Hora de definiciones

PorLBenAXXI

 

El primer paso está dado. Tiene un alcance estratégico fuera de lo común. Sacudirá derechas e izquierdas, a Oriente y Occidente. Entrará como tromba en cada organización política, sindical o social, en cada lugar del planeta.

Una sensación de vértigo atrapó a decenas de miles de hombres y mujeres que por televisión o internet escuchaban a Hugo Chávez en la noche del 20 de noviembre, víspera de la inauguración del Primer Congreso extraordinario del Psuv, cuando ante delegados de partidos de una treintena de países, presentó una propuesta tan esperada como imprevista: poner manos a la obra para edificar la Vª Internacional.

Lo dijo el Presidente de una revolución en marcha. Y lo apoyaron de inmediato los representantes de otros tantos que afrontan la misma responsabilidad en Bolivia, Ecuador, Honduras. Los que están en el crudelísimo inicio de la transición y los que aspiran, con tierra bajo los pies, a comenzar el recorrido.

Es explicable el vértigo. En un año quedó completado un ciclo que transformó al mundo, a tal punto que pocos tienen conciencia plena de la nueva realidad y continúan actuando con los parámetros del pasado. Primero fue el derrumbe de la arquitectura financiera mundial, colocando a la vista de todos la realidad insoslayable de una crisis agónica del capitalismo. Luego la aceleración estadounidense por el camino de la guerra. Ahora la respuesta estratégica: una nueva Internacional. Ha llegado la hora de las definiciones.

Nada sorprende más que lo esperado durante mucho tiempo. El grueso de quienes escuchaban a Chávez en el hotel Humboldt alzado en la cima del cerro Waraira Repano (por caso, nacionalizado y refaccionado por el gobierno revolucionario) saltó como resorte oprimido al que libera de pronto la palabra mágica: una ovación espontánea, cargada de asombro y complacencia, manifestó del modo más elocuente un respaldo que antes de todo responde a una necesidad siempre sentida, casi nunca expresada.

 

Salir del paréntesis histórico

Si el primer paso requería fuerza real, lucidez y osadía, los siguientes plantean exigencias aún mayores. Aunque la creación de cada Internacional ocurrió en el pasado en medio de grandes debates y confrontaciones ideológicas, el abigarrado conjunto de fracciones que a escala mundial se define como izquierda muestra hoy un grado de confusión ideológica y diversidad política sin precedentes. Será tarea difícil aunarla, darle organicidad y dirección de marcha. Desde que la derrota de la Comuna de París destruyó la Iª Internacional, en cada paso, a la par de victorias y derrotas, grandes contingentes concluyeron asimilándose al sistema al cual originalmente combatieron. Además, al otro lado de la barricada, el capital acumuló infinita experiencia y poderosos tentáculos listos para la acción. El reformismo es una constante. Pero hay más: aparte las excusas reformistas, las incógnitas a resolver son inmensas y a prueba de oráculos:

  1. ¿Qué definiciones ideológicas y programáticas trazarán el contorno de la Vª Internacional?
  2. ¿Qué organizaciones concurrirán a su formación? ¿Qué relación habrá entre las grandes formaciones con responsabilidades gubernamentales y los demás partidos o agrupamientos revolucionarios?
  3. ¿Qué estructura adoptará la organización internacional, cómo se seleccionarán sus dirigentes y cómo se expresará en el plano nacional?
  4. ¿Cómo se integrará a este conjunto multifacético la clase obrera mundial, que hoy no cuenta en lugar alguno con el vigor y la conciencia imprescindibles?

Hemos defendido posiciones netas respecto de estos temas. Rompiendo una tradición de esta columna, vamos a citar un texto propio, publicado en la revista Crítica en octubre de 2007:

“En la historia ha habido, conceptual y realmente, cuatro organizaciones internacionales anticapitalistas. La Iª, en cuya fundación fueron figuras clave Marx y Engels, agregaba diferentes corrientes revolucionarias anticapitalistas. Surgió directamente del impulso de los propios obreros en lucha contra el sistema en Europa; las dos corrientes principales eran las que a poco andar se denominarían marxista y anarquista. La IIª, definida como socialdemócrata (con el sentido que tenía por entonces esa palabra, inverso al actual), se apoyaba en grandes partidos socialistas obreros de masas que para ese entonces se habían conformado en toda Europa, en Estados Unidos y en varios países latinoamericanos. La IIIª, fundada por Lenin y Trotsky, se definió como comunista, contraponiéndose al nombre de socialdemócrata, ya para entonces identificado con posiciones de sujeción a los intereses de las burguesías de cada país; su base de sustentación fueron los propios partidos socialdemócratas de masas, todos los cuales se fraccionaron dando lugar a Partidos Comunistas, que fundarían la Internacional con ese nombre. La IVª, en realidad no llegó a ser una verdadera organización internacional con arraigo en la clase trabajadora. Nació como resultado de la degeneración stalinista en la Unión Soviética y la extensión de esa caída a la organización, el programa y la política de la IIIª Internacional a partir de su 5° Congreso. Su base de sustentación fue la Oposición de Izquierda en la Unión Soviética y su proyección en Ppcc de todo el mundo. Luego tomaría el nombre de su principal promotor, León Trotsky. Asesinado éste en 1940, la organización degeneró a su vez, dando lugar a innumerables organizaciones casi invariablemente sectarias y minúsculas.

En la actualidad, por razones objetivas y subjetivas una organización internacional no puede pretender la homogeneidad ideológica que originalmente tuvieron la IIª, IIIª y IVª. Por el contrario, en lo que hace a su heterogeneidad superaría largamente a la Iª, aparte de que no resultaría del impulso consciente y organizado de una vanguardia obrera con aval de masas (subrayado ahora).

El punto de apoyo de tal organización heterogénea sería la explícita decisión de lucha contra el imperialismo y por el socialismo del siglo XXI, asumiendo como punto de partida las incógnitas y ambigüedades que esa definición supone.

A la heterogeneidad ideológica, le correspondería un criterio organizativo que, obligando en términos de estrategia general a cada partido u organización integrante, permitiría la participación de diferentes organizaciones en un mismo país y no daría lugar a criterios unánimes de accionar político.

No obstante, la internacional no podría asimilarse al concepto de Frente. Más próxima al criterio de partido de masas, con heterogeneidad ideológica y homogeneidad política en cuestiones centrales que hagan a una estrategia hemisférica, y con toda la flexibilidad que requieran las diferencias de participación en cada país.

Esa contradicción se resolvería a favor de la cohesión, la homogeneidad política y la coherencia internacional a través del órgano de dirección internacional, que sólo podrá estar integrado por representantes de partidos de aquellos países donde no exista más de una organización reconocida.

La organización de una internacional revolucionaria con estas características, lejos de ser una perspectiva lejana, es una necesidad inmediata. Defender los procesos revolucionarios en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador, es tan impostergable como esforzarse por la recomposición de las fuerzas sociales y revolucionarias en los restantes países de la región”.

Parece innecesario insistir: no hay manera de procurar identidad ideológica y a la vez actuar como centro de unidad social y política en ningún país, tanto menos a escala mundial. De modo que la Vª Internacional será obligadamente diferente a las tres anteriores y, semejante en punto a diversidad interna con la Iª, irá todavía más allá de aquélla e integrará numerosos agrupamientos diferenciados dentro de cada corriente misma. Las múltiples definiciones marxistas, cristianas, nacionalistas, tendrán su punto de comunión en la determinación revolucionaria y la voluntad consecuente de confrontación con el imperialismo y las burguesías nacionales. Va de suyo que esto dejará mucho por fuera; pero a la vez incluirá una inmensa diversidad. Una fuerza desde el inicio poderosísima, en condiciones de crecer en progresión geométrica.

 

Inercia y fuerzas centrífugas 

Aunque causara sorpresa, esta decisión de Chávez no fue un impulso de último momento. En 2007, al inicio mismo de la construcción del Psuv, en su intervención del 25 de agosto ante los propulsores que darían nacimiento al partido de masas de la Revolución Bolivariana, el presidente venezolano dijo que 2008 sería el momento para “convocar a una reunión de partidos de izquierda de América Latina y organizar una especie de Internacional, una organización de partidos y movimientos de izquierda de América Latina y del Caribe”. Y abundó: “Hay un resurgimiento de la conciencia de los pueblos; deben seguir creciendo los movimientos, líderes y liderazgos de una izquierda nueva, de un proyecto nuevo”.

La paradoja es que mientras ese resurgimiento ocurre en los cimientos de la sociedad, sus expresiones políticas raramente lo expresan y en ningún caso lo alientan y conducen. En cierta medida eso quedó plásticamente plasmado en el salón del hotel en la cima del Waraira Repano, cuando Chávez lanzó su proclama: al lado de quienes dieron un salto de liberadora alegría, pudo verse rostros consternados. Y hasta hubo quienes, advertidos a tiempo, se ausentaron antes de verse obligados a exteriorizar su postura. Más sagaces aún, hubo partidos que directamente estuvieron ausentes del encuentro. Y ni qué decir del otro flanco, el infantoizquierdista, ausente en el recinto, atónito ante el desafío. La inercia de estructuras y cuadros adheridos a diferentes instancias del Estado capitalista, se combina con la fuerza centrífuga transmitida a importantes franjas de vanguardia espontánea en el movimiento de masas, por parte de agrupamientos que, ajenos a una teoría consistente, esgrimen el nombre de Marx, Lenin o Trotsky para tomar posición con la sencilla técnica de repetir generalidades obvias y ubicarse 45 grados a la izquierda de cualquier fenómeno político que aparezca.

Protegerse de y a la vez incluir a las partes sanas de estos fenómenos objetivos será una tarea no menor en la agenda de la Vª Internacional. Demandará un enorme esfuerzo teórico y organizativo. E impar habilidad para la conducción política.

Aprisionado por la tenaza de reformismo e infantoizquierdismo, el renacimiento de la asunción de banderas estratégicas por parte de millones ocurre en medio de otra estridente paradoja: la acción no sólo precede a la teoría, sino que va tan por delante que en los hechos resulta impracticable su entrelazamiento efectivo. El pragmatismo aparece así como una tercera amenaza encastrada en las propias filas.

Desde este complejo punto de partida se despliega ya la idea de una Vª Internacional. El plan apunta a la realización del Congreso Fundacional en abril próximo, en coincidencia con la culminación del largo proceso congresal extraordinario del Psuv. Por si faltase algo para darle más entidad a este momento histórico, Chávez invitó al Congreso del Psuv a Fidel Castro. Horas después de ese acto hizo un viaje no anunciado a Cuba, donde se reunió por siete horas con Fidel y otras cinco con Raúl, del que informaría posteriormente. Lo dicho: aceleración de tiempos; hora de definiciones.

 

Lo que vendrá 

Pero… ¿qué poder es ése que acorta plazos y pone exigencias perentorias? La pregunta sólo cabe a quienes no han asimilado la magnitud y el sentido de los cambios vertiginosos ocurridos en el último año. El sistema capitalista ha ingresado en la crisis más abarcadora y profunda de su historia. Lejos de remontarse en los últimos meses, los costos de una pseudo recuperación la agravaron aún más. Es sólo cuestión de tiempo (en ningún caso prolongado) el reinicio de derrumbes mayores a los ocurridos en 2008, que además, porque sucederán en el ámbito de la producción y el comercio, no podrán ser paliados siquiera temporalmente con nuevas montañas de dinero ficticio, como se hizo un año atrás.

Eso es sólo una parte de lo nuevo. La otra, visible para todo quien no decida taparse los ojos, es que Estados Unidos se ha lanzado a la guerra. La noción de que Washington está empantanado en Oriente y por ello no podrá emprender nuevas aventuras bélicas no sólo peca de simplista: desconoce que en situación de amenaza mortal un animal salvaje no mide riesgos. Atribuir racionalidad al desempeño histórico del capital es resultado del idealismo filosófico; o de la negativa por el temor cerval a lo que se tiene enfrente. Pero no hay modo de ocultarlo: un Presidente del partido Demócrata, culto, sagaz, con antecedentes progresistas y para mayor abundamiento afroamericano, es el vehículo de la maquinaria imperial y lleva la guerra a todo el mundo. Ahora mismo envía otros 35 mil soldados a Afganistán, mientras su secretaria de Estado teje la trama previa a ataques militares contra Irán y Suramérica. Barack Obama, flamante premio Nobel de la paz, monta bases militares en Colombia, Centroamérica y el Caribe, donde señorea ya la IVª Flota. Realiza y sostiene el golpe en Honduras.

Entiéndase bien: el envío de 35 mil soldados más a Afganistán tiene como objeto acabar rápidamente con esa guerra que ya se ha extendido a Paquistán y deja al imperio en una ciénaga. Acabar rápidamente significa masacrar con mayor eficiencia a cientos de miles de seres humanos. Pero eso no es lo más grave: prueba con la contundencia de los hechos que Washington y su premio Nobel están acosados por la urgencia. En Afganistán u otro lugar, donde no esté planteado alcanzar los objetivos militares mandando más soldados, quedará sobre el tapete la utilización de armas atómicas, tácticas o de las otras.

Por lo demás, hay que ser voluntariamente ciego y sordo para no admitir que en el terreno de las comunicaciones la confrontación ya ha comenzado con carácter de guerra mundial: de manera alevosa, unificada como nunca antes en la historia, la prensa comercial, en todo el planeta y con apenas alguna excepción, se hunde en una campaña de mentiras, tergiversaciones y manipulación que no tiene precedentes en su ignominiosa trayectoria.

¿Para qué vino el presidente israelí Shimon Peres a América del Sur, sino para anunciar, desde Buenos Aires y con el mayor descaro, que “Chávez y Ahmadinejad desaparecerán en los próximos meses”? ¿Qué efecto tendría sobre América Latina el asesinato de Chávez? ¿Qué seguiría en el Medio y Extremo Oriente si Ahmadinejad fuese ultimado? ¿Y por qué el sionismo, con toda su parafernalia comunicacional, se ha puesto al servicio de tamaña provocación comprometiendo incluso a las comunidades judías de nuestros países?

Es preciso analizar con cuidado los textos publicados en esta edición: la reflexión de Fidel Castro, los fragmentos del discurso de Chávez, el Compromiso de Caracas.

No hay modo de eludir la respuesta: acosado por la crisis agónica que demuele sus columnas, el imperialismo se ha lanzado por el camino de la guerra.

Pero esa conclusión obvia no es ahora el dato más relevante de la realidad mundial. No hay punto de exageración al afirmar que el núcleo de mayor proyección es ya la decisión de fundar una nueva Internacional. Porque la locura guerrerista del imperialismo sólo puede ser detenida por cientos, acaso miles de millones de personas que en todo el planeta abracen la tarea, conscientes y organizados. Hasta ahora siquiera estaba planteada como estrategia la edificación de una instancia unificadora a esa escala. Infinidad de iniciativas con aristas humanitarias y positivas, se empeñaron y continúan empeñándose en eludir la única respuesta posible a la crisis del capitalismo. Que lo piensen bien los cuadros de grandes formaciones reformistas, políticas o sindicales; que lo piensen bien agrupamientos aguerridos pero encerrados en círculos de pequeñez y marginalidad; que lo piensen bien los intelectuales proclives a la comodidad del poder; que los piensen bien todos, antes de negarse a ser parte de esa tarea clave para la humanidad: ponerle freno a la locura capitalista. Ese objetivo resume hoy en una consigna: construir la Vª Internacional.

moneda, organización, defensa y debates de alcance estratégico

El Alba asume una respuesta histórica a la crisis mundial

PorLBenAXXI

 

Trascendental: en Cochabamba, con la consolidación del Sucre y un conjunto de decisiones de efectos múltiples, la Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América dio un paso de gigante. Se consolida así un conjunto geopolítico que en términos económicos ocupa ya el segundo lugar en América del Sur. Pero el peso político y su proyección estratégica no guardan proporción con esa dimensión geográfico-económica y la desborda para convertirse en una referencia de alcance mundial. La Declaración final de la VIIª Cumbre del Alba se reproduce a partir de la página 40; los textos completos de los restantes documentos aprobados pueden ser hallados en www.americaxxi.com.ve

Bajo el ojo implacable de las cámaras de televisión proyectadas al mundo, durante las jornadas del 16 y 17 de octubre pasado se reunieron en Cochabamba los mandatarios del Alba. Evo Morales, presidente del país anfitrión, condujo las deliberaciones. Lo acompañaron Hugo Chávez, Daniel Ortega, Rafael Correa, José Ramón Machado, Ralph Gonsalves, Roosvelt Skerrit, Winston Baldwin Spencer y Patricia Rodas. Fernando Lugo desistió a último momento: un secuestro en Paraguay le impidió viajar. Uruguay mandó a su embajador en La Paz como observador. Y Granada, la isla del malogrado Maurice Bishop, asomó nuevamente a la política regional como observadora en esta VIIª Cumbre de la Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América. Un representante oficial de la Federación Rusa puso además el ingrediente necesario para que, desde el comienzo mismo, quedara en claro el lugar que el Alba ya ocupa en la geopolítica mundial.

Como es costumbre, el protocolo no se sobrepuso al debate de ideas. Presidentes, vicepresidentes, primeros ministros y la Canciller del legítimo gobierno hondureño, únicos expositores en un cónclave poblado de ministros y asesores, no parecieron retraerse por el hecho de que sus opiniones estuvieran expuestas al escrutinio público, ni por las limitaciones diplomáticas habituales en este tipo de reuniones, pomposamente llamadas Cumbres.

El resultado fue la aprobación formal de un conjunto de acuerdos largamente trabajados por cancilleres y especialistas. Pero si el contenido de esas resoluciones debe ser observado con suma atención por las implicancias trascendentales que suponen, más significativo aún fue el inicio de un debate de sorprendente penetración ideológica, política y estratégica. Sorprendente y hasta podría decirse extemporáneo, en un mundo de pragmatismo, desprecio por la teoría y opción por la ignorancia o la omisión: en Cochabamba hubo un debate de ideas que coloca a América Latina como el punto más elevado de la reflexión política a comienzos del siglo XXI, cuando el mundo atenazado por una crisis global sin precedentes parece marchar a la deriva.

 

Sucre: renacimiento del coraje y la lucidez

Para quienes conocen su biografía,  Antonio José de Sucre es un símbolo de coraje y lucidez; el héroe de Ayacucho, el mariscal que a los 29 años, en 1824, quebró definitivamente la columna vertebral de las tropas españolas en Suramérica. La reaparición de su nombre, convertido ahora en sigla de Sistema Unitario de Compensación Regional de pagos, es un potente emblema de aquello que renace con el Alba en la política latinoamericana: inteligencia y valentía, encarnadas en un puñado de jefes de Estado.

El Sucre comenzará desde enero próximo a funcionar como moneda de cuenta, es decir, sin existencia física. Un recurso para eludir el dólar como medio de pago para todas las transacciones entre los miembros del Alba –y de próximos países que se sumen al sistema, aun no incorporándose al bloque– y obtener así un conjunto de beneficios, entre los cuales se destaca el hecho de tomar distancia de un sistema financiero mundial que gira en torno al dólar y por lo mismo está hoy amenazado de un estrepitoso derrumbe. El Sucre obra entonces como escudo protector frente a futuros cataclismos financieros, prefigurados por la disminución hasta la desaparición de respaldo para la masa de moneda estadounidense emitida sin contrapartida en la producción y, por lo mismo, sin existencia real como equivalente general.

Se trata, dice el texto aprobado en Cochabamba, de “afianzar su independencia (de los miembros del Alba) y soberanía monetaria y financiera, en la perspectiva de lograr el desacoplamiento progresivo del dólar estadounidense”, y de atender además a “la necesidad de implantar, como parte de la nueva arquitectura financiera regional, mecanismos orientados a reducir la vulnerabilidad externa de sus economías, que propicien, impulsen y dinamicen la capacidad productiva de la región, transformen el aparato productivo, promuevan y faciliten el intercambio comercial y coadyuven a la reducción de asimetrías entre los países”.

Como manifestación desmesurada de aquello que Marx denomina “fetichismo de la mercancía”, Estados Unidos está dominando al mundo a través de su moneda. Emanciparse de ella es un requisito para romper las barreras al desarrollo de las fuerzas productivas propias, pero también para impedir que la onda expansiva de su inexorable caída arrase como un tsunami a las economías hoy subordinadas. Es por tanto una expresión de inteligencia protegerse de ese modo frente un desenlace inevitable aunque todavía impredecible en sus ritmos. Pero, en rigor, no es sabiduría, conocimiento teórico, penetración en la entraña misteriosa de la moneda, el factor primordial de esta decisión, sino la determinación política para adoptarla. Es la decisión de buscar y hallar un camino propio frente a la crisis, en lugar de acoplarse a la respuesta que, desde el G-20, articula el imperialismo bajo la guía de Washington. Puede que para muchos de los protagonistas principales de este paso histórico todavía esté pendiente el estudio del primer capítulo del Tomo I de El Capital, donde Marx devela la relación entre valor, mercancía y dinero. En cambio, y a diferencia de académicos capaces de recitar esas páginas, los mandatarios del Alba han ingresado al arcano por el extremo de perentorias exigencias políticas y sociales, a las cuales han resuelto darles solución. A la teoría por el camino de la práctica; en consecuencia con las urgencias de los pueblos a los que se representa.

Es ese compromiso y su momento histórico lo que pone en marcha un mecanismo que, en sí mismo, no tiene nada de revolucionario, pero que en virtud del contexto y el lugar donde ocurre, engendra una dinámica de independencia y soberanía, de constante enriquecimiento teórico y necesidad de despliegue práctico.

 

TCP: en busca del intercambio justo 

Fue Bolivia, a través de Evo Morales y desde el momento mismo en que se sumó al Alba, quien insistió en la necesidad de articular un sistema de intercambio opuesto a los mecanismos imperiales. Surgió así en 2006 el Tratado de Comercio de los Pueblos (TCP, sigla que se suma al Alba para dar su denominación completa). Desde entonces se ha avanzado mucho y en Cochabamba se aprobó un conjunto de medidas coronadas por la constitución de un instrumento clave: la constitución de una empresa grannacional de exportación e importación (Albaexim).

En los considerandos del acuerdo marco, queda definido que “el libre comercio ha sido el instrumento de saqueo de nuestros recursos, la condena a la dependencia, ha respondido a intereses imperiales, transnacionales, de espaldas a las necesidades de nuestros pueblos, y ha marginando la participación de pequeñas-medianas empresas y, en general, de nuevos protagonistas emergentes y de su patrimonio cultural-tecnológico-productivo”. A partir de tal definición, se desprende que “los Estados integrantes del Alba tienen el deber y el derecho de participar de los procesos económicos para garantizar que el intercambio comercial se constituya en un instrumento de unión y hermandad entre los pueblos, y romper con los esquemas especulativos y de explotación, en la perspectiva de producir las transformaciones estructurales, el desarrollo sustentable con justicia social, la soberanía de nuestras naciones y el derecho a su autodeterminación”. Pero estas enunciaciones generales toman cuerpo concreto en puntos de máxima importancia política y social, al encargar a los ministerios y organismos oficiales vinculados al comercio de los países integrantes del Alba que asuman “el compromiso de coadyuvar y facilitar el intercambio comercial entre las comunidades artesanales, campesinas, indígenas, así como las pequeñas y medianas empresas de los distintos países del Alba, identificando productos provenientes de las mismas y los mercados de consumo, implementando las políticas y acciones que simplifiquen el comercio entre las comunidades, comunas, cooperativas, empresas de producción social, pequeñas y medianas empresas a colocar su producción”.

Son presumibles las dificultades que afrontará Albaexim. Pero en la determinación de encauzar y aceitar un intercambio que en lugar de subordinar hermane, en lugar de explotar dignifique el trabajo, en lugar de saquear propulse la creación en todos los planos y en armonía con la naturaleza, hay una potencia que necesariamente trascenderá las fronteras del Alba y, afirmándose en fuerzas sociales que la comprendan y asuman, sobrepasará incluso la negativa de los gobiernos comprometidos con la estrategia imperialista y el G-20 y dará lugar a una nueva realidad política regional.

 

Estructura organizativa 

En consonancia con tales acuerdos prácticos y con la exigencia que éstos plantearán a los respectivos gobiernos, en Cochabamba quedó afirmada una estructura organizativa a partir de tres consejos ministeriales: Político, Económico y Social y un Consejo de Movimientos Sociales. El acuerdo sellado comienza por subrayar que se trata de “una plataforma de integración de los países de América Latina y el Caribe, que pone énfasis en la solidaridad, la complementariedad, la justicia y la cooperación, que tiene por objetivo la transformación de las sociedades latinoamericanas, haciéndolas más justas, cultas, participativas y solidarias y que, por ello, está concebida como un proceso integral que asegure la eliminación de las desigualdades sociales y fomente la calidad de vida y una participación efectiva de los pueblos en la conformación de su propio destino. Es además una alianza política, económica, y social, en defensa de la independencia, la autodeterminación y la identidad de los pueblos que la integran”. E inmediatamente define las instancias básicas: la cumbre presidencial “constituye la máxima instancia de decisión y orientación política. Sesiona dos veces al año y de manera extraordinaria cuando las circunstancias lo ameriten”. El Consejo Político “está conformado por los Ministros de Relaciones Exteriores de cada país miembro”. El Consejo de Movimientos Sociales “es el principal mecanismo de coordinación y participación directa de los movimientos y organizaciones sociales en el proceso de integración”. La Comisión Política está integrada por los Vicecancilleres, se subordina directamente al Consejo Político de la Alianza y es la principal instancia de coordinación y concertación política operativa; en tanto la Coordinación Permanente hace las veces de una Secretaría Ejecutiva, coordina las actividades de cooperación e integración económica y social, para lo cual supervisa, articula y controla los proyectos Grannacionales, proyectos bilaterales y acuerdos, a la vez que promueve que estos ejecuten y desarrollen de manera que cumplan su objetivo de forma exitosa. Este órgano vital estará conformado por los coordinadores nacionales designados por cada país en forma permanente y tendrá a su vez una Secretaría Ejecutiva, la cual se reunirá semanalmente y estará conformada por un secretario ejecutivo, un secretario adjunto, los directores de cada equipo de trabajo, un representante del Banco del Alba y un representante de Petrocaribe.

 

Bajo el signo del golpe

 Todo este despliegue ejecutivo ocurrió, sin embargo, bajo la presión objetiva planteada por el golpe en Honduras, la proliferación de bases militares estadounidenses en la región y los múltiples indicios de una constante actividad conspirativa de Washington y sus aliados para atacar y desestabilizar a los gobiernos del Alba. En su intervención a nombre del presidente José Manuel Zelaya, recluido a la sazón en la embajada brasileña en Tegucigalpa, la canciller Patricia Rodas afirmó sin rodeos que el golpe contra su gobierno era sólo un episodio en la ofensiva imperialista contra el Alba. Ese concepto lo reafirmaron luego todos los oradores.

Chávez se preguntó por qué no había sido repuesto Zelaya en su cargo, pese a la gran movilización popular. Y respondió: porque la resistencia no cuenta con el apoyo de las fuerzas armadas. Completó así la reflexión de Evo Morales, quien enfatizó en la necesidad de crear una nueva doctrina, para que los militares no continúen alimentándose con la ideología imperialista y capitalista. De allí, en rápida sucesión, se llegó a la necesidad de crear un Consejo de Defensa del Alba, una escuela militar y programar maniobras conjuntas de las fuerzas armadas de los países integrantes del bloque.

Otra resolución que provocaría un temblor helado en los centros de la reacción hemisférica fue la de crear “un grupo de trabajo que presente una propuesta para el análisis y desarrollo del proyecto Radio del Sur del Alba-Tcp, la creación de una Agencia de noticias del Alba-Tcp y el establecimiento de canales temáticos compartidos en coproducción entre los países Alba -Tcp para el impulso de un modelo comunicacional que permita un verdadero encuentro entre nuestros pueblos, fortalezca los procesos democráticos en la región y rompa el cerco comunicacional impuesto por el gran poder mediático transnacional”.

Constituido ya el Banco del Alba y en marcha el Fondo de Reservas, los mandatarios adoptaron además numerosas decisiones para diferentes ámbitos, tales como el impulso a la iniciativa Pertocaribe-Alba-Alimentos; a la creación de una empresa grannacional para el turismo y de una cadena de Hoteles Alba para el turismo popular; la utilización por parte del bloque del satélite Simón Bolívar; la formación de un Instituto Grannacional para la investigación y la prospección geológica (IngeoAlba), entre otras.

A través de las reflexiones de cada orador acerca de la necesidad de fortalecer la democracia (todos apoyaron a Evo Morales en la perspectiva de su reelección el próximo 6 de diciembre), surgió sin embargo la contradicción de esa tendencia ya arraigada en los países del Alba y en otros de la región, con la dinámica ostensiblemente impulsada por Estados Unidos, de golpes, desestabilización, proliferación de bases militares y apelación a la violencia contra los pueblos. Citando a alguien, Chávez resumió: “quienes le cierran el camino a las revoluciones pacíficas, le abren la puerta a las revoluciones violentas”. Para confirmarlo recordó el golpe de Estado que lo derrocó por 47 horas en abril de 2002. “Cuando comprobé que no me asesinarían y pensé que me enviarían a Cuba –explicó– comencé a programar mi regreso para conducir la lucha armada contra la dictadura. Es un derecho que nadie podía negarme. Sólo que no fue necesario, porque los militares patriotas se unieron al pueblo y los dictadores huyeron”.

Como expresión práctica de ese cruce de caminos, quedó establecida la conformación del Consejo de Defensa del Alba, integrado por militares comprometidos con la revolución en cada país. Pero el dilema va más allá. Y deja abierta –¡en un foro de presidentes!– una reflexión estratégica de enormes consecuencias prácticas, ausente no sólo en la academia y las dirigencias políticas convencionales, sino en los propios ámbitos de la izquierda regional.

 

Desde Cochabamba

con la estrategia socialista del alba y el G-20 como palanca imperial

Comienza a delinearse un mundo pluripolar

PorLBenAXXI

 

Realineamientos: en escenarios internacionales tan diferentes como la Asamblea General de las Naciones Unidas, el G-20 y la cumbre América del Sur-África, saltaron al ruedo las opciones de un momento dramático: intentar el salvataje del sistema capitalista o buscar otro camino. Un sector de la dirigencia mundial se abroquela en el G-20 en torno a Estados Unidos. Otro, temeroso, vacila y en su mayor parte se deja arrastrar por la inercia. Por sobre ambos, resalta un plan que trasciende al capitalismo, con realizaciones a la vista. Sus líderes mostraron en la ONU una rara capacidad para articularse con propuestas intermedias, como quedaría plasmado horas después en la cumbre ASA. Toma cuerpo así una rauda transición planetaria, en la que la declinación estadounidense deja lugar a la aparición de múltiples polos de poder. Los discursos de Evo Morales y Hugo Chávez en la ONU mostraron un nuevo panorama político mundial. Después de décadas, el capitalismo es acusado en la Asamblea como causa verdadera de la crisis y el socialismo se plantea como única salida. Mientras tanto Washington sostiene a la camarilla del Opus Dei en Honduras y, tras atenuar el choque con Rusia desistiendo del escudo galáctico en Europa, recrudece las amenazas de guerra contra Irán.

 

Hay que decirlo sin rodeos: a un año del colapso mundial capitalista, en un marco histórico de retroceso y pérdida de hegemonía, Estados Unidos recuperó terreno: eludió la amenaza de depresión e impidió la disgregación de sus socios-enemigos del Norte y el Sur.

Son victorias limitadas y sin duda efímeras. El espacio recobrado no está asegurado y es improbable que lo esté en el futuro. Al contrario, todo indica que con ese paso en realidad la Casa Blanca se adentra en territorio cenagoso y sólo agrava la inestabilidad estratégica de las bases sobre las que todavía sostiene su poder global. No obstante, sería erróneo desestimar el posible impacto táctico de esta recuperación parcial y su traducción en las relaciones de fuerzas. Allí está, para probar los riesgos de la coyuntura, dicho sea por adelantado, el golpe en Honduras.

La frágil y efímera victoria que pueden apuntarse los estrategas del Departamento de Estado tiene dos puntos de apoyo: uno, haber frenado la caída libre de la economía mundial, postergando a fecha incierta la transformación de la recesión en depresión; el otro, evitar que un número de países determinantes para el rumbo político planetario, saliera de su órbita en medio de la crisis más grave jamás afrontada por el sistema capitalista.

China, Rusia e India, cada una por su parte, tenían la posibilidad teórica de propulsar en sus áreas de gravitación inmediata subsistemas financieros para, a la vez, protegerse del ineluctable derrumbe del dólar y ganar un espacio decisivo en su disputa por mercados y áreas de influencia con el imperialismo mayor. No lo hicieron. Más aún: en sentido inverso, no sólo ratificaron la estrategia estadounidense para afrontar la crisis, sino que le dieron a Washington el poder de policía sobre la aplicación de esa línea de acción.

Brasil y Argentina, en cambio, tuvieron una opción concreta al alcance de la mano: el ingreso al Alba; la incorporación a un bloque que en medio del colapso afirmó un rumbo diferente para afrontar la crisis y cuenta con un subsistema económico-financiero regional que suma ya nueve países y echa a andar una moneda común, el Sucre. Pero al igual que los demás gobiernos a los que con lúcida celeridad los estrategas del imperialismo tentaron con el ingreso al sagrado templo de los poderosos, Brasilia y Buenos Aires optaron por el intento de salvataje de la economía capitalista, en lugar de buscar otro camino. Ése es el significado del documento firmado por el G-20 en Pittsburgh, el 24 de septiembre.

 

La Corte del G-7

La Declaración de Pittsburgh comienza diciendo que los presidentes se reúnen en el momento de “la transición crítica de la crisis a la recuperación, para dar vuelta la página de una era de irresponsabilidad y adoptar un conjunto de políticas, regulaciones y reformas destinadas a satisfacer las necesidades del la economía global del siglo XXI”. A lo largo de 15 carillas el texto proclama una y otra vez la necesidad de “combatir el proteccionismo”, “mantener la apertura”, ampliar el “libre comercio” y llevar a buen puerto a la Ronda de Doha.

Pero la Declaración no se limita a reafirmar principios generales del liberalismo. En el punto 19 del Preámbulo dice: “Designamos al G-20 como el primer foro para nuestra cooperación económica internacional. Establecemos que el Buró de Estabilidad Financiera (BEF) incluya a las principales economías emergentes y damos la bienvenida a sus esfuerzos por coordinar y avanzar en el monitoreo fortaleciendo las regulaciones financieras”. Queda sepultado entonces el G-7 (Estados Unidos, Japón, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Canadá e Italia) como instancia rectora de los tres centros imperialistas del planeta. Y se traslada al BEF la función de “sistema anticipado de alarma para riesgos emergentes”. Dicho de otro modo: el BEF operará como organismo contralor de la economía mundial y ocupará el lugar del desprestigiado Fondo Monetario Internacional. Así lo confirmó Timothy Geithner, secretario del Tesoro estadounidense, quien aclaró en rueda de prensa que el BEF “es el cuarto pilar de la moderna economía global, junto con el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio”.

Los 20 firmantes de este documento admiten así que la crisis mundial tiene una naturaleza subjetiva, que ya ha quedado en el pasado y que ocurrió  apenas por falta de controles. El futuro luminoso resultará del accionar conjunto de los 20 países, según la estrategia diseñada en Washington y bajo el control de aplicación de los cuatro pilares de la verdad capital.

Es presumible que los 13 gozosos gobiernos que se suman al club de los poderosos buscarán maneras para eludir las exigencias del FMI y el BEF, tal como en la Edad Media Condes o Duques sometían sus ejércitos al rey pero se guardaban el derecho de birlar una porción de los impuestos de la corona. El rey, desde luego, lo sabía. Pero era el precio a pagar para evitar que los súbditos apartaran sus feudos del reino o, peor, cedieran a la tentación de reunir fuerzas para derrocar al monarca.

No otra cosa es este sesgo táctico del Departamento de Estado, concretado sin demasiado rigor por causas evidentes en la propia Declaración que, después de felicitarse porque “nuestra vigorosa respuesta ayudó a detener una peligrosa aguda declinación en la actividad global y a estabilizar los mercados financieros”, reconoce que “el sentimiento de regreso a la normalidad no debe llevar a la complacencia”.

Para evitar toda tentación de complacencia y aventar dudas sobre la naturaleza y función del G-20, la Declaración subraya: “Pedimos al FMI que asista a nuestros ministros de Finanzas y presidentes de Bancos Centrales en el proceso de mutua evaluación, desarrollando un análisis prospectivo de las políticas asumidas por cada país miembro del G-20, observando si éstas son colectivamente consistentes con trayectorias más sostenibles y balanceadas para la economía global, y que reporte regularmente al G-20 y al Comité Internacional Monetario y Financiero (Cimf), a partir de los actuales análisis de vigilancia del FMI, bilaterales y multilaterales, sobre el desarrollo económico, modelos de crecimiento y políticas de ajustes sugeridas”.

Innecesario es abundar sobre el significado de esta “mutua evaluación” con los instrumentos del FMI: entre abrazos, sonrisas y aplausos, saqueadores y saqueados firmaron un plan común.

 

Cumbre en Margarita

Barack Obama puede computar como éxito el resultado de la reunión en Pittsburgh. Pero le durará poco.

Y sus consecuencias, peor que lo ocurrido al rey Pirro, se les darán vuelta para golpearlo de lleno en el centro de su estrategia política.

En primer lugar, la idea de que el mundo está “en la transición crítica de la crisis a la recuperación” es falsa en todo y por todo. Ya es excesivo decir que se ha frenado la caída y la depresión desaparece del horizonte.

Ninguna visión teórica seria de la economía mundial descarta la posibilidad de nuevas quiebras de grandes instituciones financieras, ahora arrastradas no por el supuesto “descontrol de ejecutivos venales”, sino por el debilitamiento vertiginoso de la producción industrial. En todo caso, si el riesgo de la depresión generalizada no se replantea en lo inmediato, es irrebatible la perspectiva de estancamiento a largo plazo, con aumento relativo y absoluto de la desocupación en todo el mundo, siempre con eje en los países altamente industrializados.

El impacto de esta dinámica inexorable de desocupación masiva y a largo plazo, será demoledor. Para la economía en general y, desde luego, para los países dependientes y subdesarrollados. No basta con apelar a un fraude semántico como el de “países emergentes” para contrarrestar la realidad de estructuras económicas deformadas insostenibles en su conformación actual. La idea de que países como China, India –tanto menos Brasil y Argentina– quedarán eximidos del terrible precio a pagar por el colapso del capitalismo en sus centros imperiales es más que un gesto de irresponsabilidad o ignorancia: implica un salto hacia el suicidio político. La inexorable puesta en cuestión de los gobiernos que hoy optan por asociarse al imperialismo redundará en la radicalización de las masas y la confrontación creciente con Estados Unidos. La crisis política multiplicará los efectos del colapso económico.

Acaso por impulso inconsciente de autodefensa, desde Pittsburgh, tras firmar el documento aludido, Lula y Cristina Fernández volaron a Margarita, la bella isla venezolana donde tendría lugar la IIª Cumbre América del Sur-África. Como Fausto, los gobiernos de Brasil y Argentina podrían decir “dos corazones laten en mi pecho”. Sólo que en este caso no sería alarde dialéctico sino confesión de perplejidad. Es insostenible en el tiempo la firma de una operación de salvataje del capitalismo y la afirmación de lo acordado en la cumbre entre Unasur y la Organización de la Unidad Africana, donde fueron ratificados nuevos y ya existentes planes proyectados hacia subsistemas financieros y mecanismos de intercambio, interconexión y complementación productiva, comercial, científica y política, al margen y en contra de la estrategia estadounidense.

 

El Alba como telón de fondo

De eso se trata el acuerdo para la creación del Banco del Sur (demorado desde 2007 en su concreción por las vacilaciones de Brasilia y Buenos Aires), y la Declaración de Porlamar, como conclusión de la IIª ASA, que en su proclama exhorta a “fortalecer los sistemas regionales, a través de la promoción de instituciones financieras y monetarias desde una visión de solidaridad, cooperación y desarrollo regional”, para inmediatamente plantear “la necesidad de avanzar en la adopción de medidas de protección financiera, necesarias para prevenir los costos de la crisis financiera internacional”. Adicionalmente los países firmantes se comprometieron a iniciar una cooperación birregional eficaz y en áreas de trabajo concretas como energía, finanzas, comercio, tecnología y salud, con proyectos tales como el Bancasa (ver Banco del Sur), pero también empresas petroleras y mineras comunes a todos los países de ambos continentes dispuestos a incorporarse. Comisiones ministeriales deberán dar seguimiento a estos planes, que serán evaluados dentro de dos años en la próxima cumbre, a realizarse en Libia.

Sumada a la reciente gira del presidente Hugo Chávez por países de África, Medio Oriente y Europa Oriental, la IIª Cumbre ASA articula una estrategia consistente con tres objetivos trascendentales:

  • impulso a todas las formas posibles de subsistemas financieros, económicos, comerciales y de complementación, capaces de actuar como escudos defensivos ante la inexorable –aunque impredecible– reaparición multiplicada de la crisis capitalista;
  •  impulso a tantos bloques como la realidad geopolítica exija para romper la hegemonía y centralidad del poder imperialista;
  • fortalecimiento, al interior de estas nuevas instancias financieras, económicas y políticas internacionales, de un bloque ya prefigurado en el Alba, para delinear y aplicar respuestas no capitalistas a la crisis actual y sus ineluctables perspectivas y consecuencias.

Barack Obama enarboló la estrategia opuesta. En la ONU eludió condenar al régimen golpista de Honduras –es decir, continuó sosteniéndolo, en el momento mismo en que la dictadura amenaza con atacar a José Manuel Zelaya en la embajada brasileña. Para evitar la eclosión del G-20, canceló el plan de escudo antimisiles contra Rusia en Polonia y la República Checa. El presidente Dmitri Medvédev y el primer ministro Vladimir Putin lo felicitaron por acabar con ese casus belli que hubiese escalado a velocidad de rayo. Pero no hay distensión: acto seguido Obama inauguró la cumbre de Pittsburgh anunciando que se había descubierto una nueva planta nuclear en Irán y, respaldado por el primer ministro británico y el presidente francés, adelantó que no descarta la opción militar contra ese país.

vuelco en la balanza: unasur inspeccionará las bases estadounidenses en colombia

El giro es hacia la izquierda

PorLBenAXXI

 

Sorpresas: el debate en Bariloche sobre la instalación de bases estadounidenses en Colombia terminó con un resultado inesperado: los gobiernos suramericanos dieron un paso sin precedentes en la historia al resolver que inspeccionarán las instalaciones desde donde el Pentágono opera en Colombia para determinar si se trata o no de bases militares y si constituyen o no una amenaza para los países de la región. Basta decirlo para comprender la magnitud y el sentido del giro que está operándose en América Latina. Y comprobar que ese desplazamiento ocurre, incluso, contra la voluntad de gobiernos que, de cara ante sus propias sociedades, no pueden sino responder aunque a regañadientes a los sentimientos más profundos de las mayorías. Uribe –es decir el gobierno de Washington– que fue a Bariloche a romper Unasur, quedó solo, descubierto y ridiculizado, catalizando en su figura el rechazo generalizado de América Latina a los designios imperialistas. En la primera quincena de septiembre los ministros de Defensa y Exteriores de Unasur se reunirán en Quito para decidir los pasos inmediatos.

 

Dos ejes principales de propaganda tiene la prensa mundial desde hace meses: la crisis del capitalismo ya está en franca recuperación y las masas populares giran a derecha en América Latina. Dichas y repetidas por medios y personalidades real o supuestamente respetables, estas patrañas acaban por ocupar un lugar en la conciencia de millones de personas. Incluso minan la certidumbre de muchos que piensan lo contrario. Porque ninguna gran mentira puede formularse sin un punto de apoyo en la verdad. El papel de la prensa, que debería separar una de otra y mostrar con objetividad cuál es la parte determinante, en la época del capitalismo decadente consiste en lo contrario. No obstante la realidad se impone. Deja anonadados y a menudo en ridículo a quienes se obstinan en negarla. Y exige replanteos drásticos de los presupuestos dominantes sobre los que se apoyan conclusiones del llamado “sentido común” y rigen la opinión de dirigentes e intelectuales.

Ningún ejemplo mejor que lo ocurrido en la Cumbre extraordinaria de Unasur, realizada en Bariloche el pasado 28 de agosto. Allí, ante la perplejidad de la mayoría de los y las presidentes participantes, cuando el grueso de ellos trataba de morigerar el choque implícito en la negación rotunda a la instalación de siete bases militares estadounidenses en territorio colombiano, acabaron votando que enviarían una comisión investigadora de Unasur a la mismísima fuente de todo el poderío imperialista: sus plataformas para la guerra.

Para colmo de las paradojas, quien puso la primera argumentación de un continuo vertiginoso que acabaría en esa decisión, fue el presidente peruano Alan García, único punto de apoyo con que contaba Álvaro Uribe, quien acorralado sólo atinó a pedir y repetir que para semejante tarea de inspección debería estar también la OEA.

García apeló a ese recurso después de dos exposiciones letales para el acuerdo de los gobiernos colombiano y estadounidense, las de Hugo Chávez y Evo Morales, uno con la lectura de un documento que revela el sentido de la instalación de esas bases en Colombia, el otro con un discurso sólido como roca y emotivo al punto de conmover a quienquiera lo escuchara, centrado en un concepto: Unasur debe rechazar la instalación de esas Bases. Ambas intervenciones respondieron a la primera de la jornada, de Uribe, quien con su descarada solidez acostumbrada pareció más un oficial del Departamento de Estado que el presidente de Colombia.

La táctica del dirigente socialdemócrata peruano era por demás simple: ante la imposibilidad de defender (téngase en cuenta, además, que la sesión estaba siendo televisada en directo y para todo el mundo) dispositivos militares de las características y proyecciones denunciadas por Chávez, quien leyó un documento oficial del Pentágono, optó por poner en cuestión el tipo de instalaciones y de armas que habría en ellos: si se trata –explicó– de aviones que incluso pueden llevar bombas atómicas, o súper radares capaces de interferir y controlar las comunicaciones de toda la región, entonces no; pero si sólo son mecanismos de ayuda a Colombia en la lucha contra el narcotráfico y el narcoterrorismo –subrayó García–  entonces no hay razón para oponerse.

Por un momento el presidente peruano quedó feliz con su discurso. De hecho, contaba con que la mayoría de los presentes, abrumada por la posibilidad de chocar de frente con Washington, aceptaría un criterio tan obvio e inocente: si la presencia estadounidense no afecta a nadie ¿cómo oponerse a ella sin incurrir en mengua de la soberanía colombiana? Para remarcar ese concepto, García no se ahorró un tramo brillante en su exposición explicando que el desarrollo de Unasur implica una disminución gradual de la soberanía de cada gobierno sobre su propio país, esbozando el futuro que inexorablemente espera a América Latina. El debate estaba resuelto: no hay por qué oponerse a las bases estadounidenses en Colombia, si éstas se limitan a luchar contra las guerrillas y el narcotráfico. Entusiasmado, probablemente no reparó en un detalle que no obstante él mismo afirmó: para distinguir entre uno y otro tipo de bases, hay que confirmar de qué se trata.

Correa al ataque

Luego vino el turno de Luiz Inácio da Silva. Incómodo, errático, Lula optó por explicar cuánto se había avanzado con Unasur, llamando a no autoflagelarse. Luego de la mitad de su intervención, sin embargo, no podía eludir la materia en cuestión y expresó los temores de Brasil frente a la instalación de bases militares en su frontera amazónica. Y chocó de frente con Uribe y García, aunque sin arribar a ninguna conclusión.

Rafael Correa, en cambio, desplegó una batería argumental abrumadora para desmontar uno por uno los argumentos de Uribe. Antes, y en elegante gesto para eludir la ansiedad de la presidente Cristina Fernández por ocupar el centro de la escena, le cedió a la anfitriona el comando de la Cumbre, que le correspondía en su condición de presidente pro tempore de Unasur. Combinadas, las intervenciones de Chávez, Evo y Correa constituyen un alegato implacable que a la luz pública nadie puede contrarrestar sin exponerse como un portavoz de la Casa Blanca y defensor de un futuro de sometimiento y guerra para América Latina. Así, por cuarta vez en lo que va del año el Alba (Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América), se convierte en factor decisivo para el desarrollo y desenlace de una reunión internacional. Por eso los restantes presidentes quedaron entre la espada del Alba y la pared que involuntariamente les había levantado Alan García.

TV or not TV

Todo hubiese sido diferente si la reunión, como ocurre por norma, hubiese sido a puertas cerradas. Tres días antes de la Cumbre, el autor de esta nota había demandado, sin esperanzas, que la sesión fuera televisada, alegando la importancia trascendental del tema en debate y el hecho de que la opinión pública regional había sido deliberadamente desinformada y confundida (ver Qué se dirime en Bariloche; www.americaxxi.com.ve). Un pensamiento profundo de filósofos con inclinaciones reformistas, “los extremos se tocan”, podrá ser utilizado en este caso por quienes se opusieron a semejante idea. Porque nadie menos que Uribe lanzó esa misma exigencia un día antes de la Cumbre. Ocurre que los estrategas de la Casa Blanca le encomendaron que actuara como ariete para romper Unasur. Ellos o el discípulo (o acaso su canciller, cuya sofisticación intelectual salta a la vista), pensaron que la exposición pública inhibiría a un puñado de presidentes. Como se verá, Lula avaló con su conducta tal variante táctica. Como sea, lo cierto es que Uribe exigió que toda la sesión fuera transmitida, y ante la oposición de los gobiernos de Argentina y Brasil, no vaciló en salir de la sala y correr a la carpa donde estaba apiñada la prensa (centenares de corresponsales con la mitad de las sillas y el espacio necesario) para denunciar que se quería censurar a los medios. Si algo no se le puede negar a Uribe es su determinación militante, a menudo incluso brillante, para defender causas imposibles. Pero esta vez tuvo éxito.

Las intervenciones de Michelle Bachelet y Cristina Fernández tomaron, en sustancia, la tesis de García. No lo hicieron explícita y formalmente. Era el camino lógico al que llevaba la decisión –ya mostrada en la cumbre de Quito, el 10 de agosto– de no condenar la instalación de siete bases militares en Colombia. Pero aunque con la misma ambigüedad del autor original, avanzaron por el camino por él esbozado: para dar confianza a los vecinos, Colombia debería permitir la inspección de las bases. Uribe, desencajado, repetía que no debía prescindir de la OEA.

Ante la mirada del mundo, nadie podía hacer menos, si se parte de una certeza que ahora queda a la luz: las mayorías rechazarían frontalmente a gobernantes cómplices con las intenciones estadounidenses. Y lo mismo ocurriría con quien no defendiera la unidad de Unasur.

Alertado de la dinámica que había puesto en movimiento, sin despedirse, García literalmente huyó de la Cumbre. Lula, a esa altura completamente desplazado del centro de la escena, estaba a punto de hacer lo mismo cuando Chávez, probablemente de manera inadvertida, le pidió a la presidencia de la Cumbre que apurara la sesión porque el mandatario brasileño se retiraría. Allí Lula tomó la palabra en un estado de iracundia nunca antes mostrado en público. Condenó la idea de televisar la sesión, sobrepasó todo sentido del equilibrio recriminando a Correa por haber demolido a Uribe y hacerle perder tiempo a los mandatarios, sostuvo que a “la gente le interesan las conclusiones, no los debates” y dijo sin rodeos que lo que más le preocupaba eran los titulares de prensa del día siguiente. Como si le faltase algo, llegó a proponer que Unasur fuera a la reunión del G-20 para conversar con Barack Obama.

Con mesura, Correa explicó que la réplica a Uribe había sido su primera intervención (antes había hablado como presidente de Unasur y sólo para introducir la cumbre) y que a él, francamente, no le interesaban para nada los titulares del día siguiente, sino si se instalarían o no las bases en Colombia.

Aparentemente, Uribe y sus asesores del Norte estaban saliéndose con la suya: Unasur se rompía.

El Alba en acción  

En ese punto, coordinadamente o no –imposible saberlo– el Alba actuó como fuerza política dirigente: Correa, Evo y Chávez cedieron el centro de la escena a quienes afirmaban la negativa a condenar las bases proponiendo su inspección. Hubo un momento de sorpresa y malestar que probablemente se repitió en millones de telespectadores en el hemisferio: ¿para evitar la ruptura se aceptaban las bases?

Nada de eso. El alineamiento de cada gobierno, a la luz pública, había sido concluyente. Todos menos el colombiano rechazaron la posibilidad de que hubiera bases del tipo que Chávez explicó con documentos oficiales estadounidenses. Pero una mayoría buscaba la tangente, sea para evitar la ruptura de Colombia con Unasur, sea para eludir un choque frontal con Estados Unidos. La jornada se había convertido en una escuela de formación política sin precedentes. Y la parte concluyente del galimatías aprobado como declaración final decidía la inspección de las Bases y una reunión urgente, en la primera quincena de septiembre, en Quito, para definir la composición del cuerpo de inspectores y el cronograma de trabajo.

Sorprendería que Washington admita que se inspeccionen los lugares donde reside su ultima ratio. Pero si obliga a Uribe a negarse y a romper con Unasur, el mundo tendrá claro el hecho principal: Washington prepara desde Colombia la guerra contra América Latina. Y si alguien acompaña a Uribe en la ruptura de Unasur, sólo estará cavando su tumba política.

Es más de lo que podía esperarse. Resta seguir paso a paso la reunión de Quito y las reacciones de la Casa Blanca y Bogotá. Y valorar en toda su dimensión dos propuestas de enorme trascendencia: Evo sostuvo la necesidad de hacer un referendo suramericano para decidir si la ciudadanía quiere o no Bases estadounidenses en su territorio; y Chávez apuntó al corazón del problema: bregar por la paz en Colombia.

Democracia y paz. ¿Quién se apartará de esas consignas? ¿Quién podrá sostener que sus defensores son dictadores, monstruos totalitarios que amenazan a América Latina?

Más relevante aún: ¿quién podrá sostener, con algún apego a la verdad, con el mínimo de respaldo científico, que América Latina está girando a la derecha?

La conducta de gobiernos contrarios a la propuesta estratégica de cortar toda sujeción al imperialismo y avanzar en la transición al socialismo confunde a millones, provoca rechazo masivo y desemboca en desplazamientos electorales circunstancialmente favorables a la derecha. Pero a contramano de tales conducciones, está a la vista que la región avanza, lenta, sinuosa pero inexorablemente, en el sentido inverso.

La batalla de Bariloche no podía resolver lo que sólo puede hacerse con la extensión de los principios y las realizaciones del Alba a toda América Latina. El fin de la diplomacia secreta –desde siempre instrumento clave de las clases dominantes– es una palanca fundamental para alcanzar ese objetivo, que sólo encarnará cuando cientos de millones lo comprendan. El Partido dos Trabalhadores hará una enorme contribución si consigue explicárselo a Lula. Los sindicatos, partidos, asociaciones y movimientos sociales, tienen no obstante un camino presumiblemente arduo para asumir y expandir la nueva realidad latinoamericana, con el Alba a la vanguar

queda atrás la máscara democrática y el progresismo de obama

Estados Unidos devela su estrategia

PorLBenAXXI

 

Es un ensayo con escasa posibilidad de éxito. El imperialismo estadounidense está dividido; cada día más rechazado en todo el planeta; debilitado económica y políticamente. Apela entonces a su última razón, la de la fuerza.

Con el golpe en Honduras, la proliferación de bases militares en torno a Venezuela, la desestabilización en Ecuador, Paraguay y Bolivia, el gobierno de Barack Obama traza su estrategia, apuntada a contrarrestar la pérdida de la iniciativa y la hegemonía políticas en el hemisferio.

Ese plan ya en marcha no puede eludir las grietas crecientes en la burguesía imperialista estadounidense y la consecuente inconsistencia en el accionar del Presidente y su secretaria de Estado, Hillary Clinton. Es visible el choque de un complejísimo juego de fuerzas en la cúpula del poder imperial. Pero la resultante es inequívoca: decisión de actuar militarmente contra gobiernos constitucionales, preparación de un poderoso dispositivo de guerra contra la región, específicamente contra los países componentes del Alba (Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América), con centro en la revolución socialista bolivariana.

Apoyado en la totalidad de la llamada gran prensa (diarios, radios, televisión y agencias en todo el mundo), está llevándose a cabo una maniobra de camuflaje, destinada a demorar la identificación franca de Obama con la violencia y las dictaduras. Mientras tanto, la Casa Blanca avanza sobre los eslabones que considera más débiles, calumnia con métodos de concepción goebbeliana al presidente Hugo Chávez, busca debilitar su figura ante la opinión pública internacional y aislarlo antes de intentar una agresión militar contra Venezuela. Esa embestida ya está proyectada desde territorio colombiano, con comando operativo y armamento estadounidense y con ejércitos mercenarios sostenidos desde hace años por el presidente Álvaro Uribe. Una reiteración aggiornada de la guerra contra la revolución sandinista en los años 1980, que usó a Honduras como plataforma territorial.

Para tender una cortina de humo que desdibuje el hecho de la instalación de cinco bases militares estadounidenses en su territorio, Uribe acusó a Chávez de entregar armas a las guerrillas colombianas. Con aquella decisión y esta burda mentira, que llevan el sello sobresaliente del Departamento de Estado, el imperialismo provoca tensión entre Colombia y Venezuela, en una dinámica apuntada a desembocar en ruptura de relaciones, eventualmente seguida de ataques colombianos en territorio venezolano, con la excusa de perseguir fuerzas insurgentes de las Farc o el Eln. El objetivo es desatar la guerra entre ambas naciones hermanas.

Por lo pronto Uribe anunció el 1º de agosto, el mismo día que recibió en Bogotá al jefe del Comando Sur del ejército imperialista, general Douglas Fraser, que ni él ni su Canciller asistirán a la reunión del Consejo de Defensa de Unasur (Unión de Naciones Suramericanas). Explicó que no corresponde, porque las bases donde se establecerán las tropas estadounidenses, estarán bajo mando de oficiales colombianos. En el mismo acto en que en su condición de Presidente acepta la orden estadounidense de romper de hecho con Unasur, Uribe asegura que los oficiales colombianos comandarán la maquinaria bélica imperialista más poderosa de la historia. Difícil definir si resalta más su cinismo o su condición de frágil animal acorralado.

 

Diversionismo 

Hay otras cortinas de humo, de pareja gravedad. Desde atalayas de la intelectualidad reformista, se defiende la idea de que el accionar de Obama frente al golpe en Honduras prueba el cambio cualitativo operado en el Ejecutivo estadounidense con el recambio presidencial. Afirmaciones obvias como que Barack Obama no es George Bush, ocultan la marcha sistemática de la Casa Blanca en un cerco contra la revolución latinoamericana. Como se observa ahora en Venezuela, el pensamiento reformista se planta como el principal escollo para definir un plan de acción regional, que a la vez pueda detener la mano criminal de Estados Unidos y permita avanzar en las transformaciones anticapitalistas iniciadas con el Alba.

Al margen de la discusión sobre la subjetividad del primer presidente negro de Estados Unidos, los hechos demuestran que el golpe en Honduras fue ejecutado por hombres del Departamento de Estado y el Pentágono, desde la base militar estadounidense en aquel país.

El propio presidente José Manuel Zelaya señaló los nombres de un cubano maiamero y un opositor venezolano que, dijo, actuando como agentes de lo que llamó “halcones del gobierno de George Bush”, fueron los articuladores del golpe. Zelaya hizo esta declaración inmediatamente después de reunirse en la embajada de Honduras en Nicaragua, el 30 de junio, con el embajador de Estados Unidos en Tegucigalpa, Hugo Llorens. Este diplomático es otro cubano maiamero –o gusano, como gustan llamarlos los revolucionarios cubanos– con experiencia desde que Honduras era la base de los ejércitos mercenarios lanzados contra Nicaragua.

El resultado de ese zarpazo fue adelantado por esta columna en la madrugada del 29 de junio, 24 horas después de su ejecución y publicado en la edición anterior de América XXI. Nada ha cambiado sustancialmente un mes después: el régimen golpista no ha podido consolidarse, la reacción de masas creció y comenzó a ganar organicidad, el rechazo diplomático se extendió a todo el mundo. La única razón por la cual esa derrota no se consumó con la caída del régimen títere, es que la Casa Blanca lo sostuvo, presionando a Zelaya y montando un operativo con eje en una pseudo mediación a cargo del presidente costarricense Oscar Arias. Pero el envío de Llorens a Managua, muestra que la maniobra de Clinton se ha vuelto en su contra: después de un traspié, Zelaya radicalizó su posición al ritmo del crecimiento de la resistencia. El riesgo señalado un mes atrás continúa latente: que antes de dejar caer a Roberto Micheletti (por caso, ex militar integrante de los comandos de la muerte y figura relevante del Opus Dei), la Casa Blanca aliente un baño de sangre, destinado a cortar el paso al movimiento de masas que irrumpe por primera vez en la historia hondureña, garantía de que nada será como hasta ahora en aquel país.

 

Firmeza y vacilaciones 

Frente a esta escalada refulgió primero la rápida y contundente respuesta del Alba y las contundentes posiciones adoptadas por Hugo Chávez y Rafael Correa cuando, simultáneamente, desde Bogotá los agentes de Washington lanzaron una doble provocación contra Ecuador y Venezuela. A la vez quedaron a la vista las vacilaciones de Unasur y Mercosur. Si bien este último organismo, en su reunión en Asunción (ver pág. 30), dio una señal importante al adelantar que no reconocería a ningún gobierno surgido en Honduras de elecciones llamadas por el régimen golpista, al no invitar a Zelaya a esa cumbre y no definir con claridad una política para quitar de las manos del testaferro de Obama la mediación tramposa, omitió su participación plena en este conflicto decisivo para la historia próxima de la región. Unasur hizo otro tanto. Llevado por sus miembros de mayor peso, presumiblemente aconsejados por las metrópolis europeas, que ven en el conflicto centroamericano una oportunidad de negocios en detrimento de sus socios de Washington, este organismo que ha dado un salto histórico con la creación de un Consejo de Defensa propio, cedió la iniciativa política al imperialismo.

En la cumbre de Unasur en Quito el próximo 10 de agosto, se verá cómo actúa cada protagonista. Habrá que observar en detalle esa actuación, porque de ella depende en gran medida el margen que le quede a la Casa Blanca para continuar sin pausa en sus planes de agresión militar o, por el contrario, verse obligada a postergarlos. En efecto, el golpe en Honduras es un ensayo con escasa posibilidad de éxito. Pero si Unasur no acompaña al Alba en este punto, llevada por la visión reformista sea de cuño burgués o socialdemócrata, Estados Unidos tendrá mayor espacio para provocar una matanza en Honduras y avanzar en sus planes guerreristas contra Venezuela y Ecuador desde sus bases colombianas.

Sería útil tener en cuenta que en la hipótesis negada de un accionar imperialista exitoso contra el Alba, además de iniciarse una era de lucha armada a gran escala en toda la región, la onda expansiva arrastraría también al conjunto de gobiernos reformistas de la región.

Nada menos que eso está en juego en estas horas: la guerra o la paz. O dicho de otro modo: la inercia del statu quo, o la revolución.

golpe en honduras y el alba en acción

Nuevos parámetros en América Latina

PorLBenAXXI

 

Washington no podía perdonar lo ocurrido en San Pedro Sula (3 de junio). Allí, en territorio hondureño, Estados Unidos sufrió una afrenta sin precedentes en la historia de los grandes imperios. Después de medio siglo de infamia, Cuba fue reivindicada por su expulsión de la OEA en 1962 y Washington sufrió una derrota moral de la cual no es posible sobreponerse. Además el leit motiv de aquella reunión era la “no violencia”.

Antes de eso, Honduras se había sumado al Alba. De la mano del presidente Manuel Zelaya, figura imprevista en el escenario regional, el país centroamericano se incorporó a un proyecto estratégico diferente y contrario al trazado por el imperialismo. Era demasiado. No había otra alternativa, para ellos, que pasar a la acción. Allí está el contenido esencial del grotesco y ya fallido golpe de Estado del 28 de junio contra el gobierno hondureño.

 

Respuesta del Alba 

Como de rayo, el Alba salió al cruce del manotazo, mientras en Honduras comenzaban a movilizarse las fuerzas que respaldan a Zelaya. En la noche misma del domingo 28, en ocasión de una reunión de presidentes centroamericanos, se realizó en Managua una reunión extraordinaria de los mandatarios del Alba.

Incluso sin oír o leer los extraordinarios discursos allí desgranados, la foto de esa mesa basta para comprender que una situación radicalmente nueva se ha afirmado en América Latina: el Alba, otra vez plantada frente al imperio, con definiciones netas, con la resolución y las capacidades suficientes para decirle a Washington que el golpe no sería aceptado. Mientras tanto, en cada país hubo expresiones de rechazo al golpe, movilizaciones de mayor o menor envergadura pero en ningún caso omisión. La OEA se reunió de emergencia: ¿qué podía hacer? ¿Identificarse con los golpistas? En vista del desarrollo de los acontecimientos, la Unión Europea condenó la interrupción de la institucionalidad. Ya con la región en pie de lucha y con una dirección política continental corporizada en el Alba, el presidente Barack Obama primero y su secretaria de Estado después, Hillary Clinton, tomaron distancia de los golpistas sin comprometerse exigiendo el retorno de Zelaya. No había espacio para ambigüedades, sin embargo. “No sólo hemos venido a dar declaraciones; es un plan jurídico, político y social el que hay que elaborar para apoyar al pueblo de Honduras (…) no hay negociación posible con estos golpistas. Que renuncien. Hay que ser muy firmes, como las rocas, ante unos golpistas a los que hay que decirles que entreguen el gobierno al presidente Manuel Zelaya y sin condicionamientos”. En ese momento, en Honduras se decretaba una huelga general con bloqueo de todas las rutas. La insurrección del pueblo contra los golpistas.

 

El papel de la Casa Blanca

No es el caso de preguntarse acerca de la subjetividad del presidente estadounidense ante semejante coyuntura. Los hechos son muy claros. Barack Obama posterga acciones inequívocas en la política exterior estadounidense. No da prueba alguna de un cambio real. Tampoco afirma la continuidad de su sucesor. No se trata de un período de acumulación de fuerzas del flamante Presidente para luego dar un mazazo al dispositivo de poder imperialista. Se trata de una calculada  prolongación de expectativas, dentro y fuera de Estados Unidos, respecto del vuelco radical con el que se ilusionó buena parte del mundo. Ésa es la estrategia imperialista en el plano de lo que podría llamarse “relaciones públicas” de la Casa Blanca ante el mundo.

Mientras tanto, el Departamento de Estado y el Pentágono continúan en su faena. La de siempre. Con la diferencia de que ahora los estrategas del imperialismo han dado por cerrada la etapa de control mediante gobiernos constitucionales en América Latina, inaugurada tres décadas atrás con la administración de James Carter. Ya están desplegadas en una operación múltiple destinada a demoler moralmente, calumniar ante el mundo, asesinar o derrocar a aquellos gobernantes definidos por una estrategia de independencia, soberanía y confrontación franca con las causas profundas del atraso y la miseria.

La lista de hechos que comprueban esta afirmación es interminable, pero se destacan los siguientes:

  • conspiración para asesinar a Evo Morales mediante un comando de mercenarios extranjeros;
  •  maniobra para culpar al presidente de Guatemala, Álvaro Colom por el asesinato de un abogado al que se obligó a grabar un video anunciando que sería ultimado por orden de éste (en esto la vanguardia operativa fue la cadena CNN);
  • intento de derribar con misiles el avión en el que Hugo Chávez y Evo Morales debían aterrizar en San Salvador para la ceremonia de asunción del presidente Mauricio Funes;
  • ofensiva internacional de la prensa comercial contra Hugo Chávez;
  • declaraciones del jefe del Comando Sur, Douglas Fraser: “me inquieta el crecimiento militar de Venezuela porque no sé qué amenaza ven (…) no percibo ninguna amenaza militar convencional en la región y no sé por qué consideran necesario reforzar sus Fuerzas Armadas de la forma en que lo están haciendo”, dijo Fraser, tergiversando groseramente la realidad de una carrera armamentista en la región encabezada por Colombia y Chile, en la que la inversión militar de Venezuela no tiene punto alguno de comparación.

Sobre esa dinámica, no hay duda alguna. La incógnita al momento de enviar estas páginas a imprenta –madrugada del 29 de junio– es si Washington cederá como lo hizo en Bolivia el año pasado, o si, en cambio, buscará una acción ejemplificadora; es decir, un baño de sangre del pueblo hondureño antes de dejar librados a su suerte a los golpistas.

en argentina el gobierno perdió en todos los distritos de peso

Severa derrota oficialista

PorLBenAXXI

 

Debacle: la elección legislativa del 28 de junio debilita al extremo al gobierno de Cristina Fernández. Es incierto el camino hasta el fin de su mandato, a fines de 2011. Si adopta un rumbo neto de transformaciones profundas y se suma con ímpetu al proceso de unidad latinoamericana, puede garantizar la gobernabilidad, que de lo contrario estará en riesgo. El notorio crecimiento de una propuesta antimperialista como la de Fernando Solanas, revela el potencial de la Argentina real que busca el camino de una revolución.

 

Si, como decían los sabios de la antigua Grecia, los dioses hablan por las matemáticas, basta observar porcentajes en la elección del 28 de junio para oír el dictamen de la ciudadanía. En el total nacional, los candidatos de la ultraderecha obtuvieron el 18,7%, la derecha liberal el 30,9% y el oficialismo el 30,9%. Hubo una abstención elevadísima (el voto en Argentina es obligatorio), superior al 30% y en lugares clave próxima al 40%. Néstor Kirchner perdió en la provincia de mayor peso, Buenos Aires, por 2,3 puntos frente a un desconocido del denominado “peronismo disidente”, Francisco De Narváez (34,6 contra 32,1%). En ese distrito cifraba el elenco gobernante las esperanzas de contrarrestar una derrota segura en los mayores centros del interior. La expectativa se alimentaba con el voto clientelista en los bolsones de máxima pobreza y marginalidad. Pero incluso allí Kirchner estuvo lejos de los resultados que esperaba. Los candidatos oficialistas obtuvieron porcentajes mínimos en la Capital Federal (11,6%), Santa Fe (9,6%), Córdoba (9,1%) y perdieron Mendoza (27,9 contra 47,4% de una coalición liderada por la Unión Cívica Radical). En Entre Ríos el candidato peronista, enfrentado duramente con Kirchner, obtuvo 34,3 contra el 35% del bloque de restos de la UCR denominado Acuerdo Cívico y Social. En las restantes provincias los candidatos peronistas que ganaron lo hicieron explícitamente en contra del gobierno nacional y los pocos que no actuaron de esa manera, son jurados enemigos de Kirchner en la lucha interna del Partido Justicialista  (PJ) encabezado por el ex presidente ahora diputado. El oficialismo pierde así el control de ambas Cámaras del Congreso. En suma: casi cuatro de cada diez ciudadanos, le dieron la espalda a los candidatos absteniéndose; y siete de cada diez electores que acudieron a las urnas, votaron contra el gobierno nacional.

Esto último debe entenderse literalmente, porque sólo por excepción los vencedores tienen verdadero respaldo de sus votantes, que actuaron llevados por el rechazo a Cristina Fernández y Néstor Kirchner. Las causas de ese rechazo han sido explicadas en trabajos de interpretación que no permiten asombrarse frente al resultado. Aunque eso importa poco a la hora de evaluar lo que vendrá.

Kirchner arrastró al abismo al gobernador de Buenos Aires, al vicegobernador y a los intendentes del conurbano bonaerense, obligados a “candidaturas testimoniales” (es decir, que encabezaban las listas en cada distrito, pero no asumirían sus cargos). Con la caída de Daniel Scioli, titular del gobierno provincial y supuesta alternativa para las elecciones presidenciales de 2011, Kirchner pierde toda posibilidad de mantener el control del PJ. Pero también afecta a otro puntal de su gobierno: el titular de la CGT, Hugo Moyano, quien para recuperarse del duro revés deberá salir del letargo y ponerse al frente de los reclamos sindicales.

 

Emerge una fuerza nueva 

El desempeño de las izquierdas merece capítulo aparte. Los remanentes de las expresiones sectarias, fragmentadas como nunca, reiteraron guarismos insignificantes: en conjunto 1,6% en todo el país. Pero esa muestra de desubicación y desarraigo no traduce la realidad política (ni social, ni ideológica) del país.

En la Capital Federal, único distrito donde se presentó una expresión dura de naturaleza antimperialista y genéricamente anticapitalista, con voluntad plural y franca confrontación con el gobierno, el resultado fue arrollador. Se trata de Fernando Solanas, quien alcanzó el 24,2%, contra el 31% de la candidata del oficialismo porteño, Gabriela Michetti, puesta allí por el Jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, quien tiene como puntos de referencia ideológica a José María Aznar y Álvaro Uribe. En este caso, como en tantos otros en el resto del país, buena parte de las fuerzas de izquierda se alinearon con el candidato oficial, mientras otras expresiones del denominado “progresismo”, obtuvieron alrededor del 5%. Además, el hecho de que en localidades fundamentales de concentración proletaria De Narváez haya empatado con Kirchner, indica que son precisamente los obreros quienes suman el grueso de la abstención.

En Córdoba, el arco de fuerzas que apoyó a Luis Juez, en buena medida constituido por agrupamientos y cuadros de izquierda, ganó con el 30,6%. En Santa Fe, gobernada por el Partido Socialista (PS), la mayor parte de las izquierdas apoyaron al PS contra el PJ en el voto nacional y a candidatos propios en la provincia. Y así de seguido: el caudal antimperialista y latinoamericanista es sin duda mayoritario en todo el país, aunque la confusión ideológica, la división organizativa y la ausencia de estrategia mantenga a esa fuerza bajo la superficie.

En su discurso al final de la jornada electoral, Solanas reiteró su programa en base a la soberanía, la unión latinoamericana y la reparación social impostergable, para culminar reafirmando un compromiso principal de su campaña: edificar una fuerza política de alcance nacional que rompa el bipartidismo burgués y abra un cauce para las contenidas y desviadas fuerzas que aspiran a una revolución. Se abre así una coyuntura excepcional, de crisis política en el marco de una situación económica que no dejará de agravarse, amenaza creciente de la derecha y el imperialismo e inéditas posibilidades para sumar a Argentina al concierto latinoamericano.

 

Los porcentajes corresponden a la madrugada del 29 de junio sobre resultados incompletos que pueden variar aunque no sustancialmente.

Adónde va Argentina

PorLBenAXXI

 

En sordina, desconectada de las inminentes elecciones, en cualquier conversación corriente, la pregunta retumba: ¿adónde va el país? Por el contrario, en las delgadas franjas involucradas o al menos interesadas en el accionar político, se halla la negativa a siquiera formular esta pregunta simple. Una más de las muchas paradojas que atraviesan la Argentina de hoy: el hecho institucional corre por andarivel separado, ajeno a las preocupaciones y temores del ciudadano común. El conjunto social se desentiende de la política. Y los así llamados “políticos” no encaran de frente la realidad social. Llegan incluso a negar cualquier vinculación entre el colapso de la economía mundial capitalista y la economía argentina. Esta suerte de enajenación colectiva separa el discurso electoral del acontecer real y lo transforma en palabras elusivas, supuestamente más efectivas para ganar adhesiones cuando menos concretas. Ajenitud, confusión, temor, manipulación evidente y aceptación resignada, son los sentimientos y conductas predominantes en este período pre-electoral.

En Córdoba, bella ciudad mediterránea cargada de historia, esa conjugación dañina se percibe con mayor intensidad. Y asombra más. Aquí, exactamente cuatro décadas atrás, el 29 de mayo de 1969, una insurrección obrero-estudiantil lanzó multitudes a las calles, apoyadas activa o pasivamente por el grueso de la población. Había por entonces una dictadura militar y en los años previos el estudiantado no pasaba día sin practicar alguna de sus formas de lucha en aquella época habituales: asambleas masivas en el comedor de la ciudad universitaria, ocupación de facultades, enfrentamientos callejeros con la policía, ocupación de barrios enteros con población mayoritariamente estudiantil.

Cuarenta años después del Cordobazo, la superficie de la vida política no podría contrastar más con aquel panorama de definiciones tajantes y conductas arrojadas.

A cambio, como en el resto del país, predomina el cálculo tímido, la especulación individual, la postergación sistemática de la esperanza, traducción automática de una forma diferente de lucha de clase.

“Lucha de clase”, así, en singular. Porque no ocurre entre obreros y burgueses, sino al interior de un mismo estamento social: entre capitales establecidos y advenedizos, en encarnizada disputa.

Ni unos ni otros tienen proyecto de país, tanto menos fuerza suficiente para vencer al contrincante, por lo cual se impone el grotesco. Es una penosa carrera de provectos, al parecer inconscientes de su edad y condiciones, afanados por llegar a una meta inalcanzable. Un fenómeno sin trascendencia posible; pero suficiente para trastocar el panorama político y a menudo hacerlo incomprensible.

Dada la completa ausencia de protagonistas diferentes, con fuerza vital y vigor estratégico, aquéllos dominan la totalidad del escenario. Y transmiten un espectáculo de insoportable decadencia, agigantada en momentos electorales, cuando la selección primero y el desempeño luego de candidatos, expone sin piedad la entronización de la inepcia, la hipocresía y la mentira, cualidades excluyentes de quienes luego, por inercia de una institucionalidad vaciada y aparatos corrompidos, tendrán en sus manos el poder legislativo del país.

 

Retorno a la crisis 

Esa tergiversación del pensamiento y el debate políticos, se expande sobre el conjunto social y contribuye en mucho a paralizar los reflejos de las mayorías, se adueña del periodismo comercial condenado a glosar naderías, cae como alud sobre tantos intelectuales y relega o directamente anula la reflexión teórica, hasta lograr que la imagen de la realidad aparezca invertida. Por ese camino se llega a la conclusión colectiva, proclamada o incorporada sin conciencia, de que en aquellos años del Cordobazo la revolución estaba a tiro de piedra, tan cercana y realizable como ahora distante e imposible.

Es probable que la ardua labor de propaganda de quienes entienden lo contrario llegue atrasada para comunicar, a una parte significativa de la sociedad, la magnitud del error que supone tal apreciación. A la inversa, Argentina es un volcán humeante.

El propio ex presidente Néstor Kirchner acaba de mentar la soga en casa del ahorcado: “Si Cristina no tiene mayoría legislativa, volvemos a la crisis de 2001. A la pobreza, a la desocupación. Esto explota, por eso tenemos que poner nuestro voto para que haya una gobernabilidad plena”, dijo el 28 de abril en un acto público. Y agregó el día siguiente: “No quiero meter miedo,  pero si por una casualidad Cristina no cuenta con la mayoría parlamentaria, volvemos a la Argentina que explota”.

La advertencia fue interpretada –no sin fundamentos– como amenazante táctica de campaña. ¿Pero qué valor tendría la amenaza si esa idea no estuviese latente en la conciencia colectiva? Más aún: la Presidente no perdería “por casualidad”. Los datos que empujaron a Kirchner a semejante confesión son indicativos de la traducción social y política de una corriente subterránea que, si aún no es visible, ya puede percibirse en innumerables indicios que pusieron en alerta al titular del Partido Justicialista.

No se trata, sin embargo, de nada relativo a elecciones y resultados, aunque estos pudieran eventualmente acelerar el fenómeno en curso. Las razones son simples: en comparación con la Argentina que estalló en 2001, nada sustancial ha cambiado. La abrupta recuperación económica, tan indudable como impactante, no es crecimiento: en promedio, cada habitante es más pobre que una, dos y tres décadas atrás. Sobre alrededor de 38 millones de habitantes, un tercio está en la línea de pobreza y no menos de cuatro millones en la indigencia. La recuperación económica trajo aumento de empleo pero la distribución de la renta, lejos de tender a la justicia, agudizó la polarización. Eso ocurrió hasta mediados del año pasado, o sea durante los seis años de auge entre 2002 y 2008. Luego sobrevino un inesperado frenazo, a causa de un conflicto no menos insólito. Y después… el colapso mundial del capitalismo.

Innecesario calificar la idea de quienes sostienen que Argentina se mantendrá ajena al cataclismo de las economías de Estados Unidos, Unión Europea y Japón, donde la crisis no deja de ahondarse, pese a la batería desesperada con la cual se la intenta frenar. Antes de que el impacto llegue en toda su magnitud, la afectación ha sido ya grande, aunque morigerada por recursos heterodoxos que en ninguna hipótesis podrán mantenerse en el tiempo (por ejemplo, el pago de salarios por parte del Estado a obreros de industrias privadas, para evitar su despido). La desocupación ha crecido. La retracción en la industria y el comercio llegó y no dejó de acentuarse, con índices tanto más agudos cuanto mayor es la distancia de la Capital Federal. Manipulación y demagogia aparte, este año se mantendrá la recesión ya verificada en el último trimestre de 2008 y el primero de 2009; el saldo anual esperado oscila entre 0 y cuatro puntos de caída, según diferentes pronósticos, no por interesados menos indicativos. En sus últimas ediciones América XXI ha registrado hasta dónde estos números se traducen en dramática realidad para la alimentación y la educación de una proporción por demás elevada de la población.

Si no hay respuesta efectiva a este cuadro de situación, cuya objetividad está fuera de discusión, la inexorable aceleración de la crisis económica lo agravará hasta niveles insostenibles en un marco institucional estable.

 

Dos caminos 

¿Es posible eludir el desenlace que esta dinámica adelanta? ¿Con qué medidas? ¿En colaboración con quiénes?

Frente a la crisis mundial, Estados Unidos reunió el G-20, y tras mucha preparación –donde las presiones reemplazaron el debate de ideas y programas– el 2 de abril pasado en Londres se aprobó un plan de acción, que en síntesis consiste en fortalecer al Fondo Monetario Internacional y a través de él, inyectar fondos para sostener Bancos y empresas en quiebra primero, alentar después el consumo mundial, sin importar qué y quién consumirá.

Hasta el momento, en el mundo la única respuesta coherente a aquella receta del gran capital internacional provino del Alba (Bolivia, Cuba, Dominica, Honduras, Nicaragua, San Vicente-Granadinas y Venezuela), acompañada por Ecuador y ahora también Paraguay.

Las dos posiciones chocaron de frente en la Cumbre de las Américas, en Trinidad Tobago, entre el 17 y el 19 de abril. Estados Unidos y sus subordinados firmes por un lado, el Alba con la Declaración de Cumaná por el otro. En el centro, vacilante entre varios, Argentina.

En la resolución de ese equilibrio insostenible, reside el futuro del país. No es por acaso que el tema no figura en los afiches, en los cortos televisivos, en los sonsonetes con apariencia de discursos, de candidatos reclamando votos.

Cuando el 29 por la mañana se conozca el resultado de los comicios, no se habrá dado un paso en la certeza del rumbo a tomar: ¿hacia América Latina o hacia Estados Unidos? ¿Hacia el Alba o el G-20? Con apenas excepciones que no cuentan en términos electorales, el tema ha sido eludido. Y las mayorías no tienen voz propia. De modo que se debatirá y resolverá en otros escenarios, en otro momento, con otros protagonistas. En el trayecto de ese arduo camino se verá si el legado histórico de grandes luchas sociales por la emancipación plasman en una estrategia y en la fuerza necesaria para aplicarla. O si la nueva coalición imperialista se impone una vez más. Mientras tanto, Argentina retornará a la zozobra económica, la inestabilidad institucional y a la revalidación de la política como catapulta de la verdad e instrumento de transformaciones profundas.

La nueva voz del socialismo

PorLBenAXXI

 

Contrapunto: ha fracasado la primera fase de la contraofensiva estratégica estadounidense en el hemisferio. Todo el despliegue que llevó a una victoria de la Casa Blanca en la reunión del G-20 el 2 de abril en Londres, donde 19 mandatarios se alinearon sin chistar con la voluntad imperial, se estrelló en la Vª Cumbre de las Américas. En su primera aparición en el escenario americano Barack Hussein Obama chocó con un protagonista jamás antes presente en las cumbres digitadas por el Departamento de Estado: nueve países abroquelados con un manifiesto trascendental frente a la crisis económica para la cual Estados Unidos no halla respuesta. Los presidentes del Alba llevaron un diagnóstico inapelable. Y enarbolaron un conjunto de propuestas frente a las cuales no hay réplica racional. Por eso mismo, fue ocultado a la opinión pública mundial. Cabe a los escasos ejemplos de prensa democrática en el mundo y los medios alternativos un esfuerzo para difundir ese pronunciamiento acallado.

 

Un hecho crucial en la política mundial ha sido ocultado sin pudor: el formidable despliegue diplomático-estratégico de Estados Unidos, con viajes de sus principales figuras por toda América Latina en los últimos seis meses, reuniones exitosas para la Casa Blanca como las de presidentes progresistas en Viña del Mar y del G-20 en Londres, se estrelló finalmente y cayó en pedazos en Trinidad y Tobago.

En esa deslumbrante isla caribeña, durante la Vª Cumbre de las Américas entre el 17 y el 19 de abril, los presidentes del Alba obtuvieron una estruendosa victoria, actuando como bloque en el conjunto de 34 gobiernos participantes.

Por primera vez en la historia de la diplomacia hemisférica, Estados Unidos vio desafiada su propuesta de Declaración final en una reunión con lo que siempre consideró su “patio trasero”. Desafiada y vencida: un documento de rara frontalidad y contundencia, respaldado por nueve pueblos genuinamente representados, expone las raíces de la crisis, denuncia a los responsables y propone soluciones.

Los mandatarios de siete países (Bolivia, Cuba, Dominica, Honduras, Nicaragua, San Vicente-las Granadinas y Venezuela), con el explícito respaldo de otros dos (Ecuador y Paraguay), irrumpieron en el coto de caza estadounidense con la Declaración de Cumaná, aprobada horas antes en aquella ciudad venezolana, e impidieron que Washington impusiera su criterio.

Los presidentes del Alba llevaron un diagnóstico inapelable y un conjunto de propuestas que el mundo debe conocer. La prensa sinceramente democrática y los medios alternativos en todas las latitudes, en todas las lenguas, deberían hacer un esfuerzo común para difundir ese pronunciamiento, acallado por un sistema de ocultamiento y tergiversación contrapuesto a toda noción de democracia.

Tan claro y potente es el mensaje de la Declaración de Cumaná, que países de envergadura regional empeñados en una posición conciliadora con el nuevo presidente estadounidense, comprendieron el costo altísimo que les implicaría firmar el texto de Washington en oposición al del Alba. Y mostraron a último momento su reticencia a comprometerse con el borrador ya acordado con el gobierno estadounidense. Los altos funcionarios del Departamento de Estado se encontraron así ante una situación inédita, que en caso de llegar al extremo hubiese significado un gravísimo revés para Barack Obama en su primera aparición en el escenario continental.

La solución no fue elegante, pero resultó temporalmente efectiva: Washington prohibió la transmisión de los debates en la cumbre; instruyó a los grandes medios para que ocultaran el hecho y en cuanto a la declaración en cuestión adoptó una posición que combinó la manipulación con el ridículo: anunció que el documento había sido aprobado “por consenso” y que, por tanto, sólo lo firmaría el primer ministro anfitrión, Patrick Manning. Así obraron los paladines de la democracia.

Sin dejar de sonreír, Obama adelantó su partida de la cumbre y faltó incluso al ritual de la última foto. Con todo, las técnicas de relaciones públicas empleadas por el flamante presidente no lograron ocultar lo obvio: el imperio al cual representa ya no puede imponer su voluntad al resto de los países de la región. Aunque todavía puede manipular los resultados visibles de encuentros de este género y arrastrar a gobiernos vacilantes, perplejos ante la amenaza para ellos paralizante de la crisis mundial.

 

Obama preso de su propia estrategia 

Quienes trazan las líneas estratégicas del imperio asumieron desde hace tiempo que la continuidad del estilo Bush aceleraba la demolición de las columnas del poder estadounidense. Por eso ahora ocupa la Casa Blanca un miembro del Partido Demócrata, joven, capaz, abierto y, por mayor abundamiento, de origen afroamericano. Sólo que el sostenimiento de esa imagen tiene un precio muy alto. Obama no pudo lidiar con un hecho paradojal de extraordinaria significación: el tema principal de la cumbre giró en torno de un país ausente en el cónclave: Cuba. Lo explicó horas después de la cumbre el presidente nicaragüense Daniel Ortega en un programa de la televisión cubana: “Hasta los gobernantes más derechistas, hasta los gobernantes más entreguistas, tuvieron que mencionar el cese al bloqueo de Cuba. Algunos lo hicieron con sus matices, tirando la bola envenenada; pero tuvieron que mencionarlo. Fue una voz unánime ahí; es decir, Cuba estuvo presente. La presencia de Cuba fue totalizante, desde antes de la cumbre, en la cumbre y después de la cumbre, a pesar de su exclusión, porque era un tema que no podía ser evitado, no podía ser censurado, aunque estaba ahí la censura, no podían prohibirnos hablar de Cuba; y es que no podían prohibirnos hablar de Cuba, porque los pueblos y gobiernos ahí representados cada día somos más, somos pueblos y gobiernos que estamos rompiendo las cadenas, estamos rompiendo la censura”.

Otra línea de renovación imperial fue la de mostrar un Presidente diciendo “vengo a escuchar, vengo a aprender”. Pero ser cortés también trae dificultades: ¿cómo no acercarse a saludar a Hugo Chávez? Tanto menos negarse a aceptar un gentil regalo del presidente venezolano, quien, para contribuir a la tarea de educación de su par estadounidense, le obsequió el libro de Eduardo Galeano Las venas abiertas de América Latina. Ésta fue la sutil y elocuente respuesta de Chávez a la afirmación de Obama, quien en la cumbre sostuvo: “debemos avanzar hacia el futuro sin mirar tanto al pasado”. El ex presidente brasileño José Sarney, licenciado en literatura y dueño de una silla en la academia de letras, se horrorizó por el hecho de que se entregara “ese libro de escuela secundaria, libro cucaracha” al rutilante mandatario estadounidense. Probablemente Sarney sintió tocado su ego de autor no reconocido (de cuya elevación da una idea la frase citada). Lo cierto es que al margen de todo juicio de valor, Las venas es una denuncia inapelable de 500 años de saqueo imperialista. Si acaso Obama lee algunas páginas, comprenderá el recado de Chávez, acompañado además en gestos y definiciones análogas por Evo Morales, Rafael Correa y el ya citado Ortega. “Cuba ha sido expulsada de la OEA por ser leninista, marxista, comunista. Yo quiero decirles a los miembros de la OEA que me declaro marxista, leninista, comunista, socialista. Y ahora que me expulsen”, dijo el presidente boliviano. “El documento final es irrelevante e intrascendente, y la cumbre ha rebasado por mucho ese documento”, remató el mandatario ecuatoriano.

Al acudir a reuniones parciales actuando de igual a igual con sus interlocutores, Obama pretendió mostrar al mundo un cambio de actitud como Presidente. Sin embargo, esto correspondió a dos factores de otra naturaleza, ambos ajenos a los humores de primer presidente negro de Estados Unidos. Uno, es una táctica cuidadosamente elaborada, que devela parcialmente un análisis posterior del Wall Street Journal: “Al oponerse a rechazar a Hugo Chávez, el Presidente Obama le pone cuesta arriba a los dictadores consumados y a los activistas anti-estadounidenses realizar sus ataques contra Washington (…) Si Estados Unidos recobra su popularidad, le será posible negociar con más facilidad el ataque al terrorismo. Mientras que los Republicanos obvian la importancia que tiene contar con un Presidente admirado mundialmente, el hecho es que la popularidad de Obama trae beneficios tangibles que este país ha perdido en los últimos ocho años”. Recuperar popularidad para mejor llevar a cabo los objetivos estratégicos del imperio es, en efecto, la táctica de los menguados genios del Departamento de Estado.

La otra razón para el cambio de Obama es que Washington no perdió única ni principalmente popularidad. Perdió terreno. Y los modales de George W. Bush no fueron la causa sino la consecuencia de ese retroceso. Por eso, la recuperación de popularidad del titular de la Casa Blanca será fugaz como una estrella que cae, a menos que el imperialismo se niegue a sí mismo y Obama pueda cumplir con, entre otros muchos, el compromiso de acabar con la injerencia estadounidense en América Latina. El atentado contra Evo, las presiones redobladas contra Cuba, el informe emitido por el Departamento de Estado el jueves 30 de abril, muestran el margen nulo de maniobra que los jefes imperiales tienen para alcanzar el propósito de “recuperar popularidad”.

Mientras tanto, en consonancia con el cambio en las relaciones de fuerza entre los dos segmentos del continente separados por el Río Bravo, también se observan mudanzas al interior de Estados Unidos, cuya fuerza potencial no es una razón secundaria al explicar los virajes formales de Obama. A eso aludió Chávez al analizar los resultados de la cumbre en Trinidad: “pareciera que los cambios iniciados en Venezuela en el siglo XX, comenzaran a llegar a Estados Unidos. Pareciera que el escritor Víctor Hugo tiene razón y seguirá teniendo razón, cuando dijo que no hay nada más poderoso que la idea cuya época ha llegado. El Eclesiastés seguirá teniendo razón cuando dice que todo bajo el sol tiene su hora”.

Chávez tuvo tres encuentros con Obama en Trinidad. En el primero, le manifestó la voluntad de dialogar. “Queremos ser amigos”, le dijo. En el segundo ocurrió el episodio del libro, que daría la vuelta al mundo en diarios, radios y televisoras. En el tercero conversaron en privado, a pedido de Obama, aunque a la vista de los canales de televisión, durante unos cinco minutos. Allí quedó explicitada la voluntad de retomar relaciones y designar embajadores. Antes, en sesión plenaria, Chávez le había propuesto a Obama la definición de un nuevo plan para las relaciones entre las naciones americanas, basado en el reconocimiento de las diferencias y el respeto a la autodeterminación de los pueblos. “Si la Cumbre de las Américas va a seguir existiendo –sostuvo– debe tener entonces otro plan”, porque el que dio lugar a su nacimiento, el Alca, está ya muerto y sepultado.

 

Arduo diseño de un nuevo mapa hemisférico 

Además de periodistas y comentaristas empeñados en mostrar el resultado de la cumbre en Trinidad como una victoria de Washington, que supuestamente habría desarmado a los críticos duros del imperialismo, están las voces que claman por “moderación” para afrontar la nueva etapa, alegando unos la existencia de una verdadera transformación en la Casa Blanca, otros las dificultades planteadas por un contrincante más sofisticado.

Acaso sin saberlo, los primeros encandilan con su revelación como individuos y medios sin principios, dispuestos a la mentira y el ocultamiento, comprometidos con la negación de todo concepto democrático genuino. Los segundos, en cambio, pertenecen a categorías diferentes, empujados por la complicidad, la ignorancia o la cobardía, en todas las gradaciones imaginables, para confluir en una propuesta reformista. Ése es, efectivamente, el mensaje neto: abandonar toda idea de revolución y asumir una estrategia reformista. “Sin estridencias”, como repiten ciertas voces.

Tras este panorama se despliega en realidad un lento, contradictorio y casi siempre invisible desplazamiento de fuerzas a escala regional.

Vale repetir un concepto muchas veces adelantado en estas páginas: desde fines de 2005, tras la derrota en la recordada cumbre en Mar del Plata, los estrategas del Departamento de Estado lanzaron una contraofensiva que no ha ahorrado recursos en ningún terreno. Menos por su eficiencia que por la lógica de gobiernos comprometidos con los poderes tradicionales del capital, el hecho es que han obtenido resultados favorables. Parciales, oscilantes, menores en relación con lo que continuaron perdiendo, pero en línea con la estrategia imperial.

A la par, avanzó hasta constituirse formalmente la Unión de Naciones del Sur, una conquista histórica cuya relevancia quedó a la luz cuando Estados Unidos intentó el año pasado detonar la guerra civil en Bolivia y Unasur lo impidió. Y por vía paralela, aunque en un nivel superior, el Alba creció y dio pasos estratégicamente decisivos.

De Trinidad en adelante, Washington intentará trabajar con las partes melifluas de la región para sumarlas a sus dos únicos aliados firmes, romper la dinámica de convergencia regional y, a partir de esa línea, golpear sobre puntos que sobresalen en la orografía regional: Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador.

El hecho nuevo y trascendental es que en contraposición con el centro de producción estratégica y manipulación política del imperialismo, comienza a consolidarse un centro de elaboración, articulación organizativa y acción internacional que tiene como centro el Alba y suma incontables organizaciones sociales y políticas en cada país de la región. Todo en el marco de la crisis más grave que jamás ha tenido el capitalismo en su historia.

Entre la aceleración de la línea de acción revolucionaria tras el objetivo del socialismo del siglo XXI y la necesidad insoslayable de un frente único antimperialista continental (es decir, que incluya también fuerzas opositoras en Estados Unidos y Canadá), se consolidarán los bloques, ahora mismo en constante y contradictoria mutación, que dibujarán el nuevo mapa hemisférico y mundial. Es presumible que habrá oídos disgustados; porque la nueva voz del socialismo sonará estridente en este nuevo escenario.

La otra prensa

PorLBenAXXI

 

Frente a los medios directamente comprometidos en el mecanismo de reproducción ideológica capitalista y en búsqueda de lucro, hay una amplia gama de órganos de prensa profesional, enfrentados en diferente grado con el statu quo. Pueden distinguirse tres categorías principales: prensa comercial con posiciones de avanzada, ubicada en los márgenes del sistema; medios sin fines de lucro con definiciones antimperialistas y/o anticapitalistas; órganos partidarios de izquierdas. Adicionalmente existen incontables formas de expresión alternativa, de escasa llegada y desigual calidad profesional, que no obstante impulsan la participación, el debate de grupos sociales de diferente significación y a menudo obran como vehículos para la clarificación intelectual y el desarrollo profesional de quienes los producen.

Paradojalmente, estas formas periodísticas ajenas a la gran empresa sufren en menor grado el impacto de la crisis. No obstante, es presumible que a mediano plazo, en el transcurso de las grandes batallas que se avecinan y que cubrirán todo un período histórico por venir, el gran capital acudirá en defensa de sus órganos de instilación ideológica, seguramente reformulándolos, mientras que los problemas de naturaleza diferente que acosarán cada vez con mayor virulencia a la otra prensa pueden poner en peligro su existencia.

 

Horizonte tormentoso 

En América Latina, Europa, Estados Unidos, Oceanía y ciertos puntos de Asia, medios pertenecientes a la primera categoría señalada ejercen considerable gravitación, con un contenido centrista, a menudo con críticas agudas pero sin chocar de frente con el orden constituido. Con alguna posible excepción, estos medios afrontan un futuro de dificultades extremas. Algunos, como ya ha ocurrido en Argentina y otros países, se entregarán sin rubor a la función de agentes de un sector del capital, con guiños de grotesco progresismo pero en los hechos en frontal oposición a una perspectiva de ruptura real. Otros desaparecerán. Los órganos partidarios, por su parte, correrán la suerte de las actuales formaciones que los sustentan, ya prefigurada en el insignificante lugar que éstas ocupan por regla general en la sociedad actual. Las nuevas estructuras partidarias hoy en gestación engendrarán nuevos y seguramente poderosos medios de prensa. Pero ésa es una potencialidad aún distante de realización.

La incógnita, el desafío, es el devenir de aquellas formas periodísticas de envergadura intermedia entre los más renombrados órganos comerciales contestatarios y la prensa alternativa de circulación restringida; es decir, de los órganos que en diferentes formatos han asumido la lucha anticapitalista. Porque está claro que serán el eje de una batalla histórica, pero no podrán cumplir ese papel si no logran una llegada masiva a la vez que alcanzan el mayor nivel profesional, un rigor en todos los sentidos, que les permita cumplir el papel de vehículos de una nueva interpretación del mundo y del futuro.

América XXI presentó su primera edición seis años atrás, en abril de 2003, como expresión directa de la novedad que cambiaría el mapa geopolítico mundial, la Revolución Bolivariana, y de los dos golpes fallidos del imperialismo contra el presidente Hugo Chávez a lo largo del año anterior. Después de un penoso período de aparición irregular, en un desierto de prensa con definiciones netas a favor de la Revolución, tras sortear problemas de diferente naturaleza, incluida la corrupción, en los últimos cuatro años este mensuario de fórmula sin precedentes regularizó la aparición sistemática el primer jueves de cada mes y luego avanzó para ser impresa simultáneamente en tres capitales suramericanas: Caracas, Buenos Aires y Montevideo. A diferencia de los datos escalofriantes que pueden leerse en estas páginas, América XXI  no debe un centavo, tiene un plantel mínimo, con salarios escasísimos voluntariamente asumidos, y no afronta en lo inmediato las amenazas de los grandes medios.

No obstante, puesto que el objetivo no es la mera supervivencia, el desafío es mayor. Porque se trata de ser eficientes y efectivos en la gran tarea de informar la verdad a gran escala y, paralela y simultáneamente, llevar a amplios sectores de las juventudes y las clases oprimidas las ideas, la cultura, el programa de acción y los mecanismos organizativos que gradualmente van tomando cuerpo en Suramérica (y en otras latitudes) como instrumentos de una lucha sin tregua posible contra el capitalismo en su agonía.

 

Comunicación para el Alba 

A menudo se alude a la política de comunicación como falla tectónica de las fuerzas revolucionarias. Un latinazgo calza perfecto para referirse a ese tema de constante discusión: rem tene, verba sequentur, que en buen romance significa: cuando las ideas están claras, la palabra fluye. No es un problema de comunicación, sino de estrategia revolucionaria. No lo resolverán por tanto periodistas y semiólogos, sino cuadros y cuerpos colegiados de una herramienta empeñada en la lucha revolucionaria continental frente al resquebrajamiento e inexorable desplome del mundo contemporáneo.

La prensa –la buena prensa comprometida con la transformación social– puede cumplir un papel de nexo vivo y eficiente entre los pueblos y la dirección alternativa en gestación en la región. Para ello, es imprescindible lograr la eminencia profesional y la fuerza suficiente para llegar a millones.

Suramérica está experimentando la aparición del Alba (Alternativa Bolivariana para las Américas). Es la más formidable materialización del proyecto de la unidad nuestroamericana para alcanzar el buen vivir. El proyecto estratégico de Bolívar.

América XXI resume una experiencia inédita. Sólo la CIA intentó en décadas pasadas un órgano regular con contenido latinoamericano, distribución regional y un objetivo ideológico-político inequívoco. Fue la revista Visión, nominalmente en propiedad del dictador nicaragüense Anastasio Somoza y dirigido por el argentino Mariano Grondona. La secta Moon ensayó más tarde un tabloide con el mismo contenido, pero sin formato definido, empeñado en engañar al lector ya avisado frente a las propuestas imperialistas. Después de ese segundo fracaso, el Departamento de Estado abandonó la idea de una prensa escrita explícitamente identificada con Washington. Ahora tiene cadenas de TV y páginas de sus propios principales diarios que reproduce de Norte a Sur la prensa de las clases dominantes en el hemisferio.

Desde la trinchera opuesta, América XXI se propuso igualmente dar vida a un medio impreso de alcance latinoamericano, con mínimos recursos y extrema austeridad, empeñada en el máximo rigor en todos los sentidos, para informar la verdad de Venezuela en todo el continente y proyectar la propuesta de un socialismo renacido y renovado en el siglo XXI.

Lo logró. Son seis años de lucha sin cuartel en la gran batalla de las ideas. Pero nada más lejos que acunarse en laureles. Ahora el reto de vida o muerte es contribuir a la creación de una prensa del Alba en condiciones de difundir su estrategia a los pueblos de toda la región.

No admite demoras la tarea de combinar la letra impresa con la potencia restringida y a la vez inabarcable de Internet, más los medios audiovisuales que en todos los formatos posibles contribuyan a llevar la respuesta socialista en medio del derrumbe capitalista. Con base en la ciencia y la experiencia viva. Enderezada a calmar la sed de conocimientos de millones de personas en disposición de combate. Cubrir exactamente todos los países de América Latina y el Caribe. Y llegar a la poderosa y hoy abrumada comunidad latina en Estados Unidos.

Es posible, es necesario y urgente hacer con ese contenido una revista semanal de bajo costo, con pocas pero sustanciales páginas en formato tabloide, para encartar en diarios allí donde sea posible, para distribuir comercialmente a bajo precio donde no pueda asociarse con medios ya instalados, y en todos los casos llegar al nuevo activo social, sindical y político latinoamericano-caribeño, al ejército de nuevos periodistas que buscan una brújula en la tormenta, a servir como alimento para páginas web, foros de debate, blogs, videos, conferencias virtuales y todos los recursos que ponen al alcance las formidables conquistas de la ciencia y la técnica contemporáneas.

Cuando comenzó, en 2003, América XXI parecía una quimera. Seis años después, con el acervo acumulado, esta empresa estratégica luce difícil, pero no menos realizable.