Argentina y su gobierno bifronte

A menos de media máquina marchan los motores presentados por Macri como garantía de desarrollo económico y recomposición política. La hipocresía oficial es posible por la pasividad de las mayorías.

 

En zigzag, pero sin pausa, avanza el plan de recomposición del Estado y la economía burguesas, en una Argentina hasta el momento incapaz de reaccionar frente al programa del gran capital, en medio de una crisis de magnitudes inéditas y desenlace imprevisible en lo inmediato.

Diciembre es el mes clave. Si transcurre sin una huelga general y sin los reiterados saqueos de supermercados para fin de año, el gobierno de Cambiemos habrá pasado un escollo mayor y podrá esperar los frutos políticos de la reactivación económica a partir de marzo, con una sensible disminución de la inflación, pautada oficialmente en 17% para 2017, que en los hechos será de entre 20 y 25%.

Más allá de diciembre, el marco general está determinado por factores irresolubles en lo inmediato: inmanejable desequilibrio de los precios relativos; déficit fiscal de gran magnitud y en aumento durante 2016 y 2017; endeudamiento idéntico al de comienzos de siglo -después de haber pagado más 200 mil millones de dólares en el período- aunque ahora con acreedores internos, en primer lugar la Administración Nacional de Servicios Sociales (Anses), lo cual dibuja un oscuro horizonte para futuros jubilados; aceleración del endeudamiento desde inicios de 2016, dado que es el único recurso para sostener el plan de acción oficial; recesión que dará por lo menos dos puntos de caída del Producto Interno Bruto para el año en curso; caída del salario real y en consecuencia del consumo en general, con eje en alimentos, textiles y electrodomésticos; aumento de la desocupación y, sobre todo, de la suspensión temporaria con reducción de salario para decenas de miles de trabajadores.

En una Argentina de tiempos no tan lejanos un cuadro semejante hubiese tenido al movimiento obrero en pie de lucha y al gobierno contra las cuerdas. En 2016 la realidad es diferente. La fragmentación social sin precedentes, inducida y lograda en la última década y media, desemboca en una situación de confusión y parálisis de las mayorías. Asociada al nuevo gobierno por interés y convicción, la Confederación General de Trabajadores (CGT), después de hacer alharaca con una huelga general, a mediados de octubre la postergó sin fecha a cambio de la convocatoria a un  «Diálogo para la Producción y el Trabajo», impulsada abiertamente por el papa Francisco, cuyo resultado fue un bono de recomposición salarial por $2000. América XXI adelantó este resultado en su edición anterior. No hace falta decir que esa suma es ínfima frente a la caída del poder de compra del salario: la mitad de los trabajadores gana menos de 8 mil pesos (poco más de 500 dólares) y el promedio salarial es de 10 mil (unos 650 dólares). Es tan obvia la desproporción entre pérdida y resarcimiento que sectores minoritarios de las cúpulas sindicales hacen gestos para la platea exigiendo la realización de un paro. No es imposible que haya algo semejante antes de fin de año. Sin embargo el descontento general no se traduce en presión a los aparatos sindicales, por la sencilla razón de que las bases no confían en dirigencias ostensiblemente ajenas a sus intereses y la mayoría tiene certeza de que un paro de 24 horas, sin continuidad, sin programa y sin perspectiva política, no cambiaría en nada la realidad actual de los trabajadores. La desconfianza en las cúpulas se combina con el temor a la desocupación y el saldo es más espacio político para el gobierno.

 

Los caminos de Macri

Quienes gustan explicar fenómenos mediante el simple expediente de apelar al prefijo neo, para explicar al actual gobierno deberán anteponerlo al vagaroso y gastado concepto de desarrollismo. Ése es el manual que sigue el heterogéneo equipo del presidente Mauricio Macri con el objetivo de evitar una reacción popular de masas frente a un plan de saneamiento real de la economía argentina, mantener espacios con el objetivo de ganar las legislativas del año próximo y acumular suficiente poder para, en algún momento, cuando la ficción desarrollista estalle en pedazos, aplicar el verdadero programa necesario para sostener al sistema capitalista en Argentina.

Por el momento, es un hecho que la fórmula híbrida del oficialismo ha logrado un descenso significativo de la inflación y hay signos de un limitado rebote tras cinco años de estancamiento y recesión, que permitiría un aumento del PIB para 2017 de entre el 3 y el 5%, según se atienda el pronóstico oficial o el de las principales consultoras locales. Paradojalmente, el índice menos optimista pertenece al ministro de Hacienda y figura en el Presupuesto 2017, en tanto que el vaticinio más elevado lo esgrimen economistas de signo opositor. Como sea, todos, incluidas cúpulas sindicales e iglesia, conforman un frente único y apuestan al éxito de Cambiemos.

Mientras continúa anunciando grandes obras públicas en todo el país y en particular el Plan Belgrano, proyecto de desarrollo infraestructural en el Norte argentino, sin que los efectos económicos y sociales de tales emprendimientos se perciban todavía, el gobierno poda ramas que considera exuberantes en el presupuesto nacional. El ministerio de Energía prevé una reducción nominal del 17,9%, lo cual dada la inflación Implica una caída superior al 30%, lo cual se alcanzaría mediante el recorte de $50.000 millones en subsidios al transporte y la energía en 2017. La cartera de Agroindustria tendrá una disminución presupuestario del 14%. Cultura, con una reducción nominal del 2,8%, se verá afectada en un 14% a valores reales. Con un aumento nominal del 4,9% el ministerio de Salud tendrá en los hechos una reducción del 12%. Se reducen los programas de atención de la madre y el niño, así como la atención sanitaria territorial. El primero pasa de 4000 a 2000 millones de pesos. El segundo de 439 a 258 millones. Para completar la filosofía presupuestaria del gobierno de Cambiemos, la Anses disminuirá los recursos para la formación de jóvenes en situación de pobreza de 8900 a 5500 millones de pesos en términos nominales. Con el argumento cierto de que estas y otras reparticiones del Estado hubo una multiplicación ineficiente y clientelista del empleo y los recursos, el gobierno conservador desarrollista o, si se quiere, liberalpopulista, actúa con neto sentido clasista y prescinde de recursos fiscales para contrarrestar los demoledores efectos sociales de un 32% de pobreza.

Mientras en el plano interno Macri se presenta como adalid de la recomposición de la nación, con elevados conceptos de redención social y criterio republicano, su ideología y programa de acción original se expresa sin tapujos en la política internacional, donde el hombre de la Internacional Parda actúa sin dobleces para consolidar un eje Washington-Buenos Aires donde apoyar la estrategia contrarrevolucionaria continental del Departamento de Estado.

 

Objetivo a abatir: Venezuela

Macri ha tomado la vanguardia en la operación en curso destinada a deslegitimar al gobierno de Nicolás Maduro, como paso previo sea al derrocamiento del régimen revolucionario, sea a la intervención mediante la OEA y alguna socorrida fórmula que abra paso a Estados Unidos para adueñarse del control político y la riqueza petrolífera del país.

Limitado a su área, el presidente de Argentina fue la palanca principal para aunar a Brasil, Paraguay y Uruguay tras el propósito de impedir que Venezuela presida el Mercosur y luego anunciar que a partir de diciembre perderá la condición de miembro pleno del bloque. Luego, también con colaboración explícita de los presidentes de esos tres países, encabeza la operación destinada a definir el gobierno de Maduro como antidemocrático y exigir la aplicación de la Carta Democrática de la OEA. Mascarón de proa de esta embestida es otra vez el Malinche uruguayo, titular del Consejo de Indias residente en Washington pese al estrepitoso fracaso de un primer ensayo a mediados de año para expulsar a Venezuela del organismo hemisférico.

Con esta conducta Macri y Cambiemos revelan el rumbo que tomarán apenas comience a hacer agua el programa desarrollista en Argentina: contra cualquier posición revolucionaria y bajo el yugo imperial. Sin embargo, la perspectiva más probable para lo que resta del año y el transcurso del próximo es un afianzamiento relativo del elenco gobernante, acompañado por todos los partidos y fracciones de la burguesía. Como queda dicho, se espera crecimiento del PIB y caída de la inflación. Dado el marco de implosión política del peronismo e inexistencia de una alternativa visible desde posiciones anticapitalistas, queda como probabilidad principal la victoria del bloque oficialista en las legislativas de 2017. Está por verse si el acervo revolucionario de obreros y estudiantes logra desembarazarse del infantoizquierdismo, el cretinismo parlamentario y otras enfermedades clásicas y, en paralelo con el ejercicio de neta hegemonía de una estrategia burguesa, logra afirmar una opción propia, capaz de actuar cuando este nuevo capítulo de la crisis en Argentina dé paso al inexorable choque de clases.

L.B.

25 de octubre de 2016

@BilbaoL

 

Argentina experimenta el liberalpopulismo

Macri es denostado por los mentores del liberalismo económico

 

Con respaldo unánime del capital local y extranjero el gobierno de Macri hace concesiones a una realidad política y social que no toleraría la aplicación de un plan de saneamiento efectivo.

 

Tras sendas reuniones con la jerarquía eclesiástica, la cúpula del Partido Justicialista y el embajador estadounidense, la flamante troika dirigente de la Confederación del Trabajo (CGT) preparó la reunión del Comité Central Confederal (CCC, otrora denominado Parlamento Obrero) y puso paños fríos sobre una anunciada huelga general antes de fin de octubre.

Como era dable esperar, el CCC mandató a la troika para que eventualmente –y luego de una ya convenida reunión con el presidente Mauricio Macri- para resolver un eventual plan de lucha y la tan meneada huelga general.

Macri puede congratularse. Estos hechos confirman la existencia ya reiterada en estas páginas de un amplio y abigarrado frente burgués que ha jugado su existencia al éxito –al menos para el mediano plazo- del gobierno de la coalición Cambiemos.

Al menos un sector de la cúpula sindical pretendía lanzar el paro a modo de palanca para situarse como contraparte del gobierno y ocupar así el lugar vacante en la conducción del Partido Justicialista. Parecen pesar más dos factores: la asociación del grueso de la dirigencia gremial con el propio gobierno y, en primer lugar de importancia, el hecho de que los sondeos de opinión indican un clima social adverso a medidas de lucha encabezadas por sindicalistas-empresarios, ajenos a los intereses históricos de los trabajadores. El potencial de lucha obrera no se muestra dispuesto a encolumnarse tras las actuales dirigencias sindicales en desesperado intento de recomposición.

El Presidente recibió además espaldarazos en el terreno internacional, tanto en el G-20 reunido en China, como en su viaje a New York para la Asamblea anual de la ONU, durante el cual se reunió con titulares de grandes fortunas y fondos de inversión, a los cuales trató de seducir para que traigan su dinero a Argentina.

Ínterin, se reunió en Buenos Aires una “mini-Davos”, cónclave de grandes capitalistas de todo el mundo y del propio país, símbolo de una mini-Argentina, proyectada como fuente de ganancias para empresas y usureros transnacionales.

 

Límites

Realizar esta estrategia de salvataje capitalista requiere al gobierno, sin embargo, concesiones por demás elevadas. Por ejemplo aumentar en un millón las asignaciones por hijo, pagar una deuda de años a los jubilados, devolver dinero también adeudados por años a los sindicatos, además de aceptar mansamente la imposibilidad del aumento de tarifas que había ensayado. Es así que el equipo ultraliberal encabezado por Macri aplica un plan económico de neto corte populista. Para reafirmarlo presentó al Congreso el 15 de septiembre un Presupuesto opuesto por el vértice al catecismo ortodoxo.

Como adelantó América XXI antes mismo de que Macri asumiera, la política oficial para el próximo período está basada en el endeudamiento externo. El gobierno anterior pagó más de 200 mil millones de dólares de deuda externa y tomó préstamos internos, sobre todo del instituto que administra los fondos de jubilados, por el equivalente a otros 200 mil millones de dólares. A esto denominan los economistas del capital –y los panegiristas del engaño- “bajo porcentaje de endeudamiento”. Sumado a la determinación de pagar tasas que como mínimo cuadruplican la media vigente en el mercado mundial, y dada la sobreabundancia de dinero resultante de una economía mundial en crisis, este cuadro deriva en relativa facilidad para financiar con préstamos del exterior un déficit presupuestario nominal de algo menos del 5% del PIB y real, cuando se le suma pagos por intereses de los gobiernos nacional y provinciales, que bordea el 8%. El presupuesto prevé aumento de gastos corrientes e intereses que requerirán la absorción de 38 mil millones de dólares en 2017. La otra palanca para poner en movimiento el plan desarrollista oficial es la llegada de capitales para invertir en áreas de producción y servicios, a cuyo fin el elenco gobernante está dispuesto a todas las concesiones imaginables.

También prevé el Presupuesto un crecimiento del 3,5% para 2017 -que consultoras privadas llevan hasta el 4 e incluso el 5%, con una inflación anual del 17%. Ya es perceptible la caída de la inflación arrolladora del primer semestre, así como el rebote de la recesión drástica que sacude al país desde mediados de 2015, luego de cuatro años durante los cuales el estancamiento se combinó con bruscas caídas recesivas. Un mínimo de oxígeno para quien está muriendo por estrangulamiento es equivalente a la salvación. Eso ocurre en la coyuntura con la economía argentina.

Un punto real a favor del gobierno ha sido la reestructuración del Instituto Nacional de Estadística y Censo (Indec) y la progresiva aparición de datos fidedignos. Eso se manifestó sin embargo en la difusión de índices demoledores de la marcha económica: 3,4% de caída del PBI en el segundo trimestre (7,9% para la industria manufacturera), alrededor del 40% de inflación para el año en curso, 9,3% de desocupación, con la pérdida de 120 mil puestos de trabajo en el primer semestre, según el Indec. Un resumen de este desmoronamiento ya sensible desde 2011 y factor importante en la derrota del anterior gobierno, está dado por un dato también difundido por el propio Indec: para no ser pobre, una familia tipo requiere 12500 pesos por mes. El salario mínimo es de 8060 pesos. En agosto el consumo tuvo una caída estimada en 8%, aunque esa tendencia revirtió en septiembre y se adelanta un último trimestre en recuperación. Según la fuente se estima entre 1,5 y 2,5% la recesión para 2016. No obstante, consultoras de diferente signo coinciden en que una mayoría de la población responsabiliza por esta situación al gobierno anterior.

Así las cosas, aun si se realizara una huelga general pro forma antes de fin de año, el gobierno puede aspirar a ganar las elecciones legislativas de 2017. Sólo un consistente plan de lucha dirigido por líderes genuinos de los trabajadores, que de las reivindicaciones económicas inmediatas pasaran a una franca lucha política, podría torcer este rumbo. Con tal certeza el bloque burgués-imperialista está dispuesto a continuar con políticas populistas hasta la validación del nuevo elenco y la total disgregación de las clases sometidas. En su cálculo esto le permitiría afrontar el inexorable fracaso desarrollista con un saneamiento profundo del sistema, que fatalmente requeriría violencia del capital contra el conjunto de la nación. Aunque se observan pasos tendientes a recomponer una izquierda con voluntad revolucionaria y raíces genuinas, no parece posible que incluso si estos esfuerzos tienen éxito, se pueda arrebatar a corto plazo la iniciativa política que hoy tiene sin disputa el gran capital. Este cuadro cambiaría –aunque no necesariamente en favor de los de abajo- sólo si se produjera una explosión social, improbable en el horizonte cercano.

Para conjurar el fantasma, partidos y sindicatos, encabezados explícitamente por el papa, abogan por un Pacto Social al cual Macri se resiste por el momento, precisamente porque no está a la orden del día la perspectiva de un colapso social incontrolable. De tal manera, el Presidente y su equipo pretenden hegemonizar sin concesiones el bloque burgués dominante, ganar las elecciones, doblegar al peronismo y reorganizar al país político sobre la base de lo que llaman “capitalismo serio”. Tal es el retroceso político en Argentina que hasta la burguesía se lanza por el camino de las utopías…

 

Malvinas y Venezuela

Correspondió a la canciller Susana Macorra el primer paso funesto en torno a Malvinas. En un comunicado conjunto con su par británico anunció la decisión, entre otras medidas, de explorar la extracción conjunta de petróleo en el área de las islas usurpadas. Hasta el propio bloque oficialista Cambiemos se levantó contra esta prueba de sumisión y abandono de la soberanía sobre las islas. Políticos exangües que durante 12 años hicieron nada para encaminar un política de recuperación de la soberanía sobre Malvinas, también se sumaron al coro de rechazo. Macri comprendió la magnitud del error táctico –el comunicado, no las concesiones- y en su discurso en la ONU insistió, como si fuese un líder nacionalista, en la “innegociable demanda de soberanía” sobre las islas y el espacio marítimo. Entusiasmado en su nuevo papel, tras cruzarse en un almuerzo con la primer ministra británica Theresa May declaró a la prensa que había programado con ella una reunión y que ésta había aceptado hablar sobre la soberanía. Tras el escandalete que siguió a esta gaffe voluntarista y demagógica, todo volvió a su cauce y ahora el oficialismo tratará sus propuestas para Malvinas en el Congreso, donde la cínica demagogia habitual hará que todo vuelva a fojas cero.

Para equilibrar, Macri aseguró en Nueva York que “en Venezuela no hay democracia”. Cabe preguntarse si fue sólo su inexperiencia lo que le hizo olvidar que hablaba desde un país donde por esas mismas horas policías blancos continuaban asesinando, sin razón comprobable alguna, a personas de piel oscura. O que los bombardeos a civiles en Siria se multiplicaron precisamente mientras él hablaba. O que el drama social estadounidense difícilmente es compatible con la democracia, incluso burguesa. Es conjeturable que se trate del tributo correspondiente a los encendidos elogios de Obama y a la inviable estrategia de afirmar un eje Washington Buenos Aires para derrotar a la Revolución Bolivariana y el Alba.

LB

@BilbaoL

24 de septiembre de 2016

 

Argentina como clave regional

Caracterización de un período antes del desenlace de 2015

El texto que sigue es la introducción al libro titulado Argentina como clave regional, publicado en 2007. Allí se adelantaba que «la condición de país clave reside en su debilidad y no en su fuerza». Y se afirmaba: «El destino inmediato deja como opción sumarse a uno u otro de los dos grandes contendientes ya delineados en este momento decisivo de la Historia», en referencia al imperialismo y el Alba. En 2008 Kirchner y su esposa optaron por el G-20 contra el Alba. Macri es resultado de aquella opción. Mientras tanto la clase obrera continuó su dinámica de fragmentación. Y aumentó su confusión política. Estos antecedentes son elementales para comprender la coyuntura actual del país elegido por Washington para formar un eje contrarrevolucionario continental.

 

«Es tan cierto como prodigioso

que verdad y error manan de una misma fuente,

 por lo cual no se debe con frecuencia

hacer daño al error,

ya que al mismo tiempo

se le hace a la verdad»

Johann W. Goethe

 

Menguada hasta límites impensados, sin timón en el puente de mando, sin motores en marcha allí donde nace la fuerza que todo lo mueve, Argentina es no obstante la clave para el desarrollo futuro de la coyuntura histórica que vive la región. Sólo que, aunque suene paradojal, la condición de país clave reside en su debilidad y no en su fuerza. El destino inmediato deja como opción sumarse a uno u otro de los dos grandes contendientes ya delineados en este momento decisivo de la Historia.

Había y sigue habiendo, en el subsuelo de estas tierras potencia más que suficiente para aspirar a un destino diferente. Pero no ocurrió.

En otros períodos Argentina ocupó un relevante lugar de avanzada en América Latina. Por ejemplo cuando una naciente clase trabajadora tuvo la lucidez y el vigor necesarios para alumbrar aquel primer periódico socialista, El Obrero, con el ímpetu de un proletariado que a fines del siglo XIX se puso a la vanguardia de la concientización y organización de los trabajadores en el Sur de América. Fueron vanguardia también los estudiantes con la Reforma de 1918, abriendo camino para los universitarios en todo el mundo. Y los obreros que sobre las llamas encendidas por el 17 de octubre de 1945 construyeron el Partido Laborista, mostraron a generaciones futuras la doble lección de la potencia implícita en la unidad social y política de las masas, y el costo a pagar cuando ésta queda bajo el control de las clases dominantes.

Ya no en primera línea, pero sí en el pelotón de avanzada mundial, estuvieron trabajadores y estudiantes con la oleada de insurrecciones en el último tramo de los años 1960, que tuvo su expresión mayor en el Cordobazo. A las juventudes que tomaron las armas inmediatamente después, les cabe también el honroso apelativo de vanguardia, en la búsqueda de una sociedad mejor.

La sangre hierve al comprobar que tanto sacrificio, tanta esperanzada entrega, tantas generaciones en pie de combate, desembocaran en este oscuro período de mediocridad y cobardía que por momentos parece constituirse en rasgo nacional; en esta confusión de ideas y valores con que Argentina recorre el primer tramo del siglo XXI.

La certeza de que se trata apenas de un instante en la historia no hace menos cruda la realidad. Pero basta cambiar el ángulo y mirar el panorama desde fronteras afuera, para asumir la verdadera dimensión del asunto y aventar cualquier forma de decepción o pesimismo: aquella fuerza eclipsada hoy en Argentina, gravita con potencia incontenible en la región como conjunto y en tres países en particular. «Nada se pierde, todo se transforma», asegura la primera ley de la termodinámica. La inmensa energía producida por las luchas del pasado es parte inseparable del formidable auge revolucionario latinoamericano, a partir del cual discurre cada situación nacional.

La lucha de clases en cada país se desenvuelve a partir de una realidad regional que se impone. Esto por cierto no es nuevo. Es sabido que fue bajo el impulso de la lucha de clases en Europa como se edificaron en Argentina –y luego en toda América Latina- los sindicatos obreros en el último cuarto del siglo XIX; así nacieron también las corrientes y partidos socialistas y anarquistas; y nadie desconoce el impacto que tuvo la Revolución Rusa de 1917en la clase obrera, la intelectualidad y las juventudes. No obstante, hay algo decididamente nuevo en la actual coyuntura histórica. En primer lugar, la desagregación y desideologización sin precedentes del proletariado como clase internacional y en cada país. He allí un basamento inédito cuya gravitación cambia de manera dramática el comportamiento de las clases (y por supuesto de los individuos), lo cual a su vez determina por todo un período histórico los márgenes de acción de las clases y sus expresiones políticas. Así se explica en Argentina el estrechamiento hasta la desaparición del peso político de los trabajadores y la sobrevida artificial de partidos burgueses una y otra vez muertos y sepultados. En segundo lugar, a diferencia de lo ocurrido durante siglos, el XXI no tiene el centro de irradiación ideológica y política en Europa. Desde hace por lo menos cinco décadas la inteligencia del viejo continente sólo emite señales de acomodamiento intelectual al sistema, recubierto de formas sofisticadas y con nada dentro. Ese influjo intelectual se combina con el pragmatismo descarado y ramplón de las burocracias obreras y deja como saldo un vacío total en las ciencias sociales y la teoría política.

Al mismo tiempo, es una simplificación autocomplaciente suponer que ese deus ex maquina se ha mudado a América Latina. Hace ya muchos años sostenemos que, efectivamente, en esta región del planeta se da una singular combinación de factores que conforman un cuadro potencial capaz de producir un salto cualitativo en el pensamiento y la acción revolucionaria. A saber: alto desarrollo capitalista imbricado con el más atroz subdesarrollo; poderosos proletariados con elevados niveles de organización sindical y experiencia política; debilidad relativa de las clases dominantes; historial de luchas que involucran a millones de activistas y abarcan todas las experiencias imaginables; fuentes naturales de riquezas que hacen viable un proyecto de revolución social autosustentada y con un punto de partida a nivel de las metrópolis; campo inconmensurable de alianzas internacionales con base en los países del hemisferio Sur y en los inmensos bolsones de pobreza y marginación en los países imperialistas; todo sobre una base de constante e irreversible ingobernabilidad para los partidos del capital.

Los últimos siete años de la política latinoamericano-caribeña no hacen sino abonar esta proyección. Pero deducir de allí que basta autoproclamarse vanguardia del planeta, es una manifestación de inconsistencia y oportunismo que, librada a su suerte, sencillamente clausura toda perspectiva histórica. Basta ver la liviandad panegirista con la cual un número de individuos ha tomado la consigna lanzada por Hugo Chávez, «socialismo del siglo XXI», y su reivindicación de la fuerza endógena latinoamericano-caribeña, para precaverse sobre el papel confusionista y destructivo que pueden jugar en este momento los filisteos de la política.

Por el contrario, la interpretación rigurosa y la asunción plena de aquella singularidad potente de América Latina, permitirá avanzar en una dinámica que, para decirlo con la formulación clásica de las leyes de la dialéctica, afirme negando, alcance una síntesis superadora que recomponga las fuerzas de la revolución, obre como centro aglutinante en cada país y se proyecte hacia una acción común a escala suramericana y mundial.

Es aquí donde Argentina juega un papel clave, aunque no de vanguardia. Porque la arquitectura geopolítica en construcción a escala suramericana tiene aquí una columna insustituible, pero las relaciones de fuerzas internas en el país, el estado de la clase obrera y de las fuerzas revolucionarias, impiden por ahora la asunción de un lugar en la primera línea de combate.

A tres lustros del derrumbe de la Unión Soviética, en el marco de un recrudecimiento coyuntural de la crisis estructural e irreversible del sistema capitalista mundial, la noción de vanguardia se expresa hoy traduciendo en una conformación compleja, de difícil aprehensión, la realidad del proletariado mundial.

En lugar de un centro desde el cual, con base en una poderosa fuerza social y una neta definición ideológica asumida por ella, se proyecta un accionar político revolucionario, (como pudieron ser en su momento la Revolución Francesa, la irrupción de grandes sindicatos y partidos socialistas o la Revolución Rusa), en la única área del planeta donde refulge la perspectiva de la revolución anticapitalista, la línea de avanzada se desdobla y, aunque aparece más y más como bloque, existe y actúa de manera disgregada, en un conjunto en el cual Cuba es la vanguardia ideológica, Bolivia la vanguardia social y Venezuela la vanguardia política.

Una de las contradicciones más estridentes del último período, durante el cual la Revolución Bolivariana apareció y fue imponiéndose gradualmente como fuerza ordenadora, consiste en que durante toda una primera fase las formulaciones de su principal figura excluyeron las definiciones ideológicas; pero además y sobre todo, la clase obrera venezolana estuvo eclipsada o directamente ausente en el escenario político, con apenas apariciones puntuales y efímeras en calidad de bastión de retaguardia.

Es comprensible que este entramado llevara a la omisión primero y la confusión después a innumerables cuadros revolucionarios marxistas, que no lograron interpretar (muchos siquiera lo vieron) un fenómeno ausente en la teoría y la experiencia histórica de la revolución social. Déjese de lado a los infaltables epígonos, hablistas compulsivos capaces de invocar al proletariado y la revolución para vender a su madre: incluso luchadores honestos, que se reclaman marxistas, se mostraron incapaces de ver que en Venezuela irrumpía una revolución que cambiaría el curso latinoamericano.

Una contradicción semejante se manifiesta en Bolivia. Allí una poderosa fuerza social rescata la lucha de los indígenas combinada con la más avanzada experiencia de organización y combate político del proletariado suramericano, pero no expresa identidad ideológica y deberá recorrer todo un camino para proyectarse como punto de referencia política. A la inversa de Venezuela, en Bolivia es la unidad social la que impulsa la unidad política, pero estos fenómenos diferentes plasman de manera análoga, dado que sólo se aglutinan y hacen coherentes por el papel de líderes sobre quienes recae el peso de la unidad y el rumbo a tomar.

Cuba, mientras tanto, hasta la aparición de la Revolución Bolivariana estuvo poco menos que impedida de traducir más allá de sus fronteras su condición de vanguardia ideológica a los terrenos social y político. A menudo incluso, y por imperio de una insoslayable autodefensa, la expresión política de aquella ubicación de vanguardia fundamental se trastocó al punto de enredar a propios y ajenos respecto de la realidad y el papel histórico de la Revolución Cubana.

El formidable proceso de convergencia de estos tres factores clave de la revolución continental, verificado en el primer semestre de 2006 y reafirmado a un nivel superior en el primer tramo de 2007, anuncia la resolución positiva de este momento paradojal. En ese breve lapso, la combinación virtuosa de desigualdades de estas tres revoluciones ha comenzado. El fenómeno en curso tomó cuerpo visible en dos acontecimientos internacionales ocurridos en pocos días, en escenarios tan diferentes como Viena y La Paz. A mediados de 2006 Hugo Chávez, Evo Morales y Carlos Lage en representación de Fidel Castro, se presentaron ante América Latina y el mundo con una propuesta común para este momento de transición: convergencia suramericana, transformación radical de las relaciones entre países y socialismo (1). Casi un año después, al reafirmar la Alternativa Bolivariana para las Américas (Alba) a la que se sumó Nicaragua, mientras Chávez en Venezuela aceleraba decisiones fundamentales para reemplazar el Estado burgués y avanzar hacia el socialismo en su país, aquella conjunción mostró que su potencialidad comenzó a concretarse (2).

Allí está trazado, sin equívoco posible, el rumbo por el cual transitará durante todo el próximo período histórico la fuerza de la revolución anticapitalista en el único lugar del planeta donde está planteada como proyecto estratégico, explícito y palpable.

Argentina, su clase trabajadora, sus fuerzas revolucionarias, y por supuesto su gobierno, están ausentes en ese pelotón de vanguardia. Ahora bien; frente a este rayo que ilumina el cielo del hemisferio y fulmina todos los discursos de la resignación y la traición, el capital imperialista y local no se rinde ni se rendirá sin combate. Por el contrario, reacciona con su amplísimo arsenal de recursos para trabar, desviar y finalmente aplastar la revolución.

Las armas más visibles, inmediatas y peligrosas de esta amenaza imperialista son la agresión constante por medios políticos y la sistemática preparación del ataque militar, hoy apuntado a Bolivia, Venezuela y Cuba.

 

***

En este cuadro de riesgo extremo, el papel de Argentina puede ser decisivo. Todo el accionar diplomático de la Casa Blanca en lo que va del siglo ha consistido en arrastrar al país a un bloque contrapuesto al que gradualmente fue conformándose en dos planos: el del Alba (Alternativa Bolivariana para las Américas) integrado por Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua, y el del Mercosur. La incorporación de Venezuela a este último, un bloque originariamente constituido bajo el signo de la maximización del lucro de las multinacionales, dio lugar a un paso más –se verá si es el que determine el cambio cualitativo- en la transformación del Mercosur en heterogéneo basamento de un proceso de integración autónomo.

En cada paso de ese sinuoso camino Argentina fue tensionada al punto de desgarramiento por dos fuerzas en ese plano contrapuestas: el imperialismo y sus asociados directos de una parte y los sectores burgueses empeñados en poner límites a la voracidad descontrolada de los centros metropolitanos, entre los cuales se hallan, de manera subordinada, sectores movidos por un proyecto desarrollista de independencia relativa.

Corresponde subrayar que en esta prueba de fuerzas, desde mediados de la década de 1990, el proletariado estuvo ausente con voz y perfil propios; mientras que las izquierdas, a la vez responsables y víctimas de esa situación de los trabajadores, se degradaron en todos los sentidos hasta desaparecer por completo del combate político.

El hecho es que incluso ante la omisión política de los explotados, no hay hegemonía efectiva por parte de ninguno de los sectores burgueses. Y no la habrá. No habrá resolución hegemónica en la puja entre proimperialistas y mercosuristas; y tampoco entre el sector de estos que sólo busca mejores negocios de corto plazo y aquellos que balbucean un programa de soberanía y crecimiento. En ninguno de estos sub-bloques existe un núcleo con fuerza suficiente para imponerse de manera duradera y estable a los demás. No obstante, aun en ese marco de constante desbalance y ambigüedad, hasta ahora la línea resultante ha sido contraria a la voluntad de Washington, dando lugar a un doble saldo de realineamientos al interior del país y de éste respecto de la región y el mundo.

Este dato es esencial en el polígono de fuerzas que define el curso actual y futuro de América Latina. Por eso, nadie que se proponga luchar por una revolución genuina, antimperialista y anticapitalista, podrá soslayarlo a la hora de definir sus tácticas en la ardua labor por alcanzar la unidad social y política de los trabajadores y el conjunto del pueblo.

***

    (…) Hoy resulta imprescindible volver la mirada sobre ese período durante el cual Argentina se degradó en todos los órdenes, ante la pasiva aquiescencia de la clase trabajadora, el derrumbe por abismos sin fondo de la burguesía, el desmantelamiento y corrupción de los partidos de las clases dominantes, y la comisión de errores desmesurados por parte de organizaciones y cuadros que en otros momentos pudieron aparecer como direcciones revolucionarias.

Es preciso asumir que ese colapso de los cimientos de la sociedad argentina alcanzó también al conjunto de las fuerzas anticapitalistas. Al compás de ese cataclismo histórico muchos cuadros veteranos de la lucha revolucionaria se derrumbaron. Muchos hombres y mujeres con años de bien ganada autoridad militante, perdieron la brújula política y moral -no faltó quien descendiera a la condición de estafador- en una inconsciente asimilación al curso dominante en la sociedad.

Siempre es abusivo atribuirle alcance universal a un rasgo social sobresaliente en una coyuntura determinada. El individuo puede y a menudo logra distinguirse de los trazos dominantes en la cultura y el comportamiento colectivo. Al mismo tiempo es innegable que «la ideología dominante es la ideología de las clases dominantes». En el conjunto infinito de caracteres y determinaciones individuales que, entrelazados y mutuamente condicionados conforman una cultura nacional, ciertos rasgos se imponen por períodos y sobredeterminan los valores y el comportamiento individual, para dar lugar a factores comunes que atraviesan clases y sectores en una sociedad, en un período dado.

Los rasgos distintivos del capitalismo tardío, agudizados por los recursos aplicados por los estrategas del imperialismo para la sobrevivencia del sistema provocaron cambios profundos en la cultura y en la conducta individual del mundo contemporáneo (3). Ese fenómeno ocurrió acelerado y multiplicado en Argentina. Era esperable que la descomposición de las clases dominantes, precipitada en el último cuarto del siglo pasado, se tradujera en un conjunto de conductas diferentes, por regla general degradadas, asumidas por el conjunto social como propias. No obstante, los resultados fueron más allá. La fase de declive derritió la hipocresía con la que la burguesía recubre su conducta y puso a luz del día los estragos de la crisis capitalista sobre el comportamiento de las clases dominantes. En ausencia de un modelo alternativo, sin partidos ni dirigentes anticapitalistas con fuerza moral que contrapesara el efecto de derrumbe y bajo el influjo arrollador de los medios de difusión masiva, en especial la televisión, las virtudes y valores del hombre llano fueron arrasados. Para completar el cuadro, la fuerza devastadora de la crisis se extendió alentada por un error de proporciones incalculables de prácticamente todas las corrientes de izquierda, que no sólo imaginaron una revolución centrada en los desocupados, sino que se prestaron a la maniobra estratégica del capital sirviendo de correa de transmisión para la distribución masiva de subsidios. A término, esto trasladó la corrupción a buena parte de la militancia y alimentó en franjas significativas de los sin trabajo una conducta clientelista, ajena a toda conciencia política y definitivamente divorciada de una militancia revolucionaria.

Este fenómeno combinado cayó como roca sobre las espaldas de la juventud contestataria. Miles de activistas, arrastrados por la caída social y el ejemplo de personas a las que reconocían como dirigentes, adoptaron con la mayor naturalidad conductas propias de las clases dominantes en su decadencia extrema. Ése es un pasivo insoslayable a la hora de emprender la tarea de recomposición de fuerzas antimperialistas y anticapitalistas.

No se trata de tomar al tigre por la cola (la subjetividad individual), sino de reconocer el sustrato político transformado en ideología, que alcanza a innumerables cuadros, sobre todo jóvenes, quienes deberán ser sujetos de la transformación revolucionaria en Argentina. Para eso es imprescindible buscar la responsabilidad política de esta deriva. Y puesto que por definición no puede cargarse responsabilidad alguna a la burguesía y sus partidos, fuerzas motoras de la degradación, es ineludible poner entre el yunque de los hechos y el martillo de la crítica la trayectoria política de cada corriente.

(…) La cita de Goethe que encabeza esta introducción no es un alarde. Es la certeza de que al descargar el mazazo de la crítica sobre la práctica propia y ajena, el brazo ejecutor debe estar movido por la conciencia de que el error no es lo contrario, sino una parte componente de la verdad, que se construye como una casa, ladrillo por ladrillo, en el transcurso del tiempo y al calor de la lucha de clases. Sin rozar la indeterminación, es preciso partir de esa concepción al esgrimir el arma de la crítica con el objetivo de negar la negación del pensamiento y la acción revolucionaria.

Sí, hay que afirmarlo sin rodeos: durante las últimas décadas, en Argentina predominó la negación del pensamiento y la acción revolucionaria, bajo la apariencia de partido y militancia anticapitalista.

 (Publicado en  la sección Historia, Teoría y Debate de América XXI, edición de octubre 2016)

 

1.- Ver «Recado a Europa» y «El Sur gana otra partida», en América XXI, Nº 15. Caracas-Buenos Aires, junio de 2006.

2. Ver «El Alba de la unión suramericana»; América XXI Nº 23, febrero de 2007.

3.- Un estudio remarcable en ese sentido es «La corrosión del carácter», Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo, Richard Sennett, Anagrama, Buenos Aires, 2000.

 

 

 

Brasil y la Marcha de Mussolini Allup sobre Roma

Hoy fue destituida Dilma Rousseff, presidente constitucional de Brasil. En pocas horas comienza la marcha sobre Caracas, que bien podría llamarse, por su contenido, “marcha sobre Roma”, realizada bajo comando de Benito Mussolini el 27 de octubre de 1922.

Mañana no ocurrirá en Venezuela lo que hoy ocurrió en Brasil. Mucho menos lo sucedido en Roma cuando el fascismo comenzó su marcha ascendente. No habrá golpe de Estado exitoso. Y mucho menos ausencia de las masas frente a un hecho decisivo para el futuro nacional y regional.

Solidaridad con Dilma y el PT frente al golpe. Férrea voluntad de frente único para impedir que Michel Temer pueda usurpar establemente su cargo. Bloque continental para exigir su procesamiento por actos delincuenciales y el urgente llamado a elecciones en Brasil.

Años atrás, cuando era motivo de anatema, señalé el inexorable desenlace de una alianza del PT con su peor enemigo histórico, el PMDB. Aquella política de la dirigencia petista no fue un error: fue el abandono de una política de clase a cambio de un estrategia de subordinación a la burguesía. Aquí están los resultados.

Desde luego no será posible dar un solo paso adelante sin corregir ese desvío histórico que transformó al PT en un partido más del sistema capitalista, bajo carátula socialdemócrata. Pero eso es tarea de los trabajadores, las juventudes y sus vanguardias en Brasil. La nuestra es apoyar toda medida de lucha contra el ahora entronizado gobierno del gran capital sin antifaz, que avanzará sin reparos en una política de saneamiento profundo del capitalismo en crisis.

Ante todo, sin embargo, es preciso comprender que no es comparable la política revolucionaria del comandante Hugo Chávez con la subordinación socialdemócrata de Lula al gran capital (y de otros mandatarios colgados al saco del Libertador Socialista que hicieron lo mismo) y, a partir de esa certeza saber que nada de lo que ocurra mañana en Venezuela será comparable al patético desenlace del gobierno PT, con unos pocos centenares de personas manifestando frente al Senado en Brasilia cuando se consumaba el golpe de Estado contra Dilma.

Todo indica al mediodía del 31 de agosto que la marcha programada por la contrarrevolución en Venezuela no tendrá la magnitud ni el efecto esperado por sus organizadores del Norte. Está por verse. Pero sea cual fuere esa dimensión, será sin duda menor a la del pueblo organizado que saldrá a defender la Revolución Bolivariana.

Es elocuente la parábola: en momentos de crisis global del capitalismo cualquier expresión de prolongación del sistema (reformista o populista) está destinada a un triste final.

Depende de la conciencia, la ideología y la moral de cada uno si prefiere la penosa retirada de Dilma en ausencia del PT, o el combate abierto contra las fuerzas gestoras de la negación democrática, el hambre, la explotación y la violencia.

 

31 de agosto de 2016

@BilbaoL

Vísperas de una ominosa agresión a Venezuela

Con fecha predeterminada y largamente anunciada, 1º de septiembre, se prepara una agresión sin precedentes contra un gobierno democrático en América Latina. Un golpe como los que repitió por decenas el Departamento de Estado en la región durante décadas, ahora con formato por completo diferente, puesto que diferentes son las condiciones en que debe intentarlo.

Se trata de la escenificación de una insurrección popular contra una no menos ficcional dictadura. El Malinche uruguayo a cargo de la OEA ya dictaminó que Venezuela dejó de ser una democracia. La prensa de todo el mundo replicó su falacia. En la fecha prevista una movilización opositora obrará como pantalla para que grupos de paracos (paramilitares colombianos) infiltrados desde hace años en la geografía venezolana bajo conducción de agentes del Comando Sur estadounidense, provoquen episodios de violencia extrema en diferentes puntos del país.

Los arquitectos de la operación descuentan la capacidad de reacción a la medida de la agresión por parte de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (Fanb) y de millones de hombres y mujeres venezolanos de toda edad y condición que saldrán a defender la Revolución. Aguardan ese punto para declarar la necesidad de una “intervención humanitaria” desde el exterior.

Hay demasiadas puntadas sin hilo en este entretejido imperial. Pero no las consideraremos aquí. A cambio, pondremos a consideración dos hipótesis:

  1. la respuesta revolucionaria aplasta inmediata y radicalmente el intento reaccionario; las fuerzas antimperialistas se potencian y la transición anticapitalista se acelera.
  2. el aparato militar montado por el imperialismo consigue desalojar a Maduro del palacio de Miraflores y prolongar los combates.

Hay una tercera posibilidad, la más deseable, que dejo para el final.

En Venezuela existe capacidad militar y política para darle mayor probabilidad a la primera variante. Sin embargo, en esta breve nota y a modo de advertencia al mundo consideraré viable la segunda: Estados Unidos y sus aliados consiguen su propósito y Venezuela ingresa a una guerra civil prolongada, en la que las fuerzas revolucionarias contarían con masas organizadas y medios de combate como jamás se ha visto en confrontación interna alguna. Ni aun en la guerra de Vietnam. Desde luego a semejante capacidad bélica sólo podría responderle el aparato militar estadounidense, disfrazado tras la OEA o la ONU. China y Rusia rechazarían no sólo de palabra ese tipo de intervención de Washington.

Si este escenario se hiciese realidad, ocurriría en concomitancia con dos hechos políticos que hoy conmueven al continente: el fin de la guerra en Colombia y el golpe de Estado contra la presidente constitucional de Brasil, Dilma Rousseff. En la base de todo, la crisis económica mundial más grave en la historia del capitalismo.

 

Incógnitas y certezas

¿Qué ocurriría con las democracias burguesas de la región si el continente pasase a girar en torno a una guerra civil en Venezuela? ¿Qué ocurriría con el intento estadounidense de recuperar la hegemonía en la región?

Nadie supone que en esta hipótesis los gobiernos de Macri, Temer, Bachelet, Vázquez, Cartes y Kusinsky se fortalecerían y darían lugar a un estadio superior en la economía y la democracia de la región.

Cabría en cambio alguna posibilidad de duda a la eventual respuesta de que, necesitado de la guerra como del oxígeno, Estados Unidos podría recuperar poder en un escenario hemisférico de violencia generalizada. Cabría preguntar incluso si, en desesperada huida hacia delante Washington no busca precisamente ese camino. Una extensión desmesurada de la táctica empleada en Libia y fallida en Siria.

El caso es que una eventual guerra interna en Venezuela, la desestabilización y la violencia se extenderían como mancha de aceite por toda América Latina. Esto repercutiría con fuerza desconocida al interior de Estados Unidos, donde crecen la desocupación, la pobreza, el racismo y la violencia. Ni Jack London en su formidable novela El talón de hierro se aproximaría en sus descripciones al escenario potencial que pondría en cuestión incluso la permanencia de la Unión. No es preciso extenderse para considerar las repercusiones de tal dinámica sobre el resto de los centros imperiales.

 

Irracionalidad dominante

Aunque parece más la pesadilla de un enfermo, si acaso Estados Unidos emprende el camino de la guerra contra Venezuela, esa perspectiva ominosa es, precisamente, la certeza más sólida. Basta comprender que es la irracionalidad del capitalismo en crisis la que dicta pasos tales como la generalización de la guerra en Medio Oriente, el amenazante despliegue de la Otan contra Rusia, las provocaciones guerreristas contra China en el Mar del Sur, para comprender que una réplica de esa política demencial en América Latina está dentro de lo posible.

Como quedó antes señalado, hay una tercera variante en la coyuntura inmediata en Venezuela: que el gobierno de Nicolás Maduro, las Fanb, el Psuv consigan desplegar tal poderío en los días previos a la supuesta “Toma de Caracas” como para doblegar al enemigo antes de que éste pueda arrastrar a las calles a sectores sociales en magnitud considerable y poner así en marcha el plan macabro. Sería una gran victoria de la racionalidad contra la “locura de Estado”, categoría incomparablemente más destructiva que el ya empleado “terrorismo de Estado”.

Tal eventualidad, en modo alguno improbable, daría lugar sin embargo a un paréntesis de escasa duración, puesto que Washington necesita de manera inapelable el aplastamiento del foco revolucionario latinoamericano con eje en Venezuela y los países del Alba.

Una última pregunta, que es ante todo una proclama: ¿estamos las fuerzas y los cuadros revolucionarios del continente a la altura del desafío planteado por la amenaza imperial? La respuesta es No; pero podemos estarlo.

Rodear incondicionalmente a los gobiernos del Alba; extender desde Alaska a la Patagonia un frente único antimperialista para impedir la agresión a Venezuela y la promoción de la violencia en todo el continente. Articular de inmediato una instancia organizativa regional e internacional capaz de medir con precisión la coyuntura y trazar una estrategia. Poner en marcha una conducción política internacional en condiciones de dar respuesta a esta nueva manifestación de la crisis capitalista.

 

Buenos Aires, 29 de agosto de 2016

@BilbaoL

Comercio mundial y revolución

PorLBenAXXI

Tras el manotazo autoritario para impedir que Venezuela asuma la presidencia pro témpore del Mercosur hay mucho más que la torpeza de gobernantes aunados por la necesidad estadounidense de bloquear a la Revolución Bolivariana.
Hace tiempo voces disímiles repiten que el Mercosur está inerte. Es así. La responsabilidad de la parálisis corresponde a Brasil y Argentina, arrastrados por la competencia interburguesa, acentuada por la crisis capitalista. En ese cuadro y sus posibles derivaciones cabe interrogarse sobre el lugar que le corresponde a Venezuela (y en menor grado a Bolivia, a punto de incorporarse al bloque) en el eventual desarrollo de la crisis ahora inocultable del Mercosur.
Una economía en transición no puede sustraerse a la gravitación dominante del comercio mundial, aunque hay una contradicción irresoluble entre ambos términos. Imponerse a ese choque permanente exige una combinación de ciencia y arte difícil de hallar en un equipo dirigente. Tanto menos en un individuo. Han sido grandes quienes alcanzaron a comprender la dificultad, aunque no hayan conseguido resolverla.
En un mundo capitalista el intercambio de bienes se rige por la ley del valor, en tanto los esfuerzos por abolir el capitalismo consisten precisamente en neutralizar esa fuerza. Incorporarse a una instancia de intercambio comercial dominada precisamente por la verdadera mano invisible y poderosa del capitalismo puede parecer un acto temerario. Lo es. Pero sustraerse al comercio mundial es optar por el suicidio: el socialismo ha de ser una superación del capitalismo, negación de la negación; no un retroceso en la técnica, la disponibilidad de bienes, la satisfacción de necesidades. Superación del capitalismo es también, por supuesto, diferenciación de la enajenación consumista por la satisfacción siempre creciente de nuevas necesidades en todos los órdenes y en concordancia con la preservación de la naturaleza. Transitar ese camino desconocido implica, inexorablemente, adentrarse en el mercado mundial.

Lección de la historia
Cabe remitir a la historia de la Unión Soviética. A partir de sus enormes dimensiones, acrecidas desde 1949 por el conjunto integrante del Comecon (Consejo de Ayuda Mutua Económica, expresado en el terreno militar mediante el Pacto de Varsovia), surgieron teorías validando la posibilidad estratégica de coexistencia entre ese enorme mercado no capitalista y el resto del mundo, dominado por el capitalismo avanzado. Se trataba de “construir el socialismo en un solo país” (en este caso en un área inmensa a la que podía hasta cierto punto sumarse a China, Cuba, Vietnam y Corea del Norte) y buenamente coexistir de manera indefinida con el imperialismo.
Contra pueriles teorías que atribuyen a algún traidor infiltrado el desmoronamiento de la URSS, es obvio que la palanca mayor del sistema opuesto, todavía perviviente en las entrañas del sistema soviético, fue potenciada por la penetración de las leyes del mercado a través del intercambio económico internacional, que gradualmente corroyeron las columnas del sistema en gestación y acabaron provocando la derrota de la planificación y la caída de la Unión Soviética.
Imposible resumir aquí el debate y los momentos clave de la historia entre 1917 y 1991 en los que la resolución de esa contradicción estuvo en juego. Baste señalar que es igualmente pueril explicar el desenlace circunstancial reduciéndolo a la ausencia de un “Estado mayor revolucionario”. Los avatares del Mercosur en este momento debieran ser un estímulo para dar nuevos pasos en el estudio científico de la dialéctica mercado mundial-revolución.

Chávez y el Mercosur
Cuando tras muchos esfuerzos de Hugo Chávez se abrió el camino para la incorporación de Venezuela al Mercosur, en una de sus frases capaces de resumir cuadros complejos en pocas palabras el comandante de la Revolución Bolivariana hizo una afirmación cuya validez está ahora a la vista: “el Mercosur se formatea o muere”.
¿Qué era formatearse? Aunque nunca fue expresado de esta manera, el conjunto de las tácticas de Chávez indica que el propósito era avanzar por el camino de la unión política y la integración económica regional bajo el signo de un constante debilitamiento de las leyes del mercado en las relaciones del conjunto. El Alba era el prototipo teórico a proyectar a escala regional, mientras se avanzaba con la creación de Unasur primero y Celac después. Aquel propósito del Alba no siempre fue ratificado en la práctica. Por lo demás, Argentina y Brasil eran la clave material para que ese proceso virtuoso pudiera desenvolverse de modo sostenido. Sólo que los gobiernos de ambos países defendían explícitamente una estrategia opuesta: desarrollar el capitalismo a partir del fortalecimiento de la “burguesía nacional”. De tal manera, no sólo fue imposible avanzar por un camino de integración económica con cada vez menor gravitación de la competencia capitalista y el afán de lucro por parte de los grupos económicos de cada país, sino que la reaparición dominante de la crisis capitalista fue utilizada por el imperialismo para introducir desde 2007 poderosas cuñas en la nueva arquitectura geopolítica. A partir de 2008 Washington dio un pasó más: reconfiguró el G-20 y amarró a esa instancia imperial a Brasil, México y Argentina. Los tres gobiernos dieron ostensiblemente la espalda al Alba –que en esa misma coyuntura crucial puso en marcha el extraordinario ensayo de una moneda de cuenta común, el Sucre– y se aferraron al salvavidas instrumentado por el gran capital internacional.
En ese punto quedaba sellada la suerte del Mercosur, con sus dos socios principales lanzados a la búsqueda de respuestas individuales a la crisis global. Todo guiado por la exigencia de mayor tasa de ganancia para sus principales núcleos empresarios.
Era y sigue siendo necesario perseverar en la estrategia de fortalecimiento autónomo regional, la formación de bloques geoeconómicos desacoplados del dólar y la reconfiguración del sistema monetario internacional. Contra toda percepción inmediata, se avanzó mucho en ese sentido y el resultado actual es un hecho incontrovertible, decisivo para la historia: el fin de la hegemonía económico-financiera mundial del imperialismo con eje en Washington.
Claro que ese golpe mortal al corazón del capital tiene derivaciones paradójicas en América Latina, donde las burguesías locales de mayor envergadura (en especial Brasil y Argentina) volvieron al redil imperial. En ambos casos el giro lo llevaron a cabo gobiernos supuestamente empeñados en lo contrario: defensa de la soberanía nacional, integración regional en detrimento de las metrópolis y transferencia de ingresos en favor de las clases trabajadoras.
Tan brusco viraje provocó un efecto múltiple: realineamiento estratégico con Washington, aniquilación de partidos y frentes gobernantes en Brasilia y Buenos Aires, desmoralización de amplios sectores que confiaron en ellos, vuelco social hacia elencos gobernantes explícitamente conservadores enfrentados con el Alba en general y con la Revolución Bolivariana en particular.
Una derivación de este desenlace es el paso dado para expulsar a Venezuela del Mercosur, requerido a su vez por la Casa Blanca para aislar al gobierno de Nicolás Maduro e intentar, una vez más, aplastar la Revolución.

Actores de la nueva etapa
Washington no logrará su propósito, por mucho que lograre avanzar en aspectos parciales. De modo que la contradicción entre la participación en el comercio mundial y los requerimientos de actuales y futuros procesos revolucionarios seguirá planteada.
Si acaso se impusiera el eje Washington-Buenos Aires el Mercosur completaría su autodestrucción, pero ese resultado sería necesariamente breve e inestable. Las exigencias objetivas que lo gestaron continúan vigentes y volverán a plantearse, aunque tajantemente transformadas y con nuevos actores en el centro del escenario.
Brasil continuará atrapado por la disputa interburguesa que ha clausurado su horizonte. Del marasmo surgirán nuevas fuerzas, más conscientes, entrenadas y, sin duda, más radicales. En Argentina, de la inexorable marcha del gobierno hacia un choque frontal con las masas reaparecerán, con nuevas formas y contenidos superadores, fuerzas aplastadas durante décadas por conducciones burguesas. Las líneas conciliacionistas perderán capacidad de control en Chile y Uruguay. Ensayos desesperados como el liberalpopulismo peruano (grotesco remedo del macripopulismo desarrollista argentino) durarán lo que un suspiro. Gobiernos sin base social y profundamente corruptos como el de Paraguay no podrán sostenerse. A la vuelta de un período presumiblemente breve –que en muchos casos puede haberse agotado ya mismo– América Latina estará nuevamente rediseñando un camino de convergencia antimperialista. Y las fuerzas revolucionarias deberán plantearse cómo conducir las relaciones comerciales tanto en la región como de ésta con el resto del mundo.

Experiencias vigentes
Con mayor fuerza aún reaparece entonces la estrategia del frente único antimperialista. A partir de la creación previa del Alba, la Revolución Bolivariana llevó esa línea de acción mediante el impulso a Unasur y Celac y su ingreso al Mercosur. Simultáneamente Chávez puso en pie un partido de masas, plural, antimperialista y anticapitalista. El desenlace circunstancial hoy a la vista en el hemisferio no se explica por la muerte de su principal gestor –aunque esto sin duda pesa sobremanera en la marcha de los acontecimientos– sino sobre todo por el sustrato histórico-ideológico-político que debió remontar la Revolución Bolivariana, todavía bajo el oleaje de la caída de la URSS y la desarticulación de partidos comunistas y fuerzas revolucionarias de otros signos en todo el planeta.
Chávez diseñó y en buena medida llevó a cabo la concreción de ese frente único a escala planetaria. Eso fueron sus alianzas o búsqueda de ellas con países como Rusia, China, Bielorusia, Irán, Libia, todos los miembros de la Opep, el intento de revitalizar el Grupo de los 15, su enérgico impulso al Movimiento No Alineados… Como colofón, intentó crear una Vª Internacional. Cada quién, en el damero político mundial, sabe cómo se comportó frente a este esfuerzo colosal.
Mientras tanto, el sistema imperial se resquebrajaba y Estados Unidos perdía su hegemonía, para no recuperarla jamás. Es el traspié en la consolidación de un frente único en este panorama planetario lo que permitió una vez más al Departamento de Estado recuperar la iniciativa en algunas áreas, específicamente en América Latina.
Con prescindencia de los avatares inmediatos en torno al Mercosur y la sobrevivencia efectiva o no de Unasur y Celac, la estrategia anticapitalista y las fuerzas que la asuman deberán apelar a instancias de frente único continental. A la fecha, esto significa cerrar filas contra la OEA y apuntalar hasta donde sea posible los organismos regionales alternativos, incluido el agonizante Mercosur.
En los últimos años toda la discusión se ha limitado a sopesar cuánto de libre mercado, cuánto de planificación y cuánto de rigor estatal ha de haber en una economía nacional en transición. Es hora de asumir sin cortapisas la gravitación trascendental de la ley del valor, declararle la guerra al interior de cada país definido como revolucionario y desde allí buscar instancias de frente único, siempre con eje en formas de intercambio comercial que minimicen la penetración de las leyes del mercado en el ámbito nacional de una transición en marcha.
En última instancia, esa batalla sólo la resuelve la victoria o derrota de la revolución socialista en más y más países, en la certeza de que la columna vertebral del sistema mundial está en los centros capitalistas altamente desarrollados y de que el combate decisivo se librará en conjunto con sus clases obreras y sus sociedades acosadas por la crisis. El mercado mundial es la más poderosa fuerza contrarrevolucionaria en cada país. Cada revolución se desenvuelve sin embargo dentro mismo de esa fragua.

@BilbaoL
14 de agosto de 2016

Estados Unidos afronta una tempestad global

PorLBenAXXI

Desorden y ausencia de hegemonía. Tales los factores dominantes hoy en la política internacional. Tras bambalinas, una crisis económica global sin precedentes por su hondura y extensión.
Ni el más obtuso de los propagandistas del capital puede ocultarse el rumbo de colisión por el que marchan los principales centros del poder mundial, mientras los países subordinados buscan, a los tumbos, ubicarse en la nueva situación.
La desestabilización de Turquía es tanto o más grave que la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea (UE). Ambos hechos evidencian la incapacidad para prever y actuar de Washington y Bruselas. Sumados, resumen la desarticulación creciente del poder imperial.
La obligada (aunque no necesariamente probable) salida de Ankara de la Otan, significaría un quiebre estratégico para ambos centros imperiales. Estados Unidos no puede perder esa plataforma de apoyo en su lucha contra Rusia a un lado y la potencial alianza árabe-iraní al otro. La UE observa con espanto la ruptura del dique turco contra el Medio Oriente y la cada vez menos disimulada aproximación del presidente Recep Tayyip Erdoğan al extremismo islámico. Si Washington y Bruselas aceptan el régimen dictatorial vigente en Turquía, como lo hacen caminando en zigzag hasta ahora, quedará en evidencia toda la hipocresía de su discurso democrático. Pero también se dificultará la lucha contra las fracciones terroristas del islamismo, fuera y dentro de Europa. He allí una razón más de conflicto interimperialista, justo cuando Inglaterra decide romper con la UE.
Imprevisto y hasta el momento inmanejable, el brexit expresa la agudización de la lucha entre los principales bloques del gran capital y la incapacidad de cualquiera de sus componentes para reordenar el equilibrio. En una primera fase implica una victoria de Estados Unidos contra la Unión Europea. En su continuidad, puede derivar a corto plazo en agravamiento de la situación económica estadounidense. A la vez, actualiza y agudiza fuerzas centrífugas al interior de Gran Bretaña. Sin la viga maestra de Washington en torno a la cual se mantuvo hasta comienzos de este siglo, la arquitectura imperial posterior a la caída de la Unión Soviética se ha desarticulado.

 

Fragmentación del centro imperial
Esas fuerzas disociadoras actúan a pleno además al interior de la primera potencia mundial, lo cual imprime fuerza adicional al desorden, la incertidumbre y la ausencia de autoridad inapelable. Estados Unidos está cruzado hoy por múltiples divisiones, todas en aceleración sostenida. La principal de ellas es la menos evidente: entre burguesía y proletariado. El freno a la depresión con que amenazó la crisis de 2008 significó una enorme transferencia de ingresos en detrimento de la clase obrera, que sigue sin reconocerse como tal pero sufre cada día en mayor grado las condiciones objetivas que la empujan hacia la conciencia. Una expresión distorsionada de esa realidad es la reaparición del racismo, el asesinato permanente de afroamericanos por la policía blanca y ahora el comienzo espontáneo de respuestas violentas desde activistas negros, no por acaso provenientes de filas militares. Como síntesis de esta dinámica disgregadora y decadente aparece Donald Trump, que imprime un tono payasesco al racismo y guerrerismo crecientes. Trump fue nominado candidato a la presidencia por el partido Republicano. Todo indica que perderá el 8 de noviembre frente la candidata del partido Demócrata, Hillary Clinton. Pero hará avanzar aún más la división, confusión y desvío de la sociedad estadounidense, facilitando la línea de acción belicista bajo la conducción de Clinton. Al otro lado del Atlántico, la primer ministra Therese May replicará desde Londres esa política apuntada a la guerra. Mientras el gasto global en armamento aumentó un 1% promedio en 2015, el destinado a misiles y sistemas misilísticos crece a un 5% anual. Es el tipo de guerra que prepara la Otan, con dos excusas: Rusia y las organizaciones terroristas creadas por los propios países de la Otan en Oriente Medio.

 

Otras voces
En ese contexto aparecen otras voces potentes. El 1 de julio el presidente chino Xi Jinping conmemoró el 95º aniversario del Partido Comunista (PCCh) con un discurso elocuente: “Somos testigos de acciones agresivas de Estados Unidos, tanto hacia China como Rusia. Creo que Rusia y China pueden crear una alianza ante la cual la Otan sea débil”.
Esa coalición militar, dijo el jefe de Estado chino, “pondría punto final a las ambiciones imperialistas de Occidente”. Xi pronosticó además la debacle de la Unión Europea (UE) a la par de la economía estadounidense. “El mundo –subrayó– está al borde de un cambio radical. En los próximos 10 años podemos esperar un nuevo orden mundial en el que el factor clave será la alianza ruso-china”.
A la cabeza de las burguesías latinoamericanas, el gran capital brasileño se fractura aún más de lo visible ante esta bifurcación de caminos. Ratificar una alianza con Washington al precio de abandonar el liderazgo sobre la región y desentenderse de una ya alcanzada reubicación estratégica en el mapa mundial es una opción difícil para Brasilia. Tanto más cuando Washington ha escogido a Buenos Aires, pese a la ostensible debilidad de su gobierno, como punto de apoyo para su estrategia regional.
Al Sur del Río Bravo el período por venir mostrará cambios y realineamientos abruptos como hoy exhiben Turquía y Gran Bretaña. Es indiscutible que la alianza en curso entre Beijing y Moscú será un factor clave del nuevo mapa mundial. No lo es que en los próximos 10 años el mundo asista a un nuevo orden.

21 de julio de 2016

Argentina tiene fuerzas para emprender un nuevo rumbo

PorLBenAXXI

La burguesía y sus sostenes apuestan a un plan desarrollista que todavía no ha arrancado. Aun exitoso, sería de corto aliento y funesto desenlace. Muchos parecen haberlo comprendido.

Si la racionalidad rigiera los pasos de las clases dominantes, todos sus esfuerzos estarían apuntados a resolver los inmanejables desequilibrios macroeconómicos heredados por Mauricio Macri y los efectos sociales de ese descontrol, dramáticamente agravados en los últimos siete meses. Pero no: cada paso de los enclenques aspirantes a representantes del capital están guiados desde ahora mismo por las elecciones legislativas de medio término, a realizarse en 2017. Incapaces de enarbolar un proyecto de país, argumentan naderías para lograr un cargo en el ineficaz y corrupto aparato del Estado.
Otro rasgo común en esta desatinada carrera es que todas las corrientes políticas –con excepciones que hasta el momento no pesan– se muestran convencidas de que lograrán mejorar cualitativamente su paupérrimo desempeño electoral a expensas de la disgregación del peronismo en general y del llamado kirchnerismo en particular, sin romper con el marco general. En otras palabras: ninguna formación política confía en sí misma para convocar la voluntad nacional y tejen tácticas de “ave de pico encorvao”, como diría Martín Fierro.

Realidad y expectativas
Unos pocos datos de la marcha económica permiten mostrar la distancia entre tales expectativas electoralistas y la realidad previsible. Después de cuatro años de estancamiento y recesión, con una media inflacionaria alrededor del 30%, Argentina aceleró su caída desde diciembre de 2015. El Gobierno puede jactarse, a justo título, de haber impedido el por entonces imparable deslizamiento hacia la hiperinflación, como quedó señalado en su momento en estas páginas. Pero el costo fue elevadísimo. Según consultoras privadas la actividad en su conjunto cayó más del 3% en junio, con relación al mismo período del año anterior. Los datos oficiales, ahora creíbles tras el trabajo de restauración del Indec a cargo de Jorge Todesca, dan una cifra superior. Arrastrada por el freno a la obra pública desde septiembre de 2015 y más aún desde enero 2016, la caída anualizada en la construcción fue del 10,3%. En el mismo período, la inflación se elevó al 47%, contra salarios con aumentos entre el 30 y, en pocos casos, el 35%. A causa de una cosecha gruesa sensiblemente disminuida, por razones de arrastre, el sector agropecuario cayó un 8,7%. La recesión en Brasil dio el golpe de gracia a la industria en Argentina
Contrariando histéricas denuncias de “neoliberalismo” el Gobierno llevó el déficit fiscal del primer semestre a 217.039 millones de pesos, 39,5% mayor al del mismo período de 2015. El desbalance heredado anual del 7% del PIB se proyectaría así a más del 8%, aunque en Hacienda aseguran que el segundo semestre tendrá una caída significativa y acabará 2016 por debajo del 5%. Esperar y ver.
Estos guarismos tuvieron un efecto social paradojal: la mantención y aumento del déficit fue volcada a ampliación y aumento de subsidios para las franjas más pobres de la sociedad. Los aumentos de tarifas –particularmente electricidad y gas, realizados con sorprendente incapacidad técnica– provocaron marchas y contramarchas de elevado costo político. Pero lo central es que afectan a las capas medias bajas y medias, así como a sectores privilegiados del movimiento obrero, no alcanzados por subsidios y ayudas especiales. En medio del vendaval, el gobierno nacional y su principal punto de apoyo, el de la Provincia de Buenos Aires, pusieron especialísima atención a los sectores desocupados o de ocupación informal, volcando sobre ellos más subsidios y atención social. No por acaso el semanario inglés The Economist condenó la política económica oficial y los liberales clásicos vernáculos elevaron el tono de sus quejas, identificando a Macri con Néstor Kirchner y Cristina Fernández, diferenciándolos apenas por “sus buenos modales”.
Una inmediata traducción política de estos malabares económicos fue la aproximación de intendentes peronistas de Buenos Aires a la gobernadora María Eugenia Vidal, cuando aquellos percibieron que podían dar continuidad a sus prácticas locales con el nuevo gobierno, en tanto el peronismo se desgrana y ofrece escasas perspectivas políticas para el año próximo.
Conscientes de los riesgos planteados, las diferentes fracciones de la burguesía extienden el crédito a Macri. Otro tanto hace la dirigencia sindical, encaminada a unificarse el 22 de agosto, emitir un duro documento en esa fecha, preparar una marcha para septiembre y… considerar la perspectiva de un plan de lucha para los meses siguientes.
Gobierno y oposición burguesa desestiman la gravedad de la situación económica internacional. No pocos analistas se atreven a sostener incluso que esa crisis “abre una oportunidad” para Argentina. La tilinguería teórica compite con la superficialidad de los políticos. Como sea, la coalición Cambiemos necesita una tregua para intentar que la caída económica y el alza inflacionaria reviertan. “Reactivación o muerte”, parece ser la consigna del elenco ejecutivo. Esa apuesta, cifrada en un blanqueo de capitales que espera recuperar entre 20 y 60 mil millones de dólares antes de abril de 2017, más capitales llegados de un puñado de aliados y la puesta en marcha a pleno de un ambicioso plan de obras públicas, supone un drástico cambio de tendencia económica para el primer trimestre de 2017 y la consecuente recomposición de coaliciones para las legislativas, clave política en la cual Macri se juega, nada menos, su continuidad o su caída.

 

La fuerza de Macri
Ese inusual margen de maniobra para un oficialismo ultraconservador, impensable en otros períodos de la historia argentina, se explica por una suma de factores:
– colapso del ya prácticamente inexistente Frente para la Victoria, encabezado por Cristina Fernández, que a su vez arrastra al PJ y al conjunto del peronismo;
– incapacidad estructural de las clases medias bajas (las más afectadas en esta fase, como se ha dicho) para articular una respuesta política al margen de los partidos de la burguesía;
– calculada pasividad de las cúpulas sindicales;
– parálisis sin precedentes del movimiento obrero;
– re-cooptación por parte del oficialismo de movimientos sociales dependientes de subsidios y otras formas de manipulación política.
Ninguno de los factores señalados se sostendría sin otro, cuyo peso reside paradojalmente en su ausencia: una propuesta de cambios raigales, encarnada en estructuras y dirigentes confiables, articulada con vigor e inteligencia por las vanguardias políticas y de clase, a través de una organización de masas capaz de resolver la dramática orfandad estratégica de 8 de cada 10 ciudadanos. Aun así, la buena teoría advierte que explosiones espontáneas de cualquier sector social pueden obrar como detonante de un polvorín de alcance nacional. De hecho, como leve advertencia, ciertas encuestas indican que a fines de julio la imagen positiva de Macri cayó al ritmo de la economía, mellando su único capital político.

Objetivo en disputa
De acuerdo con su naturaleza, corrientes defensoras de un “capitalismo humano” o tendencias volcadas sin pudor al reformismo liberal, se muestran encaminadas a converger para formar en 2017 un amplio frente llamado “de centro izquierda”. El artilugio se empleó cinco veces en los últimos 20 años. Volverá a ensayarse esta vez, con algún integrante de más o de menos, pero sin falta.
Es presumible que en esta sexta oportunidad los habitués del punto medio (¡aurea mediocritas!) tengan una dificultad impensada. La misma polarización subterránea que impide a Macri aplicar un plan de acción inmediato diferente al de sus antecesores minimizará el espacio del así llamado “centro”, que con aditamento de izquierda o derecha viene a sostener el sistema. El grueso de la sociedad tenderá a buscar respuestas netas frente a una no menos diáfana división de las clases en pugna, con un elenco sin antifaz en el poder.
Un aspecto central de la estrategia de Macri es el realineamiento internacional por el que conduce al país. Allí sí, sin subterfugios, Cambiemos revela su verdadera condición. De paso, arrincona a quienes tratan de encontrar “el justo medio” entre Washington y el Alba. Ni la desembozada colaboración del Papa permitirá hallar esa inexistente bisectriz.
Como está a la vista, sea mayor o menor el éxito en el corto plazo del plan desarrollista de la burguesía, el país aceleraría por la pendiente de la disgregación, la decadencia, la confrontación de todos contra todos. En suma: el fascismo.
No obstante, en este panorama hay elementos novedosos. Hoy apenas visibles pero de enorme potencialidad transformadora. Desde hace meses se reúnen en silencio decenas de organizaciones identificadas en la búsqueda de una alternativa anticapitalista a la crisis en curso. Parece haber calado en miles de activistas la idea de un Partido de masas, plural, democrático, antimperialista y anticapitalista. Parece imponerse el hecho objetivo de la contraofensiva imperial y la urgencia por trazar una estrategia alternativa capaz de hacerle frente. Se verá en los próximos meses si este empeño logra afirmarse. Es la única incógnita real del futuro político argentino.

 

luis bilbao en el congreso de la patria: capítulo comunicadores

Un ejército de periodistas

 

Reorganización de fuerzas y lanzamiento de un contraataque, también en el terreno mediático, en momentos cruciales para la Revolución Socialista Bolivariana.

“La Verdad de Venezuela”. Con esta consigna sesionó el 27 de junio en Caracas el capítulo comunicadores del Congreso de la Patria. En este país acusado de impedir la libertad de expresión, alrededor de 4000 mujeres y hombres, la mayoría muy jóvenes, se reunieron en el Teatro Teresa Carreño para deliberar sobre las tareas de quienes a todos los niveles y mediante todos los recursos de difusión imaginables, ejercen diariamente la tarea de comunicadores sociales.

El Congreso de la Patria es una instancia articulada por Nicolás Maduro desde febrero último para hacer frente a una embestida de la oposición explícitamente destinada a derrocarlo “antes de julio”. El plazo se cumplió. Los objetivos trazados desde Washington no.

Arreció en este período la guerra económica. Se multiplicó la campaña hemisférica para condenar a Maduro y su gobierno. La operación apeló incluso al recurso de aplicarle a Venezuela la denominada Carta Democrática en la OEA.

No cabe minimizar los efectos de la cruzada contrarrevolucionaria. Desabastecimiento y carestía devastadores. Ausencia de productos básicos; precios inaccesibles; colas insoportables; quiebra moral de sectores blandos de la sociedad dedicados al “bachaqueo” (compra y reventa clandestinas). Impacto de la campaña de calumnia sobre sectores de la población y sus vanguardias. Confusión en el exterior acerca de lo que verdaderamente está ocurriendo en Venezuela y consecuente vacilación, incluso en sectores de izquierda, sobre la realidad y su posible desenlace. Por detrás, en las últimas semanas han sido detenidos grupos armados que intentan provocar saqueos a supermercados en un proclamado intento por desembocar en una insurrección popular.

Fervor militante

Si no todos al menos la mayoría de los cuatro mil participantes en el capítulo comunicadores del Congreso de la Patria sufren de manera directa la guerra económica en la forma de carencia de bienes de consumo básico, ataque al salario por la suba descontrolada de precios y el castigo constante de las colas. Pero nadie deduciría ese sufrimiento viéndolos esperar el inicio de la sesión que en este encuentro culminará una labor llevada a cabo por asambleas en los 24 estados durante varias semanas. Han presentado enmiendas y agregados al documento original puesto a rodar por el Estado Mayor Comunicacional: más de 40 periodistas de todas las edades y todas las corrientes internas de la Revolución, la mayoría con mucho reconocimiento y laureles bien ganados antes y durante la Revolución, que constituyen un frente único referencial para esta multitud que atruena el salón principal del Teatro, testigo de todos los hitos mayores de la larga marcha bolivariana contemporánea.

Hay confianza, combatividad y clara comprensión de la coyuntura política en sus cánticos y consignas. La ostensible y contagiosa alegría nada tiene de inconsciente. Mucho menos de amoldamiento burocrático. Es un movimiento genuino y potente, que exige medidas para avanzar sobre los medios de comunicación del capital mediante la labor múltiple de comunicadores con y sin título, con radios, estaciones de TV, periódicos barriales, equipos de teatro, música y poesía, brigadas de muralistas, todos dispuestos a desplegarse en las calles para cerrarle el camino al intento de derrocar a Maduro y aplastar la Revolución.

En actividades previas, preparatorias, en pocos casos con presencia de invitados extranjeros, pudo verse multiplicada la claridad de ideas y la inconmovible combatividad de este nuevo ejército en el panorama venezolano, donde la terminología militar en muchas instancias organizativas proviene del origen de Hugo Chávez y de su conciencia sobre los momentos que fatalmente debería afrontar la Revolución, pero sobre todo, hoy, de la realidad de un combate día a día agudizado por la ofensiva contrarrevolucionaria. Todos bien vestidos, educados, muchos con grado universitario, sin embargo traducen en incontables signos la condición de clase de este nuevo componente comunicacional, en frontal choque con los medios del capital.

Pasado, presente y futuro

Hay historia detrás de este acto bullanguero y con objetivos claros. El Congreso tiene lugar en el día del Periodista. Y esa fecha está fijada por el día del año 1818 en que apareció la primera edición del Correo del Orinoco fundado por Simón Bolívar. “La artillería del pensamiento” llamaba a la imprenta que llevaba consigo.

Chávez no sólo refundó el Correo del Orinoco y alentó la proliferación de medios de todo tipo en manos de las comunas y otras instancias de base. Él mismo fue un excepcional comunicador. Y dejó una escuela todavía no suficientemente estudiada y sistematizada, en la cual destaca el lenguaje claro, sencillo y veraz, intransigente e implacable, pero a la vez de elevado nivel en todos los sentidos, a comenzar por la corrección gramatical y la riqueza del léxico.

Maduro continuó, como en otras áreas, por ese camino. Y ahora se planta ante el multitudinario congreso para resumir el documento y las enmiendas propuestas, antes de detallar un plan de acción en este terreno.

Un representante de la prensa comunal había exigido en su discurso que se reglamentara la Ley de Comunicación Popular, aprobada por la Asamblea Nacional antes de la oposición conquistara la mayoría y guardada en un cajón. Maduro tomó la crítica y ordenó que en 30 días se le presentara una breve, concisa y jurídicamente muy sólida reglamentación. Retomando el repetido discurso de Chávez, subrayó que “debemos tener medios públicos y comunitarios con público. Tenemos que ser los mejores en calidad técnica, ética y comunicacional”.

El Presidente aprobó una recomendación para alfabetización digital y lanzó la Misión Robinson Digital, con la consigna “yo existo, yo puedo”. En consonancia, tras explicar la magnitud del ataque de la prensa comercial internacional contra la Revolución, planteó al Estado Mayor Comunicacional la conformación de un equipo especial para defender al país en ese terreno, mediante la multiplicación de mensajes digitales, videos y fotografías, que contrarresten la idea de que Venezuela está, como dicen los medios de la burguesía, ante “una catástrofe humanitaria”. Instó además a todos los medios tradicionales de comunicación alternativa a renovarse, mejorar, estudiar y escuchar para ser escuchado. Maduro convocó también a mostrar cada aspecto de la Revolución, incluyendo los problemas que atraviesa: “mostrar cómo en un país al que se le cae el 97% de su ingreso petrolero no ha sido despedido un solo trabajador y se siguen protegiendo los derechos fundamentales del pueblo como la educación, la salud, la alimentación”.

Desafíos de corto plazo

“Reorganizar todas las fuerzas de la Patria”, había explicado Maduro como objetivo de Congreso de la Patria, que luego se abriría en abanico para abarcar de manera directa y con el máximo de participación a todos los sectores sociales. Se puede oír quejas y protestas por diferentes razones: propensión a un modo de actuar que limita en la práctica la participación, falta de concreción de lo que se afirma en discursos y documentos, bolsones de burocratización…

Muchas de estas condenas desestiman el peso objetivo de una sociedad caracterizada por la omnipresencia destructiva de la renta petrolera y parecen no comprender el desafío inmediato de la ofensiva imperialista. Sin embargo, no por ello dejan de tener fundamentos válidos que requieren tratamiento efectivo sin demora para completar el propósito de reorganizar todas las fuerzas, las inmensas fuerzas sociales e individuales, comprometidas con la Revolución Socialista Bolivariana.

Aunque la batalla recién comienza, el hecho es que el plazo fijado por el titular de la oposición ya se ha vencido. Y no sólo Maduro sigue en el poder, sino que Henry Ramos Allup ha sufrido sucesivos fracasos que lo revelan tal como es ante la sociedad y provocan fracturas y parálisis en la oposición.

En buena medida, a diferentes niveles de la administración se insiste en la idea de que la solución a los problemas del abastecimiento y el alza de precios depende de mejores controles y mayor fiscalización. Muchos perciben en cambio que en tanto la burguesía mantenga las palancas principales en áreas clave de la producción y distribución alimentaria, así como en la banca, no será posible quebrar la espina dorsal del desabastecimiento y la carestía. Es el gran debate de hoy, la carrera contra el tiempo para que las penurias y el descontento no se traduzcan en desmovilización e incluso oposición.

Fue esa combinación lo que produjo la derrota en las legislativas de diciembre último. Hay signos de que ese momento pasó. La panoplia organizativa de la Revolución rearticuló al movimiento popular –aunque sigue sin verse el papel rector de la clase obrera- y el conjunto de medidas económicas pueden revertir la curva de caída de los últimos tiempos. Lo aseguró Maduro, al anunciar que este segundo semestre se verán los resultados de una franca mejoría.

El perceptible inicio de un nuevo auge de las masas está en dependencia de que la burguesía pueda o no continuar con su labor destructiva de desabastecimiento y alza desmesurada de los precios. Y el gobierno lo sabe.

 

Caracas, 28 de junio de 2016

@BilbaoL

Novelesca lucha interburguesa en Argentina

 

Hay un refugio para quien se sienta agobiado por el espectáculo cotidiano de la corrupción en Argentina, complementado por la catadura de ciertos acusadores y la insustancial crónica detectivesca dominante en los medios de incomunicación.

Todo puede cambiar de tono y ritmo, para sobrellevar el mal momento. Basta observar que el país está ante una pugna destinada a recuperar para el capital establecido espacios de succión de plusvalía ocupados durante 12 años por un grupo advenedizo, con veleidades de nueva burguesía.

La sucesión de denuncias, juicios y encarcelamiento de ex funcionarios es parte de una operación de cerco y aniquilamiento. Apunta a la ex presidente Cristina Fernández, a quien finalmente llegará, a menos que la tormenta económica provoque un estallido que haga saltar por los aires a Macri y Cambiemos. Por eso el menguado elenco remanente en torno a Fernández apuesta a esa variante, no imposible pero poco probable.

No es el gobierno quien necesita la embestida contra la corrupción del denominado kirchnerismo. Son las clases dominantes tradicionales. Durante los últimos 12 años fueron parte inseparable, pero subordinada, del poder en manos de otros. Vieron impotentes cómo se les escurrían miles de millones de dólares. Asistieron al despedazamiento  del aparato institucional burgués, el alegre desmantelamiento de los escasos restos del sistema para garantizar el control de la sociedad. Recuperada la hegemonía y dado que no pueden sanear la economía, pretenden ganar espacio con una cruzada moral para recobrar autoridad política y capacidad de control institucional.

Argentina ya vivió esto. Así como la burguesía que acompañó a la dictadura necesitaba encarcelar a militares asesinos para ganar credibilidad, recuperar terreno y retomar el control político sobre las masas, ahora necesita mostrarse como justiciera y llevar a la cárcel al elenco gobernante en los últimos doce años.

 

La caída como espectáculo

Bien es verdad que resulta difícil sustraerse al vodevil desopilante que en la madrugada del pasado martes 14 tuvo un capítulo asombroso. Cómico y nauseabundo a la vez. Obligatorio ocuparse de él.

Guiada por una prensa que incluso en sus mejores exponentes no transpone un milímetro la superficie de los acontecimientos, la ciudadanía argentina en todas sus clases y sectores absorbe y comenta en estos días el caso de José López, pillado in fraganti cuando pretendía enterrar en un convento de monjas de clausura el equivalente a 9 millones de dólares en joyas, billetes estadounidenses, euros, yuanes y riyales (la moneda de Qatar, donde Argentina compró gas en los últimos años).

Este episodio fue precedido por otros de pareja gravedad, reveladores de un sistema para recaudar mediante sobreprecios y coimas más allá de toda mesura y precedentes. El elenco caído en desgracia con la derrota del peronismo en las últimas elecciones acumuló fabulosas cantidades de dinero. Azuzados por la burguesía clásica en el poder recuperado, ahora ciertos jueces y fiscales se han lanzado a buscar esas montañas de dinero con máquinas excavadoras en sus propiedades. Parece broma exagerada. Pero no lo es.

Desconocido para el gran público, José López fue secretario de Obras Públicas durante los tres períodos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Antes, desde 1987, trabajaba con Kirchner en Santa Cruz, siempre en las mismas funciones. Y con Julio De Vido, el ministro de Planificación de quien dependía hasta el 10 de diciembre pasado.

Imposible soslayar el hecho crudo: José López fue detenido por la policía municipal de General Rodríguez, localidad del conurbano bonaerense, luego de arrojar por sobre un alambrado coronado con cintas de acero cortante varios bolsos que, se sabría después, contenían una fortuna. Luego él mismo saltó el portón, lo abrió desde dentro e ingresó con una camioneta donde llevaba otra gran maleta con dólares. Seis meses antes este señor tenía rango de ministro y se reunía diariamente con la Presidente.

No por nada hay un atropello de kirchneristas de paladar negro lanzados a gestos desesperados por tomar distancia de Cristina Fernández.

Que el episodio tuviera lugar en un convento, fundado como cosa nostra por un obispo recientemente fallecido; que el episcopado no se haya pronunciado y el Vaticano mantenga silencio, es harina de otro costal. No menos intrincado, corrupto y novelesco. Y por supuesto, cargado de enseñanzas respecto de las relaciones entre iglesia, poder y delito en Argentina: la dictadura ocultaba desaparecidos en instalaciones de la nunciatura vaticana en Tigre. De Vido se reunía en secreto con quién sabe quién y para qué, en este convento ad hoc.

Como sea, según la información oficial -concebida para niños de escuela primaria- un vecino denunció a las 4 de la madrugada la sospechosa conducta de López. En pocos minutos llegaron dos patrulleros con efectivos comandados por dos capitanes de policía.

López intentó primero sobornarlos, pero los bravos representantes del orden público rechazaron la oferta y entonces el ex secretario durante 12 años de la cartera que maneja toda la obra pública del país, comenzó a gritar que la policía quería robarle el dinero que él había robado para beneficiar a las tres monjas del convento.

En el Gran Buenos Aires es imposible encontrar patrullas policiales a ninguna hora, tanto menos con oficiales a cargo. Y la idea de que lleguen en minutos al lugar de un crimen y se resistan al poder disuasorio de 9 millones de dólares, provoca risa a los habitantes del lugar, acostumbrados al constante apremio de la policía para obtener coimas en cualquier circunstancia y por cualquier razón.

Al día siguiente, el juez Daniel Rafecas, quien durante 8 años mantuvo paralizada una causa contra López por denuncias de cohecho, lo llamó a declarar y tomó una serie de medidas contra él, que incluyen allanamientos a sus propiedades y caución de bienes.

Carece de sentido continuar con la anécdota. El refugio contra el hartazgo y el asco está justamente en asumir que, circo aparte, ha llegado a su fin una etapa fuera de control para el gran capital establecido, durante la cual, por esas dolorosas ironías de la historia, tras la potente sublevación social de 2001 un grupo de advenedizos se hizo del poder y desde allí se lanzó a acumular riquezas maquillando su conducta con una pseudoteoría: la necesidad de construir una “burguesía nacional”.

No se trata de sumarse ahora a las largas filas de súbitos arrepentidos, dolientes, buscadores de argumentos y nuevos resquicios. Se trata de ser consecuentes con una línea de interpretación y de conducta (1).

La burguesía tradicional soportó a Kirchner y a su esposa sólo porque tras el colapso de 2001 carecía de toda posibilidad de reemplazarlos, razón por la cual los grupos componentes de ese sector que pudieron hacerlo se sumaron a los negociados, a la espera de su hora.

Ésta llegó con la victoria de Mauricio Macri. Desde entonces se desarrolla una ofensiva sistemática para desmantelar el entramado de negocios denominado kirchnerismo. Los jueces cambiaron de bando y acometieron causas aplazadas durante años. La lucha intraburguesa se despliega con la participación de todos los partidos del capital y todas las instituciones del sistema, que sin excepciones han abandonado el barco y condenado al aislamiento a Fernández, mientras preparan las condiciones para dar el tiro de gracia.

Fue una operación dirigida desde la cima del poder la que acorraló y detuvo a López, como antes lo hizo con Lázaro Báez, empleado bancario hasta 2003 y empresario megamillonario a partir de entonces, considerado testaferro de la familia Kirchner, al igual que Cristóbal López, dueño de casinos, empresas petroleras y medios de prensa. En la mira, aparte personajes menores, está todavía la familia Eskenazi, ex socia de YPF y también considerada testaferro de Kirchner primero y Fernández después. El siguiente en la lista es el ex ministro de Planificación y actual diputado Julio De Vido. Hay en preparación una ley para arrepentidos. Después llegaría la hora de Cristina Fernández.

Cuando concluya la maniobra habrá argumento para otra novela, aun más atrapante: la que narre cómo actúan por estas horas abogados, jueces, jefes policiales, banqueros y altos funcionarios de los tres poderes empeñados en apoderarse de remanentes de esta riqueza malversada, sin dueño reconocible y sin destino prefijado.

 

Cinismo de clase

Si repugna la revelación de las sumas fabulosas robadas por el anterior elenco gobernante, es mayor el efecto del cinismo de quienes hasta ayer compartieron migajas y ahora planean su revancha. Unos y otros son superados por la conducta de cierta intelectualidad domesticada, horrorizada hoy por maletas con 9 millones de dólares pero ciega y muda ante la transferencia al gran capital financiero de 200 mil millones de dólares entre 2008 y 2015. Los bolsos de López, incluso las fortunas depositadas en paraísos fiscales, son nada frente al saqueo legal, consentido y aplaudido por quienes ahora se erigen como caricaturas morales de un sistema en estado de putrefacción.

El hecho es que en su caída el último gobierno peronista arrastra consigo el andamiaje político de las clases dominantes, malamente restaurado después del estallido de 2001. Si la burguesía tradicional tiene aliento para llevar a la cárcel a los funcionarios del período anterior, con o sin ley del arrepentido, quedarán expuestos jueces, fiscales, diputados, senadores, gobernadores y, en primer lugar, la totalidad de los partidos políticos burgueses, sin excluir a varios de los que se sumaron a ellos (2). Si careciera de esa energía, la decadencia que arrasa al país desde los 1990 se acelerará.

También es verdad que este último período peronista completó una labor de destrucción de la militancia revolucionaria marxista iniciada décadas atrás. Esta vez no fue con represión, sino con recursos políticos, ideológicos y… económicos. Innumerables camaradas fueron arrastrados por un fenómeno cuya verdadera explicación estaba en la inexistencia de una contraparte socialista revolucionaria con suficiente capacidad teórica y fuerza organizada como para hacerle frente. Día a día, año tras año desde 2003, fueron desgranándose cuadros valiosos, con destino a la nada o, peor aún, a formas subordinadas de corrupción económica, infinitamente menores por cuantía, aunque más gravosas por su contenido esencial. Incluso al borde del precipicio, no pocos decidieron arrojar su pasado y votaron por Daniel Scioli, precisamente el hombre al que apostaron los obtusos cerebros en torno al poder para que el inexorable ajuste económico pudiera llevarse a cabo sin este incómodo espectáculo de mostración de corruptos.

Otra forma no menor de degradación militante fue el abandono de toda tradición teórica y organizativa, en la fútil expectativa de contribuir al cambio social desde el individualismo y el empirismo, desplegados desde una proliferación de siglas sin contenido genuino.

Una mirada objetiva asegura que en el próximo período se recuperará la tradición de lucha del proletariado, los estudiantes y las juventudes. La crisis del sistema y las semillas de conciencia, teoría y organización, sembradas tozudamente durante años de lucha darán lugar a nuevas instancias gremiales y políticas. Ensamblarlas con las experiencias de lucha anticapitalista en todo el mundo, a comenzar por América Latina, organizarlas nacional e internacionalmente, elaborar a partir de ellas una estrategia y programa de acción, son las tareas por delante. Razón de más para no perder tiempo y energías en la novela grotesca de la lucha interburguesa.

17 de junio de 2016

 

1.- En 2004 publiqué Argentina como clave regional, libro en el cual, entre otras cosas, expuse mi opinión sobre Kirchner y su elenco, sin omitir que su obligado distanciamiento del gran capital establecido (de cuyos negocios pretendía apropiarse) y, por ende, del imperialismo, podía ser aprovechado por una política hemisférica de emancipación, a condición de no transigir ni por un instante con nociones y métodos de ese elenco defensor del sistema y corrupto por definición. Era, invertida, la misma lucha interburguesa a la que asistimos ahora. Remito a artículos, folletos y ensayos publicados desde entonces (www.luisbilbao.com.ar) y a sucesivas ediciones de Eslabón, portavoz de la Unión de Militantes por el Socialismo, con cuyas posiciones me identifico (www.uniondemilitantes.com.ar)

2.- El mismo día en que se conocía el episodio López, el PCA emitió un comunicado de su Comité Central, que acababa de sesionar: sin una palabra frente al hecho que sacudía al país, el texto pide la renuncia del actual ministro de Energía… No menos elocuente es el atronador silencio del PS, en camino de convergencia con Macri y Cambiemos.