queda atrás la máscara democrática y el progresismo de obama

Estados Unidos devela su estrategia

PorLBenAXXI

 

Es un ensayo con escasa posibilidad de éxito. El imperialismo estadounidense está dividido; cada día más rechazado en todo el planeta; debilitado económica y políticamente. Apela entonces a su última razón, la de la fuerza.

Con el golpe en Honduras, la proliferación de bases militares en torno a Venezuela, la desestabilización en Ecuador, Paraguay y Bolivia, el gobierno de Barack Obama traza su estrategia, apuntada a contrarrestar la pérdida de la iniciativa y la hegemonía políticas en el hemisferio.

Ese plan ya en marcha no puede eludir las grietas crecientes en la burguesía imperialista estadounidense y la consecuente inconsistencia en el accionar del Presidente y su secretaria de Estado, Hillary Clinton. Es visible el choque de un complejísimo juego de fuerzas en la cúpula del poder imperial. Pero la resultante es inequívoca: decisión de actuar militarmente contra gobiernos constitucionales, preparación de un poderoso dispositivo de guerra contra la región, específicamente contra los países componentes del Alba (Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América), con centro en la revolución socialista bolivariana.

Apoyado en la totalidad de la llamada gran prensa (diarios, radios, televisión y agencias en todo el mundo), está llevándose a cabo una maniobra de camuflaje, destinada a demorar la identificación franca de Obama con la violencia y las dictaduras. Mientras tanto, la Casa Blanca avanza sobre los eslabones que considera más débiles, calumnia con métodos de concepción goebbeliana al presidente Hugo Chávez, busca debilitar su figura ante la opinión pública internacional y aislarlo antes de intentar una agresión militar contra Venezuela. Esa embestida ya está proyectada desde territorio colombiano, con comando operativo y armamento estadounidense y con ejércitos mercenarios sostenidos desde hace años por el presidente Álvaro Uribe. Una reiteración aggiornada de la guerra contra la revolución sandinista en los años 1980, que usó a Honduras como plataforma territorial.

Para tender una cortina de humo que desdibuje el hecho de la instalación de cinco bases militares estadounidenses en su territorio, Uribe acusó a Chávez de entregar armas a las guerrillas colombianas. Con aquella decisión y esta burda mentira, que llevan el sello sobresaliente del Departamento de Estado, el imperialismo provoca tensión entre Colombia y Venezuela, en una dinámica apuntada a desembocar en ruptura de relaciones, eventualmente seguida de ataques colombianos en territorio venezolano, con la excusa de perseguir fuerzas insurgentes de las Farc o el Eln. El objetivo es desatar la guerra entre ambas naciones hermanas.

Por lo pronto Uribe anunció el 1º de agosto, el mismo día que recibió en Bogotá al jefe del Comando Sur del ejército imperialista, general Douglas Fraser, que ni él ni su Canciller asistirán a la reunión del Consejo de Defensa de Unasur (Unión de Naciones Suramericanas). Explicó que no corresponde, porque las bases donde se establecerán las tropas estadounidenses, estarán bajo mando de oficiales colombianos. En el mismo acto en que en su condición de Presidente acepta la orden estadounidense de romper de hecho con Unasur, Uribe asegura que los oficiales colombianos comandarán la maquinaria bélica imperialista más poderosa de la historia. Difícil definir si resalta más su cinismo o su condición de frágil animal acorralado.

 

Diversionismo 

Hay otras cortinas de humo, de pareja gravedad. Desde atalayas de la intelectualidad reformista, se defiende la idea de que el accionar de Obama frente al golpe en Honduras prueba el cambio cualitativo operado en el Ejecutivo estadounidense con el recambio presidencial. Afirmaciones obvias como que Barack Obama no es George Bush, ocultan la marcha sistemática de la Casa Blanca en un cerco contra la revolución latinoamericana. Como se observa ahora en Venezuela, el pensamiento reformista se planta como el principal escollo para definir un plan de acción regional, que a la vez pueda detener la mano criminal de Estados Unidos y permita avanzar en las transformaciones anticapitalistas iniciadas con el Alba.

Al margen de la discusión sobre la subjetividad del primer presidente negro de Estados Unidos, los hechos demuestran que el golpe en Honduras fue ejecutado por hombres del Departamento de Estado y el Pentágono, desde la base militar estadounidense en aquel país.

El propio presidente José Manuel Zelaya señaló los nombres de un cubano maiamero y un opositor venezolano que, dijo, actuando como agentes de lo que llamó “halcones del gobierno de George Bush”, fueron los articuladores del golpe. Zelaya hizo esta declaración inmediatamente después de reunirse en la embajada de Honduras en Nicaragua, el 30 de junio, con el embajador de Estados Unidos en Tegucigalpa, Hugo Llorens. Este diplomático es otro cubano maiamero –o gusano, como gustan llamarlos los revolucionarios cubanos– con experiencia desde que Honduras era la base de los ejércitos mercenarios lanzados contra Nicaragua.

El resultado de ese zarpazo fue adelantado por esta columna en la madrugada del 29 de junio, 24 horas después de su ejecución y publicado en la edición anterior de América XXI. Nada ha cambiado sustancialmente un mes después: el régimen golpista no ha podido consolidarse, la reacción de masas creció y comenzó a ganar organicidad, el rechazo diplomático se extendió a todo el mundo. La única razón por la cual esa derrota no se consumó con la caída del régimen títere, es que la Casa Blanca lo sostuvo, presionando a Zelaya y montando un operativo con eje en una pseudo mediación a cargo del presidente costarricense Oscar Arias. Pero el envío de Llorens a Managua, muestra que la maniobra de Clinton se ha vuelto en su contra: después de un traspié, Zelaya radicalizó su posición al ritmo del crecimiento de la resistencia. El riesgo señalado un mes atrás continúa latente: que antes de dejar caer a Roberto Micheletti (por caso, ex militar integrante de los comandos de la muerte y figura relevante del Opus Dei), la Casa Blanca aliente un baño de sangre, destinado a cortar el paso al movimiento de masas que irrumpe por primera vez en la historia hondureña, garantía de que nada será como hasta ahora en aquel país.

 

Firmeza y vacilaciones 

Frente a esta escalada refulgió primero la rápida y contundente respuesta del Alba y las contundentes posiciones adoptadas por Hugo Chávez y Rafael Correa cuando, simultáneamente, desde Bogotá los agentes de Washington lanzaron una doble provocación contra Ecuador y Venezuela. A la vez quedaron a la vista las vacilaciones de Unasur y Mercosur. Si bien este último organismo, en su reunión en Asunción (ver pág. 30), dio una señal importante al adelantar que no reconocería a ningún gobierno surgido en Honduras de elecciones llamadas por el régimen golpista, al no invitar a Zelaya a esa cumbre y no definir con claridad una política para quitar de las manos del testaferro de Obama la mediación tramposa, omitió su participación plena en este conflicto decisivo para la historia próxima de la región. Unasur hizo otro tanto. Llevado por sus miembros de mayor peso, presumiblemente aconsejados por las metrópolis europeas, que ven en el conflicto centroamericano una oportunidad de negocios en detrimento de sus socios de Washington, este organismo que ha dado un salto histórico con la creación de un Consejo de Defensa propio, cedió la iniciativa política al imperialismo.

En la cumbre de Unasur en Quito el próximo 10 de agosto, se verá cómo actúa cada protagonista. Habrá que observar en detalle esa actuación, porque de ella depende en gran medida el margen que le quede a la Casa Blanca para continuar sin pausa en sus planes de agresión militar o, por el contrario, verse obligada a postergarlos. En efecto, el golpe en Honduras es un ensayo con escasa posibilidad de éxito. Pero si Unasur no acompaña al Alba en este punto, llevada por la visión reformista sea de cuño burgués o socialdemócrata, Estados Unidos tendrá mayor espacio para provocar una matanza en Honduras y avanzar en sus planes guerreristas contra Venezuela y Ecuador desde sus bases colombianas.

Sería útil tener en cuenta que en la hipótesis negada de un accionar imperialista exitoso contra el Alba, además de iniciarse una era de lucha armada a gran escala en toda la región, la onda expansiva arrastraría también al conjunto de gobiernos reformistas de la región.

Nada menos que eso está en juego en estas horas: la guerra o la paz. O dicho de otro modo: la inercia del statu quo, o la revolución.

golpe en honduras y el alba en acción

Nuevos parámetros en América Latina

PorLBenAXXI

 

Washington no podía perdonar lo ocurrido en San Pedro Sula (3 de junio). Allí, en territorio hondureño, Estados Unidos sufrió una afrenta sin precedentes en la historia de los grandes imperios. Después de medio siglo de infamia, Cuba fue reivindicada por su expulsión de la OEA en 1962 y Washington sufrió una derrota moral de la cual no es posible sobreponerse. Además el leit motiv de aquella reunión era la “no violencia”.

Antes de eso, Honduras se había sumado al Alba. De la mano del presidente Manuel Zelaya, figura imprevista en el escenario regional, el país centroamericano se incorporó a un proyecto estratégico diferente y contrario al trazado por el imperialismo. Era demasiado. No había otra alternativa, para ellos, que pasar a la acción. Allí está el contenido esencial del grotesco y ya fallido golpe de Estado del 28 de junio contra el gobierno hondureño.

 

Respuesta del Alba 

Como de rayo, el Alba salió al cruce del manotazo, mientras en Honduras comenzaban a movilizarse las fuerzas que respaldan a Zelaya. En la noche misma del domingo 28, en ocasión de una reunión de presidentes centroamericanos, se realizó en Managua una reunión extraordinaria de los mandatarios del Alba.

Incluso sin oír o leer los extraordinarios discursos allí desgranados, la foto de esa mesa basta para comprender que una situación radicalmente nueva se ha afirmado en América Latina: el Alba, otra vez plantada frente al imperio, con definiciones netas, con la resolución y las capacidades suficientes para decirle a Washington que el golpe no sería aceptado. Mientras tanto, en cada país hubo expresiones de rechazo al golpe, movilizaciones de mayor o menor envergadura pero en ningún caso omisión. La OEA se reunió de emergencia: ¿qué podía hacer? ¿Identificarse con los golpistas? En vista del desarrollo de los acontecimientos, la Unión Europea condenó la interrupción de la institucionalidad. Ya con la región en pie de lucha y con una dirección política continental corporizada en el Alba, el presidente Barack Obama primero y su secretaria de Estado después, Hillary Clinton, tomaron distancia de los golpistas sin comprometerse exigiendo el retorno de Zelaya. No había espacio para ambigüedades, sin embargo. “No sólo hemos venido a dar declaraciones; es un plan jurídico, político y social el que hay que elaborar para apoyar al pueblo de Honduras (…) no hay negociación posible con estos golpistas. Que renuncien. Hay que ser muy firmes, como las rocas, ante unos golpistas a los que hay que decirles que entreguen el gobierno al presidente Manuel Zelaya y sin condicionamientos”. En ese momento, en Honduras se decretaba una huelga general con bloqueo de todas las rutas. La insurrección del pueblo contra los golpistas.

 

El papel de la Casa Blanca

No es el caso de preguntarse acerca de la subjetividad del presidente estadounidense ante semejante coyuntura. Los hechos son muy claros. Barack Obama posterga acciones inequívocas en la política exterior estadounidense. No da prueba alguna de un cambio real. Tampoco afirma la continuidad de su sucesor. No se trata de un período de acumulación de fuerzas del flamante Presidente para luego dar un mazazo al dispositivo de poder imperialista. Se trata de una calculada  prolongación de expectativas, dentro y fuera de Estados Unidos, respecto del vuelco radical con el que se ilusionó buena parte del mundo. Ésa es la estrategia imperialista en el plano de lo que podría llamarse “relaciones públicas” de la Casa Blanca ante el mundo.

Mientras tanto, el Departamento de Estado y el Pentágono continúan en su faena. La de siempre. Con la diferencia de que ahora los estrategas del imperialismo han dado por cerrada la etapa de control mediante gobiernos constitucionales en América Latina, inaugurada tres décadas atrás con la administración de James Carter. Ya están desplegadas en una operación múltiple destinada a demoler moralmente, calumniar ante el mundo, asesinar o derrocar a aquellos gobernantes definidos por una estrategia de independencia, soberanía y confrontación franca con las causas profundas del atraso y la miseria.

La lista de hechos que comprueban esta afirmación es interminable, pero se destacan los siguientes:

  • conspiración para asesinar a Evo Morales mediante un comando de mercenarios extranjeros;
  •  maniobra para culpar al presidente de Guatemala, Álvaro Colom por el asesinato de un abogado al que se obligó a grabar un video anunciando que sería ultimado por orden de éste (en esto la vanguardia operativa fue la cadena CNN);
  • intento de derribar con misiles el avión en el que Hugo Chávez y Evo Morales debían aterrizar en San Salvador para la ceremonia de asunción del presidente Mauricio Funes;
  • ofensiva internacional de la prensa comercial contra Hugo Chávez;
  • declaraciones del jefe del Comando Sur, Douglas Fraser: “me inquieta el crecimiento militar de Venezuela porque no sé qué amenaza ven (…) no percibo ninguna amenaza militar convencional en la región y no sé por qué consideran necesario reforzar sus Fuerzas Armadas de la forma en que lo están haciendo”, dijo Fraser, tergiversando groseramente la realidad de una carrera armamentista en la región encabezada por Colombia y Chile, en la que la inversión militar de Venezuela no tiene punto alguno de comparación.

Sobre esa dinámica, no hay duda alguna. La incógnita al momento de enviar estas páginas a imprenta –madrugada del 29 de junio– es si Washington cederá como lo hizo en Bolivia el año pasado, o si, en cambio, buscará una acción ejemplificadora; es decir, un baño de sangre del pueblo hondureño antes de dejar librados a su suerte a los golpistas.

en argentina el gobierno perdió en todos los distritos de peso

Severa derrota oficialista

PorLBenAXXI

 

Debacle: la elección legislativa del 28 de junio debilita al extremo al gobierno de Cristina Fernández. Es incierto el camino hasta el fin de su mandato, a fines de 2011. Si adopta un rumbo neto de transformaciones profundas y se suma con ímpetu al proceso de unidad latinoamericana, puede garantizar la gobernabilidad, que de lo contrario estará en riesgo. El notorio crecimiento de una propuesta antimperialista como la de Fernando Solanas, revela el potencial de la Argentina real que busca el camino de una revolución.

 

Si, como decían los sabios de la antigua Grecia, los dioses hablan por las matemáticas, basta observar porcentajes en la elección del 28 de junio para oír el dictamen de la ciudadanía. En el total nacional, los candidatos de la ultraderecha obtuvieron el 18,7%, la derecha liberal el 30,9% y el oficialismo el 30,9%. Hubo una abstención elevadísima (el voto en Argentina es obligatorio), superior al 30% y en lugares clave próxima al 40%. Néstor Kirchner perdió en la provincia de mayor peso, Buenos Aires, por 2,3 puntos frente a un desconocido del denominado “peronismo disidente”, Francisco De Narváez (34,6 contra 32,1%). En ese distrito cifraba el elenco gobernante las esperanzas de contrarrestar una derrota segura en los mayores centros del interior. La expectativa se alimentaba con el voto clientelista en los bolsones de máxima pobreza y marginalidad. Pero incluso allí Kirchner estuvo lejos de los resultados que esperaba. Los candidatos oficialistas obtuvieron porcentajes mínimos en la Capital Federal (11,6%), Santa Fe (9,6%), Córdoba (9,1%) y perdieron Mendoza (27,9 contra 47,4% de una coalición liderada por la Unión Cívica Radical). En Entre Ríos el candidato peronista, enfrentado duramente con Kirchner, obtuvo 34,3 contra el 35% del bloque de restos de la UCR denominado Acuerdo Cívico y Social. En las restantes provincias los candidatos peronistas que ganaron lo hicieron explícitamente en contra del gobierno nacional y los pocos que no actuaron de esa manera, son jurados enemigos de Kirchner en la lucha interna del Partido Justicialista  (PJ) encabezado por el ex presidente ahora diputado. El oficialismo pierde así el control de ambas Cámaras del Congreso. En suma: casi cuatro de cada diez ciudadanos, le dieron la espalda a los candidatos absteniéndose; y siete de cada diez electores que acudieron a las urnas, votaron contra el gobierno nacional.

Esto último debe entenderse literalmente, porque sólo por excepción los vencedores tienen verdadero respaldo de sus votantes, que actuaron llevados por el rechazo a Cristina Fernández y Néstor Kirchner. Las causas de ese rechazo han sido explicadas en trabajos de interpretación que no permiten asombrarse frente al resultado. Aunque eso importa poco a la hora de evaluar lo que vendrá.

Kirchner arrastró al abismo al gobernador de Buenos Aires, al vicegobernador y a los intendentes del conurbano bonaerense, obligados a “candidaturas testimoniales” (es decir, que encabezaban las listas en cada distrito, pero no asumirían sus cargos). Con la caída de Daniel Scioli, titular del gobierno provincial y supuesta alternativa para las elecciones presidenciales de 2011, Kirchner pierde toda posibilidad de mantener el control del PJ. Pero también afecta a otro puntal de su gobierno: el titular de la CGT, Hugo Moyano, quien para recuperarse del duro revés deberá salir del letargo y ponerse al frente de los reclamos sindicales.

 

Emerge una fuerza nueva 

El desempeño de las izquierdas merece capítulo aparte. Los remanentes de las expresiones sectarias, fragmentadas como nunca, reiteraron guarismos insignificantes: en conjunto 1,6% en todo el país. Pero esa muestra de desubicación y desarraigo no traduce la realidad política (ni social, ni ideológica) del país.

En la Capital Federal, único distrito donde se presentó una expresión dura de naturaleza antimperialista y genéricamente anticapitalista, con voluntad plural y franca confrontación con el gobierno, el resultado fue arrollador. Se trata de Fernando Solanas, quien alcanzó el 24,2%, contra el 31% de la candidata del oficialismo porteño, Gabriela Michetti, puesta allí por el Jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, quien tiene como puntos de referencia ideológica a José María Aznar y Álvaro Uribe. En este caso, como en tantos otros en el resto del país, buena parte de las fuerzas de izquierda se alinearon con el candidato oficial, mientras otras expresiones del denominado “progresismo”, obtuvieron alrededor del 5%. Además, el hecho de que en localidades fundamentales de concentración proletaria De Narváez haya empatado con Kirchner, indica que son precisamente los obreros quienes suman el grueso de la abstención.

En Córdoba, el arco de fuerzas que apoyó a Luis Juez, en buena medida constituido por agrupamientos y cuadros de izquierda, ganó con el 30,6%. En Santa Fe, gobernada por el Partido Socialista (PS), la mayor parte de las izquierdas apoyaron al PS contra el PJ en el voto nacional y a candidatos propios en la provincia. Y así de seguido: el caudal antimperialista y latinoamericanista es sin duda mayoritario en todo el país, aunque la confusión ideológica, la división organizativa y la ausencia de estrategia mantenga a esa fuerza bajo la superficie.

En su discurso al final de la jornada electoral, Solanas reiteró su programa en base a la soberanía, la unión latinoamericana y la reparación social impostergable, para culminar reafirmando un compromiso principal de su campaña: edificar una fuerza política de alcance nacional que rompa el bipartidismo burgués y abra un cauce para las contenidas y desviadas fuerzas que aspiran a una revolución. Se abre así una coyuntura excepcional, de crisis política en el marco de una situación económica que no dejará de agravarse, amenaza creciente de la derecha y el imperialismo e inéditas posibilidades para sumar a Argentina al concierto latinoamericano.

 

Los porcentajes corresponden a la madrugada del 29 de junio sobre resultados incompletos que pueden variar aunque no sustancialmente.

Adónde va Argentina

PorLBenAXXI

 

En sordina, desconectada de las inminentes elecciones, en cualquier conversación corriente, la pregunta retumba: ¿adónde va el país? Por el contrario, en las delgadas franjas involucradas o al menos interesadas en el accionar político, se halla la negativa a siquiera formular esta pregunta simple. Una más de las muchas paradojas que atraviesan la Argentina de hoy: el hecho institucional corre por andarivel separado, ajeno a las preocupaciones y temores del ciudadano común. El conjunto social se desentiende de la política. Y los así llamados “políticos” no encaran de frente la realidad social. Llegan incluso a negar cualquier vinculación entre el colapso de la economía mundial capitalista y la economía argentina. Esta suerte de enajenación colectiva separa el discurso electoral del acontecer real y lo transforma en palabras elusivas, supuestamente más efectivas para ganar adhesiones cuando menos concretas. Ajenitud, confusión, temor, manipulación evidente y aceptación resignada, son los sentimientos y conductas predominantes en este período pre-electoral.

En Córdoba, bella ciudad mediterránea cargada de historia, esa conjugación dañina se percibe con mayor intensidad. Y asombra más. Aquí, exactamente cuatro décadas atrás, el 29 de mayo de 1969, una insurrección obrero-estudiantil lanzó multitudes a las calles, apoyadas activa o pasivamente por el grueso de la población. Había por entonces una dictadura militar y en los años previos el estudiantado no pasaba día sin practicar alguna de sus formas de lucha en aquella época habituales: asambleas masivas en el comedor de la ciudad universitaria, ocupación de facultades, enfrentamientos callejeros con la policía, ocupación de barrios enteros con población mayoritariamente estudiantil.

Cuarenta años después del Cordobazo, la superficie de la vida política no podría contrastar más con aquel panorama de definiciones tajantes y conductas arrojadas.

A cambio, como en el resto del país, predomina el cálculo tímido, la especulación individual, la postergación sistemática de la esperanza, traducción automática de una forma diferente de lucha de clase.

“Lucha de clase”, así, en singular. Porque no ocurre entre obreros y burgueses, sino al interior de un mismo estamento social: entre capitales establecidos y advenedizos, en encarnizada disputa.

Ni unos ni otros tienen proyecto de país, tanto menos fuerza suficiente para vencer al contrincante, por lo cual se impone el grotesco. Es una penosa carrera de provectos, al parecer inconscientes de su edad y condiciones, afanados por llegar a una meta inalcanzable. Un fenómeno sin trascendencia posible; pero suficiente para trastocar el panorama político y a menudo hacerlo incomprensible.

Dada la completa ausencia de protagonistas diferentes, con fuerza vital y vigor estratégico, aquéllos dominan la totalidad del escenario. Y transmiten un espectáculo de insoportable decadencia, agigantada en momentos electorales, cuando la selección primero y el desempeño luego de candidatos, expone sin piedad la entronización de la inepcia, la hipocresía y la mentira, cualidades excluyentes de quienes luego, por inercia de una institucionalidad vaciada y aparatos corrompidos, tendrán en sus manos el poder legislativo del país.

 

Retorno a la crisis 

Esa tergiversación del pensamiento y el debate políticos, se expande sobre el conjunto social y contribuye en mucho a paralizar los reflejos de las mayorías, se adueña del periodismo comercial condenado a glosar naderías, cae como alud sobre tantos intelectuales y relega o directamente anula la reflexión teórica, hasta lograr que la imagen de la realidad aparezca invertida. Por ese camino se llega a la conclusión colectiva, proclamada o incorporada sin conciencia, de que en aquellos años del Cordobazo la revolución estaba a tiro de piedra, tan cercana y realizable como ahora distante e imposible.

Es probable que la ardua labor de propaganda de quienes entienden lo contrario llegue atrasada para comunicar, a una parte significativa de la sociedad, la magnitud del error que supone tal apreciación. A la inversa, Argentina es un volcán humeante.

El propio ex presidente Néstor Kirchner acaba de mentar la soga en casa del ahorcado: “Si Cristina no tiene mayoría legislativa, volvemos a la crisis de 2001. A la pobreza, a la desocupación. Esto explota, por eso tenemos que poner nuestro voto para que haya una gobernabilidad plena”, dijo el 28 de abril en un acto público. Y agregó el día siguiente: “No quiero meter miedo,  pero si por una casualidad Cristina no cuenta con la mayoría parlamentaria, volvemos a la Argentina que explota”.

La advertencia fue interpretada –no sin fundamentos– como amenazante táctica de campaña. ¿Pero qué valor tendría la amenaza si esa idea no estuviese latente en la conciencia colectiva? Más aún: la Presidente no perdería “por casualidad”. Los datos que empujaron a Kirchner a semejante confesión son indicativos de la traducción social y política de una corriente subterránea que, si aún no es visible, ya puede percibirse en innumerables indicios que pusieron en alerta al titular del Partido Justicialista.

No se trata, sin embargo, de nada relativo a elecciones y resultados, aunque estos pudieran eventualmente acelerar el fenómeno en curso. Las razones son simples: en comparación con la Argentina que estalló en 2001, nada sustancial ha cambiado. La abrupta recuperación económica, tan indudable como impactante, no es crecimiento: en promedio, cada habitante es más pobre que una, dos y tres décadas atrás. Sobre alrededor de 38 millones de habitantes, un tercio está en la línea de pobreza y no menos de cuatro millones en la indigencia. La recuperación económica trajo aumento de empleo pero la distribución de la renta, lejos de tender a la justicia, agudizó la polarización. Eso ocurrió hasta mediados del año pasado, o sea durante los seis años de auge entre 2002 y 2008. Luego sobrevino un inesperado frenazo, a causa de un conflicto no menos insólito. Y después… el colapso mundial del capitalismo.

Innecesario calificar la idea de quienes sostienen que Argentina se mantendrá ajena al cataclismo de las economías de Estados Unidos, Unión Europea y Japón, donde la crisis no deja de ahondarse, pese a la batería desesperada con la cual se la intenta frenar. Antes de que el impacto llegue en toda su magnitud, la afectación ha sido ya grande, aunque morigerada por recursos heterodoxos que en ninguna hipótesis podrán mantenerse en el tiempo (por ejemplo, el pago de salarios por parte del Estado a obreros de industrias privadas, para evitar su despido). La desocupación ha crecido. La retracción en la industria y el comercio llegó y no dejó de acentuarse, con índices tanto más agudos cuanto mayor es la distancia de la Capital Federal. Manipulación y demagogia aparte, este año se mantendrá la recesión ya verificada en el último trimestre de 2008 y el primero de 2009; el saldo anual esperado oscila entre 0 y cuatro puntos de caída, según diferentes pronósticos, no por interesados menos indicativos. En sus últimas ediciones América XXI ha registrado hasta dónde estos números se traducen en dramática realidad para la alimentación y la educación de una proporción por demás elevada de la población.

Si no hay respuesta efectiva a este cuadro de situación, cuya objetividad está fuera de discusión, la inexorable aceleración de la crisis económica lo agravará hasta niveles insostenibles en un marco institucional estable.

 

Dos caminos 

¿Es posible eludir el desenlace que esta dinámica adelanta? ¿Con qué medidas? ¿En colaboración con quiénes?

Frente a la crisis mundial, Estados Unidos reunió el G-20, y tras mucha preparación –donde las presiones reemplazaron el debate de ideas y programas– el 2 de abril pasado en Londres se aprobó un plan de acción, que en síntesis consiste en fortalecer al Fondo Monetario Internacional y a través de él, inyectar fondos para sostener Bancos y empresas en quiebra primero, alentar después el consumo mundial, sin importar qué y quién consumirá.

Hasta el momento, en el mundo la única respuesta coherente a aquella receta del gran capital internacional provino del Alba (Bolivia, Cuba, Dominica, Honduras, Nicaragua, San Vicente-Granadinas y Venezuela), acompañada por Ecuador y ahora también Paraguay.

Las dos posiciones chocaron de frente en la Cumbre de las Américas, en Trinidad Tobago, entre el 17 y el 19 de abril. Estados Unidos y sus subordinados firmes por un lado, el Alba con la Declaración de Cumaná por el otro. En el centro, vacilante entre varios, Argentina.

En la resolución de ese equilibrio insostenible, reside el futuro del país. No es por acaso que el tema no figura en los afiches, en los cortos televisivos, en los sonsonetes con apariencia de discursos, de candidatos reclamando votos.

Cuando el 29 por la mañana se conozca el resultado de los comicios, no se habrá dado un paso en la certeza del rumbo a tomar: ¿hacia América Latina o hacia Estados Unidos? ¿Hacia el Alba o el G-20? Con apenas excepciones que no cuentan en términos electorales, el tema ha sido eludido. Y las mayorías no tienen voz propia. De modo que se debatirá y resolverá en otros escenarios, en otro momento, con otros protagonistas. En el trayecto de ese arduo camino se verá si el legado histórico de grandes luchas sociales por la emancipación plasman en una estrategia y en la fuerza necesaria para aplicarla. O si la nueva coalición imperialista se impone una vez más. Mientras tanto, Argentina retornará a la zozobra económica, la inestabilidad institucional y a la revalidación de la política como catapulta de la verdad e instrumento de transformaciones profundas.

La nueva voz del socialismo

PorLBenAXXI

 

Contrapunto: ha fracasado la primera fase de la contraofensiva estratégica estadounidense en el hemisferio. Todo el despliegue que llevó a una victoria de la Casa Blanca en la reunión del G-20 el 2 de abril en Londres, donde 19 mandatarios se alinearon sin chistar con la voluntad imperial, se estrelló en la Vª Cumbre de las Américas. En su primera aparición en el escenario americano Barack Hussein Obama chocó con un protagonista jamás antes presente en las cumbres digitadas por el Departamento de Estado: nueve países abroquelados con un manifiesto trascendental frente a la crisis económica para la cual Estados Unidos no halla respuesta. Los presidentes del Alba llevaron un diagnóstico inapelable. Y enarbolaron un conjunto de propuestas frente a las cuales no hay réplica racional. Por eso mismo, fue ocultado a la opinión pública mundial. Cabe a los escasos ejemplos de prensa democrática en el mundo y los medios alternativos un esfuerzo para difundir ese pronunciamiento acallado.

 

Un hecho crucial en la política mundial ha sido ocultado sin pudor: el formidable despliegue diplomático-estratégico de Estados Unidos, con viajes de sus principales figuras por toda América Latina en los últimos seis meses, reuniones exitosas para la Casa Blanca como las de presidentes progresistas en Viña del Mar y del G-20 en Londres, se estrelló finalmente y cayó en pedazos en Trinidad y Tobago.

En esa deslumbrante isla caribeña, durante la Vª Cumbre de las Américas entre el 17 y el 19 de abril, los presidentes del Alba obtuvieron una estruendosa victoria, actuando como bloque en el conjunto de 34 gobiernos participantes.

Por primera vez en la historia de la diplomacia hemisférica, Estados Unidos vio desafiada su propuesta de Declaración final en una reunión con lo que siempre consideró su “patio trasero”. Desafiada y vencida: un documento de rara frontalidad y contundencia, respaldado por nueve pueblos genuinamente representados, expone las raíces de la crisis, denuncia a los responsables y propone soluciones.

Los mandatarios de siete países (Bolivia, Cuba, Dominica, Honduras, Nicaragua, San Vicente-las Granadinas y Venezuela), con el explícito respaldo de otros dos (Ecuador y Paraguay), irrumpieron en el coto de caza estadounidense con la Declaración de Cumaná, aprobada horas antes en aquella ciudad venezolana, e impidieron que Washington impusiera su criterio.

Los presidentes del Alba llevaron un diagnóstico inapelable y un conjunto de propuestas que el mundo debe conocer. La prensa sinceramente democrática y los medios alternativos en todas las latitudes, en todas las lenguas, deberían hacer un esfuerzo común para difundir ese pronunciamiento, acallado por un sistema de ocultamiento y tergiversación contrapuesto a toda noción de democracia.

Tan claro y potente es el mensaje de la Declaración de Cumaná, que países de envergadura regional empeñados en una posición conciliadora con el nuevo presidente estadounidense, comprendieron el costo altísimo que les implicaría firmar el texto de Washington en oposición al del Alba. Y mostraron a último momento su reticencia a comprometerse con el borrador ya acordado con el gobierno estadounidense. Los altos funcionarios del Departamento de Estado se encontraron así ante una situación inédita, que en caso de llegar al extremo hubiese significado un gravísimo revés para Barack Obama en su primera aparición en el escenario continental.

La solución no fue elegante, pero resultó temporalmente efectiva: Washington prohibió la transmisión de los debates en la cumbre; instruyó a los grandes medios para que ocultaran el hecho y en cuanto a la declaración en cuestión adoptó una posición que combinó la manipulación con el ridículo: anunció que el documento había sido aprobado “por consenso” y que, por tanto, sólo lo firmaría el primer ministro anfitrión, Patrick Manning. Así obraron los paladines de la democracia.

Sin dejar de sonreír, Obama adelantó su partida de la cumbre y faltó incluso al ritual de la última foto. Con todo, las técnicas de relaciones públicas empleadas por el flamante presidente no lograron ocultar lo obvio: el imperio al cual representa ya no puede imponer su voluntad al resto de los países de la región. Aunque todavía puede manipular los resultados visibles de encuentros de este género y arrastrar a gobiernos vacilantes, perplejos ante la amenaza para ellos paralizante de la crisis mundial.

 

Obama preso de su propia estrategia 

Quienes trazan las líneas estratégicas del imperio asumieron desde hace tiempo que la continuidad del estilo Bush aceleraba la demolición de las columnas del poder estadounidense. Por eso ahora ocupa la Casa Blanca un miembro del Partido Demócrata, joven, capaz, abierto y, por mayor abundamiento, de origen afroamericano. Sólo que el sostenimiento de esa imagen tiene un precio muy alto. Obama no pudo lidiar con un hecho paradojal de extraordinaria significación: el tema principal de la cumbre giró en torno de un país ausente en el cónclave: Cuba. Lo explicó horas después de la cumbre el presidente nicaragüense Daniel Ortega en un programa de la televisión cubana: “Hasta los gobernantes más derechistas, hasta los gobernantes más entreguistas, tuvieron que mencionar el cese al bloqueo de Cuba. Algunos lo hicieron con sus matices, tirando la bola envenenada; pero tuvieron que mencionarlo. Fue una voz unánime ahí; es decir, Cuba estuvo presente. La presencia de Cuba fue totalizante, desde antes de la cumbre, en la cumbre y después de la cumbre, a pesar de su exclusión, porque era un tema que no podía ser evitado, no podía ser censurado, aunque estaba ahí la censura, no podían prohibirnos hablar de Cuba; y es que no podían prohibirnos hablar de Cuba, porque los pueblos y gobiernos ahí representados cada día somos más, somos pueblos y gobiernos que estamos rompiendo las cadenas, estamos rompiendo la censura”.

Otra línea de renovación imperial fue la de mostrar un Presidente diciendo “vengo a escuchar, vengo a aprender”. Pero ser cortés también trae dificultades: ¿cómo no acercarse a saludar a Hugo Chávez? Tanto menos negarse a aceptar un gentil regalo del presidente venezolano, quien, para contribuir a la tarea de educación de su par estadounidense, le obsequió el libro de Eduardo Galeano Las venas abiertas de América Latina. Ésta fue la sutil y elocuente respuesta de Chávez a la afirmación de Obama, quien en la cumbre sostuvo: “debemos avanzar hacia el futuro sin mirar tanto al pasado”. El ex presidente brasileño José Sarney, licenciado en literatura y dueño de una silla en la academia de letras, se horrorizó por el hecho de que se entregara “ese libro de escuela secundaria, libro cucaracha” al rutilante mandatario estadounidense. Probablemente Sarney sintió tocado su ego de autor no reconocido (de cuya elevación da una idea la frase citada). Lo cierto es que al margen de todo juicio de valor, Las venas es una denuncia inapelable de 500 años de saqueo imperialista. Si acaso Obama lee algunas páginas, comprenderá el recado de Chávez, acompañado además en gestos y definiciones análogas por Evo Morales, Rafael Correa y el ya citado Ortega. “Cuba ha sido expulsada de la OEA por ser leninista, marxista, comunista. Yo quiero decirles a los miembros de la OEA que me declaro marxista, leninista, comunista, socialista. Y ahora que me expulsen”, dijo el presidente boliviano. “El documento final es irrelevante e intrascendente, y la cumbre ha rebasado por mucho ese documento”, remató el mandatario ecuatoriano.

Al acudir a reuniones parciales actuando de igual a igual con sus interlocutores, Obama pretendió mostrar al mundo un cambio de actitud como Presidente. Sin embargo, esto correspondió a dos factores de otra naturaleza, ambos ajenos a los humores de primer presidente negro de Estados Unidos. Uno, es una táctica cuidadosamente elaborada, que devela parcialmente un análisis posterior del Wall Street Journal: “Al oponerse a rechazar a Hugo Chávez, el Presidente Obama le pone cuesta arriba a los dictadores consumados y a los activistas anti-estadounidenses realizar sus ataques contra Washington (…) Si Estados Unidos recobra su popularidad, le será posible negociar con más facilidad el ataque al terrorismo. Mientras que los Republicanos obvian la importancia que tiene contar con un Presidente admirado mundialmente, el hecho es que la popularidad de Obama trae beneficios tangibles que este país ha perdido en los últimos ocho años”. Recuperar popularidad para mejor llevar a cabo los objetivos estratégicos del imperio es, en efecto, la táctica de los menguados genios del Departamento de Estado.

La otra razón para el cambio de Obama es que Washington no perdió única ni principalmente popularidad. Perdió terreno. Y los modales de George W. Bush no fueron la causa sino la consecuencia de ese retroceso. Por eso, la recuperación de popularidad del titular de la Casa Blanca será fugaz como una estrella que cae, a menos que el imperialismo se niegue a sí mismo y Obama pueda cumplir con, entre otros muchos, el compromiso de acabar con la injerencia estadounidense en América Latina. El atentado contra Evo, las presiones redobladas contra Cuba, el informe emitido por el Departamento de Estado el jueves 30 de abril, muestran el margen nulo de maniobra que los jefes imperiales tienen para alcanzar el propósito de “recuperar popularidad”.

Mientras tanto, en consonancia con el cambio en las relaciones de fuerza entre los dos segmentos del continente separados por el Río Bravo, también se observan mudanzas al interior de Estados Unidos, cuya fuerza potencial no es una razón secundaria al explicar los virajes formales de Obama. A eso aludió Chávez al analizar los resultados de la cumbre en Trinidad: “pareciera que los cambios iniciados en Venezuela en el siglo XX, comenzaran a llegar a Estados Unidos. Pareciera que el escritor Víctor Hugo tiene razón y seguirá teniendo razón, cuando dijo que no hay nada más poderoso que la idea cuya época ha llegado. El Eclesiastés seguirá teniendo razón cuando dice que todo bajo el sol tiene su hora”.

Chávez tuvo tres encuentros con Obama en Trinidad. En el primero, le manifestó la voluntad de dialogar. “Queremos ser amigos”, le dijo. En el segundo ocurrió el episodio del libro, que daría la vuelta al mundo en diarios, radios y televisoras. En el tercero conversaron en privado, a pedido de Obama, aunque a la vista de los canales de televisión, durante unos cinco minutos. Allí quedó explicitada la voluntad de retomar relaciones y designar embajadores. Antes, en sesión plenaria, Chávez le había propuesto a Obama la definición de un nuevo plan para las relaciones entre las naciones americanas, basado en el reconocimiento de las diferencias y el respeto a la autodeterminación de los pueblos. “Si la Cumbre de las Américas va a seguir existiendo –sostuvo– debe tener entonces otro plan”, porque el que dio lugar a su nacimiento, el Alca, está ya muerto y sepultado.

 

Arduo diseño de un nuevo mapa hemisférico 

Además de periodistas y comentaristas empeñados en mostrar el resultado de la cumbre en Trinidad como una victoria de Washington, que supuestamente habría desarmado a los críticos duros del imperialismo, están las voces que claman por “moderación” para afrontar la nueva etapa, alegando unos la existencia de una verdadera transformación en la Casa Blanca, otros las dificultades planteadas por un contrincante más sofisticado.

Acaso sin saberlo, los primeros encandilan con su revelación como individuos y medios sin principios, dispuestos a la mentira y el ocultamiento, comprometidos con la negación de todo concepto democrático genuino. Los segundos, en cambio, pertenecen a categorías diferentes, empujados por la complicidad, la ignorancia o la cobardía, en todas las gradaciones imaginables, para confluir en una propuesta reformista. Ése es, efectivamente, el mensaje neto: abandonar toda idea de revolución y asumir una estrategia reformista. “Sin estridencias”, como repiten ciertas voces.

Tras este panorama se despliega en realidad un lento, contradictorio y casi siempre invisible desplazamiento de fuerzas a escala regional.

Vale repetir un concepto muchas veces adelantado en estas páginas: desde fines de 2005, tras la derrota en la recordada cumbre en Mar del Plata, los estrategas del Departamento de Estado lanzaron una contraofensiva que no ha ahorrado recursos en ningún terreno. Menos por su eficiencia que por la lógica de gobiernos comprometidos con los poderes tradicionales del capital, el hecho es que han obtenido resultados favorables. Parciales, oscilantes, menores en relación con lo que continuaron perdiendo, pero en línea con la estrategia imperial.

A la par, avanzó hasta constituirse formalmente la Unión de Naciones del Sur, una conquista histórica cuya relevancia quedó a la luz cuando Estados Unidos intentó el año pasado detonar la guerra civil en Bolivia y Unasur lo impidió. Y por vía paralela, aunque en un nivel superior, el Alba creció y dio pasos estratégicamente decisivos.

De Trinidad en adelante, Washington intentará trabajar con las partes melifluas de la región para sumarlas a sus dos únicos aliados firmes, romper la dinámica de convergencia regional y, a partir de esa línea, golpear sobre puntos que sobresalen en la orografía regional: Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador.

El hecho nuevo y trascendental es que en contraposición con el centro de producción estratégica y manipulación política del imperialismo, comienza a consolidarse un centro de elaboración, articulación organizativa y acción internacional que tiene como centro el Alba y suma incontables organizaciones sociales y políticas en cada país de la región. Todo en el marco de la crisis más grave que jamás ha tenido el capitalismo en su historia.

Entre la aceleración de la línea de acción revolucionaria tras el objetivo del socialismo del siglo XXI y la necesidad insoslayable de un frente único antimperialista continental (es decir, que incluya también fuerzas opositoras en Estados Unidos y Canadá), se consolidarán los bloques, ahora mismo en constante y contradictoria mutación, que dibujarán el nuevo mapa hemisférico y mundial. Es presumible que habrá oídos disgustados; porque la nueva voz del socialismo sonará estridente en este nuevo escenario.

La otra prensa

PorLBenAXXI

 

Frente a los medios directamente comprometidos en el mecanismo de reproducción ideológica capitalista y en búsqueda de lucro, hay una amplia gama de órganos de prensa profesional, enfrentados en diferente grado con el statu quo. Pueden distinguirse tres categorías principales: prensa comercial con posiciones de avanzada, ubicada en los márgenes del sistema; medios sin fines de lucro con definiciones antimperialistas y/o anticapitalistas; órganos partidarios de izquierdas. Adicionalmente existen incontables formas de expresión alternativa, de escasa llegada y desigual calidad profesional, que no obstante impulsan la participación, el debate de grupos sociales de diferente significación y a menudo obran como vehículos para la clarificación intelectual y el desarrollo profesional de quienes los producen.

Paradojalmente, estas formas periodísticas ajenas a la gran empresa sufren en menor grado el impacto de la crisis. No obstante, es presumible que a mediano plazo, en el transcurso de las grandes batallas que se avecinan y que cubrirán todo un período histórico por venir, el gran capital acudirá en defensa de sus órganos de instilación ideológica, seguramente reformulándolos, mientras que los problemas de naturaleza diferente que acosarán cada vez con mayor virulencia a la otra prensa pueden poner en peligro su existencia.

 

Horizonte tormentoso 

En América Latina, Europa, Estados Unidos, Oceanía y ciertos puntos de Asia, medios pertenecientes a la primera categoría señalada ejercen considerable gravitación, con un contenido centrista, a menudo con críticas agudas pero sin chocar de frente con el orden constituido. Con alguna posible excepción, estos medios afrontan un futuro de dificultades extremas. Algunos, como ya ha ocurrido en Argentina y otros países, se entregarán sin rubor a la función de agentes de un sector del capital, con guiños de grotesco progresismo pero en los hechos en frontal oposición a una perspectiva de ruptura real. Otros desaparecerán. Los órganos partidarios, por su parte, correrán la suerte de las actuales formaciones que los sustentan, ya prefigurada en el insignificante lugar que éstas ocupan por regla general en la sociedad actual. Las nuevas estructuras partidarias hoy en gestación engendrarán nuevos y seguramente poderosos medios de prensa. Pero ésa es una potencialidad aún distante de realización.

La incógnita, el desafío, es el devenir de aquellas formas periodísticas de envergadura intermedia entre los más renombrados órganos comerciales contestatarios y la prensa alternativa de circulación restringida; es decir, de los órganos que en diferentes formatos han asumido la lucha anticapitalista. Porque está claro que serán el eje de una batalla histórica, pero no podrán cumplir ese papel si no logran una llegada masiva a la vez que alcanzan el mayor nivel profesional, un rigor en todos los sentidos, que les permita cumplir el papel de vehículos de una nueva interpretación del mundo y del futuro.

América XXI presentó su primera edición seis años atrás, en abril de 2003, como expresión directa de la novedad que cambiaría el mapa geopolítico mundial, la Revolución Bolivariana, y de los dos golpes fallidos del imperialismo contra el presidente Hugo Chávez a lo largo del año anterior. Después de un penoso período de aparición irregular, en un desierto de prensa con definiciones netas a favor de la Revolución, tras sortear problemas de diferente naturaleza, incluida la corrupción, en los últimos cuatro años este mensuario de fórmula sin precedentes regularizó la aparición sistemática el primer jueves de cada mes y luego avanzó para ser impresa simultáneamente en tres capitales suramericanas: Caracas, Buenos Aires y Montevideo. A diferencia de los datos escalofriantes que pueden leerse en estas páginas, América XXI  no debe un centavo, tiene un plantel mínimo, con salarios escasísimos voluntariamente asumidos, y no afronta en lo inmediato las amenazas de los grandes medios.

No obstante, puesto que el objetivo no es la mera supervivencia, el desafío es mayor. Porque se trata de ser eficientes y efectivos en la gran tarea de informar la verdad a gran escala y, paralela y simultáneamente, llevar a amplios sectores de las juventudes y las clases oprimidas las ideas, la cultura, el programa de acción y los mecanismos organizativos que gradualmente van tomando cuerpo en Suramérica (y en otras latitudes) como instrumentos de una lucha sin tregua posible contra el capitalismo en su agonía.

 

Comunicación para el Alba 

A menudo se alude a la política de comunicación como falla tectónica de las fuerzas revolucionarias. Un latinazgo calza perfecto para referirse a ese tema de constante discusión: rem tene, verba sequentur, que en buen romance significa: cuando las ideas están claras, la palabra fluye. No es un problema de comunicación, sino de estrategia revolucionaria. No lo resolverán por tanto periodistas y semiólogos, sino cuadros y cuerpos colegiados de una herramienta empeñada en la lucha revolucionaria continental frente al resquebrajamiento e inexorable desplome del mundo contemporáneo.

La prensa –la buena prensa comprometida con la transformación social– puede cumplir un papel de nexo vivo y eficiente entre los pueblos y la dirección alternativa en gestación en la región. Para ello, es imprescindible lograr la eminencia profesional y la fuerza suficiente para llegar a millones.

Suramérica está experimentando la aparición del Alba (Alternativa Bolivariana para las Américas). Es la más formidable materialización del proyecto de la unidad nuestroamericana para alcanzar el buen vivir. El proyecto estratégico de Bolívar.

América XXI resume una experiencia inédita. Sólo la CIA intentó en décadas pasadas un órgano regular con contenido latinoamericano, distribución regional y un objetivo ideológico-político inequívoco. Fue la revista Visión, nominalmente en propiedad del dictador nicaragüense Anastasio Somoza y dirigido por el argentino Mariano Grondona. La secta Moon ensayó más tarde un tabloide con el mismo contenido, pero sin formato definido, empeñado en engañar al lector ya avisado frente a las propuestas imperialistas. Después de ese segundo fracaso, el Departamento de Estado abandonó la idea de una prensa escrita explícitamente identificada con Washington. Ahora tiene cadenas de TV y páginas de sus propios principales diarios que reproduce de Norte a Sur la prensa de las clases dominantes en el hemisferio.

Desde la trinchera opuesta, América XXI se propuso igualmente dar vida a un medio impreso de alcance latinoamericano, con mínimos recursos y extrema austeridad, empeñada en el máximo rigor en todos los sentidos, para informar la verdad de Venezuela en todo el continente y proyectar la propuesta de un socialismo renacido y renovado en el siglo XXI.

Lo logró. Son seis años de lucha sin cuartel en la gran batalla de las ideas. Pero nada más lejos que acunarse en laureles. Ahora el reto de vida o muerte es contribuir a la creación de una prensa del Alba en condiciones de difundir su estrategia a los pueblos de toda la región.

No admite demoras la tarea de combinar la letra impresa con la potencia restringida y a la vez inabarcable de Internet, más los medios audiovisuales que en todos los formatos posibles contribuyan a llevar la respuesta socialista en medio del derrumbe capitalista. Con base en la ciencia y la experiencia viva. Enderezada a calmar la sed de conocimientos de millones de personas en disposición de combate. Cubrir exactamente todos los países de América Latina y el Caribe. Y llegar a la poderosa y hoy abrumada comunidad latina en Estados Unidos.

Es posible, es necesario y urgente hacer con ese contenido una revista semanal de bajo costo, con pocas pero sustanciales páginas en formato tabloide, para encartar en diarios allí donde sea posible, para distribuir comercialmente a bajo precio donde no pueda asociarse con medios ya instalados, y en todos los casos llegar al nuevo activo social, sindical y político latinoamericano-caribeño, al ejército de nuevos periodistas que buscan una brújula en la tormenta, a servir como alimento para páginas web, foros de debate, blogs, videos, conferencias virtuales y todos los recursos que ponen al alcance las formidables conquistas de la ciencia y la técnica contemporáneas.

Cuando comenzó, en 2003, América XXI parecía una quimera. Seis años después, con el acervo acumulado, esta empresa estratégica luce difícil, pero no menos realizable.

 

 

venezuela

Respuestas del Sur frente a la crisis económica mundial

porLBenCR

 

En coincidencia con el colapso financiero internacional, del 8 al 11 de octubre se llevó a cabo en Caracas el primer Congreso Internacional de Economía Política. 31 participantes provenientes de Venezuela, Uruguay, Perú, México, Inglaterra, Francia, Estados Unidos, España, Ecuador, Cuba, Corea del Sur, China, Chile, Canadá, Bélgica, Australia y Argentina, concurrieron al llamado del Ministerio del Poder Popular para la Planificación del Ejecutivo venezolano y el Centro Internacional Miranda. La inusitada violencia del desplome bursátil y las cabriolas de los principales jefes políticos para buscar respuesta dieron un tono particular a los debates. La propuestas plasmadas en la Declaración final del encuentro se publican en las páginas 8 y 9 de esta edición.

No podría comenzar sin agradecer a los organizadores de este encuentro por su invitación, pero sobre todo felicitarlos por haber comprendido la importancia trascendental de la discusión de este tema en estos momentos.
Puede haber casualidad en la realización de este Congreso y el estallido de la crisis; pero la casualidad siempre tiene, en última instancia, una razón profunda de causalidad. Creo que éste es el caso, y de allí una felicitación que quiero hacer extensiva a los compañeros y compañeras que han trabajado en la organización de este encuentro, notablemente eficiente.

Hay que comenzar por decir que este cataclismo financiero internacional ocurre al cabo de un período que, no tengo dudas, es el de mayor desmovilización, confusión ideológica, y desorganización del proletariado mundial. Desde luego esto no niega las grandes luchas puntuales que ha habido en uno u otro lugar y sobre todo las grandes luchas sociales que ha habido en América Latina en la última década. Pero llevamos prácticamente tres décadas de desmovilización, poco menos que total, del proletariado mundial. Y al cabo de esas casi tres décadas lo que tenemos es un literal derrumbe del sistema capitalista, expresado hoy en el derrumbe del sistema financiero.

En mi opinión aquí hay una cuestión teórica de la mayor trascendencia que alude a la objetividad de la crisis, a la lógica interna del sistema capitalista, al carácter necesario del colapso del sistema capitalista; y excluye además la idea de que el capitalismo se derrumba si hay una fuerza proletaria y política que lo desafía con una propuesta de futuro. Este no es un problema menor, aunque no es el tema a discutir hoy día. En los últimos años se confundieron cuestiones elementales. Como resultado de la desagregación ideológica que nos acosó, muchos pensadores y dirigentes políticos de la izquierda mundial creyeron que afirmar que el capitalismo cae por sí solo era adoptar una posición fatalista, mecanicista. El hecho es que el problema de los revolucionarios no consiste principalmente en ver cómo hacemos para derrumbar el sistema, sino en garantizar que cuando se entra en un momento de crisis haya una propuesta alternativa capaz de garantizar que ese derrumbe no termine con los escombros en nuestras cabezas, como ya ocurrió tantas veces en la historia.

De manera que antes de entrar a la caracterización misma de la crisis es importante situarnos en esta visión del problema. Existe un carácter necesario, intrínseco, en la crisis del capitalismo. La crisis no se produce –parece bastante claro– por la amenaza soviética; no se produce por la movilización o por la propuesta revolucionaria de grandes partidos revolucionarios a lo largo del mundo, con arraigo de masas y con el proletariado organizado; y no se produce por la demanda, siquiera economicista, de masas proletarias. Sin embargo ocurre. Yo creo que esta es una lección muy importante antes de entrar a caracterizar la crisis misma.

Ahora bien, un compañero preguntaba, en una de las rondas de debate, por qué llamábamos crisis a lo que había antes. A la vista de lo que está ocurriendo ahora, decía, tal vez debiéramos pensar que la crisis es esto y no aquello que había desde años atrás. Desde luego es una opción y tiene fundamentos; pero hay un problema: si cambiamos la certeza teórica y práctica de que antes de ahora había crisis porque ahora vemos la magnitud de esta palabra, en nuestro próximo encuentro –que espero que no sea después de un lapso demasiado largo– tendríamos que volver a hacer lo mismo, tendríamos que volver a decir que esto que hoy llamamos crisis no lo era; porque esto es sólo el comienzo; es la manifestación más primaria, más elemental del derrumbe del sistema capitalista.

Creo que fue el mismo compañero quien preguntó –estoy seguro de que tiene la respuesta, pero lo dejó como una cuestión a discutir– si esta crisis comenzaba ahora o cuándo había comenzado; y hablaba de los años 1970. Yo soy un convencido de que este es el comienzo de la culminación de la crisis que se inició en los años 1970. Cuando se inició la crisis del capitalismo, no hubo una respuesta suficientemente fuerte desde la perspectiva del socialismo, desde la perspectiva de la revolución. Entonces el capital tuvo la posibilidad de avanzar sobre el conjunto social planetario y postergar la eclosión de sus crisis. Hemos denominado a eso la contraofensiva global estratégica, en el sentido de que se trataba de una contraofensiva en los terrenos militar, político, económico, ideológico, cultural y religioso, para afrontar la llegada de la crisis estructural y el avance de la revolución verificado en los años 1970. El imperialismo lanzó esa contraofensiva global a fines de los años 1970 y comienzos de los años 1980. Y nos derrotó en todos los terrenos. Yo llego al punto de sostener que la caída de la Unión Soviética –que tenía sus propias y suficientes razones para derrumbarse sin que nadie la ayudara– por el momento y la forma en que se produjo, fue resultante de la crisis del capitalismo. Porque los mismos problemas que produjeron, desde el punto de vista interno, esa desagregación deshonrosa de la Unión Soviética, existían 10, 20, 40 y 60 años antes en la Unión Soviética y sin embargo no habían redundado en su derrumbe. Ocurrió cuando la circunstancia mundial puso a la humanidad en tensión entre capitalismo y socialismo y obviamente aquello que no era socialismo sino una situación de transición completamente degenerada, no podía tener sino el destino que tuvo.

Lo único que quedó de pie con los principios, con la teoría y con la práctica –en la pequeña escala de sus posibilidades– fue la Revolución Cubana, el Partido Comunista de Cuba y su principal figura: el comandante Fidel Castro. Es el gran reivindicado de hoy. Porque en el medio del cataclismo, de lo que se suponía el fin del socialismo, supo sostener la perspectiva estratégica, convencido por razones profundamente teóricas y por una visión política concreta de que llegaría la nueva fase. Esa nueva fase ha llegado.

Toda esa cháchara sobre el neoliberalismo es lo que se derrumba hoy. Porque el neoliberalismo no era neo y no era liberalismo. En Argentina, que se supone el prototipo de la experiencia neoliberal, ese proyecto comenzó con una decisión del Congreso que le puso precio a la moneda. ¿Desde cuándo y con qué criterio se puede llamar a eso liberalismo? Era sencillamente una política anticrisis del capital, que en algunos sentidos necesitaba recurrir a los extremos del liberalismo y en otros necesitaba recurrir a los extremos del estatismo.

La exposición del compañero ecuatoriano sobre la deuda externa me exime de hablar al respecto; ha sido contundente, letal, en la demostración del significado político que tuvo la deuda externa. Con la riqueza que nos sacó, el imperialismo palió y postergó su crisis. Y cuando eso comenzó a producir los efectos políticos que están ahora en plena vigencia en América Latina, cuando ya no le fue suficiente lo que estaba absorbiendo mediante el endeudamiento forzado de nuestros países, viró el eje de su práctica y comenzó a endeudar a sus propios ciudadanos. Esa es la significación de esas famosas hipotecas subprime. Hay algunos que llegan al extremo de cargarle la responsabilidad de este colapso a la impericia del señor Alan Greenspan; sin embargo son muchos más los que con gesto de seriedad le echan la culpa a la falta de controles del Estado frente a la política crediticia de estas grandes empresas financieras. Resulta que esa falta de controles era una necesidad imperativa del capital para poder enfrentar, en la realidad y a través de la valorización del dinero en el circuito financiero, lo que yo considero que es la causa esencial de esta crisis que comenzó en los años 1970: la caída de la tasa de ganancia. Ellos contrarrestaron la caída de la tasa de ganancia con medidas extraordinarias: el endeudamiento de nuestros países, la baja en los precios de las materias primas, la prolongación de la jornada laboral, los cambios en las formas de la producción, el aumento en el ritmo de la producción y la reducción del salario real. Ellos leyeron bien El Capital, estudiaron bien el Tercer Tomo y dijeron: a esto que nos está matando, este cáncer que es genético, lo podemos contrarrestar con estas medidas. Dieron vuelta El Capital, lo pusieron en un espejo, aplicaron esa teoría a la inversa y ganaron estos años de ventaja.

 

Fin de una era

Eso es lo que está terminando ahora. Lo que esta cayendo es, nada más y nada menos que la política anticrisis del capitalismo. Aunque habrá circunstancias y momentos diferentes, termina la era del dólar. Sin embargo estoy seguro de que hay otra cosa mucho más importante que termina. Me refiero al factor que mencionaba inicialmente: la parálisis de los trabajadores, del proletariado industrial del mundo, porque esa pausa que obtuvo el capital internacional en la eclosión de su crisis significó una forma bastarda y esencialmente falsa –aunque con efectos reales– del crecimiento económico, que dio trabajo y garantizó en distintos niveles, una vida llevadera a aquellos que tenían trabajo y sobre todo a los que tenían trabajo en la industria.

Si ustedes observan, no ya el Norte, sino el propio Sur, verificarán que los obreros industriales de nuestros países en los últimos 25 años han sido una especie de élite, una suerte de aristocracia, como pudimos denominar a esta clase social –explotada por excelencia– en los Estados imperialistas durante tantos años. Era una aristocracia porque con lo que nos robaban a los pueblos del Sur, las patronales imperialistas chantajeaban a la clase trabajadora del Norte, la paralizaban o por lo menos la limitaban a una función estrictamente reformista.

Algo análogo, aunque con una sustancia diferente, ocurrió en nuestros países. La confusión ideológica de la clase obrera llegó al pináculo con el derrumbe organizativo, el desvío, la degeneración cuando no la disolución formal de los partidos comunistas y socialistas en todo el mundo. Todo eso redundó en confusión y desmovilización total en la clase trabajadora. Pero además de esos factores había otra razón, de carácter material: aquel que tenía trabajo era un aristócrata. Y digo era, porque eso se terminó. Se terminó la condición material para la sustentación de la parálisis política del proletariado de nuestros países –y también del Norte desde luego–.

La crisis financiera es solamente la expresión visible de la crisis estructural y arranca ahora la recesión. Es probable que esta desesperada cantidad de reuniones y medidas espasmódicas que en estos momentos están tomando los grandes jefes del capital financiero internacional consiga detener el colapso bancario y bursátil y pueda impedir que la recesión se transforme, en el corto plazo, en una franca depresión. Pero es solamente una cuestión de tiempo. Si consiguen hacer eso, ganarán tiempo –y diría hasta que no nos viene mal que ganen un poco de tiempo– pero no resuelven el verdadero problema.

Lo que quiero subrayar sobre todo es que estamos ante el fin de un sistema financiero, el fin de la moneda del principal imperialismo como instrumento esencial de la dominación de ese imperio. A partir de ahora comienza una nueva etapa histórica en la realidad social y en la organización social y política de los trabajadores de todo el mundo. En esta coyuntura, América Latina está en el punto de avanzada. Pero atención: quien va a sufrir primero –y, en un sentido, mucho más– los efectos de este colapso, es el pueblo estadounidense, la clase trabajadora y el pueblo del principal imperialismo.

Hay que recordar entonces que el proletariado estadounidense tiene reservas históricas de organización y lucha muy grandes. Podemos suponer que van a reaparecer en la próxima etapa; y no tengo la menor duda de que una de las expresiones de esta crisis será, a corto plazo, la crisis política de Estados Unidos. El próximo presidente de Estados Unidos –no importa quién sea– va a asumir después de una prueba de fuerza que todo el planeta pudo ver al trasluz: el presidente George Bush, los dos candidatos a presidente del próximo período, el presidente y el vicepresidente de la Cámara Baja, el presidente y el vicepresidente del Senado, todos juntos pidiendo que se apruebe una ley… y la ley no se aprueba. ¿Qué es eso? Es el anuncio de lo que viene: no van a poder gobernar.

Se abre un espacio extraordinario para la creación de una fuerza política de masas; un tercer partido en Estados Unidos. Que tiene antecedentes, porque en situaciones críticas se generó un movimiento sindical que incluso buscó pasar al plano político aunque no lo consiguió. Ya gravitaba en la política mundial el deterioro resultante de la degeneración de la Unión Soviética. Junto a una multitud de otros factores eso influyó para que la AFL-CIO (Federación Americana del Trabajo-Congreso de Organizaciones Industriales) no pudiera transformarse en partido. Pero ahora es una exigencia de la realidad que haya una nueva instancia política y en esa instancia van a pesar los trabajadores y las propuestas anticapitalistas.

Quiero hacerles una pregunta a todos ustedes: cuando esto comience –y ya ven que no tengo dudas de que va a comenzar– (uno se puede equivocar, pero en este caso yo no me equivocaría por poco: me equivocaría totalmente). El punto es: cuando comience a formarse una fuerza política anticapitalista en Estados Unidos ¿adónde va a mirar? Cuba ha sido siempre un faro, y lo seguirá siendo; en este último período es un faro ideológico. Pero acá hacen falta respuestas políticas de cortísimo plazo porque la magnitud, insisto, de la crisis social en Estados Unidos no tiene precedentes, salvo en El talón de hierro, la novela de Jack London cuya lectura o relectura hoy sería muy productiva. Estoy seguro de que el faro para esa lucha política será la Revolución Bolivariana, será Venezuela y será, naturalmente, el comandante Chávez. Y aquí no hay ningún tipo de culto a la personalidad. Hay un esfuerzo por interpretar la realidad y por prever cómo va a desarrollarse.

La responsabilidad de la Revolución Bolivariana hoy no tiene límites, porque precisamente del curso que adopte la constitución o no constitución de una fuerza política anticapitalista en Estados Unidos depende el mundo; y eso depende, en gran medida, de Venezuela. Lo venimos diciendo respecto de otras situaciones en el mundo porque no estaba planteada la posibilidad de que esto ocurriera en Estados Unidos. Hoy, con esta crisis, se afirma el punto de partida. Seguramente demandará mucho esfuerzo y probablemente mucho tiempo toda esta gran tarea. Pero ésa es la tarea que tenemos delante. Porque esto no es la crisis de un modelo: es la crisis del sistema, es una crisis estructural irreversible que el capitalismo sólo podría resolver sobre la base de un profundo saneamiento, de una tarea sistemática y a escala sideral de destrucción de lo que sobra. Y sobra todo en el mundo capitalista. Esta es una crisis clásica de sobreproducción y habría que destruir ese sobrante para que el sistema pudiera reiniciarse. Estoy diciendo con esto que tengo la más profunda convicción de que, de aquí en más, la lógica del imperialismo estadounidense es la lógica de la guerra. Estoy convencido además de que esa guerra no es simplemente contra los pueblos del Sur, contra los países dependientes, subdesarrollados o coloniales, como se los quiera llamar. Hay en la esencia de la situación de los últimos años, sobretodo visible por el reflujo del proletariado, una clara confrontación interimperialista; una lucha interimperialista por el control de los mercados. Una disputa por el mercado mundial que con la crisis y la recesión se agravará a extremos todavía no vistos y con un nuevo actor, que es ese gran productor de mercancías a bajo precio: China.

Esto garantiza una lógica de guerra, en un escenario de crisis política en Estados Unidos. Ni hablar de Europa. No me queda tiempo para tratar eso en detalle, pero está a la vista: no pudieron ponerse de acuerdo en medidas básicas y cada uno actuó por su cuenta. Imagínense el panorama frente a la magnitud del desafío que plantea el desplome de un sistema financiero internacional y la necesidad de reconstituirlo.

 

Fuerzas contradictorias

Para no abusar del tiempo y cumplir con el cometido del título de mi exposición, veamos qué pasa con Unasur en este cuadro. La crisis interimperialista y la crisis estructural del capitalismo –que llevó al imperialismo a hacer desmanes nunca antes hechos en nuestros países– produjo una reacción colectiva, una reacción multiclasista, donde incluso, en muchos sentidos, la vanguardia la tuvo la propia burguesía, no el proletariado, ausente como organización y como programa. La vanguardia fue tomada por movimientos sociales, básicamente campesinos, desocupados, subocupados, movimientos indígenas y burguesías. En este contexto es que aparece la Revolución Bolivariana y le imprime un ritmo y un carácter diferente a esa dinámica de convergencia regional. Una de las características de esta aparición inesperada es que precisamente la lógica necesaria de las burguesías subordinadas del continente encuentra un motor que va en el sentido de esa convergencia para defenderse de la voracidad desmedida del imperialismo, pero que además, al cabo de cuatro o cinco años a partir de 2000 que es cuando comienza este proceso de convergencia impulsado por Brasil –es decir por la burguesía brasileña: Lula no estaba en ese momento en la presidencia; ni siquiera se puede decir que fue el Partido de los Trabajadores–. Fue precisamente alguien a quien se condenaba como neoliberal, Fernando Henrique Cardoso, quien citó a la primera reunión de presidentes suramericanos en 2000, que es el punto de partida de lo que ahora, por la fuerza de voluntad y la lucidez estratégica de la Revolución Bolivariana, se transformó en Unasur.

Con la crisis del sistema central vamos a tener un doble juego de fuerzas sobre Unasur. Entendida por un lado como instrumento de autodefensa de burguesías regionales y, por otro, como instrumento de unidad suramericana contra el imperialismo.

La crisis va a introducir dos fuerzas de carácter y signo exactamente inverso. Por un lado la mayor voracidad del imperialismo va a agudizar la necesidad de las burguesías de avanzar hacia la unión suramericana. La otra fuerza es de signo contrario: va a aumentar la competencia y la confrontación interna de las propias burguesías latinoamericanas. Allí vamos a empezar a ver algo que hasta ahora quedó desdibujado en este proceso de convergencia suramericana: las uñas de las burguesías locales, más o menos afiladas, y las garras feroces de la burguesía brasileña. Las demás burguesías tienen uñas, cuando tienen; pero Brasil tiene garras poderosísimas.

La crisis mundial, la crisis estructural, va a golpear de manera diferente a América Latina. Grosso modo podemos señalar tres grandes bloques donde impactará de manera diferenciada la crisis. El primero de ellos está constituido por los países directamente asociados a la estrategia y a la práctica cotidiana de la economía y de la política estadounidense. No hablo de México, estoy hablando de Suramérica. Por supuesto que el golpe sobre México será superior; México funciona hoy económicamente como una provincia estadounidense y sufrirá la consecuente crisis. Ni hablar de América Central. Pero refiriéndonos estrictamente a América del Sur, señalamos tres bloques. Colombia, Perú y, hasta cierto punto, Chile van a sentir el impacto directo, automático sin mediación alguna, de la crisis. No es ninguna casualidad lo que está ocurriendo en estas horas. Así como en México hay enormes movilizaciones de maestros y el gobierno responde con la movilización del ejército, en Colombia se produce una huelga y la respuesta del gobierno es la declaración del estado de sitio, o de emergencia. Es la traducción política de la lógica que señalé anteriormente: la lógica de la guerra. En este caso en el plano interno y en un sentido nítidamente clasista. En Perú ocurre lo mismo. Chile, que ha tratado de que latieran dos corazones en su pecho, como diría Fausto, va a tener que optar por uno u otro en un cortísimo plazo; y en ese sentido definirá la magnitud del impacto.

El otro bloque, aunque está constituido por más países, tiene dos centrales: Brasil y Argentina. Este bloque tiene, como resultante de la decisión de la burguesía propia de disputar el mercado latinoamericano a Estados Unidos, una barrera limitada pero barrera al fin; tiene un conjunto de mecanismos que le puede permitir aminorar y amortiguar el impacto de la crisis. En este punto entra la lucha interburguesa. Las burguesías de Argentina y de Brasil tienen puntos en común para defenderse frente a Estados Unidos en la disputa por el mercado latinoamericano, y a la vez tienen la necesidad de pelearse entre sí. Eso está ocurriendo en estas horas con visos dramáticos entre Brasil y Argentina. Brasil respondió devaluando su moneda inmediatamente y eso produjo –en fracciones de segundo– una invasión de mercancía brasileña a Argentina. De inmediato llegó la respuesta de la burguesía argentina.

Lula ha tomado la iniciativa de convocar a una reunión del Mercosur –ahí va a estar seguramente el presidente Chávez– para el fin de semana próximo (nota del editor: finalmente no se realizó en esa fecha).

Tenemos entonces delante el choque entre estas dos fuerzas. Dos fuerzas objetivas, no subjetivas: la necesidad material de unirse frente a la ofensiva estadounidense y la necesidad de las burguesías de disputarse sus propios mercados. ¿Cómo funcionarán las decisiones políticas, es decir, las fuerzas subjetivas, en este choque de fuerzas objetivas?

Esta es la gran pregunta. Creo que va a ser diferente la reacción de los gobiernos de Argentina y de Brasil, pero no confío en ninguno de los dos como salida real. Está claro que tienen bases sociales diferentes. Llega la hora, como en tantos otros terrenos y circunstancias, de la verdad. El presidente Lula ¿va a ser el portavoz de la burguesía industrial paulista, cuyas necesidades objetivas de unión lo ponían en coincidencia con este movimiento más general de América Latina, pero que ahora la ubica exactamente en la vereda inversa? ¿o va a ser el portavoz de la clase obrera y de su Partido, el Partido de los Trabajadores? Es una batalla política que no depende de Lula, pero que tiene en su centro a Lula.

El caso de Argentina no es así. No hay ningún partido, ninguna organización de carácter social detrás del gobierno. Es un gobierno que carece precisamente de sustentación social, sea ésta cual sea, incluso de la burguesía. Este gobierno no resulta de un plan de la burguesía, sino de un colapso sin precedentes del sistema social y político en Argentina. Allí apareció un equipo desconocido e inesperado, con ciertas habilidades de carácter práctico, que se hizo del poder y se ha mantenido ahí, pero con una debilidad que pudo verse transparentemente en la situación que tuvimos hace muy poco con un gran conflicto agrario. La Presidenta que ganó con el 46% de los votos en octubre de 2007, en el mes de marzo de este año detona un conflicto que hace caer su aceptación social al 19%.

El tercer bloque al interior de Unasur es el Alba, que en Suramérica integran Venezuela y Bolivia, con cercanía de Ecuador y Paraguay. Como ustedes saben, allí los criterios rectores son contrarios a la lógica del mercado capitalista, opuestos a la competencia y la búsqueda del lucro. Pese a la magnitud relativa de sus componentes, el Alba constituye un verdadero escudo para protegerse del vendaval de la crisis que vendrá.

Aquí se ha planteado la necesidad de tener un núcleo duro de gobiernos antimperialistas, como lo es el Alba, en lugar de permanecer en ese galimatías que es Unasur. En mi opinión, bajo ninguna circunstancia nosotros podemos ceder un milímetro en la trinchera de la unidad suramericana. A plena conciencia de la contradicción que existe entre sus componentes, total e irresoluble en el largo plazo, debemos abogar por sostener una voz clara y potente dentro de Unasur. Sin embargo ese núcleo duro es una necesidad imperiosa; pero no debe pasar por los gobiernos, sino por los partidos, sindicatos y movimientos sociales dispuestos a alinearse sin cortapisas con el Alba. Permítanme entonces subrayar, en respuesta al compañero, que no deberíamos vernos diferentes frente a los revolucionarios que están en cargos de gobierno, adoptando posiciones que serían buenas en los principios pero incorrectas para los gobernantes. Debemos asumir en todo y por todo que cada uno de nosotros somos presidentes de nuestros países. No podemos dividir la respuesta entre la necesidad teórica y la necesidad práctica; tenemos que encontrar el punto exacto de unión entre la teoría y la práctica y asumir cualquier medida en todas sus consecuencias.

Programa para la acción

Paso entonces a leer las medidas que propongo. No hay nada original y han sido señaladas por los compañeros a lo largo de este valiosísimo seminario. Necesitamos un programa de acción que tenga las características de buscar lo máximo partiendo de lo real, de aquello que podamos asir.

El primer punto de este programa de acción debería ser la recuperación por parte del Estado de todas las riquezas naturales, en todos nuestros países. No se podrán afrontar, en ningún caso, los rigores extraordinarios de la crisis que viene –y que desde luego nosotros vamos a sufrir aunque de manera diferenciada– sin el control de nuestras materias primas, pero no solamente eso: tenemos que tener el control del comercio exterior. Tenemos que plantear como un punto de nuestro programa de acción el control de cambios y la estatización del comercio exterior. Fíjense lo que ha pasado en Argentina por no apelar a esos recursos. Se produce una tijera mortal entre los precios externos e internos. Esto debe terminar y sólo puede hacerse sobre la base de asumir plenamente, cada Estado, el control directo y total de su comercio exterior.

Tal vez la idea de la demanda de una condonación de la deuda sea la forma tácticamente más correcta de presentarlo, pero como seguramente debe haber algún mal pensado en esta sala, que suponga que el capital financiero no nos va a condonar la deuda, entonces tengamos también la firme decisión, como programa de acción, de llamar al no pago de la deuda externa. Estamos en situación de emergencia.

Hay que plantearse la estatización sin pago de todos los bancos que sufran los efectos de esta crisis. Pero en caso de Bancos que han jugado a la especulación internacional, no se trata sólo de la expropiación sin pago, sino de perseguir a los accionistas y hacerlos responsables con su capital por los efectos de su manejo del capital.

En este sentido debemos plantear desde aquí un llamado a todos los gobiernos de la región, a asumir un escudo de defensa frente a la crisis. Un escudo ya existente: el Alba. Por lo tanto debemos convocar a todos los gobiernos de nuestra región a incorporarse al Alba y a disolver el Mercosur y la CAN y garantizar como instancias alternativas el Alba y Unasur.

El Mercosur desde hace mucho tiempo está paralizado por las disputas internas. Esas disputas se daban antes de la eclosión de la crisis. No nos preguntemos lo que van a ser después. La CAN ha ido desgranándose. Habría una próxima reunión –que no sé si se hará– en Guayaquil. Fue Uribe el encargado de ponerle la daga en el pecho a la CAN diciendo que no asistiría a esa reunión porque Correa no le garantizaba seguridad. Esto muestra la agonía irreversible de estas dos instancias, de manera que nosotros debiéramos hacer un estridente llamado a todos los gobiernos de América del Sur a incorporase al Alba, a los conceptos teóricos, a los criterios de intercambio y a la estrategia del Alba.

Además de promover el Banco del Sur, también promover la asunción de una moneda de cuenta en brevísimo plazo en América del Sur. Unasur puede crear una moneda de cuenta con respaldo en la producción de materias primas, de producción de mercancías y servicios reales, no figuras ficticias. Técnicamente es factible y a corto plazo. Se ha derrumbado la ficción que ha vivido el mundo desde 1971. No podemos crear una ficción alternativa. Podemos crear una moneda real y sin embargo inexistente. Porque puede ser una moneda de cuenta y pongámosle el nombre de Sucre que alguien ha propuesto ya.

En el plano financiero debemos promover todas las instancias posibles de compensación en el comercio Sur-Sur para excluir al dólar y también al euro de nuestros intercambios.

Por último, quiero referirme a un punto que me parece de la mayor importancia. Está muy en consonancia con mi convicción de que Estados Unidos nos quiere arrastrar a la guerra. Ayer se planteó que debíamos alentar a los países que estuvieran en condiciones a que tuvieran armas atómicas y alguien presentó su oposición. Mi opinión no es ecléctica: creo en aquel viejo refrán si vis pacem, para bellum, «si quieres la paz prepárate para la guerra». Bajo ningún punto de vista nosotros podemos condenar a un gobierno, a un país o a un Estado que disponga tener armamento atómico. Mientras Estados Unidos tenga armas atómicas, mientras las tenga Israel, nosotros no podemos condenar a un país porque tenga armas atómicas.

Al mismo tiempo no sería estratégicamente correcto llamar a la incentivación de la creación de armas atómicas, ése no es un plan estratégico. No podemos ganarle una guerra al imperialismo con armas atómicas. Pero tenemos el arma con la cual podemos ganarle: la organización política revolucionaria de las masas en todo el mundo, incluido Estados Unidos. A ejemplo de lo que está haciendo Venezuela.

La creación del Psuv no es un dato local. Es una respuesta estratégica a la crisis del capitalismo, es la organización de las masas con su pluralidad obvia, no puede haber masa con identidad ideológica. Es la organización de las masas en toda su diversidad pero con un claro sentido antimperialista y anticapitalista. Esa bandera es más potente que cualquier arma atómica. Y la podemos construir incluso en Estados Unidos.

Si la propuesta de contribuir a la organización de los trabajadores, los explotados y oprimidos en Estados Unidos es parte de nuestra estrategia, nuestra táctica es la constitución de esas fuerzas políticas de masas revolucionarias en América Latina, en América del Sur. Es con esa base, con esas fuerzas políticas revolucionarias de toda América del Sur, donde nosotros deberíamos edificar el núcleo duro para la unión latinoamericana.
Ese núcleo duro que nunca podremos tener en Unasur pero cuya trinchera no debemos abandonar.

Tenemos tareas diferentes pero concomitantes y complementarias.

En referencia al sentido esencial de esta conferencia, otra cosa que muere es la concepción sobre la Economía. Entre otras estafas intelectuales de las que hemos sido víctimas, está la transformación de la Economía Política en Economía. Este encuentro ha rescatado, hasta donde yo sé, por primera vez de manera plural e internacional, la noción de Economía Política.

Un programa de acción económico debe terminar con una conclusión política que es la organización de un Partido revolucionario de masas en toda América Latina.

Gracias compañeros.

 

Caracas, 11 de octubre de 2008

 

 

Ponencia del autor en la Conferencia

respuestas de américa latina a la crisis mundial

Panorama en las vísperas

PorLBenAXXI

 

Opciones: todos los profundos cambios de orientación geopolítica verificados en América Latina en lo que va del siglo XXI estarán en juego en los próximos meses. Con el sistema financiero internacional desintegrado, las grandes potencias se aprestan a recomponerlo con cambios apenas cosméticos. Un “nuevo Bretton Woods”, lo llaman, para no dejar lugar a dudas. El principal objetivo de Washington es impedir que China, Rusia e Irán, cada una con su área de influencia, así como América Latina y el Caribe, constituyan subsistemas autónomos, por fuera de la hegemonía y el control estadounidense. Suramérica participará próximamente en dos reuniones clave en las que se librará esa batalla: el G-20 en Londres el 2 de abril y la Cumbre de las Américas en Puerto España dos semanas después. Sólo Brasil y Argentina estarán presentes en el primer encuentro, definitivo para el rediseño global. En las páginas siguientes quedan reflejadas la situación y las políticas aplicadas hasta ahora en ocho países de la región.

 

La disciplina rebautizada Economía durante el siglo XX se ha revelado en los últimos meses como la más formidable estafa en la historia de las ideas. Cuando en los albores del pensamiento en la antigua Grecia los teóricos de entonces imaginaron la Tierra como un plano apoyado sobre elefantes, daban prueba de mayor rigor y honestidad intelectual que los economistas de hoy al servicio del capital. Día tras día, los cuadros formados en esa materia en las más renombradas universidades del primer mundo se muestran perplejos y admiten su incapacidad para definir la naturaleza y los alcances del cataclismo económico universal.

Pero si los economistas están a la espera de los acontecimientos para formarse opinión, los políticos no: aun sin saber exactamente qué tienen bajo los pies, han delineado y aplican sistemáticamente un plan en función de los intereses de los núcleos mayores de concentración de riqueza en el mundo.

Ese desdoblamiento entre economistas y políticos expresa el desgarramiento del saber formalizado por Adam Smith en el siglo XVIII, denominado entonces Economía Política. Una ciencia es un medio para descubrir la verdad en el área que investiga. Por eso, ya a mediados del siglo XIX los defensores del sistema capitalista debían apresurar un viraje que neutralizara la Economía Política para convertirla, quitándole el apellido, en un instrumento para encubrir la verdad y defender por los medios que fuere la sociedad de la explotación, la injusticia y la destrucción de valores humanos y materiales.

Tomando en cuenta estos antecedentes se comprende mejor el significado del encuentro del G-20 el 2 de abril próximo en Londres y la Vª Cumbre de las Américas desde el 17 al 19 del mismo mes en Puerto España, Trinidad y Tobago. Sin respuestas de los economistas, los representantes políticos del gran capital internacional no han logrado detener la caída en tirabuzón, no pueden determinar con precisión la etiología y la dinámica de la crisis ni tienen aún diagnóstico y pronóstico seguros. Pero entienden lo que para ellos es fundamental y, trazados los lineamientos estratégicos, están llevándolos a la práctica.

Desde su perspectiva, afrontar el colapso mundial requiere ante todo obturar cualquier respuesta por fuera del sistema capitalista. E impedir incluso que las economías menores busquen formas de autonomía relativa, evitando que de los escombros del sistema financiero internacional surjan mecanismos regionales no sujetos al centro imperial. Por eso el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz (y otras luminarias de ocasión, algunas con ropajes progresistas), claman por la necesidad de “un nuevo Bretton Woods”, es decir, la reparación, con algún cambio cosmético, del mecanismo planetario bajo hegemonía y control de los centros imperialistas de la economía mundial. Paralelamente, los estrategas de Washington y Bruselas tienen clara la necesidad de impedir la aparición de un centro político en condiciones de polarizar la voluntad de cientos de millones de seres humanos amenazados por el terremoto social, registrado incluso por los sismógrafos menos sensibles.

Una vez obtenidas esas precondiciones, claro, entonces sí serán útiles los economistas. Las técnicas y nociones impartidas en las altas casas de estudio servirán para cuantificar y proyectar el costo que la humanidad deberá pagar para rescatar al capitalismo. Piénsese sólo que desde octubre a la fecha el colapso bursátil ha volatilizado una riqueza equivalente al PBI anual sumado de Estados Unidos y la Unión Europea, para medir cuántas horas de trabajo, cuántas esperanzas, cuánto sufrimiento humano se esfumó en esta primera fase de la crisis capitalista. A partir de allí se podrá intuir cuánto falta por venir y qué costos humanos requiere el salvataje del sistema.

 

El abismo 

A mediados de febrero Dominique Strauss Kahn, titular del Fondo Monetario Internacional (FMI), admitió que “hay una posibilidad real de que en las próximas semanas o meses algunos países, particularmente los emergentes, necesiten algún tipo de ayuda” y auguró “una segunda vuelta” de la crisis financiera. No estaba pronosticando: innumerables Bancos, encabezados por el Citi y el Bank of América, respectivamente el más grande del mundo y de Estados Unidos, ambos quebrados, aguardan la decisión que enviará a muchos al abismo y salvará unos pocos nacionalizándolos. Paralelamente, después de que Islandia e Irlanda, los modelos súper exitosos de los últimos tiempos, debieran ser rescatados de una caída en barrena, los índices económicos de España, Grecia y Portugal anunciaban que la onda expansiva no se detuvo. Peor aún, comenzó a revelarse otra de las más extraordinarias mentiras de la historia: la supuesta afirmación de los países integrantes del ex Pacto de Varsovia como prósperas economías capitalistas. La otra cara de aquel momento de euforia muestra la caída en dominó de Ucrania, Rumania, Hungría, Croacia, Serbia, Lituania, Letonia y Estonia, a cuyo rescate deben correr las autoridades de la Unión Europea, dado que incluso eludiendo lo obvio: que detrás de esos países se agiganta el peligro de un desplome de la economía rusa, los efectos de esta crisis en cadena sencillamente devastarían al viejo continente. “Hace 20 años que Europa se unió. ¡Qué tragedia sería dejarla dividirse nuevamente!”, reflexionó el presidente del Banco Mundial Robert Zoellick, un estadounidense muy conocido por sus trapisondas en América Latina. Sí: qué tragedia… Las novelas de Erich María Remarque en las que el célebre autor alemán pintó el sufrimiento de cientos de miles de personas (buena parte de ellas de origen judío) lanzadas a la nada entre la primera y la segunda guerras mundiales, vagando constantemente de Este a Oeste y viceversa, sin documentos, sin poder afincarse en ningún país, con toda la inmensa desdicha que describen, apenas si permiten intuir la pesadilla de millones de habitantes del Este y Centro europeos arrojados a la emigración por el colapso de sus economías, intentando cruzar las fronteras para hallar un mendrugo en el Oeste.

El diagnóstico negativo no se limita a los países más pobres de Europa, convencidos en los últimos años de que habían llegado al cielo capitalista. Véase la descripción insospechable del decano de la prensa económica conservadora en el mundo, The Economist, en su edición del 19 de febrero: “En Alemania las órdenes de máquinas y herramientas en diciembre último estuvieron un 40% por debajo del año anterior. En China quebró la mitad de las nueve mil fábricas para la exportación de juguetes. Los embarques en Taiwán de computadoras notebooks cayeron un tercio en enero. El número de autos ensamblados en Estados Unidos estuvo un 60% por debajo de enero de 2008. La producción industrial cayó en los últimos tres meses en 3,6% y 4,4% respectivamente en Estados Unidos y Gran Bretaña (equivalente a una caída anual del 13,8% y 16,4%) (…) Pero el colapso es mucho peor en países más dependientes de exportaciones manufactureras (…) La producción industrial alemana cayó el 6,8% en el último trimestre de 2008; la de Taiwan 21,7%; Japón 12% (…) La industria está colapsando en Europa del Este, así como en Brasil, Malasia y Turquía. Miles de fábricas están siendo abandonadas en el Sur de China. Sus trabajadores fueron a sus domicilios de origen para celebrar el nuevo año en enero. Millones no volvieron nunca”.

Nada mejor se vislumbra en Estados Unidos. “La economía perdió 3,6 millones de puestos de trabajo desde que la recesión comenzó en diciembre de 2007 –afirma The Wall Street Journal el 7 de febrero– la mitad de los cuales se perdió en los últimos tres meses. En enero la suma fue de 598 mil”. Esto ocurrió pese a la inyección de sumas imposibles de concebir, a las que se sumó en febrero el “paquete de estímulos” de 787 mil millones de dólares exigido por Barack Hussein Obama al Congreso y durante cuyo tratamiento quedó a las claras la fractura de la burguesía imperialista al debatir la repuesta a la crisis. Este último salvavidas será insuficiente, según todas las estimaciones, no obstante lo cual, combinado con una baja de impuestos apuntada a aumentar el consumo, llevará a cifras descontroladas el déficit fiscal del presupuesto proyectado para 2010, muy por sobre los 1,75 millones de millones de 2009. Se acelera así la vaporización de todo respaldo real para el dólar, en el mismo momento en que el euro amenaza con desaparecer devorado por las crecientes fracturas en la Unión Europea.

Mientras tanto, la nacionalización de bancos llevó al semanario Newsweek a condenar desde la portada lo que entiende como la marcha de Estados Unidos al socialismo. Sólo que en los países imperialistas el “fortalecimiento del Estado” no supone un paso progresista sino, todo lo contrario, un peligroso deslizamiento en dirección al fascismo.

 

G-20 y Cumbre de las Américas 

Es en este marco que se realizará la Cumbre de las Américas. El borrador de la declaración final, ya puesto a consideración de los 34 jefes de Estado (todos menos Cuba, vetada por Washington de estos encuentros), tiene un título curioso: “Asegurar el futuro de nuestros ciudadanos promoviendo la prosperidad humana, la energía y la sustentabilidad ambiental”. Cuando los burócratas de la OEA lo redactaron no estaban advertidos de que semejante encabezamiento sonaría a sarcasmo cruel. Luego no tuvieron la perspicacia para cambiarlo. Todo el empeño estuvo centrado en realizarlo en un lugar donde no fuera posible hacer algo semejante a lo ocurrido en la edición anterior, en Mar del Plata, cuando Hugo Chávez presidió un acto de masas con el carácter de contracumbre, donde anunció que a pocos metros había sido muerto y sepultado el Alca.

El anteproyecto recorre todos los lugares comunes reiterados ritualmente en cada encuentro cimero. Y tiene el mismo nulo valor de los anteriores. Al margen de la declaración, la gran pregunta es cómo actuará Unasur en ese escenario: ¿se alineará con la perspectiva estratégica propuesta por el Alba o condonará las resoluciones que dos semanas antes habrá tomado el G-20 en Londres?

Allí cobra todo su negativo significado el hecho de que a la capital británica acudan Brasil y Argentina. Su incorporación, en aparente igualdad de condiciones, al cónclave donde los grandes resolverán la estrategia frente al colapso mundial del capitalismo, se explica precisamente por la necesidad de evitar que América Latina resuelva su propia respuesta.

En el encuentro realizado en Washington en noviembre pasado no se oyó una propuesta de Brasilia y Buenos Aires. Si acaso emitieron un sonido, no traspasó los muros del recinto donde sesionaron. Ni se oyó luego, cuando los mandatarios regresaron a sus países. Al correr la última semana de febrero no hay un solo signo de que las dos economías mayores de Suramérica enarbolen un programa común. Unasur no ha sido llamada a reunión a tal efecto. Por el contrario, Brasil recibió en los últimos meses ayuda del FMI para sortear la amenaza de quiebra en cadena de sus principales Bancos; en Buenos Aires, que dos años atrás pagó al contado la totalidad de la deuda con este organismo, con el argumento de que así se liberaría del yugo, hay voces oficiales que adelantan la necesidad de seguir el mismo camino de Brasil.

Un hecho presumiblemente casual pone una nota aguda para la participación argentina en esa reunión: el 2 de abril es el aniversario del malhadado intento de recuperar las islas Malvinas, en 1982, culminado como se sabe con una ignominiosa derrota. La gesta y su saldo de tantos jóvenes muertos pesa de manera silenciosa en la sociedad argentina. Numerosas organizaciones políticas y sociales han iniciado un movimiento que pretende representar esos sentimientos y lograr que la presidente Cristina Fernández no concurra a Londres.

El encuadramiento de Brasil y Argentina en el programa de las grandes potencias frente a la crisis significaría un revés para el proceso de convergencia suramericana, pero sobre todo el ingreso a un callejón sin salida para ambos países. La interpretación según la cual con el cambio de presidente y la aplicación de un plan keynesiano Estados Unidos gira hasta colocarse en el mismo rumbo de marcha de gobiernos del Sur considerados progresistas, es un error de inabarcables proporciones. No sólo porque asimila de manera superficial al teórico imperialista.

También y sobre todo porque desconoce dos diferencias cruciales: el cuadro de situación incomparable al que le dio respuesta y la distancia entre una economía dominante y otras subordinadas.

La opción consiste, ni más ni menos, en servir como fuente de recursos para la contraofensiva económica del Norte o en la utilización de esos recursos para una estrategia propia, común a toda la región, de complementariedad, solidaridad y respaldo mutuo. Ya llega la devastadora onda expansiva del estallido de las economías capitalistas centrales. América Latina y el Caribe están en las vísperas de una batalla histórica.

medio siglo de construcción socialista

Cuba y el futuro de la humanidad

PorLBenAXXI

 

Una revolución que cumple 50 años sin retroceder ni cambiar sus objetivos, sin devorar a sus hijos, ya ha vencido ante la Historia.

El símbolo está a la vista: con un inmenso y hasta ahora inigualado poder moral, Fidel Castro lleva ya dos años y medio fuera del ejercicio directo del gobierno, Cuba no ha mostrado el más mínimo signo de debilidad política durante la transición de un liderazgo de medio siglo y la revolución socialista cubana cumple su 50 aniversario precisamente cuando el capitalismo se desploma. Estados Unidos entra en barrena, mientras sus gobernantes son despreciados por el mundo entero, que con mayor o menor claridad y conciencia advierte la magnitud de la crisis, siente que el sistema dominante no ofrece futuro y observa el ejemplo cubano como prueba de que la Revolución es posible.

A la hora del balance de lo ocurrido en 50 años de construcción socialista, no hace falta atiborrarse de cifras y datos para medir la eficiencia de la dirigencia revolucionaria cubana. Basta comparar la evolución de Cuba en estas cinco décadas con la de un país capitalista en América Latina. Argentina es un buen parámetro, porque a la hora de la gran encrucijada histórica, en el último tramo del siglo XX, sus clases dominantes lograron imponer sin cortapisas la fórmula del capital para nuestros países. Excepcionalmente rica y a la vanguardia del desarrollo capitalista regional a fines de los años 1950, Argentina inicia 2009 como un espectro horroroso de lo que fue. Excepcionalmente pobre y atrasada, Cuba recorrió el camino inverso: de la miseria, la corrupción, el atraso y la subordinación al poder extranjero, pasó a ser un país culto, con extraordinarios niveles de desarrollo humano, siempre pobre –el bloqueo estadounidense, la caída de la Unión Soviética y la demora de nuevas revoluciones socialistas se sumaron a la escasez de sus recursos naturales y el mínimo desarrollo capitalista de entonces– pero con garantías sociales colectivas que no se hallarán en ningún otro país del mundo. No hace falta comparar cifras de mortalidad infantil, atención de salud, niveles de escolaridad, para llegar a conclusiones claras. Basta caminar algunas cuadras al anochecer de cualquier día por las calles de Buenos Aires y observar a miles de personas comiendo de la basura, durmiendo en las veredas o revolviendo deshechos, y contrastarlo con una mirada idéntica a La Habana, sin siquiera contar con que tres huracanes en un año han provocado inmensa destrucción y sufrimiento a la población cubana.

Cinco décadas atrás el “Chiquilín de Bachín” (un niño de la calle) al que le cantaron Horacio Ferrer y Astor Piazzolla conmovía a los argentinos. Por entonces había, claro, pobreza y exclusión. Pero hoy la pobreza ha aumentado hasta hacer irreconocible al país, la sociedad parece anestesiada ante el espectáculo obsceno de la niñez abandonada y, como las dirigencias políticas ocupadas exclusivamente en sus candidaturas, mira sin ver la realidad (Ver Hambre en el granero del mundo, pág. 12).

Ésa, la diferencia en la conciencia social creada a lo largo de medio siglo entre ambos países, no es la menor de las ventajas que habrá de apuntarse a favor de Cuba a la hora de hacer el balance.

Sería erróneo cargar el saldo a la cuenta de quienes gobernaron uno y otro país. Desde luego Fidel y la multitud de hombres y mujeres que lo acompañaron tienen una integridad moral y ostentan una condición humana difíciles de igualar. Pero ante todo es verdad que el sistema capitalista trituró a incontables individuos con honestas intenciones y alta capacitación, a la vez que produjo y paulatinamente impuso a lo más inepto e inmoral. Al compás de la decadencia capitalista el fenómeno que explica a George W. Bush como presidente de Estados Unidos se reprodujo en todo el mundo.

Por eso Fidel, Raúl y los cuadros del Partido Comunista, como vanguardia de un pueblo conciente y masivamente organizado, hicieron mucho más que defender su revolución y ser victoriosos en esa empresa aparentemente imposible.

Al resistir la potentísima fuerza retrógrada que a partir de los años 1980 arrastró partidos, académicos, intelectuales, artistas y dirigentes de todo lo imaginable hacia la aceptación pasiva del horizonte puesto al mundo por el capitalismo, Cuba rindió un servicio a la humanidad que sólo con el paso de muchos años podrá ser valorado en toda su magnitud.

Porque ahora, cuando el sistema capitalista alcanza su límite y se arroja a un abismo de miseria y violencia, Cuba es la bandera palpitante del socialismo. Es la vanguardia ideológica mundial. Es la teoría y la práctica de la revolución. Es el punto de partida para la nueva etapa histórica de la humanidad.

Honor y gloria a quienes lo hicieron y lo siguen haciendo posible

Definición

PorLBenAXXI

 

A la par de otro holocausto, esta vez perpetrado por judíos, el mundo ha asistido a una operación jamás antes pergeñada para “restaurar la sensación de liderazgo de Estados Unidos”, según definieron sus autores.

Por obra de una formidable manipulación de la conciencia universal, el flamante presidente de Estados Unidos aparece como el hombre capaz de dos proezas mágicas: sacar a Estados Unidos de la ciénaga económica en que está hundiéndose y convertirlo en el paladín de la democracia, el desarrollo y el progreso en todo el mundo.

No se puede minimizar la capacidad de un sistema que en la peor crisis de su historia lleva a un afroamericano a la Casa Blanca, logra transformar la elección de su Presidente en un hecho universal y avanza una fase nueva de su guerra de exterminio en Medio Oriente a través de sicarios, todo mientras experimenta fórmulas para enfrentar el colapso de la economía mundial. La lucidez estratégica, la eficiencia operativa, la crueldad sin límites de esa maquinaria y la cantidad de recursos colaterales todavía al servicio del centro imperial, indican la naturaleza y magnitud de la batalla en curso. Quien no se proponga –y logre– estar a la altura necesaria para enfrentar y vencer esas capacidades, no puede seriamente creer que hace algo en favor de la resolución positiva de la crisis.

 

Espejismo 

Después del primer impacto del colapso financiero, en septiembre y octubre, se vive un espejismo fácilmente explicable. Con mayor o menor conciencia la mayoría del planeta comprendió la dimensión inasible de la crisis. Pero al asomarse al abismo, dio un paso atrás. El temor empujó hacia lo malo conocido. En ese punto el Departamento de Estado lanzó su operación “restauración del liderazgo”. Los rasgos y capacidades de Barack Hussein Obama, inusuales en los círculos formalmente ejecutivos del mundo contemporáneo, dieron un espacio extraordinario a esa operación. Pero el hecho es objetivo: la paradoja fue más ostensible en el ámbito monetario: mientras el sistema financiero mundial se desmoronaba, el dólar, precisamente la columna cuya fragilidad provocó el desplome del edificio, pareció fortalecerse.

Se trata de una ilusión de los sentidos. Un economista demócrata, Paul Krugman, en un enjundioso listado de “consejos” para Obama, después de pintar un panorama catastrófico y prever una desocupación del 15% este año en Estados Unidos, recomienda déficit sideral para financiar obras públicas y alerta: “(durante la depresión de los años 1930) tuvo que venir el enorme proyecto público conocido como Segunda Guerra Mundial –un proyecto que silenció al fin a los tacaños– para que la Depresión llegue a su fin”.

Ésa es, de hecho, la estrategia del imperialismo. Pero ¿por dónde la encamina? Y sobre todo: ¿qué lugar le cabe a América Latina en ese diseño?

Antes de asumir su cargo, Barack Hussein Obama definió su trazado. Omitió expedirse sobre el hecho entonces preponderante en el terreno mundial: la agresión israelí a Palestina. Puso de lado el trascendental conflicto con Rusia. No emitió opinión sobre el tembladeral europeo, que lleva a un estallido al continente exhausto. Tampoco se refirió a la situación de China, India, Suráfrica o Brasil, países a los cuales sesudos analistas atribuyen el futuro poder rector para el equilibrio planetario. En cambio dijo: “Chávez ha sido una fuerza que ha impedido el progreso de la región (…) Deseamos iniciar discusiones diplomáticas sobre cómo podemos mejorar las relaciones, pero también ser muy firmes cuando vemos noticias de que Venezuela exporta actividades terroristas o apoya a milicias como las Farc”.

Lejos de eso, en ese mismo instante Venezuela actuaba en los hechos contra el terrorismo: denunciaba la invasión sionista y expulsaba del país al Embajador de Israel. Días después Evo Morales hizo lo mismo, mientras en otros países de la región, y también en Europa y el mundo árabe, crecía el clamor para que se adoptara la misma actitud. En Washington no tuvieron dudas respecto de los seguros efectos de una política exterior revolucionaria aplicada con coraje y consecuencia.

 

Sumisión o contraataque 

Ya en su cargo Obama, el subsecretario del Departamento de Estado, James Steinberg insistió: “nuestros amigos y socios en América Latina están observando hacia Estados Unidos para que provea un liderazgo fuerte y sostenido a la región, como un contrapeso a gobiernos tales como los que actualmente tienen poder en Venezuela y Bolivia (Hugo Chávez y Evo Morales) que no practican políticas para beneficiar los intereses de sus propios pueblos ni de la región”. Su jefa, la muy demócrata Hillary Clinton fue todavía más detallista: “la injustificada expulsión del embajador (en La Paz) Philip Goldberg (…) hace que preguntemos si Bolivia desea una relación bilateral constructiva”. No disparan sin apuntar. Esta columna sostiene desde hace mucho tiempo que Venezuela es un factor clave del mundo actual.

El 2 de abril se realizará en Londres la segunda reunión del G-20 para resolver la línea de acción de los centros imperiales frente a la crisis. Pero esa línea es, en primer lugar, de acción política. Para Washington es primordial aislar a Venezuela y Bolivia (y por supuesto a Cuba) del resto de Suramérica. En otras palabras: es imprescindible excluir una salida anticapitalista, excluir la idea de revolución y socialismo. Argentina y Brasil sólo pueden asistir al G-20 para denunciar ante el mundo la estrategia imperial. Y retomar el impulso para articular Unasur, prolongándolo con el G-15 y el Movimiento de los No Alineados. No pueden “mirar hacia Estados Unidos para que provea un liderazgo fuerte”.

Es un momento crucial. Menos que nunca es posible hoy identificar a un hablista como dirigente; confundir voluntarismo con estrategia; cambiar chapucería por ciencia; permitir que el gesto reemplace al hecho. O se asume el conjunto de tareas necesarias para aunar fuerzas a escala regional y mundial, organizarlas, darle direccionalidad y alcanzar la eficiencia en todos los planos de la acción, o se dejará espacio para que Washington arrastre al mundo a un abismo.