Uruguay frente a una elección trascendental

porLBenLMD

 

Menos de la mitad de los ciudadanos concurrió a votar en las primarias del domingo 27 de junio. Con un caudal inferior al esperado, la coalición de izquierda obtuvo el primer lugar, 42,8%, frente al 38,6% del Partido Nacional, donde se impuso Jorge Larrañaga. Se anuncia así una dura disputa para las presidenciales. Tupamaros alcanzó el 32% de las adhesiones al interior del Frente Amplio y el Partido Socialista superó los pronósticos, con un 20%.

 

Apenas se toma contacto con Montevideo, choca el contraste entre la magnitud de la opción en juego en las elecciones de octubre próximo y la apatía de una ciudadanía destacada en la región por su elevada cultura política. Ese clima social resulta tanto más paradójico si se tiene en cuenta que el país es víctima de un derrumbe económico sin precedentes y que, según todas las encuestas, es altamente probable que en los comicios presidenciales se imponga una coalición formada en torno del tradicional bloque de izquierdas denominado Frente Amplio (FA).

Podrían ser esas mismas razones, sin embargo, las que alimentan aquella sorprendente combinación de desidia y pasividad que al menos en la superficie prevalece en el conjunto social: la brutal contracción económica (Gargano, pág. 15) obra en determinadas condiciones como freno para todos aquellos que tienen siquiera un escuálido salario que perder y, al entrelazarse con la representación política que podría encarnar un cambio, a la vez permite y provoca en ésta la acentuación de sus rasgos conservadores. Este resultado a su vez quita todo entusiasmo y vigor a quienes, tanto por apoyar como por contraponerse a proposiciones más revolucionarias, encienden las pasiones de la sociedad. Desaparece o se achata así el debate ideológico y político. Un ejemplo basta: en 48 horas un precandidato del Partido Blanco, Luis Alberto Lacalle, y el candidato frenteamplista Tabaré Vázquez, propusieron a Enrique Iglesias como futuro ministro de Economía. La anécdota es más contundente si se tiene en cuenta que Iglesias es el actual presidente del Banco Interamericano de Desarrollo.

Como quiera que sea, Uruguay transita el último tramo hacia el 31 de octubre, fecha de las elecciones, en medio de una calma triste, una resignación apenas desmentida por la esperanza de la mitad de la población, convertida en convicción: los partidos tradicionales, Blanco y Colorado, gobernantes desde siempre, serán desplazados esta vez por la coalición Encuentro Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría (EP-FA-NM).

 

No ceder el poder 

Resignación no es sin embargo la palabra que describe a todo el país ni resume la coyuntura política. Las dirigencias tradicionales no descansan. Conscientes de ello, tampoco lo hacen los cuadros de las incontables tendencias que componen el EP-FA-NM. Y tanto menos quienes desde las metrópolis del mundo desarrollado comprenden el papel que podría cumplir un gobierno progresista en el actual cuadro suramericano.

Ya estas páginas han aludido en otras oportunidades (Artículos publicados, pág. 14) al papel estratégico asignado en su momento por el imperialismo inglés a la «Banda Oriental». Tanto más que dos siglos atrás, Uruguay contradice ahora las magnitudes geográfica y económica del país con la posibilidad de obrar, según lo ubique quien gobierne, como «Estado tapón» o como factor integrador de una región atravesada en este período histórico por un complejísimo juego de fuerzas. En esta confrontación sobresale la pugna de Estados Unidos por imponer una anexión mediante subterfugios tendientes a conformar una fuerza militar única bajo su mando, imponer su moneda como divisa común y el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), frente a una multifacética resistencia a tales planes que tiene hoy punto de apoyo (y de inestabilidad) en Brasilia, Caracas y Buenos Aires.

El peso crucial que cabe al rumbo futuro de Uruguay reside precisamente en el carácter inestable y por demás enmarañado e irresuelto de la corriente que en Suramérica encarna la oposición al agresivo curso de Washington. Y es este mismo cuadro general de heterogeneidad lindante con la confusión el que desagua en la coyuntura uruguaya y se resuelve arrastrando a la coalición opositora hacia el centro del espectro político y a los partidos tradicionales, activamente respaldados por el Departamento de Estado -sin las sutilezas de Lord Ponsomby-, a multiplicar esfuerzos y argucias para evitar que el poder cambie de manos.

Un recurso es la asimilación por doble vía: mientras Lacalle propone un ministro de Economía avistado ya por el FA, otro precandidato, Jorge Larrañaga, se aproxima al discurso de Tabaré Vázquez al punto de tornarse formalmente idéntico. Si el primer camino esmerila las aristas contestatarias del FA (Iglesias es presentado como garantía para que los centros financieros internacionales no se asusten por el triunfo de la izquierda y faciliten la renegociación de una insostenible deuda externa), el segundo compite directamente sobre el terreno discursivo del EP-FA-NM. Por lo demás, nadie, a izquierda, centro o derecha, duda de que en el tiempo restante hasta los comicios la campaña del establishment no reparará en recursos y utilizará con inescrupulosidad los medios de difusión masiva para desprestigiar al FA y a las fuerzas que lo integran con la amenaza del desborde izquierdista y el caos generalizado, apuntado a lo que verdaderamente está en disputa en términos electorales: un sector de las clases medias urbanas y, sobre todo, el «paisanaje» del interior del país, por tradición y fuerza de aparatos amarrados a los partidos Blanco y Colorado.

 

Sociedad y representación 

La dirección del FA es consciente de los riesgos que esto implica. No se encontrará un dirigente de primera línea que asegure el triunfo en octubre, en la primera vuelta electoral. Y no es sólo la conducta obvia de quien no quiere que las bases den por cierta la victoria y retaceen esfuerzos militantes. Se trata de un temor real, confirmado por analistas de diferentes sectores. Sin las limitaciones de un dirigente político, Federico Fasano, titular de un multimedio alineado con el FA, sostiene sin rodeos que no habrá triunfo en primera vuelta, aunque asegura la victoria en el balotaje. «El FA está hoy entre el 46% y el 49% en las encuestas -dice-, pero para ganar en la primera vuelta se necesita alrededor del 53%, porque la mitad más un voto se calcula sobre los sufragios positivos.» Para el segundo turno, sin embargo, el director del diario La República descuenta una mayoría frentista, con base en la proyección de la elección anterior y en la histórica rivalidad de una franja blanca y colorada que, asegura, no votaría en ninguna hipótesis por el contrario.

Hay experimentados cuadros del FA que, si bien no propagan pesimismo, alertan sobre las dudas de que incluso en segunda instancia la victoria esté asegurada. «Por el contrario -dicen confidencialmente- el achatamiento de nuestro discurso está haciéndonos perder adhesiones e impidiéndonos conquistar otras nuevas.» Es curioso que esta opinión no provenga del extremo izquierdo del FA (donde predomina la confianza en el triunfo), sino de dirigentes tradicionales, un tanto perplejos por el curso de la evolución política nacional y su reflejo en el interior de la coalición.

Es que la transformación gestada por la prolongada crisis -situación que excede largamente a este país- impactó en las filas del FA. Hegemonizado en sus orígenes por los partidos Socialista y Comunista, tras la caída de la Unión Soviética el segundo lugar se desplazó a fuerzas consideradas de centro, como Asamblea Uruguay (AU) y Vertiente Artiguista (VA). En el último período, sin embargo, se produjo un vuelco notable de la situación interna. Los últimos sondeos son elocuentes: según la encuestadora Cifra, el Movimiento de Participación Popular (MPP) tiene el 30%, AU el 14%, la Alianza Progresista (AP) el 13%, VA el 11%, el Partido Socialista (PS) el 10%, la lista 99 (L99, corriente del senador Rafael Michellini) el 7% y luego el conjunto de las tendencias situadas a la izquierda del FA (Partido Comunista, Movimiento 26 de Marzo, Partido por la Victoria del Pueblo, etc.) suman un 4%(1).

El MPP fue en el pasado reciente un bloque de tendencias, pero desde hace tiempo expresa casi exclusivamente al Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros. Sus principales dirigentes, José Mujica y Eleuterio Fernández Huidobro, fueron dirigentes guerrilleros y sufrieron largos años de cárcel en régimen de excepción, dentro de las durísimas condiciones impuestas por la dictadura en el tristemente célebre «Penal Libertad».

Las explicaciones de este vuelco en las relaciones de fuerzas internas difieren según el interlocutor. Mujica, con modos campechanos y un lenguaje directo, es señalado en la mayoría de los casos como la clave del vuelco. Se apunta con mayor o menor énfasis, según el alineamiento de cada uno, a la incapacidad del PS para rejuvenecer sus filas, al aura de antiguos luchadores y sobre todo a la credibilidad personal de Mujica («el Pepe», como lo llaman todos), un hombre que vive y viste humildemente y apela a menudo a expresiones consideradas transgresoras, supuestamente atractivas para los más jóvenes.

Todo esto tiene, sin duda, su peso en este giro que de consolidarse cambiaría la naturaleza originaria del FA. Pero el hecho es que el MPP ha logrado captar dos actores nuevos en el arco de las izquierdas en Uruguay: los que provienen de la masa de desocupados y aquellos que emigran de los partidos tradicionales en el interior del país; «el paisanaje», los llaman los uruguayos con su lenguaje siempre colorido y afable.

Resulta evidente que, tanto en las filas del FA como en la dirigencia de blancos y colorados, esta transformación aún no ha sido caracterizada. Nadie acierta a decir si se trata de un giro a la izquierda o a la derecha. Nadie está seguro de si esto garantiza una mayor gobernabilidad en un eventual gobierno del FA, o todo lo contrario.

Ambas conclusiones tienen asidero formal. El MLN Tupamaros y su célebre dirigente fallecido, Raúl Sendic, son un hito de la lucha revolucionaria en Uruguay. Pero desde hace años esta organización autocriticó su pasado (eso, entre otras cosas, contribuye a su credibilidad: ningún otro partido hizo nada semejante) y en cada toma de posición desmiente cualquier acusación que pretenda señalarla como amenaza de izquierda en el gobierno.

Recientemente Mujica desató una fugaz tormenta teórico-política cuando afirmó: «Tengo que ser un país rico como condición. Entonces tiene que funcionar el capitalismo, pero un capitalismo como la gente, para que nos podamos agarrar bien de las greñas»(2).

Desde las páginas del semanario del PS, Manuel Laguarda entró al territorio conflictivo con dos largas notas tituladas «El gobierno del EP-FA ¿será ‘socialista’ o ‘capitalista’?»(3). El antiguo dilema de los revolucionarios en todo el mundo, tan actual como siempre, quedó por un instante en el centro de atención. José Díaz, ex dirigente del PS y actual titular de la Fundación Vivian Trías, expuso su punto de vista: «‘El Pepe’ Mujica no ha dejado de ser socialista desde el punto de vista de sus ideales, ni los compañeros que han hablado en nombre del Partido Socialista han abandonado la concepción del frente policlasista, expresión de distintos sectores sociales junto con la clase trabajadora. En realidad hay una gran confluencia ideológica dentro del FA que se define por el socialismo. Naturalmente, no son todos; el FA no tiene un programa socialista y tampoco capitalista. El Frente conjuntó corrientes político ideológicas diferentes en Uruguay y su gran virtud fue unirlas a través de una lucha social que precedió la unidad política y de un programa común, nacional, popular, de carácter democrático y avanzado»(4).

 

Desplazamiento del FA 

Cinco meses después, aquel debate no prosperó en términos teóricos y en el plano político el curso se definió por un corrimiento del conjunto de la dirección del FA (y por lo tanto de la coalición que encabeza: EP-FA-NM), hacia posiciones dominadas por la necesidad de ganar al centro del electorado y llevar garantías de gobernabilidad a una sociedad que, sin duda mayoritariamente, se las reclama: Tabaré Vázquez reanudó relaciones con el titular de AU, Danilo Astori (considerado ala liberal del FA), quien, según aguijonea la prensa del establishment, sería el único acompañante del candidato frentista en su viaje a Washington para entrevistarse con el FMI y el Banco Mundial(5). La derecha se regodea y busca ventaja electoral machacando sobre caliente: «Vázquez anunció a la central sindical PIT-CNT que, de llegar al gobierno el 1 de marzo, no aplicaría un salariazo»(6).

Un efecto colateral de esta evolución es la salida de muchos cuadros de las organizaciones de izquierda, quienes sin embargo se mantienen dentro del frente. Este corresponsal oyó las argumentaciones de algunos de ellos, en duda respecto de qué hacer en las elecciones internas. «Como la política se hace con los que quedan, y como los que quedan no se han planteado que el Frente Amplio también crezca hacia la izquierda, la izquierda ‘individuo’ se siente incómoda a la hora de las elecciones internas», apunta un comentarista(7). Los comicios primarios, no obstante, han ratificado que el EP-FA-NM se define ante todo por su capacidad para convocar a la totalidad de las izquierdas y la mayoría del electorado activo.

 

La incógnita de octubre 

¿Carece entonces de fundamento el marcado temor de las clases dominantes y los estrategas del Washington? Difícilmente. Mientras se declara «especialista en sentido común» y reclama un capitalismo serio, Mujica contrabalancea: «El socialismo no es ninguna utopía. Fueron utópicos los caminos por donde se lo buscó. El socialismo es la forma de vida natural del hombre sobre la tierra. (…) Para mí Lenin nunca fue Dios, pero menos mal que existió» 8. Esa ambivalencia reproduce con exactitud no sólo la realidad ideológica de un Uruguay ya diferente al conocido, sino la que se extiende más y más en Suramérica. Y aquí, como en la región, se verifica una gran distancia entre el pensamiento teórico y la profundidad política de la izquierda, lo que lleva a la desazón o el mero cálculo electoral.

En el caso de la dirigencia del FA, el cálculo inmediato empuja a buscar nuevos votantes en sectores que temen cualquier forma de cambio y por ello toman distancia hoy de los partidos responsables del desastre económico y social uruguayo. Al dar ese paso, el FA cuenta con la fidelidad, mal que le pese, de su electorado histórico. Pero ese movimiento lo acerca a tal punto a sus adversarios, que éstos ganan espacio para volcar la voluntad de esa franja inestable y temerosa de la sociedad mediante maniobras de cualquier género.

«Calcular no es intrínsecamente analizar», recordaba Edgar Allan Poe en su célebre cuento «Los crímenes de la Rue Morgue»; incluso un ajedrecista genial «lleva a cabo lo uno sin esforzarse en lo otro». Si el desenlace en octubre les da la victoria, los hombres y mujeres de la izquierda uruguaya no podrán eludir el análisis que dé respuesta inequívoca al tema que no apela a ideologías ni a tal o cual teoría de desarrollo económico, sino a una exigencia perentoria: cómo, cuándo y mediante qué medios políticos se reparte la riqueza actualmente existente. De eso depende el lugar que ocupará Uruguay a partir del año próximo en el torbellino del Sur.

  1. «La interna de las internas», La Juventud, Montevideo, 16-6-04. Este diario pertenece al Movimiento 26 de Marzo, por lo cual el párrafo con el cual completa la información resulta insospechable: «Las cifras de otras empresas encuestadoras tienen un parecido más o menos similar, (…) lo que induce a pensar que puntos más o puntos menos, éstas serán las opciones finales en la interna frenteamplista».
  2. Alberto Grille, Víctor Carrato, «Quiero un capitalismo que funcione, con burgueses como la gente», Caras y Caretas, Montevideo, 2-1-04.
  3. Correo Socialista, Montevideo, marzo y abril de 2004.
  4. Mario H. Peralta, «Noticia: la izquierda discute su identidad», Brecha, Montevideo, 16-1-04.
  5. «Vázquez y Astori rompen el hielo e inician el diálogo», El Observador, Montevideo, 15-6-04.
  6. «La cúpula de la izquierda decidió acentuar su viraje al centro en los próximos meses», Búsqueda, Montevideo, 17/23-6-04.
  7. Álvaro Rico, «La izquierda ‘individuo'», Brecha, Montevideo, 11-6-04.
  8. Néstor Carbelo, «5 años para un mundo nuevo», Caras y Caretas, 18-6-04.

Hacia la Unión de Naciones de Suramérica

porLBenLMD

 

Tan ambicioso como realizable, el proyecto de utilizar racionalmente las inmensas riquezas de América Latina y el Caribe gravita cada vez con más fuerza en la región. Y desata oposiciones a la medida de esta aspiración bicentenaria. La reunión ampliada de Presidentes del Mercosur fue un paso importante en esa dirección.

Razones de muy diverso origen hicieron que en la reunión de presidentes del Mercosur, realizada en Puerto Iguazú, Argentina, el 8 de julio último, se sumaran los mandatarios de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, con sus pares de Chile, Bolivia, Venezuela, México y el vicepresidente de Colombia. En representación de Perú estuvo el ministro de Comercio Exterior. Sólo Ecuador faltó a esta cita, en la que se concretó la inclusión de Venezuela como Estado asociado y se dio el anteúltimo paso para que el Mercosur y la Comunidad Andina de Naciones (CAN, integrada por Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia), converjan a corto plazo en un área de libre comercio que incluirá entonces a prácticamente la totalidad de América del Sur (sólo quedarían fuera, hasta el momento, Guyana, Surinam y la Guayana Francesa, que en total suman un millón y medio de habitantes).

Si el acuerdo económico cuenta, más significativo aún fue el carácter político que proyectó esta reunión. Por primera vez el interés meramente comercial dio lugar a un nuevo curso, al aprobarse un “Anteproyecto de Protocolo Constitutivo del Parlamento del Mercosur”(1) y ponerse sobre el tapete la posibilidad de una decisión que, de concretarse, transformaría el mapa político planetario: la constitución de una “Nación de naciones”, una entidad política nueva a la que el titular de la Comisión de Representantes Permanentes del Mercosur (CRPM), el ex presidente argentino Eduardo Duhalde, no vaciló en poner nombre: “Estados Unidos de Suramérica”.

Por su parte el presidente brasileño Lula da Silva dijo en su discurso oficial que “ampliar el Mercosur, crear una Comunidad Suramericana de Naciones, no son tareas que se pueda realizar de la noche a la mañana. Pero trabajamos duro en los últimos meses. Eso nos permitirá dar un salto extraordinario. Después de diez años de negociaciones, estamos caminando hacia una zona de libre comercio entre el Mercosur y la Comunidad Andina”(2).

En ese contexto, el ingreso de Venezuela al Mercosur y la presencia de México en el cónclave tienen una significación política de tal magnitud, que hacen de esta XXVIª reunión presidencial un hecho de relevancia histórica.

La desproporción entre el carácter trascendente de estos hechos y el escasísimo, casi nulo espacio que le otorgaron los grandes medios de prensa, es un dato mayor a la hora de analizar el desplazamiento de fuerzas implícito en la reunión de Puerto Iguazú. Las grandes cadenas informativas estadounidenses y los medios que en el hemisferio le hacen eco, se esforzaron por ocultar la verdadera dimensión del Encuentro. Y no erraban en su intención, porque, en efecto, puede afirmarse que la primera y más importante conclusión es que Estados Unidos ha sufrido un nuevo y trascendental revés en sus aspiraciones hemisféricas. No es un dato menor que el escenario de esta nueva batalla perdida haya sido la Triple Frontera, zona a la que desde hace meses Washington viene señalando como lugar de refugio del “terrorismo internacional”.

 

Victoria de Chávez 

Una razón de peso para que la reunión de presidentes en Iguazú ocupara un lugar marginal en la prensa fue el espaldarazo recibido allí por el presidente venezolano Hugo Chávez: a cinco semanas de un referendo que decidirá si permanece o no en el palacio de Miraflores, propagar el ingreso de su país al Mercosur y analizar la significación y consencuencias de este hecho hubiese sido marchar a contramano de la campaña en la que están empeñados los medios del hemisferio, amplificando la propaganda de la prensa venezolana, a saber, que Chávez ha aislado a su país del mundo.

Rechinando lo dientes, algunos diarios argentinos debieron darle espacio a un hecho complementario, tan inesperado como impactante: desde Iguazú Chávez viajó con el presidente argentino Néstor Kirchner en el Tango 01 hasta los astilleros Río Santiago, de Ensenada, en Buenos Aires, para anunciar una primera materialización de este ambicioso plan de integración económica: la reparación de barcos de la petrolera estatal venezolana PDVSA y el comienzo de una negociación para construir ocho buques petroleros en los astilleros argentinos(3). “Poderoso caballero es don dinero”, ironizaba Quevedo 450 años atrás. Un poco más cercano en el tiempo, cierto filósofo alemán de nombre Karl Marx descubría que un fenómeno al que denominó “fetichismo”, trasladaba al individuo poseedor de una mercancía las propiedades de ésta. Aun con el concurso de la poesía y la ciencia, no deja de provocar curiosidad la plasticidad de quienes condenan a Chávez por sus posiciones y a la vez se deshacen calculando el impacto económico de la construcción de ocho buques.

Como resultaba imposible criticar a Kirchner por haber hecho este provechoso acuerdo con su par venezolano, los medios arremetieron por otro ángulo: el gobierno cometió el crimen de darle a mandatario venezolano la posibilidad de hablar ante un millar y medio de obreros que lo ovacionaron y de transmitir este acto por las pantallas del canal oficial y la radio nacional.

Por si fuese poco, ambos Presidentes firmaron dos cartas de intención que en su realización presuponen un vuelco decisivo en el terreno político: la creación de una empresa conjunta de energía (Petroamérica o Petrosur; también el nombre está en duda); y un plan para aunar los canales estatales de ambos países (8 en Venezuela, 7 en Argentina) y las agencias oficiales de noticias Telam y Venpres.

Pero incluso antes de eso, el encuentro de Iguazú es un golpe duro para Washington tanto en relación con su beligerante política frente a Chávez, como respecto de hemisferio en su conjunto: más que por lo que es o pueda ser, el Mercosur Ampliado (o Comunidad de naciones suramericanas), se define por lo que no es. Y no es el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas), proyecto estadounidense que supuestamente debía ponerse en marcha el año próximo y ahora confirma su inviabilidad tal como fue concebido.

 

El zorro y las uvas 

Allí reside el efecto paradojal del salto adelante verificado en Iguazú: una tensión extrema que, en las primeras planas de los diarios, alude a la ruptura y desaparición del Mercosur. Precisamente porque la consumación de una comunidad suramericana constituiría a su vez la consumación del fracaso estadounidense (incluida su política destinada a derrocar a Chávez), cuanto más cerca está aquella del punto de llegada, más se tensan las contradicciones y se agudiza el riesgo de un estallido.

Hay razones reales, inocultables, para las tensiones llevadas al extremo en los días previos y posteriores a la reunión de Iguazú. El conflicto de intereses entre empresarios argentinos y brasileños de diversos rubros, tiene bases objetivas: una mayor productividad en Brasil, menor paga por la fuerza de trabajo en aquel país y, en las últimas semanas, una progresiva devaluación del real. Sumados, estos factores pueden producir un vuelco drástico del curso mercantil entre ambos países. El caso candente antes de Iguazú -el freno oficial argentino a la importación de la llamada “línea blanca” de artículos domésticos- fue magnificado más allá de toda proporción por los medios, pero no pueden negarse las trabas -a término, insolubles- de un proyecto cuyo eje repose exclusiva o primordialmente sobre acuerdos comerciales. La gravitación objetiva e inexorable de la ley del valor (“los mercados”, según el lenguaje corriente) no impulsa a la complementación y mejoramiento de las diversas partes componentes del aparato productivo regional, sino exactamente a lo inverso: competencia feroz y mutua autodestrucción. Un párrafo de la Declaración de Iguazú se congratula porque en la reunión previa de ministros de Economía y presidentes de Bancos Centrales se habría avanzado en torno al controvertido tema de una moneda común, y porque en otras reuniones paralelas se afirmó la intención de “integrar procesos productivos, teniendo en consideración que la implementación de cadenas de valor en el ámbito regional dará mayor competitividad a los productos del Mercosur”(5). Falta decir que, de un lado, esa perspectiva requiere una voluntad política común cuyo vigor no está probado aún, que ese camino requiere niveles de planificación contrarios a la voluntad de multinacionales y grandes grupos económicos locales y extracontinentales, y que por eso mismo la oposición crecerá en proporción geométrica a toda evolución positiva hacia una comunidad suramericana.

Esa dinámica está ya a la vista. Los mismos medios que pusieron en sordina la información positiva del encuentro, transformaron los puntos de litigio en situaciones supuestamente insolubles.

Un portavoz del establishment argentino publicó un despacho desde San Pablo en el que afirma: “El Mercosur está siendo en Brasil blanco de una ola de críticas de sectores empresariales, sindicales y analistas económicos que consideran que el bloque regional se ha convertido en un lastre más que en una ventaja para el desarrollo brasileño. Voces críticas hacia el Mercosur, antes marginales, están teniendo ahora una repercusión inédita”(6). Esta fuente cita un artículo de su homólogo brasileño, O Estado de São Paulo, titulado «Mercosur, un proyecto frustrado». Según el cual el bloque «es un fracaso como unión aduanera, tambalea como zona de libre comercio y apenas hay una justificación para mantener su actual status: la discusión de un acuerdo con la unión aduanera». Y remata, con inequívoca intencionalidad política: «Como proyecto geopolítico, de la forma concebida por el presidente Lula y sus estrategas, el Mercosur es irrisorio».

Para apoyar esta línea de acción, el despacho informa además que “se realizará hoy una manifestación de trabajadores brasileños frente a la puerta del consulado argentino en San Pablo. El lunes pasado, trabajadores metalúrgicos se manifestaron frente a una planta de la empresa de heladeras BSH Continental con pancartas que decían: ’¡Lula, deje de ser débil! Vuelva a defender al trabajador metalúrgico’». Y busca más respaldo aún: “Folha de São Paulo tituló ayer: ‘Para los empresarios, al gobierno (Lula) le falta firmeza’»(7).

No es antojadizo atribuirle a estas manifestaciones periodísticas el carácter de campaña política. Y todo con apoyo en la suspensión de importaciones argentinas de productos de la línea blanca brasileños. Por detrás, están las industrias textil, del calzado y… automotrices.

Nada irreparable, como admitiría el sábado 17 otro diario empeñado en pronosticar el apocalipsis para el Mercosur: “Argentina decidió levantar las restricciones que había anunciado hace 10 días”(8). Pero el ejemplo vale como adelanto de lo porvenir.

Es en ese marco que se plantea el enigma de la presencia de Vicente Fox en Iguazú. El presidente mexicano es un defensor del TLC o Nafta (Tratado de Libre Comercio, North American Free Trade Agreement), que aúna comercialmente a su país con Estados Unidos y Canadá. Una parte de la explicación puede apoyarse en la poderosa fuerza centrípeta que pese a boicots varios de dentro y fuera del Mercosur, congregó la histórica reunión de Puerto Iguazú. Jaqueado desde todos los flancos en su país, Fox no puede continuar dando la espalda a América Latina sin acelerar un deterioro que trae malos presagios para las próximas presidenciales (el reciente restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba va en el mismo sentido). Pero el ex presidente de Coca Cola y el sector del capital mexicano que representa, bien puede obrar simultáneamente como Caballo de Troya para poner una carga explosiva más en la ciudadela del Mercosur ampliado, a favor del ahora denominado “ALCA ligth”, es decir, acuerdos bilaterales sumados de países del Sur con el Nafta, presentados como alternativa ante eventuales conflictos que paralicen la concreción de la comunidad suramericana. Sólo el tiempo revelará el verdadero sentido de esta presencia que, no obstante, si tomara un curso positivo potenciaría a niveles muy superiores el conjunto que hoy aparece al alcance del corto plazo como nuevo bloque económico-político (y, claro está, a su tiempo, también militar), de una Liga de Repúblicas Suramericanas, como proclamaba Bolívar dos siglos atrás. Por su parte, Duhalde señaló que se trataría de “una superficie de 17,3 millones de kilómetros cuadrados; una población de 380 millones de habitantes (…) tercera nación del planeta después de China y la India (…) 8 millones de kilómetros cuadrados de bosques (…) el 27% del agua dulce del mundo (…) enormes reservas de minerales, de petróleo, de energía (…) el tercer bloque económico del mundo, después de la Unión Europea y el Nafta”.(9).

 

Un horizonte posible 

Los ataques mediáticos contra Lula y Kirchner tras la reunión de Puerto Iguazú demuestran cuántos obstáculos deberá sortear este ambicioso proyecto. Estos no serán, presumiblemente, de exclusivo orden comercial. Pero la rueda de negocios entre Venezuela y Brasil a llevarse a cabo en la isla Margarita, Venezuela, entre el 21 y el 23 de julio de 2004, coronada con un nuevo encuentro de Kirchner y Chávez, indican que el camino de potenciación del intercambio regional está en marcha.

Resta comprobar si los gobernantes suramericanos -o como mínimo un número suficiente de ellos para imponer el rumbo a la región- asumirán con la suficiente antelación las trabas objetivas que ese intercambio presupone en su desenvolvimiento normal y se dispondrán a contrarrestarlas por adelantado con los únicos instrumentos capaces de hacerlo: la gestión de una moneda única suramericana, un parlamento regional surgido de la voluntad democrática de cada pueblo, una Constitución común y, por fin, un poder político legitimado por la voluntad democrática, capaz de rearticular y proyectar las fuerzas productivas conjuntas de la región, planificar la satisfacción de las necesidades imperiosas de casi 400 millones de personas, alumbrar la Unión de Naciones de Suramérica y mostrar al mundo, en un momento particularmente dramático de la historia, que hay un horizonte a alcanzar.

 

 

1 Comunicado Conjunto dos Presidentes dos Estados Partes do Mercosul; Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil; www.mre.gov.br

2 “Discurso del Presidente Lula”, Boletim da Secretaria de Relações Internacionais do Partido dos Trabalhadores, San Pablo, 16 de julho de 2004 – Ano IV – no73

3 Eduardo Duhalde, “Hacia los Estados Unidos de Sudamérica”; La Nación, Buenos Aires, 13-7-04

4 “Crece la tensión en Venezuela: un sondeo prevé la derrota de Chávez”, pág. 2; “Anuncian un trato con Chávez para vender barcos a Venezuela”; pág. 8; La Nación, Buenos Aires, 9-7-04. “Kirchner y Chávez fueron juntos a Río Santiago y anunciaron obras”; Clárín, Buenos Aires, 9-7-04.

5 Comunicado Conjunto dos Presidentes dos Estados Partes do Mercosul

6 Luis Esnal, “Estalla en Brasil una ola anti-Mercosur”, La Nación, 13-7-04.

7 Ibid.

8 “Electrodomésticos: no rigen las limitaciones”; Clarín, 17-7-04. Aunque ésta era la noticia, la frase citada puede leerse recién después de una introducción que acentúa lo que se hace aparecer como traba fundamental, la importación de lavarropas. La técnica periodística en acción.

9 Eduardo Duhalde, op. cit.

reseña

Ensayo sobre la lucidez

porLBenLMD

 

De José Saramago

Editorial: Alfaguara
Cantidad de páginas: 424
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Abril de 2004
Precio: 26 pesos

 

¿Una novela sobre el Voto Protesta? Sí; por sorprendente que resulte, ése es el nudo narrativo de la última obra de Saramago. Pero el hecho electoral y sus consecuencias son más que un eje argumental. Se trata de una proposición. Este prolífico autor cambia el ángulo de mira de su obra anterior y dispara una alegoría sobre el recurso político que le resta a sociedades empantanadas en la ciénaga de la democracia formal. Desde luego, el autor de El año de la muerte de Ricardo Reis sigue siendo merecedor del Premio Nobel, obtenido en 1998. El hecho es que, por hartazgo o militancia, tal vez para reivindicar una rebeldía puesta en tela de juicio a propósito de oportunas manipulaciones de sus opiniones políticas, Saramago narra una ficción que ya ocurrió en un país bien conocido por él: Argentina.
Acaso por eso, explicita que el sujeto es Portugal. La novela comienza en una jornada electoral lluviosa, en la que los electores no concurren a las urnas. Por la tarde, ya con sol, el flujo se regulariza, pero al contar los votos emitidos en la capital del país, el resultado es tan insólito como inesperado: un 75% ha sufragado en blanco. Los representantes del pdd, el pdm y el pdi (partido de derecha, del medio y de izquierda), menos exasperados que perplejos, tratan de elucubrar cómo sacarán ventaja de la situación. El gobierno resuelve convocar a nuevos comicios en el distrito sedicioso. Resultado: el 85% votará en blanco.
Mientras tanto, Saramago se demora en detalles y observaciones. Esta morosidad descriptiva no es ajena a los textos del autor; por el contrario, es un signo distintivo y en ella estriban algunas de sus mejores páginas. Sólo que el punto de partida no es la fantasía o el ensueño. Sobre todo para lectores argentinos, se trata de historia reciente. Resulta, ¿cómo decirlo?… superfluo, incongruente, leerla como novela. Cuando la ficción llega, para imaginar el castigo oficial mediante una retirada del gobierno de la capital y el abandono de los habitantes a su suerte, rodeados por un cordón infranqueable, la narración ha perdido aquella tensión tan propia de Saramago. Hacia la mitad del texto, el autor revela conciencia del callejón al que ha entrado: “los acontecimientos, han seguido su marcha, y nosotros, en lugar de anunciar, como es la obligación elemental de los contadores de historias que saben su oficio, lo que sucede, nos tenemos que conformar con describir, contritos, lo que ya ha sucedido”.
Luego ocurre un giro brusco y Ensayo sobre la lucidez ensambla formalmente con Ensayo sobre la ceguera. Reaparecen los personajes de aquella celebrada obra anterior y comparten el escenario con los nuevos. La narración recobra, en el último tercio, el ritmo y la magia del gran escritor. ¿Qué ocurrirá con ese voto en blanco espontáneo y masivo? El desenlace sobreviene. Descartado el final feliz, Saramago no puede tampoco incurrir en la fácil opción del escepticismo o la proclama. Leer para juzgar. La pregunta es si la literatura puede dar cuenta por este camino de los grandes dilemas político-existenciales latentes en foros mundiales, a los que la juventud concurre masivamente y donde Saramago es ídolo.

Chávez cruzó el Rubicón

porLBenLMD

 

Confiado en la dinámica del decurso político, pero acuciado además por una ofensiva creciente explícitamente promovida desde Washington, el 16 de mayo pasado, ante más de un millón de personas concentradas en Caracas y hablando por cadena nacional de radio y televisión, Hugo Chávez definió como “antiimperialista” a la Revolución Bolivariana; sostuvo que el neoliberalismo fue la “máscara detrás de la cual se escondió durante casi dos décadas el viejo y perverso capitalismo, el viejo, perverso y asesino imperialismo” y convocó a la “defensa integral de la nación”. Auge económico y fractura de la oposición.

 

Esta aceleración es inseparable de un hecho, calificado por el Presidente como «invasión»: la detención en Caracas de un centenar y medio de paramilitares colombianos. «Lo ratifico aquí: la Revolución Bolivariana después de cinco años y tres meses de gobierno, después de haber pasado por varias etapas, ha entrado en la etapa antiimperialista. Esta es una revolución antiimperialista y eso la llena de un contenido especial que nos obliga al pensamiento claro y a la acción no sólo en Venezuela sino en el mundo entero. (…) Llamo al pueblo venezolano todo a incorporarse a la defensa nacional, la defensa territorial, la defensa de la soberanía nacional; (…) cada ciudadano debe considerarse un soldado, cada ciudadana debe considerarse una soldada», dijo el Presidente.

Constitución en mano, Chávez conminó a estudiar y debatir el Título VII° de la Carta Magna y remató: «Está dada la orden de operaciones. Que comience pues desde hoy mismo la organización popular y militar para la resistencia, para la defensa del país, porque esta revolución seguirá avanzando a paso de vencedores»(1).

A finales de mayo comenzaba en Venezuela el proceso de ratificación o rectificación («reparación») de firmas objetadas por el Consejo Nacional Electoral para definir si habrá o no referendo revocatorio contra Hugo Chávez. Seguro de que el «reparo» difícilmente contradeciría la dinámica política de los dos últimos años (seguro además de que la oposición no lograría vencerlo en consulta electoral), Chávez trazó su rumbo estratégico. Las circunstancias le tendieron la alfombra.

En la madrugada del domingo 9 de mayo, efectivos de inteligencia y de la fuerza armada irrumpieron en una finca en Caracas y detuvieron a 102 de un total de 135 paramilitares colombianos (organización denominada Autodefensas Unidas de Colombia), cuyo plan de operaciones debía iniciarse el martes 11. El factor clave era un grupo de militares venezolanos en actividad, un comando que tomaría posesión de aviones de guerra y bombardearía el Palacio de Miraflores. El lunes 10, en conferencia de prensa, el vicepresidente José Vicente Rangel indicaría que se trató de «una operación de alta inteligencia, porque desde hace más de tres meses el gobierno tenía información de lo que estaba sucediendo»(2). La caída inmediata de 6 altos jefes militares y la incapacidad de reacción de los conspiradores parece darle la razón.

La revelación de la presencia de paramilitares extranjeros en la capital del país llevó al extremo las tensiones que en los tres últimos meses aceleraron la fragmentación de la oposición, agrupada en la Coordinadora Democrática. Cualquier ciudadano venezolano sabe quiénes son los paramilitares colombianos. La televisión de ambos países se intercomunica, y si bien muestra a esa organización mercenaria como ente autónomo que opera por su cuenta y riesgo contra dos organizaciones guerrilleras, reporta diariamente atrocidades contra la población civil. La revelación de que dirigentes de la Coordinadora Democrática y un puñado de militares planearon un ataque en Caracas con esta fuerza mercenaria estremeció al país, provocó rechazo más allá de las filas bolivarianas y produjo un efecto de aglutinamiento contra la amenaza.

En línea de continuidad con la conducta mostrada desde mediados de 2001, la prensa comercial venezolana desconoció la realidad e intentó en un primer momento negar la veracidad del hecho, para luego restarle importancia(3).  Mientras tanto, la televisón oficial mostraba en vivo a los colombianos apresados, publicaba el escalofriante currículum de sus comandantes y anunciaba la detención de altos jefes militares venezolanos involucrados en la intentona. Una abigarrada red de medios alternativos, que prolifera desde hace dos años en Venezuela, llevó imágenes, informes y declaraciones a cada rincón del país. Con un sentido de la oportunidad que ni sus peores enemigos le niegan, Chávez convocó a una «Marcha por la paz y contra el paramilitarismo». Habitantes del Este, barrio exclusivo de Caracas, base social y centro de operaciones de la Coordinadora Democrática, reportaron a El Dipló que en la mañana del 16 de mayo, mientras las columnas chavistas atravesaban la zona, innumerables balcones se colmaban de personas que desplegaban banderas de Venezuela y aplaudían a los manifestantes.

 

Recuperación económica

Es que la intentona golpista fue para muchos opositores algo así como la mano que les desveló una realidad que se empeñaban en ocultar: la recuperación económica del país. Un dato basta: las reservas por 24.000 millones de dólares en el Banco Central -control de cambios mediante- superan el monto total de la deuda externa. En comparación con 2003 el PBI en la construcción pasó de menos 60,4% a más 19,5% en el primer trimestre; el sector no petrolero creció un 18,9%; el PBI privado saltó un 23,4%; la manufactura un 48%; las comunicaciones un 11,7%, según cifras del Ministerio de Planificación. El ministro del área, Jorge Giordani, indica que en conjunto la economía paso de menos 28 puntos tras el sabotaje petrolero de 2002, a 30 puntos positivos en abril pasado, y estima que en 2004 el PBI crecerá más del 8%. Otros pronósticos elevan esa cifra por sobre el 10%. Construcción de tres líneas de trenes subterráneos y ampliación de otras dos; un sistema ferroviario de alta velocidad de 221 kilómetros para unir Caracas con Puerto Cabello; obras para un sistema vial apuntado a integrar todas las regiones del país; puentes internacionales, acueductos, cloacas, escuelas, hospitales y un Plan Nacional de Viviendas que ya cuenta alrededor de 50.000 construcciones familiares, se suman a decisiones tales como crear una nueva empresa estatal de aeronavegación, invertir en astilleros para la construcción de barcos petroleros, entre otros emprendimientos. Este agresivo plan de desarrollo fue puesto en marcha a partir de febrero de 2003, después del brutal frenazo económico producido por la paralización de PDVSA, la empresa estatal de petróleos.

Por otro lado, el gobierno decretó en abril un aumento del 30% para el salario mínimo y un aumento general para los docentes. Ninguno de estos datos supera sin embargo la inversión económica y el impacto social de lo que Chávez denominó «misiones» (suerte de estructura estatal paralela destinada a sortear la morosidad, corrupción e incapacidad del antiguo régimen), mediante las cuales millones de marginalizados fueron alfabetizados y disponen de becas para completar la instrucción secundaria y universitaria, al tiempo que la Misión Barrio Adentro lleva atención médica gratuita a millones de personas. La Misión Vuelvan a Caracas (alusión a un célebre grito de guerra del General Páez, en el siglo XIX), para poner sólo un ejemplo, se propone resocializar a millones de desocupados y marginalizados dándoles trabajo, instrucción, maquinarias y capital para emprendimientos productivos en la industria y el agro.

El impacto social y político de estos hechos explica que la Coordinadora Democrática deba recurrir a paramilitares colombianos. Y que Chávez se sienta seguro para lanzar su desafío.

  1. El texto completo del discurso puede hallarse acá.
  2. José Vicente Rangel, rueda de prensa; Venezolana de Televisión, Caracas, 11-5-04.
  3. «Montaje paramilitar», El Nacional, Caracas, 10-5-04; «Chávez se dispara tremendo show mediático»; El Nuevo País, Caracas, 10-5-04. En la misma tónica o sencillamente desconociendo el hecho actuó la mayor parte de la prensa internacional. En Argentina, La Nación publicó un editorial el 19 de mayo, titulado «Hugo Chávez vuelve a la carga «, donde tras la afirmación de que «Chávez ha comenzado a avasallar sin disimulo a la prensa independiente y a la justicia misma», se omite absolutamente la invasión de paramilitares colombianos y se ignora la arrolladora respuesta de masas del domingo 16 así como la denuncia de Chávez de que su país está siendo invadido desde Miami y Colombia.

Bush, última carta de la oposición

porLBenLMD

 

El Consejo Nacional Electoral venezolano debe anunciar si la oposición obtuvo o no la cantidad de firmas necesarias para intentar revocar el mandato de Hugo Chávez. Mientras se cruzan las acusaciones de fraude, el gobierno estadounidense interviene sin tapujos y el Presidente venezolano acusa a George W. Bush con dureza sin precedentes. La estrategia opositora apunta a impedir la gobernabilidad.

 

Durante sus cinco años de gobierno -cumplidos el 2 de febrero último- Hugo Chávez pasó por momentos de extrema tensión en su relación con la Casa Blanca, pero nunca como ahora. El pasado 17 de febrero Chávez descargó acusaciones de inédito calibre: «El gobierno de George W. Bush apoyó el golpe de Estado (de abril de 2002) contra el pueblo venezolano y tiene una responsabilidad ante el mundo al respecto. El gobierno de George W. Bush tiene responsabilidad en la masacre del Puente Llaguno. Ellos tienen que responderle al mundo por la sangre que corrió aquí el 11, 12 y 13 de abril del año 2002. Ese gobierno tiene que responderle al mundo y al pueblo venezolano», dijo Chávez y agregó: «no hay ninguna duda sobre eso. Se reunieron con militares golpistas; militares estadounidenses actuaron aquí en el golpe de Estado. Tenemos fotos, evidencias».

Chávez apuntó personalmente a Bush cuando éste atraviesa su peor hora ante la opinión pública interna e internacional y pone en juego su reelección en ocho meses. Sobre todo, mientras transcurre el último tramo de una instancia trascendental para la política venezolana: el pronunciamiento del Consejo Nacional Electoral (CNE), respecto de si la oposición ha reunido o no la cantidad de firmas suficientes para realizar un referendo revocatorio contra Chávez.

 

Acusación de fraude

La nueva Constitución venezolana permite consultar a la ciudadanía sobre la posibilidad de revocar el mandato presidencial (también los de gobernadores y legisladores) una vez transcurrida la mitad de su período. Para ello hacen falta 2,4 millones de firmas. Cumplido ese requisito se realiza el referendo, en el que para lograr su objetivo la oposición debe obtener al menos un voto más de los que en su momento llevaron a Chávez a la primera magistratura. En ese caso debe llamarse a nuevas elecciones, en las que el jefe de Estado así revocado puede volver a ser candidato.

El primero de estos pasos se llevó a cabo a comienzos de diciembre pasado, luego de una ardua lucha entre gobierno y oposición para consensuar la composición de los cinco miembros del Consejo Nacional Electoral. Al cabo de los cuatro días acordados para recoger las firmas, la oposición, agrupada en la denominada Coordinadora Democrática (CD), presentó planillas con 2.921.000 firmas. De inmediato, el Comando Ayacucho, centro de reunión de todos los partidos y agrupamientos que apoyan a Chávez, denunció un gigantesco fraude. Poco después un portal informativo(1) reprodujo una conversación telefónica entre dos dirigentes de la Coordinadora Democrática. En ella, Ramón Escobar Salóm y su hijo Ramón Escobar León comentaban que no llegaban a 1.900.000 firmas(2). El periodista Ernesto Villegas reprodujo la grabación en su columna del semanario opositor Quinto Día y poco después invitó a Escobar León a su programa de televisión en el canal estatal. Durante más de una hora le dio la palabra y logró que admitiera la veracidad de la grabación(3).

La táctica opositora no carece de fundamento: si el gobierno no consigue demostrar de manera fehaciente que muchas firmas son falsas, Chávez sería denunciado por antidemocrático. Adelantándose a los hechos, la consejera de Seguridad Nacional del gobierno estadounidense Condoleezza Rice, había dicho en los primeros días del año: «ahora Chávez tiene la oportunidad de demostrar que es un Presidente democrático».

Para ese entonces Chávez se había hecho eco de las denuncias de fraude, aunque afirmando que aceptaría la resolución del CNE, lo que fue ratificado luego por todos los miembros de su gabinete. La CD, por su parte, comenzó a atacar con virulencia al CNE, a pesar de que ese organismo se conformó con su aprobación y de que al menos tres de sus cinco miembros no son chavistas.

Fuentes próximas al CNE informan que el número de firmas válidas es inferior al necesario y que es posible probar el fraude. Ahora, según esas fuentes, el gobierno se esfuerza por evitar el estallido del organismo arbitral, donde por lo menos dos integrantes sufren presiones extremas por parte de la oposición. Por su parte, la Organización de Estados Americanos (OEA) podría desconocer la decisión del CNE. Ante esta posibilidad, el gobierno definió una posición clara: sólo tendrá en cuenta el pronunciamiento del CNE.

Si éste indica que las firmas no son suficientes, se desatará sin dudas una campaña mundial denunciando fraude y Chávez no habrá probado su «condición de demócrata», según Condoleezza Rice. Dirigentes oficialistas alertan sobre la preparación de manifestaciones y golpes armados y en las últimas semanas organismos de seguridad del Estado capturaron armas y municiones que ingresaban desde el exterior. Por el contrario, si el anuncio del CNE condujese al referendo, la oposición debería aún imponerse en las dos instancias señaladas: el referendo mismo y la elección posterior. Al margen de juicios de valor, no existe actualmente un analista de la realidad venezolana que suponga tal posibilidad.

Es por esto último que la estrategia opositora no consiste en desplazar a Chávez por la vía constitucional, sino en continuar obstaculizando su tarea de gobierno: tras seis elecciones entre 1999 y 2001 (todas ganadas por Chávez, cada vez con mayor margen), el golpe de Estado en abril de 2002, el sabotaje petrolero en diciembre y ahora las campañas de recolección de firmas, un referendo y nuevas elecciones en el horizonte inmediato continuarían trabando el salto económico que el gobierno procura y que técnicamente está al alcance de la mano. Después del brutal impacto del sabotaje petrolero, el Producto Interno Bruto (PIB) subió un 9% en el cuarto trimestre de 2003, con una expansión de la industria del 15,7%; del 12,2% el comercio y del 10,1% el transporte)(4) .

Es que pese a tanta postergación y retroceso, los cambios en el ámbito social son de enorme impacto. Los planes de alfabetización, de salud comunitaria, construcción de viviendas, distribución de tierras y beneficios mediante mercados comunitarios que reducen verticalmente los precios de los alimentos, involucran a millones de personas hasta hace poco excluidas en todo sentido de la sociedad.

Los verdaderos propósitos opositores apuntarían entonces no a una evolución constitucional, sino a impedir mediante un largo proceso de desgaste que el gobierno consolide y organice su base social. El peor de los escenarios para la oposición sería que el gobierno gane el referendo y, sobre esta nueva relación de fuerzas, ataque el último verdadero bastión opositor: el aparato del Estado, aún cubierto por funcionarios del viejo régimen.

 

Intervencionismo

Es esta dinámica de debilidad de la oposición interna lo que acelera la ingerencia de Estados Unidos. El 16 de febrero pasado desembarcó en Caracas el subsecretario de Asuntos Hemisféricos de Estados Unidos, Peter DeShazo, para hablar a nombre de la oposición. DeShazo dijo que para evitar el referendo se estaba apelando a «excesivos tecnicismos». Este fue el detonante del citado discurso de Chávez, quien sin embargo apenas aludió al funcionario. «El gobierno de Estados Unidos arremete una vez más contra el pueblo venezolano, como arremetió contra el pueblo de Irak. Allí están los resultados; todos los días hay bombas en Irak, todos los días hay niños, mujeres y hombres muertos, y casi todos los días hay soldados estadounidenses inocentes muertos. Los mandaron engañados para allá, les dijeron que los iban a recibir como héroes. Les dijeron que había armas químicas de destrucción masiva. Engañaron al mundo y al propio pueblo estadounidense, engañaron a los pueblos de Europa. Igual están tramando un engaño en torno a Venezuela.»

En el mismo momento en que comienza la campaña electoral en Estados Unidos, la opción para Washington en Venezuela está entre el clásico método de desestabilización mediante la violencia terrorista de opositores locales y mercenarios extranjeros si no hay referendo y, si lo hay, postergar toda acción hasta después de las hipotéticas elecciones. Si es dudoso que cualquier futuro Presidente estadounidense respete la soberanía y la democracia de un país latinoamericano empeñado en reformas de fondo (para colmo uno petrolero), parece seguro que no sería ésa la opción para Bush.

  1. www.Aporrea.org
  2. La conversación puede escucharse acá.
  3. La conversación está disponible acá.
  4. Informe del Banco Central de Venezuela, Venpres-RNV, Caracas, 23-02-04.

reseña

El respeto – Sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdad

porLBenLMD

 

De Richard Sennet

Editorial: Anagrama
Cantidad de páginas: 300
Lugar de publicación: Barcelona
Fecha de publicación: Diciembre de 2003
Precio: 49 pesos

 

En montañas de papel encuadernado, no abundan los libros pletóricos de ideas originales, enhebradas con inteligencia. He aquí uno.
Esta afirmación no supone compartir la tesis del autor, esforzado por alcanzar la dignidad individual y el respeto mutuo en un momento histórico en que cunde lo contrario, sin poner como requisito previo una mudanza de la estructura socioeconómica. Pero la sensibilidad y la penetración de Sennet dejan al lector un saldo gratificante, educativo, y la posibilidad de mirar el mundo con mayor amplitud y claridad. “La sociedad moderna carece de expresiones positivas de respeto y reconocimiento de los demás”, dice el autor en las primeras páginas. Y adelanta: “Al igual que muchas hambrunas, esta escasez es obra humana; a diferencia del alimento, el respeto no cuesta nada. Entonces ¿por qué habría de escasear?”.
Acaso en esas líneas se resume la filosofía del autor. Sin embargo el desarrollo muestra con rigor las dificultades de un mundo en el que el “Estado de bienestar” se derrumbó, lo que vino luego (bajo el marbete de “neoliberalismo”) agravó todo el cuadro social y cultural, y ahora la incógnita sin respuesta es cómo recuperar lo perdido sin recaer en las falencias, brillantemente descriptas, del añorado “Estado de bienestar”.
En su recomendable libro anterior, La corrosión del carácter, Sennet había logrado una fórmula equilibrada para explicar ese fenómeno en el mundo contemporáneo apoyándolo constantemente en su experiencia propia. Casi un retrato de época con finos intrumentos de interpretación y una biografía como telón de fondo. Aquí se repite el recurso, pero con menos fortuna. Hay por momentos una cierta artificialidad, como si la inclusión de la anécdota fuera un pedido del editor y no una exigencia del pensamiento del autor, quien por cierto alude él mismo a esta limitación. Sin embargo, la traba mayor de este formidable esfuerzo es que para Sennet, quien se enorgullece de su familia comunista y acaso se considera a sí mismo un neomarxista, en el horizonte de la humanidad sólo hay un libro de Keynes. Y también, por cierto, aquel dictum de Hegel, para quien no hay peor ofensa a la verdad que defenderla mediante una anécdota.

reseña

¿Por qué estamos en guerra?

porLBenLMD

 

De Norman Mailer

Editorial: Anagrama
Cantidad de páginas: 124
Lugar de publicación: Barcelona
Fecha de publicación: Diciembre de 2003
Precio: 36 pesos

 

Escrito antes de que se consumara la invasión a Irak, este breve texto del celebrado escritor estadounidense, que la daba por segura, indaga en el momento histórico que vive Estados Unidos luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001. “Todos los norteamericanos padecimos una crisis de identidad colectiva y nuestra reacción fue totalmente comprensible. Nos sumimos en un patriotismo febril”, explica Mailer, y adelanta su mayor preocupación: “el simple hecho de que hayamos sido una gran democracia no garantiza que lo sigamos siendo”.
Esa advertencia es en realidad el núcleo del libro. El periodista brillante, ya octogenario, adopta una mirada filosófica. El resultado es un pantallazo de la coyuntura histórica y una valiente toma de posición política. Perlado de observaciones profundas y reflexiones inteligentes, el texto no llega a responder la pregunta del título. El autor no mira al sistema mismo, no busca en la lógica económica, pero ve con lucidez que “esta guerra (…) podría resultar peor que ningún conflicto que hayamos conocido hasta ahora”. Mailer recuerda que “no tenemos las raíces que tienen otros países. Comparativamente, carecemos de tradiciones profundas. Así que la transición de la democracia al totalitarismo podría producirse rápidamente”. El autor no escatima diatribas contra el presidente George W. Bush, cuyo origen ilegítimo subraya. Y machaca con un alerta que merece audiencia: “Creo que estamos en una situación pretotalitaria, (…) la situación es grave. No sé qué va a sostener al país si sufrimos una depresión o una crisis económica terrible; (…) el patriotismo en un país en apuros tiene una tendencia lógica a tornarse fascista”.

Todos contra uno en Monterrey

porLBenLMD

 

En Monterrey se fracturó el continente político a la altura del canal de Panamá. EE.UU. quedó aislado y enfrentado con un nuevo liderazgo regional, encabezado por los Presidentes de Brasil, Venezuela y Argentina. La reunión extraordinaria convocada por el Departamento de Estado puso en evidencia la dificultad que enfrenta el gobierno de George W. Bush para imponer el Área de Libre Comercio de las Américas, mantener a sus aliados y controlar militarmente la región. Los Presidentes latinoamericanos tienen una cargada agenda este año.

 

Fue un escenario insólitamente adecuado para la obra que allí se representaría, cuyo título bien podría haber sido «El fin de una era». La Cumbre de las Américas tuvo su sesión inaugural el 12 de enero, en una sala de paredes desnudas y sillas de chapa, sin mínimas comodidades para los escasos invitados y con un sistema de sonido propio de una sociedad de fomento barrial. No obstante, estaban allí los 34 Presidentes del hemisferio (todos menos Fidel Castro), con George W. Bush, Vicente Fox y Néstor Kirchner en el centro de una larga mesa.

Citada fuera de agenda por Estados Unidos, un año antes de la que deberá realizarse según el cronograma regular en Buenos Aires, la Cumbre de Monterrey fue concebida por el Departamento de Estado como palanca para recuperar la iniciativa política perdida y adelantarse a males mayores en lo que deberá ser su cuarta reunión ordinaria, el año próximo. Pero estuvo signada por los dos motores que impulsan en los últimos tiempos a la Casa Blanca: la urgencia por contrarrestar las fuerzas centrífugas del mecanismo imperialista y el pánico desmesurado a un ataque terrorista.

Esto último explica el insólito lugar escogido para una reunión de tal jerarquía: Parque Fundidora es un centro deportivo-cultural distante del centro de esta vigorosa ciudad industrial del noreste mexicano, aislado y pasible de ser rodeado con sucesivos anillos de seguridad que, mediante la labor de 5.300 uniformados e incontables agentes civiles, filtraran a algún discípulo intrépido de Al Qaeda pero, ante todo, disuadieran y mantuvieran a distancia a las movilizaciones anunciadas por partidos y organizaciones sociales mexicanas.

Las medidas de seguridad comenzaron dos semanas antes, con el control de todos los aeropuertos de México por parte de agentes especiales del FBI, lo que levantó una oleada de protestas en un país tradicionalmente celoso de su soberanía(1) . Un airado funcionario del gobierno local explicó a este enviado que para evitar vías de filtración a operaciones terroristas se habían cortado las conexiones de cloacas, electricidad, teléfono, gas y televisión por cable, reemplazándolas por instalaciones especiales bajo control de agentes estadounidenses. La prensa fue enviada a un estadio aledaño, distante 400 metros del lugar donde se reunirían los Presidentes, quienes sólo tenían derecho a concurrir con cuatro acompañantes a las sesiones de trabajo. Rechinando los dientes, corresponsales de todo el mundo debieron informar a partir de pantallas alimentadas por un único equipo de filmación bajo control de los organizadores. Luego expresarían su sorpresa cuando se les comentó que excepto el primer orador, el chileno Ricardo Lagos, los cinco restantes (Bush, Jean Chretien de Canadá, Fox y los titulares del FMI y el BID, Horst Köhler y Enrique Iglesias) fueron inaudibles para quienes estaban a pocos metros de ellos. El Presidente estadounidense leyó su discurso -extraordinariamente amenazante y despectivo, como se vería después en la versión escrita- sin énfasis alguno, a medio camino entre la displicencia y el desgano, en tono bajísimo. El ruido ambiente, la nula acústica del lugar y la pésima amplificación imposibilitaron que Bush fuese escuchado. Inquieto, Fox se colocó los auriculares, confundiendo a quienes creyeron que el ex presidente de Coca-Cola necesitaba traducción del inglés. Los expositores siguientes no hallaron apropiado hablar en un tono más alto que el monarca republicano, por lo que la ceremonia siguió como una suerte de ritual grotesco en el que nadie entendía más que frases sueltas de las personalidades designadas para inaugurar la Cumbre, cuya selección, de por sí, era ya toda una definición de los objetivos buscados.

 

La política como show mediático

La puesta en escena inicial, exclusivamente pensada para la televisión mundial con Bush predominando en un panel sin voces disonantes (todo sobre la plataforma conceptual del FMI), se transformó en lo inverso inmediatamente después, en la primera sesión de trabajo. El malestar predominante en la mayoría de las sociedades del hemisferio se corporizó en Monterrey en un conjunto espontáneo de países afectados por la crisis y objetivamente confrontados con los discursos de apertura. Los presidentes Hugo Chávez, Luiz Inácio Lula da Silva y Néstor Kirchner aparecieron, acaso involuntariamente, como un frente unido contra Washington. En choque frontal con las loas de Bush y Köhler al libre comercio, Kirchner diría al día siguiente, en la clausura de la Cumbre: «Si la desigualdad gana la batalla no existe desarrollo sustentable. Sin desarrollo sustentable las crisis institucionales y las caídas de gobiernos democráticos seguirán siendo moneda corriente en nuestro continente. (…) En ningún país ningún programa puede convivir mucho tiempo con altas tasas de pobreza, desempleo e informalidad. El mundo necesita un nuevo paradigma de desarrollo inclusivo, equitativo. (…) Se trata de que se aumenten la producción, la inversión y por ende la creación de riqueza, y de ayudar a distribuir mejor la riqueza que se crea. La teoría del derrame o del goteo no ha funcionado, los organismos multilaterales deben tomar cuenta de ello. Resulta inaceptable, desde la más objetiva racionalidad, insistir con recetas que han fracasado».

Para medir el fiasco del Departamento de Estado, basta recordar que la Cumbre Extraordinaria se hizo primordialmente para realinear al gobierno argentino e impedir su aproximación al eje alternativo ya afirmado en Caracas y Brasilia. El Presidente estadounidense sólo cosechó en Monterrey animadversión y fracasos. La evaluación es unánime: «(Los 34 Presidentes) se reunieron sin una visión común para el futuro del hemisferio Occidental. (…) Las expectativas de grandes progresos eran bajas y altas las fricciones sobre propuestas importantes; (…) sólo hay posibilidades marginales para la agenda estadounidense respecto del comercio, seguridad y control de migraciones», registraba The New York Times(2) ; «Hay una tremenda carga de descontento en América Latina con Estados Unidos, dijo Arturo Valenzuela, alto funcionario del Consejo Nacional de Seguridad durante la administración Clinton»(3); «Estados Unidos, que quería ver figurar la fecha de inicio de 2005 para la conclusión de negociaciones del ALCA en la declaración final, chocó con la oposición de Brasil y Venezuela»(4); «(La cumbre se inició) bajo el signo de una división creciente entre Estados Unidos y los países latinos. (…) El presidente Bush se enfrenta a un paisaje nuevo en el hemisferio Sur, con líderes izquierdistas y con voz propia en Brasil, Argentina y Venezuela»(5); «La otra América, la Latina, se muestra poco dócil hacia Bush. En la cumbre de las Américas se ha encontrado con una resistencia a sus planes de crear una zonal continental de libre comercio para 2005 y a su intento de castigar a los países corruptos. La distancia entre ambas Américas ha crecido desde la última reunión, en 2001″(6) «Los gobiernos latinoamericanos están más distantes de Estados Unidos de lo que han estado desde hace mucho tiempo»(7).

 

Nuevo liderazgo regional

Con todo, hay un punto más negativo para Washington de lo que registran estos comentarios: en Monterrey no sólo apareció un amplio bloque de países opuestos por el vértice a la política expuesta por Bush. Los estrategas del Departamento de Estado no previeron que, precisamente por el creciente descontento con Estados Unidos, cobraría relieve mayor quien ocupara el lugar más definido en la oposición. Al poner el foco sobre una reunión de tal magnitud, ineludiblemente las miradas del mundo se posarían en las dos posiciones polares: el monótono discurso amenazante de Bush y la neta alternativa delineada por Chávez, convertido en centro de atención del encuentro. No bien arribado al aeropuerto de Monterrey, el Presidente venezolano trazó los ejes de su participación: «el ALCA está muerto; sueño con bañarme en el mar de Bolivia; debemos crear un Fondo Humanitario Internacional».

El propio Bush, en su intervención de apertura, agravaría el cuadro creado por esta polarización machacando sobre las supuestas virtudes del ALCA: «el año pasado, cerca del 83% de las exportaciones latinoamericanas hacia Estados Unidos, aproximadamente 176.000 millones de dólares, entraron en mi país libres de impuestos. Mi país está empeñado en el comercio libre y justo para este hemisferio a través del Área de Libre Comercio de las Américas», dijo, antes de poner en el centro del escenario a aquél a quien se le había negado el ingreso a la Cumbre: «debemos continuar al lado del bravo pueblo de Cuba, que por casi medio siglo ha sufrido tiranías y represión. Las dictaduras -continuó Bush en un susurro- no tienen lugar en las Américas. Debemos todos trabajar por una rápida y pacífica transición hacia la democracia en Cuba. Juntos lo lograremos, porque el espíritu de libertad se mantiene incluso en los más oscuros rincones de las prisiones de Castro». Al parecer ajeno al sentido provocativo de sus palabras, Bush completó el discurso comparando la situación política venezolana con las de Bolivia y Haití.

El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva había adelantado con tono cortante antes de partir hacia México que no iría allí a discutir nuevamente sobre el ALCA. Kirchner, menos renuente a incluir una mención respecto del inicio del ALCA en la Declaración de Nuevo León, en su discurso de clausura subrayaría sin embargo: «no servirá cualquier Acuerdo de Libre Comercio de las Américas. Firmar un convenio no será un camino fácil ni directo a la prosperidad. El acuerdo posible será aquel que reconozca las diversidades y permita los beneficios mutuos. Un acuerdo no puede ser un camino de una sola vía, de prosperidad en una sola dirección; un acuerdo que no se haga cargo ni resuelva las fuertes asimetrías existentes no hará más que profundizar la injusticia y el quiebre de nuestras economías. Un acuerdo no puede resultar de una imposición en base a las relativas posiciones de fuerza». Por lo demás, la cancillería argentina había anunciado poco antes una visita presidencial a Cuba.

Para completar la frustración de los asesores de Bush, el presidente boliviano Carlos Mesa rompió las reglas y en una sesión de trabajo puso en discusión la salida al mar de su país, tema tabú y por supuesto fuera de agenda. Ricardo Lagos reaccionó violentamente, diciendo que su país «no tiene cuestiones pendientes con Bolivia» (ver pág. 10); Bush quedó así entre la necesidad de apoyar a su único aliado significativo en el Cono Sur o sostener al frágil gobierno boliviano, facilitando el único punto que podría darle el oxígeno necesario para completar el mandato de su antecesor y llegar a 2007.

Pero el Presidente estadounidense no sólo agudizó las contradicciones con lo que se perfila como un bloque latinoamericano contra la estrategia de Washington. Al salir de su encuentro bilateral con el anfitrión, Vicente Fox, colocó en una situación imposible a su más firme aliado, el gobierno mexicano: «el presidente Fox y yo (…) vamos a trabajar con la Organización de Estados Americanos (OEA) para asegurar la integridad del proceso de referéndum presidencial que se está llevando a cabo en Venezuela», dijo ante el gesto estupefacto de su colega. Al día siguiente Fox declararía ante Chávez y la prensa que en modo alguno se proponía intervenir en la situación interna venezolana. Y para contrarrestar el daño que en su lucha interna con el Partido Revolucionario Institucional podría provocarle el compromiso forzado por Bush, días después envió a su canciller a Caracas para considerar la posibilidad de aplicar en México el «Plan Robinson» de lucha contra el analfabetismo. Este Plan es un método cubano, aplicado en Venezuela con colaboración de maestros y maestras isleños.

De tal modo, por obra de la contumacia de Bush y sus asesores, Cuba estuvo en el centro de los principales debates. En la primera sesión de trabajo, horas después de su discurso inaugural, Bush escucharía de boca de Chávez una respuesta explícita a su ataque contra Fidel Castro, no registrado por la prensa porque, curiosamente, se interrumpió el audio de la transmisión: «los grandes avances comprobables en Venezuela en materia de salud y educación, contaron con la colaboración desinteresada del gobierno y el pueblo de Cuba y del presidente Fidel Castro». Con la mirada perdida, el Presidente más poderoso del planeta mantuvo silencio.

Los países caribeños marcaron también distancia respecto del ALCA y de la ofensiva contra Cuba. El presidente de Paraguay, Nicanor Duarte, se inclinó por su parte a favor del amplio espectro opositor; y hasta el peruano Alejandro Toledo evitó alinearse con Bush. En suma: exceptuando Colombia, Chile y Uruguay, Suramérica no se encolumnó con la Casa Blanca. El objetivo mayor del Departamento de Estado en esta Cumbre Extraordinaria 8, retomar la inciativa política, resultó malogrado. En Monterrey se fracturó el continente político a la altura del canal de Panamá; México y Canadá mantuvieron una prudente equidistancia y Estados Unidos quedó completamente aislado. La nota patética en ese nuevo mapa hemisférico la dio el presidente colombiano Álvaro Uribe, cuando pidió que su país sea integrado al Plan Puebla-Panamá, la extensión del Tratado de Libre Comercio (que incluye a Canadá, Estados Unidos y México) hacia el istmo centroamericano.

 

Buenos Aires en disputa

El año en curso será pródigo en encuentros de máximo nivel, pero de naturaleza muy diferente al de Monterrey. A fines de febrero, una reunión en Venezuela del Grupo de los 15 (Argentina, Brasil, Chile, Jamaica, México, Perú, Venezuela, Argelia, Egipto, Kenia, Nigeria, Senegal, Sri Lanka, Zimbabwe, India, Indonesia y Malasia) será seguida de un encuentro Chávez-Lula-Kirchner. En junio, la XI reunión de la UNCTAD, en San Pablo, servirá como catapulta para una extensión del Mercosur proyectada hacia India, África del Sur y Egipto. También hacia mediados de año deberá reunirse el Mercosur, probablemente a nivel presidencial, para definir el ingreso pleno de Venezuela y la articulación concreta de la convergencia con la Comunidad Andina de Naciones. Para septiembre está programada una cumbre de mandatarios suramericanos con sus pares de países árabes. Si los planes se cumplen éste será el año de articulación de un Parlamento del Mercosur y de pasos efectivos hacia una moneda única. Las expectativas de máxima incluyen asimismo una reunión extraordinaria de Presidentes para formalizar la creación del espacio de integración política regional.

Frenar esta dinámica, replantear el ALCA y retomar el camino de una fuerza militar interamericana para «defender la democracia» en la región, eran los objetivos del Departamento de Estado con esta Cumbre Extraordinaria, cuyo éxito hubiese permitido afrontar en mejores condiciones la reunión regular en Buenos Aires, el año próximo. Una semana antes de Monterrey, el secretario adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental del gobierno estadounidense, Roger Noriega, acusó al gobierno argentino de ser casi un émulo subversivo de Fidel Castro. «He notado que la política argentina parece haber hecho un giro hacia la izquierda. Y es desconcertante, porque Argentina es un país importante que debería estar con nosotros en la promoción de los derechos humanos y la democracia -señaló-. Cuando el canciller Bielsa (Rafael) viajó a La Habana y no se reunió con ninguno de los disidentes eso envió una muy mala señal para la política exterior argentina»9. Es difícil imaginar un grado mayor de presión abierta sobre un Presidente. Que no haya resultado es indicativo de que Washington ya no ostenta la hegemonía incontestable de otros tiempos. Kirchner acabó pronunciando un discurso contrario a lo defendido por Bush en materia económica; y una semana después de la Cumbre, tras haber suspendido un viaje a Cuba anunciado para febrero, se comunicó con Fidel Castro y le aseguró que visitará la isla este año. Inmediatamente después Noriega declaró que «Kirchner es un buen socio de Estados Unidos» y a través de los medios habituales se redobló la coacción para que Argentina cambie su voto de abstención en la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas y condene a Cuba.

 

Momento histórico

Los reveses estadounidenses sumados en los últimos meses (septiembre en Cancún con la Organización Mundial del Comercio; una semana después en Miami, en la conferencia de cancilleres del ALCA; ahora en Monterrey), tienen como contrapartida la lenta y sinuosa gestación de un proyecto y una dirección política alternativas en América Latina. Por sobre las diferencias de todo orden entre quienes sobresalen como líderes de esta nueva etapa, hay elementos comunes que tienen como columna mayor la necesidad de poner freno a las exigencias económicas y la penetración militar estadounidense en la región. La obsesión de Washington con el gobierno cubano tiene un efecto paradojal: al recrudecer las amenazas contra este símbolo de la resistencia durante 45 años, obliga a las nuevas dirigencias a incluirlo en el diseño de un nuevo mapa geopolítico. En conferencia de prensa luego de clausurada la Cumbre, Hugo Chávez planteó la cuestión de manera directa: «¿por qué se ha excluido a Cuba de estas reuniones? Si hablamos de democracia ¿por qué no convocamos a nuestros pueblos a un referéndum para saber si quieren o no que Cuba esté aquí? En África, cuando en una oportunidad se quiso reunir desde Europa a todo el continente pero excluyendo a Zimbabwe, un grupo de países dijo: ‘si no invitan a Mugabe, no vamos nosotros’. ¿Por qué no podemos hacer lo mismo los gobiernos latinoamericanos y caribeños?». El Presidente venezolano unió la acción a la palabra e, inesperadamente, voló de Monterrey a La Habana. En la madrugada del 14 Fidel Castro esperaba en el aeropuerto a Hugo Chávez y su comitiva. La prolongada reunión entre las dos figuras más odiadas por el Departamento de Estado hizo las veces de una sesión complementaria de la Cumbre de las Américas, rediseñada por un complejo conjunto de fuerzas que Washington ya no logra controlar.

  1. Oscar Cantón Zetina, «Otra vez Fox viola la Ley: el FBI vigila nuestros aeropuertos», El Porvenir, Monterrey 13-1-04.
  2. Tim Weiner y Elisabeth Bumiller, «Friction hangs over Mexico talks», International Herald Tribune, París, 13-1-04.
  3. Ibid.
  4. Marie Delcas, «Un sommet pour resserrer le liens entre les Ameriques», Le Monde, París, 13-1-04.
  5. «La división entre EE.UU. y América Latina marca la cumbre de Monterrey», El País, Buenos Aires, 13-1-04.
  6. «Desencuentro americano»; El País, Buenos Aires, 14-1-04.
  7. «Bush foreign failures», International Herald Tribune, París, 22-1-04.
  8. Ver «Bush a la carga en Monterrey», Informe-Dipló, enero de 2004.
  9. Alberto Armendáriz, «Denuncia EE.UU. un ‘giro a la izquierda’ de la Argentina», La Nación, Buenos Aires, 7-1-04.

Suramérica tercia en la guerra comercial

porLBenLMD

 

Fuera de libreto, un actor saltó con ímpetu de protagonista a un escenario donde nadie logra imponerse como Director: el de la cada vez menos larvada guerra comercial planetaria entre Estados Unidos, la Unión Europea y Japón. A mediados de diciembre pasado, en Montevideo, convergieron dos bloques regionales que dan nueva entidad económica y política a Suramérica, con Brasil al comando. El vuelco de Argentina en favor de esta perspectiva es un paso acaso decisivo para la conformación de un nuevo factor de poder internacional en el conturbado inicio de 2004. Se esboza un mercado común Sur-Sur.

 

Cuando el 12 de diciembre pasado Luiz Inácio Lula da Silva clausuró la reunión del Grupo de los 20 (G-20) en Brasilia, quedó a la vista que un prolongado y sinuoso movimiento del eje sobre el que se desplaza el hemisferio había calzado en un nuevo cuadrante geopolítico: «Creo que podemos ser más osados y pensar en lanzar un área de libre comercio entre países del G-20, abierta a otros países en desarrollo», dijo el Presidente brasileño. Y agregó: «muchos de nuestros países ya están comprometidos individual y colectivamente en procesos de este tipo en América del Sur, África y Asia. ¿Por qué entonces no intentar llevar esa lógica a sus consecuencias naturales y tratar de hacer una gran área de libre comercio de países del Sur?»(1).

Aunque imprevista en ese momento, la propuesta de Lula (quien en el último año y medio expuso diferentes posiciones públicas frente al Área de Libre Comercio de las Américas, ALCA, propuesta por Estados Unidos), no es una frase más en un discurso, sino el eslabón de una cadena de medidas desplegadas desde hace años por la política exterior brasileña. Ahora, sin embargo, aquella línea de consecuente accionar adquiere otra dinámica y un carácter diferente. Presumiblemente impulsada por la magnitud de las urgencias internas e internacionales que acosan al gobierno del Partido de los Trabajadores (PT), la estrategia de Itamaraty toma forma de escalada: tres días después, en Montevideo, la reunión de presidentes del Mercosur, tras incorporar a Perú como Estado asociado (la misma categoría que ya tienen Chile y Bolivia), aprobó una convergencia con la Comunidad Andina de Naciones (CAN), integrada por Venezuela, Colombia, Ecuador, Bolivia y Perú.

La significación de este acuerdo no podría exagerarse: a partir de que los textos aprobados sean protocolizados, se habrá formado una zona de libre comercio en toda América del Sur. A un milímetro de romper la tradicional circunspección de la diplomacia brasileña, el canciller Celso Amorim interpretó el acuerdo Mercosur-CAN como «un hecho verdaderamente histórico (…) que cambia la geografía económica de la región». No hay exageración en esa frase. Faltaría subrayar qué significado tiene, para una economía mundial signada por la guerra comercial entre los tres centros del capitalismo mundial, la aparición de otro, que desde Suramérica se proyecta hacia el resto del Sur planetario.

 

 Nuevo factor geoestratégico

Como entidad geopolítica, América del Sur es una noción reciente. Por regla general ha sido desconocida o desestimada para la interpretación del curso de los acontecimientos en la región y su proyección exterior. Durante años fue un tópico habitual afirmar que este rincón del globo carecía de valor económico y estratégico para el mundo altamente desarrollado, específicamente para Estados Unidos. Hasta no hace mucho podía escucharse, desde tribunas y cátedras supuestamente progresistas, que Washington no estaba interesado en el ALCA, que éste era en cambio una necesidad para los países del Sur, por lo cual, para no malquistarse con la Casa Blanca y perder la oportunidad, era necesario sobrecumplir los requerimientos de las autoridades estadounidenses en materia de liberalismo económico y sujeción a las pautas del Fondo Monetario Internacional (FMI).

La historia desmiente, claro, ese supuesto desinterés de Estados Unidos por América Latina. Mucho más lo harían los acontecimientos que, sin respiro, se suceden desde la victoria de Hugo Chávez en Venezuela en 1998 y su convergencia con el entonces presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso, caracterizada en aquel momento como punto de partida de «un brutal giro de los ejes geopolíticos del hemisferio (que) pone en cuestión el significado estratégico del Mercosur para proyectar una nueva línea, con apoyo en Brasilia y Caracas» (2).

De entonces a ahora la Casa Blanca apeló a todos los recursos imaginables (Plan Colombia, dolarización, promoción de golpes de Estado en Venezuela, instalación de bases militares y maniobras conjuntas, injerencia en cada país por medios financieros y diplomáticos) para evitar que la dinámica centrípeta que con apoyo en aquel eje gravitaba sobre la región, se consumara dando lugar a un nuevo bloque internacional. El más sólido punto de apoyo de Washington en la primera mitad del quinquenio fue Argentina. Pero ya en diciembre de 2001 caía en Buenos Aires el último gobierno-bastión y, atravesada por múltiples fuerzas, la clave del extremo sur fue alejándose en zigzag de la línea trazada por el Departamento de Estado. Es por eso que el discurso de Néstor Kirchner en la reunión presidencial del Mercosur cobra particular relieve: «Desde Montevideo convoco a todos los pueblos de América Latina, más allá del Mercosur, a integrarnos los países de América del Sur y construir un pensamiento interbloque regional, para hablar con la Unión Europea y con la potencia unipolar desde una posición de dignidad. Y esperamos construir una integración con un marco de fortalecimiento de los derechos humanos, la lucha contra la corrupción y el combate a la exclusión social, y no bajar los brazos ante los más poderosos» (3).

De su parte, Lula resaltaba en su saludo presencias para muchos inesperadas en el cónclave: Pascal Lamy, comisario de Comercio de la Unión Europea, Fernando Piedade Dias dos Santos, primer ministro de Angola e… Igor Ivanov, ministro de Relaciones Exteriores de la Federación Rusa. Para completar la dimensión global propuesta ahora para el Mercosur, Lula aludió a su propuesta de crear a partir del G-20 un área de libre comercio, «que puede ser la extensión natural de los entendimientos en curso con India y África del Sur, a los cuales quiere asociarse Egipto». El mandatario brasileño propuso «reflexionar sobre esas ideas y tomar decisiones en la XI reunión de la UNCTAD, que se realizará en junio en San Pablo». Pero fue más allá: «También podremos profundizar esa discusión en la Cumbre que reunirá presidentes de América del Sur y de los países árabes en Brasil», en septiembre próximo. Para aventar dudas, Lula subrayó que «ya instruí a mi ministro de Relaciones Exteriores para que inicie de inmediato las conversaciones con los cancilleres de los demás países involucrados, y espero que podamos tener una reunión preparatoria de altos funcionarios hacia finales de enero, posiblemente en Ginebra»(4).

 

 Institucionalización de la nueva entidad 

La tupida urdimbre de intereses en conflicto continúa trabando las negociaciones dentro del Mercosur y de éste con el resto de Suramérica. Un dato no menor es que algunos de los principales funcionarios de la cancillería argentina involucrados en la tarea actúan sin disimulo movidos por la férrea determinación contraria de Washington. No obstante, los planes son ambiciosos y perentorios: de aquí hasta 2006, crear un Parlamento del Mercosur, completar la unión aduanera, avanzar en las bases para un mercado común e iniciar una nueva agenda de integración en las áreas de la producción y el desarrollo tecnológico, según resumió Lula con el asentimiento de Kirchner. A esto se suma el propósito de dar paso a una moneda única, objetivo que va más allá de aceitar el comercio intrasuramericano. La creación de una Comisión de Representantes Permanentes del Mercosur pareciera indicar que existe la voluntad de superar la inercia burocrática y avanzar efectivamente hacia esos objetivos. Mientras tanto, la designación del ex presidente argentino Eduardo Duhalde como titular de esa Comisión -y su viaje a cinco países árabes acompañando a Lula en una incursión particularmente irritante para Estados Unidos- avala las conjeturas que, en contradicción con la difusión de supuestos enfrentamientos entre el ex y el actual Presidente argentinos, indican una línea de continuidad esencial en cuestiones de política internacional.

Como quiera que sea, Kirchner asumió en Montevideo la presidencia pro tempore del Mercosur y Duhalde, con encomiástico aval de Lula, tomó las riendas de un organismo ejecutivo, que deberá articular la institucionalización de esta instancia. Un punto oscuro todavía es el ámbito preciso de esta nueva entidad en su forma institucional. El Mercosur está integrado por cuatro países (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), más tres Estados asociados (Chile, Bolivia y Perú); los dos últimos forman parte de la CAN; Venezuela reiteró su propuesta de sumarse también al Mercosur con ese status. Las dificultades políticas para alcanzar una institucionalidad supranacional más allá de los cuatro miembros originales son obvias. Sin embargo, también resulta evidente que sin el concurso pleno de Venezuela, el área es vulnerable a la fuerza que, como una cuña poderosa martillada desde el Norte, se opone punto por punto a todos los objetivos señalados en Montevideo. El hecho mismo de que en la capital uruguaya no estuviera presente Chávez tuvo diferentes interpretaciones. Fuentes confiables de la Casa Rosada indicaron que partió de Argentina, contra la opinión brasileña, la negativa a cursar la invitación al Presidente venezolano.

 

 Incógnitas y certezas

Por sobre los escollos previsibles, es un hecho que el bloque Mercosur-CAN ha dado lugar a una nueva instancia geoeconómica. Sobre esta base ampliada de sustentación Brasil proyecta un área de libre comercio en el ámbito del G-20. Itamaraty prepara la anunciada reunión de presidentes de América Latina y el mundo árabe en Brasil; Lula explicitó la inclusión de países africanos no árabes en el mismo proyecto. Y la presencia del comisario de Comercio de la Unión Europea en Montevideo, así como la del canciller ruso(5), indican una articulación objetiva, donde el gran ausente es Estados Unidos. Mientras se desarrollaba esta reunión en Montevideo, al otro lado del Atlántico, en Roma, tenía lugar una reunión de la CAN con la Unión Europea.

En la coyuntura política internacional, definida por la rivalidad comercial entre los tres principales centros de producción de mercancías del mundo capitalista, un área de libre comercio en el ámbito del G-20 vale ante todo por lo que no es. Y no es el ALCA. Antes bien, es exactamente lo inverso al objetivo por el cual se esfuerzan sucesivos gobiernos estadounidenses desde 1994. Dicho de otro modo: la proyección geoeconómica de la reunión de Montevideo es un choque frontal con la política de Washington en la región y más allá del hemisferio. Pero es imposible separar la economía de la política: desde el 1 de enero Brasil integra el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas como miembro no permanente. Lula invitó a Kirchner en Montevideo a designar un alto funcionario para compartir la banca en el organismo internacional. La decisión, calificada como «histórica» en la cancillería argentina, potencia la preocupación estadounidense: «Allí se lo podría ver (a Brasil) votando contra Estados Unidos respecto de Irak. Si así fuera, habría que tener cuidado para evitar una ruptura en la frágil relación brasileño-estadounidense. Si eso sucediera, en América comenzarían a aparecer dos campos rivales, regañando uno contra otro», alerta el máximo portavoz del capital financiero internacional(6). Pero el reloj analítico del decano de la prensa mundial atrasa: hace ya por lo menos cuatro años que en América se han delimitado dos campos rivales. Y no sólo en la disputa económica y la lucha política. Recientemente el ministro de la Casa Civil del gobierno brasileño, José Dirceu, en su exposición ante el Cuarto Foro Iberoamericano, realizado en Campos de Jordao, convocó a los gobiernos suramericanos a «la integración militar de la región». Dirceu planteó el problema colombiano en términos dramáticos, alegando que si los gobiernos suramericanos no intervienen, aquel país «será ocupado por Estados Unidos»; continuó su razonamiento el ministro explicando que la eventual ocupación de Colombia «significa que estarán ocupando el Amazonas», y que si esto ocurre, Estados Unidos «no saldrá más de allí»(7). No era una reunión de subversivos comunistas: entre los presentes estaban el ex ministro de Economía argentino Domingo Cavallo, el ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti, el empresario mexicano Carlos Slim y el ex presidente español Felipe González. Estaba también el empresario Gustavo Cisneros, a quien Dirceu le recomendó no insistir en el intento de derrocar a Chávez. Haciéndole eco al ministro de Lula, Arthur Virgilio, un alto dirigente del Partido Socialdemócrata de Brasil (PDSB, dirigido por el ex presidente Fernando Henrique Cardoso), sostuvo la necesidad de que Brasil se desarrolle como potencia militar: «tenemos que defendernos de quien sea que no quiera la bandera de Brasil en el Amazonas»(8).

Como se ve, no se trata de una amenaza socialista al predominio estadounidense. La evidente distancia de cualquier proyecto revolucionario anticapitalista por parte del fenómeno expresado en Montevideo con la afirmación del Mercosur, su convergencia con la CAN y la proyección hacia lo que bien podría denominarse una reedición cualitativamente superior de lo que fuera en los años ’60 y ’70 el Movimiento de los No Alineados (NOAL), no hace menos gravosa su dinámica para Estados Unidos. Sobre todo porque, puede conjeturarse, quienes piensan y actúan en la arena política internacional habrán sacado conclusiones respecto de las causas y consecuencias de que aquella poderosa fuerza, conocida también como Tercer Mundo, se desintegrara sin pena ni gloria para dar paso al neoliberalismo que hoy se trata de reemplazar.

  1. «Lula propuso un área de libre comercio entre países del G-20», La Nación, Buenos Aires, 12-12-03.
  2. L. Bilbao, «La revolución pacífica del comandante Hugo Chávez», Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, noviembre de 1999.
  3. Hernán Mena Cifuentes, «CAN-Mercosur, hacia la inclusión socioeconómica latinoamericana», Venpres, Caracas, 20-12-03.
  4. Página Internacional, Boletim da Secretaria de Relações Internacionais do Partido dos Trabalhadores, San Pablo, 19-12-03.
  5. Inmediatamente antes se conocía una declaración del presidente Vladimir Putin favoreciendo «un mecanismo de consultas políticas y colaboración entre Rusia y el Mercosur», Agencia Nova Nacional, Buenos Aires, 18-12-03.
  6. «Between rivalry and co-operation», The Economist, Londres, 29-12-03.
  7. Eleonora Gosman, «Brasil quiere una integración militar de América del Sur», Clarín, Buenos Aires, 11-11-03.
  8. Ibíd.

reseña

Testamento político. Y otros escritos sobre política y filosofía

porLBenLMD

 

De György Lukács

Editorial: Herramienta
Cantidad de páginas: 190
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Octubre de 2003

 

Puede parecer anacrónico publicar en estos tiempos una recopilación de textos de Lukács, el célebre marxista húngaro. No lo es, por más de una razón. Ante todo porque las hondas conmociones en curso en todo el mundo –y específicamente en Suramérica– ponen de nuevo a la orden del día temas que una rara combinación de superficialidad y cobardía enviaron prematuramente al desván (en primer lugar el tema del poder, de la organización capaz de alcanzarlo y sostenerlo y de la relación de ésta con las clases sociales). Pero también porque replantea una cantidad de temas polémicos en las filas multifacéticas de quienes se reivindican marxistas. Entre ellos la revalidación –o no– de la dialéctica materialista, el lugar de Engels en la conformación del corpus teórico marxista, la llamada “filosofía de la praxis”, o los entrelazamientos entre clase obrera, conciencia y partido revolucionario.

Lukács es una figura singular. En 1919 se unió al PC de Hungría y poco después sería ministro de Cultura del efímero régimen de Bela Kun. Crítico literario y dueño de una vastísima cultura, fue sin embargo defensor del realismo socialista. Es autor además en los años 1920 de una obra de relieve, Historia y conciencia de clase, cuyas tesis dominantes autocriticaría luego por haberla concebido “en términos puramente hegelianos”, errando en la naturaleza de la relación objeto-sujeto y confundiendo objetivación con alienación, lo cual daría lugar, según sus palabras, “a una construcción puramente metafísica”. Por ese entonces, se oponía fieramente a Lenin desde la izquierda en las filas de la recién fundada Internacional Comunista. El Lukács maduro, tomada ya distancia filosófica del idealismo, se lamenta de que “son precisamente aquellas partes del libro que yo veo teóricamente falsas las que han tenido mayor influencia”. Por ejemplo, aquello que se daría en llamar “filosofía de la praxis”.

Esta recopilación no da cuenta de tales debates pero tanto el “Testamento” mismo (penoso alegato contra Trotsky destinado a recuperar la afiliación al PC), “Las tareas de la filosofía marxista en la nueva democracia”, “Más allá de Stalin”, o el intercambio de cartas con János Kádár, permiten adentrarse en ellos a condición de recuperar el contexto histórico y el tenor de los debates teóricos y políticos que atravesaron el pensamiento revolucionario durante la prolongada y prolífica vida de Lukács.