G-20, ajuste, guerra y manipulación

PorLBenAXXI
Ni las formas se guardaron en Toronto: antes del G-20 se reunió el G-8. Y para que nadie dude, invitaron al saliente presidente Álvaro Uribe. Washington premió al fiel servidor que le entregó Colombia para instalar bases de guerra apuntadas a la región. Ante el testigo mudo los jefes imperialistas trataron lo importante. Luego llevaron las conclusiones a la mesa de sus subordinados. Aparte la hojarasca, el G-8 acordó un objetivo: continuar la marcha belicista contra Irán y Corea del Norte; fortalecer el cerrojo militar contra América Latina.

Si la reunión de los 8 fue para amarrar sus puntos de acuerdo, horas después, ya en el escenario del G-20 (más cinco invitados: España, Holanda, Vietnam, Etiopía y Malawi), las potencias imperiales exhibieron las contradicciones que los enfrentan. Y se hizo evidente que Washington ya no es la voz inapelable.

Para explicar el choque entre la Unión Europea y Estados Unidos los medios de difusión (y algunos mandatarios) se aferraron a una falacia: debate ideológico entre neoliberales empeñados en un ajuste fiscal y neokeynesianos abogando por políticas de intervención estatal.

No es la ideología lo que rige la marcha de la economía mundial. La UE no se opone por razones teóricas a mantener y acrecentar los déficits fiscales de sus componentes, sino porque el desbalance de sus cuentas lleva al colapso bancario. Eso arrasaría al euro y pondría en riesgo la existencia misma de la UE. Washington necesita demoler a su principal adversario en la disputa por el mercado mundial. Necesita igualmente de la reactivación europea, porque para evitar su propia recaída en recesión debe mantener el flujo de las exportaciones estadounidenses al viejo continente.

Es jugar con fuego. Las consecuencias del eventual derrumbe europeo golpearía como un tifón a Estados Unidos. Pero la Casa Blanca parece haber concluido que no hay precio de saldo en esta crisis. Y aunque sea irracional, busca exorcizar el fantasma de la depresión empujando al abismo a su socio-enemigo de mayor envergadura.

En un plano subordinado, cuenta también el choque entre la voracidad del capital bancario y la producción primaria e industrial: con las famosas derivativas la especulación llegó a límites inauditos. La reforma lograda por Barack Obama trata de acotar ese fenómeno con más controles. Pero el desenfreno especulativo proviene de la imposibilidad de obtener tasas de ganancias adecuadas en la producción y el comercio. Y esa imposibilidad resulta de la competencia, la tecnificación y la sobreproducción; no de funcionarios desavisados, incapaces de ver pasar un rinoceronte por sus oficinas. La especulación fue el único refugio temporario del capital en crisis. La pugna por ver si es más progresista tasar las transacciones financieras o defender mayores impuestos al comercio es apenas un toque farsesco en la tragedia.

 

Malestar de masas en Estados Unidos

Otro factor cuenta para explicar la conducta de Washington: el creciente descontento interno. Se multiplican signos de que las clases medias y los trabajadores –desocupados o amenazados con el despido– comienzan a actuar de modo tal que se suman como factor de inestabilidad. Si al desempleo neto se suma a quienes involuntariamente trabajan 20 hs semanales o menos y a quienes han desistido de buscan empleo, la cifra llega al 20%. En algunas regiones, estos guarismos se duplican. Ya en el período previo a la asunción de Obama la clase dominante mostró que Estados Unidos bordeaba una crisis política. Obama no tiene el piso firme bajo sus pies. Ahora se ensancha la base del conflicto potencial. La existencia de una nación latinoamericana con 50 millones de habitantes en el seno de aquella sociedad, y el fenómeno de radicalización en curso en el hemisferio Sur del continente, con el Alba como bandera, tiene en vilo a los estrategas de la Casa Blanca. En cambio la UE se aferra a la Confederación Sindical Internacional, que a través de poderosos sindicatos y partidos reformistas regula hasta el momento la ira de las masas europeas. Para ajustar su labor de muleta imperial la CSI se reunió también en Canadá antes del G-20.

En suma, la disputada declaración final de Toronto llegó a un consenso: “reducir el déficit a la mitad para 2013”. Quedó atrás el acuerdo de Pittsburgh, cuando por unanimidad se llamó a alentar el giro económico desde las arcas fiscales. En cambio se ratificó la decisión firmada por todos en encuentros anteriores, de someter el sistema financiero en cada país a una mayor supervisión. Claro que el ajuste “debe ser a la medida de las circunstancias nacionales” de cada país. Se trata de “impulsar políticas de reducción del gasto público que no dañen el crecimiento”. Retórica al servicio del ocultamiento y la mentira: el anfitrión canadiense Stephen Harper recibió a sus invitados anunciando que “la recuperación sigue siendo extremadamente frágil y los riesgos son reales”. El choque entre la UE y Estados Unidos deja al imperialismo sin estrategia conjunta. Analistas serios del capital concluyen que aumenta el riesgo de “un colapso descoordinado”.

La operación de relaciones públicas realizada en Toronto el 26 y 27 de julio costó 1.200 millones de dólares. Irracionalidad llevada al paroxismo. Pero tuvo su fruto: lograron ocultar que la estrategia imperialista, en ese punto unificada, es avanzar por el camino de la guerra. En 2008 el G-20 evitó el desplazamiento de países claves hacia instancias alternativas. Ahora, la incapacidad de Estados Unidos para hegemonizar el bloque abre una nueva posibilidad: al menos dos países latinoamericanos podrían revisar su orientación y sumarse a la principal tarea de la hora: detener la locura belicista del capitalismo encarnada en la Casa Blanca. La historia los observa.

 

Recaída capitalista

PorLBenAXXI

 

Finalizó el fugaz ensueño inducido y la verdad volvió por sus fueros con ímpetu bestial: la Unión Europea vive un momento dramático, corre el riesgo cierto de perder el euro y desintegrarse, inicia un ajuste salvaje en detrimento de las masas trabajadoras, ve esfumarse la perspectiva de reactivación, amenaza la estabilidad de la banca mundial (los Bancos estadounidenses son acreedores por 193 mil millones de dólares sólo de la deuda griega) y, con eso, recorta la expectativa de reactivación, trae el temor a una nueva recesión y replantea, con mayor vigor que en 2008, el riesgo de que ésta se transforme en depresión.

Para eludir la caída en dominó, la UE destinó 750 mil millones de euros (equivalentes a un millón de millones de dólares), para que los Estados fallidos puedan pagar sus deudas a los Bancos. Por detrás hay algo más grave: el desbarajuste en los equilibrios macroeconómicos que llevaron a Grecia al colapso se repite sustancialmente idéntico no ya en España, Italia y Portugal, entre otros países menores de la UE, sino en Alemania y Estados Unidos. Dicho de otro modo: el plan de ajuste que el FMI impone a Grecia –y que a la fecha ya han adoptado ese país, España, Italia y Gran Bretaña– deberá necesariamente aplicarse en Estados Unidos y en la principal economía de la UE, Alemania.

Por lo pronto, los 16 países de la eurozona han anunciado que recortarán sus presupuestos para los próximos dos años en 300 mil millones de euros (unos 370 mil millones de dólares). Gran Bretaña, por su lado, reducirá sus gastos en 106 mil millones de libras esterlinas (alrededor de 146 mil millones de dólares) en cinco años. El impacto sobre la población será durísimo, sobre todo si se tiene en cuenta que ya carga con el peso de las medidas adoptadas en 2008, las cuales, según el presidente de la Comisión Ejecutiva de la Unión Europea, José Barroso, “nos hicieron dar un salto para atrás de 10 años en el nivel de vida”.

¿El ajuste actual provocará otro retroceso de 10 años? Se verá. En cualquier caso, pocos confían en que las drásticas medidas adoptadas reviertan las fuerzas centrífugas que amenazan la existencia de la UE y el equilibrio del capitalismo mundial. La caída de la tasa de ganancia continúa demoliendo las columnas del sistema.

 

Contrincantes en el fragor de la crisis

Aún no es perceptible a simple vista, pero ya se lo puede comprender sin abstracciones teóricas: la lucha interimperialista entre Estados Unidos y Europa está desatada y marca el ritmo de la crisis global.

El colapso griego fue aprovechado por las corporaciones estadounidenses para intentar demoler el euro y, a la par, la Unión Europea. Barack Obama jugó sin disfraces el papel de representantes de los grandes capitales industriales, comerciales y financieros estadounidenses, que necesitan desarticular el bloque de 27 países, que se constituyó en la primera potencia económica mundial y sobrepasó en todos los terrenos, excepto el militar, al imperialismo estadounidense. Gran Bretaña, el león desmelenado –aunque todavía con algunos colmillos– está subordinada sin protestas a su antigua colonia devenida metrópolis. El viejo continente se bate hoy contra Estados Unidos para poder sostener y completar un proceso de unificación imprescindible para competir con Washington, aunque inviable bajo las exigencias del sistema capitalista, como prueba la crisis en curso.

Conviene ir hacia atrás y señalar que en la década anterior, las principales empresas europeas habían sacado mucha ventaja a las estadounidenses. La UE alcanzó el 17% de las exportaciones mundiales, mientras Estados Unidos descendía abruptamente, del 17 al 11%. Las ventas en el exterior de empresas europeas dieron a este bloque el 39% del total mundial, contra el 30% de Estados Unidos (En ese reparto, el bloque Bric –Brasil, Rusia, India y China– tiene el 20% de las exportaciones, China con la parte del león). Un estudio centrado en algunas empresas indica que, sobre todo en el caso de Alemania, grandes compañías exportan alrededor del 80% de su producción, una proporción incomparable con las empresas estadounidenses. Otro indicador: de las 100 mayores empresas multinacionales del mundo, las pertenecientes a la UE pasaron de 57 a 61, en tanto las estadounidenses caían de 26 a 19.

Según un estudio de la consultora alemana Roland Berger sobre las tres mil principales empresas del mundo, entre 1998 y 2008, las europeas tuvieron una rentabilidad del 13%, cifra que desciende al 7% para las estadounidenses. Téngase en cuenta que estos datos serían imposibles sin la penetración, tan audaz como voraz y efectiva, de las multinacionales europeas en América Latina. Eso explica el indisimulado respaldo de la UE a la oposición al Alca por parte de algunos gobiernos que, cinco años después de haber sepultado el intento estadounidense, trabajan por un tratado de libre comercio con el viejo continente.

En suma, el proceso equívocamente llamado “globalización” dejó mejor ubicada a la UE en la implacable disputa por el mercado mundial. Entre otros factores, esto atañe a la productividad. Pese a que la explotación del trabajo en Estados Unidos es incomparablemente más salvaje que en Europa, el aumento en la productividad estadounidense ocurrió, en sus tres cuartas partes, en el área de los servicios, que a su vez cuentan con el 20% de su comercio mundial, según un estudio publicado por el economista Stefan Theil.

 

Expectativas y estrategias

Pues bien: es ese portento imperialista el que sufrió un disparo en el corazón con la crisis griega. A partir de allí ¿es objetivamente fundada la expectativa de recuperación y crecimiento aun a tasas mínimas?

Antes del estallido en Grecia, las previsiones de todas las grandes consultoras internacionales y del FMI, coincidían con pequeñas diferencias en que el mundo retomaba el camino del crecimiento, con una previsión para 2010 del 3% de incremento del PBI en Estados Unidos y del 2% en Europa. Para 2011, la estimación era del 2 y 1% respectivamente. Difícil creer que tantos egresados de las mejores universidades del Norte tuviesen confianza en las cifras que difundían, cuyo corolario era que la crisis había quedado atrás y el mundo retomaba el curso de crecimiento, bajo la tutela de Estados Unidos y el G-20. Después de los últimos sacudones, la Ocde (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), mantuvo guarismos incluso más optimistas. A contramano, el Departamento de Comercio comunicó que la economía de Estados Unidos creció un 3% en el primer trimestre, corrigiendo a la baja su propia predicción y las de las principales consultoras.

Entre septiembre de 2008 y junio de 2009 en Estados Unidos se perdieron seis millones de puestos de trabajo. Y desde entonces, aunque en cantidades menores, el proceso no se ha revertido ni un solo mes. La caída no fue tan abrupta en la UE, aunque tampoco fue comparable luego la capacidad de reactivación de la euroeconomía. Ahora, es menos probable que la inyección de 750 mil millones de euros repita el resultado visto un año atrás con eje en Estados Unidos: freno a la recesión y, a medio término, reactivación. La diferencia está en que mientras en Estados Unidos la montaña de dólares arrojada al mercado simplemente pasó a aumentar el déficit y debilitar su moneda, en la UE el ajuste sumará factores negativos a la lógica del ciclo económico descendente. A los despidos en el sector privado por la caída de la demanda, se sumarán los que produzca el sector público para sanear las finanzas del Estado. Todo sumado, multiplicará la desocupación y la retracción de demanda.

Estados Unidos no podrá eludir los efectos de esa retracción. No obstante, hay numerosos indicios de que sus autoridades asumen esa certeza y apuntan a que los efectos acaben con el euro, disgreguen a la UE y permitan a Washington disputar en mejores condiciones el mercado mundial sobre el que avanzó con ventaja la UE en el último período. Ya verán la CIA y el Pentágono cómo se arreglan con los problemas sociales que aumentarán fronteras adentro.

Los economistas del imperialismo estadounidense no ocultan su verdadera receta para afrontar la crisis: acabar con el Estado de bienestar en Europa; acabar, también en la UE, con el déficit fiscal; frenar las exportaciones chinas. Sin eso, la recuperación –es decir, la restauración de la supremacía estadounidense en el mercado mundial para impedir que se frene su maquinaria productiva siquiera por un período breve– sería imposible. Por eso la Casa Blanca presiona sin rodeos a la UE para avanzar con el ajuste, contribuirá en todo para que las burguesías imperialistas europeas enfrenten a sus trabajadores a fin de imponer esa política, pero al mismo tiempo propenden al estallido de la UE. Un caso aparte es China, que en las últimas semanas ha demostrado capacidad para hacer que se desplomen o recuperen las Bolsas del mundo. Es improbable que Beijing limite su actividad exportadora y resuelva mantener altos índices de crecimiento volcándose hacia el mercado interno, como exige Washington. Del mismo modo, no es dable esperar una devaluación significativa del yuan (el fracaso en este sentido del reciente viaje a China de Timothy Geithner, secretario del Tesoro estadounidense, habla por sí mismo).

Queda evidente así que la línea fundamental de confrontación que marca el ritmo y la forma de la crisis mundial en esta coyuntura, pasa por la lucha interimperialista, tiene en segundo plano la pugna con las naciones subordinadas (en la exacta medida en que las mayores en esta categoría se han sumado al G-20) y en un tercer plano, lejano, al choque con los trabajadores. En la medida en que las relaciones de fuerza que determinan este ordenamiento no se alteren (y eventualmente pueden hacerlo en plazos brevísimos, cambiando abruptamente el escenario regional o mundial), Estados Unidos avanzará por ese camino, que no desemboca en una guerra abierta simplemente por la abrumadora disparidad de fuerza militar. Pero entabla esa dinámica, que llevará la violencia a otras formas y, dependiendo de las circunstancias, a otros escenarios.

Si alguien cree que tales afirmaciones son exageradas, Barack Obama aventa dudas con su nueva Estrategia de Seguridad Nacional, presentada el 27 de mayo. “Nuestro foco es una estrategia que amplíe nuestras fuentes de influencia en el mundo y nos permita usarlas para hacer frente a los desafíos del siglo XXI”, declaró Ben Rhodes, viceconsejero de Seguridad Nacional. Tras la presentación del documento, el asesor de Obama en la lucha contra el terrorismo, John Brennan, aclaró que la Casa Blanca “combatirá (al terrorismo) allí donde tramen sus planes y se entrenen, en Afganistán, Pakistán, Yemen, Somalia y más allá”. Que no queden dudas: no hay límites para ese “más allá”.

 

El Alba como alternativa

La persistente ausencia del proletariado en el escenario internacional hace más difícil comprender qué fuerzas chocan en medio de la crisis. Esto deja el planteamiento y la resolución de los conflictos provocados por la lógica interna del sistema capitalista enteramente en manos de las diferentes fracciones de la burguesía, que además de su diferenciación entre imperialistas y subordinados exhibe una enorme estratificación. La falta de conciencia y capacidad de acción política de los proletariados tiene como primer efecto el hecho a la vista: el capital descarga la crisis sobre sus hombros. Cuando el proletariado entre en escena –y entrará, sin duda, si bien la demora puede ser un factor decisivo– provocará un inmediato realineamiento de fuerzas y será posible ver con nitidez la naturaleza del conflicto planetario. Mientras tanto, a la recesión y el riesgo de depresión, se suma el constante aumento de nuevas situaciones bélicas, como lo ratifica la tensión gravísima en la península de Corea, el área donde Estados Unidos tiene la mayor concentración de bases militares y tropas en el extranjero.

Marx denominaba proletariado “para sí” a la clase trabajadora consciente como sujeto social y político. En oposición, los explotados sin conciencia serían el proletariado “en sí”. Hoy el dato crucial es que, en el momento en que el proletariado “en sí” tiene el mayor peso numérico y cualitativo jamás alcanzado en la historia, el proletariado “para sí”, sólo existe como excepción a escala mundial.

Es en ese cuadro general que la Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América (Alba), se conformó y afirmó como bloque antimperialista cuya vanguardia marcha resueltamente hacia el socialismo del siglo XXI. En el mundo es hoy el único proyecto estratégico que, con aval de pueblos organizados y en pie de lucha, se contrapone al proyecto imperial plasmado en el G-20. Allí reside la posibilidad de frenar la dinámica guerrerista de Estados Unidos, impedir que los efectos de la crisis capitalista caigan como plaga mortal sobre América Latina y avanzar en transformaciones socialistas, mientras los trabajadores de los países desarrollado recuperan capacidad para diseñar una estrategia propia y se suman a una fuerza internacional para dar la respuesta que el desmoronamiento del capitalismo exige.

Dilemas de Unasur

PorLBenAXXI

 

Con el estallido de la crisis mundial en 2008 se produjeron dos movimientos simultáneos de sentido inverso: el desarrollo estratégico del Alba y la circunstancial recuperación de poder por parte del imperialismo estadounidense. Este desplazamiento paradojal domina el momento político internacional y habrá quedado patente en Buenos Aires los días 4 y 5 de mayo –mientras esta edición está en las rotativas– cuando se reúna en la capital argentina la cumbre de la Unión de Naciones del Sur.

La irrupción del Alba constituye un salto cualitativo en el desarrollo político hemisférico, con proyección internacional: ahora las mayorías cuentan otra vez con una brújula. Potencialmente, ese factor cambia el signo en la evolución de la crisis. No obstante, las metrópolis imperiales están mejor plantadas frente a la coyuntura y el futuro inmediato, como resultado de la conducta adoptada ante la emergencia por buena parte de los gobiernos de los países subdesarrollados y dependientes.

El fortalecimiento táctico del centro imperial se expresa en tres planos:

  • Económico: la Banca de inversión mundial (allí donde estalló la crisis) tuvo una ganancia neta de 311 mil millones de dólares durante 2009. Un 50% más que en 2008. Esto se logró pese a que, según prevé el Boston Consulting Group, las ganancias en la industria caerán un 11% durante el año en curso.
  • Político: aunque sin homogeneidad y con presumibles conflictos en el mediano plazo, Washington logró afirmar el G-20, hecho que vale sobre todo por lo que evitó: el fortalecimiento hasta niveles insoportables para el imperialismo de polos globales alternativos, con conductas económicas y estrategias geopolíticas contrapuestas a las delineadas por el Departamento de Estado.
  • Militar: en el período inmediato posterior al colapso económico, George Bush primero, luego Barack Obama, multiplicaron el dispositivo militar apuntado contra los países del Alba, con destaque en hechos indiscutibles: reactivación de la IVª Flota; instalación de siete bases militares estadounidenses en Colombia; acuerdos en el mismo sentido con Perú; firma de un acuerdo de defensa de Estados Unidos con Brasil (reemplaza al denunciado unilateralmente por Brasilia en 1977, durante la dictadura militar). El Departamento de Estado coronó estos éxitos, el 13 de abril, con una cumbre mundial donde impuso un “acuerdo nuclear”, que entre otras cosas pavimenta el camino hacia una guerra contra Irán. Inmediatamente después el jefe del Pentágono, Robert Gates, partió en gira hacia Perú, Colombia y Barbados, donde anudó compromisos militares con esos gobiernos.

¿Cómo explicar estas victorias del capital en el vórtice de su propia crisis? La respuesta reside en la rápida reacción política de las economías altamente desarrolladas frente al colapso económico mundial, que actuaron con más claridad táctica y mayor lucidez estratégica, en comparación con la conducta de los gobiernos de países de economías subdesarrolladas y dependientes. Las cúpulas imperiales supieron abroquelar fuerzas para afrontar un riesgo al que correctamente interpretaron como amenaza mortal. Para efectuar ese movimiento centrípeto no fue óbice la feroz lucha por el reparto de los mercados que fractura y enfrenta a los diferentes flancos de la burguesía imperialista.

Lo contrario ocurrió en las dirigencias del Sur: excepción hecha de los gobiernos del Alba, por regla general cada una buscó su salvación individual, dejó que primaran intereses de sus burguesías locales y asumió que la única posibilidad de recuperar el equilibrio consistía en religarse con los centros imperiales, de los cuales había tomado distancia en los años previos. En otras palabras: la crisis obró como imán para el capital y aventó una vez más las ilusiones sobre el carácter nacional de burguesías locales.

 

Otra fase

Todo el período simbólicamente iniciado en agosto de 2000, cuando el entonces presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso convocó a la primera reunión de mandatarios suramericanos, estuvo dominado por la necesidad de aquellas burguesías sometidas, obligadas a defenderse de la voracidad imperial y tomar distancia de las metrópolis para defender áreas mercantiles y proteger su parte en la absorción de la plusvalía regional. Eso acabó.

Como estas páginas registraron paso a paso, frente al colapso económico la Casa Blanca reaccionó buscando evitar la fuga de países que por peso económico o gravitación política pudieran constituir un polo alternativo. Transformó así el G-8 en G-20. Otra vez el palo y la zanahoria. Y otra vez el mismo reflejo condicionado: los gobiernos de Argentina y Brasil acudieron al llamado de George Bush en noviembre de 2008, sin siquiera convocar antes una reunión de Unasur para llevar a Washington una posición conjunta. India, China y otros tantos países hicieron lo mismo. Los poderosos habían ganado la primera batalla de la nueva guerra. Para que no hubiese dudas, Brasilia y Buenos Aires (y otros diez gobiernos similares) firmaron un documento conjunto con los jefes del mundo, donde se consignaba el acuerdo en las medidas para afrontar el colapso.

Hubo después dos reuniones más, en Londres el 2 de abril de 2009 y en Pittsburgh el 24 de septiembre del mismo año. En cada una de ellas avanzó la recuperación del equilibrio imperialista, sobre la base de su estrategia, su programa de acción y sus instituciones. Es sabido que los acuerdos se firman para ser violados. Ése puede ser el argumento pragmático para ciertos gobernantes. El caso es que el G-20 se prolonga ahora con un instrumento de inequívoco objetivo: el “acuerdo nuclear” (pág. 24).

Al cabo de este maratón Ben Bernanke, titular de la Reserva Federal de Estados Unidos y cerebro de la operación de salvataje, hizo su balance: “A diferencia de los ‘30, las conducciones económicas en el mundo trabajaron sin parar para estabilizar el sistema financiero (…) Como resultado, si bien las consecuencias económicas de la crisis financiera han sido dolorosamente graves, el mundo se evitó un cataclismo aún peor, que hubiera igualado o superado al de la Gran Depresión”.

En efecto, se eludió el cataclismo inmediato, lo cual deriva en un momento político signado por el fortalecimiento coyuntural de los centros imperiales y un trance de confusión y eventual dispersión de un flanco en los países subordinados.

 

Dos caminos, no tres

Como contraparte insoslayable de la situación descripta, Unasur vio debilitado su impulso y los principales proyectos quedaron paralizados. La fuerza subterránea que impulsa a la convergencia, sin embargo, mantiene toda su potencia. Por eso, en otra resonante paradoja mientras esto ocurría iba tomando cuerpo un organismo de naturaleza semejante pero de mayor envergadura: la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que vería la luz en Cancún, en febrero último. Esto equivale a una OEA sin Estados Unidos y, de por sí, supone otra derrota estratégica del centro imperial. Como contrapartida, allí gravitará con peso incomparablemente mayor al que tiene en Unasur el bloque de gobiernos opuestos a la perspectiva socialista. Así de zigzagueante y contradictoria es la marcha en esta etapa de la historia. Así de firme y flexible estará obligada a ser una estrategia en función de la soberanía, la emancipación y la revolución social.

Si la Celac se consolida, Unasur carecerá de sentido. A la inversa, si Unasur no avanza en lo inmediato, estará comprometida la existencia misma de la Celac. La clave es fortalecer la dinámica de convergencia de la instancia suramericana, hoy amenazada por una multitud de conflictos entre los que sobresalen la instalación de bases militares en Colombia, los enfrentamientos en el Mercosur y la belicosa militancia del nuevo gobierno chileno.

Antes de conocer los resultados de la cumbre de Buenos Aires es posible prever que allí habrá aparecido con mayor relieve la estrategia del bloque formado por los gobiernos de Colombia, Chile y Perú, enfilada sin ambigüedades contra el proceso revolucionario anticapitalista que encarnan los gobiernos de Venezuela, Bolivia y Ecuador. Las posiciones intermedias presumiblemente habrán sostenido la perspectiva unionista. Y no es improbable que hayan inclinado la balanza a favor de las posiciones antimperialistas. Pero en perspectiva no hay tres caminos. Esta aseveración se funda en dos razones principales:

  • el cataclismo temido por Bernanke, según sus propias palabras, fue “esquivado”, pero en modo alguno resuelto: espera agazapado a la vuelta de la esquina;
  • en América Latina las masas tienen ya una brújula que marca el rumbo de la revolución: el Alba.

Esos dos factores obrarán como una tenaza sobre las direcciones políticas vacilantes, centristas y reformistas. El estado mayor político materializado hoy en los países del Alba conquistará la conciencia y el corazón de las mayorías. No cabe duda acerca de esto, más allá de las sinuosidades que ese proceso entrañe. Queda la opción de sumarse a la revolución o asumir sin rodeos el programa político del G-20. Aquellos gobiernos que no estén dispuestos a lanzarse contra sus propios pueblos, pero tampoco resuelvan sumarse a una perspectiva revolucionaria, caerán como hojas secas. Esa dinámica ya está a la vista.

 

Continuidad de la crisis

Basta observar la superganancia de la banca mientras cae la producción industrial, y preguntarse de dónde salieron aquellos ingresos extraordinarios, para comprender que la crisis no sólo continúa, sino que se agrava sistemáticamente. Hay signos que alertan incluso sobre un nuevo estallido general, que podría ocurrir en el corto plazo. Sólo que, si bien es imposible prever su hora con exactitud, es seguro afirmar que esta vez no sucederá con centro en el ámbito financiero, sino en las columnas maestras del sistema: la producción industrial.

La caída en la ganancia de la industria tiene en su contrapartida el dato más importante: aumento incontenible de la desocupación, siempre con eje en los países centrales. La reducción de la demanda agregada global que esto presupone no tiene solución con créditos. Ni con obras públicas según la fórmula keynesiana. El terremoto europeo con epicentro circunstancial en Grecia, con réplicas día a día más alarmantes en España, Italia, Portugal e Irlanda, pone a la luz pública la incapacidad de Alemania y Francia para contrarrestar la fuerza subterránea que está minando la tambaleante estructura de la Unión Europea.

Así como los alquimistas de los centros financieros, con Bernanke a la cabeza, pudieron esquivar el colapso generalizado de la banca mundial, ministros de Economía de las grandes potencias pueden en teoría postergar un eventual estallido y ralentar la marcha hacia una depresión incomparablemente mayor que la de 1930. La ominosa ausencia del movimiento obrero en el escenario mundial les da ese margen. Es evidente sin embargo que no pueden resolver la crisis ni detener su inexorable dinámica. Por eso aparecen cada vez más los ministros de Defensa y los jefes militares del imperialismo como protagonistas.

Robert Gates, ministro de Defensa de la mayor potencia bélica, es el maestro de ceremonia. Firmó con su par brasileño Nelson Jobim un acuerdo de colaboración militar, mientras desde el Departamento de Estado se llevaba la presión al punto de que el secretario adjunto para el Hemisferio Occidental, Arturo Valenzuela, llegó a declarar desde Quito, el 5 de abril, que su gobierno “está tramitando” la instalación de una base militar en territorio brasileño, “para combatir el narcotráfico”. Cuatro días antes O’ Estado de São Paulo había anunciado que “Estados Unidos ha comenzado las negociaciones con el Gobierno brasileño para crear en Río de Janeiro una base para vigilar el tráfico de drogas en la región, similar a las existentes en Key West (Florida) y en Lisboa, Portugal”. Tal vez es necesario repetirlo: el principal diario brasileño anunció la creación de una base estadounidense en Río de Janeiro.

Hubo respuesta rápida: “No, no es cierto; no hay ninguna posibilidad de que haya una base militar estadounidense en Brasil”, dijo Marco Aurelio García, asesor de Lula. Todo se reduce a “un programa de cooperación”, agregó, antes de completar su idea: “Nosotros no tenemos doble discurso”. Con todo, está a la vista la presión de Washington y sus socios locales sobre el gobierno del PT. Y fuera de discusión el saldo de esa presión: un acuerdo de colaboración militar entre los gobiernos de Lula y Barack Obama.

Ésa es la dinámica a la que Unasur debe poner freno, so pena de convertirse en una cáscara vacía. Al leer estas páginas, usted sabrá qué respuesta dio al dilema la cumbre de mandatarios en Buenos Aires.

 

24 de abril

estados enidos en lugar de españa, con la misma fiereza e idéntico destino

Bicentenario en Revolución

PorLBenAXXI

 

Evidencia: ningún episodio circunstancial provocado por el desarrollo desigual de la conciencia y la organización latinoamericano-caribeñas puede desdibujar lo obvio: en el Bicentenario del comien-zo de la guerra victoriosa contra el imperio español, el hemisferio en su totalidad –incluyendo a Estados Unidos– vive un momento histórico en el cual la fuerza dominante es la que se encamina –zigzagueante o directamente– hacia la emancipación nacional y social. Como lo hiciera el agónico sistema con sede en el Palacio Real de Madrid, ahora Washington reacciona enviando ejércitos de mercenarios. A la vanguardia marchan batallones de prensa, espionaje, infiltración. Simultáneamente se despliegan bases terrestres y marítimas aprontándose para entrar en acción.

Sigue siendo una fuerza desestabilizadora en la región (…) Sigue teniendo una postura muy antiestadounidense y busca juzgar y restringir la actividad de Estados Unidos donde sea que tenga la oportunidad de hacerlo (…) Sigue comprometiéndose con la región (…) y sigue buscando su agenda socialista”.

Tales fueron las palabras del general Douglas Fraser, jefe del Comando Sur del Ejército estadounidense, al testimoniar acerca del gobierno venezolano el 18 de marzo, ante la Comisión de Servicios Armados de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. Simultáneamente, una elaborada provocación dio lugar a una campaña de calumnioso acoso contra Cuba a escala mundial. Sólo una exigencia táctica impidió que esta ofensiva incluyera visiblemente a Bolivia: Evo Morales acaba de ganar las elecciones con el 64% de los votos.

No caben dos interpretaciones sobre el significado de aquel informe y esta innoble embestida mediática: a 200 años de la rebelión independentista, la actual potencia imperial prepara sus cañones contra la insurgencia latinoamericana y otra vez, como lo hiciera España en Suramérica con eje en Miranda y Bolívar, centra el fuego en Venezuela, apuntando ahora a la revolución socialista que desde allí se expande al continente, como continuidad conclusiva de la lucha emprendida dos siglos atrás. La simultaneidad del ataque contra Venezuela y Cuba proviene de una interpretación acertada por parte de los estrategas del Departamento de Estado: a los efectos de la lucha contra el sistema capitalista y el gendarme estadounidense, Venezuela y Cuba son un solo país; los mandatarios de Caracas y La Habana, un solo gobierno; los ejércitos separados por el mar Caribe, una sola fuerza armada; las mayorías de ambos países, un solo pueblo. Éste es un dato nuevo en la historia; un rasgo que da perfiles inéditos a la coyuntura; un factor de enorme trascendencia para la evolución política del siglo XXI.

Washington sabe además que esta vanguardia –en la que también cuenta sin mengua Bolivia– se extiende a los países del Alba y puede palparse multiplicada en un abigarrado universo de organizaciones de todo género, que en América Latina asumen la revolución socialista como única reivindicación legítima y posible en el bicentenario signado por el descalabro del sistema capitalista internacional.

 

Artillería mediática

Inútil anteponer deseos o negarse a los hechos: la guerra ha comenzado. El despliegue militar estadounidense en el hemisferio está a la vista con la reactivación de la IVª Flota y la multiplicación de las bases terrestres que ya tendieron un cerco de acero sobre América del Sur. Pero si esos son pasos de una estrategia estrictamente militar para un futuro impreciso, hay otro terreno en el que la conflagración ya está desatada: la guerra mediática, peldaño imprescindible de un plan de ataque, consistente en destruir la imagen de los líderes de esta nueva gesta revolucionaria y crear una opinión pública anuente a la escalada bélica programada desde Washington. Con toda certeza, jamás el mundo ha asistido a una descarga publicitaria de tal magnitud e intensidad, comandada desde Washington y sincronizada en cada gran capital del mundo hasta el más pequeño poblado en cada país.

Acusar a Chávez como dictador desquiciado, a Fidel y Raúl como monstruos impiadosos a la cabeza de un régimen represor, a Evo como indio bruto que se acopla a los dictados de La Habana y Caracas no es únicamente un acto de vesanía y cinismo sin límites: es un paso imprescindible de intoxicación de masas en pos de la creación de una opinión pública mundial dispuesta a admitir que el aparato bélico del imperialismo se descargue contra estos pueblos.

La causa de esa necesidad de hierro para la plutocracia de Washington está a la vista: a 200 años de la gesta independentista, una oleada revolucionaria atraviesa el continente, gana más y más voluntades, abre un abismo entre Estados Unidos y los pueblos oprimidos y presagia batallas que, sean cuales fueren sus avatares y meandros, culminará con la derrota del imperialismo y la creación de un mundo nuevo. Como hace dos siglos, he allí al imperio malherido lanzando terribles zarpazos con furia irracional. Como hace dos siglos, sólo hay dos opciones.

 

Fuerzas irracionales desatadas

Por debajo de la conducta guerrerista de gobernantes del partido Demócrata, Barack Obama y Hillary Clinton, hay fuerzas objetivas que guían sus pasos. Hay que repetirlo: la crisis no ha terminado. El mismo aparato de tergiversación que denuesta a los líderes de Cuba y Venezuela convenció al mundo el año pasado de que el colapso sistémico de 2008 había sido superado. Nada más falso. Las sumas siderales de dinero ficticio volcadas al mercado para salvar Bancos y revertir caídas bursátiles no torcieron un milímetro lo esencial de la tendencia: la caída de la tasa de ganancia se acentuó; la desocupación aumenta sin pausa; la sobrecapacidad de producción y las mercancías excedentes, en todos los rubros, empujan hacia una nueva fase de la crisis, en la cual el eje no será ya el ámbito financiero sino lisa y llanamente el terreno de la producción. Futuros estallidos –anunciados esta vez por numerosos publicistas del capital, empeñados en no perder la oportunidad de lucirse, como les ocurrió dos años atrás– ya no serán el reflejo distorsionado de la crisis estructural en el mundo financiero, sino la traducción directa en el plano de la producción. La recesión tenderá con más potencia a transformarse en depresión. Y esto ocurrirá nuevamente con epicentro en el mundo altamente desarrollado: el proletariado de los países avanzados estará compelido a la lucha por la fuerza irracional de la crisis capitalista. Las turbulencias en Grecia, la fractura de la Unión Europea frente a ese episodio –que en el terreno informativo ha ocultado desequilibrios aún mayores en España, Portugal, Irlanda e Italia– es un tibio adelanto de lo que viene gestándose en las economías mayores de la UE: Alemania y Francia. El FMI recupera su lugar de comando en la aplicación de medidas paliativas en función del capital de mayor envergadura en los centros imperialistas. Pero esas medidas no pueden sino glosar la única respuesta que tiene el capital frente a su crisis estructural: despidos masivos, reducción del salario real, aumento de los ritmos de trabajo, disminución drástica o directa abolición de todos y cualesquiera beneficios obtenidos por los trabajadores a lo largo de la segunda mitad del siglo XX; presión a la baja de las materias primas. En la medida en que estas políticas pueden ser inicialmente aplicadas por la ausencia de una clase obrera para sí (conscien-te de su lugar en la sociedad y organizada para ocuparlo), la coyuntura podrá nuevamente ser manejada durante un breve lapso por los estrategas del capital. Sin embargo, esos paliativos, por lo mismo que contribuyen al ahorcamiento de la demanda, sólo pueden acelerar la marcha hacia la depresión. El hecho de que el epicentro de este fenómeno esté en los países imperialistas, por ignorancia o intención perversa ha llevado a no pocos teóricos y dirigentes políticos a sostener que las economías mayores del mundo no desarrollado pueden no sólo eludir el impacto del colapso, sino incluso ser aprovechado para conquistar un lugar predominante en un nuevo diseño económico mundial. Semejante ilusión no sólo carece de fundamento, sino que desarma por completo a los pueblos y las clases trabajadoras de esos países: el mercado mundial es uno; si se desmoronan sus estructuras más elevadas, el conjunto quedará inexorablemente sepultado por los escombros. En medio de la depresión, el mecanismo comercial planetario de mayor efectividad son los ejércitos imperialistas. La lógica intrínseca de la crisis es la marcha hacia la guerra. Basta mirar en derredor, observar los sucesivos periplos de la Sra. Clinton, para comprobar que no se trata de un pronóstico agorero, sino de una realidad palpable. Sólo hay una manera de frenar esa dinámica tan objetiva e irracional como lo es el sistema que la engendra: cambiar las reglas del juego, abolir el sistema capitalista.

 

Desarrollo desigual

Esta es la coyuntura histórica en la que ocurre el Bicentenario. El rasgo distintivo principal no es que hoy América Latina retoma un combate independentista, sino que contiene y proyecta el único proceso que, en su desenvolvimiento, puede dar respuesta al colapso capitalista planetario. Pese a desigualdades entre los gobiernos de tal magnitud que pueden llevar a negar la existencia de un proceso conjunto en el área, existe un entrelazamiento, visible o subterráneo según los casos, que traza un curso general en sentido estratégico aunque no logra imponer un ritmo acompasado. De allí se desprende que las tareas de mayor envergadura son afirmar los procesos revolucionarios en marcha y encontrar los medios que permitan combinar aquellas desigualdades, so pena de que se impongan las fuerzas centrífugas y desbaraten el conjunto. La otra consecuencia obvia es que Estados Unidos en particular y el conjunto imperialista en general tienen, como imperativo de sobrevivencia, la necesidad de cercenar la cabeza de la revolución en América Latina. Se vuelve entonces al significado real de la ofensiva desatada contra Venezuela y Cuba: la manipulación y la mentira en escala jamás vista no hace sino traducir una necesidad intrínseca del capital en crisis. De la misma manera que éste debe bajar salarios aunque con ello produzca una caída de la demanda agregada, lo cual equivale a empujar más hondo el puñal que le parte el corazón, está obligado a falsificar, engañar y tergiversar, aunque la evidencia de los hechos reales redunde en inmediato debilitamiento del corpus ideológico ficticio tras el que esconde la conducta brutal de una fiera herida de muerte. Por eso la batalla de ideas está planteada de manera tal que es posible vencer sin ambigüedades al imperialismo.

 

Vª Internacional

Hay que darle crédito al informe de Fraser y entender sus preocupaciones. No cabe duda de que el gobierno de Hugo Chávez trata de limitar la injerencia estadounidense donde sea que tenga oportunidad de hacerlo. También es indudable que la Revolución Bolivariana sigue comprometiéndose con la región y lo hace en pos de lo que el subordinado de Obama denomina “su agenda socialista”. Pero hay más aún: pese a la multiplicidad de dificultades internas, inmensas como cordilleras, Chávez ha lanzado la consigna de articular y recomponer fuerzas antimperialistas y anticapitalistas en una nueva Internacional. Semejante intuición estratégica obra como una descarga eléctrica de 50 mil voltios en la estructura mental del jefe del Comando Sur (¡y no sólo la suya!). Ese llamado obtuvo de inmediato respuesta positiva desde las fuerzas responsables de la conducción políticas en los procesos revolucionarios del continente, así como innumerables destacamentos anticapitalistas con mayor o menor gravitación numérica en cada punto del planeta. En el umbral de una instancia dramática para la historia de la humanidad, comienza así un camino de recomposición revolucionaria a la escala de las exigencias planteadas. Durante las celebraciones del Bicentenario en Caracas, en el marco de una consistente aceleración de la Revolución Bolivariana en la transición hacia el socialismo, coincidirán en la segunda quincena de abril la conclusión del Congreso extraordinario del Partido Socialista Unido de Venezuela, los preparativos para iniciar la conformación de una Vª Internacional, la cumbre del Alba y una cantidad de reuniones a nivel presidencial de los miembros de Unasur. Allí se jugará la suerte también de otra conquista formidable: la consolidación de la Comunidad de Naciones de América Latina y el Caribe, una OEA sin Estados Unidos que por su sola proclamación prueba la dinámica de retirada política de Washington. Esa fragua portentosa de ideas y programas es la manera más genuina y vital de honrar la memoria de aquellas vanguardias del pensamiento y la acción, que en 1810 comenzaron a andar el largo camino de la libertad.

 

iv congreso del partido dos trabalhadores

Dudas y certezas después de ocho años de gobierno de Lula

PorLBenAXXI

 

Balance: en 1989, cuando Lula disputó por primera vez la presidencia, Estados Unidos esperó su derrota para invadir Panamá. Por estos días y con razones análogas, trabaja para que el PT pierda las elecciones del 3 de octubre. Por sobre cualquier valoración del gobierno de Luiz Inácio da Silva, la victoria de la oposición burguesa a su gobierno abriría el espacio para que los estrategas de Washington puedan continuar con sus planes guerreristas para la región. Dos períodos de gobierno petista en Brasil significaron un salto adelante en la historia de los de abajo. Sus logros sólo pueden ser desconocidos por ideólogos de la reacción. No obstante, al cabo de ocho años, aparte de no haber resuelto innumerables problemas básicos, el PT no fortaleció la estructura partidaria, no desarrolló un proceso de organización de masas con ejercicio concreto del poder, no ganó más espacio social en capas explotadas y oprimidas y, en consecuencia, no cuenta seguro siquiera el voto de la masa beneficiada por su gobierno. El saldo de Lula está en suspenso. Resta saber si la inteligencia política y la visión estratégica de la dirección petista apuntan en la dirección correcta para dar continuidad positiva. Invitado en su condición de militante político, el director de América XXI participó del Congreso del PT; lo que sigue es su despacho desde Brasilia. También se reproduce textual y completa la resolución sobre táctica electoral y política de alianzas.

 

Inequívocas conquistas. Inabarcables compromisos pendientes. Temores sobre la respuesta ciudadana en la elección presidencial de octubre próximo. Tales los sentimientos entrecruzados de los 1350 delegados al IVº Congreso del Partido dos Trabalhadores (PT), cuya tarea principal consistió en designar la candidatura presidencial y sancionar formalmente la decisión de concurrir a la crucial disputa en alianza con un antiguo adversario, a menudo feroz: el Partido do Movimento Democrático do Brasil (Pmdb), que ocupará el segundo lugar en la fórmula. En ese cruce de caminos el PT celebró sus 30 años de vida.

Es notoria la diferencia de este encuentro con tantos otros que, desde su fundación el 10 de febrero de 1980, fueron trazando la historia del PT. No se percibe la abrumadora presencia obrera, sindical y juvenil de entonces. Los debates entre las diversas tendencias continúan siendo duros –y como siempre cuidadosos de la unidad– pero son escasos y circunscriptos; sobre todo, tienen otro contenido. Pese a que la victoria electoral no está garantizada, los delegados no discutieron con qué programa ganar el alma de tantos millones de brasileños que sufren la desigualdad extrema de este país. En cambio, como principal cuestión ante las elecciones se debatió –muy poco, con acuerdo previo largamente hegemónico– la decisión de dar un paso histórico para el PT: una alianza electoral con el Pmdb.

En el Palacio de Convenciones de Brasilia impactaba sobre todo la falta de ardor en la militancia, el espíritu radicalmente diferente a encuentros del pasado que emanaba de esta reunión, acaso dominada por dos sentimientos a todas luces evidentes: el orgullo por las grandes conquistas alcanzadas en ocho años de gobierno y la presunción de que algo fundamental, algo que se lleva muy hondo en el corazón y la conciencia, incluso sin saber expresarlo, ya no envaraba y proyectaba las ilusiones de los delegados.

No es difícil aprehender las causas de esa diferencia. En junio de 1989, en los prolegómenos de la primera gran contienda electoral en la que Lula sería candidato, 600 delegados al 6° Encuentro votaban alborozados, con una poderosa energía ausente en este Congreso, un documento que decía: “El PT no cree en la posibilidad de una etapa de capitalismo popular (…) El binomio cambios económico-sociales radicales y democracia, es la clave para construir un bloque mayoritario capaz de llevar a Lula a la presidencia”. Hoy, la mayoría de los delegados traga con dificultad una afirmación curiosa: el próximo período será de “post-neo-liberalismo”, fórmula que, aparte su falta de sustento teórico, no parece apta para despertar grandes pasiones y esperanzas.

Ironías de la historia: el imponente lugar de sesiones lleva el nombre de Ulyses Guimaraes, el veterano líder democrático burgués que a la cabeza del MDB, principal formación política durante la dictadura y el primer período posterior, enfrentó a Lula en 1989. Era la primera vuelta de la primera elección directa de Presidente; y en aquella oportunidad el MDB obtuvo el 4% de los votos. El único Partido de la burguesía quedó vaciado por el poderosísimo influjo del PT, el cual en la segunda vuelta no alcanzó el gobierno sólo por una formidable operación de último momento urdida por el gran capital local e imperial, que inventaron un candidato de utilería y apelaron maniobras sin ahorrar bajezas para arrebatar la victoria segura de aquel partido, entonces recién nacido y con un candidato que simbolizaba la irrupción del proletariado paulista en la política brasileña. Tres décadas después, el fallecido Guimaraes, a quien todos y en primer lugar él mismo consideraban el inevitable presidente después de la dictadura, podría regodearse al ver que el PT recurre, para intentar ganar la próxima elección, a su partido renacido de las cenizas pese a inenarrables acusaciones de corrupción. Con todo, las ironías que podría lanzar Ulyses quedarían muy por detrás de las invectivas lacerantes que con certeza habría esgrimido Leonel Brizola, del Partido Democrático Trabalhista (PDT, socialdemócrata), otro líder histórico que vio destruidas sus ilusiones de ser Presidente por la entrada violenta en el escenario de un obrero metalúrgico y desde entonces, incluso obligado a apoyar al PT en varias circunstancias, lanzó los más envenenados dardos imaginables contra Lula. Ocurre que la candidata designada ahora por el PT, Dilma Rouseff, era militante del PDT, del cual se apartó recién en 1990, para integrarse al gobierno estadual del petista Olivio Dutra en Río Grande do Sul.

 

Conquistas de dos períodos presidenciales 

Empresas consultoras de toda filiación subrayan un hecho impactante: más del 80% de la población brasileña respalda a Lula. No hubo dirigente que en su exposición omitiera ese dato, revelador sin duda del resultado político de su gestión. Tras ese recado, los oradores defensores de la tendencia mayoritaria desgranaban otros datos contundentes: 20 millones de personas salieron de la pobreza; 350 mil familias campesinas fueron asentadas; 215 mil jóvenes están cursando en escuelas técnicas que pasaron de 140 a 354, mediante la inversión de 1.100 millones de reales; la inversión en programas sociales alcanzó los 33 mil millones de reales, un aumento del 189% en relación con el período anterior; se crearon 11 millones de empleos; la inflación cayó para ubicarse en torno del 4,5%; el PBI creció a un promedio del 3,1% anual, contra el 2,1% del período anterior; la moneda se revaluó positivamente frente al dólar; las reservas en divisas pasaron de 37.800 a 236 mil millones de dólares. Y un dato que numerosos expositores, incluida Dilma en su discurso de aceptación de la candidatura, presentaron como símbolo del éxito petista: cuando asumió Lula, Brasil debía 14 mil millones de dólares al FMI; ocho años después, es el FMI quien debe 14 mil millones a Brasil. Fueron subrayados igualmente los éxitos del gobierno PT en materia de política internacional, resumido con una imagen apropiada: hasta ahora, en el mundo Brasil era sinónimo de Pelé; ahora el símbolo nacional es Lula. Otro resultado reiterado fue el de haber cambiado la realidad energética de largo plazo al hallar reservas petrolíferas por 60 mil millones de barriles. Con legítimo orgullo, los dirigentes y el propio Lula en sus dos intervenciones aludieron una y otra vez a la política de integración latinoamericana y de aproximación a África, así como al Bric (Brasil, Rusia, India y China) y al bloque de India-Sudáfrica-Brasil. Un lugar especial ocupó la reiterada reivindicación del papel de Brasil como país rector de la Minustah, la fuerza militar de intervención en Haití.

Y aquí otra vez aparece la diferencia con los congresos del PT anterior: no hubo voces que desafiaran el significado de congratularse por ser acreedores del FMI o de encabezar la fuerza militar de intervención en Haití.

Campesinos sin tierra, favelados, trabajadores con paga mínima y millones de marginalizados podrían poner en contexto la contundencia indiscutible de aquellas cifras, que incluyen la asistencia alimenticia a unos 11 millones de habitantes, lo cual significa, nada menos, que esa masa humana ha dejado de sufrir los horrores del hambre. Brasil, el país de los grandes contrastes en su geografía y en la condición social de sus 200 millones de habitantes, transfunde esas contradicciones a las venas del partido gobernante y produce en su organismo una dicotomía dolorosa, a partir de la cual entra en un ángulo sombrío la valoración del saldo final.

 

Apuesta por el capitalismo

“El gran desafío (…) exige pensar en transición directa al desarrollo sustentable. Dentro de esta perspectiva deben ser elaboradas las Directrices y el Plan de Gobierno del PT 2011-2014”, dice la resolución votada. Y agrega: “La alternativa practicada por el gobierno Lula de desarrollo con distribución de renta, fortalecimiento del mercado interno, inversión estatal y apoyo estatal para la formación de grandes empresas nacionales, integración en el mercado en un nuevo orden económico internacional con competitividad y la preocupación con los activos ambientales, fue fundamental y necesario para impulsar el crecimiento económico y garantizar conquistas sociales”. Y más adelante precisa la idea: “El objetivo estratégico es transformar a Brasil en un país desarrollado, con indicadores de bienestar social aproximados a la media de los países desarrollados e indicadores de sustentabilidad ambiente superiores a la media de los practicados por los países de la Ocde”.

No es necesario abundar en citas para extraer la sustancia de la resolución aprobada por el Congreso para fijar las líneas de un próximo gobierno petista: sin rodeos se asume la perspectiva del capital para afrontar la inmensa tragedia social de este país continente. Incluso un joven dirigente estudiantil que con tono enfático denunció la deserción del 70% de los estudiantes secundarios, dejó implícita su convicción de que ese flagelo se resolverá con voluntad política –que descuenta, con todo fundamento– del PT y su eventual próximo gobierno. Ensanchar la base del mercado y tonificarlo integrando a millones de excluidos, aminorar las abismales distancias en la distribución de la renta, crear grandes empresas nacionales que ganarán espacio en su ámbito natural, América Latina, son los ejes de la estrategia asumida. En los hechos, esta concepción fue asumida antes de la primera victoria de Lula.

Es la reaparición, implícita, del gran debate: reforma o revolución. No hay diferencia alguna entre las opciones de, por ejemplo, el Partido Socialdemócrata Alemán a comienzos del siglo XX, y las que ahora atraviesan al PT. Y la resolución no deja lugar a dudas: se trata de reformar el capitalismo. Por eso la crisis mundial del sistema es una cita suelta en los textos congresales. La opción busca afanosamente respaldo teórico y allí se halla la causa de otro dato sobresaliente de la realidad actual del PT: la escualidez de su producción teórica, que permite afirmaciones tales como “el mundo está ante una etapa histórica de post-neo-liberalismo”. Puede que resulte difícil entender el significado preciso de tal afirmación. En cambio, es claro lo que deja como conclusión negativa: el socialismo no es la tarea para el próximo período histórico. El vuelo teórico de tales argucias está a la altura del objetivo que se proponen. Y requiere de intelectuales a la medida, lo cual viene a explicar otra diferencia del actual PT: el vaciamiento de figuras de relieve y consistencia teórica en sus filas.

Un dato significativo, abierto a múltiples posibilidades, está dado por las características del nuevo presidente del PT, Eduardo José Dutra. Ex senador y ex presidente de Petrobras, Dutra inauguró su período con un discurso sincero, en el cual hizo una encendida defensa de la historia del PT, reivindicando incluso a las figuras transformadas en blanco de todas las injurias por la prensa burguesa. Simultáneamente, Dutra exaltó la tradición partidaria y reivindicó la opción desarrollista en alianza con el Pmdb. El nuevo presidente petista subrayó que había sido elegido por el voto directo de unos 500 mil afiliados. No es pequeña victoria, después de la crisis partidaria. No obstante, vale recordar que en 1989 el PT tenía unos 800 mil afiliados. Y que en relación con los 200 millones de habitantes de Brasil, y aun en términos absolutos, en comparación con el Partido Socialista Unido de Venezuela, que cuenta con más de siete millones de afiliados y un activo permanente de alrededor de un millón y medio de militantes, el PT ha dejado de ser el partido de mayor envergadura en el continente.

Como sea, las cartas están echadas: ésa es la estrategia asumida formalmente por el PT. Las izquierdas que de manera más o menos consciente y adecuadamente se apartaron en los últimos años de esa orientación, no lograron conformar ni en la teoría ni en la práctica una opción valedera frente a la deriva de la dirección partidaria encabezada por Lula. Las tendencias revolucionarias que aún se mantienen disciplinadamente en el partido, no pueden sino sumarse a la fuerza predominante. Hasta cierto punto, una excepción a esta regla reside en el Movimento Sem Terra. Por todo un período, mientras la realidad mundial y local no dé lugar a nuevas oleadas de protagonismo de los trabajadores, desde el gobierno o la oposición el PT regirá la marcha las luchas sociales en Brasil.

 

Candidata inesperada 

Sin desmedro de sus ostensibles y reconocidas condiciones, Dilma no era la candidata natural del PT. Sólo el violentísimo golpe moral y político sufrido por este partido en 2005 pudo poner fuera de juego a, por lo menos, una docena de líderes fundadores de esta fuerza política excepcional. Aquella situación, de la cual se ocupó en detalle América XXI en su edición de septiembre de 2005, dio lugar a una ofensiva impiadosa del gran capital financiero e internacional, apuntada a quebrar la columna vertebral de este partido obrero.

Por sobre cualquier juicio de valor, aquellos destacados militantes tenían no sólo el derecho histórico de ocupar el privilegiado lugar, sino la oportunidad (y, en más de un sentido, la necesidad), de mantener una línea de continuidad con los postulados originarios del PT. Pero hechos de inocultable corrupción extrema, tomados como catapulta por los medios y los partidos del capital, pusieron a Lula a la defensiva y arrasaron con aquellos cuadros dirigentes. El episodio debilitó de manera brutal los cimientos sociales del PT, cargándolo con un desprestigio extendido que aún gravita ostensiblemente en la sociedad brasileña. La misma opinión pública que entroniza hoy casi sin barrera de clases la figura de Lula, denuesta al PT, lo cual constituye una pesada y peligrosa carga para la campaña electoral. En ese cuadro la decisión de Lula, sancionada por el Congreso, de escoger a Dilma Rouseff como candidata, priva a la oposición de armas potencialmente letales para la campaña, además de colocar un factor potencialmente positivo para la contienda: una mujer como candidata.

De hecho, según las encuestas Dilma tenía en diciembre un 17% de aceptación y subió al 25% en las últimas mediciones. Antes de comenzar la campaña, el candidato del Partido Social Democrata Brasileiro (Psdb), José Serra, aún no proclamado formalmente, le lleva 10 puntos de ventaja. El peso de Lula en campaña y, precisamente, el “factor mujer” como novedad electoral, sumado al respaldo objetivo de las conquistas alcanzadas en ocho años, puede darle una nueva victoria al PT en octubre. Pero esa posibilidad, está todavía lejos de ser una certeza.

La victoria del PT no sólo es del interés de las fuerzas revolucionarias de la región. Todas las formaciones de carácter democrático, conscientes de la inmensa amenaza a la paz y la institucionalidad burguesa que implica el cerrojo militar estadounidense en el hemisferio, tienen igualmente el mismo interés objetivo. La sola existencia de un gobierno petista pone una barrera al desenfreno imperialista. Aunque el Psdb representa con mayor genuinidad los intereses del gran capital industrial brasileño y, por lo mismo, no cambiaría vectores fundamentales de la política internacional brasileña, sería sin duda más vulnerable a las tremendas presiones que Estados Unidos y la Unión Europea ejercen sobre el gobierno del Planalto. Se trata de la base social objetiva de uno y otro partido. Las ambigüedades del gobierno Lula se transformarían en concesiones mayores a la voluntad geopolítica de Washington. Y esto redundaría en la apertura de la grieta que afanosamente busca el imperialismo para clavar una cuña en el corazón de América Latina.

Desde Brasilia

América Latina no gira a derecha

PorLBenAXXI

 

Es posible hallar en la tragedia de Haití el símbolo de un volcánico desplazamiento de clases y partidos a lo largo del continente, remezón obligado del seísmo que, en 2008, derrumbó el sistema financiero internacional. No es necesario forzar esa misma imagen para señalar que Estados Unidos responde a la ruptura del statu quo hemisférico con el mismo criterio estratégico según el cual Barack Obama envió 16 mil soldados a la isla caribeña.

El hecho es que en cada país se observa un realineamiento de dirigencias, partidos y organizaciones sociales. Así, el bicentenario coincide con el inicio de una era signada por el colapso del sistema capitalista y su traducción en el mapa político continental. Las clases fundamentales de la sociedad se deslizan hacia uno u otro ángulo del arco político, la más de las veces de manera inconsciente.

Nuevas y antiguas expresiones de las tendencias objetivas que empujan y simultáneamente frenan la dinámica de convergencia regional, traducen por estos días en sus avatares un complejísimo polígono de fuerzas sin resultante predecible. El futuro está, como pocas veces en la historia, a la espera de una formidable prueba de fuerzas entre la irracionalidad y la inteligencia, entre la brutalidad de cenáculos enceguecidos y el acervo más lúcido y generoso de las luchas sociales en los dos últimos siglos.

 

Dialéctica y desarrollo desigual 

Mientras tanto, Unasur, instancia de extraordinaria potencia, fue afectada por el efecto disgregador ya desde fines de 2008, cuando los gobiernos de Brasil y Argentina resolvieron afrontar el colapso capitalista desde la perspectiva del G-20, es decir con la estrategia estadounidense. El Mercosur, paralizado por un conjunto de razones económicas y políticas en el último quinquenio, no sólo no logra consumar la incorporación de Venezuela, sino que es cada vez menos eficiente en su mezquino cometido primigenio: el de instrumento facilitador para el intercambio comercial. El Pacto Andino es ya prácticamente inexistente. La Organización de Estados Centroamericanos, a partir del golpe en Honduras y la victoria derechista en Panamá, está siendo manipulada con un único objetivo: rodear, ahogar y aplastar a Nicaragua.

Al margen de otras implicancias, el resultado electoral en Chile afectará adicionalmente a Unasur. Junto con Colombia y Perú, este país conforma ahora un bloque formalmente alineado con Estados Unidos y obrará como Caballo de Troya en el concierto de los 12 países de la Unión de Naciones Suramericanas. Un segundo bloque dentro de Unasur se desgarra entre la toma de distancia frente al guerrerismo estadounidense y la subordinación a sus dictados económicos. Cumpliendo con una ley de hierro del desarrollo histórico, el movimiento convergente que signó la última década se descompone en numerosas tendencias posibles y, a partir de la solución de continuidad en ese proceso, establece las bases para retomar el impulso en un plano superior, seleccionando y redefiniendo a los actores del nuevo momento histórico.

No faltan quienes interpretan esta instancia de la dialéctica histórica como un “retorno de la derecha” en América Latina. Craso error, fruto de la confusión entre deseo y realidad, o de concepciones reformistas que, amarradas a la lógica formal, se resisten a asumir lo obvio: la crisis desgarra la sociedad, polariza a las clases, atrapa a dirigentes y partidos y los arroja a un torbellino donde sólo por excepción consiguen afirmarse y orientarse.

 

Los hechos y la mirada 

Pero no se trata de interpretaciones complejas. Se ve a la luz del día que en ningún país de América Latina hay un movimiento de masas con el menor signo de identificación con estrategias contrarrevolucionarias. Todo lo contrario es verdad; al punto que las fuerzas reaccionarias están obligadas a camuflarse con discursos progresistas. Los ejemplos de candidatos que en Venezuela intentaron ganar votos retomando consignas de la Revolución Bolivariana, fueron y serán reiterados por el Departamento de Estado. Esas tácticas impuestas por Washington prueban que los estrategas del imperialismo no estiman que las masas estén girando a la derecha, aun cuando la rémora histórica de confusión, desideologización y desorganización, a menudo las deje inermes frente a maniobras electorales de personas y partidos inescrupulosos.

Es verdad que partidos y dirigencias que han podido aparecer como expresiones populares de estrategias progresistas están girando a la derecha. Es verdad también que en tales circunstancias, propuestas travestidas de la ultraderecha pueden lograr circunstancialmente ventaja electoral. Pero no es la superestructura política la que marca el curso de la historia. A la inversa, la etapa que atravesamos está signada por una radicalización de masas muy profunda en todo el hemisferio, desdibujada acaso por la enorme desigualdad en grado y ritmo en cada país, pero evidente tanto en sus picos de mayor militancia (Venezuela, Bolivia, Ecuador), como en países donde los reclamos sociales no han logrado elevarse al plano de la lucha política pero se expresan, de todos modos, arrastrando imperceptiblemente a quienes se suponen gobernantes y resquebrajando instituciones e instrumentos tradicionales de las clases dominantes.

 

Fascismo y socialismo 

Para salir de esta fase e ingresar en otra donde esté planteado un cambio del sentido histórico en el que marcha América Latina, las burguesías y el imperialismo deben infligirle a los pueblos derrotas aplastantes, estratégicamente decisivas, sólo dables mediante la fuerza militar. Pero he allí otro dato crucial de la etapa: las burguesías no pueden confiar en las fuerzas armadas de cada país para establecer gobiernos de fuerza en choque frontal con trabajadores, campesinos y juventudes. El recurso al que pueden apelar es el del fascismo, entendido en el sentido estricto de esta categoría: organización de sectores de masas para ejercer la violencia contra las franjas más conscientes, organizadas y en lucha de las clases explotadas y oprimidas.

Sin duda el imperialismo y sus delegaciones locales están encaminados en esa dirección. Sin duda cuentan con decenas de millones de seres humanos arrojados a la marginalidad, la ignorancia y la desesperación, para intentar hacer de ellos una fuerza de choque salvaje contra el conjunto social. No es menos evidente que en Honduras se han apuntado un tanto a favor (aunque sería un error calificarlo como triunfo: allí la prueba de fuerzas recién comienza). Y va de suyo que en Chile se revela adónde llevan las políticas reformistas cuando no existe la fuerza suficiente para llegar a las mayorías con una propuesta revolucionaria efectiva.

Pero confundir esto con la idea de que en Brasil y Argentina –para tomar dos casos sobresalientes– la estrategia imperialista y/o las expresiones políticas de la ultraderecha local pueden cambiar en esta fase histórica las relaciones de fuerza, al punto de imprimir a estos países un giro a derecha, en franco choque con la marcha emprendida en Venezuela, Bolivia y Ecuador, implica, repetimos, confundir deseos con realidad o mostrar el típico pavor reformista frente a la opción por la revolución, por la necesidad objetiva y perentoria del socialismo.

Basta poner el pensamiento en la ceremonia de asunción del nuevo mandato de Evo Morales, el 22 de enero pasado, vencedor con el 64% de los votos, cuando fueron enviados al museo los atributos del poder del “Estado liberal y colonial”, como lo calificó el vicepresidente Álvaro García Linera. Basta ver la radicalización acelerada de la Revolución Bolivariana, respaldada cada día por sectores más amplios de las masas. Basta ver la aceleración de la Revolución Ciudadana y el vigor con que se replantea la organización de una fuerza política de masas en Ecuador.

Pero los gobiernos de esos tres países son parte del Alba, desde donde se proyecta hacia toda América Latina y el Caribe (y más allá, mucho más allá, como quedó a la vista en Copenhague), la neta confrontación planteada por una respuesta socialista a la crisis capitalista.

Es comprensible que gobiernos y dirigentes atrapados por sus propias vacilaciones y compromisos, amenazados por derrotas electorales o incluso por demandas generalizadas de las masas, agiten el fantasma de una ultraderecha en marcha victoriosa. Pero se trata de un eslabón más en la cadena de la manipulación.

Tal rotunda afirmación no habilita al facilismo y mucho menos a la irresponsabilidad: el enemigo es poderoso, brutal, irracional pero a la vez inteligente e implacable. Exige por tanto la búsqueda de todas las formas de frente único. En todo caso, no hay salida sin comprender que América Latina hoy no se desplaza a la derecha. Es que la crisis deja sin respuesta posible a quienes sueñan con reformar el capitalismo. En tales circunstancias los únicos representantes posibles del capital son aquellos dispuestos a asumir sin rodeos, en todos los terrenos, la estrategia imperialista. Y en la misma medida en que no existan fuerzas con raigambre social y definiciones socialistas, queda espacio para aventureros de todo tipo en reemplazo de los partidos que el capital ya no tiene.

Incluso los casos donde tales francotiradores den en el blanco se inscriben en una realidad de signo contrario: una etapa de convergencia regional en un plano cualitativamente más elevado, expresada en el Alba, que contiene, supera y proyecta todo lo avanzado mediante Unasur y las demás instancias regionales, a las cuales, lejos de antagonizar, contiene y sostiene como expresiones vivas del desarrollo desigual. Más aún: el programa, la estrategia e incluso la propuesta organizativa del Alba están diseminadas en cada rincón del hemisferio, sin excluir a Estados Unidos.

Hora de definiciones

PorLBenAXXI

 

El primer paso está dado. Tiene un alcance estratégico fuera de lo común. Sacudirá derechas e izquierdas, a Oriente y Occidente. Entrará como tromba en cada organización política, sindical o social, en cada lugar del planeta.

Una sensación de vértigo atrapó a decenas de miles de hombres y mujeres que por televisión o internet escuchaban a Hugo Chávez en la noche del 20 de noviembre, víspera de la inauguración del Primer Congreso extraordinario del Psuv, cuando ante delegados de partidos de una treintena de países, presentó una propuesta tan esperada como imprevista: poner manos a la obra para edificar la Vª Internacional.

Lo dijo el Presidente de una revolución en marcha. Y lo apoyaron de inmediato los representantes de otros tantos que afrontan la misma responsabilidad en Bolivia, Ecuador, Honduras. Los que están en el crudelísimo inicio de la transición y los que aspiran, con tierra bajo los pies, a comenzar el recorrido.

Es explicable el vértigo. En un año quedó completado un ciclo que transformó al mundo, a tal punto que pocos tienen conciencia plena de la nueva realidad y continúan actuando con los parámetros del pasado. Primero fue el derrumbe de la arquitectura financiera mundial, colocando a la vista de todos la realidad insoslayable de una crisis agónica del capitalismo. Luego la aceleración estadounidense por el camino de la guerra. Ahora la respuesta estratégica: una nueva Internacional. Ha llegado la hora de las definiciones.

Nada sorprende más que lo esperado durante mucho tiempo. El grueso de quienes escuchaban a Chávez en el hotel Humboldt alzado en la cima del cerro Waraira Repano (por caso, nacionalizado y refaccionado por el gobierno revolucionario) saltó como resorte oprimido al que libera de pronto la palabra mágica: una ovación espontánea, cargada de asombro y complacencia, manifestó del modo más elocuente un respaldo que antes de todo responde a una necesidad siempre sentida, casi nunca expresada.

 

Salir del paréntesis histórico

Si el primer paso requería fuerza real, lucidez y osadía, los siguientes plantean exigencias aún mayores. Aunque la creación de cada Internacional ocurrió en el pasado en medio de grandes debates y confrontaciones ideológicas, el abigarrado conjunto de fracciones que a escala mundial se define como izquierda muestra hoy un grado de confusión ideológica y diversidad política sin precedentes. Será tarea difícil aunarla, darle organicidad y dirección de marcha. Desde que la derrota de la Comuna de París destruyó la Iª Internacional, en cada paso, a la par de victorias y derrotas, grandes contingentes concluyeron asimilándose al sistema al cual originalmente combatieron. Además, al otro lado de la barricada, el capital acumuló infinita experiencia y poderosos tentáculos listos para la acción. El reformismo es una constante. Pero hay más: aparte las excusas reformistas, las incógnitas a resolver son inmensas y a prueba de oráculos:

  1. ¿Qué definiciones ideológicas y programáticas trazarán el contorno de la Vª Internacional?
  2. ¿Qué organizaciones concurrirán a su formación? ¿Qué relación habrá entre las grandes formaciones con responsabilidades gubernamentales y los demás partidos o agrupamientos revolucionarios?
  3. ¿Qué estructura adoptará la organización internacional, cómo se seleccionarán sus dirigentes y cómo se expresará en el plano nacional?
  4. ¿Cómo se integrará a este conjunto multifacético la clase obrera mundial, que hoy no cuenta en lugar alguno con el vigor y la conciencia imprescindibles?

Hemos defendido posiciones netas respecto de estos temas. Rompiendo una tradición de esta columna, vamos a citar un texto propio, publicado en la revista Crítica en octubre de 2007:

“En la historia ha habido, conceptual y realmente, cuatro organizaciones internacionales anticapitalistas. La Iª, en cuya fundación fueron figuras clave Marx y Engels, agregaba diferentes corrientes revolucionarias anticapitalistas. Surgió directamente del impulso de los propios obreros en lucha contra el sistema en Europa; las dos corrientes principales eran las que a poco andar se denominarían marxista y anarquista. La IIª, definida como socialdemócrata (con el sentido que tenía por entonces esa palabra, inverso al actual), se apoyaba en grandes partidos socialistas obreros de masas que para ese entonces se habían conformado en toda Europa, en Estados Unidos y en varios países latinoamericanos. La IIIª, fundada por Lenin y Trotsky, se definió como comunista, contraponiéndose al nombre de socialdemócrata, ya para entonces identificado con posiciones de sujeción a los intereses de las burguesías de cada país; su base de sustentación fueron los propios partidos socialdemócratas de masas, todos los cuales se fraccionaron dando lugar a Partidos Comunistas, que fundarían la Internacional con ese nombre. La IVª, en realidad no llegó a ser una verdadera organización internacional con arraigo en la clase trabajadora. Nació como resultado de la degeneración stalinista en la Unión Soviética y la extensión de esa caída a la organización, el programa y la política de la IIIª Internacional a partir de su 5° Congreso. Su base de sustentación fue la Oposición de Izquierda en la Unión Soviética y su proyección en Ppcc de todo el mundo. Luego tomaría el nombre de su principal promotor, León Trotsky. Asesinado éste en 1940, la organización degeneró a su vez, dando lugar a innumerables organizaciones casi invariablemente sectarias y minúsculas.

En la actualidad, por razones objetivas y subjetivas una organización internacional no puede pretender la homogeneidad ideológica que originalmente tuvieron la IIª, IIIª y IVª. Por el contrario, en lo que hace a su heterogeneidad superaría largamente a la Iª, aparte de que no resultaría del impulso consciente y organizado de una vanguardia obrera con aval de masas (subrayado ahora).

El punto de apoyo de tal organización heterogénea sería la explícita decisión de lucha contra el imperialismo y por el socialismo del siglo XXI, asumiendo como punto de partida las incógnitas y ambigüedades que esa definición supone.

A la heterogeneidad ideológica, le correspondería un criterio organizativo que, obligando en términos de estrategia general a cada partido u organización integrante, permitiría la participación de diferentes organizaciones en un mismo país y no daría lugar a criterios unánimes de accionar político.

No obstante, la internacional no podría asimilarse al concepto de Frente. Más próxima al criterio de partido de masas, con heterogeneidad ideológica y homogeneidad política en cuestiones centrales que hagan a una estrategia hemisférica, y con toda la flexibilidad que requieran las diferencias de participación en cada país.

Esa contradicción se resolvería a favor de la cohesión, la homogeneidad política y la coherencia internacional a través del órgano de dirección internacional, que sólo podrá estar integrado por representantes de partidos de aquellos países donde no exista más de una organización reconocida.

La organización de una internacional revolucionaria con estas características, lejos de ser una perspectiva lejana, es una necesidad inmediata. Defender los procesos revolucionarios en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador, es tan impostergable como esforzarse por la recomposición de las fuerzas sociales y revolucionarias en los restantes países de la región”.

Parece innecesario insistir: no hay manera de procurar identidad ideológica y a la vez actuar como centro de unidad social y política en ningún país, tanto menos a escala mundial. De modo que la Vª Internacional será obligadamente diferente a las tres anteriores y, semejante en punto a diversidad interna con la Iª, irá todavía más allá de aquélla e integrará numerosos agrupamientos diferenciados dentro de cada corriente misma. Las múltiples definiciones marxistas, cristianas, nacionalistas, tendrán su punto de comunión en la determinación revolucionaria y la voluntad consecuente de confrontación con el imperialismo y las burguesías nacionales. Va de suyo que esto dejará mucho por fuera; pero a la vez incluirá una inmensa diversidad. Una fuerza desde el inicio poderosísima, en condiciones de crecer en progresión geométrica.

 

Inercia y fuerzas centrífugas 

Aunque causara sorpresa, esta decisión de Chávez no fue un impulso de último momento. En 2007, al inicio mismo de la construcción del Psuv, en su intervención del 25 de agosto ante los propulsores que darían nacimiento al partido de masas de la Revolución Bolivariana, el presidente venezolano dijo que 2008 sería el momento para “convocar a una reunión de partidos de izquierda de América Latina y organizar una especie de Internacional, una organización de partidos y movimientos de izquierda de América Latina y del Caribe”. Y abundó: “Hay un resurgimiento de la conciencia de los pueblos; deben seguir creciendo los movimientos, líderes y liderazgos de una izquierda nueva, de un proyecto nuevo”.

La paradoja es que mientras ese resurgimiento ocurre en los cimientos de la sociedad, sus expresiones políticas raramente lo expresan y en ningún caso lo alientan y conducen. En cierta medida eso quedó plásticamente plasmado en el salón del hotel en la cima del Waraira Repano, cuando Chávez lanzó su proclama: al lado de quienes dieron un salto de liberadora alegría, pudo verse rostros consternados. Y hasta hubo quienes, advertidos a tiempo, se ausentaron antes de verse obligados a exteriorizar su postura. Más sagaces aún, hubo partidos que directamente estuvieron ausentes del encuentro. Y ni qué decir del otro flanco, el infantoizquierdista, ausente en el recinto, atónito ante el desafío. La inercia de estructuras y cuadros adheridos a diferentes instancias del Estado capitalista, se combina con la fuerza centrífuga transmitida a importantes franjas de vanguardia espontánea en el movimiento de masas, por parte de agrupamientos que, ajenos a una teoría consistente, esgrimen el nombre de Marx, Lenin o Trotsky para tomar posición con la sencilla técnica de repetir generalidades obvias y ubicarse 45 grados a la izquierda de cualquier fenómeno político que aparezca.

Protegerse de y a la vez incluir a las partes sanas de estos fenómenos objetivos será una tarea no menor en la agenda de la Vª Internacional. Demandará un enorme esfuerzo teórico y organizativo. E impar habilidad para la conducción política.

Aprisionado por la tenaza de reformismo e infantoizquierdismo, el renacimiento de la asunción de banderas estratégicas por parte de millones ocurre en medio de otra estridente paradoja: la acción no sólo precede a la teoría, sino que va tan por delante que en los hechos resulta impracticable su entrelazamiento efectivo. El pragmatismo aparece así como una tercera amenaza encastrada en las propias filas.

Desde este complejo punto de partida se despliega ya la idea de una Vª Internacional. El plan apunta a la realización del Congreso Fundacional en abril próximo, en coincidencia con la culminación del largo proceso congresal extraordinario del Psuv. Por si faltase algo para darle más entidad a este momento histórico, Chávez invitó al Congreso del Psuv a Fidel Castro. Horas después de ese acto hizo un viaje no anunciado a Cuba, donde se reunió por siete horas con Fidel y otras cinco con Raúl, del que informaría posteriormente. Lo dicho: aceleración de tiempos; hora de definiciones.

 

Lo que vendrá 

Pero… ¿qué poder es ése que acorta plazos y pone exigencias perentorias? La pregunta sólo cabe a quienes no han asimilado la magnitud y el sentido de los cambios vertiginosos ocurridos en el último año. El sistema capitalista ha ingresado en la crisis más abarcadora y profunda de su historia. Lejos de remontarse en los últimos meses, los costos de una pseudo recuperación la agravaron aún más. Es sólo cuestión de tiempo (en ningún caso prolongado) el reinicio de derrumbes mayores a los ocurridos en 2008, que además, porque sucederán en el ámbito de la producción y el comercio, no podrán ser paliados siquiera temporalmente con nuevas montañas de dinero ficticio, como se hizo un año atrás.

Eso es sólo una parte de lo nuevo. La otra, visible para todo quien no decida taparse los ojos, es que Estados Unidos se ha lanzado a la guerra. La noción de que Washington está empantanado en Oriente y por ello no podrá emprender nuevas aventuras bélicas no sólo peca de simplista: desconoce que en situación de amenaza mortal un animal salvaje no mide riesgos. Atribuir racionalidad al desempeño histórico del capital es resultado del idealismo filosófico; o de la negativa por el temor cerval a lo que se tiene enfrente. Pero no hay modo de ocultarlo: un Presidente del partido Demócrata, culto, sagaz, con antecedentes progresistas y para mayor abundamiento afroamericano, es el vehículo de la maquinaria imperial y lleva la guerra a todo el mundo. Ahora mismo envía otros 35 mil soldados a Afganistán, mientras su secretaria de Estado teje la trama previa a ataques militares contra Irán y Suramérica. Barack Obama, flamante premio Nobel de la paz, monta bases militares en Colombia, Centroamérica y el Caribe, donde señorea ya la IVª Flota. Realiza y sostiene el golpe en Honduras.

Entiéndase bien: el envío de 35 mil soldados más a Afganistán tiene como objeto acabar rápidamente con esa guerra que ya se ha extendido a Paquistán y deja al imperio en una ciénaga. Acabar rápidamente significa masacrar con mayor eficiencia a cientos de miles de seres humanos. Pero eso no es lo más grave: prueba con la contundencia de los hechos que Washington y su premio Nobel están acosados por la urgencia. En Afganistán u otro lugar, donde no esté planteado alcanzar los objetivos militares mandando más soldados, quedará sobre el tapete la utilización de armas atómicas, tácticas o de las otras.

Por lo demás, hay que ser voluntariamente ciego y sordo para no admitir que en el terreno de las comunicaciones la confrontación ya ha comenzado con carácter de guerra mundial: de manera alevosa, unificada como nunca antes en la historia, la prensa comercial, en todo el planeta y con apenas alguna excepción, se hunde en una campaña de mentiras, tergiversaciones y manipulación que no tiene precedentes en su ignominiosa trayectoria.

¿Para qué vino el presidente israelí Shimon Peres a América del Sur, sino para anunciar, desde Buenos Aires y con el mayor descaro, que “Chávez y Ahmadinejad desaparecerán en los próximos meses”? ¿Qué efecto tendría sobre América Latina el asesinato de Chávez? ¿Qué seguiría en el Medio y Extremo Oriente si Ahmadinejad fuese ultimado? ¿Y por qué el sionismo, con toda su parafernalia comunicacional, se ha puesto al servicio de tamaña provocación comprometiendo incluso a las comunidades judías de nuestros países?

Es preciso analizar con cuidado los textos publicados en esta edición: la reflexión de Fidel Castro, los fragmentos del discurso de Chávez, el Compromiso de Caracas.

No hay modo de eludir la respuesta: acosado por la crisis agónica que demuele sus columnas, el imperialismo se ha lanzado por el camino de la guerra.

Pero esa conclusión obvia no es ahora el dato más relevante de la realidad mundial. No hay punto de exageración al afirmar que el núcleo de mayor proyección es ya la decisión de fundar una nueva Internacional. Porque la locura guerrerista del imperialismo sólo puede ser detenida por cientos, acaso miles de millones de personas que en todo el planeta abracen la tarea, conscientes y organizados. Hasta ahora siquiera estaba planteada como estrategia la edificación de una instancia unificadora a esa escala. Infinidad de iniciativas con aristas humanitarias y positivas, se empeñaron y continúan empeñándose en eludir la única respuesta posible a la crisis del capitalismo. Que lo piensen bien los cuadros de grandes formaciones reformistas, políticas o sindicales; que lo piensen bien agrupamientos aguerridos pero encerrados en círculos de pequeñez y marginalidad; que lo piensen bien los intelectuales proclives a la comodidad del poder; que los piensen bien todos, antes de negarse a ser parte de esa tarea clave para la humanidad: ponerle freno a la locura capitalista. Ese objetivo resume hoy en una consigna: construir la Vª Internacional.

moneda, organización, defensa y debates de alcance estratégico

El Alba asume una respuesta histórica a la crisis mundial

PorLBenAXXI

 

Trascendental: en Cochabamba, con la consolidación del Sucre y un conjunto de decisiones de efectos múltiples, la Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América dio un paso de gigante. Se consolida así un conjunto geopolítico que en términos económicos ocupa ya el segundo lugar en América del Sur. Pero el peso político y su proyección estratégica no guardan proporción con esa dimensión geográfico-económica y la desborda para convertirse en una referencia de alcance mundial. La Declaración final de la VIIª Cumbre del Alba se reproduce a partir de la página 40; los textos completos de los restantes documentos aprobados pueden ser hallados en www.americaxxi.com.ve

Bajo el ojo implacable de las cámaras de televisión proyectadas al mundo, durante las jornadas del 16 y 17 de octubre pasado se reunieron en Cochabamba los mandatarios del Alba. Evo Morales, presidente del país anfitrión, condujo las deliberaciones. Lo acompañaron Hugo Chávez, Daniel Ortega, Rafael Correa, José Ramón Machado, Ralph Gonsalves, Roosvelt Skerrit, Winston Baldwin Spencer y Patricia Rodas. Fernando Lugo desistió a último momento: un secuestro en Paraguay le impidió viajar. Uruguay mandó a su embajador en La Paz como observador. Y Granada, la isla del malogrado Maurice Bishop, asomó nuevamente a la política regional como observadora en esta VIIª Cumbre de la Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América. Un representante oficial de la Federación Rusa puso además el ingrediente necesario para que, desde el comienzo mismo, quedara en claro el lugar que el Alba ya ocupa en la geopolítica mundial.

Como es costumbre, el protocolo no se sobrepuso al debate de ideas. Presidentes, vicepresidentes, primeros ministros y la Canciller del legítimo gobierno hondureño, únicos expositores en un cónclave poblado de ministros y asesores, no parecieron retraerse por el hecho de que sus opiniones estuvieran expuestas al escrutinio público, ni por las limitaciones diplomáticas habituales en este tipo de reuniones, pomposamente llamadas Cumbres.

El resultado fue la aprobación formal de un conjunto de acuerdos largamente trabajados por cancilleres y especialistas. Pero si el contenido de esas resoluciones debe ser observado con suma atención por las implicancias trascendentales que suponen, más significativo aún fue el inicio de un debate de sorprendente penetración ideológica, política y estratégica. Sorprendente y hasta podría decirse extemporáneo, en un mundo de pragmatismo, desprecio por la teoría y opción por la ignorancia o la omisión: en Cochabamba hubo un debate de ideas que coloca a América Latina como el punto más elevado de la reflexión política a comienzos del siglo XXI, cuando el mundo atenazado por una crisis global sin precedentes parece marchar a la deriva.

 

Sucre: renacimiento del coraje y la lucidez

Para quienes conocen su biografía,  Antonio José de Sucre es un símbolo de coraje y lucidez; el héroe de Ayacucho, el mariscal que a los 29 años, en 1824, quebró definitivamente la columna vertebral de las tropas españolas en Suramérica. La reaparición de su nombre, convertido ahora en sigla de Sistema Unitario de Compensación Regional de pagos, es un potente emblema de aquello que renace con el Alba en la política latinoamericana: inteligencia y valentía, encarnadas en un puñado de jefes de Estado.

El Sucre comenzará desde enero próximo a funcionar como moneda de cuenta, es decir, sin existencia física. Un recurso para eludir el dólar como medio de pago para todas las transacciones entre los miembros del Alba –y de próximos países que se sumen al sistema, aun no incorporándose al bloque– y obtener así un conjunto de beneficios, entre los cuales se destaca el hecho de tomar distancia de un sistema financiero mundial que gira en torno al dólar y por lo mismo está hoy amenazado de un estrepitoso derrumbe. El Sucre obra entonces como escudo protector frente a futuros cataclismos financieros, prefigurados por la disminución hasta la desaparición de respaldo para la masa de moneda estadounidense emitida sin contrapartida en la producción y, por lo mismo, sin existencia real como equivalente general.

Se trata, dice el texto aprobado en Cochabamba, de “afianzar su independencia (de los miembros del Alba) y soberanía monetaria y financiera, en la perspectiva de lograr el desacoplamiento progresivo del dólar estadounidense”, y de atender además a “la necesidad de implantar, como parte de la nueva arquitectura financiera regional, mecanismos orientados a reducir la vulnerabilidad externa de sus economías, que propicien, impulsen y dinamicen la capacidad productiva de la región, transformen el aparato productivo, promuevan y faciliten el intercambio comercial y coadyuven a la reducción de asimetrías entre los países”.

Como manifestación desmesurada de aquello que Marx denomina “fetichismo de la mercancía”, Estados Unidos está dominando al mundo a través de su moneda. Emanciparse de ella es un requisito para romper las barreras al desarrollo de las fuerzas productivas propias, pero también para impedir que la onda expansiva de su inexorable caída arrase como un tsunami a las economías hoy subordinadas. Es por tanto una expresión de inteligencia protegerse de ese modo frente un desenlace inevitable aunque todavía impredecible en sus ritmos. Pero, en rigor, no es sabiduría, conocimiento teórico, penetración en la entraña misteriosa de la moneda, el factor primordial de esta decisión, sino la determinación política para adoptarla. Es la decisión de buscar y hallar un camino propio frente a la crisis, en lugar de acoplarse a la respuesta que, desde el G-20, articula el imperialismo bajo la guía de Washington. Puede que para muchos de los protagonistas principales de este paso histórico todavía esté pendiente el estudio del primer capítulo del Tomo I de El Capital, donde Marx devela la relación entre valor, mercancía y dinero. En cambio, y a diferencia de académicos capaces de recitar esas páginas, los mandatarios del Alba han ingresado al arcano por el extremo de perentorias exigencias políticas y sociales, a las cuales han resuelto darles solución. A la teoría por el camino de la práctica; en consecuencia con las urgencias de los pueblos a los que se representa.

Es ese compromiso y su momento histórico lo que pone en marcha un mecanismo que, en sí mismo, no tiene nada de revolucionario, pero que en virtud del contexto y el lugar donde ocurre, engendra una dinámica de independencia y soberanía, de constante enriquecimiento teórico y necesidad de despliegue práctico.

 

TCP: en busca del intercambio justo 

Fue Bolivia, a través de Evo Morales y desde el momento mismo en que se sumó al Alba, quien insistió en la necesidad de articular un sistema de intercambio opuesto a los mecanismos imperiales. Surgió así en 2006 el Tratado de Comercio de los Pueblos (TCP, sigla que se suma al Alba para dar su denominación completa). Desde entonces se ha avanzado mucho y en Cochabamba se aprobó un conjunto de medidas coronadas por la constitución de un instrumento clave: la constitución de una empresa grannacional de exportación e importación (Albaexim).

En los considerandos del acuerdo marco, queda definido que “el libre comercio ha sido el instrumento de saqueo de nuestros recursos, la condena a la dependencia, ha respondido a intereses imperiales, transnacionales, de espaldas a las necesidades de nuestros pueblos, y ha marginando la participación de pequeñas-medianas empresas y, en general, de nuevos protagonistas emergentes y de su patrimonio cultural-tecnológico-productivo”. A partir de tal definición, se desprende que “los Estados integrantes del Alba tienen el deber y el derecho de participar de los procesos económicos para garantizar que el intercambio comercial se constituya en un instrumento de unión y hermandad entre los pueblos, y romper con los esquemas especulativos y de explotación, en la perspectiva de producir las transformaciones estructurales, el desarrollo sustentable con justicia social, la soberanía de nuestras naciones y el derecho a su autodeterminación”. Pero estas enunciaciones generales toman cuerpo concreto en puntos de máxima importancia política y social, al encargar a los ministerios y organismos oficiales vinculados al comercio de los países integrantes del Alba que asuman “el compromiso de coadyuvar y facilitar el intercambio comercial entre las comunidades artesanales, campesinas, indígenas, así como las pequeñas y medianas empresas de los distintos países del Alba, identificando productos provenientes de las mismas y los mercados de consumo, implementando las políticas y acciones que simplifiquen el comercio entre las comunidades, comunas, cooperativas, empresas de producción social, pequeñas y medianas empresas a colocar su producción”.

Son presumibles las dificultades que afrontará Albaexim. Pero en la determinación de encauzar y aceitar un intercambio que en lugar de subordinar hermane, en lugar de explotar dignifique el trabajo, en lugar de saquear propulse la creación en todos los planos y en armonía con la naturaleza, hay una potencia que necesariamente trascenderá las fronteras del Alba y, afirmándose en fuerzas sociales que la comprendan y asuman, sobrepasará incluso la negativa de los gobiernos comprometidos con la estrategia imperialista y el G-20 y dará lugar a una nueva realidad política regional.

 

Estructura organizativa 

En consonancia con tales acuerdos prácticos y con la exigencia que éstos plantearán a los respectivos gobiernos, en Cochabamba quedó afirmada una estructura organizativa a partir de tres consejos ministeriales: Político, Económico y Social y un Consejo de Movimientos Sociales. El acuerdo sellado comienza por subrayar que se trata de “una plataforma de integración de los países de América Latina y el Caribe, que pone énfasis en la solidaridad, la complementariedad, la justicia y la cooperación, que tiene por objetivo la transformación de las sociedades latinoamericanas, haciéndolas más justas, cultas, participativas y solidarias y que, por ello, está concebida como un proceso integral que asegure la eliminación de las desigualdades sociales y fomente la calidad de vida y una participación efectiva de los pueblos en la conformación de su propio destino. Es además una alianza política, económica, y social, en defensa de la independencia, la autodeterminación y la identidad de los pueblos que la integran”. E inmediatamente define las instancias básicas: la cumbre presidencial “constituye la máxima instancia de decisión y orientación política. Sesiona dos veces al año y de manera extraordinaria cuando las circunstancias lo ameriten”. El Consejo Político “está conformado por los Ministros de Relaciones Exteriores de cada país miembro”. El Consejo de Movimientos Sociales “es el principal mecanismo de coordinación y participación directa de los movimientos y organizaciones sociales en el proceso de integración”. La Comisión Política está integrada por los Vicecancilleres, se subordina directamente al Consejo Político de la Alianza y es la principal instancia de coordinación y concertación política operativa; en tanto la Coordinación Permanente hace las veces de una Secretaría Ejecutiva, coordina las actividades de cooperación e integración económica y social, para lo cual supervisa, articula y controla los proyectos Grannacionales, proyectos bilaterales y acuerdos, a la vez que promueve que estos ejecuten y desarrollen de manera que cumplan su objetivo de forma exitosa. Este órgano vital estará conformado por los coordinadores nacionales designados por cada país en forma permanente y tendrá a su vez una Secretaría Ejecutiva, la cual se reunirá semanalmente y estará conformada por un secretario ejecutivo, un secretario adjunto, los directores de cada equipo de trabajo, un representante del Banco del Alba y un representante de Petrocaribe.

 

Bajo el signo del golpe

 Todo este despliegue ejecutivo ocurrió, sin embargo, bajo la presión objetiva planteada por el golpe en Honduras, la proliferación de bases militares estadounidenses en la región y los múltiples indicios de una constante actividad conspirativa de Washington y sus aliados para atacar y desestabilizar a los gobiernos del Alba. En su intervención a nombre del presidente José Manuel Zelaya, recluido a la sazón en la embajada brasileña en Tegucigalpa, la canciller Patricia Rodas afirmó sin rodeos que el golpe contra su gobierno era sólo un episodio en la ofensiva imperialista contra el Alba. Ese concepto lo reafirmaron luego todos los oradores.

Chávez se preguntó por qué no había sido repuesto Zelaya en su cargo, pese a la gran movilización popular. Y respondió: porque la resistencia no cuenta con el apoyo de las fuerzas armadas. Completó así la reflexión de Evo Morales, quien enfatizó en la necesidad de crear una nueva doctrina, para que los militares no continúen alimentándose con la ideología imperialista y capitalista. De allí, en rápida sucesión, se llegó a la necesidad de crear un Consejo de Defensa del Alba, una escuela militar y programar maniobras conjuntas de las fuerzas armadas de los países integrantes del bloque.

Otra resolución que provocaría un temblor helado en los centros de la reacción hemisférica fue la de crear “un grupo de trabajo que presente una propuesta para el análisis y desarrollo del proyecto Radio del Sur del Alba-Tcp, la creación de una Agencia de noticias del Alba-Tcp y el establecimiento de canales temáticos compartidos en coproducción entre los países Alba -Tcp para el impulso de un modelo comunicacional que permita un verdadero encuentro entre nuestros pueblos, fortalezca los procesos democráticos en la región y rompa el cerco comunicacional impuesto por el gran poder mediático transnacional”.

Constituido ya el Banco del Alba y en marcha el Fondo de Reservas, los mandatarios adoptaron además numerosas decisiones para diferentes ámbitos, tales como el impulso a la iniciativa Pertocaribe-Alba-Alimentos; a la creación de una empresa grannacional para el turismo y de una cadena de Hoteles Alba para el turismo popular; la utilización por parte del bloque del satélite Simón Bolívar; la formación de un Instituto Grannacional para la investigación y la prospección geológica (IngeoAlba), entre otras.

A través de las reflexiones de cada orador acerca de la necesidad de fortalecer la democracia (todos apoyaron a Evo Morales en la perspectiva de su reelección el próximo 6 de diciembre), surgió sin embargo la contradicción de esa tendencia ya arraigada en los países del Alba y en otros de la región, con la dinámica ostensiblemente impulsada por Estados Unidos, de golpes, desestabilización, proliferación de bases militares y apelación a la violencia contra los pueblos. Citando a alguien, Chávez resumió: “quienes le cierran el camino a las revoluciones pacíficas, le abren la puerta a las revoluciones violentas”. Para confirmarlo recordó el golpe de Estado que lo derrocó por 47 horas en abril de 2002. “Cuando comprobé que no me asesinarían y pensé que me enviarían a Cuba –explicó– comencé a programar mi regreso para conducir la lucha armada contra la dictadura. Es un derecho que nadie podía negarme. Sólo que no fue necesario, porque los militares patriotas se unieron al pueblo y los dictadores huyeron”.

Como expresión práctica de ese cruce de caminos, quedó establecida la conformación del Consejo de Defensa del Alba, integrado por militares comprometidos con la revolución en cada país. Pero el dilema va más allá. Y deja abierta –¡en un foro de presidentes!– una reflexión estratégica de enormes consecuencias prácticas, ausente no sólo en la academia y las dirigencias políticas convencionales, sino en los propios ámbitos de la izquierda regional.

 

Desde Cochabamba

con la estrategia socialista del alba y el G-20 como palanca imperial

Comienza a delinearse un mundo pluripolar

PorLBenAXXI

 

Realineamientos: en escenarios internacionales tan diferentes como la Asamblea General de las Naciones Unidas, el G-20 y la cumbre América del Sur-África, saltaron al ruedo las opciones de un momento dramático: intentar el salvataje del sistema capitalista o buscar otro camino. Un sector de la dirigencia mundial se abroquela en el G-20 en torno a Estados Unidos. Otro, temeroso, vacila y en su mayor parte se deja arrastrar por la inercia. Por sobre ambos, resalta un plan que trasciende al capitalismo, con realizaciones a la vista. Sus líderes mostraron en la ONU una rara capacidad para articularse con propuestas intermedias, como quedaría plasmado horas después en la cumbre ASA. Toma cuerpo así una rauda transición planetaria, en la que la declinación estadounidense deja lugar a la aparición de múltiples polos de poder. Los discursos de Evo Morales y Hugo Chávez en la ONU mostraron un nuevo panorama político mundial. Después de décadas, el capitalismo es acusado en la Asamblea como causa verdadera de la crisis y el socialismo se plantea como única salida. Mientras tanto Washington sostiene a la camarilla del Opus Dei en Honduras y, tras atenuar el choque con Rusia desistiendo del escudo galáctico en Europa, recrudece las amenazas de guerra contra Irán.

 

Hay que decirlo sin rodeos: a un año del colapso mundial capitalista, en un marco histórico de retroceso y pérdida de hegemonía, Estados Unidos recuperó terreno: eludió la amenaza de depresión e impidió la disgregación de sus socios-enemigos del Norte y el Sur.

Son victorias limitadas y sin duda efímeras. El espacio recobrado no está asegurado y es improbable que lo esté en el futuro. Al contrario, todo indica que con ese paso en realidad la Casa Blanca se adentra en territorio cenagoso y sólo agrava la inestabilidad estratégica de las bases sobre las que todavía sostiene su poder global. No obstante, sería erróneo desestimar el posible impacto táctico de esta recuperación parcial y su traducción en las relaciones de fuerzas. Allí está, para probar los riesgos de la coyuntura, dicho sea por adelantado, el golpe en Honduras.

La frágil y efímera victoria que pueden apuntarse los estrategas del Departamento de Estado tiene dos puntos de apoyo: uno, haber frenado la caída libre de la economía mundial, postergando a fecha incierta la transformación de la recesión en depresión; el otro, evitar que un número de países determinantes para el rumbo político planetario, saliera de su órbita en medio de la crisis más grave jamás afrontada por el sistema capitalista.

China, Rusia e India, cada una por su parte, tenían la posibilidad teórica de propulsar en sus áreas de gravitación inmediata subsistemas financieros para, a la vez, protegerse del ineluctable derrumbe del dólar y ganar un espacio decisivo en su disputa por mercados y áreas de influencia con el imperialismo mayor. No lo hicieron. Más aún: en sentido inverso, no sólo ratificaron la estrategia estadounidense para afrontar la crisis, sino que le dieron a Washington el poder de policía sobre la aplicación de esa línea de acción.

Brasil y Argentina, en cambio, tuvieron una opción concreta al alcance de la mano: el ingreso al Alba; la incorporación a un bloque que en medio del colapso afirmó un rumbo diferente para afrontar la crisis y cuenta con un subsistema económico-financiero regional que suma ya nueve países y echa a andar una moneda común, el Sucre. Pero al igual que los demás gobiernos a los que con lúcida celeridad los estrategas del imperialismo tentaron con el ingreso al sagrado templo de los poderosos, Brasilia y Buenos Aires optaron por el intento de salvataje de la economía capitalista, en lugar de buscar otro camino. Ése es el significado del documento firmado por el G-20 en Pittsburgh, el 24 de septiembre.

 

La Corte del G-7

La Declaración de Pittsburgh comienza diciendo que los presidentes se reúnen en el momento de “la transición crítica de la crisis a la recuperación, para dar vuelta la página de una era de irresponsabilidad y adoptar un conjunto de políticas, regulaciones y reformas destinadas a satisfacer las necesidades del la economía global del siglo XXI”. A lo largo de 15 carillas el texto proclama una y otra vez la necesidad de “combatir el proteccionismo”, “mantener la apertura”, ampliar el “libre comercio” y llevar a buen puerto a la Ronda de Doha.

Pero la Declaración no se limita a reafirmar principios generales del liberalismo. En el punto 19 del Preámbulo dice: “Designamos al G-20 como el primer foro para nuestra cooperación económica internacional. Establecemos que el Buró de Estabilidad Financiera (BEF) incluya a las principales economías emergentes y damos la bienvenida a sus esfuerzos por coordinar y avanzar en el monitoreo fortaleciendo las regulaciones financieras”. Queda sepultado entonces el G-7 (Estados Unidos, Japón, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Canadá e Italia) como instancia rectora de los tres centros imperialistas del planeta. Y se traslada al BEF la función de “sistema anticipado de alarma para riesgos emergentes”. Dicho de otro modo: el BEF operará como organismo contralor de la economía mundial y ocupará el lugar del desprestigiado Fondo Monetario Internacional. Así lo confirmó Timothy Geithner, secretario del Tesoro estadounidense, quien aclaró en rueda de prensa que el BEF “es el cuarto pilar de la moderna economía global, junto con el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio”.

Los 20 firmantes de este documento admiten así que la crisis mundial tiene una naturaleza subjetiva, que ya ha quedado en el pasado y que ocurrió  apenas por falta de controles. El futuro luminoso resultará del accionar conjunto de los 20 países, según la estrategia diseñada en Washington y bajo el control de aplicación de los cuatro pilares de la verdad capital.

Es presumible que los 13 gozosos gobiernos que se suman al club de los poderosos buscarán maneras para eludir las exigencias del FMI y el BEF, tal como en la Edad Media Condes o Duques sometían sus ejércitos al rey pero se guardaban el derecho de birlar una porción de los impuestos de la corona. El rey, desde luego, lo sabía. Pero era el precio a pagar para evitar que los súbditos apartaran sus feudos del reino o, peor, cedieran a la tentación de reunir fuerzas para derrocar al monarca.

No otra cosa es este sesgo táctico del Departamento de Estado, concretado sin demasiado rigor por causas evidentes en la propia Declaración que, después de felicitarse porque “nuestra vigorosa respuesta ayudó a detener una peligrosa aguda declinación en la actividad global y a estabilizar los mercados financieros”, reconoce que “el sentimiento de regreso a la normalidad no debe llevar a la complacencia”.

Para evitar toda tentación de complacencia y aventar dudas sobre la naturaleza y función del G-20, la Declaración subraya: “Pedimos al FMI que asista a nuestros ministros de Finanzas y presidentes de Bancos Centrales en el proceso de mutua evaluación, desarrollando un análisis prospectivo de las políticas asumidas por cada país miembro del G-20, observando si éstas son colectivamente consistentes con trayectorias más sostenibles y balanceadas para la economía global, y que reporte regularmente al G-20 y al Comité Internacional Monetario y Financiero (Cimf), a partir de los actuales análisis de vigilancia del FMI, bilaterales y multilaterales, sobre el desarrollo económico, modelos de crecimiento y políticas de ajustes sugeridas”.

Innecesario es abundar sobre el significado de esta “mutua evaluación” con los instrumentos del FMI: entre abrazos, sonrisas y aplausos, saqueadores y saqueados firmaron un plan común.

 

Cumbre en Margarita

Barack Obama puede computar como éxito el resultado de la reunión en Pittsburgh. Pero le durará poco.

Y sus consecuencias, peor que lo ocurrido al rey Pirro, se les darán vuelta para golpearlo de lleno en el centro de su estrategia política.

En primer lugar, la idea de que el mundo está “en la transición crítica de la crisis a la recuperación” es falsa en todo y por todo. Ya es excesivo decir que se ha frenado la caída y la depresión desaparece del horizonte.

Ninguna visión teórica seria de la economía mundial descarta la posibilidad de nuevas quiebras de grandes instituciones financieras, ahora arrastradas no por el supuesto “descontrol de ejecutivos venales”, sino por el debilitamiento vertiginoso de la producción industrial. En todo caso, si el riesgo de la depresión generalizada no se replantea en lo inmediato, es irrebatible la perspectiva de estancamiento a largo plazo, con aumento relativo y absoluto de la desocupación en todo el mundo, siempre con eje en los países altamente industrializados.

El impacto de esta dinámica inexorable de desocupación masiva y a largo plazo, será demoledor. Para la economía en general y, desde luego, para los países dependientes y subdesarrollados. No basta con apelar a un fraude semántico como el de “países emergentes” para contrarrestar la realidad de estructuras económicas deformadas insostenibles en su conformación actual. La idea de que países como China, India –tanto menos Brasil y Argentina– quedarán eximidos del terrible precio a pagar por el colapso del capitalismo en sus centros imperiales es más que un gesto de irresponsabilidad o ignorancia: implica un salto hacia el suicidio político. La inexorable puesta en cuestión de los gobiernos que hoy optan por asociarse al imperialismo redundará en la radicalización de las masas y la confrontación creciente con Estados Unidos. La crisis política multiplicará los efectos del colapso económico.

Acaso por impulso inconsciente de autodefensa, desde Pittsburgh, tras firmar el documento aludido, Lula y Cristina Fernández volaron a Margarita, la bella isla venezolana donde tendría lugar la IIª Cumbre América del Sur-África. Como Fausto, los gobiernos de Brasil y Argentina podrían decir “dos corazones laten en mi pecho”. Sólo que en este caso no sería alarde dialéctico sino confesión de perplejidad. Es insostenible en el tiempo la firma de una operación de salvataje del capitalismo y la afirmación de lo acordado en la cumbre entre Unasur y la Organización de la Unidad Africana, donde fueron ratificados nuevos y ya existentes planes proyectados hacia subsistemas financieros y mecanismos de intercambio, interconexión y complementación productiva, comercial, científica y política, al margen y en contra de la estrategia estadounidense.

 

El Alba como telón de fondo

De eso se trata el acuerdo para la creación del Banco del Sur (demorado desde 2007 en su concreción por las vacilaciones de Brasilia y Buenos Aires), y la Declaración de Porlamar, como conclusión de la IIª ASA, que en su proclama exhorta a “fortalecer los sistemas regionales, a través de la promoción de instituciones financieras y monetarias desde una visión de solidaridad, cooperación y desarrollo regional”, para inmediatamente plantear “la necesidad de avanzar en la adopción de medidas de protección financiera, necesarias para prevenir los costos de la crisis financiera internacional”. Adicionalmente los países firmantes se comprometieron a iniciar una cooperación birregional eficaz y en áreas de trabajo concretas como energía, finanzas, comercio, tecnología y salud, con proyectos tales como el Bancasa (ver Banco del Sur), pero también empresas petroleras y mineras comunes a todos los países de ambos continentes dispuestos a incorporarse. Comisiones ministeriales deberán dar seguimiento a estos planes, que serán evaluados dentro de dos años en la próxima cumbre, a realizarse en Libia.

Sumada a la reciente gira del presidente Hugo Chávez por países de África, Medio Oriente y Europa Oriental, la IIª Cumbre ASA articula una estrategia consistente con tres objetivos trascendentales:

  • impulso a todas las formas posibles de subsistemas financieros, económicos, comerciales y de complementación, capaces de actuar como escudos defensivos ante la inexorable –aunque impredecible– reaparición multiplicada de la crisis capitalista;
  •  impulso a tantos bloques como la realidad geopolítica exija para romper la hegemonía y centralidad del poder imperialista;
  • fortalecimiento, al interior de estas nuevas instancias financieras, económicas y políticas internacionales, de un bloque ya prefigurado en el Alba, para delinear y aplicar respuestas no capitalistas a la crisis actual y sus ineluctables perspectivas y consecuencias.

Barack Obama enarboló la estrategia opuesta. En la ONU eludió condenar al régimen golpista de Honduras –es decir, continuó sosteniéndolo, en el momento mismo en que la dictadura amenaza con atacar a José Manuel Zelaya en la embajada brasileña. Para evitar la eclosión del G-20, canceló el plan de escudo antimisiles contra Rusia en Polonia y la República Checa. El presidente Dmitri Medvédev y el primer ministro Vladimir Putin lo felicitaron por acabar con ese casus belli que hubiese escalado a velocidad de rayo. Pero no hay distensión: acto seguido Obama inauguró la cumbre de Pittsburgh anunciando que se había descubierto una nueva planta nuclear en Irán y, respaldado por el primer ministro británico y el presidente francés, adelantó que no descarta la opción militar contra ese país.

vuelco en la balanza: unasur inspeccionará las bases estadounidenses en colombia

El giro es hacia la izquierda

PorLBenAXXI

 

Sorpresas: el debate en Bariloche sobre la instalación de bases estadounidenses en Colombia terminó con un resultado inesperado: los gobiernos suramericanos dieron un paso sin precedentes en la historia al resolver que inspeccionarán las instalaciones desde donde el Pentágono opera en Colombia para determinar si se trata o no de bases militares y si constituyen o no una amenaza para los países de la región. Basta decirlo para comprender la magnitud y el sentido del giro que está operándose en América Latina. Y comprobar que ese desplazamiento ocurre, incluso, contra la voluntad de gobiernos que, de cara ante sus propias sociedades, no pueden sino responder aunque a regañadientes a los sentimientos más profundos de las mayorías. Uribe –es decir el gobierno de Washington– que fue a Bariloche a romper Unasur, quedó solo, descubierto y ridiculizado, catalizando en su figura el rechazo generalizado de América Latina a los designios imperialistas. En la primera quincena de septiembre los ministros de Defensa y Exteriores de Unasur se reunirán en Quito para decidir los pasos inmediatos.

 

Dos ejes principales de propaganda tiene la prensa mundial desde hace meses: la crisis del capitalismo ya está en franca recuperación y las masas populares giran a derecha en América Latina. Dichas y repetidas por medios y personalidades real o supuestamente respetables, estas patrañas acaban por ocupar un lugar en la conciencia de millones de personas. Incluso minan la certidumbre de muchos que piensan lo contrario. Porque ninguna gran mentira puede formularse sin un punto de apoyo en la verdad. El papel de la prensa, que debería separar una de otra y mostrar con objetividad cuál es la parte determinante, en la época del capitalismo decadente consiste en lo contrario. No obstante la realidad se impone. Deja anonadados y a menudo en ridículo a quienes se obstinan en negarla. Y exige replanteos drásticos de los presupuestos dominantes sobre los que se apoyan conclusiones del llamado “sentido común” y rigen la opinión de dirigentes e intelectuales.

Ningún ejemplo mejor que lo ocurrido en la Cumbre extraordinaria de Unasur, realizada en Bariloche el pasado 28 de agosto. Allí, ante la perplejidad de la mayoría de los y las presidentes participantes, cuando el grueso de ellos trataba de morigerar el choque implícito en la negación rotunda a la instalación de siete bases militares estadounidenses en territorio colombiano, acabaron votando que enviarían una comisión investigadora de Unasur a la mismísima fuente de todo el poderío imperialista: sus plataformas para la guerra.

Para colmo de las paradojas, quien puso la primera argumentación de un continuo vertiginoso que acabaría en esa decisión, fue el presidente peruano Alan García, único punto de apoyo con que contaba Álvaro Uribe, quien acorralado sólo atinó a pedir y repetir que para semejante tarea de inspección debería estar también la OEA.

García apeló a ese recurso después de dos exposiciones letales para el acuerdo de los gobiernos colombiano y estadounidense, las de Hugo Chávez y Evo Morales, uno con la lectura de un documento que revela el sentido de la instalación de esas bases en Colombia, el otro con un discurso sólido como roca y emotivo al punto de conmover a quienquiera lo escuchara, centrado en un concepto: Unasur debe rechazar la instalación de esas Bases. Ambas intervenciones respondieron a la primera de la jornada, de Uribe, quien con su descarada solidez acostumbrada pareció más un oficial del Departamento de Estado que el presidente de Colombia.

La táctica del dirigente socialdemócrata peruano era por demás simple: ante la imposibilidad de defender (téngase en cuenta, además, que la sesión estaba siendo televisada en directo y para todo el mundo) dispositivos militares de las características y proyecciones denunciadas por Chávez, quien leyó un documento oficial del Pentágono, optó por poner en cuestión el tipo de instalaciones y de armas que habría en ellos: si se trata –explicó– de aviones que incluso pueden llevar bombas atómicas, o súper radares capaces de interferir y controlar las comunicaciones de toda la región, entonces no; pero si sólo son mecanismos de ayuda a Colombia en la lucha contra el narcotráfico y el narcoterrorismo –subrayó García–  entonces no hay razón para oponerse.

Por un momento el presidente peruano quedó feliz con su discurso. De hecho, contaba con que la mayoría de los presentes, abrumada por la posibilidad de chocar de frente con Washington, aceptaría un criterio tan obvio e inocente: si la presencia estadounidense no afecta a nadie ¿cómo oponerse a ella sin incurrir en mengua de la soberanía colombiana? Para remarcar ese concepto, García no se ahorró un tramo brillante en su exposición explicando que el desarrollo de Unasur implica una disminución gradual de la soberanía de cada gobierno sobre su propio país, esbozando el futuro que inexorablemente espera a América Latina. El debate estaba resuelto: no hay por qué oponerse a las bases estadounidenses en Colombia, si éstas se limitan a luchar contra las guerrillas y el narcotráfico. Entusiasmado, probablemente no reparó en un detalle que no obstante él mismo afirmó: para distinguir entre uno y otro tipo de bases, hay que confirmar de qué se trata.

Correa al ataque

Luego vino el turno de Luiz Inácio da Silva. Incómodo, errático, Lula optó por explicar cuánto se había avanzado con Unasur, llamando a no autoflagelarse. Luego de la mitad de su intervención, sin embargo, no podía eludir la materia en cuestión y expresó los temores de Brasil frente a la instalación de bases militares en su frontera amazónica. Y chocó de frente con Uribe y García, aunque sin arribar a ninguna conclusión.

Rafael Correa, en cambio, desplegó una batería argumental abrumadora para desmontar uno por uno los argumentos de Uribe. Antes, y en elegante gesto para eludir la ansiedad de la presidente Cristina Fernández por ocupar el centro de la escena, le cedió a la anfitriona el comando de la Cumbre, que le correspondía en su condición de presidente pro tempore de Unasur. Combinadas, las intervenciones de Chávez, Evo y Correa constituyen un alegato implacable que a la luz pública nadie puede contrarrestar sin exponerse como un portavoz de la Casa Blanca y defensor de un futuro de sometimiento y guerra para América Latina. Así, por cuarta vez en lo que va del año el Alba (Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América), se convierte en factor decisivo para el desarrollo y desenlace de una reunión internacional. Por eso los restantes presidentes quedaron entre la espada del Alba y la pared que involuntariamente les había levantado Alan García.

TV or not TV

Todo hubiese sido diferente si la reunión, como ocurre por norma, hubiese sido a puertas cerradas. Tres días antes de la Cumbre, el autor de esta nota había demandado, sin esperanzas, que la sesión fuera televisada, alegando la importancia trascendental del tema en debate y el hecho de que la opinión pública regional había sido deliberadamente desinformada y confundida (ver Qué se dirime en Bariloche; www.americaxxi.com.ve). Un pensamiento profundo de filósofos con inclinaciones reformistas, “los extremos se tocan”, podrá ser utilizado en este caso por quienes se opusieron a semejante idea. Porque nadie menos que Uribe lanzó esa misma exigencia un día antes de la Cumbre. Ocurre que los estrategas de la Casa Blanca le encomendaron que actuara como ariete para romper Unasur. Ellos o el discípulo (o acaso su canciller, cuya sofisticación intelectual salta a la vista), pensaron que la exposición pública inhibiría a un puñado de presidentes. Como se verá, Lula avaló con su conducta tal variante táctica. Como sea, lo cierto es que Uribe exigió que toda la sesión fuera transmitida, y ante la oposición de los gobiernos de Argentina y Brasil, no vaciló en salir de la sala y correr a la carpa donde estaba apiñada la prensa (centenares de corresponsales con la mitad de las sillas y el espacio necesario) para denunciar que se quería censurar a los medios. Si algo no se le puede negar a Uribe es su determinación militante, a menudo incluso brillante, para defender causas imposibles. Pero esta vez tuvo éxito.

Las intervenciones de Michelle Bachelet y Cristina Fernández tomaron, en sustancia, la tesis de García. No lo hicieron explícita y formalmente. Era el camino lógico al que llevaba la decisión –ya mostrada en la cumbre de Quito, el 10 de agosto– de no condenar la instalación de siete bases militares en Colombia. Pero aunque con la misma ambigüedad del autor original, avanzaron por el camino por él esbozado: para dar confianza a los vecinos, Colombia debería permitir la inspección de las bases. Uribe, desencajado, repetía que no debía prescindir de la OEA.

Ante la mirada del mundo, nadie podía hacer menos, si se parte de una certeza que ahora queda a la luz: las mayorías rechazarían frontalmente a gobernantes cómplices con las intenciones estadounidenses. Y lo mismo ocurriría con quien no defendiera la unidad de Unasur.

Alertado de la dinámica que había puesto en movimiento, sin despedirse, García literalmente huyó de la Cumbre. Lula, a esa altura completamente desplazado del centro de la escena, estaba a punto de hacer lo mismo cuando Chávez, probablemente de manera inadvertida, le pidió a la presidencia de la Cumbre que apurara la sesión porque el mandatario brasileño se retiraría. Allí Lula tomó la palabra en un estado de iracundia nunca antes mostrado en público. Condenó la idea de televisar la sesión, sobrepasó todo sentido del equilibrio recriminando a Correa por haber demolido a Uribe y hacerle perder tiempo a los mandatarios, sostuvo que a “la gente le interesan las conclusiones, no los debates” y dijo sin rodeos que lo que más le preocupaba eran los titulares de prensa del día siguiente. Como si le faltase algo, llegó a proponer que Unasur fuera a la reunión del G-20 para conversar con Barack Obama.

Con mesura, Correa explicó que la réplica a Uribe había sido su primera intervención (antes había hablado como presidente de Unasur y sólo para introducir la cumbre) y que a él, francamente, no le interesaban para nada los titulares del día siguiente, sino si se instalarían o no las bases en Colombia.

Aparentemente, Uribe y sus asesores del Norte estaban saliéndose con la suya: Unasur se rompía.

El Alba en acción  

En ese punto, coordinadamente o no –imposible saberlo– el Alba actuó como fuerza política dirigente: Correa, Evo y Chávez cedieron el centro de la escena a quienes afirmaban la negativa a condenar las bases proponiendo su inspección. Hubo un momento de sorpresa y malestar que probablemente se repitió en millones de telespectadores en el hemisferio: ¿para evitar la ruptura se aceptaban las bases?

Nada de eso. El alineamiento de cada gobierno, a la luz pública, había sido concluyente. Todos menos el colombiano rechazaron la posibilidad de que hubiera bases del tipo que Chávez explicó con documentos oficiales estadounidenses. Pero una mayoría buscaba la tangente, sea para evitar la ruptura de Colombia con Unasur, sea para eludir un choque frontal con Estados Unidos. La jornada se había convertido en una escuela de formación política sin precedentes. Y la parte concluyente del galimatías aprobado como declaración final decidía la inspección de las Bases y una reunión urgente, en la primera quincena de septiembre, en Quito, para definir la composición del cuerpo de inspectores y el cronograma de trabajo.

Sorprendería que Washington admita que se inspeccionen los lugares donde reside su ultima ratio. Pero si obliga a Uribe a negarse y a romper con Unasur, el mundo tendrá claro el hecho principal: Washington prepara desde Colombia la guerra contra América Latina. Y si alguien acompaña a Uribe en la ruptura de Unasur, sólo estará cavando su tumba política.

Es más de lo que podía esperarse. Resta seguir paso a paso la reunión de Quito y las reacciones de la Casa Blanca y Bogotá. Y valorar en toda su dimensión dos propuestas de enorme trascendencia: Evo sostuvo la necesidad de hacer un referendo suramericano para decidir si la ciudadanía quiere o no Bases estadounidenses en su territorio; y Chávez apuntó al corazón del problema: bregar por la paz en Colombia.

Democracia y paz. ¿Quién se apartará de esas consignas? ¿Quién podrá sostener que sus defensores son dictadores, monstruos totalitarios que amenazan a América Latina?

Más relevante aún: ¿quién podrá sostener, con algún apego a la verdad, con el mínimo de respaldo científico, que América Latina está girando a la derecha?

La conducta de gobiernos contrarios a la propuesta estratégica de cortar toda sujeción al imperialismo y avanzar en la transición al socialismo confunde a millones, provoca rechazo masivo y desemboca en desplazamientos electorales circunstancialmente favorables a la derecha. Pero a contramano de tales conducciones, está a la vista que la región avanza, lenta, sinuosa pero inexorablemente, en el sentido inverso.

La batalla de Bariloche no podía resolver lo que sólo puede hacerse con la extensión de los principios y las realizaciones del Alba a toda América Latina. El fin de la diplomacia secreta –desde siempre instrumento clave de las clases dominantes– es una palanca fundamental para alcanzar ese objetivo, que sólo encarnará cuando cientos de millones lo comprendan. El Partido dos Trabalhadores hará una enorme contribución si consigue explicárselo a Lula. Los sindicatos, partidos, asociaciones y movimientos sociales, tienen no obstante un camino presumiblemente arduo para asumir y expandir la nueva realidad latinoamericana, con el Alba a la vanguar