Incógnitas de corto plazo en América Latina

PorLBenAXXI

¿De dónde provendrá la respuesta social y política a la escalada divisionista y regresiva timoneada por Washington en América Latina?
No haya duda respecto de la inviabilidad de un orden conservador con políticas clásicas de ajuste frente a la crisis global y regional del capitalismo. A la vez es cierto que la respuesta socialista, acosada en los países del Alba, no tiene chance en lo inmediato de mostrarse como ejemplo convocante para los trabajadores y las juventudes de la región.
Es la clásica figura del “ya no-no todavía”. El capital es incapaz de salir de la encerrona económica con apoyo ciudadano. Ya inició el enésimo ensayo de keynesianismo y está a la vista que una vez más fracasará. El retraso de la clase trabajadora impide lanzar desde ya mismo una contraofensiva anticapitalista apoyada en masas conscientes y organizadas.
Inmensas dificultades –obvias, insoslayables– limitan la capacidad de gobiernos y organizaciones dirigentes en los países del Alba para tomar la delantera y levantar una bandera visible y sensible desde Alaska a la Patagonia. Pueden hacer –y hacen– mucho. Pero ya era conocida la imposibilidad de construir el socialismo en un solo país. Tanto menos en una sola provincia de la nación latinoamericana, hoy otra vez bajo fuego imperial.
No sirve lloriquear por las falencias. El desafío es arbitrar capacidades y necesidades para superarlas. Y eso requiere de una vanguardia ideológico-política, también muy retrasada respecto de las exigencias planteadas por una coyuntura grave y urgente como nunca.
Pregunta la nota principal de esta edición: ¿Qué harán los estudiantes? ¿Sentirán la exigencia inaplazable de cientos de millones acosados por la incapacidad capitalista? ¿Serán los primeros en comprender y actuar? Si lo hicieren ¿encontrarán una avanzada obrera con la cual fundirse para sumar la fuerza y la capacidad imprescindibles a la hora de proponerse la conquista del poder político, el trazado de un horizonte convocante y la construcción del camino para alcanzarlo?

“Moral y luces”
Existía en amplios sectores la idea no expresada, tal vez inconsciente, de que el imperialismo no replicaría ante la impetuosa avanzada revolucionaria que cambió la geopolítica regional en la primera década del siglo. También el ensueño de que sería posible sostenerla desde un sistema capitalista reformado.
Los arquitectos visibles de la verdadera respuesta ya no están. Muerto uno, anciano y enfermo el otro. Tras ellos muchos miles comprendieron y asumieron la estrategia. Pero ahora atraviesan el arduo trecho entre los planes y su concreción.
Otra incógnita es si la ausencia de una respuesta eficiente dará lugar al aumento del caos y abonará el terreno para el objetivo real de Washington: multiplicar la división, impulsar la lucha fratricida, cumplir su labor de destrucción por interpósitos agentes, conscientes e inconscientes. Declararse vencedor sobre las ruinas.
No cabría esta duda si el proletariado latinoamericano –¡y el estadounidense!– tuvieran conciencia de su lugar en la sociedad y su responsabilidad ante la historia. Contra lo sostenido por comentaristas superficiales, hoy la clase trabajadora es más numerosa y potencialmente poderosa que jamás en la historia. Pero la cultura capitalista se ha impuesto en sus filas y hasta dirigentes con origen obrero propusieron que, con un ingreso un poco mayor, sería posible convertirse en “clase media” y alcanzar el paraíso capitalista.
Difícil medir el daño histórico producido por semejante patraña. Pero está hecho. Es la propia crisis del sistema la encargada de deshacerlo. Pero el primer momento del despertar no es el de mayor lucidez. Llevará algunos minutos de la historia alcanzarla. Y demandará el accionar enérgico de la vanguardia.
Cómo resuena en este momento la consigna de Simón Bolívar: “Moral y luces, son nuestras primeras necesidades”.
Acaso el primer paso de recomposición sea precisamente apartar a corruptos e incapaces de cualquier lugar de responsabilidad dirigente. Hay hechos suficientes en la historia reciente para distinguir a unos y otros. Para frenar la posibilidad que una vez más impidan tomar por el camino cierto.
Sin duda la incapacidad del sistema para reequilibrarse sin chocar de frente con las grandes mayorías provocará una respuesta de millones. La quimera de una democracia burguesa estable ya está sepultada por el zarpazo en Brasil –precedido por Honduras y Paraguay– por el acoso a Venezuela y los gobiernos del Alba. Ya es visible la realidad subyacente bajo la superficie del orden burgués.
En esa instancia de confrontación social a gran escala, más cercana que distante, se verá qué lugar ocupan trabajadores, estudiantes y sus vanguardias.

 

16/5/16
@BilbaoL

Argentina otra vez en la cuerda floja

PorLBenAXXI

Elevadísimo costo social, saneamiento a medias. Macri no logra eludir el impacto del ajuste. El plan contrarrevolucionario continental bambolea antes de que las masas lo enfrenten.

Imágenes superpuestas dibujan el panorama de la crisis argentina. El 19 de mayo el Congreso votó una Ley según la cual se suspenden los despidos por 180 días y se establece una doble indemnización. Dos días después Mauricio Macri la vetó, de acuerdo con las potestades que le adjudica la Constitución. El Presidente eligió un escenario singular para ejercer ese derecho: una fábrica productora y procesadora de pollos, cerrada durante el gobierno anterior y rescatada por el actual. Abrazado a obreros, Macri explicó que el objetivo es crear puestos de trabajo. En simultáneo, anunció una cantidad de obras públicas de diferente envergadura, reunió junto a empresarios y sindicalistas el Consejo del Salario Mínimo (que estableció el salario mínimo en 8.060 pesos –algo más de 550 dólares– para enero) y reunió a todos los gobernadores de Provincia, con los cuales acordó “un esquema más federal de gobierno, en el cual se descentralicen los recursos”, en favor, claro, de los Estados provinciales.
En medio de una erupción irrefrenable de denuncias por corrupción de las principales figuras del régimen anterior, el país transita los avatares de un saneamiento a medias que, no obstante, multiplica efectos calamitosos al conjunto social.
Atónito, el ciudadano común descubre la descomposición de la sociedad burguesa, en este caso empeorada por las consecuencias imprevistas –e inmanejables para el capital– del estallido del control político tradicional en 2001. El espectáculo sirve para disimular el curso actual de esa decadencia.
No es posible sin embargo encubrir los efectos del intento por equilibrar la economía. Con fecha 12 de diciembre, en referencia a Venezuela y tras la circunstancial victoria legislativa de la derecha, decíamos en estas páginas: “No hay sino dos opciones: si el saneamiento lo realiza el gobierno revolucionario, el precio deberá asumirlo la burguesía. De lo contrario, si la política que ‘va por delante’ decide que no quiere o no puede dar ese salto cualitativo, el peso del caos actual caerá inexorablemente sobre las masas trabajadoras y desposeídas, sobre jóvenes y estudiantes” (http://bit.ly/243aIUt).
Todavía está en disputa esa opción en Venezuela. No en Argentina. El 22 de noviembre las elecciones le dieron la presidencia a Mauricio Macri y Cambiemos. Desde entonces quedó claro que las desproporciones fuera de control alcanzadas por la economía durante el período anterior sólo podían tener una respuesta: que el precio lo asumieran los trabajadores y el conjunto del pueblo, en beneficio excluyente del gran capital.

Exigencias del capital en crisis
Eso es lo que viene desenvolviéndose desde el 10 de diciembre en Argentina. Se trata de un fenómeno objetivo que sólo miradas miopes o interesadas presentan como resultante de perversidades individuales. Los propios economistas del candidato opositor a Macri designado por Cristina Fernández, Daniel Scioli, repiten cada día en radio y televisión que ellos hubiesen tomado las mismas medidas. Y agregan, con sonrisa cínica: “pero de manera diferente”.
A los primeros pasos, destinados a levantar retenciones a productores agropecuarios –excepto la soya– y arreglar con los fondos buitre, llegaron en marzo elevadísimos aumentos de tarifas (electricidad, gas, combustibles, transporte). Esto arrastró todos los precios y en abril la inflación bordeó el 7% (aún no hay cifras oficiales). La medida apuntó a poner bajo control la disparada sin parámetros de los precios relativos. No obstante, estos quedaron a mucha distancia de un equilibrio razonable para la economía capitalista. Igualmente se produjo un impacto intolerable sobre todo en las capas medias, imposibilitadas de acogerse a subsidios implementados para el tercio de la población bajo la línea de pobreza. A la vista de efectos y el riesgo de rebelión, el gobierno encaró una serie de medidas paliativas que comienza a definir e implementar a fines de mayo, lo cual implica acudir al salvataje con fondos públicos.
Paralelamente el Gobierno produjo una cantidad imprecisa de despidos en el Estado (alegando que se trata de personal contratado a última hora tras la derrota electoral del gobierno saliente). La combinación de ambas medidas apenas rozó el descontrolado déficit fiscal (7% en 2015, 5% estimado para 2016). A eso se sumaron la restricción en la emisión de dinero y elevadísimas tasas de interés (38%), para evitar la fuga hacia el dólar, todo lo cual produjo una severa caída del consumo –incluso en alimentos– y la consecuente recesión.
Al unísono la prensa alerta sobre la necesidad de distribuir alimentos gratuitos en el conurbano bonaerense. La gobernadora provincial, María Eugenia Vidal, actuó rápido y destinó 4 mil millones de pesos para comedores comunitarios. Lo hizo a través de movimientos sociales antes asociados a Cristina Fernández. En tanto, las discusiones salariales están completándose en torno al 28-35%. La poderosa movilización estudiantil en apoyo a los trabajadores docentes y no docentes quedó por el momento sin ese motor. Las centrales sindicales, que tras una importante concentración el 29 de abril apoyaron la ley contra los despidos, luego del veto presidencial no parecen dispuestas a convocar a una huelga general conjunta.
A fuerza de retracción al consumo, recesión y disminución de la base monetaria, pese a nuevos aumentos en mayo la inflación del mes parece estar algo más de dos puntos por debajo de abril. Las autoridades aseguran que a partir de julio bajará más y a fines de año estará en 1,5%.
Mientras vociferan contra el Gobierno, las principales dirigencias sindicales negocian tras bambalinas. El arreglo con los gobernadores traduce un acuerdo interpartidario a nivel nacional. Y el grueso del empresariado respalda al Gobierno. La clase trabajadora no tiene voz propia.

Onda expansiva de la situación en Brasil
Si no fuese por la crisis brasileña, Macri podría darse por vencedor de esta primera prueba de fuerzas y encarar con cierta tranquilidad su proyecto, expuesto en ediciones anteriores de América XXI. Pero la caída de la economía brasileña y la posibilidad de una incontrolable turbulencia política puede convertirse en factor de mayor caída económica y descontrol político y arrasar con toda la estrategia estadounidense para la región. Está además la incógnita de lo que hará el movimiento estudiantil.
Mientras tanto, las empresas consultoras –sucedáneas de partidos en extinción y dirigencias incapaces (con apenas un puñado de excepciones), indican que Macri mantiene un 60% de aprobación y un 80% de expectativa. Si esto fuese verdad –cabe la duda– significaría que la anomia social se expresa por ahora en carta de crédito a las promesas oficiales. En cualquier caso, más allá de los guarismos precisos, es evidente que el conjunto social no se pone de pie contra el Gobierno y, en mayor o menor medida, espera de él la solución a sus problemas inmediatos.
Dicho de otro modo: la degradación y desarticulación del sistema partidario y sindical ha llegado al punto más elevado en la historia argentina.
Ése es precisamente el punto fuerte de Macri y de quienes, desde el Departamento de Estado, planifican la consolidación de un eje Washington-Buenos Aires, replantear la expansión de la Alianza del Pacífico y desde allí completar la campaña para derrocar el gobierno revolucionario de Venezuela y arrasar con el Alba.
Ya la cancillería argentina opera para conformar un grupo de supuestos amigos de Venezuela, empeñado en montar una mesa de negociación en Caracas. El Vaticano forma parte de la operación. También los gobiernos de Uruguay, Chile y Paraguay. Por consideraciones tácticas, relegarán por ahora a la OEA. Apuntan de inmediato a Mercosur y Unasur. En los próximos días Macri asistirá en Chile a una reunión de la Alianza del Pacífico, tras haber anunciado que su canciller, Susana Malcorra, será candidata a la secretaría general de las Naciones Unidas. Mientras tanto la totalidad de la prensa comercial argentina se dedica a glosar ad nauseam las fechorías de funcionarios del gobierno anterior. Los editorialistas, en cambio, se abocan a multiplicar las calumnias contra Venezuela.
Toda esta arquitectura está en delicado equilibrio. O, como diría un ingeniero, a punto de colapso. Es verdad que llegan algunas inversiones para emprender obras públicas. También que el Gobierno, contrariando toda ortodoxia y dejando helados a la amplia gama de keynesianos, neokeynesianos y neo-neokeynesianos, resigna el equilibrio fiscal para emprender obras públicas y la construcción de un número de viviendas, inusual por lo elevado.
Todo para mostrar a la región, como repiten estas páginas, las bondades de un presidente empresario asociado al imperialismo frente a un presidente obrero empeñado en el socialismo.
Para el corto plazo no es improbable que Macri consiga avanzar en su propósito. Ante la inexistencia de una voz autorizada y potente que provenga desde las raíces de la sociedad oprimida y explotada, todo es posible. En una dimensión más amplia, está claro que la fallida “Alianza para el Progreso” puesta en marcha por John Kennedy contra la Revolución Cubana en los 1960, tiene aun menos chance medio siglo después, cuando el capitalismo está en creciente e imparable crisis a escala global. Ya hay fuerzas proyectadas para esa batalla crucial.

L.B.
21 de mayo de 2016
@BilbaoL

Argentina con deuda eterna

PorLBenAXXI

 

Acabó el default. Continúa el plan de sobrevivencia sobre la base de más y más deuda. Un frente único burgués pretende salir de la recesión con obras públicas financiadas desde el exterior. El clima social se enrarece.

Luego de 15 años de cesación de pagos Argentina encontró una salida: pagar. Alfonso Prat Gay, ministro de Hacienda del presidente Mauricio Macri, anunció el 22 de abril la transferencia de 9.300 millones de dólares para saldar la deuda con fondos buitre. Para ello, en los días previos se colocaron bonos por 16.500 millones, a una tasa del 7,5%. Otros 3 mil millones serán destinados a abonar a los acreedores que habían ingresado a la negociación de 2005 pero no podían cobrar por una medida cautelar impuesta por el juez estadounidense Thomas Griesa. El resto irá a cubrir el déficit presupuestario hasta fin de año. Según especialistas, para cubrir esos gastos corrientes estarían faltando apenas 1.175 millones de dólares…

Como en el mito del eterno retorno, Argentina ve reaparecer la deuda externa. Olvidado otro mito, el del desendeudamiento, el ciudadano descubre no sólo la exigencia de tomar más deuda para pagar la anterior, sino el aviso de las autoridades de que, para morigerar el ajuste en curso y emprender obras que saquen a la economía de la recesión, el camino será iniciar un nuevo peregrinaje en busca de empréstitos. “Se trata de un hito importante, el cierre de una etapa que termina después de más de una década de aislamiento y conflicto”, declaró Macri. Faltó al mandatario aclarar que durante esa “década de aislamiento y conflicto” se pagaron 190 mil millones de dólares, tal como resaltó en 2014 la ex presidente Cristina Fernández. “Este arreglo nos vuelve a conectar con el mundo”, subrayó Prat Gay. Toda la prensa acompañó esta interpretación.

 

Pagar o no pagar

Desacatar la orden de Griesa en 2014 era una obligación política para quienquiera tuviese un mínimo compromiso con la nación; una exigencia moral para cualquier persona decente. Reducido al hecho de no pagar los 1.750 millones exigidos entonces y luego cruzarse de brazos fue una combinación insólita de incompetencia e irresponsabilidad, que llevó al desenlace actual, presentado por tirios y troyanos como única vía de salida. Más de 5 mil millones se sumaron a aquella desaforada, ilegítima obligación de pago a los buitres dispuesta por el aparato judicial estadounidense, bajo cuya jurisdicción se había puesto el gobierno argentino en 2005. Mientras tanto continúa la caída del salario real, el sistema sanitario nacional es una afrenta a la dignidad, la infraestructura educativa, productiva y vial es una calamidad sin precedentes en este país.

¿Es imposible no pagar la ilegítima y en su mayor parte ilegal deuda externa? Fue tomada a nombre de la nación por dictaduras militares y democracias sí-viles (Roa Bastos dixit). Tras el ejemplo vivido en los últimos años, las actuales autoridades pueden afirmar esa imposibilidad con argumentos sencillos y a la vista. Tienen razón en su silogismo porque la primera premisa es que las deudas han de pagarse y la segunda es que todo debe ocurrir dentro del sistema capitalista. La conclusión es obvia. Sólo que ambas premisas son falsas: no han de pagarse deudas pactadas a nombre de una nación por quienes no representan democráticamente a su pueblo. El endeudamiento argentino a gran escala comenzó en su última etapa con la dictadura militar. Siguió con un gobierno radical domeñado. Continuó con un títere que tuvo el tupé de decir que si hubiera anunciado su programa, nadie lo hubiera votado.

Ningún demócrata de los que ahora exhiben su indignación republicana ha plantado la bandera de una auditoría exhaustiva del endeudamiento. Nadie parece recordar la evolución de la deuda desde 1976, de 5 mil a mucho más de 200 mil millones, tras pagar ínterin alrededor de 300 mil millones en ese mismo período.

 

Más sujeción al capital internacional

Ahora Argentina se “reconecta con el mundo”. Será una religación singular. En este punto la inflación proyectada para el año en curso supera el 40%, la recesión proyecta una caída de entre 1 y 2 puntos del PIB, el déficit fiscal ronda el 7%, hay un inmanejable desequilibrio de precios relativos. Este formidable desquicio, se afirma sin rubor, tendrá solución mediante los dólares que vendrán al país en función de mayor endeudamiento. Gobernadores de 11 provincias se han lanzado ya a tomar préstamos internacionales. El gobierno nacional prevé un relanzamiento de la economía precisamente a partir de créditos de organismos multilaterales y bonos colocados en el exterior.

Mientras tanto la escalada de precios y la oleada de despidos, ya en su tercer año de aumento sistemático, ha caldeado el clima social. Fue en reacción a esa dinámica económica dominante desde fines de 2011 que Macri ganó la elección. Sólo que en materia económica siguió el camino en picada desde el 10 de diciembre de 2015. El Presidente tomó nota de los riesgos latentes. Y anunció que a partir del próximo mes el índice inflacionario descenderá.

Recesión, caída del 8% en el consumo, tasas de interés al 38% y política de restricción de dinero circulante, no pueden tener otro efecto. Según informan los ministerios del área, al momento en que ceda el alza de precios se lanzará el ya reiterado plan de obras públicas y se bajará significativamente la tasa de interés. En el segundo semestre, aseguran, revertirá la tendencia y ya para 2017 el PIB crecerá entre el 5 y el 7%, según afirma Prat Gay.

Entre realidad y perspectiva hay una distancia que el gobierno de Cambiemos recorrerá en tensión extrema, cada día con la posibilidad de una cadena de estallidos y crisis de gobernabilidad. La probabilidad de un desenlace turbulento, objetivamente elevada, disminuye cuando se consideran dos factores clave: el conjunto de la burguesía, más las cúpulas sindicales y los aparatos políticos, están comprometidos con el éxito del gobierno de Macri; enfrente, el movimiento obrero carece por completo de organización y perspectiva propias. Las capas más pauperizadas y marginalizadas de la población, a su vez, ya no están encuadradas en estructuras con capacidad de movilizar y sus antiguas dirigencias carecen por completo de autoridad, aunque pueden todavía contar con recursos económicos. Por sobre este conjunto la Iglesia y el Papa actúan como factor de equilibrio, en favor del sistema y de sus propios intereses. El margen de maniobra de la burguesía es amplio.

En coincidencia con el pago a los buitres el Gobierno anunció la aceleración de un ambicioso plan de obras públicas, que tiene como base agua y cloacas, escuelas y viviendas, más obras hídricas imprescindibles, demoradas más allá de toda lógica (en este momento hay 40 mil evacuados por inundaciones y pérdidas por entre mil y 2 mil millones de dólares en la cosecha de soya y por muerte de ganado). También se reinicia la construcción de autovías largamente postergadas. Se anunció además la extensión de la asignación universal por hijo a 1,2 millones de niños; una suma por única vez de 500 pesos para jubilados, a quienes se les eximirá del IVA a los alimentos hasta un límite mensual de 300 pesos. Beneficios más retóricos que reales para paliar los efectos de la inflación y frenar el deterioro en la imagen pública del Presidente, que no obstante se mantiene por sobre el 50%.

En esa carrera contra el tiempo es improbable –aunque no imposible– que el régimen pierda el equilibrio antes de la gran disputa por las legislativas en 2017. El costo ya está medido: cuatro puntos de aumento en la pobreza, caída del salario real, escandalosa absorción de riqueza por parte del capital financiero internacional…

 

Política y corrupción

Mientras tanto un alud de denuncias por corrupción, con arrepentidos del gobierno anterior lanzados al “sálvese quien pueda”, convive con la angustia por el frenazo económico y la ostensible caída del consumo. A las revelaciones locales que sacuden día a día a la población se sumó el caso “Panama papers”, que involucró no sólo a personajes muy cercanos a la ex Presidente, sino también al actual mandatario y varios de sus más próximos colaboradores, que además están involucrados en la mega estafa con compra de dólares a futuro, por la cual un juez procesará a Cristina Fernández. Macri salió al cruce, negó toda responsabilidad en empresas montadas por su familia en paraísos financieros y se puso a disposición de la justicia. Los adláteres del Presidente, en cambio, no atinan a explicar sus conductas. La conclusión de franjas crecientes de la población es clara: extienden a todos los políticos el estigma de la corrupción.

Cuando América XXI esté en imprenta, el 29 de abril todas las fracciones sindicales se aunarán en un acto por el 1 de Mayo frente al monumento al Trabajo, cerca de la Casa Rosada. El símbolo es muy poderoso. Será, sin duda, una movilización que pondrá un signo diferente al cuadro actual de disputas interburguesas. El movimiento obrero, sin embargo, no definirá allí una política propia. Mientras cinco centrales con de trabajadores de muy diferente envergadura social y política recorren un camino que culminará el 22 de agosto con una recomposición de la estructura sindical, la clase trabajadora y la nación en su conjunto siguen pagando el precio obligado por la ausencia de una alternativa frente a la vertiginosa decadencia argentina.

24 de abril, 2016
L.B
@BilbaoL

América Latina no gira a derecha

PorLBenAXXI

 

Una controversia opone a quienes aseguran que América Latina ha iniciado un período de desplazamiento hacia la derecha y quienes niegan que la región asista a un fin de ciclo.
Doble error, que suma confusión a la compleja coyuntura latinoamericana. Sí: el fin del ciclo está a la vista y fuera de discusión. No: el cambio de período no supone un giro conservador y reaccionario de los pueblos involucrados en el vertiginoso proceso que llevó a la creación del Alba, Unasur y Celac, más la ampliación de Mercosur.
No es el apoyo a propuestas y dirigencias reaccionarias la causa de resultados electorales que debilitan o directamente reemplazan gobiernos calificados como “de izquierda”. Por el contrario, es la ineficacia, la inconsecuencia o directamente la traición de algunos gobiernos a la participación democrática como medio para abolir la opresión y construir una sociedad socialista.
No hay un solo líder reaccionario con aval de masas. Por todo un período no lo habrá. El riesgo no reside en una tendencia definida de las masas hacia la derecha, sino en la frustración de su voluntad de cambio. Gobiernos considerados “de izquierda” decepcionaron a las masas y las empujaron hacia las garras de dirigentes prefabricados por consultoras y medios de difusión. En ausencia de instancias revolucionarias reconocidas la crisis económica, inexorable, provoca desagregación social y confusión política. Allí está el riesgo a afrontar.

Diferencias
Casos especiales son los resultados electorales en Venezuela el 6 de diciembre de 2015 y en Bolivia el 21 de febrero. Baste decir aquí que la mayoría de la población respalda a los gobiernos de Nicolás Maduro y Evo Morales y en ambos países existen estructuras políticas con arraigo y capacidad de conducción. Tal como estas páginas expusieran en su momento, fueron otras razones las que llevaron a circunstanciales derrotas electorales, que en sí mismas no significan nada trascendental, aunque dadas ciertas condiciones podrían ser punto de partida para una dinámica inversa a la dominante en estos países.
En cambio el juicio político a Dilma Rousseff resulta de un fenómeno de otra naturaleza. Más diferenciado aún es el caso de Argentina. En este país ganó las elecciones un presidente ultraconservador con base en una estructura partidaria socialdemócrata. Y en una primera fase logró el respaldo pasivo de una mayoría significativa, básicamente como expresión de rechazo al gobierno anterior. Algo análogo ocurrió en Perú, donde la conducta de Ollanta Humala empujó a la ciudadanía a dar respaldo mayoritario a dos expresiones de ultraderecha. Diferenciados en otro sentido también están los gobiernos de Uruguay y Chile, los cuales no traicionan promesas que jamás hicieron pero tampoco avanzan un programa capaz de consolidar y proyectar el respaldo de las mayorías que los llevaron al poder.
En los comienzos del período de la convergencia latinoamericana hubo un abuso conceptual en la identificación de procesos que, con excepción de los países integrantes del Alba, carecían de programa, estrategia e ideología comunes. Ese exceso, dictado en ciertos casos por la ingenuidad, reaparece ahora al final del ciclo bajo la forma de infundado pesimismo.
Una y otra actitud distan de la base conceptual que permita comprender lo que está en juego. No es dable esperar piedad política del imperialismo. Washington tiene todo al alcance de su mano para que un mínimo error sea pagado muy caro. En la aplicación de un programa de revolución los errores son inevitables. En cambio la ausencia de estrategia antimperialista, la negativa a la organización y participación de las masas, la defensa del capitalismo, desemboca necesariamente en la victoria de las fuerzas reaccionarias.
Además, la corrupción no es un error ni un invento del imperialismo. Si bien es propia de una sociedad mercantil, jamás puede anidar en las máximas figuras de un proceso político que se pretende transformador. La ciudadanía en todas sus clases los rechazará.
Estas obviedades deberían ser suficiente para reivindicar la teoría como base para la acción. Revalidar la moral revolucionaria. Y promover el más grande esfuerzo por rescatar, difundir y aplicar conceptos forjados al calor de la lucha de clases internacional.
Eso podrá hacerse sólo sobre la base de los gobiernos del Alba articulados en los demás países con Partidos y movimientos sociales dispuestos a acordar un programa de acción, una organización regional y una estrategia de emancipación.
Allí está el aspecto más relevante del fin de ciclo: ya no rige una dinámica de convergencia de las burguesías de la región, sino todo lo contrario; ya no es la acumulación parlamentaria el ámbito de interés principal; ya no queda espacio para el reformismo fuera de sus alianzas con fuerzas conservadoras.
En la sostenida esperanza de las mayorías por cambios definitivos, en su compromiso actuante o expectante con direcciones revolucionarias de masas, está la realidad de la coyuntura. Y la posibilidad de convertir el retroceso a la vista en contraataque continental.

 

22 de abril de 2016

nueva alianza para el progreso, extemporánea y enclenque

Argentina asociada a una utopía capitalista

En medio de una gravísima coyuntura económica, aunque todavía sin exigencia social significativa, Macri recibe el espaldarazo de Obama para presentar a Argentina como alternativa a Venezuela y el Alba.

Con 165 votos a favor, 86 en contra y cinco abstenciones, el oficialismo sancionó en la Cámara de Diputados el 16 de marzo la ley que lo habilita para pagar a los fondos buitre un monto de 11.500 millones de dólares y aprobó en la misma sesión la autorización para tomar deuda externa por cifras equivalentes. El miércoles 30 el Senado votó la media sanción restante. La llamada Cámara alta decidió por 54 votos a favor y 16 en contra.

Estos resultados expresan un doble fenómeno en la coyuntura argentina: minoritario en ambas Cámaras, el gobierno de Cambiemos presidido por Mauricio Macri ha logrado un realineamiento fulminante; el bloque opositor peronista, del cual es parte la tendencia encabezada por la ex presidente Cristina Fernández, ya se fracturó en Diputados y vota dividido en Senadores. Durante el mes de abril debería haber un Congreso del Partido Justicialista para designar autoridades. Fuentes bien informadas aseguran que no hay acuerdo para una lista única y tampoco decisión para que compitan diferentes candidatos. Si esa presunción se confirma y el Congreso no se realiza, el PJ será intervenido por la Justicia.
Mientras tanto la totalidad de las fracciones burguesas y tras ellas las cúpulas del sindicalismo se alinearon con el programa político de Macri. El grueso del PJ respalda el pago a los fondos buitre y avala el endeudamiento como vía para salir de la gravísima coyuntura económica, mientras trata de desprenderse de la fracción denominada kirchnerista –a su vez dividida– y prepara una recomposición con vistas a las elecciones legislativas de 2017. Un factor sobresaliente de esta recomposición es la reunificación de la Confederación General de Trabajadores (CGT), prevista para el 22 de agosto. Antes, de manera ostensiblemente prudente, sus titulares exigen leyes que eleven a un monto mayor el mínimo no imponible para salarios altos, el 82% móvil para jubilados y un aumento acorde con la inflación en las discusiones paritarias en curso ahora mismo. El hecho es que la realidad económica tiene perfiles visibles: dos millones y medio de niños sufren déficit alimentario, según estadísticas de la Universidad Católica Argentina. Y que el estancamiento durante cuatro años, con dos –éste incluido– de franca recesión, producen un acelerado aumento de la desocupación desde mediados de 2014.
Pese a todo, Macri y su heterogénea coalición usufructúan la división del peronismo y la marginación del llamado kirchnerismo. Sobre todo sacan partido del estado de confusión y parálisis de la clase trabajadora y el conjunto de la población. Un dato indicativo del estado de ánimo social es que en medio de subas constantes de precio en alimentos y servicios básicos, con inflación superior al 35% anual y en franca caída recesiva, Macri es avalado por el 55% de la población; un 70% cree que el Gobierno logrará resolver el alza de precios y sacará al país del pantano económico. Todas las consultoras, igualmente desconfiables, coinciden en estas proporciones.
Una explicación para esta paradoja es la evidencia de la herencia dejada por el gobierno anterior. El grueso de la población tiene claro que en la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, tarifas como electricidad, gas, transporte y agua, congeladas durante 15 años, tenían precios absurdos en relación con el resto de bienes y servicios, pero también en comparación con el resto del país. Eso no vale para alimentos, que sobre precios anteriores elevadísimos sufrieron aumentos exorbitantes. El ministerio de Energía implementa una tarifa para “sectores sociales económicamente vulnerables”. Dos millones 800 mil personas tendrán electricidad a precio diferencial en todo el país, informó el titular de Energía Juan Aranguren, ex presidente de Shell. Los aumentos, por tanto, afectan sobre todo a los sectores medios y a trabajadores formales con salarios por encima de la media.
Otro factor de peso en la relación del conjunto social con el gobierno es la catarata de denuncias de corrupción que apabullan al ciudadano común. Sobresale un video –constantemente transmitido por todos los canales– en el cual se ve al hijo del empresario Lázaro Báez, su gerente y otros empleados transportando millones de dólares y euros en grandes bolsos, para luego contarlos y apilarlos. Son imágenes que aturden y en buena medida sublevan a amplios sectores del país. El registro es de 2012, cuando había restricciones cambiarias y empresas y particulares no podían comprar divisas. Aunque jamás objetó el pago de más de 200 mil millones de dólares de deuda externa durante el gobierno anterior, la prensa comercial exacerba denuncias por corrupción informando de cuentas multimillonarias en el exterior y desfalcos impositivos –con alegada complicidad del titular del ente recaudatorio, Ricardo Echegaray– que suman mucho más de mil millones de dólares por parte del mismo Báez y otro empresario cercano al gobierno anterior, Cristóbal López. Estas revelaciones redundaron en mayores enfrentamientos entre quienes se mantienen fieles a Cristina Fernández, con denuncias entre los principales protagonistas. “Báez va a terminar preso”, declaró Echegaray. “Ni Alicia Kirchner (hermana del ex presidente y actual gobernadora de Santa Cruz) ni Echegaray pueden justificar su patrimonio”, replicó Báez. Y agregó, en velada amenaza: “Le pido (a Echegaray) que diga cuál de sus jefes le ordenó hablar”.
Con este panorama en la oposición peronista y la completa ausencia de una alternativa revolucionaria, Macri avanza en el plan asignado.

“Alianza para no progresar”
Así llamó Ernesto Guevara al plan pergeñado por el imperialismo para contraponer a la Revolución Cubana en los 1960. Los rostros de esa pálida réplica del Plan Marshall fueron John Kennedy y Arturo Frondizi. Es sabido cómo terminó el proyecto contrarrevolucionario y qué suerte tuvieron el presidente de Estados Unidos y el de Argentina. Medio siglo después se intenta lo mismo. Obama no es Kennedy y Macri (¿hay que decirlo?) no es Frondizi. Eso sería irrelevante si el mundo no estuviera de lleno en una crisis capitalista sin retorno, a diferencia de aquel período, cuando faltaban aún algunos años para que el sistema dejara de sentir los efectos para él benéficos de la II Guerra Mundial. Inviable en aquella oportunidad, el plan desarrollista es hoy una utopía risible.
No obstante el viaje de Obama a Argentina fue un éxito rotundo para los propósitos del Departamento de Estado y derramó mieles sobre el gobierno local y su Presidente.
Fue una consolidación del realineamiento político: todo el espectro burgués se presentó al besamanos en una cena de gala. La prensa local informa: “Hubo una breve recepción privada con Obama y Macri, previa al banquete, a la que podían asistir 10 argentinos. Estuvieron la vicepresidente Gabriela Michetti por el Gobierno; Emilio Monzó, Federico Pinedo y el radical Mario Negri por el oficialismo en el Congreso; Elena Highton y Juan Carlos Maqueda de la Corte Suprema de Justicia y se abrieron cuatro lugares para opositores: Sergio Massa, Margarita Stolbizer, el senador Miguel Pichetto y el diputado José Luis Gioja”. A la recepción no exclusiva se sumaron los principales dirigentes sindicales: Hugo Moyano, Luis Barrionuevo, Antonio Caló, Armando Cavalieri, Roberto Fernández, Amadeo Genta, José Luis Lingieri, Gerardo Martínez, Omar Maturano, Andrés Rodríguez, Gerónimo Venegas, Carlos West Ocampo y Juan Carlos Schmid. Había por supuesto artistas, intelectuales y periodistas, ansiosos por el momento de gloria.
Es la imagen inapelable de la alianza burguesa que gobierna Argentina y se pone a los pies del imperialismo.
Como lo había hecho horas antes y repetiría al día siguiente, durante el acto de homenaje a los desaparecidos ante el cenotafio del Parque de la Memoria, Obama explicitó la línea estratégica de poner a Argentina como alternativa a Venezuela. A Macri le cabe el papel de gladiador contra Nicolás Maduro: “Usted desea comprometer a la Argentina a entrar a la comunidad global, para establecer el liderazgo histórico de su país a lo largo de los años. Esto es bueno para la región”, dijo con su potente capacidad expresiva el presidente estadounidense. Antes, en la conferencia de prensa, había subrayado que Macri “está brindando un ejemplo para otros países”.
Ese ejemplo es la ilusión de desarrollo, equidad, justicia republicana. El espejismo ante el cual se embelesan no sólo los privilegiados que asistieron a la recepción de gala.
Cuatro meses atrás América XXI adelantaba: “para avanzar en una etapa ulterior hacia una política consistentemente contrarrevolucionaria –y no sólo apuntada a Argentina, sino a los gobiernos del Alba con centro en Venezuela– Macri está empujado a hacer concesiones en todos los órdenes a una política populista-desarrollista” (http://americaxxi.com.ve/macri-y-venezuelapor-luis-bilbao).
Es altamente significativo que los liberales de Argentina califiquen al gobierno de Macri como “kirchnerismo de buenos modales”, mientras denuestan sus medidas económicas. No obstante, incluso ellos se sometieron a Obama y le dan crédito a Macri en tanto prepare las condiciones para el saneamiento real de la economía. Antes, debe completarse la faena con el presidente argentino como figura alternativa regional frente a Nicolás Maduro.
Un desvarío senil del capitalismo al que lejos de subestimar, hay que interpretar y responder con una urgente recuperación de la iniciativa continental.

 

L.B.
30 de marzo de 2016

Obama en Cuba y Argentina: Batalla trascendental

Un formidable combate ideológico se ubica en el centro del nuevo ciclo en ciernes en América Latina. Tras formalizar la derrota histórica del imperialismo ante Cuba, Barack Obama llegó a Argentina con paso ofensivo, en un plan hemisférico que incluye, desde luego, también a la isla antillana.

Hay una analogía, mutatis mutandi, en la flexión mostrada por el titular del imperio a su paso por Argentina. Diferentes causas han impedido valorar en toda su dimensión el hecho de que Obama fuera a homenajear a los desaparecidos a un sitio de inmenso valor simbólico, exaltara el papel de los familiares (es decir, del pueblo argentino) en la lucha contra la dictadura y asumiera el célebre “Nunca Más”.

¿Hipocresía? Claro: entendida como el precio que el vicio paga a la virtud. ¿Oportunismo? Por supuesto: es la necesidad de halagar al vencedor para usufructuar de allí en adelante sus debilidades. Precisamente eso es lo que hizo Obama ante pueblo y gobierno cubanos y, en condiciones diferentes, con historia y realidad incomparables, también en Argentina. Son pasos tácticos –obligados, no voluntarios– de una estrategia contraofensiva cuyo desenvolvimiento y desenlace están por verse. Dependen de lo que se les plante enfrente.

El resonante viaje de Obama no es el de un mariscal vencedor. Es el de un adelantado encargado de buscar puntos de apoyo para la gran batalla que se aproxima. Para hacerlo, la Casa Blanca debe comenzar por rendirse ante los valores que sostuvieron a Cuba durante más de medio siglo, así como ante una zigzagueante resistencia de décadas que en Argentina obró por la negativa, imponiendo condiciones insostenibles para el capital, al punto de hacer estallar primero el sistema de dominación (2001) y luego impedir su reconstrucción sostenible, hasta llegar al actual punto de desequilibrio permanente. Dada su condición de país clave pero determinado hoy por debilidades que lo hacen presa fácil, allí encuentra Washington la oportunidad de apoyarse y proyectar su estrategia contrarrevolucionaria.

Fragilidad de un eje sin apoyo

Con pompa apropiada a la magnitud del objetivo, el Departamento de Estado plantó el eje Washington-Buenos Aires. Mauricio Macri “está brindando un ejemplo para otros países”, subrayó Obama en conferencia de prensa conjunta, el 23 de marzo, luego de una prolongada conversación a solas en la Casa Rosada. “Argentina está retomando su papel de líder en el mundo y en la región”, agregó el presidente estadounidense. Y remató: “como una de las naciones más grandes en el hemisferio (Argentina) tiene que ser un aliado para nosotros, para promover la prosperidad y la paz en la región (…) eso promete aumentar su influencia en el escenario mundial, por ejemplo en el G-20”.

Obama llega a Argentina para ungir a Macri, titulaba América XXI con fecha 22 de febrero. No se trataba de investirlo con alguna prenda de ocasión, sino como “contrafigura continental de Nicolás Maduro”. En simultáneo con la escalada contra la Revolución Bolivariana, Washington teje un entramado pretendidamente alternativo a la propuesta socialista de Hugo

Chávez, luego extendida mediante el Alba. Al mejor estilo publicitario yanqui, intenta ponerle nombre y rostro en la figura de Macri, a quien atribuye un infundado liderazgo, inexistente ahora e inviable en el futuro. Tienen la iniciativa y saben cómo sacarle partido. Carecen del basamento objetivo (eso incluye la inexistencia de partidos consistentes y líderes con peso real) para sostenerla en el tiempo (ver página 18).

Es la utilización sagaz y eficiente de una ventaja potencial. Ésta surge del rumbo político argentino tras la desmoralizada respuesta social al desempeño del último gobierno. El rechazo a esta experiencia llevó a la victoria a una alianza con base socialdemócrata presidida por un representante directo del gran capital, cuyo ultraderechismo ideológico se manifiesta en primera fase como populismo desarrollista.

En su urgencia por dar vuelta las relaciones de fuerzas hemisféricas, recuperar su condición hegemónica y acabar con el proceso revolucionario fincado en el Alba, Washington elige apoyarse en Argentina, un país debilitado y conflictuado como nunca antes, dado que la inestabilidad en Brasil y la incerteza del rumbo de este país por todo un período, le impide contarlo como aliado firme en su escalada contrarrevolucionaria.

Este doble salto –cambio de Brasilia por Buenos Aires y elección de un gobierno débil, sin articulación partidaria con las masas, sin proyecto estratégico excepto la salvación del sistema– produce un sacudón geopolítico e inaugura una etapa de intensa lucha ideológico-política en toda la región. No hay resultado predeterminado para esta batalla de alcance histórico. Eso debería estimular la inteligencia y la voluntad de millones, aunque por el momento predomina la confusión en una mayoría de países del área.

Venezuela, objetivo central

A la vez que ensaya la instalación de ese eje geopolítico, el Departamento de Estado aprieta el nudo en torno a la Revolución Bolivariana: poco antes de su gira, Obama renovó el decreto que califica a Venezuela como “amenaza extraordinaria e inusual” para Estados Unidos.

Guerra económica e ininterrumpida campaña de calumnias contra el gobierno de Nicolás Maduro se complementan con el impulso a bandas paramilitares de origen colombiano, protagonistas de una escalada de delincuencia e inseguridad. Desabastecimiento, carestía, dificultades e incluso parálisis en diferentes áreas de la producción, entorpecen la vida social y alimentan un descontento extendido a las propias filas revolucionarias.

Mostrada esta realidad como contraparte de la promesa de Obama, se impuso una muletilla que desde Alaska a la Patagonia repitió cada periodista al servicio de la operación: “la caída de Maduro es cuestión de horas”. En simultáneo, escaló la presión contra Dilma Rousseff, al punto de que el cada día menos respetable The Economist se animó a un título de tapa de inaudito injerencismo en la política brasileña: “Time to go” (Tiempo de irse) ilustrado por una foto de la Presidente.

Con buenos reflejos el gobierno cubano recibió a Maduro horas antes de la llegada de Obama, le otorgó la máxima condecoración y firmó un conjunto de acuerdos para acompañar el plan de recomposición económica de Venezuela. Envió así un mensaje inequívoco a pueblos y gobiernos de la región. La gravedad de la situación fue comprendida también en otras latitudes: “Venezuela es un país amigo que están tratando de destruir desde fuera”, declaró Serguéi Lavrov, ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, quien explicó que la actual coyuntura se encuentra exacerbada por interferencias externas.

Lejos de arredrarse, las filas revolucionarias respondieron al vehemente llamado de Maduro, públicamente reiterado por las máximas figuras del gobierno, el Psuv y la Fuerza Armada. Todos desplegaron en marzo, en coincidencia con el tercer aniversario de la muerte de Hugo Chávez, una actividad febril destinada a recuperar el músculo económico, corregir errores y desviaciones, quebrar la columna vertebral de una corrupción odiada por las mayorías y reatar la relación con las masas.

El Congreso de la Patria, programado para los días 13 y 14 de abril y el Congreso del Psuv, previsto para el 16 y 17 del mismo mes, mostrarán hasta qué punto ha logrado el Gobierno sus objetivos inmediatos.

En las vísperas

Si es frágil el punto de apoyo en Buenos Aires para el eje contrarrevolucionario continental, no lo es menos el que se asienta en Washington. El descalabro económico, la desagregación social y la confusión política en Argentina no tienen precedentes. En Estados Unidos, a su vez, la alegada recuperación tras el estallido de 2008 es una farsa, cuyas derivaciones, combinadas con el estancamiento y recesión en la Unión Europea, serán evidentes a corto plazo. De allí que la batalla avistada no comienza con una ventaja estratégica del imperialismo.

Para poner en marcha su osado intento contraofensivo el Departamento de Estado aprovecha la inexistencia de un centro organizador de las fuerzas anticapitalistas. Este no es dable hoy por la heterogeneidad ideológica. Un milímetro de diferencia en la teoría, decía Lenin, es un kilómetro cuando se traduce en acción práctica. Eso produce la dispersión de cuadros y organizaciones que, en términos abstractos, se proponen un mismo objetivo. Pero no caben invocaciones voluntaristas: la solución sólo provendrá del resultado de la confrontación de ideas, programas y estrategias en el seno de las grandes mayorías.

A comienzos de siglo sostuvimos que la avanzada latinoamericana estaba, por así decirlo, expresada en tres grandes planos. Cuba ostentaba la vanguardia ideológica, Venezuela la vanguardia política y Bolivia la vanguardia social. Hoy el panorama es diferente. Ahora fortalezas y debilidades se combinan de una manera que puede a primera vista aparecer más confusa, pero en cambio supone un extraordinario aprendizaje, fusionado en el conjunto de países del Alba. Expresarlo en una futura organización en condiciones de hacer frente al desafío de la Historia es tarea primordial.

Obama ya sembró lo que Washington supone una semilla de penetración estratégica en La Habana. Hizo su show de populismo glamoroso en Buenos Aires. Y lanzó una redoblada embestida contra Caracas. Ahora es el turno de mujeres y hombres comprometidos con la lucha anticapitalista del Bravo a Tierra del Fuego, con los gobiernos del Alba a la cabeza, para decir su palabra y convertirla en acción.

 

25 de marzo de 2016
@BilbaoL

2001 está allí; 2008 también

PorLBenAXXI

 

En su intento por afirmar un eje Washington-Buenos Aires, Barack Obama y el Departamento de Estado caminan por la superficie del continente y rehúyen las corrientes profundas que lo atraviesan.
En 2001 estalló Argentina. En 2008 colapsó la economía estadounidense y arrastró al sistema financiero internacional. Esas dos heridas profundas no están suturadas. Por el contrario, serán las que malogren el plan estadounidense en América Latina.
Para entrever el panorama actual y su inexorable dinámica falta todavía otra fecha: 1991, cuando se desmoronó la Unión Soviética.
En su urgencia por acorralar al Alba y poner freno a la Revolución Bolivariana la Casa Blanca relega temporalmente a su socio estratégico, Brasil. Es un paso obligado por dos razones principales: la burguesía paulista buscó una tercera vía en el damero mundial con la ilusión de los Brics y tomó distancia de Estados Unidos en la disputa por el mercado mundial. Varado ahora a medio camino, por todo un período sufrirá estancamiento y recesión, en medio de la conmoción política que sacude al sistema político brasileño, sin recomposición previsible de la estabilidad en un futuro cercano.
Así, más que una elección racional la aproximación del gobierno estadounidense a Argentina es un salto oportuno dictado por el resultado electoral de noviembre último. Ocurre que la victoria electoral de Macri es en realidad la derrota de la recomposición del poder burgués que tuvo a Néstor Kirchner y Cristina Fernández como efímeros representantes. Tras la apariencia, abonada por toneladas de comentarios anecdóticos, subyace la imposibilidad de recrear un sistema político estable en Argentina. El período posterior al salvataje llevado a cabo por Eduardo Duhalde se sostuvo sobre arbitrios económicos insustentables, cuyo costo reapareció con fuerza en 2012, se agravó desde entonces y explota ahora en las manos del nuevo elenco gobernante.
Rescatar al heterogéneo y hasta ahora inarticulado gobierno de Macri es la primera tarea de Obama para afirmar el soporte Sur del pretendido eje. Ocurre que Estados Unidos marcha hacia una repetición corregida y aumentada de lo ocurrido en 2008. Menos que nunca está Washington en situación de sostener una economía de la envergadura argentina para apoyar en ella sus líneas de largo plazo, lo cual no implica desconocer las posibilidades que se abren con el simple hecho de aflojar el nudo que ahorca al país.
Esto ocurre, además, en el marco de una suma de victorias tácticas presentadas como pujanza estratégica. No se trata de desconocer el terreno recuperado por Washington. Se trata en primer lugar de insistir en la diferenciación de esos éxitos (nada hay en común entre los resultados electorales en Venezuela, Argentina y Bolivia, hoy capitalizados por el imperialismo). Y a la vez distinguir entre una fuerza vital que gana espacio internacional por la potencia arrolladora de su aparato productivo –como fue el caso de Estados Unidos desde el último tercio del siglo XIX– y los destrozos producidos por la fuerza irracional de un gigante acorralado. El mundo asiste a la más grave crisis en la historia del capitalismo. Sólo los efectos sociales y políticos del derrumbe de la Unión Soviética, todavía letales, impiden que el ahogo simultáneo en el centro y la periferia del sistema tenga una respuesta de masas con sentido anticapitalista.

Para usufructuar esa debilidad subjetiva, desde los años 1990 tomó forma orgánica una alianza cimentada desde antes de la segunda Guerra Mundial: socialdemocracia y socialcristianismo convergieron en el terreno sindical a escala mundial. A la vez, en Europa y varios países periféricos dieron base conjunta a gobiernos destinados a sostener pseudodemocracias burguesas y bloquear el camino de la revolución. Un dato nuevo es que la violencia de la pugna intercapitalista comienza a fisurar esa unión.

 

Repliegue

Estados Unidos ha perdido la hegemonía mundial; su economía es igual o menor a la China; el sistema financiero se despega progresivamente del dólar y tiende a la conformación de una pluralidad de espacios económicos fuera de control central; la rivalidad económica con la Unión Europea es cada día mayor; ha perdido el control sobre el Oriente Medio; no pudo imponerse en el conflicto con Rusia en torno a Ucrania; se ve desafiado en la supremacía militar por la suma de Rusia y China. En América Latina perdió el control y topó con el descontento mayoritario al que se plegaron sucesivos gobiernos pero, sobre todo, vio la aparición, por primera vez, de un bloque anticapitalista.
Las victorias electorales en Venezuela y Bolivia no suponen la reversión de la dinámica trazada en la región desde comienzos del siglo XXI. Esa es una batalla en curso en la cual se verifica ahora una curva descendente y a la vez se anuncian, a término, cambios drásticos en el sentido inverso, con la irrupción en el escenario continental –sin excluir el territorio estadounidense– de masas acosadas por la crisis.
Esto último es, desde luego, una afirmación discutible. No lo es la suma enumerada anteriormente y, sobre todo, la causa que determina este conjunto de fenómenos: una irrefrenable caída económica con eje en el mundo desarrollado e impacto planetario.

 

Hacia la recesión global

En años pasados y ante la evidencia de la retracción en China y la imparable tendencia recesiva en la Unión Europea, las expectativas voluntaristas de técnicos en economía se volcaron al alegado crecimiento sostenido de Estados Unidos. Ya no más: “La economía estadounidense no es suficientemente fuerte para remolcar la economía mundial; incluso pude no ser suficientemente fuerte para mantenerse a flote a sí misma”, admite el semanario inglés The Economist a fines de febrero. A partir de este reconocimiento tardío fluyen revelaciones un tanto obvias durante estos años para una mirada no apologética de la tambaleante economía central: “La deuda pública en Estados Unidos pasó del 64% del PIB en 2008 al 104% en 2015; en el área del euro subió del 66% al 93%; en Japón, del 176% al 273% (…) Aun así, la inflación ha estado persistentemente por debajo del 2%”, nivel considerado mínimo para que el giro económico no se engrane.
Dicho de otro modo: en el mundo altamente desarrollado campea la deflación, caída de precios determinada por la retracción de la demanda.
Académicos y funcionarios realizan curiosos ejercicios para fundamentar medidas de emergencia, de cortísimo plazo, en las que se advierte más ansiedad que consistencia teórica. Uno de ellos, el economista de Harvard Larry Summers, alerta que las naciones altamente desarrolladas “están condenadas a un largo período de débil crecimiento por la persistente disminución de la demanda”, por lo cual urge medidas duras para contrarrestar esa tendencia.
Todas las variantes de esa búsqueda van por caminos no ya heterodoxos, sino de nulo aval histórico. Semejante flexibilidad contrasta con el conservadurismo de sus pares “progresistas”, quienes en lugar de observar los hechos, se aferran a consignas de otras circunstancias, en otras épocas. Reproducen ellos la supuesta conducta que atribuyen a otros, a quienes descalifican como “dogmáticos marxistas”. Siguen hablando de “neoliberalismo”, al que adjudican la voluntad de “destruir el Estado” y “dejar la economía en manos del mercado”. Parecen incapaces de ver que los centros imperiales impulsan políticas exactamente inversas, simbolizadas por el uso y abuso del QE (Quantitative easing, que en buen romance significa luz verde a la emisión de dinero sin respaldo).
En los centros imperiales se teoriza y practica lo contrario de lo denunciado por quienes apuntan hacia el fantasma del “neoliberalismo”. En Japón se ha llegado a proponer un abrupto aumento de salarios para recalentar el consumo y reiniciar el ciclo por esa vía (algunos neo-neoliberales lo han practicado en otras latitudes). Aunque por causas obvias semejante propuesta fue desechada, otras líneas de acción movidas por el mismo objetivo no sólo se ensayan en las metrópolis imperialistas, sino que son proyectadas, con carácter de exigencia, a todo el mundo.
Tal vez el espectro “neoliberal” es sólo un recurso para evitar siquiera la mención al capitalismo. Como sea, conduce al desconocimiento de la realidad en curso e inhabilita para definir una línea de acción sustentable.
Mientras tanto, el gran capital actúa a los tumbos para contrarrestar la caída de la demanda agregada mundial. O dicho de otra manera: afrontar el mal intrínseco e inexorable del sistema: la sobreproducción.
De esto discutirán los mandatarios en la próxima reunión del G-20: cómo activar la demanda y a la vez impedir que la marea descontrolada de dinero excedente arrastre al sistema financiero internacional.
Como en un ejercicio de prestidigitación, mientras en el escenario se ven disputas triviales respecto de técnicas económicas para eludir la recesión mundial, tras bambalinas cerebros más pragmáticos están ya embarcados en el desarrollo del método de siempre ante la sobreproducción de mercancías: su destrucción.

 

29 de febrero de 2016
@BilbaoL

intento de afirmar un eje de la contrarrevolución continental

Obama llega a Argentina para ungir a Macri

PorLBenAXXI

Coyuntura inestable en América Latina. Washington busca cambiar las relaciones de fuerzas regionales a partir de Argentina y consolidar un cerco sobre la Revolución Bolivariana y el Alba.

Para ser lo que se propone, contrafigura continental de Nicolás Maduro, Mauricio Macri está obligado ante todo a resolver el problema interno. Si lo lograre, podría entonces sí presentarse como adalid de la solución para urgentes demandas de 550 millones de latinoamericanos.
¿En qué consiste ese problema interno? Se puede resumir en pocas palabras: cuatro años de estancamiento y recesión; un tercio de la población bajo la línea de pobreza; arcas exhaustas por el pago de 230 mil millones de dólares de deuda externa en una década; endeudamiento interno equivalente a otros 200 mil millones de dólares; inflación entre el 30 y 40%; la mitad de los trabajadores ocupados no registrados; 18% de desocupación real; aplastante crisis energética; déficit fiscal superior al 7%; déficit de la balanza comercial; corrupción y desbarajuste fenomenal de la administración pública (en primer lugar las policías); crecimiento en flecha del narcotráfico…
Para remontar la cuesta descripta Macri cuenta con la coalición Cambiemos: Pro, ficción de partido oficial; UCR, socialdemocracia con raíces históricas y alcance nacional; Coalición Cívica, instrumento ad hoc del Departamento de Estado; respaldo del conjunto del capital y de la mayoría hegemónica de la dirigencia sindical.
Esta síntesis debe inscribirse en otros datos que la condicionan: recesión superior al 4% en Brasil, principal socio comercial del país; caída abrupta de la economía china, estancamiento y riesgo de otro colapso en los centros de la economía mundial capitalista.
Esos centros juegan su carta en Buenos Aires para poner en caja a América Latina. En cinco semanas, desde mediados de febrero al 24 de marzo, tres jefes de Estado habrán venido a ponerle el hombro a la desesperada estrategia imperial: el primer ministro italiano Mateo Renzi, el presidente francés François Hollande y, como colofón, en coincidencia con el 40° aniversario del golpe de Estado de 1976, Barack Obama. Ínterin, Macri visitará al Papa. Antes, en Davos, el capital financiero más concentrado del planeta arropó a Macri con promesas de préstamos e inversiones. Inmediatamente el Gobierno logró el visto bueno del juez estadounidense en cuya jurisdicción, y por decisión del anterior gobierno, está el litigio sobre la deuda externa que no aceptó el canje con quita ofrecido por Néstor Kirchner y su ministro de Economía Roberto Lavagna. Ahora esa barrera está a punto de caer y Argentina podrá regresar al endeudamiento desenfrenado para equilibrar sus cuentas internas. Con tales respaldos en la mano, el presidente de Argentina declaró sin rubor a The Washington Post: “Estoy listo para ser la voz para defender los derechos humanos en todo el mundo. Argentina quiere ser parte de las naciones que están luchando contra el terrorismo y el tráfico de drogas y la defensa de los derechos humanos y la democracia”. Francisco recibirá del presidente argentino una propuesta para ayudar a emigrados sirios.
El 24 de marzo en Buenos Aires, junto al premio Nobel de la Paz y presidente de Estados Unidos, Macri intentará coronar y consolidar esta jugada estratégica de Washington, a medio camino entre la perversidad y el ridículo.

Planes y realidades
Contra reglas estrictas del periodismo, es posible afirmar sin atenuantes que ese plan fracasará. A contramano de análisis simplificados e intereses oportunistas de quienes sólo lamentan haber perdido su lugar en el degradado Estado argentino, cabe adelantar que hay espacio social y político para la maniobra. Pero comprender la coyuntura implica subrayar que en la cabeza de los estrategas de la contrarrevolución está excluida la posibilidad de éxito: el propósito es ganar tiempo. Y durante ese tiempo completar el aislamiento de Venezuela, alinear fuerzas para derrocar a Nicolás Maduro y acabar con la Revolución Bolivariana para luego completar el ahogo al Alba. La condición para lograr ese paréntesis en la historia vertiginosa de este siglo es volcar a su favor las fuerzas disgregadas y confundidas de los trabajadores, los chacareros y las juventudes en Argentina.
De modo que la opción no consiste en tener o no a Macri como paladín del desarrollo capitalista y los derechos humanos. La alternativa reside en que el vuelco de Argentina hacia la alianza con Washington y Bruselas, en una coyuntura de volatilización política de Brasil como punto de referencia regional, permita o no frenar, desviar y finalmente aplastar el proceso revolucionario puesto en movimiento por la Revolución Bolivariana encabezada por Hugo Chávez desde 1998.
Dicho de otra manera: el éxito de Macri no consiste en sacar a Argentina del marasmo, sino en consolidar la fragmentación social heredada y transformarla en una conformación política donde no haya espacio para una poderosa fuerza capaz de alcanzar la unidad social y política de las mayorías tras un programa anticapitalista.
Para repetir lo ya afirmado en este espacio, el capital tiene hoy la iniciativa sin disputa. La división profunda del movimiento obrero, la conducta de sus dirigencias y la absoluta omisión de las izquierdas en el combate planteado, le ofrecen un espacio inédito para imponerse.
Como contraparte, el trasfondo económico y la catastrófica realidad social del país aseguran que más allá de fintas y maniobras, a Cambiemos le resultará imposible llevar adelante la propuesta con la que ganó las elecciones: “lucha contra la inseguridad; pobreza cero y combate al narcotráfico”. Por el contrario, la disgregación policial en municipios, la incuestionable realidad de una economía desquiciada y la fuga de capitales hacia el narcotráfico en busca de tasas de ganancia que la producción no ofrece, garantizan un rotundo fiasco a mediano plazo.
No es una profecía: está a la vista. Macri quitó retenciones a la producción cerealera, con excepción de la soya, a la cual redujo impuestos del 35 al 30% con el compromiso de bajar 5% cada año hasta llegar a cero. Eliminó las restricciones cambiarias y sólo mantiene ciertas limitaciones para pagos de deudas y remisión de utilidades anteriores. Quitó retenciones a la minería. Y se vio obligado, ante una imparable escalada de precios demasiado semejante a la anarquía, a elevar el límite de salarios que pagan impuestos y admitir las exigencias del gremio docente. Ambas concesiones durarían poco.
El hecho es que ese conjunto de medidas desfinancian al Estado y aumentan el ya descontrolado déficit fiscal. Siendo como es un gobierno del gran capital, no podía alejarse del abismo revertiendo lo concedido a esa franja de la burguesía. De modo que ante la evidencia del desfasaje, giró sobre sí mismo y retrocedió en las concesiones a sectores trabajadores. De hecho, la suba del mínimo no imponible para los asalariados, rápidamente negada por otras medidas, se transformó en peligroso búmeran que incluso hizo cambiar la actitud de Hugo Moyano, quien amenazó con medidas de fuerza. Lo mismo ocurrió con el gremio docente, que luego de haber aceptado un arreglo favorable a sus demandas, se encontró 48 horas después con la retractación oficial, lo cual dejó abierta la posibilidad de una huelga que impida el inicio del ciclo lectivo, el 29 de febrero. Mientras tanto el dólar acentuó su presión pasando de 13,50 tras la salida del cepo a 15,50 a mediados de febrero, con la consecuente subida de precios y la insoslayable consecuencia: caída del consumo, mayor presión recesiva y acentuación de despidos cuyo origen se remonta a mediados de 2013. Para frenar al dólar, el Banco Central volvió a vender divisas de sus exhaustas reservas.
Aun con indicadores que le adjudican un 65% de aceptación pública (71% un mes atrás), las medidas económicas comienzan a provocar malestar. Alza de tarifas congeladas durante 13 años, inflación en flecha de precios de la canasta básica iniciada bajo el gobierno anterior y acelerada desde fines de diciembre, caída del consumo, sumado a despidos de recientes incorporaciones en el aparato del Estado, comienzan a mover el clima social y amenazan la calma con que fue recibido el nuevo gobierno. En un intento por contrarrestar esa dinámica, avanzando en zigzag Macri anunciaría antes de marzo un conjunto de medidas paliativas que, en sustancia, buscan mejorar formas de asistencia vigentes, tales como asignación universal a menores, subsidios directos y personalizados para transporte, gas y electricidad a personas de bajos recursos. El dilema es obvio: más erogación y menos actividad económica, menos recaudación fiscal implica mayor déficit y, a término, más inflación. Pero, entre la espada y la pared, el Ejecutivo ha negado formalmente un ajuste clásico, conducta que ya hace visibles las disidencias internas ante la coyuntura.

Democracia con bemoles: disgregación del FpV
Entre otras ventajas, Macri cuenta con la disgregación Frente para la Victoria (FpV) y la ruptura del Partido Justicialista (PJ), cuyas principales figuras rodean hoy a Macri. Roto el bloque de diputados de oposición con la fuga de 14 legisladores del FpV, fuera de control el bloque de senadores, cuyo presidente desconoció la autoridad de Cristina Fernández; con ejemplos tales como el de Estela de Carlotto, presidente de Abuelas de Plaza de Mayo, quien a un mes del nuevo gobierno aclaró que “no soy amiga de Cristina Fernández”; mientras llueven denuncias de corrupción sobre el anterior elenco oficial y durante febrero siete altos funcionarios fueron citados por el Poder Judicial, el rumbo de la oposición más dura queda resumido en una anécdota curiosa: el ex secretario de Comercio Guillermo Moreno (blanco de todas las pullas de la sociedad bienpensante) se asoció con el general César Milani, ex jefe del Ejército en el gobierno anterior, acusado de desaparición de soldados durante la dictadura, para montar una cadena de “pancherías” (puestos de ventas de perros calientes o hot dogs, denominados “pancho” en Argentina).
En este ambiente de vodevil, el Partido Justicialista realizará su Congreso el 24 de febrero obligado por la Justicia. El saldo previsible: batahola entre corrientes irreconciliables mientras no se presente una perspectiva de victoria electoral, hoy fuera del horizonte. En cuanto a la reacción sindical, bajo el látigo disciplinador de la recesión, los principales gremios de la producción discutirán convenciones salariales dentro del marco de lo planteado por el Gobierno: un aumento en torno al 30%. Hasta el momento sólo sindicatos de estatales programan un paro, también para el 24 de febrero. La eventual suma de docentes y la CGT conducida por Moyano, plantea una posible aceleración del conflicto social.
Aun así, el respaldo del capital y las cúpulas sindicales muestra el espacio político que tiene Cambiemos. Con todo, la exigencia puesta por Washington a su discípulo es demasiado elevada. Compelido a bregar por la libertad de Leopoldo López en Venezuela, Macri no puede sostener el hecho de que, sin otra acusación que un acampe en la plaza principal de Jujuy, capital de la provincia norteña del mismo nombre, Milagro Sala esté en prisión desde el 16 de enero. Para evitar su liberación el juez a cargo fue sumando acusaciones. Consta que más de una de ellas será fácilmente probable. Pero no hay juicio todavía. Mucho menos condena. Y Sala sigue detenida, sin que el PJ y ninguno de los gobernadores peronistas pida por su libertad.
López, además de haberse entregado él mismo por temor a que lo asesinaran sus cofrades de la MUD, fue instigador y responsable por desmanes que provocaron 43 muertos en 2014. Fue juzgado y condenado por tribunales institucionales. Nada comparable con eventuales delitos de Sala. No obstante, Macri se compromete ante el mundo por López y deja en prisión a Sala, a la vez que altos funcionarios del gobierno anterior –incluso el vicepresidente– con cargos de corrupción infinitamente mayores, procesados y varios de ellos condenados, siguen en libertad.
Más grave aún: la ministra de Seguridad Patricia Bullrich anunció a mediados de febrero una disposición por la cual se impedirán los bloqueos de rutas, calles y avenidas en todo el país. Con exquisita delicadeza, la funcionaria, ex militante de Montoneros, aclaró: “si no se van en cinco o 10 minutos los vamos a sacar”. Con la gendarmería, por supuesto. Que “sólo excepcionalmente portará armas con proyectiles de plomo”, aclaró su segundo más tarde. Sin duda la mayoría social está extenuada y es claramente adversa a cortes de tránsito que, por lo general, afectan sobre todo a trabajadores que concurren a su labor. Eso da al Gobierno un espacio que al parecer la ministra ha medido mal: si como cabe esperar en el clima de demandas crecientes y altamente justificadas hay represión –y heridos, y presos, y muertos– en estas acciones, Macri sufriría un debilitamiento sin retorno, no sólo en su propósito de “defender los derechos humanos en todo el mundo”. Su capacidad de gobernar estaría en cuestión. Por eso lo más probable es que la bravata de Bullrich sea contrarrestada por una más de las ya numerosas marcha atrás ordenadas por Macri en las últimas semanas para equilibrar sus insalvables contradicciones.
Será relativamente fácil exponer en Argentina, en Venezuela e incluso en Europa esa incongruencia del protopaladín de la justicia universal que intenta fabricar el Departamento de Estado. La condición es apoyarse en hechos ciertos, visibles, no en calificativos sin base o conceptos insostenibles, además de reconocer el legado del gobierno anterior. Ésa es una tarea urgente. El tiempo es precisamente el factor clave para que la maniobra de Washington alcance o no el objetivo buscado.

 

Desde Buenos Aires, L.B.
@BilbaoL
22 de febrero de 2016