respuestas de américa latina a la crisis mundial

Panorama en las vísperas

PorLBenAXXI

 

Opciones: todos los profundos cambios de orientación geopolítica verificados en América Latina en lo que va del siglo XXI estarán en juego en los próximos meses. Con el sistema financiero internacional desintegrado, las grandes potencias se aprestan a recomponerlo con cambios apenas cosméticos. Un “nuevo Bretton Woods”, lo llaman, para no dejar lugar a dudas. El principal objetivo de Washington es impedir que China, Rusia e Irán, cada una con su área de influencia, así como América Latina y el Caribe, constituyan subsistemas autónomos, por fuera de la hegemonía y el control estadounidense. Suramérica participará próximamente en dos reuniones clave en las que se librará esa batalla: el G-20 en Londres el 2 de abril y la Cumbre de las Américas en Puerto España dos semanas después. Sólo Brasil y Argentina estarán presentes en el primer encuentro, definitivo para el rediseño global. En las páginas siguientes quedan reflejadas la situación y las políticas aplicadas hasta ahora en ocho países de la región.

 

La disciplina rebautizada Economía durante el siglo XX se ha revelado en los últimos meses como la más formidable estafa en la historia de las ideas. Cuando en los albores del pensamiento en la antigua Grecia los teóricos de entonces imaginaron la Tierra como un plano apoyado sobre elefantes, daban prueba de mayor rigor y honestidad intelectual que los economistas de hoy al servicio del capital. Día tras día, los cuadros formados en esa materia en las más renombradas universidades del primer mundo se muestran perplejos y admiten su incapacidad para definir la naturaleza y los alcances del cataclismo económico universal.

Pero si los economistas están a la espera de los acontecimientos para formarse opinión, los políticos no: aun sin saber exactamente qué tienen bajo los pies, han delineado y aplican sistemáticamente un plan en función de los intereses de los núcleos mayores de concentración de riqueza en el mundo.

Ese desdoblamiento entre economistas y políticos expresa el desgarramiento del saber formalizado por Adam Smith en el siglo XVIII, denominado entonces Economía Política. Una ciencia es un medio para descubrir la verdad en el área que investiga. Por eso, ya a mediados del siglo XIX los defensores del sistema capitalista debían apresurar un viraje que neutralizara la Economía Política para convertirla, quitándole el apellido, en un instrumento para encubrir la verdad y defender por los medios que fuere la sociedad de la explotación, la injusticia y la destrucción de valores humanos y materiales.

Tomando en cuenta estos antecedentes se comprende mejor el significado del encuentro del G-20 el 2 de abril próximo en Londres y la Vª Cumbre de las Américas desde el 17 al 19 del mismo mes en Puerto España, Trinidad y Tobago. Sin respuestas de los economistas, los representantes políticos del gran capital internacional no han logrado detener la caída en tirabuzón, no pueden determinar con precisión la etiología y la dinámica de la crisis ni tienen aún diagnóstico y pronóstico seguros. Pero entienden lo que para ellos es fundamental y, trazados los lineamientos estratégicos, están llevándolos a la práctica.

Desde su perspectiva, afrontar el colapso mundial requiere ante todo obturar cualquier respuesta por fuera del sistema capitalista. E impedir incluso que las economías menores busquen formas de autonomía relativa, evitando que de los escombros del sistema financiero internacional surjan mecanismos regionales no sujetos al centro imperial. Por eso el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz (y otras luminarias de ocasión, algunas con ropajes progresistas), claman por la necesidad de “un nuevo Bretton Woods”, es decir, la reparación, con algún cambio cosmético, del mecanismo planetario bajo hegemonía y control de los centros imperialistas de la economía mundial. Paralelamente, los estrategas de Washington y Bruselas tienen clara la necesidad de impedir la aparición de un centro político en condiciones de polarizar la voluntad de cientos de millones de seres humanos amenazados por el terremoto social, registrado incluso por los sismógrafos menos sensibles.

Una vez obtenidas esas precondiciones, claro, entonces sí serán útiles los economistas. Las técnicas y nociones impartidas en las altas casas de estudio servirán para cuantificar y proyectar el costo que la humanidad deberá pagar para rescatar al capitalismo. Piénsese sólo que desde octubre a la fecha el colapso bursátil ha volatilizado una riqueza equivalente al PBI anual sumado de Estados Unidos y la Unión Europea, para medir cuántas horas de trabajo, cuántas esperanzas, cuánto sufrimiento humano se esfumó en esta primera fase de la crisis capitalista. A partir de allí se podrá intuir cuánto falta por venir y qué costos humanos requiere el salvataje del sistema.

 

El abismo 

A mediados de febrero Dominique Strauss Kahn, titular del Fondo Monetario Internacional (FMI), admitió que “hay una posibilidad real de que en las próximas semanas o meses algunos países, particularmente los emergentes, necesiten algún tipo de ayuda” y auguró “una segunda vuelta” de la crisis financiera. No estaba pronosticando: innumerables Bancos, encabezados por el Citi y el Bank of América, respectivamente el más grande del mundo y de Estados Unidos, ambos quebrados, aguardan la decisión que enviará a muchos al abismo y salvará unos pocos nacionalizándolos. Paralelamente, después de que Islandia e Irlanda, los modelos súper exitosos de los últimos tiempos, debieran ser rescatados de una caída en barrena, los índices económicos de España, Grecia y Portugal anunciaban que la onda expansiva no se detuvo. Peor aún, comenzó a revelarse otra de las más extraordinarias mentiras de la historia: la supuesta afirmación de los países integrantes del ex Pacto de Varsovia como prósperas economías capitalistas. La otra cara de aquel momento de euforia muestra la caída en dominó de Ucrania, Rumania, Hungría, Croacia, Serbia, Lituania, Letonia y Estonia, a cuyo rescate deben correr las autoridades de la Unión Europea, dado que incluso eludiendo lo obvio: que detrás de esos países se agiganta el peligro de un desplome de la economía rusa, los efectos de esta crisis en cadena sencillamente devastarían al viejo continente. “Hace 20 años que Europa se unió. ¡Qué tragedia sería dejarla dividirse nuevamente!”, reflexionó el presidente del Banco Mundial Robert Zoellick, un estadounidense muy conocido por sus trapisondas en América Latina. Sí: qué tragedia… Las novelas de Erich María Remarque en las que el célebre autor alemán pintó el sufrimiento de cientos de miles de personas (buena parte de ellas de origen judío) lanzadas a la nada entre la primera y la segunda guerras mundiales, vagando constantemente de Este a Oeste y viceversa, sin documentos, sin poder afincarse en ningún país, con toda la inmensa desdicha que describen, apenas si permiten intuir la pesadilla de millones de habitantes del Este y Centro europeos arrojados a la emigración por el colapso de sus economías, intentando cruzar las fronteras para hallar un mendrugo en el Oeste.

El diagnóstico negativo no se limita a los países más pobres de Europa, convencidos en los últimos años de que habían llegado al cielo capitalista. Véase la descripción insospechable del decano de la prensa económica conservadora en el mundo, The Economist, en su edición del 19 de febrero: “En Alemania las órdenes de máquinas y herramientas en diciembre último estuvieron un 40% por debajo del año anterior. En China quebró la mitad de las nueve mil fábricas para la exportación de juguetes. Los embarques en Taiwán de computadoras notebooks cayeron un tercio en enero. El número de autos ensamblados en Estados Unidos estuvo un 60% por debajo de enero de 2008. La producción industrial cayó en los últimos tres meses en 3,6% y 4,4% respectivamente en Estados Unidos y Gran Bretaña (equivalente a una caída anual del 13,8% y 16,4%) (…) Pero el colapso es mucho peor en países más dependientes de exportaciones manufactureras (…) La producción industrial alemana cayó el 6,8% en el último trimestre de 2008; la de Taiwan 21,7%; Japón 12% (…) La industria está colapsando en Europa del Este, así como en Brasil, Malasia y Turquía. Miles de fábricas están siendo abandonadas en el Sur de China. Sus trabajadores fueron a sus domicilios de origen para celebrar el nuevo año en enero. Millones no volvieron nunca”.

Nada mejor se vislumbra en Estados Unidos. “La economía perdió 3,6 millones de puestos de trabajo desde que la recesión comenzó en diciembre de 2007 –afirma The Wall Street Journal el 7 de febrero– la mitad de los cuales se perdió en los últimos tres meses. En enero la suma fue de 598 mil”. Esto ocurrió pese a la inyección de sumas imposibles de concebir, a las que se sumó en febrero el “paquete de estímulos” de 787 mil millones de dólares exigido por Barack Hussein Obama al Congreso y durante cuyo tratamiento quedó a las claras la fractura de la burguesía imperialista al debatir la repuesta a la crisis. Este último salvavidas será insuficiente, según todas las estimaciones, no obstante lo cual, combinado con una baja de impuestos apuntada a aumentar el consumo, llevará a cifras descontroladas el déficit fiscal del presupuesto proyectado para 2010, muy por sobre los 1,75 millones de millones de 2009. Se acelera así la vaporización de todo respaldo real para el dólar, en el mismo momento en que el euro amenaza con desaparecer devorado por las crecientes fracturas en la Unión Europea.

Mientras tanto, la nacionalización de bancos llevó al semanario Newsweek a condenar desde la portada lo que entiende como la marcha de Estados Unidos al socialismo. Sólo que en los países imperialistas el “fortalecimiento del Estado” no supone un paso progresista sino, todo lo contrario, un peligroso deslizamiento en dirección al fascismo.

 

G-20 y Cumbre de las Américas 

Es en este marco que se realizará la Cumbre de las Américas. El borrador de la declaración final, ya puesto a consideración de los 34 jefes de Estado (todos menos Cuba, vetada por Washington de estos encuentros), tiene un título curioso: “Asegurar el futuro de nuestros ciudadanos promoviendo la prosperidad humana, la energía y la sustentabilidad ambiental”. Cuando los burócratas de la OEA lo redactaron no estaban advertidos de que semejante encabezamiento sonaría a sarcasmo cruel. Luego no tuvieron la perspicacia para cambiarlo. Todo el empeño estuvo centrado en realizarlo en un lugar donde no fuera posible hacer algo semejante a lo ocurrido en la edición anterior, en Mar del Plata, cuando Hugo Chávez presidió un acto de masas con el carácter de contracumbre, donde anunció que a pocos metros había sido muerto y sepultado el Alca.

El anteproyecto recorre todos los lugares comunes reiterados ritualmente en cada encuentro cimero. Y tiene el mismo nulo valor de los anteriores. Al margen de la declaración, la gran pregunta es cómo actuará Unasur en ese escenario: ¿se alineará con la perspectiva estratégica propuesta por el Alba o condonará las resoluciones que dos semanas antes habrá tomado el G-20 en Londres?

Allí cobra todo su negativo significado el hecho de que a la capital británica acudan Brasil y Argentina. Su incorporación, en aparente igualdad de condiciones, al cónclave donde los grandes resolverán la estrategia frente al colapso mundial del capitalismo, se explica precisamente por la necesidad de evitar que América Latina resuelva su propia respuesta.

En el encuentro realizado en Washington en noviembre pasado no se oyó una propuesta de Brasilia y Buenos Aires. Si acaso emitieron un sonido, no traspasó los muros del recinto donde sesionaron. Ni se oyó luego, cuando los mandatarios regresaron a sus países. Al correr la última semana de febrero no hay un solo signo de que las dos economías mayores de Suramérica enarbolen un programa común. Unasur no ha sido llamada a reunión a tal efecto. Por el contrario, Brasil recibió en los últimos meses ayuda del FMI para sortear la amenaza de quiebra en cadena de sus principales Bancos; en Buenos Aires, que dos años atrás pagó al contado la totalidad de la deuda con este organismo, con el argumento de que así se liberaría del yugo, hay voces oficiales que adelantan la necesidad de seguir el mismo camino de Brasil.

Un hecho presumiblemente casual pone una nota aguda para la participación argentina en esa reunión: el 2 de abril es el aniversario del malhadado intento de recuperar las islas Malvinas, en 1982, culminado como se sabe con una ignominiosa derrota. La gesta y su saldo de tantos jóvenes muertos pesa de manera silenciosa en la sociedad argentina. Numerosas organizaciones políticas y sociales han iniciado un movimiento que pretende representar esos sentimientos y lograr que la presidente Cristina Fernández no concurra a Londres.

El encuadramiento de Brasil y Argentina en el programa de las grandes potencias frente a la crisis significaría un revés para el proceso de convergencia suramericana, pero sobre todo el ingreso a un callejón sin salida para ambos países. La interpretación según la cual con el cambio de presidente y la aplicación de un plan keynesiano Estados Unidos gira hasta colocarse en el mismo rumbo de marcha de gobiernos del Sur considerados progresistas, es un error de inabarcables proporciones. No sólo porque asimila de manera superficial al teórico imperialista.

También y sobre todo porque desconoce dos diferencias cruciales: el cuadro de situación incomparable al que le dio respuesta y la distancia entre una economía dominante y otras subordinadas.

La opción consiste, ni más ni menos, en servir como fuente de recursos para la contraofensiva económica del Norte o en la utilización de esos recursos para una estrategia propia, común a toda la región, de complementariedad, solidaridad y respaldo mutuo. Ya llega la devastadora onda expansiva del estallido de las economías capitalistas centrales. América Latina y el Caribe están en las vísperas de una batalla histórica.

medio siglo de construcción socialista

Cuba y el futuro de la humanidad

PorLBenAXXI

 

Una revolución que cumple 50 años sin retroceder ni cambiar sus objetivos, sin devorar a sus hijos, ya ha vencido ante la Historia.

El símbolo está a la vista: con un inmenso y hasta ahora inigualado poder moral, Fidel Castro lleva ya dos años y medio fuera del ejercicio directo del gobierno, Cuba no ha mostrado el más mínimo signo de debilidad política durante la transición de un liderazgo de medio siglo y la revolución socialista cubana cumple su 50 aniversario precisamente cuando el capitalismo se desploma. Estados Unidos entra en barrena, mientras sus gobernantes son despreciados por el mundo entero, que con mayor o menor claridad y conciencia advierte la magnitud de la crisis, siente que el sistema dominante no ofrece futuro y observa el ejemplo cubano como prueba de que la Revolución es posible.

A la hora del balance de lo ocurrido en 50 años de construcción socialista, no hace falta atiborrarse de cifras y datos para medir la eficiencia de la dirigencia revolucionaria cubana. Basta comparar la evolución de Cuba en estas cinco décadas con la de un país capitalista en América Latina. Argentina es un buen parámetro, porque a la hora de la gran encrucijada histórica, en el último tramo del siglo XX, sus clases dominantes lograron imponer sin cortapisas la fórmula del capital para nuestros países. Excepcionalmente rica y a la vanguardia del desarrollo capitalista regional a fines de los años 1950, Argentina inicia 2009 como un espectro horroroso de lo que fue. Excepcionalmente pobre y atrasada, Cuba recorrió el camino inverso: de la miseria, la corrupción, el atraso y la subordinación al poder extranjero, pasó a ser un país culto, con extraordinarios niveles de desarrollo humano, siempre pobre –el bloqueo estadounidense, la caída de la Unión Soviética y la demora de nuevas revoluciones socialistas se sumaron a la escasez de sus recursos naturales y el mínimo desarrollo capitalista de entonces– pero con garantías sociales colectivas que no se hallarán en ningún otro país del mundo. No hace falta comparar cifras de mortalidad infantil, atención de salud, niveles de escolaridad, para llegar a conclusiones claras. Basta caminar algunas cuadras al anochecer de cualquier día por las calles de Buenos Aires y observar a miles de personas comiendo de la basura, durmiendo en las veredas o revolviendo deshechos, y contrastarlo con una mirada idéntica a La Habana, sin siquiera contar con que tres huracanes en un año han provocado inmensa destrucción y sufrimiento a la población cubana.

Cinco décadas atrás el “Chiquilín de Bachín” (un niño de la calle) al que le cantaron Horacio Ferrer y Astor Piazzolla conmovía a los argentinos. Por entonces había, claro, pobreza y exclusión. Pero hoy la pobreza ha aumentado hasta hacer irreconocible al país, la sociedad parece anestesiada ante el espectáculo obsceno de la niñez abandonada y, como las dirigencias políticas ocupadas exclusivamente en sus candidaturas, mira sin ver la realidad (Ver Hambre en el granero del mundo, pág. 12).

Ésa, la diferencia en la conciencia social creada a lo largo de medio siglo entre ambos países, no es la menor de las ventajas que habrá de apuntarse a favor de Cuba a la hora de hacer el balance.

Sería erróneo cargar el saldo a la cuenta de quienes gobernaron uno y otro país. Desde luego Fidel y la multitud de hombres y mujeres que lo acompañaron tienen una integridad moral y ostentan una condición humana difíciles de igualar. Pero ante todo es verdad que el sistema capitalista trituró a incontables individuos con honestas intenciones y alta capacitación, a la vez que produjo y paulatinamente impuso a lo más inepto e inmoral. Al compás de la decadencia capitalista el fenómeno que explica a George W. Bush como presidente de Estados Unidos se reprodujo en todo el mundo.

Por eso Fidel, Raúl y los cuadros del Partido Comunista, como vanguardia de un pueblo conciente y masivamente organizado, hicieron mucho más que defender su revolución y ser victoriosos en esa empresa aparentemente imposible.

Al resistir la potentísima fuerza retrógrada que a partir de los años 1980 arrastró partidos, académicos, intelectuales, artistas y dirigentes de todo lo imaginable hacia la aceptación pasiva del horizonte puesto al mundo por el capitalismo, Cuba rindió un servicio a la humanidad que sólo con el paso de muchos años podrá ser valorado en toda su magnitud.

Porque ahora, cuando el sistema capitalista alcanza su límite y se arroja a un abismo de miseria y violencia, Cuba es la bandera palpitante del socialismo. Es la vanguardia ideológica mundial. Es la teoría y la práctica de la revolución. Es el punto de partida para la nueva etapa histórica de la humanidad.

Honor y gloria a quienes lo hicieron y lo siguen haciendo posible

Definición

PorLBenAXXI

 

A la par de otro holocausto, esta vez perpetrado por judíos, el mundo ha asistido a una operación jamás antes pergeñada para “restaurar la sensación de liderazgo de Estados Unidos”, según definieron sus autores.

Por obra de una formidable manipulación de la conciencia universal, el flamante presidente de Estados Unidos aparece como el hombre capaz de dos proezas mágicas: sacar a Estados Unidos de la ciénaga económica en que está hundiéndose y convertirlo en el paladín de la democracia, el desarrollo y el progreso en todo el mundo.

No se puede minimizar la capacidad de un sistema que en la peor crisis de su historia lleva a un afroamericano a la Casa Blanca, logra transformar la elección de su Presidente en un hecho universal y avanza una fase nueva de su guerra de exterminio en Medio Oriente a través de sicarios, todo mientras experimenta fórmulas para enfrentar el colapso de la economía mundial. La lucidez estratégica, la eficiencia operativa, la crueldad sin límites de esa maquinaria y la cantidad de recursos colaterales todavía al servicio del centro imperial, indican la naturaleza y magnitud de la batalla en curso. Quien no se proponga –y logre– estar a la altura necesaria para enfrentar y vencer esas capacidades, no puede seriamente creer que hace algo en favor de la resolución positiva de la crisis.

 

Espejismo 

Después del primer impacto del colapso financiero, en septiembre y octubre, se vive un espejismo fácilmente explicable. Con mayor o menor conciencia la mayoría del planeta comprendió la dimensión inasible de la crisis. Pero al asomarse al abismo, dio un paso atrás. El temor empujó hacia lo malo conocido. En ese punto el Departamento de Estado lanzó su operación “restauración del liderazgo”. Los rasgos y capacidades de Barack Hussein Obama, inusuales en los círculos formalmente ejecutivos del mundo contemporáneo, dieron un espacio extraordinario a esa operación. Pero el hecho es objetivo: la paradoja fue más ostensible en el ámbito monetario: mientras el sistema financiero mundial se desmoronaba, el dólar, precisamente la columna cuya fragilidad provocó el desplome del edificio, pareció fortalecerse.

Se trata de una ilusión de los sentidos. Un economista demócrata, Paul Krugman, en un enjundioso listado de “consejos” para Obama, después de pintar un panorama catastrófico y prever una desocupación del 15% este año en Estados Unidos, recomienda déficit sideral para financiar obras públicas y alerta: “(durante la depresión de los años 1930) tuvo que venir el enorme proyecto público conocido como Segunda Guerra Mundial –un proyecto que silenció al fin a los tacaños– para que la Depresión llegue a su fin”.

Ésa es, de hecho, la estrategia del imperialismo. Pero ¿por dónde la encamina? Y sobre todo: ¿qué lugar le cabe a América Latina en ese diseño?

Antes de asumir su cargo, Barack Hussein Obama definió su trazado. Omitió expedirse sobre el hecho entonces preponderante en el terreno mundial: la agresión israelí a Palestina. Puso de lado el trascendental conflicto con Rusia. No emitió opinión sobre el tembladeral europeo, que lleva a un estallido al continente exhausto. Tampoco se refirió a la situación de China, India, Suráfrica o Brasil, países a los cuales sesudos analistas atribuyen el futuro poder rector para el equilibrio planetario. En cambio dijo: “Chávez ha sido una fuerza que ha impedido el progreso de la región (…) Deseamos iniciar discusiones diplomáticas sobre cómo podemos mejorar las relaciones, pero también ser muy firmes cuando vemos noticias de que Venezuela exporta actividades terroristas o apoya a milicias como las Farc”.

Lejos de eso, en ese mismo instante Venezuela actuaba en los hechos contra el terrorismo: denunciaba la invasión sionista y expulsaba del país al Embajador de Israel. Días después Evo Morales hizo lo mismo, mientras en otros países de la región, y también en Europa y el mundo árabe, crecía el clamor para que se adoptara la misma actitud. En Washington no tuvieron dudas respecto de los seguros efectos de una política exterior revolucionaria aplicada con coraje y consecuencia.

 

Sumisión o contraataque 

Ya en su cargo Obama, el subsecretario del Departamento de Estado, James Steinberg insistió: “nuestros amigos y socios en América Latina están observando hacia Estados Unidos para que provea un liderazgo fuerte y sostenido a la región, como un contrapeso a gobiernos tales como los que actualmente tienen poder en Venezuela y Bolivia (Hugo Chávez y Evo Morales) que no practican políticas para beneficiar los intereses de sus propios pueblos ni de la región”. Su jefa, la muy demócrata Hillary Clinton fue todavía más detallista: “la injustificada expulsión del embajador (en La Paz) Philip Goldberg (…) hace que preguntemos si Bolivia desea una relación bilateral constructiva”. No disparan sin apuntar. Esta columna sostiene desde hace mucho tiempo que Venezuela es un factor clave del mundo actual.

El 2 de abril se realizará en Londres la segunda reunión del G-20 para resolver la línea de acción de los centros imperiales frente a la crisis. Pero esa línea es, en primer lugar, de acción política. Para Washington es primordial aislar a Venezuela y Bolivia (y por supuesto a Cuba) del resto de Suramérica. En otras palabras: es imprescindible excluir una salida anticapitalista, excluir la idea de revolución y socialismo. Argentina y Brasil sólo pueden asistir al G-20 para denunciar ante el mundo la estrategia imperial. Y retomar el impulso para articular Unasur, prolongándolo con el G-15 y el Movimiento de los No Alineados. No pueden “mirar hacia Estados Unidos para que provea un liderazgo fuerte”.

Es un momento crucial. Menos que nunca es posible hoy identificar a un hablista como dirigente; confundir voluntarismo con estrategia; cambiar chapucería por ciencia; permitir que el gesto reemplace al hecho. O se asume el conjunto de tareas necesarias para aunar fuerzas a escala regional y mundial, organizarlas, darle direccionalidad y alcanzar la eficiencia en todos los planos de la acción, o se dejará espacio para que Washington arrastre al mundo a un abismo.

el sucre: moneda común y símbolo para américa latina

Dos caminos frente a la quiebra mundial del capitalismo

PorLBenAXXI

 

Opciones: dos encuentros presidenciales tuvieron lugar en noviembre con el objetivo de expedirse frente al colapso financiero internacional y su ominoso presagio para el porvenir de la humanidad. El primero, convocado por George Bush reunió al      G-20 en el Museo Nacional de la Construcción, en Washington. Citado por Hugo Chávez, el segundo aunó a los países del Alba y sesionó en el salón Ayacucho del Palacio de Miraflores. En la capital del imperio se acordó un documento errático y sin definiciones precisas, excepto el propósito común de restaurar el capitalismo y corregir lo que diferentes mandatarios calificaron como “excesos por falta de regulación”. En Caracas, tras diagnósticos demoledores que expusieron la gravedad de la crisis sistémica y su carácter estructural, se adoptaron medidas económicas y políticas trascendentales, como la creación de una zona monetaria común, la decisión de acabar con la hegemonía del dólar en el comercio internacional y la defensa de la multipolaridad. Si Bush pudo vanagloriarse de atraer a China, Brasil y Argentina a su reunión de potencias imperialistas, la reunión del Alba concluyó con una cena a la cual se sumó el primer mandatario ruso, en nítido esbozo del nuevo mapa político planetario que comienza a dibujar la crisis.

 

Sería excesivo denominarlo “Ayacucho del siglo XXI”. Pero el espíritu de Antonio José de Sucre, el vencedor de la última batalla contra el imperio español, estaba presente en el Palacio de Miraflores en la mañana del 26 de noviembre, cuando los mandatarios de Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Dominica, Honduras y Ecuador, acompañados por mínimas comitivas, comenzaron un debate inusual en este tipo de reuniones. Tanto, que siete horas después, tras una encendida batalla de ideas, caracterizaciones y propuestas, los jefes de Estado y de gobierno aprobaron la creación de una zona monetaria común y dieron nacimiento al Sucre, moneda de cuenta como instrumento para el intercambio que además denomina al nuevo mecanismo: Sistema Unitario de Compensación Regional.

La III Cumbre Extraordinaria de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio de los Pueblos (Alba – TCP) no fue uno más de los innumerables encuentros presidenciales de los últimos años. No sólo porque reinó un clima diferente entre los participantes, despojados de formalidades y vaciedades diplomáticas, sino porque en línea con los rasgos que los caracterizan, Hugo Chávez, Ricardo Cabrisas, Evo Morales, Daniel Ortega, Roosevelt Skerrit, Manuel Zelaya y Rafael Correa buscaron y hallaron respuestas a la crisis que sacude al planeta desde una perspectiva no sólo autónoma sino francamente opuesta a la que sostienen los centros imperiales.

 

Sirena sin voz, pero con poder 

La verdadera significación de las decisiones del Alba aparece cuando se toma en cuenta el encuentro de presidentes en Washington. Calificar la reunión del Grupo de los 20 como un gesto vano del presidente saliente de Estados Unidos, deja de lado su verdadero objetivo estratégico. La vaciedad del documento final se explica por la imposibilidad obvia de hallar una respuesta clara –mucho menos común– al colapso capitalista. Es discutible sin embargo que el objetivo de los organizadores haya sido emitir una proclama de principios imperialistas. La insólita convocatoria tuvo otro propósito. Y no ocurrió por impulso de un presidente desprestigiado y carente de poder como nunca antes en la historia estadounidense, sino por decisión de los estrategas del Departamento de Estado, que buscaron un objetivo de estricta madera política: impedir que China y América Latina enfilaran hacia la constitución de subsistemas financieros regionales e ingresaran al nuevo escenario internacional abierto por la crisis con líneas de acción independientes de la voluntad y de los intereses del G-7 (Estados Unidos, Alemania, Japón, Francia, Canadá, Italia e Inglaterra).

El canto de la sirena del Dólar ya no tiene capacidad para extasiar a los marineros que acompañan a Ulises en el tormentoso mar de las finanzas desquiciadas. No obstante, todavía gravita lo suficiente para que algunos timoneles desvíen sus barcos del camino a Itaca, para enfilar hacia los mortales arrecifes en torno a la Casa Blanca. El saldo real de la cumbre del G-20 consiste en que China, Brasil y Argentina acudieron al llamado de Bush (los restantes países de este conjunto, sobre todo India, México, Arabia Saudí, Indonesia y Corea del Sur, no entrañan por el momento el peligro de salirse de la órbita de Washington).

En modo alguno el resultado de aquel encuentro fue concluyente en el sentido buscado por el Departamento de Estado. China está condicionada por los efectos gravísimos de la recesión mundial sobre su economía y amenazada como nadie por el eventual colapso final del dólar. Es improbable que la foto de Hu Jintao al lado de Bush garantice que Beijing y Washington recorran a la par el período por venir. Lo mismo vale para Brasil, cuya economía sufre más que ninguna en Suramérica y afronta riesgos extremos a partir de 2009. Lula sonreía incómodo a la diestra del espectro errabundo que ocupa todavía la Casa Blanca. Argentina, por su parte, golpeada doblemente por la detonación de la crisis económica y el debilitamiento político del gobierno por causas de otra naturaleza, garantiza todo menos firmeza tras un rumbo definido.

Esto no puede ocultar, sin embargo, el éxito relativo de los estrategas imperialistas: para observar sólo este hemisferio, a excepción del Alba, ninguna de las instancias regionales se reunieron para tomar cuenta de la crisis y diseñar una respuesta común.

La Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), formidable conquista reciente en pos de la convergencia suramericana quedó muda y paralizada, tal como le ocurrió al Mercosur, para no hablar de la moribunda Comunidad Andina de Naciones (CAN). En lugar de convocar una urgente reunión de Unasur, Brasilia y Buenos Aires acudieron a Washington. Mientras tanto, los mandatarios de Perú, Chile y Colombia se refugiaron en otra cumbre a la que acudió Bush: la de la Apec (Asia-Pacific Economic Cooperation), reunida en Lima.

 

¿Reversión de la tendencia?

Después de ocho años en los que una fuerza centrípeta en Suramérica produjo un drástico cambio geopolítico en detrimento del imperialismo en general y del estadounidense en particular, cabe la incógnita: ¿revierte la tendencia y una fuerza centrífuga acentuada por el colapso mundial destruirá las conquistas logradas en lo que va del siglo?

Los crecientes choques por las razones más diversas entre Brasil y Argentina, Ecuador y Brasil, Uruguay y Argentina, Paraguay y Brasil… son indicativos de la gravitación múltiple de fuerzas internas y externas que atentan contra el proceso de unión regional predominante en los últimos años. Como desde estas páginas se remarcó hace mucho tiempo, tras la gran victoria contra el Alca, una contraofensiva imperialista introdujo una cantidad de factores contrarios a la convergencia suramericana. No obstante, la fuerza disgregadora más potente proviene del papel jugado por las burguesías regionales. La competencia por los mercados prevalece y, en mayor medida cuanto más poderosas son las clases dominantes de cada país, alimenta fuerzas de choque interno. Con la irrupción de la crisis mundial, esas fuerzas objetivas se conjugan para arrastrar a gobernantes verbalmente comprometidos con el propósito latinoamericanista. Esta es la encrucijada ante la cual habrá que optar sin demora.

 

Pesos y medidas 

Washington continúa actuando según la directriz estratégica que lo guió durante décadas: hacia donde vaya Brasil, irá América Latina. De allí el llamado al G-20. De allí, también, la trascendencia de la cumbre extraordinaria del Alba. Es obvia la gravitación económica, geográfica y poblacional de Brasil. Con el concurso pasivo de Argentina, ese peso supera largamente al de los seis países del Alba (más Ecuador). Pero la aritmética simple no siempre se lleva bien con la política. Tanto menos con la estrategia. La realidad interna de Brasil, Argentina, México y Colombia –para tomar sólo a los países de mayor peso económico– no conjuga con una orientación que lleve a subordinarse a las necesidades de las metrópolis imperiales. Gobernantes, intelectuales y medios de prensa no parecen haber asumido todavía la magnitud de la crisis que se descargará sobre el mundo entero. Se precipite o no el colapso en el futuro inmediato, la economía mundial marcha hacia una depresión sin precedentes en la historia del capitalismo. Está en ciernes una volcánica transformación política que en diferente grado pero con pareja violencia cambiará el mapa de Alaska a la Patagonia. Los tradicionales aparatos políticos de las clases dominantes –sin excluir a los partidos Demócrata y Republicano de Estados Unidos– saltarán por los aires. El fascismo será el desemboque inevitable de todas aquellas tendencias que rechacen una perspectiva basada en las necesidades de los pueblos.

Es en este cuadro que cobran su verdadera dimensión los acuerdos alcanzados en Caracas por los países del Alba. En la declaración final de la Cumbre queda afirmada la decisión de “construir una zona monetaria que incluya inicialmente a los países miembros del Alba (la Mancomunidad de Dominica participaría en calidad de observadora) y a la República del Ecuador, mediante el establecimiento de la unidad de cuenta común Sucre (Sistema Unitario de Compensación Regional) y de una cámara de compensación de pagos. La creación de esta zona monetaria se acompañará del establecimiento de un fondo de estabilización y de reservas con aportes de los países miembros, con el fin de financiar políticas expansivas de demanda para enfrentarse a la crisis y sostener una política de inversiones para el desarrollo de actividades económicas complementarias”. Los mandatarios presentes aprobaron por unanimidad la decisión de crear “una zona económica y monetaria del Alba-TCP que proteja a nuestros países de la depredación del capital transnacional, fomente el desarrollo de nuestras economías y constituya un espacio liberado de las inoperantes instituciones financieras globales y del monopolio del dólar como moneda de intercambio y de reserva”. Y afirmaron la decisión de “articular una respuesta regional, impulsada por el Alba-TCP, que busque la independencia respecto a los mercados financieros mundiales, cuestione el papel del dólar en la región y avance hacia una moneda común, el Sucre, y contribuya a la creación de un mundo pluripolar”.

Desde su perspectiva antimperialista y en dirección al socialismo del siglo XXI el Alba pasó de la palabra a la acción, en claro contraste con el resto de los países. A mediados de diciembre los presidentes de Suramérica volverán a reunirse, esta vez en Brasil. Nada definitivo saldrá de allí. Será un episodio más en la lucha por definir un rumbo. No obstante, allí jugará su destino más de un gobierno. Y se verá con mayor nitidez qué camino toma cada quien en la encrucijada histórica del continente.

congreso internacional de economía política en caracas

Respuestas del Sur frente a la crisis económica mundial

PorLBenAXXI

 

Oportunidad: en coincidencia con el colapso financiero internacional, del 8 al 11 de octubre se llevó a cabo en Caracas el primer Congreso Internacional de Economía Política. 31 participantes provenientes de Venezuela, Uruguay, Perú, México, Inglaterra, Francia, Estados Unidos, España, Ecuador, Cuba, Corea del Sur, China, Chile, Canadá, Bélgica, Australia y Argentina, concurrieron al llamado del Ministerio del Poder Popular para la Planificación del Ejecutivo venezolano y el Centro Internacional Miranda. La inusitada violencia del desplome bursátil y las cabriolas de los principales jefes políticos para buscar respuesta dieron un tono particular a los debates. La propuestas plasmadas en la Declaración final del encuentro se publican en las páginas 8 y 9 de esta edición. La siguiente es la transcripción íntegra de la intervención del Director de América XXI en la clausura del Congreso.

 

No podría comenzar sin agradecer a los organizadores de este encuentro por su invitación, pero sobre todo felicitarlos por haber comprendido la importancia trascendental de la discusión de este tema en estos momentos.

Puede haber casualidad en la realización de este Congreso y el estallido de la crisis; pero la casualidad siempre tiene, en última instancia, una razón profunda de causalidad. Creo que éste es el caso, y de allí una felicitación que quiero hacer extensiva a los compañeros y compañeras que han trabajado en la organización de este encuentro, notablemente eficiente.

Hay que comenzar por decir que este cataclismo financiero internacional ocurre al cabo de un período que, no tengo dudas, es el de mayor desmovilización, confusión ideológica, y desorganización del proletariado mundial. Desde luego esto no niega las grandes luchas puntuales que ha habido en uno u otro lugar y sobre todo las grandes luchas sociales que ha habido en América Latina en la última década. Pero llevamos prácticamente tres décadas de desmovilización, poco menos que total, del proletariado mundial. Y al cabo de esas casi tres décadas lo que tenemos es un literal derrumbe del sistema capitalista, expresado hoy en el derrumbe del sistema financiero.

En mi opinión aquí hay una cuestión teórica de la mayor trascendencia que alude a la objetividad de la crisis, a la lógica interna del sistema capitalista, al carácter necesario del colapso del sistema capitalista; y excluye además la idea de que el capitalismo se derrumba si hay una fuerza proletaria y política que lo desafía con una propuesta de futuro. Este no es un problema menor, aunque no es el tema a discutir hoy día. En los últimos años se confundieron cuestiones elementales. Como resultado de la desagregación ideológica que nos acosó, muchos pensadores y dirigentes políticos de la izquierda mundial creyeron que afirmar que el capitalismo cae por sí solo era adoptar una posición fatalista, mecanicista. El hecho es que el problema de los revolucionarios no consiste principalmente en ver cómo hacemos para derrumbar el sistema, sino en garantizar que cuando se entra en un momento de crisis haya una propuesta alternativa capaz de garantizar que ese derrumbe no termine con los escombros en nuestras cabezas, como ya ocurrió tantas veces en la historia.

De manera que antes de entrar a la caracterización misma de la crisis es importante situarnos en esta visión del problema. Existe un carácter necesario, intrínseco, en la crisis del capitalismo. La crisis no se produce –parece bastante claro– por la amenaza soviética; no se produce por la movilización o por la propuesta revolucionaria de grandes partidos revolucionarios a lo largo del mundo, con arraigo de masas y con el proletariado organizado; y no se produce por la demanda, siquiera economicista, de masas proletarias. Sin embargo ocurre. Yo creo que esta es una lección muy importante antes de entrar a caracterizar la crisis misma.

Ahora bien, un compañero preguntaba, en una de las rondas de debate, por qué llamábamos crisis a lo que había antes. A la vista de lo que está ocurriendo ahora, decía, tal vez debiéramos pensar que la crisis es esto y no aquello que había desde años atrás. Desde luego es una opción y tiene fundamentos; pero hay un problema: si cambiamos la certeza teórica y práctica de que antes de ahora había crisis porque ahora vemos la magnitud de esta palabra, en nuestro próximo encuentro –que espero que no sea después de un lapso demasiado largo– tendríamos que volver a hacer lo mismo, tendríamos que volver a decir que esto que hoy llamamos crisis no lo era; porque esto es sólo el comienzo; es la manifestación más primaria, más elemental del derrumbe del sistema capitalista.

Creo que fue el mismo compañero quien preguntó –estoy seguro de que tiene la respuesta, pero lo dejó como una cuestión a discutir– si esta crisis comenzaba ahora o cuándo había comenzado; y hablaba de los años 1970. Yo soy un convencido de que este es el comienzo de la culminación de la crisis que se inició en los años 1970. Cuando se inició la crisis del capitalismo, no hubo una respuesta suficientemente fuerte desde la perspectiva del socialismo, desde la perspectiva de la revolución. Entonces el capital tuvo la posibilidad de avanzar sobre el conjunto social planetario y postergar la eclosión de sus crisis. Hemos denominado a eso la contraofensiva global estratégica, en el sentido de que se trataba de una contraofensiva en los terrenos militar, político, económico, ideológico, cultural y religioso, para afrontar la llegada de la crisis estructural y el avance de la revolución verificado en los años 1970. El imperialismo lanzó esa contraofensiva global a fines de los años 1970 y comienzos de los años 1980. Y nos derrotó en todos los terrenos. Yo llego al punto de sostener que la caída de la Unión Soviética –que tenía sus propias y suficientes razones para derrumbarse sin que nadie la ayudara– por el momento y la forma en que se produjo, fue resultante de la crisis del capitalismo. Porque los mismos problemas que produjeron, desde el punto de vista interno, esa desagregación deshonrosa de la Unión Soviética, existían 10, 20, 40 y  60 años antes en la Unión Soviética y sin embargo no habían redundado en su derrumbe. Ocurrió cuando la circunstancia mundial puso a la humanidad en tensión entre capitalismo y socialismo y obviamente aquello que no era socialismo sino una situación de transición completamente degenerada, no podía tener sino el destino que tuvo.

Lo único que quedó de pie con los principios, con la teoría y con la práctica –en la pequeña escala de sus posibilidades– fue la Revolución Cubana, el Partido Comunista de Cuba y su principal figura: el comandante Fidel Castro. Es el gran reivindicado de hoy. Porque en el medio del cataclismo, de lo que se suponía el fin del socialismo, supo sostener la perspectiva estratégica, convencido por razones profundamente teóricas y por una visión política concreta de que llegaría la nueva fase. Esa nueva fase ha llegado.

Toda esa cháchara sobre el neoliberalismo es lo que se derrumba hoy. Porque el neoliberalismo no era neo y no era liberalismo. En Argentina, que se supone el prototipo de la experiencia neoliberal, ese proyecto comenzó con una decisión del Congreso que le puso precio a la moneda. ¿Desde cuándo y con qué criterio se puede llamar a eso liberalismo? Era sencillamente una política anticrisis del capital, que en algunos sentidos necesitaba recurrir a los extremos del liberalismo y en otros necesitaba recurrir a los extremos del estatismo.

La exposición del compañero ecuatoriano sobre la deuda externa me exime de hablar al respecto; ha sido contundente, letal, en la demostración del significado político que tuvo la deuda externa. Con la riqueza que nos sacó, el imperialismo palió y postergó su crisis. Y cuando eso comenzó a producir los efectos políticos que están ahora en plena vigencia en América Latina, cuando ya no le fue suficiente lo que estaba absorbiendo mediante el endeudamiento forzado de nuestros países, viró el eje de su práctica y comenzó a endeudar a sus propios ciudadanos. Esa es la significación de esas famosas hipotecas subprime. Hay algunos que llegan al extremo de cargarle la responsabilidad de este colapso a la impericia del señor Alan Greenspan; sin embargo son muchos más los que con gesto de seriedad le echan la culpa a la falta de controles del Estado frente a la política crediticia de estas grandes empresas financieras. Resulta que esa falta de controles era una necesidad imperativa del capital para poder enfrentar, en la realidad y a través de la valorización del dinero en el circuito financiero, lo que yo considero que es la causa esencial de esta crisis que comenzó en los años 1970: la caída de la tasa de ganancia. Ellos contrarrestaron la caída de la tasa de ganancia con medidas extraordinarias: el endeudamiento de nuestros países, la baja en los precios de las materias primas, la prolongación de la jornada laboral, los cambios en las formas de la producción, el aumento en el ritmo de la producción y la reducción del salario real. Ellos leyeron bien El Capital, estudiaron bien el Tercer Tomo y dijeron: a esto que nos está matando, este cáncer que es genético, lo podemos contrarrestar con estas medidas. Dieron vuelta El Capital, lo pusieron en un espejo, aplicaron esa teoría a la inversa y ganaron estos años de ventaja.

 

Fin de una era

Eso es lo que está terminando ahora. Lo que esta cayendo es, nada más y nada menos que la política anticrisis del capitalismo. Aunque habrá circunstancias y momentos diferentes, termina la era del dólar. Sin embargo estoy seguro de que hay otra cosa mucho más importante que termina. Me refiero al factor que mencionaba inicialmente: la parálisis de los trabajadores, del proletariado industrial del mundo, porque esa pausa que obtuvo el capital internacional en la eclosión de su crisis significó una forma bastarda y esencialmente falsa –aunque con efectos reales– del crecimiento económico, que dio trabajo y garantizó en distintos niveles, una vida llevadera a aquellos que tenían trabajo y sobre todo a los que tenían trabajo en la industria.

Si ustedes observan, no ya el Norte, sino el propio Sur, verificarán que los obreros industriales de nuestros países en los últimos 25 años han sido una especie de élite, una suerte de aristocracia, como pudimos denominar a esta clase social –explotada por excelencia– en los Estados imperialistas durante tantos años. Era una aristocracia porque con lo que nos robaban a los pueblos del Sur, las patronales imperialistas chantajeaban a la clase trabajadora del Norte, la paralizaban o por lo menos la limitaban a una función estrictamente reformista.

Algo análogo, aunque con una sustancia diferente, ocurrió en nuestros países. La confusión ideológica de la clase obrera llegó al pináculo con el derrumbe organizativo, el desvío, la degeneración cuando no la disolución formal de los partidos comunistas y socialistas en todo el mundo. Todo eso redundó en confusión y desmovilización total en la clase trabajadora. Pero además de esos factores había otra razón, de carácter material: aquel que tenía trabajo era un aristócrata. Y digo era, porque eso se terminó. Se terminó la condición material para la sustentación de la parálisis política del proletariado de nuestros países –y también del Norte desde luego–.

La crisis financiera es solamente la expresión visible de la crisis estructural y arranca ahora la recesión. Es probable que esta desesperada cantidad de reuniones y medidas espasmódicas que en estos momentos están tomando los grandes jefes del capital financiero internacional consiga detener el colapso bancario y bursátil y pueda impedir que la recesión se transforme, en el corto plazo, en una franca depresión. Pero es solamente una cuestión de tiempo. Si consiguen hacer eso, ganarán tiempo –y diría hasta que no nos viene mal que ganen un poco de tiempo– pero no resuelven el verdadero problema.

Lo que quiero subrayar sobre todo es que estamos ante el fin de un sistema financiero, el fin de la moneda del principal imperialismo como instrumento esencial de la dominación de ese imperio. A partir de ahora comienza una nueva etapa histórica en la realidad social y en la organización social y política de los trabajadores de todo el mundo. En esta coyuntura, América Latina está en el punto de avanzada. Pero atención: quien va a sufrir primero –y, en un sentido, mucho más– los efectos de este colapso, es el pueblo estadounidense, la clase trabajadora y el pueblo del principal imperialismo.

Hay que recordar entonces que el proletariado estadounidense tiene reservas históricas de organización y lucha muy grandes. Podemos suponer que van a reaparecer en la próxima etapa; y no tengo la menor duda de que una de las expresiones de esta crisis será, a corto plazo, la crisis política de Estados Unidos. El próximo presidente de Estados Unidos –no importa quién sea– va a asumir después de una prueba de fuerza que todo el planeta pudo ver al trasluz: el presidente George Bush, los dos candidatos a presidente del próximo período, el presidente y el vicepresidente de la Cámara Baja, el presidente y el vicepresidente del Senado, todos juntos pidiendo que se apruebe una ley… y la ley no se aprueba. ¿Qué es eso? Es el anuncio de lo que viene: no van a poder gobernar.

Se abre un espacio extraordinario para la creación de una fuerza política de masas; un tercer partido en Estados Unidos. Que tiene antecedentes, porque en situaciones críticas se generó un movimiento sindical que incluso buscó pasar al plano político aunque no lo consiguió. Ya gravitaba en la política mundial el deterioro resultante de la degeneración de la Unión Soviética. Junto a una multitud de otros factores eso influyó para que la AFL-CIO (Federación Americana del Trabajo-Congreso de Organizaciones Industriales) no pudiera transformarse en partido. Pero ahora es una exigencia de la realidad que haya una nueva instancia política y en esa instancia van a pesar los trabajadores y las propuestas anticapitalistas.

Quiero hacerles una pregunta a todos ustedes: cuando esto comience –y ya ven que no tengo dudas de que va a comenzar– (uno se puede equivocar, pero en este caso yo no me equivocaría por poco: me equivocaría totalmente). El punto es: cuando comience a formarse una fuerza política anticapitalista en Estados Unidos ¿adónde va a mirar? Cuba ha sido siempre un faro, y lo seguirá siendo; en este último período es un faro ideológico. Pero acá hace falta respuestas políticas de cortísimo plazo porque la magnitud, insisto, de la crisis social en Estados Unidos no tiene precedentes, salvo en El talón de hierro, la novela de Jack London cuya lectura o relectura hoy sería muy productiva. Estoy seguro de que el faro para esa lucha política será la Revolución Bolivariana, será Venezuela y será, naturalmente, el comandante Chávez. Y aquí no hay ningún tipo de culto a la personalidad. Hay un esfuerzo por interpretar la realidad y por prever cómo va a desarrollarse.

La responsabilidad de la Revolución Bolivariana hoy no tiene límites, porque precisamente del curso que adopte la constitución o no constitución de una fuerza política anticapitalista en Estados Unidos depende el mundo; y eso depende, en gran medida, de Venezuela. Lo venimos diciendo respecto de otras situaciones en el mundo porque no estaba planteada la posibilidad de que esto ocurriera en Estados Unidos. Hoy, con esta crisis, se afirma el punto de partida. Seguramente demandará mucho esfuerzo y probablemente mucho tiempo toda esta gran tarea. Pero ésa es la tarea que tenemos delante. Porque esto no es la crisis de un modelo: es la crisis del sistema, es una crisis estructural irreversible que el capitalismo sólo podría resolver sobre la base de un profundo saneamiento, de una tarea sistemática y a escala sideral de destrucción de lo que sobra. Y sobra todo en el mundo capitalista. Esta es una crisis clásica de sobreproducción y habría que destruir ese sobrante para que el sistema pudiera reiniciarse. Estoy diciendo con esto que tengo la más profunda convicción de que, de aquí en más, la lógica del imperialismo estadounidense es la lógica de la guerra. Estoy convencido además de que esa guerra no es simplemente contra los pueblos del Sur, contra los países dependientes, subdesarrollados o coloniales, como se los quiera llamar. Hay en la esencia de la situación de los últimos años, sobretodo visible por el reflujo del proletariado, una clara confrontación interimperialista; una lucha interimperialista por el control de los mercados. Una disputa por el mercado mundial que con la crisis y la recesión se agravará a extremos todavía no vistos y con un nuevo actor, que es ese gran productor de mercancías a bajo precio: China.

Esto garantiza una lógica de guerra, en un escenario de crisis política en Estados Unidos. Ni hablar de Europa. No me queda tiempo para tratar eso en detalle, pero está a la vista: no pudieron ponerse de acuerdo en medidas básicas y cada uno actuó por su cuenta. Imagínense el panorama frente a la magnitud del desafío que plantea el desplome de un sistema financiero internacional y la necesidad de reconstituirlo.

 

Fuerzas contradictorias 

Para no abusar del tiempo y cumplir con el cometido del título de mi exposición, veamos qué pasa con Unasur en este cuadro. La crisis interimperialista y la crisis estructural del capitalismo –que llevó al imperialismo a hacer desmanes nunca antes hechos en nuestros países– produjo una reacción colectiva, una reacción multiclasista, donde incluso, en muchos sentidos, la vanguardia la tuvo la propia burguesía, no el proletariado, ausente como organización y como programa. La vanguardia fue tomada por movimientos sociales, básicamente campesinos, desocupados, subocupados, movimientos indígenas y burguesías. En este contexto es que aparece la Revolución Bolivariana y le imprime un ritmo y un carácter diferente a esa dinámica de convergencia regional. Una de las características de esta aparición inesperada es que precisamente la lógica necesaria de las burguesías subordinadas del continente encuentra un motor que va en el sentido de esa convergencia para defenderse de la voracidad desmedida del imperialismo, pero que además, al cabo de cuatro o cinco años a partir de 2000 que es cuando comienza este proceso de convergencia impulsado por Brasil –es decir por la burguesía brasileña: Lula no estaba en ese momento en la presidencia; ni siquiera se puede decir que fue el Partido de los Trabajadores–. Fue precisamente alguien a quien se condenaba como neoliberal, Fernando Henrique Cardoso, quien citó a la primera reunión de presidentes suramericanos en 2000, que es el punto de partida de lo que ahora, por la fuerza de voluntad y la lucidez estratégica de la Revolución Bolivariana, se transformó en Unasur.

Con la crisis del sistema central vamos a tener un doble juego de fuerzas sobre Unasur. Entendida por un lado como instrumento de autodefensa de burguesías regionales y, por otro, como instrumento de unidad suramericana contra el imperialismo.

La crisis va a introducir dos fuerzas de carácter y signo exactamente inverso. Por un lado la mayor voracidad del imperialismo va a agudizar la necesidad de las burguesías de avanzar hacia la unión suramericana. La otra fuerza es de signo contrario: va a aumentar la competencia y la confrontación interna de las propias burguesías latinoamericanas. Allí vamos a empezar a ver algo que hasta ahora quedó desdibujado en este proceso de convergencia suramericana: las uñas de las burguesías locales, más o menos afiladas, y las garras feroces de la burguesía brasileña. Las demás burguesías tienen uñas, cuando tienen; pero Brasil tiene garras poderosísimas.

La crisis mundial, la crisis estructural, va a golpear de manera diferente a América Latina. Grosso modo podemos señalar tres grandes bloques donde impactará de manera diferenciada la crisis. El primero de ellos está constituido por los países directamente asociados a la estrategia y a la práctica cotidiana de la economía y de la política estadounidense. No hablo de México, estoy hablando de Suramérica. Por supuesto que el golpe sobre México será superior; México funciona hoy económicamente como una provincia estadounidense y sufrirá la consecuente crisis. Ni hablar de América Central. Pero refiriéndonos estrictamente a América del Sur, señalamos tres bloques. Colombia, Perú y, hasta cierto punto, Chile van a sentir el impacto directo, automático sin mediación alguna, de la crisis. No es ninguna casualidad lo que está ocurriendo en estas horas. Así como en México hay enormes movilizaciones de maestros y el gobierno responde con la movilización del ejército, en Colombia se produce una huelga y la respuesta del gobierno es la declaración del estado de sitio, o de emergencia. Es la traducción política de la lógica que señalé anteriormente: la lógica de la guerra. En este caso en el plano interno y en un sentido nítidamente clasista. En Perú ocurre lo mismo. Chile, que ha tratado de que latieran dos corazones en su pecho, como diría Fausto, va a tener que optar por uno u otro en un cortísimo plazo; y en ese sentido definirá la magnitud del impacto.

El otro bloque, aunque está constituido por más países, tiene dos centrales: Brasil y Argentina. Este bloque tiene, como resultante de la decisión de la burguesía propia de disputar el mercado latinoamericano a Estados Unidos, una barrera limitada pero barrera al fin; tiene un conjunto de mecanismos que le puede permitir aminorar y amortiguar el impacto de la crisis. En este punto entra la lucha interburguesa. Las burguesías de Argentina y de Brasil tienen puntos en común para defenderse frente a Estados Unidos en la disputa por el mercado latinoamericano, y a la vez tienen la necesidad de pelearse entre sí. Eso está ocurriendo en estas horas con visos dramáticos entre Brasil y Argentina. Brasil respondió devaluando su moneda inmediatamente y eso produjo –en fracciones de segundo– una invasión de mercancía brasileña a Argentina. De inmediato llegó la respuesta de la burguesía argentina.

Lula ha tomado la iniciativa de convocar a una reunión del Mercosur –ahí va a estar seguramente el presidente Chávez– para el fin de semana próximo (nota del editor: finalmente no se realizó en esa fecha).

Tenemos entonces delante el choque entre estas dos fuerzas. Dos fuerzas objetivas, no subjetivas: la necesidad material de unirse frente a la ofensiva estadounidense y la necesidad de las burguesías de disputarse sus propios mercados. ¿Cómo funcionarán las decisiones políticas, es decir, las fuerzas subjetivas, en este choque de fuerzas objetivas?

Esta es la gran pregunta. Creo que va a ser diferente la reacción de los gobiernos de Argentina y de Brasil, pero no confío en ninguno de los dos como salida real. Está claro que tienen bases sociales diferentes. Llega la hora, como en tantos otros terrenos y circunstancias, de la verdad. El presidente Lula ¿va a ser el portavoz de la burguesía industrial paulista, cuyas necesidades objetivas de unión lo ponían en coincidencia con este movimiento más general de América Latina, pero que ahora la ubica exactamente en la vereda inversa? ¿o va a ser el portavoz de la clase obrera y de su Partido, el Partido de los Trabajadores? Es una batalla política que no depende de Lula, pero que tiene en su centro a Lula.

El caso de Argentina no es así. No hay ningún partido, ninguna organización de carácter social detrás del gobierno. Es un gobierno que carece precisamente de sustentación social, sea ésta cual sea, incluso de la burguesía. Este gobierno no resulta de un plan de la burguesía, sino de un colapso sin precedentes del sistema social y político en Argentina. Allí apareció un equipo desconocido e inesperado, con ciertas habilidades de carácter práctico, que se hizo del poder y se ha mantenido ahí, pero con una debilidad que pudo verse transparentemente en la situación que tuvimos hace muy poco con un gran conflicto agrario. La Presidenta que ganó con el 46% de los votos en octubre de 2007, en el mes de marzo de este año detona un conflicto que hace caer su aceptación social al 19%.

El tercer bloque al interior de Unasur es el Alba, que en Suramérica integran Venezuela y Bolivia, con cercanía de Ecuador y Paraguay. Como ustedes saben, allí los criterios rectores son contrarios a la lógica del mercado capitalista, opuestos a la competencia y la búsqueda del lucro. Pese a la magnitud relativa de sus componentes, el Alba constituye un verdadero escudo para protegerse del vendaval de la crisis que vendrá.

Aquí se ha planteado la necesidad de tener un núcleo duro de gobiernos antimperialistas, como lo es el Alba, en lugar de permanecer en ese galimatías que es Unasur. En mi opinión, bajo ninguna circunstancia nosotros podemos ceder un milímetro en la trinchera de la unidad suramericana. A plena conciencia de la contradicción que existe entre sus componentes, total e irresoluble en el largo plazo, debemos abogar por sostener una voz clara y potente dentro de Unasur. Sin embargo ese núcleo duro es una necesidad imperiosa; pero no debe pasar por los gobiernos, sino por los partidos, sindicatos y movimientos sociales dispuestos a alinearse sin cortapisas con el Alba. Permítanme entonces subrayar, en respuesta al compañero, que no deberíamos vernos diferentes frente a los revolucionarios que están en cargos de gobierno, adoptando posiciones que serían buenas en los principios pero incorrectas para los gobernantes. Debemos asumir en todo y por todo que cada uno de nosotros somos presidentes de nuestros países. No podemos dividir la respuesta entre la necesidad teórica y la necesidad práctica; tenemos que encontrar el punto exacto de unión entre la teoría y la práctica y asumir cualquier medida en todas sus consecuencias.

 

Programa para la acción 

Paso entonces a leer las medidas que propongo. No hay nada original y han sido señaladas por los compañeros a lo largo de este valiosísimo seminario. Necesitamos un programa de acción que tenga las características de buscar lo máximo partiendo de lo real, de aquello que podamos asir.

El primer punto de este programa de acción debería ser la recuperación por parte del Estado de todas las riquezas naturales, en todos nuestros países. No se podrán afrontar, en ningún caso, los rigores extraordinarios de la crisis que viene –y que desde luego nosotros vamos a sufrir aunque de manera diferenciada– sin el control de nuestras materias primas, pero no solamente eso: tenemos que tener el control del comercio exterior. Tenemos que plantear como un punto de nuestro programa de acción el control de cambios y la estatización del comercio exterior. Fíjense lo que ha pasado en Argentina por no apelar a esos recursos. Se produce una tijera mortal entre los precios externos e internos. Esto debe terminar y sólo puede hacerse sobre la base de asumir plenamente, cada Estado, el control directo y total de su comercio exterior.

Tal vez la idea de la demanda de una condonación de la deuda sea la forma tácticamente más correcta de presentarlo, pero como seguramente debe haber algún mal pensado en esta sala, que suponga que el capital financiero no nos va a condonar la deuda, entonces tengamos también la firme decisión, como programa de acción, de llamar al no pago de la deuda externa. Estamos en situación de emergencia.

Hay que plantearse la estatización sin pago de todos los bancos que sufran los efectos de esta crisis. Pero en caso de Bancos que han jugado a la especulación internacional, no se trata sólo de la expropiación sin pago, sino de perseguir a los accionistas y hacerlos responsables con su capital por los efectos de su manejo del capital.

En este sentido debemos plantear desde aquí un llamado a todos los gobiernos de la región, a asumir un escudo de defensa frente a la crisis. Un escudo ya existente: el Alba. Por lo tanto debemos convocar a todos lo gobiernos de nuestra región a incorporarse al Alba y a disolver el Mercosur y la CAN y garantizar como instancias alternativas el Alba y Unasur.

El Mercosur desde hace mucho tiempo está paralizado por las disputas internas. Esas disputas se daban antes de la eclosión de la crisis. No nos preguntemos lo que van a ser después. La CAN ha ido desgranándose. Habría una próxima reunión –que no sé si se hará– en Guayaquil. Fue Uribe el encargado de ponerle la daga en el pecho a la CAN diciendo que no asistiría a esa reunión porque Correa no le garantizaba seguridad. Esto muestra la agonía irreversible de estas dos instancias, de manera que nosotros debiéramos hacer un estridente llamado a todos los gobiernos de América del Sur a incorporase al Alba, a los conceptos teóricos, a los criterios de intercambio y a la estrategia del Alba.

Además de promover el Banco del Sur, también promover la asunción de una moneda de cuenta en brevísimo plazo en América del Sur. Unasur puede crear una moneda de cuenta con respaldo en la producción de materias primas, de producción de mercancías y servicios reales, no figuras ficticias. Técnicamente es factible y a corto plazo. Se ha derrumbado la ficción que ha vivido el mundo desde 1971. No podemos crear una ficción alternativa. Podemos crear una moneda real y sin embargo inexistente. Porque puede ser una moneda de cuenta y pongámosle el nombre de Sucre que alguien ha propuesto ya.

En el plano financiero debemos promover todas las instancias posibles de compensación en el comercio Sur-Sur para excluir al dólar y también al euro de nuestros intercambios.

Por último, quiero referirme a un punto que me parece de la mayor importancia. Está muy en consonancia con mi convicción de que Estados Unidos nos quiere arrastrar a la guerra. Ayer se planteó que debíamos alentar a los países que estuvieran en condiciones a que tuvieran armas atómicas y alguien presentó su oposición. Mi opinión no es ecléctica: creo en aquel viejo refrán si vis pacem, para bellum, “si quieres la paz prepárate para la guerra”. Bajo ningún punto de vista nosotros podemos condenar a un gobierno, a un país o a un Estado que disponga tener armamento atómico. Mientras Estados Unidos tenga armas atómicas, mientras las tenga Israel, nosotros no podemos condenar a un país porque tenga armas atómicas.

Al mismo tiempo no sería estratégicamente correcto llamar a la incentivación de la creación de armas atómicas, ése no es un plan estratégico. No podemos ganarle una guerra al imperialismo con armas atómicas. Pero tenemos el arma con la cual podemos ganarle: la organización política revolucionaria de las masas en todo el mundo, incluido Estados Unidos. A ejemplo de lo que está haciendo Venezuela.

La creación del Psuv no es un dato local. Es una respuesta estratégica a la crisis del capitalismo, es la organización de las masas con su pluralidad obvia, no puede haber masa con identidad ideológica. Es la organización de las masas en toda su diversidad pero con un claro sentido antimperialista y anticapitalista. Esa bandera es más potente que cualquier arma atómica. Y la podemos construir incluso en Estados Unidos.

Si la propuesta de contribuir a la organización de los trabajadores, los explotados y oprimidos en Estados Unidos es parte de nuestra estrategia, nuestra táctica es la constitución de esas fuerzas políticas de masas revolucionarias en América Latina, en América del Sur. Es con esa base, con esas fuerzas políticas revolucionarias de toda América del Sur, donde nosotros deberíamos edificar el núcleo duro para la unión latinoamericana. Ese núcleo duro que nunca podremos tener en Unasur pero cuya trinchera no debemos abandonar.

Tenemos tareas diferentes pero concomitantes y complementarias.

En referencia al sentido esencial de esta conferencia, otra cosa que muere es la concepción sobre la Economía. Entre otras estafas intelectuales de las que hemos sido víctimas , está la transformación de la Economía Política en Economía. Este encuentro ha rescatado, hasta donde yo sé, por primera vez de manera plural e internacional, la noción de Economía Política.

Un programa de acción económico debe terminar con una conclusión política que es la organización de un Partido revolucionario de masas en toda América Latina.

Gracias compañeros.

 

Caracas, 11 de octubre de 2008

Guerra en el Cáucaso

PorLBenAXXI

 

No es el petróleo. Es algo de mayor trascendencia aún, ante lo cual se inclina esa poderosa fuerza determinante de los pasos de las grandes potencias. Es la clausura de la etapa a medias cerrada con el fracaso estrepitoso de lo que dio en llamarse “neoliberalismo”. La guerra relámpago en el Cáucaso hace estallar el realineamiento internacional que ha venido gestándose en los últimos 20 años.

En el corazón de este choque late, además, la irresuelta dinámica interna entre Rusia y los restantes países de la ex Urss y el Pacto de Varsovia: hasta dónde, cómo y con quiénes llevar la transición negativa de una economía no capitalista a otra inserta de manera subordinada al mercado mundial imperialista. Abrupta, inesperadamente, reaparecen los verdaderos dilemas planteados a la historia por el derrumbe de la Unión Soviética.

Excepto un puñado de analistas de signo diverso, intelectuales y dirigencias políticas fueron convenciéndose a lo largo de la década de 1990 de que el mundo era y siempre sería “unipolar”. El grueso de las izquierdas asumió la noción de “nuevo orden internacional”. El significado estratégico de esa interpretación fue el abandono de la revolución socialista como perspectiva. En términos tácticos, implicó un violento giro a derecha; un huracán ideológico que arrasó la geografía política mundial.

Un detalle basta para mostrar los efectos de la miopía estratégica: el G7 (Estados Unidos, Japón, Canadá, Alemania, Francia, Italia e Inglaterra) pasó a llamarse G7 + 1 (Rusia) e inmediatamente, G8. Los últimos años los empeñó el gobierno brasileño en sumarse a ese grupo exclusivo, llevado por la certeza de que ése era el punto de nexo del nuevo orden mundial. No lo logró. Pero es un dato menor. Porque ya no son 8 ni 7 + 1: la prensa mundial habla ahora exclusivamente del G7, resumiendo en ese giro el vuelco estratégico ocurrido a partir de la invasión georgiano-estadounidense a Osetia del Sur.

Con Rusia involucrada en una guerra comenzó una fase diferente en la era post soviética. Ha terminado el ensueño de una integración pacífica sobre bases capitalistas entre la Unión Europea y los países del ex Pacto de Varsovia. Anclado en el espejismo de 1990, el pensamiento político dominante se muestra balbuciente o simplemente calla ante la súbita reaparición de la guerra y el riesgo atómico entre Estados Unidos y Rusia.

 

Escalada 

Precedidas por masivos ataques de artillería y bombardeos a la población civil con aviones Su-25, fuerzas blindadas georgianas invadieron Tsjinvali, capital de Osetia del Sur, en la madrugada del 8 de agosto. “Hay combates encarnizados por toda la ciudad”, declaró el general Marat Kulejmátov, comandante de las fuerzas de paz rusas destacadas en la zona. Los militares georgianos que integran ese mismo cuerpo habían abandonado las instalaciones al mediodía del jueves 7, minutos antes de que comenzaran los ataques de artillería. En pocas horas murieron alrededor de dos mil civiles, de nacionalidad rusa y partidarios de la independencia. Entre ellos, 15 militares del contingente ruso.

Moscú replicó con un contraataque fulminante, que en pocas horas obligó a la retirada de Georgia. La guerra se extendió a Abjasia, otra región que reclama su independencia de Tiflis. La prensa mundial expandió la interpretación del conflicto a partir de este segundo capítulo, no tanto para ocultar el primer golpe ordenado por el presidente georgiano Mikhail Saakashvili, como para encubrir el hecho de que éste actuó bajo las órdenes de Washington. “Tenemos serias razones para creer que hubo ciudadanos estadounidenses justo en la zona de combate”, declararía luego el primer ministro ruso Vladimir Putin.

Bajo su actual gobierno Georgia es un enclave de la Otan, tiene dos mil soldados en Irak y actúa como punta de lanza del plan militar estratégico estadounidense contra Rusia.

Ya el 10 de agosto el balance militar estaba resuelto, con el obvio aplastamiento de las fuerzas georgianas y el despliegue ruso apuntado hacia la capital de ese país. Saakashvili clamó por la intervención de sus jefes. Pero George Bush se limitó a duras declaraciones. Cabe creer que los estrategas del Pentágono no previeron la determinación y contundencia con que actuaría Moscú.

El recurso intermedio de la Casa Blanca fue enviar “ayuda humanitaria” para socorrer a las víctimas de la guerra. Poco después 18 naves de guerra de la Otan estaban desplegados en el Mar Negro. El Dallas, un destructor estadounidense se apostó en el puerto georgiano de Batumi. A 300 kilómetros, en Sujumi, capital de Abjasia, se apostó de inmediato un crucero portamisiles y dos buques de combate rusos.

 

Escudo antimisiles: Otan vs Rusia 

Simultáneamente, Polonia anunciaba que daba autorización para instalar en su territorio un escudo antimisilístico estadounidense. Rusia replicó reconociendo la independencia de Osetia del Sur y Abjasia. “El deslizamiento de la Otan hacia la confrontación con Rusia y los intentos de presionarnos son inadmisibles y pueden conducir a consecuencias irreversibles para el clima político y militar y la estabilidad en el continente”, declaró el portavoz del ministerio de Exteriores de Rusia, Andréi Nesterenko.

Las cancillerías europeas entraron en pánico. Son parte subordinada de la Otan y van ineludiblemente a la rastra de Washington. Pero dependen del petróleo y el gas que proviene de esa zona ahora en llamas.

A la defensiva, la Casa Blanca anunció mediante una portavoz, Dana Perino: “estamos en proceso de reevaluar nuestra relación con Rusia. Lo estamos haciendo en colaboración con nuestros socios internacionales”. A sus súbditos británicos les hizo decir algo más claro: es preciso formar “la mayor coalición posible contra la agresión rusa en Georgia”, espetó el canciller David Miliband; y agregó “el G-7 debe revisar la naturaleza, profundidad y amplitud de las relaciones con Rusia”. Nicolas Sarkozy y Angela Merkel recibieron el recado y se apresuraron a declarar en esa tónica.

Basta reemplazar el pseudónimo “neoliberalismo” por su verdadero nombre: reacción desesperada del capital ante su crisis estructural, para comprender qué etapa es la que clausura la guerra del Cáucaso.

unasur ratificada y proyectada hacia diferentes destinos posibles

Escalada yanqui, respuesta suramericana

PorLBenAXXI

 

Victoria: triunfó una vez más la tendencia hacia la convergencia suramericana y quedó así contradicha la escalada de Estados Unidos que desde diferentes ángulos desespera por recuperar la iniciativa y el control sobre la región. Agudas diferencias y debilidades estructurales y subjetivas en los 12 países integrantes de este nuevo actor en la geopolítica mundial inauguran una batalla en múltiples frentes con eje en el combate de las ideas y la necesidad de impedir la política guerrerista de Washington.

 

Es chocante el contraste entre la magnitud histórica del acontecimiento y el silencio de la prensa frente a él: 12 naciones firmaron el 23 de mayo el Tratado Constitutivo de la Unión de Naciones del Sur (Unasur). Puesto en sordina por los medios de incomunicación, sin embargo, el hecho no se abrió paso hacia la conciencia latinoamericana. No llegó siquiera a la opinión pública regional.

“Es el punto de encuentro de los países de nuestra América”, dijo Evo Morales, primer presidente pro témpore del bloque y responsable de la redacción del documento. No le falta razón: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela, transgredieron un mandato imperial de siglos y dieron un paso hacia la unidad.

Lula da Silva fue más enfático: “Suramérica adquiere status de actor global (…) estamos superando la inercia, la resistencia que a lo largo de 200 años de vida política independiente impidieron que marcháramos juntos en camino de la integración”. A un milímetro de la euforia, el presidente brasileño agregó: “pocos imaginaron que a tan sólo cuatro años estuviésemos concretando una verdadera unión suramericana”, dijo, para luego aseverar que Unasur debe marchar hacia “un Banco Central y una moneda únicos”.

De hecho, la aprobación por unanimidad del Tratado Constitutivo, la formalización de la sede para una secretaría permanente en Quito y de un futuro Parlamento suramericano en Cochabamba, Bolivia, tienen un significado sobresaliente en la coyuntura inmediata: es una respuesta que, en línea de continuidad con la reacción regional en Mar del Plata, en 2005, cuando el presidente George W. Bush quiso imponer el Alca, da forma institucional a la dinámica de convergencia que desde hace ocho años plantó a Suramérica frente a frente con Estados Unidos.

Esto es tanto más significativo porque ocurre en el momento culminante de una contraofensiva de Washington, cuando el Departamento de Estado intenta consolidar un cerrojo estratégico sobre el área e iniciar operaciones indirectas de guerra abierta en por lo menos dos países: Bolivia y Venezuela.

No es exagerada la presunción de que la ratificación de Unasur en una reunión inusual, donde no se manifestaron públicamente los agudos conflictos desatados en los cuatro últimos meses dentro del mismo del bloque, mientras que la postergación de éstas ocurre a su vez por la presión objetiva de ese movimiento centrípeto que se impone sobre las líneas de confrontación interna y afirma un frente contra la Casa Blanca.

En este sentido, la reunión de mandatarios en Brasilia resulta en una contundente derrota política de Estados Unidos, prolonga la lógica observada en Lima pocos días antes (ver pág. 12), cuando se frustró el intento de la Unión Europea de reemplazar a Washington como potencia regente, y supone un realineamiento crucial de fuerzas en detrimento del imperialismo en su conjunto. Allí reside, tal vez, la causa del desinterés de los grandes grupos mediáticos.

El gran beneficiario coyuntural de este desplazamiento de posiciones es Brasil, como lo tradujo su Presidente en una conclusión taxativa: “lo que conseguimos es inconmensurable”.

 

Dos pesos, dos medidas 

Aunque hay razones para medir el paso de Unasur como un hito histórico, acaso Lula fue desbordado por la emoción. “Verdadera unión” es una descripción exagerada, al límite incorrecta, del momento regional plasmado en Brasilia. El choque de fuerzas que desde dentro y fuera de la geografía de los 12 países pugnan a favor y en contra de la dinámica de convergencia prevaleciente en los  últimos ocho años, impide todavía la constitución de un bloque geopolítico en condiciones de afrontar la severa crisis que sacude ya la economía mundial.

En la interpretación del presidente brasileño, Suramérica “es una región de paz donde florece la democracia (…) la inestabilidad que algunos pretenden ver en nuestro continente es una señal de vida política, ya que no hay democracia sin el pueblo en las calles, sin confrontación de ideas y propuestas”.

Sin desechar el costado positivo de esta evaluación del momento histórico, cabe completarla con un llamado de atención sobre el significado de dos fenómenos que irrumpieron en lo que va del año. Uno emerge con las amenazas y agresiones militares de Colombia contra países vecinos (y las consecuentes tensiones, sólo circunstancialmente resueltas en la reunión del Grupo de Río, en República Dominicana el 7 de marzo pasado). El otro, de mayor trascendencia si cabe, se manifiesta al Sur del Río Bravo en el comienzo, confusamente expresado todavía, con una oleada de conflictos políticos que pondrán en máxima tensión la capacidad de sobrevivencia de los regímenes vigentes en cada país. La imprevista y muy grave crisis política provocada en Argentina por una sublevación de las clases medias rurales  revela fallas estructurales que contradicen la idea de “una región de paz donde florece la democracia”, para proyectar un panorama opuesto por el vértice. Porque Argentina está lejos de ser una excepción: lo mismo vale para el creciente malestar en Chile, la ininterrumpida movilización en Perú (donde 111 soldados estadounidenses iniciaron el 31 de mayo el operativo Nuevos Horizontes), el descontento y la huelga en Uruguay, e incluso, en el mismo Brasil; la multitud de conflictos acumulados que avanzan inexorablemente en línea de confrontación con la totalidad del sistema político, todo presidido por una situación que geográficamente no pertenece a Suramérica pero políticamente es inseparable: la agudísima crisis que acosa al régimen mexicano desde todos los flancos.

Ese cúmulo de tensiones internas, además, están complementadas por la presión directa del gobierno estadounidense, cuya contraofensiva destinada a neutralizar y revertir la dinámica suramericana comenzó a mostrar resultados desde la segunda mitad del año pasado y toma cuerpo en dos dimensiones precisas: la multiplicación y paulatina agudización de conflictos internos en cada país y la perspectiva de guerra en puntos definidos que inexorablemente se expandirían hacia el conjunto de la región. Por eso, cobra un significado sobresaliente el énfasis con que Brasil llevó a esa reunión presidencial la idea de un Consejo de Defensa. Tanta amigable coincidencia entre los mandatarios tuvo lugar a expensas precisamente de esa propuesta pero fu retirada de la agenda a último momento.

 

Una encrucijada y tres propuestas 

El significado real de la ratificación de Unasur es, por tanto, una extraordinaria respuesta estratégica a la escalada yanqui, a la vez que muestra un cuadro muy lejano a la unión para afrontar las perspectivas de mediano y largo plazo que esa avanzada imperialista supone.

Nada más revelador que preguntarse el por qué de la propuesta de una Consejo de Defensa suramericano y, sobre todo, la causa por la cual el ponente de semejante fuera Brasil.

Permítase un paréntesis recordatorio. Cuatro años antes de asumir como presidente en Venezuela, cuando la posibilidad de alcanzar ese lugar en 1999 no estaba en los planes de nadie y presumiblemente tampoco en los del propio Hugo Chávez, durante una visita a Argentina, el teniente coronel retirado y recién salido de la cárcel, decía en abril  de 1995 en una entrevista con el periódico El Espejo: “Debemos quemar los planes de guerra de las fuerzas armadas. El mariscal Sucre comandó en Ayacucho tropas de quince países –desde México hasta Argentina– Bolívar y San Martín fueron –no en avión, como nosotros ahora, sino a mula y a caballo– hasta Guayaquil, en sus planes de integración. Si esto fuera una sola región, no tendríamos hipótesis de guerra entre nosotros”.

La única diferencia de aquella lejana toma de posición del opositor proscripto con la del actual Presidente, es que Chávez ha descubierto la distancia entre el concepto integración y la noción de unidad. El título de la nota en el periódico argentino tomaba una expresión del entrevistado: “Manos a la obra para crear en el próximo siglo una Confederación de Estados Latinoamericanos”.

Pese al considerable salto adelante que implica la transformación de la Comunidad Suramericana de Naciones (CSN), constituida en diciembre de 2004 en Perú, en Unasur, creada en la Isla de Margarita, Venezuela, en abril de 2007, no se ha avanzado demasiado en la elucidación y resolución de diferencias conceptuales profundas, en primer lugar la que diferencia una integración económica de una unión política, es decir, con palabras de Chávez, una Confederación de Estados Latinoamericanos.

No se trata de saltar etapas. Se trata de fijar un objetivo. Para la burguesía brasileña es del máximo interés impedir que el mercado regional quede bajo la hegemonía y el control de Estados Unidos o, aunque aquí hay bemoles, de la Unión Europea. Pero a poco andar en esa dirección descubre con qué argumentos responde Washington. Por eso, y también para tomar posición como árbitro en la resolución de los ineludibles choques bélicos en la región, como hoy lo hace en Haití, se apresura a buscar una convergencia militar suramericana que por simple ley de gravedad debería hegemonizar. Por eso en las semanas previas a la reunión de Brasilia el ministro de Defensa Nelson Jobim recorrió varias capitales explicando su propuesta. “La intención del Consejo no es formar una alianza militar clásica” argumentó Jobim. “No hay ninguna pretensión operacional, pero sí la posibilidad de integración en entrenamiento y el concepto integral de defensa. En esto nos distanciamos muchísimo del lenguaje de las alianzas clásicas, como la Otan”. Si esta línea argumental es de por sí elocuente de la nueva situación regional, más significativo es un punto aclarado por el Ministro de Lula: “no tenemos ninguna obligación de pedir licencia a Estados Unidos para hacer esto. Y ellos también entienden nuestra necesidad de alcanzar una integración”.

En este contexto la idea de integración conlleva una doble proyección estratégica: por un lado, abroquela a Suramérica y se propone defenderla, incluso militarmente, contra Estados Unidos; por el otro, con un agresivo plan de infraestructura que coloca a Iirsa (Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana) como centro de gravedad, se propone reafirmar y desarrollar el sistema capitalista regional, lo cual, por descontado, choca frontalmente con las necesidades y los planes de Estados Unidos. Una traducción de Lord Keynes al portuñol trasladada además, con escasa creatividad, a la realidad latinoamericana y al mundo contemporáneo.

En Brasilia, como antes en otras tantas cumbres, fue ésta la perspectiva que se impuso. Desestimar esta fuerza centrípeta, objetivo  contrario a los intereses estadounidenses, no sería prueba de lucidez; tampoco lo sería soslayar los problemas inmediatos y sobre todo de medio y largo plazo que tal estrategia implica.

La nula participación de Argentina en el cónclave de Brasilia no se explica principalmente por problemas internos de ese país ni por causas subjetivas, sino ante todo por las contradicciones que supone para burguesías menores de la región el agresivo avance de Brasil. Ya el Mercosur ha sido poco menos que vaciado por ese conflicto sordo. Resta incluso comprobar si en los próximos pasos Itamaraty se empeñará en sacarlo de terapia intensiva o simplemente optará por desconectar el tubo de oxígeno que malamente lo sostiene. Si ocurriese esto último para dar mayor relevancia a Unasur, sería sin duda un paso adelante, que no obstante sólo ampliaría el problema al cambiar el escenario del conflicto estructural.

No se debería subestimar el significado de que en el mismo momento en que se llevaba a cabo la discusión preparatoria del Consejo de Defensa suramericano, y en coincidencia con la proliferación de actos de guerra de Colombia contra Ecuador y Venezuela, así como al interior de Bolivia, el gobierno argentino se empeñara en maniobras conjuntas con la fuerza naval de Estados Unidos en aguas territoriales. En efecto, a comienzos de mayo pasado la fuerza naval argentina se montó al portaaviones a propulsión nuclear George Washington, verdadera base militar de 300 metros de largo y 97 mil toneladas, para prepararse contra lo que el jefe de la flota estadounidense, Philip Cullum, definió como “cooperación entre ambas fuerzas contra el terrorismo, el tráfico de drogas y de personas y la piratería”. La sonrisa de Earl Wayne, embajador de Washington en Buenos Aires, cuando declaraba que “es muy útil para los pilotos estar cara a cara con sus pares e intercambiar experiencias” parecía dedicada al ministro Jobim. Además del portaaviones atómico y su poderosa dotación aérea con cazas de ataque F-18 Hornets y Super Hornets, Estados Unidos envió la fragata Kaufman y el guardacostas Northland; por el país anfitrión intervinieron la corbeta Guerrico, el destructor La Argentina y el submarino Santa Fe; pero los pilotos navales locales no pudieron volar aviones propios porque la maniobra touch and go resultaba demasiado arriesgada. “Reviví veinte años, comandante”, decía un aviador naval al jefe de la Armada, almirante Jorge Godoy, según un reportero del diario Clarín. Probablemente el militar argentino se refería a la guerra por Malvinas, cuando la US Navy colaboró con los ingleses para consumar una victoria militar imperialista que gravitaría en los años subsiguientes sobre toda la región.

Como quiera que sea, gobiernos como los de Argentina, Uruguay, Chile y otros, no pueden por el momento sino montarse a un vagón arrastrado por la locomotora brasileña. De modo que, con diferencias a término importantes, constituyen un mismo programa de acción ante la coyuntura.

Otro sub bloque de Unasur lo encarna la propuesta de unión, que a su vez supone una concepción diferente de cualquier forma que adopte la integración económica, por lo mismo que en lugar de apoyarse en la búsqueda del lucro por parte de una burguesía determinada en oposición a las demás y, en primer lugar, al imperialismo, busca formas de superación de las actuales limitaciones y barreras tomando como punto de partida la resolución de las urgencias de las masas de los 12 países y, por lo mismo, procura caminos que superen el sistema capitalista. El Alba (Alternativa Bolivariana para las Américas), es un germen de esa propuesta, con base en un área que desborda Suramérica: Cuba, Nicaragua, Venezuela y Bolivia.

Cuán consistente y duradera es la convergencia entre una perspectiva desarrollista en tiempos de cataclismo capitalista y otra socialista en la era postsoviética, es materia de discusión y depende de una intelección y capacidad de acción políticas que no son justamente materias en que destacan por mayoritarias las conducciones partidarias del momento (ver pág. 34).

 

Washington a la carga 

Aquellos dos caminos tienen destinos divergentes, pero un largo trayecto en común. Unasur es la materialización de fuerzas poderosas por su convergencia y, a la vez, por sus contradicciones.

Una tercera línea de marcha, opuesta sin ocultamientos, es la perspectiva encarnada por el gobierno de Colombia, acompañado con disonancias y en sordina por el de Perú. No faltan alas de otros equipos gobernantes que se inclinan sin mayor elegancia en favor de esa política, aun sin contar con plena hegemonía en sus países. Aquí se trata de la aplicación lineal de la estrategia guerrerista de Washington. Por eso no pudo aprobarse el Consejo de Defensa hemisférico junto con la afirmación de Unasur.

Con la reactivación de su IV flota (ver pág. 50) en el Caribe, la decisión ya verbalmente aceptada por Bogotá de reubicar la Base militar de Manta (Ecuador) en territorio colombiano a partir del año próximo, la violación ostensible del espacio aéreo venezolano con una nave de la US Navy y el aliento a los proyectos secesionistas (léase guerreristas) de la Media Luna boliviana y el Estado Zulia en Venezuela, así como con una sucesión innumerable de actos y movimientos apuntados directamente a llevar la guerra a Suramérica, Estados Unidos aventa cualquier duda respecto de sus intenciones respecto de la región en los próximos años, con total prescindencia de quién sea el candidato que asuma el año próximo en la Casa Blanca.

Hasta el momento, el gobierno de Colombia es la cabecera de playa de esa política. Sólo porque no puede optar por el aislamiento frente a una muy desfavorable relación de fuerzas en la región, el gobierno de Álvaro Uribe se pliega a Unasur. Por eso es exacta la descripción como “punto de encuentro”, aunque esté lejos de constituir “una verdadera unión”.

La ratificación de Unasur neutraliza en la coyuntura la escalada yanqui y se convierte, por tanto, en una nueva y trascendental derrota en todos los terrenos para Estados Unidos. La respuesta suramericana tiene una enorme valor táctico y, si se recomponen las fuerzas adormecidas de los pueblos y sus vanguardias en los países donde prevalecen las opciones por restaurar al sistema que cruje en todo el planeta, podrá ser el punto de partida para una Confederación de Estados Latinoamericanos, inviable, inalcanzable en los marcos del capitalismo.

Civilización

PorLBenAXXI

 

Por 367 votos a favor, 206 en contra y 109 abstenciones, el Parlamento Europeo decidió deportar de la Unión Europea a ocho millones de personas provenientes de África, Asia y América Latina. Si en un pasado remoto fue referencia equívoca de civilización, Europa es ahora símbolo irrefutable de barbarie.

No les basta haber saqueado durante siglos las riquezas del hemisferio Sur y después, durante décadas de bonanza y necesidad de mano de obra, arrancar plusvalía de millones de trabajadores sometidos a la sobreexplotación y la humillación. Ahora se aproxima la depresión económica mundial. Europa tiene miedo. Y pretende desentenderse de la suerte de ocho millones de hombres y mujeres llegados a su territorio en busca de trabajo. Para detener el flujo de cientos de millones empujados por la desesperación levanta un muro legal y represivo.

Dos mil quinientos años de laboriosa acumulación civilizatoria sepultados en una votación parlamentaria. No es sólo mezquindad y temor. Es estupidez; cretinismo intelectual; incapacidad para prever lo obvio: no podrán.

Es presumible que esos 206 votos en contra representen mucho más que la suma de los votos positivos y abstenciones, en los cuales se expresa el gran capital europeo. Detrás de esas 206 voluntades hay más en número y mucho más en calidad. Una porción considerable de la población se dejará ganar por la xenofobia y votará candidatos ad hoc. Ya están ahí personajes funambulescos como Berlusconi y Sarkozy para graficar el despeñadero europeo. Aun así, muchos más actuarán con sentido humanitario y comprensión de las consecuencias de tal política. La inteligencia no está en los gobiernos; y en la academia respira sólo por escasas ranuras. Pero abunda en una sociedad que no abdicará de su inmenso acervo.

Eso bastará para que de aquí en más el sistema político europeo comience a resquebrajarse. La línea divisoria entre trabajadores y burgueses, difuminada por la ilusión del confort y el consumismo, recuperará relieve y peso real. Y por fin el proletariado del continente exhausto reaparecerá. América Latina tiene que ver con eso.

 

A la guerra 

Brutal con los débiles, sumisa con los poderosos: obedeciendo órdenes de Washington, la UE aprobó simultáneamente un paquete de sanciones contra Irán, en una escalada preparatoria de una guerra estadounidense-israelí contra el país del Golfo. El socialdemócrata Javier Solana, titular de Política Exterior y Seguridad del bloque, no ha creído necesario aclarar cómo Estados Unidos extravió seis bombas nucleares en territorio europeo. Después de todo, seis es poca cosa: hay 480 artefactos nucleares explosivos, de propiedad estadounidense, desparramados en el continente. Eso no preocupa al bravo progresista español. En cambio le desvela que Teherán pueda adquirir capacidad para manejar la tecnología nuclear y está dispuesto a respaldar un ataque devastador de Israel y Estados Unidos para evitarlo.

Con la misma lógica –y haciéndolo todo de una vez, como para que no resten dudas sobre su calidad moral– los 27 países de la UE acordaron levantar las sanciones impuestas desde 2003 contra Cuba. “Deseo consignar mi desprecio por la enorme hipocresía que encierra tal decisión” respondió Fidel Castro. En aquel entonces la UE alegó el arresto de 75 disidentes en la isla. Crimen horrendo frente al cual arrojar ocho millones de personas, mantener el centro clandestino de detención en Guantánamo o continuar aniquilando a la población iraquí son inocentes pecadillos veniales.

De esta manera la UE se hace cómplice de los preparativos de guerra contra Irán. Se trata de una escalada destinada a preparar la opinión pública mundial. Recientemente el ministro de Infraestructura de Israel, Binyamin Ben Eliezer, amenazó con destruir a Irán. Lo hizo días después de que el general retirado, y ministro de Transporte Shaul Mofaz –ex jefe de las Fuerzas Armadas y ministro de Defensa– declarara que “un ataque a Irán para detener su programa nuclear es inevitable”. Inmediatamente antes, el presidente estadounidense George Bush había confesado a la prensa que la opción militar contra Irán “está abierta”.

La Agencia Central de Inteligencia (CIA) descartó hace meses que Irán tenga programas de construcción de armas nucleares. Teherán insiste en que su programa de enriquecimiento de uranio tiene como objetivo la generación de energía con fines pacíficos. Pero Israel y Estados Unidos sostienen lo contrario y anuncian preparativos para atacar militarmente a Irán y “detenerlo”. La UE simplemente cumple la tarea ordenada por la Casa Blanca.

 

Frente único Sur

Tanto la escalada guerrerista como esta denominada “Directiva de la vergüenza” contra los inmigrantes, simbolizan la decadencia del capitalismo y plantean la urgente necesidad de un frente único de los países afectados. Contra toda evidencia es preciso bregar para que la heterogeneidad del Movimiento No Alineados, el Grupo de los 15 y otras tantas expresiones del llamado Tercer Mundo, encuentren en la defensa de los emigrados un centro para la acción común.

Una medida necesaria y posible sería la imposición de un gravamen especial a todas las empresas de origen europeo (Bancos, telecomunicaciones, petroleras, etc.) para formar un fondo común que, a través del Banco del Sur, permita garantizar el traslado y reubicación de todos los repatriados. Luego aquel gravamen podrá resarcir a nuestros países del perjuicio económico que implica la no remisión de fondos de los actuales emigrantes. Los jefes de Estado de Unasur no deberían demorar un instante en la aplicación de ésta u otra medida semejante. Sus pueblos están observándolos.

Ese objetivo puede hoy tomar cuerpo como plan de acción inmediato únicamente en América Latina y el Caribe. El peso mayor de tamaña tarea cae sobre Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Suramérica y el mundo tomarán cuenta de la conducta de cada mandatario ante estos inequívocos signos de marcha acelerada hacia la destrucción de la civilización.

En Bolivia se juega el futuro

PorLBenAXXI

 

Toda persona consciente debería preocuparse y ocuparse por lo que ocurre en Bolivia. Estados Unidos está a punto de deflagrar allí una guerra que sacudiría a la región y, a poco andar, llevaría a un estado de conmoción y beligerancia a Suramérica entera.

La excusa es la autonomía de cuatro departamentos (Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija); el instrumento, la oligarquía; los medios, cuerpos mercenarios financiados, entrenados y comandados por el Departamento de Estado a través de la CIA y otras agencias; el objetivo, fragmentar a Bolivia, detener el proceso revolucionario encabezado por Evo Morales, introducir una cuña de fuego en el Cono Sur y crear las condiciones para atacar luego a Venezuela y Ecuador. Desde el domingo pasado, también Paraguay está amenazado.

Estados Unidos necesita la guerra. La economía capitalista ya no puede respirar sin ella. Yerran quienes creen que el empantanamiento del imperialismo en Irak le impide abrir otros frentes de combate. Es a la inversa: sólo les queda huir hacia delante. Pero buscan hacerlo por una diagonal, espejando la línea de acción en Medio Oriente: hallar fisuras objetivas en las formaciones económicas, sociales, étnicas y religiosas; azuzar conflictos latentes; desatar la guerra entre facciones, ponerse sobre ellas y cabalgar sobre la destrucción mutua de pueblos.

La diferencia con aquella zona devastada por la invasión, las luchas intestinas y el constante alimento a la guerra (ya los candidatos a suceder a George W. Bush subrayaron su disposición a “arrasar a Irán”), es que en América Latina existe el germen de un centro político continental. Los gobiernos de Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia han asumido la necesidad de enfrentar al imperialismo en las condiciones del mundo contemporáneo, es decir, atacando por la raíz al capitalismo.

La reunión de emergencia realizada en la madrugada del pasado 23 por Hugo Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega y Carlos Lage en representación de Raúl Castro, y las decisiones allí adoptadas, son indicativos de que ese bloque comienza a actuar como dirección política internacional.

Pero no es suficiente. Los Partidos y organizaciones con los que cuentan esos cuatro gobiernos son la vanguardia revolucionaria del continente, pero no alcanzan aún a nuclear y abroquelar al conjunto del activo obrero, campesino, juvenil y popular desde el Bravo a la Patagonia. Ésa es una tarea pendiente.

La única vía para llevarla a cabo es que esas vanguardias, en toda su diversidad, encuentren el camino de las grandes mayorías y consigan explicar y persuadir a millones de lo que está tan claro pero a la vez tan oscuro: el imperialismo, las oligarquías que se le subordinan y las posiciones vacilantes que dudan en plantarse con firmeza frente a la Casa Blanca, nos están llevando al abismo de la guerra. Hay que detenerlos. Es preciso sumar voluntades, en el más amplio espectro posible, a partir de la simple comprensión de la amenaza.

No se podrá impedir la violencia pidiéndole a Evo, como hace la OEA, que negocie con los perros de la guerra azuzados por Washington. Se trata de defender incondicionalmente al legítimo gobierno indígena de Bolivia. Y por todos los medios necesarios.

Urge convocar reuniones en cada ciudad de América Latina para explicar y debatir esta coyuntura dramática. De esas miles de asambleas deberán surgir acciones de movilización y formas de enlace nacionales y regional. Y estar prontos para enviar delegaciones a La Paz, realizar actos, conciertos, encuentros de todo tipo, en todas partes, con todos y todas quienes entiendan la gravedad del momento y con la única consigna de amarrar las manos asesinas del imperialismo.

 

Buenos Aires, 25 de abril de 2008.

nace un partido de masas, democrático, antimperialista y anticapitalista

Un faro para América Latina

PorLBenAXXI

 

Renacimiento: ignorado por la prensa comercial de todo el mundo, culminó el Congreso Fundacional de un Partido que enlaza la tradición socialista con la realidad suramericana contemporánea y afirma un punto de partida para la región. A contramano de esa conducta de ocultamiento, América XXI completa en esta cobertura un seguimiento paso a paso desde que Hugo Chávez convocó a la formación del Psuv. Hablan aquí los protagonistas. Aristóbulo Istúriz, con su intervención en la juramentación de la Dirección Nacional; Alberto Müller, Alí Rodríguez y Jacqueline Faria, en entrevistas exclusivas, al igual que Stalin Pérez, uno de los escasos dirigentes obreros prominentes que se han sumado a esta formación. Por razones de agenda fue imposible incluir las opiniones de María León, miembro de la Dirección Nacional y flamante ministra de Estado para la Mujer, Jorge Rodríguez, figura relevante en el período de gestación del Psuv , ahora designado Director Nacional de Organización y Vanessa Davies, colaboradora de América XXI y responsable ahora de Propaganda en la DN. El panorama se completa con la intervención de Chávez en el acto de juramentación, reproducida en la sección de Historia, Teoría y Debate (pág. 39).

 

Un hecho democrático de dimensión histórica culminó el 14 de marzo en Venezuela: la fundación del Psuv. Quien aún tenga dudas sinceras sobre la naturaleza y el rumbo de la Revolución Bolivariana, encontrará en este acontecimiento una prueba inequívoca.

No hay antecedentes para un acto fundacional de estas dimensiones y de pareja participación democrática. América XXI registró paso a paso el transcurso de este parto difícil durante el último año. Ahora han quedado atrás las convocatorias iniciales a decenas de miles de promotores, la inscripción como aspirantes a militantes de 5,8 millones de personas, la formación de los Batallones Socialistas, la elección de voceros, comisionados y finalmente 1681 delegados, responsables de debatir y aprobar una Declaración de Principios, Programa y Estatutos, durante seis sesiones del Congreso a lo largo de ocho fines de semana. Luego toda esa estructura –más de 92 mil personas, en representación de alrededor de 1,2 millones de miembros activos– protagonizaría la elección en segundo grado del órgano máximo de conducción, el 9 de marzo. Cinco días después Hugo Chávez, proclamado presidente del Partido por el Congreso, juramentó la Dirección Nacional.

Con la designación de responsabilidades para 15 miembros y otros tantos suplentes, sólo restará la conformación de las direcciones regionales y locales para arribar a la estructuración total de la organización. En rigor, allí comenzará el desafío histórico que afronta esta inédita herramienta política de masas, autodefinida en sus documentos liminares como democrática, antimperialista y anticapitalista.

Antes de comenzar su ciclópea tarea, sin embargo, ya ha producido un impacto que va más allá de las fronteras de Venezuela: a la luz pública se produjo un exitoso esfuerzo por gestar desde abajo una organización política de masas, con netas definiciones ideológicas y un contundente programa de acción, con el aporte de millones de personas, a la vista y escrutinio de todos, en el máximo posible de transparencia y participación.

Implícito en este complejo mecanismo, está el factor de mayor relevancia para definir el carácter democrático del hecho Psuv: Chávez, receptor del poder delegado voluntaria y fervorosamente por millones de hombres y mujeres, ha querido y ha logrado transferir ese inmenso poder a la única instancia capaz de gestionarlo sana y sostenidamente: un Partido.

¿Hay acaso una prueba mayor de la intencionalidad subjetiva y la dirección objetiva de un proceso político? ¿Para qué edificar una organización, asumir los infinitos problemas que devienen de la participación colectiva? ¿Para qué crear instancias organizadas, altamente politizadas, con cientos de miles de personas introducidas ya en el desconocido y fascinante universo del debate político, donde toda voz debe ser escuchada, la intención ha de basarse en el razonamiento y la decisión en la voluntad mayoritaria? ¿Para qué, si no para democratizar el poder y, sobre esa base, acelerar por el camino de la revolución?

Sin esfuerzo se podrán encontrar fallas y transgresiones a una estricta metodología democrática, así como conductas individuales o grupales apuntadas precisamente a lo contrario del libre protagonismo de las bases. Fraccionalismo, maniobras e intrigas no son patrimonio exclusivo de las izquierdas en otras latitudes. Pero, en primer lugar, esos lunares se pueden hallar con toda facilidad precisamente porque el proceso mismo de construcción partidaria se ha llevado a cabo a la luz pública.

 

Valores y antivalores

Más aún: ciertas conductas burocráticas a menudo no exentas de autoritarismo, el desinterés funcionaril, la falta de empeño en la pulcritud metodológica, la conducta camarillista, entre otros rasgos negativos que sería posible apuntar en este proceso, no son sino la paradojal comprobación de que no pocos de los y las protagonistas de este fenómeno, cargando con una cultura política de arrastre, han sido envueltos e inconscientemente involucrados en un proceso de construcción que los incluye como parte inseparable de la Revolución Bolivariana, destila y utiliza sus capacidades y las pone al servicio de un fin mayor que niega y supera aquellas miserias. El conjunto, movido y guiado desde un centro vital por una clara estrategia de revolución socialista, ha puesto el signo y sobredeterminado el papel de las partes, dando lugar a un círculo virtuoso. Tal vez con el tiempo más de un cuadro activo de este mecanismo descubrirá hasta qué punto ha sido valiosa su participación

El rescate de los valores de cada individuo, la superación de sus debilidades y deformaciones individualistas alimentadas por una sociedad de competencia que entroniza antivalores y mediocridades, es un resultado no menor y prueba irrefutable del carácter genuino de un proceso revolucionario. Se trata de la dinámica exactamente opuesta al proceso que sufren las formaciones partidarias de la burguesía, también experimentado por las sectas sedicentemente revolucionarias, donde las capacidades individuales en lugar de conjugarse se contraponen, en lugar de potenciarse se dividen, en lugar de honrar envilecen.

Desde luego, como en todo organismo vivo, el desenlace siempre estará en disputa. En la misma medida en que la historia reaparece constantemente y se reconstituyen conceptos, metodologías y conciencias propios de la sociedad capitalista, el destino de un Partido revolucionario es inseparable del destino de la revolución misma. Al cabo prevalecerá lo peor o lo mejor de los seres humanos que componen el Psuv según prevalezca, no en Venezuela sino en América Latina y el mundo, la barbarie o el socialismo. Pero temer esa ambivalencia es como temblar ante la vida, es decir, escabullirle a la historia.

En este momento histórico de Venezuela, en pleno empeño por llevar adelante la transición del capitalismo al socialismo, el Psuv espeja esa realidad y se constituye en herramienta igualmente transitiva, incorporando los rasgos positivos y negativos de la mayoría social y las vanguardias que ensayan este asalto al cielo.

 

Rescate histórico 

Otro rasgo positivo sobresaliente del Psuv y su dialéctica virtuosa, es el rescate de cuadros militantes provenientes de los más diversos intentos de reivindicación social. Los 30 miembros de la Dirección Nacional, en sí misma síntesis de edades, condición social, formación etnocultural y proveniencia política, son apenas una muestra mínima de los miles de cuadros con voluntad y capacidad para asumir posiciones dirigentes a todos los niveles.

Instancia de unidad social y política de una mayoría abrumadora compuesta por trabajadores de todos los sectores, campesinos, juventudes, profesionales y pequeños productores del campo y la ciudad, en el marco de un proceso revolucionario, el Psuv ha obrado como fuerza centrípeta conjugando experiencias e individuos de disímiles trayectorias. Aquí también se verifica una dinámica inversa a la que puede constatarse en las filas revolucionarias en otros países, donde fuerzas centrífugas, impulsadas por el retroceso de las ideas revolucionarias en las últimas décadas, causan la constante destrucción de capacidades encarnadas en militantes dispersos.

Guerrilleros y militares, jóvenes y veteranos, comunistas y cristianos, revolucionarios y reformistas, entre otras tantas dicotomías que lo son y de manera taxativa en otro cuadro sociopolítico, convergen en Venezuela sobre el único eje que puede dar lugar a semejante agregación en cualquier parte del mundo: la revolución socialista.

Se verifica así en los hechos la más osada novedad política en mucho tiempo, realizada por Cuba, esgrimida por el Che, asumida y propulsada por Chávez, en choque frontal con tirios y troyanos y a contracorriente de la opinión predominante en partidos y academias: la vigencia de un programa anticapitalista y de la noción de Partido revolucionario como ejes para la agregación social y la recomposición de fuerzas políticas. Esta comprobación, que será más nítida y abarcadora en la etapa histórica que ella misma inaugura, golpeará sobre la conciencia y el accionar de decenas de miles de luchadores en todo el continente. Chávez ha adelantado ya su decisión de impulsar la unión internacional de las fuerzas que comprendan y asuman tal estrategia de revolución. Antes incluso de que ese propósito cobre carnadura, el espectro político regional habrá cambiado. En ese sentido, el Psuv es un nuevo y poderosísimo eje gravitacional en América Latina.

 

Analogías y diferencias 

Si bien el mecanismo de conformación del Psuv es inédito, se pueden encontrar analogías útiles en la historia regional y mundial.

En Argentina, sindicatos obreros en pie de lucha formaron en 1945 el Partido Laborista (PL). En el lapso de dos meses, entre octubre y diciembre, el movimiento sindical se asumió como partido político. En febrero del año siguiente, con Juan Perón como candidato, el PL arrasó a todos los partidos tradicionales (incluidos el PC y PS, que no comprendieron el fenómeno y se sumaron al bloque oligárquico-imperialista), ganó las elecciones y llevó a Perón al poder. Al asumir éste, sin embargo, el 25 de mayo de 1946, ordenó la disolución del Partido. Estos episodios y la resistencia posterior de un sector del PL han quedado sepultados en la memoria, porque la experiencia no sobrevivió, la idea de partido se desdibujó y la lucha contra la reacción burguesa-imperialista ocurrió desde entonces con otros parámetros, con los resultados conocidos.

Diferente fue el caso en Brasil. Un vigoroso proletariado industrial, tras una oleada de huelgas, dio nacimiento al Partido dos Trabalhadores (PT) en 1980. Luiz Inácio da Silva, Lula, dirigente metalúrgico, fue el vértice de este vertiginoso proceso de organización que en muchos sentidos antecedió como ejemplo de convergencia virtuosa de cuadros y organizaciones revolucionarias con masas obreras y campesinas, también con un programa socialista. Luego de tres fallidos intentos de llegar al gobierno por elecciones (1989, 1994 y 1998), Lula fue finalmente ungido Presidente en 2002. Para arribar a ese punto, el PT fue modificando su programa y, junto con éste, su metodología de funcionamiento. Todo ello plasmaría en el gobierno del PT, que más allá de los diferentes juicios que hoy genera, perdió la potencia de ejemplo y motor que durante el primer período tuvo en toda América Latina.

Mucho antes, en otras latitudes, y en un contexto histórico completamente distinto, comenzaron a edificarse los que luego serían grandes Partidos obreros socialistas en Europa. Un antecedente fue el Partido Cartista (al cual ingresó la organización Fraternal Democrats, dirigida por Marx y Engels). “Que el primer programa de este partido sea confuso e incompleto –decía Engels en relación a la conformación de los partidos socialdemócratas desde los años 1880– es un inconveniente inevitable, pero pasajero. Las masas deben tener tiempo y oportunidad para desarrollarse; y esta oportunidad la tendrán en el momento en que posean un movimiento propio, donde serán impulsados por sus propios errores”.

Análogos en cuanto a instrumentos de unidad social y política de masas con contenido antimperialista y genéricamente anticapitalista, las diferencias cruciales del Psuv con estos ejemplos residen, por un lado, en la naturaleza de clase; pero también, de manera sobresaliente, en el hecho de que es una organización que no nace para ganar una elección y llegar al poder, sino por impulso del Presidente de un gobierno con una década de ejercicio, desde el seno mismo del Estado en intento de transición y con el objetivo explícito de avanzar más rauda y efectivamente en la construcción del socialismo.

A manera de símbolo, en el momento en que se juramentaba a la Dirección Nacional en Caracas, en el Oriente del país, la mayor concentración proletaria en Venezuela mantenía una vigorosa lucha contra la empresa Sidor y sufría el embate de la Guardia Nacional del Estado Bolívar. Más que en otros países suramericanos, en Venezuela, para utilizar la expresión de Marx, existe una importante “clase obrera en sí”, pero no una “clase obrera para sí”, es decir, con conciencia del lugar que ocupa en la sociedad y la historia. La omisión de las dirigencias sindicales en la construcción del Psuv, fruto del economicismo y la confusión ideológica, se manifestaba así en una contradicción práctica entre la estrategia socialista y los conflictos propios de una sociedad en el umbral de la transición al socialismo. En perspectiva, sólo un proletariado consciente y organizado puede resolver esa contradicción. La labor de constitución de una “clase obrera para sí” es por tanto uno de los principales desafíos para el Psuv. El lugar que finalmente decida ocupar el activo sindical gravitará sobre el curso de los acontecimientos. Hasta el momento, prevalece la omisión y la argumentación con tono de excusa.

 

Tareas pendientes

Durante el período inicial de organización y luego durante el Congreso Fundacional, el Psuv comenzó con un plan de formación ideológica y política. Un video con varias exposiciones circuló en decenas de miles de copias por los Batallones Socialistas, alentando innumerables sesiones de debate teórico y político, al mismo tiempo que se avanzaba en la experiencia de organizarse. Difícil encontrar una escuela de cuadros de semejantes dimensiones en cualquier antecedente de edificación partidaria. No obstante, la comprensión en el máximo nivel posible del mecanismo de funcionamiento del capitalismo y su diferencia con el socialismo, la educación en historia, economía y política para los casi seis millones de inscriptos con eje en el millón y medio de activos, es una tarea ya señalada y asumida por la dirección partidaria.

En el plano de la organización, además de sumar a cientos de miles de aspirantes a las filas activas, el Psuv tiene por delante una difícil tarea de reconocimiento y depuración de sus militantes y simpatizantes organizados. El funcionamiento regular, sistemático, de los BS, será un arduo objetivo durante mucho tiempo. Sobre todo porque ahora está planteada en toda su magnitud la organización del Partido por frentes de trabajo hasta completar y superar la organización territorial.

Pero formación política y organización partidaria son funciones de la militancia y ésta deberá desarrollarse desde ya mismo en el marco de una cruda ofensiva estadounidense contra el presidente Chávez y en la coyuntura de una elección para Gobernadores y Alcaldes, en noviembre próximo, que tiene una importancia fuera de lo común para el camino y el ritmo de la Revolución Bolivariana.

 

Ejemplo para la región 

Este proceso de edificación partidaria, con la participación de millones, a la vista de todos, con elecciones libérrimas, se llevó a cabo en un ámbito nacional y regional donde los grandes partidos tradicionales están, sin excepción, reducidos al mínimo, burocratizados al máximo, ajenos por completo a la democracia, negados por definición a la participación de quienes eventualmente los votan.

La diferencia estriba en naturaleza y objetivos: los anacrónicos aparatos tradicionales representan intereses de las clases dominantes de la región y tienen como objetivo la defensa incondicional de esos intereses. Desde hace décadas decaen sin pausa, pero hasta ahora no han tenido una contrapartida efectiva. La fuerza social en pugna por cambios fue una y otra vez desviada hacia callejones sin salida. El Psuv, que no busca el poder sino, al contrario, transfiere el poder de una persona a una instancia representativa del interés popular, que no busca el statu quo sino la transformación radical, será inexorablemente un faro para cientos de millones de víctimas de la crisis capitalista en América Latina y el Caribe.

Embarcado en una fase superior de su intento de derrocar la Revolución Bolivariana, el imperialismo estadounidense choca de frente con el Psuv. Buscará renovar su alianza de las últimas décadas con los grandes aparatos políticos latinoamericanos. Pero estos, amenazados de muerte por la reacción popular contra ellos, no podrán asociarse abiertamente con la Casa Blanca. Tampoco podrán reeditar caminos diagonales hacia ningún lugar. Su fuerza inercial continuará gravitando por un tiempo. Pero ya se ve en el horizonte la luz del alba.