En defensa de la Revolución Bolivariana

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Salud camaradas de América Latina y el mundo!

A poco de publicar la edición de marzo de América XXI, entiendo necesario utilizar este medio para adelantar mi opinión sobre la coyuntura inmediata en Venezuela.

Hechos de diferente naturaleza llevan a pensar que la contrarrevolución se apresta a dar un zarpazo. No los enumeraré, en tributo a la brevedad.

Lo central es que tras la derrota electoral del 6 de diciembre y la ofensiva golpista de la nueva Asamblea Nacional, el gobierno del presidente Nicolás Maduro, el Psuv y una cantidad de organizaciones sociales, han lanzado un contraataque frontal ya desplegado en todas las áreas, en todo el país.

Precisamente por esta razón, la derecha ha acelerado sus planes. Saben que si permiten el desenvolvimiento de esta fuerza de masas conscientes y resueltas, están perdidos. Por eso han puesto en marcha una operación internacional para demoler la imagen de Maduro y convencer al mundo de que su gobierno está a punto de caer.

La Revolución Bolivariana arrastra falencias e incongruencias desde hace mucho. Estas provienen, ante todo, de dos factores principales: el subdesarrollo estructural de la configuración económico-social que Chávez encontró en 1999 y el momento histórico en el que dio inicio este inesperado y portentoso Renacimiento del Socialismo.

Esto último es tal vez lo más grave: en todo el mundo las clases sociales objetivamente necesitadas de la abolición del capitalismo, no lo asumen subjetivamente. Y esto se traduce no sólo en la inexistencia o debilidad extrema de organizaciones que encarnen la unidad social y política de las grandes mayorías, sino también, y muy marcadamente, en la debilidad teórico-práctica de quienes debiéramos ser la vanguardia de la revolución.

Directa e indirectamente esto encarna en Venezuela y de allí devienen errores, desviaciones, corrupción y hoy, bajo fuego graneado del enemigo, desmoralización de sectores aliados que vacilan y sienten impotencia ante la escalada enemiga, la irresolución de problemas y la evidencia de conductas contrarias a la Revolución de no pocos que se visten de rojo.

Nunca es fácil llevar a buen puerto una Revolución verdadera. Pero en este cuadro internacional, es infinitamente difícil.

Me dirijo hoy a ustedes para asegurarles que, en mi opinión, el compañero Maduro está dando todo de sí para cumplir con el legado de Chávez. Y lo está haciendo más que bien. Pocos conocen la magnitud de los conflictos que afronta y la fuerza colosal de la contrarrevolución que lo acosa. Lo mismo vale para la mayoría de los cuadros principales que lo acompañan. Hay en Venezuela una vanguardia militante con enormes valores y potencialidades, aun cuando pese a los esfuerzos de Chávez y tantos otros nunca se pudo poner en marcha una escuela para formarlos en la teoría científica de la revolución.

La escalada contra la figura de Maduro, las alegaciones de supuesta incapacidad, no tienen fundamento. En la derecha expresan odio de clase: no pueden soportar que un hombre de origen proletario sepa conducir mejor que ellos, diplomados en Universidades tan costosas como destructoras de cualquier inteligencia. En ciertas franjas de izquierda reflejan aquella aniquilación teórico-política a que antes hice referencia, con raíces en el proceso que llevó a la caída de la Unión Soviética y la disgregación de las fuerzas anticapitalistas en el mundo.

Esto no niega errores y desviaciones. Mucho menos el derecho revolucionario a señalarlos y combatirlos.

Defender la Revolución es también saber criticarla. Pero entiéndase bien: saber criticar requiere un prolongado y sistemático esfuerzo de estudio y militancia. Hay una diferencia abismal entre ser crítico o quejoso. Y la distancia es mayor aún entre quien es capaz de criticar un hecho puntual y quien tiene la capacidad de ver el conjunto enmarcado en la realidad mundial y en su devenir histórico. No alcanza con tener un impulso y poder plasmarlo en un artículo. No hay acción revolucionaria sin teoría revolucionaria. En cambio, hay demasiado a menudo acción contrarrevolucionaria por desconocer la teoría. Y esto vale para tirios y troyanos; en Venezuela y en cualquier otro país.

Urge acompañar al pueblo venezolano y su dirección político-militar en la defensa de la Revolución. Estar alerta y promover desde lo más pequeño hasta lo más osado para difundir la verdad de Venezuela y exponer la guerra que  en todos los terrenos se despliega contra esta avanzada anticapitalista.

 

Buenos Aires, 26 de febrero de 2016

@BilbaoL

derrumbe de viejos aparatos políticos sin reemplazo

Argentina en torbellino

PorLBenAXXI

Derrotado el peronismo en sus bastiones tradicionales, asumió el gobierno una frágil coalición. La preside un representante directo del gran capital, sin base de sustentación, lanzado a un desarrollismo ultraconservador y populista.

Con equipo heterogéneo y base social ajena, el presidente Mauricio Macri avanza en zigzag mientras acentúa un autoritarismo unipersonal, obligado por la hibridez política y la inconsistencia social de su gobierno.

Muy lejos del marbete con que lo atacan sus predecesores en el mando, el elenco reemplazante trata de implementar una táctica contraria a los ajustes clásicos que Argentina conoce muy bien. A la inversa, su máximo empeño, hasta fines de enero y con seis semanas de actuación, consiste en dar continuidad a las políticas sociales del gobierno anterior, corregidas en eficiencia y magnitud. Aunque conviven en el gabinete rancios liberales y desarrollistas de abolengo, estos últimos parecen haberse impuesto en la coyuntura. Tanto para evitar una erupción social en gestación durante los últimos cuatro años como para sortear el impacto interno de la crisis mundial se impuso la continuidad de planes de asistencia social y reactivación de la economía con base en subsidios y obras públicas. La sustentabilidad de tal estrategia es el quid de la cuestión.

Por paradojal que resulte, el ministro de Hacienda Alfonso Prat Gay, que timoneó con destreza técnica no exenta de osadía la salida del llamado “cepo cambiario” (restricciones a la compra de divisas y fijación oficial del precio del dólar), insiste en la voluntad oficial de universalizar de verdad el subsidio por hijo, anuncia una ampliación del plan de ayuda para la construcción de viviendas (denominado Procrear) y, acompañado  por el ministro de Interior, Rogelio Frigerio, comunica la intención de multiplicar obras públicas a partir de autovías, usinas de generación eléctrica, escuelas y hospitales. La perla de esa corona desarrollista es el Plan Belgrano, propuesto como objetivo de conjunto para el norte argentino (ver recuadro). Esta propuesta de desarrollo le valió a Macri buena parte de los votos obtenidos en el norte y le permite ahora gravitar sobre gobernadores sin jefatura política en el peronismo. A la par, el Gobierno inicia un camino destinado a corregir desequilibrios en los precios relativos y aminorar, siquiera marginalmente, el impacto del gasto descontrolado en un déficit fiscal que supera el 7% del PIB. No obstante, todo indica que ese desequilibrio no se corregirá hasta nuevo aviso con recortes y ajustes, sino con endeudamiento externo, ya asegurado.

 

Sociedad atónita

Un sentimiento dominante, que atraviesa clases y sectores, es la perplejidad. Nadie –y menos que nadie los beneficiados directos– preveía que el Partido Justicialista (peronista) comandado por Cristina Kirchner perdería el gobierno nacional y, sobre todo, el control de su bastión decisivo, la provincia de Buenos Aires, donde vive el 40% de la población.

Los vencidos quedaron sin argumentos ni capacidad de respuesta. Hasta el momento no atinan sino a proferir calificativos vacíos y llamar a una “resistencia” a la que el conjunto social da la espalda con desinterés o, en el mejor de los casos, con una sonrisa irónica o de decepcionada tristeza: la palabra resistencia tiene historia en el pasado del peronismo, de la clase obrera y de la vanguardia política de todos los signos, que enfrentaron dictadura tras dictadura desde 1955. El resultado inmediato es una vertiginosa disgregación de la estructura creada por Néstor Kirchner bajo la sigla FpV (Frente para la Victoria) que, como su nombre lo indica, no es adecuada para la circunstancia que afronta.

Al otro lado, los vencedores –la apresurada alianza Cambiemos– no esperaban encontrarse con el poder. Los restos desconcertados de la Unión Cívica Radical, única estructura realmente existente, con 140 años de vida y despliegue territorial en todo el país, filial local de la socialdemocracia internacional, obró como receptáculo para la obtención de votos, pero su principal dirigente renunció antes de asumir un ministerio marginal ofrecido por Macri.

Por su lado las capas medias y franjas decisivas del proletariado industrial, volcadas en masa al voto contra Cristina Fernández –no a favor de Macri– observan expectantes y confundidas señales que tienden a ganárselas en el discurso y en los hechos, por imperio del legado económico, las golpean de lleno mientras las autoridades se empeñan en sostener que mantendrán la ayuda social para las capas más desposeídas. Éstas, por su parte, vacilan entre creer a sus ex puntos de referencia política o a los nuevos, que tratan de reemplazarlos con los mismos métodos utilizados por los llamados “punteros”: clientelismo y manipulación.

En la cima de esta Babel, el nuevo elenco gobernante, también pasmado por la inesperada voltereta política que lo puso en la Casa Rosada, hace equilibrio azotado por un torbellino económico: cuatro años de estancamiento y recesión, precio contenido del dólar –entre octubre 2011 y diciembre 2015 pasó de 4,73 a 9,60, no obstante el paralelo alcanzaba los 16 pesos y marcaba el ritmo de los precios. Roto el cepo, oscila entre 13 y 14 pesos. En la base del sistema, más de un cuarto de la población en la línea de pobreza, uno de cada dos trabajadores no registrados y un promedio salarial total de menos de 7 mil pesos (alrededor de 500 dólares). Hay más: descontrolado endeudamiento interno, caída de las exportaciones y de los precios en las materias primas exportables, recesión dura en Brasil y caída drástica de la economía en China, dos socios claves; inflación rondando el 30% anual (acelerada tras la devaluación ya bajo el gobierno de Macri); acoso de los fondos buitres y pesadas exigencias de los organismos internacionales de crédito. Cuantiosas cuentas impagas desde septiembre último han paralizado la obra pública y provocan despidos en forma creciente y amenazante.

 

Lo que vendrá

Macri se mostró en años pasados como discípulo de José Aznar y Álvaro Uribe, animoso promotor de la Internacional Parda. A esa vocación fascista se la ha denominado “neoliberal”. Pero en su función, el nuevo presidente argentino no es lo uno ni lo otro (sea lo que sea que signifique ese adjetivo insustancial). Es un hijo del gran capital que, parado en una ciénaga y rodeado de crisis, obligado a consolidar y ampliar la base social que lo votó, se ha lanzado a un experimento populista conservador con arrestos desarrollistas, respaldado de buen o mal grado por todas las fracciones de la burguesía local, acompañado por el grueso del peronismo y alentado, como se vio en el Foro de Davos, por el establishment internacional.

Si su equipo logra domeñar la inflación (6% en diciembre, 4% proyectado en enero), es presumible que la economía salga de su prolongado letargo y, con el cuadro político descripto, Macri obtenga un crédito social de corto plazo. Cuenta además con el visto bueno de las cúpulas sindicales con peso real. Un ejemplo basta para resumir la coyuntura política: en un gesto destinado a mostrarse austero y republicano, el Gobierno ordenó el despido de dos mil empleados sin función en el Senado, incorporados por el ex vicepresidente, una figura repudiada por la población. El peronismo domina la Cámara alta con  41 senadores. De ellos, sólo 12 acataron la orden de Cristina Fernández de “resistir” los despidos. El resto avaló la decisión de la vicepresidente Gabriela Michetti y el titular de la bancada peronista, Miguel Pichetto, quien durante 12 años acompañó sin pestañear las órdenes de la Casa Rosada, ahora advirtió sin eufemismos: “el jefe soy yo”. Otro tanto ocurre con la prisión de Milagro Sala. Al margen de argumentos a favor y en contra de esa actitud del gobernador jujeño Gerardo Morales frente a una dirigente directamente asociada a la ex presidente, la totalidad de los gobernadores peronistas, todas sus autoridades con mando efectivo y las principales cabezas del sindicalismo, optaron por el silencio, cuando no por el abierto respaldo a Morales y Macri.

Con la sociedad pasiva y tales relaciones de fuerzas en la superestructura política, todo apunta ahora a la pugna por los aumentos salariales a discutir en paritarias a partir de febrero y marzo. Allí también pesará la conducta aquiescente de las cúpulas sindicales, empeñadas en que comience la reactivación económica y se avente el fantasma de un rebelión social que los arrastre a ellos y ponga a Macri al borde del abismo. El Gobierno planea domeñar la inflación a partir del segundo semestre, iniciar un ciclo de reactivación económica y consolidar un nuevo equilibrio político nacional. Hasta el momento, tiene la iniciativa en sus manos.

Macri vs Maduro

PorLBenAXXI

 

Tras la anécdota hay una razón de fondo: Mauricio Macri no escogió por azar a Nicolás Maduro como centro de sus ataques para reubicar a Argentina en el escenario internacional. Tampoco lo hizo por iniciativa propia.

Años atrás publiqué un libro titulado Argentina como clave regional, donde me apresuraba a advertir que lo era por su debilidad, no por su fuerza. En esa debilidad –agravada en la última década– hizo palanca el imperialismo para transformar al país en la contraparte de la Revolución Bolivariana y el Alba.

Ahora, con un elenco gobernante arraigado en las clases dominantes tradicionales, no en capitalistas advenedizos, la Casa Rosada ha sido lanzada como catapulta contra la avanzada de la revolución.

No hace falta decirlo: gobierno no es igual a ciudadanía. Macri no puede hoy arrojarse contra Venezuela con respaldo de las mayorías. Resultó electo por rechazo a su predecesora, no por virtudes reconocidas en él por el electorado. Adolece de verdadero poder. Carece de base social propia y de Partido; tiene como sostén organizativo a una despedazada socialdemocracia y los votos obtenidos debe convalidarlos en los próximos años. Además el país está en un cenagal económico, político y social (ver Argentina en torbellino, pág. 18).

Hay que decir sin embargo –y subrayarlo– que el tejido social está debilitado y desnortado como jamás en su historia y que el Gobierno cuenta con apoyo explícito de Washington y Bruselas. La endeblez de las clases oprimidas, con epicentro en la descomposición o franca inexistencia de alternativas antisistema, es hoy utilizada para ensayar la afirmación del discípulo de la Internacional Parda. Alcanzado este objetivo, piensan los estrategas de la contrarrevolución, incluso el cataclismo económico local y la crisis general del capitalismo podrían alimentar la consolidación de un liderazgo ultraderechista. Apuntan a las clases medias, a restos putrefactos de los aparatos partidarios hoy en disolución e incluso a sectores contrapuestos del pueblo trabajador: franjas privilegiadas de la clase obrera y contingentes de desocupados y marginalizados, en acelerado crecimiento durante los últimos años.

 

Adaptación de una táctica

Quien sigue estas páginas recordará cómo en sucesivas elecciones la derecha venezolana trató de arrebatar consignas y símbolos de la Revolución Bolivariana. Algo análogo practica ahora el sosias porteño del bravo Henrique Capriles. El plan estaba preparado para ser aplicado por Daniel Scioli, el candidato peronista. Pero la sociedad dio su veredicto y, créase o no, Macri se lanzó a emular a Maduro: comenzó a aplicar una versión local del “gobierno de calle” venezolano; puso como consigna central “pobreza cero”; relanza ampliándolos programas de asistencia social y de edificación de viviendas. Hasta copió la decisión de Hugo Chávez de poner animales autóctonos en los billetes de papel dinero en lugar de controvertidos próceres. Él y los suyos se presentan como acérrimos defensores de un Estado fuerte (y en esto no mienten). Como detalle distintivo rechazan el socialismo… “porque no funciona”. En correspondencia, anuncian un plan desarrollista más ambicioso que los esgrimidos por Arturo Frondizi en 1958 y el dictador Juan Onganía en 1966. Argentina debe ser el contramodelo venezolano ante América Latina.

En coyuntura de convulsiva crisis del capitalismo central la estrategia desarrollista será un fiasco aún mayor que el de los años 1960. Sólo que la comprobación por parte de los pueblos latinoamericanos de ese inexorable fracaso llevará tiempo. Y a eso apuesta la Casa Blanca, para completar la política de cerco y aniquilamiento sobre la Revolución Bolivariana primero y ahogar a los gobiernos del Alba después.

Semejante estrategia tiene una única base de apoyo: hasta en filas radicales de las izquierdas de la región se pospone sin fecha la lucha contra el capitalismo. Todo se limita a reformas, aumento de salario, mayor capacidad de consumo, más legisladores en las catedrales del capital. Está descartada la inminencia de lo que sin embargo es obvio: los estertores del sistema en  los centros imperiales y el avance hacia una situación prerevolucionaria regional.

Desechado ese debate, el mensaje es claro: “nosotros (los hijos de la oligarquía sometidos al capital transnacional), somos capaces de hacer bien lo que prometieron y no llevan a cabo gobiernos como los de Chávez y Maduro, Evo Morales, Rafael Correa, otros presidentes del Alba y hasta el mismísimo Lula”. Cuentan con la fragmentación, confusión y en muchos casos corrupción extrema de expresiones de izquierda que deberían estar ya lanzadas en una contracampaña continental.

Argentina es así un ensayo para mostrar a América Latina que el capitalismo es capaz de resolver los graves y urgentes problemas sociales que la acosan. En manos de genuinos capitalistas -no de recienllegados ávidos e ignorantes- este país deberá ser la clave para barrer hasta la última brizna del proceso revolucionario que recorre la región.

Para hacer viable esta táctica en torno a Argentina los multibillonarios del planeta pondrán su óbolo. Exigen y con certeza obtendrán mayor margen aún para saquear riquezas naturales y plusvalía. Pero abrirán la mano e intentarán salvar la coyuntura que acorrala a Macri. En simultáneo, apretarán la soga sobre el cuello de la economía venezolana. Todo acompañado, sin pudor, por la gran prensa comercial.

 

Defender Venezuela, defensa propia

No se trata entonces de Macri vs Maduro, sino de contrarrevolución vs revolución en América Latina. Son Washington, sus aliados y socios menores, contra la emancipación regional. Y esto en momentos en que la Revolución Bolivariana atraviesa una coyuntura de extraordinaria gravedad. A falencias irresueltas -aunque claramente diagnosticadas- se suma la guerra económica y la brutal caída del precio del petróleo, que resta al país más del 70% de su ingreso en divisas.

Sin exageración puede afirmarse que la economía argentina tiene desequilibrios más graves en su estructura socioproductiva. E infinitamente menores posibilidades de salida sin un giro de 180 grados. Pero coyunturalmente no sufre en magnitud comparable la caída de sus exportaciones ni, tanto menos, el ataque sistemático del imperialismo. Puede ser así la contraparte, con el sólo recurso de que siquiera temporalmente aparezca viable el anacrónico programa de desarrollo capitalista. Pocos se atreven a denunciar sin rodeos que semejante plan terminará en un naufragio de proporciones más onerosas que todos los anteriores.

Enfrente, Venezuela ha encarado un proceso de movilización de masas que desembocará los días 11, 12 y 13 de abril en un Congreso de la Patria. Esas instancias populares de esclarecimiento, debate y toma de posiciones, seguramente culminará avalando las drásticas medidas económicas y políticas que la situación requiere. El caso es que abril está lejos, medido desde la perspectiva de la táctica imperial, que al calor de la derrota electoral de la Revolución en diciembre último ha lanzado al ataque a sus esbirros locales, en consonancia con la ofensiva regional.

Macri tomó nota cuando Maduro adelantó el tenor de su participación en la cumbre de la Celac. De inmediato anunció que no viajaría. Consiguió un certificado médico y alegó problemas de salud. Soldado que huye, sirve para otra guerra, le explicaron sus asesores. Así que envió a su vicepresidente para insistir con el ataque a Venezuela. En continuidad con la táctica sibilina diseñada en otras latitudes, la Sra. Gabriela Michetti completó su diatriba insistiendo en que la Celac puede contar con Argentina. Por inadvertencia, en un intercambio terminó defendiendo a la OEA contra la organización de los países al sur del Río Bravo. Se sienten impunes porque cuentan con la manipulación informativa: la prensa tradicional en Argentina ignoró la cumbre de la Celac, limitando la información al heroico papel de Michetti en defensa de los derechos humanos en Venezuela.

 

Fascismo embozado

¿Cuál es la estrategia, cuáles las tácticas a implementar de inmediato frente a esta ofensiva imperialista? ¿Cómo se prepara y desenvuelve el contraataque? Cientos de millones de seres humanos, no sólo en América Latina, buscan pasivamente respuesta a estas preguntas.

El Congreso de la Patria está concebido para darlas en Venezuela. Tácticas diferentes adoptan los gobiernos del Alba. Pero no se da el primer paso hacia la articulación internacional de un programa de acción ante la emergencia. Fronteras adentro Macri no tiene todavía un proyecto capaz de enfrentarlo.

En la misma medida en que todo y cualquier proyecto de reconstitución capitalista implica, más temprano que tarde, un fracaso inexorable precedido de violentos intentos de saneamiento estructural, la lógica del accionar imperial y sus agentes locales tiende al fascismo. Está a la vista en Venezuela, pero también en Argentina y, con características diferentes, en México. Deteniéndolo en Caracas y Buenos Aires estarían dadas las bases para enfrentarlo y derrotarlo en el hemisferio entero.

Tal vez nunca el pensamiento y la capacidad de acción transformadora han estado de tal  manera exigidos como en este momento de la historia.

límites para el populismo imperial

Macri huye de una conferencia de prensa

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Macri perdió hoy el control de sí mismo. Huyó de una conferencia de prensa, en Davos. Nada menos. Un ministro de Economía del gobierno anterior hizo algo semejante, años atrás.

En este caso fue cuando un periodista le preguntó al Presidente lo obvio: por qué condenar a Nicolás Maduro por tener preso a un notorio personaje involucrado en acciones violentas contra la población venezolana, si se avala la prisión de una líder jujeña que, juicios de valor aparte, dista de la condición golpista del venezolano defendido por la prensa mundial.

Macri no tuvo respuesta. Farfulló excusas olvidables. Y huyó.

No es difícil de comprender el fallo  –e incluso disculparlo- después de cinco semanas de intensa y muy exitosa actividad, desde su punto de vista. El más sólido sistema nervioso se vería afectado. Con todo, es un hecho significativo. Por demás elocuente.

Advertí con fecha 29 de noviembre de 2015 que el entonces electo presidente argentino Mauricio Macri había puesto el pie en el lazo cuando, exigido por camaradas de ruta tales como José Aznar y Álvaro Uribe (ambos teledirigidos desde un sótano del Departamento de Estado), comenzó el tramo final en la campaña presidencial atacando a Venezuela y embanderándose con la figura de un fascista ultraviolento cuyas múltiples acciones, a la luz pública apoyadas por la Casa Blanca para derrocar a Nicolás Maduro, están por demás documentadas.

Vana presunción sería que en su círculo íntimo lean, y además tomen en cuenta, mis opiniones. Es en cambio a considerar un hecho fuera de discusión: sus asesores, encorsetados por compromisos inconfesables y notorias limitaciones intelectuales, no pensaban en la victoria. No habían percibido el hondo, muy hondo, deterioro del elenco adversario ante el balotaje, y sólo buscaban acumular puntaje para el próximo vuelo.

Erraron. Bajo la superficie de la sociedad argentina bullía una poderosísima fuerza cuya primera manifestación fue la demolición del proyecto de Cristina Fernández. No es el caso ahora explicar ese plan, propio de la Armada Brancaleone, apoyado pese a todo por personas que se consideran –y en algunos casos lo son- contraparte del sistema de explotación que desde hace décadas hunde a Argentina en un pantano maloliente.

Tras la sorpresa de la victoria, el eficiente accionar en varias áreas frente a la exigencia de gobernar con la carga de sus compromisos de camapaña, la inteligente búsqueda de tansformarse en lo que he llamado “un Perón para las clases medias”, acompañado por cuadros aptos y, en algunos casos, hasta talentosos, Macri encontró la horma de su zapato ante una simple demanda en Davos.

No defendí, ni lo haré ahora, a la señora Milagro Sala. Respaldo que no esté en prisión antes de ser juzgada por una justicia genuina que no es, con certeza, la jujeña. No me alíneo con quienes apelan a su condición de originarios (o indígenas, o como quiera denominarse la continuidad de la discriminación), para defender su derecho a vacacionar en Punta del Este. He luchado y seguiré luchando para que semejante vergüenza no se perpetúe; no para integrarme a ella. Tanto menos avalo la opresión de cualquier ser humano para armar un aparato que, con gestos manipuladores y desvergozadamente engañosos, defiende al capitalismo y usufructúa la explotación. Eso es la pupila de la ex presidente Cristina Fernández.

 

¿Defender golpistas y asesinos?

Ahora bien: Leopoldo López, defendido por Macri, es responsable de sucesivos intentos golpistas, de 43 muertes e inenarrables costos para la sociedad venezolana. Siempre bajo lás órdenes del Departamento de Estado, con el respaldo de Aznar y Uribe.

Los mismos asesores que no le advirtieron a Macri que sería Presidente, tampoco informaron sobre la verdad de Venezuela.

Jamás optaría entre una u otro. Como no opté entre Macri o Scioli. Esas trampas de las clases dominantes son demasiado antiguas para caer en ellas y poner cara de inocente.

Como sea, lo cierto es que en el marco de una visita a Davos, propagada por toda la gran prensa capitalista para convertirse en éxito mayúsculo, Macri debió contradecir su loable conducta de prestarse a conferencias de prensa y dejó plantada a periodistas de todo el mundo que, con escasa excepción, esperaban para catapultarlo al estrellato internacional.

¿Admitirá Macri que Cristina Fernández tenía razones objetivas para escabullirse ante la prensa? ¿O revisará autocríticamente su conducta de hoy?

O Macri se identifica a pleno con Fernández o asume que, para decir lo menos, dejará de defender a los golpistas venezolanos y entenderá la necesidad de amainar en su heroico combate contra el gobierno de la Revolución Bolivariana. Eso significaría, además, enfrentar los bolsones más oscuros y corruptos que supuestamente está dispuesto a batir en Argentina.

Puede optar por continuar con la política de su antecesora y de ahora en más huir de toda y cualquier conferencia de prensa con un mínimo de participación democrática. O asumir su irresoluble contradicción al atacar el derecho de Venezuela a defender su sistema democrático.

Sólo hay que esperar y ver. Sin olvidar que aquella poderosa fuerza subterránea y para tantos invisible que en rechazo al statu quo llevó a Macri a la Casa Rosada, sigue bullendo bajo la planicie visible. El populismo, supuestamente popular o explícitamente imperial, no tiene espacio en este momento de la historia.

21 de enero de 2016

 

 

 

 

 

 

 

 

Doble poder en Venezuela

Aunque de manera original, sin precedentes, en Venezuela se verifica por estos días una ley inalterable de toda revolución: el doble poder. Afirmación de dos centros de mando que, en representación de clases y sectores de clases contrapuestos, confrontan en el marco de la desarticulación del control hegemónico del Estado preexistente.

Podría haber ocurrido de otras muchas maneras. Pero fatalmente llegaría el momento en que la Revolución Bolivariana se vería frente a frente, sin conciliación posible, con la burguesía y el imperialismo.

Sucedió a causa del resultado del 6-D. Por eso en una primera instancia la manifestación más visible de este fenómeno ocurre en la Asamblea Nacional. Con 112 diputados, la burguesía tiene el control institucional tradicional. Con la instalación del Parlamento Comunal la dirección revolucionaria contrapone, según palabras de Diosdado Cabello, “un mecanismo legislativo que le permita al pueblo disponer de recursos, jefaturas, toma de decisiones, leyes, y que le permita al pueblo disponer su forma de vida”.

He aquí entonces, por vía y en circunstancias inesperadas, la inauguración formal de un doble poder en Venezuela.

Sorprende que en muchos casos no se valore en toda su trascendental importancia la decisión tomada por el presidente Nicolás Maduro, quien sin rodeos explicó: “No voy por el camino del capitalismo, voy por el camino de una revolución productiva, integral, nacional y profundamente socialista”. El Parlamento Comunal es la articulación táctica de esa terminante definición estratégica. Y da lugar a una nueva Venezuela.

Que el lugar físico de ese doble poder sea el Capitolio –más aún: que el sitio asignado al Parlamento Comunal sea el del antiguo Senado hoy inexistente- subraya la singularidad de la Revolución Bolivariana, que en 17 años logró sortear una y otra vez, sin ceder lo fundamental de su estrategia, la imposición de una confrontación violenta propiciada por la burguesía local y el imperialismo.

Un poder doble es por definición inestable y, a término, insostenible. Uno de los dos ha de imponerse sobre el otro. Si la parte derrotada continúa avalada por fuerza objetiva suficiente y mantiene voluntad de combate, la dualidad de poderes desemboca en una guerra civil.

Tal desenlace sólo es evitable –o reductible a una mínima expresión- si las fuerzas revolucionarias consiguen poner en movimiento al conjunto social, que en el original caso venezolano incluye al grueso de la Fuerza Armada. Pero así como toda genuina revolución cumple en algún momento de su desarrollo la ley del doble poder, el corolario inevitable es la derrota definitiva, pacíficamente o no, del poder enemigo. Otra secuela insoslayable de tal situación es la intervención de un tercer protagonista, en realidad el primero en el caso venezolano: el imperialismo; cuyos jefes saben que no tienen chance si no es por el camino de la violencia.

Si el doble poder está instalado y representado en la Asamblea Nacional, no será allí donde se dirimirá. No se trata de diputados y mayorías eventuales. Se trata de la lucha de clases en su más franca expresión. El Parlamento Comunal no será representación del poder de las mayorías si no está plasmado en organismos de masas, participativos y democráticos, desplegados en todo el país, en cada lugar de trabajo o de estudio. Entendido de esta manera el poder efectivo se traslada al Parlamento Comunal y choca de frente con los declarados propósitos de la mayoría burguesa en la Asamblea Nacional.

Nada más importante en esta coyuntura que la determinación de el o los partidos revolucionarios (Psuv y GPP) para cohesionar, dar confianza y organización a las grandes masas, lo que implica dirigir políticamente las Asambleas Populares y otros organismos de base sin caer sobre ellos de manera vertical.

No se trata de propugnar un supuesto poder que se conforma de abajo hacia arriba, como habitualmente se escucha. Tampoco lo contrario: la imposición desde un organismo centralizado que reemplaza el debate y la decisión de las masas. Tales interpretaciones mecanicistas bloquean la interacción dialéctica entre un centro de mando político y los organismos de masas. Aquél, munido de estrategia, programa de acción, información y cuadros capacitados para llevar a las mayorías una línea de acción en medio de la confrontación; éste, con fuerza suficiente para traducir el nivel de conciencia y la voluntad de combate de sus bases y ensamblarlos con la dirección político-militar revolucionaria.

Desafío extraordinario y sin postergación posible para el Psuv-GPP. Hay organismos de base de enorme potencialidad, que requieren impulso exterior para proyectarse como plataforma del Parlamento Comunal, cuyo nombre podría traducirse como Comando Central de Asambleas Populares. Ese impulso exterior sólo puede provenir de la organización revolucionaria socialista, el Psuv y, hasta donde se pueda, el GPP. Es claro que toda idea conciliacionista ha de ser combatida y vencida en ambos componentes de este proto-Estado revolucionario.

Inviable una victoria si la voluntad insurrecta de las masas no se expresa en toda su potencia. Igualmente inviable sin la conducción lúcida y férrea de la dirección revolucionaria.

Tal el reto que afrontan las y los revolucionarios en Venezuela. Y que debemos acompañar incondicionalmente quienes en América Latina y el mundo luchamos contra el capitalismo.

@BilbaoL

22 de diciembre de 2015

 

 

 

 

 

Hora de la verdad en Venezuela

¿Hay o no una Revolución en Venezuela? Aunque resulte extraño, desde hace tiempo, antes incluso de la muerte de Hugo Chávez, hay personas que niegan la existencia de un cambio raigal que justifique en este caso hablar de Revolución.

Con el saldo de las legislativas del 6 de diciembre, que dio a la oposición contrarrevolucionaria dos tercios de las bancas en la Asamblea Nacional, es vital aclarar ese punto para tener una caracterización clara de la coyuntura abierta por esta derrota electoral.

Si algo tiene de positivo el inapelable resultado electoral del 6D es que de aquí en más aquella discusión –tan seria como cuando en la edad media se debatía si el alma residía en la silla turca- perderá todo sustento. La derrota en las urnas clausura el espacio para el juego institucional con reglas del sistema capitalista. De manera que, o bien todo el proceso desenvuelto desde 1999 se resuelve en un salto cualitativo que dé basamento a la perspectiva socialista de la revolución, o bien desde Washington se restaurará el equilibrio burgués a un precio que haría temblar al planeta.

El propio presidente Nicolás Maduro lo dijo de manera rotunda: “Venezuela va hacia el fascismo o hacia una profundización de la revolución socialista. No hay terceras salidas”.

En esta afirmación hay desde ya una definición y un punto de partida. Quienes desde diciembre de 1998 sostenemos que Venezuela transita el sinuoso camino de una revolución en tiempos de contrarrevolución global, en tiempos de licuación de ideologías y desarticulación de partidos revolucionarios, tenemos la certeza de estar ante una batalla decisiva, cuyo único desenlace posible es el que presenta Maduro. A la inversa, quienes negaron o pusieron en duda la existencia de una revolución imaginan una salida negociada, incluso al precio de entregar el gobierno al enemigo para resistir desde el llano, dentro del juego institucional conocido, sin los incordios de ocupar Miraflores y con todos los beneficios de integrarse al sistema, en lugar de buscar abolirlo.

Aquella negación y esta expectativa no indican falta de calificación o lucidez. Hablan a las claras de una concepción reformista, que en su momento impidió comprender contradicciones del proceso y actuar sobre ellas, así como ahora bloquea la interpretación de una coyuntura que no deja lugar a terceras opciones. No hay espacio para la integración del Psuv a un régimen democrático-burgués desde una oposición basada en reivindicaciones populares. Y quien eventualmente quisiera hacerlo a título individual, más que un elegante salto a la talanquera debería dar prueba de completa sumisión a un régimen fascista.

Escribí con fecha 5 de noviembre: “Ante una eventual derrota, cabrá a la burguesía y sus mandantes optar entre aceptar la continuidad de las medidas revolucionarias o apelar a las armas, es decir, a la agresión extranjera, porque al interior carecen de toda posibilidad”. Después de sostener que “Mientras rija la ley del valor (…) habrá corrupción”, afirmaba inmediatamente: “Tras las elecciones el problema no será la corrupción, sino el restablecimiento a pleno del aparato productivo en industria y agricultura, aunque ambos desafíos están asociados. Esa necesidad llevará a un choque frontal con la burguesía y con las leyes objetivas del sistema capitalista. Esto ocurrirá con prescindencia de los resultados. La Revolución continuará avanzando. Quedará a decisión del imperialismo si permite la continuidad soberana y pacífica de esta experiencia observada en todo el mundo” (http://bit.ly/1RqmUMa).

Con los resultados a la vista, quiero reafirmar esa convicción: la Revolución continuará avanzando. Su victoria o derrota depende de la lucidez y el coraje de la Dirección Político-Militar, del afianzamiento y extensión del poder comunal, de la alianza cívico-militar, del acompañamiento que asuman las fuerzas revolucionarias en América Latina y el mundo, pero ante todo, de la adopción inmediata de las medidas que lleven a reordenar el caos económico que desembocó en la derrota electoral. Ese caos lo provocó la burguesía porque tiene los medios para hacerlo. El reordenamiento deberá ser, por tanto, en detrimento de esos medios, a costa de las plataformas donde la burguesía asienta su poder. Volveré sobre esto.

Singularidad venezolana

Evitar confundirse y propagar confusiones reclama ante todo rechazar cualesquiera identificación entre la situación de Venezuela con la de Brasil y Argentina. Quienes incurren en esa falsa igualación son precisamente quienes no entienden la diferencia entre una revolución y un pujo reformista de un sector lumpen-burgués como en Argentina, o de un partido proletario entregado a la conciliación de clases, como el PT. Hay revolución en Venezuela por las mismas razones que no las hay en Argentina y Brasil.

El hecho de que en Venezuela y Argentina haya habido una victoria electoral de la derecha mientras en Brasil una ajustada victoria llevó a la aplicación del plan económico defendido por los vencidos (es decir, haya ganado también la derecha) es un dato superficial. Quien no registre las diferencias no debería llamarse revolucionario, tanto menos marxista, pero tampoco llevará laureles como analista capitalista.

Gobierno, Psuv, organismos de masas y el grueso de la Fuerza Armada en Venezuela, no sólo no entregarán el poder a representantes del imperialismo, sino que tampoco aplicarán el plan exigido por la sobrevivencia e imprescindible saneamiento del sistema capitalista local. Si alguno de los factores mencionados lo hiciera, el país estallaría en pedazos y daría comienzo a una guerra civil de proyección regional.

Tal conclusión tiene un basamento objetivo. Si se toma como referencia el total de la ciudadanía en condiciones de votar, la derecha obtuvo el 39% de los votos en 2013 y el 39,53% en estas elecciones. El Psuv, en cambio, pasó del 40% en 2013 al 28,71 el 6D (Chávez había obtenido el 46% en 2006 y el 43% en 2012). La abstención y los votos nulos, en cambio, pasaron del 21 al 31,76% entre una y otra elección. Son datos enviados por un economista crítico del gobierno.

Siempre he rechazado en Argentina el método de sacar porcentajes sólo sobre votos emitidos válidos. Es también erróneo en Venezuela. Para tener una dimensión correcta de lo que ocurre en la sociedad es preciso tomar como base la totalidad de la población en condiciones de votar, pero también contabilizar votos blancos y nulos. Es una contradicción muy grande hablar de inclusión y excluir del conteo a abstencionistas –incluso si lo hacen por completa indiferencia e ignorancia- y personas que expresan su rechazo anulando el voto.

Como sea, esos casi 11 puntos porcentuales de aumento en voto nulo y abstención constituyen la diferencia que llevó a la derrota revolucionaria. Estos datos indican que aún en medio de la feroz guerra económica y la indecisión frente a la crudeza de las medidas necesarias para neutralizarla, el grueso de los trabajadores y el pueblo venezolanos mantuvo su decisión revolucionaria. En medio de inenarrables penurias económicas, 5 millones 600 mil ciudadanos votaron al Psuv-GPP. Una franja agotada se dejó ganar por el desaliento o el rechazo y no acudió a la cita, o lo hizo con un voto anulado. Aun así, se trata de una respuesta extraordinaria, que marca el escalón desde el cual es posible reiniciar la marcha y advierte que la burguesía no podrá avanzar, como pretende, sobre las conquistas sociales de los últimos tres lustros.

Comprender la naturaleza precisa de ese punto de partida es sin embargo un desafío mayor. Las masas no mantienen indefinida y constantemente su decisión de acción revolucionaria. Si hay algo para asombrarse en los 17 años de la Revolución Bolivariana es precisamente la tenacidad y fidelidad a un partido y una conducción política. Pero los flujos y reflujos son claramente visibles en la historia de todas las revoluciones. Ésta tiene una singularidad que produce aún más asombro: la expresión de la voluntad social se manifiesta en elecciones llevadas a cabo en la maraña de la institucionalidad capitalista, que hace más accesible a la burguesía la manipulación de sectores sociales por diferentes vías. La constante presión electoral, además, tiende a llevar al electoralismo. El proceso se invierte: más y más dirigentes actúan para ganar elecciones en lugar de buscar ganar elecciones para actuar en función de un programa. El lugar de la lucha por la conciencia lo ocupa paulatinamente la dádiva y la demagogia, ambos instrumentos de corto alcance y efectos contrarios a mediano plazo. Esta dinámica, además de alentar el consumismo, desvirtúa la naturaleza y función del partido revolucionario y debilita o directamente corrompe a sus cuadros.

Pese a todo, las masas y el Psuv continuaron mostrando una vitalidad sorprendente. En todo caso, queda reafirmado lo que demuestra la historia: hay que contar siempre con los flujos y reflujos de las masas, que sólo de manera indirecta y no necesariamente inmediata dependen del accionar político de sus direcciones. Según se esté en una u otra situación serán diferentes los conceptos y las formas de agitación y propaganda. Continuar en momentos de reflujo con la misma metodología de tiempos de alza es garantizar un distanciamiento de las masas. No sólo de los sectores más atrasados, sino de aquellos que apoyan a la revolución pero están sobredeterminados por una cultura secular y bombardeados por la propaganda capitalista.

En un artículo titulado Con la Revolución Bolivariana el 6-D, aun cuando todavía daba espacio a la posibilidad de una victoria, sobre todo por el sistema de elección de diputados, ayudado por voces inteligentes desde Caracas decía con fecha 3 de diciembre: “esta vez gravitan como nunca las consecuencias de la guerra económica en la vida cotidiana. Escasez y carestía golpean a la población y afectan a los sectores menos conscientes. Eso puede manifestarse en la elección, sobre todo con la abstención. Por esta razón no hay sondeos terminantes respecto del resultado final, aunque cabe aclarar que, dado el tipo de elección distrital, un contendiente puede obtener igual o menor cantidad de votos y pese a ello tener mayoría de diputados” (http://bit.ly/1NW5zVE). El hecho es que la abstención superó lo esperable y golpeó “como una bofetada que nos despertará”, según la expresión de Maduro, y el sistema electoral favoreció a la oposición teledirigida desde Washington.

Así se llega a este punto: mayoría opositora de dos tercios en la Asamblea Nacional, situación de franco reflujo en un sector que antes apoyó a la revolución, estado de descontento y duda en capas más amplias y más sólidas de las bases chavistas, golpeadas además por la derrota electoral.

Socialismo y transición

Desde esa situación desfavorable se impone ahora resolver la clave ya señalada: restablecer a pleno el aparato productivo industrial y agropecuario. Ésa es una condición de sobrevivencia de la Revolución. Y, como está probado, no podrá llevarse a cabo a partir de una negociación con el empresariado.

Chávez impuso un concepto que cambió el modo de accionar gubernamental no sólo en Venezuela: “la política va por delante”, solía repetir. Él tuvo en cuenta, no obstante, otro tópico: “la política es economía concentrada”. Eso que “va por delante” es una concepción y una práctica económica desplegada en función de una estrategia política. Por eso Chávez levantó la bandera del socialismo.

Al menos hasta un punto, coincidente con el inicio de su enfermedad, ambos principios podían conjugarse. Pero antes de ese golpe inesperado comenzaron desequilibrios tan difíciles de corregir como de sostener en el tiempo. Cuando Maduro asumió el gobierno ya la situación era alarmante, pese a la devaluación previa. Todo se agravó después con la caída del precio del petróleo. Y ese cuadro sería aprovechado por el capital para multiplicar artificialmente los efectos de por sí devastadores de la inflación. El desabastecimiento y la siembra de violencia completaron el cuadro y llevaron al 6-D y al 5 de enero, cuando la oposición asumirá su mayoría de dos tercios en la Asamblea Nacional.

Poner “la política por delante” implica ahora abroquelar la fuerza y determinar los cuadros que llevarán a cabo la tarea de poner en marcha el aparato productivo y avanzar en una economía planificada, lo cual implica:

–       unificar el precio del dólar en el nivel correspondiente, teniendo como referencia no la existencia actual o futura de reservas, sino el producido total real de bienes y servicios en el país;

–       fijar el precio adecuado a los servicios básicos (electricidad, gas, gasolina, etc),

–       garantizar sin excusa ni demora posible el abastecimiento de la totalidad de mercancías vitales para la vida social, las cuales tendrán precios máximos cuya transgresión implicaría durísimas e inmediatas consecuencias penales,

–       equilibrar gastos del Estado de acuerdo con los recursos disponibles bajo el principio de estricta austeridad, desde la Presidencia hasta el último funcionario.

Tales medidas tendrían un violento impacto sobre el conjunto social y un altísimo costo, cuyo pago es ineludible. Aquí “la economía concentrada” se expresa como imperativo político que define la cuestión central: quién pagará el costo descomunal que suponen las distorsiones llevadas al paroxismo por la conspiración burguesa timoneada desde Washington.

No hay sino dos opciones: si el saneamiento lo realiza el gobierno revolucionario, el precio deberá asumirlo la burguesía. De lo contrario, si la política que “va por delante” decide que no quiere o no puede dar ese salto cualitativo, el peso del caos actual caerá inexorablemente sobre las masas trabajadoras y desposeídas, sobre jóvenes y estudiantes.

¿Cuál es esa burguesía que debe pagar? Es el gran capital industrial, agroganadero, comercial y, en primer lugar, bancario. La estatización total de la banca es, junto con el más estricto control del comercio exterior también estatizado en su totalidad, condición necesaria para acabar con la especulación, el desabastecimiento y la inflación. El control obrero es la llave para que tales medidas al contrario de afectar la producción, permitan su potenciación. Ese control seguirá al milímetro los pasos de cada  patronal. No quedará espacio para fraudes, acaparamiento, contrabando, sobre o subfacturación y otras tramoyas habituales. El Psuv y otros partidos del GPP alentarán ese proceso pero los agentes directos de su realización serán los trabajadores organizados en comités de fábrica, apoyados sin reparos por el Estado y, en particular, por la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, para afrontar las formas de violencia que la burguesía ensayará a partir de grupos paramilitares que ya tiene emplazados en todo el país.

¿Cuál sería el impacto sobre los trabajadores y las clases medias bajas urbanas y rurales? En un brevísimo plazo se pondría freno a la inflación y al desabastecimiento; la producción tomaría un enérgico impulso cambiando en relativamente poco tiempo empleo improductivo por empleo productivo; todos los planes de la Gran Misión Vivienda Venezuela podrían no sólo mantenerse, sino acrecentarse; todas las demás Misiones podrían revitalizarse y superar las actuales deficiencias; el salario real no sufriría mengua alguna; por el contrario, sí se restringiría el consumo suntuario y las autoridades deberían hacer una intensa campaña educativa para incentivar el ahorro y atacar el consumismo.

Aparte la argumentación teórica que explica por qué es imposible una solución intermedia, está el dictamen inapelable de la realidad en los últimos años.

Hay fuerza para esto

Aunque la empresa es de enormes dimensiones, hay capacidad material para llevarla a cabo. De hecho, el conjunto de pasos dados por el gobierno y el Psuv desde la noche misma de la derrota electoral apuntan a abroquelar esa fuerza. Todo depende de la decisión política, que sin duda está condicionada por concepciones reformistas e infantoizquierdistas que dificultan la acción, eventualmente al punto de trabarla.

Sin embargo hay un punto donde la debilidad sí es remarcable y no tiene respuesta inmediata: el escenario internacional y particularmente latinoamericano. No sólo ni principalmente el nuevo gobierno de Argentina estará dispuesto a activar la “clausula democrática” del Mercosur y a levantar la voz contra la Revolución desde Unasur. Para neutralizar e incluso impedir este accionar contrarrevolucionario continental ordenado por la Casa Blanca, es preciso poner en pie de combate al activo militante en toda la región, con base en los países del Alba, con enérgicas e inmediatas acciones no ya de solidaridad, sino de clara identificación con la Revolución Bolivariana y disposición a tareas conjuntas del Bravo a la Patagonia en un Frente Antimperialista Continental, así como a la conformación de Brigadas Internacionalistas, inicialmente desplegadas en acciones de propaganda en cada país para explicar la verdad de Venezuela, pero dispuestas a llegar allí donde el accionar contrarrevolucionario dirigido desde Washington lo exija.

Momento decisivo

En Venezuela no sólo hay una revolución profunda y genuina. Hay un largo trecho recorrido en la transición al socialismo. En primer lugar, la concientización y la organización de millones.

El socialismo no es sólo la propiedad colectiva de los medios de producción, aunque esto es en última instancia indispensable. Recuperar la idea y la estrategia del socialismo, encarnarla en un pueblo entero, reivindicarla en el momento más oscuro de la historia, es acaso la más grande y seguramente perdurable conquista de Hugo Chávez, con la que puso en pie a Venezuela y sacudió al mundo.

Ahora llega la hora de la verdad en esa transición. Para afrontarla cuentan además los pasos dados contra el poder efectivo de la burguesía con la recuperación de Pdvsa y otras tantas empresas antes privadas, aunque esto último ha sido desvirtuado y puesto en cuestión hasta en las propias filas obreras, por las distorsiones y debilidades señaladas, además de la invalorable contribución de hablistas supuestamente marxistas, que por una u otra razón atacan hoy con fiereza a la Revolución.

Confiamos en que la respuesta del gobierno y el Psuv encaminarán la transición hacia un nuevo y más elevado plano, volviendo a colocar al proyecto de Chávez como faro mundial, en momentos en que cada día es más visible la acentuación de la crisis estructural del capitalismo.

Con la revitalización de las masas trabajadoras en Venezuela se producirá un efecto para muchos inesperado o declarado imposible hoy: el renacimiento de la clase obrera en un nivel superior en dos países clave: Argentina y Brasil. Desde luego no es posible construir el socialismo en una sola provincia de América Latina y el Caribe. Es posible en cambio asumir la vanguardia efectiva en un excepcional momento de crisis mundial. La historia está a punto de dar una contundente lección a quienes siguen sin comprender el legado de Chávez.

12 de diciembre de 2015

@BilbaoL

 

 

Con la Revolución Bolivariana el 6-D

Un mecanismo de calumnia busca crear el clima propicio para desconocer los resultados de la elección en Venezuela el próximo domingo 6 de diciembre.

Cada habitante de la región debería contribuir a desmontarlo. No es tarea sólo de quienes defendemos esa revolución. El resto  tendría que hacerlo por elemental sensatez, en defensa propia; por la esperanza de un devenir racional, pacífico.

La Casa Blanca está lanzada a ganar esa elección o, en caso contrario, provocar un choque violento, con base en fuerzas mercenarias, cuyas derivaciones irían más allá de las fronteras venezolanas. En medio de una crisis sistémica global y un estado general de elevadísima beligerancia esto involucraría a todos.

Ya millones de luchadores del Psuv (Partido Socialista Unido de Venezuela), el GPP (Gran Polo Patriótico) y el gobierno encabezado por Nicolás Maduro han hecho su parte para afrontar este vigésimo encuentro electoral en 16 años. Esfuerzo formidable para enfrentar los efectos de la tenaza múltiple activada por la burguesía local y extranjera que, contra toda evidencia, presenta al régimen venezolano como una dictadura.

Ahora, sobre todo a partir del lunes, la tarea queda en manos de todos al sur del Río Bravo. Y en primer lugar de la vanguardia política, que ha estado lejos de cumplir su papel en el último período.

Paradojalmente, el riesgo mayor está en que el gobierno vuelva a ganar. Y todo indica que eso es lo más probable. Pese a que Unasur y otros centros internacionales han enviado misiones ya acreditadas ante el Consejo Nacional Electoral (CNE), se ha sembrado en la opinión pública mundial la idea de que la oposición ya ganó y el gobierno apelará al fraude.

Los hechos apuntan a lo contrario. De las 19 elecciones anteriores (todas con libre participación de instituciones oficiales extranjeras como observadoras) Hugo Chávez primero y Nicolás Maduro después ganaron 18. La única vez que la revolución fue vencida en las urnas, por una mínima diferencia, Chávez reconoció la derrota antes de la medianoche del día comicial.

Ahora, al margen las encuestas, que en su mayoría dan vencedor al GPP, lo cierto y comprobable es que éste, liderado por el Psuv, realizó elecciones primarias en todos los distritos, 87, con la participación de 3 millones y medio de personas. La así llamada Mesa de Unidad Democrática –Mud, que aparte de antidemocrática está muy lejos de ser unitaria, puesto que ha dejado por fuera al Mas, Copey, Urd y otros agrupamientos regionales, sólo hizo elecciones en 33 distritos, con la concurrencia de poco más de medio millón de personas.

Otro hecho a la vista es la poderosa movilización del GPP, que además de dos simulacros de votación con millones de personas involucradas, lleva a cabo una enérgica campaña de 1 x 10, consistente en que cada militante promueve encuentros con por lo menos diez personas. Paralelamente, la Mud no tiene la más mínima presencia militante, no obstante lo cual esgrimen encuestas que la dan como victoriosa. Esto ha ocurrido en cada oportunidad electoral, con los resultados conocidos.

No obstante, esta vez gravitan como nunca las consecuencias de la guerra económica en la vida cotidiana. Escasez y carestía golpean a la población y afectan a los sectores menos conscientes. Eso puede manifestarse en la elección, sobre todo con la abstención. Por esta razón no hay sondeos terminantes respecto del resultado final, aunque cabe aclarar que, dado el tipo de elección distrital, un contendiente puede obtener igual o menor cantidad de votos y pese a ello tener mayoría de diputados. Prácticamente no hay encuestadoras que den a la Mud con mayoría de legisladores, aunque sí las hay que indican que el GPP podría recibir esta vez menos votos. No por una traslación de electores al campo enemigo, sino por la no concurrencia a las urnas.

La Asamblea Nacional está constituida por 167 diputados, por lo que la mayoría simple implica acceder a 84 bancas. Con 100 se tiene mayoría calificada y con 111 la mayoría absoluta.

Estos datos importan mucho en un sentido. Si el gobierno quedara en situación de mayoría simple la capacidad obstructiva de la Mud sería considerable. No obstante, es secundaria en otro plano, como hemos sostenido reiteradamente, en especial en la última edición de América XXI. Allí, tras sostener la idea de que el GPP mantendrá la mayoría de diputados, en un artículo titulado Elecciones y poder comunal en Venezuela (http://bit.ly/1RqmUMa) afirmo lo siguiente: “Si acaso los permanentes flujos y reflujos de capas sociales indefinidas o pasibles de ser confundidas y manipuladas, diera como resultado la pérdida de la mayoría en la Asamblea Nacional, el rumbo trazado por la estrategia antimperialista y anticapitalista seguiría determinando el curso de la sociedad venezolana. Cabe reiterar palabras de Maduro: ‘Lo peor que le podría pasar a ustedes, pelucones, burgueses, es ganar las elecciones, porque ahí comenzaría la nueva batalla. Anótenlo; no es una amenaza, es la Historia. La Revolución no se va a entregar jamás’”. Sobre la certeza de que la revolución no se define en un resultado comicial, el artículo continuaba diciendo: “con victoria electoral, el gobierno tiene más margen para mantener la línea institucional del proceso. Ante una eventual derrota, cabrá a la burguesía y sus mandantes optar entre aceptar la continuidad de las medidas revolucionarias o apelar a las armas, es decir, a la agresión extranjera, porque al interior carecen de toda posibilidad”. La reflexión concluía así: “Elección parece ser sinónimo de obnubilación. No lo es para el gobierno de Maduro, el Psuv y el GPP. El poder comunal es la máxima expresión de la democracia y Venezuela avanza por ese camino”.

 

Coalición belicista

A pocas horas del acto comicial conviene afirmar estos conceptos. Porque ya Washington ha lanzado una jauría contra la revolución. Con prescindencia de los resultados. Una carta titulada “Venezuela grita libertad” fue difundida por la red mundial de prensa para la tergiversación y la mentira. Va firmada por Mariano Rajoy, presidente del reino de España; David Cameron, primer ministro del reino británico; Thorbjørn Jagland, secretario general del Consejo de Europa; Felipe González, ex presidente del gobierno español, y Ricardo Lagos, ex presidente de Chile.

Sería ocioso reiterar la catadura de Rajoy o Cameron, carniceros en Europa y Medio Oriente. Días antes de esta cínica proclama Cameron reivindicó ante un periodista de la BBC la utilización de armas atómicas para intervenir en Medio Oriente. Con absoluto desparpajo, habla luego de libertad. Tampoco hace falta abundar sobre el historial de González y Lagos, dos socialdemócratas con tradición de violencia contra sus pueblos. Jagland tiene el beneficio de oscuro burócrata útil para firmar declaraciones.

Juntos, mienten con un descaro asombroso: “Con motivo de las manifestaciones pacíficas que se iniciaron en febrero de 2014, muchos opositores, estudiantes o dirigentes políticos fueron objeto de detenciones arbitrarias, que incluyeron también a ciudadanos europeos”.

¿¡Manifestaciones pacíficas en febrero de 2014!? Sólo gente sin un ápice de moral puede hacer semejante afirmación. El intento insurreccional que condujo Leopoldo López con la consigna de derrocar a Maduro produjo 43 muertos, la mayoría militantes del Psuv y miembros de la Fuerza Armada. Seguimos estos hechos paso a paso, con datos incontrastables, en sucesivas ediciones de América XXI. Cuando se vio el fracaso de la operación, en la Mud se resolvió asesinar a López y cargarlo a la cuenta oficial. Avisado de esto, el bravo luchador fascista pidió ayuda al gobierno. Y tras una negocación llevada por su padre, se entregó (sí: ¡se entregó!) ante Diosdado Cabello, que le garantizó la vida y frustró la operación de la Mud. Al entregarse, López eludía el asesinato a mano de los suyos a cambio de un juicio por los crímenes cometidos. Es lo que ocurrió. Y ahora paga cárcel por eso.

Podrían multiplicarse los ejemplos de falsedades esgrimidas por estos demócratas de opereta. Pero sólo importa subrayar que esa carta forma parte del arsenal para justificar el desconocimiento del resultado electoral del domingo si como todo adelanta vuelve a ganar la Revolución.

 

Visión errada de la coyuntura regional

En ciertos sectores de izquierdas del exitismo se ha pasado en los últimos meses a una actitud derrotista. Sobre todo a partir del debilitamiento extremo del gobierno brasileño y la derrota del peronismo en Argentina. Tras esa actitud está por un lado la incomprensión de una confrontación consecuentemente anticapitalista y por otro la interpretación impresionista de la coyuntura que se abre en la región.

No hay acción política efectiva sin previsión. A la inversa, la imprevisión deviene error cuando el futuro se hace presente.

Era previsible –como que la noche sigue al día- el desenlace frustrante de gobiernos procapitalistas con afanes reformistas. También que el gran capital lanzaría un contraataque frente al inédito avance de fuerzas antimperialistas en América Latina. No cabe entonces asombrarse por la situación que afronta hoy el hemisferio.

La proclividad al desaliento y la admisión de derrotas antes de dar la batalla tiene más de un componente, pero entre ellos resalta la inconsistencia teórica. Nunca como en estos momentos tan válida la advertencia de Lenin: “sin teoría revolucionaria, no hay acción revolucionaria”.

El cuadro objetivo que afrontaron desde el inicio la Revolución Bolivariana y el Alba trazó limitaciones poco menos que insuperables en lo inmediato. Eso no se resuelve con palabras. Ni con exigencias en abstracto. Tampoco es argumento para errores y desviaciones no corregidos a lo largo del tiempo. Simplemente fija limitaciones, implícitas en otra afirmación con historia: no se puede construir el socialismo en un solo país. U otra repetida por Chávez con destinatarios precisos, que hicieron caso omiso de su advertencia: “para darle de comer a todos, todos los día, hay que hacer una revolución”.

Pues bien, en el punto final de la primera fase en esta confrontación histórica, la desaparición de ilusiones reformistas o desarrollistas burguesas crea circunstancialmente un paréntesis que puede ser confundido con victorias estratégicas del enemigo. Pero no lo son. E incluso pueden estar anunciando lo inverso: la consolidación de una perspectiva revolucionaria por sobre los desvíos reformistas y nacional-burgueses.

Por supuesto eso implica acción revolucionaria efectiva. O, lo que es lo mismo, teoría científica de la lucha de clases aplicada en cada paso por las vanguardias. Implica también asumir en una escala mayor el internacionalismo efectivo. Y la capacidad de acción de masas con objetivos que incluyan pero superen las consignas reivindicativas y lleven a las grandes mayorías la noción de Revolución.

Si esto no lograra plasmar en un tiempo dado, entonces sí el capital podría afirmar una ofensiva estratégica. Hoy no puede.

Como ya he resumido, todo indica que el gobierno encabezado por Maduro, el Psuv y su capacidad de articular fuerzas antimperialistas, vencerá el domingo. Pero el curso de la lucha de clases a escala regional no estará definido por ese resultado. Incluso en la victoria, la Revolución Bolivariana afrontará enormes dificultades que sólo tienen una respuesta posible. La formuló una vez más Maduro esta misma semana: “el 7 de diciembre, con la victoria que el pueblo va a obtener, yo lo que voy a hacer es radicalizar la revolución para acabar la guerra económica, con ustedes, por ustedes y para ustedes, eso es lo que vamos a hacer”.

Es mi más profunda convicción que con esta conducta la Revolución Bolivariana continuará siendo la vanguardia de la lucha antimperialista y anticapitalista continental (quiero decir: incluido Estados Unidos).

Eso ocurrirá con o sin una neta victoria electoral. La incógnita no está entonces en las urnas. Está en la lucidez y el coraje de la vanguardia revolucionaria latinoamericana para acudir a la gran batalla, que comienza el mismo lunes 7 para defender la Revolución Bolivariana, entendida como provincia de una federación socialista de América Latina.

Buenos Aires, 3 de diciembre de 2015

@BilbaoL

 

 

Macri y Venezuela

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Mauricio Macri, electo presidente de Argentina, avanza hacia un segundo gran fiasco.

El primero lo sufrió antes de asumir, cuando el único cuadro con experiencia, solidez y base propia, Ernesto Sanz, presidente de la UCR (miembro de la Internacional Socialdemócrata), dio un portazo y salió inesperadamente del escenario político. Macri negó a Sanz la jefatura de gabinete del próximo gobierno y éste rechazó el ministerio de Justicia que se le ofrecía. Detrás del conflicto hay una dura pugna interburguesa, que no tardará en manifestarse por otros medios. En línea con la formulación de un texto anterior (http://bit.ly/1TfjCKZ), se puede decir que el presidente protofascista se quedó sin el socialdemócrata que lo llevó a la victoria.

El segundo revés ocurrirá el 21 de diciembre, cuando Macri pretenda excluir a Venezuela del Mercosur, mediante la aplicación de la cláusula democrática de este organismo. Como ha ordenado el Departamento de Estado, como insisten en la Internacional Parda, José Aznar y Álvaro Uribe, el discípulo alega supuestas violaciones a los derechos humanos por parte de la Revolución Bolivariana. Agentes desembozados de Washington se apresuran a aclarar su certeza de que Macri fracasará en tal objetivo. Pero se trata de ponerlo en el candelero, admiten. Los promociona la red de medios comerciales.

El intento de Macri carece de todo fundamento: no hay periodistas ni políticos presos en Venezuela; no hay persecución a la prensa. Hay delincuentes presos por responsabilidad en decenas de asesinatos (Leopoldo López entre ellos) y periodistas alojados en Miami porque no se animaron a seguir en su país después de haber sido rostros públicos del golpe de Estado en 2002.

Con el criterio utilizado por Macri, habría que aplicar la cláusula democrática a Argentina, porque hay en nuestro país una cantidad de presos no comunes: secuestradores, torturadores, asesinos. El diario La Nación, punta de lanza de la lucha contra la Revolución Bolivariana, publicó el lunes 23 un editorial exigiendo la liberación de estos presos. No llegó sin embargo a pedir la suspensión de Argentina del Mercosur.

Con certeza los presidentes de Uruguay y Brasil -probablemente tampoco el de Paraguay- no se inclinará ante el golpe de efecto de Macri, paradigma de la altanería de las clases dominantes en Argentina.

Esa prepotencia tiene otros límites. La respuesta de la sociedad -a comenzar por los propios trabajadores de La Nación- obligó a la dirección del diario a reconocer y dar gran despliegue a la rebelión de sus trabajadores y al rechazo de diferentes sectores de la vida nacional.

Esa fuerza invisible gravitará en todas las áreas sobre Macri. La condición ideológica de un individuo no determina la naturaleza de su gobierno. Perder al jefe de la formación socialdemócrata y hacer el ridículo en su primera participación en el Mercosur son indicios claros de lo que viene. Al destacar estos tropiezos no estamos mofándonos de un Presidente. Señalamos nuestra concepción del papel del individuo en la historia. Y trazamos las líneas de una caracterización del nuevo gobierno en Argentina: un híbrido sin base social organizada, ministros de cuatro vertientes bien diferenciadas, tácticas de emergencia ante el naufragio económico heredado y tendencia hacia formas de coalición o “gobierno de unidad nacional”. Y esto en el marco de una sociedad decidida a no regresar a 2001, pero tampoco al período inaugurado por Néstor Kirchner. Ese conjunto dista de cualquier posibilidad a corto plazo de instaurar un régimen fascista.

Antes bien lo contrario: para avanzar en una etapa ulterior hacia una política consistentemente contrarrevolucionaria -y no sólo apuntada a Argentina, sino a los gobiernos del Alba con centro en Venezuela- Macri está empujado a hacer concesiones en todos los órdenes a una política populista-desarrollista. Con realizaciones notorias de forma y contenido modernizadoras y eficientes. Con dosaje milimetrado de medidas de saneamiento y con precisión de cirujano para arrebatar conquistas económicas a las masas. A partir de esa táctica, intentará ahondar las divisiones en la clase obrera a partir de su muy marcada estratificación, enfrentar trabajadores con desocupados, cooptar a los punteros que administran subsidios y manipulan a sectores marginalizados, aguardar y alentar el agravamiento de la ya muy visible descomposición interna del peronismo y ganar ideológica y políticamente a las clases medias. Para eso deberá entre otras muchas cosas manejar la suba de precios, ya con signos de descontrol. Pero, sobre todo, deberá neutraliza cualquier posibilidad de organización política de masas de los trabajadores y sus aliados del campo y la ciudad.

Sólo en ese punto Macri estaría en condiciones de aplicar en Argentina y América Latina la estrategia enarbolada por Aznar y Uribe, trazada en última instancia en lóbregos subsuelos del Departamento de Estado.

Nuestra caracterización del nuevo Presidente no responde a súbitos ataques de histeria por perder alguna canonjía. Mucho menos a la defensa del elenco en retirada. Una cosa es conocer y precisar las determinaciones ideológicas del titular de un gobierno y otra muy diferente confundir esas pulsiones con la naturaleza del régimen que encabeza. Incluso alguien de otro liderazgo, por ejemplo Juan Perón, adecuó de manera drástica sus posicionamiento ideológico a la realidad que lo catapultó al poder. La concepción metafísica llevó en aquel entonces al PC a sumarse a la Unión Democrática para “evitar el triunfo del fascismo”. Tres cuartos de siglos después, ni el más impenitente gorila calificaría a los gobiernos de Perón como fascistas. El gabinete designado por Macri indica que se propone ser el Perón de las clases medias. ¿Puede esto llevar al fascismo? En teoría sí. Pero aunque lo crean -en esto idénticos al gobierno saliente- no juegan solos en el ajedrez nacional. Ese resultado depende de que genuinos revolucionarios sean o no capaces de cumplir su tarea, organizar la unidad de las masas oprimidas y ganar a las clases medias. Un desafío sin respuesta todavía.

Alertamos en su momento sobre los planes de Macri. En diciembre de 2012, en un artículo titulado“Fascismo iberoamericano”, informábamos acerca del plan del Partido Popular español y su líder, José Aznar, de extender el PP -ya instalado a escala europea- hasta conformar un Partido Popular Internacional. Lo denominamos Internacional Parda. El responsable de armar la estructura en América Latina era José Ramón García Hernández. El punto de referencia regional era Álvaro Uribe. En la empresa colaboraron individuos tales como Jesús Montaner y Mario Vargas Llosa entre otros habituales amigos de la CIA. Desde el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires actuó Mauricio Macri.

La operación falló, pese a ingentes esfuerzos y promocionadas reuniones que tuvieron, además, el apoyo de la Fundación Libertad de Rosario y hasta el visto bueno de las autoridades de esa ciudad santafesina. No hay PPI. Como tampoco hay V Internacional: la fuerza disgregadora provocada por los espasmos del capitalismo continúa impidiendo realineamientos estratégicos.

El eslabón nonato de la Internacional Parda en Argentina dio un giro inesperado por todos, excepto por los titiriteros de Washington. Inopinadamente Elisa Carrió rompió el frente socialdemócrata y arrastró a su parte mayor hacia una alianza con Macri.

Para pensar en la posibilidad de una victoria de semejante ensamblaje era necesario saber qué pasaba en el subsuelo de la política argentina. Pocos dieron prueba de conocerlo. Por eso corresponde alertar ahora acerca de un dato que puede llevar a confusión: el derrotado Daniel Scioli ganó más de diez puntos en los últimos días de campaña gracias a dos factores: éxito en identificar en ciertas áreas medias a Macri con Menem y Cavallo; colaboración militante de la iglesia en la provincia de Buenos Aires (el 25 de octubre había hecho lo contrario, por indicación de Francisco, para que perdiera Aníbal Fernández, candidato de la Presidente).

Dicho de otro modo: el rechazo a la política oficial y el panorama actual es muy superior a los votos obtenidos por Macri. Éste ha anunciado ya que seguirá, al menos por seis meses, con los “precios cuidados”, el “todo en 12 cuotas” y algunos subsidios. En pocos días anunciará un “plan de desarrollo” de neto corte keynesiano. Es improbable que desde el gran capital se pongan palos en esta rueda: así piensan ganar la adhesión de esa amplia franja que a última hora decidió por Scioli.

También Macri ganó un adicional en el último tramo: sus asesores y su principal aliado, la socialdemocracia, le indicaron que atacara a Venezuela y anunciara un giro proestadounidense de la política exterior. Un sector intoxicado de las clases medias tragó el anzuelo. No es un dato menor que el primer paso en esta dirección, la cláusula democrática contra Venezuela, termine frustrado.

Todo el arco antimperialista en Argentina debería aunarse en un frente único para defender la Revolución Bolivaria, comenzando por una intensa campaña de difusión y esclarecimiento sobre la verdad de Venezuela.

Otra cuestión, ya de carácter interno, será comprender que sólo un drástico cambio en las concepciones que llevaron a una estrategia de acumulación electoral o de convergencia in extremis con Scioli puede permitir un reagrupamiento capaz de frenar los planes imperiales. Ellos pretenden responder con el fascismo a la crisis del capitalismo en nuestro país. Sólo una estrategia de masas por el socialismo puede evitarlo.

 

Buenos Aires, 26 de noviembre de 2015

@BilbaoL

Ganó un presidente protofascista con base socialdemócrata

Ganó Mauricio Macri. Perdió la farsa pseudoprogresista que engañó al país durante 12 años con reformas parciales y un vuelco fabuloso de riquezas para el gran capital. Los efectos sociales de esa política se expresan en el resultado de hoy. Los efectos económicos se revelarán de ahora en más.
Hay algo peor que un oportunista: uno incapaz de acertar la oportunidad. Aunque desde una perspectiva ética sean lo mismo, en el terreno político el primero puede obtener un aparente éxito pasajero, pero el segundo es un fracaso para todos los tiempos.
Quienes llamaron a votar por Daniel Scioli desde el entorno oficial y un insostenible pseudoprogresismo hicieron algo peor que incurrir en una política sin principios ni estrategia: fueron incapaces de percibir la corriente subterránea que estrepitosamente se anunciaba en el país. Su conducta político-electoral ha sido un factor fundamental para que ganara una fórmula de ocasión, sin futuro posible tal como está hoy conformada.
La sociedad votó por la negativa, como viene haciéndolo hace años. Macri no lidera nada. Está en la cúspide de un fenómeno combinado de desesperación y búsqueda de las mayorías.
La burguesía supo ponerse a la cabeza de esa confusión de peligrosísimas derivaciones potenciales. Los revolucionarios no.
Varias razones explican esa incapacidad. En primer lugar cuenta el desvío de fuerzas de izquierdas en las que una combinación de sectarismo y reformismo impidió una estrategia de organización de masas antimperialista y anticapitalista. Como subproducto, el oportunismo pro oficialista tuvo un peso singular. En alto grado asociado con la corrupción y la búsqueda de cargos públicos,ese ínfimo sector, en el que destacaron quienes gustan clasificarse como intelectuales, esgrimió la bandera de Scioli y su rejunte alegando que era la salvación contra el “neoliberalismo”.
De esta manera desarmaron y estafaron a decenas de miles de honestos partidarios del candidato oficial. Es una tarea llevarle a esos sectores, sobre todo a la juventud, respuestas positivas para sumarlo a la batalla.
Esa ya añeja maniobra de enmascarar al capitalismo con un marbete insustancial sigue dando sus frutos para la burguesía. Ésta tiene en la falta de consciencia y organización de las masas su principal columna de sustentación.
Otro factor del resultado electoral fue el giro de la Unión Cívica Radical, timoneada por una extrapartidaria teledirigida desde Washington, Elisa Carrió, hacia una coalición con el inexistente Pro de Macri.
Esto completa la liquidación de la única estructura partidaria que le quedaba a la burguesía. Y da lugar a un magma indefinido cuyo destino depende menos de quien tendrá la Presidencia, que de lo que sea capaz de hacer la hoy dispersa y confusa fuerza antimperialista y anticapitalista.
Durante todo un primer período no habrá ofensiva frontal del capital. No porque no lo quieran, mucho menos porque no lo necesiten. Es que no tienen fuerza. Si lo intentaran, detonarían un movimiento masivo de rechazo que ya no dirigiría ninguna fracción del capital. Por eso buscarán acumular fuerza. No sería extraño que para ello hicieran maniobras demagógicas análogas a las utilizadas por Néstor Kirchner en 2003. Esta vez, asociadas al combate contra la corrupción. Y también a medidas consensuadas con la burocracia sindical para afrontar el tembladeral económico. Buscarán también ridiculizar a quienes presentaron a Macri como el lobo feroz y a Scioli como Caperucita naranja. Muy probablemente lo lograrán.
Si frente a ese seguro capital político no se levanta una organización de masas, democrática, plural, antimperialista y anticapitalista, la burguesía tendría espacio para emprender, entonces sí, una ofensiva en extremo agresiva, imprescindible para sanear el capital y poder gobernar.Los restos en desbandadas de esa ficción denominada “kirchnerismo” sólo contarán, si cuentan en algo, contra todo intento de resistencia y organización de las masas.
Las definiciones y orientaciones de Macri en consonancia con la Internacional Parda no le servirán para gobernar, al menos durante toda una primera fase, que no será breve. La socialdemocracia se define en lo general pero vacila, y vacilará aún más de aquí en adelante, para llevar a cabo la tarea encabezada ahora por un protofascista. Reafirmamos lo dicho en nuestro artículo Pseudoprogresismo y elecciones en Argentina: “gane Scioli o Macri, no hay democracia burguesa estable en el futuro nacional”. Nuestro papel será un factor clave para dirimir este combate histórico por la inteligencia y el corazón de las masas.
En lo inmediato está el objetivo clave de defender la Revolución Bolivariana de Venezuela y los gobiernos del Alba, ante la ya iniciada ofensiva retórica de Cambiemos y su presidente.
Allí están entonces planteadas las tareas de las fuerzas revolucionarias. No deberíamos perder un instante en programar una sucesión de reuniones que culmine en 2016 en un gran encuentro nacional para la fundación de una alternativa verdadera, creíble y capaz.
Buenos Aires, 22 de noviembre de 2015, 21.30hs.

Son ellos

PorLBenAXXI

De la mano del terrorismo la guerra ha entrado en Europa. Amenaza extenderse. Periodistas, analistas, políticos, incluso el Papa, hablan de una “tercera guerra mundial”. Cual si la mera mención lograra impedir la marcha hacia el cataclismo. Su accionar va por el camino inverso.

Por boca de su presidente Francia se declara en guerra. El Parlamento lo acompaña. Todos involucrados. François Hollande gira en redondo y pide ayuda a Rusia para combatir a aquellos que hasta ayer prohijó. Barack Obama vuelve también sobre sus pasos y completa la rendición estratégica de Estados Unidos en Medio Oriente para sumarse a la ofensiva que inició y encabeza Moscú.

Con inabarcable hipocresía, esta vez gestada en enajenada inconsciencia, los poderes establecidos –y sus portavoces oficiales y oficiosos- lloran las víctimas de París y callan lo ocurrido en los últimos 5 años en Siria: 250 mil muertos, 2 millones de expulsados por la guerra alentada, financiada, armada y silenciada ante el mundo por ellos.

Ellos provocaron la irracionalidad que ahora golpea con indecible crueldad, no obstante menor a la que ellos mostraron en la empresa insensata de destruir Siria con la excusa de derrocar a su presidente. La misma que ostentaron al despedazar Libia, Irak, Afganistán, creando el fenómeno que ahora les responde de este modo.

Esa irracionalidad que hoy asombra al mundo es provocada los estertores del capitalismo. Y puede destruir la civilización que conocemos.

Quedan en sordina, pero con riesgo potencial infinitamente mayor, los choques entre Washington y Beijing en el Mar de China meridional y entre la Otan y la nueva coalición dirigida por Rusia en el Este europeo con eje en Ucrania.

En América Latina se multiplican las agresiones estadounidenses en Venezuela, mientras voces que debieran sonar firmes se dejan ganar por el pánico -y lo difunden- anunciando una supuesta victoria estratégica de la derecha en América Latina, el retorno triunfante del imperialismo y el fin de la marcha revolucionaria reiniciada con el siglo, cuando en realidad están creándose las condiciones para todo lo contrario.

Es que el poder establecido y sus innumerables tentáculos en todo el planeta se niega a admitir lo obvio: el socialdemócrata Hollande, el premio Nobel de la Paz Obama, se comportan con mayor irracionalidad, violencia y brutalidad que el inhumano jefe de Daesh (Estado Islámico).

Ellos se niegan también a admitir que la Historia está en un punto de quiebre definitivo. Que dejar la guerra contra el terrorismo en manos de los terroristas es más que un desvío intelectual.

Que nada puede sostenerse sobre los cimientos corroídos del sistema dominante. Que el monstruo del terrorismo es vástago contrahecho de una Revolución que no llega; hijo de la imposibilidad de dar respuesta positiva al colapso del sistema agotado. Que la Revolución no es ilusión, empeño idealista o delirio, sino necesidad inexorable. Y urgente.

 

 

17 de noviembre de 2015