Una definición que marcará el futuro del país

porLBenLMD

 

Las relaciones argentinas con el Fondo Monetario Internacional (FMI) llegaron a un non plus ultra. La altanería de los funcionarios internacionales, sin embargo, no refleja solidez sino debilidad e ignorancia de las relaciones de fuerza objetivas que se están creando a partir de la extensión y ahondamiento de la crisis. Para Argentina, como para toda América Latina y el Tercer Mundo, la continuidad de la sujeción a los dictados del FMI es incomparablemente más onerosa que los desafíos planteados por un proyecto independiente.

 

Decisiones cruciales aguardan ante la mirada impotente del gobierno argentino. Los vencimientos de la deuda externa suman hasta marzo –fecha supuesta de las elecciones– la mitad de los 9.400 millones de dólares que aún conserva el Banco Central después de haber perdido 9.000 millones en lo que va del año. Si las autoridades deciden cumplir con esos pagos apelando a las reservas, al momento de transpaso del poder –un imprevisible mayo de 2003– no habrá un dólar en el Tesoro. Antes, se habrá empantanado el comercio exterior, el dólar se habrá disparado y los precios habrán quedado fuera de control, en una combinación devastadora de hiperdepresión con hiperinflación. Por otra parte, la hipótesis de no pagar supondría un conjunto de medidas que el actual elenco gobernante difícilmente podría adoptar, comenzando por el control de cambios y del comercio exterior. En suma: en el cuadro actual, Argentina no puede continuar pagando, ni puede dejar de pagar. Por tanto, la transición que recorre el país no es hacia otro gobierno, sino hacia otra definición de su lugar frente al mundo, lo cual supone otra manera, por completo diferente, de entenderse a sí mismo.

Un movimiento inercial dicta mientras tanto los pasos de los actores políticos. Ajenos a la encrucijada histórica que exige definiciones nuevas y tajantes, el gobierno finge que ejerce el poder y las oposiciones actúan como si fueran tales. El ministro de Economía viaja a la reunión anual del FMI, los múltiples candidatos oficialistas gastan fortunas en la campaña con la mira puesta en una forma esquinada de la Ley de Lemas, el radicalismo busca un candidato y el resto se disgrega ganado por la perplejidad, al descubrir que las propuestas electorales y las maniobras clásicas para obtener espacios en las instituciones se volatilizan antes de cobrar forma. Ha llegado el fin de época, y nadie parece capacitado para reaccionar. El espectáculo de cada anochecer en las calles de Buenos Aires, cuando un ejército espectral de marginalizados sale a hurgar basura para saciar el hambre, es la representación plástica de una realidad que no cabe en el molde conocido, en la Argentina que fue.

 

Etiología del colapso

El nudo de la crisis económica argentina está fuera de Argentina. Dentro está el nudo político que hizo posible la hecatombe. Pero todo el curso de la economía local es resultante directa de una crisis con origen en los países altamente desarrollados, obligados a contrarrestar una ley de hierro de la economía capitalista: la caída de la tasa de ganancia.

La disminución de la tasa de beneficio –que no necesariamente supone reducción de los volúmenes absolutos– puede ser neutralizada mediante recursos bien conocidos por los economistas: forzar la baja de los precios de las materias primas y de la fuerza de trabajo; desplazar capitales hacia áreas ajenas a la producción de bienes necesarios, temporariamente más rentables. Por ejemplo la producción y tráfico de drogas prohibidas(1), la inversión en la industria bélica, o las altas tasas de interés para préstamos internacionales.

Para los tres gigantes capitalistas de la economía mundial –Estados Unidos, la Unión Europea y Japón– el flagelo no comienza ahora. Hacia fines de los años ’70 la situación acuciaba en ése y otros terrenos, y Estados Unidos tomó la delantera de una ofensiva global. Un ejercicio altamente ilustrativo (que ayuda a explicar por qué el grueso de la población rechaza en bloque a los partidos y dirigencias políticas) consiste en seguir paso a paso cómo se alinearon las fuerzas políticas argentinas a medida que esa ofensiva se desplegaba, hasta lograr una contundente victoria, consumada a fines de los ’80.

El hecho es que la deuda misma, esa suma desorbitada que hoy provoca una confrontación ineludible, no deviene de una necesidad local, sino del imperativo, para las economías más poderosas del mundo, de ubicar excedentes dinerarios de manera rentable. Pero además de imponer el endeudamiento, utilizando como instrumento a la dictadura militar, la necesidad –que como dice el refrán tiene cara de hereje– exigió la aplicación de los restantes recursos: invasión del narcotráfico, reducción extrema del salario, disminución forzada del precio de las materias primas y las más diversas formas del saqueo legal e ilegal. Para esto fue necesario apelar a gobernantes con la estatura moral para introducir esa nueva mercancía altamente rentable, las drogas prohibidas, y partidos políticos, sindicatos y otras instituciones dispuestos a recorrer el camino que el endeudamiento sideral trazaba: renegociar plazos y obtener nuevos préstamos a cambio de privatizar las riquezas básicas de la nación.

Un inconveniente de estas soluciones es que duran poco. Y así como los bombardeos estadounidenses apuntados a las bases terroristas de Ben Laden en Afganistán suelen caer sobre familias que festejan un casamiento, también hay collateral damage provocado por los misiles económicos lanzados desde los portafolios de pulcros funcionarios del FMI, el Banco Mundial (BM) y otros tentáculos.

Uno de los daños colaterales de la baja de salario a escala masiva es la caída correspondiente de la demanda. De modo que la multiplicación formidable de la capacidad de producir cada vez más mercancías, a cada momento más baratas, choca con la creciente ausencia de personas en capacidad de comprarlas. Y eso no ocurre sólo ni principalmente en Argentina, donde la desocupación rompe marcas y dos terceras partes de la población consume menos de lo imprescindible. Véase si no: “En casi todas las principales áreas metropolitanas la tasa de oficinas desocupadas todavía está subiendo después de 18 meses y ha alcanzado el 25% en Dallas y el 18% en San Francisco”(2). Para explicar por qué la economía estadounidense no logra retomar un curso de crecimiento, el mismo texto alude a la caída de los precios, indica que los economistas califican este fenómeno como sobreproducción y agrega: “Sobreproducción no es sino demasiada oferta a la caza de muy poca demanda. Y esto puede hallarse por estos días en una amplia franja: agricultura, autos, computación –hardware y software–, servicios financieros, acero y telecomunicaciones, para mencionar unos pocos. En casi todos los casos, esto es acompañado por estancamiento o caída de precios”.

Con un ángulo más general y mayor alarma, una voz insospechable advierte: “existe el riesgo de que antes del fin del 2003, las tres más grandes economías del mundo rico –Estados Unidos, Japón y Alemania– puedan tener tasas negativas de inflación”(3), es decir, deflación, o caída de precios. Los efectos no están en el futuro, sino en un presente de continua aceleración: “Al fin una nueva industria en crecimiento en Estados Unidos: la quiebra de corporaciones. (…Esta ‘nueva industria’) podrá facturar este año por un monto de 6 mil millones de dólares”, dice The Economist para enseguida registrar una serie de empresas estadounidenses de gran porte en bancarrota y señalar que el recurso de la quiebra “puede ser en sí mismo causa del problema de sobreproducción en las industrias del acero y aerolíneas”(4).

 

El papel del FMI

Una melodía reiterada insiste en que América Latina –y especialmente Argentina– carece de todo interés económico para Estados Unidos. Las cifras sin embargo dicen lo contrario. “América Latina pagó en los últimos 20 años 1,4 billones (1.400.000.000.000) de dólares (…) lo que representa casi cinco veces su deuda original, pero aún debe alrededor de tres veces más”(5).

Pero “todo el llamado Tercer Mundo, junto a los países de Europa del Este, abonó más de 4 billones en el mismo período. Esto significa que hubo una transferencia de recursos equivalente a más de seis veces la deuda original”(6). El cálculo es simple: sin el FMI, Argentina, América Latina y todo el Tercer Mundo podrían haber realizado la acumulación de capital necesaria para plantearse un crecimiento a la escala demandada por las necesidades de sus pueblos.

Con todo, ésa es apenas la punta del témpano. La riqueza succionada mediante intereses y amortizaciones de la deuda externa es una parte menor del saqueo. El caso argentino es, aquí también, paradigmático. En 1989, cuando la ofensiva global lanzada por Estados Unidos y sus aliados coronaba su triunfo, la deuda externa fue en Argentina una palanca clave para dar el zarpazo final. Y el Partido Justicialista, el instrumento eficiente para esa operación histórica.

Trece años después y completada la parábola del “neoliberalismo”, la deuda vuelve, casi cuadruplicada, a plantear una opción trascendental pero en un cuadro diferenciado: pese a la enorme succión de riquezas arrancadas del mundo subdesarrollado y dependiente, los países centrales vuelven a sufrir en sus economías el impacto letal de la sobreproducción, la caída de la tasa de ganancia, las quiebras en cadena y la agudización de la competencia por ocupar mercados y apoderarse de materias primas esenciales, específicamente el petróleo. Si éste es el saldo para los victimarios, qué podrá decirse de las víctimas. Argentina es un compendio: el colapso de su economía va acompañado por la virtual desaparición de todas las instituciones del sistema y la continuidad en cualquier hipótesis plantea recursos drásticos, que necesariamente cortarán el flujo de riqueza hacia las metrópolis imperiales y, con mucha probabilidad, tenderán a revertir el sentido de la distribución al interior del país.

 

Viraje global

Es justamente la magnitud y radicalidad de las medidas requeridas para dar incluso un primer paso lo que paraliza a gobierno y oposición. No sirven ya los planes económicos de recambio indoloro. Lo admite, desde su óptica, el propio presidente del FMI, Horst Köhler: “es preciso ser claros: el camino hacia el crecimiento no pasa por el populismo; es un camino doloroso”(7).

Altos funcionarios de países e instituciones acreedoras, hasta ayer panegiristas de las políticas implementadas a ultranza durante la última década, transpusieron todas las barreras de la prudencia y lanzaron sobre el país un alud de calificaciones infamantes. Se explica su ira: descubrieron lo que durante años no podían admitir, que también para ellos terminó una época y de aquí en más, no cobrarán. Será, en efecto, un camino doloroso. Sólo que a partir de ahora sufrirán también las economías del Norte. Así como a fines de los ’80 el Partido Justicialista volvía de ultratumba rescatado por la victoria global estadounidense y sobre la base de adoptar sin objeciones las directivas de Washington (luego la misma fórmula serviría para el surgimiento del Frepaso y la breve recuperación de la Unión Cívica Radical), ahora su desmoronamiento expresa también el sentido en que marcha el primer país del mundo. El brusco giro global, naturalmente, se siente con mayor violencia en los últimos vagones del tren, pero es el curso de la política mundial lo que está cambiando de rumbo. ¿Es preciso insistir en que ese cambio se produce en detrimento del jefe imperial? La apelación a la guerra, más allá de toda argumentación racional, en completo aislamiento internacional y enfrentando a cinco de los componentes del G8, es por demás indicativa (ver pág. 20).

Ahora bien: ¿cuál podría ser la razón para continuar subordinándose a los dictados del FMI? En la desembocadura de tales orientaciones está para Argentina la dolarización, el ingreso incondicional al Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA), la constitución de una fuerza militar conjunta bajo mando de Washington y, previsiblemente, la fragmentación territorial, conjunto de medidas que potenciaría y cristalizaría por todo un período histórico la actual configuración social del país, con 19 millones de habitantes por debajo de la línea de pobreza y 9 millones de indigentes.

La decisión contraria llevaría a consolidar las relaciones en todos los terrenos con Brasil y extenderlas al resto de Sudamérica y el Caribe, en una dinámica cuyo horizonte replantearía el antiguo proyecto de los libertadores del siglo XIX, pero con las inmensas posibilidades objetivamente planteadas por el desarrollo actual de la ciencia y la técnica: una confederación con moneda única y proyectos conjuntos para superar el atraso y la pobreza. Que esta perspectiva sea entendida por los economistas delestablishment como “darle la espalda al mundo”(8) es indicativo, apenas, de que en momentos de grandes definiciones, hay quienes confunden hasta el lugar donde tienen el corazón. O tal vez no.

  1. La invasión de la droga ocurrió en los países adelantados mucho antes que en el resto del mundo. Precisamente por estar prohibida, la droga no es sino una mercancía más, que se diferencia de zapatos, heladeras o autos por una única razón: la altísima tasa de ganancia que rinde (entre otras razones porque no paga impuestos). El desplazamiento de capitales excedentes hacia ese rubro es inexorable y ajeno desde luego a toda consideración moral (como lo es, por ejemplo, el trabajo infantil o la organización de tours sexuales a Thailandia). A través de paraísos fiscales, bancos off shore o emprendimientos de apariencia insólita, masas siderales de dinero confluyen con el flujo legal, a menudo sin que sus propietarios –los aportantes a ciertos fondos de pensión, por caso– tengan conciencia del camino que han recorrido.
  2. Steven Pearlstein, “A bounty of supply in America is paid for with lost jobs”, International Herald Tribune, París, 26-8-02.
  3. “Dial D for deflation”, The Economist, Londres, 14-9-02
  4. “Bankruptcy in America: The firms that can’t stop falling”, The Economist, Londres, 7-9-02
  5. Néstor Restivo, “América Latina ya pagó casi cinco veces la deuda externa original”, Clarín, Buenos Aires, 16-9-02.
  6. Ibíd.
  7. Babette Stern, “Les Argentins ne s’en sortiront pas sans douleur”, Le Monde, París, 23-1-02.
  8. Laura Ferrarese, “Cómo sería vivir sin el Fondo”, La Nación, Buenos Aires, 22-9-02.

Nueva fase de la revolución bolivariana

porLBenLMD

 

Durante una semana el enviado especial de el Dipló acompañó al presidente venezolano Hugo Chávez en una gira internacional y nacional. La primera escala fue el 6 de agosto en La Paz, para asistir a la asunción del nuevo mandatario boliviano. Al día siguiente Bogotá, donde en un marco dramático asumía su cargo el presidente de Colombia. De regreso en territorio venezolano, en una sucesión vertiginosa de asambleas multitudinarias con políticos, sindicalistas, empresarios y trabajadores en la isla Margarita y en la Guayana venezolana, Chávez puso en marcha una línea de acción de largo alcance, que apunta a organizar a la población y cooptar a un sector del empresariado.

 

Son las 06.30 hs. del viernes 9 de agosto. De tres a cuatro mil obreros siderúrgicos se agolpan a la entrada de Sidor, la empresa mixta emplazada como un fuerte en Puerto Ordaz, en la desembocadura del Orinoco. Esos hombres y mujeres cuyos rostros y gestos denotan el hábito del trabajo duro, quieren escuchar, si es posible tocar, pero sobre todo interpelar, al presidente Hugo Chávez. Otra multitud, ajena al conglomerado de empresas industriales –buhoneros, desocupados, amas de casa– confluye en un puente metálico que une por lo alto las explanadas de la fábrica –que asemeja una gran estación ferroviaria alemana de los años ’30– y canta consignas estridentes desde su lugar relegado y a la vez dominante. Ese sector diferenciado porta altavoces, esgrimidos como hachas. No pretende hacer ruido, sino hablar; y va precavido por si a los dirigentes sindicales organizadores del insólito acto se les olvida que ellos también existen. Pero la ostensible determinación de estos hombres y mujeres no es agresiva ni insolente: salta a la vista que, si bien están dispuestos a chocar con lo que sea, confían en ser escuchados y comprendidos.

Chávez ingresa a la escena. Viola todas las reglas de seguridad que él mismo declara imperativas desde el fracaso del golpe de Estado de abril pasado(1): según sus informaciones, el próximo intento será el atentado personal. Su equipo de seguridad se alarma, pero no rompe el principio impuesto por el propio Chávez: contacto directo con el pueblo; ninguna agresión a quienes pugnan por acercarse.

Este enviado hace un esfuerzo para aprehender la situación. Recuerda las legendarias asambleas en las puertas de las fábricas automotrices argentinas en Córdoba, cuando los estudiantes acudían para confraternizar con los obreros en aquel impar período histórico en el que se gestó lo que luego sería conocido como “Cordobazo”. Rememora el “otoño caliente” de los obreros italianos a fines de 1969 (los consejos de Turín y Milán, las marchas de decenas de miles en Génova; la erupción social en Roma); apela a la explosión de la primera celebración del 1° de Mayo en España tras la extinción del franquismo, en 1978, y aun a las grandes manifestaciones de los obreros del sindicato electricista de México, a lo largo de los años ’70. Acude incluso –porque el pensamiento siempre busca la analogía para comprender– a la movilización de los obreros de los países del Pacto de Varsovia en los años ’80. Pero en todos esos puntos de referencia faltan dos datos distintivos: esta masa humana vibra en una cuerda singular de choque social y el centro de atención es el Presidente. No para vituperarlo y exigir su renuncia –ése es un escenario por demás conocido en todas las latitudes– sino para escucharlo y, como se vería de inmediato, para dialogar con él de igual a igual. Y presentarle exigencias. Después de todo, se sienten con derechos: en lugar de ir a la huelga como exigían en los días de abril las cúpulas sindicales de la Central de Trabajadores de Venezuela (CTV), ellos ocuparon las fábricas y fueron una pieza vital en el fracaso del golpe de Estado.

El Presidente toma la palabra. Lo ha precedido un dirigente sindical de planta, escuchado con respetuoso silencio, en el cual es posible no obstante advertir cierta toma de distancia. Pero el aire cambia de densidad cuando Chávez comienza a explicar, como en un curso para jóvenes militantes de un partido inexistente, el papel de los trabajadores en la revolución bolivariana. “La clase obrera no puede abandonar sus reivindicaciones inmediatas; todo lo contrario. Y no debe perder su autonomía. No se trata de ser un apéndice del gobierno. Pero debe pasar al terreno político, debe tener una estrategia; debe transformarse en el motor de la revolución”, dice interrumpido por miles de manos convertidas en puños y por una ovación.

 

Evidente contraste

A cuatro meses del fallido golpe de Estado, nada podría resumir mejor la situación venezolana que el contraste entre la realidad institucional predominante en Caracas –donde a esa misma hora el Supremo Tribunal de Justicia absuelve de toda responsabilidad a los implicados en la intentona– y el clima en las tres inmensas fábricas (Sidor, Venalum, Alcasa) que Chávez recorrerá en las siguientes seis horas, deteniéndose a hablar con grupos de trabajadores, escuchando sus reclamos, convocando a cada uno a ser un actor en el nuevo escenario político.

Pasado el mediodía se realiza otra asamblea, esta vez con los obreros de Alcasa, a quienes también se suma un contingente de desocupados. Nuevamente abre el acto un dirigente sindical, que emplaza al “compañero Presidente” por los rumores de privatización de Alcasa y la pasividad frente a directores de la empresa públicamente comprometidos con el golpe de abril. Y nuevamente –ahora bajo un sol impiadoso– Chávez desgrana conceptos y definiciones terminantes: “Esta empresa, ni ninguna otra empresa de Guayana, será privatizada mientras Hugo Chávez sea presidente”. Responde al clamor contra los gerentes golpistas, anuncia cambios y lanza la consigna de cogestión obrera en las empresas estatales. Y reitera: “los trabajadores deben organizarse, mantener su independencia, y tener una estrategia propia”; “la clase obrera tiene que convertirse en el motor fundamental de la Revolución”.

Esta es una de las dos claves políticas indicativas del plan estratégico de Chávez para consolidar su victoria de abril. La otra, como paradojal complemento, había quedado expuesta la noche anterior, en el anfiteatro de la Corporación Venezolana de Guayana, un conjunto de empresas estatales y mixtas. Allí, ante una audiencia abigarrada compuesta por trabajadores, empresarios y gobernantes de la región, bajo la consigna “compre venezolano”, el Presidente esgrimió un plan de reactivación económica y tendió la mano a los empresarios dispuestos a tomar distancia de la cúpula golpista de la central Fedecámaras.

Al igual que los obreros en las fábricas –presentes también en un sector del anfiteatro, en nítida representación de la fractura social que divide al país– los empresarios plantearon exigencias en tono cortante. Uno de ellos enfatizó en su discurso: “ahora se respira otro aire en el Ministerio de Producción y Comercio; hemos perdido tres años” dijo. Ese ministerio (hasta poco después del golpe ocupado por Adina Bastidas, la ex vicepresidenta responsable por el paquete de 49 leyes que desató la reacción opositora a fines del año pasado)(2), está ahora integrado, como el resto del gabinete económico, por técnicos a los que el ala más radical del amplio movimiento que apoya a Chávez denomina “neoliberales”.

Tras juramentar a un grupo de altos funcionarios que a partir de ese momento tienen la responsabilidad de garantizar que el Estado “compre venezolano” y subrayar que “el no cumplimiento de este decreto es para mí causa de destitución”, Chávez tomó la palabra para clausurar el acto. Comenzó por recordar el dramático momento vivido horas antes en Bogotá. Allí, en una ciudad ocupada por 18 mil soldados, con el espacio aéreo cerrado y un avión estadounidense Stealth controlando el área, una andanada de misiles lanzada por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) alcanzaba el palacio del Congreso y producía una masacre en un barrio marginal mientras el nuevo presidente colombiano Alvaro Uribe juraba su cargo. Chávez preguntó a su audiencia: “¿hacia allá vamos nosotros? ¿vamos a permitir que minorías nos impongan eso?, para responderse enseguida: “No; no nos impondrán la guerra”.

El mensaje es a la vez múltiple y nítido. Luego Chávez toma el dardo envenenado: los tres años perdidos. Y con serenidad pedagógica resume lo hecho en ese período. Expone la degradación económica, social y política del país bajo la Cuarta República. Y esgrime, como siempre hace, el fruto de los primeros dos años de gobierno: la nueva Constitución, “nuestro programa de acción; nuestra estrategia. El que tenga un rumbo diferente que lo proponga”. Luego desgrana cifras y datos de la marcha de la economía venezolana y los compara con los de otros países. Advierte que la Constitución permite cambiar a los gobernantes mediante plebiscito luego de cumplida la mitad del mandato, y subraya que para diputados, gobernadores y alcaldes ese plazo se cumple a partir de ese momento, en tanto el suyo vence a mediados del año próximo. El tono mesurado y afable no hace menos crudo el mensaje.

Indecisos entre la avidez y el miedo, entre suculentos contratos en una economía reactivada y un proceso político cuyo desenlace les resulta insondable, los dirigentes empresarios no cesan de acomodarse en sus asientos de la primera fila, a dos metros del orador. Para el observador extranjero no cabe duda respecto de quién conduce el juego allí. Y en ese punto el Presidente anuncia la designación como ministro de Desarrollo para Zonas Especiales de Francisco Natera, un ex presidente de Fedecámaras. El rictus de los dirigentes empresarios se transforma en sonrisa y aplauden con vigor. Luego el orador termina su prolongado discurso dirigiéndose a los trabajadores, que desde el fondo de la sala han rubricado con consignas y aplausos cada definición y les anuncia que a la mañana siguiente, muy temprano, se encuentran en Sidor.

 

La vasta convulsión

Un autor inglés injustamente olvidado, Herbert Reed, aludía al “orden superior de una vasta convulsión”. Ése es precisamente el dato sobresaliente en la Venezuela de hoy: una convulsión desmesurada, una abigarrada superposición de contradicciones, que roza por momentos el desgobierno y bajo la cual puede entreverse un orden diferente.

Sobre la consistencia y el curso de ese orden en ciernes se interroga este corresponsal en la madrugada del 6 de agosto, a diez mil metros de altura, mientras el avión presidencial surca la distancia entre Caracas y La Paz. El cansancio ha vencido a los integrantes de la comitiva que acompaña a Hugo Chávez a la ceremonia de asunción de Gonzalo Sánchez de Lozada. Un edecán se acerca a este enviado especial para susurrarle que el Presidente lo espera en su camarote.

El hombre que trabaja en medio de libros y documentos, casi en la penumbra, en un despacho sobrio dominado por el rugir de las turbinas, fue protagonista de una hazaña sin precedentes en abril pasado, cuando tras ser depuesto y secuestrado volvió a Miraflores rescatado por millones de personas en las calles y el grueso de las fuerzas armadas, rebeladas contra sus mandos. Chávez obtuvo una victoria estratégica. Pero en sus palabras se hace evidente que, lejos de ensimismarse en el resultado de la batalla, tiene todos sus sentidos puestos en el curso de la guerra.

No emplea estos términos. No apela al lenguaje militar, aunque subraya un conjunto de amenazas, en primer lugar un potencial atentado contra su vida. Pero es un dirigente político el que mide las relaciones de fuerzas y no parte de la realidad interna, sino del cuadro mundial, al que demuestra conocer en extensión y profundidad. Respecto de Estados Unidos, confía en que los problemas que comienza a enfrentar la gran potencia le permitan al menos lograr el statu quo. Descarta la posibilidad de otro golpe como el de abril. En el plano interno, la oposición carece de apoyo social y las fuerzas armadas han cambiado mucho desde esa experiencia traumática. Chávez no alude al punto, pero más de un centenar de altos jefes ha sido desplazado de los puestos de mando. Los reemplazantes son de otra generación. Muchos de ellos, ex alumnos del actual Presidente, quien hace hincapié en que la conciencia de los comandantes fue golpeada por la brutalidad del efímero gobierno de Pedro Carmona y la posibilidad de encontrarse en la trinchera de enfrente de la inmensa mayoría de la población en caso de una guerra civil. Esto fue también decisivo para los oficiales jóvenes, suboficiales y soldados.

Sin embargo Chávez no se confunde: “En otro sentido el golpe no ha cesado; estamos en una situación de golpe permanente”, dice. De hecho un observador desavisado no creería que Fedecámaras, la CTV y las siglas partidarias de oposición sufrieron una aplastante derrota cuatro meses atrás. Quienes en 40 horas de gobierno disolvieron el Congreso, desconocieron la Constitución, detuvieron a gobernadores, diputados y alcaldes e instalaron el terror, sostienen ahora una irrealidad creada cada día por los medios de difusión masiva y las declaraciones de políticos e intelectuales sin pudor, según la cual en Venezuela es preciso derrocar a Chávez para defender la democracia. Más aun: se muestran convencidos de que la caída del gobierno es inminente. “Oposición se prepara para la Venezuela sin Chávez. Estudian conformar un gobierno de unidad nacional”, dice el titular del diario menos agresivo(3), para luego precisar el programa de la unidad buscada: “sacar adelante a Venezuela sin Chávez y sin el chavismo”.

La irrealidad tiene no obstante aristas tangibles. Once de los veinte jueces del Superior Tribunal de Justicia resolvieron que en abril no hubo un golpe de Estado. Y que, en consecuencia, los militares que depusieron y secuestraron a Chávez para luego entregar el título de presidente a un dirigente empresario, no son punibles. Y cuando miles de partidarios del gobierno se vuelcan a las calles para protestar por el fallo, la policía Metropolitana, dependiente del alcalde mayor (gobernador) de Caracas, el ultraopositor Alfredo Peña, ataca con saña a los manifestantes, mientras las cadenas televisivas transmiten al mundo la imagen de un país sumido en el caos, con las masas movilizadas contra el gobierno y reprimidas por éste.

 

Unidad latinoamericana

Puerto Ordaz fue la última escala. Tras el maratón por las fábricas y el contacto directo con su base social, el Presidente luce más confiado aún que al comienzo de la gira. Aparte de cumplir con sus funciones protocolares, en La Paz y Bogotá ha desplegado una actividad sin pausa en reuniones con altos funcionarios de todo el mundo; con representantes de organizaciones de izquierda y nacionalistas que se agolpan solicitando una entrevista; con delegados de movimientos sociales que quieren verlo, hablar de sus luchas, asegurarle que se solidarizan con la revolución bolivariana. Chávez se hace tiempo para todos. Defiende la unidad latinoamericana y alienta todo paso tras ese objetivo. Insiste constantemente en la unidad. Y en sumar a los jóvenes y las mujeres: “fueron la vanguardia en el contragolpe de abril”, explica. Pero el saldo mayor lo sitúa en la evaluación de los resultados del contacto directo con los trabajadores, el nuevo factor en respuesta al golpe permanente. “Estamos entrando en una nueva etapa, la profundización de la participación, de los mecanismos a través de los cuales el pueblo, los sectores populares, las clases medias, los trabajadores, los verdaderos empresarios que producen, los estudiantes, los campesinos, los indígenas, todos, participen de manera más directa en la gestión de gobierno”. “Esto no lo para nadie”, dice sonriendo, como resumen de un balance minucioso.

En el actual contexto mundial, el desenlace de la lucha de clases y de calles en curso en Venezuela, depende más del escenario global que de la evolución del conflicto interno. Pero desde ya puede afirmarse que Hugo Chávez ha instalado objetivos republicanos e integradores a escala regional y una dinámica de fuerzas que han transformado al país y se proyectan a toda América Latina.

  1. Maurice Lemoine, “Golpe de Estado abortado en Caracas”, en el dossier “Lecciones desde Venezuela”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo de 2002.
  2. Luis Bilbao, “Revolución y contrarrevolución en Venezuela”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur. Buenos Aires, enero de 2002.
  3. Jesús D. Santamaría, Ultimas Noticias, Caracas, 3-8-02.

reseña

La identidad internacional de Brasil

porLBenLMD

 

De Celso Lafer

Editorial: FCE
Cantidad de páginas: 150
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Junio de 2002

 

No es preciso coincidir con la óptica, el basamento conceptual o las conclusiones del autor, para valorar este pequeño libro del canciller brasileño. Y gratificarse leyéndolo: es inhabitual por estos tiempos –y en estas latitudes– hallar un alto funcionario con ideas y líneas de acción estratégica claras y distintas. El origen académico del texto, transformado en libro durante el año 2000, no obsta para que sus páginas sean de llana lectura.

Lafer parte de una reivindicación histórica de la diplomacia brasileña y fundamenta “la fuerza profunda, de larga duración”, determinante según su opinión en “la organización del espacio sudamericano como ambiente favorable a la paz y el desarrollo que ha sido, desde (el Barón de) Rio Branco, una constante de la política exterior brasileña y un componente fuerte de la identidad internacional de Brasil”.

No faltan fundamentos para laudar esa continuidad. Pero de hecho el canciller se impone al historiador y el político al académico: el libro es ante todo un programa de acción, que si bien guarda correspondencia con la tradición de Itamaraty, cobra un nuevo carácter –y singular vigor– con el equipo que Lafer integra, cuyo punto más alto fue “la inédita e innovadora Reunión de Presidentes de América del Sur, llevada a cabo en Brasilia los días 30 de agosto y 1 de septiembre de 2000” (*1).

Aquel acontecimiento –reiterado recientemente en Guayaquil– plasma un conflicto hemisférico que gravita hoy sobre cada país del área.

 

1 Dossier “La hora de Sudamérica”, Le Monde

diplomatique, edición Cono Sur, septiembre de 2000.

reseña

Amérique Central. Les naufragés d’Esquipulas

porLBenLMD

 

De Maurice Lemoine

Editorial: L’Atalante
Cantidad  de páginas:810
Lugar de publicación: Nantes
Fecha de publicación: Abril de 2002

 

Esquipulas, pequeño poblado guatemalteco, dio su ignoto nombre al acuerdo firmado el 7 de agosto de 1987, que marcaría, señala el autor, “lo que aún se considera el punto de partida de la democratización y de la construcción de la paz en América Central”. Puede que hoy la palabra Esquipulas no tenga significación alguna para la mayoría de quienes se interesan por la actualidad y el futuro de América Latina. Sin embargo, con la irrupción de una nueva etapa en la relación entre Estados Unidos y los países al Sur del Río Bravo resumida en hechos tales como el fallido golpe contra Hugo Chávez en Venezuela, el colapso argentino y el surgimiento del dirigente campesino Evo Morales en Bolivia, es oportuno volver sobre aquel momento crucial de la historia reciente.

Los años ‘80 estuvieron signados por la revolución sandinista en Nicaragua, el avance impetuoso de las guerrillas del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional en El Salvador y de la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca. La otra cara de esta medalla fue la intervención directa de Estados Unidos en la región en el marco de una contraofensiva estratégica tan abarcadora como el desafío al que Washington debía enfrentar por entonces. A través de esta crónica histórica minuciosa y abarcadora, Maurice Lemoine presenta al lector el contexto real de aquella confrontación trascendental, expone a los protagonistas y permite observar el papel de cada uno y su evolución desde entonces.

Observando este pasado a la vez reciente y remoto, el presente aparece bajo otras luces. El registro de los hechos deja mal parado no sólo a Estados Unidos, con su ejército mercenario asentado en Honduras y operaciones terroristas de la CIA en toda la región, sino también al Vaticano y la socialdemocracia internacional. Dice Lemoine: “Después de una fase de fascinación por la revolución sandinista, la Internacional Socialista toma distancia, con la argucia de la radicalización del régimen y la presencia un poco demasiado visible de su aliado cubano. El viraje coincide con la mudanza ideológica que lleva a los socialistas europeos y latinoamericanos (…) al compromiso con el pensamiento neoliberal”. La experiencia del istmo, las conductas de las dirigencias, la evolución económica y política (todo registrado sin anestesia por el autor) permiten observar desde otra perspectiva la situación actual en toda América.

Pasando de los hechos cotidianos al registro de los grandes dilemas teóricos y políticos, Lemoine describe la vida en las maquilas y los zigzagueantes pasos de las izquierdas frente a una realidad que el autor capta en sus detalles: “Si el ‘primer mundo’ interpreta la caída del muro de Berlín como el ‘triunfo del capitalismo’, América Latina continúa en la experiencia desastrosa del ‘capitalismo real’”. O como le confiesan a Lemoine las obreras de una maquila en Nicaragua: “ellos son peores que los gringos”; lo cual en buen romance traduce una conclusión temible: la explotación en la fábrica es peor que la guerra en la montaña…

El Aleph en la quinta de Olivos

porLBenLMD

 

La reunión de presidentes del Mercosur, Chile Bolivia y México, realizada en la quinta presidencial los días 4 y 5 de julio, resumió el cúmulo de dificultades de las economías latinoamericanas, las pugnas entre el Norte y el Sur frente a la emergencia, y las severas dificultades de las economías centrales reflejadas en escándalos de corrupción y caídas bursátiles.

 

Extraño sino el del Mercosur. Fue forjado originalmente como instrumento económico regional al margen -y a menudo en contra- de los intereses de las naciones y pueblos componentes. Su desarrollo, siempre zigzagueante, le confirió gradualmente otro carácter: menos amarrado a los requerimientos inmediatos de un grupo de transnacionales y más anclado en el carácter de instancia de unión mercantil regional, camino por el que avanzó considerablemente, antes de ser objeto de fuego graneado desde dentro y fuera. Y ahora, cuando apenas respira en medio de un cataclismo económico que excede en mucho sus fronteras, adquiere carácter político, casi valor de símbolo y se replantea como una abstracción temible: de frustrada unión aduanera, a barrera geopolítica. Y cuando menos es lo primero, más se aferra a su nuevo papel, sin lograr no obstante definirlo y asumirlo.

Esa ambigüedad dominó el ambiente de la reunión de presidentes del Mercosur más Chile y Bolivia, a quienes se sumaría -novedad distintiva de la difícil coyuntura- el de México. Más que el encuentro jubiloso de dirigentes lanzados tras un proyecto de alcance continental, la reunión pareció una cita de familiares mal avenidos, forzados a estrecharse la mano por alguna circunstancia trágica. Bajo los efectos del «contagio» argentino y con cada mandatario -por diferentes razones- en escasísima posibilidad de ejercer el poder, Eduardo Duhalde, Fernando Henrique Cardoso, Jorge Batlle, Luis González Machi, Jorge Quiroga, Ricardo Lagos y Vicente Fox, eludieron a la prensa y toda instancia que pudiese echar luz sobre la naturaleza del encuentro y despejara la incógnita mayor: el presidente Fox ¿vino como embajador de Washington para neutralizar el Mercosur, quebrar la resistencia de Brasil, extender el Tratado de Libre Comercio (TLC) del que su país es parte con Estados Unidos y Canadá, para dar así una puntada final al ALCA (Area de Libre Comercio de las Américas)? ¿O acaso, empujado por los efectos devastadores de la pertenencia de su país al TLC, y acuciado por las derivaciones políticas letales de aquellos resultados, llegó a Olivos a buscar contrapeso para resistir la voracidad de su socio mayor(1)?

Las dos ruedas de prensa ofrecidas en Olivos graficaron con pinceladas patéticas el tembladeral económico y político sobre el que marchan los presidentes. En la primera, Duhalde y Fox redujeron el encuentro de México y Argentina al equivalente de la firma del boleto de compraventa de un automóvil: no sólo fue ése el único anuncio concreto, sino que en las intervenciones de ambos brilló por su luminosa ausencia cualquier idea referida a concepciones y tareas estratégicas para que América Latina afronte y resuelva no sólo la turbulenta coyuntura, sino una realidad signada por la pobreza, la marginalidad, la fuga descontrolada de riquezas en volúmenes que hacen empalidecer los datos de la era colonial, cuando naves españolas y británicas colmaban su capacidad de carga con oro y metales preciosos con destino a Europa. El punto central de las intervenciones de ambos presidentes fue el agradecimiento de Duhalde a Fox por su gestión de mediador frente a Estados Unidos y los organismos financieros internacionales. Y viceversa: Fox enfatizó la importancia de ayudar a Argentina a pasar el mal trago. La regimentación grosera del diálogo posterior con el periodismo fue, en rigor, una necesidad para que la puesta en escena no se desmoronara con estrépito.

Y otro tanto ocurrió al cierre del conclave, el viernes 5, cuando tras la presentación de los siete presidentes para la ceremonia de firma de documentos… se retiraron cinco y quedaron frente a la prensa sólo Duhalde y Cardoso: había que evitar el choque de líneas de proyección continental entre México y Brasil e impedir, sobre todo, que alguno de los restantes presidentes debiera definirse.

 

«Preocupación»

El comunicado conjunto emitido por los presidentes del Mercosur más Bolivia y Chile, tras el obligado tributo a «la profundización de la cooperación existente», en el punto 3 informa que los presidentes «analizaron con preocupación el comportamiento actual del sistema económico y financiero internacional, que ha sido una de las fuentes que ha contribuido a la inestabilidad de la región». Acusación inusual, y por cierto no excenta de significación. Sin embargo, a renglón seguido el documento confirma que los presidentes «se comprometieron a continuar coordinando posiciones sobre los tópicos más relevantes de la nueva agenda internacional, entre los que se destacan el terrorismo, la corrupción, el narcotráfico…»(1).

De modo que la «nueva agenda internacional» asumida por los mandatarios no pone en primer lugar -de hecho no incluye- «tópicos irrelevantes», como, por ejemplo, el hambre y la marginación de más de 200 millones de latinoamericanos, la desocupación masiva, el colapso de Argentina y su previsibles derivaciones a escala regional.

 

Sorpresas

Bajo el impacto múltiple del asesinato de dos jóvenes desocupados y la «atroz cacería» (expresión del propio Duhalde) de manifestantes empujados por el hambre, los presidentes y funcionarios reunidos en Olivos se mostraban además sorprendidos por otro dato de la realidad regional: el resultado electoral en Bolivia.

En conversaciones privadas altos diplomáticos apenas disimulaban su consternación por la noticia impublicable: pese a la manipulación de las cifras y la postergación de los cómputos, Evo Morales, el dirigente campesino del Movimiento al Socialismo, había ganado las elecciones en Bolivia.

Recién cuatro días después el dato -convenientemente macerado para su difusión- traduciría la perplejidad de los gobiernos de la región a la opinión pública: «Sorpresa en Bolivia: el cocalero Morales trepó al segundo lugar», titularía el diario de mayor difusión en Argentina(3).

Es tarea de semiólogos y estudiosos de los medios precisar la significación del adjetivo «cocalero» en el título. Políticamente, sin embargo, es fácil entender la morosidad periodística, la reticencia conceptual, el adjetivo descalificativo y… la sorpresa.

Evo Morales estaba lejos de ser un favorito de las encuestas electorales. Tampoco tiene detrás un partido mayoritario. Y, al fin y al cabo, es un campesino que representa a sus pares del trópico cochabambino en la resistencia a la política estadounidense aplicada casi sin mediaciones en Bolivia desde hace años. El humilde cocalero, a diferencia de lo ocurrido en otras esferas, no se sorprendió por el resultado electoral. Antes bien, parece tener una perspicacia ausente en connotados think tanks, en no pocas cancillerías y en ciertas redacciones. En octubre de 2000 había declarado que «la lucha de los campesinos del trópico de Cochabamba es ahora contra el gobierno de Estados Unidos y no con el boliviano»(4). Días antes de las elecciones, en aparente asunción de este desafío, el embajador estadounidense en La Paz, Manuel Rocha, advirtió públicamente que si se votaba a Morales Bolivia no recibiría ayuda de Washington.

Pero ésa era una carta ya jugada. Y perdida. Le Monde diplomatique expuso un año y medio atrás la marcha de la coyuntura regional con un título inequívoco: «Colapsa en Bolivia la estrategia de Washington»(5). Pero la noción de fracaso no aludía exclusivamente al país vecino sino a América Latina en su totalidad. Al sistemático debilitamiento de Estados Unidos no sólo frente a sus tradicionales enemigos, las organizaciones campesinas y obreras del continente, sino respecto de sus propios socios, cada día más alarmados por la voracidad insaciable y las consecuencias más que riesgosas para ellos de las políticas dictadas desde Washington.

La «sorpresa» de Bolivia, llega después de innumerables desplantes de Brasil a la reiterada exigencia de Estados Unidos para consumar el ALCA. Y llega sobre todo después de la trascendental derrota de Washington en abril pasado en su intento por derrocar al presidente venezolano Hugo Chávez. Cuando en Brasil el candidato del Partido de los Trabajadores va por lejos primero en las encuestas para los comicios de octubre próximo, en Uruguay el Frente Amplio calienta los motores porque comienza a plantearse la posibilidad de un adelanto en las elecciones y en Argentina… las incógnitas superan a cualquier certeza, pero en unas u otras la diplomacia estadounidense sale mal parada.

Así y tras el nulo resultado de la reunión de presidentes en Buenos Aires, se explica la llegada al país del Sr. Otto Reich, subsecretario de Estados para asuntos hemisféricos del gobierno de George W. Bush.

No es preciso abundar acerca del currículum de Reich. Ya es pública su condición de figura reiterada en las operaciones encubiertas de la CIA en América Latina, desde la formación de un ejército mercenario en Honduras contra el gobierno sandinista de Nicaragua, hasta su papel en el reciente golpe fracasado en Venezuela. Su escala previa en Brasil resultó un episodio más de la dura confrontación diplomática entre el Planalto y la Casa Blanca: el enviado de Bush no fue recibido por Cardoso.

En un artículo publicado en la víspera de su arribo a Buenos Aires, Reich -de origen cubano y residente en Miami- inició la nota asegurando su voluntad de «expresar el respeto y la admiración de mi gobierno por ese gran país y sus ciudadanos»(6).

Desde hace algunos meses, y en directa correspondencia con el colapso de la estrategia de Washington en América Latina y sus redobladas presiones para aniquilar el Mercosur, se multiplicaron las pruebas acerca del «respeto y la admiración» que Washington profesa por la ciudadanía y el gobierno de Argentina. De modo que no puede caber duda respecto de la sinceridad y la fina elegancia en las palabras del enviado de Bush, como así tampoco de sus actividades en Buenos Aires luego del encuentro del Mercosur y, sobre todo, antes de la reunión de presidentes sudamericanos que tendrá lugar en Guayaquil, Ecuador, el 26 y 27 de este mes.

En este año de 2002, el Aleph no está en la calle Garay, donde lo puso Borges. Al menos por dos días estuvo en la quinta residencial de Olivos. Y quienes pudieron mirarlo sintieron un estremecimiento.

  1. Carlos Gabetta, «El suicidio a través del ALCA»; Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, Buenos Aires, julio de 2002.
  2. Comunicado conjunto de los presidentes de los Estados partes del Mercosur, Bolivia y Chile.
  3. Clarín, Buenos Aires, 9-7-02
  4. «Cocaleros cambian de enemigo, ahora es el gobierno de EE.UU»; Los Tiempos, Cochabamba, 9-10-00.
  5. Luis Bilbao, Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, noviembre de 2000.
  6. Otto Juan Reich, » Estados Unidos y la Argentina «, La Nación, Buenos Aires, 9-7-02.

reseña

El maestro de Bolívar. Simón Rodríguez, el utopista

porLBenLMD

 

De Pedro Orgambide

Editorial: Sudamericana
Cantidad de páginas: 208
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Mayo de 2002

 

Hay quien supone que todo buen libro es escrito en el momento adecuado y leído cuando es necesario. Si no es siempre verdad, el aserto cuadra en el caso de El maestro de Bolívar. No podría ser más oportuna la reivindicación de esta figura desconocida –acaso por sus enormes dimensiones en su triple condición de rebelde, científico y maestro– capaz de imaginar para América Latina un destino aún inalcanzado, que vive hoy una instancia crucial precisamente en la tierra de Bolívar.

Pedro Orgambide repite en esta obra la práctica de escribir sin apego a un género literario definido. Presentado como novela, este libro es en realidad una biografía, que apela a la ficción, a la historia y al ensayo político con la plasticidad como única constante. Bien es verdad que la “novela histórica” ha dado lugar, sobre todo en los últimos tiempos, a muestras de arbitrariedad y oportunismo. Pero ni una sola línea aquí, aun en las ostensibles fugas hacia la ficción pura, tergiversa o fuerza la rigurosa investigación histórica que tiene detrás.

Literatura, entonces, puesta al servicio de una lección de historia y de vida, hoy como nunca actual y necesaria, sobre todo para los jóvenes, ahogados con textos de renuncia, cálculo mezquino y ausencia de otro horizonte aparte el del individuo aislado.

Simón Rodríguez, ante todo caminante y maestro, dedicó su vida al estudio y la investigación científica. Y en todo momento, en cualquiera de los muchos países donde vivió y trabajó, mantuvo su compromiso con la libertad. “Cambié de idiomas, de mujeres y de actividades”, le hace decir Orgambide a Rodríguez, en una síntesis de su vida intensa. El autor suelta con destreza, a lo largo de la narración, nociones y consignas acuñadas por este personaje novelesco, a menudo tildado de loco, para rescatarlo como pensador político original y hondamente latinoamericano: “el tiempo es el lugar de la acción”, “la fuerza material está en la masa, y la fuerza moral en el movimiento”, “nada es constante en el mundo, sólo la variación”, “inventamos o erramos”. Frases como látigos del tipo “no somos hijos de la vieja cultura, sino aprendices y forjadores de una nueva manera de observar el mundo”; “no soy el maestro del indio. Soy el indio que se transforma en su maestro”; “los europeos inventan medios para reparar un edificio viejo, por no tener dónde hacer uno nuevo”; “algunos alegan su derecho a la libertad personal para eximirse de toda especie de cooperación al bien general”, que permiten al lector aprehender el núcleo de una vasta obra, recientemente reeditada en dos gruesos volúmenes (1).

Pero acaso el valor más destacado de este libro es que, al exponer la vida de Rodríguez, pinta la figura de Simón Bolívar y recorre la historia de la lucha por la emancipación americana. Por momentos, el lector dudará si está leyendo historia o una crónica de nuestro tiempo. Y cerrará el libro con un sentimiento de gratificación, de vergüenza y, acaso, también de rebeldía.

 

 

 

1 Simón Rodríguez, Obras Completas.

Tomos I (520 págs.) y II (550 págs).

Presidencia de la República, Caracas, junio de 1999.

Brasil decide su lugar en el mundo

porLBenLMD

 

Las cuentas públicas de Brasil preanuncian la posibilidad de que en breve plazo el Estado no pueda cumplir con los vencimientos de la sideral deuda de alrededor de 685.000 millones de reales. Esta perspectiva eleva el «riesgo país» y desencadena una crisis de imprevisibles derivaciones. Pero la prensa atribuye esto al «efecto Lula», en sintonía con la táctica del oficialismo para remontar su desventaja frente a las elecciones de octubre y para beneplácito de Washington, que espera el caos generalizado en la región para reunir los despojos, doblegar la resistencia encabezada por el gran capital brasileño e imponer el ALCA.

 

Una paradoja estridente ensordece en Brasil y replica en toda América Latina: los cuatro candidatos mejor posicionados en las encuestas para las elecciones presidenciales de octubre próximo corresponden a partidos que se presentan como socialistas. Son el Partido de los Trabajadores (PT), el Partido Socialdemócrata de Brasil (PSDB), el Partido Socialista de Brasil (PSB) y el Partido Popular Socialista (PPS, ex comunista). No obstante, todos realizan los mayores esfuerzos para mostrarse como los mejores continuadores de un sistema que tanto en el auge como en la declinación, ha gestado la sociedad más desigual del planeta. A la vez, cada uno busca en el extremo opuesto del arco ideológico el respaldo necesario para vencer al adversario que debiera ser su aliado, si los nombres representaran contenidos y los programas escritos líneas de acción política. La hipocresía, se sabe, es el tributo que el vicio paga a la virtud. Pero algo más profundo, más potente que conductas individuales y partidarias, determina este contrasentido.

El rasgo político dominante en Brasil es hoy la búsqueda afanosa y urgente de cambio frente a la realidad intolerable y el horizonte ominoso. Una encuesta encargada el año pasado por la Confederação Nacional da Industria, indica que el 50% de los entrevistados cree que “el socialismo debería ser implantado en Brasil” (33% se pronunció en contra) y el 55% cree que “el país necesita una revolución socialista para resolver sus problemas” (32% en contra)(1). Paralelamente, la franja hegemónica de las clases dominantes brasileñas ha desplegado en los últimos tres años una decidida política continental signada por la oposición a la creación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y dirigida a formas de asociación económico-política en Sudamérica (específicamente el Mercosur, profundizado y ampliado) que chocan de frente con la política de Estados Unidos hacia la región.

El mapa preelectoral, sin embargo, no contempla la asunción plena de ninguno de estos dos grandes ejes estratégicos. Mucho menos la combinación de ambos. El destacado nivel de las nuevas dirigencias brasileñas, el vigor singular de las grandes formaciones políticas y sociales creadas en las dos últimas décadas y la potencia de un aparato productivo sin par en la región no han cuajado hasta ahora una propuesta política a la altura de la crisis global.

En 1960, cuatro años antes del golpe de Estado, un tercio de la población consumía menos de 2.240 calorías diarias, es decir, estaba desnutrida, según los parámetros de la FAO (Food Agricultural Organization). Tras 21 años de dictadura militar, al recuperarse la democracia política y en el apogeo del desarrollo, la franja de población subalimentada llegaba a los dos tercios. En ese momento, ocho millones y medio de niños en edad escolar no concurrían a la escuela, una de cada dos casas no tenía luz eléctrica, cuatro de cada diez familias tenían un ingreso inferior a medio salario mínimo y más de 40 millones de personas –uno de cada tres brasileños– vivían en estado de pobreza absoluta(2). Cuando tras innumerables movilizaciones de masas se logró en 1989 la elección directa para el cargo de Presidente y el candidato del PT, Luiz Inacio da Silva, Lula, pasó a la segunda vuelta mientras se reducían a la nada los partidos tradicionales(3), el PSDB, el PSB y lo que ahora se denomina PPS, conformaron junto a otros partidos el Frente Brasil Popular para poner a “Lula lá” (allá, en el Palacio del Planalto, la sede del gobierno). Fernando Henrique Cardoso, hoy presidente, saludaba sonriente desde los palcos de campaña, al lado del obrero metalúrgico que había despertado la esperanza de millones de jóvenes, trabajadores y profesionales.

Doce años después, el país tiene casi 160 millones de habitantes y todos los índices sociales han empeorado. La deuda pasó del 30 al 55% del PBI durante los dos períodos de Cardoso, pese al ingreso de 100.000 millones de dólares por privatizaciones. El año pasado el PBI creció un 1,5%, cifra inferior a la de crecimiento de la población y al ingreso de jóvenes al mercado laboral. Un cataclismo económico análogo al de Argentina, pero a escala brasileña, amenaza minuto a minuto. Pero si en 1989 el PT enarbolaba un programa de drásticos cambios y esgrimía sin tapujos su condición de socialista, distanciándose por izquierda de sus aliados, hoy ha invertido aquella postura y en términos programáticos difícilmente se diferencia de los que ahora son sus rivales.

 

Encuestas y alianzas

Una encuesta indicaba que al 13 de mayo pasado Lula contaba con el 42% en la expectativa de voto. Desde la portada, Veja, el semanario de mayor circulación en Brasil iniciaba la escalada: “Por qué Lula asusta al mercado”(4). Según ese sondeo, José Serra (PSDB), el candidato oficialista respaldado por el presidente Cardoso, alcanzaba sólo el 17%; Anthony Garotinho (PSB) el 15% y Ciro Gomes (PPS) el 12%. Para entonces, la candidata del PFL, Roseana Sarney (hija del ex presidente José Sarney), había salido de carrera tras un escándalo de corrupción. Y Lula había lanzado una bomba, al visitar el 13 de febrero una fábrica textil en Minas Gerais, propiedad de José Alencar, líder empresario, dirigente del Partido Liberal (PL) y figura prominente de la Iglesia Universal del Reino de Dios (IURD, dueña de la multimedia Récord) y anunciar que se proponía “hacer una alianza con el PL no sólo para ganar las elecciones, sino para gobernar”(5).

El giro estremeció al PT. Cuando días después Carlos Rodríguez, diputado y obispo de la IURD, declaró que “el país no puede embarcarse en nuevas experiencias en el área económica. No podemos hacer de Brasil un globo de ensayo”, la oposición estalló en el PT. En Río de Janeiro las tendencias de izquierda levantaron públicamente la consigna “Edir Macedo (jefe de la poderosa secta religiosa) não é meu companheiro”. El gobernador de Rio Grande do Sul, Olivio Dutra, condenó la alianza con expresiones de las que resulta difícil retroceder: “El PL no está en el campo democrático definido como nuestro ámbito de alianzas”, dijo(6). En el mismo sentido se pronunció el actual prefecto de Porto Alegre, Tarso Genro.

Pero allí no quedaron las cosas: “Para completar la reacción de condena nada menos que la Conferencia de Obispos de Brasil se sintió compelida a mostrarse en público (…) el vicepresidente de la CNBB, obispo Marcelo Cavalheira, declaró: ‘Nosotros sabemos el riesgo que se corre si elementos de una iglesia que tiene una potencia tan grande en la comunicación busca ciertos objetivos, como por ejemplo exigir un ministerio. Claro, eso puede preocupar a algunos sectores de la iglesia católica’”, según la revista Teoría e Debate(7). Para comprender la resistencia que genera la alianza con el PL –decidida por Lula y la mayoría de la conducción del PL– basta registrar que en la fundación del PT, en marzo de 1980, participaron unas 80.000 comunidades de base de la iglesia católica, a la sazón conducidas en su mayoría por sacerdotes enrolados en la Teología de la Liberación.

La posición oficial de la iglesia católica, sumada al rechazo ampliamente extendido en las bases, cuadros medios y tendencias internas que en conjunto constituyen una mayoría partidaria, había convencido a los analistas brasileños –y a la propia militancia– de que la coalición con el PL no plasmaría. Sin embargo, el 19 de junio pasado Lula anunció que Alencar sería su compañero de fórmula en octubre. “Hasta ayer a la tarde, prácticamente todos los diputados del PT y del PL afirmaban que la tentativa de coalición había naufragado en sus múltiples problemas, principalmente en la resistencia de parlamentarios que tenían miedo de ser perjudicados por sus socios”(8).

Lula no parece haber tenido en cuenta la sentencia de Goethe: “No se puede vivir para todo el mundo, sobre todo para aquellos con los cuales no se querría vivir”(9). Pero no se trata sólo del PT. El PPS hace igualmente los mayores esfuerzos por obtener aliados de “centroderecha”. Y el PSB, sin dejar de considerar la posibilidad de renunciar a la puja presidencial y apoyar al PT, continúa lanzando gruesos brulotes contra Lula (“es igual a Fernando de la Rúa”) y buscando alianzas con los fragmentos del PMDB. Mientras tanto, las últimas encuestas registran un leve avance de Serra (21%), y la equivalente caída de Lula (38%).

 

Debate programático

Antes de esta metamorfosis que conmueve dentro y asombra fuera, la dirección del PT confrontó respecto de los lineamientos programáticos a asumir. En un documento del Instituto Cidadanía presentado por destacados economistas del PT a fines del año pasado, titulado “Otro Brasil es posible”, sus autores sentaron las bases de la actual fórmula Lula-Alencar. La ríspida polémica desatada en las filas petistas quedó reflejada en las páginas de Teoría e Debate, que publicó un resumen de aquel documento y la réplica de un representante de la izquierda partidaria. El argumento principal subraya que un proyecto alternativo “debe ser políticamente eficaz, es decir, capaz de ampliar el marco de alianzas contra este modelo actual, movilizar las fuerzas populares y asegurar la sustentación de las políticas transformadoras”. En resumen, el texto propone “Políticas específicas orientadas a la reducción de la vulnerabilidad y de la dependencia externa, proyectadas en cinco dimensiones: recuperación del saldo comercial y reducción del déficit en la cuenta de servicios del balance de pagos (…) corrección de los desequilibrios oriundos de la apertura comercial (…) consolidación de la vocación de multilateralidad (…) adecuación de la política relativa al capital extranjero a las directrices y prioridades del nuevo modelo económico (…) regulación del proceso de apertura del sector financiero”(10).

Refiriéndose al agravamiento del endeudamiento y la dependencia, los autores proponen “una modificación radical de ese cuadro, que se proyecta en tres planos interconectados: recomposición de la capacidad estatal de regulación y apoyo al desarrollo (…) reversión de la fragilidad fiscal (…) desarrollo de mecanismos de participación democrática en la gestión estatal”.

En respuesta a estos lineamientos, la oposición de izquierda al interior del PT respondió en tono mesurado pero drástico: “El verdadero eje del documento es la creencia de que es posible conseguir ‘cambios profundos’, a partir de una situación catastrófica, sin grandes enfrentamientos, ni con el gran capital extranjero, ni con el interno. Y ni siquiera con aspectos centrales de la ideología neoliberal”(11). La crítica es más contundente en materia de política económica: “los autores del documento aceptan que un ciclo de crecimiento sea comandado por la inversión privada, y aceptan incluso que sea altamente dependiente del capital extranjero; se preocupan sólo por la inestabilidad que esto acarrearía (…) se sugiere que el Estado brasileño defina el papel y las tareas de las empresas multinacionales. ¿Alguien cree que éstas cumplirán las tareas que el Estado les atribuya? (…) Aunque el texto señale la desnacionalización de la economía como una cosa negativa, en ningún momento considera que sea necesario revertirla (…) no es exagerado decir que el texto entiende posible llegar a la ‘reconstrucción de la nación’ por medio de una especie de sociedad con el capital extranjero, sin colocar como objetivo la reducción del grado de desnacionalización de la economía y ni siquiera el fortalecimiento del sector público”.

Como se ve, de manera ordenada, seria y sin romper lazos organizativos, el debate ideológico-político en el PT es el mismo que se produce en forma desarticulada –y la más de las veces sin el mínimo de profundidad– en las izquierdas de todo el continente y de Argentina en particular. La devastadora campaña que la gran prensa brasileña centra en la metamorfosis física de Lula (ahora vestido con trajes de corte italiano y marcado paso a paso por el publicista Duda Mendonça, el mismo que asesoró a Eduardo Duhalde en las presidenciales de 1999), tiene como telón de fondo una incógnita mayor: ¿es posible cambiar de raíz el cuadro socioeconómico actual? ¿es posible introducirle reformas positivas y sostenidas en el tiempo? ¿qué carriles demandan la resolución del hambre, el analfabetismo y la marginalización? ¿cuáles son los prerrequisitos del desarrollo, de la soberanía y la independencia?

 

El recurso del método

Más allá del debate, se plantea la sucesión de hechos, comandados por una prensa que asume la iniciativa política que los partidos del statu quo no pueden arrebatarle al PT. El recurso consiste en atribuir el alza del dólar, el aumento del “riesgo país” y la consecuente amenaza de corrida bancaria y cesación de pagos al ahora llamado “efecto Lula”. Se oculta y tergiversa así la realidad, determinada por una deuda externa de 685.000 millones de reales (100.000 millones directamente en dólares), una masa de intereses equivalente al 8% del PBI, las tendencias recesivas dominantes a escala mundial y la imposibilidad de cobrar impuestos a las grandes empresas y fortunas, todo lo cual anuncia que antes de fin de año Brasil podría entrar en cesación de pagos.

Frente a la embestida, Lula llevó al extremo las líneas tendidas por el documento aludido: “vamos a preservar el superávit primario en la medida que sea necesario para impedir que la deuda interna aumente y destruya la confianza en la capacidad del gobierno de honrar sus compromisos. Estamos conscientes de la gravedad de la crisis. Para resolverla, el PT está dispuesto a dialogar con todos los segmentos de la sociedad y con el propio gobierno”, afirmó apenas dos días después de haber presentado a Alencar como candidato a vicepresidente(12).

Pese a la enorme concesión, el lazo opositor no aflojó: la prensa reprodujo con gran despliegue que para la consultora Goldman Sachs, lo dicho por Lula es “alentador”, pero “insuficiente”(13). “La reticencia del PT a acordar la independencia del Banco Central con medidas que aumenten la autonomía operacional de la institución, también es un factor de desconfianza en relación al PT”, agrega el comentario, antes de exponer las condiciones que podrían aventar esos temores, sugestivamente idénticas a las adelantadas una semana antes por el semanario británico The Economist: “que el próximo gobierno mantenga el actual superávit fiscal (antes del pago de intereses) del 3,5% del PBI; que la economía crezca al menos 3,5% anualmente, que el real se sostenga firme; y que la tasa real de intereses no supere el actual 9%”(14).

Estas condiciones presuponen otras, que el órgano portavoz de las altas finanzas no trepida en presentar: “La única manera de lograr que los inversores presten a tasas bajas es continuar la larga cuesta hacia la modernización de la economía, mientras se mantiene un firme control de las finanzas públicas y de la inflación. Si el señor Da Silva vence, y si los inversores le dan una chance, tendrá pocas alternativas aparte de marchar por este largo, difícil camino”. Tampoco Washington se privó de ejercer presiones públicas: “El problema de Brasil es 100% político, no tiene nada que ver con la economía”, declaró Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal. Más directo aun fue el vicepresidente del Citigroup y ex vicedirector del FMI, Stanley Fisher: “Las dudas están centradas en lo que hará Lula, todo indica que va a vencer en las elecciones”(15).

Semejante presión, y sus propias concesiones, ponen a Lula a tiro de piedra de sus rivales electorales. “Brasil está siendo víctima de un ataque internacional”, declaró Ciro Gomes, quien agregó refiriéndose a Lula: “un estadista tiene que proteger a su gente, no asumir compromisos espúreos o retóricos con esos especuladores”(16). Por su parte, Garotinho comparó a Lula con Fernando de la Rúa y aseguró que “está a la derecha del candidato oficial”(17). Pero más filoso aun fue el estilete de Serra, su principal rival: “Me parece bien que el PT apoye ahora nuestras metas de superávit. Yo mismo las presenté, hace dos semanas”. El candidato oficialista agregó: “Nuestra alianza está más preparada, tiene más voluntad política, más competencia y más persistencia para conseguirlo”(18).

 

El ALCA es la clave

En este cuadro socioeconómico y político preelectoral, Brasil refleja como ningún otro país el naufragio del Consenso de Washington, instrumento estadounidense mediante el cual el continente fue puesto tras el neoliberalismo. Los partidos involucrados en aquella estrategia imperial pagan ahora con el rechazo masivo de la población. De México a Buenos Aires, basta haberse comprometido con la marea de privatizaciones, endeudamiento, enajenación de empresas públicas y manejos financieros, para ser condenado por la opinión pública. Con los recursos extraordinarios obtenidos, los centros del capital paliaron la caída de su propia tasa de ganancia media (ver páginas 2-3). Y aun así, Estados Unidos, la Unión Europea (UE) y Japón están en recesión.

Es en este cuadro que América Latina (más específicamente Sudamérica) oscila entre una política propia, los cantos de sirena de la UE y la exigencia terminante de Estados Unidos: un mercado único continental bajo su égida inapelable, el ALCA.

El Dipló ha registrado el realineamiento de fuerzas regionales encabezado por Brasil contra el proyecto estadounidense(19). Bajo la presidencia de Cardoso y en medio de reacomodamientos político-sociales aún en curso, un sector de las clases dominantes brasileñas impuso la oposición al ALCA y su punta de lanza militar, el Plan Colombia. Una y otra vez Estados Unidos chocó contra esta oposición, que amenazó con cobrar carácter de nuevo eje geopolítico cuando Brasilia convergió con Caracas(20). Fracasado el golpe contra Chávez(21), el Departamento de Estado centró su fuego en Argentina, el eslabón débil e inconsistente del Mercosur, transformado por obra de la necesidad extrema en línea de defensa de las burguesías regionales contra el ALCA. Pero el verdadero objetivo de este despliegue múltiple es Brasil.

“Estados Unidos considera a Brasil un ‘aliado esencial’ para el éxito del ALCA”, declaró la embajadora estadounidense en Brasilia, Donna Hrinak (casualmente trasladada desde Caracas a la capital brasileña). “Debemos superar los mitos y estereotipos de sectores interesados en no permitir que avance la integración comercial hemisférica que acusan a Estados Unidos de llevar adelante una política comercial sin equidad”, agregó(22).

Tales “mitos y estereotipos” calaron no sólo en Cardoso, sino también en el PT. El documento citado del Instituto Cidadanía expresa con inequívoco tono que “el ALCA no es una cuestión de plazos o de eventuales ventajas en este o aquel sector. Tal como está propuesto es un proyecto de anexión política y económica de América Latina, cuyo objetivo principal, por la potencialidad de su mercado interno, es Brasil”.

Imposible mayor contundencia. El hecho es que, bajo el peso de las presiones, medio año después de difundido aquel documento, Lula repitió la caracterización general respecto del ALCA, pero remató con una afirmación que supone un cambio de dirección: “Queremos un ALCA sin exclusiones (…) tenemos que incluir a Cuba en el ALCA”(23). O sea, sí al ALCA.

El “proyecto de anexión política y económica de América Latina” es hoy protagonista clave en las elecciones brasileñas y está llamado a jugar un papel aun mayor en el resto del hemisferio. Aunque no se debería desestimar la capacidad operativa del establishment político brasileño, es improbable que Cardoso, responsable de privatizaciones, endeudamiento, aumento en flecha de la pobreza y la marginalidad, así como de la extranjerización de áreas fundamentales de la economía brasileña, pueda imponer a su delfín. Lula tiene amplias posibilidades de ser presidente. Que el PT (un partido obrero de masas cuyo programa aún reivindica el socialismo) gobierne Brasil equivaldría a un terremoto político continental. Resta saber quién será deglutido por las inmensas grietas que se abren a medida que se aproxima octubre.

  1. Encuesta publicada por el semanario brasileño Veja, tomada de Teoría e Debate, revista teórica del PT, N° 49, San Pablo, octubre-diciembre de 2002.
  2. Luis Bilbao, PT Brasil: respuesta latinoamericana al desafío imperialista, Búsqueda Editora, Buenos Aires, septiembre de 1990.
  3. Ibid. Ulyses Guimaraes, patriarca nacional, candidato del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), obtuvo el 4% de los votos; Aureliano Chávez, del Partido del Frente Liberal (PFL), el 0,6%.
  4. Veja, San Pablo, 22-5-02.
  5. André Singer; “Uma virada en tres tempos”, Teoría e Debate, San Pablo, Nº 50, febrero-abril de 2002.
  6. Ibid.
  7. Ibid.
  8. João Domingos, “PT fecha acordo com PL e Alencar será Vice”, O Estado de São Paulo, 20-6-02.
  9. J. W. Goethe, O. C., Tomo I, Aguilar, México, 1991.
  10. Aloizio Mercadante e María da Conceicao Tavares, “Eixos de um novo modelo”,Teoría e Debate, N° 49.
  11. Joao Machado, “Um programa anacrónico”, Teoría e Debate, N° 49.
  12. Silvio Bressan, “Lula asume meta fiscal para acalmar mercado”, O Estado de São Paulo, 23-6-02.
  13. “Para analistas, discurso de Lula é insuficiente”, O Estado de São Paulo, 24-6-02.
  14. “The 685 billion reais question”, The Economist, Londres, 15-6-02.
  15. Sonia Racy “Problema do Brasil é só político, diz Greenspan”, O Estado de São Paulo, 24-6-02.
  16. “Garotinho compara petista a De la Rúa”, O Estado de São Paulo, 23-6-02.
  17. Ibid.
  18. Angela Lacerda, “Serra elogia petista por adotar idéias tucanas”, O Estado de São Paulo, 23-6-02 (“tucanos” es el apelativo con que se alude a los miembros del PSDB, por el pájaro que utilizan como distintivo).
  19. Luis Bilbao, “Brasil tentado por una opción sudamericana”, julio de 2000; “Militarización de la política”, septiembre de 2000; “Colapsa en Bolivia la estrategia de Washington”, noviembre de 2000; “La tenaza de Washington”, febrero de 2001; “Estados Unidos y la Unión Europea confrontan en Sudamérica”, abril de 2001; “ALCA: democracia tras el muro”, mayo de 2001; “Argentina vacila ante el nuevo mapa continental”, julio de 2001; “Estados Unidos alista un ejército para el ALCA”, septiembre de 2001; “Washington y la fractura global”, marzo de 2002; Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.
  20. Luis Bilbao, “La revolución pacífica”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, noviembre de 1999.
  21. Varios autores, “Lecciones desde Venezuela”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo de 2002.
  22. “EE.UU. considera a Brasil ‘aliado esencial’ para éxito del ALCA”, Unión Radio, edición digital, Caracas, 4-6-02.
  23. João Domingos, “Lula defende inclusao de Cuba na ALCA”, O Estado de São Paulo, 20-6-02.

reseña

Nuevos ricos, nuevos pobres, nueva Rusia

porLBenLMD

 

De Bertram Silverman – Murray Yanowitch

Editorial: Siglo XXI
Cantidad de páginas: 220
Lugar de publicación: México
Fecha de publicación: Agosto de 2001

 

Un tema soslayado por regla general en el debate teórico y político de la última década ha sido el de una precisa caracterización respecto de la condición socioeconómica de Rusia y demás países integrantes de la ex Unión Soviética y el Pacto de Varsovia. Silverman y Yanowitch no apuntan a un objetivo tan ambicioso. Acompañados por académicos “expertos en administración laboral y dirigentes sindicales de Estados Unidos y Rusia”, se abocan a analizar “la transformación de las instituciones del mercado laboral en ambos países”. Pero el resultado es una valiosa contribución para el debate: ¿es Rusia un país capitalista? Y si la respuesta es afirmativa: ¿qué proyección histórica permite el balance social de lo actuado desde que la ley del valor recuperó el lugar de factor decisivo en las economías y sociedades ex soviéticas?

Los autores parten de una premisa con categoría de conventional wisdom: “de la noche a la mañana se creó una nueva clase capitalista”, afirman. Clase, aquí, es la extensión de la noción “nuevos ricos”, constatable a simple vista.

No obstante, el relevamiento objetivo de la situación rusa –el grueso de este trabajo– habla con voz potente y clara y permite encarar sobre bases firmes un debate científico. El capítulo “Surgimiento de la pobreza de masas” describe el cuadro social postsoviético, completado en “Asalariados: ganadores y perdedores” y rematado con: “La mujer como perdedora”. La conclusión de los autores calza más con esta descripción que con sus propias definiciones ideológicas: “Es difícil anticipar (…) hacia dónde llevará la crisis de legitimación que enfrenta el Estado”.

reseña

La batalla de las ideas. (1943 – 1973)

porLBenLMD

 

De Beatriz Sarlo

Editorial: Ariel
Cantidad de páginas: 470
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Septiembre de 2001

 

Séptimo volumen de la Biblioteca del Pensamiento Argentino, colección dirigida por Tulio Halperin Donghi, continuación del tomo dedicado también al mismo período y titulado Bajo el signo de las masas (1).

La “batalla de ideas” se despliega en una selección de textos anticipados en un Estudio preliminar, en el cual quedan dispuestos los contendientes del período en torno a la divisoria gruesa del período: peronismo-antiperonismo.

Aparecen así textos que hicieron época como “La liquidación del peronismo”, de Mario Amadeo y la réplica de Ernesto Sabato “El otro rostro del peronismo”; el célebre “Qué es esto” de Ezequiel Martínez Estrada; la “Carta a Ernesto Sabato” de Arturo Jauretche; “La hora de la verdad” de Victoria Ocampo; “L’illusion comique” de Jorge Luis Borges y “El régimen bonapartista” de Jorge Abelardo Ramos. La antología cubre casi todo el espectro ideológico de ese período y no faltan textos de Jordán Bruno Genta, Atilio Dell’Oro Maini, José Luis Romero, Risieri Frondizi, o el propio Juan Perón.

Resulta significativo, sin embargo, que no figuren siquiera aludidos los nombres de Silvio Frondizi y, sobre todo, Milcíades Peña, un pensamiento imprescindible en este debate. La omisión no es de detalle: la alternativa peronismo-antiperonismo queda reducida a una oposición nacionalismo-liberalismo, en modo alguno inocente a la hora de mirar hacia atrás o de evaluar conductas políticas actuales. Sea cual sea la opinión que se tenga de ellos, omitirlos en la “batalla de ideas”, más que una injusticia es una definición de las ideas con las que cada quien afronta su batalla.

 

1 Ver Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Nº 30.

reseña

Diario de la crisis

porLBenLMD

 

De Pedro Orgambide

Editorial: Aguilar
Cantidad de páginas: 240
Lugar de publicación: Buenos Aires
Fecha de publicación: Abril de 2002

 

No es un diario. O no lo es en la forma habitual del género. Una serie de breves textos iniciales semejan más una introducción a la historia de la Argentina hoy sumergida. Como si el autor partiera de la certeza de que buena parte de los argentinos –y no sólo los jóvenes– desconocen o han olvidado rasgos esenciales de su pasado. Luego, los textos toman el tono de aguafuertes, en las que se describirán “Una tarde en el shopping”; la omnipresente figura de los “Mendigos”; la novedad de “El piquetero”, o la de “Mafiosos y rufianes”. Entre ellas aparecen notas que, recurriendo a “Los nietos del inmigrante”, o a preguntas como “Para qué sirve la política”, permiten al autor reflexionar sobre dramas actuales. Orgambide elude exigencias de géneros literarios definidos y se deja llevar por un imperativo mayor: aprehender la crisis y exponerla, tanto en sus grandes como minúsculas manifestaciones.

El hombre de letras no deja de serlo, pero asume el reclamo de una sociedad ávida de comprensión frente a una realidad inaprehensible: “Se ha enrarecido el accionar y también el discurso de los políticos tradicionales (…) No se habla de pueblo ni de clases sociales por temor a parecer un rezagado sesentista; la palabra imperialismo ha sido borrada o sustituida por globalización (…) La palabra ha sido devaluada, empobrecida, vaciada de significado (…) El político radical ya no se refiere a los suyos como correligionarios, el comunista no dice camaradas por temor a parecer sectario, el nuevo justicialista prefiere olvidar el rotundo compañero para no parecer un nostálgico del ’45. Se habla como se vive, en la indeterminación, lo amorfo, lo ambiguo”.