Cierra un capítulo en Argentina

PorLBenAXXI

 

Con el inesperado deceso del ex presidente argentino Néstor Kirchner, ocurrido al cierre de esta edición, el azotado país sureño concluye un capítulo de su historia.
Iniciada con el colapso generalizado de 2001, esa fase estuvo signada por la explosión de masas en las calles exigiendo “que se vayan todos” y el paradojal retorno de muchos, casi todos, aquellos cuyo retiro del escenario político se demandaba, comenzando por Eduardo Duhalde, quien asumió la presidencia luego de una sucesión de nombres que durante 10 días, a partir del 20 de diciembre de aquel año fatídico, entraban y salían como titulares formales de un poder que se desintegraba ante la mirada desesperada de las clases dominantes.
Usufructuando la ausencia de un programa y un liderazgo reconocible para salir de la crisis por el camino de la revolución, Duhalde y su ministro de economía Roberto Lavagna, recuperaron paso a paso el control económico y político del país. La burguesía y el imperialismo respiraron otra vez. Pero no lograron garantizar la sucesión deseada y, por esa brecha inmanejable, Kirchner llegó al gobierno.
Más que nadie, Kirchner encarnó la paradoja de una sociedad tan exasperada como desorientada. En un libro titulado Argentina como clave regional, publicado en septiembre de 2007, expuse mi interpretación de ese período crucial y del papel jugado por las diferentes fuerzas y dirigencias políticas. No hay espacio para reiterarla en esta página, urgida por su muerte. Con todo, las vívidas manifestaciones de grandes contingentes que salieron a la calle a expresar dolor por su muerte, hablan claro respecto del saldo que un segmento importante de la sociedad guarda de su accionar político.
La contradicción que signó aquel recorrido de quien en sus inicios fuera militante de la juventud peronista se repitió a la hora de la muerte: allí donde había perdido su última confrontación electoral, el 28 de junio de 2009, en Buenos Aires y Santa Cruz, su provincia natal, ríos de hombres y mujeres salieron a despedirlo. Que entre ellos la mayoría hayan sido jóvenes, es igualmente elocuente. No habrá vuelta atrás en la sinuosa marcha iniciada con la sublevación de 2001.
Para el flanco izquierdo (dentro y fuera del gobierno que condujo), no fue menos cruel el ejercicio de la oposición. El recorrido de unos desde el bloque gobernante a la vereda opuesta, se espejó con el de quienes desde la más estentórea confrontación pasaron a las filas oficiales. Aunque el saldo más gravoso fue para aquellos que no pudieron comprender la esencia ambivalente del saldo que dejaba la crisis de 2001, con su potente demanda de cambio revolucionario y su incapacidad para realizarlo.
El hecho es que con su formación política original, el Frente para la Victoria, luego con su ingreso al Partido Justicialista, Kirchner cabalgó un momento de la historia argentina en el que las fuerzas políticas de izquierda y derecha se disgregaron como nunca antes al compás del auge económico y la estabilización del entramado institucional: otra contradicción difícil de asir. Kirchner estaba frente a frente con esos efectos disolventes en su propia estructura política cuando lo sorprendió la muerte.
Economía e institucionalidad otorgan un amplio margen a la presidente Cristina Fernández, aun tras la pérdida de su esposo. En cambio, el curso inexorable de la crisis mundial plantea de manera perentoria la adopción de una estrategia consistente para afrontarla.
Sin riesgo institucional en el horizonte delineado por las elecciones de octubre de 2011, Argentina debe optar por un programa de acción tanto de política interna como internacional. Dentro y fuera del gobierno, la disgregación organizativa, la confusión ideológica, la indefinición, reclaman resolución con la lógica de un río torrentoso en busca del mar: arrastrará aquello que se le oponga o se detenga.
Por la crisis estructural del capitalismo y la dinámica violenta del imperialismo estadounidense, en lo inmediato esa urgencia tiene mayor gravitación desde fuera. En noviembre habrá dos cumbres de gran significación: del G-20 en Seúl y de Unasur en Guyana, donde esta instancia de unión suramericana deberá además reemplazar a Kirchner, quien ocupaba la secretará general del organismo. Más evidente para el ciudadano común, la campaña ya iniciada por las presidenciales plantea igualmente definiciones estratégicas a las fuerzas que proclaman cambio sociales sostenidos, sea en el gobierno o en la oposición.
Las últimas elecciones en la región indican que en este riquísimo y turbulento momento histórico se restringen hasta desaparecer los espacios para posiciones de centro, para la ambivalencia o la indefinición. En Argentina esa polarización será mayor aún. El nuevo capítulo, simbólicamente marcado por la muerte de Néstor Kirchner aunque había comenzado dos años antes, mostrará un formidable combate por la definición del país que se busca y el camino que se adopta para alcanzarlo. Hay razones para ser optimistas.

a toda marcha la transición de venezuela al socialismo

Dilemas de una revolución pacífica

PorLBenAXXI

 

Pueblo legislador: de acuerdo con la visionaria propuesta de Simón Rodríguez, los 98 diputados/as del Psuv en la Asamblea Nacional deberán ahora cumplir la promesa de campaña y llevar el pueblo al Parlamento. “No seremos representantes, sino voceros”, sostuvo Aristóbulo Iztúriz, jefe de campaña y diputado electo, al anunciar los resultados el lunes 27. La diferencia es sutil y a la vez decisiva. Al no haber alcanzado los dos tercios de las 165 bancas, la victoria exigirá a la bancada oficialista una práctica parlamentaria por completo diferente a la tradicional. La Revolución deberá entrar como torbellino en el Parlamento. Y contrarrestar el accionar desestabilizador de la oposición teledirigida desde Washington, que ya ha comenzado su labor.

 

Enredados en una extraña disputa para determinar si la obtención de 98 diputados, contra 65 de la oposición de derecha, constituye o no una victoria, dirigencias políticas, analistas y comentaristas, parecen haber perdido de vista en diferentes latitudes el verdadero significado de las elecciones parlamentarias del 26 de septiembre en Venezuela.
No hay límites para las trampas de la retórica. Al punto que la oposición derrotada alega haber vencido. Y como si nunca nadie lo hubiese advertido, el árbol oculta una vez más el bosque.
Desde el comienzo estuvo claro que, en la medida en que el Partido Socialista Unido de Venezuela no obtuviera los dos tercios de las bancas, es decir 110 sobre 165, la oposición estaría en condición de bloquear la aprobación de las llamadas “leyes orgánicas”, que según la Constitución son “las que se dicten para organizar los poderes públicos o para desarrollar los derechos constitucionales y las que sirvan de marco normativo a otras leyes”.
Una mirada formalista, crudamente electoralista, lleva a la conclusión de que no haber llegado a las 110 bancas equivale a toparse con una muralla insuperable. De allí la alharaca de la oposición y la confusión en franjas de la militancia, al punto que en un primer momento la oposición pudo anotarse un tanto en la batalla mediática, al desdibujar la enorme significación estratégica de la victoria electoral del Psuv, que ganó en diputados por 60 al 40%, ganó en números absolutos (5.422.040 contra 5.320.175 de la MUD, aunque ésta no fue una elección nacional sino distrital), se impuso en 18 Estados, empató en dos y perdió en cuatro, ganó dos sobre tres diputados indígenas y siete sobre doce diputados al Parlatino, todo con una participación del 66,45% del padrón total.
No es desdeñable, por cierto, que el Psuv obtuvo casi dos millones menos de votos que en la elección presidencial. Es clara la necesidad de hacer una minuciosa e implacable valoración de las causas subjetivas que dieron lugar a esa retracción. Pero antes de conocer los resultados y correcciones que seguramente surgirán del debate, es preciso salir al cruce de antojadizas interpretaciones según las cuales el Psuv habría sido responsable de aquello que, en el desvío, no se trepida en calificar de fracaso.

 

Entorno objetivo del momento electoral

El primer paso es analizar las causas objetivas detrás de estos resultados, entendiéndolos ante todo como desplazamientos de clases y sectores de clases frente a la marcha sostenida de la revolución y en el marco concreto en que discurrió la lucha de clases y el combate político en el último año.
Basten unos pocos datos:

  •  recesión
  •  la inflación superó el 30%;
  •  una sequía sin precedentes, atribuida al fenómeno del Niño, secó el caudal del río que alimenta la principal represa, de la cual     depende el 80% de la energía eléctrica del país;
  • como resultado hubo racionamiento eléctrico;
  • hubo también, y por la misma causa, racionamiento de agua;
  • el país vivió durante meses bajo la amenaza de un colapso eléctrico total;
  • en ese mismo período ocurrió una devaluación de alrededor del 100%;
  • problemas severos en el transporte subterráneo, como resultado del deterioro estructural del sistema de Metro, que requiere grandes inversiones;
  • atropellos policiales contra población civil en barrios, inequívocamente promovidos por los sectores afectados por la profunda reforma policial;
  • recrudecimiento de secuestros y actos delictivos, multiplicados por el accionar de unos 14 mil paramilitares colombianos infiltrados en territorio venezolano;
  • furibunda campaña de la iglesia católica, con el cardenal actuando como candidato y sacerdotes dando misa contra Chávez.

Como colofón, en los días previos y el mismo 26, de la sequía se pasó a las lluvias intensas que provocaron deslaves, derrumbes en los barrios, muertos y evacuados.
Cabe preguntar a quienes alegremente califican de retroceso una victoria por el 60% de los diputados, para luego atribuirlo al Psuv, sin el más elemental análisis de su desempeño: ¿en qué país, qué partido, en este contexto en cuyo centro está la inflación de precios, tras diez años de gobierno, una dirección política es capaz de ganar una elección, y ganarla en las proporciones señaladas? Las ilustraciones de esta nota muestran en sus resultantes la verdadera dinámica no sólo de los votos totales, sino de su traducción partidaria.

 

Clases, votos y partidos

Si algo muestra de manera inequívoca esta elección, es la extraordinaria extensión, profundidad y solidez de la nueva conciencia en la que se apoya el voto revolucionario. Contar con más de la mitad de los votantes, en las condiciones señaladas, es un indicador irrebatible. Tanto más si en lugar de medirlo en términos electorales, se lo observa desde la perspectiva del desplazamiento de las clases en medio del torbellino revolucionario.
La inercia –provocada por 16 elecciones en 11 años- ha llevado a medir la marcha de la revolución contando votos. Nada hay más lejos de la verdad. Lenin calificaba esta conducta como “cretinismo parlamentario”.
Siempre sobre la base –reiteradamente señalada en estas páginas- de que la clase obrera no ha entrado aún en toda su magnitud y potencia al escenario principal de la revolución, y se mantiene dividida y en buena parte apática, el dato sobresaliente del cuadro político actual en Venezuela es el alineamiento de la mayoría de la población con la revolución y las políticas de transición al socialismo.
En la balanza hay que poner ante todo el hecho de que la marcha firme de la transición, la comprobación de que el objetivo socialista no es una consigna vacía, de que se avanza hacia la demolición de las columnas económicas, sociales, políticas y culturales de la sociedad capitalista, hace vacilar –y en muchos casos retroceder- a inmensos contingentes que hasta ahora han apoyado a Chávez y su propuesta revolucionaria.
La omisión de la clase obrera hace más difícil la reubicación política de clases y sectores intermedios. Sin contar con que en el seno de la clase obrera misma, franjas importantes llegan a rechazar inconscientemente la propuesta anticapitalista. Estos movimientos contradictorios, zigzagueantes, no pueden ser medidos por elecciones, aunque éstas puedan ser, hasta cierto punto y en determinadas condiciones, indicativos a tener en cuenta.
Pero es claro que millones de personas que no votaron (el 35%), así como también millones que votaron por la oposición, en el alineamiento de clases a la hora de la verdad estarán –o, más precisamente: podrán estar- con la revolución; del mismo modo, una cantidad considerable de quienes votaron al oficialismo irán variando su conducta hasta pasar a la vereda opuesta. No otra cosa se ha experimentado en la última década con los agrupamientos originariamente alineados con Chávez, que se han desplazado en sentido inverso a las de las clases explotadas y oprimidas. Pero ese desplazamiento no tiene que ver con expresiones electorales; en realidad se oculta en ellas; y sus reflejos tergiversan la realidad si la aritmética electoral no parte de una teoría científica de la sociedad y la revolución.

 

El Psuv

Este encuadre nada tiene que ver con la idealización del Psuv y mucho menos con la intención de soslayar sus remarcables falencias, o soslayar los efectos de la corrupción y la ineficiencia. Sólo que la evaluación de este partido no puede hacerse sin partir del hecho simple de que hace tres años no existía. Pero sobre todo, sin contar que al momento de su nacimiento, tuvo que remontar la caída abismal e inmensamente destructiva del pensamiento y la organización revolucionaria en todo el mundo. La autocrítica del Psuv ya comenzó. El viernes 1 y el sábado 2 los diputados electos, jefes de campaña y la Dirección Nacional del partido debatieron sus conclusiones y esa jornada culminó con un acto en el que Chávez, tras ratificar el carácter de la victoria, arremetió contra las lacras que debilitan al partido y la labor del gobierno. Esta introspección continuará. Cada vicepresidente elevará un balance sobre la base de lo discutido en estos dos días y luego, con Chávez a cargo, se hará una evaluación final.
Las deformaciones originales del Psuv, sus problemas estructurales, la rémora que significa una cultura y una práctica políticas de muchas décadas en Venezuela, no se resolverán de la noche a la mañana. Un partido de masas no puede sino traducir la cultura del pueblo y la clase trabajadora de donde surge. Educar a esas masas es una tarea ardua y prolongada. Esperar lo contrario es prueba de un pensamiento idealista. Y equivale a restar fuerza a la labor de vanguardia que requiere una superación cualitativa. Equivale a desconocer factores fundamentales de la coyuntura histórica en Venezuela: hay millones de hombres y mujeres (civiles y militares) empeñados en una revolución, una dirección política colectiva para llevarla a cabo y un jefe con capacidad y determinación para aunar grandes masas en pos del socialismo.
Dicho esto, no obstante que muchas críticas al Psuv provienen de quienes niegan la noción de partido o están descontentos porque les ha hecho perder poder, innumerables voces protestan por la falta de funcionamiento para otra cosa aparte las campañas, la falta de método organizativo y de discusión regular, todo lo cual ha hecho perder buena parte de la formidable mística que lo distinguió en sus primeros pasos. El virus de la burocracia hace su tarea destructiva.

 

La nueva Asamblea

El desafío es ahora acelerar en todos los órdenes la transición al socialismo. Y en el plano parlamentario, la realización efectiva de la consigna Pueblo legislador. Si esto último se aplica con energía y eficacia, podría incluso superarse sin dificultades mayores el hecho de no contar con mayoría de dos tercios en la Asamblea. La mayoría simple basta para aprobar el 95% de las leyes necesarias, entre ellas el Presupuesto. Y cabe recordar que la actual Asamblea tiene aún tres meses de vida, durante los cuales acelerará la aprobación de todo aquello demorado y necesario para ensamblar revolución e institucionalidad en el próximo período.

La oposición no puede trabar la labor legislativa, más que por la reiteración de escándalos en el recinto, que se multiplicarán a partir del 5 de enero próximo. Mucho menos puede aprobar una ley, cualquiera que sea. El Psuv no tratará de escenificar una imposible normalidad parlamentaria. Tratará a la oposición de derecha como lo que es: enemiga jurada de la revolución. Y el pueblo legislador impedirá que alguno de sus diputados se deje arrastrar por el parlamentarismo burgués.
De allí que la oposición usará la Asamblea como mera caja de resonancia para atacar la revolución, en una batalla sin precedentes de choque parlamentario entre socialismo y capitalismo. El recinto será para la oposición un estrado de espectáculo permanente. Para el interior, pero sobre todo para el exterior. Y estará acompañada por la prensa comercial de todo el mundo.
A la prensa alternativa, a los medios decentes, al periodismo revolucionario, cabe a partir de ahora la gran tarea de contrarrestar en cada país la formidable batalla entre contrarrevolución y revolución en el Capitolio de Caracas. Una formidable batalla de ideas que no excluirá, en cualquier punto de América Latina, momentos como los vividos el 30 de septiembre en Ecuador.

 

Realineamientos

PorLBenAXXI

 

Pasó casi inadvertido. El abrupto adelanto en el retiro de tropas estadounidenses de Irak fue reportado por cronistas y analistas como una información más del diario acontecer internacional. La múltiple significación del repliegue en derrota del ejército más poderoso del mundo no ha merecido despliegue informativo; ni reflexión. Mucho menos debate. Con tantos y tan calificados medios de comunicación a que ha dado lugar la posibilidad de tener una página en internet, esa omisión debería ser un llamado de atención acerca del lugar que ocupa el ejercicio de la palabra escrita.
El hecho es que, en el mismo momento en que prepara un ataque contra Irán, la Casa Blanca se vio obligada a retirar sus tropas de Irak. Y a quedarse. El imperialismo fue derrotado por la implacable combinación de resistencia iraquí, imposibilidad económica de sostener aquella guerra y repudio doméstico e internacional. Y fue victorioso en aquello que constituyó el objetivo político principal de la invasión: devastar, dividir, degradar.
Huir y permanecer; alcanzar el objetivo y ser derrotado. Esta doble y paradojal contradicción encierra claves que es urgente despejar. Un texto publicado por el ministerio de Defensa de Argentina, titulado En torno a la asimetría, cita al teniente coronel estadounidense Ralph Peters, columnista del diario ultraderechista The New York Post: “la estrategia asimétrica de los talibanes no consiste en derrotarnos militarmente, sino en hacer Afganistán ingobernable. Pero ¿qué sucede si nuestra estrategia, en vez de buscar transformar el país en un Estado modelo, está al servicio de hacerlo ingobernable para los talibanes? Nuestras chances de éxito se desvanecerán, mientras nuestros costos se incrementarán”. Por estrecha e interesada que sea, la intuición de Peters es correcta: el imperialismo sólo puede destruir. Ya no vencer. Y todo a un alto costo económico que, para seguir con las paradojas, los centros del capitalismo mundial necesitan y a la vez no pueden sostener porque lleva, a velocidad de vértigo, hacia el descontrol total del sistema.
En otros tiempos, teóricos y propagandistas del capital hubieran reparado en un aspecto diferente de la situación: además de destruir sin posibilidad de vencer, hoy el capitalismo no tiene la menor perspectiva de mejorar la condición humana. Esto significa que no ofrece futuro. El capitalismo tardío ya no puede sobrevivir sino sobre la base del engaño y la violencia.

 

Adónde van

Tiempo atrás, durante un encuentro ocasional de algunas horas mientras un avión de línea sobrevolaba Centroamérica, tuve oportunidad de discutir con un alto funcionario chino una incógnita estratégica crucial: ¿estaría o no dispuesto un gobierno estadounidense (aún no había sido elegido Barack Obama) a iniciar un escenario de guerra más, dado el empantanamiento militar en Iraq y Afganistán y los insostenibles costos económicos de estas incursiones? Irán y América Latina eran las hipótesis.
Ha pasado el tiempo desde aquel intercambio. A la sazón la convicción predominante descartaba una nueva aventura bélica de Washington. Y mi interlocutor la compartía, con muy sólidos argumentos.
Aunque no de manera explícita, aquella certeza generalizada en dirigencias políticas y analistas de valía, ha cambiado. Acaso han contribuido los esfuerzos de Fidel Castro por alertar sobre la dinámica dominante en el mundo. En todo caso, es una fuerza objetiva la que torció eso que en inglés denominan “conventional wisdom”, para aludir a una creencia generalizada, la más de las veces dictada por una mirada estrecha de la realidad.

Como sea, el hecho es que ahora un tercer escenario de guerra está más cerca de los temores e hipótesis de trabajo, al menos en aquellos cuadros políticos e intelectuales que observan con algún cuidado la marcha del mundo. Hoy están en la agenda diaria la amenaza de ataque a Irán por Estados Unidos y/o Israel, así como la acumulación de potencia de fuego en el área del Caribe y la guerra evitada in extremis entre Colombia y Venezuela.

Esto ocurre cuando el cuadro militar del imperialismo es considerablemente más grave y su situación económica está directamente fuera de control. No obstante, se asume que es mayor el riesgo de otras guerras y su eventual proyección mundial. Uno de los muchos corolarios de esta paradoja afirma una conclusión con tanta fuerza lógica como peso político: el imperialismo capitalista no va a la guerra porque tiene margen económico y militar para sostenerla, sino porque una fuerza incontrolable se lo exige.
Por una línea paralela a este replanteo, no siempre consciente, avanza otra argumentación con tendencia a convertirse en creencia generalizada: la posibilidad de un crack, un precipitado derrumbe del sistema imperialista mundial. Hasta no hace mucho, este tema asomó en debates dominados por la confusión creada a partir de una supuesta asunción no mecanicista de la teoría marxista. Como legítima reacción a la burda teoría de la historia impuesta por la degradación stalinista, según la cual el socialismo devendría lineal e inexorablemente de límites y deformaciones del sistema capitalista, se pasó a defender la idea de que mientras no haya fuerza suficiente para vencer al capitalismo, éste sobrevivirá. Y al decir esto, conscientemente o no se asume que se habla de una continuidad lineal del sistema de producción y las relaciones sociales hoy predominantes.
Error sobre error: el capitalismo se derrumba como resultado de su lógica interna. “Los yanquis están en jaque mate, por más inteligentes que sean”, dijo Fidel para consternación de muchos que no se atreven a desafiar semejante afirmación. La respuesta socialista, si está y llega a tiempo, permite que ese cataclismo dé lugar a un ordenamiento superior y, para usar una expresión conocida, abre paso a un sistema que permitirá dar vuelta la página de la prehistoria humana. Si no hubiere respuesta socialista -es decir, masas conscientes y organizadas con una estrategia de revolución- el capitalismo se derrumba de todos modos. Y nada en el mundo haría que las relaciones sociales, políticas y económicas actuales se mantengan. Por eso Rosa Luxemburgo lanzó su célebre advertencia: socialismo o barbarie.

 

Coyuntura y estrategia

Engaño y violencia. Tras varios meses durante los cuales se impuso la torpe mentira de que la crisis mundial capitalista detonada en 2008 había sido remontada, el colapso europeo prologó la reaparición de la recesión en la Unión Europea, de donde se propaga a los cuatro vientos. Este segundo semestre de 2010 pone la recesión a la vista de todos. Y cada día la caída del dólar en la tapa de los diarios. Los centros del capital internacional se mueven con gesto de pánico para evitar, otra vez y con los mismos métodos utilizados un año y medio atrás, que la recesión derive en depresión. Mientras tanto, avanzan por el camino de la guerra.
Que en este cuadro haya dirigentes políticos con propuestas de desarrollismo capitalista y mejoras dentro del sistema puede explicarse por incompetencia o complicidad. En cualquier caso, es injustificable. No cabe discutir si los domina la pequeña ambición o la inmensa ignorancia. El punto es que la estrategia de reforma dentro del sistema es inviable. No se trata de una opinión: la desocupación crece en flecha en todo el mundo desarrollado; la pobreza se expande en el Norte y se realimenta fuera de todo control en el Sur. Sólo en los países del Alba esa tendencia brutal es contrarrestada, con éxito desigual, por la estrategia de unión e integración no capitalista.
Si una década atrás sonaba excéntrico, hoy es un tópico cotidiano afirmar que América Latina ocupa la vanguardia política en el panorama mundial, por el hecho de que aquí se gestan respuestas estratégicas a la crisis global. Pero esa misma condición la ubica en el ojo de la tormenta planetaria, en cuyo centro está Venezuela. Por eso Estados Unidos despliega un descomunal aparato bélico en el Caribe y América Central.
No es sólo que Venezuela tenga las mayores reservas de petróleo del mundo, precisamente cuando la tasa de ganancia acosa al capital y exige energía barata so pena de muerte. Es sobre todo que tiene la única bandera para afrontar esta coyuntura histórica: la propuesta socialista. Pero Venezuela y el Alba no son fuerza suficiente para detener al imperialismo en caída y reencauzar al mundo. Es preciso acudir desde toda América Latina a potenciar la propuesta de socialismo del siglo XXI. Hacerla mayoritaria y vigente en cada país de la región. Y llegar a las entrañas del monstruo, donde millones de seres humanos ya son víctimas de la crisis, azotados por la desocupación, la superexplotación, el fascismo y la dinámica de guerra. Ir a Estados Unidos para llevar el mensaje del Alba, no para sumarse a la condena a Irán.
Estas opciones trascendentales están produciendo realineamientos bruscos de gobiernos y partidos en América Latina. Sin demora es necesario asumir que tamañas decisiones no pueden quedar en manos de partidos y dirigencias del mismo sistema que agoniza.

 

En el umbral

PorLBenAXXI

 

Está a la vista quiénes quieren la guerra. Es difuso todavía quiénes asumen la misión de impedirla. Sólo el tiempo develará lo ocurrido entre el 24 y el 26 de julio, cuando el inicio de operaciones bélicas contra Venezuela estuvo sobre el tapete. En ese futuro saldrá a la luz el papel jugado por ciertos gobiernos latinoamericanos en el frenazo de último minuto que impidió a Álvaro Uribe desatar la guerra antes de abandonar la Casa de Nariño.

Barack Obama utilizó a Uribe y la OEA para avanzar por el camino de la guerra contra la unión suramericana. Preparó la escalada con una abrumadora campaña mediática, acentuada hasta el paroxismo durante los últimos tres meses. Hizo centro en la Revolución Bolivariana, convencido por el Departamento de Estado de que el triple punto de apoyo en Bogotá, Lima y Santiago, se potenciaría con dudas y temores de otras capitales y permitiría neutralizar el firme rechazo de los gobiernos del Alba. Falló en la coyuntura; pero volverá a la carga, sin demora, a menos que un bloque continental contra la guerra y el fascismo se articule con premura desde Tierra del Fuego hasta Alaska. Porque en esa dimensión, y contra su propio pueblo, prepara la guerra el imperialismo.

No son palabras: además de la IVª Flota y 19 bases terrestres en América Latina, el gobierno de Obama mantiene, en territorio estadounidense, 2.163 estaciones donde funcionan agencias de espionaje e inteligencia interna. Además Washington sumó 1.200 efectivos de la Guardia Nacional en la frontera entre Texas y Nuevo México, mientras Uribe inauguraba una nueva base militar aérea en los departamentos fronterizos de Arauca y Casanare, con aviones de transporte, inteligencia y combate. Por si fuese poco, el Pentágono anunció que está afinado el plan de ataque contra Irán. La revelación de 92 mil documentos secretos demuestra cómo actúa la coalición imperial en Irak. Y a la vez que se declara vencida en Afganistán y sus aliados desertan, la Casa Blanca intensifica el accionar terrorista en busca de un mejor equilibrio para entablar negociaciones y cubrir su retirada.

 

Causas, efectos y respuestas

En lo que va del año 90 entidades bancarias cerraron por quiebra en Estados Unidos. En todo 2009 fueron 45 las que corrieron esa suerte. No es sólo centralización del capital bancario. Es sobre todo el síntoma de una economía imperial desquiciada; es una recuperación fallida y la quiebra de la Unión Europea; es el retorno a un curso recesivo y el acecho de la depresión. Hay más: China descenderá de tasas superiores al 10% anual a guarismos estimados entre el 5 y el 7%. Al margen los efectos internos, esto obra como fuerza recesiva global.

En otra área está Brasil, que según datos oficiales, coincidentes con consultoras imperiales y el FMI, verá una reversión de la tendencia de los últimos nueve meses y en 2011 se aproximará a una tasa de crecimiento del PBI del 4%. Al margen de índices del PBI, la desocupación aumenta en todo el mundo. La demanda global se comprime. La guerra comercial y la necesidad de reducir costos laborales y de materias primas ocupa el centro de toda política capitalista, sea de la envergadura que sea. El gasto bélico es un combustible indispensable para la industria y el comercio imperialistas. Dicho de otro modo: hay dos respuestas a la crisis global reaparecida con mayor vigor: salir de la lógica capitalista, o avanzar por el camino del ajuste y la guerra.

Unasur es la más elevada conquista hemisférica alcanzada en esta década de recomposición de la nación balcanizada. Desde 2006 Washington lanzó una contraofensiva en todos los planos para frenar esa dinámica. Dado que la fragmentación histórica resulta insostenible y su reiteración impracticable, la estrategia es también la unidad, aunque bajo el ala del águila imperial. Una adecuación ampliada de la fallida Alca (Área de Libre Comercio de las Américas). Por eso la opción es nítida: consolidación de la nación soberana unificada, o anexión al imperio.

Ese objetivo de la Casa Blanca supone una estrategia de guerra, acelerada por el estallido financiero de 2008, la recesión posterior, la tormenta social en el horizonte, la recaída en el retroceso económico que apunta a la depresión y su manifestación actual: una guerra comercial implacable entre los tres centros imperiales, más China, más el conjunto de países de porte medio.

En la fase anterior el Alca fue el arma estadounidense para la guerra comercial. Fracasó. Luego vino la crisis económica más profunda y abarcadora de la historia capitalista. El obligado paso siguiente es amenazar con su supremacía técnica militar. Este recurso extremo golpea de lleno sobre fuerzas reformistas y populistas que en la región han dado pasos de distanciamiento respecto del imperialismo, pero no asumen una estrategia revolucionaria, no están dispuestas a movilizar a los pueblos, y por eso vacilan y, al límite retroceden, frente a la temible amenaza imperial.

 

Reforma y revolución

Uribe es el instrumento para iniciar el clima bélico, eventualmente transformado en situación de guerra. Su sucesor, Juan Manuel Santos, mantendrá sustancialmente la estrategia imperialista, imprescindible para la sobrevivencia en el poder de la oligarquía colombiana. A la fecha, la línea de acción estadounidense no ha sido afrontada con resolución por el conjunto de países de Unasur no asociados directamente con Washington. El acento fue puesto en actuar como mediadores entre Venezuela y Colombia. Esa falsa percepción de la naturaleza del conflicto prolonga la actitud adoptada en la más estridente manifestación del verdadero eje ahora puesto en movimiento: la instalación de bases militares estadounidenses en Colombia. Primero fue el rechazo de Unasur –en Quito y poco después en Bariloche. Pero ya en la austral localidad argentina, en agosto de 2009, la conducta de corte socialdemócrata de algunos gobiernos abrió un flanco que redundó en la consolidación de la presencia militar estadounidense en el área.

Por sí mismos los aliados netos de Washington (a la época sólo Bogotá y Lima), no bastaban para detener a Unasur, mucho menos para cambiar el rumbo. Pero el concurso del sector vacilante determinó que el bloque suramericano frenara su marcha. Una fuerza centrífuga comenzó a actuar en el bloque, si bien no de manera dominante.

El presidente pro tempore de Unasur, Rafael Correa, actuó con rapidez y energía para responder al llamado de Venezuela y organizó en Quito una reunión de cancilleres, como paso previo a un encuentro de presidentes (ver pág. 11). El nulo resultado de aquella reunión, a la que no asistió el flamante secretario general Néstor Kirchner, abre un interrogante sobre la instancia siguiente, ya con Santos como protagonista directo.

Afirmar Unasur y todas las instancias concomitantes es indispensable. Pero hará falta mucho más. Porque las causas que empujan hacia la confrontación y las tendencias centrífugas son poderosas y lo serán más cada día. Con excepción de los países del Alba, hay un desfasaje notable entre pueblos y gobiernos. Las vacilaciones y claudicaciones de algunos presidentes no expresan la voluntad de quienes los han votado, aunque sí reflejan la incapacidad de las mayorías para organizarse y actuar de consuno. De modo que, sin despreciar el eventual aporte a la lucha contra la guerra y el fascismo de algunos gobiernos oscilantes, la clave está en la articulación creciente –y urgente– de instancias reales de base en el hemisferio. Allí está la fuerza capaz de alcanzar la paz en Colombia e impedir una guerra regional. En este cuadro, tal vez se comprenda mejor la apelación del comandante Chávez a crear una Vª Internaci

G-20, ajuste, guerra y manipulación

PorLBenAXXI
Ni las formas se guardaron en Toronto: antes del G-20 se reunió el G-8. Y para que nadie dude, invitaron al saliente presidente Álvaro Uribe. Washington premió al fiel servidor que le entregó Colombia para instalar bases de guerra apuntadas a la región. Ante el testigo mudo los jefes imperialistas trataron lo importante. Luego llevaron las conclusiones a la mesa de sus subordinados. Aparte la hojarasca, el G-8 acordó un objetivo: continuar la marcha belicista contra Irán y Corea del Norte; fortalecer el cerrojo militar contra América Latina.

Si la reunión de los 8 fue para amarrar sus puntos de acuerdo, horas después, ya en el escenario del G-20 (más cinco invitados: España, Holanda, Vietnam, Etiopía y Malawi), las potencias imperiales exhibieron las contradicciones que los enfrentan. Y se hizo evidente que Washington ya no es la voz inapelable.

Para explicar el choque entre la Unión Europea y Estados Unidos los medios de difusión (y algunos mandatarios) se aferraron a una falacia: debate ideológico entre neoliberales empeñados en un ajuste fiscal y neokeynesianos abogando por políticas de intervención estatal.

No es la ideología lo que rige la marcha de la economía mundial. La UE no se opone por razones teóricas a mantener y acrecentar los déficits fiscales de sus componentes, sino porque el desbalance de sus cuentas lleva al colapso bancario. Eso arrasaría al euro y pondría en riesgo la existencia misma de la UE. Washington necesita demoler a su principal adversario en la disputa por el mercado mundial. Necesita igualmente de la reactivación europea, porque para evitar su propia recaída en recesión debe mantener el flujo de las exportaciones estadounidenses al viejo continente.

Es jugar con fuego. Las consecuencias del eventual derrumbe europeo golpearía como un tifón a Estados Unidos. Pero la Casa Blanca parece haber concluido que no hay precio de saldo en esta crisis. Y aunque sea irracional, busca exorcizar el fantasma de la depresión empujando al abismo a su socio-enemigo de mayor envergadura.

En un plano subordinado, cuenta también el choque entre la voracidad del capital bancario y la producción primaria e industrial: con las famosas derivativas la especulación llegó a límites inauditos. La reforma lograda por Barack Obama trata de acotar ese fenómeno con más controles. Pero el desenfreno especulativo proviene de la imposibilidad de obtener tasas de ganancias adecuadas en la producción y el comercio. Y esa imposibilidad resulta de la competencia, la tecnificación y la sobreproducción; no de funcionarios desavisados, incapaces de ver pasar un rinoceronte por sus oficinas. La especulación fue el único refugio temporario del capital en crisis. La pugna por ver si es más progresista tasar las transacciones financieras o defender mayores impuestos al comercio es apenas un toque farsesco en la tragedia.

 

Malestar de masas en Estados Unidos

Otro factor cuenta para explicar la conducta de Washington: el creciente descontento interno. Se multiplican signos de que las clases medias y los trabajadores –desocupados o amenazados con el despido– comienzan a actuar de modo tal que se suman como factor de inestabilidad. Si al desempleo neto se suma a quienes involuntariamente trabajan 20 hs semanales o menos y a quienes han desistido de buscan empleo, la cifra llega al 20%. En algunas regiones, estos guarismos se duplican. Ya en el período previo a la asunción de Obama la clase dominante mostró que Estados Unidos bordeaba una crisis política. Obama no tiene el piso firme bajo sus pies. Ahora se ensancha la base del conflicto potencial. La existencia de una nación latinoamericana con 50 millones de habitantes en el seno de aquella sociedad, y el fenómeno de radicalización en curso en el hemisferio Sur del continente, con el Alba como bandera, tiene en vilo a los estrategas de la Casa Blanca. En cambio la UE se aferra a la Confederación Sindical Internacional, que a través de poderosos sindicatos y partidos reformistas regula hasta el momento la ira de las masas europeas. Para ajustar su labor de muleta imperial la CSI se reunió también en Canadá antes del G-20.

En suma, la disputada declaración final de Toronto llegó a un consenso: “reducir el déficit a la mitad para 2013”. Quedó atrás el acuerdo de Pittsburgh, cuando por unanimidad se llamó a alentar el giro económico desde las arcas fiscales. En cambio se ratificó la decisión firmada por todos en encuentros anteriores, de someter el sistema financiero en cada país a una mayor supervisión. Claro que el ajuste “debe ser a la medida de las circunstancias nacionales” de cada país. Se trata de “impulsar políticas de reducción del gasto público que no dañen el crecimiento”. Retórica al servicio del ocultamiento y la mentira: el anfitrión canadiense Stephen Harper recibió a sus invitados anunciando que “la recuperación sigue siendo extremadamente frágil y los riesgos son reales”. El choque entre la UE y Estados Unidos deja al imperialismo sin estrategia conjunta. Analistas serios del capital concluyen que aumenta el riesgo de “un colapso descoordinado”.

La operación de relaciones públicas realizada en Toronto el 26 y 27 de julio costó 1.200 millones de dólares. Irracionalidad llevada al paroxismo. Pero tuvo su fruto: lograron ocultar que la estrategia imperialista, en ese punto unificada, es avanzar por el camino de la guerra. En 2008 el G-20 evitó el desplazamiento de países claves hacia instancias alternativas. Ahora, la incapacidad de Estados Unidos para hegemonizar el bloque abre una nueva posibilidad: al menos dos países latinoamericanos podrían revisar su orientación y sumarse a la principal tarea de la hora: detener la locura belicista del capitalismo encarnada en la Casa Blanca. La historia los observa.

 

Recaída capitalista

PorLBenAXXI

 

Finalizó el fugaz ensueño inducido y la verdad volvió por sus fueros con ímpetu bestial: la Unión Europea vive un momento dramático, corre el riesgo cierto de perder el euro y desintegrarse, inicia un ajuste salvaje en detrimento de las masas trabajadoras, ve esfumarse la perspectiva de reactivación, amenaza la estabilidad de la banca mundial (los Bancos estadounidenses son acreedores por 193 mil millones de dólares sólo de la deuda griega) y, con eso, recorta la expectativa de reactivación, trae el temor a una nueva recesión y replantea, con mayor vigor que en 2008, el riesgo de que ésta se transforme en depresión.

Para eludir la caída en dominó, la UE destinó 750 mil millones de euros (equivalentes a un millón de millones de dólares), para que los Estados fallidos puedan pagar sus deudas a los Bancos. Por detrás hay algo más grave: el desbarajuste en los equilibrios macroeconómicos que llevaron a Grecia al colapso se repite sustancialmente idéntico no ya en España, Italia y Portugal, entre otros países menores de la UE, sino en Alemania y Estados Unidos. Dicho de otro modo: el plan de ajuste que el FMI impone a Grecia –y que a la fecha ya han adoptado ese país, España, Italia y Gran Bretaña– deberá necesariamente aplicarse en Estados Unidos y en la principal economía de la UE, Alemania.

Por lo pronto, los 16 países de la eurozona han anunciado que recortarán sus presupuestos para los próximos dos años en 300 mil millones de euros (unos 370 mil millones de dólares). Gran Bretaña, por su lado, reducirá sus gastos en 106 mil millones de libras esterlinas (alrededor de 146 mil millones de dólares) en cinco años. El impacto sobre la población será durísimo, sobre todo si se tiene en cuenta que ya carga con el peso de las medidas adoptadas en 2008, las cuales, según el presidente de la Comisión Ejecutiva de la Unión Europea, José Barroso, “nos hicieron dar un salto para atrás de 10 años en el nivel de vida”.

¿El ajuste actual provocará otro retroceso de 10 años? Se verá. En cualquier caso, pocos confían en que las drásticas medidas adoptadas reviertan las fuerzas centrífugas que amenazan la existencia de la UE y el equilibrio del capitalismo mundial. La caída de la tasa de ganancia continúa demoliendo las columnas del sistema.

 

Contrincantes en el fragor de la crisis

Aún no es perceptible a simple vista, pero ya se lo puede comprender sin abstracciones teóricas: la lucha interimperialista entre Estados Unidos y Europa está desatada y marca el ritmo de la crisis global.

El colapso griego fue aprovechado por las corporaciones estadounidenses para intentar demoler el euro y, a la par, la Unión Europea. Barack Obama jugó sin disfraces el papel de representantes de los grandes capitales industriales, comerciales y financieros estadounidenses, que necesitan desarticular el bloque de 27 países, que se constituyó en la primera potencia económica mundial y sobrepasó en todos los terrenos, excepto el militar, al imperialismo estadounidense. Gran Bretaña, el león desmelenado –aunque todavía con algunos colmillos– está subordinada sin protestas a su antigua colonia devenida metrópolis. El viejo continente se bate hoy contra Estados Unidos para poder sostener y completar un proceso de unificación imprescindible para competir con Washington, aunque inviable bajo las exigencias del sistema capitalista, como prueba la crisis en curso.

Conviene ir hacia atrás y señalar que en la década anterior, las principales empresas europeas habían sacado mucha ventaja a las estadounidenses. La UE alcanzó el 17% de las exportaciones mundiales, mientras Estados Unidos descendía abruptamente, del 17 al 11%. Las ventas en el exterior de empresas europeas dieron a este bloque el 39% del total mundial, contra el 30% de Estados Unidos (En ese reparto, el bloque Bric –Brasil, Rusia, India y China– tiene el 20% de las exportaciones, China con la parte del león). Un estudio centrado en algunas empresas indica que, sobre todo en el caso de Alemania, grandes compañías exportan alrededor del 80% de su producción, una proporción incomparable con las empresas estadounidenses. Otro indicador: de las 100 mayores empresas multinacionales del mundo, las pertenecientes a la UE pasaron de 57 a 61, en tanto las estadounidenses caían de 26 a 19.

Según un estudio de la consultora alemana Roland Berger sobre las tres mil principales empresas del mundo, entre 1998 y 2008, las europeas tuvieron una rentabilidad del 13%, cifra que desciende al 7% para las estadounidenses. Téngase en cuenta que estos datos serían imposibles sin la penetración, tan audaz como voraz y efectiva, de las multinacionales europeas en América Latina. Eso explica el indisimulado respaldo de la UE a la oposición al Alca por parte de algunos gobiernos que, cinco años después de haber sepultado el intento estadounidense, trabajan por un tratado de libre comercio con el viejo continente.

En suma, el proceso equívocamente llamado “globalización” dejó mejor ubicada a la UE en la implacable disputa por el mercado mundial. Entre otros factores, esto atañe a la productividad. Pese a que la explotación del trabajo en Estados Unidos es incomparablemente más salvaje que en Europa, el aumento en la productividad estadounidense ocurrió, en sus tres cuartas partes, en el área de los servicios, que a su vez cuentan con el 20% de su comercio mundial, según un estudio publicado por el economista Stefan Theil.

 

Expectativas y estrategias

Pues bien: es ese portento imperialista el que sufrió un disparo en el corazón con la crisis griega. A partir de allí ¿es objetivamente fundada la expectativa de recuperación y crecimiento aun a tasas mínimas?

Antes del estallido en Grecia, las previsiones de todas las grandes consultoras internacionales y del FMI, coincidían con pequeñas diferencias en que el mundo retomaba el camino del crecimiento, con una previsión para 2010 del 3% de incremento del PBI en Estados Unidos y del 2% en Europa. Para 2011, la estimación era del 2 y 1% respectivamente. Difícil creer que tantos egresados de las mejores universidades del Norte tuviesen confianza en las cifras que difundían, cuyo corolario era que la crisis había quedado atrás y el mundo retomaba el curso de crecimiento, bajo la tutela de Estados Unidos y el G-20. Después de los últimos sacudones, la Ocde (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), mantuvo guarismos incluso más optimistas. A contramano, el Departamento de Comercio comunicó que la economía de Estados Unidos creció un 3% en el primer trimestre, corrigiendo a la baja su propia predicción y las de las principales consultoras.

Entre septiembre de 2008 y junio de 2009 en Estados Unidos se perdieron seis millones de puestos de trabajo. Y desde entonces, aunque en cantidades menores, el proceso no se ha revertido ni un solo mes. La caída no fue tan abrupta en la UE, aunque tampoco fue comparable luego la capacidad de reactivación de la euroeconomía. Ahora, es menos probable que la inyección de 750 mil millones de euros repita el resultado visto un año atrás con eje en Estados Unidos: freno a la recesión y, a medio término, reactivación. La diferencia está en que mientras en Estados Unidos la montaña de dólares arrojada al mercado simplemente pasó a aumentar el déficit y debilitar su moneda, en la UE el ajuste sumará factores negativos a la lógica del ciclo económico descendente. A los despidos en el sector privado por la caída de la demanda, se sumarán los que produzca el sector público para sanear las finanzas del Estado. Todo sumado, multiplicará la desocupación y la retracción de demanda.

Estados Unidos no podrá eludir los efectos de esa retracción. No obstante, hay numerosos indicios de que sus autoridades asumen esa certeza y apuntan a que los efectos acaben con el euro, disgreguen a la UE y permitan a Washington disputar en mejores condiciones el mercado mundial sobre el que avanzó con ventaja la UE en el último período. Ya verán la CIA y el Pentágono cómo se arreglan con los problemas sociales que aumentarán fronteras adentro.

Los economistas del imperialismo estadounidense no ocultan su verdadera receta para afrontar la crisis: acabar con el Estado de bienestar en Europa; acabar, también en la UE, con el déficit fiscal; frenar las exportaciones chinas. Sin eso, la recuperación –es decir, la restauración de la supremacía estadounidense en el mercado mundial para impedir que se frene su maquinaria productiva siquiera por un período breve– sería imposible. Por eso la Casa Blanca presiona sin rodeos a la UE para avanzar con el ajuste, contribuirá en todo para que las burguesías imperialistas europeas enfrenten a sus trabajadores a fin de imponer esa política, pero al mismo tiempo propenden al estallido de la UE. Un caso aparte es China, que en las últimas semanas ha demostrado capacidad para hacer que se desplomen o recuperen las Bolsas del mundo. Es improbable que Beijing limite su actividad exportadora y resuelva mantener altos índices de crecimiento volcándose hacia el mercado interno, como exige Washington. Del mismo modo, no es dable esperar una devaluación significativa del yuan (el fracaso en este sentido del reciente viaje a China de Timothy Geithner, secretario del Tesoro estadounidense, habla por sí mismo).

Queda evidente así que la línea fundamental de confrontación que marca el ritmo y la forma de la crisis mundial en esta coyuntura, pasa por la lucha interimperialista, tiene en segundo plano la pugna con las naciones subordinadas (en la exacta medida en que las mayores en esta categoría se han sumado al G-20) y en un tercer plano, lejano, al choque con los trabajadores. En la medida en que las relaciones de fuerza que determinan este ordenamiento no se alteren (y eventualmente pueden hacerlo en plazos brevísimos, cambiando abruptamente el escenario regional o mundial), Estados Unidos avanzará por ese camino, que no desemboca en una guerra abierta simplemente por la abrumadora disparidad de fuerza militar. Pero entabla esa dinámica, que llevará la violencia a otras formas y, dependiendo de las circunstancias, a otros escenarios.

Si alguien cree que tales afirmaciones son exageradas, Barack Obama aventa dudas con su nueva Estrategia de Seguridad Nacional, presentada el 27 de mayo. “Nuestro foco es una estrategia que amplíe nuestras fuentes de influencia en el mundo y nos permita usarlas para hacer frente a los desafíos del siglo XXI”, declaró Ben Rhodes, viceconsejero de Seguridad Nacional. Tras la presentación del documento, el asesor de Obama en la lucha contra el terrorismo, John Brennan, aclaró que la Casa Blanca “combatirá (al terrorismo) allí donde tramen sus planes y se entrenen, en Afganistán, Pakistán, Yemen, Somalia y más allá”. Que no queden dudas: no hay límites para ese “más allá”.

 

El Alba como alternativa

La persistente ausencia del proletariado en el escenario internacional hace más difícil comprender qué fuerzas chocan en medio de la crisis. Esto deja el planteamiento y la resolución de los conflictos provocados por la lógica interna del sistema capitalista enteramente en manos de las diferentes fracciones de la burguesía, que además de su diferenciación entre imperialistas y subordinados exhibe una enorme estratificación. La falta de conciencia y capacidad de acción política de los proletariados tiene como primer efecto el hecho a la vista: el capital descarga la crisis sobre sus hombros. Cuando el proletariado entre en escena –y entrará, sin duda, si bien la demora puede ser un factor decisivo– provocará un inmediato realineamiento de fuerzas y será posible ver con nitidez la naturaleza del conflicto planetario. Mientras tanto, a la recesión y el riesgo de depresión, se suma el constante aumento de nuevas situaciones bélicas, como lo ratifica la tensión gravísima en la península de Corea, el área donde Estados Unidos tiene la mayor concentración de bases militares y tropas en el extranjero.

Marx denominaba proletariado “para sí” a la clase trabajadora consciente como sujeto social y político. En oposición, los explotados sin conciencia serían el proletariado “en sí”. Hoy el dato crucial es que, en el momento en que el proletariado “en sí” tiene el mayor peso numérico y cualitativo jamás alcanzado en la historia, el proletariado “para sí”, sólo existe como excepción a escala mundial.

Es en ese cuadro general que la Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América (Alba), se conformó y afirmó como bloque antimperialista cuya vanguardia marcha resueltamente hacia el socialismo del siglo XXI. En el mundo es hoy el único proyecto estratégico que, con aval de pueblos organizados y en pie de lucha, se contrapone al proyecto imperial plasmado en el G-20. Allí reside la posibilidad de frenar la dinámica guerrerista de Estados Unidos, impedir que los efectos de la crisis capitalista caigan como plaga mortal sobre América Latina y avanzar en transformaciones socialistas, mientras los trabajadores de los países desarrollado recuperan capacidad para diseñar una estrategia propia y se suman a una fuerza internacional para dar la respuesta que el desmoronamiento del capitalismo exige.

Dilemas de Unasur

PorLBenAXXI

 

Con el estallido de la crisis mundial en 2008 se produjeron dos movimientos simultáneos de sentido inverso: el desarrollo estratégico del Alba y la circunstancial recuperación de poder por parte del imperialismo estadounidense. Este desplazamiento paradojal domina el momento político internacional y habrá quedado patente en Buenos Aires los días 4 y 5 de mayo –mientras esta edición está en las rotativas– cuando se reúna en la capital argentina la cumbre de la Unión de Naciones del Sur.

La irrupción del Alba constituye un salto cualitativo en el desarrollo político hemisférico, con proyección internacional: ahora las mayorías cuentan otra vez con una brújula. Potencialmente, ese factor cambia el signo en la evolución de la crisis. No obstante, las metrópolis imperiales están mejor plantadas frente a la coyuntura y el futuro inmediato, como resultado de la conducta adoptada ante la emergencia por buena parte de los gobiernos de los países subdesarrollados y dependientes.

El fortalecimiento táctico del centro imperial se expresa en tres planos:

  • Económico: la Banca de inversión mundial (allí donde estalló la crisis) tuvo una ganancia neta de 311 mil millones de dólares durante 2009. Un 50% más que en 2008. Esto se logró pese a que, según prevé el Boston Consulting Group, las ganancias en la industria caerán un 11% durante el año en curso.
  • Político: aunque sin homogeneidad y con presumibles conflictos en el mediano plazo, Washington logró afirmar el G-20, hecho que vale sobre todo por lo que evitó: el fortalecimiento hasta niveles insoportables para el imperialismo de polos globales alternativos, con conductas económicas y estrategias geopolíticas contrapuestas a las delineadas por el Departamento de Estado.
  • Militar: en el período inmediato posterior al colapso económico, George Bush primero, luego Barack Obama, multiplicaron el dispositivo militar apuntado contra los países del Alba, con destaque en hechos indiscutibles: reactivación de la IVª Flota; instalación de siete bases militares estadounidenses en Colombia; acuerdos en el mismo sentido con Perú; firma de un acuerdo de defensa de Estados Unidos con Brasil (reemplaza al denunciado unilateralmente por Brasilia en 1977, durante la dictadura militar). El Departamento de Estado coronó estos éxitos, el 13 de abril, con una cumbre mundial donde impuso un “acuerdo nuclear”, que entre otras cosas pavimenta el camino hacia una guerra contra Irán. Inmediatamente después el jefe del Pentágono, Robert Gates, partió en gira hacia Perú, Colombia y Barbados, donde anudó compromisos militares con esos gobiernos.

¿Cómo explicar estas victorias del capital en el vórtice de su propia crisis? La respuesta reside en la rápida reacción política de las economías altamente desarrolladas frente al colapso económico mundial, que actuaron con más claridad táctica y mayor lucidez estratégica, en comparación con la conducta de los gobiernos de países de economías subdesarrolladas y dependientes. Las cúpulas imperiales supieron abroquelar fuerzas para afrontar un riesgo al que correctamente interpretaron como amenaza mortal. Para efectuar ese movimiento centrípeto no fue óbice la feroz lucha por el reparto de los mercados que fractura y enfrenta a los diferentes flancos de la burguesía imperialista.

Lo contrario ocurrió en las dirigencias del Sur: excepción hecha de los gobiernos del Alba, por regla general cada una buscó su salvación individual, dejó que primaran intereses de sus burguesías locales y asumió que la única posibilidad de recuperar el equilibrio consistía en religarse con los centros imperiales, de los cuales había tomado distancia en los años previos. En otras palabras: la crisis obró como imán para el capital y aventó una vez más las ilusiones sobre el carácter nacional de burguesías locales.

 

Otra fase

Todo el período simbólicamente iniciado en agosto de 2000, cuando el entonces presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso convocó a la primera reunión de mandatarios suramericanos, estuvo dominado por la necesidad de aquellas burguesías sometidas, obligadas a defenderse de la voracidad imperial y tomar distancia de las metrópolis para defender áreas mercantiles y proteger su parte en la absorción de la plusvalía regional. Eso acabó.

Como estas páginas registraron paso a paso, frente al colapso económico la Casa Blanca reaccionó buscando evitar la fuga de países que por peso económico o gravitación política pudieran constituir un polo alternativo. Transformó así el G-8 en G-20. Otra vez el palo y la zanahoria. Y otra vez el mismo reflejo condicionado: los gobiernos de Argentina y Brasil acudieron al llamado de George Bush en noviembre de 2008, sin siquiera convocar antes una reunión de Unasur para llevar a Washington una posición conjunta. India, China y otros tantos países hicieron lo mismo. Los poderosos habían ganado la primera batalla de la nueva guerra. Para que no hubiese dudas, Brasilia y Buenos Aires (y otros diez gobiernos similares) firmaron un documento conjunto con los jefes del mundo, donde se consignaba el acuerdo en las medidas para afrontar el colapso.

Hubo después dos reuniones más, en Londres el 2 de abril de 2009 y en Pittsburgh el 24 de septiembre del mismo año. En cada una de ellas avanzó la recuperación del equilibrio imperialista, sobre la base de su estrategia, su programa de acción y sus instituciones. Es sabido que los acuerdos se firman para ser violados. Ése puede ser el argumento pragmático para ciertos gobernantes. El caso es que el G-20 se prolonga ahora con un instrumento de inequívoco objetivo: el “acuerdo nuclear” (pág. 24).

Al cabo de este maratón Ben Bernanke, titular de la Reserva Federal de Estados Unidos y cerebro de la operación de salvataje, hizo su balance: “A diferencia de los ‘30, las conducciones económicas en el mundo trabajaron sin parar para estabilizar el sistema financiero (…) Como resultado, si bien las consecuencias económicas de la crisis financiera han sido dolorosamente graves, el mundo se evitó un cataclismo aún peor, que hubiera igualado o superado al de la Gran Depresión”.

En efecto, se eludió el cataclismo inmediato, lo cual deriva en un momento político signado por el fortalecimiento coyuntural de los centros imperiales y un trance de confusión y eventual dispersión de un flanco en los países subordinados.

 

Dos caminos, no tres

Como contraparte insoslayable de la situación descripta, Unasur vio debilitado su impulso y los principales proyectos quedaron paralizados. La fuerza subterránea que impulsa a la convergencia, sin embargo, mantiene toda su potencia. Por eso, en otra resonante paradoja mientras esto ocurría iba tomando cuerpo un organismo de naturaleza semejante pero de mayor envergadura: la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que vería la luz en Cancún, en febrero último. Esto equivale a una OEA sin Estados Unidos y, de por sí, supone otra derrota estratégica del centro imperial. Como contrapartida, allí gravitará con peso incomparablemente mayor al que tiene en Unasur el bloque de gobiernos opuestos a la perspectiva socialista. Así de zigzagueante y contradictoria es la marcha en esta etapa de la historia. Así de firme y flexible estará obligada a ser una estrategia en función de la soberanía, la emancipación y la revolución social.

Si la Celac se consolida, Unasur carecerá de sentido. A la inversa, si Unasur no avanza en lo inmediato, estará comprometida la existencia misma de la Celac. La clave es fortalecer la dinámica de convergencia de la instancia suramericana, hoy amenazada por una multitud de conflictos entre los que sobresalen la instalación de bases militares en Colombia, los enfrentamientos en el Mercosur y la belicosa militancia del nuevo gobierno chileno.

Antes de conocer los resultados de la cumbre de Buenos Aires es posible prever que allí habrá aparecido con mayor relieve la estrategia del bloque formado por los gobiernos de Colombia, Chile y Perú, enfilada sin ambigüedades contra el proceso revolucionario anticapitalista que encarnan los gobiernos de Venezuela, Bolivia y Ecuador. Las posiciones intermedias presumiblemente habrán sostenido la perspectiva unionista. Y no es improbable que hayan inclinado la balanza a favor de las posiciones antimperialistas. Pero en perspectiva no hay tres caminos. Esta aseveración se funda en dos razones principales:

  • el cataclismo temido por Bernanke, según sus propias palabras, fue “esquivado”, pero en modo alguno resuelto: espera agazapado a la vuelta de la esquina;
  • en América Latina las masas tienen ya una brújula que marca el rumbo de la revolución: el Alba.

Esos dos factores obrarán como una tenaza sobre las direcciones políticas vacilantes, centristas y reformistas. El estado mayor político materializado hoy en los países del Alba conquistará la conciencia y el corazón de las mayorías. No cabe duda acerca de esto, más allá de las sinuosidades que ese proceso entrañe. Queda la opción de sumarse a la revolución o asumir sin rodeos el programa político del G-20. Aquellos gobiernos que no estén dispuestos a lanzarse contra sus propios pueblos, pero tampoco resuelvan sumarse a una perspectiva revolucionaria, caerán como hojas secas. Esa dinámica ya está a la vista.

 

Continuidad de la crisis

Basta observar la superganancia de la banca mientras cae la producción industrial, y preguntarse de dónde salieron aquellos ingresos extraordinarios, para comprender que la crisis no sólo continúa, sino que se agrava sistemáticamente. Hay signos que alertan incluso sobre un nuevo estallido general, que podría ocurrir en el corto plazo. Sólo que, si bien es imposible prever su hora con exactitud, es seguro afirmar que esta vez no sucederá con centro en el ámbito financiero, sino en las columnas maestras del sistema: la producción industrial.

La caída en la ganancia de la industria tiene en su contrapartida el dato más importante: aumento incontenible de la desocupación, siempre con eje en los países centrales. La reducción de la demanda agregada global que esto presupone no tiene solución con créditos. Ni con obras públicas según la fórmula keynesiana. El terremoto europeo con epicentro circunstancial en Grecia, con réplicas día a día más alarmantes en España, Italia, Portugal e Irlanda, pone a la luz pública la incapacidad de Alemania y Francia para contrarrestar la fuerza subterránea que está minando la tambaleante estructura de la Unión Europea.

Así como los alquimistas de los centros financieros, con Bernanke a la cabeza, pudieron esquivar el colapso generalizado de la banca mundial, ministros de Economía de las grandes potencias pueden en teoría postergar un eventual estallido y ralentar la marcha hacia una depresión incomparablemente mayor que la de 1930. La ominosa ausencia del movimiento obrero en el escenario mundial les da ese margen. Es evidente sin embargo que no pueden resolver la crisis ni detener su inexorable dinámica. Por eso aparecen cada vez más los ministros de Defensa y los jefes militares del imperialismo como protagonistas.

Robert Gates, ministro de Defensa de la mayor potencia bélica, es el maestro de ceremonia. Firmó con su par brasileño Nelson Jobim un acuerdo de colaboración militar, mientras desde el Departamento de Estado se llevaba la presión al punto de que el secretario adjunto para el Hemisferio Occidental, Arturo Valenzuela, llegó a declarar desde Quito, el 5 de abril, que su gobierno “está tramitando” la instalación de una base militar en territorio brasileño, “para combatir el narcotráfico”. Cuatro días antes O’ Estado de São Paulo había anunciado que “Estados Unidos ha comenzado las negociaciones con el Gobierno brasileño para crear en Río de Janeiro una base para vigilar el tráfico de drogas en la región, similar a las existentes en Key West (Florida) y en Lisboa, Portugal”. Tal vez es necesario repetirlo: el principal diario brasileño anunció la creación de una base estadounidense en Río de Janeiro.

Hubo respuesta rápida: “No, no es cierto; no hay ninguna posibilidad de que haya una base militar estadounidense en Brasil”, dijo Marco Aurelio García, asesor de Lula. Todo se reduce a “un programa de cooperación”, agregó, antes de completar su idea: “Nosotros no tenemos doble discurso”. Con todo, está a la vista la presión de Washington y sus socios locales sobre el gobierno del PT. Y fuera de discusión el saldo de esa presión: un acuerdo de colaboración militar entre los gobiernos de Lula y Barack Obama.

Ésa es la dinámica a la que Unasur debe poner freno, so pena de convertirse en una cáscara vacía. Al leer estas páginas, usted sabrá qué respuesta dio al dilema la cumbre de mandatarios en Buenos Aires.

 

24 de abril

estados enidos en lugar de españa, con la misma fiereza e idéntico destino

Bicentenario en Revolución

PorLBenAXXI

 

Evidencia: ningún episodio circunstancial provocado por el desarrollo desigual de la conciencia y la organización latinoamericano-caribeñas puede desdibujar lo obvio: en el Bicentenario del comien-zo de la guerra victoriosa contra el imperio español, el hemisferio en su totalidad –incluyendo a Estados Unidos– vive un momento histórico en el cual la fuerza dominante es la que se encamina –zigzagueante o directamente– hacia la emancipación nacional y social. Como lo hiciera el agónico sistema con sede en el Palacio Real de Madrid, ahora Washington reacciona enviando ejércitos de mercenarios. A la vanguardia marchan batallones de prensa, espionaje, infiltración. Simultáneamente se despliegan bases terrestres y marítimas aprontándose para entrar en acción.

Sigue siendo una fuerza desestabilizadora en la región (…) Sigue teniendo una postura muy antiestadounidense y busca juzgar y restringir la actividad de Estados Unidos donde sea que tenga la oportunidad de hacerlo (…) Sigue comprometiéndose con la región (…) y sigue buscando su agenda socialista”.

Tales fueron las palabras del general Douglas Fraser, jefe del Comando Sur del Ejército estadounidense, al testimoniar acerca del gobierno venezolano el 18 de marzo, ante la Comisión de Servicios Armados de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. Simultáneamente, una elaborada provocación dio lugar a una campaña de calumnioso acoso contra Cuba a escala mundial. Sólo una exigencia táctica impidió que esta ofensiva incluyera visiblemente a Bolivia: Evo Morales acaba de ganar las elecciones con el 64% de los votos.

No caben dos interpretaciones sobre el significado de aquel informe y esta innoble embestida mediática: a 200 años de la rebelión independentista, la actual potencia imperial prepara sus cañones contra la insurgencia latinoamericana y otra vez, como lo hiciera España en Suramérica con eje en Miranda y Bolívar, centra el fuego en Venezuela, apuntando ahora a la revolución socialista que desde allí se expande al continente, como continuidad conclusiva de la lucha emprendida dos siglos atrás. La simultaneidad del ataque contra Venezuela y Cuba proviene de una interpretación acertada por parte de los estrategas del Departamento de Estado: a los efectos de la lucha contra el sistema capitalista y el gendarme estadounidense, Venezuela y Cuba son un solo país; los mandatarios de Caracas y La Habana, un solo gobierno; los ejércitos separados por el mar Caribe, una sola fuerza armada; las mayorías de ambos países, un solo pueblo. Éste es un dato nuevo en la historia; un rasgo que da perfiles inéditos a la coyuntura; un factor de enorme trascendencia para la evolución política del siglo XXI.

Washington sabe además que esta vanguardia –en la que también cuenta sin mengua Bolivia– se extiende a los países del Alba y puede palparse multiplicada en un abigarrado universo de organizaciones de todo género, que en América Latina asumen la revolución socialista como única reivindicación legítima y posible en el bicentenario signado por el descalabro del sistema capitalista internacional.

 

Artillería mediática

Inútil anteponer deseos o negarse a los hechos: la guerra ha comenzado. El despliegue militar estadounidense en el hemisferio está a la vista con la reactivación de la IVª Flota y la multiplicación de las bases terrestres que ya tendieron un cerco de acero sobre América del Sur. Pero si esos son pasos de una estrategia estrictamente militar para un futuro impreciso, hay otro terreno en el que la conflagración ya está desatada: la guerra mediática, peldaño imprescindible de un plan de ataque, consistente en destruir la imagen de los líderes de esta nueva gesta revolucionaria y crear una opinión pública anuente a la escalada bélica programada desde Washington. Con toda certeza, jamás el mundo ha asistido a una descarga publicitaria de tal magnitud e intensidad, comandada desde Washington y sincronizada en cada gran capital del mundo hasta el más pequeño poblado en cada país.

Acusar a Chávez como dictador desquiciado, a Fidel y Raúl como monstruos impiadosos a la cabeza de un régimen represor, a Evo como indio bruto que se acopla a los dictados de La Habana y Caracas no es únicamente un acto de vesanía y cinismo sin límites: es un paso imprescindible de intoxicación de masas en pos de la creación de una opinión pública mundial dispuesta a admitir que el aparato bélico del imperialismo se descargue contra estos pueblos.

La causa de esa necesidad de hierro para la plutocracia de Washington está a la vista: a 200 años de la gesta independentista, una oleada revolucionaria atraviesa el continente, gana más y más voluntades, abre un abismo entre Estados Unidos y los pueblos oprimidos y presagia batallas que, sean cuales fueren sus avatares y meandros, culminará con la derrota del imperialismo y la creación de un mundo nuevo. Como hace dos siglos, he allí al imperio malherido lanzando terribles zarpazos con furia irracional. Como hace dos siglos, sólo hay dos opciones.

 

Fuerzas irracionales desatadas

Por debajo de la conducta guerrerista de gobernantes del partido Demócrata, Barack Obama y Hillary Clinton, hay fuerzas objetivas que guían sus pasos. Hay que repetirlo: la crisis no ha terminado. El mismo aparato de tergiversación que denuesta a los líderes de Cuba y Venezuela convenció al mundo el año pasado de que el colapso sistémico de 2008 había sido superado. Nada más falso. Las sumas siderales de dinero ficticio volcadas al mercado para salvar Bancos y revertir caídas bursátiles no torcieron un milímetro lo esencial de la tendencia: la caída de la tasa de ganancia se acentuó; la desocupación aumenta sin pausa; la sobrecapacidad de producción y las mercancías excedentes, en todos los rubros, empujan hacia una nueva fase de la crisis, en la cual el eje no será ya el ámbito financiero sino lisa y llanamente el terreno de la producción. Futuros estallidos –anunciados esta vez por numerosos publicistas del capital, empeñados en no perder la oportunidad de lucirse, como les ocurrió dos años atrás– ya no serán el reflejo distorsionado de la crisis estructural en el mundo financiero, sino la traducción directa en el plano de la producción. La recesión tenderá con más potencia a transformarse en depresión. Y esto ocurrirá nuevamente con epicentro en el mundo altamente desarrollado: el proletariado de los países avanzados estará compelido a la lucha por la fuerza irracional de la crisis capitalista. Las turbulencias en Grecia, la fractura de la Unión Europea frente a ese episodio –que en el terreno informativo ha ocultado desequilibrios aún mayores en España, Portugal, Irlanda e Italia– es un tibio adelanto de lo que viene gestándose en las economías mayores de la UE: Alemania y Francia. El FMI recupera su lugar de comando en la aplicación de medidas paliativas en función del capital de mayor envergadura en los centros imperialistas. Pero esas medidas no pueden sino glosar la única respuesta que tiene el capital frente a su crisis estructural: despidos masivos, reducción del salario real, aumento de los ritmos de trabajo, disminución drástica o directa abolición de todos y cualesquiera beneficios obtenidos por los trabajadores a lo largo de la segunda mitad del siglo XX; presión a la baja de las materias primas. En la medida en que estas políticas pueden ser inicialmente aplicadas por la ausencia de una clase obrera para sí (conscien-te de su lugar en la sociedad y organizada para ocuparlo), la coyuntura podrá nuevamente ser manejada durante un breve lapso por los estrategas del capital. Sin embargo, esos paliativos, por lo mismo que contribuyen al ahorcamiento de la demanda, sólo pueden acelerar la marcha hacia la depresión. El hecho de que el epicentro de este fenómeno esté en los países imperialistas, por ignorancia o intención perversa ha llevado a no pocos teóricos y dirigentes políticos a sostener que las economías mayores del mundo no desarrollado pueden no sólo eludir el impacto del colapso, sino incluso ser aprovechado para conquistar un lugar predominante en un nuevo diseño económico mundial. Semejante ilusión no sólo carece de fundamento, sino que desarma por completo a los pueblos y las clases trabajadoras de esos países: el mercado mundial es uno; si se desmoronan sus estructuras más elevadas, el conjunto quedará inexorablemente sepultado por los escombros. En medio de la depresión, el mecanismo comercial planetario de mayor efectividad son los ejércitos imperialistas. La lógica intrínseca de la crisis es la marcha hacia la guerra. Basta mirar en derredor, observar los sucesivos periplos de la Sra. Clinton, para comprobar que no se trata de un pronóstico agorero, sino de una realidad palpable. Sólo hay una manera de frenar esa dinámica tan objetiva e irracional como lo es el sistema que la engendra: cambiar las reglas del juego, abolir el sistema capitalista.

 

Desarrollo desigual

Esta es la coyuntura histórica en la que ocurre el Bicentenario. El rasgo distintivo principal no es que hoy América Latina retoma un combate independentista, sino que contiene y proyecta el único proceso que, en su desenvolvimiento, puede dar respuesta al colapso capitalista planetario. Pese a desigualdades entre los gobiernos de tal magnitud que pueden llevar a negar la existencia de un proceso conjunto en el área, existe un entrelazamiento, visible o subterráneo según los casos, que traza un curso general en sentido estratégico aunque no logra imponer un ritmo acompasado. De allí se desprende que las tareas de mayor envergadura son afirmar los procesos revolucionarios en marcha y encontrar los medios que permitan combinar aquellas desigualdades, so pena de que se impongan las fuerzas centrífugas y desbaraten el conjunto. La otra consecuencia obvia es que Estados Unidos en particular y el conjunto imperialista en general tienen, como imperativo de sobrevivencia, la necesidad de cercenar la cabeza de la revolución en América Latina. Se vuelve entonces al significado real de la ofensiva desatada contra Venezuela y Cuba: la manipulación y la mentira en escala jamás vista no hace sino traducir una necesidad intrínseca del capital en crisis. De la misma manera que éste debe bajar salarios aunque con ello produzca una caída de la demanda agregada, lo cual equivale a empujar más hondo el puñal que le parte el corazón, está obligado a falsificar, engañar y tergiversar, aunque la evidencia de los hechos reales redunde en inmediato debilitamiento del corpus ideológico ficticio tras el que esconde la conducta brutal de una fiera herida de muerte. Por eso la batalla de ideas está planteada de manera tal que es posible vencer sin ambigüedades al imperialismo.

 

Vª Internacional

Hay que darle crédito al informe de Fraser y entender sus preocupaciones. No cabe duda de que el gobierno de Hugo Chávez trata de limitar la injerencia estadounidense donde sea que tenga oportunidad de hacerlo. También es indudable que la Revolución Bolivariana sigue comprometiéndose con la región y lo hace en pos de lo que el subordinado de Obama denomina “su agenda socialista”. Pero hay más aún: pese a la multiplicidad de dificultades internas, inmensas como cordilleras, Chávez ha lanzado la consigna de articular y recomponer fuerzas antimperialistas y anticapitalistas en una nueva Internacional. Semejante intuición estratégica obra como una descarga eléctrica de 50 mil voltios en la estructura mental del jefe del Comando Sur (¡y no sólo la suya!). Ese llamado obtuvo de inmediato respuesta positiva desde las fuerzas responsables de la conducción políticas en los procesos revolucionarios del continente, así como innumerables destacamentos anticapitalistas con mayor o menor gravitación numérica en cada punto del planeta. En el umbral de una instancia dramática para la historia de la humanidad, comienza así un camino de recomposición revolucionaria a la escala de las exigencias planteadas. Durante las celebraciones del Bicentenario en Caracas, en el marco de una consistente aceleración de la Revolución Bolivariana en la transición hacia el socialismo, coincidirán en la segunda quincena de abril la conclusión del Congreso extraordinario del Partido Socialista Unido de Venezuela, los preparativos para iniciar la conformación de una Vª Internacional, la cumbre del Alba y una cantidad de reuniones a nivel presidencial de los miembros de Unasur. Allí se jugará la suerte también de otra conquista formidable: la consolidación de la Comunidad de Naciones de América Latina y el Caribe, una OEA sin Estados Unidos que por su sola proclamación prueba la dinámica de retirada política de Washington. Esa fragua portentosa de ideas y programas es la manera más genuina y vital de honrar la memoria de aquellas vanguardias del pensamiento y la acción, que en 1810 comenzaron a andar el largo camino de la libertad.

 

iv congreso del partido dos trabalhadores

Dudas y certezas después de ocho años de gobierno de Lula

PorLBenAXXI

 

Balance: en 1989, cuando Lula disputó por primera vez la presidencia, Estados Unidos esperó su derrota para invadir Panamá. Por estos días y con razones análogas, trabaja para que el PT pierda las elecciones del 3 de octubre. Por sobre cualquier valoración del gobierno de Luiz Inácio da Silva, la victoria de la oposición burguesa a su gobierno abriría el espacio para que los estrategas de Washington puedan continuar con sus planes guerreristas para la región. Dos períodos de gobierno petista en Brasil significaron un salto adelante en la historia de los de abajo. Sus logros sólo pueden ser desconocidos por ideólogos de la reacción. No obstante, al cabo de ocho años, aparte de no haber resuelto innumerables problemas básicos, el PT no fortaleció la estructura partidaria, no desarrolló un proceso de organización de masas con ejercicio concreto del poder, no ganó más espacio social en capas explotadas y oprimidas y, en consecuencia, no cuenta seguro siquiera el voto de la masa beneficiada por su gobierno. El saldo de Lula está en suspenso. Resta saber si la inteligencia política y la visión estratégica de la dirección petista apuntan en la dirección correcta para dar continuidad positiva. Invitado en su condición de militante político, el director de América XXI participó del Congreso del PT; lo que sigue es su despacho desde Brasilia. También se reproduce textual y completa la resolución sobre táctica electoral y política de alianzas.

 

Inequívocas conquistas. Inabarcables compromisos pendientes. Temores sobre la respuesta ciudadana en la elección presidencial de octubre próximo. Tales los sentimientos entrecruzados de los 1350 delegados al IVº Congreso del Partido dos Trabalhadores (PT), cuya tarea principal consistió en designar la candidatura presidencial y sancionar formalmente la decisión de concurrir a la crucial disputa en alianza con un antiguo adversario, a menudo feroz: el Partido do Movimento Democrático do Brasil (Pmdb), que ocupará el segundo lugar en la fórmula. En ese cruce de caminos el PT celebró sus 30 años de vida.

Es notoria la diferencia de este encuentro con tantos otros que, desde su fundación el 10 de febrero de 1980, fueron trazando la historia del PT. No se percibe la abrumadora presencia obrera, sindical y juvenil de entonces. Los debates entre las diversas tendencias continúan siendo duros –y como siempre cuidadosos de la unidad– pero son escasos y circunscriptos; sobre todo, tienen otro contenido. Pese a que la victoria electoral no está garantizada, los delegados no discutieron con qué programa ganar el alma de tantos millones de brasileños que sufren la desigualdad extrema de este país. En cambio, como principal cuestión ante las elecciones se debatió –muy poco, con acuerdo previo largamente hegemónico– la decisión de dar un paso histórico para el PT: una alianza electoral con el Pmdb.

En el Palacio de Convenciones de Brasilia impactaba sobre todo la falta de ardor en la militancia, el espíritu radicalmente diferente a encuentros del pasado que emanaba de esta reunión, acaso dominada por dos sentimientos a todas luces evidentes: el orgullo por las grandes conquistas alcanzadas en ocho años de gobierno y la presunción de que algo fundamental, algo que se lleva muy hondo en el corazón y la conciencia, incluso sin saber expresarlo, ya no envaraba y proyectaba las ilusiones de los delegados.

No es difícil aprehender las causas de esa diferencia. En junio de 1989, en los prolegómenos de la primera gran contienda electoral en la que Lula sería candidato, 600 delegados al 6° Encuentro votaban alborozados, con una poderosa energía ausente en este Congreso, un documento que decía: “El PT no cree en la posibilidad de una etapa de capitalismo popular (…) El binomio cambios económico-sociales radicales y democracia, es la clave para construir un bloque mayoritario capaz de llevar a Lula a la presidencia”. Hoy, la mayoría de los delegados traga con dificultad una afirmación curiosa: el próximo período será de “post-neo-liberalismo”, fórmula que, aparte su falta de sustento teórico, no parece apta para despertar grandes pasiones y esperanzas.

Ironías de la historia: el imponente lugar de sesiones lleva el nombre de Ulyses Guimaraes, el veterano líder democrático burgués que a la cabeza del MDB, principal formación política durante la dictadura y el primer período posterior, enfrentó a Lula en 1989. Era la primera vuelta de la primera elección directa de Presidente; y en aquella oportunidad el MDB obtuvo el 4% de los votos. El único Partido de la burguesía quedó vaciado por el poderosísimo influjo del PT, el cual en la segunda vuelta no alcanzó el gobierno sólo por una formidable operación de último momento urdida por el gran capital local e imperial, que inventaron un candidato de utilería y apelaron maniobras sin ahorrar bajezas para arrebatar la victoria segura de aquel partido, entonces recién nacido y con un candidato que simbolizaba la irrupción del proletariado paulista en la política brasileña. Tres décadas después, el fallecido Guimaraes, a quien todos y en primer lugar él mismo consideraban el inevitable presidente después de la dictadura, podría regodearse al ver que el PT recurre, para intentar ganar la próxima elección, a su partido renacido de las cenizas pese a inenarrables acusaciones de corrupción. Con todo, las ironías que podría lanzar Ulyses quedarían muy por detrás de las invectivas lacerantes que con certeza habría esgrimido Leonel Brizola, del Partido Democrático Trabalhista (PDT, socialdemócrata), otro líder histórico que vio destruidas sus ilusiones de ser Presidente por la entrada violenta en el escenario de un obrero metalúrgico y desde entonces, incluso obligado a apoyar al PT en varias circunstancias, lanzó los más envenenados dardos imaginables contra Lula. Ocurre que la candidata designada ahora por el PT, Dilma Rouseff, era militante del PDT, del cual se apartó recién en 1990, para integrarse al gobierno estadual del petista Olivio Dutra en Río Grande do Sul.

 

Conquistas de dos períodos presidenciales 

Empresas consultoras de toda filiación subrayan un hecho impactante: más del 80% de la población brasileña respalda a Lula. No hubo dirigente que en su exposición omitiera ese dato, revelador sin duda del resultado político de su gestión. Tras ese recado, los oradores defensores de la tendencia mayoritaria desgranaban otros datos contundentes: 20 millones de personas salieron de la pobreza; 350 mil familias campesinas fueron asentadas; 215 mil jóvenes están cursando en escuelas técnicas que pasaron de 140 a 354, mediante la inversión de 1.100 millones de reales; la inversión en programas sociales alcanzó los 33 mil millones de reales, un aumento del 189% en relación con el período anterior; se crearon 11 millones de empleos; la inflación cayó para ubicarse en torno del 4,5%; el PBI creció a un promedio del 3,1% anual, contra el 2,1% del período anterior; la moneda se revaluó positivamente frente al dólar; las reservas en divisas pasaron de 37.800 a 236 mil millones de dólares. Y un dato que numerosos expositores, incluida Dilma en su discurso de aceptación de la candidatura, presentaron como símbolo del éxito petista: cuando asumió Lula, Brasil debía 14 mil millones de dólares al FMI; ocho años después, es el FMI quien debe 14 mil millones a Brasil. Fueron subrayados igualmente los éxitos del gobierno PT en materia de política internacional, resumido con una imagen apropiada: hasta ahora, en el mundo Brasil era sinónimo de Pelé; ahora el símbolo nacional es Lula. Otro resultado reiterado fue el de haber cambiado la realidad energética de largo plazo al hallar reservas petrolíferas por 60 mil millones de barriles. Con legítimo orgullo, los dirigentes y el propio Lula en sus dos intervenciones aludieron una y otra vez a la política de integración latinoamericana y de aproximación a África, así como al Bric (Brasil, Rusia, India y China) y al bloque de India-Sudáfrica-Brasil. Un lugar especial ocupó la reiterada reivindicación del papel de Brasil como país rector de la Minustah, la fuerza militar de intervención en Haití.

Y aquí otra vez aparece la diferencia con los congresos del PT anterior: no hubo voces que desafiaran el significado de congratularse por ser acreedores del FMI o de encabezar la fuerza militar de intervención en Haití.

Campesinos sin tierra, favelados, trabajadores con paga mínima y millones de marginalizados podrían poner en contexto la contundencia indiscutible de aquellas cifras, que incluyen la asistencia alimenticia a unos 11 millones de habitantes, lo cual significa, nada menos, que esa masa humana ha dejado de sufrir los horrores del hambre. Brasil, el país de los grandes contrastes en su geografía y en la condición social de sus 200 millones de habitantes, transfunde esas contradicciones a las venas del partido gobernante y produce en su organismo una dicotomía dolorosa, a partir de la cual entra en un ángulo sombrío la valoración del saldo final.

 

Apuesta por el capitalismo

“El gran desafío (…) exige pensar en transición directa al desarrollo sustentable. Dentro de esta perspectiva deben ser elaboradas las Directrices y el Plan de Gobierno del PT 2011-2014”, dice la resolución votada. Y agrega: “La alternativa practicada por el gobierno Lula de desarrollo con distribución de renta, fortalecimiento del mercado interno, inversión estatal y apoyo estatal para la formación de grandes empresas nacionales, integración en el mercado en un nuevo orden económico internacional con competitividad y la preocupación con los activos ambientales, fue fundamental y necesario para impulsar el crecimiento económico y garantizar conquistas sociales”. Y más adelante precisa la idea: “El objetivo estratégico es transformar a Brasil en un país desarrollado, con indicadores de bienestar social aproximados a la media de los países desarrollados e indicadores de sustentabilidad ambiente superiores a la media de los practicados por los países de la Ocde”.

No es necesario abundar en citas para extraer la sustancia de la resolución aprobada por el Congreso para fijar las líneas de un próximo gobierno petista: sin rodeos se asume la perspectiva del capital para afrontar la inmensa tragedia social de este país continente. Incluso un joven dirigente estudiantil que con tono enfático denunció la deserción del 70% de los estudiantes secundarios, dejó implícita su convicción de que ese flagelo se resolverá con voluntad política –que descuenta, con todo fundamento– del PT y su eventual próximo gobierno. Ensanchar la base del mercado y tonificarlo integrando a millones de excluidos, aminorar las abismales distancias en la distribución de la renta, crear grandes empresas nacionales que ganarán espacio en su ámbito natural, América Latina, son los ejes de la estrategia asumida. En los hechos, esta concepción fue asumida antes de la primera victoria de Lula.

Es la reaparición, implícita, del gran debate: reforma o revolución. No hay diferencia alguna entre las opciones de, por ejemplo, el Partido Socialdemócrata Alemán a comienzos del siglo XX, y las que ahora atraviesan al PT. Y la resolución no deja lugar a dudas: se trata de reformar el capitalismo. Por eso la crisis mundial del sistema es una cita suelta en los textos congresales. La opción busca afanosamente respaldo teórico y allí se halla la causa de otro dato sobresaliente de la realidad actual del PT: la escualidez de su producción teórica, que permite afirmaciones tales como “el mundo está ante una etapa histórica de post-neo-liberalismo”. Puede que resulte difícil entender el significado preciso de tal afirmación. En cambio, es claro lo que deja como conclusión negativa: el socialismo no es la tarea para el próximo período histórico. El vuelo teórico de tales argucias está a la altura del objetivo que se proponen. Y requiere de intelectuales a la medida, lo cual viene a explicar otra diferencia del actual PT: el vaciamiento de figuras de relieve y consistencia teórica en sus filas.

Un dato significativo, abierto a múltiples posibilidades, está dado por las características del nuevo presidente del PT, Eduardo José Dutra. Ex senador y ex presidente de Petrobras, Dutra inauguró su período con un discurso sincero, en el cual hizo una encendida defensa de la historia del PT, reivindicando incluso a las figuras transformadas en blanco de todas las injurias por la prensa burguesa. Simultáneamente, Dutra exaltó la tradición partidaria y reivindicó la opción desarrollista en alianza con el Pmdb. El nuevo presidente petista subrayó que había sido elegido por el voto directo de unos 500 mil afiliados. No es pequeña victoria, después de la crisis partidaria. No obstante, vale recordar que en 1989 el PT tenía unos 800 mil afiliados. Y que en relación con los 200 millones de habitantes de Brasil, y aun en términos absolutos, en comparación con el Partido Socialista Unido de Venezuela, que cuenta con más de siete millones de afiliados y un activo permanente de alrededor de un millón y medio de militantes, el PT ha dejado de ser el partido de mayor envergadura en el continente.

Como sea, las cartas están echadas: ésa es la estrategia asumida formalmente por el PT. Las izquierdas que de manera más o menos consciente y adecuadamente se apartaron en los últimos años de esa orientación, no lograron conformar ni en la teoría ni en la práctica una opción valedera frente a la deriva de la dirección partidaria encabezada por Lula. Las tendencias revolucionarias que aún se mantienen disciplinadamente en el partido, no pueden sino sumarse a la fuerza predominante. Hasta cierto punto, una excepción a esta regla reside en el Movimento Sem Terra. Por todo un período, mientras la realidad mundial y local no dé lugar a nuevas oleadas de protagonismo de los trabajadores, desde el gobierno o la oposición el PT regirá la marcha las luchas sociales en Brasil.

 

Candidata inesperada 

Sin desmedro de sus ostensibles y reconocidas condiciones, Dilma no era la candidata natural del PT. Sólo el violentísimo golpe moral y político sufrido por este partido en 2005 pudo poner fuera de juego a, por lo menos, una docena de líderes fundadores de esta fuerza política excepcional. Aquella situación, de la cual se ocupó en detalle América XXI en su edición de septiembre de 2005, dio lugar a una ofensiva impiadosa del gran capital financiero e internacional, apuntada a quebrar la columna vertebral de este partido obrero.

Por sobre cualquier juicio de valor, aquellos destacados militantes tenían no sólo el derecho histórico de ocupar el privilegiado lugar, sino la oportunidad (y, en más de un sentido, la necesidad), de mantener una línea de continuidad con los postulados originarios del PT. Pero hechos de inocultable corrupción extrema, tomados como catapulta por los medios y los partidos del capital, pusieron a Lula a la defensiva y arrasaron con aquellos cuadros dirigentes. El episodio debilitó de manera brutal los cimientos sociales del PT, cargándolo con un desprestigio extendido que aún gravita ostensiblemente en la sociedad brasileña. La misma opinión pública que entroniza hoy casi sin barrera de clases la figura de Lula, denuesta al PT, lo cual constituye una pesada y peligrosa carga para la campaña electoral. En ese cuadro la decisión de Lula, sancionada por el Congreso, de escoger a Dilma Rouseff como candidata, priva a la oposición de armas potencialmente letales para la campaña, además de colocar un factor potencialmente positivo para la contienda: una mujer como candidata.

De hecho, según las encuestas Dilma tenía en diciembre un 17% de aceptación y subió al 25% en las últimas mediciones. Antes de comenzar la campaña, el candidato del Partido Social Democrata Brasileiro (Psdb), José Serra, aún no proclamado formalmente, le lleva 10 puntos de ventaja. El peso de Lula en campaña y, precisamente, el “factor mujer” como novedad electoral, sumado al respaldo objetivo de las conquistas alcanzadas en ocho años, puede darle una nueva victoria al PT en octubre. Pero esa posibilidad, está todavía lejos de ser una certeza.

La victoria del PT no sólo es del interés de las fuerzas revolucionarias de la región. Todas las formaciones de carácter democrático, conscientes de la inmensa amenaza a la paz y la institucionalidad burguesa que implica el cerrojo militar estadounidense en el hemisferio, tienen igualmente el mismo interés objetivo. La sola existencia de un gobierno petista pone una barrera al desenfreno imperialista. Aunque el Psdb representa con mayor genuinidad los intereses del gran capital industrial brasileño y, por lo mismo, no cambiaría vectores fundamentales de la política internacional brasileña, sería sin duda más vulnerable a las tremendas presiones que Estados Unidos y la Unión Europea ejercen sobre el gobierno del Planalto. Se trata de la base social objetiva de uno y otro partido. Las ambigüedades del gobierno Lula se transformarían en concesiones mayores a la voluntad geopolítica de Washington. Y esto redundaría en la apertura de la grieta que afanosamente busca el imperialismo para clavar una cuña en el corazón de América Latina.

Desde Brasilia

América Latina no gira a derecha

PorLBenAXXI

 

Es posible hallar en la tragedia de Haití el símbolo de un volcánico desplazamiento de clases y partidos a lo largo del continente, remezón obligado del seísmo que, en 2008, derrumbó el sistema financiero internacional. No es necesario forzar esa misma imagen para señalar que Estados Unidos responde a la ruptura del statu quo hemisférico con el mismo criterio estratégico según el cual Barack Obama envió 16 mil soldados a la isla caribeña.

El hecho es que en cada país se observa un realineamiento de dirigencias, partidos y organizaciones sociales. Así, el bicentenario coincide con el inicio de una era signada por el colapso del sistema capitalista y su traducción en el mapa político continental. Las clases fundamentales de la sociedad se deslizan hacia uno u otro ángulo del arco político, la más de las veces de manera inconsciente.

Nuevas y antiguas expresiones de las tendencias objetivas que empujan y simultáneamente frenan la dinámica de convergencia regional, traducen por estos días en sus avatares un complejísimo polígono de fuerzas sin resultante predecible. El futuro está, como pocas veces en la historia, a la espera de una formidable prueba de fuerzas entre la irracionalidad y la inteligencia, entre la brutalidad de cenáculos enceguecidos y el acervo más lúcido y generoso de las luchas sociales en los dos últimos siglos.

 

Dialéctica y desarrollo desigual 

Mientras tanto, Unasur, instancia de extraordinaria potencia, fue afectada por el efecto disgregador ya desde fines de 2008, cuando los gobiernos de Brasil y Argentina resolvieron afrontar el colapso capitalista desde la perspectiva del G-20, es decir con la estrategia estadounidense. El Mercosur, paralizado por un conjunto de razones económicas y políticas en el último quinquenio, no sólo no logra consumar la incorporación de Venezuela, sino que es cada vez menos eficiente en su mezquino cometido primigenio: el de instrumento facilitador para el intercambio comercial. El Pacto Andino es ya prácticamente inexistente. La Organización de Estados Centroamericanos, a partir del golpe en Honduras y la victoria derechista en Panamá, está siendo manipulada con un único objetivo: rodear, ahogar y aplastar a Nicaragua.

Al margen de otras implicancias, el resultado electoral en Chile afectará adicionalmente a Unasur. Junto con Colombia y Perú, este país conforma ahora un bloque formalmente alineado con Estados Unidos y obrará como Caballo de Troya en el concierto de los 12 países de la Unión de Naciones Suramericanas. Un segundo bloque dentro de Unasur se desgarra entre la toma de distancia frente al guerrerismo estadounidense y la subordinación a sus dictados económicos. Cumpliendo con una ley de hierro del desarrollo histórico, el movimiento convergente que signó la última década se descompone en numerosas tendencias posibles y, a partir de la solución de continuidad en ese proceso, establece las bases para retomar el impulso en un plano superior, seleccionando y redefiniendo a los actores del nuevo momento histórico.

No faltan quienes interpretan esta instancia de la dialéctica histórica como un “retorno de la derecha” en América Latina. Craso error, fruto de la confusión entre deseo y realidad, o de concepciones reformistas que, amarradas a la lógica formal, se resisten a asumir lo obvio: la crisis desgarra la sociedad, polariza a las clases, atrapa a dirigentes y partidos y los arroja a un torbellino donde sólo por excepción consiguen afirmarse y orientarse.

 

Los hechos y la mirada 

Pero no se trata de interpretaciones complejas. Se ve a la luz del día que en ningún país de América Latina hay un movimiento de masas con el menor signo de identificación con estrategias contrarrevolucionarias. Todo lo contrario es verdad; al punto que las fuerzas reaccionarias están obligadas a camuflarse con discursos progresistas. Los ejemplos de candidatos que en Venezuela intentaron ganar votos retomando consignas de la Revolución Bolivariana, fueron y serán reiterados por el Departamento de Estado. Esas tácticas impuestas por Washington prueban que los estrategas del imperialismo no estiman que las masas estén girando a la derecha, aun cuando la rémora histórica de confusión, desideologización y desorganización, a menudo las deje inermes frente a maniobras electorales de personas y partidos inescrupulosos.

Es verdad que partidos y dirigencias que han podido aparecer como expresiones populares de estrategias progresistas están girando a la derecha. Es verdad también que en tales circunstancias, propuestas travestidas de la ultraderecha pueden lograr circunstancialmente ventaja electoral. Pero no es la superestructura política la que marca el curso de la historia. A la inversa, la etapa que atravesamos está signada por una radicalización de masas muy profunda en todo el hemisferio, desdibujada acaso por la enorme desigualdad en grado y ritmo en cada país, pero evidente tanto en sus picos de mayor militancia (Venezuela, Bolivia, Ecuador), como en países donde los reclamos sociales no han logrado elevarse al plano de la lucha política pero se expresan, de todos modos, arrastrando imperceptiblemente a quienes se suponen gobernantes y resquebrajando instituciones e instrumentos tradicionales de las clases dominantes.

 

Fascismo y socialismo 

Para salir de esta fase e ingresar en otra donde esté planteado un cambio del sentido histórico en el que marcha América Latina, las burguesías y el imperialismo deben infligirle a los pueblos derrotas aplastantes, estratégicamente decisivas, sólo dables mediante la fuerza militar. Pero he allí otro dato crucial de la etapa: las burguesías no pueden confiar en las fuerzas armadas de cada país para establecer gobiernos de fuerza en choque frontal con trabajadores, campesinos y juventudes. El recurso al que pueden apelar es el del fascismo, entendido en el sentido estricto de esta categoría: organización de sectores de masas para ejercer la violencia contra las franjas más conscientes, organizadas y en lucha de las clases explotadas y oprimidas.

Sin duda el imperialismo y sus delegaciones locales están encaminados en esa dirección. Sin duda cuentan con decenas de millones de seres humanos arrojados a la marginalidad, la ignorancia y la desesperación, para intentar hacer de ellos una fuerza de choque salvaje contra el conjunto social. No es menos evidente que en Honduras se han apuntado un tanto a favor (aunque sería un error calificarlo como triunfo: allí la prueba de fuerzas recién comienza). Y va de suyo que en Chile se revela adónde llevan las políticas reformistas cuando no existe la fuerza suficiente para llegar a las mayorías con una propuesta revolucionaria efectiva.

Pero confundir esto con la idea de que en Brasil y Argentina –para tomar dos casos sobresalientes– la estrategia imperialista y/o las expresiones políticas de la ultraderecha local pueden cambiar en esta fase histórica las relaciones de fuerza, al punto de imprimir a estos países un giro a derecha, en franco choque con la marcha emprendida en Venezuela, Bolivia y Ecuador, implica, repetimos, confundir deseos con realidad o mostrar el típico pavor reformista frente a la opción por la revolución, por la necesidad objetiva y perentoria del socialismo.

Basta poner el pensamiento en la ceremonia de asunción del nuevo mandato de Evo Morales, el 22 de enero pasado, vencedor con el 64% de los votos, cuando fueron enviados al museo los atributos del poder del “Estado liberal y colonial”, como lo calificó el vicepresidente Álvaro García Linera. Basta ver la radicalización acelerada de la Revolución Bolivariana, respaldada cada día por sectores más amplios de las masas. Basta ver la aceleración de la Revolución Ciudadana y el vigor con que se replantea la organización de una fuerza política de masas en Ecuador.

Pero los gobiernos de esos tres países son parte del Alba, desde donde se proyecta hacia toda América Latina y el Caribe (y más allá, mucho más allá, como quedó a la vista en Copenhague), la neta confrontación planteada por una respuesta socialista a la crisis capitalista.

Es comprensible que gobiernos y dirigentes atrapados por sus propias vacilaciones y compromisos, amenazados por derrotas electorales o incluso por demandas generalizadas de las masas, agiten el fantasma de una ultraderecha en marcha victoriosa. Pero se trata de un eslabón más en la cadena de la manipulación.

Tal rotunda afirmación no habilita al facilismo y mucho menos a la irresponsabilidad: el enemigo es poderoso, brutal, irracional pero a la vez inteligente e implacable. Exige por tanto la búsqueda de todas las formas de frente único. En todo caso, no hay salida sin comprender que América Latina hoy no se desplaza a la derecha. Es que la crisis deja sin respuesta posible a quienes sueñan con reformar el capitalismo. En tales circunstancias los únicos representantes posibles del capital son aquellos dispuestos a asumir sin rodeos, en todos los terrenos, la estrategia imperialista. Y en la misma medida en que no existan fuerzas con raigambre social y definiciones socialistas, queda espacio para aventureros de todo tipo en reemplazo de los partidos que el capital ya no tiene.

Incluso los casos donde tales francotiradores den en el blanco se inscriben en una realidad de signo contrario: una etapa de convergencia regional en un plano cualitativamente más elevado, expresada en el Alba, que contiene, supera y proyecta todo lo avanzado mediante Unasur y las demás instancias regionales, a las cuales, lejos de antagonizar, contiene y sostiene como expresiones vivas del desarrollo desigual. Más aún: el programa, la estrategia e incluso la propuesta organizativa del Alba están diseminadas en cada rincón del hemisferio, sin excluir a Estados Unidos.