El coraje de decir NO

PorLBenAXXI

 

Vencedores y vencidos: murió la 4ª República en Venezuela el 15 de agosto. Y George W. Bush sufrió su tercera derrota en dos años de constante acoso contra el presidente Hugo Chávez. Con el antiguo régimen cayeron aparatos partidarios y gremiales ya vaciados, en la última oportunidad que tuvieron -y malversaron- de representar a una masa social contraria al gobierno, que ya no los reconoce como dirigentes. El fortalecimiento de Chávez abre el camino para la profundización de la Revolución Bolivariana y afirma un cambio en las relaciones de fuerza a escala continental, a favor de los países al sur del Río Bravo y en detrimento del imperialismo con sede en Washington. En cinco semanas las elecciones por gobernadores, alcaldes y algunos diputados, auguran una nueva victoria para Chávez.

 

A las 5.30 de la madrugada del 16 de agosto culminaba una jornada trascendental para Venezuela: el presidente Hugo Chávez había ratificado con una ventaja de 20 puntos por sobre quienes pretendían sacarlo del gobierno mediante la figura constitucional del referendo revocatorio. La lluvia fría no aplacó el entusiasmo de la multitud exhausta, agolpada frente a un pequeño balcón del Palacio de Miraflores. Miles de hombres y mujeres acudían a celebrar una victoria de la que jamás dudaron, aunque hasta último momento temieron les fuera arrebatada por un nuevo fraude. Había fuego en sus miradas. El agotamiento de 27 horas de esfuerzo se esfumaba al calor de una energía que emanaba de cada uno, cobraba entidad propia y se derramaba sobre todos, produciendo un efecto excepcional: la individualidad se proyecta multiplicada por el ensamblaje espontáneo con otras muchas voluntades, extrae poderes desconocidos para rehacerse y recorrer otra vez el camino hacia todos, con todos.

Esa multitud abigarrada y feliz, hermanada por el objetivo alcanzado, se repetía en las barriadas pobres y en las capitales de todo el país. Durante el largo día anterior había dado una rara prueba de maduración política. Se había mostrado tenaz, valiente, dueña de una sorprendente cultura política. Desde las 3 de la madrugada del día anterior, según la consigna lanzada por el propio Chávez, había salido rumbo a su centro de votación, dispuesta a largas colas hasta llegar al temible aparato donde registraría su primer voto electrónico, que más tarde viajaría por el inescrutable mundo cibernético hasta llegar al Consejo Nacional Electoral (CNE). Luego la inexperiencia en esta manera de votar, la irracional disposición de los centros de votación, la sucesión de medidas para evitar el fraude, la ausencia -por desidia o premeditación- de numerosos operadores de las máquinas de votación y el aluvión sin precedentes de votantes, produjeron una aglomeración traducida en kilómetros de colas y hasta 12 o más horas de espera para emitir el voto.

En esas filas interminables, coloridas y prontas a explotar en algarabía, sonrisas y puños en alto al paso de una cámara de televisión o un grupo de periodistas, ocurrió el fenómeno acaso más significativo de la jornada: acérrimos partidarios del Sí e irreductibles defensores del No convivieron horas interminables en un clima de fraternidad y alegría. Conducta inexplicable ateniéndose sólo a lo que formalmente estaba en juego: cualquier observador al tanto del conflicto social que sacude a Venezuela recuerda qué ocurrió en abril de 2002, cuando la dirigencia opositora logró -aunque por escasas 47 horas- derrocar al presidente Chávez, abolir la Constitución, clausurar el Congreso, acallar el canal de televisión del Estado y encarcelar a cientos de dirigentes mientras el primer mandatario permanecía secuestrado. Sólo un incidente confirmó esta regla general: un joven de 21 años del Frente Francisco de Miranda fue asesinados de un balazo en la espalda en una cola de votación. Pero la conciencia y disciplina de este nuevo y acaso decisivo actor en el escenario político venezolano, redujo el crimen a un acto de provocación y evitó la confrontación que desde la cúpula opositora se estaba promoviendo.

Imposible saber cuántos electores y electoras, después de muchas horas de espera, renunciaron a llegar a la misteriosa máquina de votar. En 2000 la abstención había alcanzado un 43%. Ese elevadísimo nivel cayó esta vez al 27%, en un universo electoral que pasó de 10 a 14 millones de ciudadanos. Son cifras indicativas del giro copernicano en la participación política de la sociedad. Ciertos cálculos suponen que, de no haberse producido el cuello de botella que frenó el flujo de votación, la abstención hubiese estado por debajo del 15%.

Pero la irracionalidad del dispositivo comicial no es inocente: 7 millones y medio de ciudadanos -el 54% del total- vota en el 19% de los centros electorales. Esa aglomeración tiene, claro, líneas muy netas de división social: en los barrios elegantes, con centros electorales de 2 a 3 mil inscriptos, el trámite se completaba en pocos minutos. En el resto del país, a la hora de cierre de las urnas había miles de personas haciendo cola. El CNE extendió el horario hasta la medianoche. Llegada esa hora el panorama apenas si había cambiado y fue necesario extender nuevamente el plazo. El estoicismo de quienes soportaron 12 o más horas de espera avala la afirmación de un observador bien informado: “esos 6 millones por Chávez no son de votantes, sino de militantes: allí está la fuerza de la Revolución Bolivariana”. Cabe agregar que buena parte de los 3 millones 800 mil votos contrarios a Chávez mostró igualmente un inusual fervor cívico, disposición al sacrificio y, fuera de los barrios exclusivos de las clases altas, una actitud mayoritaria no agresiva ni despectiva respecto de lo que, claramente y a simple vista cuando se recorre Venezuela, constituye la mayoría abrumadora del país. Sin embargo, a esa misma hora, la sede del comando opositor estaba desierta: el llamado de los dirigentes que negaban la victoria del No y alegaban fraude, no fue escuchado. Junto con la derrota, se consumaba el divorcio definitivo de la oposición a Chávez y la dirigencia de la llamada Coordinadora Democrática.

 

Detrás de los números

América XXI fue testigo de horas dramáticas en el Palacio de Miraflores, durante la madrugada del lunes 16. Las cifras estaban claras desde la media tarde. Pero una bien tramada conspiración procuró hasta último momento oscurecer el resultado, alegar fraude y provocar el choque violento impedido antes y durante el referendo por obra de una eficiente labor de inteligencia disuasiva y la remarcable maduración política de la ciudadanía. Desde la media tarde, mientras una empresa encuestadora proveniente de Argentina comenzó a difundir de manera subrepticia a la prensa datos groseramente falsificados de los resultados que daban los sondeos en boca de urnas, la cúpula opositora de proclamó ganadora. Orgánicamente asociado durante largos años a la corriente política representada en Venezuela por Acción Democrática (el partido de Carlos Andrés Pérez, quien desde el exilio desestimó el referendo y llamó a “matar a Chávez como a un perro”), el conspicuo encuestador era apenas un engranaje del mecanismo destinado a desconocer el resultado del referendo, imponerle a Chávez una falsificación que lo mostrara con una diferencia favorable de apenas dos puntos o, en caso contrario, alegar fraude, obtener el respaldo de los observadores de la Organización de Estados Latinoamericanos (OEA) y el Centro Carter, y desatar la inexorable reacción violenta de la masa popular a favor del No que, movilizada en todo el territorio, esta vez no permitiría que se le arrebatara la victoria. Era el cuadro laboriosamente preparada por la Coordinadora Democrática (CD) a través de los medios de comunicación de masas en todo el mundo: Chávez no acepta la derrota, intenta un fraude, detonan choques sociales en todo el país y se hace necesario activar la Carta democrática de la OEA y enviar tropas de paz a Venezuela.

La clave formal de esta escalada residía en la OEA y el Centro Cartier. La CD repitió una y otra vez que sólo reconocería los resultados del referendo si estaban avalados por estas instituciones extranjeras. Lo mismo hizo, oficialmente, el gobierno de Washington. A la una de la madrugada, en el solemne salón de reuniones del gabinete ministerial de Miraflores la algarabía apenas contenida de un puñado de hombres y mujeres exultantes por la victoria mudó de pronto en pesado silencio y gestos de honda preocupación: alguien informó que la CD persistía en su alegación de fraude y el titular de la OEA, César Gaviria, se alineaba con ella. Carter callaba. Mientras tanto, en las barriadas pobres de Caracas decenas de miles aguardaban su turno para votar. Y quienes ya lo habían hecho, se desparramaban por la ciudad. Un general de alta responsabilidad dijo a este corresponsal: “nuestra única garantía es que el pueblo se mantenga en la calle”.

 

Prueba de fuego

Es en estas circunstancias donde se ponen a prueba las estrategias políticas, la capacidad para medir una coyuntura y el temple para afrontarla. Agentes multiformes de un pasado que se resiste a morir calzan un anillo de hierro en torno a la voluntad popular y chantajean con la rendición o la guerra. Cuando Chávez se retiró del salón, nadie supuso que la opción sería resignar la victoria.

Recién a las 4.30 de la madrugada cedió la tensión, cuando el presidente del CNE, Francisco Carrasquero, apareció en las pantallas de la televisión para anunciar un resultado ya irreversible, contabilizados el 94% de los votos emitidos por vía electrónica: No 58%m Sí 42%. De inmediato las televisoras privadas dieron paso a portavoces de la CD, que negaron el resultado, se proclamaron vencedores y convocaron a una concentración. De Carter y Gaviria no hubo noticias.

Desde fuera del Palacio llegaba el eco de ovaciones, estruendos y canciones. Dentro, explotó la alegría y a medida que ministros, altos funcionarios civiles y militares, se dirigían al bello patio central de Miraflores, hombres y mujeres sumándose desde pasillos y oficinas como vertientes de un río que sale de cauce, reían y lloraban, se abrazan sin dejar de argumentar razones que nadie podía oír, hasta que como siguiendo un llamado inaudible, todos comenzaron a cantar el Himno, sin dejar de reír y llorar y con los puños en alto.

Una hora faltaba todavía para que Hugo Chávez saliera a hablar desde el pequeño balcón colonial. La suerte estaba echada: vencía el No, lo aceptara quien lo aceptase. Una fuerza envolvente e irresistible conectó a la muchedumbre con el hombre solitario en el balcón. Estaba allí, concentrada y palpable, la energía desbordada que en el pasado reciente fue capaz de vencer un golpe de Estado y transformar un sabotaje petrolero sin precedentes en victoria igualmente inédita, pese a que por detrás de los golpistas y saboteadores estaban el poder inabarcable del gobierno estadounidense, los medios de comunicación y las instituciones de la república moribunda. La intensidad subía grado a grado mientras el presidente ratificado presentaba uno a uno, en silencio, a sus ministros y principales colaboradores en el Comando Maisanta, órgano directivo de la campaña por el No. También salió abrazado a sus hijos. Luego, con sus primeras palabras, comenzó la lluvia.

Y así prosiguió durante más de una hora, con un hombre explicando su plan de gobierno y miles de personas concentradas en grado máximo en cada concepto: ha muerto la 4ª República; ahora debemos hacer la revolución dentro de la revolución; profundizaremos el proyecto estratégico; tendemos una mano a quienes nos adversan, para vivir en democracia y en paz…

 

Dueños de la victoria

En el referendo que debía revocarlo, Chávez obtuvo 6 millones de votos; más del doble de los que en 2000 lo consagraron presidente. Ganó en 22 de los 24 Estados y en los dos restantes perdió por pocas décimas. Y esto a pesar de que, desde mediados de 2001, no tuvo un día de sosiego para gobernar. Pese a esto y a la suma de errores y debilidades de las políticas aplicadas en cinco años y medio, la afluencia de masas a favor de la Revolución Bolivariana no dejó de aumentar y consolidarse. El primero que se sumaría al conjunto popular inicial fue el proletariado industrial; luego, sectores significativos de las clases medias. Finalmente, franjas marginalizadas durante décadas y rescatadas del abismo por una consistente política de inclusión en todos los planos.

 

Otra democracia

La clave para esta operación de masas estuvo en una fuerza nueva, vital y de ilimitada proyección futura: el Frente Francisco Miranda, integrado por miles de jóvenes reclutados con el programa y la mística de la Revolución Bolivariana, educados a las prisas en los rudimentos de la comprensión teórica y el accionar político y lanzados hacia los cuatro puntos cardinales al encuentro con las mayorías desposeídas. Adolescentes varones y mujeres, tras recibir muchos de esos cursos de trabajo social en Cuba, fueron los motores de una serie de operaciones clave: cedular (ciudadanizar) a 3 millones de habitantes que no tenían documentos de identidad; promover y llevar a cabo la campaña de alfabetización denominada Misión Robinson (que enseñó a leer y escribir a 1 millón 250 mil personas); difundir y respaldar la Misión Barrio Adentro, mediante la cual con el concurso de médicos cubanos se llegó a dar atención sanitaria personalizada y gratuita a 17 millones de personas hasta entonces carentes de este servicio. Fue esta fuerza juvenil la que inervó las Patrullas (equipos de un mínimo de 10 integrantes), que dirigidas por las UBEs (Unidad de Batalla Electoral), tejieron una densa trama política extendida a cada rincón del país. En los días finales de la campaña por el referendo existían 118 mil Patrullas. Se trata de la protoestructura política que la Revolución Bolivariana no logró estructurar hasta ahora. Chávez insistió en que esa organización no se desactivará: ahora encara la campaña para ganar gobernaciones, alcaldías y diputaciones, en las elecciones programadas para el 26 de septiembre próximo.

Tan contundente, traslúcida y masiva, tan inobjetablemente democrática fue la jornada electoral del 15 de agosto, tan resuelta y potente la determinación de la mayoría de los venezolanos y de su gobierno, tan macizo el reconocimiento de dos centenares de personalidades de todo el mundo actuantes como observadores y testigos de la victoria del No, que el intento de desconocer los resultados no pudo ser avalado por James Carter; su pronunciamiento dejó sin opciones a Gaviria y el de ambos arrojó a la CD a un abismo en el que la derrota electoral es menos gravosa que el ridículo y el consecuente aislamiento dentro y fuera del país.

Sin ese lastre, Chávez se apresta a acelerar la afirmación de la Quinta República. Encara la recomposición del sistema judicial (corrupto hasta la médula, al punto de votar que el 11 de abril no hubo golpe de Estado en Venezuela); dará curso a una ley de prensa que pondrá límites a la manipulación monopólica y golpista de la información pública; se propone acelerar los planes de desarrollo productivo y descentralización administrativa y poblacional; asegura su voluntad de avanzar a paso redoblado hacia la unidad política de Suramérica y propone ya discutir una nueva doctrina de seguridad estratégica para América Latina y el Caribe, con los pueblos como protagonistas e incorporados masivamente a la toma de decisiones políticas; alude al comienzo de una fase poscapitalista y a un activismo internacional basado en la proyección del Grupo de los 15 a partir de afirmación de un bloque suramericano que, con apoyo en un eje energético común, medios conjuntos de comunicación de masas e instituciones financieras comunes e independiente de los centros del Norte, consolide un nuevo centro de poder mundial, sobre la base de la soberanía, la igualdad y la paz.

Desde sus primeras palabras en la madrugada del 16 de agosto, casi como si dejara atrás la victoria y pusiese todo su empeño en la nueva etapa, Chávez enfatizó una y otra vez la necesidad de profundizar la revolución y, como primer paso, combatir la corrupción “fuera, pero sobre todo dentro del Estado y el gobierno”. “Quienes quieran hacer negocios, deben irse de nuestras filas”, dijo con tono inequívoco.

Estas palabras, aquel programa y la victoria electoral que las avala, retumban más allá de la frontera venezolana. El triunfo del No puede ser una lección ineludible y una fuerza arrolladora en toda la América del Sur.

 

Argentina: desestabilización en marcha

PorLBenAXXI

 

No existe hoy una conspiración golpista en Argentina. Se trata de algo diferente de los clásicos golpes de Estado, aunque en las condiciones actuales, tan grave como aquéllos.
El presidente Néstor Kirchner lo ha definido correctamente: «no hablo de complot o conspiración, digo que algunos dentro de la democracia quieren volver a los privilegios de ayer». Dicho de otro modo: el capital financiero y la oligarquía terrateniente, con la Casa Blanca como numen inspirador y mano ejecutora tras bambalinas, pretenden cambiar las relaciones de fuerza dentro del actual régimen, para anular todo margen de maniobra al Presidente. Logrado ese objetivo, Kirchner vería agotarse la expectativa esperanzada que su gobierno despertó en la mayoría ciudadana, la protesta social -inexorable- se daría frontalmente contra él, se extinguiría su única fuente de poder y su fuerza política languidecería hasta desvanecerse. Más allá de las formas, entonces, Kirchner caería como pera madura, más o menos en el plazo fijado por el diario La Nación en nota de portada al día siguiente de que, tras la renuncia de Carlos Menem a disputar la segunda vuelta electoral, Kirchner fue consagrado Presidente: «un gobierno para dos años».
Esta estrategia calza como un guante en la política estadounidense para la región: mantener todo lo posible la fachada democrática, pero colocar piezas propias en cada casillero. En ausencia de partidos, sindicatos u otras instituciones tradicionales para el ejercicio del poder y la presión (todo está devastado en Argentina, aunque la jerarquía eclesiástica ayuda con su muy menguado prestigio), el papel dirigente ha quedado, aquí también, en los medios de prensa.
En febrero anunciaron un cataclismo inesperado, que paralizaría al país: la crisis energética. Salvado ese escollo -asistencia venezolana mediante- el eje de agitación pasó a ser la «inseguridad». Luego vinieron en cascada aumentos de precios en todos los rubros, especialmente combustibles.
Mediante estos tres recursos sucesivos y combinados, le fue arrebatada al gobierno la iniciativa política. La creación de una empresa de Energía estatal fue una aceleración en sentido inverso. Pero los medios, manipulando con destreza ocultamientos y tergiversaciones, desdibujaron la medida. Mientras tanto la estampida de precios, las concesiones en la renegociación de la deuda externa y la decisión de enviar tropas a Haití, contribuyeron a buen ritmo con aquel plan de desgaste de la figura presidencial.

Diplomacia de la incoherencia

PorLBenAXXI

 

¿Falta brújula o manos firmes sobre el timón? El interrogante se plantea al observar el papel de los países clave de Suramérica en la sucesión abrumadora de reuniones presidenciales que ha tenido lugar en los últimos ocho meses. La diplomacia de Brasil, Venezuela y Argentina tiene en el actual momento histórico una responsabilidad de enormes efectos inmediatos para Suramérica. Pero hay que decirlo sin rodeos: no la está cumpliendo.
Brasil parece haber confundido estrategia política con agresivo marketing global; Venezuela no logra traducir las definiciones de su presidente en línea de acción articulada y eficiente; Argentina zigzaguea como si no tuviese rumbo definido o careciera de la fuerza o habilidad para adoptarlo. El extremo es el acto suicida de Brasilia y Buenos Aires: enviar tropas a Haití para convalidar el injerencismo estadounidense.
La reciente reunión en Guadalajara de presidentes de América Latina-Caribe y la Unión Europea resume este desconcierto: cuando ya ha quedado sepultado el intento avasallante del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) originalmente impulsado por Estados Unidos, los gobiernos del hemisferio se embarcan en una discusión cuyo eje es crear un área de libre comercio con el otro centro hegemónico planetario. Como si la opción fuese someterse a Washington o a Bruselas.
Aprovechar la durísima pugna entre ambas metrópolis imperialistas está en la base de cualquier estrategia consistente. La historia latinoamericana es rica en enseñanzas al respecto. Otra cosa es reducir la estrategia a un cambio de amo: también en este sentido es aleccionadora la gesta emancipadora del siglo XIX.
Los presidentes que acuden a estas cumbres debieran definir sin subterfugios el objetivo: ¿llevan allí el reclamo perentorio de cientos de millones de personas a quienes todo les está negado, o representan las urgencias de grandes terratenientes y empresarios industriales que gimen por menores aranceles para productos sin demanda suficiente?

 

Adónde va el Mercosur

De la respuesta a aquella definición, se desprende la tarea planteada: transformar presidentes en lobbystas, gestores de facilidades comerciales, o en estadistas resueltos a construir un mundo diferente.
Resulta irónico, no obstante, que los hechos confirmen una y otra vez el cortísimo aliento de quienes apelando al remanido posibilismo, fracasan en sus gestiones y, acaso sin percibirlo, retroceden de sus propios cicateros pasos para quedar acorralados. El encuentro de Guadalajara a fin de mayo es por demás elocuente: la negativa de la mayoría de los representantes del hemisferio a poner en el centro del debate la conducta brutal, militarista y anexionista de Estados Unidos hacia América Latina y el Caribe; la insólita omisión respecto de Haití (¿quién le preguntó al presidente francés por qué había participado en el secuestro de Aristide?); el temor a imponer sin tapujos la condena al crimen de la invasión a Irak, no hizo que los caballeros europeos cedieran un céntimo en los porcentajes de aranceles y subsidios en los cuales se centró el debate.
Del mismo modo, la reducción del Mercosur a cuestiones comerciales -lo que equivale a dejar su futuro en manos de quienes discuten cómo maximizan el lucro de sus empresas- ha producido en los últimos meses un deterioro y retroceso en las relaciones entre Brasil y Argentina sólo invisible para quien opta por la ceguera.
El encuentro de presidentes del Mercosur que tendrá lugar en Foz de Iguazú a comienzos de julio es una nueva oportunidad. Está anunciada la participación de prácticamente todos los mandatarios de la región. Hasta vendrá Vicente Fox, presidente de Coca Cola y de México. Es oportuno reunirse en la Triple Frontera, lugar fijado por Washington como zona de actuación del terrorismo internacional, (alegación no del todo infundada, puesto que desde hace años fuerzas conjuntas comandadas por Estados Unidos realizan allí maniobras militares).
Este encuentro tendrá lugar en un momento clave del intento estadounidense por lanzar un manotazo que le permita recuperar la iniciativa perdida en la región. La respuesta no puede ser un debate arancelario. Se trata de emprender o no el camino de una Confederación Latinoamericano-Caribeña sobre una plataforma de plena participación democrática y distribución equitativa de las inmensas riquezas por siglos robadas y malversadas.
No se trata sólo -ni principalmente- de un reclamo a los presidentes. Hay que demandar también a dirigentes e intelectuales que, por incomprensión o cobardía, desconocen la encrucijada dramática del hemisferio y confunden elevados sentimientos humanitarios con falta de resolución y coraje para enfrentar y vencer el brutal desafío imperialista. (Por ese camino se llega a condenar a la Revolución Cubana por defenderse, e incluso al extremo de identificar agresor con agredido). En última instancia, como en todo momento crucial de la historia, sin la participación protagónica y consciente de decenas de millones de hombres y mujeres, no habrá resolución positiva.

relanzamiento del grupo de los 15 en caracas

El Sur busca respuestas propias frente a la crisis mundial

PorLBenAXXI

 

Desafío: Luiz Inacio Lula da Silva y Néstor Kirchner pudieron comprobar la magnitud de la responsabilidad que les cabe cuando se vieron, junto a otros 17 países del hemisferio Sur, ante la posibilidad de relanzar un bloque alternativo mundial. Vieron además con sus propios ojos la brutal respuesta estadounidense contra el presidente Hugo Chávez por impulsar esa línea de acción. El fracaso rotundo en el intento por llevar a cabo un tercer golpe de Estado mientras se realizaba la Cumbre del G-15 y el ambicioso programa acordado por éste para el próximo año, resumen rasgos nuevos de la situación internacional. Queda a la vista, igualmente, que en el concierto de países de Asia y Africa de enorme gravitación económica, política y militar, el papel de América Latina es clave y en ese ámbito le cabe una responsabilidad decisiva a tres países cuyo curso puede decidir el rumbo del conjunto: Brasil, Venezuela y Argentina.

 

Un vuelco en las relaciones de fuerza internacionales tomó impulso en Caracas en los últimos días de febrero pasado, con el relanzamiento del Grupo de los 15.
Cuando el embajador Rubens Ricupero, veterano director de la UNCTAD (sigla inglesa por Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y el Desarrollo) y actuando como delegado personal del secretario general de las Naciones Unidas, terminó de leer el texto enviado por Kofi Annan a la inauguración de la XII° Cumbre del Grupo de los 15, quedaba firme la conclusión de que el mentado «mundo unipolar», si acaso alguna vez existió realmente como tal, era ya cosa del pasado. Si la consumación de un nuevo centro de poder efectivo con base en el hemisferio sur del planeta es todavía un proyecto en ciernes, impulsado enérgicamene por algunos países, desestimado por otros y combatido fieramente desde el polo opuesto, la sola realización de la reunión y el tenor de los discursos y sesiones de trabajo prueba la irremediable fragmentación del mundo económico actual y la voluntad de resistencia encarnada en países de porte mayor en todos los sentidos.
Aplausos atronadores con el público de pie en el Teatro Teresa Carreño rubricaban frases de inesperado tono, dado el cargo del firmante de la carta. Con estilo sereno y sólido, sin estridencias, tan típicamente brasileño, Ricupero leyó un saludo en el que Kofi Annan señaló al presidente Hugo Chávez como digno representante contemporáneo del Libertador Simón Bolívar y vindicó a Venezuela por su actitud solidaria con Cuba en materia de abastecimiento energético.
Ensimismado, al centro de una larga mesa con otros ocho presidentes y diez altos funcionarios representantes de los diecinueve países integrantes del G-15, Chávez parecía esforzarse por aprehender la magnitud del acontecimiento en curso, potencialmente trascendental sobre todo por el contexto en que ocurría: a pocas cuadras una exigua marcha opositora se disgregaba luego de que un grupo armado se adelantara para chocar con el cordón de uniformados que cerraban el paso hacia el Teatro donde se inauguraba el cónclave presidencial; a escasos kilómetros atravesando el Caribe, tropas estadounidenses desembarcaban en Haití y los gobiernos de Washington y París colaboraban para cargar por la fuerza al presidente Jean Bertrand Aristide a un avión que, contra su voluntad y en completo secreto, lo trasladaría a la República Centroafricana; Richard Clarke, ex asesor en contraterrorismo de tres presidentes estadounidenses, incluido George W. Bush, acusaba a este último de haber desoído días antes del 11 de septiembre de 2001 el aviso de que un atentado gravísimo estaba a punto ocurrir en territorio estadounidense; y como colofón, en el Partido Demócrata se imponía John Kerry y su figura subía de hora en hora en las encuestas, amenazando la continuidad de Bush en la Casa Blanca.

 

Opciones extremas

Desde la perspectiva del Departamento de Estado estadounidense Caracas era, por esos días, el lugar menos apropiado para realizar la Cumbre de los 15. De hecho, la reunión en la que Venezuela pasaría la presidencia rotativa a Argelia, debía haberse realizado a comienzos de 2002. Los prolegómenos y el golpe de abril primero, el sabotaje petrolero y sus efectos devastadores luego, postergaron la gestión dos años. Ya era un dato elocuente que los restantes integrantes desestimaran el procedimiento de rigor en tales casos: realizar la Cumbre en otra Capital. Dado el involucramiento directo del gobierno estadounidense en los sucesivos intentos por derrocar a Chávez, ese simple gesto anunciaba una actitud predominante en los integrantes de mayor peso del grupo.
Por otra parte, Washington venía de sufrir una sucesión imposible de sonoros reveses en el terreno internacional y específicamente hemisférico: el fracaso de la reunión de la Organización Mundial de Comercio en Cancún, en septiembre de 2003; los resultados de la Cumbre Iberoamericana y el paralelo Encuentro Social Alternativo en noviembre en Santa Cruz de la Sierra y la imposibilidad de hacer despegar el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) ese mismo mes en Miami. Como colofón, Bush sufrió un fiasco en Monterrey, en enero último, tanto más gravoso porque ocurrió en un escenario montado por propia decisión -la reunión ordinaria tendría lugar en Buenos Aires en 2005- y bajo su estricto control. La Cumbre Extraordinaria de las Américas debía sofocar la desobediencia generalizada en un ámbito hasta no hace mucho sumiso a las órdenes de Washington. Pero terminó con una polarización entre Bush y Chávez y, salvo los casos de Colombia, Chile y Uruguay, el rechazo o la toma de distancia de los restantes países. Para colmo, luego de reclamar un referendo continental para resolver si Cuba debía o no asistir a las cumbres de las Américas, en un acto de inusual determinación política Chávez voló de Monterrey a La Habana y completó a su modo la Cumbre con Fidel Castro.
Todo había ocurrido en el lapso de tres meses. Con tales antecedentes una exitosa reunión de los 15 era más de lo que podía admitir la Casa Blanca. Por otra parte, en esos días el Consejo Nacional Electoral (CNE) venezolano debía anunciar si la oposición había reunido o no las firmas suficientes para convocar a un referendo revocatorio contra Chávez. Numerosos datos, entre ellos la confesión de dos altos dirigentes de la Coordinadora Democrática, fundaban la certeza de que no habría referendo. El bloque opositor que tomó el poder por 36 horas en abril de 2002 y desde entonces no ha dejado de disgregarse y perder terreno, quedaba expuesto en su impotencia.
Pero todo esto significaba el afianzamiento interno de Chávez y la convergencia de su línea de acción hacia el Sur del continente, pero también hacia países de enorme gravitación en Asia y Africa.
Pálido, nervioso, solitario y taciturno el embajador estadounidense en Caracas, Charles Shapiro, hundido en una butaca sin siquiera ubicación destacada, era la representación cabal del aislamiento del presidente Bush en el mundo y el debilitamiento de sus bases de sustentación en Venezuela.
Las apariencias, sin embargo, a menudo engañan. La oposición marchaba en esos momentos hacia el Teatro y los desplazamientos bélicos en Haití no ocurrían por acaso. Tapoco fue casual la medida tomada por Chávez el día anterior: su ministro de Defensa, el general Jorge García Carneiro, anunció por cadena de radio y televisión que para garantizar la seguridad de los altos dignatarios de los 18 países invitados y el normal desarrollo de la reunión, el gobierno había decidido montar un esquema de defensa terrestre, aérea y naval de la zona, además de ratificar que la marcha opositora no podría llegar al lugar del cónclave.
La significación de estos datos, la magnitud de lo que estaba en juego, ciertamente no fue informada al mundo por los medios de difusión internacionales. Y en Venezuela, los canales comerciales estaban exclusivamente empeñados en convocar a la marcha del 27. Pero bastaba seguir las declaraciones de altos funcionarios estadounidenses desde comienzos de enero y la campaña mediática desplegada por las grandes cadenas de difusión mundial, para comprobar la escalada injerencista del gobierno estadounidense en Venezuela y la decisión de crear un clima en el cual una grave conmoción interna, sobre todo con la presencia de tantas delegaciones extranjeras de alto nivel, justificara la intervención de «fuerzas de paz» para garantizar el «orden» y la «democracia».

 

El tercer golpe

El equipo dirigente de la Revolución Bolivariana tenía claro, desde comienzos de enero, que estaba ante un tercer intento de golpe de Estado. Y que la fecha elegida coincidiría con la reunión del Grupo de los 15. La contraescalada encabezada por Chávez, incluía su recurso mayor: la Cumbre culminaría el 28 y al día siguiente estaba convocada una concentración masiva, frontalmente anunciada como respuesta del pueblo venezolano a la injerencia estadounidense, bajo la consigna «Venezuela se respeta».
Pocos, si acaso alguno, tenían conciencia de la magnitud de lo que estaba en juego en esos días. Esa incomprensión, abonada por el papel distorsivo hasta niveles repugnantes de la prensa internacional, desdibujó igualmente el saldo de la crucial jornada que va del 27 de febrero al 2 de marzo. El resumen es simple: despliegue de la Fuerza Armada Nacional a partir del 27; culminación exitosa de la cumbre el 28; al día siguiente la concentración inabarcable (6.5 kilómetros de autopista cubiertos por una muchedumbre abigarrada) y el discurso neto de Chávez; anuncio del CNE el lunes de que 800 mil firmas presentadas por la oposición debían someterse a revalidación por presentar vicios insanables; y agotamiento al día siguiente del farsesco montaje insurreccional protagonizado en los barrios elegantes de Caracas por grupos mercenarios armados y minúsculos grupos de opositores que se apartarían rápidamente al ver el curso de los acontecimientos. En suma: Estados Unidos había lanzado desde comienzos de enero una ofensiva total contra la Revolución Bolivariana, contra la consolidación de Chávez en Venezuela y la proyección hemisférica de una línea antimperialista. Y había fracasado.

 

El G-15, Brasil y Argentina

Sería erróneo desestimar los acuerdos con los que culminó el G-15. La creación de un Banco del Sur podría significar un mazazo decisivo en el corazón desgastado y arrítmico del sistema financiero internacional; una Universidad del Sur sería la respuesta estratégica que el mundo reclama después de haber descubierto que la historia continúa y los académicos del Norte permanecen enmarañados en artificios banales a los que denominan «nuevos paradigmas»; un sistema multimediático del Sur, hecho a la altura de las necesidades y capaz de reunir los talentos desviados por la irracionalidad vendedora y falaz de los medios comerciales, sencillamente conquistaría en poco tiempo la atención de cientos y miles de millones de personas hartas de manipulación, mediocridad y decadencia enlatada; planes económicos tendientes a suturar la sangría de la deuda externa, promover el intercambio científico-tecnológico, buscar formas de intercambio complementario y de comercio Sur-Sur, permitiría ingresar a un nuevo período histórico.
Para concretar estos planes el G-15 conformó un Triunvirato con los presidentes del país que entregó la presidencia (Venezuela), el que la recibió (Argelia) y el que la tomará el año próximo (Irán). Los mandatarios representados por sus cancilleres deberán preparar a contrarreloj la realización de los planes aprobados. Luego los presidentes integrantes del Triunvirato se reunirán en Argel hacia agosto, para verificar lo hecho y dar el impulso necesario, de modo que en la cumbre del año próximo, el proyecto esté en marcha. India propuso dividir por países el tratamiento de grandes problemas, por ejemplo el Sida en Africa y el tema de los medicamentos en el mundo, para lo cual dispuso un fondo de 100 millones de dólares. Chávez aplaudió la idea, propuso a Venezuela para asumir el tema Educación y sumó 20 millones al fondo común.
Todo esto constituye un programa de acción que, llevado a la práctica, sacudiría al planeta. Pero la oposición a tales planes no está sólo en el Norte, sino dentro mismo del G-15. Los mandatarios de México y Chile no concurrieron. El presidente colombiano Álvaro Uribe, quien llegó tres horas después de instalada la reunión y estuvo apenas una horas, intervino sólo para hacer una reivindicación del neoliberalismo, propuso el ingreso de su país y Venezuela al Plan Pueblo-Panamá y dijo, probablemente traicionado por su subconsciente y confesando la raíz de tal propuesta, que se sentía allí «como un astronauta». La lista no termina allí, aunque no debe excluirse que, precisamente por la asunción de tales conductas, más de un gobierno de este sub-bloque cambie en el futuro cercano. Por el contrario, naciones como India, Indonesia e Irán, para poner a los integrantes más densamente poblados, movidos por poderosas razones objetivas y definida voluntad política tendrán sin duda un papel relevante en el curso y la suerte del relanzado G-15. El discurso de tono universalista, integrador, democrático y a la vez fuertemente antimperialista del iraní Mohammed Hatami, las intervenciones del canciller indio Sinha Yaswant, o las ponencias del zimbabweño Robert Mugabe y el jamaiquino Percival Patterson, así como la carta enviada por la presidenta de Indonesia Megawati Sukarnoputri, fueron otras tantas expresiones de alarma frente al cuadro económico internacional, el curso político de Estados Unidos y otras potencias metropolitanas y de reclamo por un efectivo centro de accionar común de los países de economías subordinadas.
Sin embargo, el rumbo que finalmente decidan adoptar Brasil y Argentina más allá de las comunes demandas comerciales, tendrá necesariamente un peso vital sobre el curso de América Latina y, por esa vía, sobre este nucleamiento del Sur que ya ha proclamado su intención de sumar más países.
Lula y Kirchner abandonaron Caracas antes del final de la Cumbre. Dejaron su firma en la Declaración final y alegaron causas incuestionables para su partida anticipada. Más aún, antes acudieron ambos al Palacio de Miraflores, donde se reunieron a solas con Chávez. Ellos mismos y sus portavoces ratificaron los ambiciosos objetivos del encuentro y adicionalmente anunciaron nuevas medidas de impulso a las relaciones energéticas entre Brasil y Venezuela, a través de Petrobras y PDVSA, las petroleras estatales de ambos paises. Pocas semanas después una comunicación telefónica entre los presidentes de Argentina y Venezuela extendió la colaboración en ese terreno a causa de la crisis energética acentuada en el país austral como palanca de presión de las empresas privatizadas sobre el gobierno de Kirchner (quedaría así como anécdota insignificante el hecho de que el presidente argentino recibiese a la cúpula golpista antes de subir al avión en Caracas). La decisión de que Venezuela y Ecuador se sumen al Mercado Común del Sur en el primer semestre de este año en una próxima reunión presidencial, así como los planes de extensión y profundización de los acuerdos a llevarse a cabo en junio próximo en San Pablo, en ocasión de la reunión de la UNCTAD, son otros tantos signos del compromiso de Brasilia y Buenos Aires con el fortalecimiento de una instancia Sur.

 

Dificultades y voluntad política

La sinceridad y profundidad de estos acuerdos no alcanza a ocultar sin embargo la existencia de dificultades objetivas considerables y de interpretaciones y conductas diferentes para superarlas. Entre las primeras sobresalen conflictos de intereses sectoriales dentro mismo de cada bloque. Para poner sólo un ejemplo: las disputas comerciales entre Brasil y Argentina contrarrestan una y otra vez los esfuerzos por darle vigencia efectiva y a menudo provocan marcados retrocesos. El director de Comercio de la Comisión Europea, Karl Falkenberg, con marcada intención señaló recientemente que el bloque «a veces, parece más una visión que una realidad». En la raíz de estas dificultades, que se proyectan y amplifican cuando la escala se extiende al hemisferio Sur y con países de la envergadura económica de India, Irán o Indonesia, está el efecto anarquizante, disgregador, conflictivo y destructivo de la ley del valor, tema teórico complejo y desdeñado, sobre el cual ponen los ojos más y más funcionarios y técnicos a medida que observan perplejos cómo sus esfuerzos integradores son de pronto neutralizados en un segundo.
El otro dilema remite a concepciones y voluntad políticas, sobre las cuales gravitan fuertemente relaciones de fuerzas internas e internacionales. Las desembozadas presiones del Fondo Monetario Internacional interviniendo directamente en las decisiones de política interna a través de la gestión de las deudas externas, así como las maniobras de la Unión Europea para sacar ventaja de los traspiés del ALCA en Suramérica, son algunos entre muchos de tales factores. En la reciente reunión entre Kirchner y Lula en Río de Janeiro, por ejemplo, ambos mandatarios aceptaron como definitiva la necesidad de superávit fiscal primario (y de un nivel mínimo del 3%), y afirmaron que el pago de la deuda externa no compromete el desarrollo económico de ambos países. En otro orden puede señalarse una reunión de trabajo en Buenos Aires de la senadora Cristina Fernández de Kirchner y un grupo de técnicos y políticos chilenos. Estos hechos son elocuentes signos de ambos factores -concepciones y presiones de enorme potencia- ejerciendo impulsos invisibles y no necesariamente queridos por los propios protagonistas, que marchan sin embargo a contramano de un G-15 capaz de crear un Banco del Sur, un centro propio de comunicación de masas a escala planetaria y un replanteo profundo del comercio, el flujo de finanzas, los planes de intercambio, integración y desarrollo.
Como quiera que sea, después de un eclipse de tres lustros durante los cuales los tres grandes centros económicos internacionales -Estados Unidos, la Unión Europea y Japón- impusieron la idea de que todo futuro imaginable comenzaba por aceptar la subordinación a sus conceptos y sus planes, aquello que antaño se denominaba Tercer Mundo reaparece con una nueva forma, nuevos componentes y, sobre todo, en un mapa político diferente al que le atribuía una tercera vía entre el imperialismo y el socialismo, por entonces identificado con la Unión Soviética. El doble fracaso de la Casa Blanca cuando lanzó al ataque a los restos descompuestos de la oposición venezolana con el objetivo explícito de impedir el éxito de la XII Cumbre del G-15, es indicativo de que el progresivo cambio en las relaciones de fuerzas internacionales está a punto de plasmar en un nuevo cuadro político planetario, en el que el saldo no deja lugar a dudas: Estados Unidos es el gran perdedor.

 

ESMA y deuda externa

PorLBenAXXI

 

Ocurrió en Argentina, pero las fuerzas que lo generaron provienen de toda América Latina y, presumiblemente, devolverán el impacto a escala regional: el pasado 24 de marzo la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) fue transformada en «Espacio de la memoria». Ese día se cumplía el 28° aniversario de la toma del poder por una junta integrada por los jefes de ejército, marina y aeronáutica.
En la ESMA funcionó un centro clandestino de detenidos-desaparecidos entre 1976 y 1982. No era uno más de los muchos campos de concentración donde se torturó y asesinó durante ese período. Allí un ala supuestamente populista de la junta gobernante ensayó una operación de recuperación de militantes capturados para alimentar un proyecto que, en la enajenada imaginación del almirante Eduardo Massera, sería una fuerza política que uniera bajo su conducción a secuestradores y secuestrados, torturadores y torturados.
Hay datos suficientes para probar que Massera no contaba para ese proyecto sólo con sus comandos de secuestradores; el delirio tenía puntos de apoyo al otro lado de la grieta de sangre que dividió al país. Ese es un hecho cuyo esclarecimiento pleno será tarea de la historia; ahora sólo cabe como factor a tener en cuenta para la comprensión global de las relaciones entre ideología y política, así como los desdoblamientos que esa relación puede producir en la conducta humana.
Hoy, nada debería desdibujar el trascendental significado del acto donde, en presencia del presidente Néstor Kirchner, dos jóvenes nacidos durante el cautiverio de sus madres en ese lugar tenebroso, dos hijos de desaparecidos, hicieron la denuncia más desgarradora entre las innumerables que el país y el mundo conocieron desde 1983.
Nada debería desdibujar tampoco el contenido potencial de algunos párrafos del discurso del propio Kirchner ni las derivaciones del hecho en sí: el comandante actual del ejército arrancando del Colegio Militar los cuadros de dos generales que ocuparon la presidencia durante la dictadura y la transmutación de la ESMA en “Museo de la Memoria”.

 

Dos décadas cruciales

Esto no comienza ahora. Bajo la presión de un poderoso movimiento ciudadano a favor de la democracia el presidente Raúl Alfonsín promovió en 1983 el juicio que enviaría a prisión a los comandantes que en tres sucesivas juntas gobernaron al país. Un hecho sin precedentes en la historia universal. En rigor el juicio a los comandantes tiene una dimensión histórica mayor que la conversión de la ESMA (las derivaciones posteriores de aquella conducta remiten, también, a la aludida relación entre ideología y política).
No obstante, hay razones reales y simbólicas que le dan a este 24 de marzo un relieve sin precedentes. Es un símbolo mayor que, mientras en 1983 ocupaban el centro del escenario teóricos, dirigentes y militantes provenientes de las luchas de la década de 1960 y 1970 pero ganados en los ´80 por el posibilismo, esta vez hablaron dos jóvenes. Sus palabras retumbarán en el futuro argentino. Entre ambos, cada uno con su estilo y desde experiencias personales diferentes, presentaron una plataforma inversa a la defendida por las voces predominantes en aquellos años de Alfonsín: el posibilismo… es una quimera. O un deliberado engaño, según quién lo sostenga.
Por las voces de esos jóvenes habló la experiencia de los 20 años transcurridos. Y ocupó el palco la fuerza invisible que surca superficie y subsuelo desde el Bravo a la Patagonia.
El mismo Kirchner actuó movido por esa fuerza. Dos semana antes había cedido ante la presión extrema del Fondo Monetario Internacional, accediendo a pagar intereses con reservas, en línea de continuidad con los acuerdos firmados el año pasado. Pero allí, ante 25 mil personas que lloraban de dolor y alegría y vociferaban desbordados una esperanza otra vez renacida, denunció el sistema político argentino. Y se sumó al reclamo por un país nuevo, diferente y mejor.
Un eslabón de acero amarra esa esperanza al mecanismo de sujeción y saqueo resumible en la deuda externa de nuestros países y las imposiciones del Fondo Monetario Internacional para pagarla. En su momento Alfonsín no se decidió a cortarlo apelando a la única fuerza capaz de hacerlo: el accionar consciente y organizado de las víctimas. Luego vinieron sus patéticos sucesores, siempre con el posibilismo como bandera. Día a día Argentina se hundió más en la ciénaga de la degradación social y la corrupción y disolución políticas.
Es la historia de cada país de la región, con apenas rasgos diferenciales. Y sería pueril atribuirla exclusivamente a un individuo o un partido. Tan pueril como desdeñar lo ocurrido con indiduos y partidos que no optaron por cortar de un tajo la dependencia respecto de los centros imperialistas. Condenar a los asesinos es imprescindible. Tanto como detener el mecanismo que los necesita para sobrevivir y volverá a crearlos una y otra vez.
El palco del 24 de marzo en Buenos Aires indica que el punto de inflexión en esa historia ya quedo atrás en Argentina. A escala continental, el desafío está planteado.

El lugar de la crisis

PorLBenAXXI

 

«No habrá retirada», declaró George W. Bush el 26 de agosto. Fue su respuesta a un informe difundido horas antes: las bajas estadounidenses en Irak desde el 1° de mayo -fecha en que Bush anunció al mundo el fin de la guerra- son superiores a las sufridas durante la invasión. Simultáneamente una encuesta realizada por el semanario Newsweek indicaba que el 70% de la población estadounidense teme que se prolongue la permanencia de los soldados en Irak, un 48% reclama el regreso inmediato y un 47% cree que deben quedarse todavía.
La fractura al medio respecto de qué hacer en Irak no es sólo del conjunto social indiscriminado. Ocurre también, y principalmente, en los círculos dirigentes: «ahora que se desvanecieron las esperanzas de reclutar integrantes para las fuerzas de paz en otros países, llegó el momento de preparar la mejor estrategia de retirada posible», alertaba el 10 de agosto un análisis publicado por el diario Los Angeles Times.
Destilado -y para muchos admirable- pragmatismo imperialista: como para la tarea requerida no es posible usar carne de cañón extranjera, vayámonos ya. Con idéntica lógica, hay otra respuesta posible: el secretario de Defensa Donald Rumsfeld apronta la incorporación de 300 mil nuevos efectivos en las fuerzas armadas de su país. No es sólo para Irak. El Pentágono prevé conflictos bélicos simultáneos en diferentes puntos del planeta, según explicó The New York Times. Rumsfeld esgrime un imaginativo recurso para camuflar su operación: propone pasar las funciones administrativas y logísticas a manos privadas, para llevar esos 300 mil hombres y mujeres a tareas operativas.

 

Recesión, desocupación, guerra

No le vendrá mal a la economía estadounidense agregar esos puestos a la demanda laboral: hoy trabajan 2 millones 100 mil personas menos que hace dos años. Pero será una gota en el mar. Sumado el crecimiento de la población, la ocupación cayó en más de 4 millones. Y la magnitud real del problema tiene otra escala: «Más de 74 millones 500 mil adultos no están trabajando (…) En otras palabras y simplemente, el panorama laboral es terrible», advierte Robert Reich, ex secretario de Trabajo de William Clinton.
El diagnóstico es más alarmante si se observa la medicación utilizada durante casi tres años de recesión: estímulos monetarios y fiscales sin precedentes, cuyo reverso muestra un superávit del 1,4% del PBI en 2000 transformado en déficit del 4,6% este año y proyectado a la inasible cifra de 480 mil millones (o 495 mil, según los cálculos) de dólares para 2004 y de 3 billones 700 mil millones para la década 2004-2013 (6 billones 300 mil millones si se suman los fondos de seguridad social irresponsablemente utilizados ahora).
Tamaño déficit determina una voraz demanda de capitales por parte del Tesoro estadounidense. Tarea complicada: para contrarrestar la recesión, las tasas de interés fueron rebajadas en 13 oportunidades, pasando del 6,5 al 1%.
Aunque lejos de ser novedoso, el fenómeno no deja de asombrar: masas siderales de dinero se transforman en mercancía excedente (como los autos o las heladeras que no hallan comprador y desatan una lucha feroz por los mercados), sin posibilidad de obtener colocación rentable. Las computadoras de Harvard, Massachusetts y Chicago, entre otras, no cesan de buscar la variable que permita romper el círculo vicioso. Mientras tanto, Bush descubre que también Irán tiene uranio enriquecido con el cual fabricar armas nucleares y, casualmente, en Gran Bretaña detienen a un ex embajador iraní acusado de volar nueve años atrás el edificio de la AMIA, una mutual judía en Buenos Aires.

 

¿Otra «Alianza para no Progresar»?

Así como al agotamiento del keynesianismo se le opuso el «neo» liberalismo y al rápido ahogo de éste se le propone un «neo» keynesianismo, se esboza por estos días una respuesta a los efectos políticos de la crisis en América Latina mediante una reedición -«neo», por supuesto- de la Alianza para el Progreso diseñada por el Departamento de Estado en los años 1960 para contrarrestar la onda expansiva de la Revolución Cubana.
Washington prepara una reunión de presidentes de toda América (excepto Cuba, claro; y habrá que ver qué decisión se toma con Venezuela), para «potenciar el espíritu de hermandad que preside la relación histórico-geográfica» entre Estados Unidos América Latina, y «superar o contrabalancear los escollos que surgen periódicamente de la imponente asimetría económico-social», según la opinión de un poético editorial del diario argentino La Nación. Esa nota fue publicada tres días antes de la llegada del presidente Hugo Chávez a Buenos Aires, en honor al sorpresivo viaje -luego demorado- del flamante subsecretario del Departamento de Estado para Asuntos Latinoamericanos, Roger Noriega, quien por causas imaginables había programado su reunión con el presidente Néstor Kirchner el mismo día en que éste debía recibir a Chávez.
Como sea, el caso es que Noriega esgrime una propuesta de reunión «para los próximos meses» (!), con el objetivo de tratar «la urgente cuestión de la pobreza y la exclusión, la preservación de la democracia, la integración mercantil, la erradicación de la corrupción institucionalizada, la colaboración militar, la lucha contra el narcotráfico y la defensa de los derechos esenciales».
Perdido el estro poético, el editorialista desgrana crudo el programa de Washington: ALCA, recomposición urgente de regímenes descompuestos, militarización, todo acompañado acaso por planes de beneficencia para contener la explosiva situación social. Y termina con una orden: «los gestos del nuevo subsecretario para América Latina deben ser bienvenidos sin reserva alguna».
Hundidos en una ciénaga en Medio Oriente pero sobre todo atenazados por una crisis que les carcome las entrañas, los dueños de Estados Unidos ensayan desesperados y hasta el momento infructuosos intentos por recuperar la iniciativa perdida en Suramérica. En ese punto estamos.

Lula, Fidel y Chávez

PorLBenAXXI

 

Buenos Aires fue durante dos días de vértigo espejo reductor de la nueva realidad latinoamericana. El 25 de mayo, aniversario de la Revolución de 1810, el Palacio del Congreso donde Néstor Kirchner debía jurar su cargo como presidente crujió hasta los cimientos cuando ingresaron Luiz Inácio da Silva, Hugo Chávez y Fidel Castro. Ocurrió literalmente: tal fue el estrépito de aplausos y vítores en el que se aunaron visitantes apretujados en los palcos y legisladores de todas la bancadas. Pero también en un sentido figurado: ¿qué se estaba saludando con tamaño énfasis en el mismo ámbito donde se sancionó paso a paso el camino por el cual Argentina cayó al abismo?
Es por demás fácil la argumentación que atribuye tal euforia a la frivolidad. Así como la hipocresía es el tributo que el vicio paga a la virtud, la inconsecuencia, la pusilanimidad, la falta de luces y coraje, se inclinan cuando resulta vencedor aquello a lo que se ha renunciado o incluso combatido.
Ocurre sobre todo en días de fiesta. Pero ocurre. Y en este caso tiene una significación trascendental: es tal la fuerza subterránea encarnada en los presidentes de Brasil, Cuba y Venezuela, tan evidente y poderoso el vuelco de la masa social hacia esas figuras representativas de lo otro, lo alternativo a la realidad circundante, que se produce un fenómeno de atracción difícil de vencer. Sin contar que, incluso por mero reflejo de supervivencia electoral, los parlamentarios argentinos debían celebrar con euforia estas presencias.
En otras palabras: se ovacionó a los vencedores.
Hay que sacar todas las consecuencias de este hecho. Y así lo hizo el Departamento de Estado estadounidense, cuyo representante sencillamente no existió en esta ceremonia. El contraste no podría ser más elocuente. Sobre todo si se tiene en cuenta que Washington envió un desconocido precisamente para que pasara inadvertido, por temor a la reacción que generaría cualquier representante reconocible de Estados Unidos.
Es el vuelco durante los cuatro últimos años en las relaciones de fuerza en América Latina lo que plasma en este episodio; el hecho -repetido en estas páginas- de que Washington ha perdido la iniciativa política.
No es por acaso que el Secretario de Estado Colin Powell viajara a Santiago de Chile dos semanas después para exponer, ante la plenaria de la Organización de Estados Americanos (OEA), el objetivo central visible de su gobierno en relación con América Latina: “acelerar la inevitable transición democrática en Cuba”. Esto significa, claro, derrocar a Fidel Castro. Para lo cual hace falta invadir la isla.
Obediente, el diario La Nación de Argentina publicó en primera plana al día siguiente el resumen político de la voluntad de Powell, en un artículo referido a la reunión de la OEA y la coyuntura latinoamericana, titulado “Estabilidad en riesgo”. Se trata del mismo diario que, al resultar presidente Néstor Kirchner tras la renuncia de su contendor a la segunda ronda electoral, publicó también en primera plana un pliego de condiciones -todas al gusto de Washington- y la insólita amenaza de que el nuevo mandatario sería “presidente por un año”. En Argentina -como ya se ha visto en Venezuela- ante la demolición de los partidos responsables del desastre nacional y la imposibilidad de apoyarse en las fuerzas armadas, son los medios de prensa quienes asumen la tarea golpista.

 

¿Qué estabilidad está
en riesgo?

Dice bien La Nación, aunque peca por omisión y timidez. La estabilidad que le preocupa es la del orden que usufructúa, la de una oligarquía depredadora asociada con amos inapelables. En rigor, el colapso de lo que se ha dado en llamar “neoliberalismo” la ha sepultado. Y ahora hasta socios de alto rango en aquella empresa de expoliación deben desplazarse, hacia inestables y riesgosos equilibrios, para impedir que la losa los ahogue. Pero el diario tradicional se refiere a otra cosa. Habla de la estabilidad institucional. Prolonga la voluntad de la Casa Blanca, que envía a Powell a explicitar la intención de invadir Cuba mientras en Montevideo programa una reestructuración de fuerzas militares y en Cuzco (todo ocurrió en 20 días) utiliza la reunión del Grupo Río para impulsar una operación militar conjunta para intervenir en Colombia y apuntar a Venezuela. Y advierte que todo eso no puede llevarse a cabo manteniendo, siquiera como hipócritas fachadas, mecanismos constitucionales donde haya espacio para derechos civiles y garantías democráticas.
La prensa dictada desde Washington ya levanta de manera sistemática esta línea de acción. Y coincide incluso en una táctica ridícula por obvia, aunque con buenos resultados en ciertos ámbitos: separar a Lula de este bloque que ha roto definitivamente la estabilidad -el rigor mortis- del saqueo permanente. Mientras pone a sus columnistas a ensalzar a Lula por su supuesta capacidad para adecuarse a las exigencias de los centros imperiales, afila el arma con el cual, más temprano que tarde, tratará de decapitarlo: ahora resulta que en Río de Janeiro el narcotráfico es narcoguerrilla. Ya los medios tomaron la línea y difunden el original descubrimiento geopolítico: Río de Janeiro es Colombia. Y Colombia es “la guerra que viene”.

Causas de la invasión a Irak

PorLBenAXXI

 

En Irak caen las bombas sobre ciudades, poblados y sembradíos, mientras tropas terrestres con equipamiento propio de una novela de ficción inician la verdadera guerra y avanzan hacia Bagdad a un costo de miles, decenas de miles, de vidas humanas y daños al ecosistema de incalculable proyección: Washington vuelve a emplear, esta vez a escala masiva, uranio empobrecido en sus armas. En Ginebra, el gobierno de Estados Unidos Unidos acusa al de Cuba de violar los derechos humanos en la isla. La acusación no incluye condena por el campo de concentración en Guantánamo, territorio cubano ocupado desde hace un siglo, donde el presidente George W. Bush envió los prisioneros resultantes de su reciente invasión a Afganistán.
Hay mucho más de lo puede verse a primera vista en este aparente absurdo. La tentación es atribuirlo a las características intelectuales y morales del presidente estadounidense, quien lee un discurso diario anunciando a los iraquíes que el momento de la libertad, la democracia y el bienestar se aproxima al compás de sus tropas. Por facilismo, interés y necesidad combinados, la prensa en general apela a ese recurso. Pero el hecho de que Estados Unidos no pueda sostener razonablemente la idea de libertad, democracia y mejoramiento económico no tiene punto de contacto alguno con el Sr. Bush y su familia, incluidas sus propiedades petrolíferas.
Para decirlo de otro modo: Estados Unidos ha perdido la bandera de la democracia, la libertad, el desarrollo. La misma engañosa bandera con la que pudo conquistar una hegemonía ideológica planetaria tan rotunda como fugaz, a fines de los años 1980. Mucho trabajo será necesario para desmenuzar y proyectar esta ruptura histórica de alcance estratégico.
Irak, el espanto de la destrucción sanguinaria, es hoy el espejo de esta fractura. Aunque bien valdría recordar que la reaparición sin máscaras de Estados Unidos como avanzada de las fuerzas más retrógradas quedó a las claras el 11 de abril de 2002, cuando Washington reconoció al aspirante a dictador en Venezuela y quedó a la luz el papel del Departamento de Estado estadounidense en el diseño, preparación y realización del golpe. En aquel momento Washington sufrió una derrota estratégica sin la cual no se entiende cabalmente su situación actual.
El hecho es que tras esta conducta antidemocrática y belicista no se halla la voluntad de uno o un puñado de individuos, sino el imperativo inapelable de una necesidad económica. La brutalidad desmesurada de los gobernantes estadounidenses no se explica por sus rasgos individuales, sino a la inversa: el Sr. Bush o su asesora Condoleeza Rice se explican por la necesidad de recurrir a la violencia extrema como ultima ratio. En otras palabras: es la crisis la que produce un Bush, y no un Bush quien produce la crisis.

 

Consecuencias

¿Pero en qué consiste la crisis? Tras la complejidad del entramado económico mundial, la respuesta es sencilla: el mecanismo productivo -el sistema capitalista- produce más de lo que puede vender. Hay de todo (no importa si se habla de heladeras, aviones o bicicletas), en cantidades superiores a lo que es posible colocar en el mercado. Y como en este mecanismo el motor es el lucro, el problema es grave: para vender hay que bajar el precio, con lo cual cae la tasa de ganancia, razón de ser de todo el conjunto. El otro efecto, inseparable, es la agudización de la competencia entre los productores para conquistar mercados.
Reténgase por un instante esta afirmación, constatable a simple vista: el problema del mundo es que hay muchos bienes disponibles… y quienes los necesitan no los pueden comprar. Y a cada instante hay más productos o capacidad para crearlos, y menos personas en condiciones de adquirirlos.
La irracionalidad, el absurdo inabarcable del hecho de que haya excedentes inutilizables de trigo o computadoras cuando el hambre y el analfabetismo crecen en flecha en todo el mundo, aparece bajo la forma de argumentación irracional y cinismo desmesurado en los gobernantes.
Ahora bien, desde el punto de vista de los grandes productores de mercancías bajo estas reglas (Estados Unidos, la Unión Europea y Japón) la resolución del problema requiere bajar los costos (básicamente el precio de la mano de obra, de las materias primas y el transporte) y desplazar a los competidores de los mercados.
He allí las causas de la invasión a Irak, que en realidad es el intento de ocupar la totalidad de la región arábigo-persa. Allí están las causas de la confrontación entre Estados Unidos y la Unión Europea, lo cual plantea riesgos de extensión incontenible de las operaciones bélicas hacia los cuatro puntos cardinales. La confrontación no es de Bush con Saddam Hussein, sino de Estados Unidos con la Unión Europea. Y el choque, imprevisto para el común de los analistas, produjo una fragmentación múltiple: la Unión Europea está a su vez dividida y la fractura se ahonda incluso en la cúspide de las clases dominantes estadounidenses. Una institución clave desde 1945, las Naciones Unidas, ha estallado.
Como contrapartida, una fuerza social multitudinaria sin precedentes se ha levantado contra la guerra en todo el mundo. Jamás se ha visto una oposición a la política estadounidense de tal magnitud y extensión. Esa fuerza poderosísima es un actor nuevo y potencialmente decisivo para el curso de esta tragedia. Entender y explicar las causas que la producen es el punto de partida para que esa voluntad de cientos de millones no sea manipulada.
Asumir que las banderas de la democracia, la paz, la superación de la miseria que azota al planeta, ya no están ni estarán nunca más en manos del imperialismo estadounidense -factor de opresión, explotación, saqueo y degradación en todos los órdenes- invita a sacar conclusiones cargadas de optimismo y responsabilidad.