Pseudoprogresismo y elecciones en Argentina

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Daniel Scioli y Mauricio Macri se exhibieron en lid electoral una semana antes de la segunda vuelta por la presidencia. Ocurrió el domingo 15 de noviembre y fue transmitido en cadena de hecho por radio y televisión. Al observar el espectáculo, imposible no remitir la memoria a Demóstenes y Cicerón: 2400 años de Historia para llegar a esto…

Estridente vacío de ideas; exasperante incapacidad para expresar el guión preparado por un ejército de asesores. Argentina arrastrada al socavón de las tinieblas, la hipocresía y la mediocridad de las clases dominantes.

No obstante, el verdadero índice de la degradación que asuela al país estuvo fuera del escenario montado en la facultad de Derecho de Buenos Aires. Antes y después, dominó el esfuerzo de la así llamada “intelectualidad progresista” para instar a votar por uno u otro, so pena de que una mala opción conduzca al infierno.

Según un ala progresista, hay que votar por Scioli para impedir que gane Macri, porque nos hará retroceder al neoliberalismo y en consecuencia a la miseria, la desocupación, la entrega del país al gran capital internacional. Los macriprogresistas, en cambio, sostienen que de ganar Scioli seguiría el desastre actual -miseria, desocupación, entrega del país al gran capital internacional- mientras que las ocultas propuestas de Macri harían de Argentina un sitio próspero, feliz y armónico.

Son dos ramas de un mismo pseudo progresismo. Ambas  estuvieron juntas en 1999 para votar a la Alianza. Hoy repiten aquel mismo paso en falso, aunque por veredas diferentes de un mismo callejón sin salida. Aquella vez el objetivo era vencer a Carlos Menem, símbolo del socorrido neoliberalismo.

Ha sido y sigue siendo útil condenar al neoliberalismo a fin de no aludir, ni por error, al capitalismo. El artilugio permite a unos y otros trasladar el combate de las raíces a la última rama de un árbol ostensiblemente podrido. No hay inocencia en las palabras: el sistema ha sido transfigurado y se lo llama “modelo”. A su vez la confrontación de modelos ha sido reemplazada por la opción entre nombres. Y para completar la desgracia, esos nombres corresponden a quienes protagonizaron el penoso periplo de un año ininterrumpido de campaña electoral, culminada con la ominosa disputa en Derecho.

No pocos entre los ya resueltos a votar por el candidato ungido por la saliente Cristina Fernández sufrieron con el así llamado “debate”. Sumarán esa pena a la admitida necesidad de “votar con caras largas” y “desgarrados”, como explicaron algunos intelectuales que saben quién es Scioli y no lo ocultan, aunque por esos arcanos de la política argentina (y de la extraña lógica de ciertas mentes), votan y llaman a votar por él.

Al menos tienen la virtud de exponer sus zozobras morales. Otros intelectuales, supuestamente a la izquierda de los anteriores, ponen rostro duro a la adversidad y exigen el voto a Scioli sin remordimientos. Además, advierten a quienes introduciremos en la urna un voto programático o en blanco, que actuamos a favor del imperialismo.

¡Bravos funcionarios de todos los tiempos, dispuestos a condenar con tal liviandad a luchadores siempre por fuera de cualquier poder establecido! ¡Bravos defensores de la libertad de pensamiento, dispuestos a condenarnos porque no coincidimos en la defensa de Scioli! ¿Hasta dónde llegarán?

Ya volveré sobre este punto.

Semejantes manifestaciones de servidumbre no quedarán en los anales de la política argentina, porque sencillamente en el pasado las hubo con jerarquía política e intelectual incomparablemente mayor. Jamás en nuestra historia alguien con valía en cualquier terreno defendió como alternativa de progreso para el país a un personaje como Scioli, a quienes lo impusieron y al elenco que lo acompaña. Aparecen ahora porque estamos en el fin de una época no referida sólo a la familia Kirchner: es el fin de los resquicios para el reformismo de cualquier origen. Es la hora del choque frontal entre dos proyectos irreconciliables. Es el naufragio definitivo de una corriente que en el último cuarto de siglo se denominó progresismo. Ocurrirá sea quién sea el vencedor en los comicios. Cada quién ocupa su lugar.

 

Quiénes son Macri y Scioli

Tal vez alguien lo haya hecho antes, aunque no me consta. Por mi parte definí hace años, por escrito y publicado, quién es Macri: agente del capital europeo, miembro de la Internacional Parda, discípulo de José Aznar y Álvaro Uribe, político prefabricado por una clase dominante carente de partidos y cuadros para gobernar establemente el país en beneficio de sus intereses. Agradeceré si una mejor información me indica quién, de los que ahora claman al cielo para que Macri no llegue al poder, dio ese combate cuando, desde el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, se prohijaba el desarrollo del internacionalismo fascista contra la revolución latinoamericana.

En cuanto a Scioli, resta poca labor de denuncia porque de ello se encargaron hace tiempo, con profusión de datos, condenas y burlas, los mismos que ahora llaman a votar por él. Baste agregar algo soslayado por esos mismos defensores: Scioli fue el candidato impuesto por Washington desde comienzos de 2015. La operación se realizó a través de una consultora cuyos tramposos sondeos difundía el diario La Nación.

Sí, señores que exigen un voto antimperialista: Fabián Perechodknic, presidente de la pantalla Poliarquía, tras una gira de meses por Estados Unidos volvió para poner su empresa al servicio de Scioli. La “Tribuna de doctrina” (La Nación), impuso la idea de que Scioli sería inexorable ganador en las Paso (Primarias abiertas, simultáneas y obligatorias), frente al candidato de Cristina Fernández.

De acuerdo con las nuevas maneras de hacer política, la esposa de Scioli y él mismo fueron recibidos por el poder estadounidense -a través, entre otros, de William Clinton y también su esposa Hillary- para dar inequívocas señales al establishment argentino. La operación incluyó acuerdos semipúblicos con el Papa y la inclusión en su futuro equipo de nombres asociados a la iglesia. El gran capital local se alineó entonces sin chistar tras ese proyecto redondo.

Así las cosas, Scioli fue presentado como ganador mucho antes de las Paso que debían definir candidatos. Era una puñalada artera pero inteligente de los enemigos más frontales de Cristina Fernández y su elenco. Éste, incapaz para otra cosa que engañar a la población con un programa reformistoide al que la prensa llamó “relato”, carente de todo fundamento real, mostró sin embargo suficiente astucia para devolver el golpe: se abolió la interna presidencial en el peronismo, Cristina Fernández designó a Scioli, su súbdito más odiado y le impuso como vice a Carlos Zanini. Por si faltase algo, para la gobernación de Buenos Aires escogieron a “Anibaúl” Fernández (según el nombre aplicado por sus enemigos en la Casa Rosada, que no son pocos), acompañado como vice por un ex intendente, ex comunista, ex furibundo antikirchnerista y kirchnerista rabioso desde la muerte de Kirchner, odiado hasta la violencia por los barones peronistas del conurbano bonaerense.

Con esta insólita decisión Cristina dinamitó la operación de sus enemigos internos y desbarató el plan de Washington. De paso, implosionó a su candidato y se condenó a sí misma a ser la principal enemiga de allí en más para lo que años atrás ella y su esposo llamaban “pejotismo”.

Hasta ese momento la burguesía veía en Scioli una ruptura de continuidad que a la vez garantizaba gobernabilidad. Pero tras esta decisión viró en redondo y apuntó a Sergio Massa y Macri como alternativa. Incluso Francisco se sintió decepcionado, cambió bruscamente de línea, puso a la iglesia a militar contra Fernández y contribuyó a una estrepitosa y para muchos inesperada derrota del aparato peronista en la provincia de Buenos Aires. Así llegamos a este punto.

Cabe preguntarse si los súbitos antimperialistas que llaman angustiados a votar por Scioli están en sintonía con la Presidente. Todo indica que no. Pero pertenecer tiene sus privilegios y estos valen ciertos sacrificios. Además consideran -con razón- que la Presidente ya no tiene y no volverá jamás a tener poder político. Su pseudo organización, montada exclusivamente sobre dinero y prebendas, sin ideas, sin programa ni estrategia, como no sea el lucro delincuencial, ya ha desaparecido en los hechos. A tales antimperialistaslos asusta su propia suerte después del 10 de diciembre si gana Macri. En cambio con Scioli, tal vez…

 

Lo que vendrá

Por debajo de esta tragicomedia de enredos, el país está en quiebra. Otra vez. Luego de diez años de bonanza sin precedentes en toda nuestra historia. Ciclo, dicho sea de paso, ya agotado y definitivamente irrecuperable (la soja pasó de 600 a 300 dólares la tonelada).

Kirchner asumió el poder en 2003 con el país endeudado por 200 mil millones de dólares. La Presidente se vanaglorió el año pasado de que ella y su esposo habían pagado 200 mil millones de dólares. Fue mucho más, pero no importa. El hecho es que ahora Argentina debe 250 mil millones de dólares. Menem empalidece, frustrado, cuando ve estas cifras.

Claro que hay una diferencia. Ahora el grueso de la deuda no es con el FMI y otras instituciones financieras, a todas las cuales se les ha devuelto el dinero fraudulentamente contabilizado como deuda externa. De aquí en adelante los acreedores son los jubilados actuales y, sobre todo, los futuros: esta vez el endeudamiento forzoso se realizó a través de la Anses y del Banco Nación.

En adelante no podremos luchar contra el pago del endeudamiento fraudulento por la sencilla razón de que los más pobres en la ciudadanía argentina son, involuntariamente, los acreedores. Esto tiene muchas derivaciones, que no trataremos ahora. Basta con un adelanto: obligadamente –casi podría decirse aritméticamente- el dinero para pagar esa deuda deberá salir de las arcas de quienes acumularon riquezas mediante este redoblado accionar de saqueadores sin máscara. No habrá dos opciones.

Claro que con estas elecciones la burguesía gana un espacio estratégico. Durante un período imposible de medir, gravitará sobre la sociedad argentina el hecho obvio de que el grueso abrumador de la sociedad habrá votado candidatos burgueses amarrados al gran capital y compelidos a realizar el saneamiento capitalista que el sistema exige.

Esto se lo debemos a nuestra incapacidad para articular una propuesta revolucionaria -en lugar de buscar cargos con un 3% de los votos- y a progresistas siempre dispuestos a conformarse con el mal menor. Como sea, el hecho es que, gane Scioli o Macri, no hay democracia burguesa estable en el futuro nacional. La sociedad argentina está ante una encrucijada sin variantes posibles: fascismo o revolución.

Macri y Scioli -amigos íntimos durante 35 años, hijos de lo peor de la burguesía argentina (la comercial y la mafioindustrial), no pueden conducir al país sino a la aceleración de la desagregación y degradación que nos golpea desde hace décadas.

No por afán de devolver gentilezas, pero hay que decirlo: quienes desde un supuesto progresismo llaman a votar a Scioli, o frenan su ignominiosa deriva o terminan como aliados del fascismo. Por lo pronto, apoyan al candidato inicialmente elegido por el imperialismo y el gran capital local. Si acaso ganare, Scioli no respondería en ninguna hipótesis a sus mentores progresistas, gimientes de última hora, sino a aquellos que lo impusieron contra viento y marea desde el inicio. Para gobernar Scioli sólo podría apoyarse en el gran capital y en el PJ. Éste, devastado, sería el recurso de la burguesía para chocar contra los trabajadores azuzando la confrontación entre sus diferentes estratos y hacer, mediante la división y la violencia civil, la faena que en 1976 encargó a los militares.

Macri por su parte tendrá los contrapesos que implican haber domeñado a la UCR para alcanzar el poder. Esta socialdemocracia desteñida entorpecería y acaso demoraría el camino hacia el fascismo, pero no daría ninguna batalla crucial, como no lo hizo en 1976 (“soluciones hay, pero yo no las tengo”, dijo Balbín abriendo la puerta al golpe, para después respaldarlo en silencio, desde la dirección de 500 municipios durante la dictadura).

Acorralados al interior, algunos progresistas recurren al argumento latinoamericano. Según ellos la victoria de Macri sería la restauración de la hegemonía estadounidense en la región. Tarde para lágrimas.

Primero, desconocen la capacidad de lucha de los gobiernos y pueblos del Alba, pero también de las masas en Brasil y Argentina ante la escalada imperialista. Segundo, restaurar la dinámica proimperialista en América Latina no depende de que venza uno u otro candidato el 22 de noviembre. En Argentina esa fuerza negativa se instauró desde el mismo momento en que, en medio de la crisis de 2009, el gobierno de Cristina Fernández, conducido por Néstor Kirchner, optó por el G-20 contra el Alba, negándose sistemáticamente a sumarse a esta instancia antimperialista continental. Se trata entonces de vencer y cambiar esa dinámica que hunde a nuestro país y a quienes la impusieron.

Queda abierta una batalla decisiva, en un marco internacional de capitalismo en crisis. Una vía es la violencia contra las mayorías, en este caso en forma de fascismo clásico. Otra, la organización consciente y aguerrida de las masas en pos de un país plantado contra el imperialismo y el capitalismo.

Nuestra propuesta es un voto programático. Defendimos la misma posición para las Paso y la reafirmamos para el 22N al día siguiente de la primera vuelta presidencial. Ese voto será anulado y no contabilizado por el antidemocrático sistema vigente, así como ocurre con el voto en blanco. Puede ser en cambio una plataforma donde apoyarse para construir la herramienta necesaria, para eludir el abismo y encarar un camino de futuro. Depende de la militancia consciente.

No se trata de pedir coraje a académicos educados en la aquiescencia. Se trata de exigir ideas, planes, contribuciones para un programa de emancipación. Una figura grande de nuestra historia, Alberdi, no destacaba por su coraje físico. Eso no fue óbice para que pensara un país con inusual valentía intelectual y afrontara todas las consecuencias de exponer sus ideas. Hay una distancia insalvable entre esa conducta y el chantaje de quienes nos proponen votar a un hijo de Menem para luchar contra el imperialismo.

 

Junín, 16 de noviembre de 2015

P/D: Por si alguien pudiera sospechar que enfrento a este gobierno ahora, en su patética retirada, invito a leer mi libro Argentina como clave regional, Fuenap, Buenos Aires 2004; mis artículos al respecto enAmérica XXI y las ediciones de Trinchera de ideas (I y II), más todas las ediciones del periódicoEslabón -órgano de la Unión de Militantes por el Socialismo- desde 2003 hasta la fecha, cuyas posiciones avalo.

Elecciones y poder comunal en Venezuela

PorLBenAXXI

Desde el sur de América hay buenas razones para no comprender el significado de los comicios parlamentarios del 6 de diciembre en Venezuela. Cada quien desde su perspectiva interpreta el eventual resultado a partir de lo que conoce: las elecciones en su propio país. Sólo que se trata de fenómenos muy diferentes y, hasta podría decirse, contrapuestos.

Tras la tenebrosa noche de dictaduras militares la opinión pública fue ganada por la idea de que la así llamada democracia conquistada, lo era de verdad y consistía en elegir buenos representantes cada cuatro o seis años. Así como fueron escasos los intentos de explicar por qué la región fue plagada por regímenes criminales, también fue exiguo el esfuerzo por comprender la naturaleza de la fuerza que, en plena democracia, destruía partidos, hundía sindicatos, entronizaba corruptos, abría camino a un nuevo flagelo contemporáneo: droga y narcotráfico y convertía la democracia en una pantomima grotesca.

Hubo un puñado de hombres y mujeres que no sólo comprendieron el fenómeno; tuvieron además la capacidad de ponerse a la cabeza de un pueblo y llegar al poder. Tras una primera fase de afirmación, Hugo Chávez proclamó la necesidad de marchar hacia el socialismo. Lo hizo desde la institucionalidad tradicional renovada por una Constitución de avanzada. E insistió en recorrer el camino de manera pacífica, aunque subrayó un detalle: “esta es una Revolución pacífica, pero armada”. Acto seguido, comenzó a desarrollar de menor a mayor un nuevo actor social: el poder comunal (ver pág. 38).

Días atrás el lingüista Noam Chomsky, en entrevista con el periodista argentino y propietario de medios Jorge Fontevecchia, afirmó que “En América Latina creo que el modelo de Chávez ha sido destructivo”. ¿Se referiría el célebre intelectual al mal ejemplo del poder comunal? Volveré enseguida sobre este punto. Por ahora sólo planteo el interrogante, porque define lo fundamental: la estrategia para combatir la miseria, la degradación, la ignorancia y la violencia propias del sistema vigente.

Antes, volvamos a las elecciones. Ocurren en un marco signado en primer lugar por la abrupta caída del precio del petróleo (de 110 a 40 dólares el barril), las consecuentes dificultades económicas –caída del PIB y elevada inflación, descontento en franjas significativas de la sociedad, todo magnificado –a veces hasta el paroxismo– por lo que el Gobierno denomina “guerra económica”, más el acoso constante de Washington mediante una tenaza con proyección violenta desde Colombia y Guyana. Esa suma no descarta errores propios, por veces gruesos.

Todos los sondeos de opinión a los que he tenido acceso indican descontento y altos porcentajes de crítica al gobierno de Nicolás Maduro, sea porque no deja más espacio al gran empresariado y sus propuestas económicas, sea porque tiene mano suave con ellos pese al brutal hostigamiento mediante desabastecimiento, especulación y carestía. Todos los sondeos, también, coinciden en que la oposición nucleada en la llamada Mesa de Unidad Democrática (MUD, que de democrática sólo tiene el nombre y está fragmentada como nunca antes) no ofrece solución y no tendrá apoyo electoral.

Un indicativo más seguro lo ofrece la propia MUD, que hasta el momento no ha iniciado su campaña y, en contradicción con el trabajo sistemático del Consejo Nacional Electoral para garantizar comicios eficientes y seguros el 6 de diciembre, multiplica signos de que esta vez, más definida que nunca antes en las 19 elecciones transcurridas, se negará a aceptar los resultados.

En suma, que el Partido Socialista Unido de Venezuela y el Gran Polo Patriótico (Psuv y GPP), mantendrán la mayoría de diputados en la Asamblea Nacional.

Con el trabajo sistemático del Consejo Nacional Electoral para garantizar comicios eficientes y seguros el 6 de diciembre, multiplica signos de que esta vez, más definida que nunca antes en las 19 elecciones transcurridas, se negará a aceptar los resultados.

En suma, que el Partido Socialista Unido de Venezuela y el Gran Polo Patriótico (Psuv y GPP), mantendrán la mayoría de diputados en la Asamblea Nacional.

 

Otra dinámica

Esa conclusión no es, sin embargo, el dato más relevante del proceso en desarrollo en Venezuela. Gobierno y Psuv hacen los mayores esfuerzos por ganar las elecciones. Y lo hacen con un despliegue organizativo y militante sin precedentes. Pero ponen más empeño aún en organizar a las masas en órganos propios, a la vez que robustecen con moderno y poderosísimo material bélico a la Fuerza Armada Nacional, uno de cuyos cinco componentes son las Milicias Populares. La dualidad contradictoria de avanzar una Revolución en el marco de una institucionalidad tradicional se expresa positivamente en este desdoblamiento. Si acaso los permanentes flujos y reflujos de capas sociales indefinidas o pasibles de ser confundidas y manipuladas, diera como resultado la pérdida de la mayoría en la Asamblea Nacional, el rumbo trazado por la estrategia antimperialista y anticapitalista seguiría determinando el curso de la sociedad venezolana. Cabe reiterar palabras de Maduro ya citadas en estas páginas: “Lo peor que le podría pasar a ustedes, pelucones, burgueses, es ganar las elecciones, porque ahí comenzaría la nueva batalla. Anótenlo; no es una amenaza, es la Historia. La Revolución no se va a entregar jamás”.

Parecen no entenderlo (¡y no sólo en la derecha!) quienes auguran el fin. En lugar de comprender la Historia comparan con elecciones en Brasil o Argentina, imaginan un efecto contagio y se dan por vencedores… o por vencidos. Craso error: con victoria electoral, el Gobierno tiene más margen para mantener la línea institucional del proceso. Ante una eventual derrota, cabrá a la burguesía y sus mandantes optar entre aceptar la continuidad de las medidas revolucionarias o apelar a las armas, es decir, a la agresión extranjera, porque al interior carecen de toda posibilidad.

Antes de hablar del carácter destructivo del ejemplo de Chávez, Chomsky igualó la corrupción en Argentina y Brasil con Venezuela. Maduro lo invitó a visitar su país. Si lo hiciera, pese a que no habla castellano –al menos hasta hace algunos años, cuando la profesora Mercedes Balech intentó entrevistarlo para la revista Crítica– podría ver la diferencia. No interpretarla lo conduce a dar por perdida la batalla latinoamericana antes de que, como bien apunta Maduro, haya comenzado en realidad. En Venezuela, dice Chomsky, “hubo varios cambios instituidos desde arriba, bastante poco relacionados con la iniciativa popular, con algo de participación, pero no: venían desde arriba principalmente”.

Es una verdad parcial. Y un punto decisivo. En efecto, con base en el estallido conocido como Caracazo, en 1989, se gestó un proceso en el que la vanguardia –con Chávez en primera fila– tuvo siempre la primacía. Excepto en el intento del golpe de Estado dirigido por Washington en abril de 2002, cuando las masas salieron a la calle, rescataron al Presidente secuestrado y lo repusieron en el poder, siempre el conjunto social estuvo detrás de la voluntad política dirigente. El intelectual estadounidense, de filiación ligeramente anarquista, debería preguntarse cómo podría ser de otro modo en un mundo todavía signado por el derrumbe de la Unión Soviética, la extrema confusión ideológica con base en los crímenes del stalinismo y la desarticulación de la totalidad de los partidos obreros de masas en el mundo, con excepción de Cuba, Vietnam y China. La verdad parcial de Chomsky es al cabo una mentira y algo más: implica afirmar que en situación de reflujo o pasividad social una fuerza revolucionaria debe limitarse a esperar. Por lo demás, comparar Venezuela con Brasil y Argentina es puro impresionismo, total ausencia de rigor científico para comprender la realidad política contemporánea. Esto y el desconocimiento de la enérgica, sistemática y efectiva organización del poder comunal descalifican a Chomsky, quien siempre será no obstante reconocido por su valiente defensa de buenas causas en todo el mundo.

Lo que está en juego

Mientras rija la ley del valor en cualquier economía, tanto más en época de declinación irreversible del capitalismo, habrá corrupción. Incluso en la sociedad socialista llevará generaciones y dura lucha cultural para reeducar y erradicarla. Condenarla al margen de su origen es propio de fariseos e ignorantes. Consciente de la gravedad de ese flagelo en su país y su gobierno, Chávez la atacó por la raíz y cortó algunas ramas. Maduro ratificó el concepto y, ya en una situación superadora, ataca ramas y troncos.

Tras las elecciones el problema no será la corrupción, sino el restablecimiento a pleno del aparato productivo en industria y agricultura, aunque ambos desafíos están asociados. Esa necesidad llevará a un choque frontal con la burguesía y con las leyes objetivas del sistema capitalista. Esto ocurrirá con prescindencia de los resultados. La Revolución continuará avanzando. Quedará a decisión del imperialismo si permite la continuidad soberana y pacífica de esta experiencia observada en todo el mundo. En cualquier caso, el gobierno revolucionario estará acompañado por el Alba y por un número creciente de organizaciones de todo orden que, del Río Bravo a la Patagonia, asumirán por imperio de las circunstancias la necesidad de optar entre fórmulas fracasadas de reacondicionar el capitalismo y la estrategia socialista.

Tras la culminación del ciclo iniciado 17 años atrás con la primera victoria electoral del comandante Chávez, en diciembre de 1998, esa batalla ya ha iniciado una nueva fase y la Revolución Bolivariana continúa siendo el faro. Elección parece ser sinónimo de obnubilación. No lo es para el gobierno de Maduro, el Psuv y el GPP. El poder comunal es la máxima expresión de la democracia y Venezuela avanza por ese camino.

5 de noviembre de 2015
@BilbaoL

Otro mundo

PorLBenAXXI

Está dicho y repetido: Estados Unidos ha perdido su hegemonía mundial incontestable. Resta saber cómo adaptará su conducta a la nueva –irreversible– situación de un mundo pluripolar.

Tal incógnita es más candente desde el 30 de septiembre, cuando Rusia tomó cartas para frenar la demolición de Siria y su ocupación por agentes estadounidenses.

Hasta el momento la readecuación estadounidense ha recorrido los caminos de la diplomacia de corsarios, espionaje como nunca invasivo, agresiones con costo principal para aliados y sin rival militarmente valedero. Por ese camino, envalentonado por su triunfo en Libia, Washington ensayó en Siria una combinación feroz de mercenarios y fanáticos religiosos. Esa táctica produjo una catástrofe humanitaria y alimentó un tipo de organización terrorista sin precedentes, Daesh, que cobró vida propia y amenazó con hacer estallar el equilibrio regional.

Lejos de sus objetivos, el Departamento de Estado produjo una reacción aparentemente no esperada: la coalición antiterrorista de Rusia, Siria, Irán e Irak y el ingreso franco de Rusia en la guerra. Comenzó así otra fase, en la que los burócratas de las cancillerías dejan paso al combate abierto, con efectos fulminantes: en pocos días Estados Unidos perdió el control de Medio Oriente. Un mazazo estratégico cuyas consecuencias están por medirse, como lo admite el insospechable semanario alemán Der Spiegel: “Rusia pone fin al viejo orden mundial dominado por Estados Unidos”.

En tres semanas las incursiones aéreas de Rusia y el accionar combinado del ejército sirio en tierra, más la contribución de Irak e Irán, pusieron en fuga a Daesh. Para desesperación de los estrategas del Pentágono la coalición tiene sede formal en Bagdad y comando ruso. Más aún: la ofensiva dejó aislados y desvalidos a los grupos mercenarios a los que en las capitales de Occidente se denomina “democráticos” y “revolucionarios”, que ahora en retirada multiplican sus crímenes y combaten entre sí. Habían sido puestos en acción por el Departamento de Estado cuatro años atrás para derrocar al presidente Bashar al Assad. Como jefe de Estado integrante de la coalición antiterrorista, Al Assad resume la magnitud del fracaso de la Casa Blanca.

Lejos de ese escenario, atravesando todo el continente hacia el sureste, en el Mar de China Meridional sube la temperatura en otro conflicto de impensables derivaciones. Aquí la contraparte no está en la hasta hace poco desestimada Moscú, sino en la temida Beijing. China ha construido islas en el archipiélago Spratly y asume soberanía sobre 12 millas náuticas en torno de su territorio. El Pentágono hizo saber extraoficialmente que Washington prepara el envío para los próximos días de naves de guerra que navegarán desafiantes esa zona. Si no media una negociación de última hora, estarán llegando a zona de riesgo cuando usted tenga estas páginas en sus manos. Se trata de una situación de altísimo riesgo, aunque el poder disuasorio de las fuerzas armadas de China, mostrado con inequívoca intención en la parada del 3 de septiembre pasado, contradice la idea de un choque frontal entre ambas potencias.

 

Cerco desde Europa

En otras latitudes, Washington trastabilla allí donde hasta hace poco pudo acreditar pasos adelante: América Latina y Ucrania.

Este último país ha sido escenario de otro revés en los planes estadounidenses. La “revolución de colores” recorre el camino inverso al trazado hipotéticamente por los estrategas occidentales. Aun al precio de promover fuerzas de neta filiación nazi para derrocar al gobierno de Kiev, la Otan no logró convertir al país en cabecera de playa contra Rusia y sus aliados. Todo lo contrario, desató una guerra civil, perdió cualquier esperanza de control sobre la península de Crimea y alentó un movimiento independentista que desde el extremo Este se extiende hacia todo el país.

Incapaz de alcanzar sus objetivos, Washington y su coro de prensa alegan agresividad rusa para incrementar un dispositivo militar lanzado a la guerra. Mediante la Otan ha desplegado un arco de bases militares en torno a Rusia y desde comienzos de 2015 no ha cesado la sucesión de maniobras bélicas conjuntas contra un supuesto ataque ruso. A mediados de octubre tuvo lugar en Hohenfels, Alemania, la mayor operación aérea conjunta desde el fin de la guerra fría. El diario estadounidense The New York Times lamenta los serios recortes presupuestarios que afectan el desempeño de las tropas propias, obligadas a actuar contra lo que denomina “las últimas amenazas de Rusia, con una fracción de las fuerzas antes desplegadas en el continente”. Esto es, sostiene el periódico, “parte de una misión en desarrollo en la que los comandantes estadounidenses se preparan, si son llamados, para enfrentar un nuevo conjunto de amenazas, no sólo de una agresiva Moscú, sino también de la creciente movilización y caos en el Medio Oriente”.

Dicho de otro modo: mientras la armada estadounidense envía naves hacia el Mar Meridional de China, la Otan prepara la guerra no ya contra Rusia y los países de su área inmediata, sino también contra el bloque antiterrorista encabezado por Moscú, cuya sola creación implica un vuelco definitivo en el mapa de Medio Oriente. No es de extrañar que en discursos, análisis y documentos -sin excluir los textos del Papa- abunden cada día más expresiones relativas a una “tercera guerra mundial”. De allí la pregunta clave: ¿avanza la Casa Blanca hacia una guerra global o sólo busca posicionarse en un mundo donde ya no volverá a ser la voz inapelable?

Victoria a lo Pirro

Otra área donde una sucesión de éxitos de la estrategia imperial vuelve a chocar con la adversidad es América Latina. A diferencia de otros puntos del planeta, aquí Estados Unidos vive el reto de una propuesta definidamente anticapitalista. El Alba, bloque pequeño en términos relativos, puesto que enarbola una estrategia antisistema tiene enorme proyección potencial en un orbe azotado por la creciente crisis económica y su derivación inexorable: la guerra y sus espantosas consecuencias.

Washington celebró el giro de varios gobiernos de regreso a su órbita y el resultado de su agresión contra la Revolución Bolivariana. Pero no alcanzó a plasmar la nueva relación de fuerzas cuando en el horizonte comenzó a perfilarse un panorama aún más amenazador. A seis semanas de las elecciones en Venezuela todos los sondeos muestran a la vez el deterioro del cuadro general y una nueva victoria del gobierno y sus aliados en las legislativas. La indudable crudeza de la crisis ha mellado pero no quebrado el apoyo de las mayorías a la Revolución. El gobierno reacciona con vigor y claridad de objetivos. A la par, la coalición opositora está fragmentada y desprestigiada como nunca antes, por lo cual parece improbable un desempeño electoral exitoso y, en esa misma medida, la continuidad del plan regional empuja a Estados Unidos a apelar a la violencia también en Venezuela. Pero eso implica una respuesta ya no limitada a los miembros del Alba, sino potenciada por grandes masas hostigadas en un nuevo ciclo económico de caída generalizada, en el mismo momento en que aparece la frustración por el fracaso de gobiernos en los que decenas de millones cifraron esperanzas ahora negadas.

A la vez que Estados Unidos cosecha victorias en la superestructura política desde México a la Patagonia –siempre con la excepción de los países del Alba- por debajo crece una corriente en sentido inverso y en busca de un cauce que ya no pueden ofrecer las instituciones del sistema. Esa realidad palpable atemoriza a las clases dominantes y relativiza su papel para retomar el control en un inalcanzable statu quo ante. Más allá de su voluntad los socios de Washington están lejos de una “restauración conservadora”. Las conquistas alcanzadas por las mayorías en una década de bonanza económica –mezquinas, siempre subordinadas a un sistema enajenante, inhumano, explotador y corrupto- no podrán ser arrancadas con argucias políticas, por mucho que trabajadores, campesinos y juventudes carezcan hasta ahora de instrumentos propios.

Sólo la prepotencia imperial podría alinear a los grandes capitales locales tras una política frontal contra las masas. De modo que también en este cuadro regional Estados Unidos bascula entre la guerra y el reconocimiento de su minusvalía.

Venezuela es hoy el fiel de esa balanza de terror. Su gobierno afronta el más trascendental desafío desde la lucha por la independencia: la responsabilidad principal en la tarea de impedir la guerra con Estados Unidos y hacerlo con la única herramienta capaz de lograrlo: continuar sin pausa y con prisa por el camino de la revolución socialista.

 

Perspectivas

En la desafinada sinfonía de este nuevo mundo que comienza, como queda visto la lógica del capital conduce a la guerra. Un puñado de megamillonarios y los políticos enajenados que les sirven bregarán hasta el fin por esa salida. Recientemente el primer ministro británico defendió en declaración pública la necesidad de usar eventualmente armamento atómico. No es el único. Pero … ¿acompañará Europa sin fisuras la fuga demencial de la Otan bajo mando estadounidense?

No lo hará. Habrá rupturas múltiples. Al interior de la Unión Europea, de ésta con Estados Unidos y dentro de cada país. Esa fractura será presumiblemente más honda y perentoria al interior Estados Unidos. A priori no hay trazadas líneas de clase para esta inexorable fragmentación. Como sea, en los intersticios habrá espacio para un frente internacional antiguerra que doblegue a los Hitler de nuestro tiempo y a la vez recomponga y reordene el mapa de clases para abrir un nuevo rumbo a la humanidad.

19 de octubre de 2015
@BilbaoL

Dura derrota de gobierno y Partido peronista en primera ronda presidencial

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Argentina está en suspenso tras los resultados de la elección el domingo pasado. Me eximo de repetir los datos, registrados enwww.americaxxi.com.ve

Excepto aisladas e inaudibles voces de un sector de la izquierda revolucionaria este desenlace no fue previsto. Por lo mismo, no hay respuesta inmediata a la coyuntura.

Sólo una brusca reversión de las tendencias hoy visibles podría evitar la victoria de Mauricio Macri y el Frente Cambiemos.

Macri, como he repetido en numerosas ocasiones, es un pálido representante de la Internacional Parda. Responde ideológicamente a José Aznar y Álvaro Uribe. Cambiemos es un frente con la Unión Cívica Radial, socialdemócrata, y la Coalición Cívica, creación artificial del Departamento de Estado, por cuya mano fue creada esta fórmula hasta el momento exitosa. En la creatura tuvo un peso singular el Vaticano, que no obstante apoyar inicialmente a Daniel Scioli, cuando Cristina Fernández impuso como candidato a gobernador de Buenos Aires a Aníbal Fernández giró en redondo y respaldó fuertemente a María Eugenia Vidal, quien finalmente arrolló al peronismo en la provincia de mayor peso del país (cuenta con el 40% de los habitantes y el mayor desarrollo industrial).

Así las cosas, la fórmula lanzada a ganar el 22 de noviembre está apalancada por cuatro fuerzas potentes: socialdemocracia, socialcristianismo, una patrulla perdida digitada por el Departamento de Estado y la Internacional Parda, que responde a la vez a Washington y Bruselas a través de Uribe y Aznar.

Que después de 12 años de gobierno del matrimonio Kirchner gane una fórmula digitada por el imperialismo y su mentor espiritual, habla por sí mismo respecto de la naturaleza y carácter de este gobierno. En 2007 Cristina Fernández ganó explicando que quería una Argentina a imagen y semejanza de Alemania. Nadie podría acusarme de simpatía con el gobierno alemán si digo que 8 años después Argentina sería feliz si, aunque sea lejanamente, pudiera compararse con la maltrecha cabeza del imperialismo europeo.

Tras cuatro años de estancamiento, recesión y elevadísima inflación, Argentina atraviesa un dramático momento económico, que el próximo presidente –incluso considerando la improbable eventualidad de que sea Scioli- tratará de resolver apretando el cuello de los trabajadores y el conjunto del pueblo, con la precondición de someterse sin condiciones a Washington y alinearse con el imperio contra la revolución en curso en América Latina.

Nada de esto es novedad. No hablo en este tono cuando la Presidente calla a 72 horas de la derrota que la tiene ella como responsable directa. Quienquiera puede ver mis posiciones (www.luisbilbao.com.ar) desde el inicio de este gobierno, en mayo de 2003. Reuní posicionamientos al respecto en mi libro Argentina como clave regional (Fuenap, 2004). Estas afirmaciones continúan un posicionamiento explícito frente a una gran ficción que engañó a muchos.

El cambio regional que esto representa, sumado a la crisis convulsiva del gobierno brasileño, lo resumí en la edición de octubre de América XXI (http://americaxxi.com.ve/la-naturaleza-del-conflicto/).

Ahora se trata de asumir la nueva situación, que está muy lejos de ser desfavorable para la perspectiva de una revolución antimperialista y anticapitalista en la región.

Justamente: si Fernández en lugar de Alemania hubiese puesto a Venezuela como faro a seguir en 2007, hoy estaríamos en otra situación. Pero el fracaso de tal prototipo es, en realidad, la impotencia del sistema capitalista para resolver incluso los problemas más elementales de nuestras sociedades latinoamericanas. Quienes optaron por esa híbrida mezcla de socialdemocracia y socialcristianismo están hoy claramente en bancarrota.

Al otro lado de la barricada, la Revolución sigue su marcha, seguramente afectada por la defección de sucesivos gobiernos, pero estratégicamente fortalecida por pueblos que tienen cada día más claro que, ante la convulsiva crisis del capitalismo, los horrores de esa crisis tanto en la guerra como en el drama de millones de seres humanos lanzados a la deriva, tienen más posibilidad (porque tienen más necesidad) de comprender que la Revolución Bolivariana de Venezuela y el heroico esfuerzo de los gobiernos del Alba son la única respuesta posible, aunque difícil y exigente.

El resultado electoral del 25 de octubre en Argentina era previsible. Y fue previsto. De un solo plumazo fueron barridos el reformismo burgués (por estos días llamado desarrollismo o keynesianismo) y el tradicional reformismo obrero, apalancado por la socialdemocracia, el ex-comunismo y el socialcristianismo, arrasados moral y electoralmente por la ciudadanía en sus diferentes estratos.

El suspenso durará poco. En la hipótesis más optimista, hasta el recambio presidencial el 10 de diciembre y el comienzo de la faena, en marzo de 2016. Pero ya ha llegado la hora de palabras nítidas y rotundas: Revolución; Socialismo.

Por arduo que sea el camino, es ahora que comienza. Y sabremos recorrerlo hasta el fin.

 

28 de octubre de 2015

@BilbaoL

Alba y militancia anticapitalista ante un nuevo ciclo histórico

PorLBenAXXI

El ciclo iniciado con la victoria electoral de Hugo Chávez en 1998 ha culminado. La dinámica de convergencia de gobiernos latinoamericanos de diferente naturaleza está en un punto de parálisis e indefinición. A no pocas tendencias y cuadros de izquierdas les cuesta admitirlo. Pero hacerlo es una condición para continuar la marcha; para definir qué signo y sentido tendrá la nueva etapa que se inicia.

Entre una y otra fase el punto de giro no resulta de una victoria de la contrarrevolución. Aunque está a la vista el terreno recuperado en el último período por el imperialismo y los núcleos del gran capital en cada país, con excepción de los componentes del Alba, el saldo no es neto en modo alguno, como se verá enseguida. Hay un combate en curso.

Sobre la base de un sostenido agravamiento de la crisis estructural y agudización acelerada de las contradicciones en el hemisferio, el ordenamiento actual ya no calza en el cuadro anterior. Dado que Venezuela y los restantes países del Alba han resistido los embates de todo tipo tras la muerte de Chávez, el capital está compelido a articular urgente una respuesta para evitar que se transponga el punto de no retorno en el área del Alba y se generalice el conflicto en toda la región.

En relación a la situación dada a comienzos de siglo se ha producido un cambio fundamental en las relaciones de fuerzas entre clases y naciones. Ese cambio favorece circunstancialmente a Estados Unidos. Omitirlo induce a valoraciones, propuestas y demandas abstractas, lo cual a menudo lleva por caminos desviados a corrientes y cuadros revolucionarios. A la vez, avala tendencias que consideran suficiente desplegar su actividad en estructuras que rechazan la noción de Partido, postergan -o directamente desechan- la lucha por la conquista del poder político.

Para abrir un debate al respecto habrá que trazar una minuciosa cartografía de la nueva coyuntura histórica. Falta todavía un estudio detallado desde el análisis científico de la lucha de clases, pero hay suficiente experiencia acumulada como para afirmar un balance destinado a armar a la vanguardia revolucionaria, obligada hoy a multiplicar capacidades para frenar la contraofensiva capitalista y dar continuidad a las grandes conquistas alcanzadas.

Es preciso seguir la evolución país por país, evaluar el papel político de cada quien y valorar el desplazamiento de fuerzas al Sur del Río Bravo, con especial atención al Alba-Tcp (Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos) y los 11 países que la componen: Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua, Ecuador, la Mancomunidad de Dominica, Santa Lucía, Granada, San Vicente y las Granadinas y Antigua y Barbuda, San Cristóbal y Nieves.

Tal labor queda a cargo de la militancia que ha intervenido de manera directa en los acontecimientos (*). La justa comprensión y evaluación del fenómeno hemisférico requiere –y esto es ya la definición de un objetivo impostergable- una instancia organizativa internacional de cuadros y militantes revolucionarios. Vale repetir que fue también Chávez quien comprendió esa necesidad y convocó, a fines de 2009, a la creación de una V Internacional. Intento vano en su primer pujo, pero cargado de potencialidad.

El Alba fue un paso dictado por esa comprensión internacionalista de la lucha revolucionaria. Su sola constitución significó una ruptura neta con la dinámica del siglo XX. A excepción de esfuerzos realizados por Cuba para crear organismos internacionales que unificaran fuerzas de países del entonces llamado Tercer Mundo, desde los años 1930 en adelante prevaleció la corrupción primero y la disolución luego de las estructuras internacionales de la clase trabajadora. La Segunda Internacional había torcido el rumbo al punto de pasar del reformismo a la sociedad con el gran capital alemán y europeo; la Tercera se transformó en una maquinaria vuelta contra los comunistas revolucionarios en todo el mundo, comenzando por la Unión Soviética y España; la Cuarta no llegó a existir como tal; se limitó a un esfuerzo simbólico cuya fuerza se extinguiría a poco andar, coronado por el asesinato de Trotsky. Mantuvo un prolongado esfuerzo por preservar la memoria histórica y la continuidad del pensamiento revolucionario hasta que sucumbió en la deriva sectaria de la mayoría de sus epígonos. La irrupción de la Revolución Bolivariana primero y luego del Alba rompieron la inercia reformista o diletante. A esa altura el Foro de São Paulo ya estaba dominado por la noción reformista y organizaciones empeñadas en insertarse en el sistema. Pese a eso, el FSP era una organización de Partidos. El Alba, en cambio, es una unión de gobiernos. Como tal, tiene limitaciones y ritmos ajenos a las urgencias de un combate político como el que América Latina afronta en los últimos años y en el cual se decide la victoria o derrota de sus pueblos y vanguardias.

 

Washington recupera terreno

En la nueva situación el signo dominante es que después de un período de sistemático retroceso y de fallidas respuestas parciales, el estado mayor del imperialismo logró articular una estrategia contrarrevolucionaria en todo el hemisferio. A partir de ella viene sumando sectores de las burguesías locales que en la fase anterior salieron de su órbita.

Aquí está por tanto el principal aspecto en la coyuntura: franjas de la burguesía que agobiadas por la voracidad descontrolada del imperialismo se sumaron a una dinámica convergente, políticamente encabezada por la Revolución Bolivariana y el comandante Chávez, vuelven a encarnar una fuerza centrífuga o, como se decía en el siglo pasado, balcanizadora. América Latina está otra vez ante la amenaza cierta de retomar el camino de la fragmentación y, como consecuencia, de sucumbir una vez más ante el poder del imperio.

Washington sufrió un golpe durísimo en 2005 cuando con el Alca fracasó su intento de levantar un alambrado en la región y quedarse para sí con todo el mercado. Lamió sus heridas durante 2006 y lanzó los primeros pasos de la contraofensiva en 2007. Paradojalmente, la crisis contribuyó para que el capital recompusiera sus filas. Con el estallido financiero de 2008 los bloques gran burgueses en América Latina comprendieron que por sí solos no podrían remontar la situación provocada por el colapso en los países centrales. Con la reactivación de un G-20 reformulado Washington dio un golpe maestro a la dinámica de convergencia suramericana y encolumnó a las burguesías tras su respuesta estratégica al colapso financiero.

Además de neutralizar mediante el G-20 la disgregación entonces en curso de su poder ante las burguesías de la región, el imperialismo logró sortear el riesgo que amenazó durante meses con transformar la recesión en depresión. Y esa capacidad conllevó la recuperación de dominio y control sobre sus socios subordinados y esquilmados del Sur.

A la vuelta de siete años el sentido de la marcha de las burguesías de la región es exactamente el inverso al impuesto a comienzos de siglo, con Brasil a la cabeza, cuando el ex presidente Fernando Henrique Cardoso, acompañado por Chávez, convocó a la primera reunión de Presidentes suramericanos. Ese vuelco en la orientación se traduce en un cambio en las relaciones entre cada nación y el imperialismo, pero también en las relaciones de fuerza entre las clases al interior de cada país.

Desde luego la inconsistencia en la línea de acción adoptada por el gran capital era previsible. Y fue prevista. Chávez no albergaba la más mínima confianza en los grupos burgueses ávidos de negocios suculentos, capaces de tolerar la Revolución Bolivariana en Venezuela y admitir la creación de organismos nuevos, tales como Unasur y Celac, a condición de garantizarse el control y usufructo –aquí en frontal disputa con el gran capital estadounidense y europeo- de grandes obras de infraestructura e intercambio comercial en función de una “Comunidad” (así la llamaban, hasta que Chávez impuso la sigla Unasur) que imaginaron bajo su férula y fuera del alcance de la avidez imperial.

¿Por qué emprender ese camino con socios tan endebles y estructuralmente destinados a tomar el camino inverso? Tal pregunta cabe sólo cuando quien la formula no se propone la conquista del poder y la transformación revolucionaria de la sociedad.

Debilitar al imperialismo, sustraerle al máximo posible sus fuentes de alimentación –y paralelamente encarar la tarea de educación práctica de las masas respecto de quiénes son sus verdaderos aliados y enemigos- es una obligación para cualquier estrategia revolucionaria seria. Si no es por la guerra, ha de ser por la política. La conformación de bloques político-económico-militares (denominada por Chávez “mundo pluripolar”) era una estrategia acorde con las relaciones de fuerza a escala planetaria a comienzos de siglo. A una década de distancia ya no se trata de una teoría: está probado. Bloques de diferente envergadura y posicionamiento estratégico han dado en los últimos años un diseño nuevo al planeta. Estados Unidos no es más la potencia inapelable, con todos los demás grandes poderes del mundo girando a su alrededor. Desestimar esta reconfiguración geopolítica implica desconocer por completo la realidad mundial.

No es preciso decir que tal reconfiguración no resulta de la estrategia del algún partido o gobierno, sino del desenvolvimiento de la crisis sistémica: es el resultado inevitable de la pugna intercapitalista y la disputa por los mercados (tal vez sea necesario recordar que fueron esas las causas de la Primera y la Segunda guerras mundiales durante el siglo XX). En cambio, la comprensión por adelantado de esa lógica intrínseca era la clave para tomar la delantera y afirmar una perspectiva anticapitalista que obrara como faro para pueblos y vanguardias de todo el mundo. La estrategia incluía, como condición sine qua non, dos pasos fundamentales: una unión de gobiernos revolucionarios al interior de los bloques mayores que estaban formándose, y una organización internacional basada en partidos revolucionarios y movimientos de masas antimperialistas y anticapitalistas. Eso es lo que hicieron Chávez y otros partidos, organizaciones y cuadros revolucionarios en diferentes países del mundo. Eso es el Alba y el inconcluso intento de crear la V Internacional.

En ese mismo período organizaciones que gustan presentarse a sí mismas como flanco más lúcido y arrojado de las filas revolucionarias, optaron por emprender el camino de la acumulación electoral y se muestran ahora felices por contar con un puñado de concejales y algún diputado. Basta la comparación para comprobar por dónde pasó la vanguardia revolucionaria en lo que va del siglo. No hay debate posible entre una vanguardia internacionalista a la cabeza de pueblos enteros y una reedición pálida y tardía del reformismo electoralista, precisamente en el momento histórico en que la socialdemocracia agoniza sin gloria.

 

Reconfiguración geopolítica

El caso es que la combinación de resultados de la contraofensiva imperial y debilidades de diferente orden de esa nueva vanguardia latinoamericana –que tiene significativas aunque débiles extensiones en los demás continentes- da lugar a una coyuntura de equilibrio inestable con base en la contraofensiva imperialista. La resolución de ese cuadro transitorio está en juego ahora mismo; a América Latina le corresponde un papel acaso decisivo en el desenlace.

Por un lado, la lucha interimperialista se ha agravado entre Estados Unidos, Unión Europea y Japón, aunque la expresión de ese combate sin solución sea predominantemente en el terreno financiero y de disputa por mercados (en el plano militar la abrumadora hegemonía estadounidense se impone y Europa queda limitada a maniobras que ponen trabas y postergan la furiosa escalada militar estadounidense contra Rusia y sus aliados del Este europeo).

A su vez, el bloque encabezado por China y Rusia se ha desplegado en un conjunto de instrumentos económicos y legislativos que consolidan una nueva potencia de alcance planetario en términos geográficos, poblacionales, económico y, en primer lugar, militar. Esto último constituye un vuelco trascendental de la realidad mundial que caracterizará por lo menos el próximo medio siglo.

Este bloque no calza en la sigla Brics, creada por periodistas europeos para denominarlo en sus inicios, hace más de una década. En primer lugar porque está por verse si el primer país de la sigla, Brasil, guardará el lugar que hasta ahora tuvo en ese conjunto nuevo (volveré inmediatamente sobre esto). En segundo lugar, porque tampoco es estable la continuidad de India en un curso de política internacional hegemonizado por acuerdos de fondo entre Beijing y Moscú. Un caso análogo vale para Suráfrica. Y, finalmente, porque hay un conjunto de otros países sobre los cuales gravitan de manera decisiva China y Rusia, los cuales suman a ese bloque todavía sin nombre una fuerza singular que, sin romper con los límites del sistema capitalista, se planta hoy y sobre todo adopta una dinámica de choque frontal con Estados Unidos.

 

Prueba para los gobiernos del Alba

Como se ha señalado, el Alba es la herramienta creada por Chávez y Fidel para intervenir desde una estrategia anticapitalista en la reconfiguración geopolítica global. Sin esa alianza definida por el socialismo la flamante pluripolaridad quedaría enteramente en un marco políticamente capitalista, aunque estructuralmente indeterminado. Y las grandes conquistas de la época: Unasur y Celac, cambiarían sin más de signo y naturaleza.

De allí que hoy los gobiernos del Alba afrontan dos tareas inseparables: fortalecimiento y consolidación de este conjunto de 11 países; esfuerzo por impedir que la dinámica de disgregación paralice, desnaturalice o incluso destruya Unasur y Celac. Mercosur es otro fenómeno; quizá el más candente en lo inmediato, donde también se dirimirá el combate por la inestable convergencia o la victoria de fuerzas centrífugas.

Por lo pronto Estados Unidos ha articulado una Alianza del Pacífico a través de los gobiernos de México, Colombia, Perú y Chile. Junto con la OEA, a la cual Washington intenta revivir mediante el ex canciller uruguayo, actual secretario general empeñado en la tarea, son sus puntos de apoyo contra Unasur y Celac.

Ante las incógnitas que plantea este desarrollo la pregunta decisiva es si existe, y en tal caso cuál sería, la fuerza capaz de impedir el realineamiento de las burguesías con el imperialismo para marchar contra sus propias clases trabajadoras y el conjunto de sus pueblos.

Sobre la base de la creciente pugna intercapitalista de las burguesías de la región (siempre con el telón de fondo de la crisis mundial, que no hará sino agudizarse), dos factores principales caracterizan el cuadro: las contradictorias necesidades de la burguesía brasileña, visiblemente fracturada, y la presión estadounidense sobre varios gobiernos del área, en primer lugar el de Colombia.

Está fuera de duda que el Departamento de Estado considera la detonación de una guerra entre Colombia y Venezuela como llave final de sus planes. Sólo no avanza abiertamente por ese camino porque la todavía indefinida correlación de fuerzas significa para la Casa Blanca el riesgo de que un hecho semejante obre en sentido inverso al procurado, provocando un incontrolable incendio en la región. Esta misma razón guía los pasos de las principales cancillerías y sobre todo la brasileña, como pudo verse en el primer tramo del choque fronterizo entre Colombia y Venezuela, azuzado por el imperialismo y hasta el momento neutralizado por la mayoría de los países de la región. He aquí un principio de respuesta a la pregunta arriba formulada: la única fuerza capaz de postergar y darle un sentido diferente al vuelco definitivo de las burguesías a los brazos del imperialismo es el constante fortalecimiento de la perspectiva revolucionaria.

Con la salvedad de un eventual estallido de violencia en la frontera colombo-venezolana, el manejo de las aludidas necesidades contradictorias de la burguesía brasileña se presenta en lo inmediato como el desafío mayor para el Alba.

El debilitamiento del gobierno de Dilma Rousseff es el prólogo del irresuelto giro del gran capital brasileño. Están encarcelados propietarios y principales ejecutivos de empresas de la construcción directamente involucradas en proyectos económicos aprobados por Unasur. Fue designado como ministro de Hacienda un vástago proestadounidense de los bancos mayores. In extremis, cuando Dilma tambaleaba peligrosamente en agosto, las principales cámaras industriales salieron en su defensa y frenaron los preparativos para destituirla. El precio de semejante respaldo no requiere detalles: implementar el saneamiento que el capital exige a partir de los efectos de la crisis internacional y de los desequilibrios internos. Para observar esta coyuntura cabe tener en cuenta que el principal abanderado del impeachment (así llaman en Brasil al juicio político contra un Presidente) fue Fernando Henrique Cardoso. El mismo que en 1989 y en sucesivas elecciones acompañó la candidatura de Lula y en 2000 convocó a lo que sería el primer eslabón de una cadena que luego daría lugar a Unasur y Celac. Pocos como Cardoso reflejan el giro en 180 grados del capital brasileño.

El Alba se ve ante una dificultad análoga también en Argentina, aunque en un cuadro diferentes y con otro ritmo. En este caso no se trata de una burguesía con peso en el escenario internacional que replantea su rumbo, aunque por cierto el gran capital clama por el realineamiento con Washington. El hecho es que la marcha en zigzag de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández concluye con saldo inequívoco: en 2015 el PIB industrial per cápita es idéntico al de hace 40 años; el endeudamiento de 200 mil millones de dólares con el que asumió Kirchner en 2003 se elevó a más de 240 mil millones, con un detalle: desde 2007 a la fecha se pagó a los acreedores 240 mil millones; Argentina se negó a ingresar al Alba, pero en los hechos tampoco está hoy en el Mercosur, paralizado y agónico por la disputa de las burguesías de sus dos principales socios, mientras Brasil alineó tras de sí a los gobiernos de Uruguay y Paraguay y a partir de esto, si no ocurre algo extraordinario, en diciembre Mercosur firmará un tratado de libre comercio con la Unión Europea; el país lleva más de tres años de estancamiento y recesión, con una media inflacionaria del 30% anual; la desocupación crece al compás de la caída económica y la pobreza supera el 30% de la población; como colofón, el gobierno de Fernández no logró articular una candidatura propia para las elecciones del 25 de octubre y la Presidente debió designar como delfín a quien fuera su permanente enemigo personal y político: Daniel Scioli, discípulo de Carlos Menem, hoy respaldado por la derecha del Partido Justicialista y aliado explícito de Washington. Los dos restantes candidatos con chance de hacerse del poder son Sergio Massa y Mauricio Macri, ambos provenientes del más crudo derechismo liberal y amarrados a los designios de la Casa Blanca. Los tres, además, enemigos jurados de la Revolución Bolivariana de Venezuela y, por supuesto, del Alba.

Está por verse si Dilma Roussef logra finalmente sostener la estabilidad y continuidad de un gobierno legítimamente constituido según la Constitución vigente, pero dispuesto a encarar una política económica contra los intereses de las clases trabajadoras y a la vez mantener la línea de acción política suramericana llevada hasta ahora. En el caso argentino, en cambio, es inexorable que a partir del 10 de diciembre el país dé un brusco giro diplomático y comience a actuar abierta o solapadamente contra el Alba, sus gobiernos y sus fuerzas revolucionarias.

Brasil tiene un alto involucramiento económico con Venezuela, Bolivia y ahora también Cuba. En menor escala lo mismo vale para Argentina. Ambos países han obrado –a veces con enérgicos y decisivos pasos, otras de manera aviesa y con doble intención- contra las agresiones abiertas provocadas en diferentes circunstancias contra gobiernos del Alba.

No hace falta decir que la caída de Rousseff significaría una victoria para Estados Unidos; cambiaría drásticamente la relación de fuerzas entre Washington y las capitales del Sur, tanto más si se suma el reemplazo de Fernández por cualquiera de los candidatos en danza.

No menos claro resulta que el respaldo, siquiera por omisión, del Alba a políticas antiobreras y de realineamiento de Brasil con Estados Unidos (por ejemplo: el acuerdo de Libre Comercio con la Unión Europea y algún tipo de participación brasileña en la Alianza del Pacífico) implicaría un correlativo distanciamiento con las masas que en ese país buscan reorientarse sindical y políticamente. Otro tanto vale respecto de Argentina en cuanto al tipo de relación y valoración respecto del partido gobernante, en caso de que ganare las presidenciales.

Está claro que cada gobierno del Alba tiene no sólo el derecho sino la obligación de buscar alianzas en el más amplio arco posible para restarle margen de maniobra a la Casa Blanca. Y es igualmente evidente que si el Alba no obra como faro orientador para obreros, campesinos, jóvenes y capas medias golpeadas por la crisis, el costo a pagar sería igualmente gravoso para las dos partes.

Movimientos obreros, campesinos y populares debilitados redundarían necesariamente en un Alba debilitado, a su vez incapaz de detener la centrifugación del continente, lo cual a su turno minaría las bases de sustentación de la propia Alba.

No hay un vademécum para orientarse ante tales dificultades. Se trata de afirmar o no la certeza de que, con prescindencia de los altibajos que trace la curva, la crisis del capitalismo global se acentuará y, en consecuencia, las burguesías verán estrechado su margen de maniobra no sólo frente al imperialismo, sino también ante las masas trabajadoras, a las que deberán sobreexplotar para sostener el sistema.

A partir de una definición en ese sentido, se trata de optar estratégicamente por acelerar en el camino de la revolución. No hay tercera vía: la otra opción sería retroceder –con los recursos retóricos que fueren- para acompasar al Alba con el grado de definiciones de otros bloques y mantener la sintonía con poderosos vecinos como Brasil y Argentina, vueltos ahora hacia el sentido inverso al mantenido en la última década.

En todo caso, la clave está en la propia marcha del Alba. En el esfuerzo por implementar efectivamente el Sucre. Téngase en cuenta que desde fines de 2008, en el pináculo de la crisis, es el único bloque que tuvo la lucidez y el coraje de crear una unidad monetaria para el intercambio propio, sentando un principio que si finalmente fuera asumido por otros bloque geopolíticos y geoeconómicos decuplicaría el golpe dado al imperialismo estadounidense con la irrupción de la pluripolaridad.

Los gobiernos del Alba ya han afirmado un curso de acción en este sentido. En el encuentro de cancilleres del 11 de agosto pasado, la declaración final registra el compromiso de “relanzar decididamente los proyectos socio-económicos productivos (…) que superen la lógica del modelo capitalista”, a la vez que anuncia el esfuerzo por ampliar su radio de acción y se propone “Construir y desarrollar la Zona Económica Complementaria Alba-Tcp/Petrocaribe/Caricom, como espacio privilegiado de complementariedad económica, comercial y productiva, y cooperación solidaria entre nuestros pueblos”.

 

A prueba también cuadros y organizaciones anticapitalistas

Sin el concurso de los obreros, campesinos y juventudes de los países hasta el momento no incorporados al Alba, a ésta le resultará imposible contrarrestar la presión combinada de imperialismo y burguesías locales. A la vez, el cuadro a la vista indica que no es previsible en lo inmediato el fortalecimiento de este bloque con la incorporación de otros países suramericanos. Por el contrario, el ejemplo de ese conjunto de naciones guiadas por una perspectiva y una práctica diferente es un peligroso ejemplo para los restantes gobiernos, incluso cuando no son abiertamente enemigos del Alba.

Una vía para contrarrestar el rechazo de gobiernos capitalistas es la adhesión al Alba de sindicatos de trabajadores, movimientos campesinos o estudiantiles. No han faltado esfuerzos por crear una red que permita enraizar esa idea en las masas. Todos valiosos, necesarios, merecedores de apoyo pleno.

De hecho, una condición para que partidos y organizaciones de izquierda estén a la altura de las circunstancias es que asuman sin retaceos esa tarea. A un lado el reformismo, por definición opuesto a la perspectiva enarbolada por el Alba, la renuencia de otras corrientes proviene, como se afirma en las primeras líneas de este texto, de soslayar la trascendencia de la escalada belicista estadounidense y de la batalla en curso entre las clases dominantes y los pueblos explotados y oprimidos desde el Río Bravo a Tierra del Fuego. Se desconoce o desestima el hecho de que han cambiado las relaciones de fuerza, con lo cual se abona el riesgo de un cambio mayor.

El vuelco de la situación no debería asombrar, puesto que expresa precisamente la extraordinaria magnitud del camino recorrido. Si la Revolución Bolivariana hubiera sido doblegada; si la dinámica de convergencia no hubiese llegado al punto de crear una organización hemisférica que excluye a Estados Unidos y Canadá, el imperialismo no tendría necesidad de contraatacar. Lo mismo refleja la conducta de las burguesías, inicialmente movidas por la necesidad de protegerse de la voracidad imperial, ahora asustadas de sus propios avances, aterradas –y divididas- al comprobar hasta dónde fueron arrastradas por una propuesta revolucionaria. Es posible verlos en sus discusiones: “Creímos que podríamos comprar o finalmente neutralizar a Chávez. Pero eso no ocurrió y estamos lanzados a un abismo: ¿Una Celac sin Estados Unidos? ¿Destruir la OEA? ¡No! ¡Es necesario detenerse ya!”.

A ritmos diferentes, por caminos cruzados, todas se han detenido o están a punto de hacerlo. El Departamento de Estado y el Pentágono esperan ese momento para lanzar su ofensiva final contra los gobiernos de Venezuela, Ecuador, Cuba, Nicaragua y el resto de los componentes del Alba. No sería más que el prólogo de una repetición, corregida y aumentada, de la aplicación de políticas extremas de saneamiento capitalista en todos y cada uno de los países, incluido y acaso en primer lugar, Estados Unidos. El insolente desembarco de marines en Perú, la proliferación de puntos de apoyo estadounidense en ese país para eventuales acciones de guerra desde mar, aire y tierra, son datos insoslayables.

Consciente de su incapacidad para vencer una guerra de ocupación, temeroso de los efectos internos de otro Vietnam, Estados Unidos emprendió hace ya mucho una estrategia de destrucción humana y material masivas. Espera que la degradación por la guerra, la división y los enfrentamientos internos, frene el curso de la revolución, de otro modo inexorable. Washington se vale para ello de ataques aéreos –cohetes, aviones y ahora también y principalmente drones- y ejércitos mercenarios infiltrados y sostenidos con cientos de millones de dólares en más y más lugares del planeta. Ha exigido y obtenido el apoyo del imperialismo europeo para estos crímenes. Allí están Afganistán, Irak, Libia y ahora Siria para ejemplificar la nueva estrategia bélica estadounidense: criminal como nunca; cobarde como nunca; como nunca degradante de la condición humana y amenazante del futuro de la especie.

Es a ese poder al que se debe neutralizar y vencer. Quienes proponen construir el socialismo en una sola provincia (entendiendo a Venezuela como la provincia de avanzada de la nación latinoamericana), son un remedo patético de quienes se propusieron hacerlo en un solo país. Lejos de contribuir al avance anticapitalista, se convierten en obstáculos para la conciencia, la unión y la acción de las grandes mayorías y sus vanguardias. Son la contracara del reformismo que cree en un futuro diferente al de la crisis y la violencia crecientes para el capitalismo y propone humanizarlo. Éstos desconocen –o pretenden desconocer- la crisis intrínseca y la dinámica devastadora del sistema. Aquéllos hacen de la crisis una abstracción y le dan una respuesta metafísica. Basta que unos u otros tomen el gobierno de un país, o la conducción de un sindicato, o la comisión interna de una fábrica, para que a la vuelta de muy poco revelen su insanable incapacidad para conducir a las mayorías y enfrentar con éxito la reacción de la clase enemiga. Las pruebas de estas afirmaciones están a la vista de Norte a Sur en América Latina.

La necesidad de combinar desigualdades en el desarrollo político a lo largo del continente nada tiene que ver con el gradualismo reformista. Todo por el contrario. Se trata de avanzar en el reemplazo de la democracia burguesa por la democracia de las masas, en la cual la participación plena y libre ponga en marcha la más poderosa fuerza imaginable: el ansia de transformación que acucia a 9 de cada diez ciudadanos. Participación del ciudadano en el poder efectivo implica organización colectiva, en órganos de poder real, en todo ámbito de relacionamiento social.

Es lo que intentan realizar los gobiernos del Alba, también en este caso con logros desiguales. Sin embargo es claro que, como tal, este bloque no puede promover su propia propuesta en cada país. Eso significaría acelerar el curso de disgregación de Unasur y Celac. Ese rumbo, no obstante, es el obligado programa de acción inmediata, tanto más en aquellos países donde la farsa del electoralismo manipulado por burgueses y reformistas ha sobrepasado el límite de aceptación para las grandes mayorías y el saldo se ve ya en manipulación de masas por la derecha y el fascismo. Sólo la inercia y la falta de alternativas confiables han permitido en los últimos años que las clases dominantes ejerzan su poder bajo un manto institucional. El próximo paso será el retorno a la represión.

Frente a la magnitud de la batalla, si se le exige al Alba –o a cada uno de los gobiernos que lo integran- lo que el mismo demandante no es capaz de hacer en su país, se desemboca en el choque con esta gran conquista de la revolución latinoamericana, en una mayor incapacidad para cumplir las indelegables responsabilidades propias y en un debilitamiento de todos. Algo así como trabajar para el enemigo.

Por el camino que sea se llega a las dos exigencias impostergables de la hora: frente único antimperialista con la mayor amplitud que cada circunstancia lo haga posible; organización revolucionaria de los trabajadores y las juventudes en cada país en paralelo con la creación de un punto de organización y referencia internacional.

Al Alba le cabe la primera responsabilidad. La segunda es de la militancia dispuesta a la revolución. Pero una militancia disgregada o carente de programa, estrategia y disciplinada organización, no puede afrontar el desafío que tiene enfrente. Allí es donde aparecen con renovada vigencia las nociones de Partido e Internacional.

6 de septiembre de 2015

@BilbaoL

 

 

 

 

 

 

 

 

(*) De nuestra parte, ponemos a consideración textos tales como Trinchera de ideas (América Latina y el mundo entre 2003 y 2012), Ediciones Fuenap, Buenos Aires 2013; Trinchera de ideas II (América Latina y el mundo entre 2012 y 2016 (próximo a salir, la continuidad de esa serie está disponible en www.americaxxi.com.ve); Argentina como clave regional, Ediciones Fuenap, Buenos Aires 2004; así como folletos, documentos y artículos (www.luisbilbao.com.ar; www.unióndemilitantes.com.ar)

 

 

 

Otro espejismo que se esfuma

PorLBenAXXI

 

Comenzó la fuga masiva de capitales en países hasta hace poco considerados garantía de futuro: los aviesamente denominados “emergentes”.

Entre el 1 y el 21 de agosto los fondos especulativos vendieron 8.500 millones de dólares en esas plazas. La corrida había sumado 26 mil millones en el primer semestre. Agosto terminó con pérdidas billonarias en Bolsas metropolitanas y periféricas. Explicar el barquinazo sólo por la devaluación china es inconsistente. Estos movimientos traducen debilidades estructurales irreparables. Detrás está la irresuelta crisis de 2008, la caída de la tasa de ganancia, la deflación y recesión en las principales economías. Por eso, aunque no sea la perspectiva más probable en lo inmediato, no es imposible una fuga generalizada de estos fondos buitres seguidos en manada por Bancos de todo porte. En tal caso el colapso de 2008 sería un pálido ejemplo: el radio de la onda expansiva sería ahora mucho mayor y, a diferencia de entonces, el epicentro originario estaría en países incapaces de afrontarlo. En cualquier hipótesis, la crisis se ha reinstalado y las economías subordinadas pagarán esta vez el precio mayor.

Contra toda buena teoría, durante un período se confió en que el saneamiento y recuperación de la economía mundial tras la gran caída de 2008 provendría de los “países emergentes”.

Tal denominación sirvió a los fondos de inversión como recurso de venta para denominar a países antes llamados “subdesarrollados” o “del Tercer Mundo” y atraer inversores a la caza de altas tasas de interés. Por arte de birlibirloque en los años 1990 un conjunto de países cuyas economías se hundían en las profundidades de una crisis devastadora, pasaron a ser “emergentes”. Argentina fue acaso el ejemplo más penoso de esa impostura.

Mayor fue la confusión cuando economías de otra escala –China, India, Rusia, más tarde Brasil– ganaron espacio en el escenario mundial. Como prolongación del ensueño se impuso otra ilusión: la crisis de los centros imperialistas con sede en Washington, Bruselas y Tokio daría lugar a un nuevo orden mundial. Ya se había esfumado el que supuso otro con idéntica denominación pero con Estados Unidos como centro único e inapelable, a partir de 1991. Ahora, ese orden provendría del equilibrio estable y virtuoso entre bloques capitalistas antiguos y nuevos.

La marcha inexorable hacia un mundo pluripolar, como lo denominaba y propiciaba Hugo Chávez, fue confundida por no pocos con la perspectiva de ininterrumpido desarrollo capitalista. Apenas había que sumarle algunas columnas para sostenerlo.

Muy lejos de esa interpretación, Chávez enarbolaba una propuesta de transición a escala planetaria, con rumbo fijo al socialismo del siglo XXI. Ahora, cuando la pluripolaridad es un hecho, pero en lugar de equilibrio reinicia el tembladeral en escala mayor, cuando se esfuma el espejismo de un capitalismo humanizado y reformado, se replantea la necesidad de un programa global de transición hacia un horizonte post capitalista.

Arrullados por los panegiristas de la gran prensa comercial hubo quienes se vieron a sí mismos como estadistas, además sobresalientes, capaces con su astucia de sortear las leyes del sistema. “¿Socialismo? No. ¡Ésas son ilusiones! Nosotros somos gente sensata, realista; sabemos que sólo es posible realizar reformas y para ello es necesario apoyarse en la burguesía y crecer, desarrollarse y distribuir”.

A la vuelta de una década, tales habilidades se revelan vanas e impotentes. Los mismos que ayer derramaban zalamerías sobre mandatarios que desoían los llamados de Chávez y se negaban a incorporarse al Alba, ahora los acosan. La campaña acentúa el debilitamiento extremo de liderazgos que han perdido respaldo popular. Nadie podía esperar una conducta diferente del imperialismo y el gran capital. El hecho es que están en riesgo no sólo las reformas propias –en ningún caso extraordinarias en términos cualitativos- sino el proceso de convergencia y autonomía regional en su totalidad. Procesos de enorme riqueza desarrollados en América Latina durante los últimos 15 años están en jaque.

Identificar a los Brics con el futuro de la humanidad sin el molesto corolario del socialismo, comprar a precio de saldo la superchería procapitalista rebautizada “neokeynesianismo”, asumir la estrategia socialdemócrata-socialcristiana, llevó a este cuadro crítico de extrema gravedad.

La parábola del PT

Es en este paisaje donde destaca Brasil. Lejos de ser caso único, es parte de un fenómeno general aunque diverso; sobresale por su decisiva envergadura geográfica, poblacional y económica. Y, ante todo, porque 35 años atrás se produjo allí una revolución política con el nacimiento del PT.

Una década después, sin embargo, el derrumbe de la URSS potenció las debilidades de la vanguardia mundial, mientras el mundo era anegado por una ola reaccionaria. Como portavoz del   gran capital europeo la socialdemocracia –en este caso la española- hizo su faena. Con menos resistencia de la esperada, el PT cayó en sus fauces. Contribuyó un dato esencial, sumado a las flaquezas de las izquierdas en todo el planeta: un período de relativo auge con base en altos precios de las materias primas. Eso acabó. Y allí está el PT, al timón de un país clave en la región, empujado a sanear el sistema a nombre y en beneficio de la burguesía.

Alguien escribió en los 1930, cuando el Partido Comunista de Alemania se negó a hacer un frente único contra el ascenso de Hitler: “el proletariado alemán se levantará; el Partido Comunista de Alemania, jamás”.

¿Será capaz el PT de hacer un frente único latinoamericano contra el fascismo contemporáneo, corporizado en la escalada imperial-burguesa sobre la región? ¿Estarán dispuestas sus autoridades a corregir errores, depurarse de conductas corruptas, romper alianzas con la burguesía y con deleznables representantes del capital financiero internacional como, entre tantos, Felipe González?

El PT, el gobierno brasileño, las organizaciones de masas que reivindican las banderas de lucha de tres décadas, podrían levantarse y salir de la encerrona si encararan ese rumbo.

Están las condiciones dadas. Como en Brasil, también en Argentina la clase obrera y el conjunto de la población asiste anonadada al espectáculo de una degradación paralizante y la imposición de tres candidatos presidenciales para un mismo programa de saneamiento capitalista conducido por el imperialismo. Por sobre evidentes diferencias, otros países al Sur del Río Bravo viven situaciones análogas. La región está a punto de liberar fuerzas gigantescas detonadas por la crisis y la intención del imperial de recuperar espacio en sus semicolonias sublevadas. Darle organicidad y sentido a esa potencia de colosales dimensiones no sólo es necesario: es posible. Hace falta voluntad política, sobre la elemental plataforma reclamada por Bolívar dos siglos atrás: “moral y luces”.

Lucidez presupone comprender la inviabilidad manifiesta de cualquier estrategia de reforma capitalista. Carcomido por la crisis el sistema sólo producirá más pobreza y violencia. Ese proceso destructivo está a plena marcha en todo el mundo. Antes del torbellino de agosto se calculaba que América Latina tendría en 2016 un aumento promedio del 0,5 del PIB. Será peor. Brasil y Argentina están y seguirán en franca recesión. La reaparición del descontrol sistémico, aun antes de manifestarse en toda su fuerza devastadora, pone fin a conceptos como desarrollo, inclusión, soberanía, sin transponer los límites del capitalismo.

Revolución Bolivariana y frente único

Moral, además de lo obvio, implica reconocer que mientras los miembros de Unasur y Celac no integrantes del Alba recorrían el callejón sin salida del reformismo, primero con Chávez, después con Nicolás Maduro y su gobierno, la Revolución Bolivariana de Venezuela fue un factor clave en la conceptualización y articulación inicial de la multipolaridad, a la vez que alcanzó grandes conquistas, aquí sí, cualitativas, en la transición.

Chávez y Maduro no fueron criticados por sus errores, sino por sus aciertos. Rechazar la vía de la revolución y optar por la reforma llevó a los éxitos del capitalismo agónico, particularmente en Brasil y Argentina. Resistirse a la estrategia del Alba, negarse a la organización internacionalista propuesta por Chávez, condujo a la actual situación de indefensión de tantos valiosos luchadores y el riesgo de pesadas derrotas. Pero tales conductas también redundaron en debilidades y errores por parte de Venezuela, al restársele el aporte teórico, práctico y organizativo de los dos proletariados con mayor porte y experiencia en la región: el brasileño y el argentino.

Urge corregir esa falencia. El frente único latinoamericano puede articularse en la defensa de la institucionalidad y contra el ajuste en Brasil; en el apoyo a la resistencia que obligadamente adoptará el pueblo argentino; en las reivindicaciones de trabajadores uruguayos, paraguayos, chilenos, peruanos; en la paz para Colombia, y centralmente en la defensa de la Revolución Bolivariana y su gobierno.

Un ejemplo semejante sería acaso de enorme gravitación también en países tales como Grecia, España y ahora… Gran Bretaña y Estados Unidos. Allí aparecen también fuerzas subterráneas antisistema. Comienzan a expresarlas corrientes internas del Partido Laborista inglés y del Partido Demócrata estadounidense. Pero revelan base social para extender el frente único al corazón del imperialismo, que en todo el mundo avanza por el camino de la guerra.

En el caso venezolano Washington ensaya la tenaza bélica desde Guayana y Colombia mientras arrecia el accionar interno de bandas paramilitares. Impedirlo es una tarea de alcance mundial. La Casa Blanca necesita revertir la convergencia latinoamericana, neutralizar Unar y Celac, acorralar al Alba y aislar a Venezuela, como condición para lanzar finalmente en toda la línea la agresión violenta contra el centro de la revolución latinoamericana. Bajo el influjo de la crisis reaparecida las burguesías locales se alinean más y más con el gobierno estadounidense. Ningún trabajador brasileño, argentino o de cualquier otro país suramericano puede rehuir este desafío histórico.

24 de agosto de 2015
@BilbaoL

En el espejo de Grecia

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En su convulsiva crisis Grecia viene a confirmar verdades básicas, olvidadas por décadas de neto predominio reformista y confusión teórica en filas revolucionarias.

Una de ellas es que economía y política no van por caminos autónomos ni admiten ser consideradas y manejadas con independencia una de la otra.

También pasa al centro del escenario una expresión de Lenin respecto de la revolución, posible según su célebre dictum «cuando los de abajo ya no quieren y los de arriba ya no pueden» vivir bajo las imposiciones del capitalismo.

Una tercera columna del pensamiento revolucionario también se traduce nítida por estos días: el carácter internacional de toda y cualquier revolución.

Convendría a la sazón rebuscar en textos antiguos una jugosa polémica de Trotsky contra Stalin, respecto de las particularidades nacionales, a las que este último consideraba como «verruga en el rostro». Allí el revolucionario asesinado en Coyoacán desnuda la superficialidad del pseudointernacionalismo stalinista, cuando explica que son precisamente las especificidades de un país las que pueden hacer posible, en una circunstancia dada, la victoria y afirmación de una revolución.

Todo sumado, es más sencilla una aproximación a la tragedia griega contemporánea.

Parte de la crisis general del capitalismo, la economía griega fue además víctima de la operación imperialista europea destinada a consolidar un bloque para competir en mejores condiciones con Estados Unidos. Las clases dominantes griegas se sumaron fervorosamente a la creación del euro y la operación de compensaciones destinadas a morigerar las enormes desigualdades entre la economía de este pequeño y atrasado país en relación con las de los países desarrollados, especialmente Alemania y Francia. La socialdemocracia participó sin reservas de esta operación timoneada por y en beneficio específico del capital financiero europeo.

Pero la productividad no se inventa ni, mucho menos, se puede soslayar. Y la moneda la expresa con transparencia, aunque ésta pueda demorarse y durante todo un período permitir manipulaciones de diferente signo. Dado el subdesarrollo productivo griego -como el portugués y en menor medida el español- una moneda única, conducida desde Berlín y París no podía sino producir distorsiones enormes, naturalmente en detrimento de la economía griega.

Esto ocurrió en el marco de la secular destrucción de las organizaciones de masas de los trabajadores griegos. Téngase en cuenta que Stalin negoció la partición del mundo en Yalta sobre la base de imponer a los guerrilleros franceses y griegos, conducidos por los Partidos Comunista y Socialista, la rendición ante gobiernos capitalistas y la entrega de las armas. Esas organizaciones jamás se recuperarían de aquella defección histórica, que definió el curso del planeta y se verificó en toda su magnitud medio siglo después, con la caída del muro de Berlín y la inmediata disolución de la Unión Soviética.

Desarmados en todo sentido y tras un período de bonanza ficticia, los trabajadores y el pueblo griego reaccionaron frente al escandaloso despojo con el que los señores feudales de las finanzas europeas se cobraron las dádivas con las que se inició la afirmación del euro, tan necesarias para ellos como insostenibles para unos y otros.

Como ciertos revolucionarios, la burguesía imperialista creyó posible separar tajantemente la economía de la política y un buen día despertó con las masas griegas sublevadas y destrozando para siempre el aparato institucional de dominación capitalista. Eso fue la aparición de Syriza: una bocanada de oxígeno en el irrespirable clima político europeo, inspirada en el proceso revolucionario latinoamericano y con laRevolución Bolivariana como enseña. El mismo fenómeno pujó por brotar en España con la experiencia de Podemos, aunque con marcados rasgos diferenciales, acordes con sociedades también muy diferentes.

Dos sorpresas

Una batalla épica libró el gobierno de Syriza frente a los intentos de la euroburguesía por aplastarlo e imponer a las masas el ajuste económico requerido por la Troika (Banco Central Europeo, Comisión Europea y Fondo Monetario Internacional -BCE, CE, FMI), lógico e imprescindible desde el punto de vista capitalista. Sus autoridades -en primer lugar el primer ministro Alexis Tsipras y el ministro de Economía Yanis Varoufakis- se ganaron la simpatía de los trabajadores europeos y prácticamente de todo el mundo que conoció su peripecia. Luego vino el referéndum para aceptar o rechazar las exigencias de la Troika. Y la victoria del No. Corresponde decir que supuse el resultado contrario. Pero las masas dieron una conmovedora muestra de lucidez y coraje, que implicaba también confianza en su dirección. Prueba adicional de las inmensas reservas que bajo la superficie aguardan la hora de la Revolución. Pero tras el 60% a favor del Oxi (No), vino la renuncia de Varoufakis y poco después la aceptación por parte de Tsipras de la intransigente imposición del capital financiero europeo.

Está claro que «los de abajo» en Grecia no quieren vivir como hasta ahora. También que «los de arriba», a escala europea, pueden seguir haciéndolo. Todo indica que, para el conjunto de la población, ese Oxi masivo no incluía la abolición del Euro y la salida de la Unión Europea. Allí apretaron el BCE y la CE colocando al gobierno griego ante la alternativa de «aprobar un plan en el que no creo», como dijo Tsipras, o asistir al colapso total de la economía, el aparato productivo y la sociedad griegas. Brilló en esadramática opción la ausencia política de los Brics y, particularmente, de Rusia y China. Atenas quedó sola ante Bruselas, con el detalle de que alberga cuatro bases de la Otan.

Además de sorpresa, la decisión de aceptar la imposición europea, luego reafirmada por el Parlamento, con la oposición de 35 diputados de Syriza, trajo un debate de frágiles bases, reducido a la conducta de Tsipras. Sin embargo hay mucho más en juego. La alternativa dramática que afrontó el gobierno griego se repite, en condiciones propias, diferentes, en otros países europeos y muy particularmente en América Latina. La crisis estructural del capitalismo, acentuada en la coyuntura, limita el campo de opciones: sumisión incondicional a las necesidades imperativas de saneamiento capitalista, o revolución en toda la línea, es decir, expropiación de la banca y las transnacionales de la producción, gobierno democrático de las masas sobre esa plataforma inapelable de erradicación del sistema dominante. Que se rasguen las vestiduras los defensores de terceras vías: no las hay.

¿Podía Tsipras convocar a la ruptura con el Euro, la salida de la UE, sin la condición de chocar de frente con el capitalismo? ¿Tenía para tales propósitos el apoyo de las mayorías, incluso de las que votaron No? ¿Hay convicción en la propia Syriza para emprender tal rumbo? ¿Traicionó el líder de Syriza la voluntad de las masas? Dicho de otro modo: ¿llega la singularidad griega al punto de contrarrestar la apatía, la parálisis, la cobardía, de las organizaciones de la izquierda europea y de los trabajadores de la UE?

Sólo una afiatada dirección revolucionaria puede responder estas preguntas al momento de tomar decisiones definitivas en condiciones como las que se ven en Grecia. El dicterio fácil en tales coyunturas no corresponde a revolucionarios sólidos. Tanto menos si se lo profiere desde un escritorio, a miles de kilómetros del escenario de combate. Conviene recordar que ante la insurrección de octubre 1917 en Rusia, Kamenev, Zinoviev y Stalin (tercero, cuarto y quinto en la jerarquía dirigente, el último, director del diario Pravda), se opusieron y llegaron a denunciar públicamente los planes insurreccionales. Lenin los condenó en los más duros términos, por supuesto. Pero después de la victoria, no consumó las medidas contra ellos, que siguieron ejerciendo papeles principales en la naciente revolución. En Grecia la lucha recién comienza. Aguarda la etapa más dura para el pueblo y los revolucionarios. Solidaridad incondicional con ellos.

 

El papel de la unidad de las masas

Lo cierto es que la propia dirigencia de Syriza se dividió ante la encrucijada. Ahora bien: si la renuncia del ministro de Economía y el giro del Primer Ministro acaban consumando, como todo parece indicar, una irreparable fractura de Syriza, esta novel formación desaparecerá al menos como lo que ha sido hasta ahora. «Los de arriba» podrán más y «los de abajo», menos. Se perdería -o cuanto menos se dificultaría al extremo- la convergencia de las masas y las fuerzas revolucionarias griegas con las que en un plazo no demasiado largo se sublevarán también en Europa y otras latitudes. En todo caso, los trabajadores aprenderán, con costos mayores, que el bienestar proviene del trabajo sin explotación y no de artilugios monetarios o malabarismos bancarios, proceso del que no puede excluirse ningún proletariado del mundo. El conocimiento real del funcionamiento del sistema capitalista es un factor fundamental para la asunción profunda y sólida de conciencia de clase. No es posible una Revolución social acompañada del consumismo capitalista. El proceso de acumulación y el salto definitivo en la productividad del trabajo no tienen sustitutos en el desarrollo histórico, aunque hoy es posible combinar desigualdades y cubrir ese lapso histórico en menos tiempo y con menores penurias.En su convulsiva crisis Grecia viene a confirmar verdades básicas, olvidadas por décadas de neto predominio reformista y confusión teórica en filas revolucionarias.

Una de ellas es que economía y política no van por caminos autónomos ni admiten ser consideradas y manejadas con independencia una de la otra.

También pasa al centro del escenario una expresión de Lenin respecto de la revolución, posible según su célebre dictum «cuando los de abajo ya no quieren y los de arriba ya no pueden» vivir bajo las imposiciones del capitalismo.

Una tercera columna del pensamiento revolucionario también se traduce nítida por estos días: el carácter internacional de toda y cualquier revolución.

Convendría a la sazón rebuscar en textos antiguos una jugosa polémica de Trotsky contra Stalin, respecto de las particularidades nacionales, a las que este último consideraba como «verruga en el rostro». Allí el revolucionario asesinado en Coyoacán desnuda la superficialidad del pseudointernacionalismo stalinista, cuando explica que son precisamente las especificidades de un país las que pueden hacer posible, en una circunstancia dada, la victoria y afirmación de una revolución.

Todo sumado, es más sencilla una aproximación a la tragedia griega contemporánea.

Parte de la crisis general del capitalismo, la economía griega fue además víctima de la operación imperialista europea destinada a consolidar un bloque para competir en mejores condiciones con Estados Unidos. Las clases dominantes griegas se sumaron fervorosamente a la creación del euro y la operación de compensaciones destinadas a morigerar las enormes desigualdades entre la economía de este pequeño y atrasado país en relación con las de los países desarrollados, especialmente Alemania y Francia. La socialdemocracia participó sin reservas de esta operación timoneada por y en beneficio específico del capital financiero europeo.

Pero la productividad no se inventa ni, mucho menos, se puede soslayar. Y la moneda la expresa con transparencia, aunque ésta pueda demorarse y durante todo un período permitir manipulaciones de diferente signo. Dado el subdesarrollo productivo griego -como el portugués y en menor medida el español- una moneda única, conducida desde Berlín y París no podía sino producir distorsiones enormes, naturalmente en detrimento de la economía griega.

Esto ocurrió en el marco de la secular destrucción de las organizaciones de masas de los trabajadores griegos. Téngase en cuenta que Stalin negoció la partición del mundo en Yalta sobre la base de imponer a los guerrilleros franceses y griegos, conducidos por los Partidos Comunista y Socialista, la rendición ante gobiernos capitalistas y la entrega de las armas. Esas organizaciones jamás se recuperarían de aquella defección histórica, que definió el curso del planeta y se verificó en toda su magnitud medio siglo después, con la caída del muro de Berlín y la inmediata disolución de la Unión Soviética.

Desarmados en todo sentido y tras un período de bonanza ficticia, los trabajadores y el pueblo griego reaccionaron frente al escandaloso despojo con el que los señores feudales de las finanzas europeas se cobraron las dádivas con las que se inició la afirmación del euro, tan necesarias para ellos como insostenibles para unos y otros.

Como ciertos revolucionarios, la burguesía imperialista creyó posible separar tajantemente la economía de la política y un buen día despertó con las masas griegas sublevadas y destrozando para siempre el aparato institucional de dominación capitalista. Eso fue la aparición de Syriza: una bocanada de oxígeno en el irrespirable clima político europeo, inspirada en el proceso revolucionario latinoamericano y con laRevolución Bolivariana como enseña. El mismo fenómeno pujó por brotar en España con la experiencia de Podemos, aunque con marcados rasgos diferenciales, acordes con sociedades también muy diferentes.

 

Dos sorpresas

Una batalla épica libró el gobierno de Syriza frente a los intentos de la euroburguesía por aplastarlo e imponer a las masas el ajuste económico requerido por la Troika (Banco Central Europeo, Comisión Europea y Fondo Monetario Internacional -BCE, CE, FMI), lógico e imprescindible desde el punto de vista capitalista. Sus autoridades -en primer lugar el primer ministro Alexis Tsipras y el ministro de Economía Yanis Varoufakis- se ganaron la simpatía de los trabajadores europeos y prácticamente de todo el mundo que conoció su peripecia. Luego vino el referéndum para aceptar o rechazar las exigencias de la Troika. Y la victoria del No. Corresponde decir que supuse el resultado contrario. Pero las masas dieron una conmovedora muestra de lucidez y coraje, que implicaba también confianza en su dirección. Prueba adicional de las inmensas reservas que bajo la superficie aguardan la hora de la Revolución. Pero tras el 60% a favor del Oxi (No), vino la renuncia de Varoufakis y poco después la aceptación por parte de Tsipras de la intransigente imposición del capital financiero europeo.

Está claro que «los de abajo» en Grecia no quieren vivir como hasta ahora. También que «los de arriba», a escala europea, pueden seguir haciéndolo. Todo indica que, para el conjunto de la población, ese Oxi masivo no incluía la abolición del Euro y la salida de la Unión Europea. Allí apretaron el BCE y la CE colocando al gobierno griego ante la alternativa de «aprobar un plan en el que no creo», como dijo Tsipras, o asistir al colapso total de la economía, el aparato productivo y la sociedad griegas. Brilló en esadramática opción la ausencia política de los Brics y, particularmente, de Rusia y China. Atenas quedó sola ante Bruselas, con el detalle de que alberga cuatro bases de la Otan.

Además de sorpresa, la decisión de aceptar la imposición europea, luego reafirmada por el Parlamento, con la oposición de 35 diputados de Syriza, trajo un debate de frágiles bases, reducido a la conducta de Tsipras. Sin embargo hay mucho más en juego. La alternativa dramática que afrontó el gobierno griego se repite, en condiciones propias, diferentes, en otros países europeos y muy particularmente en América Latina. La crisis estructural del capitalismo, acentuada en la coyuntura, limita el campo de opciones: sumisión incondicional a las necesidades imperativas de saneamiento capitalista, o revolución en toda la línea, es decir, expropiación de la banca y las transnacionales de la producción, gobierno democrático de las masas sobre esa plataforma inapelable de erradicación del sistema dominante. Que se rasguen las vestiduras los defensores de terceras vías: no las hay.

¿Podía Tsipras convocar a la ruptura con el Euro, la salida de la UE, sin la condición de chocar de frente con el capitalismo? ¿Tenía para tales propósitos el apoyo de las mayorías, incluso de las que votaron No? ¿Hay convicción en la propia Syriza para emprender tal rumbo? ¿Traicionó el líder de Syriza la voluntad de las masas? Dicho de otro modo: ¿llega la singularidad griega al punto de contrarrestar la apatía, la parálisis, la cobardía, de las organizaciones de la izquierda europea y de los trabajadores de la UE?

Sólo una afiatada dirección revolucionaria puede responder estas preguntas al momento de tomar decisiones definitivas en condiciones como las que se ven en Grecia. El dicterio fácil en tales coyunturas no corresponde a revolucionarios sólidos. Tanto menos si se lo profiere desde un escritorio, a miles de kilómetros del escenario de combate. Conviene recordar que ante la insurrección de octubre 1917 en Rusia, Kamenev, Zinoviev y Stalin (tercero, cuarto y quinto en la jerarquía dirigente, el último, director del diario Pravda), se opusieron y llegaron a denunciar públicamente los planes insurreccionales. Lenin los condenó en los más duros términos, por supuesto. Pero después de la victoria, no consumó las medidas contra ellos, que siguieron ejerciendo papeles principales en la naciente revolución. En Grecia la lucha recién comienza. Aguarda la etapa más dura para el pueblo y los revolucionarios. Solidaridad incondicional con ellos.

 

El papel de la unidad de las masas

Lo cierto es que la propia dirigencia de Syriza se dividió ante la encrucijada. Ahora bien: si la renuncia del ministro de Economía y el giro del Primer Ministro acaban consumando, como todo parece indicar, una irreparable fractura de Syriza, esta novel formación desaparecerá al menos como lo que ha sido hasta ahora. «Los de arriba» podrán más y «los de abajo», menos. Se perdería -o cuanto menos se dificultaría al extremo- la convergencia de las masas y las fuerzas revolucionarias griegas con las que en un plazo no demasiado largo se sublevarán también en Europa y otras latitudes. En todo caso, los trabajadores aprenderán, con costos mayores, que el bienestar proviene del trabajo sin explotación y no de artilugios monetarios o malabarismos bancarios, proceso del que no puede excluirse ningún proletariado del mundo. El conocimiento real del funcionamiento del sistema capitalista es un factor fundamental para la asunción profunda y sólida de conciencia de clase. No es posible una Revolución social acompañada del consumismo capitalista. El proceso de acumulación y el salto definitivo en la productividad del trabajo no tienen sustitutos en el desarrollo histórico, aunque hoy es posible combinar desigualdades y cubrir ese lapso histórico en menos tiempo y con menores penurias.

Mientras tanto, cabe observar la oposición del FMI a la táctica europea. Se manifiesta allí, de manera cruda y para todos visible, la lucha interimperialista. Ocurre lo mismo con la militancia del premio Nobel de Economía Paul Krugman a favor del estallido del euro: es una necesidad del sector del imperialismo al cual responde. Esa contradicción se acentuará a corto plazo y agudizará la lucha de clases en cada país. América Latina toda está envuelta en el mismo dilema.

Si una responsabilidad tenemos los luchadores anticapitalistas en todo el mundo es sumar capacidades en sucesivas instancias internacionales para comprender, acompañar y eventualmente sumarnos como parte inseparable de la vanguardia dirigente, en cada lugar donde una chispa comience el incendio. Allá los profesores con afán de liderazgo verbal en revoluciones lejanas, tanto más cuanto menos pueden con la que bulle bajo sus pies. Aquí, los hombres y mujeres comprometidos con la acción basada en una urgente y radical recomposición teórico-política.

19 de julio de 2015

@BilbaoL

Mientras tanto, cabe observar la oposición del FMI a la táctica europea. Se manifiesta allí, de manera cruda y para todos visible, la lucha interimperialista. Ocurre lo mismo con la militancia del premio Nobel de Economía Paul Krugman a favor del estallido del euro: es una necesidad del sector del imperialismo al cual responde. Esa contradicción se acentuará a corto plazo y agudizará la lucha de clases en cada país. América Latina toda está envuelta en el mismo dilema.

Si una responsabilidad tenemos los luchadores anticapitalistas en todo el mundo es sumar capacidades en sucesivas instancias internacionales para comprender, acompañar y eventualmente sumarnos como parte inseparable de la vanguardia dirigente, en cada lugar donde una chispa comience el incendio. Allá los profesores con afán de liderazgo verbal en revoluciones lejanas, tanto más cuanto menos pueden con la que bulle bajo sus pies. Aquí, los hombres y mujeres comprometidos con la acción basada en una urgente y radical recomposición teórico-política.

19 de julio de 2015

@BilbaoL

Umbral de un nuevo período histórico

PorLBenAXXI

Millones de personas en América Latina se preguntan hoy qué es la democracia en la realidad cotidiana de la vida social. Cuánto se puede esperar de ella para salir de las penurias acumuladas en décadas. Qué papel cabe al individuo en el mecanismo político así denominado.
Tales preguntas están dictadas por la frustración. Las luchas contra las dictaduras suponían también la esperanza de que con el fin de los gobiernos represivos llegarían la justicia social, el fin de la explotación, la soberanía efectiva, la superación de las lacras del subdesarrollo. No fue así. Y aunque no siempre de manera consciente, en las demandas insatisfechas late una recriminación contra la democracia.
En la época del capitalismo tardío el concepto de democracia nada tiene en correspondencia con su significado original: en griego antiguo demos equivalía a gente (o pueblo). Kratos, significaba poder. Pese a que en aquel contexto el concepto pueblo se restringía a “adultos varones no esclavos, habitantes en polis”, la interpretación posterior se tradujo como “poder del pueblo”.
Ocurre que en las democracias capitalistas “la gente” carece total y absolutamente de poder si se limita a cumplir las normas institucionales regidas por un principio inalterable de las repúblicas burguesas: “el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes”.
No es que en los siglos XIX y XX fuera cualitativamente mejor. Pero aquellas democracias liberales, donde las había, parecen hoy modelos de participación ciudadana frente a la mercantilización de partidos, campañas y candidatos y la aparición dominante de un nuevo tipo de mercenarios: consultores, asesores de imagen, encuestadores, que reemplazan todo y cualquier talento individual, todo y cualquier principio partidario, para fabricar candidatos e imponerlos a la opinión pública, a costos siderales.
De manera caricaturesca, la reciente proclamación del magnate estadounidense Donald Trump como precandidato por el partido Republicano prueba quiénes son hoy, 2.500 años después de la democracia griega, los “varones adultos habitantes en las polis”: la gente que tiene poder para acceder al ejercicio del gobierno es única y exclusivamente aquella que posee o es respaldada por enormes fortunas. Racista, reaccionario hasta el grotesco, torpe y brutal como sólo un imperialista yanqui puede serlo, Trump hace ostentación de riquezas por 9 mil millones de dólares como principal argumento de campaña.
¿Pero son diferentes sus contrincantes, sea John Ellis Bush, también republicano, o Hillary Clinton, del partido Demócrata? ¿Lo serán acaso candidatos de países empobrecidos que derrochan riquezas incalculables para imponer tal o cual figura en el aparato del Estado burgués? Más y más los procesos electorales se revelan como farsa, aceitada por miles de millones de dólares, para colmo sin respaldo real en la producción. Ésa es la base material de la enajenación acelerada de las sociedades contemporáneas.
Incluso sin hablar de pulpos mediáticos destinados a manipular la opinión ciudadana, el retroceso a formas dinásticas de sucesión (padres a hijos, hijos a hermanos o esposas, todos siempre multimillonarios o escogidos por las grandes fortunas), completadas por la utilización de ejércitos mercenarios especializados en ganar elecciones, son indicativos de un insoslayable fin de ciclo histórico: la democracia liberal burguesa no existe ya en país alguno del planeta.

Hacia otra democracia
En este paisaje destacan los países en condiciones de llevar a la práctica formas de democracia participativa, instancias de efectivo poder popular. La experiencia la llevan a cabo los miembros del Alba, con puntos de partida diferente y evolución desigual. Contra ella se asiste a un ataque feroz, centrado en Venezuela. En menor grado se multiplican las agresiones contra el gobierno de Grecia y nuevas administraciones en varias ciudades de España, surgidas de elecciones en las que fueron derrotados los partidos del sistema.
El capital asume que democracia equivale a revolución social. Cuenta con partidos tradicionales –incluso de origen obrero– y con probada capacidad para arrastrar nuevas formaciones de los últimos tiempos hacia el reformismo, sumándolos como sostén del sistema. Cuando esto no es suficiente, se levanta con beligerancia extrema contra quienes osen abrir un camino al futuro. Éste es un dato inconmovible de la realidad mundial, gravitante para los países en revolución y sobre todo para aquellas fuerzas políticas y sociales empeñadas en cualquier punto del planeta en desafiar al poder establecido, cada día más corrupto y destructivo del conjunto social. El sistema bloquea cualquier perspectiva de cambio real desde dentro de su propio mecanismo y, cuando pese a todo una situación excepcional lo hace posible, reacciona hasta llegar a la respuesta bélica.
Estados Unidos y la Unión Europea lo están haciendo en estos momentos con centro en Venezuela y ahora también Ecuador. Seguirán por ese camino hasta donde se les permita llegar. Los procesos detonados en Europa enervan aún más a los centros imperiales, que cuentan con el respaldo activo o pasivo de todos los gobiernos burgueses para enfrentar la concreción de la única democracia genuina y posible: aquella basada en mayorías organizadas ejerciendo el poder.
Defender a quienes están avanzando por ese camino es un deber inexcusable de solidaridad, pero también de autodefensa. En el umbral de una nueva etapa histórica urge organizarse a escala internacional para cumplir esa exigencia.

 

23 de junio de 2015
@BilbaoL

Ser periodista en un mundo nuevo

 

PorLBenAXXI

Todavía resulta inasible en toda su complejidad la transformación provocada por las nuevas tecnologías en el trabajo del periodista y en la función del periodismo.
Hay tanta distancia entre escribir en una máquina mecánica y una computadora, entre comunicarse por télex o hacerlo mediante correo electrónico, entre publicar el resultado en papel impreso o difundirlo por diversas plataformas digitales de inmediato acceso universal, como la que dista entre viajar a caballo o en avión, librar una batalla con espada o con una AK103.
No se trata apenas de escribir y comunicarse con más facilidad y comodidad. Hay una interacción dialéctica entre el periodista y el modo de producción utilizado, que transforma la escritura misma. Y diferencia más aún el contacto del autor con el receptor.
En buena lógica, esos cambios deberían resultar en textos de mayor calidad y formas más elevadas de comunicación, sea por medio de escritura, radiofonía o imagen cinética. Los recursos técnicos lo hacen posible. Para no mencionar las posibilidades de ampliar la difusión y el conocimiento mediante redes digitales, páginas web, televisión digital, radio por internet y tantos otros recursos hoy al alcance.
Sin embargo el mundo asiste a una caída vertiginosa en la calidad conceptual de los medios de difusión. Como el contenido es inseparable de la forma, incluso con utilización de deslumbrantes recursos técnicos hay también un deterioro formal, aunque se manifieste contradictoriamente y permita prodigios visuales o sonoros. Con muy escasas excepciones el periodismo y recursos paralelos de comunicación social excluyen el rigor y la belleza en el uso de la palabra. Diarios, revistas, blogs y portales digitales derivan hacia la superficialidad y la estrechez, el descuido gramatical –e incluso ortográfico– cuando no a un deleznable mal gusto. Aun en los medios más tradicionales y hasta no hace mucho respetables es raro experimentar el placer de la lectura en la redacción de una noticia y poco usual encontrar una columna de opinión que aúne rigor conceptual –sin juicio de valor sobre las ideas expuestas– y una escritura que produzca gusto en el lector y acreciente sus conocimientos. En televisión –y ahora también en radio– esto se multiplica hasta el paroxismo y da lugar a programas que toman al espectador por idiota y propagan fealdad, antivalores, sexismo y violencia en todos los órdenes.
Ese deterioro dual no puede sino atentar contra la verdad y la información adecuada. De hecho el fenómeno es inverso: es la necesidad de ocultar o deformar la verdad lo que arrastra a este abismo. Así las cosas, el formidable progreso técnico conlleva un no menos tremendo retroceso humano.

Por qué la contradicción

No pocas personas son inducidas por esta evidencia a rechazar la técnica y añorar un mundo de regreso a la simplicidad pre-industrial, a la sociedad pastoril. Además de imposible, tal expectativa es absurda y reaccionaria, por mucho que apele a formulaciones progresistas.
Aunque por demás repetida, vale recordar una vez más la célebre predicción de Aristóteles: “cuando los telares tejan solos, el hombre será libre”.
Asociar la libertad con la productividad, fruto de la aplicación de nuevos descubrimientos tecnológicos a la producción, es el rasgo genial de esa intuición. En última instancia, el desarrollo de la humanidad puede reducirse al aumento de la productividad: disminución del trabajo necesario y aumento del producto excedente.

Como cualquiera sabe, sin embargo, los telares ya tejen solos y el hombre, en todos los rubros pero particularmente en la rama textil de la industria, a la que aludía el filósofo griego, lejos de liberarse ha retornado a la esclavitud: en todo el mundo los y las obreras textiles son superexplotados y en más de un país son incluso víctimas del tráfico de personas, para producir en condiciones de servidumbre propias de la baja Edad Media.
No estaba errado Aristóteles. Sólo no pudo prever que dos mil quinientos años después la humanidad, capaz de producir sucesivas revoluciones tecnológicas, no habría logrado superar un sistema movido por la búsqueda del lucro. La ganancia como motor transforma la maravilla de la tecnología en un castigo peor que el infierno de Dante. El capitalismo fue la herramienta para que la humanidad diera un grandioso salto en relación con el modo de producción y de vida feudales. Pero al cabo de su ciclo arrastra nuevamente hacia atrás a la sociedad, degrada y tritura al individuo.
Aplicada a la producción y reproducción de informaciones e interpretaciones, el efecto de los prodigios tecnológicos contemporáneos no es menos grave para quien trabaja en esa área. Aunque en apariencia más independiente y jerarquizado, el periodista es por regla general un individuo sometido no sólo a la extracción de plusvalía, sino alienado más aun que cualquier trabajador respecto del producto de su trabajo, que además lo arrastra a un resultado cada vez de menor calidad en todos los órdenes excepto, precisamente, el técnico.
Ése es el desafío a vencer para el periodismo del siglo XXI. ¿Será vehículo de la decadencia o motor para impulsar al ser humano más allá de la prehistoria?
Ni exageración ni falso dilema. Es la opción que define la existencia de cada medio y se plantea inexorable ante cada periodista.
Ver a un diario como The New York Times ocultar y mentir descaradamente sobre temas tales como la realidad venezolana o el gravísimo conflicto racial en Estados Unidos, avalar crímenes como las invasiones a Irak, Afganistán, Libia o Siria, desfigurar o directamente tergiversar las noticias sobre la realidad económica estadounidense; ver a un semanario sesquicentenario como The Economist mentir lisa y llanamente para defender el sistema y torpedear todo intento, en cualquier parte del mundo, por superar las lacras del atraso y la dependencia; ver a los diarios más tradicionales y hasta no hace muchas décadas respetables por su calidad –si no por sus ideas– encadenarse en América Latina para instrumentar campañas contra dirigentes y procesos revolucionarios con base en la mentira, la calumnia, el ocultamiento; ver a miles de periodistas repetir hasta el infinito esas falacias mediante radio y televisión, sin información válida, sin reflexión, sin parámetros morales mínimos; ver tal espectáculo y los efectos devastadores sobre la cultura, el carácter y la conducta de miles de millones de seres humanos en el planeta, debería bastar para sacar conclusiones terminantes: el periodista del siglo XXI toma partido por la erradicación de las causas que provocan esa deriva decadente y degradante, o se hace cómplice y víctima. Y esto lo hará en un momento histórico de extremo riesgo para el futuro de la humanidad.

Periodista, trabajador singular

Tener la palabra como materia prima hace del periodista un trabajador singular. Como todos los demás, produce un bien y la correspondiente plusvalía. Su especificidad consiste en que trabaja con el vehículo de ideas, valores, conceptos. Y llega a la conciencia para despertarla o adormecerla, para cultivarla y enriquecerla… o lo contrario.
Hay muchas formas de periodismo posibles. No se trata de pedir a todos compromiso político, mucho menos militancia. Se trata sí de exigirse y exigir compromiso con la verdad, con la armonía del hombre en la sociedad y en la naturaleza, con la belleza, la elevación y el constante mejoramiento moral y material de la ciudadanía en su conjunto. Quedar insensible ante el crecimiento de la pobreza, de la violencia, de la irracionalidad crecientes hoy en el mundo revierte sobre el propio trabajador y multiplica hasta lo indecible la enajenación de cualquier productor de mercancías. Noticia y opinión transformados en mercancías son una daga apuntada al corazón de quien las manipula, sobre todo en momentos en que la sobreproducción exige contorsiones morales sin límites para venderlas. La presión de las mediciones de audiencia o las tiradas de diarios y revistas, la exigencia inapelable de la publicidad para que un medio sobreviva, convierte el periodismo en manipulación y al periodista en mercenario, a menudo inconsciente.
En tanto trabajador, el periodista no puede imponerse individualmente a la exigencia del medio que lo emplea. Estará en la conciencia y el carácter de cada uno resguardar el empleo y a la vez ser consecuente consigo mismo, con su familia y su sociedad. No hay recetas para eso. Ni imposiciones arbitrarias. Sí hay una exigencia íntima e insobornable que cada quien debe afrontar. Y una certeza difícil de soslayar: contribuir en la medida que sea con el envilecimiento y la degradación que el capitalismo provoca en todas las áreas no podrá jamás ser beneficioso para nadie.

 

26 de mayo de 2015
@BilbaoL

En defensa de Diosdado

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Conocí a Diosdado Cabello en los últimos días de 2001. Nos aprestábamos a grabar con el presidente Hugo Chávez una conversación que aparecería como pequeño libro de amplia difusión dos meses después (*). Estados Unidos preparaba el golpe de Estado finalmente ocurrido en abril de 2002. Argentina vivía un momento tumultuoso. Urgía que las vanguardias latinoamericanas conocieran y comprendieran la Revolución Bolivariana y tuvieran una imagen objetiva de Chávez.

Diosdado era entonces un íntimo colaborador del comandante, a quien había acompañado desde la insurgencia del 4 de febrero de 1992. Ese periplo incluyó cárcel, transformación del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR 200) en el Movimiento Vª Republica (MVR) para buscar la organización política de las masas;  luego la campaña electoral, la victoria y el arduo, desconocido, ejercicio del poder. Siempre al lado de Chávez.

Aunque tuve numerosos encuentros con el hoy presidente de la Asamblea Nacional, nunca hubo oportunidad de un trato íntimo con él. No soy su amigo, a menos que se se extienda ese concepto al punto de considerar como tal a todo aquel hermanado por objetivos y luchas comunes. Sería para mí un honor contarlo como amigo en el sentido restringido que le damos a la palabra en las pampas de donde provengo. En cambio, sí lo considero un compañero revolucionario –concepto en muchos sentidos más elevado que el de amigo- y en ese carácter me siento obligado a escribir estas líneas, ahora que la contrarrevolución mundial intenta denigrarlo.

Con el Wall Street Journal como detonante, los conspiradores imperialistas desataron una campaña de la baja prensa global contra Diosdado. Una cadena de medios de la ultraderecha, a la que se sumó luego también un diario que se supone respetable, The New York Times (NYT), informa sin siquiera un dato preciso que, supuestamente, la DEA investiga a Diosdado Cabello por tráfico de drogas y lavado de dinero. Diarios, emisoras de radio y TV hacen coro en Argentina a esta campaña. Periodistas que desconocen por completo la realidad venezolana se dejan arrastrar por esa marejada calumniosa.

“Una gran parte de la cocaína que viaja al norte, hacia Estados Unidos, pasa por Venezuela, según funcionarios estadounidenses, a menudo en pequeños aviones que cargan y despegan de pistas de aterrizaje ocultas en el estado venezolano occidental de Apure”, dice el NYT. No aclara el matutino cómo aterrizan esos aviones en territorio estadounidense y decenas de miles de dealers distribuyen la carga. El diario más poderoso del mundo no acusa al gobierno de Washington y a la propia DEA por ese masivo arribo clandestino, ininterrumpido por décadas. ¿Dónde estarán las “pistas de aterrizaje ocultas” en el territorio estadounidense? ¿Quiénes serán responsables de ese tráfico billonario?

Pero denunciar la hipocresía, lacerante para la inteligencia más elemental, no es el motivo de esta nota. Aquí me propongo sólo resumir un testimonio en defensa de Diosdado. A partir de hechos. No de palabras, declaraciones ni cercanía personal.

La trayectoria de Cabello lo señala como cabal revolucionario. Tuvo la lucidez para comprender el proyecto de Chávez desde el primer momento. Y luego el coraje para acompañarlo en instancias de extremo riesgo. Diez años después ocupaba la vicepresidencia de la Nación –cargo no electivo en Venezuela- cuando ocurrió el golpe de Estado. Como tantos otros, supo eludir a los criminales que intentaban asesinarlo. Pero, más importante aún, mostró la integridad necesaria para no escuchar las voces que instaban a reemplazar a Chávez. Ocupó el lugar institucional del Presidente durante las horas que mediaron entre la huida de los golpistas de Miraflores y la llegada del comandante vencedor. Hay a disposición decenas de videos para seguir de cerca esos momentos. Si alguien pudo parecer tentado por la posibilidad de aprovechar la dramática coyuntura y desplazar a Chávez, cada gesto de Diosdado en esas horas de extrema tensión reveló su compromiso absoluto con el líder de la Revolución. Era evidente que por su cabeza no cruzó la idea de sacar partido individual de aquella situación.

Luego ocupó muchas diferentes trincheras de combate, siguiendo siempre las instrucciones del comandante. Ya en aquellos tiempos comenzó a ser blanco de calumnias sistemáticas. Quienes no se atrevían a atacar a Chávez, se ensañaban con él. Muchos amigos/as venezolanos recordarán mi posición en aquellos momentos.

Después vino la organización del Psuv; y las mil batallas libradas contra un enemigo que hace bien su faena y no da un momento de tregua. Acaso la prueba mayor de lealtad y convicción la ofreció Diosdado cuando Chávez, consciente de su inminente partida, designó a Maduro como candidato a sucederlo.

Como es sabido, estuve involucrado de cerca en todos estos momentos cruciales para la Revolución. Siempre vi a Diosdado como un revolucionario en toda la extensión y el mejor sentido de la palabra.

Ratificó esa condición desde la presidencia de la Asamblea Nacional. Luego, a través de su programa semanal Con el mazo dando, pudo verse otra faz de sus capacidades. Creció ante las dificultades y reafirmó su lugar como puntal de la Revolución Bolivariana.

Por eso se lo ataca. No sé si Diosdado Cabello comparte mi concepción filosófica. Y no me interesa. Porque tengo la más absoluta certeza de que estoy frente a un hombre empeñado en derrotar y abolir al capitalismo y sus lacras. Entre ellas la droga, por supuesto.

Toda caracterización puede errar y toda persona puede cambiar su conducta, incluso traicionar sus orígenes. Ejemplos hay en abundancia. Pero no existe un solo dato que indique semejante deriva en quien es hoy también vicepresidente del Psuv. Todo por el contrario, desde el agravamiento de la enfermedad de Chávez, Diosdado (como Nicolás Maduro, Rafael Ramírez y por supuesto Adán Chávez, entre tantos otros) dio pruebas de total compromiso con la revolución y con su comandante. Luego haría lo mismo con Nicolás Maduro, atacado con impar ferocidad por la prensa burguesa internacional en cadena. Me atrevo a decir que Diosdado seguirá en la primera línea de combate, junto con la Dirección Revolucionaria Político-Militar que enfrenta al imperialismo, hasta la batalla final.

Por eso se lo calumnia. Como parte de la ofensiva desesperada del imperialismo contra el gobierno de Maduro y la Revolución Bolivariana.

Por eso lo defiendo frente a esta calumnia miserable y cobarde. Es la defensa de la Revolución ante la embestida de la contrarrevolución.

El capitalismo es drogadicto, como señaló alguna vez una tapa de América XXI. Y sus gobernantes son cómplices estructurales del narcotráfico. Diosdado puede sentirse satisfecho del lugar que ocupa en la batalla decisiva que estamos librando contra la fuente de todos los vicios: la explotación del hombre por el hombre.

 

Buenos Aires, 21 de mayo de 2015

 

(*) Chávez y la Revolución Bolivariana; Conversaciones con Luis Bilbao. Buenos Aires, enero de 2002, Ediciones Le Monde diplomatique-Capital Intelectual (hubo luego sucesivas ediciones en Chile, Bolivia, Colombia, Venezuela y fue publicado también en inglés y francés).