dos caminos: es el punto de partida para una revolución que de inmediato vaya a las raíces y las corte de un tajo; o, lejos de superarse, la crisis se ahondará.

Si algo sorprende del colapso brasileño es que esta explosión purulenta haya demorado tanto en ocurrir. Desde hace décadas las clases dominantes ejercen su poder en base a la corrupción más descarada.

A mediados de los 1980, cuando Brasil salía del período de dictadura militar, un connotado político local afirmaba: “la democracia es cara”. Se refería a dinero. Y explicaba así las fabulosas mordomías (prebendas o, más claramente, ingreso de la corrupción económica a la política). Desde el primer momento la democracia burguesa postdictatorial fue corrupta hasta lo indecible. No sólo en la derecha se impuso la convicción de que la fabulosa riqueza de este país inabarcable podría sostener el andamiaje.

La poderosa burguesía local siempre estuvo dispuesta al jeitinho (buscarle la vuelta o, en buen castellano, violar la ley). No obstante, es probable que los mayores gestores de la espantosa corrupción desparramada sobre el sistema institucional hayan sido los grandes aparatos políticos internacionales: múltiples tentáculos del Departamento de Estado, socialdemocracia, socialcristianismo.

A comienzos de los 1980 se anunció de manera inequívoca el inicio de la marcha hacia una revolución proletaria en aquel país. En el mayor y más poderoso país latinoamericano la clase obrera industrial se lanzó a la construcción de un partido propio, que en su declaración de principios se declaraba revolucionario y socialista.

Al fin de la dictadura no había partidos burgueses en Brasil (como ahora, y desde hace años, no los hay en Argentina). En las primeras elecciones presidenciales Ulysses Guimaraes como candidato de la principal formación política, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) obtuvo el 4% de votos. La otra estructura tradicional, el Partido del Frente Liberal (PFL) alcanzó un humillante 0,69%. Un invento de última hora que impulsó al ignoto Fernando Collor de Mello, tuvo alrededor del 28%.

La burguesía no tenía un dispositivo político para gobernar en democracia. Lula no ganó en primera vuelta y, así, se montó una formidable y repugnante operación para descalificar al líder obrero y llevar al Planalto a un corrupto de evidente impudicia que al poco tiempo debió ser echado del poder.

Como única organización con arraigo de masas, plan de gobierno y liderazgo respaldado por las mayorías quedó el recién nacido Partido dos Trabalhadores (PT). A la par, crecía una nueva y poderosísima Central Única de Trabajadores (CUT), que no era única pero era por lejos la de mayor potencia.

Como aves de rapiña cayeron sobre ese fenómeno nuevo los agentes de aquellas instancias de la contrarrevolución mundial. En más de una oportunidad me referí a un señor de cabellera blanca, maletín negro y acento castizo que merodeaba en los grandes encuentros sindicales y políticos de los trabajadores en ebullición. Nunca vi el contenido del maletín. Sí vi cómo cuadros claves cambiaban de opinión tras furtivas reuniones con el personaje en cuestión.

Así de crudo -y de la periferia al centro- fue el transvasamiento de la corrupción estructural de la sociedad burguesa al fenómeno naciente, destinado a producir una revolución socialista en Brasil.

En los años 1990 se vio como natural, propio y legítimo de esa llamada “democracia”, la apertura de un “período de pases” durante el cual diputados, senadores y otros altos funcionarios cambiaban de Partido según las chances electorales que cada uno ofreciera.

Tras perder en tres oportunidades las presidenciales, arrebatadas por maniobras donde siempre la pieza clave fue el PMDB, Lula y la dirigencia del PT resolvió pagar un alto precio ideológico y político para llegar a la presidencia. Tras la victoria, que se sumaba al proceso revolucionario detonado por Hugo Chávez en Venezuela y cambiaba el mapa regional, aquel largo trabajo de zapa de las dos mayores estructuras políticas contrarrevolucionarias del planeta -socialdemocracia y socialcristianismo- lograron su objetivo. Por caso: el PT basó su plan de gobernabilidad en una alianza con el PMDB, el partido de Temer y otros delincuentes hoy en prisión.

América XXI registró en su edición de julio de 2015 una ceremonia en la que Felipe González acompañaba a Lula en un acto solemne de su Fundación educativa. Decía la breve nota en la sección GPS, escenificando el pensamiento del socialdemócrata español, avanzada de esa tendencia en América Latina: “Misión cumplida”. Los hechos están ahora a la vista.

Es habitual decir “o mais grande do mundo” para referirse de manera burlona a algún fenómeno brasileño. La expresión no existe en portugués. Con razón, los brasileños se molestan y a su vez se burlan de la ignorancia de quienes así se expresan. Para no incurrir en ambos errores, conviene retener que el proceso abierto en Brasil es, en cambio, a maior crise do mundo.

En cuestión de días debería realizarse una reunión de las dirigencias revolucionarias de Brasil con las que buscan el camino anticapitalista en toda América Latina y, junto a los gobiernos del Alba y la conducción de la Revolución Bolivariana, preparar la respuesta a tamaño desafío.

20 de mayo de 2017

Constituyente obrera y popular: puerta abierta hacia el futuro

Venezuela da un giro inesperado en la confrontación con la burguesía y el imperialismo. Se abrió el espacio para una drástica aceleración de la Revolución Bolivariana: Nicolás Maduro convocó una Asamblea Constituyente y descolocó por completo a la oposición interna, a sus mandantes del Norte y a los palafreneros del Sur que la acompañan.

El Departamento de Estado y la socialdemocracia internacional advirtieron de inmediato el peligro. Salieron al choque frontal, aunque demoraron más de una semana en reordenar su discurso: debían hallar un recurso retórico para oponerse a la más democrática y participativa línea de acción imaginable en cualquier país, en cualquier situación.

Cuando lo lograron, no pudieron eludir el ridículo: dicen que defienden la Constitución -a la que siempre se opusieron- y quieren que se llame a elecciones presidenciales, o nada. La Constitución vigente desde 1999 indica que las presidenciales serán en 2019.

Aunque ya no debiera, continúa asombrando la posición de ciertas corrientes infantoizquierdistas. En involuntaria coincidencia con la conferencia episcopal, la CNN y las formaciones fascistas de la oposición, reprueban con acritud que no sea “una Constituyente de partidos”.

Ocurre que en ese punto exactamente estriba para la Revolución Bolivariana la posibilidad de transponer el punto de no retorno: apelar a las organizaciones propias de las masas y permitir que el libre debate y elección de constituyentes se dé al margen de los aparatos de las clases dominantes, aceitados con millones de dólares provenientes de todos los puntos cardinales.

Desde luego es a tener en cuenta la posibilidad de que la participación de las masas sufra en algunos puntos, en ciertos momentos, la manipulación de bolsones burocráticos del poder. Pero… ¿se soluciona eso con los partidos de la burguesía? No: es la capacidad de acción ante las masas la que garantiza el freno a cualquier manipulación. Si no se tiene esa capacidad, no cabe refugiarse en el statu quo, en la continuidad del sistema político-partidario burgués. ¿Qué democracia estaría defendiendo quien se limite a exigir la participación “de los partidos”?

Es comprensible que Washington apele a una desesperada embestida. Es lógico que las partes blandas de toda revolución vacilen sobre el rumbo a tomar. No es lógico, no es aceptable, que la respuesta incluso de los sectores más críticos, por fundadas que fueran sus razones, sea coincidente con la que propone la contrarrevolución.

En la noche del 1º de Mayo, apenas oída la propuesta de Maduro, difundí mi coincidencia a través de los módicos medios de comunicación a mi alcance: la página web de América XXI (www.americaxxi.com.ve) y mi cuenta de Twitter (@BilbaoL), más otros portales alternativos que tuvieron la deferencia de publicarla. Apenas horas después, vista la reacción teledirigida de Julio Borges, adelanté mi convicción de que el golpe contrarrevolucionario continuado iniciaba una nueva y muy peligrosa fase el miércoles 3.

Diez días después está a la vista la decisión de Washington, Buenos Aires y otras capitales sometidas del Sur, de doblegar a Maduro, de acabar con la Revolución Bolivariana y aplastar al Alba. En suma, de avanzar por el camino de la guerra, si se lo permitimos.

También está a la vista la voluntad y capacidad de la dirección político-militar venezolana de resistir y vencer. Son igualmente evidentes los resultados hasta el momento.

Aquel bloque contrarrevolucionario sufrió otro resonante fracaso en la OEA el 10 de mayo. Simultáneamente, Mauricio Macri debía retroceder a toda velocidad en el intento de la burguesía argentina de liberar a secuestradores, torturadores y asesinos, mientras Michel Temer quedaba paralizado por una huelga contra su propuesta de reforma laboral. Fueron victorias resonantes de fuerzas que acaso no se ven en la superficie, pero bullen bajo las apariencias.

En mi opinión la Constituyente convocada por las autoridades venezolanas es una posibilidad sin igual en la gran tarea de transformar definitivamente el Estado burgués en un Estado obrero y popular. Sólo a partir de allí se podrían abrir las compuertas para el crecimiento impetuoso de las fuerzas productivas en un plano superior de la transición al socialismo.

Para alcanzar este objetivo, somos millones quienes estamos dispuestos a entregarlo todo.

Buenos Aires, 11 de mayo de 2017

@BilbaoL

 

 

Macri ensaya una ofensiva externa e interna

Tras un mes de intensa conmoción social el gobierno de Cambiemos intenta recuperar la iniciativa acentuando el sesgo populista, mientras ataca a Venezuela en la OEA.

 

Hugo Chávez solía repetir: “el que se mete con Venezuela, se seca”. Su discípulo, el actual presidente Nicolás Maduro, también apela a esa advertencia. Hasta el momento han tenido razón. Pero es una expresión incompleta: habría que decir “quien no se mete con Venezuela, también se seca”.

Argentina vivió más de un mes de paros y movilizaciones que desembocaron en la huelga general del 6 de abril. Coincidentemente, el gobierno de Mauricio Macri avanzó como parte del bloque intervencionista que desde la OEA programó una embestida supuestamente definitiva contra la Revolución Bolivariana.

La Confederación General del Trabajo (CGT) y las izquierdas hicieron caso omiso de esa escalada oficial en América Latina. Nadie quiso meterse con Venezuela. Suponer que un enfrentamiento con Macri puede soslayar el papel que Washington le ha asignado para la región es tener una interpretación muy pobre del momento político que vive Argentina.

Buenos Aires jugó un papel de avanzada en la ofensiva lanzada desde la OEA y desplegada al interior de Venezuela con fallidas movilizaciones de masa y efectivos actos terroristas desde el 19 de abril. La incomprensión respecto del lugar de Argentina en la estrategia hemisférica del gran capital corre pareja con la ceguera para entender la política de la Casa Rosada fronteras adentro.

Para condenar a Macri y su coalición Cambiemos se apela al calificativo de “neoliberal”, término vacío, insulto en lugar de caracterización. El de Macri es un gobierno del gran capital apoyado en la socialdemocracia y como táctica para acumular respaldo social y ponerse en situación de acometer el saneamiento que el sistema requiere, aplica una política de neto corte populista, diferenciada del gobierno anterior sólo por algunas pocas medidas y un estilo diferente. “Kirchnerismo con buenos modales” lo llama el sector liberal despechado por el curso de los acontecimientos.

 

Penosas paradojas

Aun en su heterogeneidad por momentos inmanejable, Cambiemos está infligiéndole derrotas severas al Partido Justicialista (PJ, peronismo). Con el mismo programa estratégico de Cambiemos, la CGT intentó convertirse en el centro organizador de un nuevo PJ. Un malogrado acto masivo el 7 de marzo produjo el efecto inverso y reaparecieron fracturas irreparables del aparato sindical, con el consecuente fortalecimiento de Cambiemos, que además mostró la capacidad de convocar a una significativa movilización de alcance nacional el sábado 1 de abril.

Mientras tanto la conducta de la dirección sindical docente llevó a la quiebra el paro nacional con el que pretendía doblegar al Gobierno. Pocos esperaban la dureza de Macri y su gobernadora en la provincia de Buenos Aires. El hecho es que María Eugenia Vidal y por extensión el Presidente pudieron apuntarse una victoria política de magnitud.

Ahora Macri prepara otro golpe al corazón del peronismo: celebrará con trabajadores el 1 de mayo, en un acto en el club Ferro Carril Oeste, histórico punto de reunión de organizaciones combativas y de izquierda revolucionaria. Fue invitado por el Partido Fe (encabezado por el sindicalista rural Gerónimo Venegas y teledirigido por el papa Francisco), más de 47 sindicatos que no acataron el paro del 6 de abril y, muy notoriamente, por las denominadas “62 Organizaciones”.

Las “62” fue un frente sindical formado durante la llamada “Revolución Libertadora” (en realidad, la contrarrevolución opresora), después del golpe de Estado militar de 1955 que derrocó a Juan Perón. Lo integraba la totalidad del ala sindical peronista dispuesto a enfrentar la dictadura, más todo el arco de izquierdas que entonces tenía singular peso en el movimiento obrero. En la vereda de enfrente estaban los “32 Gremios Mayoritarios y Democráticos”, ampulosa denominación adoptada por dirigentes sindicales socialdemócratas y radicales, que habían formado los “comandos civiles” del golpe, actuaban en respaldo de la dictadura y, como era de suponer, a poco andar perdieron toda representatividad.

Luego, el peronismo arrinconó y expulsó a las izquierdas y se adueñó de las glorias de la entonces denominada “resistencia peronista”. Es una penosa y elocuente paradoja que 60 años después las “62” inviten a celebrar el 1º de Mayo a un presidente al que sus pares de derecha e izquierda en la CGT califican como “neoliberal” y representa exactamente a los fenecidos “32”.

Para completar el panorama, la CGT conmemorará el 1 de Mayo con un acto en el pequeño estadio cerrado de Obras Sanitarias. Por su lado la mayor fuerza potencial del movimiento obrero, la izquierda clasista, hará una cantidad de pequeños actos u omitirá su participación en una fecha de peso singular para el movimiento obrero en Argentina.

 

Pugna por la iniciativa política

Al compás de estos acontecimientos avanza un alud de juicios por corrupción a numerosos funcionarios del gobierno anterior –a todas luces muy fundados- incluida la ex presidente Cristina Fernández. Asqueada la sociedad por las revelaciones de corrupción y ya en plena batalla electoral, está a la vista quién tiene la iniciativa política, pese a la negativa evolución de la economía.

Es previsible que el endurecimiento oficial frente a la CGT lleve a una reacción de ésta, mediante un plan de lucha e intentos de nuevas huelgas generales. Esa perspectiva tiene a favor el generalizado reclamo económico de la población y en contra el abrumador rechazo de trabajadores a las actuales dirigencias.

También, en el corto plazo, gravitará una relativa atenuación de la crisis económica. Cuando esta edición entre a imprenta Macri estará reunido con Donald Trump. Tema principal: Venezuela. En segundo lugar, pedir que el imperio afloje la cuerda sobre el cuello de la economía argentina para que su ansioso aliado del Sur pueda mantener la gobernabilidad y evitar que la caída económica preludie un colapso político. Macri pretende volver con compromisos de inversiones por 20 mil millones de dólares para extraer shale-gas en los yacimientos de Vaca Muerta. A mediados de mayo viajará a China y Japón, con objetivos económicos análogos.

Aunque todavía tiene espacio discursivo, el proyecto desarrollista de Cambiemos no sale del pantano en el que estaba el país cuando Macri llegó a la Casa Rosada. Al contrario, cada día se hunde más. Argentina salió de la recesión pero el crecimiento del PIB hasta fines de abril es mínimo y en términos reales inexistente. Es previsible que la dinámica se acelere a partir de mayo y permita al Gobierno complementar de ese modo la compleja operación política que, con base en la dispersión del peronismo, apunta a ganar las legislativas de octubre, cuya primera instancia serán las primarias de agosto. Si lo lograra, con certeza iniciaría otra fase económica con centro en la reducción del déficit fiscal. Por lo pronto, como reflejo interior de su política exterior, Cambiemos y un sector del peronismo enviarán al Congreso un proyecto de Ley para acabar con cortes de calles y manifestantes encapuchados, recurso sobreactuado de sectores ligados al gobierno anterior, contra el cual se levanta el reclamo de amplios sectores de la sociedad.

A pleno la táctica electoral. La operación política oficial equivale a sacudir una antorcha en un polvorín: aumentó el déficit fiscal, elevó el empleo público en un 1%, apeló a un endeudamiento insostenible y de enormes consecuencias a mediano plazo. Frente a las advertencias obvias de sus mandantes del gran capital, Macri y sus ministros replican con la expectativa de un vigoroso crecimiento que licúe los costos del salvataje. Es el precio, dicen, para presentar al presidente empresario de Argentina como ejemplo de éxito capitalista frente al presidente obrero de Venezuela, lanzado por el camino de la transición al socialismo.

 

Quién se secará

Por eso es tan urgente que la ofensiva contra Maduro tenga éxito. Washington necesita esgrimir la supuesta inviabilidad de cualquier choque frontal con el capitalismo. Va en ello el curso estratégico de la región por todo un período. Por eso, también, es imprescindible meterse con Venezuela desde el movimiento obrero y las fuerzas antisistema en Argentina: es inseparable la suerte de las revoluciones en curso en América Latina de la evolución política del gobierno Macri.

Gobiernos de Suramérica que en la primera década del siglo se negaron a meterse con Venezuela (no ingresaron al Alba, rechazaron la definición socialista de la Revolución Bolivariana, boicotearon el Banco del Sur, fueron a la rastra y por intereses mezquinos a Unasur y Celac), ya están visiblemente secos. Otro tanto ocurrirá a quienes pretenden enfrentar a Macri –en primer lugar las izquierdas– sin tomar posición frente a la contrarrevolución programada para Venezuela por Washington y sus aliados del Sur. La prueba ácida de este momento histórico pasa por defender el Alba y el esfuerzo de transición al socialismo encarnado hoy en Maduro frente al propósito de aniquilación imperialista.

24 de abril de 2017

@BilbaoL

Presente y futuro de la socialdemocracia (II)

Basta observar la volcánica situación internacional para comprender que los factores principales del poder político mundial están compelidos a encaminarse hacia la guerra o buscar la paz. Sólo que las causas de esta dinámica plantean el dilema en otros términos: sostener el capitalismo o buscar el camino al socialismo.

Si la socialdemocracia sigue la línea de acción adoptada un siglo atrás, en 1914, se verá arrastrada hacia la violencia creciente y generalizada. Tal curso coloca a la humanidad al borde de un holocausto nuclear. Tamaña amenaza es asumida y difundida en estos días por voces insospechables, de todo el arco ideológico-institucional del capital. Cargar la responsabilidad de semejante riesgo a Corea del Norte puede ser, circunstancialmente, un buen recurso propagandístico. Pero no indica una interpretación acertada de la coyuntura histórica. Por lo mismo, será inútil a corto plazo.

Además, la marcha hacia la guerra, ordenada por la exigencia del capital ahogado en la caída de la tasa de ganancia y la competencia desenfrenada, se manifiesta en cada país con la exigencia de acabar con lo que fuera llamado “Estado de bienestar”, sustento material de la resurrección socialdemócrata tras la Segunda Guerra mundial. No hay –y no habrá– espacio para volver a sobornar a la clase obrera creando una aristocracia beneficiada en los países metropolitanos con la expoliación de las naciones subordinadas, víctimas a su vez del mismo fenómeno.

Así, la socialdemocracia deberá asumir el imperativo de sus mandantes capitalistas y conducir o acompañar gobiernos destinados a revertir las conquistas económicas y sociales de los trabajadores, lo cual menguará y dividirá las ya distorsionadas filas de la mal llamada Internacional Socialista.

Una fracción socialdemócrata asumirá la vanguardia de la contrarrevolución (véase Venezuela) y el guerrerismo (véase la política de los principales partidos de esa denominación en Europa).

Fracciones presumiblemente más numerosas buscarán caminos antisistema. Lo harán en principio sin cohesión teórica y política, sin estrategia definida. El gran capital internacional está al acecho para captar algunas de ellas para arrastrarlas hacia el fascismo, con lenguaje belicoso de tono populista. Sólo un poderoso faro visible en los cinco continentes podrá neutralizar semejante perspectiva, mostrando una estrategia socialista a partir de una organización internacional.

Negación de la negación

Crisis, explosión y disgregación es el futuro ya presente para la socialdemocracia, sobre todo en el movimiento sindical, donde será acompañada por la convulsión y degradación perceptibles hoy en el socialcristianismo. El engendro que las unificó, la Confederación Sindical Internacional, está condenado a sobrevivir en las estructuras internacionales armadas para institucionalizar la conciliación de clases (la OIT, por ejemplo). Pero estallará hasta desaparecer en la vida real. La designación de un papa argentino y de la derecha peronista será, al cabo, un dato intrascendente en este devenir inexorable.

Recuperar esa inmensa potencia social de alcance universal requiere de una comprensión anticipada del fenómeno y un enérgico accionar político para dar vida a lo que Hugo Chávez previó como Va Internacional.

En su momento sostuve que tal organización –imprescindible, inaplazable– sería conceptualmente semejante a la Ia Internacional fundada por Marx y Engels y muy distante por estructura organizativa y contenido ideológico a la IIa y la IIIa (la IVa nunca llegó a tener dimensión de masas).

Hoy resulta evidente la necesidad de tal organización mundial, incomprendida y torpemente rechazada por quienes justamente debían y podían concurrir a su edificación.

La negación de la negación socialdemócrata sólo puede ocurrir en el marco de una asociación internacional de trabajadores capaz de receptar la intrincada estratificación social de la clase obrera mundial y su dispersión ideológica, más enmarañada aún.

Puede ser una percepción errada, pero a la fecha no se observa lucidez y energía suficientes en ningún movimiento sindical con base real en el proletariado industrial –tampoco en otros segmentos de la clase trabajadora– para encarar tal tarea. En ningún país del mundo. Si algo marca la coyuntura política mundial es la omisión de las organizaciones obreras en la política revolucionaria de cualquier país, sobre todo de aquellos donde está desenvolviéndose una revolución.

Eso traslada una pesada responsabilidad a las vanguardias teóricas y políticas de cualquier punto del mundo, sin desconocer la endeblez que también las aqueja, al punto en muchos casos de invalidarlas.

Sin embargo, se hace camino al andar. Emprender la marcha en ese sentido es un imperativo para evitar que el inexorable colapso de la socialdemocracia (que implica uno mayor en el socialcristianismo), se resuelva en una síntesis superadora en pos del socialismo.

21 de abril de 2017 @BilbaoL

Brigadas internacionalistas ante la amenaza a Venezuela

Si se animarán o no, es difícil predecirlo. En todo caso, el clima está creado para lanzar en las próximas horas un golpe de Estado en Venezuela. Urge movilizar brigadas internacionalistas para evitar la agresión de Washington.

Esta vez fue la OEA el centro de la operación calumniosa enderezada con precisión a justificar acciones violentas contra el gobierno de Nicolás Maduro. El centro de operaciones se desplazó de la prensa conservadora del hemisferio al redivivo Consejo de Indias. Diarios, radios y canales de televisión actuaron en esta oportunidad como segunda línea de ataque.

Fue de tal contundencia la respuesta del gobierno venezolano, la Fuerza Armada (¡y ahora la burguesía parece haber tomado nota de la existencia de las milicias populares como quinto componente de esa poderosa muralla en defensa de la Revolución!), que parece más probable que los hombres de gris del Departamento de Estado indiquen a su jefe, quien a su vez ordenará al presidente estadounidense y de paso anoticiará al Malinche uruguayo encaramado en la OEA, la inconveniencia de activar los grupos paramilitares sembrados en territorio venezolano.

No obstante, es de tal magnitud el disloque del poder establecido en Washington, que nadie podría esbozar con base sólida un pronóstico inmediato. La irracionalidad general del sistema es un punto de partida. No obstante, por regla general se podía confiar hasta cierto límite en la racionalidad puntual de los estrategas burgueses. Hoy, eso es imposible. Éste es un dato relevante de la coyuntura mundial.

Por eso, cabe caracterizar como lúcida y valiente la conducta de Nicolás Maduro y el conjunto de cuadros civiles y militares que ante la coyuntura se ha abroquelado -acaso más que nunca- en torno a él, como símbolo de la continuidad institucional y pacífica (en términos relativos) de la Revolución Bolivariana.

 

Vergüenza

Un sentimiento de vergüenza domina a cualquier revolucionario/a argentino ante el papel de su país en esta coyuntura de extrema gravedad para la región. No porque se pudiera esperar algo diferente de gobernantes encabezando la operación de la OEA y opositores burgueses -e incluso híper izquierdistas- callados como momias ante el despliegue contrarrevolucionario contra Venezuela. No. La verdadera causa de vergüenza es que la inconmensurable masa de activistas y cuadros con conciencia antimperialista no logre tomar cuerpo y aparecer como actor protagónico en el escenario continental.

Desde nuestro lugar, culpar a Mauricio Macri o a la oposición de su majestad por el papel de Argentina en el cuadro continental es pura charlatanería. Cobardía encubierta con palabras.

Macri, su cohorte de burgueses y el neoreformismo que lo secunda, hacen lo que hacen porque pueden. Y pueden por la omisión de quienes nos identificamos con la unión latinoamericana, con la lucha antimperialista y anticapitalista.

Mientras se redactan estas líneas Cambiemos pretende llamar a una sesión de la Cámara de Diputados para cargar también desde allí tras la perspectiva de atacar a Venezuela. Probablemente fracasarán. En tal caso, habrá una prueba más de la fuerza latente bajo la superficie infecta de la política burguesa.

Contamos con enorme fuerza objetiva para imponer una política internacional diferente. Pero carecemos de la capacidad subjetiva para hacerlo. Y esa carencia deviene de flaquezas teóricas y desvíos en la práctica demasiado obvios, demasiado repetidos a lo largo de medio siglo como para no asumirlos ya, sin demora ni rodeos.

 

A la acción

Un primer paso para salir de esta encerrona es asumir la necesidad de salir en todos los terrenos a la defensa de La Verdad de Venezuela.

Desde la prensa burguesa se miente hasta lo insoportable respecto de la realidad del país de Hugo Chávez. Se miente sobre la situación sin duda grave a la que ha llevado la guerra económica y la caída del precio del petróleo. Todo se carga a errores de la conducción económica del país hermano. Nadie con formación teórica revolucionaria podría negar errores –incluso graves- en esa área. Nadie con un mínimo de sinceridad y conocimiento podría desconocer que esos errores ocurrieron en el marco de un esfuerzo sin parangón por paliar los efectos devastadores del sistema capitalista que empobreció y marginalizó a la mayoría de la población.

Los críticos burgueses parecen desentenderse del hecho de que con políticas conceptualmente opuestas –es decir, a favor del capitalismo- en Argentina tenemos desde hace dos décadas un tercio de la población bajo la línea de pobreza. Para no hablar de la catástrofe social en Brasil, México…

Muy lejos de eso está Venezuela. Y las dificultades inmensas, las penurias económicas extremadamente riesgosas que afronta, devienen de las contradicciones propias de una transición al socialismo en un mundo dominado por el mercado capitalista y con larga hegemonía del pensamiento conservador y reformista.

No es difícil crear de a por miles brigadas internacionalistas para salir a decirle a Argentina la Verdad de Venezuela. Hay información suficiente para contrarrestar la catarata de mentiras y calumnias de la burguesía. Es simple comparar las limitaciones económicas de Venezuela con el cataclismo social en curso en Argentina, Brasil, Colombia, Chile y Venezuela, Uruguay, Perú, Paraguay, aunados ahora para condenar a la Revolución Bolivariana. Tampoco Estados Unidos resiste una comparación en la dinámica de caída del nivel de vida de las masas.

Organizarse para difundir la verdad es un compromiso urgente que nadie debería eludir.

@BilbaoL

Argentina, 18 de abril de 2017

Macri en la picota

Mientras actúa como ariete contra Venezuela el Presidente Macri asiste a una multiplicación de conflictos que acaso sortee en lo inmediato, pero anuncian la inviabilidad estratégica de su proyecto.

 

Percepción errada o realidad bifronte: ¿están o no en pie de lucha la clase obrera, el movimiento estudiantil, el conjunto de la sociedad argentina? De un lado, sucesión de marchas masivas por diferentes razones y un enemigo común: el gobierno de Mauricio Macri. Al otro, una no menos ostensible desmovilización de la sociedad y también de sus diferentes vanguardias naturales.

Desde mucho tiempo atrás y hasta el mes de febrero no había político o analista que no subrayara la anomia de la sociedad argentina. No obstante, entre el 6 y el 24 de marzo hubo marchas y concentraciones sin precedentes por su eslabonamiento y con pocos antecedentes de tal masividad.

El 6 hubo una concentración ante el ministerio de la Producción convocada por la Confederación General del Trabajo (CGT). Un poderoso aparato sindical complementado por municipios del conurbano y diferentes agrupamientos políticos congregó una multitud que sus organizadores estimaron en 400 mil personas. Al día siguiente, los docentes marcharon en demanda de aumento salarial. Hubo según los organizadores, más de 60 mil maestras y maestros. 24 horas después, en el día internacional de la mujer, una masa estimada en alrededor de 80 mil asistentes, llegó hasta la Plaza de Mayo. Mientras tanto y durante los días siguientes no hubo una jornada sin que en el centro de Buenos Aires se multiplicaran cortes y piquetes con protestas de todo tipo, hasta que el 22 se realizó la marcha federal docente, con 400 mil asistentes, siempre según sus organizadores. Dos días después, para conmemorar el aniversario del golpe de Estado de 1976, dos grandes marchas coronaron la serie con creciente masividad respecto de años anteriores. En todos los casos pueden ponerse en dudas los números alegados por los organizadores, pero está fuera de discusión la inusual respuesta participativa de contingentes sociales muy amplios.

¿Se transformará esta catarata de reclamos en poderoso torrente que limpie a fondo el establo de Augias en que las clases dominantes han convertido al país? No. Las grandes mayorías permanecen pasivas. Más aún: no reconocen como vanguardia –tanto menos como dirigentes– a quienes promueven esta oleada de protestas. Como signos premonitorios de una erupción volcánica estos hechos confirman la poderosa fuerza subterránea que en última instancia condiciona la realidad argentina. Pero el río de lava ardiente continúa bajo la superficie.

 

Huelga general

Acaso la dificultad para sopesar la realidad se haya aclarado al menos en parte el 6 de abril, cuando se cumpla la huelga general convocada por la CGT. (Dicho sea de paso: por esta razón la edición de abril de América XXI, precisamente al celebrar su 14º aniversario, no estará en la calle en Argentina como regularmente lo hace, el primer jueves de cada mes). Los dirigentes que convocaron a la huelga aclararon que es sólo por 24 hs y que no habrá movilizaciones. “Nos quedamos todos en casa tomando mate”, declaró Carlos Acuña, uno de los tres secretarios generales de la CGT, quien abundó: “No es contra nadie, es un desahogo de los trabajadores”. Luego remató su concepto: “el paro no soluciona nada”.

“Paro dominguero” lo llamaron las organizaciones de izquierda, dispuestas a realizar ese día actos y cortes de rutas y calles. Es algo más: prueba la continuidad del acuerdo estratégico de las cúpulas sindicales con el plan burgués presidido por Macri. Tal como desvergonzadamente lo admite Acuña, la huelga está convocada como válvula de escape para el descontento –de diferente grado y naturaleza pero generalizado– que atraviesa hoy la sociedad argentina.

Si alguien se tomara el trabajo de escuchar los discursos de quienes estuvieron en los palcos sucesivos comprobaría la anterior afirmación: aparte el deplorable nivel de las alocuciones, ninguna de ellas puso en cuestión el sistema que produce las calamidades expresadas en cada caso, exclusivamente, en relación con reivindicaciones economicistas y, para colmo, limitadas al propio sector movilizado. Nadie lo resumió como Acuña: “el paro no es contra nadie”.

¿Es válido esperar del 6 de abril un paso adelante en la combatividad, la organización y la conciencia de los trabajadores? No, en absoluto. Promover primero y aferrarse después a esta convocatoria de las cúpulas sindicales asociadas al Estado burgués es prueba de ingenuidad o, en no pocos casos, de un interés análogo al de la CGT: ocupar un espacio en el proceso electoral que domina el escenario político. En agosto se realizarán las denominadas Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (Paso) mediante las cuales cada bloque político validará a sus candidatos. En octubre habrá elecciones para renovar la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio del Senado.

Esto llevó a la circunstancial división del bloque político que todos los partidos y fracciones burgueses mantuvieron a lo largo de 2016. Largada la carrera electoral, se mantiene la unidad estratégica pero se diversifica la oferta partidaria. Los protagonistas de esta farsa se insultan en público y negocian como ávidos socios en privado.

Fragmentado y sin liderazgo alguno el Partido Justicialista (PJ, peronismo), la CGT parece dispuesta a ocupar el centro de ese conjunto desperdigado y sin otro punto en común que la mantención o conquista de franjas de poder en el aparato del Estado, para lo cual deben abogar por la estabilidad de Macri a la vez que tratan de desgastarlo, con la mira puesta en un regreso del PJ al gobierno en las presidenciales de 2019. Sólo un sector, minúsculo y desprestigiado ante los trabajadores y el conjunto de la población aspira a desestabilizar y eventualmente derrocar al gobierno de Cambiemos. El golpe de mano mediante el cual un grupo proveniente de un municipio del gran Buenos Aires puso en ridículo a la dirigencia de la CGT al final del acto inauguró una fase en la pugna interna peronista: cúpulas sindicales y dirigencias tradicionales del PJ decidieron descartar alianzas con esos sectores marginales, aunque están lejos de haber resuelto la configuración de sus propias listas de candidatos.

 

El yugo de la economía

Mientras tanto el plan de salvataje burgués continúa su marcha. Los gritos exigiendo un paro general el 6 de marzo ocultaron –acaso deliberadamente– que gobierno y cúpulas sindicales habían acordado poco antes una reforma en los convenios colectivos de trabajo de dos gremios clave: petroleros y mecánicos (fábricas de automóviles). No hubo una sola protesta sindical, en dirigencias o bases contra estos cambios profundos. En el mismo momento de la oleada de protesta, el sindicato numéricamente más importante del país, empleados de comercio, acordó en paritarias un aumento salarial idéntico al que rechazaban los docentes bonaerenses. Esto último sin embargo, también es engañoso: la imponente marcha federal del 22 de marzo fue organizada en consonancia con la obligada aceptación de las dirigencias de que el conflicto había llegado a un punto crítico: 17 provincias (sobre 24) habían concluido acuerdos paritarios (todos en el orden de lo propuesto por la gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal). En esta provincia, clave por sumar el 40% de los docentes del país, una proporción considerable de maestros rompió el paro luego de la primera semana (60% según las autoridades, 20% según los sindicatos). Por eso en paralelo con gestos rudos, la dirigencia sindical levantó el paro y volvió a las negociaciones días antes abandonadas.

La denuncia oficial de que el paro docente tuvo un propósito partidario melló la voluntad de maestras y maestros, sobre todo en el interior de la provincia de Buenos Aires. Es improbable que el conflicto concluya por completo. Pero está claro que perdió su impulso inicial y está por verse cómo repercutirá en la estabilidad de la dirigencia del principal sindicato provincial, Suteba, que tiene elecciones en pocas semanas y está acosada por un bloque de izquierdas.

En tanto, a fuerza de recesión y restricción monetaria la inflación bajó, al tiempo que los precios de alimentos básicos continuaron subiendo. Tal como afirma el gobierno, la recesión revirtió a partir del último trimestre de 2016. Macri y sus ministros esperan que el impulso a la obra pública, sumado a una serie de planes de préstamos hipotecarios para construir y comprar viviendas, así como otras medidas para alentar el consumo, agilicen la economía en este segundo trimestre y le permita llegar presentable a agosto, para las Paso, y sobre todo a octubre, cuando el oficialismo no podrá en ninguna hipótesis superar su minoría legislativa, por lo cual su opción es ganar algunos diputados y senadores o tener una onerosa derrota electoral, que condicionaría y eventualmente desestabilizaría el segundo bienio presidencial de Macri.

Son los márgenes que ofrece una economía estructuralmente en crisis, condicionada además por la declinación mundial del capitalismo y, en particular, por el desbarajuste general en Brasil que afecta directa y duramente a la economía argentina. Exagerando su actuación contra Venezuela Macri no resolverá esos límites y, al contrario de lo que proclama, no podrá garantizar crecimiento y más democracia en el país.

 

25 de marzo de 2017

@BilbaoL

 

Pasado y presente de la socialdemocracia

De la descripción del declive de la Unión Europea expuesto en detalle en esta edición, queda evidente que el ocaso del segundo bloque imperialista más poderoso del mundo está acompañado por la degradación, disgregación y eventual disolución de la estructura mundial de la socialdemocracia, todavía denominada Internacional Socialista (IS).

Es probable que en los últimos 150 años las más lúcidas y generosas voluntades políticas, en todo el mundo, hayan canalizado su accionar a través de formaciones socialdemócratas. Es seguro, asimismo, que en el último siglo todos aquellos que no se apartaron de sus filas terminaron obrando exactamente en contra de sus postulados originarios, con conciencia o no de la deriva que los arrastró.

Heredera de las grandes luchas obreras desde mediados del siglo XIX, conformada a partir de las organizaciones originalmente reunidas en la Iª Internacional –fundada entre otros por Marx y Engels– la IIª Internacional congregó a nacientes partidos socialistas obreros de masas y se conformó como tal en 1889. Aquella organización sin precedentes corporizó la famosa consigna: “proletarios del mundo uníos” y fue la esperanza de explotados y oprimidos ya no sólo de Europa, sino de todas las latitudes.

Desde el primer momento convivieron en la IIª Internacional corrientes revolucionarias y reformistas, aunadas en la lucha común contra el capitalismo. Es célebre la Crítica del Programa de Gotha, en la que Carlos Marx demuele los conceptos sobre las que se fusionarían dos corrientes principales para dar lugar al Partido Socialdemócrata Obrero de Alemania (Psoa). Menos conocido es el hecho de que Marx no publicó aquel trabajo (lo haría años después Federico Engels, tras la muerte de su amigo), con el explícito propósito de no dificultar la unidad política del conjunto de la clase obrera.

Con todo, las diferencias persistieron y se ahondaron. Y cuando la gran crisis de fines del siglo XIX desembocó en la Primera Gran Guerra, en 1914, la cúpula del Psoa giró en redondo y apoyó a la gran burguesía alemana. A su tiempo esta conducta produjo la ruptura de todos los partidos de la Internacional, proceso potenciado a partir de 1917 con la Revolución Rusa. El hecho es que al final de la guerra la socialdemocracia pasó de defender a las burguesías de sus propios países a transformarse en principal ariete del capitalismo contra “la amenaza comunista”.

 

Metamorfosis consumada

En el plano sindical la IS se desplegó mundialmente como Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (Ciosl). Conducida de manera directa por la CIA en el hemisferio americano esta organización fue un bastión anticomunista, acompañado por la Confederación Mundial del Trabajo (CMT), vástago sindical del Vaticano. Acérrimas enemigas entre sí, fueron sin embargo “la Otan sindical” y actuaron en común contra el sindicalismo anticapitalista en todo el mundo. Ya en un nuevo contexto internacional, ambas estructuras se fusionaron en 2006 en la Confederación Sindical Internacional (CSI): la socialdemocracia se unió al socialcristianismo para enfrentar la oleada revolucionaria, principalmente en América Latina. La tarea asumida en común desde mucho tiempo antes, pasó a ser orgánica. Y con este movimiento grandes aparatos burocráticos se unificaron internacionalmente con organizaciones menores, en muchos casos expresión distorsionada, no por ello menos significativa, de rebeldía obrera frente al sindicalismo defensor del sistema capitalista e integrado al Estado burgués. De raíz liberal y anticlerical, en este punto la socialdemocracia perdió su razón de ser y se limitó a defender el sistema y su expresión mayor, el imperialismo, sin excluir su participación directa en sucesivas guerras dispuestas por la Casa Blanca en diferentes puntos del planeta. Ahora es la punta de lanza en Europa de un dispositivo bélico contra Rusia y China.

 

Éxitos en América Latina

No obstante su acelerada caída, la socialdemocracia potenciada por su alianza con el Vaticano ha sido eficaz para  frenar, desviar y eventualmente llevar al fracaso procesos de radicalización de masas en el hemisferio. El cuadro de relativa recuperación de las derechas en la región es inexplicable sin la acción deformante y corruptora de estructuras socialdemócratas y socialcristianas en diversos procesos. Un ejército (a menudo inconsciente) de intelectuales, periodistas y políticos lanzados a distorsionar y negar conceptos elementales como lucha de clases, Partido, sindicalismo clasista, plusvalía y tantos otros, abreva alternativa o simultáneamente en los aparatos ideológicos y propagandísticos de esas dos corrientes históricas. Enfrente no hay nada semejante; nada que dé continuidad a las concepciones teóricas, los fundamentos programáticos y las estructuras organizativas que estuvieron en los orígenes de esta pervertida socialdemocracia contemporánea. La encrucijada actual de América Latina se dirimirá entre la fuerza inercial de dos poderosos aparatos de la contrarrevolución mundial y la capacidad de recuperación teórica y recomposición política de innumerables vertientes de lucha antimperialista y anticapitalista.