Escarnio al sentimiento nacional-latinoamericano, a la inteligencia y al buen gusto

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En su desordenado final el gobierno de Cristina Fernández contradice la retórica latinoamericanista y respetuosa de los derechos humanos, utilizada por conveniencia hasta ahora. Y lo hace con una estética acorde a su ética.

Vestida y maquillada como diva de programa de chimentos televisivos, con gestos ampulosos y vacíos, Fernández anunció el 21 de octubre una reedición tan extemporánea como inaplicable de la Ley de Residencia. Su atuendo para la exposición no es un aspecto desdeñable: ofende a un país sumido en una recesión del -4%, precedida por dos años de estancamiento, con 500 mil despedidos en el último año y medio, con 27,5% de pobreza y 5,5% de indigencia, un déficit fiscal que supera el 6% del PIB (aun medido con las malas artes de la burguesía para interpretar el producido nacional). La ostentación presidencial agrede al más elemental sentido de pudor frente a la pobreza creciente. Pero es más lacerante aún la inverosímil liviandad de sus palabras, acompañadas por gestos propios de joven principiante en programas de televisión. Todo esto para exponer un giro en 180 grados en la retórica oficial. Cambian las conveniencias… cambian los principios.

Sancionada en 1902, la Ley de residencia estuvo destinada a combatir al movimiento obrero de entonces. Hoy pretende lo mismo. Sólo que ahora los inmigrantes son bolivianos, uruguayos, paraguayos y peruanos. No son anarquistas ni socialistas, como en aquellos años. Trabajan en la industria de la construcción (35% de caída en el último año), hacen las tareas más duras de limpieza y servidumbre, habitan villas miseria dentro y alrededor de la Capital Federal y, en considerable proporción, sirven de carne de cañón para actos políticos prefabricados y elecciones amañadas.

Los dos primeros artículos de aquel instrumento legal de las clases dominantes establecían lo siguiente:

  • Artículo 1º: El Poder Ejecutivo podrá ordenar la salida del territorio de la Nación a todo extranjero que haya sido condenado o sea perseguido por los tribunales extranjeros por crímenes o delitos comunes.
  • Artículo 2º: El Poder Ejecutivo podrá ordenar la salida de todo extranjero cuya conducta comprometa la seguridad nacional o perturbe el orden público.

Fernández repitió textualmente estos objetivos, en la intención de arrebatarle las banderas a quienes con histeria fascista ponen el centro de la problemática nacional en “la seguridad” y con ello ganan votos. De esta manera la mandataria ha dado una bofetada a los esfuerzos realizados en la región durante la última década y media para alcanzar la unidad latinoamericana. Una Ley que entrega los hidrocarburos a las multinacionales completa este desvelamiento de un gobierno contrario a lo que dijo ser.

¿Tendrá también en esta oportunidad la presidente alguien que la defienda al margen de toda racionalidad y decoro? Será interesante comprobarlo. No sólo porque comprometerse con una posición tan abiertamente reaccionaria, copiada de la oligarquía gobernante en Argentina a comienzos del siglo XX, es un baldón ilevantable. También porque el vertiginoso declive de su elenco quita el aliento incluso a los más locuaces e irreflexivos. Apenas un ejemplo: una semana antes de este discurso, el frente Unidos y Organizados, que reúne a todas las agrupaciones oficialistas, incluyendo a ex piqueteros antes izquierdistas y ex comunistas de diversa denominación, obtuvo un 3,22% y quedó último en las elecciones del Centro de Estudiantes de la Facultad de Ingeniería. La farsa de una juventud politizada por este elenco gobernante queda aplastada por la realidad visible en el conjunto social y, particularmente, por el estudiantado.

El debilitamiento extremo expresado en este resultado se manifiesta ante todo en la total incapacidad para reaccionar frente al colapso económico. Y garantiza que la retórica derechista frente a nuestros hermanos latinoamericanos no será aplicada por el actual gobierno. Sólo ha sido legitimado por él. Y por sus flancos “de izquierda”, que no la condenaron.

No se trata entonces de que el país afronte “una escalada represiva” de este gobierno, como vociferaron obnubilados izquierdistas diez años atrás. Es que avalado por la oposición, el oficialismo y el flanco “progresista” del elenco gobernante, este giro a derecha calará necesariamente más de lo que ya lo ha hecho en el desarmado proletariado argentino.

Argentina vive la repetición de un durísimo ajuste macroeconómico a expensas de trabajadores y jubilados. También lo sufren las clases medias, que viran en redondo a la búsqueda de representación política en propuestas filofascistas.

Es la reiteración de las políticas aplicadas por Martínez de Hoz, Sourrouille y Cavallo, pero en un contexto diferente. En el extremo de su debilitamiento y fragmentación el oficialismo halla fuerzas para este zarpazo en el callado respaldo de la oposición, el silencio de las cúpulas sindicales y la impotencia del activo clasista.

Todo el espectro político gira hacia la derecha. Massa y Macri se disputan el honor de agasajar al narcoparamilitar y ex presidente de Colombia Álvaro Uribe. El llamado “progresismo” se reparte entre posiciones conservadoras y reaccionarias: la UCR y el PS vacilan ante la opción de aliarse con el intendente de Tigre o el jefe de gobierno de Buenos Aires. Sin descendencia propia, el elenco oficial se refugia en Daniel Scioli, un menemista de pura cepa. Lo mismo sucede con las cúpulas sindicales. Franjas del movimiento obrero se ven arrastradas por la burguesía y tienden a sumarse a esta deriva, mientras los dos partidos tradicionales de la burguesía, UCR y PJ, se fragmentan al punto de perder cualquier eje de acción.

Con su conducta Fernández alimenta la dinámica de derechización frente al vertiginoso fenómeno de disgregación social. Ése es el significado de su conducta, que ha llevado en esta oportunidad al paroxismo el grotesco de sus últimas apariciones públicas.

Sólo queda redoblar esfuerzos por recomponer la vanguardia revolucionaria y bregar por la unidad social y política de las grandes mayorías.

Es posible. El activo obrero y estudiantil no se ha desembarazado todavía de lacras conceptuales y metodológicas de largos años de retroceso. Pero el ciclo nuevo ya está insinuado en toda su potencialidad. Trabajadores con y sin empleo, capas medias empobrecidas, estudiantes ahogados por el sistema marchan hacia la rebelión, al mismo inexorable paso en que avanza la crisis capitalista. Los destacamentos de genuinos revolucionarios tienen la oportunidad de preverlo y aprontarse en todos los órdenes, para cumplir su papel en una historia a punto de comenzar.

 

Buenos Aires, 24 de octubre de 2014

 

 

Dogma y pragmatismo en la nueva coyuntura latinoamericana

PorLBenAXXI

 

Para quien no sea panegirista del sistema es sencillo comprender la inédita magnitud de la crisis del capitalismo mundial. Y quien tenga ojos puede ver que, ante la encerrona, Estados Unidos se lanza a la guerra, arrastra hacia la hecatombe a sus socios subordinados y, si se le permite, al mundo entero.

Crisis y guerra conllevan certeza de revoluciones. Eso también es fácil de entender. Como lo es asumir que América Latina ha ingresado en una nueva etapa, tras una década de dinámica convergente y prevalencia antimperialista. La dificultad reside en saber qué hacer de aquí en adelante.
Conviene desconfiar de quienes tienen respuestas fáciles para problemas de extrema complejidad. Y más aún de quienes creen que el conocimiento proviene de haber leído bien y laboriosamente libros claves de la historia universal. Esa condición, imprescindible, es insuficiente. Y cuando el poseedor de tal riqueza no lo comprende, hace mucho más que el ridículo: aporta en su medida a los innumerables riesgos presentes en la coyuntura internacional. El mínimo de ellos es la contribución a la confusión del activo militante. Y nadie crea que si su capacidad se reduce a un rápido artículo para difundir en algún portal de internet, se exime de responsabilidad.

Estas obviedades tienen vigencia dramática en la América Latina de nuestro tiempo. Con el nuevo siglo, empujada por el torbellino subterráneo que estremece al sistema, comenzó una fase de insurgencia antimperialista con Venezuela a la vanguardia y el acompañamiento desacompasado de toda la región. Cupo a Hugo Chávez encabezar ese momento de extraordinaria fecundidad. Una más de las dolorosas ironías de la historia hizo que él muriera precisamente cuando ese proceso afrontaba un doble desafío: de una parte, definiciones obligadas para pasar de la acumulación cuantitativa al cambio cualitativo; de la otra, el esperable contraataque imperial.

Todavía en la plenitud de su vigor estratégico, Chávez tuvo oportunidad de comprobar la más peligrosa de las amenazas al fenómeno histórico en marcha: la desigualdad de las realidades políticas en cada país al sur del Río Bravo, irresoluble en lo inmediato.

Impulsados por una fuerza hasta entonces invisible, proveniente de las profundidades del conjunto social, elencos gobernantes de las más diferentes naturalezas y características tendieron a aunarse en torno a tópicos hasta poco antes impronunciables. Se impuso así un lenguaje genéricamente antimperialista, incluso con resonancias anticapitalistas, resumido en la noción de unión latinoamericana.
Esto era, de por sí, un paso de gigantescas proyecciones potenciales. Así se hizo sentir en todo el mundo, con Chávez como embajador de la buena nueva. Pueblos remotos del planeta vieron en el comandante la encarnación de lo que anhelaban.

En no pocos casos esto dio lugar a la emergencia de equipos gobernantes que asumieron a plenitud la estrategia resumida en la consigna “socialismo del siglo XXI”. No faltaron, tampoco, quienes vieron la oportunidad de obtener el respaldo político del que carecían apresurándose a ubicarse bajo el generoso paraguas de “la Patria Grande”. En medio quedaron multitudes en tránsito sin brújula y, va de suyo, al otro lado se abroquelaron las fuerzas conservadoras de la región, con los centros imperiales detrás.

Tamaña desigualdad y la correspondiente amenaza reclamaban una combinación virtuosa. En un pujo de extraordinaria lucidez y coraje, Chávez le puso nombre al instrumento que podía bregar por ese objetivo: una instancia de unión superadora de las fuerzas revolucionarias en todo el mundo; la articulación orgánica de las fuerzas convencidas de que la alternativa es socialismo o barbarie: una Vª Internacional. No fue posible en ese momento. Nunca como en ese caso fue tan mal comprendido en su visión estratégica el presidente fallecido. Nunca como en este caso quedaron al trasluz debilidades ideológicas e incapacidades para la acción de las izquierdas a escala mundial, sin excluir señeras vanguardias de largo aliento. Las escasas dirigencias que sí comprendieron y apoyaron la empresa, son hoy un acervo invalorable para el futuro inmediato.

 

Revolución y contrarrevolución

Como sea, el hecho es que lejos de combinarse positivamente, la desigualdad se acentuó y las partes blandas en el proceso de convergencia fueron presa de otro doble juego de fuerzas: la reaparición multiplicada de la crisis estructural capitalista y la respuesta de las masas frustradas en sus expectativas.

A la fecha esa tenaza amenaza a los gobiernos centristas-oportunistas y plantea un cruce de caminos de sentidos potencialmente inversos para países clave de la región: radicalización revolucionaria de las masas que arrasen a los gobiernos atrapados en la defensa del capitalismo; o, por el contrario, victoria política de la ultraderecha proimperialista con respaldo en franjas significativas de la población, incluidos sectores de trabajadores, desocupados y clases medias bajas, conquistados a partir de la frustración vivida en el último período.

Si bien el potencial revolucionario de las masas está acrecentado en más de un sentido, corresponde tomar nota de que la ultraderecha utiliza con sagaz osadía las debilidades ideológicas de la clase trabajadora y los aparatos sindicales en los que la mayoría está atrapada, para ganar espacio y arrastrarla tras una perspectiva fascista. La Internacional Parda trabaja con eficacia en toda la región. Socialcristianismo y socialdemocracia arriman leña a esa pira medioeval.

En resumen, puede afirmarse que revolución y contrarrevolución disputan en esta coyuntura la conducción estratégica de las masas latinoamericanas, con todo lo que esto significa para el curso eventual de la crisis mundial.

En esta confrontación de alcance histórico el infantoizquierdismo –tradicional forma política del dogmatismo– significa un peligro mortal. Simétricamente, ocurre lo mismo con la eventual conducta de gobiernos revolucionarios y partidos de gran proyección que confundan la obligada flexibilidad con pragmatismo inmediatista. Va de suyo que todo gobierno revolucionario debe buscar alianzas, por mínimas y endebles que sean, con gobiernos que, comprometidos en la defensa del capital, por exigencias internas esgrimen un discurso engañoso, evidentemente hipócrita, que no obstante los coloca en cierta medida y determinados momentos por fuera del alineamiento automático con Washington. Esa obligada flexibilidad táctico-estratégica en la búsqueda del frente único, se transforma en lo contrario cuando el pragmatismo lleva al abandono de vectores estratégicos fundamentales, lo que a corto plazo redunda forzosamente en distanciamiento de las masas.

Allí también la cantidad (de concesiones imprescindibles para mantener un bloque contra la hegemonía estadounidense, siquiera en cuestiones puntuales) puede transformarse en calidad (abandono de los objetivos revolucionarios vitales y consecuente contradicción creciente con las necesidades y exigencias inmediatas de las masas).

Esto han de tenerlo en cuenta, so pena de muerte, gobiernos y grandes fuerzas políticas con enraizamiento social: las masas podrán eventualmente recuperarse de derrotas infligidas por errores que las lleven a encolumnarse tras dirigencias procapitalistas como si fueran propias; pero partidos y gobierno que yerren ante tal desafío serán irremediablemente condenados. En ese punto está ahora la región.

 

Revolución en la revolución

Nadie podría soslayar este cuadro mundial y regional al considerar los cambios de gobierno y las rectificaciones de orientación que el presidente Nicolás Maduro anunció el 2 de septiembre, detallados en esta edición de América XXI. Esos cambios tienen tres objetivos explícitos, dos de ellos inseparables: trasladar el poder efectivo a las organizaciones de masas y acabar con los restos del Estado burgués; el tercero, reordenar las capacidades de los cuadros principales para ejercer con eficiencia las tareas de gobierno.

“Acabar con los restos del Estado burgués”… se dice fácil. Y es verdad, como apuntan desde la izquierda voces críticas –significativamente multiplicadas a partir de ese momento– que la mera enunciación no cambia la realidad venezolana ni resuelve uno solo de los mil problemas urgentes que acosan a la sociedad. Pero ¿qué decir de quienes desconocen la significación trascendental de plantar ante el mundo semejante objetivo? No hay en el planeta un solo gobierno, un solo partido, comprometido con semejante programa. Su sola afirmación es una bandera estratégica más allá de las fronteras venezolanas y se convierte en estandarte para todo proyecto anticapitalista. Quienes lo soslayan difícilmente puedan reclamar para sí la condición de vanguardia revolucionaria. Quienes se oponen, digan lo que digan, están simplemente al otro lado de la barricada.

No basta apelar a El Estado y la revolución, el célebre folleto de Lenin (cuyo primer capítulo reproduce América XXI en esta edición). De una parte, porque la Revolución Bolivariana tiene rasgos distintivos fundamentales respecto no sólo de la Revolución Rusa, sino de las sucesivas victorias anticapitalistas desde entonces. (La militancia debería estudiar la polémica desatada a partir de la afirmación de Stalin según la cual las diferencias en cada país son, apenas, “una verruga en el rostro” de la revolución mundial). La diferencia más evidente, aunque probablemente no la más trascendental a largo plazo, es que la asunción del gobierno revolucionario no implicó la destrucción violenta del Estado previo y, mucho menos, de la Fuerza Armada que, por el contrario, se sumó a la revolución. De otra parte, es preciso asumir a Venezuela, en sentido lato, como provincia de vanguardia de la unión latinoamericano-caribeña o Patria Grande. Reaparece aquí el problema del desarrollo desigual en la radicalización antimperialista de la región. Los cultores del “socialismo en un solo país” suenan hoy más patéticos que nunca, incluso antes de observar que para sostener sus posiciones invocan las ideas de León Trotsky: pretenden el socialismo en una sola provincia.

El conjunto de resoluciones anunciadas por Maduro es un plan de acción adecuado a la realidad venezolana para abatir los restos amenazantes del Estado burgués, entendido en este caso, siempre según Lenin, como “aparato burocrático”. Esto, desde luego, no supone de antemano un desenlace exitoso y enseguida se verá cuál es la fuerza principal que amenaza el resultado.

Como sea, siete Consejos Presidenciales Populares de Gobierno y un Consejo integrado por seis vicepresidentes constituyen un plan de articulación de inusual amplitud, que democratiza el poder sin desmedro de la imprescindible centralización del Estado en transformación.
Rafael Ramírez fue designado Canciller y vicepresidente para la soberanía política. Aparte la acción exterior de la revolución, Ramírez tiene la responsabilidad sobre cuatro ministerios (Comunicación, Interior, Despacho de la presidencia –implica seguimiento de la gestión pública– y Defensa). Esta función equivale al corazón del aparato del Estado. Al designarlo Maduro subrayó que a Ramírez cabe la responsabilidad mayor en la tarea de acabar con el Estado burgués. No por acaso, a la burocracia tradicional se la ataca también mediante una secretaría especial (Autoridad única de trámites y permisología), a cargo de Dante Rivas y con la tarea de acabar con el laberinto kafkiano de la administración venezolana. El ariete restante se expresa en el cambio de Elías Jaua de la Cancillería al ministerio de Comunas y Movimientos Sociales: fortalecer el poder comunal es la contraparte inseparable de la lucha contra la burocracia del Estado burgués.

Quienes multiplican presunciones sobre estos cambios y a partir de ellas sacan conclusiones atrabiliarias, confunden la envergadura de este debate con intercambios de novedades en la peluquería y se impiden comprender lo que está en curso en Venezuela.
Es arbitrario dudar acerca de la voluntad de hacer vigente el poder efectivo de las masas, lo cual, junto con el fortalecimiento sistemático de las milicias populares, constituye el corazón conceptual de la teoría leninista en El Estado y la revolución, a condición de tener en cuenta que la abolición del capital es una tarea sólo realizable a escala internacional, con punto de apoyo en por lo menos la mayoría hegemónica de la región.

 

Enemigo invisible

Resta decir que la más grande amenaza contra los propósitos de la dirección revolucionaria político-militar en Venezuela es la ley del valor. Esa fuerza invisible y poderosa dimana del funcionamiento normal del sistema cuando el proceso de producción y distribución está hegemonizado por el capital. No depende de la voluntad de tal o cual funcionario y, por el contrario, se impone a ella en 99 de cada 100 casos. Ningún recurso administrativo o político puede eludir el resultado cuando esa ley gravita al punto de ordenar la producción, la distribución y el conjunto de la vida social.

Aunque no resulte fácilmente perceptible, en Venezuela se ha avanzado mucho tras el objetivo de quebrar esa hegemonía. No obstante, ninguna ventaja será suficiente –mucho menos irreversible– mientras no se transponga el punto a partir del cual la producción y la vida social dejen de regirse por el valor de cambio, por el trabajo asalariado en función de la plusvalía.

 

Urgencias

En simultáneo con el agresivo despliegue de la Otan en el Este europeo, las guerras en Medio Oriente y la conflictividad creciente contra Rusia y China, de ominosos presagios, Estados Unidos avanza a marcha forzada en América Latina para acabar con gobiernos capitalistas que no le responden automáticamente. Los golpes de Estado en Honduras y Paraguay se complementan con campañas para demoler liderazgos centristas y reemplazarlos por agentes directos de Washington. Basta un vistazo panorámico sobre las elecciones en curso este año y el próximo para concluir en qué punto está esa contraofensiva.

Ha pasado la hora de la convergencia de gobiernos de diferente naturaleza. Es la hora de la unión organizada de las masas populares del Bravo a la Patagonia.

Urge comprenderlo y desplegar una línea de enérgica acción regional e internacional que, manteniendo inalterable la exigencia del frente único, ponga especial énfasis en que esa política sea claramente comprendida por las mayorías. Urge enfrentar la escalada política del fascismo camuflado de democracia. Urge trabajar para que el descontento creciente se transforme en insurgencia anticapitalista y encamine la transición del caos actual a la sociedad socialista.

Empantanados

PorLBenAXXI

 

Irak muestra el camino por donde marcha Estados Unidos desde hace años. Y los resultados que obtiene.

Es un error suponer que los estrategas del Departamento de Estados enviaron al Pentágono a ganar una guerra en aquel país. La estrategia no es ganar –conocen la imposibilidad– sino guerrear. Y, apoyados en su abrumadora superioridad bélica, provocar destrucción material y social más allá de lo imaginable.

Para el imperialismo en vertiginosa declinación la victoria consiste en quebrar, desarticular y degradar al extremo la sociedad atacada. Para Washington, gobernar es devastar. Su victoria consiste en llevar al enemigo hacia atrás en la historia, más atrás del medioevo. Degradar al ser humano, además de destruir la base material de cualquier desarrollo económico futuro. Convertir al ciudadano en lobo desesperado.

Irak es el ejemplo más acabado. Pero están allí Afganistán, después Libia, el objetivo a medias logrado en Siria, ahora
Palestina y Ucrania… y las armas constantemente apuntadas contra América Latina, con foco en Venezuela.

De motor poderosísimo del desarrollo en todos los órdenes, Estados Unidos pasó a ser lo contrario: fuerza destructora y retrógrada, que empuja a la humanidad al abismo. La quema y saqueo de la Biblioteca de Bagdad, en 2003, es el símbolo estremecedor del papel actual de Estados Unidos en la historia humana.

De tal modo, cada victoria es un paso más hacia su propio empantanamiento y prólogo de inexorables derrotas. También desde ese ángulo Irak resulta revelador: Obama retorna con tropas y armas sofisticadas al país demolido porque creó un monstruo cuya amenaza va más allá de su área de acción directa. Sin drones, con una simple daga, ante las cámaras de TV de todo el mundo, un salvaje enajenado decapita a un periodista estadounidense y empuja contra el gobierno a millones de sus aterrados conciudadanos. Detalle elocuente: el verdugo es británico. La CIA calcula que 12 mil europeos integran las huestes de islamitas fanáticos actuando en oriente medio. No tienen estimaciones serias sobre la cantidad latente en Europa y Estados Unidos.

 

Ciénaga económica

Luego de un año de ocultar, mentir y tergiversar sistemáticamente respecto del curso de la economía en los tres principales centros imperiales, los organismos financieros internacionales debieron admitir lo obvio: el PIB estadounidense cayó en el primer trimestre y arrastró los ensueños de recuperación durante 2014. Después de haber sostenido todo lo contrario, el Fondo Monetario Internacional (FMI) corrigió a la baja todos sus pronósticos para este año y el próximo. Como puede esperarse, la propia corrección mantiene la tónica que obliga a realizarla: continúa ocultando, tergiversando y mintiendo. No obstante, es harto elocuente: de abril a julio el FMI pasa de una previsión del PIB mundial para 2014 del 3,7% al 3,4%. Nada, se dirá. Pero aún con sus cifras (que volverán a ser corregidas a la baja en diciembre), la dinámica es transparente: aun con la fantasiosa previsión del FMI para Estados Unidos en los tres últimos trimestres, el PIB crecería menos del 3% en 2014 y 3% en 2015.

Paralelamente, la necesidad de equilibrio exige a la Reserva Federal acabar con la “quantitave easing”, que traducido significa urgencia por aumentar la tasa de interés y, con ello, quitar combustible a la economía mundial. De lo contrario, se agrava la perspectiva de acelerar hacia un nuevo colapso financiero internacional.

Como sea, el FMI admite que la eurozona crecerá 1,1% en 2014 y 1,5% en 2015. En compensación, el Fondo corrige en alza el PIB de Japón para 2014: 1,6%. Y lo anuncia en 1,1% para el año próximo. La palabra crecimiento, en estos guarismos, es más que falaz. Con aumento del 3% la economía estadounidense está estancada. El 1% europeo y japonés equivale al rigor mortis. Interrelacionadas las tres, indica recesión en todo el mundo imperialista. La tendencia europea a la deflación anuncia, por lo demás, que la recesión vuelve a apuntar hacia una depresión: el colapso de 2008 no fue resuelto. Y las magras victorias para impedir entonces la reiteración multiplicada de 1929 han agotado ya su potencia.
Es irónico que el propio FMI ponga el contrapeso positivo en lo que llama “países emergentes y en desarrollo”, cuyo crecimiento sería del 4,6% en 2014 y de 5,2% en 2015 (ambos revisados también a la baja). A la cabeza de estos países estarían los Brics. Pero con bemoles: Rusia pasó en la corrección del FMI de 1,3% a 0,2% para este año y de 2,3% a 1% para el próximo. Brasil, se sabe, está en mengua y revisada a la baja cada mes. China, en cambio, dice el FMI, aunque reduce la inversión en vivienda, crecerá alrededor del 7,5%.
En esto reside la deriva guerrerista de Estados Unidos y sus socios. Es la crisis estructural, irreversible, del sistema capitalista.

imperialismo a la carga para recuperar terreno perdido

Contraofensiva estratégica en la región

El Capitolio de Washington ya no es la cúpula de la política mundial. Con base en los acuerdos Rusia-China reseñados por América XXI en su edición de junio, más las recientes decisiones adoptadas en la reunión de presidentes de los Brics (Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica), sumados los encuentros de Brics con Unasur y de China con Celac, queda completado el cuadro de una nueva realidad geopolítica en la que Washington, capital del mundo desde mediados del siglo XIX, pasa a la defensiva desde un lugar subordinado.

Quien se disponga a hacerlo puede observar y ser partícipe de un momento trascendente para la historia universal.

Lejos de arredrarse, Estados Unidos está empeñado en una estrategia contrarrevolucionaria. En aparente paradoja, cuenta con el apoyo de los mismos que le profesan una mezcla de temor y odio: todos los sectores, de todas las burguesías locales, aunque con obvias distinciones internas y diferente grado de adhesión, a la vez que toman distancia recostándose en nuevos polos de poder real, se suman a la estrategia de defensa del capitalismo frente a la amenaza revolucionaria. Hoy como siempre, esa defensa está encabezada por el Departamento de Estado y el Pentágono.

El contraataque imperial hemisférico es más fácilmente visible en América Latina y el Caribe. Pero apunta también al proletariado más poderoso del mundo: el estadounidense. Aunque con punto de partida en los trabajadores de origen hispano, el gobierno de los megamillonarios ha lanzado una operación ideológico-político-represiva contra el conjunto de la clase obrera estadounidense.

Se trata de una estrategia general. Ninguna de sus articulaciones puntuales puede ser entendida sin ese punto de partida. No hay “tercera posición” (los ya exhaustos y desprestigiados movimientos nacional-burgueses), ni “tercera vía” (la táctica redibujada en Colombia el pasado 1 de julio por cinco ex presidentes bajo el mando de William Clinton) frente a esta decisión trascendental nacida en el corazón del capitalismo mundial.

 

Similitudes

En los años 1980, acosado por la crisis estructural y por la marcha de la Revolución en todas las latitudes, Washington lanzó lo que entonces denominamos “Contraofensiva global estratégica” (“El mundo después de la guerra del Golfo y sin la Urss”, Crítica de Nuestro Tiempo, octubre de 1991). Es ilustrativo comparar, aun en excesiva síntesis, aquella avanzada y sus resultados, con la que el imperialismo estadounidense lanzó a mediados de la primera década de este siglo. Aquél fue un contraataque global en el sentido de total, no ya como referencia geográfica: la embestida fue militar, política, económica, religiosa y cultural. Y en todos los planos resultó exitosa. Para eso fue asesinado el papa Juan Pablo I y entronizado el polaco Karol Wojtyla, prólogo de una arremetida devastadora contra la denominada “teología de la liberación”. Fue instigada la guerra entre Irak e Irán para vaciar el proceso revolucionario iraní detonado en 1979; el Pentágono instaló mercenarios en Honduras, desde donde asolaron la Revolución Sandinista también a partir de 1979; con mercenarios, igualmente, se lanzó una guerra contra Angola y la dinámica de emancipación africana que entonces amenazaba con victorias revolucionarias en todo el continente; y esa oleada fue precedida en América Latina por golpes de Estado en cadena y el aniquilamiento por vía militar de fuerzas revolucionarias de todo rango y carácter. Un poderosísimo aparato mundial de prensa comenzó a aplicar metódicamente formas de acción simultánea y global para, entre otras cosas, imponer la supuesta superioridad del sistema capitalista sobre el por entonces llamado “socialismo real” (Unión Soviética, países del Este, China, Vietnam y Corea del Norte), acompañadas por escuelas económicas profusamente propagadas, ajenas a todo criterio científico, aplicadas exclusivamente a restañar las heridas graves del capitalismo. Fueron promovidas, también con apoyo en ese mecanismo planetario de difusión, formas musicales en línea con una nueva estética enajenante, estereotipos nuevos de comportamiento juvenil, todo acompañado por la masificación de nueva mercancía destinada entonces en primer lugar a torcer la peligrosa línea de caída de la tasa de ganancia: la droga. Acaso el arma más poderosa de esta panoplia contrarrevolucionaria fue la falsificación de dos conceptos: democracia y derechos humanos. Washington, que apenas salía de la guerra de Vietnam, que había prohijado –cuando no conducido directamente– golpes de Estado y feroces dictaduras militares en Brasil, Chile, Argentina, Uruguay y el resto del continente, se vistió de paladín de la democracia y defensor de las garantías individuales. Allí también, se entiende, fue decisivo el aparato universal de difusión. Ese arsenal tan disímil, perfectamente ensamblado y complementario, cayó sobre la Unión Soviética y, apoyado en deficiencias históricas de gran magnitud, acabó derrumbándola.

Cuando las autoridades del Pcus dieron por acabada la primera experiencia en busca del socialismo y disolvieron la Urss, el capitalismo se proclamó vencedor histórico. Era una afirmación sin fundamentos objetivos y sin horizonte. Pero de enorme potencia: sólo por excepción gobiernos, partidos políticos, sindicatos, intelectuales y artistas, resistieron esa fuerza arrolladora que preponderó durante casi dos décadas. A comienzos del nuevo siglo es otra la coyuntura y muy otro el futuro previsible de la contraofensiva imperial.

 

Diferencias

Dos factores principales diferencian el momento actual del punto de partida para la escalada estadounidense en el último cuarto del siglo XX: la crisis estructural del sistema parte ostensiblemente de los centros mundiales del capital, incluye regiones antes exentas, además de ser más aguda y profunda; el imperialismo carece en esta oportunidad de andamiaje ideológico, incluso falsificado y mentiroso como el que utilizó en los años 1980.

Pero hay mucho más. Con la caída de la Urss se desintegró el bloque denominado “Tercer Mundo”. A la vuelta del ciclo que mostraría la impotencia de los pseudovencedores globales, Rusia propuso hace más de una década lo que luego Goldman Sachs denominaría Brics. Partidos y sindicatos de todo signo subidos al carro de quien consideraron vencedor en los 1980 están hoy aniquilados, simplemente inexistentes como base para el ejercicio estable del poder burgués. Los textos de economía de aquel período quedaron arrumbados en un rincón en las universidades de todo el mundo. Los que fueron escritos para revivir el “neokeynesiano”, supuesta alternativa al denominado “neoliberalismo”, (neo, al parecer, significa disfraz de lo viejo y perimido), también van al desván de trastos inútiles. La enajenación y degradación de formas culturales propias de la decadencia capitalista ya no es una fuerza de gravitación para las vanguardias juveniles. Y aunque no hay nada en su reemplazo, la desordenada y desnortada búsqueda obrará como contraparte, a término efectiva como herramienta antisistema. Para reemplazar al troglodita Benedicto el Departamento de Estado –esta vez de manera incruenta– se vio compelido a buscar en un obispo argentino el anhelado reemplazo a la figura y programa de revolución encarnado por Hugo Chávez. Con arrestos progresistas y hasta revolucionarios desde una plataforma probada y decantadamente contrarrevolucionaria, el Papa Francisco no logra concitar el apoyo de las franjas progresistas de la propia iglesia, pero sí la furibunda oposición de las cúpulas reaccionarias, lo cual minimiza el papel efectivo del catolicismo en la defensa estratégica del sistema. Sólo en poderío militar no ha virado la situación en detrimento de Estados Unidos: la guerra ya no es el último, sino el primer recurso de cualquier intento imperial por recuperar lo perdido.

 

Supercherías y Quinta Posición

Así como fue una consultora y gestora del gran capital la que puso nombre al relevante fenómeno conocido hoy como Brics, cupo también a dos gestores estadounidenses de fondos de inversión inventar en los años 1990 la noción de “países emergentes” para denominar al Tercer Mundo: necesitaban un nombre nuevo y atractivo para juntar montañas de dinero y multiplicarlas en mercados subordinados. Demás está decir que lo lograron.

Si nombrar es importante, confundir con palabras lo es más aún. Nombrar para engañar se convierte entonces en tarea magna de consultores: neoliberalismo por capitalismo, neokeynesianismo en lugar de rescate capitalista, emergentes a cambio de capitalismo periférico y subordinado.

¿Serán los Brics una Quinta Posición, distante del nacionalismo burgués y la tercera vía, validadora del capitalismo en carrera desarrollista por el cetro mundial? Es el gran debate, el gran combate político, de aquí en adelante. Mientras tanto nadie pone en duda una afirmación rotunda: los Brics son hoy un potente acelerador de la agonía imperialista. Y son también, a la vez, motor y obstáculo de la contraofensiva estadounidense.

 

Dilema regional

Necesidades geoestratégicas de China y Rusia, más el imperativo económico y la participación de Brasil en el bloque Brics hacen de América Latina un teatro privilegiado de despliegue para el nuevo bloque. Esto, en el mismo momento en que Estados Unidos desenvuelve su panoplia a fin de recuperar terreno perdido desde comienzos del siglo XXI.

En agosto del año 2000 Fernando Enrique Cardoso (montado ahora al tren de Clinton en Cartagena) y Hugo Chávez (vivo en la continuidad de la Revolución Bolivariana), convocaron a la primera reunión de presidentes suramericanos. Transcurridos 14 años, el reloj de la historia ha dado un giro completo y comienza una nueva cuenta. El gobierno brasileño encontró su lugar tras bascular entre el G20 y la Unasur: ahora Itamaraty debe acentuar un liderazgo regional para pesar de verdad en los Brics. Resuelta en ese camino, con respaldo de la Fiesp (Federación de Industrias del Estado de San Pablo) y como candidata del Partido de los Trabajadores, Dilma Rousseff encabeza encuestas para las presidenciales de octubre.

Argentina, por su parte, atrapada otra vez en el drama de la deuda externa, presa en la tenaza de recesión con inflación, parece encaminada hacia una victoria electoral de la burguesía tradicional en octubre de 2015. Colombia ya mostró a Juan Manuel Santos –instalado en la Alianza del Pacífico– en el intento de resucitar la tercera vía. Chile también apostó a la Alianza del Pacífico. El probable sucesor de José Mujica en Uruguay, Tabaré Vázquez, proclive como Michelle Bachelet a la tercera vía, parece igualmente dispuesto a sumarse al bloque del Pacífico propulsado por Washington.

Voceros de Washington proclamaban antes de la irrupción de los Brics en Fortaleza y Brasilia que este cuadro significaba poco menos que una victoria para la estrategia imperial. Pero Estados Unidos no tiene suficiente con medias victorias. Con buen criterio de autodefensa, señala como principal enemigo a la propuesta socialista de Venezuela, ataca frontalmente a todos los países del Alba, pero no perdona posiciones intermedias que por una u otra razón omitan un choque frontal con la perspectiva revolucionaria encarnada en el Alba. Los estrategas del Departamento de Estado saben el potencial revolucionario de las masas al sur del Río Bravo, con o sin gobiernos empeñados en la transición al socialismo. Y conocen mejor la fragilidad interna de los gobiernos contrarios o vacilantes frente a esa opción.

Probada la imposibilidad de derrotar a Nicolás Maduro mediante urnas, atentados o movilización mercenaria, el contraataque estadounidense tiene ahora como primer objetivo aislar a Venezuela en la región.

Así se explica la campaña de desgaste contra Dilma Rousseff: toda la prensa conservadora del hemisferio arremetió contra la presidente brasileña durante el mundial de fútbol y ahora muestra a Aecio Neves como vencedor en segunda vuelta. Ésa es también la causa de la política de asfixia al gobierno argentino, así como los intentos por infligirle una derrota electoral al Frente Amplio en Uruguay. Esta conducta imperial desconcierta a no pocos analistas que se preguntan: “¿Por qué torpedear a Rousseff, Fernández o Vázquez?”. La razón es simple: no hay tercera vía ni quinta posición. Resta ser subordinado incondicional o enemigo jurado de Washington. Sólo con la región encolumnada y sin chistar tras la Casa Blanca sería posible vencer a la Revolución Bolivariana y posponer sin fecha el peligro de la revolución socialista en la región. Eso equivaldría también a aplastar al interior de los Brics la perspectiva anticapitalista y enfrentar este desafío exclusivamente en el terreno de la lucha interburguesa e interimperialista.

Imposible hoy prever las sinuosidades en el rumbo de los Brics y el ritmo al que irán definiéndose sus contradicciones internas. En cambio es una certeza la imposibilidad para Estados Unidos de alinear de manera estable a la región tras su estrategia para destruir la Revolución Bolivariana y el Alba. A las mil razones ya existentes en el panorama social y político al sur del Río Bravo se suma el factor principal para el próximo período: el agravamiento sistemático de la crisis capitalista en los centros imperiales y sus efecto devastadores para el resto del mundo.

Con todo, está en cuestión si la respuesta a esa realidad mundial prefigurada por el desplome de economías como las de Grecia y España; por las guerras en Palestina, Siria, Irak, Ucrania y otros países, tendrá una plataforma de salvación reformista o de abolición revolucionaria del capitalismo. La primera es impotente frente a la irracionalidad desbocada del imperialismo. Por eso el curso de la estrategia trazada por Hugo Chávez en Venezuela continúa siendo decisivo en la opción socialismo o barbarie.

Significado del realineamiento global

PorLBenAXXI

 

 

Algo debe explicar que en Londres y Santa Cruz de la Sie­rra, simultáneamente, ocurran encuentros de alta signifi­cación en los que oradores diversos se suceden para advertir sobre la gravedad de la crisis económica mundial.

Un sitio web reseñó con sarcasmo –insuficiente para ocultar el temor– una reunión en la capital británica donde se discutió “la amenaza capitalista al capitalismo”. En ese escenario la presidente del FMI (Fondo Monetario Internacional) habló sin rodeos: tras citar la conclusión teórica de Carlos Marx según la cual el capitalismo “acarrea las semillas de su propia des­trucción”, Christine Lagarde advirtió que “el capitalismo está en riesgo de implosionar”.

Al otro lado del mundo, la Declaración de Santa Cruz plas­maba un diagnóstico desde el ángulo opuesto, pero con idén­ticas conclusiones: “Creemos que el mundo se enfrenta a la peor crisis financiera y económica desde la Gran Depresión, y nos alarman los efectos adversos que está teniendo esta crisis sobre todo en los países en desarrollo. Creemos que la crisis ha puesto de relieve puntos débiles y desequilibrios sistémi­cos de larga data de la economía mundial, y ha puesto más de manifiesto la insuficiencia y el carácter antidemocrático de la gobernanza económica mundial”.

La titular del devaluado FMI hablaba ante “inversionistas internacionales que controlan 30 millones de millones de dó­lares de activos –un tercio del total global”, según el sitio Po­liticoMagazine. Con motivo del cincuentenario del G77, en Bolivia se reunían 129 gobiernos del mundo subdesarrollado y dependiente.

Uno de los oradores en Londres, el príncipe Carlos, expresó su preocupación ante el curso de los acontecimientos seña­lando que “el trabajo a largo plazo del capitalismo es servir a la gente, y no al revés”. Un izquierdista postmoderno y coro­nado. Evo Morales probablemente desconocía el dislate real cuando, como anfitrión de la exitosa cubre del G77 y China, puso el centro en la decadencia del capitalismo y subrayó que la solución no podría provenir de ese sistema.

Rodeado de megamillonarios en el salón Guildhall, el go­bernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, explicó con tono de alarma: “Así como toda revolución se come a sus propios hijos, el fundamentalismo de mercado no supervisado puede devorar el capital social esencial para el dinamismo a largo plazo del capitalismo”. Ese capital social con riesgo de ser deglutido es el control ideológico del sistema sobre las masas explotadas.

Los mandatarios reunidos en Bolivia apuntaron en otra di­rección: “Afirmamos la necesidad de reformar la estructura financiera internacional, de manera que tengamos un sistema financiero y monetario que refleje las realidades del siglo XXI, incluido un sector financiero internacional debidamente regla­mentado que reduzca y desestimule las inversiones especula­tivas, a fin de que se puedan movilizar los mercados de capital para alcanzar el desarrollo sostenible, y de que esos mercados desempeñen un papel constructivo en la agenda mundial para el desarrollo”.

El contraste habla por sí mismo: en 2014 los más altos actores del capital toman el libreto declamado durante medio siglo por el antes denominado Tercer Mundo, es decir, la necesidad de que intervenga el Estado en la economía para regular (supervisar, dicen ahora) el mercado y garantizar el futuro. En cambio, el G77 llega a una conclusión escalofriante para los centros imperiales: es necesario crear un nuevo sistema financiero y monetario internacional.

No es una mera formulación: ya lleva seis años de existencia el Sucre, la moneda virtual del Alba. Y ahora vienen en cascada fenómenos semejantes pero de magnitudes incomparables, entre los que destacan los acuerdos de intercambio con prescindencia del dólar entre Rusia y China y el mecanismo común puesto en marcha por Rusia, Bielorusia y Kasajstán que gravita ya sobre otros países del área. Habrá que ver qué discuten los Brics a fines de este mes en Brasil.

La fuerza que empuja esa dinámica está aludida en la Declaración del G77: “Nuestros países, individual y colectivamente, se enfrentan a desafíos emergentes y que continúan, como la desaceleración de la economía mundial y sus efectos en nuestros países”. Señalaron además un punto en especial que, horas después de que las delegaciones de los cinco continentes abandonaran Bolivia estallaría en Argentina: el eterno edeudamiento: “Nos preocupa el hecho de que, con la crisis económica mundial, las economías de un número cada vez mayor de países en desarrollo se están viendo afectadas y de que algunos países se están volviendo más vulnerables a nuevos problemas relacionados con la deuda externa o incluso a crisis. Por consiguiente, resolver los problemas de la deuda externa de los países en desarrollo constituye una parte importante de la cooperación internacional y de la alianza mundial para el desarrollo fortalecida”, dice la Declaración, a la vez que clama por “la necesidad de una enérgica recuperación”.

 

Recuperación y sistema

Sería pueril desconocer las diferencias que atraviesan al G77 y China, mellando su capacidad de acción efectiva conjunta. Igualmente errado sería ocultarse las razones que amalgaman ese conjunto extremadamente heterogéneo. En un larguísimo texto imposible de reseñar aquí, la Declaración las expone: urgencia por cambiar el sentido del movimiento y pasar de la recesión al crecimiento; malestar por “la falta de medidas sistémicas y mecanismos de rendición de cuentas adecuados para abordar las causas y los efectos de las crisis financiera y económica mundial, que plantea el consiguiente riesgo de que se mantenga el patrón de los ciclos de crisis”; urgencia en la “necesidad de que los países desarrollados asuman un nuevo y mayor compromiso con la cooperación internacional a fin de prestar apoyo al cumplimiento de las aspiraciones de desarrollo de los países en desarrollo”.

Sobre todo en la dinámica impuesta por el curso de la economía en los países centrales, esas razones dan margen para lo que la teoría política marxista ha llamado Frente Antimperialista. Dentro de límites obvios, incluso en el seno de las Naciones Unidas ese frente puede actuar –y actúa– como escollo a veces efectivo y siempre insoportable para Washington.

Una estrategia de revolución no puede desconocer el concepto acuñado y afirmado en el tercero y cuarto Congresos de la Interneacional Comunista. El Frente Antimperialista es un instrumento clave hoy para intentar el supremo objetivo de evitar que Estados Unidos avance con su irracional carrera guerrerista y enrumbe a la humanidad hacia un holocausto planetario. Pero es también un puente imprescindible para que fuerzas inmensas, acuciadas en todo el mundo por la crisis capitalista, encuentren un curso positivo al agotamiento de la propuesta keynesiano-desarrollista del sistema (hoy, vale insistir, adoptada por el gran capital amenazado).

En Santa Cruz la presidente Cristina Fernández disintió amigablemente de Evo Morales señalando que “el mundo actual no es capitalista”, en alusión a la preponderancia de la especulación financiera. En esa visión, compartida por muchos –incluso autores y organizaciones de izquierda– la demencial deriva hacia la especulación sería causa de la perversión de sectores dirigentes y no resultante necesaria de la crisis intrínseca del sistema. Desde otra atalaya, Christine Lagarde, cita a Marx y asume que es el propio desarrollo del capitalismo el que lleva a su destrucción. Apelando o no a Marx, el punto de disidencia es si el capitalismo puede ser restaurado. Y si es en este sistema que se pueden alcanzar los objetivos en los que coincide el G77 y China.

Se trata del principal debate teórico político de este momento histórico: ¿puede el sistema capitalista recomponerse y emprender un camino de desarrollo y bienestar para la humanidad? Un debate subordinado es si el sistema llega al punto de colapso únicamente por acción de una fuerza política contraria, o si el capitalismo lleva consigo la semilla de su destrucción.

Pero esta controversia decisiva no se resuelve en artículos o libros, aunque unos y otros sean imprescindibles. Será al calor de conmociones sociales y políticas provocadas por la crisis económica actual –y su inexorable agravamiento– que la batalla de ideas tomará cuerpo en estrategias revolucionarias asumidas por pueblos enteros. O no…

Como sea, en Bolivia se expresaron coincidencias que harán reflexionar a los estrategas del Departamento de Estado. Su conclusión es previsible: a cualquier precio es preciso frenar la perspectiva socialista encarnada en el Alba.

Tanto más si, como instó Evo Morales, Rusia se suma al G77, este bloque alentará la conformación y afirmación de nuevos centros de poder en un mundo pluripolar. A condición de que se asuma la necesidad de dar respuesta e incluir también a los trabajadores y la población oprimida de Estados Unidos y Europa, hoy azotados por una crisis inédita, en este nuevo mundo el imperialismo estadounidense no sólo ya no es la voz inapelable, sino que estará impedido de propagar la violencia y la destrucción masiva, única terapia para el paciente agónico. Ése es el significado del esfuerzo de Bolivia al acoger con su revolución a representantes de todos los vientos.

Fase crucial de la Revolución Bolivariana

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América XXI, Julio 2014.- consumada la victoria frente al plan golpista detonado en febrero, el gobierno de Nicolás Maduro afronta la necesidad de llevar hasta el fin el combate contra la “guerra económica”. En ese punto de extrema tensión, debe lidiar también con no pocos nombres asociados al proceso iniciado y llevado muy lejos por Hugo Chávez, que dan un paso atrás, o al costado, en el punto crucial del combate.

Desde finales de mayo se hizo evidente que la guarimba estaba agotada. Quedó igualmente a la luz el fracaso en el intento de lanzarse a una especie de foquismo terrorista de ultraderecha, sobre la base de comandos mercenarios.

Es la coronación de una cadena de desastres políticos de la oposición. Leopoldo López, opositor de proclamada filiación fascista e iniciador del plan golpista, se entregó para preservar su vida ante amenazas de otros partidos de la coalición burguesa, tras el fracaso del delirante propósito de secesión que independizaría a Mérida de Venezuela. Como bravo combatiente, López subió por propia voluntad a un carro donde el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, lo esperaba para llevarlo sano y salvo a prisión.

La otra cabeza tonante de la asonada, la diputada amiga de George Bush María Corina Machado, fue expulsada de la Asamblea Nacional tras cometer un error insalvable: por indicación de la CIA aceptó un cargo de embajadora de Panamá (!) para acusar a Venezuela ante la OEA(!!). Además, ahora está formalmente procesada por sus públicos llamados al derrocamiento violento del presidente Nicolás Maduro.

Como corolario, la denominada Mesa de Unidad Democrática, el frente único contrarrevolucionario promovido por Washington, detonó una feroz lucha interna y perdió coyunturalmente toda posibilidad de ser y aparecer como dirección de la oposición.

En un desesperado intento por recomponerse, las filas diezmadas de la contrarrevolución fueron instadas a movilizarse nuevamente en guarimbas en la última semana de junio. Al menos en su primer ensayo, el martes 24, sólo lograron mostrar su extrema debilidad.

A la luz de estos acontecimientos pudo afirmar el vicepresidente Jorge Arreaza: “La guarimba ha sido totalmente neutralizada. No pudieron los sectores golpistas de la ultraderecha contra el Gobierno y el Estado venezolano”.

 

Rayo inesperado

Un aspecto de la furiosa ofensiva golpista ordenada por el Departamento de Estado fue exitoso sin embargo: la guerra económica. Carestía y desabastecimiento fueron inducidos desde el momento mismo en que Maduro ganó las elecciones, el 14 de abril de 2013, y no dejó un momento de tregua desde entonces. Paralelamente, no pocos funcionarios integrantes de las partes blandas adosadas a toda Revolución, convencidos de que Maduro no resistiría, acentuaron conductas corruptas en todos los terrenos. Uno de ellos fue la de la asignación de divisas, lo cual dio lugar a una fuga significativa de dólares, que a poco andar agravaría los efectos de la guerra económica.

El Gobierno reaccionó con un plan global para afrontar esa amenaza, gravísima por tres razones fundamentales: contribuyó al aumento de precios y el desabastecimiento; trabó la proyectada aceleración en la transición pacífica y, sobre todo, afectó a la moral y la confianza de importantes franjas de la población que apoya a la Revolución.

En marcha la contraofensiva programada por la dirección revolucionaria político-militar para vencer en la guerra económica, que incluye la realización del III Congreso del Psuv, cayó sobre el tormentoso cuadro político venezolano un rayo imprevisto: unas horas después de ser reemplazado de su cargo, con todos los honores, el ex ministro de Planificación Jorge Giordani hizo pública una carta de elevadísimo tono crítico, en la que condena la política económica –a cuyo timón estaba él mismo- y descalifica de manera injuriosa al presidente Maduro.

Días más tarde otro ex ministro, Héctor Navarro, quien más aún que Giordani acompañó a Hugo Chávez desde el comienzo de la Revolución, se solidarizó con su ex colega de gabinete, aunque lo hizo sin atacar a Maduro, a quien pidió en cambio una revisión de las críticas.

Ni que decir tiene: ésta fue la pólvora para que la oposición interna y el imperialismo cargaran sus armas sin munición. A partir de allí se relanzó con vigor la ahogada campaña de prensa continental contra la Revolución Bolivariana y su Presidente.

Aparte de que en su texto Giordani omite cualquier responsabilidad propia, el ex ministro revela un odio personal por definición ajeno a un dirigente revolucionario. Y, como queda probado, además de demorar 10 años en criticar lo que condena tras perder su cargo, lo hace sin la menor consideración por el efecto político coyuntural de su conducta.

En la catarata de textos acerca de esta actitud (muchos de ellos reproducidos en www.americaxxi.com.ve) destaca la del diputado pesuvista Jesús Faría, quien califica la carta de Giordani como «desconsiderada e infame». Faría agregó: «sus críticas a la política económica del Gobierno es una mezcla de verdades, medias mentiras, medias verdades y muchísimas mentiras».

No es el lugar aquí para poner bajo la lupa las ideas económicas de Giordani. Baste decir que si en algo no tuvo colaboración fundada en sólida teoría marxista y eficiente capacidad práctica el ex presidente Chávez, fue en la planificación económica. Es fácil comprenderlo al leer un libro que el ex ministro publicó el año pasado al respecto, que eventualmente analizaremos en estas páginas. Ahora el tema es otro.

El breve texto de Navarro, un hombre noble y laborioso, no puede ser calificado de la misma manera. No obstante, él también incurre en una suerte de reacción al estilo francotirador, ajena desde luego e incompatible con el accionar en un partido revolucionario que, para colmo, está bajo fuego enemigo.

 

La transición continúa

 

“La igualdad entre los venezolanos tiene un solo concepto y lo trajo Hugo Chávez al siglo XXI: hoy se llama socialismo bolivariano”, dijo Maduro al finalizar el desfile en conmemoración del 193 aniversario de la Batalla de Carabobo. “Estamos unidos firmemente alrededor del Plan de la Patria, que es la obra más completa y acabada para el presente y el futuro del país, hecho por la pluma de Chávez” recalcó, para completar el contenido esencial de su mensaje con la esperanza de que “no se impongan las fuerzas disolventes que se impusieron en el siglo XIX”. Luego remató: “exijo máxima lealtad y disciplina a todos los líderes revolucionarios”.

Es la expresión política, rotunda, de la contraofensiva económica y la preparación del país para la constante amenaza bélica que, si bien tiene asiento en las fronteras de Colombia, proviene inequívocamente de la Casa Blanca.

Tal peligro no parecen asumirlo hasta sus últimas consecuencias cuadros de valía de la Revolución Bolivariana. En casos, porque se ha impuesto la idea de que es posible construir el socialismo sin enfrentar enemigos poderosísimos, en los terrenos que él plantee. En otros, porque ante la durísima y eventualmente cruenta perspectiva de llevar adelante la transición, optan por frenar. Estos últimos, a su vez divididos entre quienes tienen como basamento un pensamiento reformista, y aquellos que, por diferentes razones, retroceden ante la magnitud del desafío.

Sólo para sectas izquierdistas –en el sentido que Lenin le daba al término- este curso del gobierno venezolano puede dar lugar a condenas descalificatorias, aunque sí hay espacios para consideraciones críticas, incluso severas. Al margen los casos individuales, se trata de que también en este terreno el bolivarianismo revolucionario, como conjunto, es víctima de un momento histórico de extraordinaria degradación en la teoría, la organización y la estrategia socialistas. Sin esa perspectiva son incomprensibles las deficiencias, las sinuosidades, los errores a veces torpes en materia económica –particularmente en relación con la planificación- o en otras áreas. Pero lo sorprendente no son estas falencias, sino que, en ese cuadro de retroceso mundial de las luchas y la conciencia del proletariado, Venezuela haya logrado avanzar la revolución social, política y económica hasta el punto donde hoy está. Tanto más que para hacerlo debió combatir milímetro a milímetro contra el pensamiento reformista predominante en el escenario político e intelectual en todo el mundo, infiltrado por mil ranuras en la Revolución. Por si eso fuese poco, se trata de un proceso singular, puesto que no parte de la derrota violenta del Estado burgués, lo cual presenta retos políticos y teóricos en los cuales la dirigencia está obligada a “inventar o errar”, como proponía Simón Rodríguez. Claro que no todos los inventos salen bien. Los sabios profesores que condenan ese esfuerzo desde un escritorio sólo revelan que no sirven para conducir una Revolución viva, real.

No sólo en Venezuela vale recordar que el mundo no se divide entre traidores y traicionados, como parecen creer las sectas y los sectarios, error en el que no debería incurrir la militancia. Pero sí se divide, sobre todo en el vórtice de la lucha de clases, en revolucionarios y reformistas.

Hasta el momento, la conducción político-militar de la Revolución Bolivariana da una y otra vez pruebas de que mantiene en alto el legado de Chávez y avanza, en las circunstancias dadas, por el camino de la transición al socialismo. Mientras eso no pueda ser negado con hechos, la obligación de todo revolucionario es apoyar al gobierno bolivariano. Con el derecho a la crítica, desde luego; pero teniendo en cuenta que criticar una Revolución no es tarea a cumplir con un artículo en la web. Un revolucionario es, por definición, crítico y rebelde. También militante, esforzado y leal, disciplinado, contrario a toda mezquindad e individualismo.

25/6/14

 

 

 

 

 

Luis Bilbao: «La Revolución Bolivariana enfrenta un ataque mediático sin precedentes»

YVKE Mundial/Oriana Flores

Luis Bilbao, periodista y especialista en comunicación, aseguró que estamos frente a una escalada sin precedentes de un ataque mediático contra la Revolución Bolivariana, a la memoria del Comandante Hugo Chávez y todos los miembros del gobierno.

Durante su participación como ponente en el Foro Conjura Mediática Contra Venezuela, coincidió con las declaraciones del Canciller, Elías Jaua, en que la gran batalla que se está librando en todo el mundo, se gana en la lucha política del país.
Bilbao señaló que los medios y su intervención son fundamentales si se asume hasta la última instancia el debate político, la concienciación del pueblo, la organización y la capacidad combativa de las masas: «La batalla se da en lo político», dijo
Al borde de una guerra mundial

«Desde hace nueve meses para acá, el mundo ha estado al menos en tres oportunidades al borde de la guerra, como por ejemplo en Siria y lo que pudo haber desatado esos hechos en la región. Otro conflicto como el de Ucrania, donde la planificación estratégica del gobierno ruso impidió que una nueva guerra se diera», ejemplificó Luis Bilbao.
Agregó que cuando se habla de un mundo pluriplural, ya no es una estrategia ni una perspectiva; donde EE.UU. no es más la potencia hegemónica del mundo. «Se terminó esa parte de la historia».
Para Bilbao el fin de un orden imperial hegemonizado por EE.UU. no presupone un nuevo orden, por ello las pugnas serán el factor de intervención permanente de lo que se viene.
América del Sur en la mira del mundo

El periodista y especialista en comunicación, Luis Bilbao, subrayó que el Cono Sur es decisivo para que los centros de poder puedan avanzar en correr la base que sustenta a EE.UU. en esta región.
La Revolución socialista es la que ha logrado «confundir incluso la política del capital, donde poco a poco han ido cayendo económicamente», sostuvo.

 

Los medios y el capital

Bilbao aseveró que los medios privados son una parte fundamental del capital, ya que viven y se lucran de eso, «por eso lo defienden y caen en la aberración de no sostener los valores que en alguna época de la historia la burguesía si pudo».

Además, el periodista objeta que en los medios los niveles se corrompen cada día más de forma escandalosa, ya que los medios comerciales de Venezuela, son los que abrieron y le enseñaron el camino a buena parte de los medios de Suramérica.
Denunció que está en juego más que el gobierno, una guerra o conflicto, ya que la crisis real que empuja al imperialismo a la guerra es la crisis estructural del sistema capitalista.
Ante esta realidad mundial, los medios «mienten con un descaro que da vergüenza. Jamás se debe mentir, jamás se debe engañar», finalizó.

 

Lea el artículo completo aquí

 

Zozobras de un mundo pluripolar

 

 

Un celebrado poeta inglés proponía buscar “el orden superior de una vasta convulsión”. No es ése el horizonte visible a partir del fin de la hegemonía estadounidense: abundan signos de reconfiguración de un mapa geopolítico pluripolar, pero el realineamiento de fuerzas mundiales no muestra nada parecido a un sistema de equilibrio internacional; sólo exhibe los estremecimientos del cambio.
Una de esas señales es el acuerdo entre los presidentes de China y Rusia anunciado el pasado 21 de mayo: más que trato comercial implica un enorme desplazamiento de fuerzas.
Washington estaba alerta. Entre otros movimientos en diferentes puntos del globo, desde el Congreso estadounidense trascendía la intención de aplicar sanciones a Venezuela, mientras Evo Morales denunciaba en Argel el propósito de la Casa Blanca de provocar conflicto interno para luego intervenir con fuerzas internacionales: tras 100 días de ofensiva guerrerista, continúa sin pausa la escalada contra la Revolución Bolivariana.
El fenómeno de pluripolaridad se comporta como si se tratase de la teoría sobre la formación de los planetas: el gas se condensa y forma partículas de polvo; luego éstas se reúnen y dan lugar a cuerpos de dimensiones mayores. Hasta conformar un nuevo astro. Todo a elevadísimas temperaturas.
En la gaseosa realidad política mundial, hoy cada polo, constituido o en gestación, se ve compelido a acumular masa y ganar poder de gravitación; o debilitarse al riesgo de desaparecer como tal. Ésa es la clave de lectura de los movimientos que convulsionan el escenario visible –aunque no necesariamente comprensible– al leer las noticias de cada día.
Vladimir Putin y Xi Jinping firmaron en Shanghai un contrato a 30 años y por el equivalente a 400 mil millones de dólares, por el cual desde inicios de 2018 Rusia proveerá a China 38 mil millones de metros cúbicos de gas, a un precio no especificado. Para el intercambio se construirá un gasoducto desde Siberia. Cada país lo hará en su territorio. Rusia invertirá el equivalente a 55 mil millones de dólares. La compañía china Cnpc pagará por anticipado importaciones por un valor de 25 mil millones. Ambos presidentes se reunieron en siete oportunidades desde que Jinping asumió su cargo, en marzo del año pasado. Esta última cita podría entenderse como salto cualitativo en la acumulación de partículas.
Más hechos avalan esa presunción: en simultáneo con el encuentro entre ambos jefes de Estado tuvo lugar una Conferencia Asiática de Naciones, donde Jinping propuso una nueva estructura de cooperación y seguridad, que incluya a Rusia e Irán. Además, también entre el 21 y el 26 de mayo buques de guerra de la flota rusa del Pacífico arribaron a China y participaron en ejercicios navales conjuntos denominados “Cooperación Marítima 2014”, maniobras militares sin precedentes entre las dos mayores potencias de Asia.
Poco antes se anunció el proyecto chino de construir un tren bala para unir Beijing y Washington en poco más de dos días, pasando por Rusia y Canadá, a través de un túnel bajo el estrecho de Bering. La traza de este proyectado ferrocarril equivale a un tratado de política contemporánea: China, Rusia, continente americano: basta repasar la nota de tapa de esta edición para entrever el significado de semejante obra.
Apenas horas después desde Moscú se hizo un anuncio igualmente revelador: Rusia promueve una moneda común para su área de influencia en Europa oriental, al tiempo que se desprende de bonos del Tesoro estadounidense: entre octubre de 2013 y marzo de 2014 pasó de 149.900 millones de dólares a 100.400 millones. La divisa estadounidense sigue siendo, por ahora, unidad de cuenta; pero deja aceleradamente de ser recurso de atesoramiento y medio de cambio.

 

Polo latinoamericano
Si con el golpe de marzo en Ucrania Estados Unidos buscó –sin éxito– el doble efecto de impedir la consolidación del polo oriental en el centro Este de Europa y, a la vez, fortalecer el suyo propio en torno a la Otan, con la sostenida ofensiva contra la Revolución Bolivariana el Departamento de Estado apunta a un nudo potencialmente más difícil de desatar: la conformación de otro centro de poder subregional, pero en este caso determinado por una fuerte impronta anticapitalista. Venezuela es desde hace una década el centro de esa dinámica.
Gravitante polo potencial de poder mundial y reservorio de materias primas, América Latina puede ser medida, acaso en primer lugar, como fuente de apropiación de plusvalía para un capital ávido en su declinación, es decir, en medio de la caída de la tasa de ganancia. Tradicionalmente la pugna por esa riqueza se dio entre los capitales imperialistas de Estados Unidos y Europa por un lado, y las burguesías
locales por otro. Precisamente el ahogo de la crisis agudizó esa pugna y, con la audaz intervención estratégica de Hugo Chávez, dio lugar a un vertiginoso reordenamiento que en pocos años vería el nacimiento de Unasur y Celac (Unión de Naciones Suramericanas; Comunidad de Estados Latinoamericano-Caribeños), mientras se extinguían instancias tales como la Cumbre de las Américas y la Cumbre Iberoamericana, caía el Alca y se esfumaba la OEA.
Ese torbellino podía muy bien encuadrar en la pugna interburguesa. Pero la proclamación del propósito socialista de la Revolución Bolivariana y el posterior fortalecimiento del Alba cambiaron el contenido del conflicto, que a su vez alcanzó un nuevo carácter con los efectos del colapso detonado en 2007/2008, a duras penas contenido desde entonces, mas no resuelto. Aquel quiebre de la economía mundial acentuó la necesidad de nuevos polos económicos en condiciones de salir de la tormenta cósmica del dólar. Rusia, China, Irán y un conjunto de otros países de diferente envergadura comprendieron el papel de una América Latina desprendida de Estados Unidos en la configuración de un nuevo mapa, con ellos como centros de poder. Y también, claro, vislumbraron esa masa de plusvalía en disputa.
Como sea, la consolidación de un polo latinoamericano-caribeño, en sintonía con China, Rusia y otros países orientales, era y continúa siendo una amenaza mayor para el ya desplazado poder imperialista estadounidense.
Era igualmente esperable un movimiento de aproximación de las economías latinoamericanas más involucradas en el proceso de convergencia regional con aquel polo en proceso de condensación. Otra vez, la vanguardia la tomó Venezuela. Luego, de manera errática, Brasil ensayó pasos en esa dirección. Tarde y con menos nitidez, Argentina hizo lo propio.
Acaso fue subestimada la capacidad de reacción de la Casa Blanca, que tras el fracaso del Alca lanzó una contraofensiva en toda la línea. Una de las palancas parecía trivial: un plan de producción de granos a gran escala para destinarlo a biocombustibles. Cambiar alimentos por gasolina pareció el epítome de la demencia capitalista. Y no pocos lo denunciaron de esa manera. Pero el veneno ya estaba instilado en las venas esclerosadas de la burguesía regional. Era sólo cuestión de tiempo que llegara al corazón: felices por las migajas, partidos y gobiernos procapitalistas acabaron embarcándose en una pugna por el reparto de la renta con los intereses imperiales.
El colapso financiero de 2008 ofreció otra herramienta: el capital subordinado sufrió un ataque de pánico. Estados Unidos reestructuró el G-20 y lo puso al servicio del salvataje del sistema. México, Brasil y Argentina optaron por ese camino.
Aunque la poderosa inercia daría todavía como resultado la creación de la Celac, la cuña ya estaba puesta. Ésta tomaría luego la forma de Alianza del Pacífico: Estados Unidos logró sustraer a un bloque significativo de la potencial condensación en un polo regional al Sur del Río Bravo, eventualmente decisivo para el equilibrio planetario. Con todo, los frutos obtenidos son insuficientes para el apetito de Washington, que además asume la volatilidad de la situación y teme el riesgo de un nuevo giro en las relaciones de fuerzas.

 

Clave socialista
En el centro de este delicado equilibrio de fuerzas están la Revolución Bolivariana y el Alba. Para consumar la re-balcanización de América Latina Washington necesita vencer esa fuerza. Sólo a condición de anular ese factor podría aspirar a neutralizar la doble encrucijada estratégica implícita en el desarrollo y consolidación del Alba: replanteo de la unión regional en un plano superior al recorrido durante los últimos años y… afirmación de una respuesta socialista a la debacle capitalista en curso.
Al margen la propaganda burda de columnistas sin rigor o sin principios, los centros de la economía mundial continúan en crisis: no hay recuperación real en Estados Unidos, mucho menos en la Unión Europea, que avanza hacia el abismo de la deflación. En un cuadro por completo diferente, aunque no por ello menos significativo, también Rusia y China resienten y resentirán aún más los efectos de la crisis capitalista en las metrópolis. Ni qué decir de los efectos sobre las economías subdesarrolladas y dependientes.
Sin centro hegemónico efectivo, corroído por la crisis estructural, el capital en cualquiera de sus formas avanza inexorablemente por el camino de la competencia día a día más brutal. A término, no habrá consolidación de un mundo pluripolar equilibrado y pacífico, sino desagregación creciente al compás del debilitamiento estadounidense. Y no porque faltaren altas temperaturas: las luchas sociales que afloran en los cuatro puntos cardinales las garantizan. Pero no plasmarán centros de estabilidad mundial sin una condición previa: el capital no puede sanearse sino con destrucción masiva y excluye la posibilidad de dar respuesta a las necesidades de miles de millones de seres humanos; un nuevo mundo sólo puede partir de la superación del capitalismo. Sólo una estrategia socialista puede evitar las múltiples confrontaciones latentes en el mundo de hoy.
En la medida en que Nicolás Maduro y la Dirección Político-Militar de la Revolución Bolivariana reafirman el rumbo anticapitalista y aplican –en circunstancias extremadamente críticas– las políticas necesarias para la transición, a cada instante crecen como enemigos irreductibles de la sobrevivencia imperialista. He allí la clave de la beligerancia estadounidense y de la coyuntura histórica en el hemisferio. Más aún: sólo la concepción y la práctica internacional anticapitalista pueden evitar que la pugna entre los grandes centros se circunscriba a la autodefensa de la renta propia y la posibilidad de absorber una porción de plusvalía en otras regiones, lo cual equivaldría al fracaso inexorable en la consolidación de nuevos polos de poder efectivo frente a Estados Unidos y sus aliados.
El paso gigantesco dado por Putin y Jinping demanda ahora una praxis que asuma sin rodeos la magnitud de la crisis global y el papel estratégico que le cabe al Alba y la Revolución Bolivariana de Venezuela.

 

1° de mayo: amenaza de guerra y esperanza socialista

PorLBenAXXI

 

“Que esta revolución siga siendo pacífica, ya no depende de nosotros”. El mundo debería tomar nota de esta advertencia de Nicolás Maduro en su discurso del 1º de mayo.

Delante del orador había un pueblo de pie. La clase obrera fue el nervio vital de esta inabarcable movilización que desbordó Caracas y replicó en todas las capitales del país. El Partido Socialista Unido de Venezuela actuó como motor y articulador, sumando a todas las organizaciones del Gran Polo Patriótico. Éste es en los hechos un frente antimperialista que completa la unificación del conjunto social tras el proyecto de transición personificado en Maduro. A su vez el presidente obrero expresa la ya probada unidad de la Dirección Político-Militar, que en el último año dio continuidad al proyecto revolucionario de Hugo Chávez y volvió a vencer, en todos los terrenos, los denodados intentos golpistas de la burguesía y el imperialismo.

En suma: el 1º de mayo millones de trabajadores, jóvenes, fuerza armada y pueblo en general, manifestaron su decidido apoyo al gobierno revolucionario y a su presidente, que también dijo en la tribuna: “Hoy es día de lucha contra el capitalismo. Es día de lucha por el socialismo”. Y completó su advertencia inicial: “(si hubiese un golpe) el pueblo decretaría una huelga general y se iría a la insurrección”.

¡Cuánta falta hace un lenguaje claro y resuelto como éste en más de un país latinoamericano! No obstante, tal vez sea necesario traducirlo, puesto que en franjas de la derecha hemisférica, pero también de ciertas izquierdas, no parece ser interpretado: la Revolución Bolivariana ha sido y seguirá siendo democrática, subrayó Maduro. También ha sido hasta ahora una revolución pacífica. Pero que siga siendo pacífica ya no depende de la Dirección Político-Militar, sino del imperialismo y la burguesía. De la venezolana, por cierto, pero también las de América Latina, que hoy acompañan el diálogo de paz desde Unasur: la soberana decisión de construir el socialismo no está en cuestión. Quien quiera torcer la voluntad mayoritaria por fuera de las reglas de la Constitución de 1999 deberá asumir que desata la violencia en Venezuela y da inicio a una conflagración regional.

Una guerra civil como en Siria, como antes en Afganistán, Irak y Libia y ahora en Ucrania: ésa es la meta trazada por el imperio y sus socios. Sólo que en Venezuela y Ucrania, aunque por vías diferentes, han encontrado su límite.
Creyeron ese objetivo al alcance de la mano tras la muerte de Hugo Chávez. A partir del 12 de febrero último, oscuros estrategas del Norte jugaron sus piezas claves en Venezuela, Colombia y Panamá, para poner al gobierno de Maduro ante la opción de renunciar o lanzar a la Fuerza Armada contra un movimiento presentado al mundo como rebelión popular encabezada por estudiantes.

La opción pareció inexorable en Mérida, con zonas “liberadas” por grupos paramilitares, pero también por momentos
en Caracas, donde grupos altamente entrenados, encabezados por mercenarios extranjeros, con tácticas aceitadas de enfrentamiento extremo bajo la forma de guerrilla urbana y con armamento especial, intentaron pasar de las guarimbas con relativa participación civil al terrorismo avalado siquiera pasivamente por un sector de la sociedad. Los hechos, mostrados paso a paso en el informe especial de esta edición, muestran el fracaso de esa escalada.
Quien esto escribe se siente obligado a explicar que él mismo supuso que el choque frontal era impostergable. En esa presunción hubo una evaluación parcialmente errónea de dos componentes: el descontento social provocado por los efectos de la guerra económica y el grado de cohesión y afianzamiento en la Dirección Político-Militar de la Revolución Bolivariana.

Pese a la peligrosa magnitud del primero, la adhesión revolucionaria de las masas no retrocedió más allá del punto crítico: la conciencia pudo más que el cruel látigo de la carestía, el desabastecimiento y la suma de impericia y corrupción en bolsones del aparato del Estado. El segundo no estaba probado antes y ahora pasa a ser factor principal: la destreza táctica de una firme estrategia transicional y la capacidad política para implementarla.
Como sea, el hecho es que la contrarrevolución falló una vez más. Como en abril de 2002, pero en un plano cualitativamente mayor, abril 2014 plasmó una nueva victoria para la Revolución y la consecuente, costosísima, derrota para el imperialismo y sus agentes locales. En el volátil damero del cuadro político regional, este saldo puede computarse como un laurel para América Latina y un sensible desplazamiento de las relaciones de fuerzas a favor de los países del Alba. Aunque la tensión continuará y se agravará sin pausa, planteando desafíos cada vez más elevados, esto se traduce ya en la política regional.

 
Provocación mayor

Clave en este desenlace fue la mesa de diálogo con la oposición. En consecuencia, contra ésta apuntó el núcleo resuelto a llevar a Venezuela a la guerra.

En la noche del 26 de abril un grupo comando, encabezado por un ex jefe de la Policía Metropolitana, emboscó, baleó primero, torturó luego y finalmente completó el crimen con otros tres disparos a Eliécer Otaiza, símbolo del militar comprometido con la Revolución, con la lucha contra la burguesía, el imperialismo y, particularmente, contra la corrupta cohorte de infiltrados en el aparato del Estado. El asesinato de este hombre querido y respetado por los revolucionarios pudo hacer explotar el diálogo de paz. Más aún: conocido el hecho poco antes de la movilización del 1º de mayo, pudo haber transformado la imponente movilización ya en curso en una descontrolada reacción punitiva contra figuras de la burguesía.

También allí fallaron los cálculos contrarrevolucionarios. La disciplinada combatividad radical mostrada por millones el 1º de mayo se combinó con la veloz y eficiente respuesta del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin): al 2 de mayo ya estaba detenido uno de los asesinos (Gregory Javier Torres Castillo, de 20 años), pero el ministro de Interior Miguel Rodríguez Torres y el propio Presidente aclararon que estaban identificados todos los participantes. En un momento particularmente duro de su discurso, Maduro explicó que no callaría la verdad respecto del asesinato de Otaiza. Y subrayó que si fuera Diputado y supiera lo que sabe como Presidente, revelaría mucho más en ese momento. Se limitó a señalar que el atentado había sido programado en Miami y que notorios periodistas locales avalaban la continuidad del crimen con una operación de desinformación y calumnia. Todos comprendieron. Los nombres omitidos sonaron en la conciencia de los manifestantes. Al día siguiente Rodríguez Torres informó en rueda de prensa que en el financiamiento y conducción política de las guarimbas estaban probadamente involucrados el titular de la alcaldía mayor de Caracas, Antonio Ledezma y el ex candidato presidencial y ex gobernador del Estado Carabobo Henrique Salas Römer. Viene allí un choque político de proporciones. También informó de la detención durante este período de 58 mercenarios extranjeros, varios de ellos colombianos, por lo menos uno estadounidense y expuso fotos de algunos de ellos con el ex presidente colombiano Álvaro Uribe.

También informó la detención de Rodolfo Pedro González Martínez, alias el “Aviador”, a quien sindicó como principal articulador de las guarimbas en la Gran Caracas. Y explicó que “el Sebin le incautó gran cantidad de armamento y una computadora portátil de la cual se extrajo información de gran interés para la investigación”. Más choques políticos en perspectiva.

En línea con lo ya adelantado por Maduro el día anterior, Rodríguez Torres acusó a Washington por desarrollar un “plan de conspiración e insurrección” y señaló los dos objetivos de Estados Unidos: “impedir la propagación continental del ideal bolivariano y apropiarse y controlar las reservas petrolíferas más grandes del planeta”.

No es lo que se lee en la prensa mundial. Por eso cabe responder con energía a una demanda de Maduro, quien en su discurso explicó el significado político de la campaña internacional de calumnias y pidió a los trabajadores contrarrestar en su labor diaria esa campaña fronteras adentro. La Revolución Bolivariana, dijo, necesita “que la defendamos ante la mentira”. Lucha ideológica y política asumida por las masas en el día a día.

Después de la portentosa movilización del día del trabajador, el discurso de Maduro y las denuncias con pruebas irrebatibles del ministro de Interior, quienes interpretaron la mesa de diálogo como rendición vergonzante y sometimiento al plan contrarrevolucionario, tal vez cambien de opinión.

 
Ofensiva contra la guerra económica

Desconocer el vigor consciente de las masas y la voluntad transformadora del Gobierno, sería tan pueril como minimizar los efectos a mediano y largo plazos de los problemas económicos que acosan a la Revolución y la ponen en peligro.
Ha tocado a un Presidente obrero afrontar el punto crítico de la transición, en medio de la tempestad económica mundial. La noticia es que lo está haciendo bien. Nicolás Maduro, autobusero, militante socialista desde los años jóvenes, luego parlamentario y más tarde canciller de Hugo Chávez, pasa la prueba allí donde fallan tantos diplomados en universidades de renombre. No es que el estudio sistemático, el saber acumulado por siglos, pueda ser reemplazado por simple voluntad o una inteligencia especial. Es que la teoría social contemporánea, particularmente la Economía Política (reducida a llana Economía), se ha convertido en apología ciega de un sistema condenado. Aquellos templos del saber forman meros engranajes destinados a sostener, emparchar y rectificar un sistema al que no se estudia científicamente y, por lo mismo, no se conoce y mucho menos se cuestiona. He allí la razón por la cual incluso el empirismo revolucionario, sobre todo si tiene base en la clase obrera, supera largamente a la pseudoteoría burguesa.

Rafael Ramírez, ministro de Energía y Petróleo y titular de Pdvsa, desde su responsabilidad como vicepresidente para la Economía ha llevado a cabo los planes táctico-estratégicos que coronan una labor largamente desarrollada por Chávez. Éstos afrontan las deformaciones resultantes de errores y desviaciones, sobre una base de enorme distorsión macroeconómica, típica de un sistema capitalista subdesarrollado, todo potenciado por la renta petrolera. La “ofensiva contra la guerra económica” encara los problemas más graves, amplificados y manipulados por la oposición: ineficiencia, improductividad, corrupción, escasez, desabastecimiento y carestía. Maduro llamó insistentemente el 1º de mayo “a los sindicatos, federaciones, centrales, consejos obreros, a sumarse a la ofensiva contra la guerra económica”. No cabe duda de que tendrá respuesta y ésta contribuirá a la participación y mayor concientización de la clase obrera. Así se acerará la voluntad de lucha de millones. Y se angostará hasta casi hacerlo desaparecer el margen social de maniobra para la burguesía.

No obstante, a término la lógica del sistema se impone. La ley del valor corroe y acaba por derrumbar las mejores intenciones y los mayores esfuerzos revolucionarios si cuenta con el espacio de gravitación que le da la propiedad privada de medios de producción fundamentales, de la banca y los aparatos de distribución comercial. No hay coincidencia en el pensamiento revolucionario mundial sobre este punto. Pese a que Rusia ha cambiado ya el curso estratégico seguido desde la caída de la Unión Soviética, la rémora teórica permanece e incluso se expande. La idea de que se puede combinar el socialismo con las leyes del mercado ha hecho carne en cuadros de toda condición. Por eso es más que bienvenida la punzante frase lanzada por Maduro en su discurso: “Hace falta más beligerancia en la lucha de ideas”, dijo. Y es verdad. Así como la Dirección Político-Militar de la Revolución Bolivariana debe afrontar los inéditos desafíos de una transición sin previa derrota militar de la burguesía, tiene un reto mayor en la tarea de recomposición teórica de las fuerzas revolucionarias en todo el mundo.

 
Transición y crisis global

En el día internacional de los trabajadores quedó explícita la gravedad del cuadro para la burguesía mundial. Si en Francia el gobierno socialdemócrata afrontó el rechazo masivo al anunciado recorte por 50 mil millones de euros y en España las manifestaciones denunciaron la catástrofe social de seis millones de desocupados, en Ucrania el ensueño de los acuerdos firmados horas antes por Estados Unidos, la Unión Europea y Rusia en Ginebra, se transformaba en pesadilla con el ataque militar aéreo de Kiev contra objetivos civiles en Slaviansk. Este crimen de factura nazi siguió a la proclamación de independencia y formación de repúblicas populares en Jarkov, Lugansk y Donetsk, prólogo de un fenómeno de múltiples facetas: dinámica de desmembramiento de Ucrania, extensión a todo el país de la radicalización a izquierda de esta región sureste y cambio del papel de Rusia en este país y en buena parte –los meses próximos dirán cuál y cuánto– del área antes congregada en la Unión Soviética. La envilecida prensa comercial calla la naturaleza y la conducta fascista del gobierno ucraniano de facto, carga las tintas sobre una supuesta intención imperialista de Rusia y oculta por completo el plan de operaciones militares estadounidense, bautizado Tormenta de Primavera: un despliegue de tropas de la Otan en los países bálticos, Polonia y Ucrania, capaz de detonar un conflicto de magnitudes incontrolables.

Como causa última de ese guerrerismo imperial el 1º de mayo también fue signado por un anuncio de resonancia histórica: China sobrepasará este mismo año a Estados Unidos en capacidad económica. Washington pierde su primacía mundial en ese terreno luego de un siglo y medio de hegemonía indisputable.

Pero en medio de este terremoto del sistema capitalista y la reconfiguración en curso de la geopolítica mundial, resalta no sólo la nueva victoria de la Revolución Bolivariana, sino el vigor de la clase trabajadora y las juventudes en los países del Alba y, subrayadamente, en Venezuela, Cuba y Bolivia, donde las masas salieron a la calle enarbolando un programa de acción antimperialista y una estrategia socialista.

Esta columna ha reiterado la idea de que, en medio de la crisis ideológica, política, teórica y organizativa del movimiento obrero internacional, los procesos políticos en aquellos tres países plasmaron en la última década una forma nueva de vanguardia, en cuyo conjunto preponderó Bolivia como avanzada social, Venezuela llevó al frente la bandera política y Cuba mantuvo la primacía ideológica.

No se trata de una división metafísica, desde luego. Y en el último período esos rasgos han cambiado en varios sentidos. Se trata de asumir la desigualdad, la fortaleza y las debilidades de cada proceso; la necesidad imperiosa de hacer consciente y organizada la combinación de esas desigualdades, ya no sólo para estos países, sino para todos los trabajadores y pueblos del mundo que afrontan sin estrategia la crisis del sistema capitalista y la dinámica de guerra que impone su agonía.

“Este es el siglo de la esperanza socialista” dijo Maduro en otra inspirada frase del discurso en el día mundial de los trabajadores. Bajo fuego, la Revolución Bolivariana continúa encarnando esa esperanza.

 

2 de mayo de 2014

 

XII° aniversario del primer golpe fallido en Venezuela

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En momentos en que se reitera la intentona golpista, aunque ahora con otros actores y otras formas, porque hay una nueva Venezuela, es apropiado reproducir el posicionamiento del autor frente al golpe de estado del 11 de abril de 2002. El acto en el que hizo esta exposición fue boicoteado por el embajador venezolano de entonces, promotor apenas encubierto del naciente partido Primero Justicia. 12 años más tarde, ya sin la presencia física del comandante Hugo Chávez, las certezas expuestas en aquella oportunidad, continúan incólumes.

 

 

Acto de solidaridad al día siguiente del golpe de Estado

  12/04/2002

 

Exposición del autor en el Aula Magna de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, al día siguiente del golpe de Estado, el 12 de abril de 2002. La conferencia había sido programada por la revista Crítica de Nuestro Tiempo, con la presencia de altos representantes del gobierno venezolano: el profesor Adán Chávez, el gobernador de Méridas Florencio Porras, los diputados Tarek William Saab, la diputada Milagros Santamaría y el por entonces titular del Comando Político de la Revolución, Guillermo García Ponce. La conferencia fue transformada en acto de solidaridad.

 
Buenas noches. Ante todo quisiera preguntar –porque hay tanta gente que no puedo ver a todos– si hay representantes de partidos políticos, sindicatos, asambleas e instituciones de cualquier tipo que quieran adherirse a esta manifestación de repudio al golpe de Estado en Venezuela. Todos tienen un lugar en la mesa. No es el acto de la revista Crítica que habíamos preparado. Es una circunstancia especial y especial tiene que ser la respuesta. De manera que si hay alguien y quiere pasar, pues con mucho gusto está invitado a sumarse a esta mesa.
Como ustedes saben el objetivo previsto de este acto era hacer una exposición por parte de varios altos dirigentes del Partido y del Gobierno. Varios altos dirigentes del Partido y del Gobierno debían estar sentados conmigo esta noche aquí. Ustedes saben por qué no ha sido posible. Uno de ellos, el diputado Tarek Saab, está preso. Los demás, decidieron a última hora cancelar su viaje.
No hay que decir que compartimos su decisión: ¡debían permanecer allá!
Yo no quisiera dramatizar sobre lo que pasa. Es dramático un golpe de Estado, la persecución, los muertos de ayer; pero me parece que tenemos que hacer un gran esfuerzo por mirar esto en todo su dramatismo pero con objetividad y con valentía. Porque no es un rayo en cielo sereno; no es una circunstancia que no pudiera haber sido prevista. Aunque de esta manera, como ocurrió, admito que yo jamás lo pensé.
Y debo comenzar por ese punto. Porque he escrito y he hablado mucho sobre Venezuela. Y he dicho, en muchas oportunidades, que un golpe de Estado estaba excluido. Y soy de los que creen que cuando alguien dice algo se tiene que hacer cargo de lo que dice. Yo no admito dirigentes políticos, ni dirigentes de ningún género, que hoy dicen una cosa y mañana dicen otra. Yo he dicho y he repetido que un golpe de Estado estaba excluido, y después voy a explicar por qué lo dije y cuál es la significación de eso hoy día.
Pero lo primero es que al analizar esta situación tenemos que entender que recién esta tarde se ha comenzado a hablar de golpe de Estado. Hasta ayer era “la renuncia de Chávez”. Hoy todavía en la mayoría de los medios de comunicación fue “la renuncia de Chávez”. Tuvimos que aparecer en cantidades de medios un grupo de personas haciendo hincapié en el hecho harto evidente –pero sin embargo ocultado– de que se trataba de un golpe de Estado contra un gobierno constitucional democráticamente elegido. Esto tiene una significación muy profunda.
Todos ustedes saben que había dos causas fundamentales que ponían a Estados Unidos contra el gobierno de Chávez de manera absolutamente inexorable.
Una de ellas era la más obvia, la que se ve todos los días: el precio del petróleo. Ya es suficiente para derrocar uno y cien gobiernos; para provocar una y cien guerras. Pero déjenme decirles que no era la causa más importante. El punto fundamental en mi opinión es que Estados Unidos después de 10 años de primacía en el mundo, ha perdido la iniciativa política en varias regiones del planeta. Y muy específicamente en América Latina. Perder la iniciativa política significa ni más ni menos que aquellas banderas con las que recuperó el lugar que había perdido en los años 1970 con la guerra de Vietnam; aquellas banderas con las que en última instancia enfrentó a la Unión Soviética y políticamente la venció, no las tiene más.
Esas banderas son: democracia y derechos humanos.
Como muchas corrientes de izquierda revolucionaria no habían asimilado en toda su profundidad el valor histórico de la consigna democracia, Estados Unidos tuvo la posibilidad en los 1980 de levantar una bandera –que no le pertenece, que ha mancillado permanentemente– y sin embargo mostrarse como representante ante el mundo de los derechos humanos y la democracia.
El absurdo más inconcebible: Estados Unidos acababa de devastar Vietnam, Laos y Camboya; y se presenta ante el mundo como el defensor de los derechos humanos. Había hecho golpes de Estado aquí y allá en todo el planeta, y aparecía como el representante de la democracia.
Y el mundo lo creyó; los académicos lo creyeron; los periodistas lo creyeron; los políticos, incluso muchos de izquierda que se dieron vuelta en el camino, si no lo creyeron dijeron haberlo creído. Y estafaron a quienes son mayoría esta noche aquí: ustedes, los jóvenes.
Los estafaron con la promesa de que el mundo iba a vivir en democracia, que el desarrollo y la garantía de los derechos humanos se conseguirían sobre la base de este sistema; que había que corregir, reformar, pero que era el único posible. Los estafaron. Y no podíamos, ante la opinión dominante en el mundo, hacernos oír por las masas y explicar que estaban siendo estafados. Hoy quien quiera verlo lo ve, sin ayuda. Y esto es lo importante en este golpe de Estado que no es el primero y no va a ser el último.
Estados Unidos no fue ni puede ser jamás –mientras sea capitalista, potencia imperialista, claro, porque también le va a llegar su hora– no puede ser el abanderado de los derechos democráticos, de las garantías constitucionales, de los elementales derechos de la humanidad. A todos los viola aunque hace con algunos una muestra, una exhibición pública, pero en determinados lugares y en determinados momentos.
La gravedad y la imposible solución de la crisis del capitalismo hace que el sistema y sus gobernantes no puedan garantizar ningún derecho humano. En primer lugar el más elemental: que todas las personas coman todos los días. Pero con el curso de los acontecimientos no pueden garantizar la Constitución, las leyes, no pueden garantizar la verdad. Hace 10 días o un mes hemos sabido –no se puede creer pero hay que creerlo, porque se publicó en todos los diarios, salió en la tapa del New York Times– que el gobierno de Estados Unidos había creado formalmente una comisión para mentir a la prensa del mundo. Lo nuevo era, desde luego, que formaban la comisión públicamente, pero fíjense hasta dónde se llega. Ahora dicen que la disolvieron; y todos decimos: ésa fue la primera tarea de la comisión (risas). Este es el significado de lo que está pasando. Para sobrevivir, el capitalismo, el imperialismo, con Estados Unidos a la cabeza, debe violar la democracia.

 

No hay en todo el planeta ningún gobierno que haya hecho en dos años y medio seis elecciones consecutivas; las haya ganado a todas, las haya ganado a todas con cada vez mayor cantidad de votantes y con mayor porcentaje frente a sus adversarios. Eso es el gobierno del presidente Chávez; eso es.
Y sin embargo, durante meses, meses y meses hemos asistido a una campaña sistemática de esos órganos de la mentira y de la antidemocracia que son los medios de incomunicación de masas, diciéndonos que había una dictadura en Venezuela. Contra toda lógica, contra toda evidencia.
Pérez Esquivel, que acaba de mandar la adhesión a este acto, ha dicho algo que yo comparto absolutamente. No he visto jamás, dijo Pérez Esquivel, jamás, una prensa nacional que atacara a las autoridades con la libertad y la brutalidad con que se lo hace en Venezuela.
Yo confirmo que esto era así, y hace mucho que es así. Desde que Chávez asumió no hubo un solo periodista preso, no hubo una sola radio cerrada, no hubo un solo canal intervenido. Y habrá que preguntarse si son aciertos o son errores políticos de Chávez. Pero lo que no se puede preguntar es si esto es democrático o no democrático.
Entonces éste es el primer gran factor que debemos despejar en la significación trascendental de este golpe: Estados Unidos vuelve a las únicas armas que tiene, la mentira, la violencia. Y no solamente para Venezuela. Pero hubo otro aspecto.
Cuando se trabaja con seriedad sobre los hechos hay que tener cuidado con los errores, porque en los errores hay una parte de verdad que puede ser muy importante. Puede sonar absurdo lo que yo les diré ahora, pero lo voy a decir porque es la base para comprender no sólo lo que pasó, ni tanto lo que pasó, sino lo que va a pasar en Venezuela de ahora en más.
La oposición política perdió todas las batallas en Venezuela, y antes de ayer y ayer mostró absolutamente su debilidad extrema. Lo estoy diciendo en el mismo momento en que tengo que admitir que hubo un golpe de Estado.
Miren, la secuencia es la siguiente. El 10 de diciembre… vamos a empezar un poquito más atrás. Me lo contó el propio protagonista de lo que les voy a explicar, el principal cerebro de la oposición, Allan Brewer, hace veinte días en Caracas.
El 5 de noviembre Brewer reunió a todos los sectores de la oposición, partidos, sindicatos y organizaciones de cualquier tipo en su casa, en su biblioteca. El es un hombre de la rancia oligarquía venezolana; ex ministro, ex senador, tiene el estudio jurídico más importante de Venezuela. No por acaso, fíjense, era el abogado de Enron en Caracas. Bueno, este señor, me dijo que reunió –o sea que tenía lugar en su casa, muy chica no debe ser– en su escritorio a toda la oposición, y descubrió que era la primera vez que se reunían en dos años. Entonces allí él presentó un programa de acción. Y se pusieron de acuerdo; se recompuso la oposición y plantearon un paro para el día 10 de diciembre.
Sobre la base de la CTV (Central de Trabajadores Venezolanos, asociada a la Socialdemocracia Internacional, a la Ciosl; brazo sindical de Acción Democrática que es el partido Socialdemócrata de Venezuela), y de Fedecámaras, que es una entidad empresarial que vendría a ser una instancia que agrupa a la vez lo que aquí en Argentina es el Consejo Empresario, la UIA, la Sociedad Rural y las entidades de banqueros.
Sobre la base de estas dos organizaciones se hizo un paro en el cual los patrones garantizaban a los trabajadores que les pagarían el jornal, y cerraron las fábricas. Eso se llama lock out, no se llama paro, no se llama huelga. Pero como quiera que se llame, y como quiera que sea, ese paro fue exitoso, muy exitoso el 10 de diciembre.
Así lo escribí. Yo estaba allá ese día, así lo escribí inmediatamente diciendo “fue exitoso el paro”. Ese mismo día Chávez hizo cantidad de movilizaciones y manifestaciones y lanzó una contraofensiva muy poderosa.
Hacia fines del mes de diciembre, montada en la gran experiencia positiva para ellos del 10 de diciembre, esa coalición contrarrevolucionaria le puso fecha a una Huelga General de 48 horas: el 18 de marzo. Entre comienzos de enero y comienzos de marzo hubo una sucesión de acontecimientos, fechas determinadas en las cuales la oposición convocó a sus bases e hizo manifestaciones importantes. Sobre todo el 4 de febrero, que era el aniversario de la sublevación militar de 1992, encabezada por Chávez. Y el 4 de Febrero la oposición juntó a 180 mil personas en la Plaza Francia, que está en el Este de la ciudad de Caracas, el lugar elegante, el lugar de los ricos de la ciudad. En ese momento –la prensa no lo decía, mostraba que había mucha gente contra Chávez (bueno, 180 mil personas es mucha gente), pero lo que no decía la prensa es que en ese mismo momento en Miraflores, que es el Palacio de Gobierno, en el centro de la ciudad de Caracas, había cientos de miles, algunos dijeron millones de personas. ¡¡Y la prensa internacional lo ocultó!! A partir de ahí, y de otras varias pruebas de fuerza, se trabajaba para el paro del 18 de marzo. Pero los resultados no eran auspiciosos para la oposición. Porque se percibía que las bases sociales se daban vuelta frente a sus dirigentes sindicales y se replegaban en relación con ellos.
Entonces para poder promover el paro, la huelga general, lanzaron una huelga de petroleros con un argumento claro. Toda la política de Chávez iba contra la política de la conducción de Pdvsa, que es la YPF de allá, sólo que mucho más importante. Es una empresa estatal que querían privatizar. Entonces largan la huelga petrolera –nuevamente me toca a mí estar ahí– largan la huelga petrolera en la semana del 11 al 15 de marzo y la huelga petrolera fracasa completamente. Se ven obligados a levantar la fecha de la huelga general del 18 de marzo y no le ponen fecha y se fractura la CTV; se fractura la burocracia sindical. Un sector importante, mayoritario, de las direcciones sindicales rompe con el presidente de la Central de Trabajadores, que por supuesto no es central y no es de trabajadores. Y no es venezolana.
En lugar de una huelga general el 18 de marzo, largan una huelga general por tiempo indeterminado de médicos en esa misma fecha. Fracasa totalmente, como me lo adelantó la ministra de salud, María Lurdes Urbaneja. Hay pruebas, hay argumentos dichos y publicados por la propia prensa de la oposición. No se puede ocultar que la huelga médica había fracasado. Y en medio de la semana lanzan una huelga docente. El ministro de educación es un maestro, un maestro que viene de una organización revolucionaria, Aristóbulo Istúriz. El sale a la calle a explicar los motivos del paro llamado por la conducción de CTV y la huelga docente fracasa.
Todo esto está comprobado, no son palabras. Es en esta situación que este líder de la oposición llamado Allan Brewer, me dice con todas las letras: “La oposición se ha fragmentado hasta lo imposible, no se puede hacer la huelga general”. Y dice más: “con una huelga general se termina, no se empieza”. Acuerdo total, aunque sea este señor quien lo dice.
Bueno, con este cuadro de fragmentación de la cúpula opositora, fragmentación dentro de Fedecámaras y fragmentación dentro de CTV; y con un vuelco masivo de la población en contra de estas conducciones aunque esto no necesariamente signifique que todo el movimiento sindical se alineó con Chávez, se lanza la huelga general finalmente para comienzos de esta semana.
¿Y qué ocurrió? Fracasó la huelga general. Absolutamente: fracasó la huelga general. Esta vez muchos de los patrones que cerraron las fábricas –que ya no eran tantos como lo fueron el 10 de diciembre– se encontraron con que los obreros iban a la puerta de fábrica a pesar de que tenían el día garantizado, la paga, la continuidad del trabajo y el día franco. Iban a la puerta cerrada de la fábrica, y en algunos casos las abrieron.
El comercio funcionó totalmente, el transporte funcionó totalmente, Pdvsa funcionó totalmente. Y todos los empleados del Estado trabajaban. (No dejen de recordar que los empleados del Estado siguen siendo los empleados del antiguo régimen). Todos fueron a trabajar. Por la razón que sea, pero todos fueron a trabajar. El paro fracasó absolutamente. Y sobre la base de ese fracaso ostensible, absolutamente imposible de negar, se lanzó la huelga general por tiempo indeterminado. Eso fue el miércoles. El jueves al mediodía los canales de televisión, todos en manos de la oposición, excepto Venezolana de Televisión que es del Estado –pero que no controlaba por completo el gobierno– esos canales de televisión ayer al mediodía anunciaron que Chávez había renunciado y que había que ir a Miraflores, a la Casa de Gobierno, para dar el empujón final a los militares para que derrocaran al Gobierno completo. Con esta argumentación, con esta mentira, los canales de televisión convocaron –militaron cabría decir– para la marcha a Miraflores. Pero Miraflores, como en todas las movilizaciones anteriores, estaba rodeado por decenas de miles de miembros de los círculos bolivarianos revolucionarios desde un día antes de la proclama de la huelga general. Es decir que llamar a una manifestación hacia Miraflores era llamar a la confrontación, al choque frontal con los círculos bolivarianos que rodeaban la Casa de Gobierno y que defendían a Chávez. Que defendían, vamos a ser más precisos, a la Revolución Bolivariana. Y que eran decenas de millares. En acuerdo, todos los medios de incomunicación anunciaron que Chávez había renunciado. Sobre la base de una mentira en cadena, llamaron a una manifestación para provocar un choque entre dos partes de la sociedad. Un choque obviamente armado. Mientras tanto había un agente de investigación, un espía del gobierno –seguramente había más de uno– en la marcha armada de esta manera, en la manifestación de la derecha. Lo descubrieron y lo mataron. Fue la primera baja que hubo ayer. Después… los acontecimientos ustedes los conocen. En todo caso después puedo dar detalles. Pero lo que quiero subrayar es que no fue una movilización de masas y no fue la oposición política la que derrocó a Chávez. Fue otra fuerza, que no tenía y no tiene fuerza para gobernar políticamente a Venezuela.
¡¡No podrá gobernar!! Excepto sobre la base de la extrema represión, no hay la menor chance de que pueda gobernar.
La gran pregunta y que queda pendiente –yo al menos no puedo responderla hoy, pero voy a estudiar el punto sistemáticamente y apenas tenga una conclusión la transmitiré– es por qué Chávez no actuó de otra manera. Por qué a las cuatro de la mañana pueden detenerlo cuatro generales. La hipótesis más manejada es que hubo una amenaza de masacre de las personas que rodeaban Miraflores. Esto es lo que más inmediatamente está planteado como explicación.
Bueno: pero ¿por qué se llega a esa situación? Todo esto queda abierto y deberá ser respondido. Pero hay una cosa: Chávez no ha renunciado. Chávez está vivo y es un problema tremendo. Porque hay que matarlo, lo cual es un problema enorme. No les temblaría la mano, ustedes se dan cuenta, si no temieran las consecuencias inmediatas. Hay que matarlo pero no pueden. Hay que meterlo preso entonces en Venezuela. ¿Pero cómo se hace para tener preso en Venezuela, a un hombre que, no cabe la más mínima duda, tiene el apoyo de la inmensa mayoría de la población venezolana?
O hay que mandarlo al exilio. Nosotros desde esta mesa, aceptamos que venga a Argentina. Nos ponemos a trabajar con todo su equipo para organizar el Movimiento Bolivariano Revolucionario, en toda América Latina. ¡¡A ver si lo mandan a Argentina!! (aplausos)
Además de Chávez y de Diosdado Cabello, que era el Vicepresidente, hay una cantidad de gobernadores, hay la mayoría de los diputados, hay cientos de intendentes o alcaldes, como se llaman allá. ¿Los van a meter a todos presos?, ¿Los van a matar a todos? Bueno, supongamos que sí (dice alguien: “la derecha no tiene escrúpulos). No es un problema de escrúpulos, es un problema de poder. Desde luego, coincido absolutamente: no tienen escrúpulos. Pero supongamos que se hace eso. ¿Qué se hace con los millones de personas que manifestaban constantemente a favor del gobierno en toda Venezuela? ¿También se la va a masacrar? (dice alguien: Franco en España lo hizo…)
No es mi intención dialogar, porque de ese modo se pierde el hilo de lo que estoy tratando de exponer, pero quiero decir que Franco primero tuvo que ganar una guerra. Y ése es el punto al que voy: si quieren hacer esto, van a comprar lo que no pueden comprar. Es una guerra. Este era el punto al que quería llegar.
Si Chávez hizo bien o mal, si pensó o no pensó que ante la inevitabilidad de la guerra estaría más legitimado no como el presidente que asume esa situación sino como el hombre al que se le ha impuesto lo que no quería, es una de las conjeturas, de las posibilidades. Se puede discutir. Lo que no se puede discutir es que ayer quedó cabalmente probado que la oposición política, la oposición social, no tenía fuerza para ninguna otra cosa que no fuera movilizar mediante argucias, mentiras y medios masivos, a entre 50 y 80 mil personas.
Ahora vamos a ver quién gobierna con esa base social, a un país en que, déjenme decir, hay 15 mil círculos bolivarianos con un mínimo de cinco miembros cada uno y hay un número considerable de ellos –no sé cuántos pero muchos– con inequívoca determinación de asumir la lucha en todos los terrenos y, presumiblemente, con armas.
Hay un sector importantísimo de las fuerzas armadas, sobre todo de coronel para abajo, que no está de acuerdo con esto y que está con Chávez. Estamos ante la división, ya en otro terreno, que habíamos visto muy claramente marcada en la sociedad venezolana. Pero ahora tiene que gobernar un señor que ha sido puesto en nombre de la democracia por tres personas. Desconociendo al Parlamento, ¿Qué van a hacer con el Parlamento? No estamos hablando de lo que quieren hacer; estamos hablando de lo que pueden hacer y pueden hacer sin consecuencias que los arrolle inmediatamente.
Entonces, he aquí mi visión de lo que esta pasando en Venezuela. El problema más grande que se planteó en el último período de la Revolución Venezolana es que Chávez y su equipo no tenían un partido, no tenían la herramienta política para encauzar a la masa que sí tenían y tienen.
Pero fíjense que en el último período Chávez aceleró precisamente en dos direcciones claves. En dos direcciones sobre las cuales nosotros desde nuestra revista Crítica, hemos repetido que se debe trabajar; lo hemos repetido una y otra vez, no para Venezuela –porque no damos línea para Venezuela– sino para Argentina: una herramienta política de masas que congregue a la totalidad de la población explotada y oprimida, más allá de sus definiciones ideológicas y políticas; y un partido político con un claro programa de lucha revolucionaria.
Los círculos bolivarianos son esa herramienta de masas. Y con el conjunto de organizaciones que apoyaban al gobierno el 11 de enero pasado se fundó el Comando Político de la Revolución, cuyo presidente debía estar hoy en esta mesa: el compañero Guillermo García Ponce, un viejo luchador, sin Partido ahora, pero siempre hombre de Partido y hasta hace unos cuantos años, cuando rompió con el Partido Comunista. Este compañero que deberíamos estar escuchando ahora es el responsable del Comando Político Revolucionario. Iba a estar con nosotros para informar, para discutir de este tema crucial del partido y para discutir la realidad venezolana. Estaba en marcha y hay que suponer que sigue en marcha la idea de la construcción de ese Partido, pero no dieron los tiempos.
Un viejo teórico de la revolución social lo dijo hace mucho tiempo: si no se lo construye antes, en el momento de la eclosión de la crisis no se puede construir el Partido capaz de garantizar la Revolución.
Esa es la gran lección. Yo creo –y con esto les voy a dejar ya la palabra a todos ustedes– que nosotros debemos transformar esto que inicialmente era un acto de ilustración y de debate, a partir del cual nos proponíamos formar un movimiento contra la guerra (porque estábamos hablando de un movimiento contra la guerra antes de esto y sin suponer que esto iba a ocurrir; porque la guerra no tiene que ver con esto. Al revés: esto tiene que ver con la guerra. Pero nosotros ahora estamos proponiendo –y ya tenemos muchas adhesiones– conformar hoy mismo un movimiento de solidaridad con Venezuela (Aplausos).
Y proponemos encargar desde ya al compañero Pérez Esquivel una misión internacional, para garantizar la integridad del presidente Chávez y de todos los detenidos y perseguidos por los golpistas.
Proponemos a todos ustedes y a los muchos que se sumarán una misión internacional que viaje de inmediato a Caracas, encabezada por Pérez Esquivel e integrada por muchas personas, varias de las cuales están aquí presentes. Para ir a Caracas, si es posible pasado mañana, con un aviso internacional de que se está yendo, con el acompañamiento de la prensa internacional que podemos garantizar y para decir esto: si quieren asumir que son represores no hablen de la democracia, y si quieren hablar de democracia cúmplanla; ¡¡cumplan con los requisitos elementales, el primero de los cuales es la restitución de Chávez en el poder!!
Tenemos que tener el máximo de audacia y de amplitud para formar esta comisión. Tenemos diferencias políticas y diferencias ideológicas a montones y ninguno se va a olvidar de ellas y a ninguno se le debe pedir que las olvide. Tendremos que ser capaces de entender el momento que vive América Latina y el mundo.
Estados Unidos, el 11 de septiembre pasado, le declaró la guerra a seis mil millones de personas sobre el planeta. Y el 29 de enero en el discurso denominado “El estado de Unión” el presidente Bush dijo con toda claridad que iba a la guerra. A la guerra en todo el mundo, y contra todos. Y hay que reconocerle un mérito: a las palabras las acompaña con la acción.
Bueno, pues eso es lo que hay que enfrentar. Entonces, llamamos a todos, ¡a todos!, cada cual con su bandera al hombro, con su bandera en alto, pero junto a quien quiera que sea que se oponga a la guerra; que se oponga al imperialismo y que se oponga a la dictadura.
Le dejo entonces, la palabra a la asamblea, no sin antes decir que quisiera que subieran a la mesa compañeros a los que veo y si hay alguien que no veo por favor que se haga ver porque hay mucha gente. Quiero invitar al compañero Julio Louis que es representante de la Corriente de Izquierda del Frente Amplio de Uruguay, quiero invitar a un compañero, coronel retirado del ejército, Horacio Ballester (..) me disculpo porque no había visto al decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, Dr. Federico Schuster y, por favor, si estoy cometiendo una omisión ayúdenme a enmendarla rápidamente. Tiene la palabra entonces el señor decano de la Facultad (Aplausos prolongados).