el difícil arte de enhebrar un frente mundial antimperialista

Recado a Europa

PorLBenAXXI

 

Carlos Lage, Evo Morales y Hugo Chávez ocupan la tribuna ante un inmenso salón colmado. La mayoría de los asistentes son jóvenes, venidos desde diferentes países de la Unión Europea. El acto se desarrolla en Viena, la bella ahíta, bucólica, indiferente capital austríaca. Fuera del recinto, una multitud se acomoda ante pantallas que transmitirán las palabras del vicepresidente de Cuba y los presidentes de Bolivia y Venezuela, quienes rendirán cuenta de lo ocurrido el día anterior, 12 de mayo, en la Cumbre de la Unión Europea con América Latina-Caribe, presuntamente un encuentro de integración birregional.
En el aire vibra una onda invisible que exalta los espíritus. Se percibía lo mismo en sendos actos donde concurrió Chávez en las dos noches anteriores, uno en la Universidad, para una abigarrada y expectante multitud de profesores e intelectuales; el otro en una vieja fábrica abandonada, recuperada por jóvenes contestatarios y transformada en centro cultural, que por una noche abandonan sus actividades habituales y, desbordando toda previsión, acuden a escuchar al presidente venezolano.
Lage, Evo y Chávez repiten lo que se les escucha en sus intervenciones habituales. Pero la contundencia demoledora del vicepresidente cubano, la honda, simple e implacable verdad del indígena boliviano ahora líder de un pueblo, el fuego inspirado e inspirador del revolucionario venezolano, suenan de manera diferente en aquellos escenarios. Un mensaje a la vez esperado e imprevisto, cruza el Atlántico desde América Latina y llega a Europa sin maquillaje ni subterfugios: el sistema capitalista mundial está en crisis, no puede sostenerse, es preciso actuar para salvar la humanidad, puesta en peligro por la irracionalidad descontrolada de un mecanismo diabólico basado en la búsqueda del lucro y el consumismo enajenado; es preciso evitar la guerra y detener el saqueo. Y nada de esto puede ser alcanzado sin recuperar el significado profundo de una palabra olvidada en la vieja Europa: Revolución.

 

Dos mundos

No se trata de un micromundo extrapolado para ocultar la realidad. Por el contrario: es la realidad que pugna por emerger e imponerse al pesado manto de hipocresía, cobardía y decadencia en todos los terrenos que domina el escenario político europeo, cuyo horizonte intelectual ha quedado limitado a la formación de gerentes capaces de manipular montañas de dinero, vender más teléfonos celulares, televisores, automóviles, o lo que sea que permita absorber trabajo ajeno y acumular riqueza.
Frente a ese prototipo de ejecutivo al que el sistema le ha arrancado el alma, esos gerentes de marketing ahora calzando trajes de jefes de Estado, el nuevo liderazgo de América Latina, con su llamado a la Revolución, se abre paso en la conciencia y los corazones de las juventudes europeas.
No es fácil enhebrar un frente de todos quienes, por razones a menudo opuestas, ven con aprensión el curso del planeta. Aparte los alineados sin disfraz con el sistema, abundan quienes aportan indicaciones de “sensatez”, a la vez que otros se ven a sí mismos como profesores de la revolución cuya misión es influenciar a quienes han tomado la vanguardia. Pero entre todos sobresalen jóvenes visceralmente opuestos al mundo en que viven, a la búsqueda de una alternativa raigal. Había que verlos cuando en una magnífica noche de luna, en la antigua ciudad imperial, a orillas del Danubio y a pocos metros del lugar donde se apagaba la deslucida, infértil reunión de presidentes y jefes de Estado, tras resumir la situación del mundo y la respuesta que no había dado la cumbre, Chávez los invitaba a empuñar la antorcha de la conciencia y salir a incendiar la pradera.
Y no fue un momento, un lugar: antes Chávez había estado en Roma y el Vaticano, y al día siguiente Evo estaría en París, mientras el presidente venezolano producía un terremoto político en Londres.

 

Cercar al imperialismo, impedir la guerra

A diferencia de las innumerables reuniones que Chávez mantuvo en la gira que en diez días lo llevó de Roma a Viena, Londres, Argel y Trípoli, su encuentro con el papa Benedicto XVI fue a solas y hermético. Pero a nadie cupo dudas que el centro de la entrevista fue la amenaza de un inminente ataque estadounidense en Irán, programado con armas atómicas. Días después, durante su visita al campo de concentración de Auschwitz, el Papa exclamó, para sorpresa del mundo: “¿Por qué, Señor, has callado? ¿Por qué has podido tolerar todo esto?”. Alguien bromeaba con seriedad comentando esa insólita expresión: “Chávez lo puso en crisis al Papa”.
Chanzas aparte, lo cierto es que el presidente venezolano atravesó Europa con un objetivo inequívoco: anudar el mayor arco de alianzas posible para detener la mano asesina de la Casa Blanca. Sólo que en el empeño, apareció con fuerza inusitada aquella realidad sepultada de Europa, plasmada no sólo en las juventudes del más amplio arco ideológico imaginable, sino en las propias estructuras políticas de la cuna del capitalismo, Gran Bretaña, adonde acudió invitado por el alcalde de Londres Ken Livingston y medio centenar de congresistas del Partido Laborista, en medio de un durísimo enfrentamiento con el primer ministro Anthony Blair.
Hace bien la prensa comercial en ocultar lo ocurrido en el salón del Camden Town, al día siguiente en la Alcaldía de Londres y, horas después, en el mismísimo Westminster, bastión del parlamentarismo británico. La acogida fervorosa que ya no sólo las juventudes, sino líderes sindicales y cuadros políticos del añejo laborismo inglés le dieron a Chávez, sus gestos al escuchar conceptos claros y frontales respecto de la realidad mundial y el papel de los poderes centrales, son signos de un malestar profundo en la sociedad política europea, que busca un camino tras el desfalco moral llevado a cabo por quienes, con banderas supuestamente progresistas, asumieron en las dos últimas décadas el programa anticrisis del capitalismo.
Cuba, Venezuela y Bolivia, tres revoluciones que están dando vuelta como un guante la realidad suramericana, llevaron su mensaje a Europa. Y éste cayó como lluvia fresca tras una sequía que pudo parecer eterna.

seis cumbres en dos semanas; colapso de la can; crisis del mercosur

Un volcán político sacude el mapa suramericano

PorLBenAXXI

 

Aceleración: el 19 de abril en Asunción un insólito cónclave presidencial detonó un maratón de reuniones cimeras: Lula y Kirchner el 25 en San Pablo; ambos presidentes más Chávez al día siguiente, también en la capital paulista; Vázquez y Fox el 26 en México; Evo, Fidel y Chávez el 28 en La Habana. Y luego Vázquez y Bush el 4 de mayo en Washington. Mientras tanto estallaba la CAN y el Mercosur parecía incapaz de resistir a la eclosión de  conflictos cruzados. Ritmo no apto para cardíacos ni para columnistas encolumnados, revela sin embargo una lógica consistente, inaugura un período de drástica recomposición en la geografía política hemisférica y deja a la vista un saldo provisional: en la batalla entre el Alca y el Alba, se desmoronan los cimientos del intento estadounidense mientras gana espacio y cobra fuerza la propuesta asumida ahora formalmente por Cuba, Venezuela y Bolivia.

 

Llegó el momento. Fuerzas subterráneas, tan poderosas como difíciles de percibir e interpretar, salen a la superficie. Es sólo el comienzo, pero como en los primeros signos de la erupción de un volcán, cunde el pánico y el primer acto reflejo es huir. Hacia cualquier lugar.

No deja de ser un espectáculo divertido observar el espanto en ciertas cancillerías del hemisferio. Y las reacciones espasmódicas de veteranos diplomáticos, como por ejemplo el embajador de Estados Unidos en Asunción, al día siguiente de una cumbre presidencial que, en sí misma, era un escándalo geopolítico: Bolivia, Paraguay, Uruguay y Venezuela con el canciller cubano como invitado. Escándalo no sólo por los participantes, sino en primer lugar por los ausentes: Evo Morales, Nicanor Duarte, Tabaré Vázquez, Hugo Chávez y Felipe Pérez Roque se reunían sin la presencia de los presidentes de Argentina y Brasil, Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula da Silva.

Como era de esperar, el centro de atención recayó sobre Chávez y sus denuncias a Estados Unidos por la labor conspirativa para torpedear la unidad suramericana. Desconcertado, Mr. James Cason accionó todos los medios para hacer sentir que no se invade su domicilio sin consecuencias (ver Presencia…). El esfuerzo tuvo sus frutos y el embajador apareció en diarios, radios y televisoras denostando al presidente venezolano, mientras repetía “siempre apoyamos la integración en América Latina, como integración física y si es comercio mejor” y negaba cualquier intervención de su país para exacerbar las tensiones del Mercosur. En cuanto a la cumbre que acababa de realizarse, el representante de George W. Bush dijo “me informé ayer, leyendo los diarios”.

Hasta un embajador estadounidense puede ser sincero una vez en la vida; a su modo Cason revelaba el verdadero significado político de esa reunión de presidentes: en medio de una contraofensiva exitosa Washington había perdido otra vez la iniciativa.

 

Contraataque fallido

Seis meses atrás, en Mar del Plata, el Mercosur ya integrado también por Venezuela sepultó el Área de Libre Comercio de las Américas (Alca) y humilló a Bush ante sus pares de todo el hemisferio. Inmediatamente después de ese trago amargo Estados Unidos lanzó una operación múltiple destinada a recuperar el terreno perdido. Y hasta la inesperada reunión de Asunción, venía lográndolo. La firma de TLCs (Tratado de Libre Comercio) con Colombia, Ecuador y Perú; exitosas operaciones encubiertas apuntadas a crear fricciones secesionistas en Venezuela y Bolivia; exacerbación de las disputas comerciales entre Brasil y Argentina; aumento del volumen en las críticas de Uruguay y Paraguay contra sus vecinos mayores y, sobre todo, la escalada fuera de control en el conflicto entre Argentina y Uruguay por la edificación de dos plantas productoras de celulosa, a la vez daban vida a un sucedáneo del Alca y desarticulaban al Mercosur, punto de apoyo de aquella convergencia de pesadilla para el Departamento de Estado.

Parecía llegada la hora de la estocada final y el restablecimiento de la hegemonía sin disputa. Hubo ostensibles movimientos en el damero diplomático del extremo Sur sólo explicables por la presunción de que la suerte estaba echada y era preciso reacomodarse. No faltaron traductores de papeles del Departamento de Estado –más conocidos como columnistas de la gran prensa– que proclamaron la victoria de Washington. Fue en ese momento que Evo Morales anunció la heterodoxa junta presidencial que, para debatir el tendido de un gasoducto desde Bolivia a Paraguay y Uruguay, reunía a los socios relegados del Mercosur en un marco diferente, del que participaba Venezuela como punto de apoyo técnico y financiero.

Extraña coincidencia: mientras ajenos a estos movimientos en el remoto Sur, el mercado mundial se estremecía por la suba de tasas del Tesoro estadounidense y el precio del oro se disparaba a las nubes, en Asunción ocurría un estallido geopolítico sin precedentes. El malestar de Uruguay y Paraguay con el Mercosur explotó en la capital guaraní. Y mostró una inequívoca dinámica de desintegración del bloque. Las intervenciones de los presidentes Vázquez y Duarte, los titulares rotundos de la prensa, las declaraciones de dirigentes políticos y sindicales de todo signo, no dejaron lugar a dudas. Por esas horas, además, trascendía el enojo de Brasilia y Buenos Aires por esta iniciativa que hacía trizas una tradición de dos siglos respecto del papel de ambos países en relación con sus vecinos subordinados. Simultáneamente estalló la Comunidad Andina de Naciones (CAN, integrada por Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia). Chávez anunció desde la cumbre que su país se retiraba del bloque andino. Con la firma de TLCs por parte de tres de los cinco miembros, explicó Chávez, “la CAN está herida de muerte. La mataron. No existe (…) Lo lamentamos mucho pero eso ya no sirve, lo destruyó el imperio”.

 

Desintegración o recomposición

A la inversa de lo que interpretó la mayoría de los observadores, sin embargo, en Asunción no se asistía a la desintegración de Suramérica; y Venezuela no estaba cumpliendo un papel rupturista. Por el contrario, con el apoyo al gasoducto Bolivia-Paraguay-Uruguay, esa base material de integración establecía otra vez una dinámica de convergencia. Claro que sobre bases diferentes. Y el enojo inicial de la Casa Rosada y el Planalto (comidilla de la chismografía ataviada de periodismo) no tendría las consecuencias imaginadas con ligereza. Desde Asunción, Chávez promovió una reunión para el día siguiente, jueves 20, en la zona de la Triple Frontera, con Kirchner y Lula. No fue posible con tal inmediatez, pero ocurrió a la semana siguiente.

Quienes alientan la interpretación del decurso político por los humores presidenciales, además de desinformar a la población, se impiden comprender los acontecimientos y prever su dinámica: Lula, Kirchner y Chávez ratificaron en San Pablo la decisión de construir el otro gasoducto proyectado, el que con un tendido de Norte a Sur desde Venezuela y ensamblado con el que va de Oeste a Este desde Bolivia deberá unir estructuralmente a Suramérica en torno al factor clave del mundo contemporáneo: la energía.

La combinación de un sistema de integración energética y decisión política (ver Infraestructura…) constituye una fuerza poderosa, que en medio del estallido de tendencias centrífugas restableció una dinámica de convergencia. La detonación de la crisis era inevitable, porque intereses económicos para muchos inapelables radicados en Brasil y Argentina chocan entre sí y a la vez ahogan a Uruguay y Paraguay. Ese Mercosur, creado por multinacionales para mejor succionar riquezas locales, aun cuando por exigencia de la crisis mundial se transformó en baluarte para la resistencia limitada frente a los centros imperialistas, está estructuralmente impedido de ser un eje de unidad suramericana. “Para que funcione –dijo Chávez con una feliz metáfora– debe ser formateado”. En rigor, además de recuperar virgen la base de su valor originario –la convergencia de sus componentes– el Mercosur debería cambiar incluso el nombre. Porque el mercantilismo no es el motor adecuado para el proyecto de unión suramericana.

 

Nuevas bases para la unidad

Como quiera que sea, lo cierto es que al compás del estallido de Asunción comenzó la recomposición de otro tipo de unidad. Aún en ciernes y con formidables obstáculos por delante, esta confluencia tiene otros vectores y diferentes relaciones de fuerzas internas. Si al cabo plasma, los países de menor envergadura geográfica y económica no serán mero territorio de disputa para beneficio de los más grandes. La comprensible reserva de Lula y Kirchner tras la reunión de San Pablo dio lugar a especulaciones e infundios; pero nadie se atrevió a sostener que el resultado era la reversión de la dinámica de convergencia entre los tres países de mayor peso en Suramérica, ni que el saldo era favorable a Estados Unidos. Rumbo hacia el Norte, Vázquez aprovechó su escala en México para aclarar que Uruguay no se va del Mercosur. Esta página cierra antes de la reunión del mandatario uruguayo con Bush; pero no hay duda sobre el resultado: Uruguay no será arrastrado al proyecto timoneado por Washington y si Estados Unidos redobla la presión para continuar utilizando a ese país en su papel tradicional de Estado tapón, lo que obtendrá será una inesperada radicalización de Uruguay en sentido contrario.

Del mismo modo, es conjeturable que a partir de ahora las declaraciones de la presidenta chilena Michelle Bachelet –subrayadas en la edición anterior de América XXI– a favor de ingresar al Alca, pudieran morigerarse y aun girar en redondo: Chile tiene una perentoria necesidad energética que no puede resolverle el proyecto anexionista estadounidense. Fenómenos análogos se verán en Perú y Ecuador e incluso en Colombia. La guerra, claro, no ha terminado; pero Estados Unidos perdió otra batalla.

 

Clave en La Habana

El volcán que sacudió el mapa geopolítico en la segunda quincena de abril tuvo su punto culminante en La Habana. En el primer aniversario de la fundación del Alba, hasta ahora conformado por Cuba y Venezuela, se sumó formalmente Bolivia. Es una instancia superior, diferenciada pero inseparable, en el proceso de convergencia suramericana. Los datos del primer año de vida de la antítesis del Alca son elocuentes. Como señaló Fidel en el acto público de clausura, el viernes 29, Cuba y Venezuela fueron las naciones latinoamericanas de más alto crecimiento en 2005, con el 11,8% y el 9,3% respectivamente. En diciembre de 2004 el acuerdo comenzó con 199 proyectos por un total de 874,6 millones de dólares, pero durante 2005 el intercambio bilateral de bienes y servicios llegó a los 2.400 millones de dólares. Contra todo lo dicho, en las exportaciones venezolanas prevalecieron las no-petroleras, con un crecimiento del 255%. Con la ayuda cubana Venezuela pudo ser declarada en noviembre último como territorio libre de analfabetismo. La Misión Milagro resultó en que 220.571 pacientes de bajos recursos de 25 países de la región, el mayor número de ellos venezolanos, recuperaran o mejoraran su visión sin gastar un centavo. Tres mil 328 jóvenes venezolanos estudian Medicina en Cuba y en 2006 esa cifra llegará a 10 mil. Aún antes de sumarse formalmente, Bolivia ya siente los efectos del Alba: hay allí 44 asesores cubanos y 18 venezolanos, para ayudar a organizar la campaña de alfabetización, además de asegurar sin costo dos mil paneles solares a instalar en parajes donde no llega la electricidad. Para afrontar el desastre provocado por recientes lluvias en aquel país, Cuba envió una brigada médica con 62 especialistas que han atendido a más de 410 mil pacientes y salvado la vida de 748 personas. Otros 105 médicos cubanos trabajan en Bolivia como parte de la Misión Milagro, en tres centros oftalmológicos abiertos con cooperación cubana y donde han sido atendidos 4.800 pacientes, enumeró Fidel, para explicar enseguida que hoy estudian en Cuba 4.512 bolivianos, pero pronto esa cifra crecerá también gracias a los recién firmados acuerdos del Alba.

Se trata de algo cualitativamente diferente a las discusiones de los fabricantes de autos, zapatos y heladeras disputándose a dentelladas el mercado del Cono Sur.

Evo Morales no fue sólo a sumarse a un acuerdo ya en marcha. Llevó a La Habana la propuesta de enfrentar los TLC con los TCP (Tratados de Comercio de los Pueblos). “Así como el Alba derrotó al Alca, el TCP tiene que derrotar al TLC”, dijo. Y acaso para responder a vanas especulaciones que pretendieron enfrentarlo con Chávez por la salida de Venezuela de la CAN, el presidente boliviano propuso cambiarle el nombre a ese bloque, manteniendo la sigla: Comunidad Antimperista de Naciones. Y comprometió al presidente venezolano a regresar a esa CAN.

Risas y aplausos pudieron dar lugar a una errónea interpretación: es en esa dirección que marcha Suramérica.

 

Enviado especial a Asunción y Montevideo

 

Reivindicación de la política

PorLBenAXXI

 

Tres acontecimientos del último mes resumen la coyuntura: primeros pasos de un drástico realineamiento en Suramérica; incorporación de Bolivia al Alba y acuerdo firmado por Evo Morales, Hugo Chávez y Fidel Castro en La Habana, para llevar a cabo un plan de acción que rompe el molde capitalista de relación entre naciones; la orden dada por George W. Bush al director nacional de inteligencia, John Negroponte, para que con las 16 agencias de espionaje a su cargo y un presupuesto de 40 mil millones de dólares anuales, aumente el número de agentes de espionaje y operaciones encubiertas en América Latina.
“Los ejes de preocupación (estadounidense) son varios: el presidente Hugo Chávez, la Triple Frontera, Cuba, los vínculos entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y el narcotráfico, la porosidad de la frontera terrestre con México”, explicó con inusual despliegue el diario La Nación, de Argentina. En honor a la verdad, la precisión y la síntesis, podría decirse de otro modo: las democracias tuteladas ya no le sirven a Washington, que cambia la estrategia y apela a la violencia como último recurso.
En rigor, ese viraje estratégico lo dio el Departamento de Estados después de que la hipócrita bandera de la democracia cayó de sus manos con el fracaso del golpe contra la Revolución Bolivariana, en abril de 2002. El hecho es que ahora la Casa Blanca admite públicamente que multiplica los ejércitos de espías y provocadores que desde siempre actúan encubiertos en todos los ámbitos (prensa, partidos, sindicatos, asociaciones civiles, etc).
No cuenta en ese presupuesto el costo de los ejercicios militares conjuntos realizados por la marina de guerra de Estados Unidos con efectivos de República Dominicana, ni la posterior gira de una escuadra encabezada por el portaaviones de propulsión nuclear George Washington, que incluyó al crucero Monterrey, el destructor Stout, la fragata porta-misiles Underwood y 6.500 soldados. Será “una ocasión para prestar atención a la zona”, declaró el general de brigada Kenneth J. Glueck, jefe del estado mayor del Comando Sur. El citado despacho de La Nación precisó la idea: “Aviones, barcos, satélites y radares móviles fueron desplegados por el Caribe para monitorear, entre otras tareas, las rutas clandestinas que usan las avionetas que trasladan droga”.

 

Política por otros medios

Como en Irán, Washington prepara su escalada bélica planetaria. Está a la vista que el descontrolado déficit gemelo que corroe las entrañas de la economía estadounidense no impide este despilfarro demencial: 40 mil millones anuales para espionaje. Del mismo modo carece de fundamento la esperanza de que la Casa Blanca no abrirá otro frente de guerra porque se hunde día a día en Irak. Zbigniew Brzezinski dice en su último libro: “La capacidad para intervenir rápida y decisivamente es más importante para la seguridad estadounidense que la insistencia (un tanto teórica) de algunos planificadores militares en que Estados Unidos mantenga la capacidad suficiente para implicarse en dos guerras locales (de duración indeterminada) al mismo tiempo”. El alter ego de James Carter aboga por la decisión rápida, es decir, el uso de armas atómicas. Ahora que un imprevisto Caballo de Troya sacude el entramado político doméstico, con la entrada en escena de millones de inmigrantes, los jefes imperialistas serán menos reflexivos ante lo que sientan como amenaza en cualquier parte del mundo. A la vez, acelerarán en una dirección ya adoptada: el estrechamiento de las libertades democráticas y los derechos civiles dentro de Estados Unidos.
Es preciso mirar de frente esta realidad. Y entender en toda su dimensión la necesidad de pugnar por la convergencia suramericana, que a la vez que se profundiza en el sentido demostrado por Cuba, Venezuela y Bolivia con su trascendental acuerdo, asume banderas unificadoras de miles de millones de seres humanos en todo el planeta: paz y democracia. Basta ver el manifiesto de 1800 científicos contra la utilización de bombas atómicas para confirmar el enorme potencial educativo y aglutinante que tienen estas consignas.
Pero tal estrategia requiere un rescate de la política. Convertida en sinónimo de trampa y latrocinio, reducida a variantes de la argucia y enaltecida con el calificativo de pragmática, desde hace más de un cuarto de siglo la política se transformó en mala palabra. Fue rechazada por las mayorías y puesta al margen por quien debiera ser su musa mayor: la juventud. No podría minimizarse la contribución que para semejante desenlace se hizo desde las izquierdas. Es hora de acabar con eso. El pensamiento político riguroso, la integridad moral, la audacia revolucionaria, con cimas como Bolívar, Martí, el Che, reaparecen en el nuevo escenario latinoamericano. Encarnados en nuevos líderes y en ideas que no tienen edad, esos valores deben ser enarbolados de manera intransigente. Porque la democracia y la paz, en este difícil momento de la Historia, sólo pueden ser alcanzados acorralando y venciendo al imperialismo. Y dando paso al socialismo del siglo XXI.

Rediseño del mapa suramericano

porLBenLMD

 

La imprevista reunión, a finales de abril pasado en Asunción, entre los presidentes de Uruguay, Paraguay, Bolivia y Venezuela, seguida de otra en San Pablo, de la que participaron los de Argentina, Brasil y –una vez más– Venezuela, suponen un punto de inflexión en la historia del Mercosur y de la Unión Suramericana. Hugo Chávez asume el protagonismo ideológico y ejecutivo ante las vacilaciones de los demás.

 

Siete años atrás el Dipló adelantó que la brújula suramericana había girado para fijar un nuevo eje, con apoyo en Caracas y Brasilia, que cambiaría por completo el rumbo de la región(1). Algunos años después, la aguja dio un salto brusco y Buenos Aires pasó a ser también un soporte del eje gravitante desde entonces sobre la totalidad del sub-hemisferio, que arrastraría incluso a aquellos países y gobiernos explícitamente opuestos a los postulados y perspectivas de esta novedad geopolítica. La creación de la Comunidad Suramericana de Naciones y el ingreso de Venezuela al Mercosur comenzaban a dar carnadura al nuevo proyecto(2). El Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) cayó demolido durante este vertiginoso período. Pero a partir de allí un impulso contrario proveniente del Norte se introdujo en el complejo juego de fuerzas regionales. Uno de los instrumentos de esa cuña poderosa fueron los Tratados de Libre Comercio (TLC) impuestos por Estados Unidos a países suramericanos, aunque no faltaron las presiones extremas del Departamento de Estado ni las acciones conspirativas de la CIA. Era la contraofensiva de Washington, que en Mar del Plata, en la Cumbre de las Américas, había sufrido una humillación intolerable. La brújula comenzó a oscilar sin sentido; el movimiento centrípeto se descompuso; la dinámica de convergencia se convirtió en lo contrario.

 

 Una dinámica diferente

La cumbre de Presidentes que el pasado 19 de abril reunió en Asunción a Nicanor Duarte Frutos, Evo Morales, Tabaré Vázquez y Hugo Chávez, con la inédita composición que supone el encuentro de Paraguay, Bolivia y Uruguay con Venezuela, sin Brasil ni Argentina, puede ser tomada como quiebre definitivo de aquel eje de convergencia. O, a la inversa, también puede ser interpretada como punto de partida para una dinámica diferente, basada no ya en tres gobiernos, sino en un polígono de fuerzas que, sin desechar aquella base de sustentación, se proyecta sobre planos de naturaleza diferente: países de menor envergadura, gobiernos provinciales y movimientos sociales.

Como quiera que sea, lo cierto es que en Asunción ocurrieron tres acontecimientos llamados a conmover los cimientos del cuadro geopolítico regional y la estrategia de todos sus componentes: además de afirmarse un sub-bloque con países relegados hasta ahora en el rediseño del mapa hemisférico, Chávez anunció el retiro de Venezuela de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) y, a la vez que ratificaba la importancia del Mercosur, dijo aquello que todo el mundo sabe: «el Mercosur debe ser ‘formateado’ para que funcione, porque nació bajo la sombra del neoliberalismo y tiene problemas para trabajar como instrumento de integración; (…) el neoliberalismo y el capitalismo no son elementos de integración, sino de desintegración»(3).

 

 «Urupabol» más Venezuela

En la década de 1970 hubo un efímero intento de trazar una línea que conectase Uruguay, Paraguay y Bolivia. Se lo llamó Urupabol y no prosperó. Ahora, la capacidad gasífera de Bolivia y la amenazante situación energética mundial (Sarkis, pág. 14) le dan un nuevo impulso, que aparece realizable por el hecho de que Venezuela podría aportar capacidad técnica y financiera para respaldar la construcción de un gasoducto que una a los tres países.

Es una suma inesperada. Y además integra un factor que cambia el signo de la ecuación: Chávez actúa en función del programa estratégico denominado ALBA (Alianza Bolivariana para los pueblos de América), cuyo deus ex machina es la complementariedad solidaria, en un proyecto de integración suramericana no amarrado a transnacionales y grandes grupos económicos. Venezuela no busca rédito económico con este movimiento estratégico que cayó como un rayo sobre los socios mayores del Mercosur; lo que busca -y obtiene- es rédito político. Con prescindencia del interés que mueve a cada uno de los tres gobiernos del Cono Sur (y no hace falta decir que están claramente diferenciados), se establece un nuevo centro de gravitación que no busca confrontar con Argentina y Brasil, pero les hace sentir que deben ser tenidos en cuenta. La dinámica cambia por el simple hecho de que no está ya sujeta a la voluntad de Buenos Aires y Brasilia, que han llevado a límites por demás mezquinos y poco inteligentes su escasa consideración hacia los dos socios de menor envergadura en el Mercosur. Basta observar la discusión sobre la posibilidad de que el gasoducto se convierta en hidrovía entre Paraguay y Uruguay para comprobar hasta qué punto ha llegado el rechazo a los vecinos hegemónicos: se trata de que el gasoducto no toque territorio argentino ni brasileño.

 

 Los TLC matan a la CAN

Estados Unidos ganó varios puntos en su arremetida post-Mar del Plata. Esgrimiendo TBI y TLC (Tratados Bilaterales de Inversiones y de Libre Comercio), consiguió clavar cuñas importantes no sólo en aquellos países de antemano subordinados a su voluntad anexionista a través del ALCA. Sin embargo, cada victoria tuvo costos enormes, inmediatos y de mediano plazo. En Ecuador la firma del TLC levantó una oleada de movilizaciones masivas que difícilmente dejará de traducirse en las próximas presidenciales del 15 de octubre. En Perú, el descarado gesto de Alejandro Toledo, que se abrazó con George Bush y luego firmó el TLC en medio de la campaña electoral que designará a su sucesor, contribuyó en no poco para que el candidato anti-establishment se alzara con la mayoría en la primera vuelta. Y hasta en Colombia, donde no se esperan cambios dramáticos, grandes capas medias de agricultores y comerciantes que se saben afectados por el TLC han girado su preferencia electoral y, en detrimento de Alvaro Uribe, pasan a engrosar el previsto caudal de un recientemente formado frente de izquierdas. Pero nada de esto es comparable con el imprevisto golpe sobre la mesa que dio Chávez en el inmejorable escenario ofrecido por la cumbre de Asunción: Venezuela se va de la CAN y ésta, irremediablemente, ingresa en la fase final de su decadencia: «La Comunidad Andina de Naciones está herida de muerte y hoy puedo decir que está muerta. La mataron. No existe. Venezuela se sale de la Comunidad Andina. No tiene sentido. Hay que hacer otra cosa», dijo Chávez a los Presidentes reunidos. Y ratificó que esa decisión era irrevocable: «no hay marcha atrás. (…) Lo lamentamos mucho, pero eso ya no sirve, lo destruyó el imperio»(4).

De inmediato, la ministra venezolana de Industrias Ligeras y Comercio (Milco), María Cristina Iglesias, ofreció argumentos de naturaleza estrictamente económica: «bajo la tutela ejercida de los TLC sobre la CAN tendríamos inmediatamente desregulaciones de mercado que implican abrir a importaciones que vendrían trianguladas a través de Colombia, pero procedentes de Estados Unidos»; y agregó: «salir de la tutela de esos concentrados de malignidad que son los TLC es absolutamente saludable para la industria nacional»(5).

No menos contundente fue la argumentación del canciller venezolano Alí Rodríguez, quien detalló los efectos negativos de los TLC: «la flexibilización laboral que desmejora al trabajador, nuevos fenómenos de concentración de capital, renuncia del Estado a la generación de políticas públicas, daño al desarrollo agrícola autónomo por la entrada de productos altamente subsidiados y bloqueo del desarrollo endógeno que impulsa Venezuela»(6).

Contra quienes imaginaron una impensada decisión circunstancial de Chávez, Rodríguez anunció de inmediato la decisión a la Unión Europea en Bruselas, mientras Iglesias informaba que a partir del lunes siguiente se iniciarían reuniones de trabajo con los sectores productivos del país y se programaría una agenda de reuniones bilaterales con las otras naciones de la CAN, para analizar la posible firma de tratados en el marco de la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI). La primera de estas reuniones tratará sobre el sector automotor.

El país que se verá más afectado por la decisión venezolana será Colombia, que exporta unos 2.000 millones de dólares anuales a Venezuela y sólo le compra por alrededor de 1.000 millones de dólares. Las exportaciones de Venezuela a los otros tres países (Perú, Ecuador y Bolivia) ascienden a unos 800 millones de dólares y sus importaciones a más de 500 millones de dólares. El comercio intrarregional de la Comunidad Andina asciende a 8.000 millones de dólares, de los cuales la mitad corresponden a exportaciones de Colombia. De allí la perplejidad y los lamentos en Bogotá, Lima y Quito.

Chávez, quien gusta repetir que «la política va adelante», se vale de la economía para llevar a cabo el proyecto «bolivariano», precisamente porque tiene y ejecuta un plan político.

 

 Mercosur formateado

Mientras hacía estos anuncios en Asunción, el Presidente venezolano intentó una reunión con sus pares de Brasil y Argentina al día siguiente, jueves 20, en Iguazú. Se trata de la reunión que debía llevarse a cabo en Mendoza un mes atrás, en coincidencia con el viaje que los Presidentes debían hacer para asistir a la asunción de Michelle Bachelet en Chile, destinada a avanzar sobre el proyectado gasoducto que atravesará de Norte a Sur el sub-hemisferio y se proyecta como eje material de integración económica y política. Al parecer por problemas de agenda, Néstor Kirchner demoró la respuesta hasta que, por fin, anunció que le resultaba imposible. De todos modos, un día después convino con Chávez y Lula un encuentro la semana siguiente en Brasilia (ver recuadro).

De la anécdota se pueden extraer muchas interpretaciones, pero el hecho es inequívoco: cuatro Presidentes se reunieron en Asunción y tres en Brasilia con una semana de diferencia, en ambos casos en torno de un proyecto de integración suramericana cuyos contenidos, lejos de contraponer a los seis países involucrados, los impulsa hacia la convergencia.

El dato nuevo es que esta dinámica, ya vigente desde hace más de un lustro, tiene bases nuevas: es la ratificación de un «Mercosur formateado», es decir, puesto a cero para recomenzar sobre terreno limpio. Es improbable que Argentina y Brasil quieran y puedan negarse a tal empresa. En Uruguay y Paraguay la confrontación con los socios mayores no podría ser más beligerante. Enfrentados entre sí en todo y por todo, los medios de prensa paraguayos tuvieron una única voz para expresar ese álgido estado de ánimo, con titulares estridentes: «Presidentes expresaron malestar por trabas de los socios del Mercosur»(7); «Los países chicos se rebelan contra Brasil y Argentina»(8); «Tabaré fustiga a sus dos vecinos»(9); «Acuerdo con Uruguay y Bolivia tiene fórmula inversa al Mercosur»(10). Ganada por el espíritu atípico de la reunión, la canciller paraguaya Leila Rachid afirmó que el acuerdo consiste en «una nueva fórmula de integración: integrar a los países sobre sus recursos naturales, bajo su propia soberanía y territorialidad»(11), aunque luego morigeró sus palabras y aclaró: «esto no es una fórmula alternativa al Mercosur»(12).

Es pues evidente que en este clima, un paso errado de Itamaraty o del Palacio San Martín provocaría daños imprevisibles en la construcción del Mercosur.

En cualquier hipótesis, la duda mayor está centrada en el curso de acción que tome el gobierno argentino, atenazado por un conflicto hasta el momento fuera de control con Uruguay en torno a las fábricas de celulosa. A este escenario se sumó la flamante Presidenta chilena, que introdujo definiciones nuevas para las relaciones de ambos países. El viaje de Michelle Bachelet a Buenos Aires fue precedido por la difusión de una propuesta inédita: «alianza estratégica» entre Chile y Argentina. Luego, al hacer el balance de su gira la primera magistrada sostuvo: «el Mercosur nos haría retroceder (…) por eso es que nosotros empujamos el ALCA»(13).

Insuficientes para cualquier interpretación sólida, estas declaraciones plantean como mínimo una incongruencia: consumar una alianza estratégica de Chile y Argentina rechazando el Mercosur y empujar el Área de Libre Comercio de las Américas con Argentina, el país que encabezó el rechazo a esa exigencia estadounidense en Mar del Plata. Aceptar en estos términos la oferta chilena supone para Kirchner girar en redondo y abandonar el Mercosur. Es más coherente suponer que se hará lo necesario para restañar heridas con Uruguay y reanudar el trabajo con el nuevo Mercosur.

  1. Luis Bilbao, «La revolución pacífica del comandante Hugo Chávez», Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, noviembre de 1999.
  2. Luis Bilbao, «En busca de un lugar en el mundo»,
    Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 2004; Luis Bilbao, «Luces y sombras ante la
    Comunidad Suramericana de Naciones», Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2005.
  3. «Chávez pide ‘reformatear'», ABC, Asunción, 20-4-06.
  4. Ministerio de Comunicación e Información; Caracas, 20-04-06.
  5. Entrevista con el autor.
  6. Ibid.
  7. La Nación, Asunción, 20-04-06.
  8. Última Hora, Asunción, 20-04-06.
  9. Ibid.
  10. ABC, Asunción, 21-04-06
  11. Ibid.
  12. Última Hora, Asunción, 21-04-06
  13. Inés Capdevila, «Bachelet: el Mercosur nos haría retroceder», La Nación, Buenos Aires, 25-3-06.

Intervención de Luis Bilbao

porLBenCR

 

Buenas noches. Vamos a darle la clausura de esta introducción al seminario al compañero Eduardo Fuentes, que hablará en representación de lo que es, ha sido y seguirá siendo el gran faro en nuestro continente respecto de la cuestión central de este seminario: la construcción del socialismo o si lo queremos poner de otra manera, la abolición del capitalismo.

Realmente fue muy oportuno hacer este esfuerzo de organizar un seminario que se propone continental para pensar, debatir y elaborar el socialismo del siglo XXI. Cuando, como contaba el compañero, discutimos esto el 2 de marzo, pusimos como fecha mediados de junio (17, 18 y 19), lo realizamos en Montevideo; y entre la decisión de hacerlo y el momento en que lo hicimos se habían caído dos presidentes en América del Sur y estaba tambaleando un tercero, que todavía sigue tambaleando. Esperemos que no caiga; pese a todo tenemos que trabajar para que no caiga.

Luego, entre Montevideo y Buenos Aires los acontecimientos se han sucedido con una velocidad y una profundidad, que verdaderamente se entiende que a muchas personas les produzca vértigo. Me pregunto si hemos sacado todas las conclusiones respecto de lo que ocurrió en Mar del Plata. De manera que yo voy a centrar mi intervención en esto para que el día de mañana podamos extraer hasta lo último respecto de qué hacer después de lo ocurrido en Mar del Plata. Porque no se trata de un acontecimiento cualquiera; y no se puede dar cuenta de semejante acontecimiento sin apelar a todo el bagaje teórico y a toda la decisión militante que se supone reunimos en este conjunto.

Se fracturó el continente el 4 de noviembre. Se partió en dos. Si ustedes ven la última edición (número 11) de América XXI, mi nota editorial tiene como título “Acorralado, Bush embiste en el Cono Sur”. En esa editorial lo que hacía era detallar cómo Estados Unidos, después de 6 años de retroceder sistemáticamente en todo el hemisferio, de haber perdido la iniciativa política y de mostrar incapacidad para recuperar el control estratégico del hemisferio, había lanzado una campaña feroz que implicaba una cantidad de factores, pero que estaba centrada en torno de uno: la violencia. Cundo yo decía esto, tomaba como primer hecho de esa contraofensiva bélica, aunque tenía todos los demás elementos, un acontecimiento del cual hoy se cumple un año. Hoy en Venezuela están conmemorado un año del asesinato de un fiscal revolucionario, a quién le pusieron una bomba, lo hicieron volar por los aires, en la certeza de que era la gota que derramaba el vaso de la paciencia revolucionaria y lanzaba a la revolución bolivariana una cantidad de medidas que podrían haber sido tomadas precisamente como la provocación para continuar con el proyecto intervencionista-militar de Estados Unidos sobre Venezuela. Les falló. Era el 18 de noviembre de 2004.

Un mes y medio después hicieron otra provocación de dimensiones extraordinarias: secuestraron a un dirigente diplomático de la FARC en el centro de Caracas. Lo hicieron con un grupo de militares y paramilitares colombianos, y con un grupo de militares venezolanos. Era el intento de provocar una situación bélica ya no simplemente interna, sino con Colombia. Volvieron a fracasar y este fracaso fue todavía más grave (aunque no me referiré a eso esta noche).

Pero donde sí empezó Estados Unidos a hacer pié en su contraofensiva fue precisamente aquí, en el Cono Sur. ¿Cuáles fueron los instrumentos utilizados?

El militar, tal vez el más conocido, tuvo eje en Paraguay, con la decisión de hacer pública una base que tenían hace 20 años. Además comprometieron ostensiblemente al gobierno con la inmunidad para las tropas estadounidenses que están actuando y seguirán actuando durante todo el año en Paraguay, a 200 kilómetros de la frontera con Bolivia, y a muy poca distancia de la Triple Frontera.

Pero, hubo factores de otro orden, que constituían esa contraofensiva generalizada de Estado Unidos y que fueron menos visibles. Ustedes habrán leído con estupefacción el 2 de mayo pasado, cuando Clarín publicó un artículo firmado por el canciller argentino defendiendo el Alca, sabiendo además que ese artículo fue enviado desde Washington, dónde el canciller había hecho una reunión de embajadores para definir la política internacional de Argentina. Y mientras tanto se aceleraba lo que ya estaba resuelto pero de todas maneras debía replantearse en Uruguay, que era el Tratado Bilateral de Inversión, firmado por el presidente saliente en acuerdo con el presidente entrante, pero que sin embargo debía aprobar el parlamento. Esto formaba parte, entre otra gran cantidad de hechos que no voy a sumar para no agobiarlos, de una contraofensiva que tenía como objetivo restar a estos países del bloque objetivo que estaba conformándose en América del Sur, en contra de las decisiones centrales del imperialismo estadounidense.

Bueno compañeros, esa embestida en el Cono Sur fracasó el 4 de noviembre. Fracasó completamente después de tener éxito en sus pasos preparatorios. Nosotros tenemos que reflexionar sobre este punto; mucho y muy cuidadosamente. Propongo que éste sea uno de los temas de discusión en la cuestión estratégica de la transición.

Para quien vive en Argentina, en Paraguay, en Brasil o en Uruguay, esta descripción dramática que hace el compañero uruguayo de la situación en su país, no tiene dudas respecto de cuál es la naturaleza de los gobiernos que le dieron tamaño golpe al imperialismo. No tiene ninguna duda.

Ahora: fracasó la embestida. ¿Y qué quiere decir esto? Quiere decir que nosotros tenemos que recuperar el instrumental revolucionario, sobre todo en aquello que es su nudo, que es el método de pensar. El marxismo, si es algo, es la recuperación de lo más puro del pensamiento en la historia humana, que nació materialista y nació dialéctico, pero que en el siglo XIX con esas dos grandes cabezas revolucionarias, no solamente pensantes, que fueron Marx y Engels, toma la capacidad de reconocer la realidad en toda su cambiante contradicción.

El desenlace en Mar del Plata muestra a protagonistas que habían cedido frente a la embestida estadounidense, enfrentando al imperialismo en el momento en que pretendía consumar la contraofensiva. ¿Qué pasó para que, habiéndose entregado, en la reunión de presidentes tomaran la decisión de resistir?

Los estrategas de Estados Unidos no son tontos; son personas que, con todos los recursos del mundo, están en capacidad de medir milimétricamente cuál es la situación. Y ellos dijeron: en Mar del Plata, lanzamos el golpe, imponemos el Alca, aislamos a Venezuela, se terminó.

Luego estaremos en condiciones de invadir Venezuela, de invadir Cuba. Esto estaba en juego en Mar del Plata compañeros. No nos confundamos. Y la forma de hacer eso era la imposición del Alca. La preparación llevó tres años, particularmente los últimos dos. Recuerden que esta reunión en Argentina debía hacerse en 2004, pero se hizo un encuentro especial, fuera de agenda, en Monterrey, en febrero de 2004 para preparar este encuentro, ir minando el terreno y dar el remate. Fue una línea de acción estratégica, milimétricamente medida, y exitosa. Excepto en el norte del Sur, exitosa. Sin embargo, cuando vienen a dar el paso decisivo, se encuentran con algo completamente fuera de lo planeado.

El presidente Néstor Kirchner hace un discurso diciendo: “al Alca, no”. Kirchner; no Lenin. No sé si perciben la diferencia…

(Risas)

Kirchner hace un discurso diciendo “no al Alca” y el Mercosur se pliega: no al Alca. Quedaron tan desconcertados los estrategas y los empleados del imperialismo que se produjo una situación inmanejable en la propia Cumbre. Perdiendo todo sentido de la realidad inmediata el presidente Vicente Fox -el presidente de Coca Cola, entiéndanme-

(Risas)

…dice nada más y nada menos que ellos son 29 contra 5. Se acabó. Era precisamente lo que no debía decir. En primer lugar por el sentido del número; porque de esos 29 hay tres, son ellos, Canadá, Estados Unidos y México que obviamente quieren el ALCA. De los otros 26 hay más de 22 que no quieren saber absolutamente nada con el Alca, pero son países sin gravitación desde el punto de vista geográfico, el número de habitantes y el peso económico. Y por lo tanto en una circunstancia de tanta presión, de tanta violencia, como la que se dio en la cumbre (al punto que Kirchner, -otra vez, no fue Trotsky, sino Kirchner!- tuvo que decir que no le gustaba que lo patotearan, porque eso es lo que estaban haciendo); en tal situación estos 22, 24 países no pueden sencillamente votar en contra.

De hecho no votaron en contra ni a favor. Pero Fox los puso a todos como propios. Frente a eso el presidente Hugo Chávez les dijo: si somos democráticos, entonces hagamos un referéndum, país por país, a ver quién quiere el ALCA, desde Canadá hasta Argentina, quién quiere el Alca.

Se fue el señor Bush, se levantó y se fue. Después Chávez bromeaba en una conferencia de prensa, diciendo que se había ido con la derrota pintada en la frente. Y no hay duda. El papelón que han hecho no tiene nombre. Y tenían ganada la batalla…

Ahora, precisamente por eso es importante comprender la contradicción. Porque no son los gobernantes, no son los gobiernos, no son los partidos; es una fuerza que los maneja a ellos, que no les deja escapatoria, entre otras cosa porque ya han probada una conclusión muy clara, que nosotros decíamos y veíamos en el Seminario de Montevideo, cuando consideramos la caída de Mesa en Bolivia y la caída de Lucio Gutiérrez de Ecuador. ¿Por qué se cayó Lucio Gutiérrez? Porque se entregó a la voluntad imperialista. Y una vez que lo tienen… como señala un antiguo refrán: “Roma no paga a traidores”. Una vez que lo tienen, lo tiran. Y esto lo saben ahora todos los presidentes tentados a subordinarse: están entre la espada y la pared.

Creo que acá, en este punto, está el gran desafío para que una verdadera fuerza revolucionaria pueda pasar de la idea y los cuadros a la acción y a las masas. Porque esto se acelera. En este momento debía estar aquí para hablar después de mí y dar un panorama milimétrico de Venezuela, el embajador de Venezuela. ¿Por qué no está el embajador de Venezuela? Porque de pronto, después de la Cumbre en Mar del Plata, y en medio de una pelea de Kirchner con Fox que se prolongaría multiplicada por mil entre Chávez y Fox, el gobierno argentino le pidió de emergencia una audiencia al gobierno venezolano. Y allá se va Kirchner. Naturalmente el embajador venezolano tuvo que viajar también. ¿Qué irá a hacer Kirchner a Venezuela? Lean el diario la Nación, la desesperación de esta gente es para divertirse. Nosotros también tenemos derecho a la diversión. Lean La Nación, eso es diversión pura.

(Risas)

Yo creo que entonces el gran desafío del pensamiento revolucionario es ser capaz de recuperar una noción clásica, forjada en lo que fuera el laboratorio de ideas revolucionarias más poderoso en la historia de la humanidad, la III Internacional en sus cuatro primeros congresos. Son textos completamente desconocidos, desestimados por la mayoría de los cuadros. Pero ha llegado la hora de recuperarlos.

Crítica de Nuestro Tiempo publicó hace ya tres años los cuatro primeros congresos de la Internacional, para ponerlos en manos militantes precisamente como un instrumento, como parte de un instrumental imprescindible de los revolucionarios; para poder pensar la realidad no copiando aquello, sino tomando el ejemplo. Porque ¿qué era lo que resolvían los revolucionarios de comienzos del siglo XX reunidos en la III Internacional? La transición; los problemas de la transición. Estaba claro que el mundo se hundía en una crisis capitalista gravísima; la que llevaría a la II Guerra Mundial; y que estaba planteado el propósito y la posibilidad concreta, alcanzable, visible, de la revolución socialista; el derrocamiento del capitalismo en todo el mundo. Estaba planteado. Sería motivo de otro seminario discutir por qué eso no fue.

Pero lo cierto es que en esos cuatro congresos, los revolucionarios de todo el mundo, conducidos por los revolucionarios que habían obtenido una victoria y que estaban haciendo la primera revolución anticapitalista del mundo, forjaron consignas, criterios y metodologías que hoy serán muy valiosas para nosotros si podemos entenderlas y asimilarlas. Y una de las cosas que se cambió en aquella oportunidad, no me canso de repetirlo, fue una consigna histórica. La III Internacional Comunista cambió la consigna clásica del Manifiesto Comunista: “proletarios del mundo, unios”. Ante la eclosión de la crisis a escala planetaria, con la revolución rusa ya vigente, en una situación de tener que liderar la transición, la III Internacional forja la consigna “proletarios y pueblos oprimidos del mundo, unios”.

Vean esto: a un marxista serio nadie puede darle lecciones respecto de la búsqueda de la más amplia forma de unidad para enfrentar al imperialismo y al capitalismo. ¡Nadie! Pero claro, son pocos los marxistas serios, quiero decir teóricamente sólidos… si es que acaso hay alguno que esté fuera de Cuba.

Por eso hay muchísimo espacio para otras recetas. Por ejemplo, hagamos un frente muy amplio. Claro porque entre la locura sectaria del llamado frente de izquierdas, que es una locura sectaria porque deja al país, sobre todo en la Argentina -también en Uruguay, pero en Argentina ni hablar- fuera de ese frente. Discutimos esto con los compañeros que defendían la noción teórica de izquierda unida: si nosotros consiguiéramos unir a todas las izquierdas, cosa absolutamente imposible (y no deseable, además, ya vamos a ver por qué), si lo lográramos, el país entero queda fuera de ese frente. Cuando de una manera u otra esto se comprueba, naturalmente viene el contragolpe: ¿por qué no podrían participar la UCR y sus dirigentes en el frente que necesitamos? Esta es una discusión de hoy y es una discusión para nosotros también.

Pues bien: los revolucionarios del mundo, en el tercer y cuarto congresos de la Internacional Comunista, forjaron una noción programática y un concepto organizativo para dar respuesta a este dilema. Y no una respuesta polar: unidad de las izquierdas o todos, no importa de qué partido, somos hermanos y vamos para adelante. Eso se llamó Frente Único Antimperialista. El programa era lo que la III Internacional, entiéndanme bien, por favor, denominó “programa de transición”. Luego, una corriente que tras el asesinato de su líder degeneraría de manera escandalosa en prácticamente todas sus versiones y fracciones, haría de esto una especie de oración religiosa. La fetichización de un programa para la revolución.

En esas manos el programa de transición no respondía al hecho de que el mundo vive un período de revolución y contrarrevolución, de capitalismo en agonía y socialismo que no nace, por lo tenemos que tener formas programáticas y formas organizativas ad doc, sino que era una receta. El que no estaba de acuerdo con eso era un contrarrevolucionario.

Un chiste de mal gusto; resultante de cosas que no tenemos por qué considerar ahora, pero que sin embargo quiero enunciar: una derrota muy profunda de los trabajadores en todo el mundo, un retroceso político, teórico y, naturalmente, organizativo.

Es éste el punto de partida para nosotros. Debemos arrancar desde una realidad en la cual aquella consigna, “proletarios y pueblos del mundo, unios”, no tiene donde apoyarse, no tiene la instancia desde la cual nosotros podamos decir unámonos. ¿Cómo se unen los proletarios si no hay sindicatos, si no hay partidos proletarios en el sentido lato de la palabra? ¿Y cómo se unen los pueblos cuando sus dirigentes, resultantes de esa tremenda derrota, sus representaciones políticas, son hoy todas instancias completamente entregadas al capital, y en la mayoría de los casos al imperialismo? Todos los movimientos nacionalistas burgueses, en su estructura central se han entregado, traicionando la voluntad de sus propias bases que no necesitan ser marxistas para enfrentarse al imperialismo y al capitalismo: Y que lo hicieron en todo el mundo bajo banderas nacionalistas. Nosotros tenemos que encontrar esta respuesta ahora, sin partidos de masa, sin sindicatos de masa, sin movimientos nacionalistas articulados de masas; sin nada de eso, debemos sin embargo dar respuestas.

A mí no me extraña que los jóvenes no vengan en grandes contingentes a este Seminario. Aparte de que llevamos un período muy largo de frustraciones ideológicas, nosotros acabamos de tener elecciones hace menos de un mes. ¿Qué pasó en las elecciones? Bueno, Alicia lo decía, 7 diputados de distintas formas de izquierda no pudieron renovar sus mandatos. Y Moria Casán sacó más votos que todas las izquierdas sumadas en la Capital. Por algo ocurrió eso; y si no reconocemos ese algo; si no reconocemos que las cosas son así, pues no avanzaremos.

Este es el punto de partida y no me asusta. ¿Por qué? Porque yo mismo recibí una dura lección en Mar del Plata. Yo veía los dos fenómenos, inclusive alguno de ustedes me habrá escuchado o acaso me habrá leído, explicando que la fuerza objetiva era mucho mayor, etc. Pero yo no preví que Kirchner iba dar el discurso que dio.

Y me parece que una persona seria -no digo un revolucionario, un marxista, digo una persona seria- cuando se equivoca o no acierta totalmente, tiene que decirlo. A mí me golpea que haya personas que han empapelado Buenos Aires con su cara para pedir un voto y, después de no obtenerlo, hablan de otra cosa como si no hubiera pasado absolutamente nada. ¿Cuál de los candidatos ha llamado a un gran debate para asumir que los trabajadores, las juventudes, la sociedad en todas sus clases y sectores, les dio la espalda? Ninguno de ustedes me iba a pedir cuenta de esto, porque la mayoría de ustedes no sabe qué pensaba yo de esa Cumbre.

Pero el hecho es que yo decía “Acorralado, Bush embiste en el Cono Sur”. Y la frase con la que terminaba ese artículo es la siguiente: “resta saber cuál será la respuesta desde Buenos Aires, Montevideo y Brasilia”. Lo dejé en la duda.

Pues bien: alguien no tenía dudas de cuál sería el desenlace de la cumbre de las Américas, porque tiene más información en primer lugar; porque tiene más formación; y porque tiene un partido. No estuvo presente en ese lugar, porque está prohibido para él; pero yo creo que de verdad fue la persona más presente, junto con Hugo Chávez: saben que estoy hablando de Fidel Castro.

La victoria en Mar del Palta tuvo una conducción estratégica. Y esta capacidad para medir y para actuar sobre los acontecimientos reales debe ser lo que nosotros midamos y pongamos a punto en nuestra discusión de mañana y pasado. Espero que lo hagamos así. Gracias a todos.

(Aplausos)

 

 

reseña

Hugo Chávez sin uniforme

porLBenLMD

 

De Cristina Marcano, Alberto Barrera Tyszka

Editorial: Debate
Cantidad de páginas: 416
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Noviembre de 2005
Precio: 36 pesos

 

Entre tapa y contratapa hay dos libros en este volumen. El primero se titula “Prólogo” y lo firma Teodoro Petkoff, aspirante a candidato de consenso del arco opositor para las presidenciales venezolanas de diciembre próximo. Su texto es una diatriba feroz contra el presumible vencedor de esa contienda cercana. Petkoff no se hace honor como intelectual: “Chávez es un hombre de buena suerte. (…) La suerte existe. Unos la tienen, otros no; (…) estuvo a punto de perder el poder el 11 de abril de 2002 porque él mismo cavó el hoyo donde cayó y de donde casi por pura casualidad, o mejor, por pura buena suerte, pudo salir”. Se refiere al fallido golpe de Estado contra Chávez…
El otro se presenta como una biografía equidistante y objetiva. Sus autores pertenecen a El Nacional, vanguardia en el conjunto mediático opositor. Con innumerables fuentes –que no excluyen al autor de estas líneas– construyen una narrativa vivaz. La objetividad resalta: el capítulo referido al golpe de Estado se denomina “los enredos de abril” y el manotazo fallido es aludido como “la crisis” o “los sucesos” de abril; el aplastante resultado del referendo que ratificó a Chávez en agosto de 2004 es una “controvertida victoria”; y en la más benévola calificación, el Presidente es “un provocador de primera línea”, que “ha creado ese país donde todo es legal pero inadmisible”.
Resulta obvio que Petkoff, Marcano y Tyszka no comprenden la honda transformación social en curso en Venezuela. Por eso no logran siquiera rozar la verdadera personalidad y la historia de Chávez o la reciente de Venezuela. La biografía declina así hasta transformarse en una olvidable telenovela.

indio, cocalero y socialista, toma el poder en un país clave

Victoria estratégica para toda América Latina

PorLBenAXXI

 

Otro MAS: los vencedores de las elecciones del 18 de diciembre en Bolivia tienen objetivos limitados pero claros: las riquezas naturales (petróleo y gas ante todo) serán nacionalizadas; habrá una Asamblea Constituyente que tendrá la función de rediseñar drásticamente la estructura sociopolítica del país; las multinacionales deberán someterse a los intereses del país. Evo Morales dio señales antes de asumir: el viaje a Cuba y Venezuela, rubricado por acuerdos clave para acabar con el analfabetismo, garantizar atención sanitaria a las mayorías marginalizadas y acelerar los pasos para lograr la soberanía energética en todos los planos, son otros tantos signos de determinación estratégica, como lo son los dados en Madrid, París, Johannesburgo y Pekin. En cualquier interpretación, a partir del vertiginoso proceso inciado con la asunción de un indígena al poder en Bolivia, Estados Unidos es el gran perdedor. Y el gran peligro.

 

“¡¡Causachun coca!! ¡¡Wañuchun yanquis!!”. Era la medianoche del 18 de diciembre. Una inesperada avalancha de votos imponía al candidato presidencial del Movimiento al Socialismo (MAS). Anonadados, desinformados por sus propias encuestas, los partidos del statu quo y la embajada estadounidense perdían reflejos y quedaban limitados a reconocer su derrota. Habían preparado un aceitado mecanismo para arrebatar una vez más el poder en el Congreso: la diferencia entre los dos principales rivales sería ínfima y una coalición de los partidos del sistema se encargaría de designar al Presidente. Obreros, campesinos, desocupados, sectores activos de las clases medias, se aprontaban para evitar el manotazo. Pero los resultados fueron de tal manera abrumadores que la maniobra legal se hizo inviable. Imposible negar lo obvio sin detonar una confrontación social de inimaginables proporciones. En Cochabamba, frente a una asamblea espontánea, Evo Morales concluía un breve discurso de la victoria con aquella consigna en quechua: “¡¡Viva la coca!! Abajo los yanquis!!”. Bolivia ingresaba así, con cuatro palabras, en otra era.

 

Las cifras 

Contra todo pronóstico Evo Morales no sólo obtuvo la mayoría absoluta de los votos: produjo un terremoto político que desmoronó la totalidad del espectro partidario tradicional. El conteo final le dio a Morales un 53,7% contra el 28,6% de su principal contrincante, Jorge Quiroga, del Partido Podemos, una fabricación de emergencia en función de los intereses de la oligarquía local teledirigida desde Washington. Más lejos aún quedaron Unidad Nacional (UN), con el 7,8% y el histórico Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), con el 6,5%. Otros cuatro partidos perdieron la personería legal por no haber alcanzado el 3% de los votos: Movimiento Indigenista Pachakuti (MIP), Nueva Fuerza Republicana (NFR), Frente Patriótico Agropecuario de Bolivia (FREPAB), y Unión Social de los Trabajadores de Bolivia (USTB). Una formación con historia, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), eludió la pérdida de la personería jurídica mediante un recurso original: no se presentó a las elecciones. Felipe Quispe, quien desde posiciones indigenistas situó a Evo Morales como “el enemigo principal”, además de perder la personería del MIP vio frustrada su elección como diputado.

Además de la presidencia, el MAS ganó 12 de los 27 senadores, 72 de los 130 diputados y 3 de las nueve gobernaciones. Pero estos datos no dan todavía una visión ajustada de los resultados: en los Departamentos de La Paz, Oruro y Cochabamba, el MAS obtuvo 66,6%, 63% y 65% de los votos respectivamente. Y en Santa Cruz, supuesto bastión inexpugnable de la derecha el MAS alcanzó el 33%, contra el 42% de Podemos. Esto sin contar dos hechos que califican aún más tales resultados: 872.974 ciudadanos no pudieron votar por haber sido “depurados” de los padrones por la Corte Nacional Electoral; y en muchos distritos los antiguos aparatos electorales apelaron a su más conocido recurso para ganar alcaldías: el fraude.

No fue suficiente. Evo Morales, indígena, cocalero y socialista, es presidente de Bolivia.

 

Clave del triunfo 

Tal como lo repitió la prensa en todo el mundo hubo una avalancha de votos, una victoria arrolladora, que llevó a Evo Morales al gobierno. Pero conviene no confundir el efecto con la causa. Hubo avalancha de votos porque, antes, tuvo lugar un fenómeno de naturaleza diferente: la unidad social y política de los explotados y oprimidos en Bolivia.

Una victoria electoral puede ocurrir por factores en extremo aleatorios. Por ejemplo, cuando Gonzalo Sánchez de Losada, como candidato de un exhausto MNR y pese a su tonada gringa al hablar, ganó la presidencia en 1993, apelando a los viejos pergaminos de su partido, a los que sumó el imán de un vicepresidente indígena. En 2002 recuperó el cargo, pero esta vez había un signo claro de los cambios en curso: incluso admitiendo los resultados dados oficialmente, “el Goni” obtuvo un 22,46% de los votos contra el 21% de Evo Morales. Cuando Sánchez de Losada huyó del Palacio rumbo a Miami el 17 de octubre de 2003, la inconsistencia de aquellos triunfos quedó a la vista: no es lo mismo obtener el favor en los comicios que forjar la unidad social de un pueblo y darle a ésta una expresión política.

Hay Historia remota y presente tras la consagración de Evo Morales como presidente. El MAS suma a su nombre un complemento en el que habitualmente no se repara: “Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos” (IPSP). Ocurre que IPSP fue el nombre originario de la fuerza hoy victoriosa. Había adoptado esa denominación en un momento clave: el pasaje del movimiento reivindicativo-social, con predominancia de campesinos cultivadores de coca, a la acción política. En 1995 la Confederación de Campesinos de Bolivia, en su congreso, decidió crear el Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos, formado sobre la base de organizaciones sindicales unidas. Antonio Peredo, hoy figura relevante del MAS, lo explica así: «Buscaban lo que llamaban ‘nuestro’ instrumento político. Constituyeron un brazo político, que intentó terciar en las elecciones. Sin embargo el IPSP no pudo cumplir con las obligaciones que imponía el código electoral. Entonces se tuvo que acudir a un partido pequeño que tenía su sigla legalizada ante la Corte Electoral para las elecciones de aquel año. En esas elecciones el instrumento político participó con el nombre de Movimiento al Socialismo. Logró elegir cuatro diputados, uno de ellos, Evo Morales. En este proceso, el MAS fue ‘recogido’ por las seis confederaciones del trópico cochabambino, organizaciones representativas de los productores de coca, quienes decidieron trabajar con mayor profundidad este instrumento”.

He aquí el origen de esta organización, hoy conocida como MAS. Resulta ilustrativo comparar su dinámica con la verificada en Argentina, donde desde bastante antes de 1995 convergían luchadores de diferentes vertientes empeñados en construir una “herramienta política” a la que jamás pudieron dar forma. Pero si en Argentina dirigentes sindicales y populares trastabillaron y cayeron una y otra vez ante la exigencia de ese paso decisivo, en Bolivia ocurrió lo contrario: “el MAS fue ‘recogido’ por las seis confederaciones del trópico cochabambino”, para reiterarlo con las palabras de Antonio Peredo. Y la miríada de luchas reivindicativas urbanas y rurales en Bolivia tomó cuerpo en el combate político, en el derrocamiento de presidentes desde 1997 y en la imposición de uno propio ahora, en diciembre de 2005.

Además de explicar la verdadera naturaleza del MAS esta “herramienta”, o “instrumento”, aparece como factor insoslayable al indagar las razones de su victoria; y, más aún, revela la huella por la cual se abre paso la lucha social en el actual contexto histórico de América Latina y el mundo: huérfanas de partidos en la concepción tradicional del término, es decir, formaciones homogéneas con programa de acción, estrategia de poder y cuadros para alcanzarlo, huérfanas igualmente de formas movimientistas de carácter nacionalista (ya entregadas sin tapujos al imperialismo), las víctimas de la crisis sistémica que multiplica la pobreza, la marginalidad y la explotación, necesitan, reclaman y eventualmente construyen una “herramienta política propia”: como ellas heterogénea ideológicamente, difusa y hasta contradictoria en términos programáticos, con cuadros seleccionados no por su formación teórica y su experiencia política, sino por el hecho simple e intransferible de ser dirigentes reales de movimientos reales. “El 80 por ciento de nuestros candidatos fueron elegidos por las organizaciones sociales. Algunos, cerca de un 40 por ciento, no pertenecían al MAS. Todo esto es un nudo de contradicciones, que hacen la riqueza y vitalidad del MAS», explica Peredo.

Sorprende que quienes ahora saludan alborozados la victoria boliviana persistan en negar lo obvio: una etapa histórica de transición requiere, sin atenuantes, instancias organizativas de transición.

 

Historia y lucha de clases

Pero no fue la potencia teórica de la vanguardia boliviana lo que permitió construir ese puente, sino la fuerza ancestral de la lucha de los de abajo. Hay que remontarse a fines del siglo XVIII, cuando Julián Apaza (Tupac Katari) sublevó a las comunidades aymaras en consonancia con el levantamiento quechua liderado por Tupac Amaru. En febrero de 1781 comenzó una rebelión que cercó a la ciudad de Chuquiago, actual La Paz. Durante siete meses más de 40 mil indígenas  sostuvieron el cerco a la ciudadela imperialista. Tupac Katari y su esposa, Bartolina Sisa, ella también combatiente del ejército de liberación aymara, fueron capturados y asesinados: él por descuartizamiento y ella por ahorcamiento tras la tortura. La victoria española de entonces fue sólo el prólogo de su derrota final en 1825. Ya por entonces la reivindicación del ayllú, forma comunitaria de organización social indígena en toda la región, mostraba la capacidad de poner en pie de combate a bravos ejércitos de oprimidos. Es posible que la oligarquía boliviana no tuviera exacta noción de sus actos cuando en marzo de 2004 aceptó, como mero gesto concesivo, la declaración de héroe y heroína nacionales a Julián Apaza y Bartolina Sisa, otorgada por el Congreso a propuesta de un senador del MAS,  .

Dos siglos después Bolivia vivió una genuina revolución contemporánea. El indio transmutado en obrero minero empuñó en 1952 su herramienta de trabajo -cartuchos de dinamita- y destruyó el andamiaje político de entonces. Empujado por esa fuerza organizada y politizada como ningún otro movimiento proletario en América Latina, el gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario encabezado por Víctor Paz Estenssoro se vio arrastrado a nacionalizar las minas de estaño, reemplazar las fuerzas armadas por milicias populares e iniciar la reforma agraria. Por segunda vez las masas indígenas y populares habían logrado la unidad tras un objetivo político. Y, como inexorablemente ocurre en tales circunstancias, la sociedad sufrió un vuelco fundamental. La deriva de aquella formidable revolución es materia de otro análisis; pero en la Historia, como en el mundo físico, nada se pierde… todo se transforma.

La voluntad rebelde reaparecería en la década de 1960, cuando Ernesto Guevara intentó desde Bolivia extender la llama de la revolución a todo el Cono Sur. En ese momento histórico no ocurrió, entre otros factores, la congregación social masiva que debía producir la guerrilla. Llegó primero el imperialismo y el proceso abortó. En Bolivia todo quedó en manos de los súbditos del Departamento de Estado durante mucho tiempo. Con el amparo de Washington se sucedieron incontables golpes de Estado, operaciones represivas y sistemático desmantelamiento de las conquistas logradas por la revolución de 1952, para dar paso a la entronización política de bandas narcotraficantes, condición para que la Casa Blanca pudiese invocar el fantasma de la droga y así adueñarse del país para transformarlo en uno de los puntos de apoyo de su estrategia contrarrevolucionaria continental. En coincidencia con una exitosa contraofensiva imperialista en América Latina -y en el mundo entero- Bolivia pasó a la categoría de país inviable.

 

País clave en la estrategia yanqui 

La voluntad rebelde reaparecía en la década de 1960, cuando Ernesto Guevara intentó desde Bolivia extender la llama de la revolución a todo el Cono Sur. En ese momento histórico no ocurrió, entre otros factores, la congregación social masiva que debía producir la guerrilla. Llegó primero el imperialismo y el proceso abortó. En Bolivia todo quedó en manos de los súbditos del Departamento de Estado durante mucho tiempo. Con el amparo de Washington se sucedieron incontables golpes de Estado, operaciones represivas y sistemático desmantelamiento de las conquistas logradas por la revolución de 1952, para dar paso a la entronización política de bandas narcotraficantes, condición para que la Casa Blanca pudiese invocar el fantasma de la droga y así adueñarse del país para transformarlo en uno de los puntos de apoyo de su estrategia contrarrevolucionaria continental. En coincidencia con una exitosa contraofensiva imperialista en América Latina -y en el mundo entero- Bolivia pasó a la categoría de país inviable.

Todo fluye, sin embargo. En el primer año del siglo XXI la fuerza subterránea desestimada y olvidada, reapareció. Quien suscribe estas páginas redactó entonces una nota para Le Monde diplomatique Edición Cono Sur, titulada “Colapsa en Bolivia la estrategia de Washington”. La magnitud que se le atribuía a la irrupción de este país en un escenario regional cualitativamente diferente al cuarto de siglo anterior era nada menos que ésa: chocar de frente con Estados Unidos y poner una barrera insuperable a su plan general para la región. Decía aquel reporte: “Una sublevación de masas sacude a Bolivia desde mediados de septiembre. La Paz, Cochabamba y Santa Cruz fueron sitiadas durante semanas por columnas indígenas que bloquearon todas las vías de acceso a estas ciudades, las tres principales del país, mientras se multiplicaban las movilizaciones de estudiantes, maestros, periodistas y hasta policías en huelga. Gobierno y partidos de oposición quedaron paralizados. Las fuerzas armadas postergaron una y otra vez la orden de ataque para despejar las rutas y romper el asedio. Mientras los líderes campesinos advertían que resistirían con las armas en la mano, grupos de empresarios comenzaron a organizar una fuerza armada civil”.

Con aquella confrontación neta, afirmaba el texto, “culmina un largo período de estabilidad basada en la pasividad y la sumisión, durante el cual Bolivia pareció haber dejado definitivamente en el pasado las grandes luchas sociales que, desde la rebelión de Tupac Katari dieron lugar a la revolución obrero-campesina de 1952 y las grandes huelgas mineras (…) El antecedente inmediato de esta sublevación está en las masivas movilizaciones de abril pasado en Cochabamba, conocidas como ‘la guerra del agua’. Aquella confrontación aunó a todas las clases sociales contra el consorcio Aguas del Tunari, registrado en las islas Caimán e integrado por grandes capitales de Estados Unidos (50%), Italia y España (25%) y cuatro grupos bolivianos (…) Ahora el detonante fue el éxito alcanzdo en la erradicación de las plantaciones de coca, que hace de Bolivia un simple eslabón en la cadena del Plan Colombia. El descontento se tradujo en explosión porque los partidos y estructuras gremiales, por completo subordinadas a los centros de poder económico, carecen de toda representatividad real y son incapaces de responder a los reclamos de las mayorías. Las instituciones se mostraron vacías, las fuerzas armadas divididas”. Aquel artículo apuntaba otro factor de peso: “La fractura entre los indígenas aymaras del altiplano encabezados por Felipe Quispe y los cocaleros del trópico cochambambino conducidos por Evo Morales permitió a Banzer llegar a un acuerdo con el primero y terminar con el cerco a La Paz”.

Precisamente cuando estaba a punto de consumarse la victoria estadounidense, reapareció la fuerza subterránea y buscó recomponerse como unidad social y política. El obrero expulsado de las minas por la crisis del capitalismo es campesino y cocalero en el año 2000. Y siempre, como en 1781, es indígena. En el período posterior a la revolución de 1952 el MNR apeló en muchas oportunidades a la división objetiva entre obreros y campesinos (estos últimos beneficiados por la reforma agraria) para enfrentar la revolución mediante la fractura social. Pero en el siglo XXI es socialmente más sencillo comprender que obrero, campesino e indio tienen más en común que en discordancia. Comprender y responder a ese punto de unidad posible es la ciencia y el arte de la política.

Virtudes individuales al margen, sin embargo, la cualidad estuvo en bregar por la unidad social y política. Ése fue el acierto del MAS. Tanto cuando se negó a negociar unilateralmente con el carnicero Hugo Banzer, en septiembre de 2000, como cuando en 2004, ante una embestida encabezada por el MIP y sectores importantes de El Alto, optó por continuar la búsqueda del poder político en el marco que entendió propio de la coyuntura: las elecciones. Por eso pudo el MAS congregar a la inmensa mayoría, incluso entre aquellos luchadores que habían tomado por otro camino.

Es un tema que consumirá todavía muchas horas de reflexión y debate. Porque jamás un resultado político -menos un porcentaje electoral- tiene signo inequívoco. Pero la consumación de la unidad social y política de 6 de cada 10 bolivianos sí es un signo inequívoco. Y allí reside el futuro de Bolivia.

 

De aquí en MAS

Sorprende el nivel del debate político en Bolivia. La Historia toma cuerpo actual y provoca una mezcla de nostalgia y envidia en el observador extranjero. Basta comparar los comentarios en las calles de París respecto de la rebelión de los jóvenes de origen árabe (para no aludir a las reflexiones intelectuales), o las consideraciones al uso en Buenos Aires sobre el pago de la deuda con el FMI -para poner sólo dos ejemplos actuales- y el testigo queda obligado a un ejercicio de humildad. Hay alegría contenida y temores sólidamente argumentados en las calles de La Paz. ¿Qué hará Evo? ¿Cómo reaccionará Estados Unidos? Reflexiones serenas, profundas y de alguna extraña manera, sabias. Es que el indio, el obrero minero y el campesino cocalero se han fundido en una instancia político-social que hoy permite el accionar unitario y la recuperación militante de una larga historia de luchas. Ése es el papel del Movimiento al Socialismo, que no es un partido revolucionario clásico y, en rigor, no es un partido: es el instrumento político para la marcha conjunta hacia algunos objetivos precisos, todos centrados en la recuperación de la soberanía y, por ende, en la lucha antimperialista. Paradojalmente fueron estas características, que permitirían alcanzar la unidad social y política plasmada ahora en la victoria electoral, las mismas que en momentos cruciales de la lucha social dejaron al MAS sin capacidad de iniciativa, como pudo verse en varias oportunidadees en los últimos años. Esta contradicción volverá a manifestarse una y otra vez con el MAS en el gobierno. Ya se observan, en Bolivia tanto como en el extranjero, tendencias a encontrar virtudes maravillosas, permanentes e insuperables en esta forma original de organización de masas, para denostar otras en las que prevalece la homogeneidad ideológica y la capacidad de acción inmediata y efectiva ante circunstancias difíciles. Pero absolutizar y unilateralizar aquellos rasgos del MAS resultará tan dañino como negarse a ver sus virtudes. Porque ahora comienza una fase difícil de interpretar y más difícil aún de conducir: la situación revolucionaria que madura en Bolivia desde hace un lustro tenderá a resolverse. No será difícil confundir victoria electoral con revolución; así como resultará fácil creer que la victoria electoral exime de la revolución. La verdadera dificultad que afronta la dirigencia del MAS es encontrar el programa y el ritmo para aplicarlo en un tránsito sin escalas hacia la superación del capitalismo y la afirmación del socialismo del siglo XXI.

Son tareas de magnitudes oceánicas; pero no cabe el temor ni, mucho menos, el pesimismo. Entre los hombres y mujeres que ocuparán los cargos principales del gobierno hay un puñado de objetivos claros y precisos. En el terreno directamente económico, nacionalizar el petróleo y el gas; recuperar las refinerías de manos privadas extranjeras; revitalizar YPFB; impulsar la reforma agraria; replantear y relanzar el aparato productivo del país. Simultáneamente, convocar una Asamblea Constituyente y echar nuevas bases para la organización política nacional. Y en el plano social, acometer de inmediato y con el máximo de energía la alfabetización del elevado porcentaje de la población hoy excluida de la educación, a la vez que se encara un plan de atención médica masiva y gratuita en todo el territorio nacional.

 

Bloque antimperialista continental

Todo esto ha tomado cuerpo ya con los primeros pasos de Evo Morales antes de asumir el poder. Los viajes a Cuba y Venezuela son mucho más que un gesto, aunque como gesto valen más que cien programas. Fidel Castro y Hugo Chávez firmaron con Evo compromisos de asistencia técnico-financiera en materia de salud, educación y recuperación de la soberanía sobre las riquezas minerales de Bolivia. Con las dificultades propias de todo comienzo, a corto plazo esos planes económicos y sociales estarán a toda marcha y comenzarán a cambiar el rostro de Bolivia. Evo Morales y el MAS ganarán mayor espacio político y tendrán la oportunidad de avanzar en la organización de obreros, campesinos, estudiantes y clases medias.

Por todo un período la oligarquía local y el imperialismo estadounidense estarán a la defensiva y con poco menos que ninguna capacidad de acción política. Desde luego eso no significa pasividad de la contrarrevolución, que ya articula nacional e internacionalmente una campaña mediática apuntada a atacar la figura de Evo Morales, mostrándolo como un indio bruto, instrumento de Chávez y Fidel Castro.

En cuanto al imperialismo europeo, predominante en la materia más sensible hoy en Bolivia: los yacimientos petrolíferos y gasíferos, adelanta una posición negociadora, que presumiblemente incluirá la aceptación no beligerante de la nacionalización del petróleo, el gas y las refinerías. Las concesiones a que se verá empujado el nuevo gobierno para evitar un choque frontal con las petroleras europeas (Repsol de España y Total de Francia en primer lugar), traerá aparejados debates y conflictos dentro y fuera del gobierno. Ya los pasos dados respecto de los yacimientos mineros de El Mutún producen airadas polémicas. Pero todo indica que esa fase se cumplirá con un saldo neto a favor de la soberanía boliviana, la capacidad de absorción de riquezas que permitirá la realización de los planes sociales y la industrialización programados y el consecuente fortalecimiento del gobierno.

Mientras tanto habrá tomado cuerpo una nueva y cualitativamente superior tríada antimperialista en el escenario mundial: Cuba, Venezuela y Bolivia son a partir de 2006 la avanzada de un combate destinado a lograr, más temprano que tarde, la emancipación de América Latina.

Esta novedad modifica las relaciones de fuerzas -y no sólo a escala continental- siempre en detrimento del imperialismo en general y de Estados Unidos en particular. A su vez potenciará la convergencia suramericana sobre bases cada día más amplias de resistencia y confrontación con las multinacionales y el capital financiero internacional. La asunción en Bolivia de un gobierno basado en los obreros y campesinos es una victoria estratégica para toda América Latina. Hay buenas razones para comenzar el año con optimismo…

Washington trastabilla

PorLBenAXXI

 

A mediados del año pasado el secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, vistó Asunción y Lima. Viaje inusual para un cargo de su jerarquía. Con el gesto altanero que lo caracteriza -alentado además por las sonrisas aprobadoras que lo rodeaban- advirtió que Cuba y Venezuela estaban desestabilizando a Bolivia, Perú y Ecuador.
No todo era mentira y tergiversación en aquella advertencia. Algún asesor le había acercado un dato cierto a Rumsfeld: desde el punto de vista imperialista, Bolivia, Perú y Ecuador, ingresaban a un área de “desestabilización”. O para decirlo en otras palabras: era previsible que los tres países salieran de la órbita de Washington.
Seis meses después, la mitad de la profecía se ha cumplido. Bolivia giró 180°; Perú ya anuncia si no la certeza de una victoria antimperialista, sí el inexorable derrumbe del régimen actual; y Ecuador asegura que retomará de una u otra manera el camino truncado por la inconducta de su último presidente electo.
En el período transcurrido, sin embargo, ocurrió mucho más: en Mar del Plata el arrogante jefe del imperio sufrió una humillación sin precedentes. Todavía no se han medido las consecuencias del saldo en la Cumbre de las Américas.
No se ha medido ni proyectado la significación del centro gravitacional alternativo constituido por la Cumbre de los Pueblos y su colofón, el acto con más de 40 mil personas en el que Hugo Chávez describió los términos de la batalla en curso y concluyó que la alternativa histórica planteada es “socialismo o barbarie”. Y tampoco el acontecimiento paralelo, inesperado para muchos y en primer lugar para George W. Bush, cuando ante la embestida imperial para imponer el Alca en la reunión de 34 presidentes, emergió un bloque integrado por Brasil, Paraguay, Uruguay, Argentina y Venezuela, representado en el cónclave por los presidentes Néstor Kirchner y Tabaré Vázquez, que le dirían sencillamente No al emperador desnudo.
¡Qué falta de energía, de reflejos -y de coraje- en las fuerzas políticas de la región que desde entonces siquiera se han propuesto asumir el desafío y darle carnadura y vida propia desde los pueblos a semejante desplante frente al imperialismo! ¿Cómo condenar a éste o aquél gobierno vacilante si no se pone el pecho en la primera línea de este combate histórico?
Como quiera que sea -y en las páginas de esta edición están las pruebas- Washington trastabilla más aún que algunos de los gobernantes que, tras el desplante de Mar del Plata, sienten que el piso quema bajo sus pies y ensayan gestos de reconciliación.
Luego de la fallida Cumbre vino la incorporación de Venezuela al Mercosur. Y Estados Unidos pudo medir cómo aquella sistemática pérdida de terreno en Suramérica adoptó forma institucional.
La naturaleza dispar del bloque en gestación se manifesta en uno y cien signos. Pero ninguno llega, hasta el momento, a negar la dinámica de convergencia. Allí está, por ejemplo, el pago de las deudas con el FMI por parte de Brasil y Argentina. Para quienes desde hace un cuarto de siglo denuncian el ilegítimo e ilegal endeudamiento externo como un instrumento de saqueo y sumisión (Lula estuvo en la vanguardia de esa batalla aún inconclusa), pagar de una vez y sumados 25 mil millones de dólares es un acto injustificable: ¿cuánto podría hacerse con esa riqueza invertida en trabajo, educación, salud, en un territorio con 200 millones de personas en extrema pobreza y exclusión?
Ésa es, dicen en Brasilia y Buenos Aires, la manera que han hallado ambos gobiernos para quitarse el dogal del FMI. Bien, entonces ahora viene el resto: redireccionar drásticamente el sistema financiero de cada país, crear un fondo común suramericano, retirar hasta el último centavo de los bancos y centros financieros del Norte, avanzar hacia una moneda única regional, fortalecer un centro político que rompa la inercia de la Comunidad Suramericana de Naciones…
Estas decisiones urgen. El imperialismo trastabilla, pero no cae y sigue ejerciendo su poder con inteligencia y brutalidad. He allí, entre mil datos, el resultado de la reunión de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Hong Kong, en diciembre pasado.
La OMC es la mesa de negociaciones donde los tres centros imperialistas de la economía mundial disputan, negocian y compensan su cada día más aguda batalla campal por los mercados. Y donde las burguesías subordinadas buscan intersticios para respirar. En Hong Kong, con la promesa de terminar con los subsidios al agro en el año 2013, Estados Unidos, la Unión Europea y Japón arrancaron mucho más que concesiones para liberalizar el intercambio mundial de servicios, obviamente en detrimento de los países subdesarrollados. Lo que en realidad obtuvieron fue un desplazamiento de países como Brasil e India del bloque que en el último período, con la formación del G-20, había puesto a la OMC al borde del estallido y la extinción.
El verdadero sentido de ese desplazamiento es que atenta contra la consolidación de un área autónoma en Suramérica. Washington lo sabe y ataca también por ese flanco con anzuelos para burguesías ambiciosas. Pero no es a los gobiernos -ni a sus cancilleres- a quien cabe la advertencia. La gran empresa de la unidad americana no tendrá destino si no es asumida por las víctimas del mecanismo triturador hoy dominante.

Entre Cumbres y abismos

porLBenLMD

 

En la reunión ampliada del Mercosur y la Comunidad Andina, que tendrá lugar en Montevideo el próximo diciembre, deberían definirse las líneas maestras de la estrategia suramericana, si es que habrá tal. Cortejada por Estados Unidos y la Unión Europea por un lado; tentada por una política autónoma y sus perspectivas ante la globalización por otro, América del Sur define su destino en este siglo. La proliferación de Cumbres expresa la agudización de la competencia económica internacional y expone el verdadero papel de los Estados ante la crisis.

 

En las 10 semanas que van de fines de septiembre a comienzos de diciembre, los presidentes de América Latina habrán asistido a cinco Cumbres: Comunidad Suramericana de Naciones, en Brasilia; Iberoamericana, en Salamanca; De las Américas, en Mar del Plata y Mercosur-Comunidad Andina de Naciones, en Montevideo; precedidas todas por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York. Multiplicadas hasta el absurdo, las Cumbres bordean el grotesco en documentos donde se reiteran propósitos de redención social mientras la exclusión y la indigencia, con todas las calamidades que conllevan, aumentan sin cesar.

Una Cumbre por quincena en el último trimestre de 2005 es mucho más de lo que puede soportar el mejor cuerpo diplomático -y la más elemental lógica- pero todo indica que los propios protagonistas no logran poner freno al fenómeno y, por el contrario, la tendencia a convocar tales instancias se retroalimenta a sí misma: hubo ya una Cumbre árabe-suramericana, habrá otra afro-suramericana… y la lista no se agota.

La teoría política no ha tomado cuenta del múltiple significado de esta novedad en la política mundial: la proliferación de Cumbres es indicativa de la pugna entre las grandes metrópolis por la conquista y control de los mercados; y a la vez responde por vía de los hechos a las teorías que, aludiendo a la globalización, negaron el papel del Estado en la definición del destino de la economía mundial: en situación de crisis los Presidentes ocuparon de hecho el lugar de las empresas y sus ejecutivos en el manejo de la economía, que recupera de este modo su condición original de Economía-Política.

Si las transnacionales fueron el vehículo para la aceleración de la globalización, las Cumbres son el instrumento para afrontar la crisis global. Hace ya quince años, en sincronía con la agudización de la lucha mundial por los mercados tras el derrumbe de la Unión Soviética y la ruptura de todos los diques que contenían la marea descontrolada de la ley del valor, la Unión Europea (UE) dio un paso audaz apelando a España para afirmar una cabecera de playa en América Latina y el Caribe. Al socaire de su condición de Madre Patria, ahora pujante y democrática, España fue la avanzada exitosa de aquella estrategia. Así nació, en 1990, la Cumbre Iberoamericana. Los índices de la inversión extranjera directa en América Latina y el Caribe exponen de manera inequívoca el resultado de aquella estrategia europea (ver gráfico): utilizando como locomotora a España, la UE igualó rápidamente y duplicó enseguida el monto de los capitales estadounidenses en la región.

 

Contragolpe de Estados Unidos

Perdidas la iniciativa y la primacía, para Estados Unidos era imperioso un rápido contragolpe. A falta de la bonhomía de un monarca democrático, sin una lengua y una cultura comunes en las cuales apoyarse, Washington apeló al habitualmente redituable pragmatismo anglosajón y copió la táctica europea. Nació así en 1995 la Cumbre de las Américas: todos los países del hemisferio menos Cuba se reunieron en Miami convocados por el presidente William Clinton y coincidieron en un conjunto de conceptos del denominado «Consenso de Washington», referencia en realidad a las políticas anticrisis (calificadas como «ajuste estructural») trazadas por el Banco Mundial (BM) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en la década de 1980 y formalmente asumidas entonces por 34 Presidentes.

Sin embargo, Estados Unidos iba a la zaga de los acontecimientos, porque ya comenzaban a aparecer los efectos del «Consenso de Washington». Junto con la devastación del aparato productivo de los países subordinados -prototipo de los cuales fue Argentina- apareció una línea de fractura en las clases dominantes latinoamericanas, con un flanco resuelto a poner límites a la exacción de riquezas por parte de los centros de capital internacional.

Mientras tanto la coyuntura en la que dominaba sin disputa el ensueño «neoliberal» comenzaba a hacer agua. Durante el último tramo de 1991 y todo 1992 América Latina había recibido 166.000 millones de dólares de la masa de dinero que flotaba en el mundo a la búsqueda desaforada de altas tasas de ganancias, y que en ese período se movió de Norte a Sur. La región contrapesó así un déficit global de cuenta corriente por 98.000 millones de dólares. Los principales receptores de ese flujo de capitales fueron México, 75.000 millones; Argentina, 29.300; Brasil, 19.500 y Chile 7.700. Ya en 1993 hubo una caída abrupta del total a 70.000 millones (México recibió 29.500 y Argentina 15.000, con los cuales sostuvieron déficits de cuenta corriente de 23.500 y 7.500 millones respectivamente). En 1994 el flujo total se redujo a 47.000 millones de dólares. México recibió 10.500 para un déficit de 36.600 millones y Argentina 10.200 para un déficit de 11.200(1).

Vendría así el colapso mexicano y la caída vertical de Argentina, mientras en el Sudeste Asiático se asistiría al fin del espejismo de los supuestos «tigres» y luego, como expresión de conjunto, el derrumbe bursátil en Wall Street en 1997.

Fue en el año 2000 que este complejo entramado de fuerzas en colisión dio lugar a la aparición de una Cumbre que llegaría para sumarse a las dos instancias ya vigentes en el hemisferio. El mandatario brasileño Fernando Henrique Cardoso convocó a una reunión de Presidentes suramericanos en Brasilia doblemente novedosa, puesto que excluía a los centros metropolitanos y a la vez inauguraba una nueva figura geopolítica: Suramérica(2).

 

Comunidad Suramericana 

En este punto, la estrategia de Itamaraty, inmune a los cambios de gobierno, convergía en los hechos con un nuevo factor en el escenario regional: la Revolución Bolivariana en Venezuela. Con una filosofía diferente, el presidente Hugo Chávez enarbolaba también la bandera de la unión suramericana. Poco después, aquella línea de fractura en las clases dominantes latinoamericano-caribeñas produjo un brusco cambio en Argentina y hacia 2002 una fuerza centrípeta operaba de manera decisiva sobre los países de Suramérica.

Última en llegar al recurso de las Cumbres, la región autoasumida sería en cambio la primera en concretar el siguiente paso, implícito pero bien disimulado en la noción de «Cumbres»: la institucionalización de esa instancia. En Cusco, el 8-12-04, nacía la Comunidad Suramericana de Naciones (CSN), y pese a las contradicciones insalvables entre varios de sus transitorios componentes, se daba así un paso trascendental, cualitativamente diferenciado tanto de la Cumbre Iberoamericana como de su gemela De las Américas: en lugar de adoptar formas disimuladas de anexión (Área de Libre Comercio de las Américas, ALCA) o subordinación extrema (Iberoamérica), desde el istmo a la Patagonia el continente apuntaba a la constitución de una nueva unidad política; de hecho quizá, a una nueva nación(3).

Por su lado Estados Unidos había planteado el ALCA antes de apelar al recurso de las Cumbres. Como es sabido, éste resultó un intento fallido, aunque Washington continúa en procura de caminos diagonales para lograr una instancia institucional que, en este caso, no es explícitamente política, como la CSN, puesto que aparece desdibujada tras la figura de un acuerdo económico. A la zaga esta vez, pero pugnando en idéntico sentido, la Unión Europea apuntó el mes pasado al mismo objetivo por medio de un recurso intermedio: en la Cumbre de Salamanca se creó una «Secretaría de la Comunidad», cuya presidencia recayó en el ex titular del BID, Enrique Iglesias.

 

De Brasilia a Mar del Plata 

El 29 y 30 de septiembre últimos se realizó en Brasilia la primera Cumbre ordinaria de la Comunidad Suramericana de Naciones. No está dicha la última palabra, pero el encuentro en sí mismo fue un fracaso sin atenuantes. No asistieron los Presidentes de Argentina, Colombia, Uruguay, Surinam y Guyana. Néstor Kirchner estuvo unas pocas horas en Brasilia, para firmar acuerdos económicos con su par venezolano y asistir a una cena protocolar, conducta que acentuó aun más su desdén por el proyecto encabezado por Brasil. El presidente paraguayo se retiró antes de tiempo, luego de proferir una extemporánea y desafiante intervención, cuyo contenido no dejó lugar a dudas: tras haber recibido a Donald Rumsfeld en Asunción y conceder inmunidad a las tropas estadounidenses con las cuales encara maniobras militares bilaterales a 200 kilómetros de la frontera con Bolivia (Sánchez Bonifato, pág. 5), las exigencias de Duarte transmitieron un mensaje obvio: o se nos da lo que pedimos, o aceptamos la invitación de Washington(4). Pero ése fue sólo un caso extremo; el Palacio de Itamaraty fue además escenario del choque entre dos lineamientos estratégicos opuestos por el vértice: la conveniencia de intereses económicos privados y la integración en función de un proyecto de nación unificada. No obstante, esa colisión ocurrió entre economías arrastradas por la fuerza centrípeta que demanda límites a la voracidad estadounidense.

El hecho es que la CSN encarna esa fuerza, pero desde el proyecto estratégico de la burguesía industrial brasileña. Y éste, aunque desde flancos y con fundamentos diferentes, es resistido a la vez por Estados Unidos, por Paraguay y Uruguay -los dos socios menores del Mercosur- y por Argentina, cuyo gobierno parece resuelto a declinar una estrategia suramericana en función de la protección de áreas de la industria privada amenazadas por la competencia salvaje con el gigantesco vecino.

En otro plano, y al mismo tiempo que asume con Brasil emprendimientos económicos de enorme impacto, Venezuela colisiona con la estrategia brasileña desde el ángulo inverso: además de poner en discusión un plan de acción consistente en acabar con el analfabetismo, hacer un proyecto común de salud gratuita para los 12 países, crear un Banco del Sur que recepte las reservas de cada nación y actúe como ente para el desarrollo regional -propósitos todos con los que nadie puede disentir públicamente- el Presidente venezolano asumió que para cumplir con los objetivos de redención social, igualdad, justicia y unificación social y política, su país avanza hacia lo que llamó el socialismo del siglo XXI. Sobre estas contradicciones operó, además, una mano invisible pero palpable: el gobierno estadounidense operó con vigorosas iniciativas apuntadas a revertir lo andado por la CSN desde la firma de su acta de nacimiento, un año atrás.

El saldo de la Cumbre en Brasilia indica hasta qué punto aquellas presiones resultaron exitosas. No cabe una conclusión apresurada, sin embargo: al mismo tiempo y en el mismo lugar que se constataba el empantanamiento de la CSN, por otro carril la dinámica de convergencia se mantuvo constante. Los presidentes Lula da Silva y Hugo Chávez firmaron acuerdos por un monto agregado de 4.700 millones de dólares. El componente principal de esos acuerdos es la construcción de una planta con capacidad para refinar 200.000 barriles de petróleo diarios en el Puerto de Seape, Pernambuco, destinada a suplir las necesidades de combustible de todo el Nordeste brasileño. Integrado en partes iguales por Petrobras y PDVSA el proyecto suma 2.500 millones de dólares, y a lo largo de cuatro años dará lugar a la creación de 230.000 puestos de trabajo. Chávez y Lula firmaron además un preacuerdo para un joint venture apuntado a la prospección y extracción de yacimientos gasíferos en Venezuela, al norte de Paria, donde se estiman reservas por 11 billones de pies cúbicos, que involucran una inversión de 2.200 millones de dólares. PDVSA-Petrobras confirmaron una asociación para cuantificar las reservas de petróleo extrapesado en el Campo de Carabobo, en la faja del Orinoco, con el propósito de explotación conjunta con una participación del 51% para la empresa venezolana y del 49% para la brasileña.

Minutos después de firmados en público los acuerdos económicos con Brasil, Chávez mantuvo otra conferencia de prensa, esta vez con Kirchner, en la que se anunciaron acuerdos comerciales bilaterales entre Venezuela y Argentina. Aunque de diferente envergadura, se trata de convenios altamente significativos: el gobierno venezolano compra maquinaria agrícola producida en Argentina, por un monto de 100 millones de dólares; PDVSA adquiere una pequeña refinería y más de un centenar de estaciones de servicio. Más importante aún, al día siguiente se firmó un acuerdo entre PDVSA y Repsol-YPF, por el cual la empresa española cede a la venezolana hasta el 10% de su producción de crudo en Argentina y a la vez pasa a operar en dos áreas de producción venezolanas: Motatán y el Bloque Junín 7, en la faja del Orinoco.

En ambos casos los acuerdos trascienden lo comercial: aceleran una relación de Venezuela con Brasil por un lado y Argentina por otro, en una cadena de integración y convergencia suramericana. Así, con Venezuela como nexo, Brasil y Argentina asumen -en diverso grado y calidad pero ambas con signo positivo- el mismo propósito estratégico que aparece trabado bajo la formulación de la CSN.

 

Chávez versus Bush 

De todos modos, a la hora de considerar la declaración final preparada por Itamaraty, Chávez se opuso al contenido y la forma. Consternados, el presidente Lula y su canciller Celso Amorim urdieron una respuesta de emergencia, que pospuso la discusión exigida por Chávez a una nueva Cumbre, en diciembre próximo, en Montevideo, originalmente concebida como encuentro de presidentes del Mercosur y la Comunidad Andina de Naciones. A esa instancia serán invitados además los presidentes de Guyana y Surinam. Chávez se avino entonces a dar consenso para la Declaración de Brasilia. Pero antes de ese debate sin duda crucial, habrá ocurrido la Cumbre de las Américas en Mar del Plata, donde los 12 países de la CSN estarán frente a frente con la voz más descarnada del imperialismo. La polarización habrá llegado a su máxima expresión: George W. Bush pregonando el ALCA y la cruzada contra todo lo que se le oponga; Hugo Chávez esgrimiendo la nación suramericana y la búsqueda del socialismo del siglo XXI.

Por acción u omisión en esta confrontación trascendental, cada Presidente del hemisferio habrá ocupado su lugar antes de arribar a Montevideo, donde al margen del debate se formalizará otro paso en este camino de zigzag de la convergencia suramericana: Venezuela será reconocida como integrante plena del Mercosur. El canciller uruguayo Reinaldo Gargano anunció esta decisión trascendental, confirmando que en el mundo contemporáneo nada es comprensible con el solo recurso de la lógica aristotélica.

  1. «Nueva fase en la crisis capitalista continental»; Ponencia al V° Encuentro del Foro de Sao Paulo. Crítica de Nuestro Tiempo N° 11, Buenos Aires, julio-septiembre de 1995.
  2. «Militarización de la política, El ‘Plan Colombia’ de Estados Unidos», Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, septiembre de 2000.
  3. Luis Bilbao, «Luces y sombras ante la Comunidad Suramericana de Naciones: Desafío para Kirchner, Lula y Chávez», Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2005.
  4. Apenas días después, en Buenos Aires, la táctica coactiva se mostró exitosa, aunque no en la cuestión económica explícitamente señalada por el mandatario paraguayo: los legisladores del Mercosur acordaron a regañadientes la paridad de miembros, para la conformación de un Parlamento común, no obstante la diferencia en número de habitantes de los cuatro países componentes.

reseña

Juan Bautista Alberdi – Domingo Faustino Sarmiento

porLBenLMD

 

De Prólogo de Lucila Pagliani

Editorial: Leviatán
Cantidad de páginas: 324 páginas
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Enero de 2005
Precio: 33 pesos

 

Poco después de la batalla de Caseros, a mediados del siglo XIX, Alberdi y Sarmiento libraron su propio combate en las páginas de la prensa chilena.
No es fácil discernir los ejes de aquella confrontación. En rigor, ambos contendientes tienen mucho en común. Han luchado contra Rosas y son hijos del Siglo de las Luces. Pero pensar y poner en movimiento la edificación de un país abre necesariamente grietas entre personas con ideas, carácter y, desde luego, ambiciones propias.
Es improbable que alguien tome en sus manos este libro sin simpatías a priori por uno u otro de los contendientes. Sin embargo, las diatribas feroces que se endilgan y los argumentos de réplica harán vacilar en su adhesión a quien guste del choque de ideas y aspire a una conclusión honesta. Alberdi no se honra a sí mismo al condenar a Sarmiento por no tener título universitario. Éste vapulea al abogado brillante como quien sacude una alfombra, en un cruce memorable respecto del periodismo, los periodistas y la palabra escrita como medio de vida. La potencia literaria de Sarmiento arrincona por momentos al Alberdi metódico, con ideas profundas que sin embargo el sanjuanino reclama como propias.
¿Qué discuten estos dos hombres singulares? La construcción de un país, bajo el rótulo de organización nacional. La libre navegación de los ríos, el dilema unitario-federal, las ambigüedades de uno y otro a través del tiempo respecto de esta opción inasible. Pero chocan también alineamientos políticos que observados a la distancia no justifican tamaño alejamiento y encono personal entre ellos. Sarmiento califica al contrincante, con virulencia inusitada, por su falta de valor físico, por sus argucias para obtener prebendas y por sus opiniones. Alberdi se defiende en la misma tónica y suple con impiadosa acidez la erupción volcánica de la pluma sarmientina. La disputa teórica y política se desdibuja. Pero esa ausencia refleja otra, de decisiva gravitación y en la cual no parecen reparar los contendientes: no existe una clase social suficientemente enraizada y articulada para edificar la nación que ellos pretenden. La fuerza de las ideas, la potencia creadora, la capacidad polémica, se descompone así en vectores que desvían el objetivo y van a aniquilar al contrincante.
La decisión de reunir en un volumen aquellos textos, 150 años más tarde y en coincidencia con una campaña electoral, bien podría interpretarse como ejercicio de fina crueldad. Para el ciudadano contemporáneo la comparación es insoslayable y la conclusión, obvia: en la Argentina de hoy sus hombres públicos no muestran el talento, la pasión y el coraje de aquellas argumentaciones; la prensa no parece destinada a tales esfuerzos y nadie puede esperar que la Historia registre las peleas por el control de un aparato o por una banca en el Congreso como elevado ejemplo del debate de ideas en la edificación de un país. Mal que pese, la sociedad es una y la altura de quienes la conducen rige la medida de todos. Ése es el regusto amargo que deja la lectura de estas páginas imprescindibles.