Cuba y la teoría del valor

PorLBenAXXI

 

Es conveniente observar los cambios debatidos y aprobados por el VI° Congreso del Partido Comunista de Cuba a la luz del mayor poder de gravitación que tendrá la ley del valor.
Cupo a Adam Smith, fundador de la economía política como ciencia, descubrir en los albores del capitalismo que el valor de cualquier objeto proviene de la cantidad de trabajo humano que tenga incorporado. Ya con el sistema consolidado, Carlos Marx descubrió que en el capitalismo todo se intercambia por su valor, es decir por la cantidad de trabajo socialmente necesario para su producción… incluida la fuerza humana de trabajo. Esto supone que el salario equivale al valor necesario para sostener y reproducir aquella mercancía que encarna la capacidad de realizar trabajo productivo: el ser humano. Marx llamó “trabajo necesario” a la porción de la jornada laboral destinada a cubrir el salario y “trabajo excedente” al resto, que dependerá del tiempo que el obrero trabaje, de los medios técnicos que el capitalista ponga a su alcance y de los ritmos y destreza que logre imponerle. Obtener el máximo de beneficio de ese proceso, en ininterrumpida competencia con otros capitalistas, es el motor ciego, irracional e impiadoso del sistema. La ley del valor se constituye así en reguladora de la producción, de las relaciones sociales y de la distribución del trabajo y el producido social.

 

Combate histórico

El socialismo tiende a abolir esa ley, que sin embargo regirá en diferente gradación durante la transición de un sistema a otro. Puesto que no existe una economía nacional cerrada al mundo, aun cuando en un país se haya reducido al mínimo la gravitación de la ley del valor en el ordenamiento de su producción y sus relaciones sociales, aquella penetra por las relaciones económicas internacionales y choca de frente con la economía local. La productividad, los precios relativos, las formas de organización del trabajo y las asignaciones del producido nacional están severamente condicionados en un país no capitalista por el peso del comercio internacional. Por eso, dicho sea de paso, no es posible construir acabadamente el socialismo en un solo país: el capitalismo penetra y busca reconstituirse a partir de la economía mundial.
Así, la abolición de los medios privados de producción es una condición necesaria, pero no suficiente para instaurar el socialismo. Una transición genuina gana terreno a la ley del valor; avanza en la economía planificada y minimiza la irracionalidad capitalista. La transición es, al límite, la lucha contra la existencia y gravitación de la ley del valor. Y ése es un combate que se manifiesta en el terreno nacional, pero se libra a escala internacional.
Reto a la inteligencia y la voluntad
Cuba, país pequeño, subdesarrollado y bloqueado, tendrá necesariamente mayores dificultades que una economía mayor para conducir por los sinuosos caminos de la transición. Ya había emprendido un proceso de “Rectificación de errores y desviaciones” cuando el desplome de la Unión Soviética obligó a un período especial. Superado ese trance extremo, cayó sobre la isla una fatídica sucesión de huracanes y catástrofes naturales, que produjeron daños materiales inconmensurables. El discurso de Raúl Castro en la apertura del VI° Congreso (publicado en esta edición, complemento de Lineamientos para el cambio, aparecido en la edición de abril), testimonia la asunción de decisiones imprescindibles para acompasar las contradicciones económicas y sociales producidas en una isla no capitalista inundada por un avasallador océano de capital. También afrontar “errores y desviaciones” de arrastre.
No cabe tomar en serio las voces pseudo revolucionarias que acusan al PCC de emprender el camino del capitalismo. Provienen de la ignorancia, la petulancia, o algo peor. En todo caso, son contrarias al pensamiento marxista, reemplazado por estridencias vacías. Desde la visión marxista, es claro que las medidas adoptadas entrañan un riesgo calculado, impuesto por esa ley “de hierro y de diamante”.
Ahora bien: aumentar la productividad, mejorar la organización del trabajo, adaptar las asignaciones a las urgencias de la economía cubana, en las condiciones dadas tiene como insoslayable contrapartida negativa la cesión de mayor espacio a la ley del valor, que empuja violentamente hacia la irracionalidad capitalista. Es una contradicción no apta para el pensamiento idealista, ajeno a la dialéctica. Infantoizquierdistas y reformistas desconocen el materialismo y piensan a partir de la lógica formal; se diferencian en que estos últimos entienden los cambios como un paso necesario de retorno al capitalismo.
Manejar esas contradicciones para enrumbarlas hacia una aceleración de la transición es un desafío mayor para los revolucionarios cubanos. Tanto más difícil porque la ley del valor acentuará deformaciones actuales y porque, como desde hace 52 años, el imperialismo acecha a cada instante para usufructuar el más mínimo error.
Los Lineamientos para el cambio se revelan como instrumento para reencauzar la eficiencia económica, mantener la unidad social de todo un pueblo y dar continuidad a la transición, ahora en el marco del Alba.
No hay razones para dudar que el PCC y el pueblo revolucionario sabrán afrontar y vencer la ley del valor con el valor de la teoría, potenciado por otro valor: el que equivale a coraje; el que siempre mostró la primera revolución socialista de América Latina.

Dos horizontes

PorLBenAXXI

 

«No andes errante
y busca tu camino
Dejadme
ya vendrá un viento fuerte
que me lleve a mi sitio»
León Felipe

 

Una vez más Estados Unidos busca frenar y revertir la dinámica hemisférica de convergencia dominante en la última década. Ése es el significado del viaje de Barack Obama por la región. Brasil es siempre el objetivo mayor, aunque no debe subestimarse el interés puesto por el Departamento de Estado en países de menor envergadura, que circunstancialmente pueden jugar un papel en la misión de trabar, demorar e impedir todo aquello que contribuya a plasmar la integración independiente al sur del Río Bravo.
El escenario ha cambiado desde que su antecesor George W. Bush hiciera lo propio en 2007. Esos cambios han sido de diferente signo y desigual importancia, en un delicado balance de fuerzas. La línea dominante es nítida: un mes después de la gira de Bush, en Margarita nacía Unasur, el 17 de abril. Ahora, dos semanas antes de la llegada de Obama, en Quito se formalizaba legalmente la incorporación a Unasur de los 12 países del área. La posibilidad de que a mediados de año se constituya una instancia aún mayor, la Celac (Comunidad de Estados latinoamericanos y caribeños), para dar lugar a un cuerpo que asestaría el golpe de gracia a la OEA (Organización de Estados Americanos), mostraría una empinada curva hacia arriba de aquel movimiento.
Como no podría ser de otro modo, semejante salto histórico provoca enormes fuerzas en sentido contrario. De hecho, esas fuerzas gravitaron significativamente en este lapso de intensas disputas. Para comprobarlo, basta observar los zigzagueos del Mercosur y la irritante demora de aspectos clave en la consolidación de Unasur.

 

Marchas y contramarchas

Ese delicado equilibrio pareció alterarse cuando el 19 de marzo Barack Obama estrechaba en Brasilia la mano de la presidente Dilma Rousseff en la primera escala de su gira latinoamericana, en el exacto momento en que comenzaba el bombardeo aéreo contra Libia. El presidente estadounidense pudo felicitarse por el silencio de Rousseff frente a un hecho de tal magnitud. Pero la alegría no fue total: el mensaje que trajo de Washington, negando un puesto permanente para Brasil en el Consejo de Seguridad de la ONU, revela persistencia de choques económicos entre la estrategia de Estados Unidos y, como señalara esta columna en la edición de marzo de 2007 al evaluar la gira de Bush, la pretensión de la burguesía paulista “de afianzar una comunidad de negocios en beneficio del proyecto de subpotencia regional”. No fue poco lo que consiguió Bush con su táctica de “la Opep del etanol, para comprar voluntad a precio de maíz, con la intención de captar también a Argentina en un proyecto de biocombustible, apuntado ante todo contra Venezuela y con más sentido político que fundamento económico real”. Pero no hubo saldo neto y mucho menos a favor del imperialismo.
En el camino se cruzó el colapso económico de 2008. Como ahora con la insurrección árabe, la Casa Blanca tuvo la lúcida rapidez necesaria para ganar espacio en medio de su propio derrumbe. Para ello contó con el terror de la burguesía regional (como ahora lo hace con el de la arábiga) ante la posibilidad revolucionaria objetivamente inaugurada por la crisis central. Y logró atraer a las tres principales economías latinoamericanas (Brasil, México y Argentina), a un organismo estratégico ajustado a las urgentes necesidades del imperialismo naufragante: el G-20.

 

Chávez otra vez

Diez días después del arribo de Obama a Brasilia, en una cálida madrugada, llegaba a Buenos Aires Hugo Chávez, en un viaje programado para recalar también en Uruguay, Bolivia y Colombia. A esa hora, numerosas manos anónimas pegaban un afiche dándole la bienvenida con cuatro palabras: Paz, Unión, Revolución, Socialismo. Reconocimiento y demanda al presidente venezolano, que una vez más planteó un estridente contrapunto a la voz guerrerista de Obama (pág. 20).
Los 46 acuerdos de carácter económico firmados en tres países (la visita a Colombia se postergó para el 9 de abril), ceden en importancia ante su propuesta estratégica: contra la lógica de guerra del capitalismo en crisis, sólo la unión latinoamericana tras la perspectiva del socialismo del siglo XXI puede ofrecer un horizonte a la humanidad.
Chávez reiteró ese mensaje en Buenos Aires, Montevideo y Cochabamba. Pero agregó un punto dramático a su propuesta: es preciso que los pueblos, a través de sus organizaciones sociales, políticas, profesionales, se incorporen al Alba.
En el plano gubernamental, explicó, hay que sobreponerse a las divisiones ideológicas en las que busca afirmarse el imperialismo para dividir: “Qué importa que en Colombia gobierne la derecha o la izquierda, hay un compromiso más allá de los asuntos internos que es la unidad entre nosotros; no más guerra, conflictos ni dictadura, sino hermandad respetando las diferencias”. A la vez, es imprescindible poner el acento en el Alba, no sólo afianzando el accionar de los gobiernos integrantes de la Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América, sino poniendo particular énfasis en la incorporación de movimientos de base con el máximo de amplitud y masividad.
El eco que estas palabras tengan en cada gobierno depende de innumerables factores. Pero no es lo fundamental. Porque todo discurre a partir de la crisis estructural del sistema capitalista, replanteada a fines de marzo con Portugal como nuevo foco. Y porque en este terreno el imperialismo no tiene margen: en la próxima reunión del G-20 planteará sin concesiones su estrategia de guerra y ajuste económico. Allí se verá hacia qué horizonte se encamina cada uno. Queda escaso margen para la ambivalencia y la simulación. Ya sopla el viento fuerte.

la insurrección del mundo árabe pone fin al actual orden imperialista

Washington apronta una operación militar regional con eje en Libia

PorLBenAXXI

 

Cambia definitivamente el mundo a partir de esta insurrección en cadena. Con la caída de las satrapías de Túnez y Egipto, el mapa geopolítico de la amplia faja que abarca el norte de África, Cercano y Medio Oriente, se trastoca de manera irreversible. El perdedor neto de cualquier ordenamiento futuro es Estados Unidos. Y también Israel, su enclave regional.
Es para defenderse de esa fuerza arrolladora –y no en un movimiento de ofensiva programada– que Washington mide el terreno y presiona a la Unión Europea para intervenir militarmente en la región, presumiblemente a partir de Libia, donde ha logrado fracturar la cúpula gobernante, tomar el control de puntos claves para dominar la producción petrolífera y desatar una guerra civil.
La conmoción en curso dirá, en medio de una batalla estratégica de ideas, propuestas y capacidades concretas, si serán o no las grandes mayorías quienes se verán beneficiadas por el saldo de este combate singular.
Es la crisis estructural del sistema capitalista, expresada en este caso por el alza descontrolada de los alimentos, factor detonante de una compleja carga explosiva acumulada en aquella región. Por lo mismo, un resultado positivo tiene como condición necesaria la abolición del sistema generador de estos cataclismos. No hay ni puede haber ninguna fase intermedia en el maremoto de fuerzas sociales e internacionales desatadas. La magnitud de esa exigencia primera traza con nitidez la dificultad de la coyuntura.
Que el bosque no oculte el árbol: mientras el esquema de poder imperial estalla en aquella región, en las entrañas del monstruo 80 mil trabajadores marcharon en Madison, Wisconsin, a la sede del Congreso y otros 10 mil manifestaron en las calles de Columbus, Ohio, también en el Medio Oeste estadounidense, en defensa de reivindicaciones básicas del movimiento obrero y sus organizaciones sindicales. Salieron a la calle incluso aparatos que durante décadas formaron parte indisoluble y militante del entramado imperial. Son expresiones liliputienses en relación con el cuadro social de Estados Unidos, o comparadas con la rebeldía detonada en el mundo árabe. Pero no hay bosque sin árboles. Y cabe señalarlo: el tronco más grueso en la maraña capitalista ha comenzado a sentir los hachazos de quienes ya no pueden vivir de sus frutos.

 

Imprevisión

Estados Unidos fue tomado por sorpresa cuando el temblor tunecino derrumbó su pieza mayor en Egipto. No es flaqueza de los estrategas del Departamento de Estado. Es una tara del sistema en su estado actual. Como cuando a fines de los 1980 la cúpula soviética se mostró ciega ante lo que estallaba en su rostro. Hoy, esta minusvalía del imperialismo habla con elocuencia acerca de los cambios cualitativos ocurridos en las relaciones de fuerzas internacionales en las últimas décadas.
Vale una comparación: entre 1986 y 1989 Washington tuvo la lúcida agilidad necesaria para reemplazar, planificadamente y en sordina, las dictaduras en Haití y Filipinas. Desde la Casa Blanca se dieron las órdenes que en pocos movimientos terminaron con la huída de Baby Doc de Puerto Príncipe y Ferdinando Marcos de Manila. Basta ver la evolución política posterior del archipiélago surasiático y la mediaisla caribeña para comprender el significado de una exitosa maniobra preventiva: Estados Unidos mantuvo sin sobresaltos el control de esos países en las décadas posteriores.
Operaciones estratégicas capaces de dar tales dividendos exigen, naturalmente, contar con la iniciativa y la capacidad ofensiva. Eso es lo que estuvo ausente en la Casa Blanca en relación con Túnez y Egipto. Y seguirá estándolo: el imperialismo ha perdido la iniciativa estratégica y sólo puede dar golpes –eventualmente letales– en los límites de una coyuntura.
Zine el Abidine Ben Alí y Hosni Mubarak eran aliados firmes y probados, a los cuales, después de interminables días de vacilación, la Casa Blanca libró a su suerte mientras la prensa, en asombroso ejercicio de autofagia, descubría cuán tiránicos eran esos dictadores.
El régimen egipcio era la pieza clave en el damero estadounidense de la región, llave estratégica para un inmenso reservorio de petróleo. También -y esto no es secundario- para la proyección del poder imperial hacia Eurasia y Asia. Ésa es la primera comprobación a poco de observar los portentosos acontecimientos en curso en el norte de África: para sobrevivir, el imperio se devora a sí mismo.

La segunda es menos transparente. Atrapado en una situación de obligado repliegue, Washington apela a una improvisada operación ofensiva.
En los papeles de guerra, ha ensayado hasta el hartazgo esos movimientos. Y ha sumado piezas en función de ese plan durante mucho tiempo. Aún así, el estallido tomó a Washington por sorpresa y, si de un lado lo conminó a desprenderse de aliados estratégicos, por otro puso como única opción lanzar un contraataque allí donde tenía espacio para hacerlo. A la defensiva, el Departamento de Estado lanzó un zarpazo de proyecciones hoy imprevisibles.

 

Petróleo y guerra

Argelia y, sobre todo, Libia, son los blancos del intento de contraataque estadounidense, bajo una forzada apariencia de continuidad e identidad con las insurrecciones en el resto del área.
No es que en ambos países falten razones para rebeliones juveniles y populares. De hecho estos regímenes, fundados en durísimas luchas antimperialistas exitosas, gradualmente fueron integrándose a la lógica mundial del capital. Son revoluciones truncas. Por lo mismo, marcadas por un sistemático alejamiento entre autoridades y masas. El callejón sin salida de una revolución interrumpida da lugar a la gestación de fuerzas políticas disímiles, mediante las cuales se canalizan las necesidades insatisfechas de las mayorías. Buena parte de éstas provienen de capas medias beneficiadas por la deriva procapitalista de estos regímenes, que sin embargo no pueden alcanzar todo lo que reclaman -en materia de consumo, de organización de la sociedad civil y de ideología alineada con el Occidente altamente desarrollado- y son caldo de cultivo para operaciones de infiltración, fragmentación y eventualmente invasión. Y están desde luego las masas trabajadoras y oprimidas, frustradas en sus esperanzas y, a menudo, manipuladas.
Es significativo el caso del general Abdel Fattah Younes al Abidi, uno de los coroneles sublevados junto a Muammar Gaddafi en 1969, hombre de confianza para operaciones internacionales del gobierno y ministro del Interior libio hasta el 24 de febrero. Horas después de su defección, le pidió a Gaddafi que renuncie “ya que está colapsando y durará sólo unos días más”. En declaraciones a la BBC dijo: “Mi querido hermano, cuando Benghazi cayó has debido darte cuenta de que el fin había llegado. Espero que te vayas a Venezuela u otro lugar”. Cualquiera haya sido su pasado, es evidente que Al Abidi no sólo desiste de continuar junto a su jefe, sino que se alinea descaradamente con la propaganda imperialista, con el gobierno de Estados Unidos.
Mientras tanto, el Departamento de Estado apronta una operación militar sobre Libia. Hay reticencia de la Unión Europea para dar ese paso y dudas sobre el carácter del involucramiento en la propia Casa Blanca. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en todo caso, se muestra dócil a la escalada de Washington.
Al mediodía del domingo 27 de febrero, cuando se redactan estas líneas, según informaciones no comprobables, se ha conformado una junta provisional de gobierno en el arco que va de Ajdabiya hasta Tobruk, pasando por Benghazi y Shahaat, al este de la capital y sobre la frontera con Egipto.
La labor de contrainformación, presente en cualquier guerra, está superando todos los antecedentes, con la colaboración automática de los grandes medios gráficos y electrónicos. Al Jazeera, la cadena árabe, asumió una violenta oposición a Gaddafi. Un corresponsal de Telesur y su camarógrafo mostraron ayer sábado 26 que Trípoli estaba en calma. La valiente labor de estos enviados contrarrestó la operación de los grandes medios, según los cuales se combatía desde los dos días previos en las calles de la capital. Ahora, esos mismos medios machacan la noticia de que las fuerzas opositoras están cerrando el cerco en torno a Trípoli. Numerosos embajadores libios en diferentes países desconocen la autoridad del gobierno central y se pronuncian a favor de la caída del régimen.
Esas fuentes de información aluden a acciones de represión masiva por parte de Gaddafi. En ausencia de fuentes propias y confiables, sólo cabe una afirmación de principios: una revolución en marcha tiene el derecho y la obligación de armar al pueblo contra la reacción. Un proceso estancado y en retrogradación, no. Sólo una hipotética recomposición tras una estrategia socialista y drásticos cambios políticos podría plantarse contra la reacción interna y el bloque imperialista que aprieta el nudo sobre ese país, tan caro a América Latina en el último medio siglo. “Revolución socialista o caricatura de revolución”, sostenía el Che.
En cualquier caso, Washington está allí con el propósito de recuperar terreno firme bajo sus pies en la región, garantizar que la producción de petróleo (Libia es el tercer abastecedor de Europa y uno de los grandes productores mundiales de crudo de máxima calidad) no se interrumpa y proyectar desde allí su contraofensiva sobre un área en la cual la efervescencia, lejos de concluir, aumenta a estas horas.

 

Lección estratégica: “Roma no paga a traidores”

En este primer tramo del siglo XXI Mubarak será el símbolo del destino de individuos –o regímenes– que creen garantizar su futuro alineándose con los poderosos, después de haber formado en las filas de pueblos y naciones en busca de redención.
La sublevación del Norte de África y el Cercano Oriente continuará extendiéndose y profundizándose. No hay chance de que Estados Unidos pueda establecer en Libia un gobierno estable a su favor. Hasta el momento no se percibe en ningún caso una fuerza de carácter revolucionario explícitamente anticapitalista que dé orientación y organización a las masas levantadas contra sus gobernantes. No se trata de desconocer la tradición de lucha y los innumerables ejemplos de organizaciones y cuadros que, desde diferentes experiencias y definiciones ideológicas, convergen en un momento excepcional. Se trata de subrayar que esa rebeldía de millones paga tributo también al momento histórico, de incipiente recomposición, de las fuerzas antisistema a escala mundial. Esperar que, sin tal condición, esta explosión espontánea llegue a la instauración de gobiernos de transición al socialismo, es tan erróneo como desdeñar el fenómeno o reducir su trascendencia negándole carácter revolucionario.
Calibrar adecuadamente ese proceso es tanto más importante cuando la eclosión inesperada reconfirma que en aquella región, y más allá, pero también y acaso sobre todo en América Latina, buscar un nicho seguro en el edificio tambaleante del capitalismo mundial es, más que un error, un suicidio.
Se verá en la próxima reunión del G-20 hasta qué punto Estados Unidos y Europa ajustarán el mecanismo al punto de obligar a los países subordinados, a los cuales se convocó para conjurar el colapso económico según las pautas imperiales, a asumir decisiones políticas que, muy probablemente, ocurran en el marco de una nueva intervención militar estadounidense, ahora desde el continente africano. Sea cual sea el curso inmediato de la rebelión general y la eventual guerra civil en Libia, esto acentuará la crisis económica en los centros imperiales.

Un punto de convergencia internacional
Vale repetirlo: Estados Unidos lanza un zarpazo ofensivo desde una situación histórica de repliegue estratégico, mientras su economía se deteriora día a día y comienzan a brotar semillas de rebeldía en su propio territorio.
Egipto es también en ese sentido un símbolo: Washington pasa de tener allí un bastión estratégico inconmovible, a un gobierno provisional armado a los manotazos y jaqueado por la hasta ahora ininterrumpida movilización de masas.
Imposible prever el desarrollo inmediato en cada uno de esta suma creciente de países arrastrados por el torbellino revolucionario. En cambio, no hay necesidad de oráculos para tener la certeza de la necesidad de contribuir a la unión de ese conjunto rebelde, y no sólo en aquella región.
Una y otra vez se ha insistido desde estas páginas en el papel que América Latina juega en el mapa político mundial en turbulenta recomposición. Aquí, donde el Alba corporiza a gran escala la necesidad de unión de países enfilados contra el imperialismo y el capitalismo, es posible, necesario, inaplazable, dar el demorado paso hacia el encuentro de partidos, organizaciones y representaciones sociales genuinas en una nueva instancia internacional, a la cual contribuirán ahora con renovado vigor los revolucionarios árabes. Después de todo, el viejo Hegel tenía razón: el árbol no debe ocultar el bosque.

 

Desde Buenos Aires, 27/2/11, 16hs.

Crisis, ideas y confusiones

PorLBenAXXI

 

«Niños del mundo,
si cae España -digo, es un decir-
si cae…»
César Vallejo

“Si cae España es un desastre”
Nouriel Roubini

César Vallejo no preveía un colapso económico. Corría 1937; el hondo poeta peruano intuía la derrota de la Revolución española y escribía su “Homenaje a los voluntarios de la República”: España, aparta de mí este cáliz; un canto de obligada lectura.
Tres cuartos de siglo después, sin belleza, sin generosidad ni pasión, el alerta proviene de oscuros analistas, consultoras y medios de difusión masiva: “si cae España…”
El temor, análogo en ese sentido al de Vallejo –aunque tan distante– es la onda expansiva de ese derrumbe. El “si cae España” de Vallejo adelantaba la posibilidad de un inmenso retroceso de la revolución mundial, por entonces en auge desde la victoria en Rusia. Hoy las campanas doblan por el capitalismo: “Si cae Grecia es un problema, si cae España es un desastre … España es demasiado grande tanto para caer como para ser rescatada … podría ser una amenaza para la cohesión monetaria europea … podría producirse una ruptura del euro”, trastabilla Nouriel Roubini, economista estadounidense ante el Foro Económico Mundial de Davos. Para morigerar el pronóstico agrega que eso no ocurrirá este año pero insiste: “es un riesgo creciente”. Esa tregua la imagina el economista porque Li Keqiang, vicepriministro chino, en visita a Madrid a comienzos de enero, se comprometió a comprar 6 mil millones de dólares en deuda pública española. Además la edad jubilatoria pasó a 67 años. Dos gotas en el mar de incertidumbres que azota al imperialismo europeo con epicentro circunstancial en Madrid: si el sistema financiero español se desploma, es imposible rescatarlo.
No tanto por el tamaño del país, sino porque la Unión Europea no está en condiciones de repetir lo hecho en Grecia e Irlanda: con un desempleo estimado en 11,7% para el año en curso, un crecimiento del producto bruto estimado en 0,7% durante 2010 (después de una caída del 4% en 2009, prolongada el año pasado en Gran Bretaña con un -0,5%) y un endeudamiento oficial general estimado en 83,7% en relación con el PBI de 2011, Bruselas tiene las manos atadas. Resta rezar para que en España las 700 mil nuevas casas sin comprador, el 20% de desempleados, el deterioro del 33% en la competitividad comparada con Alemania, el déficit fiscal cercano al 10% y otros tantos índices ominosos, puedan ser manejados a través de ajustes y austeridad por el gobierno socialdemócrata.

 

USA peor

En un discurso de 7 mil palabras Barack Obama no logró hallar las apropiadas para el diagnóstico y tratamiento de la economía estadounidense en su informe anual sobre el Estado de la Unión. Aparte las promesas y los lastimeros llamados a la unidad de ambos partidos, el presidente estadounidense se limitó a anunciar recortes de gastos y otras medidas para detener el fabuloso déficit fiscal estimado en 2,6 billones (millones de millones) de dólares para este año, casi un 10% del PBI (casualmente el índice de España). La promesa para crear los puestos de trabajo -que no cesan de caer, incluso con el repunte económico registrado el año pasado- consiste en dar créditos a pequeñas empresas. La utopía del capitalismo retrasado, ahora como teoría del imperio. The Washington Post sentenció: “La realidad, y Obama lo sabe, es que el país se dirige hacia un catástrofe fiscal a menos que haga cosas que no son populares políticamente: terminar con los recortes fiscales de Bush, incluyendo los de la clase media, reducir los beneficios de los futuros jubilados, exceptuando los de los pobres y de los inválidos, controlar el costo del sistema de salud y limitar las deducciones que se pueden hacer a los impuestos a los ingresos”. El gran diario propone este futuro luminoso para evitar “la catástrofe”.
Obama no aludió a los inexorables efectos que sufriría la economía estadounidense “si España cae” y llega “la ruptura del euro”. Tampoco aludió a los signos preocupantes de la banca china por el exceso de crédito sin calce fronteras adentro. Pero aquí la prudencia de Obama se entiende: Washington debe a Beijing unos 3 billones de dólares.

 

América Latina

Frente a este panorama, el último recurso de la pseudoteoría económica es aferrarse a la idea de que, sí, todo aquello anda muy mal, pero los denominados “países emergentes” están desacoplados y, más aún, constituyen la salvación del capitalismo mundial. A la vanguardia de este dislate están los políticos e intelectuales reformistas, azuzados por aquellos que saben, pero necesitan que esta ilusión gane espacio. Habrá que dar también esta batalla de ideas. Mientras tanto, corresponde redoblar esfuerzos por lograr un escudo de protección ante la debacle capitalista, incentivando bloques monetarios autónomos y avanzando a todos los niveles en la convergencia suramericana, que con la formación de la Celac (Comunidad de Estados latinoamericanos y caribeños), prevista para julio próximo en Caracas, alcanzará una nueva y más elevada plataforma. Para minar esa posible gran base objetivamente enfrentada con el imperialismo, entre otros propósitos, viajó al Sur recientemente el subsecretario de la cancillería estadounidense, Arturo Valenzuela. No logró lo que buscaba en Buenos Aires. Aunque tal vez alentado por la idea de un mundo regido por los “emergentes”, el canciller argentino Héctor Timerman lo despidió diciendo que “Argentina acepta un tratado de libre comercio, pero si Estados Unidos lo firma con el bloque del Mercosur, como el que estamos negociando con la Unión Europea”. Sepultado en Mar del Plata en 2005, el Alca no podrá renacer. Falta enterrar la idea de que el capitalismo ofrece un futuro a la humanidad.
(Ver el discurso de Obama el 24 de enero y la Memoria y cuenta de Hugo Chávez nueve días antes, en esta misma edición y en www.americaxxi.com.ve)

Qué depara 2011

PorLBenAXXI

 

Suramérica culmina la década como quien completa la primera jornada de ascenso al Aconcagua; o al Chimborazo: todo el ímpetu, alguna magulladura, la mirada en lo alto y la sangre latiendo fuerte por la empresa grandiosa.
A la inversa, Estados Unidos va camino abajo, herido de muerte en su corazón económico. No está mal hallado el título de la reunión conspirativa realizada el 17 de noviembre en Washington, en la sede del Congreso: “Peligro en los Andes” (ver pág. 20). Sí. Hay peligro allí para ellos. Es el lugar donde sufrirá su última derrota el imperialismo estadounidense, como 186 años atrás le ocurrió al imperio español en Ayacucho. Ya lo adelantaron hace medio siglo los revolucionarios cubanos, acompañados por iguales en todo el continente, al señalar la cordillera como “la Sierra Maestra de América Latina”. No está mal pensado el título de ese cónclave, ni el lugar donde se llevó a cabo. Es bueno saber a qué atenerse y que cada quien muestre su rostro: el Capitolio como antro de terroristas, estafadores, diputados ignorantes sin representación, oscuros escribas del amo asustado.
¿Cómo harán los demócratas sinceros del hemisferio para justificar semejante aquelarre? Por lo pronto, no hablan del asunto. Pero debieran hacerlo. Porque el derrumbe conceptual, moral y político de la democracia capitalista puede arrastrar la idea misma de democracia, como muestra el espacio ganado por los nazis contemporáneos del Tea Party.
En sustancia, eso es lo que depara 2011: un inmenso desafío ideológico, político y, eventualmente, si no se actúa con inteligencia y celeridad, militar. Incapacitado de remontar la crisis que carcome su estructura, el capitalismo se lanza por el camino de la derechización y la violencia. Ése es el significado del pedido de Barack Obama para aumentar en 522 mil millones de dólares el presupuesto militar de Estados Unidos. En 2011 el gasto militar será de unos 708 mil millones de dólares; el más alto de la historia. La provocación en Corea, las bases en Colombia, el despliegue en Costa Rica, están allí para señalar el destino de esos fondos. Al mismo tiempo se congelan por tres años los gastos en programas de educación, nutrición, energía y transporte.

 

Incendio

Europa no está mejor. Por estas horas tambalea España, detrás de Irlanda y Portugal, los últimos dos focos del incendio financiero. Del estancamiento la UE pasa nuevamente a la recesión, y esfuma las expectativas de recuperación en Estados Unidos. Importa sobre todo que los recursos empleados para postergar una vez más la cadena de quiebras bancarias, el colapso del euro y la desarticulación de la UE, operan como combustible sobre el incipiente incendio social en el viejo continente. Allí también se gesta una crisis política de magnitud.
Será interesante escuchar al último Borbón en la cumbre Iberoamericana que tendrá lugar en Mar del Plata (sí, allí donde en 2005 fue enterrado el Alca) apenas esta edición salga de imprenta. En ese cónclave los políticos socialdemócratas de América Latina no tendrán ya la posibilidad de volver a esgrimir a Irlanda y España como modelo de éxito. Si Madrid y Lisboa no hablan del futuro y un número de admiradores de sus antiguas propuestas en estas latitudes deciden callar ¿de qué habrá servido esta enésima cumbre? ¿Acaso puede esperarse mejor resultado que el fiasco del G-20 en Seúl?
No. Su utilidad será ratificar la necesidad de concentrarse en Unasur, rescatar Mercosur, extender y fortalecer el Alba. El Norte no tiene nada positivo para proponerle al Sur. Y este hemisferio habrá de tomar debida cuenta de la realidad económica mundial, desechando el espejismo de una sustentabilidad estratégica basada en altos precios de materias primas. Entre otras muchas razones, porque una parte sustancial de esos aumentos expresa otra fuga irracional del sistema acorralado: imposibilitados de refugiarse en monedas confiables, exprimida la posibilidad de correr al oro, inmensas masas de capital excedente buscan resguardo comprando materias primas a futuro, a precios tan demenciales como la lógica que les da existencia. Esa burbuja también explotará.
Se trata de la crisis estructural de un sistema agónico. Buscar caminos intermedios lleva a ninguna parte. Vacío ideológico, vacilación política, llevan al abismo.
Gobierno y Congreso estadounidenses, asumidos como derecha reaccionaria, entienden que el “Peligro en los Andes” es el socialismo, enarbolado ya como bandera por los gobiernos del Alba y una franja creciente de los pueblos del hemisferio. Vale escuchar la respuesta de Hugo Chávez: “¿a partir de enero habrá en Estados Unidos un Congreso de extrema derecha? Bueno, el Parlamento venezolano a partir del 5 de enero debe ser de extrema izquierda (…) necesitamos un gobierno mucho más radicalmente a la izquierda, una fuerza armada mucho más radicalmente revolucionaria, junto al pueblo (…) No debe haber cabida en nuestras filas civiles, militares, para las medias tintas. ¡No. Una sola línea: radicalizar la revolución!”.
Evo Morales no fue menos contundente (ver pág. 22): “estoy convencido: de la rebelión a la revolución; de la revolución a la descolonización”.
Este debate de ideas, este combate político, depara 2011. Precisar conceptos, afirmar estrategias, fortalecer organizaciones, frente a un enemigo poderoso, cruel, pero debilitado y obligado a enfrentar a la humanidad. El Ande está allí.

Cierra un capítulo en Argentina

PorLBenAXXI

 

Con el inesperado deceso del ex presidente argentino Néstor Kirchner, ocurrido al cierre de esta edición, el azotado país sureño concluye un capítulo de su historia.
Iniciada con el colapso generalizado de 2001, esa fase estuvo signada por la explosión de masas en las calles exigiendo “que se vayan todos” y el paradojal retorno de muchos, casi todos, aquellos cuyo retiro del escenario político se demandaba, comenzando por Eduardo Duhalde, quien asumió la presidencia luego de una sucesión de nombres que durante 10 días, a partir del 20 de diciembre de aquel año fatídico, entraban y salían como titulares formales de un poder que se desintegraba ante la mirada desesperada de las clases dominantes.
Usufructuando la ausencia de un programa y un liderazgo reconocible para salir de la crisis por el camino de la revolución, Duhalde y su ministro de economía Roberto Lavagna, recuperaron paso a paso el control económico y político del país. La burguesía y el imperialismo respiraron otra vez. Pero no lograron garantizar la sucesión deseada y, por esa brecha inmanejable, Kirchner llegó al gobierno.
Más que nadie, Kirchner encarnó la paradoja de una sociedad tan exasperada como desorientada. En un libro titulado Argentina como clave regional, publicado en septiembre de 2007, expuse mi interpretación de ese período crucial y del papel jugado por las diferentes fuerzas y dirigencias políticas. No hay espacio para reiterarla en esta página, urgida por su muerte. Con todo, las vívidas manifestaciones de grandes contingentes que salieron a la calle a expresar dolor por su muerte, hablan claro respecto del saldo que un segmento importante de la sociedad guarda de su accionar político.
La contradicción que signó aquel recorrido de quien en sus inicios fuera militante de la juventud peronista se repitió a la hora de la muerte: allí donde había perdido su última confrontación electoral, el 28 de junio de 2009, en Buenos Aires y Santa Cruz, su provincia natal, ríos de hombres y mujeres salieron a despedirlo. Que entre ellos la mayoría hayan sido jóvenes, es igualmente elocuente. No habrá vuelta atrás en la sinuosa marcha iniciada con la sublevación de 2001.
Para el flanco izquierdo (dentro y fuera del gobierno que condujo), no fue menos cruel el ejercicio de la oposición. El recorrido de unos desde el bloque gobernante a la vereda opuesta, se espejó con el de quienes desde la más estentórea confrontación pasaron a las filas oficiales. Aunque el saldo más gravoso fue para aquellos que no pudieron comprender la esencia ambivalente del saldo que dejaba la crisis de 2001, con su potente demanda de cambio revolucionario y su incapacidad para realizarlo.
El hecho es que con su formación política original, el Frente para la Victoria, luego con su ingreso al Partido Justicialista, Kirchner cabalgó un momento de la historia argentina en el que las fuerzas políticas de izquierda y derecha se disgregaron como nunca antes al compás del auge económico y la estabilización del entramado institucional: otra contradicción difícil de asir. Kirchner estaba frente a frente con esos efectos disolventes en su propia estructura política cuando lo sorprendió la muerte.
Economía e institucionalidad otorgan un amplio margen a la presidente Cristina Fernández, aun tras la pérdida de su esposo. En cambio, el curso inexorable de la crisis mundial plantea de manera perentoria la adopción de una estrategia consistente para afrontarla.
Sin riesgo institucional en el horizonte delineado por las elecciones de octubre de 2011, Argentina debe optar por un programa de acción tanto de política interna como internacional. Dentro y fuera del gobierno, la disgregación organizativa, la confusión ideológica, la indefinición, reclaman resolución con la lógica de un río torrentoso en busca del mar: arrastrará aquello que se le oponga o se detenga.
Por la crisis estructural del capitalismo y la dinámica violenta del imperialismo estadounidense, en lo inmediato esa urgencia tiene mayor gravitación desde fuera. En noviembre habrá dos cumbres de gran significación: del G-20 en Seúl y de Unasur en Guyana, donde esta instancia de unión suramericana deberá además reemplazar a Kirchner, quien ocupaba la secretará general del organismo. Más evidente para el ciudadano común, la campaña ya iniciada por las presidenciales plantea igualmente definiciones estratégicas a las fuerzas que proclaman cambio sociales sostenidos, sea en el gobierno o en la oposición.
Las últimas elecciones en la región indican que en este riquísimo y turbulento momento histórico se restringen hasta desaparecer los espacios para posiciones de centro, para la ambivalencia o la indefinición. En Argentina esa polarización será mayor aún. El nuevo capítulo, simbólicamente marcado por la muerte de Néstor Kirchner aunque había comenzado dos años antes, mostrará un formidable combate por la definición del país que se busca y el camino que se adopta para alcanzarlo. Hay razones para ser optimistas.

a toda marcha la transición de venezuela al socialismo

Dilemas de una revolución pacífica

PorLBenAXXI

 

Pueblo legislador: de acuerdo con la visionaria propuesta de Simón Rodríguez, los 98 diputados/as del Psuv en la Asamblea Nacional deberán ahora cumplir la promesa de campaña y llevar el pueblo al Parlamento. “No seremos representantes, sino voceros”, sostuvo Aristóbulo Iztúriz, jefe de campaña y diputado electo, al anunciar los resultados el lunes 27. La diferencia es sutil y a la vez decisiva. Al no haber alcanzado los dos tercios de las 165 bancas, la victoria exigirá a la bancada oficialista una práctica parlamentaria por completo diferente a la tradicional. La Revolución deberá entrar como torbellino en el Parlamento. Y contrarrestar el accionar desestabilizador de la oposición teledirigida desde Washington, que ya ha comenzado su labor.

 

Enredados en una extraña disputa para determinar si la obtención de 98 diputados, contra 65 de la oposición de derecha, constituye o no una victoria, dirigencias políticas, analistas y comentaristas, parecen haber perdido de vista en diferentes latitudes el verdadero significado de las elecciones parlamentarias del 26 de septiembre en Venezuela.
No hay límites para las trampas de la retórica. Al punto que la oposición derrotada alega haber vencido. Y como si nunca nadie lo hubiese advertido, el árbol oculta una vez más el bosque.
Desde el comienzo estuvo claro que, en la medida en que el Partido Socialista Unido de Venezuela no obtuviera los dos tercios de las bancas, es decir 110 sobre 165, la oposición estaría en condición de bloquear la aprobación de las llamadas “leyes orgánicas”, que según la Constitución son “las que se dicten para organizar los poderes públicos o para desarrollar los derechos constitucionales y las que sirvan de marco normativo a otras leyes”.
Una mirada formalista, crudamente electoralista, lleva a la conclusión de que no haber llegado a las 110 bancas equivale a toparse con una muralla insuperable. De allí la alharaca de la oposición y la confusión en franjas de la militancia, al punto que en un primer momento la oposición pudo anotarse un tanto en la batalla mediática, al desdibujar la enorme significación estratégica de la victoria electoral del Psuv, que ganó en diputados por 60 al 40%, ganó en números absolutos (5.422.040 contra 5.320.175 de la MUD, aunque ésta no fue una elección nacional sino distrital), se impuso en 18 Estados, empató en dos y perdió en cuatro, ganó dos sobre tres diputados indígenas y siete sobre doce diputados al Parlatino, todo con una participación del 66,45% del padrón total.
No es desdeñable, por cierto, que el Psuv obtuvo casi dos millones menos de votos que en la elección presidencial. Es clara la necesidad de hacer una minuciosa e implacable valoración de las causas subjetivas que dieron lugar a esa retracción. Pero antes de conocer los resultados y correcciones que seguramente surgirán del debate, es preciso salir al cruce de antojadizas interpretaciones según las cuales el Psuv habría sido responsable de aquello que, en el desvío, no se trepida en calificar de fracaso.

 

Entorno objetivo del momento electoral

El primer paso es analizar las causas objetivas detrás de estos resultados, entendiéndolos ante todo como desplazamientos de clases y sectores de clases frente a la marcha sostenida de la revolución y en el marco concreto en que discurrió la lucha de clases y el combate político en el último año.
Basten unos pocos datos:

  •  recesión
  •  la inflación superó el 30%;
  •  una sequía sin precedentes, atribuida al fenómeno del Niño, secó el caudal del río que alimenta la principal represa, de la cual     depende el 80% de la energía eléctrica del país;
  • como resultado hubo racionamiento eléctrico;
  • hubo también, y por la misma causa, racionamiento de agua;
  • el país vivió durante meses bajo la amenaza de un colapso eléctrico total;
  • en ese mismo período ocurrió una devaluación de alrededor del 100%;
  • problemas severos en el transporte subterráneo, como resultado del deterioro estructural del sistema de Metro, que requiere grandes inversiones;
  • atropellos policiales contra población civil en barrios, inequívocamente promovidos por los sectores afectados por la profunda reforma policial;
  • recrudecimiento de secuestros y actos delictivos, multiplicados por el accionar de unos 14 mil paramilitares colombianos infiltrados en territorio venezolano;
  • furibunda campaña de la iglesia católica, con el cardenal actuando como candidato y sacerdotes dando misa contra Chávez.

Como colofón, en los días previos y el mismo 26, de la sequía se pasó a las lluvias intensas que provocaron deslaves, derrumbes en los barrios, muertos y evacuados.
Cabe preguntar a quienes alegremente califican de retroceso una victoria por el 60% de los diputados, para luego atribuirlo al Psuv, sin el más elemental análisis de su desempeño: ¿en qué país, qué partido, en este contexto en cuyo centro está la inflación de precios, tras diez años de gobierno, una dirección política es capaz de ganar una elección, y ganarla en las proporciones señaladas? Las ilustraciones de esta nota muestran en sus resultantes la verdadera dinámica no sólo de los votos totales, sino de su traducción partidaria.

 

Clases, votos y partidos

Si algo muestra de manera inequívoca esta elección, es la extraordinaria extensión, profundidad y solidez de la nueva conciencia en la que se apoya el voto revolucionario. Contar con más de la mitad de los votantes, en las condiciones señaladas, es un indicador irrebatible. Tanto más si en lugar de medirlo en términos electorales, se lo observa desde la perspectiva del desplazamiento de las clases en medio del torbellino revolucionario.
La inercia –provocada por 16 elecciones en 11 años- ha llevado a medir la marcha de la revolución contando votos. Nada hay más lejos de la verdad. Lenin calificaba esta conducta como “cretinismo parlamentario”.
Siempre sobre la base –reiteradamente señalada en estas páginas- de que la clase obrera no ha entrado aún en toda su magnitud y potencia al escenario principal de la revolución, y se mantiene dividida y en buena parte apática, el dato sobresaliente del cuadro político actual en Venezuela es el alineamiento de la mayoría de la población con la revolución y las políticas de transición al socialismo.
En la balanza hay que poner ante todo el hecho de que la marcha firme de la transición, la comprobación de que el objetivo socialista no es una consigna vacía, de que se avanza hacia la demolición de las columnas económicas, sociales, políticas y culturales de la sociedad capitalista, hace vacilar –y en muchos casos retroceder- a inmensos contingentes que hasta ahora han apoyado a Chávez y su propuesta revolucionaria.
La omisión de la clase obrera hace más difícil la reubicación política de clases y sectores intermedios. Sin contar con que en el seno de la clase obrera misma, franjas importantes llegan a rechazar inconscientemente la propuesta anticapitalista. Estos movimientos contradictorios, zigzagueantes, no pueden ser medidos por elecciones, aunque éstas puedan ser, hasta cierto punto y en determinadas condiciones, indicativos a tener en cuenta.
Pero es claro que millones de personas que no votaron (el 35%), así como también millones que votaron por la oposición, en el alineamiento de clases a la hora de la verdad estarán –o, más precisamente: podrán estar- con la revolución; del mismo modo, una cantidad considerable de quienes votaron al oficialismo irán variando su conducta hasta pasar a la vereda opuesta. No otra cosa se ha experimentado en la última década con los agrupamientos originariamente alineados con Chávez, que se han desplazado en sentido inverso a las de las clases explotadas y oprimidas. Pero ese desplazamiento no tiene que ver con expresiones electorales; en realidad se oculta en ellas; y sus reflejos tergiversan la realidad si la aritmética electoral no parte de una teoría científica de la sociedad y la revolución.

 

El Psuv

Este encuadre nada tiene que ver con la idealización del Psuv y mucho menos con la intención de soslayar sus remarcables falencias, o soslayar los efectos de la corrupción y la ineficiencia. Sólo que la evaluación de este partido no puede hacerse sin partir del hecho simple de que hace tres años no existía. Pero sobre todo, sin contar que al momento de su nacimiento, tuvo que remontar la caída abismal e inmensamente destructiva del pensamiento y la organización revolucionaria en todo el mundo. La autocrítica del Psuv ya comenzó. El viernes 1 y el sábado 2 los diputados electos, jefes de campaña y la Dirección Nacional del partido debatieron sus conclusiones y esa jornada culminó con un acto en el que Chávez, tras ratificar el carácter de la victoria, arremetió contra las lacras que debilitan al partido y la labor del gobierno. Esta introspección continuará. Cada vicepresidente elevará un balance sobre la base de lo discutido en estos dos días y luego, con Chávez a cargo, se hará una evaluación final.
Las deformaciones originales del Psuv, sus problemas estructurales, la rémora que significa una cultura y una práctica políticas de muchas décadas en Venezuela, no se resolverán de la noche a la mañana. Un partido de masas no puede sino traducir la cultura del pueblo y la clase trabajadora de donde surge. Educar a esas masas es una tarea ardua y prolongada. Esperar lo contrario es prueba de un pensamiento idealista. Y equivale a restar fuerza a la labor de vanguardia que requiere una superación cualitativa. Equivale a desconocer factores fundamentales de la coyuntura histórica en Venezuela: hay millones de hombres y mujeres (civiles y militares) empeñados en una revolución, una dirección política colectiva para llevarla a cabo y un jefe con capacidad y determinación para aunar grandes masas en pos del socialismo.
Dicho esto, no obstante que muchas críticas al Psuv provienen de quienes niegan la noción de partido o están descontentos porque les ha hecho perder poder, innumerables voces protestan por la falta de funcionamiento para otra cosa aparte las campañas, la falta de método organizativo y de discusión regular, todo lo cual ha hecho perder buena parte de la formidable mística que lo distinguió en sus primeros pasos. El virus de la burocracia hace su tarea destructiva.

 

La nueva Asamblea

El desafío es ahora acelerar en todos los órdenes la transición al socialismo. Y en el plano parlamentario, la realización efectiva de la consigna Pueblo legislador. Si esto último se aplica con energía y eficacia, podría incluso superarse sin dificultades mayores el hecho de no contar con mayoría de dos tercios en la Asamblea. La mayoría simple basta para aprobar el 95% de las leyes necesarias, entre ellas el Presupuesto. Y cabe recordar que la actual Asamblea tiene aún tres meses de vida, durante los cuales acelerará la aprobación de todo aquello demorado y necesario para ensamblar revolución e institucionalidad en el próximo período.

La oposición no puede trabar la labor legislativa, más que por la reiteración de escándalos en el recinto, que se multiplicarán a partir del 5 de enero próximo. Mucho menos puede aprobar una ley, cualquiera que sea. El Psuv no tratará de escenificar una imposible normalidad parlamentaria. Tratará a la oposición de derecha como lo que es: enemiga jurada de la revolución. Y el pueblo legislador impedirá que alguno de sus diputados se deje arrastrar por el parlamentarismo burgués.
De allí que la oposición usará la Asamblea como mera caja de resonancia para atacar la revolución, en una batalla sin precedentes de choque parlamentario entre socialismo y capitalismo. El recinto será para la oposición un estrado de espectáculo permanente. Para el interior, pero sobre todo para el exterior. Y estará acompañada por la prensa comercial de todo el mundo.
A la prensa alternativa, a los medios decentes, al periodismo revolucionario, cabe a partir de ahora la gran tarea de contrarrestar en cada país la formidable batalla entre contrarrevolución y revolución en el Capitolio de Caracas. Una formidable batalla de ideas que no excluirá, en cualquier punto de América Latina, momentos como los vividos el 30 de septiembre en Ecuador.

 

Realineamientos

PorLBenAXXI

 

Pasó casi inadvertido. El abrupto adelanto en el retiro de tropas estadounidenses de Irak fue reportado por cronistas y analistas como una información más del diario acontecer internacional. La múltiple significación del repliegue en derrota del ejército más poderoso del mundo no ha merecido despliegue informativo; ni reflexión. Mucho menos debate. Con tantos y tan calificados medios de comunicación a que ha dado lugar la posibilidad de tener una página en internet, esa omisión debería ser un llamado de atención acerca del lugar que ocupa el ejercicio de la palabra escrita.
El hecho es que, en el mismo momento en que prepara un ataque contra Irán, la Casa Blanca se vio obligada a retirar sus tropas de Irak. Y a quedarse. El imperialismo fue derrotado por la implacable combinación de resistencia iraquí, imposibilidad económica de sostener aquella guerra y repudio doméstico e internacional. Y fue victorioso en aquello que constituyó el objetivo político principal de la invasión: devastar, dividir, degradar.
Huir y permanecer; alcanzar el objetivo y ser derrotado. Esta doble y paradojal contradicción encierra claves que es urgente despejar. Un texto publicado por el ministerio de Defensa de Argentina, titulado En torno a la asimetría, cita al teniente coronel estadounidense Ralph Peters, columnista del diario ultraderechista The New York Post: “la estrategia asimétrica de los talibanes no consiste en derrotarnos militarmente, sino en hacer Afganistán ingobernable. Pero ¿qué sucede si nuestra estrategia, en vez de buscar transformar el país en un Estado modelo, está al servicio de hacerlo ingobernable para los talibanes? Nuestras chances de éxito se desvanecerán, mientras nuestros costos se incrementarán”. Por estrecha e interesada que sea, la intuición de Peters es correcta: el imperialismo sólo puede destruir. Ya no vencer. Y todo a un alto costo económico que, para seguir con las paradojas, los centros del capitalismo mundial necesitan y a la vez no pueden sostener porque lleva, a velocidad de vértigo, hacia el descontrol total del sistema.
En otros tiempos, teóricos y propagandistas del capital hubieran reparado en un aspecto diferente de la situación: además de destruir sin posibilidad de vencer, hoy el capitalismo no tiene la menor perspectiva de mejorar la condición humana. Esto significa que no ofrece futuro. El capitalismo tardío ya no puede sobrevivir sino sobre la base del engaño y la violencia.

 

Adónde van

Tiempo atrás, durante un encuentro ocasional de algunas horas mientras un avión de línea sobrevolaba Centroamérica, tuve oportunidad de discutir con un alto funcionario chino una incógnita estratégica crucial: ¿estaría o no dispuesto un gobierno estadounidense (aún no había sido elegido Barack Obama) a iniciar un escenario de guerra más, dado el empantanamiento militar en Iraq y Afganistán y los insostenibles costos económicos de estas incursiones? Irán y América Latina eran las hipótesis.
Ha pasado el tiempo desde aquel intercambio. A la sazón la convicción predominante descartaba una nueva aventura bélica de Washington. Y mi interlocutor la compartía, con muy sólidos argumentos.
Aunque no de manera explícita, aquella certeza generalizada en dirigencias políticas y analistas de valía, ha cambiado. Acaso han contribuido los esfuerzos de Fidel Castro por alertar sobre la dinámica dominante en el mundo. En todo caso, es una fuerza objetiva la que torció eso que en inglés denominan “conventional wisdom”, para aludir a una creencia generalizada, la más de las veces dictada por una mirada estrecha de la realidad.

Como sea, el hecho es que ahora un tercer escenario de guerra está más cerca de los temores e hipótesis de trabajo, al menos en aquellos cuadros políticos e intelectuales que observan con algún cuidado la marcha del mundo. Hoy están en la agenda diaria la amenaza de ataque a Irán por Estados Unidos y/o Israel, así como la acumulación de potencia de fuego en el área del Caribe y la guerra evitada in extremis entre Colombia y Venezuela.

Esto ocurre cuando el cuadro militar del imperialismo es considerablemente más grave y su situación económica está directamente fuera de control. No obstante, se asume que es mayor el riesgo de otras guerras y su eventual proyección mundial. Uno de los muchos corolarios de esta paradoja afirma una conclusión con tanta fuerza lógica como peso político: el imperialismo capitalista no va a la guerra porque tiene margen económico y militar para sostenerla, sino porque una fuerza incontrolable se lo exige.
Por una línea paralela a este replanteo, no siempre consciente, avanza otra argumentación con tendencia a convertirse en creencia generalizada: la posibilidad de un crack, un precipitado derrumbe del sistema imperialista mundial. Hasta no hace mucho, este tema asomó en debates dominados por la confusión creada a partir de una supuesta asunción no mecanicista de la teoría marxista. Como legítima reacción a la burda teoría de la historia impuesta por la degradación stalinista, según la cual el socialismo devendría lineal e inexorablemente de límites y deformaciones del sistema capitalista, se pasó a defender la idea de que mientras no haya fuerza suficiente para vencer al capitalismo, éste sobrevivirá. Y al decir esto, conscientemente o no se asume que se habla de una continuidad lineal del sistema de producción y las relaciones sociales hoy predominantes.
Error sobre error: el capitalismo se derrumba como resultado de su lógica interna. “Los yanquis están en jaque mate, por más inteligentes que sean”, dijo Fidel para consternación de muchos que no se atreven a desafiar semejante afirmación. La respuesta socialista, si está y llega a tiempo, permite que ese cataclismo dé lugar a un ordenamiento superior y, para usar una expresión conocida, abre paso a un sistema que permitirá dar vuelta la página de la prehistoria humana. Si no hubiere respuesta socialista -es decir, masas conscientes y organizadas con una estrategia de revolución- el capitalismo se derrumba de todos modos. Y nada en el mundo haría que las relaciones sociales, políticas y económicas actuales se mantengan. Por eso Rosa Luxemburgo lanzó su célebre advertencia: socialismo o barbarie.

 

Coyuntura y estrategia

Engaño y violencia. Tras varios meses durante los cuales se impuso la torpe mentira de que la crisis mundial capitalista detonada en 2008 había sido remontada, el colapso europeo prologó la reaparición de la recesión en la Unión Europea, de donde se propaga a los cuatro vientos. Este segundo semestre de 2010 pone la recesión a la vista de todos. Y cada día la caída del dólar en la tapa de los diarios. Los centros del capital internacional se mueven con gesto de pánico para evitar, otra vez y con los mismos métodos utilizados un año y medio atrás, que la recesión derive en depresión. Mientras tanto, avanzan por el camino de la guerra.
Que en este cuadro haya dirigentes políticos con propuestas de desarrollismo capitalista y mejoras dentro del sistema puede explicarse por incompetencia o complicidad. En cualquier caso, es injustificable. No cabe discutir si los domina la pequeña ambición o la inmensa ignorancia. El punto es que la estrategia de reforma dentro del sistema es inviable. No se trata de una opinión: la desocupación crece en flecha en todo el mundo desarrollado; la pobreza se expande en el Norte y se realimenta fuera de todo control en el Sur. Sólo en los países del Alba esa tendencia brutal es contrarrestada, con éxito desigual, por la estrategia de unión e integración no capitalista.
Si una década atrás sonaba excéntrico, hoy es un tópico cotidiano afirmar que América Latina ocupa la vanguardia política en el panorama mundial, por el hecho de que aquí se gestan respuestas estratégicas a la crisis global. Pero esa misma condición la ubica en el ojo de la tormenta planetaria, en cuyo centro está Venezuela. Por eso Estados Unidos despliega un descomunal aparato bélico en el Caribe y América Central.
No es sólo que Venezuela tenga las mayores reservas de petróleo del mundo, precisamente cuando la tasa de ganancia acosa al capital y exige energía barata so pena de muerte. Es sobre todo que tiene la única bandera para afrontar esta coyuntura histórica: la propuesta socialista. Pero Venezuela y el Alba no son fuerza suficiente para detener al imperialismo en caída y reencauzar al mundo. Es preciso acudir desde toda América Latina a potenciar la propuesta de socialismo del siglo XXI. Hacerla mayoritaria y vigente en cada país de la región. Y llegar a las entrañas del monstruo, donde millones de seres humanos ya son víctimas de la crisis, azotados por la desocupación, la superexplotación, el fascismo y la dinámica de guerra. Ir a Estados Unidos para llevar el mensaje del Alba, no para sumarse a la condena a Irán.
Estas opciones trascendentales están produciendo realineamientos bruscos de gobiernos y partidos en América Latina. Sin demora es necesario asumir que tamañas decisiones no pueden quedar en manos de partidos y dirigencias del mismo sistema que agoniza.

 

En el umbral

PorLBenAXXI

 

Está a la vista quiénes quieren la guerra. Es difuso todavía quiénes asumen la misión de impedirla. Sólo el tiempo develará lo ocurrido entre el 24 y el 26 de julio, cuando el inicio de operaciones bélicas contra Venezuela estuvo sobre el tapete. En ese futuro saldrá a la luz el papel jugado por ciertos gobiernos latinoamericanos en el frenazo de último minuto que impidió a Álvaro Uribe desatar la guerra antes de abandonar la Casa de Nariño.

Barack Obama utilizó a Uribe y la OEA para avanzar por el camino de la guerra contra la unión suramericana. Preparó la escalada con una abrumadora campaña mediática, acentuada hasta el paroxismo durante los últimos tres meses. Hizo centro en la Revolución Bolivariana, convencido por el Departamento de Estado de que el triple punto de apoyo en Bogotá, Lima y Santiago, se potenciaría con dudas y temores de otras capitales y permitiría neutralizar el firme rechazo de los gobiernos del Alba. Falló en la coyuntura; pero volverá a la carga, sin demora, a menos que un bloque continental contra la guerra y el fascismo se articule con premura desde Tierra del Fuego hasta Alaska. Porque en esa dimensión, y contra su propio pueblo, prepara la guerra el imperialismo.

No son palabras: además de la IVª Flota y 19 bases terrestres en América Latina, el gobierno de Obama mantiene, en territorio estadounidense, 2.163 estaciones donde funcionan agencias de espionaje e inteligencia interna. Además Washington sumó 1.200 efectivos de la Guardia Nacional en la frontera entre Texas y Nuevo México, mientras Uribe inauguraba una nueva base militar aérea en los departamentos fronterizos de Arauca y Casanare, con aviones de transporte, inteligencia y combate. Por si fuese poco, el Pentágono anunció que está afinado el plan de ataque contra Irán. La revelación de 92 mil documentos secretos demuestra cómo actúa la coalición imperial en Irak. Y a la vez que se declara vencida en Afganistán y sus aliados desertan, la Casa Blanca intensifica el accionar terrorista en busca de un mejor equilibrio para entablar negociaciones y cubrir su retirada.

 

Causas, efectos y respuestas

En lo que va del año 90 entidades bancarias cerraron por quiebra en Estados Unidos. En todo 2009 fueron 45 las que corrieron esa suerte. No es sólo centralización del capital bancario. Es sobre todo el síntoma de una economía imperial desquiciada; es una recuperación fallida y la quiebra de la Unión Europea; es el retorno a un curso recesivo y el acecho de la depresión. Hay más: China descenderá de tasas superiores al 10% anual a guarismos estimados entre el 5 y el 7%. Al margen los efectos internos, esto obra como fuerza recesiva global.

En otra área está Brasil, que según datos oficiales, coincidentes con consultoras imperiales y el FMI, verá una reversión de la tendencia de los últimos nueve meses y en 2011 se aproximará a una tasa de crecimiento del PBI del 4%. Al margen de índices del PBI, la desocupación aumenta en todo el mundo. La demanda global se comprime. La guerra comercial y la necesidad de reducir costos laborales y de materias primas ocupa el centro de toda política capitalista, sea de la envergadura que sea. El gasto bélico es un combustible indispensable para la industria y el comercio imperialistas. Dicho de otro modo: hay dos respuestas a la crisis global reaparecida con mayor vigor: salir de la lógica capitalista, o avanzar por el camino del ajuste y la guerra.

Unasur es la más elevada conquista hemisférica alcanzada en esta década de recomposición de la nación balcanizada. Desde 2006 Washington lanzó una contraofensiva en todos los planos para frenar esa dinámica. Dado que la fragmentación histórica resulta insostenible y su reiteración impracticable, la estrategia es también la unidad, aunque bajo el ala del águila imperial. Una adecuación ampliada de la fallida Alca (Área de Libre Comercio de las Américas). Por eso la opción es nítida: consolidación de la nación soberana unificada, o anexión al imperio.

Ese objetivo de la Casa Blanca supone una estrategia de guerra, acelerada por el estallido financiero de 2008, la recesión posterior, la tormenta social en el horizonte, la recaída en el retroceso económico que apunta a la depresión y su manifestación actual: una guerra comercial implacable entre los tres centros imperiales, más China, más el conjunto de países de porte medio.

En la fase anterior el Alca fue el arma estadounidense para la guerra comercial. Fracasó. Luego vino la crisis económica más profunda y abarcadora de la historia capitalista. El obligado paso siguiente es amenazar con su supremacía técnica militar. Este recurso extremo golpea de lleno sobre fuerzas reformistas y populistas que en la región han dado pasos de distanciamiento respecto del imperialismo, pero no asumen una estrategia revolucionaria, no están dispuestas a movilizar a los pueblos, y por eso vacilan y, al límite retroceden, frente a la temible amenaza imperial.

 

Reforma y revolución

Uribe es el instrumento para iniciar el clima bélico, eventualmente transformado en situación de guerra. Su sucesor, Juan Manuel Santos, mantendrá sustancialmente la estrategia imperialista, imprescindible para la sobrevivencia en el poder de la oligarquía colombiana. A la fecha, la línea de acción estadounidense no ha sido afrontada con resolución por el conjunto de países de Unasur no asociados directamente con Washington. El acento fue puesto en actuar como mediadores entre Venezuela y Colombia. Esa falsa percepción de la naturaleza del conflicto prolonga la actitud adoptada en la más estridente manifestación del verdadero eje ahora puesto en movimiento: la instalación de bases militares estadounidenses en Colombia. Primero fue el rechazo de Unasur –en Quito y poco después en Bariloche. Pero ya en la austral localidad argentina, en agosto de 2009, la conducta de corte socialdemócrata de algunos gobiernos abrió un flanco que redundó en la consolidación de la presencia militar estadounidense en el área.

Por sí mismos los aliados netos de Washington (a la época sólo Bogotá y Lima), no bastaban para detener a Unasur, mucho menos para cambiar el rumbo. Pero el concurso del sector vacilante determinó que el bloque suramericano frenara su marcha. Una fuerza centrífuga comenzó a actuar en el bloque, si bien no de manera dominante.

El presidente pro tempore de Unasur, Rafael Correa, actuó con rapidez y energía para responder al llamado de Venezuela y organizó en Quito una reunión de cancilleres, como paso previo a un encuentro de presidentes (ver pág. 11). El nulo resultado de aquella reunión, a la que no asistió el flamante secretario general Néstor Kirchner, abre un interrogante sobre la instancia siguiente, ya con Santos como protagonista directo.

Afirmar Unasur y todas las instancias concomitantes es indispensable. Pero hará falta mucho más. Porque las causas que empujan hacia la confrontación y las tendencias centrífugas son poderosas y lo serán más cada día. Con excepción de los países del Alba, hay un desfasaje notable entre pueblos y gobiernos. Las vacilaciones y claudicaciones de algunos presidentes no expresan la voluntad de quienes los han votado, aunque sí reflejan la incapacidad de las mayorías para organizarse y actuar de consuno. De modo que, sin despreciar el eventual aporte a la lucha contra la guerra y el fascismo de algunos gobiernos oscilantes, la clave está en la articulación creciente –y urgente– de instancias reales de base en el hemisferio. Allí está la fuerza capaz de alcanzar la paz en Colombia e impedir una guerra regional. En este cuadro, tal vez se comprenda mejor la apelación del comandante Chávez a crear una Vª Internaci

foro de são pablo y v internacional

Reforma y revolución en el siglo XXI

porLBenCR

 

«Ellos, los creadores, se han rendido ante sus criaturas».
Carlos Marx y Federico Engels
La Ideología Alemana

Introducción

Desde el 17 al 20 de agosto próximo se realizará en Buenos Aires el XVI° Encuentro del Foro de São Paulo. La consigna convocante propone «Consolidar la unidad de los partidos populares, progresistas y de izquierda en América Latina y Caribe, para profundizar los cambios, consolidar la integración y derrotar la contraofensiva de la derecha».

El FSP inició su recorrido en julio de 1990, en una reunión convocada por el Partido dos Trabalhadores (PT) de Brasil como Encuentro de Partidos y Organizaciones de Izquierda de América Latina y el Caribe. Representantes de 48 organizaciones protagonizamos un vivo debate de ideas (1). En ese entonces comenzaba el derrumbe de la Unión Soviética. Y el PT acababa de perder la elección presidencial por escaso margen.

Conviene recordar un aspecto relevante de aquella coyuntura: el resultado de la primera elección presidencial después de 25 años de dictadura dejó como vencedores en la primera vuelta a dos partidos hasta entonces inexistentes. Uno, compuesto por la masa trabajadora y encabezado por un obrero metalúrgico que proclamaba el socialismo. El otro, un apresurado conglomerado de fracciones burguesas que escogieron un personaje sin escrúpulos para representarlas. En esa oportunidad, el 15 de noviembre de 1989, los dos aparatos políticos tradicionales de Brasil, el Partido del Frente Liberal (PFL) y el Partido del Movimiento Democrático de Brasil (PMDB), obtuvieron el 0,69 y el 4% respectivamente. Habían desaparecido. La segunda vuelta le dio la victoria a Fernando Collor de Mello (quien a poco andar sería destituido por ladrón) con el 52,95% contra el 47,05% alcanzados por Lula (ó 42,76 contra 37,99% respectivamente, si como corresponde se toma en cuenta los votos en blanco y anulados).

Era la primera comprobación del fenómeno que vendría a revelarse de manera generalizada en las décadas siguientes: el agotamiento de los aparatos con los cuales las clases dominantes de la región mantuvieron el control durante el siglo XX. Aquel resultado ponía sobre la mesa la tarea de quienes adoptaban entonces definiciones anticapitalistas: poner en pie fuerzas políticas de masas unificadoras del conjunto de la población explotada y oprimida y ocupar con un programa antimperialista y anticapitalista el espacio dejado por los partidos del capital. El cónclave de partidos y organizaciones de izquierda tan oportunamente reunido en San Pablo debía tomar en sus manos la coyuntura histórica y pasar a la acción. Se trataba de caracterizar la etapa, definir objetivos y organizar las conmocionadas fuerzas de la izquierda continental para afrontar la inédita situación.

Partidos y cuadros reformistas de origen socialista y comunista, codo a codo con otros de neta definición revolucionaria, compartimos en aquel encuentro la necesidad de abroquelarnos frente a las obvias consecuencias del derrumbe de la URSS y los efectos letales de la ofensiva capitalista en todos los terrenos: económico, político, militar, religioso y cultural. Tras un arduo debate, a último momento la declaración final caracterizó la situación, por consenso, como «crisis del capitalismo». Pero no había convicción y acuerdo reales sobre ese punto. Una porción significativa de los presentes -acaso mayoritaria- estaba ya ganada por la certeza de que el capitalismo había vencido una batalla definitiva, que de allí en más sería en su terreno que se darían el crecimiento y el desarrollo. Sólo se trataba entonces de encontrar el modo de insertarse en ese nuevo cuadro de situación mundial (2).

Del otro lado, una franja también significativa, aunque no mayoritaria, entendía la crisis del capitalismo no como un fenómeno estructural, en el marco condicionante de una coyuntura en la cual el inexorable derrumbe de la URSS abría el espacio objetivo y subjetivo para una fase de furiosa ofensiva capitalista, sino como la inminencia de grandes luchas de masas con voluntad revolucionaria.

Un segmento numéricamente mayoritario -en más de un caso atravesando líneas partidarias- rechazaba ambas caracterizaciones. Pero carecía de cohesión teórica y de estrategia común. Y salvo excepciones, estaba compuesto por organizaciones de porte menor.

En el período siguiente cambiaron drásticamente las relaciones de fuerza en ese cuadro interno de las fuerzas reunidas en San Pablo. La concreción del derrumbe soviético demolió moral y organizativamente a la casi totalidad de los partidos comunistas y, según todas las apariencias, le dio la razón a la tradición socialdemócrata, que ganó explícita o implícitamente a cuadros históricos de diferentes partidos. Por el contrario, las organizaciones de definición revolucionaria confundidas respecto del significado concreto de la crisis capitalista se autodestruyeron. Desde uno y otro flanco la potencialidad revolucionaria militante recibió durísimos golpes.

La marea reaccionaria se expandió. Cuba, la brújula de la revolución, quedó atrapada en el Período especial. El Fsln perdió el poder en Nicaragua. Fracasó la ofensiva final del Fmln en El Salvador…
Incluso las columnas de la teoría marxista quedaron a merced de ataques provenientes de las más endebles y a menudo ridículas posturas, que no obstante ganaron espacios, no por inconsistentes y fugaces menos dañinos. Innumerables cuadros cayeron arrastrados por esa fuerza disolvente. Algunos llegaron incluso a la abyección de completar la deserción con la inconducta llevada a extremos. Todo estuvo permitido en ese lapso que pudo parecer eterno.

Crítica nació un año después de aquella reunión en San Pablo. En los 40 volúmenes publicados regularmente desde entonces están registradas las polémicas de este período.

 

Viraje

En el segundo encuentro, realizado en México, tras sortear la inminencia de la fractura y la disolución, se asumió el nombre de Foro de São Paulo. Pero la preservación de la instancia referencial de la izquierda latinoamericana se logró al costo de un cambio en la hegemonía y la orientación, que se acentuaría en los años siguientes. Las relaciones de fuerzas se habían desplazado bruscamente hacia el reformismo. Y todavía faltaba el remate: la disolución de la Unión Soviética.

Roto ese dique objetivo y subjetivo, la oleada contrarrevolucionaria inundó al planeta. Y ahogó al FSP. Progresivamente esta inédita y valiosa experiencia de convergencia anticapitalista continental, indudable hito en la historia del hemisferio, fue adecuándose a la coyuntura histórica de acelerado retroceso. En el cuadro descripto, la endeble convicción respecto de la verdadera situación del capitalismo se prolongó con la inexistencia de una estrategia común y redujo los criterios organizativos a un mínimo indispensable para realizar encuentros más o menos regulares.

Aún así, en las dos décadas siguientes el FSP fue una instancia de intercambio; de elaboración por la negativa; de resistencia en un doble sentido: hacia fuera, contra los aspectos más brutales de la ofensiva capitalista; hacia dentro, contra el auge reformista que, por sensibilidades preexistentes, tomó distancia verbal de la socialdemocracia con el mismo énfasis con que adoptaba su corpus conceptual y programático.

Veinte años después, cuando por primera vez el FSP se reúne en Buenos Aires, las condiciones objetivas y subjetivas que dieron lugar a esa deriva han quedado atrás como factores determinantes, lo cual no significa que no continúen gravitando. Se cumple una ley fatídica: las organizaciones de vanguardia en un período histórico, cuando no logran sostener esa posición en la adversidad de un ciclo declinante posterior, al reiniciarse una nueva fase de auge quedan a la retaguardia en el mejor de los casos y, a menudo, como abanderadas de aquellos mismos vectores que frustraron sus objetivos iniciales.

Esto explica que el FSP, como tal, no previera el renacimiento de la lucha socialista en América Latina y, cuando éste ocurrió, lejos de acompañarlo comenzó a obrar de manera dual: como reticente defensor ante los ataques más reaccionarios del imperialismo, y como lastre en la difícil marcha hacia la recomposición teórico-política-organizativa en un momento histórico en el que todo ha cambiado de signo por el estallido de la crisis del sistema mundial capitalista.

Frente a este acontecimiento mayor, el FSP no cumplió papel alguno, sea para definir conceptualmente el fenómeno, sea para actuar aunadamente frente a él. Dos años después de aquel estallido, el documento base presentado por el Grupo de Trabajo para el XVI Encuentro soslaya la necesidad de caracterizar y definir líneas de acción estratégicas e inmediatas (3).

Dice ese texto provisional: «El cataclismo financiero que arrancó en Estados Unidos y se propagó rápidamente al resto del mundo, no es una mera crisis financiera, sino una crisis del sistema capitalista. Es una crisis que se pronostica de larga duración, que se articula con la finalización del mundo unipolar y el surgimiento de uno multipolar (…) La falta de oportunidades de trabajo seguirá siendo elevada en el mundo por varios años (…) Hasta ahora, la crisis no ha producido un nuevo orden económico mundial. Se han roto las recetas de las políticas neoliberales pero ello no se ha traducido en lineamientos claros de un nuevo modelo de desarrollo capitalista. Dada la incertidumbre y la inestabilidad imperante, los gobiernos están tratando de sacar a flote sus propios países (…) Un nuevo orden mundial y un modelo de desarrollo pos neoliberal requeriría una gran reforma financiera, mayor supervisión y regulación del sistema bancario y financiero mundial y también su recapitalización y reestructuración. Se necesita avanzar en la eliminación de los paraísos fiscales y en la supresión de instrumentos altamente especulativos (como los CDS, credit default swaps, y otros de los llamados derivados como los hedge funds). Hasta el FMI ha propuesto un impuesto especial a los bancos para crear un fondo de reserva que sirva para futuros rescates de las entidades financieras. Sin embargo, esta reforma está detenida. No se ven signos de avance. En Estados Unidos una muy tibia propuesta de regulación está entrampada. Habría que recordar que el capital financiero fue durante las últimas décadas el mayor beneficiario de la globalización neoliberal. Su poder ha llegado a ser inmenso. La crisis golpeó al sistema pero los planes de rescate sobre todo en Estados Unidos, se dirigieron a reforzar esa estructura de poder. Por ello, la reforma financiera se ve lejana y es posible que sólo se adopten medidas cosméticas. Mientras esta reforma no avance, la reestructuración del capitalismo permanecerá atorada y el mundo seguirá preso de los especuladores».

Tal la sustancia conceptual del documento base provisional al analizar el colapso mundial del capitalismo, que pocas líneas más adelante relativiza y aun contradice lo afirmado en este párrafo: «No está puesto, en el horizonte visible, un colapso, una revolución por lo menos un cambio estructural fundamental en Estados Unidos, entonces ¿cómo convivir con esa nación tan agresiva?».

Se entiende que es un texto de compromiso. Dada la composición del FSP no cabe exigir un análisis científico de la economía mundial, sus perspectivas y los efectos sobre la lucha de clases. Menos aún el trazado de una estrategia revolucionaria que, en las condiciones que la realidad plantea, fije un objetivo revolucionario en lugar de la perspectiva de «convivir con esa nación tan agresiva». Pero si, además, el FSP excluye, como lo dice taxativamente el documento base, «la posibilidad de tener una política única» o «centralizar nuestra actuación» y se plantea como único objetivo entablar «un debate necesario a todos nosotros», debería cuanto menos hacer un diagnóstico profundo y consistente de la realidad mundial. No es así y el anteproyecto está por definición inhabilitado para armar conceptualmente a las organizaciones integrantes del FSP y, desde ellas, proyectarse a las masas latinoamericanas (4).

En cuanto a la orientación estratégica, a la vez que subraya que «no se trata de tener una política única», este documento provisional sí la deja establecida al señalar como guía la fórmula «modelo de desarrollo pos neoliberal», acuñada en el reciente Congreso del PT. Se traslada así al FSP una definición que en Brasil traduce el programa destinado a restañar la crisis capitalista y su consecuencia política más ostensible: la alianza del PT con el PMDB (aquel partido que, encabezado por su figura más legendaria, Ulysses Guimaraes, enfrentó al PT como alternativa burguesa en 1989 y obtuvo el 4% de los votos, pero ahora se presenta como única posibilidad de que el PT, en una fórmula presidencial conjunta con el PMDB, mantenga el gobierno en las elecciones de octubre próximo).

Con esta plataforma, en el terreno organizativo el documento propone abocarse a «la Red de escuelas, Fundaciones y Centros de Estudios del Foro de São Paulo». Una de las tareas principales para el próximo período es, según este texto, «colaborar para que se amplíe la eficacia electoral de sus partidos miembros. En ese sentido, proponemos que la Red de Escuelas y Fundaciones, a la par de las tareas estratégicas ya mencionadas, empiece de inmediato un ciclo de reflexiones sobre las experiencias electorales pasadas y futuras, que avance además hacia medidas concretas que se puedan hacer en términos de encuestas y comunicación, siempre respetando la legislación electoral vigente en cada país».

No es nuestro propósito confrontar aquí estas ideas. Basta afirmar que una mayoría de las bases en las organizaciones que integran el FSP no está contenida en la estrategia de «un modelo de desarrollo pos neoliberal», que conviva con el imperialismo (coexistencia pacífica lo llamaba el stalinismo soviético) y dedique sus esfuerzos a crear Fundaciones para hacer encuestas y difundir la experiencia de quienes saben ganar elecciones. Esta definición no sólo niega la estrategia socialista: propone volcar la militancia colectiva del FSP como parte integrada del capitalismo; en el momento de crisis extrema del sistema capitalista, consuma la estrategia reformista como bandera del FSP.

Porque los pueblos han perforado la losa ideológica con la que los propagandistas del capital cubrieron al planeta después de la caída de la URSS; porque del auge ficticio de los 1990 hemos pasado a la crisis convulsiva; porque esta crisis estructural se prolongará y profundizará sistemáticamente y sólo deja como opciones el socialismo o la barbarie; porque la barbarie ya está acechando en el empobrecimiento vertiginoso de millones de seres humanos sumados en los últimos años a otros tantos millones reducidos a la marginalidad y la degradación extremas; porque esa acechanza tiene ya carnadura en la dinámica de guerra que el capital ha instaurado en todo el mundo con tres puntos candentes (la península de Corea, Irán y el norte de Suramérica), la estrategia anticapitalista no es únicamente una certeza teórica y un compromiso de voluntad de millones de revolucionarios en todo el mundo; es sobre todo una exigencia inaplazable para impedir que la irracionalidad del sistema destruya el planeta y acabe con la humanidad.

No es el caso de convencer a los compañeros del FSP que comparten el contenido del texto provisional elaborado a nombre del Grupo de Trabajo. Se trata de continuar buscando con ellos todos los puntos posibles de encuentro y actividad comunes, a la vez que se encara resueltamente la edificación de una organización internacional con definición revolucionaria, antimperialista y socialista. Una estrategia revolucionaria no desecha -todo lo contrario- el frente único contra la guerra y el fascismo, dos calamidades que ya se perfilan en numerosos puntos del orbe, muy ostensiblemente en Estados Unidos. Aunque el documento citado no alude al problema (y esta es la mejor demostración del desfasaje de sus autores respecto de la realidad en la que se realizará el XVI Encuentro), un frente antiguerra es más urgente que impulsar Fundaciones para realizar encuestas. Pero es también más efectivo para hallar puntos comunes en la extrema diversidad de los componentes del FSP y proyectarlos mediante la acción conjunta hacia un escenario político válido para todos.

La Unión de Militantes por el Socialismo sostiene resueltamente la bandera de un frente único antiguerra y antifascista, propone que sea una definición principal del encuentro del FSP en Buenos Aires y se compromete a actuar como siempre con espíritu unitario y antisectario en este sentido. Simultáneamente, la UMS adhiere sin rodeos al objetivo de fundar una nueva internacional revolucionaria y convoca a todos los componentes del FSP dispuestos a emprender esta tarea a dar los pasos necesarios en cada país, regional e internacionalmente, en pos de un Congreso Fundacional de la V Internacional.

 

Antecedentes

Al proclamar la necesidad de fundar una V Internacional Hugo Chávez llevó el renacimiento del socialismo a su consecuencia lógica. Lo hizo en medio del despliegue de bases militares estadounidense en territorio colombiano, el golpe de Estado en Honduras, la amenaza de la IVª Flota y la sibilina acción diplomática encubierta tras la figura todavía en esa fecha equívoca de Barack Obama. Como resultante necesaria de la lucha revolucionaria y la reacción imperialista, renació la idea de la Internacional. Hoy aquellas amenazas se han acentuado hasta poner a la región al borde de una guerra que es preciso evitar.

Antes de considerar el plan de acción y las dificultades que afronta hoy la construcción efectiva de una organización internacional, reproducimos el texto titulado Hora de definiciones, publicado inmediatamente en la revista América XXI, que a su vez incluye un texto publicado un año antes en Crítica. La extensa cita es obligada para aventar toda idea de oportunismo o improvisación:

«El primer paso está dado. Tiene un alcance estratégico fuera de lo común. Sacudirá derechas e izquierdas, a Oriente y Occidente. Entrará como tromba en cada organización política, sindical o social, en cada lugar del planeta. Una sensación de vértigo atrapó a decenas de miles de hombres y mujeres que por televisión o internet escuchaban a Hugo Chávez en la noche del 20 de noviembre, víspera de la inauguración del Primer Congreso extraordinario del Psuv, cuando ante delegados de partidos de una treintena de países, presentó una propuesta tan esperada como imprevista: poner manos a la obra para edificar la Vª Internacional. Lo dijo el Presidente de una revolución en marcha. Y lo apoyaron de inmediato los representantes de otros tantos que afrontan la misma responsabilidad en Bolivia, Ecuador, Honduras, Nicaragua. Los que están en el crudelísimo inicio de la transición y los que aspiran, con tierra bajo los pies, a comenzar el recorrido. Es explicable el vértigo. En un año quedó completado un ciclo que transformó al mundo, a tal punto que pocos tienen conciencia plena de la nueva realidad y continúan actuando con los parámetros del pasado. Primero fue el derrumbe de la arquitectura financiera mundial, colocando a la vista de todos la realidad insoslayable de una crisis agónica del capitalismo. Luego la aceleración estadounidense por el camino de la guerra. Ahora la respuesta estratégica: una nueva Internacional. Ha llegado la hora de las definiciones. Nada sorprende más que lo esperado durante mucho tiempo. El grueso de quienes escuchaban a Chávez en el hotel Humboldt alzado en la cima del cerro Waraira Repano (por caso, nacionalizado y refaccionado por el gobierno revolucionario) saltó como resorte oprimido al que libera de pronto la palabra mágica: una ovación espontánea, cargada de asombro y complacencia, manifestó del modo más elocuente un respaldo que antes de todo responde a una necesidad siempre sentida, casi nunca expresada.

 

Salir del paréntesis histórico

Si el primer paso requería fuerza real, lucidez y osadía, los siguientes plantean exigencias aún mayores. Aunque la creación de cada Internacional ocurrió en el pasado en medio de grandes debates y confrontaciones ideológicas, el abigarrado conjunto de fracciones que a escala mundial se define como izquierda muestra hoy un grado de confusión ideológica y diversidad política sin precedentes. Será tarea difícil aunarla, darle organicidad y dirección de marcha. Desde que la derrota de la Comuna de París destruyó la Iª Internacional, en cada paso, a la par de victorias y derrotas, grandes contingentes concluyeron asimilándose al sistema al cual originalmente combatieron. Además, al otro lado de la barricada, el capital acumuló infinita experiencia y poderosos tentáculos listos para la acción. El reformismo es una constante. Pero hay más: aparte las excusas reformistas, las incógnitas a resolver son inmensas y a prueba de oráculos:

1. ¿Qué definiciones ideológicas y programáticas trazarán el contorno de la Vª Internacional?
2. ¿Qué organizaciones concurrirán a su formación? ¿Qué relación habrá entre las grandes formaciones con responsabilidades gubernamentales y los demás partidos o agrupamientos revolucionarios?
3. ¿Qué estructura adoptará la organización internacional, cómo se seleccionarán sus dirigentes y cómo se expresará en el plano nacional?
4. ¿Cómo se integrará a este conjunto multifacético la clase obrera mundial, que hoy no cuenta en lugar alguno con el vigor y la conciencia imprescindibles? Hemos defendido posiciones netas respecto de estos temas. Rompiendo una tradición de esta columna, vamos a citar un texto propio, publicado en la revista Crítica en octubre de 2007: ‘En la historia ha habido, conceptual y realmente, cuatro organizaciones internacionales anticapitalistas. La Iª, en cuya fundación fueron figuras clave Marx y Engels, agregaba diferentes corrientes revolucionarias anticapitalistas. Surgió directamente del impulso de los propios obreros en lucha contra el sistema en Europa; las dos corrientes principales eran las que a poco andar se denominarían marxista y anarquista. La IIª, definida como socialdemócrata (con el sentido que tenía por entonces esa palabra, inverso al actual), se apoyaba en grandes partidos socialistas obreros de masas que para ese entonces se habían conformado en toda Europa, en Estados Unidos y en varios países latinoamericanos. La IIIª, fundada por Lenin y Trotsky, se definió como comunista, contraponiéndose al nombre de socialdemócrata, ya para entonces identificado con posiciones de sujeción a los intereses de las burguesías de cada país; su base de sustentación fueron los propios partidos socialdemócratas de masas, todos los cuales se fraccionaron dando lugar a Partidos Comunistas, que fundarían la Internacional con ese nombre. La IVª, en realidad no llegó a ser una verdadera organización internacional con arraigo en la clase trabajadora. Nació como resultado de la degeneración stalinista en la Unión Soviética y la extensión de esa caída a la organización, el programa y la política de la IIIª Internacional a partir de su 5° Congreso. Su base de sustentación fue la Oposición de Izquierda en la Unión Soviética y su proyección en Ppcc de todo el mundo. Luego tomaría el nombre de su principal promotor, León Trotsky. Asesinado éste en 1940, la organización degeneró a su vez, dando lugar a innumerables organizaciones casi invariablemente sectarias y minúsculas. En la actualidad, por razones objetivas y subjetivas una organización internacional no puede pretender la homogeneidad ideológica que originalmente tuvieron la IIª, IIIª y IVª. Por el contrario, en lo que hace a su heterogeneidad superaría largamente a la Iª, aparte de que no resultaría del impulso consciente y organizado de una vanguardia obrera con aval de masas (subrayado ahora). El punto de apoyo de tal organización heterogénea sería la explícita decisión de lucha contra el imperialismo y por el socialismo del siglo XXI, asumiendo como punto de partida las incógnitas y ambigüedades que esa definición supone. A la heterogeneidad ideológica, le correspondería un criterio organizativo que, obligando en términos de estrategia general a cada partido u organización integrante, permitiría la participación de diferentes organizaciones en un mismo país y no daría lugar a criterios unánimes de accionar político. No obstante, la internacional no podría asimilarse al concepto de Frente. Más próxima al criterio de partido de masas, con heterogeneidad ideológica y homogeneidad política en cuestiones centrales que hagan a una estrategia hemisférica, y con toda la flexibilidad que requieran las diferencias de participación en cada país. Esa contradicción se resolvería a favor de la cohesión, la homogeneidad política y la coherencia internacional a través del órgano de dirección internacional, que sólo podrá estar integrado por representantes de partidos de aquellos países donde no exista más de una organización reconocida. La organización de una internacional revolucionaria con estas características, lejos de ser una perspectiva lejana, es una necesidad inmediata. Defender los procesos revolucionarios en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador, es tan impostergable como esforzarse por la recomposición de las fuerzas sociales y revolucionarias en los restantes países de la región´.

Parece innecesario insistir: no hay manera de procurar identidad ideológica y a la vez actuar como centro de unidad social y política en ningún país, tanto menos a escala mundial. De modo que la Vª Internacional será obligadamente diferente a las tres anteriores y, semejante en punto a diversidad interna con la Iª, irá todavía más allá de aquélla e integrará numerosos agrupamientos diferenciados dentro de cada corriente misma. Las múltiples definiciones marxistas, cristianas, nacionalistas, tendrán su punto de comunión en la determinación revolucionaria y la voluntad consecuente de confrontación con el imperialismo y las burguesías nacionales. Va de suyo que esto dejará mucho por fuera; pero a la vez incluirá una inmensa diversidad. Una fuerza desde el inicio poderosísima, en condiciones de crecer en progresión geométrica.


Inercia y fuerzas centrífugas

Aunque causara sorpresa, esta decisión de Chávez no fue un impulso de último momento. En 2007, al inicio mismo de la construcción del Psuv, en su intervención del 25 de agosto ante los propulsores que darían nacimiento al partido de masas de la Revolución Bolivariana, el presidente venezolano dijo que 2008 sería el momento para «convocar a una reunión de partidos de izquierda de América Latina y organizar una especie de Internacional, una organización de partidos y movimientos de izquierda de América Latina y del Caribe». Y abundó: «Hay un resurgimiento de la conciencia de los pueblos; deben seguir creciendo los movimientos, líderes y liderazgos de una izquierda nueva, de un proyecto nuevo». La paradoja es que mientras ese resurgimiento ocurre en los cimientos de la sociedad, sus expresiones políticas raramente lo expresan y en ningún caso lo alientan y conducen. En cierta medida eso quedó plásticamente plasmado en el salón del hotel en la cima del Waraira Repano, cuando Chávez lanzó su proclama: al lado de quienes dieron un salto de liberadora alegría, pudo verse rostros consternados. Y hasta hubo quienes, advertidos a tiempo, se ausentaron antes de verse obligados a exteriorizar su postura. Más sagaces aún, hubo partidos que directamente estuvieron ausentes del encuentro. Y ni qué decir del otro flanco, el infantoizquierdista, ausente en el recinto, atónito ante el desafío. La inercia de estructuras y cuadros adheridos a diferentes instancias del Estado capitalista, se combina con la fuerza centrífuga transmitida a importantes franjas de vanguardia espontánea en el movimiento de masas, por parte de agrupamientos que, ajenos a una teoría consistente, esgrimen el nombre de Marx, Lenin o Trotsky para tomar posición con la sencilla técnica de repetir generalidades obvias y ubicarse 45 grados a la izquierda de cualquier fenómeno político que aparezca. Protegerse de y a la vez incluir a las partes sanas de estos fenómenos objetivos será una tarea no menor en la agenda de la Vª Internacional. Demandará un enorme esfuerzo teórico y organizativo. E impar habilidad para la conducción política. Aprisionado por la tenaza de reformismo e infantoizquierdismo, el renacimiento de la asunción de banderas estratégicas por parte de millones ocurre en medio de otra estridente paradoja: la acción no sólo precede a la teoría, sino que va tan por delante que en los hechos resulta impracticable su entrelazamiento efectivo. El pragmatismo aparece así como una tercera amenaza encastrada en las propias filas. Desde este complejo punto de partida se despliega ya la idea de una Vª Internacional. El plan apunta a la realización del Congreso Fundacional en abril próximo, en coincidencia con la culminación del largo proceso congresal extraordinario del Psuv. Por si faltase algo para darle más entidad a este momento histórico, Chávez invitó al Congreso del Psuv a Fidel Castro. Horas después de ese acto hizo un viaje no anunciado a Cuba, donde se reunió por siete horas con Fidel y otras cinco con Raúl, del que informaría posteriormente. Lo dicho: aceleración de tiempos; hora de definiciones.



Lo que vendrá

Pero… ¿qué poder es ése que acorta plazos y pone exigencias perentorias? La pregunta sólo cabe a quienes no han asimilado la magnitud y el sentido de los cambios vertiginosos ocurridos en el último año. El sistema capitalista ha ingresado en la crisis más abarcadora y profunda de su historia. Lejos de remontarse en los últimos meses, los costos de una pseudo recuperación la agravaron aún más. Es sólo cuestión de tiempo (en ningún caso prolongado) el reinicio de derrumbes mayores a los ocurridos en 2008, que además, porque sucederán en el ámbito de la producción y el comercio, no podrán ser paliados siquiera temporalmente con nuevas montañas de dinero ficticio, como se hizo un año atrás. Eso es sólo una parte de lo nuevo. La otra, visible para todo quien no decida taparse los ojos, es que Estados Unidos se ha lanzado a la guerra. La noción de que Washington está empantanado en Oriente y por ello no podrá emprender nuevas aventuras bélicas no sólo peca de simplista: desconoce que en situación de amenaza mortal un animal salvaje no mide riesgos. Atribuir racionalidad al desempeño histórico del capital es resultado del idealismo filosófico; o de la negativa por el temor cerval a lo que se tiene enfrente. Pero no hay modo de ocultarlo: un Presidente del partido Demócrata, culto, sagaz, con antecedentes progresistas y para mayor abundamiento afroamericano, es el vehículo de la maquinaria imperial y lleva la guerra a todo el mundo. Ahora mismo envía otros 35 mil soldados a Afganistán, mientras su secretaria de Estado teje la trama previa a ataques militares contra Irán y Suramérica. Barack Obama, flamante premio Nobel de la paz, monta bases militares en Colombia, Centroamérica y el Caribe, donde señorea ya la IVª Flota. Realiza y sostiene el golpe en Honduras. Entiéndase bien: el envío de 35 mil soldados más a Afganistán tiene como objeto acabar rápidamente con esa guerra que ya se ha extendido a Paquistán y deja al imperio en una ciénaga. Acabar rápidamente significa masacrar con mayor eficiencia a cientos de miles de seres humanos. Pero eso no es lo más grave: prueba con la contundencia de los hechos que Washington y su premio Nobel están acosados por la urgencia. En Afganistán u otro lugar, donde no esté planteado alcanzar los objetivos militares mandando más soldados, quedará sobre el tapete la utilización de armas atómicas, tácticas o de las otras. Por lo demás, hay que ser voluntariamente ciego y sordo para no admitir que en el terreno de las comunicaciones la confrontación ya ha comenzado con carácter de guerra mundial: de manera alevosa, unificada como nunca antes en la historia, la prensa comercial, en todo el planeta y con apenas alguna excepción, se hunde en una campaña de mentiras, tergiversaciones y manipulación que no tiene precedentes en su ignominiosa trayectoria. ¿Para qué vino el presidente israelí Shimon Peres a América del Sur, sino para anunciar, desde Buenos Aires y con el mayor descaro, que «Chávez y Ahmadinejad desaparecerán en los próximos meses»? ¿Qué efecto tendría sobre América Latina el asesinato de Chávez? ¿Qué seguiría en el Medio y Extremo Oriente si Ahmadinejad fuese ultimado? ¿Y por qué el sionismo, con toda su parafernalia comunicacional, se ha puesto al servicio de tamaña provocación comprometiendo incluso a las comunidades judías de nuestros países? Es preciso analizar con cuidado los textos publicados en esta edición: la reflexión de Fidel Castro, los fragmentos del discurso de Chávez, el Compromiso de Caracas. No hay modo de eludir la respuesta: acosado por la crisis agónica que demuele sus columnas, el imperialismo se ha lanzado por el camino de la guerra. Pero esa conclusión obvia no es ahora el dato más relevante de la realidad mundial. No hay punto de exageración al afirmar que el núcleo de mayor proyección es ya la decisión de fundar una nueva Internacional. Porque la locura guerrerista del imperialismo sólo puede ser detenida por cientos, acaso miles de millones de personas que en todo el planeta abracen la tarea, conscientes y organizados. Hasta ahora siquiera estaba planteada como estrategia la edificación de una instancia unificadora a esa escala. Infinidad de iniciativas con aristas humanitarias y positivas, se empeñaron y continúan empeñándose en eludir la única respuesta posible a la crisis del capitalismo.

Que lo piensen bien los cuadros de grandes formaciones reformistas, políticas o sindicales; que lo piensen bien agrupamientos aguerridos pero encerrados en círculos de pequeñez y marginalidad; que lo piensen bien los intelectuales proclives a la comodidad del poder; que los piensen bien todos, antes de negarse a ser parte de esa tarea clave para la humanidad: ponerle freno a la locura capitalista. Ese objetivo resume hoy en una consigna: construir la Vª Internacional» (5).

 

Definiciones

Ocho meses después las respuestas al llamado de Chávez están sobre la mesa y pueden agruparse en tres líneas principales: – acuerdo y disposición inmediata para poner manos a la obra;

– oposición frontal a la creación de una V Internacional o cualquier otra organización mundial con objetivos comunes y estructuración acorde con luchar por ellos;

 – acuerdo parcial, condicionado por dudas u oposición respecto de:

 a) viabilidad en la coyuntura para la existencia y desarrollo de una nueva internacional
 b) reticencia u oposición a la denominación «V Internacional»
 c) dudas en relación con programa, formas orgánicas y criterios de funcionamiento
 No pocas organizaciones -entre ellas la mayoría de los Partidos Comunistas- han omitido en todo el mundo una definición y se mantienen a la espera de la evolución del proyecto. Aquí confluyen quienes tienen dudas de diferente orden y quienes, con firme decisión contraria, consideran tácticamente oneroso oponerse abiertamente.

En las conductas vacilantes, reticentes o solapadamente opuestas se expresan dos fuerzas principales, objetiva una, subjetiva la otra: completa omisión del proletariado en el escenario político internacional y progresivo deterioro de la teoría marxista, hibridada con cuerpos conceptuales (o modas pasajeras) propios de las clases medias, que a su vez se traducen en accionar político pragmático.

Como base y fundamento de este arco de posiciones diferentes está la opción sobre la que ha cabalgado siempre la izquierda mundial, que después de la caída de la URSS se agudizó y mezcló al punto de resultar en muchos casos indiscernible: reforma o revolución. Es verdad que puede entenderse el adjetivo reformista como descalificación o insulto. A menudo lo es. Aquí pretendemos cargarlo exclusivamente con el contenido de caracterización teórica y política, respecto de la conducta adoptada frente a la resolución de los problemas sociales, individuales y ecológicos provocados por el sistema capitalista. Es muy larga -y muy rica- la polémica contra los teóricos de la evolución gradual del capitalismo al socialismo, mediante reformas. Es también abundantísima la acumulación de experiencias políticas mediante las cuales poderosas organizaciones obreras reformistas se transformaron en puntales decisivos para la sobrevivencia del capitalismo y la concreción de los peores crímenes imaginables, aparte del crimen cotidiano -y para muchos invisible- de la explotación del trabajo y la enajenación del ser humano. Por lo demás, nadie con seriedad podría acusar a un revolucionario de negar las reformas como parte inseparable de la estrategia para abolir el capitalismo. No se trata aquí de reiterar ese debate teórico y político, que en todo caso continuará en todos los terrenos y que será sin omisión plasmado en estas páginas. Se trata sí de trazar una línea divisoria entre estrategias reformistas y revolucionarias, para acometer con éstas la tarea de fundar la V Internacional y sostener con aquéllas la perspectiva inalterable de frente único contra la guerra, el fascismo y sus múltiples desdoblamientos en la actualidad. Se trata también de trazar una línea tangente para mantener un punto de contacto con todas aquellas organizaciones y cuadros vacilantes que, en condiciones diferentes, puedan sumarse al combate de una internacional revolucionaria.

 

Plan de trabajo inmediato

Hay dos planos diferenciados para poner en marcha un mecanismo enderezado hacia la fundación de la V Internacional. Por un lado, el que deberán realizar las principales organizaciones originariamente involucradas. Por el otro, el que urgentemente debe concretarse en cada país.

De aquéllas, debemos esperar una enérgica labor que, desde una Junta Promotora formal, se aboque a elaborar borradores de Declaración de Principios, Programa y Estatutos, que en su primera fase de definición sean girados a todas las organizaciones dispuestas en todo el mundo a involucrarse. Por mucho que la miríada de estructuras y cuadros que en todo el planeta puedan colaborar con la redacción de esos puntales para la construcción efectiva, su concreción inicial es responsabilidad de los promotores y, en primer lugar, del Psuv.

Desde cada país donde no hay organizaciones con arraigo masivo y más de una formación se propone integrar la V Internacional, la integración a ese esfuerzo global tiene un primer paso insoslayable: la reunión de los agrupamientos a priori resueltos, para resolver lo siguiente:

 1. una agenda de encuentros inmediatos a fin de sentar bases comunes de pertenencia nacional a la estructura internacional
2. un reglamento consensuado para la participación de todos los involucrados;

 3. un texto de acuerdos básicos para confluir en el proceso de debate y organización fundacional;

 4. un criterio de funcionamiento regular y, si acaso fuera posible, de representación rotativa para establecer el nexo directo con la dirección provisional que preparará el Congreso Fundacional de la V Internacional.

En el caso del Cono Sur latinoamericano, este criterio debe extenderse a la subregión, de modo de abarcar a todas las fuerzas posibles en la tarea de elaboración y organización primaria.

La UMS aprovecha la oportunidad del XVI Encuentro del FSP para hacer desde aquí un llamamiento a todas las organizaciones, agrupamientos y cuadros que en Argentina comparten la decisión de fundar la V Internacional, para fijar sin dilaciones una primera fecha de reunión. Proponemos el sábado 28 de agosto, en la ciudad de Buenos Aires y en lugar a fijar, la realización de ese primer encuentro. Paralelamente, proponemos que organizaciones y cuadros de Uruguay, Paraguay y Chile, a fin de replicar este funcionamiento y programar, también en plazos perentorios, una reunión  de organizaciones de los cuatro países.

Con todo esto, la UMS propone que en cada país y en todo el mundo se realicen, a más tardar durante el mes de noviembre próximo, encuentros nacionales para la fundación de la V Internacional; y que la Junta Promotora convoque a sucesivas reuniones preparatorias del Congreso Fundacional, que deberá realizarse a más tardar en diciembre de este mismo año.

El pensamiento reformista recreó en el último cuarto de siglo una pseudoteoría según la cual la revolución es imposible y sólo cabe integrarse al sistema capitalista para combatir las expresiones más inhumanas de la explotación, la marginalización y el saqueo. Luego, como dirían Marx y Engels, se sometieron a su criatura. Desde infinidad de trincheras de ideas, el pensamiento revolucionario resistió ese embate temporalmente victorioso. Ha llegado la hora de pasar de la resistencia a la ofensiva. Ha llegado la hora de recomponer la teoría, la organización y el programa de acción para la revolución. Ha llegado la hora de la V Internacional.

 

Buenos Aires, 25 de julio de 2010.

 

1.- El autor representó a una de las 48 organizaciones fundadoras. Como delegado de la Unión de Militantes por el Socialismo (UMS), continúa formando parte del  Foro de São Paulo. Inmediatamente después del primer encuentro, a fines de 1990, publicó un pequeño libro titulado «La izquierda latinoamericana frente a la crisis mundial (Ensayo de interpretación marxista de la realidad contemporánea, a partir del Encuentro de Partidos y Organizaciones de Izquierda de América Latina y el Caribe)». En los años siguientes la UMS presentó a las reuniones del FSP ponencias alternativas, publicadas en estas páginas y en varias ocasiones difundidas mediante separatas. Todo ese material puede hallarse en la colección de Crítica y en su sitio internet: www.revistacritica.com.ar
2.- En ese período apareció un latiguillo: «dejar de ser opositores para pasar a ser propositivos»; para mayor originalidad, se apeló también a la palabra «proactivos». La proposición, desde luego, no sería abolir el capitalismo, sino adecentarlo. Aunque ya marginalmente, aún perduran antifaces de este género.
3.- Un texto provisional propuesto por el Grupo de Trabajo estuvo a consideración de las organizaciones integrantes del FSP. El 25 de julio debía aparecer el último borrador con enmiendas. Recién el 8 de agosto, una semana antes del encuentro en Buenos Aires, se conocerá la versión final. Esta metodología, aplicada desde hace tiempo por el Grupo de Trabajo, tiene el mérito de facilitar el debate oral durante los días de sesión. Pero en la medida que se fueron haciendo más agudas las diferencias internas, el mecanismo desvirtúa el carácter de la elaboración y confrontación de ideas. Sin juzgar intenciones, el hecho es que el Grupo de Trabajo asume que el documento base es, precisamente, un punto de partida común para poner en discusión y eventualmente enmendar cuestiones particulares. Pero no es el caso. Más marcadamente que en ocasiones anteriores -aunque esto viene de lejos- es la sustancia del posicionamiento lo que está en discusión. Y a esto se suma el hecho de que el material enmendado aparece a última hora. De manera que el mecanismo de enmendar una propuesta de declaración común se hace redondamente inviable, con el agravante de que imposibilita analizar en profundidad un posicionamiento que, eventualmente, aparecerá de manera diferente en la versión final. Así las cosas, esta ponencia a nombre de la Unión de Militantes por el Socialismo parte de la segunda versión del documento, no desarrolla una crítica sistemática de ese material y sólo toma un párrafo para mostrar un grado de incompatibilidad que no se resuelve con enmiendas. En todo caso, la UMS propone al GT la incorporación de un análisis a fondo de la crisis económica mundial y de la consecuencia más inmediata y amenazante de esa crisis: el ajuste brutal en las economías centrales en detrimento de la clase trabajadora y la amenaza de guerra en Corea, Irán y América Latina, todo lo cual está ausente en la segunda versión.
4.- Nuestra posición ante el estallido de la economía central capitalista está publicada en Crítica N° 38, Octubre de 2008: «Respuesta del Sur frente a la crisis económica mundial» (www.revistacritica.com.ar); puede verse también en el video con el mismo nombre, adquiriéndolo a través de asistente@americaxxiweb.com, o bajándolo gratuitamente de www.americaxxi.com.ve.
5.- Luis Bilbao, Hora de definiciones; América XXI, N° 56, diciembre de 2007. www.americaxxi.com.ve