debate en estados unidos a comienzo de 1992

Democracia y Revolución

PorLBenAXXI

 

Opciones: el texto que sigue corresponde a la desgrabación textual de una ponencia presentada por el autor en el encuentro denominado Diálogo/Democracia ’92, realizado en Nueva York el 28 y 29 de febrero de 1992. Al encuentro concurrieron representantes de América Latina, África y Asia. Entre otros, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (Fmln) de El Salvador, el Partido de la Revolución Democrática (PRD) de México, el Nuevo Frente Democrático de Filipinas, M-19 de Colombia, el Frente Popular de Costa de Marfil, delegados de la Nación Mohawk (Canadá), Ofensiva 92 de Puerto Rico, Liga Democrática-Movimiento por un Partido del Trabajo de Senegal. La organización Rainbow Lobby convocó al encuentro a partir de miembros del Foro de São Paulo, presentándose como una fuerza revolucionaria marxista estadounidense. Lo cierto es que en el documento inicial de los organizadores y luego en el debate se presentó la situación en Cuba como tema de controversia: la prueba ácida para quien quiera se presente como revolucionario. No sólo el equipo convocante falló ante esa prueba. En todo caso, lo cierto es que la reunión permitió confrontar la diversidad de opiniones que se expresan con palabras idénticas y significados contrapuestos, aunque no llegó a discutir concienzudamente el tema en cuestión. Se reproduce el texto original completo.

 

Estimados compañeros y amigos,
Ante todo permítanme agradecer a los organizadores de esta Conferencia la posibilidad que me ofrecen de iniciar un diálogo con los hermanos trabajadores, las vastas capas oprimidas de afro e hispanoamericanos y los genuinos demócratas del pueblo estadounidense. Les hablo en mi condición de director de la revista Crítica de Nuestro Tiempo, que precisamente se propone servir como vehículo para entablar un diálogo sincero, respetuoso, sin prejuicios ni concesiones, entre quienes desde los más remotos países del mundo levantamos las banderas de la emancipación social, la soberanía de los pueblos, la libertad y la auténtica democracia.
Es doblemente oportuno, en este momento tan singular de la realidad política internacional, reunirnos en el país de Tom Paine, de Thomas Jefferson y Abraham Lincoln, para ahondar el debate acerca de la democracia.
Y digo doblemente oportuno porque este país que a lo largo de su historia ha realizado dos revoluciones políticas para garantizar los derechos democráticos y las garantías individuales, no sólo asiste a un sistemático recorte y estrechamiento en la vigencia de esos derechos y garantías para su propio pueblo, sino que en el escenario internacional descarga todo su inmenso poder precisamente como factor opuesto a la democracia.
En la carta de invitación que los organizadores me hicieron llegar, se nos exhorta a “reconocer que los cambios políticos que han transformado al mundo en los últimos años, han generado una desestabilización profunda en Estados Unidos y que esos cambios de las condiciones históricas reclaman un cambio en las relaciones con Estados Unidos”.
La invitación recuerda que los movimientos de liberación y las fuerzas progresistas hasta ahora se relacionaron con este país a partir, dice, “de la idea de que un cambio revolucionario en Estados Unidos no es necesario ni posible”.
Pero ahora, en el nuevo cuadro de situación mundial, concluye la carta, “estamos invitando a nuestros compañeros en todo el mundo a que establezcan una nueva alianza, la cual reconozca como posibilidad y necesidad cambios fundamentales en Estados Unidos”. Pues bien compañeros, quiero transmitirles mi convicción de que ustedes están en lo cierto sobre este punto: hoy salta a la vista ­–y con ribetes dramáticos– que es necesario un cambio revolucionario en Estados Unidos. Y quiero subrayar mi coincidencia con la afirmación de que ese cambio es posible. Cuando en este país el estancamiento económico se transforma en recesión, apunta a la depresión y con millones de desocupados anuncia el flagelo que caerá sobre las grandes mayorías; en momentos en que se acentúan las manifestaciones derechistas y racistas del establishment, sus partidos y sus candidatos; ante la comprobación de que pese a las inmensas riquezas obtenidas del saqueo a los países subdesarrollados, el nivel de vida de los trabajadores y el pueblo estadounidense desciende sin cesar; a la vista de que la defensa de las fabulosas ganancias de los capitalistas lleva a la destrucción de los sistemas de asistencia social y educación; cuando se atacan los derechos de las mujeres; comprobado que la vida política del país es groseramente manipulada por 200 familias; frente a la evidencia de que los gobernantes elegidos por menos de un cuarto de la ciudadanía no trepidan en embarcarse en empresas criminales de la magnitud de la guerra del Golfo y con impudicia pretenden avasallar la soberanía de quienes no admiten su tutela, no puede ya caber a nadie la más mínima duda: sí, son necesarios cambios fundamentales, cambios revolucionarios en Estados Unidos. A muchos, todavía, puede caberles duda sobre la viabilidad de esa empresa. Siempre, ante los grandes desafíos de la historia, la duda hace vacilar o retroceder a la mayoría no ya de la opinión pública, sino de la intelectualidad e incluso de las fuerzas progresistas. Sepan compañeros que nosotros, concientes de las inmensas dificultades que esto implica, pero con el respaldo de la teoría, la evidencia de los datos de la realidad y la confianza arraigada en nuestros sentimientos más profundos, compartimos la certeza de que es posible, en las entrañas del monstruo, un cambio revolucionario. Y sepan también de nuestro convencimiento acerca de la íntima vinculación entre la realización de esos cambios en este país y la conquista de la libertad, la soberanía y la democracia en nuestros propios países, lo cual hermana en un combate común a todos aquellos que desde Alaska a Tierra del Fuego estamos dispuestos a responder al desafío.

 

Qué dicen las palabras

Dado el carácter de esta conferencia, cabe preguntarse qué relación hay entre la democracia y esos cambios necesarios y posibles, lo cual requiere ante todo definir ambos términos de la proposición. No entendemos la democracia como un concepto absoluto e inmutable. Lo único absoluto es la constante búsqueda en pos de la plenitud del hombre en todos los órdenes. La democracia griega, máxima expresión del avance de la humanidad en su tiempo, hoy sería considerada una feroz dictadura esclavista e imperialista. Del mismo modo, la Constitución de Estados Unidos era el punto más alto de la democracia hace 200 años; pero si no hubiese sido enmendada, hoy sería un modelo de tiranía institucional. Los hacendados y capitalistas reunidos en Filadelfia, al redactar las leyes tomaron todos los recaudos para preservar sus intereses. Enmendarlas requirió una guerra civil y una ardua e ininterrumpida lucha de aquellos cuyos intereses no habían estado representados en aquel Congreso. El texto actual es incomparablemente más avanzado y, a no dudarlo, en lo que hace a libertades públicas y derechos individuales traza un límite del cual la humanidad no retrocederá en su marcha histórica. Pero no es menos incompleto que el redactado en 1787 y, sobre todo, no contempla los intereses de los esclavos de hoy más de lo que lo hacía aquél con los esclavos de entonces.
Por otra parte, no confundimos las garantías civiles y los derechos individuales con el sistema que los permite o los niega. Aquellos son el resultado de la permanente tensión de fuerzas entre el conjunto de la población por un lado y un puñado de capitalistas por el otro. Y también del resultado de ese choque de fuerzas en el plano internacional (lo cual, dicho sea de paso, permite a menudo que la expoliación, la opresión y la ausencia de derechos democráticos para muchos pueblos se traduzca en bienestar y goce de amplias libertades para otros, cuyo conjunto ciudadano usufructúa de ellas sin conciencia de la sangre que costó a sus ancestros y cuesta a sus contemporáneos de países dominados y cree, equivocadamente, que las tiene por gracia del cielo y para siempre). De acuerdo con las circunstancias un mismo sistema socioeconómico puede permitir o negar el ejercicio de las libertades democráticas. Lo que importa establecer en esta relación, por tanto, es si la realización plena y el ejercicio universal de esas libertades favorece o, por el contrario, se contrapone, al desarrollo de un determinado sistema socioeconómico.

 

Capitalismo vs democracia

En esta breve y obligadamente esquemática exposición, permítanme afirmar que la experiencia histórica demuestra que existe una contradicción históricamente irresoluble entre la vigencia y ampliación de las libertades democráticas y un sistema estructurado a partir de la propiedad privada de los medios de producción y economía de mercado, del mismo modo que prueba la inviabilidad a largo plazo de un sistema de propiedad colectiva y planificación económica sin el más amplio ejercicio de la democracia en todos los terrenos. De manera que, además de señalar que la democracia no es un concepto ajeno al espacio y el tiempo, creemos imprescindible subrayar que la democracia tiene una determinación de clase y a ella está sujeta. No se trata, naturalmente, de negar que la necesidad del hombre –conciente o no, expresa u oculta– de gozar de libertad, tenga un carácter universal y atemporal. Mucho menos se trataría de relegar el hecho de que cada conquista en ese camino ha sido fruto de la lucha y el sacrificio de las mayorías y jamás de la graciosa concesión de las minorías dominantes. Se trata de afirmar que es preciso añadir el carácter de clase al concepto de democracia y diferenciar tajantemente la democracia burguesa de la democracia de los trabajadores. Y esto no sólo porque un mismo derecho democrático –por ejemplo votar– no es lo mismo si el sistema alimenta con fabulosas cantidades de dólares aparatos políticos que defenderán con exclusividad, contra toda razón y sentimiento humanitario, los intereses de los grandes capitalistas, que si el sistema demanda elegir entre diferentes personas y proyectos para gobernar una sociedad en la cual no rija el lucro ni la posibilidad de apropiación privada del sacrificio de los demás y no exista la necesidad de transformar a los candidatos en burdas mercancías; no sólo porque una misma libertad –por ejemplo la libertad de prensa– no es la misma si quienes la ejercen lo hacen en la jungla de las grandes empresas capitalistas de comunicación que intoxican al planeta o en un sistema en el cual no exista la mercantilización de la noticia y la obligada manipulación de la verdad; no sólo porque la alienación –respecto de los demás hombres, del producto de su esfuerzo, de la naturaleza y de sí mismo– que presupone la obligación de vender la fuerza de trabajo, hace del hombre en un sistema capitalista un ser esencialmente inhabilitado no ya para ejercer sino incluso para reconocer la libertad. Es preciso calificar y diferenciar tajantemente la democracia burguesa de la democracia de los trabajadores, porque así como la serpiente está en el huevo, aquella lleva en su seno la determinación que la obliga a contraponerse violentamente a las libertades civiles y las garantías individuales. En la misma medida en que el capitalismo no puede desarrollarse y sostenerse sin oprimir, explotar y reprimir; sin destruir constante y crecientemente la naturaleza, seres humanos y bienes materiales, necesita, en algún punto de su evolución, volverse contra las libertades democráticas. Todo por el contrario, la democracia de los trabajadores –y el calificativo indica igualmente que no se trata de una democracia absoluta, perfecta y definitiva ni excluye la presión del Estado contra quienes desafíen su existencia– necesita para sobrevivir una permanente ampliación y profundización que eventualmente produzca un nuevo cambio cualitativo y llegue a eliminar el aparato del Estado.

 

¿Victoria del capitalismo?

Podemos considerarnos privilegiados por estar asistiendo a un momento en que precisamente estos conceptos son perceptibles a simple vista en el panorama internacional: en la Unión Soviética y Europa del Este, donde la superación del sistema capitalista permitió avances extraordinarios en materia social, la feroz dictadura de la burocracia estalinista desembocó en el estallido y desaparición de la Urss; mientras tanto, en las potencias capitalistas, donde los años de bonanza de posguerra llevaron las libertades y derechos civiles a niveles jamás alcanzados en una sociedad determinada por la explotación, la reaparición de la crisis económica viene acompañada por signos estremecedores de derechización y ha instaurado ya una dinámica política internacional de sistemático ataque a los derechos democráticos en todos los órdenes. El corolario es transparente ahora: el socialismo no puede existir sin la democracia de los trabajadores; el capitalismo sobrevive a expensas de la democracia burguesa.
Por eso debo señalar mi desacuerdo con el documento de invitación cuando afirma que la “derrota del comunismo o, en otra forma dicho, la victoria del capitalismo sobre el socialismo, ha cambiado profundamente la escena política estadounidense”. No ha habido derrota del socialismo por la sencilla razón de que un factor esencial de este sistema, la democracia de los trabajadores, no existió desde mediados de 1920 en la Unión Soviética y por ello el sistema allí consolidado no puede ser considerado socialismo, de la misma manera que no puede ser considerado águila un animal sin alas. El régimen político instaurado en aquellos países no era sólo ajeno a los sueños de quienes ansían acabar con la explotación del hombre por el hombre (aunque millones de personas en todo el mundo honestamente lo hayan creído así y hoy vivan el desenlace como una terrible pesadilla) sino que era ajeno por completo a los lineamientos teóricos del socialismo científico. Esta afirmación está ampliamente corroborada por el hecho de que autores de muy diversas tendencias dentro del marxismo (comenzando por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, 70 años antes de la Revolución Rusa) hayan previsto con asombrosa precisión el desenlace. Pero mi desacuerdo es mayor aún con la suposición de que ha triunfado el capitalismo. ¿Cuál capitalismo ha triunfado? ¿El de mi país, el más avanzado de la América del Sur a principios de Siglo, en el que mueren 30 niños por día de desnutrición; el analfabetismo inexistente hace 80 años llega en algunas regiones hasta el 80%; hay 4.700.000 desocupados y subocupados y a manera de ominoso símbolo recibió en los últimos días la llegada del cólera? ¿Acaso habrá triunfado en el país de los homeless, la recesión que no cesa, la desocupación que no puede ser frenada, el cierre de 26 plantas de General Motors, la estafa de los S&L, la destrucción de la educación y la salud públicas, el derroche inconmensurable en la industria de la guerra y el espionaje, el déficit sideral e incontrolable (400 mil millones de dólares!), el país de la ofensiva contra los derechos de la mujer, dominado por 200 familias y gobernado por dos partidos que son uno y en cuyo seno se afirman los Buchanan, los Duke? ¿Habrá triunfado el capitalismo francés donde gana espacio el fascista Le Pen? ¿O tal vez el de Alemania, donde el nazismo reaparece a una velocidad mucho mayor aún que la inflación y el déficit fiscal? En el mundo capitalista el hambre azota a mil millones de seres humanos. Uno de cada cinco habitantes del planeta sufre la atrocidad del hambre permanente, pero cuatro de cada cinco viven en la más abyecta pobreza. Lo peor sin embargo no ha llegado. Porque como ahora admiten incluso los más recalcitrantes portavoces del capital financiero internacional, las potencias capitalistas afrontan una recesión que tiende a generalizarse y transformarse en depresión, dibujando en el horizonte un panorama incomparablemente más grave del que el mundo conoció en la década de 1930. El signo más dramático de esta realidad es la creciente confrontación entre las grandes potencias, cuya dinámica no puede escapar a nadie. No. No asistimos a una victoria del capitalismo. Todo por el contrario, el dato determinante de la actualidad y el futuro del mundo es la crisis del capitalismo. Lo que ha cambiado y seguirá cambiando profundamente la escena política estadounidense no es la derrota del socialismo, sino la crisis del capitalismo. Hago hincapié en esto porque en el porvenir inmediato las libertades democráticas en nuestro continente y en el mundo dependen precisamente de la actitud que adopten frente a ellas los gobiernos y partidos burgueses, dado que ellos tienen en sus manos la iniciativa política en el terreno internacional. Pero esa actitud depende a su vez de las perspectivas del capitalismo. De modo que en mi opinión estamos en el umbral de una formidable ofensiva contra los derechos civiles y las garantías individuales en todos nuestros países. Sé que nadie entre los participantes de esta Conferencia se llama a engaño acerca del carácter hipócrita, falso hasta la médula, de las invocaciones a la democracia y los derechos humanos por parte del gobierno de Estados Unidos en su política exterior.

 

Estafa e intoxicación ideológicas

Cuando las dictaduras militares que cubrieron la geografía latinoamericana se mostraron incapaces de responder al desafío de las masas que reclamaban justicia social y libertades democráticas, el imperialismo que había alentado y en muchos casos directamente impuesto aquellos gobiernos represivos, se calzó el disfraz de demócrata y lanzó una formidable campaña destinada a cooptar ese sentimiento genuino que crecía en el continente. El saldo de esa victoriosa maniobra está a la vista: la política económica a favor de las transnacionales y las burguesías asociadas, que aplicada por las dictaduras se descargó salvajemente sobre los pueblos latinoamericanos, la misma política que acentuó la regresiva distribución de riquezas a favor de los monopolios, aceleró la centralización de capitales, endeudó a nuestros países y hundió a nuestra gente en una miseria mayor aún de la que sufre secularmente, se continuó aplicando, incluso con rasgos más brutales, mediante los gobiernos constitucionales que reemplazaron a las dictaduras. Transcurrida una década de aplicación exitosa de esta táctica del imperialismo –a la cual la propia Cepal denominó “década perdida”, aludiendo al retroceso absoluto en la situación económica del subcontinente– el sentimiento democrático de las masas comienza a dar paso a la frustración general. Y esto coincide con el agravamiento de la crisis económica de los países centrales y la violenta repercusión de ese fenómeno sobre el Tercer Mundo y particularmente sobre América Latina y el Caribe. Allí donde la transición de la dictadura a la democracia burguesa dio lugar a la conformación de fuerzas políticas genuinamente populares con arraigo en las masas, la revelación del carácter fraudulento del discurso democratista de las burguesías y el imperialismo aceleró el desarrollo y afianzamiento de alternativas de carácter antimperialista y socialista a la ofensiva capitalista. El más nítido ejemplo de esto es el Partido dos Trabalhadores de Brasil, que a fines de 1989 rozó la victoria en las elecciones presidenciales llevando como candidato a un obrero metalúrgico que proponía una respuesta socialista a la crisis. Pero en la mayoría de los países –y por una desgraciada combinación de factores que no es el caso tratar aquí– la transición no plasmó en la edificación de fuerzas de masas con programas capaces de responder al desafío desde los intereses de las grandes mayorías y la frustración, el desaliento, la desorganización, comenzaron a crecer en las filas de los trabajadores y las masas populares.
Esta dinámica, ya claramente visible en muchos de nuestros países, plantea un peligro que no podría ser exagerado. Precisamente la indiferenciación entre los conceptos de democracia burguesa y democracia de los trabajadores, error que planea sobre buena parte de las organizaciones políticas, militantes e intelectuales sinceramente progresistas, da lugar a que la furia que crece en las masas latinoamericanas contra la brutal expoliación imperialista y la vergonzosa entrega del patrimonio nacional por parte de las burguesías locales, tienda a identificarse con el odio a los regímenes políticos –las democracias burguesas– que aplican esos programas antinacionales, antiobreros y antipopulares, en lugar de transformarse en odio al sistema capitalista y voluntad de lucha por una sociedad socialista. Ese es el inequívoco, el desesperado mensaje que tratan de transmitir los trabajadores y desocupados –mayoritariamente jóvenes– que en el cordón industrial del Gran Buenos Aires votaron a un coronel involucrado en los crímenes de las fuerzas armadas, cabeza de los intentos de golpe de Estado contra el primer gobierno constitucional luego de la dictadura y líder de un minúsculo partido fundado pocos meses atrás, que el pasado 8 de septiembre obtuvo el 20% de los votos en las barriadas más pobres (referencia a Aldo Rico). Ése es el mensaje que hicieron oír con su pasiva pero estridente aquiescencia las mayorías del pueblo venezolano cuando hace pocas semanas un grupo de militares se levantó contra la política fondomonetarista del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez: si con la bandera de la democracia se superexplota, se hambrea, se entrega el patrimonio y se reprime y si las fuerzas políticas genuinamente democráticas y populares no se ponen a la cabeza de la denuncia y la acción contra esos regímenes, mostrando hasta las últimas consecuencias la diferencia entre la democracia burguesa y la democracia de los trabajadores y encontrando el camino para defender las libertades democráticas sin connivencia alguna con la burguesía y el imperialismo y sin concesiones al chantaje de éstos en torno de las banderas de la democracia, inexorablemente las masas respaldarán a demagogos populistas o directamente fascistas que con ese apoyo dividirán las filas populares, derrocarán a los frágiles gobiernos democrático-burgueses (en muchos casos con la colaboración activa de esos mismos gobiernos) y arrasarán con todas libertades democráticas y los derechos civiles1 . ¡Y este es precisamente el plan estratégico del imperialismo! Pero la condición para que ese curso sea nuevamente exitoso es que las grandes mayorías, el hombre común, los obreros y campesinos, los desocupados y estudiantes, las amas de casas y los ancianos abandonados, no consigan comprender la fundamental diferencia entre democracia burguesa y democracia de los trabajadores.

 

El papel de Cuba

Muchos se preguntan, asombrados, por qué Estados Unidos, supuesto vencedor absoluto de la guerra fría y amo indiscutido del mundo, supuesto arquitecto incontestable de un no menos supuesto Nuevo Orden Internacional, parece obsesionado por derrocar al gobierno de Fidel Castro y acabar con la Revolución Cubana. Es tan grande la desproporción entre el poderío económico, político y militar aplastantes de Estados Unidos y la gravísima situación de Cuba en esta coyuntura internacional, que a primera vista resulta absurdo que los hombres de Washington estén constantemente conspirando y acosando por todos los medios a la minúscula isla, mientras la gran prensa internacional no cesa de anunciar cada semana y para la semana siguiente, desde hace dos años, la caída del gobierno revolucionario. La respuesta a ese aparente contrasentido es que Cuba encarna una democracia diferente. Una democracia que no permite la libertad de los monopolios y de manera inmisericorde clausura los derechos de quienes pretenden implantar allí un sistema como el que está llevando a América Latina a un desastre humano sin precedentes, pero da libre curso al protagonismo de obreros, campesinos, profesionales y estudiantes, jóvenes y viejos, negros y blancos, comunistas o cristianos. No es por los inocultables defectos y limitaciones de la democracia de los trabajadores de Cuba –limitaciones y defectos reconocidos por las propias autoridades y los más destacados intelectuales cubanos– que el imperialismo centra su artillería en la isla, sino precisamente por su virtud esencial, su naturaleza de clase. El colapso del estalinismo revivió y dio nuevo ímpetu al pensamiento original de la revolución cubana y afirmó en sus líderes la convicción de que la profundización de la democracia de los trabajadores es no sólo la mejor sino la única manera de defender la revolución en esta hora crucial en la que debe afrontar, virtualmente sola, la furiosa embestida imperialista. El proceso de Rectificación de Errores y Desviaciones iniciado en 1985 por impulso del propio Fidel Castro, está dando frutos, como quedó demostrado en el reciente Congreso del Partido Comunista de Cuba, donde además de una significativa renovación de cuadros, plasmó en primera instancia la participación del conjunto de la población –adherente o no al partido– en la discusión de los temas que éste debía resolver. No se trata de un proceso acabado. Y resultaría sencillo exponer ejemplos de rasgos copiados a la ex Urss que perviven todavía en el sistema político cubano. Pero justamente lo decisivo es que existe el convencimiento de que el socialismo no puede existir sin la constante profundización y perfeccionamiento de la democracia de los trabajadores. No importa cuántas dificultades deba afrontar ese proceso; lo cierto es que la participación de obreros y campesinos, de las masas urbanas y rurales en la búsqueda de respuestas efectivas al ahogo económico provocado por el colapso de la Urss y el bloqueo imperialista, así como la participación del conjunto de la población en las tareas militares de defensa frente a la creciente agresión teledirigida desde el Pentágono y el Departamento de Estado, constituyen la máxima expresión del ejercicio democrático de las mayorías. Si un obrero además de elegir a sus dirigentes, controlarlos, cuestionarlos y cambiarlos, puede participar efectivamente en la discusión de las medidas económicas a adoptar frente a la crisis y en la dirección de su fábrica para reorganizar la producción; si además de tener derecho a la libre expresión y garantías para defender posiciones opuestas a las mayoritarias, tiene trabajo, asistencia sanitaria y educación gratuitas; si un pueblo además de elecciones con alternativas reales entre los candidatos, no tiene niños arrojados a la calle, jóvenes desocupados, ancianos desprotegidos, mujeres sometidas y sectores discriminados por su color de piel o sus creencias religiosas; si el ciudadano además de urnas tiene armas a su alcance, la conclusión es que ese pueblo tiene más libertad, más derechos, más plenitud, que el de cualquier país capitalista. Y si las masas del continente, sin excluir al pueblo estadounidense, tienen la oportunidad, asimilarán masivamente esa conclusión. La democracia de los trabajadores vigente en Cuba, que defiende la soberanía nacional, la autodeterminación de su pueblo y el proyecto socialista de sociedad que ya ha alcanzado extraordinarias conquistas sociales y puede exhibir en todos los órdenes la ventaja de ese sistema frente al resto de América Latina, es hoy un modelo de formidable potencia, un ejemplo trascendental frente a la falsa alternativa entre democracia burguesa y gobiernos militares con veleidades antimperialistas. La posibilidad de que ese ejemplo sobreviva y alcance a ser visualizado por las masas del continente precisamente cuando el capitalismo muestra su irremediable tendencia a la crisis y a la eliminación de las libertades democráticas, quita el sueño a los estrategas imperialistas en Washington, pero también en París y Madrid, en Londres y Roma y explica la aparentemente absurda obsesión por ahogar a Cuba y aplastar la revolución. De allí que la defensa de los derechos civiles y las garantías individuales en las democracias burguesas del continente están indisolublemente amarradas a la defensa del derecho de Cuba a la paz, la soberanía y la autodeterminación.

 

El liberalismo político, hoy

Por otra parte, es preciso asumir que los liberales ya no son un motor de la democracia y no se puede contar con ellos –ni con los regímenes que gobiernan– para extender y profundizar el ejercicio de las libertades y derechos civiles. El papel jugado en esta etapa por liberales como Raúl Alfonsín en Argentina, Ulisses Guimarães en Brasil o Carlos Andrés Pérez en Venezuela, entre otros, constituyen una prueba irrefutable de esa afirmación. Más aún, es preciso asumir que por connivencia con las fuerzas más reaccionarias o por los efectos de las políticas económicas que aplican y defienden, ellos están enteramente en el campo de quienes marchan en dirección a la restricción y finalmente la eliminación de todos los derechos y garantías democráticas para las vastas mayorías de la población. Desde el punto de vista teórico resulta obligada la diferenciación entre democracia burguesa y democracia de los trabajadores y el reconocimiento de que entre una y otra media una revolución. Y no apenas una revolución política, sino una revolución social que cambie la naturaleza del Estado. Desde el punto de vista político, la defensa de las libertades democráticas no puede ir separada de la defensa del patrimonio nacional –saqueado descaradamente por las transnacionales al amparo de las democracias burguesas–, de la oposición al pago de la fraudulenta deuda externa, de la lucha por el pleno empleo, la salud y la educación gratuitas, el salario justo. Es suicida contraponer el supuesto Estado de Derecho al clamor de las masas que sufren las convulsiones de la crisis capitalista y las medidas de ajuste aplicadas por gobiernos constitucionales, sí, pero no democráticos. Del mismo modo que es suicida separar la defensa de la democracia en nuestros países de la defensa incondicional de Cuba frente al bloqueo y la agresión. Se trata por tanto de articular un programa que anude la lucha por las libertades democráticas con la lucha antimperialista, por la soberanía y la justicia social. Pero no bastaría empeñarse en dar vida a ese programa en cada país. En esta etapa histórica de crisis del capitalismo y en esta particular coyuntura internacional, la defensa –tanto más la extensión y profundización– de las libertades democráticas a lo largo del continente, requiere la formulación de un programa de lucha continental contra el imperialismo y una enérgica labor destinada a conformar un bloque antimperialista desde Alaska a Tierra del Fuego que unifique a todos los partidos, instituciones y personalidades comprometidas en los hechos con la defensa de la libertad y la democracia, con el derecho a la soberanía y la autodeterminación de los pueblos. Sólo una fuerza de esta naturaleza y dimensión podrá gravitar incluso sobre los miles de suboficiales y oficiales jóvenes de las fuerzas armadas de la burguesía que muestran signos de rebelión contra la voracidad fondomonetarista, delineando una política destinada a encolumnarlos en una verdadera lucha antiimperialista que aísle y anule a los núcleos fundamentalistas y ultrareaccionarios que, en caso contrario, serán empujados a volver a ser –con otros ropajes– verdugos del pueblo en función de los intereses del gran capital. Esa fuerza multifacética, plural y abarcadora de las grandes masas latinoamericanas y caribeñas ya está en gestación. Los dos encuentros de partidos del Foro de São Paulo han comenzado a edificar ese frente de lucha contra el enemigo común. Permítanme terminar esta breve exposición con una exhortación a contribuir en el máximo de nuestras capacidades para que ese intento se transforme, cuanto antes, en realidad militante en cada uno de nuestros países. Al imprescindible y fructífero diálogo sobre la democracia aunemos la acción inmediata, enérgica, solidaria, en defensa del derecho a la vida, el derecho a la alimentación y a la vivienda, a la educación y a la salud, el derecho elemental a la dignidad humana que el imperialismo hoy le niega a nuestra gente.

 

Nueva York, febrero de 1992

Conspiración

PorLBenAXXI

 

Por vías diferentes a las utilizadas en abril de 2002, con otros actores y en escala mayor, la oposición teledirigida desde Washington apronta un nuevo intento por derrocar al presidente Hugo Chávez.
Están descartadas la movilización de masas y el putch militar. El fracaso de Manuel Rosales con la marcha a favor de Rctv, el 21 de abril, ratifica lo obvio: la oposición no tiene ya capacidad para convocar a las calles siquiera al 10% de quienes adversan a Chávez. Tampoco cuenta con cuadros militares en condiciones de ensayar una rebelión.
Imposible prever con exactitud el camino que adoptarán entonces quienes, acicateados por la Casa Blanca y con intervención directa de la CIA, avanzan en sus planes golpistas. Pero algo es seguro: el imperialismo, sus vástagos en Venezuela y los socios en todo el hemisferio están prontos para actuar según un plan cuyos detalles sólo conoce un equipo exclusivo del Departamento de Estado.
Días atrás el ex vicepresidente José Vicente Rangel adelantó que un centro operativo para una operación contrarrevolucionaria estratégica se ha montado en Santiago de Chile. Desde El Mercurio, el diario que obró como buque enseña de la dictadura pinochetista, se programa una campaña de prensa en la que participarán diarios homólogos de Río de Janeiro, Buenos Aires, Bogotá y Lima. Empresarios preparan una huelga de la prensa venezolana, tomando como excusa el caso Rctv. La cadena hemisférica de medios del capital amplificará ese movimiento. El eje será acusar a Chávez como dictador, que al no renovar la concesión a Rctv comienza a “acallar la prensa libre”.

 

Tras la cortina de humo

Ese ruido mediático, avivado por la gira internacional del titular de Rctv, Marcel Granier, es la parte visible y mínima del plan. Ostensiblemente teledirigido por la CIA, Granier en realidad repite a escala mayor su conducta de 2002, cuando precisamente Rctv actuó como centro difusor y organizador del golpe de Estado. Sólo que, esta vez, ya imposibilitado de engañar y arrastrar al ciudadano opositor de su país, cambia de escenario. En el terreno, a cambio del terrorismo mediático de 2002, queda a cargo el terrorismo a secas.
Como desde hace cinco años, el centro del plan consiste en asesinar a Chávez. Ante las dificultades que plantea el objetivo están en marcha otras acciones, con capacidad desestabilizadora suficiente, apuntadas a provocar la reacción popular, obligar la réplica del gobierno y justificar la entrada en acción de grupos armados. No se puede descartar que la CIA recurra a acciones terroristas de envergadura. Para eso tiene sembrados grupos de paramilitares colombianos en diferentes puntos del país.
Una sucesión de explosiones de escasa magnitud, culminada con el atentado a la embajada de Bolivia el jueves 26 y la detención de uno de los implicados apenas horas después no debería dar lugar a la confusión. El grupo que se atribuyó las acciones es una fantochada y con certeza será rápidamente desmantelado. El verdadero mecanismo terrorista asecha desde las sombras.
Este plan sólo puede neutralizarlo la constante y creciente movilización popular, a la que convocó Chávez enfáticamente en su discurso del 13 de abril ante una muchedumbre de cientos de miles de personas. Pero la batalla no está planteada sólo en Venezuela.
Más ansiosos incluso que los estrategas imperialistas, sus socios menores al Sur del Río Bravo han tomado una decisión: hay que acabar con la Revolución Bolivariana.

 

Ya han tomado la decisión

Se esforzarán, como es obvio, por minimizar los costos. Pero no cejarán. La causa es transparente: la revolución ingresa en Venezuela en una fase anticapitalista y la onda expansiva de un país de tal envergadura cambiando las relaciones de producción golpeará con la fuerza de un Tsunami en toda la región. Nada podrá mantenerse tal como es hoy en ninguno de los países de América Latina y el Caribe. De allí el nerviosismo, la vacilación, los pasos zigzagueantes de algunos gobiernos progresistas de la región: comprenden o al menos intuyen que les resultará imposible sostenerse en posiciones de centro. A término, la polarización es ineludible y la opción socialismo o barbarie pasa a ser una opción política concreta.
Por eso es doblemente significativo el resultado de la cumbre en Margarita: pese al temor –o la franca oposición– que plantea la dinámica de la Revolución Socialista Bolivariana, hubo unanimidad para convergir en el parto de la Unión de Naciones Suramericanas. La explicación es menos compleja de lo que se pretende: entre la pared del imperialismo y la espada de Bolívar que, sin retórica, empuñan cada día con mayor decisión más y más pueblos de América Latina, los gobiernos de emergencia que en la región no representan estructuralmente a sus burguesías, aunque acatan sus órdenes en todo aquello que hace a las formas de aumentar la plusvalía y acentuar negativamente su distribución, saben que su propia subsistencia finca en el consenso de mayorías y depende de que no se aparten y opongan al curso revolucionario en Venezuela. Para aquellos presidentes que sí son prolongaciones orgánicas de las clases dominantes, es igualmente imposible oponerse a la convergencia objetiva de los demás: el aislamiento completaría su situación de ahogo estratégico. Sólo el peruano Alan García cambió la cita de Margarita por un besamanos en la Casa Blanca, donde imploró por el TLC. No obstante, envió una carta a Chávez, casi tan melosa como sus declaraciones en Washington. El hecho es que el imperialismo y sus socios han tomado la decisión de salir sin demora al cruce de la oleada revolucionaria en Suramérica, con epicentro en Venezuela. Y no tienen ya otro recurso que la violencia.

 

Compromiso

Es posible detenerlos; neutralizarlos; impedirles la entrada en acción. En Venezuela todo está desplegado, táctica y estratégicamente, con ese objetivo. Falta hacer lo propio del Orinoco al Sur. A falta de verdaderas fuerzas políticas con respaldo de masas que asuman la tarea, es preciso que la tomen en sus manos quienes pueden llevar la verdad a la opinión pública: periodistas, intelectuales, artistas. Urge denunciar la conspiración. No se trata sólo de la Revolución Socialista Bolivariana. Ahora está a la vista que el capitalismo en crisis es incompatible con la democracia. El disparo apuntado a Chávez, si diera en el blanco, heriría de muerte a los regímenes constitucionales del hemisferio.

presentación

Nuevos tiempos, nuevas tareas

porLBenCR

 

Con la irrupción de un partido que provisionalmente, hasta su plena constitución en diciembre próximo, se denomina Socialista Unido de Venezuela, puede darse por clausurada una fase de reacción sin precedentes en la historia e inaugurada la que le sigue, en la que se retoma la marcha, pletórica de promesas y, por supuesto, también de riesgos.

No es en absoluto casual que en las tres últimas décadas América Latina haya albergado los dos ensayos más potentes de recomposición ideológica, política y organizativa de las mayorías sociales: el PT en Brasil, desde 1978, y el Psuv en Venezuela, a partir de ahora mismo. Imposible soslayar el hecho de que esta pujante prueba de una fuerza subterránea, casi siempre invisible, se manifiesta en el mismo período histórico en que por vía de la desagregación y corrupción, o por el camino de un anacrónico renacimiento de fundamentalismo religioso, se impone el fenómeno inverso en el resto del mundo. Es tan incontrastable el significado de estos ejemplos, que a la hora en que se redactan estas líneas, el titular del mayor partido político del mundo, Benedicto XVI, asume una consigna que estas páginas reivindican desde hace mucho tiempo –excluyendo, dicho sea de paso, cualquier atisbo de chovinismo regional: «América Latina es la esperanza del mundo», dice el supremo inquisidor, Joseph Ratzinger, adecuando a su léxico una evidencia que, sin embargo, apunta como un torpedo contra el núcleo mismo de su milenario poder.
Esta revista inició su labor cuando arreciaban los vientos helados de la contrarrevolución en todo el mundo. Y con la misma crudeza con que afirmábamos en octubre de 1991 que era preciso aprontarse para una resistencia extremadamente difícil, queremos decirle a usted lectora, a usted lector, que aquella fase ha terminado. Y que es preciso alistarse para el contraataque.
Decíamos entonces, al presentarnos en la edición Nº 1, que este instrumento «Nace de la decisión de marxistas de todo el continente de pulir y aceitar el arma de la crítica; de interpretar la realidad con criterio científico; de afirmar los principios forjados en el duro yunque de la lucha de clases internacional, en el mismo momento en que por diferentes vías, acometen la tarea de alcanzar la unidad social y política de los trabajadores latinoamericanos y organizar a los pueblos del continente para la lucha antimperialista y socialista. Se pone en movimiento para ser vehículo de búsqueda y afirmación, de investigación y debate, tras el objetivo de recomponer en un nivel superior, las fuerzas humanas, teóricas y organizativas de los revolucionarios marxistas en América Latina y el Caribe y de allí a todo el mundo. Está en sus manos para resistir la ofensiva del enemigo y preparar la contraofensiva de nuestra clase y nuestros pueblos». Decimos ahora, después de quince años de brega: el momento del contraataque ha llegado.

 

Dos vertientes

Hay mucho en común, y mucho diferente, entre el PT y el Psuv. Ambos son expresión abrupta, casi espontánea, de una necesidad quemante que no sigue lineamientos previsibles en su concreción específica para la teoría y el accionar conciente de las vanguardias, por lo que uno y otro nacen más como prolongación lineal de la lucha cotidiana, cargados del vigor espontáneo proveniente de los entresijos más remotos del cuerpo social y llevando consigo, inseparable de ese poderoso motor, los riesgos del pragmatismo y las formas que éste adopta en materia de organización y acción política.
El PT es fruto de inéditas luchas obreras en Brasil (1). El Psuv surge de una revolución apoyada en las masas populares desposeídas. Aquél tuvo un líder obrero. Éste uno de origen militar. Aquél definido por el socialismo en su Congreso Fundacional y llegado al gobierno muchos años después. Éste fruto de una insurrección de masas en 1989, de una sublevación militar en 1992, de una victoria electoral en 1998 y de ocho años de gobierno bajo el acoso constante de la contrarrevolución. Aquél prohijado por lo más avanzado, lúcido y resuelto de la vanguardia revolucionaria brasileña. Éste abandonado por intelectuales y partidos de izquierda, salvo excepciones que confirman la regla. Aquél nacido en el período inmediato anterior a la gran debacle mundial y la entronización de la reacción a escala planetaria. Éste promovido luego de que, sus propios gestores, fueran actores principales del cambio de época tras la marcha del desierto. Ambos nacidos como resultado de la crisis estructural del capitalismo mundial, pero aquél en el momento en que esa crisis se manifestaba, de manera paradojal, mediante el derrumbe de la Urss, y éste luego de que ese tremendo trauma histórico ha sido a medias asimilado por las masas y cuando el sistema capitalista ya no puede en modo alguno disimular su agonía en sus metrópolis. Ambos con el punto de partida de una victoria previa a cualquier plan estratégico: el logro de la unidad social y política de los trabajadores, las juventudes y el conjunto del pueblo. Uno, ganado a poco andar por franjas de la intelectualidad y dirigencias obreras que con fundamentos diferentes, declinaron sus banderas ante los ronroneos de la socialdemocracia internacional y el chantaje multicolor del Vaticano. El otro, acaso porque tuvo en esas dos fuerzas a sus peores enemigos inmediatos antes y después de su llegada al gobierno, vacunado en primera instancia contra esas dolencias de la contemporaneidad.
El hecho es que esas dos vertientes claves de la realidad hemisférica encarnan hoy, desde su condición de centros de unidad social y política indiscutible, dos estrategias con caminos circunstancialmente paralelos y destinos contrarios: reforma y revolución.

 

Dialéctica

Innecesario decirlo: no todo en el PT es reformista; no todo en el Psuv es revolucionario. Cabe sí subrayar un dato clave: la propuesta y la dinámica del naciente Psuv encarnan la estrategia de la revolución latinoamericana. La propuesta y la dinámica del PT encarnan la estrategia del reformismo. Esto en la hora misma en que en términos concretos, muy a menudo la propuesta reformista coincide con la que propugnan, desesperadamente, los jefes de la reacción local e internacional. Por eso, a la vez que son dos fuerzas claves para toda estrategia antimperialista y anticapitalista, se contraponen mientras marchan a la par, y en más de una oportunidad esos choques son y serán frontales, ubicando a uno y otro en posiciones irreconciliables.
Que en esta circunstancia Hugo Chávez haya resuelto convocar a la fundación del Psuv es indicativo de una asunción cabal de las exigencias de la coyuntura: la transición al socialismo es impensable sin una herramienta política poderosa, aceitada y disciplinada. Mucho menos es imaginable la réplica de la revolución a la inexorable acometida imperialista, ya a la vista, sin las masas conscientes, organizadas, capaces de presentar batalla en el terreno que sea.
El Psuv está estructurándose con los mayores esfuerzos de su núcleo promotor principal para que se edifique desde las bases, con métodos democráticos, con la participación de millones y con definiciones sin remilgos revolucionarias (2). A no dudarlo, habrá sinuosidades en el camino. Pero la línea de marcha está trazada.
Ahora bien: como en cada momento crucial de una revolución, su suerte no se juega sólo, ni principalmente, fronteras adentro. La Revolución Socialista Bolivariana de Venezuela está acompañada en grados diferentes por otros países. Tiene en primer lugar, como inapreciable punto de referencia ideológico-político y base de apoyo concreto a la Revolución Cubana. Los procesos en Bolivia y Ecuador tienden a converger en un mismo haz antimperialista y anticapitalista. Los gobiernos de Brasil, Argentina y Uruguay se pliegan a la orientación de Caracas porque saben que el choque frontal con la estrategia de la revolución daría inicio a la cuenta regresiva acelerada de sus propios pueblos, pero responden a intereses de burguesías incapaces de un mínimo de consecuencia en la lucha antimperialista. Están entre la pared imperial y la espada de Bolívar, símbolo hoy de millones de latinoamericanos y caribeños en su afán por la emancipación. Los gobiernos de Colombia, Perú y, desde otro ángulo, Chile, están francamente alineados con Estados Unidos.
Todos acordaron, no obstante, integrar Unasur (Unión de Naciones Suramericanas), hecho relevante de la coyuntura hemisférica y elocuente respecto de las fuerzas que surcan bajo la superficie.
Pero este conjunto de fuerzas en pugna, en todos los países involucrados -con excepción de Cuba- ocurre sin la participación consciente y organizada de la clase obrera (remitimos a nuestras reiteradas afirmaciones respecto de qué significa esta categoría hoy). Dicho de otro modo: la enorme potencia del fenómeno político en curso en América Latina y el Caribe, la riqueza y vigor sin precedentes de un cuadro regional que avanza hacia una situación revolucionaria generalizada, adolece de una extrema timidez de las fuerzas obreras para la acción. Y a esto se suma la ausencia de organizaciones políticas que en cada país establezcan la dialéctica entre clase, partido y dirección, capaz de concluir en una fuerza continental capaz de enfrentar la batalla (final, medida en términos históricos), contra el imperialismo y el capitalismo.

 

Qué hacer

Por eso se hace impostergable la intervención urgente, audaz, generosa y con mirada de largo alcance, de todo/a quien se sienta a sí mismo/a comprometido con la lucha antimperialista y anticapitalista, con el objetivo de edificar en cada país instrumentos políticos capaces de avanzar tras la unidad social y política de las grandes masas con un programa a la vez unificador y de neta definición revolucionaria.
Como hasta ahora, Crítica seguirá siendo «un vehículo de búsqueda y afirmación, de investigación y debate, tras el objetivo de recomponer en un nivel superior, las fuerzas humanas, teóricas y organizativas de los revolucionarios marxistas en América Latina y el Caribe». Pero a partir de ahora, sus cuadros estarán ante todo involucrados en la tarea concreta de organizar las fuerzas no ya de los revolucionarios marxistas, sino de todos quienes desde la ideología que sea estén resueltos a «cambiar de raíz la cultura y la política», y a organizarse en partidos revolucionarios de masas, democráticos, antiimperialistas y anticapitalistas (ver Teoría y Práctica del Partido RevolucionarioCrítica Nº 34).
En la actual coyuntura mundial y regional, tales partidos no pueden sino tener, desde su nacimiento mismo, una definición latinoamericanista. Por eso convocamos a edificar en cada país, a la escala y con las formas que cada situación permita, capítulos de un único partido revolucionario latinoamericano-caribeño, que adopte un programa de acción antimperialista y anticapitalista y asuma, simbólica y efectivamente, como dirigencia de esa fuerza regional en gestación, a Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales.

(1).- PT Brasil. Una respuesta latinoamericana al desafío imperialista. Luis Bilbao; Búsqueda Editora, Buenos Aires, septiembre de 1990.
(2).- «El gran debate»; América XXI Nº 24, marzo de 2007; «Tomar partido», América XXI Nº 25, abril de 2007; «Movilización nacional para la construcción de un nuevo partido»; América XXI Nº 26, mayo de 2007.

Cuatro años, nuevas metas

PorLBenAXXI

 

Con esta edición América XXI completa cuatro años de existencia. En el mismo período, la Revolución Bolivariana de Venezuela transcreció hasta plantarse ante el mundo como nuevo paradigma de socialismo para el siglo XXI. América Latina se dio vuelta como un guante. El avance sistemático de la crisis, corporizada en el crimen sin límites de Estados Unidos en Irak y la amenaza inminente a Irán, mostró al mundo que el capitalismo en su fase imperialista está exhausto y pone en riesgo el futuro de la humanidad.

En desigual esfuerzo por informar e interpretar este ritmo vertiginoso, la revista atravesó tres etapas marcadamente diferentes. En la primera se trataba de afirmar un criterio político-periodístico y armar una red internacional de colaboradores, con salida regular cada dos meses. Se logró el objetivo y el plan echó raíces. Sin embargo, problemas materiales –la muy difícil tarea de organizar la llegada a varios países, sin recursos y exclusivamente con trabajo voluntario en todos los tramos de la producción y distribución- impidieron una aparición regular rigurosa. Esto se agravó en la fase siguiente, cuando se presentaron dificultades imprevistas. “Lo viejo tiende a renacer en la nueva forma que crece”, aseguró Marx. Y ocurrió. América XXI bordeó el riesgo de extinción a mediados de 2005. Privó sin embargo la perseverancia y en la tercera fase, ya saneada y recompuesta la base económica, fue posible cumplir con el plan de edición mensual, aumento en la escala de la distribución y llegada a más países.

 

Afianzamiento 

Desde inicios de 2006 América XXI aparece invariablemente el primer jueves de cada mes y, con eje en Venezuela y Argentina, se distribuye a otros ocho países, aunque sólo tres de ellos –Uruguay, Bolivia y Ecuador- reciben cantidades suficientes como para llegar más allá de círculos limitados a dirigencias políticas y sindicales, intelectuales, estudiantes y comunicadores.

Las metas durante 2007 son: llegar regularmente a 15 países; multiplicar la distribución en Venezuela, Bolivia y Ecuador; tener más corresponsalías en todo el mundo; potenciar las suscripciones, individuales y colectivas.

En otro orden y con el propósito de debatir los temas dominantes de la actualidad suramericana y mundial, se realizarán mensualmente Foros de América XXI. Inicialmente en Buenos Aires y Caracas; luego en Montevideo, La Paz y Quito, tan pronto como sea posible.

Estos objetivos requieren consolidar la sustentación económica regular de América XXI, condición aún no garantizada, como cabe suponer de una publicación sin capital propio, contrapuesta al lucro, que sin embargo debe moverse en un ámbito eminentemente comercial. Es una tarea por cumplir y siempre, como desde el número 1, el riesgo de ahogo está presente.

De usted lectora, de usted lector, depende que las nuevas metas sean alcanzadas.

 

Objetivos malogrados

Dos propósitos fundamentales del plan inicial no pudieron ser alcanzados. Uno, la imbricación cotidiana de la Redacción con las por entonces nacientes estructuras de base a las que daba lugar la Revolución Bolivariana. No fue posible, pese a los esfuerzos, crear un nexo estable entre ese movimiento vivo y la tarea de producción de la revista. El otro, la constitución de un Consejo Consultivo Continental, instancia pensada como fuente de “moral y luces”, a partir de la cual este medio pudiese encarnar esa inaplazable necesidad de la coyuntura histórica. Uno y otro continúan siendo motivo de desvelo para América XXI. Y quedan replanteados con mayor vigencia y viabilidad en la situación actual de la región.

Una de las razones que impidieron la consecución de aquellos objetivos, es sin embargo motivo de orgullo y reivindicación. Para explicarlo, vale recordar el acto de presentación de la revista, el 8 de mayo de 2003 en el Teatro Municipal de Caracas. Colmaban el Coliseo más de mil personas y un presidium de nombres elocuentes: José Vicente Rangel (Vicepresidente de la República), Nora Uribe (ministra de Comunicación e Información), María Urbaneja (ministra de Salud y Desarrollo Social), Ana Elisa Osorio (ministra de Ambiente y Recursos Naturales), Adina Bastidas (Vicepresidenta de CADIVI), (Víctor Álvarez) viceministro de Industrias), Ernesto Villegas (Periodista), Rodrigo Chávez (coordinador nacional de los Círculos Bolivarianos), Guillermo García Ponce (Presidente del Comando Político de la Revolución).

Ante ellos, el Director de la revista hizo entre otros un compromiso formal:

América XXI no nace como expresión de una parcialidad y sólo será portavoz de un partido cuando los pueblos latinoamericanos logren construir el suyo propio”.

Sostener ese compromiso provocó desencantos y reacciones aviesas. Pero al cabo de cuatro años, América XXI está presente en el momento en que un pueblo, el venezolano, logra construir su propio partido. Se trata ahora de cumplir la segunda parte del compromiso con el mismo rigor aplicado a la primera.

otra revolución dentro de la revolución

Tomar partido

PorLBenAXXI

 

Ebullición: decenas de miles de personas de toda edad y condición discuten hoy en Venezuela el destino del país. Asambleas, reuniones, actos, encuentros circunstanciales, enhebran un debate más hondo, más pletórico de ideas y más productivo que el imaginable en el mejor escenario académico. Signo de los tiempos, esa búsqueda no está encabezada por quienes durante décadas aparecieron como la vanguardia política de la sociedad. El salto adelante que en este mismo instante ensaya Venezuela llevará su onda expansiva a todo el continente. Y el punto en que toma cuerpo, la construcción de un partido de masas, revolucionario, socialista, se expandirá hacia el Norte y el Sur, inaugurando una nueva era en la historia política del hemisferio.

 

Estalló el debate. Toda sutileza se esfumó. Todavía no predomina la confrontación de ideas: manda aún la pugna por espacios e intereses. Pero de manera sistemática avanza el verdadero contenido de la polémica; no ya reducida a cenáculos dirigentes, sino hecha carne en multitudes cada día mayores: ¿qué país construir? ¿qué socialismo? ¿con quiénes; cómo; cuándo? El por qué nadie lo inquiere: saben que ya no quieren vivir como hasta ahora. Y los que siempre estuvieron en lugares de privilegio no pueden evitarlo, aun con el concurso de quienes desertan a la hora de la verdad. Como un río que desborda su cauce para fertilizar la tierra, el espectáculo maravilloso de un pueblo discutiendo su destino se impone en toda Venezuela. Los medios de comunicación de la Revolución buscan –y casi siempre encuentran, superándose rápidamente a sí mismos- la forma para transformarse en vehículos de ese formidable fenómeno de toma de conciencia colectiva. Hombres y mujeres anónimos revelan condiciones superlativas en asambleas de barrios, en reuniones espontáneas, en debates a medias organizados o en conversaciones mano a mano. Personalidades hasta ayer sobresalientes aparecen desvalidas, desorientadas, desnudas de otra idea que no sea conservar algo en el torbellino. Entre las cúpulas políticas hasta ahora alineadas con la revolución, la mayoría enmudece. Y quienes hablan se autocondenan ante las mayorías.

La Revolución Bolivariana está dando en este preciso instante un poderoso salto hacia el futuro.

Con la decisión de construir una herramienta política para recorrer el camino entre el capitalismo y el socialismo, Hugo Chávez soltó los demonios. Ante la consigna “socialismo del siglo XXI”, pese a la incomodidad, todavía era posible argüir y quitar el cuerpo con alusiones ambiguas o inventando contenidos antojadizos. Pero cuando de ese futuro indefinido se pasó al presente indicativo de la organización de masas, se agotó el espacio para juegos de cintura. Y se partieron las aguas.

 

Opción 

A un lado quedaron dirigencias de tres partidos (PPT, Podemos, PCV), que han acompañado el gobierno de Chávez pero, tras cabildeos y pasos cruzados –que aún se mantienen y podrían dar lugar a cambios de última hora- rechazaron la idea de sumarse al partido unido de la revolución.

Al otro, un potente movimiento dispuesto a construir una herramienta política de masas para protagonizar y conducir el tránsito al socialismo. El Movimiento Vª República (MVR), como no podía ser de otro modo, tratándose del partido formado y encabezado por Chávez, se sumó al proyecto. Las voces opositoras en esta organización sólo se hicieron oír en sordina. Una cantidad de organizaciones de menor envergadura numérica también proclamó su respaldo a la nueva organización.

Más importante que las opciones de estas organizaciones, sin embargo, será la que adopten decenas de miles de activistas de todo ámbito y nivel, sobre cuyos hombros ha recaído en los últimos años la defensa cotidiana del proceso revolucionario.

En esas filas, corren parejo el entusiasmo y un cúmulo de dudas no exentas de temor. ¿Quiénes integrarán los cuerpos dirigentes del nuevo partido? ¿Cómo se elegirán? ¿No será esto una reedición del MVR? ¿Gobernadores, alcaldes, ministros, presidentes de grandes empresas y funcionarios con poder no serán quienes, por sí y ante sí, condicionen las estructuras, el programa, el plan de acción real y hasta el nombre del futuro partido? ¿No se colará desde el comienzo, y en el núcleo dirigente, la corrupción que, como no se cansa de repetir Chávez, amenaza el curso de la Revolución?

Dudas legítimas; temores fundados. Ampliamente justificadas para las bases, al punto de obrar como barrera de escepticismo para una valiosa fuerza militante, sobre todo juvenil.

Esas dudas y temores, sin embargo, fueron enarboladas por las dirigencias que acabarían negándose a la nueva construcción. Era el recurso más sencillo y aparentemente efectivo: tenía fundamento objetivo y contaba con alto consenso en buena parte de la base social comprometida con la Revolución.

Pero obró como un búmeran. Con la velocidad que caracteriza la vida política actual en Venezuela, esa argumentación se transformó en poderoso acicate para aventar la indecisión en el activo social de la Revolución, el cual sitúa los vicios que condena precisamente en partidos y dirigencias ahora distanciados del proyecto organizativo.

Chávez machacó sobre caliente. Ya en su Aló, Presidente del 18 de marzo dio por resuelto el caso, asumiendo que Podemos, PPT y PCV, se negaban a la construcción del partido unido. En una didáctica y paciente explicación los invitó, simplemente, a “no irse tirando piedras”. Poco antes un gobernador de Podemos, Didalco Bolívar, había hecho un discurso violentísimo, retomando incluso algunos de los tópicos más cínicos de la oposición proimperialista, como azuzar el miedo a la expropiación de pequeñas propiedades. Chávez señaló, con esa base, la dinámica de alineamiento con la oposición de quienes se niegan a dar el paso adelante hacia el socialismo.

Al día siguiente, caían en cascada los anuncios de fracciones, autoridades y bases de los tres partidos que anunciaban su renuncia a esas organizaciones para sumarse al Psuv. El PCV llamó a una conferencia de prensa para afirmar su adhesión a la revolución, y el PPT dio lugar a dudas sobre su resolución final. En sucesivas intervenciones públicas, Chávez combinó el llamado a la unidad con la advertencia de que quienes no la aceptaran quedarían reducidos a pequeños grupos.

El 24 de marzo, en un acto con el Teatro Teresa Carreño desbordado por la militancia, Chávez juramentó a 2400 “Propulsores”: hombres y mujeres que se desparramarían a partir del día siguiente por todo el país para impulsar la creación del nuevo partido. Sin dejar de convocar a los partidos renuentes, pero advirtiéndoles que el proceso no se detendría, Chávez anunció un cronograma para la construcción de masas: 19 de abril, nueva asamblea con unos 12 mil “propulsores”, a realizarse en el Poliedro de Caracas. 29 de julio, elección de delegados representantes de las asambleas de base. 15 de agosto, Congreso Fundacional del partido. Mediados de noviembre, presentación de anteproyectos de Estatutos, Programa, formas de funcionamiento, nombre, colores y símbolos. 2 de diciembre, consulta nacional sobre esos anteproyectos. El Congreso nacional designará una dirección transitoria y la definitiva sería elegida por elección nacional en los primeros días de enero de 2008.

Chávez subrayó además la definición ideológica general del futuro partido: socialista, revolucionario, bolivariano, venezolano, indoamericano.

 

De Venezuela, para todo el continente 

Con la decisión de Chávez de edificar un partido unido por el socialismo, se abre una nueva etapa a escala continental para una tarea clave, se eleva a un nivel nuevo y superior la teoría y práctica del partido revolucionario y plantea mayores desafíos en todos los planos. Por el momento este nuevo escenario se limita a América Latina. Pero no tardará en comprobarse que el impacto de este replanteo histórico se hará sentir en todo el mundo, incluidos los centros del imperialismo.

Hoy está planteada la necesidad de dar organicidad partidaria a las fuerzas sociales en auge en cuatro países: Venezuela, Bolivia, Ecuador y México. La convocatoria de Chávez mostraría hasta qué punto está estratégica y tácticamente desarmada la vanguardia. Pero esa debilidad no es propia de Venezuela; es la expresión más dramática de una realidad dominante en América Latina y el mundo.

A tres lustros del derrumbe de la Unión Soviética, destruidos y metamorfoseados en instrumentos del imperialismo los grandes movimientos nacional-burgueses que signaron el mapa político latinoamericano durante el siglo XX, en el marco de un recrudecimiento coyuntural de la crisis estructural e irreversible del sistema capitalista mundial, la noción de vanguardia se expresa hoy traduciendo en una conformación compleja la disgregación en todos los planos.

Como nunca antes, la vanguardia está fragmentada, no sólo organizativa, sino conceptual y geográficamente. En el pasado, con base en una poderosa fuerza social y una neta definición ideológica asumida por ella, se proyectó un accionar político revolucionario desde un centro perfectamente definido con gravitación mundial, como pudieron ser en su momento la Revolución Francesa, la irrupción de grandes sindicatos y partidos socialistas o la Revolución Rusa; luego, para América Latina, la Revolución Cubana. Hoy, en cambio, en la única área del planeta donde refulge la perspectiva de la revolución anticapitalista, la línea de avanzada se desdobla y, aunque aparece más y más como bloque, existe y actúa de manera disgregada, en un conjunto en el cual Cuba es la vanguardia ideológica, Bolivia la vanguardia social y Venezuela la vanguardia política.

El formidable proceso de convergencia de estos tres factores clave de la revolución continental, verificado desde el primer semestre de 2006 y reafirmado a un nivel superior en el primer tramo de 2007, anuncia la resolución positiva de este momento paradojal. La combinación virtuosa de desigualdades de estas tres revoluciones ha comenzado. Ella traza, sin equívoco posible, el rumbo por el cual transitará durante todo el próximo período histórico la fuerza de la revolución anticapitalista en el único lugar del planeta donde está planteada como proyecto estratégico explícito y palpable.

Esa combinación virtuosa tiene una particularidad sobresaliente, decisiva podría decirse, en este momento: se expresa y demanda resolución en la tarea de construir un partido revolucionario en Venezuela.

 

¿qué es el socialismo del siglo xxi?

Desde Caracas se expande un debate de trascendencia mundial

PorLBenAXXI

 

Contrastes: luego del pronunciamiento masivo a favor del socialismo en las elecciones del 3 de diciembre, el presidente Hugo Chávez lanzó una ofensiva múltiple para avanzar tras sus promesas de campaña. Los incipientes órganos en los que se expresa la voluntad popular impulsan con entusiasmo el conjunto de medidas resumidas en los “cinco motores” y en la edificación de un Partido Socialista Unido. Pero estos primeros pasos de la nueva fase de la revolución trazan una línea sutil de diferenciación entre los partidarios de la Revolución Bolivariana. Mientras los opositores se ahogan en reyertas sin destino, en las filas de la revolución se observa -a menudo como sentimientos encontrados de una misma persona- confianza y desasosiego, euforia y perplejidad, hiperactividad y parálisis, fervorosa adhesión o tímido distanciamiento. Son los prolegómenos del gran debate que vendrá.

 

Estados de ánimo contrapuestos predominan en Venezuela por estos días. ¿Qué rumbo debe afirmar la Revolución Bolivariana? ¿Es socialista la transformación en curso? ¿Debe serlo? ¿Qué significa realmente la expresión “socialismo del siglo XXI”?

En el estadio previo a una gran confrontación de ideas y de fuerzas sociales, estas preguntas producen el efecto de un ciclón sideral. Y ocurren en medio del estrépito de instituciones que se derrumban. Incógnitas y choques de opiniones serpentean exclusivamente en las filas de la revolución. La victoria del 3 de diciembre dejó, como contrapartida, la fugaz apariencia de consolidación de una oposición unida. Pero el espejismo se esfumó y el escenario político quedó exclusivamente en manos de organizaciones y dirigencias integrantes o aliadas del gobierno. La oposición no participa ni intelectual ni políticamente en los aprestos previos a la gran batalla que modelará la nueva sociedad. Se limita a lanzar quejas y dicterios, más patéticos y menos audibles a medida que transcurren los días, a la vez que reincide en prácticas conspirativas para desestabilizar al gobierno.

El gran debate, sin embargo, aún no se expresa con nitidez ni responde al vertiginoso desarrollo de los acontecimientos. La objetiva autoridad del Presidente, la contundente adhesión de las mayorías, la sorda lucha de intereses subyacentes y otras razones de corte específico, se combinan en estos primeros tramos para inhibir la expresión franca de respuestas dispares, el debate teórico y político, que invariablemente acompañan una revolución.

Además, Chávez no da tregua. Los “cinco motores” (ver recuadros) están a toda marcha y ponen en movimiento el vehículo con el cual el conjunto social dará forma y sentido a la revolución: un partido político que, si tradujera con exactitud la realidad de las mayorías, más que socialista se denominaría unido por el socialismo.

Como toda manifestación de lo desconocido, la irrupción de la revolución estimula a unos y amedrenta a no pocos; ilumina allí donde reinaba la oscuridad, pero también confunde cabezas lúcidas; desata el coraje y estruja corazones valientes. Y comienza a perfilar las controversias sobre el futuro. En el amplísimo arco ideológico, político y humano que aunó el original proceso denominado Revolución Bolivariana reside ahora la esperanzada alegría de esos raros momentos en que un pueblo entrevé el horizonte y se lanza a su búsqueda. Y también la perplejidad, la confusión. Alimentada por la ola que desde las profundidades de la sociedad inunda el país, inseparable del vigor encarnado en los humildes, campea la vacilación ante el vértigo de los acontecimientos.

Es la Revolución. La misma iniciada en 1999, que ya no es la misma. Porque la transformación política inicial con la nueva Constitución, el vuelco económico con un conjunto de medidas presididas por la recuperación de Pdvsa, alcanza ahora en toda su plenitud la dimensión social, aúna y potencia los dos aspectos anteriores y enfila frontalmente contra el bastión mayor de las clases dominantes: el Estado burgués.

Por eso los actores se redefinen. Ser revolucionario hoy no implica lo mismo que en los últimos ocho años. Es el derrumbe de las instituciones de la sociedad capitalista lo que aturde, enfervoriza o atemoriza; empuja irresistiblemente hacia delante, o frena en un mar de dudas.

 

Metáfora de la transición

Una llana alegoría resume de manera singular la coyuntura histórica que vive Venezuela. Tiempo (¿un año? fecha) atrás se resquebrajó el viaducto de la autopista que une Caracas y el aeropuerto de Maiquetía. Un inmenso puente, vital para el tránsito entre la Capital y la costa, cayó vencido por el tiempo y por fallas estructurales también simbólicas de un sistema insostenible. Era el período preelectoral. El desastre produjo dificultades sin nombre, que la oposición intentó capitalizar. El gobierno construyó una vía de emergencia, precaria, que resolvió a medias el problema. Y encaró la construcción del nuevo puente.

Primero hubo que demoler y quitar de allí los restos del cadáver de acero y cemento. Luego comenzó la construcción del nuevo puente. Una a una se levantaron columnas gigantescas desde la abismal hondonada. Y con febril actividad fue desplegándose la cinta de concreto que debía unir otra vez las dos cimas por sobre el precipicio. Por supuesto la ocasión fue propicia para aprovechados que encarecieron todo, dejó espacio para torpezas varias siempre a expensas del ciudadano común y fue motivo de generalizado malhumor y críticas airadas. Un año después, sólo falta una de las (¿cinco?) columnas. Y ante la mirada sorprendida de quienes transitan por la estrecha y sinuosa trocha -construida con rara eficacia y celeridad por el Ministerio de Infraestructura- por sobre aquellas torres de más de 100 metros se tiende la faja en la cual, en tres o cuatro meses más, volverá a fluir el intensísimo tránsito entre Vargas y Caracas.

Menos fácil será remover los escombros del viejo Estado a punto de colapso y edificar el nuevo. Una dificultad estriba en la incertidumbre o el temor de quienes, comprometidos hasta ahora con el proceso de cambios timoneados por Chávez, vacilan ante la decisión de dar el salto sobre el abismo. Así como hasta el minuto previo al descubrimiento de las fallas irreparables centenares de miles de automovilistas cruzaban a toda velocidad por el viaducto sin conciencia de que estaba a punto de colapsar, en las filas de la revolución no todos asumen que el sistema socioeconómico y político aún vigente no se sostiene más y urge reemplazarlo. Es más: aun a sabiendas de la inviabilidad del capitalismo contemporáneo, no necesariamente hay una respuesta unívoca para asumir cuándo, cómo y con quién se comienza a levantar las columnas del nuevo sistema.

 

Forma y contenido 

A la cascada de medidas adoptadas desde que Hugo Chávez coronó su victoria electoral en el balcón de Miraflores con la consigna “Viva la Revolución Socialista”, ya reseñada en las ediciones anteriores de América XXI, se sumaron en el último mes la nacionalización de empresas clave y la puesta en marcha de los cinco motores de la Revolución, más la aceleración en la edificación de un partido que unifique y capacite para la gran batalla a las fuerzas comprometidas con la Revolución.

No podría sorprender que a la par de millones de hombres y mujeres anónimos que abrazan las tareas de la nueva etapa con desmesurada energía, este conjunto inseparable de medidas estratégicas despierte controversias. Lleva un siglo el debate sobre el carácter de la revolución cuando ésta detona en países de capitalismo desigualmente desarrollado: ¿Están las fases de la transformación amuralladas por etapas históricas rígidamente delimitadas? ¿O constituyen un continuo, cuya velocidad y definición estarán determinadas por un conjunto de factores de orden nacional e internacional en constante mudanza?

La disyuntiva de avanzar hacia el socialismo o afirmar una etapa de desarrollo capitalista y liberación nacional se entrelaza con otra: ¿Qué es este socialismo apellidado siglo XXI?

Pese a la densidad de estos temas polémicos, las críticas discurren por otros caminos. Por ejemplo: ¿Por qué Chávez presentó de manera tan perentoria la cuestión de Partido Socialista Unido? ¿Por qué arremete con tanta rudeza contra altos funcionarios, ajenos y propios? ¿Por qué pide la habilitación para dictar leyes de excepción durante 18 meses, si tiene un Parlamento de unánime adhesión? ¿Adónde lleva esto de trasladar el poder a los consejos comunales en detrimento de las autoridades constituidas?

Mientras algunas voces se limitan a criticar cuestiones de forma o a demandar más tiempo, cabe al Partido Comunista de Venezuela (PCV) el mérito de haber presentado de manera metódica, formal y pública su resuelto respaldo a algunas de aquellas cuestiones vitales, así como sus puntos de vista contrarios a otras, no menos decisivas. En el documento destinado al debate interno preparatorio del XIII Congreso del 3 y 4 de marzo, convocado especialmente para responder al llamado a la disolución de los partidos para edificar la fuerza unitaria, dice el PCV bajo el título Una caracterización necesaria de la Revolución: “Transitamos un proceso revolucionario de liberación nacional que debe culminar con éxito las tareas de recuperación plena de la soberanía e independencia nacional, avanzar en la conquista de la justicia e igualdad social; profundización de la democracia popular revolucionaria, de contenido participativo y protagónico, de transformación y liquidación del viejo Estado oligárquico”. Y agrega más adelante: “Esta fase del proceso revolucionario demanda (…) una multifacética alianza de clases y capas sociales, que va desde la burguesía no monopólica (la que no mantiene vínculos de subordinación al gran capital transnacional imperialista), la pequeña burguesía, las capas medias, la clase obrera y demás sectores de trabajadores/ trabajadoras, el campesinado y otras capas sociales explotadas (…) en torno a un programa mínimo de transformaciones democráticas y populares”.

La noción de “programa mínimo”, la distinción tajante entre “proceso revolucionario de liberación nacional” y “revolución socialista”, trae el eco de antiguos debates. Por eso produjo escozor un episodio aparentemente trivial durante la juramentación de los nuevos ministros, el 8 de enero. En esa oportunidad, al presentar a su ministro de Trabajo, Rivero González, Chávez contó que antes de aceptar el cargo éste le había dicho: “Presidente, yo quiero decirle algo antes de que se lo vayan a decir por otra parte: yo soy trotskista”. Ante la multitud en el teatro Teresa Carreño, Chávez repitió su respuesta al ministro: “¿Bueno y cuál es el problema? Yo también soy trotskista. Yo soy muy de la línea de Trotsky: la revolución permanente”.

Nadie tomará la frase al pie de la letra. El Presidente tiene esa manera particular -y efectiva- de buscar sobreponerse a dicotomías a menudo desvirtuadas e impulsar constantemente una recomposición unificadora de fuerzas comprometidas con la lucha revolucionaria. De hecho, un instante antes Chávez había anunciado la designación de un dirigente del PCV, David Velásquez, como ministro de Participación y Desarrollo Social.
No obstante, por anacrónico que parezca, aquel debate iniciado por el propio Carlos Marx sobre la permanencia de la revolución reaparece hoy en Venezuela e involucra de hecho a toda América Latina: aparte de ser o no deseable ¿Es posible una transformación real sin adoptar desde el comienzo mismo de la revolución medidas anticapitalistas? ¿Es posible una alianza duradera con el gran capital no monopolista?

 

Nombres y apellidos 

El otro gran tema en cuestión es la definición misma de socialismo. ¿Qué determina a una persona: su nombre o su apellido? ¿su individualidad o su estirpe? ¿Es posible una persona plena sin individualidad? ¿Es pensable una individualidad sin estirpe, un ser sin historia? En la Edad Media se discutía si el alma residía o no en la Silla Turca. La fórmula empleada por Chávez tiene la virtud, ya constatable, de haber replanteado para miles de millones de personas en todo el mundo la necesidad y viabilidad del socialismo. No hay exageración en la cifra; y éste es un factor mayor al evaluar la validez de la consigna. Como contrapartida, se mantiene ambigua en torno a cuestiones sustanciales y da lugar a confusiones y deliberadas tergiversaciones.

En buena parte de la sociedad venezolana, a la par de quienes identifican como socialistas las nacionalizaciones, las medidas de redención social (atención sanitaria, alfabetización, subsidios, etc.), o los ataques al imperialismo, están quienes no hallan nexo alguno entre estos pasos y la perspectiva anticapitalista.

El alcalde de Caracas, Freddy Bernal, tomó el toro por los cuernos: puso en movimiento un peculiar “Congreso comunal de Caracas hacia el socialismo del siglo XXI”. Una multitud colmó el remozado Teatro Municipal el 10 de febrero, donde comenzó un periplo que hasta el 19 de abril recorrerá palmo a palmo la ciudad, dividida a este fin en 14 grupos de Parroquias, que analizarán y debatirán cuatro temas: caracterización económica, política y social de Venezuela y su inserción en la mundialización; el socialismo del siglo XXI; Partido Unido; Poder popular y reforma constitucional. Cada tema será dividido en dos partes, las cuales insumirán cuatro horas cada una. La sesión comenzará con una ponencia de 30 minutos, habrá 30 minutos para preguntas y respuestas, 90 minutos de debate, una relatoría y la presentación de conclusiones. Al cabo de dos meses y medio en esta labor Bernal aspira a reunir un mínimo de 200 mil personas no sólo para recoger las conclusiones decantadas, sino, como lo dijo en su discurso en el Teatro Municipal, “Para implosionar la alcaldía y dar paso a las comunas de Caracas, en un nuevo esquema de gobierno donde el poder esté en manos del pueblo”.

Paralelamente se conocen iniciativas destinadas a realizar el mismo debate pero con un carácter diferente, reuniendo a un número limitado de cuadros nacionales e internacionales identificados con el socialismo, para ganar espacio en el terreno de la teoría y aproximar la noción “socialismo del siglo XXI” a un programa de acción que, si bien parte de la Revolución Bolivariana, involucra a toda América Latina y va más allá, dada la crítica situación mundial. Al cabo de estos procesos de intensa polémica difícilmente alguien podrá definir el socialismo del siglo XXI como “una profundización de la democracia”, o como “la aplicación de la Constitución de 1999”; o confundirlo con un conjunto de empresas nacionalizadas.

 

Aceleración

Los acontecimientos, sin embargo, no están a la espera de tales iniciativas. Una energía invisible dimana de la simbiosis entre Chávez y las mayorías desposeídas del país y hace marchar el mecanismo a velocidad endemoniada. Las decisiones de no renovar la licencia al golpista canal televisivo Rctv, más la compra hostil de las acciones de empresas de electricidad y telecomunicaciones, todo acompañado por la afirmación de que los partidos de la revolución deben disolverse para dar paso a un instrumento único de organización, educación y conducción política, más la inesperada transferencia efectiva del poder a los Consejos Comunales, llamados a conformarse con urgencia, activaron focos de franca oposición y zonas de comprensibles –y en no pocos casos justificables- vacilaciones.

Un fenómeno simple disparó la inflación de precios: aparte la gravitación mercantil de un crecimiento anual del 10,3% en el PIB, un brote de histeria por la obtención de dólares para fugarlos del país llevó la divisa en el mercado paralelo a más de 4.000 bolívares. Por efecto simpático -y por la intención de adquirir esos dólares a costo desmesurado- buena parte del sistema de precios se adecuó a tales niveles, elevando más allá de lo admisible el costo de mercancías de uso masivo, en particular alimentos. Además, para sortear los precios máximos, se optó por acaparar mercancías y dar lugar al desabastecimiento.

Pocos esperaban la fulminante respuesta del Gobierno: implacable actividad para descubrir y decomisar mercancías acaparadas, fijación de nuevos precios máximos, reactivación del aparato del Mercal (Mercado de Alimentos, una red paracomercial montada por el Gobierno para contrarrestar el chantaje de grandes grupos económicos con el abastecimiento alimentario) y, como medida adicional de múltiples implicancias, la eliminación del IVA para los alimentos, reducción en 5 puntos para otros bienes y decisión de abolir ese impuesto a corto plazo, reemplazándolo por gravámenes a la renta y el patrimonio. En su programa Aló Presidente, ahora reestructurado “para afrontar la batalla de ideas”, Chávez repitió una y otra vez que no le temblaría la mano para expropiar empresas de producción, industrialización, transporte o comercialización involucradas en maniobras de desabastecimiento. Y con su nueva facultad legislativa, dictó leyes al respecto.

En otras palabras: una profundización de la revolución, que acaso contribuya a explicar la necesidad de la controvertida Ley Habilitante.

 

Consejos Comunales y Partido 

Mientras esto se desenvolvía fronteras adentro, la creciente gravitación de la Revolución Bolivariana en América Latina, por mero impacto de medidas que en todas las latitudes son interpretadas y reivindicadas por las mayorías, provocó no sólo desde la Casa Blanca la multiplicación de denuncias, amenazas y presiones contra Hugo Chávez. Basta imaginar el impacto regional de esta típica medida de transición sistémica, la abolición del IVA, para interpretar la inquietud reinante en más de una cancillería.

Queda así configurado un cuadro de múltiples conflictos simultáneos, internos e internacionales. Una primera advertencia, más de propios que de extraños, es que no se deben abrir tantos frentes de combate a la vez. Sin embargo, la estrategia no es la materia en la que Chávez se muestra menos capacitado. Antes bien, ocurre que una revolución, incluso si traza milimétricamente sus pasos, en un momento dado no puede eludir la conjunción de sus enemigos, que no están sólo en Washington, ni en cenáculos de escuálidas oligarquías distantes del devenir cotidiano de la economía social. Como muestra, hay pruebas de que funcionarios de diferentes rangos, amenazados por la perspectiva de perder sus lugares a favor de los órganos de poder popular, fueron cómplices de maniobras de desabastecimiento.

Por eso el impulso a los Consejos Comunales, la intransigente decisión de edificar un partido que unifique todas las voluntades revolucionarias y la necesidad de contar con las leyes y disposiciones constitucionales que permitan encauzar la inmensa tarea de remover los escombros de un sistema y levantar las columnas de otro nuevo, no expresan un desvío de carácter en el líder de la revolución, sino requerimientos inapelables para la continuidad del proceso en marcha.

En continuidad potenciada de una tarea que emprendió como diputado (ver América XXI Nº 16), el hoy ministro David Velásquez se esfuerza por producir una transformación cualitativa que convierta a los Consejos Comunales en órganos de poder efectivo, en cada punto y en todas las áreas del país (ver El poder se construye desde abajo). Pero esa tarea es inseparable de la existencia de un órgano político, el partido unido de las masas y las organizaciones comprometidas con la revolución; tanto como lo es la existencia de leyes que viabilicen en el preciso momento en que las condiciones lo reclaman, el accionar contra los enemigos de la revolución.

Va de suyo que también se puede optar por la violencia; por vías no institucionales para avanzar la revolución. No es capacidad de combate -militar y civil- lo que le falta a la Revolución Bolivariana. Y siempre resta la alternativa de ceder y rendirse. El dato sobresaliente, original, clave de esta dirección política presidida por Chávez, es que se esfuerza por no recurrir a lo primero y parece por demás distante de inclinarse hacia lo segundo.

La suerte, entonces, está echada. A tono con el vértigo de la revolución, en las próximas horas, días y semanas, quedará a la vista cómo se instala cada partido, cada organización social, cada intelectual o cuadro militante no organizado, frente a este desafío sin parangón sobre el cual reposa buena parte del futuro de América Latina y el mundo.

 

Contrapunto

PorLBenAXXI

 

Simultáneamente con el alistamiento de fuerzas militares para golpear a Irán, durante la segunda semana de marzo George W. Bush habrá realizado una gira latinoamericana: México, Colombia, Guatemala, Brasil, Uruguay. Inesperadamente, se sumaron dos viajes presidenciales: Luiz Inácio Lula da Silva para reunirse con Tabaré Vázquez, 10 días antes del arribo de Bush, y Hugo Chávez a Buenos Aires, el 8 de marzo.

Bush viaja al Sur con objetivos precisos. En México, dar un espaldarazo a un gobierno débil, cuestionado, incapaz de detener la creciente fractura del país. En Colombia, suturar la herida de Álvaro Uribe con las recientes revelaciones que pusieron a la vista del mundo la directa relación de su gobierno con las formaciones paramilitares, terroristas y narcotraficantes. Este golpe político en el territorio escogido para montar el dispositivo estratégico contra Venezuela es una nueva sangría en el ya debilitado sistema capilar imperialista en la región.

Aparte los temas conocidos, entre los cuales descuella el Plan Puebla Panamá, en Guatemala el Departamento de Estado debe afrontar un problema inesperado: la candidatura de Rigoberta Menchú para las elecciones de septiembre próximo amenaza con restarle otro país centroamericano al damero de la Casa Blanca. Tratándose de una líder indígena –en un país donde el peso de la cultura maya trasciende las fronteras- su victoria, altamente probable, daría un nuevo y decisivo impulso al protagonismo de los pueblos aborígenes en la transformación del escenario político latinoamericano.

En Brasil, sin esperanza de torcer el rumbo de ese país para revivir el difunto Alca, Washington busca neutralizar, con acuerdos de intercambio comercial, la dinámica de convergencia suramericana sobre la cual la burguesía industrial paulista pretende afianzar una comunidad de negocios en beneficio del proyecto de subpotencia regional. Ése es el sentido de “la Opep del etanol” (comprar voluntades oficialistas a precio de maíz) que propone Washington, con la intención de captar también a Argentina en un proyecto de biocombustible, apuntado ante todo contra Venezuela y con más sentido político que fundamento económico real. “Ya que no salió el Alca, vamos por el acohol”, dicen funcionarios estadounidenses con sentido del humor.

 

Romper el Mercosur

Pero es en el Río de la Plata donde el enviado del imperialismo estadounidense tiene una tarea inmediata y crucial: ensanchar la grieta abierta en el Mercosur por el conflicto argentino-uruguayo. Presumiblemente el viaje de Lula -fuera de agenda- está dictado por la necesidad de salir al cruce a aquella maniobra estratégica. No obstante las apariencias impuestas por los medios de prensa comerciales, es también presumible que esa misión tendrá éxito: la ruptura de Uruguay con el Mercosur provocaría un estallido interno y una onda expansiva sobre toda la región. Hay bases sociales comprometidas con el programa histórico del Frente Amplio, que no es revolucionario pero tampoco proimperialista. Por lo demás, nadie en el FA, ni siquiera su ala más comprometida con el statu quo, saldría ganancioso de tal desenlace. Y si bien en las clases dominantes uruguayas, más que en los países vecinos, prevalece el ala parasitaria tradicionalmente aliada al imperialismo de turno es improbable que el actual gobierno barrunte la posibilidad de cambiar drásticamente de ubicación geopolítica. Esto es una certeza, incluso asumiendo que la diplomacia argentina, en lugar de buscar soluciones de fondo al conflicto por la construcción de plantas productoras de pasta de papel en la frontera, optó por la vía ya comprobadamente muerta de los “buenos oficios” de su graciosa majestad, el rey de España.

 

Chávez en Buenos Aires 

Para eludir las movilizaciones convocadas por la central sindical uruguaya PIT-CNT, la recepción a Bush debió ser desplazada Montevideo a Colonia (bello y apacible poblado recostado sobre el Río de la Plata en su parte más estrecha). Lo inverso ocurre al otro lado del Río: después de anunciado el viaje de Chávez, en la Capital argentina fueron sectores proestadounidenses quienes se movilizaron contra el visitante, desatando operaciones destinadas a impedir que tuviera lugar este contrapunto sin precedentes: Bush en la estancia Anchorena y Chávez allí enfrente, en el Luna Park.

“Las penas son de nosotros, las vaquitas de Anchorena”, dice El arriero, un célebre poema musical de Atahualpa Yupanqui. En los años 1950, para que ese tema asumido como propio por el pueblo argentino pudiera ser transmitido por radio, el autor aceptó una modificación: “las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”. Nadie en esas latitudes duda, sin embargo, que el apellido Anchorena es el símbolo de la oligarquía terrateniente, de las clases dominantes sometidas a los imperios, del desprecio, la opresión y la represión para aborígenes, criollos o inmigrantes llegados después de mediados del siglo XIX.

Luna Park es en cambio un símbolo de resonancias plebeyas: originalmente estadio de Box, luego albergaría espectáculos de música popular y actos políticos diversos. Chávez en el Luna Park, Bush en la estancia Anchorena, es entonces un inapreciable cuadro sinóptico de América Latina en los tiempos de cólera, como bien podría decir un autor por todos conocido.

Es un contrapunto de enorme significado y proyección: el rechazo al viaje del procónsul imperial ya no se manifiesta sólo en el repudio generalizado de los pueblos, que en este caso se decuplicará si finalmente Washington resuelve bombardear objetivos precisos en territorio iraní. Ahora el clamor antimperialista tiene programa y plan de acción: el programa de la Revolución Bolivariana y el proyecto de unidad suramericana, que toman cuerpo en la voz del presidente venezolano. Y es para celebrar que esa voz pueda oírse desde Buenos Aires.

El difícil consenso sudamericano

porLBenLMD

 

La teoría propone y el devenir de la sinuosa historia latinoamericana dispone: instancias de naturaleza por completo diferente, nacidas con objetivos opuestos y protagonistas enfrentados, el Foro de São Paulo (FSP) y el Mercosur recorrieron una rara parábola desde que aparecieron en el escenario suramericano, a comienzos de la década de 1990, hasta confluir ahora en una problemática común, signada por la tendencia convergente de los países de la región y por el confuso debate sobre qué hacer en una fase de transición, que difícilmente halle dos definiciones concordantes.

 

Aquél, un encuentro de partidos y organizaciones de izquierda de América Latina y el Caribe, que en su primera cita, a comienzos de julio de 1990, diagnosticaron una crisis del capitalismo y afirmaron -aunque no sin diferencias frontales entre sus muy disímiles componentes- una respuesta antiimperialista y vagamente anticapitalista. Éste, un acuerdo que, a la fecha en que los presidentes de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay firmaron el Tratado de Asunción, el 26 de marzo de 1991, se proponía «la eliminación de las barreras arancelarias y no arancelarias y la adopción de una tarifa externa común entre los países miembros» y en los hechos se limitaba a facilitar un mercado de escala apropiada para multinacionales automotrices establecidas en la región.

¿Cómo pudo ocurrir que aquellas dos instancias tan alejadas en sus propósitos hayan sido llevadas a una virtual fusión? El mero planteo de esta incógnita revela la transformación sísmica ocurrida en el escenario político latinoamericano en los últimos 15 años, sin que la teoría y la política hayan logrado dar cabal cuenta de ella. Observados desde tal perspectiva, los protagonistas más destacados parecen más bien figuras arrastradas por un vendaval de acontecimientos que se desenvuelven según su propia lógica.

 

Encuentro de partidos

El hecho es que los hombres y mujeres que en 1990, en medio del terremoto ideológico-político provocado por el desmoronamiento de la Unión Soviética, se reunieron en San Pablo convocados por el Partido de los Trabajadores -que acababa de perder las elecciones presidenciales- tres lustros después conducen o integran como minorías los gobiernos de sus países, constituyen fuerzas de oposición con peso decisivo u ocupan papeles relevantes en el proceso de unión suramericana que hoy gravita sobre cada país de la región. De un lado, entonces, los componentes del FSP son en buena parte gobernantes o dirigentes con capacidad de decisión; de otro, el Mercosur viró en redondo por imperio de la nueva situación predominante en la región y consumó su viraje con la incorporación de Venezuela al grupo originario.

Ocurre que los gobiernos actúan de manera pragmática, a impulso de acontecimientos que escasamente controlan y a menudo no comprenden en toda su magnitud, y los partidos casi sin excepción van detrás de los hechos, cuando no son demolidos por ellos. Así, una verdadera crisis de identidad hace del Mercosur una instancia tambaleante que oscila entre su función como factor para maximizar ganancias de ciertos grupos y la de motor de la unión suramericana; mientras que la misma crisis atenaza a partidos y dirigencias, irresueltos ante la opción de afrontar la coyuntura insertándose en el sistema al que combatieron, o encaminarse hacia una transformación sistémica bajo la bandera del socialismo del siglo XXI.

En la capital salvadoreña se reunieron 219 representantes de 58 partidos y organizaciones políticas procedentes de 33 países, acompañados por 54 invitados de otras regiones del mundo. El partido anfitrión fue el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), otrora fuerza guerrillera que precisamente en esa fecha conmemoraba los 15 años del fin de la guerra.

Es significativo que el XIII encuentro del FSP tuviera como propósito su propio relanzamiento. Con prescindencia del resultado inmediato, ese objetivo llevaba implícitas conclusiones de peso: se daba por terminado el paréntesis en el que toda estrategia desaguaba en los movimientos sociales; la noción de partido político recupera espacio en la lucha social; los gobiernos ejercidos por partidos integrantes del FSP reconocen la necesidad de ese bloque heterogéneo, si no para debatir estrategias gubernamentales, sí para legitimar una pertenencia ante sus propias bases.

Del 12 al 14 de enero dirigentes de grandes partidos y pequeños agrupamientos se abocaron a «la búsqueda de una nueva etapa de integración latinoamericana y caribeña». La declaración final, obtenida tras arduos esfuerzos por alcanzar el consenso, definió el marco de esa búsqueda como «la formulación de políticas antineoliberales que fomentan una genuina democracia política, económica y social; el desarrollo sustentable; la lucha contra el colonialismo y la injerencia imperialista; el enfrentamiento a la doctrina imperialista de seguridad hemisférica; la relación entre las fuerzas políticas, los movimientos sociales y ciudadanos, y los gobiernos de izquierda y progresistas, y el papel que desempeña la solidaridad internacional».

Durante la primera jornada, la intervención del alcalde de Caracas, Freddy Bernal, sacudió a la audiencia y puso el debate en un andarivel muy elevado. Bernal anunció que hablaba en nombre de un partido disuelto (el Movimiento Vª República) que daba ese paso para construir el Partido Socialista Unido de Venezuela. Desarrolló con detalles las medidas anunciadas por el presidente Hugo Chávez para avanzar «hacia el socialismo del siglo XXI» y concluyó anunciando que se proponía disolver la Alcaldía que conduce, para dar paso a «las comunas de Caracas», en un proceso de inequívoco desplazamiento del poder hacia la ciudadanía.

Sin embargo ése no fue el tono predominante. Y la declaración final excluyó incluso la formulación «socialismo del siglo XXI», limitándose a registrar que «la construcción del modelo alternativo, que en más de un lugar se define con una perspectiva socialista» se resume en «la conquista de la independencia nacional y regional, la justicia social, la democracia política y social, la integración regional y continental».

Obligado por ley consuetudinaria a funcionar por consenso, pero compelido por la realidad de algunos gobiernos y partidos, la permanencia del FSP sólo puede garantizarse a expensas de definiciones netas. Pero esto va contra la naturaleza misma de un partido político. La continuidad del FSP -defendida unánimemente por sus integrantes- requiere definiciones que el actual conjunto partidario no puede adoptar. La distancia entre ambos puntos fue resuelta en esta oportunidad con un modesto plan de acciones: «publicación de un boletín electrónico mensual; constitución de una escuela continental de formación política; realización anual de un Festival político cultural; creación de un observatorio electoral; desarrollo de una política dirigida hacia la juventud y de promoción del arte y la cultura».

 

Cumbre de Río

Pese a la distancia de los escenarios, algo análogo ocurrió en la XXXII Cumbre de Presidentes del Mercosur, que tuvo lugar en Río de Janeiro los días 18 y 19 de enero. Además de los cinco mandatarios miembros del bloque, participaron otros seis presidentes y vices, en representación de la totalidad de Suramérica. Tanto despliegue para tan poco: Brasil pretendía acelerar la incorporación plena de Bolivia al Mercosur, así como acordar condiciones especiales de comercio para los dos socios menores (bajas tributarias y más concesiones para los componentes de origen extrarregional en sus productos), pero el veto argentino impidió ambos objetivos de Itamaraty. Los gobiernos de Argentina y Uruguay no cambiaron una palabra respecto del absurdo -aunque no por ello menos grave- conflicto en torno de las fábricas de pasta de papel. Nadie respondió cuando el flamante presidente ecuatoriano Rafael Correa aludió a lo que considera errónea estrategia de crear una Comunidad Suramericana de Naciones, en lugar de acelerar en pos de la unión de lo que entiende como «única nación suramericana». Y sólo hubo debate cuando, ante la reflexión de Evo Morales sobre el papel de las políticas neoliberales en las economías de la región, el presidente colombiano Álvaro Uribe dio una destemplada respuesta. Morales también reclamó «justicia, no solidaridad» para con su país y recordó «Bolivia no puede seguir subsidiando el gas para Brasil». En reunión privada, Luiz Inácio da Silva hizo luego un compromiso firme de elevar esos precios; pero no utilizó la asamblea de Presidentes para responder a un tema tan obvio como éste.

Tres acuerdos salvaron la cumbre: la decisión de construir un gasoducto entre Venezuela y el Nordeste brasileño; otro gasoducto entre Bolivia y el Norte argentino; la puesta en marcha de un fondo de compensaciones en favor de Uruguay y Paraguay para contrarrestar asimetrías, que erogará 70 sobre un total de 125 millones de dólares.

Pero este saldo no es aún suficiente para consolidar y proyectar el Mercosur. Mucho menos para avanzar efectivamente en la convergencia suramericana. Decisiones fundamentales, como la creación del Banco del Sur, planes de alfabetización y atención sanitaria conjuntos para toda la región, perspectiva de moneda única y mudanza radical en las prioridades de gobierno (satisfacción de necesidades sociales en lugar de obras de infraestructura destinadas a aumentar las exportaciones hacia otros continentes), propuestas repetidas una y otra vez en sucesivas cumbres por el presidente Chávez, fueron soslayadas cuando no frontalmente negadas.

También sobre los gobiernos gravitan con pareja potencia las necesidades contrapuestas de abroquelarse frente a Estados Unidos y sus socios, brutalmente confrontado a toda forma de convergencia regional, y de definir con nitidez una perspectiva estratégica. En esa inestable balanza oscila el futuro suramericano.

Desaparecido

PorLBenAXXI

 

En Argentina se ensaya nuevamente el método de la desaparición de personas. Jorge Julio López, un obrero de la construcción, fue secuestrado el 18 de septiembre y hasta la fecha no se tienen noticias de él. López había sido secuestrado 30 años atrás por la dictadura militar de entonces. Su rastro se perdió el día en que daría el testimonio final para la condena a un esbirro que lo torturó y mantuvo detenido-desaparecido en aquella oportunidad. América XXI explicó el caso en su edición anterior. El comisario Miguel Etchecolatz fue condenado por genocidio. Pero López está otra vez secuestrado. Acaso asesinado.

La sociedad argentina no ha salido a exigir la aparición con vida de este hombre humilde y valiente. En un país donde son escasas las familias que desconocen el inmenso dolor de tener un miembro o allegado desaparecido, no ha habido una respuesta a la medida de la agresión. Hay omisiones menos admisibles aún que la de las mayorías desentendidas del rumbo nacional. El gobierno reaccionó con dura condena y compromiso de justicia desde el primer momento. Pero tres meses después no hay una pista, ni detenidos, ni exonerados en los órganos de inteligencia y seguridad, a los que se supone involucrados en el secuestro. Sólo una minoría sin impacto social o político persevera en el reclamo.

 

Todos somos López

Hay mucho más que un crimen individual en la desaparición de López. Desde la óptica de la política interna, se trata de una cruda advertencia al gobierno de Néstor Kirchner, que asumió la insoslayable exigencia de avanzar por el camino de la justicia contra los asesinos del pasado reciente. A la vez, el golpe impacta en la tímida vanguardia social que, aun morosa y vacilante, intenta dar un paso al frente aunque todavía está dominada por la confusión y sigue víctima de un miedo adentrado muy hondo en el cuerpo colectivo.

Sin embargo no es un caso estrictamente argentino. Antes bien, López es una víctima local de una estrategia regional, impulsada desde Washington para recuperar una iniciativa política que escapó de sus manos hace tiempo. Debieran entenderlo así los gobiernos del área, a cuya estabilidad apunta esta agresión. Claro que las características del episodio y la víctima son locales e involucran a asesinos que se ven acosados por el fantasma de una condena, tardía pero no menos temida. Pero ésa es la forma que adopta una línea de acción con formas de materialización muy diferentes y un mismo objetivo.

La conspiración para dividir a Bolivia y desestabilizar al gobierno de Evo Morales, por caso, o la cuña introducida entre Argentina y Uruguay para dinamitar el Mercosur, entre tantas otras vesanías cometidas en Suramérica, son expresiones diferentes de un mismo objetivo: revertir la dinámica de convergencia de gobiernos diferentes aunados por la necesidad de resistir la voracidad imperial. Aquel objetivo determina hoy cada paso de la diplomacia guerrerista de Estados Unidos al Sur del Río Bravo.

 

Bolivia bajo fuego

Es difícil aceptar que una táctica tan descarada y burda no sea interpretada por los gobiernos atacados ni ¡ay! por dirigentes y fuerzas políticas que se consideran de vanguardia. Dicho de otro modo: el intento de articular una contraofensiva imperialista pasa desapercibido para las víctimas potenciales. ¿Acaso no ven los gobiernos suramericanos que en Bolivia se está preparando la instalación de una cabecera de playa para que Estados Unidos pueda lanzar desde allí el contraataque estratégico que requiere su condición de fiera malherida? ¿Es posible que los presidentes del Mercosur, que en estos días volverán a reunirse en Brasilia, ignoren el dramático esfuerzo en el que está empeñado Evo Morales y continúen discutiendo sobre electrodomésticos y zapatos, o acerca de las bondades de las inversiones multinacionales para salir del abismo al que nos han arrastrado?

Son los sectores más concentrados del capital local, asociados con centros imperiales, quienes encarnan en cada país el intento de contraataque. No es sencillo enfrentarlos y vencerlos. Pero no existe otra alternativa. Allí está el ejemplo de Venezuela, para mostrar que ese único camino, es viable y más aún, es el camino de la victoria si se lo emprende con lucidez y coraje.

Estos valores no abundan. Pero si no es la visión estratégica y la determinación política, que sea siquiera el sentido de la supervivencia. Porque eso es lo que está jugándose en el secuestro de López, en el intento secesionista de las oligarquías del oriente boliviano, en la injustificable confrontación fratricida entre Argentina y Uruguay, en la mirada cegarrita de quienes ven en el Mercosur una oportunidad de superganancias…

Los gobiernos vacilantes sumados a la línea de convergencia suramericana están entre dos fuegos: el del imperialismo y el de sus propios pueblos. Estos anhelan definiciones netas y acciones en consecuencia. Aquél no perdona, incluso en el caso de sumisión total: “Roma no paga a traidores”.

 

 

unidad suramericana y partido socialista unido, claves de la revolución en venezuela

Después de la victoria

PorLBenAXXI

 

Avanzada: 48 horas después de confirmado su triunfo electoral, Hugo Chávez emprendió una gira que en cinco días lo llevó a Brasilia, Buenos Aires, Montevideo y Cochabamba. En esta última ciudad tuvo lugar la Cumbre Suramericana, que culminaría con un acto de masas convocado por Evo Morales, del que participaron los presidentes de Venezuela y Nicaragua. El Director de América XXI compartió como invitado especial ese raudo viaje por el Cono Sur. Y ofrece aquí informes y reflexiones acerca de un momento excepcional en el vertiginoso devenir de las transformaciones en curso en América Latina, acentuado ahora por la decisión de Chávez, anunciada el 15 de diciembre de disolver el Movimiento Vª República y edificar el Partido Socialista Unido de Venezuela.

 

Dos decisiones trascendentales había adoptado Hugo Chávez antes de que se confirmase su rotunda victoria en las urnas: una gira por el Cono Sur que debía culminar en la Cumbre Suramericana en Cochabamba, y la construcción de un partido único de la revolución.
En medio de la algarabía del triunfo del 3 de diciembre y tras su discurso bajo la lluvia, el reelecto Presidente saludó uno por uno a quienes lo acompañaban en el convulsionado interior del Palacio de Miraflores. Todavía vibraba la presencia de miles de hombres y mujeres vivando la victoria y respondiendo con inabarcable energía a la consigna con que el orador comenzó su discurso: ¡Viva la Revolución Socialista! La exultación lo dominaba todo y la epifanía de la lluvia torrencial contribuía con la emoción del momento. Pero sin sustraerse a ese estado colectivo, Chávez estaba instalado ya en sus pasos posteriores. En el fugaz intercambio de un saludo y una evaluación de la nueva coyuntura, el hombre que acababa de dar al mundo una impar lección de democracia y revolución, mientras cientos de personas pujaban por abrazarlo y felicitarlo, respondió con reflexiones propias de otras circunstancias y otro lugar. Como en una campana de vacío, se abrían espacio entre la alegría y los vítores la noción de Historia, la medición exacta del momento táctico y el conjunto de tareas planteadas.
Al mediodía del miércoles 6 un avión con el Presidente y su comitiva despegaba rumbo a Brasilia, para un encuentro con Luiz Inácio Lula da Silva. El día antes, en una conferencia de prensa para medios nacionales e internacionales, ya Chávez había ratificado su línea de acción estratégica en política interna y externa. Como inequívoco símbolo del conjunto de factores que recortan una nueva situación, dos flamantes aviones Sukhoi, llegados el día anterior desde Moscú, escoltaron a la nave presidencial hasta la frontera de Venezuela con Brasil.
Incidentalmente, poco antes el general Hal Hornburg, titular del Comando de Combate Aéreo de la Fuerza Aérea estadounidense, había afirmado que los aviones caza multifunciones Sukhoi, de fabricación rusa, superaban largamente a los F-15C/D Eagle en 90% de los simulacros de combate aéreo. Hornburg afirmó que Estados Unidos ya no aventaja en ese terreno al resto del mundo.
Tampoco en otras áreas, como queda en evidencia a la luz de la gira del presidente venezolano por el Cono Sur. Chávez cenó con Lula y al mediodía siguiente partió rumbo a Buenos Aires, donde por la noche fue recibido en la residencia presidencial de Olivos por Néstor Kirchner. Partió luego rumbo a Montevideo, en el tiempo exacto para compartir un almuerzo con Tabaré Vázquez y llegar al atardecer del mismo viernes a Cochabamba, donde ya arribaban los presidentes de los países integrantes de la gestante Comunidad Suramericana de Naciones.
El avión presidencial venezolano, un Airbus de última generación convenientemente acondicionado para su función, hierve de actividad. Ministros y altos funcionarios se turnan para asistir a reuniones en el camarote del Presidente. La victoria electoral parece lejana. No hay tiempo para celebraciones. Pocos conocen lo discutido en cada escala. Y esos pocos se mantienen herméticos: es una diplomacia en tiempos de revolución la que practica Chávez. Personal, franca, firme y flexible, siempre referida a los pueblos involucrados y con una particular atención a la prensa, que casi invariablemente le es adversa, pero debe doblegarse ante hechos y argumentos que el Presidente expone en detalle e incansable.
A los columnistas del statu quo no les queda sino respirar por la herida. “Hasta la oposición le reconoció al líder venezolano su inobjetable victoria”, admite un portavoz en el diario de Argentina La Nación. Y para resarcirse inventa sin límite moral o profesional alguno: “es probable que el presidente argentino le haya repetido que pierde el tiempo y el sentido cuando se enfrasca en peleas bíblicas con Washington ¿De qué socialismo estás hablando? lo interrogó Kirchner. Chávez garabateó entonces una imprecisa definición. Me parece que deberías cambiar la definición, le aconsejó el argentino”. Un periodista que escribe “es probable que…” y luego pone frases textuales en boca de un presidente, revela su estado de desesperación. Es la impotencia ante la desinformación y la zozobra que les produce a las clases dominantes de la región el saldo incuestionable de esta diplomacia revolucionaria: Venezuela reafirma y acentúa su perspectiva socialista, y a la vez mantiene y fortalece la urdimbre suramericana que avanza hacia la unidad regional y elude las múltiples trampas que llevan al aislamiento.

 

Las “cumbres”

Por infundada soberbia, las reuniones de presidentes comenzaron llamándose cumbres. Y por pereza continúan con el mismo nombre. El hecho es que se anunciaron dos cumbres en Cochabamba, entre el 6 y 9 de diciembre. Una, de los pueblos; la otra, de presidentes. Ambas en teoría apuntadas a la unidad y la integración suramericana. Homogénea y resuelta tras esos objetivos la primera (ver págs. 36 y 37), fracturada y confusa la segunda.
En la reunión de presidentes (a la que no asistieron los mandatarios de Argentina, Colombia, Ecuador, Guayana y Surinam), volvieron a plantearse los escollos que prácticamente paralizaron esta instancia unificadora desde su lanzamiento en Cusco, dos años atrás (ver recuadro).
Hubo sin embargo en Cochabamba una tercera “cumbre”. Ocurrió en las últimas horas del sábado en el Hotel donde se alojaba Chávez. Allí acudieron –con vestimenta y modos propios de militantes que asisten a una reunión más– Evo Morales y Daniel Ortega. Entre otros temas relevantes, allí se trató acerca de la Alternativa Bolivariana para las Américas (Alba), con la incorporación de Nicaragua y la multiplicación de programas de intercambio solidario (salud y educación en primer lugar), ahora con la participación de cuatro países y la perspectiva de que el quinto, Ecuador, se incorpore en breve.

 

Partido Socialista Unido de Venezuela

Como contraparte inescindible de ese internacionalismo militante, Chávez regresó de la gira y se abocó sin pausa a la afirmación de otro puntal para el proyecto bolivariano, adelantado durante la campaña: la creación de un partido que unifique las fuerzas revolucionarias.
Esta decisión fue recibida con diferente grado de aceptación en las 24 organizaciones que apoyaron la candidatura de Chávez. La Revolución Bolivariana ha ingresado en una fase cualitativamente superior y el período por venir requiere instrumentos de mayor eficacia.
En la militancia venezolana sin partido, sobre todo en la juventud, existe y se explicita el temor de que la nueva organización no sea sino una fusión de las actuales, a las que les atribuyen ineficiencia, formas no democráticas de actuación y parcelamiento del poder en beneficio de grupos o individuos. Una de las innumerables críticas a tales estructuras alude al propio resultado electoral: pese a la inédita contundencia de la victoria, se asegura, el resultado está por debajo de lo objetivamente esperable.
Este reproche tiene, en efecto, fundamentos reales. Aunque el respaldo de masas expresado en las elecciones no tiene precedentes y hace temblar de envidia a gobernantes de todas las latitudes, hay una distancia considerable entre la labor social realizada por la Revolución y su traducción en votos, explicable sólo por la insuficiencia de las organizaciones que debían darle a esa política un contenido revolucionario que permitiera avanzar en conciencia, organización y participación.
Aún justificadas y por tanto exigentes de drásticas respuestas, en tales críticas existe también un cierto grado de incomprensión de la marcha real del proceso de transformación social en curso en Venezuela. Un rasgo sobresaliente de la realidad venezolana en los últimos años es la omisión política de la clase obrera como tal. Si los trabajadores en su mayoría están involucrados en la Revolución, no lo están con sus propias organizaciones y actuando como clase. Es un hecho que UNT, la central sindical que reemplazó a la sigla vacía y corrupta del pasado, no logra real unidad en ningún terreno (programático, ideológico, organizativo). Es probablemente allí donde con mayor agudeza se observa la falencia de organizaciones y cuadros. Esta debilidad ha dado lugar incluso a la irrupción de teorías que minimizan el papel de la clase trabajadora en la revolución.
El hecho es que aún los más honestos y lúcidos cuadros, las organizaciones más eficaces y comprometidas con la revolución, resultan impotentes como fuerza gravitante sobre el conjunto social si quienes venden su fuerza de trabajo –desde el obrero industrial hasta el profesional asalariado, desde el ayudante de albañil hasta el más sofisticado técnico de la industria petrolera, es decir, el proletariado moderno– no toman conciencia de su lugar en la sociedad, asumen la lucha contra el capitalismo y toman la revolución en sus propias manos.
Pero esa distancia entre la aceleración de la Revolución Bolivariana y la clase trabajadora no es una singularidad venezolana, sino la expresión local de un momento histórico determinado por causas que se remontan a la degeneración de la Revolución Rusa. Es esto mismo lo que hace más dificultosa y dramáticamente urgente la edificación de un partido único de la Revolución. Porque esa omisión del proletariado, que no se resolverá en lo inmediato, es utilizada por el capital local y el imperialismo para minar, confundir, corromper y finalmente fragmentar a las fuerzas revolucionarias para vencerlas luego.
Chávez fue explícito en puntos fundamentales al lanzar el proyecto que provisionalmente denominó Partido Socialista Unido de Venezuela. En primer lugar, y superando un debate que todavía no logran zanjar teóricos y políticos en el resto del continente, rechazó la idea de un frente: “Necesitamos un partido, no una sopa de letras con lo cual estaríamos cayéndonos a mentiras y engañando al pueblo”, dijo. En segundo lugar, sostuvo la necesidad de la democrática participación de las bases en la selección y elección de dirigentes a todos los niveles. “Debemos acabar con la práctica de la designación a dedo… incluso del mío”, subrayó el Presidente. Y aclaró: “aquí no puede haber ladrones, corruptos, irresponsables ni borrachos”. Miles de militantes hicieron temblar con su ovación el Teatro Teresa Carreño.
La base inmediata para el futuro partido está en los Consejos Comunales, los Comités de Agua, el Frente Francisco Miranda, y otros organismos de participación de masas, en los últimos meses articulados, para la campaña electoral, en lo que dio en llamarse “batallones, escuadras, pelotones y patrulleros”, suman unos cuatro millones de hombres y mujeres. Chávez adelantó que “el partido tiene que trascender lo electoral. Deberemos llamarlos batallones socialistas, pelotones socialistas, escuadras socialistas, se trata de dar la batalla de las ideas, ya no es la batalla electoral. Debemos estudiar y leer mucho, discutir mucho, hacer reuniones”. Y para no dejar dudas, anunció que “los partidos que quieran, manténganse. Pero saldrían del gobierno. Conmigo quiero que gobierne un partido”.
Venezuela no será la misma a partir de estas definiciones ya transformadas en acción. Y la onda expansiva de este paso gigantesco sacudirá a todo el hemisferio.