el sucre: moneda común y símbolo para américa latina

Dos caminos frente a la quiebra mundial del capitalismo

PorLBenAXXI

 

Opciones: dos encuentros presidenciales tuvieron lugar en noviembre con el objetivo de expedirse frente al colapso financiero internacional y su ominoso presagio para el porvenir de la humanidad. El primero, convocado por George Bush reunió al      G-20 en el Museo Nacional de la Construcción, en Washington. Citado por Hugo Chávez, el segundo aunó a los países del Alba y sesionó en el salón Ayacucho del Palacio de Miraflores. En la capital del imperio se acordó un documento errático y sin definiciones precisas, excepto el propósito común de restaurar el capitalismo y corregir lo que diferentes mandatarios calificaron como “excesos por falta de regulación”. En Caracas, tras diagnósticos demoledores que expusieron la gravedad de la crisis sistémica y su carácter estructural, se adoptaron medidas económicas y políticas trascendentales, como la creación de una zona monetaria común, la decisión de acabar con la hegemonía del dólar en el comercio internacional y la defensa de la multipolaridad. Si Bush pudo vanagloriarse de atraer a China, Brasil y Argentina a su reunión de potencias imperialistas, la reunión del Alba concluyó con una cena a la cual se sumó el primer mandatario ruso, en nítido esbozo del nuevo mapa político planetario que comienza a dibujar la crisis.

 

Sería excesivo denominarlo “Ayacucho del siglo XXI”. Pero el espíritu de Antonio José de Sucre, el vencedor de la última batalla contra el imperio español, estaba presente en el Palacio de Miraflores en la mañana del 26 de noviembre, cuando los mandatarios de Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Dominica, Honduras y Ecuador, acompañados por mínimas comitivas, comenzaron un debate inusual en este tipo de reuniones. Tanto, que siete horas después, tras una encendida batalla de ideas, caracterizaciones y propuestas, los jefes de Estado y de gobierno aprobaron la creación de una zona monetaria común y dieron nacimiento al Sucre, moneda de cuenta como instrumento para el intercambio que además denomina al nuevo mecanismo: Sistema Unitario de Compensación Regional.

La III Cumbre Extraordinaria de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio de los Pueblos (Alba – TCP) no fue uno más de los innumerables encuentros presidenciales de los últimos años. No sólo porque reinó un clima diferente entre los participantes, despojados de formalidades y vaciedades diplomáticas, sino porque en línea con los rasgos que los caracterizan, Hugo Chávez, Ricardo Cabrisas, Evo Morales, Daniel Ortega, Roosevelt Skerrit, Manuel Zelaya y Rafael Correa buscaron y hallaron respuestas a la crisis que sacude al planeta desde una perspectiva no sólo autónoma sino francamente opuesta a la que sostienen los centros imperiales.

 

Sirena sin voz, pero con poder 

La verdadera significación de las decisiones del Alba aparece cuando se toma en cuenta el encuentro de presidentes en Washington. Calificar la reunión del Grupo de los 20 como un gesto vano del presidente saliente de Estados Unidos, deja de lado su verdadero objetivo estratégico. La vaciedad del documento final se explica por la imposibilidad obvia de hallar una respuesta clara –mucho menos común– al colapso capitalista. Es discutible sin embargo que el objetivo de los organizadores haya sido emitir una proclama de principios imperialistas. La insólita convocatoria tuvo otro propósito. Y no ocurrió por impulso de un presidente desprestigiado y carente de poder como nunca antes en la historia estadounidense, sino por decisión de los estrategas del Departamento de Estado, que buscaron un objetivo de estricta madera política: impedir que China y América Latina enfilaran hacia la constitución de subsistemas financieros regionales e ingresaran al nuevo escenario internacional abierto por la crisis con líneas de acción independientes de la voluntad y de los intereses del G-7 (Estados Unidos, Alemania, Japón, Francia, Canadá, Italia e Inglaterra).

El canto de la sirena del Dólar ya no tiene capacidad para extasiar a los marineros que acompañan a Ulises en el tormentoso mar de las finanzas desquiciadas. No obstante, todavía gravita lo suficiente para que algunos timoneles desvíen sus barcos del camino a Itaca, para enfilar hacia los mortales arrecifes en torno a la Casa Blanca. El saldo real de la cumbre del G-20 consiste en que China, Brasil y Argentina acudieron al llamado de Bush (los restantes países de este conjunto, sobre todo India, México, Arabia Saudí, Indonesia y Corea del Sur, no entrañan por el momento el peligro de salirse de la órbita de Washington).

En modo alguno el resultado de aquel encuentro fue concluyente en el sentido buscado por el Departamento de Estado. China está condicionada por los efectos gravísimos de la recesión mundial sobre su economía y amenazada como nadie por el eventual colapso final del dólar. Es improbable que la foto de Hu Jintao al lado de Bush garantice que Beijing y Washington recorran a la par el período por venir. Lo mismo vale para Brasil, cuya economía sufre más que ninguna en Suramérica y afronta riesgos extremos a partir de 2009. Lula sonreía incómodo a la diestra del espectro errabundo que ocupa todavía la Casa Blanca. Argentina, por su parte, golpeada doblemente por la detonación de la crisis económica y el debilitamiento político del gobierno por causas de otra naturaleza, garantiza todo menos firmeza tras un rumbo definido.

Esto no puede ocultar, sin embargo, el éxito relativo de los estrategas imperialistas: para observar sólo este hemisferio, a excepción del Alba, ninguna de las instancias regionales se reunieron para tomar cuenta de la crisis y diseñar una respuesta común.

La Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), formidable conquista reciente en pos de la convergencia suramericana quedó muda y paralizada, tal como le ocurrió al Mercosur, para no hablar de la moribunda Comunidad Andina de Naciones (CAN). En lugar de convocar una urgente reunión de Unasur, Brasilia y Buenos Aires acudieron a Washington. Mientras tanto, los mandatarios de Perú, Chile y Colombia se refugiaron en otra cumbre a la que acudió Bush: la de la Apec (Asia-Pacific Economic Cooperation), reunida en Lima.

 

¿Reversión de la tendencia?

Después de ocho años en los que una fuerza centrípeta en Suramérica produjo un drástico cambio geopolítico en detrimento del imperialismo en general y del estadounidense en particular, cabe la incógnita: ¿revierte la tendencia y una fuerza centrífuga acentuada por el colapso mundial destruirá las conquistas logradas en lo que va del siglo?

Los crecientes choques por las razones más diversas entre Brasil y Argentina, Ecuador y Brasil, Uruguay y Argentina, Paraguay y Brasil… son indicativos de la gravitación múltiple de fuerzas internas y externas que atentan contra el proceso de unión regional predominante en los últimos años. Como desde estas páginas se remarcó hace mucho tiempo, tras la gran victoria contra el Alca, una contraofensiva imperialista introdujo una cantidad de factores contrarios a la convergencia suramericana. No obstante, la fuerza disgregadora más potente proviene del papel jugado por las burguesías regionales. La competencia por los mercados prevalece y, en mayor medida cuanto más poderosas son las clases dominantes de cada país, alimenta fuerzas de choque interno. Con la irrupción de la crisis mundial, esas fuerzas objetivas se conjugan para arrastrar a gobernantes verbalmente comprometidos con el propósito latinoamericanista. Esta es la encrucijada ante la cual habrá que optar sin demora.

 

Pesos y medidas 

Washington continúa actuando según la directriz estratégica que lo guió durante décadas: hacia donde vaya Brasil, irá América Latina. De allí el llamado al G-20. De allí, también, la trascendencia de la cumbre extraordinaria del Alba. Es obvia la gravitación económica, geográfica y poblacional de Brasil. Con el concurso pasivo de Argentina, ese peso supera largamente al de los seis países del Alba (más Ecuador). Pero la aritmética simple no siempre se lleva bien con la política. Tanto menos con la estrategia. La realidad interna de Brasil, Argentina, México y Colombia –para tomar sólo a los países de mayor peso económico– no conjuga con una orientación que lleve a subordinarse a las necesidades de las metrópolis imperiales. Gobernantes, intelectuales y medios de prensa no parecen haber asumido todavía la magnitud de la crisis que se descargará sobre el mundo entero. Se precipite o no el colapso en el futuro inmediato, la economía mundial marcha hacia una depresión sin precedentes en la historia del capitalismo. Está en ciernes una volcánica transformación política que en diferente grado pero con pareja violencia cambiará el mapa de Alaska a la Patagonia. Los tradicionales aparatos políticos de las clases dominantes –sin excluir a los partidos Demócrata y Republicano de Estados Unidos– saltarán por los aires. El fascismo será el desemboque inevitable de todas aquellas tendencias que rechacen una perspectiva basada en las necesidades de los pueblos.

Es en este cuadro que cobran su verdadera dimensión los acuerdos alcanzados en Caracas por los países del Alba. En la declaración final de la Cumbre queda afirmada la decisión de “construir una zona monetaria que incluya inicialmente a los países miembros del Alba (la Mancomunidad de Dominica participaría en calidad de observadora) y a la República del Ecuador, mediante el establecimiento de la unidad de cuenta común Sucre (Sistema Unitario de Compensación Regional) y de una cámara de compensación de pagos. La creación de esta zona monetaria se acompañará del establecimiento de un fondo de estabilización y de reservas con aportes de los países miembros, con el fin de financiar políticas expansivas de demanda para enfrentarse a la crisis y sostener una política de inversiones para el desarrollo de actividades económicas complementarias”. Los mandatarios presentes aprobaron por unanimidad la decisión de crear “una zona económica y monetaria del Alba-TCP que proteja a nuestros países de la depredación del capital transnacional, fomente el desarrollo de nuestras economías y constituya un espacio liberado de las inoperantes instituciones financieras globales y del monopolio del dólar como moneda de intercambio y de reserva”. Y afirmaron la decisión de “articular una respuesta regional, impulsada por el Alba-TCP, que busque la independencia respecto a los mercados financieros mundiales, cuestione el papel del dólar en la región y avance hacia una moneda común, el Sucre, y contribuya a la creación de un mundo pluripolar”.

Desde su perspectiva antimperialista y en dirección al socialismo del siglo XXI el Alba pasó de la palabra a la acción, en claro contraste con el resto de los países. A mediados de diciembre los presidentes de Suramérica volverán a reunirse, esta vez en Brasil. Nada definitivo saldrá de allí. Será un episodio más en la lucha por definir un rumbo. No obstante, allí jugará su destino más de un gobierno. Y se verá con mayor nitidez qué camino toma cada quien en la encrucijada histórica del continente.

congreso internacional de economía política en caracas

Respuestas del Sur frente a la crisis económica mundial

PorLBenAXXI

 

Oportunidad: en coincidencia con el colapso financiero internacional, del 8 al 11 de octubre se llevó a cabo en Caracas el primer Congreso Internacional de Economía Política. 31 participantes provenientes de Venezuela, Uruguay, Perú, México, Inglaterra, Francia, Estados Unidos, España, Ecuador, Cuba, Corea del Sur, China, Chile, Canadá, Bélgica, Australia y Argentina, concurrieron al llamado del Ministerio del Poder Popular para la Planificación del Ejecutivo venezolano y el Centro Internacional Miranda. La inusitada violencia del desplome bursátil y las cabriolas de los principales jefes políticos para buscar respuesta dieron un tono particular a los debates. La propuestas plasmadas en la Declaración final del encuentro se publican en las páginas 8 y 9 de esta edición. La siguiente es la transcripción íntegra de la intervención del Director de América XXI en la clausura del Congreso.

 

No podría comenzar sin agradecer a los organizadores de este encuentro por su invitación, pero sobre todo felicitarlos por haber comprendido la importancia trascendental de la discusión de este tema en estos momentos.

Puede haber casualidad en la realización de este Congreso y el estallido de la crisis; pero la casualidad siempre tiene, en última instancia, una razón profunda de causalidad. Creo que éste es el caso, y de allí una felicitación que quiero hacer extensiva a los compañeros y compañeras que han trabajado en la organización de este encuentro, notablemente eficiente.

Hay que comenzar por decir que este cataclismo financiero internacional ocurre al cabo de un período que, no tengo dudas, es el de mayor desmovilización, confusión ideológica, y desorganización del proletariado mundial. Desde luego esto no niega las grandes luchas puntuales que ha habido en uno u otro lugar y sobre todo las grandes luchas sociales que ha habido en América Latina en la última década. Pero llevamos prácticamente tres décadas de desmovilización, poco menos que total, del proletariado mundial. Y al cabo de esas casi tres décadas lo que tenemos es un literal derrumbe del sistema capitalista, expresado hoy en el derrumbe del sistema financiero.

En mi opinión aquí hay una cuestión teórica de la mayor trascendencia que alude a la objetividad de la crisis, a la lógica interna del sistema capitalista, al carácter necesario del colapso del sistema capitalista; y excluye además la idea de que el capitalismo se derrumba si hay una fuerza proletaria y política que lo desafía con una propuesta de futuro. Este no es un problema menor, aunque no es el tema a discutir hoy día. En los últimos años se confundieron cuestiones elementales. Como resultado de la desagregación ideológica que nos acosó, muchos pensadores y dirigentes políticos de la izquierda mundial creyeron que afirmar que el capitalismo cae por sí solo era adoptar una posición fatalista, mecanicista. El hecho es que el problema de los revolucionarios no consiste principalmente en ver cómo hacemos para derrumbar el sistema, sino en garantizar que cuando se entra en un momento de crisis haya una propuesta alternativa capaz de garantizar que ese derrumbe no termine con los escombros en nuestras cabezas, como ya ocurrió tantas veces en la historia.

De manera que antes de entrar a la caracterización misma de la crisis es importante situarnos en esta visión del problema. Existe un carácter necesario, intrínseco, en la crisis del capitalismo. La crisis no se produce –parece bastante claro– por la amenaza soviética; no se produce por la movilización o por la propuesta revolucionaria de grandes partidos revolucionarios a lo largo del mundo, con arraigo de masas y con el proletariado organizado; y no se produce por la demanda, siquiera economicista, de masas proletarias. Sin embargo ocurre. Yo creo que esta es una lección muy importante antes de entrar a caracterizar la crisis misma.

Ahora bien, un compañero preguntaba, en una de las rondas de debate, por qué llamábamos crisis a lo que había antes. A la vista de lo que está ocurriendo ahora, decía, tal vez debiéramos pensar que la crisis es esto y no aquello que había desde años atrás. Desde luego es una opción y tiene fundamentos; pero hay un problema: si cambiamos la certeza teórica y práctica de que antes de ahora había crisis porque ahora vemos la magnitud de esta palabra, en nuestro próximo encuentro –que espero que no sea después de un lapso demasiado largo– tendríamos que volver a hacer lo mismo, tendríamos que volver a decir que esto que hoy llamamos crisis no lo era; porque esto es sólo el comienzo; es la manifestación más primaria, más elemental del derrumbe del sistema capitalista.

Creo que fue el mismo compañero quien preguntó –estoy seguro de que tiene la respuesta, pero lo dejó como una cuestión a discutir– si esta crisis comenzaba ahora o cuándo había comenzado; y hablaba de los años 1970. Yo soy un convencido de que este es el comienzo de la culminación de la crisis que se inició en los años 1970. Cuando se inició la crisis del capitalismo, no hubo una respuesta suficientemente fuerte desde la perspectiva del socialismo, desde la perspectiva de la revolución. Entonces el capital tuvo la posibilidad de avanzar sobre el conjunto social planetario y postergar la eclosión de sus crisis. Hemos denominado a eso la contraofensiva global estratégica, en el sentido de que se trataba de una contraofensiva en los terrenos militar, político, económico, ideológico, cultural y religioso, para afrontar la llegada de la crisis estructural y el avance de la revolución verificado en los años 1970. El imperialismo lanzó esa contraofensiva global a fines de los años 1970 y comienzos de los años 1980. Y nos derrotó en todos los terrenos. Yo llego al punto de sostener que la caída de la Unión Soviética –que tenía sus propias y suficientes razones para derrumbarse sin que nadie la ayudara– por el momento y la forma en que se produjo, fue resultante de la crisis del capitalismo. Porque los mismos problemas que produjeron, desde el punto de vista interno, esa desagregación deshonrosa de la Unión Soviética, existían 10, 20, 40 y  60 años antes en la Unión Soviética y sin embargo no habían redundado en su derrumbe. Ocurrió cuando la circunstancia mundial puso a la humanidad en tensión entre capitalismo y socialismo y obviamente aquello que no era socialismo sino una situación de transición completamente degenerada, no podía tener sino el destino que tuvo.

Lo único que quedó de pie con los principios, con la teoría y con la práctica –en la pequeña escala de sus posibilidades– fue la Revolución Cubana, el Partido Comunista de Cuba y su principal figura: el comandante Fidel Castro. Es el gran reivindicado de hoy. Porque en el medio del cataclismo, de lo que se suponía el fin del socialismo, supo sostener la perspectiva estratégica, convencido por razones profundamente teóricas y por una visión política concreta de que llegaría la nueva fase. Esa nueva fase ha llegado.

Toda esa cháchara sobre el neoliberalismo es lo que se derrumba hoy. Porque el neoliberalismo no era neo y no era liberalismo. En Argentina, que se supone el prototipo de la experiencia neoliberal, ese proyecto comenzó con una decisión del Congreso que le puso precio a la moneda. ¿Desde cuándo y con qué criterio se puede llamar a eso liberalismo? Era sencillamente una política anticrisis del capital, que en algunos sentidos necesitaba recurrir a los extremos del liberalismo y en otros necesitaba recurrir a los extremos del estatismo.

La exposición del compañero ecuatoriano sobre la deuda externa me exime de hablar al respecto; ha sido contundente, letal, en la demostración del significado político que tuvo la deuda externa. Con la riqueza que nos sacó, el imperialismo palió y postergó su crisis. Y cuando eso comenzó a producir los efectos políticos que están ahora en plena vigencia en América Latina, cuando ya no le fue suficiente lo que estaba absorbiendo mediante el endeudamiento forzado de nuestros países, viró el eje de su práctica y comenzó a endeudar a sus propios ciudadanos. Esa es la significación de esas famosas hipotecas subprime. Hay algunos que llegan al extremo de cargarle la responsabilidad de este colapso a la impericia del señor Alan Greenspan; sin embargo son muchos más los que con gesto de seriedad le echan la culpa a la falta de controles del Estado frente a la política crediticia de estas grandes empresas financieras. Resulta que esa falta de controles era una necesidad imperativa del capital para poder enfrentar, en la realidad y a través de la valorización del dinero en el circuito financiero, lo que yo considero que es la causa esencial de esta crisis que comenzó en los años 1970: la caída de la tasa de ganancia. Ellos contrarrestaron la caída de la tasa de ganancia con medidas extraordinarias: el endeudamiento de nuestros países, la baja en los precios de las materias primas, la prolongación de la jornada laboral, los cambios en las formas de la producción, el aumento en el ritmo de la producción y la reducción del salario real. Ellos leyeron bien El Capital, estudiaron bien el Tercer Tomo y dijeron: a esto que nos está matando, este cáncer que es genético, lo podemos contrarrestar con estas medidas. Dieron vuelta El Capital, lo pusieron en un espejo, aplicaron esa teoría a la inversa y ganaron estos años de ventaja.

 

Fin de una era

Eso es lo que está terminando ahora. Lo que esta cayendo es, nada más y nada menos que la política anticrisis del capitalismo. Aunque habrá circunstancias y momentos diferentes, termina la era del dólar. Sin embargo estoy seguro de que hay otra cosa mucho más importante que termina. Me refiero al factor que mencionaba inicialmente: la parálisis de los trabajadores, del proletariado industrial del mundo, porque esa pausa que obtuvo el capital internacional en la eclosión de su crisis significó una forma bastarda y esencialmente falsa –aunque con efectos reales– del crecimiento económico, que dio trabajo y garantizó en distintos niveles, una vida llevadera a aquellos que tenían trabajo y sobre todo a los que tenían trabajo en la industria.

Si ustedes observan, no ya el Norte, sino el propio Sur, verificarán que los obreros industriales de nuestros países en los últimos 25 años han sido una especie de élite, una suerte de aristocracia, como pudimos denominar a esta clase social –explotada por excelencia– en los Estados imperialistas durante tantos años. Era una aristocracia porque con lo que nos robaban a los pueblos del Sur, las patronales imperialistas chantajeaban a la clase trabajadora del Norte, la paralizaban o por lo menos la limitaban a una función estrictamente reformista.

Algo análogo, aunque con una sustancia diferente, ocurrió en nuestros países. La confusión ideológica de la clase obrera llegó al pináculo con el derrumbe organizativo, el desvío, la degeneración cuando no la disolución formal de los partidos comunistas y socialistas en todo el mundo. Todo eso redundó en confusión y desmovilización total en la clase trabajadora. Pero además de esos factores había otra razón, de carácter material: aquel que tenía trabajo era un aristócrata. Y digo era, porque eso se terminó. Se terminó la condición material para la sustentación de la parálisis política del proletariado de nuestros países –y también del Norte desde luego–.

La crisis financiera es solamente la expresión visible de la crisis estructural y arranca ahora la recesión. Es probable que esta desesperada cantidad de reuniones y medidas espasmódicas que en estos momentos están tomando los grandes jefes del capital financiero internacional consiga detener el colapso bancario y bursátil y pueda impedir que la recesión se transforme, en el corto plazo, en una franca depresión. Pero es solamente una cuestión de tiempo. Si consiguen hacer eso, ganarán tiempo –y diría hasta que no nos viene mal que ganen un poco de tiempo– pero no resuelven el verdadero problema.

Lo que quiero subrayar sobre todo es que estamos ante el fin de un sistema financiero, el fin de la moneda del principal imperialismo como instrumento esencial de la dominación de ese imperio. A partir de ahora comienza una nueva etapa histórica en la realidad social y en la organización social y política de los trabajadores de todo el mundo. En esta coyuntura, América Latina está en el punto de avanzada. Pero atención: quien va a sufrir primero –y, en un sentido, mucho más– los efectos de este colapso, es el pueblo estadounidense, la clase trabajadora y el pueblo del principal imperialismo.

Hay que recordar entonces que el proletariado estadounidense tiene reservas históricas de organización y lucha muy grandes. Podemos suponer que van a reaparecer en la próxima etapa; y no tengo la menor duda de que una de las expresiones de esta crisis será, a corto plazo, la crisis política de Estados Unidos. El próximo presidente de Estados Unidos –no importa quién sea– va a asumir después de una prueba de fuerza que todo el planeta pudo ver al trasluz: el presidente George Bush, los dos candidatos a presidente del próximo período, el presidente y el vicepresidente de la Cámara Baja, el presidente y el vicepresidente del Senado, todos juntos pidiendo que se apruebe una ley… y la ley no se aprueba. ¿Qué es eso? Es el anuncio de lo que viene: no van a poder gobernar.

Se abre un espacio extraordinario para la creación de una fuerza política de masas; un tercer partido en Estados Unidos. Que tiene antecedentes, porque en situaciones críticas se generó un movimiento sindical que incluso buscó pasar al plano político aunque no lo consiguió. Ya gravitaba en la política mundial el deterioro resultante de la degeneración de la Unión Soviética. Junto a una multitud de otros factores eso influyó para que la AFL-CIO (Federación Americana del Trabajo-Congreso de Organizaciones Industriales) no pudiera transformarse en partido. Pero ahora es una exigencia de la realidad que haya una nueva instancia política y en esa instancia van a pesar los trabajadores y las propuestas anticapitalistas.

Quiero hacerles una pregunta a todos ustedes: cuando esto comience –y ya ven que no tengo dudas de que va a comenzar– (uno se puede equivocar, pero en este caso yo no me equivocaría por poco: me equivocaría totalmente). El punto es: cuando comience a formarse una fuerza política anticapitalista en Estados Unidos ¿adónde va a mirar? Cuba ha sido siempre un faro, y lo seguirá siendo; en este último período es un faro ideológico. Pero acá hace falta respuestas políticas de cortísimo plazo porque la magnitud, insisto, de la crisis social en Estados Unidos no tiene precedentes, salvo en El talón de hierro, la novela de Jack London cuya lectura o relectura hoy sería muy productiva. Estoy seguro de que el faro para esa lucha política será la Revolución Bolivariana, será Venezuela y será, naturalmente, el comandante Chávez. Y aquí no hay ningún tipo de culto a la personalidad. Hay un esfuerzo por interpretar la realidad y por prever cómo va a desarrollarse.

La responsabilidad de la Revolución Bolivariana hoy no tiene límites, porque precisamente del curso que adopte la constitución o no constitución de una fuerza política anticapitalista en Estados Unidos depende el mundo; y eso depende, en gran medida, de Venezuela. Lo venimos diciendo respecto de otras situaciones en el mundo porque no estaba planteada la posibilidad de que esto ocurriera en Estados Unidos. Hoy, con esta crisis, se afirma el punto de partida. Seguramente demandará mucho esfuerzo y probablemente mucho tiempo toda esta gran tarea. Pero ésa es la tarea que tenemos delante. Porque esto no es la crisis de un modelo: es la crisis del sistema, es una crisis estructural irreversible que el capitalismo sólo podría resolver sobre la base de un profundo saneamiento, de una tarea sistemática y a escala sideral de destrucción de lo que sobra. Y sobra todo en el mundo capitalista. Esta es una crisis clásica de sobreproducción y habría que destruir ese sobrante para que el sistema pudiera reiniciarse. Estoy diciendo con esto que tengo la más profunda convicción de que, de aquí en más, la lógica del imperialismo estadounidense es la lógica de la guerra. Estoy convencido además de que esa guerra no es simplemente contra los pueblos del Sur, contra los países dependientes, subdesarrollados o coloniales, como se los quiera llamar. Hay en la esencia de la situación de los últimos años, sobretodo visible por el reflujo del proletariado, una clara confrontación interimperialista; una lucha interimperialista por el control de los mercados. Una disputa por el mercado mundial que con la crisis y la recesión se agravará a extremos todavía no vistos y con un nuevo actor, que es ese gran productor de mercancías a bajo precio: China.

Esto garantiza una lógica de guerra, en un escenario de crisis política en Estados Unidos. Ni hablar de Europa. No me queda tiempo para tratar eso en detalle, pero está a la vista: no pudieron ponerse de acuerdo en medidas básicas y cada uno actuó por su cuenta. Imagínense el panorama frente a la magnitud del desafío que plantea el desplome de un sistema financiero internacional y la necesidad de reconstituirlo.

 

Fuerzas contradictorias 

Para no abusar del tiempo y cumplir con el cometido del título de mi exposición, veamos qué pasa con Unasur en este cuadro. La crisis interimperialista y la crisis estructural del capitalismo –que llevó al imperialismo a hacer desmanes nunca antes hechos en nuestros países– produjo una reacción colectiva, una reacción multiclasista, donde incluso, en muchos sentidos, la vanguardia la tuvo la propia burguesía, no el proletariado, ausente como organización y como programa. La vanguardia fue tomada por movimientos sociales, básicamente campesinos, desocupados, subocupados, movimientos indígenas y burguesías. En este contexto es que aparece la Revolución Bolivariana y le imprime un ritmo y un carácter diferente a esa dinámica de convergencia regional. Una de las características de esta aparición inesperada es que precisamente la lógica necesaria de las burguesías subordinadas del continente encuentra un motor que va en el sentido de esa convergencia para defenderse de la voracidad desmedida del imperialismo, pero que además, al cabo de cuatro o cinco años a partir de 2000 que es cuando comienza este proceso de convergencia impulsado por Brasil –es decir por la burguesía brasileña: Lula no estaba en ese momento en la presidencia; ni siquiera se puede decir que fue el Partido de los Trabajadores–. Fue precisamente alguien a quien se condenaba como neoliberal, Fernando Henrique Cardoso, quien citó a la primera reunión de presidentes suramericanos en 2000, que es el punto de partida de lo que ahora, por la fuerza de voluntad y la lucidez estratégica de la Revolución Bolivariana, se transformó en Unasur.

Con la crisis del sistema central vamos a tener un doble juego de fuerzas sobre Unasur. Entendida por un lado como instrumento de autodefensa de burguesías regionales y, por otro, como instrumento de unidad suramericana contra el imperialismo.

La crisis va a introducir dos fuerzas de carácter y signo exactamente inverso. Por un lado la mayor voracidad del imperialismo va a agudizar la necesidad de las burguesías de avanzar hacia la unión suramericana. La otra fuerza es de signo contrario: va a aumentar la competencia y la confrontación interna de las propias burguesías latinoamericanas. Allí vamos a empezar a ver algo que hasta ahora quedó desdibujado en este proceso de convergencia suramericana: las uñas de las burguesías locales, más o menos afiladas, y las garras feroces de la burguesía brasileña. Las demás burguesías tienen uñas, cuando tienen; pero Brasil tiene garras poderosísimas.

La crisis mundial, la crisis estructural, va a golpear de manera diferente a América Latina. Grosso modo podemos señalar tres grandes bloques donde impactará de manera diferenciada la crisis. El primero de ellos está constituido por los países directamente asociados a la estrategia y a la práctica cotidiana de la economía y de la política estadounidense. No hablo de México, estoy hablando de Suramérica. Por supuesto que el golpe sobre México será superior; México funciona hoy económicamente como una provincia estadounidense y sufrirá la consecuente crisis. Ni hablar de América Central. Pero refiriéndonos estrictamente a América del Sur, señalamos tres bloques. Colombia, Perú y, hasta cierto punto, Chile van a sentir el impacto directo, automático sin mediación alguna, de la crisis. No es ninguna casualidad lo que está ocurriendo en estas horas. Así como en México hay enormes movilizaciones de maestros y el gobierno responde con la movilización del ejército, en Colombia se produce una huelga y la respuesta del gobierno es la declaración del estado de sitio, o de emergencia. Es la traducción política de la lógica que señalé anteriormente: la lógica de la guerra. En este caso en el plano interno y en un sentido nítidamente clasista. En Perú ocurre lo mismo. Chile, que ha tratado de que latieran dos corazones en su pecho, como diría Fausto, va a tener que optar por uno u otro en un cortísimo plazo; y en ese sentido definirá la magnitud del impacto.

El otro bloque, aunque está constituido por más países, tiene dos centrales: Brasil y Argentina. Este bloque tiene, como resultante de la decisión de la burguesía propia de disputar el mercado latinoamericano a Estados Unidos, una barrera limitada pero barrera al fin; tiene un conjunto de mecanismos que le puede permitir aminorar y amortiguar el impacto de la crisis. En este punto entra la lucha interburguesa. Las burguesías de Argentina y de Brasil tienen puntos en común para defenderse frente a Estados Unidos en la disputa por el mercado latinoamericano, y a la vez tienen la necesidad de pelearse entre sí. Eso está ocurriendo en estas horas con visos dramáticos entre Brasil y Argentina. Brasil respondió devaluando su moneda inmediatamente y eso produjo –en fracciones de segundo– una invasión de mercancía brasileña a Argentina. De inmediato llegó la respuesta de la burguesía argentina.

Lula ha tomado la iniciativa de convocar a una reunión del Mercosur –ahí va a estar seguramente el presidente Chávez– para el fin de semana próximo (nota del editor: finalmente no se realizó en esa fecha).

Tenemos entonces delante el choque entre estas dos fuerzas. Dos fuerzas objetivas, no subjetivas: la necesidad material de unirse frente a la ofensiva estadounidense y la necesidad de las burguesías de disputarse sus propios mercados. ¿Cómo funcionarán las decisiones políticas, es decir, las fuerzas subjetivas, en este choque de fuerzas objetivas?

Esta es la gran pregunta. Creo que va a ser diferente la reacción de los gobiernos de Argentina y de Brasil, pero no confío en ninguno de los dos como salida real. Está claro que tienen bases sociales diferentes. Llega la hora, como en tantos otros terrenos y circunstancias, de la verdad. El presidente Lula ¿va a ser el portavoz de la burguesía industrial paulista, cuyas necesidades objetivas de unión lo ponían en coincidencia con este movimiento más general de América Latina, pero que ahora la ubica exactamente en la vereda inversa? ¿o va a ser el portavoz de la clase obrera y de su Partido, el Partido de los Trabajadores? Es una batalla política que no depende de Lula, pero que tiene en su centro a Lula.

El caso de Argentina no es así. No hay ningún partido, ninguna organización de carácter social detrás del gobierno. Es un gobierno que carece precisamente de sustentación social, sea ésta cual sea, incluso de la burguesía. Este gobierno no resulta de un plan de la burguesía, sino de un colapso sin precedentes del sistema social y político en Argentina. Allí apareció un equipo desconocido e inesperado, con ciertas habilidades de carácter práctico, que se hizo del poder y se ha mantenido ahí, pero con una debilidad que pudo verse transparentemente en la situación que tuvimos hace muy poco con un gran conflicto agrario. La Presidenta que ganó con el 46% de los votos en octubre de 2007, en el mes de marzo de este año detona un conflicto que hace caer su aceptación social al 19%.

El tercer bloque al interior de Unasur es el Alba, que en Suramérica integran Venezuela y Bolivia, con cercanía de Ecuador y Paraguay. Como ustedes saben, allí los criterios rectores son contrarios a la lógica del mercado capitalista, opuestos a la competencia y la búsqueda del lucro. Pese a la magnitud relativa de sus componentes, el Alba constituye un verdadero escudo para protegerse del vendaval de la crisis que vendrá.

Aquí se ha planteado la necesidad de tener un núcleo duro de gobiernos antimperialistas, como lo es el Alba, en lugar de permanecer en ese galimatías que es Unasur. En mi opinión, bajo ninguna circunstancia nosotros podemos ceder un milímetro en la trinchera de la unidad suramericana. A plena conciencia de la contradicción que existe entre sus componentes, total e irresoluble en el largo plazo, debemos abogar por sostener una voz clara y potente dentro de Unasur. Sin embargo ese núcleo duro es una necesidad imperiosa; pero no debe pasar por los gobiernos, sino por los partidos, sindicatos y movimientos sociales dispuestos a alinearse sin cortapisas con el Alba. Permítanme entonces subrayar, en respuesta al compañero, que no deberíamos vernos diferentes frente a los revolucionarios que están en cargos de gobierno, adoptando posiciones que serían buenas en los principios pero incorrectas para los gobernantes. Debemos asumir en todo y por todo que cada uno de nosotros somos presidentes de nuestros países. No podemos dividir la respuesta entre la necesidad teórica y la necesidad práctica; tenemos que encontrar el punto exacto de unión entre la teoría y la práctica y asumir cualquier medida en todas sus consecuencias.

 

Programa para la acción 

Paso entonces a leer las medidas que propongo. No hay nada original y han sido señaladas por los compañeros a lo largo de este valiosísimo seminario. Necesitamos un programa de acción que tenga las características de buscar lo máximo partiendo de lo real, de aquello que podamos asir.

El primer punto de este programa de acción debería ser la recuperación por parte del Estado de todas las riquezas naturales, en todos nuestros países. No se podrán afrontar, en ningún caso, los rigores extraordinarios de la crisis que viene –y que desde luego nosotros vamos a sufrir aunque de manera diferenciada– sin el control de nuestras materias primas, pero no solamente eso: tenemos que tener el control del comercio exterior. Tenemos que plantear como un punto de nuestro programa de acción el control de cambios y la estatización del comercio exterior. Fíjense lo que ha pasado en Argentina por no apelar a esos recursos. Se produce una tijera mortal entre los precios externos e internos. Esto debe terminar y sólo puede hacerse sobre la base de asumir plenamente, cada Estado, el control directo y total de su comercio exterior.

Tal vez la idea de la demanda de una condonación de la deuda sea la forma tácticamente más correcta de presentarlo, pero como seguramente debe haber algún mal pensado en esta sala, que suponga que el capital financiero no nos va a condonar la deuda, entonces tengamos también la firme decisión, como programa de acción, de llamar al no pago de la deuda externa. Estamos en situación de emergencia.

Hay que plantearse la estatización sin pago de todos los bancos que sufran los efectos de esta crisis. Pero en caso de Bancos que han jugado a la especulación internacional, no se trata sólo de la expropiación sin pago, sino de perseguir a los accionistas y hacerlos responsables con su capital por los efectos de su manejo del capital.

En este sentido debemos plantear desde aquí un llamado a todos los gobiernos de la región, a asumir un escudo de defensa frente a la crisis. Un escudo ya existente: el Alba. Por lo tanto debemos convocar a todos lo gobiernos de nuestra región a incorporarse al Alba y a disolver el Mercosur y la CAN y garantizar como instancias alternativas el Alba y Unasur.

El Mercosur desde hace mucho tiempo está paralizado por las disputas internas. Esas disputas se daban antes de la eclosión de la crisis. No nos preguntemos lo que van a ser después. La CAN ha ido desgranándose. Habría una próxima reunión –que no sé si se hará– en Guayaquil. Fue Uribe el encargado de ponerle la daga en el pecho a la CAN diciendo que no asistiría a esa reunión porque Correa no le garantizaba seguridad. Esto muestra la agonía irreversible de estas dos instancias, de manera que nosotros debiéramos hacer un estridente llamado a todos los gobiernos de América del Sur a incorporase al Alba, a los conceptos teóricos, a los criterios de intercambio y a la estrategia del Alba.

Además de promover el Banco del Sur, también promover la asunción de una moneda de cuenta en brevísimo plazo en América del Sur. Unasur puede crear una moneda de cuenta con respaldo en la producción de materias primas, de producción de mercancías y servicios reales, no figuras ficticias. Técnicamente es factible y a corto plazo. Se ha derrumbado la ficción que ha vivido el mundo desde 1971. No podemos crear una ficción alternativa. Podemos crear una moneda real y sin embargo inexistente. Porque puede ser una moneda de cuenta y pongámosle el nombre de Sucre que alguien ha propuesto ya.

En el plano financiero debemos promover todas las instancias posibles de compensación en el comercio Sur-Sur para excluir al dólar y también al euro de nuestros intercambios.

Por último, quiero referirme a un punto que me parece de la mayor importancia. Está muy en consonancia con mi convicción de que Estados Unidos nos quiere arrastrar a la guerra. Ayer se planteó que debíamos alentar a los países que estuvieran en condiciones a que tuvieran armas atómicas y alguien presentó su oposición. Mi opinión no es ecléctica: creo en aquel viejo refrán si vis pacem, para bellum, “si quieres la paz prepárate para la guerra”. Bajo ningún punto de vista nosotros podemos condenar a un gobierno, a un país o a un Estado que disponga tener armamento atómico. Mientras Estados Unidos tenga armas atómicas, mientras las tenga Israel, nosotros no podemos condenar a un país porque tenga armas atómicas.

Al mismo tiempo no sería estratégicamente correcto llamar a la incentivación de la creación de armas atómicas, ése no es un plan estratégico. No podemos ganarle una guerra al imperialismo con armas atómicas. Pero tenemos el arma con la cual podemos ganarle: la organización política revolucionaria de las masas en todo el mundo, incluido Estados Unidos. A ejemplo de lo que está haciendo Venezuela.

La creación del Psuv no es un dato local. Es una respuesta estratégica a la crisis del capitalismo, es la organización de las masas con su pluralidad obvia, no puede haber masa con identidad ideológica. Es la organización de las masas en toda su diversidad pero con un claro sentido antimperialista y anticapitalista. Esa bandera es más potente que cualquier arma atómica. Y la podemos construir incluso en Estados Unidos.

Si la propuesta de contribuir a la organización de los trabajadores, los explotados y oprimidos en Estados Unidos es parte de nuestra estrategia, nuestra táctica es la constitución de esas fuerzas políticas de masas revolucionarias en América Latina, en América del Sur. Es con esa base, con esas fuerzas políticas revolucionarias de toda América del Sur, donde nosotros deberíamos edificar el núcleo duro para la unión latinoamericana. Ese núcleo duro que nunca podremos tener en Unasur pero cuya trinchera no debemos abandonar.

Tenemos tareas diferentes pero concomitantes y complementarias.

En referencia al sentido esencial de esta conferencia, otra cosa que muere es la concepción sobre la Economía. Entre otras estafas intelectuales de las que hemos sido víctimas , está la transformación de la Economía Política en Economía. Este encuentro ha rescatado, hasta donde yo sé, por primera vez de manera plural e internacional, la noción de Economía Política.

Un programa de acción económico debe terminar con una conclusión política que es la organización de un Partido revolucionario de masas en toda América Latina.

Gracias compañeros.

 

Caracas, 11 de octubre de 2008

Guerra en el Cáucaso

PorLBenAXXI

 

No es el petróleo. Es algo de mayor trascendencia aún, ante lo cual se inclina esa poderosa fuerza determinante de los pasos de las grandes potencias. Es la clausura de la etapa a medias cerrada con el fracaso estrepitoso de lo que dio en llamarse “neoliberalismo”. La guerra relámpago en el Cáucaso hace estallar el realineamiento internacional que ha venido gestándose en los últimos 20 años.

En el corazón de este choque late, además, la irresuelta dinámica interna entre Rusia y los restantes países de la ex Urss y el Pacto de Varsovia: hasta dónde, cómo y con quiénes llevar la transición negativa de una economía no capitalista a otra inserta de manera subordinada al mercado mundial imperialista. Abrupta, inesperadamente, reaparecen los verdaderos dilemas planteados a la historia por el derrumbe de la Unión Soviética.

Excepto un puñado de analistas de signo diverso, intelectuales y dirigencias políticas fueron convenciéndose a lo largo de la década de 1990 de que el mundo era y siempre sería “unipolar”. El grueso de las izquierdas asumió la noción de “nuevo orden internacional”. El significado estratégico de esa interpretación fue el abandono de la revolución socialista como perspectiva. En términos tácticos, implicó un violento giro a derecha; un huracán ideológico que arrasó la geografía política mundial.

Un detalle basta para mostrar los efectos de la miopía estratégica: el G7 (Estados Unidos, Japón, Canadá, Alemania, Francia, Italia e Inglaterra) pasó a llamarse G7 + 1 (Rusia) e inmediatamente, G8. Los últimos años los empeñó el gobierno brasileño en sumarse a ese grupo exclusivo, llevado por la certeza de que ése era el punto de nexo del nuevo orden mundial. No lo logró. Pero es un dato menor. Porque ya no son 8 ni 7 + 1: la prensa mundial habla ahora exclusivamente del G7, resumiendo en ese giro el vuelco estratégico ocurrido a partir de la invasión georgiano-estadounidense a Osetia del Sur.

Con Rusia involucrada en una guerra comenzó una fase diferente en la era post soviética. Ha terminado el ensueño de una integración pacífica sobre bases capitalistas entre la Unión Europea y los países del ex Pacto de Varsovia. Anclado en el espejismo de 1990, el pensamiento político dominante se muestra balbuciente o simplemente calla ante la súbita reaparición de la guerra y el riesgo atómico entre Estados Unidos y Rusia.

 

Escalada 

Precedidas por masivos ataques de artillería y bombardeos a la población civil con aviones Su-25, fuerzas blindadas georgianas invadieron Tsjinvali, capital de Osetia del Sur, en la madrugada del 8 de agosto. “Hay combates encarnizados por toda la ciudad”, declaró el general Marat Kulejmátov, comandante de las fuerzas de paz rusas destacadas en la zona. Los militares georgianos que integran ese mismo cuerpo habían abandonado las instalaciones al mediodía del jueves 7, minutos antes de que comenzaran los ataques de artillería. En pocas horas murieron alrededor de dos mil civiles, de nacionalidad rusa y partidarios de la independencia. Entre ellos, 15 militares del contingente ruso.

Moscú replicó con un contraataque fulminante, que en pocas horas obligó a la retirada de Georgia. La guerra se extendió a Abjasia, otra región que reclama su independencia de Tiflis. La prensa mundial expandió la interpretación del conflicto a partir de este segundo capítulo, no tanto para ocultar el primer golpe ordenado por el presidente georgiano Mikhail Saakashvili, como para encubrir el hecho de que éste actuó bajo las órdenes de Washington. “Tenemos serias razones para creer que hubo ciudadanos estadounidenses justo en la zona de combate”, declararía luego el primer ministro ruso Vladimir Putin.

Bajo su actual gobierno Georgia es un enclave de la Otan, tiene dos mil soldados en Irak y actúa como punta de lanza del plan militar estratégico estadounidense contra Rusia.

Ya el 10 de agosto el balance militar estaba resuelto, con el obvio aplastamiento de las fuerzas georgianas y el despliegue ruso apuntado hacia la capital de ese país. Saakashvili clamó por la intervención de sus jefes. Pero George Bush se limitó a duras declaraciones. Cabe creer que los estrategas del Pentágono no previeron la determinación y contundencia con que actuaría Moscú.

El recurso intermedio de la Casa Blanca fue enviar “ayuda humanitaria” para socorrer a las víctimas de la guerra. Poco después 18 naves de guerra de la Otan estaban desplegados en el Mar Negro. El Dallas, un destructor estadounidense se apostó en el puerto georgiano de Batumi. A 300 kilómetros, en Sujumi, capital de Abjasia, se apostó de inmediato un crucero portamisiles y dos buques de combate rusos.

 

Escudo antimisiles: Otan vs Rusia 

Simultáneamente, Polonia anunciaba que daba autorización para instalar en su territorio un escudo antimisilístico estadounidense. Rusia replicó reconociendo la independencia de Osetia del Sur y Abjasia. “El deslizamiento de la Otan hacia la confrontación con Rusia y los intentos de presionarnos son inadmisibles y pueden conducir a consecuencias irreversibles para el clima político y militar y la estabilidad en el continente”, declaró el portavoz del ministerio de Exteriores de Rusia, Andréi Nesterenko.

Las cancillerías europeas entraron en pánico. Son parte subordinada de la Otan y van ineludiblemente a la rastra de Washington. Pero dependen del petróleo y el gas que proviene de esa zona ahora en llamas.

A la defensiva, la Casa Blanca anunció mediante una portavoz, Dana Perino: “estamos en proceso de reevaluar nuestra relación con Rusia. Lo estamos haciendo en colaboración con nuestros socios internacionales”. A sus súbditos británicos les hizo decir algo más claro: es preciso formar “la mayor coalición posible contra la agresión rusa en Georgia”, espetó el canciller David Miliband; y agregó “el G-7 debe revisar la naturaleza, profundidad y amplitud de las relaciones con Rusia”. Nicolas Sarkozy y Angela Merkel recibieron el recado y se apresuraron a declarar en esa tónica.

Basta reemplazar el pseudónimo “neoliberalismo” por su verdadero nombre: reacción desesperada del capital ante su crisis estructural, para comprender qué etapa es la que clausura la guerra del Cáucaso.

unasur ratificada y proyectada hacia diferentes destinos posibles

Escalada yanqui, respuesta suramericana

PorLBenAXXI

 

Victoria: triunfó una vez más la tendencia hacia la convergencia suramericana y quedó así contradicha la escalada de Estados Unidos que desde diferentes ángulos desespera por recuperar la iniciativa y el control sobre la región. Agudas diferencias y debilidades estructurales y subjetivas en los 12 países integrantes de este nuevo actor en la geopolítica mundial inauguran una batalla en múltiples frentes con eje en el combate de las ideas y la necesidad de impedir la política guerrerista de Washington.

 

Es chocante el contraste entre la magnitud histórica del acontecimiento y el silencio de la prensa frente a él: 12 naciones firmaron el 23 de mayo el Tratado Constitutivo de la Unión de Naciones del Sur (Unasur). Puesto en sordina por los medios de incomunicación, sin embargo, el hecho no se abrió paso hacia la conciencia latinoamericana. No llegó siquiera a la opinión pública regional.

“Es el punto de encuentro de los países de nuestra América”, dijo Evo Morales, primer presidente pro témpore del bloque y responsable de la redacción del documento. No le falta razón: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela, transgredieron un mandato imperial de siglos y dieron un paso hacia la unidad.

Lula da Silva fue más enfático: “Suramérica adquiere status de actor global (…) estamos superando la inercia, la resistencia que a lo largo de 200 años de vida política independiente impidieron que marcháramos juntos en camino de la integración”. A un milímetro de la euforia, el presidente brasileño agregó: “pocos imaginaron que a tan sólo cuatro años estuviésemos concretando una verdadera unión suramericana”, dijo, para luego aseverar que Unasur debe marchar hacia “un Banco Central y una moneda únicos”.

De hecho, la aprobación por unanimidad del Tratado Constitutivo, la formalización de la sede para una secretaría permanente en Quito y de un futuro Parlamento suramericano en Cochabamba, Bolivia, tienen un significado sobresaliente en la coyuntura inmediata: es una respuesta que, en línea de continuidad con la reacción regional en Mar del Plata, en 2005, cuando el presidente George W. Bush quiso imponer el Alca, da forma institucional a la dinámica de convergencia que desde hace ocho años plantó a Suramérica frente a frente con Estados Unidos.

Esto es tanto más significativo porque ocurre en el momento culminante de una contraofensiva de Washington, cuando el Departamento de Estado intenta consolidar un cerrojo estratégico sobre el área e iniciar operaciones indirectas de guerra abierta en por lo menos dos países: Bolivia y Venezuela.

No es exagerada la presunción de que la ratificación de Unasur en una reunión inusual, donde no se manifestaron públicamente los agudos conflictos desatados en los cuatro últimos meses dentro del mismo del bloque, mientras que la postergación de éstas ocurre a su vez por la presión objetiva de ese movimiento centrípeto que se impone sobre las líneas de confrontación interna y afirma un frente contra la Casa Blanca.

En este sentido, la reunión de mandatarios en Brasilia resulta en una contundente derrota política de Estados Unidos, prolonga la lógica observada en Lima pocos días antes (ver pág. 12), cuando se frustró el intento de la Unión Europea de reemplazar a Washington como potencia regente, y supone un realineamiento crucial de fuerzas en detrimento del imperialismo en su conjunto. Allí reside, tal vez, la causa del desinterés de los grandes grupos mediáticos.

El gran beneficiario coyuntural de este desplazamiento de posiciones es Brasil, como lo tradujo su Presidente en una conclusión taxativa: “lo que conseguimos es inconmensurable”.

 

Dos pesos, dos medidas 

Aunque hay razones para medir el paso de Unasur como un hito histórico, acaso Lula fue desbordado por la emoción. “Verdadera unión” es una descripción exagerada, al límite incorrecta, del momento regional plasmado en Brasilia. El choque de fuerzas que desde dentro y fuera de la geografía de los 12 países pugnan a favor y en contra de la dinámica de convergencia prevaleciente en los  últimos ocho años, impide todavía la constitución de un bloque geopolítico en condiciones de afrontar la severa crisis que sacude ya la economía mundial.

En la interpretación del presidente brasileño, Suramérica “es una región de paz donde florece la democracia (…) la inestabilidad que algunos pretenden ver en nuestro continente es una señal de vida política, ya que no hay democracia sin el pueblo en las calles, sin confrontación de ideas y propuestas”.

Sin desechar el costado positivo de esta evaluación del momento histórico, cabe completarla con un llamado de atención sobre el significado de dos fenómenos que irrumpieron en lo que va del año. Uno emerge con las amenazas y agresiones militares de Colombia contra países vecinos (y las consecuentes tensiones, sólo circunstancialmente resueltas en la reunión del Grupo de Río, en República Dominicana el 7 de marzo pasado). El otro, de mayor trascendencia si cabe, se manifiesta al Sur del Río Bravo en el comienzo, confusamente expresado todavía, con una oleada de conflictos políticos que pondrán en máxima tensión la capacidad de sobrevivencia de los regímenes vigentes en cada país. La imprevista y muy grave crisis política provocada en Argentina por una sublevación de las clases medias rurales  revela fallas estructurales que contradicen la idea de “una región de paz donde florece la democracia”, para proyectar un panorama opuesto por el vértice. Porque Argentina está lejos de ser una excepción: lo mismo vale para el creciente malestar en Chile, la ininterrumpida movilización en Perú (donde 111 soldados estadounidenses iniciaron el 31 de mayo el operativo Nuevos Horizontes), el descontento y la huelga en Uruguay, e incluso, en el mismo Brasil; la multitud de conflictos acumulados que avanzan inexorablemente en línea de confrontación con la totalidad del sistema político, todo presidido por una situación que geográficamente no pertenece a Suramérica pero políticamente es inseparable: la agudísima crisis que acosa al régimen mexicano desde todos los flancos.

Ese cúmulo de tensiones internas, además, están complementadas por la presión directa del gobierno estadounidense, cuya contraofensiva destinada a neutralizar y revertir la dinámica suramericana comenzó a mostrar resultados desde la segunda mitad del año pasado y toma cuerpo en dos dimensiones precisas: la multiplicación y paulatina agudización de conflictos internos en cada país y la perspectiva de guerra en puntos definidos que inexorablemente se expandirían hacia el conjunto de la región. Por eso, cobra un significado sobresaliente el énfasis con que Brasil llevó a esa reunión presidencial la idea de un Consejo de Defensa. Tanta amigable coincidencia entre los mandatarios tuvo lugar a expensas precisamente de esa propuesta pero fu retirada de la agenda a último momento.

 

Una encrucijada y tres propuestas 

El significado real de la ratificación de Unasur es, por tanto, una extraordinaria respuesta estratégica a la escalada yanqui, a la vez que muestra un cuadro muy lejano a la unión para afrontar las perspectivas de mediano y largo plazo que esa avanzada imperialista supone.

Nada más revelador que preguntarse el por qué de la propuesta de una Consejo de Defensa suramericano y, sobre todo, la causa por la cual el ponente de semejante fuera Brasil.

Permítase un paréntesis recordatorio. Cuatro años antes de asumir como presidente en Venezuela, cuando la posibilidad de alcanzar ese lugar en 1999 no estaba en los planes de nadie y presumiblemente tampoco en los del propio Hugo Chávez, durante una visita a Argentina, el teniente coronel retirado y recién salido de la cárcel, decía en abril  de 1995 en una entrevista con el periódico El Espejo: “Debemos quemar los planes de guerra de las fuerzas armadas. El mariscal Sucre comandó en Ayacucho tropas de quince países –desde México hasta Argentina– Bolívar y San Martín fueron –no en avión, como nosotros ahora, sino a mula y a caballo– hasta Guayaquil, en sus planes de integración. Si esto fuera una sola región, no tendríamos hipótesis de guerra entre nosotros”.

La única diferencia de aquella lejana toma de posición del opositor proscripto con la del actual Presidente, es que Chávez ha descubierto la distancia entre el concepto integración y la noción de unidad. El título de la nota en el periódico argentino tomaba una expresión del entrevistado: “Manos a la obra para crear en el próximo siglo una Confederación de Estados Latinoamericanos”.

Pese al considerable salto adelante que implica la transformación de la Comunidad Suramericana de Naciones (CSN), constituida en diciembre de 2004 en Perú, en Unasur, creada en la Isla de Margarita, Venezuela, en abril de 2007, no se ha avanzado demasiado en la elucidación y resolución de diferencias conceptuales profundas, en primer lugar la que diferencia una integración económica de una unión política, es decir, con palabras de Chávez, una Confederación de Estados Latinoamericanos.

No se trata de saltar etapas. Se trata de fijar un objetivo. Para la burguesía brasileña es del máximo interés impedir que el mercado regional quede bajo la hegemonía y el control de Estados Unidos o, aunque aquí hay bemoles, de la Unión Europea. Pero a poco andar en esa dirección descubre con qué argumentos responde Washington. Por eso, y también para tomar posición como árbitro en la resolución de los ineludibles choques bélicos en la región, como hoy lo hace en Haití, se apresura a buscar una convergencia militar suramericana que por simple ley de gravedad debería hegemonizar. Por eso en las semanas previas a la reunión de Brasilia el ministro de Defensa Nelson Jobim recorrió varias capitales explicando su propuesta. “La intención del Consejo no es formar una alianza militar clásica” argumentó Jobim. “No hay ninguna pretensión operacional, pero sí la posibilidad de integración en entrenamiento y el concepto integral de defensa. En esto nos distanciamos muchísimo del lenguaje de las alianzas clásicas, como la Otan”. Si esta línea argumental es de por sí elocuente de la nueva situación regional, más significativo es un punto aclarado por el Ministro de Lula: “no tenemos ninguna obligación de pedir licencia a Estados Unidos para hacer esto. Y ellos también entienden nuestra necesidad de alcanzar una integración”.

En este contexto la idea de integración conlleva una doble proyección estratégica: por un lado, abroquela a Suramérica y se propone defenderla, incluso militarmente, contra Estados Unidos; por el otro, con un agresivo plan de infraestructura que coloca a Iirsa (Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana) como centro de gravedad, se propone reafirmar y desarrollar el sistema capitalista regional, lo cual, por descontado, choca frontalmente con las necesidades y los planes de Estados Unidos. Una traducción de Lord Keynes al portuñol trasladada además, con escasa creatividad, a la realidad latinoamericana y al mundo contemporáneo.

En Brasilia, como antes en otras tantas cumbres, fue ésta la perspectiva que se impuso. Desestimar esta fuerza centrípeta, objetivo  contrario a los intereses estadounidenses, no sería prueba de lucidez; tampoco lo sería soslayar los problemas inmediatos y sobre todo de medio y largo plazo que tal estrategia implica.

La nula participación de Argentina en el cónclave de Brasilia no se explica principalmente por problemas internos de ese país ni por causas subjetivas, sino ante todo por las contradicciones que supone para burguesías menores de la región el agresivo avance de Brasil. Ya el Mercosur ha sido poco menos que vaciado por ese conflicto sordo. Resta incluso comprobar si en los próximos pasos Itamaraty se empeñará en sacarlo de terapia intensiva o simplemente optará por desconectar el tubo de oxígeno que malamente lo sostiene. Si ocurriese esto último para dar mayor relevancia a Unasur, sería sin duda un paso adelante, que no obstante sólo ampliaría el problema al cambiar el escenario del conflicto estructural.

No se debería subestimar el significado de que en el mismo momento en que se llevaba a cabo la discusión preparatoria del Consejo de Defensa suramericano, y en coincidencia con la proliferación de actos de guerra de Colombia contra Ecuador y Venezuela, así como al interior de Bolivia, el gobierno argentino se empeñara en maniobras conjuntas con la fuerza naval de Estados Unidos en aguas territoriales. En efecto, a comienzos de mayo pasado la fuerza naval argentina se montó al portaaviones a propulsión nuclear George Washington, verdadera base militar de 300 metros de largo y 97 mil toneladas, para prepararse contra lo que el jefe de la flota estadounidense, Philip Cullum, definió como “cooperación entre ambas fuerzas contra el terrorismo, el tráfico de drogas y de personas y la piratería”. La sonrisa de Earl Wayne, embajador de Washington en Buenos Aires, cuando declaraba que “es muy útil para los pilotos estar cara a cara con sus pares e intercambiar experiencias” parecía dedicada al ministro Jobim. Además del portaaviones atómico y su poderosa dotación aérea con cazas de ataque F-18 Hornets y Super Hornets, Estados Unidos envió la fragata Kaufman y el guardacostas Northland; por el país anfitrión intervinieron la corbeta Guerrico, el destructor La Argentina y el submarino Santa Fe; pero los pilotos navales locales no pudieron volar aviones propios porque la maniobra touch and go resultaba demasiado arriesgada. “Reviví veinte años, comandante”, decía un aviador naval al jefe de la Armada, almirante Jorge Godoy, según un reportero del diario Clarín. Probablemente el militar argentino se refería a la guerra por Malvinas, cuando la US Navy colaboró con los ingleses para consumar una victoria militar imperialista que gravitaría en los años subsiguientes sobre toda la región.

Como quiera que sea, gobiernos como los de Argentina, Uruguay, Chile y otros, no pueden por el momento sino montarse a un vagón arrastrado por la locomotora brasileña. De modo que, con diferencias a término importantes, constituyen un mismo programa de acción ante la coyuntura.

Otro sub bloque de Unasur lo encarna la propuesta de unión, que a su vez supone una concepción diferente de cualquier forma que adopte la integración económica, por lo mismo que en lugar de apoyarse en la búsqueda del lucro por parte de una burguesía determinada en oposición a las demás y, en primer lugar, al imperialismo, busca formas de superación de las actuales limitaciones y barreras tomando como punto de partida la resolución de las urgencias de las masas de los 12 países y, por lo mismo, procura caminos que superen el sistema capitalista. El Alba (Alternativa Bolivariana para las Américas), es un germen de esa propuesta, con base en un área que desborda Suramérica: Cuba, Nicaragua, Venezuela y Bolivia.

Cuán consistente y duradera es la convergencia entre una perspectiva desarrollista en tiempos de cataclismo capitalista y otra socialista en la era postsoviética, es materia de discusión y depende de una intelección y capacidad de acción políticas que no son justamente materias en que destacan por mayoritarias las conducciones partidarias del momento (ver pág. 34).

 

Washington a la carga 

Aquellos dos caminos tienen destinos divergentes, pero un largo trayecto en común. Unasur es la materialización de fuerzas poderosas por su convergencia y, a la vez, por sus contradicciones.

Una tercera línea de marcha, opuesta sin ocultamientos, es la perspectiva encarnada por el gobierno de Colombia, acompañado con disonancias y en sordina por el de Perú. No faltan alas de otros equipos gobernantes que se inclinan sin mayor elegancia en favor de esa política, aun sin contar con plena hegemonía en sus países. Aquí se trata de la aplicación lineal de la estrategia guerrerista de Washington. Por eso no pudo aprobarse el Consejo de Defensa hemisférico junto con la afirmación de Unasur.

Con la reactivación de su IV flota (ver pág. 50) en el Caribe, la decisión ya verbalmente aceptada por Bogotá de reubicar la Base militar de Manta (Ecuador) en territorio colombiano a partir del año próximo, la violación ostensible del espacio aéreo venezolano con una nave de la US Navy y el aliento a los proyectos secesionistas (léase guerreristas) de la Media Luna boliviana y el Estado Zulia en Venezuela, así como con una sucesión innumerable de actos y movimientos apuntados directamente a llevar la guerra a Suramérica, Estados Unidos aventa cualquier duda respecto de sus intenciones respecto de la región en los próximos años, con total prescindencia de quién sea el candidato que asuma el año próximo en la Casa Blanca.

Hasta el momento, el gobierno de Colombia es la cabecera de playa de esa política. Sólo porque no puede optar por el aislamiento frente a una muy desfavorable relación de fuerzas en la región, el gobierno de Álvaro Uribe se pliega a Unasur. Por eso es exacta la descripción como “punto de encuentro”, aunque esté lejos de constituir “una verdadera unión”.

La ratificación de Unasur neutraliza en la coyuntura la escalada yanqui y se convierte, por tanto, en una nueva y trascendental derrota en todos los terrenos para Estados Unidos. La respuesta suramericana tiene una enorme valor táctico y, si se recomponen las fuerzas adormecidas de los pueblos y sus vanguardias en los países donde prevalecen las opciones por restaurar al sistema que cruje en todo el planeta, podrá ser el punto de partida para una Confederación de Estados Latinoamericanos, inviable, inalcanzable en los marcos del capitalismo.

Civilización

PorLBenAXXI

 

Por 367 votos a favor, 206 en contra y 109 abstenciones, el Parlamento Europeo decidió deportar de la Unión Europea a ocho millones de personas provenientes de África, Asia y América Latina. Si en un pasado remoto fue referencia equívoca de civilización, Europa es ahora símbolo irrefutable de barbarie.

No les basta haber saqueado durante siglos las riquezas del hemisferio Sur y después, durante décadas de bonanza y necesidad de mano de obra, arrancar plusvalía de millones de trabajadores sometidos a la sobreexplotación y la humillación. Ahora se aproxima la depresión económica mundial. Europa tiene miedo. Y pretende desentenderse de la suerte de ocho millones de hombres y mujeres llegados a su territorio en busca de trabajo. Para detener el flujo de cientos de millones empujados por la desesperación levanta un muro legal y represivo.

Dos mil quinientos años de laboriosa acumulación civilizatoria sepultados en una votación parlamentaria. No es sólo mezquindad y temor. Es estupidez; cretinismo intelectual; incapacidad para prever lo obvio: no podrán.

Es presumible que esos 206 votos en contra representen mucho más que la suma de los votos positivos y abstenciones, en los cuales se expresa el gran capital europeo. Detrás de esas 206 voluntades hay más en número y mucho más en calidad. Una porción considerable de la población se dejará ganar por la xenofobia y votará candidatos ad hoc. Ya están ahí personajes funambulescos como Berlusconi y Sarkozy para graficar el despeñadero europeo. Aun así, muchos más actuarán con sentido humanitario y comprensión de las consecuencias de tal política. La inteligencia no está en los gobiernos; y en la academia respira sólo por escasas ranuras. Pero abunda en una sociedad que no abdicará de su inmenso acervo.

Eso bastará para que de aquí en más el sistema político europeo comience a resquebrajarse. La línea divisoria entre trabajadores y burgueses, difuminada por la ilusión del confort y el consumismo, recuperará relieve y peso real. Y por fin el proletariado del continente exhausto reaparecerá. América Latina tiene que ver con eso.

 

A la guerra 

Brutal con los débiles, sumisa con los poderosos: obedeciendo órdenes de Washington, la UE aprobó simultáneamente un paquete de sanciones contra Irán, en una escalada preparatoria de una guerra estadounidense-israelí contra el país del Golfo. El socialdemócrata Javier Solana, titular de Política Exterior y Seguridad del bloque, no ha creído necesario aclarar cómo Estados Unidos extravió seis bombas nucleares en territorio europeo. Después de todo, seis es poca cosa: hay 480 artefactos nucleares explosivos, de propiedad estadounidense, desparramados en el continente. Eso no preocupa al bravo progresista español. En cambio le desvela que Teherán pueda adquirir capacidad para manejar la tecnología nuclear y está dispuesto a respaldar un ataque devastador de Israel y Estados Unidos para evitarlo.

Con la misma lógica –y haciéndolo todo de una vez, como para que no resten dudas sobre su calidad moral– los 27 países de la UE acordaron levantar las sanciones impuestas desde 2003 contra Cuba. “Deseo consignar mi desprecio por la enorme hipocresía que encierra tal decisión” respondió Fidel Castro. En aquel entonces la UE alegó el arresto de 75 disidentes en la isla. Crimen horrendo frente al cual arrojar ocho millones de personas, mantener el centro clandestino de detención en Guantánamo o continuar aniquilando a la población iraquí son inocentes pecadillos veniales.

De esta manera la UE se hace cómplice de los preparativos de guerra contra Irán. Se trata de una escalada destinada a preparar la opinión pública mundial. Recientemente el ministro de Infraestructura de Israel, Binyamin Ben Eliezer, amenazó con destruir a Irán. Lo hizo días después de que el general retirado, y ministro de Transporte Shaul Mofaz –ex jefe de las Fuerzas Armadas y ministro de Defensa– declarara que “un ataque a Irán para detener su programa nuclear es inevitable”. Inmediatamente antes, el presidente estadounidense George Bush había confesado a la prensa que la opción militar contra Irán “está abierta”.

La Agencia Central de Inteligencia (CIA) descartó hace meses que Irán tenga programas de construcción de armas nucleares. Teherán insiste en que su programa de enriquecimiento de uranio tiene como objetivo la generación de energía con fines pacíficos. Pero Israel y Estados Unidos sostienen lo contrario y anuncian preparativos para atacar militarmente a Irán y “detenerlo”. La UE simplemente cumple la tarea ordenada por la Casa Blanca.

 

Frente único Sur

Tanto la escalada guerrerista como esta denominada “Directiva de la vergüenza” contra los inmigrantes, simbolizan la decadencia del capitalismo y plantean la urgente necesidad de un frente único de los países afectados. Contra toda evidencia es preciso bregar para que la heterogeneidad del Movimiento No Alineados, el Grupo de los 15 y otras tantas expresiones del llamado Tercer Mundo, encuentren en la defensa de los emigrados un centro para la acción común.

Una medida necesaria y posible sería la imposición de un gravamen especial a todas las empresas de origen europeo (Bancos, telecomunicaciones, petroleras, etc.) para formar un fondo común que, a través del Banco del Sur, permita garantizar el traslado y reubicación de todos los repatriados. Luego aquel gravamen podrá resarcir a nuestros países del perjuicio económico que implica la no remisión de fondos de los actuales emigrantes. Los jefes de Estado de Unasur no deberían demorar un instante en la aplicación de ésta u otra medida semejante. Sus pueblos están observándolos.

Ese objetivo puede hoy tomar cuerpo como plan de acción inmediato únicamente en América Latina y el Caribe. El peso mayor de tamaña tarea cae sobre Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Suramérica y el mundo tomarán cuenta de la conducta de cada mandatario ante estos inequívocos signos de marcha acelerada hacia la destrucción de la civilización.

En Bolivia se juega el futuro

PorLBenAXXI

 

Toda persona consciente debería preocuparse y ocuparse por lo que ocurre en Bolivia. Estados Unidos está a punto de deflagrar allí una guerra que sacudiría a la región y, a poco andar, llevaría a un estado de conmoción y beligerancia a Suramérica entera.

La excusa es la autonomía de cuatro departamentos (Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija); el instrumento, la oligarquía; los medios, cuerpos mercenarios financiados, entrenados y comandados por el Departamento de Estado a través de la CIA y otras agencias; el objetivo, fragmentar a Bolivia, detener el proceso revolucionario encabezado por Evo Morales, introducir una cuña de fuego en el Cono Sur y crear las condiciones para atacar luego a Venezuela y Ecuador. Desde el domingo pasado, también Paraguay está amenazado.

Estados Unidos necesita la guerra. La economía capitalista ya no puede respirar sin ella. Yerran quienes creen que el empantanamiento del imperialismo en Irak le impide abrir otros frentes de combate. Es a la inversa: sólo les queda huir hacia delante. Pero buscan hacerlo por una diagonal, espejando la línea de acción en Medio Oriente: hallar fisuras objetivas en las formaciones económicas, sociales, étnicas y religiosas; azuzar conflictos latentes; desatar la guerra entre facciones, ponerse sobre ellas y cabalgar sobre la destrucción mutua de pueblos.

La diferencia con aquella zona devastada por la invasión, las luchas intestinas y el constante alimento a la guerra (ya los candidatos a suceder a George W. Bush subrayaron su disposición a “arrasar a Irán”), es que en América Latina existe el germen de un centro político continental. Los gobiernos de Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia han asumido la necesidad de enfrentar al imperialismo en las condiciones del mundo contemporáneo, es decir, atacando por la raíz al capitalismo.

La reunión de emergencia realizada en la madrugada del pasado 23 por Hugo Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega y Carlos Lage en representación de Raúl Castro, y las decisiones allí adoptadas, son indicativos de que ese bloque comienza a actuar como dirección política internacional.

Pero no es suficiente. Los Partidos y organizaciones con los que cuentan esos cuatro gobiernos son la vanguardia revolucionaria del continente, pero no alcanzan aún a nuclear y abroquelar al conjunto del activo obrero, campesino, juvenil y popular desde el Bravo a la Patagonia. Ésa es una tarea pendiente.

La única vía para llevarla a cabo es que esas vanguardias, en toda su diversidad, encuentren el camino de las grandes mayorías y consigan explicar y persuadir a millones de lo que está tan claro pero a la vez tan oscuro: el imperialismo, las oligarquías que se le subordinan y las posiciones vacilantes que dudan en plantarse con firmeza frente a la Casa Blanca, nos están llevando al abismo de la guerra. Hay que detenerlos. Es preciso sumar voluntades, en el más amplio espectro posible, a partir de la simple comprensión de la amenaza.

No se podrá impedir la violencia pidiéndole a Evo, como hace la OEA, que negocie con los perros de la guerra azuzados por Washington. Se trata de defender incondicionalmente al legítimo gobierno indígena de Bolivia. Y por todos los medios necesarios.

Urge convocar reuniones en cada ciudad de América Latina para explicar y debatir esta coyuntura dramática. De esas miles de asambleas deberán surgir acciones de movilización y formas de enlace nacionales y regional. Y estar prontos para enviar delegaciones a La Paz, realizar actos, conciertos, encuentros de todo tipo, en todas partes, con todos y todas quienes entiendan la gravedad del momento y con la única consigna de amarrar las manos asesinas del imperialismo.

 

Buenos Aires, 25 de abril de 2008.

nace un partido de masas, democrático, antimperialista y anticapitalista

Un faro para América Latina

PorLBenAXXI

 

Renacimiento: ignorado por la prensa comercial de todo el mundo, culminó el Congreso Fundacional de un Partido que enlaza la tradición socialista con la realidad suramericana contemporánea y afirma un punto de partida para la región. A contramano de esa conducta de ocultamiento, América XXI completa en esta cobertura un seguimiento paso a paso desde que Hugo Chávez convocó a la formación del Psuv. Hablan aquí los protagonistas. Aristóbulo Istúriz, con su intervención en la juramentación de la Dirección Nacional; Alberto Müller, Alí Rodríguez y Jacqueline Faria, en entrevistas exclusivas, al igual que Stalin Pérez, uno de los escasos dirigentes obreros prominentes que se han sumado a esta formación. Por razones de agenda fue imposible incluir las opiniones de María León, miembro de la Dirección Nacional y flamante ministra de Estado para la Mujer, Jorge Rodríguez, figura relevante en el período de gestación del Psuv , ahora designado Director Nacional de Organización y Vanessa Davies, colaboradora de América XXI y responsable ahora de Propaganda en la DN. El panorama se completa con la intervención de Chávez en el acto de juramentación, reproducida en la sección de Historia, Teoría y Debate (pág. 39).

 

Un hecho democrático de dimensión histórica culminó el 14 de marzo en Venezuela: la fundación del Psuv. Quien aún tenga dudas sinceras sobre la naturaleza y el rumbo de la Revolución Bolivariana, encontrará en este acontecimiento una prueba inequívoca.

No hay antecedentes para un acto fundacional de estas dimensiones y de pareja participación democrática. América XXI registró paso a paso el transcurso de este parto difícil durante el último año. Ahora han quedado atrás las convocatorias iniciales a decenas de miles de promotores, la inscripción como aspirantes a militantes de 5,8 millones de personas, la formación de los Batallones Socialistas, la elección de voceros, comisionados y finalmente 1681 delegados, responsables de debatir y aprobar una Declaración de Principios, Programa y Estatutos, durante seis sesiones del Congreso a lo largo de ocho fines de semana. Luego toda esa estructura –más de 92 mil personas, en representación de alrededor de 1,2 millones de miembros activos– protagonizaría la elección en segundo grado del órgano máximo de conducción, el 9 de marzo. Cinco días después Hugo Chávez, proclamado presidente del Partido por el Congreso, juramentó la Dirección Nacional.

Con la designación de responsabilidades para 15 miembros y otros tantos suplentes, sólo restará la conformación de las direcciones regionales y locales para arribar a la estructuración total de la organización. En rigor, allí comenzará el desafío histórico que afronta esta inédita herramienta política de masas, autodefinida en sus documentos liminares como democrática, antimperialista y anticapitalista.

Antes de comenzar su ciclópea tarea, sin embargo, ya ha producido un impacto que va más allá de las fronteras de Venezuela: a la luz pública se produjo un exitoso esfuerzo por gestar desde abajo una organización política de masas, con netas definiciones ideológicas y un contundente programa de acción, con el aporte de millones de personas, a la vista y escrutinio de todos, en el máximo posible de transparencia y participación.

Implícito en este complejo mecanismo, está el factor de mayor relevancia para definir el carácter democrático del hecho Psuv: Chávez, receptor del poder delegado voluntaria y fervorosamente por millones de hombres y mujeres, ha querido y ha logrado transferir ese inmenso poder a la única instancia capaz de gestionarlo sana y sostenidamente: un Partido.

¿Hay acaso una prueba mayor de la intencionalidad subjetiva y la dirección objetiva de un proceso político? ¿Para qué edificar una organización, asumir los infinitos problemas que devienen de la participación colectiva? ¿Para qué crear instancias organizadas, altamente politizadas, con cientos de miles de personas introducidas ya en el desconocido y fascinante universo del debate político, donde toda voz debe ser escuchada, la intención ha de basarse en el razonamiento y la decisión en la voluntad mayoritaria? ¿Para qué, si no para democratizar el poder y, sobre esa base, acelerar por el camino de la revolución?

Sin esfuerzo se podrán encontrar fallas y transgresiones a una estricta metodología democrática, así como conductas individuales o grupales apuntadas precisamente a lo contrario del libre protagonismo de las bases. Fraccionalismo, maniobras e intrigas no son patrimonio exclusivo de las izquierdas en otras latitudes. Pero, en primer lugar, esos lunares se pueden hallar con toda facilidad precisamente porque el proceso mismo de construcción partidaria se ha llevado a cabo a la luz pública.

 

Valores y antivalores

Más aún: ciertas conductas burocráticas a menudo no exentas de autoritarismo, el desinterés funcionaril, la falta de empeño en la pulcritud metodológica, la conducta camarillista, entre otros rasgos negativos que sería posible apuntar en este proceso, no son sino la paradojal comprobación de que no pocos de los y las protagonistas de este fenómeno, cargando con una cultura política de arrastre, han sido envueltos e inconscientemente involucrados en un proceso de construcción que los incluye como parte inseparable de la Revolución Bolivariana, destila y utiliza sus capacidades y las pone al servicio de un fin mayor que niega y supera aquellas miserias. El conjunto, movido y guiado desde un centro vital por una clara estrategia de revolución socialista, ha puesto el signo y sobredeterminado el papel de las partes, dando lugar a un círculo virtuoso. Tal vez con el tiempo más de un cuadro activo de este mecanismo descubrirá hasta qué punto ha sido valiosa su participación

El rescate de los valores de cada individuo, la superación de sus debilidades y deformaciones individualistas alimentadas por una sociedad de competencia que entroniza antivalores y mediocridades, es un resultado no menor y prueba irrefutable del carácter genuino de un proceso revolucionario. Se trata de la dinámica exactamente opuesta al proceso que sufren las formaciones partidarias de la burguesía, también experimentado por las sectas sedicentemente revolucionarias, donde las capacidades individuales en lugar de conjugarse se contraponen, en lugar de potenciarse se dividen, en lugar de honrar envilecen.

Desde luego, como en todo organismo vivo, el desenlace siempre estará en disputa. En la misma medida en que la historia reaparece constantemente y se reconstituyen conceptos, metodologías y conciencias propios de la sociedad capitalista, el destino de un Partido revolucionario es inseparable del destino de la revolución misma. Al cabo prevalecerá lo peor o lo mejor de los seres humanos que componen el Psuv según prevalezca, no en Venezuela sino en América Latina y el mundo, la barbarie o el socialismo. Pero temer esa ambivalencia es como temblar ante la vida, es decir, escabullirle a la historia.

En este momento histórico de Venezuela, en pleno empeño por llevar adelante la transición del capitalismo al socialismo, el Psuv espeja esa realidad y se constituye en herramienta igualmente transitiva, incorporando los rasgos positivos y negativos de la mayoría social y las vanguardias que ensayan este asalto al cielo.

 

Rescate histórico 

Otro rasgo positivo sobresaliente del Psuv y su dialéctica virtuosa, es el rescate de cuadros militantes provenientes de los más diversos intentos de reivindicación social. Los 30 miembros de la Dirección Nacional, en sí misma síntesis de edades, condición social, formación etnocultural y proveniencia política, son apenas una muestra mínima de los miles de cuadros con voluntad y capacidad para asumir posiciones dirigentes a todos los niveles.

Instancia de unidad social y política de una mayoría abrumadora compuesta por trabajadores de todos los sectores, campesinos, juventudes, profesionales y pequeños productores del campo y la ciudad, en el marco de un proceso revolucionario, el Psuv ha obrado como fuerza centrípeta conjugando experiencias e individuos de disímiles trayectorias. Aquí también se verifica una dinámica inversa a la que puede constatarse en las filas revolucionarias en otros países, donde fuerzas centrífugas, impulsadas por el retroceso de las ideas revolucionarias en las últimas décadas, causan la constante destrucción de capacidades encarnadas en militantes dispersos.

Guerrilleros y militares, jóvenes y veteranos, comunistas y cristianos, revolucionarios y reformistas, entre otras tantas dicotomías que lo son y de manera taxativa en otro cuadro sociopolítico, convergen en Venezuela sobre el único eje que puede dar lugar a semejante agregación en cualquier parte del mundo: la revolución socialista.

Se verifica así en los hechos la más osada novedad política en mucho tiempo, realizada por Cuba, esgrimida por el Che, asumida y propulsada por Chávez, en choque frontal con tirios y troyanos y a contracorriente de la opinión predominante en partidos y academias: la vigencia de un programa anticapitalista y de la noción de Partido revolucionario como ejes para la agregación social y la recomposición de fuerzas políticas. Esta comprobación, que será más nítida y abarcadora en la etapa histórica que ella misma inaugura, golpeará sobre la conciencia y el accionar de decenas de miles de luchadores en todo el continente. Chávez ha adelantado ya su decisión de impulsar la unión internacional de las fuerzas que comprendan y asuman tal estrategia de revolución. Antes incluso de que ese propósito cobre carnadura, el espectro político regional habrá cambiado. En ese sentido, el Psuv es un nuevo y poderosísimo eje gravitacional en América Latina.

 

Analogías y diferencias 

Si bien el mecanismo de conformación del Psuv es inédito, se pueden encontrar analogías útiles en la historia regional y mundial.

En Argentina, sindicatos obreros en pie de lucha formaron en 1945 el Partido Laborista (PL). En el lapso de dos meses, entre octubre y diciembre, el movimiento sindical se asumió como partido político. En febrero del año siguiente, con Juan Perón como candidato, el PL arrasó a todos los partidos tradicionales (incluidos el PC y PS, que no comprendieron el fenómeno y se sumaron al bloque oligárquico-imperialista), ganó las elecciones y llevó a Perón al poder. Al asumir éste, sin embargo, el 25 de mayo de 1946, ordenó la disolución del Partido. Estos episodios y la resistencia posterior de un sector del PL han quedado sepultados en la memoria, porque la experiencia no sobrevivió, la idea de partido se desdibujó y la lucha contra la reacción burguesa-imperialista ocurrió desde entonces con otros parámetros, con los resultados conocidos.

Diferente fue el caso en Brasil. Un vigoroso proletariado industrial, tras una oleada de huelgas, dio nacimiento al Partido dos Trabalhadores (PT) en 1980. Luiz Inácio da Silva, Lula, dirigente metalúrgico, fue el vértice de este vertiginoso proceso de organización que en muchos sentidos antecedió como ejemplo de convergencia virtuosa de cuadros y organizaciones revolucionarias con masas obreras y campesinas, también con un programa socialista. Luego de tres fallidos intentos de llegar al gobierno por elecciones (1989, 1994 y 1998), Lula fue finalmente ungido Presidente en 2002. Para arribar a ese punto, el PT fue modificando su programa y, junto con éste, su metodología de funcionamiento. Todo ello plasmaría en el gobierno del PT, que más allá de los diferentes juicios que hoy genera, perdió la potencia de ejemplo y motor que durante el primer período tuvo en toda América Latina.

Mucho antes, en otras latitudes, y en un contexto histórico completamente distinto, comenzaron a edificarse los que luego serían grandes Partidos obreros socialistas en Europa. Un antecedente fue el Partido Cartista (al cual ingresó la organización Fraternal Democrats, dirigida por Marx y Engels). “Que el primer programa de este partido sea confuso e incompleto –decía Engels en relación a la conformación de los partidos socialdemócratas desde los años 1880– es un inconveniente inevitable, pero pasajero. Las masas deben tener tiempo y oportunidad para desarrollarse; y esta oportunidad la tendrán en el momento en que posean un movimiento propio, donde serán impulsados por sus propios errores”.

Análogos en cuanto a instrumentos de unidad social y política de masas con contenido antimperialista y genéricamente anticapitalista, las diferencias cruciales del Psuv con estos ejemplos residen, por un lado, en la naturaleza de clase; pero también, de manera sobresaliente, en el hecho de que es una organización que no nace para ganar una elección y llegar al poder, sino por impulso del Presidente de un gobierno con una década de ejercicio, desde el seno mismo del Estado en intento de transición y con el objetivo explícito de avanzar más rauda y efectivamente en la construcción del socialismo.

A manera de símbolo, en el momento en que se juramentaba a la Dirección Nacional en Caracas, en el Oriente del país, la mayor concentración proletaria en Venezuela mantenía una vigorosa lucha contra la empresa Sidor y sufría el embate de la Guardia Nacional del Estado Bolívar. Más que en otros países suramericanos, en Venezuela, para utilizar la expresión de Marx, existe una importante “clase obrera en sí”, pero no una “clase obrera para sí”, es decir, con conciencia del lugar que ocupa en la sociedad y la historia. La omisión de las dirigencias sindicales en la construcción del Psuv, fruto del economicismo y la confusión ideológica, se manifestaba así en una contradicción práctica entre la estrategia socialista y los conflictos propios de una sociedad en el umbral de la transición al socialismo. En perspectiva, sólo un proletariado consciente y organizado puede resolver esa contradicción. La labor de constitución de una “clase obrera para sí” es por tanto uno de los principales desafíos para el Psuv. El lugar que finalmente decida ocupar el activo sindical gravitará sobre el curso de los acontecimientos. Hasta el momento, prevalece la omisión y la argumentación con tono de excusa.

 

Tareas pendientes

Durante el período inicial de organización y luego durante el Congreso Fundacional, el Psuv comenzó con un plan de formación ideológica y política. Un video con varias exposiciones circuló en decenas de miles de copias por los Batallones Socialistas, alentando innumerables sesiones de debate teórico y político, al mismo tiempo que se avanzaba en la experiencia de organizarse. Difícil encontrar una escuela de cuadros de semejantes dimensiones en cualquier antecedente de edificación partidaria. No obstante, la comprensión en el máximo nivel posible del mecanismo de funcionamiento del capitalismo y su diferencia con el socialismo, la educación en historia, economía y política para los casi seis millones de inscriptos con eje en el millón y medio de activos, es una tarea ya señalada y asumida por la dirección partidaria.

En el plano de la organización, además de sumar a cientos de miles de aspirantes a las filas activas, el Psuv tiene por delante una difícil tarea de reconocimiento y depuración de sus militantes y simpatizantes organizados. El funcionamiento regular, sistemático, de los BS, será un arduo objetivo durante mucho tiempo. Sobre todo porque ahora está planteada en toda su magnitud la organización del Partido por frentes de trabajo hasta completar y superar la organización territorial.

Pero formación política y organización partidaria son funciones de la militancia y ésta deberá desarrollarse desde ya mismo en el marco de una cruda ofensiva estadounidense contra el presidente Chávez y en la coyuntura de una elección para Gobernadores y Alcaldes, en noviembre próximo, que tiene una importancia fuera de lo común para el camino y el ritmo de la Revolución Bolivariana.

 

Ejemplo para la región 

Este proceso de edificación partidaria, con la participación de millones, a la vista de todos, con elecciones libérrimas, se llevó a cabo en un ámbito nacional y regional donde los grandes partidos tradicionales están, sin excepción, reducidos al mínimo, burocratizados al máximo, ajenos por completo a la democracia, negados por definición a la participación de quienes eventualmente los votan.

La diferencia estriba en naturaleza y objetivos: los anacrónicos aparatos tradicionales representan intereses de las clases dominantes de la región y tienen como objetivo la defensa incondicional de esos intereses. Desde hace décadas decaen sin pausa, pero hasta ahora no han tenido una contrapartida efectiva. La fuerza social en pugna por cambios fue una y otra vez desviada hacia callejones sin salida. El Psuv, que no busca el poder sino, al contrario, transfiere el poder de una persona a una instancia representativa del interés popular, que no busca el statu quo sino la transformación radical, será inexorablemente un faro para cientos de millones de víctimas de la crisis capitalista en América Latina y el Caribe.

Embarcado en una fase superior de su intento de derrocar la Revolución Bolivariana, el imperialismo estadounidense choca de frente con el Psuv. Buscará renovar su alianza de las últimas décadas con los grandes aparatos políticos latinoamericanos. Pero estos, amenazados de muerte por la reacción popular contra ellos, no podrán asociarse abiertamente con la Casa Blanca. Tampoco podrán reeditar caminos diagonales hacia ningún lugar. Su fuerza inercial continuará gravitando por un tiempo. Pero ya se ve en el horizonte la luz del alba.

exxonmobil y colombia

Dos derrotas trascendentales para Estados Unidos

PorLBenAXXI

 

Acaso ahora resulte menos arduo comprender y asumir en qué punto está y hacia dónde marcha la política internacional. El inmediato movimiento centrípeto de América Latina para impedir un desenlace bélico en la región, y el consecuente aislamiento sin precedentes de Washington en su propio terreno, la OEA, pintan con trazo claro el momento histórico.

En el último año la dinámica de convergencia regional había sido neutralizada. La inexorable competencia entre las burguesías locales, convenientemente azuzada por el Departamento de Estado, había hecho su labor divisionista. Pero cuando Estados Unidos dispuso que el gobierno de Álvaro Uribe atacara territorio ecuatoriano y abatiera al representante de las Farc en la negociación por la paz, el espectro de la guerra, la invasión y la ocupación de mercados por vía militar aunó gobiernos ya lanzados a la búsqueda de negocios bilaterales con el imperialismo –o a punto de hacerlo– y los obligó a ponerle freno a la Casa Blanca.

República Dominicana fue el escenario para que un recorte del hemisferio político, el Grupo de Río, permitiera a la vez condenar la agresión colombiana y fugar por la tangente a Álvaro Uribe. Antes y después, la OEA puso a trasluz la relación de fuerzas provocada por la intentona belicista, no por inestable menos cierta.

El fantasma de la guerra pareció esfumarse. Escamoteando la realidad hasta cuando dicen la verdad, los medios atribuyeron el milagro a la posición conciliadora y la habilidad política de Hugo Chávez en Santo Domingo. Así, lo obvio quedó en la penumbra: el inicio de una conflagración que abarcaría a toda la región no se impidió con el gesto concesivo de Chávez, sino con su determinación, una semana antes, de responder con el máximo de fuerza a la amenaza bushuribista sobre la frontera colombo-venezolana, acompañando un movimiento análogo resuelto por el presidente del país agredido, Rafael Correa.

Tender la mano desde una posición timorata hubiese sido la luz verde para la inmediata ocupación de territorios supuestamente utilizados por las Farc en Ecuador y Venezuela. Es decir, el inicio de la guerra total. Es verdad que el gesto de Chávez en el Grupo de Río salvó la cara de más de un mandatario escurridizo. Pero desplegar las tropas y no tender la mano hubiese conducido al mismo desenlace, el buscado por el imperialismo, la guerra total. No por nada, simultáneamente, en Bolivia la oligarquía títere llamaba a las armas contra Evo Morales.

 

Contra Pdvsa 

También en sincronía con aquella ofensiva, a través de la célebre ExxonMobil, Estados Unidos atacó desde otro flanco: Pdvsa y la recuperación de los yacimientos en la faja del Orinoco. Se trata de mostrar a los levantiscos socios menores del Sur que todo gesto de soberanía lleva a la catástrofe: embargo por 12 mil millones de dólares, incautación de buques petroleros en alta mar, bloqueo de los pagos en todo el mundo… Mejor renovar contratos de entrega y negociar un statu quo, era el mensaje imperial.

Aquí, otra vez, la más mínima vacilación hubiese llevado no ya a la reversión de la salida de ExxonMobil de Venezuela, sino llanamente a la caída de Chávez. Pero no hubo dudas. El presidente de Pdvsa y ministro de Energía, Rafael Ramírez, no se limitó a denunciar con toda la fuerza argumental la agresión y el agresor: George Bush. Sin demora impulsó la movilización de los trabajadores petroleros y encabezó la demostración de fuerza obrera ante los ojos del mundo.

El resultado es conocido: ante la certeza de que una decisión contraria a la soberanía venezolana no sería aceptada por la Revolución Bolivariana, el Tribunal de Londres al que había recurrido ExxonMobil (usando una prerrogativa infame aceptada por los antiguos dueños de Pdvsa), falló contra la absurda pretensión imperialista. “Una gran victoria moral, política, económica, técnica y jurídica contra el imperialismo”, dijo Chávez en un acto convocado para anunciar el resultado de esta otra gran prueba de fuerza.

 

¿Pasó el riesgo de guerra? ¿Se rendirá ExxonMobil? 

La respuesta a estos interrogantes se hallará en los tumultos bursátiles, en la caída de las acciones, en la ahora admitida regresión indetenible de la economía estadounidense y el paulatinamente reconocido impacto que esto tendrá en todo el mundo, con efectos devastadores.

No. No habrá tregua. Estados Unidos está empujado a la guerra por la crisis que le atenaza las entrañas. El ensueño de democracias burguesas prósperas propulsadas a soya es eso, una quimera. El trato de igual a igual en términos capitalistas con los centros imperiales es algo peor. Requiere adjetivos más rotundos.

De allí la necesidad de interpretar ajustadamente estas dos grandes derrotas de Estados Unidos: ocurrieron por la determinación de quienes han resuelto reconquistar la soberanía por el único camino que el momento histórico permite: la superación del capitalismo. Y por el temor de otros a la furia del amo y el perjuicio que esto acarrearía a sus negocios.

La naturaleza misma de este bloque da lugar alternativamente a momentos de fortaleza y debilidad. Venezuela, Bolivia y Ecuador están y seguirán estando bajo fuego del imperialismo. Otros gobiernos sufrirán más y más presiones para apartarlos de ese pelotón de vanguardia, condición previa para el accionar militar.

Nunca como hoy ha sido necesaria la unidad de la nación latinoamericana.

en el G-20 y la v cumbre de las américas se librará una batalla crucial

El gran duelo

PorLBenAXXI

 

Llegó la hora: alinearse con el Norte para emprender la vana empresa de salvar al capitalismo, o definir posiciones y acelerar en dirección a la unión suramericana, la complementación solidaria de las economías de la región, la verdadera soberanía en pos del buen vivir para todos. Ésa es la opción ante la cual no hay postergación posible. Estados Unidos y sus socios intentan atraer a países clave del hemisferio para apuntalar su estrategia, una vez más como neocolonias aferradas a las metrópolis. Ése es el significado de la reunión del G-20 el 2 de abril en Londres; ésa es la intención de Washington para la Vª Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobago, quince días después. Como contrapartida, los países del Alba se reunirán el 16 de abril en Caracas, para ratificar una línea de acción común frente a la crisis y la respuesta del capital imperial. La participación de todos los miembros de Unasur en el encuentro del Alba es la última oportunidad para presentar un frente unido antes de que se desencadene en toda su potencia destructiva la crisis global.

 

Durante el mes de abril quedará esbozado un nuevo mapa político planetario. El 2 en Londres y el 17 en Trinidad y Tobago, la reunión del G-20 y la Vª Cumbre de las Américas definirán la estrategia con la cual Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y China, afrontarán el colapso del ordenamiento planetario vigente en las últimas seis décadas. La gran incógnita es qué lugar ocupará el conjunto latinoamericano-caribeño en la búsqueda del que lo sustituya.

Nada será definitivo, claro. Porque lo único constante en este momento es la ebullición. La transformación molecular de las relaciones de fuerzas a escala mundial transcurre bajo la superficie y a un ritmo diferente del que impone el desmoronamiento del sistema capitalista. De manera que los acontecimientos visibles –y sobre todo su representación en la prensa comercial– tienen escasa correspondencia con la realidad. No obstante, del papel de cada protagonista depende el curso de la historia inminente, prefigurado por la ola arrolladora de trabajadores expulsados de sus puestos en todo el mundo.

Una febril actividad diplomática del Departamento de Estado estadounidense e innumerables encuentros a nivel presidencial y ministerial en América y Europa, más encuentros públicos y reservados entre Estados Unidos y China, permite observar el nervioso movimiento de las piezas en el ajedrez planetario.

Ante todo, con apenas dos o tres   excepciones, asombra la talla política de las figuras participantes, su falta de preparación teórica para comprender los acontecimientos en curso, la ausencia de equilibrio emocional e incluso la plasticidad moral con la que suben al escenario ante una platea mundial temerosa y expectante.

Pero el foco debe centrarse en otro punto: la actitud de China en relación con la redefinición de un sistema financiero mundial, la ubicación de los tres gobiernos latinoamericanos –Brasil, México y Argentina– incrustados en el G-20 y la actitud que asumirán los miembros de Unasur (Unión de Naciones Suramericanas) cuando en la isla caribeña de Trinidad y Tobago se encuentren cara a cara con el nuevo representante del imperialismo, Barack Hussein Obama.

 

Paciencia china 

Además de asombro y temor, la crisis produce cambios hasta poco antes impensables. El nerviosismo de las autoridades chinas no es el menor de ellos, si se tiene en cuenta no sólo la proverbial imperturbabilidad de esa cultura milenaria, sino y sobre todo las causas que lo provocan. Es sabido que Pekín tiene una suma sideral de reservas invertida en bonos del Tesoro estadounidense (diferentes informaciones la hace oscilar entre uno y dos millones de millones de dólares). Sumado al impacto que la caída del comercio mundial provoca en la economía china, el riesgo de la, a término, ineludible devaluación extrema o directa desaparición de la moneda estadounidense, crea una situación paradojal de dependencia mutua y choque frontal entre ambas economías.

En las últimas semanas esta situación se ha expresado incluso en el terreno militar: “el navío estadounidense Usns Impeccable violó las leyes y las reglas internacionales y chinas”, declaró el portavoz de la cancillería china, Ma Zhaoxu, en alusión a un episodio oscuro en el cual, según el Pentágono, barcos chinos efectuaron el domingo 8 de marzo maniobras peligrosas cerca de un navío no armado de la marina estadounidense en aguas internacionales, en el Mar de China Meridional. A la respuesta china contestó Washington con no menos contundencia: “vamos a seguir mientras tengamos que operar en aguas internacionales”, declaró Bryan Whitman, un portavoz del Pentágono.

No cabe soslayar este episodio, pero en el seno del G-20 el dilema de China frente al mundo capitalista altamente desarrollado pasa por otro meridiano: colaborar con la Casa Blanca para recomponer el sistema financiero internacional o crear un subsistema (los vértices hipotéticos serían Pekín, Moscú y Teherán) y desde allí ensamblar con otros posibles subsistemas en un entrelazamiento que opusiera con nitidez las economías subordinadas a las imperialistas. Hasta el momento, el gobierno chino parece enfilarse hacia una alternativa intermedia, o tercera vía: acordar con Estados Unidos una nueva moneda de intercambio internacional, que reemplace al dólar. Así lo adelantó Zhou Xiaochuan, presidente del Banco Popular de China: “la introducción de una divisa supranacional, estable y no vinculada a un país concreto, beneficiaría al sistema financiero mundial”.

Rusia había antes esbozado esa idea, sin darle forma precisa; luego de la formulación china, también Brasil se sumó a la propuesta. ¿Qué posición adoptará la UE, asociada en la desgracia con Washington, aunque igualmente interesada en sacar ventaja frente a Estados Unidos? “Son el camino al infierno”, declaró el presidente temporario de la UE, el checo Mirek Topolanek, refiriéndose a las medidas tomadas por Obama. Europa teme, y con buenos fundamentos, que una política de déficit desenfrenado como la que aplica sin mayor explicación la Casa Blanca dinamite las columnas del euro y haga desaparecer la moneda común del viejo continente. La UE podría volcar el fiel de la balanza. Pero su indecisión corre pareja con el temor a un desenlace traumático. La incógnita se develará antes de que estas páginas estén en manos del lector. En todo caso, es presumible la fugacidad de los resultados que se alcancen en Londres: nadie puede permitirse empujar a un fracaso estrepitoso; y pocos imaginan un saldo neto y consolidado como el alcanzado en Bretton Woods en 1945: la hegemonía estadounidense ha terminado. Y para siempre. Ya no puede imponer su voluntad al resto del mundo. Aunque todavía puede evitar que la Unión Europea despliegue todos los instrumentos que necesita para chocar sin rodeos con Washington en la disputa por los mercados mundiales. Y, sobre todo, mantener la capacidad de imantar a gobiernos clave en el resto del mundo para frenar la tendencia unificadora con contenido antimperialista y, desde allí, lanzarse a malograr la consolidación de un mundo pluripolar en el cual quedaría inserto, con enorme potencialidad estratégica, un bloque con definido perfil anticapitalista en Suramérica, el Alba (Alternativa Bolivariana para las Américas).

 

Qué hará Unasur 

Dos fuerzas de sentido inverso y potencia cambiante gravitan sobre la reubicación geopolítica de América Latina. Desde el año 2000 primó la que inducía a la convergencia, en progresiva confrontación con Estados Unidos. En 2005, durante la IVª Cumbre de las Américas realizada en la ciudad argentina de Mar del Plata, el entonces jefe del imperio sufrió una humillante derrota. Y la tendencia convergente se aceleró. Pero mientras esa dinámica llevaba al nacimiento de Unasur, Estados Unidos lanzó su contraofensiva, destinada a recuperar la iniciativa, poner nuevamente a su favor las relaciones de fuerzas y sentar las bases para neutralizar la marcha revolucionaria ya plasmada en diferentes puntos de la región. Cuatro años después, Washington contabiliza escasas aunque significativas victorias, que ubican al presidente Obama en situación diferente a la que tuvo su antecesor en Mar del Plata. Además, en Trinidad y Tobago, del 17 al 19 de abril, la Cumbre se desarrollará en un escenario mundial por completo ajeno al de 2005, creado por la irrupción de un protagonista para muchos inesperado: la crisis mundial del sistema capitalista.

Si el primer factor juega a favor de Estados Unidos, el segundo opera de manera altamente contradictoria, acentuando a la vez las fuerzas centrípetas y centrífugas en América Latina. A la vez que pierde terreno por la presión incontrolable de la crisis, Washington ganó un espacio aparentemente imposible usufructuando las contradicciones internas de las burguesías regionales, las vacilaciones de gobiernos autodenominados progresistas. Contrarios a definiciones anticapitalistas, elencos arribados al Gobierno en función del vacío creado por la demolición de las instituciones tradicionales del capital, estos mandatarios sui generis apelan a un discurso alegadamente neokeynesiano, cuya significación de definitiva defensa del capitalismo desconocen o manipulan, apelando a la abrupta caída del pensamiento político contemporáneo que, frente al denominado neoliberalismo, se abroqueló en la defensa del Estado, con prescindencia del carácter de clase que éste tenga.

No podía esperarse que los estrategas del imperialismo desaprovecharan la oportunidad que este cúmulo de inconsistencia presenta. El Departamento de Estado programó y llevó a cabo una formidable blietzkrieg diplomática, apuntada a aniquilar resistencias previas a las reuniones de Londres y Trinidad y Tobago. La secretaria de Estado Hillary Rodham Clinton viajó a México, donde tras la fachada de una autocrítica asumiendo corresponsabilidades en el tráfico de drogas y armas, en realidad ajustó un plan preventivo ante el riesgo de un desplazamiento masivo de mexicanos hacia Estados Unidos, como resultado del colapso generalizado del orden político ya previsto por los analistas serios en el país azteca. Mientras tanto, el Pentágono alistó grupos comandos de desplazamiento rápido dispuestos a sofocar sublevaciones sociales no sólo en el interior de Estados Unidos, donde la caldera ya comienza a bullir, sino en países críticos para el equilibrio imperial (México, Perú y Colombia ocupan los primeros lugares en la lista).

El esposo de la Secretaria, ex presidente demócrata, William Clinton, ocupó inmediatamente el proscenio de una reunión del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en Medellín, donde al socaire de un debate sobre la crisis congregó figuras de recambio en todo el continente, en preparación de las inexorables conmociones políticas, que en muchos casos serán alentadas por las embajadas estadounidenses a fin de colocar en puestos ejecutivos a sus subordinados políticos.

Nada más elocuente de las turbulencias internas en América Latina que la creación de un Consejo de Defensa Regional por parte de los 12 países integrantes de Unasur, a comienzos de marzo pasado, en Santiago de Chile, seguida pocos días después del anuncio de que a nombre de esta nueva instancia militar regional, Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Ecuador, México, Perú y Uruguay realizarán, en conjunto con la IVª Flota de Estados Unidos, el mayor ejercicio naval jamás antes ensayado en el hemisferio. “El ejercicio militar Unitas Oro se llevará a cabo entre el 20 de abril y el 5 de mayo; reunirá un total de 15 barcos de guerra, dos submarinos y más de una docena de aviones de 11 países en operaciones navales con fines de entrenamiento y promoción de la seguridad marítima y la estabilidad en la región”, informa la agencia AFP. Agrega con tono zumbón: “la IVª Flota permaneció inactiva durante casi 60 años, pero la Marina de Estados Unidos anunció su restablecimiento en abril de 2008 para tener una mayor presencia naval en el Caribe y América Latina, lo cual generó inquietud en algunos países de la región. El Pentágono aclaró que se trataba de una medida administrativa que no tenía que ver con objetivos militares”. Como para subrayar que esta desmesurada movilización de fuerzas bélicas “nada tiene que ver con objetivos militares”, también participarán tropas alemanas invitadas.

 

Progresistas en Chile 

En la misma tónica, el vicepresidente estadounidense Joseph Biden visitó Brasilia, se entrevistó con Luiz Inácio da Silva y luego se desplazó a Viña del Mar,  localidad chilena a escasa distancia de Santiago, donde tuvo lugar una reunión de presidentes progresistas los días 27 y 28 de marzo. La elocuente denominación alude a una instancia creada por William Clinton y Anthony Blair, cuando uno era presidente de Estados Unidos y el otro primer ministro británico. En esta oportunidad, con Michelle Bachelet como anfitriona, acudieron a la cita los presidentes de Argentina, Uruguay y Brasil, Cristina Fernández, Tabaré Vázquez y Lula, quienes mantuvieron intensas deliberaciones con Biden, los primeros ministros Gordon Brown de Inglaterra y Jens Stoltenberg de Noruega, además del presidente español José Luis Rodríguez.

Quienes duden del carácter progresista de los representantes de Estados Unidos y Europa no tienen más que acudir al registro de la campaña pre-electoral de quien luego sería vice de Obama, releer las posiciones de Brown respecto de cualquier tema de política internacional, con destaque de sus decisiones respecto de la participación de Inglaterra en las invasiones a Irak y Afganistán, o recorrer la trayectoria del titular del Psoe, célebre por su defensa del fascista José María Aznar en la no menos mentada cumbre hispanoamericana en Santiago, cuando el rey Borbón (otro ejemplo palmario de progresismo), intentó callar al presidente venezolano Hugo Chávez. Con la participación de los titulares de la OEA y el Mercosur, dos celebérrimos progresistas, aquella reunión fue “Un buen ensayo para la cumbre del G-20”, como titularía el diario oficialista argentino Página/12.

A un lado la arbitraria calificación para representantes ultra reaccionarios del imperialismo, importa subrayar el hecho de que gobernantes latinoamericanos integrantes de Unasur y el Mercosur, a la vez que eludieron un debate en esas instancias regionales, participan de estos encuentros en los cuales los jefes políticos del imperialismo ajustan sus políticas para las cruciales reuniones de Londres y Trinidad y Tobago. Más allá de todo juicio de valor, éste es un indicativo de que la estrategia divisionista de Washington respecto de América Latina puede apuntarse éxitos estratégicamente endebles pero de significativo valor táctico.

Estas inconsistencias no son inocuas. Entusiasmado con la perspectiva de ocupar un lugar en el cenáculo del poder mundial, Brasil subordinó en los últimos meses –precisamente el período de mayor debilidad del imperialismo– su papel como fuerza principal en Unasur. Trasladando esa estrategia a la política interna, luego de su reunión con Biden, Lula explicó que los obreros debían resignar demandas, porque ahora se trata de salvar el equilibrio del sistema. Por su parte, el canciller argentino Jorge Taiana y el embajador del país austral en Washington, Héctor Timerman, explicaron tras la reunión de Fernández con Biden que el encuentro “resultó altamente satisfactorio”. Según su interpretación “lo más importante es que pensamos lo mismo sobre la manera de enfrentar la crisis. La Presidente y Biden coincidieron en que los organismos de crédito deben ayudar a aumentar la demanda global y en que eso no choca con lo que sostienen algunos países europeos, sobre que lo principal es mejorar el sistema de control de los fondos. Ambas cosas pueden y deben hacerse a la vez”, declaró Taiana.

“Un milímetro de diferencia en la teoría equivale a un kilómetro en la práctica”, dijo hace un siglo un relevante pensador político. Presumiblemente mal asesorados por sus expertos en economía, los presidentes sureños se mostraron satisfechos por haber coincidido con Biden y Brown en cuestiones tales como la reforma del FMI y la necesidad de que los países subordinados tengan voz y voto en la reunión de los poderosos.

 

Alba o capitalismo del siglo XXI 

Al día siguiente de la reunión de presidentes progresistas, el diario argentino La Nación, furiosamente opositor al gobierno, tituló su portada con inequívoca intención: “Acuerdo sobre la crisis global con Estados Unidos y Gran Bretaña. Cristina Kirchner se alineó con las propuestas que esos países presentarán ante el G-20”. Aunque por razones inversas, la cobertura de los medios opositores y oficialistas coincide de esta manera en un supuesto acuerdo entre los presidentes suramericanos y los representantes imperialistas en esta reunión preparativa de las cumbres de Londres y Trinidad y Tobago. Sin necesidad de conjeturas, antes mismo de que se realicen ambos encuentros resulta evidente que los estrategas del Norte se han apuntado ya una victoria, consistente en atraer a países clave al cenáculo imperialista disfrazado bajo el nombre de      G -20. Allí los poderosos afirmarán la estrategia para afrontar la crisis mundial. Es congruente que quienes entienden la coyuntura mundial como una simple crisis pasajera, se muestren felices por estar invitados al cónclave, aún cuando no parece sensato suponer que las decisiones de las metrópolis podrán beneficiar a las neocolonias.

Entre un cúmulo de diferentes razones, la conducta evasiva frente a las responsabilidades estratégicas de Unasur devienen de una errónea interpretación de la coyuntura mundial. Aun para los gobiernos que no se definen a favor del socialismo en América Latina, debería estar claro que la profundidad y extensión de la crisis excluye cualquier posibilidad de resolución a mediano plazo e indolora de la crisis mundial, que apenas está en el primer escalón. A costa de un inconmensurable sufrimiento de sus pueblos, estos gobiernos empeñados en arrimar su colaboración a la recomposición del sistema vigente comprenderán en el futuro inmediato que el capitalismo del siglo XXI sólo puede tomar cuerpo bajo la forma de desocupación masiva, vertical caída del poder de compra de los trabajadores que mantengan sus empleos, aniquilación del Estado de bienestar, destrucción de las instituciones democráticas, avance del fascismo, de la represión, el hambre y la miseria.

Está a la vista que buena parte de los intelectuales orgánicos del sistema y de los gobernantes a los que asesoran no tienen los instrumentos imprescindibles para interpretar los parámetros de la situación actual. Comparar, por ejemplo, la crisis argentina de 2001 con el cuadro mundial actual, denota una incomprensión rayana en la enajenación. Pero la ignorancia no será excusa cuando los pueblos busquen y encuentren su respuesta a los estragos por venir de la crisis que recién comienza.

En este panorama y frente a la escalada de reuniones presidenciales y ministeriales que preparan la Cumbre de las Américas, el 16 de abril se reunirán en Caracas los países del Alba. Allí los países integrantes acordarán una política común para actuar de consuno en la cumbre que al día siguiente tendrá lugar en la vecina isla de Trinidad y Tobago. Como se sabe, un encuentro del Alba en noviembre pasado definió una estrategia conjunta frente a la crisis, que además de planear el intercambio en función de las necesidades y posibilidades complementarias de cada país, resolvió la creación de una moneda de cuenta común, el Sucre (Sistema Único de Compensación Regional) y la afirmación de un Banco del Alba. También a contramano de la estrategia imperialista, a mediados de marzo se consolidó la demorada perspectiva de un Banco del Sur. Siguiendo esta línea, en franco contraste con la reunión de presidentes progresistas, es de esperar que el 16 de abril, en la víspera de la Cumbre de las Américas pergeñada por Washington, acudan a Caracas todos los miembros de Unasur –y muy especialmente Argentina y Brasil– para acordar un plan que suene con voz única y estridente, frente al programa de recomposición imperialista que Obama llevará a la bella isla caribeña.

 

 

Esta nota es continuidad de Panorama en las vísperas, aparecida en la edición anterior de América XXI, disponible en: www.americaxxi.com.ve

culmina el congreso fundacional del psuv

Para la transición al socialismo, un Partido de transición

PorLBenAXXI

 

Histórico: el último tercio del siglo XX mostró en toda América Latina la agonía de grandes partidos que a la vez expresaron y controlaron a las masas populares. Algunos desaparecieron, otros se transfiguraron. Sólo en Brasil ese curso fue remontado con la aparición del Partido dos Trabalhadores, que llegaría finalmente al gobierno, aunque sin cumplir su programa socialista original. El Psuv es una manifestación diferente de ese fenómeno general. Y en términos políticos, incomparablemente más avanzada. Engendrado a partir de la voluntad del jefe de Estado, expresó sin embargo una necesidad y una voluntad colectiva y recorrió sus instancias fundacionales con singular empeño democrático. Son incontables las asechanzas que lo amenazan desde sus primeros pasos. Y es presumible que en el transcurso de la dura lucha que debe afrontar sufrirá sucesivas y notorias metamorfosis. Pero las definiciones revolucionarias, la voluntad de marchar al socialismo, la participación de masas en debates y resoluciones, inauguran un fenómeno que trasciende fronteras.

 

Venezuela no será la misma después de la fundación del Partido Socialista Unido. Tampoco América Latina. Desde la convocatoria a su fundación, un año atrás, fue motivo de controversia, diatribas y dudas. Sobre todo fue objeto de violentos ataques. Y no es para menos: construir un partido para la revolución socialista, en este momento histórico, va en apariencias contra lo que en inglés se denomina conventional wisdom; noción que alude a un punto entre el sentido común y la opinión general.

Por ignorancia o interés el medioevo contemporáneo –denominado comunmente posmodernismo– extrapoló la experiencia soviética y llegó a conclusiones rotundas: el socialismo es imposible; la revolución es impensable; el partido es un anacronismo inadmisible.

Su lugar lo ocuparon ONGs o, en el mejor de los casos, aparatos estructuralmente antidemocráticos rotulados como “movimientos sociales”. Ingentes cantidades de euros provistos por la socialdemocracia alimentaron “movimientos sociales” y estructuras varias con definiciones horizontalistas, definición que vendría a remachar la identificación de verticalismo y Partido; con pareja generosidad, aunque en dólares, otras estructuras similares fueron creadas o cooptadas por la CIA. Con marbetes de izquierda, infaltables teóricos europeos concurrieron para explicar que de ellos en adelante se trataba de “hacer la revolución sin tomar el poder”. Todo dislate fue adecuado para soslayar la necesidad de la revolución, la inviabilidad del capitalismo, la exigencia de crear instrumentos adecuados para enfrentar al imperialismo y aláteres, para unir, educar, organizar, dirigir, a millones de hombres y mujeres en lucha contra el sistema agonizante. Faltaba algo, no obstante: la oposición al concepto de Partido de los propios Partidos con definiciones de izquierda. Esa omisión quedó resuelta cuando numerosas tendencias revolucionarias se negaron a construir el Psuv.

 

Temor al futuro 

Dado ese cuadro general, en Venezuela la verdadera causa de la negativa a la fundación de un partido que unificase a todas las fuerzas comprometidas con la Revolución Bolivariana, estriba sin embargo en otro punto: la reticencia o el temor a afrontar la transición al socialismo. El proceso en curso había llegado al punto de no retorno: revolución socialista o caricatura de revolución.

Sorprendería el listado de nombres y organizaciones que abierta o solapadamente se oponen, en los hechos, a menudo como inconsciente acto reflejo, a soltar amarras con el sistema capitalista.

Así las cosas, cuando tras obtener apoyo masivo para su reelección con la bandera de la transición al socialismo el presidente Hugo Chávez expuso la necesidad de construir el Partido Socialista Unido de Venezuela, se produjo una múltiple fractura. En primer lugar la que tajó al movimiento de masas de las siglas partidarias que respaldaban al gobierno de Chávez (cinco millones 700 mil personas se inscribieron como aspirantes a militantes del Psuv). En segundo lugar, la que condujo al redil de la oposición proimperialista a segmentos menores del hasta entonces conjunto gobernantes (ejemplos notorios fueron el Partido Podemos, el general Raúl Baduel, más algún oportuno amanuense). En tercer lugar, las hendiduras producidas entre las fuerzas comprometidas con la revolución que, por diferentes razones, se negaron a emprender la tarea ciclópea de organizar el partido de masas por el socialismo. Una de esas razones fue la intuición o comprensión de lo que estaba en juego. Falta registrar un cuarto bloque, para nada homogéneo u organizado pero acaso el más significativo en términos numéricos: individuos por regla general de las capas medias, que dieron un paso al costado ante la inminencia de una decisión trascendental: la destrucción del Estado burgués.

Todo esto se tradujo en desorden, desarticulación, parálisis, confusión, conductas arbitrarias, en apariencia irracionales pero muy consistentes, en última instancia, con el temor al futuro. La sociedad en general vivió ese momento como muestra de confusión, desorganización, parálisis. El Psuv avanzó a saltos. Pero también sufrió los efectos de ese estado de cosas. Y el enemigo entró por esas grietas con lucidez, determinación y un perfecto aparato para la acción política de masas. Así se llegó al inesperado resultado en el referendo por la reforma constitucional: Chávez fue derrotado en las urnas por primera vez.

 

Dialéctica de lo viejo y lo nuevo 

En ese punto reaparecieron con vigor las determinaciones del reciente medioevo y se produjo un efecto paradojal, aunque en modo alguno inhabitual en la historia de la lucha de clases: los mismos que retacearon el apoyo a la creación del instrumento sin el cual ya nada podía avanzar en la Revolución Bolivariana, descubrieron las debilidades, falencias y errores de quien lo había propuesto. Catarsis salvadora para dirigencias partidarias y progresismo en general: ahora era posible oponerse a la creación del Partido, negarse a iniciar en los hechos la superación del capitalismo, con abundante argumentación y cargando las culpas en otro.

En paralelo, ocurrió el reimpulso en la construcción del Psuv. Un millón 200 mil militantes (uno de cada cinco inscriptos) se embarcaron metódicamente en la tarea. Proporción asombrosa si se entiende que se trata de una definición existencial de tal magnitud como lo es el ingreso a la vida política activa. Esa masa comenzó a reunirse regularmente para estudiar y debatir nociones relegadas durante décadas de reacción. Una formidable batalla de ideas. Una escuela de cuadros de proporciones gigantescas. Desde las bases, con mayor o menor rigor democrático pero invariablemente con participación de todos los voluntariamente involucrados, se eligieron Delegados y estos dieron vida al Congreso Fundacional durante ocho fines de semana (el último habrá sido el 8 y 9 de marzo). Para entonces habrá votado la Declaración de Principios, el Programa y los Estatutos. Paralelamente a las sesiones de los congresales, el conjunto de la militancia se reunió en sus organismos de base para discutir los mismos documentos y validar –o no- las enmiendas propuestas por los Delegados. En el último fin de semana los Delegados habrán elegido una Dirección provisional. Un paso posterior dará lugar al voto universal de los militantes plenos para escoger la Dirección definitiva. Antes, se habrá resuelto el mecanismo para la selección y elección de candidatos para las elecciones de Alcaldes y Gobernadores en noviembre próximo.

No faltaron zancadillas, arbitrariedades e impericias. Una representación tan genuina de la sociedad venezolana no puede sino mostrar sus claroscuros. Lo sorprendente es la neta preponderancia, en las instancias abiertas del Congreso, de representantes genuinos de la voluntad de las bases. Es presumible que tendencias o grupos organizados por ideas o intereses –no siempre compatibles con los propósitos de la Revolución Bolivariana- recuperen el espacio perdido ante la obligada necesidad de respetar criterios democráticos. El saldo, sin embargo, es inequívoco: el proyecto general de marchar hacia el Socialismo del siglo XXI, encarnado en la figura de Chávez, cuenta ahora con una balbuciente pero poderosa fuerza organizada como Partido Revolucionario.

 

Sin tregua

La batalla (de ideas, de métodos, de líneas de acción) no termina con la clausura del Congreso Fundacional. Más bien comienza. Con mayor relieve aún que durante las sesiones del Congreso, de ahora en más se notará la ausencia de quienes teniendo la acumulación de experiencia y conocimientos imprescindibles, omitieron su compromiso. Pero las ideas de la revolución, potenciadas por la voluntad política, producirán milagros.

Seguramente el Partido para la transición será a su vez él mismo un Partido de transición. Con todo su valor trascendental, los documentos votados por el Congreso quedarán subordinados a una realidad dominada por relaciones de fuerza inmediatas y por la cultura política que confluye en esta construcción. Llevará años de lucha ideológica, política y organizativa forjar una herramienta adecuada y capaz para construir la nueva sociedad. Esa múltiple batalla se dará simultánea e inseparablemente de la confrontación con el imperialismo y con los enemigos internos de la revolución. No es una predicción de futuro: ocurre ahora mismo, con el desafío imperial de la Exxon Mobil y la furiosa campaña desestabilizadora de la burguesía local.

América toda debería poner los ojos en esta inédita experiencia de masas. Y las manos a la obra.